SECUESTRO
Jean McConville tenía treinta y ocho años cuando desapareció, y se había pasado casi media vida embarazada o recuperándose de un parto. Dio a luz catorce hijos y perdió a cuatro de ellos; así pues, le quedaron diez, de edades comprendidas entre los veinte años de Anne, la mayor, y los seis años de los mellizos Billy y Jim. Traer al mundo diez hijos, y no digamos ya criarlos, puede parecer una verdadera hazaña, pero hablamos de Belfast en el año 1972, donde eran habituales las familias ultranumerosas y desorganizadas, así que Jean McConville no aspiraba a conseguir ningún premio. Y ninguno le dieron.
Todo lo contrario, pues la vida le planteó otra dura prueba cuando su marido, Arthur, falleció tras una larga y penosa enfermedad. De repente, se quedó sola, viuda, con una exigua pensión, sin un empleo remunerado y un montón de hijos a su cuidado. Desmoralizada por la magnitud de su desventura, Jean hizo cuanto estuvo en su mano para mantener una cierta estabilidad emocional. No salía apenas de casa, echaba mano de los hijos mayores para controlar a los más pequeños, y mientras tanto buscaba conservar el equilibrio —como quien ha sufrido un acceso de vértigo— a base de encender un pitillo con la colilla del anterior. Plantó cara a su desdicha y se esforzó por hacer planes para el futuro. Pero la verdadera tragedia del clan McConville no había hecho sino empezar.
La familia acababa de dejar el piso donde Arthur pasara sus últimos días y se había mudado a otro ligeramente más amplio en Divis Flats, un complejo de viviendas de protección oficial, húmedas y feas, ubicado en West Belfast. Aquel diciembre fue muy frío, y a media tarde la ciudad quedaba sumida en tinieblas. El hornillo para cocinar, en el piso nuevo, no estaba conectado todavía, así que Jean mandó a su hija Helen, que tenía entonces quince años, a por una bolsa grande de fish and chips. Mientras el resto de la familia esperaba a Helen, Jean llenó la bañera de agua caliente. Cuando se tienen hijos pequeños, a veces el único lugar donde uno puede gozar de cierta intimidad es el cuarto de baño y con el pestillo echado. Jean era una mujer menuda y pálida de rasgos delicados y cabellos oscuros, que solía peinar hacia atrás. Se metió en la bañera y allí se quedó un buen rato. Después, cuando acababa de salir del agua, la piel toda colorada, alguien llamó a la puerta de la vivienda. Eran aproximadamente las siete, y los niños supusieron que sería Helen que regresaba con la cena.
Pero al abrir la puerta, varias personas irrumpieron en el interior. Fue todo tan brusco que ninguno de los McConville pudo decir con exactitud cuántos eran; tal vez ocho, o quizá diez o incluso doce. Una banda de hombres y mujeres. Unos llevaban la cara tapada con pasamontañas, otros con medias de nailon que daban a sus facciones un toque siniestro. Y al menos uno de ellos empuñaba un arma de fuego.
Jean salió del baño vistiéndose sobre la marcha, los niños asustados a su alrededor, y uno de los intrusos dijo de mala manera: «Ponte el abrigo». Jean temblaba sin poder controlarse cuando intentaron sacarla del piso. «Pero ¿qué pasa?», preguntó, aterrorizada. Fue entonces cuando los niños reaccionaron. Michael, que tenía once años, intentó agarrar a su madre. Billy y Jim, entre gemidos, quisieron abrazarla. Los de la banda les dijeron que se calmaran, que la traerían de vuelta; solo querían hablar un rato con ella; serían un par de horas nada más.
Archie, que con dieciséis años era el mayor de los que estaban en casa, preguntó si podía acompañar a su madre a dondequiera que fuesen, y los de la banda accedieron. Jean McConville se puso un abrigo de tweed y un pañuelo de cabeza mientras los más pequeños eran conducidos a una de las habitaciones. Los intrusos procuraron calmarlos con escuetas garantías; al dirigirse a ellos los llamaban por su nombre de pila. Dos no iban enmascarados y Michael McConville se dio cuenta, con horror, de que las personas que se llevaban a su madre no eran gente desconocida: eran vecinos suyos.
Divis Flats era una pesadilla sacada de un dibujo de Escher, una madriguera de escaleras, pasadizos y pisos atestados de gente. Los ascensores estaban siempre averiados. La pequeña melé sacó a Jean de su piso, la condujo hacia un pasillo y escaleras abajo. Normalmente, siempre había alguien rondando de noche por allí, incluso en invierno: chavales jugando a la pelota o gente que volvía del trabajo. Sin embargo, Archie se fijó en que todo parecía misteriosamente desierto, casi como si hubieran hecho despejar toda la zona. No había nadie a quien avisar, y ningún vecino que pudiera dar la alarma.
Iban andando muy juntos, madre e hijo, ella aferrada a Archie, pero al llegar al pie de la escalera había otro grupo de gente, esperándolos. Serían como veinte personas, ropa informal, pasamontañas. Varios de ellos armados. Con el motor al ralentí, una furgoneta Volkswagen esperaba en la calle. De repente, uno de los hombres giró en redondo. Por un momento, el brillo mate del arma que empuñaba se destacó en la oscuridad. El hombre apoyó la punta del cañón en la mejilla de Archie y dijo entre dientes: «Lárgate». Archie se quedó tieso, notando el tacto frío del metal en la piel. Quería proteger a su madre fuera como fuese, pero ¿qué podía hacer? Era solo un muchacho, no iba armado, y ellos eran muchos. De mala gana, giró en redondo y volvió escaleras arriba.
En la segunda planta, una de las paredes no era toda de hormigón sino que tenía una serie de listones verticales que los niños McConville llamaban «casilleros». Atisbando entre los resquicios, Archie pudo ver cómo metían a su madre en la furgoneta y cómo el vehículo se alejaba de Divis Flats hasta perderse de vista. Más tarde comprendió que la banda no había tenido la menor intención de permitir que acompañara a su madre, que solo le habían utilizado para sacar a Jean del piso. Archie se quedó allí de pie, en el espantoso silencio invernal, tratando de asimilar lo ocurrido. Un rato después, volvió a casa. Las últimas palabras que su madre le había dicho eran: «Vigila a los niños hasta que yo vuelva».
LAS HIJAS DE ALBERT
Cuando Dolours Price era apenas una niña, sus santos preferidos eran mártires. Una tía suya por parte de padre, muy católica ella, solía decir: «Por Dios y por Irlanda». Para el resto de la familia, lo primero era Irlanda. Puesto que vivían en West Belfast y eran los años cincuenta, Dolours iba a misa todos los días. Sin embargo, la niña reparó en que sus padres no asistían a la iglesia a diario. Y cuando tenía catorce años, un buen día proclamó:
—Yo no pienso ir más a misa.
—Pues tendrás que ir —le dijo Chrissie, su madre.
—Ni tengo que ir ni pienso hacerlo —dijo Dolours.
—Tienes que ir —insistió la madre.
—Mira —dijo Dolours—, saldré de casa, me quedaré en la esquina durante media hora y os diré «He ido a misa», pero no será verdad.
Era muy cabezota, ya de niña, y ahí terminó la historia. La familia Price vivía en una pequeña casa semiadosada de protección oficial en Slievegallion Drive, una pulcra calle en pendiente de la barriada de Andersonstown. Albert, el padre, era tapicero; las sillas que ocupaban la atestada salita de estar las había hecho él. Pero, así como otro clan habría adornado la repisa de su chimenea con alegres fotos de la familia en vacaciones, los Price tenían instantáneas tomadas en centros penitenciarios, y bien ufanos que estaban de ello. Albert y Chrissie Price compartían un fuerte compromiso con la causa del republicanismo irlandés, esto es, la convicción de que los británicos habían sido una fuerza de ocupación en la isla de Irlanda durante siglos, y de que los irlandeses tenían el deber de expulsarlos por los medios que fueran necesarios.
De pequeña, Dolours solía sentarse en el regazo de su padre y Albert le contaba que siendo apenas un niño, en los años treinta, se había apuntado al IRA (Ejército Republicano Irlandés), y que de adolescente había estado en Inglaterra poniendo bombas. Con cartón remetido en los zapatos porque no tenía dinero para que le remendaran las suelas, había osado desafiar al poderoso Imperio británico.
Albert, que era bajo de estatura, usaba gafas de montura metálica y tenía los dedos teñidos de nicotina, contaba anécdotas violentas sobre el legendario coraje de los patriotas muertos. Dolours tenía otros dos hermanos, Damian y Clare, pero de quien estaba más cerca era de su hermana pequeña, Marian. Antes de la hora de acostarse, Albert solía contarles la historia de cómo escapó de la cárcel de Derry junto con una veintena de presos tras cavar un túnel hasta más allá del recinto penitenciario. Un recluso tocó la gaita para disimular los ruidos de la fuga.
Bajando la voz, Albert les explicaba a Dolours y sus hermanos cuál era el sistema más seguro de fabricar bombas caseras, utilizando para mezclar los explosivos utensilios de madera —¡nunca metálicos!—, porque «una sola chispa y adiós muy buenas». Le gustaba recordar a viejos camaradas que habían terminado en la horca de los británicos, y Dolours acabó pensando que aquello era la cosa más normal del mundo, que los padres de cualquier niño tenían amigos que habían muerto en el cadalso. Lo que contaba su padre era tan emocionante que ella, a veces, sentía escalofríos y se le ponía la carne de gallina escuchándole.
Todos los miembros de la familia, o casi, habían estado entre rejas. La abuela Dolan, la madre de Chrissie, había sido miembro del Consejo de Mujeres del IRA, el Cumann na mBan, y en una ocasión pasó tres meses en la cárcel de Armagh por intentar birlarle el arma reglamentaria a un guardia de RUC (Royal Ulster Constabulary), la policía del Ulster. Chrissie también había pertenecido al Cumann, y también había pasado por Armagh junto con tres de sus hermanas, después de ser arrestadas por llevar un «emblema prohibido»: florecitas de papel de color naranja, blanco y verde conocidas como lirios de Pascua.
En la familia Price —como en general en toda Irlanda del Norte— la gente era propensa a hablar de las calamidades del pasado como si hubieran ocurrido hacía solo una semana. Así pues, no resultaba fácil concretar dónde y cuándo había surgido el primer enfrentamiento entre británicos e irlandeses. De hecho, era difícil imaginarse Irlanda antes de lo que los Price solían denominar «la causa». Apenas importaba por dónde empezaba uno a contar tal o cual historia: la causa siempre estaba allí. Era anterior a la distinción entre protestantes y católicos; era más antigua que la iglesia protestante. Uno podía, de hecho, remontarse a mil años atrás, a las incursiones normandas del siglo XII, cuando los normandos cruzaron el mar de Irlanda en busca de nuevas tierras que conquistar. O a Enrique VIII y los soberanos Tudor del siglo XVI, que reafirmaron el yugo inglés sobre la sojuzgada Irlanda. O a los inmigrantes protestantes de Escocia y el norte de Inglaterra, que llegaron a Irlanda a lo largo del siglo XVII y establecieron un sistema de plantaciones por el cual los nativos de habla gaélica pasaron a ser arrendatarios y vasallos de unas tierras que antes les habían pertenecido.
Pero el capítulo de esta saga que predominaba en la casa de Slievegallion Drive era la Revuelta de Pascua de 1916, en la que un grupo de revolucionarios irlandeses se apoderó de la estafeta de correos de Dublín y declaró el establecimiento de una República irlandesa libre e independiente. Dolours creció oyendo leyendas sobre los intrépidos héroes de la revuelta, así como sobre el sensible poeta que fue uno de los líderes de la rebelión, Patrick Pearse. «En cada generación, el pueblo irlandés ha afirmado su derecho a la libertad nacional», declaró Pearse en los escalones de la estafeta de correos.
Pearse era un romántico a carta cabal, muy atraído por el ideal del sacrificio cruento. Ya de niño había tenido fantasías de entregar su vida por algo, y acabó convencido de que el derramamiento de sangre tenía un efecto «limpiador». Pearse elogiaba las muertes a lo Cristo de anteriores mártires irlandeses, y unos años antes del levantamiento escribió que «el viejo corazón de la tierra estaba necesitado del calor del vino tinto del campo de batalla».
Su deseo se vio cumplido. Tras un breve momento de gloria, la rebelión fue aplastada sin piedad por las autoridades británicas de Dublín y a Pearse le formaron consejo de guerra, siendo ejecutado por un pelotón de fusilamiento junto con catorce camaradas. Después de que la guerra de la independencia condujera a la partición de Irlanda, en 1921, la isla quedó dividida en dos: veintiséis condados del sur consiguieron cierta autonomía en calidad de estado libre irlandés, mientras que en el norte los seis condados restantes siguieron bajo el mandato de Gran Bretaña. Como otros republicanos acérrimos, los Price no se referían al lugar en que les había tocado vivir como «Irlanda del Norte», sino como «el norte de Irlanda». En la tensa habla local, hasta los nombres propios tenían un tinte político.
El culto al martirio puede ser peligroso, y en Irlanda del Norte los rituales conmemorativos estaban estrictamente regulados por la ley de Banderas y Emblemas. El temor al nacionalismo irlandés era tan pronunciado que uno podía ir a la cárcel, en el Norte, por exhibir la bandera tricolor de la República. De muchacha, Dolours se ponía su mejor vestido blanco para el Domingo de Pascua, una cesta llena de huevos bajo el brazo y, prendido del pecho, un lirio de Pascua en conmemoración de la abortada revuelta. Era, para un niño de esa edad, un ritual embriagador, algo así como integrarse en una liga secreta de forajidos. Dolours aprendió a tapar el lirio con la mano cuando veía acercarse a un agente de policía.
Sin embargo, no se hacía ilusiones sobre el peaje personal que podía suponer aquella devoción a la causa. Albert Price no llegó a conocer a su primer hijo, una niña que murió siendo aún muy pequeña mientras él estaba entre rejas. Dolours tenía una tía llamada Bridie, hermana de Chrissie, que había participado de joven en la lucha. Una vez, en 1938, estaba Bridie ayudando a trasladar un alijo de explosivos cuando de pronto detonó. La explosión le arrancó ambas manos hasta las muñecas, le desfiguró la cara y la dejó ciega de por vida. Tenía entonces veintisiete años.
