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El martes siguiente al día del Trabajo, una de esas doradas y perfectas mañanas de septiembre en Massachusetts, los estudiantes empezaron a llegar al colegio Saint Ambrose. La escuela tenía más de ciento veinte años de antigüedad, y sus impresionantes edificios de piedra ofrecían un aspecto tan distinguido como el de las universidades en las que la mayoría de los alumnos serían aceptados cuando se graduaran. Muchos ilustres hombres habían salido de aquel centro privado para dejar su impronta en el mundo.

Era una jornada histórica para Saint Ambrose. Después de diez años de acalorado debate, y tras dos de preparación, ciento cuarenta estudiantes femeninas iban a ingresar en el centro para unirse a los ochocientos alumnos varones. Era parte de un programa progresivo de tres años, al final del cual cuatrocientas jóvenes formarían parte del cuerpo estudiantil, que ascendería entonces a un total de mil doscientos matriculados.

En ese primer curso se había aceptado a sesenta alumnas de primero, cuarenta de segundo, treinta y dos de tercero y ocho de último año. Estas ocho eran jóvenes que, o bien se habían trasladado recientemente a la costa Este, o bien tenían razones de peso para cambiar de instituto en su último año y, por tanto, no se graduarían con las compañeras con las que habían cursado la secundaria. Todas las aspirantes a ingresar en el colegio habían sido sometidas a un riguroso proceso de selección para asegurarse de que estaban a la altura de los estándares de Saint Ambrose, tanto morales como académicos.

Se habían construido dos residencias para acoger a las nuevas alumnas, y estaba previsto finalizar la construcción de la tercera el año siguiente y una cuarta para el próximo. Hasta la fecha, todos los cambios y adiciones se habían producido de manera fluida y sin contratiempos.

Durante el curso anterior se habían impartido extensos seminarios para asesorar al cuerpo docente sobre cómo realizar la transición de enseñar en un colegio exclusivamente masculino a hacerlo en uno de carácter mixto. Los defensores del nuevo sistema alegaban que contribuiría a mejorar el estatus académico de la escuela, ya que a esa edad las chicas tendían a estar más centradas en los estudios y se adaptaban antes a la dinámica académica. Otros sostenían que aquello ayudaría a que los estudiantes tuvieran una formación más integral, ya que tendrían que aprender a convivir, trabajar, colaborar y competir con miembros del sexo contrario, lo cual era al fin y al cabo más representativo del mundo real al que se enfrentarían en la universidad y en la vida en general.

En los últimos años habían disminuido ligeramente las matriculaciones en Saint Ambrose, debido a que la mayoría de sus competidores ya se habían incorporado al sistema de enseñanza mixta, algo que muchos padres y estudiantes preferían. Si no se adaptaban pronto no podrían mantenerse al día y competir con los demás colegios privados.

Sin embargo, había sido una batalla muy difícil de ganar. El director de Saint Ambrose, Taylor Houghton IV, fue uno de los últimos en convencerse de sus beneficios. Al principio no veía más que un sinfín de complicaciones, como los romances entre estudiantes, algo a lo que no tenían que enfrentarse en un internado masculino. Lawrence Gray, el jefe del Departamento de Lengua y Literatura inglesas, había llegado a preguntar si no acabarían convirtiéndose en el colegio Santa Sodoma y Gomorra. Después de treinta y siete años en Saint Ambrose, Larry Gray había sido el más vehemente opositor al cambio. Era una persona tradicional, conservadora y, en el fondo, un tanto amargada, pero sus objeciones habían sido rechazadas por todos aquellos que querían que el colegio se adaptara a los nuevos tiempos, por muchos desafíos que ello conllevara.

La actitud resentida de Larry Gray tenía su origen en el hecho de que, cuando llevaba diez años en Saint Ambrose, su mujer lo abandonó por el padre de un alumno de segundo. Nunca consiguió recuperarse de aquello ni había vuelto a casarse. Desde entonces había permanecido otros veintisiete años en el colegio y, aunque era una persona infeliz, también era un profesor excelente. Siempre lograba sacar el máximo rendimiento de los chicos, que se graduaban con la mejor preparación posible para brillar en la universidad de su elección.

Taylor apreciaba a Larry. Lo llamaba afectuosamente el «profesor cascarrabias», y estaba preparado para soportar sus quejas constantes a lo largo del año que se avecinaba. Su reticencia a modernizar el colegio había provocado que nunca se le hubiera tenido en cuenta para ocupar el puesto de subdirector. Y ahora, cuando le faltaban solo dos años para jubilarse, continuaba manifestando sus objeciones a la llegada de estudiantes femeninas.

Cuando el anterior subdirector se retiró, incapaz de afrontar un cambio de tal magnitud, la junta escolar emprendió una exhaustiva búsqueda para sustituirlo que se prolongó durante dos años. Al final, se mostraron absolutamente satisfechos cuando lograron convencer a una brillante joven afroamericana, subdirectora de un colegio privado rival, para que aceptara el puesto.

