1. «Old days», Ingrid Michaelson

El maldito reencuentro

La felicidad era aquello. Aquella copa de cerveza helada que sostenía en la mano derecha y que cuando llegó a la mesa estaba tan fría que hizo que, al tacto, me dolieran las yemas de los dedos. Las patatas tirando a rancias cuyo exceso de aceite nos empeñábamos en limpiar con esas servilletas satinadas y rotuladas con un «Gracias por su visita» tan poco efectivas. El plato de aceitunas que nos habíamos comido, como si lleváramos dos meses sin probar bocado, en el mismo momento en el que tocó la mesa y que yacía moribundo lleno de huesecitos mordisqueados. Lo dicho…, la gloria.

Aquel sentimiento de felicidad total había comenzado con el hecho de que Moët Chandon hubiera organizado una fiesta lo suficientemente glamurosa como para que Pipa decidiera que, después de hacerle un par de (cientos de) fotos en el photocall y posados robados en la entrada acristalada del hotel Santo Mauro, podía tomarme la tarde libre. Tarde libre que empezó a las siete, un horario más que digno para salir de trabajar en una jornada normal…, pero lo normal no es normal si lo normaliza la maldita Pipa, la blogger/influencer/instagramer de moda y tendencias más importante de España…, y mi jefa. Pero, de todas maneras, yo no era una persona con mucha inclinación a quejarse…

Así que, en resumidas cuentas, la felicidad para mí en aquel momento era pasar ese ratito de jueves en la Cafetería Santander, junto a la plaza de Santa Bárbara, con mis dos mejores amigas y, de paso, presenciar la conversación que estaban teniendo que, de absurda, era deliciosa.

—¡Venga ya, Adri! —exclamó Jimena, a la que la cerveza había eliminado el controlador de volumen de voz—. ¿Me lo estás diciendo en serio?

—Claro —contestó esta indignada—. Lo que me sorprende es que tú veas tanto porno como para tener un actor preferido.

—No veo «tanto porno». Veo el normal.

—Maca. —Adriana me miró con sus ojitos de gata—. ¿A que tú también piensas como yo?

—No. —Me reí avergonzada—. Yo también veo porno.

—Youporn, Porntube, Xvideos… —enumeró Jimena.

—¡Lo estás diciendo porque te sabe mal dejarla sola en esto! —me increpó con una sonrisa.

—No, en este caso no —negué—. Te lo prometo.

—Pero… ¿como para tener un actor porno preferido?

—Uhm…, sí. —Me eché a reír—. Pero admito que hacen falta más caras bonitas en la industria del porno.

—¿En serio miras sus caras? —se burló Jimena.

—Todo puntúa. Pero, Adri, aclárame una cosa… —y se lo pregunté porque sabía que me iba a hacer mucha gracia su respuesta—, ¿por qué te resulta tan extraño lo del porno?

—Porque tiene un tomate seco por libido, ya te contesto yo.

Adri hizo volar su media melena pelirroja cuando se giró hacia Jimena con cara de pocas amigas.

—No sé qué sentido tiene llenarse la boca de libertad, igualdad y fraternidad si luego me vas a juzgar por no tener el mismo apetito sexual que tú.

—¡Ni el mismo ni distinto! ¡Es que no tienes!

—¡Sí tengo! —gritó—. Llevo casada casi cinco años con Julián y te recuerdo que es…

—«Un acróbata del sexo, la estrella del Circo del Sol de la cama» —me adelanté yo.

—Y está bastante bueno; lo dice todo el mundo —insistió Adriana.

—Si no te digo que no, pero… tú cumples, Adri, no follas —siguió diciendo Jimena.

—¿Y tú qué sabrás? ¡Me estoy cabreando!

—Calma, gladiadoras —intercedí.

—Sé lo que me cuentas. Y tampoco es que yo sea una…, ¿cómo era?

—Acróbata del sexo —puntualicé de nuevo.

—Eso. Que hago lo que puedo y cuando puedo, pero por eso mismo el porno. Me pica, me rasco y, luego…, a dormir.

—No os vais a poner de acuerdo en la vida —sentencié.

—¿Sabes en qué vamos a estar todas de acuerdo? —Jimena se apoyó en la mesa y sonrió con su cara de cría—. En pedir tres cervezas más.

—Amén. Pero las últimas —advertí—. Mañana Pipa tiene que…

—Pi-pi-pi, pa-pa-pa —canturrearon las dos. Siempre lo hacían cuando sacaba a colación el trabajo para escaquearme.

Adri nos instó a terminar las cervezas, se levantó y fue hacia la barra con las jarritas vacías.

—¡Pídele algo de tapa, que me va a dar un cólico! —renegó Jimena que después se volvió hacia mí y sonrió—. Me encanta escandalizarla.

—Un día te va a pegar.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—Me fascinaría. Tanto o más como el hecho de que mantengas el pintalabios perfecto a estas horas.

—Me lo retoco cada vez que os giráis —me burlé.

Mis labios pintados de rojo eran, desde que cumplí los dieciocho, una de mis marcas de identidad, junto a mi melena morena (a veces rizada, a veces lisa) y mis ojos, subrayados de manera habitual por mi propensión a las ojeras. Desde hacía años, además, era fiel a un solo color de carmín que, por miedo a que la marca lo retirara del mercado, almacenaba de cinco en cinco en mi cajón de la ropa interior. Mis labios eran Ruby Woo y Ruby Woo era mis labios. A veces podía no llevar absolutamente nada más en la cara, pero sin hidratante y pintalabios, me sentía desnuda. Pero no había secretos: a fuerza de aplicarlo todos los días, ya sabía cuándo necesitaba un retoque.

—Oye. —Volví a llamar su atención—. Y aparte del porno…, ¿novedades?

—Lo del porno no es una novedad. Pero no. En el curro todo igual, es decir…, bien. Liados ya con los preparativos de la Feria del Libro. Estoy emocionada, ¿sabes?

Jimena trabaja en una pequeña editorial como editora de un sello especializado en temas paranormales. Le viene al pelo porque, a pesar de su pinta de niña buena, es la novia de la muerte. Por aquel entonces, llevaba cuatro años seguidos disfrazándose de la Novia Cadáver en Carnavales, siempre le gustaron las historias de fantasmas y tiene una relación con el Más Allá un tanto especial…

—Me refería a tu vida personal —le corté cuando ya empezaba a enumerar las razones por las que el libro que acababa de editar sobre casas embrujadas era el mejor del mercado—. ¿Te acuerdas de lo que es eso?

—¿Y tú?

—¿Yo? —Me reí—. Por partida doble, chata. Por tener, tengo dos: una con mi jefa y otra con Coque.

—Con lo de Pipa voy a darte la razón: es una relación…, una relación enfermiza.

—Qué bien…, soy polígama —bromeé mientras miraba de reojo el teléfono móvil que había dejado sobre la mesa con la esperanza de que se iluminara.

—Coque no es tu novio —apuntó cansina—. Es el señor feudal y tú, la vasalla. Lo vuestro no es un noviazgo…, es la Edad Media.

—No digas esas cosas —me quejé—. Coque y yo nos entendemos bien.

—¿En serio entiendes a ese tío? —preguntó con desdén.

—Claro que sí. Estamos en la misma onda.

—No te lo crees ni tú. —Sonrió con malicia—. Pero te hace el culo Pepsicola, así que dices a todo que sí.

—¡No es verdad! —me quejé—. ¡Hoy repartes para todo el mundo, eh!

—Yo solo digo que eso no os va a llevar a ningún lado. Lo de Pipa, sin embargo, lo veo más serio.

Levanté la mirada y la vi sonriendo burlona.

—Pipa es el amor de mi vida. —Opté por seguirle el rollo—. Me llama a todas horas para saber dónde estoy y con quién, no quiere separarse nunca de mí, me lleva de viaje a sitios en los que nunca puedo disfrutar y…, uhm…, en mi último cumpleaños me regaló un Apple Watch para que estuviera más atenta a sus correos, wasaps y llamadas que, por cierto, un día me pidió prestado y que aún no me ha devuelto.

Jimena me miró con cara de cordero degollado y fingió pegarse un tiro en la boca.

—Necesitamos divertirnos más —aseguró cuando aparecieron las cervezas seguidas de los traslúcidos bracitos de Adriana, que no podía estar más pálida.

—Hasta podríais enamoraros, fíjate tú —añadió esta.

—Dijo la mujer más apasionada de todos los tiempos.

—Fuera coñas. —Adriana se sentó junto a Jimena y nos sonrió con un toque de condescendencia—. Mucho burlaros de mí, pero yo tengo la vida solucionada, chatas: trabajo, amigas, amor…, y vosotras…

—¿Podéis dejar de ningunear a Coque, por favor? —pedí.

—Coque no cuenta —se quejó la pelirroja—. No es tu novio.

—¡Porque tú lo digas! Además… ¡qué manía de ponerle a lo que tenemos el nombre que os sale de la pepitoria! Ya sabremos él y yo lo que somos, ¿no?

—¡Venga! Lo último amoroso que habéis vivido fue el achuchón que os dio ese tío que regalaba abrazos en la calle Fuencarral.

—Es que los daba muy bien —se justificó Jimena.

—Lo que tú quieras, pero tendríais que salir más. Conocer chicos. No sé. Somos jóvenes. Sois inteligentes, divertidas…

—¿Cuándo va a decir guapas? —Me reí.

—Guapas también, pedazo de superficial. ¡Enamoraos y hagamos cenas de parejas!

—¡¡Uh!! Cena de parejas. Estoy loca de ganas —ironicé.

—El amor es para los que tienen esperanza —sentenció Jimena, de pronto muy seria—. Cuando has conocido al amor de tu vida y la muerte te lo ha arrebatado, esa palabra suena hueca.

—Oh, Dios, el ataque del amante muerto —musité acercándome la jarra helada de cerveza que volvió a simbolizar la felicidad suprema.

—¿Digo alguna mentira? ¿No conocí al amor de mi vida y se mató?

—Jime, por enésima vez: tenías dieciséis años, estabas muy enamorada y sí, el pobre Santi murió, pero… no tienes ni idea de cómo habría sido. Si te habría hecho feliz, si te hubiera seguido atrayendo físicamente, si…

—Sé perfectamente —anunció Jimena de nuevo con ese rictus que se le dibuja en la cara cuando cree que está diciendo algo trascendental y completamente cierto— que habríamos sido felices, que los tíos con los que me he cruzado…

—Los tíos con los que te has cruzado han sido desechados con mano férrea después de que decidieras que «no eran tan graciosos como Santi», «no besaban como Santi», «no te veías con ellos en el futuro, como con Santi» o… vete tú a saber qué «como Santi».

—Santi solo hubo uno y ya no está. Lo que pueda encontrar por el mundo no será más que un sucedáneo.

—O un hombre hecho y derecho al que ya le haya salido el bigote —murmuré.

—¡Maca! ¡Tú deberías entenderme! ¡Conociste a Santi! ¡Era lo más! —se quejó.

—Era lo más… a principios de los dos mil. Han pasado un porrón de años.

—¿Sabéis cuál es el problema? —intentó añadir.

—Sí. Que no han traído nada de tapa —Adriana pronunció la guinda final.

A las diez de la noche, cuando me despedí de ellas con la promesa de ser puntual a nuestra cita del día siguiente, maldije mentalmente la decisión de que otra cervecita no era mala idea. Claro que lo era. Me sabía la boca amarga, tenía el estómago un poco revuelto de tanto líquido y tan poco sólido y a la mañana siguiente tendría resaca. Y Pipa lo notaría. Y me martirizaría por ello. A no ser que se pasase bebiendo champán, se levantara tarde y me dejara el alma tranquila parte de la mañana.

Iba pensando en eso mientras cruzaba la plaza de Santa Bárbara; en eso y en lo cómodos que eran los zapatos de tacón que tuve que comprar porque mi jefa consideró, en voz alta y delante de mí, que ir siempre en zapato plano era una ordinariez (y «más con tu estatura», añadió). Desde luego, siempre tuve razones para defender que como hermana pequeña, me habían tocado los restos genéticos: mi hermano era alto, bastante fornido y muy guapetón; yo, sin embargo, no llegaba al metro sesenta, en vez de tetas tenía dos kikos y cuando no bebo suficiente agua, soy la viva imagen de la Santa Compaña. Los tacones, estuviera de acuerdo o no con la afirmación de Pipa, no me iban mal para reafirmarme.

La temperatura era agradable, así que decidí andar hasta la parada de metro de Gran Vía, desde donde podría ir directa a la de Pacífico, que quedaba cerca de mi casa, sin transbordos. Esos días de abril estaban resultando cálidos sin exceso, y Madrid siempre está precioso en esta época del año. Quizá nosotros, los que no somos de aquí, seamos más sensibles a la belleza de la ciudad cuando se despereza y se quita las prendas de frío con las que se vistió durante el invierno.

Se escuchaba el vocerío de un montón de jóvenes que, tal vez tuviesen clase por la mañana, pero estaban centrados en empezar la noche. Algunas parejas cruzaban la plaza cogidas de la mano, seguro que de camino a Lady Madonna o a Dray Martina a cenar algo rico y bien presentado. Dos chicos jóvenes, uno con una guitarra española y otro con un violín, tocaban una personalísima versión del tango de «Roxanne», de la banda sonora de la película Moulin Rouge, y me acordé de Coque.

Dios…, cómo me gustaba Coque. Qué loco estaba. Cuánto pasaba de mí. ¿Me gustaría tanto por eso?

Saqué el teléfono móvil y le mandé un wasap con un mensaje tonto y desenfadado. El día anterior me dijo, al despedirnos en la puerta de su casa, que me llamaría para hacer algo el viernes, pero era jueves por la noche, aún no me había escrito y yo me había acordado de que tenía una cita ineludible con las chicas al día siguiente. No es que me extrañara demasiado su falta de noticias, la verdad; con Coque las cosas solían ser así, pero… me encantaba. Todo él. Nos reíamos juntos, me hacía sentir especial (cuando se dignaba a prestarme atención) y en la cama era…, era una máquina de matar. Estaba convencida de decir la verdad cuando aseguraba que nosotros nos entendíamos. Me gustaba él y la libertad que nos regalaba aquel acuerdo tácito de relación, pero… un poco más de interés por su parte no hubiera estado mal.

Chato, mañana tengo lo del tattoo con las chicas.

Si quieres que nos veamos, tendrá que ser después.

Un coche pitó con un sonido estridente e histérico al pasar demasiado cerca de mí y me sobresalté al darme cuenta de que mientras escribía en mi teléfono móvil, me había ido aproximando demasiado a la calzada. Me separé un par de pasos y esperé para ver la notificación de recibo de mi mensaje. Pronto aparecieron los dos tics que se pusieron en azul en un segundo, pero Coque se desconectó. Me mordí el labio fastidiada (aquellos gestos siempre me hacían sentir «el rival más débil»), guardé el móvil y me acerqué al paso de peatones para cruzar hacia la otra acera.

El poco viento que barría las calles me movió el pelo, y sentí un cosquilleo en mi nuca que, poco a poco, fue descendiendo hacia mi estómago hasta convertirse en un vacío. Aquel malestar podía deberse a muchas cosas: demasiada cerveza sin apenas comer, la seguridad de que Coque contestaría cuando le saliera del pepe sin tener en cuenta que yo necesitaba programarme o… quizá algo que había visto por el rabillo del ojo, pero no había llegado a identificar. Algo que estaba a punto de destapar la caja de Pandora de unos recuerdos antiguos.

Me giré hacia la izquierda, hacia las terrazas que se extendían por toda la plaza: un par de franquicias de comida rápida atestadas de gente; la entrada del hotel Petit Palace; la puerta de El Junco, donde me encanta ir a escuchar música en directo; la terraza del Boulevard, donde nunca me atendieron demasiado bien y, de pronto…, el perfil de una cara conocida y su larga melena castaña. Raquel…, una compañera de profesión de Pipa, mi jefa, a la que apreciaba con sinceridad, estaba sentada en una de las mesas de la terraza. Y es que cuando hablo de Pipa, hablo exclusivamente de ella, no de su profesión. Su trabajo era joven y a veces incomprendido, pero ella era tonta perdida; ninguna de las dos cosas era extensible a la otra.

Diría que Raquel y yo nos movíamos continuamente sobre la estrecha línea que separa «ser conocidas que se caen bien» de ser «colegas», de modo que me alegré de verla allí sentada y, tan ingenua como siempre, me dirigí hacia ella para saludarla.

Me faltaban apenas seis o siete pasos para llegar hasta Raquel cuando choqué con una barrera invisible, que me hizo parar en seco y lanzó un peso imaginario hacia el centro de mi pecho. Mi cuerpo se negó a seguir andando. Si hubiera podido reaccionar, habría dado media vuelta y corrido hacia el metro, pero además de estar paralizada, no tenía escapatoria. Raquel me había visto y me saludaba con la mano, sonriente. Vi que movía la boca, pero no escuché lo que me decía. Estábamos lo suficientemente cerca como para que pudiera escucharla, pero… no oía nada. Ni a ella ni a Madrid. Era como si todos contuvieran la respiración conmigo. Se había roto el tango de «Roxanne» y las cuerdas de los instrumentos que la tocaban. No crepitaba el asfalto bajo las ruedas de los coches porque ni siquiera había coches. Solo existía mi respiración, como si llevara puesta una escafandra. Hasta Raquel dejó de estar allí, sentada frente a él, en aquella mesa. ÉL. Eso era lo único que veía. ÉL y nada más.

Pelo castaño desordenado, esas arruguitas de expresión junto a su boca, el cuello esbelto pero fuerte, su postura elegantemente relajada en la silla donde, incluso sentado, llamaba la atención su altura. ÉL. Era ÉL. Allí. Recién sacado del pasado y dejado caer sobre un presente en el que no lo esperaba y no pegaba nada.

Un flash. Una cascada de imágenes sin orden ni concierto chorreándome por dentro, hasta calarme. El último verano que pasamos juntos. Su pelo entre mis dedos, de noche, con la luz de una farola naranja que se colaba entre las rendijas de la persiana como única iluminación. El verano en el que me enseñó a nadar, cuando yo tenía seis años y él, ocho. La bronca. Las broncas. Su piel suave y color canela después de tanto sol cuando era adolescente. Sus mejillas rasposas cuando creció. Su boca pegada a la mía, demandante, soberbia, nunca tan mía como suya. Mis manos subiendo su camiseta la primera vez que desnudé a un chico. Los recuerdos, en tropel, acudiendo a mi garganta.

No recordaba cuándo fue la última vez que lo vi. Miento. Lo recordaba perfectamente. El 11 de junio de 2014. La enésima pelea. La última, me prometió cuando me volví completamente loca y le empujé entre lágrimas y gritos. Aquella noche él llevaba un polo negro y unos vaqueros oscuros. No se había peinado con demasiado esmero. Yo tampoco me arreglé. No era una cita. Él dijo: «Sube un momento a mi casa», y yo lo hice al volver de mi trabajo en la perfumería. Llevaba puesto mi vestido verde, ese que tanto me gustaba y que tiré dos días después de aquella noche. La noche en que me jodió la vida y me partió el futuro en dos.

La lengua me acarició el paladar, como si quisiera decir su nombre, pero no me atreví porque una vez dicho no se podía desdecir; porque una vez me tocaba, tardaba en irse la huella; porque una vez me besaba, no tenía nada de lo que fue Macarena, pero sí todo lo que fuimos. Todo lo que pudimos ser.

Raquel se levantó para saludarme y él lo hizo también con un ademán educado mientras se abrochaba el botón de la americana. No sé cuándo me vio. Estaba tan paralizada que ni siquiera me di cuenta, pero no había duda de que me había reconocido; sus ojos color miel estaban fijos en mí y mordía con disimulo su labio inferior, que siempre fue un poco más grueso que el superior. Lo hacía cuando estaba incómodo. Socialmente, siempre fue mucho más hábil que yo, más… «polite», pero era fácil adivinar que en aquel momento nuestras cabezas se hacían la misma pregunta: «¿Qué coño hace aquí?».

Los detalles. En los detalles espera agazapada siempre la verdad. En la mesa había un botellín de cerveza y una copa de vino blanco. Los teléfonos móviles debían estar guardados en el bolsillo y el bolso. Nada que reclamara su atención. Solo ellos dos. Cara a cara. Era… ¿una cita? ¿De qué se conocían? ¿Por qué?

—¡Maca! —exclamó Raquel en un intento de traerme de vuelta del viaje cósmico que estaba viviendo y se echó a reír.

