UNO

Los emails empezaban siempre del mismo modo.

¡¡Hola, Auden!!

Era el segundo signo de exclamación lo que me molestaba. Mi madre lo habría definido como superfluo, exagerado, eufórico. Yo lo consideraba irritante sin más, igual que todo lo que guardaba relación con mi madrastra, Heidi.

Espero que estés disfrutando de las últimas semanas de clase. ¡Aquí todos estamos bien! Terminando los últimos preparativos antes de la llegada de tu futura hermana. Últimamente me propina unas patadas de miedo. ¡Cualquiera diría que está haciendo kárate ahí dentro! Yo me dedico a atender el negocio (por así decirlo) y a añadir los últimos detalles al cuarto del bebé. Lo he decorado en tonos rosas y marrones; ha quedado precioso. Te adjunto una foto para que lo veas.

Tu padre está tan ocupado como de costumbre, trabajando en su libro. ¡Supongo que lo veré más a menudo cuando me toque quedarme despierta hasta las tantas atendiendo a la nena!

Espero de corazón que consideres la idea de venir a visitarnos cuando termines las clases. Sería muy divertido y tu presencia aquí haría estos meses de verano todavía más especiales. Puedes venir cuando quieras. ¡Nos encantaría verte!

Con cariño,

Heidi (¡y tu papá y el futuro bebé!)

El mero hecho de leer esas cartitas me dejaba agotada. En parte por esa gramática tan entusiasta —que era como tener a alguien gritándote al oído— pero también por la propia Heidi. Era tan… superflua, exagerada, eufórica. E irritante. Todas esas cosas había sido ella para mí, y más, desde que se lio con mi padre, se quedó embarazada y se casaron el año pasado.

Mi madre aseguró que no le sorprendía. Llevaba desde el divorcio anunciando que mi padre no tardaría nada, según ella lo expresaba, en «arrejuntarse con alguna alumna». A los veintiséis, Heidi tenía la misma edad que mi madre cuando nació mi hermano, Hollis, al que seguí yo dos años más tarde, si bien las dos mujeres no podrían ser más distintas. Si mi madre era una profesora universitaria famosa por su afilado ingenio y considerada una eminencia nacional en el estudio del rol femenino en la literatura del Renacimiento, Heidi era…, bueno, Heidi. La clase de mujer cuyas mejores cualidades guardan relación con su constante automantenimiento (pedicura, manicura, reflejos), que sabe todo lo que puedas imaginar y más sobre dobladillos y zapatos, y envía emails demasiado cariñosos a personas que no tienen ningún interés en leerlos.

El noviazgo fue rápido, por cuanto la implantación (como mi madre la bautizó) acaeció un par de meses más tarde. Así, sin más, mi padre pasó de ser la persona que llevaba años siendo —marido de la doctora Victoria West y autor de una elogiada novela, ahora más conocido por sus peleas interdepartamentales que por la secuela siempre en curso— a convertirse en flamante marido y futuro padre. Súmale a todo eso un cargo, también reciente, como director del Departamento de Escritura Creativa del Weymar College, una pequeña facultad de un pueblo costero, y podría decirse que mi padre acababa de estrenar una nueva vida. Y si bien siempre me estaban invitando a visitarlos, yo no estaba segura de querer averiguar si en su casa todavía había un sitio para mí.

Ahora, procedente de la sala, oí un súbito coro de carcajadas seguido de un tintinear de copas. Mi madre había organizado otra de sus tertulias para alumnos de posgrado, que siempre daban comienzo con una cena formal («¡Hace tanta falta un poco de cultura en nuestra cultura!», decía) antes de degenerar, en todas las ocasiones, en debates ebrios sobre literatura y teoría. Miré el reloj —las diez y media— y empujé con la punta del pie la puerta de mi habitación para echar un vistazo por el largo pasillo en dirección a la cocina. Tal como esperaba, vi a mi madre sentada en la cabecera de la mesa de madera de la cocina con una copa de vino tinto en la mano. A su alrededor, como era habitual, se apiñaba un grupo de alumnos varones que la contemplaba con adoración mientras ella peroraba, por lo poco que pude oír, sobre Marlowe y la cultura femenina.

Esa era otra muestra más de las numerosas y fascinantes contradicciones que caracterizaban a mi madre. Si bien estaba especializada en el papel de las mujeres en la literatura, las representantes de su propio sexo, a la hora de la verdad, no le gustaban demasiado. En parte porque solían envidiarla: por su inteligencia (prácticamente de nivel Mensa), por sus méritos académicos (cuatro libros, incontables artículos, una cátedra de patrocinio) o por su aspecto (alta y exuberante, con una melena de un tono negro azabache que acostumbraba a llevar suelta y salvaje, el único gesto de descontrol que se permitía). Por esas razones, y por otras, las alumnas rara vez acudían a aquellas reu­niones y, si lo hacían, casi nunca repetían.

—Doctora West —estaba diciendo uno de los estudiantes con el grado de desaliño habitual, americana baratilla, cabello lacio y las clásicas gafas negras de empollón hípster—, deberías desarrollar esa idea en un artículo. Es fascinante.

Vi a mi madre tomar un sorbo de vino y, de un solo ademán fluido, echarse la melena hacia atrás con una mano.

—Ay, por Dios, no —respondió con su voz profunda y ronca (tenía el timbre de una fumadora, aunque jamás había probado un cigarrillo)—. Ni siquiera tengo tiempo para trabajar en mi libro ahora mismo, y eso por lo menos está retribuido. Si es que a lo que me pagan se le puede llamar una retribución, claro.

Más risas halagadoras. A mi madre le encantaba quejarse de lo poco que le pagaban por sus libros —todos académicos, publicados en editoriales universitarias— mientras otras ganaban dinero a espuertas por escribir eso que ella denominaba «noveluchas para amas de casa». Si fuera por ella, todo el mundo cargaría con las obras completas de Shakespeare a la playa, además de un par de poemas épicos, quizás.

—De todos modos —insistió Empollón Gafas de Pasta— es una idea brillante. Yo podría, ejem, ayudarte a escribirlo si quisieras.

Alzando la cabeza y la copa, mi madre entornó los párpados para mirarlo. Se hizo un silencio.

—Ah, vaya —dijo—, qué amable por tu parte. Pero yo no escribo a medias con nadie, por la misma razón que no tengo compañeros de despacho ni parejas. Soy demasiado egoísta.

A pesar de la distancia, vi como Empollón Gafas de Pasta tragaba saliva y se sonrojaba. Para disimular, alargó la mano hacia la botella de vino. «Idiota», pensé yo antes de cerrar la puerta con un golpe de pie. Como si fuera tan fácil encandilar a mi madre, crear con ella un vínculo rápido e intenso que perdurase en el tiempo. De ser así, yo lo sabría.

Pasados diez minutos me estaba escabullendo por la puerta trasera con los zapatos debajo del brazo para escapar en mi coche. Circulé por las calles prácticamente desiertas, entre casas silenciosas y fachadas oscuras, hasta que las luces de la cafetería Ray brillaron a lo lejos. Exiguo, atestado de neón y con mesas un pelín pringosas, Ray era el único local de la zona que abría veinticuatro horas, trescientos sesenta y cinco días al año. Como apenas pegaba ojo últimamente, pasaba más noches allí —leyendo o estudiando, y dando un dólar de propina hora tras hora por lo que sea que pidiese hasta la salida del sol— que en mi casa.

Mis problemas de insomnio comenzaron cuando el matrimonio de mis padres empezó a hacerse añicos, tres años atrás. Debería haberlo visto venir: fue una relación turbulenta desde que yo podía recordar, aunque acostumbraban a discutir más por trabajo que por temas personales.

Entraron a trabajar en la Uni recién salidos de la escuela de posgrado, cuando a mi padre le ofrecieron una plaza como profesor adjunto. En aquella época acababa de encontrar editor para su primera novela, El cuerno del narval, a diferencia de mi madre, que estaba embarazada de mi hermano y trataba de terminar su tesis doctoral. Demos un salto de cuatro años, hasta mi nacimiento, cuando él, en la cresta de la ola crítica y comercial —clasificado en la lista de superventas del New York Times, nominado al National Book Award— estaba al frente del programa de escritura creativa, mientras que ella se hallaba, como le gustaba decir, «perdida en un mar de pañales y baja autoestima». Sin embargo, en cuanto yo empecé a asistir a la guardería, mi madre regresó al mundo académico con sed de venganza, obtuvo una plaza co­mo profesora visitante y encontró editor para su tesis. Con el tiempo se convirtió en uno de los profesores más solicitados del departamento, le ofrecieron una plaza fija y publicó un segundo y luego un tercer libro. A todas estas, mi padre se limitaba a observar. Afirmaba estar orgulloso y bromeaba diciendo que mi madre era el bono restaurante, el sostén familiar. Pero entonces a mi madre le ofrecieron la cátedra de patrocinio, que se considera un gran honor, a mi padre lo abandonó su editor, que no se considera tal cosa, y las cosas empezaron a ponerse feas.

