I

7 de octubre de 1977

Cuatro días después de mi fallida conversación con la señora Geiger, seguía dándole vueltas a su reacción. Jamás habría imaginado que pudiera responderme de tal forma. ¿Quién se pensaba que era? ¿Un agente de Scotland Yard? ¿Un espía soviético? Acariciaba las páginas del último libro que había consultado en aquel intenso viernes de investigación mientras analizaba por enésima vez la desconfianza injustificada, la amenaza velada tras un auricular cobarde que no permitía dar la cara.

El bibliotecario me sacó de ese ensimismamiento en el que estaba sumergida, entre papeles, apuntes y olor a antiguos manuscritos, que se almacenaban desde el siglo XVII en la magnánima biblioteca Bodleian. Una burbuja en la que, sin percatarme, mi incomprensión había tomado forma entre mis cejas. Ya era la hora de cierre y esta no conocía de excusas, privilegios ni aplazamientos. Asentí y me dispuse a recoger aquella cobertura de celulosa y dudas con la que había tenido la deferencia de decorar el pupitre que se me había asignado aquella misma mañana.

El señor Hollins, encargado de la Upper Reading Room desde hacía más de diecisiete años, me sonrió. Mi asiduidad nos había convertido en conocidos e, incluso, en buenos amigos. Y es que, siendo sincera, desde hacía casi un año pasaba más horas entre aquellas cuatro paredes que en mi casa. Quizá mi tesis me abriría las puertas al mundo de la enseñanza superior, de la investigación, pero, por lo pronto, estaba lapidando mi vida social. El señor Hollins era un hombre de poca estatura al que la edad había dejado escasos cabellos blancos en la coronilla. Era paciente y amable con todos los estudiantes que pasábamos por aquella sala de la Bodleian que, otrora, había albergado una galería de arte.

Admiré una última vez las estanterías que, silenciosas y prudentes, habían respetado mi larga sesión de análisis y lectura una jornada más; también los cuadros que, sobre ellas, nos controlaban a todos con mutismo proverbial. Dejé caer mi mirada por encima de las mesas vacías, abandonadas temporalmente al abrigo de bombillas de luz blanquecina que se fundirían, en apenas unos minutos, en el anochecer del otoño. Exhalé un suspiro de agotamiento que, no obstante, guardaba para sí toda la admiración que, aun con todas las horas que había regalado a aquel templo del conocimiento impreso, me generaba cada rincón. Devolví los libros que había consultado y me despedí amigablemente del señor Hollins.

Catte Street me recibió con una cortina de lluvia que contrastaba sobremanera con los rayos de sol que, aunque débiles, me habían acompañado horas antes. Me coloqué la capucha y corrí a por mi bicicleta. El vaivén de mis pedales rozaba las gotas que empapaban lentamente mis pantalones. Atrás quedaron los imponentes edificios que constituían la biblioteca, la tradicional librería Blackwell, los numerosos colleges, las calles grises que se amamantaban de la excelencia académica de la ciudad de Oxford. Atrás las enredaderas, las verjas, las aceras, los árboles y las carcajadas que, de tanto en tanto, eran liberadas de entre las vetustas puertas de algún bar.

Como cada tarde, el bullicio de Broad Street daba paso a vías más estrechas y solitarias hasta llegar a Mount Street, casi al borde del canal, donde vivía desde 1976 con Ava y Billie. Aunque no éramos grandes amigas, habíamos logrado comprendernos y respetarnos en una no siempre fácil convivencia. Dejé que aquel inesperado chubasco, al menos para mí, mojara mis mejillas. Pero, entonces, cuando me disponía a aparcar frente a mi casa, frené de golpe. Abrí los ojos y arqueé aquellas cejas a las que sometía constantemente a un ir y venir de expresiones, de emociones.

—¡Maggie! —exclamé—. ¿Qué haces aquí?

—¡Sorpresa!

Aunque trató de mostrar indiferencia, verla sentada encima de su maleta con un paraguas chorreando de espera me comunicó que llevaba un largo rato aguardando a mi llegada. Coloqué el candado de la bicicleta con la agilidad que aporta la experiencia y fui a su encuentro. No podía creer que hubiera decidido visitarme. Mientras entrábamos en el estrecho recibidor del adosado, optó por explicarme el porqué de su repentino viaje desde Londres.

—El martes te noté muy rara por teléfono. Quería venir aquí para comprobar que no te habías tirado por la ventana.

Entrecerré los ojos e hice una mueca de desagrado.

—Muy graciosa.

—No, en serio. Tienes que intentar desconectar y dejar de darle tanta importancia a cualquier diminuto detalle que tiene que ver con tu investigación.