Nicole Smith, graduada por Harvard, estaba emocionada por incorporarse a Saint Ambrose en esta nueva etapa de transición. Su padre era decano de una pequeña pero prestigiosa universidad y su madre era una poeta laureada que daba clases en Princeton. Nicole llevaba la vida académica en la sangre, y a sus treinta y seis años estaba llena de energía y entusiasmo. El director Houghton, el cuerpo docente y la junta escolar estaban encantados de que se uniera a ellos. Ni siquiera Larry Gray había puesto pegas a su incorporación, incluso le caía bien la joven. El veterano profesor había olvidado sus aspiraciones de convertirse en subdirector. Todo lo que quería era jubilarse y no paraba de decir que esperaba ansioso que llegara ese momento.

El presidente de la junta escolar, Shepard Watts, había sido uno de los más fervientes defensores de que el colegio pasara a ser mixto. Admitía sin reparos que tenía ciertas motivaciones personales para ello. Sus gemelas de trece años entrarían como estudiantes de primero en el siguiente curso, y su hijo de once lo haría tres años después. Quería que sus hijas tuvieran las mismas oportunidades que sus hermanos de recibir una educación de primera categoría en Saint Ambrose.

Las gemelas ya habían presentado sus solicitudes y habían sido aceptadas. El ingreso dependería en última instancia de sus notas en octavo curso, aunque dado su historial hasta la fecha no cabía duda de que no tendrían problemas. El hijo mayor de Shepard, Jamie Watts, iba a empezar el último año de secundaria y era uno de los estudiantes estrella del colegio. Su rendimiento académico era más que destacable y también sobresalía en las actividades deportivas. Era un chico magnífico en todos los aspectos y le caía bien a todo el mundo.

Shepard trabajaba como banquero de inversiones en Nueva York. Su esposa, Ellen, era una madre muy activa y entregada que, además, ejercía como presidenta de la asociación de padres. Un verano de hacía ya veinte años entró a trabajar para Shepard como becaria. Un año después ya estaban casados. Taylor Houghton y Charity, su mujer, les apreciaban mucho y los consideraban buenos amigos.

El director y su esposa tenían una hija, ya casada, que trabajaba como pediatra y vivía en Chicago. Charity daba clases de historia y latín en el colegio y le entusiasmaba la idea de poder enseñar también a chicas a partir de este año. Procedía de una familia de Nueva Inglaterra con firmes valores y cumplía a la perfección su papel de esposa del director de una venerable institución privada. Estaba orgullosa de su marido y del cargo que ocupaba.

Taylor, al que le quedaban aún diez años para jubilarse, estaba consagrado en cuerpo y alma al colegio. Pese a ser un centro tan grande, reinaba en él un ambiente familiar, y Charity se esforzaba por conocer al mayor número posible de alumnos y a sus padres.

Al igual que otros miembros del cuerpo docente, ejercía como tutora de un grupo de estudiantes y se encargaba de hacer el seguimiento de su trayectoria académica durante los cuatro años de secundaria. En cuanto iniciaban el último curso, empezaba a trabajar con sus pupilos ayudándoles a rellenar las solicitudes para la universidad, escribiendo cartas de recomendación para ellos y aconsejándoles sobre cómo elaborar sus redacciones de presentación. La mayoría de los estudiantes de Saint Ambrose aspiraban a universidades de la Ivy League, y era impresionante el número de ellos que eran aceptados cada año.

Taylor Houghton y Nicole Smith observaban la llegada de los alumnos desde lo alto de las escaleras del edificio de administración cuando Shepard Watts y su hijo Jamie entraron en el campus. Shepard dejó que su hijo fuera a reunirse con sus amigos y se acercó a saludar a Taylor y Nicole, que contemplaba con ojos brillantes y emocionados la procesión de grandes vehículos y monovolúmenes que se dirigían a las zonas de aparcamiento habilitadas para los distintos cursos.

—¿Cómo va la cosa? —preguntó Shepard mientras sonreía a la subdirectora.

—Al parecer, bastante bien —respondió ella, también con una gran sonrisa—. Han empezado a llegar a las nueve y un minuto.

La explanada del aparcamiento ya estaba casi llena.

—¿Dónde está Larry? —le preguntó Shepard a Taylor.

Por lo general siempre andaba por allí cerca para ver la llegada de los estudiantes.

—Le están poniendo oxígeno en mi despacho —respondió el director, y los tres se echaron a reír.

Taylor era un hombre alto y de porte atlético, con el cabello entreverado de canas y unos vivaces ojos marrones. Había estudiado en Princeton, como todos los hombres de su familia antes que él. Charity había ido a Wellesley, y Shepard a Yale. El presidente de la junta escolar era un hombre atractivo, con el pelo oscuro y unos penetrantes ojos azules. También era el mayor recaudador de fondos para el colegio. Nunca aceptaba un no por respuesta y recogía sustanciosas cantidades de dinero tanto de las familias de los estudiantes actuales como de los exalumnos. Además, también era un generoso benefactor. Y a pesar de las exigencias de su profesión, era un padre devoto y entregado que durante los últimos tres años había demostrado una gran dedicación tanto a su hijo como a Saint Ambrose.

Los tres permanecieron en lo alto de las escaleras contemplando cómo los grandes vehículos se dirigían hacia sus plazas de aparcamiento para descargar las bicicletas, los ordenadores y el resto de las comodidades domésticas que se les permitía traer a los estudiantes. En la entrada del campus se habían dispuesto unas largas mesas, donde varios profesores orientaban a los alumnos sobre los dormitorios que se les habían asignado.

