
Una cabeza decapitada más
POR ODÍN
Mis einherjar tienen un dicho: «A veces eres el hacha y a veces la cabeza decapitada». Me gusta tanto que voy a encargar camisetas para la tienda de regalos del Hotel Valhalla.
Como Padre de Todos, dios de la sabiduría, rey de los Aesir y gobernador de todo Asgard, normalmente yo soy el hacha. Fuerte. Poderoso. Con la sartén por el mango.
Normalmente. Pero un día no hace mucho..., bueno, digamos que las cosas se torcieron.
Todo empezó cuando Hunding, el botones del Valhalla, me informó de que había un altercado en el Salón de Banquetes de los Muertos.
—¿Un altercado? —pregunté mientras abría la puerta del salón.
«¡Paf!»
—Una guerra de comida, lord Odín.
Me quité una tajada de saehrimnir crudo de la mejilla.
—Ya veo.
No era una guerra de comida cualquiera. Era una guerra de comida entre valquirias. Encima de mí, una docena o más de seleccionadoras aéreas de los muertos se lanzaban en picado y bombardeaban con carne de animal de banquete, patatas, pan y otros comestibles.
—¡Basta!
Mi voz provocó una onda expansiva que recorrió el salón. Todas las peleas se interrumpieron.
—Soltad las armas.
Filetes de saehrimnir y otros alimentos cayeron al suelo.
—Y ahora limpiad este desastre y pensad en lo que habéis hecho.
Mientras las valquirias iban a por fregonas, hice señas a Hunding, que estaba encogido de miedo en un rincón.
—Ven a pasear conmigo.
Anduvimos zigzagueando por el Hotel Valhalla, la morada eterna de mis einherjar: los mortales que habían muerto heroicamente. Mis nobles valquirias se encargan de traer aquí a los fallecidos, donde los valientes guerreros son adiestrados para luchar con los dioses contra los gigantes en el Ragnarok, el día del Juicio Final. (Si deseas saber más sobre este programa de ultratumba, te remito a mi folleto informativo Morirse por luchar.)
Me detuve al pie de una escalera de piedra.
—Desde la muerte de Gunilla, capitana de las valquirias, algunas de mis sirvientas se han vuelto... peleonas. —Me toqué la cara en la parte donde me había dado la carne cruda—. Yo esperaba que las valquirias escogiesen a una nueva capitana, pero como no ha sido así, debo intervenir.
Hunding puso cara de alivio.
—¿Tiene pensada a la sustituta de Gunilla, lord Odín?
Lamentablemente, no. Mi primera opción, Samirah al-Abbas, había preferido ser mi valquiria encargada de las misiones especiales. No tenía segunda opción... aún.
—Dile a los thanes que traigan candidatas al Salón de los Asuntos dentro de una hora. Yo estaré vigilando los nueve mundos desde Hlidskjalf, por si me buscas. Y una cosa más, Hunding.
—¿Sí, lord Odín?
—No me busques.
Subí a mi pabellón por la escalera y me hundí en Hlidskjalf, el trono mágico desde el que puedo mirar los nueve mundos. El asiento envolvió mi trasero con su mullido relleno forrado de armiño. Respiré unas cuantas veces para concentrarme y me volví hacia los mundos que aguardaban más allá.
Normalmente empiezo dando un vistazo somero a mi propio mundo, Asgard, y doy la vuelta por los ocho restantes: Midgard, el mundo de los humanos; el reino élfico de Alfheim; Vahaheim, el dominio de los dioses Vanir; Jotunheim, la tierra de los gigantes; Niflheim, el mundo del hielo, la niebla y la bruma; Helheim, el reino de los muertos deshonrosos; Nidavellir, el lúgubre mundo de los enanos; y Muspelheim, hogar de los gigantes de fuego.
Esta vez no pasé de Asgard. La culpa fue de las cabras.
Concretamente, las cabras de Thor, Marvin y Otis. Estaban en el Bifrost, el puente radiactivo del arcoíris que une Asgard con Midgard, vestidos con pijamas con pies. Pero no había rastro de Thor, y eso era raro. Normalmente, él no se separaba de Marvin y Otis. Los mataba y se los comía cada día, y ellos resucitaban a la mañana siguiente.
Sin embargo, más perturbador aún resultaba Heimdal, el guardián del Bifrost, que daba saltitos a cuatro patas como un desquiciado.
—Esto es lo que quiero que hagáis, chicos —decía a Otis y Marvin entre salto y salto—. Brincad. Retozad. Triscad. ¿De acuerdo?
Disipé las nubes.
—¡Heimdal! ¿Qué Helheim está pasando ahí abajo?
—¡Ah, hola, Odín! —La voz apitufada de Heimdal me hizo rechinar los dientes. Agitó su tabléfono hacia mí—. Estoy grabando un vídeo de cabritas monas para publicar una story en Snapchat. Los vídeos de cabritas monas lo petan en Midgard. ¡Lo petan! —Abrió mucho las manos para enfatizarlo.
