CAPÍTULO UNO

MAEVE

LUNES, 17 DE FEBRERO

Mi hermana piensa que soy una vaga. No se atreve a decírmelo en voz alta o, mejor dicho, a escribírmelo, pero no deja de insinuarlo:

¿Has mirado ya la lista de universidades que te envié?

No es precisamente pronto para empezar a buscar. Estás en el semestre de invierno de tu penúltimo año de instituto. En realidad ya vas con bastante retraso.

Si quieres podemos echarle el ojo a un par de webs cuando vuelva de la fiesta de despedida de soltera de Ashton.

También deberías echar la solicitud en algún sitio que se salga por completo de tu zona de confort.

¿Qué te parece la Universidad de Hawái?

Levanto la vista de los mensajes que van apareciendo en mi móvil y me encuentro con la mirada inquisitiva de Knox Myers.

—Bronwyn dice que debería estudiar en la Universidad de Hawái —le digo, y casi se ahoga con el trozo de empanada que tiene en la boca.

—Tu hermana sabe que esa universidad está en una isla, ¿verdad? —pregunta, y echa mano a un vaso de agua helada. Traga la mitad de una tacada.

En Bayview, las empanadas del Café Contigo son legendarias, pero, si una no está acostumbrada a la comida picante, pueden hacerse cuesta arriba. Knox, que se mudó aquí en secundaria desde Kansas, y que sigue considerando entre sus comidas favoritas el guiso de champiñones, no está acostumbrado en absoluto.

—¿Se ha olvidado de tu estricta política antiplaya?

—No tengo ninguna política antiplaya —protesto—. Lo único que pasa es que no estoy muy a favor de la arena. Ni de demasiado sol. Ni de las corrientes marinas. Ni de los bichos del mar. —Las cejas de Knox se enarcan más y más a cada frase que digo—. Oye, fuiste tú quien me obligó a ver Monstruos de las profundidades —le recuerdo—. Esta oceanofobia es fundamentalmente culpa tuya.

Knox fue el primer novio que he tenido en mi vida. Lo nuestro duró todo el verano pasado, aunque ninguno de los dos tenía la suficiente experiencia como para darse cuenta de que en realidad no nos gustábamos. Pasamos la mayor parte de nuestra relación viendo el canal de ciencia en la tele, lo cual debería habernos dado la pista de que en realidad estábamos mejor siendo amigos.

—Me has convencido —dice Knox en tono seco—. Está claro que Hawái es tu universidad. Me muero de ganas de leer lo que sin duda va a ser una de las redacciones más sentidas de la historia, cuando eches la solicitud. —Se incorpora hacia delante y alza la voz para dar más énfasis a sus palabras—. El año que viene.

Suelto un suspiro, y tamborileo con los dedos sobre los brillantes baldosines de la mesa. El Café Contigo es un establecimiento argentino de paredes de color azul oscuro y techo de estaño. En el aire flota siempre una olorosa mezcla de aromas dulces y salados. Queda a poco más de un kilómetro de mi casa, y se ha convertido en mi sitio favorito para hacer los deberes, sobre todo desde que Bronwyn se fue a Yale y de pronto mi habitación se convirtió en un lugar demasiado silencioso para mi gusto. Me encanta el agradable bullicio del Contigo, y el hecho de que a nadie le importe si me paso aquí tres horas y solo pido un café.

—Bronwyn dice que voy ya con retraso —le digo a Knox.

—Ya, bueno, pero Bronwyn prácticamente tenía lista la solicitud para Yale desde preescolar, ¿verdad? —dice él—. Tenemos tiempo de sobra.

Knox es igual que yo. Él también está en el penúltimo año de instituto y, como yo, es mayor que la mayoría de estudiantes. En su caso es porque era demasiado pequeño para su edad en la guardería y sus padres lo retrasaron un año. En el mío, porque me pasé media infancia de hospital en hospital por culpa de la leucemia.

—Supongo.

Cojo el plato vacío de Knox para ponerlo sobre el mío, pero mi mano tropieza con el salero y desparrama un montón de cristalitos blancos por toda la mesa. Casi sin pensarlo, cojo una pizquita con dos dedos y la tiro por detrás del hombro. Un signo para espantar la mala suerte, tal y como me enseñó Ita. Las supersticiones de mi abuela son innumerables; algunas son colombianas y otras las ha adquirido después de treinta años viviendo en Estados Unidos. Cuando yo era pequeña, las obedecía todas, en especial cuando estuve enferma. «Si llevo la pulsera de cuentas que me ha dado Ita, esta prueba no me dolerá. Si no piso las grietas del suelo, mi porcentaje de glóbulos blancos será normal. Si como doce uvas en Nochevieja, este año no moriré».

—En cualquier caso, tampoco se va a acabar el mundo si no entras en la universidad en cuanto acabes el instituto —dice Knox.

Se encorva en su silla y se aparta un mechón de pelo castaño de la frente. Knox es tan esbelto y anguloso que sigue pareciendo famélico incluso después de engullir su empanada y la mitad de la mía. Cada vez que está en casa, tanto mi madre como mi padre intentan que se harte de comer.

—Hay muchísima gente que no empieza la universidad nada más terminar el instituto —añade.

Su mirada revolotea por el restaurante y se posa en Addy Prentiss, que en este momento acaba de salir bandeja en mano por la puerta de la cocina.

Veo cómo Addy recorre el Café Contigo y va dejando platos de comida aquí y allá con una facilidad nacida de la práctica. En Acción de Gracias, cuando el programa de investigación de Mikhail Powers emitió el reportaje especial «Los Cuatro de Bayview: dónde están ahora», Addy accedió a que la entrevistaran por primera vez. Probablemente se había dado cuenta de que los productores tenían en mente presentarla como la vaga del grupo. A fin de cuentas, mi hermana entró en Yale, Cooper consiguió una flamante beca para la Universidad Estatal de California en Fullerton, e incluso Nate empezó a recibir alguna que otra clase en un centro de formación profesional. Addy no pensaba permitir que dieran esa imagen de ella. Adelaide Prentiss no iba a tolerar que le colocaran un titular del tipo «La carrera cuesta abajo de la antigua Reina de la Belleza de Bayview después del instituto».

