Hace muchos años, cuando vinieron mis padres a visitarme a Nueva York, decidí alojarlos en el Mercer. Fue una pequeña travesura por mi parte. Se trata de un hotel elegante y exclusivo, el tipo de sitio donde se alojan los famosos y famosetes. Mi padre y mi madre eran ajenos a esta realidad. Él, en particular, no veía la televisión, ni iba al cine ni escuchaba música popular. Posiblemente pensaba que la revista People era una publicación antropológica. Sus áreas de especialización eran muy específicas: las matemáticas, la jardinería y la Biblia.
Fui a recogerlos para ir a cenar y le pregunté a él cómo había ido el día. «¡Maravilloso!», me dijo. Al parecer, se había pasado la tarde conversando con un hombre en el vestíbulo. Este era un comportamiento de lo más habitual en mi padre. Le gustaba hablar con desconocidos.
—¿De qué hablasteis? —le pregunté.
—¡De jardinería! —dijo mi padre.
—¿Cómo se llamaba?
—Ah, no tengo ni idea. Pero todo el tiempo venía gente a sacarle fotos y a hacerle firmar papelitos.
Si hay un famoso de Hollywood que recuerde haber estado charlando con un inglés barbudo hace mucho tiempo en el vestíbulo del hotel Mercer, le ruego que se ponga en contacto conmigo.
Todos los demás asimilemos la lección. A veces, las mejores conversaciones entre desconocidos son las que permiten al desconocido seguir siendo un desconocido.
«¡BÁJESE DEL COCHE!»
I
En julio de 2015, una joven afroamericana llamada Sandra Bland conducía desde su ciudad, Chicago, a una pequeña localidad una hora al oeste de Houston.[1] La iban a entrevistar para un trabajo en la Universidad Prairie View A&M, donde se había graduado unos años antes. Era alta y llamativa, con una personalidad a la altura. Había pertenecido a la hermandad Sigma Gamma Rho y tocaba en la banda de la universidad. También había sido asistente voluntaria de un grupo de ancianos. Colgaba con regularidad vídeos cortos e inspiracionales en YouTube, bajo el alias «Sandy Speaks», que solían comenzar con un: «Buenos días, mis preciosos reyes y reinas».
Me levanto hoy y no puedo sino alabar a Dios, dándole las gracias. Dándole las gracias no solo porque es mi cumpleaños, sino por mis avances, dándole las gracias por las diferentes cosas que Él ha hecho en mi vida este último año. Haciendo recuento, sin más, de los veintiocho años que llevo en esta tierra, y todo lo que me ha enseñado. Aunque he cometido algunos errores, y claramente la he liado, Él todavía me ama, y quiero que vosotros, mis reyes y reinas, sepáis que también os ama a vosotros.[2]
Bland consiguió el trabajo en Prairie View. Estaba exultante. Su plan era hacer un máster de Ciencias políticas a la vez. La tarde del 10 de julio, salió de la universidad para hacer la compra y, al girar a la derecha para incorporarse a la autovía que circunvala el campus de Prairie View, un policía le dio el alto. Su nombre era Brian Encinia; blanco, de pelo corto y moreno y de treinta años. Fue cortés… al menos al principio. Le dijo que no había señalizado su cambio de carril y le hizo algunas preguntas. Ella las contestó. Entonces Bland encendió un cigarrillo, y Encinia le pidió que lo apagara.
La cámara del salpicadero del coche del agente grabó toda la interacción posterior, que ha sido vista millones de veces en los distintos vídeos de los usuarios de YouTube.[3]
BLAND: Estoy en mi coche, ¿por qué voy a apagar el cigarrillo?
ENCINIA: Vale, baje del coche.
BLAND: No tengo por qué bajarme del coche.
ENCINIA: Bájese del coche.
BLAND: ¿Por qué me…?
ENCINIA: ¡Bájese del coche!
BLAND: No, no tiene usted derecho. ¡No, no tiene usted derecho!
ENCINIA: Bájese del coche.
BLAND: No tiene usted derecho. No tiene usted derecho a hacer esto.
ENCINIA: Tengo derecho; o se baja o la saco yo.
BLAND: Me niego a hablar con usted salvo para identificarme. [Interferencia.] ¿Me quiere hacer bajar del coche por no poner el intermitente?
ENCINIA: O se baja o la saco yo. Le estoy dando una orden legal. Bájese del coche ahora o voy a tener que sacarla yo mismo.
BLAND: Y yo voy a llamar a mi abogado.[4]
Bland y Encinia continúan así durante un tiempo incómodamente prolongado. Las emociones van intensificándose.
