Gracias a todos los grandes historiadores clásicos y modernos por sus magníficos tratados y monografías sobre la antigua Roma sin cuya información esta obra nunca habría sido posible. Gracias a todo el equipo de Ediciones B, por la ilusión que han puesto en esta novela y su continuación; gracias en especial a Faustino Linares, Lucía Luengo, Verónica Fajardo, Carmen Romero y al magnífico equipo de diseño gráfico. También quiero agradecer a los comerciales de la editorial su esfuerzo en la distribución de Africanus para que el libro llegue cada vez a más sitios. Y muy en particular tengo que agradecer a todos aquellos lectores que bien mediante mensajes en mi página web, bien con mensajes en diferentes foros de Internet, me han animado a seguir escribiendo. Sus comentarios, en su mayoría elogiosos, en ocasiones críticos, pero siempre revestidos de un gran respeto, son el mayor estímulo que un escritor puede encontrar especialmente en aquellos momentos de desfallecimiento que, inexorablemente, aparecen durante la creación de una obra de esta envergadura.
Gracias a mis padres por quererme tanto y por aficionarme a la lectura y a mi familia por estar siempre conmigo. Y gracias a mis amigos por entenderme y apoyarme: A Salva por leerse y corregir con minuciosidad una primera versión de esta novela y animarme a que luchara por que esta obra se publicase, a José Javier, por no tomarme por loco mientras escribía (él sabe lo valioso de su opinión a este respecto pues es psiquiatra), y a Emilio y Pepe por resistir con paciencia (y alguna cerveza) mis interminables historias sobre la segunda guerra púnica con un apreciable interés.
Ingrata patria, ne ossa quidem mea habes.
[Patria ingrata, ni siquiera tienes mis huesos.]
Epitafio en la tumba de Escipión, el Africano
M. VALERIUSVV MAXIMUS, 5, 3, 2B
A finales del siglo III antes de Cristo, Roma se encontró al borde de la destrucción total, a punto de ser aniquilada y arrasada por los ejércitos cartagineses al mando de uno de los mejores estrategas militares de todos los tiempos: Aníbal. Ningún general de Roma era capaz de doblegar a este todopoderoso enemigo, genial en el arte de la guerra y hábil político, que llegó hasta las mismas puertas de la ciudad del Tíber, habiendo pactado con el rey Filipo V de Macedonia la aniquilación de Roma como Estado y el reparto del mundo conocido entre las otras dos potencias mediterráneas: Cartago y Macedonia. La historia iba a ser escrita por los enemigos de Roma y la ciudad de las siete colinas no figuraría en ella, no tendría espacio ni en los libros ni en los anales que habrían de rememorar aquella guerra, aquel lejano tiempo; Roma apenas representaría unas breves líneas recordando una floreciente ciudad que finalmente sería recluida a sus murallas, sin voz en el mundo, sin flota, sin ejército, sin aliados; ése era su inexorable destino hasta que o bien la diosa Fortuna, o quizá el mismísimo Júpiter Óptimo Máximo o el puro azar intervinieron en el devenir de los hombres y las mujeres de aquel tiempo antiguo y surgió un solo hombre, alguien inesperado que no entraba en los cálculos de sus enemigos, un niño que habría de nacer en la tumultuosa Roma unos pocos años antes del estallido del conflicto bélico más terrible al que nunca se había enfrentado la ciudad; alguien que pronto alcanzaría el grado de tribuno, un joven oficial de las legiones que iniciaría un camino extraño y difícil, equivocado para muchos, que, sin embargo, cambió para siempre el curso de la historia, que transformó lo que debía ocurrir en lo que finalmente fue, creando los hechos que ahora conocemos como la génesis de un imperio y una civilización secular en el tiempo y en la historia del mundo. Aquel niño recibió el nombre de su progenitor, Publio Cornelio Escipión, que fuera cónsul de Roma durante el primer año de aquella guerra. Las hazañas de el hijo del cónsul alcanzaron tal magnitud que el pueblo, para distinguirlo del resto de los miembros de su familia, los Escipiones, le concedió un sobrenombre especial, un apelativo referente a uno de los territorios que conquistó, ganado con extremo valor en el campo de batalla y que lo acompañaría hasta el final de sus días: Africanus. Sería la primera vez que se honraba a un general con una distinción semejante, dando así origen a una nueva costumbre que en los siglos venideros heredarían otros cónsules preeminentes y, finalmente, los emperadores de Roma. Sin embargo, tanta gloria alimentó la envidia.
Ésta es su historia.
Publio Cornelio Escipión (padre), cónsul en el 218 a.C. y procónsul en Hispania
Pomponia, mujer de Publio Cornelio
Cneo Cornelio Escipión, hermano del anterior; cónsul en el 222 a.C. y procónsul en Hispania
Publio Cornelio Escipión (hijo), Africanus , hijo y sobrino de los cónsules mencionados arriba
Lucio Cornelio Escipión, hermano menor
Tíndaro, pedagogo griego, tutor de los Escipiones
Cayo Lelio, decurión de la caballería romana
Emilio Paulo (padre), cónsul en el 219 y 216 a.C.
Lucio Emilio Paulo, hijo de Emilio Paulo
Emilia Tercia, hija de Emilio Paulo
Quinto Fabio Máximo (padre), cónsul en el 233, 228, 215, 214, 209 a.C. y censor en el 230 a.C.
Quinto Fabio, hijo de Quinto Fabio Máximo
Marco Porcio Catón, protegido de Quinto Fabio Máximo
Sempronio Longo, cónsul en el 223 y 218 a.C.
Cayo Flaminio, cónsul en el 217 a.C.
Terencio Varrón, cónsul en el 216 a.C.
Cneo Servilio, cónsul en el 217 a.C.
Claudio Marcelo, cónsul en el 222, 215, 214, 210 y 208 a.C.
Claudio Nerón, procónsul
Minucio Rufo, jefe de la caballería
Vel iniquissiman pacem iustissimo bello anteferrem.
[Preferiría la paz más inicua a la más justa de las guerras.]
CICERÓN,
Epistulae ad familiares,6,6, 5.
Roma.
Año 519 desde la fundación
de la ciudad, 235 a.C.
El senador Publio Cornelio Escipión caminaba por el foro. Llevaba el cabello corto, casi rasurado, tal y como era costumbre en su familia. A sus treinta años, andaba erguido, dejando a todos ver con claridad su rostro enjuto y serio, de facciones marcadas, en las que una mediana nariz y una frente sin ceño se abrían paso en silencio. Ese día iba a asistir a un gran acontecimiento en su vida, aunque en ese momento tenía la mente entretenida con otro suceso sobresaliente en Roma: Nevio estrenaba su primera obra de teatro. Apenas habían transcurrido cinco años desde que se había representado la primera obra de teatro en la ciudad, una tragedia de Livio Andrónico, a la que el senador no había dudado en acudir. Roma estaba dividida entre los que veían en el teatro una costumbre extranjera, desdeñable, fruto de influencias griegas que alteraban el normal devenir del pensamiento y el arte romano puros; y otros que, sin embargo, habían recibido estas primeras representaciones como un enorme salto adelante en la vida cultural de la ciudad. Quinto Fabio Máximo, un experimentado y temido senador, del que todos hablaban como un futuro próximo cónsul de la República, se encontraba entre los que observaban el fenómeno con temor y distancia. Por el contrario, el senador Publio Cornelio Escipión, ávido lector de obras griegas, conocedor de Menandro o Aristófanes, era, sin lugar a dudas, de los que constituían el favorable segundo grupo de opinión.
Publio Cornelio llegó junto a la estructura de madera que los ediles de Roma, encargados de organizar estas representaciones, ordenaban levantar periódicamente para albergar estas obras. Al ver el enjambre de vigas de madera sobre el que se sostenía la escena, no podía evitar sentir una profunda desolación. Pensar cuántas ciudades del Mediterráneo disfrutaban de inmensos teatros de piedra, construidos por los griegos, perfectamente diseñados para aprovechar la acústica de las laderas sobre las que se habían edificado. Tarento, Siracusa, Epidauro. Roma, en cambio, si bien crecía como ciudad al aumentar su poder y los territorios y poblaciones sobre los que ejercía su influencia, cuando se representaba una obra de teatro tenía que recurrir a un pobre y endeble escenario de madera alrededor del cual el público se veía obligado a permanecer de pie mientras duraba el espectáculo o a sentarse en incómodos taburetes que traían desde casa. Como consolación, el senador pensaba que, al menos ahora, ya había posibilidad de ver sobre la escena actores auténticos recreando la vida de personajes sobre los que él había leído tanto durante los últimos años. Una mano en el hombro, por la espalda, acompañada de una voz grave y potente que enseguida reconoció, interrumpió sus pensamientos.
—¡Aquí tenemos al senador taciturno por excelencia! —Cneo Cornelio Escipión abrazó a su hermano con fuerza—. Ya sabía yo que te encontraría por aquí. Venga, vamos a ver una obra de teatro, ¿no? A eso has venido.
—No esperaba verte por aquí hoy.
—Hombre, hermano mío. —Cneo hablaba en voz alta de forma que todos alrededor podían escucharle. Era un gigantón de dos metros que no necesitaba abrirse camino entre el tumulto de gente que se había agolpado en torno al recinto del teatro ya que, como por arte de magia, siempre se abría un pequeño sendero justo un par de metros antes de que llegara su persona. Cneo era más alto, más fuerte, menos serio y más complaciente en la mesa que su hermano, lo que quedaba reflejado en su incipiente barriga que los años de adiestramiento y empleo militar mantenían relativamente difuminada—. Tanto hablar del teatro, el teatro esto, el teatro aquello... me dije, vayamos a ver qué es eso del teatro y... bueno...
—¿Bueno qué?
—¡Y, por todos los dioses! ¡Si ese viejo remilgado de Fabio Máximo ha dicho que lo mejor que puede hacer un buen romano es no acudir a estas representaciones, pues eso era ya lo que me faltaba para decidirme a venir! ¡Que los dioses confundan a ese idiota!
—Así que eso es lo que anda diciendo Fabio —respondió Publio—. Interesante. Ya entiendo por qué hay tanta gente. Creo que con sus palabras ha conseguido que venga más gente que nunca. Hay que felicitarle. Estoy seguro de que los actores agradecerán tanto debate sobre sus representaciones. Parece que Fabio Máximo no entiende que si deseas que algo pase desapercibido lo mejor es no mencionarlo. Supongo que futuras generaciones irán aprendiendo esto. En cualquier caso, me alegro. Cuanta más gente vea estas cosas mejor. Quizá así consigamos que en Roma se construya alguna vez un teatro digno de representar a Aristófanes o Sófocles.
—No sé; no creo que esto del teatro llegue a interesar tanto como para levantar esos enormes edificios de piedra de los que siempre hablas. Si me dijeras para ver gladiadores o mimos, cosas que sí gustan, entonces quizá sí... Pero desde luego hoy aquí hay un gentío notable —concluyó oteando desde lo alto de su sobresaliente punto de observación.
Así, conversando, los dos hermanos entraron en el recinto. Se había hablado ya en más de una ocasión de la posibilidad de levantar también una estructura de madera frente a la escena que soportase unas gradas de forma que el público pudiera sentarse y disfrutar con más comodidad del espectáculo, pero, de momento, todo aquello no eran más que conjeturas. Sólo había algunos bancos en las primeras filas para las principales autoridades de la ciudad, los ediles y algunos senadores.
—Resultará complicado conseguir una posición más céntrica. Mejor nos quedamos aquí —comentó Publio.
Su hermano se giró y le miró sacudiendo la cabeza, como quien perdona la vida a alguien a quien aprecia mucho pero que sabe que está equivocado en algo muy concreto. Sin más comentarios, Cneo se adentró entre el tumulto de gente, dando alguna voz al principio y luego, a medida que la densidad de la muchedumbre aumentaba, apartando a unos y otros con decididos y potentes empujones. Cneo avanzaba hacia el centro del recinto para conseguir una posición mejor para ver a los actores y lo hacía como un tribuno en un campo de batalla buscando la posición óptima para su unidad. Publio seguía la senda que su hermano iba abriendo. Unos soldados se revolvieron molestos ante aquel torrente de empellones, mas, al ver ante ellos dibujarse la imponente figura de Cneo adornada con la toga propia de un patricio, decidieron hacer como que no había ofensa y ocuparse de sus asuntos. Así, en unos minutos, Publio y Cneo alcanzaron el centro del recinto justo frente a la escena tras los bancos de las autoridades y quedaron dispuestos para asistir a la representación. Una vez allí, Publio se dirigió a su hermano.
—Gracias. Con tu extremada delicadeza hemos conseguido, sin duda, una excelente posición para el espectáculo. Siempre tan sutil, Cneo. Te veo hecho todo un político.
—Ya sabes que el que tiene que llegar a cónsul en nuestra familia eres tú. A mí que me dejen un ejército y que me pongan unos millares de bárbaros o cartagineses delante. Con eso me entretendré.
Publio no respondió nada. Quién sabe, viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos políticos quizá algún día tendrían ante sí a unos cuantos de esos cartagineses, aunque no tenía tan claro que el verbo «entretenerse» fuera el más adecuado para describir semejante situación.
Tito Macio era un joven de veinte años, huérfano, llegado a Roma desde Sársina, en el norte de la región de Umbría. Ésta había caído bajo el control romano unos años antes. Después de algunas peripecias y no pocos sufrimientos en las calles de Roma, había alcanzado una cierta estabilidad a sus veinte años como mozo de tramoya en una de las incipientes compañías de actores que se dedicaban a representar obras de teatro en la ciudad. Su labor consistía esencialmente en clasificar las ropas de los actores y tenerlas preparadas para facilitárselas a cada uno a medida que éstos entraban en escena. También se ocupaba de limpiar las mismas antes y después de cada representación y, en fin, de todo aquello que fuera necesario con relación al espectáculo, incluso, si se terciaba, actuar. Después de haber mendigado por las calles, aquello le parecía una muy buena opción de vida. Entre bastidores Tito observaba a los actores declamar y en ocasiones memorizaba los textos de aquellos personajes que más le agradaban. Esto resultaba útil sobre todo cuando tenía que sustituir a algún actor que estaba enfermo o, más frecuentemente, con una resaca demasiado grande como para poder salir a escena.
Cuando entró de niño en aquella compañía había un anciano liberto de origen griego que se ocupaba de traducir textos de los clásicos como Eurípides, Sófocles, Aristófanes o Menandro, entre otros muchos, que le tomó cierto aprecio. Quizá aquel anciano encontró su extrema soledad, en un país extranjero y sin familia ni amigos, reflejada en aquel niño mendigo de cara resuelta que luchaba por sobrevivir en una ciudad cruel para el pobre, el esclavo y el no romano. El anciano lo tomó a su cargo y le enseñó a leer latín primero y después griego; y cuando sus ojos empezaron a fallarle, Tito, familiarizándose poco a poco con el arte de la escritura, empezó a copiar al dictado las traducciones que este anciano le hacía. Praxíteles, que así se llamaba, falleció cuando Tito apenas tenía trece años. Una mañana fue a llevarle agua para lavarse como hacía siempre y se lo encontró en el lecho de la habitación que la compañía de teatro había alquilado para cobijo del anciano que tan buen servicio les daba. Praxíteles estaba tendido, relajado, pero con los ojos abiertos y sin respirar. Tito se quedó en silencio junto a aquel hombre de quien tanto había aprendido y se dio cuenta de que aun sin que éste fuera nunca condescendiente o especialmente cariñoso con él, siempre se había mostrado afectuoso. De pronto se sintió del todo solo y pensó que nunca jamás sentiría un dolor y una pena igual en su vida. Estaba muy equivocado, pero en aquel momento no era consciente de las turbulencias del futuro. Cuando se rearmó de valor para afrontar la situación abandonó la estancia y salió al encuentro de Rufo, el amo de la compañía, que estaba negociando en el foro las posibles nuevas representaciones de la misma para la próxima Lupercalia, la festividad de la purificación que tenía lugar a mediados de febrero. Faltaba tiempo aún pero era conveniente cerrar los convenios con las autoridades públicas lo antes posible.
Rufo se encontraba junto con dos ediles de Roma, encargados de organizar los diferentes acontecimientos festivos, cuando Tito llegó a su encuentro. Rufo hizo como que no le veía. Al fin, una vez que después de diez largos minutos hubo terminado sus conversaciones con los ediles, se dirigió al inoportuno Tito, que había permanecido junto a él como un pasmarote, inconsciente de su impertinencia, aturdido como estaba por los acontecimientos.
—¿Y a ti qué se te ha perdido en el foro esta mañana? ¿Por qué no estás con el griego terminando la traducción de la comedia de Menandro que os encomendé? Ésta no es forma de justificar el alojamiento y la comida que os pago.
Tito pensó en replicar con improperios pero de su boca sólo salió la sencilla y simple realidad.
—Praxíteles ha muerto. —Y sin esperar instrucciones se marchó del foro dejando que Rufo digiriese las implicaciones de aquel suceso para su futuro económico.
Rufo, no obstante, era un hombre curtido en el desastre y la crueldad. Militar retirado, a sus cuarenta años había matado, violado, robado, luchado con honor y luchado sin honor alguno en el campo de batalla y con dagas en las peligrosas noches de Roma. Tenía una poblada melena de pelo negro que se resistía a tornarse gris pese a su edad, como si tuviera un pacto de juventud con los dioses a cambio de quién sabe qué extraños servicios. Avanzaba siempre como si se tambaleara, con un corpulento cuerpo sazonado de heridas y coronado por un ceño profundo permanente en lo alto de su frente. Hablaba latín y algo de griego, pero su capacidad lectora era más que discutible. Con todo, Rufo poseía una sobresaliente destreza: el oportunismo. Había discernido como nadie el gran impacto que suponía la novedad del teatro como espectáculo en Roma y, antes que ningún otro, había juntado actores de diferentes partes de la península itálica, se había hecho con los servicios de Praxíteles y había fundado una compañía estable que daba un buen servicio a los ediles de Roma a un más que razonable precio para las arcas del Estado. Mantenía en la pobreza a actores y demás miembros de la compañía, pero eso no preocupaba a las autoridades siempre que se cumplieran los compromisos acordados en cuanto a número de representaciones y mínima calidad de la puesta en escena.
La muerte de Praxíteles suponía un importante escollo en el natural futuro de la compañía, pero, como la fortuna a veces es caprichosa y parece vanagloriarse en favorecer a quien menos lo merece, Rufo pronto detectó que no hacían falta tantas traducciones del griego como antes, sino que empezaba a haber autores latinos propios que, para satisfacción suya y de su economía, ya escribían las obras directamente en latín.
Meses después de la muerte de Praxíteles, Rufo preguntó a Tito si él se sentía capaz de traducir obras del griego. Tito meditó su respuesta y concluyó que sí, pero como movido por un resorte, enseguida respondió con decisión de forma contraria.
—No, lo siento, no podría —y nunca más le volvió a preguntar Rufo sobre aquel tema. Tito había visto dónde había llegado Praxíteles con su griego y no quería seguir su misma suerte. Albergaba mejores expectativas para su vida que trabajar traduciendo por un mendrugo de pan y una humilde alcoba y siempre en las manos de aquel hombre cruel y avaro. Desde entonces Tito se especializó en todo lo referente a la tramoya: trajes, disfraces, calzado de los actores y supervisar el levantamiento de la escena cada vez que había representación. Curiosamente, aquel trabajo parecía ser más valorado por Rufo que todos los esfuerzos del anciano griego por producir unas traducciones en correcto y fluido latín. Tito estaba sorprendido porque sabía de lo injusto de la valoración, pero se guardaba para sí mismo sus opiniones y se dejaba llevar en aquel mundo de locos por lo que los demás consideraban como de mayor mérito.
Aquella tarde del 235 antes de Cristo, se representaba la primera obra de uno de los nuevos autores que tan bien le habían venido a Rufo: Nevio. Se trataba de una tragedia ambientada en Grecia. Para ello Tito había dispuesto todo lo necesario: pelucas blancas para los personajes ancianos, pelirrojas para los esclavos, un sinfín de todo tipo de máscaras para las más diversas situaciones escénicas, y coturnos, unas sandalias altas empleadas para realzar la estatura de los personajes principales que en una tragedia serían dioses personificados por actores, que, como era lógico, no podían estar a la misma altura que el resto de los personajes. Una amplia serie de mantos y túnicas griegas completaba el vestuario.
To do estaba dispuesto. El público llenaba los alrededores del escenario, la tarde era agradable y la temperatura suave. Roma iba a vivir una velada de teatro al aire libre.
Los Pilares de Hércules
(Gibraltar), 235 a.C.
Decenas de pequeñas embarcaciones navegaban lentamente. En una de las lanchas, atestada de armas arrojadizas, espadas, escudos, lanzas, algún caballo, víveres y soldados, Amílcar dirigía toda la operación. A su lado, un adolescente de trece años, su joven hijo Aníbal, es decir, «el favorito de Baal», el dios supremo de los cartagineses, observaba admirado.
Amílcar tenía bajo su mando un gran ejército dispuesto para conquistar Hispania, pero no tenía barcos con que transportarlo. Meses atrás rogó a los sufetes, los dos cónsules de Cartago, que dieran orden de reconstruir la flota púnica para poder enviar estas tropas a Iberia, pero éstos se negaron, siguiendo los avisos del Consejo de Ancianos. La gran flota púnica había sido destruida en la gran confrontación contra Roma de unos años antes y, entre otras terribles penurias y humillaciones, Cartago tenía prohibido reconstruir una nueva flota que los romanos observarían como una amenaza inminente. Si lo hacían, explicaron lo sufetes, Roma no tardaría ni unas semanas en declarar la guerra y atacar, antes de que Cartago estuviera recuperada del anterior conflicto.
El sufete se dirigió directamente a Amílcar.
—Si deseas conquistar Hispania para Cartago y fortalecer el Estado con sus riquezas, eso te honra, general, sin embargo, lo que pides, una flota para trasladar al ejército, eso es imposible. Tienes permiso para intentar esa conquista pero tendrás que discernir otros medios.
Amílcar no era hombre que se amilanara con facilidad. Combatió con valor y pertinaz resistencia a los romanos en Sicilia dificultando en extremo el avance de las legiones del Estado latino y, posteriormente, derrotó por completo a los mercenarios africanos que se levantaron contra la que creían ya una Cartago en decadencia. Así pues, Amílcar aceptó el reto de los sufetes. Se levantó y ante todos los senadores de Cartago exclamó.
—Llevaré el ejército a Iberia, cuyas riquezas navegarán hacia Cartago en menos de un año.
Y antes de que nadie pudiera preguntarle sobre la forma en que pensaba acometer tal empresa, el general abandonó el cónclave senatorial y, escoltado por varios soldados y oficiales próximos a su causa y a la familia de los Barca, partió de la ciudad.
Durante semanas Amílcar dirigió su ejército por toda la costa norte de África, aprovisionándose en las numerosas poblaciones costeras amigas de Cartago. Atravesó las montañas y los estrechos pasos resistiendo ataques de tribus en continua rebeldía con Cartago. Cruzó la costa norte de Numidia y Mauritania en una marcha larga y agotadora para hombres y bestias, hasta que, al cabo de dos meses, llegó a los Pilares de Hércules. Allí contempló, desde la costa africana, las playas del sur de Hispania. Sólo los separaba un estrecho de aguas embravecidas pero de tan sólo veinte o treinta kilómetros1 de anchura. En unas semanas fue agrupando todas las barcas de pesca de las poblaciones próximas y mandó construir pequeñas balsas y barcazas de transporte. No se trataba de construir barcos de guerra, sino de disponer de pequeños transportes que fueran y volvieran durante varios días, llevando en cada viaje armamento, soldados, animales y víveres. La tarea sería tediosa, lenta y muy peligrosa. Especialmente difícil resultaría embarcar, uno a uno, a las decenas de elefantes que llevaba consigo.
Amílcar alcanzó la costa de Hispania y fue el primero en pisar tierra. Tras él su caballo y varios soldados que empezaron a descargar todo lo que llevaban en la barcaza: trigo, dardos, lanzas, escudos. Era impresionante mirar hacia el sur. El mar estaba repleto de centenares de embarcaciones que, como una flotilla de pequeños barcos, se acercaban a las costas. El oleaje, no obstante, arreciaba con fuerza. Un elefante, al verse rodeado de aquella inmensidad de océano, se puso nervioso y empezó a bramar y moverse. Uno de sus adiestradores intentó calmarlo primero y luego controlarlo a golpes que asestaba con una maza de hierro en la cabeza del animal, pero la bestia estaba ya fuera de sí y cualquier esfuerzo era inútil para controlarla. En la pugna, la barcaza se desestabilizó y volcó, y soldados, armas y víveres fueron al agua junto con el elefante. El mar se tragó a hombres y bestia en cuestión de segundos. De forma parecida varias barcazas volcaron y se perdieron numerosos hombres, material y animales. Sin embargo, al caer la tarde del tercer día, el gigantesco ejército cartaginés había cruzado el estrecho sin disponer de una flota, sin despertar las suspicacias de Roma. Sigilosamente, aunque decididos, aquellos soldados formaron en la playa. Amílcar revisó unidades, equipos, caballería y elefantes y, cuando todo estuvo dispuesto, con el sol poniéndose, ordenó avanzar varios kilómetros hacia el interior. Dio orden también de recoger las barcas y esconderlas tras las dunas de la playa.
Al día siguiente, un barco mercante acompañado de una quinquerreme militar romana pasó por la zona. Un legionario actuaba como vigía. Desde lo alto de la nave observó restos de madera flotando en el mar. Dio la alarma y el capitán ordenó que recogieran aquellos fragmentos. Una vez en el barco, constataron que se trataba de pequeños trozos que no podían sino pertenecer a alguna embarcación pesquera. El capitán preguntó al vigía si se observaba algún movimiento extraño en la costa. La respuesta del legionario fue rotunda.
—¡Nada!
—Bien —concluyó el oficial al mando del barco—. En el informe de a bordo que figure que se han avistado restos del naufragio de alguna pequeña barca de pesca. Sin más novedad. Sigamos rumbo al noreste, a Sagunto.
Y se alejaron de la costa.
Roma, 235 a.C.
La representación acababa de empezar y todo marchaba bien. Hasta el momento ningún actor se había olvidado del texto y el público parecía seguir la historia con cierto interés. De cuando en cuando el murmullo de los que hablaban era excesivo y Tito tenía que moverse entre los espectadores pidiendo silencio para que los que deseaban escuchar pudieran hacerlo y, de súbito, llegó el desastre: desde fuera del recinto del teatro se empezó a escuchar música de flautas y los gritos de algún artista de calle anunciando la próxima actuación de un grupo de saltimbanquis y equilibristas y, lo peor de todo, un combate de gladiadores como colofón al espectáculo. Era frecuente que diferentes grupos callejeros se aproximaran al teatro para aprovechar la labor que la representación había conseguido con gran esfuerzo de toda la compañía de actores: congregar a un notable gentío. Parte del público, poco interesado en el transcurso de aquella tragedia, volcó su interés en los recién llegados saltimbanquis y fue saliendo del teatro. Los actores se esforzaron en declamar más alto elevando el tono de voz al máximo de su capacidad para intentar reavivar el interés de los que allí se habían reunido, pero todo esfuerzo resultaba inútil. Poco a poco se fue vaciando el recinto hasta que apenas quedó un tercio del aforo inicial. Tito estaba descorazonado y Rufo, iracundo. Aunque los ediles habían pagado por anticipado la representación, si ésta no era de interés, se cuestionarían volver a contratar a la compañía.
En el exterior del recinto el grupo de artistas callejeros daba volteretas en el aire una tras otra a un ritmo enfermizo; luego uno de ellos se tendió en el suelo y el resto saltaba dando una voltereta sobre aquél. Al fondo se podía observar a dos fornidos guerreros, sus musculosos brazos relucientes por el aceite con el que se habían untado, armados con espadas y escudos dispuestos a entrar en combate para satisfacción del gentío que empezaba a rodearlos.
En el teatro, Publio permanecía absorto en la representación de tal forma que el desplazamiento del público hacia el exterior del teatro le había pasado completamente desapercibido. Cneo, por el contrario, entre adormilado y aburrido, estaba considerando seriamente ausentarse junto con el resto de la gente que ya lo había hecho. Un buen combate de gladiadores parecía, a todas luces, un entretenimiento mucho mayor que la pesada y lenta historia que se les estaba presentando sobre el escenario. Sin embargo, veía a su hermano tan absorbido por la representación que intentaba aún concentrarse para ver si podía él quedar igual de prendado por lo que los actores contaban. Pero no. Resultaba del todo imposible. Al cabo de unos minutos se decidió y se dirigió a su hermano.
—Publio, yo me voy, te espero fuera.
—¿Eh...? Bien, sí, bien. Nos vemos fuera. Cuando termine salgo —fue su respuesta; pero aún no se había dado Cneo la vuelta para marcharse cuando apareció entre ellos un esclavo de casa de los Escipiones.
—¡Amos, amos! ¡Ha llegado el momento! ¡Ha llegado el momento!
A esta interpelación Publio sí que reaccionó con rapidez dejando de lado la representación.
—¿Estás seguro? ¿Sabes bien lo que dices?
—Sí, mi amo. Sí. Vengan a casa. ¡Rápido!
Y el esclavo los dirigió a la salida. Velozmente sortearon al público superviviente de la representación. Luego en el exterior bordearon el tumulto que se había formado alrededor de los dos gladiadores que habían empezado su lucha. El ruido de las espadas sobresalía por encima del de los gritos de la gente. Publio aceleró la marcha.
—¡Vamos, vamos! ¡Hay que regresar a casa lo antes posible!
En el teatro Tito contemplaba desolado el recinto medio vacío y escuchaba a los actores declamando a gritos sus intervenciones para hacerse oír por encima de la algarabía que llegaba de fuera. Una tarde de teatro en Roma. Tito sintió que aquél no podía ni debía ser su mundo por mucho más tiempo. Había de dejar aquel barco antes de que se hundiera del todo. Nunca pensó que tuviera madera de héroe.
Publio y Cneo llegaron a casa corriendo. Al irrumpir en el atrio los recibió el llanto de un niño. Una anciana esclava que ejercía de comadrona lo traía desnudo. Lo habían lavado. Era un varón. Ése podría ser el primogénito, el futuro pater familias del clan, siempre que su padre lo aceptase como tal. La anciana se arrodilló ante los recién llegados y a los pies de Publio, sobre el suelo de piedra, dejó el cuerpo del niño, desnudo, llorando. Su padre observó al bebé unos segundos. Éste era el momento clave en el destino de aquel niño, pues su progenitor tenía por ley el derecho de aceptarlo o repudiarlo si consideraba que había presagios funestos, que había nacido en un día impuro o que tenía algún defecto. Publio Cornelio Escipión miró a su hijo en el suelo. El niño proseguía con su llanto. Cneo, respetuoso con la importante decisión que debía tomar su hermano, se había retirado unos pasos. En el centro del atrio, junto al impluvium que recogía el agua de lluvia, quedaron padre e hijo a solas. Publio se arrodilló, contempló de cerca al bebé y asintió con la cabeza. Cogió entonces al niño y lo levantó por encima de sus hombros.
—Que se prepare una mesa en honor de Hércules. Éste es mi hijo, mi primogénito, que llevará mi mismo nombre: Publio Cornelio Escipión y que un día me sustituirá a mí como pater familias de esta casa.
La anciana comadrona y Cneo respiraron. Publio devolvió el niño a la esclava.
—Llévalo junto a su madre —y preguntó—, ¿está bien la madre?
—La madre está bien, descansando, dormida, pero bien. Dijo que deseaba verles en cuanto llegaran.
—Bien, bien. Que descanse unos minutos. Ahora me acercaré a verla.
La esclava se retiró y Cneo dejó escapar por fin sus emociones.
—¡Bueno, hermano mío! ¡Por todos los dioses, esto tendremos que celebrarlo por todo lo alto! Tendremos buen vino en esta casa y algo de comer, ¿no?
Aquella noche hubo un festín en la gran residencia de los Escipiones. Vinieron clientes y amigos de toda la ciudad. Se bebió y se comió hasta la medianoche. Y al terminar la velada, cuando se fueron todos los invitados y la casa quedó tranquila, Publio se sentó junto a su mujer. El recién nacido estaba acurrucado próximo a los senos de Pomponia. El senador se sintió feliz como no lo había sido nunca. La noche estaba tranquila, raramente sosegada para una noche en la bulliciosa Roma. En la calle, al abrigo de la oscuridad, tres hombres se acercaron a la puerta de la casa del senador. Uno llevaba un hacha afilada, otro una enorme maza y el tercero una escoba. Se acercaron hasta detenerse justo frente a la puerta. En el silencio de la madrugada Publio escuchó varios golpes fuertes en la puerta de entrada. Nadie de la casa salió a abrir. El senador permaneció impasible. Los tres esclavos, una vez cumplido el rito de sacudir la puerta con sus herramientas para así cortar, golpear y barrer cualquier mal que pudiera afectar al recién nacido, tal y como correspondía a los dioses Intercidona, pilumnus y Deuerra, se alejaron y fueron a acostarse contentos. Ése era un día feliz en casa de su amo.
Roma, 233 a.C.
La procesión de senadores que había partido desde el Campo de Marte ascendió por la Vía Sacra y de esa forma llegó al foro boario. Era el principio de la larga comitiva del triunfo del cónsul Quinto Fabio Máximo, vencedor contra las tribus ligures del norte de la península itálica a las que había derrotado y empujado hacia los Alpes, liberando así las colonias y ciudades protegidas por Roma en aquella región de los constantes ataques, asedios y pillaje de aquellos bárbaros.
—Primero van los senadores —explicaba Pomponia a su hijo de apenas dos años; el pequeño Publio observaba el tumulto de gente y la larga comitiva con ojos admirados sin entender muy bien a qué venía todo aquello—. ¡Mira, ahí están tu padre y tu tío!
Publio y Cneo Cornelio Escipión, en calidad de senadores de Roma, desfilaban con el resto de los miembros del máximo órgano de gobierno de la ciudad. Era tradición que, en cualquier triunfo personal de un cónsul, el conjunto del Senado desfilara en primer lugar, dejando claro, tanto al pueblo de Roma como al general al que se agasajaba, que todos estaban supeditados a la autoridad de aquel parlamento. Tras los senadores, decenas de legionarios en perfecta formación desfilaban portando insignias arrebatadas a los ligures, armas de los derrotados y otros despojos de guerra; a continuación, encadenados, innumerables cautivos eran obligados a arrastrarse por las calles de Roma bajo la atenta mirada del pueblo. Los derrotados mezclaban su rencor con la admiración que aquella floreciente urbe despertaba a sus ojos: hermosos templos engalanados de guirnaldas salpicaban el camino, miles de personas vestidas con lujosas prendas y centenares de soldados apostados a ambos lados de la ruta ferozmente armados.
Tras los cautivos que luego se venderían como esclavos y las armas, venía la exposición de los tesoros arrebatados a los ligures: oro, plata, joyas, incluso estatuas que éstos a su vez habían arrancado a las ciudades que fueron objeto de sus ataques. Acto seguido avanzaban pesada y lentamente doce bueyes blancos camino del altar de Júpiter Capitolino, donde debían ser sacrificados por el victorioso general que, al coincidir su victoria con el hecho de ostentar la máxima magistratura de la ciudad, uno de los dos consulados que anualmente se elegían, tenía derecho a este triunfo. Y, concluyendo aquel séquito, venían los doce lictores o guardias personales del magistrado, que anunciaban la llegada del cónsul vencedor montado en una cuadriga tirada por cuatro caballos blancos que se deslizaba plácida sobre la calzada portando a Quinto Fabio Máximo, vestido para la ocasión con una larga túnica púrpura. Un esclavo en la misma cuadriga sostenía una corona de laurel sobre la cabeza del cónsul al tiempo que susurraba palabras en su oído recordándole que aquélla era una celebración pasajera y que seguía bajo las órdenes del Senado de Roma. Fabio Máximo, no obstante, disfrutaba al completo de aquel baño de multitudes y desde lo más profundo de su corazón desdeñaba las palabras que el esclavo, tozudamente, perseveraba en repetir. Había tardado cuarenta y ocho años en llegar a cónsul y aquél era un cargo que le gustaba demasiado como para dejarlo así como así. Lo importante ahora era el momento presente, la gran victoria; luego vendría su estrategia para dominar el Senado.
Roma, año 228 a.C.
Corría el año 526 desde la fundación de Roma y Fabio Máximo ostentaba la máxima magistratura, al ser elegido por segunda vez en poco tiempo como uno de los dos cónsules que debían gobernar el Estado durante aquel año. Eran tiempos de tranquilidad en la ciudad, que vivía todavía con un sentimiento de relativo sosiego después de los encarnizados enfrentamientos de la flota romana durante el año anterior para combatir los navíos piratas de la costa ilírica, que suponían una constante amenaza para los puertos de aquella región y, más importante aún, para la seguridad de los barcos mercantes.
Tito Macio veía cómo con las rutas marítimas cada vez más seguras y con el creciente dominio de Roma sobre el mar, los negocios y el comercio proliferaban por toda la ciudad. El teatro seguía languideciendo en un doloroso parto que parecía no terminar nunca de dar los frutos deseados. Nevio, Pacuvio, Ennio y otros estrenaban tragedias y comedias que interesaban a pequeñas minorías ilustradas pero que quedaban lejos de entusiasmar al pueblo en general. La gente seguía mostrándose mucho más atraída por los combates de gladiadores y los espectáculos de saltimbanquis, equilibristas y mimos que salpicaban diferentes rincones de la ciudad y que seguían aprovechándose de las representaciones teatrales para luego llevarse el público allí reunido. Este estado de cosas condujo a Tito Macio a tomar una determinación clave en su vida y en su destino: dejar el teatro. Abandonar aquel mundo de muchos esfuerzos y escasas recompensas y adentrarse, con los pequeños ahorros que había conseguido, en el comercio. Encargado de las mil cosas de la compañía y, entre otras, de todo lo relacionado con la vestimenta de los actores, se había familiarizado con muchos comerciantes de telas, túnicas, togas y otros elementos necesarios del vestido diario de los romanos y por allí decidió encaminar su futuro. Lo tenía ya todo organizado: había seleccionado quiénes serían sus proveedores, los precios de entrada de los productos y los precios a los que los pondría a la venta; hasta había alquilado ya un local en una de las insulae más próximas a los mercados junto al Tíber. Todo estaba perfectamente planeado, excepto algo que quedaba pendiente: comunicárselo a Rufo.
Tito había pensado durante semanas la mejor fórmula de dar a conocer su decisión al director de la compañía, aguardando el momento adecuado para comentar sus planes: esperaba al final de cada representación, detrás del escenario, mientras Rufo calculaba el número de gente que había permanecido hasta el final, ya que los ediles de Roma hacían lo mismo. La verdad es que las cosas no habían ido nada bien en las últimas obras, de forma que Tito no se atrevía a hablar con el director. Sin embargo, el tiempo pasaba y ya tenía el local preparado y su decisión firme tomada. No podía esperar más tiempo. Una tarde, tras la representación de una obra de Livio Andrónico, Tito se acercó por fin a Rufo.
—Quería comentarle una cosa.
—Ahora no tengo tiempo. Ocúpate de recoger bien todos los trajes y guardarlos de forma que no queden arrugados. Las togas de los dioses parecía que hubieran estado enmarañadas durante meses —fue toda la respuesta de Rufo, que hizo ademán de marcharse.
—Me voy. Mañana mismo dejo de venir al teatro y de ocuparme de vestidos, textos, escenario y todas esas cosas —comentó Tito a toda velocidad y él sí que se volvió e inició su salida por la parte trasera del escenario donde se encontraban.
—¡Eh, tú! ¡Mentecato! ¡Por Cástor y por Pólux! ¿Se puede saber qué clase de sandez estás diciendo?
—Que me marcho, que estoy cansado de este trabajo. Es mucho esfuerzo, nadie me agradece nada y se gana muy poco, estoy prácticamente en la miseria y...
—¿Y...?
—¡Y además a la gente apenas le interesa lo que hacemos aquí; más nos valdría subirnos al escenario con diez flautas y un número de mimo! ¡Al menos usted le saca beneficio pero nosotros no sacamos nada!
Rufo estaba rojo de ira, pero era hombre que sabía calcular sus acciones con respecto a las repercusiones económicas que éstas pudieran tener en el negocio. Tito Macio era un elemento interesante en el engranaje de la compañía. Igual podía organizar vestidos, pelucas, calzado para una obra, que supervisar el levantamiento de la escena o incluso actuar cuando era preciso.
—¿Quieres más dinero? ¿Es eso? Te puedo doblar el dinero que percibes.
Tito meditó un instante, pero estaba demasiado decidido a alejarse de aquel mundo y ni aunque le quintuplicase lo que cobraba podría llegar ni a la mitad de lo que había calculado que podría estar ganando como comerciante de telas. Y aunque así fuera, no tener un amo que te ordena y te desprecia a partes iguales era un lujo que deseaba disfrutar.
—No, me marcho. Gracias por la oferta pero llega demasiado tarde.
Fue entonces cuando Rufo tradujo su ira en palabras que, si bien no pronunció muy alto, llegaron claras y precisas como dardos afilados a los oídos de Tito.
—Bien, pues si te marchas y me dejas tirado, despreciado, que sepas que recordaré bien lo acontecido aquí hoy. Algún día vendrás, oh sí, volverás, porque todos vuelven. ¿Crees que eres el único cansado de esta vida que se forja sueños de grandeza y me deja? Esto ya ha pasado antes y todos vuelven arrastrándose e imploran que los vuelva a aceptar y yo siempre digo no. No soy esencialmente rencoroso pero devuelvo siempre con la misma moneda con la que me pagan. Ahora lárgate de aquí y no vuelvas jamás. —Y con estas palabras, Rufo se dio media vuelta y se alejó del lugar.
Tito se quedó allí, solo, rumiando por unos instantes lo que Rufo había presagiado, pero sacudió al fin la cabeza y salió del escenario directo al mercado. Era una tarde suave y el viento fresco que subía desde el río apaciguó sus ánimos y la tensión vivida en la discusión con Rufo. Ante él una nueva vida se abría. Éste era su auténtico principio.
Hispania, 228 a.C.
Amílcar Barca, general en jefe del ejército cartaginés en la península ibérica, observaba el valle. Los exploradores no habían detectado movimientos de las tribus locales y, sin embargo, su instinto de guerrero le hacía dudar. La campaña contra los indígenas de la región estaba siendo más costosa de lo esperado. Su resistencia al poder de Cartago era tenaz, terca, pero la determinación de Amílcar era firme. Su gran plan no admitía vuelta atrás en su iniciativa de dominar aquel país. Necesitaban los recursos de la región, el control de las minas de Sierra Morena, acceso libre por los ríos y por las costas. El sur y gran parte del este estaban ya bajo su control, pero era necesario atajar las resistencias del interior. Por eso había cruzado el Tajo. Su objetivo era someter a todos los celtíberos entre aquel río y el Duero. Eso sería suficiente para mantener el dominio de la región y explotar sus riquezas para poder ejecutar la segunda parte del plan, la auténticamente importante: la conquista de la península itálica, la derrota de Roma y la devolución de la hegemonía del Mediterráneo a Cartago. Hispania sería la base de operaciones desde la que llevar a cabo sus designios.
Amílcar descendió hacia el valle cabalgando a lomos de su caballo, seguido de cerca por sus generales y, tras ellos, su joven hijo de veintiún años. Aníbal llevaba nueve años en Hispania con su padre. Junto a él había asistido a las deliberaciones que tenían lugar entre los generales antes de cada ataque, antes de cada batalla, antes del asedio de cualquier población. Y desde su adolescencia había entrado en combate. Y, como el resto de los miembros de la familia Barca, Aníbal era conocedor del plan de su padre, más allá de lo que los generales cartagineses sabían o podían intuir y más allá de lo que los políticos de Cartago imaginaban. Para los sufetes —cónsules de Cartago—, y su Consejo de Ancianos, Amílcar estaba asegurando un territorio, el de Iberia, para poder explotar sus riquezas y resarcir a Cartago de las inmensas penurias de su derrota en la última confrontación con Roma, que, además de conllevar pagos de guerra, implicó la pérdida de territorios como Sicilia. Aníbal, sin embargo, sabía que los planes de su padre iban mucho más allá que llenar las vacías arcas del Estado.
Descendieron por el valle. El ejército fue avanzando por la llanura en formación de a cuatro. Una larga hilera donde los elefantes y otras tropas pesadas quedaban al final. Al principio avanzaban los generales y parte de la caballería, seguidos de la infantería ligera. El sol se había nublado y una helada brisa empezó a deslizarse desde las montañas. Amílcar pensó en detener la marcha, pero pronto empezaría a anochecer, así que concluyó que era mejor atravesar aquel valle y establecer un campamento en las colinas próximas que se vislumbraban en la distancia. Ésa sería una buena posición defensiva en caso de ataque. Estaba meditando sobre estas opciones cuando por el otro extremo del valle apareció un grupo de guerreros iberos con varias decenas de carros tirados por bueyes. Las bestias avanzaban lentamente porque los iberos habían llenado los carros con troncos. Detrás de los vehículos venían varios centenares de guerreros armados. La formación resultaba insólita y el avance extremadamente lento hasta el punto de que los soldados cartagineses, que habían detenido su marcha, se echaron a reír. Amílcar, por el contrario, permanecía serio, oteando en la distancia intentando entender el sentido que tendría todo aquello. Estaba claro que era una fuerza inferior a la necesaria para poder plantar cara a su ejército. Se volvió y observó a sus soldados en formación, su progresión hacia el valle detenida al quedar todos mirando la extraña maniobra de los iberos. Amílcar escuchaba a sus propios oficiales despreciando a aquellos guerreros que se atrevían a retar con semejante arsenal a un ejército púnico muy superior, con infantería ligera y pesada, caballería, y elefantes.
—¡Es absurdo! ¿Qué pretenden? ¿Luchar con bueyes contra nuestros elefantes?
—¡A lo mejor nos van a lanzar los troncos!
—¡Ja, ja, ja...! —nuevas risas que se extendían por todas las unidades. Amílcar, sin embargo, estaba disgustado.
—¿Quién ha dado orden de detener nuestro avance? —gritó—. ¡Que siga entrando en el valle el grueso de las tropas! ¡Y no quiero más risas hasta que todo el ejército esté en formación de ataque!
Los oficiales callaron y se ocuparon de transmitir las órdenes. En ese momento se vieron varias antorchas encendidas entre los iberos que brillaban con especial fuerza en esa última hora del atardecer. Acercaban las llamas a los troncos de los carros que previamente habían untado con pez de forma que en un instante todas las decenas de carros ardían. El viento bajaba desde la ladera de las montañas hacia el valle, de forma que los bueyes, en su lento descenso, empezaron a sentir el intenso calor de las llamas empujadas por la brisa hacia sus cuerpos. Las bestias sintieron su piel quemándose y despavoridas y presas del pánico se lanzaron en una imposible huida de aquel calor abrasador arrojándose hacia el valle, pero por más que corrían las llamas los perseguían. Antes de que los cartagineses pudieran reaccionar, carros en llamas empujados por bueyes enloquecidos los alcanzaban desordenando las formaciones, pisoteando a muchos soldados y sembrando el caos y el terror. Súbitamente aparecieron varios grupos de guerreros por ambos flancos. Primero eran decenas pero se multiplicaban con increíble rapidez. Los cartagineses no entendían bien lo que pasaba pero pronto la vanguardia de las tropas ligeras quedó rodeada por varios centenares de iberos que lanzaron un feroz ataque contra las sorprendidas tropas púnicas, que aún luchaban por deshacerse de la embestida de los bueyes y de las llamas de los troncos, muchos de ellos ardiendo esparcidos por el suelo al haber volcado. Amílcar se percató de cómo se incorporaban más grupos de iberos: la gran mayoría parecían estar echados en el suelo en pequeños grupos. Habían disimulado su presencia entre los árboles de las laderas del valle e incluso algunos se habían ocultado con matorrales tumbándose en el suelo a la espera de recibir la orden de ataque. Serían unos mil en total. Todo era cuestión de resistir la acometida mientras el grueso de las tropas entraba en el valle y se rehacían las formaciones, con la infantería pesada y los elefantes. Los cartagineses, que ya empezaban a superar la sorpresa de los carros incendiados, recibieron a aquellos guerreros primero lanzando una andanada de jabalinas y luego con sus espadas desenvainadas. Decenas de iberos cayeron bajo la lluvia de proyectiles, pero la gran mayoría de luchadores indígenas alcanzó a las tropas. El combate era tumultuoso y desordenado, lo que perjudicaba la optimización de los recursos púnicos. Amílcar se vio envuelto por enemigos. Una decena de jinetes cartagineses rodearon a su general. Aníbal observaba el peligro en el que se encontraba su padre desde unos cien pasos de distancia, mientras combatía junto con otro escuadrón de soldados cartagineses. Asdrúbal, yerno de Amílcar, desde la entrada del valle ordenó a los soldados dejar paso a los elefantes para que éstos pudieran acceder lo antes posible y asistir a las desordenadas líneas de vanguardia y así repeler la acometida de los iberos. Éstos, enfervorecidos por el éxito inicial de su ataque sorpresa, se cebaron en rodear al que adivinaban por su amplia capa, su brillante y adornado casco y su propio porte, como general en jefe. Amílcar y los suyos pusieron pie a tierra, pues la proximidad de los iberos y el nerviosismo de los caballos hacía imposible combatir desde la montura. Aníbal vio a su padre bajar del caballo y comprendió la gravedad de la situación. Por el otro extremo de la llanura veía entrar los primeros elefantes que irrumpían bramando en el valle azuzados por sus adiestradores, pero aún quedaban muy lejos. No lo pensó.
—¡Seguidme los que podáis! ¡El general está en peligro! —Y sin esperar respuesta de sus soldados, salió del grupo cartaginés y se abrió paso a espadazos entre los iberos. Embestía con tal ferocidad que, una vez que derribó a dos guerreros enemigos, el resto se hizo atrás.
Varias decenas de soldados siguieron el ataque de Aníbal. Nuevos refuerzos iberos les salían al paso, pero la determinación de Aníbal era tal que enemigo tras enemigo caían bajo sus golpes. La sangre fluía por el filo de su espada hasta llegarle a la mano y luego al codo. Tenía gotas de salpicaduras por el rostro y alguien le había herido en un brazo, pero seguía firme, avanzando en dirección a su padre. Ya no se veía a Amílcar, sino sólo un montón de iberos en círculo asestando golpes. Aníbal presentía lo peor. El resto de los soldados que le acompañaban había comprendido lo que ocurría y parecía haberse contagiado del mismo espíritu de rabia que empujaba a Aníbal.
Amílcar combatía rodeado de enemigos. Uno a uno caían los pocos soldados cartagineses que luchaban por protegerle. Eran decenas de iberos los que se habían lanzado contra ellos. A lo lejos parecían oírse los bramidos salvajes y desoladores de los elefantes, pero parecían no llegar nunca. En ese momento sintió la primera herida, profunda, en el costado. Un sesgo que le hizo doblarse. A su lado cayó otro soldado cartaginés. Escuchó la voz del resto.
—¡Han herido al general! ¡Han herido al ge...!
Aquel soldado no pudo terminar. Una espada ibera cercenó su garganta al tiempo que su grito interrumpido advertía a sus compañeros del desastre infinito. Los iberos terminaron con el resto de la escolta y se abalanzaron sobre Amílcar. Éste se alzó una vez más y opuso su escudo como resistencia. Por alguna razón no tenía fuerza para utilizar el otro brazo y combatir con su espada. No se percataba de lo profundo de la herida que le había cortado los músculos de su antebrazo derecho. En ese momento llegó un golpe definitivo por la espalda y sintió su cuerpo temblar y caer al suelo de bruces, con el rostro hacia la tierra empapada por el arroyo que cruzaba el valle. Los iberos fueron a rematarle pero en ese instante cayeron sobre ellos un grupo de cartagineses rugiendo en tropel y asestando golpes mortales cargados de odio y venganza. Aníbal en especial abatió a tres iberos en tres golpes certeros en menos de cinco segundos. Los elefantes empezaron a llegar y hábilmente dirigidos por sus conductores aplastaban a los aterrorizados iberos que nunca antes habían visto semejantes bestias. En cuestión de minutos todos los guerreros que habían rodeado al general cartaginés fueron masacrados y en poco tiempo todo el ataque quedó repelido. Sin embargo, para Aníbal, todo había llegado tarde, infinitamente tarde.
En un minuto de miseria y dolor, Aníbal se arrodilla junto al cuerpo de su padre. Ha caído junto a un arroyo boca abajo. Las heridas no parecen mortales pero al volver el cuerpo descubre los ojos abiertos de Amílcar, vacíos, mirando al cielo. Al caer y perder el conocimiento por los golpes de los iberos, se ha ahogado en el barro del riachuelo. Un profundo silencio embarga el ánimo de los cartagineses alrededor de padre e hijo, hasta que desde lo más hondo de su ser Aníbal gira su rostro hacia el sol del atardecer y lanza un alarido desgarrador, largo y vibrante que retumba en las montañas y en las almas de todos los que lo escuchan.