—El problema aquí no es mi susceptibilidad, Maggie. Tenía, por fin, una fuente directa de St. Ursula, una fuente oral primaria, y, de pronto, se ha ido todo al traste —espeté irritada.

—¿Crees que no lo sé? Recuerda que yo te conseguí el contacto de la señora Geiger. Pero si ella no quiere hablar, no puedes hacer nada…

Ava nos saludó con un graznido desde la cocina. Sí, aquella había sido su contribución verbal más rica e intensa en el último mes. Al parecer, estaba buscando trabajo y no le estaba yendo del todo bien. Subimos al trote las escaleras para que Maggie dejara su equipaje en mi habitación. Cuando subí la maleta encima de mi cama y fui consciente de su peso, me pregunté qué diablos habría dentro. ¡Si solo iba a estar dos días en Oxford! Ella, ignorando que había estado a punto de luxarme la clavícula, se acomodó en una butaquita tapizada con un estampado de flores y círculos que no dejaba indiferente a nadie.

—Muy a la moda, sí —valoró.

—La dejó aquí la dueña de la casa —puntualicé.

—En fin… ¿por dónde íbamos? Ah, sí. Que no debe condicionarte que esa señora Geiger te haya ignorado.

—Pero no es ignorado, Maggie, ella desconfió de mí, era como si temiese que hiciera preguntas inadecuadas, como si escondiera algo. ¿El embajador no te comentó nada?

—No, no, en absoluto. Bueno, él es amigo del señor Geiger, no tanto de la señora. Quizá nunca han hablado del pasado y, por eso, el embajador desconoce su reticencia a aludir el tema. —Rebuscó en su bolso—. ¿Puedo encenderme un cigarrillo?

—Sí, adelante… —respondí pensativa.

Recordé mi júbilo al saber que Maggie, mi gran amiga Maggie, me había conseguido un contacto en el colegio St. Ursula. En realidad, la opción había estado delante de nuestras narices todo aquel tiempo, pero, a veces, cuanto más concentrada estás en un asunto, menos capacidad tienes de cazar las oportunidades al vuelo. ¿Será por la obcecación? No sé. El caso es que después de un año tratando de abordar el estudio histórico y sociológico de los colegios internacionales suizos que estaban en funcionamiento antes y durante la Segunda Guerra Mundial, por fin, había dado con una posible llave para descubrir, de primera mano, los misterios que se escondían detrás de una institución concreta: St. Ursula Internationale Schule für Damen.

Todo había comenzado en el verano de 1976. Después de trabajar tres años como ayudante en el British Museum de Londres, había tomado la decisión de solicitar una plaza en mi antigua universidad para hacer un doctorado y convertirme en profesora de Historia. Conocí a la profesora Attaway dos semanas después de recibir la carta de admisión. Enseguida descubrimos que sentíamos la misma pasión por la materia en la que yo ansiaba especializarme. Me invitó a que me concediera unos días para reflexionar qué quería abordar en aquella investigación. Paseos, visitas a la biblioteca y conversaciones me llevaron a escoger aquella cuestión que tanto interés suscitaba en mí desde que, en mis años de estudiante, un profesor había planteado, en una conferencia en St. Hugh, aquellos interrogantes: ¿cómo se habían vivido los primeros momentos de la contienda en las escuelas internacionales ubicadas en un país neutral? ¿Qué papel había jugado Suiza en la Segunda Guerra Mundial?

Cuando, por fin, comuniqué a mi tutora cuál sería el objeto de mi investigación, se sorprendió. En ese momento me habló de la inacabada búsqueda del profesor Burrell. Pretendía escribir un artículo al principio. Un libro, después. Dar un ciclo de conferencias en Oxford, más tarde. Un montón de notas sin destino, al final.

—Siempre le obsesionó ese tema. Éramos compañeros de departamento. Se jubiló en 1969, aunque siguió dando charlas, de vez en cuando, en algunos colleges. Es un experto en la Segunda Guerra Mundial, pero, en sus últimas conferencias, siempre terminaba comentando algo de esa cuestión. Quizá fue entonces cuando lo escuchaste —supuso ella.

—¿Y se sabe por qué le interesaba, profesora?

—No tengo ni la menor idea. Sé que dejó todos los papeles de su documentación en la biblioteca de Historia. Creo que lo que halló, se lo aprendió de memoria. Y lo que no, optó por abandonarlo para evitar que siguiera carcomiendo sus entrañas. Si quieres, puedo conseguirte esas carpetas. Quizá te resulten útiles para comenzar. Aunque necesitaré algunas semanas para hacer la gestión.

