El número de la revista Science aparecido un caluroso 17 de agosto de 2012 incluía un artículo sobre inmunidad bacteriana con un título tan esotérico que los presentadores de los programas nocturnos de entrevistas podrían haberlo sacado a colación en sus monólogos para mofarse de la jerigonza de los científicos. Pero la publicación de ese artículo resultó ser un importantísimo punto de inflexión en el campo de la biología, pese a la modesta predicción que lanzaba en la conclusión final, según la cual los mecanismos que se describían en el texto «podrían ser potencialmente muy útiles en la determinación genética y las aplicaciones en el genoma».[1]
No es nada habitual que se produzca semejante subestimación, dado que su potencial ya ha generado una auténtica explosión de aplicaciones. El artículo de Science fue el primero en presentar al mundo una quimérica molécula biológicamente activa llamada CRISPR/CAS9, que se había creado a partir de un sistema inmune bacteriano que había evolucionado para contrarrestar a invasores víricos. Esta extraordinaria molécula, creada a partir de tres componentes bacterianos fáciles y baratos de producir, se puede adaptar para buscar y alterar genes en animales y plantas. De manera que, con unas pocas lecciones, incluso un estudiante de instituto provisto de unos reactivos asequibles y fáciles de conseguir podría aprender a modificar la composición genética de células vivas, que pueden transmitir los cambios a las células hijas. Con la CRISPR/CAS9, cualquier gen cuya secuencia conozcamos puede eliminarse, reemplazarse, activarse o desactivarse, y todo eso se puede llevar a cabo en unas instalaciones similares a las de un taller de reparación de automóviles. Así de fácil. Hasta ahora, esto solo existía en los sueños futuristas de un biólogo molecular dedicado a la investigación con un enorme y carísimo laboratorio a su disposición. En otras palabras, la CRISPR/CAS9 es un mecanismo de edición genética muy democrática y con un enorme potencial, capaz de reescribir el tejido de la vida, incluida la vida humana. No hay ninguna duda de que su potencial revolucionará la medicina, la agricultura y la cría de animales.
Pero tiene también una cara oscura. La facilidad de obtención y manejo de esta versátil y poderosa herramienta que pone el poder del creador en manos de tal cantidad de actores sin ningún tipo de control contiene tantos peligros como promesas. Con tantos operadores potenciales en liza, la situación es aún más preocupante que lo fue con la física nuclear después de la división del átomo, porque en aquel caso muy poca gente tenía acceso a la materia prima y a los equipos necesarios para ponerse a experimentar por su cuenta. Con la CRISPR/CAS9, la pregunta es si los futuros investigadores, sean biólogos de prestigio internacional, emprendedores con ambiciones o estudiantes de instituto, actuarán de acuerdo a criterios éticos, se dejarán llevar por la voluntad de maximizar sus propias ventajas individuales o actuarán por puro capricho, sin que les preocupen apenas o no les preocupen lo más mínimo las consecuencias para el planeta y la humanidad. Pandemia aborda este peligro.
Primera parte
Miércoles, 7 de abril, 1.45 p.m.
David Zhao, de veintiocho años, tomó la salida de la Interestatal 88 hacia la Carretera 661 de New Jersey, en dirección sur hacia una pequeña ciudad llamada Dover, situada en una zona relativamente rural del noroeste del estado. Conocía bien el camino porque lo había hecho cientos y cientos de veces durante los últimos años. Con el tráfico bastante fluido de un miércoles a mediodía era un desplazamiento rápido, de poco más de una hora. Como de costumbre, había tomado la interestatal justo después de atravesar el puente George Washington. Venía del Centro Médico de la Universidad de Columbia, en la parte alta de Manhattan, donde estaba estudiando el doctorado en genética y bioinformática en el Departamento de Biología de Sistemas de la Universidad de Columbia.
David viajaba solo, como solía hacer cuando iba a Dover. También como de costumbre, el desplazamiento obedecía al apremio de su padre, Wei, que, ciertamente, avergonzaba a David. Como muchos hombres de negocios chinos de éxito, su padre había tenido la oportunidad de subirse a la ola del milagro económico de la China moderna. Pero ahora que se había convertido en multimillonario, prefería vivir fuera de la República Popular China, porque se sentía mucho más cómodo con el liberalismo económico de Estados Unidos. Para David, esta actitud olía a traición y ofendía el orgullo que él sentía por el extraordinario progreso y la larga historia de su país.
El verdadero nombre de David era Daquan, pero se lo cambió nueve años atrás cuando su padre lo envió a Estados Unidos a estudiar biotecnología y microbiología en el MIT. Necesitaba un nombre occidentalizado, porque Zhao Daquan no iba a funcionar, sobre todo teniendo en cuenta el orden habitual chino de colocar delante el apellido. Necesitaba un nombre americano para no confundir a la gente o quedar marginado, ya que sabía que la discriminación en la sociedad americana era algo relevante. Para resolver el problema, buscó en Google nombres de chico populares en Estados Unidos. Y como David empezaba con las mismas dos primeras letras que Daquan y también tenía dos sílabas, lo eligió de inmediato. Aunque le llevó algún tiempo acostumbrarse a su nuevo nombre, ahora que ya lo había asimilado, le gustaba. No obstante, soñaba con recuperar Zhao Daquan en cuanto regresara a China. La idea era volver allí el próximo año, cuando terminase su doctorado, y tomar las riendas de las empresas de biotecnología y farmacia de su padre, suponiendo que siguieran emplazadas allí. El mayor temor de David era que su padre consiguiera su objetivo de sacar la totalidad de sus empresas de la República Popular.
Una vez en la carretera secundaria, David aminoró la velocidad. Era consciente de que le gustaba apretar el acelerador, sobre todo con este coche que le había regalado su padre por su último cumpleaños: un Lexus LC 500 cupé negro mate. A David le gustaba, pero no era el coche que él quería. Le había pedido específicamente un Lamborghini como el que tenía otro estudiante chino de doctorado amigo suyo, pero como de costumbre, su padre había ignorado sus preferencias. Había sucedido algo muy similar con la decisión de que David fuera a la universidad en Estados Unidos. Él había dejado bien claro que prefería quedarse en Shanghái y estudiar en la Universidad Jiao Tong de la ciudad, en la que su padre había obtenido su licenciatura en biotecnología. Pero este había hecho caso omiso de las preferencias de David. Dudaba que su padre llegara a entender que él podía tener opiniones diferentes sobre cualquier asunto. En este sentido, su progenitor era un prototipo de la vieja escuela, que exigía absoluta adhesión filial.
Al salir de la NJ 661, David aminoró la velocidad todavía más. Ya le habían puesto un montón de multas por exceso de velocidad en New Jersey, tantas que su padre había amenazado con quitarle el coche. Y eso era lo último que quería David, porque le encantaba conducir. Era su modo de evadirse. Ahora avanzaba por una carretera local rodeada de campos que empezaban a brotar, intercalados con zonas boscosas de árboles todavía desnudos. Después de recorrer unos kilómetros, apareció el primer edificio del conglomerado empresarial fundado por su padre. El Hospital de Dover Valley era un impresionante hospital moderno que estaba a punto de abrir sus puertas tras un completo proceso de renovación. En su anterior etapa había sido un pequeño y decadente hospital local y residencia de ancianos que acabó entrando en bancarrota. El padre de David lo adquirió y en cuanto fue el nuevo propietario, empezó a invertir dinero en el edificio, para sorpresa y satisfacción de las poblaciones de los alrededores.
David pasó por delante del hospital ya terminado, que sabía que contaba con las salas de operaciones más punteras, entre otros elementos de última generación. Su padre pretendía convertir la institución en un centro para el tratamiento del cáncer, terapia génica, fertilización in vitro y trasplantes de prestigio mundial, con el fin de capitalizar las increíbles posibilidades económicas que abría la tecnología vinculada con la CRISPR/ CAS9.
Junto al Hospital de Dover Valley se alzaba otro moderno complejo arquitectónico, también propiedad de su padre. Era la sede de la empresa GeneRx, centro neurálgico de su desembarco en Estados Unidos y el equivalente estadounidense de una empresa de nombre similar con sede en Shanghái. El personal de GeneRx se componía fundamentalmente de ingenieros y técnicos chinos especializados en biotecnología que el padre de David se había encargado de contratar, incluyendo un considerable número de becarios seleccionados en todas las facultades de biotecnología de primer nivel de las universidades chinas. El espacioso complejo estaba rodeado por una alta verja metálica coronada con alambre de espino que se extendía hasta el bosque colindante a ambos lados y en cuyo centro había una garita de seguridad que cortaba el paso en la carretera de acceso, parcialmente oculto por los altos árboles de hoja perenne.
Habitualmente, en cuanto David se acercaba, el vigilante alzaba la valla, pero como el coche era bastante nuevo, se detuvo junto a la garita y bajó la ventanilla. Uno de los vigilantes lo reconoció de inmediato, lo saludó en mandarín y le dio la bienvenida de nuevo a GeneRx.
—¿Va al edificio principal? —le preguntó el vigilante.
—No —respondió David—. Voy a la granja para una presentación.
El vigilante se rio, le dijo que iba a estar muy bien atendido y levantó la valla.
David pasó por delante de la entrada del aparcamiento de varias plantas, giró por la esquina derecha del edificio principal y entró en una zona arbolada. Después de unas cuantas curvas, la carretera llegaba a un nuevo claro donde había otro aparcamiento. Y detrás se levantaba otro edificio de tres plantas diseñado con tres alas en forma de T y tejados a cuatro aguas. En un cartel situado en la parte delantera se leía el nombre del edificio: GRANJA EXPERIMENTAL. Pero David sabía que nadie lo llamaba así. Todo el mundo se refería a él como «la granja» sin más.