ENCINIA: Voy a sacarla de ahí. [Se inclina y mete los brazos en el coche.]
BLAND: Vale, ¿me va a sacar de mi coche? Fantástico.
ENCINIA: [Pide refuerzos.] 2547.
BLAND: Así que esto va en serio.
ENCINIA: Claro que va en serio. [Agarra a Bland.]
BLAND: ¡No me toque!
ENCINIA: ¡Salga del coche!
BLAND: No me toque. ¡No me toque! No estoy detenida… No tiene derecho a sacarme del coche.
ENCINIA: ¡Está detenida!
BLAND: ¿Estoy detenida? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
ENCINIA: [A la centralita.] 2547 County FM 1098. [Inaudible.] Mándenme otra unidad. [A Bland.] ¡Bájese del coche! ¡Bájese del coche ahora!
BLAND: ¿Por qué me detiene? Se trata solo de una multa por…
ENCINIA: ¡He dicho que salga del coche!
BLAND: Pero ¿por qué me detiene? Acaba de abrir mi…
ENCINIA: Le estoy dando una orden legal. Voy a sacarla de ahí como sea.
BLAND: ¿Me está amenazando con sacarme de mi propio coche?
ENCINIA: ¡Bájese del coche!
BLAND: ¿Y después va a [interferencia]?
ENCINIA: ¡La voy a freír! ¡Bájese! ¡Ahora! [Saca una pistola y apunta a Bland.]
BLAND: Guau, guau… [Bland sale del coche.]
ENCINIA: Salga. Ahora. ¡Bájese del coche!
BLAND: ¿Por no poner el intermitente? ¿Todo esto por no poner el intermitente?
Bland fue detenida y encarcelada. Tres días después se suicidó en la celda.
II
El caso Sandra Bland surgió en medio de un extraño interludio en la vida pública estadounidense, que había comenzado a finales del verano de 2014, cuando un joven negro de dieciocho años llamado Michael Brown recibió un disparo mortal de un agente de policía en Ferguson.[5] Al parecer, acababa de robar un paquete de cigarrillos en una tienda. En los años posteriores fue apareciendo un caso mediático tras otro de violencia policial contra la población negra. Hubo revueltas y protestas por todo el país. Nació el movimiento por los derechos civiles Black Lives Matter. Durante un tiempo, esto era de lo que hablaban los estadounidenses. Quizá recuerden algún nombre de las noticias. En Baltimore, un joven negro que respondía al nombre de Freddie Gray fue detenido por llevar una navaja, y entró en coma en la parte trasera de una furgoneta policial. En Mineápolis, un policía dio el alto a otro joven negro llamado Philando Castile, a quien disparó inexplicablemente siete veces después de que le enseñase los papeles del seguro. En Nueva York, un hombre negro llamado Eric Garner fue abordado por un grupo de policías bajo la sospecha de que estaba vendiendo ilegalmente cigarrillos y murió asfixiado en la disputa subsiguiente. En North Charleston, un conductor negro de nombre Walter Scott tuvo que detener el vehículo porque tenía una luz de freno rota, salió corriendo y murió por los disparos efectuados a su espalda por un agente de policía blanco. Scott falleció el 4 de abril de 2015.[6] Sandra Bland le dedicó un episodio entero de Sandy Speaks.
Buenos días, mis preciosos reyes y reinas. No soy racista.
Me crie en Villa Park, en Illinois. Era la única niña negra de un equipo de animadoras blancas […]. Gente negra, no tendréis éxito en este mundo hasta que aprendáis a trabajar con gente blanca.
Quiero que las personas blancas entiendan que de verdad la gente negra está haciendo lo que puede […]. Y que no podemos evitar cabrearnos cuando vemos situaciones en las que está claro que la vida negra no importaba. Aquellos de vosotros que os preguntáis por qué huía, bueno, maldita sea, en las noticias que hemos visto en los últimos tiempos queda patente que puedes quedarte ahí, hacer caso a los polis y acabar muerto de todas formas.[7]
Tres meses después, ella también estaba muerta.
Hablar con extraños es un intento de comprender qué pasó en realidad aquel día, en el arcén de una autovía de la Texas rural.
¿Por qué escribir un libro sobre un control de tráfico que se acaba torciendo? Porque el debate alumbrado por esta retahíla de casos fue profundamente insatisfactorio. Un bando lo convirtió en una discusión sobre racismo, como si contemplase el caso desde las alturas. El otro examinó cada detalle de cada caso con lupa. ¿Cómo era el agente de policía? ¿Qué hizo exactamente? Unos veían el bosque, pero no los árboles. Los otros veían los árboles, pero no el bosque.
