Los rayos del sol deslumbraban tanto que Frieda tuvo que guiñar los ojos y cubrírselos con la mano a modo de visera. Nunca habría imaginado la fuerza que tenía la luz en esa parte de la Tierra. En casa, su madre la habría obligado a que se tapara los brazos para que su piel no perdiera ese brillo blanquecino que recordaba a la porcelana. Pero su madre estaba muy lejos. Frieda se sentía libre. Aquí no le faltaba de nada; si acaso, la suave brisa que normalmente soplaba en el río Alster. De todas maneras, el denso follaje de los árboles gigantescos que rodeaban la plantación proporcionaba un poco de sombra.
Una resplandeciente mariposa grande de color turquesa y azul oscuro se posó en su zapato. Frieda sonrió y la siguió con la mirada para ver cómo se internaba en el calor centelleante, entre los altos y nudosos árboles cargados de los frutos amarillos y rojizos del cacao. Uno especialmente grande, partido por la mitad, se había caído al suelo. Pronto sus semillas, las habas del cacao, serían metidas en sacos y embarcadas hacia Hamburgo.
—¡Vaya una dormilona que estás hecha! Parece que aquí no ha cambiado nada. La señorita sigue holgazaneando mientras ahí fuera el mundo se niega a entrar en razón.
Frieda se despertó sobresaltada. El libro sobre la historia del cultivo del cacao, que se había puesto a leer después del almuerzo, le resbaló de las rodillas y cayó con estrépito al suelo. Era la voz de Ernst. Imposible. Ernst había sido finalmente llamado a filas. Con el corazón palpitante, Frieda abrió los ojos y miró directamente la cara sucia que le sonreía.
—¡Ernst!
Se levantó de un salto y le abrazó con fuerza atrayéndolo hacia sí. Qué delgado se había quedado.
—¡Ay! ¿Es que quieres matarme? —Ernst la apartó de su lado y se rio un poco a desgana—. ¿Acaso crees que he esquivado las balas de fusil y las granadas y me he deslomado en África, para que ahora me metas esta paliza? —dijo resoplando exageradamente.
Típico de Ernst. Como si fuera lo más normal del mundo que de repente estuviera tan tranquilo delante de ella. Aunque… ¿tan tranquilo? Había una sombra en su mirada que a Frieda le era desconocida.
—¿Eso es todo lo que se te ocurre decir después de doce largos meses sin vernos? Bonita manera de saludar —dijo ella, pero no acababa de salirle el tono de enfado.
Ernst Krüger se llevó la mano a la gorra.
—¡Me presento a su servicio, señorita Hannemann! —Luego, con un poco de torpeza y algo ruborizado, le estrechó la mano—. Me alegro de estar aquí. —Carraspeó, miró al suelo y guardó silencio.
Los dos se quedaron uno frente a otro, indecisos, en el enorme vestíbulo.
Por fin. Frieda llevaba esperando ese momento día tras día. El reloj de péndulo hacía tictac como si no hubiera pasado nada. Sobre la mesita, junto al sillón rojo de piel, había un precioso ramo de amarilis. Todo seguía como siempre. Solo que al fin había regresado Ernst.
—Sí —dijo ella, y de repente se le quebró la voz—. Me alegro muchísimo de que hayas vuelto.
Ernst era año y medio más joven que Frieda, y a ella le resultaba casi tan familiar como su hermano. Desde que tenía memoria, Ernst vivía con su madre en el ala de la servidumbre de la oficina de Hannemann, en la Bergstrasse. Frieda solía verlo prácticamente a diario mientras su propia familia todavía vivía en esa calle. La madre de Ernst le ceñía el corpiño a la madre de Frieda, le ataba los zapatos y cocinaba para los Hannemann. A la madre de Frieda le parecía que no era de buen tono que la hija de un comerciante de la Hansa se codeara con Ernst. Pero como los dos se conocían desde niños y se entendían de maravilla, los padres de Frieda no se oponían a su relación. Su madre confiaba en que, con los años, esa amistad tan poco adecuada terminara por sí sola. Cuando se mudaron a la villa de la Deichstrasse, los dos seguían viéndose casi todos los días. Cuando cumplió diez años, Ernst se convirtió en el chico de los recados del padre de Frieda, de manera que también entraba y salía de la casa nueva sin cesar. Hasta que de repente tuvo que ir a la guerra. Aunque al muchacho le horrorizaban los estragos de la contienda, sin embargo creía que como soldado podría ganar algún dinero extra y ahorrarlo para su madre. Y hacían falta muchos hombres, aunque él todavía no lo fuera.
—Carne de cañón —solía decir entonces el padre de Frieda, meneando la cabeza—. ¡Qué calamidad!
Frieda no olvidaría nunca lo que se asustó cuando se enteró de los planes de Ernst. Jamás había contado con eso. Lo de su hermano había sido distinto. Hans se había lanzado a la gran aventura, como él lo llamaba, desde el principio. Por su propia voluntad y con un impetuoso entusiasmo.
—Ya verás, hermanita. Para las Navidades estaré de vuelta. Entonces seré un héroe. Y las damas harán cola para salir conmigo.
Frieda no entendía por qué quería ser un héroe si no le hacía falta; de todos modos, las damas ya se volvían para mirarle por la calle. Su querido hermano Hans. Cinco Navidades habían celebrado ya sin él. Ojalá volviera también él a casa…
Ernst carraspeó y desplazó el peso del cuerpo de un pie a otro. Los sentimentalismos nunca habían sido su fuerte.
A Frieda, en cambio, le habría encantado volver a abrazarle.
—Has regresado. ¡Realmente estás de vuelta! ¿Y cómo te encuentras?
—He tenido suerte, dentro de lo malo. —Se miró los zapatos desgastados—. Los franceses me hicieron prisionero y luego me fui a África. Allí conocí al propietario de una plantación de cacao y enseguida vi que podía serle útil. Gracias a eso, no me ha ido mal del todo. —Esbozó una sonrisa de medio lado—. De todas maneras, tenía ganas de volver a casa. Sabía que aquí me necesitabais. Hamburgo sin mí podría hundirse.
—En eso tienes razón. Ha estado a punto —contestó Frieda sonriendo. Luego, su mirada recayó en la maleta desvencijada que, cerrada de mala manera con cuerdas y correas, aún seguía en mitad del vestíbulo—. ¡Pero si es verdad que acabas de llegar! —exclamó—. ¿Has visto ya a tu madre?
Ernst negó con la cabeza.
—¿Qué tal le va?
Frieda se arrepintió de no haber tenido la boca cerrada.
—No ha sido fácil para ella. —Frieda dudó un momento—. En fin, sin sus dos hombres… Tuvo que llevar el traje de tu padre al punto de entrega. —Evitó por todos los medios mirarle a los ojos—. Y la alianza también —añadió en voz baja—. Esa era la orden; no le quedó otra opción. Con ese dinero se mantuvo varias semanas a flote, pero luego tuvo que ganarse algún dinerillo en el puerto. El trabajo la dejó molida, hecha polvo, me temo. Lo siento, Ernst, yo…
—Frieda, tesoro…
Frieda puso los ojos en blanco; no soportaba que su madre la llamara así.
—La señora —susurró Ernst con una sonrisita.
—Querrá que le haga una trenza en el pelo o que le lea en voz alta mientras borda, para no aburrirse demasiado. ¿Qué te apuestas?
—Anda, ve con tu madre. Yo voy a ver dónde se ha metido la mía.
—Estará en la cocina, preparándole a mi padre el café de la tarde.
—A lo mejor tengo suerte y puedo birlar un terrón de azúcar. —A Ernst se le iluminaron los ojos.
—Si de verdad tienes suerte, recibirás un trocito del rico chocolate Hannemann —dijo Frieda orgullosamente.
—Y eso ¿qué es?
—Frieda, niña, ¿a qué estás esperando? —dijo la madre en un tono mucho más impaciente.
—Luego te lo explicaré —dijo ella apresuradamente, y se recogió el vestido—. ¿Mañana temprano en nuestro sitio secreto de siempre?
Frieda había acertado. Tenía que arreglarle el pelo a su madre y charlar con ella. No es que a Frieda no le gustara echar una parrafadita con su madre, sino que rara vez sostenían la misma opinión. Para Rosemarie Hannemann la obra de su vida consistía en haber traído a este mundo dos hijos sanos, estar al frente del hogar de un respetable comerciante, conocido en toda la ciudad, así como de una pequeña tropa de criados, ir siempre vestida a la última moda y estar guapa. Con eso le bastaba. A Frieda le resultaba incomprensible; tenía que haber algo más en la vida. El mundo era mucho más grande y estaba abierto a todos. Especialmente en estos tiempos. Cuando se calmaran los disturbios de la guerra, Frieda quería viajar, quería aprender cosas, tal vez estudiar algo… Había tantas posibilidades, que lo que más temía era no saber decidirse entre una u otra. ¿Y su madre? Se conformaba con estar orgullosa de su casa, del dominio de sí misma y de su paciencia. Incluso el hecho de que su marido Albert sacara poco tiempo para su esposa, lo que la condenaba a pasar solitarias horas de aburrimiento, lo aceptaba con resignación.
—Y bien, Frieda, ¿con quién estabas hablando?
—Con Ernst, mamá, que ha vuelto de la guerra. ¿No es maravilloso? Gertrud se pondrá como loca de contenta —le contó radiante de alegría, mientras hacía dos gruesas trenzas con el cabello de color castaño de su madre, que más tarde rodearían su cabeza como un caracol.
—¿Ernst? ¿De verdad? Esa es una buena noticia —contestó Rosemarie sin demasiado entusiasmo.