Las peleas casi siempre arrancaban durante la cena, cuando uno de los dos soltaba una pulla y el otro se ofendía. Había una pequeña bronca —palabras mordaces, un golpe de tapa contra la olla—, pero las aguas volvían a su cauce…, por lo menos hasta las diez o las once, cuando de súbito los oía volver a la carga. Al cabo de un tiempo deduje que aquel lapso temporal se producía porque esperaban a que estuviera dormida para reanudar la pelea. De modo que, una noche, decidí no dormir. Dejaba la puerta abierta, la luz encendida, hacía notorios viajes al baño para lavarme las manos armando tanto escándalo como podía. Durante un tiempo funcionó. Hasta que dejó de hacerlo y las disputas volvieron a empezar. Para entonces mi cuerpo se había acostumbrado a permanecer en vela hasta las tantas, de modo que estaba despierta para escuchar todas y cada una de las palabras que se dedicaban.

Conocía a mucha gente cuyos padres se habían separado y, por lo visto, cada cual reaccionaba a su manera: sorpresa absoluta, decepción demoledora, alivio total. El denominador común, sin embargo, era la abundancia de conversaciones acerca de esos sentimientos, bien con el padre y la madre a la vez, bien con cada uno por separado o, en algunos casos, con un comecocos en terapia de grupo o individual. Mi familia, como es natural, fue la excepción a la regla. Por desgracia, no me libré del momento «siéntate, tenemos que decirte una cosa». Mi madre me dio la noticia, sentada al otro lado de la mesa de la cocina, mientras mi padre, recostado contra una encimera y con aspecto cansado, jugueteaba con las manos.

—Tu padre y yo nos separamos —me soltó ella con el mismo tono monocorde y profesional que tantas veces le había oído usar para hacer críticas a sus alumnos sobre su trabajo—. Seguro que estarás de acuerdo en que es lo mejor para todos.

Mientras escuchaba aquello, no supe muy bien cómo me sentía. No fue alivio ni una decepción demoledora, pero tampoco sorpresa. Lo que me chocó, cuando estábamos allí los tres en la cocina, fue que me sentí una cría. Pequeña, como una niña. Y fue rarísimo. Como si esa situación tan tremenda hubiera sido necesaria para que una ola de infancia tanto tiempo postergada me inundara.

Fui una niña en su día, obviamente. Sin embargo, para cuando yo nací, mi hermano —el más llorón de los bebés, un lactante hiperactivo, un niño movido (por no decir imposible) donde los hubiera— había agotado las energías de mis padres. Todavía las agotaba, si bien ahora desde otro continente, mientras recorría Europa y enviaba de vez en cuando un email relatando su última epifanía existencial antes de pedir dinero para ponerla en práctica. Cuando menos, el hecho de que estuviera en el extranjero le daba a la situación un aire más bohemio y artístico: mis padres les podían contar a sus amigos que Hollis fumaba cigarrillos en la torre Eiffel y no en un garito cualquiera. Quedaba mejor.

Si Hollis siempre fue un niño grande, yo siempre fui la típica adulta de corta edad, la clase de niña que, a los tres años, se sienta a la mesa sin chistar para pintar sus cuadernos de colorear mientras los mayores discuten de literatura. Una cría que se entretenía sola a muy temprana edad, que estaba obsesionada con el colegio y las notas desde preescolar, porque únicamente los estudios me granjeaban la atención de mis padres. «Ah, no te preocupes —decía mi madre cuando a uno de sus invitados se le escapaba un taco delante de mí o decía algo poco adecuado para una niña—. Auden es muy madura para su edad». Y lo era, tanto a los dos años como a los cuatro o a los diecisiete. Mientras que Hollis requería supervisión constante, era conmigo con la que cargaban a todas partes, siempre flotando tras la estela de mi padre o mi madre. Me llevaban a conciertos de música clásica, a exposiciones de arte, a conferencias en la universidad, a reuniones de comisiones, donde se suponía que me podían ver pero no oír. No tuve mucho tiempo para distraerme con juguetes, pero nunca me faltaron libros, cuya provisión jamás se agotaba en mi casa.

A causa de esta educación, me resultaba difícil relacionarme con otros niños de mi edad. No entendía sus locuras, su energía, su manía de lanzar cojines sin ton ni son, pongamos por caso, o de montar en bici a toda velocidad por calles cortadas. Parecía divertido, pero, al mismo tiempo, era tan distinto de lo que yo solía hacer que ni siquiera imaginaba cómo habría podido participar de haber tenido ocasión. Y no la tenía, pues los lanza-cojines y los ciclistas salvajes no solían asistir a los colegios privados de alto rendimiento y aprendizaje acelerado que mis padres escogían.

En los últimos cuatro años, de hecho, había cambiado tres veces de colegio. Estuve en el Instituto Jackson apenas un par de semanas antes de que mi madre, al reparar en una falta de ortografía y un error gramatical en el programa de Lengua y Literatura, me matriculara en el Perkins Day, un colegio privado cercano. Era más pequeño y más exigente, aunque no tanto como Kiffney-Brown, el centro concertado al que me cambié el penúltimo año de secundaria. Fundado por varios profesores de la zona, era un centro de élite —cien estudiantes como máximo— cuyo proyecto se basaba en grupos muy reducidos y fuertes vínculos con la universidad de la ciudad, donde podías cursar asignaturas de nivel universitario para ir acumulando créditos. Si bien yo tenía unos cuantos amigos en Kiffney-Brown, el ambiente ultracompetitivo unido al hecho de que buena parte del currículum fuera autogestionado no facilitaba las relaciones estrechas, que digamos.

Tampoco me importaba demasiado. El colegio era mi consuelo, mi válvula de escape, y me permitía vivir mil vidas ajenas. Cuanto más se quejaban mis padres de la falta de iniciativa y de las pésimas notas de Hollis, con más ahínco trabajaba yo. Y, aunque estaban orgullosos de mí, mis logros nunca me servían para conseguir lo que yo quería. Siendo una niña tan lista, debería haber adivinado que el único modo de obtener la atención de mis padres era decepcionándolos o fracasando. Pero, cuando por fin lo comprendí, el éxito se había tornado un hábito demasiado arraigado en mí como para romperlo.

Mi padre se marchó cuando yo estaba empezando cuarto de secundaria. Alquiló un piso amueblado cerca del campus, en un complejo habitado principalmente por estudiantes. En teoría, yo debía pasar allí los fines de semana, pero él estaba tan deprimido, todavía inmerso en la redacción de su segundo libro, cuya publicación (o no) estaba pendiente de un hilo mientras mi madre disfrutaba de tanta atención, que su compañía no era la más divertida del mundo. Por otro lado, en casa de mi madre tampoco me sentía mucho mejor, pues ella estaba tan ocupada disfrutando de su nueva vida de soltera y de su reciente éxito académico que invitaba a gente todo el tiempo, estudiantes que entraban y salían y cenas cada fin de semana. Por lo que parecía, ningún lugar ofrecía un territorio neutral, salvo la cafetería Ray.

Había pasado por delante un millón de veces, pero jamás se me había ocurrido entrar a tomar algo hasta una noche en la que estaba regresando a casa de mi madre a las dos de la madrugada. Ni mi padre ni mi madre me controlaban demasiado. A causa de mi horario escolar —una clase nocturna, seminarios flexibles durante el día y muchas horas de estudio independiente— entraba y salía a mi antojo, sin que nadie me preguntara casi nunca adónde iba, así que ninguno de los dos sabía que no estaba durmiendo. Esa noche, al echar un vistazo en dirección al Ray, el local captó mi atención. Parecía calentito, casi seguro, ocupado por gente con la cual, como poco, tenía una cosa en común. Así que aparqué, entré y pedí una taza de café y una porción de pastel de manzana. Me quedé allí dentro hasta el amanecer.

