Fin

Se llamaba Leila.

Tequila Leila, como la conocían sus amigos y clientes. Tequila Leila, como la llamaban en casa y en el trabajo, en aquel edificio de color palisandro de un callejón sin salida adoquinado no lejos del muelle y enclavado entre una iglesia y una sinagoga, en medio de tiendas de lámparas y restaurantes de kebab: la calle que albergaba los burdeles autorizados más antiguos de Estambul.

No obstante, si los oyera expresarlo así, se ofendería y les lanzaría en broma un zapato..., un zapato de tacón de aguja.

«“Me llamo”, tesoro, no “me llamaba”... Me llamo Tequila Leila.»

Jamás en la vida habría consentido que se hablara de ella en pasado. Solo de pensarlo se habría sentido pequeña y derrotada, y lo último que deseaba en este mundo era sentirse de ese modo. No, habría insistido en el uso del presente..., aunque de pronto advirtió con un sentimiento de zozobra que el corazón acababa de dejar de latirle, que su respiración había cesado de golpe y que, lo mirara por donde lo mirase, no podía negar que estaba muerta.

Ninguno de sus amigos lo sabía aún. A esas horas de la mañana debían de dormir a pierna suelta, cada uno tratando de encontrar la forma de salir de su propio laberinto de sueños. Leila habría deseado estar en casa como ellos, envuelta en la calidez de la ropa de cama y con el gato ovillado a sus pies y ronroneando con soñolienta satisfacción. El gato era negro, con excepción de una mancha nívea en una pata, y estaba sordo como una tapia. Ella le había puesto el nombre de Mister Chaplin por Charlie Chaplin, ya que, al igual que los ídolos de los primeros tiempos del cine, el animal vivía en un mundo mudo.

Tequila Leila habría dado lo que fuera por estar en su apartamento. En cambio, se hallaba en las afueras de Estambul, junto a un campo de fútbol húmedo y a oscuras, metida en un cubo de la basura metálico de asas oxidadas y pintura desconchada. Era un contenedor con ruedas, de poco más de un metro de alto y la mitad de ancho. Ella medía uno setenta, más los veinte centímetros de los zapatos destalonados de color violeta y tacón de aguja que aún calzaba.

Había muchas cosas que deseaba saber. Reproducía mentalmente una y otra vez los últimos momentos de su vida preguntándose en qué punto se había torcido todo: un ejercicio inútil, pues el tiempo no podía desenrollarse como un ovillo de hilo. Su piel ya empezaba a adquirir un tono ceniciento pese a que las células aún bullían de actividad. No podía dejar de percibir lo mucho que estaba ocurriendo dentro de sus órganos y miembros. La gente da por sentado que los cadáveres no tienen más vida que un árbol caído o un tocón hueco, carentes de conciencia. Sin embargo, si se le hubiera brindado la posibilidad, Leila habría dado fe de que, por el contrario, los cadáveres rebosan de vida.

Le costaba creer que su existencia mortal hubiera llegado a su fin. El día anterior, sin ir más lejos, había cruzado el barrio de Pera, y su sombra se había deslizado por calles que llevaban el nombre de jefes militares y héroes nacionales, calles con nombre de varón. Esa misma semana, su risa había resonado en las tabernas de techo bajo de Gálata y Kurtuluş, y en los pequeños antros mal ventilados de Tophane, locales que nunca aparecían en las guías de viaje ni en los mapas turísticos. La Estambul que Leila había conocido no era la Estambul que el Ministerio de Turismo habría querido que vieran los extranjeros.

La noche anterior había dejado sus huellas dactilares en un vaso de whisky y un rastro de su perfume —Paloma Picasso, regalo de cumpleaños de sus amigos— en el fular de seda que había lanzado a un lado de la cama de un desconocido, en la suite de la última planta de un hotel de lujo. En lo alto del cielo se vislumbraba todavía un filo de la luna de la víspera, luminosa e inalcanzable, como el vestigio de un recuerdo alegre. Leila aún formaba parte de este mundo, y seguía habiendo vida en su interior; por tanto, ¿cómo era posible que hubiera muerto? ¿Cómo era posible que ya no existiera, igual que si fuera un sueño que se desvanece con el primer atisbo del alba? Hacía tan solo unas horas cantaba, fumaba, soltaba palabrotas, pensaba...; bueno, también pensaba ahora. Era increíble que su mente funcionara a todo trapo..., aunque a saber cuánto duraría. Habría deseado volver atrás para informar a todo el mundo de que los muertos no morían al instante; de que seguían reflexionando, incluso sobre su propio fallecimiento. Supuso que la gente se asustaría al enterarse. Ella misma se habría asustado cuando estaba viva. Aun así, le pareció que era importante que todos lo supieran.

En opinión de Leila, los seres humanos mostraban una profunda impaciencia ante los hechos fundamentales de la existencia. Para empezar, daban por sentado que una persona se convertía automáticamente en esposa o marido con solo decir «Sí, quiero», cuando lo cierto era que se tardaba años en aprender a estar casado. Del mismo modo, la sociedad contaba con que el instinto maternal —o el paternal— se activara con el nacimiento de un hijo. En realidad, a veces se tardaba bastante en entender lo que era ser madre o padre..., o, ya puestos, abuela o abuelo. Otro tanto ocurría con la jubilación y la vejez. ¿Cómo podía alguien cambiar de onda en cuanto salía de una oficina en la que había pasado media vida y donde había dado al traste con la mayor parte de sus sueños? No era tan sencillo. Leila había conocido a profesores jubilados que se levantaban a las siete, se duchaban y, tras arreglarse, se derrumbaban ante la mesa del desayuno al recordar de repente que ya no trabajaban. Todavía no se habían adaptado.

Quizá con la muerte ocurriera algo parecido. La gente creía que una persona se convertía en cadáver en cuanto exhalaba su último aliento. Sin embargo, los límites nunca eran tan nítidos. Del mismo modo que había numerosos tonos entre el negro azabache y el blanco deslumbrante, existían multitud de fases en eso que se denominaba «descanso eterno». Leila concluyó que, de existir una frontera entre el Reino de la Vida y el Reino del Más Allá, debía de ser porosa como la arenisca.

Esperaba a que saliera el sol. Entonces sin duda alguien la encontraría y la sacaría de aquel cubo inmundo. Suponía que las autoridades no tardarían mucho en averiguar su identidad. Solo tenían que encontrar su ficha. En el transcurso de los años la habían cacheado, arrestado y fotografiado, además de tomarle las huellas dactilares, más veces de las que le habría gustado admitir. Aquellas comisarías apartadas tenían un olor característico: ceniceros rebosantes de colillas del día anterior, posos de café en tazas desportilladas, aliento apestoso, trapos mojados y el fuerte hedor de los urinarios, que no desaparecía por más lejía que se echara. Policías y delincuentes compartían el escaso espacio de las salas. A Leila siempre le había fascinado pensar que las células muertas de la piel de unos y otros caían al mismo suelo y que los ácaros del polvo las devoraban todas por igual, sin distinción ni preferencia. En ciertos aspectos que el ojo humano no captaba, los opuestos se fundían de maneras inesperadas.