Como de costumbre, reinaba cierta confusión; los padres cargaban con mochilas, baúles, cajas y ordenadores, mientras los estudiantes veteranos iban a buscar a sus amigos y a confirmar dónde se alojarían. Hacía un mes que habían recibido toda la información por correo electrónico, pero por si alguien había olvidado traer la documentación, en las mesas volvían a comunicarles todo lo referente a la asignación de dormitorios y al programa de la jornada inaugural.

Los de primero se alojarían en cuartos para entre cuatro y seis estudiantes; los del último curso contaban con habitaciones sencillas o dobles, mientras que los de segundo y tercero disponían de cuartos para tres o cuatro alumnos. Las dependencias femeninas seguían el mismo sistema. Habría una profesora en cada residencia por si alguna se ponía enferma o tenía algún problema, y también para asegurarse de que todas se comportaban y cumplían las normas.

Gillian Marks, la nueva directora deportiva, había sido asignada a una de las residencias femeninas. Su predecesor en el puesto durante los últimos veinte años había dimitido cuando se confirmó que el colegio iba a admitir a chicas. Gillian era una mujer enérgica y vitalista que aceptó entusiasmada el puesto cuando se lo ofrecieron. Era una auténtica superestrella del deporte: a los dieciocho años ganó una medalla de plata olímpica en salto de longitud y estableció un récord que todavía no había sido batido. Tenía treinta y dos años y medía casi un metro noventa. Había sido directora deportiva adjunta en un internado femenino y estaba encantada de poder trabajar también con chicos.

Simon Edwards, uno de los profesores de matemáticas, la ayudaría a entrenar al equipo masculino de fútbol. Se había aficionado a ese deporte durante los dos años que había pasado en Francia e Italia después de graduarse en la universidad. Más tarde dio clases en un exclusivo instituto privado mixto de Nueva York y desde el curso pasado trabajaba en Saint Ambrose, ya que quería disfrutar de la experiencia de enseñar en un internado. Y este año, después de que el colegio se convirtiera en mixto, había regresado con más entusiasmo si cabe.

A sus veintiocho años, era el miembro más joven del cuerpo docente. Gillian y él se habían conocido en agosto, cuando se reunieron para hablar sobre cómo abordarían los entrenamientos. Las pruebas para formar los distintos equipos deportivos empezarían al día siguiente. El colegio disponía también de una piscina cubierta de dimensiones olímpicas construida gracias a las donaciones de un exalumno, y contaba con un potente equipo de natación. Gillian se encargaría además de entrenar a los equipos femeninos de voleibol y baloncesto.

El director y la subdirectora observaron junto a Shepard Watts cómo Gillian Marks daba la bienvenida a las alumnas de primero en la zona de aparcamiento correspondiente, y cómo Simon Edwards hacía lo mismo con los chicos nuevos. Los estudiantes de cursos superiores, que ya conocían la rutina y dónde estaban sus dormitorios, se abrían paso entre el gentío en busca de sus amigos, contentos de reencontrarse después del verano.

Poco después vieron llegar a Steve Babson. El muchacho tenía el historial académico más extenso de todo el colegio en cuestión de sanciones y períodos de vigilancia a prueba, y todos los años pasaba de curso por los pelos. Su padre, Bert Babson, era cirujano cardíaco en Nueva York. Rara vez aparecía por la escuela y siempre se mostraba muy duro con Steve cuando le llamaban desde Saint Ambrose para comunicarle algo acerca de su hijo.

Jean Babson, la asustadiza y un tanto desorientada madre, venía a visitarle sola, y tanto Taylor como el tutor de Steve intuían por experiencia que la mujer tenía un problema con el alcohol, aunque lograba mantenerlo bajo control cuando visitaba a su hijo.

Había indicios de que la vida familiar de Steve no era fácil, con un padre agresivo y una madre inestable, pero el muchacho había conseguido llegar al último año de secundaria y además era un buen chico, atractivo con su aspecto un tanto desaliñado, el pelo castaño rizado e inocentes ojos marrones. Había algo en él que recordaba a un cachorrillo grande y entrañable y que llegaba directamente al corazón de sus profesores, lo que ayudaba de alguna manera a compensar sus bajas calificaciones.

Gabe Harris había venido en coche desde Nueva York con su compañero Rick Russo. Shepard suspiró cuando vio a la madre de Rick vestida con un traje Chanel rosa y tacones de aguja en medio de la campiña de Massachusetts. Parecía recién salida de la peluquería y, como siempre, llevaba una gruesa capa de maquillaje. Shepard estaba convencido de que, si estuviera más cerca, su perfume le marearía.

El padre de Rick, Joe Russo, poseía una cadena de grandes almacenes de lujo en Texas y Florida y era con creces el principal benefactor del colegio. En los últimos tres años había donado un millón de dólares cada año, así que no les quedaba más remedio que soportar su prepotencia.