Lo más agradable de aquel lugar era el hecho de que, aun cuando me convertí en una clienta habitual, todo el mundo me dejaba en paz. Nadie me pedía más de lo que quisiera dar y las interacciones eran mínimas. Ojalá todas las relaciones fueran tan sencillas y yo tuviera siempre tan claro mi papel exacto.

En otoño, una de las camareras, una anciana fornida cuyo identificador decía Julie, echó una ojeada a la solicitud en la que yo estaba trabajando mientras me rellenaba el café.

—Universidad Defriese —leyó en voz alta. A continuación me miró—. Es una escuela muy buena.

—Una de las mejores —asentí.

—¿Crees que entrarás?

Yo asentí.

—Sí. Seguro.

Ella sonrió como si yo fuera una chiquilla muy mona por pensar así y me propinó unas palmaditas en el hombro.

—Ay, tan joven y ya tan segura de ti misma —me dijo antes de alejarse arrastrando los pies.

Yo quise decirle que no era cuestión de seguridad, solo de trabajo duro. Pero ella ya se había desplazado hasta el siguiente reservado y ahora charlaba con el chico sentado a la mesa, y yo comprendí que en realidad le daba igual. Hay mundos en los que todas esas cosas —calificaciones, colegio, exámenes, rango, admisión temprana, nota media— importan y otros en los que no. Yo había pasado toda mi vida inmersa en el primero y ni siquiera en Ray, que pertenecía al segundo, podía zafarme de él.

Ser una estudiante tan motivada y asistir a un centro tan poco ortodoxo significaba que me había perdido todos esos acontecimientos del último año de los que mis amigos del Perkins Day llevaban hablando todo el curso. Lo único que me planteé fue asistir al baile de graduación y solo porque mi gran rival académico, Jason Talbot, me pidió que lo acompañara como una especie de ofrenda de paz. Al final, sin embargo, ni siquiera aquello sucedió, porque canceló la cita en el último minuto, después de que lo invitaran a participar en un congreso sobre ecología. Me dije a mí misma que no importaba, que so­lo era el equivalente a los cojines del sofá y a los paseos en bici por calles cortadas de tantos años atrás, algo frívolo e innecesario. Y aun así me preguntaba a medias, esa noche y tantas otras, qué me estaría perdiendo.

A veces, estaba sentada en el Ray a las dos o las tres de la madrugada y se me encogía súbitamente el corazón. Cuando levantaba la vista de los libros para mirar a la gente de mi alrededor —camioneros, conductores que habían dejado la autopista para tomar un café antes de seguir avanzando, el clásico pirado— tenía una sensación parecida a cuando mi madre anunció la separación. Sentía que yo no debía estar allí, sino en mi casa, durmiendo en mi cama, igual que estaban haciendo todos los chicos y chicas que vería en el colegio dentro de un rato. Sin embargo, tan repentinamente como aparecía, el sentimiento se esfumaba y todo volvía a su lugar en torno a mí. Y cuando Ju­lie regresaba con su cafetera, empujaba mi taza al borde de la mesa para decirle sin palabras algo que las dos sabíamos muy bien: todavía me quedaría un rato.

***

Mi hermanastra, Tisbe Caroline West, nació el día antes de mi graduación con un peso de tres kilos y cien gramos. Mi padre llamó a la mañana siguiente, agotado.

—Lo siento mucho, Auden —dijo—. Me sabe fatal perderme tu discurso.

—No te preocupes —lo tranquilicé. En ese momento, mi madre entró en la cocina enfundada en su bata para enfilar directa a la cafetera—. ¿Cómo está Heidi?

—Bien —fue su respuesta—. Cansada. La cosa se alargó y al final tuvieron que hacerle una cesárea. No lo lleva demasiado bien. Pero seguro que se encontrará mejor cuando haya descansado un poco.

—Felicítala de mi parte —le dije.

—Lo haré. Y tú sal ahí y machácalos a todos, nena. —Era típico. Para mi padre, famoso por su espíritu competitivo, cualquier cosa relacionada con los estudios se consideraba una batalla—. Estaré pensando en ti.

Sonreí, le di las gracias y colgué el teléfono al mismo tiempo que mi madre vertía leche en su café. Durante un rato, se escuchó el tintineo de la cuchara contra la taza, mientras ella removía el contenido. Por fin dijo:

—A ver si lo adivino. No viene.

—La niña de Heidi ha nacido —la informé—. Se llama Tisbe.

Mi madre resopló una carcajada.

—Ay, por Dios —exclamó—. De todos los nombres que hay para escoger en la obra de Shakespeare, ¿y tu padre tenía que elegir ese? Pobrecita. Se va a pasar la vida dando explicaciones.

En realidad, mi madre no tenía derecho a criticar, si tenemos en cuenta que permitió que mi padre escogiera mi nombre y el de mi hermano: Detram Hollis era un profesor que él admiraba profundamente, mientras que W. H. Auden era su poeta favorito. De niña pasé mucho tiempo deseando llamarme Ashley o Katherine, aunque solo fuera para tener una vida más fácil, pe­ro mi madre siempre me decía que mi nombre podía considerarse una especie de prueba de fuego. «Auden no es Frost —decía—, ni Whitman». No lo conocía tanta gente y, si alguien sa­bía quién era, podría estar segura, hasta cierto punto, de que esa persona daba la talla intelectual y, por tanto, merecía mi tiempo y energía. Supuse que lo mismo se podría decir de Tisbe, pero en lugar de señalarlo me senté con las notas de mi discurso para volver a repasarlas. Al cabo de un momento arrastró una silla para sentarse a mi lado.

—¿Así que Heidi ha sobrevivido al parto, deduzco? —preguntó a la vez que tomaba un sorbo de café.

—Le han hecho la cesárea.

—Ha tenido suerte —replicó mi madre—. Hollis pesó cinco kilos y la epidural no me hizo efecto. Por poco acaba conmigo.

Hojeé otro par de tarjetas, resignada a escuchar alguna de las historias que inevitablemente sucedían a aquella. Estaba esa de que Hollis era un niño insaciable, que mamaba hasta sacarle la última gota de leche a mi madre. El horror que supusieron sus cólicos del lactante y cómo tenía que pasearlo de un lado a otro sin cesar e incluso entonces lloraba durante horas. O estaba la de mi padre, que nunca…

—Confío en que no espere demasiada ayuda de tu padre —empezó a la vez que alargaba la mano hacia un par de mis tarjetas para revisarlas con desconfianza—. Con mucha suerte, cambiaba un pañal de vez en cuando. Y de levantarse por la noche para dar el biberón, nada de nada. Decía que le costaba conciliar el sueño y tenía que dormir nueve horas seguidas para estar despejado en las clases. Qué casualidad.

Todavía estaba leyendo mis tarjetas cuando lo decía y yo noté ese nudo en el estómago que siempre aparecía cuando de improviso mi madre revisaba algo de lo que yo hacía. Un instante después, sin embargo, las dejó sin hacer ningún comentario.

—Bueno —dije mientras ella tomaba otro sorbo de café—, eso fue hace mucho tiempo. Puede que haya cambiado.

—La gente no cambia. Si acaso, te instalas aún más en tus costumbres con la edad, no menos. —Negó con la cabeza—. Recuerdo cómo solía sentarme en el dormitorio, intentando consolar a Hollis, deseando que por una vez la puerta se abriese, tu padre entrase y dijera: «Eh, déjamelo. Descansa un poco». Al final ya ni siquiera deseaba que fuera tu padre, solo alguien. Cualquiera.

Miraba por la ventana mientras lo decía, con los dedos en torno a la taza, que no estaba en la mesa ni en sus labios, sino suspendida a medio camino. Recogí mis tarjetas y las dispuse en orden con cuidado.

—Voy a prepararme —dije, empujando la silla hacia atrás.

Mi madre no se movió cuando me levanté y la rodeé para salir. Cualquiera pensaría que se había quedado congelada en el tiempo, todavía en aquel viejo dormitorio, esperando. Al menos hasta que llegué al pasillo. Entonces habló de improviso.

—Deberías replantearte la cita de Faulkner —dijo—. Es excesiva para empezar. Parecerás pretenciosa.

Miré la primera tarjeta, donde aparecían escritas, con mi pulcra caligrafía de molde, las palabras: «El pasado no ha muerto. Ni siquiera es pasado».

