Prólogo

Viernes, 29 de septiembre

Está quieta en la cocina, mirando por las amplias ventanas de atrás. Se vuelve hacia mí —un ondear de su cabellera castaña y tupida acompaña el gesto—, y en sus grandes ojos marrones veo confusión y un miedo repentino. Ha comprendido la situación, el peligro. Nos miramos fijamente. Parece un hermoso animal asustado. Pero no me importa. Me da un subidón: una furia pura y descontrolada; nada de pena.

Ella y yo somos conscientes del martillo que llevo en la mano. Es como si el tiempo se ralentizara. Todo debe de estar sucediendo deprisa, pero no lo parece. Abre la boca, como para formar palabras. Pero no me interesa lo que tenga que decir. O a lo mejor quiere gritar.

Me abalanzo sobre ella. Muevo el brazo deprisa, y el martillo impacta con fuerza contra su frente. Se oye un sonido horrendo y brota un espantoso chorro de sangre. De su boca sale un jadeo áspero. Empieza a caer al tiempo que levanta las manos hacia mí, como implorando clemencia. O tal vez quiere coger el martillo. Se tambalea como un toro a punto de venirse abajo. Descargo el arma una vez más, ahora en la parte superior del cráneo y con mayor fuerza, porque la cabeza está más baja. Puedo imprimirle mayor velocidad al golpe y quiero liquidarla. Ya está de rodillas, desplomándose, sin mostrar la cara. Cae de bruces y queda inmóvil.

Me detengo a su lado, respirando con dificultad, mientras del martillo gotea sangre sobre el suelo.

Necesito asegurarme de que está muerta, así que la golpeo unas cuantas veces más. Al final se me cansa el brazo y me quedo sin aliento. El martillo está manchado de tejidos y mi ropa, toda salpicada de sangre. Estiro el brazo y la vuelvo de espaldas. Tiene un ojo reventado. El otro sigue abierto, pero ya sin vida.

Lunes, 2 de octubre

La ciudad de Aylesford, en el valle del río Hudson, estado de Nueva York, es un lugar con mucho encanto: entre las principales atracciones figuran el casco histórico situado a orillas del río y los dos majestuosos puentes en los que se centran las miradas. El valle del Hudson es famoso por su belleza natural, y al otro lado del río se puede llegar en coche en apenas una hora a las montañas de Catskill, que están pespunteadas de pueblecitos. La estación de ferrocarril de Aylesford cuenta con un aparcamiento amplio y frecuentes servicios de trenes que conectan con la ciudad de Nueva York; en menos de dos horas se llega a Manhattan. En resumen, es un buen sitio para vivir. Pero hay problemas, claro, como en todas partes.

Robert Pierce entra en la comisaría de Aylesford —un nuevo y moderno edificio de ladrillos y cristal— y se acerca a la recepción. Detrás del mostrador, un agente de uniforme está escribiendo algo en su ordenador y lo mira de reojo, mientras levanta la mano para indicarle que enseguida lo atiende.

«¿Qué diría un marido normal?».

Robert carraspea. El policía lo mira y dice:

—Deme un minuto. —Sigue introduciendo unos datos en el ordenador mientras Robert aguarda. Al cabo de un momento, levanta la vista y pregunta—: ¿En qué puedo ayudarlo?

—Quisiera informar de la desaparición de una persona.

El agente centra toda su atención en Robert.

—¿Quién es la persona?

—Mi esposa. Amanda Pierce.

—¿Y usted es...?

—Robert Pierce.

—¿Cuándo vio a su esposa por última vez?

—El viernes por la mañana, cuando se fue a trabajar —dice Robert y vuelve a aclararse la garganta—. Tenía pensado irse de viaje con una amiga el fin de semana a la salida de la oficina. Se marchó del trabajo según lo previsto, pero anoche no regresó a casa. Ya estamos a lunes por la mañana, y sigue sin volver.

El agente lo estudia con la mirada. Robert siente que se sonroja delante de ese hombre. Es consciente de la impresión que da. Pero no puede dejarse intimidar. Tiene que hacerlo. Tiene que informar de la desaparición de su esposa.

—¿Ha intentado llamarla?

Robert lo observa incrédulo. Desearía soltarle: «¿Me cree usted idiota?». Pero se contiene. En cambio, dice en tono de frustración:

—Por supuesto que lo he intentado. Varias veces. Pero en su móvil salta siempre el buzón de voz, y no me devuelve las llamadas. Debe de tenerlo apagado.

—¿Y la amiga?

—Bueno, por eso estoy preocupado —admite Robert. Se detiene incómodo. El agente espera a que continúe—. Hablé con ella, se llama Caroline Lu, y..., y me ha dicho que este fin de semana no tenía planes con Amanda. No sabe dónde está.

Después de un silencio, el agente dice:

—Entiendo.

Mientras, mira a Robert con desconfianza, o como si sintiera pena. A Robert no le gusta nada.

—¿Qué cosas se llevó? —pregunta el agente—. ¿Una maleta? ¿Pasaporte?

—Sí, se llevó una maleta de fin de semana. Pequeña. Y el bolso. No..., no sé si se llevó el pasaporte. —Añade—: Dijo que iba a aparcar en la estación y coger el tren a Nueva York, para pasar un par de días de compras con Caroline. Pero fui al parking a primera hora de la mañana y no he visto el coche.