Lo dijo con un hilillo de voz tan tenue que parecía que se iba a quebrar de un momento a otro. Tal era la felicidad que sentía Frieda, que ni siquiera se había parado a pensar en cómo reaccionaría su madre ante esa novedad. Naturalmente, se acordó de Hans, de las ganas que tenía de volver a ver a su hijo. Consciente de su culpa, Frieda guardó silencio; pensó que lo mejor era distraer a su madre con cualquier otra cosa.
—¿Verdad que sí? Tiene un aspecto saludable y parece contento, solo que ha adelgazado más todavía. Podríamos invitarlos a una taza de nuestro chocolate. A la señora Krüger también le sentaría bien. La pobre se ha quedado en los huesos.
Frieda tenía una rodilla apoyada en la chaise longue, mientras entrelazaba un mechón de pelo con otro.
—Nadie la obliga a trabajar en el puerto. Nosotros le damos lo suficiente para vivir, como lo hemos hecho todos los años. Si ahora de repente no le basta con eso…
Frieda dejó de hacer la trenza y miró indignada a su madre, que posó las manos, con la manicura recién hecha, sobre el regazo.
—Nunca ha sido lo suficiente. —Rosemarie alzó sorprendida la vista hacia su hija, que dejó caer un mechón entre los dedos—. ¡Cállate, mamá! ¡Tú qué te has creído! Nadie puede alimentar a una familia con esa miseria. ¿No sabías que desde que murió su marido siempre ha tenido dificultades para sacar adelante a su hijo y a ella misma? No creas que trabaja en el puerto por gusto. Si le dierais a esa buena mujer unos cuantos pfennig más al mes, dejaría de trabajar allí inmediatamente.
Rosemarie suspiró.
—Eres demasiado generosa, tesoro mío. Pretendes que invitemos a la Krüger a una taza de chocolate y que, encima, le paguemos más. A nosotros la guerra también nos ha afectado. Ya le he dado al senador Lattmann una cantidad considerable de dinero para las viudas, los huérfanos y los heridos. No podemos alimentar a todo el mundo.
Frieda notó que la ira se apoderaba de ella. Demasiado bien recordaba lo consternada que estaba su madre cuando su padre accedió al llamamiento del senador para hacer donativos. «Demasiado generoso», había sido el comentario de Rosemarie. ¿Y ahora se atribuía ella el mérito?
Durante un rato permanecieron calladas.
—Si tu padre se decidiera de una vez a arreglar el gramófono —dijo finalmente Rosemarie con un suspiro—, ahora por lo menos estaría un poco entretenida y distraída.
—Podríamos ir al museo etnológico —propuso Frieda.
—¡Santo cielo, tesoro! ¿Qué pinto yo allí?
A Frieda le habría encantado ver vestimentas extrañas, barcos distintos de los que había en el puerto de Hamburgo, escudillas de arcilla y cimitarras, para poder soñar un poco con el ancho mundo.
—¿Te acuerdas de aquella horrible exposición que vimos en Hagenbeck? —le preguntó de repente la madre—. Tú todavía eras muy pequeña; tendrías unos siete u ocho años. ¡Y no te dio miedo! Todavía me entran escalofríos solo de pensar en cómo te acercabas a esos indios.
Frieda le puso la última horquilla en el pelo y se sentó junto a su madre en la chaise longue.
—Pero si eran muy amables. ¿De qué iba a tener miedo?
—¿Amables? —Rosemarie se atusó el pelo recién peinado, sacó un espejo de mano guarnecido de perlas y contempló la obra de su hija—. Cuando pienso en su color de piel, tan oscura y tan roja, como si estuviera abrasada por el sol… Y esas pinturas… —Después de echar otro vistazo a su tez perfectamente empolvada, dejó el espejo con un gesto de aprobación—. No, tesoro. Eran unos tipos horripilantes.
Para cenar, Henriette les sirvió los primeros espárragos de Marschlande como guarnición de unas sollas del mar del Norte. El mantel blanco estaba cuidadosamente almidonado. La porcelana competía en brillo con la cubertería de plata. La madre no habría consentido de ningún modo que todo cuanto la rodeaba estuviera manga por hombro.
—Me sentaría mejor un buen trozo de carne —refunfuñó el abuelo Carl, después de que la madre bendijera la mesa con una oración y les deseara a todos buen provecho—. No sé por qué a todos les vuelven locos estos espárragos.
—Con mantequilla derretida son una delicia —se entusiasmó el padre—. No acierto a comprender por qué no te encantan, papá. Si se lo pides muy amablemente a Rosemarie, es posible que mañana nos traigan a la mesa un pollito de corral. Hace mucho que no lo tomamos, ¿verdad, Rosemarie?
—Mantequilla y pollito —murmuró Frieda para sus adentros—. Qué contenta se pondría Gertrud si pudiera servirle a Ernst esa comida de bienvenida. Se ha quedado delgadísimo en la guerra —dijo ahora en voz más alta, para asegurarse de que la oyera su abuelo, que llevaba unos años sin hacerlo tan bien como antes. «A cambio, veo un poco peor», solía bromear el abuelo.
—No les hace falta mantequilla, sino un buen cacao —proclamó. Frieda sonrió con satisfacción. Esa era precisamente la reacción que esperaba—. El cacao resucita a un muerto —empezó el abuelo—. Es capaz de restablecer la salud de un enfermo o de quien está debilitado por esa porquería de medicinas que recetan los medicastros con doctorado y los idiotas graduados.
—Qué razón tienes, abuelo. ¿No deberíamos llevar entonces a los Krüger alguna taza de nuestro rico chocolate, ahora que Ernst ha vuelto de la guerra?
Frieda vio un alegre destello en los ojos de su padre.
—Sí, tienen que probarlo —le dio la razón Carl—. Con eso recuperarán fuerzas.
—Ya te he dicho antes que eres demasiado rumbosa, tesoro mío —advirtió Rosemarie.
—Conocemos a Ernst desde que nació —respondió suavemente el padre—. Dos latas de nuestros buenos copos de chocolate no nos van a llevar a la ruina. Ven mañana a verme a la oficina, estrellita. Creo que Gertrud se alegrará de que le hagas tú el regalo.
Frieda estaba radiante de alegría. Su madre cortó cuidadosamente la punta de un espárrago y se abstuvo de hacer cualquier otro comentario. El abuelo Carl parecía haber olvidado que no le hacía ninguna gracia la verdura de Marschlande, y le dijo a Henriette que le sirviera otra porción. Sobre la repisa de la chimenea se oía el tictac del reloj de madera de nogal, y en la larga pared que había frente a las ventanas, el bisabuelo de Frieda, Theodor Carl, los contemplaba con gesto severo desde su marco dorado. Había fundado con un socio la importación de productos coloniales Hannemann & Tietz, y durante el Gran Incendio de 1842, cuando medio Hamburgo fue arrasado por las llamas, había hecho alguna cosa importante. Frieda no sabía mucho más de él.
Su madre suspiró audiblemente.
—¿Qué oprime ahora tu corazón, Rosemarie? —preguntó Albert.
—Me alegra que Ernst esté de nuevo en casa, de verdad.
—Vaya, ¿ha vuelto Ernst? ¿El de los Krüger? —El abuelo Carl lanzó una mirada inquisitiva a su hijo, que se limitó a asentir con la cabeza; el abuelo se estaba poniendo un poco pesadito.
—Lo que pasa es que ahora me acuerdo más de nuestro Hans, que seguirá en alguna infecta trinchera luchando por su vida. —Rosemarie dejó los cubiertos juntos en el plato medio lleno y, con la servilleta, se enjugó primero los ojos y luego la boca.
—No, Rosemarie, seguro que no. La guerra ya ha terminado.
—Así es, por desgracia —se inmiscuyó el abuelo vociferando—. No nos han derrotado, ni mucho menos. En el campo de batalla no hemos sido vencidos. Nunca entenderé que Guillermo haya renunciado al trono. Nos lo van a quitar todo después de este ridículo armisticio. ¡República! —Resopló con desprecio—. Como si no hubiéramos perdido ya bastante con la guerra. —Gesticulaba furioso, meneando el tenedor de acá para allá—. Yo soy viejo; en el poco tiempo que me queda me las arreglaré. Pero ¿vosotros? No os extrañéis cuando de pronto los obreros lleven la voz cantante en las filas de los socialistas.
—Déjalo ya, papá.
—¡Pero si es verdad! Ahora ya votan hasta las mujeres. —El abuelo soltó una carcajada—. ¿Adónde vamos a parar? En su día, os acordaréis de mis palabras.
Un sollozo desgarrador de la madre evitó que, una vez más, el abuelo Carl reclamara la vuelta de Guillermo como káiser.
—Ojalá supiera con seguridad que nuestro chico aún sigue con vida —susurró con voz lacrimosa.
El padre le acarició cariñosamente la mano y —como siempre que se hablaba de Hans— intentó convencer a su mujer para que se tranquilizara. Y como siempre en esos momentos, Frieda se sintió culpable de sus pensamientos. No le parecía justo que ella, por ser chica, no pudiera luchar por la patria. Ni tampoco que sus padres prefirieran sacrificar a una hija, que de todos modos, tarde o temprano, solo les costaría una buena dote, antes que perder al sucesor, que algún día se haría cargo de la empresa familiar, de la que tan orgullosos se sentían. Ella no tenía la culpa de ser una chica. Desde luego, poco le importaba tener un ajuar; prefería mil veces entrar de aprendiz en Hannemann & Tietz.
—¿Quieres hacerle compañía al abuelo, estrellita? —Acababan de terminar de cenar; su padre la miró esperanzado—. Hoy tengo que ponerle las columnas a la piscina cubierta de mi Imperator.
—Eso no me lo pierdo yo por nada del mundo —le contestó Frieda.
