I

NAZCO

Si he de ser yo el héroe de mi propia vida, o si otro cualquiera ha de reemplazarme, eso lo dirán estas mismas páginas. Para iniciar mi historia desde un principio, diré que nací, según me han dicho y creo, un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, tan pronto como el reloj comenzó a sonar, empecé a llorar simultáneamente.

Teniendo en cuenta el día y la hora de mi nacimiento, la enfermera y algunas comadronas del barrio (que habían demostrado un gran interés por mí varios meses antes de que nos hubiésemos conocido personalmente) declararon, primero: que yo estaba predestinado a ser desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de uno u otro sexo) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.

No hablaré en este momento de la primera de esas predicciones, pues esta historia demostrará su exactitud o su falsedad. Respecto a la segunda, solo haré constar que, a no ser que los viese en mi primera infancia, todavía estoy aguardándolos. Por supuesto, no es que me queje porque me hayan defraudado, pues, si alguien está disfrutando de ellos por equivocación, le agradeceré que los conserve a su lado.

Nací envuelto en una membrana que trató de venderse, anunciándola en la prensa, por el modesto precio de quince guineas. No sé si los marineros de aquella época poseerían muy poco dinero o si lo que tenían era muy poca fe, y quizá preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es que solo se presentó un comprador, comerciante que ofrecía por ella dos libras en plata y el resto en vino, negándose a pagar un solo céntimo más por la seguridad de no morir ahogado.

Como la adquisición de los vinos realmente no interesaba para nada a mi pobre madre, ya que acababa de vender los suyos, desistió de la venta, tras haber retirado los anuncios, que, sin embargo, tuvo que pagar. Diez años más tarde, mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, y por la papeleta se cobró la cantidad de media corona con la condición de que el agraciado con ella pagaría, además, cinco chelines. Estuve en el sorteo y recuerdo que me sentí humillado al ver que así se disponía de una parte de mi persona. La membrana le tocó a una señora que llevaba una cesta, de la que extrajo, con muy mala gana, los estipulados cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no sirviendo de nada el tiempo que se invirtió en explicaciones y cálculos aritméticos, pues al final no lograron convencerla. Y es un hecho que todos recuerdan como asombroso que la señora no murió ahogada, sino que falleció triunfalmente en su cama a los noventa y dos años. Tengo entendido que la tal señora, mientras tomaba el té, su ocupación favorita, solía vanagloriarse de no haberse hallado sobre el agua más que una vez en su vida, y, aun así, en una ocasión en la que atravesaba un puente, y que se enfadaba mucho contra los marineros y demás personas que tenían el atrevimiento de vagar por esos mundos. En vano se le demostraba que muchas cosas buenas, el té entre ellas, se disfrutaban gracias a aquellas aficiones reprobables. La señora replicaba cada vez con mayor energía y confianza, esgrimiendo la terrible fuerza de su razonamiento: «No, nada de vagabundeos».

Para no «vagabundear», yo tampoco volveré a tocar el tema de mi nacimiento.

Nací en Blunderstone, Suffolk, o «por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que se abrieran los míos. Aun ahora hay algo extraño para mí en la idea de que jamás me conociera; y algo más extraño todavía en el triste recuerdo que conservo de mi primer encuentro infantil con la losa blanca de su tumba en el camposanto. La indefinible compasión que sentía al recordarla allí, sola, en la noche oscura, mientras nuestra sala de estar estaba caliente y reluciente de fuego y luz, con las puertas de la casa cuidadosa y cruelmente cerradas (al menos así me lo parecía entonces).

Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de la que hablaré más adelante, era el personaje principal de nuestra familia: la señorita Trotwood o señorita Betsey, como mi pobre madre la llamaba siempre que se atrevía a nombrar a aquel formidable personaje, cosa que ocurría muy rara vez.

Mi tía se había casado con un hombre más joven que ella, muy apuesto, aun cuando no en el sentido que indica el proverbio de «lo hermoso es siempre bueno», ya que se sospechaba que pegaba a su mujer, e incluso llegó a contarse una vez que, discutiendo a propósito de cuestiones económicas, casi la tiró por una ventana del segundo piso. Estas demostraciones evidentes de incompatibilidad de caracteres impulsaron a la señorita Betsey a entregarle dinero para que se fuese y consentir en una separación amistosa. El marido se fue a la India con el dinero de ella, y allí, según la leyenda familiar, se le vio montado sobre un elefante y acompañado de un baboon o babuino, aunque más bien creo que debía de tratarse de un baboo o de una begum. Fuera como fuese, diez años más tarde, desde la India, llegó a su casa la noticia de su muerte. Nadie supo el efecto que esta noticia produjo en mi tía. A raíz de la separación había vuelto a usar su nombre de soltera, y tras comprar una pequeña casa en la costa, allí vivía desde entonces con su criada, como si fuese una solterona, recluida en un inquebrantable aislamiento.

Según creo, mi padre había sido el sobrino favorito de la señorita Betsey; pero mi tía se ofendió mortalmente con su viuda, con el pretexto de que mi madre era «una muñeca», pues, aunque jamás la había visto, sabía que aún no tenía veinte años. La señorita Betsey no quiso volver a ver a su sobrino. Mi padre le doblaba la edad a mi madre cuando contrajeron matrimonio y era hombre de constitución delicada. Un año después de su boda, y como ya he dicho, seis meses antes de nacer yo, murió.

Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel memorable, si se me puede excusar que así lo llame, e importante viernes. No puedo enorgullecerme de haber sabido en aquella época lo que estoy relatando, y tampoco de conservar ningún recuerdo, fundado en la evidencia de mis sentidos, de lo que sigue.

Mi madre se hallaba sentada al lado de la chimenea, con mala salud y muy abatida, mientras miraba hacia el fuego a través de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia vida y en el huerfanito a quien esperaba un mundo no muy contento de su llegada, y quizá también pensaba en algunos proféticos paquetes de alfileres preparados de antemano y guardados en el cajón de una cómoda del primer piso. Mi madre, repito, estaba sentada junto al fuego, en una tarde clara y fría de marzo; se sentía muy triste y deprimida ante el temor de no salir con vida de la prueba que le esperaba, cuando, al tratar de enjugarse los ojos, vio a una señora desconocida que entraba en el jardín.

A la segunda mirada que le dirigió, mi madre tuvo la certeza de que se trataba de la señorita Betsey. Los rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida, que caminaba con paso firme y decidido. No podía ser otra que la señorita Betsey.

Cuando estuvo ante la casa, dio aún otra prueba de su identidad. Mi padre había relatado, muy a menudo, que la conducta de mi tía no se parecía en nada a la del resto de los mortales. Y, en efecto, aquella señora, en lugar de dirigirse hacia la puerta y tocar la campanilla, se detuvo delante de la ventana y comenzó a mirar por ella, pegando tanto la nariz al cristal que mi madre solía decirme que, al cabo de unos segundos, se le había puesto totalmente blanca, a fuerza de tenerla aplastada.

Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre que tuve el convencimiento de que siempre habré de agradecer a la señorita Betsey haber nacido en viernes.

Mi madre se levantó precipitadamente y fue a ocultarse tras una silla, en un rincón de la estancia. La señorita Betsey recorrió despacio la habitación con mirada inquisitiva, moviendo los ojos como los de la cabeza de un sarraceno en un reloj holandés. Por fin vio a mi madre y, a continuación, frunciendo el ceño como esas personas que están habituadas a ser obedecidas, le hizo una seña para que saliera a abrir la puerta. Mi madre obedeció.

—¿La señora Copperfield, supongo? —preguntó la señorita Betsey, haciendo énfasis en la última palabra, sin duda para dejar entender que así lo suponía, al ver a mi madre vestida de luto riguroso y tan afectada.

—Sí, señora —respondió débilmente mi madre.

—Soy la señorita Trotwood —añadió la visitante—. Supongo que habrá oído usted hablar de mí.

Mi madre respondió que, efectivamente, había tenido ese placer; pero fue consciente de que, muy a su pesar, su tono reflejaba que el placer no había sido muy grande.

—Pues aquí me tiene usted —dijo la señorita Betsey.

Mi madre, al mismo tiempo que hacía una cortés inclinación de la cabeza, le rogó que pasara, y ambas se dirigieron a la habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no se había vuelto a encender fuego en la sala.

Tomaron asiento. La señorita Betsey guardaba silencio y mi madre, después de inútiles esfuerzos para contenerse, rompió en lágrimas.

—¡Vaya, vaya! —exclamó mi tía, apurada—. Nada de lágrimas... ¡Vamos, vamos!

Mi madre siguió sollozando.

—Vamos, niña, quítese la cofia —añadió la señorita Betsey—: Quiero verla bien.

Mi madre estaba excesivamente asustada para negarse en aquel momento a tan extraña petición, y volvió a obedecer; pero, según cuenta ella, sus manos temblaban de tal manera que se enredaron en sus cabellos, abundantes y hermosos, y estos cayeron, enmarcando su rostro.

—Pero ¡cielo santo! —exclamó la señorita Betsey—. ¡Si es usted una niña!

Sin duda alguna, mi madre parecía mucho más joven de lo que era, y la pobre inclinó la cabeza como si tuviera la culpa de su aspecto, mientras murmuraba entre sollozos que, verdaderamente, temía ser demasiado joven para verse ya viuda y madre, en el caso de que siguiera viviendo.

En aquel momento se hizo un breve silencio, durante el cual a mi madre le pareció sentir que la señorita Betsey le acariciaba los cabellos con cierta dulzura; pero, al mirarla, tímidamente esperanzada de que aquello fuese real, la vio frente a ella sentada muy rígida ante la chimenea, con la falda un poco levantada, los pies apoyados en el guardafuegos y ambas manos enlazadas sobre las rodillas.

—¡En nombre del cielo! —exclamó repentinamente la señorita Betsey—. ¿Por qué llamarla Rookery?

—¿Se refiere usted a la casa? —preguntó mi madre.

—¿Por qué Rookery? —insistió la señorita Betsey—. Si cualquiera de los dos hubieseis tenido un poco de sentido práctico, la habríais llamado Cookery.

—El nombre lo eligió Copperfield —repuso mi madre—. Cuando compró la casa, le gustaba pensar que quizá habría cuervos en los alrededores.

El viento de la tarde comenzó a silbar entre los viejos olmos del jardín, haciendo tal ruido que tanto mi madre como la señorita Betsey miraron con cierta inquietud hacia la ventana. Las copas de los olmos se inclinaban unas hacia otras, como si trataran de confiarse algún secreto terrible, y, tras permanecer unos segundos en esa posición, se alzaban con fuerza de nuevo, sacudiendo sus enormes brazos, como si aquellas confidencias, al intranquilizar su conciencia, les hubiesen arrebatado para siempre la calma.

En las ramas más altas se balanceaban algunos viejos nidos de cuervos, ya medio deshechos por la intemperie. Parecían náufragos en un océano tormentoso.

—¿Dónde están los pájaros? —preguntó la señorita Betsey.

—¿Los qué...?

Mi madre, en aquel momento, seguramente pensaba en otra cosa.

—Me refiero a los cuervos. ¿Qué ha sido de ellos?

—Desde que llegamos aquí nunca vimos ninguno —respondió mi madre—. Creíamos... Copperfield creía que en este lugar anidaban infinidad de cuervos, pero los nidos son ya muy antiguos y ya hace mucho que los abandonaron.

—¡Bah! Cosas de David Copperfield —exclamó la señorita Betsey—. ¡David Copperfield, de la cabeza a los pies! Se le ocurre llamar a la casa Rookery cuando no hay ni un solo nido en los alrededores, y supone que forzosamente tiene que haber pájaros porque ve nidos.

—Copperfield ya ha muerto —repuso mi madre—, y si se atreve usted a hablarme mal de él...

Sospecho que, durante un instante, mi pobre y querida madre tuvo la intención de abalanzarse sobre mi tía, pero, ni aun estando mucho mejor de salud y más fuerte, habría podido hacer frente a semejante adversario; así que, después de ponerse en pie, volvió a tomar asiento humildemente y perdió el conocimiento.

Cuando lo recuperó, o quizá cuando la señorita Betsey la hizo volver en sí, vio que mi tía se hallaba de pie junto a la ventana. La luz del atardecer se estaba desvaneciendo y, a no ser por la que despedía el fuego de la chimenea, no habrían podido verse la una a la otra.

—¡Bien! —dijo la señorita Betsey, sentándose de nuevo como si hubiera estado contemplando distraídamente el paisaje—. ¿Y cuándo esperas...?

—Estoy temblando —dijo mi madre—. No sé qué me pasa. Pero estoy segura de que voy a morirme.

—Nada de eso —replicó la señorita Betsey—. Toma un poco de té.

—¡Oh, Dios mío, Dios mío! Pero ¿cree usted que eso me aliviará? —preguntó mi madre con desesperación.

—Pues claro que sí. Todo eso no son más que nervios... Y ¿cómo llamará usted a la chica?

—Todavía no sé si será niña —contestó mi madre, en un tono inocente.

—¡Dios bendiga a esta criatura! —exclamó mi tía, ignorando que repetía la frase dibujada con alfileres en el acerico que colgaba sobre la cómoda y que aplicaba a mi madre en lugar de a mí—. No me refiero a eso; me refería a la criada.

—Peggotty —dijo mi madre.

—¡Peggotty! —exclamó mi tía, indignada—. ¿Quieres que me crea que un ser humano ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de Peggotty?

—Se trata de su apellido —explicó mi madre, con timidez—. Copperfield la llamaba así porque como tiene el mismo nombre de pila que yo...

—¡Peggotty! ¡Peggotty! —gritó la señorita Betsey, abriendo la puerta—. Traiga usted té. Su señora no se encuentra bien; de manera que... ¡vamos! ¡No pierda tiempo!

Tras haber dado esta orden con tanta energía como si su autoridad se reconociese en la casa desde hacía una eternidad, volvió a cerrar la puerta y a sentarse nuevamente, no sin antes haberse cerciorado de que acudía Peggotty con una vela, toda confundida, ante el sonido de aquella voz extraña.

—¿Y decías que quizá será niña? —preguntó la señorita Betsey, cuando de nuevo estuvo con los pies apoyados sobre el guardafuegos, la falda un poco remangada y las manos cruzadas sobre las rodillas—. Bien no hay duda, será una niña, sí, tengo ese presentimiento. Ahora bien, hija mía, desde el momento en que nazca esa niña...

—Quizá sea un niño... —se tomó la libertad de interrumpir mi madre.

—¡Cuando te digo que tengo el presentimiento de que será niña —insistió la señorita Betsey, alzando la voz—, no me contradigas! Desde el momento en que nazca esa niña, quiero ser su amiga. Cuento con ser su madrina y te ruego que le pongas el nombre de Betsey Trotwood Copperfield. Y en la vida de esa Betsey Trotwood no habrá equivocaciones. Haremos todo lo posible para que nadie se burle de los afectos de la pobre niña. La educaremos bien, evitando con mucho cuidado que confíe ingenuamente en quien no lo merezca. Ya me encargaré yo de eso.

Al final de cada frase, mi tía bajaba la cabeza como si los recuerdos la persiguieran y le costara grandes esfuerzos no explayarse con ellos. Al menos, así se lo pareció a mi madre, que la observaba bajo el débil resplandor del fuego, aunque en realidad se hallaba demasiado asustada y confundida para observar nada con claridad o saber qué decir.

—Y David, ¿era bueno contigo, hija mía? —preguntó la señorita Betsey, después de un rato de silencio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron poco a poco—. ¿Erais una pareja feliz?

—Sí, lo éramos —respondió mi madre—. Copperfield era muy bueno conmigo.

—Supongo que te mimaría demasiado —insistió la señorita Betsey.

—Considerando que ahora tengo que verme sola y abandonada en este mundo, me temo que sí —repuso mi madre, sollozando nuevamente.

—Bien, pero no llores más —dijo mi tía—. Creo que no estabais hechos el uno para el otro. ¿Acaso hay alguna pareja que lo esté? Por eso te lo preguntaba. Tú eras huérfana, ¿verdad?

—Sí.

—¿Institutriz?

—Estaba cuidando de los niños de una familia a la que Copperfield visitaba. Y él era muy bueno conmigo; se preocupaba mucho por mí y me demostraba un gran interés. Finalmente me pidió en matrimonio y acepté —explicó mi madre, con sencillez.

—¡Pobre niña! —exclamó la señorita Betsey, al tiempo que seguía mirando fijamente al fuego—. ¿Sabes hacer alguna cosa?

—No sé..., señora —murmuró mi madre.

—¿Ni siquiera gobernar una casa? —insistió la señorita Betsey.

—Me temo que no —respondió mi madre—. Al menos, no tanto como desearía... Copperfield me estaba enseñando.

—¿Qué sabía él de esas cosas?

—Estoy segura de que con él habría adelantado mucho. Sí que sabía, y, además, era un maestro tan paciente... ¡Si no hubiese muerto!

Mi madre sollozó otra vez y no pudo seguir hablando.

—Bien, bien —dijo la señorita Betsey.

—Yo llevaba mi libro de cuentas y todas las noches hacíamos juntos el balance —añadió mi madre, llorando ya desesperadamente.

—Bien, bien —dijo mi tía—. Vamos, no llores más.

—... Y nunca tuvimos la menor discusión, a no ser cuando él se confundía con mis números porque decía que alargaba demasiado el rabo de los sietes y los nueves —concluyó mi madre, en una nueva explosión de llanto.

—Te vas a poner enferma —razonó la señorita Betsey—, y eso no será muy bueno para ti ni para mi ahijada. ¡Vamos, no empieces otra vez!

Este argumento contribuyó mucho a tranquilizar a mi madre, aunque su malestar parecía ser creciente. Hubo un silencio interrumpido solo por algunas exclamaciones sordas de mi tía, que continuaba calentándose los pies sobre el guardafuegos.

—David se había asegurado una renta anual comprando papel del Estado, lo sé —dijo, despacio—. Al morir, ¿hizo algo por ti?

—Copperfield fue tan bueno y cariñoso conmigo que dejó parte de esa renta a mi nombre.

—¿Cuánto?

—Ciento cincuenta libras al año —dijo mi madre.

—¡Vaya! ¡Podía haberlo hecho peor! —exclamó mi tía.

La palabra no podía ser más apropiada para el momento, pues mi madre se encontraba cada vez peor. En aquel instante entró Peggotty con el té y las velas, y enseguida se dio cuenta de la situación; mi tía también se habría percatado de ello de no haber estado prácticamente a oscuras. Acto seguido condujo a mi madre a su habitación de la primera planta. Luego envió a Ham Peggotty —un sobrino suyo a quien tenía escondido en la casa hacía unos días, para utilizarlo como mensajero especial en caso de urgencia— a buscar al médico y a la comadrona.

Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron mucho cuando a su llegada, minutos después uno de otro, se encontraron con una señora desconocida y de aspecto imponente, sentada ante el fuego, con la toquilla colgada sobre el brazo izquierdo y taponándose los oídos con algodón. Peggotty no sabía quién era y mi madre nada decía; era, pues, un verdadero misterio. Cosa curiosa, el hecho de sacar aquella cantidad de algodón de su portamonedas y de meter parte de él en los oídos en nada disminuía lo imponente de su aspecto.

El médico, después de subir al cuarto de mi madre y volver a bajar, pensando sin duda que había grandes posibilidades de tener que estar sentado mucho rato frente a aquella señora, inmediatamente se propuso mostrarse cortés y cordial con ella. El médico era el ser más amable y de ademanes más suaves de todos los hombres, el más pequeño y el más apacible. Se deslizaba por las habitaciones procurando ocupar el menor espacio posible y andaba con tanta suavidad como el fantasma de Hamlet, o quizá aún más despacio. Llevaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado, en parte por un modesto sentimiento de humildad y en parte también por deseo de agradar a todos. No hace falta decir que era incapaz de dirigir una palabra dura a nadie, ni siquiera a un perro, por rabioso que este estuviese. A lo sumo, le murmuraría dulcemente una palabra, o media, o una sílaba, pues el hombre hablaba con la misma suavidad con que andaba y no sabía ser duro ni impaciente.

Así pues, el señor Chillip —este era su nombre—, mirando cariñosamente a mi tía, con la cabeza siempre inclinada y haciéndole un ligero saludo a la vez que se tocaba la oreja izquierda, preguntó:

—¿Alguna irritación local, señora?

—¿Qué? —preguntó mi tía, quitándose el algodón del oído como si fuera un corcho.

Al señor Chillip le alarmó bastante aquella brusquedad, según contó después a mi madre; tanto que fue un verdadero milagro que conservara su presencia de ánimo. Luego insistió dulcemente:

—¿Alguna irritación local, señora?

—¡Qué estupidez! —exclamó mi tía, volviéndose a taponar el oído.

Después de eso, el señor Chillip nada podía hacer; tomó asiento y estuvo contemplando tímidamente a mi tía, mientras ella miraba el fuego, hasta que volvieron a llamarlo a la habitación de mi madre. Tras un cuarto de hora de ausencia, regresó.

—¿Y bien? —preguntó mi tía, destaponando el oído más cercano al señor Chillip.

—Todo muy bien, señora —respondió el doctor—. Vamos... vamos avanzando despacito, señora.

—¡Bah, bah, bah! —exclamó mi tía, interrumpiéndole en tono despreciativo. Y acto seguido volvió a taponarse el oído.

Realmente, como le contó después el señor Chillip a mi madre, era para sentir verdadera indignación. Él estaba casi indignado, claro que solo hablando desde un punto de vista profesional, pero estaba casi indignado. Sin embargo, volvió a tomar asiento y estuvo mirando a mi tía como un par de horas, mientras ella continuaba con los ojos fijos en el fuego. Por fin lo llamaron otra vez. Apareció un rato después.

—¿Y bien? —inquirió mi tía, quitándose de nuevo la pelotita de algodón del oído.

—Muy bien, señora —respondió el señor Chillip—; vamos avanzando despacio.

—¡Bah, bah, bah! —exclamó una vez más mi tía, pero con tal tono de desprecio que el señor Chillip ya no pudo soportarlo.

Aquello era para que cualquiera perdiera la paciencia, dijo después, y así prefirió sentarse a solas en la oscuridad de la escalera, expuesto a una fuerte corriente de aire, hasta que lo llamasen de nuevo.

Ham Peggotty, a quien se puede considerar como testigo digno de fe, pues asistía a las clases de la escuela nacional y era muy bueno en catecismo, relató al día siguiente que, habiendo tenido la desgracia de entreabrir la puerta del gabinete una hora después de aquello, la señorita Betsey, que se hallaba recorriendo la habitación, muy agitada, le descubrió en aquel instante y se lanzó sobre él para no dejarle escapar. A pesar de todo el algodón que se había metido en los oídos, mi tía no debía de hallarse totalmente aislada de los ruidos, pues, cuando los pasos y las voces aumentaban en el piso de arriba, hacía sentir a su víctima el exceso de su intranquilidad. Le tenía cogido por el cuello y le hacía andar constantemente de un lado para otro, como si fuese un muchacho que hubiera tomado algún narcótico, revolviéndole los cabellos, arrugándole el cuello de la camisa y taponándole los oídos con algodón. Le hizo objeto de toda clase de tormentos y malos tratos. Todo esto lo confirmó en parte su tía, que lo vio a las doce y media, cuando acababa de soltarlo, pero tan colorado como yo lo estaba en aquel mismo momento.