David era consciente de que llegaba con retraso, de modo que aparcó rápidamente y se dirigió a la entrada principal a paso ligero. Cinco minutos después ya estaba en el ala central, poniéndose ropa limpia y colocándose una mascarilla y un gorro quirúrgicos, para después dirigirse a la zona de esterilización, que disponía de salida de aire en sentido único, similar a la de una habitación de aislamiento en un hospital. Cuando estuvo completamente ataviado y después de que un técnico certificara que iba convenientemente cubierto, David atravesó unas puertas automáticas y entró en la zona estéril. En esta parte de la granja tenían a los cerdos clonados y esterilizados, cuyos genomas habían sido modificados con la CRISPR/CAS9. Había en el complejo otras muchas zonas con diversos tipos de animales, como cabras, ovejas, vacas, monos, perros, ratones, ratas y hurones. La Granja Experimental pretendía forjar una nueva rama de la «farmacia», con fármacos creados a partir de grandes moléculas y proteínas manufacturadas por animales en lugar de mediante procesos químicos o en tanques de fermentación.
David atravesó un pasillo de un blanco inmaculado hasta una puerta en la que se leía SALA DE INSEMINACIÓN y entró. La sala era cuadrada y en la parte central, algo más hundida que los laterales, se hallaba el jefe de veterinarios, un tipo alto que David enseguida reconoció, acompañado por varios ayudantes, que inmovilizaban a una enorme cerda prácticamente albina en celo. En la sala había además otras veinte personas contemplando la escena. David solo reconoció a dos de ellas, ya que todas iban vestidas como él y resultaba difícil identificarlas con las mascarillas, los gorros y las batas. Las dos personas a las que reconoció eran su padre, Wei Zhao, y su asistente, Kang-Dae Ryang. Su padre era fácil de reconocer por su particular físico. En primer lugar, era alto e imponente, con su metro noventa y cuatro. El propio David no le iba muy a la zaga, con su metro ochenta y nueve. Pero era sobre todo la complexión de su padre lo que de verdad impactaba, especialmente la anchura de espalda y la estrecha cintura, que mantenía pese a su edad. Cuando Wei Zhao estudiaba en la universidad en los años setenta, Arnold Schwarzenegger era su ídolo y se interesó por el culturismo. Aunque la cosa empezó como una mera afición pasajera, se convirtió en una obsesión de por vida, y a sus sesenta años seguía practicándolo, aunque con mucha más moderación. Kang-Dae tenía una apariencia física completamente diferente, porque era delgado como un palillo. Su bata parecía pender de un colgador y sus ojos, pequeños y brillantes, hacían pensar en un ave de presa.
David avanzó hacia donde estaba su padre para asegurarse de que este se percataba de su presencia. Lo consiguió, pero se dio cuenta de inmediato de que a su padre no le había hecho ni pizca de gracia su retraso. Él lo había hecho a propósito, porque ese comportamiento pasivo-agresivo era un pequeño placer que se concedía.
El veterinario, que llevaba una linterna frontal, se incorporó e indicó con un movimiento de la jeringa dirigido a Wei que todo estaba listo. Uno de los asistentes había insertado un espéculo, de modo que probablemente se podía ver el cérvix.
Wei se aclaró la garganta y se dirigió a los presentes, primero en mandarín y después en inglés.
—¡Les doy a todos la bienvenida! Está aquí presente el equipo al completo, incluidos los biólogos moleculares de la CRISPR/ CAS9, los expertos en células madre, los genetistas, los embriólogos y los veterinarios. Estamos todos aquí para presenciar «un pequeño paso para un hombre, pero un paso de gigante para la humanidad».
La referencia a la llegada a la Luna de Estados Unidos produjo algunas risas forzadas.
—Como sabéis, GeneRx necesita de forma imperiosa un flujo de ingresos adicionales, ahora que mis planes de financiación para nuestras operaciones en Estados Unidos han sido bloqueados por Xi Jinping, el Politburó y el Banco Popular de China, en una conspiración conjunta para restringir la salida de capital del país. Estoy convencido de que lo que estamos haciendo hoy aquí minimizará este problema ayudando a GeneRx a tomar la delantera para monopolizar patentes cruciales y recoger los beneficios. Como bien sabéis todos, hoy vamos a implantar diez embriones clonados a medida y solo necesitamos que uno prospere para garantizarnos el éxito. La próxima semana llevaremos a cabo la segunda implantación para responder a la crucial pregunta de qué es mejor: un cerdo cruzado o un cerdo transgénico. Gracias a la CRISPR/CAS9 podemos elegir. Les doy las gracias a todos por haber trabajado con tanta diligencia para hacer posible que llegara este día. Vamos a obtener el primer cerdo inmunológicamente diseñado. Y estoy seguro de que este paso nos llevará pronto a poder realizar cientos y después miles de creaciones de este tipo.
Concluido su breve discurso, Wei bajó al «pozo» para observar de cerca la inseminación. Kang-Dae permaneció donde estaba y David se acercó a él. Lo miró por el rabillo del ojo sin perder de vista a Wei. No quería que su padre los viera hablar. Según las estimaciones de David, Kang-Dae no podía pesar más de ochenta libras, algo más de treinta y seis kilos. Atribuía su esquelética complexión al hecho de haber crecido en Corea del Norte, donde de niño pasó hambre. Aunque había logrado desertar y pasar a China hacía treinta y ocho años, no había ganado peso debido a esa malnutrición infantil. David conocía a Kang-Dae desde niño, cuando el Partido Comunista lo envió a trabajar con Wei en la primera empresa de biotecnología que este montó, y demostró ser un trabajador incansable y dedicado en cuerpo y alma al proyecto. Incluso aprendió por su cuenta biología y biotecnología. Como no tenía familia, acabó viviendo en una pequeña habitación en la casa de Wei, pese a que este sabía que el hombre era básicamente un espía. Debido a esa cercanía, David y Kang-Dae se habían hecho amigos y la relación había perdurado en el tiempo, sobre todo después de que ambos, de forma inesperada y sin desearlo, acabaran en Estados Unidos. Allí, en New Jersey, supieron que compartían el deseo de que la empresa americana de Wei fracasara y pudieran regresar a China.
David se inclinó hacia el coreano y le dijo en voz baja:
—¿Has hecho lo que te sugerí?
—Sí —respondió Kang-Dae. Era hombre de pocas palabras.
—¿Una vez o varias? —preguntó David. Como persona de confianza de Wei, Kang-Dae tenía fácil acceso a todo el complejo. Seguía viviendo con Wei, en la mansión que tenía cerca de allí. Más que un mero asistente, era la mano derecha del padre de David.
—Tres veces, como sugeriste —dijo Kang-Dae—. Lo he puesto en el agua potable. ¿Funcionará?
—Es imposible garantizarlo —dijo David—. Con este proyecto estamos adentrándonos en territorio desconocido. Pero desde luego en los cultivos celulares era tóxico para las células del riñón, de modo que, si tuviera que apostar, diría que va a funcionar muy bien..., ¡quizá demasiado bien!
Segunda parte
Siete meses después...
Lunes, 5 de noviembre, 9.10 a.m.
—¡Un momento! ¡Espere! —gritó Carol. Acababa de entrar en la estación del metro de la calle Cuarenta y cinco en Sunset Park, Brooklyn, y vio que el convoy ya estaba en el andén. Para su sorpresa, había llegado antes de lo previsto, lo último que podían esperarse los neoyorquinos del metro. Agarró bien su nueva mochila mini de Gucci y se puso a correr. No le resultó fácil, no tanto por el atuendo que llevaba, uno de sus vestidos favoritos y tacones altos, como por su estado físico. Andar más rápido de lo normal era una gesta que, hasta hacía poco, había estado un año sin poder afrontar. Mientras corría, agitaba la mano libre con la esperanza de captar la atención del conductor para que este mantuviera las puertas abiertas.
Carol estaba en tan baja forma que el esfuerzo fue hercúleo, y cuando logró entrar en el tren estaba sin aliento. Sentía el corazón palpitándole en el pecho, lo cual la inquietaba un poco, pero confiaba en que no tardaría en recuperar su ritmo normal, algo que sucedió enseguida. Estos últimos tres meses había ido al gimnasio de forma regular y a estas alturas era capaz de aguantar veinte minutos sobre la cinta, lo cual le parecía un progreso impresionante. Si cuatro meses atrás alguien le hubiese dicho que estaría haciendo tanto ejercicio a estas alturas de su vida, ella lo habría tomado por un chiflado. Aunque, como es obvio, estaba encantada con sus progresos. En muchos aspectos, ser de nuevo capaz de correr era como haber renacido.
En cuanto entró en el vagón se cerraron las puertas y el convoy arrancó en dirección a Manhattan. Se agarró a una de las barras verticales para no perder el equilibrio y buscó con la mirada un asiento adecuado. Como había subido en la sexta parada desde el origen del trayecto en la calle Noventa y cinco en Bay Ridge y ya eran las 9.11, pasada la hora punta matinal, había un montón de asientos libres. Pero como usuaria experimentada del metro, sabía muy bien que había asientos más recomendables que otros. Sufrir acoso en el metro no era algo infrecuente y merecía la pena prestar un poco de atención a los detalles antes de sentarse. Enseguida vio un sitio adecuado a solo tres metros de donde estaba.
