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Edición en formato digital: abril de 2020© 2020, Roc Massaguer© 2020, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona© 2020, María Martínez González, por las ilustracionesPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autoresy permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores.Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org)si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-17247-77-5Compuesto en tactilestudioComposición digital: Newcomlab S.L.L.www.megustaleer.com
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PIC
K AND ROLL
EL BALONCESTO ES SOLO EL PRINCIPIOROC MASSAGUERilustraciones de maría emegé
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A mis padres, por acompañarme siempre en mi camino.A Laia, por darme todo lo que me falta.A mis hijos, por abrirme un nuevo mundo lleno de retos y satisfacciones. Espero que podáis encontrar vuestra pasión y vivir de ella.
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n mis años de periodista he transcrito muchas respuestas, perouna de ellas se me quedó grabada para siempre. El base argenti-no de Baskonia, Pablo Prigioni, me dijo «Bien ejecutado, un pick & rolles imparable». Cuando lo hacía él, desde luego lo era. El secreto delpick & roll (un bloqueo sobre el defensor del jugador con el balón paragenerar una ventaja) es que te abre muchas posibilidades. Haga lo quehaga la defensa, siempre tienes una opción óptima. Casi como si la ju-gada estuviera destinada a ser un éxito. Como si fuera inevitable. Algoasí he sentido en mi relación con el baloncesto. El camino quizás noestaba claro, pero el destino, sí.Este libro es la historia de una pasión. La mía por el baloncesto y la de todauna generación por la NBA. De soñar con estar cerca de las estrellas a for-mar parte de su constelación. De ver partidos empañados por la nieve dela UHF a entrevistar en HD al MVP. De pasar a leer los resultados de lasFinales en un periódico dos días después, a ver en tu móvil cuántos triplesha metido Stephen Curry desde la esquina en tiempo real. De sonreír por-que sabes que Michael Jordan está en una ciudad cercana a la tuya a ju-gar a un videojuego con tu jugador favorito sentados en un sofá. De cómola NBA ha pasado de ser una fantasía lejana y exótica a formar parte denuestras vidas; a estar literalmente en la palma de nuestra mano.Este libro cuenta mi historia, pero también cuenta la historia de aquellos que hemos vivido la transformación de la mejor liga del mundo en parte de nuestras vidas. Además de la liga y mi vida, el tercer protagonista es el catalizador que ha hecho que esto fuera posible: internet. En apenas 30 años, la red ha dado un vuelco al mundo tal y como lo conocemos y ha conseguido que este humilde aficionado no solo tenga una aventura apasionante que contar, sino que haya podido escribirla para que ahora mismo la tengas en las manos.
INTRODUCCIÓN
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DESCUBRIMIENTO
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1010PICK AND ROLLas más grandes pasiones nacen a menudo de casua-lidades intrascendentes. Así me pasó a mí con el ba-loncesto y los Boston Celtics. Todo empezó en el colegio amediados de los años ochenta, cuando alguien decidió quehabía que crear un equipo de baloncesto alevín en lugar deuno de fútbol. No sé quién tomó la decisión, pero fue va-liente si tenemos en cuenta que en el recreo del minúscu-lo patio de nuestro colegio en Terrassa (Barcelona) los piesmandaban sobre las manos.Pero el baloncesto fue el elegido y todo mi grupo de ami-gos se apuntó sin pensarlo. Apenas teníamos diez años, lo hacíamos todo juntos y tampoco es que tuviéramos otra opción. El deporte me gustaba en general, de a montones y sin descansos. Todo lo que fuera moverse me encantaba, y si encima podía aprender las a menudo sorprendentes nor-mas de cada nuevo deporte, mejor. El baloncesto fue, comodigo, casi un accidente, un deporte dentro de tantos otros;jugué también a tenis, hockey sobre patines, fútbol y hastaa beisbol. Pero algo tenía el baloncesto que me enganchó yno me soltó.Desde luego no fue el glamour de esas mañanas de fríocon nuestros deslumbrantes uniformes blancos aún impo-lutos. Pero quizá sí fue el efecto del grupo, la idea de un pro-yecto común en el que brillar. Apenas sabíamos las normasen esos atropellados inicios, pero uno de nuestros jugado-res (Sergi Serrán se llamaba) había crecido antes de tiempo