«Si sabes lo que quieres hacer cuanto te gradúes, estupendo —había dicho, encaramada a una de las sillas del Café Contigo, con la lista de especiales escrita en la pizarra a su espalda en brillantes trazos de tiza de colores—. Pero si no estás seguro, ¿para qué vas a pagar un fortunón por una licenciatura que a lo mejor nunca llegas a ejercer? No pasa nada si no has planeado el resto de tu vida a los dieciocho».

O a los diecisiete. Echo una mirada cansada a mi móvil, a la espera de que llegue la siguiente ráfaga de mensajes de Bronwyn. Quiero mucho a mi hermana, pero su perfeccionismo a veces se me hace bola.

Los clientes de la noche empiezan a llegar. Alguien sintoniza en las teles de pantalla grande el primer partido de béisbol de la temporada de la Universidad de California en Fullerton. Cuando su bandeja está casi vacía, Addy se detiene y recorre la sala con la mirada. Cuando su mirada se cruza con la mía, me sonríe. Se abre camino hasta nuestra mesita esquinera y deja un platito de alfajores entre Knox y yo. Las galletas rellenas de dulce de leche son la especialidad del Café Contigo, aparte de lo único que Addy ha aprendido a hacer en los nueve meses que lleva trabajando aquí.

Knox y yo nos abalanzamos a por ellas a la vez.

—¿Vais a querer algo más? —pregunta Addy, y se coloca un rizo teñido de rosa y plateado detrás de la oreja. En el último año ha probado diferentes tintes, aunque nada que no sea rosa o púrpura le dura mucho—. Si queréis algo, más vale que lo pidáis ahora. Todo el mundo se tomará un descansito en cuanto Cooper empiece a lanzar, cosa que será… —echa una mirada al reloj en la pared— en cinco minutos más o menos.

Yo niego con la cabeza. Knox se pone de pie y se sacude las migas de la pechera de su sudadera favorita, de tono gris.

—Yo me he quedado bien, pero tengo que ir al baño —dice—. ¿Me guardas el sitio, Maeve?

—Claro que sí —le digo, y coloco mi mochila sobre su silla.

Addy empieza a darse la vuelta, y en ese momento casi se le cae la bandeja.

—¡Ay, Dios mío! ¡Ahí está!

En todas y cada una de las pantallas del restaurante aparece la misma imagen: Cooper Clay se acerca al montículo y empieza a calentar para su primer partido de béisbol universitario. A Cooper lo vi estas navidades, hace menos de dos meses, pero ahora parece más mazado de lo que lo recordaba. Tiene la mandíbula cuadrada, y está tan guapo como siempre, pero en sus ojos hay un tinte acerado que al menos yo no había visto antes. Aunque, de todos modos, hasta ahora mismo solo había visto a Cooper lanzar desde la grada.

Con el barullo de la cafetería, no alcanzo a oír a los comentaristas, pero me imagino lo que están diciendo: el debut de Cooper en el béisbol universitario está ahora mismo en boca de todo el mundo, tanto como para que un programa de deportes local de tele por cable cubra el partido. Parte del revuelo se debe a la notoriedad que aún tienen los Cuatro de Bayview, y el hecho de que Cooper sea uno de los pocos jugadores abiertamente gais del béisbol universitario, pero también es porque Cooper lleva partiendo la pana desde los entrenamientos de primavera. Los analistas deportivos están haciendo apuestas sobre si saltará a las ligas profesionales antes de que acabe siquiera una temporada universitaria.

—Nuestra superestrella va por fin a encontrarse con su destino —dice Addy con afecto sincero. En la pantalla, Cooper se ajusta la gorra—. Doy una última pasada a las mesas y me siento con vosotros, chicos.

Addy da una vuelta por el restaurante con la bandeja bajo el brazo y el cuadernito de los pedidos en la mano, pero la atención de toda la sala ha pasado de la comida al béisbol.

Yo clavo la vista en la pantalla, aunque la escena ha pasado de Cooper a una entrevista con el entrenador del otro equipo. «Si Cooper gana este partido, este año va a salir bien». Intento sacarme el pensamiento de mi cabeza en cuanto aflora. No voy a poder disfrutar del partido si lo convierto en una apuesta más contra el destino.

Una silla chirría a mi lado, y una chaqueta de cuero se roza contra mi brazo. Una chaqueta de cuero que me resulta familiar.

—¿Qué pasa, Maeve? —pregunta Nate Macauley al tiempo que se sienta en su silla. Sus ojos revolotean por la mesa cubierta de sal—. Oh, oh. Masacre de sal. Vamos a morir todos, ¿no?

—Ja, ja y ja —le digo, pero mis labios se crispan.

Nate se ha convertido en algo parecido a un hermano para mí desde que Bronwyn y él empezaran a salir hace cosa de un año, así que supongo que chincharme entra dentro de sus competencias, incluso ahora que se están «tomando un descanso», el tercero desde que Bronwyn se fue a la universidad. Tras pasar todo el verano pasado desesperados por si una relación a distancia podría funcionar, sobre todo si esa distancia era de cinco mil kilómetros, mi hermana y su chico han entrado en un patrón que los lleva a ser inseparables, discutir, romper y volver juntos de nuevo. Un patrón que, por extraño que parezca, parece funcionarles a los dos a las mil maravillas.

Nate me responde con una mueca y los dos nos sumimos en un silencio cómodo. Es muy fácil pasar el rato con él, y con Addy, y con el resto de los amigos de Bronwyn. «Nuestros amigos», dice ella, pero no es del todo cierto. Antes fueron sus amigos, y si ella no estuviera en el panorama, no serían los míos.

