Avanzaba por la estepa numídica una caravana escoltada por veinte soldados a caballo pertrechados con equipo ligero y otros tantos legionarios que, desde hacía dos semanas al menos, habían obtenido por parte del centurión Rufio Fabro permiso para despojarse de la armadura y dejarla en el carro. Bajo el sol, las lorigas de acero se ponían al rojo vivo, y era imposible soportar el peso y la temperatura.
El centurión de primera línea Furio Voreno podía ver a lo lejos la mole inmensa de un elefante, un grupo de cebras, antílopes de largos cuernos y, aparte, un grupo de leones de pelaje amarillo rojizo a cuyo frente estaba un macho de tupida melena. Detrás del centurión caminaba el pintor de paisajes, que se preparaba para retratar el territorio agreste de Numidia.
La caravana estaba compuesta por una decena de carros que transportaban animales salvajes destinados a las venationes en la arena de Roma: leones, leopardos, simios y un gigantesco búfalo negro que ya había sacudido violentamente los barrotes de su jaula en el carro haciéndola pedazos. Cada vez que resoplaba levantaba una nube de polvo y de paja machacada. Parecía un ser mitológico como el toro de Creta.
Caía la tarde y las sombras se alargaban. La brisa traía de las montañas la infinidad de perfumes del lejano Atlas y los carros estaban colocados en círculo en torno al campamento provisional, al raso, mientras los sirvientes indígenas preparaban el fuego para asar las piezas de caza que habían abatido durante el día. Se habían dispuesto tres cuerpos de guardia fuera del círculo en la oscuridad porque la zona estaba infestada de depredadores gétulos y garamantes. El centurión Furio Voreno, veterano de muchas batallas en Germania, sobrino del famoso centurión Voreno que se había cubierto de gloria bajo el mando de Julio César en la Galia, daba las órdenes para los turnos de guardia y supervisaba la construcción del recinto para los caballos. En uno de los carros había un gigantesco león de negra melena, capturado hacía poco y que nunca había sufrido cautividad; recorría, adelante y atrás, su espacio angosto rugiendo rabiosamente y se arrojaba contra los barrotes de la jaula haciendo temblar el carro entero.
Los caballos, que no solo oían los rugidos de la fiera sino que percibían el intenso olor selvático, se encabritaban y buscaban sin cesar una abertura para huir, aterrados, como si el león estuviese libre y pudiera descuartizarlos de un momento a otro. Se reforzaron las estacas del recinto y se amarraron los caballos con cuerdas a la empalizada.
En el interior del círculo de los carros, aparte de aquellos militares había varias tiendas de campaña privadas donde se alojaban un gladiador llamado Bastarna, durante años ídolo de las multitudes en Roma y ahora retirado para siempre de los combates de la arena; dos reciarios, Triton y Pistrix, así como el lanista Córsico con sus ayudantes, que organizaban no solo los ludi gladiatorios sino también las venationes con los animales salvajes.
En el último de los carros había otra criatura salvaje, espléndida y oscura en su cuerpo reluciente, casi desnuda; solo un taparrabos le cubría la ingle. Cuando uno de los guardianes se acercaba a su jaula y alzaba la lucerna para comprobar si se había acabado la comida, sus ojos, de un increíble color verde, brillaban en las tinieblas, y mostraba los dientes, semejantes a perlas, frunciendo los labios como lo haría una pantera.
En mitad del primer turno de guardia Voreno se levantó y dio una vuelta de inspección por el exterior para asegurarse de que los centinelas estaban bien despiertos. A dos tercios del redondel de los carros encontró a Fabro, que hacía otro tanto.
—¿Todo bien? —le preguntó.
—Sí, todo en orden.
—¿Te apetece un vaso de vino antes de ir a dormir?
—Por supuesto. Y así nos calentamos un poco también cerca del fuego. Esta noche hace frío.
Voreno destapó la cantimplora de madera y sacó de la bolsa dos tazas del mismo material. Acto seguido vertió en ellas el vino que quedaba en partes iguales.
—Nunca he visto una criatura como esa. ¿Y tú? —dijo Fabro, y señaló el último carro.