En cuanto el convoy alcanzó la velocidad normal, avanzó hacia el asiento que había detectado. No tendría a nadie a su lado. Las personas más cercanas, con un asiento vacío entre medio, eran un anciano afroamericano bien vestido y una atractiva chica blanca que Carol calculó que rondaría los veintiocho años. La esbelta muchacha la dejó impresionada con su estilazo y la calidad de su ropa, informal pero muy elegante. Lucía un corte de pelo parecido al de ella, con la parte inferior rasurada de color castaño oscuro y cubierta parcialmente por una melena corta de color rubio oxigenado. Carol se preguntó si irían a la misma peluquería. Al tomar asiento, cruzó una mirada con la chica y le sonrió. Era un aspecto de la vida neoyorquina que le encantaba. Nunca sabías con qué tipo de gente te ibas a encontrar. Aquí el día a día era mucho más interesante que en la zona residencial de New Jersey donde había crecido. Allí la gente ya tenía claro el camino que iba a tomar en su adolescencia y jamás se les pasaba por la cabeza probar nada nuevo ni excitante.
Se acomodó en el asiento, porque tenía por delante un largo trayecto, y sacó el iPhone de la mochila para repasar los tensos mensajes de texto que había intercambiado hacía poco con Helen, la chica con la que esperaba casarse cuando dejase atrás sus graves problemas de salud, si es que lo lograba algún día. La triste ironía era que esos problemas de salud ya estaban casi resueltos, mientras que la relación se había tensionado y había ido a peor, hasta el punto de que Carol había optado por trasladarse del apartamento que compartían en Borough Park, Brooklyn, a su estudio en Sunset Park. Todo había sucedido de un modo muy repentino. Tres meses atrás, mientras Carol estaba en el hospital para someterse a una operación a vida o muerte, Helen había invitado a casa a un antiguo novio de la época universitaria, John Carver, que estaba en Nueva York y necesitaba un sitio en el que quedarse. Helen necesitaba apoyo emocional, alguien que le hiciera compañía, porque vivía angustiada ante la posibilidad de que Carol muriese; pero entonces sucedió algo inesperado.
Las tensas circunstancias emocionales y la proximidad hicieron que la relación de Helen y John rebrotara. Cuando por fin estuvo claro que Carol sobreviviría, Helen confió en que entendiera la situación y aceptase a John como una tercera presencia permanente en su relación.
Aunque al principio Carol se mostró consternada y perpleja, su desesperada necesidad de afecto y amor después del estrés de haber estado hospitalizada y haber visto de cerca la muerte, la empujaron a aceptar durante unos meses la nada convencional situación. Pero ese tipo de relación no estaba hecho para ella. A los trece años había asumido su orientación sexual y con los años no había hecho sino afianzarse en ella.
Releer todos los mensajes y volver a experimentar las emociones que llevaban asociadas no era de gran ayuda para que Carol cambiase el chip. Tampoco podía evitar contemplar el tatuaje que se habían hecho ella y Helen hacía seis meses. Resultaba difícil ignorarlo, porque lo llevaba en la parte interna del antebrazo derecho. Representaba una pieza de puzle junto a la pieza con el hueco en el que encajaba. Ambas imágenes estaban dibujadas en perspectiva para que parecieran más reales y el hueco silueteado sobre un arco iris de colores. En la pieza aparecía el nombre de Helen, y en el tatuaje equivalente en el brazo de ella aparecía el nombre de Carol. A Carol ese tatuaje le encantaba y hasta hacía poco estaba muy orgullosa de él, pero la finalidad de este desplazamiento en metro era volver al salón de tatuaje del centro de Manhattan donde se lo habían hecho y pedir que le borraran ese doloroso recordatorio de la fracasada relación. Carol no sabía cómo se podía hacer, pero suponía que el tatuador tendría alguna solución. Además, así tenía una buena excusa para hacer algo, ya que todavía no se había reincorporado a su trabajo como publicista. Faltaba todavía un mes para eso, tal y como había acordado con su médico.
A medida que el metro de Carol avanzaba hacia el norte a través de Brooklyn, en cada parada iba subiendo más gente de la que se apeaba. Cuando estaban ya a punto de enfilar el túnel que conectaba con Manhattan, el convoy iba casi tan lleno como si fuera hora punta. Fue en ese momento cuando Carol sintió el primer síntoma inquietante: un escalofrío que le hizo estremecerse, como si se hubiera colado en el vagón un soplo de gélido aire ártico. Lo sintió de un modo tan repentino que, de forma instintiva, miró a su alrededor para comprobar si el resto de los pasajeros lo habían sentido, pero de inmediato tuvo claro que el origen del malestar estaba en su propio cuerpo. Lo primero que se le ocurrió fue tomarse el pulso. Comprobó aliviada que era del todo normal. Contuvo un instante el aliento, preguntándose si volvería a notar ese desagradable escalofrío. No fue así, al menos por el momento. En lugar de eso, la aplastó una sensación de fatiga extrema, hasta el punto de que pensó que no lograría ponerse en pie si lo intentaba.
Con el móvil en la mano comprobó si tenía buena cobertura. La tenía y se planteó llamar a su médico en New Jersey. Pero dudó, sin saber muy bien qué le diría. Un repentino cansancio no parecía motivo suficiente para telefonear al médico. Era un síntoma demasiado vago. Estaba segura de que él le diría que volviera a llamarlo si no se le pasaba o volvía a sentir escalofríos. Decidió esperar, mientras desplegaba sus antenas interiores para detectar cualquier sensación anormal. Miró a los pasajeros que tenía a su alrededor, muy apretados unos contra otros. Ninguno de ellos le prestaba la más mínima atención.
Cuando el convoy llegó a Manhattan, Carol empezó a tranquilizarse un poco. Seguía sintiéndose débil, pero la cosa no había empeorado y aunque volvía a tener escalofríos, no eran ni de lejos como el primero. Eran tan solo un recordatorio de que probablemente tenía algo de fiebre. Cuando el convoy se detuvo en Canal Street, se planteó apearse, pero no estaba segura de poder mantenerse en pie. Si se desplomaba, resultaría bochornoso. Tuvo las mismas malas sensaciones en Prince Street y a partir de ahí todo fue a peor. Empezó a notar dificultad para respirar y la cosa empeoró a pasos agigantados. Al entrar en la estación de Union Square, donde estaba prevista una salida y una entrada masiva de pasajeros, estaba ya desesperada. Necesitaba aire, pero las piernas no le respondían.
Cuando se abrieron las puertas, se le cayó el móvil al suelo. En un segundo ya lo había recogido un tipo desaliñado que llevaba un rato observando el comportamiento de Carol. En cuanto lo tuvo en su poder, el tipo desapareció entre la multitud que salía del vagón. Carol intentó gritar que necesitaba ayuda, pero no logró que las palabras emergieran de su garganta mientras trataba de respirar. Le asomó un poco de espuma por la comisura de los labios. Trató de afianzar las piernas y reunió todas las fuerzas que le quedaban para intentar ponerse en pie, pero en cuanto se alzó del asiento, se desplomó y chocó contra las piernas de las personas que permanecían de pie junto al asiento. La gente quiso apartarse para dejarle espacio, pero iban como sardinas. Una persona intentó sostenerla, pero no pudo porque Carol era como un peso muerto. Por suerte para ella, se desmayó en cuanto cayó como una muñeca de trapo entre las piernas de los pasajeros a su alrededor.
A la misma velocidad en que desapareció el teléfono, ahora le tocó el turno a la mochila Gucci. Varios pasajeros trataron de retener al ladrón, que también logró esfumarse antes de que se cerraran las puertas, pero enseguida redirigieron su atención a Carol, que daba sacudidas descontroladas y se estaba poniendo azul. Era obvio para todos los presentes que le sucedía algo grave y que le costaba respirar. Se hicieron llamadas al 911 desde varios móviles. Cuando el convoy volvió a ponerse en marcha, un pasajero que sabía cómo había que proceder dio aviso a la revisora. Ella se abrió camino entre la multitud mientras informaba al conductor de la situación. Justo en el momento en que la revisora llegó hasta Carol, por megafonía anunciaron que había un pasajero enfermo en el convoy y que harían una parada en la próxima estación, la de la calle Veintitrés, durante un tiempo indeterminado. Se oyeron algunas quejas. Era un tipo de situación que se daba con demasiada frecuencia en el metro de Nueva York y que fastidiaba a miles de pasajeros que no estaban enfermos.
La revisora se dio cuenta de inmediato de lo grave que estaba Carol y se quedó desconcertada, sin saber muy bien qué hacer. Sin apenas entrenamiento para proporcionar primeros auxilios, más allá de la básica reanimación cardiopulmonar, que en este caso no parecía indicada, porque la pasajera tenía pulso y respiraba, la mujer se quedó bloqueada. No tardó en evidenciarse que entre el pasaje no había ningún buen samaritano con estudios de medicina. Entretanto, en el primer vagón, el conductor alertó al centro de control de la emergencia que tenían y le garantizaron que le mandaban enseguida un equipo médico de urgencias a la estación.
Desde el momento en que el convoy se detuvo en la calle Veintitrés, el equipo médico tardó más de veinte minutos en llegar. Para entonces, muchos pasajeros ya se habían apeado en busca de un medio de transporte alternativo, gracias a lo cual los paramédicos pudieron llegar con bastante facilidad hasta Carol. Se toparon con una paciente lívida y con un ritmo cardíaco y una presión sanguínea indetectables, que apenas respiraba, si es que todavía lo hacía, y además había perdido el control de la vejiga. Le pusieron la mascarilla para suministrarle oxígeno y la colocaron sobre la camilla sin perder un segundo. La sacaron a toda velocidad del vagón, la subieron hasta la calle y la metieron en la ambulancia que estaba esperando.