El dulce y agradable señor Chillip no podía guardar rencor mucho tiempo a nadie, y menos en aquellas circunstancias. Por eso, en cuanto tuvo un momento de libertad, se coló en el salón de mi tía y le dijo con una amable sonrisa:

—Bien, señora, me siento muy satisfecho de poder felicitarla.

—¿Por qué? —le preguntó ella secamente.

El señor Chillip se turbó de nuevo ante aquella excesiva seriedad. Inclinó la cabeza en un gesto cortés y trató de sonreír para apaciguar a mi tía.

—¡Cielo santo! Pero ¿qué le ocurre a este hombre? —gritó mi tía, en un tono impaciente—. ¿Es que no puede hablar?

—Tranquilícese, mi querida señora —dijo el médico, en un tono de lo más suave—. Ya no hay el menor motivo de inquietud, tranquilícese.

Siempre consideré como un verdadero milagro que mi tía no le sacudiese en aquel momento hasta hacerle soltar lo que tenía que decir. Se limitó a escucharlo, pero moviendo la cabeza de una manera que estremeció al médico.

—Pues bien, señora —dijo el señor Chillip, tan pronto como cobró ánimos—. Soy muy feliz al poder felicitarla. Ya ha pasado todo, señora, todo ha terminado.

Durante los cinco minutos, poco más o menos, que el señor Chillip empleó en pronunciar estas últimas palabras, mi tía estuvo contemplándolo con curiosidad.

—Y ella, ¿cómo está? —preguntó, cruzándose de brazos, sin soltar su sombrero.

—Bien, señora. Espero que pronto esté completamente restablecida —respondió el señor Chillip—. Está todo lo bien que se puede esperar de una madre tan joven que, además, se halla en tristes circunstancias. Ya no hay inconveniente en que la vea, señora. Puede que incluso le haga bien.

—Y ella, ¿cómo está ella? —insistió mi tía con brusquedad.

El señor Chillip inclinó aún más la cabeza —parecía un pájaro amigable— y miró a mi tía.

—La niña —preguntó de nuevo mi tía—, ¿cómo está?

—Señora —respondió el señor Chillip—, creí habérselo dicho antes: es un niño.

Mi tía guardó silencio, pero cogió su cofia por las cintas y la arrojó a la cabeza del señor Chillip. Luego, se la encasquetó en la suya de mala manera y se marchó para siempre. Se desvaneció como un hada disgustada o como uno de esos seres sobrenaturales que la superstición popular aseguraba que se me aparecerían. Y jamás volvió.

No. Yo estaba en mi cuna; mi madre, en su cama, y Betsey Trotwood Copperfield había vuelto para siempre a la región de los sueños y las sombras, quizá a la espantosa región de donde yo acababa de llegar.

La luna, cuya luz entraba por la ventana de nuestra habitación, se reflejaba sobre la morada terrestre de todos los que nacían y también sobre la sepultura en que reposaban los restos mortales del que había sido mi padre y sin el cual yo jamás habría existido.

II

OBSERVO

Las primeras imágenes que veo muy claramente cuando recuerdo mi infancia son las de mi madre, con sus bonitos cabellos y su aspecto juvenil, y Peggotty, sin ningún aspecto ni edad, con unos ojos tan negros que parecían oscurecer todo su rostro y unas mejillas y unos brazos tan fuertes y enrojecidos que yo me preguntaba por qué los pájaros no los preferirían a las manzanas.

Creo que puedo recordar a estas dos mujeres a cierta distancia de mí, casi a una frente a la otra, arrodilladas en el suelo, mientras comenzaba a dar mis primeros e inseguros pasos. Aún experimento la sensación, que no puedo distinguir de los recuerdos reales, del dedo que Peggotty me tendía, un dedo acribillado por la aguja de coser y tan áspero como un rallador de cocina.

Tal vez sean ilusiones, pero creo que la mayor parte de los hombres pueden conservar una impresión de la infancia mayor de lo que por lo general se supone; creo también que la capacidad de observación está exageradamente desarrollada en muchos niños, y además me parece que esta capacidad es muy exacta. Ello me hace pensar que la mayoría de los hombres que son notables por dicha facultad lo son más porque no la han perdido que por haberla adquirido; la mejor prueba es que, por lo general, esos hombres conservan cierta frescura y espontaneidad y una gran capacidad de agradar que también es herencia conservada de la infancia.

Podrá tachárseme de divagador por detenerme a explicar estas cosas, pero ello me obliga a hacer constar que extraigo todas estas conclusiones en parte de mi propia experiencia, y por esta razón si hay alguien que piensa que en este relato me presento como un niño de aguda observación, o como un hombre que conserva un intenso recuerdo de su infancia, ese alguien puede estar seguro de que tengo perfecto derecho a ambas características.

Como iba diciendo antes, al mirar hacia la semioscuridad de mis años infantiles, lo primero que recuerdo y que sobresale por sí solo entre la terrible confusión de todas las demás cosas es a mi madre y a Peggotty. ¿Qué más recuerdo? Veamos.

También, de entre la bruma, surge nuestra casa, tan unida a mis primeros recuerdos. En la planta baja, la cocina de Peggotty, abierta al patio, en cuyo centro hay un palomar vacío, y en uno de los rincones, una enorme caseta de perro, pero sin perro; donde, además, hay gran cantidad de polluelos que a mí me parecían gigantescos y que correteaban por allí en actitud feroz y amenazadora. Hay un gallo que se sube a un palo y que, cuando lo miro desde la ventana de la cocina, me observa con tanta atención que resulta estremecedora. ¡Es tan fiero! Asimismo hay unas cuantas cosas que se dirigen hacia mí asomando sus largos cuellos por la reja cuando me acerco a ellas. Por la noche sueño con ellas igual que podría soñar un hombre que, rodeado de fieras, se duerme pensando en los leones.

También hay un largo pasillo, ¡qué enorme perspectiva conservo de él!, y que conduce desde la cocina de Peggotty hasta la puerta de entrada. Una oscura despensa abre su puerta al pasillo. Es este un lugar por donde hay que pasar corriendo por la noche, porque ¿quién sabe lo que puede ocurrir entre todas esas ollas, esos frascos y esas cajas de té, sin nadie por allí ni más luz que la de un quinqué, desde donde sale por la puerta entreabierta olor a jabón, a velas y a café, todo ello mezclado? Luego hay otras dos habitaciones: el gabinete, donde, por las tardes, estamos siempre mi madre y yo, juntamente con Peggotty, pues esta siempre nos acompaña cuando no hay visitas y ha terminado sus quehaceres, y la sala, donde únicamente estamos los domingos. La sala es mucho mejor que el gabinete, pero no se está a gusto. Para mí hasta tiene un aspecto de tristeza enorme. Peggotty me contó —no sé cuándo, pero me da la impresión de que hace siglos— que allí se habían celebrado los funerales de mi padre, rodeado de parientes y amigos, cubiertos todos ellos con mantos negros.

Además, mi madre, un domingo por la noche, nos leyó allí a Peggotty y a mí la resurrección de Lázaro de entre los muertos. Aquello me sobrecogió de tal modo que después, cuando ya estaba acostado, tuvieron que sacarme de la cama y mostrarme desde la ventana de mi alcoba el cementerio, donde reinaba una tranquilidad absoluta, con sus muertos durmiendo en las tumbas bajo la pálida solemnidad de la luna.

Me parece que no había nada tan verde como el musgo de aquel cementerio, ni nada tan frondoso como sus árboles, ni nada tan tranquilo como sus tumbas. Cuando, por la mañana temprano, me arrodillo en la cuna en mi cuarto, junto a la habitación de mi madre, y miro por la ventana para ver a los corderos que pacen en el prado, y veo la luz roja que se refleja en el reloj de sol, pienso para mí: «¡Qué alegre es el reloj de sol!». Y me asombra mucho que siga marcando las horas.

Recuerdo nuestro banco de la iglesia, con su alto respaldo de madera, junto a una ventana por la que podemos ver nuestra casita. Peggotty no deja de mirarla ni un momento. Quizá le guste estar segura de que nadie le roba ni se produce ningún incendio. Pero, aunque los ojos de Peggotty van de un lado a otro, se molesta mucho si yo hago lo mismo que ella y me hace señas para que esté quieto y mantenga la mirada fija en el sacerdote. Pero yo no puedo estar mirándolo siempre. Cuando no tiene puesta la túnica blanca, sí que es muy amigo mío; pero allí temo llamar su atención si lo miro muy fijamente, y se me ocurre pensar que quizá interrumpa el oficio para preguntarme por qué lo miro tanto. ¿Qué haré, Dios mío?

Bostezar es cosa fea, pero ¿qué le voy a hacer? Miro a mi madre y noto que simula no verme. Miro a otro chico que tengo cerca, y comienza a hacerme muecas de burla. Miro un rayo de sol que entra por la puerta entreabierta del pórtico; pero allí también veo una oveja extraviada —y no me refiero a un pecador, sino a un cordero— que está a punto de entrar en la iglesia. Y comprendo que si sigo mirándola terminaré por gritarle que se vaya, ¿qué sería de mí entonces? Miro hacia las monumentales inscripciones de las tumbas y trato de pensar en el difunto señor Bodgers, miembro de esta parroquia, y en la pena que habrá sentido la señora Bodgers ante la muerte de su marido, después de una larga enfermedad, ante la cual la ciencia de los médicos no pudo hacer nada, y me pregunto si habrán consultado también al señor Chillip en vano. Y en tal caso, ¿cómo podrá ir allí el señor Chillip y estar recordándolo cada semana? Miro hacia el señor Chillip, que luce su corbata de domingo; después miro al público y pienso en lo bien que se podría jugar allí. El púlpito sería la fortaleza; otro chico subiría por la escalera lanzándose al ataque, pero le arrojaríamos el almohadón de terciopelo, con sus borlas doradas y todo, a la cabeza. Poco a poco, noto que se me van cerrando los ojos. Todavía oigo los cánticos del clérigo; hace mucho calor. Ya no oigo nada hasta el momento en que me caigo del banco haciendo mucho ruido, y Peggotty me saca de la iglesia más muerto que vivo.

Ahora veo la fachada de nuestra casa, y están abiertas las ventanas de los dormitorios, por las que penetra un aire embalsamado, y veo también los viejos nidos de cuervo que aún se balancean en las ramas. Estamos en el jardín, en la parte posterior de la casa, porque delante hay otro patio con el palomar y la caseta del perro. Es un lugar lleno de mariposas y lo recuerdo cercado por una barrera alta que se cierra con una cadena: allí los frutos maduran en los árboles, más ricos y abundantes que en ninguna otra parte del mundo; y mientras mi madre los recoge en su cesta, yo, detrás de ella, me apodero furtivamente de algunas grosellas simulando que no me muevo. Se levanta una ventolera y el verano huye de nosotros. En las tardes de invierno jugamos en el gabinete y, cuando mi madre está cansada, se sienta en su butaca, riza sus largos bucles entre los dedos o se contempla el talle. Y nadie sabe mejor que yo lo que le agrada mirarse y lo contenta que está de ser tan hermosa.

Esa es una de mis impresiones más lejanas; esta y cierta idea de que los dos —mi madre y yo— teníamos un poco de miedo a Peggotty, y nos sometíamos a casi todo bajo sus órdenes. Estas fueron algunas de mis primeras opiniones, si es que pueden llamarse así, sobre lo que veía.

Una noche estábamos Peggotty y yo solos, sentados junto al fuego. Yo había estado leyendo a Peggotty un libro que trataba de cocodrilos; pero debía de leerlo muy mal o a la pobre mujer le interesaba muy poco mi lectura, porque recuerdo que la vaga impresión que le quedó de esta fue que se trataba de algo relacionado con las legumbres. Me había cansado de leer y me caía de sueño, pero como tenía permiso para permanecer levantado hasta que volviera mi madre, que entonces estaba pasando la velada en casa de unos vecinos, como es natural, habría preferido morir en mi puesto antes que irme a dormir.

Había llegado a ese estado de sueño en el que me parecía que Peggotty se hinchaba y crecía de un modo realmente gigantesco. Me sostenía los párpados con los dedos para que no se me cerrasen y la miraba con insistencia, mientras ella seguía trabajando; también miraba el pedacito de cera que tenía para el hilo —¡qué viejo estaba y qué arrugado por todas partes!—, y la cajita donde guardaba el metro, y el costurero con su tapa corrediza que tenía pintada una vista de la catedral de Saint Paul, con la cúpula de color rosa, y el dedal de cobre puesto en su dedo, y a ella misma, que realmente me parecía encantadora.

Tenía tanto sueño que estaba convencido de que, en el momento en que perdiera de vista cualquiera de aquellas cosas, me sentiría perdido.

—Peggotty —dije de repente—, ¿has estado casada alguna vez?

—¡Dios mío, Davy! —exclamó Peggotty—. ¿Cómo se te ha ocurrido pensar en eso?

Me contestó tan sorprendida que casi me espabilé, y dejando de coser me miró fijamente, a la vez que sostenía en alto la aguja todo lo alejada de sí que el hilo le permitía.

—Pero ¿nunca has estado casada, Peggotty? —pregunté—. Tú eres una mujer muy guapa, ¿verdad?

Se me antojaba de un estilo muy diferente al de mi madre; pero, dentro de otro género de belleza, me parecía un ejemplar perfecto.

Había en el gabinete un taburete tapizado en terciopelo rojo, en el que mi madre había pintado un ramillete; el fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran para mí una misma cosa. El terciopelo del taburete era suave, y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso era lo de menos.

—¿Yo guapa, Davy? —contestó Peggotty—. No, por Dios, querido, pero ¿quién te ha metido esas cosas en la cabeza?

—No lo sé. Y uno no puede casarse con más de una persona a la vez, ¿verdad, Peggotty?

—Claro que no —replicó ella rotundamente.

—Y si uno se casa con una persona y esa persona se muere, ¿entonces puede casarse con otra? Dime, Peggotty.

—Si se quiere, sí se puede, querido; pero eso ya es una cuestión de gustos.

—Pero ¿cuál es tu opinión, Peggotty?

Yo le preguntaba y la miraba con curiosidad, porque me daba cuenta de que ella también me observaba con gran curiosidad.

—Yo creo —dijo Peggotty, dejando de mirarme y poniéndose a coser después de un momento de vacilación— que no opino nada porque nunca he estado casada ni pienso estarlo. Eso es todo lo que sé sobre el asunto, Davy.

—Pero no te habrás enfadado conmigo, ¿verdad? —pregunté después de un rato de silencio.

Me parecía que se había enfadado, porque me había respondido de forma muy lacónica; pero me equivocaba por completo, ya que dejó a un lado su labor —una media suya— y, abriendo mucho los brazos, me cogió la rizada cabeza y me estrechó con fuerza. Estoy seguro de que fue con fuerza porque, como Peggotty era muy rolliza, en cuanto hacía un pequeño esfuerzo, los botones de su vestido le saltaban inmediatamente. Y recuerdo que, en aquella ocasión, salieron disparados hasta el otro extremo de la habitación.

—Ahora léeme algo sobre los crocrodilos —me dijo, pronunciando mal la palabra «cocodrilos»—, porque no me he enterado ni de la mitad.

Yo no comprendía por qué me parecía tan extraña ni por qué sentía ella aquella ansia de que volviésemos a ocuparnos de los cocodrilos. Pero volvimos a los monstruos con renovado interés por mi parte, y tan pronto dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol, como corríamos con ellos hostigándolos o dando muchas vueltas a su alrededor, pero tan rápidas que ellos, debido a su dificultad para moverse con agilidad, no podían seguir. Después los perseguimos hasta el agua, como los indígenas, e introdujimos en sus grandes fauces largas estacas de madera. En resumen, llegamos a sabernos de memoria todo lo relativo a los cocodrilos, al menos yo. De Peggotty no puedo responder, pues estaba tan distraída que no hacía más que pincharse con la aguja en la cara y en los brazos.

Habiendo agotado todo lo referente a los cocodrilos, íbamos a empezar con los caimanes, cuando sonó la campanilla del jardín. Nos acercamos a abrir. Era mi madre. Me pareció que estaba más bonita que nunca; y con ella iba un caballero de hermosas patillas y cabellos negros, a quien yo conocía por habernos acompañado a casa desde la iglesia el domingo anterior.

Cuando mi madre se detuvo en el umbral para cogerme en brazos y besarme, el caballero dijo que yo tenía más suerte que un rey, o algo parecido, y esta es una cosa que más tarde logré aclarar un poco.

—¿Qué significa eso? —le pregunté por encima del hombro de ella.

El hombre me acarició la cabeza, pero sin saber por qué no me gustó su profundo tono de voz, y tuve celos de que su mano tocara la de mi madre cuando ella me acarició. Lo rechacé con toda la fuerza que pude.

—¡Oh, Davy! —me reprochó mi madre.

—¡Querido niño! —exclamó el caballero—. Lo cierto es que no me sorprende su adoración...

Jamás vi un color tan hermoso en el rostro de mi madre.

Me regañó con dulzura por mi brusquedad, y, estrechándome entre sus brazos, dio las gracias al caballero por haberla acompañado. Mientras hablaba, le tendió una mano dirigiendo la mirada hacia mí.

—Dame las buenas noches, muchacho —dijo el caballero, después de inclinarse (¡yo lo vi!) para besar la mano de mi madre.

—¡Buenas noches! —dije.

—Ven aquí. Tenemos que ser los mejores amigos del mundo —insistió riendo—, dame la mano.

Mi madre tenía entre las suyas mi mano derecha; pero yo estaba decidido a no dársela. Así que le tendí la otra.

—¡Cómo! Esa es la mano izquierda, Davy —dijo el caballero.

Mi madre le alargó mi mano derecha; pero yo había resuelto no dársela y la retiré. Una vez más volví a tenderle la izquierda, que el caballero estrechó cordialmente y, tras manifestar que yo era un buen chico, se retiró. Un momento después vi cómo se volvía desde la puerta del jardín y nos lanzaba una última mirada, con sus ojos negros de mal agüero, antes de que la puerta se cerrara. Peggotty, que no había pronunciado una sola palabra ni movido un solo dedo, puso enseguida los cerrojos y entramos en el gabinete. Mi madre, contra su costumbre, en lugar de tomar asiento en una butaca junto al fuego, permaneció en el otro extremo de la habitación canturreando.

—Espero que haya usted pasado una velada agradable —dijo Peggotty, rígida como una estaca, desde el centro de la habitación, sosteniendo una palmatoria.

—Sí, Peggotty, muchas gracias —respondió mi madre en tono alegre—. Lo he pasado muy bien.

—Siempre es agradable conocer a alguien nuevo —comentó Peggotty.

—Cierto, es muy agradable.

Peggotty siguió inmóvil en medio de la habitación, mientras mi madre reanudaba su cantinela. Me dormí, pero no con un sueño profundo, pues me parecía oír sus voces, aunque no entendía lo que decían. Cuando desperté de aquella desagradable modorra, me encontré a Peggotty y a mamá hablando y llorando a la vez.

—Una persona así no le habría gustado al señor Copperfield —decía en aquel momento Peggotty—. Se lo digo a usted sinceramente.

—¡Dios mío! —exclamó mi madre—. ¿Quieres volverme loca? Jamás ninguna pobre muchacha ha sido tratada tan cruelmente por sus criados. Además, sería injusta conmigo misma si me considerase todavía una muchacha. ¿Acaso no he estado ya casada, Peggotty?

—Bien sabe Dios que sí, señora.

—¿Cómo eres capaz, Peggotty —preguntó mi madre—, de hacerme tan desgraciada, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que fuera de aquí no tengo a nadie que me consuele?

—Razón de más para asegurarle que no le conviene —discurrió Peggotty—. No, no puede ser. No debe usted hacerlo. ¡No!

Peggotty gesticulaba en aquel momento con tal énfasis que hubo un momento en el que creí que lanzaría la palmatoria al aire.

—¿Cómo puedes ofenderme de esa manera y hablar en forma tan poco justa? ¿Por qué te empeñas en considerar esto como cosa decidida, cuando te repito que no ha traspasado los límites de una cortesía normal? Hablas de admiración. ¿Qué puedo hacer yo? Si la gente es tan necia que siente esa admiración, ¿tengo yo la culpa? Te vuelvo a preguntar: ¿acaso puedo hacer algo para impedirlo? Tú querrías que me afeitara la cabeza y me tiznara el rostro, o que quedara desfigurada por una quemadura, o me escaldase, o algo parecido. Estoy segura de que eso es lo que deseas, Peggotty; estoy segura de que te daría una gran alegría.

Tuve la impresión de que Peggotty se tomaba muy en serio la reprimenda.

—Y mi niño, ¡mi hijo querido! —continuó mi madre, al tiempo que se acercaba a la butaca donde yo me hallaba medio dormido para acariciarme—. ¡Mi pequeño Davy! ¡Decir que no quiero a mi mejor tesoro! ¡El más pequeño y querido compañero que haya existido jamás!

—Nunca ha sido así ni nadie ha insinuado semejante cosa —repuso Peggotty.

—Sí, Peggotty, lo sabes muy bien, eso es lo que has querido decirme con tus palabras. No eres buena conmigo, puesto que sabes tan bien como yo que únicamente por él no me compré el mes pasado una sombrilla nueva, a pesar de que la verde está completamente destrozada y pronto me quedaré sin ella. Lo sabes, Peggotty, ¡no puedes negarlo! —Luego, volviéndose cariñosamente hacia mí, apretó su mejilla contra la mía y añadió—: ¿Soy una mala madre para ti, Davy? ¿Soy una madre horrible, egoísta y cruel? Di que lo soy, hijo mío, di que sí y Peggotty te querrá. El cariño de Peggotty vale mucho más que el mío, Davy. Yo no te quiero nada, ¿verdad?

En aquel momento los tres estallamos en llanto. Creo que era yo quien lloraba con más fuerza, pero estoy seguro de que todas nuestras lágrimas eran sinceras. Me sentía abatido y temo que, en los primeros arrebatos de herida ternura, llamé «bestia» a Peggotty. Aquella excelente criatura se hallaba sumida en la más terrible aflicción, lo recuerdo bien, y estoy casi seguro de que en aquella ocasión debió de quedarse sin un solo corchete en su vestido, pues algunos saltaron por los aires cuando, después de reconciliarse con mi madre, se arrodilló junto al sillón para hacer lo mismo conmigo.

Nos fuimos a la cama muy deprimidos. Mis sollozos me tuvieron desvelado durante mucho tiempo, y cuando un sollozo más fuerte me obligó a incorporarme en la cama, vi a mi madre sentada a los pies e inclinada hacia mí. Me arrojé en sus brazos y me dormí profundamente.

No sé si fue al día siguiente, domingo, cuando vi de nuevo a aquel caballero, o si pasó más tiempo antes de que volviera a presentarse. No puedo recordarlo, y no pretendo fijar fechas; pero sé que volví a verlo en la iglesia y que después nos acompañó a casa. Además, entró para admirar un hermoso geranio que teníamos en la ventana del gabinete. No me pareció que se fijara mucho en el geranio, pero, antes de irse, pidió a mi madre una flor. Ella le dijo que él mismo cortara la que más le gustara, pero él se negó. No comprendí por qué y entonces mi madre, arrancando una pequeña flor, se la entregó.