Un par de centenares de iberos se repliegan aturdidos aún por la carga de los elefantes. Avanzan en el atardecer por el bosque oscuro, un poco confusos en sus sensaciones, entre complacidos por haber abatido al jefe de los invasores pero también apesadumbrados por los amigos caídos. De pronto, desde el valle un aullido roto de dolor y furia llegó trepando por las laderas. Los más jóvenes sonrieron. Sin duda habían matado a alguien importante. Los más mayores sintieron en la zozobra que transmitía aquel grito malos presagios para el futuro. Alguien que siente tanto dolor necesitará mucha sangre antes de sentirse saciado en su venganza.
Roma, 228 a.C.
Tíndaro, el pedagogo griego de los hijos del senador Publio Cornelio Escipión, instruía a los niños en las estrategias de guerra seguidas por los romanos contra el rey Pirro de Épiro. El joven Publio de siete años y su hermano pequeño Lucio de apenas cuatro escuchaban absortos el relato de su tutor. Estaban absolutamente maravillados por algo nuevo en las descripciones de las batallas: al luchar contra Pirro los romanos tuvieron que combatir contra elefantes traídos por el rey griego. Los cónsules de Roma intentaron todo tipo de tácticas para contrarrestar la enorme potencia de aquellas bestias al irrumpir en campo abierto, que destrozaban todo a su paso: si levantaban barricadas, las aplastaban, y a todos los que se refugiaban tras ellas; si se les lanzaban proyectiles, eran innumerables los dardos y jabalinas que debían impactar en una de las bestias antes de que ésta se derrumbara. Era, en fin, posible acabar con los elefantes, pero no sin antes pagar un elevadísimo coste de vidas que dejaba diezmado al ejército romano. Centenares de legionarios eran sistemáticamente aplastados bajo las gigantescas pezuñas de aquellos animales o zarandeados e incluso desmembrados por sus musculosas trompas. Además, los bramidos de las bestias y los alaridos de pánico y dolor de los que caían bajo su embestida llenaban de pavor a los supervivientes. Las maniobras de las legiones y la destreza de sus soldados resultaban superiores a la formación en falange de los hoplitas griegos de Pirro, pero los elefantes, aunque por escaso margen, convertían con frecuencia una batalla igualada en una victoria pírrica. Roma terminó imponiéndose pero el coste humano fue demoledor. Y ahora, un nuevo enemigo de Roma, sometido de momento, pero todavía amenazante, capturaba y adiestraba decenas de elefantes para su ejército de mercenarios y soldados africanos: Cartago. El pedagogo miró a los niños que, con los ojos abiertos de par en par, casi sin parpadear, seguían su relato, y les preguntó.
—¿Serán los romanos de hoy capaces de volver a derrotar a nuevos ejércitos que alineen en sus filas decenas de elefantes?
Los niños, callados, esperaban que el tutor les diera la respuesta, pero éste guardó silencio, como si meditara. Ni Publio ni Lucio podían concebir que el pedagogo les planteara una pregunta para la que nadie tenía respuesta.
En ese momento se escuchó un poderoso vozarrón en el vestíbulo.
—Anuncia mi llegada —Cneo Cornelio Escipión daba instrucciones al esclavo que le acababa de abrir la puerta y, sin esperar respuesta, se abalanzó sobre los niños que, al verle llegar, olvidaron por completo a su tutor, al rey Pirro y a todos sus elefantes y se arrojaron con los brazos abiertos para abrazar a su tío—. Bien, bien, bien; aquí están las dos fieras salvajes de Roma que me atacan... Me tengo que defender... Peligra mi vida...
Cneo se arrojó al suelo del atrio y empezó a fingir un duro combate con los dos niños que se revolcaban con él en el suelo. El pedagogo griego sacudía la cabeza en señal de clara desaprobación al tiempo que recogía rollos de papiro, unas tablillas de cera y pequeñas figuras de soldados con las que ilustraba las tácticas en las diferentes batallas que explicaba a sus pupilos. Pomponia, la mujer del senador Publio, entró en el atrio.
—Cneo, si Publio se entera de que nuevamente interrumpes al pedagogo griego que ha designado como tutor de los niños, se va a enfadar.
—Es una perniciosa influencia; indisciplina y anarquía; es un mal ejemplo —comentaba en voz baja el tutor aludido mientras recopilaba todos los materiales de su enseñanza.
Cneo se levantó del suelo. Había cogido a los niños, llevándolos asidos por los brazos; cada brazo sostenía un niño como si de sacos de sal se tratase. Los críos sacudían las piernas y se arqueaban intentando desasirse del abrazo de su tío con resultados totalmente infructuosos. Acompañaban todos sus movimientos y patadas de un sinfín de risas.
—Son pequeñas fieras que necesitan acción, adiestramiento militar; espada, combate y menos arengas en griego y viejas historias del pasado. Nuestro ejército no tiene ya nada que ver con los de hace cincuenta años —comentó Cneo.
Pomponia mantuvo fija su mirada en el gigantesco general romano apretando los labios. Cneo desistió en sus comentarios y en su actitud y soltó a los niños.
—De acuerdo, de acuerdo. Marchad, niños, con vuestro tutor... y escuchadle bien, ya que eso es lo que ha decidido vuestro padre.
—Noooooo, noooooo —imploraban ambos niños al tiempo—. Queremos luchar.
—Sí, ser legionarios —comentó Lucio.
—¡Y espadas! —gritó Publio.
Pomponia puso orden sin levantar la voz.
—Los dos, con Tíndaro, al jardín, y no quiero oír ni una sola palabra más o no habrá cena, sino azotes.
Los niños sabían que su madre era extremadamente estricta con las órdenes que daba y, pese a ser contraria a sus deseos, siguieron la instrucción al pie de la letra.
—Hasta luego, tío Cneo —dijo Publio y, acompañado de su hermano, salió hacia el jardín de la parte posterior de la domus.
Cneo y Pomponia quedaron a solas. La mujer invitó entonces al hermano de su marido a reclinarse en el triclinium. En aquel momento llegó Publio padre. Entró en casa y saludó con un abrazo a su hermano y con un beso suave en la mejilla a su mujer.
—Bien, veo que llego en la hora justa —comentó al ver la comida que un esclavo disponía en el centro de tres triclinia—. Me alegro de llegar antes de que mi hermano se lo coma todo.
—Eso no es cierto —respondió Cneo—; siempre me preocupo de dejar algo para los Lares y los Penates, los dioses de nuestra casa.
—Sí, ya veo, tendré que ser divinizado para que mi hermano me deje comida que merezca la pena, pero bueno, ¿sabéis la noticia?
Cneo y Pomponia se miraron y luego con caras de desconocimiento se volvieron hacia Publio.
—No —dijo Cneo—. No sé nada. ¿Qué ha pasado?
Publio cogió un racimo de uvas y mientras comía fue explicándose.
—Noticias de Hispania... Amílcar, Amílcar de la familia de los Barca, el general cartaginés contra el que luchamos en Sicilia y que tantos problemas nos creó, ha muerto. No está claro cómo, parece que en una incursión hacia el interior de aquella región en algún enfrentamiento con tribus de la zona. En cualquier caso lo que parece seguro es que ha muerto.
—Bueno —comentó Cneo—, un general cartaginés muerto, uno menos del que preocuparnos; no veo yo por qué tanto revuelo.
—Hermano, Amílcar profesaba un gran resentimiento contra Roma, eso es claro y conocido por el Senado. Su fallecimiento podría reducir por un lado la expansión de Cartago por Hispania y, al tiempo, quizá calmar los ánimos.
—¿Y se sabe a quién elegirán como general en jefe los sufetes y el Senado cartaginés? —preguntó Cneo.
—No lo sé. Parece que las tropas han elegido a Asdrúbal, su yerno, pero falta la ratificación del Senado de Cartago. En cualquier caso creo que esto puede reducir las tensiones con los púnicos, especialmente si la familia Barca pierde fuerza.
Pomponia entró entonces en la conversación.
—Y este Amílcar...
—¿Sí? Dime, mujer —invitó Publio, dejando el racimo ya vacío de uvas en la mesa, junto al resto de la fruta.
—¿Este general cartaginés tiene hijos?
Publio meditó en silencio. Algo había oído de los hijos de este general, especialmente de uno al que llamaban Aníbal.
—Sí, varios, aunque parece que hay uno que destaca por su valor, un tal Aníbal.
—Aníbal —Pomponia repitió el nombre, como subrayándolo, mirando distraídamente al suelo, sin decir más.
Publio se quedó entonces con aquel nombre en su mente y, sin saber por qué, se acordó de sus propios hijos. El silencio que se había creado en la conversación permitió que la voz de su hijo mayor en el jardín, recitando un pasaje en griego, llegara a la estancia donde se encontraba con su hermano y su mujer comiendo. Se sintió orgulloso y su satisfacción no le permitió ponderar con más detenimiento la extraña conexión que su mente, por un breve instante, había llegado a establecer entre aquel hijo del general cartaginés muerto y su propio primogénito.
Tíndaro sacó una pizarra y tiza y dibujó un mapa del mundo.
—Bien —empezó aclarándose la garganta; los niños sabían que venía una lección larga—. Veamos: si empezamos por Occidente, ¿qué tenemos aquí? Tíndaro señalaba el extremo oeste de su mapa.
—¡Hispania! —gritó Publio orgulloso.
—Correcto. Bien. Hispania, donde tenemos los iberos y algunas ciudades griegas en la costa y los celtas en el interior. Iberos y celtas, ambos pueblos bárbaros. Luego, cruzando los montes Pirineos nos encontramos con la... —se detuvo mirando al pequeño Lucio.
—¿Galia? —respondió el menor de los hermanos con voz dubitativa.
Tíndaro asintió en reconocimiento por el esfuerzo del más joven de los dos hermanos.
—La Galia. Cruzamos el río Ródano y nos encontramos al norte con los Alpes y al sur con la Galia Cisalpina. En todas estas regiones habitan los galos, pueblo celta también con el que está Roma en permanente lucha. Tenemos los insubrios, los ligures, bueno, pero no entraremos ahora en más detalles. Si vamos al otro lado del mar, al sur, está Mauritania, Numidia y África. En Numidia reina Sífax, aunque en constante pugna con el sector occidental de la región apoyado por Cartago, la ciudad que controla África y con la que se libró la gran guerra por Sicilia y Cerdeña. En fin. Llegamos a Italia, con Roma en su centro, Etruria al norte, Campania al sur, y más al sur aún las antiguas colonias griegas de la Magna Grecia. En Italia, además de Roma destacan por su importancia...
—Capua, la capital de Campania y Tarento, en la Magna Grecia, ambas bajo dominio romano —volvió a responder Publio con seguridad.
—Sí, muy bien, Publio. Vayamos ahora hacia Oriente. —Tíndaro no parecía vivir con gran agrado la extensión de Roma sobre antiguas ciudades independientes griegas—. Y llegamos a Grecia, la cuna de la civilización, la democracia y el orden, de donde yo provengo. Aquí tenemos una amplia serie de ciudades libres que se asocian en diferentes ligas. Tenemos la liga etolia con Naupacto y las Termópilas, junto al reino de Épiro que es bañado por el Adriático. Y al sur de la liga etolia, tenemos la liga aquea con Olimpia, Esparta, Argos o Corinto. También están otras ligas de menor importancia como la Beocia, la Fócida o la Eubea. En éstas encontramos ciudades como Tebas. Y luego Atenas, está aquí, al sur de Tebas. Bien, bien, bien. —Tíndaro se detuvo un instante contemplando su mapa.
—¿De dónde vienes tú, Tíndaro? —era la voz del joven Publio.
—¿Yo? —el pedagogo se vio sorprendido; era la primera vez que alguien le hacía aquella pregunta en mucho tiempo. Era curioso. Parecía que aquel pequeño quisiera saberlo todo—. Yo vengo de Tarento, pero he viajado por muchas de estas ciudades. En otro tiempo, cuando era joven. Pero no nos desviemos de la lección de hoy. Al norte de Grecia y el reino de Épiro, tenemos en el Adriático, la costa Ilírica, con el reino de Faros, refugio de piratas y constante fuente de conflictos en el mar. Y un poco hacia el este, encontramos el siempre temible reino de Macedonia, con su capital Pella. ¿Quién partió de aquí para conquistar Asia?
—Alejandro.
Nuevamente era Publio quien respondía. Tíndaro volvió a asentir. Eso sólo lo había comentado una vez y hacía semanas. Tenía memoria.
—Alejandro Magno, en efecto —prosiguió el pedagogo—, y ahora este reino es gobernado por Antígono III Dosón, que accedió al trono el año pasado y que ostenta como descendiente de una de las dinastías establecidas por los generales del gran Alejandro tras su muerte. El rey Antígono tiene un joven primogénito, algo mayor que vosotros, al que le han puesto el nombre de Filipo, en honor al padre de Alejandro, el unificador de Grecia. Cuando este muchacho acceda al trono será conocido como Filipo V. Al norte de Macedonia están los tracios, otro pueblo bárbaro, siempre rebelde y complicado. Si seguimos hacia Oriente, encontramos otros pequeños reinos marítimos como Rodas o Pérgamo, hasta alcanzar las grandes regiones de Oriente: Asia Menor, Siria y Persia, todas bajo el poder de otro rey descendiente de los diadocos, los generales de Alejandro. El rey que gobierna todo este vasto imperio es Seleúco II, de ahí que lo llamemos también el imperio Seleúcida. Es una región extensísima, el mayor de los reinos del mundo conocido y, sin embargo, sólo una parte del grandísimo imperio que consiguió tener bajo su control Alejandro Magno. Y para terminar, este gran reino limita con otros dos de gran importancia: al suroeste tiene frontera con Egipto, el Egipto de los faraones, conquistado también por Alejandro y que tras su muerte quedó en manos de su general Ptolomeo, estableciéndose así otra dinastía de origen macedónico y griego; en la actualidad gobierna el reino de Egipto Ptolomeo III Evergetes. Ambos, el rey de Egipto y el rey Seleúco llevan casi veinte años gobernando. Y bien, llegamos al otro extremo del mapa, más allá del río Indo, donde encontramos el lejano reino de la India, donde Alejandro detuvo al fin su marcha. Algunos dicen que por la rebelión de sus tropas, otros que por la férrea resistencia del forjador de una gran dinastía: el emperador indio Chandragupta. En cualquier caso, este poderoso y hábil gobernante estableció allí un gran reino que fue creciendo con sus sucesores hasta el rey Asoka, cuyo reciente fallecimiento ha dejado la región en una situación incierta. Y en fin, éste es el mundo conocido. Como veis, Roma es sólo un pequeño punto, en esta región occidental del orbe. Una ciudad importante sí pero, como os he explicado, lejos del poder y la gloria de otros grandes reinos.
El pedagogo dio por terminada su lección, suspiró y los dejó por aquel día. Lucio se fue a estar junto a su madre, pero el pequeño Publio se quedó en el jardín. Tíndaro, a petición suya, le había dejado los soldados con los que los instruía en estrategia militar. Publio dispuso un grupo tal y como lo había hecho Pirro con un nutrido grupo de elefantes en la vanguardia. Enfrente situó las dos legiones romanas en formación: primero la infantería ligera con los vélites reclutados entre los más jóvenes y los más pobres de la ciudad; éstos llevaban el gladio o espada corta de dos filos y unas largas jabalinas que, una vez clavadas en el escudo enemigo, no podían ser separadas, dejando el arma defensiva inútil; como protección portaban un pequeño escudo redondo o parma y un casco de cuero llamado galea, casi siempre hecho de piel de lobo, el animal protegido por Marte, dios de la guerra; detrás los vélites, y siguiendo la tradición bélica en la que le instruían, dispuso los hastati, los príncipes y los triari, por ese orden; todos llevaban una fuerte coraza de cuero reforzada en el centro del pecho con una sólida placa de hierro de aproximadamente veinte centímetros cuadrados; la cabeza iba recubierta con el cassis, un casco coronado con un penacho adornado de plumas púrpuras o negras; como protección, todos estos soldados llevaban grandes escudos convexos hechos con dos planchas superpuestas y con una punta de hierro en el centro que los soldados usaban para desviar las armas que se les dirigiesen, evitando así que quedaran pegadas en el escudo. Además, llevaban una espada y el pilum o lanza parar atacar al enemigo lanzándolo a veinticinco o cuarenta pasos de distancia, dependiendo de la fortaleza y habilidad de cada legionario; por fin, los triari, los soldados de la retaguardia, los más expertos de toda la legión, llevaban una pica más larga usada para el combate cuerpo a cuerpo. Publio organizó las formaciones de ambos bandos con la infantería en el centro y los escuadrones de caballería de ambos ejércitos en las alas respectivas; sin embargo, Pirro contaba con la ayuda adicional de los poderosos elefantes. ¿Cómo compensar eso? El pequeño Publio se tumbó en el suelo con su rostro muy próximo a los soldados que representaban ambos ejércitos. En el silencio del jardín sólo se oía el agua de la pequeña fuente del centro y el murmullo de las voces de sus padres y su tío Cneo hablando, pero Publio no escuchaba a nadie, absorto por completo en desentrañar alguna forma en la que contrarrestar la carga de los elefantes. En clase había sugerido que los romanos incluyeran bestias como ésas en sus propias filas pero Tíndaro lo había desechado como imposible porque en la península itálica no había elefantes.
—Quizá en el futuro, pero hoy día Roma no tiene elefantes y otros enemigos sí —explicó el tutor griego—, y ésa es una realidad de la que el ejército romano no puede huir, aunque muchos deseen hacer caso omiso.
—¿Caso omiso? —había preguntado Publio.
—Quiero decir que hay generales romanos que no prestan atención a este tema y deberían hacerlo o, al menos, eso es lo que yo pienso.
Y eso es lo que también pensaba el pequeño Publio. Se quedó allí, dormido, meditando sobre los elefantes. Su padre lo sorprendió en el suelo y lo despertó.
—Ése no es sitio para dormir, joven soldado.
Publio se frotó los ojos.
—No, lo siento..., pensaba en los elefantes del rey Pirro.
—¿Los elefantes...? Bien..., ése es un buen asunto para meditar. ¿Y has llegado a alguna conclusión?
—No, pero es peligroso no contar con elefantes cuando otros ejércitos sí disponen de ellos. ¿Alguna vez hemos ganado a los elefantes?
Su padre le miró con intensidad.
—¿Tíndaro no os ha hablado aún de Claudio Metelo?
El niño sacudió la cabeza.
—Bien, pues el cónsul Claudio Metelo sí que derrotó a un ejército cartaginés y sus elefantes. Eso fue en la ciudad de Panormus, en Sicilia. El general enemigo era un tal Asdrúbal que vino a asediar la ciudad que defendía Metelo. Esto ocurrió hará unos... veinte o... veinticinco años... —el senador se quedó un momento ponderando las fechas—, bien, en cualquier caso, fue hace tiempo. Lo importante es que Asdrúbal llevaba varias victorias consecutivas con los elefantes, igual que había conseguido también el rey Pirro del que os hablaba Tíndaro, y se enfrentaron contra Metelo seguros de una nueva victoria, pero el cónsul había ideado un plan.
Publio padre estaba disfrutando con la intriga de la historia al observar la total atención de su hijo al relato.
—¿Un plan? ¿Qué plan?
—Fosos. Metelo ordenó excavar fosos en el campo frente a la ciudad el día anterior al de la batalla. Cuando Asdrúbal mandó atacar a sus elefantes, éstos avanzaron sobre nuestra infantería apostada a las puertas de la ciudad. Los vélites, que eran los que estaban más avanzados, se replegaron. Los cartagineses creyeron que huían atemorizados y los elefantes los persiguieron hacia la ciudad, pero cuando los vélites llegaron a la zona de los fosos, se refugiaron en ellos para resguardarse de la carga de los elefantes. Al mismo tiempo, Metelo había concentrado un gran número de arqueros en un lateral y apostados por todas las fortificaciones de la ciudad, y ordenó lanzar una lluvia de flechas sobre los elefantes a la vez que los vélites, protegidos en sus fosos, lanzaban sus jabalinas. Gran parte de las bestias cayeron en la emboscada o huyeron asustadas. Luego Metelo aprovechó la confusión para conseguir una gran victoria y atrapar decenas de elefantes perdidos. Fue un gran día para Roma.
—Entonces sí que se puede vencer a los elefantes.
—Bueno sí... y no. Metelo fue muy inteligente: supo aprovecharse de las circunstancias y tuvo tiempo de preparar una defensa adecuada para la carga de los elefantes. Entre otras cosas sabía que los cartagineses avanzarían sobre la ciudad y se ayudó de las fortificaciones de la misma para su emboscada. El problema permanece en campo abierto. Ahí las ventajas siguen siendo para los elefantes. ¿Te cuento el desembarco de Régulo en África?
—¿Los romanos hemos luchado en África?
—Sí, pero salimos derrotados. Vencimos a Cartago pero realmente nuestra victoria final fue en el mar. En tierra de África, conseguimos algunas victorias pero al final Régulo perdió cerca de la capital cartaginesa. Hay quienes piensan que se perdió porque Régulo no esperó los refuerzos que debían llegar de Roma. En fin, fuera como fuera lo que ocurrió es que Cartago hizo venir a mercenarios desde Grecia y los puso a las órdenes de un gran guerrero espartano, Jantipo. Este general dispuso unos ochenta elefantes en la vanguardia de su formación, la infantería detrás y la caballería en las alas. Los romanos dispusieron su infantería en el centro y la caballería también en los extremos. Jantipo mandó avanzar a sus elefantes. La infantería romana, dispuestos unos manípulos detrás de otros, constituyendo una inmensa masa de soldados, consiguió resistir la primera embestida de los elefantes, pero luego resultaba imposible luchar cuerpo a cuerpo con su enorme fortaleza; los romanos avanzaron entre los elefantes y recompusieron su formación detrás de los mismos, pero al avanzar así la caballería cartaginesa, superior a la nuestra, consiguió rodear toda la infantería. Una vez rodeados era cuestión de tiempo. Sólo unos dos mil hombres y algunos jinetes escaparon. Hasta el propio Régulo cayó preso. No, vencer a los elefantes en campo abierto no es sencillo. Hijo mío, si alguna vez te ves enfrentado a una fuerza que cuente con esos animales y la batalla deba ser en campo abierto, sigue mi consejo: retírate. Retirarse para atacar más adelante, en mejor ocasión, no es un deshonor.
El pequeño Publio le escuchaba con los ojos abiertos de par en par, sin parpadear, digiriendo el consejo de su padre.
—Y ahora ve a ver a tu madre, que está preocupada porque no has venido a comer.
El pequeño Publio asintió y salió disparado hacia la estancia donde le esperaba Pomponia. Su padre se quedó contemplando las pequeñas figuras de soldados y elefantes distribuidos en diferentes formaciones sobre el suelo del jardín.
Hispania, 227 a.C.
Asdrúbal despidió a Aníbal en la costa.
Los cartagineses llevaban semanas construyendo un puerto al abrigo de la fortaleza que habían conquistado junto al mar. En el muelle Asdrúbal abrazó a Aníbal.
—Ten buen viaje y que Baal vele por ti. Cuando termines tu formación en Cartago, tal y como era deseo de tu padre, te espero aquí para seguir adelante con nuestros planes.
Aníbal devolvió el abrazo y, sin mirar atrás, subió al barco, una trirreme cartaginesa que velozmente le llevaría de vuelta a su patria. Era una partida dolorosa, agria, pero necesaria para cumplir los anhelos de su padre y sólo por eso aceptó las órdenes de Asdrúbal. Debía regresar a Cartago, terminar su formación pública, política y militar, reafirmar los vínculos de su familia con la metrópoli y luego regresar a Hispania.
La nave partió hacia África aprovechando la subida de la marea y el viento favorable.
En tierra, los cartagineses seguían edificando una muralla en la colina que dominaba aquel puerto natural que estaban fortificando. Se trataba de una pequeña península conectada a Iberia por un estrecho istmo. Alrededor de la península todo era agua: al oeste y al sur el mar Mediterráneo y al norte, una laguna natural que impedía el ataque desde ese lado. El ejército púnico levantó murallas que protegían toda la península de un ataque por mar, y un muro de más de seis metros en el sector este, donde estaba el istmo, atravesado por una puerta guarnecida por torres, que quedaba como el único acceso a aquella nueva ciudad que estaban construyendo.
Asdrúbal paseaba satisfecho del trabajo de sus hombres. Aquélla sería la capital púnica en Hispania, desde donde partirían sus ejércitos para asentar sus posiciones en todo aquel vasto país. Una extensión de Cartago fuera de África que se convertiría en referente del poder púnico creciente, que intimidaría a iberos, celtas y, por qué no, a los propios romanos. Una ciudad inexpugnable por tierra y por mar y un excelente puerto de comunicación por el que Cartago recibiría las riquezas de aquel territorio y por el que a la Iberia cartaginesa llegarían víveres, suministros y refuerzos desde la capital. Desde que los romanos habían detectado las incursiones cartaginesas en Hispania, se habían mostrado opuestos a las mismas y sólo un pacto confuso, estableciendo el Ebro como frontera límite para los posibles dominios cartagineses, parecía haber calmado un poco los ánimos. La estrategia ahora era asegurarse el control de todas las regiones al sur de ese río y necesitaban una base de operaciones. Ese puerto, esa ciudad sería su centro neurálgico en la región.
Al cabo de varios meses la fortaleza estaba lista. A ella llevaron numerosos cautivos iberos, rehenes, hijos e hijas de jefes de diferentes clanes de la región, con los que chantajear a numerosas tribus para que no se alzaran contra el poder absoluto de Cartago en Hispania, ahora ya bajo su poder desde el sur del Tajo y el Ebro hasta Gades.
Asdrúbal ascendió hasta una colina que luego llevaría su nombre, Arx Hasdrubalis, al norte de la nueva ciudad desde la que se divisaba la laguna, y allí ofreció sacrificios a los dioses Baal y Melqart y la diosa Tanit. A ellos rezó y rogó que bendijeran aquella ciudad y que la hicieran infranqueable para cualquier enemigo, ya viniera por tierra o por mar. Era una ofrenda generosa: una decena de bueyes. Los dioses se sintieron satisfechos y cumplirían su promesa.
Al finalizar el sacrificio Asdrúbal se volvió hacia la multitud de soldados que se había reunido próxima al altar y proclamó el nombre de la nueva ciudad.
—¡Baal, Melqart y Tanit protegerán esta fortaleza, la nueva capital de nuestros dominios en esta región y que desde ahora será conocida y temida por todos con el nombre de...! —Y calló unos segundos mientras alzaba su rostro al cielo— ¡... Qart Hadasht!
Roma, 227 a.C.
La tienda de Tito Macio iba bien. No es que se estuviera enriqueciendo, pero había conseguido saldar cada mes con unos ingresos que cubrían holgadamente sus gastos y le dejaban un remanente suficiente para alquilar una habitación, comer a su gusto y permitirse algunos caprichos: alguna ánfora de buen vino, una cena en alguna taberna de cierto nivel o, por qué no, una visita a alguna casa de dudosa reputación en busca de placeres prohibidos. No era una vida boyante, pero también se veía compensada por una mayor tranquilidad. Si bien era cierto que tenía que atender a los proveedores, regatear con ellos y luego estar con cada cliente, escuchar sus peticiones e intentar dar el mejor servicio posible, siempre era más descansado que todo el conjunto de actividades de las que se tenía que ocupar en el teatro de Rufo. Alguna vez había echado de menos algo de la incertidumbre y desenfado del ambiente teatral, pero no lo suficiente como para lamentar su decisión de abandonar aquel mundo. De hecho en todo aquel año ni tan siquiera había asistido a alguna de las obras que, sin su colaboración ya, se habían puesto en escena en Roma.
No, Tito Macio tenía otras cosas en mente: la expansión del negocio. Y ésta se encontraba en las nuevas telas venidas de Oriente, especialmente la seda. Andando por el foro encontró un corrillo donde reconoció a varios mercaderes de telas competidores suyos, pero con los que mantenía una relación de deportiva cordialidad. El agrupamiento de comercios había empujado a los clientes a acudir a aquel barrio de la ciudad, próximo al río, donde se habían instalado, de forma que lo que podría haber sido una negativa competencia se había transformado en una interesante colectividad de intereses mutuos. Un hombre en el centro del corro de comerciantes parecía haber encandilado a aquellos hombres.
—Creedme —decía Blasso, que era como se hacía llamar aquel hombre de mediana edad, túnica de lana blanca, limpia, bien peinado y con sandalias nuevas, claramente un hombre que cuidaba su imagen—. Es en estas inversiones en donde está el futuro de vuestro negocio. Perdéis gran cantidad de dinero al adquirir vuestros productos en la propia Roma, pagando el sobreprecio en cada mercancía de su traslado desde Fenicia o Siria; imaginad cuánto podríais ahorrar si entre varios fletaseis un barco que os trajera directamente las mercancías desde Tiro o Biblos o Alejandría. Al principio supondría una inversión, pero en un par de viajes podríais vender al mismo precio que ahora pero triplicando el beneficio en cada venta. ¡Pensadlo, amigos!
Los comerciantes escucharon con interés, pero al final el grupo se deshizo sin que se concretara nada. Quedaron sólo dos mercaderes hablando con aquel hombre a los que se les unió Tito. Uno de los comerciantes planteaba sus dudas.
—¿Y los piratas? El mar está infestado de ellos. ¿Cómo sabemos que todo nuestro dinero no acabará en un naufragio o en manos de los piratas?
—El mar es ya seguro—empezó a explicarse aquel hombre que había captado la atención de los mercaderes. Tenía un acento griego, aunque usara nombre latino—. Desde que nuestra gloriosa flota asestó un golpe mortal a los piratas de Iliria, éstos se guardan mucho de atacar nuestros barcos. Además, es frecuente que los mercantes vayan en grupo escoltados por trirremes o quatrirremes romanas.
Los dos mercaderes y Tito Macio invitaron a Blasso a tomar vino y comer en una taberna junto al foro. Querían saber más. Especialmente Tito.
Bellum ita suscipiatur, ut nihil aliud nisi pax quaesita videatur.
[La guerra debe emprenderse de tal manera que parezca que sólo se busca la paz.]
CICERÓN,
De Officiis, 1, 23, 80.
Alta mar, costa norte
de África, 224 a.C.
El capitán de la pequeña flota cartaginesa de tres trirremes observaba con uno de sus oficiales al hijo del gran Amílcar caminando por la cubierta del buque.
—Parece nervioso —comentó el oficial. Y es que Aníbal paseaba de un extremo al otro del barco, dando vueltas sobre la misma ruta trazada, volviendo sobre sus pasos una y otra vez—. Parece un león enjaulado.
El capitán asentía lentamente con la cabeza. El hijo de Amílcar, después de unos años en Cartago, regresaba a Hispania reclamado por Asdrúbal para reincorporarse a las tareas de conquista y dominio de la península ibérica. En su fuero interno bullía un sentimiento de rabia contenida durante cuatro largos y lentos años alejado de su objetivo: vengar la muerte de su padre sometiendo a aquellas tribus que los habían emboscado aquel trágico atardecer en aquel valle maldito y abandonado por los dioses. Aníbal recordaba la estratagema ibera de los bueyes arrastrando los troncos, el fuego, la emboscada y el horror de la lucha. Caminaba de un lado a otro del barco, sin detenerse desde que partieran de Cartago y sin pensar en parar hasta llegar a Qart Hadasht.
El capitán del barco respondió a su oficial.
—No parece un león enjaulado, es un león enjaulado lo que llevamos en este barco... y lo vamos a soltar en Iberia. Sólo los dioses saben qué pasará a partir de ese momento. Por mi parte te digo que ya me cuidaré mucho de no cruzarme en su camino.
Roma, 223 a.C.
Tito estaba en su tienda, haciendo inventario cuando uno de sus colegas y compañeros inversionistas entró en el local.
—¡Lo hemos perdido todo, Tito! ¡Todo...! —El hombre parecía tener más que decir, pero su ansia no le permitía seguir hablando. Se limitaba a repetir sus mensajes entre estrepitosos suspiros—. Lo hemos perdido todo...
Tito se acercó y le llevó un vaso con agua fresca del ánfora que guardaba para él.
—A ver, Marco, explícate. Tranquilo. Bebe.
Marco bebió con avidez. Estaba sudoroso y no hacía calor. Era puro nervio.
—Blasso, Blasso ha venido y me ha dicho que el barco se ha hundido.
Marco y Tito fueron los únicos mercaderes que se atrevieron a invertir en el barco mercante que Blasso les había propuesto a un conjunto de comerciantes en el foro hacía unos años. Las cosas no habían ido del todo mal y, aunque durante los dos primeros no vieron ningún beneficio en su inversión, en los últimos años la cosa había mejorado. Como Blasso vio que no obtenía suficiente dinero de los mercaderes de telas, había ido vendiendo su proyecto a tantos comerciantes como pudo, desde panaderos a vendedores de pescado, o comerciantes de sandalias, vino o cerámica. Entre todos los que se apuntaron al proyecto se fletó un barco mercante que iba y venía de Roma a las costas de Fenicia, Siria y Egipto con los productos que cada comerciante encargaba. En el último año las cosas empezaban a mejorar y la tienda de Tito rebosaba de productos y de nuevos clientes.
—El barco —continuó Marco, esta vez con algo más de sosiego—, se ha hundido. Dice Blasso que en las costas de Grecia. No está claro si ha sido el mal tiempo o un ataque de piratas, pero se ha perdido todo. ¿Cómo haremos frente a las deudas que tenemos contraídas? ¿Cómo haremos...?
La situación era horrible. Tito cerró la tienda y se sentó a su lado. Sin el nuevo cargamento no sería posible reunir dinero suficiente para responder de las deudas contraídas con algunos prestamistas a los que habían pedido dinero para su aventura comercial. Y además tenía dinero prestado de varios clientes que habían pagado por anticipado buena cantidad de telas que estaban aún por llegar en el nuevo viaje del barco. Si la nave se había hundido, con ella se iban todas sus esperanzas de sacar adelante aquella tienda. Tito contemplaba descorazonado los tejidos amontonados sobre el mostrador de piedra que él mismo había construido, las sedas, las túnicas y las lanas para hacer togas. To do eso estaba a punto de desaparecer. Se levantó y se sirvió él también un vaso de agua. En silencio engulló el líquido y sus penas. Su sueño de comerciante llegaba a su fin.
Vagó por las calles de Roma durante horas, hasta que sus pasos le condujeron a las tabernas junto al río, próximas al barrio donde la prostitución era el mejor de los negocios. Entró en una de las tabernas y se sentó. Vio cómo escanciaban el vino que acababa de pedir y escuchaba a los marineros hablando de lejanas tierras y de acontecimientos sorprendentes que ocurrían en el mundo.
—El coloso de Rodas se ha venido abajo —comentaba un hombre mayor, tez morena y con grandes arrugas sesgando su rostro curtido por el aire del mar—; un terremoto tremendo, escalofriante. La tierra se sacudía como os muevo yo ahora esta mesa.
El hombre sacudió la mesa y un par de copas se vinieron al suelo haciéndose añicos.
—¡Por Cástor y Pólux! —exclamó uno de sus compañeros en la mesa—. ¡Ahora me pagarás otra copa!
—Venga —aceptó el causante de aquel estrago—, ¡posadero, posadero, otro vaso de vino! ¡Mejor, una jarra más! En fin, así se vino abajo el coloso de Rodas. Más de setenta años llevaba aquella torre en forma de hombre junto al puerto. Treinta y dos metros de altura medía, y al atardecer, con la luz del sol sobre su piel de bronce, brillaba como un dios sobre el mar. Ahora sólo son trozos esparcidos por los muelles.
Tito, contrario a su costumbre de escuchar las historias de los marineros venidos de lejanas tierras, salió del local. En otro momento se habría acercado a la mesa como empezaban a hacer varios curiosos, para escuchar el relato de aquel hombre sobre el derrumbamiento de aquella colosal estatua del puerto griego. Ahora se limitó a salir y reencontrarse con la luz tibia del atardecer sobre el transcurrir lento del agua del Tíber. Se había arruinado. Tendría que subsistir como fuera. Se sentía como el propio coloso, como si le sacudiesen la tierra bajo sus pies. Los dioses eran caprichosos y la Fortuna le desdeñaba. Inspiró con profundidad y se adentró hacia la ciudad y hacia la noche con sus preocupaciones a cuestas.
Roma, 221 a.C.
Era diecisiete de marzo, el día de los Liberalia, fiestas en honor del dios Líber, a quien se encomendaban los que abandonaban la edad infantil y entraban en la pubertad. El joven Publio había cumplido ya los catorce años. Esa mañana, al levantarse, su madre Pomponia estaba junto a su lecho y lo abrazó de forma larga y especial. Publio no entendía bien qué podía cambiar tanto en su vida. Sabía en qué consistía el rito y no veía nada doloroso ni preocupante. ¿Por qué lo abrazaba su madre con esa intensidad?
Pomponia al fin se separó y le dejó respirar, al tiempo que se dirigía a él.
—Hijo, te haces mayor. Tu padre está orgulloso de ti y yo también. Sobre ti un día reposará el futuro de nuestra familia. Es una pesada carga, hijo mío. Tu familia es poderosa, pero de igual forma tenemos enemigos muy poderosos, aquí en Roma y fuera, en ciudades lejanas. Presiento que te corresponderá vivir tiempos difíciles. Ruego a los dioses que te protejan y te guíen en todas las decisiones que tengas que tomar. —Luego le acarició suavemente la mejilla con el dorso de la mano y terminó cogiendo la bulla, un pequeño colgante de cuero que había llevado desde niño. Al fin soltó el colgante y le dejó a solas para vestirse.
Publio, después de lavarse los brazos, pies, piernas y cara, se puso una túnica ligera y sobre la misma su toga praetexta, la que le correspondía por su edad. Salió entonces al atrio de la casa. Allí le esperaba su padre, su tío Cneo, su madre, su hermano pequeño Lucio y varias personas más que el joven Publio reconoció como amigos o clientes de su padre. Todos le saludaron de forma solemne. Su padre se adelantó y extendió los brazos. Publio sabía lo que debía hacer: se quitó la toga praetexta y se la dio a su padre. Éste la recogió y a cambio le entregó una nueva toga blanca, la toga virilis y una moneda. Publio se vistió con la nueva toga y tomó la moneda. A continuación ambos, padre e hijo, se acercaron al altar de los dioses Lares que protegían la familia. Publio se quitó entonces el colgante que había llevado desde niño y lo entregó a los dioses protectores del hogar. Puso también la moneda que le había dado su padre y la consagró a la diosa Iuventus para que a partir de ahora lo protegiera durante su juventud. Una vez hecho eso, padre e hijo se volvieron y saludaron a la familia y a los amigos e invitados. Publio Cornelio Escipión, como senador de Roma, se dirigió a los presentes.
—Gracias a todos por venir y presenciar el fin de la niñez de mi hijo. Ahora los que deseéis podéis acompañarme en la deductio in forum, el traslado al foro en donde presentaré a mi hijo a los prohombres de nuestra ciudad y, lo más importante, para que su nombre quede inscrito en nuestra tribu de modo que, cuando el Estado le requiera, pueda ser incorporado a filas para luchar por la seguridad y el engrandecimiento de Roma. Luego sacrificaremos un buey en el foro en honor al dios Líber y todos estáis invitados al banquete que daremos en honor de mi hijo, mi heredero.
Todos los presentes asintieron y felicitaron efusivamente al padre, al hijo y al resto de los miembros de la familia.
Cneo había tomado como algo personal el adiestramiento militar de sus sobrinos. Su hermano pensó en contratar los servicios de algún oficial de prestigio o algún legionario experto ya retirado, como era costumbre, pero Cneo se negó en redondo.
—A mis sobrinos los adiestra su padre o los adiestra su tío. No quiero ningún mentecato enseñando a Publio y Lucio a ser buenos soldados. Ellos han de ser más que eso: han de ser los mejores soldados y también los mejores generales.
Publio rechazó la posibilidad de enseñar a sus propios hijos el arte de la lucha en el campo de batalla. Una cosa era dar consejos de estrategia y otra combatir cuerpo a cuerpo con tu propia sangre. Cneo, sin embargo, no parecía tener tantos escrúpulos y, ante la insistencia de su hermano, Publio Cornelio Escipión cedió. Desde entonces, Cneo disponía del tiempo de sus sobrinos todas las tardes de la semana, sin descanso. Las mañanas seguían reservadas para Tíndaro. Cneo pasaba mucho tiempo con los niños. Primero los familiarizó con las diversas armas de las que tanto habían oído hablar a Tíndaro, pero de las que apenas habían visto nada: los escudos redondos ligeros de los vélites, las espadas de doble filo de los legionarios, los pila que se usaban como armas arrojadizas o las lanzas alargadas para el combate cuerpo a cuerpo de los triari. Aquellas tardes siempre terminaban con largas sesiones corriendo por el Campo de Marte en las afueras de Roma donde iban para el adiestramiento. Había días que corrían hasta la extenuación. Pomponia tuvo algunos roces con Cneo por la dureza de ciertos entrenamientos cuando los niños llegaban agotados, prácticamente exhaustos a casa y necesitaban devorar todo lo que se les ponía por delante. Su cuñado se justificaba.
—Cuando tengan que hacer largas caminatas a marchas forzadas, cuando sean perseguidos por un enemigo superior en número o cuando tengan que hacer un rápido avance para sorprender al enemigo, no habrá madres que los protejan. Tienen que ser tan fuertes como un legionario y más aún si han de mandar sobre ellos.
Las discusiones solían terminar con la intercesión de Publio padre que rogaba a Cneo que moderase los entrenamientos. Éste accedía aunque pasados unos días volvía a repetirse exactamente la misma escena. Los niños observaban sin hacer comentarios, generalmente estaban ocupados comiendo. Si se les hubiera preguntado, habrían dicho que por ellos no había ningún problema y que preferían seguir el adiestramiento, pero nadie les preguntaba, claro. Es verdad que con Cneo se agotaban, pero nunca se lo habían pasado mejor en su vida. Su tío les contaba mil anécdotas de batallas y luchas cuerpo a cuerpo al tiempo que les enseñaba cómo combatir. Pronto empezaron a luchar con espadas de madera protegiéndose el cuerpo con corazas de cuero y la cabeza con un casco de piel como si de dos pequeños vélites se tratase. Luchaban entre ellos y luego, por turnos contra el propio Cneo. Más de una vez recibían algún golpe de su tío como señal de que no ponían el escudo en el lugar oportuno para defenderse de las acometidas del oponente. Cuando estos golpes dejaban marcas, las quejas de Pomponia sin duda debían de llegar a oídos del mismísimo Júpiter Óptimo Máximo. En esas ocasiones, Cneo optaba por una retirada silenciosa. Si Publio no ponía fin a aquellos entrenamientos, y si Pomponia nunca se decidió a ejercer su influencia sobre su marido para dar término a los mismos, era porque ambos percibían que los niños habían establecido un estrecho vínculo con su tío, además de que, en el fondo, entendían que aquellos esfuerzos y, en ocasiones, aquellos golpes eran necesarios para ser los mejores, o al menos tan buenos como cualquier otro en el campo de batalla. De hecho, en lo más profundo de su corazón, Pomponia sabía que Cneo tenía cierta razón cuando se justificaba y decía que un golpe ahora con una espada de madera, si bien podía producir daño y un terrible moratón, podía evitar en el futuro que el filo de una espada enemiga penetrase en la piel de su hijo segándole la vida. Por su parte, Publio padre se centró en insistir que durante las mañanas ambos hijos debían continuar asistiendo a las clases de Tíndaro, el tutor griego. Si el pedagogo consideraba que la progresión en el aprendizaje del griego y en la lectura de los textos de Aristóteles y Platón, además de algunos autores de comedias y tragedias, avanzaba por buen camino, entonces podían seguir con los entrenamientos de Cneo. Los niños asumieron el pacto y cumplían incluso por encima de las expectativas de Tíndaro, lo cual transmitía éste a Pomponia y Publio para plena satisfacción de ambos.
La tarde después de la presentación del joven Publio en el foro tampoco hubo descanso. Reunidos en el campo de adiestramiento, Cneo se acercó a los dos hermanos y empezó a hablar dirigiéndose especialmente al mayor.
—Publio, hoy has entrado oficialmente en nuestra tribu y pronto podrás ser llamado a filas si el Estado así lo requiere. Hoy vamos a dejar en tu caso las espadas de madera y empezaremos con las espadas de verdad.
Cneo sacó dos espadas de doble filo de metal y le dio una a Publio. El peso del arma hizo que casi se le cayera, pero sus reflejos juveniles respondieron rápidos y enseguida la asió con fuerza. Luego cogieron ambos, tío y sobrino, los escudos y empezaron a luchar. Lucio los observaba admirado ante el nuevo rumbo de los entrenamientos. Cneo atacaba sin excesiva fuerza. Sus casi dos metros desde los que lanzaba los golpes eran demasiada potencia para su joven aprendiz. Publio se defendía usando toda la destreza que había adquirido con las espadas de madera, sólo que los golpes con el metal eran más duros, más potentes y además había algo que le hacía retroceder mucho más ante el avance de su tío que cuando luchaban con las espadas de madera: tenía miedo. Había visto a gladiadores luchando con espadas de verdad, como las que estaban usando esa tarde, y había presenciado terribles heridas. Cneo paró su ataque y relajó los músculos. Publio hizo lo propio.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué retrocedes sin ni siquiera intentar un golpe?
Publio callaba. Sentía vergüenza.
—¿Tienes miedo de que te hiera?
Publio seguía en silencio.
—Responde, di la verdad. Si no me dices a mí la verdad, ahora que estás aprendiendo, nunca aprenderás nada de mí que merezca la pena. ¿Tienes miedo?
Por fin, Publio se atrevió a responder, pero en voz baja.
—Sí...
—No te he oído. ¿Tienes miedo de que te hiera?
Publio, rojo de ira, levantó el tono de voz hasta casi gritar.
—¡Sí, tengo miedo! ¡Tengo miedo! —Y se quedó frente a su tío, asiendo la espada con fuerza, sonrojado ante su hermano pequeño, respirando con rapidez, casi jadeando.
—Bien. Eso no está mal. Tener miedo ante la lucha es natural. Sólo los locos no tienen miedo. Ahora se trata de que aprendamos a dominar ese miedo.
Las palabras de su tío sosegaron un poco el ánimo de Publio. Por un momento pensó que iba a reírse de él, pero no lo hacía. Tener miedo era normal. Era normal entonces lo que le pasaba. Era una fase. Si era una fase, la superaría, como había superado otras.
—Bien, escuchad los dos. Hoy no lucharemos más. Mañana seguiremos con las espadas de verdad y ya veréis cómo poco a poco os vais acostumbrando. Y si nos hacemos algún corte, ya nos curarán; lo peor será oír a vuestra madre, ésa a mí sí que me da miedo. —Y los tres rompieron a reír—. Ahora escuchadme bien —continuó Cneo—, os voy a enseñar algo que nunca debéis usar de forma inadecuada: es una señal, como un anuncio de vuestro ataque. Observad.
Cneo desenfundó la espada con la mano derecha y, sin soltarla, hizo que ésta describiera con sorprendente rapidez un giro de trescientos sesenta grados, cortando el aire hasta que detuvo el arma en seco como si apuntara a un enemigo que, sin duda, al igual que sus sobrinos quedaría admirado por la agilidad de su oponente.
—Este giro de la espada es una señal de nuestra familia que muchos conocen en el campo de batalla. Significa que un Escipión entra en combate en el campo de batalla o contra un enemigo concreto y que el combate es a muerte; o se consigue la victoria o se muere. Cuando mandéis un ejército, que seguro que lo mandaréis, porque sois nietos de cónsules, vuestros legionarios conocerán esta señal, porque estas cosas, aunque se usan poco, se conocen. Todos los que han estado bajo el mando de un Escipión lo saben. Ahora tomad una espada y practicad hasta hacerlo bien, con claridad y, por favor, sin cortaros.
Los dos, Lucio y Publio, practicaron aquella tarde durante una hora más. A Lucio le costaba bastante, aún le quedaban años de crecimiento que le ayudarían a manejarse mejor con las armas y con frecuencia se le caía la espada. Publio, sin embargo, ante la sorpresa de su tío, captó el movimiento con rapidez y al final de la tarde era capaz de ejecutarlo con razonable destreza.
Qart Hadasht, 221 a.C.
Se deslizó entre las casas. Era una noche sin luna que le protegía en sus propósitos. El esclavo se acercó hasta los muros del palacio de Asdrúbal en Qart Hadasht. Los guardias patrullaban alrededor de los muros. Esperó hasta que los soldados desaparecieron tras la esquina y se acercó a una pequeña puerta de servicio. Estaba nervioso. Con ansia aguardó hasta que desde dentro se escuchó el chasquido de las bisagras. La puerta se abrió. Con sigilo entró en el interior del palacio. Su cómplice desapareció de forma que no pudo verle la cara, pero eso no le importaba. Sabía que su camino era de ida, sin retorno.
Ascendió arropándose en la oscuridad que se agazapaba en las paredes del palacio. Fue rehuyendo el encuentro de los guardias que estaban apostados por los pasillos de la residencia del general en jefe de las tropas cartaginesas en la península ibérica. El esclavo llevaba un puñal en la mano.
El general púnico paseaba por su habitación, examinando planos y revisando documentos. Desde que acordara con los romanos repartir las áreas de influencia en Iberia, al sur del río Ebro para los cartagineses y al norte para los romanos, había disfrutado de un período de relativa calma. Quedaban cuestiones pendientes, claro, como el asunto de Sagunto: una importante ciudad al sur del Ebro, es decir, en el área de dominio cartaginés, pero que claramente se oponía a la dominación púnica de Iberia y que mantenía unos cada vez más impertinentes lazos de amistad con Roma. Sin embargo, la tranquilidad dominaba la región en los últimos meses. Hasta se pudo permitir el lujo de ir a cazar con varios oficiales y amigos venidos desde Cartago. Asdrúbal escupió en el suelo al recordar al estúpido oficial mercenario galo que se había atrevido a disputar la propiedad de uno de los linces que él mismo había cazado. Se regodeó en el recuerdo de su rostro retorciéndose de dolor cuando Asdrúbal le clavó la espada hasta el corazón. No podía admitir discusiones a su criterio y menos de un mercenario a sueldo. Allí, empapando el suelo con un charco de sangre, quedó el cuerpo de aquel infeliz. A su lado se arrodillaba un esclavo suyo que lo acompañaba en la cacería. Asdrúbal miró al esclavo celta por si también éste iba a levantar su voz contra él, pero aquel hombre guardó sus palabras y se limitó a mirarle con odio. Asdrúbal recordó cómo desmontó del caballo y se dirigió a él.
—¿También tú quieres morir?
El esclavo bajó la mirada y no respondió. Asdrúbal le estuvo examinando unos segundos, meditando sobre si su silencio era provocación o miedo. Se inclinó por lo segundo y decidió dejarle sin prestarle más atención. Ordenó que recogieran al lince y que lo llevaran a Qart Hadasht como trofeo. Asdrúbal, rodeado por sus oficiales, partió de aquel claro del bosque donde habían estado cazando.
Ahora el general cartaginés se encontraba cansado. Había bebido mucho después de la cacería, en el festín. No lamentaba lo que había hecho. No, no había lugar para impertinencias. Si acaso sólo las admitiría de Aníbal. El hijo del gran Amílcar era la única persona a la que tenía respeto y, por qué no admitirlo aquí, en privado, en el silencio de la noche y en su alcoba: algo de miedo. Aquel muchacho albergaba en su pecho una fuerza contenida que en cualquier momento parecía que fuera a desatarse. No había superado aún lo de su padre. Había de reconocer, no obstante, que aquellos sentimientos, aunque quizá torturasen a Aníbal, no le impedían combatir con auténtico valor y destreza.
Asdrúbal se recostó en su lecho y cerró los ojos. Seguramente Aníbal llegará un día a general. Sólo el tiempo sabrá si será un buen o un mal general. El sueño le fue venciendo y en unos minutos Asdrúbal quedó completamente dormido. El vino le hizo roncar y uno de sus estertores fue tan potente que se despertó. Fue a reírse pero se dio cuenta de que no podía respirar y sintió un líquido caliente por el cuello. Se llevó las manos a la garganta y la notó empapada, hirviendo. Abrió los ojos y vio sobre sí el rostro del esclavo de aquel oficial galo que había matado en la cacería. Quiso levantarse pero le asían con fuerza por las muñecas. Intentó gritar y dar la voz de alarma para que sus hombres vinieran a socorrerle, pero sólo entonces se dio cuenta, al faltarle la voz, de que tenía la garganta seccionada por un afilado cuchillo que ahora yacía junto a su rostro.
Los guardias atraparon al esclavo galo antes de que pudiera salir del palacio. Uno de los soldados, preso de rabia, fue a matarlo, desenfundó su espada, pero cuando estaba a punto de ensartarlo, una voz poderosa que retumbó en los altos techos de la estancia le paró en seco.
—¡Quieto, soldado! —gritó Aníbal— ¡Esa muerte es demasiado digna para un esclavo, especialmente para el esclavo que ha asesinado a nuestro general!