Con la sirena aullando, atravesaron la ciudad pisando el acelerador y llegaron a la zona de recepción de pacientes de las urgencias del Hospital Bellevue. Al bajarla de la ambulancia, una enfermera que evaluaba el estado de los que ingresaban confirmó que sufría una parada cardíaca. Uno de los paramédicos saltó sobre la camilla y los otros la arrastraron a toda velocidad hacia las profundidades de la zona de urgencias y la metieron en una de las salas de trauma mientras avisaban a gritos que tenían un paro cardíaco. Esto activó al equipo de resucitación siempre a punto para tales emergencias, que incluía a un médico, una enfermera y un anestesista. Atendiendo a la sintomatología de dificultades respiratorias descrita por los pasajeros del vagón, la intubaron para darle oxígeno. La respiración asistida requirió una presión inusual, lo cual significaba que los pulmones probablemente estaban rígidos y que, por tanto, la ventilación era imposible.
Sin ritmo cardíaco y sin respiración, a Carol la declararon muerta al ingresar a las 10.23 y la cubrieron con una sábana. El problema era que nadie sabía quién era. Cuando el administrativo de urgencias llamó a la Oficina del Forense de Nueva York, le adjudicó a la fallecida el apodo temporal de Desconocida y explicó que no llevaba encima ninguna identificación ni había llegado acompañada por nadie. Después del trámite, dejaron la camilla de Carol, sin ninguna contemplación, en una esquina, a la espera de que llegara la furgoneta del forense. Bajo la sábana, seguía vestida con su ropa cara y de la boca le salía el tubo endotraqueal que no habían retirado.
Esa misma mañana, más tarde... Lunes, 5 de noviembre, 10.30 a.m.
A las diez y media de la mañana, las ocho mesas de autopsia de las dependencias de la Oficina del Forense Jefe de Nueva York (coloquialmente conocida como OCME por sus siglas en inglés) estaban ocupadas y el equipo trataba de dar salida al trabajo atrasado. Durante el fin de semana se habían acumulado diez cadáveres que no se habían considerado emergencias forenses y su examen había quedado pendiente para el lunes por la mañana. A estos diez se habían sumado otros seis recibidos entre la tarde del domingo y esa misma mañana temprano. La mesa 1, la más alejada de los lavamanos de acero inoxidable, era la que tenía una actividad más ajetreada. Era la mesa en la que trabajaba el doctor Jack Stapleton. Como era casi siempre el primero en llegar al «pozo» por la mañana, tenía el privilegio de elegir mesa y siempre le pedía a Vinnie Ammendola, el asistente de la morgue con el que solía formar equipo, que pillara esa. Al estar ubicada en la periferia, quedaba un poco al margen del barullo de la sala de autopsias cuando todas las mesas estaban en uso. En ese momento, Jack ya iba por su tercera autopsia, mientras que en la mayoría de las mesas restantes todavía iban por la primera.
—¡Bueno! —dijo Jack, incorporándose. Acababa de afeitar meticulosamente el cabello empapado en sangre del lado derecho de la cabeza de la víctima. Había puesto mucha atención en no distorsionar la herida que quería observar. Ahora era obvio que se trataba de una lesión por completo circular de una tonalidad entre el rojo oscuro y el negro, dos centímetros y medio por encima de la oreja derecha de la mujer, rodeada por una estrecha abrasión circular. El cadáver estaba boca arriba, con la cabeza girada hacia la izquierda y alzada por un bloque de madera. Estaba desnuda y tan pálida que se la podría haber confundido con una figura del museo de cera.
—¿El orificio de entrada es redondo u oval? —A Jack le encantaba el estilo didáctico y lo utilizaba con frecuencia, incluso cuando nadie le prestaba atención, como sucedía a menudo cuando trabajaba con Vinnie. Este tenía tendencia a distraerse de tanto en tanto. Pero esta mañana, Jack tenía una audiencia muy atenta. Había aparecido por allí el teniente de la policía Lou Soldano, viejo amigo de Jack y de su esposa, Laurie. Con los años, Lou había comprendido lo mucho que la patología forense podía aportar a las fuerzas del orden, sobre todo cuando se trataba de la investigación de un homicidio. Siempre que Lou consideraba que la ciencia forense podía ayudarle, se tomaba la molestia de asistir a la autopsia. Y aunque hacía meses que no se topaba con uno de esos casos, esta mañana tenía entre manos nada menos que tres.
—Yo diría que circular —respondió Lou. Estaba frente a Jack, a la izquierda del cadáver. Vinnie estaba también en el lado izquierdo. Junto a Jack se hallaba otro auxiliar forense, Carlos Sánchez, al que acababa de contratar la OCME y se encontraba en pleno proceso formativo. Dado que Vinnie era uno de los asistentes con más experiencia, solía instruir a los recién llegados haciendo que trabajaran mano a mano con él. Jack estaba ya habituado y no solía poner pegas, siempre y cuando eso no ralentizara demasiado su trabajo. Jack era de esas personas a las que no les gusta perder el tiempo y que se muestran poco pacientes con la incompetencia. De momento, Carlos no le había causado demasiada buena impresión. No por ningún detalle en concreto, sino más bien por su actitud general, como si el tipo no tuviera el más mínimo interés en lo que estaban haciendo.
—Estoy de acuerdo —dijo Jack—. Vinnie, ¿tú qué opinas?
—Es circular —respondió Vinnie, poniendo los ojos en blanco. Él y Jack habían trabajado tantas veces en equipo a lo largo de los años que conocían las reacciones del otro al dedillo. Y Vinnie sabía que el tono empleado por Jack quería decir que estaba a punto de empezar una sesión «educativa», lo que siempre significaba que la autopsia duraría más tiempo de lo habitual, y por tanto obligaría a Vinnie a renunciar a la pausa para el café que solía hacer al acabar el tercer caso de la mañana. Era adicto al café y la última taza la había tomado a las siete.
—¿Señor Sánchez? —preguntó Jack, haciendo caso omiso del leve gesto de desesperación de Vinnie.
—¿Eh? —farfulló Carlos.
Jack se volvió para mirar al novato a los ojos, visibles detrás de la pantalla facial de plástico que llevaba.
—Señor Sánchez, ¿le estamos fastidiando algún plan mejor que hacer la autopsia? —le preguntó con sarcasmo, pero sin insistir en ello. Se volvió hacia Lou y le dijo—: Sin duda es circular, lo cual significa que la bala penetró con una trayectoria perpendicular en el cráneo. Y ya que estamos, no es lo que se podría describir como estrellada o dentada. Y bien, ¿ves algún punteado alrededor del borde de la herida? Esos puntitos rojos en la piel que a veces rodean las heridas de bala debido a los residuos de pólvora que salen del cañón de la pistola con la bala.
—No veo nada de eso, salvo en la oreja —dijo Lou, intentando ser optimista.
—Hay un poco en la oreja y un poco en el cuello —afirmó Jack, señalando—. Es obvio que el cabello absorbió la mayor parte.
—Me parece que no me gusta la dirección que esto está tomando —dijo Lou. La víctima era la esposa de uno de sus colegas, que también trabajaba en el Departamento de Homicidios de la Policía de Nueva York.
Jack asintió. Era indiscutible que Lou se había convertido en todo un experto forense después de tantos años de amistad.
—Hay más. Vamos a utilizar una vara de madera para alinear la herida de entrada sobre la oreja derecha con la herida de salida bajo la mandíbula izquierda.
Vinnie le pasó la vara que tenía preparada junto a la mesa de autopsias. Jack la agarró por ambos extremos y la sostuvo para que quedase apoyada contra la parte superior de la cabeza del cadáver, pero alineada con las dos heridas.
Lou se mostró de acuerdo a regañadientes.
—Ya lo pillo: la trayectoria de la bala es, sin duda, descendente.
—Siento ser el portador de malas noticias —se disculpó Jack, que notó la desolación en el tono de voz de su amigo—. Por desgracia, lo que vemos aquí no es una herida de contacto. Mi hipótesis en estos momentos es que el cañón de la pistola debía de estar a algo más de medio metro, tal vez a setenta y cinco centímetros. Y la trayectoria fue, sin duda, descendente. ¿Conoces las estadísticas en este tipo de situaciones?
—No exactamente —dijo Lou—. Pero sé que no es lo que esperaba. Joder, hace más de veinte años que conozco a ese tío. Incluso he cenado una docena de veces en su casa en Queens, sobre todo después de mi divorcio. Tenían problemas, como todas las parejas. ¡Pero, joder! Tienen dos hijos ya mayores.
—La mayoría de los suicidios con armas ligeras presentan heridas de contacto, lo cual significa que el cañón está presionando contra la sien cuando el arma se dispara. Solo en un cinco por ciento de suicidios la trayectoria de la bala es descendente y el porcentaje de casos en que la dirección del disparo es de atrás hacia delante es todavía inferior, y aquí se dan ambos supuestos.
—¿De modo que no crees que se trate de un suicidio? —preguntó Lou casi lastimeramente.
Jack negó con la cabeza.
—¿Podemos seguir con la maldita autopsia? —protestó Vinnie.
Jack le lanzó una mirada fulminante a su asistente de la morgue favorito. Vinnie hizo caso omiso y añadió:
—Tengo mono de cafeína.