Contra lo que pronosticaron los médicos, tía Bridie sobrevivió, pero había quedado tan discapacitada que necesitó cuidados hasta su muerte. Sin manos ni ojos, no podía cambiarse de ropa ni sonarse la nariz ni hacer apenas nada sola. Bridie solía pasar temporadas en la casa de Slievegallion Drive. Si la familia Price abrigaba algún sentimiento de compasión por ella, este era menor que la admiración que les inspiraba su disposición a darlo todo por un ideal. Bridie abandonó la clínica para ir a vivir a una casa pequeñísima con el excusado fuera, sin asistente social, sin pensión: una vida de ceguera. No obstante, ella jamás verbalizó el menor tipo de arrepentimiento por haber hecho semejante sacrificio en nombre de una Irlanda unida.
Cuando Dolours y Marian eran pequeñas, Chrissie solía mandarlas escaleras arriba para que le hablaran a tía Bridie. La mujer estaba siempre sola en un dormitorio, sumida en la penumbra. A Dolours le gustaba subir de puntillas los escalones, pero su tía tenía un oído tan agudo que siempre la oía llegar. Fumaba un cigarrillo tras otro, y Dolours fue la encargada, desde que tenía ocho o nueve años, de encenderlos y ponérselos a su tía entre los labios. Dolours odiaba esa tarea, le resultaba repugnante. Se quedaba mirando a Bridie con un descaro que no habría sido normal delante de alguien que no estuviera privado de la vista, fijándose en todos los espantosos detalles de lo que le había ocurrido. Dolours era parlanchina, con esa manera infantil de soltar todo lo que se le pasaba por la cabeza. A veces le preguntaba a su tía: «¿Y no habrías preferido morirte?».
Dolours tomaba en sus manitas los muñones de su tía y acariciaba aquella piel cerosa. A veces decía que le recordaban a las «patas de un gatito». Bridie usaba gafas oscuras, y una vez Dolours vio cómo una lágrima descendía por detrás de una lente y resbalaba por su mejilla, y entonces se preguntó: Si no tiene ojos, ¿cómo puede llorar?
El 1 de enero de 1969 amaneció frío y despejado. Un grupo de estudiantes se congregó frente al Ayuntamiento de Donegall Square, en el centro de Belfast, con la idea de marchar a pie desde Belfast hasta la ciudad amurallada de Derry, a algo más de cien kilómetros de distancia, un trayecto que podía llevarles varios días. Protestaban por la sistemática discriminación contra los católicos en Irlanda del Norte. La división del país había originado una situación perversa en la que dos comunidades religiosas, que durante siglos habían experimentado cierto grado de tensión, se sentían ahora como una minoría asediada: los protestantes, que eran mayoría de población en Irlanda del Norte pero minoría en el conjunto de la isla, temían ser sometidos por la Irlanda católica; y los católicos, que representaban la mayoría en la isla pero eran minoría en Irlanda del Norte, se sentían discriminados en los seis condados correspondientes.
En Irlanda del Norte vivían un millón de protestantes y medio millón de católicos, y es cierto que los católicos tenían que soportar discriminaciones de índole diversa: excluidos muchas veces de buenos empleos y viviendas decentes, se les negaba también el poder político que les habría facilitado una mejora en sus condiciones de vida. Irlanda del Norte tenía su propio sistema político autónomo, con sede en Stormont, a las afueras de Belfast. Durante medio siglo, ni un solo católico había ostentado un cargo directivo.
Excluidos de la industria de la construcción naval y otras atractivas profesiones, muchos católicos emigraron a Inglaterra, América o Australia en busca de un trabajo que no encontraban en Irlanda. La tasa de natalidad de los católicos de Irlanda del Norte era aproximadamente el doble de la de los protestantes. Sin embargo, en las tres décadas anteriores a la marcha sobre Derry, la población católica había permanecido prácticamente estable puesto que muchas personas no vieron otra alternativa que la de abandonar el país.
Considerando que en Irlanda del Norte existía un sistema de castas similar al de la discriminación racial en Estados Unidos, los jóvenes manifestantes habían elegido tomar como modelo de actuación el movimiento pro derechos civiles estadounidense. Habían estudiado a fondo la marcha emprendida por Martin Luther King y otros líderes entre Selma y Montgomery (Alabama). Salieron de Belfast bien arropados con chaquetones de plumas, cogidos del brazo, enarbolando pancartas que rezaban MARCHA POR LOS DERECHOS CIVILES y cantando la canción «We Shall Overcome».
Entre los manifestantes se encontraba Dolours Price, quien se había sumado a la protesta junto con su hermana Marian. A sus dieciocho años, Dolours era más joven que la gran mayoría de los manifestantes, muchos de los cuales eran universitarios. Dolours se había convertido en una joven de una belleza arrebatadora, con sus cabellos cobrizos, sus chispeantes ojos turquesa y sus pestañas claras. Marian era varios años menor, pero a donde iba la una iba la otra. En Andersonstown, todo el mundo las conocía como «las hijas de Albert». Estaban tan unidas, y se las veía juntas tan a menudo, que casi parecían gemelas. Se llamaban la una a la otra «Dotes» y «Mar», y no solo habían compartido dormitorio durante años, sino también cama. Dolours tenía un carácter fuerte y enérgico y era astuta e irreverente, y las dos hermanas iban charlando animadamente durante la marcha; su marcado acento característico de Belfast quedaba un tanto limado por la educación recibida en St. Dominic’s, un severo instituto católico para chicas de West Belfast, su conversación salpicada de sonoras carcajadas.

Dolours y Marian Price.
Con el tiempo, Dolours calificaría su propia niñez de «adoctrinamiento», pero siempre fue una persona de mentalidad muy independiente y no se le daba bien guardarse sus convicciones para sí. Siendo una quinceañera, había empezado a poner en duda algunos de los dogmas que le habían inculcado de pequeña. Eran los años sesenta y a las monjas de St. Dominic no les resultaba fácil poner freno a los cambios culturales que estaban agitando el mundo. A Dolours le encantaba el rock’n’roll. Como muchos jóvenes de Belfast, halló asimismo inspiración en el Che Guevara, el fotogénico revolucionario argentino que luchó codo con codo con Fidel Castro. Que al Che lo mataran los militares en Bolivia (como prueba de ello, le cortaron las manos, cosa que lo emparentaba con tía Bridie), no hizo a la postre más que elevarlo al altar de los héroes revolucionarios.
Pero incluso a medida que se agudizaban las tensiones entre católicos y protestantes, Dolours había llegado a la conclusión de que la lucha armada que sus padres habían propugnado había quedado obsoleta como solución, mera reliquia de otros tiempos. Albert Price era un alegre y enérgico conversador, de los que te pasaban el brazo por el hombro, siempre con un omnipresente cigarrillo en la otra mano, mientras contaba historias llenas de encanto hasta conseguir llevarte al terreno que le interesaba. Pero Dolours era una polemista impertérrita. «Eh, fíjate en el IRA —le decía a su padre—. ¡Probasteis eso y perdisteis!»
Era cierto que, hasta cierto punto, la historia del IRA era una historia de fracasos; tal como había dicho Patrick Pearse, cada generación organizaba una revuelta por tal o cual motivo, pero hacia finales de los sesenta, el IRA estaba pasando por un período de letargo. Hombres de edad avanzada seguían reuniéndose los fines de semana en campos de adiestramiento al sur de la frontera para hacer prácticas de tiro con antiguallas que habían quedado de anteriores campañas. Pero nadie los tomaba realmente en serio como fuerza de combate. La isla continuaba dividida. Para los católicos, las condiciones no habían mejorado. «Vosotros fracasasteis —le decía Dolours a su padre—. Pero hay otra vía.»
Dolours había empezado a asistir a reuniones de un nuevo grupo político, Democracia del Pueblo, en una sala del campus de la Queen’s University. Al igual que el Che Guevara, y como muchos otros manifestantes, Dolours estaba de acuerdo con cierta versión del socialismo. El cisma sectario entre protestantes y católicos no era más que una emponzoñada distracción, según creía ella: sí, podía ser que los trabajadores protestantes gozaran de ciertos privilegios, pero también ellos tenían que hacer frente con frecuencia al desempleo. Los protestantes que vivían en casas cochambrosas de Shankill Road, en Belfast, tampoco tenían retrete dentro de la vivienda. Si alguien conseguía hacerles ver que la vida sería mejor en una Irlanda unida —y socialista—, la crispación que había perseguido durante siglos a ambas comunidades podría llegar a desaparecer.
Uno de los líderes de la marcha era Eamonn McCann, un joven socialista de Derry, buen orador y con aspecto de tunante; Dolours le conoció durante la marcha y enseguida trabó amistad con él. McCann insistía a sus compañeros en el peligro de demonizar a los trabajadores protestantes. «Ellos no son de ninguna manera nuestros enemigos —decía McCann—. No son explotadores vestidos con trajes carísimos. Son víctimas del sistema, víctimas de los terratenientes e industriales unionistas. Son gente que lleva mono de faena.» Lo que venía a decir era que aquella gente estaba en el mismo bando que ellos. Simplemente no se habían dado cuenta. Todavía.
Irlanda es una isla pequeña, unos trescientos kilómetros de punta a punta en su parte más ancha. Se puede ir en coche de una costa a la otra en cuestión de horas. Pero desde su partida de Donegall Square, los manifestantes se vieron enfrentados a una contramanifestación «unionista», protestantes que eran acérrimos defensores de la lealtad a la Corona británica. Su líder era Ronald Bunting, un hombre de cuarenta y cuatro años, rollizo y con orejas de soplillo, antiguo profesor de matemáticas en un instituto y exoficial del ejército británico, a quien sus seguidores conocían como el Comandante. Aunque en tiempos había defendido ideas más progresistas, Bunting cayó bajo el influjo del ultraanticatólico Ian Paisley después de que este, pastor de la iglesia protestante, atendiera a su madre cuando agonizaba. Bunting era orangista, es decir, miembro de la organización fraternal cuyo enemigo declarado era la población católica. Bunting y sus seguidores zarandearon y abroncaron a los manifestantes e intentaron arrebatarles las pancartas de protesta, al tiempo que enarbolaban su propia bandera, la Union Jack. En un momento dado, un periodista le preguntó a Bunting si no habría sido preferible dejar en paz a los manifestantes y hacer caso omiso.
«Hermano, del diablo jamás puedes hacer caso omiso», respondió Bunting.
Puede que Bunting fuera un fanático, pero muchas de sus preocupaciones eran ampliamente compartidas. «El temor fundamental de los protestantes de Irlanda del Norte es que los católicos los superen en número», dijo aquel mismo año Terence O’Neill, primer ministro del gobierno británico transferido en Irlanda del Norte. Tampoco estaba muy claro, en el caso de que los protestantes fueran efectivamente superados en número, que Londres acudiera al rescate. En Inglaterra, muchas personas parecían apenas vagamente conscientes de la existencia de aquella isla conflictiva frente a la costa de Escocia. No en vano, Gran Bretaña llevaba varias décadas desprendiéndose de sus colonias. Un periodista inglés escribió por esa época que los unionistas de Irlanda del Norte eran «una sociedad más británica que los británicos y que a los británicos les importa un bledo». Para los unionistas, o lealistas —como eran conocidos los más fervientes de entre ellos—, esto creó la tendencia a verse a sí mismos como los últimos adalides de una identidad nacional en peligro de extinción. Como lo expresó Rudyard Kipling en su poema «Ulster» de 1912, «Se sabe, a fin de cuentas. / Ceder es perecer».
Pero es probable que Bunting tuviera un motivo más personal para sentirse amenazado por aquella marcha. Entre los desharrapados manifestantes con sus canciones hippies y sus virtuosas pancartas se hallaba su propio hijo. Ronnie Bunting, alumno de Queen’s y joven de pobladas patillas, se había radicalizado políticamente durante el verano de 1968. No era, ni mucho menos, el único protestante entre los integrantes de la marcha. De hecho, existía una larga tradición de protestantes partidarios de la independencia de Irlanda; uno de los héroes del republicanismo irlandés, Wolfe Tone, que había encabezado una violenta rebelión contra el gobierno británico en 1798, era protestante. Pero no había ningún otro participante en la marcha, aparte de Ronnie, cuyo padre fuera el artífice de la incordiante contramanifestación, liderando a aquellos lealistas embarcados en una campaña de acoso consistente en lanzar invectivas anticatólicas a grito pelado utilizando megáfonos. «Ahí está mi padre poniéndose en ridículo», les dijo Ronnie, abochornado, a sus amigos. No obstante, esa dinámica edípica no parecía sino reforzar la determinación tanto del padre como del hijo.
Al igual que las hermanas Price, Ronnie Bunting se había afiliado a Democracia del Pueblo. En una de las reuniones, sugirió que tal vez fuera mejor no llevar adelante la marcha sobre Derry, porque le parecía muy probable que pasara «algo malo». En varias protestas previas, la policía había actuado con violencia. No puede decirse que Irlanda del Norte fuera un baluarte de la libertad de expresión. Debido al temor a una revuelta católica, la Special Powers Act, una ley draconiana nacida en la época de la partición, había dado lugar a lo que era en la práctica un estado de excepción permanente: el gobierno podía prohibir reuniones y cierto tipo de discursos, así como registrar y arrestar a quien quisiera sin necesidad de una orden, aparte de mantener a una persona en prisión preventiva por tiempo indefinido. La policía del Ulster era mayoritariamente protestante y contaba con un grupo auxiliar, conocido como los B-Specials, compuesto por unionistas armados y, en muchos casos, de un exacerbado anticatolicismo. Uno de los primeros miembros de dicho grupo, resumiendo la manera en que se reclutaba a los B-Specials, dijo: «Necesito hombres, y cuanto más jóvenes y más bestias sean, tanto mejor».