Claro. Seguro que se fijó en su preciosa melena castaña, brillante, y en la seguridad con la que se movía. Raquel era guapa y carismática; sabía lo que quería, y a él le encantaban las chicas así…, las que no tiran de su falda hacia abajo cuando se han puesto una minifalda. Creo que soy la única morena en su historial de conquistas porque, quizá, nunca fui eso mismo…, una conquista. Nosotros siempre fuimos una batalla perdida de antemano. El talón de Aquiles del otro; la debilidad y la fortaleza entrelazadas. Algo que uno no busca poder repetir.

Di unos pasos más sin poder mirarlo y cogí aire.

—Hola, Raquel.

—¿Qué haces por aquí? Te hacía en la fiesta de Möet —comentó sin poder evitar echar un vistazo hacia ÉL, que seguía de pie, con las manos en los bolsillos de su pantalón.

—Qué va. Hoy Pipa se valía sola. Mucho glamour para mí, me temo. ¿Y tú? Pensaba que irías.

—No. —Sonrió—. Tenía plan…

—Ya… —Venga, había llegado el momento de lo difícil—. Hola.

—Hola, Macarena.

No lo esperaba, pero su voz me dolió, certera y afilada, como una puñalada. Se me secó la garganta y me obligué a humedecerme los labios.

—¿Qué tal? —respondí con un hilo de voz.

—Bien. ¿Y tú? Cuánto tiempo.

—¡No me lo puedo creer! ¿Os conocéis? —se sorprendió Raquel.

—Sí. De… hace un millón de años —añadió ÉL.

—De… otra vida.

Quise sonar despreocupada, pero creo que me quedé en eso, en desearlo. Raquel nos miró con el ceño levemente fruncido.

—Fuimos vecinos —aclaró ÉL.

—Sí. —Me quedé mirándolo sin poder evitar reprocharle en silencio que hubiera escogido la palabra «vecinos» de entre todas las que contenía el currículo de nuestro pasado—. Vecinos.

—¿Quieres sentarte? —me ofreció ella—. Estábamos a punto de pedir otra.

—Qué va. Voy con un poco de prisa. Pero gracias.

—¿Seguro?

Claro que estaba segura, pero aun así me atreví a mirarlo otra vez. Me pareció que suplicaba en silencio que no lo hiciera y casi me dieron ganas de reír.

—Seguro. De todas formas tenemos el mes cargadito de eventos; tendremos mil oportunidades de tomarnos algo.

—Sí. A ver si Pipa te da cuartelillo y podemos comer juntas un día. Oye, vas a Milán, ¿verdad? Tu jefa me estuvo preguntando qué vuelo cogía, pero al final fue imposible cuadrarlo. Vosotras voláis por la mañana, ¿no?

—El viernes que viene a primera hora —confirmé.

Silencio tenso. Tenía que irme. Si me quedaba unos minutos más presenciaría alguna mirada entre los dos…, vería cómo se miraban y me terminaría de quedar claro que aquella era una cita y que los recuerdos también pasaban de moda. Así que sonreí y me acerqué a darle dos besos a Raquel, que me dio una suerte de apretón en los hombros.

—Descansa, guapa —me dijo.

—Adiós, Maca.

—Adiós.

Me di la vuelta mirando mis zapatos y reanudé el paso con prisas, a trompicones, tropezándome con mis propios pies; a punto estuve de derribar una silla vacía. «Sigue andando, sigue andando, sigue andando. Y no te gires, por el amor de Dios, Macarena. No te gires», me decía a mí misma. Podía justificar todo cuanto hice por él en el pasado…, incluso para olvidarlo, pero en aquella casilla ya no cabían más palabras. Se había terminado.

«NO TE GIRES».

«NO TE GIRES».

«NO-TE-GI-RES».

Mierda, me giré.

Allí estaba, mirándome, como si los últimos tres años no hubieran existido, y estuviera viendo cómo me alejaba por primera vez. Tal y como pasó aquella noche de hacía ya un tiempo, su gesto no demostró ni una pizca de emoción. Era duro. Y bueno fingiendo serlo cuando no lo conseguía. Así que, a pesar de lo cerca que estuve de él toda mi vida y el tiempo que tuve para conocerlo, me fue imposible adivinar si su piel era ya impermeable a mi nombre o solo fingía.

En realidad… ¿importaba?

Me volví de nuevo hacia la calle Hortaleza, respiré profundamente y puse el piloto automático. Puto Leo. Cuánto lo odiaba. Cuánto lo quise.

FuimosCanciones-3.xhtml

2. «La piedra invisible», Izal

Mi debilidad

Hay cosas que, sinceramente, uno tiene que hacer cuando es joven. Más joven, entiéndeme. Con treinta y dos años aún tenía por delante mucho tiempo hasta encontrarme en ese día en el que eres demasiado viejo para morir joven. Me refiero a cuando eres un crío. Como dormir en un coche en verano y despertarte con el sol clavándose entre ceja y ceja. Agarrarte una borrachera lamentable de la que, además, alguien ha hecho fotos. Cambiar cien veces de grupo preferido. Besar a chicas en las que te fijaste por el corto de su falda. Y enamorarte. Pero de verdad. Como uno solo puede enamorarse cuando tiene dieciséis años. Hasta que te falta el aire si el sol hace brillar su pelo. Hasta creer que te mueres cuando ella no para tu mano después de decidir que a la mierda, que quieres recorrerla hasta aprenderte cada centímetro de su piel. La gente normal supera esa etapa…, crece, se desencanta, aprende. A mí me costó un poco más que a la media. Pasé muchos años besando a chicas en las que me fijaba por el corto de su falda porque no podía permitirme besar a la única que había hecho que me faltara el aire. Ella.

Romántico, ¿verdad? Claro. Esa es la parte más sensiblera del asunto. La parte funcional es que llevábamos tres años sin vernos porque terminamos fatal. Y no nos soportábamos. A pesar de habernos querido tanto. A pesar de que nadie en el mundo me pusiera tan cachondo. A pesar de que sonreír con ella llegó a ser un acto reflejo. No nos soportábamos. Para mí era una prueba con patas de mi debilidad y yo para ella…, un cabrón de mierda. Y probablemente estoy siendo benigno.

Había bajado la guardia, la verdad…, y allí estaba. Cuando menos la esperaba.

Hacía tres años que no la veía. La última noche que quedamos, ELLA llevaba un vestido verde con un escote en la espalda que me enloquecía. «La que con verde se atreve, por guapa se tiene», le susurraba yo en el oído a la mínima ocasión cada vez que se lo ponía, y ELLA solía girarse hacia mí y sonreír con esos labios eternamente pintados de rojo. Pero aquella noche no se lo dije porque la situación era tensa; quizá todo hubiera cambiado si le hubiera susurrado aquella broma; no lo hice y la conversación subió tanto de tono que terminó empujándome. Y gritó. Mucho. Qué mujer. Yo también grité aquella noche, lo sé. Le prometí que sería la última vez que discutiríamos y juré que me iba y que no pensaba volver.

—¡Pues vete! ¡¡Vete!! ¡No puedo creerme que pensara que esta vez ibas a quedarte!

No le faltaba razón. Desde los dieciséis años entré y salí de su vida periódicamente, pero prometí que no lo haría nunca más. No es que fuera un cabrón sin escrúpulos ni sentimientos (no hace falta que nadie pregunte a ninguna otra chica de las que, de una u otra manera, pasaron por mi vida). Es que con ELLA las cosas fueron siempre complicadas. O demasiado sencillas. Lo que quiero decir es que la cosa fluía como un coche a toda velocidad sobre un pavimento mojado. ¿Fluía? Sí. ¿Tenía el control? No. Y siempre acababa mal porque la inseguridad, el miedo y la chulería nos hacían no soportarnos durante mucho tiempo. Dos trenes circulando por la misma vía…, eso éramos.

Perdí muchas cosas con nuestra última ruptura: a ella, el futuro que planeamos juntos e incluso a mi mejor amigo, su hermano. El motivo principal de que rompiéramos definitivamente fue que con ella era o todo o nada y si me quedaba era para comprometerme de verdad, y… volvemos al símil del coche circulando por carreteras resbaladizas. Me conocía. No estaba hecho para eso. No podía darle lo que necesitaba. No era… fiable. Hubiéramos durado nueve meses…, máximo un año. Y vuelta a lo de no soportarse.

—¿Pasa algo?

La voz de Raquel me devolvió al presente de golpe. Creo que hasta me dolió el impacto contra la realidad.

Aparté los ojos de la espalda de ELLA y miré a Raquel. Era guapa y llevaba siempre faldas cortas que dejaban a la vista sus bonitas y bronceadas piernas. Había muchas razones por las que no iba a contarle que Macarena era mi ex y… la única mujer capaz de hacerme sentir como si acabaran de masticarme el corazón y escupirlo a mis pies a pesar de ser tan ingenua, amable y afectuosa la mayor parte de las veces… con todos excepto conmigo. Una de ellas era que la conocía poco, otra que eso me haría sentir vulnerable…, la última, que Raquel me ponía. Y a alguien que te gusta no se le debe hablar de un antiguo amor, si no estás seguro de que lo superará con creces. Y yo estaba seguro de todo lo contrario: nada ni nadie superaría aquello. De modo que me limité a asentir y agarrar el botellín de cerveza vacío.

—Te has quedado como… pasmado.

—Me pasa a veces —me excusé.

—Será de tanto libro. Te has vuelto loco como Don Quijote. No solo de estudiar vive el hombre…, también hay que divertirse, ¿no?

Bueno…, eso fue lo que pensé la primera vez que le escribí un mensaje para invitarla a tomar algo: debía divertirme un poco. La había conocido en la universidad, después de una charla para los alumnos de cuarto sobre nuevas profesiones, y no dudé en pedirle el teléfono después de hablar un rato con ella. Divertirme estaba en mis planes…, verla a ELLA no. Debía darme un segundo para volver a centrarme.

Iba a contestarle alguna sandez para conseguir un poco de tiempo, pero cedí a la tentación de volver a mirar cómo ELLA se marchaba. Deseé con todas mis fuerzas que volviera a girarse, no sé por qué; que lo hiciera no iba a cambiar nada…, yo seguiría prefiriendo andar en dirección contraria a la suya y es muy probable que compartiera mi parecer. Qué barbaridad…, cómo manipula el tiempo los recuerdos. Creo que me he pasado años convenciéndome de que no era justamente como es. Morena, pequeña, preciosa, torpe, risueña, segura, fiable, cálida, húmeda, dulce… porque la realidad que más pesaba era que siempre fue la mujer de una vida que no estaba preparado para tener. Un ascua encendida. Y yo un almacén de pólvora. Un problema sin solución.

Volví los ojos a la mesa.

«Lo que vas a hacer, Leo», me dije despacio, «es disfrutar de la vida. Demostrarte lo maravillosa que es sin complicaciones».

Me aclaré la garganta, dispuesto a hacerme caso, pero Raquel interrumpió mi intento.

—Debió de ser gordo.

—¿Cómo? —le pregunté extrañado.

—Lo vuestro. Nunca había visto a Maca tan nerviosa y te prometo que lidiar con su jefa la ha puesto en muchas situaciones tensas. Y a ti se te ha ido hasta el color de la cara.

Me froté la cara con las dos manos y después me reí.

—No creas.

—«No creas» es lo que contestaría un chulito con el corazón roto.

—No es eso —le aseguré sinceramente—. Es una historia vieja. Ni pasada ni lejana ni antigua: vieja. Cosas de las que es mejor no hablar porque…

—¿… porque cobran vida?

Percibí un leve levantamiento de cejas y aunque no pudiera escuchar sus pensamientos, estaba seguro de que una señal de «warning» parpadeaba en su cabeza. Las tías listas saben cuándo algo es un problema… independientemente de que quieran o no implicarse con él.

—Es tu ex —afirmó.

—Sí. Y no tenía ni idea de que estaba en Madrid. De ahí la cara de póquer. No esperaba encontrármela aquí ni, por supuesto, que la conocieras.

—¿Y cuánto hacía que no os veíais?

—Casi tres años.

Raquel cogió la copa de vino y se bebió el último trago.

—¿Quieres que nos vayamos? —me preguntó.

Me pasaron muchas respuestas por la cabeza: «¿A mi casa?», era una. Otra: «Sí, mejor lo dejamos para otro día». Macarena me descolocaba como un chute de algo muy fuerte.

Raquel cogió el bolso de mano que había dejado sobre la mesa y lo colocó en su regazo, a la espera de una respuesta por mi parte que empezaba a demorarse demasiado.

—Voy a pedir otra —dije mientras hacía un gesto al camarero, que pasaba convenientemente por allí, y pedía una ronda más.

—¿Puedo preguntarte algo, Leo?

—Claro.

—¿Esto… me va a traer problemas?

—¿Por qué te iba a acarrear a ti ningún problema? —Arqueé mi ceja.

—No te hagas el tonto, no te pega nada. —Sus labios pintados se curvaron en una sonrisa—. Aprecio a Macarena y tú me gustas…, lo que estoy intentando preguntarte es si esas dos cosas son incompatibles.

Me reí con tristeza y me rasqué una ceja. Cuánto debemos aprender de las mujeres listas…

—Macarena y yo llevábamos mucho tiempo sin hablar porque… no teníamos ningún interés en hacerlo. Eso debería decirte suficiente, ¿no?

—Fue una ruptura fea, entiendo.

—Bah…, es mejor no hablar de esas cosas.

—¿Porque temes que se despierten las emociones, porque te portaste como un hijo de perra o…?

Le corté de pronto con un gesto rotundo de mi mano y los ojos cerrados. Se me atragantaban todas y cada una de las letras que iba diciendo, como si quisieran entrar por mi garganta a la fuerza para que admitiera la realidad. Porque era mejor no hablar de ello a causa de todas esas emociones que podían despertar…, y que no eran buenas. Y porque me porté como un hijo de puta. Eso también.

Abrí los ojos, pasé el pulgar derecho por mi ceja y suspiré.

—Todos tenemos derecho a enamorarnos de quien no debemos una vez en la vida —le aclaré—. Y derecho a aprender de ello en silencio.

Raquel acercó la copa de vino blanco en cuanto el camarero la dejó sobre la mesa y dibujó una sonrisa que dejaba entender que abandonaba el tema.

—¿Cómo eras hace tres años? —preguntó.

—Más rápido, menos paciente y más terco.

—Tampoco suena mal.

—No me has entendido.

Agarré la cerveza por el cuello y di un trago. Raquel parecía estar haciendo unos cálculos complicadísimos en silencio y me reí. Ella también.

—¿De qué narices estás hablando, Leo?

—Estoy deseando explicártelo.

Acompañé a Raquel hasta el portal de su casa, como en las tres anteriores ocasiones. Macarena seguía rondando en mi cabeza como una sensación molesta, pero no estaba pensando precisamente en ella. No me preocupaba. En aquel momento solo era el recordatorio de que hay trenes en la vida que es mejor dejar pasar. Yo estaba pensando en algo mucho más prosaico.

En cuanto llegamos, Raquel sacó las llaves de su bolso y forcejeó con la cerradura hasta que el pesado metal cedió y la puerta se abrió. Sujeté la puerta con el brazo extendido y Raquel se volvió a mirarme. El silencio de Madrid, siempre sonoro, nos sobrevoló y nos mantuvimos la mirada hasta que a ella le dio la risa. Mis intenciones estaban más que claras. Tercera cita. No sé si me entiendes.

—Te invitaría a subir pero…

—¿Pero? —pregunté con sorna.

—Es tarde, mañana trabajo y para serte completamente sincera lo de Macarena me ha dejado un poco…

¿Macarena? ¿Cómo era posible que una mujer tan pequeña me tocara tanto los cojones incluso sin querer? Suspiré. Pretendía repetir, de un modo mucho más persuasivo, que Macarena y yo no cabíamos en la misma frase, pero Raquel tiró un poco de mi camisa hacia ella y hacia el interior del portal.

—¿En qué quedamos? —le pregunté bajo la luz medio moribunda del plafón del techo que se encendió a nuestro paso.

—Te invitaré a subir otro día.

—¿Y hoy qué? ¿Bajas tú?

Raquel lanzó un par de carcajadas y rodeé sus caderas con mis manos de manera aún galante mientras la acercaba hasta la pared. Me incliné hacia su boca.

—Soy un caballero —susurré—. Te daré las buenas noches y me iré.

—No eres un caballero. Eres cantor, eres embustero, te gusta el juego y el vino y tienes alma de marinero —me devolvió el susurro con los ojos puestos en mi boca.

—Ah, Serrat, ¿eh?

—Eres el prototipo de hombre mediterráneo.

—¿Bronceado y risueño?

—Comerciante y seductor. Medio poeta, medio señor.

—Voy a callarte antes de que te creas lo que dices. Buenas noches.

No contestó. Al menos no con palabras. Lo hizo con los labios húmedos sobre los míos, abriendo la boca en respuesta a mi lengua y enredando los dedos entre los mechones de mi pelo. No pude evitar pegar mi cadera a su estómago para que sintiera cómo iba endureciéndome. Tercera cita.

Besar es genial. Seguro que todo el mundo está de acuerdo conmigo. Pero hay cosas más placenteras. Cuando uno piensa en ellas, los besos se quedan cortos. Son… agradables, pero no tanto como la sensación de tensión antes de dejar escapar todo… encima de un cuerpo húmedo. Con eso quiero decir que…, que me perdone todo el mundo por tener las manos largas aquella noche.

Envolví sus nalgas y la pegué más a mí con un jadeo, separando su boca de la mía lo suficiente como para intentar averiguar cuántas ganas tenía. Miré su mirada turbia, sus labios entreabiertos y bajé los ojos hasta sus pechos, cuyos pezones se marcaban tímidamente en la ropa, llamándome.

Abandoné su culo y metí las dos manos por debajo de la blusa y del sujetador. No me paró. Solo inclinó la cabeza hacia atrás, hasta apoyarla en la pared. La luz del portal, de esas que responde al movimiento, se apagó y nos dejó un poco de intimidad.

Tenía los pezones duros, como mi polla. Me moví hasta clavarla en su cadera y su mano derecha la buscó sobre el vaquero.

—Estás duro —gimió cuando, sin soltar sus pechos, me abalancé sobre su cuello.

—¿Qué esperabas?

—No me lo pongas tan difícil.

—¿No te he demostrado ya que soy un buen chico? Déjame subir.

Dudó. Sé que dudó, pero finalmente dijo que no. Que no podía.

—Hoy no —aclaró.

Apoyé mi frente en su hombro, derrotado. No iba a insistir más, así que solté despacio sus pechos, besé por última vez su piel y cogiendo aire me erguí. Raquel se mordía nerviosa el labio inferior, sobre el que el pintalabios era solamente un borrón. No quise ni imaginar qué pinta tendría yo en aquel momento. Ay…, el carmín. A veces me daba por pensar que me paso media vida limpiándomelo de la boca.

—Te llamo —me prometió.

—Claro.

La luz volvió a activarse con un «clac» seco en cuanto nos movimos y una especie de «tic tac» en el que no había deparado antes nos acompañó de nuevo hasta la puerta. Raquel se puso de puntillas para besarme cuando nos despedimos.

De camino hacia la avenida principal, donde pensaba coger un taxi, me limpié la boca con el dorso de la mano, que dejé perdida con un rastro de color borgoña.

Cuando llegué a casa, ni siquiera me molestaron las cajas de la mudanza que aún no había abierto y que seguían junto al recibidor ni el olor a especias que entraba por Dios sabe dónde en todo el edificio, proveniente del restaurante indio de abajo. Me encontraba francamente mal. Una sensación rancia se había instalado en la boca de mi estómago y no alcanzaba a deshacerme de ella.

No sé en qué momento la frustración de una polla dura obligada a abandonar su entusiasmo dio paso a cómo me sentía de verdad. Hacía rato que había vuelto a cruzar mi cabeza. Después de alardear para mis adentros de que todo estaba superado y olvidado… solo podía pensar en ella. En las tardes de verano, a principios de los años dos mil, cuando la miraba tendida al sol, junto a la piscina, con todo el disimulo del que era capaz. En la euforia que siguió a todos y cada uno de nuestros primeros besos. En sus labios siempre rojos. En sus pechos pequeños endureciéndose bajo la palma de mi mano. En todas las veces que, queriendo arreglarlo, lo rompí más.