Siguió a su padre hasta el taller, una habitación oscura revestida de madera, que en origen había sido concebida como salón de fumadores. Pero ni el padre ni el abuelo fumaban, una inusual circunstancia que entre los comerciantes hamburgueses daba continuamente lugar al asombro o a la chacota.
En mitad del taller había una mesa enorme, y en un armario empotrado se apilaban los más variados trozos de madera, cartones, pegamentos y pinturas. Como ya lo fueran su padre y su abuelo, Albert Hannemann era un comerciante de pies a cabeza; no había nada que no supiera sobre el cultivo y la importación del cacao crudo. Pero su pasión eran los barcos. Como le faltaba tiempo para llevar él mismo los artículos con los que comerciaba a través de los océanos, se había conformado con construir maquetas de barcos. Hacía siete años, cuando en el puerto de Hamburgo botaron al agua el Imperator, había empezado con su primera maqueta. Nunca olvidaría Frieda cuando vio el barco ni el ambiente que se respiraba. Recordaba como si fuera ayer que el padre estaba tan nervioso y entusiasmado que casi le estruja la mano. De lo que lloviznaba cuando el mismísimo káiser Guillermo II en persona le puso su nombre al enorme buque de vapor, ni se enteró. Solo al llegar a casa, cuando su madre se puso hecha un basilisco por la ropa tan mojada que traía, se dio cuenta de que estaba empapada y del frío que había pasado. Ese día Hans tuvo que guardar cama porque tenía fiebre, y el enfado por haberse perdido aquel acontecimiento le duró varias semanas. Aunque a Frieda le daba mucha pena su hermano, de todas maneras disfrutó mucho por poder compartir ese momento ella sola con su padre.
—¡Santo cielo! —había exclamado el padre una y otra vez—. Es la obra maestra de Ballin. No hay duda: este Imperator no se hundirá como el Titanic, sino que honrará durante mucho tiempo a nuestra ciudad hanseática y a todo el Imperio alemán.
Después de la botadura, Albert Ballin había invitado a su padre a que le hiciera una visita, y fue él quien le proporcionó las fotos que ahora le servían de modelo para su maqueta. El Imperator no honraría durante mucho tiempo a Hamburgo. Tan solo un año después de su primer viaje, la guerra puso embargo sobre el barco, que tuvo que abandonar Hamburgo para siempre… en concepto de reparaciones de guerra a Gran Bretaña.
—¿Lo ves? Aquí pondré las columnas —le explicó ahora Albert, cogiendo las diminutas piezas de madera que tenía ya preparadas. ¿Cuántas horas le habría llevado tallarlas y pintarlas?
—¿Puedo? —Frieda tendió una mano, y su padre le dio una de las diminutas obras de arte—. Son preciosas —susurró—. Y son exactas a las de la foto.
Su mirada se paseaba una y otra vez entre los minúsculos palitos de madera y la fotografía. Le parecía increíble que todo fuera exactamente igual: el tercio inferior de las columnas era liso y estaba primorosamente pintado; la parte superior, que se estrechaba un poco hacia un sencillo capitel, era estriada.
—Naturalmente. Todo ha de tener el mismo aspecto que en el barco de verdad —dijo orgulloso el padre.
Con unas pinzas cogió la versión en miniatura de una columna de mármol y la colocó junto a una piscina rectangular a la que daban acceso dos escaleras con unas gráciles y delicadas barandillas.
—Pero si el Imperator está abierto por un lado —había comprobado sorprendida Frieda años atrás, cuando vio por primera vez la maqueta.
—Por supuesto, estrellita; de lo contrario, no se vería todo el lujo y esplendor que se oculta bajo la cubierta.
Al lado de la piscina de tres pisos, con barbería y baño turco, había ido añadiendo con los años un invernadero con palmeras, un restaurante regentado por el Ritz-Carlton —como contaba el padre después de la visita en tono aprobatorio—, salones con cortinas de seda y arañas de cristal e incluso un gimnasio. El mayor barco de pasajeros de todo el mundo era tan gigantesco y estaba tan lujosamente decorado que a su padre le llevaría otros siete años terminarlo. Durante unos minutos se quedó callada mirando cómo iba colocando las columnas en su sitio, una tras otra, y pegándolas con una gotita de cola.
Entonces a ella le vino un pensamiento a la cabeza, y antes de seguir dándole vueltas, lo soltó:
—Echo de menos el liceo. Menos mal que en las últimas semanas tenía tu biblioteca. Creo que sin tus libros me habría muerto de aburrimiento.
Él se echó a reír.
—Qué extraño comentario para una joven dama de dieciséis años. Deberías ir a bailar y machacarnos los oídos diciendo que necesitas vestidos nuevos.
—Mamá se queja a menudo por la cantidad de cosas de las que tiene que ocuparse, pero en el fondo pasa mucho tiempo sin saber qué hacer —continuó, sin prestar atención a la mirada de advertencia de su padre—. Yo no quiero llegar a ser así, papaíto. Sencillamente, eso no es para mí. —Lo miró desesperada—. Todo el santo día vigilando a la servidumbre, preocupada por el peinado o por el último grito de la moda; tiene que haber algo más en la vida. —No era tan difícil de entender, sobre todo para alguien que amaba tanto su oficina como su taller—. O piensa en la pobre Gertrud Krüger. Ella depende de vosotros o de otros señores que la contraten. Yo no quiero depender siempre de otras personas —explicó muy seria.
—Pero si ese peligro no existe, estrellita —respondió su padre en tono apacible—. Tú recibirás una dote sumamente generosa, gracias a la que cualquier joven acaudalado estará encantado de casarse contigo. Y quizá sea lo bastante rico como para renunciar a un sustancioso regalo de bodas —añadió en voz más baja—. Así serás independiente de por vida.
—¿Qué dices?
No podía estar hablando en serio. ¿Acaso no la había oído? De repente, parpadeó la luz. Fluctuaciones de la corriente, como ocurría con tanta frecuencia. Su padre, que en ese momento estaba retirando una gotita de cola que sobraba, se quedó con las pinzas colgando junto a una de las dos escaleras que conducían a la diminuta piscina.
—Vaya faena —protestó.
—¿Lo ves? Ese es tu castigo por haber asustado tanto a tu querida hija.
Con la nariz pegada a la piscina, el padre contempló su obra.
—Ha habido suerte, no ha pasado nada —dijo, y respiró aliviado.
—¿A casarse con un hombre rico llamas independencia? No quiero depender de nadie, ni tampoco de un marido.
Al ver su sonrisa, Frieda entornó los ojos. Le habría apetecido desahogarse gritando, pero sus padres ya se habían encargado de decirle a menudo que no estaba bien visto que una joven diera rienda suelta a sus emociones. Así que más le valía demostrarle a su padre que tenía las ideas claras sobre su futuro.
—¡Por favor, deja que me prepare para auxiliar mercantil! He estado haciendo indagaciones y hablan muy bien de la escuela Grone. ¡Déjame ir, papá, por favor!
Él hizo un gesto de rechazo con la mano.
—No, Frieda, eso ni hablar —dijo, y volvió de nuevo a su trabajo con la madera.
¿Qué mosca le habría picado? Normalmente, cuando estaban solos, siempre conseguía engatusarle. Al menos podría haber escuchado sus planes.
—Pero entonces, ¿por qué me has animado a que leyera tus libros? Me has dado todo lo que se ha escrito sobre el cacao, sobre el cultivo, sobre sus propiedades curativas y sobre su procesamiento. Y me has insistido en que leyera también los artículos sobre la contabilidad de partida doble, aunque sabías que la encuentro mortalmente aburrida. ¿Por qué, si no voy a trabajar nunca en tu oficina?
—Eres una mujer, estrellita. ¿Qué vas a hacer tú en mi oficina?
—Llevar la correspondencia, los libros de contabilidad… Lo que haga falta.
—De eso se ocupará tu hermano.
—Pero mi hermano no está aquí —le interrumpió, cosechando una mirada que la dejó inmediatamente callada—. Perdona —murmuró—, no quería decir eso.
—En cuanto vuelva, entrará de aprendiz. —Antes de que ella pudiera protestar, continuó—: Además, no tengo intención de jubilarme todavía, y en la oficina hay dos expertos apoderados que le ayudarán. Tu madre y yo tenemos otros planes para ti.
¿Otros planes? Sonaba como si esos planes fueran ya muy concretos. ¿Cómo podían sus padres decidir a sus espaldas acerca de su futuro, sin escuchar siquiera su opinión o sin ponérselo al menos en conocimiento? La desesperación se apoderó de ella, que se sintió indefensa y terriblemente furiosa.
—¿Qué clase de planes son esos?
—Te he dado todas esas cosas para leer porque me gustaría que conocieras los rudimentos de la gestión comercial. Los tiempos cambian. Por eso me parece conveniente que un hombre pueda hablar de eso con su esposa.
Era un caluroso día de mayo. Pese a ser todavía temprano, el sol tenía ya una fuerza asombrosa. Y eso en Hamburgo se salía de lo habitual. Frieda se apresuró a dejar atrás la vivienda y oficina de la Deichstrasse. No solo hacía calor para ser primavera, sino que además llevaba mucho tiempo sin llover, de modo que el agua del canal Nikolai había bajado y había dejado un borde oscuro en los muros de mampostería. Pronto se verían los primeros pilotes de madera sobre los que se asentaban, en terreno pantanoso, la mayoría de los almacenes y las oficinas de varios pisos. En tal caso, hasta a las barcazas les costaría trabajo maniobrar con tan poca agua. Pero no se llegaría a esos extremos. Si de algo podía uno fiarse en Hamburgo, era de la lluvia. De todos modos, ya iba siendo hora de que lloviera; ya empezaba a oler a moho. Antes de llegar al mercado llamado Hopfenmarkt, miró a su alrededor para asegurarse de que no había por allí cerca ninguno de los comerciantes o capitanes que entraban y salían de ver a su padre. Entonces se puso a saltar como hacía de niña. Pie derecho, paso adelante, salto por la derecha; pie izquierdo, paso adelante, salto por la izquierda. La coleta que se había hecho con su larga melena de color castaño oscuro le iba golpeando en la espalda.