Acepté sin dudar. Las palabras de la profesora Attaway empezaron a permear en mi curiosidad. Cuando tuve aquellos portafolios en mi poder, mi grado de conexión con esa investigación aumentó de golpe. Las anotaciones estaban incompletas. Estaba convencida de que el profesor Burrell se había quedado con los puntos más relevantes. Pero, por todas partes, allá donde mirara, dos palabras aparecían rodeadas y decoradas con interrogantes que narraban la ansiedad y frustración que generaban al autor: St. Ursula.

Mi tutora me animó a no dejarme embaucar por los vicios del ya pensionista Burrell, así que me dediqué a plantear el inicio de mi investigación y a aumentar mi abanico de fuentes. Con el paso de los meses, devoré guías telefónicas y llamé a todos los colegios que había incluido en mi análisis para dar con alguien que contestara a todas aquellas preguntas que reposaban sobre mis labios, a la espera de ser resueltas. Pero mis esfuerzos dieron pocos frutos. No era un periodo que a todo el mundo le apeteciera recordar y muchos alumnos o profesores, tristemente, habían fallecido durante la contienda. A otros, no obstante, la parca les había visitado mucho después, en el mundo bipolar en el que vivíamos desde hacía más de treinta años. La enfermedad, la vejez o la mala suerte habían sustituido a las trincheras en las que familiares y amigos habían perecido luchando por un orden mundial que, liberado del fascismo, se encaraba ahora contra el comunismo. Con decenas de cartas devueltas, arrebatando así al matasellos su utilidad, la ayuda de Maggie arrojó luz en aquel mar de incógnitas.

Conocía a Maggie McLuhan desde los primeros días en el colegio de Portsmouth. Desde entonces, habíamos sido inseparables, pese a que, con el paso de los años y el afianzamiento de nuestra personalidad, nos habíamos convertido en personas opuestas. Maggie era alocada e impetuosa. Yo, reflexiva y prudente. Maggie era práctica. Yo, teórica. Maggie vivía quitando importancia a los reveses. Yo analizaba todos los pormenores de cualquier situación en mi infatigable búsqueda de la lógica universal. Sin embargo, de vez en cuando, conseguíamos complementarnos. Como en aquella ocasión.

Maggie trabajaba como secretaria desde hacía dos años en la embajada de Suiza en Londres. El embajador era un hombre cercano que cuidaba con celo el trato con el personal. Una conversación de descansillo nada baladí sobre el matrimonio Geiger, con motivo de la reciente estancia del señor Geiger en Londres, despertó la curiosidad de mi amiga que, sin pensarlo dos veces, se lanzó a indagar en mi nombre. Según había comentado el diplomático, el señor Geiger era un renombrado químico suizo y su esposa era «una de esas mujeres recatadas y elegantes a las que su educación en un colegio de élite en Suiza había forjado el carácter y el saber estar de por vida». La buena relación entre los trabajadores de aquella oficina con su jefe se evidenció cuando Maggie le habló de mi investigación y de la pertinencia de contactar con la señora Geiger, que había resultado ser exalumna del colegio internacional suizo St. Ursula, el de las notas del profesor Burrell y del que yo, sin querer, no paraba de hablar. El embajador le proporcionó el único contacto con el que contaba: el número de teléfono de su residencia en Zúrich.

Con aquella prometedora vía de comunicación sobre la mesa, la perspectiva de avanzar con mi proyecto adquirió un cariz esperanzador. Di las gracias unas ochenta mil veces a mi querida Maggie y me dispuse a marcar aquellos dígitos cuyo prefijo encarecía sobradamente la conversación. Destensé mi mandíbula y coloqué el alargado auricular gris del teléfono sobre mi oreja. Esperé impaciente hasta que alguien descolgó.

—Buenas tardes, soy la señorita Eccleston. ¿Podría hablar con la señora Geiger, por favor?

El resto ya era historia…

Maggie apagó el cigarrillo en un vaso que, la noche anterior, había contenido leche y que, desde entonces, reposaba pringoso y solitario sobre mi mesilla.

—En fin, tienes razón. Tengo que dejar de darle vueltas al asunto. Encontraré a otras personas —afirmé sin convicción.

—Me gusta tu nueva actitud. Y para celebrarlo, vamos a ir a tomar algo a un pub. Dime, ¿cuánto hace que no pisas un pub?

—Si te lo dijera, te asustarías… —murmuré mientras cogía mi americana de pana.

Ava se despidió de nosotras con un segundo gruñido. Había dejado de llover.