Rick era todo lo contrario a sus padres. Tenía el pelo castaño claro, los ojos grises y un carácter natural que le hacía llevarse bien con todo el mundo. Eso era lo que él quería, y no destacar como lo hacían sus padres. Además de un magnífico estudiante, era un chico discreto y sin pretensiones que nunca alardeaba de su estatus. Shepard pensaba que Joe Russo era una persona insoportable pero, como presidente de la junta escolar, debía mostrarse complaciente con él, dada la enorme cantidad de dinero que donaba al colegio. Su mujer, Adele Russo, había llegado conduciendo el nuevo monovolumen de Bentley, que Shepard sabía que costaba casi trescientos mil dólares.

El otro alumno que había venido con ellos, Gabe Harris, también era un buen chico, aunque un estudiante mediocre a pesar de sus esfuerzos. Además, era uno de los deportistas estrella del colegio y confiaba en obtener una beca deportiva para acceder a la universidad. Era uno de los pocos estudiantes becados de Saint Ambrose. Al ser el mayor de cuatro hermanos, sus padres estaban invirtiendo mucho en su educación a fin de demostrarles al resto de sus hijos que, si Gabe podía conseguirlo, ellos también.

El padre, Mike Harris, era uno de los mejores entrenadores personales de Nueva York, y la madre, Rachel, regentaba un restaurante. Trabajaban muy duro para que su hijo pudiera estudiar en Saint Ambrose y él se esforzaba mucho para estar a la altura de sus expectativas. Este año jugaría tanto en los equipos de fútbol como de fútbol americano, y también era muy bueno en tenis. Llevaba el pelo cortado a cepillo y tenía las espaldas muy anchas de tanto entrenar con su padre. No era demasiado alto, pero lo compensaba con su porte varonil y unos intensos ojos azules.

En ese momento vieron llegar a Tommy Yee con su padre. Tommy era chinoamericano, un muchacho encantador, educado y muy agradable. Era hijo único y sacaba unas notas impecables. Su padre, Jeff, era dentista en Nueva York, y su madre, Shirley, era presidenta de una prestigiosa empresa de contabilidad. Tommy hablaba con fluidez mandarín y cantonés, y tenía un gran talento para la física y las matemáticas. Además, era un prodigio del violín y tocaba en la orquesta de la escuela. El muchacho confiaba en que lo admitieran en el MIT, y por lo que Taylor había escuchado de sus profesores estaba seguro de que lo conseguiría. También sabía que sus padres le exigían mucho y que solo esperaban lo mejor de él, y que esas exigencias y expectativas no le dejaban mucho tiempo libre para estar con sus amigos.

Shepard dejó a Taylor y a Nicole para ir a buscar a su hijo y ayudarle a instalarse. Sabía que este año le habían asignado una habitación individual y que se alojaba en la misma residencia que algunos de sus compañeros. Shepard le prometió al director que se pasaría para despedirse antes de marcharse. Tenía mucho trabajo que hacer hasta entonces: instalar el aparato de música y el ordenador de Jamie, así como una pequeña nevera que les permitían tener en sus habitaciones a los estudiantes de último año para que pudieran comer o picar algo mientras hacían sus tareas o estudiaban para los exámenes.

Últimamente, los internados se parecían mucho a las universidades. Los estudiantes mayores podían disfrutar casi del mismo grado de libertad e independencia, un privilegio que se ganaba con la edad. La única diferencia era que en el campus no se permitía tener coche propio. Los alumnos solo podían ir al pueblo cercano los fines de semana en bicicleta o a pie, y siempre con un permiso previo.

En el campus eran tratados como adultos, y se esperaba que se comportaran con el cuerpo docente y con los demás alumnos con el debido respeto y decoro. Las drogas y el alcohol estaban totalmente prohibidos, y los escasos incidentes que se habían producido en el pasado habían sido gestionados de forma rápida y expeditiva con la expulsión de los implicados. No había segundas oportunidades cuando se trataba de drogas o alcohol, y la junta escolar apoyaba esta política con firmeza.

La psicóloga del campus, Maxine Bell, mantenía un estrecho contacto con todos los tutores para asegurarse de que no pasaran por alto ningún indicio significativo de depresión o de tendencias suicidas entre el alumnado. Cinco años atrás se había producido un incidente desgarrador con un estudiante que acabó quitándose la vida. Tenía unas notas magníficas y un sólido respaldo familiar, pero sufrió un terrible desengaño amoroso, reaccionó de forma dramática y se ahorcó.

En las dos últimas décadas había habido tres suicidios en Saint Ambrose, una cifra muy inferior a la de sus competidores. Uno de los internados más prestigiosos había sufrido cuatro suicidios en los últimos dos años. Era algo que preocupaba muchísimo a las instituciones docentes, y Maxine intentaba estar en todos los frentes y relacionarse con el mayor número posible de alumnos. Iba a todos los partidos y a algunos entrenamientos, se pasaba a menudo por la cafetería y conocía a muchos estudiantes por su nombre. Siempre estaba pendiente de la vida cotidiana de Saint Ambrose.

Betty Trapp, la enfermera del colegio, era otra gran fuente de información para Maxine, ya que todos los estudiantes la conocían y acudían a ella cuando se encontraban mal para que los cuidara y mimara. Un médico local venía cuando se le llamaba por algún motivo más serio, y también había un hospital a solo quince kilómetros de distancia, con servicio de transporte en helicóptero hasta Boston. El colegio funcionaba como una máquina bien engrasada y no había razón alguna para pensar que aquello pudiera cambiar con la presencia de las chicas.