—Vale —fue mi respuesta. Tenía razón, claro. Siempre la tenía—. Gracias.

***

Había estado tan concentrada en el último año de instituto y en el comienzo de la universidad que no me había parado a pensar en el tiempo intermedio. De repente, sin embargo, había llegado el verano y no tenía nada que hacer salvo esperar que mi auténtica vida volviera a empezar.

Pasé un par de semanas preparando las cosas que necesitaría para Defriese e intenté conseguir algunas clases extra en Huntsinger Test Prep, donde trabajaba como profesora particular, aunque las cosas estaban muy paradas. Por lo visto, era la única que seguía pensando en los estudios, un hecho que hacían todavía más patente las numerosas invitaciones que recibía de mis antiguas amigas del Perkins para asistir a cenas o excursiones al lago. Me apetecía verlas, pero, cada vez que nos reuníamos, me sentía desplazada. Aunque yo solo llevaba dos años en Kiffney-Brown, era un centro tan distinto, tan centrado en el rendimiento académico, que no me acababa de identificar con sus charlas sobre trabajillos veraniegos y novios. Tras unos cuantos encuentros incómodos, empecé a poner la excusa de que estaba ocupada y, al cabo de un tiempo, captaron el mensaje.

El ambiente en mi hogar también era raro. A mi madre le habían concedido no sé qué beca de investigación y estaba siempre trabajando, y cuando se encontraba en casa, sus alumnos aparecían cada dos por tres para cenas y tertulias improvisadas. Si armaban demasiado escándalo y la casa estaba excesivamente atestada, me salía al porche con un libro y leía hasta que había anochecido lo suficiente como para ir al Ray.

Una noche estaba absorta en un libro sobre budismo cuando vi un Mercedes verde bajar por nuestra calle. Redujo la marcha a la altura de nuestro buzón y por fin se detuvo junto a la acera. Al cabo de un momento, una rubia muy guapa ataviada con unos vaqueros de cadera baja, un top rojo sin tirantes y sandalias de cuña bajó del vehículo con un paquete en una mano. Observó la casa con atención, bajó la vista al paquete y volvió a mirar hacia la vivienda antes de echar a andar por el camino de entrada. Cuando estaba llegando a los peldaños de la puerta principal, me vio.

—¡Hola! —gritó en un tono absolutamente cordial que me resultó alarmante. Apenas tuve tiempo de responder antes de que enfilara directa hacia mí con una gran sonrisa en el rostro—. Tú debes de ser Auden.

—Sí… —respondí despacio.

—¡Soy Tara! —Obviamente, se suponía que yo debía estar familiarizada con el nombre. Cuando tuvo claro que no era así, añadió—: ¿La novia de Hollis?

«Ay, Señor», pensé. En voz alta, dije:

—Ah, sí. Claro, claro.

—¡Cuánto me alegro de conocerte! —exclamó al mismo tiempo que se acercaba para rodearme con los brazos. Olía a gardenias y a toallitas para la secadora—. Como tenía que pasar por aquí de camino a casa, Hollis me pidió que te trajera esto. ¡Recién llegado de Grecia!

Me tendió el paquete, que estaba envuelto en papel marrón de embalar, con mi nombre y la dirección escritas en la letra inclinada y descuidada de mi hermano. Hubo un instante incómodo, durante el cual comprendí que Tara estaba esperando a que abriera el paquete, así que lo hice. Era un pequeño marco de cristal, decorado con piedras de colores. En la parte inferior llevaba grabadas las palabras: «el mejor de los tiempos». El marco mostraba una foto de Hollis delante del Taj Mahal. Vestido con pantalones cortos tipo militar y camiseta, la mochila colgada al hombro, esbozaba una de sus sonrisas lánguidas.

—Es genial, ¿verdad? —sonrió Tara—. Lo compramos en un mercadillo de Atenas.

Como no podía decirle lo que pensaba de verdad, que hace falta ser un enfermo narcisista para regalar una foto tuya, le dije:

—Es preciosa.

—¡Ya sabía yo que te gustaría! —aplaudió—. Se lo dije, un marco siempre viene bien. Convierte un recuerdo en algo todavía más especial, ¿verdad?

Devolví la vista al marco, a las bonitas piedras, a la expresión relajada de mi hermano. El mejor de los tiempos, ya lo creo que sí.

—Sí —convine—. Desde luego.

Tara me regaló otra sonrisa de un millón de vatios y se asomó por la ventana que había a mi espalda.

—Bueno, ¿y tu madre está en casa? Me encantaría conocerla. Hollis la adora, siempre está hablando de ella.

—Es mutuo —fue mi respuesta. Ella me miró brevemente y yo sonreí—. Está en la cocina. Melena negra, vestido verde. Es inconfundible.

—¡Genial! —Demasiado rápido como para que pudiera apartarme, me abrazó de nuevo—. Muchas gracias.

Asentí. Aquella exhibición de confianza era el sello característico de todas las novias de mi hermano, al menos mientras todavía creían serlo. Únicamente más tarde, en el instante en que los emails y las llamadas cesaban, cuando él parecía esfumarse de la faz de la tierra, presenciábamos su otra faceta: los ojos enrojecidos, los mensajes llorosos en el contestador, alguna que otra llanta quemada delante de mi casa. Tara no parecía de las que lanzan sapos y culebras desde el coche. Pero nunca se sabe.

Cuando dieron las once, los admiradores de mi madre seguían por allí, hablando en un tono tan alto como de costumbre. Yo estaba sentada en mi habitación, mirando mi página Ume.com por matar el tiempo más que nada (ningún mensaje, y conste que no los esperaba) y el email (solo uno, de mi padre, preguntándome cómo iba todo). Pensé en llamar a alguna de mis amigas para ver qué hacían, pero, recordando hasta qué punto me había sentido incómoda en mis últimas incursiones sociales, decidí quedarme sentada en la cama. El marco de Hollis descansaba en la mesilla de noche. Lo cogí y me quedé mirando esas piedras azules tan horteras: el mejor de los tiempos. Algo en aquellas palabras, en su aire tranquilo, en su rostro sonriente, me recordó la charla de mis antiguas amigas cuando intercambiaban anécdotas del curso escolar. No sobre clases ni sobre notas promedio, sino sobre otros temas, cosas que me resultaban tan ajenas como el propio Taj Mahal, cotilleos, chicos y corazones rotos. Seguramente ellas tenían un millón de fotos que poner en ese marco, pero yo no tenía ni una.

Miré a mi hermano de nuevo, con su mochila al hombro. Los viajes sin duda brindaban algún tipo de oportunidad, así como un cambio de escenario. Puede que yo no pudiera marcharme a Grecia o a la India. Pero tenía un sitio adonde ir.

Regresé al portátil, entré en mi cuenta de correo y abrí el mensaje de mi padre. Sin concederme tiempo para pensarlo demasiado, escribí una rápida respuesta, junto con una pregunta. Media hora más tarde, me había respondido.

¡Pues claro que puedes venir! Quédate todo el tiempo que quieras. ¡Nos encantará disfrutar de tu compañía!

Y así, sin más, mi verano cambió.

***

Al día siguiente preparé una bolsa de deporte con la ropa, el portátil y una gran maleta de libros. A principios de verano había encontrado el programa de un par de asignaturas que pensaba cursar en Defriese durante el otoño y me agencié unos cuantos de los textos recomendados en la librería universitaria, pensando que no me vendría mal ir familiarizándome con el material. No era precisamente el tipo de equipaje que Hollis habría llevado consigo, pero al fin y al cabo no tendría gran cosa que hacer allí, aparte de ir a la playa y pasar el rato con Heidi, y ninguna de las dos opciones me apetecía demasiado.

Me había despedido de mi madre la noche anterior, pensando que estaría durmiendo cuando me marchara. Sin embargo, cuando entré en la cocina, la encontré despejando la mesa de un sinfín de copas y servilletas de papel arrugadas, con una expresión fatigada en el rostro.

—¿Te acostaste muy tarde? —le pregunté, aunque ya sabía, a causa mis propios hábitos nocturnos, que sí. El último coche abandonó la entrada alrededor de la una y media.

—No mucho —fue su respuesta mientras abría el grifo. Miró por encima del hombro mi equipaje amontonado junto a la puerta del garaje—. Te marchas muy pronto. ¿Tantas ganas tienes de alejarte de mí?