El trayecto inverso me llevó, en compañía de mi amiga, desde las callejuelas más desangeladas a las vías más transitadas. Desembocamos, sin muchos rodeos, en Broad Street. No estaba la velada para mucho paseo pues las nubes amenazaban con traer de vuelta a la llovizna que había caracterizado aquella tarde de principios de octubre. En apenas veinte minutos llegamos al White Horse, uno de los pubs de la conocida calle. Maggie abrió la puerta con determinación y se dirigió a la barra.

Mi amiga era ligeramente más alta que yo, pero por algún motivo genético sus piernas parecían infinitas al lado de las mías. Y más todavía con aquella minifalda que se había puesto. El jersey negro de punto de cuello alto también conseguía alargar su torso y sus brazos. Su lisa y fina cabellera rubia, idéntica a la de Bo Dereck, y sus botas de tacón a la moda del momento, con caña alta hasta la rodilla, le daban un aire urbanita y moderno que no pasaba desapercibido entre los estudiantes que se habían dado cita en aquel tradicional bar de Oxford. Menos aún, teniendo en cuenta que yo lucía los pantalones vaqueros, la chaqueta y el jersey que me había puesto a las ocho de la mañana para ir a la biblioteca. Me atusé el pelo, como si aquel gesto fuera a mejorar el resultado de mi nula dedicación a las labores de coquetería y acicalamiento.

—Yo no podría llevar esa falda —aseguré, dejando que mis pensamientos se hicieran con el control de mi lengua.

—¿Qué? ¿Mi falda? ¿Por qué no?

—Es demasiado corta. No sé —valoré.

—Pues es muy cómoda. Y alarga la figura —comentó ella.

—Prefiero los pantalones o los vestidos más largos…

—Bah, tonterías. Eso es porque todavía no te has puesto ninguna minifalda. Pero es la nueva prenda de este siglo, Caroline.

—Ya, ya… —dije incrédula.

Con nuestras dos cervezas, conseguimos hacernos con un sitio en una de las mesas de madera que había distribuidas en el local.

—Deberías probar experiencias diferentes y no hablar como mi madre. Cada vez me recuerdas más a ella…

—Qué graciosa estás hoy, Maggie —contesté.

—No, pero es verdad. Tenemos veintisiete años y en menos que canta un gallo estaremos rodeadas de niños, casadas y con un sinfín de responsabilidades. Está muy bien eso de ser una rata de biblioteca, una intelectual, cum laude en Oxford, pero hay muchos aprendizajes que no conocen de libros ni manuscritos. Tienes que aprovechar el tiempo que te queda antes de madurar oficialmente…

—Creo que me estoy mareando… —bromeé.

Nuestro diálogo habitaba, diminuto, en aquel mar de palabras y frases, cuya oralidad daba forma a opiniones, pensamientos, rumores… La entrada era un colador de clientes ansiosos, en busca de una bebida que refrescara su despreocupada alegría, su juventud, puesta en pausa durante la semana, paralizada entre clase y clase.

—Vamos a brindar —decidió Maggie levantando su cerveza—. Por vivir y disfrutar antes de que sea tarde.

Golpeé suavemente mi vaso contra el suyo. Y nos reímos.

—Hablando de matrimonio e hijos… ¿Qué tal está Dennis? —me interesé.

—Pues tan poco resolutivo como siempre. ¿Cuánto tiempo llevamos saliendo? ¿Cuatro años? ¿Cuánto más necesita para pedirme que me case con él? En fin, estoy por darlo por perdido.

Continuamos hablando, charlando de anécdotas del pasado, hasta que mi amiga se acercó sigilosa.

—Por cierto, querida, hay un tipo en la barra que no te quita el ojo de encima —me susurró Maggie.

Arqueé las cejas y seguí las sutiles indicaciones que mi amiga me había dado con ayuda de dos leves movimientos de mentón. Sí, era cierto. Un estudiante corpulento de pelo excesivamente engominado y chaqueta de cuadros me analizaba colgado de su cerveza. Esbocé una sonrisa despreocupada y bastante desinteresada que se convirtió en un gesto de terror cuando Maggie me informó de que se iba al baño un momento. Estaba convencida de que lo había hecho a propósito. No me hizo falta volver a mirar al chico de la barra para cerciorarme de que venía hacia mí. Su americana estampada se detuvo al lado de la mesa. Di un sorbo a mi pinta.

—Buenas noches —me saludó.

—Buenas noches —respondí.

—¿Puedo sentarme?

—Claro, por supuesto.

—Permíteme presentarme. Soy Marcus Owston.

—Encantada, yo soy Caroline Eccleston.