—Yo tampoco —respondió Voreno—. He pasado la mayor parte de mi servicio en Germania… ¿Sabes? También yo pensaba en ella. Estamos aquí, cerca del fuego, tomando un buen vaso de vino. Y ella está allí —dijo mostrando con el dedo—, desnuda en medio del frío cortante.
—Sabrá apañárselas. Es como una fiera… —replicó Fabro—. La he visto mirar fijamente a los ojos al leopardo que está en la jaula próxima, un buen rato, como si se intercambiaran pensamientos.
—Pero no tiene con qué protegerse. ¿Ha comido?
Fabro negó con la cabeza.
—¿Bebido?
Fabro indicó de nuevo que no.
Voreno lo miró a los ojos.
—Te considero personalmente responsable de lo que pueda pasarle. ¿Tienes idea de cuánto vale?
—Los sirvientes no se atreven a acercarse a su jaula: temen que sea un espíritu maligno —respondió Fabro.
—Entonces, despierta al cocinero. Lo conozco, no teme a nada ni a nadie. Dile que le lleve algo que haya sobrado de la cena y agua filtrada. Enseguida.
Fabro obedeció, y los tres se acercaron al carro de la pantera negra. El cocinero sabía ya qué hacer. La observó con atención. Estaba acurrucada sobre una estera de mimbre. Adormecida, quizá extenuada por la inanición.
Se acercó al carro y alargó hacia el interior un cuenco con carne de cebra. No había retirado aún la mano cuando la criatura salvaje se abalanzó hacia él, le aferró la muñeca y lo arrastró consigo con tal violencia que le estrelló la cara contra los barrotes de la jaula. El cocinero emitió tal grito de dolor que despertó a no pocos de los legionarios y al gladiador Bastarna, quien acudió con la espada desenvainada. Voreno lo detuvo con la mirada y con la voz:
—¡Aparta esa espada! —exigió. Acto seguido, al ver que casi todos los legionarios se habían agolpado en torno al carro armados y preparados para el combate, añadió—: ¡Vosotros volved a las tiendas, no ha sucedido nada! —Y agregó mirando a su alrededor—: ¿Quince legionarios cubiertos de hierro por una sola muchacha desarmada? ¿Acaso nos hemos vuelto locos?
Todos se fueron, y Voreno, que se había quedado solo, tomó la cantimplora del agua en una mano y en la otra un bastón resinoso, que prendió con el fuego de la lucerna. Lentamente, paso a paso, se acercó al carro y a la jaula. También lo hizo la muchacha, casi arrastrándose por la base del carro. Miraba el cuenco con agua. Debía de estar muerta de sed.
Voreno se aproximó de nuevo y se situó a menos de un paso de la jaula. La muchacha lo miró con ojos ardientes: lo desafiaba. Voreno aceptó el desafío y, alargando el brazo, le pasó el cuenco por entre dos barrotes. Tenía la sensación de que estaba a punto de atacarlo y de que podría arrancarle la mano a mordiscos.
Voreno no la retiró, pero pasó con la otra el fuego por debajo de la base del carro. ¡Agua o fuego! Ella comprendió. Él dejó el cuenco sobre la estera. La muchacha extendió los brazos pegados al cuerpo y se arrastró hasta el cuenco. Bebió ávidamente.
Voreno apartó el tizón de debajo de la jaula. La muchacha alzó la cabeza. Él vertió más agua. Ella bebió de nuevo. A la luz de la lucerna Voreno vio algo que brillaba en su pecho. Una gargantilla de cobre con extraños caracteres grabados, incomprensibles, y una figura que representaba una especie de tosco paisaje recorrido por una línea serpenteante como un sendero o una calle.
Luego la muchacha comió, arrancando la carne cruda con los dientes.
Voreno volvió a su tienda, pero sentía la mirada de la joven en su espalda.
Se acurrucó en su yacija y trató de conciliar el sueño, pero en el campamento había movimiento y cierto rumor. Lo sucedido había trastornado a muchos.
A escasa distancia, Córsico, el lanista, hablaba en voz baja con Bastarna:
—¿Has visto qué fuerza, qué velocidad? Es rápida como el rayo.
El gladiador se encogió de hombros.
—Es solo una bestia asustada. ¿Dónde la habéis encontrado?