¿Qué había dicho Ernst de África? Tendría bastantes cosas que contar. Frieda sonrió. Cuánto había temido por su amigo. Todavía no se hacía del todo a la idea de su felicidad. Hans llegaría también pronto a casa; ahora ya estaba segura. Con cada día que pasaba desde el armisticio, con cada oleada de soldados que regresaban a su hogar, se habían desvanecido sus esperanzas. Ahora, en cambio, había recobrado el ánimo.
Cuanto más se acercaba al Hopfenmarkt, más fuerte era el ruido que solo una gran ciudad como Hamburgo era capaz de producir. Campesinos procedentes de los distritos de Vierlande y Marschlande hablaban en bajo alemán entre sí, pero también con la clientela, los sirvientes de los comerciantes y senadores y las mujeres de los obreros del astillero y la gente del barrio. A Frieda le encantaba oír hablar en dialecto. Sonaba tan agradable… Y sinceramente, ni con la mejor voluntad era capaz de imaginar que alguien mintiera o engañara en bajo alemán.
A su alrededor reinaba un ajetreo bullicioso. Hombres con chalecos oscuros sobre camisas blancas y mujeres con delantales largos y sombreros de paja redondos con el ala curva ponían a la venta sus mercancías. En los últimos años cada vez había menos campesinos que ofrecieran aquí fruta, verdura, salchichas, jamón y productos lácteos metidos en sacos o apilados encima de unas mantas. Los comestibles escaseaban; incluso se oía hablar de vez en cuando de saqueos en tiendas de ultramarinos de primera calidad. El que cultivaba algo, apenas iba ya a la ciudad, sino que lo vendía directamente en su granja. O iba a parar derechito a su propio plato.
Al borde del mercado había un caballo alazán en el adoquinado. Atado al carro de adrales, esperaba a que lo sacaran cuanto antes de la gran ciudad. Frieda se acercó al animal y le acarició la piel suave de alrededor de los ollares.
—Qué bonito eres —le dijo en voz baja, dándole golpecitos en el cuello—. ¿Disfrutando de la sombra de St. Nikolai?
El abuelo Carl le había contado que la torre de la imponente iglesia principal había sido en su día el edificio más alto del mundo.
—Eh, muchacha, ¿quieres una manzana?
—¡Qué susto, por Dios! —¿De dónde había salido ese hombre tan de repente?—. ¿Una manzana en esta estación del año?
Intentó reconocer qué ocultaba en la mano. Era algo redondo y de color morado. Desde luego, una manzana no era. Cuando el hombre soltó una sonora carcajada, mostró lo poco que le quedaba de una dentadura torcida.
—Chica lista. No, todavía no hay manzanas. Vendo unos pocos ruibarbos. —Dejó de reírse y se le apagó la mirada.
—Y colinabos, si no me equivoco —dijo ella, y cuando él la miró sorprendido, señaló la verdura que asomaba entre sus dedos.
—Eres lista, muchacha —repitió, y se fue arrastrando los pies.
Frieda dejó atrás el Hopfenmarkt, dobló por el Grosse Burstah y enseguida llegó al Ayuntamiento y a la Bolsa. Qué diferencia con el bullicio del mercado. Allí se veía con claridad la penuria y la escasez; aquí el mundo hanseático parecía todavía intacto. Hombres vestidos con trajes y sombreros se apresuraban de acá para allá. Señoras con largos vestidos de gala y sombrillitas con volantes recorrían la plaza del Ayuntamiento en dirección al bulevar Jungfernstieg y al río Alster. Frieda alzó la vista hacia las torres del Ayuntamiento recién construido. ¡Parecía un auténtico castillo de cuento! Aunque las torres no eran ni mucho menos tan altas como la de St. Nikolai, tenían tantas agujas y volutas, esculturas y molduras curvas, que parecía que allí solo podía vivir un rey. A pocos pasos detrás de la espaciosa plaza giró hacia la derecha y se metió por la Bergstrasse. Su padre llevaba ya un tiempo hablando de renunciar a esa casa. En los tiempos que corrían tenía que cuidar el dinero, y en realidad la de la Deichstrasse era suficientemente grande como para alojar la vivienda y la oficina. Sin embargo, le costaba separarse de ese sencillo edificio de ladrillo rojo con su frontón arqueado. Era la casa de sus padres; allí se había criado. No, tan pronto no se decidiría a venderla, aunque solo fuera porque al abuelo Carl se le partiría el corazón. Aparte de eso, en estos tiempos solo podría vender la casa a un precio que estaría muy por debajo de su valor. A Frieda se le pasó por la cabeza que más valía recibir poco por ella que seguir pagando. Recientemente habían destrozado la puerta de la casa, porque alguien había intentado acceder al interior. Pero ¿qué sabía ella? Ya se encargaría su padre de hacer lo correcto.
Frieda entró en la casa. Olía a polvo y a papel.
—Buenos días, señorita Hannemann —oyó que le decían.
Devolvió amablemente el saludo a los auxiliares mercantiles, antes de subir las escaleras hasta llegar al primer piso, donde su padre tenía el despacho. Llamó a la puerta con una mano y con la otra asió el picaporte. Nada más oír la voz de su padre, abrió y a punto estuvo de chocarse con Ernst.
—¡Anda! —exclamó Frieda, mirándole con una sonrisa radiante.
Ernst dio un paso atrás.
—Perdón por mi torpeza —dijo.
¿Qué mosca le habría picado? Antes no era así, antes se habría burlado de ella llamándola patosa. O esperando a ver en qué dirección se apartaba ella para volver a impedirle el paso y provocar así un choque. Seguro que era la presencia de su padre lo que le cohibía.
—¿Quieres que me vaya?
—No, estrellita; quédate aquí. A lo mejor te hace más caso a ti este cabezota. —El padre señaló a Ernst, que ahora estaba tieso como un palo delante de la ventana, con la gorra sin visera entre las manos—. Figúrate; me ha dicho que le vuelva a coger como chico de los recados.
—Es que necesito trabajo. Y lo necesito inmediatamente.
—Eso lo entiendo. —El padre suspiró. Se notaba que no era la primera vez que hablaban de eso—. Quieres ganar dinero para que tu madre no tenga que seguir trabajando en el puerto. ¿Quién no entendería eso? Eres un buen chico, Ernst, te lo aseguro. —Ernst se miró las puntas de los zapatos, que relucían como si esa mañana temprano se los hubiera limpiado a todo correr con saliva para causar una buena impresión—. Pero insisto: hombres jóvenes y fuertes con una rapidez de comprensión como la tuya hacen falta en todas partes. Pronto cumplirás dieciséis años, una buena edad para entrar de aprendiz. De zapatero, de impresor o de encuadernador, eso da igual.
Frieda paseaba la mirada del uno al otro. ¿Por qué no podía Ernst entrar de aprendiz con su padre? Pero más le valía quedarse callada; de lo contrario, su padre lo interpretaría mal y supondría que ella no creía en el regreso de Hans.
—De obrero puedes ganar más. ¿No querrás ser toda la vida un chico de los recados o un asistente sin estudios? —continuó su padre.
—¿Que de obrero puedo ganar más? —Los ojos de Ernst echaban chispas—. ¿Para quedarme sin trabajo y tener que ponerme a la cola de los que piden limosna? ¿Para que me maten a golpes en una huelga o en una revuelta? No, muchas gracias. —Su mirada se posó en Frieda, que lo miraba aterrorizada. Nunca le había oído hablar así—. Pido disculpas —balbuceó—, pero es verdad. Mi madre me ha contado cómo estaban aquí las cosas y cómo siguen estando. Es casi peor que la guerra.
—Bueno, bueno —dijo el padre de Frieda sin demasiado entusiasmo.
—Es algo patético —dijo Ernst en voz baja—. En la guerra me enteré de las cartas que recibían algunos camaradas de su casa: «Todo marcha sobre ruedas», decían siempre. «Nos va estupendamente». ¡Pues de eso nada! —Meneó la cabeza con un gesto de tristeza.
Albert Hannemann asintió pensativo.
—No te falta razón, muchacho. Ese tipo de cartas también se las escribía Rosemarie a nuestro Hans. Para que la moral se mantuviera alta en el frente. —Suspiró—. Quién sabe si le habrá llegado alguna.
Los hombres guardaron silencio durante un rato. Desde fuera les llegaba el golpeteo de los cascos de los caballos, el traqueteo del tranvía y, de vez en cuando, algún bocinazo de un automóvil. Por lo demás, en el despacho solo se oía el tictac de los tres relojes que había sobre un largo aparador de madera de nogal. Uno marcaba la hora de Hamburgo; otro la del Camerún, el país del que se importaba la mayor cantidad de cacao. El tercer reloj señalaba la hora de Nueva York, donde un hermano del abuelo Carl había fundado un negocio.
—De acuerdo, Ernst. Te admito con mucho gusto. Sé que nos vendrás bien; de ti se puede uno fiar. Bueno, y ahora me tengo que marchar, he de ir al Brook. Creía que ese puesto de administrador del cacao sería una buena idea. —Resopló audiblemente. Cuando vio la mirada inquisitiva de Ernst, le explicó en pocas palabras que, hacía unos días, tanto los fabricantes como los importadores habían creado ese puesto junto con el Banco Imperial y los ministros de Berlín. Se trataba de un intento desesperado de luchar por los intereses comunes y frente a dificultades como la subida de los aranceles, los elevados precios y la escasez del azúcar—. Ah, eso tampoco lo sabes —dijo riendo ásperamente—. Ahora soy las dos cosas, importador y fabricante. Mejor que te lo cuente mi hija, pues le encanta la factoría. Y tiene muy buena mano para las recetas sabrosas, tengo que confesarlo.