—¿Encontrasteis una nota de suicidio? —quiso saber Jack, volviendo a dirigir su atención a Lou.
—La tenía agarrada en la mano izquierda —dijo Lou con un gesto de asentimiento—. Y en la derecha sostenía una de las automáticas de servicio de Walter. Estaba estirada en la cama, boca arriba. La escena era dantesca.
—¿Y fue él quien te llamó? —preguntó Jack.
—Sí —dijo Lou—. Habíamos pasado casi toda la tarde juntos porque nos llamaron para una autopsia. Walter se la encontró muerta al volver a casa, o al menos eso dijo. Fui yo quien llamó al 911 mientras salía de mi casa para ir a la suya. Fui el primero en llegar allí y el hombre estaba fuera de sí. Era espantoso. Y no es que no haya visto cosas terribles en mi vida.
—Bueno, habrá que ver cómo acaba —dijo Jack—. Tal vez hubiera una tercera persona implicada. Pero desde luego para mí esto no es un suicidio. Yo creo que está claro que es un homicidio. Pero vamos a hacer la autopsia y a partir de ahí veremos.
—Aleluya —dijo Vinnie, santiguándose en señal de felicidad.
—Vamos a ahorrarnos las blasfemias —le reprendió Jack con sorna.
—Quién fue a hablar —se burló Vinnie. Nadie en la OCME sabía mejor que Vinnie lo irreverente que podía llegar a ser Jack Stapleton. Después de que su primera mujer y sus dos hijas pequeñas falleciesen en un accidente aéreo regional, había dejado de ser una persona religiosa. No era capaz de creer que un Dios cristiano permitiese que sucediera algo así.
El examen postmórtem fue rápido. Más allá de algún fibroma en el útero, la salud de la mujer era excelente y no tenía ninguna patología. La parte de la autopsia que llevó más tiempo fue la que vino después de que Vinnie le enseñase a Carlos cómo quitar la parte superior del cráneo. Con toda la zona a la vista, Jack había seguido minuciosamente la trayectoria de la bala a través del cerebro, donde había causado un auténtico desastre. Mientras Jack estaba concentrado en lo suyo, Vinnie fotografió la parte inferior del cráneo para documentar los bordes biselados de la parte interior del agujero de entrada de la bala.
Cuando Jack completó esta tercera autopsia, dejó que Vinnie y Carlos se encargaran de volver a meter el cadáver en la cámara frigorífica. Y aunque por norma Lou solía marcharse en cuanto concluía la parte principal de la autopsia, en esta ocasión se quedó hasta el desolador final. Jack intuyó que no le apetecía nada volver a su solitario apartamento en el SoHo, lo cual quería decir que necesitaba hablar un poco más sobre la perturbadora autopsia, pese a que estaba agotado después de pasarse toda la noche en vela.
Se quitaron el equipamiento para la autopsia y Jack se llevó a Lou a lo que llamaban el comedor en la segunda planta, que no era gran cosa con sus paredes de cemento pintadas de azul, el mobiliario barato de plástico y unas cuantas máquinas expendedoras. Como espacio de asueto para un centro forense moderno que contaba con un equipo de patólogos forenses de primerísima división era patético. Pero había una luz al final del túnel. En la calle Veintiséis, a cuatro manzanas al sur de la deprimente estructura de cuatro plantas edificada hacía casi un siglo en la calle Treinta con la Primera Avenida en la que ahora estaban, se había construido un rascacielos destinado a albergar el nuevo centro forense de Nueva York. La mayor parte de los centenares de trabajadores de la oficina de Manhattan ya se habían trasladado a las palaciegas instalaciones recién inauguradas. Los que estaban todavía pendientes de trasladarse eran los toxicólogos y toda la tropa de forenses. El problema estribaba en que el nuevo edificio no tenía sala de autopsias. La puntera sala de autopsias que se iba a construir en una estructura separada, junto al rascacielos aún estaba en fase de planificación. Hasta que fuese operativa, Jack y sus colegas debían permanecer en la vieja y ya caduca sede histórica.
—Teniendo en cuenta que ya sabes las opciones, ¿qué te puedo ofrecer? —preguntó Jack. Miró al que era su amigo desde hacía casi veinte años. Tal como sugería su nombre, Lou tenía ancestros en el sur de Italia y lucía una mata de pelo negro tupida y razonablemente larga, ojos también de color negro y una piel de tono aceitunado. Era un hombre apuesto, de rasgos faciales marcados, de mediana estatura y corpulento, con una panza que permitía intuir ciertos excesos en el consumo de pasta y poco ejercicio. Como de costumbre, vestía un traje azul oscuro, con aspecto de no haber sido planchado desde hacía un año. La camisa blanca también la llevaba arrugada y con el cuello desabotonado, y la corbata de seda machada de alguna salsa la lucía aflojada y parecía no haber sido jamás desanudada, más bien imaginaba uno que se la sacaba por la cabeza al final de cada jornada.
La comparación con Jack era demoledora, sobre todo si estaban uno junto al otro como ahora. El cabello de Jack era castaño claro, lo llevaba bastante corto y le asomaban canas en las sienes. Tenía los ojos del color del jarabe de arce y su rostro mostraba cierta tonalidad morena pese a que llevaba meses sin tomar el sol. Con su metro ochenta y cinco y su constitución atlética, puesto que corría en bicicleta y jugaba al baloncesto en canchas de la calle, parecía elevarse como una torre sobre Lou, que tenía tendencia a inclinar la cabeza como si le pesara demasiado.
—No lo sé —admitió Lou. No tenía claro qué tomar.
—¿Qué tal agua? —sugirió Jack. Sabía que lo que menos le convenía a Lou era tomar más café. Lo que necesitaba era dormir.
—Sí, agua está bien —dijo Lou.
Jack sacó dos botellines de agua y se sentó frente a Lou.
—No olvides comentarme los resultados de los análisis toxicológicos en el segundo caso —le pidió Lou.
—Desde luego —dijo Jack—. Te informaré en cuanto sepa algo. —Los tres casos por los que Lou se había pasado esta mañana estaban conectados con el Departamento de Policía de Nueva York. Al que se refería ahora era un caso de «fallecimiento de un detenido». Durante la autopsia, Jack le había mostrado que el hueso hioides del detenido estaba fracturado, lo cual era una prueba clara de que se le había asfixiado hasta provocarle la muerte. Y eso había sucedido durante el arresto. La duda que había que resolver ahora era si la fuerza empleada estaba justificada o había sido excesiva. En el vecindario en el que habían ocurrido los hechos había indignación y se exigían respuestas.
Lou también estaba a la espera de los resultados finales de la primera autopsia a la que había asistido ese día. Era un arresto que se había torcido y había acabado en un tiroteo en el que la víctima fue abatida en su coche, tras recibir cuatro impactos. Varios testigos aseguraban que la víctima había gritado «ya basta» y había dejado de disparar, pero aun así la policía le disparó. También este caso podía convertirse en una pesadilla para el Departamento de Relaciones Públicas de la Policía y en una tragedia si lo que decían los testigos resultaba ser verdad. Para obtener respuestas, Jack había trazado meticulosamente la trayectoria de las cuatro balas alojadas en el cuerpo del fallecido y pretendía recrear la escena en un laboratorio especial del nuevo edificio para dilucidar con exactitud qué había sucedido y cuándo.
—Una mañanita interesante —dijo Jack—. Siento en especial no haberte podido ser de más ayuda con tu colega. Lo más probable es que el caso se centre en dilucidar si la nota de suicidio es o no auténtica. El divorcio es un mal trago, pero mucho mejor que un homicidio, si es que el caso acaba siendo eso.
—Dejemos ya de hablar de mis problemas —dijo Lou con tono de hartazgo—. ¿Cómo van las cosas en casa de los Stapleton-Montgomery? Hace siglos que no tengo una conversación al respecto contigo o con Laur. —Lou conocía a Laurie Montgomery, la esposa de Jack, antes de que a él lo contratase la OCME de Nueva York. Lou y Laurie habían salido durante un breve período de tiempo, hasta que ambos tuvieron claro que aquello no iba a funcionar y continuaron viéndose como amigos. Cuando Jack entró en escena, Lou fue su mayor aliado. Laur era como había llamado a Laurie una de las hijas de Lou cuando la conoció y, como a Lou le pareció simpático, también empezó a utilizarlo.
—Por favor —dijo Jack—. Dejemos ese tema.
—Oh, vaya. —Lou se inclinó hacia delante—. Conociéndote como te conozco, no me gusta cómo suena eso. ¿Qué pasa?
—No sé si quiero hablar de eso ahora —dijo Jack.
—Si no me lo cuentas a mí, ¿a quién se lo vas a contar? —Lou enarcó una ceja—. Os adoro a los dos.
Jack asintió. Lou tenía razón. Era la única persona a la que podía contarle lo que estaba sucediendo. La duda era si quería contárselo a alguien. Desde el accidente aéreo que acabó con las vidas de su primera mujer y de sus hijas hacía más de veinte años, a Jack le costaba mucho mantener este tipo de conversación entre amigos sobre asuntos emocionales. Cuando tenía problemas, prefería trabajar más y entrenar más, lo cual significaba pasar más horas en la OCME y más horas jugando al baloncesto por las tardes. Pero él mismo sabía que esta estrategia tenía el serio inconveniente de no solucionar nada. Era como esconder el polvo debajo de la alfombra o la cabeza bajo la arena.
