Lista de mapas

1. El hemisferio norte hace 20.000 años - Introducción 

2. La Tierra del Plioceno, hace 4 millones de años - Capítulo 1 

3. Cuenca del Mediterráneo, hace 5,33 millones de años - Capítulo 2 

4. La Tierra del Oligoceno, hace 32 millones de años - Capítulo 3 

5. La Antártida y el océano Antártico, hace 41 millones de años - Capítulo 4 

6. América del Norte, hace 66 millones de años - Capítulo 5 

7. La Tierra del Cretácico temprano, hace 125 millones de años - Capítulo 6 

8. El archipiélago europeo del Jurásico, hace 155 millones de años - Capítulo 7 

9. La Tierra del Triásico, hace 225 millones de años - Capítulo 8 

10. Pangea y el Tetis, hace 253 millones de años - Capítulo 9 

11. La Tierra del Carbonífero, hace 309 millones de años - Capítulo 10 

12. El Viejo Continente Rojo, hace 407 millones de años - Capítulo 11 

13. La Tierra del Silúrico, hace 435 millones de años -Capítulo 12 

14. El hemisferio sur, hace 444 millones de años - Capítulo 13 

15. La Tierra del Cámbrico, hace 520 millones de años - Capítulo 14 

16. La Tierra del Ediacarano, hace 550 millones de años -Capítulo 15 

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cap-2

Introducción
La casa de millones de años

Que nadie diga que el pasado está muerto. 

El pasado está a nuestro alrededor y en nuestro interior. 

OODGEROO NOONUCCAL, The Past 

Desconozco el lugar al que me conducirá la tempestad en este océano de edades pretéritas. 

OLE WORM 

Miro por la ventana, más allá de las tierras de cultivo, las casas y los parques, hacia un lugar que durante cientos de años ha sido conocido como World’s End (el fin del mundo). Su nombre se debe a un pasado remoto de Londres, ciudad que ahora ha crecido hasta absorberlo. Pero, no hace mucho tiempo, aquello era realmente el fin del mundo. El suelo de ese lugar se formó en la edad de hielo, y era una mezcla de gravas depositadas por los ríos entonces afluentes del Támesis. El avance de los glaciares desvió su curso, y el Támesis desemboca ahora en el mar a más de ciento cincuenta kilómetros al sur de donde solía fluir. Mirando por la ventana las cumbres de arcilla compactada por el peso del hielo, es posible, o casi, hacer desparecer mentalmente los setos, los jardines y las farolas e imaginar otra tierra, un mundo frío al borde de una capa de hielo que se extiende cientos de kilómetros. Bajo la grava helada se encuentra la Arcilla de Londres, en la que se conservan los antiguos residentes de este lugar: cocodrilos, tortugas marinas y los primeros parientes de los caballos. La tierra que habitaban se hallaba cubierta de manglares y papayos en cuyas aguas abundaban la vegetación marina y los nenúfares gigantes; un cálido paraíso tropical. 

Los mundos del pasado pueden parecer a veces inimaginablemente lejanos. La historia geológica de la Tierra empezó hace unos cuatro mil quinientos millones de años. La vida ha existido en este planeta desde hace unos cuatro mil millones de años, y aquellos organismos que superaban en tamaño a los unicelulares, desde hace tal vez dos mil millones de años. Los mundos que se sucedieron a lo largo del tiempo geológico, revelados por el registro paleontológico, son variados y, a veces, muy distintos del mundo actual. El geólogo y escritor escocés Hugh Miller, reflexionando sobre la duración del tiempo geológico, dijo que ni todos los años de la historia humana «se extienden hasta el ayer del globo, y mucho menos rozan las miríadas de edades que se sucedieron antes». Ese ayer es realmente largo. Si los cuatro mil quinientos millones de años de historia de la Tierra se redujeran a un día y se proyectaran como una película, se sucederían más de tres millones de años de metraje por minuto. Veríamos cómo los ecosistemas se forman y decaen con rapidez a medida que las especies que constituyen sus partes vivas aparecen y se extinguen. Veríamos cómo los continentes se desplazan, las condiciones climáticas cambian en un abrir y cerrar de ojos, y acontecimientos súbitos y dramáticos eliminan longevas comunidades con consecuencias devastadoras. La extinción masiva que terminó con los pterosaurios, los plesiosaurios y todos los dinosaurios no aviares se mostraría veintiún minutos antes de acabar la película. La historia humana escrita comenzaría en la última décima de segundo.[1]

En la mitad de la última décima de segundo de ese pasado concentrado se construyó en Egipto, cerca de la actual ciudad de Luxor, un complejo de templos funerarios donde fue sepultado el faraón Ramsés II. Todo lo ocurrido desde la construcción del Ramesseum es un simple pestañeo frente al abismal precipicio del tiempo geológico, y, sin embargo, esa construcción se considera un proverbial recordatorio de la transitoriedad. El Ramesseum es el lugar que inspiró a Percy Bysshe Shelley el poema «Ozymandias», que contrapone las grandilocuentes palabras de un faraón todopoderoso a un paisaje de lo que, cuando se escribió el poema, no era más que arena.[2]

Cuando leí por primera vez «Ozymandias», no sabía de qué trataba, y supuse erróneamente que era el nombre de algún dinosaurio. El título era largo y extraño, y su pronunciación difícil de averiguar. El lenguaje descriptivo utilizado en el poema era el de la tiranía y el poder, el de las construcciones de piedra y los reyes. Parecía ajustarse al de los libros ilustrados de mi infancia sobre la vida prehistórica. Cuando leí los versos que dicen «Encontré a un viajero de una tierra antigua que dijo: dos inmensas piernas pétreas, sin tronco, se yerguen en el desierto», pensé en una capa de yeso aplicada a los restos de alguna bestia terrible de la prehistoria. Un tiránico rey lagarto, tal vez ya deshecho en huesos y fragmentos de huesos en las Badlands de Norteamérica. 

No todo lo que se rompe se pierde. «… en el pedestal se leen estas palabras: “Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes; contemplad mis obras, poderosos, y desesperaos”. Nada más queda a su lado». Estos versos parecen indicar que el tiempo se rio por última vez de un gobernante engreído, pero el mundo de ese faraón ha sido recordado; la estatua es la prueba de su existencia, el contenido de las palabras, los detalles de su estilo, los indicios de su contexto. Así leído, «Ozymandias» nos sugiere una forma de pensar en los organismos fósiles y los ambientes en que estos vivían. Restando la arrogancia, el poema puede leerse como una forma de conocer la realidad de un pasado a partir de los restos que sobreviven hoy. Incluso un fragmento puede contar una historia concreta, ser una prueba de algo previo a las arenas llanas y solitarias, de algo distinto que solía estar allí; de un mundo que ya no existe, pero que, gracias a lo que yace entre las rocas, sigue siendo discernible. 

El propio Ramesseum era conocido originalmente por un nombre que se traduce como «la casa de millones de años», un epíteto que bien podría valer para la Tierra. El pasado de nuestro planeta también se esconde bajo tierra. Allí están las marcas de su formación y los cambios que experimentó su corteza. También es una cámara mortuoria que recuerda en piedra a sus habitantes, con los fósiles cual lápidas, mascarillas funerarias y cadáveres.[3]

Esos mundos, esas otras tierras, no se pueden visitar; al menos no en un sentido físico. No es posible visitar los entornos en los que se movieron los titánicos dinosaurios, ni pisar sus suelos, ni nadar en sus aguas. La única forma de conocerlos es a través de las rocas, de las huellas dejadas en arenas heladas, e imaginando una Tierra ya desaparecida. 

Este libro es una exploración de nuestro planeta tal y como era en otros tiempos, de los cambios que acaecieron a lo largo de su historia y de las formas de adaptarse que la vida encontró (o no). En cada capítulo visitaremos, guiados por el registro fósil, un lugar distinto del pasado geológico para observar las plantas y los animales que allí hubo, adentrarnos en el ambiente y aprender lo que podamos sobre nuestro mundo a partir de aquellos ecosistemas extintos. Visitando escenarios pretéritos con la mentalidad de un viajero, como quien hace un safari, espero salvar la distancia entre el pasado y el presente. Cuando un paisaje se nos hace visible, se nos muestra directamente, y es más fácil hacerse una idea de las maneras, a menudo familiares, en que los organismos viven, compiten, se aparean, comen y mueren en él. 

En este libro se ha dedicado un espacio aparte a cada época geológica hasta la última de las «cinco grandes extinciones masivas», hace sesenta y seis millones de años, que juntas constituyen el Cenozoico, nuestra era. Para antes de esa extinción masiva, se ha elegido un yacimiento por cada periodo geológico (que comprende varias épocas) hasta los inicios de la vida pluricelular, en el Ediacarano, hace más de quinientos millones de años. Algunos lugares se han elegido por su notable biología, otros por su inusual entorno, y otros sobre todo porque se han conservado bastante bien, con lo cual nos ofrecen una visión inusitadamente clara de cómo era e interactuaba la vida en el pasado. 