—Ese puesto de administrador del cacao… —insistió Ernst—. Ha dicho que creía que era una buena idea. ¿Acaso no lo es? Suena bastante razonable.
—Sí, es verdad, pero hay que dedicarle mucho trabajo y mucho tiempo. Yo soy comerciante, Ernst, y lo que me gusta es actuar. En el ministerio y en la Oficina del Azúcar del Reich lo único que se hace es discutir. Bueno, ahora sí que me tengo que ir. —Dicho lo cual, se levantó tras su enorme escritorio—. ¿Quieres encargarte de que mi hija llegue sana y salva a casa?
—Naturalmente, señor Hannemann.
Unos minutos más tarde, Frieda y él salieron a la Bergstrasse.
—Ya no hace falta que vayamos a nuestro antiguo punto de encuentro —opinó Ernst, después de haber llevado a la pequeña vivienda de los Krüger, en el sótano, las dos latas de copos de chocolate que le había regalado Albert Hannemann—. ¿Vamos entonces al Jungfernstieg? ¿O prefieres ir directamente a casa?
—¡De ninguna manera! Quiero saberlo todo sobre África.
—Y yo, sobre vuestra misteriosa factoría. —Por fin le brillaban de nuevo los ojos.
—Vayamos a la Speicherstadt, al distrito de los almacenes. Hace mucho que no voy por allí. Según dicen, no para de crecer.
—En ese sentido por lo menos no has cambiado nada. Gracias a Dios —dijo él, lanzándole una mirada de las suyas.
—¿En qué otro sentido he cambiado? —preguntó ella mientras cruzaban por el mercado del pescado, pero él se encogió de hombros.
¿Qué habría querido decir? Siguieron andando en silencio por el Brandstwiete, hasta que finalmente llegaron al Zollkanal. ¡Qué vistas más maravillosas! Cada vez que Frieda lo visitaba, se quedaba sin aliento. Ante ella se alzaba, en las islas Brook, una fortaleza de ladrillo rojo. Los imponentes almacenes estaban tan pegados el uno al otro que formaban una sola pared. Las molduras y los frisos, simétricamente distribuidos, tenían una belleza y una elegancia que los ornamentos de piedra vidriada verde y amarilla aún contribuían a resaltar más. Frieda echó la cabeza atrás para poder ver lo de arriba del todo, donde los frontones que protegían los tornos de cable contrastaban con el azul del cielo. Algunas de las escotillas estaban abiertas; amarrados a gruesas cuerdas, sacos y cajas eran izados hasta los depósitos de las distintas plantas. Tras los grandes ventanales de los pisos inferiores trabajaban los comerciantes y sus auxiliares mercantiles; en las otras plantas se apilaba la mercancía que compraban al mundo entero y luego vendían también por todo el planeta. Las gaviotas hacían su ronda entre chillidos, mirando si había algo que pudieran birlar. Los hombres daban órdenes; los caballos, atados a carros cargados, relinchaban impacientes, y el agua murmuraba y borboteaba cuando pasaba alguna lancha. Frieda tuvo que tragar saliva.
Aunque desde allí solo podía ver unos pocos transbordadores que iban de acá para allá a toda velocidad, así como los mástiles de los grandes veleros, más al fondo del puerto, sin embargo, percibía claramente que ante ella daba comienzo la libertad. Con tan solo subir un pequeño tramo del Elba, ya se llegaba a Cuxhaven y, por lo tanto, al mar del Norte. A menudo había pasado horas estudiando el atlas de su padre e imaginando cómo se sentiría viajando en barco. Inglaterra no estaba lejos; con suficientes provisiones se podría incluso llegar hasta Groenlandia. Qué aventura, el hielo perpetuo. Pero se conformaba con Inglaterra. Pensaba en Stonehenge, en James Cook. ¿Acaso no había explorado Cook algunos de los países de los que su padre importaba el cacao?
—¿Has echado raíces, o qué? —Ernst, plantado delante de ella con los brazos cruzados, parecía llevar un buen rato observándola.
—¿Qué? Ah, no, sigamos andando.
Cruzaron el puente Kornhaus. Todo lo impregnaba el peculiar olor del puerto, una mezcla de agua encharcada, café, especias y estiércol.
Al llegar a un murete que había al final del puente, Ernst se detuvo de nuevo.
—Bueno, cuéntamelo ya. ¿Qué hay de esa factoría de chocolate?
Frieda puso una mano sobre el ladrillo recalentado por el sol. Cogió impulso y, en un santiamén, se subió al muro.
—Tu madre se va a poner contenta —dijo Ernst con una amplia sonrisa.
—De todas maneras, siempre hay algo que la pone nerviosa —respondió ella, encogiéndose de hombros, y golpeando con la mano el sitio que quedaba a su lado.
Él lo dudó un momento, pero luego también se subió y se sentó a cierta distancia de ella. ¿Qué había dicho hacía un momento?, le vino a Frieda a la cabeza. Que en un sentido ella no había cambiado. Pues el que sí había cambiado era él. Apartó ese pensamiento de la mente.
—La factoría —empezó ella— es de chocolate fino hamburgués de la marca Hannemann. A mi padre se le ocurrió la idea antes, cuando el chocolate dejó de ser solo para los ricos. ¿Por qué vamos a permitir que nos dicten los precios Sprengel, Stollwerck y Hachez, opinaba él, precisamente cuando el mercado está inundado de cacao? Más vale que elaboremos nosotros mismos una parte del cacao, porque así ganaremos más que solo con la venta. Así se lo imaginaba.
—Solo que con la guerra ya no llegaba nada a Hamburgo. Si acaso, dando rodeos. Ahora mismo no se puede hablar de un aluvión de cacao.
—Es cierto —dijo ella guiñando los ojos—. Creo que la idea de ofrecer un chocolate propio le sedujo demasiado. —Se echó a reír—. Además, todos pensaban que la guerra terminaría antes de lo que se tarda en decir salazón.
—Ojalá hubiera sido así. —Ernst balanceó las piernas, golpeando el muro primero con un talón y luego con el otro—. Te habría dado tiempo a decir tranquilamente carne en salazón con remolacha y arenques en salmuera, y la guerra de todos modos seguiría sin haber terminado.
—A mi padre le quedaban todavía más de tres mil sacos de habas de cacao. Y tenía miedo de que se los confiscaran. Por eso optó por hacer las primeras tabletas propias y los copos para el chocolate a la taza. Hacía años que se había comprado un conche.
—¿Un qué?
—Un conche. Sirve para remover la masa de cacao de modo que no quede con grumos, sino deliciosamente cremosa.
—Solo de pensarlo se me cae la baba hasta debajo del puente.
Frieda se rio de nuevo y asintió con la cabeza. Luego le contó que su padre había llegado a un acuerdo con Gero Mendel, encargado de los grandes almacenes de Jungfernstieg. Únicamente ahí se podía comprar el chocolate Hannemann. De un modo muy exclusivo y solo por recomendación personal.
—Bajo cuerda —susurró Frieda, y saltó del muro.
Emprendieron el regreso a paso lento.
—Tu padre es un pillín. Es listo, quiero decir. Durante la guerra no solo no entraba nada en el puerto, sino que apenas salía algo. Sin embargo, él tenía la despensa llena, de modo que se puso a fabricar chocolate él solo. A eso le llamo yo ser un pill…, ser listo, quiero decir —señaló en tono de admiración—. Además, la opulencia o la prosperidad no lo es todo, ni mucho menos.
Ella lo miró de refilón.
—¿Eres tú el que habla, Ernst Krüger? ¿Acaso no me has dicho siempre que la vida consiste sobre todo en alcanzar la opulencia?
—¡Para mí sí, claro! Hasta ahora no he tenido nunca nada. En cambio, tu padre… El prestigio de un comerciante no depende solo de su prosperidad.
—Sino ¿de qué?
—De si es ocurrente, imaginativo, de si se atreve a hacer algo que nadie haya intentado antes que él. Tu padre tiene ideas y visiones. Por eso el nombre de Hannemann goza de tanto prestigio en Hamburgo. —Alzó la barbilla con orgullo—. Por eso me gusta tanto trabajar para él. Podré aprender cosas y llegar a ser alguien.
—No precisamente como chico de los recados —objetó ella en voz baja.
—Qué más da. El caso es que mañana mismo puedo empezar con él, y así mi madre no tendrá que matarse a trabajar en el puerto. Todo lo demás ya se verá.
Frieda vio algo con el rabillo del ojo y oyó también un ruido como «¡chof!». Una gaviota había dejado una mancha grande y verdosa en el hombro de Ernst.
—¡Vaya cagada! —soltó Frieda sin poder aguantar la risa.
—Pues sí. En fin, espero que me traiga suerte. Todo lo bueno viene de arriba, ¿no?
Ella sacó un pañuelo.
—No. Déjame que te lo quite.
—¡Pero si es toda una reliquia!
—¿Prefieres ir por ahí con ese pegote? —Frieda puso los ojos en blanco, resopló impaciente y se puso a limpiarle el hombro—. Enseguida está.
Ernst apartó primero la vista, pero luego giró la cabeza y sus labios acariciaron el dorso de la mano de ella. Frieda se quedó paralizada. Qué suave le pareció. Rápidamente retiró la mano. Qué raro; de alguna manera había sido bonito. Extraño y un poco inquietante, pero bonito.
—¿Lo ves? Ya te decía yo que no me lo quitaras —gruñó él.
