Intentar comprender eventos del pasado desde una perspectiva contemporánea es siempre un error. La evolución de la sociedad, la separación de poderes, la paz, los avances tecnológicos, económicos y sociales, a los que nos hemos acostumbrado, limitan nuestra capacidad de comprensión de muchos eventos del pasado si pretendemos compararlos con un prisma basado en nuestra actualidad. Cuando lo que tratamos de explicarnos sucede en la Edad Media y concentra en un mismo grupo el poder político, la influencia espiritual, el control económico, el poder social, la guerra y la expansión territorial, el proceso de análisis es, si cabe, aún más complejo. Esto es precisamente lo que ocurre con los Caballeros Templarios, una orden religiosa y militar que conquistaba y abatía en guerra a sus adversarios, con una finalidad divina, de reconquista espiritual y terrenal, y que alcanzó un inmenso poder económico y político, cuyas fronteras se extendieron para aumentar todavía más el control social y espiritual.
Hay muchos aspectos conocidos de la Orden del Temple: el rigor, la fortaleza y la disciplina, también la riqueza y la organización financiera, la constancia y la convicción que permitió a estos guerreros de Dios llegar a conquistar tan vasto territorio, proteger a los peregrinos y recuperar el control de Tierra Santa, así como las Reliquias Sagradas del Cristianismo. Sin embargo, hay otros aspectos relevantes y menos conocidos, como su vasta extensión, que llevó a encontrar influencia de los Caballeros Templarios desde Axum en Etiopía hasta Escocia, o su enorme presencia en Portugal, Aragón, el Mediterráneo, Baleares y la costa española, específicamente en la zona levantina, donde se asentaron en su último fuerte-templo, en el castillo de Peñíscola antes de la desintegración, al menos temporal, de la Orden.
En HISTORIA hemos tenido siempre la vocación de ofrecer al espectador, y en este caso al lector, un vehículo para obtener conocimiento, sin descuidar el entretenimiento. Por ello nuestros contenidos están también enfocados a aclarar leyendas y ayudar al espectador a descifrar los aspectos menos conocidos de los temas que tratamos. Confío en que en esta ocasión, el lector disfrute del recorrido que aquí les ofrecemos sobre los Templarios, y continúe profundizando en su saber.
Esta es la decimoprimera publicación de HISTORIA, una experiencia inusual en la que hemos vendido más de quinientos mil ejemplares en España. Aprovecho nuevamente la ocasión para agradecer a Alberto Marcos, editor de Penguin Random House, quien ha sido clave en nuestra incursión inversa de la televisión al libro, por confiar una vez más en nuestra marca. También extiendo mi agradecimiento a Sandra Chaparro, por su trabajo de redacción, y muy especialmente al equipo que hace que HISTORIA sea la marca líder en el segmento documental, desde hace ya ocho años. Gracias a todo el equipo de marketing, digital, programación y producción original, pero especialmente a Esther Vivas y Alberto Carpintero, que dedican desde marketing tantas horas de su tiempo a que estas publicaciones sean un éxito. ¡Muchas gracias!
A usted, que está leyendo este prólogo, gracias por su elección y por confiar en HISTORIA para obtener un poco de conocimiento mientras se entretiene. Confío en que consigamos ese objetivo.
Dra. CAROLINA GODAYOL DISARIO
Directora general
The History Channel Iberia
La Orden del Temple ha fascinado a la historia moderna hasta el punto de que han surgido todo tipo de leyendas en torno a ella. Este denominado «templarismo» es el resultado de una mezcla de ideas místicas sobre los caballeros y su papel en la historia, de antiguas leyendas celtas y gnósticas, de especulaciones en torno a las logias masónicas y de un gran interés por el ocultismo. Se ha escrito tanto sobre los templarios que es imposible resumirlo en un libro. Después de todo, estamos hablando de una acumulación de material continua a lo largo de nueve siglos, novecientos años en los que se han proyectado imágenes muy diversas de esta noble orden de monjes-guerreros y de su oscuro fin.
En este libro se recogen muchas historias de y sobre los templarios sin olvidar nunca el rigor histórico que nos brindan los documentos y la arqueología. En realidad, los investigadores que se ocupan de este tema abordan dos ámbitos de estudio claramente diferenciados: por un lado, están los especialistas en la Orden del Temple desde su constitución hasta su disolución como orden; por otro, tenemos a los historiadores del templarismo, un fenómeno complejo, y en muchos aspectos único, basado en la premisa de que los templarios sobrevivieron al mandato de disolución dictado con reluctancia por el papa Clemente V en el Concilio de Vienne de 1311. Estos especialistas se centran en la búsqueda de pruebas históricas de esa supervivencia, así como en el estudio de las muchas sociedades templarias surgidas tras el siglo XIV que decían proceder de la Orden del Temple original.
No todos los estudios dedicados a este asunto son novelas u obras de ocultismo poco serias. Hay muchos historiadores, arqueólogos y filólogos realizando investigaciones en este campo. Además, no se puede negar que existe una íntima relación entre los textos medievales propios del estudio de los templarios originales y los trabajos dedicados a su supervivencia y su imagen en siglos posteriores. Nos guste o no, el templarismo ha cambiado totalmente la óptica desde la que se analiza este famoso episodio de la Edad Media. Los investigadores y profesores de Historia saben que «templarios» es una especie de contraseña mágica que atrae la atención de todos y despierta mucha curiosidad. Si este interés conduce a nuevas lecturas, descubrimientos y viajes por el pasado, bienvenido sea.
En lo que a nosotros respecta, nos proponemos arrojar luz sobre la Orden del Temple, su origen, su historia, su fin y su complejo y ambiguo «renacer hermético» en siglos posteriores, que también merece una investigación histórica propia. Puesto que el primero de los volúmenes de Canal Historia sobre los templarios narraba su origen, regla, obligaciones y deberes, su papel en las cruzadas y su disolución, en este nuevo volumen hemos querido seguir las pistas de que disponemos actualmente para dar cuenta de la suerte de la orden a partir del año de su disolución oficial.