—No —dije—. Es que quiero evitar el tráfico.

A decir verdad, no esperaba que a mi madre le importase si pasaba el verano con ella o no. Y tal vez habría sido el caso de haber escogido cualquier otro destino. Introduce a mi padre en la ecuación, y todo cambia. Así eran las cosas.

—No quiero ni pensar la situación que te vas a encontrar allí —comentó con una sonrisa—. ¡Tu padre con un recién nacido! ¡A su edad! Es para partirse.

—Ya te contaré —le prometí.

—Sí, no te olvides. Te pediré informes regulares.

Bajo mi atenta mirada, hundió las manos en el agua para enjabonar un vaso.

—¿Y qué? —pregunté—. ¿Qué te pareció la novia de Hollis?

Mi madre exhaló un largo suspiro.

—¿Me puedes recordar para qué vino?

—Hollis le pidió que me trajera un regalo.

—Ya… —dijo, dejando un par de copas en el escurridor—. ¿Y qué era?

—Un marco de fotos. De Grecia. Con una fotografía de Hollis.

—Ah. —Cerró el grifo y se apartó el pelo de la cara con el dorso de la muñeca—. ¿Y no le dijiste que mejor se la guardara de recuerdo, si quería volver a verle la cara?

Aunque yo había albergado ese mismo pensamiento exacto, cuando mi madre lo expresó en voz alta me supo mal por Ta­ra, con su rostro franco y cordial, la seguridad con la que había entrado en la casa, tan convencida de su irremplazable posición en el corazón de mi hermano.

—Nunca se sabe —repliqué—. Puede que Hollis haya cambiado. Tal vez se prometan al fin y al cabo.

Mi madre dio media vuelta para mirarme con los ojos entornados.

—Venga, Auden —resopló—. ¿Qué te he dicho sobre la posibilidad de que la gente cambie?

—¿Que no lo hacen?

—Exacto.

Devolvió la atención al fregadero, remojó un plato y, mientras lo hacía, me fijé en las gafas negras de empollón hípster que reposaban en la encimera, junto a la puerta. De súbito, todo cobró sentido: las voces que había oído hasta las tantas, su actividad a esa hora temprana, inusitadamente ansiosa por limpiar el desorden de la noche anterior. Me planteé recoger las gafas, asegurándome de que me viera, aunque solo fuera para demostrar que me había dado cuenta. Pero al final opté por dejarlas donde estaban y me despedí de mi madre. Ella me abrazó con fuerza —siempre te aferraba como si no quisiera dejarte marchar— antes de que yo me pusiera en camino, como llevándole la contraria a su gesto.

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DOS

La casa que mi padre compartía con Heidi era tal como esperaba. Bonita, pintada de blanco con las persianas verdes, un amplio porche delantero salpicado de mecedoras y macetas con flores, y una simpática piña de cerámica amarilla colgada de la puerta que anunciaba: ¡BIENVENIDOS! Únicamente faltaba la valla blanca.

Mientras aparcaba, avisté el machacado Volvo de mi padre en el garaje abierto, al lado de un Prius de aspecto más nuevo. Tan pronto como apagué el motor oí el rugido del mar, tan intenso que lo adiviné muy cerca. Tal como esperaba, cuando me asomé por el lateral de la casa apareció ante mis ojos un paisaje de zostera y una inmensidad azul que se perdía en el horizonte.

Dejando las vistas aparte, tenía mis dudas. Los gestos espontáneos nunca han sido mi fuerte y cuanto más me alejaba de casa de mi madre, más insegura me sentía respecto a lo que implicaría en la realidad pasar todo un verano con Heidi. ¿Querría que nos hiciéramos la manicura juntas el bebé, ella y yo? ¿O tal vez insistiría en que tomara el sol con ella, las dos enfundadas en camisetas retro a juego con la inscripción «I love unicorns»? Sin embargo, no podía librarme de la imagen de Hollis delante del Taj Mahal mientras yo me moría de aburrimiento a solas en casa. Además, había visto poquísimo a mi padre desde que se había casado con Heidi, y esto —pasar ocho semanas juntos, sin que él tuviera que dar clase ni yo asistir al instituto— me parecía la última oportunidad de disfrutar de su compañía antes de que la universidad y la vida real empezaran.

Inspiré hondo y bajé del coche. Mientras me acercaba al porche delantero, me prometí sonreír y apechugar con lo que fuera que Heidi dijera o hiciese. Cuando menos hasta que pudiera escapar al cuarto que me hubieran asignado y cerrar la puerta.

Llamé al timbre, retrocedí un paso y adopté una expresión amistosa adecuada. Nadie respondió desde el interior, así que volví a llamar antes de acercarme a la puerta, esperando oír el característico taconeo y la alegre voz de Heidi gritando: «¡Voy enseguida!». Sin embargo, de nuevo, nada.

Probé el pomo, que giró con facilidad. Abrí la puerta y asomé la cabeza al interior.

—¿Hola? —grité. Mi voz resonó en un recibidor prácticamente vacío, pintado de amarillo y decorado con grabados enmarcados—. ¿Hay alguien ahí?

Silencio. Entré y cerré la puerta a mi espalda. Solo entonces lo oí: de nuevo el fragor del mar, aunque ahora se escuchaba distinto y mucho más cerca, como a la vuelta de la esquina. Seguí el sonido por el pasillo según se tornaba más y más alto, convencida de que pronto vería una ventana abierta o una puerta trasera. En vez de eso, fui a parar al salón, donde el rugido resultaba ensordecedor. Heidi estaba sentada en el sofá, con el bebé en brazos.

Cuando menos, supuse que se trataba de Heidi. No habría podido afirmarlo con seguridad, ya que no se parecía en nada a la persona que yo había visto en nuestro último encuentro. Llevaba el pelo recogido en una coleta torcida y desaliñada, con algunos mechones pegados a la cara, y vestía un pantalón de chándal raído combinado con una enorme camiseta universitaria manchada de alguna sustancia húmeda a la altura del hombro. Tenía los ojos cerrados, la cabeza levemente recostada hacia atrás. De hecho, pensé que estaba dormida hasta que, sin mover los labios siquiera, susurró con rabia:

—Si la despiertas, te mato.

Yo me quedé de piedra y luego retrocedí un paso, asustada.

—Perdona —dije—. Es que…

Abrió los ojos de sopetón y volvió la cabeza a toda prisa, los ojos como dos rendijas. Cuando me vio, sin embargo, su expresión se transformó en una de sorpresa. Y de repente, sin venir a cuento, rompió a llorar.

—Ay, Dios mío, Auden —dijo con voz estrangulada—. Cuánto lo siento. Había olvidado que tú… Y entonces he pensado que… Pero no tengo excusa…

Su voz se fue apagando y sus hombros se estremecieron mientras, en sus brazos, la niña —que era minúscula, tan pequeña que parecía demasiado frágil para existir siquiera— seguía durmiendo sin enterarse de nada.

Eché un vistazo aterrado a mi alrededor, preguntándome dónde se habría metido mi padre. En ese momento me percaté de que el fragor del mar no procedía del exterior, sino de la pequeña máquina de ruido blanco que descansaba sobre la mesa baja. ¿A quién se le ocurre escuchar un océano falso teniendo uno de verdad al alcance del oído? Fue una de las muchas cosas que, en aquel momento, no pude entender.

—Hum —empecé, al ver que Heidi seguía llorando, los sollozos interrumpidos por algún que otro sorbido y acompañados por el restallido de las olas falsas—. ¿Puedo…? ¿Necesitas ayuda o algo?

Ella aspiró una temblorosa bocanada de aire y alzó la vista para mirarme. Unas grandes ojeras cercaban sus ojos; tenía un sarpullido rojo en la barbilla.

—No —respondió mientras nuevas lágrimas inundaban sus ojos—. Estoy bien. Es que… Estoy bien.

Su afirmación no se sostenía por ningún lado, ni siquiera ante mis ojos inexpertos. Tampoco tuve tiempo de discutírselo, por cuanto en ese momento entró mi padre cargado con una bandeja de cafés y una pequeña bolsa de papel marrón. Vestía su atuendo más típico, que consistía en un pantalón chino arrugado y una camisa por fuera, las gafas algo torcidas. Para impartir clase añadía una corbata y una americana de tweed. Eso sí, nunca se quitaba las zapatillas deportivas, fuera cual fuese el resto de su indumentaria.