—¡Yo no soy una cabrita! —le espetó Marvin.
—¿Soy mono? —se preguntó Otis.
—¡Guarda ese trasto y vuelve a tu puesto ahora mismo!
Según la profecía, los gigantes cruzarían un día el Bifrost, y esa sería la señal de que teníamos el Ragnarok encima. El trabajo de Heimdal consistía en dar la alarma con su cuerno, Gjallar, una tarea que no podría llevar a cabo si estaba grabando stories para Snapchat.
—¿Puedo terminar antes el vídeo de las cabritas monas? —rogó Heimdal.
—No.
—Oh. —Se volvió hacia Otis y Marvin—. Se acabó, chicos.
—Por fin —dijo Marvin—. Me voy a pastar.
Saltó del puente y se precipitó a una muerte casi segura con su correspondiente resurrección al día siguiente. Otis susurró algo sobre que la hierba era más verde al otro lado y acto seguido brincó tras él.
—Heimdal —dije, tenso—, ¿tengo que recordarte lo que pasaría si un solo jotun se colase en Asgard?
Heimdal agachó la cabeza.
—Emoticono de cara de arrepentido.
Suspiré.
—Sí, está bien. Yo...
Me llamó la atención un movimiento en el jardín del Hotel Valhalla. Miré más atentamente. Y enseguida deseé no haberlo hecho.
Con las piernas despatarradas y unos pantalones extracortos de cuero por toda vestimenta, Thor se inclinaba, se retorcía y se tiraba pedos en cuclillas. Llevaba sujeto al tobillo un dispositivo con la forma de un valknut, un motivo formado por tres triángulos entrelazados.
—Por el amor de mí mismo, ¿qué hace mi hijo? —pregunté asombrado.
—¿Quién, Thor? —Heimdal lanzó una mirada por encima del hombro—. Está calentando para correr por los nueve mundos.
—Correr. Por los nueve mundos —repetí.
—Sí. Si consigue registrar diez millones de pasos en su FitnessKnut (ese cacharro que lleva en el tobillo), gana una aparición especial en una serie de televisión de Midgard. Por eso yo estaba con sus cabras. Me dijo que lo retrasarían.
—¡Eso es ridículo!
—La verdad es que no. Esas cabras no son el colmo de la velocidad. A menos que caigan de algún sitio, claro.
—No me refería a eso... Da igual. —Formé una bocina con las manos alrededor de mi boca—. ¡Thor! ¡Thor!
Heimdal se señaló los oídos.
—Está escuchando rocas.
—Querrás decir rock.
—No, rocas. Cantos, piedras, riscos. —Heimdal hizo una pausa—. ¿O dijo «disco»?
Afortunadamente, un cuervo mensajero se lanzó en picado en ese preciso instante en el pabellón para convocarme a la reunión con los thanes.
—Por fin —murmuré mientras me dirigía al Salón de los Asuntos—. Un momento de cordura.
Abrí la puerta de la sala de conferencias y me encontré a mis asesores de confianza dando vueltas en sus lujosas sillas de cuero.
—¡Quien gire más tiempo sin marearse gana! —chilló uno de los Eriks.
—¡Thanes! —rugí—. ¡Orden!
Mis asesores acercaron rápidamente sus sillas a la mesa (menos Snorri Sturluson, que se dirigió tambaleándose a la papelera más cercana y vomitó). Ocupé mi asiento a la cabecera e hice una señal con la cabeza a Hunding.
—Haz pasar a las candidatas.
La primera era Freydis, hija de Erik el Rojo. Freydis había sido una valquiria guapísima en su día, pero a juzgar por su espalda encorvada, su sonrisa ausente y sus ojos blanquecinos, los años no la habían tratado bien.
—Erik —comenté—, tu hija es muy vieja.
Erik me señaló con dos dedos.
—La vejez equivale a experiencia, ¿me equivoco?
—En este caso no. —Di las gracias a Freydis por los servicios prestados y la despaché.
A continuación venía Kara, una bruta bienintencionada pero torpe que reía sin parar como una tonta. Se había convertido en valquiria solo por su relación secular con Helgi, el gerente del Hotel Valhalla. ¿Era simpática? Sí. ¿Digna de mandar a mis guerreras?
—Ah, no —contesté a la expresión esperanzada de Helgi.
Boudica, la temible reina de los celtas y valquiria desde el año 61, era la elección de Davy Crockett. Irrumpió blandiendo su espada, recorrió la sala con una mirada de impaciencia y entonces echó atrás la cabeza y chilló airada:
—¡Me dijeron que habría picoteo! —Decapitó la lámpara de pie más cercana y salió como un huracán.
Me pellizqué el puente de la nariz.
—Por lo menos la siguiente no puede ser peor.
La siguiente era peor.