Para entender correctamente las acciones y reacciones de estos guerreros de Dios, empezaremos por describir al lector la visión del mundo dominante en la Edad Media, cuando se creía que la historia terrena se desplegaba siguiendo un Plan fijado por Dios al principio de los tiempos. La historia del mundo y de los hombres, guiada por la Divina Providencia, en el medievo se convirtió en el escenario de un gran drama universal en el que la lucha entre el bien y el mal desempeñaba un papel fundamental. Todo ocurría según los designios divinos, pero los seres humanos debían realizar la función que Dios les había asignado y actuar como se esperaba de un cristiano consciente y virtuoso. La historia cristiana avanzaba hacia los Últimos Días y todos y cada uno de los fieles estaban llamados a cumplir su cometido con entusiasmo para formar parte de los elegidos que habían de salvarse en el Juicio Final.
Según las profecías, el segundo advenimiento de Cristo sólo tendría lugar tras la conversión a la fe verdadera de todos los paganos e infieles, lo que dotaba a las tareas de evangelización y expansión de la Iglesia de una gran trascendencia. La recuperación de los Santos Lugares en Palestina adquiría mucho sentido desde la óptica del Fin de los Tiempos, pues la tradición precisaba que sería en Tierra Santa donde Cristo «bajará a juzgar a los vivos y a los muertos». Esta «ideología» lo permeaba todo en la época de los templarios, y tenerla en cuenta nos permite explicar muchas de sus acciones, pero, sobre todo, nos ayuda a entender mejor la pervivencia de ese halo místico que parece rodear a todo lo relacionado con estos caballeros desde la supresión de su orden.
Se ha dicho que los templarios estuvieron en contacto con el gnosticismo, la antigua herejía, de origen egipcio, suscrita por los cátaros en Francia, y también que los masones recibieron de los templarios la sabiduría oculta del Templo de Salomón. ¿Acaso los caballeros encontraron secretos ocultos en el monte del Templo? ¿Hallaron el Arca de la Alianza o el Santo Grial? ¿Explica este hallazgo cómo adquirieron sus fabulosas riquezas, o acaso fue su pericia en el comercio, la administración y la navegación la que los convirtió en una enorme corporación económica? ¿Llevaron su secreto a Escocia primero y a Estados Unidos después? Las conjeturas cobraron nueva vida cuando, en el 2007, el Vaticano hizo público que, según un documento custodiado en sus archivos secretos y redactado en Chinon en 1308, el Papa creía en la inocencia de los templarios cuando se los acusaba de herejía.
No cabe duda de que estos monjes-guerreros se han adueñado de la imaginación y de la cultura popular que narra su historia en novelas, películas y videojuegos. La historia de la Orden del Temple se ha convertido en el mito de los templarios. Por eso queremos contar su leyenda con rigor histórico y ofrecer al lector información veraz, aunque en el caso de los templarios sea inevitable tener siempre presente esa leyenda, con sus aventuras y sus anécdotas. En definitiva, pretendemos ofrecerle una amplia perspectiva del fenómeno templario, de su historia y sus misterios: le invitamos a un entretenido viaje en el tiempo.
La sociedad europea del año 1000 era una sociedad guerrera, organizada para la guerra y que sobrevivía gracias a ella. Además, ser un guerrero significaba ser un hombre libre y llevar armas; era un símbolo de libertad. Como señala el historiador romano Tácito en su obra Germania, en el caso de los pueblos bárbaros, la entrega a los jóvenes de sus armas los convertía en adultos y en ciudadanos. Según avanzaba la Edad Media, se dejó de distinguir entre hombres libres y esclavos; la diferencia crucial pasó a ser la existente entre la aristocracia guerrera y los rústicos o labradores que los mantenían a cambio de protección.
LOS TRES ÓRDENES O LA IDEOLOGÍA DEL FEUDALISMO
Muchos autores de la época, como Adalberón de Laon, Honorio de Autun o Richer de Saint-Rémi, describen a la sociedad medieval compuesta por tres órdenes o grupos sociales: los bellatores o guerreros, los oratores o clérigos y los laboratores o productores. Los primeros protegían a todos; los segundos interpretaban las Escrituras, la Ley de Dios, y garantizaban la sintonía de los cristianos con la Providencia ofreciendo consuelo espiritual a los fieles; los últimos eran en su mayor parte campesinos y artesanos, que proveían de las necesidades de abrigo y sustento al resto de los grupos sociales. En la visión jerárquica propia de la Edad Media, cada grupo cumplía la función adscrita por Dios. En su obra Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo, el famoso medievalista francés Georges Duby describe esta idea de comunidad política bien gobernada, en la que, pese a las estrictas divisiones jerárquicas, reinaba la armonía entre todos, del más bajo al más alto. En el preámbulo de una carta enviada por el papa Gregorio Magno a los obispos del reino de Neustria en el año 595, el pontífice afirma:
La Providencia ha establecido grados y órdenes diferentes con el fin de que los inferiores manifiesten consideración hacia los superiores y los superiores gratifiquen con su amor a los inferiores para que surja la verdadera concordia y conjunción a partir de la diversidad.
Así, en aquel mundo unos combatían, otros oraban y los terceros trabajaban, de modo que todos contribuían al bien comunitario realizando las tareas que les eran propias. De ahí la importancia de que cada orden o grupo se centrara en su labor sin mezclarse en los quehaceres de los demás. Los grupos unidos formaban un cuerpo cuyo funcionamiento dependía del buen desempeño de la función de cada cual, pero en los turbulentos años de la Alta Edad Media, la guerra y la defensa eran funciones que destacaban entre las demás: los guerreros cristianos eran vistos como auténticos salvadores.