Pero no…, no sonrías. El recuerdo romántico, dorado, envuelto en una bruma dulce, se evaporó hacía ya muchos años. Y de ella, de esas tardes de verano, de la euforia y la pasión, solo quedaba la sensación de haber sido un idiota, de haberme cegado, de no haber entendido. Ella me jodía la vida. Siempre me jodía la vida. Y yo se la jodía a ella.

Me senté en el sofá y resoplé. Puta Macarena.

FuimosCanciones-4.xhtml

3. «Sexual healing», Marvin Gaye

La vida sexual del tomate seco

Adriana se fue de la Cafetería Santander perjudicadita. Mucha cerveza para un cuerpo tan chiquitito y demasiada conversación sobre cosas que, en realidad, le preocupaban un poco. Porque, por más que se defendiera con uñas y dientes, era la primera que se preguntaba si tanta apatía sexual sería normal.

La cosa no era novedad. Nunca se había sentido presa de las hormonas o con un calentón de narices. Bueno, eso último sí, porque era humana y de vez en cuando se alineaban los astros y tenía ganas de un asalto sexual. Y Julián, su marido, encantado, claro. Porque él también se quejaba, entre bromas para quitarle importancia, de que les hacía falta más sal.

Estaba frustrada, la verdad. Le cabreaba no sentirse parte de la conversación cuando Jimena y yo comentábamos, como dos camioneros, cómo nos ponía el último videoclip de Maluma o la visión de un tío bueno en traje bajando de una moto. Se sentía rara, como un perro verde, porque ella podía ver el vídeo de Maluma sin que pasara nada que no fuera que se le pegase la melodía y se pasase tres días tarareándola y al tío bueno en traje siempre le encontraba algún defecto.

Julián era guapo. El más guapo del mundo para ella. Tan magnético le pareció cuando lo conoció, que no se preguntó nada más. Ni sobre ella ni sobre el nosotros que serían en poco tiempo. Él le sacaba seis años y cuando le preguntó si quería casarse antes de irse a vivir juntos o si le daba igual, se dijo que había encontrado al hombre de su vida, para el que nada era tortuoso ni complicado. Tenían la relación perfecta… si no fuera por el problemilla de desequilibrio en sus apetitos sexuales.

Julián, alto, fibroso, de sonrisa gamberra, pelo oscuro y ojos claros, era un fiera. Como ella se empeñaba en decir, era un «trapecista del sexo». Siempre tenía ganas de probar algo nuevo: hacerlo en sitios públicos, comprar algún juguete, una postura nueva…, y ella…, pse. Adriana se hacía la remolona y luego se dejaba llevar pero siempre con la misma conclusión: el sexo estaba completamente sobrevalorado. Eso o ella iba con alguna tarita de fábrica que le hacía disfrutarlo menos. A lo mejor tenía que esforzarse más. O a lo mejor todo el mundo exageraba y nadie hablaba con honestidad.

Cuando entró en casa arrastrando los pies, se encontró a Julián tirado en el sofá viendo una película, pero se incorporó cuando la vio entrar.

—¿Qué tal las cervezas? ¿Vienes pedo como una rata?

—Algo así.

—¿Has cenado? Hay sobras en el microondas.

Pasó de las sobras, del microondas, de la cocina y de todo. No estaba para salchichas recalentadas…, nunca mejor dicho. Se dejó caer a su lado y se quedó mirándolo fijamente. Él sonrió.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

—Por nada.

—¿Qué pasa? —insistió Julián con una sonrisa.

Adri se acercó un poco más a él, tanto que podía ver cómo nacía la barba de tres días de su piel también pálida. Si tenían hijos, serían la familia que más protector solar consumiría del mundo. Quizá hasta ponían una placa en la fábrica en su honor.

—Adri… —volvió a llamar su atención.

—¿Quieres que follemos en el balcón?

—Mejor bajamos a la calle y lo hacemos en la parada del Circular. —Adriana lo miró sorprendida y él cambió el tono de voz a uno mucho más agudo—. Pero ¿¡qué dices, loca!?

—¡Oye! ¡Me había creído lo de la parada de autobús!

—¿Quieres? —le preguntó él.

—¡No!

—¿Y a qué viene lo del balcón?

Adri hizo una mueca y un puchero de frustración. Iba a dejarse de tonterías.

—¿Crees que tengo el mismo apetito sexual que un tomate seco?

Julián lanzó una carcajada, escudriñó su cara intentando averiguar si iba en serio y cuando vio que ella no se reía, le pasó el brazo por encima del hombro y la acercó a él.

—Eso viene de Jimena seguro.

—Sí, ha sido Jimena, pero contéstame.

—No puedes dar crédito a todo lo que te diga. ¡Cree que la única manera de volver a enamorarse es que su novio de dieciséis años muerto se reencarne en otra persona!

—No es exactamente así. Y no me has contestado. ¿Tengo el mismo apetito sexual que un tomate seco?

—No. —Pero puso boquita de piñón después de contestar.

—¿No?

—No. —Suspiró, viendo la necesidad de matizar su respuesta—. A ver…, no eres una loba, pero…, no sé, yo creo que… se nos da bien, ¿no?

—Sí. —Miró la alfombra y jugueteó con sus zapatillas peinando el tejido de esta—. Pero a ti mejor que a mí.

—Siempre hay una parte en la pareja más sexual que la otra. En todas las parejas, me refiero. Y a veces va por épocas.

—¿Crees que estoy pasando por una fase asexual de veintinueve años?

—A lo mejor al cumplir los treinta emerges como una diosa del sexo.

Adri le dio un puñetazo en el costado que lo hizo estallar en carcajadas.

—Pero ¡no te cabrees! —Se descojonó.

—¡Yo también quiero ser una diosa del sexo! ¡Es superfrustrante!

—¿Qué es frustrante?

—Pues…, eso.

—¿Y qué es «eso»?

—¡Julián, cojones, no hagas de psicólogo conmigo, por favor! Déjate el trabajo fuera de nuestras discusiones.

—¿Esto es una discusión? Esto es una pareja hablando. Venga. Cuéntamelo. No voy a psicoanalizarte. Solo quiero que mi mujer se sienta mejor.

Se quedó mirándolo con la boquita torcida y expresión de disgusto. No podía decirle mucho más. Abrirse del todo en cuanto al tema podía dejar a Julián con la sensación de que no conseguía hacerla disfrutar, y esa no era la verdad. Es que… estaba harta de pensar que era rara. No podía ser que algo que movía el mundo como el sexo lo hacía, fuera para ella poco más que un trámite. Disfrutaba, sí, pero también lo hacía echándose unas risas en una cena.

—Me frustra que en mi ranking de prioridades el sexo esté tan abajo. Y sentirme tan poco hábil.

—Pero, Adri, cariño… —contestó él con aire condescendiente—. Cada uno tiene las prioridades que tiene y… si eso supusiera un problema para mí, pues oye, tendríamos que hablarlo, pero, al final, nos coordinamos bien.

—¿Sí? ¿Tú crees?

—Claro. —Una sonrisa gamberra y de lado se dibujó en su cara—. Me encantas. Me río contigo como no me río con nadie más. Me encanta tu pelo y… tus tetitas.

Ella puso los ojos en blanco mientras una sonrisa tiraba de sus labios y Julián la agarró de la cintura y la llevó hasta su regazo.

—Me encanta ver cómo te apasiona tu trabajo. Eres la mejor vendedora de vestidos de novia de España. ¿Qué digo? ¿De España? ¡No! Del mundo. Eres la mejor y te flipa hacerlo —siguió diciendo—. Y me encanta cuando vienes a casa y me ofreces hacerlo en el balcón porque eres la pirada más guapa que he conocido en mi vida y te quiero.

Le dio un beso en los labios y le sonrió.

—¿Más tranquila?

—Puede.

—Podemos hacer terapia de choque si quieres. Igual te hace sentir mejor.

—¿Qué tipo de terapia?

—¿Follamos como animales un rato?

Adri se echó a reír y Julián lo hizo también, pero con una mano en el culo de su mujer y la nariz navegando por los mechones de su pelo, intentando llegar hasta el cuello.

—Lo digo en serio —le susurró.

—Lo sé. ¿Alfombra?

—Rasca —se burló él—. Se me pelan las rodillas.

—¿Entonces?

—¿Y si cedemos a un clásico?

Julián medía un metro ochenta y Adri no pesaría mucho más de cincuenta kilos, por lo que no le costó levantarla al vuelo cuando se incorporó.

Cuando llegaron a la cama, él ya tenía el pantalón desabrochado y estaba tratando de entrar en ella. Si en algo estaban de acuerdo es que les gustaba el sexo…, uhm…, duro. No se deshacían en caricias ni besos y tampoco les gustaban demasiado los preliminares. Se desnudaban y se ponían manos a la obra. A Adriana le gustaba cómo Julián entraba en ella cuando aún no estaba húmeda del todo porque era la única forma de sentirlo con intensidad. La brutalidad de los empellones dentro de ella y sus dedos clavados en la piel de él hasta hacerle heridas.

—Más fuerte —gimió.

—Voy a hacerte daño.

—Más fuerte.

Él dobló la intensidad y fuerza de las penetraciones y Adri… se dejó. Con la mente en blanco, con toda la atención puesta en su sexo, concentrada en disfrutar…, como quien tiene cinco minutos extra en la ducha y quiere masturbarse con diligencia.

Como siempre con Julián, antes de terminar, cambiaron al menos dos veces de postura y al correrse, él dejó en el aire un gemido grave y masculino que ella aspiró en el más profundo silencio.

Pues ya estaba. Hecho. Doble tic en la tarea de intimar con su marido y correrse. ¿Cuál sería la frecuencia normal? ¿Una vez a la semana? ¿Dos? Quizá debía preguntárnoslo. O no. Sin necesidad de preguntar nada a nadie, fue consciente de estar haciéndolo otra vez: teorizar el sexo en lugar de disfrutarlo. Como siempre… no había estado mal. Pero ¿de dónde salía todo aquel revuelo? No era para tanto. Una comezón que se eliminaba con placer si rascabas, como una pequeña picadura de mosquito. Pero… sin más.

Miró al techo y suspiró escuchando a Julián farfullar. «Qué bueno». «Tenemos que hacerlo más». «Qué gusto, por Dios». Y ella allí, dándose cuenta de que tenía que desmontar la lámpara del techo para quitar la capa de polvo y mosquitos muertos que se acumulaban en el plafón. Pero… ¿por qué no se quitaba de encima la sensación de mediocridad después de hacerlo? ¿Y si para Julián no era suficiente, pero era incapaz de decírselo por no dañarla?

Cuando Julián se levantó completamente desnudo para ir al baño, Adri recuperó la ropa interior y pensó que, le gustase o no, tenía que hacer algo. Algo nuevo. Algo grande. Y esta vez no pensaba teorizar.

FuimosCanciones-5.xhtml

4. «Tattoo», Jason Derulo

Entre el estudio de tatuajes y el Más Allá

Pipa entró en nuestra oficina con unas enormes gafas de sol de Prada que yo misma había ido a comprarle unos días antes, cuando olvidó coger las suyas de casa. Diría que eran fabulosas, pero no soy de esas personas que usan dicho término. Pero lo eran, que conste. En los dos años que llevaba trabajando para ella había aprendido el mínimo que no sabía sobre estilo cuando empecé y, además de poder trabajar con más soltura hablando sobre prendas, shootings y campañas de publicidad en redes sociales, había aplicado algo sobre mi propia persona, pero nunca llegaría al nivel de mi jefa. Creo que por eso me contrató, porque sabía que esta chica morena, bajita, con pecho pequeño, ojos demasiado grandes, pelo moreno y propensión a las ojeras, nunca le haría sombra. Soy coqueta, pero a veces ni siquiera me echo maquillaje. Mi madre me enseñó que el minimalismo puede ser sinónimo de estilo y siendo tan pequeña como soy…, nunca me vi demasiado bien recargada. Sin embargo, Pipa podía permitirse ponerse encima todo Bollywood si quería. Siempre estaba absolutamente perfecta. Era una puta diosa. La típica chica tan guapa, estilosa y forrada de pasta que solo puedes odiar en silencio. Pero no le tenía manía por ello, es que además, aunque tratara de disimularlo, era odiosa. No por ser guapa, eh. Eran conceptos independientes. Jimena siempre me pareció de una belleza apabullante y era más maja que las pesetas. Y rara. Pero no estamos hablando de eso.

Se quitó las gafas de sol frente a mi mesa, mientras yo revisaba entre mis papeles el programa para el viaje que tendríamos la semana siguiente a Milán. Antes de todas nuestras salidas por trabajo, Pipa exigía un dosier donde se explicase cada paso que fuéramos a dar y toda la información pormenorizada…, cosa que no me parecería mal si no fuera porque al final el programa servía como posavasos y nada más. Se la sudaba un mundo. Y yo, además, nunca conseguía cumplir porque sus «ideas de última hora» convertían el viaje en una especie de concurso a lo Humor Amarillo.

Y en ello estaba cuando se paró frente a mi mesa y me clavó la mirada.

—Qué desastre —murmuró.

—Lo sé. Tengo la mesa un poco desordenada. Pero es el despunte de caos antes del orden —intenté sonreírle.

—Me refería a tu cara. ¿No te has maquillado?

Me mordí el labio superior con saña para no contestarle. Llevaba mi pintalabios intacto (porque me lo había retocado hacía un segundo, después de tomar café) y en un alarde de buenas intenciones hacia mi cara de muerta, me apliqué rímel antes de salir de casa. Me había visto favorecida al mirarme en el espejo a pesar de la resaca, pero estaba visto que me equivocaba. Me imaginé volcando la mesa al más puro estilo western, pero levanté la mirada hacia ella, dócil.

Aunque al principio de nuestra relación profesional Pipa jugó a ser mi amiga, hacía ya mucho tiempo que parecía que yo no le interesaba más de lo que lo hacía la chica que planchaba sus camisas de Ermenegildo Zegna, así que no iba a contarle que no había pegado ojo por culpa de todo lo que había desencadenado volver a ver a Leo. A Leo con Raquel. Me hubiera encantado, que conste. Que se sentase a mi lado, nos tomáramos un cappuccino juntas y compartiéramos algo cuqui, como unos macarons, mientras nos dábamos un descanso y hablábamos de hombres; pero ella no comía, yo no tenía permitido tomarme un descanso y no era de esas personas dignas de tu confianza. Ya le conté algo sobre él cuando fingía que era mi amiga y no quería darle más información con la que pudiera martirizarme después, como la experiencia me decía que terminaría haciendo.

—He pasado mala noche —me excusé.

—Ya. Se nota. Te he dicho mil veces que deberías tener en tu mesa un kit de maquillaje. Y deberías cuidarte la piel, Macarena. No vas a tener veinte años toda la vida.

—Tengo casi treinta.

Me miró como si no me entendiese, supongo que porque: a) no le interesaba lo más mínimo mi edad y b) no comprendía que alguien no se restase años. Me toqué la mejilla disimuladamente. Estaba suave e hidratada, pero… desnuda. ¿Tendría que empezar a aplicarme fondo de maquillaje a diario?

—¿Qué tal la fiesta? —Cambié de tema.

—Fabulosa. —Ella sí era de esas personas que dicen «fabulosa», claro—. Llama a la community manager de Möet y que te pase todas las fotos que hicieron, ¿vale? Elige las mejores, pásamelas para que les dé el ok y escribe algo para el blog.

—¿Meto también información sobre el look y el maquillaje y peluquería?

—El look, sí. El maquillaje y la peluquería, no.

—Pero te lo hicieron gratis… —le recordé.

—Esa mención en mis redes cuesta ochocientos euros. No voy a regalarles publicidad por un semirecogido y un poco de pintalabios.

¿Un poco de pintalabios? Por el amor de Dios. ¡Si hasta le pusieron una mascarilla con oro de 24 quilates! Probablemente la hora de desmaquillarse fue como emprender la tarea de restaurar una obra del Renacimiento.

—¿Y si los menciono en un stories de Instagram? —le propuse con las cejitas levantadas, segura de que era una gran idea.

—¿Qué tal si velas por los intereses económicos de la persona que te paga?

Me callé. Ya me tocaría lidiar con ellos para dar explicaciones…

—Oh… —se quejó al dejarse caer en su mesa y encender un ordenador que solo iba a usar para hacer «cosas cuquis»—. Tía, qué mala cara tengo. Qué mal me sienta trasnochar.

Le eché un vistazo, allá, reclinada en su cómoda silla de mil euros, peinada y maquillada como una estrella de cine, tan guapa que se merecía que la matase haciéndole tragar todo mi bote de clips.

—No digas tonterías —murmuré.

—Yo NUNCA digo tonterías.

«Coge aire. Suelta el aire. Despacio. Calma. Estás bien pagada. Tienes seguro privado. Viajas mucho. Estás haciendo muchos contactos. Si todo el mundo considera que tienes un trabajo genial… será porque es genial y tú un poquito negada para verlo. En un momento dado conocerás a alguien en una fiesta que necesitará a una persona con tu formación y experiencia como gestora de eventos, community manager, personal assistant y te dará un trabajo serio. Y un abrazo. Eso también lo necesitas».

—Maca…, ¿puedes ir a buscarme un zumo? Estoy seca.

«Seca te dejaba yo de un zapatazo».

Estuve a punto de sonrojarme por la violencia de mi pensamiento. Juro que me vi a mí misma asestándole zapatazos.

—Claro. Dame un segundo que termine de repasar esto.

—Por supuesto. Total, ¿qué más da que me dé una lipotimia mientras espero?

Cogí el ratón con tanta fuerza que temí clavármelo en la palma de la mano. Respiré hondo de nuevo y recordé que debía convencerla para salir al menos a las siete y media. No iba a tener el atrevimiento de pedir salir a mi hora oficial (las seis de la tarde) para poder tomarme un vino con las chicas antes de nuestra cita, pero al menos… no perdérmela. No era un plan improvisado como las cervezas de la tarde anterior. Habíamos pedido cita en aquel estudio de tatuajes hacía un par de meses y estábamos muy ilusionadas con poder hacer aquello juntas por segunda vez. Esta vez me había tocado a mí elegir el dibujo. La siguiente sería Jimena y, con ella, se cerraría la ronda.

—Voy a por tu zumo. —Me puse en pie—. Por cierto…, no sé si te acuerdas pero a las ocho tengo cita con mis amigas para hacernos un tatuaje…

—Me acuerdo. —Se colocó sus gafas de Pucci preciosas y carísimas que no necesitaba y me miró con una sonrisa—. No te preocupes, Maca. Sé que es importante. Estarás allí a las ocho en punto.

Cuando bajaba en el ascensor del señorial edificio de más de cien años de antigüedad, donde Pipa tenía alquilada nuestra oficina, me reprendí por mi actitud con ella. Nos iba bien juntas. No era mala chica…, a lo mejor lo que tenía era envidia de ella y su vida de cine.

A las ocho y veinte mis tacones repiqueteaban sobre la acera con un sonido de precipitación. Llegaba tarde… para no variar. En los últimos dos años llegaba tarde a todas partes para mi total horror y nunca exactamente por mi culpa. Había terminado mis tareas del día a buena hora y había recogido y apagado el ordenador cuando tenía que hacerlo para llegar a tiempo donde había quedado con las chicas, pero Pipa necesitó que revisara con ella algunas cosas que «no había encontrado tiempo para mirar antes». Para echar un vistazo al Instagram del resto de influencers, sí, claro. Para el programa del viaje, no. Me hubiera gustado preguntarle qué coño había hecho mientras yo actualizaba su blog, mandaba propuestas económicas a varias marcas, colgaba sus últimos looks en 21 Buttons, publicaba algo ingenioso en sus demás redes sociales y cerraba los flecos de lo de Milán, donde iba a tener más citas que la Reina de Inglaterra en un viaje oficial. De lo único personal que había tenido tiempo yo, fue de mandar un mensaje a Coque preguntándole qué tal el día y cuándo quedábamos para «tomar algo» o «ver una peli»…, mensaje que, cuando llegué jadeante al lugar donde había quedado con las chicas, aún no había respondido, como el de la noche anterior. As usual…

—Y recién salida del infierno tenemos a la tercera concursante…, ¡Macarena! —se burló Jimena cuando me vio aparecer—. Dinos, Macarena, ¿qué tipo de tortura medieval has experimentado hoy en tu trabajo? Porque tienes una pinta terrible.

—Todas, incluyendo la bola de acero candente en el recto.

—¿Eso existía? —preguntó asqueada Adriana.