—Nos la ha traído una tribu del bosque tal como la has visto, sujeta a viva fuerza por cuatro hombres, y les hemos pagado con polvo de oro. Ninguno de ellos hablaba nuestra lengua, pero uno de nuestros intérpretes ha conseguido intercambiar algunas palabras con los cazadores: nadie sabía de dónde venía.
—Tiene los andares de una pantera. ¿Has visto lo que le ha hecho al cocinero?
—Lo he visto. Pero el cocinero no es un gladiador. En cualquier caso, Voreno la ha domado.
—Por ahora. Es inteligente: ha comprendido que no le conviene resistirse.
—Está a punto de salir un mensaje para el emperador —dijo Córsico—. He ordenado a mi liberto, el que dibuja los paisajes, que haga un retrato de ella para mandarlo a Roma.
Bastarna negó con la cabeza.
—¿Cómo se te ha ocurrido hacer una cosa así?
—¡A ti te lo voy a decir! —exclamó Córsico—. Vamos a dormir. No falta mucho para que amanezca.
Pero en aquel momento Bastarna alzó la mano para pedir silencio.
—¿Qué pasa? —preguntó Córsico.
—Un ruido… cadencioso.
Se vio entonces una forma oscura: Rufio Fabro subía con el segundo turno de guardia.
Apareció también el cocinero, que se dirigió a Fabro:
—No encuentro mi espada.
—¿Qué? —dijo Bastarna.
—Mi espada —respondió el cocinero—. No la encuentro.
—¡Idiota! —lo insultó Bastarna, y desenvainó la suya—. El ruido viene de allí —añadió indicando el último carro.
—Ya no —dijo Fabro.
—¿Qué ocurre? —preguntó Voreno, a quien las voces excitadas de sus hombres habían despertado.
—Este idiota, que ha dejado que la chica negra le desenvainara la espada… Ha cortado las cuerdas…
—... y se ha escapado —concluyó Córsico.
Voreno soltó un juramento.
—Los jinetes con las antorchas. ¡Rápido, maldita sea! ¡En abanico! No puede escapar. Aquí es todo terreno abierto.
—¡Y los dos reciarios! —gritó Bastarna.
En pocos instantes diez jinetes y dos reciarios a caballo dispuestos en abanico, a una distancia de unos doscientos pies el uno del otro y con las antorchas encendidas, se lanzaron hacia la llanura prendiendo fuego a los rastrojos a su paso. Las llamas surgieron enseguida del suelo y se difundieron por una vasta extensión; un semicírculo de fuego que expandía una aureola escarlata parecida al reverbero del sol en el ocaso.
—¡Hela aquí! —gritó Voreno—. ¡Cerrad el círculo!
Los jinetes obedecieron al centurión y se juntaron para cerrar el círculo. La muchacha estaba acorralada, con el fuego a su espalda y los jinetes frente a ella.
—¡Que nadie le toque un solo pelo! —gritó Córsico—. Ha de estar íntegra. Vale su peso en oro, y dentro de un mes el emperador en persona tendrá su imagen en la mano. Debemos avanzar muy despacio hasta encerrarla en el círculo.
La muchacha comprendió lo que estaba sucediendo y se volvió hacia el fuego. No tenía elección, y echó a correr velocísima hacia la barrera de llamas.
Bastarna se acercó a Córsico.
—Ya me encargo yo —dijo al tiempo que hacía señas a los otros para que no se movieran—. Está tratando de atravesar el muro de llamas...
Córsico la miraba atónito.
—Increíble. Prefiere morir en el fuego que ser apresada.
—Rodearé las llamas y la esperaré del otro lado —dijo Bastarna.
—Si es que consigue pasar —respondió Rufio Fabro.
Pero Bastarna había lanzado ya su caballo al galope.
Superado el arco de fuego, el gladiador se encontró en un espacio abierto y, aunque las llamas esparcieron aún un amplio halo de luz, no vio nada y pensó que la muchacha no había conseguido superar el incendio. Atravesó lentamente el espacio quemado que estaba ya casi frío porque la hierba seca no podía alimentar las llamas más que por breve tiempo. Bastarna prendió una antorcha y avanzó al paso en completo silencio; rubio, con la tez clara, su figura se recortaba sobre el fondo negro de la estepa.