Suponía que, después de identificarla, las autoridades informarían a su familia. Sus padres vivían en la histórica ciudad de Van, a más de mil kilómetros de distancia. Sin embargo, no contaba con que acudieran a llevarse su cuerpo, pues hacía tiempo que la habían repudiado.

«Nos has deshonrado. Todo el mundo habla a nuestras espaldas.»

Por tanto, la policía tendría que recurrir a sus amigos. A los cinco: Sabotaje Sinán, Nostalgia Nalán, Yamila, Zaynab122 y Hollywood Humeyra.

Tequila Leila no dudaba de que acudirían lo más rápido posible. Casi le parecía verlos correr hacia ella, con pasos presurosos y aun así vacilantes, los ojos muy abiertos por la impresión y por una tristeza aún incipiente, un dolor primitivo que no habían llegado a asimilar, todavía no. Se sintió fatal por tener que obligarlos a vivir lo que a todas luces sería un penoso suplicio. No obstante, era un alivio saber que le organizarían un funeral espléndido. Alcanfor e incienso. Música y flores, sobre todo rosas. De un rojo ardiente, de un amarillo vivo, de un burdeos intenso... Clásicas, intemporales, insuperables. Los tulipanes eran demasiado majestuosos, los narcisos demasiado delicados, y los lirios la hacían estornudar; en cambio, las rosas eran perfectas con su mezcla de glamur seductor y espinas afiladas.

El alba despuntaba lentamente. Por encima del horizonte se extendían, de este a oeste, franjas de colores: bellinis de melocotón, martinis de naranja, margaritas de fresa, negronis helados. Al cabo de unos segundos resonaron a su alrededor las llamadas a la oración de las mezquitas circundantes, sin que ni siquiera un par estuvieran sincronizadas. Muy a lo lejos el Bósforo bostezaba con ganas tras despertar de su sueño turquesa. Un bote de pesca regresaba al puerto con el motor escupiendo humo. Una gran ola avanzó con languidez hacia los muelles. En el pasado la zona había sido agraciada con olivares y huertos de higueras que habían sido arrasados a fin de abrir espacio para la construcción de más edificios y aparcamientos. Un perro ladraba en la penumbra, más por sentido del deber que por entusiasmo. En las inmediaciones, un pájaro pio, enérgico y estridente, y otro trinó en respuesta, aunque no con la misma jovialidad. El coro del amanecer. Leila oyó el estruendo de una furgoneta de reparto que circulaba por la carretera llena de baches botando en un hoyo tras otro. El zumbido del tráfico de primera hora de la mañana no tardaría en volverse ensordecedor. La vida a todo volumen.

Cuando estaba viva, a Tequila Leila le habían sorprendido siempre, e incluso intranquilizado, las personas que se complacían en especular de forma obsesiva sobre el fin del mundo. ¿Cómo era posible que unas mentes en apariencia cuerdas se enfrascaran en suposiciones disparatadas sobre asteroides, bolas de fuego y cometas que devastaban el planeta? A su entender, el apocalipsis no era lo peor que podía ocurrir. La posibilidad del exterminio inmediato y total de la civilización no resultaba tan pavorosa como la simple certeza de que nuestra desaparición individual no afectaba al orden de cosas y que la vida seguiría igual con o sin nosotros. Siempre había pensado que eso era lo aterrador.

El viento cambió de dirección y azotó el campo de fútbol. Leila los vio entonces. Cuatro adolescentes. Chavales que habían salido temprano para rebuscar en la basura. Dos empujaban un carrito lleno de botellas de plástico y latas aplastadas. Los seguía un tercero de hombros caídos y rodillas torcidas cargado con un saco mugriento que contenía algo muy pesado. El cuarto, a todas luces el jefe, caminaba a la cabeza con una arrogancia inconfundible, sacando su huesudo pecho como un gallo de pelea. Avanzaban hacia Leila bromeando entre sí.

«Seguid andando.»

Se detuvieron al otro lado de la calzada junto a un contenedor de la basura y empezaron a hurgar en su interior. Botes de champú, tetrabriks de zumo, envases de yogur, hueveras...: arramblaban con los tesoros y los amontonaban en el carrito. Sus movimientos eran diestros, de expertos. Uno encontró un sombrero viejo de cuero. Se lo puso riendo y caminó con un aire de superioridad exagerado, las manos hundidas en los bolsillos traseros, imitando a algún gánster que debía de haber visto en una película. El jefe se lo arrebató de inmediato y se lo encasquetó él. Nadie protestó. Tras dejar limpio el contendedor se dispusieron a marcharse. Leila se sintió consternada cuando pareció que daban media vuelta para dirigirse en dirección contraria.

«¡Eh, que estoy aquí!»

Despacio, como si hubiera oído el ruego de Leila, el jefe alzó la barbilla y miró con los ojos entornados hacia el sol naciente. Bajo la luz cambiante escudriñó el horizonte y dejó vagar la mirada hasta que por fin la vio. Enarcó las cejas de golpe y los labios le temblaron un poco.

«No huyas, por favor.»

El muchacho no huyó, sino que comentó algo inaudible a los otros, que de pronto se quedaron mirándola con idéntica expresión de pasmo. Leila se percató entonces de lo jóvenes que eran. Esos chiquillos que se las daban de hombres eran aún niños, unos mozalbetes.

El jefe avanzó un pasito. Y otro. Caminó hacia ella igual que un ratón se aproximaría a una manzana caída: cohibido e inquieto, pero igualmente decidido y veloz. El rostro se le ensombreció cuando se acercó a ella y vio en qué estado se encontraba.

«No tengas miedo.»

El muchacho estaba a su lado, tan cerca que Leila le vio el blanco de los ojos, inyectado en sangre y con pintas amarillas. Dedujo que había esnifado pegamento: un chaval menor de quince años al que Estambul aparentaría acoger y hospedar para después, cuando él menos lo esperara, abandonarlo como a una muñeca de trapo vieja.

«Avisa a la policía, hijo. Avísala para que informen a mis amigos.»

El muchacho lanzó una ojeada a derecha e izquierda para asegurarse de que nadie lo veía, de que no había cámaras de vigilancia en la zona, y se inclinó bruscamente para coger el collar de Leila, un medallón de oro con una esmeralda minúscula en el centro. Lo tocó con cautela, como si temiera que fuera a explotarle en la palma de la mano, donde sentía el frescor reconfortante del metal. Lo abrió y vio que contenía una fotografía; la sacó y la observó un momento. Reconoció a la mujer, una versión más joven de la que tenía delante; aparecía con un hombre de ojos verdes, sonrisa dulce y cabello largo peinado en un estilo de otra época. Parecían felices juntos, enamorados.

En el dorso de la fotografía había una frase escrita: «D/Alí y yo... Primavera de 1976».

El muchacho arrancó el colgante con un movimiento rápido y se guardó el botín en el bolsillo. Si sus compañeros, que permanecían en silencio detrás de él, se percataron de lo que acababa de hacer, decidieron pasarlo por alto. Pese a su juventud, habían adquirido suficiente experiencia en esa ciudad para saber cuándo convenía dárselas de listo y cuándo había que hacerse el tonto.