MILITES CHRISTI
La relevancia de los guerreros en época carolingia queda clara por el culto a los «santos militares» que dio lugar a la configuración de toda una «espiritualidad misionera» desplegada durante las guerras de conquista contra los paganos; un modelo al que ya había recurrido Carlomagno en su lucha con los sajones. Era una espiritualidad muy centrada en el pueblo franco, el «nuevo pueblo elegido», basada en los valores centrales del Antiguo Testamento. Combatir a los paganos tenía como objetivo defender a la Iglesia, por eso lo convertía en una guerra justa que reflejaba la lucha celestial entre el Bien y el Mal. En una carta enviada por Carlomagno al papa León II, el rey de los francos afirma:
Es cosa nuestra, con el auxilio de la piedad divina, defender en el exterior a la santa Iglesia de Cristo contra los ataques de los paganos y las devastaciones de los infieles […] Os corresponde a vos, muy santo padre, elevando las manos a Dios, como Moisés, ayudar a nuestro ejército para que, con vuestra intercesión y don de Dios que le guía, el pueblo cristiano obtenga siempre y en todas partes la victoria sobre los enemigos de Su santo nombre.
Quienes caían en la guerra contra los paganos adquirían la consideración de mártires y recibían el nombre de milites Christi, los soldados de Cristo. Eran unos mártires tan novedosos como los monjes-guerreros desde el punto de vista de la tradición eclesial, pues los mártires ejemplares habían sido dolientes pasivos, como los cristianos ejecutados por su fe en los circos romanos, y los cruzados eran soldados con una misión: liberar Tierra Santa y proteger los Santos Lugares, lo cual requería de cristianos activos que actuaran en defensa de su fe. San Martín era tradicionalmente el santo protector de Francia, pero en la época carolingia se dio gran importancia a la figura del arcángel san Miguel, general de los ejércitos celestes de Dios. En la documentación carolingia recopilada en la colección Monumenta Germaniae Historica se encuentran las actas de un concilio celebrado en Erfurt en el año 932, que prohibió la celebración de misas en honor de san Miguel tras la obtención de victorias militares por considerar que era un exceso de piedad que, en el fondo, ocultaba restos de superstición pagana. También se acabó rindiendo culto a san Mauricio, otro santo guerrero, con cuya «sagrada lanza marchó a la guerra contra los húngaros del emperador alemán Otón I», primer emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
La liturgia muestra, asimismo, la rápida militarización del culto cristiano. En época carolingia, las misas para pedir protección en las batallas eran tan comunes como los rituales solemnes de rendición de armas. La espada adquirió un significado especial en las ceremonias de coronación de los reyes. Durante la coronación de Otón I como rey de Alemania en Aquisgrán, el arzobispo de Colonia advirtió al monarca que la espada tenía un significado muy especial, pues debía usarla contra los enemigos públicos, los bárbaros y los malos cristianos. Al recibirla, aceptaba la misión de proteger los reinos y las fortalezas de Dios. Según un estudio sobre las fórmulas empleadas en las coronaciones medievales realizado por el historiador alemán del siglo XIX Georg Waitz, la función de evangelizar a los bárbaros y acabar con los malos cristianos se combinaba con la necesaria defensa de los pobres y los débiles. Las espadas utilizadas para el cumplimiento de estas nobles funciones tenían forma de cruz y se empezaron a bendecir y a consagrar. Aunque había muchos tipos de caballeros en términos socioeconómicos, jurídicos y de rango, su visión del mundo y modo de vida era muy similar. El soldado de Cristo se convirtió en el símbolo de las más altas aspiraciones morales para los otros dos órdenes. Grandes reyes como san Luis de Francia o Ricardo Corazón de León de Inglaterra consideraban un gran honor pertenecer al mundo de los caballeros.
PAPAS Y EMPERADORES
Sin embargo, Franco Cardini, medievalista de la Universidad de Florencia, señala que en los siglos X y XI el estamento de los guerreros se había convertido en un grupo de depredadores violento y con tendencia a la prevaricación. Los caballeros habían perdido su código de honor y empezaban a actuar aplicando la ley del más fuerte. En un momento en el que la Iglesia se ocupaba de una muy necesaria reforma interna, también buscaba soluciones para volver a meter en cintura al estamento militar. La denominada «Reforma gregoriana» quiso acabar con los escándalos de simonía —la compra de cargos eclesiásticos— y también con el hecho, muy extendido, de que los clérigos llevaran vida marital. Los reformadores preconizaban la libertad de una Iglesia que no quería someterse a los poderes temporales, lo que provocó graves enfrentamientos entre el papado y el imperio.
Gregorio VII fue papa entre los años 1073 y 1085, y la lucha de su vida fue imponer al poder seglar la supremacía de la autoridad espiritual. Dentro de esta lógica se llegó a hablar incluso de la capacidad del pontífice para deponer al emperador. En 1076, de hecho, Gregorio VII excomulgó al emperador Enrique IV en Cuaresma, lo que produjo tal revuelo en el Imperio alemán, que el emperador depuesto hubo de ir en penitencia a Canossa, donde se encontraba el Papa, a pedir perdón. La excomunión liberaba a los vasallos del juramento de fidelidad a su señor, pero también excluía a los súbditos de los sacramentos; dicho de otro modo, no se bautizaba ni se daba la comunión, ni se perdonaban los pecados, ni se celebraban matrimonios, ni se daba la extremaunción; todo ello causaba una gran ansiedad entre las poblaciones cristianas cuya salvación peligraba sin los sacramentos. La presión que esta medida ejercía sobre los reyes y príncipes era enorme. Tras la segunda excomunión de Enrique IV, éste invadió militarmente Italia y puso asedio a Roma en 1084, obligando al Papa a huir a Salerno, donde murió poco después.
