Ya estaba bien entrada la noche cuando el automóvil paró delante del Dream Motel. Pagué al taxista, me aseguré de no dejarme nada y toqué el timbre para despertar a la propietaria. Son casi las tres de la madrugada, me dijo, pero me tendió la llave y un botellín de agua. Mi habitación estaba en la planta baja y daba al muelle alargado. Abrí la puerta corredera de cristal que daba al patio privado y me deleité con el sonido de las olas, acompañado del leve rugido de los leones marinos, tumbados en los tablones que había debajo del embarcadero. ¡Feliz Año Nuevo!, grité. Feliz Año Nuevo a la luna menguante, al mar telepático.
El trayecto desde San Francisco había durado poco más de una hora. En el coche me había notado totalmente despejada, pero de pronto me sentí abatida. Me quité el abrigo y dejé la puerta corredera abierta una rendija para escuchar las olas, pero al instante me sumí en un facsímil del sueño. Me desperté con brusquedad, fui al cuarto de baño, me cepillé los dientes, me quité las botas y volví a la cama. Tal vez soñé algo.
Mañana del día de Año Nuevo en Santa Cruz, todo bastante muerto. Me entraron unas ganas repentinas de un desayuno en concreto: café solo y sémola de maíz con cebollas tiernas. Era muy poco probable que consiguiera ese manjar allí, pero un plato de huevos con jamón también serviría. Agarré la cámara y bajé por la colina hacia el muelle. Un cartel luminoso relucía medio oculto por las altas y esbeltas palmeras, y me di cuenta de que, en realidad, no se trataba de un motel. El cartel rezaba DREAM INN y estaba coronado por una explosión estelar que recordaba la era del Sputnik. Me detuve a admirarlo y saqué una foto con la Polaroid, esperé a que la imagen se revelara y me la metí en el bolsillo.

© Patti Smith
Dream Inn, Santa Cruz.
—Gracias, Dream Motel —dije, medio al aire, medio al cartel luminoso.
—¡Dream Inn! —exclamó el cartel.
—Ay, sí, perdona —contesté, bastante aturdida por su respuesta—. A pesar del nombre, no he soñado nada.
—¿De verdad? ¡Nada!
—¡Nada!
No pude evitar sentirme igual que Alicia, interrogada por la Oruga que fuma el narguile. Bajé la mirada hacia los pies, para evitar la energía escudriñadora del cartel luminoso.
—Bueno, gracias por la foto —le dije, y me dispuse a alejarme.
Sin embargo, mi partida se vio frenada por un elenco inesperado de imágenes animadas de Tenniel, el ilustrador de Alicia en el País de las Maravillas: la Falsa Tortuga erguida. El pez y la rana sirvientes. El Dodo, que luce su única e inmensa manga de americana; la horripilante Duquesa y el Cocinero, y la propia Alicia, que preside taciturna una interminable merienda para tomar el té en la que, que nos perdonen a todos, no se sirve té. Me pregunté si el repentino bombardeo de imágenes era una autosugestión o cortesía de la carga magnética del cartel luminoso del Dream Inn.
—¿Y ahora qué pasa?
—¡La mente! —exclamé, exasperada, mientras los bocetos animados se multiplicaban a un ritmo alarmante.
—¡La mente, que se despierta! —contestó el cartel luminoso ahogando una risa triunfal.
Me di la vuelta y rompí la transmisión. En realidad, como soy un poco bizca, a menudo experimento esos saltos de visión, por norma general hacia la derecha. Además, una vez que se despierta por completo, el cerebro está receptivo a toda clase de señales, pero no pensaba confesárselo a un cartel.
—¡No he soñado nada! —repetí con un grito tozudo mientras bajaba la colina flanqueada por salamandras flotantes.