—No sé, pero es justo como me hace sentir Pipa. ¿Entramos? Nos van a cerrar.

—¡¡Ay, Dios!! ¡¡Vamos a hacerlo!! ¡Otra vez! —gritó Jimena emocionada.

—¿Cuántos vinos os habéis tomado?

—Tres por cabeza. Vamos a sangrar como cerdas.

—¿Por? —pregunté confusa.

—El alcohol tiene cierto efecto anticoagulante. Lo hemos buscado por Internet.

Yo también quería sangrar como una cerda con ellas.

—Odio estar sobria. Y a Pipa —me recordé en voz alta.

—Sobre todo cuando estás a punto de tatuarte, ¿no?

—Sobre todo.

Adriana abrió teatralmente la puerta del estudio y Jimena entró como salen los niños del colegio.

—¡Cuánto ímpetu! —exclamé.

—Lo tiene todo ella. Yo no estoy segura de querer hacer esto —lloriqueó Adriana—. He estado a punto de rajarme cinco veces del bar a aquí.

—Pero si no duele…

—¿Y si me arrepiento mañana? Los tatuajes se borran fatal…

Entré ignorándola. No había tenido tantas dudas cuando impuso su diseño en nuestro primer tatuaje. Todas llevábamos un triángulo equilátero en el costado y ahora añadiríamos un pequeño corazón en un lateral de nuestras muñecas. Nos llaman riesgo.

—Entra, cobarde —le pedí.

—¡¡Qué emoción!! —Escuchamos decir a Jimena, que se adentraba sin permiso de nadie en el pasillo que llevaba hasta las cabinas.

—Retén a esa loca —me pidió Adriana.

—Retenla tú, que a mí me da ardor —respondí.

—A mí no me hace ni puto caso —se quejó—. Es una tarea para Maca, la mujer que susurraba a las dementes.

Resoplé.

—Toma mi DNI, empieza con el papeleo. ¡Y no escapes! —Me giré hacia el pasillo—. ¡Jime! ¡¿Puedes esperar un segundo?!

La chica de la recepción nos fulminó con la mirada y, disculpándome a media voz, salí escopeteada detrás para retenerla.

—¡Jime! —la llamé en un susurro.

Escuché su risita mientras aceleraba el paso y se escaqueaba, pero se tropezó con sus propios pies y pude retenerla por el codo antes de que embistiera una puerta con la cabeza.

—Tú estás tarada —le reproché.

—¿¡Por qué!? —se quejó.

—Sal, tenemos que rellenar la hoja.

—Que la rellene Adri. Yo quiero echar un vistazo para ver si encuentro algo que inspire nuestro siguiente tatuaje.

Miré a un lado, donde la fotografía enmarcada de una espalda mostraba un tatuaje que representaba un dragón horrendo que vomitaba fuego.

—Sal de aquí. Ya.

—Pues un dragón japonés mola que te cagas —dijo en una especie de trance hipnótico.

—Tú estás loca del higo.

—Lo digo completamente en serio. Es sexi. —Me lanzó una mirada que quería ser seductora pero que le dejó con cara de estar sospechando algo.

—En eso ya no te apoyo.

—Lo haré yo sola. Y molaré más que vosotras.

—Seguro. Pues ale, sal a ver si tienen catálogos de dragones japoneses o tigres rampantes.

Estaba a punto de arrastrarla hacia la recepción cuando una puerta se abrió y el chico que nos tatuó unos meses antes salió del cubículo. Diría que se sorprendió al vernos, pero… reconoció a Jimena al instante. Nuestra anterior visita había sido… amena.

—¡Por Dios, niña! ¿Estáis tan impacientes que no sois capaces de esperar fuera? —se burló—. Fuera… ¡venga!

—Jime, venga, ya le has oído.

¿Oído? Jimena no había escuchado nada. Allá donde estaba, los sonidos llegaban probablemente amortiguados por los latidos de su corazón que, entre emocionado y consternado, haría más ruido que un martillo hidráulico. Seguí sus ojos abiertos de par en par hasta el interior de la cabina, donde un chico se abrochaba una camisa a cuadros con la mirada fija en Jimena y un rictus que no se parecía en nada a una sonrisa. Aunque, ¿por qué llamarle «chico» si podía decir «pedazo de macho»? Alto, pelo agradecido, castaño y algo greñudo, barba, expresión de intenso y pinta de preocuparse por la moda exactamente igual que yo de la polinización. En resumen: el prototipo exacto de hombre que volvía loca a Jimena…, al menos durante un par de meses, antes de que decidiera que Santi, desde el Más Allá, le lanzaba señales para que lo dejara. Casi podía notar las glándulas salivares de Jimena en un estallido de actividad.

—Dios nos ampare —musité.

—Hola —lo saludó con una sonrisa dulce, esa que solamente ella sabe fingir—. ¿Qué tal?

—Bien.

—Ya lo veo. —Tiré de su brazo disimuladamente, pero se zafó—. Quiero decir… que ya has terminado, ¿no?

—Sí.

—¿Qué te has tatuado?

Su ceño se frunció un poco más y temí que le arrancara la cabeza con la mirada.

—Jime, eso es privado —la reñí.

—Ah —asintió aparentemente arrepentida—. Es verdad. Lo siento. ¿Quieres que entre y cierre la puerta?

—Sal de aquí…, YA —la instó el tatuador.

El desconocido cogió una bolsa de mano desgastada de piel y disimuló la sonrisa que la desvergüenza de Jimena le había dibujado.

—No te preocupes. Yo ya me voy. Gracias, tío. —Chocó la mano brevemente con el tatuador, y Jimena y yo nos apartamos del vano para que saliera. Era… muy grande.

—Gracias a ti, Samuel.

Jimena le siguió con la mirada hasta que él giró el codo del pasillo y se despidió con un alzamiento de cejas. Después, se llevó la mano al pecho.

—DIOS MÍO DE MI VIDA Y DE MI CORAZÓN.

—Jimena, eres lo peor —me quejé—. Qué vergüenza.

—¿Qué vergüenza ni que tío en la Habana? ¿Tú has visto eso?

—¿El qué? —preguntó Adriana, que se acercaba a nosotras con un corazoncito impreso en un folio.

—¡¡Al tío que acaba de salir!!

—Sí. ¿Qué pasa?

—¿Es que no tienes ojos en la cara?

—Dos. —Se señaló sus enormes ojos de gata con una sonrisa—. Como los tuyos, pero menos saltones.

—Hija de la gran puta, me dan igual tus insultos. Ese tío es…

«Un dios», «el tío más bueno que he visto nunca», «el futuro padre de mi centenar de hijos imaginarios», «mi próxima conquista», «el dueño del nombre que gritaré cuando me corra durante el resto de mi vida», «testosterona con piernas»… Había muchas posibilidades…

—… la viva imagen de Santiago si hubiera cumplido los treinta.

¿Ves? Esa no la esperaba.

FuimosCanciones-6.xhtml

5. «Maps», Maroon 5

Un puñado de problemas y una botella de vino

—Y una botella de vino… ¿Tienes «El novio perfecto»? Si no tengo uno, al menos puedo bebérmelo.

Adriana y yo nos tapamos la cara con la carta cerrada de My Veg, el restaurante en el que solíamos acabar cuando nos movíamos por aquella zona. El camarero sonrió mientras tomaba nota.

—Vale. Entonces… las alcachofas fritas, la coca con huevo, el tartar de salmón y una botellita de «El novio perfecto».

—Y una botella de agua fría —pedí detrás de la carta.

Las dos me miraron amenazantes y yo me asomé para aclarar la situación.

—Si bebes un poco de agua entre copa y copa se supone que tienes menos resaca.

—Como esta noche Jimena y yo terminemos como un maldito koala y tú sobria, te rajo y te relleno con tampones —amenazó en voz baja Adriana, mientras sonreía como una sádica.

—Te preguntaría qué coño pinta un koala en esa frase, pero me lo voy a ahorrar porque seguro que surge alguna teoría con la que argumentarlo —le respondí antes de volverme hacia el camarero y pedirle—: No nos escupas en la comida por raras, por favor.

—Nunca. Pero igual transcribo vuestras conversaciones y las publico anónimamente en Twitter.

El camarero recogió las cartas y se marchó. Adriana y Jimena frente a mí apoyaron sus coditos en la mesa y se miraron satisfechas el tatuaje cubierto por un pedacito de papel film. Yo eché un vistazo a mi móvil, que seguía sin tener noticias de Coque, y tras un suspiro, llamé la atención de mis amigas.

—Chicas…

—¿Qué? —respondieron sin mirarme a la vez.

—Ehm…, yo… tengo que contaros una cosa.

Levantaron la mirada hasta mí despacio y con cautela.

—Ese tono no me gusta nada —anunció Adri.

—¿Qué pasa? ¿Quién se ha muerto? —Y Jimena se llevó dramáticamente la mano hasta la garganta.

—Nada, nada grave, de verdad. Nadie ha muerto.

—Santi, sí, tía, hace catorce años. Muy fuerte —dijo consternada Jime—. Te juro que aún me cuesta creerlo.

Apoyé la frente en el plato frío y vacío un segundo armándome de paciencia.

—Anoche… —Me incorporé, me quité el pelo de la cara y suspiré—. Vi a Leo.

Silencio. Los ojos verdes de Jimena buscando los pardos de Adriana. Mi saliva bajó espesa por mi garganta.

—Cómo tarda el puto vino, ¿no? —me quejé.

—Concreta un poco más. Viste a Leo… ¿por Facebook?

—¿Por Facebook, Jimena? —pregunté indignada—. Lo vi sentado en una puta terraza de la plaza de Santa Bárbara, allí, con todo su cuajo.

—¿Y no crees que el hecho de encontrarte al cuatro veces campeón mundial en romperte el corazón es un tema para tratarlo al principio de la tarde y no dos horas después? —preguntó Adri alucinada.

—Igual hasta merece una llamada en plena madrugada —insistió Jimena.

—Pues me habría venido genial porque —resoplé—… estaba sentado tomando algo con Raquel, la colega de Pipa que me cae bien, y… no he pegado ojo dándole vueltas a… qué hace aquí y por qué estaba con ella.

—¿Con quién dices que estaba? —preguntó Adriana.

—Con Raquel. La del blog Cajón desastre. Una tía con un pelo precioso, brillante…, de las de anuncio de Pantene. Muy guapa. Estilazo. Cultísima. Más maja que las pesetas.

—Gracias por la puntualización, Jimena —agradecí de mala gana.

—Da igual con quién esté, Maca —sentenció muy seria Adri—. Te conocí justo después de romper con él y eras una bolsa de basura de tamaño comunidad con restos humanos. No hagas el gilipollas. Digo yo que con cuatro versiones de lo vuestro tenéis suficiente.

—No he dicho que quiera llamarle ni nada…, ni a él ni a Raquel para ver qué… — carraspeé—, qué relación les une.

—Quizá era una reunión profesional.

—Entre un especialista en literatura del siglo XIX y una blogger de moda y lifestyle…, claro.

—Da igual lo que fuera. Es Leo. Su sola imagen provoca en ti la muerte de cientos de miles de neuronas encargadas de la salud emocional —apuntó Jimena esta vez.

Rebufé.

—Que lo viera no significa nada más que…, que está en Madrid. No sé si de paso o no, pero no pienso averiguarlo.

—¿Él te vio? —consultó Adri.

—Sí —asentí.

—¿Y?

—Nos saludamos.

—¿¡¡Y!!? —respondieron las dos al unísono.

—Pues puso esa cara suya.

—¿Qué cara? —preguntó Adri, que solo había visto un par de fotos de él antes de que decidiéramos quemarlas en un aquelarre años atrás.

—Creo que se refiere a una que ponía siempre como de «intenso y sexi». Es muy guapo, el muy hijo de puta —dijo Jimena—. Lo que más me gustaba de él eran esos hoyuelos casi verticales que le salían en las mejillas cuando sonreía. Qué tío…, diabólicamente guapo. Esa es la verdad.

—Para. Por favor —pedí—. La cuestión es que…, bueno, que no quiero hablar más del tema y que no pasa nada. He pasado mala noche y tal, pero porque remueve un poco encontrarte con…, con «el que no debe ser nombrado». Quería contároslo, pero ya está.

—¿Y no vas a preguntarle a Raquel?

—No. Está superadísimo.

—Mentirosa —rumió Jimena.

—A lo mejor le pregunto. Pero… por curiosidad, no por nada más. Es una cosa anecdótica. Mi ex está con otra…, ya ves tú qué cosa.

—Pero es tu EX —dijo Adri dándole énfasis a la palabra— y esa otra… es colega tuya.

—Me cae bien, sí —asentí mientras me miraba el anillo antiguo que llevaba adornando uno de mis dedos.

—¿Eso no te… cabrea?

Levanté la mirada y negué con la cabeza.

—Eso no. Me cabrea él. Él y su cara de no haber roto un plato en la vida, de tío legal y elegante… cuando es un psicópata sin emociones.

—Quizá deberías avisar a esa Raquel —musitó de nuevo Adriana.

—Yo ahí no me meto. No se me ha perdido nada.

—Ya veremos —murmuró Jimena mirándose las uñas pintadas de negro—. Pero entiendo que quieras dejarlo aquí. Ya está. Eso sí…, déjame decir una cosa ahora. Y luego ya me callo para siempre.

—Adelante —Le di paso con un ademán.

—Leo… nunca ha sido un mal tío. Ni un cabronazo.

—¿Perdona? —le pregunté con un gallito en la voz.

—No, Maca… El final de lo vuestro fue horrible, lo admito, y no lo hizo bien, pero que algo no salga bien con alguien no lo convierte inmediatamente en un cerdo, lo que tampoco significa que sea bueno para ti. Ni tú buena para él. Quédate con eso. Sus doce mil encantos no son una mentira con la que hayas querido autoconvencerte de que merece ser querido. Lo merece…, pero por otra, porque sus pequeños defectos, a ti en concreto, te destrozan.

Puse los ojos en blanco. Jimena siempre había tenido cierta debilidad por Leo, porque se caían bien y, además, escribió una tesis doctoral sobre el suicidio por amor en la literatura durante los siglos XVIII y XIX. En algunas cosas estaban en sintonía.

—Me parece bien lo que dices y lo respeto. —Posé mi mano sobre el pecho en un ejercicio suprahumano de control de mis emociones…, lo que me apetecía era gritarle que no justificara a ese engreído, pero gritar tampoco era algo que se me diera bien siempre y cuando Leo no fuera partícipe—. Pero tendrás que respetar que a mí, la implicada, me parezca un psicópata.

—La implicada ahora es otra, cielo —apuntó cruelmente.

—Me la suda.

—Lo veo negro —añadió Adriana poco convencida.

—Como el sobaco de un grillo —afirmó Jimena mientras se miraba la muñeca, donde el corazoncito tatuado sangraba un poco bajo el film transparente—. Pero mirad qué bonito es nuestro tatuaje.

Todas nos miramos el nuestro con una sonrisa.

—Lo próximo, una daga sanguinolenta en el brazo —le dije.

—No le des ideas —terció Adriana.

Una cubitera apareció junto a la mesa y el camarero, sonriente, descorchó la botella de ese vino tan rico y en menos de nada llenó las copas que entrechocamos entre nosotras.

—Por nosotras —dije sonriente—. Quien no apoya no folla, quien no recorre no se corre y por la virgen de Guadalupe que si no foll…

—Oye, chicas —Adriana interrumpió nuestro clásico brindis—, antes de que estemos pedo y cualquier cosa nos parezca buena idea…, ¿puedo cambiar de tema?

—Por favor —supliqué.

—Es que… se me ha ocurrido una cosa para el regalo de aniversario, a ver qué os parece.

—¿Al final te decides por la pluma con la que puedas asesinar a tu cuñada en un futuro e inculpar a tu marido o por el paracaidismo? —consulté.

—Nah —negó—. Anoche estuve dándole vueltas… y son cinco años casados ya. Eso debería celebrarse como Dios manda, ¿no?

—¿Un viaje? —añadió Jimena sin soltar la copa—. ¿Adónde te ibas tú, Maca, la semana que viene con Pipa?

—A Milán.

—Qué trabajo tan duro tienes —frivolizó.

—Preferiría estar en mi casa quitándome pelos de las piernas con las pinzas de depilar mientras veo una serie y como cualquier cosa salida de una bolsa.

—Sí, sí…, lo de ir a la mina a picar es jodidísimo. Entonces, Adri, ¿un viaje?

—No. Más emocionante. A ver si lo adivináis.

—Conducción peligrosa en el Circuito del Jarama —dije yo.

—No.

—Puenting —añadió Jimena.

—No.

—Viaje con tu suegra. —Me reí.

—Eso no es emocionante…, es peligroso. Tampoco.

—Body painting.

—Qué ideas de mierda —se carcajeó.

—Un paseo en globo.

—¡¡¡Uhhh!!! —Agitó sus manitas—. ¡¡Qué emocionante, joder!! ¿Tienes un valium a mano? Creo que estoy teniendo palpitaciones.

—Eres idiota. —Me reí.

—¿Entonces? —insistió Jimena.

—¿No se os ocurre nada más?

—Sí. Un piercing en el ciruelo —se descojonó.

—O un trío.

Jimena y yo nos echamos a reír a carcajadas como dos idiotas…, pero Adriana no. Cerré la boca y la miré asustada.

—¿¡Qué!? —exclamé.

—Un trío —asintió ella tan pichi—. Minipunto para ti.

—Estás de coña.

—¿Me ves cara de estar de coña? —Se señaló la carita con un dedo.

No parecía estar de coña, pero con ella nunca se sabía.

—Adri, estás de coña —insistí.

—Maca, por Dios. Claro que está de coña. Te está tomando el pelo como una campeona.

—¿Ah, sí, listilla? ¿Y eso? —preguntó Adriana indignada.

—Pues porque tienes el mismo apetito sexual que este pan. —Desenvolvió la porción de pan del papel de estraza donde suelen servirlo en My Veg y lo olió—. ¿Será de centeno? El de centeno no me termina de gustar. Tiene regusto amargo.

—Es integral. Y tienes la misma gracia que un calcetín.

—Adri… —Me incliné sobre la mesa—. ¿En serio me estás diciendo que le quieres regalar a tu marido un trío?

—Sí —asintió poniendo morritos—. No se me ocurre algo que fuera a gustarle más.

Jimena le dio un bocado al pan y se la quedó mirando unos segundos con cara de sospecha.

—Estás vacilándonos.

—Pues no. Estoy hablando en serio.

—Estás loca —sentencié abriendo el paquetito con mi pan y pellizcando un trozo—. Pero loca, loca, loca…

—¿Por qué?

—¿No decías ayer que…? —apuntó Jimena.

—¡Por eso mismo!

—¿Con otro tío o con una tía? —pregunté yo.

—¿Te imaginas a Julián haciendo duelo de espadas con otro tío? —Arqueó sus cejas pelirrojas—. Eso terminaría fatal. Con una tía.

—Hostias, está hablando en serio —me anunció Jimena con mil restos de pan baboseado en la boca.

—Pero…

—Pero ¿qué? ¡Por Dios! ¡Qué mojigatas sois! —se quejó Adriana.

—¿No te pone celosa imaginarlo con otra?

—¿A mí? No —negó con vehemencia—. Y creo que nos vendría fenomenal para avivar nuestra vida sexual, la verdad. Porque él es como…

—Un acróbata del Circo del Sol del sexo —terminamos de decir por ella las dos a coro.

—Exacto. Y yo… me quedé en primero de misionero.

—¿Tú te lo has pensado bien? —pregunté.

—¡Claro que no se lo ha pensado bien! ¡Estás delirando, maricona! —exclamó Jimena—. ¡Un trío, dice la tía loca!

—¡¡Baja la voz!! Una cosa es que quiera hacer un trío y otra que se entere toda la puta Malasaña.

—Pero a ver… —Apoyé mi frente en mis dedos y agradecí que estuvieran fríos—. Vas a regalarle un trío, vale. Me imagino que porque él ha comentado alguna vez que le pondría.

—Obvio.

—Ya…, pero ¿sabes que muchas fantasías son solo… fantasías?

—Maca, yo quiero a Julián con todo mi corazón, pero no es el tipo de tío que se rayaría por esto. ¡Es psicólogo, por Dios! No es como si…, no sé, como si fuéramos a joderlo todo por una noche loca. Es solo… como quien compra un vibrador y lo incorpora al juego.

—¡Pues cómprate un vibrador e incorpóralo al juego! —volvió a exclamar Jimena.

