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CÓMO NOS PRESENTAN EL AMOR

Desde pequeño me enseñaron, directa o indirectamente, que uno de los objetivos en la vida era tener pareja. La gente se encarga de dejarte bien claro que uno de los ámbitos en los que puedes triunfar es en el amor, y ese éxito consiste en tener pareja. Si hilamos un poco más fino y nos centramos en la población masculina, el lema es: cuantas más parejas, mejor. Las trates como las trates, el caso es ser un conquistador a ojos del gran público. Lo que ocurre es que no siempre lo conseguimos. Esto se debe a múltiples factores, pero el principal motivo es que no se cumplen tus expectativas, ya que normalmente están basadas en algo que no es real. Como ocurre con casi todo en la vida.

Te pongo un ejemplo. Sales de casa a socializar por primera vez en un lugar que en mi pueblo llaman «parvulitos». Este es el momento en el que empiezas a recibir pistas sobre cómo te ven fuera de casa, donde suelen tener un buen concepto de ti y te consideran el niño más guapo y bueno del mundo. Resulta que en ese nuevo ambiente descubres que no eres tan perfecto, que tus orejas no gustan a todo el mundo o que tienes sobrepeso. Caes entonces en la cuenta de que hay unos cánones, sin saber ni siquiera lo que significa esa palabra. Observas que tu comportamiento, tan ejemplar en casa, es, en ese otro entorno en ocasiones hostil, el de un cabrón que intenta aprender las reglas del juego.

Sea como fuere, todavía no es ni de lejos el momento de fijarte en quién te gusta para formar una pareja. Solo estás buscando tu lugar.

Cuando sales por primera vez de casa para socializar, te encuentras con la cruda realidad de que en la sociedad existen unos cánones y tal vez tú no encajes en ellos. Bendita diferencia. No dejes que nadie te haga sentir mal por ser como eres. Tú eres único e irrepetible.

A los seis años, cuando entras en primaria, la cosa empieza a cambiar un poco, o por lo menos así fue en mi caso. Descubres que las chicas existen y que te llaman la atención. Aun así, mi prioridad seguía siendo jugar en la calle, sobre todo al fútbol.

En segundo de primaria empezó la pequeña revolución amorosa y aprendí la primera lección de este curso llamado vida.

Llegó al colegio una niña nueva y, cómo no, le tocó sentarse a mi lado. Me parecía la niña más bonita que había visto nunca, no podía dejar de mirarla. Era rubia, de media melena ondulada y flequillo por encima de las cejas. Su cara parecía salida de una película de Disney. ¡Ay, Disney! ¡Cuánto daño has hecho a tantas generaciones! Pero no es el momento de hablar de eso ahora, ya lo haremos más adelante.

Según mi entorno más cercano, o sea, mi familia, yo era un niño muy guapo, aunque si me comparaba con los demás del cole, ya no lo era tanto. Sin embargo, pudo más mi valentía y la opinión de los míos, así que me lancé a declararle a esa niña lo que sentía. Todas mis expectativas se fueron al garete al descubrir que lo que en privado había sido un «sí, quiero ser tu novia», delante de todo el mundo era un «ni de coña» de lo más contundente y humillante. Os podéis imaginar el dolor de la incomprensión.

Has de entender que las inseguridades y los miedos de los demás tal vez te salpiquen en alguna ocasión. No te lo tomes como algo personal.

A todos esos conceptos nuevos que aprendí en esos primeros años, como el de «canon», habría que sumar el de «estatus», ya que intuía que probablemente yo les gustaría más a las chicas si fuese más popular. Era una sensación muy real. Más adelante se volvieron las tornas y pude aprovecharme de mi estatus. El caso es que esas primeras lecciones son valiosas y te proporcionan un montón de información; el problema es que no tenemos ni puta idea de cómo interpretarlas ni gestionarlas y nadie, en ningún momento de nuestra vida, nos da un libro de instrucciones para aprender a hacerlo. A las decenas de traumas de todo tipo que se tienen a esa edad y que condicionan en gran parte tu comportamiento de adulto se añade este trauma relacional. Y ni siquiera eres consciente; tú sigues con tu vida, recibiendo una educación gestionada y marcada por intereses meramente políticos, ideada para que pienses lo menos posible.