Al pie de la colina había un tugurio roñoso con la palabra CAFÉ escrita en letras de casi dos palmos de alto encima del cristal del escaparate, con un cartel debajo que decía ABIERTO. Dado que habían dedicado una parte tan prominente del ventanal a la palabra «café», supuse que debían de hacerlo bastante bueno; tal vez incluso tuvieran dónuts espolvoreados con canela. Pero en cuanto puse la mano en el pomo, me fijé en otro cartelito más pequeño que se balanceaba: CERRADO. Ni una explicación, ni un mísero «Vuelvo dentro de veinte minutos». Tuve un mal presentimiento en cuanto al café y perdí toda esperanza de conseguir dónuts. Imaginé que la mayor parte de la gente estaba encerrada en casa con resaca. No se puede reprochar a una cafetería que esté cerrada el día de Año Nuevo, aunque, en mi opinión, un café podría ser el remedio perfecto después de una noche de fiesta y excesos.
Privada del café, me senté en el banco exterior y repasé los flecos de la velada anterior. Había sido la última de tres noches seguidas de actuación en el Fillmore y estaba afinando las cuerdas de mi Stratocaster cuando un tipo con una coleta grasienta se inclinó sobre mí y me potó encima de las botas. Las últimas náuseas de 2015, una salpicadura de vómito que me acompañó en la entrada del Año Nuevo. ¿Era un buen o un mal augurio? En fin, teniendo en cuenta el estado general del mundo, ¿quién apreciaría la diferencia? Al recordarlo, rebusqué en los bolsillos hasta dar con una toallita húmeda, que suelo reservar para limpiar la lente de la cámara, me arrodillé y me limpié las botas. Feliz Año Nuevo, les dije.
Mientras pasaba con sigilo por delante del cartel luminoso, una curiosa retahíla de frases encadenadas me vino a la mente, así que saqué un lápiz del bolsillo para apuntarlas enseguida. «Pájaros cenicientos rodean la ciudad cubierta de polvo nocturno / Prados errantes adornados con niebla / Un palacio mítico que aún era un bosque / Hojas que no son más que hojas.» Es el síndrome del poeta seco, que necesita sacar inspiración del aire errático, igual que Jean Marais en el Orfeo de Cocteau, que se encierra en un abarrotado garaje en las afueras de París, dentro de un Renault destartalado, sintoniza distintas frecuencias de radio y garabatea fragmentos en papelillos sueltos: «Una gota de agua contiene el mundo», etcétera.
De vuelta en la habitación del hotel, localicé unos sobrecitos de Nescafé y un pequeño hervidor eléctrico. Me preparé un café, me arropé con la manta, abrí las puertas correderas y me senté en el reducido patio de cara al mar. Un murete bajo me tapaba parte de la vista, pero tenía mi café, oía las olas del mar y me sentía razonablemente satisfecha.
Entonces pensé en Sandy. En teoría tenía que estar conmigo, en otra habitación al fondo del pasillo. Íbamos a encontrarnos en San Francisco antes de los conciertos de la banda en el Fillmore para hacer lo de siempre: tomar un café en Caffe Trieste, repasar con detenimiento las estanterías de la librería City Lights y pasearnos con el coche arriba y abajo por el Golden Gate, mientras escuchábamos a The Doors, Wagner y Grateful Dead. Sandy Pearlman, el compañero al que conocía desde hacía más de cuatro décadas, con su acelerada cadencia que rompía el ciclo de El anillo de los nibelungos o un riff de Benjamin Britten, siempre nos acompañaba cuando tocábamos en el Fillmore, con su trotada cazadora de cuero y su gorra de béisbol, inclinado sobre un vaso de ginger ale en la mesa de siempre detrás de una cortina cerca del vestuario. Nuestra intención era romper filas después del concierto de Nochevieja y conducir esa madrugada entre la agitada niebla hasta Santa Cruz. El plan era comer el día de Año Nuevo en su taquería secreta, cerca del Dream Motel.
Sin embargo, nada de todo eso llegó a ocurrir, porque habían encontrado a Sandy solo, la víspera de nuestro primer concierto, inconsciente en un aparcamiento de San Rafael. Lo trasladaron a un hospital del condado de Marin, tras haber sufrido una hemorragia cerebral.