La muchacha no había desaparecido. Simplemente, no podía verla en la extensión oscura, y de pronto se la encontró delante como un espectro. Con los brazos abiertos y empuñando la espada, aullante, aterrorizó al caballo, que se encabritó e hizo caer al jinete.
La muchacha negra avanzaba veloz hacia el gladiador derribado haciendo resplandecer la hoja de la espada a la luz rojiza de las llamas. Bastarna estaba seguro de que su adversaria no sabía manejar el arma que empuñaba con la diestra. Pero se equivocaba: la joven asestó el primer golpe buscando el corazón del gladiador. Bastarna, sin embargo, lo esquivó y a su vez lanzó hacia delante su arma. La muchacha dio un salto acrobático, evitando el golpe que la habría traspasado, dio una vuelta completa en el aire y, antes de aterrizar en el otro lado, trató de cortarle la cabeza por detrás a Bastarna. El gladiador, que había intuido el movimiento, se dio la vuelta rápidamente para ofrecer el pecho a su antagonista. Las hojas chocaron con una cascada de chispas azules, y Bastarna fue consciente de la inesperada potencia de su enemiga. Se escurría como una serpiente, se aferraba como una pantera, chillaba como un águila. La naturaleza más cruel y salvaje relampagueaba en sus ojos ardientes. ¿Acaso era una divinidad bárbara de aquellas tierras feroces?
Bastarna oyó el sordo rumor de los cascos de los caballos de sus compañeros y no quiso que viesen un duelo casi a la par entre el gladiador más afamado de Roma y una muchacha salvaje de piel oscura que pesaba menos de la mitad que él. Pensó arrollarla e inmovilizarla con su mole, pero era demasiado rápida. Los jinetes rodearon a ambos contendientes y los dos reciarios lanzaron sus redes. La muchacha, completamente enredada, se vio arrastrada fuera del espacio quemado de la lucha. Luego la transportaron atada al campamento y la encerraron en la jaula que había sobre el último carro del redondel.
Gritó y gruñó como una fiera durante toda la noche. Solo poco antes del amanecer su grito bestial se atenuó, se transformó en un estertor y después en un largo e incesante lamento.
La luna mostró su rostro entre las nubes como llamada por ese gemido solitario en la extensión infinita y oscura de la pradera quemada. La estepa resonó entonces con rugidos y, de vez en cuando, con el llanto desolado de la criatura salvaje.
Una mañana, al alba, el pintor de paisajes sorprendió a la muchacha salvaje durmiendo sobre la estera y consiguió retratarla, tumbada, con un carboncillo en una tablilla de madera estucada con albayalde de color marfil. No le resultó fácil, pues tuvo que completar la figura allí donde quedaba interrumpida por los barrotes de la jaula porque no se atrevía a acercarse y meter los ojos entre los barrotes. El pintor quería captar el efecto de la luz matutina en su piel oscura y en los contornos de su cuerpo divino.
Continuó pintando hasta que la luz se intensificó y la muchacha de piel oscura abrió los ojos.
Eran verdes.
¿Cómo era posible? ¿O acaso eran imaginaciones suyas? Reflexionó tratando de explicarse aquel fenómeno y luego comprendió. Aquella soberbia criatura tenía los colores de la naturaleza: ¡el pardo de los troncos de los árboles y el verde de las hojas! Hurgó en la bolsa de sus colores en busca de un verde cobre hasta que lo encontró, y su pintura pareció cobrar nueva vida.
Consiguió crear una obra maestra de la que Voreno habría deseado tener una copia, pero sabía que no era posible. Córsico tenía órdenes de mandarla a Roma.
Al final el retrato, envuelto en una piel de conejo, se entregó a un correo que partió veloz hacia el septentrión. El resto de la caravana prosiguió su lento viaje, atravesó la cadena montañosa del Atlas y luego descendió a lo largo de los senderos que frecuentaban los pastores de ovejas y de ganado vacuno hasta que avistaron una hermosa ciudad, Cesarea, que se extendía a orillas del mar. Había sido la maravillosa residencia de Juba I de Numidia, quien durante la guerra civil se había aliado con los pompeyanos contra César. Hijo de Hiempsal II y nieto de Gauda, a su vez nieto de Masinisa, Juba, atrincherado en su capital, Zama, seguro de que llevaba las de perder debido a la victoria de César en Tapso y convencido de que para él no habría piedad como él no la había tenido hacia nadie, se preparó para el suicidio.