—¡Aquí está! —exclamó cuando me vio, y al momento se acercó para abrazarme. Mientras me estrechaba entre sus brazos, miré a Heidi por encima de su hombro, que ahora se mordía el labio con la vista clavada en la ventana que daba al océano—. ¿Qué tal el viaje?

—Bien —respondí despacio al tiempo que él retrocedía para extraer un vaso de la bandeja portacafés y ofrecérmelo. Lo acepté y observé cómo se servía el suyo antes de dejar el último sobre la mesa, delante de Heidi, que se limitó a mirarlo como si no supiera qué era aquello.

—¿Ya has conocido a tu hermana?

—Eh…, no —reconocí—. Todavía no.

—¡Ah, bien! —Dejó la bolsa de papel en la mesa y alargó los brazos hacia Heidi (que se crispó, sin que él diera muestras de percatarse) para coger a la recién nacida—. Aquí la tienes. Esta es Tisbe.

Miré la carita del bebé, tan pequeña y delicada que ni siquiera parecía real. Tenía los ojos cerrados, unas minúsculas pestañas de punta. Una de sus manitas asomaba por debajo de la manta y me fijé en los diminutos dedos, acaracolados.

—Es preciosa —observé, porque es lo que dice la gente.

—¿Verdad? —Mi padre sonrió al tiempo que la acunaba con suavidad. En ese momento la niña abrió los ojos. Nos miró, parpadeó y luego, igual que su madre instantes atrás, se echó a llorar—. Ups —dijo él, meneándola una pizca. El llanto de Tisbe cobró fuerza—. ¿Cielo? —Se volvió a mirar a Heidi, que seguía sentada en el mismo lugar y posición exactos, con los brazos exangües a los costados—. Me parece que tiene hambre.

Ella tragó saliva y se giró hacia él sin pronunciar palabra. Cuando mi padre le tendió a Tisbe, Heidi viró el cuerpo de nuevo hacia la ventana, casi como si fuera un robot, mientras el llanto cobraba más y más intensidad.

—Salgamos —propuso él a la vez que recogía el paquete que había dejado sobre la mesa y me indicaba por gestos que lo siguiera de camino hacia unas puertas correderas. Abrió una y me cedió el paso a la terraza trasera. Por lo general, las vistas me habrían quitado el aliento un instante —la casa estaba en la mismísima playa y un camino conducía directamente a la arena—, pero me volví a mirar a Heidi en lugar de admirarlas, solo para descubrir que había desaparecido sin llevarse el café siquiera, que seguía intacto sobre la mesa.

—¿Se encuentra bien? —le pregunté a mi padre.

Él abrió la bolsa de papel, extrajo una magdalena y me la ofreció. Negué con la cabeza.

—Está cansada —explicó. Mordió un bocado y unas cuantas migas rociaron su camisa. Se las sacudió con una mano antes de seguir comiendo—. La pequeña no duerme bien por las noches, ya sabes, y yo no puedo ayudarla demasiado porque tengo problemas de sueño y necesito dormir nueve horas seguidas, o de lo contrario me pongo fatal. Intento convencerla de que busque una niñera, pero no quiere.

—¿Por qué no?

—Ah, ya conoces a Heidi —dijo, como si en verdad yo la conociera—. Se empeña en hacerlo todo ella misma y a la perfección. Pero no te preocupes, se le pasará. Los dos primeros meses son duros. Todavía recuerdo lo mal que lo pasamos con Hollis; tu madre estuvo a punto de perder la cabeza. Claro que él sufría unos cólicos horribles. Teníamos que pasearlo durante toda la noche y seguía gritando. ¡Y qué apetito! Santo Dios. Dejaba a tu madre sin una gota de leche y seguía hambriento…

Continuó hablando en ese plan, pero yo había oído tantas veces la canción que me sabía las palabras de memoria, así que me limité a tomar sorbos de café. Miré a la izquierda y vi unas cuantas casas más y luego lo que parecía ser una especie de paseo marítimo flanqueado de negocios, así como una playa pública ya repleta de sombrillas y gente tomando el sol.

—En fin —decía ahora mi padre, que arrugó el papel de la magdalena antes de devolverlo a la bolsa—. Tengo que volver al trabajo. Te enseñaré tu habitación. Podemos charlar más tarde durante la cena. ¿Te parece bien?

—Claro —asentí mientras regresábamos al interior de la casa, donde el sonido de la máquina seguía atronando. Mi padre negó con la cabeza y, alargando la mano, la apagó. El súbito silencio se me antojó chirriante—. ¿Estás escribiendo?

—Oh, sí. Estoy en racha, terminaré el libro dentro de nada —fue su respuesta—. Solo es cuestión de pulirlo un poco, añadir algún detalle aquí y allá.

Regresamos al recibidor y subimos las escaleras. Mientras recorríamos el pasillo, pasamos junto a una puerta abierta, a través de la cual vi una pared rosa con una cenefa de lunares marrones. En el interior reinaba el silencio. Nadie lloraba, al menos que yo alcanzara a oír.

Mi padre empujó la puerta de la siguiente habitación y, por gestos, me indicó que pasara.

—Siento que tu dormitorio sea tan pequeño —me dijo cuando crucé el umbral—. Pero tienes las mejores vistas.

No mentía. Si bien era un cuarto minúsculo, con una cama individual, un escritorio y apenas espacio para nada más, la solitaria ventana daba a una zona despejada, tan solo se veía zostera, arena y agua.

—Es fantástico —observé.

—¿Verdad? Antes era mi despacho. Pero tuvimos que poner al bebé en la habitación contigua, así que me trasladé a la otra punta de la casa. No quería despertarla con…, ya sabes, el ruidito de mi proceso creativo. —Rio entre dientes, como si yo tuviera que pillar el chiste—. Y hablando de eso, será mejor que me ponga a trabajar. Tengo unas mañanas muy productivas últimamente. Nos vemos para la cena, ¿te parece bien?

—Oh —dije, mirando el reloj. Eran las once y cinco—. Claro.

—Genial. —Me propinó un apretón cariñoso en el brazo y echó a andar por el pasillo, tarareando para sí, mientras yo lo veía alejarse. Tan pronto como dejó atrás la habitación rosa y marrón, oí que la puerta se cerraba.

***

Me despertó el llanto de un bebé a las seis y media de la tarde.

La palabra «llanto», en realidad, no basta para describir aquel escándalo. Tisbe estaba aullando, obviamente ejercitando a tope los pulmones. Y si bien los gritos eran audibles en mi habitación, donde un delgado tabique me separaba de ella, cuando salí al pasillo en busca de un cuarto de baño para lavarme los dientes, el ruido se tornó ensordecedor.

Me quedé un instante en la penumbra, junto a la puerta de la habitación rosa, escuchando los gritos que aumentaban de volumen por momentos antes de detenerse en seco para volver a empezar con fuerzas renovadas. Yo me estaba preguntando si nadie más lo estaría oyendo cuando escuché a alguien que decía «chiss, chiss», antes de que los berridos ahogaran la voz de nuevo.

Me asaltó una sensación de familiaridad, como si algo se agitara en mi inconsciente. Cuando mis padres empezaron a pelearse por las noches, ese ruidito era parte de lo que me repetía a mí misma —«chiss, chiss, todo va bien»— una y otra vez, mientras intentaba hacer oídos sordos a los gritos y quedarme dormida. Ahora, al escucharlo, se me antojó extraño, por cuanto estaba habituada a que fuera privado, únicamente en mi cabeza y rodeada de oscuridad. Así que decidí seguir andando.

—¿Papá?

Mi padre, sentado ante su portátil a un escritorio colocado contra la pared, no se movió cuando dijo:

—¿Mm?

Volví la vista hacia el pasillo, pendiente de la habitación rosa, y luego lo miré a él otra vez. No estaba escribiendo, tan solo observaba la pantalla y tenía un bloc de notas con algunas frases sueltas a un lado de la mesa. Me pregunté si habría estado allí encerrado todo el tiempo que yo había pasado durmiendo, más de siete horas.

—¿Quieres que… —empecé—, esto, vaya preparando la ce­na o algo?

—¿No está Heidi en ello? —preguntó, todavía de cara a la pantalla.

—Creo que está con el bebé —fue mi respuesta.

—Ah. —Volvió la cabeza para mirarme—. Bueno, si tienes hambre hay una hamburguesería fantástica a una manzana de distancia. Los aros de cebolla son legendarios.