Mi móvil vibra como si le tocase dar respuesta a mis cavilaciones. Bajo la vista y me encuentro con otro mensaje de Bronwyn.

¿Ha empezado ya el partido?

En breve, escribo. Cooper está calentando.

¡¡¡¡¡Ojalá lo dieran por ESPN para poder verlo!!!!!

Por desgracia, el canal de deportes de la costa del Pacífico no se coge en New Haven, Connecticut, ni en ningún otro sitio a más de tres horas de distancia de San Diego. Y tampoco emiten por internet.

Te lo estoy grabando, le recuerdo.

Ya lo sé, pero no es lo mismo.

Lo siento. :(

Engullo el resto de la galleta y contemplo los tres puntitos que parpadean en mi pantalla. Pasa tanto tiempo que sé perfectamente qué es lo siguiente que me va a escribir. Bronwyn escribe rápida como el rayo al móvil. Nunca duda, a no ser que esté a punto de decir algo que piensa que no debería, y ahora mismo no hay más que un tema en su lista autoimpuesta de «no mentar la bicha».

Y por supuesto, ahí viene:

¿Está por ahí Nate?

Puede que mi hermana ya no viva en la habitación de al lado, pero eso no quiere decir que no pueda chincharla de vez en cuando.

¿Quién?, le contesto, y miro a Nate.

—Un saludo de parte de Bronwyn —le digo.

Un destello en sus ojos azul oscuro, pero su semblante sigue impasible.

—Otro de mi parte.

Lo entiendo, supongo. Da igual lo mucho que te importe alguien, las cosas cambian cuando de repente se deja de estar cerca todo el tiempo. A mí me pasa lo mismo, aunque de un modo diferente. Sin embargo, Nate y yo no tenemos ese tipo de dinámica en la que hablamos de nuestros sentimientos. De hecho, ninguno de los dos tiene ese tipo de dinámica con nadie que no sea Bronwyn, así que le hago una mueca.

—No es muy saludable reprimirse, ¿sabes?

Antes de que Nate responda, de repente se produce un revuelo a nuestro alrededor. Knox vuelve, Addy acerca una silla a nuestra mesa, y ante mí se materializa un plato de totopos de maíz cubiertos de filete troceado, queso fundido y chimichurri, la versión del Café Contigo de los nachos de toda la vida.

Alzo la vista en la dirección de la que han venido los totopos y me encuentro un par de ojos castaño oscuro.

—Un tentempié para el partido —dice Luis Santos, y se pasa el trapo con el que sujetaba el plato de la mano al hombro.

Luis era el mejor amigo de Cooper en el instituto, hacía de receptor para los lanzamientos de Cooper, hasta que ambos se graduaron el año pasado. Sus padres son los dueños del Café Contigo, y ahora trabaja aquí a media jornada mientras cursa formación profesional. Desde que he convertido la mesa esquinera en mi segundo hogar, veo más a Luis que en todo el tiempo que fuimos juntos a clase.

Knox se abalanza sobre los nachos como si no se acabase de zampar dos empanadas y un plato de galletas hace prácticamente cinco minutos.

—Cuidado, que están ardiendo —le advierte Luis mientras se deja caer en la silla del lado opuesto de la mesa.

«Tú sí que me tienes ardiendo», pienso al instante, porque tengo una vergonzosa debilidad por los deportistas guapos; sacan de mí a la niña de doce años que llevo dentro. Cualquiera diría que había aprendido la lección después de que el año pasado mi enchochamiento unilateral con un jugador de baloncesto me granjease un comentario en Malas Lenguas, el blog de Simon Kelleher, pero no.

La verdad es que no tengo mucha hambre, pero de todos modos saco un nacho de la parte baja del montón.

—Gracias, Luis —digo, y chupo la sal de la esquinita del nacho.

Nate esboza una media sonrisa.

—¿Qué me decías sobre reprimir cosas, Maeve?

Se me suben los colores, y no se me ocurre respuesta alguna aparte de meterme el nacho entero en la boca y masticarlo de forma agresiva mirando hacia Nate. A veces no entiendo qué es lo que ve mi hermana en él.

Mierda. Mi hermana. Le echo un vistazo al móvil con una punzada de culpabilidad y veo la fila de emojis con la carita triste que me ha mandado Bronwyn. Es broma. Nate tiene pinta de estar hecho polvo, la reconforto. La verdad es que no, porque nadie lleva la máscara de «me importa una mierda» mejor que Nate Macauley, pero estoy segura de que así es.

Phoebe Lawton, otra de las camareras del Café Contigo, y compañera de clase, nos trae vasos de agua y se sienta en la punta opuesta de la mesa. El primer jugador del equipo contrario se acerca al home. La cámara se acerca a Cooper. Él levanta el guante y entrecierra los ojos.

—Vamos, Coop —murmura Luis. Sin darse cuenta, curva la mano derecha en la postura clásica del guante del receptor—. Lanza.

***

Dos horas más tarde, el café al completo está poseído por el revuelo que ha causado la actuación casi perfecta de Cooper: ocho eliminaciones, una base por bolas, un hit, y ni una sola carrera en siete entradas. Los Titans, de la Universidad Estatal de California, van ganando por tres carreras, pero a la gente ha dejado de interesarle el partido ahora que le han dado el relevo a Cooper.

—Estoy muy contenta por él —dice Addy, sonriente—. Se merece esto muchísimo después de…, ya sabéis. —Su sonrisa flaquea un poco—. Después de todo lo que pasó.

Todo lo que pasó. Una expresión ínfima para abarcar los acontecimientos en los que, hace dieciocho meses, Simon Kelleher orquestó su propia muerte en un plan para culpar de ella a mi hermana junto con Cooper, Addy y Nate. El especial de Acción de Gracias del programa de investigación de Mikhail Powers lo cubrió hasta el último detalle, desde el plan de Simon para reunirlos a todos en la sala de castigo hasta los secretos que había planeado filtrar en el blog Malas Lenguas para que pareciese que los cuatro tenían motivos para querer matarlo.