El caballero dijo que nunca, nunca, se separaría de ella; yo pensé que debía de ser muy tonto, puesto que no sabía que al día siguiente o al otro estaría marchita.

Por aquella época, Peggotty empezó a estar menos con nosotros por las noches. Mi madre la trataba con mucha deferencia (me pareció que más que de costumbre) y los tres, aun cuando éramos buenos amigos, notábamos que había ocurrido algo extraño, algo que hacía que no nos sintiésemos cómodos cuando estábamos juntos. Algunas veces yo pensaba que a Peggotty no le gustaba que mi madre luciera todos aquellos vestidos tan bonitos que tenía guardados, ni que fuera tan a menudo a casa de la misma vecina; pero no lograba comprender por qué.

Poco a poco llegué a acostumbrarme a ver al caballero de las patillas negras. Seguía sin gustarme más que al principio y continuaba sintiendo los mismos celos, aunque sin más razón para ello que una instintiva antipatía de niño y un vago sentimiento de que Peggotty y yo debíamos ser suficientes para mi madre, sin necesidad de nadie más; pero seguramente, de haber sido mayor, yo no habría razonado así.

Podía observar pequeñas cosas; pero formar un todo con ellas era un trabajo que superaba mis fuerzas.

Una mañana de otoño estaba yo con mi madre en el jardín, cuando el señor Murdstone, entonces ya sabía su nombre, pasó por allí, a caballo. Se detuvo un momento para saludar a mi madre y dijo que iba a Lowestoft, donde tenía unos amigos, dueños de un yate, y propuso a continuación alegremente llevarme hasta allí montado en la silla, si me gustaba pasear.

Era un día claro y alegre, y el caballo, mientras piafaba y relinchaba a la puerta del jardín, parecía tan contento de pensar en el paseo que decidí acompañarlos.

Subí corriendo a que Peggotty me vistiera. Entretanto, el señor Murdstone desmontó y, con las bridas del caballo bajo el brazo, comenzó a pasear lentamente, arriba y abajo, al otro lado del seto, mientras mi madre también caminaba despacio en el interior del jardín, para hacerle compañía. Me reuní con Peggotty y los dos miramos hacia el exterior por la pequeña ventana de mi cuarto. Recuerdo muy bien lo cerca que ambos parecían examinar el seto que había entre ellos mientras caminaban arriba y abajo; y recuerdo asimismo que Peggotty, que poco antes estaba de muy buen humor, repentinamente cambió y comenzó a cepillarme la cabeza a contrapelo de forma muy violenta.

Pronto estuvimos el señor Murdstone y yo trotando a lo largo del verde seto, siguiendo un lado del camino. Me sostenía cómodamente con un brazo, pero yo no me podía estar tan quieto como de costumbre y no dejaba de pensar, a cada momento, en volver la cabeza para mirarlo. El señor Murdstone tenía unos ojos negros «vacíos». No encuentro otra palabra para expresar esa clase de ojos que carecen de profundidad, ojos en los que se puede sumergir la mirada y que cuando se abstraen parecen que, por la peculiaridad de la luz, se desfiguran durante un momento. Varias veces lo miré y vi la misma máscara. Me pregunté entonces, con algo de terror, en qué estaría pensando el caballero, abstraído de aquella forma.

Vistos de cerca, sus cabellos y patillas me parecieron más negros y más abundantes; nunca habría creído que fuesen así. La parte inferior de su rostro era cuadrada; esto y la sombra de su barba, muy negra, que afeitaba cuidadosamente todos los días, me recordaban unas figuras de cera que habían recibido hacía unos seis meses en nuestra vecindad. Sus cejas, bien trazadas, y el brillante color de su piel (al diablo su piel y al diablo su recuerdo) me hacían pensar, a pesar de mis presentimientos, en que era un hombre guapo. No me extraña que mi pobre y querida madre pensara lo mismo.

Llegamos a un hotel situado a orillas del mar, donde encontramos a dos caballeros fumando en una habitación. Cada uno estaba tumbado sobre por lo menos cuatro sillas, y llevaban puestas unas chaquetas muy amplias. En un rincón había un montón de abrigos, capas marineras y una bandera, todo ello formando un confuso montón.

Cuando entramos, los dos caballeros se pusieron en pie perezosamente y exclamaron:

—¡Hola, Murdstone! ¡Creíamos que te habías muerto!

—Todavía no ha llegado la hora —replicó Murdstone.

—¿Quién es este mozalbete? —preguntó uno de los caballeros.

—Se llama Davy —contestó Murdstone.

—Davy, ¿qué más? ¿Jones?

—Copperfield —aclaró Murdstone.

—¡Ah, bien! ¡El pequeño estorbo de la seductora señora Copperfield, la linda viudita! —exclamó uno de los caballeros.

—Quinion —murmuró Murdstone casi en voz baja—, cuidado. Hay gente muy avispada.

—¿Quién? —preguntó su interlocutor, echándose a reír.

Yo miré rápidamente hacia arriba; tenía curiosidad por saber de quién hablaban.

—Me refiero a Brooks, de Sheffield —aclaró el señor Murdstone.

Me tranquilizó saber que se trataba de Brooks, de Sheffield, porque en un primer momento creí que se trataba de mí.

Debía de haber algo cómico en la fama de Brooks, de Sheffield, pues los dos caballeros se echaron a reír con ganas al oír su nombre, y al señor Murdstone también pareció divertirle mucho. Después de haber reído un rato, el caballero a quien habían llamado Quinion dijo:

—¿Cuál es la opinión de Brooks, de Sheffield, en lo que se refiere al proyectado asunto?

—No creo que Brooks entienda mucho de ello —repuso Murdstone—, pero en general no me parece favorable.

De nuevo hubo más risas, y el señor Quinion dijo que iba a pedir que sirvieran una botella de jerez para brindar por Brooks. Cuando trajeron el vino, me dio también a mí un poco, con un bizcocho y, antes de que lo bebiera, se puso en pie y exclamó:

—¡Al diablo con Brooks, de Sheffield!

El brindis fue recibido con aplausos y grandes risotadas. Yo reí también. Los caballeros siguieron riéndose durante un rato y recuerdo que todos nos divertimos mucho.

Después estuvimos paseando y más tarde nos sentamos en la hierba. Luego estuvimos mirándolo todo a través de un telescopio. Yo no veía nada de nada cuando colocaban el telescopio ante mis ojos, pero ellos decían que podían ver muy bien. Por fin regresamos al hotel para almorzar. Durante todo el tiempo que estuvimos en la calle, los dos amigos de Murdstone fumaron sin cesar, lo que, a juzgar por el olor que despedían sus ropas, era cosa que debían de haber estado haciendo desde que los trajes salieron de casa del sastre. No debo olvidar que fuimos a visitar el yate. Los tres caballeros bajaron a una cabina, donde estuvieron examinando unos papeles. Yo los veía completamente entregados a su trabajo cada vez que se me ocurría mirar por la claraboya entreabierta. Durante todo este tiempo me dejaron en manos de un hombre encantador, con abundantes cabellos rojos y un pequeño sombrero brillante. También vestía una chaqueta rayada sobre la que se veía escrito en letras mayúsculas ALONDRA. Yo pensé que sería su nombre y que como vivía en un barco y no tenía puerta donde colocar su tarjeta, llevaba su nombre encima; pero cuando le llamé señor Alondra, me dijo que aquel no era su nombre, sino el del barco.

Durante todo el día observé que el señor Murdstone estaba más grave y silencioso que los otros dos caballeros, los cuales parecían muy alegres y despreocupados. Bromeaban constantemente entre ellos, pero muy rara vez lo hacían con el señor Murdstone. También me pareció que este último era más inteligente y más frío, y que lo consideraban de la misma manera que yo lo hacía. Pude observar, asimismo, que una o dos veces, cuando el señor Quinion hablaba, miraba de reojo al señor Murdstone, como si tratara de cerciorarse de que sus palabras no le desagradaban; y en otra ocasión, cuando el señor Passnidge, el otro caballero, estaba más entusiasmado, Quinion le tocó discretamente con un pie y, a continuación, le dirigió una mirada de advertencia para que mirase al señor Murdstone, que se hallaba sentado a cierta distancia de ellos, sumido en un completo silencio. No recuerdo que el señor Murdstone se riese en todo el día, excepto en el momento del brindis por Sheffield, y eso porque en realidad había sido cosa suya.

Regresamos temprano a casa. Hacía una noche muy hermosa y mi madre y él pasearon nuevamente a lo largo del seto, mientras yo iba a tomar el té. Cuando el señor Murdstone se fue, mi madre me preguntó lo que había hecho durante el día y qué habían dicho y hecho los caballeros. Le conté lo que habían dicho de ella, y mi madre, echándose a reír, declaró que eran unos impertinentes que no decían más que tonterías, pero me di cuenta de que le gustaba. Yo lo sabía con la misma certeza que lo sé ahora. Entonces aproveché la ocasión para preguntarle si conocía a Brooks, de Sheffield; pero me contestó que no y que suponía que se trataría de algún fabricante de cuchillos o algo por el estilo.

¿Qué se podría decir del rostro de ella, aun sabiendo que ha cambiado y que no existe, que ha desaparecido para siempre, cuando todavía estoy viéndolo ante mis ojos con tanta claridad como el de una persona a quien se reconocería en medio de una multitud? ¿Qué decir de su inocencia y de su belleza infantil, ya desaparecidas, cuando todavía siento su aliento sobre mi mejilla, como lo sentí aquella noche? ¿Es posible que haya cambiado cuando mi imaginación me la devuelve a la vida, solo así? ¿Y aquel verdadero cariño, el auténtico cariño de madre que aun hoy día, ya hombre, sigo sintiendo igual que entonces?

Al referirme a ella, estoy describiéndola tal como era. Aquella noche, cuando me acosté y entró en mi habitación para besarme, se arrodilló, contenta, junto a mi cama y, apoyando la barbilla en ambas manos, me dijo muy sonriente:

—¿Qué es lo que han dicho, Davy? ¡Repítelo otra vez, no lo puedo creer!

—Que eras una mujer seductora —comencé a decir.

Mi madre puso los dedos sobre mis labios para interrumpirme.

—No, no sería «seductora» —dijo mi madre riendo—, no puede haber sido «seductora», Davy. Estoy segura de que no dijeron eso.

—Sí, mamá, dijeron la «seductora señora Copperfield» —repetí con fuerza—. Y también dijeron que eras muy linda.

—No, Davy, tampoco era «linda», no era «linda» —me interrumpió ella, volviendo a poner los dedos sobre mis labios.

—Sí, lo era, la «linda viudita».

—¡Qué locos! ¡Qué impertinentes! —exclamó mi madre, riendo y cubriéndose el rostro con ambas manos—. Qué hombres tan ridículos, ¿verdad?, Davy querido...

—¿Qué, mamá?

—No se lo digas a Peggotty, se enfadaría con ellos. Yo también estoy enfadada; pero prefiero que Peggotty no lo sepa.

Así se lo prometí, naturalmente. Luego nos besamos muchas veces y, a continuación, caí en un profundo sueño.

Mirando hacia atrás, tengo la impresión de que fue al día siguiente cuando Peggotty me hizo la extravagante y aventurada proposición que voy a relatar, aunque es muy probable que hubiera sido dos meses después.

Una noche estábamos, como siempre que salía mi madre, sentados con el metro, el pedazo de cera, la caja de costura y el libro de los cocodrilos, cuando Peggotty, después de mirarme a hurtadillas varias veces, abrió la boca como si quisiera decir algo —yo creí sencillamente que bostezaba—, porque, de no ser así, me habría alarmado mucho. Pero ella me dijo cariñosamente:

—Davy, ¿te gustaría venir conmigo a pasar quince días en casa de mi hermano en Yarmouth? ¿Te divierte la idea?

—¿Es simpático tu hermano? —pregunté por precaución.

—¡Oh, ya lo creo que es simpático! —exclamó Peggotty, alzando ambas manos—. Además, allí tendrás el mar, el mar y los barcos grandes, y los pescadores, y la playa, y a Am para que juegues con él.

Peggotty se refería a su sobrino Ham, ya mencionado en el primer capítulo, pero hablaba de él como si se tratara de una parte de la gramática.

Aquel programa lleno de placeres y entretenimientos me cautivó y respondí que desde luego me divertiría, pero ¿qué diría mi madre?

—Apuesto una guinea —dijo Peggotty, mirándome fijamente— a que nos deja. Si quieres se lo pregunto en cuanto vuelva.

—Pero ¿qué hará ella cuando nosotros no estemos aquí? —pregunté, apoyando los codos sobre la mesa, como si con el gesto tratara de dar más fuerza a mi pregunta—. ¡No puede quedarse sola!

Me pareció que Peggotty, en aquel momento, quizá un tanto violenta, buscaba un roto en la media que repasaba, pero el roto era muy pequeño y no valía la pena remendarlo.

—Escucha, Peggotty, sabes muy bien que mamá no podría estar sola.

—¡Que Dios te bendiga! —exclamó finalmente Peggotty, mirándome de nuevo—. ¿Es que no lo sabes? Tu madre va a pasar quince días con la señora Grayper. Y la señora Grayper tendrá en su casa a mucha gente.

¡Oh! Si iba a ser así, entonces me sentía dispuesto a ir. Esperé con la más viva impaciencia a que mi madre regresara de casa de la señora Grayper (era nuestra vecina) para estar seguro de que nos permitiría llevar a la práctica nuestra gran idea. Sin ni mucho menos sorprenderse, como yo esperaba, mi madre consintió enseguida; y todo quedó arreglado aquella misma noche, incluso hasta lo que se pagaría por mi alojamiento y manutención durante la visita.

El día de nuestra partida llegó pronto. Lo fijaron tan cercano que tuve la impresión de que había llegado demasiado pronto. Lo esperaba con impaciencia febril, y temía que un terremoto, una erupción volcánica o cualquier convulsión de la naturaleza llegara a interponerse, interrumpiendo el viaje. Debíamos ir en el carro de un recadero que partía por la mañana después del desayuno. Hubiese dado dinero por vestirme la noche anterior y dormir ya con botas y sombrero.

Todavía hoy me conmuevo al recordar lo ansioso que estaba de abandonar mi feliz hogar en aquellos momentos sin sospechar, por supuesto, lo que estaba abandonando para siempre.

Me gusta recordar que, cuando el carro se hallaba en la puerta y mi madre me besaba, me hizo llorar la gran ternura que sentí en aquel instante tanto por ella como por aquel lugar que nunca había dejado. Y me alegra recordar que mi madre también lloró, abrazada a mí, mientras yo sentía latir su corazón contra el mío.

También me gusta recordar que, cuando el carro comenzó a alejarse, mi madre corrió tras él durante un rato, gritando al recadero que se detuviese para poder besarme una vez más, con el rostro serio y lleno de amor, al igual que el mío.

Mi madre se quedó durante un rato inmóvil en la carretera, y, cuando finalmente partimos, el señor Murdstone apareció a su lado. Me pareció que trataba de consolarla. Miré hacia atrás por un lado del toldo del carro y me pregunté por qué aquel hombre se metía en lo que no le importaba.

Peggotty, que también estaba mirando, no parecía sentirse muy satisfecha. Se lo noté en cuanto me fijé en su rostro.

Durante algún tiempo estuve mirando a Peggotty, pensando que si ella quisiera abandonarme como a esos niños de los cuentos de hadas, yo sería capaz de volver a encontrar el camino de casa, nada más que guiándome por los botones de su vestido que salpicaban el camino.

III

UN CAMBIO

Quiero suponer que el caballo del carretero era el animal más perezoso del mundo entero. Avanzaba muy lentamente y con la cabeza baja, como si le gustara hacer esperar a la gente para quien llevaba encargos. Y hasta me pareció que, de vez en cuando, relinchaba alegremente ante tal idea. Sin embargo, el carretero me dijo que relinchaba así porque estaba constipado.

El hombre tenía también la costumbre de llevar la cabeza baja como su caballo, y mientras conducía iba medio dormido, con los brazos apoyados sobre ambas rodillas. Y digo «conducía», pero a mí me parecía que el carro de Yarmouth podría haber ido igual sin él; era evidente que el caballo no lo necesitaba; y, en cuanto a dar conversación, no tenía la menor idea, solo silbaba.

Peggotty llevaba sobre las rodillas una hermosa cesta de provisiones que habría podido durarnos hasta llegar a Londres, aunque hubiésemos continuado el viaje con aquel mismo medio de transporte. Comíamos y dormíamos. Peggotty siempre se dormía con la barbilla apoyada en el asa de la cesta, postura de la que nunca se cansaba; y yo nunca habría creído, de no haberlo oído en persona, que una representante del bello sexo roncara de esa manera.

Dimos tantas vueltas por tantos caminos y estuvimos tanto tiempo descargando la armadura de una cama en una posada y llamando en otros muchos sitios, que estaba ya muy cansado y me puse muy contento cuando tuvimos Yarmouth a la vista. Al contemplar aquella enorme y monótona extensión a lo largo del río, me dio la impresión de que todo estaba esponjoso y empapado, y no acertaba realmente a comprender cómo, si el mundo era en verdad redondo como aseguraba mi libro de geografía, una parte del mismo pudiese ser tan sumamente llana. Si nos imaginábamos Yarmouth situado en uno de los polos, la cosa se explicaba mejor. A medida que nos acercábamos, veíamos extenderse cada vez más el horizonte, como una línea recta bajo el cielo. Le dije a Peggotty que no estaría mal ver de vez en cuando algún otero. Y si la tierra estuviera un poco más separada del mar y la ciudad menos sumergida en el océano, el paisaje sería aún más bello. Pero Peggotty me contestó con más énfasis que de costumbre diciendo que había que tomar las cosas tal y como eran, y que, por su parte, estaba orgullosa de poder decir que era un «arenque» de Yarmouth.

Cuando nos adentramos en la calle principal (que era nueva y extraña para mí) y olí a pescado, pez, estopa y brea, y luego vi a los pescadores paseando y a las carretas yendo de un lado a otro, comprendí que había sido injusto con un pueblo tan trabajador y se lo dije enseguida a Peggotty, que escuchó con entusiasmo mis palabras. Me contestó que era cosa reconocida (supongo que por todos aquellos que tuvieron la suerte de nacer «arenques») que Yarmouth era, indudablemente, el sitio más hermoso del universo.

—¡Allí veo a mi Am! —exclamó Peggotty—. Pero si casi no lo reconozco de lo crecido que está.

En efecto, Ham estaba esperándonos en la puerta de la posada y me preguntó qué tal me encontraba, como si se tratara de un antiguo conocido. Al principio, no tuve la sensación de que le conocía tan bien como él a mí porque no había vuelto a nuestra casa desde la noche en que yo nací, y naturalmente, esto le proporcionaba una gran ventaja sobre mí. Sin embargo, nuestra relación se estrechó mucho más cuando me colocó a horcajadas sobre sus hombros para llevarme a casa. Ham era entonces un muchacho grandullón y fuerte, muy alto de estatura y con una anchura proporcionada, pero con un rostro de expresión infantil y cabellos rubios y rizados que le daban todo el aspecto de un cordero. Iba vestido con una chaqueta de lona y unos pantalones tan tiesos que habrían podido sostenerse solos en pie, sin piernas en su interior. En realidad, no se podía decir que llevase sombrero, pues se cubría con una especie de tejadillo embreado.

Ham me llevaba sobre sus hombros y con una maleta bajo el brazo, mientras Peggotty cargaba con la otra maleta. Caminamos por senderos cubiertos de montones de virutas y de arena, y luego pasamos de largo cerca de una fábrica de gas, cordelerías, materiales de construcción y desguace, astilleros para calafatear, herrerías y otros lugares parecidos. Por fin llegamos ante la inmensa extensión que ya había visto a lo lejos. Entonces Ham dijo:

—Esta es nuestra casa, señorito Davy.

Miré en todas direcciones, observando detenidamente aquel desierto que nos rodeaba, por encima del mar y en la orilla, pero no conseguí divisar ninguna casa. Lo que sí vi fue una barcaza negra o algo que se parecía a una vieja embarcación, no muy lejos, alta y seca, varada en la arena con una chimenea de hierro, por la que salía una fina nubecilla de humo en forma de columna, prestando a la vieja embarcación cierto aire de hogar, pero no conseguí ver otra cosa que pudiera parecerse a una vivienda.

—No será eso, ¿verdad? —pregunté—. ¿Eso que parece una barca?

—Así es, señorito Davy —asintió Ham.

Si hubiese sido el palacio de Aladino con todas sus maravillas, creo que no me habría sentido más encantado con la romántica idea de vivir allí. En uno de sus costados había una preciosa puerta abierta y tenía ocho ventanas muy pequeñas. Pero su mayor encanto residía en que era un barco de verdad, y no cabía duda alguna de que había estado sobre las olas cientos de veces; desde luego no había sido construido para que sirviera de vivienda en tierra firme. Eso era lo que más me cautivaba. Si la embarcación se hubiera construido para vivir en ella, quizá me habría parecido demasiado pequeña, incómoda o excesivamente aislada; pero, al no haber sido destinada a tal uso, resultaba una morada perfecta.

Su interior aparecía muy limpio y ordenado. Había una mesa y un reloj holandés, una cómoda y, sobre esta, una bandeja de té que tenía pintada una dama con sombrilla paseando con un niño de aspecto marcial que jugaba con un aro. Una Biblia impedía que la bandeja se cayera. De haber ocurrido así, tal vez habría arrastrado en su caída gran cantidad de platos, tazas, platillos y una tetera que se agrupaban a su alrededor. En las paredes había algunas estampas enmarcadas; todas de temas de las Sagradas Escrituras. Más tarde, cuando llegué a ver aquella clase de estampas en manos de los vendedores ambulantes, siempre recordé el interior de la «vivienda» del hermano de Peggotty. Abraham, vestido de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac, vestido de azul, y Daniel, ataviado de amarillo dentro de un foso lleno de leones de color verde, eran las imágenes que más sobresalían entre las demás. Sobre la repisa de la chimenea había un cuadro de Sarah Jane, hecho en Sunderland, con una auténtica popa de madera incrustada en el cuadro. Se trataba de una obra de arte que, en aquel momento, consideré como uno de los más preciados tesoros del mundo entero. En las vigas del techo había varios ganchos de hierro, cuyo uso entonces no pude adivinar. Algunos baúles y cajones servían de asiento.

Vi todo esto de una sola ojeada, nada más franquear el umbral, observándolo todo, naturalmente, con los ojos de un niño. Entonces Peggotty abrió una pequeña puerta y me enseñó mi habitación. Era la más completa y acogedora que nunca había visto. Se hallaba situada en la popa del barco y tenía una ventanita, lugar por donde anteriormente había pasado el eje del timón. De la pared colgaba un pequeño espejo, precisamente a la altura de mi cabeza, enmarcado por una serie de conchas; también había un ramo de plantas marinas en un cacharro azul, sobre la mesilla, y una cama pequeña en el rincón. Las paredes estaban enjalbegadas de blanco, y la colcha, hecha con trozos de telas, me cegaba con el brillo de sus colores.