—Jime, come pan, hija —le pidió Adriana antes de meterle un trozo de miga en la boca—. Ya compré un vibrador. Y me aburro igual.

—Estoy empezando a pensar que nos han puesto peyote en el tatuaje o algo así —murmuré—. Escúchame… pero ¿tú no decías que el sexo está sobrevalorado y que te interesa lo justo para pasar el día?

—Sí —asintió—. Para mí sí. Para mí follar es como rascarse si te pica. O rascar al otro. Pero para Julián es importante. Y si algo me ha dejado claro el paso del tiempo es que las relaciones son una balanza de equilibrio, un toma y daca. Yo te rasco, tú me rascas.

—¿Y cómo has pasado de esa idea a la de incorporar otra mano que rasque?

—Pues asumiendo que no tengo las uñas lo suficientemente largas como para que a él deje de picarle de verdad.

Jimena tragó pan, suspiró y se metió de lleno en un monólogo sobre los peligros de un trío en una pareja: celos posteriores, arrepentimiento, intimidad profanada…, pero la corté cuando vi que Adriana empezaba a mostrarse realmente incómoda y afectada.

—Adri…, ¿te lo has pensado bien?

—¡Que sí!

—¿Has sopesado los pros y los contras? ¿Lo has consultado con la almohada? ¿Te has esforzado por imaginar gráficamente cómo será?

—Sí a todo, pesada. Además… no va a ser mañana mismo. Tendré que buscar con quién y…

—Pues entonces —miré a Jimena—, nada que decir. Punto en boca. Y todo nuestro apoyo, amiga.

—Yo flipo —se quejó Jimena—. Y luego soy yo la que tiene problemas mentales.

—Es mi cama, mi marido y mi… vida sexual. —Adriana se encogió de hombros—. Y la verdad no solo lo hago porque quiero a Julián, lo hago también por mí. Pienso probar todo lo que pueda antes de decidir que, efectivamente, soy una acelga de cintura para abajo.

Jimena fingió cerrarse la boca con una cremallera, pero… solo hasta que llegaron las alcachofas fritas con parmesano, que recibió con esta abierta de nuevo de par en par. Olían de miedo, pero no tanto como para dejar así el tema.

—Adri… —dije cogiendo el tenedor.

—¿Qué?

—¿Nos lo contarás todo?

—¿¡¡Por quién me tomas!!? ¡Pues claro!

Poco imaginábamos por aquel entonces lo muchísimo que tendríamos para contar en unas semanas…

FuimosCanciones-7.xhtml

6. «Hiding», Florence and The Machine

Oda a la resignación

Me gustan las mañanas de los sábados por lo mismo que le gustan a todos los mortales a los que no les toca currar el fin de semana: tiempo sin obligaciones para retozar en la cama y muchas horas de fin de semana aún por delante. Trabajar con Pipa, sin embargo, había oscurecido esa sensación y rara era la ocasión en la que disfrutaba del momento. Pipa tenía la capacidad de convertir hasta la mañana del sábado en un «ay» constante, porque no sabías cuándo narices te iba a llamar para pedirte polvos de cuerno de unicornio para mantenerse eternamente resplandeciente, por decir algo. Sin embargo, aquella mañana, el «ay» se quedó tan solo como queja de la luz que entraba por las rendijas de mi persiana y que iluminaba débilmente el dormitorio.

La cena del día anterior… se había alargado. Habían caído dos botellas de vino cenando, no porque estuviera muy bueno y nos apeteciera ponernos piripis para olvidar la rutina y las obligaciones, qué va, sino porque «teníamos muchas chorradas por las que brindar». A estas les siguieron unos chupitos de limoncello. El amable camarero cometió el error de dejar la botella en nuestra mesa y cuando volvió a por ella…, no quedaba. Fuimos después a tomar algo a las terrazas de la plaza de San Ildefonso…, y cayeron dos combinados: Jimena, gintonic, y Adri y yo, vodka con limón, como en los viejos tiempos. Resultado: terminamos en un garito digno de aparecer en la guía de los peores baños de Madrid cantando a gritos una canción de Los Planetas que nos sabíamos pichí pichá, cerveza en mano. Lo habíamos hecho bien. Lo de mezclar muchos tipos de alcohol de los que dan resaca…, me refiero.

Así que el hecho de que mi teléfono móvil estuviera vibrando constante y molesto sobre la mesita de noche, no me estaba haciendo gracia. Si le sumas que su vibración hacía que el platito de cerámica donde dejaba mis «alhajas» emitiera una suerte de tintineo, lo elevamos a la categoría de terrible. Ni siquiera pensé que podría ser Pipa a punto de exigir mi cabeza por no coger a la primera. Solo volví del mundo de los muertos, lo agarré sin cuidado y me lo coloqué en la oreja.

—¡¡¿Qué pasa?!! —respondí ronca.

—Perdona, pensaba que estaba llamando a Macarena, pero, bueno, al menos esta llamada está sirviendo para corroborar que el Yeti existe.

La voz de Coque me devolvió de golpe y porrazo a la realidad de la noche anterior. Le había dejado un mensaje bastante subido de tono en WhatsApp que… él no contestó. Y eso, querida, es humillante.

—Tengo resaca —me justifiqué—. Ayer bebí de todo menos agua y té.

—¡No me digas! Pero si en tu nota de voz de CUATRO MINUTOS sonabas de lo más sobria. —Me echó en cara con sorna.

—Bah, no te quejes tanto, Coque. ¿Quién va a creerse que TÚ, Coque Segarra, escuchaste una nota de voz de cuatro minutos? Yo no.

Oí una risa grave abrirse paso en su garganta y sonreí mientras me pasaba los dedos entre los mechones de pelo para aliviar el dolor de cabeza.

—¿Qué haces? —me preguntó.

—Estaba durmiendo.

—¿Te vienes a casa?

Miré la hora. Eran las doce… y Coque a las doce de un sábado solía estar durmiendo también.

—¿Qué haces despierto a estas horas?

—He tenido que acercarme al curro esta mañana para solucionar un envío —carraspeó—. Algunos trabajamos en cosas serias.

Me tocó el turno a mí de reírme. Llevaba un año y medio viéndome con Coque y aún no estaba demasiado segura de a qué se dedicaba exactamente. Sabía que tenía, junto a un colega, una empresa que había ideado una página web que servía de intermediaria para servicios de mensajería, pero ni él se había esforzado nunca por explicármelo bien ni yo había mostrado demasiado interés. Eso sí…, tampoco es que ellos hicieran girar el mundo en una dirección mejor.

—Ven a casa tú —le pedí—. Tengo resaquita.

—No voy a ir hasta tu casa ni de coña. Vives en el quinto coño.

Fruncí el ceño. Coque era muy mal hablado, tanto como solo pueden serlo los marineros de hace doscientos años o los pijos muy pijos que se sienten independizados de las fortunas de sus padres porque emprendieron un negocio propio… con el dinero de estos.

—Coque, vivo igual de lejos de ti que tú de mí. Siempre me toca ir a mí. Ven tú hoy, tengo resaca.

—Desde mi casa son quince transbordos.

—Diecisiete —me quejé de su exageración—. Coque, pilla la moto, que para algo la tienes.

Rumió algo ininteligible, pero enseguida intuí que había vuelto a olvidarse de poner gasolina y su scooter lo habría dejado tirado, con el consiguiente problemita en el motor. No ganaba para arreglos.

—Si no te apetece, tampoco pasa nada —me dijo enfurruñado—. Pensaba cocinar pasta con calabaza…, esa que te gusta. Después ver una peli en el sofá con una mantita comiendo chuches. Dormir la siesta…

Suspiré.

—Voy. Me ducho, me arreglo y salgo para allá.

—Te veo en un rato. —Iba a colgar cuando llamó mi atención de nuevo—. ¡Maca!

—Dime.

—¿Puedes pasar por el súper y pillar pasta, calabaza, nata y chuches?

Miré incrédula hacia el techo.

—¿Algo más? —le contesté con ironía.

—Sal. Y cervezas. Y si me traes un palo de escoba, te como a besos.

—¿Un palo de escoba?

—Ayer rompí el nuestro imitando a Gandalf y no sabes cómo está la casa. Temo por tu seguridad. No quiero que las pelusas de debajo de la cama te secuestren.

Coque tenía tres puntos fuertes en su haber. El primero entraba por los ojos…, era muy guapo…, guapo al estilo Kurt Cobain si este hubiera sido un niño de papá. Llevaba el pelo un poco largo, había experimentado con el look…, barba larga, bigote daliniano y perilla de chivo, y todo le sentaba bien al muy maldito. El segundo regalo que le hizo el cosmos era caer en gracia. Tenía un sentido del humor bastante infantil pero efectivo. Sabía cómo hacer que me riera aunque no me estuviera haciendo gracia y eso… debía admitírselo. Partir un palo de escoba mientras le gritas a un amigo en el pasillo «no puedes pasar», como si fuese el Balrog y tú el mago gris… es absurdo. Pero me parecía… ¿tierno? No sé la palabra, pero era sin duda perdonable.

La tercera de sus virtudes era mucho más… sexual. Follaba como un campeón, sabía hacer cosas con los dedos que no me explicaba y tenía un buen armamento…, recio, gordo…, de los que te hacen sentir vacía desde el punto de vista más físico, cuando ya no están dentro de ti.

Así que… puedo disfrazarlo como quiera, pero si me levanté de la cama y me dirigí a la ducha fue porque sus tres atributos equilibraban para mí la balanza que a otra chica le hubiera dejado clarísimo que era uno de esos tíos…, uno de esos que no se enamora y que solo quiere pasárselo bien. Uno de esos hacia los que nos sentimos irremediablemente atraídas. Pero a mí… me encantaba ese aire de rebelde sin causa y niño consentido y los pocos mimos que le arrancaba me sabían a miel.

Meses antes me hubiera cruzado con mi compañera de piso al salir hacia el baño. Tenía un radar, la muy maldita. En cuanto me escuchaba salir con prisa del dormitorio, aparecía con su albornoz con flores (que juraría haberlo visto anunciado en la teletienda a las tantas) y su botella de gel de ducha bajo el brazo. No se fiaba de nadie, y mucho menos de mí, por lo que guardaba todo lo de su propiedad en el armario de su habitación, incluyendo las latas de atún en aceite. ¿Cómo lo sabía? Porque había entrado a sisarle champú tantas veces que ni siquiera las recordaba. Y porque una vez me cabreó lo suficiente como para inyectar vinagre en su tarro de perfume. Bueno…, no fui yo. Fue Jimena. Lo hizo a mis espaldas mientras yo estaba en la ducha y luego no pude hacer nada por remediarlo.

Pero, claro, tener que compartir piso con alguien tan melindroso, tocapelotas y asocial como «Finita de Córdoba», como la habían apodado absurdamente mis amigas, me hizo plantearme todas las soluciones de vivienda posibles en Madrid para alguien como yo. Y decidí que… podía vivir sola siempre y cuando el piso no costase más de seiscientos euros al mes, incluyendo los gastos. Y eso, querida, fue lo que me llevó a vivir en un piso del tamaño de un armario empotrado en la Avenida Ciudad de Barcelona. ¿Pequeño? Sí. ¿Monísimo? Mi esfuerzo me había costado.

Me puse una falda vintage, una camisa vaquera y unas bailarinas sobre la única ropa interior limpia medio decente que encontré en mi cajón y aseé mi pequeño pisito de cuento, antes de salir hacia el que Coque compartía con un par de amigos de la facultad cerca de Cea Bermúdez.

Cuando llamé a la puerta, cargada como una mula con la compra que me había pedido (y el palo para la escoba), temí lo que me encontraría al entrar. Lo primero que vi me alivió: Coque con una camiseta blanca decente, unos vaqueros no demasiado rotos y más o menos peinado. Sin embargo, después del beso de saludo, cuando se hizo a un lado para dejarme pasar, el paisaje fue desolador y me volví a preguntar por qué había salido de mi casa.

Había platos sucios en el fregadero, pelusas por el suelo, manchas nuevas en las paredes y bolsas de patatas vacías por cualquier superficie sobre la que posaras tu vista. Respiré hondo al dejar la bolsa en el banco de la cocina y me volví para mirar a Coque.

—¿Hay ropa interior sucia en tu dormitorio?

—Hay ropa sucia en mi dormitorio.

—¿Interior? —insistí.

—Es posible. —Sonrió canalla.

—Ve a ocuparte de eso. Yo empiezo por aquí.

Coque tardó cinco minutos en esconder diligentemente la suciedad y el desorden en su dormitorio. Yo veinte minutos en asear la cocina el mínimo egoísta que permitiera poder preparar algo para comer sin morir de tifus y veinte más en… preparar la comida. Coque, el capitán araña, especialista en embarcarte en planes de los que luego se bajaba para disfrutar desde el pasaje, fingiendo no haber sido nunca parte de la tripulación.

Me recompensó. Claro que me recompensó. Hasta los chicos más caóticos saben hasta dónde pueden tirar antes de que la manta les deje con los pies al aire. Y Coque era una especie de niño bien despistado, pero no era tonto. Así que después de comer, abandonó los platos sucios en el fregadero, junto a los que no me había dado la gana fregar a mí antes, y me ofreció ver una película mientras me hacía un masaje…, lo que en lenguaje de un ligue es: te voy a echar un polvo de los que te van a dejar tonta durante un par de días.

Hay hombres románticos, elegantes, disfrutones, entendidos, aventureros… en cuanto al sexo. Hay tantos librillos como maestrillos. El de Coque era la eficacia. Era eficaz y… me atrevería a decir que intrépido. No le importaba enterrar la cabeza entre tus piernas durante quince minutos y darte placer solo a ti, si eso te humedecía, te ponía cachonda y te dejaba accesible para él y sus proezas. Así que, por si te lo preguntas, ese fue su masaje…, un cunnilingus eficaz e intrépido.

Lo hicimos. Lo digo así porque tampoco sé decir muy bien qué hicimos. Tuvimos sexo, eso seguro, pero no hicimos el amor ni follamos, al menos no como yo entendía uno y otro término. Follar, para mí, era lo que hacíamos cuando nos bebíamos una copita de más y se nos iba de las manos. A cuatro patas, sin mirarnos a la cara, sin decirnos nada más que «más rápido» o «ya me corro». Eso era follar para mí. Satisfacer una necesidad puramente carnal. Pero no había sido eso. Tampoco amor. Si hubiéramos hecho el amor, yo me hubiera sentido embargada por una emoción extracorpórea, ¿no? Al mirarlo encima de mí, sostenido por sus brazos fuertes, haciendo oscilar por última vez su cadera para correrse, habría pensado que lo amaba. Pero no pensé eso. Cuando lo miré, sonreí y tuve… un poco de miedo. Siempre me pasaba con él. Al terminar tenía miedo de haberme dejado llevar, de que pensase que era una suelta, que podría hacer lo que le viniera en gana conmigo y de que… se cansase de mí y dejase de llamarme o cogerme el teléfono las pocas veces que lo hacía. Coque me gustaba mucho, pero creo que porque me mantenía siempre en vilo, sin saber si había un territorio en su vida al que él querría ponerle mi nombre, sin interés ninguno en dotar a lo nuestro de un título. Coque me hacía sentir tan emocionada, excitada e insegura como ese chico del que te colgaste cuando tenías quince años… con la diferencia de que en mi caso no era aplicable. El chico del que me colgué a los quince años me rompió el corazón diez años después y ahora salía con Raquel. Porque… esos dos salían, ¿no?

Cuando Coque se dejó caer a mi lado y aplastó contra la mesita de noche el condón usado, busqué su mirada. Quería, necesitaba, sentir algún tipo de vínculo que inclinara la balanza hacia una de las dos partes…, el amor o el apetito sexual vacío. Porque Coque me gustaba, pero… Jimena y Adriana tenían razón al asegurar que no era mi novio. Y a veces eso, no puedo mentir, me inquietaba. Necesitaba saber en qué casilla colocarlo.

—Qué bien, ¿eh? —Me sonrió.

—Sí.

Me apoyé en su pecho y él me rodeó con su brazo mientras recuperaba el aliento. Disfruté de la calidez de su cuerpo y del gesto mientras jugueteaba con los cuatro pelillos que tenía en el pecho.

—Me has salvado el sábado. —Me besó el pelo—. Estaba solo y aburrido como un mono.

—Podías haber venido tú a casa. Está limpia.

—La próxima vez voy yo —accedió.

Levanté la cara hacia él y le regalé una sonrisa espléndida como respuesta.

—Cuando quieres puedes llegar a ser transigente y todo.

—Ya ves. A las Macarenas del mundo hay que cuidarlas.

—¿Las Macarenas?

—Sí —asintió—. A las monaditas pequeñitas, buenas y sexis que nos regalan sus horas aunque seamos el asno de Shrek.

—Sabes que no eres el asno de Shrek.

—Soy más guapo. —Colocó el brazo con el que no me rodeaba debajo de su cabeza y me guiñó un ojo—. Pero no soy el príncipe azul. Ni el hada madrina. No convertiré la calabaza en una carroza ni te llevaré al altar.

Ahí estaba, el Coque de siempre, dejando claro qué no seríamos nunca.

—¿Y quién quiere que me lleves? —respondí de mala gana.

—Eso digo yo.

Se recostó de nuevo mirando al techo y froté la punta de mi nariz sobre su piel. No quería casarme con él ni harta de vino, pero… qué narices, quería que fuese mi novio. Las caricias postcoitales quedaron suspendidas en la sensación de vacío que se generaba entre nosotros en esas situaciones. Supongo que lo notó…, notó que me quedaba mohína.

—Maca… —musitó.

—Dime.

—Yo sé que no soy muy comunicativo, pero… ya sabes cuánto te… —pausa para provocar que casi se me saliera el corazón por la boca— aprecio. Yo no soy de los que se atan y te llaman «novia» porque entiendo eso como un convencionalismo puro y duro…, pero estoy muy a gusto con esto.

Debía decirle que él me gustaba, que llevábamos un año y medio así y que empezaba a pensar que mis amigas tenían razón cuando señalaban que aquello no nos llevaba a ninguna parte, pero no podía evitar preguntarme para mis adentros… dónde quería llegar. Sin saber la respuesta a aquello…, ¿cómo iba a exigirle yo algún tipo de compromiso? Así era mejor. Me incorporé para mirarlo y me acerqué a su boca. Compartimos un beso lento que se volvió húmedo enseguida pero que cortó de pronto para señalar:

—Vale. Hemos tenido sexo y conversación…, ahora toca siesta.

Unos raviolis de calabaza, dos cervezas de importación y sexo oral que te prepara para el orgasmo. Después una siesta. El romanticismo del siglo XXI.

Pero… ¿de qué servía exactamente el romanticismo en una relación? De nada.

Leo tenía la típica sonrisa de engañamadres que solo usaba cuando le convenía. Conmigo nunca, he de decir. No le hacía falta. A mí me miraba serio, con los ojos clavados en los míos, y se dejaba observar. Y yo miraba sus cejas algo irregulares y castañas, sus pestañas, sus bonitos ojos de un color indefinible por otra palabra que no fuera miel y sus labios, que nunca fueron demasiado gruesos pero siempre supieron besarme como yo deseaba. Entonces, cuando yo ya me había empapado de esa imagen y del silencio, sonreía. Solo entonces. Sonreía. Y decía aquello:

—Solo cuando me miras, soy.

Y yo lo creía. Siempre. A mis catorce, diecisiete, veinte y veinticinco. Me creía que él solo era conmigo, pero… después nunca resultaba ser verdad. El puto Leo. El de la boca envenenada con palabras preciosas que aprendía en los libros para dejarlas prendidas después en mi pelo, en mis labios, en mis pechos, en mis dedos. El puto Leo y ese pánico a dejar de ser libre. El que escribía notas que dejaba caer a mi balcón desde la ventana de su dormitorio, diciéndome que todo le olía a mi pelo y que ya no podía ni comer si no me comía a mí. El maldito Leo, que siempre terminaba mirándome como si no sintiera nada cuando me rompía el corazón.

Ni su sonrisa sincera ni la sonrisa trampa para quien creyera en su inocencia…, yo ya no quería nada de él. Ni del romanticismo. Que se lo diera a otra que pudiera creerle aún.

No entendí en aquel momento que odiarlo tampoco servía de nada ni lo que significaba acordarme de todo aquello entonces.