Bronwyn y yo vimos el especial aprovechando que estaba en casa durante las vacaciones. El programa me hizo revivir el año anterior, aquel período en que toda aquella historia se convirtió en una obsesión nacional, cuando la carretera frente a nuestra casa estaba llena de furgonetas de noticias día sí y día también. El país entero se enteró de que Bronwyn había robado los exámenes para sacar un sobresaliente en Química, que Nate vendía drogas mientras estaba en libertad condicional precisamente por vender drogas, y que Addy le fue infiel a su novio, Jake, quien resultó ser un pedazo de mierda tan grande que accedió a colaborar con Simon en aquel plan. Cooper fue acusado falsamente de meterse esteroides, y se descubrió su homosexualidad antes de que tuviera la oportunidad de salir del armario por voluntad propia ante su familia y sus amigos.

Lo cual, evidentemente, fue una pesadilla, aunque no tan grave como ser sospechoso de asesinato.

La investigación se desarrolló casi como Simon la había planeado, excepto la parte en la que Bronwyn, Cooper, Addy y Nate unieron fuerzas en lugar de volverse unos contra otros. Resulta difícil imaginar cómo serían las cosas hoy si hubieran hecho lo contrario. Dudo que Cooper hubiese hecho un partidazo como aquel en su primer partido de la temporada universitaria, o que Bronwyn hubiese entrado en Yale. Con toda seguridad, Nate habría acabado en la cárcel. Y en cuanto a Addy…, prefiero no pensar en dónde podría estar Addy. Sobre todo porque sospecho que ni siquiera estaría entre nosotros.

Noto un escalofrío, y Luis se me queda mirando. Levanta el vaso, con la expresión de alguien que no piensa permitir que nada le amargue el triunfo de su mejor amigo.

—Bueno, por el karma. Y por Coop, por el pedazo de partido que acaba de jugar.

—Por Cooper —dicen todos.

—¡Tenemos que planear una escapadita para visitarlo! —exclama Addy. Alarga la mano al otro lado la mesa y le toca el hombro a Nate, que ya está paseando la vista por la sala mientras intenta calcular el momento adecuado para largarse—. Tú también. No pienses que te vas a escaquear.

—El equipo entero de béisbol va a querer ir —dice Luis.

Nate compone una suerte de mueca resignada, porque Addy es una fuerza de la naturaleza cuando decide que va a obligarlo a socializar, le guste o no.

Phoebe, que se ha ido acercando a Knox y a mí a medida que avanzaba el partido y la gente se ha ido yendo, alarga la mano para servirse un vaso de agua.

—Bayview es muy diferente sin Simon, pero, por otro lado…, no lo es tanto. ¿Entendéis lo que quiero decir? —murmura en tono tan bajo que solo la oímos Knox y yo—. No es que la gente se haya vuelto más amable después de lo que pasó. Lo único es que ya no existe Malas Lenguas para llevar el registro semanal de quién está siendo una mierda de persona.

—Desde luego no es por falta de esfuerzo —murmura Knox.

Tras la muerte de Simon, surgieron imitadores de Malas Lenguas como setas. La mayoría de los blogs desaparecían pasados un par de días, pero hubo uno en particular, Simon dice, que estuvo activo durante casi un mes entero el otoño pasado, hasta que el instituto tomó cartas en el asunto y consiguieron borrarlo. En cualquier caso, nadie lo tomó en serio, porque el creador del blog, uno de esos chicos callados que no conocía casi nadie, no llegó a actualizar ni un solo cotilleo que no fuera ya vox populi.

Ese era el secreto de Simon Kelleher: sabía secretos que a nadie más se le habría ocurrido ni imaginar. Tenía paciencia, estaba dispuesto a esperar hasta alcanzar la máxima cota de dramatismo y dolor de cualquier situación. También se le daba muy bien ocultar lo mucho que odiaba a todo el mundo en el instituto. El único sitio donde daba rienda suelta a sus sentimientos era aquel foro dedicado a la venganza con el que me topé cuando buscaba pistas sobre su muerte. Recuerdo que leer las actualizaciones de Simon me provocó náuseas. Todavía siento escalofríos al pensar lo poco que entendimos qué significaba ir contra una mente como la de Simon.

Las cosas podrían haber salido de manera muy diferente.

—Oye. —Knox me saca de mis pensamientos. Parpadeo hasta volver a enfocar su cara. Nosotros tres somos los únicos que seguimos dándole vueltas al tema; no creo que ninguno de los alumnos mayores del año pasado se haya permitido dedicarle mucho tiempo al asunto de Simon—. No te pongas tan seria. Lo pasado, pasado está, ¿verdad?

—Verdad —digo.

De pronto, un gemido resuena en medio de la multitud apelotonada en el Café Contigo. Me giro en la silla. Tardo un minuto en entender lo que está pasando, y cuando lo hago, se me encogen las tripas: el reemplazo de Cooper ha agotado las bases en la novena entrada, lo han eliminado, y el nuevo lanzador ha fallado cuando estaba a punto de hacer un grand slam. De pronto, el equipo de la Universidad del Estado de California ha pasado de una ventaja de tres carreras a perder de una. El otro equipo se ha tirado en bloque sobre su lanzador, todos han caído al suelo en un montón de cuerpos pletóricos de alegría. A pesar de que Cooper ha hecho un partido inmejorable, su equipo no ha conseguido ganar.

—¡Noooooo! —gimotea Luis, y entierra la cabeza entre las manos. Suena como si le doliese físicamente—. Vaya mierda.

Phoebe se encoge.

—Oooh, qué mala suerte. Aun así, no ha sido culpa de Cooper.