Una cosa que noté con particular atención en aquella encantadora casa fue el olor a pescado. Era tan penetrante que, cuando saqué el pañuelo para sonarme, tuve la impresión de que este había servido anteriormente para envolver alguna langosta. Cuando confié este descubrimiento a Peggotty, ella me explicó que su hermano se dedicaba a la venta de cangrejos y langostas y, en efecto, más tarde encontré gran número de ellos amontonados en enormes cantidades. No se estaban quietos ni un momento; arañaban y mordisqueaban todo lo que encontraban en el lugar donde se hallaban encerrados, en el que también se guardaban las ollas y las sartenes.

Nos recibió una mujer muy educada que llevaba un delantal blanco y a la que yo había divisado a unos cuatrocientos metros de distancia saludándonos con la mano, cuando Ham me llevaba sobre sus hombros. A su lado, se hallaba la niña más encantadora del mundo (así me lo pareció) con un collar de perlas azules, pero no me permitió besarla cuando intenté hacerlo y echó a correr. Después de haber comido en gran abundancia pescado cocido, mantequilla y patatas, con una chuleta para mí, entró en la vivienda un hombre de largos cabellos, con cara de buena persona. Llamó a Peggotty «muchacha» y le dio un sonoro beso en la mejilla, así que no tuve la menor duda de que era su hermano. En efecto, me lo presentaron como el señor Peggotty, dueño de la casa.

—Me alegro mucho de conocerle —dijo el señor Peggotty—; nos considerará usted gente ruda, señorito, pero siempre dispuestos a servirle.

Le di las gracias y respondí que estaba seguro de que sería feliz en un lugar tan encantador como aquel.

—¿Cómo se encuentra su mamá? —preguntó el señor Peggotty—. ¿La ha dejado usted bien?

Contesté que, en efecto, mi madre se encontraba todo lo bien que podía desearse y añadí que me habían dado muchos recuerdos para él, lo que era una mentira amable por mi parte.

—Le aseguro que se lo agradezco mucho —dijo el señor Peggotty—. Muy bien, señorito, si puede estar usted entre nosotros quince días, contento y a gusto, nosotros nos sentiremos muy orgullosos de disfrutar de su compañía. —Y, al pronunciar estas últimas palabras, miró a su hermana, a Ham y a la pequeña Emily.

Después de hacerme los honores de su casa de forma muy hospitalaria, el señor Peggotty se retiró para lavarse con agua caliente, diciendo que el «agua fría no servía para limpiarle». Pronto regresó. Tenía mucho mejor aspecto, pero estaba tan colorado que no pude evitar pensar que su rostro se parecía mucho a las langostas y los cangrejos con que comerciaba, tras haberlos cocido para su venta.

Después del té y cuando la puerta se cerró, me di cuenta de lo cómoda que era la habitación (las noches eran entonces frías y brumosas) y me pareció que aquel era el retiro más agradable que uno podía imaginarse. Escuchar cómo silbaba el viento sobre el mar, saber que la niebla iba invadiendo poco a poco aquella desolada planicie que nos rodeaba por todas partes y mirar el fuego a la vez que uno pensaba que, en los alrededores, no había más casa que aquella y que, además, era un barco, me parecía cosa de encantamiento.

La pequeña Emily ya había vencido su timidez y se hallaba sentada a mi lado, sobre el más pequeño de los cajones, que precisamente tenía anchura suficiente para los dos, situado además en un rincón muy cerca del fuego.

Peggotty, con su delantal blanco, hacía punto de media al otro lado del hogar. Ella y su labor, con su Saint Paul, su pedazo de cera y su metro, parecía sentirse en su casa, como si no hubiese conocido otra en toda su vida. Ham había estado dándome la primera lección arrodillado en el suelo, donde había extendido unas cartas muy sucias, y en aquel momento trataba de recordar cómo se decía la buenaventura, a la vez que iba dejando impresa la huella de su pulgar en cada uno de los naipes. El señor Peggotty fumaba su pipa. Tuve la impresión de que aquel era un momento propicio para la conversación y las confidencias.

—Señor Peggotty —dije.

—¿Señorito?

—¿Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham porque vive en una especie de arca?

El señor Peggotty pareció reflexionar detenidamente, y luego contestó:

—Nunca le puse ningún nombre.

—Entonces ¿quién se lo ha puesto?

—Su padre.

—¡Yo creía que usted era su padre!

—Su padre era mi hermano Joe.

—¿Y ha muerto, señor Peggotty? —pregunté después de hacer una respetuosa pausa.

—Sí, murió ahogado —repuso el señor Peggotty.

Yo estaba muy sorprendido de que el señor Peggotty no fuese el padre de Ham, y comencé a temer si no estaría también equivocado acerca del parentesco de todos los demás. Tenía tanta curiosidad por saberlo que decidí seguir haciendo preguntas.

—Pero la pequeña Emily —dije, mirando a la niña— sí que es su hija, ¿no es así, señor Peggotty?

—No, señorito, su padre era mi cuñado Tom.

No pude resistir más la tentación e insinué después de otro respetuoso silencio:

—¿También ha muerto, señor Peggotty?

—También murió ahogado, señorito.

Me resultaba difícil continuar hablando del mismo tema, pero sentía tanta curiosidad que seguí preguntando:

—Entonces ¿no tiene usted ningún hijo, señor Peggotty?

—No, señorito —contestó con una leve sonrisa—, soy soltero.

—¡Soltero! —exclamé, atónito—. Entonces ¿quién es esa mujer, señor Peggotty? —Y, al mismo tiempo que hacía la pregunta, señalaba a la mujer del delantal blanco que estaba haciendo punto de media.

—Es la señora Gummidge —repuso el señor Peggotty.

—¿Gummidge, señor Peggotty?

Pero, en aquel momento, Peggotty (me refiero a mi Peggotty particular) empezó a hacerme gestos tan expresivos para que no siguiera haciendo preguntas que no tuve más remedio que sentarme y observar a la silenciosa compañía, hasta que llegó la hora de acostarnos. Entonces y en la intimidad de mi cuarto, Peggotty me explicó que Ham y Emily eran un sobrino y una sobrina huérfanos, a quienes mi anfitrión había adoptado en diferentes épocas, cuando se quedaron sin recursos, y que la señora Gummidge era la viuda de un socio suyo, que había muerto muy pobre. Su hermano, añadió, era un hombre más bueno que el pan y tan sincero como el Evangelio: estos eran siempre los símiles que buscaba Peggotty. También me dijo que a él le disgustaba profundamente que se hablara de su generosidad, y que, si alguien aludía a ese tema en una conversación, daba con el puño derecho un violento golpetazo sobre la mesa (hasta el punto de que en cierta ocasión se la rompió) y lanzaba una horrible blasfemia con tremendas amenazas si se volvía a tocar el asunto de una u otra forma. Por muchas preguntas que hice, nadie pareció dispuesto a explicarme cuál era el significado de aquellas horribles blasfemias que todos consideraban como espantosas imprecaciones.

Pensaba con cariño en la bondad de mi anfitrión, mientras oí cómo las mujeres se iban a la cama, una cama muy parecida a la mía, situada en el otro extremo de la embarcación, y también oí cómo Ham y el señor Peggotty se acostaban en dos hamacas que colgaron de los ganchos que antes había visto en las vigas. Me sentía eufórico, pero poco a poco fui quedándome dormido. A la vez que el sueño se apoderaba de mí, oí cómo el viento silbaba sobre la superficie del mar y sobre la llanura, haciéndolo con tanta fuerza que hubo un momento en el que sentí cierto temor ante la creciente oscuridad de la noche. Pero me convencí de que, después de todo, estábamos en un barco, y que un hombre como el señor Peggotty resultaría muy útil a bordo, en el caso de que sucediera algo.

Sin embargo, nada sucedió hasta que desperté por la mañana. En cuanto el sol se reflejó sobre el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama y corrí con la pequeña Emily a coger guijarros en la playa.

—Debes de saber casi tanto como un marinero, ¿no? —le pregunté.

Yo lo ignoraba todo sobre ella, pero creí que sería un gesto galante por mi parte decirle algo; y, al ver en aquel momento cómo en sus ojos se reflejaba la deslumbrante blancura de una vela, se me ocurrió hacerle aquella pregunta.

—No —respondió Emily, negando con la cabeza—, me da mucho miedo el mar.

—¡Miedo! —exclamé en un tono de suficiencia y mirando fijamente el inmenso océano—. A mí no me da miedo.

—Ah, pero ¡a veces es tan malo! —añadió Emily—. Yo le he visto portarse muy cruelmente con algunos de nuestros hombres. He visto cómo hacía pedazos un barco tan grande como nuestra casa.

—Espero que no fuese el barco en el que...

—¿En el que mi padre murió ahogado? —preguntó Emily—. No, no era ese. Yo nunca llegué a ver ese barco.

—¿Y tampoco a él?

Emily negó de nuevo con la cabeza y respondió casi en voz baja:

—No, que yo recuerde.

¡Qué coincidencia! Inmediatamente le expliqué que yo tampoco había conocido a mi padre, y que mamá y yo habíamos vivido siempre solos en un estado de gran felicidad, de la mayor felicidad que se podía imaginar, y que así vivíamos aún, y que así viviríamos siempre. También le conté que la tumba de mi padre estaba en el cementerio, cerca de nuestra casa, a la sombra de un árbol, y que yo iba allí a pasear muchas mañanas para escuchar el canto de los pájaros. Sin embargo, parecía ser que había algunas diferencias entre la orfandad de Emily y la mía. Ella había perdido a su madre antes que a su padre, y nadie sabía dónde estaba la tumba de este último, aunque era de suponer que se hallaba en algún lugar de las profundidades del mar.

—Y, además —explicó Emily, mientras buscaba conchas en la arena—, tu padre era un caballero y tu madre es una señora, y mi padre era pescador y mi madre, hija de otro pescador, y mi tío Dan también es pescador.

—¿Dan es el señor Peggotty? —pregunté.

—¿El tío Dan? —preguntó Emily a su vez, señalando hacia la embarcación-vivienda.

—Sí, me refiero a él. Debe de ser muy bueno, ¿verdad?

—¿Bueno? —preguntó nuevamente la niña—. Si yo fuera una señora, le daría una chaqueta azul celeste con botones de diamantes, un pantalón de nanquín, un chaleco de terciopelo rojo, un sombrero de tres picos, un gran reloj de oro, una pipa de plata y una caja llena de dinero.

Yo no dudaba de que el señor Peggotty fuese digno de todos aquellos tesoros, pero debo confesar que me costaba trabajo verlo cómodo con todas aquellas prendas puestas que proponía su agradecida sobrina, y dudaba aún más sobre la utilidad del sombrero de tres picos. Sin embargo, guardé para mí aquellos pensamientos tan íntimos.

La pequeña Emily, mientras enumeraba aquellas maravillas, se había detenido y miraba al cielo, como si estuviese contemplando una gloriosa visión. De nuevo nos pusimos a buscar cantos de colores y conchas.

—¿Te gustaría ser una señora? —pregunté.

Emily me miró y se echó a reír diciendo que sí. Luego añadió:

—Me gustaría mucho, porque entonces todos seríamos señores y señoras; yo, mi tío Dan y la señora Gummidge. Y entonces no nos preocuparíamos cuando hubiese tormenta. Quiero decir que no nos preocuparíamos por nosotros mismos, pues estoy segura de que sí nos preocuparíamos mucho por los pobres pescadores y les ayudaríamos con dinero cuando les sucediera algún percance.

Este cuadro me pareció tan satisfactorio que hasta lo consideré probable y expresé la alegría que me causaba pensar en ello. La pequeña Emily tuvo entonces el valor de preguntarme tímidamente:

—Y ahora, ¿no crees que te da miedo el mar?

En aquel momento el mar estaba lo suficientemente en calma para sentirme tranquilo, pero no dudo de que, si hubiese visto una ola algo grande avanzar hacia mí, habría huido ante el pavoroso recuerdo de todos aquellos hombres ahogados. Sin embargo le contesté:

—No. —Y a continuación añadí—: Y me parece que tú tampoco lo temes como dices...

En aquel momento la pequeña Emily caminaba sobre el borde de un viejo rompeolas de madera por el que nos habíamos aventurado, y temí que cayera al mar.

—No es eso lo que me asusta —respondió ella—. Me da miedo cuando sopla el viento con mucha fuerza y tiemblo al pensar en el tío Dan y en Ham, y me parece que oigo sus gritos de socorro. Por eso me gustaría ser una señora. Pero de esto no tengo el menor miedo. ¡Mira...!

De repente escapó de mi lado y corrió sobre un madero que, sobresaliendo desde el lugar en que nos encontrábamos, dominaba las profundas aguas a bastante altura, y sin la menor protección.

Aquel incidente está todavía tan grabado en mi memoria que si fuese pintor podría representarlo sobre el lienzo con absoluta claridad, como si fuese aquel mismo día, la pequeña Emily corriendo hacia su muerte (al menos así me lo pareció entonces) con una mirada que nunca olvidaré, que dirigía hacia la lejanía del mar. Su pequeña figura, ligera, valiente, decidida, regresó muy pronto sana y salva a mi lado, y yo me eché a reír de mis temores y del inútil grito que había lanzado, ya que no había nadie por los alrededores. Pero más tarde, cuando ya era hombre, hubo muchas, muchas veces, que consideré posible (entre esas posibilidades de las cosas ocultas y misteriosas) que en aquella actitud de la niña, en aquella súbita temeridad, y en aquella mirada de desafío al mar, hubiera cierto instintivo placer por el peligro, como si se sintiera atraída hacia su padre, muerto allí, y posiblemente hacia la idea de que su vida pudiese terminar igual aquel día. Hubo un tiempo en el que, siempre, cuando recordaba aquel día, pensaba en que si la vida que esperaba a la niña me hubiese sido revelada en un momento dado, y de tal modo que mi inteligencia infantil hubiera podido entenderla por completo, y si su conservación hubiese dependido de un movimiento de mi mano, ¿debería haberlo hecho? Durante algún tiempo (no aseguro que haya durado mucho) llegué hasta el punto de preguntarme si no habría sido mejor para ella que las aguas se hubieran cerrado sobre su cabeza ante mí, y siempre me he contestado: «Sí, habría sido mejor». Pero esto es quizá prematuro en mi relato. Lo he dicho demasiado pronto. Sin embargo, no importa: dicho está.

Deambulamos después mucho tiempo cargados con cosas que nos parecían muy curiosas y volvimos a dejar cuidadosamente en el agua algunas estrellas de mar (yo, en aquel tiempo, no conocía lo suficiente la especie para saber si nos lo agradecerían o no) y, por fin, emprendimos el camino hacia la vivienda del señor Peggotty. Nos detuvimos un momento bajo el pilón de las langostas para darnos un beso inocente y entramos a desayunar, resplandecientes de salud y alegría.

—Parecen dos jóvenes mavishes —dijo el señor Peggotty.

Sabía que aquello significaba, en su dialecto local, dos tortolitos, por lo que me lo tomé como un cumplido.

No hace falta decir que estaba enamorado de la pequeña Emily. Estoy seguro de que la amaba con mucha más sinceridad y ternura, con mucha mayor pureza y desinterés del que pudo existir más tarde en los demás amores de mi vida. Mi fantasía creaba alrededor de aquella niña de ojos azules algo tan etéreo que hacía de ella un verdadero ángel. Si, en una mañana radiante, la hubiese visto desplegar sus alas y desaparecer volando ante mis ojos, no me habría parecido ni extraño ni imposible.

Acostumbrábamos pasear horas y más horas, en cariñosa compañía, por la monótona llanura de Yarmouth. Los días transcurrían para nosotros como si el tiempo no se desvaneciese, y convertido en niño también, estuviera siempre dispuesto a jugar con los dos. Yo le decía a Emily que la adoraba y que, si ella no me quería, me vería obligado a atravesarme con una espada. Y ella me respondía que sí, y estoy seguro de que así era.

Nunca se nos ocurría pensar en la desigualdad de nuestra posición social ni en ninguna otra clase de dificultades. No nos preocupábamos, porque tampoco pensábamos en el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos hacer más adelante, como tampoco lo que habíamos hecho anteriormente.

La señora Gummidge y Peggotty no cesaban de admirarnos y cuchicheaban por la noche, cuando los dos estábamos tiernamente sentados el uno al lado del otro, sobre nuestro pequeño cajón: «Dios mío, pero ¿no es encantador verlos así?». El señor Peggotty nos sonreía al tiempo que fumaba su pipa, y Ham se pasaba la velada haciendo gestos de satisfacción sin decir nada. Yo supongo que veían en nosotros el mismo encanto que podrían descubrir en un juguete bonito o en un modelo en miniatura del Coliseo.

Pronto me pareció que la señora Gummidge no era siempre todo lo agradable que era de esperar, dadas las circunstancias de su estancia en aquella casa. Casi siempre estaba de mal humor y se quejaba más de lo debido molestando, como era lógico, a todos los demás, que vivían en un espacio tan reducido. Lo sentía mucho por ella, pero había momentos en los que habría sido más agradable (creo) si la señora Gummidge hubiera tenido una habitación para ella sola, donde retirarse a esperar el renacimiento de su buen humor.

En algunas ocasiones, el señor Peggotty iba a una taberna llamada La Voluntad. Lo descubrí porque la segunda o tercera noche después de nuestra llegada antes de que él regresara a casa la señora Gummidge miraba el reloj holandés, entre las ocho y las nueve, comentando que el señor Peggotty estaría todavía en la taberna y, lo que aún era más, que desde por la mañana ella ya sabía que acudiría al local.

Había estado todo el día muy abatida, y por la tarde había comenzado a llorar porque la lumbre despedía mucho humo.

—Soy una criatura sola y sin recursos —fueron las palabras de la señora Gummidge cuando ocurrió aquella desgracia—, todo está en mi contra.

—Eso pasará pronto —dijo Peggotty (me refiero de nuevo a nuestra Peggotty)—, y, además, como usted comprenderá, esto no es menos desagradable para nosotros que para usted.

—¡Yo lo siento mucho más! —exclamó la señora Gummidge.

Era un día muy muy frío, con fuertes ráfagas de viento. La señora Gummidge se hallaba en su rincón de costumbre junto al fuego, lugar que a mí me parecía el más caliente y cómodo. Su silla, sin duda alguna, era el asiento más cómodo de todos. Pero aquel día nada le parecía bien. Se quejaba constantemente del frío diciendo que le producía un dolor en la espalda, que ella llamaba «hormigueo». Por último comenzó de nuevo a llorar, repitiendo que era «una criatura sola y sin recursos y que todo estaba en contra de ella».

—Es verdad que hace mucho frío —comentó Peggotty—, pero todos lo sentimos igual.

—¡Yo lo siento mucho más! —exclamó la señora Gummidge.

Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella se la servía inmediatamente después que a mí, pues se me daba preferencia como si fuera un invitado de distinción. El pescado le pareció pequeño y las patatas se habían quemado un poco. Todos reconocimos que aquello nos decepcionaba, pero ella manifestó una vez más que lo sentía más que nadie y de nuevo comenzó a llorar, haciendo aquella declaración formal con gran amargura.

Cuando el señor Peggotty regresó a casa, aproximadamente a las nueve, la desgraciada señora Gummidge hacía media en su rincón con el aspecto más desgraciado del mundo. Peggotty trabajaba alegremente. Ham estaba arreglando un par de botas de agua, y Emily y yo, sentados el uno al lado del otro, leíamos en voz alta. La señora Gummidge, tras tomar el té, no hizo más observación que lanzar un hondo suspiro de desolación, y después no volvió a levantar los ojos.

—Bien, compañeros —dijo el señor Peggotty sentándose—, ¿cómo vamos?

Todos le dijimos algo y lo miramos, dándole la bienvenida, excepto la señora Gummidge, quien únicamente inclinó la cabeza aún más sobre su labor.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó el señor Peggotty, dando una fuerte palmada—. ¡Vamos, valor, vieja comadre!

La señora Gummidge no parecía muy dispuesta a mostrar valor. Extrajo del bolsillo un viejo pañuelo de seda negro para enjugarse los ojos, pero no lo guardó inmediatamente, sino que volvió a llevárselo a los ojos y una vez más lo dejó sobre su regazo preparado para la siguiente ocasión.

—¿Qué le pasa, señora? —repitió el señor Peggotty.

—Nada —respondió la señora Gummidge—. ¿Viene usted de La Voluntad, Dan?

—Sí, esta noche le hice una visita —respondió el señor Peggotty.

—Me apena mucho obligarlo a ir allí —dijo la señora Gummidge.

—¡Obligarme! No necesito que nadie me obligue —respondió el señor Peggotty, riendo francamente—. Siempre estoy dispuesto a ir por mi cuenta.

—Muy dispuesto —murmuró en voz baja ella—, sí, muy dispuesto, eso es precisamente lo que me entristece, que sea por mi culpa por lo que usted está tan dispuesto.

—¡Por su culpa! No es por su culpa, no lo crea —dijo el señor Peggotty.

—Sí, sí que lo es —dijo la señora Gummidge—. Sé muy bien lo que digo. Sé que soy una criatura sola y sin recursos y que, no solamente todo está en mi contra, sino que molesto a todo el mundo. Sí, sí, siento las cosas con mucha más intensidad que el resto y no me escondo, ¡esa es mi desgracia!

Yo no podía por menos de pensar que, mientras escuchaba aquellas palabras, la desgracia se extendía a algunos otros miembros de la familia, además de abrumarla a ella. Pero al señor Peggotty no se le ocurrió hacer semejante observación; se limitó a repetirle que tuviese valor.

—Yo misma no sé lo que desearía ser; pero sí sé lo que soy. Mis desgracias me han amargado. Las siento y sé que agrian mi carácter. Desearía no sentir nada de nada. Quisiera ser dura de corazón, pero no puedo. Convierto en insoportable el ambiente donde me encuentro, y no me sorprende. Hoy mismo he estado todo el día molestando a su hermana y al señorito Davy.

Al oír esto me sentí conmovido y grité con gran turbación:

—¡No, no nos ha hecho usted nada, señora Gummidge!

—Comprendo que no debería decirlo, pero preferiría ir al asilo y morir allí. Soy una criatura sola y sin recursos, y sería mucho mejor para todos que me fuese y no seguir molestando. Sí, las cosas están en mi contra, y yo también voy en contra de todo. Déjenme que vaya al asilo y les lleve la contraria a todos allí. Dan, lo mejor es que me marche y le libre de esta... de esta molestia.

Tras haber pronunciado dichas palabras, la señora Gummidge se retiró para acostarse. Cuando se fue, el señor Peggotty, que había mostrado una profunda simpatía hacia ella, nos miró a todos y, moviendo la cabeza con esa misma expresión amable, dijo en voz baja:

—Bueno, es que ha estado pensando en el viejo.

Yo no comprendía bien quién era aquel viejo en quien podría pensar la señora Gummidge, hasta que Peggotty, al acostarme, me explicó que se trataba del difunto señor Gummidge, y que su hermano, el señor Peggotty, siempre la compadecía muy sinceramente en aquellas ocasiones en las que incluso llegaba a conmoverse. Un rato después, cuando ya se había acostado en su hamaca, lo oí repetirle a Ham: «Pobrecilla, ha estado pensando en el viejo». Y siempre que la señora Gummidge estuvo de aquel humor durante nuestra estancia en la extraña casa (lo que sucedió bastante a menudo), él repetía la misma disculpa, con el mismo tono de conmiseración.