Los viajes se emprenden desde casa, y el curso que seguiremos irá desde el presente hacia atrás en el tiempo. Comenzaremos en los entornos más o menos familiares de las edades de hielo pleistocénicas, cuando los glaciares acumularon gran parte del agua del planeta e hicieron descender el nivel del mar, para viajar progresivamente atrás en el tiempo. La vida y la geografía nos resultarán cada vez menos familiares. Las épocas geológicas del Cenozoico nos llevarán a los primeros tiempos de la humanidad, pasando por la mayor catarata que jamás ha existido en la Tierra y una Antártida templada y boscosa, hasta llegar a la extinción masiva del final del Cretácico. 

Seguiremos retrocediendo para conocer a los habitantes del Mesozoico y el Paleozoico, visitar bosques dominados por dinosaurios, un arrecife de cristal de miles de kilómetros de longitud y un desierto inundado por las lluvias monzónicas. Veremos cómo los organismos se adaptaron a ecologías enteramente nuevas cuando se mudaron a la tierra y al aire, y cómo la vida, al crear nuevos ecosistemas, abrió las puertas a una diversidad aún mayor. 

Tras una breve visita al Proterozoico, hace unos quinientos cincuenta millones de años, en el eón geológico anterior al nuestro, volveremos a nuestra Tierra, la de hoy. Los paisajes del mundo moderno están cambiando rápidamente a causa de las perturbaciones provocadas por los humanos. Haciendo una comparación con los radicales trastornos ambientales del pasado geológico, veremos qué podemos esperar que ocurra en un futuro próximo y en otro más lejano. 

No podemos hacer experimentos en el planeta para descubrir qué cambios se producen a escala continental en una atmósfera con alto contenido de dióxido de carbono, ni tenemos tiempo suficiente para comprobar los efectos a largo plazo del colapso global de los ecosistemas antes de mitigarlo. Nuestras predicciones deben basarse en modelos precisos del funcionamiento del mundo. A este respecto, el dinamismo de la Tierra a lo largo de la historia geológica nos proporciona un laboratorio natural. Las respuestas a las preguntas sobre lo que sucederá a largo plazo solo pueden encontrarse observando los momentos en los que la Tierra pretérita reflejaría lo que esperamos ver en la futura Tierra. En el pasado se produjeron cinco grandes extinciones masivas, el aislamiento y la reagrupación de masas continentales, cambios en la composición química y la circulación oceánicas y atmosféricas, todo lo cual aporta datos para nuestra comprensión del funcionamiento de la vida en la Tierra en escalas de tiempo geológicas. 

Podemos hacernos preguntas sobre nuestro planeta. La biología del pasado no es solo una curiosidad que nos sume en el desconcierto, o algo extraño y de otro mundo. Los principios ecológicos que rigen las selvas tropicales modernas o los líquenes que moran en la tundra son igualmente válidos en los ecosistemas del pasado. Aunque, en estos escenarios, los actores sean diferentes, la obra es la misma.  

Considerado de forma aislada, un fósil puede ofrecernos una fantástica lección sobre la variación anatómica, la forma y la función, y sobre lo que un organismo puede hacer con unos simples retoques a un conjunto de herramientas de desarrollo general. Pero, del mismo modo que las estatuas de la Antigüedad se produjeron en el contexto de una cultura, ningún fósil, sea de animal, planta, hongo o microbio, ha existido nunca de forma aislada. Cada organismo formaba parte de un ecosistema, de una interacción entre una miríada de especies y el medio ambiente, una compleja mezcolanza de vida, clima y química que también dependía de la rotación de la Tierra, la posición de los continentes, los minerales del suelo o el agua y las limitaciones impuestas por los antiguos habitantes de una zona. Recrear los mundos en los que se depositaron los fósiles, y en los que vivieron los organismos que los crearon, es un reto al que los paleontólogos han intentado responder desde el siglo XVIII, y sus esfuerzos se han multiplicado y han acumulado nuevos detalles durante las últimas décadas. 

Los recientes avances paleontológicos han revelado pormenores de la vida del pasado que hasta no hace mucho se tenían por imposibles. Ahora podemos profundizar como nunca antes en la estructura de los fósiles, y somos capaces de averiguar los colores de las plumas, reconstruir los caparazones de los escarabajos y las escamas de los lagartos, además de descubrir las enfermedades que animales y plantas sufrían. Al compararlo todo ello con criaturas vivas, podemos establecer sus interacciones en las redes tróficas, la potencia de su mordida o la solidez de su cráneo, su estructura social, sus hábitos de apareamiento y hasta, en raros casos, el sonido de sus llamadas. Los paisajes del registro fósil ya no son meras colecciones de impresiones en las rocas y listas taxonómicas de nombres. Las últimas investigaciones han revelado comunidades vibrantes y prósperas, restos de organismos reales, vivos, que llevaban a cabo sus cortejos, enfermaban, lucían brillantes plumas o flores, y emitían cantos y sonidos, habitando mundos que obedecían a los mismos principios biológicos que los actuales.[4]

Quizá no sea esto lo que la gente imagina cuando piensa en la paleontología. Está muy extendida la imagen del caballeroso coleccionista victoriano que viaja a otras tierras y culturas, pico en mano, listo para excavar la tierra. Cuando el físico Ernest Rutherford declaró —supuestamente— con cierto desprecio que toda ciencia era «física o filatelia», es probable que pensase en filas de animales disecados, gavetas de mariposas con las alas desplegadas por completo y esqueletos amenazantes sostenidos con piezas de hierro fabricadas para ello. Pero hoy es tan probable que un paleobiólogo se pase las horas delante de un ordenador, o en un laboratorio utilizando aceleradores de partículas circulares para disparar rayos X a los fósiles, como que las pase bajo el sol del desierto. Mi propio trabajo científico se ha desarrollado sobre todo entre colecciones de museos y algoritmos informáticos, recurriendo a características anatómicas compartidas para intentar averiguar las relaciones entre los mamíferos que vivieron después de la última extinción masiva.[5]

No es ni mucho menos imposible obtener información sobre la historia de la vida a partir tan solo de la vida hoy existente, pero es como intentar comprender el argumento de una novela leyendo solo las últimas páginas. Podremos deducir algo de lo que ha sucedido antes y averiguar lo que pasa con los protagonistas al final de la novela, pero la riqueza del argumento, los numerosos personajes y los principales lances de la historia se nos escaparían. Aun conociendo los fósiles, la mayor parte de la historia de la vida sigue siendo oscura para los no especialistas. El gran público tiene conocimiento de los dinosaurios y los animales en Europa y Norteamérica durante la edad de hielo, y quien esté un poco más familiarizado con el tema habrá oído hablar de los trilobites y los amonites, o quizá de la explosión del Cámbrico. Pero estos son solo fragmentos de toda la historia. En este libro me propongo llenar algunas de sus lagunas. 

Este ensayo es, inevitablemente, una interpretación personal del pasado. El pasado lejano, el verdadero «tiempo profundo», tiene significados diferentes para cada persona. El tiempo que tardaron los billones de organismos que componían el plancton en depositarse y compactarse para formar las masas de creta de Kent y Normandía, hechas todas ellas de esqueletos, es para algunos un hecho tan pasmoso que les produce vértigo. Para otros, es una evasión, una oportunidad de pensar en formas de vida distintas de las que hoy conocemos, pertenecientes a un tiempo anterior a nuestras preocupaciones por la extinción causada por el ser humano, cuando la del dodo no era más que una posibilidad futura. Pero todo lo que veremos en este libro está basado en hechos, unos directamente observables en el registro fósil y bien establecidos por inferencias, y otros que, ya que nuestro conocimiento es incompleto, solo son creíbles según los fundamentos que podemos afirmar con seguridad. En los casos en que hay desacuerdo, he seleccionado una de las hipótesis que compiten, y a ella me he atenido. Después de todo, un revuelo en un matorral, el lomo solo entrevisto de un animal o la sensación de que algo se mueve en la oscuridad forman parte de la experiencia de la naturaleza, por lo que un poco de ambigüedad puede despertar tanto interés como una verdad afianzada. 