—No quiero pecar de insensible —dice el agente—, pero... ¿está seguro de que su mujer no se ve con nadie? ¿A lo mejor lo engaña? —Luego añade con delicadeza—: En fin, si le mintió sobre irse de viaje con su amiga, tal vez no haya desaparecido.

—No creo que hiciera algo así —replica Robert—. Me lo contaría. No me dejaría en ascuas. —Sabe que parece terco—. Quiero informar de su desaparición —insiste.

—¿Había problemas en casa? ¿El matrimonio iba bien? —pregunta el agente.

—Estábamos muy bien.

—¿Tienen hijos?

—No.

—De acuerdo. Le tomaré los datos y una descripción, y veremos qué puede hacerse —dice el agente a regañadientes—. Pero, para ser franco, da la impresión de que ella se ha ido por voluntad propia. Lo más probable es que aparezca. La gente se marcha todo el tiempo. Le sorprendería saber cuánto.

Robert mira al agente fríamente.

—¿Ni siquiera la van a buscar?

—Dígame su dirección, por favor.

Capítulo 1

1

Sábado, 14 de octubre

Olivia Sharpe está sentada en la cocina ante una taza de café, con la mirada perdida en el jardín de atrás, al otro lado de las puertas acristaladas correderas. A mediados de octubre, el arce que crece junto a la cerca del fondo luce unos espléndidos tonos rojos, naranjas y amarillos. La hierba sigue verde, pero el resto del jardín se ha preparado para el invierno; pronto llegará la primera helada, piensa. De momento, disfruta de los dorados rayos de sol que bañan el jardín y caen de soslayo en su cocina inmaculada. O más bien trata de hacerlo. Es difícil disfrutar de algo cuando la sangre te hierve a fuego lento.

Su hijo, Raleigh, aún no se ha levantado. De acuerdo, es sábado, y ha estado yendo a clase toda la semana, pero son las dos de la tarde, y el hecho de que siga durmiendo la pone furiosa.

Deja el café en la mesa y vuelve a subir lentamente las escaleras alfombradas hasta el primer piso. Vacila ante la puerta de la habitación de su hijo, se recuerda que no tiene que gritar, llama con suavidad y entra. Como esperaba, el chico está profundamente dormido, con la manta todavía encima de la cabeza: él mismo se la cubrió cuando ella entró por última vez, hace media hora. Olivia sabe que su hijo detesta que lo obligue a levantarse, pero, si no lo hace por sí mismo, ¿cómo se supone que debe actuar ella? ¿Debe dejarle dormir todo el día? Los fines de semana le gusta permitirle que se relaje un poco, pero, por el amor de Dios, ya es la hora de la comida.

—Raleigh, levántate. Son más de las dos.

No le gusta nada la irritación que oye en su propia voz, pero todos los días se le va tanta energía en tratar de sacar a su hijo de la cama que es difícil no enfadarse.

A él no se le mueve ni un pelo. Olivia se queda mirándolo y siente una compleja mezcla de amor y frustración. Es un buen chico. Un alumno inteligente, si bien poco motivado. Un cielo. Pero es perezoso: no solo no se levanta por su cuenta, sino que tampoco hace los deberes, y no ayuda con los quehaceres de la casa a no ser que ella esté siempre encima. Él le dice que detesta tenerla siempre encima. Bueno, a ella tampoco le agrada. Le responde que, si hiciese lo que le pide a la primera, no tendría que repetírselo, pero a él no le entra. Olivia lo atribuye a sus dieciséis años de edad. Los varones de dieciséis años son la muerte. Tiene la esperanza de que, para cuando cumpla dieciocho o diecinueve, su corteza prefrontal se haya desarrollado, tenga mejores funciones ejecutivas y empiece a ser más responsable.

—¡Venga, Raleigh, arriba!

El chico sigue sin moverse, sin admitir su existencia siquiera con un gruñido. Olivia ve su móvil encima de la mesilla. Muy bien, si no se levanta, le confiscará el teléfono. Se lo imagina dando manotazos, buscando el chisme aun antes de destaparse la cabeza. Lo coge al vuelo y se marcha del dormitorio, cerrando de un portazo. Se va a poner furioso, pero ella ya lo está.

Regresa a la cocina y deja el móvil sobre la encimera. Entra un mensaje de texto, con un tono de aviso. Nunca ha fisgoneado en el teléfono o el ordenador de su hijo. Desconoce las contraseñas. Y se fía de él por completo. Pero tiene el mensaje allí delante, y lo mira.

¿Anoche forzaste la entrada?

Se queda helada. ¿Qué demonios significa eso?

Otro tono.

¿Sacaste algo bueno?

El estómago de Olivia da un vuelco.

Contesta cuando t levantes.

Coge el teléfono y se lo queda mirando, a la espera de más mensajes, pero no aparece ningún otro. Trata de desbloquearlo, pero, por supuesto, está protegido con una contraseña.

Anoche su hijo salió. Dijo que iba al cine. Con un amigo. No aclaró con quién.