Así pasaron los quince días, sin más variación que las mareas que alteraban las horas de ir y venir del señor Peggotty y las ocupaciones de Ham. Este último, cuando no tenía trabajo, se venía de paseo con nosotros y nos enseñaba los barcos y las lanchas, y una o dos veces nos embarcó con él. No sé por qué, a veces una ligera impresión se asocia más particularmente con un lugar que otras, aunque creo que esto le sucede a la mayoría de la gente; sobre todo, me refiero a las asociaciones de la infancia. Nunca he oído o leído el nombre de Yarmouth sin recordar al momento cierto domingo por la mañana en la playa: las campanas sonaban en la iglesia; la pequeña Emily se apoyaba en mi hombro; Ham lanzaba perezosamente piedras al agua; y el sol, a lo lejos, en el mar, salía de la niebla como si hiciese un enorme esfuerzo.

Al final, llegó el día de regresar a casa. Me sentía con el valor suficiente para separarme del señor Peggotty y de la señora Gummidge, pero la angustia de mi espíritu al dejar a la pequeña Emily era terrible. Fuimos del brazo hasta la posada donde paraba el carretero. Yo, en el camino, le prometí escribirle (más adelante cumplí mi promesa con letras más grandes que las de los anuncios que se ponen en las casas para alquilar). Al partir, nuestra emoción fue enorme, y si alguna vez en mi vida he sentido hacerse el vacío en mi corazón, fue aquel día.

Durante el tiempo que duró mi visita me había mostrado realmente ingrato con mi casa, de la que no me había acordado prácticamente. Pero tan pronto como estuve en camino, mi conciencia infantil parecía reprochármelo, señalándome la ruta con el dedo, y cuanto más abatido estaba mi espíritu, más sentía que aquel era mi refugio y que mi madre era mi amigo más consolador.

Este sentimiento se apoderaba de mí cada vez con más fuerza, a medida que avanzábamos y que las cosas familiares salían a nuestro encuentro, y me sentía cada vez más excitado por el deseo de encontrarme en sus brazos.

Peggotty, en lugar de unirse a mis arrebatos, trataba de calmarlos (aunque muy tiernamente) y parecía confusa y hasta descontenta.

A su pesar, Blunderstone Rookery saldría a nuestro encuentro en cuanto quisiera el caballo del carretero. ¡Qué bien recuerdo el momento en que vi la casa en aquella tarde gris y fría, con el cielo nublado y amenazando lluvia!

Se abrió la puerta y yo miré, riendo y llorando a la vez, sobreexcitado por la alegría. Pero ¡no era mamá!; era una criada desconocida.

—¿Qué pasa, Peggotty? —exclamé tristemente—. ¿Será que mamá aún no ha vuelto a casa?

—Sí, sí, Davy —dijo Peggotty—, ha vuelto. Espera un momento y te diré una cosa.

Entre su agitación y su natural torpeza para bajar del carro, Peggotty se estaba comportando de una manera extravagante, pero me sentía demasiado desconcertado para decirle nada. Cuando bajó, me cogió de la mano y, con gran sorpresa por mi parte, me metió en la cocina y cerró la puerta.

—¡Peggotty! —exclamé totalmente asustado—. ¿Qué sucede?

—No ocurre nada. ¡Dios te bendiga, mi querido Davy! —contestó, fingiendo alegría.

—Estoy seguro de que ha ocurrido algo. ¿Dónde está mamá?

—¿Dónde está mamá, señorito Davy? —repitió Peggotty.

—Sí. ¿Por qué no ha salido a recibirnos? ¿Para qué hemos entrado aquí? ¡Oh, Peggotty!

Se me llenaron los ojos de lágrimas y sentí que iba a caerme.

—¡Dios te bendiga, querido niño! —exclamó Peggotty, sosteniéndome—. Pero ¿qué te pasa? ¡Habla, pequeño!

—¿No habrá muerto también mamá? ¡Ay! ¿No se ha muerto, Peggotty?

—¡No! —gritó muy alto Peggotty.

Tomó asiento y empezó a jadear diciendo que le había dado un terrible susto.

Le di un abrazo para calmarla y luego permanecí de pie ante ella, mirándola ansiosamente.

—¿Sabes, querido? Debí habértelo dicho antes —señaló Peggotty—, pero no encontré la ocasión de hacerlo. Debí haberlo hecho, pero no acababa de decidirme. —Estas fueron exactamente las palabras de Peggotty.

—Sigue, Peggotty —dije, todavía más asustado que antes.

—Señorito Davy —dijo Peggotty, a la vez que de un manotazo violento se quitaba la cofia—, ¿qué te parece? Sencillamente es... que tienes un nuevo papá.

Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni cómo) que se relacionaba con aquella tumba del cementerio y con la resurrección de los muertos pareció rozarme como si fuese un viento mortal.

—Otro papá nuevo —repitió Peggotty.

—¿Otro nuevo? —repetí.

Peggotty tosió como si acabara de tragarse algo duro y, cogiéndome por una manga, dijo:

—Ven a verle.

—No quiero verlo.

—Tienes que ir a verlo y a tu mamá también.

Entonces no retrocedí y nos acercamos directamente hasta el salón, donde Peggotty me dejó.

A un lado de la chimenea estaba sentada mi madre y, al otro, el señor Murdstone. Mi madre dejó caer su labor y se levantó precipitadamente, pero me pareció que lo hacía con cierta timidez.

—Ahora, mi querida Clara —dijo el señor Murdstone—, ¡recuérdalo! ¡Es preciso dominarse en todo momento!, ¡dominarse siempre! ¡Hola, muchacho! ¿Cómo estás?

Le di la mano. Después de un momento de duda me acerqué a mi madre y la besé. Ella me devolvió el beso, me acarició y apoyó mi cabeza sobre su hombro. Luego volvió a su labor. Yo no podía mirarla. Tampoco me sentía con fuerzas para mirarlo a él. Estaba totalmente convencido de que nos observaba, así que me volví hacia la ventana y fijé mis ojos en los arbustos, cubiertos por el rocío. Tan pronto como pude escapar, subí a la otra planta de la casa. Ya no existía mi antigua y muy amada habitación. Tenía que alojarme mucho más lejos. Volví a bajar la escalera, con la esperanza de encontrar algo que no hubiese cambiado. Todo era diferente. Entré en el patio; pero al cabo de un instante tuve que salir de allí corriendo, pues de la caseta del perro, antes vacía, acababa de salir un perro enorme (con enormes fauces y pelaje negro como él) que se arrojó furioso contra mí, como si tratara de morderme.

IV

CAIGO EN DESGRACIA

Si pudiese citar como testigo a la habitación donde me habían trasladado, todavía hoy (¿quién dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo) podría decir con qué tristeza en el corazón entré en ella. Subí la escalera mientras oía al perro, que aún seguía ladrándome desde el patio. La habitación me pareció triste y extraña, tan triste como yo me sentía, mientras, sentado con ambas manos enlazadas sobre las rodillas, pensaba..., pensaba en las cosas más raras que se me podían ocurrir en aquellos instantes: en la forma de la habitación, en las grietas del techo, en el papel de las paredes, en los defectos de los cristales de la ventana que arrugaban y deformaban el paisaje; y hasta en el lavabo, que debía de tener aspecto de descontento o algo por el estilo, un lavabo con tres patas, que me recordaba, sin saber por qué, a la señora Gummidge en los días que se hallaba bajo la influencia del recuerdo del «viejo». No dejaba de llorar; pero, aunque me sentía muy desgraciado y muerto de frío, lo cierto era que no sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación, comencé a darme cuenta de que estaba apasionadamente enamorado de la pequeña Emily y de que me habían separado de ella para llevarme allí, donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que más me entristecía y, reflexionando sobre ello, terminé por hacerme un ovillo debajo de las mantas y me dormí llorando.

Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», al tiempo que dejaban al descubierto mi cabeza ardiendo. Mi madre y Peggotty me buscaban, y una de ellas era la que acababa de hablarme.

—Davy —dijo mi madre—, ¿qué te pasa?

Me resultó muy extraño que me preguntase en ese tono y respondí:

—Nada.

Recuerdo que después volví la cabeza hacia el otro lado y temí que el temblor de mis labios me hubiese delatado claramente.

—¡Davy! —exclamó mi madre—. ¡Davy, hijo mío!

No habría podido pronunciar otras palabras que me emocionaran más en aquel momento. Oculté mis lágrimas en la almohada y rechacé a mi madre con una mano cuando quiso atraerme hacia ella.

—Esto es obra de tu crueldad, Peggotty —dijo mi madre a continuación—. Estoy segura de que tienes la culpa de esto y verdaderamente me asombra que seas capaz de indisponerme con mi hijo e indisponerle con las demás personas a quienes quiero. ¿Qué significa esto, Peggotty?

La pobre Peggotty, alzando ojos y manos al cielo, respondió con una especie de oración de la gracia que yo solía repetir después de las comidas.

—Que Dios la perdone, señora Copperfield, por lo que acaba de decir, y que nunca tenga que arrepentirse de ello.

—¡Esto es para volverse loca! —exclamó mi madre—. ¡Y en mi luna de miel, cuando ni mi más cruel enemigo sería capaz de arrebatarme ni un solo pedacito de paz o felicidad! Davy, eres un niño muy malo. Y tú, Peggotty, eres una criatura salvaje. ¡Oh, Dios mío! —Mi madre casi gritaba, mirándonos a ambos terriblemente irritada y muy nerviosa. Luego, tras una pequeña pausa, añadió—: ¡Qué triste es la vida hasta cuando uno se cree con el mayor derecho a esperar que sea agradable!

Sentí que una mano me tocaba, e inmediatamente me di cuenta de que no pertenecía ni a mi madre ni a Peggotty. Se trataba del señor Murdstone. Rápidamente salté al suelo, abandonando la cama. Él me cogió por un brazo y me preguntó:

—¿Qué ocurre? Clara, amor mío, ¿ya lo has olvidado? Firmeza, querida.

—Me siento muy triste, Edward —respondió mi madre—; me proponía ser buena, pero ¡estoy tan desesperada!

—En verdad —dijo él—, no me gusta nada oírte decir eso tan pronto.

—Quiero decir que es muy duro que me hagan sufrir así ahora. ¿Y no te parece..., no te parece que es cruel? —le preguntó mi madre, rompiendo a llorar.

Él la atrajo hacia sí, murmuró algo en su oído y la besó. Y yo supe desde aquel mismo momento, lo supe para siempre, al ver la cabeza de mi madre apoyada en el hombro de él y con un brazo rodeando su cuello, que la flexible naturaleza de mi madre se doblegaría cuando él así lo quisiera. Lo supe desde entonces, y así fue.

—Retírate, amor mío —dijo el señor Murdstone—. Davy y yo bajaremos juntos. Amiga mía... —El señor Murdstone se dirigió entonces a Peggotty con expresión amenazadora tras haber despedido a mi madre con una sonrisa en los labios—: ... Amiga mía —repitió—, ¿sabe usted cuál es el nombre de su señora?

—Hace mucho tiempo que la sirvo, señor —contestó Peggotty—, y debo saberlo.

—Cierto —respondió él—, pero me ha parecido que cuando usted subía la escalera se ha dirigido a ella con un nombre que no es el suyo. Ya sabe usted que le he dado el mío. ¡Recuérdelo!

Peggotty, mirándome con inquietud, se inclinó y salió de la habitación sin replicar, dándose perfecta cuenta de lo que él esperaba y de que no tenía ya ninguna excusa para seguir allí.

Cuando nos quedamos solos, el señor Murdstone cerró la puerta y tomó asiento en una silla, ante mí, mirándome intensamente a los ojos. Yo fijé los míos en los suyos con la misma intensidad. ¡Cómo lo recuerdo! Y me parece que una vez más siento latir mi corazón con una fuerza terrible, como en aquellos momentos.

—David —me dijo, apretando mucho sus delgados labios—, si tengo que domar a un potro o a un perro obstinado, ¿qué crees que hago?

—No lo sé.

—Lo azoto.

Le había contestado débilmente, casi con un susurro; pero después, y aun guardando silencio, tenía la impresión de que estaba a punto de faltarme la respiración.

—Le obligo a ceder y a pedir gracia —añadió el señor Murdstone—. Me digo a mí mismo: «Tengo que dominar a este tipo». Y, aunque tenga que derramar toda la sangre de sus venas, lo consigo. ¿Qué es eso que tienes en la cara?

—Barro —respondí.

Él sabía igual que yo que eran las huellas de mis lágrimas; pero aunque me hubiese hecho la pregunta veinte veces más, acompañadas de veinte golpes, creo que se habría roto mi corazón de niño antes que confesar la verdad.

—Para ser tan pequeño eres muy inteligente —dijo el señor Murdstone, con su sonrisa habitual—, y veo que me has entendido. Lávate la cara, caballerito, y baja conmigo.

El señor Murdstone me señaló el lavabo con gesto expresivo, para que le obedeciese. Entonces lo dudé por unos momentos, pero ahora no me cabe la menor duda de que, si no le hubiese obedecido en el acto, me habría dado una paliza sin sentir el menor escrúpulo.

—Clara, querida mía —dijo, cuando después de haber hecho yo lo que ordenaba me condujo al gabinete sin soltarme ni un momento—, espero que no vuelvan a atormentarte. Pronto corregiremos a este joven carácter.

Dios es testigo de que podían haberme corregido para toda la vida y hasta quizá habría sido otra persona distinta si en aquella ocasión me hubiesen dicho alguna palabra cariñosa, unas palabras de ánimo, de explicación, de piedad, que ayudaran en algo a mi ignorancia infantil; unas sencillas palabras de bienvenida a la que para mí era una nueva casa, unas palabras que me tranquilizaran y me convencieran de que aquel seguía siendo mi hogar; así podrían haberme hecho obedecer de corazón en lugar de asegurarse una obediencia hipócrita; podrían haberse ganado mi respeto en lugar de mi odio. Creo que mi madre se entristeció al verme de pie en medio de la habitación, tímido, extraño, y que, cuando fui a sentarme, me seguía con los ojos aún más tristes, prefiriendo quizá las anteriores travesuras de mis carreras infantiles. Pero la palabra no se pronunció, y el momento oportuno para pronunciarla pasó para siempre.

Comimos los tres juntos. El señor Murdstone parecía estar muy enamorado de mi madre, pero no por eso lo juzgué mejor. Ella también parecía estar muy enamorada de él. Comprendí, por lo que decían, que una hermana mayor del señor Murdstone iba a vivir con ellos y llegaría aquella misma noche. No estoy seguro de si fue entonces o después cuando supe que, sin dedicarse activamente a ningún negocio, el señor Murdstone tenía intereses o cobraba una renta anual de los beneficios de una casa comercial de vinos de Londres, con la que su familia contaba ya desde los tiempos de su abuelo, intereses que asimismo también cobraba su hermana, aun cuando esto lo mencionó solo de pasada.

Después de cenar, cuando nos sentamos delante de la chimenea, mientras yo pensaba sobre la forma de escapar de allí para ir a ver a Peggotty, sin atreverme a hacerlo por temor a ofender al dueño de la casa, se oyó el ruido de un coche que se detenía delante de la verja y el señor Murdstone salió a recibir al visitante. Mi madre lo siguió. Yo también lo hice tímidamente. Al llegar a la puerta del salón, que estaba sumido en la oscuridad, mi madre se volvió, y cogiéndome en brazos, como acostumbraba hacerlo antes, me murmuró al oído que amase a mi nuevo padre y le obedeciera en todo. Esto lo hizo apresurada y furtivamente, como si fuese un pecado, pero con mucha ternura, y después conservó su mano en la mía hasta que llegamos cerca de donde él estaba esperando. Allí mamá soltó mi mano y se cogió a su brazo.

La señorita Murdstone acababa de llegar. Era una señora de aspecto sombrío, morena como su hermano, al que se parecía mucho, tanto en el rostro como en la voz; con las cejas muy espesas y casi unidas sobre una gran nariz, como si, al ser imposible para su sexo lucir patillas en ambos lados, se las hubiesen cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros y duros como ella, con las iniciales dibujadas en la tapa mediante clavos de cobre. Cuando pagó al cochero, extrajo el dinero de un portamonedas metálico que luego guardó en un enorme bolso cuya cadena colgaba de su brazo. En mi vida había visto a una persona tan metálica como la señorita Murdstone.

La introdujeron en el salón con muchos aspavientos de bienvenida, y ella, con solemne ademán, saludó a mi madre como a una nueva y cercana pariente. Después, mirándome, preguntó:

—¿Es este tu hijo, hermana mía?

Mi madre me presentó.

—Por lo general, no me gustan los niños —comentó la señorita Murdstone—. ¿Cómo estás, muchacho?

Tras aquellas palabras tan acogedoras, respondí que estaba muy bien y que esperaba que a ella le sucediera igual; pero lo dije con tan poca gracia e indiferencia que la señorita Murdstone me juzgó con tres palabras lapidarias:

—¡Qué maleducado!

Después de decir esto con absoluta claridad, pidió que hicieran el favor de enseñarle su habitación, que desde aquel momento se convirtió para mí en lugar de temor y de odio, donde jamás se veían abiertos los dos baúles negros, ni siquiera a medio cerrar (pues asomé la cabeza una o dos veces cuando ella no estaba en el cuarto), habitación donde una serie de cadenas con cuentas metálicas, con las que la señorita Murdstone se adornaba, colgaban aparatosamente junto al espejo.

Según pude observar, había llegado para quedarse y no tenía la menor intención de irse.

Desde la mañana siguiente comenzó a «ayudar» a mi madre y se pasó todo el día poniendo las cosas en «orden» y dedicándose a cambiar cada una de las antiguas costumbres. La primera cosa notable que observé en ella fue que estaba constantemente preocupada con la sospecha de que las criadas tenían escondido a un hombre en la casa. Bajo la influencia de aquella convicción, inspeccionaba la carbonera a las horas más intempestivas, y casi nunca abría la puerta de un ropero o de una alacena oscura sin volver a cerrarla precipitadamente, en la creencia de que lo había encontrado.

Aunque la señorita Murdstone no tenía nada de aéreo, era una verdadera alondra tratándose de madrugar. Se levantaba (y creo que desde esa hora ya buscaba al hombre) antes que nadie hubiese dado señales de vida en la casa. Peggotty opinaba que debía de dormir con un ojo abierto, pero yo no lo creía, ya que había intentado hacerlo, y me convencí de que era imposible.

La primera mañana después de su llegada llamó antes de que cantara el gallo, y, cuando mi madre bajó para el desayuno y se puso a hacer el té, la señorita Murdstone, dándole un cariñoso pellizco en la mejilla (era su manera de besar), le dijo:

—Ahora, Clara, querida mía, he llegado aquí, como sabes, para evitarte todas las preocupaciones que pueda. Tú eres demasiado bonita y demasiado niña —mi madre enrojeció sonriendo, y no pareció que le desagradaran aquellos adjetivos— para tener sobre ti tantos deberes penosos que puedo resolver yo. Por tanto, si te parece bien, dame las llaves, querida mía, y, en lo sucesivo, yo me ocuparé de todas esas cosas.

Desde aquel momento, la señorita Murdstone no se separó de las llaves. Durante el día las llevaba guardadas en su monedero metálico y durante la noche las guardaba bajo la almohada. Mi madre, en lo sucesivo, ya no tuvo que preocuparse más de ellas.

Sin embargo, no renunció a su autoridad sin tratar de protestar. Una noche en la que la señorita Murdstone había estado explicando ciertos proyectos domésticos a su hermano, quien los aprobaba, mi madre, repentinamente, se echó a llorar y dijo que, por lo menos, podían haberle consultado.

—¡Clara! —exclamó el señor Murdstone—. ¡Clara, me sorprendes!

—¡Oh! Es muy cómodo decir que te sorprendo, Edward —respondió mi madre—, y está muy bien hablar de firmeza; pero a ti tampoco te habría gustado eso.

«Firmeza», según pude observar, era la gran cualidad de que presumían los hermanos Murdstone. No sé si en aquella época habría sabido expresar cómo interpretaba aquel término, en el caso de que me hubieran obligado a explicarlo; pero, desde luego, entendía claramente que aquella palabra quería decir «tiranía» y delataba el carácter terco y arrogante de los dos hermanos. Su credo, como ahora puedo asegurar, era el siguiente: el señor Murdstone poseía una gran firmeza; nadie a su alrededor era tan firme como el señor Murdstone; nadie de cuantos lo rodeaban debía ser firme en absoluto, ya que todos debían doblegarse ante su firmeza. La señorita Murdstone era una excepción; podía ser firme, pero solo de manera relativa y en grado inferior y tributario. Mi madre era otra excepción; podía ser firme y debía serlo, pero solamente sometiéndose a su firmeza y creyendo firmemente que no existía otra firmeza mayor que la de su esposo y su cuñada sobre la tierra.

—Es muy duro —decía mi madre— que en mi propia casa...

—¿Mi propia casa? —repitió el señor Murdstone—. ¡Clara!

—Nuestra propia casa, quiero decir —balbució mi madre, con un miedo evidente—. Espero que entiendas bien lo que quiero decir, Edward, que es muy duro que en tu propia casa yo no pueda decir una palabra sobre los asuntos domésticos. Y, antes de casarme, me las arreglaba muy bien, estoy segura. Hay quien puede atestiguarlo... —Mi madre se echó a llorar, y luego añadió—: Pregúntale a Peggotty si no lo hacía bien cuando nadie se metía en ello.

—Edward —dijo la señorita Murdstone—, déjame poner fin a esto. Me voy mañana.

—Jane —dijo su hermano—, cállate. ¿Es que no conoces mi carácter mejor de lo que tus palabras indican?

—Puedes estar segura —dijo mi madre, que perdía terreno, deshecha en lágrimas— de que no quiero que se marche nadie. Sería muy desgraciada si te fueras. No pido mucho. Soy bastante razonable. Solo quiero que se me consulte de vez en cuando, aunque no sea más que por cortesía. Yo, antes, creía que me querías precisamente por ser una chiquilla sin experiencia, Edward, y tú así me lo asegurabas; pero ahora parece que me odias por ello. ¡Eres tan severo conmigo!

—Edward —dijo de nuevo la señorita Murdstone—, te pido por favor que me dejes poner fin a todo esto. Me voy mañana.

—¡Jane! —tronó su hermano—. ¿Quieres callarte de una vez? ¿Cómo te atreves?

La señorita Murdstone extrajo de su prisión metálica el pañuelo y se lo llevó a sus resecos ojos.

—¡Clara! —continuó el señor Murdstone, mirando a mamá—. Me sorprendes, y me dejas atónito. En efecto, para mí era una gran satisfacción pensar que me casaba con una persona sencilla y sin experiencia y que yo formaría su carácter infundiéndole algo de esa firmeza y decisión que tanto necesitaba. Pero cuando a Jane, que ha sido tan buena que, por cariño hacia mí, quiere ayudarme en esta empresa y para ello está haciendo el papel de ama de llaves; cuando veo que en lugar de agradecérselo la correspondes de manera tan pobre...

—Edward, te lo ruego, te lo suplico —exclamó mi madre—, no me acuses de ingrata. Estoy segura de que no lo soy. Nadie ha dicho nunca que lo fuera. Tengo muchos defectos, pero no ese. ¡Oh, no! Te lo aseguro, querido.

—Cuando Jane se encuentra, como digo —prosiguió él cuando mi madre dejó de hablar—, con una recompensa tan pobre, aquellos sentimientos míos de un principio se entibian y alteran.