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1111DESCUBRIMIENTOy llegaba a tocar el aro, lo que creíamos que nos daba unagran ventaja. Nuestro minuto de oro en los partidos erasiempre la rueda de calentamiento, cuando Sergi se colga-ba del aro y ganaba la guerra psicológica sin presentar ba-talla. El partido sería otra cosa, pero antes del pitido inicialya nadie nos podía quitar lo bailado.Impulsado sin duda por la novedad, empecé a intere-sarme más por el baloncesto: a mi padre le gustaba y yotenía un recuerdo vago de lo que supuso la hazaña de LosÁngeles 1984. Otra casualidad fue que por primera vez enmi vida tuve una televisión en mi habitación, algo que eraa todas luces un lujo en esa época. Siguiendo la moda delmomento, en mi casa también habíamos comprado unatele en color para el Mundial de fútbol del 82, así que el vie-jo aparato de destellos grises fue a parar, para mi fortuna, ami habitación.Visto con perspectiva, la libertad que sentí en aquel mo-mento palidece respecto de las opciones que tiene mi hijoen la actualidad con un móvil en la mano, pero a mí esosdos canales que ofrecían las ondas me parecían el paraíso.Y más cuando en uno de ellos ponían una vez a la semanapartidos de la NBA.Los partidos se emitían el sábado de madrugada, peroni mucho menos en directo. De hecho, muchas veces lle-gaban con spoilerincluido en la introducción de RamónTrecet, quien solía anticipar cuántos puntos había metido
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1212la estrella del partido. Y ahí me tenías, metido en la cama,sintiéndome una mezcla de transgresor y aventurero vien-do lo que habían hecho unos grandullones al otro lado delAtlántico. Aprendiendo las normas y, sin saberlo, dandoinicio a una pasión que ha marcado mi vida.La siguiente casualidad intrascendente también vienedel colegio. Entre todos habíamos elegido que los colo-res del escudo de nuestra clase serían el azul y el amarillo.Para qué queríamos un escudo en la clase es algo que siguesiendo un misterio para mí a día de hoy, pero la cuestión esque era azul y amarillo. De lo que mi mente privilegiada deniño sacó que mi color favorito sería el verde, puesto queera el resultado de mezclar ambos colores.Y así fue como, a pesar de ver la NBA en una resoluciónque hoy nos daría dolor de cabeza y en blanco y negro, de-cidí que los Boston Celtics, el equipo verde de la NBA, seríami equipo. ¿Por qué no elegí a los Bucks, por ejemplo, quetambién iban de verde? Pues seguramente porque a finalesPICK AND ROLL
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1313DESCUBRIMIENTO1313de los ochenta los Celticseran un equipo ganador (Cerca de lasestrellas empezó a emitirse en febrero de 1988, con unBoston Celtics contra… los Milwaukee Bucks). Sí, así nacena veces las pasiones y las lealtades más firmes, de anécdo-tas intrascendentes y cierto ventajismo.Su estilo áspero, duro, de jugadores feos (en oposición alas radiantes estrellas de los Lakers de Hollywood) me cau-tivó y pasó a ser mi forma de entender el baloncesto, con
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1414PICK AND ROLLLarry Bird como máxima expresión. Ese jugador que nopodía correr, ni saltar, ni cambiar de dirección sin dejarse lacintura en el intento, pero capaz de aunar el esfuerzo infini-to, el sacrificio y la fantasía. Ese tipo íntegro, sin fisuras, ca-paz de hundirte psicológicamente con un par de frases. Eseseñor que igual te estampa contra el suelo como te rompecon un pase imposible sin mirar. Ese quería ser yo, ese erami estilo. Así intentaba jugar yo.El autoengaño, sin embargo, es pensar que me gustabael estilo y por eso me aficioné a los Celtics. Confieso que, almenos en mi caso, fue al revés. Mi elección (fruto del azarmás que de otra cosa) provocó luego la justificación, lo cualme parece no solo correcto, sino lo más lógico. Uno elige asu equipo de una forma irracional, azarosa, pasional. Pocasveces se llega a un equipo por una reflexión previa, y eso lohace más especial, más auténtico.Otro ejemplo es tener como número favorito el 4. Fa-vorito para todo en la vida. También en el baloncesto, ob-viamente. En 1986, teniendo yo nueve años, se disputó enEspaña el Mundial de baloncesto. Tras la plata de Los Án-geles, había mucha expectación por la competición. Re-cuerdo a mi padre enganchado a la tele en la casa en la queveraneábamos, viendo corretear a un base estadounidenseminúsculo. No debía de ser mucho más alto que yo. O esopensaba. Se llamaba Muggsy Bogues y llevaba, claro, el nú-mero 4. Siendo yo un tapón y en proceso de aprender a ju-