GUERRA EN TIERRA SANTA
Tras un fugaz pontificado de Víctor III, el sucesor de facto del papa Gregorio fue Urbano II, quien demostró su autoridad espiritual haciendo un llamamiento a las cruzadas en Tierra Santa en el año 1095. Desde tiempos de Gregorio VII, la Iglesia se había ocupado de garantizar que contaría con recursos económicos suficientes y había introducido reformas en el derecho canónico para permitir que cualquier cristiano pudiera apelar directamente a la Santa Sede en sus conflictos con reyes o señores feudales. Con la ley (divina y humana) en la mano y recursos suficientes, la Iglesia sólo necesitaba una cosa para garantizar su independencia frente al poder seglar: un ejército propio. En su libro sobre los caballeros templarios y su mito, el historiador británico Peter Partner señala que los eclesiásticos llevaban ya un tiempo pensando en beneficiarse del sistema feudal. Se habló de una «milicia de San Pedro» liderada por el Papa, que al final nunca se llegó a crear. La idea general de la cruzada apuntaba en la misma dirección, pero el clero nunca logró hacerse con el control absoluto de los ejércitos cruzados y el Papa hubo de renunciar a la creación de un estado vasallo en Tierra Santa directamente dependiente del Vaticano.
El papa Urbano II impuso con energía el ideal de la militia Christi. Era el siglo del inicio de la Reconquista en la península Ibérica y de la invasión normanda del sur de Italia y de Inglaterra. Fue un abad cluniacense llamado Mayolo, consejero de muchos de los grandes príncipes de la cristiandad, quien planteó la iniciativa de liberar a los cristianos de la amenaza musulmana, dando a los caballeros europeos un nuevo ideal. Había sido capturado en el año 972 por los sarracenos y se pagó mucho dinero por su rescate.
En el llamamiento a las cruzadas que hiciera el papa Urbano II en el Concilio de Clermont prometió recompensas espirituales a los milites que renunciaran a las guerras fratricidas y ayudaran a sus hermanos de Cristo amenazados por los musulmanes en Tierra Santa. Los guerreros cristianos debían proteger no sólo a la Iglesia y sus instituciones, sino también a los huérfanos, débiles, peregrinos y pobres en general. Urbano describió de forma dramática cómo se asesinaba a peregrinos, cómo se robaba en iglesias y se profanaban altares en Tierra Santa. Invitó a la gente a formar parte de un ejército cristiano para expulsar a los infieles de Palestina. Cuando el Papa acabó de hablar, reinó un hondo silencio entre los presentes. Durante los meses siguientes, enviados del pontífice informaron a Europa de la convocatoria de las cruzadas. Sacerdotes itinerantes apelaron a los creyentes para que fueran a liberar los lugares santos de los demonios musulmanes que amenazaban a todo Occidente. Ejércitos franceses, alemanes y normandos partieron en dirección a Constantinopla. En los dos siglos siguientes, cristianos y musulmanes pelearon ente ellos en nombre de Dios y de la fe verdadera.
Carlos de Ayala Martínez, catedrático de Historia Medieval, sugiere en su obra sobre el pontificado en la Edad Media que, al llamar a las cruzadas, el papa Urbano II perseguía un objetivo ambicioso. No se trataba sólo de defender a la Iglesia o de solidarizarse con los cristianos oprimidos por los musulmanes, también pretendía dirigir una operación para vengar la humillación sufrida por Cristo tras la sacrílega ocupación de Jerusalén, centro del mundo y razón de ser de la cristiandad. La causa pontificia triunfaría sin duda, pues era un elemento clave del Plan de la Divina Providencia, que ordenaba asimismo la expansión de la Iglesia antes del día del Juicio Final.
Las implicaciones milenaristas eran obvias: la iglesia cristiana del Santo Sepulcro de Jerusalén había sido destruida por los musulmanes. Se identificaba al responsable, el fatimí al-Hakim, con el ángel vengador, archienemigo del arcángel san Miguel, el jefe de los ejércitos celestiales. La Iglesia católica identificó a al-Hakim con el Anticristo descrito por san Juan en el Apocalipsis, cuya venida marcaba el inicio de la lucha final entre el Bien y el Mal. Esto significaba que la toma de la Ciudad Santa era el preludio de la batalla contra Satán que conduciría a la instauración del reino de Dios en la Tierra. La Iglesia de Roma envió a un delegado papal con los caballeros cruzados para dirigir y supervisar la empresa desde el punto de vista de la Providencia.
EL LEGADO DEL PAPA
Ademar de Monteil, obispo de Le Puy entre 1077 y 1098, fue uno de los principales personajes de la Primera Cruzada. Miembro de una familia noble de la región francesa de Valence, había realizado una peregrinación a Oriente en 10861087. Aguerrido defensor de la reforma gregoriana, quedó entusiasmado con la idea de la cruzada lanzada en 1095 por Urbano II en Clermont. Trescientos clérigos habían asistido a este concilio en el interior de la iglesia, pero había tantos fieles reunidos fuera que elevaron el trono pontificio sobre una plataforma a campo abierto, junto a la puerta este de la ciudad.
El Papa afirmó que había que acudir en ayuda del emperador de Bizancio, amenazado por los musulmanes. Invitó a los presentes a librar una guerra justa y prometió el perdón de los pecados a quienes acudieran a la convocatoria. Los gritos de «Deus vult» (Dios lo quiere) llenaron aquella tarde los campos de Clermont. El obispo de Le Puy se arrodilló ante el trono pontificio solicitando permiso para acompañar a la expedición. Era un gesto previsto y ensayado: Ademar era el consejero de confianza del pontífice y éste le nombró legado apostólico. Partió hacia Oriente acompañando a Raimundo IV de Tolosa; puesto que la cruzada era una expedición religiosa, convenía que uno de sus líderes fuera un obispo. Mientras Raimundo y los otros nobles peleaban con frecuencia por la autoridad militar de la cruzada, Ademar fue siempre reconocido como el líder espiritual.