La mañana de nuestro primer concierto, Lenny Kaye y yo fuimos a la UCI de ese hospital. Sandy estaba en coma, con tubos por todas partes, rodeado de un silencio espeluznante. Nos colocamos uno a cada lado de la cama y prometimos que seguiríamos mentalmente conectados a él, que dejaríamos un canal de comunicación abierto, listos para interceptar y aceptar cualquier señal. No solo las esquirlas del amor, como solía decir Sandy, sino el cáliz entero.
Regresamos a nuestro hotel en Japantown, casi incapaces de articular palabra. Lenny sacó la guitarra y nos dirigimos a un local llamado On the Bridge, situado en el pasaje que comunicaba la parte este y la oeste del centro comercial. Nos sentamos junto a una mesa de madera verde, en tal estado de shock que nos habíamos quedado mudos. Las paredes eran amarillas, decoradas con pósteres de manga japonés, Hell Girl y Wolf’s Rain y colecciones de cómics que se parecían más a novelas de bolsillo. Lenny tomó katsu curry con cerveza Asahi Super Dry y yo pedí unos espaguetis con huevas de pez volador y un té oolong. Comimos, compartimos un sake con solemnidad, luego nos desplazamos hasta el Fillmore para la prueba de sonido. No podíamos hacer nada salvo rezar y tocar sin la entusiasta presencia de Sandy. Nos zambullimos en la primera de tres noches de acoples de los micros, poesía, combates de improvisación, política y rock and roll, con tanto ímpetu y tanta entrega que me quedé sin resuello, como si pudiéramos despertarlo con el sonido.
La mañana en que yo cumplía sesenta y nueve años, volví con Lenny al hospital. Permanecimos un rato junto a la cama de Sandy y, pese a saber que era una promesa imposible, juramos que no nos separaríamos de él. Lenny yo nos miramos a los ojos, sabedores de que, en realidad, no podíamos quedarnos. Había trabajo que hacer, conciertos que dar, vidas con las que seguir, aunque fuera sin pensar. Estábamos condenados a celebrar mi sexagésimo noveno cumpleaños en el Fillmore sin Sandy. Esa noche, di la espalda al público un instante durante el solo de «If 6 Was 9», contuve las lágrimas mientras las oleadas de palabras se superponían a otras oleadas, se fundían con imágenes de Sandy, todavía inconsciente, esperándome al otro lado del Golden Gate.
Cuando cumplimos con los compromisos en San Francisco, dejé atrás a Sandy y me dirigí sola a Santa Cruz. No me sentí con ánimo de cancelar su habitación, y me quedé en el asiento posterior del coche, oyendo el remolino de su voz. «Matrix Monolith Medusa Macbeth Metallica Machiavelli.» El particular juego de Sandy con la M, directo a la borla de terciopelo, con indicaciones que lo llevaban nada menos que hasta la Biblioteca de Imaginos.
Me senté en el patio anexo a mi habitación, envuelta en una manta como una convaleciente de La montaña mágica; luego noté el génesis de un extraño dolor de cabeza, seguramente provocado por un cambio repentino en el barómetro. Me dirigía a la recepción en busca de una aspirina cuando me di cuenta de que en realidad mi habitación no estaba en la misma planta que la entrada del motel, sino en una inferior, de ahí que quedase tan cerca de donde empezaba la playa. Se me había olvidado, así que me sentí confundida mientras recorría todo el pasillo de iluminación tenue. Incapaz de localizar la escalera que conducía a la recepción, desistí de tomarme la aspirina y decidí regresar. Al buscar la llave en el bolsillo, me topé con un apretado rollo de gasa casi del grosor de un Gauloises. Desenrollé un tercio, con la leve esperanza de encontrar un mensaje, pero no había nada. No tenía la menor idea de cómo había llegado a mi bolsillo, pero volví a enrollar la gasa, me la guardé y entré de nuevo en la habitación. Encendí la radio; en ese momento, Nina Simone cantaba «I Put a Spell on You». Las focas estaban calladas y oía las olas a lo lejos; invierno en la Costa Oeste. Me hundí en la cama y dormí como un tronco.