Olivia no sabe qué hacer. ¿Tiene que esperar a que el padre vuelva de la ferretería? ¿O antes debería enfrentarse a su hijo ella sola? Se siente sumamente inquieta. ¿Es posible que Raleigh ande metido en cosas raras? Parece increíble. Es un vago, pero no de los que se meten en líos. Nunca lo ha hecho. Tiene un buen hogar, una vida cómoda y dos padres que le quieren. No es posible que...

Si es lo que parece, también su padre se pondrá furioso. Tal vez sea mejor que ella hable primero con Raleigh.

Cuando vuelve a subir las escaleras, el amor y la frustración de antes dan paso a una mezcla aún más compleja de rabia y miedo. Entra de golpe en la habitación con el teléfono en la mano y le retira la manta de un tirón. El chico abre los ojos con cara de sueño; parece enfadado, como un oso al que acaban de perturbar. Pero también ella está furiosa. Agita el teléfono delante de sus narices.

—¿Dónde estuviste anoche, Raleigh? Y no me digas que fuiste al cine, porque no te creo. Más vale que me lo cuentes todo antes de que vuelva tu padre.

El corazón de Olivia palpita con ansiedad. «¿Qué ha hecho Raleigh?».

El chico mira a su madre. La tiene de pie delante con su móvil en la mano. ¿Qué demonios hace con su móvil? ¿Qué tonterías está diciendo? Está molesto, aunque sigue medio dormido. No se despierta así como así; necesita un tiempo de ajuste.

—¿Qué pasa? —atina a decir. Le molesta que ella haya entrado en su habitación con él dormido. Siempre quiere despertarlo. Siempre quiere que todo el mundo vaya a su ritmo. Todos saben que se pasa de controladora. Le vendría bien relajarse. Pero ahora parece realmente cabreada. Lo está mirando con una cara que nunca le ha visto. De repente Raleigh piensa en la hora. Se vuelve a mirar su radio reloj. Las dos y cuarto. Pues vale... Tampoco es el fin del mundo.

—¿Qué demonios has estado haciendo? —pregunta su madre, apuntándole con el teléfono con gesto acusador.

Raleigh siente que el corazón le da un vuelco, y contiene el aliento. ¿Qué sabe su madre? ¿Ha desbloqueado su teléfono? Pero entonces recuerda que ella ignora la contraseña, y vuelve a respirar.

—Ha dado la casualidad de que estaba mirando tu teléfono cuando entró un mensaje —dice su madre.

Raleigh se sienta con dificultad; la mente se le queda en blanco. Mierda. ¿Qué habrá visto?

—Echa un vistazo —añade ella, y le lanza el teléfono.

El chico lo toca y ve los mensajes comprometedores de Mark. Se queda estudiándolos, sin saber cómo encarar el asunto. Le da miedo mirar a su madre a los ojos.

—Mírame, Raleigh —exige ella.

Siempre dice eso cuando está enfadada. Lentamente él levanta la vista. Ya está bien despierto.

—¿Qué significan esos mensajes?

—¿Qué mensajes? —dice como un idiota, tratando de ganar tiempo. Pero sabe que lo han pillado. Los puñeteros mensajes están más que claros. Si será idiota, Mark. Vuelve a mirar el teléfono; es más fácil que mirar la cara de su madre.

¿Anoche forzaste la entrada? ¿Sacaste algo bueno?

Raleigh está entrando en pánico. No se le ocurre nada con la rapidez necesaria para tranquilizar a su madre. Solo atina a decir una frase desesperada:

—¡No es lo que parece!

—Ah, me alegro —contesta su madre en su tono más sarcástico—. ¡Porque lo que parece es que entraste por la fuerza en una casa!

Raleigh ve una oportunidad.

—No es eso. No estaba robando.

Ella le lanza una mirada furibunda.

—Más vale que me lo cuentes todo, Raleigh. Sin mentiras.

Él sabe que no podrá zafarse de esta negándolo todo. Está aprisionado como una rata en una trampa, y lo único que puede hacer es minimizar los daños.

—La verdad es que me metí en la casa de una persona, pero no fue para robar. Fue más bien para... echar un vistazo —murmura.

—¿O sea que anoche realmente forzaste la entrada de una casa? —dice su madre, escandalizada—. ¡No me lo puedo creer! Pero, Raleigh, ¿qué tienes en la cabeza? —Levanta las manos—. ¿Cómo demonios se te ocurre hacer algo así?

Él se queda sentado en la cama, mudo, incapaz de explicarlo. Lo hace por placer, por diversión. Le gusta entrar en casas ajenas y acceder a los ordenadores de la gente. No se atreve a confesar lo segundo a su madre. Debería darse por satisfecha de que no consuma drogas.

—¿De quién era la casa? —exige saber ella.

Raleigh se queda helado. A eso no puede contestar. Si le dice dónde se metió anoche, su madre perderá la cabeza por completo. Le aterra pensar en las consecuencias.

—No lo sé —miente.

—Bueno, ¿dónde estaba?

—No me acuerdo. ¿Qué más da? ¡No me llevé nada! Ni siquiera saben que estuve allí.

Su madre se inclina hacia él y dice:

—Pues ahora lo sabrán.

La mira aterrado.