Camino a Levante, Ademar fue herido por mercenarios bizantinos durante algunas escaramuzas con las fuerzas imperiales, pero llegó a la capital en abril de 1097. Negoció en Constantinopla con el emperador Alejo I Comneno, mantuvo la disciplina entre los cruzados en Nicea y representó una ayuda inestimable para las fuerzas cristianas durante el cerco de Antioquía, donde cuidó de la liturgia e impuso el ayuno y la observancia de los días santos. Se ganó asimismo el respeto de los peregrinos, consoló a los cruzados tras los desastres y los animó en la batalla. El historiador francés del siglo XIX M. Michaud afirma en su Historia de las Cruzadas que el obispo, revestido de sus insignias de sacerdote y una armadura de caballero, era la encarnación de las virtudes cristianas.
Los cruzados tomaron Antioquía en 1098 y realizaron una masacre entre los musulmanes. Era una gran ciudad, «la de las 400 torres», y también era el lugar donde Pedro había predicado el Evangelio antes de marchar hacia Roma. El emir de Mosul, Kerbogha, partió con su ejército para auxiliar a la ciudad, y como llegó antes de que los cristianos pudieran reabastecerla, puso cerco a la población. Durante el asedio, el monje y místico Pedro Bartolomé afirmó haber descubierto la Lanza Sagrada que hirió el flanco de Cristo en la cruz tras unas visiones en las que se le había aparecido san Andrés. Muchos, incluyendo el legado papal, creían que Pedro era un charlatán y que había traído un pedazo de hierro que ni siquiera había encontrado en la iglesia de San Pedro, pero se dejó que el ejército cruzado creyera en la legitimidad de la reliquia para mantener alta la moral. Los cruzados afirmaron después que, durante las luchas, san Jorge, san Demetrio y san Mauricio cabalgaron y pelearon a su lado.
Cuando Kerbogha fue derrotado, Ademar organizó un concilio para intentar resolver las disputas de los nobles, pero murió el 1 de agosto de 1098 víctima de una enfermedad, probablemente tifus. Su presencia, como amigo y enviado de Urbano II, atestigua el carácter sacro que el pontífice quería dar a la empresa. La muerte del líder espiritual de la cruzada fue la coronación de su vida de obispo. También los eclesiásticos que morían precediendo a los cruzados se convertían en mártires. Su ausencia privó a los combatientes de un guía moral y espiritual, hasta el punto de que se barajó la idea de que el Papa acudiera en persona a Tierra Santa para liderar espiritualmente a los ejércitos cristianos.
Como señala el historiador británico Michael Haag en su libro sobre la historia y los mitos templarios, en julio de 1099, dos días después de la reconquista de Jerusalén, los caballeros de alto rango se reunieron para decidir cómo gobernar la Ciudad Santa. De no haber muerto Ademar, él hubiera sido la opción obvia, pero sin su presencia, los caballeros ofrecieron la corona de Jerusalén a Godofredo de Bouillon, que rechazó ceñirla en la misma ciudad en que Cristo había llevado una corona de espinas, aunque aceptó el poder adoptando el título de defensor del Santo Sepulcro.
LA CRUZADA EN OCCIDENTE: LA CANCIÓN DE ROLANDO
La cruzada cristiana no se libraba sólo en Tierra Santa. Fue también el siglo de la conquista normanda del sur de Italia y de Inglaterra, y las naves genovesas, pisanas y venecianas se hicieron con la supremacía en el Mediterráneo, restableciendo así el comercio con Oriente. Asimismo, fue un siglo importante para la Reconquista española, en la que caballeros de la Borgoña y la Provenza pelearon codo con codo con caballeros castellanos y aragoneses. La Canción de Rolando, uno de los cantares de gesta más antiguos en lengua romance, narra la epopeya de Roncesvalles. Es un canto épico a la victoria de los cristianos sobre los sarracenos, aunque los hechos están distorsionados. En el año 830, el cronista y biógrafo de Carlomagno, Eginardo, escribió La Vita Karoli Magni, o Vida de Carlomagno, donde narra cómo murieron los mejores caballeros del rey franco, incluido un tal Rolando, prefecto de la marca de Bretaña, en una emboscada de los vascones. Los vencedores del ataque aprovecharon la oscuridad de la noche para dispersarse y escapar, pero no hay duda de que fueron vascones y no sarracenos, como relata el cantar de gesta. Según éste, el rey Carlomagno había ocupado durante siete años el Levante español, excepto la ciudad de Zaragoza, gobernada por un tal Marsilio. En la batalla final, los musulmanes son derrotados, Carlomagno cuenta con la intervención del arcángel san Gabriel, Zaragoza es ocupada por el ejército franco y se obliga a todos los musulmanes a aceptar el bautismo para evitar ser ahorcados. Después, los francos regresan a Francia. Termina el relato con el encargo del arcángel Gabriel a Carlomagno de ir a las tierras de Sajonia para socorrer al rey Vivién en la ciudad de Imphe, cerca del mar Báltico.
Rolando, el héroe cristiano al que este poema épico rinde culto, era el perfecto ejemplo del miles Christi surgido de la reforma de la Iglesia: un caballero arrogante, que expía su vida y sus pecados por la causa a la que sirve y con su muerte como mártir. Las expediciones militares contra los musulmanes eran una forma de penitencia, al igual que los peregrinajes emprendidos por los pecadores.
LAS SANTAS RELIQUIAS
El reino cristiano de Jerusalén, organizado precipitadamente por los cruzados, era una red de fortalezas controladas por un puñado de guerreros francos en territorio hostil. Los caminos estaban plagados de bandidos y muchos de los puertos del Mediterráneo estaban en manos musulmanas o eran atacados por la flota egipcia, por lo que los cruzados permanecían en las ciudades amuralladas que habían conquistado. Tras las primeras victorias cristianas, el flujo de peregrinos a Tierra Santa aumentó considerablemente y se registraron muchos robos y asesinatos. La carretera que unía el puerto de Jaffa con Jerusalén era intransitable, no podía recorrerse sin escolta, y lo mismo ocurría con la ruta que unía Jerusalén y Hebrón (la ciudad de las «tumbas de los patriarcas»). En los sagrados lugares de Galilea, como Nazaret, los sarracenos atacaban a los peregrinos constantemente.