To dos los soldados asintieron y el guerrero cartaginés enfundó su espada. Aníbal les ordenó conducir a aquel esclavo a las mazmorras en lo más profundo de los sótanos de palacio. Allí, durante el resto de aquella noche, el galo fue torturado y sus gritos resonaron por toda la ciudad de Qart Hadasht hasta la extenuación absoluta de su vida.
Al día siguiente los oficiales y generales cartagineses debatieron sobre quién elegir como nuevo jefe. Se estudiaron diferentes opciones como Giscón o el general Magón. Hombres expertos y valientes; pero en ese momento uno de los oficiales se volvió y a su espalda, allí mismo, mirando por una ventana del palacio, vio recortada la figura de Aníbal: Aníbal siempre el primero en entrar en combate y siempre el último en descansar; Aníbal siempre voluntario para cualquier escaramuza, para cualquier misión de riesgo, el que más enemigos abatía, el terror de los iberos y los celtas de aquel país; cuando su silueta se dibujaba en el horizonte, los salvajes retrocedían y los pocos que aún se atrevían a desafiarle caían abatidos en la primera acometida. No lo dudó.
—¡Yo propongo a Aníbal Barca, hijo de Amílcar Barca, para que nos mande y nos dirija a todos en estas tierras para que bajo sus órdenes concluyamos la conquista de este país!
El resto de los oficiales se volvió hacia Aníbal. Éste los miró sin decir nada. No se mostró sorprendido, pero tampoco halagado. Permanecía distante. Escuchaba pero sus pensamientos aún le mantenían alejado de lo que allí estaba ocurriendo. Más voces se alzaron gritando su nombre.
—¡Aníbal, Aníbal, Aníbal!
Comprendió entonces, oyendo cómo su nombre era coreado por todos, que su camino quedaba ya definitivamente marcado. Hasta ese momento sólo había tenido planes. Ahora disponía de medios.
Aquella tarde partió un correo hacia Cartago en una trirreme con el nombramiento del nuevo general en jefe del ejército púnico en Iberia. Al día siguiente de recibir el mensaje el Consejo de Ancianos de Cartago ratificó aquel nombramiento.
Roma, 221 a.C.
Durante dos años Tito intentó lo imposible: estirar el dinero y agotar la paciencia de clientes y prestamistas para salvar su negocio, pero todo resultaba ya inútil. Poco a poco su tienda fue vaciándose de productos que, en su gran mayoría, estaban pagados con anterioridad. El poco dinero que ingresaba lo utilizaba en comida y en pagar parte de las deudas contraídas con los banqueros del foro. La impaciencia de alguno de éstos se había traducido ya en amenazas e incluso en algún altercado en la calle. Tito decidió que no era momento de orgullos absurdos y una mañana encaminó sus pasos al foro. Al cabo de media hora localizó su objetivo. Rufo paseaba acompañado de una esclava, de tienda en tienda, adquiriendo comida, túnicas, sandalias, cestos y hasta considerando la compra de algún esclavo más que añadir a sus propiedades. Las representaciones de teatro, sin conseguir imponerse entre el público romano, seguían siendo financiadas regularmente por el erario público y la compañía de Rufo mantenía una cuota razonable de actuaciones. Y eso que la competencia había convertido en frecuente que los miembros de una compañía fueran a las representaciones de otra para abuchear y así encrespar al público intentando de esa forma provocar el fracaso de la representación y que, en consecuencia, ésta ya no fuera contratada. Todo en Roma se compraba y se vendía y la competencia no conocía límites. En medio de todo aquello, la figura de Rufo parecía moverse como pez en el agua. Ninguna marrullería le asustaba porque él era capaz de ser aún más vil y retorcido. Si otra compañía venía a insultar y montar un escándalo, él hacía que toda su compañía y decenas de libertos comprados fueran a abuchear a la contraria. Y siempre estaba la posibilidad de la extorsión y las palizas. Rufo ya estaba considerando seriamente entrar en esa corriente. Quien golpea primero da más fuerte.
Tito se acercó a su antiguo director de compañía.
—Hola, Rufo, ¿cómo va todo?
Rufo le miró con desprecio, pero atendiendo a las ropas limpias que llevaba Tito se detuvo a escucharle. Éste se había puesto su mejor túnica en un intento de guardar las apariencias.
—Hombre, el comerciante de telas. ¿Qué es de tu vida, quieres contratar la compañía para una representación privada en tu nueva domus, o es que me quieres comprar la esclava? —Y lanzó una carcajada al aire.
Tito no se arredró y prosiguió con su plan.
—No, no es eso. Lo de las telas resulta interesante, pero la verdad es que no es lo que esperaba y me preguntaba si no te podría interesar volver a contar conmigo. Ya sabes que podría ocuparme de un montón de cosas y...
Pero Rufo sacudía la cabeza, interrumpiendo su discurso.
—No, no, no, Tito Macio. A mí no me vas a engañar como a uno de tus cansados clientes o como a uno de esos blandos prestamistas con los que andas en tratos. ¿Crees acaso que no sé de tu desastrosa situación? Roma ha crecido pero no tanto como para que Rufo no conozca a todos los que es interesante conocer y, querido Tito, tú no estás entre ellos. Muy al contrario, sé de tus inversiones y de tu barco perdido junto con otras decenas de buques. Por todos los dioses, parece que el mar aún no es un lugar seguro. De ti me quejaría a los cónsules Minucio Rufo o Lépido y les pediría que protejan tus barcos mercantes de los piratas, aunque no sé si tendrán tiempo de atenderte —y lanzó otra carcajada.
Tito lo vio claro. Decidió humillarse.
—De acuerdo. Las cosas me van mal, muy mal, pero por todos los dioses, cuando trabajé contigo te daba un buen servicio y podría volver a hacerlo ahora y...
—Y a mí qué más me da. Te quisiste marchar y te largaste, pues eso: largo, fuera de mi vista. ¡Despeja la calle que me molestan los lloriqueos infantiles de la escoria como tú! —Y lo apartó de un empujón.
Tito cayó al suelo y empapó su túnica de barro, pues el día anterior había llovido en abundancia y el sol aún no había tenido tiempo de evaporar los charcos. Cuando se levantó para replicarle, Rufo estaba ya lejos, en un puesto de frutas llenando de manzanas la cesta que sostenía su esclava. A su lado escuchó las risas de unos niños que señalaban su túnica manchada de tierra. Tito volvió sobre sus pasos y se arrastró por las calles hasta llegar a su local. Entró y cerró la puerta. El interior estaba vacío. Las paredes desnudas de mercancía ilustraban a las claras su condición actual. Tenía hambre, pero no tenía dinero. En los últimos meses había ido perdiendo peso. Estaba enflaquecido, aunque las túnicas disimulaban su aspecto. Fue a beber agua del ánfora que guardaba tras el mostrador, pero también estaba vacía.
Roma, 221 a.C.
—Por aquí, vamos. —Publio se dirigía a su hermano pequeño en voz baja.
—No creo que sea buena idea —respondió Lucio que, a regañadientes, había accedido a acompañarle.
Era de noche y todos dormían. Salieron a tientas de su habitación para no despertar a nadie con ninguna vela. En el atrio, la luz de la luna llena hacía resplandecer las teselas del gran mosaico que su padre había hecho instalar recientemente. En él se veía a su abuelo investido de cónsul comandando las legiones. Se deslizaron por encima del mosaico, pasaron por el tablinium y accedieron al peristilo porticado del jardín. Sólo se oía el arrullo constante del agua de la fuente. El aire era fresco. Publio y Lucio se escondieron tras las columnas de un lado y aguardaron allí apostados durante diez minutos. Al fin vieron aparecer a un esclavo joven de la casa acompañado de una mujer a la que no reconocían. En una esquina del jardín el hombre comenzó a desnudar a su acompañante. Al desvestirla quedó al descubierto el cuerpo de una joven de unos dieciséis años. Pronto el esclavo la tendió en el suelo y se echó sobre ella. Publio y Lucio escucharon con intensidad. Se oían murmullos apagados y, al poco tiempo, gemidos amortiguados por una mano interpuesta.
—Calla, que nos van a oír —escucharon decir al hombre.
—Mejor nos vamos —musitó Lucio.
—No. —Publio había desarrollado una relación de autoridad sobre su hermano. Éste calló, aunque no por ello se tranquilizó.
En ese momento todos oyeron la voz clara y fuerte de su padre.
—Por Cástor, ¿qué pasa aquí? ¿Qué ocurre aquí? —Venía acompañado por dos esclavos de confianza de mediana edad que llevaban años en la casa. Llevaban lámparas de aceite de forma que gran parte del jardín quedó iluminado descubriendo a los jóvenes amantes en el suelo.
Publio y Lucio se acurrucaron en las sombras que proyectaban las columnas y tragaron saliva.
—Coged a estos dos. Con el esclavo... llevadlo a la cocina. Mañana saldaré cuentas. Y la mujer... —la miró con atención— no trabaja aquí... pues fuera con ella. Unos azotes y fuera. Si vuelves —añadió dirigiéndose a la muchacha— a entrar en mi casa sin mi permiso, no habrá misericordia.
La muchacha se sintió bendecida por la suavidad de la pena y enseguida se desvaneció entre las sombras detrás de su padre cogida por uno de los esclavos mayores. El otro esclavo se llevaba al joven cocinero por el tablinium y también desaparecieron. El senador se quedó en el jardín junto a la fuente.
Publio y Lucio contuvieron la respiración. Estaban en la sombra y era imposible que los viera o que los oyera, pero el senador empezó a escuchar sobre el silencio, a ver más allá de la oscuridad, reanimando su alma de general en una noche previa a la batalla. La brisa suave de la noche le trajo entonces el mensaje que buscaba en forma de casi imperceptibles olores. Suspiró entonces y se tranquilizó al desentrañar su significado.
—¡Bien, Publio y Lucio, salid de ahí, de entre las columnas si no queréis que me enfade más!
Publio y Lucio se miraron. Lucio parecía preguntar con la mirada «¿pero cómo lo sabe?». Publio se encogió de hombros acompañando el gesto con los ojos abiertos por el asombro. Era imposible que los hubiera visto.
—¡Sois mis hijos pero incluso mi paciencia tiene un límite con vosotros! ¡Es vuestra última oportunidad antes de que os mande azotar o se me ocurra algo peor!
No lo pensaron más y salieron a la luz. En el centro del jardín estaba su padre con la lámpara en la mano. Se acercaron hasta estar de pie a un par de pasos de su padre.
—Nunca, jamás, ¿me entendéis? Nunca dejéis que alguien entre en esta casa sin mi permiso o sin que vuestra madre lo sepa, ¿lo entendéis? Un esclavo ha dejado entrar a una mujer para... Bien, la deja entrar para estar con ella. Eso no debe ocurrir, y si sabéis de algo así, me lo debéis decir enseguida. La seguridad de todos está en juego. La casa es vuestra familia también, es sagrada.
Los niños callaban.
—Y no me digáis que lo acabáis de descubrir, porque llevo detrás de este esclavo algunos días. Bien, hablad, decid algo y que no sea una mentira. Eso no mejorará vuestra situación.
Lucio fue a hablar, pero Publio empezó primero.
—La culpa es mía. Hace unos dos meses que ese esclavo trae a esa muchacha por las noches. Normalmente vengo solo para ver... Esta noche le pedí a Lucio que me acompañara. La culpa es mía. Debería haberte comentado esto antes...
—Sí, eso es lo más grave de este asunto. ¿Por qué no lo hiciste, Publio?
No respondió. ¿Cómo decirle que sentía curiosidad por lo que hacían? Era vergonzoso y peor aún justificar así la falta de fidelidad a su padre. El senador le miró en silencio mientras escudriñaba sus pensamientos.
—Veo que guardáis silencio. Al menos sentís vergüenza. Eso es algo —continuó su padre—, pero no suficiente. No suficiente. Sois Escipiones. Mirad a vuestro alrededor. ¿Qué veis?
Los muchachos miraron las paredes del jardín y del atrio. Había varias estatuas.
—Estatuas, padre —dijo Publio.
—Son vuestros antepasados. Lucio Cornelio Escipión Barbato, vuestro bisabuelo, cónsul, Cneo Cornelio Escipión Asina y Lucio Cornelio Escipión, vuestros abuelos, cónsules ambos también. Vencedores contra los insubres, conquistadores de Córcega, de Aleria. ¿Y en qué se sustenta la fortaleza de nuestra familia?
Los dos muchachos dudaron.
—En la confianza. En la confianza mutua que se transmite de padres a hijos. Si no puedo fiarme de vosotros, yo no soy nadie, y si vosotros no confiáis en mí o en vuestro tío, no valéis nada. ¿Nunca os habéis preguntado por qué nos llamamos Escipiones?
Ambos permanecieron en silencio.
—Porque vuestro bisabuelo, ya anciano y ciego por la avanzada edad, se apoyaba en su hijo Lucio para poder caminar, lo usaba como un scipio, era su bastón. De ahí el nombre que hemos heredado. Vosotros sois mi apoyo, debéis ser mis ojos y mis oídos cuando a mí me fallen, sois mi scipio. De la misma forma que vuestros hijos lo serán para vosotros. No lo olvidéis nunca. Nunca. ¿Está claro?
Ambos asintieron.
—Los dos, a vuestra habitación y no quiero oír ni una palabra más de esto. Si alguien vuelve a entrar sin mi permiso, quiero saberlo al instante, ¿entendido?
—Sí, padre —dijeron los dos al unísono, y velozmente corrieron hacia su habitación.
El día siguiente, por la tarde, al terminar el adiestramiento, Cneo hizo sus valoraciones.
—Vais muy bien. Dentro de poco me va a empezar a dar miedo luchar con vosotros. Especialmente contigo, Publio. Eres rápido con esa espada. Aún te pierden tus ganas de vencer, pero ya madurarás. Y tú, Lucio, has mejorado mucho. En poco tiempo serás tan bueno como tu hermano. Aún te pesa demasiado el arma, pero eso es algo que en un año o dos se arreglará por sí solo. Comeos todas las gachas de trigo que os pongan por delante, y fruta y pescado y carne. Comed bien para luchar bien. Ya me encargaré yo de que no engordéis ni un kilo de más.
Publio y Lucio se miraron y sonrieron. Cneo frunció el ceño y miró su barriga que, si bien no era la de un hombre obeso, desde luego mejoraría con cuatro o cinco kilos menos.
—¡Por Hércules, sois unos ingratos! ¡Os adiestro gratis y lo pagáis riéndoos de vuestro tío! ¡Cuando hayáis luchado en tantas batallas como yo, tendréis derecho a engordar lo que os plazca, pero de momento ni un kilo de más! ¡Mañana os haré correr el doble, os quitaré esa sonrisa de la cara con sudor!
Los dos hermanos callaron. El desliz les iba a costar caro.
—Bien, basta ya de charla. Lucio, para casa. Publio se queda conmigo. Tenemos que hablar tú y yo de unas cuantas cosas.
Los hermanos se sorprendieron. Siempre volvían juntos, pero no querían preguntar. Un pequeño desliz ya lo iban a tener que compensar al día siguiente con esfuerzos extra; mejor no tentar su suerte. Lucio se marchó hacia la ciudad.
Cneo miró a su sobrino.
—Ya me ha contado tu padre el episodio de anoche.
Publio inhaló aire profundamente. Ya le había parecido extraño que aquello no tuviera más consecuencias.
—Es importante —continuó Cneo— que nunca traiciones a tu familia ni en cosas que puedan parecer pequeñas. La familia es lo más importante: la familia y Roma. Ésas son las cosas por las que merece la pena vivir y morir si es necesario, ésas son las cosas por las que rogamos a los dioses que nos protejan y nos ayuden. ¿Está claro?
—Sí, tío.
—Bien. Ahora vámonos. Sígueme.
Entraron en la ciudad, cruzaron el foro y descendieron hasta la zona de los mercados y luego, siguiendo el curso del río, se encontraron en una zona de la ciudad a la que Publio nunca había accedido. Las casas estaban sucias, viejas. Las calles estaban atestadas de gente variopinta, desde el pobre más miserable hasta, ocasionalmente, patricios que paseaban escoltados por esclavos armados y guardias que, a juzgar por el celo que ponían en mantener alejado a cualquier mendigo del camino de su amo, estaban más que bien pagados. Los triunviros patrullaban también aquellas callejuelas con mayor frecuencia que en otros barrios de la ciudad, aunque aquí dejaban pasar por alto la escandalosa presencia de algunas mujeres a medio vestir saludando desde las puertas de sus casas, las pequeñas peleas entre borrachos o el golpe que propinaba alguno de los guardias para defender a algún patricio molesto por el olor de algún esclavo que se cruzaba en su camino. Los triunviros no querían problemas y su presencia era más bien un aviso para que todos se contuvieran y no fueran más allá de golpes o empujones. Otra cosa era si se oía alguna espada desenvainándose. El joven Publio contemplaba a los soldados patrullando con paso firme, la mirada en la distancia, como ausentes y, sin embargo, atentos a cualquier pequeño movimiento.
—Siempre hay más problemas aquí que en ningún otro lugar: sobre todo peleas —dijo Cneo al observar el interés de su sobrino por las patrullas—. Siempre muere alguien por aquí cada día. Nunca vengas solo. Si vuelves sin mí, hazte acompañar por un par de buenos esclavos.
El joven Publio no tenía muy claro por qué su tío podía pensar que él quisiera volver por allí por su cuenta. No parecía para nada un barrio agradable ni que tuviera nada que pudiese merecer el riesgo de moverse entre aquellas gentes violentas, borrachas y nerviosas. No obstante, de pronto se percató de una cosa que los diferenciaba del resto de los patricios que había visto en aquel lugar.
—No llevamos escolta, como los demás patricios —comentó Publio. Cneo sonrió.
—Aquí la escolta soy yo —y continuó abriéndose paso entre el gentío.
Llegaron a una casa más grande que las de su entorno, más limpia, con la fachada sin grietas y una puerta, al contrario que la mayoría de las demás, cerrada. Su tío se acercó decidido y dio dos golpes bien fuertes con la palma de su mano. Una mujer mayor abrió la puerta. Tenía unos cincuenta años y, aunque se había pintado los labios de rojo y echado polvos sobre el rostro, las arrugas eran bien visibles y su pelo, completamente gris. Tenía una expresión seria, molesta, casi de enfado, pero en cuanto alzó la mirada desde el pecho de Cneo hasta contemplar los ojos del hombre que acababa de llamar a su puerta, todas las facciones de su rostro cambiaron por completo el gesto de su cara: ésta se iluminó y una bien trabajada y edulcorada sonrisa pobló aquella faz secada por los años.
—Pero si es el gran general —dijo y abrió la puerta y se separó para dejar suficiente sitio para que Cneo pudiera pasar. Publio le siguió de cerca—. Y nos viene acompañado de un hermoso joven —continuó la vieja meretriz.
—Bien, Publio, te presento a la vieja lena de Roma. Nadie sabe su nombre, pero si preguntas por la lena en este barrio todos te dirigirán a su puerta. Y sigue mi consejo, Publio: nunca le preguntes nada y así no te encontrarás una de sus mentiras.
—Por Cástor y Pólux, qué bajo concepto se tiene de mí —interpeló la lena y continuó dirigiéndose a su nuevo joven invitado—, pero, mi querido joven, no hagáis caso de este hombre que tan mal os habla de mí. Aquí todos los hombres encuentran lo que desean y salen complacidos...
—... y más pobres que cuando entraron. No omitamos ese detalle —apuntó Cneo.
—Bien —la lena habló ahora con indiferencia—, mis servicios tienen un precio y no pido mucho, sino lo justo.
—¿Lo justo? —Cneo elevó el tono con tanta fuerza que dos esclavos armados aparecieron inmediatamente en el vestíbulo. El general no se inmutó—. Vieja lena, no pongas en tu boca palabras demasiado grandes para quien se dedica a este negocio.
—Ya, claro, justicia es una palabra reservada para los patricios.
Cneo no entendió bien si aquello era una aceptación de la crítica recibida o un desafío entre dientes. El joven Publio leyó con más precisión la fina ironía de aquella mujer y tomó buena nota del sentimiento con el que la lena había pronunciado aquella sentencia. ¿Cuánta gente pensaría lo mismo y con esa intención de frío reproche contra los de su clase?
—Bueno, vamos a lo que nos trae aquí. Éste es mi sobrino mayor, alguien que será grande en Roma, así que más te vale tratarlo bien, si no por aprecio, al menos considera que será una gran inversión de futuro complacerle bien. Lo que busco es una joven guapa, dócil, que no sepa demasiado, pero sí lo suficiente para... para ayudar... para empezar... ya me entiendes.
Publio deseó tener alas en los pies como Mercurio para poder volar y desaparecer de aquel lugar. A su tío sólo le faltaba gritar por toda la calle que su sobrino mayor aún no había estado con una mujer. Ya le dolía bastante el tema como para encima tener que hacerlo público. La lena, no obstante, no pareció ni sorprenderle ni concederle mayor importancia a aquel hecho. Su frente arrugada mostraba que meditaba con intensidad.
—Sí... entiendo... y creo que sí, que tenemos exactamente lo que buscas —y dirigiéndose a los esclavos armados que permanecían vigilantes—, traed a Drusila. La llamamos así, Cneo Cornelio, aunque viene de Oriente. Es joven, de dieciséis años, sabe más que suficiente para satisfacer a vuestro sobrino, pero acaba de llegar y no ha sido... probada de manera extensa. Es dócil. En cierta forma, diría que mantiene intacta su ingenuidad. Creo que estará a la altura de las circunstancias.
Al momento llegó un esclavo con una joven delgada, morena, con pelo oscuro lacio cayendo por su espalda desnuda, pues apenas estaba vestida por una túnica de seda de color rojo abierta por detrás y tan fina que dejaba ver a través del tejido semitransparente unos hombros redondeados, una piel fina y tersa, unos senos prietos como manzanas recién cogidas, casi verdes, una cintura que cedía espacio suavemente, hasta de nuevo ampliarse al llegar a una cadera generosa pero no grande, terminando en unas piernas largas y unos pies pequeños que se cerraban en un arco donde los dedos gordos se juntaban en el vértice del ángulo, justo allí, en ese punto del suelo, donde la mirada de la joven permanecía fija.
La joven alargó la mano y, sin saberlo, el joven Publio, a su vez, extendió su brazo con la palma de su propia mano abierta. La joven sonrió al tiempo que asía los dedos del adolescente patricio con suavidad y lo guió con dulzura pero, al mismo tiempo, con decisión, hacia su cuarto, lejos de las miradas de guardias armados, de lenas ancianas o de un nervioso tío.
—Bien —exclamó Cneo, una vez su sobrino quedó en custodia de aquella joven— y para mí, ¿está disponible aquella muchacha ibera que tú ya sabes que tanto me satisface?
La lena no respondió inmediatamente de forma que el propio Cneo se respondió a sí mismo.
—O sea, no lo está; ¿he de entender que está en manos de otro?
La lena callaba mirando al suelo, concediendo. Cneo continuó sacando conclusiones en voz alta.
—Pues al precio que normalmente me la dejáis, no se me ocurre más que alguno de los cónsules haya decidido beneficiarse de sus muchos encantos.
Era un brindis al sol, una exclamación hecha a lo loco, sin intención; sin embargo, la lena permaneció inmóvil, en silencio, Cneo pensó que incluso algo nerviosa, si es que podía decirse que aquella mujer, cuyos ojos habían visto desfilar por su casa a decenas de patricios y senadores, pudiera en algún momento parecer algo desairada.
—Por todos los dioses —concluyó el general—, nunca pensé que alguno de los viejos Rufo o Lépido tuvieran tanta sangre en sus venas —Cneo comprendió que la anciana temía que fuera más allá con sus conclusiones hasta averiguar exactamente cuál de los dos cónsules era el que hoy yacía con su preferida; no quería molestar a aquella mujer que tantos secretos suyos y de tantas otras personas conocía; era menos peligroso un poderoso senador enfurecido que tener a la lena de Roma en tu contra—. En fin, bien por el que sea que disfruta ahora de los encantos de mi favorita, paciencia para mí. Quizá sea mejor así. Teniendo en cuenta lo que probablemente piensas cobrarme por satisfacer a mi sobrino, no tengo claro que pueda permitirme satisfacerme a mí mismo también. Tengo que enseñar a mi sobrino a valerse pronto por sí mismo en estas cuestiones o mi economía corre grave riesgo de hundirse.
Con estas palabras Cneo estalló en una sonora carcajada, lo que sin duda relajó a la lena que, antes de que su invitado lo pidiera, reclamó una buena jarra de vino para entretener a tan ilustre y, especialmente, comprensiva, persona.
Publio sintió las suaves caricias de aquella joven de la que ni conocía el nombre por cada recoveco de su piel. Primero la joven usó sus dedos, luego la palma de sus manos para culminar con su lengua lamiendo cada centímetro de su ser. En pocos minutos el sobrino de Cneo tuvo una enorme erección. El detenimiento de las caricias, el suspense por lo que aún debía venir era demasiado para poder controlarse. La muchacha empezó a besarle la base de su miembro cuando ya no pudo resistir más y cedió a impulsos que aún no acertaba bien a controlar. Fue como una fuente que regó su propio vientre y la mejilla de la muchacha.
—Lo... lo siento —musitó entre confundido y nervioso.
La muchacha sacudió la cabeza tenuemente, quitando importancia al asunto al tiempo que con el dorso de la mano se limpiaba el rostro. El joven Publio no sabía bien ni qué decir ni qué hacer, si es que quedaba algo por hacer, o si bien ya habían terminado. Su tío era generoso, pues aquellas sensaciones sin duda debían costarle una fortuna, pero era demasiado parco en explicaciones. La chica pareció leer en su ceño fruncido la confusión que corría por sus venas. No hablaba su lengua, pero a base de reiniciar las caricias y los besos suaves se hizo entender con precisión. Aquello no había terminado. El joven Publio se dejó hacer y decidió que él no se iba de allí hasta que aquella chica lo echara.
Al cabo de una hora tío y sobrino volvían a caminar por las calles de aquel barrio de Roma, descendiendo por una estrecha callejuela hasta alcanzar las tabernas junto al Tíber. Publio llevaba consigo una sonrisa entre un poco estúpida y un poco de inmensa satisfacción que lo acompañaría el resto de la mañana. Cneo detuvo la marcha en una de ellas e invitó a su sobrino a entrar. Era una habitación bastante oscura, con aire denso y pesado, ya que la única ventilación que había era la de la estrecha puerta que daba acceso a aquella estancia. Había un mostrador de madera tras el que un hombre de unos cuarenta años, muy grueso, pelo entre negro y cano, barba profusa y cara de muy pocos amigos, servía vino, gachas de trigo y algo de pescado del día a los que tenían el valor suficiente de acercarse a pedirle algo. Su tío parecía ser de estos últimos y, sin levantarse, a voz en grito hizo saber sus deseos.
—¡A ver, buen vino aquí para los dos, y rápido!
Publio observó cómo el posadero miró con intensidad a su tío y cómo sin decir nada se agachó y de debajo del mostrador sacó una jarra y unos vasos. Por un momento pensó que aquel hombre no los llevaría a la mesa, pero el tabernero salió de su fortín y, paso a paso, lentamente, trajo el vino y dejó sobre la mesa jarra y vasos. Su tío puso sobre la mesa una moneda, el tabernero asintió, la cogió y volvió a su puesto de vigilancia.
En el local había otras cinco o seis mesas, todas llenas de gente, quizá hubiera unas veinte personas, muchos mal vestidos, pero también se veía alguna toga brillante, reluciente, de algún patricio o, al menos, un comerciante muy venido a más.
—Este sitio es horrible, lo sé —dijo Cneo mientras escanciaba el vino—, pero sirven el mejor vino. Tiene algún acuerdo con uno de los capitanes de barco que viene con vino desde el sur. No sé por qué exactamente. En estos lugares, Publio, es mejor no indagar sobre el pasado de las personas. No vengas aquí solo, a no ser que seas ya un general de Roma. A los oficiales se les respeta aquí, siempre que hayan demostrado su valor en el campo de batalla. Pero vale ya de historias. Bebamos.
Publio miró su copa y dudó.
—Ya sé, ya sé que no bebes, pero tienes que empezar, y este día es tan bueno como cualquier otro. Tienes que celebrar esa sonrisa de tonto que se te ha puesto y tú verás, te la quito con vino o a golpes. No quiero que te vea tu madre con esa expresión en tu rostro. Por Hércules, las discusiones con tu madre me atemorizan. Lo reconozco.
Cneo cogió su copa y Publio hizo lo propio. Bebieron. Su tío echó un largo trago de vino y él un pequeño sorbo. Sintió una ligera quemazón en la garganta pero el sabor entre dulce y afrutado le agradó. Ya había probado vino en alguna ocasión, a escondidas en casa, con Lucio, fisgando por la cocina por las noches, pero aquel vino era cierto que estaba especialmente sabroso. Siguieron bebiendo.
—¿Qué le ha pasado al esclavo que vimos en el jardín de casa con aquella mujer? —preguntó Publio.
—Ah, el vino te da valor para preguntar lo que no deberías, ¿eh? Bueno, creo que al esclavo le cayeron sólo cuarenta azotes; parece que cocina bien y a tu padre le gusta comer. Es un poco suave como castigo, pero el pollo y el cerdo los hace muy buenos. Los hombres somos así. Arriesgamos nuestra piel y, con frecuencia, nuestro dinero por estar con una mujer. Ya lo irás viendo. Sí, no sacudas la cabeza. Lo de hoy ha costado caro, pero es obvio por tu sonrisa tonta que gracias a todos los dioses ya se te va difuminando, que lo de hoy merecía la pena. Ahora sabes lo bueno que puede ser estar con una mujer. No te aficiones a esto, Publio. Un día conocerás a la mujer por la que te dejarás dar cuarenta y cien y mil azotes si hace falta. Eso ocurre. Dicen que ocurre. Lo importante es que te encontremos una buena patricia romana, de buena familia, que sea guapa para tenerte distraído por las noches, pero que esté contigo en todo momento en esta ciudad de lobos. Un día, Publio, no estaremos ni tu padre ni tu madre ni yo. Tendrás entonces que confiar en aquellos de los que te hayas rodeado: tu mujer, tu hermano y tus amigos, y luego en tus hijos, pero hasta que tengas tu propia familia, serán tu mujer, tu hermano y tus amigos los que te den fuerza. Elige bien a tu mujer. Como ves es importante. En fin, el vino me hace hablar. Tampoco me hagas demasiado caso en todo esto. Hazme caso en el adiestramiento militar. Ahí tengo bastante más claras las cosas.
Cneo siguió escanciando vino hasta que entre ambos terminaron la jarra. Publio se quedó meditando sobre las palabras de su tío: un día estaría sin ellos, sin sus padres y sin Cneo. Nunca había pensado en ello. Era el transcurso inexorable de la vida. Ese día debería llegar alguna vez. En aquel momento, con el dulce sabor del vino en su paladar y el alcohol fluyendo por sus venas se sintió débil. No pensó que fuera capaz de seguir adelante sin la protección de sus padres y de Cneo. Se sentía flojo, con miedo, aturdido por la responsabilidad. Era un Escipión, le habían dicho desde pequeño. Tu padre te asió con orgullo el día de tu nacimiento. Frases que se agolpaban en su mente un poco embotada por el licor de Baco. Estaba claro que el vino no sería el camino para encontrar las fuerzas que necesitaría como futuro pater familias. Eran demasiadas cosas para un solo día. Sólo tomó una determinación, allí, compartiendo ya en silencio el último vaso de vino con su tío, en aquella vieja y sucia taberna junto al Tíber, después de haber saboreado el placer sensual de una mujer: se esforzaría al máximo en su adiestramiento militar con su tío, atendería a las lecciones de Tíndaro y escucharía los consejos de su padre sobre el Senado. Igual nunca tendría fuerzas para sacar adelante a la familia, pero por si los dioses se las concedían, mejor sería ir aprendiendo ahora todo lo posible. La voz de su tío acompañada del golpe fuerte que dio sobre la mesa al dejar su vaso vacío y gritar que quería otra jarra le sacó de la profundidad de sus pensamientos.
—¡Por Cástor y Pólux! ¡Ya era hora de que tío y sobrino compartiéramos una buena jarra de vino! ¡Hoy nos vamos a emborrachar!
Publio le miró como a través de una nebulosa. Por su parte él ya se consideraba borracho. No dudó, no obstante, en acercarse a la boca el nuevo vaso de vino que su tío le ofrecía.
Se emborracharon por completo. Al día siguiente, Publio, agonizando de dolor en su estancia, después de vomitar toda la noche, escuchaba los gritos de su madre aturdiendo la resacosa cabeza de su tío al que adivinaba cabizbajo en el centro del atrio, mirando al suelo y aguantando en silencio la lluvia de tenebrosas invectivas que le lanzaba su madre. Al final, como siempre, escuchó la voz serena de su padre imponiendo sosiego y orden. Con esa voz se quedó antes de quedarse dormido y soñar con una mañana fría, una fortaleza inexpugnable y una enorme laguna que la rodeaba.
Hispania, 220 a.C.
Un año después de haber sido proclamado general en jefe de los ejércitos cartagineses en la península ibérica y confirmado dicho nombramiento por Cartago, Aníbal vio llegado el momento de ejecutar su venganza contra aquellos que mataron a su padre. Además, en su mente primero y luego sobre planos y con raciocinio había conseguido encajar aquella próxima némesis como un complemento necesario para llevar adelante el gran plan diseñado por su padre: atacar Roma. Para ello todo indicaba que era en extremo necesario afianzar su dominio en Iberia. Si bien era cierto que los intereses estratégicos de Cartago se centraban en el control de las costas y la explotación de las minas del entorno de Sierra Morena y Baécula, ambas actividades podrían verse afectadas si los celtíberos lanzaban un ataque desde el interior. Había que derrotar a estos pueblos de forma tan absoluta que pasaran muchos años antes de que decidieran aproximarse hacia los territorios púnicos. De esa forma dispondría de la posibilidad de contar con parte del ejército de Iberia para su avance sobre Roma.
El verano anterior ya había realizado algunas pequeñas incursiones hacia el interior del país, sometiendo entre otros a los olcades, pero ahora Aníbal reunió todo su ejército en Qart Hadasht y desde allí partió hacia el corazón de la península. Su primer objetivo era el de la provocación. Para ello avanzó cruzando el Segura, el Guadiana y el Tajo, hasta alcanzar la población de Hermándica, Salmantica para los romanos, a la que sitió y sometió. Prosiguió su avance cruzando el propio río Duero hasta llegar a Arbucala. Con el asedio y toma de esta población y sus posteriores combates con los vacceos del norte, Aníbal consiguió lo que deseaba, quizá incluso más allá de sus expectativas, pues todos los pueblos del interior de la península se levantaron en armas contra él.
Aníbal inició el repliegue volviendo a cruzar el Duero pero saqueando las tierras del pueblo más poderoso de aquella zona: los carpetanos. Éstos no lo pensaron más y constituyeron un inmenso ejército al que se unieron numerosas fuerzas provenientes del resto de las tribus agraviadas por las incursiones de Aníbal: vacceos, olcades, vettones, oretani y los propios carpetanos, que lideraban aquella enorme fuerza de ataque que había agrupado a un total de cien mil guerreros.
Los cartagineses avanzaron sin oposición hasta llegar al río Tajo, en un valle muy próximo donde unos años antes Amílcar había sido sorprendido y abatido por los iberos. Allí cerca Aníbal divisó, acampado junto al río, al enorme ejército que se había congregado para darle caza. El cartaginés ordenó acampar al atardecer a unos tres kilómetros de distancia del ejército enemigo que los doblaba en número. Ambas fuerzas se habían establecido al mismo lado del río, en la margen derecha. Los soldados púnicos observaban las infinitas hogueras que los celtas e iberos encendían mostrando la amplitud de su campamento y se sintieron sobrecogidos. Sin embargo, se sabían conducidos por un feroz general y en él y en su inteligencia, que tantas victorias les había dado, depositaron sus esperanzas para salir victoriosos de aquel valle.
Los jefes celtas e iberos se reunieron complacidos: habían comprobado que sus fuerzas doblaban en número a las del general cartaginés. Al amanecer atacarían y aniquilarían al invasor. Decidieron también que se tenía que hacer lo posible por atrapar al general cartaginés con vida para así torturarle y que sirviera de escarmiento a aquellas fuerzas extranjeras para que nunca más volvieran a adentrarse en el interior. Incluso algunos empezaron a hacer planes sobre cómo reconquistar la costa. Se comió y se bebió en abundancia. Mañana sería un día de gloria y victoria para sus pueblos.
Aníbal dio órdenes de encender las hogueras del campamento y al tiempo mandó exploradores que buscaran un lugar donde cruzar el río, diferente al vado principal donde se habían establecido los iberos. Al cabo de unas horas regresaron varios exploradores confirmando que a un par de kilómetros había un lugar donde el río se estrechaba y, aunque con cierta profundidad, caballos, hombres y elefantes podrían cruzar. La operación, no obstante, resultaba complicada especialmente si se hacía por la noche. El vado del que hablaban los exploradores estaba en dirección oeste, alejándose del campamento ibero. Aníbal no lo dudó. Tenía claro que un enfrentamiento en campo abierto supondría la aniquilación de sus tropas o, en el mejor de los casos, una grave derrota. Él tenía otras ideas. No pensaba sufrir el destino de su padre ni dejar su muerte sin respuesta. Ordenó entonces levantar el campamento, pero no sin antes avivar las hogueras para que pareciese que permanecían allí. De esa forma, al abrigo de la oscuridad de la noche condujo el ejército hasta el vado que habían encontrado sus exploradores y comenzó la complicada operación de cruzar el río. Los caballos relinchaban y algún elefante bramó con fuerza, pero la distancia salvaguardaba a los cartagineses y los ruidos que llegaban al campamento ibero eran débiles, de modo que éstos no pensaron que nada extraño estuviera ocurriendo.
Al amanecer, los carpetanos y sus aliados se sorprendieron al ver que el campamento cartaginés no estaba donde lo habían visto la tarde anterior, sino que los púnicos se encontraban al otro lado del río, justo enfrente de ellos, apenas a unos cientos de metros de distancia. Los jefes iberos volvieron a reunirse pero todos concluyeron que aquel cambio no alteraba en nada lo sustancial, su enorme superioridad al doblar en número a los cartagineses, y decidieron dar orden de cruzar el río y lanzarse en tropel sobre los cartagineses.
Los iberos se lanzaron todos a una sobre el flujo de las aguas. El vado por el que se adentraron era poco profundo pero cubría hasta el vientre a los caballos y a muchos hombres hasta los hombros. No era una operación difícil pero había un problema: era imposible cruzar rápido. Aníbal dispuso durante la noche numerosos grupos de hombres apostados en su margen del río con todo tipo de armas arrojadizas. A medida que los iberos alcanzaban el centro del río, los púnicos lanzaban andanadas de dardos y jabalinas acabando con los guerreros que se adentraban para cruzar. Los iberos, no obstante, no se arredraron y siguieron mandando más soldados hacia el río. Tal era el número de unidades, que el río se llenó de hombres y caballos hasta el punto de que varios efectivos empezaron a alcanzar la margen dominada por los cartagineses. Allí, no obstante, los esperaban los elefantes que, siguiendo el plan de Aníbal, patrullaban toda la margen izquierda. Desde lo alto de las bestias, los cartagineses lanzaban más dardos al tiempo que los propios elefantes pisoteaban con sus enormes pezuñas a decenas de guerreros carpetanos que, empapados y exhaustos, heridos por flechas o jabalinas, llegaban a la orilla. El avance ibero se transformó en una larga y lenta masacre dirigida con metódica decisión por el general cartaginés. Al mediodía, ordenó que los soldados de primera línea se replegaran y que los elefantes retrocedieran hasta reconstituir su ejército en perfecta formación, mientras los iberos que habían conseguido cruzar el río hacían lo propio. Ahora ambos ejércitos estaban en la margen izquierda del río, nuevamente reunidos en un mismo lado, pero los carpetanos habían visto sus fuerzas reducidas prácticamente a la mitad, mientras que los cartagineses apenas habían sufrido bajas.
El río bajaba rojo de sangre llevándose consigo el júbilo de los jefes carpetanos y tiñendo de desesperanza el corazón de sus hombres. Antes de que pudieran recomponer sus filas, Aníbal dio la orden final. A partir de aquel momento todos los carpetanos se encontraron luchando por su supervivencia, intentando resistir el empuje de los cartagineses, envalentonados por el transcurso de los acontecimientos y embravecidos por su general, siempre de un lugar a otro de los combates recordando a sus hombres que ese día vengaban al mejor de sus generales, que Amílcar Barca estaba siendo recordado aquel día con cada víctima enemiga que caía en la batalla.
Algunos iberos reconocieron en el timbre de aquella voz el mismo tono que hacía unos años había lanzado un terrorífico alarido de dolor que ascendió por las laderas de las montañas y, aunque no entendían aquella lengua extraña, comprendieron con claridad lo que estaba ocurriendo. Se encomendaron a sus dioses y prometieron vender caras sus vidas en lo que ya preveían como un vano esfuerzo.
Al anochecer, mientras los iberos se retiraban diezmados, arrastrando heridos y dejando sus muertos flotando en el río o tendidos sobre el campo de batalla a merced de los buitres, Aníbal se recostó en su tienda y, pese a los muertos y la sangre y la guerra, durmió sintiendo una inmensa paz por primera vez desde la muerte de su padre.
La tienda estaba rodeada de guardias orgullosos de su general dispuestos a seguirle hasta el final del mundo.
Senado de Roma, 220 a.C.
El Senado estaba reunido al completo. La preocupación por los movimientos de los cartagineses en Hispania con su creciente dominio sobre aquel territorio había sido el detonante de la sesión y el elemento motivador de la gran afluencia de senadores. Emilio Paulo se levantó y fue quien inició el debate.
—Todos estamos informados de los acontecimientos en Hispania. Desde hace años los cartagineses han ido extendiendo sus dominios por la península. Pactamos con Asdrúbal y Cartago que el límite de sus dominios sería el Ebro, pero me parece difícil pensar que el nuevo general Aníbal tenga tan claros esos límites. Creo que es preciso enviar tropas y reforzar la frontera del Ebro ahora, antes de que sea tarde.
Muchos senadores asintieron con la cabeza. Publio Cornelio Escipión se levantó para apoyar a Emilio Paulo, con el que compartía planteamientos políticos y al que le unía una gran amistad.
—Estoy de acuerdo con Emilio Paulo. Algo hay que hacer; no podemos permanecer impasibles mientras este nuevo general va extendiendo su control por toda Hispania. Recientemente ha llegado a dominar amplias regiones del interior. ¡Ha sometido a los carpetanos y ahora acecha Sagunto!
Más asentimientos y un incipiente murmullo recorrieron la gran sala. Fabio Máximo escuchaba sin participar mientras otros senadores fueron dando opiniones similares. Estaba claro que el Senado quería actuar. Se preguntaba hasta qué punto los allí reunidos se daban cuenta de lo que estaban hablando. Él hacía tiempo que había decidido lo que se tenía que hacer, lo que más convenía al Estado y, por qué no decirlo, a sí mismo y a su familia. Los Emilio-Paulos y los Escipiones eran cada vez más fuertes, más respetados, más apreciados. Publio en particular estaba claro que pronto sería cónsul, entrando en la especial clase de la nobilitas, los que han sido cónsules alguna vez, los elegidos entre los elegidos. Estaba la plebe, los patricios, los tribunos y senadores y la nobilitas, cónsules y ex cónsules. Varios Escipiones ya lo habían sido y lo mismo en la familia de los Emilio-Paulos. Demasiado poder que había que contrarrestar. Encima ese amor estúpido y peligroso de los Escipiones por todo lo griego podía debilitar a Roma, una Roma que pronto entraría en una guerra larga y complicada. Fabio escuchaba y sabía que oponerse a las opiniones manifestadas no haría sino avivar el fuego de la guerra, pero de pronto todo encajó en su cabeza: la guerra era el camino. Sin duda alguna. La guerra era la ruta adecuada. Se levantó de su asiento y se quedó de pie hasta que se hizo silencio absoluto; sólo entonces empezó a hablar.
—Senadores, amigos, defensores todos de Roma. Sabéis que nunca he rehuido la confrontación cuando ésta ha sido necesaria, pero pensad bien en lo que estáis sugiriendo con vuestras palabras. Entrar con Cartago en una disputa sobre el dominio de Hispania es peligroso. Los saguntinos, es cierto, se han dirigido a nosotros pidiendo ayuda ante lo que consideran un peligro inminente, pero enviar tropas significaría la guerra contra Cartago y pensad bien las consecuencias: Cartago tiene un poderoso ejército que lleva más de quince años de combates en Hispania, mientras que nosotros, en estos años, hemos combatido contra piratas y hordas de galos en el norte. Una guerra contra Cartago no será igual de sencilla. —Fabio Máximo podía leer la contrariedad ante sus palabras en gran número de senadores; iba por buen camino—. Enviemos emisarios a parlamentar con Aníbal; veamos si es posible negociar primero. A tiempo de reclutar tropas siempre estamos. Ésa es mi opinión. —Y se sentó.
Su intervención encendió un intenso debate entre los partidarios de enviar tropas ya y los que deseaban apoyar la moción de Fabio Máximo. Este último permanecía en su asiento, como un espectador privilegiado, ajeno al torbellino de comentarios y nuevas opciones que se vertían desde los diferentes puntos de la sala. Paseando su mirada por los bancos de senadores se detuvo en el de Publio Cornelio Escipión, sentado junto a su hermano Cneo y el senador Emilio Paulo. Publio le estaba mirando fijamente. Fabio se preguntó si aquel Escipión sabría escudriñar en su mente, pero enseguida desestimó tal posibilidad. Ésa es una de las limitaciones de las personas nobles, incapaces de pensar que otros puedan actuar movidos por intereses distintos a los de la lealtad y la nobleza. Así lo decía Aristóteles; una de las pocas cosas interesantes que había encontrado en los autores griegos. Máximo tenía claro que no se trataba de defender Sagunto ni de evitar una guerra, sino de asegurarse de que la guerra tendría lugar. Si enviaban tropas a Sagunto era muy posible que Aníbal se retirase y que, encima, los Escipiones fuesen aún más admirados por el pueblo romano. Si enviaban emisarios, en realidad lo que se daba era más tiempo no a la paz, sino a la guerra. Se daba tiempo a Aníbal para que tomase la ciudad y, si esta ciudad caía, era seguro que el Senado declararía la guerra sin pensarlo más. Todo era cuestión de información. En Roma se pensaba que Aníbal acechaba, apoyado por los turdetanos, las tierras próximas a Sagunto. Fabio Máximo, sin embargo, sabía mucho más. Sabía que el asedio ya había empezado... y quería que el asedio triunfase. Sólo una guerra abierta y total contra Cartago podría ayudarle en sus objetivos: dominar el Mediterráneo y eliminar a los Escipiones y Emilio-Paulos del poder. Ahora la cuestión era mover las piezas del tablero con habilidad.
Sagunto, 219 a.C.
Aníbal había reunido un ejército de cien mil hombres. Tropas suficientes para emprender su gran plan, la estrategia diseñada por su padre, pero antes debía hacer estallar la guerra entre Cartago y Roma. Los turdetanos se lo habían puesto fácil al quejarse de las agresiones de los saguntinos. Avanzaron desde Qart Hadasht hasta Sagunto y después de arrasar sus campos y hacerse con el control de la zona entre la ciudad y la costa, para evitar que pudieran llegar refuerzos desde el mar, rodeó la fortaleza. Sagunto se levantaba sobre un gran promontorio a unos tres kilómetros del mar. Los saguntinos habían construido una muralla en torno a la ciudad que la hacía prácticamente inexpugnable, ya que en la mayoría de los puntos, allí donde terminaba la muralla, se abría un abismo de decenas de metros. La ciudad era una fortaleza infranqueable por el este, el lado del mar, por el sur y por el norte; sin embargo, la muralla del sector occidental se levantaba en la ladera más suave de aquella colina. En ese punto no había un desnivel pronunciado sino una paulatina pendiente por la que se podía ascender hasta la ciudad. Aníbal mandó a sus hombres que golpearan allí con todas sus fuerzas.
Los cartagineses, apoyados por gran número de mercenarios venidos de África e iberos que se les habían unido durante los años de dominación de la península, ascendieron con todo tipo de armas arrojadizas y picas para acceder a las murallas, pero encontraron una defensa impresionante. Los saguntinos, conscientes de que aquél era el extremo más endeble de su fortaleza natural, habían elevado los muros en aquella zona además de añadir varias torres, especialmente una altísima, desde las que empezaron a arrojar dardos y jabalinas. Los cartagineses, protegiéndose con sus escudos, fueron avanzando pese a la lluvia de proyectiles, pero al alcanzar la muralla los saguntinos lanzaron pez ardiendo, más flechas y rocas. El ejército púnico retrocedió.
Empezó entonces un largo asedio de desgaste. Aníbal ordenó que los ataques se intensificasen de forma especial cada atardecer, para aprovechar la luz cegadora del sol de poniente que deslumbraba a los defensores de la muralla occidental. Los cartagineses agruparon gran cantidad de catapultas con las que bombardear la ciudad, centrando sus objetivos en la muralla oeste. Los saguntinos respondieron de igual forma. Piedras enormes caían sobre los unos y los otros. La muralla estaba construida con rocas ligadas con arcilla de forma que allí donde recibía un proyectil cedía derrumbándose en pedazos. Los defensores se veían obligados a responder a su vez con más proyectiles al tiempo que se ocupaban en reconstruir las secciones del muro que se habían desmoronado. Incluso para proteger los trabajos de reconstrucción, los saguntinos organizaron una salida para alejar a las tropas cartaginesas. El combate fue encarnizado, librado apenas a doscientos pasos de las murallas. Los saguntinos fueron repelidos por el mayor número de cartagineses pero su arrojo permitió elevar de nuevo el muro y reorganizar las posiciones de defensa.
Aníbal dirigía el ataque sin descanso. Estaba dando órdenes para recuperar posiciones y reiniciar el bombardeo del muro con las catapultas cuando un soldado se le acercó.
—Mi general. En la costa... han llegado emisarios de Roma, son... —miró una tablilla en la que le habían anotado los nombres— Valerio Flaco y Quinto Baebio, senadores de Roma. Quieren hablar con vos.
Aníbal no se giró ni respondió. Seguía supervisando el nuevo emplazamiento de las catapultas. En su lugar, se dirigió al jefe de la caballería del ejército púnico, Maharbal.
—¿Cuándo llegan los escorpiones?
—Están a punto de llegar, mi general —dijo Maharbal—. Salieron de Qart Hadasht hace una semana y los traen a toda velocidad, pero son máquinas pesadas. Pronto llegarán.
—Bien. En cuanto lleguen los dispones detrás de las catapultas y que se redoble el lanzamiento de proyectiles sobre el muro occidental. Ese muro tiene que caer. Ése ha de ser tu objetivo día y noche, ¿me entiendes?
—Sí, mi general.
Aníbal por fin se volvió hacia el soldado que le había traído el mensaje de los emisarios romanos. Roma despertaba de su letargo. Era de esperar. Sin girarse dio su respuesta al soldado.
—No tengo tiempo para recibir a legados de Roma. Que se marchen. ¡Que no se atrevan a acercarse a la ciudad o no respondo de su seguridad! Ésa es mi respuesta... y no quiero más interrupciones, lo único que quiero saber es cuándo llegan los escorpiones.
El soldado asintió y desapareció del lugar del asedio con su nuevo mensaje. Valerio Flaco y Quinto Baebio se quedaron sorprendidos y se sintieron humillados ante tal respuesta. La quinquerreme romana que los traía volvió a recogerlos y emprendieron rumbo a Cartago, en el mismísimo corazón de África, para plantear sus quejas por el asedio de la ciudad y por el desprecio de Aníbal.
En lo alto de la colina, próximo al muro occidental Aníbal recibió la noticia de la llegada de los escorpiones, enormes máquinas que a modo de gigantescas hondas podían lanzar rocas hasta a quinientos pasos de distancia. Los cartagineses las emplazaron detrás de las catapultas, bien lejos del alcance de las armas arrojadizas de los defensores de la ciudad.
Desde el mar, Valerio Flaco y Quinto Baebio vieron cómo una lluvia de gigantescas piedras caía sobre Sagunto. Aquella fortaleza no podría resistir mucho tiempo. Ordenaron acelerar el ritmo de los remeros. Debían llegar a Cartago cuanto antes.
Los saguntinos asistieron aterrorizados a la lluvia de rocas que esta vez no sólo caía sobre el muro, sino que con la enorme potencia de las nuevas máquinas que había traído el enemigo, con frecuencia alcanzaba casas y edificios del centro mismo de la ciudad. El pánico se apoderaba de toda la población y el desánimo empezaba a reinar en sus corazones. No obstante, no estaba todo perdido. El muro occidental seguía resistiendo y los cartagineses no podían acercarse por otros lados por lo inaccesible y abrupto del terreno. Sacaron entonces su última arma de defensa: la falárica. Una especie de catapulta diseñada para lanzar a mil pasos no rocas, sino jabalinas con puntas de hierro y lanzas incandescentes. La llevaron al sector occidental y desde detrás de los muros empezaron a arrojar jabalinas, modificando el tiro en función de las instrucciones que los observadores de las torres iban haciendo a partir de donde había caído el proyectil anterior. Centraron sus objetivos en los soldados cartagineses que manipulaban las catapultas y los temibles escorpiones. Los observadores escudriñaban el horizonte para determinar bien la dirección en que debía orientarse la falárica. Al atardecer su labor se hacía casi imposible por la luz del sol de poniente; los ojos les lloraban, pero aun así seguían en sus puestos con determinación, aun a riesgo de quemar la retina de sus ojos.