Las reconstrucciones expuestas aquí son el resultado del trabajo de miles de científicos durante más de doscientos años, y la interpretación de los restos fósiles es, en última instancia, lo que ha cimentado los elementos fácticos de este libro. Para un paleobiólogo, las protuberancias, las crestas y las oquedades en huesos, exoesqueletos o restos de madera nos dan las pistas necesarias para hacernos una idea de un organismo, tanto si este vive en la actualidad como si se ha extinguido. Observar el cráneo de un cocodrilo de agua dulce actual es como leer la descripción de un personaje. Las apófisis y los arcos evocan la arquitectura gótica, que en este caso no resiste el peso del techo de una catedral, sino la poderosa fuerza de los músculos de las mandíbulas. Los ojos y los orificios nasales sobresalen del cráneo, y hablan de una natación baja, que mira y respira justo por encima de la superficie acuática; la larga serie de dientes, puntiagudos pero cónicos y dispuestos en un hocico largo y arqueado, indican un estilo de alimentación consistente en atrapar, retener y arrastrar a la presa, idóneo para capturar a los resbaladizos peces. También están ahí las cicatrices de la vida, como las fracturas soldadas. Las vivencias dejan unas marcas detalladas y reproducibles. 

Ahora es habitual en paleobiología ir más allá del espécimen individual y descifrar las características de los ecosistemas del pasado: sus interacciones, nichos, redes tróficas y la circulación de minerales y nutrientes que se daba en ellos. Los escondrijos y las huellas fosilizados pueden revelar detalles de los movimientos y del estilo de vida que la anatomía no indica. Los parentescos entre especies nos ayudan a saber qué factores fueron importantes para su biología y su distribución, y qué fue lo que impulsó su evolución. Los patrones y la composición química de los granos de arena de las rocas sedimentarias registran el entorno. ¿Fue la pared de este acantilado un delta fluvial disperso con los cursos, siempre cambiantes, de los ríos que serpenteaban a través de una llanura cenagosa, o fue un mar poco profundo? ¿Era ese mar una albufera protegida, en la que el fino limo se deslizaba lentamente hacia el fondo de unas aguas tranquilas, o era un lugar de olas rompientes? ¿Cuál era la temperatura atmosférica en aquel tiempo? ¿Cuál era el nivel global del mar? ¿En qué dirección soplaba el viento que allí prevalecía? Todas ellas, con los conocimientos necesarios, pueden ser preguntas de fácil respuesta.[6]

No todos estos tipos de información están a nuestro alcance en un lugar determinado, pero, en ocasiones, se unen como hilos, de tal manera que un paleoecólogo puede formarse una rica imagen de un ambiente concreto, la cual puede incluir tanto el clima y la geografía como a las criaturas que lo habitaban. Estas imágenes de entornos pasados, tan vivos como los actuales, a menudo contienen importantes lecciones sobre la forma de considerar aspectos de nuestro mundo contemporáneo. 

Muchas partes del mundo natural que hoy damos por supuestas son relativamente recientes. Las plantas herbáceas, principal componente de los mayores ecosistemas del planeta en la actualidad, no aparecieron hasta finales del Cretácico, hace algo menos de setenta millones de años, como partes poco comunes de los bosques de la India y América del Sur. Los ecosistemas donde predominan no se formaron hasta hace unos cuarenta millones de años; nunca hubo praderas de dinosaurios, y, en el hemisferio norte, la hierba simplemente no existía. Debemos dejar de lado las ideas preconcebidas sobre el aspecto de un paisaje, ya sea porque hemos trasladado especies modernas al pasado o porque en nuestra mente hemos reunido criaturas que, aunque extinguidas, vivieron millones de años atrás. Entre la vida del último Diplodocus y la del primer Tyrannosaurus transcurrió más tiempo que entre la del último Tyrannosaurus y su nacimiento. Las criaturas del Jurásico, como el Diplodocus, no solo no conocieron la hierba, sino que tampoco vieron jamás una flor; las plantas con flores no se diversificaron hasta el Cretácico medio.[7]

En la actualidad, con la crisis de biodiversidad provocada por la destrucción y fragmentación de cada hábitat, combinada con los persistentes efectos del cambio climático, estamos muy familiarizados con la idea de que cada vez hay más organismos en vías de extinción. A menudo se dice que estamos viviendo una sexta extinción masiva. Ya estamos acostumbrados a oír hablar de la decoloración generalizada de los arrecifes de coral, del deshielo del Ártico o de la deforestación en Indonesia y en la cuenca del Amazonas. Menos discutidos, aunque también extremadamente importantes, son los efectos del drenaje de los humedales o el calentamiento de la tundra. Los paisajes del mundo que habitamos están cambiando, y la escala y las repercusiones de esto son a menudo difíciles de comprender. La idea de que algo tan vasto como la Gran Barrera de Coral, con toda su vibrante diversidad, pueda un día desaparecer parece intrínsecamente improbable. Sin embargo, los registros fósiles nos muestran que este tipo de cambio a gran escala no solo es posible, sino que ha ocurrido una y otra vez a lo largo de la historia de la Tierra.[8]

Los arrecifes actuales son de coral, pero, en el pasado, moluscos bivalvos del tipo de la almeja como los braquiópodos han sido constructores de arrecifes, incluso las esponjas. Los corales solo les tomaron el relevo cuando los arrecifes de moluscos sucumbieron en la última extinción masiva. Estas almejas constructoras de extensos arrecifes se originaron en el Jurásico tardío, sustituyendo en la tarea a las esponjas, que, a su vez, habían ocupado este nicho después de que los arrecifes de braquiópodos fueran totalmente eliminados con la extinción masiva de finales del Pérmico. A la larga, los arrecifes de coral de escala continental podrían acabar siendo uno de esos ecosistemas que nunca regresarán, un fenómeno característico del Cenozoico al que pondría fin la extinción masiva provocada por el hombre. En estos momentos, tanto su futuro como el de otros ecosistemas amenazados está en la cuerda floja, y el registro fósil, que nos muestra la rapidez con que el predominio puede tornarse obsolescencia y pérdida, se nos presenta como un recordatorio y una advertencia.[9]

El mundo de los fósiles puede no parecer un lugar obvio donde obtener información sobre la vida futura. La extrañeza que nos causan esos vestigios, verdaderos jeroglíficos biológicos, impone un distanciamiento con respecto al pasado, una especie de frontera infranqueable tras la cual se encuentra algo que nos atrae y que nunca podrá alcanzarse. La poeta y académica Alice Tarbuck, en su poema «La naturaleza es una taxonomía que todos los pequeños huesos resisten», refleja esa distancia diciendo: «Dadme la huella del leviatán, dadme la bestia marina rugiente». Anhela «huellas que conduzcan a siglos pasados, al sótano de lo que podría ser», y rechaza la nomenclatura museística de la clasificación: «Que nadie cante la taxonomía». 

Incluso como alguien que pasa parte de su vida laboral separando organismos en celdas de filo-clase-orden, yo también siento más afinidad hacia el propio ser vivo que hacia la clasificación. Un nombre puede ser evocador o significativo, pero en su mayor parte no puede aludir al sentido de un organismo. La nomenclatura en latín consiste en meros marcadores, el sistema de clasificación decimal Dewey de la biología. Bastaría con un número como clasificación, y, de hecho, así es como funciona esencialmente el sistema. De cada especie y subespecie hay en algún lugar del mundo un espécimen individual que establece lo que es, por ejemplo, un zorro rojo italiano; el individuo confirmado de la subespecie Vulpes vulpes toschii es el ZFMK 66-487, conservado en el museo Alexander König de Bonn. Para que se considere a un individuo un ejemplar de esta subespecie, este debe ser lo suficientemente parecido, en anatomía y composición genética, a este particular zorro platónico, una hembra adulta recogida en el monte Gargano en 1961. Puede que esta nomenclatura sea práctica, pero no dice nada sobre los equilibrismos que realiza un zorro de ciudad en una desvencijada valla de jardín, sobre el apresurado y sigiloso deambular de los individuos adultos, ni sobre la legendaria astucia del zorro Renard o sobre el despreocupado sueño al aire libre de los cachorros. Y esta es una criatura que podemos ver hoy. ¿Qué esperanza hay en el nombre de las que ya no están? Mi reto al presentarlas es tender un puente entre el nombre y la realidad, entre el precio y el oro. Ver las antiguas formas de vida como si fueran visitantes habituales de nuestro mundo, como seres palpitantes e impulsivos de carne e instinto, como troncos que crujen y hojas que caen.[10]