Al principio estaba segura de no haber soñado nada en el Dream Motel, pero cuanto más lo pensaba, más me convencía de que sí había soñado. O, mejor dicho, me había deslizado por el filo de un sueño. El atardecer se disfrazó de noche, para luego quitarse la máscara convertido en amanecer e iluminar un camino que seguí de buen grado, desde el desierto hasta el mar. Las gaviotas chillaban y graznaban mientras las focas dormían, salvo su rey, más parecido a una morsa, que levantó la cabeza y bramó hacia el sol. Daba la sensación de que todos habían desaparecido, una desaparición inquietante, al estilo de J. G. Ballard.
La playa estaba sucísima, plagada de envoltorios de chocolatinas; cientos, quizá miles, desperdigados por ella como las plumas tras la época de muda. Me puse de cuclillas para observarlos mejor y me metí un puñado en el bolsillo. Butterfingers, Peanut Chews, 3 Musketeers, Milky Ways y Baby Ruths. Todos abiertos, pero sin rastro de chocolate. No había nadie alrededor, ni huellas en la orilla, solo un radiocasete portátil medio oculto en un montículo de arena. Me había olvidado la llave del hotel, pero la puerta corredera no estaba cerrada. Cuando regresé a mi habitación, vi que yo seguía dormida, así que esperé, con la ventana abierta, hasta que me desperté.
Mi segundo «yo» continuó soñando, incluso bajo mi atenta mirada. Mi vista se topó con una valla publicitaria descolorida que anunciaba que el fenómeno de los envoltorios de chocolatinas se había extendido hasta San Diego y había cubierto una cala que yo conocía muy bien, adyacente al muelle de pescadores de Ocean Beach. Seguí un sendero que discurría entre marismas interminables moteadas de edificios abandonados de muchos pisos con ángulos cambiantes. Malas hierbas altas y esbeltas crecían de las grietas del cemento, con ramas como brazos pálidos que surgían de estructuras muertas. Cuando por fin accedí a la playa, la luna estaba alta y marcaba la silueta del viejo muelle. Había llegado tarde, habían rastrillado todos los restos de los envoltorios y los habían acumulado en montículos, a los que luego habían prendido fuego, creando una larga línea de hogueras tóxicas que, a pesar de todo, se veían preciosas; los envoltorios en llamas se rizaban como hojas otoñales artificiales.
La periferia del sueño, ¡qué periferia tan envolvente! Bien mirado, se parecía más a una aparición, la premonición de lo que está a punto de suceder, como una enorme nube de mosquitos, nubes negras que oscurecen el camino de los niños que pedalean en las bicis. Los límites de la realidad se reconfiguraban de tal modo que parecía necesario trazar el mapa de esa topografía hecha con retazos. Lo que hacía falta era un poco de pensamiento geométrico que lo ordenara todo. En el fondo del cajón inferior del escritorio encontré un par de tiritas, una postal descolorida, un carboncillo y una lámina de papel de calco, lo cual me pareció un golpe de suerte increíble. Pegué el papel de calco a la pared e intenté dar sentido a una huida imposible, pero solo logré componer un croquis fracturado que contenía toda la lógica improbable de un mapa del tesoro infantil.
—Usa la cabeza —me reprendió el espejo.
—Usa la mente —me aconsejó el cartel luminoso.
Tenía el bolsillo repleto de envoltorios de chocolatinas. Las extendí sobre el escritorio junto a la postal, la Exposición Panamá celebrada en San Diego en 1915. Eso me hizo plantearme ir a San Diego para comprobar en persona el estado de Ocean Beach.
En el curso de mi infructuoso análisis, me había entrado bastante hambre. Encontré un restaurante de menú con aire retro cerca de allí que se llamaba Lucy’s y pedí un sándwich de queso fundido con pan de centeno, tarta de arándanos y café solo. En el cubículo de detrás había unos críos, no tendrían más de trece o catorce años. Hasta entonces no había prestado atención a lo que decían, sino que me había dejado adormecer por el sonido de sus voces, como si salieran de una jukebox puesta en la mesa, en la que se pudiera elegir una canción a cambio de una moneda. Los críos de la jukebox hablaban en voz baja, un murmullo que de forma gradual se convirtió en palabras distinguibles.