Estando así las cosas, algunos milites consideraron su deber y misión defender los caminos, posadas y pozos de Tierra Santa, así como custodiar las Santas Reliquias, que en la Edad Media eran símbolos de esperanza. El creyente pensaba que estar cerca de objetos santos, y poder tocarlos, creaba un vínculo espiritual con el cielo. En la biografía de san Bernardo de Claraval, escrita en su propia época, se señalaba que el contacto con el bastón del santo o con su gorro de lana bastaba para sanar a los creyentes. Al pan que bendecía y que luego repartía también se le adscribieron propiedades curativas. Las oraciones pronunciadas ante las reliquias eran más eficaces, pues los santos a los que pertenecían se convertían en intercesores ante Dios. Cruzados y peregrinos llevaron a Europa restos de diversos santos que colocaron con gran reverencia en iglesias y capillas. Casi todos los restos pertenecían a mártires. También se recogieron objetos sagrados relacionados con Tierra Santa, como astillas de la Vera Cruz o de la mesa de la última cena. Uno de los recuerdos más apreciados por los peregrinos que visitaban Jerusalén eran las piedrecitas recogidas en el sepulcro de Cristo.
Muchos de los que se establecieron en Tierra Santa para custodiar las Santas Reliquias optaron por la pobreza voluntaria y la comunidad de bienes. Así surgieron, a principios del siglo XII, la Orden de San Juan, dedicada al cuidado de los enfermos, y la de San Lázaro, centrada en las leproserías. Pero los defensores de los Santos Lugares y Reliquias precisaban de una preparación espiritual y militar, o eso creía Hugo de Payns, un caballero de la región francesa de Champaña que se acabó estableciendo en Tierra Santa y fundando la Orden del Temple. En 1127, tras obtener el reconocimiento de la nueva orden por parte de las autoridades seglares y eclesiásticas de Jerusalén, Hugo viajó a Europa en lo que Cardini ha denominado «misión de propaganda». Allí coincidió con un famoso monje cisterciense que, como él, era de la región de Champaña.
EL ABAD DE LOS GUERREROS DE DIOS: BERNARDO DE CLARAVAL
Cuando Hugo de Payns llegó a Francia, ya había adquirido gran fama un monje muy delgado a quien siempre acompañaba un séquito de enfermos y poseídos, monjes y eclesiásticos. Este hombre parecía siempre embebido en sus pensamientos, incluso cuando montaba a caballo. Pero cuando se dirigía a los demás, deslumbraba a todos por igual, ya fueran nobles, sabios, campesinos o eclesiásticos, y los convencía para ir a las cruzadas. Se llamaba Bernardo de Claraval y muchos le consideraban un santo; otros, en cambio, un falso profeta. Godofredo de Auxerre, que fue su secretario, compañero de viaje y hombre de confianza, narraba que su madre, estando embarazada de él, soñó que llevaba un cachorro de perro en su vientre. La futura madre, intranquila, consultó el significado del sueño con un monje, quien, aludiendo a un pasaje del Libro de Isaías (Isaías 56), le vaticinó que nacería de ella un magnífico predicador, que «en nada se parecerá a los perros mudos que no saben ladrar».
A lo largo de su vida los papas le pidieron consejo, amenazó a reyes, debatió con los filósofos y muchos obispos le acabaron debiendo sus cargos. También mantenía una relación con los principales abades y abadesas de las grandes órdenes religiosas, incluida la visionaria benedictina Hildegarda de Bingen, quien, como señala la especialista en literatura medieval Victoria Cirlot en su estudio sobre la santa, formuló profecías sobre el Juicio Final en su obra Scivias. Esta religiosa, una de las mujeres más cultas y formadas de su tiempo, escribió tratados de música y de medicina, y, según se cuenta en sus biografías, fue presa de perturbadoras visiones desde niña. En una carta enviada al abad de Claraval, le contó sus visiones y le preguntó si debía callárselas o hacerlas públicas. Según la carta que consta como respuesta en la colección epistolar de san Bernardo, éste se limitó a aconsejarle que nunca olvidara la humildad. Muchos años después, en 1173, la santa permitió la recopilación de su correspondencia en un volumen y falsificó la respuesta del abad, añadiendo algunas frases y haciendo parecer que había sido Bernardo quien se había dirigido a ella en primer lugar.
En su biografía del santo de Claraval, Peter Dinzelbacher, historiador de la Universidad de Viena, retrata a Bernardo escribiendo: «Ya se ha pronunciado el juicio de la eternidad, tanto para los que se han de salvar como para quienes vivirán la condenación eterna». Este monje cisterciense creía, con san Agustín, que, debido al pecado original, sólo unos pocos serían capaces de vencer las tentaciones y salvarse; a los demás les esperaban las penas del infierno. Pensaba que la situación del momento y las guerras en Tierra Santa eran un don de Dios para redimir a unos cuantos capaces de luchar junto al Señor contra los demonios, que era el nombre que solía darse en la Edad Media a los infieles, cuyas mezquitas describían como «casas del diablo». Bernardo escribió que era preciso liberar Jerusalén para que los infieles no dijeran: «¿Dónde está su Dios?» (Salmo 113). Hallaba en las Sagradas Escrituras hasta instrucciones para la lucha: convenía contar con caballos veloces y una buena disposición para la batalla. Con la Biblia en la mano, constató que la superioridad numérica no daba necesariamente la victoria, pues a veces miles habían puesto en fuga a decenas de miles, señalaba citando el Deuteronomio. Su deriva providencialista se hizo patente en el Elogio a la nueva milicia templaria, donde afirmaba que el controvertido monacato guerrero, del que formaba parte la «nueva milicia templaria», apuntaba a que se acercan los Últimos Días.