Solo uno de ellos avanzó un paso y se atrevió a preguntar con un hilillo de voz:

—¿Está... está viva?

—No seas imbécil —le soltó el jefe—. Está tan muerta como un pato asado.

—Pobre mujer. ¿Quién es?

El jefe ladeó la cabeza y examinó a Leila como si acabara de fijarse en ella. La miró de arriba abajo con una sonrisa que se extendió por su rostro como tinta caída en una hoja de papel.

—¿No lo ves, idiota? Es una puta.

—¿Tú crees? —preguntó muy serio el otro muchacho, demasiado tímido, demasiado inocente, para repetir la palabra.

—Estoy seguro, imbécil. —El jefe se volvió a medias hacia los otros y añadió en voz alta, con convicción—: Saldrá en los periódicos. ¡Y en todos los canales de televisión! ¡Seremos famosos! Cuando lleguen los periodistas, dejadme hablar a mí, ¿entendido?

A cierta distancia, un coche aceleró y circuló con estruendo por la carretera en dirección a la autopista, derrapando al girar. El olor a gases de escape se mezcló con el aroma punzante a sal del aire. Incluso a esas horas de la mañana, cuando la luz del sol apenas empezaba a rozar los minaretes, las azoteas y las ramas más altas de los árboles de Judas, en esa ciudad la gente ya se apresuraba, ya llegaba tarde a algún sitio.

cap-2

PRIMERA PARTE

La mente

cap-3

Un minuto

Durante el primer minuto después de la muerte, la conciencia de Tequila Leila empezó a menguar de manera lenta y constante, como la marea que se aleja de la orilla. Las células cerebrales se vieron privadas de oxígeno al quedarse sin sangre; aun así, no dejaron de funcionar. No de inmediato. Una última reserva de energía activó innumerables neuronas y las conectó como si fuera la primera vez. Aunque el corazón había dejado de latir, el cerebro resistió, luchador hasta el final. Entró en un estado de conciencia aguzada y observó el fallecimiento del cuerpo, pero sin estar dispuesto a aceptar su propio fin. La memoria se lanzó, fervorosa y diligente, a reunir retazos de una vida que se acababa a gran velocidad. Leila evocó cosas que ni siquiera sabía que pudiera recordar; cosas que había dado por perdidas para siempre. El tiempo se volvió fluido, una corriente impetuosa de recuerdos que brotaban uno tras otro; una corriente en la que el pasado y el presente eran inseparables.

El primero que acudió a su mente tenía que ver con la sal: con la sensación de tenerla sobre la piel y con su sabor en la lengua.

Se vio como una recién nacida: desnuda, escurridiza y roja. Hacía apenas unos segundos que había salido del útero de su madre para deslizarse por un canal húmedo y resbaladizo, presa de un miedo del todo nuevo para ella, y en ese momento se encontraba en un lugar repleto de sonidos, colores y objetos desconocidos. El sol que entraba por las vidrieras de colores moteaba la colcha y se reflejaba en el agua de una palangana de porcelana, pese a que era un frío día de enero. Una anciana vestida con los tonos de las hojas otoñales —la comadrona— mojó una toalla en esa misma agua, y al escurrirla le corrieron hilos de sangre por los antebrazos.

Mashallah, mashallah. Es una niña —dijo.

Sacó un pedazo de pedernal que llevaba metido en el sujetador y cortó el cordón umbilical. Jamás utilizaba cuchillos ni tijeras para tal cometido, pues su fría eficacia le parecía inadecuada para la espinosa tarea de dar la bienvenida a un bebé en este mundo. La anciana era muy respetada en el barrio, y por sus excentricidades y su carácter solitario la consideraban uno de esos seres misteriosos que poseían una personalidad con dos facetas, una terrenal y otra ultraterrena, y que, como una moneda lanzada al aire, en cualquier momento podían mostrar una cara o la otra.

—Una niña —repitió la joven parturienta en la cama de hierro de cuatro postes. Tenía el cabello, de color castaño miel, apelmazado por el sudor, y la boca seca como la estopa.

Era lo que había temido. Un día de ese mismo mes había paseado por el jardín en busca de telarañas en las ramas altas, y al encontrar una, la había atravesado con cuidado con un dedo. Durante varios días había ido a mirarla. Si la araña hubiera reparado el agujero, eso habría significado que nacería un varón. Sin embargo, la tela seguía rota.

La joven se llamaba Binnaz, «mil halagos», y tenía diecinueve cumplidos, aunque ese año se sentía mucho mayor. Era una muchacha de labios gruesos, generosos, y nariz pequeña y respingona, una rareza en aquella parte del país; tenía el rostro alargado, de mentón afilado, y grandes ojos oscuros con el iris salpicado de pintas azules como los huevos de estornino. Siempre había sido esbelta y de complexión delicada, y en aquel momento lo parecía aún más con el camisón de lino beis. Sus mejillas mostraban unas pocas marcas tenues de viruela; su madre le había dicho una vez que eran la señal de que la luz de la luna la había acariciado mientras dormía. Echaba de menos a sus padres y a sus nueve hermanos, que vivían en una aldea situada a varias horas de camino. Su familia era muy pobre, circunstancia que le recordaban con frecuencia desde que había entrado en ese hogar, recién casada: «Da gracias. Cuando viniste no tenías nada».

Binnaz pensaba a menudo que seguía sin tener nada. Todas sus pertenencias eran tan efímeras y volátiles como vilanos: un viento fuerte, una lluvia torrencial, y desaparecerían sin más. Le atormentaba la idea de que en cualquier momento podían echarla de aquella casa; si eso llegaba a suceder, ¿adónde iría? Su padre jamás accedería a acogerla, pues ya tenía muchas bocas que alimentar. Tendría que volver a casarse, si bien nada le garantizaba que su siguiente matrimonio fuera a ser más feliz o su segundo esposo más de su agrado; en cualquier caso, ¿quién querría a una divorciada, a una mujer «usada»? Apesadumbrada por tales temores, se movía por la vivienda, por su dormitorio, por su propia mente, como una huésped no invitada. Al menos hasta entonces. Estaba convencida de que todo cambiaría con el nacimiento de esa criatura. No volvería a sentirse angustiada, insegura.

Casi contra su voluntad, Binnaz lanzó una ojeada hacia la puerta, donde, con una mano en la cadera y otra sobre el picaporte, como si no supiera si irse o quedarse, había una mujer robusta de mandíbula cuadrada. Aunque no pasaba de los cuarenta y cinco años, parecía mayor debido a las manchas de la vejez que tenía en las manos y a las arrugas en torno a la boca, fina como una cuchilla. Unos hondos surcos desiguales y exagerados le cruzaban la frente, como los de un campo arado. Las arrugas se debían sobre todo a la costumbre de fruncir el ceño y a que fumaba. Se pasaba el día entero dando caladas a cigarrillos iraníes de contrabando y bebiendo té sirio de contrabando. Su cabello rojo teja —gracias a generosas aplicaciones de henna egipcia—, peinado con la raya en medio, formaba una trenza perfecta que le llegaba casi a la cintura. Tenía los ojos de color avellana y perfilados con esmero con el kohl más oscuro. Era Suzan, la otra esposa del marido de Binnaz, la primera.