Mis ojos buscan a la única persona en la mesa de la que siempre puedo esperar una reacción sincera: Nate. Su mirada pasa de mi cara tensa a la sal que sigue desparramada por la mesa. Niega con la cabeza, como si fuera consciente de la apuesta supersticiosa que he hecho conmigo misma. Puedo leer su expresión tan claramente como si la estuviese diciendo de viva voz: «Esto no significa nada, Maeve. No es más que un partido».

Estoy segura de que tiene razón. Aun así, ojalá Cooper hubiera ganado.

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CAPÍTULO DOS

PHOEBE

MARTES, 18 DE FEBRERO

La parte lógica de mi cerebro sabe que mi madre no juega con muñecas. Pero es muy temprano, estoy cansada y no llevo puestas las lentillas. Así pues, en lugar de entrecerrar los ojos para ver mejor, me apoyo contra la encimera de la cocina y pregunto:

—¿Y esas muñecas?

—Son figuritas para la tarta de boda —dice mi madre, y le quita una a mi hermano de doce años, Owen, y me la tiende a mí.

Lo que veo es una novia vestida de blanco con las piernas enrolladas en torno a la cintura del novio. Sea quien sea el infravalorado artista que la ha hecho, se las ha arreglado para dotar a ambas caritas de plástico de una expresión de lo más lujuriosa.

—Cuánta clase —digo.

Debería haber adivinado que tenía que ver con la boda. La semana pasada la mesa se llenó con muestras de papelería para las invitaciones, y la anterior con centros de mesa hechos a mano.

—Es la única picante —dice mi madre con un tono defensivo en la voz—. Supongo que hay que intentar cubrir todos los gustos. ¿La puedes poner en la caja? —Apunta con el mentón a una caja de cartón que descansa en una esquina, medio llena de bolitas de gomaespuma para embalaje.

Dejo a la feliz pareja en la caja y saco un vaso del armarito junto al fregadero. Lo lleno de agua del grifo y me la bebo toda con un par de tragos ansiosos.

—Figuritas para la tarta, ¿eh? —digo—. ¿La gente las sigue usando?

—Son muestras de Golden Rings —dice mamá.

Desde que se unió a esta asociación de organizadores de bodas, por nuestra casa aparecen cajas llenas de cosas así cada par de semanas. Mamá les saca fotos, anota las que le gustan y las vuelve a meter en las cajas para enviárselas a la siguiente organizadora de bodas del grupo.

—Algunas son monas —añade, y me enseña una figurita de una novia y un novio bailando un vals—. ¿Qué te parece?

Sobre el mostrador hay un paquete abierto de gofres Eggo. Saco los dos que quedaban dentro y los meto en la tostadora.

—Creo que poner personitas de plástico en lo alto de una tarta no entra en el estilo de Ashton y Eli. ¿No decían que querían algo sencillito?

—A veces uno no sabe lo que quiere hasta que lo tiene delante —responde mamá en tono jovial—. Parte de mi trabajo es hacerles ver todas las opciones que hay para elegir.

Pobre Ashton. La hermana mayor de Addy ha sido la vecina perfecta desde que nos mudamos al apartamento de enfrente el verano pasado. Nos ha dado las mejores recomendaciones de sitios de comida para llevar, nos ha chivado qué lavadoras no se quedan con el cambio y hasta nos ha regalado entradas para conciertos que solía recibir gratis en su trabajo de diseñadora gráfica en el Instituto de las Artes de California. La pobre no tenía ni idea de en dónde se metía cuando accedió a que mi madre coordinase «algunos detalles» de su boda con Eli Kleinfelter, como muestra de apoyo al negocio paralelo de organización de bodas en el que mamá daba sus primeros pasos.

Digamos que mi madre se ha pasado un pelín. Quiere dar una buena impresión, sobre todo porque Eli es algo así como una celebridad local. Es el abogado que defendió a Nate Macauley cuando lo acusaron injustamente del asesinato de Simon Kelleher. Ahora no dejan de consultarlo para todo tipo de casos mediáticos.

A la prensa le flipa que se vaya a casar con una de los Cuatro de Bayview, así que su inminente enlace nupcial no deja de salir en las noticias. Eso supone publicidad gratis para mamá, incluyendo una mención en el San Diego Tribune y un reportaje en profundidad en el Bayview Blade, periódico que ha abrazado el amarillismo más absoluto desde que empezó a cubrir todo lo que pasó con Simon. Por eso no es de extrañar el enfoque dramático que le dieron al reportaje: «Tras una terrible pérdida, una viuda local emprende un negocio basado en la más pura alegría».

A ninguno nos hacía falta ese tipo de recordatorio de lo que habíamos pasado.

Sea como sea, mamá ha puesto más esfuerzo en esta boda que en ninguna otra cosa que haya pasado en los últimos años, así que debería estar agradecida por la paciencia infinita que Ashton y Eli han tenido con ella.

—Se te están quemando los gofres —dice Owen la mar de tranquilo, y se mete en la boca una cucharada de cereales empapados en sirope.

—¡Mierda!

Saco los dos gofres y se me escapa un gemido de dolor cuando mis dedos rozan el metal caliente de la tostadora.

—Mamá, ¿podemos comprar otra tostadora, por favor? Esta está para el arrastre. Pasa de frío a infierno en treinta segundos.

Las cejas de mamá se fruncen en esa mirada de preocupación que se le pone siempre que mencionamos cualquier cosa que suponga un gasto de dinero.

—Ya me he dado cuenta, pero quizá deberíamos intentar limpiarlo antes de comprar otro nuevo. Seguro que ahí dentro tiene años de migas acumulados.

—Yo me encargo —se ofrece voluntario Owen. Se sube las gafas por el puente de la nariz—. Y si limpiarlo no funciona, lo desmonto. Seguro que puedo arreglarlo.

Yo le dedico una sonrisa no muy convencida.

—Seguro que sí, cerebrito. Debería haberlo pensado antes.

—No quiero que trastees con cosas eléctricas, Owen —objeta mamá.

Él parece ofendido.