—¿Qué culpa tengo yo de que no puedas apartar la vista de los dedos? —se defendió ella.
—El resto me lo quitaré en casa frotándolo, no te molestes —dijo él, y se alejó un paso—. Gracias.
Siguieron andando. ¿Por qué se habría puesto de repente tan arisco?
—Tu padre dice que tienes buena mano para las recetas —empezó Ernst al cabo de un rato.
—Para las recetas sabrosas —matizó ella.
—Ajá.
—Por ejemplo, en el conche he añadido agua de rosas a la masa de cacao. A las señoras les vuelve locas el aroma. —La mirada aprobatoria de él la animó a seguir hablando—. Bueno, la verdad es que no lo han probado muchas —admitió—. Simplemente me divierte inventarme nuevos sabores… Me podría pasar el día entero haciéndolo.
Siguió andando sumida en sus pensamientos. Debían tener cuidado de dónde pisaban porque el adoquinado era de todo menos liso, y por todas partes había excrementos de caballo.
—Podría llegar a ser fabricante de chocolate —exclamó ella de repente.
—¿Tú?
—Sí, yo. ¿Por qué no?
—Porque eres una chica. Bueno, una mujer —se corrigió; no sabía hacia dónde mirar—. Y además la hija de un comerciante que no solo tiene buena fama en Hamburgo.
—Bueno, ¡y qué!
—¡Hay que ver las cosas que se le ocurren a tu lindo cerebro! —Ernst meneó la cabeza sonriendo; luego se puso serio—. Mira tu madre. Ha tenido hijos y se ocupa de la casa. Para eso es para lo que estáis hechas.
—Oh, por favor, Ernst. Los tiempos cambian —arrancó ella—. Mi padre me ha dejado leer todos sus libros sobre las habas del cacao y sobre la contabilidad para que, si algún día me caso, pueda hablar con mi marido acerca de su negocio. Mi padre no puede hacer eso con mi madre. Él la llama su lorito, porque es guapísima y se viste de muchos colorines.
Él esbozó una amplia sonrisa.
—Es gracioso.
—¿Gracioso? Vamos, hombre. Guapa pero tonta, es lo que viene a decir. —Antes de que él pudiera poner alguna objeción, ella siguió hablando—: Los loros no piensan; solo repiten lo que se les dice muchas veces.
Frieda se detuvo y dio una patada a una piedra, que trazó una amplia curva y fue a parar a la rueda de un carruaje.
—¡Buen tiro! —Ernst hizo un gesto de aprobación.
—Pero yo no he ido al liceo solo para poder hablar bien con un marido que ni siquiera está todavía a la vista.
—¿Para qué si no?
Frieda se quedó sin habla. Era su amigo, y creía en que uno podía conseguir todo lo que se propusiera si lo deseaba con toda el alma. ¿Por qué no la apoyaba?
—Tienes razón. Cada vez hay más mujeres buscando trabajo. Pero no por su propia voluntad. Durante la guerra, la mayoría de los hombres estaban en el frente y no quedaba más remedio. Entonces las mujeres tuvieron que ponerse a trabajar de cobradoras o de vendedoras. Pero dentro de poco volverá la normalidad, Frieda. —Se puso de pie ante ella y la miró a los ojos—. Tú eres de buena cuna. Y es posible que ya haya alguien a la vista. Quizá no mañana ni pasado mañana. En cualquier caso, algún día te casarás con un hombre que se ocupe de ti, que te lleve en palmitas. No tienes necesidad de trabajar.
—¡Pero bueno, si ya hablas igual que mi padre! —De un soplido, se retiró un mechón de la frente—. No tengo que trabajar, pero me gustaría —dijo con obstinación.
—¿Por qué? —Ernst se le acercó— ¡Ven un momento!
Tiró de ella hacia una mujer que cargaba con una cesta enorme. Era tan bajita, que a simple vista podía parecer una niña.
—¿Se puede saber qué llevas en esa cesta? —le preguntó Ernst.
La mujer bajita sonrió mostrando un hueco grande en los dientes de abajo.
—Limones. ¿Quieres uno? Solo cuesta cinco pfennig.
—No, no. Solo quería saber si te gusta vender limones.
A la mujer se le pusieron los ojos como platos. Miró primero a Ernst y luego a Frieda.
—¿Está majareta?
—¿Cómo dice?
—Cree que no estoy bien de la cabeza —le explicó Ernst—, porque doy por hecho que si acarrea todo el día con esa cesta tan pesada es por pura diversión.
Frieda respiró hondo. Qué injusto había sido presentándosela de esa manera. Pero la mujer bajita se le adelantó:
—Soy Jette la de los limones. ¿Qué otra cosa voy a hacer?
Ernst se cruzó de brazos.
—¡Paparruchas, la Jette hace tiempo que murió!
Era verdad. Hasta Frieda había oído hablar de esa mujer, que todos los días cogía fruta podrida de los cobertizos del puerto y luego la vendía. En Hamburgo la conocía todo el mundo. Unos años atrás, incluso habían representado una obra de teatro sobre su vida en St. Pauli. Frieda recordaba que su padre había leído en el periódico un artículo sobre la muerte de Jette.
—Yo confiaba en que hubiera emprendido una nueva vida en algún lugar, lejos de Hamburgo —había dicho su padre en aquella ocasión—. Le han jugado una mala pasada los chicos de St. Pauli.
—No puedes hacerte pasar por una muerta. ¡Eso no se hace! —Ernst estaba furioso.
—Todos la querían mucho. Es una pena que de repente desapareciera. Por eso la sustituyo yo ahora —les dijo con voz ronca, mientras se alejaban.
Frieda no pudo evitar sonreír. A lo mejor la vieja no iba tan desencaminada. En el fondo, era una buena idea que alguien pudiera reemplazar sin más a una persona fallecida y ocupar su sitio.
Profundamente sumida en sus pensamientos, miró hacia el puerto, donde un espléndido buque de vapor gris permanecía atracado en el muelle.
—¿Ernst Krüger? —La voz venía de arriba.
Frieda alzó la vista extrañada, hacia el bloque H, donde sobre todo almacenaban café, si no le fallaba la memoria. Todo el distrito de los almacenes estaba dividido en bloques que, cuando se terminaran de construir, irían de la A a la Z. Al menos eso servía para orientarse un poco cuando se buscaba un almacén en concreto. Aun así, en opinión de Frieda, resultaba bastante difícil no perderse en esa pequeña ciudad comercial, que incluso disponía de su propio ayuntamiento.
—¡Spreckel! —gritó Ernst.
En el ventanuco del cuarto piso, un hombre saludaba con los dos brazos.
—No me lo puedo creer. ¿Eres tú de verdad? —gritó con una sonrisa radiante.
Luego se asomó tanto que Frieda temió que en cualquier momento pudiera caer al vacío.
—¡Eso creo! —Ernst alzó el brazo agitando la gorra sin parar de reírse.
—¿Dónde has estado metido todo este tiempo? Todos creían que te había alcanzado una granada o una bala. ¡Espera, ya bajo!
Al cabo de pocos segundos, Spreckel apareció en la puerta. Llevaba una gorra con visera de color azul oscuro, unos pantalones azules y una chaqueta negra con dos filas de grandes botones redondos. Dio cuatro o cinco pasos braceando y les salió al encuentro, agarró a Ernst por los hombros y lo sacudió como si quisiera cerciorarse de su autenticidad.
—Santo cielo, pensábamos que estabas muerto.
—De eso nada. Mala hierba nunca muere.
—¿Qué tal te va, chaval?
—A las malas personas les va siempre bien, ya sabes.
Y otra vez se echaron a reír y se abrazaron y se dieron palmadas en los hombros.
Frieda carraspeó. Los dos la miraron como si acabara de aparecer, como si alguien la hubiera colocado sigilosamente sobre el adoquinado.
—¿Puedo presentaros? —Ernst señaló a Frieda con la cabeza—. Friederike Hannemann.
—¿De Hannemann el del cacao? —El chico la observó con curiosidad; luego hizo una mueca que parecía de admiración—. Ah, sí, para ese trabajabas antes de la guerra —opinó—. Entonces ¿esta es la hija del viejo?
Frieda levantó las cejas.
—No, el viejo es mi abuelo. Supongo, al menos.
—Oh… Eh…, perdón, no quería ser grosero.
—¿Y con quién tengo el gusto de hablar?
Ernst se dio en la frente con la mano plana.
—Por Dios, Hein, le dejas a uno aturdido. —Meneó la cabeza—. Perdona, Frieda. Este es el estibador de almacén Hein Spreckelsen.
El muchacho se inclinó un poco rígido.
—Encantada —dijo ella.
—¡Oh, enchanté! —dijo él recalcando el acento, e hizo una profunda reverencia—. Pero mejor llámeme Spreckel, así me llaman todos; si no, no me reconozco.
—Oye, Spreckel, dime una cosa —empezó Ernst, y sus ojos lanzaron ese brillo especial que tan bien conocía Frieda. Ernst tramaba algo—. Arriba, en el desván, donde se hace la clasificación, trabajan también chicas, ¿no?
—¿Por qué lo preguntas? ¿Estás buscando novia o qué? —A Spreckel le sonrió toda la cara.
—Qué va, tonto —respondió Ernst, y se ruborizó.
Frieda esbozó una sonrisa de satisfacción. Le estaba bien empleado. Al fin y al cabo, acababa de decirle que pronto le saldría un novio. No, los dos eran todavía demasiado jóvenes para pensar en el matrimonio.
—¡Claro! Los hombres se han largado todos. Bueno, no todos —dijo Spreckel, y otra vez le dio un manotazo en el hombro a Ernst—. Gracias a Dios, no todos. De todas formas, la clasificación la hacen desde siempre nuestras chicas del café —dijo alegremente.