Todos tenían razón, a su manera. Los prejuicios y la incompetencia explican mucho acerca de las disfunciones sociales de Estados Unidos. Pero ¿qué se hace con todos esos diagnósticos, además de prometer, con toda seriedad, esforzarse más la próxima vez? Hay malos polis. Hay polis sesgados. Los conservadores prefieren la primera interpretación; los progresistas la segunda. Al final, ambos bandos se anularon. Todavía hay agentes de policía que matan a ciudadanos en este país, pero esas muertes ya no abren los telediarios. Sospecho que quizá se haya tenido que parar un momento, durante la lectura, para recordar quién era Sandra Bland. Apartamos estas polémicas después de un intervalo decente de tiempo y pasamos a otras cosas.
Yo no quiero pasar a otras cosas.
III
En el siglo XVI las naciones y estados de Europa estuvieron implicados en casi setenta guerras. Los daneses lucharon contra los suecos; los polacos, contra los caballeros teutónicos; los otomanos lo hicieron contra los venecianos; los españoles, contra los franceses… y así sucesivamente. Si hubo un patrón común en el interminable conflicto, fue que un porcentaje abrumador de las batallas implicaban a vecinos. Se guerreaba contra personas situadas justo al otro lado de la frontera, que siempre habían estado ahí. O bien, contra alguien dentro de las propias fronteras; la guerra otomana de 1509 fue entre dos hermanos. Durante la mayor parte de la historia humana, los encuentros —hostiles o de otra índole— rara vez han tenido lugar entre desconocidos. La gente a la que se conocía y con la que se peleaba creía con frecuencia en el mismo dios, construía sus edificios y organizaba sus ciudades de la misma manera y libraba las batallas con las mismas armas y de acuerdo a las mismas reglas.
Pero el conflicto más sangriento del siglo XVI no encaja en ninguno de esos patrones. Cuando el conquistador español Hernán Cortés conoció al gobernante azteca Moctezuma II, ningún bando sabía absolutamente nada del otro.[8]
Cortés arribó a México en febrero de 1519 y, poco a poco, avanzó hacia el interior, hasta llegar a la capital azteca de Tenochtitlán. Allí, él y su ejército quedaron deslumbrados. Tenochtitlán era extraordinaria a la vista, bastante más grande e impresionante que ninguna de las ciudades que Cortés y sus hombres hubiesen conocido en su país natal. Estaba en medio de un islote, se conectaba al resto del territorio por puentes y estaba surcada de canales. Contaba con grandes bulevares, acueductos complejos, mercados prósperos, templos levantados en brillante estuco blanco, jardines públicos e incluso un zoológico. Estaba impecablemente limpia, lo que, para alguien criado en la suciedad de las ciudades medievales europeas, debió de parecer casi milagroso.
Uno de los oficiales de Cortés, Bernal Díaz del Castillo, lo recordaba así:
Y desque vimos tantas cibdades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parescía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís […]. Y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que vían si era entre sueños. Y no es de maravillar que yo lo escriba aquí desta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente: ¡ver cosas nunca oídas ni vistas, ni aun soñadas, como víamos![9]
Una asamblea de jefes aztecas recibió a los españoles a las puertas de Tenochtitlán, para luego conducirlos a la presencia de Moctezuma. Este hacía gala de una majestuosidad casi surrealista, transportado en una camilla bordada en oro y plata y festoneada con flores y piedras preciosas. Un cortesano iba al frente de la procesión, barriendo el suelo. Cortés bajó de su caballo. Moctezuma fue descendido de su camilla. El primero, como el español que era, se dispuso a abrazar al líder azteca… y fue frenado por asistentes de Moctezuma. Nadie abrazaba a Moctezuma. En lugar de eso, ambos hombres se inclinaron el uno ante el otro.
—¿No sois él? ¿Sois Moctezuma?
Moctezuma respondió:
—Sí, soy él.[10]
Ningún europeo había puesto un pie en México antes. Ningún azteca había conocido jamás a un europeo. Cortés no sabía nada de los aztecas, excepto la fascinación que le producían su riqueza y la extraordinaria ciudad que habían levantado. Moctezuma no sabía nada de Cortés, excepto que se había acercado al reino azteca con gran audacia, provisto de armas extrañas y de unos animales grandes y misteriosos, los caballos, que los aztecas jamás habían visto.