Conforme avanzaba por la campiña irlandesa, la marcha iba encontrando pueblos protestantes que eran bastiones unionistas. Cada vez que eso ocurría, aparecía una turba de hombres armados con palos para impedir el acceso de los estudiantes, y el cordón policial que escoltaba la marcha obligaba a esta a dar un rodeo para evitar ese pueblo en concreto. Hombres del comandante Bunting caminaban en paralelo a los manifestantes y los increpaban. Uno de ellos portaba ese bombo enorme conocido como tambor Lambeg, y sus siniestros golpazos resonaban en las verdes colinas y en las aldeas, haciendo salir de sus casas a otros contramanifestantes físicamente capacitados para la labor.
Si llegaba a producirse un choque violento, los estudiantes se creían preparados para ello. De hecho, algunos confiaban en que hubiera jaleo. La marcha de Selma había provocado una violenta represión policial, y es probable que fuera el espectáculo televisado de aquellas muy enérgicas medidas policiales una de las causas que desencadenaron cambios de verdad. La sensación entre los estudiantes era que se podía luchar contra las grandes injusticias mediante una protesta pacífica; era el año 1969 y parecía que la juventud había asumido un rol de vanguardia. Quizá en Irlanda del Norte lograrían redefinir los frentes de batalla para que aquello dejara de ser un conflicto entre católicos y protestantes, o entre republicanos y lealistas, y sí en cambio de jóvenes contra viejos: las fuerzas del futuro contra las fuerzas del pasado.
El cuarto y último día de la marcha, en un cruce a unos quince kilómetros de Derry, uno de los manifestantes gritó por un megáfono: «Hay bastantes probabilidades de que nos tiren piedras». Por lo visto, se preveían problemas. Más gente joven se había sumado a la procesión desde que el grupo partiera de Belfast, y ahora eran centenares los manifestantes que ocupaban la calzada. El del megáfono gritó: «¿Estáis mentalizados para aceptar la posibilidad de que nos hagan daño?».
Y los manifestantes respondieron al unísono: «¡Sí!».
La víspera, mientras los manifestantes dormían en el suelo de un salón de actos en la localidad de Claudy, el comandante Bunting había congregado a sus seguidores en Derry, o Londonderry, como a Bunting le gustaba llamarlo. Dentro de la casa consistorial, un majestuoso edificio de piedra y vidrieras a orillas del río Foyle, centenares de enfervorizados lealistas se reunían para lo que habían dado en llamar un «encuentro de oración». Y allí, preparado para recibir a su rebaño, estaba Ian Paisley.
Personaje radical con multitud de furibundos seguidores, Paisley era hijo de un predicador baptista. Tras estudiar en una universidad evangélica marginal, en Gales, había creado su propia iglesia de línea dura. Con su metro noventa, Paisley era una especie de gigante de mirada estrábica y dientes desparejos. Solía inclinarse sobre el púlpito, el pelo peinado hacia atrás con brillantina, temblorosos los carrillos, y echar pestes contra el «monstruo del romanismo». El Vaticano y la República de Irlanda estaban secretamente conchabados, aseguraba, y habían urdido un plan siniestro para acabar con el estado irlandés del Norte. Dado que los católicos eran cada vez más numerosos y más poderosos, acabarían convirtiéndose en «un tigre capaz de hacer pedazos a su presa».
Paisley era un agitador tipo Flautista de Hamelín; le gustaba llevar a sus fieles a las barriadas católicas, provocando altercados por dondequiera que pasaba. Con su profunda voz de bajo, afirmaba que los católicos eran escoria, que criaban «como los conejos» y se multiplicaban «como las alimañas». Era un personaje extremadamente conflictivo, un maestro de la incitación. A decir verdad, era tan desagradable, tan franco en su fanatismo, que algunos republicanos llegaron a pensar que, visto lo visto, quizá hasta sería bueno para su movimiento. «¿Para qué matar a Paisley? —cuentan que dijo una vez Chrissie, la madre de Dolours—. Es nuestro mejor activo.»
Aunque la población de Derry era predominantemente católica, en el imaginario de los lealistas la ciudad seguía siendo un monumento viviente a la resistencia protestante. En el año 1689, fuerzas leales a Guillermo de Orange, el nuevo rey, habían logrado resistir al asedio de un ejército católico leal a Jaime II. En cualquier otra parte del mundo, un suceso de tan difusa importancia quizá merecería una placa conmemorativa, pero en Derry organizaciones protestantes locales lo conmemoraban cada año con manifestaciones. Y ahora, apuntaban Paisley y Bunting, esos estudiantes que pretendían entrar en Derry a la mañana siguiente no hacían otra cosa que recrear de alguna manera aquel asedio.
Esos adalides de los derechos civiles, les dijo Paisley a sus seguidores, podían hacerse pasar por gente pacífica, pero no eran más que «gente del IRA» disfrazada. Les recordó el rol de Londonderry como baluarte contra la invasión papista. ¿Estaban dispuestos a alzarse una vez más en defensa de la ciudad? Se oyeron vítores de «¡Aleluya!». Paisley tenía por costumbre llevar a su audiencia hasta el punto de ebullición y luego hacer mutis antes de que empezaran a llover piedras de verdad. Pero haciendo valer su condición de edecán, el comandante Bunting dio instrucciones a la muchedumbre para que aquel que estuviera dispuesto a jugar un «papel viril» procurara armarse con «la clase de medidas protectoras que os parezcan más convenientes».
Al amparo de la oscuridad, en sembrados desde los que se dominaba la carretera a Derry, hombres de la zona empezaron a reunir todo un arsenal de piedras. Un agricultor local, que simpatizaba con la causa, aportó un tractor a modo de recipiente para los proyectiles. No eran piedras pequeñas, sino pedazos considerablemente grandes de roca recién extraída de la cantera, y los fueron colocando en montones a estratégicos intervalos, para el momento de la emboscada.
«Dijimos que la nuestra sería una marcha no violenta —les recordó Eamonn McCann a Dolours y al resto de los manifestantes la mañana del último día—. Hoy comprobaremos si tan piadosa declaración de intenciones pasa o no la prueba.» Los manifestantes se pusieron de nuevo en marcha, esta vez a paso lento y con una creciente sensación de nerviosismo. Estaban apelotonados en una angosta carretera rural flanqueada en su lado derecho por un seto alto. Más adelante había un cuello de botella, allí donde el viejo puente de piedra de Burntollet cruzaba el río Faughan. Dolours, Marian y el resto del grupo continuaron avanzando lentamente. De pronto, al otro lado de los setos, en los sembrados de más arriba, en una cuesta muy empinada, apareció un hombre. Llevaba un brazalete blanco y movía los brazos de forma teatral ejecutando toda una serie de señales, algo así como un torero que intentara citar a un toro invisible. Fue apareciendo más gente en pequeños grupos, hombres jóvenes y robustos, a lo largo de la cresta de la loma. En la carretera ahora había centenares de personas, con setos a ambos costados y sin una vía de escape. Más y más hombres aparecieron en los sembrados, todos ellos con brazalete blanco. Y un momento después voló la primera piedra.
Para Bernadette Devlin, amiga de Dolours y una de las organizadoras de la marcha, aquello pareció una «cortina» de proyectiles. Desde los callejones a ambos lados de la calzada principal, aparecieron de repente docenas y docenas de hombres y muchachos que empezaron a arrojarles piedras, ladrillos, botellas de leche. Algunos atacantes estaban situados en la zona elevada desde la que se dominaba la carretera, otros detrás de los setos, y aún iba llegando más gente para impedir que la marcha cruzara el puente. Los que estaban en la vanguardia de la marcha esprintaron precisamente hacia el puente, mientras que los de la retaguardia recularon para evitar la descarga. Dolours y Marian, sin embargo, se hallaban justo en medio del grupo.
Se abalanzaron sobre el seto para ponerse a cubierto, pero las piedras seguían cayendo. Además, los hombres estaban bajando la cuesta a la carrera y empezaban a agredir a los manifestantes. Dolours no pudo evitar pensar en una escena de western, los indios cargando en masa por la pradera. Varios de los atacantes llevaban casco de motorista. Bajaban armados de garrotes, palancas, trozos de tubería, listones. Algunos hombres esgrimían maderos tachonados de clavos y con ellos atacaban a los manifestantes, desgarrándoles la piel. La gente se cubría la cabeza con la chaqueta, pero se trompicaban al no ver por dónde iban, confusos, agarrándose unos a otros en busca de protección.
Conforme los manifestantes huían hacia los campos, eran arrojados al suelo y pateados hasta que perdían el conocimiento. Alguien agarró una pala y golpeó a una chica en la cabeza. Dos fotoperiodistas fueron molidos a palos y pedradas. La chusma se hizo con sus carretes de película y les dijo que si volvían por allí los matarían. Y, en medio de todo aquello, estaba el comandante Bunting, el gran mariscal, agitando los brazos como un director de orquesta, las mangas de la chaqueta salpicadas de sangre. Le arrebató la pancarta a uno de los manifestantes, y alguien más le prendió fuego.

Emboscada en el puente de Burntollet.
Los de la marcha no opusieron resistencia. Habían acordado de antemano atenerse a su promesa de una protesta no violenta. Dolours Price se vio rodeada de jóvenes con tajos en la cara y sangre entrándoles en los ojos. Decidió lanzarse al río; el agua estaba helada. A lo lejos, en el puente, pudo ver que varios manifestantes eran arrojados al río a empujones. Mientras se debatía en el agua, se fijó en uno de los agresores que blandía un palo; aquel instante quedó grabado para siempre en su memoria, el odio que irradiaban aquellos ojos vidriosos. Dolours le miró de hito en hito… y no vio nada.
Por fin, un agente de la policía del Ulster se metió en el río para poner fin al altercado. Ella se agarró a su guerrera y ya no quiso soltarse. Pero incluso mientras su fornido policía la ayudaba a ponerse a salvo, algo terrorífico empezó a cobrar cuerpo. Ese día había allí docenas de agentes de la policía del Ulster, pero la mayoría de ellos apenas si había movido un dedo. Más adelante se dijo que la razón de que los agresores llevaran brazaletes blancos era para que así sus amigos policías pudieran distinguirlos de los manifestantes: de hecho, muchos de los hombres de Bunting, precisamente los que más palos daban, eran miembros del cuerpo de policía auxiliar, los B-Specials.
Camino del hospital Altnagelvin, en Derry, Dolours se echó a llorar presa de una extraña combinación de alivio, frustración y decepción. Cuando por fin Marian y ella estuvieron de vuelta en Belfast y se presentaron, magulladas y maltrechas, en la casita de Slievegallion Drive, Chrissie Price escuchó por boca de sus hijas lo ocurrido en la marcha. Y cuando las dos terminaron de contárselo, ella solo les hizo una pregunta: «¿Y por qué no os defendisteis?».
DESALOJO
Jean McConville apenas si dejó rastro. Desapareció en una época muy caótica, y los hijos que dejó eran tan pequeños que muchos de ellos no habían elaborado todavía un catálogo amplio de recuerdos. Pero nos ha quedado una fotografía de Jean; es una instantánea en la que aparece delante de la casa familiar, en East Belfast, a mediados los años sesenta. Jean está de pie con tres de sus hijos, y Arthur, su esposo, aparece acuclillado en primer plano. Jean mira al objetivo, con los brazos cruzados sobre el pecho, los labios fruncidos en una sonrisa, los ojos entornados al sol. Un detalle que varios de sus hijos sí recordarían es un imperdible, uno de color azul que llevaba prendido de la ropa, porque a uno u otro de sus críos siempre le faltaba un botón o había que arreglarle cualquier otra cosa. Era el accesorio que la definía.
Jean Murray había nacido en 1934, hija de Thomas y May, un matrimonio protestante de East Belfast. Belfast era una ciudad de chimeneas y campanarios, gris y cubierta de hollín, con una montaña verde y chata a un lado y al otro el Belfast Lough, una ensenada del canal del Norte. Había fábricas de hilo y de tabaco, un puerto donde se construían barcos e hileras e hileras de casas de trabajadores, todas de ladrillo, todas idénticas. Los Murray vivían en Avoniel Road, no lejos del astillero Harland & Wolff, famoso por ser donde se construyó el Titanic. El padre de Jean trabajaba en Harland & Wolff. Todas las mañanas, cuando Jean era muy pequeña, se sumaba a la procesión de millares de hombres que desfilaba camino de los astilleros, y todas las tardes volvía cuando la procesión de obreros hacía el camino opuesto. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, las fábricas de hilo de Belfast produjeron millones de uniformes y en los astilleros se construyeron muchos buques de guerra. Luego, una noche de 1941, cuando a Jean le faltaba poco para cumplir siete años, las sirenas de la alarma antiaérea empezaron a sonar cuando una formación de bombarderos de la Luftwaffe sobrevoló la costa lanzando minas en paracaídas y bombas incendiarias. Harland & Wolff estalló en llamas.

Jean McConville, con Robert, Helen, Archie, y su marido, Arthur.
La educación de las chicas no era una prioridad en el Belfast obrero de aquellos tiempos, de modo que cuando Jean cumplió los catorce, dejó los estudios y se puso a buscar trabajo. Acabó encontrando un empleo como criada de una viuda católica que vivía cerca de su casa, en Hollywood Road. La viuda se llamaba Mary McConville y tenía un hijo ya mayor, Arthur, hijo único además, que era militar del ejército británico. Arthur tenía doce años más que Jean y era muy alto. La diferencia de estatura era muy notable, puesto que Jean solo medía un metro cincuenta con zapatos. Arthur pertenecía a una larga saga de soldados y solía contarle anécdotas de su estancia en Birmania combatiendo contra los japoneses.
Cuando Jean y Arthur se enamoraron, el hecho de que procedieran de diferentes vertientes de la divisoria religiosa no pasó desapercibido a sus respectivas familias. En los años cincuenta las tensiones eran, en ese sentido, menos pronunciadas de lo que lo habían sido anteriormente y lo serían más adelante, pero aun así una pareja «mestiza» era poco habitual. Y esto no solo por razones de solidaridad tribal, sino porque protestantes y católicos solían vivir en mundos restringidos: residían en vecindarios diferentes, iban a colegios e institutos diferentes, tenían empleos diferentes, frecuentaban pubs diferentes. Al entrar a trabajar como criada en casa de la madre de Arthur, Jean había cruzado una línea roja. Y cuando Arthur y ella empezaron a salir, la madre de él puso mala cara. (Tampoco a la madre de Jean debió de hacerle gracia, pero aceptó que se casaran, aunque uno de los tíos de Jean, que era de la orden de Orange, le pegó una paliza por aquella transgresión.)