—Eso está bien. Lo pregunto por la señorita Hannemann, que se ha empeñado en trabajar. —Ernst puso cara de inocente.
Spreckel se quedó boquiabierto y hasta se le cayó un poco de saliva por el labio inferior.
—¿La mademoiselle quiere currar para Spreckelsen y consorciados?
Frieda no sabía qué decir al respecto. Afortunadamente, Ernst acudió en su ayuda.
—Bueno, al menos le gustaría echar un vistazo. Estoy de broma, Spreckel. Se trata de la hermana de una criada. Pasa muchos apuros porque su marido se ha quedado en el campo de batalla, y sus tres hermanos también. Ahora tiene que cuidar de sí misma; de verdad que necesita trabajar urgentemente.
Frieda estaba desconcertada. Casi había olvidado lo fácil que le resultaba a Ernst contar embustes.
—Por eso a la dama le gustaría echar un vistazo, ¿verdad, señorita Hannemann?
—Sí, lo haría con sumo gusto —respondió ella en tono repipi, y estiró la espalda.
Aunque Ernst la había puesto en una situación bochornosa, en el fondo siempre había soñado con ver un almacén por dentro. Hasta ahora su padre le había prohibido casi siempre visitar los depósitos en los que se guardaban las habas de cacao y los productos coloniales. Tampoco le gustaba demasiado que Frieda anduviera por las islas Brook. Por esa razón, solo había estado en un almacén muy rara vez, y siempre en el piso de abajo, donde las oficinas no se diferenciaban mucho de las de la Bergstrasse y la Deichstrasse.
Spreckel hizo una reverencia muy ceremoniosa.
—En tal caso, bienvenue a mi humilde morada —dijo pronunciando fatal el francés—. Cuesta un poco llegar arriba del todo, hasta el desván de la clasificación —le advirtió, mirándola de arriba abajo—. Y tampoco es que esté muy limpio.
—No importa; tenemos una lavandera excelente. —Antes de que Frieda se diera cuenta, ya estaba dentro del edificio con los dos hombres—. No creas que puedes hacerme rabiar, Ernst Krüger —siseó—. He visto tus intenciones. Sé exactamente lo que te propones.
—No sé a qué te refieres.
Él le cedió el paso. Frieda tenía la sensación de que entraba en una catedral. Solo que no olía a cera, sino más bien un poco a paja y a café. Siguió a Spreckel hasta el primer piso y luego hasta el segundo. Entonces no se pudo aguantar.
—¿Y en todos estos pisos se almacena café?
—Así es. ¿Quiere verlo?
—Si es posible…
—¡Claro! —En voz más baja, añadió—: Qué curioso, es usted una persona rara, señorita.
—¡Spreckel! —le reprendió Ernst.
—Es solo mi opinión. No conozco a ninguna dama que se interese por los depósitos.
Ante ellos se abrió un espacio que dejó a Frieda sin respiración. Grandes sacos, hasta donde alcanzaba la vista, ordenadamente apilados, como si los hubieran colocado dentro de un marco invisible. Hasta en los rincones de más al fondo se amontonaban.
—Un saco de estos pesa sesenta kilos —empezó Spreckel titubeante—. No lo puedes coger sencillamente por las cuatro puntas porque se te resbalaría. —Frieda se había levantado un poco la falda e iba de una fila a otra mirando con asombro las enormes cantidades de sacos—. Y las manos también se te quedan hechas polvo con la tela de sisal —continuó—. Tenemos herramientas especiales para cargar con ellos. Las llamamos Griepen. —Evidentemente, Spreckel había comprendido que a ella le interesaba de verdad todo aquello, y se le veía en su salsa—. En la pared empiezas con la Achtersacker. —Ella lo miró sin comprender—. Así se llama la técnica con la que se apilan los sacos junto a la pared. —Le hizo una breve seña a Ernst para que le ayudara. Entre los dos cogieron uno de aquellos monstruosos bultos de color marrón oscuro y lo pusieron junto a una pared vacía. Justo delante colocaron otro saco. El siguiente lo emplazaron de tal modo que quedó en diagonal encima del primero y el segundo—. Ahora iría otro delante y así sucesivamente —explicó—. De este modo quedan bien sujetos, a prueba de bomba, y no se resbalan nunca, gracias a la técnica Achtersacker.
—Bueno, ya está bien, Spreckel. —Ernst suspiró audiblemente y se secó el sudor de la frente.
—Yo lo encuentro fascinante. —Frieda lanzó una mirada de refilón a Ernst, y luego a Spreckel le dedicó su mejor sonrisa—. Aquel montón de allí parece algo distinto. —Y enseguida se puso en camino, oyendo los resoplidos de Ernst a su espalda.
—Eso es un Bock. Una fila de un saco abajo. —Spreckel dibujó en el aire con las dos manos una línea ancha de izquierda a derecha—. Y luego otra de dos encima. —Ahora trazó dos líneas paralelas desde delante hacia atrás.
—Entiendo.
—Yo me he especializado en el café —le explicó todo orgulloso—. No se trata solo de almacenar los sacos, sino de almacenarlos bien, para que no se críe moho y esas cosas. Tanto el peso como la calidad deben ser los adecuados. Tengo que comprobar la mercancía, enviar muestras de café… Para eso hay un buzón especial, ¿sabe usted?
—Anda, déjalo ya, Spreckel —refunfuñó de nuevo Ernst.
—Bueno, entonces le enseñaré el desván, donde hacen la clasificación —propuso Spreckel, y se adelantó.
Frieda lo siguió por la escalera, cuyas ventanas daban al canal, hasta llegar al sexto piso. En el fondo, este piso se parecía mucho al depósito, solo que la gigantesca superficie estaba dividida por unas gruesas vigas de soporte. Lo que primero llamó la atención de Frieda fue la luz. Todo parecía luminoso y acogedor. A través de las bóvedas acristaladas del techo entraba el sol de mayo. No obstante, encima de todas las mesas, que aquí estaban dispuestas la una junto a la otra formando largas hileras, se balanceaban unas lámparas eléctricas. Presumiblemente, para la estación oscura del año o para los días de lluvia. En cualquier caso, las mujeres y los hombres, que se sentaban en taburetes de madera sobre unos sacos de yute doblados, tenían que ver con precisión cuando clasificaban a mano las habas del café. Efectivamente, la mayoría eran mujeres, y se ponían siempre una frente a otra. Solo de cuando en cuando había algún muchacho joven. Entre unos y otros se alzaba, a lo largo de toda la mesa, un pequeño muro de habas de color amarillento. Las trabajadoras iban cogiendo las habas a la velocidad del rayo y luego las depositaban en distintos cuencos o bolsas. Las que estaban sentadas de cara a la entrada les susurraron algo a sus compañeras y señalaron con la cabeza hacia la puerta. Ni siquiera se molestaban en hacerlo disimuladamente. Las otras se volvieron, miraron de arriba abajo a Frieda con una descarada curiosidad y saludaron con la cabeza al estibador.
—Buenos días, señor Spreckelsen —dijeron varias de ellas.
Luego reanudaron la tarea de clasificar las habas de café. Saltaba a la vista cuál era la causa de sus cuchicheos.
—Buenos días, no se molesten, continúen con su trabajo —dijo Spreckel. Luego le explicó a Frieda—: Como ve, señorita Hannemann, cada haba se clasifica manualmente por el color y el tamaño. Sobre todo hay que tirar las que huelen mal. —Frieda lo miró extrañada—. De vez en cuando sale alguna podrida —le explicó él.
Frieda se las quedó mirando un rato. Una mujer le llamó especialmente la atención. Era pelirroja y llevaba el pelo cortado hasta la barbilla. Por su figura amuchachada hacía falta mirarla dos veces para saber que era una mujer. Lo que a Frieda le fascinó de ella fueron sus ojos. La trabajadora observaba a Frieda casi burlonamente, y no apartó enseguida la vista cuando sus miradas se cruzaron. Llevaba un sencillo vestido gris y un delantal blanco, pero irradiaba una confianza en sí misma como si fuera vestida de la más fina seda y estuviera tomando el té de la tarde.
—Bueno, tampoco hay mucho más que ver —interrumpió Spreckel sus pensamientos—. Antes aquí se tostaba también el café. Pero eso ya no lo hacemos. Es demasiado peligroso. No vaya a ser que nuestro flamante y bonito distrito de almacenes salga ardiendo. Como aquella vez, cuando se quemó medio Hamburgo. —La miró—. ¿Fue su bisabuelo el que se comportó tan heroicamente que…? —No dijo nada más.
—Pero de vez en cuando, sí sigues tostando, ¿no, Spreckel? —Ernst olfateó.
—A veces, pequeñas muestras —admitió Spreckel.
—¡Qué bien huele! —Ernst cerró los ojos.
—Casi tan bien como el chocolate —observó Frieda, se recogió la falda y siguió a Spreckel hacia la escalera.
—En eso tiene razón, mademoiselle —reconoció Spreckel mientras bajaban peldaño a peldaño—. En cuanto huele uno el chocolate, se le hace la boca agua. —La luz del sol seguía deslumbrando cuando de nuevo se hallaban en la acera, ante el imponente almacén—. Me suena haber oído que el chocolate de Hamburgo solo lo hay en Mendel.
Frieda se asustó.
—¿Dónde ha…?
Ella también era un poco orgullosa, pero de todos modos el chocolate de Hannemann solo se ofrecía bajo cuerda. Digamos que la venta no era demasiado legal. Había que tener cuidado.
—Eso dicen por ahí. —Spreckel se echó a reír—. Nada más que en casa Mendel. En fin…
—¿Y bien? ¿Qué tiene contra los grandes almacenes Mendel? Tienen buena fama en Hamburgo y fuera de los límites de la ciudad.