Poco después de que Shepard se marchara para ir a buscar a su hijo, Larry Gray salió del edificio de administración para contemplar cómo iban llegando los estudiantes. La escena parecía caótica, aunque en realidad no lo era en absoluto. Ver por allí a las jóvenes alumnas resultaba algo inusual, pero no era una estampa desagradable. Algunos chicos miraban de reojo a sus nuevas compañeras, pero tampoco ellas parecían hablar unas con otras. Estaban demasiado ocupadas descargando los vehículos, discutiendo con sus padres sobre dónde dejar sus cosas y quién se encargaría de transportarlas.

Las madres de las alumnas de primero parecían muy alteradas por tener que separarse de sus niñas. También habían venido muchos padres, que se afanaban transportando los pesados baúles de sus hijas, ayudados de vez en cuando por algún profesor.

—Esta noche, las residencias estarán abarrotadas de secadores y rizadores de pelo —comentó Larry en tono sombrío.

Nicole miró sonriendo al viejo profesor. Después de las reuniones que habían mantenido sobre la llegada de las chicas al campus, ya estaba más que acostumbrada a sus quejas.

—No creo que sea para tanto, Larry —le tranquilizó ella.

En ese momento, todos se fijaron en una preciosa chica que acababa de bajarse del coche de su madre. Habían llegado las dos solas. La joven lucía una larga melena rubia que le caía por la espalda, y sacó un baúl y dos bolsas de viaje con gesto decidido mientras su madre se encargaba de coger algunas cajas. La chica ofrecía una imagen desenvuelta y segura impropia de su edad. Nicole pensó que parecía más una universitaria que una estudiante de último año. Era deslumbrantemente hermosa, como una modelo. Desde su posición elevada fueron testigos de cómo varias cabezas se giraban a su paso, tanto de profesores y de padres como de alumnos. Llevaba unos simples tejanos cortados, una camiseta y zapatillas deportivas.

La joven no prestó la menor atención a las miradas de admiración y siguió hablando con su madre como si tal cosa. Nicole la reconoció de los archivos que había estado revisando: se trataba de Vivienne Walker, una alumna del último curso procedente de Los Ángeles. Sus padres, ella una abogada que acababa de mudarse a Nueva York y él un promotor inmobiliario, estaban en pleno proceso de divorcio.

Vivienne sacaba unas notas excelentes en su antiguo instituto privado de Los Ángeles. Ella y su madre visitaron el colegio en mayo, y la joven había sido una de las últimas estudiantes en ser aceptadas. Resultaba difícil atraer a alumnos que quisieran cambiar de centro en el último año de secundaria, a menos que se debiera a alguna situación extraordinaria o a circunstancias familiares especiales, como en el caso de Vivienne.

Larry observó a la joven y a su madre con expresión adusta. Ella era justo el tipo de alumna que temía, una auténtica belleza que distraería a sus compañeros y acabaría causando, según sus propias palabras, «alguna situación dramática». No había duda al respecto: todos los varones habían reparado en ella, los padres incluso más que los hijos. Recordaba a una Alicia en el País de las Maravillas ya crecida.

—A eso era a lo que me refería —gruñó Larry con el ceño fruncido, y dio media vuelta para entrar en el edificio mientras Nicole y Taylor intercambiaban una sonrisa.

—Lo superará —dijo él con optimismo mientras observaba cómo Adrian Stone llegaba en una limusina con chófer, también procedente de Nueva York.

Adrian era uno de los alumnos más brillantes del colegio. Iba a empezar tercero de secundaria y sus compañeros lo definían como un «empollón». Era muy delgado, con el pelo castaño largo que siempre le caía sobre la cara y unos ojos marrones grandes y tristes. Sufría de asma y ansiedad social, y era una especie de genio informático que diseñaba sus propios programas y aplicaciones. Tenía pocos amigos, si es que tenía alguno, y se pasaba todo el tiempo estudiando o escondido en el aula de informática.

Sus padres, Jack y Liz, ambos psiquiatras, estaban en medio de un traumático proceso de divorcio que había convertido la vida de Adrian en un infierno. No hacían más que demandarse el uno al otro en los tribunales, y el psiquiatra asignado por el juez para velar por los intereses del joven había recomendado hacía dos años que el chico estudiara interno en un colegio para que permaneciera al margen de la batalla judicial. Además, el juez había asignado un abogado pro bono para defender los derechos del menor ante sus padres, que le utilizaban como arma arrojadiza entre ellos.

El internado le había ayudado a mejorar en sus estudios y ahora era un poco menos tímido que cuando llegó, aunque, según su tutora y sus maestros, siempre tenía miedo de decir algo que pudiera causar problemas a los demás o a sí mismo.