Las dos mujeres se miraron fijamente un momento. El aire que las envolvía era denso y olía un poco a levadura, como a masa fermentada. Habían compartido la misma habitación durante más de doce horas y de pronto se veían impelidas a mundos separados. Ambas sabían que sus posiciones en la familia cambiarían para siempre con el nacimiento de esa criatura. Pese a su juventud y al poco tiempo transcurrido desde su llegada, la segunda esposa ascendería a lo más alto.

Suzan apartó la vista, aunque brevemente. Cuando volvió a mirar a Binnaz, su rostro mostró una dureza que antes no tenía. Señaló con la cabeza a la recién nacida.

—¿Por qué no llora?

Binnaz se puso lívida.

—Sí. ¿Qué le pasa?

—No le pasa nada —respondió la comadrona, que dirigió una mirada gélida a Suzan—. Es cuestión de esperar.

Lavó a la niña con agua sagrada del pozo de Zamzam, gentileza de un peregrino que había regresado hacía poco de La Meca. Retiró así la sangre, el moco y el unto sebáceo. La recién nacida se retorció incómoda, y siguió retorciéndose incluso después del baño, como si luchara contra sí misma..., con cada uno de sus tres mil setecientos gramos.

—¿Puedo cogerla? —preguntó Binnaz al tiempo que se enrollaba el pelo entre los dedos, un tic nervioso que había adquirido en el último año—. No... no llora.

—Ah, ya lo creo que llorará esta niña —afirmó la comadrona con tono categórico, y de inmediato se mordió la lengua porque sus palabras resonaron como un mal presagio.

Se apresuró a escupir tres veces en el suelo y se pisó el pie izquierdo con el derecho. Así impediría que la premonición —si es que lo era— se propagara.

Siguió un silencio incómodo mientras las mujeres que ocupaban la habitación —la primera esposa, la segunda, la comadrona y dos vecinas— miraban con ojos expectantes a la recién nacida.

—¿Qué pasa? Dime la verdad —pidió Binnaz con voz más tenue que el aire, sin dirigirse a nadie en particular.

Tras haber sufrido seis abortos en pocos años, cada uno más desolador y difícil de olvidar que el anterior, se había mostrado sumamente cuidadosa durante ese embarazo. No había tocado ni un solo melocotón para que la criatura no naciera cubierta de pelusa; no había utilizado especias ni hierbas aromáticas al cocinar a fin de que al bebé no le salieran pecas ni lunares; no había aspirado el olor de ninguna rosa para que la criatura no tuviera marcas rojas en la piel. Ni siquiera se había cortado el pelo por miedo a truncar también su suerte. Se había abstenido de clavar clavos en la pared, no fuera a ser que sin querer acertara en la cabeza de un demonio necrófago dormido. Sabiendo que los djinn celebraban sus bodas cerca de los lavabos, había evitado salir de su habitación después del anochecer y se las había arreglado con un orinal. Había procurado no ver conejos, ratas, gatos, buitres, puercoespines, perros callejeros... Incluso un día que un músico ambulante se presentó en su calle con un oso bailarín a rastras y todos los vecinos acudieron en masa para ver el espectáculo, ella se negó a salir por temor a que la criatura naciera cubierta de pelo. Y siempre que se topaba con un mendigo o un leproso daba media vuelta y corría en dirección contraria. Todas las mañanas se comía un membrillo entero para que el bebé tuviera hoyuelos en las mejillas y el mentón, y por las noches dormía con un cuchillo bajo la almohada para ahuyentar a los malos espíritus. Y tras el crepúsculo recogía a escondidas los cabellos que habían quedado en el cepillo de Suzan y los quemaba en la chimenea con el propósito de reducir el poder de la primera esposa de su marido.

Binnaz había mordido una manzana roja, dulce y ablandada por el sol en cuanto habían empezado los dolores de parto. La manzana seguía junto a la cama, sobre la mesilla, y poco a poco iba volviéndose parda. Más tarde la cortarían en rodajas, que entregarían a las mujeres del barrio que no lograban quedarse embarazadas para que algún día tuvieran un hijo. Además había bebido unos sorbos de zumo de granada servido en el zapato derecho de su marido, había arrojado semillas de hinojo en los cuatro rincones de la habitación y había saltado por encima de una escoba colocada en el suelo junto a la puerta: una frontera para impedir el paso a Shaitán. Cuando los dolores se agudizaron, todos los animales enjaulados de la casa fueron puestos en libertad para facilitar el parto: los canarios, los pinzones... El último al que soltaron fue el pez beta, orgulloso y solitario en su pecera de cristal. En esos momentos estaría nadando en un arroyo no lejos de allí, con sus largas y ondeantes aletas tan azules como un magnífico zafiro. Si el pececillo llegaba al lago alcalino por el que era famosa aquella ciudad del este de Anatolia, no tendría muchas posibilidades de sobrevivir en las aguas saladas, ricas en carbonato. En cambio, si avanzaba en la otra dirección, tal vez llegara al Gran Zab y, si seguía su viaje, podría acabar incluso en el Tigris, el río legendario que nacía en el Jardín del Edén.

Todo eso para que la criatura llegara al mundo sana y salva.

—Quiero verla. ¿Le importaría traerme a mi hija?

Apenas formuló la pregunta, Binnaz captó un movimiento. Silenciosa como una idea fugaz, Suzan había abierto la puerta y había salido, sin duda para comunicar la noticia a su marido..., al marido de ambas. Binnaz se puso rígida.

Harún era un hombre de contrastes fulgurantes. Un día mostraba una generosidad y caridad extraordinarias, y al siguiente aparecía nervioso y ensimismado hasta el extremo de la insensibilidad. El fallecimiento de sus padres en un accidente de tráfico había destruido su mundo y el de sus dos hermanos, a los que había criado por ser el mayor. La tragedia había conformado su personalidad, volviéndolo sobreprotector con su familia y desconfiado con los de fuera. En ocasiones reconocía que algo se había quebrado en su interior y que ciertamente deseaba repararlo, pero esos pensamientos no le llevaban a nada. Era tan aficionado a la bebida como temeroso de Dios. Tras tomarse el enésimo vaso de raki, hacía promesas desorbitadas a sus compañeros de copas, y después, una vez sobrio, consumido por el sentimiento de culpa, dirigía promesas aún más desorbitadas a Alá. Si bien le costaba controlar la boca, su cuerpo representaba un reto todavía mayor. Cada vez que Binnaz se quedaba embarazada, el vientre de Harún se hinchaba a la par que el de ella; quizá no tanto, pero sí lo suficiente para que los vecinos se rieran a sus espaldas.

«Este hombre está otra vez en estado de buena esperanza —comentaban poniendo los ojos en blanco—. ¡Qué pena que no pueda dar a luz!»