—¿A qué te refieres?

—Vas a vestirte y vas a enseñarme la casa en la que entraste, y luego vas a llamar a la puerta y a pedir perdón.

—Pero no puedo —contesta desesperado.

—Puedes hacerlo y lo harás —dice ella—. Quieras o no.

Él empieza a sudar.

—No puedo, mamá. No me obligues, por favor.

Ella lo mira con perspicacia.

—¿Qué más me estás ocultando?

Pero entonces Raleigh oye que se abre la puerta de entrada, y a su padre silbar mientras deja las llaves en la mesita del recibidor. El corazón empieza a latirle con fuerza y se siente un poco mareado. A su madre puede manejarla, pero a su padre... Le aterra imaginar cómo va a reaccionar. Raleigh no había previsto esto; nunca pensó que lo pillarían. Maldito Mark.

—Levántate ya mismo —le ordena su madre, arrancándole el resto de la ropa de cama—. Vamos a hablar con tu padre.

Al bajar las escaleras en pijama, Raleigh está sudando. Cuando entran en la cocina, su padre levanta la vista sorprendido. Por las caras de ambos, se da cuenta de que algo va mal.

De golpe deja de silbar.

—¿Qué ocurre? —pregunta su padre.

—A lo mejor conviene que nos sentemos —dice su madre, apartando una silla de la mesa de la cocina—. Raleigh va a contarte una cosa, y no te va a gustar nada.

Se sientan los tres. El sonido de las sillas al arrastrarse resuena en los nervios de Raleigh como uñas contra una pizarra.

Tiene que confesar. Lo sabe. Pero no está obligado a contarles todo. Ya está más despierto, puede pensar mejor.

—Lo siento de veras, papá, sé que he hecho mal — empieza a decir. Le tiembla la voz, y le parece un buen comienzo. Pero su padre está frunciendo el ceño, y a Raleigh le entra miedo. Titubea.

—¿Qué demonios has hecho, Raleigh? —pregunta su padre.

Él le devuelve la mirada, pero no logra articular palabra. Por un momento, se queda totalmente paralizado.

—Entró en una casa por la fuerza —dice al final su madre.

—¿Cómo?

El escándalo y la furia que la expresión de su padre deja traslucir son inconfundibles. Raleigh aparta los ojos aprisa y se queda mirando el suelo.

—No entré por la fuerza. Me metí.

—¿Se puede saber por qué lo hiciste? —pregunta su padre.

Raleigh se encoge de hombros, pero no contesta. Sigue con la vista clavada en el suelo.

—¿Cuándo ha sido?

Su madre lo alienta poniéndole una mano en el hombro.

—¿Raleigh?

Al cabo de un momento, él alza la cabeza y mira a su padre.

—Anoche.

Su padre le devuelve la mirada, boquiabierto.

—O sea que, mientras nosotros estábamos cenando con unos amigos y se suponía que tú estabas en el cine, ¿en realidad estabas metiéndote en la casa de alguien? —La voz ha ido subiendo de volumen hasta que, al final de la frase, su padre ha gritado. Por un momento, se hace el silencio. El aire vibra de tensión—. ¿Ibas solo o acompañado?

—Solo —murmura Raleigh.

—¿Así que ni siquiera podemos consolarnos con que otra persona te ha llevado por el camino de este comportamiento totalmente inaceptable y delictivo?

Raleigh quiere cubrirse las orejas con las manos para bloquear los gritos de su padre, pero sabe que de hacerlo lo enfurecerá aún más. Sabe que el haber actuado solo tiene peor pinta.

—¿De quién era la casa?

—No lo sé.

—¿Y qué pasó? —Su padre mira de reojo a su madre, y luego lo mira a él—. ¿Te pillaron?

Raleigh niega con la cabeza, y su madre dice:

—No. Fui yo la que vio un mensaje en su móvil. Raleigh, muéstrale los mensajes a papá.

Raleigh desbloquea el teléfono y se lo entrega a su padre, que observa la pantalla con incredulidad.

—¡Madre de Dios, Raleigh! Pero ¿en qué cabeza cabe? ¿Ya lo habías hecho antes?

Eso es lo malo de su padre: sabe qué preguntas hacer. Cosas que a su madre, con los nervios y el estupor, no se le ocurre plantear. Y claro que Raleigh lo ha hecho antes, algunas veces.

—Una sola vez —miente, evitando la mirada de su padre.

—¿Así que has entrado por la fuerza en dos casas?

Asiente.

—¿Lo sabe alguien más?

Raleigh niega con la cabeza.

—Claro que no.

—«Claro que no» —repite su padre en tono de burla. El sarcasmo de su padre es peor que el de su madre—. Lo sabe tu amigo. ¿Quién es?

—Mark. Del instituto.

—¿Alguien más?

Raleigh niega con la cabeza a regañadientes.

—¿Hay alguna manera de que te puedan pillar? ¿Cámaras de seguridad?

Raleigh vuelve a indicar que no, y mira a su padre.

—No había cámaras de seguridad. Lo comprobé.

—Dios mío. Eres increíble. ¿Se supone que con eso debería sentirme mejor?