¿Puede sorprender que la reunión entre Cortés y Moctezuma haya fascinado a los historiadores durante tantos siglos? Aquel momento —hace quinientos años— en el que los exploradores empezaron a surcar océanos y a acometer valerosas expediciones en territorios previamente desconocidos dio pie al surgimiento de un tipo completamente nuevo de encuentro. Cortés y Moctezuma querían tener una conversación, a pesar de no saber nada el uno sobre el otro. Cuando Cortés preguntó a Moctezuma «¿Sois él?», no hizo esa pregunta directamente, pues solo hablaba español. Tuvo que llevar a dos intérpretes con él. Uno de ellos era una mujer indígena llamada Malinche, a quien los españoles habían capturado algunos meses antes. Conocía la lengua azteca nahuatl y el maya, el idioma del territorio mexicano en el que Cortés había empezado su viaje. Cortés llevaba también consigo a un sacerdote español llamado Gerónimo del Aguilar, que había naufragado en Yucatán y aprendido maya durante su estancia allí. Así que Cortés hablaba a Aguilar en español, Aguilar traducía al maya para Malinche y ella traducía del maya al nahuatl para Moctezuma; y cuando Moctezuma respondió «Sí, soy él», la larga cadena de traducción se puso en marcha en sentido inverso. Esa clase tan sencilla de interacción cara a cara a la que cada uno de ellos se había sometido durante toda su vida se complicaba ahora, de repente y sin remedio.(1)
Cortés fue llevado a uno de los palacios de Moctezuma, un lugar que Aguilar describiría más tarde como un espacio con «innumerables estancias, antecámaras, salones espléndidos, colchones con grandes capas, almohadas de cuero y fibra natural, buenos mantos y admirables túnicas de piel blanca».[12] Después de la cena, Moctezuma reunió a Cortés y a sus hombres y dio un discurso. Inmediatamente comenzó la confusión. Según interpretaron los españoles las afirmaciones de Moctezuma, el rey azteca hacía una concesión asombrosa: creía que Cortés era un dios, y que con él se cumplía una antigua profecía que decretaba que una deidad exiliada regresaría algún día desde el Este. Así pues, se rendía a Cortés. Se puede imaginar la reacción de Cortés, por cuanto aquella ciudad imponente era ahora efectivamente suya.
Pero ¿es eso realmente lo que quería decir Moctezuma? El nahuatl, la lengua de los aztecas, tenía un modo reverencial. Una figura real como Moctezuma hablaba en una especie de código, según una tradición cultural en la que los poderosos proyectaban su status mediante una cuidada y falsa humildad. La palabra en nahuatl para «noble», según señala el historiador Matthew Restall, es casi idéntica a la palabra para «niño». Cuando un gobernante como Moctezuma hablaba de sí mismo como alguien pequeño y débil, estaba, en otras palabras, destacando con sutileza que era respetado y poderoso.
«La imposibilidad de traducir adecuadamente semejante lengua es obvia», escribe Restall:
El hablante se veía con frecuencia obligado a decir lo contrario de lo que quería realmente decir. El auténtico significado estaba integrado en el uso del lenguaje reverencial. Desprovisto de estos matices en la traducción, y distorsionado por el uso de múltiples intérpretes, no solo era improbable que las palabras de Moctezuma se entendieran con precisión, sino que era lo más fácil que su significado se invirtiera. En ese caso, el discurso de Moctezuma no era una rendición, sino una aceptación de la rendición española.[13]
Probablemente recuerden de la secundaria cómo terminó el encuentro entre Cortés y Moctezuma. El rey fue hecho prisionero por Cortés, y más adelante asesinado. Ambos bandos fueron a la guerra. Perecieron hasta veinte millones de aztecas, bien directamente a manos de los españoles o indirectamente, por las enfermedades que habían traído con ellos. Tenochtitlán fue destruida. La incursión de Cortés en México dio comienzo a una era de catastrófica expansión colonial. Y también introdujo un patrón nuevo de interacción social, de factura moderna. Hoy nos vemos empujados a tener contacto permanente con personas cuyas creencias, perspectivas y antecedentes son diferentes de los nuestros. El mundo moderno no se reduce a dos hermanos que se disputan el control del Imperio otomano. Son Cortés y Moctezuma esforzándose por entenderse a través de varias capas de traductores. Hablar con extraños trata de por qué se nos da tan mal esa clase de traducción.