Aníbal se movía entre las máquinas de guerra animando sin descanso a sus hombres. Maharbal hacía lo mismo. De pronto una jabalina cayó a escasos metros de distancia ensartando el cuerpo de uno de sus soldados que cayó muerto en el acto. Estaban retirando el cuerpo cuando otra jabalina se precipitó desde el cielo sobre el escudo de un mercenario hispano. No había sido herido, pero de pronto la lanza prendió y tuvo que arrojar el escudo quedando desprotegido. Cada segundo caía una nueva jabalina o una lanza en llamas en la zona donde estaban las máquinas de guerra dejando heridos y cadáveres junto a las catapultas. Los oficiales cartagineses no daban crédito a lo que ocurría. Estaban demasiado lejos para que ningún defensor pudiera alcanzarlos con un proyectil. Aníbal escudriñó los muros y observó el cielo.
—Salen de dentro. Está claro que tienen alguna máquina que les permite lanzar esos proyectiles hasta tan lejos —comentó—; pero no podemos ceder ahora. Si ellos nos bombardean con lanzas, nosotros debemos redoblar el lanzamiento de piedras sobre el muro con las catapultas, ya que no alcanzan más, y sobre la misma población con los escorpiones.
Maharbal distribuyó las órdenes entre los oficiales. Los cartagineses continuaron el ataque protegiéndose con escudos, resguardándose como podían de las jabalinas. Intermitentemente un silbido en el aire anunciaba la inminente caída de un nuevo dardo mortal.
En la ciudad se seguían recibiendo andanadas de rocas, pero el ánimo crecía al saber, por los observadores de las torres, que ya no eran los únicos que sufrían desde el cielo. Cada soldado cartaginés ensartado por una jabalina de la falárica era celebrado con gritos de júbilo en la ciudad.
Ajustaron de nuevo la posición de la máquina. Trajeron otra jabalina. Tensaron las cuerdas y el mecanismo, esperaron las instrucciones desde las torres de observación y recibieron la indicación. Soltaron el mecanismo, las cuerdas cedieron lanzando con enorme potencia una nueva jabalina al aire. Ésta navegó por el cielo, cruzando por encima de las murallas de la ciudad, surcando el espacio entre la población y el emplazamiento de las máquinas de guerra cartaginesas; llegó el momento en que perdió fuerza y empezó su descenso; gobernada por el peso del hierro de su afilada punta empezó a caer, suavemente primero y luego en un picado mortífero, descendiendo y adquiriendo cada vez mayor velocidad, apuntando con su filo sobre los soldados cartagineses que se movían entre las catapultas y los escorpiones, ocupados en traer rocas y retirar heridos. La jabalina al final adquirió tal velocidad que su picado comenzó a generar un estridente silbido que anunciaba la llegada a su objetivo marcado por el destino. Aníbal se movía animando a sus guerreros para que no cejasen en sus esfuerzos; tenían que debilitar la moral de los defensores y sabía que el continuado bombardeo, sin ceder al miedo de las jabalinas mortales, era lo que se debía conseguir aquella mañana. Súbitamente escuchó un silbido en el aire, miró al cielo, pero ya era demasiado tarde y cuando quiso apartarse de la trayectoria del proyectil que se le venía encima no tuvo tiempo. La jabalina se abrió camino en la piel de su muslo izquierdo, desgarrando tendones, músculos y venas, penetrando con potencia y rapidez hasta asomar por el otro extremo. Aníbal cayó de rodillas. Sintió un dolor indescriptible que le atenazó el cuerpo y lanzó un aullido apagado de sufrimiento incontenible. No quería gritar ante sus soldados. De forma que se levantó de nuevo y con la lanza atravesada en el muslo, ordenó que se continuase con el lanzamiento de rocas con todas las máquinas de guerra.
—Maharbal —dijo Aníbal, engullendo con cada palabra el dolor de la herida abierta—, hazte cargo del ataque. No paréis en todo el día. No paréis.
Maharbal asintió. Un reguero de sangre corría por la pierna de Aníbal. Varios soldados fueron a socorrerle, pero el general cartaginés los apartó. Y allí, delante de todos, asió con las dos manos la jabalina que le atravesaba y, lanzando esta vez sí un enorme grito de dolor, la arrancó de su pierna y la arrojó al suelo. Perdió entonces el sentido y los soldados, siguiendo las instrucciones de Maharbal, cogieron el cuerpo desvanecido de su general y lo llevaron a su tienda.
Mientras los cartagineses retiraban a su líder herido escucharon cómo desde la población asediada llegaba el unánime grito de victoria emitido por todos los habitantes de aquella ciudad.
Roma, 219 a.C.
Tito Macio, ajeno a los acontecimientos que absorbían a la gran metrópoli romana, estaba preocupado por cosas más mundanas, como, por ejemplo, encontrar algo que comer aquel día. Hacía meses que había perdido no ya el orgullo, sino la dignidad y se arrastraba por la ciudad mendigando. Aquel día se acercó a los alrededores del foro. Había una reunión en el Senado y gran ir y venir de padres conscriptos. Era la hora ya en la que debían terminar los debates. Se arrodilló en una de las calles que daban acceso al foro y allí postrado aguardaba que la generosidad de alguno de los prohombres de la ciudad le solucionase el agudo dolor de estómago que estaba padeciendo y la gran debilidad que sentía ante la carencia de alimentos. Era ésta, no obstante, una actividad no exenta de ciertos riesgos. Muchos de los senadores de la ciudad caminaban escoltados por guardias o esclavos y, con frecuencia, ambas cosas a la vez, que los protegían de la chusma, sus ruegos y sus peticiones. Si alguien deseaba algo de un senador, lo mejor era acudir a casa de éste bien vestido uno de los días que tuviera designado para recibir a clientes en su domus y, luego, una vez allí, esperar tu turno en una larga cola de peticionarios que esperaban en el vestíbulo. Era conveniente acudir provisto de una buena bolsa de dinero con la que apoyar tu solicitud.
Tito veía grupos de senadores que, sin detenerse siquiera a mirarle, pasaban de largo. Viendo que su posición de sometimiento al estar de rodillas no conducía a ningún sitio y agotado por el esfuerzo bajo el sol de aquella mañana, que cada vez calentaba con más vigor, decidió acurrucarse en una esquina próxima guarnecido en la sombra de las paredes circundantes. Por la calle apareció entonces una comitiva de fornidos guardias armados con espadas y pila, como si se tratara de legionarios, algo que muchos de aquéllos habían sido en un pasado no muy lejano. Los guardias iban despejando el camino para asegurarse de que su protegido, su amo y quien les pagaba bien, no fuera importunado por ningún molesto viandante o, como observaron en aquel instante, por algún mendigo furtivo y sucio.
Al llegar a la altura de Tito, dos de los guardias le pegaron un par de patadas en las costillas. Tito, sorprendido por la enorme agresividad, se acurrucó aún más si cabe en la esquina, mientras aullaba de dolor. Los guardias volvieron a pegarle más patadas.
—¡Fuera de aquí! ¡Fuera del camino del senador Quinto Fabio Máximo! ¡Fuera de aquí, perro!
Tito dio un respingo para salir de aquella esquina y, gateando como si realmente de un perro se tratase, se arrastró por una bocacalle para quedar fuera del camino donde su presencia resultaba tan molesta. Los guardias le dejaron en paz y se reincorporaron a la comitiva que había llegado ya adonde se encontraban. Tito, desde una distancia más segura, con las manos en su pecho, encogido por el sufrimiento de los golpes, observó la figura del senador Fabio Máximo ascendiendo por la calle de regreso hacia su villa en las afueras de la ciudad, rodeado de sus fieles servidores. Se le veía satisfecho, orgulloso de sí mismo: acababa de ser elegido miembro de la embajada que viajaría a Cartago para negociar sobre Sagunto. En su cabeza, el viejo senador ya ideaba el plan a seguir. Se sintió molesto porque su marcha se vio ligeramente detenida por la absurda e inoportuna aparición de algún miserable mendigo. Fabio sonrió para sus adentros. Pronto incluso estos mendigos serían de utilidad para el Estado. Haría falta mucha carnaza que ocupase la posición de infantería ligera en las legiones que pronto habrían de constituirse.
Sagunto, 219 a.C.
El asedio de Sagunto pareció estar detenido unas horas. Aníbal yacía inconsciente en su tienda. Los médicos aplicaban cataplasmas con manzanilla y arcilla en las heridas. Habían conseguido detener la hemorragia y le habían cosido la herida que la jabalina había abierto en la piel de su general. Las fiebres, sin embargo, atenazaban al cartaginés. Maharbal esperaba a su lado. No había respuesta de su líder, pero no lo dudó. Salió de la tienda y ordenó proseguir con el ataque: las catapultas y los escorpiones volvieron a arrojar enormes proyectiles sobre la ciudad y se lanzaron varios ataques de soldados con picas para volver, aunque infructuosamente, a acceder a los muros. Maharbal sabía que no se iba a conseguir mucho en esos ataques, pero su objetivo era mantener a los defensores de la ciudad ocupados e ir mermando sus fuerzas y su voluntad. Quería que comprendieran que ni siquiera las heridas de su general iban a hacer desistir a los cartagineses en su voluntad de rendir aquella fortaleza.
Pasaron semanas de ataques y bombardeo sin descanso. Una mañana Aníbal salió por su propio pie de la tienda y habló con Maharbal. Éste escuchó atento las instrucciones de su general. Aníbal regresó a su tienda y siguió recuperándose. Mientras, en el exterior, siguiendo las órdenes de Maharbal, centenares de cartagineses se afanaron en cortar árboles y empezar a construir un gran andamio de madera de varios pisos, pero con una peculiaridad: en la base habían incorporado una serie de gigantescas ruedas de madera reforzadas con hierro en sus bordes y en el centro.
Cuando Aníbal salió por fin restablecido de su herida, Maharbal le recibió con la más alta torre de asedio que los púnicos habían construido jamás: alcanzaba los treinta metros de altura y disponía de tres pisos con catapultas en cada uno. Desde las torres de la ciudad los saguntinos habían asistido impotentes a la construcción de aquel gigante de asedio. Temerosos ante lo que se les venía encima habían redoblado sus esfuerzos de reconstrucción de todas las partes dañadas de la muralla.
Una fría mañana de otoño, tras varios meses de asedio, Aníbal dio la orden final. La enorme y pesada torre, arrastrada por elefantes, empezó su tedioso y lento ascenso por la pendiente que daba acceso al sector occidental de la muralla.
Roma, 219 a.C.
Estaban reunidos Cneo y Publio Escipión, Pomponia y los dos hijos de la pareja, el joven Publio y Lucio en el jardín de su casa. Pomponia había ordenado que dispusieran cinco triclinium junto a la fuente ya que el tiempo era agradable y la brisa fresca invitaba a estar al aire libre.
—Este Fabio me desconcierta —dijo Publio.
—Pues a mí no especialmente —Cneo parecía ver las cosas con más claridad—. Se opone a la guerra y ya está. Está haciendo todo lo posible por dilatar nuestro enfrentamiento con Cartago, algo que es inevitable.
—Exacto —dijo Publio—, eso es lo que hace, dilatar, retrasar nuestra intervención para ayudar a Sagunto, pero eso sólo va a conducir a la caída de la ciudad. La gente no querrá entonces que dejemos pasar esa afrenta, una ciudad amiga de Roma arrasada por los cartagineses. Será la guerra general, en lugar de haber acudido a socorrer a una ciudad concreta en un momento concreto. Y ese enorme interés suyo por formar parte de la delegación que hemos enviado a Cartago para negociar la paz o declarar la guerra...
—Es uno de los senadores más influyentes y ha sido dos veces cónsul, es razonable que la gente confíe en él una misión tan delicada —respondió Cneo.
—¿Quién va a ir a Cartago? —preguntó Pomponia.
—Pues... —Publio hizo memoria—, Fabio Máximo y... Marco Livio, Emilio Paulo, Cayo Licinio y Quinto Baebio... Sí, esos cinco van para allá. Pero Fabio es el que lleva la voz cantante. Ya se asegurará de controlar la embajada.
Un esclavo llegó con una mesa y otro dispuso fruta y trozos de cerdo asado sobre la misma.
—Y... —se aventuró a preguntar el joven Publio—, ¿es tan peligroso entrar en guerra contra Cartago? Ya los derrotamos hace años. ¿Por qué ha de ser distinto ahora?
—Los hay que temen —empezó Cneo— que los cartagineses se hayan recuperado en estos años y que hayan constituido un poderoso ejército forjado en la lucha en Hispania. Pocos lo reconocen, pero ése es el temor que hay, ¿me equivoco, hermano?
Publio padre asintió. En su mente la duda pesaba mucho: ¿adónde conduciría una guerra con Cartago?
—Creo —empezó entonces Publio padre— que la guerra ya está declarada.
To dos le miraron. Se explicó.
—Por mucho que Fabio Máximo se llene la boca con la paz, llevaba la guerra escrita en sus ojos, pero no una guerra por salvar Sagunto, una guerra más allá de aquella ciudad, una guerra cuyo fin no alcanzo a divisar y... y eso me preocupa.
Se hizo el silencio. El joven Publio y Lucio se estiraron para coger sendas piezas de fruta, dos ciruelas.
—Si sigues así vas a asustar a tus hijos —comentó Pomponia.
—Bueno —dijo Cneo—, sea como sea no parecen haber perdido el apetito.
El joven Publio y su hermano Lucio se habían metido la ciruela entera en la boca y ambos se esforzaban por ver quién se la comía antes.
—Ya veo —comentó su padre, y mirándolos se dirigió a su hermano—. Creo Cneo, que es hora de que estos dos dupliquen sus esfuerzos de adiestramiento. A partir de ahora los puedes entrenar en el combate mañana y tarde.
Los dos jóvenes se atragantaron y se tragaron las dos ciruelas, incluidos los huesos. Cneo sonrió satisfecho y Pomponia, para su sorpresa y su satisfacción, no planteó ninguna queja. Tanto ella como su marido empezaban a divisar un futuro no demasiado lejano donde quizá lo más valioso que pudieran poseer sus hijos fueran las enseñanzas de Cneo en el combate. A su padre, no obstante, le quedaba la duda de si las lecciones de griego, literatura y estrategia del pedagogo que había educado a sus hijos servirían también para algo. Educar a un hijo, pensó, era lo más difícil a lo que nunca jamás se había enfrentado. Puede que uno no arriesgara la vida en el proceso de enseñar a un hijo, como ocurría en el campo de batalla, pero sin duda era donde más horas de sueño se le habían escapado. En aquel momento el senador no supo anticipar hasta qué punto su propia vida dependía ya de la de su propio primogénito.
Sagunto, 219 a.C.
Desde la torre móvil las catapultas se pusieron en marcha a un tiempo. Las andanadas de rocas proyectadas a gran velocidad impactaron sobre la muralla destrozándolo todo a su paso. Las cargaron de nuevo. Los saguntinos se afanaron con rapidez en traer piedras y arcilla con las que reparar, en lo posible, algunos de los destrozos. La torre siguió avanzando. Una segunda andanada de las catapultas barrió a los defensores que se habían reincorporado a la muralla. Los saguntinos abandonaron las tareas de defensa y se lanzaron a las de ataque: cargaron la falárica y empezaron su lanzamiento intermitente de jabalinas apuntando a los hombres de la torre móvil. Una nueva andanada de las catapultas se concentró en la elevada torre de observación de los saguntinos. Las paredes de la misma se agrietaron por el impacto de varias rocas a la vez. Los saguntinos oyeron entonces un ensordecedor crujido y ante sus ojos su torre fortificada se desmoronó ahogando en el fragor del derrumbamiento los gritos de los soldados de su interior. La torre móvil siguió avanzando. Los lanzadores de la falárica tuvieron que disparar sin disponer ya de la información que les daban desde la torre de la muralla. Nuevas andanadas consecutivas desde la torre de asedio acabaron con la ya debilitada estructura del muro occidental que se vino abajo con enorme estrépito. Aníbal ordenó entonces que sus soldados entrasen en la ciudad.
Los saguntinos, aun así, presentaron una inusitada resistencia. Luchaban más allá de toda esperanza. No era un combate por sobrevivir, sino tan sólo por retrasar la llegada de su muerte. El fin estaba cerca y cada defensor buscaba la forma más digna de morir. Algunos de los nobles de la ciudad levantaron con ayuda de sus sirvientes una gran pira en el centro de la plaza principal a la que prendieron fuego y a ella arrojaron gran parte de su oro y plata y otros objetos de valor. Finalmente, en un arranque de absoluta desesperación, muchos de ellos se lanzaron al fuego mismo para ser devorados por las llamas antes que caer bajo las espadas de los cartagineses que entraban en la ciudad. Sin embargo, en aquel momento, la entrada de los cartagineses fue detenida por la tenacidad de los defensores que, seguros ya de su muerte, no dudaban en hacer padecer a los atacantes el mayor sufrimiento posible antes de rendir su ciudad. Así, después de unas horas de incansable lucha entre las ruinas de la muralla, los cartagineses consiguieron penetrar hasta un altozano del sector oeste en el que se hicieron fuertes, pero los saguntinos a su vez levantaron barricadas en una muralla interior en la que se apostaron dispuestos a librar la lucha cuerpo a cuerpo hasta el final.
Aníbal ascendía por la colina examinando con orgullo la enormidad de la torre móvil que, finalmente, les había abierto el paso a la victoria. Fue en ese momento cuando decidió dar la estocada final a aquel asedio, un poco cansado ya por el largo esfuerzo de aquella lucha que aún se preveía larga por la resistencia sin fin de los defensores. El general cartaginés escaló sobre un montículo de escombros de la muralla y desde allí, a voz en grito, hizo saber a todos sus soldados que el botín que se consiguiese en el saqueo de la fortaleza sería para el ejército victorioso.
No tuvo que hacer más. Al bajar de aquel montículo el destino final de Sagunto había quedado sentenciado. Aníbal observó en el rostro de sus hombres cómo la codicia era capaz de renovar las fuerzas de la tropa más allá del cansancio o del miedo. La caída de Sagunto era cuestión de horas. En ese momento un emisario que llegó al galope se hizo escuchar por encima del fragor de la lucha.
—¡Mi general, mi general! ¡Tenemos un problema con los carpetanos!
—¡Bien, soldado, desmonta! —y bajando la voz—, y si es posible entrégame el mensaje a mí, no hace falta que lo pregones a los cuatro vientos.
—Perdón, mi general.
Los carpetanos se habían levantado oponiéndose a la política que los cartagineses habían llevado en los últimos meses para reclutar entre aquellos iberos infinidad de guerreros que incorporar a las filas del ejército púnico. Aquél era uno de los precios que Aníbal había obligado tras imponerse a aquel pueblo en la batalla del Tajo.
Curioso, pensó Aníbal. Había concluido que después de la atroz derrota que los carpetanos habían sufrido en el Tajo no tendrían ya ganas de levantarse en armas contra él. Aquello no podía dejarlo pasar. Se dirigió a Maharbal.
—Mantén las posiciones. Si puedes tomar la ciudad bien, y si no limítate a mantener las posiciones. Volveré en unos días. Me llevo parte de nuestras tropas africanas. Voy a terminar con este asunto de los carpetanos de una vez para siempre.
Con determinación Aníbal fue descendiendo lentamente sin aún haber pisado la ciudad de Sagunto.
No se habían adentrado apenas en el territorio de los carpetanos cuando una comitiva de aquel pueblo ibero salió a recibir a Aníbal. Éste avanzaba con veinte mil soldados africanos dispuesto a terminar con aquel amago de rebelión. La comitiva llegó junto a Aníbal.
—¡Que los dioses te guarden, Aníbal!
El cartaginés no respondió enseguida. El silencio se hizo pesado en el rostro de los iberos que veían atemorizados la determinación en la faz del cartaginés y aquella determinación subrayada por el gran ejército que lo acompañaba.
—Creo —empezó uno de los iberos— que ha habido un malentendido.
—¿Un malentendido? —inquirió Aníbal.
—Bien —el carpetano tragó saliva—, quiero decir, que sólo teníamos algunas diferencias que plantear sobre las nuevas levas de guerreros que ordenasteis... en fin, no hace falta venir con un ejército para... hablar de esto... en fin... creo...
Aníbal tenía prisa.
—He interrumpido un asedio de varios meses por este malentendido. Mis órdenes son específicas: quiero los soldados que necesito y no admito discusión. Si no los rehenes que tenemos en Qart Hadasht morirán al amanecer y mi ejército se ocupará de que no tengáis muchos días para llorarlos ya que estaréis más ocupados en implorar por vuestra propia vida. No sé si me explico con suficiente claridad.
Los iberos no habían esperado una reacción tan radical por parte de Aníbal, pero comprendieron con precisión que no había mucho margen para la negociación.
—Sí, entendemos. Las levas se llevarán a cabo como deseáis.
—Bien —dijo Aníbal y, antes de dar por concluido el encuentro, añadió un mensaje final—, y sólo una cosa más: hoy acepto que ha habido un malentendido; pero ya no consideraré nunca más esa posibilidad. La próxima vez asumiré que he dado una orden y os negáis a cumplirla.
Aníbal dio media vuelta y con él su ejército africano fue replegándose en dirección a Sagunto.
Los carpetanos se quedaron quietos, rodeados por la polvareda que los caballos cartagineses levantaban, rumiando con tristeza su imposibilidad de oponerse a las órdenes recibidas.
Aníbal ascendió por la ladera occidental que conducía a las murallas de Sagunto. La ciudad estaba en llamas. Se oían gritos de sus habitantes, corriendo despavoridos para zafarse de los cartagineses que habían tomado la ciudad. Una vez en la acrópolis ibérica, Aníbal identificó enseguida el olor de la carne quemada. Centenares de saguntinos se habían inmolado antes que rendirse. El resto huía o seguía luchando. Ocho meses de asedio. Ocho meses de resistencia más allá de toda esperanza. Si al final del primer o segundo mes le hubieran propuesto algún tipo de pacto, él lo habría aceptado. Ocho meses. Aníbal nunca había visto tanta decisión en mantener un acuerdo. Los saguntinos podrían haberse pasado al bando cartaginés y se podría haber negociado un acuerdo razonable para ambas partes. Al cabo de cuatro meses aquel asedio ya era algo personal para él. Una cuestión de puro amor propio. Tenía que enviar la señal clara e inconfundible al resto de los pueblos de Iberia sobre quién era la nueva potencia dominante en todo aquel vasto territorio, aunque para ello tuviera que destruir la cultura y la ciudad más merecedoras de su admiración. Los carpetanos, los vacceos, los edetanos y tantos otros pueblos con los que había llegado a diferentes acuerdos y que ahora poblaban su ejército con multitud de mercenarios, eran gente inconstante y de cambiante lealtad. Sin embargo, los saguntinos se habían mostrado incorruptibles, inflexibles, intrépidos. Por eso los admiraba más que a ningún otro pueblo de Iberia. Por eso tuvo que destruirlos por completo. No se sentía orgulloso. El olor, los gritos, las heridas de su cuerpo aún no bien cicatrizadas le hicieron sentirse mal. Aníbal se detuvo y se sentó sobre unas piedras que antes habían constituido parte de la muralla occidental de Sagunto. Se había mareado. Se dobló y vomitó. Sus hombres mantuvieron una distancia prudente ya que el general no pedía ayuda. Sabían que aún estaba débil por las heridas que arrastraba, pero nadie se acercaría a no ser que él lo solicitase. Aníbal se incorporó y sus hombres se relajaron. Era asco lo que sentía, pero ya no había vuelta atrás. Todo estaba ya en marcha. Sólo desde el horror conseguiría poner en movimiento las fuerzas necesarias para cambiar el curso de la historia.
Roma, 219 a.C.
Los trabajos de adiestramiento militar se habían intensificado notablemente desde que el padre de Publio y Lucio diera mano libre a su tío Cneo para que los instruyera tanto por la mañana como por las tardes. Cneo estableció un horario muy exigente. Los jóvenes, de dieciséis y catorce años de edad, se tenían que levantar al alba, desayunar fuerte y salir con Cneo, que los esperaba en el atrio de su casa, para el campo de entrenamiento. Por la mañana corrían, hacían ejercicios y practicaban con las armas de lucha cuerpo a cuerpo: la espada y las lanzas largas de los triari. También combatían contra su tío, que siempre empezaba atacando, luego aflojaba para permitirles a ellos que le atacaran y terminaba siempre reanudando su ataque con poderosos y rápidos golpes de espada que empujaban a sus sobrinos a retroceder y, en muchos casos, a caer. Por las tardes, Cneo se centraba en desarrollar la destreza de los muchachos sobre un caballo: cabalgaban al paso, luego al trote y por fin, esto es, sin duda, lo que más disfrutaban los jóvenes, al galope. La tarde terminaba con luchas a caballo. Cneo les pedía que intentasen derribarle en una maniobra de ataque cabalgando al trote. Para estas prácticas finales su tío había decidido recuperar las espadas de madera, ya que sobre el caballo sus sobrinos no tenían el mismo control que pie a tierra.
Aquella tarde empezó Lucio el avance sobre su tío. Espoleó al caballo con sus talones y éste arrancó con fuerza. Cneo le salió al paso y, en lugar de lanzar un golpe para protegerse con el escudo, se limitó a tirar de la rienda del caballo en el último momento desviándose de la trayectoria que su sobrino pequeño tenía diseñada para su golpe. El joven perdió el equilibrio al no encontrar la oposición esperada en la que había volcado toda su fuerza y cayó al suelo, al tiempo que veía cómo su montura se alejaba a galope tendido. Su tío se acercó con rapidez.
—¿Estás bien?
Lucio se había sentado sobre la hierba que cubría el prado en el que practicaban. Le dolía el trasero y un poco la cabeza, pero estaba bien. Asintió con la cabeza.
—Bien —dijo Cneo—, pues ve a por tu caballo y ve veloz porque me parece que tienes una buena caminata.
En la distancia, a unos quinientos o seiscientos pasos, se veía al caballo de Lucio que por fin se había detenido para pastar con sosiego ajeno a los sufrimientos de su jinete caído. El joven se levantó y se puso en camino dispuesto a recuperar su montura. Caminaba despacio masajeándose con una mano el final de la espalda y con la otra palpándose la frente. No sintió sangre. Respiró más tranquilo.
—Bueno —comentó Cneo dirigiéndose a su sobrino mayor—, ahora te toca a ti. Cuando quieras.
Publio escuchó la instrucción, pero no se movió de su sitio.
—He dicho que cuando quieras, Publio —insistió su tío—. ¡Vamos, adelante!
Sin embargo, Publio permaneció sobre su caballo, quieto, sin mover un ápice su cuerpo.
—¿Tienes miedo? —su tío le preguntaba nervioso—. Si tienes miedo, tienes que superarlo. Ya has visto que a tu hermano no le ha pasado nada, pero tienes que intentarlo, tienes que intentar derribarme.
Publio calló unos segundos, pero al fin respondió con fuerza.
—No, no tengo miedo, pero no voy a atacar. Ataca tú cuando quieras.
Cneo se quedó sorprendido por el desparpajo de su sobrino, aunque se alegró de que aquella reacción no pareciera tener relación con el miedo. Algo tramaba Publio. Estaban los dos sobre sus caballos, enfrentados, a una distancia de unos cincuenta pasos. Había espacio suficiente para una arrancada rápida de un caballo que, bien dirigido por un jinete diestro, pudiera conducirle a derribar con un fuerte golpe a su rival.
—Ésa es una respuesta bastante impertinente —se mofó su tío—, puede que ese tono te valga con las mejores fulanas de la ciudad, gracias en gran medida a la generosidad de mi bolsillo, pero no confundas mi aprecio por ti con complacencia. Si no acatas mi orden y me atacas, no tendré condescendencia contigo, sobrino, y te advierto que te arrepentirás durante largo tiempo. —Pero Publio permanecía inmóvil—. Te lo advierto por última vez, y me da igual si luego tu madre no me habla el resto de su vida. Si no atacas, voy a ir a por ti y te voy a romper algún hueso.
—Muchas palabras, tío. Aquí te espero.
Lucio llegó en ese momento de vuelta sobre su caballo para ser testigo de cómo su tío Cneo se ponía rojo por el creciente enfado ante la osadía de su sobrino mayor. Escupió entonces en el suelo, espoleó a su caballo y con violencia levantó la espada de madera y se lanzó sobre el joven Publio. Lucio, que observaba la escena atónito pues no daba crédito a la actitud de su hermano mayor, sacudía la cabeza. No un hueso, sino todos eran los que Cneo le iba a romper a su hermano mayor, pero ya era tarde para intervenir.
Cneo avanzaba con su caballo hasta estar a treinta, veinte, diez pasos de su sobrino cuando éste espoleó a su montura al tiempo que con las riendas dirigía al caballo hacia un lado. Su enorme tío pasó como una centella y el gran volumen de su cuerpo acompañado del caballo generaron una ráfaga de aire. La espada de madera pasó apenas a unos centímetros del rostro de Publio, pero no llegó a tocarle. Cneo entonces quedó ligeramente desequilibrado pero su gran experiencia en el combate le hizo restablecerse sobre la montura con rapidez al tiempo que tiraba de las riendas para detener el brío de su caballo y poder así iniciar el giro para arremeter de nuevo contra su sobrino, pero ocupado en detener a su propio caballo y confiado en su destreza y superioridad en la lucha, no prestó mayor atención a los ágiles movimientos que Publio estaba ejecutando: el joven, nada más pasar su tío a su lado, hizo que su caballo girase sobre sí mismo y le siguiera de forma que mientras Cneo tiraba de las riendas de su montura no vio cómo por su espalda su sobrino se acercó y, dejando por un instante las riendas de su caballo sueltas, asió la espada con las dos manos y con todas las fuerzas que pudo reunir concentró un poderoso golpe sobre el hombro de su tío que aún permanecía de espaldas sin ver lo que se le venía encima. El impacto fue seco, fuerte y rotundo. Cneo sintió como si le embistieran por su lado izquierdo, como si un toro le acabara de dar alcance y entre desprevenido, sorprendido y que aún pugnaba por reinstaurar su equilibrio sobre la montura después de su primer golpe fallido, en lugar de encontrar el centro de la montura, se vino a un lado, al tiempo que el caballo de su sobrino, falto de dirección al venir suelto sin nadie que gobernase las riendas, chocó con el de su tío de modo que éste también se espantó por el encuentro inesperado, relinchó y se irguió alzando sus patas delanteras, y lo que ni el golpe fallido de Cneo ni el certero impacto por sorpresa de su sobrino habían conseguido, lo logró la propia bestia: Cneo, todavía dolido por el golpe y sin el equilibrio recuperado vio cómo su caballo le echaba hacia atrás con toda su enorme potencia de forma que en un segundo se vio cayendo sobre el suelo, derribado, abatido. El caballo de Cneo, pese a todo bien adiestrado, en lugar de alejarse, se detuvo apenas a unos pasos de su jinete, mientras que Publio refrenó el suyo a unos veinte pasos de su tío. Cneo se levantó del suelo, se sacudió la hierba que se le había pegado a la piel sudorosa y empezó a meditar su reacción. Si su sobrino le hubiera acometido con una espada de verdad, su herida habría sido mortal de necesidad. Aquel jovenzuelo le había dado una lección de humildad.
—¡Bueno —empezó—, me has derribado! ¡Ya tenía yo ganas de que alguno de los dos me derrotase en algún lance! ¡Creo, sobrino, que estás listo para el combate! Y tú, Lucio, no dudes en que pronto lo estarás, pronto lo estarás. Bien, ahora recojamos todo y nos volvemos para casa. ¡Ah, y una cosa, esto que quede entre nosotros! Yo no le he contado a vuestro padre las infinitas veces que os he derribado así que no es necesario que ahora vayáis corriendo a contarle el episodio de esta tarde, ¿está claro?
Los dos jóvenes hermanos se miraron, sonrieron y asintieron.
Llegaron a casa y Publio y Lucio desaparecieron en busca de la cocina; no podían esperar a que su madre diera todas las instrucciones necesarias para organizar la cena. Dejaron a su tío a solas en el atrio de la casa, aunque enseguida salió su hermano Publio a recibirle.
—¿Sabes lo que ha ocurrido esta tarde? —fue la pregunta con la que Cneo abrió la conversación.
Publio negó lentamente con la cabeza; temía algo malo, pero al entrar había alcanzado a ver la fugaz sombra de sus hijos corriendo resueltamente hacia la cocina y parecían enteros. Su rostro delataba confusión.
—Tu hijo mayor me ha derribado del caballo.
Publio Cornelio permaneció de pie, en silencio, contemplando los dos metros de hermano que tenía ante sí. Cneo amplió su comentario.
—Primero evitó mi golpe con agilidad y mientras yo recuperaba el equilibrio en el caballo me sorprendió por detrás con un golpe certero y fuerte, muy fuerte. No me pude mantener en el caballo y caí, bueno, tu hijo me derribó.
Publio Cornelio Escipión no daba crédito a sus oídos. Pomponia había entrado también en el atrio y escuchó las últimas palabras de su cuñado con la boca abierta.
—Cneo, esto te lo estás inventando para que me sienta orgulloso de mi hijo o estás de broma. Si es broma, no tiene gracia.
—No, la formación de tu hijo nunca me la he tomado a broma. Tu hijo me derribó.
—Comprendo —Publio empezaba a asimilar la información.
—Es rápido, es fuerte y piensa por sí mismo. Está preparado. Si fuera a entrar en el campo de batalla, no me importaría entrar en combate junto a él. Sé que el flanco por el que Publio cabalgase no debería preocuparme, pero —cambiando con rapidez de tema y llevándose una mano al estómago—, ahora lo que me gustaría saber es si esos dos devoradores nos van a dejar algo para cenar.
Pomponia salió del atrio sin decir nada; al igual que su marido, iba asimilando la información; fue a la cocina a poner orden en su casa. Los dos hermanos se quedaron solos. Publio aprovechó el momento de intimidad para una última pregunta.
—Y..., ¿y sabe mi hijo que es la única persona que te ha derribado y que permanece viva para contarlo?
Cneo sonrió.
—Bueno —dijo—, es sangre de mi sangre. Te parecerá tonto, pero me siento un poco como si yo mismo me hubiese derribado —y concluyó—, será un gran soldado. Sólo espero poder vivir lo suficiente para verlo.
Cartago, 219 a.C.
Quinto Fabio Máximo, cónsul de Roma en el 233 y 228, esperaba en el vestíbulo del Senado de Cartago. Le acompañaban Marco Livio Salinator y Lucio Emilio Paulo, los cónsules de aquel año. A Fabio le habría gustado deshacerse de la incómoda compañía de Emilio Paulo, el pater familias de aquella molesta poderosa familia romana, pero en su actual condición de cónsul era del todo imposible negarse a su inclusión en la comitiva de emisarios a Cartago. Cerraban el grupo de enviados los senadores Cayo Licinio Varo, cónsul del 236, y Quinto Bebio Tánfilo, que aunque no había sido cónsul, había formado parte de otras embajadas a Cartago.
Durante el viaje en barco rumbo a África, Quinto Fabio Máximo ya dejó claro que él, en calidad de dos veces cónsul y senador de mayor edad, era quien debía actuar como portavoz. Emilio Paulo le miró fijamente durante unos segundos mientras el resto permanecía en silencio. Estaban en la cubierta de una quinquerreme con un poderoso viento del norte que los empujaba hacia su destino. Emilio Paulo al fin, sin abrir la boca, se limitó a asentir con la cabeza. Fabio Máximo ya se había esforzado en desprestigiar su gestión con duras críticas a las cuentas del Estado durante aquel mandato consular, insinuando que era la familia Emilio-Paula la beneficiaria. Eran invenciones sin demostrar, pero el prestigio de Emilio Paulo estaba en cuestión, de forma que éste sabía que no contaría con los apoyos del resto de los senadores para oponerse a la portavocía de Fabio Máximo, que, hábilmente, como siempre, había sabido defenderla sobre dos datos objetivos: edad y mayor número de consulados.
Emilio Paulo se alejó del resto del grupo y dejó que el aire fresco del mar despejase sus pensamientos. Sus intentos, no obstante, fueron en vano: una sensación de pesar le invadía el alma. Presentía que aquel viaje era el último que haría ya lejos de Roma. No sabía bien por qué, pero de algún modo su destino se estaba fraguando en aquella embajada y no intuía que fuera positivo para su familia. Pensó sobre todo en su joven hija Emilia, apenas una niña que había pasado a mujer a sus catorce años. Su dulce beso en la mejilla al despedirse, la sonrisa al desearle buen viaje y aquella tibia lágrima deslizándose por su rostro mientras le despedía desde la distancia. Tras la muerte de su madre, Emilia era la luz que iluminaba la vida del viejo senador. La familia la protegería si le pasaba algo, pero quién podría defenderla de los ataques de Fabio Máximo. Si él desaparecía, toda la familia corría peligro. Sólo los dioses sabían hasta dónde deseaba llegar Fabio Máximo en su interés por la limpieza del Estado, como lo llamaba él: eliminar a todo lo no romano y, con ello, a todos los romanos que se interesaban por culturas de otros países, especialmente la griega.
El viento dejó de soplar de golpe. Emilio Paulo se giró hacia el norte. El barco fue frenando su marcha. Los oficiales daban orden para que los remeros suplieran con un esfuerzo adicional la falta de viento.
Los soldados cartagineses que escoltaban a la comitiva de embajadores romanos se detuvieron frente a la gran puerta de bronce que daba acceso al Senado de Cartago. Los senadores romanos aguardaron con calma primero, pero a medida que pasaban los minutos y no había señal alguna de que la inmensa puerta fuera a abrirse, empezaron a sentirse incómodos.
—¡Esto es inaceptable! —comentó en voz alta Fabio Máximo. Quinto Bebio, que ya había participado en anteriores embajadas, pensó en recordar al viejo senador que ya les había comentado que era frecuente que se hiciera esperar a las embajadas de Roma, quizá para humillar o quizá para demostrar que no tenían ningún miedo a los enviados ni a sus mensajes, pero se lo pensó dos veces y prefirió mantenerse en silencio.
Emilio Paulo veía en la actitud de Fabio Máximo el inicio de la confirmación de sus peores presentimientos, pero no podía hacer nada sino tomar buena nota de lo que allí ocurriese y luego reunirse con su familia y los Escipiones para decidir qué hacer a partir de aquel momento.
Las enormes puertas de bronce al fin se abrieron, y los embajadores romanos siguieron a los soldados que los escoltaron hasta el centro de un gran semicírculo rodeado de gradas de mármol repletas de senadores cartagineses. La gran sala, culminada por una amplia bóveda, si bien no tan grande como la de Roma, resultaba impactante para los enviados romanos, habida cuenta de que los rostros de los que los rodeaban eran abiertamente agresivos, enfurecidos contra los embajadores aun antes de que éstos hubieran empezado a hablar. Emilio Paulo entendió en aquel instante que aquél era un lugar para ejercer la máxima diplomacia si se quería conseguir algún tipo de acuerdo. Miró a Fabio Máximo, que se había situado justo en el centro del semicírculo, ligeramente adelantado a los demás enviados romanos, encarando a los dos sufetes de Cartago, la autoridad máxima de la ciudad con rango equivalente al de un cónsul de Roma. La faz de Fabio Máximo no destilaba precisamente un anuncio de negociación o flexibilidad, sino que ante la orgullosa mirada de los senadores cartagineses, el dos veces ex cónsul respondía con un porte que sus adeptos en Roma definirían como digno, y que para Emilio Paulo resultaba demasiado próximo a la arrogancia para el lugar en el que se encontraban.
—Hasta aquí hemos llegado —empezó Fabio Máximo en latín, sin esperar a que alguno de los sufetes le concediera la palabra como era preceptivo al ser miembro de una embajada extranjera en aquel país—, para que se nos den explicaciones sobre las actuaciones de Aníbal Barcal, general a vuestras órdenes, en la ciudad de Sagunto en Hispania, ciudad aliada de Roma y bajo nuestra protección.
Los sufetes, al igual que una gran mayoría de los senadores de Cartago, entendían el suficiente latín como para comprender la sustancia de lo dicho por Fabio Máximo, pero esperaron a que el joven intérprete que tenían sentado a sus espaldas terminase de traducir con la mayor fidelidad y precisión posible los términos del embajador romano.
—La pregunta es —continuó Fabio Máximo mirando a las gradas de senadores cartagineses— si Aníbal Barca actúa bajo vuestras órdenes expresas o si actúa por cuenta propia; sólo en este último caso Roma podría entrar en algún tipo de negociación que nos reportase la suficiente compensación como para dejar...
Le interrumpió el sufete de mayor edad, un hombre delgado, de unos sesenta años, de labios finos, con pelo cano y barba blanca que se levantó al tiempo que interrumpía a Fabio Máximo.
—Creo —dijo— que tratas de asuntos que no competen a un embajador extranjero. Si un general a nuestro mando actúa siguiendo nuestras órdenes o su propio criterio es algo que sólo nos interesa debatir a nosotros y en función de lo que decidamos aquí, entre nosotros, se actuará. No voy a discutir con un extranjero sobre si un general cartaginés cumple o deja de cumplir el mandato de este Senado. La cuestión es, ya que mencionáis Sagunto y parece que por esa ciudad os encontráis aquí, la cuestión es que tenemos un tratado firmado con Roma donde claramente se establece el río Ebro como frontera natural entre nuestros dominios y los vuestros, y que Sagunto se encuentra en nuestra región. Esa ciudad se sublevó contra nuestro poder y nuestro ejército ha respondido en consecuencia. Lo que les ha sobrevenido a los saguntinos ellos mismos lo han provocado al desatar nuestra ira.
Fabio Máximo no estaba acostumbrado a ser interrumpido. En el Senado de Roma nadie osaba hablar mientras él tenía la palabra en los últimos veinte años, de modo que la abrupta interrupción del sufete le había cogido por sorpresa. Tragó saliva para contener su ira mientras escuchaba las palabras del sufete que, como forma expresa para herirle, había elegido el griego como lengua para expresar su respuesta. Fabio, pese a su conocida furia contra todo lo griego, dominaba la lengua lo suficiente como para entender lo que se le decía, al igual que el resto de los embajadores.
Cuando el sufete terminó su parlamento volvió a sentarse, despacio, teniendo cuidado de no doblar su toga en exceso al tomar asiento. Muchos senadores cartagineses asentían en silencio tras sus palabras. Fabio, no obstante, no se sintió intimidado y volvió a la carga.
—Sagunto era, es aliada de Roma y en el tratado se establece que se deben respetar los aliados de ambos.
—Sagunto —respondió nuevamente el mayor de los sufetes sin esperar a la traducción del intérprete— no estaba mencionada expresamente en el tratado ni era aliada de Roma cuando se llegó a aquel acuerdo. Las amistades que esa ciudad ha cultivado con posterioridad al tratado, teniendo en cuenta su ubicación en nuestros dominios, no hacen sino darme más la razón: los saguntinos jugaron a provocar a quien debían obediencia y ése es un juego que ahora están aprendiendo cuán caro puede resultar. La soberbia y el orgullo son malas consejeras.
La última frase, pensó Emilio Paulo, parecía ir con doble destinatario: el sufete parecía aludir directamente a los saguntinos al tiempo que indirectamente estaba avisando a Fabio Máximo. Este último tomó de nuevo la palabra.
—¿Hemos de entender entonces que no hay posible marcha atrás ni disculpas ni compensaciones a recibir por los saguntinos y por Roma por lo que está ocurriendo? Porque, si es así, si esta...
El sufete volvió a alzarse de su asiento y esta vez gritó su respuesta con inusitado volumen, retumbando su voz en toda la gran sala, hasta crear eco de forma que sus palabras sonaron una y otra vez en las cabezas de los embajadores romanos.
—¡Dejad ya de hablar de Sagunto y parid ya de una vez lo que— vuestra intención lleva largo tiempo gestando!2
Y se mantuvo en pie, desafiante, esperando la respuesta de Fabio Máximo. Éste, en lugar de bajar el tono de su argumentación, dio un paso al frente y anunció sin elevar la voz pero con gran claridad en la expresión.
—Vengo dispuesto a ofreceros tanto la guerra como la paz; de vosotros mismos depende cuál de las dos os entregue.
—Nos es indiferente —respondió el sufete.
—En ese caso os ofrezco la guerra —concluyó Fabio Máximo, que con ánimo retador paseó su mirada por los rostros de los senadores cartagineses.
El joven intérprete, enmudecido, callaba sin traducir aquellas palabras, algo que, en cualquier caso, era del todo innecesario. El debate había llegado a un punto donde las palabras parecían estar de más. La cuestión era más bien cuándo empezarían a hablar las espadas.
—La aceptamos —respondió el sufete, erguido, noble, decidido, y a su alrededor todos y cada uno de los senadores cartagineses fueron levantándose, muchos de ellos con heridas en el rostro o en su cuerpo, fruto de anteriores enfrentamientos con Roma, y el grito «la aceptamos» fue repitiéndose y subiendo de tono hasta convertirse en un clamor ciego al debate, lejos ya de toda posible marcha atrás.
Fabio Máximo se mantuvo sereno, escuchando, por fin, las palabras que había venido a buscar, satisfecho de sí mismo, ponderando tan sólo si aquellos bárbaros, exacerbados por su ánimo de guerra no querrían empezarla ya mismo contra los propios embajadores de Roma. Muchos de aquellos senadores los amenazaban con sus puños en alto e incluso alguno desenvainó alguna daga que llevaba consigo. Fabio Máximo, de pronto, sintió por primera vez en su vida un sudor frío que le poblaba la frente, una dificultad grande para respirar y un ansia incontenible por estar lejos de aquel lugar. No había esperado una reacción tan virulenta de aquellos senadores africanos, no era como tenía pensado que debía desarrollarse el fin de aquel debate. Allí no estaba aún arropado por sus legiones, preparado para el combate. Fabio Máximo mira nervioso de un lugar a otro de la gran sala. Se vuelve hacia la puerta. Busca la salida. El sufete cartaginés, tranquilo, en sosiego con su espíritu le contempla moviéndose como un gato atrapado y se toma unos minutos antes de alzar su mano para calmar los ánimos de sus senadores.
Roma, marzo del 218 a.C.
Pomponia, en el centro del atrio, ayudaba a su marido, Publio Cornelio Escipión, recién elegido cónsul de Roma junto con Sempronio Longo, a ponerse bien la toga. Guardando una respetuosa distancia, el joven Publio y su hermano Lucio escuchaban a sus padres. Su madre llevaba la conversación.
—No entiendo bien lo que está ocurriendo: por un lado Fabio se declara en el Senado opuesto a la guerra, pero luego utiliza su influencia para ir en la embajada a Cartago y, según nos cuenta Emilio Paulo, allí no hizo nada por evitar la guerra, sino más bien todo lo contrario. Total, que al final estamos en guerra contra Cartago y en lugar de ir él a luchar resulta que esta guerra estalla en el momento en que tú eres cónsul y te corresponde por ley enfrentarte con los cartagineses.
—Está claro que Fabio se lleva algo entre manos —respondió Publio padre—, pero no puedo rehuir mis responsabilidades. Partiré con las legiones asignadas hacia el norte y pronto embarcaré para Hispania para enfrentarme con ese Aníbal del que tanto hablan —y volviéndose hacia su mujer—, confía en mí. Estaré de vuelta antes de lo que imaginas.
Pomponia, no obstante, no supo encontrar consuelo ni en las palabras cariñosas de su marido ni en el abrazo suave que éste le daba con sus brazos en torno a su cintura. Sintió el beso del nuevo cónsul de Roma en la mejilla y con él una sensación de amor y tragedia entremezcladas se apoderaron de su mente haciendo que unas lágrimas apareciesen en sus ojos. Se separó despacio de su marido y le dio la espalda para ocultar su llanto silencioso. Publio, cónsul de Roma, se quedó contemplando a su mujer embargado por los sentimientos que fluían por sus venas, pero mantuvo la compostura. No podía mostrar ningún síntoma de debilidad o flaqueza. En el vestíbulo de su casa le esperaban los doce lictores de su guardia personal conforme correspondía a su cargo, y junto a él estaban sus dos hijos. Se volvió hacia su primogénito.
—Ya sabes que parto hoy hacia el norte con las legiones, pero he dado órdenes de que te incorpores a la caballería en los próximos días. Nos veremos en Hispania. Sé que harás honor al nombre de nuestra familia. Ahora nos despedimos, pero pronto volveremos a vernos, y tú, Lucio, cuida de tu madre mientras tu hermano y yo estamos ausentes.
Pensó en abrazar a sus hijos, pero se detuvo y mantuvo una expresión seria. Sus hijos, henchidos de respeto hacia su padre, cónsul del Estado, asintieron sin decir nada. Publio Cornelio Escipión partió entonces de su casa acompañado por su escolta de lictores dispuesto a encontrarse con las legiones que tenía asignadas a su mando. Roma estaba en guerra, un general cartaginés avanzaba por Hispania y su misión era detenerlo antes de que terminara por dominar toda aquella región. Al cruzar el umbral de su puerta inspiró con fuerza. Quería llevarse en el fondo de sus pulmones el olor a romero y pino que desprendían las plantas del jardín de la casa que vio nacer a sus padres, a él mismo y a sus propios hijos. Pensó que con aquel aire se llevaría algo de la fortaleza de los dioses Lares y Penates protectores de su familia. Sentía que la iba a necesitar.
Exoriare aliquis nostris ex ossibus ultor.
[Quienquiera que seas, nace de mis huesos, oh vengador mío.]
VIRGILIO,
Aeneis, 4, 625.
Maldición de la reina Dido de Cartago a Eneas, el mítico precursor de Roma.
Los romanos interpretaron que Aníbal era la reencarnación de aquella maldición.
Qart Hadasht, primavera del 218 a.C.
Quien le viera pensaría que Aníbal contemplaba los almendros en flor desde el balcón del último piso de su palacio en Qart Hadasht. Allí se había retirado después de la toma de Sagunto con su ejército para descansar y planear las futuras acciones. El invierno no había sido, no obstante, un tiempo de inactividad para su mente. Demasiadas cosas en la cabeza. A veces se sentía un poco aturdido. Y la herida del muslo aún le dolía. Había dejado que la mayor parte de los iberos de su ejército se retirasen a sus hogares durante el invierno, con el fin de congraciarse de esa manera con las tribus sometidas y para que estuviesen bien dispuestos para la gran campaña que pronto tendría lugar. En Qart Hadasht se quedó con sus soldados africanos y su caballería númida.
Pocos días tras su regreso de Sagunto había llegado aquel emisario de Cartago. Aníbal aún lo recordaba: un soldado africano que se arrodilló ante su presencia que, mientras mantenía su mirada al suelo, le tendía una tablilla con un mensaje de los sufetes de la capital del imperio cartaginés. Aníbal leyó primero el mensaje en silencio, para sí mismo, digiriendo cada palabra con detenimiento y luego, tras un minuto de expectación, lo leyó en voz alta y clara de forma que todos sus generales y oficiales tuvieran conocimiento del contenido de aquel breve texto.
—¡Roma ha declarado la guerra a Cartago: Aníbal, en calidad de jefe supremo de las tropas cartaginesas en Iberia tiene la orden del Senado de Cartago de disponer de las tropas y de todos aquellos medios que considere necesarios para atacar al enemigo y destruirlo!
Aníbal contempló entonces las miradas de asombro de muchos de sus oficiales. Sólo sus hermanos Asdrúbal y Magón, y quizá Maharbal, su jefe de caballería, parecían, al igual que él mismo, haber estado esperando ese mensaje desde hacía días. Desde aquel momento Aníbal se puso manos a la obra: además de permitir el descanso de los iberos, envió mensajeros a la Galia Cisalpina para intentar llegar a acuerdos con los galos de aquella región próxima a la península itálica, de modo que éstos estuvieran dispuestos a apoyarle cuando los cartagineses cruzasen por sus tierras rumbo a la península itálica, en dirección a Roma. Especialmente, deseaba saber cuál sería la reacción de los boios y los insubres, pueblos enfrentados a Roma y derrotados en varias ocasiones por ésta. Aníbal ponderaba aquella mañana de mayo hasta qué punto el rencor de aquellos hombres sería suficiente para levantarlos en armas contra Roma. Un oficial entró y le anunció la llegada de la embajada cartaginesa enviada a la Galia Cisalpina. Aníbal dio media vuelta y bajó hasta la gran sala del piso inferior donde recibía mensajeros y organizaba la estrategia militar con su alto mando.
Un galo de cabellos morenos largos peinados en dos largas trenzas azabache, vestido con pieles de oveja, un gran casco decorado con sendos cuernos y armado hasta los dientes con dos espadas, dagas, una larga lanza y con un escudo a sus espaldas, aguardaba junto a los emisarios que el general cartaginés había enviado. La presencia de aquel galo era buena señal.