—Ni siquiera saben que estuve allí —dice Raleigh a la defensiva—. Tuve mucho cuidado. Ya se lo he dicho a mamá: nunca me llevé nada. No hice ningún daño.

—¿Y entonces qué hacías allí? —pregunta su padre.

—No lo sé. Supongo que echar un vistazo.

—«Supongo que echar un vistazo» —repite su padre, y Raleigh se siente como si tuviera cinco años—. ¿Y qué querías ver? ¿Bragas y sujetadores?

—¡No! —exclama Raleigh, poniéndose colorado de vergüenza. No es un pervertido cualquiera. Murmura—: Más que nada miraba lo que había en sus ordenadores.

—Dios mío —grita su padre—, ¿te metiste en los ordenadores de la gente?

Raleigh asiente desconsolado.

Su padre golpea la mesa con la palma de la mano y se pone de pie. Comienza a caminar por la cocina fulminando a Raleigh con la mirada.

—¿Pero no usan contraseñas?

—A veces consigo sortearlas —responde Raleigh con voz temblorosa.

—¿Y qué hiciste cuando estabas «echando un vistazo» en los ordenadores personales de la gente?

—Pues... —Y entonces todo sale a borbotones. Siente que la boca se le tuerce mientras trata de contener el llanto—. Lo único que hice fue escribir correos electrónicos en broma desde..., desde la cuenta de otra persona.

Acto seguido, cosa rara en él, se echa a llorar.

Capítulo 2

2

Olivia evalúa la situación. Jamás ha visto a Paul ponerse tan furioso. Es comprensible. Raleigh nunca ha hecho nada parecido. Olivia sabe que buena parte de la furia procede del miedo. ¿Están perdiendo el control sobre su hijo de dieciséis años? ¿Por qué lo ha hecho? No le falta de nada. Han criado a Raleigh para que distinga el bien del mal. ¿Qué le pasa?

Lo observa llorar desconsolado en su silla, mientras su padre le clava la mirada en silencio como si estuviera decidiendo qué hacer, cuál ha de ser el castigo apropiado.

¿Cuál es la manera más civilizada y decente de reaccionar?, se pregunta ella. ¿Qué le ayudará a Raleigh a extraer una enseñanza de todo esto? ¿Qué calmará su culpa como madre? Propone con cuidado:

—Creo que Raleigh tiene que disculparse con estas personas.

Paul se vuelve a mirarla furioso.

—¿Cómo? ¿Quieres que se disculpe y ya está?

Por un instante se siente molesta de que Paul descargue su ira en ella, pero lo deja pasar.

—No estoy diciendo que baste con eso. Obviamente, tendrá que afrontar las consecuencias de su conducta. Consecuencias muy serias. Como mínimo, no podrá salir de casa mientras no nos fiemos de él. Y tendremos que quitarle el teléfono por un tiempo. Y restringir el uso de internet solo a los deberes.

Raleigh la mira alarmado, como si se tratara de un castigo excesivo. En realidad no lo entiende, piensa su madre. No se da cuenta de lo aberrantes que han sido sus actos. A Olivia se le encoge el corazón. ¿Cómo se supone que se les puede enseñar algo a los chicos hoy en día, con los malos ejemplos que ven a su alrededor, en las noticias, a todas horas, en gente con autoridad? Ya nadie parece comportarse bien o respetar los límites. Ella se crio de acuerdo con esos valores. Le enseñaron a pedir perdón y a arreglar las cosas.

—No puede disculparse —dice Paul con firmeza.

—¿Por qué no? —pregunta ella.

—Entró por la fuerza en casa ajena. Revisó sus ordenadores. Infringió la ley. Si se disculpa, se expone a que presenten cargos en su contra. ¿Es eso lo que quieres?

A Olivia se le paraliza el corazón.

—No lo sé —responde, molesta—. A lo mejor es lo que merece.

Pero en realidad es un farol. Le aterra la idea de que su hijo se enfrente a cargos penales, y claramente a su marido también. De pronto comprende que harán cualquier cosa para protegerlo.

—Creo que convendría consultar con un abogado —dice Paul—. Por si acaso.

A la mañana siguiente, domingo, Raleigh duerme profundamente cuando su madre entra en su habitación y le sacude el hombro.

—Te levantas ya mismo —dice.

Y él lo hace. Se porta como un ángel. Quiere recuperar el teléfono y el acceso a internet. Y le horroriza ir a ver a un abogado, aunque su padre lo obligará a hacerlo. Anoche, sentados a la mesa durante la cena, su padre aventuró que, a largo plazo, quizá lo mejor sería que Raleigh afrontara las acusaciones y asumiera las consecuencias legales. Pero no le exigirá tanto. Al chico le parece que lo decía para asustarlo. Dio resultado. Raleigh está cagado de miedo.

En cuanto se viste y baja, su madre le indica:

—Vamos a subir al coche y me vas a mostrar las dos casas en las que entraste.

Él le devuelve la mirada, con recelo.

—¿Por qué?

—Porque yo lo digo —contesta ella.

—¿Dónde está papá? —pregunta él nervioso.

—Ha ido a jugar al golf.