Harún deseaba un hijo varón más que nada en este mundo. Y no uno solo. A quienes se prestaban a escucharlo les contaba que iba a tener cuatro y que los llamaría Tarkán, Tolga, Tufán y Tarik.[2] Los largos años de matrimonio con Suzan no le habían procurado descendencia. Por eso los ancianos de la familia le habían buscado a Binnaz, una muchacha de apenas dieciséis años. Después de varias semanas de negociaciones entre las familias, Harún y Binnaz se habían casado en una ceremonia religiosa. Esta carecía de validez legal, y no se reconocería en los tribunales laicos si algo se torciera en el futuro, detalle que sin embargo nadie se molestó en mencionar. La pareja se sentó en el suelo delante de los testigos, frente a un imán bizco cuya voz se volvió más áspera cuando pasó del turco al árabe. Durante la ceremonia, Binnaz mantuvo la vista fija en la alfombra, aunque no pudo por menos que lanzar ojeadas de soslayo a los pies del imán, cubiertos con calcetines viejos y gastados de color ocre, como el barro cocido. Cada vez que el hombre se movía, el dedo gordo de uno de sus pies amenazaba con atravesar la lana raída en busca de una escapatoria.

Binnaz quedó encinta poco después de la boda, pero el embarazo concluyó en un aborto que casi acaba con su vida. Pánico en la noche, ardientes astillas de dolor, una mano fría que le agarraba la entrepierna, el olor de la sangre, el deseo de aferrarse a algo, como si cayera y cayera. Con cada embarazo había ocurrido lo mismo, si bien empeorando. No podía contarle a nadie que tenía la sensación de que con cada hijo perdido se había roto y desprendido otra parte del puente de cuerda que la unía al mundo, hasta que solo la conectaba a él un hilo delgadísimo que le permitía conservar la cordura.

Después de tres años de espera, los ancianos de la familia habían empezado a presionar de nuevo a Harún. Le recordaron que el Corán acepta que un hombre tenga hasta cuatro esposas siempre que sea ecuánime con ellas, y no dudaban de que él trataría por igual a las suyas. Lo exhortaron a buscar una campesina esa vez, incluso a una viuda con hijos propios. Tampoco ese matrimonio tendría validez legal, pero no supondría ninguna dificultad celebrar otra ceremonia religiosa tan discreta y breve como la anterior. Una segunda posibilidad era que se divorciara de aquella joven esposa inútil y volviera a casarse. Hasta ese momento, Harún había rechazado ambas propuestas. Bastante trabajo le costaba ya mantener a dos esposas, decía; una tercera lo llevaría a la ruina económica, y además no tenía intención de abandonar ni a Suzan ni a Binnaz, pues se había encariñado con ambas, aunque por motivos distintos.

Recostada sobre las almohadas, Binnaz intentó imaginar qué estaría haciendo Harún. Debía de estar tumbado en un sofá de la sala contigua, con una mano en la frente y la otra sobre el vientre, esperando a que el llanto de la recién nacida rasgara el aire. Luego imaginó que Suzan se acercaba a él con pasos acompasados, controlados. Los imaginó juntos y susurrando entre sí con gestos fluidos y desenvueltos, conformados por los años que llevaban compartiendo el espacio, aunque no el lecho. Esos pensamientos la inquietaron.

—Suzan está informándole —dijo, más para sí misma que para las otras mujeres.

—Es normal —repuso una vecina con dulzura.

El comentario estaba cargado de insinuaciones. «Que sea Suzan quien le comunique la noticia del nacimiento de la criatura que ella no ha podido darle.» Entre las mujeres de la ciudad corrían las palabras tácitas como las cuerdas de tender la ropa colgadas entre las casas.

Binnaz asintió pese a notar que en su interior despertaba un sentimiento oscuro, una rabia a la que jamás había dado salida. Miró a la comadrona.

—¿Por qué no ha llorado todavía la niña? —le preguntó.

La partera no respondió. En lo más hondo de sus entrañas se había formado un nudo de inquietud. En aquella recién nacida había algo extraño, y no se trataba solo de su preocupante silencio. La mujer se inclinó hacia ella para olfatearla. Percibió lo que sospechaba: un olor a polvo y almizcle que no era de este mundo.

Se colocó a la criatura en el regazo, la tumbó boca abajo y le dio un par de palmadas en el trasero. La carita acusó la impresión y el dolor. La niña apretó los puños, frunció los labios en un puchero y continuó en silencio.

—¿Qué le pasa?

La comadrona suspiró.

—Nada. Solo que... creo que todavía está con ellos.

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Binnaz, que, como no quería oír la respuesta, se apresuró a añadir—: ¡Entonces haga algo!

La anciana reflexionó. Era mejor que la criatura encontrara el camino a su ritmo. La mayor parte de los recién nacidos se adaptaban de inmediato al nuevo entorno, pero algunos remoloneaban, como si vacilaran de unirse al resto de la humanidad..., ¿y quién iba a reprochárselo? En los años que llevaba ejerciendo de comadrona había visto muchos bebés que, intimidados por la fuerza de la vida que los presionaba por todas partes, se descorazonaban minutos antes de salir o nada más nacer, y abandonaban este mundo en silencio. Kader, lo llamaba la gente, «destino», sin añadir nada más, pues siempre daban nombres sencillos a los hechos complejos que los atemorizaban. Sin embargo, la comadrona creía que algunos recién nacidos decidían no probar siquiera suerte en la vida, como si fueran conscientes de las penalidades que los aguardaban y prefirieran evitarlas. ¿Eran cobardes o tan sabios como el gran Salomón? Quién sabía.

—Traedme sal —ordenó a las vecinas.

Habría podido usar igualmente nieve fresca si hubiera habido la cantidad necesaria en la calle. En el pasado había hundido a muchos recién nacidos en un montón de nieve inmaculada, de donde los había sacado en el momento preciso. La impresión causada por el frío les abría los pulmones, hacía fluir la sangre y les reforzaba la inmunidad. Todas esas criaturas sin excepción se habían convertido en adultos fuertes.

Las vecinas regresaron al poco con un barreño grande de plástico y una bolsa de sal gema. La comadrona colocó con cariño a la criatura en el centro del recipiente y empezó a frotarle la piel con las escamas de sal. En cuanto la niña dejara de oler como los ángeles, estos tendrían que soltarla. Un pájaro trinó en las ramas altas de un álamo; por su canto, debía de ser un arrendajo azul. Un cuervo graznó mientras volaba en dirección al sol. Todo se expresaba con su propia lengua —el viento, la hierba—, todo menos esa criatura.

—¿No será muda? —preguntó Binnaz.

La comadrona enarcó las cejas.

—Ten paciencia.

En ese preciso momento la niña empezó a toser. Un sonido gutural y cavernoso. Debía de haber tragado un poco de sal, un sabor fuerte e inesperado. Roja como la grana, chasqueó los labios y arrugó la cara, pero siguió negándose a llorar. Qué testaruda era, y qué peligrosa su alma rebelde. No bastaría con restregarle sal por el cuerpo. La comadrona tomó una decisión. Tendría que probar otra táctica.

—Traedme más.

Como no quedaba más sal gema en la casa, habría de apañarse con sal común. Hizo un hueco en el montón, depositó en él a la recién nacida y la cubrió con los cristales blancos, primero el cuerpo y después la cabeza.