Una vieja decrépita con el pelo canoso y enredado y una túnica sucia y raída entró en la sala arrastrando los pies. Percibí su olor corporal al mismo tiempo que la reconocí. Me levanté de golpe de mi asiento e invoqué a Gungnir, mi lanza mágica.
—¡Tú!
La vieja arpía soltó una carcajada llena de flemas.
—Oooh, te acuerdas de mí, ¿verdad, viejo Tuerto?
—¡Te expulsé de las valquirias hace siglos! —Lancé una mirada furibunda a mis thanes—. ¿Quién osa traer a esta bruja ante mí?
—No les grites a ellos —me reprendió la anciana—. Cuando me enteré de que ibas a elegir a una nueva capitana de las valquirias, no pude resistirme. —Escupió algo asqueroso en la palma de su mano y se lo limpió en la túnica.
—Disculpe, lord Odín —susurró Hunding—, pero ¿quién es?
—Hladgunnr —gruñí—. Hija de Hel y nieta de Loki. Mortificó al Valhalla con sus bromas.
Hladgunnr dio un alarido.
—¿Te acuerdas de cuando dejé un rastro de nueces para llevar a Ratatosk hasta Laeradr?
—¿Fuiste tú? —gritó Snorri—. ¡Los insultos de la ardilla agriaron el hidromiel de Heidrún! —Sepultó la cara entre sus manos—. ¡La cena se echó a perder!
—¿Qué puedo decir? —Me guiñó un ojo—. Las bromas son mi especialidad. —El aire ondeó a su alrededor, y empezó a encoger.
En mi cabeza sonaron las alarmas.
—Hladgunnr heredó las artes engañosas de Loki, no su poder para transformarse.
Soltando una carcajada estridente, el impostor se transformó en un águila calva.
—Utgard-Loki. —Una corriente de miedo se extendió entre los thanes cuando pronuncié el nombre del rey de los gigantes de las montañas. Empujé la punta de Gungnir contra el ave—. ¿Cómo has accedido a este mundo?
El águila miró maliciosamente.
—Se me presentó una oportunidad inesperada. Y la aproveché.
Hice una mueca.
—Heimdal y su vídeo de cabritas.
—No soy una cabrita —gritó Marvin desde el exterior del hotel.
—¿Y Hladgunnr? —pregunté.
—Acudió a mí cuando tú la expulsaste. Olía fatal, pero fue una estupenda fuente de información, hasta el final. Su final, claro está. —Utgard-Loki hizo un gesto con la punta del ala a través de su garganta—. Imitarla fue pan comido. ¿Y hacerte pasar vergüenza delante de tus thanes? Eso ha sido un plus.
Había oído bastante. Retrocedí y arrojé mi lanza. Gungnir nunca falla, pero esta vez pasó junto al águila. ¿Cómo...?
Utgard-Loki se carcajeó.
—¿El poderoso Odín, engañado con un poco de magia de distorsión? ¡Hoy es un gran día!
Parpadeé y vi que el águila ya no estaba en la mesa —tal vez nunca lo había estado—, sino junto a una ventana abierta. Me saludó con un ala y a continuación alzó el vuelo hacia las lejanas montañas de Jotunheim.
Me hundí en mi silla.
—Salid de la sala.
Los thanes se retiraron a toda prisa. En el silencio que se hizo a continuación, me pasó por la mente un pensamiento: «A veces eres el hacha y a veces la cabeza decapitada».
En mi vida me había sentido más decapitado. No me gustaba. De modo que decidí convertirme en el hacha.
—Hunding, deja de esconderte en el pasillo y pasa.
El botones asomó la cabeza por la puerta.
—No estaba escondiéndome —dijo a la defensiva—. Estaba haciendo una pausa.
—Entra. Necesito que hagas tres cosas. Uno: busca una forma de seguir el FitnessKnut de Thor. Informa de su ubicación en todo momento.
—¿No recorrerá los mundos por orden?
Hice una mueca.
—Thor tiene un sentido de la orientación terrible. Es probable que siga una ruta errática. Que avance sin ton ni son. Dos: ordena que brigadas de einherjar lancen ataques sorpresa en el Bifrost. Quiero saber si Heimdal está de guardia.
—Muy bien, señor. ¿Y la tercera cosa?
—Informa a los thanes de que a partir de mañana no estaré disponible por un tiempo. —Modifiqué mi aspecto de dios de la sabiduría recio y tuerto por el de una hermosa mujer con dos ojos vestida de cota de malla—. Estaré con las valquirias para decidir cuál merece ser capitana.
Hunding arqueó una ceja poblada.
—¿Se le ha ocurrido al ver a Utgard-Loki, lord Odín?
—Si se presta la suficiente atención, se puede obtener sabiduría en cualquier parte. —Hice una pausa, pensando—. Pongámoslo en una camiseta. Otra cosa, Hunding.
—¿Milord?
Volví a adoptar mi verdadera forma.
—Descárgame vídeos de cabritas monas en el tabléfono. Debo saber a qué viene tanto alboroto.