Suben al coche. Su madre ni siquiera le ha dejado tomar primero el desayuno. Raleigh se sienta en el asiento del pasajero, mientras el estómago le ruge y el corazón le late con fuerza. Tal vez sus padres hablaron del tema cuando fue a acostarse y decidieron que, a fin de cuentas, debía pedir disculpas.

—¿Por dónde? —pregunta ella.

El cerebro se le paraliza. Cae en la cuenta de que está empezando a sudar. Solo le enseñará un par de las casas en las que ha entrado para quitársela de encima. Y en ningún caso le dirá la verdad sobre la casa en la que se coló la última noche.

Está tenso cuando su madre sale marcha atrás por el camino de entrada y coge la calle Sparrow. Los árboles presentan fuertes colores dorados, naranjas y rojos, y todo se parece a cuando era pequeño y sus padres hacían una pila enorme de hojas con un rastrillo para que él saltase encima. En la esquina, indica a su madre que tome a la izquierda, luego de nuevo a la izquierda en la calle Finch, la larga calle residencial que corre en paralelo a la de su casa.

Su madre conduce lentamente por Finch hasta que él señala una vivienda. El número 32, una elegante casa de dos plantas gris pálido con contraventanas azules y una puerta roja. Ella aparca junto al bordillo y se queda mirando la casa como si estuviera grabándola en la memoria. Ha salido el sol y dentro del coche hace calor. El corazón de Raleigh late acelerado y el sudor brota en su frente y entre sus omóplatos. Se le ha pasado el hambre por completo; ahora solo siente náuseas.

—¿Estás seguro de que fue esta? —pregunta su madre.

Raleigh asiente con la cabeza y aparta la vista. Ella se queda mirando la casa. Por un momento, Raleigh cree espantado que su madre se va a bajar del coche, pero el momento pasa. Solo se queda sentada en su sitio. Empieza a sentir que pueden llamar la atención. ¿Qué ocurriría si saliera gente de la casa? ¿A eso espera su madre?

—¿Cuándo entraste en esta? —le pregunta ella.

—No lo sé. Hace un tiempo —murmura.

Ella aparta la vista y estudia la casa un poco más.

—¿A qué hemos venido, mamá? —pregunta finalmente Raleigh.

Ella no contesta. Pone de nuevo el coche en marcha, y él siente que el cuerpo se le afloja del alivio.

—¿Dónde está la otra? —pregunta su madre.

Raleigh le indica que vuelva a girar a la izquierda al final de la calle, y de nuevo a la izquierda, hasta que vuelven a la suya propia.

Su madre le lanza una mirada.

—¿En serio? ¿Entraste en la casa de los vecinos? No hacía falta coger el coche, ¿no?

Él no le responde. En silencio, le señala el número 79, una casa blanca de dos plantas con una ventana salediza al frente, contraventanas negras y un garaje doble.

Una vez más, su madre aparca y observa la casa con inquietud.

—¿Estás seguro de que la otra noche entraste en esta, Raleigh?

Él la mira furtivamente, sin entender a qué se refiere. ¿Qué tiene de especial esa casa?

Como si le leyera el pensamiento, ella le dice:

—Su mujer lo abandonó hace poco.

«Yo no tengo la culpa», piensa Raleigh, irritado, deseando haberle mostrado otra casa.

Su madre enciende el motor y arranca.

—¿Seguro que no te llevaste nada, Raleigh? ¿Que fue solo una broma? —le pregunta, volviéndose a mirarlo—. Dime la verdad.

Raleigh ve lo preocupada que está y le sabe fatal hacerla sentir así.

—Te lo juro, mamá. No me llevé nada.

Al menos, eso es cierto. Se siente muy mal por darles semejante disgusto a sus padres, en especial a su madre.

Ayer les prometió que nunca se repetiría, y hablaba en serio.

Olivia recorre el corto trayecto hasta su casa en silencio, dándole vueltas a sus pensamientos. Las casas de este barrio familiar se construyeron hace decenios. Están muy apartadas unas de otras y retiradas de la calzada, así que las farolas apenas las iluminan por la noche; sería fácil meterse en ellas sin ser visto. Nunca se había fijado en eso. Tal vez deban comprar un sistema de seguridad. Reconoce la ironía; piensa en comprar un sistema de seguridad porque su propio hijo ha estado metiéndose en las casas de los vecinos.

Mañana es lunes. Paul llamará a un bufete de abogados que conoce y pedirá una cita para consultar a un profesional. Olivia pasó buena parte de la tarde de ayer registrando la habitación de Raleigh mientras él la miraba abatido. No encontró nada que no debiera estar allí. Por la noche Paul y ella volvieron a hablar del tema en la cama. Después, Olivia apenas pudo dormir.

Ser madre es muy estresante, piensa, mirando de reojo a su voluble hijo, que está repantingado en el asiento de al lado. Tratas de hacerlo lo mejor posible, pero, en realidad, ¿cómo puedes controlarlos cuando dejan de ser pequeños? No tienes idea de lo que les pasa por la cabeza, o en qué andan. ¿Qué habría ocurrido si nunca hubiera visto los mensajes? ¿Cuánto tiempo hubiera seguido Raleigh con eso? ¿Hasta que un buen día lo detuvieran y la policía apareciera en la puerta de casa? Estaba entrando por la fuerza en viviendas, fisgoneando en la vida de otra gente, y ni se habían enterado. Si alguien hubiera acusado a su hijo de algo así, ella nunca lo habría creído. Esto es lo poco que sabe de su hijo ahora mismo. Pero ha visto los mensajes con sus propios ojos. Él lo ha admitido. Se pregunta con inquietud si le esconderá otros secretos. Aparca el coche en el camino de entrada y dice:

—Raleigh, ¿quieres contarme alguna otra cosa?