—No muy lejos —dijo Voreno a Rufio Fabro, y recorrió con la mirada el mar—, en Útica, también Catón, el adalid de la fe republicana, se preparó para quitarse la vida por igual motivo. No quería implorar ni suplicar al vencedor, César, que era también el amante de su hermana Servilia. Invitó a cenar a todos sus amigos y sus hijos tras haber leído el libro de Platón sobre la inmortalidad del alma. Luego buscó su espada, que sus hijos habían escondido presagiando su intención.
Fabro escuchaba, pero parecía más interesado en seguir con la mirada los carros de la caravana, que entre tanto estaban pasando a la otra vertiente de la colina y se dirigían hacia la playa, donde poco después se desplegaron con el propósito de prepararse para el embarque.
—No consiguió dar con ella y exigió a los sirvientes que se la llevaran inmediatamente.
—Conozco esa historia —dijo Fabro—. He visto en Útica la estatua de Catón que lo representa espada en mano. Pero ¿cómo puedes estar seguro de que sea una historia verdadera?
—Porque la supe por un testigo ocular —respondió Voreno—, mi abuelo, que entonces tenía treinta años y me la contó poco antes de morir. Estaba presente. ¿Tú serías capaz de quitarte la vida cuando esta no tuviese sentido para ti?
—Mira hacia allí, al fondo… ¿Ves a ese hombre del caballo bayo? —preguntó Fabro.
—Por supuesto. Es Bastarna, el gladiador.
—¿Y sabes en cuántas ocasiones se ha preparado para el suicidio? Cada vez que entraba en la arena. No es un filósofo estoico, nunca ha llevado la toga ni vestido el laticlave; es un simple combatiente con un nombre bárbaro que sabe que debe morir, antes o después… por nada. Dime qué diferencia hay entre él y Catón.
—Hay una gran diferencia —respondió Voreno—. Cada vez que combate, Bastarna tiene una posibilidad entre dos de sobrevivir. Cuando tuvo la espada en la mano, Catón se aseguró de que la punta no estuviera roma, de que la hoja estuviera perfectamente afilada y, tras enterarse de que César se aproximaba con sus tropas, pensó que solo él y nadie más podía decidir respecto de su vida. Se echó sobre el lecho, se puso la espada debajo del esternón y se la clavó en el cuerpo hasta casi la empuñadura. Cayó sobre el pavimento cubierto de sangre.
»Llamaron a un médico —continuó Voreno— y este le vendó la herida, conteniendo la hemorragia. Catón, que estaba desvanecido, volvió a abrir los ojos y reparó en el vendaje que había detenido la sangría. Se lo arrancó y expiró en pocos instantes. Quiso morir como un hombre libre, como ciudadano romano y miembro del Senado de la Res publica.
»La libertad no tiene precio. Los hombres dignos de tal nombre mueren por la libertad, la propia y la ajena. Su ejemplo se recordará durante siglos. Piensa en cómo vivimos hoy: estamos obligados a obedecer los caprichos de un joven déspota que puede hacer cualquier cosa de nuestra vida.
—Ah, a mí no me desagrada tanto, después de todo —dijo Fabro—. Claudio Nerón nos recompensa con muchos regalos, tanto en dinero como en comida.
—Cierto… Como nosotros hacemos con nuestros perros. Los tenemos encadenados, pero les damos las sobras de nuestras comidas.
—Tenemos una casa —prosiguió Fabro—, ropas, armaduras que atraen sobre nosotros la admiración del pueblo cuando desfilamos por las calles de Roma… Una posición respetada. En el campo de batalla hemos forjado amistades y nos hemos ganado condecoraciones por nuestras empresas. No sigas a las facciones políticas, Voreno. No han provocado más que guerras y derramado la sangre de hermanos contra hermanos. Y esta última misión… ¿crees que se la habría encomendado a cualquiera?