Sus padres casi nunca iban a visitarle al colegio, y él siempre se mostraba reacio a volver a casa por vacaciones, donde tenía que vivir con cada uno de ellos en días alternos, un arreglo que Adrian detestaba pero que era el único al que sus padres habían accedido. Estaba mejor en el internado. El chófer de la limusina le ayudó a descargar las maletas, una mochila y algunas cajas y a transportarlas hasta su habitación. Como de costumbre, Adrian era el único alumno al que ninguno de sus padres acompañaba en la jornada inaugural.

Taylor se quedó pensativo, meditando sobre la situación del chico, hasta que divisó una furgoneta negra que se dirigía hacia el extremo más alejado del aparcamiento destinado a los estudiantes de último año. Las ventanillas estaban tintadas y solo se veía al conductor y al guardaespaldas que ocupaban los asientos delanteros. Taylor supo al instante quiénes eran.

Un hombre alto, de pelo oscuro y cuerpo atlético, con los hombros anchos y bien proporcionados, saltó de la furgoneta en cuanto el motor se detuvo. Llevaba una camiseta negra, tejanos, botas camperas también negras, una gorra de béisbol y gafas oscuras. Un muchacho igual de alto y apuesto salió detrás de él. Tenía la misma constitución que su padre, una abundante cabellera rubia, y Taylor sabía que sus ojos eran verdes. Detrás del chico apareció una mujer rubia, su madre, vestida también con camiseta, tejanos, una gorra de béisbol y gafas oscuras.

El conductor y el guardaespaldas les ayudaron a descargar la furgoneta, pero luego estos se quedaron junto al vehículo y los padres y el hijo cruzaron el aparcamiento, acarreando todas las cajas hasta una de las mesas de información. Se comportaban de forma sencilla y discreta, sin atraer la atención de los demás, mientras el muchacho saludaba desde la distancia a sus amigos. Nadie se fijó en ellos hasta que de pronto alguien entre la multitud se percató de su presencia.

Nicole miró a Taylor con expresión inquisitiva.

—¿Esos no son...?

Entonces recordó que uno de los estudiantes de último año, Chase Morgan, era hijo del famoso actor Matthew Morgan y de su esposa, Merritt Jones, la actriz más aclamada de las dos últimas décadas, galardonada con dos Oscar y con numerosas nominaciones. Aquel era el cuarto año de Chase en Saint Ambrose, y Taylor siempre decía que nunca había conocido a unos padres mejores que ellos. Estaban totalmente centrados en su hijo, mantenían una actitud discreta para no avergonzarlo y nunca alardeaban de su fama. Venían al colegio para asistir a las funciones importantes y visitaban a su hijo siempre que se lo permitían sus apretadas agendas. No habían pedido ningún privilegio especial para ellos ni para el chico y se reunían con los profesores como cualquier otro progenitor. Cuando en su segundo año Chase se rompió una pierna durante una excursión para esquiar en Vermont, su padre se presentó en solo doce horas y su madre en veinticuatro. Ambos se trasladaron rápidamente desde los lugares donde estaban rodando, Matthew en Londres y Merritt en Nairobi.

Y lo que era aún más destacable: llevaban separados desde hacía más o menos un año, después de que al parecer Matthew tuviera una aventura con una actriz con la que había trabajado, Kristin Harte. La historia había salido en toda la prensa sensacionalista y los paparazzi habían acosado a Merritt durante meses. Se decía que estaban tramitando el divorcio, pero aun así acudían juntos a los eventos importantes del colegio y mantenían a Chase al margen de sus problemas conyugales. Se les veía bien cuando estaban con él; en ese momento, Merritt sostenía un baúl por un extremo y Matthew por el otro mientras charlaban con su hijo.

El mejor amigo de Chase en el campus era Jamie Watts, el hijo de Shepard. Jamie se acercó a ellos rápidamente y les ayudó con el equipaje. Los dos chicos podrían haber pasado por hermanos: ambos eran altos, rubios y guapos, tenían espaldas anchas y cinturas estrechas, y desprendían un aire de confianza y seguridad en sí mismos. Parecían actores o modelos, y además eran grandes deportistas. Daba gusto mirarlos.

Taylor asintió en respuesta a la pregunta inacabada de Nicole sobre los recién llegados.

—Son los padres más agradables con los que he tratado en los diecinueve años que llevo aquí. Son increíblemente amables, discretos y responsables, y Chase es un chico estupendo. Cuando acabe la secundaria quiere matricularse en la UCLA, y luego estudiar artes escénicas en la West Coast o en la escuela Tisch de la Universidad de Nueva York. Sus padres se pasan la vida viajando y querían que cursara la secundaria en un instituto del Este. No solo es un gran estudiante y un magnífico deportista, sino también un chaval fantástico, al igual que Jamie, el hijo de Shepard.

Nicole sabía que, además de actor, Matthew Morgan era también productor y director. Por su antigua escuela pasaron algunos padres de cierto renombre, pero debía admitir que le impresionaba ver a los Morgan abriéndose paso entre la multitud, y además comportándose de una manera tan discreta. Su presencia allí resultaba tan inesperada que nadie les prestaba la menor atención, aunque de vez en cuando alguien se quedaba impactado al reconocerles.

Ambos intentaban que su vida profesional afectara lo menos posible a su hijo. Viéndolos allí juntos, nadie adivinaría que Matthew vivía con otra mujer y que él y Merritt estaban a punto de divorciarse. Daban la impresión de ser una familia más. A lo largo de su trayectoria como director del colegio, Taylor había sido testigo de algunos divorcios muy traumáticos, pero este no parecía ser el caso.