Él se vuelve a mirarla sorprendido.

—¿Cómo?

—Lo que has oído. ¿Me ocultas algo más? —Se lo queda mirando, vacila y añade—: No tengo por qué decírselo a tu padre.

Es obvio que él se sorprende al oír esto último, pero niega con la cabeza. Olivia no sabe si ha hecho bien en hablarle de ese modo. Se supone que ella y Paul forman un frente común. Prosigue con tono inexpresivo, haciendo un gran esfuerzo:

—Dime la verdad: ¿estás consumiendo drogas?

Él llega incluso a sonreír.

—No, mamá, no estoy consumiendo drogas. Es solo esto, te lo juro. Y no volveré a hacerlo. Quédate tranquila.

Pero ella no puede quedarse tranquila. Porque es su madre, y le preocupa que meterse en las casas de los demás —no por codicia, no para robar, sino para «echar un vistazo»— indique que tiene algún problema. Normal no es, ¿no? Y le preocupan los correos electrónicos que envió desde las cuentas ajenas. Raleigh se ha negado a contarle qué decían. Olivia no ha insistido porque no está segura de querer saberlo. ¿En qué líos anda? ¿Tendría que consultar con alguien? Conoce a chicos que ven a un terapeuta por todo tipo de cosas: ansiedad, depresión. En su infancia, ningún niño lo hacía. Pero era otra época.

Después de entrar, Olivia se retira al estudio de la primera planta y cierra la puerta. Sabe que Paul no volverá de jugar al golf durante unas horas. Se sienta ante el ordenador y redacta una carta. Una carta pidiendo disculpas, que no firmará. No le resulta fácil hacerlo. Cuando queda satisfecha, imprime dos copias y las mete en dos sobres blancos, los cierra y luego baja las escaleras y los coloca en el fondo de su bolso. Tendrá que esperar a que caiga la noche para entregarlos. Saldrá a comprar algo a última hora en la tienda de la esquina. Luego se meterá a hurtadillas entre las casas y entregará las cartas. No les dirá a Paul y Raleigh lo que va a hacer; ya sabe que no lo verían con buenos ojos. Pero la idea la hace sentirse mejor.

Después de pensarlo un momento, vuelve ante el ordenador y borra el documento.

Capítulo 3

3

Es lunes 16 de octubre, a primera hora de la mañana; el cielo se ha ido aclarando paulatinamente. Hace fresco. El inspector Webb está de pie sin moverse, observando la bruma que se levanta del lago; en la mano tiene un vaso de cartón cuyo café se ha enfriado hace rato. Al fondo, la superficie del lago está totalmente quieta. Oye un pájaro a lo lejos. Le recuerda sus acampadas de niño. La escena sería apacible si no fuese por el equipo de buzos y los distintos vehículos, aparatos y efectivos apostados en las inmediaciones.

El área de los alrededores de Aylesford es una zona preciosa para ir de vacaciones. Ya ha estado antes aquí con su esposa. Pero este es su primer deber de una mañana de lunes, y no ha venido a pasarlo bien.

—¿Todavía no te has acabado el café? —pregunta la inspectora Moen, mirándolo de reojo.

Es su compañera; una cabeza más baja y diez años más joven, de veintitantos frente a sus treinta y tantos, y más lista que el hambre. Le gusta trabajar con ella. Moen tiene el pelo castaño claro y unos ojos azules que todo lo ven. Webb la mira, menea la cabeza y echa el líquido frío en el suelo.

Un jubilado de la zona llamado Bryan Roth estaba en el lago al amanecer, pescando róbalos. Debajo del bote, no muy lejos de la orilla, le pareció ver algo similar a un vehículo. Alertó a la policía. El Equipo Regional de Búsqueda Submarina de la Oficina del Sheriff del Condado acudió a la escena. No tardaron en comprobar que había un coche en el fondo del lago; ahora tienen que descubrir qué más puede haber bajo el agua.

Los buzos acaban de sumergirse para echar un vistazo. Webb se queda contemplando el agua, con Moen a su lado, a la espera de que emerjan. Quiere saber si hay un cadáver atrapado dentro. O, peor aún, más de uno. Con toda probabilidad, lo habrá. Entretanto, analiza el escenario. Tienen detrás un camino de muy escasa circulación. ¿Tal vez un lugar de suicidas? El automóvil no está muy lejos de la orilla, pero en ese punto concreto el lecho enseguida cae a pique. Hay una franja de playa y luego el borde del agua. Webb se vuelve y mira una vez más el camino que tiene detrás. Está en curva: si alguien hubiera estado conduciendo muy deprisa, o borracho o drogado, el coche podría haber seguido de largo y caído por la ligera cuesta hasta el agua. No hay quitamiedos que lo impida.