—¡No digas eso, amor mío! —imploró mi madre—. ¡Oh, no, Edward! No puedo soportar oírte hablar así. A pesar de todo, soy cariñosa, sé que soy cariñosa. Si no estuviera segura de que lo soy, no lo diría. Pregunta a Peggotty. Estoy segura de que te dirá que sí, que soy muy cariñosa.

—No hay ninguna debilidad, Clara —dijo el señor Murdstone, a modo de réplica—, por grande que sea, que tenga el menor peso ante mis ojos. Tranquilízate.

—Te lo ruego, seamos amigos —dijo mi madre—. Yo no podría vivir entre la frialdad o la dureza. ¡Estoy tan triste! Tengo muchos defectos, ya lo sé, y sé también que tu bondad es mucha, Edward, y que con tu fortaleza tratas de corregirme. Jane, no volveré a hacer objeciones de ninguna clase; me desesperaría que quisieras dejarnos...

Aquello ya era demasiado.

—Jane —dijo el señor Murdstone a su hermana—, es muy raro que entre nosotros se crucen palabras como estas, y espero que no vuelva a ocurrir. No ha sido culpa mía si, por rara casualidad, ha sucedido esta noche. He sido arrastrado a ello por los demás. Tampoco ha sido culpa tuya, pues también has sido arrastrada por los demás. Tratemos los dos de olvidarlo. Y como esta no es una escena muy edificante para un niño, David, vete a la cama.

Difícilmente pude dar con la puerta a través de las lágrimas que me cegaban. ¡Estaba tan triste por la pena que sentía mi madre! Por fin encontré el camino y subí a mi habitación a oscuras, pues no tuve valor ni para dar las buenas noches a Peggotty y pedirle una vela. Cuando ella subió, buscándome, una hora después, me despertó y me dijo que mi madre se había acostado bastante indispuesta y que el señor Murdstone y su hermana seguían aún en el gabinete.

A la mañana siguiente, cuando bajaba, algo más temprano que de costumbre, la voz de mi madre me detuvo en la puerta del comedor. Grave y humildemente, pedía perdón a la señorita Murdstone, quien se lo concedió y así la reconciliación fue perfecta. Desde aquel día no volví a oír a mi madre expresar la menor opinión sobre la menor cosa sin consultar primero con la señorita Murdstone o, por lo menos, sin «tantear» por medios seguros cuál era su opinión. Y nunca vi a la señorita Murdstone, cuando se encolerizaba (tenía esa debilidad), hacer ademán de sacar las llaves para devolvérselas a mi madre, sin ver al mismo tiempo a mamá aterrorizada. El matiz sombrío que había en la sangre de los Murdstone ennegrecía también su religión, que era austera y terrible. Después he pensado que aquello resumía su carácter y que era una consecuencia necesaria de la firmeza del señor Murdstone, que no podía consentir que nadie se librase de los más severos castigos. Sea como fuere, recuerdo muy bien nuestra expresión severa y grave cuando acudíamos a la iglesia y cómo había cambiado también aquello. De nuevo llega a mi memoria aquel terrible domingo. Yo entro el primero para sentarme en nuestro antiguo banco, como un cautivo a quien condujeran al oficio de condenados. Me sigue la señorita Murdstone, ataviada con un vestido de terciopelo negro, que parece estar hecho con un paño mortuorio; después entra mi madre y, a continuación, su marido. Ahora Peggotty ya no está con nosotros como en los buenos tiempos. La señorita Murdstone murmura las respuestas y acentúa todas las palabras terribles con cruel deleite. Y cuando dice «miserables pecadores» sus ojos oscuros recorren toda la iglesia como si se refiriese a todos los presentes. Mi madre mueve tímidamente los labios entre los dos hermanos, cuyas oraciones suenan en sus oídos como un trueno lejano. Yo me pregunto con temor si no será posible que nuestro anciano clérigo esté equivocado y si no tendrán razón el señor Murdstone y su hermana, y todos los ángeles del cielo serán ángeles destructores. Si muevo un dedo o el menor músculo de la cara, la señorita Murdstone me da tales golpes con su libro de oraciones, que me hace daño en el costado.

Sí, me parece ver todo de nuevo. Al regresar a casa, observo que algunos vecinos nos miran a mi madre y a mí cuchicheando. Y, mientras ellos tres caminan delante, sigo aquellas miradas y pienso si será realmente verdad que el paso de mi madre es menos ligero y que la alegría de su belleza ha desaparecido. También me pregunto si los vecinos recordarán, como yo, los tiempos en que regresábamos los dos juntos de la iglesia y, pensando estúpidamente en estas cosas, me paso todo el día triste.

En varias ocasiones se había hablado de enviarme a un colegio. El señor Murdstone y su hermana lo habían propuesto y, como es natural, mi madre había estado de acuerdo. Sin embargo, no habían decidido nada todavía, y, mientras tanto, me hacían estudiar en casa.

¿Llegaré a olvidar algún día aquellas lecciones? Nominalmente era mi madre quien las presidía pero, en realidad, era el señor Murdstone y su hermana quienes estaban siempre presentes y encontraban en ello ocasión favorable para dar a mi madre lecciones de aquella mal llamada firmeza, que resultaba ser el tormento de nuestras existencias. Creo que me retenían en casa solo con tal objeto. Antes de que ellos llegasen, yo tenía bastante facilidad para aprender e incluso me gustaba hacerlo. Recuerdo vagamente cómo aprendí a leer sentado en las rodillas de mamá. Todavía hoy, cuando miro las grandes letras negras de la cartilla, la novedad complicada de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y de la S parece presentarse ante mí como entonces, y este recuerdo no me suscita ningún sentimiento de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me parece haber paseado a lo largo de un sendero de flores hasta llegar al libro de los cocodrilos y haber sido ayudado en todo aquel camino por el cariño y la dulce voz de mi madre. Pero recuerdo aquellas solemnes lecciones que siguieron como un golpe mortal asestado a mi tranquilidad, como una tarea penosa y miserable. Aquellas lecciones eran muy largas, muy numerosas, muy difíciles (algunas ininteligibles para mí) y, además, me tenían siempre asustado, me parece que casi tanto como a mi pobre madre.

Veré si recuerdo lo que solía suceder por las mañanas. Después del desayuno, voy al gabinete con mis libros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi madre está esperándome sentada a su escritorio; sin embargo, no está tan preparada para escucharme como su marido, sentado en la butaca junto a la ventana, fingiendo que lee un libro, o como la señorita Murdstone, sentada a su lado, engarzando sus eternas cuentas de acero. La vista de estos dos personajes ejerce tal influencia sobre mí que empiezo a sentir que se me escapan las palabras, después de lo mucho que me había costado aprenderlas; todas se escapan para ir no sé dónde. Me gustaría saber adónde van todas ellas.

Alargo el primer libro a mi madre; quizá es una gramática, quizá es un libro de historia o de geografía. Al ponerlo en sus manos, lanzo una última y desesperada mirada a la página, y comienzo mi recitado para que no se me olviden las cosas que aún tengo frescas en la memoria. Al poco rato me salto una palabra. El señor Murdstone levanta la vista de su libro. Me salto otra palabra. La señorita Murdstone también la levanta, abandonando su labor durante un segundo. Enrojezco y me salto por lo menos doce palabras y, a continuación, me quedo mudo. Me doy cuenta de que mi madre querría enseñarme el libro si ella misma no tuviera miedo, pero, como no se atreve, me dice con dulzura:

—¡Oh, Davy, Davy!

—Ahora, Clara, hay que mostrarse firme con el chico —dice el señor Murdstone—. No digas «Davy, Davy», eso es una niñería. ¿Sabe la lección o no la sabe?

—No la sabe —interrumpe la señorita Jane, con voz terrible.

—Realmente, me temo que no la sabe muy bien —dice mi madre.

—Entonces, Clara —insiste el señor Murdstone—, lo mejor que puedes hacer es obligarlo a que vuelva a estudiarla.

—Eso es lo que iba a hacer, querido —dice mi madre—. Vamos, Davy, empiézala otra vez y no seas zoquete.

Obedezco a la primera cláusula del mandato y empiezo de nuevo; pero no consigo obedecer la segunda, pues cada vez me muestro más torpe. Me detengo mucho antes de llegar donde antes, en un punto que sabía hacía apenas dos minutos, y me detengo a pensar. Pero no puedo centrarme en la lección. Pienso en el número de metros de tul que habrá empleado en su cofia la señorita Murdstone o en lo que habrá costado el batín de su hermano, o en algún otro problema exactamente igual de ridículo, que no me interesa nada y del que nada puedo sacar en limpio. El señor Murdstone hace un gesto de impaciencia, que yo esperaba desde hacía rato. La señorita Murdstone lo imita. Mi madre los mira con expresión sumisa, cierra el libro y lo deja a un lado, como una tarea atrasada que habrá que repetir cuando haya terminado las demás.

Los libros que es preciso volver a estudiar aumentan como una bola de nieve, y, cuanto más aumentan, más torpe me vuelvo. La situación es tan desesperada —siento que quieren llenarme la cabeza de muchas tonterías— que pierdo la esperanza de salir bien de aquella prueba y me abandono a mi destino.

La desesperación con que mamá y yo nos miramos a cada equivocación mía es profundamente melancólica. Pero lo más horrible de estas desgraciadas lecciones es cuando mi madre, creyendo que nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento de sus labios. Rápidamente, la señorita Murdstone, que está espiando para no perderse nada, exclama en un tono de profunda reconvención:

—¡Clara!

Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe débilmente. El señor Murdstone abandona su butaca, coge el libro y me lo tira a la cabeza, o me pega con él en las orejas. Después me saca de la habitación agarrándome por los hombros.

Si, por casualidad, las lecciones no han estado muy mal, todavía me queda lo peor, bajo la forma de un problema feroz. El propio Murdstone lo ha inventado para mí y lo expone oralmente. Empieza diciendo: «Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil quesos de Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno...». Mientras tanto, me fijo en la secreta alegría de la señorita Murdstone y reflexiono acerca de los quesos sin el menor resultado, sin el menor rayo de luz hasta la hora de almorzar, en la que ya estoy más oscuro que un mulato de tanto restregar la pizarra. Entonces, la señorita Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayudarme a resolver el problema y se me considera castigado para toda la tarde.

Aún hoy, mirando hacia atrás, me parece que mis lecciones terminaban por lo general de esta manera. Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran estado ellos delante; pero su influencia sobre mí era como la fascinación de dos serpientes por un pajarillo. Y aun cuando transcurriese la mañana con un crédito tolerable, solo ganaba con ello la comida; pues la señorita Murdstone no podía soportar verme sin tarea alguna y, en cuanto se percataba de que yo no hacía nada, llamaba la atención de su hermano sobre mí, diciendo: «Clara, querida, no hay nada como el trabajo; que tu hijo haga algún ejercicio», lo que invariablemente me proporcionaba siempre alguna nueva tarea. En cuanto a jugar y divertirme como los demás niños, no me lo consentían; su sombrío carácter les hacía ver a todos los niños como una raza de pequeñas víboras (a pesar de que, en algún tiempo, había habido un niño entre los discípulos de Jesús) y decían que se corrompían unos a otros.

El resultado natural de un tratamiento semejante y continuado durante unos seis meses o más fue que me volví gruñón, sombrío y taciturno. Influía mucho en ello el hecho de que cada vez trataban de separarme más y más de mi madre. Estoy seguro de que me habría embrutecido por completo a no ser por una circunstancia.

Voy a relatarla. En una habitación pequeña del último piso, a la que yo tenía acceso por estar justo al lado de la mía, y en la que nadie se acordaba de entrar, había dejado mi padre una pequeña colección de libros. De aquella bendita habitación salieron, como una gloriosa hueste, para servirme de compañía, Roderick Random, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker, Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe. Gracias a ellos se conservó despierta mi imaginación y mi esperanza sobre algo mejor que aquella vida que llevaba. Ni ellos, ni Las mil y una noches, ni los cuentos de hadas, podían hacerme daño, pues lo que hubieran podido tener de nocivo para mí yo no llegaba a entenderlo todavía. Ahora me sorprende cómo hallaba tiempo en medio de mis sombrías preocupaciones para leer aquello. Y es curioso cómo me consolaban siempre en mis pequeñas pruebas (que a mí me parecían enormes) al identificarme con los caracteres favoritos de esos libros y al poner al señor Murdstone y a su hermana entre todos los personajes malos.

Al menos, durante una semana, fui Tom Jones, un Tom Jones infantil, inocente e ingenuo. Durante más de un mes estuve totalmente convencido de que era Roderick Random; lo creía por completo. También me entusiasmaron los relatos de viajes y aventuras (no recuerdo ahora cuáles) que había en aquella pequeña biblioteca, y, durante días y días, recuerdo haber recorrido mis dominios armado con un trozo de horma de zapato, creyéndome la más perfecta encarnación del capitán X, de la Real Marina inglesa, en peligro de ser atacado por los salvajes y resuelto a vender muy cara su vida. El capitán nunca perdía su dignidad aunque recibiese bofetones por culpa de la gramática latina. Yo sí la perdía; pero el capitán era un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas de todas las lenguas, ya fuesen muertas o vivas.

Este era mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello, aparece siempre en mi mente una tarde de verano; los chicos jugaban en el cementerio y yo, sentado en mi cama, leía como si en ello me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad, todas las piedras de la iglesia y todos los rincones del cementerio se asociaban en mi espíritu con aquellos libros y representaban algunos de los lugares más célebres de ellos. He visto a Tom Pipes escalar hasta el campanario de la iglesia, y a Strap con su mochila al hombro descansando, sentado sobre la tapia, y sabía que el comodoro Trunnion presidía un club con el señor Pickle en la sala de la taberna de nuestra aldea.

El lector conoce ahora tan bien como yo cómo era mi vida al llegar a este punto de mi historia infantil. Voy a reanudarla.

Aquella mañana, cuando llegué al gabinete con mis libros, encontré a mi madre con rostro preocupado, a la señorita Murdstone con su aire de firmeza y a su hermano trenzando algo alrededor de la contera de su bastón, un bastón flexible de junco que, cuando entré, empezó a cimbrear en el aire.

—Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado muchas veces...

—Es la pura verdad —afirmó la señorita Murdstone.

—No lo dudo, mi querida Jane —replicó mi madre—, pero ¿crees realmente que eso hizo mucho bien a Edward?

—¿Y tú crees que me ha hecho mucho mal, Clara? —preguntó el señor Murdstone.

—Esa es la cuestión —dijo su hermana.

Mi madre respondió:

—Ciertamente, querida Jane. —Y no dijo nada más.

Me sentí personalmente interesado en aquel diálogo y trataba de indagar en los ojos del señor Murdstone, cuando estos se posaron en los míos.

—Ahora, Davy —me dijo, con una tremenda expresión de hipocresía en los ojos—, tienes que prestar más atención que nunca.

De nuevo hizo vibrar el junco, y después, habiendo terminado sus preparativos, lo dejó a su lado con gesto expresivo. Acto seguido cogió nuevamente su libro.

Era una buena manera de darme presencia de ánimo para empezar. Sentí que las palabras de la lección huían desesperadamente. No una por una, como otras veces, ni línea por línea, sino por páginas enteras. Traté de atraparlas; pero parecía que, si así puedo expresarlo, se habían puesto patines y se deslizaban a una velocidad vertiginosa.

Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día había llegado al gabinete casi con la seguridad de distinguirme, convencido de que estaba bien preparado; pero resultó que me equivocaba. Libro tras libro fueron desfilando todos hacia el montón de los que tenía que volver a estudiar. La señorita Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin, llegamos a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel día me hicieron contar a golpes), mi madre se echó a llorar.

—¡Clara! —exclamó la señorita Murdstone, en un tono de reproche.

—Creo que no me encuentro bien, querida Jane —dijo mi madre.

Inmediatamente vi cómo el señor Murdstone se ponía en pie mirando a su hermana, y cómo decía, a la vez que cogía el bastón:

—Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte con absoluta firmeza la pena y el tormento que Davy le ha ocasionado hoy. Eso ya sería estoicismo. Clara es cada vez más fuerte; pero sería pedirle demasiado. David, vamos arriba tú y yo.

Cuando ya estuvimos fuera de la estancia, mi madre echó a correr detrás de nosotros. La señorita Murdstone la llamó: «¡Clara! ¿Te has vuelto loca?», y la detuvo. Vi cómo mi madre se llevaba ambas manos a los oídos y estallaba en sollozos.

Murdstone me acompañó a mi habitación con paso lento y grave (estoy seguro de que disfrutaba con toda aquella ceremonia digna de cualquier tribunal), y cuando llegamos, con un rápido movimiento, metió mi cabeza bajo su brazo.

—¡Señor Murdstone! ¡Dios mío! —le grité—. ¡Se lo suplico, no me pegue!; ¡Le aseguro que hago todo lo posible por aprender, pero con usted y su hermana delante no puedo recitar nada de nada! ¡Es que..., es que no puedo!

—¿Realmente no puedes, de verdad, David? Bien, ¡ya lo veremos!

Tenía mi cabeza sujeta como en un tubo; pero yo me retorcía, rogándole que no me pegara. Se detuvo un momento, pero solo un instante, ya que un segundo después se puso a golpearme de la forma más odiosa. Cuando comenzó a hacerlo, yo acerqué la boca a la mano que me sujetaba y mordí con fuerza. Todavía siento rechinar mis dientes cuando recuerdo aquel momento.

Entonces, Murdstone me pegó como si tratara de matarme a golpes. A pesar del ruido que hacíamos, oí pasos rápidos en la escalera y un llanto. Sí, oí llorar a mi madre y a Peggotty. Después, el señor Murdstone se marchó, cerrando la puerta por el exterior, dejándome en el suelo ardiendo de fiebre, furioso y dolorido.

¡Qué bien recuerdo, cuando empecé a tranquilizarme, la quietud que reinaba en la casa! ¡Qué bien recuerdo también lo mal que empecé a sentirme cuando la cólera y el dolor fueron pasando!

Estuve escuchando largo rato, pero no se oía nada. Me levanté con trabajo del suelo y me miré al espejo. Estaba tan rojo, hinchado y tenía un aspecto tan horrible que casi me asusté. Me dolían los huesos y cada movimiento que hacía me arrancaba lágrimas de dolor. Pero aquello no significaba nada al lado de mi sentimiento de culpa. Me sentía más culpable que el más terrible de los criminales.

Comenzaba a oscurecer y cerré la ventana. Durante mucho rato había estado con la frente apoyada en los cristales, llorando, durmiendo a medias, escuchando y mirando hacia el exterior. De pronto oí el ruido de la llave que giraba en la cerradura y entró la señorita Murdstone con un poco de pan, carne y una taza de leche. Lo dejó todo encima de la mesa sin decir nada y, mirándome con una firmeza ejemplar, se retiró, cerrando la puerta a sus espaldas.

Era ya de noche y yo continuaba sentado en el mismo lugar, con la esperanza de que acudiera alguna otra persona. Cuando me convencí de que aquella noche no aparecería nadie más, me acosté, y en la cama comencé a meditar con temor en lo que iba a ser de mí en lo sucesivo. ¿Acaso era un crimen lo que había hecho? ¿Me encerrarían en la cárcel? ¿No habría peligro de que me ahorcaran?

No olvidaré nunca mi despertar a la mañana siguiente: el sentimiento de alegría y descanso en el primer momento y después la opresión de los recuerdos. La señorita Murdstone reapareció antes de que me hubiese levantado y me comunicó con pocas palabras que, si quería, podía pasear por el jardín durante media hora, pero nada más. Después se retiró, dejando la puerta abierta para que disfrutara, si yo quería, del permiso concedido.

Así continuaron las cosas durante los cinco días que duró mi cautiverio. Si hubiese podido ver a mi madre a solas, me habría arrojado de rodillas a sus pies, pidiéndole perdón; pero solo veía a la señorita Murdstone, pues, aunque me sacaban del cuarto, para recitar las oraciones de la tarde, lo hacía escoltado por ella, y, cuando llegaba al gabinete, ya todos estaban en sus respectivos lugares. Después me dejaban solo junto a la puerta, como si fuese un criminal, y, en cuanto terminaban, mi carcelera me devolvía a la habitación antes de que los demás abandonaran sus asientos. Pude observar que mi madre estaba lo más lejos posible de mí y que, además, volvía la cabeza hacia otro lado. Así es que en ningún momento logré estar con ella. El señor Murdstone llevaba la mano envuelta en un pañuelo de hilo.

Se me hace muy difícil dar una ligera idea de lo largos que me resultaron aquellos cinco días. En mis recuerdos figuran como años. Los ratos que pasaba escuchando todos los ruidos de la casa que llegaban hasta mí: el sonido de las campanillas, el ruido ahogado de puertas que se abrían y cerraban, el murmullo de voces, los pasos en la escalera, las risas, los silbidos, los cantos que sonaban en el camino, todo..., todo ello me parecía horriblemente triste en medio de mi soledad y mi desgracia. El incierto paso de las horas, principalmente por la noche, cuando me despertaba creyendo que ya era de día hasta que me daba cuenta de que todavía nadie se había acostado aún en la casa. Los sueños y las horribles pesadillas. Por las mañanas, a mediodía y durante la hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el cementerio, yo los miraba desde el fondo de la habitación, avergonzado de que ellos pudiesen verme a mí en la ventana y supieran que estaba prisionero. La extraña sensación de no escuchar nunca mi propia voz. Los intervalos de algo parecido a la alegría que llegaba a la hora de comer y luego desaparecía. Una tarde recuerdo la lluvia y el aroma a tierra húmeda. La lluvia caía entre la iglesia y yo, cada vez con más abundancia, hasta que llegó la noche, y me pareció que me envolvía en sus sombras, con todos mis remordimientos. Conservo aquello tan grabado en mis recuerdos que juraría que duró años.

La última noche de mi encierro desperté al oír que alguien susurraba mi nombre. Me senté en la cama, y extendiendo los brazos en la oscuridad, pregunté:

—¿Eres tú, Peggotty?

No obtuve respuesta inmediata; pero enseguida volví a oír mi nombre, pronunciado en un tono tan misterioso que, de no haber pensado que aquella voz procedía del lugar donde se hallaba la cerradura, me habría dado un ataque de pánico.

Corrí hacia la puerta y apoyé los labios en la cerradura, murmurando:

—¿Eres tú, mi querida Peggotty?

—Sí, Davy querido —contestó ella—, pero trata de hacer menos ruido que un ratón, porque, si no, el gato te oirá.

Comprendí que se refería a la señorita Murdstone y me di cuenta de la urgencia del momento, ya que su habitación se hallaba junto a la mía.

—¿Cómo está mamá, Peggotty? ¿Se ha enfadado mucho conmigo?

Oí cómo Peggotty lloraba suavemente, al igual que lo estaba haciendo yo. Después, me contestó:

—No, no mucho.

—¿Qué van a hacer conmigo, mi querida Peggotty? ¿Lo sabes tú?

—Llevarte a un colegio, cerca de Londres —fue la contestación de Peggotty.

Tuve que hacérselo repetir, pues me había olvidado de apartar los labios del hueco de la cerradura y sus palabras llegaron hasta mí un tanto lejanas. Sentí un estremecimiento de temor.

—¿Cuándo, Peggotty?

—Mañana.

—¡Ah! ¿Es por eso por lo que la señorita Murdstone ha sacado toda la ropa de mis cajones? —Lo había hecho, aunque he olvidado mencionarlo.