—Sea lo que sea, tenéis que resolverlo —dijo Lou—. Escucha, tú y Laurie sois la última posibilidad que me queda para creer en la felicidad matrimonial, sobre todo ahora que mi colega Walter quizá sea culpable de homicidio. Uno de los motivos por los que no os he visto desde hace más de un mes es porque he conocido a una mujer y en estos momentos estoy planteándome la idea de volver a intentarlo.
—Felicidades, muchacho. —El tono de Jack no fue muy entusiasta.
—Noto cierta reserva —dijo Lou—. ¡Vamos! Cuéntame. ¿Lo tuyo tiene algo que ver con que a Laur la hayan nombrado jefa de la OCME?
Hacía dos meses que el doctor Harold Bingham, director del Departamento Forense, había fallecido de un ataque al corazón y un comité creado para la ocasión recomendó que la doctora Laurie Montgomery se hiciera cargo de dicho departamento. La oferta sorprendió tanto a Laurie como a Jack, pero sobre todo a este último, en especial cuando ella aceptó. Jack siempre había detestado lo que llamaba tonterías burocráticas, todo el papeleo que debían rellenar los forenses, y tenía nula paciencia para andar lamiendo el culo a los jefazos. A la OCME le había llevado años conseguir un cierto grado de independencia política, sobre todo en relación con la policía o con la gente que controlaba a la policía, y poder erigirse como la voz imparcial de los muertos. La importancia de mantener esta independencia era obvia en relación con las tres autopsias que Jack había realizado esa mañana. En el pasado, demasiado a menudo el jefe de la policía le indicaba al forense lo que tenía que poner en los informes de las autopsias. Jack se sentía muy orgulloso de no dejarse influir jamás por las opiniones de terceros. Pero con su mujer como jefa y la línea de demarcación entre sus vidas personales y profesionales desdibujándose de pronto, la imparcialidad que tanto le había costado defender tendría que hacer frente a una nueva complicación.
—Te voy a decir una cosa —comentó Jack—. Me sorprendió que aceptase el ofrecimiento. Entre tú y yo, no está disfrutando mucho. No solo está hasta cierto punto en deuda con quienes le han ofrecido el puesto, es decir el alcalde y la directora de Salud Pública, sino que además apenas se puede dedicar a lo que más le gusta: la patología forense. Esos dos políticos la hacen ir de cabeza solo para mantener el nivel de financiación. Y a Laurie no le gusta la confrontación ni se le da bien. La culpa es de su padre, un cirujano cardíaco déspota que le hizo la vida imposible durante toda su adolescencia.
—¿Y se lleva a casa todas sus frustraciones y las descarga sobre ti? —preguntó Lou.
—Bueno, ya conoces a Laurie. Cuando se pone a hacer algo, se compromete al cien por cien. Ahora es la jefa aquí y en casa.
—Siento oír eso —dijo Lou—. ¿Has intentado hablar con ella?
De pronto Jack plantó sobre la mesa el botellín con tanta fuerza que Lou pegó un bote y derramó un poco de su agua. Jack alzó las manos y negó con la cabeza con un gesto de incredulidad.
—No doy crédito a lo que está pasando —dijo—. Ni siquiera sé por qué te estoy contando todo esto.
—Me parece que es obvio —dijo Lou—. Porque por lo que veo te está sacando de quicio.
—No es cierto —cortó en seco Jack—. Bueno, sí que me agobia un poco, sobre todo cuando Laurie pretende decirme cuánto rato tengo que jugar al baloncesto o que no debería ir al trabajo con mi nueva bici de carretera. Pero lo que está a punto de desquiciarme no es que se traiga a casa sus problemas de directiva ejecutiva. Laurie ya es mayorcita y yo también. Es Emma la que me tiene preocupado
—Oh, no —dijo Lou—. ¿Qué le pasa a Emma? —Hacía tiempo que no veía a la hija de Jack y Laurie, que acababa de cumplir tres años.
—Hace tres semanas el pediatra diagnosticó un posible cuadro de autismo.
—Dios mío —dijo Lou.
—Ya veíamos que algo no iba bien, pero no queríamos oír que podía tratarse de autismo. Había empezado a balbucear según lo previsible y se relacionaba con normalidad con nosotros y con JJ, pero de pronto empezó una especie de regresión.
—Odio tener que admitir mi ignorancia, pero no sé muy bien qué es el autismo. He oído hablar del tema, pero no conozco a nadie que tenga hijos con ese problema.
—No eres el único que no tiene ni idea —dijo Jack—. Es algo bastante misterioso. Puede provocar en el niño problemas de interacción y comunicación. Por lo que sé, ni siquiera tiene un diagnóstico preciso. Hay un espectro autista, con niños con afectación profunda y otros que lo tienen en menor grado. Ni siquiera los que se supone que son expertos conocen de verdad la patología subyacente específica.
—¿Y qué lo provoca?
—Estamos otra vez en lo mismo, nadie lo sabe. —Jack negó con la cabeza—. Se habla de factores ambientales, de genes, de factores epigenéticos. Podría ser una misteriosa combinación de los tres.
—¿Qué puñetas es esto de los «factores epigenéticos»? A los médicos os encanta que el resto de los mortales nos sintamos idiotas.
—Perdón —dijo Jack—. Los factores epigenéticos son características hereditarias que no dependen de la secuencia de ADN de los genes.
—Perdóname a mí por preguntarlo —dijo Lou—. ¿Hay algún tratamiento para el autismo?
—No exactamente. Hay todo un abanico de intervenciones sobre el comportamiento y programas de educación especial con algunos resultados prometedores, pero sin apenas evidencias científicas. Es precisamente tanta incertidumbre lo que me desquicia.
—¿Y cómo lo lleva Laur?
—En algunos aspectos mejor que yo, porque se lo ha tomado como un reto intelectual y se ha propuesto leerlo todo sobre el tema para poder manejar la situación. Yo soy todo lo contrario. A mí todas las vaguedades y la palabrería que envuelve esta enfermedad me generan un hartazgo inmediato y ganas de cagarme en todos los dioses. Es mi personalidad quirúrgica. Pero lo negativo en el caso de Laurie es que se culpabiliza. No para de lamentarse por no haberse cogido la baja maternal antes, porque piensa que todos los productos químicos a los que estamos expuestos aquí han podido tener algo que ver con todo esto.
—¿Está comprobado que es así?
—No, claro que no —dijo Jack.
—Pues en ese caso no tiene por qué culpabilizarse —apuntó Lou.
—Sí, bueno, díselo a ella —respondió Jack—. Yo he intentado razonárselo hasta quedarme sin voz. Y además, yo también cargo con mi parte de culpa.
—¿Por qué va a ser culpa tuya?
—Atraigo la mala suerte con los niños —dijo Jack—. Ya sabes que las hijas de mi primer matrimonio fallecieron en un accidente aéreo, pero ¿sabías que iban en ese avión porque volvían de visitarme cuando yo estaba formándome en Chicago? Y mira a JJ. El pobre chaval tuvo neuroblastoma de niño. Yo no querría ser hijo mío.
—No sabía que fueras supersticioso —dijo Lou.
—Yo tampoco —replicó Jack—. Pero es difícil rebatir los hechos.
—Hablando de JJ, ¿cómo está?
—Estupendo —dijo Jack—. Es la lucecita que brilla entre tantas tinieblas.
—¿Cuántos años tiene?
—Ocho y medio —respondió Jack—. Está en tercero de primaria. No hay ningún signo de que el tumor haya reaparecido y deberías verlo driblando en la cancha de baloncesto. Es un fenómeno.
—¿Se lleva bien con Emma?
—Sí. Tiene una paciencia de santo, pese a la regresión de Emma. Ojalá Dorothy, la madre de Laurie, estuviese dispuesta a cooperar tanto como él y fuese la mitad de comprensiva.
—¿Qué pasa con la madre de Laurie? ¿Os está complicando la vida?
—Peor que eso. Si no se hubiera instalado en nuestra casa sin haber sido invitada durante esta etapa tan difícil, yo no estaría tan desmotivado. Y no se trata solo de mí. También está volviendo loca a la niñera que vive con nosotros. Te acuerdas de Caitlin O’Connell, ¿verdad? Tuvimos mucha suerte de dar con ella después del secuestro de JJ.
—De eso no me voy a olvidar nunca. Parece que fue ayer.
—Bueno, pues me ha dicho que está pensando en dejarlo si Dorothy se queda. He intentado hablar de esto con Laurie, pero ella siempre ha tenido una relación conflictiva con sus padres. Especialmente con su padre, pero tampoco ha sido buena con su madre.
—¿Qué hace la madre de Laur para que te resulte tan terrible?
—No para de machacar a Laurie con que debería haber pedido la baja maternal en cuanto supo que estaba embarazada. Además, le encantan las teorías de la conspiración y no para de echarnos la culpa a Laurie y a mí por permitir que le pusieran a Emma la triple vírica.
—Un momento —interrumpió Lou—. De eso he oído hablar. Se dice que la triple vírica puede provocar autismo, ¿verdad? Creo que lo he leído en algún lado.
—Eso fue hace años, cuando salió un artículo en una revista médica que sostenía esta tesis —replicó Jack—. Pero el estudio fue desautorizado por fraudulento y la revista médica que lo publicó se retractó. Por decirlo claro y rápido: las vacunas en general y la triple vírica en particular no provocan autismo, punto, fin de la historia.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Lou dispuesto a zanjar el tema—. No lo sabía.