—No, son tres palabras que forman un nombre compuesto.

© Patti Smith
Desaparición al estilo de J. G. Ballard. Bombay Beach.
—Imposible, si son tres palabras diferentes, no pueden formar un compuesto. Son dos nombres sueltos con una preposición en medio. Son dos cosas distintas, pero relacionadas.
—Pero entonces es lo mismo.
—No, has dicho que formaban un compuesto. Y no es una palabra compuesta. Son palabras separadas.
—Sois tontos de remate —dijo una voz nueva. Silencio repentino. Debía de ser el líder, porque todos se callaron y lo escucharon—. Es una sola cosa, un único objeto. Un sustantivo complementa al otro mediante la preposición. Todo junto, «envoltorio de chocolatina», forma un sintagma nominal.
Eso captó mi atención. Era imposible que se tratase de una coincidencia. El murmullo ascendía como el vapor de un bloque de hielo seco. Recogí la cuenta de mi mesa y me detuve como por casualidad delante de ellos. Cuatro empollones con pinta tan cool que resultaba agresiva.
—Oye, ¿sabéis algo sobre esto? —pregunté mientras alisaba un envoltorio.
—Han escrito mal «Chews». Lo han puesto con zeta final.
—¿Y sabéis de dónde puede haber salido?
—Supongo que será una falsificación china.
—Bueno, si os enteráis de algo, avisadme.
Mientras me observaban con aire cada vez más divertido, recogí el envoltorio de los Peanut Chews de imitación. No sé cómo no me había fijado en la zeta errante. La empleada de la caja estaba abriendo un rollo de monedas de un cuarto de dólar. Caí en la cuenta de que no había dejado propina y regresé a mi mesa.
—Por cierto —dije después de pararme junto a los adolescentes—, os confirmo que «envoltorio de chocolatina» es un sintagma nominal. Y lleva un complemento preposicional.
Se levantaron y pasaron por delante de mí casi rozándome y sin dejar propina. Me fijé en que todos y cada uno de ellos llevaban una mochila con una raya amarilla vertical. El último me miró antes de salir. Tenía el pelo moreno y ondulado, y el ojo derecho ligeramente estrábico, casi como yo.
El teléfono se puso a vibrar. Era Lenny, que me llamaba para contarme las novedades acerca de Sandy, que en el fondo no eran ninguna novedad. Silencio estable que requería paciencia y oración. Deambulé hasta llegar a una tienda de segunda mano y me compré de forma impulsiva una vieja camiseta teñida con nudos de Grateful Dead, en la que salía la cara de Jerry Garcia. Al fondo había dos estanterías pequeñas con una colección de National Geographic, libros de Stephen King, videojuegos y CD muy variados. Encontré un par de números atrasados de la Biblical Archaeology Review y un ejemplar de bolsillo muy gastado de la novela Aurélia, de Gérard de Nerval. Todo era barato salvo la camiseta de Jerry, pero su cara sonriente y rezumante de amor químico valía lo que costaba.
De vuelta en mi habitación, me sorprendí al ver que alguien había despegado el croquis de la pared y lo había enrollado. Dejé la camiseta de Jerry sobre la almohada, me desplomé en el sillón y abrí Aurélia, pero apenas conseguí pasar de la primera frase, tan iluminadora: «Nuestros sueños son una segunda vida». Dormité unos minutos y entré en un sueño revolucionario, a la francesa, es decir, con jóvenes ataviados con camisas que ondeaban al viento y pantalones bombachos de piel. El cabecilla está atado con tiras de cuero a un pesado portón. Un partidario suyo se le acerca con una antorcha y la sujeta con firmeza mientras la llama quema las gruesas ataduras. El líder queda libre, aunque con las muñecas ennegrecidas y llenas de ampollas. Llama a su caballo y luego me cuenta que ha formado un grupo de música llamado Sustantivo Glitter.
—¿Por qué «Glitter»? —le pregunto—. «Sparkle» es más sonoro.