—¿Y si se asfixia? —preguntó Binnaz.

—No te preocupes. Los bebés aguantan la respiración más tiempo que los adultos.

—¿Y cómo sabrá usted cuándo debe sacarla?

—¡Chis! Escucha —le indicó la anciana, y se llevó un dedo a sus agrietados labios.

Bajo la envoltura de sal, la niña abrió los ojos y clavó la vista en la nada blanca como la leche. Le pareció un lugar solitario, pero estaba acostumbrada a la soledad. Se ovilló como había hecho durante meses y esperó a que llegara el momento oportuno.

«Ah, me gusta estar aquí —dijo su instinto—. No pienso volver a salir.»

«No digas tonterías —protestó el corazón—. ¿Por qué quedarse en un sitio donde no ocurre nada? ¡Qué aburrimiento!»

«¿Por qué abandonar un sitio donde no ocurre nada? ¡Es un lugar seguro!», afirmó el instinto.

La recién nacida aguardó, perpleja por la disputa. Transcurrió otro minuto. El vacío giró y se extendió a su alrededor hasta lamerle la punta de los pies y la yema de los dedos.

«Que este sitio te parezca seguro no significa que sea el mejor para ti —replicó el corazón—. A veces, el lugar donde nos sentimos más seguros es aquel al que menos pertenecemos.»

Al final la criatura llegó a una conclusión: escucharía a su corazón..., órgano que demostraría ser un alborotador. Deseosa de salir a descubrir el mundo pese a los peligros y las dificultades que entrañaba, abrió la boca para dejar escapar un grito, pero casi de inmediato la sal le bajó por la garganta y le taponó la nariz.

Con movimientos rápidos y diestros la comadrona hundió al instante las manos en el barreño y sacó a la niña. Un estridente grito de terror resonó en la habitación. Las cuatro mujeres sonrieron de alivio.

—Así me gusta, pequeña —dijo la comadrona—. ¿Por qué has tardado tanto? Llora, tesoro. Jamás te avergüences de tus lágrimas. Si lloras, todo el mundo sabe que estás viva.

La anciana la arropó con un chal y volvió a olfatearla. El irresistible aroma del otro mundo se había evaporado dejando tras de sí un rastro tenue. También ese vestigio desaparecería con el tiempo, aunque la comadrona había conocido a algunas personas que en la vejez aún conservaban el hálito del Paraíso. No obstante, consideró innecesario compartir el dato. Se puso de puntillas para depositar a la recién nacida en la cama, al lado de su madre.

Binnaz sonrió de inmediato, con el corazón desbocado. Palpó los dedos de los pies de su hija por encima de la tela sedosa: eran hermosos, perfectos, y tan frágiles que daba miedo tocarlos. Tomó con ternura entre las manos los rizos de la criatura como si llevara agua sagrada en las palmas. Durante unos instantes se sintió feliz y plena.

—No tiene hoyuelos —dijo, y soltó una risita para sí.

—¿Llamamos a tu marido? —le preguntó una vecina.

También esa frase estaba cargada de significados tácitos. Suzan ya debía de haber comunicado a Harún la noticia del nacimiento, así que ¿por qué no había acudido él corriendo? Era evidente que se había entretenido hablando con su primera esposa para disipar las preocupaciones de la mujer. Esa había sido su prioridad.

Una sombra cruzó el rostro de Binnaz.

—Sí, llamadlo.

No fue necesario. Al cabo de unos segundos Harún entró arrastrando los pies, encorvado, y pasó de la penumbra al sol. Era un hombre con una mata de pelo canoso que le daba un aire de pensador abstraído, una nariz imperiosa de fosas estrechas, cara ancha y bien afeitada, y ojos caídos de color castaño oscuro que brillaban de orgullo. Se acercó a la cama sonriendo. Miró a la recién nacida, a la segunda esposa, a la comadrona a la primera esposa y, por último, hacia el cielo.

—Alá, gracias, Señor. Has escuchado mis oraciones.

—Es una niña —susurró Binnaz, por si su marido no estaba al corriente todavía.

—Lo sé. El siguiente será un varón y lo llamaremos Tarkán. —Deslizó el índice por la frente de la recién nacida, tan tersa y cálida al tacto como un amuleto muy querido que se hubiera acariciado infinidad de veces—. Está sana, que es lo importante. He rezado todo el rato. Le he dicho al Todopoderoso: «Si permites que esta criatura viva, nunca volveré a beber. ¡Ni una sola gota!». Alá, que es misericordioso, ha atendido mi súplica. Este bebé no es mío ni tuyo.

Binnaz se quedó mirándolo con un destello de perplejidad en los ojos. De repente la asaltó un mal presentimiento, como le ocurre a un animal salvaje que intuye —aunque demasiado tarde— que está a punto de caer en una trampa. Miró a Suzan, que aguardaba en la entrada con los labios tan apretados que se le habían vuelto casi blancos; estaba silenciosa e inmóvil, con excepción del golpeteo impaciente de un pie. Algo en su actitud traslucía alegría, incluso euforia.

—Esta criatura es de Dios —decía Harún.

—Como todos los niños —murmuró la comadrona.

Sin hacerle caso, el hombre tomó la mano de su esposa joven y la miró a los ojos.

—Entregaremos esta criatura a Suzan.

—¿Qué quieres decir? —le espetó Binnaz con una voz que sonó acartonada y fría a sus propios oídos: la voz de una desconocida.

—Que la críe Suzan. Lo hará de maravilla. Tú y yo tendremos más hijos.

—¡No!

—¿No quieres tener más críos?

—No permitiré que esa mujer me quite a mi hija.

Harún tomó aire y lo exhaló lentamente.

—No seas egoísta. A Alá no le gustará. Te ha dado un bebé, ¿no? Muéstrate agradecida. Cuando llegaste a esta casa, apenas si tenías lo justo para vivir.

Binnaz negó con la cabeza, y siguió moviéndola, ya fuera porque no era capaz de detenerse, o porque era la única y pequeña cosa que podía controlar. Harún se inclinó para agarrarla de los hombros y la atrajo hacia sí. Solo entonces se quedó quieta; el brillo de sus ojos se atenuó.

—No estás siendo razonable. Vivimos en la misma casa. Verás a tu hija todos los días. ¡Ni que fuera a marcharse, por el amor de Dios!

Si Harún pretendía confortarla con sus palabras, no lo logró. Temblando para contener el dolor que le desgarraba el pecho, Binnaz se cubrió la cara con las manos.

—¿A quién llamará «mamá» mi hija?

—¿Qué más da? Suzan puede ser su «mamá», y tú serás su tía. Cuando crezca le contaremos la verdad; hasta entonces no hay necesidad de embarullar su cabecita. Cuando tengamos más hijos, todos serán hermanos. Armarán jaleo y corretearán por toda la casa, ya lo verás. No sabrás quién es de quién. Seremos una familia grande.

—¿Quién la amamantará? —preguntó la comadrona—, ¿la madre o la tía?