FuimosCanciones-8.xhtml

7. «Thinking ’bout you», Dua Lipa

En todas partes, ella

Cuando entré en el aula, casi todos los alumnos, que se conocían de otras asignaturas, formaban grupitos de pie frente a los bancos y en los pasillos del aula. Se escuchaba jaleo, conversaciones animadas y de vez en cuando una palabra más alta que la otra que te ayudaba a comprender que hablaban sobre el plan para aquella noche. Lo malo de dar un seminario con créditos de libre elección en sábado era que la gente solía estar a otras cosas y que acudía «por cumplir». Casi todos los alumnos estaban ya en el último curso de su grado y buscaban rascar los créditos que les faltaban para cumplir su programa. Estaba seguro de que de los treinta inscritos en aquel «curso» de dieciséis horas lectivas (partidas en cuatro jornadas), solo uno lo había escogido por gusto. Yo era un recién llegado; el profesor nuevo y joven, ese que había empezado en el segundo cuatrimestre sustituyendo a un señor que se había esforzado mucho en que sus asignaturas fueran sinónimo de coñazo profundo. Así que… no lo tenía fácil.

Carraspeé y cerré la puerta. Las conversaciones se convirtieron en un rumor que se fue extendiendo y bajando de volumen conforme cada uno ocupó su sitio. Me quedé mirando a los presentes apoyado en la mesa del profesor, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía dos opciones: escurrir el bulto, cumplir y punto o… intentar al menos que la inversión de horas en aquella aula no fuera a parar completamente en saco roto. Opté por la segunda y por probar con un truquito cuya eficacia ya había comprobado en la asignatura que impartía para los grados de Ciencias de la Información sobre Literatura aplicada, porque… no había ninguno de ellos presente en aquel seminario y no me pillarían repitiendo estratagema.

Sonreí. Un par de alumnas me devolvieron la sonrisa solícitas y agaché la mirada, incapaz de controlar que mi gesto se ensanchara. Joder con las veinteañeras…, qué monadas.

—Buenos días. —Unas cuantas personas respondieron repitiendo la fórmula—. Mi nombre es Leo Sáez. Es sábado por la mañana y supongo que la mayoría, en la que me incluyo, ha dormido poco. Soy el primero al que le gustaría estar ahora mismo metido en la cama, pero hemos tenido la buenísima suerte —dije con sorna— de ser los escogidos para dedicarle a la literatura contemporánea nuestras primeras horas del fin de semana. Las que no le dedicamos a la cerveza anoche, quiero decir.

Un par de sonrisas recorrieron las caras de los presentes y yo seguí.

—Esto podría ser el típico seminario en el que vosotros fingís escuchar mientras lucháis por no dormiros y yo hablo sobre literatura siguiendo un orden cronológico hasta aborrecer mi propia voz, pero… creo que lo mejor para todos es que no lo sea. Hay treinta matriculados, de los cuales os habéis presentado veintiocho. Os he contado al entrar. Por favor, haced cuatro grupos de siete personas.

Se miraron entre ellos con expresión aburrida, y yo sonreí.

—Venga. Cuatro grupos de siete personas.

Los alumnos se fueron moviendo con la lentitud de un perezoso para recolocarse de siete en siete y me miraron esperando instrucciones.

—Me voy a por un café. Cuando vuelva, cada uno de los grupos me hará una pregunta de cualquier índole. Cualquier tema, cualquier dato. Lo que queráis. Yo estaré obligado a responderos. Eso sí, ponedlas en común para que no se repitan. ¿Alguna duda?

Dos manos se levantaron y atendí primero a la rubia solícita que jugueteaba con las llaves de su coche.

—¿Podemos preguntar cualquier cosa? Quiero decir… ¿también sobre… usted?

—Lo que queráis, pero tutéame, por favor.

Hice un gesto a otro alumno, que me miraba con expresión belicosa.

—¿Y qué tiene esto que ver con la literatura?

—¿Es esa la pregunta que escoge tu grupo?

Un par de manos le tiraron de la camiseta desde atrás para que se callara y yo me encaminé hacia la puerta del aula.

—¿Alguien quiere un café? —pregunté antes de salir.

Nadie se atrevió a pedir nada. Lástima. Se lo hubiera traído.

Paseé tranquilo hasta la cafetería y, una vez allí, me apoyé en la barra para clavar la mirada en la espalda de una de las camareras, que pareció sentir mi presencia y se volvió hacia mí.

—Ya está aquí el juglar.

—La semana pasada era solo un cantamañanas…, creo que me has subido de nivel. Gracias, Flor. ¿Te he dicho ya que me encanta tu nombre?

—¿Con leche, solo, americano? —me preguntó—. Antes de que deje a mi marido para fugarme contigo.

—Como tú quieras, reina. —Le guiñé el ojo—. Pero me gusta fuerte.

No pude evitar que se me escapara un amago de risa cuando las mejillas de aquella mujerona, que podría ser mi madre, se colorearon hasta llegar al bermellón. Mientras ella se afanaba en prepararme el café, me apoyé en la barra, saqué mi móvil y lo consulté. Las nueve y veinte; les daría diez minutos. De paso respondería al mensaje que Raquel me envió anoche preguntándome si me apetecía acompañarla a la presentación de un libro sobre protocolo y moda el miércoles por la tarde. Creo que no tengo que entrar en detalles de lo poco que me interesaba a mí el tema y lo mucho que me apetecía finiquitar con Raquel de una vez por todas. Se me estaba resistiendo.

Buenos días, morena. Por supuesto. Me encantará fingir que me interesa el protocolo y la moda mientras bebo vino (si no sirven vino, avísame para llevarme la bota) e intento convencerte para cenar conmigo. Dime hora y lugar.

—Tu café. —Un vaso de polietileno humeante apareció frente a mí—. Invita la casa.

Subí soplando el brebaje que se empeñaban en llamar café y al entrar en el aula me recibió un súbito silencio y algunas risitas. Me senté en la mesa y di un trago.

—¿Quién quiere empezar? —Nadie se atrevió a levantar la mano y yo señalé a un grupo de cuatro chicas y tres chicos—. Vosotros mismos. El portavoz, por favor…

Una chica carraspeó y yo la miré expectante.

—Nuestra pregunta es… ¿qué esperabas del mundo cuando tenías veintidós años?

—¿Quién os ha dicho que no tengo veintidós años? —Sonreí. Ellos se rieron—. Dejadme pensar un segundo… ¿Qué esperaba del mundo? Pues… siendo sincero no sé si tenía muy claro lo que esperaba de él. Tenía la idea soñadora de que podía mejorar. Supongo que creía que podía ayudar a cambiarlo. A los veintidós seguía teniendo fe en que el mundo aprendiera de los errores del pasado para no repetirlos, pero hoy… —Suspiré—. No sé si con todo lo que pasa en el mundo no estaré a un paso de perder la fe en él y en el ser humano. Tropezamos siempre con la misma piedra en una especie de «zasca» cósmico. En realidad no huyes de las cosas…, las llamas con tu pasividad.

¿Y a Macarena? ¿No la estaría llamando también mi subconsciente? ¿No sería yo quien buscaba patear piedras hasta dar siempre con la misma que me hiciera tropezar? Me froté los ojos.

—Siguiente grupo. —Señalé a los que se sentaban a la otra parte del pasillo—. Portavoz.

—¿A qué temes? ¿Qué es lo que más miedo te da?

Levanté las cejas, fingiendo sorpresa. Es lo que buscaban con aquella pregunta.

—La idea de la muerte no me hace precisamente feliz, pero tengo fe en asumir pronto su inevitabilidad. Lo que más temo es estar haciendo las cosas mal, perder el tiempo y algún tren y encontrarme en la vejez sentado en un sillón, amargado, solo y demasiado cansado para leer.

Y a Macarena. Más que a la muerte. Macarena, que me jodía la existencia siempre. Maldita hija de…, el pestañeo soñador de un par de alumnas llamó mi atención y sonreí.

—Venga, que no decaiga. Siguiente grupo.

—¿Cuál es su situación sentimental? —se adelantó una chica muy decidida sin rubor en las mejillas.

Enseñé las manos sin anillos.

—Soltero. En todos los sentidos. Esta era previsible. Venga, la cuarta y última.

Ay, Macarena de los cojones. Presente también en la ausencia de compromiso en mi vida. Acerqué el café a mis labios y di otro trago, mirando al grupo que faltaba por lanzar su cuestión. Era un grupito de cinco chicas y dos chicos.

—¿Cuándo fue la última vez que tuviste sexo?

Coño. Me atraganté con el café y por poco me salió como un borbotón por la nariz. Tosí levantando la barbilla y todos se echaron a reír. Escuché un «no va a contestar ni de coña», un «menudo bajabragas» y un «es un fantasma». Respiré hondo, me aclaré la garganta y parpadeé.

—Esta no la esperaba. Respuesta rápida: anoche. Conmigo mismo. En la ducha. Suele infravalorarse la importancia del amor propio. Hay que hacerlo más. —Me callé el consejo de no hacerlo nunca pensando en una ex montándote mientras sonríe con sus labios pintados de rojo—. Dicho esto…

Di otro trago al café, me levanté y cogí un trozo de tiza. La mitad de la pizarra era una de esas pantallas táctiles donde se podía conectar cualquier dispositivo móvil, pero yo era de la vieja escuela. Un romántico, puede ser. Dibujé cuatro círculos.

—Qué esperaba del mundo hace diez años…: política, problemática social, solidaridad… En definitiva: preocupación social. —Escribí dentro de un círculo «preocupación social»—. A qué temo…: miedo, muerte, idea de Dios… —Escribí Dios en otro—. Situación sentimental… Amor. —Dibujé sus letras casi con desidia y me acerqué al cuarto círculo—. Sexo: pulsión física, necesidad, deseo… La génesis de la naturaleza humana.

Me giré a mirarlos.

—Esto es de lo que hablamos. Nosotros y la literatura universal. Si alguien piensa que la literatura le es ajena, le diré que alguien escribió ya en alguna parte la respuesta a alguna de sus preguntas. Preocupación social, Dios, amor y naturaleza humana: he aquí los cuatro temas principales tratados a lo largo de los siglos en los libros. Y de esto hemos venido a hablar: de la reivindicación, de la creencia o el adoctrinamiento, del amor, la pasión, el pecado, el cuerpo… y todos, todos somos literatura.

Incluida Macarena.

FuimosCanciones-9.xhtml

8. «La temperatura», Maluma & Eli Palacios

Decide y ejecuta antes de perder la fe en tu idea

Julián estaba en el salón hablando por teléfono con su hermana. Era un secreto a voces que Adriana necesitaba tomar un antiácido para soportar con una sonrisa a la familia política, pero no se sentía mal porque ni la madre ni el padre ni la hermana de Julián habían ocultado nunca que ella les parecía poquita cosa para él. Así que, aunque cumplían religiosamente con las obligaciones familiares dignas de personas educadas, no solían mezclarse mucho. Juntos pero no revueltos. De ahí que él estuviese en el salón y ella en la pequeña habitación que hacía de despacho para los dos. Y le venía fenomenal, claro, porque no podía usar para aquello el ordenador de la tienda y Julián siempre estaba en casa cuando ella andaba por allí. Así no había manera de investigar el tema del trío con calma y discreción.

Debía admitir, al menos para ella misma, que había tomado la decisión en caliente. Quizá debía haberle dado un par de pensadas más antes de anunciar que iba a regalarle a su marido otro par de piernas entre las que meterse. Pero si compartió aquella idea en ese momento con nosotras, fue porque no quería echarse atrás y sabía que así… se sentiría mínimamente obligada. En realidad no lo hacía obligada, pero lo hacía acobardada. Una cosa es dejar que te aten al cabecero de la cama con un sujetador y un calcetín y otra muy distinta meter una tercera persona en el dormitorio.

No sabía por dónde empezar, la verdad, pero iba a aprovechar el ratito que Julián empleara en hablar con la estirada de su hermana y regar las plantas de la «terraza» (balcón de un metro y medio por un metro) para trastear. Y, siguiendo su intuición y la poca experiencia chateando cuando era adolescente, decidió… buscar en foros. Foros…, ese pozo de sabiduría.

Lo primero que descubrió fue… mucha publicidad. Banners y banners de señoritas ofreciendo compañía pero que, al pinchar (alma de cántaro, qué inocente es), te llevaban a webs de pago y cosas raras. Eso no le interesaba. Hombre…, existía la posibilidad de contratar a una profesional que llevara la batuta del asunto para quitarse problemas porque… quien paga manda, ¿no? Pero en el fondo no podía dejar de preferir encontrarse con una tercera persona en la misma situación: con dudas, risa floja, bastantes tabús y a la que le excitara lo nuevo y diferente.

—¿Lunes? ¿No os vendría mejor el viernes? Entre semana Adri madruga bastante… —escuchó decir a Julián desde el comedor.

¿Ahora qué quería celebrar la pesada de su cuñada? ¿El día que concibió a su primogénito? Por Dios…, así no había quien organizara un trío.

Siguió investigando y descubrió los salones de intercambio de pareja. Había uno con buenas referencias en Madrid y estuvo indagando, pero… ni le apetecía ser la única mujer entre un montón de hombres ni le seducía la idea de estar con otro mientras su marido empujaba encima de una desconocida, a su lado. Ese no era el concepto. ¿Se estaría equivocando? ¿Tendría que plantearse poner un anuncio por palabras en el periódico? ¿Aún existían esas cosas?

Cuando ya empezaba a cansarse de la búsqueda y la conversación de Julián había pasado a ser solamente ruidos de asentimiento, dio con un foro que servía como tablón de anuncios de este tipo. Estuvo echando un vistazo a los hilos de conversación que había publicados y… decidió crear una nueva dirección de e-mail: queremossertres@gmail.com.

Después, con el corazón en la garganta, escribió su propio anuncio:

Pareja de 29 y 35 años, residente en Madrid, busca chica de edad similar con la que probar cosas nuevas. Interesadas, contactad por mail.

—Adri… —La puerta de la habitación se abrió y Julián se asomó con el teléfono inalámbrico pegado al hombro—. Cumpleaños de mi hermana el lunes. ¿Unas cervecitas después del curro?

—Claro. —Sonrió como una bendita a la vez que bajaba la pantalla del portátil—. Yo me encargo del regalo en cuanto salga de la tienda.

Julián frunció el ceño.

—Tanta amabilidad me confunde —susurró.

—Nada, nada. Tendrás que compensarme. Me apetece pollo asado con patatas panaderas. —Sonrió—. ¿Bajas tú al Corte Inglés a comprarlo?

—Ya decía yo. —Se colocó el teléfono en la oreja de nuevo—. Genial entonces, Rosana. Nos tomamos unas cañas el martes para celebrarlo, así en plan informal. ¡Claro, mujer! Así no tienes que preocuparte de la cena ni de nada y acostáis al niño pronto.

Sí. Exacto. Y así Adriana no tendría que pasarse todo el fin de semana quejándose por tener que ver a su cuñada. Se quejaría, claro, pero solo lo justo, porque era mejor un rato del lunes que fastidiarse medio fin de semana.

En cuanto Julián colgó el teléfono, cogió la cartera y bajó a por el pollo, un capricho inventado sobre la marcha como cualquier otro, Adri se dio tiempo para borrar las cookies del ordenador y el historial de búsqueda del navegador. No quería dejar ningún rastro, no estaba segura de si lo hacía por si fastidiaba la sorpresa o por si Julián la descubría y la tomaba por loca. Tenía que hacerlo bien. Tenía que… pensárselo bien. Porque… ¿por qué un trío? Quizá podría haber empezado por unas entradas para algún espectáculo erótico que les diese tanta vergüenza ajena como calentón. O quizá, un poco de porno con el que tantear. Pero es que el porno no le ponía demasiado. Siempre tenía la sensación de que los cuerpos bronceados de los actores y actrices eran como pollos desplumados y sudorosos y terminaba dándole un poco de asco imaginar a qué olería el set de rodaje cuando todo terminara. Pero… un trío con una chica era diferente. Porque podría escoger con quién (y lo escogería ella) y compartiría un momento de piel con alguien suave, dulce y nada agresivo. Que viviera el sexo con calma. Que suspirara con contención sin gemidos estridentes. Que acariciara con cuidado. Que quisiera compartir el cuerpo de Julián y atreverse a descubrir el suyo propio. Alguien sedoso, que oliera bien, que se riera con ellos si la cosa salía torpe. ¿Y qué harían? Se tomarían una copa… en un hotel. Nada de meterla en casa, por si era suave, mona pero una loca. Sí. Y después de la copa, que beberían nerviosos y rápido, seguro que Julián quería ver cómo se besaban. Nunca había besado a una chica. A lo mejor le daba asco. Pero lo probaría. ¿Cómo sería acariciar a otra mujer? ¿Y dejarse tocar? ¿Y que Julián empujase dentro de su cuerpo con unos labios colocados justo en ese punto que…?

—Adri…, no había patatas panaderas. He comprado fritas.

Adriana salió del cuarto del ordenador como una bala y se le echó encima en cuanto vio que dejaba la bolsa de la comida sobre el banco de la cocina.

—¿¿Qué pasa?? —le preguntó él asustado.

—Quiero que me folles contra la nevera, YA.

A media tarde, con el calentón ya satisfecho y el estómago lleno de pollo con patatas y vino tinto, Adriana se preguntó a sí misma qué falta le hacía a ella meterse en un berenjenal como el del trío. Si con fantasear era suficiente, ¿no? Si con un poco de juego mental era suficiente. A ver…, no es que el resultado la dejase cerca del nirvana, como las demás definíamos el momento postcoital, pero al menos había reactivado el picorcito ella sola y sin necesidad de cumplir por cumplir…

Dejó dormido en la cama, echado sobre las sábanas desordenadas, a Julián y volvió a la habitación donde había planeado la fantasía, dispuesta a borrar la cuenta de correo electrónico y olvidarse del asunto. Seguro que la entendíamos cuando nos lo explicara, se dijo. No recibiría presiones por nuestra parte. Si no puedes confiar en tus amigas para estas cosas… ¿con quién vas a hablarlo?

Pero… seguro que imaginas lo que pasó entonces. Por lo que no borró la cuenta, me refiero. Por lo que decidió que… tenerla ahí no era un pecado. Por lo que la fantasía entornó la puerta de la realidad y asomó la patita.

Cuando abrió la bandeja de entrada de su mail nuevo, tenía cuatro mensajes: uno de bienvenida, otro de una chalada que adjuntaba foto y decía cosas raras y otros dos mucho más normales. Pero fue uno…, uno en concreto el que guardó y el que, señores y señoras, estaba a punto de complicarle la vida:

Hola. Me llamo Julia. Tengo veintinueve años y vivo en Madrid. Nunca he hecho esto. En realidad…, no sé por qué estoy escribiendo este mail, pero… ¿os apetece que charlemos?

FuimosCanciones-10.xhtml

9. «Waiting game», Banks

Señales

A Jimena le estaba encantando el manuscrito sobre casas malditas que estaba leyendo, tanto, que a ratos se le olvidaba que debía editarlo y tenía que volver atrás muchas páginas para revisar si se le había pasado por alto alguna corrección. Sin embargo, aquel lunes tenía la cabeza en otra parte. En el estudio de tatuajes, para más señas. En el pelo desgreñado de un desconocido con camisa a cuadros, concretamente. Había pasado todo el fin de semana reviviendo el momento del encuentro. O debía decir «reencuentro», porque algo en el aire se había agitado cuando los dos se miraron, estaba segura. Eran partículas de magia, de ese algo que nos hace diferentes y místicos. Era la señal…, ¿la que estaba esperando?

—Jime, ¿cómo vas?

Una voz la sacó de su ensimismamiento y, cuando levantó los ojos del ordenador, se encontró con su jefe de pie frente a su mesa.

—¿Crees en la reencarnación? —le soltó a bocajarro.

—Uhm…, desarrolla.

—Imagínate que alguien murió cuando era muy joven. ¿Crees que su espíritu, o parte de él, puede habitar en el cuerpo de otra persona?

—Es posible. El concepto del alma es muy complicado.

Jimena asintió.

—¿Es por algún manuscrito que has leído? —le preguntó interesado.

—No. Por un tío con el que me crucé el otro día.

—Pues muy bien —respondió su jefe tan normal. Las rarezas de Jimena no vienen siendo discretas, de modo que todos sus compañeros ya estaban acostumbrados a esas cosas—. ¿Cómo vas con «las casas malditas»?

—Reenvío el texto editado al autor para las últimas modificaciones hoy, como tarde mañana. La semana que viene podemos mandárselo al corrector.