Cada uno de los capítulos que siguen va dirigido a comprender un aspecto diferente del problema de los desconocidos. El lector habrá oído algo sobre muchos de los ejemplos. En la Universidad de Stanford, en el norte de California, un estudiante de primero llamado Brock Turner conoce a una mujer en una fiesta, y al final de la velada está bajo custodia policial. En Pensilvania, el antiguo segundo entrenador del equipo de fútbol americano de la universidad estatal, Jerry Sandusky, es declarado culpable de pedofilia, y se descubre que el presidente de la institución y dos de sus principales asistentes han sido cómplices de sus delitos. También leeremos sobre un espía que pasó años en los niveles más altos del Pentágono sin ser descubierto, sobre el hombre que hizo caer al gestor de fondos de inversión Bernie Madoff, sobre la falsa condena de la estudiante estadounidense de intercambio Amanda Knox y sobre el suicidio de la poeta Sylvia Plath.
En todos estos casos, las partes involucradas confiaron en una serie de estrategias para traducir al otro sus palabras e intenciones. Y en todos ellos algo salió muy mal. Lo que quiero hacer en Hablar con extraños es entender estas estrategias —analizarlas, criticarlas, averiguar de dónde venían y cómo enmendarlas—. Al final del libro volveré a Sandra Bland, porque hay algo en ese encuentro en la cuneta que debería atormentarnos. Reflexionemos sobre lo duro que fue. Sandra Bland no era alguien a quien Brian Encinia conociera del barrio o de su calle. Eso hubiera sido fácil: «¡Sandy! ¿Cómo estás? Ten un poco más de cuidado la próxima vez». En lugar de eso, tenemos a Encinia de Texas y a Bland de Chicago, un hombre y una mujer, una persona blanca y una negra, un agente de policía y una civil, uno armado y la otra desarmada. Eran completos desconocidos el uno para el otro. Si fuéramos más considerados como sociedad —si tuviésemos voluntad de emprender una búsqueda interior sobre cómo nos acercamos y entendemos a los desconocidos—, ella no habría terminado muerta en un calabozo de Texas.
Pero, para empezar, tengo dos preguntas —dos enigmas sobre desconocidos—, que empiezan con una historia contada por un hombre llamado Florentino Aspillaga, hace años, en una sala de interrogatorios en Alemania.
PRIMERA PARTE
Espías y diplomáticos: dos enigmas
LA REVANCHA DE FIDEL CASTRO
I
El destino final de Florentino Aspillaga era Bratislava, en lo que entonces era Checoslovaquia. Corría 1987, dos años antes de la caída del Muro. Aspillaga dirigía una consultora llamada Cuba Técnica, supuestamente relacionada con el comercio. No lo estaba. Era una tapadera. Aspillaga era un oficial de alto rango en la Dirección General de Inteligencia cubana.
Aspillaga había sido nombrado agente de inteligencia del año en el servicio cubano de espionaje en 1985, había recibido una carta manuscrita de felicitación del mismísimo Fidel Castro, había servido a su país con distinción en Moscú, Angola y Nicaragua. Era una estrella. Desde Bratislava, dirigía la red cubana de agentes de la región.
Pero, en algún momento de su continuado ascenso dentro del servicio de inteligencia cubano, se desencantó. Vio a Castro pronunciar un discurso en Angola, en el que celebraba la revolución comunista que había tenido lugar allí, y le horrorizaron la arrogancia y el narcisismo del líder cubano. Cuando fue destinado a Bratislava, en 1986, aquellas dudas se habían consolidado.
Planeó desertar el 6 de junio de 1987. Se trataba de un elaborado chiste privado, pues en esa fecha tenía lugar el aniversario de la fundación del Ministerio del Interior cubano, el todopoderoso organismo que administraba los servicios de espionaje nacionales. Si se trabajaba para la Dirección General de Inteligencia, habitualmente se celebraba el 6 de junio. Habría discursos, recepciones y ceremonias en honor del aparato cubano de espionaje. Aspillaga quería que su traición escociese.
Se encontró con su novia, Marta, en un parque en el centro de Bratislava. Era sábado por la tarde. Ella era también cubana, una de los miles de trabajadores cubanos invitados que había en fábricas checas. Como todos los cubanos en esa situación, tenía el pasaporte retenido en las oficinas del Gobierno cubano en Praga. Aspillaga tendría que pasarla ilegalmente por la frontera. Tenía un Mazda propiedad del Gobierno. Quitó la rueda de repuesto del maletero, perforó un orificio de ventilación en el suelo y le dijo que se metiera dentro.
Europa del Este, en aquel entonces, todavía estaba separada del resto del continente. Los viajes entre un lado y otro estaban fuertemente restringidos. Pero Bratislava estaba solo a un rato en coche de Viena. Aspillaga había hecho el trayecto antes. Era conocido en la frontera y llevaba un pasaporte diplomático. Los guardas lo saludaron al pasar.