—¿Te sientes honrado porque te han enviado a una tierra bárbara y lejana a capturar nobles fieras, majestuosos leones para que sean masacrados, sin sentido ni gloria, en la arena?
—¡No solo por esto!
—¡Ah, la muchacha salvaje…! Ha sido un puro azar.
—No lo creo —replicó Fabro cuando ya el puerto y la ciudad se abrían ante sus ojos—. Para alcanzar las tierras de los etíopes se requieren meses, meses y meses, y muchos que han tratado de atravesar el mar de arena no han regresado nunca. Tal vez se acostumbraron a vivir en lugares muy distintos de los nuestros, o bien murieron. ¿Has oído hablar de la expedición de Publio Petronio a Meroe? ¿Hasta dónde llegaron en realidad?
—Conozco la expedición de Petronio —respondió Voreno—, he oído hablar de ella. Quizá la muchacha salvaje ha tratado de recorrer el mismo camino que hemos recorrido en parte nosotros, pero en sentido contrario. Puede también que ella tenga una meta y nosotros seamos quienes le permitirán recorrer el último trecho surcando el mar.
—¿Te has fijado en esa gargantilla que lleva siempre en el cuello?
—Por supuesto. Y el día de nuestra partida me aseguré de que la llevaba aún en el cuello después de que se liara a golpes con Bastarna. Estoy seguro de que es algo importante.
La nave de reconocimiento que estaba atracando en el puerto de Rusicade se llamaba la Gavia y era propiedad del lanista Córsico. La ciudad y su puerto estaban muy bien equipados para el tráfico procedente de tierra adentro: cereales de cultivos muy extendidos y animales salvajes para exportar. Pistrix y Triton, los dos reciarios, se zambulleron en el agua y alcanzaron la nave con pocas pero poderosas brazadas. Luego los izaron a bordo, seguidos por los dos centuriones.
Desde la borda de la Gavia la ciudad se dejaba admirar en toda su belleza, y especialmente en el intenso trasiego de mercaderes, descargadores, carros de transporte y tenderetes donde se vendía de todo: vino, aceite, telas, pan recién horneado, fruta y dulces. Entre la extensión de casas con revoque blanco destacaban un teatro con muchas estatuas de bronce que decoraban los arcos, así como un anfiteatro de piedra, símbolo de la gran prosperidad del territorio.
La tripulación de la Gavia era bastante numerosa. Consistía en una decena de hombres, la mitad de los cuales etíopes procedentes de lo más profundo del África interior.
Rufio Fabro los observaba mientras realizaban las maniobras a bordo.
—Quién sabe de dónde vienen esos negros y cuántos días de marcha habrán recorrido para llegar hasta el mar.
—Cientos de millas, tal vez hasta miles —respondió Voreno.
—No es posible —dijo Fabro—, África no es tan grande.
—Lo es, te lo aseguro.
—¿Cómo puedes afirmarlo? Son pocos los que han llegado más allá del mar de arena, y aún menos los que han regresado.
—Sé de gente que lo ha hecho.
La Gavia, de notable tonelaje, se había proyectado y construido para transportar un tipo de carga y de peso adecuado a sus características. La seguía una oneraria, que era arrastrada al muelle en aquel preciso momento para cargar a bordo las jaulas de los animales. Dos por vez, las barcazas se acercaban a esta última, de la que descendían las sogas y los ganchos que habían de levantar las jaulas con las poleas. Voreno y Fabro subieron por las escalas de cuerda situadas a lo largo de los costados. Mientras trepaba, Voreno oyó unos extraños gemidos entrecortados, como el gorjeo de un ave. Era la muchacha salvaje, que contemplaba el mar y los emitía cada vez que su jaula oscilaba golpeando contra la tablazón de la borda. Estaba asustada. Quizá no había visto nunca el mar. Mientras tanto subían otras cargas: toneletes llenos de agua y de aceite, cajas con vituallas de todo tipo y también animales vivos —corderos, pollos, cabritos— para alimentar a los leones y los leopardos. Incluso una serpiente. Enorme.