La joven pareja se fugó a Inglaterra en 1952. Estuvieron viviendo un tiempo en el cuartel militar donde Arthur estaba destinado, pero en 1957 regresaron a Belfast para instalarse en casa de la madre de Jean. El primer hijo que tuvieron, una niña, Anne, nació con una rara enfermedad genética que la dejaría hospitalizada durante la mayor parte de su vida. A Anne le siguieron poco después Robert, Arthur (más conocido como Archie), Helen, Agnes, Michael (a quien todos llamaban Mickey), Thomas (al que todos llamaban Tucker), Susan y, por último, los mellizos Billy y Jim. Entre Jean, su madre, Arthur y los hijos, eran como una docena de personas en la pequeñísima casa de Avoniel Road. La planta baja tenía una salita con vistas a la calle y una cocina en la parte de atrás, con una letrina fuera, un fogón al aire libre y un fregadero sin agua caliente.
Arthur dejó las fuerzas armadas en 1964 y con la pensión decidió montar un pequeño negocio de reparaciones a domicilio, pero siempre procuró tener un empleo fijo. El primer trabajo fue en una empresa de maquinaria, pero le duró lo que tardaron sus jefes en descubrir que era católico. Estuvo empleado durante un tiempo en una cordelería. Los hijos, más adelante, recordarían ese período (la foto es de entonces) como una época de felicidad. Hubo privaciones, qué duda cabe, pero nada del otro mundo para unos hijos de clase obrera en el Belfast de la posguerra. No eran huérfanos de padre ni de madre; llevaban una existencia más o menos estable; su vida estaba intacta.
Pero durante los años sesenta, las sospechas mutuas entre católicos y protestantes fueron aumentando progresivamente. Cuando miembros de la orden de Orange llevaban a cabo sus triunfales marchas estivales, insistían en que el punto de encuentro fuera justo enfrente de la casa de los McConville. Ian Paisley había estado exhortando a sus fieles, durante años, a localizar y expulsar a todo católico que viviera entre protestantes. «Vosotros, los de Shankill Road, ¿se puede saber qué os pasa? —bramaba—. ¿Sabéis quién vive en el número 425?, ¿eh? ¡Pues gente del papa de Roma!» Era una limpieza étnica al por menor: Paisley iba soltando direcciones: el 56 de Aden Street, el 38 de Crimea Street, los dueños de la heladería. Para él eran agentes «papistas» y, en consecuencia, había que echarlos. En la casita de Avoniel Road no había televisor, pero algunos días Jean y Arthur iban a casa de un vecino, sobre todo cuando el movimiento pro derechos civiles fue tomando cuerpo e Irlanda del Norte empezó a registrar altercados casi a diario. Y las noticias de la noche les causaban cada vez mayor inquietud.
Cuando en 1969 se armó la gorda, Michael McConville tenía ocho años. Todos los veranos, una orden lealista conocida como los Aprendices desfilaba por Derry para conmemorar la gesta de los jóvenes protestantes que en 1688 atrancaron las puertas de la ciudad para cerrar el paso a las fuerzas católicas del rey Jacobo. Siguiendo la tradición, la fiesta terminaba con los jóvenes lanzando calderilla sobre las aceras y casas del Bogside, un suburbio católico, desde lo alto de las murallas. Pero, aquel año en concreto, la provocación dio pie a disturbios violentos que la historia acabaría conociendo después como la batalla del Bogside.
Cuando la noticia de los choques entre ambos bandos llegó a Belfast, fue como si un virus hubiera contagiado a toda la ciudad. Bandas de jóvenes protestantes irrumpieron en barrios católicos y se dedicaron a romper ventanas y prender fuego a las casas. Los católicos reaccionaron lanzando piedras y botellas y cócteles molotov. La policía del Ulster y los B-Specials acudieron prontamente, pero quienes pagaron el pato fueron los católicos, que se quejaron de que las fuerzas del orden se limitaban a mirar mientras los lealistas campaban a sus anchas. Surgieron barricadas alrededor de los barrios católicos; la gente secuestraba autobuses escolares y furgonetas de reparto de pan y volcaba los vehículos para cortar las calles e improvisar fortificaciones defensivas. Jóvenes católicos arrancaron adoquines de las calles para amontonarlos sobre las barricadas o lanzárselos a la policía. En vista de lo cual, la policía del Ulster decidió sacar a los «cerdos», que era como se conocía popularmente a sus vehículos blindados, y ponerlos a recorrer las estrechas calles. Las torretas giraban constantemente, apuntando aquí y allá, y una lluvia de piedras acompañaba el paso de los «cerdos», así como alguna bomba incendiaria que provocaba una efusión de llamas azuladas.
Hubo momentos de verdadera poesía anárquica: dos chavales montaron en una excavadora enorme que alguien había dejado en un solar en obras y enfilaron una calle de West Belfast, jaleados y vitoreados por sus compatriotas. En un momento dado, los chicos perdieron el control de la máquina y el vehículo se estampó contra un poste de telégrafos, e inmediatamente alguien lanzó una bomba incendiaria y la excavadora estalló en llamas.
Bandas de lealistas empezaron a recorrer sistemáticamente Bombay Street, Waterville Street, Kashmir Road y otros enclaves católicos rompiendo ventanas y lanzando bombas incendiarias al interior. Cientos de hogares quedaron destruidos, y sus ocupantes en la calle. Los disturbios iban en aumento, y familias normales de todo Belfast empezaron a tapiar puertas y ventanas como si se avecinara un terrible huracán. Retiraban los muebles de la sala que daba a la calle para que hubiera menos material inflamable, por si alguien lanzaba desde fuera un cóctel molotov, y hacían vida en la cocina, en la parte de atrás, los abuelos aferrados a sus rosarios esperando a que las cosas se calmaran.
Aquel verano casi dos mil familias de Belfast, en su gran mayoría católicas, abandonaron sus hogares. Belfast contaba entonces con unos 350.000 habitantes. En los años inmediatamente posteriores, un diez por ciento de la población cambió de residencia. A veces, una chusma de hasta cien individuos rodeaba una casa y obligaba a sus ocupantes a evacuarla. Otras veces, en el buzón aparecía una nota comunicando a los dueños que tenían una hora escasa para evacuar. La gente subía al coche y ponía tierra de por medio; no era nada inusual ver a una familia de ocho apretujada en un utilitario. Fueron millares los católicos que llegaron a hacer cola en la estación de ferrocarril: refugiados esperando a que pasara un tren hacia el sur para trasladarse a la República.
La chusma no tardó demasiado en ir a por los McConville. Una pandilla de lugareños fue a decirle a Arthur que tenía que marcharse de allí. Arthur se escabulló al amparo de la noche y encontró refugio en casa de su madre. Al principio, Jean y los críos permanecieron donde estaban, pensando que las tensiones irían disminuyendo. Sin embargo, al final se vieron forzados a marcharse ellos también, con todas sus pertenencias metidas de cualquier manera en un taxi.
La ciudad que atravesaron estaba totalmente transformada. Había un ajetreo de camionetas llevando muebles de un lado para otro. Se veía a hombres tambalearse por la calle bajo el peso de viejos armarios y sofás. Coches quemados en los cruces. Colegios humeando tras un lanzamiento de bombas incendiarias. Densas columnas de humo oscureciendo el cielo. No quedaba un solo semáforo intacto, y por ese motivo en algunas intersecciones se veía a jóvenes civiles dirigiendo el tráfico rodado. Los católicos se habían apropiado de sesenta autobuses y formado barricadas con ellos, nuevos frentes de batalla que servían para señalar bastiones étnicos. Había cascotes y cristales rotos por doquier; un poeta lo definiría acertadamente como «confeti Belfast».
Y, sin embargo, en medio de toda aquella violencia, los testarudos ciudadanos se adaptaron a la situación y siguieron adelante. En una pausa momentánea del tiroteo, veías entreabrirse la puerta de una casa y asomar la cabeza a un ama de casa con gafas de montura de concha para ver si el camino estaba despejado. Entonces, la mujer salía bien erguida bajo su impermeable, los rulos cubiertos por un pañuelo de cabeza, y cruzaba la zona de guerra para ir a hacer la compra.
El taxista tenía tanto miedo de aquel caos que se negó a llevar a Jean McConville y sus hijos más allá de Falls Road, de modo que se vieron obligados a acarrear sus pertenencias a pie el resto del camino. Se reunieron con Arthur en casa de la madre de este, pero Mary McConville solo disponía de un dormitorio. Estaba medio ciega, y como siempre había desaprobado que su hijo se casara con aquella antigua empleada del hogar, no se llevaba bien con Jean. Por si fuera poco, en aquella zona de Belfast había frecuentes tiroteos, y a Jean y a Arthur les preocupaba que alguien pudiera quemar la leñera que había en la parte de atrás y que el fuego se extendiera por toda la casa. Decidieron, pues, mudarse de nuevo, esta vez a una escuela católica convertida en albergue provisional. Dormían todos en un aula, directamente sobre el suelo.
El departamento de la vivienda de Belfast estaba construyendo alojamientos temporales para millares de personas que se habían convertido de un día para otro en refugiados en su propia ciudad, y al cabo de un tiempo los McConville recibieron una oferta para ocupar una casita recién construida. Pero cuando la familia llegó para mudarse se encontró con que alguien se les había adelantado. Muchas familias desplazadas habían optado por okupar viviendas allá donde podían. Había católicos que se mudaban a casas abandonadas por familias protestantes, y viceversa. Los McConville se toparon con el mismo problema en una segunda vivienda: otra familia se había instalado allí y no quería marcharse. En Divis Street estaban terminando de construir casitas nuevas y, esta vez, Arthur McConville insistió en quedarse a vivir con los obreros que estaban construyendo una hasta que la hubieran terminado, para que así nadie pudiera adelantárseles.
La casa era sencilla, cuatro habitaciones y una letrina fuera, pero era la primera vez que los McConville tenían una vivienda propia en el sentido más exacto de la palabra, y lo primero que hizo Jean, de tan contenta como estaba, fue salir a comprar tela para hacer unas cortinas. La familia estuvo en aquella casa hasta febrero de 1970, que fue cuando les ofrecieron un alojamiento permanente en un complejo residencial conocido como Divis Flats. Habían tardado varios años en construirlo y ahora se erguía en mitad del vecindario dejando a la sombra las casas circundantes.
Divis Flats pretendía dar una imagen del futuro. Construido entre 1966 y 1972 como parte de una iniciativa municipal para acabar con los «barrios bajos», parte de la cual consistió en echar abajo Pound Loney, un viejo barrio de superpobladas viviendas del siglo XIX, Divis Flats consistía en una serie de doce bloques de viviendas conectados entre sí, con un total de 850 pisos. Inspirado en Le Corbusier, el proyecto estaba concebido como una «ciudad en las alturas», con la idea de mitigar la escasez de vivienda pero proporcionando al mismo tiempo un nivel de servicios que a familias corrientes de Belfast como los McConville les parecería poco menos que de lujo. Los residentes en Divis Flats tendrían ducha y retrete en la vivienda, además de un fregadero con agua caliente. Cada planta del bloque disponía de una amplia galería de punta a punta a la que daba la puerta principal de todos los pisos. De este modo se quería evocar las callecitas que discurrían frente a las antiguas casas adosadas del Pound Loney, creando una zona de recreo donde los niños pudieran jugar. Las puertas estaban pintadas en tonos pastel, y aquellos rojos, azules y amarillos ofrecían una vibrante nota de optimismo en medio de los muchos matices de gris característicos de Belfast.
Los McConville se mudaron a un dúplex de cuatro habitaciones en la sección bautizada como Farset Walk. Sin embargo, el entusiasmo que pudiera haber acompañado a la idea de instalarse en un piso nuevo se disipó muy pronto, pues aquel engendro había sido construido teniendo muy poco en cuenta cómo vive la gente. En Divis Flats no había ningún tipo de servicio social, no había espacios verdes, no había jardines. Aparte de dos escuchimizados campos de fútbol y un recinto asfaltado con un par de columpios, no había zona de juego. ¡En un complejo de viviendas con más de un millar de niños!
A Michael McConville, Divis le pareció un laberinto para ratas, con tanto pasillo, tanta escalera y tanta rampa. Las paredes interiores eran de pladur barato, oías todo lo que hablaban los vecinos durante la cena. Y como las paredes del exterior estaban hechas de hormigón no poroso, la condensación acumulada hizo que empezara a aparecer un malsano moho negro en techos y paredes de los pisos. Para tratarse de un proyecto arquitectónico utópico, los resultados no podían ser más distópicos. Algún tiempo después, un escritor lo describió como «pocilga en las alturas».
El mismo año en que los McConville tuvieron que abandonar su casa en East Belfast, Inglaterra había enviado efectivos militares a Irlanda del Norte como respuesta a la batalla del Bogside y los atentados posteriores. Jóvenes militares de verde uniforme llegaron en barco a Belfast y Derry, millares de ellos. Al principio los católicos los recibieron con alivio, dándoles la bienvenida como ocurriera en París con las tropas aliadas. La población católica se había sentido tan maltratada por la policía del Ulster y los B-Specials, a los que consideraban fuerzas sectarias del orden, que cuando desembarcó el ejército (que, en comparación, parecía neutral) creyeron que eso sería garantía de una mayor seguridad para todos. En West Belfast, madres católicas se atrevieron a ir hasta los sacos terreros para ofrecer té a los soldados pertrechados tras ellos.
El padre de Michael fue más cauto. Como militar retirado que era, Arthur McConville no veía con buenos ojos que se acercara una patrulla y entablara conversación con él así por las buenas, como si ya no significara nada en la cadena de mando. En un extremo de Divis Flats habían construido un rascacielos de veinte plantas, el edificio más alto de Belfast (aparte de alguna iglesia). Las primeras dieciocho plantas eran todo viviendas, pero el ejército británico se hizo con el control de las dos superiores para utilizarlas como puesto de observación. Cuando la tensión aumentaba a pie de calle, los vigías podían observar toda la ciudad con sus prismáticos.