Aníbal se sentó en su sillón de piel, junto a la gran mesa de piedra sobre la que se esparcían gran número de mapas y esperó el informe del portavoz de sus embajadores.
—Los galos de toda la Galia Cisalpina se muestran decididos a apoyar nuestro paso por sus tierras siempre que nuestro objetivo sea avanzar sobre Roma y si, una vez allí, se ven complacidos por las acciones militares de nuestras tropas sobre las legiones romanas, muchos de ellos harán algo más que permitirnos pasar: aunque ninguno se ha comprometido en firme, estoy seguro de que si conseguimos una victoria sobre los romanos, gran número de galos se pasarán a nuestro bando para futuras acciones. Con nosotros ha venido uno de los jefes de las tribus insubres para corroborar este acuerdo en persona.
El jefe galo confirmó entonces su mensaje y la propuesta de apoyo de su pueblo a la venida del general cartaginés a aquel territorio hablando en un rudimentario griego, probablemente aprendido en los intercambios comerciales con Massilia. Aníbal ejercitó su conocimiento del idioma heleno para entender la sustancia de lo que se le decía y con la ayuda de los intérpretes le aseguró al jefe galo que su apoyo a Cartago sería recompensado con creces y, para culminar, anunció que el fin de Roma empezaba a fraguarse aquella mañana. El galo, sin embargo, no pareció sentirse especialmente impresionado por aquellas palabras aunque asintió con respeto. Pero Aníbal no tenía bastante con eso, de forma que cogió suavemente del brazo al jefe galo y le invitó a que le acompañara. El insubre no sabía bien qué hacer, pero pronto percibió que, aunque la invitación era amable, aquel hombre no era de aquellos a los que resultaba sencillo contrariar, de forma que siguió al general cartaginés, eso sí, con sus cinco sentidos alerta y, si las circunstancias así lo requerían, dispuesto a vender muy cara su vida. El galo observó cómo ascendían un par de pisos por largos pasadizos con escaleras hasta alcanzar lo que seguramente debía de ser la habitación de aquel general africano que anunciaba la caída de Roma como quien anuncia la próxima toma de cualquier otra ciudad del mundo. El insubre sacudía la cabeza en silencio. Quizá aquel cartaginés pensase que tomar Roma era como tomar Sagunto. En fin, dejarían que pasara por sus tierras y allá se la compongan los romanos con aquel soberbio y que gane el que sea. Ellos ya se ocuparían de defenderse del vencedor como habían hecho hasta ahora. Pero el cartaginés le invitaba a que se asomara con él al balcón de aquella estancia. El galo, rodeado de oficiales africanos, cedió a la invitación y salió al balcón. Aníbal señalaba hacía el oeste. El galo miró hacia abajo primero para valorar la altura: al pie de la fortaleza se veían unos árboles en flor que llamaban la atención por su belleza inusual; pero siguió, guiado por el dedo de Aníbal, observando y alejando su mirada de aquellos almendros. Más distantes se veían las murallas que rodeaban aquella ciudad y que la hacían, junto con el hecho de estar rodeadas por casi todas partes por el mar, totalmente inexpugnable. Aníbal seguía señalando al oeste, más lejos, y allá dirigió sus ojos el jefe de los insubres: entonces comprendió por qué habían ascendido: más allá de las murallas estaba una amplia laguna de agua y al otro lado, acampado, un ejército que se perdía en la distancia. El galo no sabía cuantificar bien cuántos efectivos había allí preparados para marchar hacia Roma, sólo sabía una cosa: aquél era el mayor ejército que nunca jamás había visto. Los romanos nunca habían juntado tantos hombres en sus combates contra ellos y no estaba seguro de que fueran capaces de oponerse a aquella inmensidad. Aníbal leyó en los ojos de su invitado galo el asombro y el temor con el que deseaba que retornase a su país. Aquella expresión de su rostro era el mensaje y la mejor salvaguarda para sus objetivos.
Al otro lado de la laguna noventa mil soldados, doce mil jinetes y cincuenta y ocho elefantes se preparaban para partir a la mañana siguiente rumbo a Roma. Nada ni nadie los detendría. Era el destino que los augures cartagineses habían leído en el vuelo de los pájaros y en las entrañas de varios animales muertos.
Roma, 218 a.C.
Roma estaba en guerra. Se había decretado que aquella mañana sería el dilectus —el día establecido para el reclutamiento—. Una gran multitud de ciudadanos se había congregado en el Capitolio de la ciudad y en el foro. Los veinticuatro tribunos militares, unos por elección y otros por designación directa de los cónsules, estaban supervisando todo el proceso. Se había sorteado el orden en el que cada tribu participaría a la hora del reclutamiento. Se empezaba por la tribu que había quedado primero y, cuando los hombres disponibles para el ejercicio militar de ésta se terminaban, se continuaba con la siguiente tribu y así sucesivamente hasta completar las cuatro legiones —dos para cada cónsul, Publio Cornelio Escipión y Sempronio Longo— de cinco mil soldados. Luego siguieron porque, ante la peligrosidad del enemigo al que debían enfrentarse, se decidió que se reclutaran dos legiones adicionales que se desplazasen al norte de la península itálica, para protegerse de alguna posible revuelta de las siempre belicosas tribus de la Galia Cisalpina, que quedaría al mando del pretor Manlio.
Tito Macio había entrado en un estado de profunda desesperación y el margen de maniobra que le quedaba para sobrevivir era ya muy estrecho. Cerrada toda posibilidad de regreso al mundo del teatro por el desprecio de Rufo, arruinado como comerciante y escarmentado de los padecimientos de la mendicidad, el ejército parecía la opción más lógica para subsistir. Por eso, aquella mañana de marzo se dirigió al foro para incorporarse al ejército de una ciudad que, si bien no era la suya y ahora lo despreciaba como mendigo, seguramente le aceptaría como soldado. Tito había pasado buena parte de la mañana observando entre la multitud cómo los tribunos iban seleccionando hombres para cada legión. Los escogían siempre en grupos de cuatro hombres que tuvieran una complexión y fortaleza física similar, que distribuían uno a uno para cada una de las legiones. De esta forma se buscaba que el reparto de efectivos fuera compensado y proporcional, de modo que no hubiera una legión donde se acumularan los hombres más fuertes y otra que quedase con soldados más débiles. Era un proceso largo, lento y meticuloso. Tito sabía que tenía que esperar a que se terminase con aquel recuento y clasificación entre los ciudadanos de las tribus nativas de Roma, los únicos que tenían derecho a formar parte de las legiones romanas. Cuando terminasen los tribunos militares se retirarían, a la espera de ser llamados a filas por los cónsules en los días próximos, y sería el turno para que los praefecti sociorum, oficiales romanos designados por el cónsul, se hicieran cargo de continuar el proceso de reclutamiento de tropas auxiliares para las legiones entre los no romanos. Ahí era donde Tito esperaba tener su oportunidad.
Los praefecti sociorum tenían instrucciones precisas de favorecer primero la incorporación de los latinos y de reclutar el máximo de efectivos posible de apoyo para todas las legiones. Por un lado debían reclutar soldados dispuestos a acompañar a las legiones de Publio Cornelio Escipión a Hispania y, por otro, se necesitaba gran número de tropas aliadas para el objetivo más importante: la expedición de Sempronio Longo a África. Tito, como itálico no romano, se vio favorecido por esas órdenes y fue seleccionado para formar parte de las tropas auxiliares de las dos legiones asignadas al cónsul Sempronio Longo con destino a Sicilia, primero, en su fase de preparación, para luego partir hacia su destino final de África. No es que Tito estuviese encantado con las perspectivas de futuro que le conducían a tener que luchar en una guerra de desarrollo aún incierto, pero cuando le dieron un pequeño adelanto de su paga y pudo financiarse una comida decente en una de las tabernas junto al río, a la espera de ser próximamente convocado a filas, pensó que al menos, con el estómago lleno, se podrían encarar combates y luchas si ésa era la única puerta que le había quedado abierta para sobrevivir. Tenía entonces treinta y dos años y, mientras terminaba las gachas de trigo que le habían servido y echaba un trago de vino, mirando al río, evaluó su vida y se dio cuenta de que fueron aquellos años en el mundo del teatro cuando más feliz fue, si es que aquello era felicidad. La vida, no obstante, compleja y equívoca, le había arrastrado por caminos diversos y confusos y ahora sabía que con toda probabilidad pronto terminaría con sus huesos alimentando a los buitres en algún campo de batalla lejos de allí. Las tropas auxiliares con frecuencia eran las primeras en entrar en combate y, en consecuencia, las que más bajas sufrían, pero era ya demasiado tarde para echarse atrás. No acudir a la llamada a filas una vez inscrito sería deserción y prefería no pensar en las horribles penas con las que se castigaba tal delito. No, ahora era soldado del ejército de Roma y, bueno, Roma, al menos hasta la fecha, ganaba todas las guerras. Quizá fuera ese último pensamiento o quizá el vino, pero por primera vez en mucho tiempo, Tito pensó que todavía el futuro le podría deparar algo más que no fuera dolor, soledad y sufrimiento.
Roma, julio del 218 a.C.
Todo estaba dispuesto para partir cuando un correo urgente llegó desde Roma. El cónsul Publio Cornelio Escipión ya estaba a bordo de su quinquerreme y las órdenes para soltar amarras y ponerse rumbo a Hispania ya se habían distribuido, pero cuando el cónsul leyó el contenido de la tablilla comprendió que el plan debía modificarse.
—¡Rumbo a Massilia, y rápido! —fue su orden al capitán de la flota. Los oficiales de la flota no parecían entender el sentido de aquella instrucción.
—Hermano —le interpeló Cneo con tiento—, las órdenes del Senado son las de dirigirnos a Hispania lo antes posible... —pero antes de que Cneo prosiguiera con sus dudas, el cónsul aclaró en voz alta la situación a todos los presentes.
—Aníbal ya no está en Hispania. Ha cruzado los Pirineos y avanza por el sur de la Galia. Vamos a Massilia para ascender por el curso del Ródano e interceptarle antes de que llegue a la península itálica.
Todos callaron y rápidamente se pusieron manos a la obra, dando las instrucciones oportunas a los diferentes oficiales para encaminar la flota hacia la colonia greco-romana del sur de la Galia. Estaban sorprendidos. Roma estaba en guerra y, cuando se encontraban confiados y seguros de sus planes y de sus fuerzas, el enemigo ágil y furtivo se movía con tanta celeridad que no podían sino modificar sus intenciones iniciales para poder frenarle antes de tiempo. Publio parecía leer las mentes de sus hombres.
—Es importante que lo antes posible retomemos la iniciativa en esta guerra —comentó dirigiéndose a su hermano—, o de lo contrario la moral de las tropas decaerá.
Cneo asintió en silencio.
Los Pirineos, julio del 218 a.C.
Aníbal vio su ejército reducido a la mitad, pero lo juzgó necesario mientras observaba cómo descendían por el paso de Perche. Después de las duras confrontaciones con gran número de tribus filorromanas al norte del Ebro, había tenido muchas bajas. Los ilergetes, los bargusios y los ernesios, los andosinos y los ausetanos se habían opuesto al paso de su ejército y los enfrentamientos fueron encarnizados, crueles en muchos casos. Aníbal, una vez dominada la mayor parte de la región entre el Ebro y los Pirineos, consideró oportuno dejar diez mil soldados y mil jinetes al mando de su hermano, Asdrúbal, para controlar aquel territorio y de esa forma proteger su retaguardia y su vía de suministros. Ahora descendían hacia el Valle del Têt cincuenta mil soldados de infantería, nueve mil de caballería y un nutrido grupo de elefantes que, no obstante, había quedado reducido a treinta y siete de los cincuenta y ocho con que inicialmente partió de Qart Hadasht.
Les quedaba aún un buen trecho hasta alcanzar la costa del sur de la Galia, ya que, con el fin de evitar las ciudades prorromanas de la costa del norte de Iberia, especialmente Emporiae y Rhode, Aníbal dirigió su ejército hacia uno de los pasos interiores de aquella gran cordillera; pero disponía de tiempo, de víveres y contaban con una retaguardia bien protegida. Además, una vez alcanzada la Galia Cisalpina, podría fortalecer su ejército incorporando tropas aliadas de las tribus galas de aquella zona ahora en rebeldía contra Roma, enemistadas con la ciudad del Tíber por las últimas guerras expansionistas de la capital latina. En realidad, todo estaba saliendo a la perfección. Sólo restaba ver de qué forma planteaban los romanos su estrategia, quedaba por ver cómo contraatacarían, si es que lo hacían, o si se limitaban a una guerra defensiva.
Un riachuelo corría junto al ejército cartaginés en su avance hacia el mar. Aníbal desmontó de su caballo y se arrodilló junto a aquel arroyo. Mojó sus manos y se echó agua por el pelo, la frente y la nuca. Necesitaba refrescarse. El verano estaba a punto de empezar y el calor era intenso. Un sol poderoso hacía caer sus rayos sobre aquel valle y el viento detenido desde el amanecer incrementaba la sensación de asfixia. Todavía tendrían que pasar mucho calor y, seguramente, mucho frío también, antes de conseguir su objetivo. Había iniciado una empresa descomunal y se preguntó si tendría fuerzas suficientes para llevarla a término. Fuerzas externas, por un lado, es decir soldados y, más importante, fuerzas en su interior. Pensó entonces en su padre y, al agua de aquel arroyo, en voz baja, sin que ninguno de sus oficiales le oyera, le habló de sus dudas.
—Al menos lo intentaremos, lo intentaremos.
Fueron palabras susurradas al viento, como un suspiro del amanecer.
Massilia, julio del 218 a.C.
En Massilia Publio y Cneo Escipión escucharon atentamente los informes de los exploradores: Aníbal había cruzado ya los Pirineos y se encontraba junto al Ródano, pero en lugar de avanzar por el sur de la Galia, había ascendido hacia el norte, decenas de kilómetros hacia el interior de aquel país, alejándose al máximo de la costa.
—Está haciendo lo mismo que en Hispania —comentó el cónsul una vez que todos los exploradores salieron de la amplia estancia de aquella gran casa en el centro de Massilia que se les había facilitado como cuartel general por parte de las autoridades de la ciudad, fieles aliadas de Roma. En la gran sala estaban solos el cónsul y su hermano.
—Sí —asintió Cneo—, en Hispania cruzó el Ebro y se dirigió a los Pirineos por el interior evitando las ciudades de la costa donde sabe que tenemos más fuerza, más amigos, más recursos. Sí, aquí está haciendo lo mismo.
—Se dirige a Roma —fue un pensamiento en voz alta, como si el cónsul hablara consigo mismo.
—¿Qué quieres decir, Publio?
El cónsul despertó como de un sueño. Sacudió la cabeza y decidió explicarse.
—Está claro que quiere evitar todo enfrentamiento hasta alcanzar Roma o, al menos, suelo peninsular itálico. Sabe que combatir allí, llevar la guerra a nuestro territorio tendrá un enorme impacto sobre la moral de nuestros hombres, sobre la moral del propio Senado. Tendríamos que haber partido antes, en primavera, directos a Hispania.
—Nos retrasó el tener que reclutar otra legión cuando el Senado decidió enviar una de nuestras unidades al norte para combatir a los galos. Es mala suerte que se rebelaran al tiempo que Aníbal se acerca a Roma.
—No, no es casualidad, hermano. Cada vez creo menos en las casualidades. Aníbal está moviendo sus piezas. Tiene un fuerte ejército e infinidad de aliados en muchas regiones. El Senado no ha sido precisamente generoso con los galos del área cisalpina. Tendrá fácil ganarse su favor. Tenemos que ir al norte, Cneo. Al norte, por el curso del Ródano y detener a Aníbal aquí, antes de que avance más sobre la península itálica.
—Al norte pues, por todos los dioses. Tengo ganas ya de entrar en combate. Desde que salimos de Roma me da la sensación de perseguir un espíritu más que un general enemigo.
—Un enemigo que se cierne sobre Roma pero que no se puede cazar es el peor de los enemigos. Al norte, hermano, al norte.
Ambos salieron de la estancia dejándola vacía: sobre la mesa unos planos del sur de la Galia, una brisa suave entraba por las ventanas, venida del mar, fresca, inocente, inconsciente de la guerra que se fraguaba en sus costas.
Junto al río Ródano.
La Galia, agosto del 218 a.C.
El Ródano, profundo, denso, caudaloso, fluía hacia el mar con fuerza, con un poderoso vigor que partía la región que surcaba en dos mitades difíciles de comunicarse. No había puentes hasta Massilia. Se tenía que cruzar en barco. Aníbal gastó gran parte del dinero que traía consigo de Hispania en regalos y dádivas a los jefes galos de las tribus de la margen derecha del río. Con aquellos presentes compró un gran número de embarcaciones de todo tipo y lo dispuso todo para iniciar la maniobra de cruzar el río, lejos del área de influencia de los romanos, sin tener que luchar contra ellos, pero un enemigo inesperado se interpuso en su camino: los volcos.
Maharbal cabalgaba hacia el sur al mando de un regimiento de jinetes númidas.
—Quiero que vayas al sur al encuentro de los romanos, entres en combate y retrocedas. No quiero discusiones. Tampoco quiero una victoria. Sólo lo que te he dicho.
Ésas fueron las órdenes de Aníbal, las palabras que aún pesaban en sus sienes y que se esforzaba por comprender. «Entrar en combate y luego retroceder, no una victoria.» Maharbal era el mejor oficial, el de mayor confianza. ¿Por qué enviarle a él a una pantomima cuando estaban detenidos por los volcos al norte y resultaba casi imposible poder cruzar el río? Si le hubiera ordenado que entretuviera a los romanos hasta la última gota de su sangre, lo entendería. Sería sacrificarse por salvar al grueso de las tropas, por una victoria futura, pero aquellas instrucciones no tenían sentido. Un combate que terminara en una retirada apresurada no haría sino envalentonar los ánimos de los romanos. ¿Para qué, por qué? En cualquier caso, tenía claro que seguiría las instrucciones al pie de la letra. Sí, quizá ése fuera el único motivo por el que Aníbal le había confiado aquella misión. Probablemente ningún otro oficial cartaginés estaría dispuesto a representar una huida humillante ante los romanos y ante sus propios hombres. Maharbal negó con la cabeza intentando disipar su confusión y sus dudas. No lo consiguió, pero se mantuvo firme al frente de la caballería africana, rumbo al sur, al encuentro de los romanos.
Seis días y seis noches llevaban los cartagineses detenidos en la margen derecha del Ródano, sin poder cruzar el río, por el temido y belicoso pueblo de los volcos. Esta tribu gala se había hecho fuerte en trincheras que habían establecido en varios kilómetros al norte y al sur, controlando la margen izquierda del río. Los generales africanos contemplaban cada vez más confusos cómo su comandante en jefe ordenaba escaramuzas de pequeños regimientos que se adentraban en el río para tener luego que retirarse a causa de la lluvia de piedras y todo tipo de armas arrojadizas que lanzaban los volcos desde la orilla. De esta forma los galos se animaban cada vez más y, por el contrario, la moral de las tropas africanas decaía; el sentimiento de alcanzar la península itálica para luchar contra los romanos en su propio territorio, la fuerza que los había conducido hasta allí, se debilitaba poco a poco.
Aníbal se limitaba a cabalgar por la orilla, dirigiendo aquellas escaramuzas y perdiendo su mirada en el horizonte, contemplando el cielo a ratos, como si buscara leer en el vuelo de los pájaros de qué forma salir de aquella ratonera en la que se encontraban. La preocupación y el desasosiego se apoderaban de los oficiales cartagineses. Además, para mayor desazón suya, Maharbal y Hanón, dos de los lugartenientes de Aníbal, profundamente respetados por las tropas, habían sido enviados a misiones lejos de allí, probablemente para detener el avance romano, mientras que su gran general se quedaba allí admirando el cielo de la Galia, absorto en sus pensamientos.
Aníbal seguía con la mirada puesta en el cielo, pensativo, silencioso. De pronto detuvo su caballo para poder observar mejor el cielo. Se llevó la palma de la mano a la frente para resguardar sus ojos de la cegadora luz del sol de aquel agosto gálico. Frunció el ceño y se quedó quieto, como un león de caza, fija la mirada en su presa. Se volvió entonces hacia sus oficiales y dio la orden de que marcharan todas las tropas hacia el río. Quería que todo el ejército, excepto los elefantes, que por su peso se hundirían en el terreno arcilloso del río, se lanzase a cruzar el Ródano en formación de ataque.
Los oficiales africanos no entendían nada. Aquella maniobra era una locura. Los volcos los diezmarían primero desde sus trincheras con las flechas y las jabalinas para luego esperarlos al otro lado del río, secos y bien pertrechados, para atacarlos cuando se acercaran a la orilla, mojados y agotados por el esfuerzo realizado para acometer el paso de las aguas. Los más veteranos, los que más años llevaban al servicio de Aníbal no podían evitar comparar aquella situación con el enfrentamiento que tuvieron contra los carpetanos en Iberia, cuando éstos fueron masacrados por los cartagineses mientras intentaban cruzar las aguas del Tajo. Sólo que ahora los cartagineses eran los que estaban en la débil posición de ser los que tenían que cruzar el río. Sin embargo, pese a las dudas de la gran mayoría, ninguno se atrevió a replicar a su general en jefe, y oficiales y soldados iniciaron la gran maniobra, con temor y pesadumbre, pero con decisión y tenacidad. Quizá su general, que tantas victorias les había dado, había evaluado bien y ésa era la única salida que les quedaba si no querían permanecer allí atrapados durante semanas hasta que al final romanos y volcos juntaran sus fuerzas en un ejército superior en número al que los africanos habían traído hasta el Ródano.
Los volcos vieron a los cartagineses entrando en el río. Sus jefes rieron de puro gusto. Era lo que llevaban esperando desde hacía días. A sus ojos aquel general extranjero no parecía ser hombre paciente. Aquello sería su perdición. Seguros de sí mismos salieron de sus trincheras y se acercaron hasta la orilla para coger mejores posiciones desde las que lanzar sus jabalinas y flechas. Aquello iba a ser una matanza. Los extranjeros tendrían que replegarse. Llevaban semanas haciendo acopio de dardos y lanzas. Creían tener suficientes, tantas como enemigos se adentraban en el río. Aquél iba a ser un gran día para su pueblo. Además, una victoria de esta envergadura atemorizaría sin duda a los propios romanos y podrían asegurar sus fronteras. Mientras se aproximaban al río, con sus miradas tan fijas en el enemigo extranjero que se aventuraba en sus aguas, no vieron unas pequeñas nubes de humo que de forma intermitente habían ido ascendiendo por el horizonte, justo detrás de sus posiciones, en las colinas que quedaban a sus espaldas. No vieron tampoco a la caballería comandada por Hanón, lugarteniente de Aníbal, que había cruzado el río más al norte, hacía tres días; los mismos días que tardó en volver a descender hacia el sur, pero esta vez por la margen izquierda del Ródano para así alcanzar, sin ser vistos, la retaguardia de los volcos. Además, los galos, en su afán de causar el máximo de bajas a los soldados cartagineses que lentamente entraban en el río, al abandonar sus posiciones en las trincheras, quedaron en una formación completamente vulnerable a la carga de la caballería de Hanón. El lugarteniente de Aníbal, una vez hechas las señales de humo, lanzadas al cielo para indicar a su general que ya se encontraban en posición y que en unos minutos se lanzarían sobre los volcos, no tardó más que unos instantes en organizar su ataque. La caballería cartaginesa se lanzó a galope tendido sobre los volcos. Éstos ni veían lo que pasaba a sus espaldas ni escuchaban el ruido de los caballos sobre la hierba, pues el ejército de Aníbal levantaba un gran escándalo al avanzar por el río rompiendo con sus piernas, escudos y caballos el transcurso de sus aguas. Los volcos sólo se percataron de un extraño zumbido a sus espaldas cuando la caballería de Hanón estaba a apenas cien pasos de ellos. La voz de alarma salió de las gargantas sorprendidas de sus jefes, que ordenaron que ahora las jabalinas fueran lanzadas contra la caballería que los atacaba, pero la confusión era grande y muchos no supieron qué hacer. Algunos galos, no obstante, lanzaron sus jabalinas y flechas contra la caballería de Hanón causando bastantes bajas, pero no hubo tiempo para más andanadas de armas arrojadizas. Los jinetes los habían alcanzado y el combate era cuerpo a cuerpo contra veloces soldados sobre rápidas monturas que se desplazaban por toda la orilla. Aun así, los volcos resistieron el ataque por sorpresa de aquella fuerza inesperada, pero su resistencia los hizo desatender su gran objetivo: detener el grueso de las tropas de Aníbal que cruzaban el río, ahora sin ser molestados por los volcos, entretenidos como estaban en luchar por su supervivencia.
Cuando el ejército de Aníbal alcanzó la margen izquierda, los volcos fueron masacrados. Sólo se salvaron los que se lanzaron a una huida río abajo, nadando por las aguas del Ródano, buscando en el flujo del río, refugio y esperanza. Aquel día su tribu había quedado diezmada, arrasada por aquel general extranjero que los había engañado como si de unos niños se tratara.
Maharbal ordenó el repliegue de sus hombres. El enfrentamiento había sido breve pero cruento. Los romanos luchaban con destreza y las fuerzas estaban equilibradas. Los jinetes africanos no entendían por qué su general les ordenaba replegarse cuando aún no estaba claro a favor de quién se decantaría la diosa Fortuna. Se sentían con ánimo de seguir combatiendo. Un oficial se dirigió a Maharbal.
—¡Podemos vencer, mi general! ¡Podemos derrotarlos!
—¡He dado una orden y el que no la siga tendrá que vérselas luego con el propio Aníbal! —y dio media vuelta a su montura y empezó a replegarse, con un sabor amargo a humillación y cobardía, la que sus hombres interpretaban en sus palabras, aliñada esa desazón con una dosis de orgullo al cumplir las órdenes que había recibido de su superior. Sin embargo, más fácil le habría resultado que se le hubiera encomendado una misión imposible en la que con toda probabilidad fuera a perder la vida, que tener que ordenar este repliegue humillante ante los romanos.
Los cartagineses vieron a su líder retirándose y con el sonido de la advertencia de sus últimas palabras, obedecer o responder ante Aníbal, veloces iniciaron el repliegue ante la sorpresa y alegría de la caballería romana.
Los oficiales romanos dudaron en si debían dar caza a los que huían del campo de batalla. Al fin, se decidieron por no adentrarse más al norte, no fuera que se encontraran con el grueso de las tropas cartaginesas. Satisfechos de sí mismos, emprendieron el camino de regreso hacia su campamento general. Los oficiales tenían ansias de informar al cónsul de la gran victoria conseguida.
Aníbal permanecía aún en la margen derecha del río, supervisando el embarque de los elefantes en las barcazas que debían usarse para ayudar a las bestias a cruzar el Ródano. Los gigantescos animales, no obstante, parecían ser de opinión distinta a la de sus adiestradores y se negaban a seguirlos y montarse en aquellas embarcaciones que, sin duda, a sus ojos, parecían ser demasiado endebles. Aníbal reconoció los problemas que su padre Amílcar ya tuvo que afrontar años atrás para cruzar el estrecho de los Pilares de Hércules y así adentrarse en Iberia desde África. Ordenó que cogieran a las dos hembras mayores, más dóciles, mejor adiestradas, y que las embarcaran primero. Éstas dudaron y opusieron cierta resistencia, pero al fin accedieron a subir a las barcazas, con los ojos atemorizados al verse rodeadas de agua, pero confiando en que aquellos hombres que las cuidaban y les daban de comer, se cuidasen ahora también de que no cayeran al agua.
El resto de los elefantes, en su mayoría machos, al ver a las dos hembras al otro lado del río, cambiaron de actitud y aceptaron, no tanto la idea de subir a las barcazas y de cruzar el río, sino seguir a las hembras. Así, tras un par de horas de trabajos, Aníbal consiguió que no sólo el ejército, infantería y caballería, sino también sus elefantes siguiesen camino a Italia.
El último elefante estaba embarcando cuando la caballería de Maharbal regresó de su misión. Aníbal no necesitó ningún informe. En las cabezas cabizbajas y el rostro triste de aquellos hombres leyó con claridad que Maharbal había seguido sus instrucciones al pie de la letra. Se sintió tranquilo. Las cosas estaban saliendo según las tenía planeadas. Poco a poco las piezas de su estrategia, como si de un gigantesco rompecabezas se tratara, iban encajando unas con otras. Los romanos aún tardarían en entender bien el sentido de cada pequeño pedazo. Eso le daba tiempo. Le daba fuerza. Le otorgaba mayor poder sobre sus enemigos.
El cónsul Publio Cornelio Escipión avanzaba a pie, al frente de sus legiones, hacia el norte, a marchas forzadas. Sus oficiales de caballería ya le habían puesto sobre aviso acerca de la próxima presencia del ejército de Aníbal al narrar el enfrentamiento contra los jinetes númidas. Los informes eran más que alentadores. La retirada de la caballería africana era un buen augurio. Al menos, los legionarios estaban con la moral alta. Era el momento adecuado para entrar en combate. Los hombres estaban predispuestos para el ataque.
Un explorador regresó junto a las legiones; buscaba al cónsul. Pronto lo tuvo enfrente, rodeado de los doce lictores de su guardia personal y, como siempre, con su hermano Cneo al lado.
—Ave, mi general.
—¿Querías informarme de algo? Habla entonces y no detengamos más tiempo la marcha del ejército.
—Los cartagineses han cruzado el río. Ha habido una batalla, contra alguna de las tribus galas de la región. Aníbal ha debido de derrotarlos, ha cruzado el río y se ha marchado.
El rostro del cónsul reflejaba sorpresa y rabia. Contuvo sus palabras. Inspiró aire. Espiró.
—Caballos, rápido —pidió enseguida—, Cneo, ven conmigo. Y una turma de caballería. Tú, legionario —dijo dirigiéndose al explorador—, llévanos rápido hasta ese lugar.
Cabalgaron a galope tendido, Publio y Cneo al frente, el explorador a su lado, detrás los lictores y a continuación un regimiento completo de caballería. En una hora alcanzaron unas colinas. Entre ellas el Ródano se deslizaba en un suave meandro, deteniendo el flujo del río, haciéndolo vadeable. Al pie de las colinas se veían los restos de lo que sin lugar a dudas había debido de ser el campamento general de Aníbal durante varios días. Se veían aún rescoldos de hogueras, armas viejas abandonadas, lanzas rotas esparcidas por el suelo y rastros de sangre sobre la hierba de los heridos que habían sido atendidos entre batalla y batalla. Escipión condujo su montura hasta la misma orilla del río. Al otro lado se veían centenares de cadáveres. El olor a muerto llegaba desde la otra margen.
—El combate ha debido de ser hace un par de días —comentó Cneo—. El olor es infernal —y añadió— por todos los dioses, ¿adónde va este hombre?
—Al norte —comentó el legionario explorador—, el rastro del ejército una vez cruzado el río se encamina hacia el norte.
—¿Más al norte aún? —Cneo no parecía estar muy seguro de los informes de aquel explorador—. Eso no tiene sentido alguno. No tiene sentido. Por Hércules, si va más al norte entrará en los Alpes.
Se hizo el silencio entre los presentes. El paisaje de la margen izquierda era desolador y su terrible aspecto de campo de batalla henchido de muertos era acentuado por el desagradable y profundo hedor que desprendían los cuerpos. Había varias bandadas de buitres que se desplazaban a placer entre un grupo de cadáveres y otro. Algunos estaban tan gordos que no podían volar. Llevaban un día entero comiendo carne humana. Un auténtico festín.
—Sí tiene sentido —comentó el cónsul—. Un sentido extraño pero cada vez resulta más evidente.
—Bien, hermano —empezó Cneo, el único que no usaba el tratamiento de cónsul o señor al dirigirse al general en jefe de las legiones de aquel ejército consular—. Estaría bien que te explicases un poco más.
Publio Cornelio asintió con la cabeza a la vez que empezaba a dar su explicación, su interpretación de los movimientos de aquel general cartaginés.
—Aníbal no quiere combatir hasta alcanzar suelo itálico, hasta acercarse lo más posible a Roma. Quiere llevar la mayor parte de su ejército intacto. Fíjate en el suelo, en esas pisadas junto al agua. Son de elefante. Incluso se lleva esas bestias consigo. Si para rehuir el combate con nosotros tiene que ascender por el Ródano hasta aquí, lo hace. Si al alejarse de la costa se encuentra con tribus hostiles a su tránsito por sus territorios, la otra margen del río te ofrece el tipo de respuesta que le da a ese problema. Y si para evitar a nuestro ejército consular antes de llegar a la península itálica tiene que adentrarse en los Alpes, eso es lo que decide. Es una locura porque el verano está terminando y el frío llega temprano a las montañas del norte. Es una aventura muy arriesgada. Lo más probable es que esté conduciendo a sus tropas a un final seguro. Entre las montañas, el frío y las tribus salvajes de esa región, es muy poco probable que consiga salir de allí.
—Pero no imposible —apuntó Cneo.
—No, no imposible —el cónsul meditó unos instantes en silencio hasta tomar una determinación—. Bien, bien, éste es un juego complicado y tenemos varios frentes en esta guerra. Esto, hermano, es lo que vamos a hacer.
Desmontó de su caballo e invitó a que Cneo hiciera lo mismo. Luego lo cogió del brazo y lo llevó junto al río, a una pequeña playa natural allí donde el meandro había acumulado una gran cantidad de arena. Sobre la arena de aquel recodo, junto al río Ródano, el cónsul le explicó a su hermano la estrategia a seguir.
Los lictores observaban a los dos hermanos: el cónsul hablaba y Cneo Cornelio asentía lentamente con la cabeza.
Roma, septiembre del 218 a.C.
Aún era de noche cuando el joven Publio se encontró con los ojos abiertos de par en par, completamente desvelado. Debían de faltar todavía varias horas para el alba, pero le resultaba imposible continuar durmiendo. Tras unos minutos contemplando las pequeñas grietas del techo de su habitación, se levantó, dejó su lecho y salió al atrio. El aire fresco de aquella madrugada anunciaba el fin del verano y la pronta llegada del otoño. Paseó unos minutos dando vueltas en torno al impluvium hasta que al fin, con paso firme, decidió unir sus acciones a sus pensamientos. Se adentró en la estancia que su padre había preparado como biblioteca; una estancia independiente que daba al atrio pero distinta al tablinium que, al dar paso entre el atrio y el jardín de la domus, resultaba demasiado pública para los documentos más reservados que su padre había ido acumulando con el transcurso de los años.
Publio se procuró luz con una de las lámparas de aceite que dejaban por la noche para iluminar, aunque fuera sólo tenuemente, el atrio. La pequeña lámpara pareció aumentar la intensidad de su luminosidad al cambiar el imposible esfuerzo de dar luz a todo el atrio por el trabajo más apropiado a sus dimensiones de iluminar la pequeña biblioteca donde se adentraba el hijo del cónsul de Roma. Pequeña en cuanto a dimensiones, apenas cuatro pasos por cinco, pero grande por sus contenidos. En decenas de pequeños cestos o canastillas con tapa distribuidos en pequeños armarios con estanterías en su interior se acumulaban infinidad de rollos que su padre había ordenado por temas diversos. Los armarios estaban abiertos, por lo que su padre había guardado los rollos en esos pequeños cestos de madera o mimbre para proteger sus volúmenes. Cada cesto tenía inscrito el nombre del autor de los rollos que contenía en una pequeña hoja de papiro que recubría cada canasto. El joven Publio recordaba las palabras de su padre antes de partir: «Siempre que quieras, puedes entrar en mi biblioteca y consultar lo que desees. De hecho cuanto más leas ahora, de cualquier cosa, seguramente algún día te hará mucho bien. Entra cuando quieras. Y Lucio también. ¡Pero, por Hércules, no me desordenéis los rollos ni me los cambiéis de cesto u os las veréis conmigo a mi vuelta!» Aunque acompañó con una sonrisa aquel aviso final, una de sus últimas frases antes de darse la vuelta y marcharse con las legiones.
Había teatro griego al fondo de la estancia, con una cesta con rollos de varios autores diferentes entre los que sobresalía el número de rollos de obras de Menandro, pero luego había un cesto íntegramente para contener las obras de Aristófanes. En la estantería inferior, se podían ver dos canastillas con obras de los grandes filósofos helenos Sócrates, Platón y Aristóteles. En el lateral izquierdo, estaban los que el cónsul definía como «sus tesoros». El joven Publio, al tiempo que pasaba suavemente sus dedos por los distintos cestos de aquellas estanterías, podía escuchar la voz casi temblorosa de su padre al enseñarle aquellos rollos: comedias y tragedias de Livio Andrónico o poemas de Quinto Ennio, literatura escrita en latín, cuyos propios autores habían decidido entregar alguna copia de sus escritos a un interesadísimo aficionado como era su padre. Nada, sin embargo, de Nevio, del que el cónsul había visto varias obras pero de quien no aceptaba las tremendas y airadas críticas que aquél lanzaba contra la clase dirigente de Roma. Alguna vez, su padre reía al admitir que fue viendo una de las obras de Nevio cuando recibió la noticia de que su madre iba a dar a luz a su primogénito.
En el lateral derecho de la estancia, según se entraba, estaban los volúmenes que, en este preciso momento, estaban en la mente de Publio y por los que había encaminado sus pasos hasta la biblioteca personal de su padre: rollos en los que se recogía información sobre los pobladores de Hispania, sus costumbres y ciudades más importantes, además de documentos recogidos en hojas de papiro sueltas, enlazadas en pequeños montones por cuerdas finas de cáñamo, donde se daba cuenta de información militar relevante relacionada con las principales colonias griegas amigas de Roma, principalmente ciudades de origen griego en las costas de la península. La habitación contenía también en el centro una sencilla mesa y una silla, lisas ambas, sin adornos. Su padre era un hombre austero, sólo algo indulgente en la complacencia con el buen vino y el disfrute de las artes literarias en las festividades que organizaban los ediles de Roma. Para leer una buena obra, decía, no hacía falta nada más que tiempo y que estuviera bien escrita. Sobre la mesa, el hijo del cónsul extendió algunos de los documentos sobre Hispania, que fue repasando con detalle y, luego, se levantó para acercarse al cesto de mapas. Lo abrió y leyó con detenimiento y paciencia cada uno de los epígrafes inscritos en las cubiertas laterales de cada rollo: Sicilia, Roma, Grecia, África, Cerdeña, Galia Cisalpina, Massilia, Hispania, Qart Hadasht y así hasta unos treinta, pero se detuvo al leer el nombre de Hispania. Sacó el plano y lo extendió sobre la mesa, repasando con sus ojos cada uno de los pueblos que vivían intentando retener la región que ocupaban según el mapa: ilergetes al norte del Ebro, edetanos al sur del mismo río, celtíberos más al centro de la región, con Numantia y Segontia como centros importantes, los carpetanos entre el Tajo y el Duero, y los vacceos más al norte, y lusitanos y vettones hacia el oeste; y luego hacia el sur los túrdulos y los oretani entre el Guadalquivir y el Guadiana, y al sur del Guadalquivir los turdetani, los bastetani y los bástulos. El mapa recogía también los límites establecidos por los cartagineses, los territorios conquistados al sur por Amílcar, las anexiones de su yerno, Asdrúbal, y los territorios añadidos al imperio cartaginés de Hispania por Aníbal en los últimos años. Marcados en tinta roja, escritos en la letra que Publio reconoció enseguida como la de su padre, se leían los dos nombres de dos ciudades: Sagunto y Qart Hadasht. La primera estaba claro que su padre la habría marcado por ser el detonante de esta nueva guerra con Cartago, pero no tenía claro el porqué de su interés por el otro enclave, aunque conocía que era una ciudad especialmente importante para los cartagineses. Nuevamente se levantó y volvió a rebuscar en el cesto de los mapas hasta encontrar de nuevo el de aquella ciudad, sacarlo y extenderlo en la mesa sobre los otros.
En lo alto del mapa se podía leer, nuevamente de manos de su padre: «Qart Hadasht, o Cartago Nova en nuestra lengua, capital del imperio cartaginés en Hispania. Ciudad fundada por los propios cartagineses, fuertemente fortificada, centro de suministros de las tropas cartaginesas, puerto de mar, refugio donde los africanos llevan a sus rehenes iberos; enclave calificado de inexpugnable por nuestros ingenieros, al estar rodeado por mar al sur y al oeste y al norte por una laguna; sólo es atacable desde el istmo que por el este une la ciudad con tierra firme, sin embargo, aquí hay una elevada muralla que hace prácticamente imposible aproximarse a la puerta de acceso a la ciudad.» Deslizó entonces el joven Publio sus ojos desde las obras de su padre hasta el plano de la ciudad y observó su puerto, la colina de Vulcano, de Aletes, la montaña Arx Hasdrubalis y las colinas de Esculapio y Mercurio, tal y como venían indicadas en diferentes sectores del interior de aquella ciudad. De alguna forma aquel plano se parecía tanto a la ciudad con la que había soñado en ocasiones que... Voces en el atrio, de un hombre, de dos, y también su madre. Publio se levanta de la mesa y sale de la estancia. En el atrio le sorprende la luz del alba. El sol ya ha despuntado y asciende por el horizonte. En torno al impluvium se ve a su hermano Lucio, aún a medio vestir, a un legionario de un ejército consular, su piel sudorosa e impregnada de polvo, y a su madre, con una toga blanca sobre su túnica de noche. El legionario sostiene una pequeña tablilla en su mano derecha. Al ver llegar al hijo del cónsul, el soldado, sin moverse de su sitio, extiende la mano hacia él con la tablilla. Publio avanza, coge la tablilla y la desdobla para leer el mensaje. Primero lo lee en silencio. Se empapa durante unos segundos de las consecuencias de aquel texto y a continuación vuelve a leerlo, ahora en voz alta, para que su hermano y su madre escuchen el requerimiento de su padre:
Estimado Publio:
Debes marchar enseguida hacia el norte y reunirte conmigo en Placentia antes de la llegada del invierno.
PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN
Cónsul de Roma
Aquél era un mensaje demasiado escueto. Suficiente, no obstante, para que Pomponia exhalase un largo y profundo suspiro. Aquel momento tenía que llegar alguna vez. Su hijo era reclamado por su padre para entrar en la guerra. Pomponia estaba mentalizada para este momento, pero de alguna forma pensaba que era demasiado pronto, demasiado por sorpresa. Se suponía que su marido se marchaba primero hacia Hispania para detener a ese general cartaginés. Luego tuvieron que cambiar los planes y el cónsul tuvo que dirigirse hacia Massilia para combatir en la Galia contra el enemigo africano y, ahora, sin más aviso, en apenas unas semanas, se recibía un mensaje indicando que era en el norte de la península itálica donde se estaba fraguando la guerra y encima su hijo era reclamado.
—Debo acudir —dijo el joven Publio, leyendo entre los silenciosos pliegues de la frente de su madre.
—Por supuesto —respondió Pomponia, sin mirarle, con sus ojos fijos en el suelo; inspiró y empezó a dar órdenes a los esclavos que esperaban, prudentemente, en una esquina del atrio—. A este soldado, que se le sirva agua y comida, y vino si lo desea; que tenga todo lo necesario también para lavarse. —El legionario asintió con la cabeza al tiempo que se inclinaba ligeramente en reconocimiento de las atenciones que le iban a ser dispensadas. Estaba agotado. Llevaba una semana ininterrumpida de viaje y aquella comida y la posibilidad de lavarse apaciguaron su corazón endurecido por las penurias de la guerra y el viaje interminable—. Y tú, hijo mío —continuó Pomponia—, debes recoger todas tus cosas, tu ropa, tus... —paró un momento y siguió—, tus armas y tu coraza y escudo y debes marchar con este hombre en cuanto estés listo hacia el norte. El cónsul de Roma reclama a su hijo y éste debe acudir veloz a su llamada.
—Así lo haré, madre —y dio media vuelta y dejó el atrio camino de su habitación. Al cruzarse con su hermano se detuvo un instante. Se abrazaron.
»Cuida de madre, Lucio, cuida de ella.
—Descuida, hermano, y que los dioses te protejan.
Se sacaron triclinia, una mesa, fruta, gachas de trigo, vino y agua. Pomponia se sentó junto al mensajero y le preguntó.
—¿Por qué a Placentia y no a la Galia?
El legionario dejó sobre la mesa la manzana que había cogido para responder.
—Aníbal ascendió por el Ródano evitando enfrentarse al ejército consular. Cruzo el río en territorio de los volcos. Éstos se opusieron a él con todas sus fuerzas; debió de haber un gran combate, pero Aníbal finalmente cruzó el río y se ha dirigido a los Alpes. El cónsul ha dividido el ejército en dos partes. El mayor número de fuerzas ha quedado al mando de su hermano Cneo Cornelio Escipión, que se ha dirigido a Hispania para cortar la línea de suministros de Aníbal, y cumplir así el mandato del Senado al ejército consular de Publio Cornelio. El cónsul, sin embargo, ha cogido un grupo menor de tropas y ha ido al norte de territorio itálico para ponerse al mando de las legiones de Placentia y Cremona por si Aníbal consiguiese cruzar los Alpes con vida, pero...
—¿Pero...?
—Eso es prácticamente imposible. Son unas montañas terribles, llenas de angostos desfiladeros y pobladas de multitud de tribus salvajes. Los barrancos, los salvajes y el frío terminarán con el cartaginés.
Pomponia detuvo su interrogatorio y el legionario pudo satisfacer su apetito. Quizá, pensó ella, al fin y al cabo su joven hijo de sólo diecisiete años aún no tuviera que entrar en un campo de batalla. Con la ayuda de los dioses el general cartaginés perecerá en esas montañas. Una idea horrible cruzó su mente. Si aquel enemigo conseguía cruzar aquellas montañas infestadas de tribus hostiles, venciendo a la dura orografía, la nieve y el frío, sería porque aquél no era un enemigo al uso, sino alguien terriblemente especial, poderoso y astuto. Si aquel general cartaginés cruzaba los Alpes, tanto la vida de su marido como la de su hijo estarían en franco peligro. Se sintió impotente, tensa, nerviosa. Sin decir nada se levantó y dejó a solas al mensajero. Éste, una vez que se vio sin la compañía de la señora de su general en jefe, empezó a comer sin disimular ya el ansia que el voraz apetito había creado en su interior.
Pomponia se sentó en el dormitorio conyugal, en el lecho que tantas noches había compartido con su marido y allí, en el silencio y en la soledad, apagando con la almohada su llanto para que no llegara a oídos de ninguno de sus hijos, lloró con la amargura de una niña desvalida, con el dolor de una madre intuitiva, temerosa de la diosa Fortuna. Había soñado con montañas gigantes y con un ejército que las cruzaba. Su cuerpo estaba frío, agitándose sobre la cama al ritmo de sus sollozos.
Roma. Finales de septiembre del 218 a.C.
En las afueras de la ciudad de Roma. Una colina y en lo alto una gran mansión de ladrillo y piedra, rodeada de cipreses erguidos con orgullo, mecidos por el suave viento proveniente del oeste. En el interior de la villa, el atrio y tras el atrio un amplio peristilo con un cuidado jardín. Y allí, en el lado de sombra de aquel jardín, una reunión, un cónclave: un hombre mayor, calvo, delgado pero con una buena barriga, de cincuenta y cinco años en el centro, Quinto Fabio Máximo Verruscoso, dos veces ya cónsul de Roma, que declaró el principio de aquella guerra en el Senado de Cartago; y junto a él su hijo, del mismo nombre, Quinto Fabio, en la treintena, fiel retrato de su padre, con la misma nariz aguileña y ceño constante en la frente, aunque con pelo aún en su cabeza, preparado para entrar pronto en cargos de representación pública; junto a ellos, dos hombres un poco mayores que el hijo, Cayo Terencio Varrón, bien afeitado, con los ojos muy juntos, como si el ángulo de visión de las cosas y de los tiempos fuera único, sin perspectivas, aguardando impaciente su momento de tocar el poder, pretor de aquel año; y Cayo Claudio Nerón, con la mente despejada, pero unos ojos negros brillantes, un fulgor entre curioso y temible, un hombre ambicioso pero más mesurado que Varrón quizá, esperando con algo más de sosiego que su colega la oportunidad que el destino ponga en sus manos para alcanzar la gloria y la fortuna. Por fin, en una esquina del peristilo del jardín, entre las columnas, de pie, presto a acudir si su mentor lo requería, un joven de apenas dieciséis años, Marco Porcio Catón, con mirada nerviosa, un chico pequeño, ágil en sus movimientos, silencioso, siempre escuchando, constante en sus determinaciones, leal al señor de aquella villa, pero con alguna idea propia que guardaba para sí, pequeños tesoros que escondía hasta que llegara el día adecuado para desenterrarlos. Así, entre sus pensamientos, Catón empezó a escuchar la voz profunda de Quinto Fabio Máximo, acariciando con su poderosa tonalidad las paredes de aquel claustro de piedra.
—Os he reunido a todos porque se acerca la guerra.
To dos asintieron; sin embargo, Fabio Máximo sacudió lentamente su cabeza.
—No, no me entendéis; cuando digo que se acerca la guerra no me refiero a que están a punto de enfrentarse nuestras tropas consulares con los enemigos de la patria, sino que quiero decir que ese enfrentamiento va a ser mucho más próximo a Roma de lo que el Senado estimó jamás. Escipión ha fracasado, nada nuevo, en su intento de detener al cartaginés en Hispania; ni tan siquiera lo ha detenido en la Galia. Aníbal ha cruzado el Ródano y se ha adentrado en los Alpes.
—¿Los Alpes? —preguntó Varrón, formulando en voz alta la sorpresa de todos los presentes.
—Así es, amigos míos; Aníbal desciende hacia el corazón de la península itálica desde las montañas.
—Pero es imposible que un ejército cruce esas montañas, y menos ahora que se acerca el invierno. Los pasos estarán ya impracticables —comentó de nuevo Varrón, que parecía el más decidido a entrar en aquel debate.
—Sea como fuere —continuó Fabio Máximo— Escipión no piensa igual que vosotros: ha dividido sus tropas, mandando la mayoría a Hispania al mando de su hermano para así cumplir con el mandato del Senado de atacar las vías de aprovisionamiento del ejército púnico en Hispania, un movimiento hábil que no me permitirá criticarle en el Senado, una lástima, en fin... —por unos segundos suspiró; prosiguió de nuevo— y se dirige al norte de la península itálica para ponerse al mando de las legiones del norte, las que debieron ser suyas desde un principio si los galos de la región no se hubieran sublevado, entreteniéndonos en reclutar nuevas tropas, dando tiempo a que Aníbal saliera de Hispania y avanzara hasta el Ródano. Cuanto más lo pienso, más claro veo que entre Aníbal y los galos de la región cisalpina hay contactos. Se sublevaron como parte de un plan mucho mayor que ahora empieza a cristalizar.
—Puede ser, pero si Aníbal perece en los terribles desfiladeros de las montañas, atacado por los salvajes, de nada le valdrá todo su maravilloso plan. —Esta vez fue su propio hijo quien se dirigió a los demás. Quinto lo observó en silencio, sin conceder y sin mostrar desprecio. Meditando. Al cabo de unos segundos retomó su relato.
—En cualquier caso, hijo, Publio Cornelio Escipión se dirige al norte, como previsión de lo que pueda ocurrir y debo, aquí en secreto, admitir que comparto sus dudas sobre la imposibilidad de cruzar esas montañas. No estamos ante un pequeño general africano sin ambición ni estrategia; es evidente que este Aníbal lleva tiempo estudiando este plan y cada vez más soy del parecer de que puede conseguir cruzar los Alpes. Y es sobre este planteamiento sobre el que quiero que nosotros construyamos nuestra propia estrategia.
—¿Para presentarla ante el Senado? —pregunto Varrón.
—He dicho nuestra propia estrategia. El Senado tiene la suya, cambiante según el momento y que gestionaremos a nuestra conveniencia, pero está claro que alguien en Roma tendrá que tener una estrategia bien definida para terminar con estos cartagineses o, de lo contrario, serán ellos los que terminen con nuestra civilización. Hasta ahora el Senado se limita a poner el ejército en manos de los Escipiones o de un Sempronio al que quiere enviar a África, esa idea descabellada. Tenemos que pensar en Roma, en proteger a Roma, y en generales que amen nuestra ciudad y nuestras costumbres sin dejarse contaminar por influencias extranjeras ni distraer por nimiedades como libros, literatura, teatro, et cetera. Los Escipiones y sus amigos los Emilio-Paulos, han de ser utilizados en esta guerra, pero hemos de ser nosotros los que estemos en los momentos clave, en las batallas clave. Necesitamos nuestros vélites, nuestra infantería de primera línea para abrir las líneas del enemigo, pero hemos de ser nosotros los que terminemos las batallas que éstos empiecen. Nosotros somos los triari.
—¿Y cómo se supone que hemos de gestionar esta estrategia? —preguntó de forma directa Claudio Nerón. Fabio Máximo le miró con gratitud. La primera pregunta inteligente de la tarde.