Sonreí.

—Suena bien —asentí—. ¿Le pregunto a Heidi si quiere algo?

—Claro. Y tráeme una hamburguesa con queso y unos aros de cebolla. —Hundió la mano en el bolsillo trasero, extrajo un par de billetes y me los tendió—. Muchas gracias, Auden. Te lo agradezco.

Tomé los billetes sintiéndome como una idiota. Pues claro que no me acompañaba: tenía un bebé en casa, una esposa a la que cuidar.

—Encantada —respondí, aunque él ya había devuelto la atención al ordenador y en realidad no me estaba escuchando—. No tardo nada.

Una vez más me acerqué a la habitación rosa, donde Tisbe seguía llorando a todo pulmón. Como no tenía que preocuparme por si la despertaba, llamé dos veces con los nudillos. Al cabo de un instante se abrió una rendija y Heidi me miró.

Estaba aún más demacrada que antes, si cabe: la coleta había desaparecido y ahora el cabello le caía lacio sobre la cara.

—Hola —dije, o más bien grité por encima de los aullidos—. Voy a comprar algo para cenar. ¿Qué te apetece?

—¿Cenar? —repitió, también alzando la voz. Asentí—. ¿Ya es la hora de cenar?

Miré mi reloj, como si tuviera que asegurarme.

—Son las siete menos cuarto.

—Ay, Dios mío. —Cerró los ojos—. Pensaba prepararte una gran cena de bienvenida. Lo tenía todo planeado, con pollo, verduras y un montón de cosas. Pero la peque no ha parado de protestar y…

—No te preocupes —le aseguré—. Voy a comprar hamburguesas. Papá dice que hay un sitio muy bueno cerca de aquí.

—¿Tu padre está en casa? —preguntó, cambiándose a Tisbe de lado y mirando por encima de mi hombro, hacia el pasillo—. Pensaba que había ido a la facultad.

—Está trabajando en su despacho —le aclaré. Ella se acercó un poco más, como si no pudiera oírme—. Está escribiendo —repetí en un tono más alto—. Así que iré a comprar algo. ¿Qué te apetece?

Heidi se quedó allí plantada, la niña llorando entre las dos, mirando el pasillo y la luz que se filtraba por la puerta entreabierta del despacho. Abrió la boca para hablar, pero se mordió la lengua e inspiró hondo.

—Lo que vayas a comer tú estará bien —dijo al cabo de un momento—. Gracias.

Asentí y a continuación retrocedí mientras ella volvía a cerrar la puerta entre las dos. Lo último que vi fue la cara enrojecida del bebé, que seguía vociferando.

Gracias a Dios, en el exterior reinaba la calma. Tan solo se dejaban oír el fragor del mar y los clásicos sonidos de cualquier vecindario —los niños jugando, la música de algún coche, un televisor con el volumen tan alto que se escapaba por una puerta trasera— según recorría la calle hacia el lugar donde terminaban las viviendas y empezaba la zona comercial.

Había un estrecho paseo de madera custodiado por establecimientos diversos: un local de batidos, una de esas tienduchas para turistas donde venden toallas baratas y relojes de conchas, una pizzería. A medio camino, pasé por una pequeña tienda de ropa llamada Clementine, con un toldo de color naranja. Una hoja pegada a la puerta anunciaba: ¡ES UNA NIÑA! TISBE CAROLINE WEST, NACIDA EL 1 DE JUNIO, 3 KILOS, 100 GRAMOS. «Así que este es el local de Heidi», pensé. Atisbé percheros cargados de camisetas y vaqueros, una sección de maquillaje y lociones corporales y a una chica morena enfundada en un vestidito rosa que se miraba las uñas detrás del mostrador con el teléfono pegado al oído.

Un poco más adelante avisté la que debía de ser la hamburguesería que mi padre había mencionado: «Last Chance Café, los mejores aros de cebolla de la playa», proclamaba el cartel. Más allá había un último negocio, un taller de bicicletas. Un grupo de chicos de mi edad estaba reunido en el deteriorado banco de madera del exterior, hablando y mirando a los transeúntes.

—Lo principal —decía uno, un chaval corpulento que llevaba pantalón corto deportivo y cartera con cadena— es que el nombre tenga garra. Energía, ¿entendéis?

—Es más importante que sea inteligente —opinó otro, más alto y más delgado, con el cabello rizado y aspecto de pardillo—. Por eso deberíamos optar por mi propuesta, «El Cigüeñal». Es perfecto.

—Parece el nombre de una tienda de coches, no de bicicletas —replicó el más bajito.

—Las bicicletas tienen cigüeñal —señaló su amigo.

—Y los coches.

—Y los pozos —añadió el más delgado.

—¿Ahora la quieres llamar «El Cigüeñal del Pozo»?

—No —replicó su amigo mientras los otros dos reían con ganas—. Solo digo que el contexto no tiene por qué ser exclusivo.

—¿Y a quién le importa el contexto? —suspiró el chico bajito—. Necesitamos un nombre que llame la atención y venda el producto. Algo como «Bicis Zoom». O «Bicis Supersónicas».

—¿Cómo va a ser supersónica una bici? —preguntó otro, de espaldas a mí—. Eso es una tontería.

—No lo es —le dijo el chico de la cartera—. Además, tú no estás proponiendo nada.

Dejando atrás Clementine, eché a andar otra vez. En ese preciso instante, el tercer chico se dio la vuelta de sopetón y nuestros ojos se encontraron. Era moreno, con el pelo corto, la piel increíblemente bronceada y una sonrisa franca y segura, ahora dirigida a mí.

—Vaya —dijo despacio, sin despegar los ojos de los míos—. ¿Acaba de pasar por delante de mí la chica más guapa de Colby?

—Ay, por Dios —resopló el pardillo, que negaba con la cabeza mientras el otro reía—. Eres patético.

Noté las mejillas encendidas, aunque no le hice ni caso y continué mi camino. Podía sentir cómo me seguía mirando, todavía sonriendo, mientras yo alargaba más y más la distancia entre los dos.

—Solo he constatado la realidad —gritó, cuando ya apenas si le oía—. Podrías darme las gracias, ¿sabes?

No lo hice. No dije nada, aunque solo fuera porque no tenía ni idea de cómo responder a una insinuación como aquella. Si tenía poca práctica en cuestión de amigas, mi experiencia con chicos —aparte de competir con ellos por las notas o por el primer puesto de la clase— era nula.

No digo que nunca me hubiera fijado en nadie. Cuando estudiaba en el Jackson había un chico en mi clase de Ciencias, un desastre para las ecuaciones, que siempre me provocaba sudores en las palmas de las manos cuando me emparejaban con él en el laboratorio. Y en Perkins Day coqueteé torpemente con Nate Cross, que se sentaba a mi lado en Cálculo, pero toda la clase estaba enamorada de Nate, de manera que apenas si cuenta. No fue hasta entrar en el colegio Kiffney-Brown, donde conocí a Jason Talbot, que me planteé en serio la posibilidad de tener que contar una de esas historias de chicos la próxima vez que quedase con mis viejas amigas. Jason era listo, guapo y tenía el corazón roto después de que su novia de Jackson lo dejara, según sus propias palabras, «por un delincuente juvenil tatuado que trabajaba de soldador». A causa del tamaño de las clases en Kiffney-­Brown, estilo seminario, pasábamos mucho tiempo juntos, luchando por el primer puesto de la clase, y cuando me invitó al baile de graduación, me hizo más ilusión de lo que jamás habría reconocido. Hasta que se echó a atrás, alegando la «gran oportunidad» que le brindaba el congreso de ecología. «Ya sabía que te lo tomarías bien —me dijo cuando yo asentí sin rebotarme al conocer la noticia—. Tú sí que entiendes lo que es importante».

Vale, no elogió mi belleza. Pero fue un cumplido, a su manera.

El Last Chance Café estaba atestado. Había una cola de gente esperando para sentarse y se podía ver a dos cocineros a través de la ventanita de la cocina, corriendo de acá para allá conforme los pedidos se amontonaban en el pinchapapeles. Encargué mi pedido a una chica morena y guapa con un piercing en el labio y luego me senté junto a la ventana a esperarlo. Echando un vistazo al paseo, vi a los chicos todavía reunidos delante del banco. El que me había dirigido la palabra estaba ahora sentado, con la nuca apoyada en las manos, riendo, mientras el chaval más fornido paseaba de un lado a otro sobre una bici, salpicando su avance con algún que otro salto.