—Ya, pero la banda Sparklehorse ya utilizó «Sparkle», y ambos nombres significan lo mismo.
—¿Y por qué no lo llamas «Sustantivo» sin más?
—Sustantivo. Me gusta —contesta el líder—. Sustantivo se queda.
Se monta en su appaloosa moteado y hace un mohín cuando las riendas le caen sobre la muñeca.
—Cuídate las heridas —le digo.
Tiene el pelo moreno y ondulado, y también es bizco. Asiente con la cabeza y se marcha cabalgando con su grupo hacia la lejana pampa. Se detienen a tomar agua de un arroyo agitado en el que los mismos envoltorios con una falta de ortografía giran en la corriente como si fueran pececillos multicolores.
Me desperté de sopetón y miré la hora, el reloj apenas había avanzado. Distraída, cogí una de las revistas de arqueología bíblica. Siempre me ha gustado leerlas, son como retoños de historias de detectives, siempre a punto de descubrir un fragmento en arameo o de encontrar los restos del arca de Noé. La portada era bastante incitante. «¡Muerto en el mar Muerto! ¿Empalaron al rey Saúl en el muro de Beit She’an?» Hurgué en mi memoria hasta hallar el resonante mantra de las mujeres, que celebraban el regreso de sus hombres después de la batalla. «Saúl ha matado a miles y David, a decenas de miles.» Abrí el cajón para ver si encontraba la típica Biblia de Gideon en inglés, pero la que tenían estaba en español, y entonces recordé que Saúl, tras ser herido por una flecha enemiga, se arrojó a propósito sobre su espada para ahorrarse la humillación de ser ridiculizado y torturado por los filisteos.
Repasé la habitación con la mirada en busca de otro entretenimiento, luego agarré la manta y salí de nuevo al patio, donde dediqué varios minutos a examinar el envoltorio de Peanut Chewz, pero no averigüé nada. Tuve el claro presentimiento de que algo iba a suceder. Temía que fuese un acontecimiento desgarrador, algo inesperado o, peor, una profunda decepción. Me estremecí al pensar en Sandy.
Las horas se deslizaron una tras otra. Salí a dar un paseo, rodeé la mitad del hotel y pasé por delante de la placa en honor de Jack O’Neill, el famoso surfero que inventó un tipo nuevo de neopreno. Intenté imaginarme a los surferos de las pelis antiguas como Gidget. ¿Acaso Troy Donahue llevaba traje de neopreno? ¿Y Moondoggie? ¿De verdad surfeaban las olas? A conciencia, evité levantar la vista hacia el cartel luminoso del Dream Motel, pero entonces el viento se despertó de repente, las palmeras se doblaron y agitaron, y me vi asaltada por cierta arrogancia.
—¿Qué? Soñando, ¿verdad?
—No, qué va, en absoluto —insistí—. Nada de sueños. Ni uno. Todo sigue igual que antes, no ha ocurrido nada de nada.
El cartel luminoso cobró vida y se animó muchísimo: me lanzaba indirectas, me hacía preguntas, intentaba confundir mi mente con números de teléfono obsoletos y exigía saber la secuencia de ciertos álbumes, por ejemplo, qué canción iba antes de «White Rabbit» o cuál salía entre «Queen Jane Approximately» y «Just Like Tom Thumb’s Blues». Por cierto, ¿cuál era? Ah, sí, «Ballad of a Thin Man». No, no era esa, qué despiste, pero al pensar en esa canción me vino a la cabeza el estribillo: «Something is happening, but you don’t know what it is». Seguro que era otra de sus provocaciones. No sé cómo, pero aquel maldito cartel luminoso estaba al tanto de todo, de mis idas y venidas, de lo que llevaba en los bolsillos, incluidos los envoltorios, mi dólar de plata de 1922 y un fragmento de la piel roja de Ayers Rock, que yo todavía no había encontrado en un sendero del monte Uluru que aún no había recorrido.

© Patti Smith
Ayers Rock, monte Uluru
—¿Cuándo te vas? Es un vuelo muy largo, ya lo sabes.