—Sí —respondió Peggotty—, la maleta...

—¿Y no veré a mamá?

—Sí, la verás por la mañana.

Y entonces, Peggotty acercó más sus labios a la cerradura y pronunció las siguientes palabras con tal emoción y gravedad que nunca ninguna cerradura del mundo entero habrá oído otras semejantes:

—Davy querido, ya sabes que si últimamente no he estado tan unida a ti como de costumbre no ha sido porque haya dejado de quererte, porque te quiero todavía más, hijo mío. Es que me parecía lo mejor para ti y para otra persona. Davy querido, ¿me oyes? ¿Quieres escucharme?

—Sí, sí..., sí, Peggotty —sollocé.

—¡Hijo mío! —dijo Peggotty, en un tono de infinita compasión—. Lo que quiero decirte es que no debes olvidarme nunca, pues yo nunca te olvidaré, y cuidaré de tu madre, Davy, como nunca te he cuidado a ti, y jamás la abandonaré. Tal vez llegue un día en el que necesite apoyar su cabeza en el brazo de la estúpida y loca de Peggotty. Y también te escribiré, querido Davy, aunque no sepa hacerlo muy bien. Y yo..., yo..., yo...

Peggotty comenzó a besar la cerradura, porque no podía besarme a mí.

—¡Gracias, querida Peggotty, gracias, gracias! ¿Quieres prometerme también otra cosa, Peggotty? ¿Quieres escribir al señor Peggotty, a la pequeña Emily y a la señora Gummidge, y a Ham, y decirles que no soy tan malo como podrían suponer y que les envío todo mi cariño, sobre todo a Emily? ¿Quieres hacerlo, por favor, Peggotty?

Me lo prometió con toda su alma y los dos besamos la cerradura con mucho cariño. Yo, además, la acaricié con la mano (lo recuerdo), como si hubiese sido aquel rostro bonachón y honrado. Desde aquella noche siento por Peggotty algo que no sabría definir. No era que reemplazase a mi madre, porque eso nadie habría podido hacerlo, pero sí llenaba un vacío en mi corazón, que se cerró dejándola dentro, algo que no he vuelto a sentir nunca por nadie; un afecto que quizá podría parecer cómico, pero que cuando pienso en que Peggotty hubiera podido morir, no sé lo que habría sido de mí, cómo habría podido soportar semejante tragedia.

Por la mañana, la señorita Murdstone apareció como de costumbre y me dio la noticia de mi partida, lo que no me sorprendió en absoluto, como ella suponía. También me informó de que cuando estuviese vestido bajara al comedor a desayunar. Allí encontré a mi madre, muy pálida, y con los ojos enrojecidos. Corrí hacia sus brazos y le pedí perdón con toda mi alma.

—¡Oh, Davy! —exclamó ella—. ¿Cómo has sido capaz de hacer daño a una persona a la que yo quiero? Trata de ser mejor. Ruega a Dios que te cambie. Te perdono, pero soy desgraciada, Davy, cuando pienso que tienes todas esas malas pasiones.

La habían convencido de que yo era muy malo, y esa idea la entristecía mucho más que mi partida. Lo sentí vivamente. Traté de tragar el desayuno, pero mis lágrimas caían sobre el pan untado de mantequilla y sobre el té. Vi que mi madre me miraba y después lanzaba una ojeada a la señorita Murdstone, que se hallaba allí, sin moverse de nuestro lado. Luego, mi madre clavó los ojos en el suelo durante un rato, y a continuación, siempre silenciosa, miró a lo lejos.

—¡La maleta del señorito, aquí! —gritó la señorita Murdstone, cuando se oyó el rodar del carro ante la verja.

Miré, buscando a Peggotty, pero no estaba allí. Tampoco apareció el señor Murdstone. Mi antiguo amigo el carretero me esperaba en la puerta. Muy pronto subieron mi maleta al carro.

—¡Clara! —exclamó la señorita Murdstone, con su sempiterno tono de reproche.

—Estoy dispuesta, hermana mía —contestó mi madre—. Adiós, Davy; si vas allá es por tu bien. ¡Adiós, hijo mío! Ya volverás aquí para las vacaciones. Te lo ruego, sé bueno.

—¡Clara! —repitió la señorita Murdstone.

—Sí, querida Jane —dijo mi madre, que me sostenía entre sus brazos—. Te perdono, hijo mío, y ¡que Dios te bendiga!

—¡Clara! —repitió por tercera vez la señorita Murdstone.

Y esta fue tan buena que me acompañó hasta el carro.

Mientras nos encaminábamos a este, me dijo que esperaba que me arrepintiera antes de tener un mal fin.

Subí al desvencijado carro, y el perezoso caballo se puso en marcha.

V

ME ALEJAN DEL HOGAR

Habríamos recorrido casi un kilómetro y mi pañuelo ya estaba completamente empapado, cuando el carro se detuvo bruscamente.

Miré para ver lo que sucedía, y con gran asombro por mi parte vi a Peggotty surgir de entre unos arbustos y subir rápidamente al carro. Me cogió entre sus brazos y me estrechó contra su corsé con tal fuerza que me aplastó la nariz, aunque no me di cuenta de ello hasta un rato después al comprobar que me dolía. Peggotty no dijo ni una sola palabra. Introdujo una mano en el bolsillo y sacó unos pasteles envueltos en papel, que metió en mis bolsillos, y luego dejó entre mis manos una bolsa, siempre en silencio. Después, estrechándome de nuevo entre sus brazos con fuerza, bajó del carro y echó a correr. Estoy seguro de que, en aquel momento, iba ya sin un solo botón en la blusa. Recuerdo que cogí uno de los botones que habían caído junto a mí y lo guardé durante mucho tiempo igual que si fuera un tesoro.

El cochero me miró como si quisiera saber si Peggotty volvería. Negué con un movimiento de la cabeza y luego le dije que suponía que no.

—Entonces, ¡en marcha!

Y acto seguido arreó a su caballo para que apurara más el paso.

Y, después de llorar cuanto me fue posible, comprendí que no conducía a nada llorar de aquel modo, principalmente porque ni Roderick Random ni el capitán de la Real Marina inglesa habían llorado nunca, ni en las situaciones más críticas. El cochero, viéndome con aquella resolución, me propuso poner a secar el pañuelo sobre el lomo de su caballo. Le di las gracias, consintiendo, y el pañuelo me pareció ridículamente pequeño colocado en semejante lugar.

No tardé en examinar la bolsa que acababa de dejarme Peggotty. Se trataba de un portamonedas fuerte, de cuero, que contenía tres chelines muy brillantes, sin duda pulidos con esmero por Peggotty para que mi satisfacción fuese mayor. Pero su más precioso tesoro eran dos medias coronas que encontré envueltas en un papelito en el que se leía con letra de mi madre: «Para Davy, con mi cariño».

Esto me conmovió de tal manera que pedí al cochero que tuviese la bondad de devolverme mi pañuelo; pero me contestó que le parecía más prudente que siguiera sin él. Comprendí que tenía razón; así que me sequé los ojos con la manga y dejé de llorar.

Ya no lloraba, pero, debido a mis emociones, todavía me estremecía de vez en cuando un profundo sollozo.

Después de haber viajado así durante un rato, pregunté al cochero si él se encargaría de llevarme durante todo el viaje.

—¿Qué viaje? —preguntó el hombre.

—Allí —respondí.

—¿Y dónde es allí? —me preguntó de nuevo.

—Cerca de Londres —dije.

—Este caballo —respondió él, sacudiendo las riendas para que yo contemplara al animal— estaría más muerto que un cochinillo asado antes de recorrer la mitad del camino.

—Entonces ¿no va usted más que a Yarmouth?

—Así es —dijo el cochero—. Allí tendrás que tomar la diligencia que te llevará hasta... donde vas.

Como aquella era una conversación demasiado extensa para él (cuyo nombre era señor Barkis), ya que, como he dicho anteriormente, el cochero era hombre flemático y de muy pocas palabras, le ofrecí un bizcocho en agradecimiento, que se tragó de un solo bocado, exactamente igual que lo habría hecho un elefante. Luego, se reflejó en su rostro la misma expresión de indiferencia que se hubiera reflejado en el rostro del elefante.

—¿Es ella quien los ha hecho? —preguntó el señor Barkis, inclinándose hacia delante para apoyar un codo sobre una rodilla.

—¿Se refiere usted a Peggotty?

—Precisamente —asintió.

—Sí, en casa es ella quien hace los pasteles y se ocupa de la cocina.

—Entonces ¿lo hace ella? —Barkis hizo un gesto con los labios como si fuese a silbar, pero no lo hizo. Se inclinó para mirar las orejas de su caballo como si viese en ellas algo nuevo, y así continuó durante mucho tiempo—. ¿No habrá amorcillos, supongo yo?

—¿Se refiere usted a los amorcillos de dulce, señor Barkis? —pregunté, creyendo que le apetecían.

—Novios —aclaró el cochero—. Noviazgos... ¿No tiene a nadie?

—¿Peggotty?

—Precisamente.

—¡Oh, no, nunca! Nunca ha tenido novio.

—¿Nunca lo ha tenido? —Y de nuevo Barkis hizo una mueca como si tratara de silbar. Pero no silbó, y una vez más se puso a contemplar las orejas de su caballo—. Según eso —dijo, después de un largo rato de reflexión—, ¿es ella quien hace todas las tartas de manzana y se ocupa de la cocina?

Respondí que así era.

—Bien, pues voy a decirte una cosa —me dijo Barkis—. ¿Tú piensas escribirle?

—Desde luego que sí.

—¡Ah! —exclamó Barkis, volviéndose para mirarme—. ¡Bien! Si le escribes, ¿te importaría decirle que Barkis está interesado?

—Que Barkis está interesado... —repetí inocentemente—. ¿Nada más?

—Sí —repuso el hombre despacio—. Sí, eso es: Barkis está interesado.

—Pero usted volverá mañana a Blunderstone, señor Barkis —dije, algo emocionado, al pensar que, por el contrario, yo estaría muy lejos—. ¿No podría decírselo usted mismo?

El hombre rechazó mi sugerencia con un movimiento de la cabeza e insistió en su encargo, diciendo, con profunda gravedad:

—Barkis está interesado. Ese es el mensaje.

Yo estaba decidido a transmitírselo a Peggotty y aquella misma tarde, mientras esperaba la diligencia en el hotel de Yarmouth, pediría papel y pluma para escribir a Peggotty.

Mi querida Peggotty:

He llegado aquí bien.

Barkis está interesado.

Mi cariño a mamá.

Tu afectuoso

DAVY

P. D.: Dice que quiere que sepas muy particularmente que «Barkis está interesado».

Cuando le prometí cumplir su encargo, Barkis volvió a sumirse en un profundo silencio, y yo, sintiéndome agotado por todo lo ocurrido en los últimos días, me tendí sobre un saco y me quedé dormido.

Mi sueño duró hasta llegar a Yarmouth. Por cierto que, al llegar al hotel, tuve la impresión de que se trataba de un Yarmouth diferente del que yo conocía, hasta el punto de que perdí la esperanza que tanto había acariciado de ver a alguien de la familia Peggotty, tal vez incluso a la pequeña Emily.

La diligencia se hallaba ya en el patio del hotel, muy limpia y reluciente, pero todavía sin los caballos, y, al verla así, parecía increíble que aquello pudiese llegar alguna vez hasta Londres. Pensaba en esto y me preocupaba por la suerte de mi maleta (que Barkis había dejado en el suelo del patio, y a continuación se había marchado con su carro), y también reflexionaba sobre mi suerte futura, cuando por una ventana, en la que se hallaban colgadas aves y algunos embutidos, se asomó una señora que preguntó a voz en grito:

—¿Es ese el viajero procedente de Blunderstone?

—Sí, señora —respondí—. Soy yo.

—¿Cómo se llama usted? —quiso saber la señora.

—Copperfield.

—No, no es ese; la comida está encargada a otro nombre.

—¿Será a nombre de Murdstone? —pregunté.

—Si se llama usted Murdstone, ¿por qué ha dicho otro nombre?

Le expliqué el porqué y entonces la señora tocó una campanilla y ordenó:

—William, conduce a este caballero hasta el comedor.

Al oír esto, un camarero que salía corriendo por el lado opuesto del patio me miró, y pareció sorprenderse al saber que solo se trataba de mí.

El comedor era una habitación enorme, rodeada de mapas. Dudo de que me hubiese sentido más confuso si todos aquellos mapas hubieran sido en realidad verdaderos países extranjeros, donde cayera yo de improviso en aquellos momentos. Me parecía un atrevimiento enorme sentarme allí, con la gorra en la mano, y en el borde de la silla más cercana a la puerta. Y, cuando el camarero extendió un mantel para mí y puso el salero sobre la mesa, sentí que enrojecía de vergüenza. A continuación llegó con unas fuentes con chuletas y legumbres. Pero colocaba las cosas de un modo tan brusco que yo estaba asustado y con temor de haberle ofendido en algo. Me tranquilicé mucho cuando, arrastrando una silla para mí, junto a la mesa, me dijo cordialmente:

—Vamos, gigante, ya puedes sentarte.

Le di las gracias y tomé asiento; pero me parecía dificilísimo manejar el cuchillo y el tenedor con algo de soltura y no mancharme con la salsa, mientras él continuaba delante de mí sin dejar de mirarme y haciéndome que me ruborizara de la manera más horrible, cada vez que mis ojos se encontraban con los suyos. Cuando me vio empezar la segunda chuleta, me preguntó:

—¿Quiere que le traiga ahora media pinta de cerveza?

Le di las gracias, respondiendo afirmativamente.

Entonces me la sirvió en un vaso y la acercó a la luz para enseñarme el hermoso color que tenía.

—¡Caramba! —exclamó—. Es una buena cantidad.

—Sí, una muy buena cantidad —contesté, con una sonrisa, porque estaba encantado de verlo tan amable.

El hombre mostraba unos ojos muy brillantes, las mejillas muy coloradas y los cabellos tiesos. En aquel momento, con un puño apoyado en la cadera y sosteniendo en la otra mano el vaso lleno de cerveza, el camarero parecía respirar confianza.

—Ayer llegó aquí un caballero —dijo—, un caballero muy grueso que se llamaba Topsawyer; quizá lo conozca usted.

—No, no lo creo...

—Usaba pantalones cortos, polainas y sombrero de ala ancha, un traje gris y tapabocas —dijo el camarero.

—No —murmuré, confuso—, no tengo el gusto.

—Pues llegó aquí —continuó diciendo el camarero, al tiempo que contemplaba aún la cerveza al trasluz— y pidió un vaso de esta misma cerveza y se empeñó en beberla. Le dije que no debía hacerlo, pero se la bebió y cayó muerto al instante. Era demasiado fuerte para él. No deberían volver a servir esta clase de cerveza...

Me impresionó muchísimo aquel triste acontecimiento y dije que, en lugar de cerveza, mejor sería tomar un vaso de agua.

—Pero lo malo —dijo el camarero, sin dejar de mirar la cerveza del vaso y guiñándome luego un ojo— es que los amos se disgustan si se dejan las cosas después de pedidas. Se ofenden. Lo que sí puede hacerse, si a usted le parece bien, es que me la beba yo. Estoy acostumbrado, y la costumbre lo hace todo. No creo que pueda hacerme daño, sobre todo si echo bien la cabeza hacia atrás y la bebo deprisa. ¿Le parece bien?

Le contesté que se lo agradecería mucho, pero solo en el caso de que pudiera hacer todo aquello sin el menor peligro; de no ser así, no lo consentiría de ninguna manera. Cuando le vi echar la cabeza hacia atrás y beberse la cerveza en un par de tragos, confieso que sentí un miedo horrible ante la idea de verlo caer muerto instantáneamente como el señor Topsawyer. Pero la cerveza no le hizo daño; por el contrario, hasta tuve la impresión de que le sentaba bien.

—¿Qué estamos comiendo? —preguntó después, metiendo un tenedor en mi plato—. ¡Ah! ¿Chuletas?

—Sí, son chuletas —dije.

—¡Que Dios me bendiga! —exclamó—. No sabía que fueran chuletas. Precisamente es lo único que puede evitar los efectos dañinos de esta cerveza. ¡Cuánta suerte tenemos!

Con una mano cogió una de mis chuletas; con la otra, una patata, y se lo comió todo con gran apetito. Yo estaba radiante. Después se apoderó de otra chuleta y de otra patata; y aún siguieron otra chuleta y más patatas. Cuando terminó, me trajo un pudin y, tomando asiento frente a mí, masculló algo entre dientes, como si estuviera pensando en otra cosa durante unos minutos.

—¿Qué? ¿Cómo está ese bizcocho? —preguntó de pronto.

—No es bizcocho —aclaré—; es un pudin.

—¡Pudin! —casi gritó—. ¡Dios me bendiga! ¿De verdad que se trata de un pudin? ¡Cómo! —Se acercó para mirarlo más detenidamente y luego añadió—: Pero ¿no será un pudin de frutas?

—Sí, precisamente es de frutas —dije.

—Es que el pudin de frutas —dijo, cogiendo una gran cuchara— es lo que más me gusta. ¿Verdad que es una suerte? Vamos a ver, pequeño, ¡a ver quién de los dos come más deprisa!

Como es natural, él comía más deprisa. De vez en cuando me animaba para que intentara adelantarle, pero no había competencia posible entre su cucharón de servir y mi cucharilla de café, ni entre su agilidad y la mía, ni entre su apetito y el mío. Tanto fue así que, desde el primer momento, perdí las esperanzas de ganarle. Creo que nunca he visto a nadie saborear un pudin de aquella forma, y, después de terminarlo, todavía reía como si lo estuviese saboreando.

Me pareció tan amable que me atreví a pedirle pluma, tinta y papel para escribir a Peggotty. No solo me trajo lo que le pedí al cabo de unos momentos, sino que estuvo mirando por encima de mi hombro mientras escribía la carta. Cuando terminé, me preguntó cuál era la escuela adonde me enviaban. Respondí:

—A una que está cerca de Londres.

—¡Oh, Dios mío! ¡Cuánto lo siento!

—¿Por qué? —le pregunté.

El camarero negó con la cabeza y añadió:

—Porque esa es la escuela donde han roto dos costillas a un niño. Tendría..., vamos a ver, ¿cuántos años tienes tú?

Respondí que ocho y medio.

—¡Precisamente esa misma edad! Ocho años y seis meses tenía el chico cuando le rompieron la primera costilla, y ocho años y ocho meses cuando le rompieron la segunda, y murió a consecuencia de las dos fracturas.

No pude ocultar la impresión que acababa de producirme aquella desgraciada coincidencia, y pregunté cómo había sucedido. Desde luego su respuesta no pretendía animarme, ya que consistió en las siguientes palabras:

—A causa de una paliza.

El ruido de la diligencia en el patio fue una oportuna distracción que me hizo preguntar, algo confuso, y en un tono de orgullo y desafío, si le debía algo.

—Un pliego de papel —me contestó—. ¿Has comprado alguna vez el papel de cartas?

No recordaba haberlo comprado nunca.

—Es caro —explicó—, a causa de los derechos. Tres peniques. Es la tarifa de esta región. Y no creo que la tenga nadie, excepto el camarero. La tinta no se cuenta; soy yo quien pierde en ello.

—¿Y qué sería..., cuánto sería..., cuánto daré..., cuánto será razonable para pagar al camarero? Dígame... —balbucí, enrojeciendo.

—Si no tuviera una familia y esa familia no estuviera ahora mismo enferma —dijo el camarero—, no aceptaría seis peniques. Si no tuviese que mantener a una madre anciana y a una encantadora hermanita —al llegar aquí pareció muy conmovido—, no aceptaría ni un cuarto de penique. Si yo tuviese un buen sueldo y me trataran bien, sería yo quien de buena gana ofrecería algo en lugar de aceptarlo. Pero vivo de los desperdicios y duermo en la carbonera... —Y en ese momento el camarero se deshizo en lágrimas.

Me conmovieron mucho sus desgracias, y tuve la impresión de que una propina inferior a nueve peniques demostraría un corazón duro. Así que le entregué uno de mis relucientes chelines. Lo recibió con muchas bendiciones y un momento después lo hacía sonar con la uña para comprobar que era bueno.

Lo que más me desconcertó al ir a subir a la diligencia fue observar que todos suponían que me había comido el almuerzo sin ayuda de nadie. Lo descubrí porque oí a la señora de la ventana, que decía al cochero:

—George, cuida bien a ese niño, no vaya a reventar.

Y también al ver que todas las criadas de la casa se acercaban a contemplarme como a un fenómeno.

Mi desgraciado amigo el camarero, que ya había recuperado todo su buen humor, no parecía turbado lo más mínimo, y se unía a la admiración general, sin la menor vergüenza. Aun cuando ya no tenía dudas sobre él, esa actitud quizá podría haberme hecho dudar, pero creo que con la sencilla confianza de los niños y el natural respeto que se tiene a esa edad por los que son mayores (cualidad que es una pena que pierdan los niños tan prematuramente) no se me ocurrió sospechar de él ni siquiera entonces.

Sin embargo, debo confesar que me molestaba mucho ser objeto de las bromas del conductor, y oírles decir, sin poder protestar, cosas tales como, por ejemplo, que el coche se inclinaba hacia el lado donde yo me encontraba y si no sería mucho mejor para mí viajar en furgón. La historia de mi supuesto apetito se extendió pronto entre todos los viajeros, a quienes también divirtió mucho, y me preguntaban si en la escuela iba a pagar como si fuesen dos o tres hermanos los que acudiesen a ella, si el contrato lo habían hecho en las mismas condiciones que para los demás, y otras cosas semejantes. Pero lo peor de todo es que estaba convencido de que no me atrevería a comer nada cuando llegara la hora y que, después de haber comido poco, tendría que aguantar toda la noche el hambre, porque con las prisas había dejado olvidados los dulces de Peggotty en el hotel. En efecto, mis temores cobraron realidad. Cuando nos detuvimos para cenar, no tuve el valor de tomar nada, aunque tenía apetito, y me senté al lado de la chimenea, diciendo que no quería nada. Esto me libró de nuevas bromas, pues un caballero de voz ronca y rostro rojizo que había estado comiendo bocadillos durante todo el camino, excepto cuando bebía vino, dijo que yo debía de ser como las boas, que con una sola comida ya tienen suficiente alimento para unos cuantos días; después de lo cual se sirvió un trozo enorme de carne cocida.

Habíamos salido de Yarmouth a las tres de la tarde y debíamos llegar a Londres a eso de las ocho de la mañana siguiente. Terminaba el verano y la noche era hermosa. Cuando atravesábamos alguna aldea, yo trataba de imaginar cómo sería el interior de sus casas y a los que las habitaban. Cuando los chicos se encaramaban sobre el estribo de la diligencia, pensaba si tendrían padres y si serían felices en sus casas. Como se ve, no dejaba de pensar un momento, pero lo que más me preocupaba era el sitio adonde me dirigía. Horrible motivo de reflexión. A veces recuerdo que me ponía a pensar en mi casa y en Peggotty, y trataba confusamente de recordar cómo sentía y qué clase de niño era antes de haber mordido al señor Murdstone, pero no lo conseguía. Me parecía que aquello databa de la más remota antigüedad.