En Viena, él y Marta abandonaron el Mazda, pidieron un taxi y se presentaron ante la verja de la Embajada de Estados Unidos. Era sábado por la tarde. Todo el personal superior estaba en casa. Pero Aspillaga no tuvo que hacer mucho para llamar la atención del vigilante:
—Soy un agente de la inteligencia cubana. Soy comandante(2) de inteligencia.[14]
En la jerga de los espías, la aparición de Aspillaga en la embajada vienesa se conoce como un «fichaje». Un agente del servicio de inteligencia de un país aparece inesperadamente en la puerta del de otro país. Y Tiny Aspillaga fue uno de los grandes fichajes de la Guerra Fría. Lo que sabía de Cuba —y de su fiel aliado, la Unión Soviética— era tan sensible que, por dos veces tras su defección, sus antiguos superiores del espionaje cubano lo siguieron y trataron de asesinarlo. Las dos veces escapó. Solo se vio una vez a Aspillaga desde entonces. Lo hizo Brian Latell, que dirigió la oficina latinoamericana de la CIA durante muchos años.
A Latell le dio el aviso un agente encubierto que actuaba como intermediario de Aspillaga. Quedó con el intermediario en un restaurante de Coral Gables, a las afueras de Miami. Allí se le dieron instrucciones para encontrarse en otro lugar, más cerca de donde estaba viviendo Aspillaga bajo una nueva identidad. Latell reservó una suite en un hotel, en un sitio bastante anónimo, y esperó a que llegara Tiny.
—Era más joven que yo. Yo tenía setenta y cinco años. Él estaría entonces en la segunda mitad de los sesenta —cuenta Latell, al rememorar la reunión—. Pero había tenido problemas terribles de salud. Quiero decir, ser un desertor, vivir con una nueva identidad… es duro.
Pese al deterioro físico, Latell dice que era obvio lo que Aspillaga debía de haber sido de joven un hombre carismático, esbelto, con una cierta teatralidad y gusto por los riesgos y los grandes gestos emocionales. Cuando entró en la suite del hotel, Aspillaga llevaba una caja. La colocó sobre la mesa y se dirigió a Latell:
—Esto son unas memorias que escribí poco después de desertar —le dijo—. Quiero que las tenga.
Dentro de la caja, en las páginas de las memorias de Aspillaga, había una historia que no tenía sentido.
II
Tras su dramática aparición en la embajada estadounidense en Viena, Aspillaga fue trasladado a un centro de interrogatorios en una base militar estadounidense en Alemania. En aquellos años, la inteligencia norteamericana operaba desde la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, bajo bandera suiza (la delegación cubana tenía un acuerdo similar en Estados Unidos). Aspillaga dijo que antes de que comenzaran a interrogarlo tenía una petición; quería que la CIA trajese a uno de los antiguos comisarios jefes de La Habana, un hombre al que la inteligencia cubana conocía como «el Alpinista».[15]
El Alpinista había servido a la CIA por todo el mundo. Tras la caída del Muro de Berlín, la documentación del KGB y de la policía secreta de Alemania Oriental a la que se tuvo acceso reveló que habían llegado a dar un curso sobre el Alpinista a sus agentes. Tenía una carrera impecable. En una ocasión, unos agentes secretos soviéticos trataron de reclutarlo; le colocaron delante, literalmente, bolsas llenas de dinero. Les dijo que se marchasen y se burló de ellos. El Alpinista era incorruptible. Hablaba español como un cubano. Era un referente para Aspillaga, que quería conocerlo en persona.
—Yo estaba de misión en otro país cuando me llegó el mensaje de salir corriendo para Fránkfurt —recuerda el Alpinista, quien, aunque lleva mucho tiempo retirado de la CIA, todavía prefiere ser identificado por su alias—. Era allí donde teníamos el centro de procesamiento de deserciones. Me dijeron que se había entregado un tipo en una embajada. Había salido en coche de Checoslovaquia con su novia en el maletero, lo habían «fichado» en Viena, e insistía en hablar conmigo. Me pareció una locura.
El Alpinista entró directamente en el centro de interrogatorios.
—Me encontré a cuatro agentes sentados en el salón —recuerda—. Me dijeron que Aspillaga estaba en el dormitorio, haciendo el amor con su novia, como había hecho sin parar desde que llegara a un lugar seguro. Entonces entré y hablé con él. Era larguirucho, estaba mal vestido, como los europeos del Este y los cubanos solían estar por aquel entonces. Algo descuidado. Pero de inmediato se hacía evidente que era un tipo muy listo.