—¿Adónde quieres que vaya? Yo no me muevo de aquí —dije a regañadientes, intentando ocultar los pensamientos sobre mi futuro viaje, pero el gran monolito se empeñaba con tozudez en asomar la cabeza, emergía en mi mar mental como un submarino borracho.
—¡Sí que vas a ir! ¡Lo veo! Está escrito en la pared. Polvo rojo por todas partes. Solo hace falta saber leer las señales.
—¿Cómo es posible que lo sepas? —exigí saber, a punto de perder los nervios.
—Sentido poco común —respondió el cartel luminoso—. ¡Y por favor! ¡Uluru! ¡Si es la capital mundial de los sueños! ¡Por supuesto que vas a ir allí!
En ese momento pasó una pareja de tortolitos, y sin más, el cartel luminoso volvió a ser simplemente un cartel, mudo e inatacable. Me quedé plantada ante él valorando la situación. El problema de soñar, pensé, es que uno puede verse inmerso en un misterio que en realidad no es un misterio, lo cual ocasiona observaciones absurdas y un discurso que lleva a una conclusión no basada en una única realidad. Todo el asunto me recordaba demasiado a la laberíntica conversación entre Alicia y el Sombrerero Loco.
Por otra parte, el cartel luminoso había averiguado mi deseo, tan real, de viajar al centro de la tierra salvaje de Australia para ver la Ayers Rock. Sam Shepard hablaba mucho de su excursión en solitario al monte Uluru y repetía que algún día podríamos ir juntos, haciendo paradas en los pueblos de frontera, cruzando en coche el interior del país y resiguiendo los bordes de las llanuras salpicadas de spinifex. Pero Sam había recibido el mazazo de la ELA, y mientras sus retos físicos aumentaban, todos los planes tejidos con puntos sueltos se iban deshaciendo. Me pregunté si el destino, transformado en la voz del cartel, estaría planteándome la posibilidad de ver por mi cuenta el imponente monolito rojo; si lo hiciera, sin duda llevaría conmigo una parte de Sam, protegida en un rincón inexplorado de mi ser.
Llegó el momento de buscar algo de comer. Dejé atrás el concurrido muelle y caminé sin rumbo por unas callejuelas, hasta parar delante de Las Palmas Taco Bar. Sin saber cómo, pese a que nunca había estado allí, el local me resultó familiar. Me senté al fondo y pedí alubias pintas y tacos de pescado. El café tenía un regusto a chocolate azteca. A Sandy le habría encantado. ¿Sería esa su taquería secreta? Parecía que algo estuviera influyendo en mis movimientos, mal llamados improvisados. Me tomé otra taza, degustándola poco a poco, y empecé a sentir un afecto irracional hacia el perímetro del Dream Motel. Será mejor que me largue de aquí, pensé, no vaya a terminar como el soldado de La montaña mágica, que sube una colina de la que ya nunca baja. Cerré los ojos y visualicé mi habitación, vi la puerta corredera que se abría hacia el rugido de las olas ocultadas por el murete, apenas una pared de cemento, quizá encalada, a menos que el cemento pueda ser blanco de por sí.
—Por el amor de dios, puede ser de cualquier color. Pigmentos. Pigmentos.
¿Acaso aquel maldito cartel me había seguido hasta Front Street?
—¿Has dicho pimientos? —susurré—. Qué sugerencia gastronómica tan curiosa para estar junto al mar. Podrías proponerme el especial del día con caballa y un poco de la maldita ensalada de col que le ponen a todo, un plato que nunca he probado.
—La ensalada de col no es un plato, es una guarnición. Y he dicho PIGMENTO, no pimiento.
Me negaba a seguir aguantando sus lecciones, así que apuré el café de un sorbo, pagué la cuenta y salí a toda prisa. Tenía un par de cosas que decirle a la cara a aquel dichoso cartel luminoso.
—Estás mosqueado, ¿eh? —le dije, tomando la delantera.
El cartel resopló.
—Y además, te veo bastante pálido. No te ir