La buena voluntad de los lugareños no tardó en abandonar a las tropas. Aquellos jóvenes soldados no entendían la complicada geografía étnica de Belfast, y al poco tiempo se los consideraba ya no tanto un árbitro imparcial en el conflicto cuanto una fuerza de ocupación; un aliado fuertemente armado de los B-Specials y la policía del Ulster.
Los católicos habían empezado a hacer acopio de armas de fuego y a disparar contra lealistas, policía y, posteriormente, ejército. Los tiroteos menudeaban y por la noche unos cuantos francotiradores católicos se instalaban en tejados, bien escondidos entre las chimeneas, y elegían su blanco. Enfurecidos por aquel despliegue de violencia, ejército y policía devolvían el fuego, solo que con armas de mayor calibre, y en los barrios resonaban los chasquidos de las carabinas M1 y el seco tableteo de las metralletas Sterling. Con la idea de que así serían menos visibles a los francotiradores católicos, los B-Specials reventaban las farolas a balazos, dejando toda la ciudad a oscuras. Tropas británicas patrullaban las calles desiertas en sus Land Rover de media tonelada con las luces apagadas, a fin de no ofrecer un blanco fácil. Pese a lo caótico de la situación, fueron pocas las víctimas mortales en la primera fase de los Troubles: solo diecinueve personas murieron por disparos a lo largo de 1969, y solo veintinueve en el año siguiente. Pero 1971 vivió una espiral de violencia, con casi doscientas víctimas mortales. La cifra, en 1972, ascendió a casi quinientas.
Con una población casi mayoritariamente católica, Divis Flats se convirtió en un bastión de la resistencia armada. Una vez instalados en su nueva vivienda, los McConville conocieron lo que los residentes llamaban «la cadena». Cuando la policía o el ejército llamaban a la puerta de un piso en busca de armas de fuego, alguien asomaba la cabeza por la ventana de atrás y le pasaba el arma a un vecino o vecina asomados a su propia ventana en el piso contiguo. El arma era entregada a un vecino del otro lado, quien a su vez se la pasaba a alguien de un piso más alejado todavía, y así sucesivamente.
Fue precisamente en Divis Flats donde falleció el primer niño víctima de los Troubles. El hecho había sucedido antes de que los McConville se mudaran allí. Una noche de agosto de 1969 dos agentes de policía resultaron heridos por disparos de un francotirador en las cercanías de Divis Flats. Con cierta tendencia al pánico y sin adiestramiento sobre la utilización de armas de fuego en situaciones como aquella, la policía optó por lanzar una lluvia de balas sobre Divis desde un vehículo acorazado. Durante una pausa en el tiroteo, se oyó gritar a alguien desde el interior del edificio: «¡Le han dado a un niño!».
Patrick Rooney, un chaval de nueve años, se había puesto a cubierto con su familia en una habitación trasera del piso donde vivían, pero una bala de la policía perforó la pared de pladur y lo alcanzó en la cabeza. Como seguían produciéndose ráfagas intermitentes, la policía no quiso permitir que una ambulancia cruzara Falls Road, y finalmente un hombre salió del bloque agitando como loco una camisa blanca. Dos hombres aparecieron a su lado con el chaval en brazos. Tenía la cabeza destrozada. Consiguieron llevar a Patrick Rooney hasta una ambulancia, pero el niño murió unos minutos después.
Michael McConville sabía que Divis era un lugar peligroso; Patrick Rooney tenía más o menos su misma edad. Por la noche, cuando empezaban los tiroteos, Arthur gritaba «¡Todos al suelo!» y los niños arrastraban cada cual su colchón hasta el centro del piso y dormían acurrucados en mitad de la habitación. A veces, casi parecía que pasaran más noches en el suelo que en sus camas. Desvelado, mirando al techo, Michael escuchaba el ruido que hacían las balas al rebotar en las paredes exteriores de hormigón. Era una vida de locos, pero la anarquía se prolongó meses y meses, y el niño no conoció más vida que aquella.
Una tarde de julio de 1970, una compañía de soldados británicos avanzó sobre la madriguera de callejuelas que rodean Balkan Street, cerca de la llamada Falls Road, en busca de un alijo de armas. Al registrar una de las casas, encontraron quince pistolas y un fusil, además de una metralleta Schmeisser. Pero una vez de vuelta en su vehículo blindado, y cuando se disponían a abandonar el barrio, una muchedumbre de lugareños les hizo frente y empezó a lanzarles piedras. Presa del pánico, el conductor de uno de los «cerdos» dio marcha atrás y atropelló a un transeúnte, lo que provocó la ira de los amotinados. La cosa se iba complicando y otra compañía de tropas fue enviada al lugar para relevar a la primera, y los soldados dispararon bombas lacrimógenas contra la multitud.
No pasó mucho tiempo antes de que tres mil soldados convergieran en la zona de Lower Falls. Destrozaron puertas a hachazos e irrumpieron en las pequeñas viviendas. Oficialmente se suponía que buscaban armas, pero actuaron con la desproporcionada fuerza destructiva de un mero acto de venganza. Reventaron sofás, volcaron camas. Arrancaron el linóleo de los suelos, arrancaron tuberías. Al caer la noche, un helicóptero militar sobrevoló Falls Road y una voz con fuerte acento de Eton, anunció por un altavoz que se había implantado el toque de queda: todo aquel que saliera de su casa podía ser arrestado. Utilizando el extremo de sus rifles, los militares desplegaron grandes rollos de alambre de espino a todo lo largo de Lower Falls. Había soldados patrullando las calles con chalecos antibalas y escudos antidisturbios, la cara tiznada de carbón. Desde las ventanas de sus casas, los inquilinos los miraban sin disimular su desdén.
Puede que fueran los gases lacrimógenos lo que provocó la virulenta reacción del vecindario de West Belfast. De repente un cartucho rodaba por la calzada produciendo una densa nube y obligando a los adolescentes lanzadores de piedras a salir corriendo. Durante aquel fin de semana, el ejército disparó seiscientos botes de un gas que inundaba las callejuelas y se colaba por las grietas de aquellas casas viejas. Irritaba los ojos y la garganta de los vecinos, creando un estado de pánico general. Algunos jóvenes se mojaban la cara con trapos empapados en vinagre a fin de seguir lanzando piedras a los soldados. Un corresponsal escribió que el gas lacrimógeno fue una especie de agente aglutinante, una sustancia capaz de «crear un estado de solidaridad y odio colectivos contra los hombres que los gaseaban».
Michael McConville sacó el máximo partido a tan turbulenta infancia. Creció con un saludable escepticismo respecto de la autoridad. A su entender, el ejército británico no se diferenciaba de la policía local. Los veía lanzar a gente contra la pared, separarles las piernas a patadas. Vio a soldados sacar a padres y hermanos de sus casas y llevárselos para encerrarlos sin juicio previo. Arthur McConville estaba en el paro, pero esto no era algo inusual para Divis Flats; la mitad de los inquilinos tiraba de subsidio para sacar adelante a sus familias.
Cuando los niños salían del piso, en Divis, Jean les decía que no se alejaran demasiado. Estrictamente hablando, no había una guerra —las autoridades insistían en afirmar que se trataba de simples disturbios—, pero aquello parecía sin duda una guerra con todas las letras. El paisaje en el que Michael se aventuraba en compañía de sus amigos y sus hermanos era extraño e impredecible. Incluso en los peores años de los Troubles, algunos niños parecían no tener miedo alguno. Cuando cesaba el tiroteo y los incendios se extinguían, los chavales salían a la calle y correteaban entre esqueletos de camionetas carbonizadas, saltaban sobre somieres oxidados o se escondían en una bañera abandonada en medio de los escombros.
Michael pensaba en las palomas muy a menudo. Desde el siglo XIX, la paloma era conocida en Irlanda como «el caballo de los pobres». Fueron el padre y los hermanos mayores de Michael quienes lo introdujeron en el universo de las palomas; él recordaba que en casa siempre habían tenido pájaros. Michael iba a la zona de combate en busca de palomas, y cuando veía una se quitaba la chaqueta, envolvía al pobre pájaro nervioso como en una red y se lo llevaba a su habitación.
En sus aventuras, Michael se metía a veces en casas abandonadas. No sabía qué peligros podía haber allí —tal vez okupas, paramilitares, bombas…—, pero no tenía miedo de entrar. Una vez llegó hasta una vieja fábrica cuya fachada se había venido totalmente abajo. Michael y un amigo suyo treparon a los escombros para ver si había alguna paloma. Al subir a una de las plantas superiores, se toparon de repente con un grupo de soldados británicos que habían montado allí su campamento. «¡Alto o disparamos!», gritaron los soldados, apuntándoles con sus rifles, y Michael y su amigo se pusieron rápidamente a cubierto.
Como un año después de que se instaurara el toque de queda, el padre de Michael empezó a perder peso a marchas forzadas. Pasado un tiempo, Arthur estaba tan débil y le temblaban tanto las manos que apenas si podía sostener una taza de té. Cuando por fin se decidió a ir al médico para que le hiciesen pruebas, resultó que tenía cáncer de pulmón. La sala de estar se convirtió en su habitación. Michael le oía gemir de dolor por las noches. Arthur McConville falleció en casa el 3 de enero de 1972. Mirando cómo bajaban el féretro de su padre al hoyo excavado en la gélida tierra, Michael pensó para sus adentros que las cosas no podían ir a peor.
UN EJÉRCITO CLANDESTINO
Un día de 1971, iba Dolours Price con su madre, Chrissie, por las calles de Belfast cuando, al doblar una esquina, vieron un puesto de control británico. Los soldados interrogaban y cacheaban a los transeúntes. Chrissie aflojó el paso y dijo en voz baja:
—¿Llevas algo encima?
—No —respondió Dolours.
—¿Seguro que no llevas nada? —insistió su madre.
A lo lejos, Dolours vio que los soldados paraban a varios jóvenes y los obligaban a despojarse de la chaqueta.
—Dámelo a mí —dijo Chrissie.
Dolours sacó la pistola que llevaba y se la pasó disimuladamente a su madre, quien la escondió debajo de su abrigo. Cuando llegaron al puesto de control, Dolours fue obligada a quitarse la chaqueta, mientras que a Chrissie, por ser mayor, la dejaron pasar sin más. De vuelta en la casa de Slievegallion Drive, Chrissie limpió el arma a conciencia y engrasó cada uno de sus componentes metálicos. Luego envolvió la pistola con unos calcetines y la enterró en el jardín. Más adelante, un intendente del IRA pasaría por allí para rescatar el arma.
—¿Tu madre no se apuntaría? —le preguntó a Dolours, en broma pero solo a medias—. Se le da muy bien esconder armas.
Falls Road y Shankill Road discurrían casi en paralelo hacia el centro de Belfast, juntándose progresivamente pero sin llegar a converger. Falls Road era un bastión católico, mientras que Shankill lo era de protestantes, y las dos arterias estaban conectadas por una serie de angostas calles perpendiculares flanqueadas por hileras de casas adosadas idénticas. En algunos puntos de dichas calles perpendiculares, terminaba el territorio católico y empezaba el territorio protestante.
Las barricadas que se levantaron durante los disturbios de 1969 delimitaron las zonas trazando un mapa del conflicto. Con el tiempo, las barricadas serían sustituidas por lo que se conoció como «muros de la paz», altísimas barreras que separaban una comunidad de la otra. Los respectivos enclaves estaban controlados por paramilitares, mientras que centinelas adolescentes se encargaban de vigilar la línea fronteriza. El IRA estaba prácticamente fenecido, cuando empezaron los Troubles. La fallida campaña que el grupo había emprendido durante los años cincuenta y primeros sesenta no contó apenas con el apoyo de la comunidad. Hacia finales de los sesenta, varios miembros de la dirección del IRA en Dublín empezaban a cuestionarse la utilidad de la lucha armada en la política irlandesa y a decantarse por una filosofía más claramente marxista, que abogaba por la resistencia pacífica a través de la política. La organización mermó hasta tal punto que en el verano de 1969, cuando empezaron los disturbios, en Belfast apenas había un centenar de miembros del IRA. Muchos de ellos, como el padre de Dolours, Albert Price, eran veteranos con experiencia en anteriores campañas, pero los años empezaban a pesarles.
Para ser un «ejército», no podían estar más desarmados. En una decisión increíblemente mal calculada, el IRA había llegado incluso a vender en 1968 al Ejército del Gales Libre parte de las armas que les quedaban. Cierto que aún había gente con conocimientos para fabricar explosivos caseros, pero el IRA había acabado labrándose fama de que las más de las veces eran sus militantes los que volaban por los aires, no el blanco elegido.
La minoría católica de Irlanda del Norte siempre había buscado la protección del IRA en los períodos de lucha fratricida. Sin embargo, cuando estallaron los disturbios en 1969, la organización pudo hacer muy poco para impedir que los lealistas echaran a familias católicas de sus casas a base de prenderles fuego. A posteriori de aquellas purgas, hubo quien empezó a insinuar que el acrónimo IRA (Irish Republican Army) quería decir en realidad «I Ran Away» («Yo me largué»).
En Belfast había una facción partidaria de una actitud más agresiva y de reavivar la identidad del IRA como grupo revolucionario por la vía violenta. En septiembre de 1969 Liam McMillen, comandante del IRA, convocó una reunión de alto nivel en un piso de Cyprus Street. Mucha gente culpaba a McMillen del fracaso de la organización a la hora de proteger a la comunidad católica durante los altercados. Veintidós hombres armados acudieron a la cita encabezados por Billy McKee, legendario militante del grupo. Nacido en 1921, unos meses después de la partición de la isla, McKee se había apuntado a la rama juvenil del IRA cuando tenía solo quince años. Desde entonces, no habían pasado diez años sin que estuviera un tiempo entre rejas. Católico convencido, de misa diaria, llevaba siempre encima un arma de fuego, tenía los ojos azul claro y la convicción de un verdadero fanático. «Eres un comunista de Dublín y hemos votado echarte —le espetó a McMillen—. Ya no eres nuestro jefe.»