Cuando entró, el Alpinista no le dijo a Aspillaga quién era. Quería ser cauto; Aspillaga era una incógnita. Pero solo pasaron unos minutos antes de que este se diese cuenta. Hubo un momento de conmoción, risas. Se abrazaron, al estilo cubano.
—Hablamos cinco minutos antes de entrar en los detalles. Siempre que interrogas a uno de estos tipos, hace falta que te den una prueba de buena fe —explica el Alpinista—. Entonces le pregunté sin más qué podía contarme sobre el funcionamiento [de la inteligencia cubana].
Fue entonces cuando Aspillaga dejó caer la bomba, la información que lo había llevado desde detrás del Telón de Acero a las puertas de la embajada en Viena. La CIA tenía una red de espías dentro de Cuba cuyos diligentes informes para los agentes especializados ayudaban a modelar el entendimiento que Estados Unidos tenía de su adversario. Aspillaga nombró a uno de ellos y dijo: «Es un agente doble; trabaja para nosotros». Cundió la estupefacción. No tenían ni idea. Pero Aspillaga aún continuó. Nombró a otro espía. «Es doble también». Después a otro, y a otro. Tenía nombres, detalles, pelos y señales. «Este tipo que reclutasteis en el barco en Amberes. ¿El gordito con el bigote? Es un agente doble. ¿Ese otro tipo con una cojera que trabaja en el Ministerio de Defensa? También.» Siguió así hasta enumerar docenas de nombres, prácticamente la nómina al completo de agentes secretos estadounidenses en Cuba. Estaban todos trabajando para La Habana, alimentando a la CIA con información cocinada por los propios cubanos.[16]
—Me senté ahí y tomé notas —recuerda el Alpinista—. Traté de no mostrar ninguna emoción. Es lo que nos enseñan. Pero mi corazón iba a mil por hora.
Aspillaga estaba hablando de la gente del Alpinista, los espías con los que había trabajado cuando lo habían destinado a Cuba, en los años en que era un agente joven y ambicioso. Cuando llegó por primera vez a La Habana, el Alpinista había hecho hincapié en trabajarse sus fuentes de forma agresiva, presionándoles para extraer información.
—La cosa es que, si tienes un agente que está en la oficina del presidente de cualquier país, pero no puedes comunicarte con él, ese agente no tiene ningún valor —dijo el Alpinista—. Mi idea era: «Vamos a comunicarnos y a extraer algo valioso en lugar de esperar seis meses o un año hasta que el agente aparezca en algún otro lugar». —Pero ahora el ejercicio completo resultaba ser una farsa—. Debo admitir que me desagradaba tanto Cuba que me daba mucho placer engañarlos y dejarlos a ciegas —dijo con tristeza—. Pero resulta que no era yo el que engañaba. Eso fue un golpe, para qué negarlo.
El Alpinista se subió a un avión militar y voló con Aspillaga directamente a la Base de la Fuerza Aérea Andrews, a las afueras de Washington, donde los esperaban unos peces gordos de la división latinoamericana.
—En la sección cubana la reacción fue de convulsión y horror absolutos —rememora—. Tan sencillo como que no podían creer que los hubieran timado de tal manera, durante tantos años. Causó una gran conmoción.
La cosa empeoró. Cuando Fidel Castro se enteró de que Aspillaga había informado a la CIA de su humillación, decidió echar sal a la herida. Primero reunió a todo el elenco de presuntos agentes de la CIA y les hizo desfilar triunfalmente por toda Cuba. Después emitió en la televisión cubana un asombroso documental de once episodios titulado La guerra de la CIA contra Cuba. La inteligencia cubana, evidentemente, había grabado todo lo que la CIA había estado haciendo en su país durante al menos una década, como si prepararan un reality show, algo así como Supervivientes: Edición La Habana. La calidad de las grabaciones era sorprendente. Contenían primeros planos y ángulos cinematográficos. El audio se entendía de forma cristalina; los cubanos habían debido de tener información previa sobre los lugares donde se iban a celebrar las reuniones secretas y habrían enviado a sus técnicos para colocar micrófonos en las habitaciones.
En la pantalla, identificados con su nombre, aparecían agentes de la CIA supuestamente encubiertos. Había vídeos de todos los dispositivos de alta tecnología de la CIA, como transmisores escondidos en cestas de picnic y maletines. Se daban explicaciones detalladas sobre qué banco de qué parque utilizaban los agentes estadounidenses para comunicarse con sus fuentes y de cómo recurrían a camisas de diferentes colores para hacer señales secretas a sus contactos.[17] Un largo plano-secuencia mostraba a un agente de la CIA que embutía dinero e instrucciones dentro de una gran «roca» de plástico; en otro, se filmaba a uno que escondía documentos secretos para sus agentes dentro de un coche siniestrado en un desguace en Pinar del Río; un tercero mostraba a otro espía estadounidense, que buscaba un paquete entre la hierba alta de la cuneta mientras su mujer echaba humo desde el coche.[18] El Alpinista tenía un breve cameo en el documental. Su sucesor salía mucho peor parado.