ELOGIO A LA NUEVA MILICIA TEMPLARIA
Bernardo escribió este Elogio a la nueva milicia templaria, pero no era un fanático de la guerra, ni siquiera de la guerra santa. Consideraba a los monjes-guerreros literalmente defensores de Cristo para los que la paz no era sólo ausencia de guerra, sino una situación en la que se debía conservar el orden cósmico y humano querido por Dios, aunque fuera a costa de la guerra. Alababa a la nueva milicia del Temple porque encarnaba los valores del caballero cristiano; un caballero que adquiría rápidamente rasgos monacales. Se había pronunciado a favor de la cruzada por deseo expreso del Papa, pero también porque creía que la guerra entre cristianos e infieles era inevitable, pues no había otra forma de solucionar el problema en Tierra Santa. Además, consideraba que la cruzada era una oportunidad que brindaba la Providencia para reformar a los caballeros de su época, orgullosos y violentos. La milicia de Cristo actuaba en silencio y luchaba contra el pecado, informó el abad de Claraval al obispo de Lincoln en una carta. Con el apoyo de Bernardo, la nueva orden adoptó los ideales cistercienses de trabajo, austeridad y caridad que difundió por toda la sociedad.
No sabemos con exactitud hasta qué punto contribuyó Bernardo a la redacción de la regla de la Orden del Temple presentada en el Concilio de Troyes en el año 1129. Bernardo escribió su Elogio entre 1129 y 1136, es decir, entre el año del Concilio de Troyes, en el que se aprobó la regla de la orden, y el de la muerte de Hugo de Payns, a quien está dedicado. Invitaba a los templarios a meditar y a librar la batalla de los monjes contra el diablo y el pecado. El enemigo terrenal, el sarraceno, aparece aquí como un instrumento del demonio. La guerra contra el infiel y la guerra contra el pecado se unen en la batalla única del monje-guerrero. Los templarios, que libran la guerra de Dios, triunfan siempre, ganen o pierdan: obtienen la victoria o la corona de los mártires. El monje-guerrero que se sabe salvado no teme a la muerte:
¡Los vencedores vuelven de la batalla cubiertos de gloria! ¡Mueren gloriosamente como mártires, peleando! ¡Alégrate, fuerte guerrero, cuando vives y mueres en el Señor! Pero alégrate más y vanaglóriate de morir y unirte al Señor […] El templario mata con la conciencia tranquila y muere con una calma aún mayor.
Bernardo enumeraba los muchos vicios de los caballeros seglares de su tiempo: guerras injustas, orgullo, amor al lujo (que consideraba un signo de afeminamiento), ostentación, ira, vanidad y avaricia. Estos caballeros mueren defendiendo causas fútiles y en pecado mortal. En cambio, el monje-guerrero que mata al enemigo en las guerras contra paganos e infieles está luchando contra el mal en el mundo, y el triunfo sobre el enemigo se convierte en el triunfo sobre el pecado. Este ideal religioso y caballeresco no tiene nada que ver con la arrogante caballería seglar de su época, pues la vida de los templarios era muy sencilla: se basaba en la obediencia, la disciplina, la pobreza y la castidad. Como bien señala el medievalista francés Jean Flori en su libro sobre la caballería en la Edad Media, el caballero cristiano debía renunciar a la vida terrena, pero no retirándose del mundo al modo de los monjes, sino integrándose en la «caballería de Cristo». En su Elogio a la nueva milicia templaria, Bernardo de Claraval señalaba:
Digamos ya brevemente algo sobre la vida y costumbres de los Caballeros de Cristo, para que los imiten, o al menos se queden confundidos los de la milicia que no lucha exclusivamente para Dios sino para el diablo; cómo viven cuando están en guerra o cuando permanecen en sus residencias. Así se verá claramente la gran diferencia que hay entre la milicia de Dios y la del mundo.
Así descritos, los templarios no son sólo un ejemplo para los caballeros, también lo son para los monjes. Nunca están ociosos, ni en la guerra ni en la paz, siempre obedecen al maestre y no conocen la envidia, las murmuraciones ni el descontento. No se ocupan de su apariencia externa, pues temen que eso los conduzca a la vanidad y al orgullo. Tampoco se dedican al juego ni a la caza. Sus largas barbas (algo raro en la Europa de su época) los distinguen como penitentes.
De acuerdo con la ideología de la época, el Elogio está lleno de referencias escriturales: los templarios, hijos del Nuevo Israel formado por la cristiandad, luchan disciplinadamente, como está escrito que hacía el pueblo elegido, con valor, prudencia y sabiduría. Los caballeros de Dios requerían destreza en la guerra, pero también sabiduría, y Bernardo opinaba que ambos dones rara vez se dan en una misma persona, de manera que sugería que los héroes fueran de dos en dos, en lo que parece una especie de «hermandad de armas». Estas parejas de caballeros, representadas en sellos y monedas peleando de consuno, son la imagen del caballero perfecto. Mansos como corderos con sus hermanos y fieros como leones ante el enemigo: monjes perfectos y caballeros perfectos. La orden se reviste asimismo de cierto halo apocalíptico; su capa blanca alude a la pureza, pero también hace referencia a las «blancas túnicas» que visten los elegidos en el Apocalipsis de san Juan (Apocalipsis 22), lo que sugiere que, aunque se consideraran compañeros de armas en la lucha cósmica contra los enemigos de Dios, también libraban una guerra cotidiana contra la tentación y el pecado para ser dignos a los ojos del Señor.