—Perdona que me haya puesto así —dijo Jack—. Pero la actitud de Dorothy sobre este asunto me saca de quicio. Pensar que se ha pasado la mayor parte de su vida casada con un médico para acabar dando pábulo a las paranoias y teorías conspirativas de sus compañeras de bridge. Y lo que es peor, no va a parar de dar la matraca. Ni va a dejar de soltar que en la familia Montgomery jamás ha habido hasta ahora un caso de autismo o neuroblastoma, lo cual quiere decir que ambas cosas tienen que proceder de mi familia. Pues bueno, hasta donde yo sé, en mi familia tampoco ha habido nunca ni un solo caso de esas dos enfermedades. Sea como sea, me está volviendo loco. He llegado a pedirle a Warren si me dejaba dormir en su sofá.
Warren era uno de los vecinos con los que jugaba al baloncesto y del que se había hecho amigo.
—Muchacho, siento oír todo esto —dijo Lou—. ¿Quieres que intente hablar con Laur por si puede ser de alguna ayuda?
—Te lo agradezco de corazón —dijo Jack—. Pero creo que si le sacas el tema, solo vas a empeorar las cosas. Como ya te he dicho, Laurie tiene una relación complicada con sus padres. Habrá que tener paciencia y esperar a que Dorothy lo vaya asumiendo, siempre y cuando Caitlin no cumpla su amenaza, porque es imposible que Dorothy pueda hacerse cargo de Emma sola. En cuanto a mí, tengo que encontrar algún reto de trabajo aquí para mantener la mente ocupada. Hice lo mismo cuando JJ enfermó. Por suerte entonces me metí a investigar a fondo los peligros de las medicinas alternativas por el caso del quiropráctico que mató a una mujer con un absurdo ajuste de cervicales. Ahora necesitaría algo parecido.
—Voy a ver si puedo preparar algunos homicidios desconcertantes para ponerte a prueba —sugirió Lou riéndose entre dientes—. Como el de aquel ahogado que acabó llevándote hasta África.
—Sí, señor —dijo Jack con una sonrisa—. Una cosa así me vendría de maravilla. —Recordaba muy bien aquel caso y el viaje que tuvo que hacer a Guinea Ecuatorial. Parecía que fuese ayer, aunque habían pasado veinte años.
De pronto sonó el móvil de Jack y ambos se sobresaltaron. Jack ponía «Sirena» como tono de llamada para asegurarse de que oía el teléfono cuando iba en bici al trabajo por las mañanas y no se había acordado de cambiarlo. Sonaba como un camión de bomberos sorteando el tráfico a toda velocidad y en ese momento sonó con particular estruendo porque las paredes de hormigón de la sala hicieron de caja de resonancia. Jack cogió el móvil, quitó el sonido y miró quién le llamaba. Era la doctora Jennifer Hernández, la forense de guardia esta semana.
Las guardias se adjudicaban de forma rotatoria a los forenses más jóvenes y suponían trabajar con los patólogos del turno de noche, llegar a la OCME más temprano que nadie para programar las autopsias de los casos que habían entrado durante la noche y gestionar durante el día cualquier consulta que requería una respuesta del forense. Solía ser un trabajo agotador y Jack sintió un gran alivio cuando su estatus de sénior le permitió quedar exento. Cuando le entraban llamadas del trabajo, solían proceder de los MLI, los investigadores de medicina legal, cuyo trabajo era reunir los detalles de los casos en manos del forense. Ese tipo de información se requería en los casos de fallecimientos en circunstancias inusuales, inesperadas o sospechosas, lo cual incluía suicido, accidente, violencia criminal y muerte de personas bajo arresto (como en las autopsias en que había trabajado Jack esa mañana), o simplemente la muerte repentina de alguien que gozaba de una aparente buena salud. Los MLI tenían mucha experiencia y rara vez lo llamaban para hacerle alguna consulta.
—¿Te importa que responda? —preguntó Jack, señalando el móvil que sostenía en la mano.
—Por favor, cógelo —dijo Lou, comprensivo—. Tú estás trabajando. Yo solo estoy de cháchara.
Al sospechar que se trataría de una consulta de medicina legal y por tanto podía ser el pistoletazo de salida de algún caso interesante, Jack estaba ansioso por descolgar.
—Tal vez esto sea lo que necesitaba —dijo.
Lunes, 11.45 a.m.
—Doctora Hernández, me encuentro en la segunda planta, en nuestro elegante comedor —dijo Jack por el móvil—. Estoy con un grupo de monjas de visita. ¡Suba! —Utilizaba el altavoz, mientras cambiaba el tono de llamada a uno más normal.
Lou se rio entre dientes. Este hombre de cínicas exageraciones le recordaban al irreverente Jack Stapleton de toda la vida, al que adoraba. Por lo visto, no estaba tan tocado como había dado a entender.
Un minuto después apareció una mujer de aspecto joven y muy arreglada que a Lou le recordó a Laurie. Llevaba una bata médica muy limpia y almidonada, en las antípodas de las arrugadas y manchadas batas que solían lucir los forenses veteranos. Debajo llevaba un vestido rojo intenso que, a ojos de Lou, no hubiera desentonado en una fiesta. Sus rasgos, tez y cabello recogido delataban su ascendencia hispánica.
Jack los presentó y dijo de Lou que era un viejo amigo de él y de Laurie. Después explicó que Jennifer era nieta de una mujer que había cuidado de Laurie desde que era un bebé hasta que se convirtió en una adolescente.
—Jennifer llegó a venir a la OCME cuando iba al instituto y pasó una semana aquí bajo la tutela de Laurie —explicó Jack—. Por lo visto en aquella época estaba bastante perdida y necesitaba que alguien la ayudase a centrarse, cosa que Laurie hizo.
—En aquella época era una cabra loca —se mostró de acuerdo Jennifer—. Mi pobre abuela María, que me había criado, no sabía qué hacer conmigo y, desesperada, le pidió ayuda a Laurie. Pero mi estancia aquí resultó ser una de esas experiencias que te cambian la vida. Me interesé tanto por la ciencia y la medicina forense que acabé matriculándome en la facultad de medicina y completé la carrera. Y aquí estoy.
—Y la historia no se acaba aquí —añadió Jack—. Gracias a Jennifer, Laurie y yo acabamos sumándonos a aquel viaje a la India hace diez años. De manera que también nos ayudó a expandir nuestras vidas.
—Recuerdo ese viaje —dijo Lou—. Fue de turismo médico.
—Exacto —dijo Jennifer—. Por desgracia para mi abuela.
—Sí, para María fue un desastre —confirmó Lou—. Bueno, Jennifer, ¿qué sucede? ¿Para qué me buscabas?
—He recibido una llamada de Bart Arnold, el supervisor de medicina legal —explicó Jennifer—. Nos envían desde las urgencias del Bellevue un caso problemático. Le informaron de él y le inquietó tanto como para presentarse allí en persona. Me ha llamado desde urgencias para decirme que cree que podría tratarse de una enfermedad contagiosa y me ha pedido específicamente que te avisara a ti. Me ha dicho algo que desconocía, que se te conoce por ahí como «el gurú de los contagios».
—¿Qué carajo quiere decir esto? —preguntó Lou, visiblemente inquieto. Tenía pánico a los gérmenes y cualquier cosa vinculada con enfermedades contagiosas le producía escalofríos.
—Durante mi primer año en la OCME hice un par de diagnósticos sorprendentemente acertados de casos de enfermedades contagiosas que se pretendían propagar de manera artificial.
—¿Quieres decir que alguien las estaba diseminando a propósito? —preguntó Lou—. ¿Estamos hablando de bioterrorismo?
—Exacto —dijo Jack—. Pero logramos cortar la cadena en una fase inicial. De no haber sido así, podría haberse convertido en algo horrible.
—Bart me ha dicho que le telefonees en cuanto puedas —le dijo Jennifer.
—Parece un caso para mí —admitió Jack—. Voy a hacer algo mejor que llamarlo. Voy a ir al 421 para verlo en persona. —El 421 era como todo el mundo en la OCME llamaba al nuevo rascacielos de la calle Veintitrés. Al viejo edificio en el que todavía estaban la morgue y los forenses lo llamaban el 520, su número en la Primera Avenida.
—En ese caso voy a avisarle de que vas para allá —dijo Jennifer. Se despidió de Jack, le dijo a Lou que había sido un placer conocerlo y se marchó.
—Las doctoras son cada vez más jóvenes y más guapas —comentó Lou—. Me hace sentir un vejestorio. En cualquier caso, me largo. Gracias por esta mañana tan amena, y mándame los resultados finales de las tres autopsias en cuanto los tengas.
—Cuanta con ello. —Jack se incorporó—. Vamos, te acompaño hasta tu coche, me cae de camino hacia el 421.
Después de cerrar la puerta del Chevy Impala sin distintivos policiales de Lou, Jack se despidió de él con la mano mientras el coche salía marcha atrás del muelle de descarga de la OCME y aparecía en la calle Treinta. Aparte de las furgonetas de la OCME, el vehículo de Lou era el único que tenía permiso para aparcar allí, y para asegurarse de que no se lo llevaba la grúa, siempre dejaba su placa de detective bien visible en el salpicadero.