—Al ver ese programa de televisión —recuerda el Alpinista—, parecía que hubiesen tenido a un tipo con una cámara siguiéndolo allí adonde fuese.
Cuando el jefe de la oficina del FBI en Miami se enteró de la existencia del documental, llamó a un agente cubano y le pidió una copia. Le fueron enviadas sin demora una serie de cintas de vídeo, atentamente dobladas al inglés. Al servicio de inteligencia más sofisticado del mundo le habían hecho pasar por tonto.
III
Esto es lo que no tiene sentido en la historia de Florentino Aspillaga. Una cosa es que Cuba hubiese engañado a un grupo de ancianos inválidos, al modo en el que lo hacen los artistas del timo. Pero habían burlado a la CIA, una organización que se toma muy en serio el problema de entender a los desconocidos.
Había extensos dosieres sobre cada uno de esos agentes dobles. El Alpinista asegura que los estudió con sumo cuidado. No había señales obvias de alarma. Como todas las agencias de inteligencia, la CIA tiene una división —contrainteligencia— cuya labor es supervisar sus propias operaciones en busca de indicios de traición. ¿Qué habían encontrado? Nada.(3) Al analizar el episodio años después, todo lo que Latell podía hacer era encogerse de hombros y decir que los cubanos debían de ser buenos de verdad. «Lo hicieron de un modo exquisito», reconocía.
Es decir, Fidel Castro seleccionó a los agentes dobles que usó de cebo. Lo hizo con auténtica brillantez… Algunos de ellos habían sido formados en el engaño teatral. Uno de ellos iba de ingenuo, ya sabes […]. Era en realidad un oficial de inteligencia muy astuto, con mucha experiencia […]. Fue ese rol de «Es tan simplón, ¿cómo va a ser un doble?». Fidel lo orquestó todo. Es decir, Fidel es el mejor actor de todos ellos.
El Alpinista, por su parte, sostiene que el trabajo de la sección cubana de la CIA era sencillamente chapucero. Había trabajado antes en Europa del Este, frente a Alemania Oriental, y allí, dice, la agencia había sido mucho más meticulosa.
Pero ¿cómo era el historial de la CIA en Alemania Oriental? Pues tan malo como el historial de la CIA en Cuba. Después de la caída del Muro de Berlín, el superior de la inteligencia germanooriental, Markus Wolf, escribió en sus memorias que, a finales de la década de 1980:
Estábamos en la posición envidiable de saber que ni un solo agente de la CIA había trabajado en Alemania Oriental sin haber sido convertido en agente doble o trabajar con nosotros desde un principio. Todos suministraban a los estadounidenses información y desinformación seleccionada con el mayor de los cuidados.[19]
La supuestamente meticulosa división de Europa Oriental sufrió, de hecho, una de las peores filtraciones de toda la Guerra Fría. Aldrich Ames, uno de los oficiales de mayor rango responsables del contraespionaje soviético, en realidad trabajaba para la Unión Soviética. Sus traiciones llevaron a la captura —y ejecución— de incontables espías norteamericanos en Rusia. El Alpinista lo conocía. Todo el que era alguien en la agencia lo conocía.
—No tenía una opinión elevada de él, porque me constaba que era un borracho y un vago —dice el Alpinista; pero ni él ni ninguno de sus colegas sospecharon jamás que Ames fuera un traidor—. Para los veteranos era impensable que uno de los nuestros pudiera ser alguna vez seducido por el otro bando de la forma que lo fue Ames —reconoce—. Nos desconcertó profundamente que uno de los nuestros pudiese traicionarnos de esa manera.
El Alpinista era una de las personas más talentosas en una de las instituciones más sofisticadas del mundo. Y, sin embargo, había sido testigo por tres veces de humillantes traiciones; la primera, la maquinada por Fidel Castro; después, la de los alemanes del Este y, por último, en el mismo corazón de la CIA, la de un compañero vago y borracho. Y si a los mejores de la CIA se les puede engañar de semejante manera, tantas veces, ¿qué sucede con el resto de la humanidad?
Y ese es el enigma número uno: ¿por qué no podemos darnos cuenta de que el desconocido que tenemos enfrente nos está mintiendo a la cara?