—Con el miedo —dijo—. Aníbal cruzará los Alpes. Dispone de tropas entrenadas y, más importante aún, con experiencia en el campo de batalla. Ha conquistado Hispania con esos hombres y aquél es un país complejo con guerreros valientes, enfrentados entre sí, como suele ser el caso entre los bárbaros, pero valientes en la lucha; y Aníbal los ha doblegado con esas tropas que saldrán de las montañas. El cartaginés vencerá a las legiones del norte. Mis augures lo han confirmado. El Senado tendrá que recurrir a refuerzos, a las tropas de Sempronio. Éste es un ejército consular nuevo, inexperto, pensado para África, mentalizado para luchar en el calor de aquellas latitudes que habrá que ver cómo se desenvuelve en el frío del norte. Y si Aníbal no detiene, como es costumbre, la guerra con la llegada del invierno, entonces, tendremos el miedo en Roma.
—¿Y sólo con miedo vamos a manejar al Senado y al pueblo? No lo entiendo.
Era Varrón el que hablaba. Fabio Máximo le miró y Catón, desde la esquina donde lo observaba todo, leyó la mirada de su mentor: «Claro que no lo entiendes, ¿cómo vas a entenderlo si eres como ellos?» En cualquier caso, Fabio Máximo permaneció en silencio. Al fin, se decidió a explicar lo que para él resultaba transparente como el agua clara de un arroyo.
—Con el miedo —empezó—, mi querido amigo Terencio Varrón, se pueden conseguir muchas cosas, se puede conseguir todo. El miedo en la gente, hábilmente gestionado, puede darte el poder absoluto. La gente con miedo se deja conducir dócilmente. Miedo en estado puro es lo que necesitamos. Lo diré con tremenda claridad aunque parezca que hablo de traición: necesitamos muertos, muertos romanos; necesitamos derrotas de nuestras tropas, un gran desastre, que nos justifique, que confunda la mente de la gente, del pueblo, del Senado. Nosotros, en ese momento, emergeremos para salvar a Roma.
Todos se quedaron mirando al viejo ex cónsul, sorprendidos, estupefactos. No daban crédito a sus oídos, pero Fabio Máximo paseó sus ojos despacio por la faz de cada uno de los presentes, subrayando con el brillo intenso de sus pupilas ligeramente dilatadas la determinación de su voluntad. No hubo réplicas.
Los cipreses que rodeaban la villa ya no se movían. El viento se había detenido. Era una hora extraña de la tarde en la que la brisa desaparece y todo parece permanecer inmóvil. Un jardín amplio, con cinco hombres reunidos; un peristilo de columnas y una gran villa rodeándolo todo. La villa en una colina, cipreses en cada esquina de la gran mansión, laderas descendentes por las que serpentea un camino empedrado que se perdía en el horizonte, rumbo a Roma.
Sicilia, octubre del 218 a.C.
Atardecía en Lilibeo, donde el cónsul Sempronio había establecido el campamento general del ejército consular que se le había asignado para la invasión de África. Caminaba gozoso y seguro de sí mismo. El adiestramiento de las tropas había comenzado con auténtica energía. Había algunos heridos por los duros entrenamientos militares en la lucha cuerpo a cuerpo, pero aquello estaba muy lejos de sus preocupaciones. Sólo pensaba en la próxima partida hacia África. ¿Dónde desembarcar? Ésa era su única duda. ¿Justo frente a Cartago o quizá en Útica o incluso más al norte? Su mente siempre lo llevaba directamente a Cartago, pese a que sus tribunos preferían establecer primero una plaza fuerte en la región antes de dirigirse contra la capital del imperio cartaginés. Unos blandos. ¿Cómo iba a sacar adelante aquella campaña con esos oficiales tan flojos? Por eso quería disciplina y adiestramiento sin descanso.
El cónsul paseaba escoltado por sus doce lictores, ajeno a las miradas de rabia de muchos de los legionarios.
Tito observó al cónsul paseándose por el campamento. Una vez hubo desfilado la comitiva del comandante en jefe, se retiró, acariciándose el hombro derecho con la mano izquierda, masajeándose los músculos, intentando calmar el dolor de los golpes recibidos aquella mañana por su instructor. Y tenía que dar gracias a los dioses de no haber sido ensartado como una aceituna como le había ocurrido a alguno de sus compañeros del manípulo. Aquello era el ejército, se decía constantemente. Te dan de comer a diario, no con abundancia, pero sí suficiente, desde luego estaba mejor alimentado que cuando mendigaba por las calles de Roma. Los golpes, no obstante, las magulladuras y el riesgo de perecer en un combate con un instructor no habían entrado en sus cálculos. Estaba claro que lo suyo no era calcular nada, ni inversiones comerciales ni planes de futuro. Carpe diem, se dijo, y a sobrevivir y a sobrellevar las penurias según vinieran.
Tomó el rancho a solas. Gachas de trigo. Algunos las despreciaban por ser lo mismo que comían en Roma y parecían estar cansados de ellas, pero a Tito le encantaban. Un compañero suyo, mayor que él, le pasó su cuenco a medio comer.
—Toma, si quieres, se ve que a ti te gusta esto.
Tito cogió el cuenco sin dudarlo. El legionario que se lo pasaba continuó hablando.
—Soy Druso, bueno, me llaman así. Vengo de Campania. Ésta es la primera vez que te alistas, ¿verdad?
—Supongo que resulta bastante evidente. Mi nombre es Tito, Tito Macio, de Umbría.
—Por Hércules, tu falta de destreza con el gladio esta mañana era de las que hacía tiempo que no veía. Creo que le has dado lástima al oficial y por eso se ha limitado a machacarte el hombro con la parte plana de la espada, pero ándate con cuidado. La torpeza se tolera, pero la indisciplina se paga cara.
—Bien, lo tendré en cuenta —dijo Tito.
Se hizo el silencio. Anochecía. La luz era débil, tenue; las sombras de las tiendas se deslizaban por el suelo, estirándose; el viento era cada vez más frío.
—Se acerca el invierno —dijo Druso—. Se nota en el aire.
—Esta noche me toca guardia. Aunque lo tengo claro: en cuanto se duerma la gente, me busco una esquina donde nadie me vea y me echo a dormir cubierto con mi manta. Por Cástor, ¿a qué tanta historia con las guardias en terreno conquistado? Total, lo único que tenemos enfrente es el campamento de las legiones regulares.
—Yo me andaría con cuidado y estaría bien despierto para entregar tu tessera.
—¿Mi tessera?
—Sí, una tablilla pequeña en la que los tribunos y los praefecti sociorum escriben un símbolo que identifica a cada manípulo. Te la entregarán al entrar en tu turno de guardia y luego una patrulla a caballo pasará por la noche a recoger tu tessera. Si no te encuentran en tu sitio, mañana te buscarán los oficiales y te llevarán ante los tribunos. Hazme caso, y estate atento para entregar tu tessera. Y basta de charla. Estoy rendido y creo que mañana quieren que hagamos marchas forzadas desde el amanecer. Se ve que el cónsul está ansioso por ir a África a que nos degüellen a todos.
Druso se levantó y se retiró a su tienda. Tito se quedó junto a las brasas del fuego, arropado por su manta, hasta que un oficial se acercó y le entregó una pequeña tablilla con varios números que supuso identificaban su manípulo. El oficial le indicó la puerta en la que le tocaba hacer guardia y que su turno sería el primero de los cuatro de aquella noche. Aquello fueron buenas noticias. Al menos luego podría dormir de tirón hasta el amanecer.
El campamento entero descansaba. Se oía algún perro ladrando en la distancia y, de cuando en cuando, algunos jinetes, seguramente de las patrullas nocturnas recogiendo las tablillas de los puestos de guardia, pero, de momento, nadie se había acercado a su posición. A Tito le seguía doliendo el hombro. Eran breves pero intensos pinchazos agudos. A ratos dejaba su pilum y el escudo en el suelo y se masajeaba el hombro. Junto a la puerta empezaba el vallado del campamento. El aire era cada vez más frío y fuerte. Junto al vallado estaría protegido del frío y podría acostarse allí, incluso dormir un rato. Las palabras de Druso aún perduraban en su mente. «Estate atento para entregar tu tessera.» Se había atado la tablilla al cinturón de piel, junto a la espada, para no perderla. Podría esperar junto al vallado, bien guarecido del frío, la llegada de la patrulla sin necesidad de tener que aguantar a la intemperie más horas. Aquello era absurdo. En general, su vida había carecido de sentido desde que dejara la compañía de teatro. A veces tienes algo bueno, puede que no el sueño de tu vida, pero algo bastante bueno para ti y no sabes valorarlo, reconocerlo. Cada vez veía con más claridad que eso había sido así con él. A no ser que una gran victoria contra los cartagineses y su participación en la misma cambiara su relación con la diosa Fortuna. Ruido de pisadas, no, de pezuñas. Jinetes a caballo. Dejó de masajearse el hombro y cogió su escudo y su lanza con rapidez. Se puso en guardia, con el pilum bajado, y gritó.
—Alto. ¿Quo vadis?
—Es la guardia. Baja tu arma y danos la tessera de tu manípulo.
Tito obedeció sin rechistar y al oficial que se aproximó hasta él sin bajarse del caballo le entregó su tablilla. Le acompañaba un soldado de su manípulo al que había visto en el adiestramiento pero con el que no había hablado nunca. Llevaba a su vez otra pequeña tessera.
El oficial escudriñó entre las sombras la tablilla de Tito.
—Bien, puedes retirarte —dijo y, luego, dirigiéndose a los jinetes que le acompañaban—, aquí todo está bien; dejamos al segundo centinela de la noche. Sigamos con el recorrido.
Y se alejaron sin más. Tito y el nuevo soldado de guardia quedaron a solas. Se despidieron con la mirada, sin decirse nada. Se veía que el nuevo centinela estaba muerto de sueño. Tito dio media vuelta y se encaminó hacia su tienda. Una vez en ella cayó rendido por el dolor, la fatiga y el frío. Durmió como un lirón.
Las trompetas del amanecer despertaron a todo el campamento. Tito salió de su tienda esperando encontrarse con un nuevo día de adiestramiento, algo de desayuno y enseguida a combatir o, como dijo Druso, a hacer marchas forzadas hasta la hora del prandium. En cualquier caso nada especial por lo que mereciera la pena levantarse. Por eso remoloneó un poco en su tienda, pero apenas había pasado un minuto, cuando dos legionarios de las tropas regulares del ejército consular entraron en su tienda, en la que sólo quedaba ya él por salir, y lo arrastraron fuera. Fue a decir algo pero un puñetazo le aclaró las ideas. En un instante se encontró a medio vestir, en formación con otros tres hombres, en más o menos las mismas circunstancias. Ninguno se había levantado con la celeridad necesaria para estar ya completamente vestido con el uniforme de infantería ligera que les correspondía. Un tribuno, acompañado de uno de los praefecti pasó revista a la pequeña formación de centinelas nocturnos.
—Éstos son los soldados que hicieron guardia ayer por parte de este manípulo, tribuno —dijo el prefecto aliado.
—Falta una tessera de este manípulo. Aparte veo que a todos les cuesta levantarse a la hora. Por eso recibirá cada uno diez azotes en presencia de sus compañeros. Eso contribuirá a fomentar el ansia por madrugar en este manípulo.
El prefecto asintió con decisión. Tito sintió pánico. Su hombro aún le dolía y diez azotes serían la gota que rebosa el vaso. Pensó en decir algo, pero el puñetazo recibido nada más ser levantado ya le había dado indicación de que el silencio sería su mejor salvoconducto para no recibir más golpes de los necesarios.
—La tessera que falta es la del segundo turno —dijo el tribuno. Los soldados que habían sacado a Tito de la tienda cogieron entonces al hombre que estaba a su lado y lo empujaron fuera de la fila. Tito reconoció al soldado que lo reemplazó en la guardia nocturna.
—Bien —empezó el tribuno—, la guardia nocturna es sagrada, en territorio amigo o enemigo. Un centinela dormido es una vía por donde puede venir un ataque sin que haya ninguna voz de alarma que nos permita reaccionar. Dormirse en la guardia es traición y la traición sólo tiene una pena en la legión romana, sea en las tropas consulares o en los manípulos de las legiones aliadas.
Uno de los legionarios que acompañaban al tribuno le entregó un bastón de madera de pino; el tribuno cogió el bastón con fuerza pero se limitó a rozar suavemente la frente del soldado traidor que, doblegado por el sueño, se había apartado para descansar junto al vallado para guarecerse del frío y no se percató de la venida de los jinetes de la patrulla nocturna. Cuando despertó ya estaban en el cuarto turno de la noche y ni el nuevo centinela ni los jinetes de la patrulla quisieron recoger ya su tessera.
El tribuno se separó del soldado condenado por traición y los legionarios que lo acompañaban empujaron a Tito y sus otros dos compañeros de turnos de guardia para que quedasen a una distancia razonable. Luego les dieron bastones y piedras. Tito cogió una piedra grande con una mano y con la otra el bastón. No sabía qué hacer. Vio cómo el resto de los soldados del manípulo había recibido piedras y bastones igual que él. Druso también. A una señal los compañeros del soldado condenado empezaron a lanzar piedras contra él. Éste se arrodilló en el suelo y se cubrió la cabeza con las manos, pero seguían lloviendo sobre él más y más piedras. Tito vio cómo Druso, sin mirar al condenado, arrojó su piedra impactando en una pierna del mismo. Sus colegas en la guardia nocturna hicieron lo propio. Tito tragó saliva, inspiró con fuerza y cerrando sus ojos arrojó su piedra. Cuando los abrió vio al condenado arrastrándose por el suelo dejando un reguero de sangre a su paso. Su cuerpo lleno de heridas. Pero la cabeza, protegida con sus brazos y manos, apenas tenía marcas. Aullaba de dolor e imploraba piedad. El tribuno dio otra señal y decenas de soldados del manípulo se lanzaron contra el condenado. Con sus bastones golpearon salvajemente una y otra vez a su compañero sentenciado por traición. Esta vez los bastones se abrieron camino entre los brazos del condenado y encontraron su objetivo: la cabeza del soldado fue machacada, la sangre salpicaba a su tribunal mientras lanzaban intermitentes pero continuos testarazos mortales sobre su cráneo. Se oyó el crujir de huesos. Los aullidos cesaron. El tribuno observó el cumplimiento de su sentencia y contempló con satisfacción cómo todos los miembros del manípulo a excepción de uno, Tito, habían usado tanto piedras como bastones para hacer cumplir la sentencia. El tribuno se dirigió al prefecto.
—Este hombre, que no ha usado su bastón —señalando a Tito—, que en vez de diez, reciba veinte azotes. Y no le condeno a más porque al menos lanzó la piedra. Veinte azotes harán de él un más fiel cumplidor de la disciplina del ejército de Roma.
El tribuno, acompañado de los legionarios y los jinetes que habían venido con él, regresaron al campamento de las legiones consulares. El prefecto ordenó que retiraran el cuerpo del soldado ajusticiado y que azotasen al resto de los soldados condenados por levantarse tarde y, en el caso de Tito, por no usar su bastón en el ajusticiamiento de la mañana.
Tito recibió los veinte azotes con lágrimas pero en silencio. Luego se vistió con rapidez. Sentía gotas de sangre resbalando por su espalda, pero no estaba dispuesto a perderse el desayuno. Cuando llegó, sin embargo, ya era demasiado tarde. Observó con desolación que sus compañeros ya estaban cargando los pertrechos y preparándose para salir de marcha. Estaba a punto de derrumbarse cuando Druso se acercó por su espalda.
—Toma —dijo.
Tito se giró y vio que Druso le había cogido las gachas de su desayuno en un cuenco de barro. Tito cogió el cuenco y con las manos se llevó la comida a la boca sin decir nada a Druso pero comiendo al tiempo que mantenía su mirada fija en los ojos de aquel soldado experimentado proveniente de Campania.
—Come rápido. Tenemos marchas forzadas. Vamos —dijo Druso, y lo dejó a solas para que terminara su desayuno.
Los Alpes, octubre del 218 a.C.
Un hombre, cubierto su cuerpo con pieles de oveja, se arrastraba sobre la nieve de la cumbre. Había tardado horas en ascender hasta aquel lugar. Sus jefes le habían encomendado aquella misión por ser el más hábil a la hora de escalar y trepar por las alturas de las montañas. Arrastrándose despacio, con suma precaución pues sabía que el precipicio estaba oculto bajo aquel manto de nieve, llegó hasta el mismo borde del abismo. Levantó la mirada cubriendo sus ojos con la palma de la mano para protegerlos del resplandor intenso del sol sobre las cumbres blancas de los Alpes. Sus ojos escudriñaron el desfiladero durante unos segundos hasta que descubrieron su objetivo: en el horizonte, allí donde empezaba el estrecho paso entre las montañas heladas, se vislumbraba una larga y serpenteante fila oscura que, lenta y trabajosamente, parecía avanzar hacia el desfiladero. Se quedó unos minutos observando cómo la zigzagueante serpiente adquiría una forma más definida hasta que sus diferentes componentes empezaron a ser discernibles de forma independiente: centenares de hombres a pie, con espadas, lanzas, escudos y pertrechos a sus espaldas; hombres a caballo, decenas de ellos, y carros con sacos, telas, víveres y, lo más sorprendente, al final de la serpiente de soldados y jinetes, se adivinaba la silueta extraña de unas bestias desconocidas que como gigantescos caballos llevaban a sus lomos varios hombres; unos temibles animales que bramaban con una furia ensordecedora cuyos gritos largos y continuados parecían ascender por las paredes del desfiladero haciendo temblar a las propias montañas. El hombre volvió a deslizarse en silencio, esta vez hacia atrás, alejándose del borde del precipicio y, cuando estuvo ya a una distancia prudente como para poder levantarse sin ser visto, se puso en marcha y, con toda la velocidad que sus piernas y la orografía le permitían, bajó aceleradamente de la cumbre para informar a los jefes de su tribu.
El ejército de Aníbal avanzaba cansado por el inusitado esfuerzo del ascenso, helado por el viento gélido que bajaba de las montañas, agotado por los diferentes enfrentamientos que había tenido que disputar ya con distintas tribus hostiles a su presencia en aquella remota región del mundo. Estaba documentado el paso, hacía unos doscientos años, de las tribus de galos que ahora habitaban en la región del Ródano, pero desde entonces nada se sabía de ningún contingente importante de hombres que hubiese conseguido pasar con éxito por los desfiladeros de los Alpes. Habían sufrido multitud de ataques de pequeñas tribus, pero habían sido escaramuzas que se habían resuelto siempre a su favor tras una contienda breve en las laderas de las montañas. Aquellos desfiladeros, sin embargo, preocupaban al general cartaginés, por lo angosto del espacio que dejaban para las tropas y por lo escarpado de las paredes que se levantaban a ambos lados, pero no había ya alternativa ni posibilidad de vuelta atrás. Los días pasaban y pronto llegaría noviembre. Cada vez había más nieve en las cumbres que los rodeaban y era posible que en unos días los pasos quedaran impracticables. Sólo restaba seguir el avance hasta el final, hacia un incierto desenlace. Por primera vez Aníbal dudó de su victoria.
Rocas de gran tamaño empezaron a caer desde lo alto de las paredes del desfiladero. Primero se oía el silbido que los peñascos producían al cortar el aire con el filo de sus aristas en su interminable caída por el abismo de las montañas circundantes, hasta que al fin se oía el enorme impacto sobre el suelo del estrecho paso. A veces el impacto era como mitigado, no tan seco, sino como una extraña mezcla de chasquidos con un amortiguado pero truculento golpe contra la tierra. Eso último significaba que la roca había alcanzado su objetivo despeñándose sobre una decena de soldados sorprendidos por aquella lluvia de piedras gigantes. Hombres y caballos se refugiaron en los bordes de las paredes, ya que éstas parecían adentrarse hacia el interior de la montaña quedando así a cubierto aquellos que allí se guarecían de las rocas lanzadas desde la cumbre. Un elefante fue alcanzado por un peñasco del tamaño de su cabeza; el animal dobló sus patas delanteras, quedando de rodillas unos segundos, la cabeza partida en dos, sangre roja del animal vertiéndose por doquier, pero, pese al tremendo corte, la bestia se recompuso lo suficiente como para ponerse de nuevo sobre sus cuatro patas y, bramando de dolor, echar a correr como si con su carrera pudiera huir del sufrimiento que la atería; en su locura pisoteaba a los confusos soldados, que pugnaban por buscar refugio en la base de las paredes de aquel desfiladero angosto, aquella trampa mortal en la que se habían adentrado.
Aníbal daba órdenes apoyado por su hermano pequeño Magón y por sus oficiales, Maharbal y Hanón, para mantener la formación mientras que la mayor parte de soldados y bestias conseguía refugiarse de la torrencial avalancha de proyectiles pétreos que se les lanzaban desde las alturas. El general cartaginés aguantó estoicamente durante una hora, hasta que, o bien se quedaron sin piedras en las alturas, o bien se agotaron de lanzarlas. Mandó entonces grupos de soldados de la infantería ligera para que salieran del desfiladero y treparan por ambas vertientes del paso hasta ganar el acceso a las cumbres desde las que se les atacaba.
Tardaron varios días. Aníbal fue reforzando los contingentes que ascendían hacia las cumbres. Los alóbroges lucharon en las cimas de las montañas, pero cada vez subían más y más hombres. Un día, en lugar de llover piedras, llovieron hombres sobre el desfiladero. Aníbal se separó de la pared de la montaña para observar el cuerpo de uno de los muertos: estaba cubierto de pieles de oveja, tenía varias heridas de espada en las piernas y brazos y el pecho partido, reventado por su impacto al caer desde la cumbre. Pronto empezaron a caer más y más cuerpos similares. Aníbal volvió a refugiarse a la espera de que sus hombres terminasen de limpiar la cumbre. En media hora las rocas que supusieron la primera lluvia mortal sobre aquel desfiladero quedaron enrojecidas por el impacto de centenares de cuerpos, aquellos que en un primer momento lanzaron las piedras. Ahora, juntos, reposarían en el desfiladero por los siglos de los siglos.
El ejército se puso en marcha de nuevo. Tras de sí quedó el angosto desfiladero de la muerte, como lo habían bautizado los cartagineses en sus días de refugio en las paredes de aquel paso montañoso. Prosiguió entonces el interminable avance, esta vez ya hacia el sur, en busca de la salida de aquel laberinto de montañas infinitas y heladas. El invierno avanzaba y cada vez encontraban nieve más baja y más profunda. Los africanos aguantaban el frío razonablemente, conocedores de las frías noches del desierto, pero caminar sobre la mojada nieve y resistir los sabañones que la humedad provocaba en sus pies era nuevo para ellos. Además, tras el frío de la noche no veían el calor del día, sino que el frío gélido parecía quedarse con ellos todo el día, y aunque el sol intentaba calentar ligeramente, cada vez estaba más débil y, con frecuencia, pasaba el día entero sin que lo vieran, pues las nubes parecían vivir en aquellas montañas y no desplazarse un ápice. Luego venía la lluvia y, si bajaba la temperatura, se transformaba primero en una lluvia extraña y helada y luego en nieve que se acumulaba en la ruta que debían seguir ralentizando aún más su paso. Así pasaron las siguientes semanas, hasta que un día llegaron al final del camino: en un nuevo desfiladero el paso les quedaba completamente cortado por una lisa muralla de piedra helada; se trataba de un alud de roca y nieve que había caído desde lo alto de las montañas y que con la cercanía del invierno se había recubierto de una gruesa capa de hielo. Un muro infranqueable. Aníbal se quedó observando aquella muralla de la naturaleza, sin ladrillos, sin grietas, más alta que las murallas de Sagunto o Qart Hadasht o cualquier otra ciudad que conociera, más profunda que el mayor de los fosos; impenetrable, imperturbable e indiferente a los hombres, a sus ejércitos y sus luchas. Ante ellos, los dioses interponían el obstáculo definitivo. Aníbal se volvió hacia sus soldados y los contempló agotados, muchos de ellos sentados sobre la nieve, entre aturdidos y desahuciados, observando con estupor aquel muro que se alzaba ante ellos. Habría preferido un muro de hombres o un ejército de salvajes o las tropas consulares de Roma. Todo aquello contra lo que estaban entrenados para luchar, pero ¿cómo vencer al invierno, cómo superar aquella muralla de hielo? Aníbal comprendió que no había ánimo ni fuerzas en aquellos soldados para acometer este combate contra las montañas mismas. Se volvió de nuevo hacia la muralla de hielo, acercándose hasta la misma base y sobre la pared gélida posó sus manos, sintiendo en las yemas de sus dedos el escozor de la quemadura del hielo, buscando en el dolor la iluminación para desbancar a un enemigo con el que no había contado.
Pasan unos minutos. Los oficiales de Aníbal aguardan a una distancia prudencial de su general en jefe. Esperan una orden, instrucciones, una solución. Contemplan descorazonados el muro de roca y hielo de más de veinte metros de altura que corta su paso por el último de los desfiladeros de aquellas grandiosas y terribles montañas. La mayoría lamenta en lo más profundo de su ser haberse embarcado en aquella aventura para terminar de esta forma, no ante un ejército enemigo, en medio de una lucha gloriosa, épica para su país, sino ante un muro de piedra helada indiferente a sus anhelos, a sus deseos y pasiones. Varios se palpaban los cabellos con la mano mientras intentan encontrar algún pequeño resquicio por donde penetrar aquel bloque impávido y gélido. No hay ranuras. Es impenetrable, imposible de derribar.
El general se vuelve hacia sus oficiales y hacia sus soldados. Como el camino asciende lentamente hasta el muro, Aníbal resulta claramente visible. Inspira entonces con profundidad y proyecta con fuerza su voz hacia las profundidades del desfiladero. Sus palabras resuenan entre los ecos de las paredes de aquel estrecho paso y las laderas escarpadas de aquellas montañas engrandecen su voz de forma que resulta audible para la mayor parte de su ejército. Los hombres le escuchan entre sorprendidos, anhelantes y admirados.
—¡Vosotros no sois mis soldados, no sois mi ejército, sois mucho más que todo eso! ¡Vosotros me habéis seguido por Iberia hasta conquistar todos los territorios de aquella vasta región! ¡Me seguisteis incluso cuando la lucha era imposible! ¡Cuando los carpetanos nos doblaban en número junto al Tajo no os desanimasteis sino que confiasteis en mí y vencimos, arrollamos por completo a aquellos que antaño asesinaran a vuestro querido, a mi muy estimado padre, Amílcar! ¡Luego os pedí que me ayudarais a conquistar Sagunto, una ciudad inexpugnable, amiga de Roma, y todos me ayudasteis, sin importaros los meses de trabajos, sin atender a las consecuencias que aquello traería sobre todos nosotros! ¡Y luego habéis formado parte de la mayor expedición que nunca jamás se atrevió a lanzarse sobre nuestro enemigo sempiterno! ¡Los romanos nos temen, nos odian porque nos temen y sólo confían en sus dioses para salvarse! ¡Las legiones... no tememos a las legiones! ¡Cruzamos el Ebro y doblegamos sus posiciones y las de sus aliados! ¡Cruzamos los Pirineos, la Galia, el Ródano, pese a la oposición de los volcos, y penetramos en estas montañas! ¡Los salvajes nos han atacado en infinidad de ocasiones y siempre los hemos derrotado! ¡Allí, tras esta pared de hielo, está la península itálica, con sus valles fértiles, con todas las riquezas sometidas a Roma y que sólo aguardan para ser nuestras! ¡Sus tropas, sus generales confían en la fuerza del invierno, del frío y de las montañas para detenernos, confían en que paredes como ésta nos hagan cejar en nuestro empeño! ¡Pero yo me pregunto... me pregunto, os digo! ¿Hemos cruzado tantos ríos, tantas montañas y luchado contra tantos pueblos para doblar nuestro ánimo ante una muralla de hielo? ¡Murallas poderosas las de Sagunto... y las conquistamos, y eso que estaban atestadas de aguerridos defensores que nos lanzaban piedras, jabalinas, dardos, pez ardiendo! ¡Aquello sí que era una muralla infranqueable y la cruzasteis! ¿Qué se interpone ahora entre nosotros y Roma, entre nuestras fuerzas y sus legiones confiadas, entre nuestra victoria y su debilidad? Sólo una muralla sin defensores, fría, silenciosa! ¡Y yo os pregunto..., os pregunto a todos! ¿Fuisteis capaces de escalar las murallas de Sagunto, de cruzar el Tajo o el Ródano y acabar con los que se oponían a vuestros esfuerzos y no seréis capaces de derribar una muralla sin defensas, un muro que no dispone de ejército para defenderse?
Los soldados cartagineses escuchan con la boca abierta, atentos a cada palabra de su líder. Al fin una garganta aislada rompe el trance de sus compañeros.
—¡Sí, sí seremos capaces, mi general!
Y a la pequeña voz aislada decenas, centenares, miles de gargantas se unen a un tiempo y gritan con todas sus fuerzas.
—¡Sí, podremos! ¡Sí, podremos! ¡Podremos!
—¡Entonces —continuó Aníbal—, a por el muro, a por el muro!
Y treinta mil soldados respondieron como una sola voz, que quebró las laderas de las montañas haciendo temblar la tierra bajo sus pies.
—¡A por el muro! ¡A por el muro! ¡A por el muro!
Tal era la intensidad del gigantesco vocerío engrandecido mil veces por los ecos de las montañas que los rodeaban que la pared de hielo y roca tembló, desgajándose ligeramente, de forma que una grieta surgió desde los pies de Aníbal y como un relámpago ascendió zigzagueante hasta alcanzar la cúspide de la pared. Pequeños trozos de hielo y piedra se vinieron abajo. Aníbal y sus oficiales recurrieron a sus escudos para protegerse y a sus piernas para alejarse de la pared.
Una vez que se tranquilizaron las voces, cesó la lluvia de cascotes helados y el general volvió de nuevo su mirada sobre la pared. Una grieta de varios centímetros se había entreabierto sesgando la muralla por completo. Era un resquicio estrecho, ínfimo casi, pero marcaba una ruta a seguir. Aníbal no dudó y se dirigió a sus hombres de nuevo para culminar lo que había empezado.
—¡Con sólo vuestras voces habéis partido la pared, ahora que sean vuestros brazos los que nos abran el camino! —Y a sus oficiales, rápido, ágil, con los ojos encendidos, empapando a todos de su pasión—: ¡Picos y palas para todos los hombres! Que trabajen por turnos, como si se tratase de una mina. Y el que no tenga picos, que use su espada, lanzas, dagas, cuchillos, lo que sea. Cualquier cosa punzante que sirva para arrancarle las entrañas a esta muralla. En tres días quiero un paso lo suficientemente ancho como para que caballos y elefantes pasen por él.
Los oficiales asintieron y en cuestión de segundos toda la operación se puso en marcha. Maharbal, junto a Aníbal, contemplaba a su general como si de un dios se tratase: tan sólo con el ánimo infundido a sus soldados había quebrado lo impenetrable. Aquel hombre, sin duda, los conduciría a la victoria absoluta sobre Roma. Muchos caerían ante su poderío y nadie podría detener semejante ánimo.
Norte de la península itálica,
noviembre del 218 a.C.
Cayo Lelio cabalgaba en silencio entre las tiendas del campamento establecido por el ejército consular junto al río Tesino a pocos kilómetros de Placentia. Lelio avanzaba firme sobre su caballo, la espalda recta, las bridas asidas por manos fuertes, culmen de unos brazos bien formados, musculosos. Tenía treinta y pocos años pero se conservaba lozano, fresco, joven. Tal era así, que recientemente optó por dejarse una tupida barba que a menudo acariciaba con sus dedos. Barba y gesto que le hacían más respetable, incluso también para sus soldados. La admiración y fidelidad de los veteranos la tenía asegurada por su valor e inteligencia en las campañas pasadas que habían compartido entre agotadoras marchas, frías noches y complicadas batallas, pero la barba parecía ser la solución rápida para acallar la impertinencia de algunos recién llegados a su regimientos desconocedores del auténtico valor de la espada que Lelio llevaba a su cintura.
En su trayecto vio cómo diferentes grupos de legionarios cortaban grandes troncos para el puente que el cónsul había ordenado construir para cruzar el río. Los hombres trabajaban con tesón, poniendo interés en lo que hacían. En su esfuerzo se adivinaba la preocupación de todos por las noticias que habían corrido por la península itálica. Aníbal había conseguido lo imposible: el general cartaginés había cruzado los Alpes con su ejército y avanzaba hacia el sur de la península, hacia Roma. Entre Aníbal y Roma sólo se interponían ellos en su camino, las legiones del norte ahora bajo el mando del cónsul Publio Cornelio Escipión; nada más. No podían ser derrotados. El otro ejército consular de ese año se encontraba en el sur, en Sicilia, a las órdenes del otro cónsul, Sempronio Longo, preparando una ofensiva contra África para responder así a la osadía de Aníbal con la misma moneda. Era una estrategia bien diseñada por el Senado de Roma, pero la apuesta hacía que Aníbal ahora sólo tuviera uno de los ejércitos entre él y la ciudad del Tíber. Y es que nadie, ni los cónsules ni los senadores ni ningún ciudadano de Roma pensó que el general cartaginés fuera a llegar más allá del Ródano en la Galia.
Pero no era momento de caer en el desánimo o el miedo. Todos pensaban, y Lelio también, que un ejército consular era más que suficiente para detener a Aníbal en el norte de la península itálica. No importaba la probada osadía del cartaginés o su audacia en las rutas escogidas. A fin de cuentas, Aníbal no había hecho nada más que asediar ciudades que no poseían suficiente ejército para su defensa, combatir contra los salvajes de Hispania o tener un inesperado éxito en seguir rutas en las que nadie se habría adentrado. Sin embargo, en algún momento tendría que luchar abiertamente contra los ejércitos de Roma y eso, necesariamente, sería el final de las victorias del cartaginés. Algo decían de victorias sorprendentes contra los galos del Ródano. Bárbaros sin estrategia. No contaba.
Publio Cornelio Escipión había ordenado construir un puente para cruzar el río y cortar el avance de Aníbal enfrentándose a él. Era una decisión audaz pero necesaria y cada soldado subrayaba con su esfuerzo y su sudor en la ingente tarea de levantar ese puente su pleno acuerdo con su general: había que salir a luchar contra Aníbal y detenerle. Nadie había llegado tan lejos o, mejor dicho, tan cerca de Roma con un ejército hostil en decenas de años y tenía que disolverse rápidamente este temor que se estaba apoderando de todos los romanos. El cónsul había ordenado disponer diversas naves que habían ascendido por el río y otras construidas allí mismo de forma que, puestas en paralelo, fueran formando el puente, pero la tarea debía completarse con multitud de troncos que adecuadamente sujetos uniesen las naves entre sí, quedando de esa forma un puente flotante lo suficientemente sólido como para que las tropas pudieran cruzar el Tesino con todos sus pertrechos de guerra cuando esto fuera necesario. Aníbal no debía cruzar este río. Se había escabullido en el Ródano y los había evitado al cruzar los Alpes, pero éste debía ser el final de su viaje.
Lelio se detuvo frente a la tienda del cónsul, custodiada por numerosos legionarios y los lictores. Había sido convocado personalmente por el cónsul. Tenía una orden escrita de su puño y letra sobre la cera de una pequeña tablilla y la enseñó a uno de los legionarios que enseguida se aproximaron a él cuando desmontó. El legionario cogió la tablilla con sus manos y ordenó a Lelio que esperara. Otros dos legionarios salieron a su encuentro y se apostaron a ambos lados de Lelio. No era lógico que un decurión que apenas tenía al mando unos treinta jinetes de una turma de caballería fuera convocado a solas por el cónsul. Quizá si hubiera una reunión de todos los oficiales antes de una batalla aquello tendría más sentido, pero un oficial de rango menor citado a solas era algo peculiar. El legionario escudriñó la nota pero al final pareció aceptar su incapacidad para descifrar el mensaje contenido en esas letras que no conseguía entender y se volvió para llevarlo a uno de los lictores de la escolta del cónsul. Todos los oficiales de la legión sabían leer y escribir, aunque sólo fuera para cumplir con los múltiples trámites burocráticos de gestión tan comunes en el ejército romano, pero la capacidad de leer no era ya tan frecuente entre los soldados. El lictor leyó la orden.
El propio Lelio compartía la confusión de los legionarios que le rodeaban. Él era un buen oficial y tenía una excelente hoja de servicios en varias campañas anteriores. Lo más probable es que el cónsul quisiera enviar un grupo de reconocimiento al otro lado del río y hubiera pensado en él por sus buenos informes y su experiencia. En cualquier caso, ésta era la conclusión a la que había llegado al comentar el asunto con algunos de los jinetes a su mando. En conjunto todos estaban emocionados y honrados por ser elegidos para una tarea de este tipo, por muy arriesgada que ésta fuera. No era extraño que en empresas de esta naturaleza un escuadrón de reconocimiento fuera masacrado en una emboscada y lo más habitual en estos casos era que el enemigo se esmerase en no dejar testigos de lo sucedido para mantener al oponente desinformado de lo ocurrido e incrementar su temor y dudas ante la ausencia de los soldados enviados como avanzadilla. Aun así, todos en su escuadrón estaban decididos y casi impacientes por conocer las órdenes del cónsul de Roma.
El lictor dio el visto bueno a la tablilla entregada por Lelio y le condujo al interior de la tienda. Ésa fue la primera vez que Cayo Lelio vio al cónsul. Éste estaba sentado, consultando notas que tenía en sus manos, examinando cuentas e inventarios sobre el material y los soldados de las legiones bajo su mando. Lelio permaneció de pie, firme, a unos metros del cónsul mientras éste terminaba la lectura de los documentos que sostenía en sus manos. Al fin, dejó los papeles sobre la mesa y se dirigió a su oficial.
—Cayo Lelio, decurión de la caballería de las legiones de Roma, excelentes servicios en múltiples campañas, ascensos rápidos fruto de sorprendentes muestras de valor, excelsos informes de todos sus superiores; aventurado en ocasiones pero prudente en la mayoría de sus acciones de guerra; siempre victorioso; alguien en quien los demás soldados confían en plena batalla; disciplinado, no discute las órdenes, hace que se cumplan; le gusta el vino y las mujeres, pero esto no incide en sus servicios; bien, todos tenemos que relajarnos. No me gustan los hombres que no tienen alguna debilidad, desconfío de ellos. Creo que en cualquier momento pueden explotar, derrumbarse al haberse creído siempre por encima de los demás. Los que se han emborrachado o han perdido la cabeza por una mujer en alguna ocasión saben que todos somos vulnerables, y eso es importante, ser conscientes de nuestras limitaciones, ¿no comparte esa opinión, decurión?
—Bien —empezó Lelio—, sí, creo que así es, mi general.
Lelio estaba confuso. No era ésta la forma en que esperaba que se desarrollase la conversación. Bueno, en realidad no había pensado ni que fuera a haber conversación alguna ni que el cónsul le fuera a consultar sobre sus opiniones acerca de nada. El cónsul callaba, como esperando que Lelio añadiese algo más a su breve comentario, pero a él no se le ocurría qué decir.
—Supongo —las palabras del cónsul le permitieron escapar del silencio denso de unos segundos antes—, supongo que te preguntas por qué te he hecho llamar.
—Sí... es decir, no. Quiero decir, habrá alguna misión que desea encomendarme a mí, o a mí y a mi destacamento, y en fin, aquí estoy para hacer lo que se tenga que hacer.
—Para lo que se tenga que hacer —Escipión repitió aquellas palabras despacio, como sopesándolas—. Sí, no esperaba menos. —Nuevamente el cónsul se detuvo y se quedó mirando en silencio largamente a aquel oficial. Estaba sin duda ante un hombre recto, con sus pequeñas debilidades, eso estaba claro; aquellas mejillas ligeramente sonrosadas no eran fruto sólo del frío de la mañana, sino de esa pequeña debilidad por el licor; pero aquel hombre inspiraba confianza, seguridad; se había batido en numerosas batallas y nunca había retrocedido. Se apuntó que había salvado a más de un jinete en una confrontación pero, como no pudo probarse a ciencia cierta, no obtuvo la condecoración que seguramente merecía. Aquel oficial, no obstante, no presentó ninguna queja. Nunca reclamaba excepto en una ocasión, y fue para solicitar las pagas atrasadas de sus subordinados, no la propia, transmitiendo con corrección una reclamación justa, evitando la insubordinación. No, a este hombre no era normal que se le amotinaran hombres bajo su mando—. —Te he hecho llamar para encomendarte una misión, Cayo Lelio. Una misión vital para mí, la misión más importante que he encomendado a nadie en mis años de servicio a Roma, y quiero que seas tú y tu destacamento de caballería el que la lleve a cabo, y no admito negativas ni comentarios.
Lelio se sintió orgulloso. Sin embargo, no entendió bien por qué el cónsul podía pensar que él fuera a hacer algún comentario a lo que se le ordenase o, menos aún, cómo iba tan siquiera a pensar en no llevar a cabo lo que se encomendase.
—Quiero, Cayo Lelio, que mi hijo tome el mando de tu destacamento pero que tú permanezcas en él como segundo. —El cónsul observó con detenimiento la reacción de Lelio a medida que detallaba las órdenes que le estaba dando—. Mi hijo es muy joven, sólo tiene diecisiete años, pero Roma vive tiempos duros, estamos en guerra y quiero que lo antes posible esté en condiciones de asumir el mando como tribuno en una legión; para ello debe empezar pronto, ya, a tener hombres bajo su supervisión y quiero que empiece con tu destacamento. ¿Algún comentario?
Lelio guardaba silencio nuevamente. No era éste en absoluto el encargo que había esperado recibir, y en su rostro la decepción había debido de quedar marcada. El cónsul leyó en aquellas facciones con claridad, pero tampoco dijo nada. Ya sabía que ningún oficial iba a dar saltos de alegría al ver su mando sometido a un jovenzuelo inexperto por el hecho de ser éste hijo del general en jefe. Por eso quería un oficial completamente disciplinado, inquebrantable en su fe en la autoridad del superior para que su hijo no encontrara problemas en su primer destacamento.
—Bueno —continuó el cónsul—, ya veo que todo está claro y que no hay comentarios por tu parte. Sinceramente, no los esperaba. Pero no he terminado, hay una segunda orden que te voy a dar, una orden mucho más importante y que puede dar lugar a excelentes recompensas por su adecuado cumplimiento o a una infinita ira por mi parte si no es cumplida por desidia o dejadez de tu lado.
Lelio prestó atención, tensó los músculos, dejó de parpadear.
—Te ordeno que defiendas la vida de mi hijo en la batalla en todo momento, te ordeno que evites que entre en una confrontación imprudente y que, si en algún momento has de desobedecer una orden suya para evitar que mi hijo ponga en peligro su vida de una forma absurda, así lo hagas; en ese caso tienes mi orden superior de no obedecerle; sé que tus hombres te respaldarán en todo momento y cuento con ello. También has de saber que esta orden queda entre tú y yo y no la debe conocer nadie, ni mi hijo ni, por supuesto, tus hombres. ¿Queda claro?
Quedaba clarísimo. El cónsul le ponía a su hijo al mando de un destacamento a la luz de todos para que todos le vieran al frente de unos hombres valerosos, pero en realidad, era él, Lelio, quien mandaba el destacamento, pero nadie debía saberlo, sólo el cónsul. Lelio no sabía bien qué pensar. No estaba seguro de estar satisfecho o cómodo con el mandato recibido, o si alegrarse por la confianza del cónsul. Estaba confuso, y la sensación de decepción permanecía sólida en su mente. Ante aquella maraña de pensamientos decidió hacer lo que estaba entrenado a hacer. No rebatir las órdenes recibidas.
—Así se hará, mi general —comentó Lelio—. He comprendido con claridad las órdenes y así serán ejecutadas.
El cónsul veía cierta tristeza en el semblante del oficial, pero también quedaba claro en sus palabras y en el tono firme con el que habían sido pronunciadas que Lelio seguiría aquellas órdenes al pie de la letra independientemente de que le agradasen o no. Su hijo estaría en buenas manos. Quizá no en manos amigas, pero sí en manos expertas en la guerra y disciplinadas y eso ahora era lo prioritario. Su hijo Publio debía ganarse ahora la amistad. Eso no se puede ordenar. Se manda sobre las acciones pero no sobre los sentimientos.
—Puedes marchar. Espero excelentes servicios de tu parte.
Lelio se dio la vuelta tras un saludo a su general y partió.
Una vez fuera inspiró con profundidad el aire frío del amanecer y contuvo sus ganas de gritar y maldecir. Había sido contratado como niñera de un mozalbete que apenas se mantendría en el caballo; en definitiva, le tocaba agachar la cabeza ante el hijo del general delante de todos sus hombres. No, no estaba decepcionado: estaba realmente iracundo, pero lo peor de todo era que sabía que no había nada que hacer sino obedecer.
El cónsul permaneció en su tienda. En unas horas llegaría su hijo. Estaba ansioso por recibirlo y por hablar con él. Hacía meses que no lo veía y tenía que admitir que lo echaba de menos. Echaba de menos a los dos, a Lucio y a Publio. Había llegado la hora de que Publio empezara su aprendizaje en el arte de mandar hombres. Escipión padre no tenía la plena seguridad de cómo saldría aquello. Quizá hubiera sido mejor que el joven Publio hubiera entrado en combate al mando del otro cónsul en el sur de la península itálica. Por alguna razón que no podía determinar, presentía que la gran batalla contra Cartago iba a tener lugar aquí, al norte. Quizá hubiera estado bien alejar a Publio de aquel inminente peligro, pero al mismo tiempo había tantos enemigos de la familia Cornelia apiñados en el Senado que alejar a Publio de su ámbito de poder y control y tenerlo cerca era algo de por sí positivo. Eran tiempos confusos, de cambio, más aún, de crisis. Era difícil educar a unos hijos en la política y el ejército sumidos en una incipiente guerra cuyo fin no acertaba a vislumbrar. El cónsul tomó de nuevo un viejo volumen, un rollo, que tenía en su mesa, escrito en griego, y continuó la lectura de las palabras de Aristóteles buscando en ellas la clarividencia que ahora le faltaba.
Norte del territorio itálico,
noviembre del 218 a.C.
Lelio regresó junto a su destacamento en el extremo norte del campamento romano. Desmontó rodeado de sus hombres, ávidos por conocer la misión que había llevado a su decurión a ser llamado ante el propio cónsul.
—¿Y bien? —preguntó un joven jinete con anhelos de gloria y aventura, un poco inconsciente y para quien ésta era su primera campaña militar—. ¿Cuál es la misión?
Lelio permanecía callado, sin mirar a Marco ni al resto de los hombres. Estaba inclinado estudiando una de las pezuñas de su caballo.
—Vamos, decurión, díganos al menos algo —pregunto Léntulo, un veterano del grupo, que ya había participado en numerosas batallas siempre junto a Lelio como oficial superior.
Lelio sabía que tenía que decir algo. Durante su trayecto de vuelta, regresando desde la tienda del cónsul en el centro del campamento hasta volver con sus hombres, había ocupado su mente en estudiar con detenimiento las alternativas que tenía: callar y no decir nada, mentir o, sencillamente, decir la verdad. La primera opción era imposible, pues la expectación que la notificación del cónsul había levantado entre los hombres era demasiada; él mismo la había aumentado al dejar entrever su propio interés por una misión de reconocimiento en territorio enemigo; no es que Lelio tuviera especial deseo por recibir condecoraciones, sino porque sabía de lo complicado de la situación: el ejército cartaginés no era un enemigo débil y tenía miedo que las misiones de reconocimiento fueran encomendadas a gente inexperta y que, en definitiva, la desinformación de los movimientos del enemigo pudiera conducir a una derrota del ejército consular. Sin embargo, después de la entrevista con el cónsul, todo aquello ya no era cosa suya. La segunda opción, mentir, podría darle un tiempo de sosiego con sus hombres, pero más tarde o más temprano se iba a descubrir la mentira y eso no haría sino minar la confianza que sus jinetes tenían en él. Estaba claro que lo único sensato era decir, tal cual, la verdad del mandato del cónsul; es decir, la orden pública por la que Publio Cornelio Escipión hijo pasaba a tener el mando del destacamento; las órdenes privadas del general con relación a que Lelio debía velar por la seguridad del hijo del cónsul y de que para ello incluso podía revocar una orden del nuevo oficial al mando quedarían entre el propio Lelio y el cónsul. Al menos eso, aunque sólo fuera eso, era un secreto alivio: si el mozalbete daba una orden de locos no habría por qué obedecerle, y los hombres harían caso a su oficial de toda la vida, al propio Lelio; en eso, sin lugar a dudas, el cónsul tenía razón.
—Se me ha notificado que el destacamento pasa a estar bajo el mando de Publio Cornelio Escipión, hijo del cónsul de Roma, general en jefe de este ejército —dijo al fin Lelio, sin mirar a nadie.
Cogió un cepillo y se dispuso a limpiar su caballo, algo para lo que había asignada la soldadesca más joven del campamento, pero que Lelio prefería hacer personalmente con su montura; tenía la teoría de que de esa forma el caballo obedecía mejor a su jinete, si éste le daba personalmente de comer y le limpiaba. Tareas ambas en las que el decurión se ocupaba con esmero y aprecio hacia su caballo. El animal piafó con agrado.
Marco y el resto de los hombres estaban digiriendo la información. Sólo Léntulo se apresuró a replicar.
—¡O sea que nos ha tocado de niñeras del hijo del cónsul! ¡Por Cástor y Pólux! ¿Y qué más? Tantas batallas para esto. Es vergonzante... además, a fin de cuentas, cuántos años tiene..., ¿veinte, veintiuno...?
Lelio suspiró. Una vez empezada a contar, la verdad debía abrirse paso en todo su esplendor.
—¡Diecisiete! —respondió Lelio sin dejar de cepillar con casi impertinente detenimiento su caballo, el cual al menos ni preguntaba ni se quejaba; eso siempre le había gustado de los caballos: no preguntan, no hablan.
Sus hombres empezaron a quejarse a coro, se les oía explayándose a gusto: menudo desprecio al destacamento, es una injusticia, había más turmae con historiales menos brillantes; seguro que el cónsul quería que su hijo se apropiara de las hazañas por las que ya era conocido el destacamento entre el resto de la legión, todo ello aderezado con maldiciones varias y diversas imprecaciones a Hércules, Marte, Júpiter Óptimo Máximo y otros dioses menores como Mercurio e incluso el propio Baco. Lelio al final dejó el cepillo, dio una palmada afectuosa a su caballo y decidió poner orden.
—Publio Cornelio Escipión, hijo del cónsul, es el oficial en jefe de este destacamento y todos acataremos sus órdenes sin quejas ni remilgos y que quede bien clara una cosa —el tono de Lelio era serio, casi hostil a sus propios hombres; todos callaron—, el primero que suelte una insolencia a nuestro nuevo oficial al mando, aparte del castigo que éste disponga si es que dispone alguno, se las tendrá que ver conmigo al acabar el día; y se las verá conmigo a muerte. Tenemos un oficial en jefe nuevo. Aprovechad lo que queda de mañana para lamentaros, quejaros o gruñir; me da igual, pero al mediodía, a no ser que alguno de los dioses a los que tanto clamáis cambie las cosas, en cuanto se presente el nuevo oficial al mando, todo eso se acabó; y, si no, ya sabéis lo que os espera por mi parte.
Lelio nunca amenazaba. Lelio sólo informaba. Todos lo sabían. Vieron a su oficial alejarse entre la multitud de soldados de la legión; quería estar solo. Léntulo resumió para todos, especialmente los más jóvenes.
—Creo que Lelio ha sido muy claro y ha dado instrucciones precisas. Lo mejor será que todos las tengamos muy presentes. —Léntulo observó que los hombres, aunque a desgana, asentían en silencio. Todos acatarían las órdenes, pero nadie iba a sentir simpatía alguna por el nuevo joven oficial al mando.
Norte de la península itálica,
noviembre del 218 a.C.
El cónsul se afanaba en estudiar los mapas que sus exploradores habían bosquejado a partir de los reconocimientos de los días anteriores. El río Tesino era una frontera natural que los cartagineses tendrían dificultades en atravesar. Era allí donde se debía cerrar el paso de una vez por todas a Aníbal. ¿Qué hacer si el cartaginés emergía de las montañas con todo su ejército? Alguien le observaba. Un lictor había entrado en la tienda. El cónsul levantó la mirada.
—Se trata de su hijo, está aquí.
El cónsul sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría.
—Que pase, que pase.
Al segundo apareció su joven Publio, alto, fuerte, con el uniforme de la caballería, sudor por los brazos, oliendo a caballo, con señales de fatiga por el largo viaje pero con una mirada brillante, atenta, intensa. El cónsul se levantó y abrazó a su hijo mayor.
—¡Por Cástor y Pólux y Hércules y todos los dioses! ¡Estás ya más alto que tu padre! ¡Si sigues así terminarás como tu tío!
El joven Publio sonrió.
—Eso lo dudo, padre, pero sí, parece que algo he crecido estos últimos meses.