El escritor Brendan Behan, un viejo amigo de Albert Price, acertó de lleno al comentar una vez que en toda reunión de republicanos irlandeses, el primer tema del orden del día es la escisión. Para Dolours, tal como estaban las cosas, la escisión era inevitable. A principios de 1970 había nacido una organización disidente bajo el nombre de IRA Provisional, claramente enfocada a la resistencia armada. El antiguo IRA pasó a ser conocido como IRA Oficial. En las calles de Belfast se los distinguía a menudo como los «Provos» y los «Stickies», ya que los del IRA Oficial llevaban supuestamente lirios pascuales pegados con cinta adhesiva en la pechera de la camisa, mientras que los más recalcitrantes provisionales llevaban lirios de papel prendidos con un alfiler. En 1971, paramilitares asesinaron a cuarenta y cuatro soldados británicos, pero las dos ramas del IRA no solo intensificaron los combates contra las bandas lealistas, la policía del Ulster y el ejército británico, sino que iniciaron también una sanguinaria contienda entre ellas.
Andersonstown, el barrio donde creció Dolours Price, está un poco más arriba de Falls Road, justo al pie de la llamada Montaña Negra, desde cuya cumbre chata se domina la ciudad a cierta distancia. En 1969, la vida normal había quedado en suspenso con la escalada de incidentes violentos. Los niños ya no podían ir a pie hasta el colegio sin correr serio peligro, y muchos dejaron de ir. Dos tías de Dolours se vieron obligadas a mudarse al barrio después de que les quemaran la casa para echarlas de la zona donde vivían. El ejército solía hacer redadas en Andersonstown en busca de presuntos miembros del IRA o de sus armas. Una casa de la zona fue convertida en escuela de bombas, una fábrica clandestina de explosivos donde jóvenes del IRA provisional pudieran aprender a montar artefactos y manejar material incendiario. La población veía con muy malos ojos las frecuentes incursiones, y la presencia de representantes armados y uniformados de la Corona británica no hacía sino reforzar la idea de que Belfast se había convertido en una ciudad ocupada.
Esta situación de «guerra», de estado de sitio, hizo que barrios enteros se unieran para colaborar. «De repente, la gente cambió —recordaba después Dolours Price—. Se habían vuelto republicanos.» Cuando llegaba el ejército o la policía, amas de casa y niños pequeños salían corriendo de sus casas, arrancaban las tapas metálicas de los contenedores de basura, se arrodillaban en la calzada y empezaban a golpear los adoquines con las tapas, armando un alboroto fenomenal que resonaba en los callejones, una manera de avisar a los rebeldes de que iba a haber redada. Colegiales apostados en cualquier esquina sembrada de cascotes lanzaban estridentes silbidos a la menor señal de peligro.
Era una muestra de estimulante solidaridad. A medida que la violencia iba en aumento, funerales por todo lo alto se convirtieron en norma, con enardecedoras oraciones fúnebres y ataúdes envueltos en la bandera tricolor. La gente empezó a decir, en broma, que la única vida social que había ya en Belfast eran los velatorios. Dichas ceremonias, con su pompa de muerte y nacionalismo, atraían de alguna manera a Dolours Price. Había reanudado sus estudios tras la marcha sobre el puente de Burntollet. Hacía años que soñaba con estudiar artes plásticas, pero después de hacer la solicitud de ingreso en la academia, se llevó un gran desengaño al enterarse de que no la habían aceptado. Así las cosas, decidió apuntarse al St. Mary’s College, cerca de Falls Road, para sacarse el título de maestra.
Albert Price fue, en ese período, una figura intermitente; estaba involucrado en otro tipo de lucha. Cuando el IRA necesitaba armas, Albert iba en busca de ellas. Al caer la tarde, Dolours se encontraba a varios hombres en la salita de estar, intrigando con su padre en voz baja. En cierta ocasión, Albert tuvo que salir por piernas y cruzar la frontera de la República. Dolours empezó en St. Mary’s en 1970. Era muy lista y curiosa por naturaleza y se aplicó a sus estudios. Pero la emboscada en el puente de Burntollet la había cambiado. Como diría luego su padre, aquella experiencia las había transformado, a ella y a Marian. Cuando volvieron de Belfast, «ya no eran las mismas».
Un día de 1971 Dolours abordó a un jefe local del IRA y le dijo: «Quiero apuntarme». El ingreso tuvo lugar, de manera oficial, en la salita de los Price en Slievegallion Drive. Alguien dijo, como si tal cosa, «Oye, ven un momento», y Dolours entró en la salita, levantó la mano derecha y recitó la declaración de lealtad a la organización: «Yo, Dolours Price, prometo que fomentaré los objetivos del IRA hasta donde me sea posible». Luego, juró obedecer hasta la última orden recibida de un «oficial superior». Mientras tenía lugar este ritual, la madre de Dolours estaba en la habitación de al lado con una taza de té en la mano y como si no tuviera la más mínima idea de que lo que estaba pasando.
Dolours, desde el momento en que su mirada se cruzó con la del lealista que la golpeara en el puente de Burntollet, había llegado a la conclusión de que la resistencia pacífica era una fantasía, una ingenuidad, y pensó: «Yo jamás voy a convertir a esta gente». Por más manifestaciones que hicieran, eso no iba a traer el cambio que Irlanda necesitaba. Tras haberse apartado, de joven, de las firmes convicciones que imperaban en su familia, Dolours acabaría considerando el momento de ingresar en el IRA como un «regreso», una especie de vuelta a casa.
Marian también se apuntó a los Provos. Las dos hermanas seguían yendo a clase durante el día, pero por la noche salían de casa y no regresaban hasta muy tarde. En situaciones semejantes, padres y madres de West Belfast procuraban no hacer preguntas. Los jóvenes podían no aparecer durante una semana entera, y cuando llegaban a casa, nadie los interrogaba sobre dónde habían estado. Y por una razón. Como el IRA era una organización proscrita, y te podían arrestar simplemente por confesar tu pertenencia al grupo, la insistencia del IRA en el secretismo rozaba lo demencial. Normalmente, los jóvenes que se hacían miembros del grupo no se lo contaban a sus padres. Podía ser que algunos padres pusieran mala cara. Belfast ya era lo bastante peligrosa como para que uno tentara al destino convirtiéndose en paramilitar. Más de una vez había ocurrido que un joven miembro se dirigiera a cumplir una misión como francotirador y, al doblar una esquina, se topara de frente con su madre. Ella, sin inmutarse por el rifle de asalto que su hijo tenía en las manos, se lo llevaba a casa tirándole de una oreja.
Pero aunque los padres de uno fueran ardientes defensores del IRA, había motivos para no decirles que uno se había afiliado a la organización. Si la policía o el ejército echaban la puerta abajo para interrogarlos, cuanto menos supieran los padres, mejor. Dolours tenía un amigo de nombre Francie McGuigan, un chico grandote y de mandíbula cuadrada. Al igual que los Price, la familia McGuigan era republicana incondicional, y como los padres de ambos eran amigos, Dolours y Francie se conocían de toda la vida. Cuando Francie se metió en el IRA, él sabía que su padre también era miembro del grupo, pero jamás hablaron de ello. A veces, esto podía resultar cómico, ya que vivían los dos bajo el mismo techo. El padre de Francie era el encargado de proveer armas y munición. Pero cuando Francie necesitaba balas, no se las pedía a su padre, sino a su amigo Kevin: «Oye, Kevin, ¿sabes si mi padre tiene balas?», le preguntaba a su amigo. Entonces Kevin transmitía la pregunta al padre de Francie, el padre le daba la munición a Kevin y Kevin a su vez se la daba a Francie. Tal vez no fuera el sistema más eficaz, pero de este modo se callaban ciertas cosas que podían ser peligrosas.
El jefe del Estado Mayor de los provisionales se llamaba Seán Mac Stíofáin. A sus cuarenta y pocos años, era un hombre de cara redonda, abstemio total, con acento cockney y un hoyuelo en la barbilla. Nacido John Stephenson en el este de Londres, había sido criado por una madre que le contaba anécdotas de cuando era una niña irlandesa en Belfast. Tras pasar por las Fuerzas Aéreas británicas, Seán Mac Stíofáin había aprendido irlandés, se había casado con una irlandesa, adoptado un nombre irlandés e ingresado en el IRA. Más adelante se supo que en realidad no tenía nada de irlandés: su madre, a la que le gustaba contar cuentos, no había nacido en Belfast sino en Bethnal Green, un barrio de Londres. Pero hay veces en que lo que creemos con mayor fervor son los mitos. (Compañeros de Mac Stíofáin en el IRA, cuando querían fastidiarle, se «olvidaban» de su nombre irlandés y le llamaban John Stephenson.)
Aunque nacido protestante, Mac Stíofáin era un católico devoto que había cumplido condena en Inglaterra por participar en una incursión del IRA a un arsenal en 1953. Republicano de los pies a la cabeza, era un inquebrantable defensor de la lucha armada como único medio para expulsar a los británicos; en cierta ocasión, resumió en tres palabras su personal estrategia militar: «presión, presión, presión». Hasta tal punto era partidario de la violencia, que algunos de sus coetáneos acabaron colgándole el mote de Mac the Knife.
Mac Stíofáin recordaba en su autobiografía, publicada en 1975, el momento en que Dolours Price se puso en contacto con él. «Ella tenía pensado ser maestra y, aunque venía de familia republicana, aún estaba convencida de que la protesta no violenta acabaría con las injusticias en el Norte.» Mac Stíofáin confirmaba que el punto de inflexión para Dolours fue la emboscada en el puente de Burntollet. Él le propuso que se apuntara al Cumann na mBan, la rama femenina del IRA. Era la misma unidad auxiliar en la que habían prestado servicios Chrissie Price, tía Bridie y la abuela Dolan. Las mujeres del Cumann hacían cosas serias, como ocuparse de los heridos o coger un arma —todavía caliente después de un tiroteo— y hacerla desaparecer.
Pero a Dolours Price le molestó muchísimo la propuesta de Mac Stíofáin. Siendo una feminista convencida —a lo que se sumaba, tal vez, que creía tener derechos adquiridos por ser descendiente de una notable familia republicana—, Dolours no quiso saber nada de que la relegaran a un papel secundario. «Yo quería luchar, no pasarme el rato haciendo té y enrollando vendas —recordaba después—. O el ejército o nada.» Price insistió en que ella era igual que cualquier hombre y que quería hacer exactamente lo mismo que los hombres. En palabras textuales, le dijo a Mac Stíofáin que quería ser «soldado de primera línea».
En la reunión del Consejo Militar de los provisionales convocada especialmente para debatir este tema, se decidió que por primera vez en la historia las mujeres podrían entrar a formar parte de la organización como miembros de pleno derecho. Sin duda alguna, la ambición (y el impecable linaje republicano) de Dolours Price influyó bastante en esa decisión. Sin embargo, ella tenía la impresión de que hubo también otro factor en juego: dado que el número de hombres encarcelados era cada vez mayor, los provos tal vez pensaron que no les quedaba otra alternativa que empezar a admitir mujeres.
Si en algún momento Price pensó que el hecho de ser mujer —o de pertenecer a la realeza republicana o tener unos estudios que eran superiores para lo normal en el IRA— podía ayudarla en el aprendizaje, enseguida salió de su error. Una vez hecho el juramento, fue convocada por su oficial al mando a una casa en West Belfast donde se habían reunido varios hombres de la organización. Una vez allí, le indicaron un montón de balas roñosas, oxidadas y desparejas que habían birlado de algún depósito de municiones y uno de los presentes le pasó un estropajo metálico y dijo: «Limpia estas balas».
Una tarea de ínfima categoría, pensó Dolours Price, desconsolada. Cualquier quinceañera podía hacerlo. ¿Era necesario, además? Y, ya puestos, ¿las balas servían aún?, ¿alguien pensaba dispararlas realmente alguna vez? Se imaginó a sus compañeros retorciéndose de risa en la cocina y a punto estuvo de entrar allí y soltarles: «¿Queréis que os diga dónde podéis meteros estas balas?». Pero se contuvo. No en vano había jurado obedecer órdenes. Todas las órdenes. Podía tratarse de un rito iniciático, pero era también una prueba. Así pues, Price cogió la estopa y se puso a frotar.
«Habías oído cantar las alabanzas de este estilo de vida desde bien pequeña», recordaba Price. Pero ella no solo estaba familiarizada con la leyenda de su nueva vocación, sino que conocía también los riesgos. El IRA acababa de embarcarse en una guerra a tiros con los británicos, y dijeran lo que dijesen sus compañeros acerca del posible resultado de la contienda, las probabilidades de victoria se antojaban escasas. Suponiendo, algo muy probable, que en alguna operación (o en el conjunto de la campaña) el enemigo los superara en potencia de fuego o fuera más listo que ellos, el destino no podía ser sino el mismo que el de Patrick Pearse y los héroes de la Sublevación de Pascua: los británicos te mandaban al otro barrio, y luego los irlandeses se hartaban a contar historias sobre ti. Los nuevos reclutas recibían esta clara advertencia: «O acabas en la cárcel o acabas muerto, no hay más».
Estos riesgos no eran tampoco desconocidos para Chrissie Price, y pese a toda su devoción por la causa, le preocupaba lo que pudiera pasarle a su hija.
—¿No quieres terminar antes los estudios? —le preguntó, implorándole casi.
—Sí, claro, como que le revolución va a esperar a que yo me saque el título —le contestó Dolours.
Muchas noches, cuando Dolours volvía a casa después de una operación de los provos, Chrissie cogía su ropa sin decir palabra y la metía en la lavadora. En una ocasión, sin embargo, Dolours llegó tarde a casa y se encontró a su madre llorando; Chrissie acababa de saber que una bomba había explotado y estaba aterrorizada pensando que su hija podía haber muerto.