—No voy a trastear.

Se oye una puerta abrirse. Emma, mi hermana mayor, sale de nuestro dormitorio y viene a la cocina. Nunca me acostumbraré a esta parte de vivir en un apartamento. Al estar todos en la misma planta, siempre eres consciente de dónde está cada uno, todo el tiempo. No hay ningún sitio en el que esconderse. Esto no tiene nada que ver con nuestra antigua casa, donde no solo cada uno tenía su propio cuarto, sino que también había una sala de estar, una oficina que acabó convertida en la sala de juegos de Owen, y el taller de papá en el sótano.

Y por supuesto, teníamos a papá.

Se me encoge la garganta al tiempo que Emma recorre con la mirada los montones de personitas de plástico vestidas de etiqueta que se acumulan sobre la mesa de la cocina.

—¿Se siguen poniendo figuritas en las tartas de boda?

—Tu hermana me ha hecho exactamente la misma pregunta —dice mamá.

Siempre hace eso, señalar las finísimas hebras de parecido que Emma y yo compartimos, como si hacerlo sirviese para anudarnos de nuevo en la fuerte hermandad que nos unía cuando éramos pequeñas.

—Mmm. —Es el sonido que hace Emma. Yo me concentro en mi gofre cuando se me acerca—. ¿Te puedes apartar un poco? —pregunta con educación—. Voy a usar la batidora.

Me echo a un lado. Owen coge una de las figuritas, que representa una novia con el pelo rojo oscuro.

—Esta se parece a ti, Emma —dice.

Todos los hermanos Lawton tenemos el pelo de algún tono de pelirrojo. El de Emma es caoba, el mío es cobrizo, y el de Owen es más tirando a pajizo. Sin embargo, quien más destacaba era mi padre, que tenía el pelo tan naranja que en el instituto le apodaban Cheeto. Una vez estábamos en la zona de restaurantes del centro comercial de Bayview. Mi padre fue al baño y al volver se encontró con una pareja mayor que miraba de reojo a mi madre, con su piel morena y su pelo oscuro, junto a aquellos niños pálidos y pelirrojos. Papá se dejó caer a su lado y le pasó un brazo por los hombros, y le dedicó una mueca a la pareja.

—¿Ven? Así sí tiene sentido la cosa —les dijo.

Pero ahora, ¿tres años después de su muerte? No, ahora no tiene el menor sentido.

***

Si tuviese que elegir la parte del día que más da por saco a mi hermana Emma…, me costaría un huevo, porque últimamente parece que no hay nada que a Emma le guste mínimamente. Sin embargo, tener que recoger a mi amiga Jules de camino a clase puede que se encuentre en el top tres de cosas que más le dan por saco.

—Ay, Dios mío —dice Jules exageradamente al subirse a la parte de atrás de nuestro Corolla, modelo con diez años de antigüedad, con la mochila por delante. Yo me doy media vuelta en el asiento y Jules se quita las gafas de sol para poder dedicarme una mirada asesina—. Phoebe, no te soporto.

—¿Qué? ¿Por qué? —pregunto, confundida.

Me doy la vuelta en el asiento y me recoloco bien la falda, que se me sube por encima de los muslos. Tras años de ensayo y error, he encontrado el tipo de fondo de armario que me va mejor para el tipo de cuerpo que tengo: falda corta con volantes, preferiblemente con algún estampado llamativo, camiseta con cuello de pico o bien redondo de colores vivos, y botines de tacón alto.

—El cinturón —dice Emma.

Jules se abrocha el suyo, sin apartar la mirada de mí.

—Sabes bien por qué.

—Te juro que no, en serio —protesto yo.

Emma se aleja del bordillo frente al modesto dúplex de Jules, que en realidad está en la calle de al lado de la casa en la que vivíamos nosotras. Nuestro antiguo barrio no es ni de lejos el más rico, pero aun así la joven pareja a la que mi madre le vendió nuestra casa estaba encantada de mudarse aquí para empezar su vida en familia.

Los ojos verdes de Jules, que resaltan sobre su piel negra y su pelo oscuro, se ensanchan en un intento de exageración.

—¡Nate Macauley estuvo anoche en el Café Contigo y no te dignaste a mandarme ni un mensaje!

—Ah, bueno… —Enciendo la radio y el último temazo de Taylor Swift engulle mi respuesta murmurada en voz baja.

Jules lleva toda la vida colgada por Nate. Le encanta el rollo de chico malote y atormentado, pero nunca llegó a considerar a Nate como posible novio hasta que Bronwyn Rojas se le adelantó. Ahora se dedica a merodearle como un buitre cada vez que rompen, lo cual me ha causado un problema de lealtades cruzadas desde que empecé a trabajar en el Café Contigo y estreché lazos con Addy, quien por supuesto está y estará siempre de parte de Bronwyn.

—Y encima Nate nunca sale —gimotea Jules—. Valiente oportunidad perdida. Suspenso en amistad, Phoebs. Eso no ha molado nada.

Saca un tubito de brillo de labios color vino tinto y se echa hacia delante para verse en el retrovisor mientras se aplica una nueva capa.

—¿Qué tal lo viste? ¿Parecía haber superado lo de Bronwyn?

—A ver, es difícil de decir —respondo—. La verdad es que no habló con mucha gente aparte de Maeve y Addy. Sobre todo con Addy.

Jules lanza un beso al aire, y una leve expresión de pánico cruza su rostro.

—Ay, Dios mío. ¿Crees que Nate y Addy están juntos?

—No. Seguro que no. Son amigos. No todo el mundo ve a Nate tan irresistible como tú, Jules.

Jules mete el pintalabios en el bolso y, con un suspiro, apoya la cabeza en la ventanilla.

—Eso lo dices tú. Está tan bueno que me muero solo de verlo.

Emma para en un semáforo y se restriega los ojos. Echa mano del botón del volumen de la radio.