—¿Meses ya? ¿Tanto tiempo? ¡Por Hércules, es cierto! Hace ya cinco meses que os dejé en Roma. Es cierto. —El cónsul parecía abrumado por la velocidad del tiempo. Casi ya medio año de campaña. Frunció el ceño. Y sólo una escaramuza con el enemigo. Aquello era lo más peculiar. Tantos días y ni una sola batalla campal. Era una guerra insólita.
—¿Estás bien, padre?
—¿Eh? Sí, sí claro. Ven, siéntate. Cuéntame, ¿qué tal el viaje?, ¿y tu madre, lleva bien mi ausencia y esta guerra extraña?, ¿y tu hermano?, ¿está bien Lucio?, ¿también ha crecido tanto como tú?
Publio sonrió. No sabía bien por dónde empezar. Su padre soltó una carcajada.
—Te he agobiado con preguntas y ni tan siquiera te he ofrecido algo de beber. ¿Agua? ¿Vino?
—Un poco de ambos estaría bien.
—Claro, claro —el cónsul llamó a un esclavo y éste salió de la tienda y regresó al instante con sendas jarras y copas y sirvió a padre e hijo. Entretanto el joven Publio intentaba calmar la curiosidad de su padre.
—Lucio ha crecido, no tanto, pero también ha crecido. Madre se ocupa de todos los asuntos, con ayuda del atriense. Está bien. Te echa de menos. Lo dice a menudo. Al tío no parece echarlo tanto a faltar. Las cosas van bien, aunque en Roma hay mucho nerviosismo. ¿Es cierto que Aníbal ha cruzado los Alpes?
El cónsul se reclinó en su silla antes de responder.
—No lo sabemos con seguridad. Tengo exploradores por todos los valles desde aquí hasta las montañas. Si sale de aquellos desfiladeros, lo sabremos enseguida y estaremos preparados para recibirle. El cartaginés no debe pasar de aquí y no pasará. ¿Qué se cuenta en el foro?
Su hijo ya sabía a qué se refería su padre con aquella pregunta, así que no se anduvo por las ramas y fue directo al asunto.
—Fabio Máximo solivianta a senadores, patricios y pueblo por igual. Critica tu decisión de dividir las tropas y de venir al norte en lugar de a Hispania, según lo acordado, pero en el Senado muchos te respaldan. Emilio Paulo ha defendido tu decisión y muchos comparten su forma de ver las cosas: un cónsul tiene que acudir allí donde vaya el enemigo, dijo. La gente ha aceptado la decisión.
—El viejo de Fabio teme una victoria mía contra Aníbal; cree que el cartaginés saldrá muy debilitado de los Alpes, sin duda, y que una victoria será cosa fácil. Por eso critica la decisión de que viniera aquí para detenerle.
Su hijo asintió.
—Eso mismo nos comentó Emilio Paulo la noche anterior a mi partida.
—Sí. Es interesante ver que coincidimos. En todo caso, la cuestión se zanjará pronto. En unos días nos enfrentaremos con Aníbal, o con lo que quede de él tras el paso por las montañas, al norte del río. He mandado construir un puente. ¿Lo has visto?
—Sí, padre. Al venir. Un gran trabajo.
Su padre sonrió orgulloso. Cambió de tema.
—Te he asignado una turma de caballería de buenos jinetes. Estaba al mando de un veterano, un hombre rudo pero leal, un buen legionario sin lugar a dudas. Cayo Lelio es su nombre.
—Cayo Lelio —repitió el joven Publio como grabando su nombre en su mente.
—Este decurión ha entrado infinidad de veces en combate. Sigue sus consejos. Tú estás al mando, pero déjate aconsejar por él. Has de intentar establecer una buena relación con este hombre: si él te acepta, todos le seguirán detrás, ¿me entiendes?
—Sí, padre.
—Bueno, pues eso es todo de momento. Es tarde ya. Todos debemos descansar y estar dispuestos para el combate. Pronto saldremos hacia el norte. Muy pronto.
Su hijo se levantó. El cónsul volvió a abrazar a su primogénito y lo acompañó a la salida de la tienda. Una vez fuera lo vio alejarse a lomos de su caballo en dirección al extremo del campamento donde se encontraba la turma de Cayo Lelio. Su hijo estaba allí. Sintió una mezcla confusa de sensaciones. Estaba feliz. Sólo verlo le había animado el espíritu, pero una profunda desazón le marchitaba la alegría inicial que aquel encuentro había despertado. Era demasiado joven para luchar. Demasiado joven. Si le pasara algo, no se lo perdonaría nunca. Le entraron dudas. ¿Sería Lelio el hombre adecuado para acompañar a su hijo? Estaba cansado. Ya no discernía bien lo correcto de lo inapropiado. Debía poner en consonancia sus acciones con sus palabras y predicar con el ejemplo.
—Buenas noches —dijo, dirigiéndose a los lictores.
—Buenas noches, mi general —respondieron los soldados de la guardia consular.
El general en jefe del ejército romano establecido junto al río Tesino entró en su tienda. Con ayuda de un esclavo se quitó la coraza, la espada y el resto de las prendas militares. Se quedó a solas. Apuró el vino que quedaba en su copa. Su hijo lo había bebido todo antes de salir. Influencia de Cneo. Ojalá el resto de las enseñanzas de su hermano hayan permeado igual, pensó. Se acostó e intentó dormir.
Era ya la hora de la primera guardia. El joven Publio dejó su caballo en los establos de la guarnición y se dirigió a su destacamento. Era demasiado tarde para encontrar a nadie despierto, más allá de los centinelas nocturnos y las patrullas de guardia con su ir y venir de tesseras y controles en los diferentes puestos de vigilancia, por eso se sorprendió al ver un oficial de caballería, un decurión, alto, maduro, junto a una de las hogueras que se habían usado para cocinar la cena de los legionarios. Publio se acercó a aquel hombre que, al abrigo de los rescoldos de la hoguera, buscaba calentarse las manos en aquella fría noche de noviembre. Se puso frente a él e imitó su gesto frotándose también las manos. El oficial tenía una profusa barba y una frente con incipientes arrugas. Iba armado y no tenía cara de ser un gran conversador, pero se le veía tan seguro de sí mismo que esa misma seguridad invitaba a hablar con él.
—No pensé que fuera a hacer tanto frío ya tan pronto —dijo el joven Publio para iniciar una conversación mientras seguía frotando sus manos una contra otra y aproximándolas a los rescoldos de la hoguera, inclinándose un poco para facilitar la operación.
El decurión le miró antes de responder.
—El norte es así —dijo con una voz grave.
Luego se hizo el silencio. Pasaron un minuto sin decir nada más, compartiendo el calor de la moribunda hoguera en aquella noche en vísperas de una guerra. Publio quería seguir hablando, pero no tenía muy claro por dónde continuar. Estaba pensando en marcharse sin más, cuando el decurión empezó a hablar.
—Es tu primera vez en campaña, ¿verdad?
—Sí, supongo que resulta demasiado evidente —respondió Publio.
El oficial le miró con detenimiento.
—No tanto. Es el hecho de que eres muy joven.
Publio asintió.
—¿Tienes miedo? —preguntó el oficial—, ¿por eso no duermes?
—Es que acabo de llegar de Roma para incorporarme a la caballería del ejército consular —luego Publio dudó en proseguir, pero al fin añadió—, pero mentiría si no dijera que tengo un poco de miedo.
El oficial abrió los ojos y escudriñó la mirada de su joven interlocutor nocturno.
—Todos lo tienen, aunque muy pocos lo admiten. ¿Tanto miedo como para flaquear en el campo de batalla? —preguntó el decurión.
—No, tanto como para eso no. Espero que no.
—Entonces todo está bien.
Publio pensó que era el momento de presentarse, pero le molestaba tener que desvelar que era el hijo del cónsul. Se dio cuenta de que aquélla era la primera conversación que mantenía con alguien que no conociera su auténtica personalidad en toda su vida. Junto a aquella hoguera que se consumía en la madrugada sólo había dos soldados, dos oficiales, uno muy joven, bastante nervioso en su primera campaña, y otro veterano, seguro, serio.
Volvieron a compartir el silencio de la noche durante varios minutos, hasta que el maduro oficial volvió a hablar.
—Mi nombre es Cayo Lelio, ¿y el tuyo?
El joven Publio no pudo evitar dar un pequeño paso hacia atrás. Ahora tenía que descubrir su nombre. Su interlocutor se acababa de presentar y además resultaba ser el oficial que estaba bajo su mando. Qué absurdo, pensó, que aquel hombre veterano, seguro y experto estuviera bajo sus órdenes y no al revés. En un instante pensó en cómo debería sentirse ante aquella humillación que su propio padre le había impuesto.
—Soy Publio... Cornelio Escipión.
Contrariamente a lo que esperaba Publio, el decurión no pareció sorprenderse.
—Sí, esperábamos al nuevo oficial al mando próximamente.
No había ni reconocimiento especial ni desprecio. El decurión se dirigía a él con corrección, sin mostrar más sentimientos. Otra cosa es lo que aquel veterano estuviera pensando. Publio, una vez superada su sorpresa inicial, decidió saber más de la situación con la que se iba a encontrar.
—Los hombres, los jinetes de la turma..., ¿cómo se han tomado la asignación de un nuevo oficial al mando?
Lelio le miró como valorando hasta qué punto se podía ser sincero con aquel joven patricio hijo del cónsul. No llegó a ninguna conclusión clara. Decidió aventurarse.
—Mal.
—Entiendo —dijo Publio. La hoguera estaba prácticamente apagada. El frío de la noche húmeda parecía penetrar por todos sus huesos. Estaba cansado.
—¿Muy mal? —Publio buscaba un resquicio de esperanza en su primera campaña. Lelio no era compasivo en según qué circunstancias.
—Muy mal —sentenció el decurión.
Publio bajó la cabeza. Meditó. Alzó el rostro y mirando fijamente a Lelio preguntó de nuevo.
—¿Obedecerán o tendré problemas de disciplina?
Lelio no le miraba ahora, sino que había buscado con sus ojos las estrellas, pero le escuchaba atento. Aquélla era una pregunta muy apropiada en un oficial que asume el mando de una nueva turma o manípulo. El jovenzuelo también era alto y eso siempre quedaba bien ante los soldados bajo su mando. Era su extrema juventud lo que crearía esa extraña sensación de ir comandados por un niño.
—No —dijo al fin Lelio—, no habrá problemas de disciplina.
Publio comprendió aquellas palabras en su justa medida: puede que hubiera problemas de disciplina pero no los habría porque para eso estaba él, Cayo Lelio, para impedirlos. El joven oficial buscaba algo positivo que decir con que halagar a aquel hombre, algo que mitigara aquella incómoda situación de verse sometido en el mando a un inexperto y descaradamente joven nuevo oficial que además ha sido puesto en dicha posición por ser el hijo del general en jefe de aquel ejército.
—No sé si valdrá de algo —empezó Publio—, pero me gustaría que supieras que estoy seguro de que si mi padre ha elegido tu turma de caballería para que éste sea mi primer destino en mi primera campaña, es porque está convencido de la valía de tus hombres y de que tú eres uno de los mejores oficiales de todo este ejército. Espero no desentonar en exceso y no avergonzar el crédito que el destacamento se ha ganado por sus propios méritos. Ahora me voy a dormir. Buenas noches.
—Buenas noches —respondió Lelio, y se quedó mirando cómo aquel joven se alejaba.
El hijo del cónsul estaba nervioso. Con aquellas palabras estaba buscando congraciarse. Bueno. Mejor así. Lelio intentó ponerse en su lugar: no debía de ser sencillo ser siempre el hijo de alguien tan importante e intentar estar siempre a la altura de lo que se espera de uno. Él nunca tuvo esas presiones. Tuvo otras. Las de luchar para ascender desde la nada. No tenía claro que ambos caminos fueran comparables en los obstáculos a superar para alcanzar el respeto de los que te rodean, pero aquella conversación le había dibujado una imagen diferente a la que se había forjado en su mente: esperaba encontrarse con un mozalbete mimado y orgulloso y, pudiera ser que lo fuera, pero al menos no había quedado patente en aquel primer encuentro. Decidió no dedicarle más tiempo a aquellas elucubraciones sin sentido. Los dioses dispondrán el destino de aquel joven y, como siempre en una campaña militar, será finalmente el campo de batalla el que dictamine su sentencia definitiva. Habrá que esperar al combate. Lelio escupió en el suelo. En cualquier caso habría preferido una misión de reconocimiento en el norte.
Norte de la península itálica,
noviembre del 218 a.C.
El cónsul, apoyados sus brazos sobre una mesa, meditaba. La confirmación de que el cartaginés había conseguido su objetivo, cruzar los Alpes, no dejaba de sorprenderle. Estaba claro que Roma se encontraba ante un enemigo diferente a cuantos habían encontrado anteriormente; pero, aun así, el cónsul albergaba gran confianza en los planes que había elaborado y en la destreza de sus tropas para derrotar al enemigo. Su hermano Cneo iba camino de Hispania para cortar así los suministros de Aníbal y él mismo por su parte había juntado un poderoso ejército para poder enfrentarse al cartaginés y frenar su avance. Era el momento de poner los planes en marcha, de dar las órdenes pertinentes. Además, el enfrentamiento entre las dos caballerías, la romana y la cartaginesa, junto al Ródano, fue claramente favorable a las tropas consulares y eso había subido la moral al ejército.
En un primer momento pensó en hacer avanzar a todas las legiones y que todos los soldados cruzasen el río, pero, pensándolo mejor, concluyó que sería más conveniente hacer una salida de reconocimiento con la caballería. Para evitar emboscadas decidió salir con toda la fuerza de caballería. Eso implicaba juntar a más de dos mil quinientos jinetes combinando a un tiempo rapidez de movimientos y una fuerza de disuasión poderosa; los cartagineses tendrían que pensárselo bien antes de atacarlos. Además, decidió que junto con la caballería los acompañaran unos mil vélites de la infantería ligera, como tropas de refuerzo ante una posible batalla.
El cónsul, acompañado de su escolta, se situó en la puerta norte del campamento; de esa forma el general en jefe podía pasar revista al conjunto de tropas que se llevaba para esta misión de avanzadilla al otro lado del río. El último destacamento de caballería en salir del campamento fue el que comandaba su hijo. El cónsul no pudo evitar sentirse orgulloso al ver a su joven vástago cabalgando al frente de aquel grupo de jinetes. A su lado, a la derecha, ligeramente retrasado, cabalgaba Lelio. Escipión padre había tomado la decisión de que ese destacamento de ciento sesenta jinetes, junto con otras turmae con un número similar, quedaran en la retaguardia de las tropas que había seleccionado para esta misión. Quería que su hijo estuviera próximo a la primera línea de los combates que se pudieran producir para que aprendiera desde la proximidad la dureza y la crueldad de la guerra, y algo de estrategia; pero quería evitarle el peligro inminente que suponía entrar en combate directo al principio de una batalla, cuando el desenlace de la misma aún estaba por decidir.
Lelio y sus hombres, al salir del campamento en la cola de la formación, vieron confirmados sus temores de que el cónsul habría pensado en preservar a su hijo del combate, con todo lo que eso implicaba, es decir, que todos ellos, todo el destacamento quedaba a su vez alejado de la batalla que pudiera tener lugar.
Tras cabalgar unos quince minutos aquella mañana fría de noviembre llegaron junto al río Tesino. Era un lugar donde el río bajaba con fuerza, con turbulencias. Había una gran humedad en el aire. Hacía frío, caía una lluvia fina y el viento arreciaba con violencia.
El cónsul y su escolta que cabalgaban al frente de la caballería llegaron al emplazamiento del puente que los legionarios habían estado construyendo durante las semanas precedentes. El paso sobre el río, formado por más de quince naves puestas en paralelo unas junto a otras, era una impresionante obra de ingeniería militar romana. Con infinidad de troncos fuertemente anudados entre sí se tapaban los huecos que quedaban entre las naves. Habían construido un sólido puente flotante. El agua del río circulaba entre las quillas de las naves de forma que el espacio que quedaba entre nave y nave hacía las veces de ojos del puente.
El cónsul ordenó que el primer destacamento de caballería, en hilera de a cuatro, avanzase sobre el puente para cruzar el río. Las quince naves fueron absorbiendo el peso de los ochenta jinetes y sus monturas a medida que éstos avanzaban por el puente. Los caballos notaban los troncos vibrando bajo sus pezuñas, pero el puente, pese a las dudas que los brillantes ojos de los equinos planteaban, se sostenía firme.
Mientras los destacamentos de caballería iban cruzando el río, éstos iban formando al otro lado preparados para la carga por si los cartagineses los sorprendían en el proceso de cruzar el Tesino. El cónsul sabía que éste era uno de los momentos más delicados de toda la operación. Era, sin duda, el espacio de tiempo donde las tropas con las que había salido a hacer reconocimiento de la región quedarían más vulnerables ante un posible ataque sorpresa; por eso había dado órdenes estrictas de que los destacamentos que cruzasen el río estuvieran preparados para entrar en combate en cualquier momento. Sin embargo, no pasó nada. El conjunto de las tropas a caballo tardó media hora en cruzar el Tesino. A continuación le siguieron las tropas de infantería ligera, los vélites. Al cabo de otros treinta minutos todas las tropas se encontraban en el lado norte del río, reunidas de nuevo, dispuestas para continuar el avance.
Publio Cornelio Escipión ordenó que las tropas avanzasen siguiendo el curso del río. Y así lo hicieron durante varios kilómetros. El valle estaba en silencio. No se oían pájaros y, si bien es cierto que era invierno, aquello incomodó sobremanera al cónsul, de tal forma que decidió, contrariamente a lo que era la costumbre en los ejércitos de Roma, enviar exploradores por delante de las tropas para evitar un encuentro inesperado con el ejército cartaginés.
Las tropas levantaban una gran polvareda en su avance. Había sido un otoño seco en el norte y, pese a la humedad que las aguas del río despedían, el terreno por el que avanzaban estaba bastante seco, de modo que las pezuñas de los dos mil quinientos caballos y las sandalias pesadas de los mil infantes sacudieron el polvo del camino creando una nube que podría ser visible a gran distancia. Estaba claro que en forma alguna podría sorprender al enemigo.
Llevaban una hora de marcha junto al río cuando uno de los decuriones que cabalgaba al lado del cónsul señaló un punto del horizonte.
—Mi general, ¿ha visto eso?
A lo lejos, en la distancia, se vislumbraba una nube de polvo que a cada momento se hacía mayor. En ese mismo instante, cabalgando a galope tendido, llegaron varios de los exploradores. Sólo venían a confirmar lo que ya todos sabían: el ejército de Aníbal se encontraba ante ellos, apenas a unos miles de pasos de distancia; la nube que veían era el indicador además de que las tropas cartaginesas no estaban detenidas, de que también avanzaban sobre ellos a gran velocidad. Muy posiblemente el combate se cernía sobre la caballería romana y la infantería que los acompañaba.
El cónsul ordenó detener el avance de las tropas. Había que prepararse para la lucha. Rápidamente reunió en torno suyo a los tribunos de la infantería y a los decuriones de la caballería. Entre ellos estaba su hijo. Se trataba de una rápida reunión del Estado Mayor de las tropas que había traído consigo al norte del Tesino. Publio Cornelio Escipión, cónsul de Roma, dio órdenes precisas: la infantería debía posicionarse al frente, cargando sus jabalinas preparados para lanzarlas cuando los primeros jinetes de Aníbal se acercaran a ellos; detrás de la infantería en formación cerrada se situaría la caballería; quedarían cuatro turmae de jinetes en la retaguardia como tropas de refresco que sólo intervendrían en caso de necesidad. Los informes de los exploradores habían sido confusos y poco precisos. No quedaba claro cuáles eran exactamente las fuerzas con las que contaba Aníbal en ese momento. Solamente habían coincidido todos ellos en que el general cartaginés, en una operación similar a la que había hecho el cónsul, se había adelantado al grueso de su ejército con su caballería, dejando al resto de su infantería atrás. Escipión, aun desconociendo si Aníbal le superaba en número, estaba animado a entrar en combate, decidido a ello, entre otras cosas, por la experiencia anterior contra ese mismo ejército que ahora se dirigía contra ellos cuando las dos avanzadillas de la caballería se enfrentaron en el Ródano. ¿Por qué tendría que ser diferente ahora el sentido del combate? En cierta forma, el cónsul no podía evitar pensar que la estrategia de Aníbal de rehuir la lucha en la Galia y dar el rodeo de cruzar los Alpes pudiera en gran parte deberse a un cierto temor del general cartaginés a entrar en combate abierto con un ejército consular romano al completo. Escipión sentía además que sus tribunos, decuriones, jinetes y legionarios compartían esa misma sensación de posible victoria contra la caballería cartaginesa. Por ello, tras posicionar las tropas, aguardó tranquilamente a que Aníbal y su ejército se dibujaran en el horizonte y, al igual que ellos habían hecho, se dispusieran en formación de combate.
Aníbal dio orden a su ejército de que se detuviera. A su voz miles de caballos frenaron su avance. El general cartaginés observó el despliegue de las tropas romanas. Esta vez iba a atacar. Estuvo mirando la formación de la caballería romana durante varios minutos sin decir palabra alguna. Ninguno de sus oficiales se atrevió a cortar ese silencio. Por fin, Aníbal dio instrucciones. Aparentemente se trataba de algo muy simple. Una carga frontal con toda la caballería contra las tropas romanas. La única instrucción especial era que el avance tenía que ser al galope. Había que evitar que la infantería romana dispuesta en la primera línea pudiera hacer uso de sus jabalinas o, al menos, minimizar las bajas causadas por éstas. Ahora iban a combatir al cien por cien de sus fuerzas. Sabía que los soldados estaban deseosos de luchar y que haber derribado con sus propias manos la muralla de hielo que hacía unos días les cortaba el paso hacia la península itálica no había hecho sino alimentar el ánimo y las ansias de sus tropas por alcanzar su gran objetivo: Roma.
Norte de la península itálica,
noviembre del 218 a.C.
La caballería cartaginesa, siguiendo las órdenes de su general, se lanzó al ataque a galope tendido. El cónsul romano observó la carga y ordenó que la infantería ligera de primera línea se preparara para arrojar sus jabalinas, pero la caballería cartaginesa empezó a acelerar en su avance hasta transformar su carga ofensiva en un auténtico estruendo con miles de caballos haciendo volar sus pezuñas sobre la tierra de aquel valle. Los centuriones de la infantería ligera romana gritaron sus órdenes.
—¡Esperad a la señal! ¡No lancéis jabalinas hasta la señal! ¡Tenemos que esperar hasta que estén a nuestro alcance!
Pero la caballería cartaginesa avanzaba a tanta velocidad que, cuando los centuriones dieron la orden de arrojar las jabalinas, todo pareció ocurrir al mismo tiempo. Los legionarios romanos lanzaron sus afiladas armas y algunas de éstas alcanzaron sus objetivos, cayendo derribadas decenas de jinetes cartagineses, pero todos los que no habían sido derribados al segundo alcanzaron la formación romana y arremetieron contra las líneas de vélites arrasando todo a su paso. Primero embistieron a los legionarios de la primera fila ensartando a muchos con sus lanzas alargadas que arrastraban a un metro y medio de altura del suelo buscando los pechos de los soldados enemigos y enseguida, una vez clavadas sus lanzas en los cuerpos de los primeros legionarios, cogieron las que les quedaban partidas aún en sus manos, las arrojaron contra los enemigos que huían y desenfundaron las espadas. La caballería romana avanzó dejando espacios para que los legionarios de la infantería pudieran replegarse tras ellos. Y así lo hicieron a toda velocidad, esto es, los que pudieron salvarse de la sangrienta escabechina que la caballería cartaginesa en su carga había hecho entre sus filas.
Las dos caballerías se enfrentaron sin espacio para cargar la una contra la otra. Toda la primera línea de batalla se transformó en un inmenso desorden de miles de caballos y hombres, donde el nerviosismo de las bestias hacía cada vez más difícil que los jinetes pudieran o bien defenderse de los golpes del contrario o bien ser precisos en sus estocadas. Tanto los jinetes de un bando como de otro terminaban por desmontar para seguir la lucha cuerpo a cuerpo desde tierra. Los jinetes romanos se veían entonces reforzados por el regreso de la infantería superviviente a la carga inicial cartaginesa, que ahora se reagrupaba junto a los jinetes romanos para entre todos luchar cuerpo a cuerpo, metro a metro, contra los cartagineses.
El cónsul combatía en el centro de ese tumulto de hombres y bestias. Su hijo observaba desde la retaguardia los acontecimientos. El joven Publio, con su destacamento de caballería junto a otros tres grupos de jinetes de similar número que el cónsul había ordenado que quedaran retrasados como tropas de refresco, vislumbraba también en la distancia al general cartaginés, subido en su caballo, rodeado de un nutrido contingente de caballería que le salvaguardaba en todo momento, actuando a modo de lictores de aquel general extranjero. Pero lo peor, pensó Publio, estaba por venir, pues el general cartaginés disponía aún de dos inmensos contingentes de caballería a ambos extremos de su formación inicial. Se trataba de sendos regimientos de guerreros númidas procedentes del norte de África, excelentes jinetes, los mejores del mundo conocido. Aníbal había ordenado que el grueso de su caballería se lanzara sobre los romanos desde el centro de su formación, pero aún disponía de estos dos remanentes de caballería en los flancos. Publio, nervioso, observó cómo Aníbal alzaba su brazo; en el combate la enorme algarada de soldados, caballos enfurecidos y sangre envolvía a su padre. La batalla estaba igualada. Aníbal bajó su brazo de golpe, como si lo dejara caer, y los dos regimientos de la caballería númida se lanzaron contra los romanos. En su avance rodearon el gran tumulto sobrepasando las líneas de combatientes cartagineses y romanos hasta situarse en la retaguardia de la caballería romana. De esta forma el cónsul y sus tropas quedaron bloqueados. Los vélites, entre agotados, muchos de ellos ya heridos, y aterrorizados por los refuerzos del enemigo, comenzaron a escapar en una desordenada huida. Unos doscientos jinetes númidas los siguieron. La infantería era un objetivo fácil de batir por una caballería bien entrenada, especialmente cuando se perseguía a soldados aterrorizados que, obnubilada su razón por el miedo, olvidaban protegerse. Uno a uno, todos iban siendo acuchillados por la espalda. La infantería romana estaba siendo aniquilada, ensartado cada legionario como si de fruta madura se tratara.
Uno de los escuadrones de tropas de refresco, al observar el desastre en el que la batalla se estaba transformando para las tropas romanas, dio la vuelta y empezó su retirada. Acto seguido, los otros dos escuadrones que estaban a la derecha de Publio empezaron a agitar sus monturas nerviosos. Sus decuriones contemplaban a la turma del joven Publio, aunque en realidad tenían sus ojos fijos en Cayo Lelio, el oficial más experimentado de los que habían quedado en retaguardia.
Los númidas que observaron la retirada de una de las turmae de caballería romana y el nerviosismo del resto de los escuadrones romanos de la retaguardia, enfervorizados por su clara victoria, se lanzaron en persecución de los jinetes enemigos que habían iniciado la huida mientras otros aguardaban los movimientos de las restantes tropas.
Publio, atónito, observaba el desastre. Su padre estaba rodeado por las fuerzas cartaginesas, apenas ayudado por sus lictores y un centenar de sus hombres más fieles que le envolvían y protegían mientras éste intentaba dar órdenes para poder organizar una retirada razonable. Fue entonces cuando el joven Publio tomó la decisión. Se dirigió a Lelio y dio su primera orden como decurión en un campo de batalla.
—Vamos a atacar. Hay que salvar la vida de nuestro general.
—Esto... —Lelio dudó, pensó y continuó al fin con firmeza—. Esto ya no es posible, decurión. Es demasiado tarde. Demasiado tarde.
Publio le miró fijamente a los ojos. Lelio evitó sostener aquel pulso visual. El oficial romano estaba igualmente aturdido por lo que estaba ocurriendo pero su experiencia le decía que la batalla estaba perdida, que no había nada que hacer, más que buscar la forma de escapar vivos de aquella carnicería. Quizá éste era el momento, con decenas de númidas entretenidos en la persecución del escuadrón de retaguardia que había huido y el resto de los cartagineses ocupados en su combate con el grueso de la caballería romana. Recordó además la orden que había recibido del propio cónsul: evitar que su hijo entrara en una acción donde su vida estuviera en claro peligro. Puede que fuera posible lanzarse e intentar ayudar al cónsul. Quizá si no tuviera la otra orden del cónsul, del propio cónsul ahora rodeado, eso sería lo que intentase él mismo, aunque en el empeño perdiera la vida y probablemente la de todos sus hombres.
El joven Publio se quedó mirando a Lelio. Esperando una explicación a la respuesta que había dado. Como el oficial no decía nada, Publio repitió su orden. Esta vez más despacio, pronunciando cada palabra, como si aquél no le hubiera entendido.
—He dicho que vamos a atacar. No he preguntado lo que piensas y no me interesa si crees que es posible o imposible lo que yo he ordenado. Te he dado una orden, una orden concreta. Prepara los hombres para el ataque. Me aseguraste que no tendría problemas de disciplina.
Lelio sintió aquellas últimas palabras como una daga en su vientre, tragó saliva y decidió cumplir la orden, pero aquélla recibida y oculta dada por el cónsul. Volvió a hablar.
—Eso es una locura total. La batalla está perdida y, aunque lo lamente mucho, el cónsul también está perdido.
Los soldados escuchaban el debate entre su experimentado oficial y el nuevo decurión, apenas un muchacho, al mando del regimiento. To dos compartían la visión de Cayo Lelio. Lo mejor era buscar la forma de replegarse. Sin embargo, volvieron a escuchar la voz de Publio Cornelio, de aquel joven muchacho de diecisiete años, decidida y firme en su orden. Esta vez les habló directamente a ellos, sin mirar ya a Lelio.
—¡Jinetes de Roma, os doy una orden como vuestro oficial superior! ¡Vamos a atacar bajo mi mando! Seguidme. Tenemos la obligación de defender a nuestro general en jefe. ¡No podemos permitir que un cónsul de Roma caiga en manos de los cartagineses!
Y sin más, sin esperar a ver la reacción de sus hombres, sin volver a mirar a Lelio, simplemente inspirando profundamente, desenfunda su espada, aprieta fuerte las riendas de su caballo y se lanza, solo, hacia la vorágine de la batalla, cabalgando directo hacia donde se encuentran su padre y sus hombres luchando entre la vida y la muerte en un círculo cada vez más pequeño.
Cayo Lelio desmonta de su caballo. Arroja su escudo al suelo con rabia. Maldice su suerte y la de sus hombres y a todos los dioses. Pone los brazos en jarras contemplando al decurión alejarse al galope. Siente las miradas de los jinetes a su espalda. Nadie se mueve, ninguno obedece las órdenes de aquel decurión enloquecido que cabalga hacia su muerte.
Cayo Lelio inhala aire con profundidad hasta llenar por completo sus pulmones del viento frío de aquel valle aquella mañana de noviembre del 218 a.C. Henchido de locura monta de nuevo sobre su caballo. Agita entonces las riendas con fuerza y grita al aire que respiran, a las montañas que los envuelven y a los enemigos que matan y mutilan a los romanos.
—¡Al ataque! ¡Por Roma, por el cónsul!
Los jinetes de la turma se miran entre sí y azuzan sus monturas con golpes de talón en el vientre de los animales y chasquidos de las riendas. Una enorme polvareda se levanta a su partida y tras ellos sólo queda el silencio.
El cónsul daba las órdenes con decisión. Era lo único que le quedaba: firmeza en el mando, pues la estrategia había quedado ya abandonada. Se trataba de sobrevivir.
—¡Mantened las líneas, nos replegaremos manteniendo la formación! ¡Manteneos unidos! ¡Juntos!
Los soldados romanos luchaban con gran energía, pero los cartagineses combatían con una fuerza inusitada. La visión del cónsul tan próximo a ellos los animaba. Todos querían participar en el apresamiento o en la muerte de un cónsul de Roma. El premio que recibirían de su general en jefe sería magnífico.
Los romanos habían intentado mantener dos líneas en el círculo defensivo que había en torno a la posición de Publio padre, para de esa forma ir turnándose en el combate, sustituyendo los de la segunda fila a los de la primera cuando éstos estaban extenuados o bien cuando eran heridos; pero muchos habían sido ya los que habían caído o los que habían sido gravemente heridos o yacían completamente exhaustos. Tantas habían sido las bajas que sólo quedaba una línea de defensores en torno al cónsul. Éste no lo dudó ni un instante. Había llegado su turno y pensaba cumplir con su obligación de soldado igual que lo habían hecho y lo seguían haciendo sus hombres. Espada en mano se lanzó a cubrir la posición de uno de los soldados extenuados y empezó a combatir cuerpo a cuerpo. Los cartagineses, cada vez mayores en número, parecían multiplicarse por segundos.
El cónsul para un golpe con su espada. Se revuelve con rapidez y hiere de muerte al soldado cartaginés en el vientre. Otro soldado africano le sustituye. El cónsul vuelve a parar otro golpe con su escudo, y otro más de un nuevo soldado cartaginés que se ha unido en la lucha contra él. Publio, cónsul de Roma, retrocede un paso. Caen nuevos golpes que frena con un escudo abollado. Los golpes son cada vez más fuertes y se suceden con mayor velocidad. En una de las acometidas pierde el escudo, que queda en el suelo, perdido. El cónsul retrocede unos pasos. En circunstancias normales un grupo de sus soldados saldría a protegerle de forma inmediata, pero la batalla ya no se desarrolla en circunstancias de normalidad. Todos los lictores han fallecido en la contienda. Los pocos jinetes romanos que aún luchan junto al cónsul lo hacen ya por su propia supervivencia. Están rodeados por los cartagineses, más numerosos, más crecidos en su afán de victoria absoluta. Cada soldado romano está combatiendo por su propia existencia.
El cónsul se encuentra solo, con su espada, ante varios cartagineses que le acometen desde ambos flancos. Frena un nuevo golpe con la espada, se revuelve y hiere a uno de los enemigos en el hombro, pero no tiene tiempo y en ese momento, desde el lado contrario, una espada cartaginesa desgarra la piel de su pierna. El cónsul pierde el equilibrio primero; luego llega el dolor. La sangre brota por el muslo. Intenta incorporarse, pero la pierna derecha se niega a darle el impulso que necesita para levantarse. Cae otro golpe poderoso que detiene nuevamente con la espada. Intenta alzarse de nuevo, pero es imposible. La pierna derecha no responde y el dolor se acrecienta. En el sufrimiento siente el sudor que le cae por la frente. Ésta será su última batalla. Con un esfuerzo ímprobo se alza de nuevo, quemando así todas las reservas de su espíritu. Si ha de morir que sea de pie, luchando junto a sus hombres en el campo de batalla. Recuerda a su mujer y a sus hijos. Tarde para corregir cosas, tarde para decirles palabras que debería haber dicho. Los cartagineses se abalanzan sobre él. Es el fin del cónsul de Roma. Publio Cornelio Escipión cae de rodillas; un soldado cartaginés se aproxima a él para asestar el golpe de gracia. La espada enemiga desciende poderosa, orgullosa sobre el cuello del general romano pero cuando está a punto de alcanzar su objetivo otra espada se interpone en su ruta mortal. El joven Publio acaba de llegar. Ha cabalgado al galope sin mirar hacia atrás hasta llegar junto a su general en jefe, junto al cónsul de Roma, junto a su padre. El joven soldado, con la furia y la fortaleza que otorga la juventud y su natural inconsciencia, se interpone entre su padre herido y los soldados cartagineses ávidos por abatir al cónsul y así conseguir las recompensas prometidas por Aníbal; pero en su lucha, dos de los cartagineses caen rápidamente a manos del joven oficial romano recién llegado. El joven Publio combate con la destreza adquirida en sus años de adiestramiento en Roma y con una extraña frialdad que sorprende a su mismísimo padre. El cónsul abatido, aún de rodillas, observa al oficial que le ha salvado la vida, por el momento, y enseguida reconoce la silueta de su hijo combatiendo. En un instante sus sentimientos se confunden. En un primer instante la felicidad lo embarga por ver su vida salvada y, más aún, porque un cónsul de Roma sea salvado nada menos que por su propio hijo; admira y se deleita en el valor de su primogénito, pero inmediatamente se percata de que la situación no puede ser más triste. Ese día no será el día de su propia muerte, sino también el día en el que vea morir a su hijo con él. La situación de la batalla no ha cambiado. No entiende bien cómo ha llegado hasta allí su hijo solo y sin refuerzos, pero todo apunta a una locura propia del joven espíritu de su vástago. El cónsul intenta levantarse, pero las piernas no le sostienen; intenta dar órdenes, pero la voz no le responde. Ha perdido mucha sangre en el esfuerzo anterior para alzarse y luchar de pie. Sin embargo, más allá de toda esperanza y de toda lógica, cuando el ánimo y la fe en los dioses se han desvanecido, de pronto, decenas de jinetes romanos irrumpen en la batalla. Son tropas de caballería romana de refresco que llegan con renovadas energías a la contienda. Acometen a los cartagineses con un vigor sorprendente que enseguida termina con varios de los enemigos más próximos a alcanzar al cónsul y a su hijo. Acto seguido el oficial que los dirige pone un caballo junto al cónsul. Dos jinetes desmontan y ayudan al general a subir a la montura. Entretanto ya son un centenar de jinetes romanos los que se han abierto camino y hacen que los cartagineses se retiren. Y siguen llegando más jinetes romanos que aseguran la posición. Los cartagineses intentan montar de nuevo sobre sus caballos, pero muchos de éstos han desaparecido en el fragor de la batalla. Así, a pie, los cartagineses se retiran.
Cayo Lelio ha dirigido el destacamento del joven Publio hasta donde se le había ordenado por parte de su oficial al mando. Y al lanzarse él con el destacamento contra los cartagineses, las otras turmae romanas que estaban a punto de emprender la huida se unieron a la carga y de esa forma habían juntado unos doscientos cincuenta jinetes que ahora mantenían a raya a los cartagineses. No obstante, la situación era de inferioridad en el conjunto de la batalla y no podían dilatarse en aquella lucha que los cartagineses dominarían en cuanto se recompusieran de la sorpresa inicial ante la llegada de estos refuerzos romanos ya inesperados.
—¡Hay que replegarse a toda prisa! ¡Montad en los caballos y retiraos! —gritó el joven Publio.
En esta ocasión nadie discutió su orden. Los romanos buscaron monturas, igual que lo hacían los cartagineses, y se subieron a ellas, con la diferencia de que los que no encontraban caballo subían junto con otro jinete en el mismo caballo y retrocedían juntos. El cónsul se mantenía sobre el animal que le habían proporcionado, escoltado por cuatro jinetes que Lelio había asignado para su protección. En el repliegue Lelio y el joven Publio cruzaron sus miradas. El joven oficial no ocultó su mezcla de sentimientos: desprecio ante las dudas iniciales de Lelio y su negativa a seguir las órdenes de un superior y alegría indescriptible de que al fin, fuera como fuera, allí hubiera llegado Lelio con los hombres necesarios para hacer posible la retirada suya y, más importante aún, la de su padre, la del cónsul. El general en jefe de las tropas romanas, al menos este cónsul, no caería en manos de Aníbal. No hubo tiempo para palabras. En unos segundos todos cabalgaban al galope en dirección al río Tesino.
Los cartagineses se reagrupaban con rapidez. Aníbal descendía desde la colina en la que había observado toda la acción y en unos minutos llegó junto a sus tropas. Se puso al frente y cabalgaron decididos tras los romanos, todos bajo su mando, seguros de su victoria cercana, encendidos por la sangre romana que habían derramado por doquier.
Aníbal pensaba, absorto, abrumado por los recuerdos. La entrada de aquel joven oficial romano para ayudar in extremis al cónsul ya abatido y rodeado le había traído a su memoria otra batalla, muy lejana ya en el tiempo, que se había esforzado en distanciar de su mente, que había intentado enterrar con infinidad de nuevas contiendas y lances para al fin poder olvidarse por completo de la misma. Y, sin embargo, aquel joven oficial romano había devuelto toda la viveza a sus recuerdos. De pronto, aquel atardecer junto al Tajo había regresado a su cabeza como empujado por el mismísimo Baal. Veía la figura de su padre Amílcar luchando entre espadas y escudos enemigos, con decenas de iberos golpeando sobre él, sobre su casco, contra su espada y escudo, luego agrietándole la coraza con afiladas puntas, y veía ahora la sangre de su padre ya tendido en el suelo, junto a aquel maldito arroyo que moría en el Tajo, cortando con su líquido transparente y en silencio la respiración de su padre, mientras que él, distraído por los enemigos, se afanaba en defender el cuerpo de su padre caído de los golpes mortales que cada guerrero ibero pugnaba por asestar sobre el general cartaginés abatido. Aníbal bajó la mirada. La cabeza parecía explotarle hasta el punto de que se llevó una de sus manos a las sienes y se quitó el casco. El aire frío de noviembre pareció devolverle un poco la compostura y trasladar algo de sosiego a su espíritu desolado. ¿Cómo algo tan lejano de pronto podía reavivarse hasta mortificar el corazón con tan extrema crueldad?
Maharbal se aproximó a su superior.
—¿Os encontráis bien, mi general?
Aníbal asintió y lentamente volvió a ponerse el casco. Sacudió las riendas y todos aceleraron el paso de sus caballos hasta avanzar al trote, evitando numerosos cadáveres de romanos repartidos por el valle. Algunos buitres comenzaban a trazar grandes círculos, aún lejanos, en lo alto de un cielo lánguido.
—¿Quién sería ese oficial? —preguntó Maharbal, entre hablando para sí mismo y dirigiéndose a su general. Realmente no esperaba recibir respuesta, pero Aníbal, con voz clara, transmitió la conclusión a la que sus recuerdos le habían conducido, pues entre el dolor y el sufrimiento de la memoria, había tenido ya fuerzas para deducir quién podía luchar de aquella forma por salvar la vida del cónsul.
—Aquél, sin duda, era su hijo, Maharbal. Era el hijo del cónsul. Sólo un hijo, para salvar a un padre, combate con esa esperanza en una posición perdida. Yo lo intenté, pero el agua de un arroyo me privó de la compañía de mi padre y a Cartago de su mejor general. Este joven ha tenido a sus dioses más atentos y su valor, porque hay que reconocerlo, ha sido valiente, se ha visto recompensado. Pero la mañana no ha terminado. No hemos terminado. Todavía estamos en combate. Adelante. —Y dirigiéndose a todos volviendo su rostro a sus jinetes—: ¡Al galope, a por ellos, que no crucen el río! ¡Hacia el río!
El río Tesino,
noviembre del 218 a.C.
Los romanos cabalgaron durante media hora. Los caballos estaban extenuados. Algunos se habían visto obligados a llevar a más de un jinete y el esfuerzo los tenía exhaustos. Alcanzaron así el puente de naves sobre el Tesino. Un jinete se aproximó hasta el joven Publio.
—¡Decurión! ¡El cónsul quiere hablar con vos!
Publio Cornelio Escipión hijo aceleró el ritmo de su caballo hasta ponerse a la altura del cónsul. Éste cabalgaba doblado sobre su montura, atenazado por el dolor y el sufrimiento. Uno de los soldados le había vendado la pierna con un paño que se encontraba completamente teñido de un rojo oscuro, denso, fuerte. Un reguero de sangre semiseca se había vertido desde la pierna hasta el vientre del caballo, perdiéndose en la parte inferior del animal.
—¿Querías hablar conmigo, mi cónsul? —preguntó el joven Publio.
Su padre no se levantó ni le miró. No estaba para esfuerzos extra ni para cumplidos, pero sí para dar las órdenes que eran necesarias. Su voz, aunque entrecortada por la fatiga, transmitió las instrucciones de forma suficientemente comprensible.
—En cuanto crucemos el río... hay que desmantelar el puente... El puente debe deshacerse..., los cartagineses no deben cruzar el río.
—Así se hará —fue la rápida respuesta del joven oficial. Quiso añadir alguna palabra que reconfortara a su padre del sufrimiento que padecía. No supo qué decir. Era difícil mitigar el dolor de quien sufría no sólo por las heridas recibidas sino, sobre todo, por la derrota a la que había conducido a su caballería. El cónsul tampoco añadió nada más. Así, el joven Publio se retiró y, acelerando nuevamente la marcha de su montura, fue junto a Cayo Lelio que cabalgaba al frente de aquella improvisada formación de repliegue.
—El cónsul ha ordenado que el puente sea deshecho una vez que crucemos.
Lelio asintió con la cabeza, sin mirarle. De alguna forma el joven oficial entendió que no hacía falta más. Y estaba cansado y no tenía ganas de discutir. No habrían estado de más unas palabras que subrayaran aquel leve asentimiento de cabeza, pero en la situación en la que estaban no había tiempo para sutilezas. Dejó que el destino dictaminara: si Lelio era el oficial que su padre había descrito, aquella orden de desmantelar el puente sería ejecutada concienzudamente, pero si no lo era, nadie sabía lo que podría haber detrás de aquel tenue asentimiento. La forma en la que había combatido Lelio hacía honor a su fama, pero sus dudas en el momento clave en el que había de lanzarse para socorrer al cónsul henchían la cabeza del joven Publio de incertidumbre.
Llegaron al río.
Los romanos fueron cabalgando sobre el puente. El primero en pasar fue el cónsul herido con su escolta. Los soldados que custodiaban el puente no podían ocultar su desolación. El cónsul se retiraba con apenas dos centenares de sus jinetes. Ya habían visto diferentes grupos de tropas que habían cruzado el río de forma desordenada y se temían lo peor; no obstante, de alguna forma ver al cónsul herido acompañado de un pequeño regimiento de caballería retirándose a toda prisa era algo que no habían esperado presenciar.
El regimiento de caballería fue cruzando el puente. Todos excepto un hombre. Cayo Lelio permaneció en la retaguardia. El joven Publio alcanzó el puente con los últimos jinetes. Observó entonces a su segundo oficial dirigiéndose a los soldados que custodiaban el puente.
—¡Es orden directa del cónsul de Roma que el puente sea desmantelado inmediatamente! ¡Rápido! ¡Coged las espadas y cortad todas las sogas que sostienen las naves sobre el río! Tenéis unos minutos para soltar las naves. ¡Apresuraos! ¡Corred de una vez, por todos los dioses!
Los soldados observaron al decurión que había frenado su avance y se había quedado para escuchar las órdenes de Lelio. El joven Publio corroboró las órdenes de su oficial.
—¡Ya habéis oído! ¡Tenéis unos minutos para deshacer el puente! ¡Marchad!
Los legionarios se pusieron a trabajar de inmediato. Un grupo se adentró en el puente y comenzó a cortar las sogas que sujetaban a los barcos entre sí. Otros cruzaron el puente y cogieron hachas para cortar las cuerdas que sostenían a varios de los barcos amarrados a la orilla del río. Lelio y Publio cruzaron juntos el río observando y animando a los soldados en su trabajo. Al llegar al lado dominado por las tropas romanas, ambos desmontaron y cogieron sendas hachas. Sin mirarse, pero como gobernados por el mismo sentimiento de urgencia y necesidad, se encaminaron cada uno a uno de los grupos de legionarios que se esforzaban en deshacer las cuerdas que sustentaban el puente en ese lado. No era una tarea tan sencilla como la que pudiera pensarse pues los romanos, en su afán por asegurar la estabilidad del puente, habían puesto un gran número de esas amarras en cada extremo. Eran sogas tan gruesas en algunos casos como el brazo de un soldado y habían sido untadas con aceite para protegerlas de la intemperie. Las espadas resbalaban en el óleo y apenas cortaban. Las hachas hacían más destrozo, pero en cualquier caso era un trabajo lento. Desatar los nudos era tarea imposible ya que los días de constante tensión sujetando las naves habían apretado tanto las cuerdas que sus líneas no eran discernibles allí donde habían sido entrecruzadas para forman cada nudo.
Una polvareda anunció en el horizonte la llegada de las tropas cartaginesas junto al río. Los legionarios que quedaban aún en la orilla del río por la que se aproximaban los enemigos se retiraron dejando alguna espada y algún hacha sobre el suelo, abandonadas, en su prisa por ponerse a salvo cruzando al otro lado del río. Al llegar a la otra orilla inmediatamente fueron interpelados por el joven Publio.
—¿Habéis cortado todas las cuerdas de ese extremo?
Los soldados no respondían. El decurión leyó en sus ojos que no habían terminado con la orden que habían recibido. Por un momento pensó en ordenar que regresaran a la otra orilla y que, aun a riesgo de su vida, cumplieran la orden. Sin embargo, reconsideró la situación en unos segundos donde sus pensamientos se pisaban unos a otros. Él mismo tenía miedo. Salían de un combate desastroso, con el cónsul herido, en franca retirada. Añadir a estas circunstancias una orden suicida para un grupo de legionarios no haría sino desmoralizar aún más al resto de las tropas. El joven Publio sintió las miradas del resto de los soldados que por un instante se habían tomado un respiro en su tarea para observar de qué forma el joven oficial, hijo del cónsul, pensaba resolver la situación: los soldados habían huido sin cumplir la orden, los cartagineses se acercaban y el puente seguía firme sobre el río.
—Coged hachas —empezó al fin el oficial—. ¡Coged hachas todos! Y el que no tenga hachas que use su espada. ¡Ayudad a los dos grupos de esta orilla del río! ¡Entre todos hay que cortar todas las cuerdas y empujar las naves para que el puente se deshaga antes de que lleguen los cartagineses! El enemigo no ha de cruzar el río por este puente. ¡Ésta no es una orden mía sino del cónsul y el que no cumpla en esta orilla el cometido esta vez no responderá ante mí, sino ante el propio cónsul!
Los soldados huidos de la otra orilla comprendieron que el joven oficial les estaba dando una segunda oportunidad y fuera por agradecimiento o por temor a tener que presentarse ante el cónsul para responder de no haber cumplido una orden suya, se abalanzaron sobre las cuerdas y con todas sus fuerzas empezaron a ayudar a sus compañeros a rasgar y cortar cada una de las decenas de amarras. Con el refuerzo del nuevo equipo de legionarios, todos concentrados ahora en una orilla, el trabajo empezó a dar frutos y las primeras cuerdas empezaron a deshacerse. Eran dos grupos de unos veinte legionarios y jinetes cada uno. Junto a ellos estaban los caballos de sus amos, esperando ser montados cuando éstos terminaran con su trabajo en el puente. Lelio y Publio ilustraban con el ejemplo de su sudor al resto de los soldados cómo acometer la orden que el cónsul había dado. En ese momento los cartagineses aparecieron en la otra orilla entre la inmensa nube de polvo que habían levantado.
—¡Seguid cortando! —gritó el joven oficial romano—. ¡No miréis a los cartagineses y seguid cortando! ¡Mientras no se adentren en el puente no podrán alcanzarnos con jabalinas o proyectiles! ¡Seguid cortando! ¡Seguid, por Roma, por el cónsul!
Los soldados, entre el sudor de todos y la sangre de los heridos que se habían unido a la tarea, continuaron en el esfuerzo. Los cartagineses llegaron junto al puente. Aníbal, acompañado de una pequeña escolta y sus lugartenientes se aproximó al borde mismo del pontón. Publio, tenso, nervioso, los observó entre las gotas de su propio sudor y algunas gotas de sangre, cuyo origen desconocía, quizá fuera suya o quizá de algún enemigo herido por él en la confusión de la reciente batalla. El general cartaginés estaba evaluando la resistencia del viaducto de naves. Publio le vio entonces dar una orden. Uno de los lugartenientes retrocedió y habló con un grupo de jinetes. Publio veía a sus soldados cortando las cuerdas. Ya casi todas estaban cortadas. Por fin, alguna de las naves empezó a moverse. El puente crujía pero se mantenía en su lugar.
—¡Las naves! ¡Empujad las naves corriente abajo! —clamó el joven decurión a voz en grito.
Las cuerdas ya estaban cortadas. Las naves se movían, pero el río, por la sequía del otoño, bajaba sin demasiada fuerza y, aunque profundo, no llevaba una corriente turbulenta, de forma que los barcos atados entre sí aún mantenían su posición por alguna jugada quizá que los dioses púnicos les estaban haciendo a los romanos. Los legionarios se agruparon y todos a una se adentraron hasta la cintura para empujar la nave más próxima a la orilla y alejarla de la ribera. Eran cuarenta soldados empujando con todas sus fuerzas, pero la nave parecía encallada. No había nada que hacer.
Publio se separó del grupo y dio otra orden.
—¡Los caballos! ¡Coged cuerdas, las cuerdas cortadas, y atadlas a los caballos! ¡Un extremo de la soga en el caballo y otro en la nave!
Los legionarios agruparon los caballos. Rápidamente ataron sogas a los cuellos y lomos de los animales y el otro extremo de cada cabo a diferentes puntos de la nave, desde el timón hasta las pequeñas ventanas por las que salían los remos. Veinte caballos fueron así atados en unos minutos.
—¡Tirad! —gritó Publio a legionarios y caballos a un tiempo.
—¡Empujad! —ordenó Lelio a los soldados que ayudaban empujando desde el río.