A las diez y media ya se habían asignado todos los alojamientos. Los estudiantes estaban instalándose en sus habitaciones ayudados por sus padres, quienes, cuando era preciso, les echaban una mano a las madres que habían venido solas.

Gillian Marks, junto con dos de sus ayudantes, intentaba orientar a las chicas de primero. La mayoría de ellas habían venido con sus propias perchas, toallas, ropa de cama y productos de aseo, y había montones de cajas vacías por todas partes. Larry Gray no había andado muy desencaminado: todas las alumnas de primero habían traído sus secadores, rizadores y alisadores de pelo. La residencia femenina parecía una gran peluquería un tanto descontrolada, con todo tipo de champús, acondicionadores especiales, geles corporales y lociones faciales ocupando prácticamente todas las superficies de los cuartos de baño.

A las doce del mediodía todos los estudiantes debían estar en la cafetería, donde se habían reorganizado las mesas de modo que el cuerpo docente pudiera inaugurar oficialmente el nuevo curso escolar. En cuanto estuvieron todos sentados en la sala, un tanto apretujados, Taylor Houghton pronunció un breve discurso para dar la bienvenida a los nuevos y los antiguos alumnos, y también a las estudiantes femeninas. Sus palabras fueron recibidas con una algarabía de vítores y silbidos, mientras Larry Gray permanecía allí plantado con aspecto de haberse tragado alguna fruta amarga.

Taylor alzó una mano para acallarlos y procedió a presentar a los miembros del profesorado para, finalmente, desear a todos que disfrutaran de un feliz almuerzo. El ruido en la cafetería se tornó ensordecedor, aunque no más que en cualquiera de las anteriores jornadas inaugurales.

A la una y media comenzó lo que Maxine denominaba el «valle de lágrimas». Era el momento en que los progenitores tenían que marcharse. Los padres y madres de los nuevos alumnos siempre lloraban al despedirse, y en esta ocasión también lo hicieron las chicas de primero. A las dos menos cuarto, cada grupo debía estar en la sesión de orientación, donde se les proporcionaba la lista de asignaturas y profesores, así como el nombre de sus tutores, y a las dos y media tenían ya su primera clase. El curso académico estaba en marcha.

Durante la presentación en la cafetería, Gillian Marks recordó a los estudiantes que las pruebas para formar los equipos deportivos empezarían a las seis de la mañana siguiente. Todos ellos tenían una lista que indicaba dónde y cuándo tendrían lugar. También disponían de otra lista de los clubes a los que podrían apuntarse en las próximas semanas y de las salidas especiales que se llevarían a cabo a lo largo del año. Gillian añadió que las excursiones a esquiar a New Hampshire y Vermont se completaban enseguida, y les urgió a inscribirse lo antes posible.

Una hora después de que los padres se hubieran marchado, los estudiantes estaban tan inmersos en sus tareas académicas que apenas tuvieron tiempo de echarles de menos. Y a la hora de la cena, que solía realizarse en tres turnos, estaban ya absolutamente entretenidos, socializando entre ellos, cotilleando sobre los profesores, hablando sobre las clases, poniéndose al día con los viejos amigos y haciendo nuevas amistades.

Como de costumbre, Jamie Watts y Chase Morgan se sentaron a la misma mesa. Poco después se les unió Steve Babson, y algo más tarde se acercó Tommy Yee, cargado con el estuche de violín del que nunca se separaba. Al cumplir dieciséis años, su abuelo de Shangai le había regalado un valiosísimo violín fabricado por Joseph Gagliano. Iba con él a todas partes y al principio sus compañeros se burlaban de ello, pero ahora ya nadie se extrañaba de que el muchacho cargara con el estuche incluso a la hora de las comidas.

—¿Has pasado un buen verano, Tommy? —le preguntó Jamie.

—He ido a Shangai a visitar a mis abuelos. Me hacían practicar tres horas diarias con el violín. —Puso los ojos en blanco y luego sonrió.

Comentó que después de la cena pensaba ir a las pruebas para la banda de música, y que el próximo fin de semana se reuniría el club de teatro, que este año sería mucho más interesante ya que en las representaciones también habría chicas.

—¿Cómo lo estás llevando? —le preguntó Simon a Gillian mientras se servían la comida en las bandejas y se acomodaban en la misma mesa.

—Me siento como si la residencia de las chicas se hubiera convertido en un gran salón de peluquería, pero no se lo digas a Larry Gray —respondió sonriendo. Se había servido una chuleta de cordero y una ración doble de judías verdes, mientras que él iba a cenar lasaña. A pesar de que el colegio tenía que alimentar a cerca de mil personas tres veces al día, la comida era sorprendentemente buena—. Por lo visto, esas hermosas y revueltas melenas que parecen tan naturales, como si acabaran de levantarse de la cama, requieren un montón de cuidados y productos capilares. —Gillian llevaba el cabello muy corto. Ser la directora deportiva no le dejaba tiempo para preocuparse de esas cosas—. Y los alumnos me caen muy bien, se ve que son buenos chicos. Y a ti, ¿cómo te ha ido el día? —le preguntó a Simon.