—¿Estudias en Oxford?

—Sí, bueno, aunque no la carrera. Me gradué hace cuatro años en Historia e Inglés. Ahora estoy trabajando en mi tesis doctoral. Quiero ser profesora de Historia.

—Increíble. St. Hilda?

—St. Hugh College… ¿Y tú?

—Merton. Un clásico.

—Sí, ya lo veo —comenté y nos reímos—. ¿Cuál es tu especialidad?

La versión de The Beatles de Twist and Shout acompañaba el inicio de nuestra charla.

—Me gradúo en Biología a final de curso y, bueno…, además…, juego al críquet.

—¡Me gusta la Biología! En cuanto al críquet, no creo que fuera capaz de aguantar despierta partidos tan largos. No saber cuándo va a terminar debe de ser agotador…

Pensaba que era buena expresándome… hasta aquel día. Creía que había sido clara en mi valoración de los dos temas de conversación que, muy seguramente, se avecinaban tras su amable presentación. Pero no debí de serlo porque, después de aquello, solo recuerdo una interminable hora hablando de críquet. En un momento dado, conseguí desviar la atención hacia alguno de mis pasatiempos.

—Llámame rara, pero estoy absolutamente obsesionada con la literatura inglesa del siglo XIX. Las hermanas Brönte, Jane Austen, Charles Dickens, Lewis Carroll, Mary Shelley…

Continué unos minutos más con aquel monólogo sobre mis impresiones leyendo Jane Eyre o David Copperfield, pero pronto me percaté de que Marcus Owston no me estaba escuchando. Entonces, espontáneamente, me interrumpió:

—Tienes unos ojos preciosos, Caroline —admiró.

«Por supuesto, es mucho más entretenida mi mirada que mi discurso literario», murmuré para mis adentros. Agoté lo poco que quedaba de aquel intercambio verbal que no iría, ni por asomo, más allá de una fría despedida en aquella misma mesa en la que nos habíamos conocido hora y media antes. Localicé a Maggie con la vista y me reuní con ella.

—Bueno, cuéntame, ¿qué tal ha ido?

—Dice que tengo unos ojos preciosos —me burlé.

—¿Y por qué has venido? Vuelve con él, tonta.

—Maggie, prefiero disfrutar de la compañía de mi mejor amiga. Para una vez que me visitas…

—Ya sabes que a mí no me importa —me tranquilizó.

Lancé una última mirada a Marcus Owston, que pedía su tercera pinta al camarero.

—Creo que le aburro —concluí.

—¿No le habrás hablado de tu tesis? Te he dicho que tienes prohibido nombrar tu investigación este fin de semana, y eso incluye toda conversación que tengas con cualquier ser humano.

—No, no, no me ha dado tiempo —me quedé pensativa—. En realidad, creo que él me aburre a mí.

Maggie lanzó una carcajada y me abrazó.

—Mi querida Caroline… Anda, vámonos a casa.

8 y 9 de octubre de 1977

Durante el fin de semana que Maggie estuvo en Oxford logré distraerme. El sábado por la mañana visitamos el castillo, paseamos a lo largo del Támesis, admiramos al club de remo, a los estudiantes que habían decidido hacer punting y a los curiosos que se habían acercado desde alguna ciudad vecina a aquella villa del saber. Después, nos reunimos con Ava y Billie para cenar. Lo pasamos realmente bien. Pero, como cualquier periodo de tiempo en que todos tus sentidos están concentrados en evadirse y disfrutar, se pasó tan rápido que cuando me quise dar cuenta, ya estaba despidiendo a Maggie en la estación. No sabía, en el momento en que le dije adiós con la mano desde el andén, que tardaría más tiempo del que creía en volver a verla.

Cuando llegué al número tres de Mount Street, sentí el peso de la nostalgia sobre los hombros. Me hubiese encantado poder engañar al reloj y regresar a aquel viernes lluvioso. Subí las escaleras. Ava cantaba en la ducha y Billie ya estaba preparándose algo para cenar. Los domingos tocaba pasta con tomate. Olía al agua de cocción por toda la casa. Abrí la puerta de mi habitación y me di cuenta de que había algo sobre la colcha florida de mi cama. ¿Se le habría olvidado a Maggie? Me acerqué. Era su minifalda. Color caldera, con una fila de botones remache en medio. Había una nota: «Póntela. Te quiere, Maggie». Me reí. Siempre conseguía volver mis palabras en mi contra. Quizá por eso, precisamente, éramos amigas.