Cuando hoy representamos a criaturas extintas como si estuvieran vivas, solemos mostrarlas como monstruos un tanto malvados con un insaciable apetito. Esto se remonta a los sensacionalistas de la geología que predominaron a principios del siglo XIX; algunos estaban tan interesados en promover su visión de un pasado dramático y violento que representaban a los mamuts lanudos y a los perezosos terrestres, los cuales ya se sabía que eran herbívoros, como voraces carnívoros. El mamut, por ejemplo, se presentaba al público como un poderoso depredador que acechaba en los lagos a sus presas, las tortugas, mientras que el manso perezoso terrestre aparecía como un «gigante de mirada torva, cruel como la sanguinaria pantera, veloz como el descenso del águila y terrible como el ángel de las tinieblas». Incluso hoy, la representación de los animales prehistóricos como criaturas de una agresividad ciega y salvaje sigue estando a la orden del día en innumerables películas, libros y programas de televisión. Pero los depredadores del Cretácico no tenían más sed de sangre que un león en la actualidad. Peligrosos, sin duda, pero animales, no monstruos.[11]

Lo que tienen en común la estática colección de fósiles vistos como curiosidades y la representación de organismos extintos como monstruos es la falta de un contexto ecológico real. Las plantas y los hongos están siempre ausentes, y los invertebrados solo merecen una somera atención. Sin embargo, el registro rocoso de la Tierra aporta ese contexto y revela los entornos en los que las criaturas extinguidas vivían, aquellos que les dieron las formas que ahora nos parecen tan insólitas. Es una enciclopedia de lo posible, de mundos que desaparecieron, y este libro es un intento de devolver la vida a algunos de ellos, de romper con la imagen fija y manida de los organismos extinguidos, o con el sensacionalista parque temático de los rugientes tiranosaurios, y de experimentar la realidad de la naturaleza tal como si fuese la de hoy. 

Considerar los mundos que una vez existieron es el deseo de viajar a lo largo del tiempo. Espero que este libro se lea como la guía de un naturalista, aunque de tierras distantes en el tiempo y no en el espacio, y se empiecen a ver los últimos quinientos millones de años no como una extensión temporal interminable e insondable, sino como una serie de mundos tan fabulosos como conocidos. 

 

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cap-3

1
Deshielo

Llanura del norte de Alaska

Pleistoceno. Hace 20.000 años

De día y de noche, en verano y en invierno, con mal tiempo o con buen tiempo, ella habla de libertad. Si alguien ha perdido su libertad, la estepa se lo recordará.

VASILI GROSSMAN, Vida y destino

También Telipinu se adentró en el páramo y se mezcló con él. Sobre él creció la planta de halenzu.

Mito hitita

Está a punto de amanecer en Alaska. Una pequeña manada de caballos, cuatro adultos y tres potros, se apiña para hacer frente al gélido viento del nordeste. Hace ya más de diez horas que el sol se ha puesto, y el aire es tan frío que tensa la piel. Dos de las yeguas hacen turno como centinelas y vigilan en la oscuridad mientras su familia descansa o busca alimento. Están juntas, flanco contra flanco, de los ollares a la cola, una buena manera de reducir el estrés mientras se mantienen calientes y sin dejar de vigilar en todas las direcciones. Es primavera, y aunque durante el invierno el suelo tampoco ha estado cubierto de nieve, aparece alfombrado con una profusión de hierba muerta y arena traída por el viento. Las llanuras entre la cordillera de Brooks, en el norte de Alaska, y la costa del océano Ártico, siempre congelado, son excepcionalmente secas; apenas ha llovido ni nevado sobre esta tierra. Casi inaudible bajo el vendaval, un arroyo inconstante y con muy escaso caudal se abre paso entre los guijarros desde las tierras más altas del sur; muere antes de llegar al mar, desaparece por completo al ser absorbido por las dunas que lo invaden. El caudal de esta corriente varía de un día para otro, pero alcanzará su máximo en los próximos meses, ya que depende del deshielo de las montañas. En invierno hay poco que comer; el suelo es tierra desnuda en sus cuatro quintas partes, y en el resto se alzan tallos secos y oscurecidos, y la escasa comida que allí queda está cubierta de polvo abrasivo. Aun así, los restos desecados de la abundancia que hubo en el verano son suficientes para mantener a varias manadas pequeñas de estos caballos de patas cortas. Con temperaturas tan anestesiantes como las que se daban en la vertiente norte en el apogeo de la última glaciación, unas extremidades demasiado largas llevaban aparejado el riesgo de hipotermia. Los caballos de Alaska tienen un tamaño más parecido al de los ponis, y se asemejan a los modernos caballos de Przewalski, pero con extremidades más delgadas. Su pelaje es desgreñado y parduzco, y sus crines, cortas, negras e hirsutas. Los que duermen todavía se mueven, sacudiendo distraídamente la cola a la tenue luz de la aurora. Estos son los verdaderos habitantes del árido norte, los que permanecen allí sin importarles las condiciones. Los visitantes estivales de la vertiente norte —grandes congregaciones de bisontes y caribúes, y algún que otro grupo disperso de bueyes almizcleros, alces y saigas— se han marchado por ser menos capaces que los caballos de sobrevivir con una vegetación tan pobre. Incluso para estos es difícil subsistir durante el invierno boreal, lo cual se ve agravado por la preñez de una de las yeguas. Cada pequeña manada contiene un solo macho y varias hembras, y el nacimiento de los potros coincide con el final de la primavera. La mortalidad es elevada, y la esperanza de vida es la mitad que la de los caballos salvajes actuales: estos habitantes de Alaska suelen durar quince años, y viven al límite frente a un viento inclemente.[1]

 

Arctodus simus y Mammuthus primigenius

 

Ese viento sopla desde un mar de arena de siete mil kilómetros cuadrados situado en la mitad oriental de lo que se convertirá en Alaska y bordeado al oeste por el río Ikpikpuk, que todavía existe. A través de este gélido desierto surgen dunas de treinta metros de altura en hileras de veinte kilómetros de largo. La arena se desplaza hacia el oeste a través de la estepa, cubriendo las estribaciones de la cordillera de Brooks con un polvo de aspecto azucarado por la mezcla de arena y limo arrastrada por el viento y conocida como «loess». En algunos momentos del Pleistoceno hay tan poca comida durante los meses fríos que todos los herbívoros, desde el caribú hasta el mamut, dejan de crecer. Al igual que los árboles, sus huesos y dientes acusan marcas de crecimiento, una cicatriz física de la estacionalidad, un recuento de los inviernos soportados. Subsisten con lo que encuentran, gastando poca energía y confiando en su masa corporal para aguantar hasta que vuelva un tiempo mejor. Donde haya herbívoros, los depredadores estarán al acecho. En cualquier momento, un par de garras podrían surgir de los matorrales, y una mordedura en el cuello les arrebataría la vida. En estos paisajes de vegetación baja, un pequeño número de manadas de leones de las cavernas controlan grandes territorios. Merodean silenciosos por la estepa, inclinando los hombros a un lado y otro a cada paso, y para los caballos casi no hay manera de saber si están cerca. La caza de los leones se basa en el acecho y el sigilo, por lo que la oscuridad los acerca. Las yeguas están atentas, cualquier ruido hace que sus orejas se muevan sobre sus frentes, blanquecinas y abombadas.[2]

Tres leones deambulan por la Tierra en el Pleistoceno, de los cuales el león africano —el único superviviente hasta los tiempos modernos— es el de mejor planta. Al otro lado de la capa de hielo de los Laurentides, y por toda América del Norte hasta el sur de México, e incluso América del Sur, vive el león americano, el más grande de los tres. Son animales ligeramente moteados y de color rojizo, miden hasta dos metros y medio de largo, y son inmigrantes recientes, descendientes de ancestros que se desplazaron desde Eurasia hace unos trescientos cuarenta mil años. Sin embargo, tanto en las estepas de Europa y Asia como aquí, en Alaska, el mayor riesgo para estos caballos y caribúes es el león de las cavernas euroasiático, Panthera leo spelaea, que divergió de los leones modernos hace unos quinientos mil años. Gran parte de lo que sabemos sobre su aspecto se lo debemos al arte: hay cientos de pinturas y esculturas detalladas, realizadas por humanos del norte de Eurasia, que documentan muchas de las especies que habitaron la estepa de los mamuts. Un 10 por ciento más grandes que el león africano, los leones de las cavernas euroasiáticos son más pálidos y desgreñados, y un pelaje áspero y grueso les cubre la densa y ondulada piel, casi blanca: dos capas de aislamiento contra el frío. Ni los machos, que son considerablemente más grandes, ni las hembras tienen melena, aunque ambos presentan barbas cortas. Los restos de animales tienden a acumularse y permanecer inalterados en las cuevas, por eso los conocemos como «leones de las cavernas», pero vivían al aire libre, vagando por la estepa en pequeños grupos sociales y cazando caribúes y caballos.[3]