Con esas premisas seguí creciendo y relacionándome con la deseabilidad social como bandera. Cada cierto tiempo me inyectaba un poco de serotonina y dopamina suministrada por mi camello preferido, yo mismo, para luego volver a morir de desamor por no ver cumplidas, una vez más, mis expectativas.

LA ADOLESCENCIA Y SU REAJUSTE RELACIONAL

A los catorce años, no sé exactamente qué cambió en mi físico, pero empecé a gustarles a las chicas. Comenzaba a disfrutar de cierto éxito en el deporte y poco a poco fui ganando más popularidad en el instituto.

En esa etapa tuve la que se podría considerar mi primera novia «seria», aunque ahora me cuesta darle la seriedad que para mí tenía entonces, que fue mucha. Mi creciente fama entre las chicas hizo que me plantease engañarla con otras, faltándole al respeto e incumpliendo el pacto que teníamos como pareja. No llegué a hacerlo, pero era consciente de que podía. Eso hizo que le mintiese a la hora de explicarle los motivos por los que la dejaba; me inventé la mierda más coherente que se me ocurrió. Ser consciente de esa popularidad fue lo peor que me pudo pasar, ya que no supe gestionarla y empecé a faltarles al respeto a muchas personas buenas por no tener la valentía suficiente para asumir las consecuencias de mis actos.

Poco después empecé otra relación, pero, de nuevo, mi autoconcepto no podía estar más distorsionado. Al igual que cuando era niño, la imagen que yo tenía de mí mismo no coincidía con la que tenían los demás.

Tenía mucho éxito en el deporte, trabajaba de noche poniendo copas y era popular en el instituto. Se daban todas las condiciones para que me convirtiera en un imbécil profundo.

Salía con la que a mí me parecía la chica más guapa de todo el pueblo y, sin ninguna duda, del instituto. La había escogido casi a dedo. Guapa, buena estudiante, deportista… Para mí y para la sociedad era lo que yo me merecía. No os podéis imaginar el grado de gilipollez que alcancé.

El tipo de vida que llevaba hacía que tuviese que demostrar todo el tiempo el éxito que tenía. Me sometía yo mismo a tanta presión que empecé a hacer cosas muy desagradables. A ella, por ejemplo, le fui infiel y no solo eso, sino que como me creía por encima del bien y del mal, no me escondía y ella se enteraba a través de sus amigas. Yo no tenía ningún reparo en enfrentarla a ellas, jugando con sus sentimientos y diciéndole cosas como: «¿A quién vas a creer? ¿A ellas o a mí?».

Lo dicho, un capullo, un gañán sin herramientas, un fanfarrón que, en realidad, iba mal en los estudios, trabajaba en un pub de mala muerte y tenía encima de la mesa una oferta no tan buena para firmar un contrato profesional de fútbol sala. Y, aun así, me creía Dios. Para que entiendas la prepotencia con la que abordaba mi día a día, te diré que en mi perfil de Messenger, la red social de moda en mi adolescencia, escribía cosas como: «Quien se crea capaz de pararme, que lo intente».

No os miento si os digo que era casi imposible que yo viera la realidad de la situación en aquel momento. Solo me veía rodeado de gente a la que creía amiga, pero que lo único que querían eran copas gratis. Pero esa nube de deportista famoso en la que vivía desaparecería en unos meses dándome un bofetón de realidad.

Recurriendo otra vez a las mentiras y después de haberla engañado decenas de veces, también dejé a aquella chica y encima la hice sentir culpable de que nuestra relación no funcionase.

Otra buena persona que me había dado mucho y a la que yo trataba mal. Descubrí luego que el karma no olvida.

Si tratas mal a las personas que te rodean, que no te extrañe que luego te traten mal a ti o que no obtengas los resultados que esperas en tus relaciones. Recoges lo que siembras.

PRIMEROS PASOS HACIA LA REALIDAD RELACIONAL

Continué mi camino relacional como un elefante en una cacharrería, sin reparar en nada ni en nadie.