10 de octubre de 1977

El lunes, en compañía de una taza de té hirviendo, tomé la decisión de que no iba a permitir que una menudencia condicionase mi motivación. Hasta hacía una semana no tenía fuente alguna, así que no se acababa el mundo porque mi primer contacto, aparentemente fértil y prometedor, hubiera resultado un fracaso. Tenía mucho que hacer todavía y, entre mis tareas pendientes, no estaba rendirme.

Agarré mi americana de pana color mostaza, prenda de la que me había vuelto inseparable, y me dirigí a la biblioteca. Allí pasé toda la mañana. Repasaba una y otra vez mis notas, las pasaba a limpio y añadía mis últimos descubrimientos. No podía evitar apasionarme con aquel tema. La Segunda Guerra Mundial siempre había ocupado un lugar predilecto entre las etapas históricas que me atraían. Quizá, el hecho de que mi padre, Paul Eccleston, hubiera participado en el desembarco de Normandía con solo veintitrés años, había convertido los secretos, detalles y episodios de la contienda en un asunto cercano, familiar, sensible en mi mente y mi conciencia. Regresó a Gran Bretaña dos semanas después de su partida, herido gravemente en el brazo, e ingresó en un hospital militar cerca de Bournemouth. Allí conoció a mi madre, Nina, enfermera voluntaria.

Ella le curó más lesiones de las que se podían reconocer a simple vista, aunque papá nunca volvió a ser el mismo desde la guerra, según me habían contado mis abuelos. Cuando le dieron el alta en enero de 1945, papá regresó a Portsmouth, donde comenzó a ejercer la abogacía, culminación de sus estudios de Derecho en la Universidad de Bristol. No fue hasta un año después cuando se reencontró con mamá, en una excursión a la playa. De pequeños, mi hermano Robin y yo pedíamos, constantemente, que nos relataran aquella bonita historia de amor que había superado una operación secreta, una misión, una herida y a la maquiavélica distancia. Y es que, desde aquel día en la costa, no volvieron a separarse. Se casaron un año más tarde, en 1947, dos antes de que naciera yo y cuatro antes de que Robin llegara a nuestras vidas. Tal era mi interés en la Historia y en las vivencias de mi padre en tan traumático episodio que, de vez en cuando, si estaba receptivo, me dejaba ver algunas de las pocas fotografías que guardaba de aquella época.

—¿Cómo va la investigación, señorita Eccleston? —me susurró el señor Hollins.

—Va bien, señor Hollins. Aunque tengo mucho por pulir. Sigo sin relatos en primera persona. ¿Usted conoce a alguien que acudiera a un colegio internacional suizo en los años previos a la Segunda Guerra Mundial o durante la guerra y que esté dispuesto a contarme algo de lo que vivió? ¿Le suena St. Ursula?

—Señorita Eccleston, ¿tengo yo pinta de tener a esa clase de gente entre mi círculo de amistades?

Lo observé de hito en hito. No, no daba la impresión, pero tenía que preguntar.

—Gracias de todas formas —respondí con sinceridad.

—Chsss. Esto es una biblioteca… Parece mentira que usted sea el encargado… —nos chistó el hombre que estaba sentado a mi izquierda.

—Disculpe, disculpe, señor, tiene toda la razón —admitió el señor Hollins mientras se retiraba con discreción.

Después de cuatro horas enfrascada en aquella lucha contra las incógnitas que aún plagaban mi proyecto, opté por irme a casa. Seguiría desde allí, después de prepararme una taza de té caliente y algo de comer. Quizá podría comprarme una de esas raciones de pastel de pollo o uno de esos sándwiches que vendían en Queen's Lane Coffee House, en High Street. Saboreaba mentalmente mi ficticio banquete, mientras guardaba los apuntes en la cartera y devolvía los libros consultados al lugar al que pertenecían.

El cielo plomizo no influyó en mi ánimo. Volvía a ser optimista. Abrí la puerta de entrada, provocando que las cartas que el cartero había embutido en la abertura del buzón cayeran al suelo formando una cascada blancuzca. Me preocupé en recogerlas, tarea que se complicó teniendo en cuenta que el paquete de Queen's Lane Coffee House, mi cartera y las llaves ocupaban mis manos. Miré por encima los remitentes y destinatarios y cogí las que llevaban mi nombre. Una de ellas era de mi tía, una mujer que no había descubierto todavía las bondades del teléfono. De hecho, dudaba que supiera que la televisión se había inventado. Siempre me instaba a que la visitara. Y a veces lo hacía. Vivía a poco menos de una hora y media de Oxford, en Gloucester, cerca de Gales. Sin embargo, sus banquetes de pudding, carne enlatada y pastel de patata me hacían plantearme seriamente la frecuencia de nuestras citas…, si es que pretendía llegar a los cincuenta, claro.