—Tengo que bajar esto un poco —dice—, me retumba la cabeza.

—¿Te estás poniendo enferma? —le pregunto.

—No, solo estoy cansada. La tutoría con Sean Murdock de anoche duró más de lo que debería.

—Menuda sorpresa —murmuro.

Si alguien está buscando indicios de vida inteligente en las clases de primero del instituto, más vale que ignore a Sean Murdock. Sin embargo, sus padres tienen dinero y están dispuestos a dárselo a Emma solo para que a su hijo se le pegue algo de la constancia de Emma, o de sus notas.

—Deberías darme clase a mí, Emma —dice Jules—. Este semestre, Química va a ser una pesadilla. Voy a necesitar que alguien me eche una mano. O a lo mejor me hago un Bronwyn Rojas y robo los exámenes.

—Eso se lo inventó la propia Bronwyn —le recuerdo, con lo que Jules me da una patada al respaldo del asiento.

—No la defiendas —dice, molesta—. Está echando a perder mi pobre y maltrecha vida amorosa.

—Si de verdad quieres que te dé clase, este fin de semana tengo un hueco —dice Emma.

—¿Dar Química en finde? —Jules finge escandalizarse—. No, gracias.

—Pues vale. —A mi hermana se le escapa un suspirito, como si no le sorprendiese la respuesta—. Tantas ganas de aprobar no tendrás.

Emma solo es un año mayor que yo, pero la mayor parte del tiempo se comporta como si tuviese la edad de Ashton Prentiss. Emma no parece tener diecisiete años; se comporta como si tuviese veintitantos y ya estuviese en mitad de la carrera, en lugar de en bachillerato. No es capaz de relajarse ni siquiera ahora, que ya ha echado todas las solicitudes universitarias y no tiene nada mejor que hacer que esperar a que le respondan.

El resto del camino lo hacemos en silencio, al menos hasta que mi móvil suena justo cuando Emma detiene el coche en el aparcamiento. Le echo un vistazo al mensaje. ¿Gradas?

No debería y, sin embargo, mis dedos escriben OK, aunque mi cerebro me recuerda que este mes ya me llevo dos partes por impuntualidad. Me guardo el móvil en el bolsillo, y ya tengo medio abierta la puerta del copiloto antes incluso de que Emma acabe de detener el coche. Mi hermana enarca las cejas. Yo me bajo. Me echo la mochila a la espalda y apoyo la mano en la puerta del coche antes de decirle:

—Tengo que pasar un momentito por el campo de fútbol americano.

—¿Para qué? No deberías volver a llegar tarde —dice Emma.

Me lanza una mirada ladina. Tiene los ojos marrón claro, exactamente como los de papá. Aparte del pelo rojizo, el color de ojos es el único rasgo que compartimos. Emma es alta y delgada, mientras que yo soy bajita y estoy algo más rellenita. El pelo lacio casi le llega a la altura de los hombros; el mío es una cascada de rizos. A Emma le salen pecas cuando se pone al sol; yo me bronceo. Ahora mismo, ambas tenemos la típica palidez de febrero. Noto cómo me suben los colores, y bajo la mirada al suelo.

—Es por…, eh…, los deberes —balbuceo.

Jules pone una mueca y sale del coche.

—¿Así lo llaman ahora?

Yo giro sobre mis talones y me bato en retirada, aunque siento la mirada de reproche de Emma en los hombros, pesada como un manto. Ella siempre ha sido la hermana seria, pero eso daba igual cuando éramos más pequeñas. Estábamos muy unidas, y podíamos conversar sin necesidad de pronunciar ni una palabra. Mamá decía medio en broma que sus hijas eran telépatas, pero en realidad no era exactamente así. Es solo que nos conocíamos tan bien que podíamos leernos mutuamente la expresión facial, con tanta claridad como si las tuviésemos escritas en la cara.

A pesar de la diferencia de edad, también estábamos muy unidas a Owen. Papá decía que éramos Los Tres Amigos. En todas las fotos de la infancia salimos igual: Emma y yo una a cada lado de Owen, rodeándole los hombros cada una con un brazo y sendas sonrisas enormes. Parecemos inseparables, y yo llegué a creer que lo éramos. Nunca se me ocurrió que lo que nos mantenía unidos era nuestro padre.

El distanciamiento fue tan sutil que al principio no me di cuenta de que estaba ocurriendo. Primero se distanció Emma, a base de enterrarse en deberes. Mi madre dijo que era su manera de gestionar el duelo, así que yo la dejé en paz, aunque mi manera de gestionar el duelo implicaba hacerlo juntas. Compensé su ausencia involucrándome en todas las actividades sociales que fui capaz de encontrar, en especial cuando empezaron a interesarme los chicos. Owen, por su parte, se retiró al reconfortante mundo de fantasía de los videojuegos. Para cuando quise darme cuenta, cada uno de esos tres estilos se había convertido en nuestra marca de identidad, y así seguimos. En la foto que usamos para nuestras felicitaciones de Navidad el año pasado salimos los tres junto al árbol, ordenados por altura, cogidos de la mano y parapetados tras tensas sonrisas. Esa foto habría decepcionado muchísimo a nuestro padre.

Y yo también lo habría decepcionado, a juzgar por lo que pasó poco después en la fiesta de Navidad de Jules. Una cosa es tratar a tu hermana mayor con la educación que le dispensarías a un extraño, y otra bien distinta…, bueno, lo que hice. Yo sentía una especie de soledad nostálgica cuando pensaba en Emma, pero ahora lo único que siento es culpabilidad. Eso, y alivio; alivio de que ya no sea capaz de interpretar mis emociones con solo mirarme a la cara.

—¡Oye!

Tan ensimismada estoy en mis propios pensamientos que podría haberme dado de bruces con los postes que hay debajo de las gradas. Por suerte, una mano me agarra y me detiene. Luego me da un tirón tan fuerte que se me sale el móvil del bolsillo y rebota en la hierba con un golpecito.