Tardaron un rato en preparar la comida, pero pronto me di cuenta de que mi padre tenía razón. La espera había valido la pena. Hundí los dedos entre los aros de cebolla antes de llegar siquiera a la puerta que daba al paseo, a esas alturas repleto de familias comiendo helados, parejas dando un paseo y montones de niños que correteaban por la arena. A lo lejos se dibujaba un precioso ocaso, en tonos rosados y anaranjados, y yo clavé la vista en él según avanzaba, sin mirar siquiera a la tienda de bicis hasta que casi la había sobrepasado. El chico seguía allí, aunque ahora estaba hablando con una pelirroja alta que llevaba unas enormes gafas de sol.

—Eh —me gritó él—, si no sabes qué hacer esta noche, hay una hoguera en la Punta. Te guardaré un sitio.

Lo miré de reojo. La pelirroja me estaba mirando con cara de pocos amigos, así que no respondí.

—¡Oh, es una rompecorazones! —continuó él, y se echó a reír. Yo seguí caminando, sintiendo las dagas que la chica me lanzaba clavadas en alguna parte entre los omóplatos—. Piénsatelo. Te estaré esperando.

De nuevo en casa, busqué tres platos y algunos cubiertos. Puse la mesa y coloqué la comida encima. Estaba rescatando los paquetes de kétchup de la bolsa cuando mi padre bajó.

—Me ha parecido oler los aros de cebolla —dijo a la vez que se frotaba las manos—. Esto tiene una pinta de muerte.

—¿Va a bajar Heidi? —pregunté al tiempo que depositaba la hamburguesa de mi padre en un plato.

—No estoy seguro —fue su respuesta. Engulló un aro de cebolla. Con la boca llena, añadió—: La nena no tiene un buen día. Es posible que quiera dormirla antes de cenar.

Volví la vista hacia las escaleras y me pregunté si sería posible que Tisbe siguiera llorando, teniendo en cuenta que yo llevaba fuera una hora como poco.

—Podría…, esto…, preguntarle si quiere que le suba la cena.

—Claro, genial —asintió mi padre, que separó una silla de la mesa y se sentó. Yo me quedé un instante allí plantada, observando cómo se zampaba otro aro de cebolla y echaba mano de un periódico que había por allí encima. Tenía ganas de compartir la cena con mi padre, claro, pero me sabía mal hacerlo en esas circunstancias.

Efectivamente, Tisbe seguía llorando: la oí en cuanto llegué al final de las escaleras con la cena de Heidi en un plato. La puerta de la habitación rosa estaba entornada y la vi, a través de la rendija, sentada en una mecedora con los ojos cerrados, balanceándose adelante y atrás, adelante y atrás. Dudé si molestarla, pero debió de oler la comida, porque abrió los ojos una milésima de segundo más tarde.

—He pensado que tendrías hambre —le dije a voz en cuello—. ¿Quieres que…? ¿Te acerco el plato?

Ella parpadeó y luego miró a Tisbe, que seguía aullando.

—Déjalo ahí —me pidió, señalando con la barbilla una cómoda blanca—. Lo cogeré en cuanto pueda.

Me aproximé esquivando una jirafa de peluche y un libro titulado Todo lo que debe saber sobre su bebé, que estaba abierto por una página cuyo encabezamiento rezaba: «Irritabilidad: qué la provoca y cómo evitarla». O bien no había tenido tiempo de leerlo, o bien ese libro no servía para nada, pensé mientras dejaba el plato.

—Gracias —dijo Heidi. Todavía se estaba meciendo con un movimiento casi hipnótico, aunque obviamente no era hipnótico para Tisbe, que aún gritaba a voz en cuello—. Es que… no sé qué estoy haciendo mal. Ha comido, la he cambiado. La estoy acunando y tengo la sensación… de que me odia o algo así.

—Deben de ser gases —sugerí.

—Pero ¿eso qué significa, exactamente? —Tragó saliva con dificultad y devolvió la vista a la carita de su hija—. No tiene sentido y yo estoy haciendo todo lo que puedo…

Dejó la frase en suspenso, de nuevo con la voz estrangulada, y yo pensé en mi padre, sentado tranquilamente en la planta baja, comiendo aros de cebolla y leyendo el periódico. ¿Por qué no estaba aquí arriba con ella? Yo tampoco sabía absolutamente nada sobre bebés. Según formulaba aquel pensamiento, Heidi alzó la vista hacia mí.

—Dios mío, Auden, cuánto lo siento. —Negó con la cabeza—. Seguro que no te apetece nada aguantar mis rollos. Eres joven, deberías estar divirtiéndote. —Se sorbió y se frotó los ojos con una mano—. ¿Sabes? Hay un sitio que llaman la Punta, un poco más abajo. Las dependientas de mi tienda van allí a divertirse por las noches. Deberías pasarte. Será mejor que esto, ¿no?

«Ya lo creo», pensé, pero me pareció de mala educación decirlo en voz alta.

—Puede que vaya —respondí.

Ella asintió, como si hubiéramos cerrado un trato, antes de volver a posar los ojos en Tisbe.

—Gracias por la comida —dijo—. De verdad… Te lo agradezco mucho.

—De nada —fue mi respuesta. Pero ella seguía mirando al bebé con expresión fatigada, así que consideré el gesto un adiós y, cerrando la puerta al salir, me largué.

En la planta baja mi padre apuraba los últimos bocados de la cena al tiempo que leía con atención las páginas de deportes. Cuando me senté en la silla de enfrente, alzó la vista y sonrió.

—¿Cómo le va? ¿Ya se ha dormido la peque?

—La verdad es que no —le dije, y desenvolví mi hamburguesa—. Sigue gritando.

—Porras. —Echó la silla hacia atrás para levantarse—. Será mejor que vaya a echar un vistazo.

«Por fin», pensé mientras él desaparecía escaleras arriba. Eché mano de mi hamburguesa y le asesté un bocado; estaba fría, pero todavía rica. No me había zampado ni la mitad cuando mi padre reapareció. Se encaminó a la nevera y sacó una cerveza. Yo me quedé sentada, masticando, mientras él le quitaba el tapón, bebía un sorbo y miraba por la ventana en dirección al agua.

—¿Va todo bien ahí arriba?

—Sí, claro —me aseguró con desenfado, al tiempo que se cambiaba la botella de mano—. Tiene gases, nada más. No se puede hacer gran cosa salvo esperar.

El caso es que yo quería a mi padre. Puede que fuera algo neurótico y sin duda un egoísta de cuidado, pero conmigo siempre se había portado bien y yo le admiraba. Ahora mismo, sin embargo, entendía por qué algunas personas no le tenían demasiada simpatía.

—¿Heidi…? ¿Va a venir su madre a ayudarla y eso?

—Su madre murió hace un par de años —me reveló mientras tomaba otro trago de cerveza—. Tiene un hermano, pero es mayor. Vive en Cincinnati con sus propios hijos.

—¿Y si contratarais a una niñera o algo así?

Me miró.

—No quiere que nadie la ayude —replicó—. Como ya te he dicho, quiere hacerlo todo ella misma.

Una imagen cruzó por mi mente: la de Heidi mirando hacia el despacho de mi padre, su expresión agradecida cuando le había subido la cena.

—Tal vez —empecé— deberías, ya sabes, insistir. Parece muy cansada.

Se limitó a mirarme un momento, con una expresión hierática.

—Auden —dijo por fin—, esto no es algo que deba preocuparte, ¿de acuerdo? Heidi y yo nos apañaremos.

En otras palabras, no es asunto tuyo. Y tenía razón. Aquella era su casa y yo era una invitada. Constituía una insolencia por mi parte presentarme allí y suponer que podía ir dando lecciones solo con la experiencia de unas pocas horas.

—Vale —dije, haciendo una bola con la servilleta—. Claro.

—Muy bien —respondió mi padre, de nuevo con la voz relajada—. Pues… voy a subir un rato, a darle otro empujón al libro. Me gustaría terminar el capítulo esta noche. ¿Te las arreglarás sola?

En realidad, no se trataba de una pregunta, solo estaba formulada como tal. Es raro cómo una entonación puede marcar tanta diferencia, cambiar incluso el verdadero sentido de una frase.

—Claro —dije—. Ve. Todo irá bien.