No mucho después de unirse a la organización, las hermanas Price fueron enviadas a un campo de entrenamiento al otro lado de la frontera, en la República. Llevaban a los reclutas en coche o microbús por sinuosas carreteras rurales hasta un lugar bastante apartado, por lo general una granja, donde los esperaba un guía —un ama de casa con su delantal, o un párroco simpatizante con la causa— que los acompañaba hasta una casa de labranza. Los campamentos podían durar unos pocos días o más de una semana, y en ellos se enseñaba a los reclutas a usar revólveres, rifles y explosivos. Los provos trabajaban todavía con un limitado arsenal de armas antiguas, muchas de ellas procedentes de la Segunda Guerra Mundial, pero los reclutas aprendían a engrasar y desmontar un rifle y a preparar y colocar cargas explosivas. Los hacían desfilar en formación como si estuvieran adiestrándose en un ejército convencional. Ni siquiera tenían un uniforme propiamente dicho, pero en los funerales vestían siempre traje oscuro, gafas de sol y boina negra, formando cordones a lo largo de las aceras cual disciplinado ejército callejero. Ocurría con frecuencia que las autoridades aprovecharan tales ocasiones para tomar fotos de la gente. Pero era muy poco lo que sabían entonces de esta nueva cosecha de paramilitares, y normalmente les era imposible cuadrar la cara de alguno de aquellos jóvenes con un nombre concreto o con cualquier otro dato que sirviera para identificarlos.
En los años sesenta, la imagen prototípica de un «hombre del IRA» era la de un radical de mejillas coloradas de mucho darle a la ginebra, un tipo desaliñado y entrado en años que solía dedicarse a contar anécdotas de los viejos tiempos. Los provisionales decidieron darle la vuelta a esta caricatura. Su objetivo era mostrase pulcros, disciplinados, organizados, concienciados… y despiadados. Se llamaban a sí mismos «voluntarios», palabra que evocaba a los oscuros héroes de la Revuelta o Alzamiento de Pascua e intentaba captar el sentido de que el patriotismo es una transacción en la que el patriota debe estar preparado a pagar cara su iniciativa. Como voluntario, uno debía estar dispuesto a sacrificarlo todo —incluida la vida— por la causa. La idea era inculcar entre los revolucionarios un sentimiento embriagador de camaradería y de objetivo común, un vínculo que pareciera indestructible.
Aunque las hermanas Price preferían con mucho ser combatientes, sus primeras misiones fueron como mensajeras. Era una tarea importante porque siempre había dinero, municiones o voluntarios que trasladar de un lado a otro, y eso entrañaba un riesgo. Algunas veces, Dolours utilizaba para ello el coche de un amigo suyo, Hugh Feeney. Feeney era un chico de clase media, con gafas, hijo del dueño de un pub, y al igual que Dolours había sido militante de Democracia del Pueblo y estudiaba magisterio cuando se metió en el IRA.
Dolours y Marian no abandonaron la universidad pese a estar ya en activo como voluntarias. De este modo tenían una excelente coartada. Volvían a casa después de clase, guardaban los libros y salían para una misión u otra. El hecho de ser mujeres hacía menos probable que llamaran la atención de la policía o del ejército. Dolours solía cruzar la frontera numerosas veces en un mismo día, enseñando un carnet falso donde ponía que se llamaba Rosie. Tantas veces cruzaba la frontera que los soldados que estaban en el punto de control ya la conocían, pero nunca sospecharon de ella; debieron de pensar que tenía algún empleo aburrido cerca de la línea fronteriza que la obligaba a ir de acá para allá. Dolours era parlanchina, zalamera y hasta un punto coqueta. Caía bien a la gente. «¡Hola, Rosie! —le decían los soldados cuando la veían llegar—. ¿Cómo estás?»
Las hermanas Price transportaban con frecuencia material incendiario. Acabaron conociendo el aroma del nitrobenceno, un ingrediente clave en las bombas caseras: olía a mazapán. En la mayor parte de los casos, los materiales para fabricar bombas se elaboraban en la República y luego se pasaban al Norte de contrabando. Marian iba una vez al volante de un coche cargado de explosivos cuando divisó un control militar. No tenía aún edad para conducir y los explosivos estaban ocultos tras un panel en la puerta del lado del conductor. Un soldado se aproximó al coche e hizo ademán de abrir la puerta. Marian comprendió que si la abría se daría cuenta enseguida de que la puerta tenía un evidente peso añadido.
«¡Puedo hacerlo sola!», dijo, y abrió apresuradamente la puerta. Salió del coche, estiró las piernas. En el Belfast de aquellos años la minifalda arrasaba, y ese día Marian llevaba una puesta. El joven soldado le miró las piernas. «Creo que le interesaban más que el coche», diría después Marian. El soldado le franqueó el paso.
Había miembros del más tradicional y rígido Cumann na mBan para quienes la presencia de mujeres en misiones de esa índole —mujeres que tal vez recurrían a su sexualidad para salir del paso— constituía un peligro y era incluso un poco escandalosa. Algunas veteranas del Cumann llamaban a esas mujeres del IRA «las militares», y no se privaban de insinuar que eran chicas promiscuas. Las tácticas iban evolucionando con el propio conflicto y en ciertas ocasiones mujeres del IRA ponían «trampas sexuales», es decir, merodeaban por los bares de la ciudad para atraer a soldados británicos y tenderles una emboscada. Una tarde, en 1971, tres soldados escoceses libres de servicio estaban tomando copas en el centro de Belfast cuando un par de chicas se acercaron a ellos y los invitaron a ir a una fiesta. Horas después, los cadáveres de los soldados fueron descubiertos en la cuneta de una solitaria carretera, cerca de la ciudad. Por lo visto, camino de la fiesta, habían parado para orinar y alguien los mató a los tres de sendos tiros en la cabeza. Estas operaciones no eran del agrado de las hermanas Price, y Dolours siempre insistió en pedir que no le asignaran ninguna misión semejante. Ella sostenía que la guerra tiene sus reglas. «A un soldado habría que matarlo cuando va de uniforme.»
Puede que el espectáculo de la mujer como encarnación de la violencia radical pareciera una gran novedad, pero en otras partes del mundo las mujeres estaban encontrando ya su lugar en la iconografía de la revolución. Mientras Belfast ardía en el verano de 1969, una terrorista palestina de veinticinco años, Leila Jaled, secuestró un avión de la TWA que hacía el trayecto Roma-Tel Aviv y lo obligó a dirigirse a Damasco, convirtiéndose así en la primera mujer que secuestraba un avión, una especie de celebrity de la nueva militancia. Su fotografía salió en revistas de todo el mundo: ojos casi negros, pómulos prominentes, la kufiyya cubriéndole el resto de la cara y la cabeza y un rifle de asalto entre los brazos. Años más tarde se haría famosa la foto de la heroína norteamericana Patty Hearst con una carabina de cañones recortados y tocada con una gorra. Como le dijo a Dolours Price una de sus mejores amigas, parte del atractivo de todo aquello, al menos entonces, era el «look rebelde».
Poco a poco las andanzas de las hermanas Price empezaron a circular entre las tropas británicas estacionadas en Belfast y llegaron a las crónicas de los corresponsales de guerra. Las Price acabarían ganándose una exagerada fama de mortíferas mujeres fatales que merodeaban por las peligrosas calles de Belfast con un rifle de asalto escondido «en la pernera del pantalón de pata de elefante». Se contaba que Marian era una experta francotiradora; los soldados británicos le habían puesto el mote de «Fabricante de viudas». Por su parte, la prensa describía a Dolours como «una de las mujeres más peligrosas del Ulster».
Uno no sabe hasta qué punto tomarse en serio todo esto. En parte se trataba del tipo de rumor más o menos sexualizado que circula a veces en épocas de gran agitación. De repente, una sociedad que siempre había sido más bien pacata y reprimida se escindía en dos y de la manera más catastrófica. Si la liberación sexual y el caos paramilitar eran percibidos como serias amenazas, ahora convergían en el espectro mítico de un par de libertinas armadas con las piernas al aire.
Pero si, hasta cierto punto, esta imagen era fruto de una fantasía soldadesca, si alguien la potenciaba era precisamente la propia Dolours Price. «¿Quiere que le enseñemos nuestra fábrica de bombas? —le preguntó en 1972 a un periodista que había ido a hacer un reportaje, y añadió—: La semana pasada estuvieron aquí haciendo fotos los de Paris Match.» Eamonn McCann, el activista de Derry que hizo amistad con Price en la marcha del Burntollet, la veía aún de vez en cuando. Sabía que se había apuntado a los provos aunque ella no se lo hubiera dicho de manera explícita. McCann estaba consternado. Deseaba con todas sus fuerzas un cambio revolucionario en Irlanda, pero estaba convencido de que la violencia no era el modo de conseguirlo. A amigos que se unían a la lucha armada, les decía: «De esto no saldrá nada que compense todo el dolor que vais a provocar con ello».

© L’Europeo RCS/fotogr. Stefano Archetti.
Dolours Price, fotografiada por la revista italiana L’Europeo.
Cuando veía a Price, McCann siempre se quedaba pasmado ante su inmenso atractivo. Las republicanas que había conocido de joven eran casi todas serias y beatas; si no la Virgen María, bueno, pues la Virgen con un arma en las manos. Las hermanas Price no tenían nada que ver con aquellas. Dolours vestía siempre con elegancia, pelo y maquillaje impecables. «Eran muy llamativas, las dos —recordaba McCann—. Nada de fanatismo superficial ni de ideología pura y dura. Siempre las veías con una sonrisa en los labios.» En aquel entonces había en Belfast una tienda de baratillo que se llamaba Crazy Prices, y, como no podía ser menos, entre sus amistades Dolours y Marian se convirtieron en las Crazy Prices.
Un día, a las seis de la mañana, agentes de la policía del Ulster irrumpieron en la casa de Slievegallion Drive para arrestar a Dolours por presunta pertenencia a organización ilegal. «Yo no la dejo marchar hasta que haya desayunado», les dijo Chrissie. Y la policía, intimidada por aquella mujer menuda pero formidable, accedió a esperar. Chrissie le dijo a Dolours que fuera a maquillarse; intentaba ganar tiempo para ver si a su hija se le ocurría algo. Luego, cuando Dolours estaba ya por marcharse, Chrissie se puso un abrigo de piel que normalmente reservaba para ocasiones especiales. «Yo la acompaño», dijo.
Dolours, al principio, no supo a qué atenerse, pensando, «Soy del IRA y mi madre, nada menos, viene conmigo para que me enchironen». El caso es que se pusieron en camino. Al llegar a la comisaría de Castlereagh, Dolours fue interrogada. Ella conocía las reglas y no dio ninguna información a la policía. «No tengo nada que decir», repetía una y otra vez. Finalmente, la pusieron en libertad sin cargos. La policía no lo tenía fácil con Dolours; a fin de cuentas, seguía siendo una estudiante con buenas notas y asistencia comprobada a clase. Un momento antes de salir de comisaría, Chrissie se detuvo un momento para contemplar la foto que le habían hecho a su hija para la ficha policial.
«¿Me la puedo quedar? —dijo con cara de póquer—. Ha salido muy bien.»
Para financiarse, los provos empezaron a robar bancos. Y no un par, sino muchos. Un día de verano de 1972, tres sonrosadas monjas entraron en una sucursal del Allied Irish Bank de Belfast que estaba a punto de cerrar. Las monjas sacaron las armas que llevaban escondidas bajo el hábito y procedieron al atraco. Eran las hermanas Price y otra voluntaria. Un mes después de dicho robo, tres mujeres entraron en la misma sucursal y consiguieron otro botín. (Nunca llegó a saberse la identidad de las atracadoras, pero era tentador pensar que fueron las hermanas otra vez.) En una ocasión, Dolours secuestró una camioneta del servicio de correos, porque la dirección del IRA había recibido el soplo de que transportaba sacas de dinero.
Pese a todo el horror que los rodeaba, para Dolours y sus camaradas aquello tenía un punto de aventura, la fantasía de que eran osados forajidos en una sociedad sin ley ni orden. Cuando a uno de los compañeros más queridos de Dolours, un hombre llamado James Brown, lo sacaron de la prisión para trasladarlo a un hospital de Antrim por una apendicitis, las hermanas Price llevaron a cabo una audaz operación de rescate: irrumpieron en el hospital, desarmaron a los policías que había allí y se llevaron rápidamente a Brown. Fue un pequeño milagro que las hermanas consiguieran no ser detenidas por el ejército o la policía. Es posible que evitaran despertar sospechas gracias a su habilidad para representar el papel de recatadas colegialas católicas; aunque, por otra parte, la policía y el ejército estaban abrumados por el nivel de violencia de aquellos días.
Entre los provisionales había muchos personajes curiosos. Dolours se hizo amiga de un hombre llamado Joe Lynskey que se había criado cerca de Falls Road, en Cavendish Street, y que con casi cuarenta años vivía aún con sus padres y una hermana. Lynskey había estudiado para monje en los cincuenta, en una abadía de Portglenone, había hecho voto de silencio y cada mañana se levantaba al alba para rezar. Al final, sin embargo, dejó la orden y se metió en el IRA. Era como un niño grande; pasar toda su adolescencia en un monasterio lo había marcado. Los jóvenes voluntarios lo consideraban una especie de bicho raro y le llamaban el «monje chiflado». Pero Lynskey tenía una mirada bondadosa y era de modales delicados, y Dolours le tomó mucho cariño.
Otra persona con la que Dolours tuvo mucho contacto fue un joven alto y desgarbado de nombre Gerry Adams. Nacido en Ballymurphy, Adams había sido barman en el Duke of York, un pub de techo bajo del centro de la ciudad frecuentado por periodistas y líderes sindicales. Adams, al igual que Price, había nacido en el seno de una distinguida familia republicana: un tío suyo había escapado de la cárcel de Derry con el padre de ella. Sus pinitos como activista los hizo en un comité que protestaba contra la construcción de Divis Flats. Adams no fue a la universidad, pero era un polemista feroz, listo como nadie y con gran capacidad de análisis, igual que Dolours. Había entrado en el IRA unos años antes que ella y empezaba ya a ascender rápidamente en el escalafón.