Harún miró a la anciana y todos los músculos del cuerpo se le tensaron. La veneración y el aborrecimiento bailaron una danza frenética en sus ojos. Hundió la mano en el bolsillo y sacó un revoltijo de objetos: un paquete abollado de cigarrillos con un encendedor embutido en él, billetes arrugados, un pedazo de jaboncillo que utilizaba para marcar los arreglos necesarios en las prendas de ropa, una pastilla contra el ardor de estómago. Entregó el dinero a la comadrona.

—Para usted..., en señal de gratitud —dijo.

La anciana aceptó el pago sin despegar los labios, que mantuvo apretados. La experiencia le había enseñado que para sufrir los menos daños posibles en la vida era preciso tener en cuenta en gran medida dos principios fundamentales: saber cuándo había que llegar y cuándo había que marcharse.

Mientras las vecinas recogían sus cosas y retiraban las sábanas y toallas empapadas de sangre, el silencio inundó como si fuera agua la habitación hasta filtrarse en todos los rincones.

—Ya nos vamos —dijo la comadrona con serena determinación y flanqueada por las dos vecinas, que aguardaban con recato—. Enterraremos la placenta bajo un rosal. Y eso... —Con un dedo huesudo señaló el cordón umbilical, que había arrojado sobre una silla—. Si quiere lo lanzaremos al tejado de la escuela. Así su hija será maestra. O podemos llevarlo al hospital, y entonces la niña será enfermera o, quién sabe, incluso médica.

Harún sopesó las opciones.

—Probad con la escuela.

Cuando las mujeres salieron, Binnaz apartó la mirada de su marido y volvió la cabeza hacia la manzana de la mesita de noche. Vio que empezaba a pudrirse; una desintegración apacible y tranquila, y dolorosamente lenta. Su color parduzco le evocó el de los calcetines del imán que los había casado, y recordó que tras la ceremonia se había quedado sentada a solas en aquella misma cama, con el rostro cubierto por un velo tornasolado, mientras en la sala contigua su marido y los invitados disfrutaban del banquete. Su madre no le había hablado en absoluto de lo que la esperaba en la noche de bodas, pero una tía mayor, comprendiendo mejor sus preocupaciones, le había entregado una pastilla para que se la pusiera bajo la lengua. «Tómatela y no sentirás nada. Antes de que te des cuenta, todo habrá acabado.» Con el jaleo del día Binnaz había perdido la pastilla, que de todos modos sospechaba que era tan solo un caramelo para la garganta. Jamás había visto un hombre desnudo, ni siquiera en ilustraciones, y aunque había bañado muchas veces a sus hermanos menores, suponía que el cuerpo de un hombre adulto sería distinto. Su nerviosismo había ido en aumento mientras esperaba a que su marido entrara en la habitación, y en cuanto oyó sus pasos perdió el conocimiento y cayó desplomada. Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue a unas vecinas que le frotaban como locas las muñecas, le humedecían la frente y le masajeaban los pies. En el ambiente percibió un olor intenso —a colonia y vinagre— y matices de algo más, algo desconocido y no solicitado, que con el tiempo sabría que provenían de un tubo de lubricante.

Más tarde, cuando se quedaron a solas los dos, Harún le regaló un collar formado por una cinta roja y tres monedas de oro, una por cada virtud que Binnaz aportaría a la casa: juventud, docilidad y fertilidad. Al verla tan nerviosa le habló con dulzura, con un hilo de voz que se disolvía en la oscuridad. Se mostró cariñoso, pero era muy consciente de que al otro lado de la puerta había gente que aguardaba. La desvistió a toda prisa, quizá temiendo que volviera a desmayarse. Binnaz permaneció con los ojos cerrados y notó el sudor que le brotaba en la frente. Empezó a contar —«Uno, dos, tres..., quince, dieciséis, diecisiete»—, y siguió así hasta que él le ordenó: «¡Para de una vez!».

Binnaz, que era analfabeta, solo sabía contar hasta diecinueve. Cada vez que llegaba a ese número, la frontera infranqueable, tomaba aliento y volvía a empezar. Después de lo que parecieron infinidad de diecinueves, Harún se levantó de la cama y salió del dormitorio dejando la puerta abierta. Suzan entró corriendo y encendió las luces sin prestar atención a la desnudez de Binnaz ni al olor a sudor y sexo que flotaba en el ambiente. La primera esposa retiró la sábana, la inspeccionó y, a todas luces satisfecha, se marchó sin pronunciar palabra. Binnaz había pasado sola el resto de la velada, y una fina capa de melancolía se había ido posando sobre sus hombros como un tenue manto de nieve.

Al recordarlo, de sus labios escapó un sonido extraño que habría parecido una risa de no haber encerrado tanto dolor.

—Vamos —le dijo Harún—, no es...

—Ha sido idea suya, ¿verdad? —lo interrumpió Binnaz, algo que nunca había hecho—. ¿Se le ha ocurrido a ella sin más? ¿O acaso llevabais meses tramándolo... a mis espaldas?

—No lo dices en serio —repuso él sorprendido, quizá no tanto por las palabras como por el tono. Con la mano izquierda se acarició el vello del dorso de la derecha. Tenía los ojos vidriosos y abstraídos—. Eres joven. Suzan se hace mayor. Nunca tendrá hijos. Regálasela.

—¿Y qué hay de mí? ¿Quién me regalará algo?

—Alá, naturalmente. Ya lo ha hecho, ¿no te das cuenta? No seas desagradecida.

—¿Quieres que agradezca... esto? —Binnaz hizo un leve movimiento aleteante, un gesto tan indefinido que podía referirse a cualquier cosa: a la situación, o quizá a la ciudad, que de pronto le pareció un lugar atrasado en un mapa viejo.

—Estás cansada —dijo él.

Binnaz se echó a llorar. Sus lágrimas no eran de rabia ni de resentimiento, sino de resignación, de esa clase de frustración que es como la pérdida de una gran fe. Notó que el aire de los pulmones le pesaba como plomo. Había llegado a esa casa siendo niña, y ahora que tenía una hija no se le permitía criarla y crecer con ella. Se rodeó las rodillas con los brazos y permaneció un buen rato en silencio. Así pues, era un tema cerrado..., aunque en verdad siempre estaría abierto, sería una herida en el núcleo de sus vidas que nunca cicatrizaría.

Al otro lado de la ventana, un vendedor ambulante que empujaba una carreta se aclaró la garganta y se puso a cantar las alabanzas de sus albaricoques, maduros y jugosos. «Qué raro», pensó Binnaz, pues no era la estación de esa dulce fruta, sino la de los vientos gélidos. Tiritó como si el frío, al que el vendedor parecía ajeno, hubiera traspasado las paredes hasta alcanzarla. Cerró los ojos, pero la oscuridad no solucionó nada. Vio bolas de nieve amontonadas en pirámides amenazadoras. De pronto empezaron a llover sobre ella, húmedas y duras por los guijarros alojados en su interior. Una le dio en la nariz, seguida de otras que llegaban veloces y en tropel. Otra se estrelló contra su labio inferior y se lo partió. Binnaz lanzó un grito ahogado y abrió los ojos. ¿Era real o solo un sueño? Titubeante, se palpó la nariz. Le sangraba. Además, un hilo de sangre le caía por la barbilla. «Qué raro», pensó otra vez. ¿Nadie más se daba cuenta del terrible dolor que sentía? Y si así era, ¿se debía acaso a que ocurría únicamente en su cabeza, a que eran imaginaciones suyas?