Finalmente, firmé aquel contrato y, con diecisiete años, me independicé y me mudé a otra ciudad con el propósito de cumplir mi sueño de ser deportista profesional. Era un contrato de tres años con uno de los mejores equipos de fútbol sala de Galicia que me obligaba, entre otras cosas, a competir con el equipo juvenil la primera temporada mientras entrenaba con el primer equipo dos veces al día más una en solitario.

Al mes de estar viviendo allí, tuve mi primer momento introspectivo.

Me di cuenta de que no era nadie. Era casi un analfabeto funcional, que estaba más solo que nunca y que se sentía repudiado por sus compañeros del equipo juvenil, sin amigos ni familia y cobrando una miseria que me obligaba a comer pasta y huevos un día sí y otro también.

Siempre recordaré el peso que tuvo Diego, mi hermano de otra sangre, en ese momento para hacerme ver que en la vida había cosas bonitas por las que merecía la pena luchar.

Me empecé a preguntar qué cojones estaba haciendo con mi vida y me planteé que tal vez el deporte no me iba a llevar a lugares tan felices como prometía; y ni siquiera había terminado la ESO.

Lo que desencadenó todas estas dudas fue un autobús. Al empezar el curso académico, me entristecía ver a los chicos de mi edad en el autobús de camino al instituto mientras yo iba a entrenar. Echaba de menos estar con personas de mi edad, pues entrenaba con un grupo de compañeros en el que el más joven me sacaba siete años.

Ver aquel autobús fue una de las semillas del cambio.

Llegué a esa ciudad el 4 de agosto y no conocía a nadie. Un antiguo compañero de equipo tenía una amiga allí y yo, ni corto ni perezoso, le pedí su teléfono para quedar con alguien de mi edad y que me enseñara la ciudad. La chica se llamaba Nerea y conocerla fue una de las cosas más bonitas que me regaló ese lugar. Me ayudó todo lo que pudo. Venía por las noches a buscarme al piso con un balón de baloncesto para ir a jugar a alguna cancha al aire libre. Con el paso del tiempo, se convirtió en una más de mis compañeros de piso, también compañeros de equipo. Pasábamos mucho tiempo juntos. Fue tan generosa conmigo que aún no sé si podré compensárselo algún día.

El verano pasó muy rápido. Con el inicio del curso (momento en el que comencé a procesar toda la información que había desencadenado aquel autobús), en el mismo polideportivo en el que entrenaba mi equipo se empezaron a practicar otros deportes, entre ellos, el ping-pong. Varios chicos entrenaban en el espacio que quedaba entre nuestras porterías y la grada. Descubrirlo fue el primer paso hacia mi siguiente lección.

Revisa de vez en cuando tu camino para ver si realmente es el que quieres seguir, y no el que te dijeron que tenías que seguir.

Había una chica que jugaba al ping-pong que me llamaba especialmente la atención. Era muy bonita y tenía el pelo castaño claro y muy rizado. La verdad es que todo mi equipo estaba embelesado con ella.

Los días que ella venía, yo procuraba ponerme todo lo guapo que la ropa de entrenar me permitía y había momentos en los que realmente me costaba concentrarme en lo que hacía, no podía dejar de mirarla. De hecho, los dos jugábamos un poco a buscarnos la mirada… O eso creíamos yo y mis expectativas.

Una tarde de otoño, mis compañeros de piso, Nerea y yo fuimos a comprar unos ricos helados por la calle más céntrica de la ciudad. Mi objetivo era un buen helado de pistacho. Íbamos andando y hablando de nuestras cosas entre risas cuando, de repente, «la chica de ping-pong» (ese era su nombre hasta el momento) salió de una tienda. Mis compañeros y yo no dejamos pasar la oportunidad de hablar de ella, pero Nerea, que no se enteraba de lo que estaba ocurriendo, me preguntó de quién estábamos hablando. Yo señalé a la chica y le dije:

—Esa chica me vuelve loco.

—¡¿Mara?! —exclamó—. Vamos a la misma clase.