Ya en mi habitación, mordisqueando lo que quedaba del club sándwich, recordé lo que me había preguntado Maggie a la vuelta del White Horse, saltándose su propia norma de no hablar de mi tesis.

—Solo tengo una duda, Caroline…, ¿por qué tiene tanta importancia el colegio de la señora Geiger?

—Ya te lo dije, Maggie. Por el profesor Burrell.

—Ah, sí, ya… Quizá es un desequilibrado. Lo sabes, ¿verdad? —me planteó.

—No lo es, en absoluto. Lo conocí el pasado junio. La profesora Attaway me dio su número de teléfono para concertar una visita y pude charlar con él. Sus conocimientos sobre la Historia del siglo XX son alucinantes, Maggie. Pero, sobre todo, me impactó el vacío que sigue sintiendo al no haber podido averiguar nada del colegio St. Ursula. Yo misma he podido comprobar lo complicado que es contactar con esas escuelas. Pero las fuentes de información sobre St. Ursula son especialmente herméticas.

—Pues céntrate en otra institución que quiera cooperar. Él debería haber hecho lo mismo. No se puede luchar contra un muro.

—Eso sería sencillo si no me hubiera contado los motivos que hay detrás de su interés. La esposa del profesor Burrell, la señora Eleanore Burrell, fue alumna del colegio. Al parecer, siempre le trasladó los buenos momentos que había pasado en esa escuela, la relevancia que había tenido en su juventud, y la forma abrupta en la que había cerrado sus puertas al finalizar el curso 1939-1940. Se envió una circular a todo el alumnado en julio de 1940 en la que se aseguraba que el colegio dejaba de existir de forma inmediata. Según el profesor Burrell, aquel desenlace siempre inquietó a su mujer, pero jamás se atrevió a indagar sobre los motivos exactos de aquel cese. En los últimos días de su vida, antes de fallecer prematuramente en 1963, ella le pidió que descubriera qué había sido de St. Ursula. Fue entonces cuando él empezó a investigar. Pero, a lo largo de seis años, no obtuvo respuestas. Puertas cerradas, teléfonos colgados, discursos oficiales, ausencia de fuentes directas fue todo lo que halló. No sé si fue porque, en el fondo, el profesor Burrell no sabía lo que estaba buscando. Antes de irme, me aseguró que uno de los últimos deseos que tenía en la vida era poder visitar la tumba de su esposa en Bourton-on-the-water para decirle que lo había logrado y narrarle hasta el último detalle. Dijo que veía en mi actitud y mis ojos que yo podía ser la persona que le haría ese tardío regalo. En ese momento, me sentí tremendamente poderosa, pero también noté cómo el peso de aquel compromiso y mi obsesión por complacer empezaban a abrirse camino en mí.

Con aquella charla todavía revoloteando en mi mente, volví a mis anotaciones. Observé la pregunta con la que había comenzado todo, escrita aún a lápiz al principio de la primera página:

¿Cómo influenció la Segunda Guerra Mundial a los alumnos de los colegios internacionales de Suiza, donde convivían jóvenes de los distintos países, beligerantes o no; cuáles fueron las consecuencias sociológicas de experimentar el conflicto desde ese ámbito y qué características históricas tuvieron tales instituciones en aquellos años?

Y más abajo…

St. Ursula

Era contradictorio que lo único realmente estable en mi proyecto siguiera escrito de aquel modo, como si en cualquier momento pudiera borrar la interpelación con la que arrancaba mi investigación y modificarlo todo. Recogí en una coleta baja mi cabello castaño claro, delicadamente ondulado a causa de las capas que se había empeñado en hacerme la peluquera, y me preparé para iniciar mi sesión laboral vespertina.

Extendí todos mis papeles por la cama, el escritorio y parte de la moqueta. Los clasifiqué por temáticas y, una por una, las fui revisando. Como siempre que trabajaba en casa, el ruido y las distracciones no tardaron en hacer su aparición. Billie tenía la irritante manía de poner la radio a decibelios incompatibles con un tímpano humano, y absolutamente antagónicos a la calma que yo necesitaba para concentrarme. Una canción de Eagles me taladraba la sien cuando me harté de soportar aquella tortura acústica. Agarré el pomo de la puerta. Por lo menos, no le había dado todavía por el punk…

—¡Billie! —No me escuchaba.

Con señas, le pedí que bajara el volumen.

—¿Qué pasa?

—La música. Está muy alta. ¿Podrías bajarla?

—Te recuerdo que acordamos no estudiar en casa para no interceder en la vida de las demás —me respondió.