No era su primer contacto con la enfermedad mental, pero sí el que recordaría con mayor nitidez. Años después, cada vez que se preguntara cuándo y de qué manera la había abandonado la cordura, como un ladrón que se descuelga por la ventana en la oscuridad, ese sería el momento al que se remontaría, el momento que creía que la había debilitado para siempre.

Esa misma tarde Harún alzó a la recién nacida en el aire, la puso de cara a La Meca y le recitó el ezan, la llamada a la oración, en el oído derecho.

—A ti, mi hija; a ti, que, si Alá quiere, serás la primera de muchos hijos bajo este techo; a ti, la de los ojos oscuros como la noche, te llamaré Leyla. Pero no serás una Leyla cualquiera. Te daré además los nombres de mi madre. Tu nine fue una mujer honorable; era muy piadosa, como estoy seguro de que lo serás tú algún día. Te llamaré Afife, «casta, sin tacha», y también Kamile, «perfección». Serás recatada, respetable, pura como el agua... —Harún se interrumpió al asaltarle la insidiosa idea de que no toda el agua era pura. A fin de asegurarse de que no hubiera confusiones celestiales, malentendidos por parte de Dios, añadió en voz más alta de lo que pretendía—: Como el agua de manantial, limpia, cristalina... Todas las madres de Van regañarán a sus hijas diciéndoles: «¿Por qué no puedes ser como Leyla?». Y los hombres casados dirán a sus mujeres: «¡Por qué no darías a luz a una niña como Leyla!».

Entretanto la criatura trataba de meterse el puño en la boca y tras cada intento fallido torcía los labios en una mueca.

—Harás que me sienta orgulloso —prosiguió Harún—. Serás fiel a tu religión, fiel a tu nación, fiel a tu padre.

Frustrada, la pequeña por fin se dio cuenta de que la mano cerrada era demasiado grande y profirió un vagido, como si quisiera compensar el silencio de sus primeros minutos. El padre se apresuró a pasársela a Binnaz, quien sin vacilar ni un segundo empezó a amamantarla y notó que un dolor ardiente trazaba círculos alrededor de los pezones como un ave predadora que diera vueltas en el cielo.

Más tarde, cuando la niña se durmió, Suzan, que había permanecido a la espera en un lado de la habitación, se acercó a la cama con cuidado para no hacer ruido y se llevó a la criatura evitando mirar a los ojos a la madre.

—Te la traeré cuando llore —dijo, y tragó saliva—. No te preocupes. La cuidaré bien.

Binnaz, con la cara pálida y deslustrada como un plato de porcelana viejo, no despegó los labios. No salió ningún sonido de ella, salvo el de la respiración, débil pero claro. Su útero, su mente, la casa..., hasta el lago milenario donde, según se decía, se habían ahogado multitud de enamorados despechados; todo le parecía vacío y seco. Todo menos sus doloridos pechos hinchados, de los que brotaban gotas de leche.

Cuando se quedó a solas con su marido en el dormitorio, Binnaz esperó a que él hablara. Más que una disculpa, deseaba que reconociera la injusticia a la que ella se enfrentaba y el enorme dolor que le causaría. Sin embargo, él tampoco dijo nada. Y así fue como la niña, nacida el 6 de enero de 1947 en la ciudad de Van, la Perla de Oriente, en el seno de una familia formada por un hombre y dos esposas, recibió los nombres de Leyla Afife Kamile. Nombres grandiosos y rotundos que denotaban confianza. Grandes desaciertos, como demostrarían ser. Porque, si bien no cabía duda de que llevaba la noche en sus ojos, como correspondía al nombre de Leyla, pronto resultaría evidente que los otros dos nombres distaban de ser apropiados.

Para empezar, no era intachable; sus numerosos defectos impregnarían su vida como corrientes subterráneas. En realidad era la encarnación andante de la imperfección..., una vez que aprendió a caminar, claro está. En cuanto a la castidad, con el tiempo se vería que, por motivos ajenos a ella, tampoco era lo suyo.

Tenía que ser Leyla Afife Kamile, llena de virtudes, de grandes méritos, pero años más tarde, después de que apareciera en Estambul sola y sin dinero; de que viera el mar por primera vez y quedara asombrada por la inmensa extensión azul que se perdía en el horizonte; de que advirtiera que los rizos se le encrespaban con la humedad del aire; de que una mañana se despertara en una cama desconocida al lado de un hombre al que veía por primera vez y sintiera tal opresión en el pecho que creyó que no volvería a respirar; de que la vendieran a un burdel donde la obligaban a mantener relaciones sexuales con entre diez y quince hombres al día en una habitación con un cubo de plástico verde en el suelo para recoger el agua que se filtraba de una gotera cuando llovía...; mucho después de todo eso, sus cinco queridos amigos, su amor eterno y sus numerosos clientes la conocerían como Tequila Leila.

Cuando los hombres le preguntaban —como ocurría con frecuencia— por qué se empeñaba en escribir «Leyla» como «Leila» y si de ese modo pretendía parecer occidental o exótica, ella se echaba a reír y respondía que un día había ido al bazar y había cambiado la «y» de «ayer» por la «i» de «infinito».

Al final nada de eso tendría la menor importancia para los periódicos que informaron de su asesinato. La mayoría ni siquiera se molestó en mencionar su nombre y consideró que bastaba con las iniciales. Casi todos los artículos se acompañaron del mismo retrato, el de una Leila irreconocible en fotografías de hacía años, de cuando estudiaba en la escuela secundaria. Los directores podrían haber elegido una más reciente, por supuesto, incluso la de la ficha policial, pero les preocupaba que la imagen de una Leila muy maquillada y con un escote que dejaba a la vista el canalillo ofendiera la sensibilidad del país entero.

También la televisión nacional informó de su muerte la noche del 29 de noviembre de 1990. Dieron la noticia tras un largo reportaje sobre la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que autorizaba la intervención militar en Irak; tras informar de las repercusiones de la emotiva dimisión de la Dama de Hierro en Gran Bretaña; de la persistente tensión entre Grecia y Turquía como consecuencia de los actos violentos en la Tracia occidental, del saqueo de las tiendas de personas de etnia turca y de las expulsiones del embajador de Turquía en Komotini y del cónsul griego en Estambul; de la fusión de los equipos nacionales de fútbol de Alemania Occidental y Alemania del Este después de la unificación de ambos países; de la revocación de la exigencia constitucional de que las mujeres casadas obtuvieran el permiso del marido para trabajar fuera de casa, y de la prohibición de fumar en los aviones de Turkish Airlines pese a las protestas vehementes de los fumadores de todo el país.

Hacia el final del informativo, en la parte inferior de la pantalla se desplegó una franja de un amarillo chillón: «Encuentran a una prostituta en un contenedor de la basura de la ciudad: la cuarta asesinada en un mes. Pánico entre las trabajadoras del sexo de Estambul».