Se pregunta cuánto tiempo lleva hundido el coche. Es un paraje recóndito. Un coche que se sumergiese allí podría pasar inadvertido durante mucho tiempo.

Dirige su atención entonces al anciano que está de pie al borde del camino. El hombre lo saluda con la mano, nervioso.

Webb y Moen se acercan a él.

—¿Fue usted el que lo descubrió? —pregunta Webb.

El hombre asiente.

—Sí. Me llamo Bryan Roth.

—Soy el inspector Webb, y ella es la inspectora Moen de la policía de Aylesford —dice, enseñándole la placa—. ¿Viene mucho a pescar en esta zona? —pregunta Webb.

El hombre niega con la cabeza.

—Pues la verdad es que no suelo andar por aquí. Nunca había pescado en esta parte. Solo estaba flotando a la deriva —señala el lago con el dedo— con el sedal en el agua, y sentí un tirón. Me asomé a mirar y empecé a recoger, y entonces vi el coche.

—Hizo bien en avisarnos —dice Moen.

El hombre asiente, con una risa nerviosa.

—La verdad es que aluciné. Nadie se espera ver un coche bajo el agua. —El hombre los mira intranquilo—. ¿Creen que puede haber alguien dentro?

—Es lo que queremos averiguar —contesta Webb.

El inspector aparta la vista y vuelve a mirar hacia el agua. En ese momento un buzo rompe la superficie y se vuelve hacia la costa. Menea la cabeza con firmeza, en señal de negación.

—Ahí tiene la respuesta —señala Webb.

Pero no es la respuesta que él esperaba. Si no hay un cadáver en el coche, ¿cómo se ha hundido? ¿Quién lo conducía? Tal vez alguien lo empujó.

A su lado, Moen parece igualmente sorprendida.

Puede no haber nadie dentro por muchas razones. Tal vez el conductor logró salir y no informó a la policía porque había estado bebiendo. Tal vez el automóvil fuese robado. Lo sacarían del lago, comprobarían la matrícula y tirarían de ese hilo.

Moen se queda a su lado, considerando las posibilidades del mismo modo que él.

—Gracias por su ayuda —dice Webb a Roth, y echa a andar abruptamente hacia el lago, seguido a un paso de distancia por Moen. El hombre se queda atrás, sin saber qué hacer.

Cuando el buzo se acerca a la orilla, los agentes de marina están esperando; son los encargados de sacar el automóvil del agua. Lo han hecho cientos de veces. El segundo buzo sigue sumergido, preparando lo necesario para levantar el vehículo.

El buzo se quita la máscara.

—Es un sedán de cuatro puertas. Todas las ventanillas están bajadas. —Hace una pausa y añade—: Puede que lo hundieran a propósito.

Webb se muerde el labio inferior.

—¿Alguna idea de cuánto tiempo lleva en el agua?

—Yo diría que un par de semanas, día arriba, día abajo.

—Vale. Gracias. Saquémoslo —dice Webb.

Se retiran nuevamente y los expertos continúan con su labor. Webb y Moen los observan en silencio.

Al rato se oye un fuerte susurro de agua y el automóvil rompe la superficie. Cuando por fin queda a la vista, permanece suspendido unos cuantos centímetros por encima del lago. El agua sale a chorros por las ventanillas y las rendijas de las puertas. Por un momento cuelga de los cables, resucitado.

El vehículo se balancea lentamente mientras lo llevan hasta la orilla. Al ser depositado en el suelo, rebota y acaba por asentarse sin dejar de echar líquido. Webb se acerca cuidando de no mojarse los zapatos. Es un Toyota Camry bastante nuevo y, como ha dicho el buzo, tiene las cuatro ventanillas bajadas. Webb mira el habitáculo y nota que debajo del asiento delantero asoma un bolso de mujer. En el suelo del asiento trasero hay una maleta pequeña. El coche huele a agua estancada y podredumbre. Webb saca la cabeza y se dirige a la parte trasera del vehículo. Matrícula de Nueva York. Se vuelve a Moen.

—Avisa —dice.

La agente hace un breve gesto de asentimiento y transmite el número de matrícula mientras los dos rodean el vehículo. Después de darle toda una vuelta, se detienen nuevamente junto al maletero. Es el momento de abrirlo. Webb tiene un mal presentimiento. Se vuelve a mirar al hombre que descubrió el coche debajo del agua. El pescador no se acerca. Muestra tanta aprensión como la que siente Webb, aunque el inspector sabe que no debe mostrarla.

—Abrámoslo —ordena.

Un miembro del equipo se acerca con una palanca. Es obvio que lo ha hecho antes: el maletero se abre sin más. Todos miran dentro.

Hay una mujer. Está tumbada de espaldas con las piernas plegadas de lado, completamente vestida, con vaqueros y jersey. Es blanca, probablemente bordeando la treintena, largo pelo castaño. Webb nota que lleva una alianza y un anillo de compromiso con diamantes. Se da cuenta de que la han golpeado salvajemente. Tiene la piel pálida y cerosa, y el ojo que le queda está bien abierto. Le mira como pidiendo ayuda. Webb se da cuenta de que era hermosa.

—Dios mío —dice entre dientes.