—Puedo trabajar con música, pero esto no es normal. Por favor, bájala un poco.

Ava se asomó de pronto.

—Es cierto, no es normal. Lo mismo tienes algún problema en el oído. Deberías ir al médico.

—Tú no me digas que baje la música. Ayer te dejaste las ventanas del salón abiertas y tuve que ir a cerrarlas a las tres de la mañana. ¡Eres una desconsiderada!

La tensión había estallado al ritmo de Hotel California. Intenté que regresáramos al asunto presente, al de la música, pero entonces comenzó a sonar el teléfono. Refunfuñé en la más absoluta de las ignorancias y me fui a atender la llamada. Descolgué el auricular gris alargado.

—¡Caroline! ¡Hola! Soy mamá.

—¡Mamá! —«Qué oportuna, como siempre», pensé.

—Hola, Carol, cariño. ¿Qué tal estás? Llevas más de una semana sin llamar. ¿Va todo bien?

—Sí, mamá, sí. Es solo que estoy bastante ocupada con el tema de la investigación y eso…

—Lo entiendo, pero no deberías obsesionarte. Recuerda lo que te pasó con los exámenes finales de la carrera…

—Sí, sí, no te preocupes. Todo está controlado ahora.

—Lo dudo. Te conozco y seguro que te pasas los días metida en la biblioteca. Caroline, tiene que darte el sol, la luz. Debes de parecer un fantasma.

—Mamá, vivimos en Reino Unido. No creo que nadie en este país tenga el bronceado más espectacular del planeta —contesté.

—Tú ya me entiendes, hija.

Mamá empezó a darme un discurso sobre los beneficios de estar al aire libre, al menos, veinte minutos al día. Como siempre que se ponía el traje de antigua enfermera, señalando las dolencias a las que me exponía mi forma de vida, o de perfecta ama de casa, recriminándome mi falta de dedicación a las tareas domésticas —es decir, cada vez que me llamaba—, yo hacía como que la escuchaba mientras aprovechaba para organizar algún papel o explorar la circunferencia de mi habitación disponible a mis limitados movimientos, acotados por la tensión del cable en caracol. Amontoné los folios que ya había repasado aquella tarde. Después coloqué los bolígrafos en paralelo. Saqué punta al lápiz con el que subrayaba las erratas. Y, más tarde, reparé en las cartas que había recogido de la moqueta malva del vestíbulo y que había dejado allí desamparadas sobre mi mesilla de noche.

Las esparcí con ayuda de mis dedos, fríos, alargados y pálidos. Ahí seguía la de mi tía. Otra del banco. Otra de Yolanda Turner, una de mis amigas de Oxford, de St. Hugh. Seguramente eran las fotografías de su primer hijo, Gregg. Ya me había anunciado por teléfono que me las mandaría. Otra era de una asociación de la que me había hecho socia en algún momento de mi existencia, aunque no recordaba dónde ni cuándo. Y mucho menos el porqué. Bajo esta carta, sin embargo, encontré una que no conseguí identificar a simple vista. No era de ninguno de esos remitentes archiconocidos por mi buzón.

—Robin piensa venir el próximo fin de semana a casa. ¿Qué opinas? Podríamos reunirnos los cuatro. Como en los viejos tiempos…

—Sí, mamá, podría estar bien —acerté a decir.

Separé con cautela al misterioso sobre de sus compañeros de viaje. Lo analicé curiosa. No había ninguna pista. Pero, entonces, me fijé mejor. Un sello. De Suiza. Mi corazón estaba a punto de desbordarse, palpitaba con potencia atroz, descontrolada. Estaba nerviosa. Desarmé aquella carta, dejándola desnuda en un segundo, descubriéndola para cazar el mensaje que ocultaba su elegante envoltorio. Cuando mis ojos marrones aterrizaron en las palabras que habían escrito en ella, me quedé muda.

—Mamá, ¿puedo llamarte más tarde?

—¿Por qué? Pero no me has contestado. ¿Vendrás el viernes o el sábado? Si vienes el viernes, papá podría ir a recogerte a…

—Mamá, te llamaré luego. Adiós —colgué.

La rugosa yema de mi dedo índice recorrió las cabriolas que la pluma había dibujado con finura. Me dejé caer en la butaca de sugerente estampado.

Si quiere saber cómo fue mi último año en el colegio St. Ursula, reúnase conmigo el próximo día 16 de octubre a las once y media de la mañana en el restaurante del Gran Hotel Dolder de Zúrich. Pregunte en recepción por mí y le indicarán.

Atentamente, Charlotte Geiger.