—Genial. Necesitamos las galeradas[1] terminadas, como mucho, el día quince.

Sí, genial, tenía que concentrarse en ello. Pero para eso… tenía que hacer una cosa antes.

Cuando llamó al estudio de tatuajes no quisieron, por supuesto, desvelar el apellido del cliente con el que se había cruzado el viernes anterior, así que no podía investigar sobre él en ninguna red social. Solo sabía que se llamaba Samuel y que era la viva imagen de cómo había imaginado a Santi a los treinta. Llegados a este punto, tenía dos opciones: dejarlo estar o tomar las riendas de la investigación como merecía. Y el tío estaba muy bueno… No le quedaba otra: tuvo que invertir su hora de comer en pasarse por el estudio para hacerse la encontradiza con el tatuador. Está muy loca.

Le costó un rato de conversación, sentada en la camilla, con las piernas colgando, sonsacarle información sobre Samuel. Le daba la sensación de que quería ligar con ella y que por eso no soltaba prenda; no tenía nada que ver con el secreto profesional o la ley de protección de datos. Era una cosa más prosaica aún. Sin embargo, ella, que es muy hábil, fue tirando del hilo, dejándole hablar y alimentando los silencios hasta que averiguó a qué se dedicaba su nuevo Santi reencarnado.

—¿Samuel? Es fisioterapeuta. Tiene el gabinete por aquí cerca. Yo voy de vez en cuando. Me quitó una contractura enorme que tenía aquí, en el brazo.

Se subió la camiseta y le enseñó su hombro haciendo una fuerza sobrehumana para que se le notaran los músculos en su brazo cubierto por el dibujo de un cocodrilo.

De vuelta a la oficina, Jimena se compró un kebab, buscó en Internet y en menos de lo que canta un gallo, no solo tenía la dirección y el teléfono del gabinete de fisioterapia de Samuel Hernández…, tenía, además, el teclado lleno de salsa de yogur y una cita para aquella misma tarde. Ahora ya podía concentrarse en su manuscrito. Y buscar algo con lo que limpiar su mesa.

A las siete y media y después de subir tres pisos sin ascensor, se encontraba frente a la puerta del negocio de Samuel. Estaba un poco nerviosa porque era levemente consciente de que, a pesar de lo impulsiva que es a veces, esta estratagema se llevaba la palma. Ni siquiera sabía qué ropa interior se había puesto esa mañana pero estaba casi segura de que no era de la que le quieres enseñar a nadie a quien te quieras ligar porque crees que tiene un poco del alma de tu primer amor. Dios, ¿por qué todo lo de Jimena suena siempre así?

Llamó con los nudillos, pero nadie le abrió, así que pulsó el timbre. Después de unos pasos lentos, un chico alto, desgreñado, ceñudo y vestido con una camiseta azul marino y un pantalón del mismo color le abrió la puerta. Era él. Estaba aún más bueno de lo que recordaba. Pero no iba por eso. Iba por la chispa de su amante muerto.

—Hola —dijo sonriente.

—Eh…, ¿eres Jimena?

—Sí. ¡Qué coincidencia! ¿Tú no eres el del estudio de tatuajes del otro día?

—Sí. Pasa.

El piso era pequeño y oscuro, olía a la cera caliente de unas velas y a alguna hierba aromática…, ¿romero quizá? Cerró la puerta y el pasillo se sumió en una oscuridad aún mayor. Olvídate, el piso no era oscuro, era una madriguera.

—La primera puerta a la derecha.

Diría que estaba tan nerviosa por la cercanía que se confundió, pero la verdad es que aprovechó para abrir la primera puerta a la izquierda para ver qué había, así, haciéndose la despistada. Se encontró con un dormitorio también oscuro con una cama grande, un armario, dos mesitas de noche y unas cortinas verde pálido que habían vivido tiempos mejores hacía dos o tres décadas. No le dio tiempo a ver más porque una mano grande y fuerte se cernió sobre la suya, que aún sujetaba el pomo, y cerró de un firme tirón.

—Derecha —recalcó con voz grave.

—Ah, perdón. Soy disléxica espacial —se inventó.

Él mismo abrió la puerta correcta y la dejó pasar. Dentro, a oscuras como no, había una camilla cubierta de una sábana desechable, una lámpara de calor, una silla, un perchero y un mueble sencillo con algunos útiles y envases.

—¿Dónde tienes el dolor? —le preguntó.

—Ennnnnnn… —Se lo pensó. ¿Qué zona sería más sexi para tratar? ¿El culo? ¿Decía el culo? Venga, el culo—. Toda la espalda. De arriba abajo. Estoy retorcida.

No había que pasarse.

—¿De cuello a nalgas? —Samuel torció el gesto, como si no se la creyera.

—Totalmente.

—Vale. —Suspiró—. Pues te lo quitas todo de cintura para arriba, menos el sujetador, te desabrochas el pantalón y te tumbas boca abajo, ¿vale?

—Vale.

Se quitó el jersey.

—Pero espera a que salga de la habitación —gruñó él.

Este iba a ser duro de roer…, lo veía venir.

Un par de minutos después llamó a la puerta y esperó a que ella le diese permiso para entrar. Jimena se sentía un filete de pollo allí tendida, con la cabeza metida en ese hueco tan tan tan poco sexi. Escuchó cómo se acercaba y encendía un par de velas con un mechero. Mientras tanto, Jimena miró sus pies enfundados en unas Adidas clásicas con un par de rayitas de color azul y rojo a los lados que le gustaron. Eran del estilo hacia el que habría evolucionado Santi con toda seguridad. Y también le gustaba que con el uniforme de trabajo no llevase zuecos ni nada por el estilo.

Cuando la tímida luz de unas velitas tiritaba iluminando la habitación, se acercó a ella y carraspeó.

—Te voy a desabrochar el sujetador, ¿vale?

—Sírvete tú mismo.

No contestó…, solo hizo saltar el broche del sujetador con un solo movimiento de dos dedos. Madre del amor hermoso.

Con cuidado y avisándola de antemano de nuevo, bajó la cinturilla del pantalón hasta dejarle la rabadilla al aire. Podía parecer que la cosa se ponía interesante…, pero dobló una toalla y la colocó sobre su culo.

—No soy pudorosa —respondió ella.

—Yo sí.

—¿Y si tengo calor?

—No lo vas a tener. ¿Lista?

—Yo siempre estoy lista.

Después de unos tediosos minutos con una lámpara de calor enfocándole la espalda, escuchó cómo se ponía algo en las manos y después estudiaba su espalda de arriba abajo para volver al cuello. Tenía las palmas calientes, grandes, resbaladizas y suaves y el deslizar de estas sobre la superficie de su espalda le estaba dando un gusto más allá del normal…, más allá de la ropa interior, quiero decir.

Vale. Pues ya estaba. Estaba tumbada en una camilla, medio desnuda, con sus manos aceitosas sobre la espalda. A oscuras. Con velas. Solos. Eh…, ¿y ahora qué? ¿Por qué no pensaba en este tipo de cosas cuando planeaba sus estrategias? Bueno…, podía entablar conversación con él para acercar posiciones.

—¿Te dedicas a esto desde hace mucho?

—Sí.

—¿Puedo preguntar cuántos años tienes?

Una palma grande y caliente se extendió sobre su espalda cubriendo casi toda su superficie y ella se calló.

—Mejor no hables, ¿vale?

Un hilito de voz salió a regañadientes de su garganta. Qué borde. Cómo le ponía. Le ponía salvaje. Santi también tenía ese punto cortante a veces, sobre todo con los desconocidos. Con ella no. Seguro que cuando Samuel la conociera dejaría de ser así. Mientras tanto…, bueno…, pues fantasearía en silencio y pensaría en el modo de congraciarse con él. Al menos ese era el plan… hasta que los dedos de Samuel toparon con algo a la altura del omoplato de Jimena, y esta aulló como una hiena.

—¡Me cago en to’s tus muertos! —masculló.

—Me alegro de no tener ninguno reciente —respondió Samuel templado.

—Perdón, perdón. Es que… me has hecho mucho daño.

—Cielo… —sintió cómo se acercaba un poco a ella—, es que te va a doler.

Se alejó de nuevo. Maldita sea. ¿Dónde cojones se había metido? ¿En la casa de un sádico (guapo) borde que (estaba buenísimo) disfrutaba martirizando a unas cuantas chicas? Pasó los dedos por encima de nuevo y volvió a aullar. Ni un lo siento, ni un amago de mayor suavidad.

—Dios… —gruñó cuando él siguió intentando deshacerle el nudo.

Apretó los dientes y se clavó las uñas en la palma de la mano, desesperada. Cuando pensaba que iba a tener que volver a gritar y que ningún tío bueno merecía tanto dolor físico, notó un clac y un alivio inmediato del dolor, pero no solo del que le estaba provocando él con la yema de sus dedos. Algo se desató en sus hombros y sintió que le quitaban un peso de encima. Gimió.

—Esto ya es otra cosa. —Lo escuchó murmurar.

Sí. Hasta que encontró otro nudo. Y luego otro. Y otro. Jimena, que había ido por un impulso romántico y sexual, justificado con el tema de su amante perdido años atrás, era en realidad una pulsera de macramé, llena de nudos. Y aunque fue quitándose tensión de encima, fue sintiéndose más dolorida y desanimada.

Allí, tendida, se preguntó un momento si no sería inútil buscar a Santi allí. Si no hubiera muerto y se hubiera convertido en un fornido fisioterapeuta con greñas, dudaba que la coraza del «chico cortante» le durara tanto rato. Haría bromas, sonreiría de esa manera tan sexi suya, de lado, y estaría intentando ligar con ella, porque el hilo que los unió no se había roto. Estaba segura.

«Santi, por Dios, si estás ahí, manifiéstate», pensó para sus adentros. Pero nada se movió, ningún tarro se cayó misteriosamente de la estantería ni se apagaron las velas.

—Voy a dejarte por hoy —suspiró Samuel—. Mañana vas a estar dolorida, ¿vale? Tómate un antiinflamatorio si te encuentras muy mal. Y… si puedes, ven el viernes, que estarás menos inflamada. Así te acabo.

—Dirás «así acabo contigo».

Fue a levantarse, pero él volvió a posar la palma caliente en su espalda, parándola. Sin mediar palabra, le abrochó el sujetador.

—Gírate. Boca arriba —ordenó.

Ella obedeció a regañadientes. Allí estaba él. Dios. Qué guapo. Sí, pero había sido mucho dolor. Sin Santi mediante, por cierto.

—Cruza los brazos y cógete el hombro contrario con la mano. —Ella lo hizo y él cambió un poco su postura—. Así, un poco más abajo.

Pasó un brazo por debajo de la espalda de ella y se inclinó. «Pero… ¡¿qué coño?!», pensó Jimena con el corazón latiendo a todo trapo. ¿Cómo había pasado de «soy un fisioterapeuta serio» a abalanzarse sobre ella de aquella manera? No sabía si sentirse halagada, ofendida, cachonda o triste. ¿Santi haría las cosas así si tuviese treinta años? El pelo de Samuel cosquilleaba en su frente y el aire que salía de sus pulmones endulzaba su boca. Estaban tan cerca…

—Coge aire —le pidió—. Y ahora, expúlsalo.

Cuando empezó a exhalar, él hizo un movimiento y toda su espalda, incluyendo cuello y esternón, crujió provocándole un alivio que no conocía.

—Ah… —gimió dejando que los párpados, pesados, se cerraran un segundo.

—Sí, ¿eh?

Al escuchar su tono, más relajado, abrió los ojos de nuevo y quiso ver una sonrisa satisfecha en su boca. ¿Era así como reaccionaría al orgasmo de una mujer bajo su cuerpo? ¿Sería aquella su expresión de complacencia? ¿Por qué olía tan bien? Al aceite de romero que usaba en los masajes y a piel.

—Vístete. Te espero fuera.

Y la magia, el alma y el cosquilleo en la nuca desaparecieron de aquella habitación con él, siguiéndole los pasos.

Jimena se incorporó y se quedó sentada en la camilla, sola en la habitación. Tenía un nudo de vergüenza presionándole el estómago. Siempre le pasaba; cuando se precipitaba hacia algún destino, segura de que al final del camino le esperaría algo similar a lo que tuvo con Santi, sentía una alarma en forma de vergüenza. Quizá porque sabía que detrás de tanto plan urdido a toda prisa, existía una pena, una añoranza y una necesidad. Pero no valía la pena, se dijo en cuanto se estiró en busca de la ropa y sintió los tendones apaleados. Decidió, allí y en ese preciso momento, que por más bueno que estuviera ese chico, no volvería. El parecido físico con el que imaginaba que sería Santi hoy en día no era más que una coincidencia. No habían nacido para conocerse, el destino no había intercedido, no estaban predestinados, Santi no estaba mediando desde el más allá para que conociera a alguien con quien ser feliz…, se acabaron los dolores y las decisiones impulsivas.

Sin más, se vistió, cogió el bolso, se puso los zapatos y salió al pasillo, donde él esperaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Eran treinta euros, ¿verdad? —le preguntó.

—Sí. ¿A qué hora te viene bien el viernes?

—Pues es que no sé si me viene bien.

—Míralo y si te parece, tienes mi número.

—Vale.

Le dio los billetes y se colgó el bolso del hombro.

—Te diría que ha sido un placer, Samuel, pero… no sé hasta qué punto no estaría mintiendo.

Las comisuras de los labios de Samuel se arquearon y se desordenó el pelo.

—La primera sesión es normal. Estabas dura como una piedra. Deberías modificar tu postura delante del ordenador.

—Me tragaré un palo a ver si mejoro —contestó ella, mohína.

Se dirigieron hacia la salida, pero Jimena tropezó con algo y trastabilló. En un intento por no clavar los dientes en el suelo, se agarró a la pared y al brazo de Samuel a la desesperada.

—Pero ¿qué mierdas? —se quejó.

—Joder. No te has hecho daño, ¿verdad?

—No, pero de milagro. ¿Qué tienes ahí en medio?

—El monopatín. Pero… creía que lo tenía guardado en el armario. Lo siento.

Jimena se giró hacia él con urgencia y lo miró con los ojos abiertos de par en par.

—¿Monopatín?

—Sí.

—¿Vas en monopatín?

—No habitualmente. Solo… lo tengo ahí. Por los viejos tiempos. De vez en cuando me doy una vuelta.

A Santi el viento le revolvía el pelo cuando se deslizaba sobre el monopatín negro que llevaba a todas partes. Tenía unas pegatinas de RipCurl en la parte de abajo y las ruedas eran de color naranja chillón. Daba igual las veces que se cayera intentándolo, estaba decidido a aprender a saltar con él por la escalinata del parque amarillo, donde solían verse después de clase. Nunca llegó a hacerlo.

—¿Me dejas verlo?

—Eh…, claro. ¿Te gustan?

—Me gustaban —contestó como en trance.

Él lo acercó con el pie y con un gesto lo hizo saltar hasta su mano, para tendérselo después a Jimena. Era viejo, pero se notaba que su dueño lo mimaba, y pesaba más de lo que parecía. Jimena sonrió antes de devolvérselo.

—Bonito. Oye…, ¿te viene bien el viernes a las siete y media? —propuso con su voz de muñeca.

—Sí —asintió.

—A lo mejor te estoy jodiendo alguna cita.

—Yo no tengo citas.

A pesar de lo cortante de su tono y de que aquel chico necesitaba librarse de más de un peso imaginario y relajarse, Jimena volvió a esbozar una gran sonrisa. Antes de salir del piso, echó un último vistazo al monopatín… negro, con restos de pegatinas desgastadas y con las ruedas de un naranja chillón.

FuimosCanciones-11.xhtml

10. «Malibu», Miley Cyrus

La única respuesta a un día duro…, ELLAS

—Tú estás loca —le dije a Jimena que, sentada en su sofá, comía patatas fritas sonriente.

—Los escépticos siempre decís lo mismo. Pero yo estuve allí. Y yo vi el monopatín. Era ¡exactito!

—Han pasado por lo menos quince años desde la última vez que viste ese monopatín, Jimena. No digo que te lo inventes, que conste, pero… a lo mejor has visto lo que has querido ver.

—Sabía que dirías algo así…

Alcanzó una caja de latón de debajo de la mesa de centro y de dentro sacó unas cuantas fotos de nuestros años adolescentes. En ella Leo y yo posábamos apoyados en la barandilla pintada de amarillo de un parque, y Jimena y Santi se miraban cómplices. Junto a ellos, apoyado en el murete, el monopatín de este. Y sí, era tal cuál lo recordaba.

Joder. No me vino bien ver aquella foto. Esa foto me recordaba lo bien que estábamos cuando estábamos bien. Y lo mal que estuve cuando… no estuvimos más.

Cogí la foto y me la acerqué con la excusa de examinar el monopatín de cerca, pero en realidad mis ojos fueron hasta nosotros dos. Qué parejita hacíamos…, yo tan pequeña y sonriente y él tan… LEO. Siempre fue muy mono. No tuvo ese bigotillo horrendo preadolescente ni el acné le salpicó la cara. Pasó de ser un niño adorable a un chico guapo. Y de ahí al hombre que quita el aliento, no iba nada.

—¿Lo ves? —insistió Jimena señalando el maldito monopatín.

—Coincidencia —le dije antes de devolverle la foto.

—Un cojón de mono. Maca, reina, deberías hacer examen de conciencia y preguntarte por qué te cuesta tanto creer en las fuerzas que rigen el cosmos. No somos más que polvo de estrellas, ¿sabes? Todo esto nos viene enorme. No podemos entenderlo, pero tenemos que…

—Pareces Esperanza Gracia, por Dios. Déjalo estar —la corté a propósito, consultando la hora en mi teléfono móvil—. Cómo tarda Adri, ¿no? Mañana tengo el día completito y quiero acostarme pronto.

—No seas aguafiestas. Estará buscando amante para su trío. ¿Dónde mierdas se buscarán estas cosas?

—En Internet —dije resuelta—. Todo se encuentra en Internet. Menos horas de sueño.

—Si no salieras tan tarde de trabajar —se quejó—, no tendríamos que vernos por las noches, cielo.

—Si no te enamoraras del rastro fantasmagórico de tu primer amante muerto, no tendríamos que hacer reuniones de urgencia un lunes.

En ese momento llamaron al timbre y Jimena se levantó corriendo, contenta de no tener que contestar a mi acusación. Sinceramente, yo estaba encantada de que aquella reunión de urgencia hubiera mejorado mi día de mierda. Pipa había tenido el día tocacojones y no había hecho más que pedir cosas absurdas, como un zumo de apio y limón (que luego no se bebió porque era asqueroso), una lima de uñas de cristal de no sé qué y que llevara sus maletas de Louis Vuitton a que grabaran sus iniciales en dorado antes de nuestro viaje a Milán.

Cuando Jimena volvió, iba acompañada de una Adriana despeinada, sonriente pero necesitada de cerveza. Esas cosas se leen en los ojos.

—Una birra —suplicó.

—¿Día duro? —le pregunté cuando se dejó caer en el sofá a mi lado.

—He tenido ocho citas con novias histéricas hoy. Y ha llegado el muestrario de la nueva temporada. Todo horrible. Y con lazos.

—Pero no vendrás a estas horas de la tienda, ¿no? —pregunté extrañada.

—No. Esta semana tengo el turno de mañana. Vengo de tomar algo con mi cuñada. No sabes lo bien que me ha venido tu llamadita a filas: he escapado por patas. Por cierto, Jimena, si te pregunta Julián, tu jefe te ha amenazado con despedirte.

—Genial. ¿Cómo va tu trío? —soltó Jimena, llegando de la «cocina» (entrecomillado porque en realidad era una especie de armario empotrado con fregadero y un par de fogones) con la boca llena de patatas y una lata de cerveza para Adriana.

—Pues va bien. —Sonrió contenta—. He localizado a dos chicas que podrían valer, pero prefiero tomármelo con calma. Imagínate que me lanzo con una de ellas y luego es una loca que nos quiere matar o algo así.

—No suena muy realista —apunté.

—La realidad suele superar a la ficción. Ahora el tema es cómo decírselo porque tampoco quiero que sea sorpresa y matarlo de un infarto.

—Es increíble. —Me reí.

—¿¡Verdad!? ¡Voy a hacer un trío! —Se rio por lo bajini—. ¿Lo habéis apuntado en la lista? Eso son al menos tres puntos.

Jimena se limpió los dedos aceitosos en el pantalón y alcanzó su móvil, donde llevaba anotado los tantos que nos marcábamos cada una para «ser la más guay».