—Mierda —digo, pero de repente tengo los labios de Brandon Weber pegados a los míos y ya no puedo añadir nada más.

Sacudo los hombros hasta que la mochila cae al suelo con el móvil. Brandon tironea un par de veces del dobladillo de mi camiseta, y puesto que esta es la única razón que me ha traído aquí, le ayudo a quitármela.

Las manos de Brandon me recorren la piel desnuda. Me desabrocha el sujetador y deja escapar un gemidito en mi boca.

—Dios, qué sexy eres.

Él también es muy sexy. Brandon es el quarterback del equipo de fútbol americano. El Bayview Blade dice que es «el próximo Cooper Clay», porque es tan bueno que los ojeadores de las universidades ya se han fijado en él. En cualquier caso, no creo que la comparación sea acertada. Para empezar, Cooper tiene un talento increíble y, por otro, es un encanto.

Brandon, en cambio, es un pedazo de gilipollas.

Besa bien, eso sí. Toda la tensión acumulada desaparece cuando me empotra contra el poste que hay detrás de nosotros. La tensión queda reemplazada por una embriagadora sensación de anticipación. Le rodeo la nuca con un brazo e intento bajarlo hasta mi altura, mientras que con la otra mano jugueteo con la cintura de sus vaqueros. Entonces mi pie tropieza con algo, le da una patada y lo hace rebotar por el suelo. Me distrae el sonido de mi móvil; acaba de llegar un mensaje.

—El móvil —digo, y lo aparto—. Si no lo recojo, lo vamos a acabar aplastando.

—Yo te compro uno nuevo —dice Brandon, y me mete la lengua en la oreja, cosa que no me gusta.

¿Por qué todos los chicos piensan que es excitante? Lo empujo otra vez hasta que consigo que se aparte. Del bolsillo delantero de sus vaqueros surge un pitido estridente. Yo le dedico una sonrisilla traviesa al contemplar el bulto en el bolsillo y recojo del suelo mi propio móvil.

—¿Te acaban de mandar un mensaje o es que te alegras de verme? —digo. Paso los dedos por la pantalla de mi móvil. Echo un vistazo a lo que dice el mensaje e inspiro hondo—. Uf. ¿En serio? ¿Otra vez?

—¿Qué pasa? —pregunta Brandon. Acaba de sacar su propio móvil.

—Número desconocido. Adivina lo que dice —digo con afectación—. ¿Sigues echando de menos Malas Lenguas? Yo también. Vamos a jugar a otro juego. Me parece muy fuerte que la gente siga con estas mierdas después de la advertencia de la directora Gupta.

Los ojos de Brandon sobrevuelan la pantalla de su móvil.

—A mí me ha llegado el mismo mensaje. ¿Ves el link?

—Sip. ¡No lo pulses! Debe de ser un virus o…

—Tarde.

Brandon se ríe. Le echa un vistazo al móvil mientras yo lo recorro con la mirada: más de metro ochenta, pelo rubio pajizo, ojos verdeazulados, y el tipo de labios reventones que cualquier chica mataría por besar. Es tan guapo que parece a punto de echar a volar arpa en mano. Y encima, él es más consciente de su atractivo que nadie.

—Joder, esto es un ladrillo —se queja.

—Déjame ver.

Agarro su móvil, porque no pienso pulsar el link en el mío. Giro la pantalla para que el reflejo del sol no me moleste al leerla. Es una página web con una mala réplica del logo de Malas Lenguas. Justo debajo del logo hay un enorme bloque de texto.

—Presta atención, Bayview —leo—. Solo voy a explicar las reglas una vez. Vamos a jugar a Verdad o Atrevimiento. Le iré enviando un envite a una persona, solo a una. Si te llega, no puedes decirle A NADIE que te ha llegado. No estropees la sorpresa. Si lo haces, me voy a cabrear, y cuando me cabreo no respondo. Tendrás 24 horas para elegir una opción, Verdad o Atrevimiento, y mandarme tu respuesta por mensaje. Si eliges Verdad, revelaré uno de tus secretos. Si eliges Atrevimiento, tendrás que hacer frente a un reto. Sea cual sea la respuesta, todos nos divertiremos un poco y aliviaremos la monotonía de nuestras tediosas existencias.

Brandon se pasa la mano por la densa cabellera rubiasca.

—¿Tediosa existencia? Será la tuya, gilipollas.

—Vamos, Bayview, sabes bien que me has echado de menos. —Tras leer esta última línea, frunzo el ceño—. ¿Crees que le han mandado lo mismo a toda la gente del instituto? Más vale que nadie diga nada, si no quieren que les requisen el móvil.

El otoño pasado, la directora Gupta se encargó de cerrar todos los blogs que imitaban el de Simon. Nos anunció que la política del instituto era de tolerancia cero: si descubría aunque fuera un atisbo de otro blog tipo Malas Lenguas, prohibiría tajantemente que usáramos el móvil en el instituto. Y también expulsaría a cualquiera que se atreviese a traer uno a clase.

Desde entonces, nos hemos comportado modélicamente, al menos en lo respectivo a los cotilleos virtuales. Ninguno es capaz de imaginarse pasando un día entero sin móvil, y varios años, menos todavía.

—Eso no le interesa a nadie. Es agua pasada —dice Brandon con repugnancia. Se guarda el móvil en el bolsillo y me rodea la cintura con un brazo para atraerme hacia sí—. Bueno, ¿por dónde íbamos?

Yo sigo con el móvil en la mano; ahora lo tengo pegado al pecho de Brandon. Antes de poder responderle, el móvil vuelve a sonar. Aparto la cabeza y miro la pantalla. Otro mensaje de un contacto desconocido. Esta vez el móvil de Brandon no suena al unísono.

Phoebe Lawton, ¡eres la primera! Respóndeme con tu elección: ¿Quieres que revele una Verdad, o prefieres enfrentarte a un Atrevimiento?