—Sí, sí, puede ser —opinó él, clavando la punta del zapato en el adoquinado—. Es que él es judío. —Se encogió de hombros. Cuando vio la cara que ponía Frieda, añadió enseguida—: Eso dicen. Hay gente a la que no le gustan los judíos. Creen que tienen la culpa de todo este embrollo, de que nos vaya tan mal, no haya trabajo y todo esté tan caro, ya sabe.
—¿Cómo van a tener la culpa los judíos de que no haya suficiente trabajo para todos? Eso no tiene ningún sentido.
—Eso lo dice usted, mademoiselle. Otros opinan que hemos luchado por un gran Imperio y ahora solo tenemos una pequeña República. Alsacia se ha perdido, Prusia Occidental se ha perdido y Danzig también. Y detrás de todo eso están los judíos, dicen algunos. —Spreckel hizo un gesto con la mano de quitarle importancia a lo que decía—. Yo de eso no entiendo nada. Solo entiendo algo de café. —Se le iluminaron los ojos.
—¡Cómo echaba de menos todo esto! —suspiró Ernst, una vez que se despidieron de Spreckel—. Hamburgo es un mercado gigantesco. Aquí hay sencillamente de todo. No solo café y cacao, sino de todo: caucho, margarina, naranjas, algodón, tabaco. —Sus ojos tenían un brillo casi febril—. Algún día seré comerciante y dejaré que Spreckel o algún otro estibador pese, almacene y clasifique mis mercancías.
También Frieda se sentía imbuida del ambiente que se respiraba en el desván en el que se clasificaban las habas. El distrito de los almacenes, llamado Speicherstadt, había sido desde siempre un lugar especial para ella; haberlo podido ver por dentro era algo completamente distinto.
—Eso quiero yo también —anunció, sin pararse a pensar. Ernst arqueó las cejas—. Naturalmente no seré comerciante —admitió—. Pero algún día trabajaré también aquí. La cocina de la factoría no es más que un cuchitril. Tal vez mi padre pueda alquilar un piso en uno de estos almacenes —pensó en voz alta. Notó cómo se iba picando por dentro, como el agua del Alster cuando soplaba el viento.
—Spreckel tenía razón. Eres una mujer rara. —Antes de que Frieda pudiera dar rienda suelta a su enojo, Ernst continuó—: Compréndelo, trabajar resulta duro; por eso es cosa de hombres. Si exceptuamos actividades como las que desempeñan las chicas del café: un día sí y otro también, clasificando las habas por el color y el tamaño… De verdad, Frieda, no sé cómo te puede gustar eso. Alégrate de que algún día cuidará de ti un marido, al que le bastará con que estés guapa y con tenerte a su lado. No te dejes convencer por alguna marisabidilla de que es divertido llegar por la mañana temprano a la oficina, tomar decisiones y lidiar con problemas hasta las tantas. Tienes una visión demasiado romántica de eso. Hoy en día ya no basta con ser adinerado; debes ser el primero en tener una idea.
—Eso ya lo has dicho —repuso ella fríamente.
—Tu padre es un hombre que tiene ideas. Esa factoría, por ejemplo, es algo asombroso. Cuando desaparezcan las restricciones al comercio y se pueda ofrecer chocolate Hannemann oficialmente y en todas partes, pronto adquirirá fama mucho más allá de Hamburgo.
¿Seguía hablando con ella o solo para sus adentros?
—Yo no tengo una visión romántica. También tengo ideas —tomó enérgicamente la palabra.
Él le lanzó una mirada burlona de refilón. ¿Por qué no la veía capaz de tener ideas? ¡Se iba a enterar!
—Por ejemplo, me gustaría poner máquinas expendedoras de chocolate en Hamburgo. Así la gente podría tomar chocolate Hannemann a cualquier hora del día o incluso de la noche, cuando le asaltaran unas ganas irresistibles.
Ernst frunció el ceño.
—Más vale que te lleve ahora a casa. Se lo he prometido a tu padre.
Después de despedirse de Ernst, Frieda se fue derecha a la cocina del cacao. En ese pequeño anexo sin ventanas, su padre solo había puesto el conche; poco a poco se habían ido añadiendo distintos rodillos, moldes para las tabletas de chocolate, cazos y cacerolas. No se quitaba de la cabeza a Spreckel. Era tan distinto de los otros estibadores de almacén que había conocido hasta entonces… Estos negociaban con su padre, y tenían su gente para los trabajos pesados. La mayoría eran incluso socios comanditarios, metían dinero en el negocio; los tres consorciados en la sombra, cuyos nombres no se conocían, confiaban en obtener pingües beneficios. Ernst le había contado que Spreckel, en cambio, había aprendido el oficio con su padre pasando por todos los grados. La oficina no le atraía especialmente; como más a gusto se encontraba era en medio de los sacos, corriendo de acá para allá en el almacén, pesando, tomando muestras y comprobando la calidad de la mercancía. Realmente le pareció un buen tipo, se podía imaginar trabajando algún día con alguien como él. Todavía le daba rabia que Ernst tuviera unas opiniones tan anticuadas. Pero a ella no la intimidaría. ¡Al contrario! No permitiría que nada ni nadie la apartara de sus planes. Le demostraría a su padre que tenía talento, que podía crear diferentes tipos de chocolate que se venderían bien. Cuando su padre reconociera que ella tenía algo más que pájaros en la cabeza, entonces tal vez la dejara estudiar contabilidad, y a lo mejor algún día hasta le permitía hacerse cargo de la factoría. Aunque en el pequeño laboratorio, como solía llamarlo su padre, siempre había humedad y hacía frío, a Frieda el entusiasmo le hacía entrar en calor. ¿A qué estaba esperando? ¡Había mucho que hacer! Su ensayo con el agua de rosas había sido especialmente bien acogido por las damas. ¿Qué sabor les gustaría a los caballeros? Algo frutal, quizás. El cacao de plátano llevaba años teniendo mucho éxito de ventas, pero más bien iba destinado a los niños enfermizos, a los ancianos o a las mujeres que habían tenido un parto difícil. No, para los señores habría que inventar algo refinado, tal vez algo amargo que contrastara con el dulzor del chocolate. Le vino a la cabeza la señora que iba con la cesta de los limones. ¡Limones! No, demasiado agrio; no era una buena mezcla. ¿Acaso no había dicho el señor del Hopfenmarkt que aún quedaban ruibarbos? ¡Eso era!
Le entraron ganas de salir corriendo a comprar un par de tallos de ruibarbo, pero luego se contuvo. ¿Cómo iba a mezclar la fruta con la masa del chocolate? ¿Y si hacía zumo y lo añadía a la masa en el conche? Eso podría funcionar. Ojalá siguiera allí el campesino de Vierlanden, y ojalá le quedara todavía algo de ruibarbo. También podría dar un hervor a los tallos, cortarlos en trocitos y escarcharlos. Si luego los sumergía en un chocolate oscuro, el resultado podría ser exquisito. Las ideas se le iban agolpando cada vez más aprisa. ¿Y no había leído recientemente que la masa de cacao se podía verter en moldes, rellenar de pulpa de fruta y, por último, cubrirlo todo con una capa de chocolate? Si era capaz de conseguirlo, causaría sensación. Su padre se enorgullecería de ella y no podría evitar hacerla responsable de la factoría o, por lo menos, cumplir su deseo de una formación profesional.
Frieda no habría sido capaz de decir de dónde había salido el joven que de repente apareció frente a ella tan cerca que les faltó un pelo para chocarse.
—Perdón —dijeron los dos al mismo tiempo.
Esa voz hizo que Frieda alzara la vista. Era grave y suave, y tenía algo extraño, si es que se podía decir eso después de haber oído una sola palabra. Y pertenecía a un hombre que le sacaba casi media cabeza. Tenía el pelo castaño rojizo y una barba del mismo color que, primorosamente recortada, le adornaba el labio superior y la barbilla. Sus labios dibujaban una sonrisa. En la nariz tenía pecas. Pero bueno, ¿qué hacía ella en mitad de la calle mirando la nariz de un desconocido? Las mejillas de Frieda se arrebolaron. Dio un paso hacia la izquierda para esquivarle. En ese preciso instante, él tuvo la misma idea y, por desgracia, se apartó hacia el mismo lado, es decir, dio un paso a la derecha. De nuevo estuvieron a punto de chocar el uno con el otro.
—Perdón —repitieron otra vez al mismo tiempo, como si lo hubieran estado ensayando.
El desconocido rio en voz baja. Sus ojos grises también lucían una expresión risueña. Eran unos ojos simpatiquísimos; en ese segundo parecían no ver nada en el mundo, salvo a Frieda. El hombre giró con elegancia, le dejó libre la Deichstrasse, y Frieda pudo continuar su camino en dirección al Hopfenmarkt.
—Gracias —susurró ella al pasar a su lado.
El corazón le palpitaba cuando oyó sus pasos al alejarse. No estaba bien que se volviera a mirar a un hombre. ¿Qué pensaría de ella? Por otra parte, solo se daría cuenta si él también se volvía a mirarla. Una rápida ojeada le confirmó que ningún transeúnte se fijaba en ella. Podía atreverse a hacer la prueba. Frieda lanzó una mirada por encima del hombro. Se había ido. Se volvió del todo y recorrió con la mirada toda la calle y las entradas de las casas. Nada. Tan de repente como había aparecido, había vuelto a esfumarse. Tenía que haber entrado en una de las casas. O haberse montado en un coche de punto. No creía que viviera por allí; en tal caso lo habría visto alguna vez. Pero también era posible que se acabara de mudar. Quizá hacía negocios con alguno de los comerciantes de allí. Las perspectivas de volver a encontrárselo algún día eran halagüeñas.