Todos los felinos son depredadores de emboscada, su anatomía está adaptada para acechar y sorprender a las presas, como mucho para una corta carrera. Este tipo de acecho requiere sigilo, pero, en el espacio abierto de la estepa, es difícil lograrlo y, en comparación con otros felinos, los leones de las cavernas son relativamente buenos persiguiendo a sus presas. Las pinturas de estos animales muestran a menudo sus rasgos: líneas oscuras que parten de los ojos, como las de los guepardos, que les ayudan a evitar ser deslumbrados por la luz del sol, y una clara división entre el lomo, más oscuro, y el pálido vientre.[4]

En la actualidad, los leones, los elefantes y los caballos salvajes no se asocian a las zonas septentrionales de Norteamérica, así como tampoco la falta de nieve y lluvia o los mares de arena. Cuando imaginamos partes del mundo natural, tendemos a pensar en ellas como un todo, en el que cada componente del ecosistema define con cierta lógica un lugar. ¿Qué sería del desierto de Sonora, en el suroeste de Norteamérica, sin los gigantescos cactus saguaro, las tarántulas y las serpientes de cascabel? Si se está familiarizado con un lugar, hay una sensación de adecuación intrínseca en sus elementos. Aunque esta sensación es muy poderosa, los ecosistemas se construyen poco a poco, y el conjunto de especies que contribuyen a ella también proporciona una sensación de temporalidad. Una comunidad —el censo de organismos que la forman, desde microbios hasta árboles y herbívoros gigantes— es una asociación temporal de seres vivos que depende de la historia evolutiva, el clima, la geografía y el azar. 

Yo crecí en las inmediaciones del Black Wood de Rannoch, en las Tierras Altas escocesas: pendientes empinadas salpicadas de cuarcita y cubiertas de grupos de helechos almizcleros y cúmulos de arándanos, y florestas con vitrales de hojas de abedul o pilares de pino agrietados; un fragmento de bosque pluvial templado entre páramos y colinas abiertas. Siento una gran nostalgia de los habitantes de aquel lugar: la marta y el colimbo, el lugano y el venado. Para mí, encarnan la infancia, y separar el lugar de su fauna es casi imposible. Pero estas criaturas solo compartieron el bosque y el mundo en aquella época de mi vida, y, visto con perspectiva, la naturaleza repudia esa nostalgia. Miles de años atrás, en el Pleistoceno, mientras manadas de caballos salvajes recorrían la agreste extensión de Alaska, Rannoch era un lugar muerto, un terreno de erosión glaciar bajo una capa helada de cuatrocientos metros. El lugar que conozco no era el de antes de que el hielo avanzara ni el del hielo permanente; mi imagen del Black Wood está tan adscrita a nuestra actual época geológica, el Holoceno, como al lecho de roca sobre el que crece.[5]

Las comunidades de fósiles no casan con las ideas preconcebidas modernas. La distribución actual de una especie puede reflejar el lugar donde vivían sus antepasados, pero también puede no hacerlo. Los camellos y las llamas, por ejemplo, son parientes muy cercanos unos de otros, y se separaron hace unos ocho millones de años y medio. Las llamas son descendientes de la tribu (en sentido linneano) que permaneció en la patria ancestral de los camélidos, América, mientras que los camellos cruzaron el estrecho de Bering hacia Asia y más allá. Incluso hasta hace once mil años, durante los periodos más cálidos de las glaciaciones de la edad de hielo, que eran cíclicas, manadas de camellos vagaban por lo que se convertiría en Canadá. En aquel momento del Pleistoceno, cerca de la mayor extensión de hielo, los camellos habitaban hasta el sur de California. Sabemos esto por los que tuvieron la mala suerte de quedar atrapados en las filtraciones naturales de asfalto de La Brea, donde el alquitrán ha burbujeado desde el suelo durante miles de años.[6]

Más tarde, hace unos dieciséis mil años, cuando los primeros humanos llegaron a América, cazarían tanto camellos como caballos nativos. Como resultado, al igual que muchos grandes mamíferos del Pleistoceno, se habrían extinguido solo unos pocos miles de años después de llegar el ser humano. En tiempos del periodo glacial más reciente, que alcanzó su máxima extensión hace unos veinticinco mil años, vivían humanos en las llanuras bajas de Beringia, pero aún no habían penetrado en América en gran número. A cientos de kilómetros al este del Ikpikpuk es posible que hubiese hogueras encendidas por pequeñas comunidades humanas del este de Beringia —los lagos de la zona conservan compuestos químicos característicos de las heces humanas y del carbón de leña—, pero estas serían escasas y estarían muy alejadas unas de otras. Cuando los hielos se retiraron, aquellos humanos pasarían por la costa sur de Alaska para adentrarse en un nuevo continente lleno de recursos, pero muchos de ellos no sobrevivirían mucho tiempo debido al clima cambiante y a los nuevos y versátiles depredadores.[7]

Los vestigios de asociaciones históricas pueden durar mucho más que la propia relación. En los densos bosques subtropicales que se extienden desde la India hasta el mar de la China meridional son comunes las serpientes venenosas, y siempre hay una ventaja en fingirse un animal peligroso. El loris perezoso, un extraño primate nocturno, posee una serie de rasgos inusuales que, juntos, parecen imitar a las cobras de anteojos. Estos monos se mueven por las ramas de forma sinuosa, serpenteante, siempre lentos y con suavidad. Cuando se ven amenazados, levantan los brazos por detrás de la cabeza, tiemblan y sisean; sus grandes ojos redondos se asemejan notablemente a las manchas que la cobra de anteojos tiene dentro de la capucha; y lo que es más sorprendente: cuando están en esta posición, los loris tienen acceso a unas glándulas en su axila que, combinadas con la saliva, pueden producir un veneno capaz de provocar un shock anafiláctico en los seres humanos. En su comportamiento, color e incluso mordida, este primate ha llegado a parecerse a la serpiente: una oveja con piel de lobo. En la actualidad, los hábitats de los loris y las cobras no se solapan, pero las reconstrucciones climáticas que se remontan a decenas de miles de años sugieren que, en su día, sus zonas de distribución habrían sido similares. Es posible que el loris sea un artista de la imitación ya anticuado, atrapado en una rutina evolutiva, obligado por instinto a representar el papel de algo que ni él ni su público han visto jamás.[8]

En el caso de los loris y las cobras, y en el de los camellos del Ártico, es el clima, junto con la geografía, lo que ha definido su historia evolutiva y sus interacciones con otros animales. Un ecosistema no es una entidad sólida, sino que se compone de cientos de miles de partes individuales. Cada especie tiene su propia tolerancia al calor, la salinidad, la disponibilidad de agua y la acidez, además de su particular función. En su sentido más amplio, un ecosistema es la red de interacciones entre todos los miembros vivos de una comunidad y la tierra o el agua que conforman su entorno. Por sí sola, una especie tiene sus particularidades, pero las interacciones de un ecosistema crean complejidad. Llamamos a las posibles condiciones de supervivencia de una especie determinada su «nicho fundamental», y, cuando las interacciones con otros organismos lo limitan, nos referimos a la realidad de la distribución de una especie como su «nicho efectivo». Por muy amplio que sea el primero, si el entorno cambia y rebasa los límites de ese nicho, o si el nicho efectivo se reduce a cero, esa especie se ha extinguido.[9]

En el Pleistoceno, la vertiente norte es un lugar donde en invierno el entorno rebasa el nicho fundamental de muchas criaturas. Los caballos sobreviven allí gracias a su capacidad para subsistir con una vegetación pobre, siempre que haya la suficiente. Durmiendo a ratos, pasan hasta dieciséis horas al día alimentándose para asegurarse de que se nutren lo suficiente. Los mamuts también subsisten con una alimentación de baja calidad, aunque su digestión es menos eficiente, por lo que necesitan más cantidad de la que el escaso pasto invernal puede proporcionarles. En tiempos de escasez son capaces de comerse su propio estiércol para acceder así a alguna nutrición residual. Los bisontes, que viven en manadas de miles de individuos, tienen que dejar que su comida fermente en los cuatro estómagos que conforman su sistema digestivo, por lo que no pueden comer tan rápidamente. Eso significa que su alimento tiene que ser de una calidad superior, y, en invierno, estas áridas llanuras del norte no pueden proporcionárselo.[10]