Price conocía vagamente a Adams desde que eran pequeños. A veces habían coincidido en el mismo autobús, cada cual con su familia, para asistir a conmemoraciones republicanas en Edentubber o Bodenstown. Pero ahora Adams era todo un agitador. La primera vez que Dolours le vio subido a la caja de una camioneta, en pleno discurso, exclamó: «¿Qué hace Gerry ahí subido? ¿Quién se cree que es?». Price lo encontraba enigmático y un poco ridículo. Era un «tío desgarbado con unas gafas enormes de montura negra», recordaba después, y poseía un callado y vigilante carisma. Price era tremendamente extrovertida, pero con Adams le costaba entablar conversación. Gerry se daba unos ciertos aires autoritarios y solía aludir a Dolours, afectuosamente, como «niña» pese a que solo era dos años menor que él. Cuando Price sacó a James Brown del hospital en aquella audaz operación, Adams expresó su preocupación por los riesgos implícitos. «En el periódico ponía que las mujeres no llevaban disfraz —murmuró, añadiendo en tono de reconvención—: Espero que no sea verdad.»

© Kelvin Boyes/Cam
Gerry Adams.
Price le aseguró que la crónica del periódico era inexacta, ya que las hermanas llevaban pelucas rubias, los labios muy pintados y unos vistosos pañuelos de cabeza, «como dos putas en un partido de hockey». Adams, pensaba Price, se tomaba a sí mismo muy en serio, pero ella era capaz de reírse de cualquiera. Por razones de seguridad, Adams nunca dormía en su casa. Utilizaba diversos alojamientos para ello, algunos de los cuales no eran ni siquiera viviendas sino comercios locales. Al parecer, le había dado por pasar la noche en un local de pompas fúnebres de West Belfast. Dolours Price se desternillaba de risa cuando se enteró, y bromeaba diciendo que seguro que Adams dormía dentro de un ataúd.
«Fue una época apasionante —comentaría después—. Supongo que debería avergonzarme admitir que incluso nos divertimos.» Pero es cierto. Dolours acababa de cumplir veintiún años. Otra familia quizá habría censurado lo que estaban haciendo las dos hermanas Price, pero para Albert y Chrissie las chicas en cierto modo solo hacían que seguir una tradición familiar, y aunque pegar a alguien era feo, no lo era tanto devolver el golpe. «El ejército provisional lo creó el pueblo levantando barricadas contra las hordas lealistas —explicó por entonces Albert—. Primero los combatíamos a pedradas, cuando ellos tenían armas de fuego. Así que nosotros tuvimos que procurarnos armas también. Habría sido una gran estupidez quedarse allí quietos, ¿no? Los nuestros consiguieron escopetas y luego, poco a poco, mejores armas. Pero los británicos, que se suponía que estaban allí para defendernos, empezaron a hacer redadas en nuestros hogares. ¿Cómo pelear contra todo eso? Pues a bombazo limpio, no había otra alternativa. Si no hubieran metido las narices, seguramente hoy no existiría ningún ejército provisional.»
Cuando mataban a algún soldado británico, Albert era el primero en reconocer que se trataba de un ser humano. «Pero lleva un uniforme —le gustaba añadir—. Es nuestro enemigo. Y el pueblo irlandés está convencido de que esto es una guerra.» Albert insistía en que él no estaba a favor de matar, pero que al final todo se reducía a una cuestión de medios y fines. «Si así conseguimos una Irlanda unida y socialista —decía Albert Price—, puede que todo esto haya merecido la pena.»
Como para confirmar la futilidad de la resistencia pacífica, cuando Eamonn McCann y una gran muchedumbre de manifestantes se congregaron en Derry un gélido domingo por la tarde, en enero de 1972, paracaidistas británicos abrieron fuego contra la gente, causando trece muertos y quince heridos. Los soldados, después, alegaron que los manifestantes les habían disparado y que ellos solo abrieron fuego contra los que iban armados. Ninguna de tales afirmaciones resultó ser cierta. El Bloody Sunday, como se lo conocería a partir de entonces, fue un punto de inflexión para el republicanismo irlandés. Dolours y Marian se encontraban en Dundalk cuando les llegaron noticias de la matanza, y reaccionaron con toda la rabia que era de esperar. En febrero, un grupo de manifestantes prendió fuego a la embajada británica en Dublín. En marzo, Londres suspendió el odiado Parlamento unionista de Irlanda del Norte e implantó el gobierno directo desde Westminster.
Ese mismo mes, Dolours Price viajó a Milán para dar a conocer la opresión de que eran objeto los católicos en Irlanda del Norte. Impartió una conferencia sobre «el sistema de guetos» y la falta de derechos civiles. «Si mis ideas políticas me hubieran impulsado a tomar parte en un asesinato, yo no dudaría en confesarlo —le dijo a un periodista que la entrevistó, utilizando una ambigua construcción sintáctica que se convertiría en un recurso típico cuando alguien relataba su participación en los Troubles—. Si hubiera recibido la orden de ir a matar a un enemigo de mi pueblo, habría obedecido sin el más mínimo temor.» En una fotografía suya aparecida en la prensa italiana, Price posaba como un auténtico fuera de la ley, la cara medio tapada por un pañuelo.
ST. JUDE’S WALK
La familia McConville tenía dos perros, Provo y Sticky. A la muerte de Arthur, su hijo mayor, Robert, podría haber dado el paso de asumir la responsabilidad de la familia, pero en marzo de 1972, con diecisiete años, Robert fue internado bajo sospecha de pertenecer al IRA Oficial, los stickies. Jean McConville, que siempre fue una mujer de temperamento delicado, cayó en una fuerte depresión al morir su esposo. «De alguna manera se había rendido», recordaba después su hija Helen. Jean no quería levantarse de la cama y parecía subsistir a base de medicamentos y tabaco. En aquella época los médicos de Belfast tenían costumbre de recetar «pastillas para los nervios» —sedantes y tranquilizantes— a sus pacientes, muchos de los cuales veían que estaban medio catatónicos o que no podían parar de llorar, incapaces de controlar sus emociones. El uso de tranquilizantes era mucho mayor en Irlanda del Norte que en el resto del Reino Unido. Años más tarde, ese trastorno lo habrían diagnosticado probablemente como «estrés postraumático», pero en un libro que salió a la venta por entonces se hablaba del «síndrome de Belfast», una dolencia resultante de «vivir en un estado de terror constante, donde el enemigo no es fácil de identificar y la violencia es indiscriminada y arbitraria». Paradójicamente, los médicos descubrieron que las personas más proclives a este tipo de ansiedad no eran los combatientes, que actuaban de puertas afuera, sino las mujeres y los niños encerrados en sus casas. De noche, a través de las delgadas paredes de su piso en Divis Flats, los niños McConville oían llorar a su madre.
Jean fue convirtiéndose poco a poco en una reclusa. Algunas semanas solo salía para ir a la tienda de ultramarinos o bien a la cárcel para ver a Robert. Seguramente la idea misma de aventurarse a salir debía de causarle inquietud; en Belfast la gente tenía la incómoda sensación de que no había lugar que fuera realmente seguro: uno se metía en algún sitio para escapar de un tiroteo y volvía a salir por temor a una bomba. El ejército patrullaba por Divis Flats y en los bloques había paramilitares escondidos. 1972 fue el punto álgido de la violencia durante los Troubles, el año más sangriento, con 500 víctimas mortales. Según contaban sus hijos, Jean hizo varios intentos de suicidarse tomando una sobredosis de pastillas. Finalmente la ingresaron en Purdysburn, el hospital psiquiátrico de Belfast.
Las noches, en Divis, eran especialmente tenebrosas. La gente apagaba todas las luces, y aquel monstruo de hormigón quedaba envuelto en negrura. Los niños McConville recordarían para siempre una noche en concreto. Jean había vuelto hacía poco del hospital y se oían disparos en el exterior. De repente, el fuego cesó y oyeron una voz de hombre. «¡Ayudadme!» El acento no era de Belfast.
«Dios, por favor, no quiero morir.» Era un soldado. Un soldado británico. «¡Ayudadme!», gritó de nuevo.
Los niños vieron a su madre levantarse del suelo, donde estaban todos acurrucados de miedo, e ir hacia la puerta. Asomó la cabeza, vio al soldado. El joven tenía una herida seria y estaba allí tirado, en la galería. Los hijos recuerdan que su madre volvió a entrar en el piso, fue a por una almohada y se la llevó al soldado. Luego intentó consolarlo, rezando con la cabeza del herido en su regazo. Finalmente volvió al piso. Archie —que era el mayor, puesto que Robert estaba en prisión— regañó a su madre.
—Así solo te estás buscando problemas —le dijo.
—Ese chico tendrá padre y madre —respondió ella.
Los McConville no volvieron a ver al soldado. Ninguno de los hijos ha llegado a saber qué fue de él, pero a la mañana siguiente, al salir del piso, vieron que alguien había hecho una pintada en la puerta: FOLLASOLDADOS.
Era una acusación muy perniciosa. En la atmósfera febril del Belfast de aquellos años, que a una mujer se la viera confraternizar con un soldado británico podía resultar peligroso. Más de una mujer de la que se sospechaba una transgresión semejante fue sometida a una antiquísima modalidad de humillación ritual: emplumarla. Una turba rodeaba a la «culpable», le rapaba la cabeza, la untaba con alquitrán caliente, luego le tiraba por encima toda una funda de almohada llena de sucias plumas, y finalmente la ataba por el cuello a una farola, como se haría con un perro, para que su vejación sirviera de espectáculo a toda la comunidad. «¡Follasoldados!», la escarnecía la chusma.
Teniendo en cuenta que muchos hombres casados estaban cumpliendo largas condenas, dejando solas a sus respectivas mujeres, y que jóvenes y arrogantes soldados británicos patrullaban por la ciudad, era fácil que surgiera el muy arraigado miedo a la infidelidad, tanto conyugal como ideológica. Emplumar acabó convirtiéndose en un sello distintivo del IRA Provisional, cuya jefatura lo defendía como un protocolo necesario de control social. Cuando los primeros casos ingresaron en hospitales de la localidad, el estupefacto personal médico tuvo que consultar a los de mantenimiento sobre la mejor manera de quitar el alquitrán.
Para Michael McConville fue como si él y toda su familia se hubieran convertido en forasteros en tierra extraña. Expulsados de East Belfast por ser demasiado católicos, en West Belfast los consideraban intrusos por ser demasiado protestantes. Después de lo de la pintada, los pocos amigos que tenían en la zona ya no quisieron saber nada de ellos. A su alrededor todo era enemistad. Jóvenes del IRA Provisional propinaron una paliza a Archie, que acabó con un brazo roto, por negarse a entrar en la organización. Un destacamento de soldados acosó a Helen y a una amiga suya. Más adelante, Helen llegó a insinuar que si los vecinos los condenaron al ostracismo fue también porque su madre no quiso tomar parte en «la cadena», el método de pasarse armas de mano en mano y esconderlas cuando la policía iba a hacer una redada; Jean tenía miedo de que se llevaran a otro de sus hijos y lo metieran en la cárcel si encontraban un arma de fuego en el piso. Un día, Provo y Sticky, los perros de la familia, desaparecieron sin más. Por lo visto, alguien los había introducido a la fuerza por una rampa de la basura, y allí murieron.
Como Michael era asmático, y a su madre le preocupaba que la cosa pudiera empeorar por culpa de la calefacción a gas que tenían en el piso, Jean solicitó un traslado. Les concedieron un piso nuevo en St. Jude’s Walk, otra sección del complejo residencial. La familia recogió sus cosas y las trasladó a la nueva vivienda. Era un piso ligeramente más grande que el anterior, pero por lo demás casi igual.
La Navidad estaba al caer, pero en Belfast no estaban para fiestas. Muchos comercios habían cerrado tras ser blanco de algún artefacto explosivo. En aquellos días, el único gusto que se permitía Jean McConville era ir de excursión hasta un bingo. Siempre que ganaba algo, les daba veinte peniques a cada niño. En algunas ocasiones, volvía a casa con dinero suficiente para comprar zapatos nuevos a uno de ellos. Estando ya en el piso nuevo, una tarde Jean fue a jugar al bingo con una amiga. Pero por la noche no regresó.
Llamaron a la puerta sobre las dos de la madrugada. Era un soldado británico y había ido para decir a la familia que la señora McConville se encontraba en un cuartel cercano a Divis. Helen acudió a toda prisa y se encontró a su madre toda despeinada, sucia y descalza. Jean le explicó que estaba en el club de bingo y que de pronto se le acercó alguien para decirle que a uno de sus hijos lo había atropellado un coche y que la esperaban fuera para acompañarla al hospital. Asustada, Jean salió a toda prisa del club y montó en el coche. Pero era una trampa: nada más abrir la puerta, alguien la tiró al suelo de un empujón y luego le pusieron una capucha en la cabeza. Explicó que la habían llevado a un edificio abandonado y que allí la ataron a una silla para pegarle e interrogarla. Después, unos oficiales del ejército la habían encontrado vagando por la calle, angustiada, y decidieron llevarla al cuartel.
Jean no supo (o no quiso) decir quién la había secuestrado, y cuando Helen le preguntó en qué había consistido el interrogatorio, su madre se mostró desdeñosa. «Bah, un montón de tonterías. Cosas de las que yo no tenía ni idea.» Esa noche Jean fue incapaz de dormir. Se la pasó en vela, fumando un cigarrillo detrás de otro, la cara llena de moretones. A Helen le explicó que echaba mucho de menos a Arthur.
La tarde siguiente, como recordarían después sus hijos, Jean McConville envió a Helen a comprar fish and chips para cenar. Luego se preparó un baño con la intención de aliviar un poco los dolores de la paliza que había recibido la víspera. En el momento en que Helen se marchaba, le dijo: «No te entretengas fumando un pitillo a escondidas».
Helen recorrió el laberinto de pasadizos que conectaban entre sí los bloques de Divis y una vez en la tienda pidió lo que su madre le había dicho y esperó. Cuando la comida estuvo a punto, pagó, cogió la bolsa grasienta y volvió a Divis Flats. Nada más entrar en el complejo residencial, notó algo raro. Había gente en las galerías que circundaban cada planta; era algo habitual durante el verano. En Divis había tan pocos lugares de esparcimiento que los chavales jugaban a la pelota en las galerías, y los padres salían cuando la noche era templada y entre cigarrillo y cigarrillo hacían vida social. Pero ahora no estaban en verano; era diciembre. Al acercarse al piso nuevo y ver gente congregada frente a la puerta, Helen se puso a correr.