El abad de Claraval mostró su entusiasmo hacia las cruzadas, que librarían a los guerreros de su brutalidad y sus pecados. Peter Dinzelbacher narra su gran éxito en la convocatoria de la Segunda Cruzada a Tierra Santa. Se organizó un acto en Vézelay, en una basílica dedicada a María Magdalena, al que asistieron el abad de Claraval y el rey de Francia. Cuenta un testigo de la época que cuando san Bernardo acabó de hablar, todos empezaron a gritar pidiendo cruces, el símbolo de los «peregrinos armados», para coserlas a sus vestiduras. Se dijo que Bernardo acabó rasgando su propio hábito para hacer cruces con él. En los meses subsiguientes, las ciudades por las que pasaba predicando se vaciaban de hombres que partían hacia Palestina. Lo que transmitía Bernardo de Claraval era un entusiasmo sin límites, cuya causa era el orgullo de poder participar en la evolución de la Historia y defender los Santos Lugares donde, según la parte de las Escrituras que se ocupaba del fin de los días, se reunirían los vivos y los muertos para ser juzgados. Los monjes-guerreros debían partir a la batalla sabiendo que Dios estaba con ellos, que cumplían Su voluntad; contaban con la victoria y estaban dispuestos a ofrecer su vida por la mayor gloria de Dios.
Esta guerra emprendida en nombre de la Providencia era una guerra santa pensada para cambiar la historia de los conquistados y del Orbe cristiano en general. Los conquistadores de Tierra Santa querían imponer un orden capaz de corregir lo que había de violento y antinatural en la conducta humana. Emprender una guerra en nombre de Dios significaba extender Su obra y Su orden, y vencer al caos. De ahí que los combatientes debían purificarse antes de pelear, por lo que no tenían relaciones sexuales o prescindían de determinados alimentos. Debían rezar y meditar en los lugares santos y realizar obras de caridad: al fin y al cabo, eran instrumentos de Dios. Cuando se enfrentaban al enemigo, Dios cabalgaba entre ellos; no temían nada, pues libraban una guerra divina. La cooperación de los seres humanos para la realización del Plan de la Historia suponía llevar el orden de Dios hasta los confines de la Tierra.
En su libro sobre la cruzada como historia y mito, el medievalista florentino Franco Cardini afirma que la partida hacia Jerusalén se consideraba un auténtico «éxodo de Egipto», pues la esclavitud de los hebreos en la tierra de los faraones descrita en la Biblia era un símbolo de la esclavitud del alma. Los templarios, custodios de Tierra Santa, también guardaban los valores de la Jerusalén interior que reside en el corazón de todo creyente. Defender Tierra Santa era defender la Palabra de Dios que todo monje-guerrero debía llevar en su corazón. Un historiador de la época, el sacerdote Helmoldo de Bosau, escribió veinte años después de la Primera Cruzada:
Aquel santo empezó a incitar al pueblo y a los príncipes a partir hacia Jerusalén, movido por profecías o visiones que desconozco. La idea era derrotar a los pueblos bárbaros de Oriente e imponerles la ley cristiana. Decía que se acercaba el momento de convertir a todas las tribus de Israel para que fueran salvadas.
Las connotaciones apocalípticas de esta conversión masiva eran evidentes. En la Edad Media, el Fin de los Tiempos era una realidad futura que siempre se tenía presente. Clérigos muy leídos, que conocían bien las Escrituras, creían que los tiempos estaban maduros para la revelación final. Las profecías florecían por doquier; se dio crédito a las del mago Merlín, recogidas en el ciclo artúrico, y se desempolvaron los oráculos de las sibilas grecorromanas que ya habían leído con interés Alcuino de York y Carlomagno.
ITINERARIO ESPIRITUAL POR TIERRA SANTA
Desde los bosques de Claraval, apartado del mundo, Bernardo lanzó su mensaje: había nacido una nueva orden de monjes-guerreros llamada a proteger los Santos Lugares y a reformar a los cristianos, recordándoles sus valores y su Alianza con Dios. Ante la inminente partida de los cruzados a liberar Tierra Santa, decidió hacerles un precioso regalo: un itinerario espiritual. El capítulo V del Elogio es una lectura simbólica de la sede de la Orden, el Templo de Salomón, y de otros lugares de Palestina, que Bernardo no describe desde el punto de vista histórico o geográfico, sino atendiendo a su significado místico. Jerusalén, Nazaret, Belén, el Jordán, el Calvario o el Sepulcro se convirtieron en símbolos divinos y objetos de meditación. Belén, la «casa del pan», era un símbolo de la encarnación; Nazaret, «la flor», era el lugar donde transcurrió la infancia de Jesús; el Monte de los Olivos simbolizaba la piedad y el sometimiento total a la voluntad de Dios, y el valle de Josafat, donde supuestamente tendría lugar el Juicio Final, simbolizaba la justicia divina. El río Jordán debía fomentar la meditación en torno al bautismo de Cristo, y el Calvario y el Santo Sepulcro invitaban a meditar sobre la redención, la vida, la muerte y la resurrección del hijo de Dios. Puesto que los templarios, custodios de Tierra Santa, también lo eran de los valores que representaba simbólicamente ese rincón de la Tierra, el abad de Claraval quería que entendieran su significado espiritual y profético.
Con estas líneas finales del Elogio, Bernardo quería recordar a los templarios que no libraban sólo la batalla de los caballeros, sino también la de los monjes. Ambas tienen algo en común: la lucha, en el nombre de Dios, contra el mal y el demonio. En este caso, el enemigo infiel era un instrumento de ese diablo al que había que combatir. El Elogio tiene claras connotaciones bíblicas: los templarios, hijos de la cristiandad, que era el Nuevo Israel, iban a la batalla disciplinadamente, como lo hacía el pueblo elegido. Peleaban con un valor impresionante, pues a los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, su regla añadía un cuarto: no cejar jamás en la lucha contra los enemigos de Dios.
Bernardo de Claraval nunca estuvo en Palestina, nunca rezó en el Santo Sepulcro, aunque amaba Tierra Santa con la pasión de un gran especialista en las Sagradas Escrituras. Todos los días, meditando en su celda, revivía la vida, pasión y muerte de Cristo recorriendo con Él los Santos Lugares. Su regalo debía inspirar y abrir los ojos a los caballeros cruzados llamados a llevar a cabo tan importante misión. Quería que comprendieran con exactitud la magnitud de una tarea que había de contribuir a la realización del Plan de Dios. Bernardo cerraba su obra orando: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Tu nombre da gloria» (Salmo 115).