Es la geografía física de este rincón del mundo la que ha dado lugar al clima seco y ventoso. El viento constante, que hiere los tobillos cuando silba sobre las dunas del Ikpikpuk, es parte de un vasto remolino que sopla en sentido contrario a las agujas del reloj, cuyo centro se halla en una zona lejana hacia el sudoeste. Cuando ya ha azotado las aguas del Pacífico e impulsado las nubes al centro de Alaska y al Yukón, la humedad que contenía se ha perdido. La mayor parte de la lluvia ha caído sobre las húmedas llanuras de los bisontes, que se encuentran cerca del gran muro de hielo que separa este territorio del resto de América del Norte. Esa capa helada cubre casi todo el Canadá actual y se extiende hasta el sur formando una barrera desde el Pacífico hasta el Atlántico. En algunos lugares tiene hasta tres kilómetros de espesor, y las fuerzas modeladoras y erosivas que ejerce sobre el paisaje van excavando el fondo de los que posteriormente serán los Grandes Lagos. A medida que el hielo se derrite, el agua que ahora se acumula contra el límite sur de la capa de hielo de los Laurentides se liberará, marcando nuevos lechos fluviales, erosionando las morrenas depositadas por los glaciares y creando espectáculos como las cataratas del Niágara.[11]

El agua contenida en esta capa de hielo continental, y en su vecina del norte de Europa, proviene de las reservas oceánicas. El nivel del mar en todo el mundo es inferior al actual en unos ciento veinte metros, por lo que el crecimiento del hielo ha dejado al descubierto lechos marinos poco profundos, formando los llamados «puentes terrestres» entre continentes. Puede que Alaska esté aislada de América del Norte, pero precisamente un puente de este tipo conecta su fauna con las comunidades asiáticas del oeste, formando un continuo que cubre la mitad de la circunferencia de la Tierra. El estrecho de Bering, esa franja de agua que en la actualidad separa Alaska de Chukotka, en el extremo oriente ruso, está seco y es habitable, y da nombre a la provincia biológica de Beringia. Puede que esta sea una tierra fría en invierno, pero se torna luminosa y cálida en los meses más calurosos. Prados de flores silvestres cubren el terreno durante toda la primavera y el verano. La mayoría de los árboles son más bien arbustivos: sauces enanos escriben al viento una caligrafía sin palabras con la tinta de sus florecillas, mientras los abedules enanos esconden perdices blancas. En lo alto, bandadas de gansos nivales levantan el vuelo entre graznidos en su ruta hacia el mar. En otoño, las zonas más resguardadas de Beringia brillan como el oro líquido cuando los álamos y los chopos temblones se tornan amarillos, y el verde azulado de las altas píceas los realza. Estas tierras bajas son el refugio de muchas especies de plantas y animales, una parte del mundo con un clima más benigno y llevadero donde pueden sobrevivir las que no toleran el prolongado frío de la edad de hielo. En algunos lugares sobresale el musgo esfagno, que habita en las ciénagas, mientras que, en otros, la salvia, cual vello plateado sobre las praderas, libera su cálido aroma bajo las pezuñas de los bisontes.[12]

La superficie total del puente terrestre de Beringia, que acabará hundido bajo el mar —incluida la tierra del norte, que será Rusia—, es vasta, del tamaño de California, Oregón, Nevada y Utah juntos. Esta zona no es más que una parte de un extenso bioma —un paisaje formado por comunidades estables de plantas y animales, y con un clima relativamente invariable— que comienza en el este de Beringia y termina en la costa atlántica de Irlanda. Desde las profundidades de la llanura de Beringia hasta los montes de Alaska, el aire se enfría y se seca, y las plantas se tornan más cortas y duras, pero la pradera continúa. En sus márgenes orientales, el mar de dunas del Ikpikpuk marca uno de los extremos del mayor ecosistema contiguo que el mundo ha visto: la estepa de los mamuts.[13]

La estepa sigue existiendo gracias a esa misma conectividad. Los patrones climáticos de la edad de hielo son inestables, y las condiciones suelen ser muy diferentes de un año a otro. Si nos imaginamos que montamos una tienda de campaña en aquel suelo blando para permanecer durante años en el mismo lugar, veríamos pasar a las poblaciones por ciclos extremos de auge y descenso, en los que el clima y la vida vegetal favorecerían un año a los caballos, otro a los bisontes, otro a los mamuts, y así sucesivamente. Como la estepa de los mamuts es contigua, las especies pueden desplazarse en busca de su clima ideal y mantenerse dentro de los límites de sus nichos. En un entorno tan tremendamente variable, la movilidad es crucial para la supervivencia a largo plazo; siempre habrá un refugio en algún lugar del continente. En todo el Ártico superior se repite sin cesar un patrón de extinción local seguido de un restablecimiento desde esos refugios. Aún en la actualidad, los mayores herbívoros del Ártico, el reno y el saiga, efectúan una de las migraciones terrestres más grandes del planeta. En la estepa de Mongolia, un entorno similar al de Beringia, donde los humanos pastorean cabras y otros animales, el clima sigue siendo inestable y las temperaturas invernales son imprevisibles año tras año. A medida que el cambio climático hace que la estepa mongola sea más cálida y seca, los pastizales se tornan menos productivos, lo que restringe las zonas en las que pueden los rebaños pastar. Dado que, en la migración, las distancias son cada vez más limitadas, la población humana es cada vez más vulnerable a los inviernos crudos o zud —suficiente nieve para impedir el pastoreo o insuficiente nieve para obtener agua potable, suelos congelados y vientos fríos—, que pueden menoscabar los rebaños y los medios de vida de los pastores. En un entorno variable, la capacidad de desplazarse es vital, tanto para los animales salvajes como para los humanos. En la actualidad, a medida que los climas cambian, ese modo de vida se ve amenazado de un modo que refleja directamente la desaparición de la estepa de los mamuts.[14]

La continuidad de Beringia cesará; al final, el nivel de los mares ascenderá, y este puente terrestre se inundará. Esto ocurrió hace once mil años. La estepa que circunscribía el mundo se dividió en trozos desconectados, al tiempo que los vastos bosques de píceas y alerces de la taiga crecían más hacia el norte, la tundra se desplazaba hacia el sur y el clima se calentaba, con lo cual dejaba de ser posible la migración a largas distancias entre los territorios favorables a las especies adaptadas al frío. La migración no puede salvar a una población si no tiene adónde ir. Si esta desaparece, no sobrevive grupo alguno que pueda reponer las criaturas perdidas, por lo que estas se extinguen localmente y, a la postre, en todo el mundo. Otras pueden persistir, pero deben reducir la zona por la que se desplazan. En Alaska, de todas las especies que antaño vagaban por la estepa de los mamuts, solo han sobrevivido el caribú, el oso pardo y el buey almizclero, y este último solo mediante la reintroducción.[15]

Al despuntar el día, se hace patente la extensión de la estepa de los mamuts. El débil sol se eleva, coronando las dunas una a una. Pronto, cada grano del lado de sotavento proyectará una sombra, y las dunas relucirán. Los caballos resoplan y se levantan, sacudiéndose con brío para despertarse del todo; nunca duermen profundamente ni durante mucho tiempo. Arrastran impacientes sus anchos y oscuros cascos de bordes acampanados; por haber caminado menos durante el invierno, no se han desgastado y están demasiado crecidos.[16]

Bajo un cielo claro y transparente, el verano comienza a desplegarse. Aparecen potros y lagos a causa del deshielo, así como estruendosos pelotones de caribúes y bisontes regresan al norte en busca de la nueva vegetación. También vuelven las vastas manadas de mamuts, cuyas poblaciones constituyen casi la mitad de los herbívoros de la vertiente norte. El sol calienta rápidamente el aire, y los caballos se dirigen hacia una nube baja que se arremolina más allá de un altozano: la niebla en suspensión indica la presencia de una charca poco común formada por el deshielo que se ha producido en una hondonada más cálida y resguardada. Mantenida en la sombra, el agua subterránea ha estado congelada hasta hace poco, pero el agua, estancada en la llanura de inundación del río, es un imán para los que necesitan beber y el hogar de una diversa comunidad de insectos; los escarabajos buceadores, las cochinillas y los carábidos, que están adaptados a las zonas áridas, son todos comunes en las cercanías del río Ikpikpuk.[17]

Con el sol, el clima es bueno, no solo más seco y fecundo, sino también más cálido que el de la Alaska moderna. Aunque sea la edad de hielo, Beringia es un lugar relativamente cálido, con un clima continental similar al de la actual Mongolia. Hay una gran diferencia entre las zonas costeras y las continentales. A lo largo del año, las temperaturas del agua marina no varían demasiado, por lo que esta disipa o aumenta el calor de la tierra cercana, generando vientos y nubes que limitan la variabilidad del tiempo. En el interior, la tierra almacena más fácilmente el calor del verano, por lo que los climas continentales mantienen temperaturas elevadas durante esta estación del año. Por la misma razón, la tierra se enfría con rapidez, lo que hace que los inviernos sean gélidos. De este modo, la ciudad costera de San Petersburgo, por ejemplo, tiene hoy una media de 19 °C en julio, y -5 °C en enero, mientras que la ciudad continental de Yakutsk, situada a una latitud ligeramente más septentrional, tiene una media de 20 °C en julio y -39 °C en enero. La vertiente norte de la Alaska pleistocénica se parece más a Yakutsk que a San Petersburgo: cálida en verano, fría en invierno y siempre seca. No hay ningún mar alrededor que no esté congelado, por lo que no puede darse el entorno continuamente nublado y lluvioso de la Alaska moderna. Sin nieve ni lluvia, no pueden formarse glaciares, y por eso es un corredor sin hielo hacia el resto del mundo.[18]