En cuanto el coche de Lou desapareció de su vista, Jack regresó al interior del 520 para coger la bicicleta, que dejaba siempre aparcada en la sala de autopsias. Aunque el rascacielos del 421 estaba a solo cuatro manzanas, por corto que fuera el trayecto no quiso desperdiciar la oportunidad de pedalear y disfrutar de un poco de aire fresco. Aunque, por desgracia, el aire no era muy fresco porque la OCME estaba ubicada en el East Side de Manhattan, una zona sometida a la contaminación de los tubos de escape de automóviles, camiones y autobuses que los predominantes vientos del oeste de la isla arrastraban hacia allí. Jack se montó en la bici y pedaleó en dirección sudeste por la calle Franklin Delano Roosevelt con su bata médica no muy limpia aleteando al viento. Pese al frío, debajo solo llevaba la ropa de quirófano. Llegó a su destino en pocos minutos. Jack se apeó y llevó la bici por el muelle de carga del edificio, la aparcó junto a la garita del control de seguridad y subió en ascensor hasta la quinta planta.
La quinta era la planta más ajetreada del edificio. No solo tenía allí sus despachos el equipo de investigación de medicina legal, sino también el de comunicaciones, que centralizaba todas las llamadas que llegaban a la OCME día y noche. Era también la zona de recepción, donde llegaban al edificio todas las muestras para ser analizadas desde la sala de autopsias o desde otros lugares. Eso lo abarcaba todo, desde histologías comunes y corrientes, huesos y dientes, hasta las más sofisticadas pruebas de ADN. Las únicas muestras que no pasaban por la quinta planta del 421 eran las muestras toxicológicas, ya que Toxicología era el único departamento importante de la OCME, además de la morgue, que todavía seguía en el edificio del 520.
El Departamento de Medicina Legal ocupaba la zona justo detrás de las puertas acristaladas que separaban la oficina del vestíbulo y los ascensores. Era una planta diáfana, con hileras de mesas que se daban la espalda. El escritorio de Bart Arnold estaba en la parte central, de modo que desde su puesto podía controlar visualmente a todo su equipo.
Bart formaba parte de la OCME desde mucho antes de que llegara Jack, en los tiempos en que el departamento, con tan solo un puñado de empleados, era una mera sombra de lo que era ahora. En aquel entonces a los empleados los denominaban médicos asociados y ocupaban unos minúsculos cubículos individuales cuyas paredes llegaban a la altura del hombro detrás del panel de las telefonistas. Ahora el departamento era lo bastante nutrido como para tener su propio equipo de softball en el pícnic que se celebraba en primavera.
Bart era un hombre fornido con escaso y canoso cabello rizado que tan solo le cubría un poco por encima de ambas orejas y formaba un anillo en el cogote. Era inteligente, ingenioso y extraordinariamente sosegado. Esa paciencia le venía de perlas. Su equipo era muy variopinto en temperamentos, edades y género, y el Departamento de Medicina Legal tenía que funcionar veinticuatro horas los siete días de la semana, festivos incluidos. Él también llevaba, como Jack, una bata blanca un poco más descuidada. Era un supervisor muy activo, conocido por sus frecuentes salidas de la oficina para investigar fallecimientos con causas dudosas, sobre todo en hospitales locales. Gozaba de mucho prestigio en su campo y había ejercido una gran influencia para que la patología forense incorporase el nuevo término «complicaciones terapéuticas» para las muertes hospitalarias. Era el concepto que se utilizaba cuando el fallecimiento era inesperado, por ejemplo en el caso de un paciente que estaba siendo sometido a algún tratamiento normalmente seguro. Había reemplazado al más vago «muerte accidental».
—¡Dios mío! —dijo Bart, poniéndose en pie en cuanto vio a Jack avanzando hacia él. Como empleado de la vieja escuela, mostraba más respeto por el equipo profesional que algunos de sus colegas más jóvenes—. Doctor Stapleton, no pretendía que vinieras hasta aquí. Bastaba con que me telefonearas.
—No pasa nada —dijo Jack—. Por favor, siéntate. —Jack pilló una silla con ruedas, la acercó y se sentó frente a Bart—. ¿Qué tenemos? La doctora Hernández me ha dicho que estabas inquieto por un posible caso contagioso.
—Exacto —replicó Bart—. La intuición me dice que no se trata de un caso ordinario. El aviso nos llegó no hace mucho. Permíteme que te explique lo que he observado. La paciente estaba en un convoy de la línea R con origen en Brooklyn y avisaron al revisor de que había una pasajera enferma. Los paramédicos que la recogieron en la estación de la calle Veintitrés sabían que estaba en estado crítico, de modo que eran conscientes de que tenían que actuar rápido y no podían entretenerse en recabar mucha información. Pero parece ser que la víctima, una chica de entre veinte y treinta años, estaba en perfecto estado durante el trayecto, lo cual por supuesto tiene todo el sentido. No habría tomado el metro si se hubiese encontrado realmente mal y no habría ido tan arreglada. Fuera lo que fuese lo que le ocurrió, le sucedió sin previo aviso. Por lo visto sufrió una aparente dificultad respiratoria que acabó congestionándole toda la cara, aunque no se había atragantado con nada. Sospecho que se trata de un caso fulminante de neumonía, porque cuando intentaron suministrarle ventilación asistida, les fue imposible. Lo único destacable al observar el cadáver fue la presencia de un poco de espuma en las comisuras de los labios, alrededor del tubo endotraqueal.
—¿Podría tratarse de algún tipo de sobredosis? —preguntó Jack.
—Sinceramente creo que no —respondió Bart—. Según mi experiencia, las sobredosis no se presentan con este cuadro. Creo que es un caso de neumonía vírica o bacteriana fulminante. La chica iba a algún sitio muy bien vestida. Por la manera como iba arreglada, podía estar de camino a un almuerzo en el Ritz.
—¿Sabes a qué me recuerda esto? —dijo Jack, irguiendo la espalda.
—A alguna terrible enfermedad —dijo Bart—. Algo como el ébola.
—De hecho, estaba pensando en algo más vulgar, pero quizá incluso más terrible —dijo Jack, dejando que los primeros atisbos de emoción se colaran en su tono de voz. No quería concebir falsas esperanzas, pero de pronto todo esto sonaba a lo que «su médico prescribiría» para olvidarse del autismo de Emma y de la invasión de su suegra—. Cuando estalló la catastrófica pandemia de gripe de 1918, que mató a más de cien millones de personas, se contaba que había hombres y mujeres sintomáticos que tomaban el metro en Brooklyn y cuando el convoy llegaba a Manhattan ya habían fallecido de neumonía vírica. Nadie sabe con seguridad si es cierto o no, pero creo que podía ser verdad por la virulencia de esa cepa. Lo que se cree ahora es que morían debido a la reacción de su sistema inmune, que enloquecía; es lo que se conoce como tormenta de citoquinas.
—He oído estas historias —dijo Bart—. Por eso te he llamado en cuanto he visto esto.
—¿Diste instrucciones al personal del Bellevue para que no manipulen el cadáver por seguridad? —preguntó Jack.
—Por supuesto que sí —respondió Bart—. Les dije que metieran el cuerpo en una bolsa para cadáveres y rociaran el exterior con hipoclorito, e hicieran lo mismo con el cubículo de emergencias en el que la atendieron. He llamado también a los de emergencias para que desinfectasen la ambulancia, pero ya lo habían hecho.
—Bien hecho —dijo Jack—. Yo hubiera recomendado lo mismo. ¿Dónde está ahora el cadáver?
—Debería estar ya en una de las neveras del 520. Mandé a una de nuestras furgonetas a recogerlo. Si todavía no ha llegado, no tardará. En Bellevue estaban encantados de sacárselo de encima, por motivos obvios.
Jack se levantó con brusquedad. La silla con ruedas en la que había estado sentado se deslizó y chocó ruidosamente con un escritorio. Jack hizo una mueca y pidió disculpas al sorprendido miembro del equipo de Bart que la ocupaba. Jack estaba entusiasmado con las perspectivas que se le abrían. La posición de forense para encarar una pandemia de gripe era un reto vibrante. La gripe del año pasado había sido mala. La de este año podía resultar catastrófica si esta muerte repentina resultaba ser un atisbo de lo que estaba a punto de llegar.
—Gracias por informarme —dijo Jack—. Esto podría ser muy gordo.
—He pensado lo mismo —replicó Bart—. Mantenme informado de lo que averigües. Me interesa ver la evolución.
—Te mantendré al tanto —le prometió Jack.
—Oh, hay un problema que he olvidado mencionarte. —Bart se levantó de su silla—. No sabemos la identidad de la víctima. Sospecho que lo que llevaba, un móvil, un bolso, o ambas cosas, se lo robaron en cuanto perdió el conocimiento.
—Has dicho que iba muy bien vestida —dijo Jack—. No creo que sea muy difícil obtener una identificación. Alguien la echará de menos más pronto que tarde y llamará para denunciar su desaparición cuando no aparezca por donde vive o en su puesto de trabajo.
—Sí, contaba con eso —se mostró de acuerdo Bart.
—Si, como sospechamos, estamos ante una enfermedad contagiosa, identificarla va a ser muy importante —dijo Jack—. Su entorno social y sus contactos pueden resultar cruciales.
—Lo sé. Volveré a llamar a urgencias del Bellevue para asegurarme de que no se les ha quedado por allí un bolso o un móvil. No sería la primera vez que sucede. Si averiguo algo, te lo haré saber.
Jack le mostró a Bart los pulgares en alto antes de dirigirse a los ascensores. Pulsó el botón de descenso varias veces con la vana esperanza de que el ascensor acudiese más rápido a su llamada. Tenía el corazón acelerado. Toparse con un posible paciente cero de una pandemia de gripe era de lo más estimulante. Y, lo mejor de todo, podía mantenerlo ocupado y sin pensar en otras cosas durante una semana.