Los jinetes cartagineses se posicionaron a la entrada del puente. A una orden de Aníbal avanzaron sobre las naves. Era un grupo de sesenta jinetes, armados con jabalinas y espadas dispuestos al ataque. Su misión era doble: comprobar la estabilidad de la pasarela y arrojar las jabalinas mortales sobre los romanos para impedir que acometieran la destrucción del puente. Cabalgaron al trote sobre las tablas entrelazadas y las naves que formaban el viaducto. La maderas temblaban, pero resistían el peso del regimiento que se adentraba en formación de a seis. Mientras, un centenar de soldados cartagineses se apiñaba en torno a las cuerdas medio cortadas de la orilla que ya dominaban para asegurar estas amarras y evitar que el puente cediera por su lado.
Los cartagineses alcanzaron la mitad de la plataforma y prepararon sus jabalinas. Publio dudó entre ordenar a los hombres que se pusieran a salvo o insistirles en que siguieran con su labor. Cayo Lelio resolvió sus dudas con órdenes concretas.
—¡Empujad, malditos! ¡Y tirad! ¡Que los caballos tiren con todas sus fuerzas! ¡Es una orden!
Y así, caballos y romanos tiraron y empujaron con todas sus energías, los cartagineses avanzaron y lanzaron su primera tanda de proyectiles, la nave varada en la orilla romana crujió y de pronto cedió, se movió y desencalló empezando a flotar sobre el río, sobre la corriente, moviéndose muy despacio en dirección al mar; primero unos centímetros, medio paso, un paso, varios pasos, hasta que al fin la nave se alejaba arrastrada por la corriente. Cayeron entonces las jabalinas sobre los romanos que no pudieron disfrutar ni de un segundo de júbilo por haber conseguido su objetivo, hiriendo y matando a discreción. Lelio y Publio y la mitad de los hombres se salvaron recurriendo a los escudos que tenían desperdigados por el suelo entre espadas, hachas y sogas cortadas.
—¡Desatad los caballos! ¡Rápido, antes de que sean arrastrados por la nave! —de nuevo Publio recobraba el control de la situación.
La nave se alejaba definitivamente y consigo arrastraba a una segunda y una tercera y una cuarta y una quinta... El puente se deshacía por segundos, los cartagineses avanzaron más.
—¡Escudos arriba! ¡Protegeos!
Ordenaron Publio y Lelio al tiempo. Una segunda andanada de jabalinas llovió del cielo, pero esta vez los romanos protegidos a tiempo por sus escudos evitaron la mayor parte de las mismas. Los caballos estaban desatados ya en su mayoría; quedaban dos por liberar pero ya no había tiempo, las bestias luchaban por no ser arrastradas por la nave que los dragaba hacia el centro del río, piafaban y se sacudían, pero la fuerza de ambas bestias por sí solas no era suficiente y eran llevadas hacia el flujo del río, hacia la ribera primero, luego al agua y poco a poco absorbidos por las aguas silenciosas, impávidas, engullendo con indiferencia sus relinchos salvajes de pavor.
Romanos y cartagineses quedaron mudos un minuto al presenciar a los caballos pugnando por nadar y salvarse. Pronto, sin embargo, reaccionó la avanzadilla de jinetes cartagineses que aún se encontraba sobre lo que quedaba de puente: empezó a replegarse, a volver sobre sus pasos, pero los caballos sentían la pasarela moviéndose, veían las naves del extremo de la misma separarse una a una, crujiendo las maderas bajo sus pezuñas. El desorden se apoderó de la formación y el miedo poseyó tanto a jinetes como a bestias. Maharbal daba órdenes a gritos desde la orilla, intentando constituir una retirada bien coordinada de aquel regimiento.
Aníbal sacudió la cabeza suspirando profundamente. Todo era en vano. Igual que tenía clara una victoria cuando nadie sabía aún discernir hacia dónde se decantaría una batalla, de igual forma era consciente de cuándo una posición estaba perdida pese a que sus lugartenientes aún se empeñaban en corregir lo incorregible. El Tesino, sin turbulencia pero con el infinito tesón de la corriente decidida y de sus aguas frías, fue llevándose consigo al resto de las naves primero junto con centenares de maderos sueltos y, después, a bestias y jinetes cartagineses. Los romanos montados ya en sus propios caballos veían con asombro la facilidad con la que el río, una vez cortadas las cuerdas y empujada la primera nave, deshacía como un castillo de naipes todo el puente, arrastrando consigo jinetes y caballos. Y por primera vez en horas, los romanos respiraron con alivio. Lamentaban con profundo dolor la pérdida de sus compañeros que yacían en la ribera con las jabalinas clavadas en sus cuerpos, pero no había tiempo para el luto en aquellos instantes. Rápidos, ayudaban a los heridos y los encaramaban a los caballos que permanecían sin montura y, bajo las órdenes de un joven oficial de Roma, un tal Publio Cornelio Escipión, de diecisiete años, y su segundo oficial, Cayo Lelio, recio soldado forjado en mil batallas, abandonaron la posición con la satisfacción de haber dejado al enemigo detrás, detenido por el río, dando así cumplimiento fiel a la orden encomendada por el cónsul del ejército.
Se alejaron cabalgando en el silencio de una tarde nublada y oscura de noviembre. Lelio se puso junto al oficial al mando, dejando un espacio de un metro, de modo que quedara claro quién era el que mandaba aquel contingente de tropas, vencidas y exhaustas, y con bastantes heridos, pero todos orgullosos de haber luchado hasta el límite de sus posibilidades y, al menos, en medio del fracaso y la desolación de la derrota, haber conseguido frenar al enemigo siquiera por unos días, quizá unas semanas. Construir un puente no era tarea fácil. Ellos lo sabían. Deshacerlo, en según qué circunstancias, tampoco lo era. Eso lo acababan de aprender entre sudor, sangre y muerte.
Maharbal dirigía las operaciones para recuperar al máximo número de supervivientes entre los jinetes africanos que habían caído del puente, ahora ya inexistente. Aníbal permaneció sobre su caballo, observando atento cómo se alejaban los romanos dirigidos por aquel joven oficial. Las palabras de su lugarteniente lo rescataron de sus reflexiones.
—Veintidós hombres han sobrevivido —se explicaba Maharbal—. El resto ha perecido arrastrado por la corriente. Muchos no sabían nadar y otros se han hundido por el peso de sus armas y corazas. Y se nos ha escapado el cónsul. Ha huido con sus hombres. Una lástima. Habría sido una victoria absoluta.
Aníbal asintió con la cabeza sin dejar de mirar la otra orilla. Sin embargo, no tenía claro si debía preocuparse tanto por la huida del cónsul herido o, más bien, por la existencia de aquel joven oficial romano que había facilitado dicha huida, aquel decurión, el hijo del cónsul.
Junto al río Trebia,
norte de la península itálica,
noviembre/diciembre del 218 a.C.
Tito Macio estaba colérico. Primero los habían destinado a Lilibeo en Sicilia con idea de prepararse para invadir África y ahora se encontraban de vuelta emplazados en el norte de la península itálica, acampados junto a un río que llamaban Trebia, a finales de noviembre soportando un frío terrible. Había anochecido y, cubierto con una manta, se acurrucaba junto con otros soldados alrededor de un fuego intentando calentarse los pies helados por el viento gélido y la lluvia que había estado cayendo durante todo el día. Tito siempre toleraba mejor el calor que el frío, por eso se había alegrado cuando el destino inicial de su legión fue África.
—Estábamos mejor en Sicilia —comentó.
—No sé por qué dices eso —respondió Druso, su mejor amigo desde que en su primera guardia le advirtiera del peligro de dormirse estando de servicio cuando pasaba la patrulla nocturna a comprobar cada puesto de vigilancia.
—Bueno, si hay que luchar —aclaró Tito— o morir si es el caso, prefiero al menos no tener que pasar frío durante días y días. Al menos que la espera se haga relativamente agradable.
—En eso tienes razón —admitió su colega, y varios soldados asintieron con la cabeza.
Estaban todos ateridos por el viento helado que parecía adentrarse por todos los recovecos de sus mantas. Además, todo eran prisas en los desplazamientos de las tropas, de manera que apenas podían cargar con pertrechos, ropas o comida suficiente para cubrir sus necesidades a gusto. La moral no estaba muy alta y menos con las noticias que venían del norte. Primero fue la sorpresa de enterarse, cuando estaban en Sicilia, de que Aníbal había rehuido el combate en la Galia para cruzar los Alpes y entrar en la península itálica, y luego el desastre de Tesino donde la caballería romana había sido devastada por el enemigo. Además, el hecho de que uno de los dos cónsules yaciese herido tampoco ayudaba a infundir valor entre los legionarios.
Los soldados se apretujaron junto al fuego, recostándose unos al lado de otros para intentar complementar con el calor de sus cuerpos el tímido alivio térmico de las débiles llamas, pues la leña húmeda por la lluvia ardía mal y despacio. Tito, echado de costado, miraba su espada cuyo filo brillaba a la luz de la luna. Apenas habían tenido tiempo de ejercitarse para el combate, pues en lugar de pasar varios meses en Lilibeo adiestrándose, habían tenido que interrumpir la instrucción militar para emprender el largo camino que los llevase desde Sicilia al norte de la península itálica. Mucho viaje y poco entrenamiento. Si todos estaban igual de verdes que él en el uso de la espada o en el arte de lanzar una jabalina, aquello no tenía buen cariz. El caso es que se suponía que las legiones de Roma eran invencibles: vencedoras contra los cartagineses en aquella anterior larga guerra contra los púnicos; victoriosas contra el rey de Épiro; conquistadoras de multitud de ciudades en territorio itálico, de las grandes colonias griegas en la región del Bruttium; vencedoras ante los piratas ilíricos o los galos ligures. Un gran número de victorias debería sustentarse sobre algo más que unos días de instrucción, meditaba Tito. Quizá el secreto estuviera en sus líderes, en los cónsules y su capacidad para la estrategia militar. Sí, seguramente ése debería ser el secreto. A Tito le venció el sueño y cerró los ojos. Los cónsules velaban por ellos.
Publio Cornelio Escipión padre tenía vendado el torso, por un golpe que amorató su piel pese a llevar coraza, y una pierna estaba en alto, sobre un pequeño taburete frente a su silla. El muslo estaba enfundado en gasas blancas enrojecidas. Había perdido mucha sangre en su huida desde Tesino hasta alcanzar el campamento que habían montado sus legiones en las cercanías de Placentia. Estaba postrado en un triclinium que había pedido a sus lictores para evitar la humillación de recibir a Sempronio Longo, el otro cónsul recién llegado de Sicilia, tendido en un lecho. En la tienda estaban los tribunos y, detrás de éstos, el joven Publio junto con algunos otros oficiales de menor rango. El cónsul Publio Cornelio Escipión había dado la orden de venir a estos oficiales, centuriones de infantería y decuriones de caballería, entre los que también estaba Lelio, para que de esa forma, sin privilegiar a su hijo, éste pudiera estar presente en las negociaciones que iban a tener lugar.
Sempronio, seguido por varios de los tribunos de sus legiones, entró en la tienda.
—¡Te saludo, cónsul Publio Cornelio Escipión!
—Te saludo, cónsul Tiberio Sempronio Longo; sé bienvenido a nuestro campamento. —La voz de Escipión era más débil, pero mantenía un tono de dignidad que no pasó desapercibido para el otro cónsul—. Te puedo ofrecer algo de fruta. Hasta la hora de la cena es lo mejor que tengo... y algo de vino.
Sempronio Longo miró la comida que se le ofrecía, pero la rechazó, con cierto aire de desdén.
—No, gracias; creo que tenemos cosas más importantes que debatir.
Los oficiales de Publio Cornelio Escipión revelaron en sus rostros un enfado creciente por la actitud de desprecio del recién llegado. El cónsul ofendido permaneció impasible ante las provocaciones de Sempronio, hizo una indicación y dos esclavos retiraron toda la comida al instante.
—Bien, veamos de qué quieres hablar —respondió Publio Cornelio, esta vez de forma muy seca.
Sempronio por su parte hablaba sin sentarse, de pie, firme, haciendo gala de su excelente forma física frente a la debilitada figura de su colega.
—He venido aquí para comunicarte que, teniendo en cuenta tu actual estado, creo que lo más conveniente es que yo me haga cargo del mando de las legiones, de todas las legiones, quiero decir. Es evidente que no puedes acudir al campo de batalla en tu actual condición.
El enfado de los tribunos de Publio Cornelio se tornó en ira. Alguno iba a hablar, pero su general levantó la mano para que guardaran silencio.
—Sí, lo que dices salta a la vista. Estoy herido y necesito un tiempo para recuperarme; en cualquier caso eso no debe repercutir en la unión del mando ya que no considero que debamos entrar en combate en la actual situación...
—¿No entrar en combate? —interrumpió Sempronio—. Eso es absurdo. Aníbal está apenas a medio día de marcha y disponemos de cuatro legiones más todas las tropas auxiliares. Lo absurdo es esperar a que los cartagineses se organicen y consigan que se les unan más galos rebeldes. Toda la región que ha estado bajo tu mando es un desastre.
Publio se concentró en mantener la calma. Las heridas le dolían sobremanera y la conversación le agotaba; hacía esfuerzos sobrehumanos por que tal cansancio no se hiciera palpable ni en su expresión ni en el sudor frío que sentía transpirando por su piel.
—Los galos —empezó— son gente inconstante. Si aguardamos a que pase el invierno sin entrar en combate directo, con toda seguridad se volverán a sus casas, muchos de ellos abandonarán a Aníbal. Lo que debemos hacer es mantener nuestra posición impidiendo que el cartaginés avance más y aprovechar el tiempo en mejorar la instrucción de nuestras tropas. Además, el frío, la lluvia, el invierno en sí, y más aquí en el norte, no es el momento apropiado para combatir. En primavera atacaremos y sacaremos a este invasor de nuestro territorio, no ahora.
Sempronio sabía que la instrucción de sus tropas no era la idónea, pero qué importaba aquello si estaban luchando contra poco menos que salvajes africanos agotados por una marcha sin fin desde Hispania ayudados por una bandada de galos rebeldes. Además, no podían esperar a la primavera. El mandato consular estaba a punto de terminar. Con el año entrante habría nuevas elecciones y la victoria y el seguro triunfo sería para los cónsules entrantes, mientras que ahora, con Escipión herido, él, Sempronio Longo, y nadie más se llevaría toda la gloria de la victoria y el derecho a celebrar un magnífico triunfo por las calles de Roma con el salvaje Aníbal encadenado a su carro. Un espectáculo digno de los grandes reyes romanos del pasado... Pero allí estaba el otro cónsul, abatido y acobardado por sus heridas y su derrota, interponiéndose entre su gloria y su persona. Sempronio paseó su orgullosa mirada por los rostros de los tribunos militares del cónsul vencido y leyó en ellos lealtad a su general. No podría imponer su criterio sin contar con el apoyo de al menos algunos de aquellos tribunos.
—Bien —concluyó Sempronio—, si ése es tu parecer te propongo lo siguiente: pospongo mi propuesta de ataque hasta evaluar mejor la situación, pero creo que sería razonable enviar parte de la caballería hacia el norte para ver cómo están las cosas por allí. Sé lo que ha pasado en Tesino, de forma que daré instrucciones de que se sea cauto en dicho avance. Además, sugiero que nos acompañen algunos de tus tribunos para que así puedan informarte de todo lo que suceda.
Publio Cornelio meditó durante unos segundos. Estaba confuso. Aquello era una propuesta bastante razonable y negarse a aceptarla podría parecer ofuscación por su parte, una actitud que podría dar pie a que Sempronio alegase que no estaba en sus cabales después de la derrota de Tesino y quitarle el mando. Dio entonces la única respuesta posible.
—Si mis tribunos aceptan, a mí me parece bien —dijo y volvió su mirada hacia sus oficiales. Éstos lentamente, uno a uno, fueron asintiendo con la cabeza.
—De acuerdo —dijo Sempronio, y dirigiéndose a los tribunos del otro cónsul—, partimos al alba; los que tengan que acompañarnos, que acudan a la entrada del campamento al amanecer.
Sin mediar más palabra, Sempronio Longo dio media vuelta y salió de la tienda. Le siguieron sus tribunos, quedándose Publio Cornelio con sus propios oficiales. En el silencio de la tienda se oyó el viento nocturno deslizándose por el campamento y sobre el viento resonó alta y clara esta vez la voz de Publio Cornelio Escipión.
—¡Imbécil!
Algunos oficiales sonrieron ante la precisa evaluación que el cónsul acababa de hacer de Sempronio Longo y sus aptitudes para el mando. Publio padre designó entonces los oficiales que debían acompañar a Sempronio Longo y su caballería. Seleccionó a dos tribunos, un centurión y algunos oficiales de su caballería, entre ellos Cayo Lelio y su propio hijo.
Una vez salieron todos, el cónsul se dirigió a su primogénito, que abandonaba la tienda en último lugar.
—Un momento, Publio, quiero hablar contigo.
El joven retornó al interior y esperó mientras su padre se acomodaba en el triclinium. El cónsul suspiraba ahora por el dolor que había contenido durante la entrevista con su homólogo en el mando. Ante su hijo no sentía que tuviera que ocultar su sufrimiento. De algún modo deseaba que su primogénito viera todo lo relacionado con la guerra, la gloria de las victorias y la crueldad de las derrotas. Hasta ahora no había podido ofrecerle nada de lo primero. Quizá en el futuro. Ya se vería.
—Ten —dijo, sacando un volumen en un rollo que tenía guardado en un pequeño cofre en una mesa junto a su triclinium—, quiero que leas este volumen. Creo que no estaba entre los que estudiabas con Tíndaro. A mí me lo entregó hace poco Emilio Paulo; te lo tengo que presentar... a Emilio Paulo; un gran hombre, un buen senador y cónsul, ya sabes, hace unos años, aunque al igual que nosotros tenga poderosos detractores, como Fabio Máximo, que le critican. En fin, me salgo del tema. Este rollo, este volumen es interesante. Trata sobre la amistad, sobre cómo distinguir quién es tu amigo y tu enemigo, y en estos tiempos saber diferenciar entre quién te sigue por interés y quién te defiende por lealtad es esencial. En algunos casos saber eso puede salvarte la vida. Prométeme que lo leerás.
El joven Publio cogió el rollo y, delante de su padre, lo abrió y leyó la primera línea en voz alta.
—Ética a Nicómaco de... —giró un poco el rollo para leer mejor— Aristóteles.
—Bien, veo que tu griego sigue ahí. En fin, además el volumen te ayudará a preservar tu conocimiento de esa lengua. No quiero que la olvides. El texto es una selección de pasajes de una obra más extensa. Realmente, según me explicó Emilio Paulo, lo que aquí te entrego son los libros VIII y IX de la Ética a Nicómaco, pero éstos son los libros que se centran en el tema de la amistad. Lo leerás, ¿verdad?
—Por supuesto, padre. Lo leeré con atención.
—Bien, bien... entonces ya puedes marchar, ah... y mañana, por todos los dioses, ten mucho cuidado. No estaré en el campo de batalla para que tengas que salvarme otra vez, así que nada ya de heroicidades, ¿de acuerdo? Especialmente si a quien se tuviera que salvar fuera a Sempronio Longo.
Su hijo asintió con la cabeza entre sonrisas. Su padre le dirigió unas palabras más.
—Ese general cartaginés sabe estrategia, eso no es nuevo, pero ese cartaginés además juega con nosotros; lo siento en el ambiente; siento que lee en nuestros pensamientos, que juega con nuestras ambiciones y vanidad. Por eso estoy aquí herido. He pagado el precio de mi vanidad, de mi ambición combinada con un desprecio ingenuo por el enemigo. Tú aún eres joven y no estás lleno de esa pasión por el poder que mueve a muchos en Roma, pero Sempronio sí y la ambición puede ser una mala consejera cuando se lucha con alguien tan astuto como ese cartaginés. Cuídate y, mañana, haz caso a Lelio. Y... y no le guardes rencor ni tengas dudas de él. Si alguna vez te contradice en alguna cosa, piensa que lo hace por orden mía. En el campo de batalla escúchale como si fuera yo mismo.
El joven Publio dejó pasar unos segundos de profundo silencio antes de responder. En su mente aún pesaban las dudas de Lelio cuando le había ordenado que encabezara junto a él la carga para salvar al cónsul, a su padre, el mismo que le decía que confiase en aquel hombre. Al final respondió.
—De acuerdo, padre, así lo haré.
El cónsul indicó a su hijo con la mano que podía retirarse y, una vez salió de la tienda, dio una palmada. Un esclavo le trajo una copa llena de vino. El cónsul la bebió de un trago y se echó a dormir.
Junto al río Trebia,
diciembre del 218 a.C.
Era un amanecer gélido que anticipaba las nieves que pronto cubrirían la región de Liguria. Cayo Lelio y el joven Publio cabalgaban juntos en dirección a la puerta principal del campamento, donde se estaba reuniendo la caballería de Sempronio para salir en misión de reconocimiento, tal y como se había acordado la noche anterior.
—¿Puedo decir algo? —preguntó Cayo Lelio.
—Claro —respondió Publio.
—Pues he de confesar que cuando tu padre... el cónsul, quiero decir, me encomendó servir bajo tu mando pensé que me iba a aburrir bastante, pero empiezo a tener la sensación de que a partir de ahora no voy a tener mucho espacio para el aburrimiento.
—¿Y eso te parece bien o mal?
—Bien, bien. Sólo tenía miedo de permanecer en la retaguardia aunque...
—¿Sí? —preguntó Publio.
—Aunque tampoco es necesario ir siempre al centro de la batalla como hicimos en Tesino.
Publio sonrió antes de responder.
—Parece que mi padre y tú pensáis lo mismo. Mi padre me ha sugerido anoche que hoy sea más cauto, más precavido.
—Un hombre sabio, el cónsul, tu padre.
Publio asintió. La caballería de Sempronio Longo ya estaba formada. Las trompetas sonaron dando la señal de iniciar la marcha. Ambos espolearon suavemente a sus caballos con sus tacones para entrar en la formación del regimiento de caballería que partía del campamento romano.
Cabalgaron durante unas tres horas al paso casi todo el tiempo y, en algunas ocasiones, con un ligero trote. Encontraron un par de pequeñas aldeas desalojadas y saqueadas. Había casas que todavía se consumían lentamente en sus cenizas. Todo el trigo y el resto de los víveres habían desaparecido. Aníbal estaba alimentando a sus tropas y un gran ejército como el que había traído desde Hispania necesitaba muchos recursos.
Llegaron a una llanura y Sempronio Longo detuvo la marcha: al final de la planicie se divisaba un grupo de jinetes cartagineses. El cónsul ordenó que la caballería se preparase para una carga. Lelio observaba a los jinetes púnicos.
—Cada vez hay más —comentó—. Yo diría que no son exploradores, cuento ya unos dos o tres cientos y llegan más. Creo que es la caballería númida de Aníbal.
—Los mismos contra los que luchamos en Tesino —apostilló Publio.
—Los mismos.
Los dos oficiales romanos vieron cómo en unos segundos, con una sorprendente agilidad, los cartagineses formaron su caballería. Sempronio Longo no esperó ni un momento y, sin mediar debate alguno con sus oficiales, ordenó que la caballería romana cargara contra los númidas.
Los romanos se lanzaron a galope tendido y los africanos respondieron de igual forma. Las dos fuerzas chocaron en el centro de la llanura y muchos jinetes de ambos bandos cayeron abatidos por el empuje de sus contrarios. Lelio y Publio cumplieron con lo que se esperaba de ellos y derribaron a sendos jinetes. Publio siguió abriéndose camino entre los enemigos que, más que atacar, parecían limitarse a protegerse de los golpes. Poco a poco muchos de los africanos que habían sido derribados se levantaban, buscaban sus monturas y, una vez de nuevo sobre sus caballos, comenzaban a replegarse. Lelio los observaba igual de extrañado que el joven Publio. Apenas había heridos entre los cartagineses y, sin embargo, se replegaban con rapidez. Sempronio Longo ordenó que el ataque prosiguiera, avanzando sobre la llanura y empujando a la caballería cartaginesa hacia el final de la planicie. Al cabo de unos minutos de combate los africanos dieron media vuelta y se retiraron por completo, galopando raudos sobre la hierba, dejando a los romanos solos, dueños de la llanura.
—¡Victoria! —gritó el cónsul Sempronio Longo— ¡Victoria absoluta!
Sobre la tierra de aquella pradera había numerosos cadáveres de ambos bandos, pero por mucho que Publio examinaba los cuerpos caídos, no observaba un mayor número de cartagineses muertos que justificara aquella veloz retirada. Se volvió hacia Lelio y leyó en sus ojos su misma sensación de confusión.
—Son los mismos de Tesino —comentó Lelio—, pero como si no lo fueran. No combatían así cuando nos atacaron y luchábamos por salvar al cónsul.
—Sí —dijo Publio—, y no sólo eso. Aquí ni siquiera han intentado rodear al nuevo cónsul.
La conversación entre Publio y Lelio pronto quedó apagada por los gritos de júbilo de la caballería de Longo y, en el centro de todos sus jinetes, el propio cónsul que, con ambos brazos en alto, ofrecía aquella victoria a los dioses. Publio volvió sus ojos hacia el lugar por donde habían desaparecido los jinetes africanos. No se veía nadie. El fondo de la llanura y las montañas colindantes estaban vacías.
Junto al río Trebia,
diciembre del 218 a.C.
Maharbal se presentó de inmediato ante Aníbal. Éste aguardaba en su tienda, junto a sus oficiales, el informe de su jefe de caballería. Entre los líderes cartagineses se incluía esa tarde la presencia de Magón, hermano de Aníbal, que le había acompañado desde Iberia, en el tránsito por la Galia y los Alpes, hasta alcanzar la región de Liguria, donde ahora se encontraban, al norte de la península itálica.
—To do ha salido según lo planeado —empezó a explicar Maharbal—. Los romanos están convencidos y satisfechos de su victoria.
—Perfecto —dijo Aníbal—. Ahora escuchadme bien: de aquí a dos días volveremos a hostigarlos con la caballería y quiero que se conduzca a las legiones romanas hasta esta posición. —Aníbal señalaba un punto en un mapa que estaba dispuesto sobre una mesa en el centro del corro que habían creado los oficiales a su alrededor. Continuó dirigiéndose a su hermano menor—. Magón, quiero que cojas esta noche parte de nuestras tropas, luego te concreto cuántos jinetes, y quiero que te sitúes en esta zona. Aquí hay un bosque. Has de alcanzarlo durante la noche, muy importante, sin ser visto. —Magón escuchaba con atención las observaciones de su hermano sobre el plano y ratificaba con su cabeza que aceptaba la misión.
—De acuerdo —apostilló.
—Entonces todo está claro —concluyó Aníbal—. Ésta es la noche del solsticio de invierno, la noche más larga del año. Eso te da más horas de oscuridad, Magón, para alcanzar el objetivo. Si todo sale bien, haremos que tras la noche más larga el día más corto que viene después les parezca a los romanos también el más largo de su vida. Desearán que nunca hubiera amanecido.
Las noticias de la victoria de la caballería romana sobre los númidas de Aníbal se difundieron rápidamente por todo el campamento romano levantado junto a Placentia. El cónsul Publio Cornelio Escipión, ante los informes que corroboraban lo explicado por su colega en el cargo, Sempronio Longo, no pudo oponerse a que éste asumiese el mando supremo sobre todas las legiones para lanzar una ofensiva a gran escala sobre las posiciones cartaginesas. Una vez Publio Cornelio hubo accedido a ceder sus legiones, sin decir una palabra de agradecimiento o de reconocimiento, Sempronio Longo salió de la tienda de su colega dejando al cónsul herido a solas con su hijo. El joven Publio fue el que inició la conversación con su padre, reclinado en el triclinium, masajeándose el costado y sobre todo la pierna donde le dolía aún la herida recibida en la batalla de Tesino.
—Padre, tengo un mal presentimiento y Cayo Lelio piensa igual que yo. La retirada de la caballería cartaginesa ha sido... peculiar. Aquellos hombres no se parecían en nada a los que nos encontramos en Tesino y, sin embargo, eran los mismos.
El cónsul escuchó con atención y luego consideró unos instantes antes de dar su respuesta.
—Es posible que Aníbal esté jugando con nosotros una vez más. Explicaría muchas cosas: primero se entretuvo conmigo, aprovechándose de mi desprecio a su habilidad como general y de mi infravaloración de sus tropas. Yo he pagado cara mi altanería y, si en efecto ésa es la estrategia del cartaginés, ahora le tocaría el turno a Longo, pero sólo tenemos intuiciones, Publio, sólo intuiciones. Eso no basta para detener una ofensiva como la que prepara Longo. Nadie le hará ver los hechos de la forma en la que tú y yo los estamos considerando. Además, Sempronio Longo tiene de su parte a los tribunos. O mucho me equivoco o ésta va a ser la tónica durante bastante tiempo en nuestra lucha contra este general cartaginés. Tendremos que ver dónde o, para ser más precisos, en quién encuentra Roma al líder sabio y valiente que a la vez sepa enfrentarse contra este enemigo. Pero ésa es otra historia. No debemos anticiparnos de esta forma a acontecimientos aún tan imprecisos e inciertos. Quizá todo termine en nada y Sempronio Longo consiga su magnífica victoria mañana al amanecer y Aníbal no sea más que un breve pasaje de nuestras vidas que no merezca ni unas líneas de recuerdo. Ahora lo que me importa, lo fundamental, es que te cuides, hijo mío, mañana en el combate y en los días posteriores: lucha y cumple con tus obligaciones como oficial de la caballería de Roma, pero protégete siempre que puedas si la locura ciega al cónsul obnubilado por su ansia de victoria a toda costa. Espero no tener que asistir nunca al triunfo de un mentecato como Longo en Roma obtenido con sangre de mi familia, ¿me entiendes, hijo? Eso nunca. Que los dioses no lo permitan.
—Te entiendo, padre.
El joven Publio se retiró para que su padre descansase. De regreso a su tienda observó cómo el campamento bullía en preparativos para la gran ofensiva. Los legionarios limpiaban sus armas, afilaban las espadas y las puntas de sus dardos y pila; revisaban sus cascos, escudos y corazas. Muchos practicaban el combate cuerpo a cuerpo bajo la tutela de los centuriones.
La hora de la cena llegó y la actividad se detuvo para que se distribuyera el rancho y los legionarios pudieran comer antes de acostarse.
Tito Macio bebía de su vaso y saboreaba el vino. Algo que hacía semanas que no podía hacer. Sempronio Longo quería congraciarse con la tropa y conseguir su favor para el combate que se avecinaba y había ordenado distribuir un vaso de vino —no más— por hombre. Los soldados comían y el estómago lleno y el alcohol del vino estimulaba su valentía.
—Yo creo que mañana ganaremos. —Era Druso quien hablaba así—. Los cartagineses han huido en cuanto hemos acudido con nuestra caballería y todos sabemos que la infantería romana es mucho mejor que la cartaginesa. En cuanto nos encontremos frente a frente y vean nuestras cuatro legiones y con ellas todas las tropas auxiliares, se darán media vuelta y se volverán por donde han venido.
Tito Macio no veía las cosas con tanta seguridad, pero no quiso contradecir a su amigo. Suspiró. Después de muchos años de soledad Druso, otro soldado auxiliar, se había convertido en el amigo que no tenía desde que el viejo traductor griego Praxíteles falleciera, en aquellos días en que trabajaba en la compañía de teatro de Rufo. Tito Macio pensó en el paso del tiempo mientras cenaba: qué lejos estaban esos días y qué distantes parecían; era como si la época en la que preparaba los vestidos de los actores, cuando él mismo en ocasiones se veía obligado a sustituir a alguno de los cómicos, demasiado borracho para ponerse en pie, y salía al escenario y declamaba su papel, hubiera sido la vida de otra persona. Tantos sucesos y tantos sufrimientos había entre esa vida y su actual condición de soldado que parecían existencias inconexas, sin relación alguna, pero así era la vida, su vida. Había dejado aquella forma de existir y ahora era un legionario de los ejércitos de Roma, cenando junto a su amigo y sus compañeros la noche previa a una gran batalla, a una gran victoria según vaticinaban todos. ¿Quién sabe? Igual estaba en la víspera de un cambio definitivo en su desdichada fortuna: un ejército vencedor siempre era premiado con agasajos por parte del cónsul triunfante y haber participado en una importante victoria militar te abría las puertas en muchos sitios. Tito Macio echó el último trago de su vaso de vino y se sintió más seguro de sí mismo de lo que nunca había estado en su vida.
Magón marchaba intentando discernir la ruta a seguir entre las sombras proyectadas por una tenue luna creciente. Le acompañaban mil infantes y mil jinetes. Los soldados cartagineses caminaban a paso ligero sorteando la maleza y las piedras del sendero elegido, siguiendo a la caballería. Un frío húmedo lo poblaba todo. La mayoría buscó consuelo en el recuerdo de otros cielos estrellados, lejos de allí, en su país, y al abrigo de los recuerdos de su patria y de saberse dirigidos por un poderoso general, zigzaguearon en silencio con su determinación puesta en la batalla sin cuartel que debía librarse la mañana siguiente.
Publio, el hijo del cónsul, se tumbó en su tienda y a la luz de una lámpara de aceite empezó la lectura del volumen que su padre le había regalado: la Ética a Nicómaco de Aristóteles. Su griego estaba algo oxidado, pero leer en voz alta le ayudaba a percibir con más claridad el sentido de cada palabra mientras giraba con sus manos los rollos que contenían el texto. Leyó durante varios minutos aunque sus pensamientos vagaban lejanos, en Roma, hasta que un pasaje captó su atención. «Hay tres motivos —decía el filósofo griego— por los que los hombres se quieren y se hacen amigos: la utilidad, la atracción física y la simpatía, se entiende la simpatía espiritual. Esta simpatía es el comienzo de la amistad, no la amistad misma... Cuando la utilidad es el motivo de que nazca la amistad, los hombres se aprecian mutuamente, no por ellos mismos, sino sólo por interés..., algo parecido sucede con aquellos que se hacen amigos por la atracción física. No se estima al amigo porque es el que es sino porque me reporta beneficios o me proporciona placeres. El fundamento de estos lazos es transitorio.»3 Publio seguía con sus ojos aquellas frases con intenso interés, de forma que no vio la sombra de un soldado dibujarse en la tela de su tienda, «la amistad verdadera [se basa] sobre el carácter y las virtudes de los que son iguales entre sí. Son ésos los que se suelen buscar y encontrar. En la medida en que son buenos buscan el bien el uno para el otro. Tales amistades son raras, hay pocos hombres así. Tal cosa requiere tiempo y trato, hasta que cada uno se haya mostrado al otro digno de cariño y la confianza se haya confirmado...».
En ese momento la figura del legionario que se acercaba a la tienda descorrió la tela que daba acceso al interior y el rostro moreno y la barba poblada de Cayo Lelio se hicieron nítidos a luz de la lámpara de aceite. El joven Publio se sobresaltó. Las manos le temblaron y casi dejó caer los rollos con el texto que estaba leyendo.
—Perdona que te moleste —dijo Lelio—, me preguntaba si querrías tomar ese vaso de vino que nos regala Sempronio, en compañía.
Publio le miró y accedió.
—Sí, claro —dejó entonces los rollos del texto sobre su lecho, apagó la luz soplando y salió con Lelio al exterior.
Hacía frío. Los soldados del destacamento de caballería de Publio y Lelio esperaban a sus oficiales; cuando éstos llegaron se repartió el ánfora de vino que les había correspondido y llenaron sus vasos.
—¡Por la victoria! —dijo uno de los soldados. Y todos levantaron sus vasos y bebieron un trago. Publio pensó en cómo había cambiado el trato con aquellos hombres desde hacía unas semanas hasta ahora. Estaba claro que su modo de actuar en Tesino al salir en defensa del cónsul y al luchar por dejar a los cartagineses al otro lado del río había impactado en sus hombres. Publio se dirigió entonces a Lelio.
—Bebamos también tú y yo por algo más.
—Por lo que quieras.
—Bebamos por la amistad —dijo el joven Publio.
Lelio confirmó despacio con su cabeza que aceptaba aquel brindis y levantó su copa mirando al hijo del cónsul.
—¡Por la amistad! —dijo Lelio con voz alta y clara, y ambos oficiales agotaron hasta la última gota de vino en un largo sorbo que los unió, aunque ellos aún no lo supieran, para el resto de sus vidas.
El río Trebia,
diciembre del 218 a.C.
Tito Macio se levantó aquella mañana helado por el frío y sobresaltado por un griterío que venía desde fuera del campamento. El fuego se había apagado y el viento gélido del amanecer venía acompañado de aguanieve. Druso se acurrucaba en el suelo estirando su fina manta con sus manos en un vano intento por cubrirse desde la cabeza a los pies aun cuando la extensión de la lana era insuficiente.
Tito Macio se esforzaba por entender qué ocurría. Al igual que él, otros muchos legionarios se estaban levantando sorprendidos por los gritos que venían del exterior de las empalizadas. Los centuriones empezaron a dar órdenes para que todos se levantasen y se preparasen para salir a combatir: los cartagineses habían avanzado su caballería númida y ésta estaba acosando la zona en la que los romanos se habían fortificado.
Sempronio Longo se había levantado apenas hacía diez minutos y, tras una rápida reunión con los tribunos de sus legiones, decidió lanzar a toda su caballería contra los númidas y, no contento con eso, ordenó que se dispusiesen todas las legiones para seguir a los jinetes.
—¡Esos cartagineses van a entender hoy con quién están luchando! —dijo Sempronio Longo, sus ojos brillantes, con fulgor en sus pupilas y ansia en el corazón.
Tito Macio agarró un pedazo de pan que tenía guardado de la noche anterior y se puso a morderlo con avidez. Estaba muerto de hambre y el frío no hacía sino agudizar esa horrenda sensación de vacío de su estómago, pero el centurión de su manípulo le conminó a dejarlo señalándole amenazadoramente con la espada.
—¡No hay tiempo para el desayuno, legionario! —dijo el centurión—. ¡Órdenes del cónsul! ¡Todos preparados para combatir! ¡Ya comeréis después de la batalla!
Aquello enfureció a Tito. De lo único que se había alegrado de su ingreso en la legión era de que al menos en el ejército podía comer con cierta regularidad, pero desde que lo habían desplazado al norte, estaba aterido por el frío y ahora además le negaban la comida.
—Déjalo —dijo Druso—. Está claro que hoy no nos van a dar nada para comer hasta que hayamos acabado con unos cuantos cartagineses, así que, cuanto antes acabemos con ellos, antes comeremos. Vamos, sígueme.
La determinación de Druso consoló un poco el ánimo de Tito Macio y ambos se pusieron el casco, la coraza de piel, que era lo que podían permitirse unos soldados de tropas auxiliares, y cogieron sus espadas y pila.
—¡Vamos allá de una vez! —concluyó Tito.
En otro extremo del campamento, la caballería romana ya estaba formada y dispuesta para salir. El joven Publio y Cayo Lelio estaban sobre sus monturas. No se decían nada pero intuían que algo no encajaba, sin embargo, el cónsul Tiberio Sempronio Longo tenía el mando absoluto, al menos hasta que el otro cónsul, Publio Cornelio Escipión, se recuperase y no se podían discutir las órdenes del cónsul al mando, y menos en medio de un ataque enemigo.
La caballería romana salió al trote del campamento y al minuto empezó a galopar en dirección a los númidas. A quinientos pasos de las fortificaciones romanas, los jinetes de ambos ejércitos se enfrentaron en un combate duro bajo el viento y el aguanieve del invierno de Liguria. El joven Publio hirió a un par de jinetes númidas y Cayo Lelio hizo lo propio con otros dos, uno de los cuales cayó al suelo malherido. Los númidas empezaron a replegarse. Sempronio Longo dio orden de seguirlos y de que las legiones salieran del campamento y, a paso ligero, siguieran a su vez a la caballería romana para darles apoyo.
Los jinetes africanos huían por una llanura, lo que dio seguridad al cónsul Sempronio, ya que los romanos sólo temían las zonas boscosas donde los galos de la región presentaban con frecuencia emboscadas que causaban numerosas víctimas entre los legionarios. Por el contrario, un avance por terreno llano y despejado era algo que los romanos no temían. Había un bosque, pero los númidas se alejaban de él acercándose al río Trebia. Al llegar al mismísimo río, los jinetes africanos espolearon sus caballos para cruzarlo al galope por una zona por la que se podía vadear al ser de aguas poco profundas. La caballería romana hizo lo propio y el cónsul ordenó que la infantería siguiera los mismos pasos.
Tito Macio entró en el río. Pronto el agua le cubrió primero hasta la cintura y, al llegar al centro del río, hasta casi los hombros. La corriente no era fuerte, pero la temperatura del agua estaba tan baja que sintió como si hasta sus propios huesos se congelasen por dentro. Se fijó en Druso, cuyos dientes castañeteaban por el frío.
Al salir del río Trebia, los legionarios romanos estaban temblando y apenas tenían fuerza para mantener sus armas en la mano. Sólo la caballería, que apenas se había mojado hasta las rodillas, parecía estar en condiciones razonables para el combate, pero ya no había tiempo para retroceder o replantear la batalla. Al llegar a la llanura al otro lado del río los romanos comprendieron exactamente lo que les esperaba. En la distancia Sempronio Longo vio al ejército cartaginés dispuesto para el combate.
Aníbal dio orden de que los mercenarios baleáricos con sus hondas y su infantería más ligera, lanzas en ristre, se pusieran al frente del ejército. Ésta era la primera línea de combate de las tropas púnicas compuesta por unos ocho mil hombres. Por detrás, en una gran falange, avanzaba la infantería pesada, constituida por soldados traídos de Iberia, los recientes aliados galos de la región, que guardaban odio eterno a Roma desde tiempo secular, y los soldados africanos que habían acompañado a Aníbal, algunos incluso a su padre Amílcar, desde Cartago. En total unos veinte mil hombres.
La caballería númida, en su maniobra de repliegue, se dividió en dos grandes grupos que se unieron al resto de los jinetes del ejército púnico en ambas alas de la formación. Los africanos alinearon entonces un total de diez mil jinetes dispuestos para la batalla. Y, como remate final, el general cartaginés había formado dos pequeños grupos de elefantes, los supervivientes del tránsito de los Alpes, junto con las alas de la caballería. El general africano observaba el campo de batalla desde un altozano.
—Todo está dispuesto —dijo—, y Baal está con nosotros.
En el frío de la mañana, su voz sonó cálida, llena de fuerza y extraño poder. Sus oficiales se sintieron seguros y esperaron la señal de su líder.
Sempronio Longo sentía el frío en sus piernas mojadas por el agua del río, pero no reparó en los temblores de muchos de sus soldados de infantería ni en que las tropas no habían desayunado ni en el viento gélido que parecía navegar junto al agua del río.
—¡Las legiones al centro! ¡La caballería en las alas, que guarden los flancos mientras avanzamos!
Las órdenes se transmitieron a tribunos y decuriones y luego a los centuriones hasta llegar a toda la tropa: aproximadamente unos dieciséis mil romanos y veinte mil aliados.
La infantería ligera romana fue la primera en acometer a los cartagineses. Congelados por el frío del agua del Trebia, Tito Macio y Druso encontraron cierto alivio en correr aunque sólo fuera para entrar en calor. Sin embargo, pronto el miedo a morir hizo que sus otros sufrimientos se desvanecieran en su cabeza: los africanos los recibieron con una densa lluvia de proyectiles. Tito y Druso se guarnecieron bajo sus escudos al tiempo que veían cómo algunos compañeros más lentos caían atravesados por las flechas enemigas. Preocupados por su supervivencia, no vieron cómo la caballería romana empezaba a ceder en las alas. Los jinetes númidas atacaban con, para muchos, inesperada agresividad, y los confiados caballeros romanos se vieron sorprendidos por la furia de aquella lucha cuerpo a cuerpo a la que no estaban acostumbrados. La mayoría de los jinetes romanos sólo sabían de los númidas por sus dos aparentes claras victorias recientemente conseguidas bajo el mando del cónsul Longo y no entendían aquella ferocidad con la que los africanos lanzaban cada golpe. Como resultado, muchos romanos cedían terreno y otros, los más valientes, eran heridos o caían derribados al retirarse sus compañeros.
De nuevo el joven Publio y el veterano Cayo Lelio se vieron luchando con aquellos jinetes reconociendo en el primer cruce de golpes la tenacidad en la contienda de los africanos que habían encontrado anteriormente en la batalla de Tesino.
—¡Esta vez va en serio! —exclamó Publio.
—¡Así es, por Júpiter y por todos los dioses! —respondió Lelio mientras combatía con un fornido guerrero númida.
La turma de Publio y Cayo Lelio mantenía la posición a duras penas y con el coste de algunas bajas, pero el hijo del cónsul se percató de que se estaban quedando solos mientras el resto de la caballería romana retrocedía cada vez más.
—¡Hay que retirarse! —le dijo a Lelio y éste aceptó sin discusión. Poco a poco, de la forma más organizada que podían, fueron retrocediendo para no quedar rodeados por los jinetes númidas.
Con el retroceso de la humillada caballería romana los flancos de las legiones quedaron al descubierto. Tito y Druso también retrocedían tan velozmente como les permitían sus piernas y sus escudos, que llevaban en alto para protegerse de los dardos y las jabalinas que seguían cayendo en todo momento. Apenas habían tenido oportunidad de combatir. Sólo un breve cruce de golpes con un grupo de iberos cuyas estocadas habían dejado entumecido el brazo con el que Tito sostenía su escudo. En su repliegue, ni Tito ni Druso se percataron del desastre que se avecinaba. Las legiones de infantería pesada combatían con el frente cartaginés a la vez que se defendían de las embestidas de los jinetes númidas por los flancos.
Sempronio Longo, en la retaguardia, rodeado por parte de su caballería, observaba el desastre en el que se había convertido su ofensiva.
—¡No pasa nada! ¡El enemigo es fuerte pero podemos vencer! —intentaba insuflar seguridad en su voz elevando el tono de sus palabras, pero su nerviosismo quedaba implícito en el vibrar extraño de sus frases lanzadas al viento glacial y sus oficiales empezaban a desconfiar ya de aquel cónsul que los había conducido no ya a una pequeña derrota como en Tesino, sino a un desastre militar de consecuencias incalculables. —¡Que la caballería se reorganice! ¡Vamos a volver a atacar!
Aún no había terminado Sempronio Longo de decir esas palabras cuando, desde el bosque cercano, saliendo de la retaguardia romana, una fuerza de mil jinetes númidas y mil infantes cartagineses se lanzó sobre las desguarnecidas tropas de la infantería romana. Se trataba de las tropas de Magón, el hermano de Aníbal, que, siguiendo las instrucciones recibidas, se había emboscado entre los árboles la noche anterior al amparo de la larga oscuridad del solsticio de invierno y de la tímida luna nocturna. La infantería romana quedó rodeada esta vez al completo por los enemigos, mientras que la caballería romana observaba impotente el desastre total que se cernía sobre su ejército. Sempronio Longo enmudeció mientras sus oficiales le pedían, ahora ya sin reservas y sin vigilar la forma o el tono en el que expresaban su demanda, que ordenase una retirada general antes de ser completamente masacrados por los cartagineses. Sempronio Longo, no obstante, sólo escuchaba los gritos de sus soldados que caían muertos y el bramido de los elefantes que pisoteaban legionarios romanos. Aquellas bestias avanzaban protegidas por los jinetes númidas y los aliados galos e iberos que acompañaban a los cartagineses.
Ante la inactividad del cónsul, varios centuriones reagruparon a los hombres que podían seguirlos y se abrieron paso entre los enemigos. Nadie tenía deseos de volver a cruzar el río de aguas heladas del Trebia y menos rodeados de enemigos. Era mejor abrirse un camino todos juntos por donde salir. Tito y Druso se vieron favorecidos al producirse el reagrupamiento romano cerca de su zona.
Unos diez mil legionarios y soldados aliados pudieron salvarse y entre agotados, hambrientos y ateridos, llegaron, tras varias horas de larga y triste marcha, hasta las ciudades de Placentia y Cremona, bajo dominio romano, para guarecerse entre sus fortificadas murallas.
Publio y Lelio se replegaron junto al resto de la caballería cruzando el río. A pocos metros vieron al cónsul Sempronio Longo cabalgando cabizbajo, protegiéndose con su capa de la intensa lluvia que, aunque ahora los azotara con poderosa vehemencia doblegando aún más sus ánimos con el imperio de su humedad y fría insistencia, al mismo tiempo les había brindado una gran ayuda para facilitar el repliegue.
Aníbal observaba la retirada romana mientras las gotas de lluvia salpicaban todo su cuerpo. Estaba empapado. Sus oficiales esperaban la orden de replegarse o bien de emprender una persecución contra la infantería y caballería romanas que, cada una por su lado, buscaban refugio en las ciudades que controlaban en la región. Aníbal optó por el repliegue de sus tropas. La lluvia era demasiado intensa para continuar con las acciones militares y el objetivo principal de infligir una dura derrota a las legiones de Roma en propio territorio itálico ya estaba conseguido. Podía ver en el rostro de los jefes galos e iberos que acompañaban a sus oficiales cartagineses la enorme confianza que tenían depositada en sus decisiones desde aquel instante. A partir de aquel día empezaba la auténtica guerra contra Roma. Pronto llegaría la victoria absoluta y el plan de su padre sería cumplido fielmente de forma que el dominio sobre todo el Mediterráneo occidental pasara a manos de Cartago. Aníbal sonrió y se sacudió el pelo para secarse por un lado y por otro para no cegarse en sueños aún no cumplidos. Quedaba una inmensa labor todavía por realizar. Y complicada.
—Nos replegamos —dijo, y nadie discutió su orden. De hecho cada vez menos se atrevían tan siquiera a preguntar el porqué de sus mandatos.
Cayo Lelio y Publio, seguidos de la mayor parte de los jinetes de su turma de caballería, cabalgaban bajo la interminable lluvia que los envolvía. Lelio se puso al lado del joven Publio.
—Nuevamente nos hemos salvado, por los pelos.
—Así es. Se diría que los dioses están con nosotros.
—Bueno, para salvarnos la vida puede ser —continuó Lelio—, pero extraña forma de estar con nosotros es esa en la que nos conducen de derrota en derrota. Esto empieza a ser fastidioso. Estoy cansado de replegarme, de retirarme, de ver a cuántos he podido salvar de caer abatidos por el enemigo, los recuentos al llegar al campamento, sucios, cansados...
—Te entiendo, Lelio, te entiendo. Es una extraña forma. No sé si es causa del capricho de los dioses o capricho de nuestro cónsul al mando. Sin embargo, aquí estamos, y esta noche, aunque ya imagino que Longo no tendrá ganas de repartir vino, tú y yo tomaremos unas buenas copas juntos al abrigo de mi tienda, si te parece bien. Nos secaremos y repondremos fuerzas. Esta guerra no ha hecho más que empezar.
Lelio le miraba entre admirado y sorprendido. Le fascinaba aquella tenacidad en la lucha aun después de una serie de fracasos militares como los que llevaban cosechada aquel año entre el Tesino y el Trebia. Debía de ser la juventud que aportaba fuerzas suplementarias. Lelio hacía tiempo ya que había olvidado aquel espíritu juvenil con el que se emprendía una campaña. Todo era nuevo. El mundo estaba lleno de posibilidades. Hacía años que todo aquello se había desvanecido para él y, curiosamente, junto a aquel muchacho, aquellas sensaciones parecían retornar a su ser.
Entre la lluvia y el viento helado, Publio acertó a leer en la mirada de su interlocutor la sorpresa y la extrañeza ante sus palabras.
—Lelio —quiso aclararle—, mi padre dice que a veces la más grande de las victorias se construye sobre muchas derrotas previas. Esperemos que tenga razón.
—Esperémoslo pero, y no quiero por ello faltar al respeto a tu padre, ¿en qué se basa el cónsul Escipión para afirmar tal cosa?
—Ha leído mucho, ha leído mucho. Algo habrá aprendido en todos esos volúmenes de filosofía que colecciona y que me va entregando poco a poco.
Publio sonrió al final de sus palabras. Lelio sacudió la cabeza.
—Creo que necesitaremos algo más que historias de filósofos muertos para frenar a los cartagineses.
Publio mantuvo su sonrisa, dejando claro que no tomaba como ofensa aquella reflexión de Lelio. Mantuvo su sonrisa y su serenidad. En algún momento encontrarían la victoria y estaría apoyada en las palabras de su padre o en los textos que éste le pasaba; de alguna forma, de algún modo todo aquello debería encajar perfectamente y comenzar a fluir. Entretanto, no restaba sino resistir. Y estaban su padre y su tío Cneo y, mientras ellos combatieran, todo era posible. El joven Publio se dio cuenta de que ésa era su auténtica fortaleza: saber de la existencia de su padre y de su tío y que ambos luchaban en su mismo bando.
Tito y Druso cenaron aquella noche en silencio. Aún tiritaban por el frío pasado y quién sabe si por el miedo sentido en el campo de batalla. Engulleron las gachas de trigo sin hablar, aturdidos por los sufrimientos compartidos, dos soldados al servicio de Roma en un ejército mal gobernado que se retiraba a la deriva.
Patiendo multa, venient quae nequeas pati.
[A fuerza de soportar mucho, llegará lo que no pueda soportarse.]
PUBLILIUS SYRUS