Zarparon, empujados afortunadamente por un austro que soplaba del meridión y el occidente, y salieron a mar abierta con las velas desplegadas. Voreno se reunió con el comandante del bajel, un siciliano llamado Trago, probablemente el liberto de un ciudadano romano, hombre experto que conocía la ruta como la palma de su mano.
—El tiempo parece bueno —dijo Voreno—, pero temo que la mar se agite y ocasione daños.
—Pierde cuidado, centurión, tengo gran experiencia en el transporte de animales salvajes… Entre otras cosas, me he percatado de la existencia de una pequeña pantera oscura que parece ser la joya de tu cargamento. No he visto nunca una belleza semejante, lástima que no pueda uno acercarse a ella. Haré que la suban a la cubierta.
—Mejor que no concibas extrañas ideas —replicó Voreno—, te arrepentirías.
—Seguro —respondió el piloto—. Y no concibo extrañas ideas respecto a esa joven pantera. Fíjate, le tiene miedo al mar. Quizá no lo había visto nunca hasta ahora. Cada vez que braman las olas se agarra a los barrotes de la jaula... El viento arrecia.
—Te lo dije —replicó Voreno.
—No temas, conozco bien este mar, y dentro de unos días desembarcaremos en Catania.
—Tu tripulación… ¿De dónde proceden esos etíopes?
—De muy lejos, de más allá de Nubia, de más allá del reino de Meroe, de las tierras de los etíopes de bosque… como ella, quizá. A lo mejor tienen en común algunas palabras.
—¿Y saben comunicarse en latín?
—Alguno de ellos. Podríamos comprender algo.
Ahora las olas crecían, empujadas por el viento. El leopardo gruñía y se abalanzaba contra los barrotes de madera. A veces intercambiaba una mirada con la muchacha salvaje. El león se movía en círculos con breves rugidos sincopados.
Trago mandó izar la jaula de la muchacha hasta la cubierta y ordenó que la liberaran.
—¿Estás loco? Si escapa… —empezó a decir Voreno, pero no continuó. Era evidente que la muchacha no se atrevería a arrojarse al mar; la costa africana estaba ya fuera de la vista y la costa de Sicilia todavía no se veía.
Uno de los etíopes de la tripulación se detuvo para mirar a la muchacha, y enseguida se hizo evidente que clavaba la mirada en la gargantilla que ella llevaba en el cuello. Hizo una seña a sus compañeros, que se colocaron en círculo alrededor. El que parecía el jefe señaló el colgante y todos bajaron la cabeza a la vez. Voreno dio un codazo a Fabro en el costado para llamar de nuevo su atención.
—Están rindiendo honores a la muchacha —le susurró.
—Es probable —respondió Fabro—. Pero mira: dicen algo; hablan entre sí o quizá con ella.
Trago se acercó al etíope que había dirigido la palabra a la muchacha y, en un latín elemental, le formuló una pregunta.
—Barca grande…, agua muy grande… donde... —respondió el etíope.
—No me parece que hayan comprendido gran cosa —se lamentó Fabro.
—Entonces, inténtalo tú —replicó Trago.
En ese instante llegó una ola alta y poderosa.
—¡Apretad los nudos de los cabos! —gritó a la tripulación.
Uno de los marineros corrió hacia la jaula del leopardo, que había visto oscilar, pero no llegó a tiempo: el cabo se tensó por completo con un golpe seco durísimo. La barra a la que estaba asegurado se rompió, el leopardo resbaló hasta la borda sin conseguir aferrarse a las tablas mojadas de la cubierta. El animal acabó en el agua.
Trago gritó a los suyos:
—¡Os despellejaré vivos!
Voreno lo emuló:
—¡La muchacha!
Pero era demasiado tarde. La joven ya se había zambullido y había abrazado al leopardo, que parecía ahogarse. El animal se agarró a ella.
La tripulación, aparte del piloto, se había inclinado sobre la borda, pero todos estaban paralizados por el estupor. Nadie sabía qué hacer.
—¡Pistrix! ¡Triton! —gritó Voreno.
Los dos reciarios comprendieron. No podían capturar en sus redes a la muchacha y a la fiera juntas, pues el leopardo la habría destrozado, aterrorizado como estaba. Pero la muchacha y la fiera no se separaban.