Los brotes frescos reponen la hierba que se había secado, y la manada de caballos se dirige hacia el oeste. Con la cautela propia de una presa, nunca se alejan unos de otros; mientras unos comen, los demás vigilan, pero, después de un invierno en la inmovilidad, sus horizontes vuelven a ampliarse en cientos de kilómetros cuadrados. Cuando el grupo alcanza una cima, cunde el pánico entre ellos e instintivamente se agrupan alrededor del más joven, formando un schiltrom de cascos y dientes. Al otro lado de la franja horizontal de vegetación, entre la sombreada ladera y el cielo, se mueve un Arctodus

Comparado con los osos pardos, incluso los de mayor tamaño, el Arctodus simus u oso de cara corta es grande. El mayor de los que habitaban en Alaska pesaba más de una tonelada, tres veces el peso del mayor depredador terrestre moderno, el tigre siberiano, y cuatro veces el de un oso pardo macho adulto. La cara corta que le da nombre y las patas largas, sus rasgos característicos, son en parte una ilusión óptica creada por la escala. Los osos tienen lomos cortos y arqueados, así como grandes mandíbulas, y, cuando se compara el tamaño de un oso pardo con el de un oso de cara corta, esos rasgos se acentúan. Sin duda, el de mayor envergadura en la actualidad, el oso polar, tiene un hocico largo, pero esto parece ser una adaptación a una dieta exclusiva a base de carne. El Arctodus no era común en la vertiente norte, por lo que su comportamiento es poco conocido. Hasta hace poco, se pensaba que sus largas extremidades podían ser una adaptación para correr, lo que sugería que el oso de cara corta era un depredador gigante que perseguía a sus presas, como una manada de lobos concentrada en un solo individuo aterrador. También hay quienes, debido al estrecho parentesco del oso de cara corta con el oso de anteojos, que es arborícola y casi solo vegetariano, han representado al Arctodus como un pacífico herbívoro, un gigante candoroso. Otros lo consideran un carroñero, con un estilo de vida propio de un bravucón, un cleptoparásito que robaba los cuerpos que habían cazado otros carnívoros. Es probable que la realidad sea mucho más parecida a la de un oso pardo de mayor tamaño, que come una mezcla de presas pequeñas y grandes, así como plantas.[19]

Sin embargo, de todas las poblaciones americanas de Arctodus, desde Alaska hasta Florida, la comunidad de Bering es la que más probablemente coma carne. Allí donde el invierno ha eliminado gran parte de la vegetación del suelo, la dieta flexible del oso se inclina hacia la depredación y el carroñeo. Con su gran tamaño, un Arctodus adulto es capaz de dominar una zona de caza, impidiendo que otros depredadores se aproximen demasiado. Se acerca a la charca subiendo y bajando los hombros; allí el gigantesco cadáver de un viejo mamut lanudo, muerto a causa del frío, desprende un hedor penetrante y pegajoso. Es todo un premio. Con sus anchas y poderosas patas, el oso arranca la piel del mamut muerto para dejar al descubierto su nervuda carne; es una tarea lenta y laboriosa, pues su piel es gruesa y está cubierta de dos capas de denso pelaje. Ahí yacente, hasta este icono de la megafauna del Pleistoceno parece diminuto comparado con su consumidor. Los mamuts podían medir tres metros de altura hasta los hombros, pero, al erguirse sobre sus extremidades traseras, los mayores Arctodus podían llegar a hacer un metro más.[20]

Los osos son animales muy poderosos. Dondequiera que los humanos han convivido con el oso pardo, han surgido mitologías en torno a ellos. El mito fundacional de Corea habla sobre la paciencia de un oso que se contentaba con comer solo ajos silvestres y ssuk, un tipo de artemisa, durante cien días; ambas plantas se encuentran en la estepa de los mamuts de Eurasia. Incluso los nombres que se dan a los osos están envueltos en eufemismos allí donde coexisten con humanos, es decir, se ha alterado una palabra tabú con la finalidad de evitar el nombre «verdadero» para impedir que el animal se manifieste. Para los rusos, que veneraban al oso y lo tomaron como símbolo nacional de poder y astucia, es medvědi, «el que come miel». Las lenguas germánicas, la inglesa incluida, utilizan variedades de bruin, el «pardo». En todo el mundo se utiliza el eufemismo «abuelo». Los humanos aún no han llegado a América, pero lo harán en unos pocos miles de años junto con sus compañeros de migración euroasiáticos, los osos pardos, que se encontrarán con el Arctodus.[21]

En la estepa de los mamuts, el conjunto de las grandes poblaciones de herbívoros pinta el cuadro de una comunidad próspera. Hay ciertas reglas fundamentales que todos los ecosistemas deben seguir. La energía, que suele proceder de la luz solar o, en raras ocasiones, de la descomposición de los minerales, debe fluir para reemplazar la que se pierde con la actividad y la putrefacción. Los organismos que pueden acceder a esta energía son los productores, y los que no pueden son los consumidores, que se alimentan de otros seres vivos para sobrevivir. Cuanta más energía produzcan los primeros, más de los segundos podrán mantenerse. Y la estepa de Bering es extraordinariamente productiva. En el inhóspito extremo norte de Siberia, cada kilómetro cuadrado sustenta a unas diez toneladas de animales —equivalentes a unos cien caribúes—, muchos más de los que, en la actualidad, pueden sobrevivir en lugares fríos similares. En un ecosistema, el número de depredadores es siempre inferior al de productores; en verano, esto llega a extremos en la vertiente norte, donde solo el 2 por ciento de los animales son carnívoros.[22]

Para el oso de cara corta, el cadáver del mamut es especialmente bienvenido, ya que las presas han disminuido en los últimos años. El número de bisontes que se desplazan hacia la vertiente norte ha empezado a decrecer, así como también la población de caballos. El mundo comienza a ablandarse bajo los pies, y la hegemonía de la hierba toca ya a su fin. Alrededor de la charca producto del deshielo hay ya una incipiente formación de turba; una señal preocupante para todas las criaturas que viven en este territorio, polvoriento y azotado por el viento. La mayor parte de la estepa de los mamuts es como un patio cerrado, rodeado de muros secos y sólidos. En toda su extensión septentrional, el océano Ártico está congelado y sus glaciares cubren América del Norte, Escandinavia y Gran Bretaña. En el flanco occidental de la estepa, el Atlántico está congelado, y, en el meridional, las numerosas cordilleras que se suceden desde los Pirineos, pasando por los Alpes, los montes Tauro y Zagros, hasta el Himalaya y la meseta tibetana, forman una muralla casi continua. Esta barrera montañosa protege todo un continente de los monzones del sur, de sus duras sequías invernales y sus aguaceros estivales; un sistema de altas presiones atmosféricas sobre Siberia mantiene la aridez durante todo el año. Beringia es el punto débil, el lugar donde el Pacífico puede llevar humedad al estrecho, poco profundo y expuesto. En el pasado, esto no había sido un problema; el hielo avanzaba y retrocedía cíclicamente, y la estepa crecía y disminuía con él; existía un equilibrio estable. Pero ahora, tras cien mil años de existencia, es diferente. Se trata del comienzo de una transformación, el principio del fin de la estepa de los mamuts.(1) 

Al derretirse las capas de hielo y subir el nivel del mar, hay más agua para la evaporación, más agua que puede añadirse al paisaje. Ahora, el clima es variable y a veces produce veranos más cálidos y húmedos de lo habitual; trae humedad a Beringia, y, con ella, nubes en verano y putrefacción en otoño. La existencia de la estepa de los mamuts ha dependido de la aridez y de los claros e interminables cielos azules. Cuando los veranos son cálidos y húmedos, hay menos posibilidades de que el agua encuentre zonas de drenaje, formando así ciénagas locales, descomponiendo el material vegetal y produciendo turba. El aumento de esta inicia una cascada destructiva para la estepa. La arena se adhiere, y las dunas se convierten en pendientes más húmedas y firmes. Los suelos se humedecen, se acidifican y pierden su fertilidad. De este modo se mantienen más frescos, y las heladas, que empujan desde abajo la capa freática hacia la superficie y forman nubes que dejan caer nieve que aísla el suelo de la luz solar, los enfrían aún más. El frío engendra frío, y, a medida que los hongos ralentizan la descomposición de la vida vegetal, esta se transforma en más y más turba, y el ciclo continúa.[23]

Las turberas emergentes también obran como barreras contra la migración, ciénagas en las que los grandes herbívoros desprevenidos pueden quedar fácilmente atrapados y ahogarse. Para las manadas migratorias de caballos y caribúes, la extensión de la turba supone una pesadilla en sus desplazamientos, además de una pérdida de alimento, una transformación galopante del suelo, duro y cubierto de hierba, en un humedal blando y despiadado. Las plantas que prosperan en las turberas guardan celosamente la escasa nutrición que pueden absorber y desarrollan púas, espinas y pelos defensivos. En algunos lugares proliferan árboles; especies que toleran la humedad, como abedules, alisos y sauces. A medida que Beringia se sumerge, este es el destino de la estepa de los mamuts. 