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1515DESCUBRIMIENTOgar, era imposible no enamorarse de ese pequeñajo y adop-tar para siempre su número. Si él acabaría jugando en laNBA, ¿por qué no iba a poder yo también?Y añadiremos una última casualidad a esta historia dedescubrimiento de la NBA. Es cierto que mirando haciaatrás es mucho más fácil conectar las casualidades, perotambién lo es que en la primavera de 1988 entré en un res-taurante de comida rápida de Barcelona con mis padres yvi a un señor muy alto. «Es tan alto que tiene que ser un ju-gador de baloncesto seguro», le dije a mi padre. Él me ani-mó a pedirle un autógrafo, aunque mi inglés por aquel en-tonces no pasaba del «Jelou! Uatsiorneim?».Pero no fue necesario palabra alguna, porque le acerquéun trozo de papel y un boli y no hizo falta más. El hombreblanco y alto (208 centímetros de existencia) se rio, eviden-ciando que no debía de ser tan habitual que le pidieran unautógrafo y me lo firmó en un verde fluorescente que yasolo sigue vivo en mi memoria, puesto que perdí el papelitoen la primera mudanza que se cruzó en mi camino.La casualidad es que ese señor era un campeón de laNBA. Con los Bulls de Jordan, ni más ni menos. Bueno, téc-nicamente lo sería, porque en 1988 aún jugaba en el IFAEspanyol (el segundo equipo ACB de Barcelona, que, pordesgracia, solo aguantó una temporada más antes de des-aparecer). Ese señor era el famoso agitatoallas de los Bulls,la niñera de Rodman (por su estrecha relación con El Gu-
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1616PICK AND ROLLsano y por ser, aunque no fuera muy difícil, más sensatoque él): el gran Jack Haley. Tuve que esperar hasta el 16de junio de 1996 para poder decirlo, pero ese día ya teníapor fin el autógrafo de un campeón de la NBA.Uno de los aciertos de Cerca de las estrellas(desconozcosi intencionado o casual) fue emitir los partidos de madru-gada. Porque así es como hay que ver la NBA, en silencioy a oscuras, como quien se salta las normas, como quienengaña a la vida sin dormir cuando toca. Un manjar no alalcance de todos, que había que ganarse. En eso sí que nohemos cambiado tanto en los últimos treinta años.Cada vez es más difícil de explicar o de entender, pero po-der ver con tus propios ojos cómo metían una canasta Larry Bird o Kareem Abdul-Jabbar era algo transgresor y exótico, algo de otro mundo, literalmente. Y no digamos Michael Jor-dan. Ya se hablaba de él como el mejor del mundo por aquel entonces. Sería 1988 cuando lo vi jugar por primera vez, la temporada en la que metió 35 puntos por partido, el máxi-mode su carrera. Era esa época en la que Jordan era discu-tido porque solo anotaba, su equipo no ganaba (hasta esemismo abril, su balance en playoffsera de 1-9) y porque«¿Quién se ha creído que es comparándose con los grandesde verdad?».No sé cómo ni por qué cauces se hubiera desarrolladohoy en día ese debate, pero en 1988 no era a través de las re-des sociales, eso seguro. Nuestras opiniones las moldeaban
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CADA VEZES MÁS DIFÍCILDE EXPLICARO DE ENTENDER,PERO PODER VERCON TUS PROPIOS OJOSCÓMO METÍAN UNA CANASTALARRY BIRDO KAREEM ABDUL-JABBARERA ALGO TRANSGRESORY EXÓTICO,ALGO DE OTRO MUNDO,LITERALMENTE.
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1818PICK AND ROLLrevistas (alternaba Gigantesy Basket 16, según la generosi-dad de mis padres al pasar por un quiosco), artículos, algu-nos highlights y las acaloradas discusiones con amigos queapenas sabíamos botar el balón… y que nunca habíamosvisto a Jordan jugar un partido entero.Todos sabíamos quién era, pero como digo no todos lohabíamos visto en acción, así que recuerdo querer sabercómo jugaba el mejor, cuál era el límite de la liga, cuál eraese modelo al que aspirábamos todos los que empezába-mos a flirtear con la pelota naranja. Recuerdo también queel primer partido suyo que vi empezó con una jugada sor-prendente: Jordan botaba despreocupadamente a la altu-ra de medio campo y ante la presión de un rival pasó a uncompañero sin darse cuenta de que el otro aún no habíacruzado la línea de medio campo, por lo que los árbitrosseñalaron campo atrás. Menuda decepción. ¡El mejor juga-dor del mundo no era capaz ni de cruzar media pista! ¿Aca-so no sabía una de las pocas normas que yo sí conocía?Al instante Jordan sonrió ante su error y siguió a lo suyo.Metería 30 o más puntos, como era habitual ese año. Yyopensé: «Imagina-si-es-bueno-que-ni-un-error-de-alevín-le-afecta-lo-más-mínimo».Aunque no todo el mundo pensaba igual, claro. Porejemplo, mi compañero de equipo Aleix Duran (junto a mí,el único que ha vivido del baloncesto siendo entrenadorprofesional), quien era tan firme defensor de Dominique