—Tres puntos para Adri por hacer un trío. Aún vas a la cola.

—¡Imposible! Déjame verlo.

—Mira. Macarena, 32 puntos. Jimena, 45. Adriana, 30. Maca, aún eres más guay que Adri.

—Va a hacer un trío. Es cuestión de tiempo que se haga un piercing en un pezón y pete el molómetro. Y yo, mientras tanto… —Miré de reojo el móvil que había dejado sobre la mesa y que no se había iluminado aún con la contestación de Coque al mensaje que le había mandado un ratito antes.

—Mientras tanto tú, ¿qué?

—Aquí estoy.

—Aquí estás, ya te veo. ¿Cuál es el problema? —preguntó Adri.

—Ninguno. Nada puede compararse a la «molabilidad» de la que va a hacer un trío.

—Escupe. —Adri me miró, cerveza en mano, y me animó con un ademán rápido—. Que escupas te he dicho.

—¿Qué quieres que escupa?

—Joder, Adri, vas lanzada. Primero el trío y ahora te mola que te escupan —se burló Jimena.

—¿Qué te pasa? —Sus ojillos de gata seguían mirándome fijamente—. Y no digas que nada que algo pasa.

Chasqueé la lengua y me aparté el pelo de la cara a la vez que apoyaba la espalda en el respaldo del sofá.

—Esta esconde algo —murmuró Jimena.

—No escondo nada. He tenido un día de estos… que se hacen cuesta arriba. Me da por pensar si lo estoy haciendo bien. Ya sabéis; trabajar con Pipa es complicado, no tengo tiempo para mí y el que tengo…, no sé. Solo es una sensación. Como que… algo no va bien.

—¿No será gastroenteritis? —señaló Jimena—. O que es lunes. Los lunes son terribles.

—Sí. Y una fístula —respondí molesta.

—Y… digo yo… que a lo mejor me equivoco, ¿eh? Pero… ¿no puede ser que tenga que ver con el hecho de haber visto a Leo? —sentenció Adriana mucho más seria—. Para ti ese tío es como mentar a la muerte.

—¿Como cuando…? —empezó a preguntar Jimena.

—¿Vas a hablar de la muerte? —la interrumpió Adri.

—Sí.

—Pues no, no es como eso. Sigue, Maca.

—Es que no sé cómo explicarlo.

—¿Y no será por Coque? —sentenció Jimena.

—¿Por qué va a ser por Coque?

—Quizá tu subconsciente está mandando oleadas de información emocional a tu cerebro para que entiendas que estás invirtiendo tiempo en algo que no te lleva a ningún sitio.

—Me lleva adonde quiero —aseguré—. Me encanta que seamos «no-novios». Tengo pareja y espacio personal para seguir creciendo.

—Y tanto espacio. ¡Te da tanto espacio que entre vosotros cabe la mitad de Canadá!

—Da igual —sentencié—. No lo entendéis.

El móvil se iluminó de pronto y con él, mi cara. Cogí el aparato con aire triunfal y se lo enseñé.

—Mira, el aludido, enviándome un mensajito.

—Superromántico, seguro —ironizó Jime.

—Pues sí.

—Léelo a ver.

—Es privado.

—¿No dices que no lo entendemos? Pues léenoslo y así nos ilustras.

Miré el mensaje de reojo. Cabía entero en la previsualización que aparecía en la pantalla bloqueada.

Cuqui, me acuerdo del otro día y me pongo malo. Sé que es tarde, pero… ¿tienes plan? Porque a mí se me ocurren unos cuantos.

Mi cara dibujó una mueca.

—Año y medio —señaló Jimena—, y aún no te ha dicho que te quiere.

—A lo mejor es que no nos queremos así. ¿Por qué todas las relaciones tienen que ir bajo el mismo código?

—Porque una relación sin amor es una pérdida de tiempo vital. Y la vida es muy corta como para ir regalándosela a cualquiera.

Le lancé una mirada poco amable y emití una suerte de gruñido que no dejaba claro si aceptaba o no el comentario.

—Me quedaría toda la noche escuchando vuestras teorías sobre cómo me siento, pero voy a bajar al chino a por más cerveza. Si espero un poco más, Jimena sacará alcohol del duro y yo mañana tengo un día redondo. El viernes volamos a Milán y Pipa tiene programadas mil formas muy creativas de maltratarme antes.

—¿Te has enfadado? —me preguntó Adri, cogiéndome la mano.

—¡Qué va! Quiero más cerveza fría.

Enfadada no, molesta sí. Que Jimena disfrazara de consejos a lo Dalai Lama lo mal que le caía Coque me repateaba, pero prefería bajar a comprar algo de beber y más patatas antes de enzarzarme en una discusión con ella de la que ninguna sacaría una conclusión válida.

Me levanté y cogí mi bolso y la chaqueta.

—Pero ¡si acabo de llegar! ¡Ya me lo podríais haber pedido a mí! —se quejó Adri—. ¿Ya no quedan cervezas?

—¡Calentorras! —anunció Jimena risueña.

—Ah, pues no…, baja, Maca. He tenido un día duro y necesito ese brebaje.

—¡Y no sabes lo que te espera! Anda, Jime, cuéntale a Adri lo de que tu amante muerto se manifestó en casa del fisioterapeuta en forma de monopatín, por favor.

—¿¡¡Qué!!!? —exclamó la pelirroja muerta de risa.

Cuando abrí la puerta del ascensor, mientras respondía el mensaje, las carcajadas de Adriana traspasaban ya todas las paredes del edificio. Me costó no hacer una bomba de humo y marcharme a ver a Coque, pero… hay momentos en los que un orgasmo no es tan importante.

Iba a liarme con toda seguridad y no iba a dormir suficientes horas, pero mi semana de mierda se haría mucho más llevadera después de esos minutos extra de vida.

FuimosCanciones-12.xhtml

11. «Una estrella en mi jardín», Mari Trini

¿Por qué a mí?

Pipa parecía tener un radar para localizar mis noches alegres con el fin de darme mañanitas especialmente tristes. Aquella era de esas, por supuesto. Creo que le jodía que yo tuviera amigas con las que trasnochar. Ya, sí, lo sé. Ella también tenía amigas…, amigas de esas que cuando las etiquetaba en Instagram en la foto de una cena veraniega en la terraza de moda en Marbella, todo el mundo conocía. Bronceadas, copando los mejores puestos de trabajo, con estilo… Pero era gente que no llamaba a Pipa para ofrecerle una noche de cerveza y patatas sabor «Jamón Jamón». Creo que hasta la más glamurosa de las chicas ansía un poco de normalidad. O quizá es que le fastidiaba que yo fuera feliz con tan poco…, ¿quién sabe?

Pero la cuestión es que me estaba dando por saco. El infierno, estoy segura, es un sitio abarrotado de Pipas que te piden muchas cosas a la vez, que siempre tienen frío y que consideran que nunca has hecho nada bien. Era uno de esos días…

Había comido un sándwich envasado delante del ordenador y tenía ardor y hambre, dos sensaciones que no combinaban nada entre sí, ni con todo el trabajo con el que Pipa me había cargado. Quería un antiácido, una quesadilla y dos o tres margaritas. ¿Qué tipo de trabajo me tenía dos horas buscando un jersey amarillo de pelo de alpaca por Internet? Uno que no era serio. O que no era el que me tocaba…, una de dos.

A las siete de la tarde ya no me apetecían ni las margaritas. Solo quería entrar en mi casa, pasar por la cocina para hacerme con provisiones y meterme en la cama. Lo que no tenía claro era lo que haría una vez dentro de la cama. Dudaba entre ponerme una mascarilla de Sephora en la cara para cuidar esa piel que a Pipa nunca le parecía lo suficientemente sana, ver una comedia romántica del tipo La boda de mi mejor amiga que me diera fe en que mi vida daría un giro dramático de 180 grados del que saldría fortalecida y pletórica o… masturbarme. Masturbarme pensando en algo que no debía, pero que mantenía en mi mente como un «placer culpable» recurrente que se había avivado de alguna manera desde el jueves pasado: el movimiento estrella de las caderas de Leo cuando no podía más, yo ya estaba en el séptimo cielo y él estaba a punto de dejarse ir. Suena bien, ¿verdad? Pues aún se sentía mejor cuando él estaba encima.

Y en esas estábamos cuando Raquel empujó la puerta que mi jefa había dejado entreabierta antes de irse y entró en la oficina. Así. Sin mensajes que te ponen sobre aviso, ni humo que acompaña a una entrada teatral ni mayordomos anunciando visita. Maldije que Pipa no me hubiera confinado en un cuartucho oscuro y minúsculo. Odié la preciosa oficina diáfana de paredes blancas, papel pintado tropical y mucho cristal en la que, cuando mi jefa no andaba dando por saco, me sentía tan cómoda. Y todo porque tenía una conversación pendiente con Raquel que no quería tener. Y ambas lo sabíamos.

—¡Morenaza! —me saludó.

—Manda cojones que me saludes así midiendo lo que mido y teniendo estas tetitas de colegiala.

—Eres idiota. —Se rio mientras se inclinaba sobre la mesa para darme un beso—. ¿Dónde está la jefa?

—Se fue hace una hora. Tenía manicura.

—Y te dejó la puerta abierta por… ¿por qué?

—Porque la puerta cierra mal, hay que darle fuerte, y palabras exactas: «Dar portazos es una ordinariez».

—Mira…, como llevar zapatos planos.

—Llevar zapatos planos más de tres veces por semana si no eres Chiara Ferragni — puntualicé—. ¿Qué haces por aquí?

—Pues… pasaba por el barrio y se me ha ocurrido venir a secuestrarte. —Sonrió—. Nos debemos una copa, ¿no?

Por fuera sonreí, pero por dentro canté varias estrofas de una canción de Mari Trini…, en concreto, «¿por qué a mí…?» de «Una estrella en mi jardín».

—Vale. —Guardé el documento con el que estaba, marqué como favoritas las páginas en las que había encontrado algo que Pipa quería y puse el ordenador en reposo—. Vamos a por esa copa.

Tenía la suerte de tener muy cerca de la oficina La Lupita, un mexicano donde se toman unas margaritas increíbles, y decidí que dadas las circunstancias casi no me hacía falta ni el antiácido. Eso sí…, junto al frozen margarita de lima («con solo una gotita de tequila», supliqué), pedí unos nachos para tener con qué empapar el tequila cuando llegara al estómago.

—¿Tú no quieres? —le pregunté a Raquel cuando la vi abrir los ojos sorprendida.

—¿Meriendas nachos?

—He comido un sándwich que decía ser de pollo pero que sabía a goma EVA. Déjame darme un capricho. Sobre todo adivinando la conversación que se me viene encima.

Raquel sonrió con vergüenza y yo me acomodé en la silla. No teníamos una relación muy estrecha, pero sí fluida. De alguna manera nos habíamos convertido en confidentes eventuales… Dos personas que se caen bien dentro de un mundo laboral en el que no nos fiábamos de mucha gente. Siempre supe que Raquel era de verdad, sin dobleces y por eso fue la primera persona de fuera de mi círculo íntimo que supo que Pipa me llevaba de cabeza. Nos habíamos tomado copas juntas después del trabajo ya bastantes veces y nos buscábamos en las fiestas de curro a las que acudíamos, pero nunca nos habíamos sentido tan cortadas ante una conversación.

—¿Puedo empezar o necesitas tener el cóctel de margarita a mano? —me preguntó.

—A pelo. Suéltalo.

—Lo del otro día fue raro —suspiró—. No me di cuenta hasta que te fuiste.

—¿De qué?

—De que Leo y tú…

—Leo y yo nada —intenté pararla.

—Ahora no, pero… salisteis juntos.

Me pasé los dedos por el pelo y suspiré, colocando los codos en la mesa con muy poco protocolo. Diosito…, sácame de aquí.

—Sí —acerté a decir.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No sé responderte a esa pregunta, Raquel.

—¿No sabes o no quieres?

Apoyé la espalda en la silla y evité su mirada y sus bonitos ojos oscuros, redondos, vivos. No quería ver las cosas que estaba segura que le habían gustado a Leo la primera vez que la vio.

—¿Te molesta que quede con Leo? —volvió a preguntar.

Aquello no era, ni de lejos, lo que esperaba escuchar. Creía que me daría alguna vaga explicación sobre su relación con Leo y que yo me sentiría muy incómoda al saber que, aunque sonreía y fingía que no me importaba para nada lo que Leo hiciera con su (perfecto) pene, momentos antes había estado fantaseando con la idea de masturbarme recordándonos en la cama. No esperaba algo tan… directo y sincero. No esperaba que ella también se sintiera cohibida.

—Es… extraño —le respondí. Cuando vi su cara, me apresuré a explicarme—. Quiero decir que es raro volver a verlo después de tanto tiempo. No es raro que esté… contigo.

—No está conmigo como creo que tú te imaginas.

—No quiero imaginar de más en este caso en concreto —intenté sonar burlona y despreocupada—. Es mi ex y no…

—De verdad que no estamos saliendo en serio.

«No estamos saliendo en serio» significaba «estamos saliendo de algún modo», y… escocía.

—Raquel, no tienes que darme ninguna explicación, de verdad —traté de pararla.

—Bueno, vale, pero es que quiero dártela.

Contuve el aliento. Ahí venía.

—Hemos quedado un par de veces, pero… no ha pasado nada.

La miré con las cejas arqueadas. Conozco a Leo desde que nací…, «no ha pasado nada» en la misma frase que él y en el contexto «cita» no era una posibilidad.

—Raquel, no quiero explicaciones, pero si me la vas a dar ten en cuenta que la policía no es tonta. Ve una colilla y piensa: «Aquí han fumado» —le respondí.

—Está bueno —asumió en voz alta. Seguí con la mirada clavada en su cara y chasqueó la lengua—. Muy bueno. ¡¡Vale!! Me encanta. Me… gusta mucho. Pero me preocupa lo vuestro.

Lo nuestro. Bonita definición para algo indefinible. Algo insano, a ratos enfermizo y muy tóxico.

—Eso no es precisamente lo que debería preocuparte. Lo nuestro no fue tan determinante en mi vida —le mentí

—Pues para no serlo se os quedó una cara al veros…

—Ni siquiera sabía que vivía aquí. —Me encogí de hombros—. La relación no es muy fluida, como habrás podido comprobar.

—¿Me estoy pasando si te pido que me cuentes por qué?

—No quiero condicionarte. No quiero meterme ahí. No se me ha perdido nada.

—¿Te hizo daño? ¿Es un mal tío? Mira, Maca…, te conozco desde hace ya un par de años y te he visto en situaciones peliagudas pero nunca con esa expresión. Fue como encontrarte a la muerte.

Me mordí el labio superior. Si yo fuera ella, estaría pidiendo la misma información, pero no podía dársela. No podía dársela tal y como me pasaba por la cabeza porque estaba mediada por unas emociones sobre las que hacía años que no reflexionaba y que eran mías. Solamente mías.

—A nosotros nos fue mal, lo que no significa que Leo sea un cerdo. —Tomé prestadas las palabras de Jimena e intenté sonreír—. Nosotros no somos buenos el uno para el otro, pero eso no le convierte en un mal tío. Es —busqué una palabra suave—… epicúreo. Un hedonista. En todo excepto en el trabajo, donde se desloma. Ha nacido para disfrutar… lo que, en ocasiones, conmigo significó un problema. Conmigo, insisto.

Raquel me miró fijamente y suspiró. Llegaron las margaritas y las dos agarramos la copa mientras agradecíamos al camarero su llegada. Brindamos en silencio, bebimos y pensamos.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos? —volvió a insistir.

—¿En total?

—¿Cómo que «en total»?

—Cuatro intentonas. —Levanté cuatro dedos de mi mano izquierda sin soltar la copa de la derecha—. De mis quince a mis diecisiete; de los dieciocho a los veinte; de los veintidós a los veintitrés, y de los veinticuatro a los veintiséis.

Me miró alucinada y yo asentí.

—Era mi vecino de toda la vida. El mejor amigo de mi hermano.

Y mi talón de Aquiles. Pero eso me lo callé.

—¿Por qué rompíais tanto?

—Porque no nos soportamos.

Raquel levantó las cejas y bebió otro trago.

—En serio… —le prometí—. No nos podemos soportar. No puedo aguantar su forma de plantearse la vida. Saca lo peor de mí…, sacaba lo peor de mí. Y yo de él.

—Y… fue una ruptura muy…

—Fue una ruptura como todas. Cuando aún hay amor, la ruptura siempre es fea. —Y después de decir (y asumir) aquello, tuve que carraspear para quitarme el nudo que se había instalado en mi garganta.

—¿Lo quieres?

Levanté la mirada de mis manos bastante horrorizada. ¿¡Cómo iba a querer aún a ese psicópata después de lo que me costó desembarazarme de los recuerdos!?

—No —dije resuelta—. Nada. Ese es el problema.

—¿Cuál es el problema? No te entiendo.

Me eché a reír nerviosa y me aparté el pelo de la cara.

—Ya no hay nada —sentencié—. Es lo único que te puedo decir.

Leo callado, mirándome imperturbable mientras yo lloraba y gritaba. Leo exigiendo, con voz tensa pero serena, que me tranquilizara. Leo viendo cómo me marchaba con las manos en los bolsillos, como si no le importase nada.

—Vale…, entonces…

Aterricé de golpe desde los recuerdos y parpadeé. Me asustó verla tan nerviosa.

—¿Te molesta si lo sigo viendo?

¿Viendo? ¿En qué sentido? ¿Mirarlo? Todo suyo. Que lo mirara como y cuanto quisiera. Imaginaba que si los asistentes a sus conferencias (en concreto todos aquellos a los que les gustasen los hombres) no lo habían desgastado de tanto mirar, no había peligro. Pero… me daba que ese «verse» era un eufemismo educado que se refería a mirarlo a los ojos mientras se lo montaba. Ay, Dios…, me rasqué el cuero cabelludo, como siempre que me ponía nerviosa.

—Sé sincera —me pidió.

—Pues debería darme igual —insistí—. Debería decirte: «Todo tuyo, sed muy felices» pero…

—¿Pero…?

«Pero me prometió tantas cosas que me es imposible no echar de menos aquello que nunca tuve. Pero es un tío de los que duelen, Raquel, una no puede dejarlo entrar en su vida y no sufrir si no sale bien. Leo es intenso, es de los que queman; te estás jugando más de lo que crees. Leo no es de nadie…, ni un poco. Te puede destrozar la vida. A mí siempre me la destroza. Siempre».

Chasqueé la lengua contra el paladar. No podía decirle aquello. No era de mi incumbencia y no quería darle alas a la idea de lo que fuimos, así que cambié de expresión, sonreí y me quedé a medio camino entre lo que creía y debía.

—Está superado. No queda nada entre nosotros.

Raquel frunció el ceño.

—¿Pero?

—No hay pero. De verdad. No me hagas caso. Es que se me atragantan ciertos recuerdos, pero es un tema personal. Malas experiencias mías.

—Y… ¿por qué rompisteis la última vez?

Sonreí con tanta tristeza que la boca me supo amarga. Aspiré aire, después lo solté despacio por la nariz y le cogí la mano, aunque era yo la que necesitaba aquel apretón y la calidez del gesto.

—Eso, Raquel, tendrás que preguntárselo a él.

Creí que iba a insistir, pero no lo hizo. Cuando me miró de nuevo a los ojos supe que… Leo le gustaba mucho. Y la entendía. Es de esos.

—Supongo que después de una relación siempre quedan flecos dolorosos difíciles de solucionar —me dijo.

—Para solucionarlo necesitaría una lobotomía y un bidón de gasolina, cielo.

Las dos nos reímos y cogimos de nuevo nuestras copas para brindar, esta vez, por algo. Ella, seguramente, por haberlo aclarado; yo deseando que el tequila me borrara todos y cada uno de los buenos recuerdos con Leo: los de la niñez, adolescencia y mejores instantes de una relación reincidente que cuando era buena era la mejor, pero que cuando era mala… era diabólica.

—Algún día podríamos quedar los tres y tomarnos algo —dijo después de darle un trago—. Así normalizamos un poco las cosas.

Bebí más margarita para no tener que contestar.

—Tres amigos que salen a cenar por Madrid. Y ya está.

Pobre. No nos había visto juntos más de unos minutos…, si lo hubiera hecho, sabría que Leo y yo podíamos ser de todo, menos dos amigos que salen a cenar por Madrid. Y ya está.