En las condiciones modernas de la vertiente norte de Alaska, el cambio de la arena desnuda a suelo de turba firme e indeleble solo dura unos cientos de años. Desde Irlanda hasta Rusia y Canadá, la antigua estepa de los mamuts ha desaparecido casi por completo, sustituida por el permafrost y las turberas. Todavía quedan ecosistemas de estepa y tundra en partes aisladas de Siberia, donde remanentes de criaturas más menudas, desde pequeños mamíferos hasta caracoles, viven en un mosaico de hábitats definidos por el nivel de humedad. En la actualidad, la vertiente norte de Alaska es una mezcla de juncos, musgos y arbustos enanos leñosos, una llanura semiárida, pero saturada de agua. Las precipitaciones de lluvia y de nieve solo alcanzan unos doscientos cincuenta milímetros al año, más o menos lo mismo que en San Diego (California), pero la humedad se queda en el suelo y forma una elevada capa freática por encima del sólido permafrost subyacente. En verano, el suelo se descongela hasta cincuenta metros de profundidad, produciendo lagos transitorios y turba blanda, con una vegetación poco prometedora para caballos o mamuts. La Alaska moderna, con su vegetación más escasa y protegida y un suelo anegado que se hunde bajo la presión de los cascos, ya no es habitable para los caballos salvajes. Por primera vez desde que aparecieron en América del Norte, hace cincuenta y cinco millones de años, los caballos se extinguirán en la zona, y no volverán hasta la llegada de barcos europeos hace solo unos cientos de años. El clima ha cambiado más allá de los límites de su nicho, como sucedió con los mamuts y los mastodontes, y, en Alaska, con los bisontes. Los caribúes y los bueyes almizcleros que habitaban las zonas más húmedas de la estepa de los mamuts son de las pocas especies de gran tamaño que aún hoy viven en Alaska en estado salvaje.[24]

Los mamuts lanudos sobrevivieron en una pequeña isla beringiana llamada Wrangel, que ahora pertenece a Rusia, hasta hace unos cuatro mil quinientos años. Sin embargo, esa isla es y era demasiado pequeña para mantener una población viable durante un largo periodo de tiempo, por lo que los mamuts de Wrangel, la última familia superviviente en todo el mundo, acabaron padeciendo graves problemas genéticos. Tras seis mil años de aislamiento total en una pequeña comunidad que contaba con entre doscientos setenta y ochocientos veinte individuos, eran muy endogámicos. En el ADN que se conserva en los hielos rusos, podemos leer un catálogo de sus alteraciones genéticas. Su sentido del olfato estaba muy deteriorado, y su pelaje era translúcido, brillante como el satén, pero incapaz de protegerlos del todo contra el frío. Tenían problemas de desarrollo y en su sistema urinario, quizá también en el digestivo. Sabemos de un total de ciento treinta y tres genes de los que ningún individuo de la población tenía una copia funcional. También Wrangel era en esta época una turbera dominada por juncos; los mamuts no pudieron sobrevivir mucho tiempo a su entorno estepario.[25]

La estepa de los mamuts es una visión fascinante de la vida pasada, que atrae la atención como una imagen romántica abundante en animales que casi creemos poder entender. Solitario y azotado por el viento ártico, el mamut es un símbolo universal de un pasado perdido. Acaso porque nosotros, como humanos, los vimos, los pintamos, los cazamos e incluso tal vez los veneramos, son un vínculo tangible con la historia de la Tierra, aunque se hayan ido para siempre. De hecho, todavía hay árboles vivos que brotaron de sus semillas cuando los mamuts caminaban por el suelo donde estas cayeron. El pasado extinto está más cerca de lo que a menudo pensamos, y con el declive del Pleistoceno aparecieron las civilizaciones humanas. Puede que el hombre aún no hubiese llegado a América, pero en otros lugares reproducían aspectos de la vida en el Pleistoceno: mientras los caballos de la vertiente norte de Alaska apretaban los dientes frente al viento, en una pared de una cueva de Francia limpiada a propósito, los humanos usaban su particular pintura para representar a los caballos salvajes de Lascaux. Unos miles de años más tarde, un humano cogerá un trozo de asta para fabricar un lanzador de venablos, un átlatl, y lo decorará con rasgos de un bisonte estepario melenudo y barbudo que se lame, con la cabeza girada y la lengua estirada y curvada, con la picadura de algún insecto irritante en el flanco. Las culturas de los humanos del Pleistoceno en el norte se han desvanecido en gran medida, pero hay partes del globo en las que todavía se recuerdan y se transmiten sombras de la época pretérita. En la parte inferior de un refugio rocoso del norte de Australia llamado Nawarla Gabarnmang, el «hueco en la roca», hay pintados estilizados ualabíes, cocodrilos y serpientes. La pintura más antigua se hizo, como mínimo, hace trece mil años, y esta práctica continuó hasta el siglo XX en un yacimiento que preserva la memoria cultural del pueblo jawoyn a lo largo de escalas de tiempo apenas imaginables. Cuando la estepa de los mamuts llegó a su fin, cuando el pelaje de los mamuts de Wrangel destellaba en los acantilados que imperaban en las llanuras inundadas de Beringia, la gran pirámide de Giza y el Norte Chico de Perú ya existían desde hacía generaciones, y las civilizaciones del valle del Indo tenían siglos de antigüedad.[26]

Aproximadamente en la época en que murieron los últimos mamuts de Wrangel, la ciudad mesopotámica de Uruk estaba gobernada por Gilgamesh, el rey sumerio protagonista de la historia escrita más antigua, una de las obras más antiguas de la literatura en cualquiera de sus formas. La de Gilgamesh es una epopeya en la que la humanidad intenta escapar de la naturaleza. En ella, el arrogante y poderoso rey, junto con su amigo, el salvaje Enkidu, atrapan y matan a Humbaba, el guardián del bosque de cedros de los dioses, para reforzar las murallas de Uruk con sus árboles. Enkidu, la contraparte salvaje e indómita de la aparente urbanidad real de Gilgamesh, cae enfermo y muere, y este pasa el resto de su historia buscando inútilmente la inmortalidad hasta que se da cuenta de la imposibilidad de su deseo. 

Nada en la naturaleza es para siempre, y el mayor bioma del mundo del Pleistoceno se hundirá en el fango. Las asociaciones de especies en el tiempo y el espacio pueden producir la ilusión de estabilidad, pero estas comunidades solo pueden durar mientras persistan las condiciones que contribuyen a formarlas. Cuando el estado de un bioma cambia, ya sea su temperatura, su acidez, su estacionalidad o su pluviosidad, cualquiera de las especies que lo componen puede perder su lugar en él. Para algunas, esto significa la migración, seguir su entorno a través del paisaje, como hicieron muchas plantas al final de la última glaciación. Sin embargo, algunos entornos no se trasladan, sino que se pierden. Y cuando los cambios se producen con demasiada rapidez, o pasan por un punto de inflexión crítico, las alteraciones desbocadas pueden destruir incluso el paisaje más extendido del planeta, y con él las comunidades que este sustenta. Esto no significa necesariamente un desastre total o una desgracia ecológica, sino que dicha situación a veces puede conllevar nuevas combinaciones de criaturas y entornos, nuevos mundos. La tundra dominada por el musgo, todavía ocupada por el caribú y el saiga; las turberas habitadas por sauces, alisos y ratones de campo, y los evocadores bosques de coníferas de la taiga de Siberia llenarán el vacío. Para los caballos itinerantes de la vertiente norte, y para los leones de las cavernas que los persiguen, la estepa debe de parecer inamovible, pero a la escala del tiempo profundo, la permanencia es una ilusión. A medida que el hielo se retira, bastan unas gotas de lluvia para que la dura tierra bajo los cascos empiece a ceder. Basta un parpadeo para que la aurora boreal desaparezca.[27]

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