—Muy ajetreado, de locos. Y seguirá así durante las próximas semanas. Tengo que tutelar al doble de estudiantes que el año pasado, y la mitad son chicas.

—Mañana tenemos que empezar las pruebas de selección para los equipos. Va a ser una auténtica locura. Tengo que estar en mi despacho a las cinco de la mañana.

—Yo haré las pruebas para el equipo de fútbol dentro de dos días. —Entonces Simon la miró con gesto serio—. Al trabajar en un internado, ¿no echas nunca de menos llevar una vida normal?

Ella se quedó pensativa durante un rato y luego negó con la cabeza.

—La verdad es que no. Toda mi vida ha sido más o menos así. Durante años estuve entrenando para los Juegos Olímpicos, y después volví a participar por segunda vez. De niña también fui a un internado, ya que mis padres viajaban constantemente. Mi padre trabajaba para compañías petroleras afincadas en Oriente Medio y mi madre le acompañaba. Yo siempre estaba entrenando para algún equipo en el instituto y en la universidad, así que al final me decanté por lo que mejor conocía. Llevo diez años enseñando educación física en internados. Resulta muy agradable vivir en una comunidad. Nunca te sientes sola —concluyó con una sonrisa. Se notaba que era feliz y que amaba su trabajo—. ¿Qué me dices de ti?

—Hasta hace un año estuve dando clases en un elegante instituto para niños ricos de Nueva York. Después de acabar la universidad viví un par de años en Francia e Italia, y luego empecé a trabajar de profesor en Nueva York. Vivía en el SoHo y pensaba que llevaba una buena vida. Pero entonces rompí con mi novia y dejé el apartamento, y me planteé probar a dar clases aquí. Me gustó mucho, y también me entusiasmó la experiencia de formar parte del proceso de transición a la enseñanza mixta, de modo que decidí seguir este año. Sin embargo, en ocasiones echo de menos vivir por mi cuenta en Nueva York, salir por las noches y hacer lo que me apetezca los fines de semana.

—Lo superarás. Por lo que a mí respecta, creo que ya no sabría llevar ese tipo de vida. Este sistema me funciona bien. En cierto modo, es como si no hubiéramos crecido, como si siguiéramos siendo unos jovencitos.

—Ya, pero ellos se gradúan y nosotros seguimos aquí. Creo que me quedaré un par de años y luego ya veré lo que hago.

—Para entonces ya no querrás volver a Nueva York. Esta vida es adictiva —predijo Gillian, como si supiera muy bien de lo que estaba hablando.

—¿Qué sueles hacer en verano? —preguntó Simon. Sentía curiosidad por ella.

—Trabajo en un campamento femenino de adiestramiento físico en Baja California —respondió Gillian con una amplia sonrisa—. Son mujeres duras que están en muy buena forma y que esperan que les meta caña. Muchas de ellas son actrices de Los Ángeles.

—Eres una auténtica masoquista —repuso él, bromeando.

Tras la cena, Gillian quería volver a la residencia para ver cómo se estaban adaptando las alumnas de primero a su cargo. Hasta el momento, parecía que las chicas y los chicos no se estaban mezclando demasiado. Cada grupo se relacionaba con los de su propio sexo, mientras que los alumnos veteranos se reunían con sus amigos de años anteriores.

Gillian se había fijado en que cuando Vivienne Walker entró en la cafetería, Chase y Jamie la habían invitado a unirse a ellos, pero ella declinó educadamente y fue a sentarse con las alumnas de último año que estaban en una mesa del fondo, empezando a conocerse entre ellas. La dinámica de las relaciones resultaba fascinante, y, al contrario de lo que había predicho Larry Gray, el colegio no se había convertido aún en Sodoma y Gomorra. Y tampoco había la menor señal de que eso fuera a ocurrir. Los chicos y las chicas apenas se prestaban atención entre ellos, salvo por alguna mirada ocasional.

Simon regresó a la residencia masculina de primero y Gillian al nuevo edificio de las chicas, donde algunas se quejaron de que no había agua caliente. La directora deportiva informó al personal de mantenimiento. Todo el alumnado debía estar en sus dormitorios a las nueve de la noche y las luces se apagaban a las diez. Al día siguiente conocerían las maravillas de la moderna biblioteca del centro, provista de las últimas tecnologías.

A las diez y media, Gillian estaba profundamente dormida y no se enteró de nada hasta que el despertador sonó a las cuatro de la madrugada. Se duchó con agua fría, ya que aún no funcionaba la caldera, y volvió a dejar un mensaje al personal de mantenimiento. Después se encaminó a través del campus hasta su despacho, donde llegó a las cinco en punto para iniciar la jornada. Se preparó una taza de café, se calentó unas gachas de avena en el microondas y repasó la lista de los estudiantes que se habían apuntado para las pruebas.

Sobre las seis, cuando comenzaron a llegar, ya estaba preparada para recibirles. Las primeras pruebas eran para formar el equipo de natación masculino de primero. Estaba deseando empezar a trabajar con los chicos, y de la única cosa que estaba segura era de que tenía el mejor trabajo del mundo.