Los dos reciarios hacían girar las redes manteniendo la cuerda enrollada en el brazo, pero el simple hecho de sostenerse en pie era ya una ardua empresa. Una ola muy violenta embistió al leopardo y este desapareció durante unos instantes bajo el agua. También la muchacha se sumergió. Sin embargo, el leopardo emergió hacia popa. Triton lanzó la red, y comenzó a izarla con ayuda de su compañero y dos o tres miembros de la tripulación. La muchacha emergió inmediatamente después, y fue la red de Pistrix la que la capturó. Otros de los etíopes le echaron una mano para izarla a bordo. La tempestad siguió arreciando durante horas y solo cuando oscurecía lograron meter al leopardo en otra jaula.
Por orden de Voreno, la muchacha permaneció en libertad. Le dieron de comer y una manta. Uno de los etíopes trató de intercambiar con ella algunas palabras, pero parecía que la joven dedicase solamente su atención al leopardo, que se lamía el pelo, encrespado por el agua salada. Pidió agua varias veces por la sed intensa que la sal le había provocado.
Al día siguiente aceptó la compañía de Voreno. Había comprendido que tanto ella como el leopardo se habían salvado por su voluntad y que quizá podría ayudarla. Voreno trató de hacerle comprender su lengua, al menos las palabras más elementales. Aprendía deprisa.
Catania la dejó atónita, y Voreno le señaló la mole inmensa de una montaña solitaria cubierta de nieve que dominaba la ciudad. Con la ayuda del etíope, la muchacha intentó comunicarle algo.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Voreno.
El etíope le explicó que la muchacha había visto ya montañas semejantes y hasta más altas en su tierra.
También se quedó asombrada al bajar del barco y pisar la ciudad. Voreno pretendía comprarle en ella los vestidos que jamás había llevado y que la librarían de la atención excesiva de los viandantes, así como de las reacciones consiguientes tanto de estos como de Bastarna, que avanzaba a su izquierda. Nunca se había sentido desnuda como en aquel lugar, pero a las vendedoras de telas y túnicas les parecía que uno de aquellos trajes le daría un aspecto extraordinariamente seductor. Hasta la joven, delante de un espejo, asombrada de descubrir en él sus propios rasgos, advirtió que sus formas llamaban la atención mucho más que cuando estaba medio desnuda en el campamento de los soldados y en la nave, y también por las calles de la ciudad, tras el desembarco.
Voreno y Fabro la acompañaron por entre los mercados del puerto para ver a los pescadores que traían del mar peces también muy grandes; algunos, aún vivos, se debatían en los mostradores. Había cientos de personas que hablaban, gritaban tratando de vender su mercancía, no solo pescados, sino también frutas y hierbas de varios tipos. Voreno intentó que la muchacha probase pescado asado, dando ejemplo primero él. Le pareció comprender que la joven no había cocinado nunca, pero con ella no había que fiarse de las primeras impresiones. Pensó que la muchacha nunca había visto el mar, y luego la vio nadar con una potencia y una agilidad increíbles entre los golpes de mar de una tempestad y abrazada a un leopardo.
Volvieron a bordo de la Gavia con el bote con el que habían alcanzado tierra firme y uno tras otro treparon por la red que pendía del costado de la nave. La oneraria seguía en conserva.
La noche se iluminó de fuego, y ríos de materia incandescente empezaron a descender por las laderas de la enorme montaña mientras la tierra retumbaba con sordos estruendos.
—Esta montaña es un volcán —dijo Voreno—. Se llama Etna.
La muchacha se agarró a la borda y pareció arrebatada por aquel trueno que erizaba el agua de olitas como temblores, y por aquellas humaredas de fuego que se reflejaban en el mar.
Voreno se le acercó hasta casi rozarle los hombros.
—¿Cuál es tu nombre? ¿Cómo te llamas? —preguntó con voz queda.
La muchacha se dirigió hacia él y murmuró algo. ¿Estaba respondiendo? ¿Le estaba diciendo su nombre?
Habría dado cualquier cosa con tal de comprender ese sonido. Solo consiguió captar la luz de sus ojos verdes gracias a un relámpago que centelleó durante un instante en el horizonte.