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1919DESCUBRIMIENTOWilkins como firme odiador de Jordan. Debates encendi-dos basados en realidad en nada, pero ahí estábamos, de-fendiendo la esencia del baloncesto más puro e intentandoimitar a nuestro ídolo en esas canchas minúsculas de mi-nibásquet, para desesperación de nuestro entrenador, quese hubiera conformado con que metiéramos una bandejanormal antes que intentar hacer dos rectificados en el airey caer trastabillados.Como he dicho, yo era muy de los Celtics, pero tambiénera muy de la NBA y, si hacía falta, fan a muerte de los Bullspara llevar la contraria a loshatersde Jordan. En esta gue-rra todo valía. Así que solo tres años más tarde, en 1991,cuando yo tenía ya catorce, nuestro viaje de fin de cursocoincidió de lleno con las Finales de la NBA: Los AngelesLakers contra Chicago Bulls. Magic Johnson contra Mi-chael Jordan. La leyenda contra el aspirante, un auténticohuracán en nuestras discusiones adolescentes.Pero en junio de 1991 no había móviles ni, en la prác-tica, internet. Y lo que tampoco había eran televisiones yperiódicos españoles en Ámsterdam, que es donde está-bamos durante el primer partido. No recuerdo cómo nosenteramos de la victoria de los Lakers en el primer envite,pero lo que sí recuerdo es que nuestro amigo Aleix Duran(recordad, defensor a ultranza de Dominique Wilkins y,por lo tanto, de Magic en esas Finales) no se enteró. Así quefuimos nosotros los que le comunicamos… que habían ga-
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LOS CINCO PRIMEROSNOMBRES DEL LLAMADODREAM TEAM QUECOMPETIRÍA EN LOS JUEGOSOLÍMPICOS DE BARCELONAEN 1992 REPRESENTANDO AESTADOS UNIDOSERAN MICHAEL JORDAN,MAGIC JOHNSON,PATRICK EWING,CHARLES BARKLEYY KARL MALONE.
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2121DESCUBRIMIENTOnado los Bulls. Lo tuvimos todo el viaje preocupado por elposible primer título de Jordan.Un título que llegó porque los Bulls ganaron 4-1 al finaly, bueno, la carrera de Michael Jordan a partir de ese mo-mento ya es historia, pero cada batalla cuenta y el pobreAleix se pasó el viaje engañado.Intento mentir lo mínimo en mi vida y ha sido siempreasí, incluso desde pequeño…, pero esa mentira fue nece-saria porque, como he dicho, en esa guerra todo valía. Unapasión que nos venía grande, un sueño que empapabatodo, una razón para incluso mentir a tus amigos. Para no-sotros, el baloncesto lo era ya todo.Y lo sería aún un poco más al año siguiente. Pero parahablar de eso tenemos que remontarnos a principios de1991, concretamente al 11 de febrero, cuando se dieron aconocer los cinco primeros nombres del llamado DreamTeam que competiría en los Juegos Olímpicos de Barcelo-na en 1992 representando a Estados Unidos eran MichaelJordan, Magic Johnson, Patrick Ewing, Charles Barkley yKarl Malone. No solo el equipo estadounidense contaríacon profesionales por primera vez en una competiciónolímpica, sino que llevaría a los mejores del mundo. Algu-nos incluso los mejores de la historia.Y llegados a este punto, me gustaría contar la historia decómo pude conseguir entradas para un partido del DreamTeam y ver a esos ídolos, a esos gigantes inalcanzables, a esos
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2222PICK AND ROLLseres de otro planeta, jugando al mismo deporte que me apa-sionaba a mí a un palmo de distancia. La historia de cómo medesgañité gritando sus nombres y cómo uno de ellos me miróy me saludó durante un segundo que para mí fue un siglo. Unmomento que nunca olvidaré.Me gustaría contar esa historia y no haberla olvidado,pero es imposible porque nunca sucedió.Los Juegos Olímpicos de 1992 me pillaron muy cer-ca, pero demasiado temprano. Tenía quince años reciéncumplidos y no podía ser voluntario (como algunos ami-gos que sí pudieron participar en la organización, cono-cer a los atletas más famosos y vivir anécdotas que ali-mentaron mi envidia durante décadas) por ser menor deedad. Y por si eso no fuera bastante, mis padres decidie-ron pasar el verano en un pueblo de playa (como cadaaño, por otro lado), por lo que la mayor expresión depor-tiva del año sucedió al mismo tiempo muy cerca y muy le-jos, y me llegaba a través de una tele más pequeña y anti-gua que la de mi habitación.Pero los vi. Al menos los vi por la tele. Vi a Larry Bird conla espalda destrozada dar pases de fantasía. A Michael Jor-dan volar. A Robinson, Ewing y Malone aplastar a sus de-fensores. Vi a Barkley ridiculizar a cualquiera que se le pu-siera por delante. Vi a Pippen anular a Kukoc, quien poraquel entonces era, junto a Petrovic y Sabonis, el mejor ju-gador europeo sin discusión.