La noche fue menos alegre que la tarde, porque hacía frío. A mí me colocaron entre dos caballeros (el de la cara roja y otro), por precaución por si me caía. Y aquellos dos señores, a cada cabezada que daban dormitando, casi me aplastaban. Algunas veces me oprimían tanto que no tenía más remedio que gritar: «¡Oh, por favor!», cosa que les molestaba extraordinariamente.

Frente a mí viajaba una señora vieja, envuelta en una capa de piel, y que en la oscuridad parecía más un almiar que un ser humano, por lo envuelta que iba. Dicha señora llevaba consigo una cesta; durante un buen rato no supo dónde ponerla, hasta que se le ocurrió meterla debajo de mis piernas, que eran las más cortas. Aquello era un horrible tormento y me hacía desgraciado, pues no dejaba de rozarme ni un solo instante. Al menor movimiento, la loza que contenía la cesta chocaba contra alguna otra cosa y entonces la señora me daba una patada y me decía:

—¿Quieres estarte quieto? ¡Tan pequeño y tan travieso!

Por fin empezó a amanecer y entonces me pareció que mis compañeros dormían más tranquilos, al haber desaparecido las dificultades con que habían luchado durante la noche, y que en aquel momento hallaban expresión en los más espantosos ronquidos y resoplidos que puedan imaginarse.

A medida que el sol ascendía en el horizonte, el sueño de los viajeros se iba haciendo cada vez más ligero. Poco a poco fueron despertando. Recuerdo cuánto me sorprendió la comedia de todos los viajeros asegurando que no habían dormido nada y con qué indignación lo aseguraban. Todavía persiste en mí el sentimiento de asombro de aquel día, pues he observado invariablemente que, de todas las debilidades humanas, la que menos se está dispuesto a reconocer es la de haber dormido viajando en coche.

Jamás terminaría de contar lo extraño que me pareció Londres cuando lo vi a distancia, la certeza que tenía de que todas las aventuras de mis héroes favoritos volvían a repetirse allí y lo natural que me parecía que la capital estuviera más llena de maravillas y de crímenes que todas las demás ciudades. Fuimos acercándonos poco a poco y por fin llegamos al barrio de Whitechapel, donde paraba la diligencia. He olvidado si aquello se llamaba El Toro Azul o El Jabalí Azul, pero estoy seguro de que se trataba de algo azul, y que estaba pintado en la portezuela del coche.

El conductor me miró fijamente mientras me disponía a bajar del coche y preguntó, asomándose a la ventanilla:

—Si hay alguien que pregunte por un muchacho llamado Murdstone, que viene de Blunderstone, Suffolk, que se acerque a reclamarle.

Nadie contestó.

—Inténtelo con Copperfield, ¿quiere hacer el favor? —dije, bajando los ojos tímidamente.

—Si hay alguien que busque a un muchacho inscrito con el nombre de Murdstone, procedente de Bloonderstone, Suffolk, pero que responde al nombre de Copperfield, y que debe esperar aquí a que lo reclamen —repitió el conductor—, que se acerque. ¿No hay nadie?

No, no había nadie. Miré ansiosamente alrededor; pero la pregunta no había impresionado a ninguno de los presentes; solo un hombre con polainas y tuerto sugirió la idea de que lo mejor sería ponerme un collar y atarme al establo como si fuese un perro sin dueño.

Colocaron una escalera y descendí detrás de la señora que parecía un almiar, pues no me había atrevido a moverme hasta que hubo apartado su cesta. Mientras tanto, los viajeros ya habían desocupado el coche; también habían sacado los equipajes, desenganchado los caballos, y hasta la diligencia había sido conducida entre varios empleados fuera del camino, pero nadie se había presentado a reclamar al polvoriento niño que llegaba desde Blunderstone.

Más solitario que Robinson Crusoe, que al menos no tenía a nadie que lo mirase mientras se hallaba solo, entré en las oficinas de la diligencia y, por invitación de un empleado, me senté detrás del mostrador, sobre la báscula de pesar los equipajes. Mientras me hallaba allí observando los montones de maletas y libros, y sintiendo el olor de las cuadras (que para siempre estará asociado en mi memoria con aquella mañana), en mi mente comenzó a desfilar una procesión formada por los más terribles pensamientos. Suponiendo que nadie se presentara a buscarme, ¿cuánto tiempo me permitirían estar allí? ¿Podría estar hasta que se me acabaran los siete chelines? ¿Dormiría por la noche en uno de aquellos departamentos de madera, en compañía de los equipajes? Por las mañanas, ¿tendría que lavarme en aquella bomba del patio? ¿O tendría que irme todas las noches y esperar a que fuese de día y abriesen la oficina para entrar, por si acaso me habían reclamado? ¿Y si aquello solo hubiese sido una invención del señor Murdstone para desembarazarse de mí? ¿Qué me ocurriría? Si, al menos, me dejaran permanecer allí hasta que se me terminase el dinero... Pero lo que no podía esperar, ni remotamente, era que me dejaran seguir allí cuando comenzara a morirme de hambre. Sería muy molesto para los empleados y, además, aquella oficina se exponía a tener que pagarme el entierro. Si intentase volver a mi casa, ¿lograría encontrar el camino? ¿Sería posible que pudiese ir andando tantas horas? ¿Estaba seguro de que en casa quisieran recibirme, si volvía? Solo estaba seguro de Peggotty. ¿Y si fuera a buscar a las autoridades y me ofreciera como soldado o marinero? Era un niño tan pequeño que seguramente no me admitirían. Estos pensamientos y otros mil semejantes me tenían en vilo; sentía miedo y aprensión. Me hallaba en el colmo de mi inquietud cuando se presentó un hombre, cuchicheó con el empleado, y este, levantándose de la báscula, me presentó como si fuese un paquete vendido, pagado y pesado.

Cuando salía de las oficinas, dando la mano a aquel señor, lo miré de reojo. Era un joven amarillento y delgado, con las mejillas hundidas y barbilla negra como la del señor Murdstone. Pero esta era la única semejanza, pues llevaba las patillas afeitadas y sus cabellos eran duros y ásperos. Iba vestido con un traje negro, también viejo, que le venía pequeño, y lucía una corbata blanca que no estaba muy limpia. Nunca supuse, ni quiero suponerlo, que aquella corbata fuese la única prenda de ropa blanca que llevase encima aquel joven; pero desde luego era la única que se veía.

—¿Es usted el nuevo alumno? —me preguntó.

—Sí, señor —respondí.

Suponía que lo era, aunque no estaba muy seguro.

—Yo soy profesor de Salem House —me dijo a continuación.

Le saludé con un poco de miedo. Me avergonzaba aludir a una cosa tan vulgar como mi maleta ante aquel profesor de Salem House; tanto que hasta que nos encontramos a cierta distancia no me decidí a decirlo. Ante mi humilde insinuación de que más tarde podría serme útil, retrocedimos sobre nuestros pasos, y el profesor dijo al empleado de las oficinas que ya el mozo tenía instrucciones de recogerla al mediodía.

—Si hiciera usted el favor... —dije, cuando nos encontramos, aproximadamente, a la misma distancia de antes—, ¿es muy lejos?

—Por Blackhead —respondió él.

—¿Y eso está muy lejos, caballero?

—Sí, hay una buena distancia, pero iremos en diligencia. Quizá haya unos diez kilómetros.

Me sentía tan débil y cansado que la idea de recorrer otros diez kilómetros sin recobrar mis fuerzas me parecía totalmente imposible, y así me atreví a decirle que no había cenado aquella noche y que si me permitía comprar algo de comer, se lo agradecería mucho. Se sorprendió bastante (aún me parece ver cómo se detuvo para mirarme), y, después de unos segundos de silencio, afirmó con un movimiento de la cabeza. Dijo que tenía que visitar a una anciana que vivía cerca de allí, y que lo mejor sería que comprase algo de pan y cualquier otra cosa que me gustara y que en casa de aquella anciana me lo condimentarían. Además, añadió que allí podrían darme leche.

Entramos en una panadería y, después de proponer yo la compra de varias golosinas, que él rechazó una por una, nos decidimos en favor de un apetitoso panecillo que costó tres peniques. También compramos un huevo y un trozo de tocino ahumado. Al pagar, me devolvieron tanta calderilla del segundo chelín que Londres me pareció un sitio muy barato. Con estas provisiones atravesamos un puente que debía de ser el puente de Londres, entre un ruido infernal (hasta creo que el profesor me dijo que sí, que era el puente de Londres, pero yo iba medio dormido), y llegamos a casa de la anciana. No se trataba de su casa, sino de un asilo, cosa que supe en el acto por el aspecto del edificio y por una inscripción que había en el dintel de la puerta, donde decía que había sido fundado para veinticinco ancianas pobres.

El profesor de Salem House abrió una de aquellas puertas negras, todas iguales, cada una de ellas con una pequeña ventana de cristal junto a la puerta. Entramos en lo que era la casa de una de aquellas ancianas pobres. Su dueña estaba atizando el fuego sobre el que acababa de colocar un puchero. Al ver entrar a mi acompañante, golpeó sus rodillas con el soplillo y dijo algo parecido a «Mi Charles»; pero, al verme a mí, se levantó frotándose las manos y haciendo una confusa reverencia.

—¿Podría usted guisar el almuerzo de este niño? —preguntó el profesor.

—¿Que si puedo? ¡Ya lo creo que puedo!

—¿Cómo se encuentra hoy la señora Fibbitson? —preguntó de nuevo mi acompañante, mirando hacia otra anciana que se hallaba sentada en una silla, muy cerca del fuego.

La segunda anciana se parecía tanto a un montón de trapos que ahora, cuando lo recuerdo, doy gracias a Dios por no haberme sentado por distracción encima de ella.

—No está muy bien, la pobre —dijo la primera anciana—. Hoy está en uno de sus peores días. Si se apagara el fuego, ella se apagaría con él.

Como todos miraban a la anciana, yo la miré también. Aunque el día era bastante caluroso, la anciana no parecía pensar en nada que no fuese aquel fuego. Debía de sentir incluso celos de la cacerola que se encontraba sobre las llamas, y tengo motivos para sospechar que las odiaba por hervir mi huevo y freír mi tocino, pues vi que, cuando nadie la miraba, me amenazaba con el puño. El sol entraba por la pequeña ventana, pero la anciana, sentada en su silla, le daba la espalda y contemplaba el fuego como si ansiara conservarlo caliente en lugar de calentarse ella. Cuando terminaron los preparativos de mi almuerzo y quedó libre el fuego, sintió tal alegría que soltó una carcajada. Debo confesar que su risa no era muy melodiosa. Tomé asiento ante mi panecillo, mi huevo y mi trozo de tocino. Me sirvieron, además, una taza de leche. Me pareció un almuerzo delicioso. Todavía estaba disfrutando con la frugal comida, cuando la dueña de la casa dijo al profesor:

—¿Llevas ahí la flauta?

—Sí —respondió él.

—Pues vamos, toca algo —le pidió la anciana en un tono persuasivo.

El profesor introdujo una mano en el bolsillo y extrajo las tres piezas de una flauta. La armó y comenzó a tocar. Mi impresión de ahora, cuando ya han transcurrido tantos años, es y fue entonces que no podía haber en el mundo nadie que tocara peor. Del instrumento surgían los sonidos más disparatados que podrían producirse mediante cualquier artificio. No sé qué tocaría, si es que tocaba algo, cosa que aún dudo. Pero la impresión que aquella extraña melodía me produjo hizo que recordase todas mis desdichas hasta el punto de hacerme llorar; después, me quitó el apetito y, finalmente, me provocó tanto sueño que se me hacía imposible mantener los ojos abiertos. Todavía se me cierran y empiezo a dar cabezadas cuando lo recuerdo. Aún me parece estar viendo aquella habitación, con un armario entreabierto en un rincón, las sillas con los respaldos perpendiculares, y la pequeña y desvencijada escalera que conducía a otra pequeña habitación, así como las tres plumas de pavo real extendidas sobre la repisa de la chimenea. Recuerdo que, en el primer momento, me preocupó lo que pensaría el pavo si supiera para qué servían sus hermosas plumas; pero al fin todo se borró ante mí, incliné la cabeza y me quedé dormido. La flauta dejó de oírse; en cambio, se oyen de nuevo las ruedas de la diligencia y me encuentro otra vez de viaje. La diligencia se detiene y me despierto sobresaltado. Oigo otra vez la flauta y el profesor de Salem House está sentado, con las piernas cruzadas, tocando tristemente su instrumento, mientras la dueña de la casa lo escucha, arrobada. Pero también esto desaparece. Ya no hay flauta, ni profesor, ni Salem House, ni David Copperfield; solo existe un sueño profundo.

Creí que soñaba cuando, una vez de las que oí aquella horrible música, me pareció ver a la anciana que se acercaba poco a poco, con su tremenda admiración, se inclinaba sobre el respaldo de la silla y besaba al músico cariñosamente, interrumpiendo la música durante un momento. Me encontraba en ese estado extraño entre vigilia y sueño, pues cuando la música continuó (pues es seguro que se había interrumpido), vi y oí a la misma anciana preguntar a la señora Fibbitson si aquello no le parecía delicioso, refiriéndose, sin duda alguna, a la flauta. A lo cual la señora Fibbitson replicó: «¡Ah, sí! ¡Ah, sí!», y se inclinó hacia el fuego al que, estoy seguro, atribuía todo el mérito de la música.

Me pareció que había transcurrido mucho tiempo cuando el profesor de Salem House, desarmando la flauta, guardó las piezas en el bolsillo y partimos. Encontramos la diligencia muy cerca de allí y subimos al techo de la carroza, la imperial, pero yo tenía un sueño tan terrible que, cuando nos detuvimos a recoger a más viajeros, me metieron dentro, donde no viajaba nadie, y pude dormir profundamente hasta que el coche llegó a una cuesta que los caballos tuvieron que subir al paso, entre dos filas de árboles. Pronto se detuvo el coche. Habíamos llegado a nuestro destino.

Después de andar un poco, el profesor y yo nos encontramos delante de Salem House. El edificio estaba rodeado por una tapia muy alta, de ladrillo, y tenía un aspecto muy triste. Sobre una puerta abierta en el muro se leía: SALEM HOUSE. Llamamos y, a través de un ventanillo que había, nos observó un rostro antipático que pertenecía (así lo comprobé al abrirse la puerta) a un hombre grueso con cuello de toro, una pierna de palo, frente muy abultada y cabello cortado al rape.

—El nuevo alumno —dijo el profesor.

El hombre de la pierna de palo me miró de arriba abajo; no tardó mucho en realizar su examen: ¡yo era tan pequeño! Después cerró la puerta y se guardó la llave en el bolsillo. Nos dirigíamos a la casa, pasando por debajo de unos grandes árboles, cuando el hombre llamó al profesor:

—¡Eh!

Nos volvimos. Estaba detenido ante la casilla de su portería con un par de botas en la mano.

—¡Oiga! Ha venido el zapatero —dijo— cuando usted no estaba, señor Mell, y dice que estas botas ya no se pueden volver a remendar, que no queda nada de su primera piel y que le asombra que usted pueda pretender tal cosa.

Y, al decir esto, arrojó las botas hacia el señor Mell, que retrocedió para recogerlas. Luego, y al mismo tiempo que venía hacia mí, las contempló desconsoladamente. Entonces observé por primera vez que las botas que calzaba debían de haber trabajado mucho, ya que por un pequeño roto asomaba el calcetín.

Salem House era un edificio cuadrado, construido de ladrillo, con pabellones de aspecto desnudo y desolado. A su alrededor, todo se hallaba tranquilo, y pregunté a mi guía si los niños estaban de paseo en otra parte. Pareció sorprenderse de que yo no supiera que era época de vacaciones. Todos los chicos se hallaban en sus casas. El señor Creakle, el director, estaba en una playa con la señora Creakle y la señorita Creakle; y si yo estaba allí era como castigo impuesto por mi mala conducta. Todo esto me lo explicó mientras íbamos andando.

La clase adonde me llevó me pareció el lugar más triste que he visto en mi vida. Todavía lo estoy viendo: una habitación larga, con tres filas de pupitres y seis de bancos; alrededor, perchas para los sombreros y pizarras. Trozos de cuadernos y de ejercicios ensuciaban el suelo. Sobre los pupitres había algunas cajas de gusanos de seda. Dos desgraciadas ratitas blancas, abandonadas por su dueño, recorrían de arriba abajo un castillo muy sucio hecho con cartón y alambre, y sus ojillos rojos buscaban por todas partes algo que comer. Un pajarillo, dentro de una diminuta jaula, producía un ruido monótono, saltando desde su percha al suelo de la jaula y desde este a la percha, constantemente, pero sin cantar. En la estancia reinaba un olor extraño e insano, un olor a cuero podrido, a manzanas guardadas y a libros apolillados. Había mucha tinta vertida por toda la estancia como si, al construir la casa, hubieran olvidado techarla y hubiese estado lloviendo tinta desde las nubes durante todo el año.

El señor Mell me dejó solo mientras él subía a otra planta sus botas irreparables.

Yo recorrí lentamente la habitación observándolo todo. De repente, encima de un pupitre, encontré un cartel escrito con letras grandes que decía: ¡CUIDADO CON ÉL! ¡MUERDE!

Inmediatamente me encaramé encima del pupitre, convencido de que había un perro debajo. Pero, por más que miré en todas direcciones con ojos asustados, no vi rastro de ningún animal. Aún me hallaba en esa posición, cuando regresó el señor Mell y me preguntó por qué estaba subido allí.

—Perdóneme... Es que estaba buscando al perro.

—¿Al perro? —preguntó—. ¿A qué perro?

—¿No hay un perro? Aquí dice que hay que tener cuidado porque muerde.

—No, Copperfield —dijo gravemente el profesor—. No se trata de un perro. Se trata de un niño. Tengo órdenes, Copperfield, de poner este cartel en su espalda. Siento mucho tener que empezar con usted de este modo, pero no me queda más remedio.

Me hizo bajar al suelo y me colgó el cartel (que estaba hecho a propósito para ello) sobre la espalda, como si fuera una mochila, y desde entonces tuve el consuelo de llevarlo a todas partes conmigo.

Lo que yo sufrí con aquel letrero nadie puede imaginarlo. Tanto si era posible vérmelo como si no, yo siempre suponía que estaban leyéndolo, y no me tranquilizaba dar media vuelta para mirar hacia atrás, ya que suponía constantemente que alguien estaba leyéndolo. El hombre de la pierna de palo, con su crueldad, agravaba mis males. Allí, aquel hombre era una autoridad, y si alguna vez me veía apoyado contra un árbol, o contra la tapia, o quizá contra la fachada de la casa, se asomaba a su puerta y me gritaba, con voz estentórea:

—¡Eh, señor Copperfield! Enseñe su cartel si no quiere que le obligue a enseñarlo yo.

El patio de recreo estaba abierto por la parte posterior y daba a las dependencias de la casa. Yo sabía que todas las criadas leían mi cartel, y el panadero, y el carbonero..., en una palabra, todo el mundo que acudía por la mañana a la hora en que yo tenía orden de pasear por allí. Todos leían que había que tener cuidado conmigo porque mordía. Recuerdo que empecé a tener miedo de mí mismo como de un niño salvaje que mordiese.

En aquel patio había una puerta muy vieja, donde los chicos acostumbraban grabar sus nombres y que estaba cubierta de inscripciones. En mi temor ante la llegada de los otros niños, no podía leer aquellos nombres sin pensar en el tono con que leerían «¡Cuidado con él! ¡Muerde!». Había uno, un tal J. Steerforth, que grababa su nombre muy a menudo y muy profundamente, y al que me figuraba leyéndolo a gritos, y después tirándome del pelo. Había otro, un tal Tommy Traddles, que yo temía que se acercara como distraído, y después hiciera como que se asustaba al encontrarse a mi lado. A otro de ellos, George Demple, lo imaginaba leyéndolo en forma de cántico. Y me pasaba el tiempo mirando aquella puerta (pequeña y temblorosa criatura) hasta que todos aquellos propietarios de los nombres (eran cincuenta y cuatro, según me dijo el señor Mell) querían enviarme a Coventry por unanimidad, gritando cada uno a su manera: «¡Cuidado con él! ¡Muerde!».

Lo mismo me ocurría mirando los pupitres y les bancos; lo mismo con las camas del dormitorio desierto, que contemplaba cuando estaba acostado. Todas las noches soñaba: unas veces, que estaba con mi madre, como de costumbre; otras, que me hallaba en casa del señor Peggotty o viajando en la diligencia, almorzando con mi amigo, aquel desgraciado camarero, y en todas las circunstancias, la gente terminaba asustándose al darse cuenta de que solo llevaba la ligera camisa de dormir y el cartel a la espalda.

La monotonía de mi vida y la constante aprensión de la reapertura de la escuela me tenían sumido en una insoportable aflicción. Todos los días tenía que hacer muchos deberes para el señor Mell; pero los hacía bien, pues allí no estaban los dos hermanos Murdstone. Antes y después de mi trabajo, me paseaba, vigilado, como ya he dicho, por el hombre de la pierna de palo. ¡Cómo recuerdo la humedad de la tierra alrededor de la casa, las piedras cubiertas de musgo en el patio, una fuente muy vieja y destrozada y los descoloridos troncos de algunos árboles raquíticos! A la una comíamos el señor Mell y yo en una esquina del largo comedor, lleno de mesas desnudas. Después nos dedicábamos a trabajar hasta la hora del té, que el señor Mell tomaba en una taza azul, y yo, en una de estaño. Todo el día, hasta las siete o las ocho de la tarde, el señor Mell permanecía en su pupitre trabajando sin descanso con plumas, tinta, papel y libros, haciendo las cuentas, según supe después, del último semestre. Cuando, ya por la noche, dejaba su trabajo, armaba la flauta y la tocaba con tanta energía que yo temía que fuera a deslizarse por el agujero del instrumento o por los orificios de las llaves.

Todavía me parece estar viendo a mi pequeña persona en la habitación apenas iluminada, sentado, con la cabeza entre las manos y escuchando las tristes melodías del señor Mell o estudiando. Me veo también con los libros cerrados a mi lado y escuchando a través de aquella música los ruidos habituales de mi casa, o el ulular del viento en la llanura de Yarmouth, sintiéndome muy solo y muy triste. Me veo aún metiéndome en la cama, en un solitario lecho entre los demás, y sentándome en ella para llorar, deseando una palabra cariñosa de Peggotty. Y luego, por la mañana, me veo bajando la escalera y mirando la campana de la escuela, a través de un tragaluz que la ilumina, suspendida en lo alto, con la veleta encima, y pensando en cuándo sonará llamando a J. Steerforth y a todos los demás a clase. Sin embargo, este no es mi mayor temor, pues lo que realmente me horroriza es el momento en el que el hombre de la pierna de palo abra la puerta para dejar pasar al temible señor Creakle.

Y aunque yo no crea que soy un chico malo, como sigo llevando el cartel sobre la espalda...

El señor Mell nunca me hablaba mucho, pero no era malo conmigo. Creo que nos hacíamos mutuamente compañía, aunque no nos dirigiésemos la palabra. He olvidado decir que él, algunas veces, hablaba solo. Entonces rechinaba los dientes, apretaba los puños y se tiraba de los pelos de una manera extraña; pero debía de ser algo habitual en él y, aunque al principio me asustaba mucho, pronto me habitué a ello.