1

Me está mirando. Baja la vista fugazmente hacia su copa con sus ojos azules, vidriosos, y vuelve a levantarla. Yo miro mi copa y siento que me observa, al tiempo que me pregunto si estoy tan interesado como ella. Echo un vistazo y sonrío para darle a entender que sí. Ella me corresponde a la sonrisa. Se le ha borrado casi todo el pintalabios, ahora una marca rojiza en el borde de su copa. Me acerco y tomo asiento a su lado.

Se ahueca el pelo. No llama la atención ni el color ni el largo. Sus labios se mueven, me saluda, y se le iluminan los ojos. Parecen tener una luz de fondo.

Físicamente, le atraigo del mismo modo que le atraería a la mayoría de las mujeres de este bar. Tengo treinta y nueve años, estoy en excelente forma, con una mata de pelo y pronunciados hoyuelos, y el traje me sienta como un guante. Por eso se ha fijado en mí, por eso me ha sonreído, por eso se alegra de que la aborde. Soy su prototipo de hombre.

Deslizo mi teléfono por la barra en dirección a ella. Muestra un mensaje.

Hola. Me llamo Tobias.

Ella lo lee y frunce el entrecejo, su mirada oscila entre el teléfono y yo. Tecleo otro mensaje.

Soy sordo.

Enarca las cejas con asombro, se tapa la boca con una mano y se ruboriza. La vergüenza se refleja igual en todo el mundo.

Sacude la cabeza hacia mí. Lo siente, lo siente mucho. No lo sabía.

Claro que no. ¿Cómo ibas a saberlo?

Ella sonríe. Es una media sonrisa.

Le he roto los esquemas, he dejado de ser el hombre que se imaginaba, pero ahora no tiene claro qué hacer.

Coge mi teléfono y teclea.

Soy Petra.

Encantado de conocerte, Petra. ¿Eres rusa?

Mis padres lo eran.

Asiento y sonrío. Ella asiente y sonríe. Alcanzo a ver su mente a cien por hora.

No tiene ganas de quedarse conmigo. Quiere encontrar a un hombre que pueda oír su risa y a quien no tenga necesidad de escribir sus palabras.

Al mismo tiempo, su conciencia le dicta que no discrimine. Petra no desea ser la mujer superficial que rechaza a un hombre por ser sordo. No quiere darme calabazas de la misma manera que lo han hecho tantas otras.

O eso piensa.

Su conflicto interno es como una obra de tres actos que se representa delante de mis ojos, y sé cómo termina. Al menos la mayoría de las veces.

Ella se queda.

Su primera pregunta es sobre mi capacidad auditiva, o la falta de ella. Sí, soy sordo de nacimiento. No, jamás he oído nada: una risa, una voz, el ladrido de un cachorro o el vuelo de un avión.

Petra me mira con lástima. No se da cuenta de que es una actitud condescendiente y yo me lo callo, porque lo está intentando. Porque se ha quedado.

Pregunta si sé leer los labios. Asiento. Comienza a hablar.

—Cuando tenía doce años, me rompí la pierna por dos lados. Un accidente de bici. —Su boca se mueve de una forma sumamente exagerada y grotesca—. El caso es que tuve que llevar una escayola que me llegaba desde el pie hasta el muslo. —Hace una pausa, traza una línea sobre el muslo por si me cuesta entenderlo. No es así, pero aprecio el gesto. Y el muslo.

Ella continúa.

—No pude dar un paso durante seis semanas. En el colegio, tuve que usar una silla de ruedas, porque la escayola pesaba demasiado para llevar muletas.

Sonrío, medio imaginándome a la pequeña Petra con una voluminosa escayola. Medio imaginándome los derroteros que va a tomar esta historia.

—No estoy diciendo que sepa lo que se siente al ir en silla de ruedas, o al tener una discapacidad permanente. Es solo que siempre me ha dado la sensación…, en fin, me da la sensación de que me hago una ligera idea de lo que significaría, ¿sabes?

Asiento.

Ella sonríe aliviada, ante el temor de que su historia pudiera haberme ofendido.

Tecleo:

Eres muy sensible.

Se encoge de hombros. Sonríe de oreja a oreja por el cumplido.

Nos tomamos otra copa.

Le cuento una historia que no tiene nada que ver con mi sordera. Le hablo sobre mi mascota de la infancia, una rana llamada Sherman. Era una rana toro que se sentaba en la roca más grande del estanque y cazaba todas las moscas. Jamás intenté atrapar a Sherman; me limitaba a observarlo, y a veces él también me observaba. Nos gustaba sentarnos juntos, y empecé a considerarlo mi mascota.

—¿Qué fue de él? —pregunta Petra.

Me encojo de hombros.

Un día la roca estaba vacía. No volví a verlo.

Petra dice que es una lástima. Le contesto que no. Lo triste habría sido encontrarlo muerto y verme obligado a enterrarlo. No tuve necesidad de hacer eso. Simplemente me imaginé que se había ido a un estanque más grande con más moscas.

A ella le agrada esto y me lo dice.

No le cuento todos los detalles sobre Sherman. Por ejemplo, que tenía una larga lengua que lanzaba como un dardo a tal velocidad que apenas me daba tiempo a verla, pero siempre quería agarrarla. Yo tenía por costumbre sentarme junto al estanque y preguntarme lo malintencionada que era esa idea. ¿Hasta qué punto era horrible tratar de agarrar la lengua de una rana? Y ¿le dolería? Si moría, ¿sería un crimen? Nunca intenté agarrar su lengua y probablemente tampoco habría podido, pero se me pasaba por la cabeza. Y eso me hacía sentir como si no me portara como un buen amigo con Sherman.

Petra me habla de su gato, Lionel, que recibe su nombre del gato de su infancia, también llamado Lionel. Le digo que tiene gracia, pero me cabe la duda. Me enseña fotos. Lionel es un gato blanco y negro, con la cara dividida entre los dos colores. Es demasiado anodino para resultar encantador.

Ella continúa hablando y saca a relucir su trabajo. Diseña marcas para productos y empresas, y comenta que es algo sencillísimo y al mismo tiempo dificilísimo. Difícil al principio, porque cuesta mucho conseguir que alguien recuerde algo, pero resulta fácil conforme más gente comienza a identificar una marca.

—Llegados a un punto, lo de menos es lo que estamos vendiendo. La marca adquiere más importancia que el producto. —Señala hacia mi teléfono y pregunta si lo compré por la marca o porque me gusta el modelo.

¿Por las dos cosas?

Sonríe.

—¿Ves? Ni siquiera estás seguro.

Supongo que no.

—¿A qué te dedicas?

Soy contable.

Ella asiente. Es la profesión menos interesante del mundo, pero es sólida, estable y algo que un sordo puede hacer fácilmente. Los números no tienen voz.

El camarero se acerca. Va aseado y pulcro; es de edad universitaria. Petra se encarga de pedir, y es porque soy sordo. Las mujeres siempre piensan que necesito que me saquen las castañas del fuego. Les gusta hacer cosas por mí porque me consideran débil.

Petra pide otras dos copas y un cuenco con algo para picar, y sonríe como si estuviera orgullosa de sí misma. Me hace reír. Para mis adentros, pero me río.

Se inclina hacia mí y posa la mano en mi brazo. La deja ahí. Ha olvidado que no soy su hombre ideal, y ahora nuestro desenlace es predecible. No tardaremos en ir a su casa. La decisión es más fácil de lo que debería ser, pero no porque me resulte especialmente atractiva. Es la elección. Ella me otorga el poder de decisión, y en este preciso instante soy un hombre que dice sí.

Petra vive en el centro, cerca del bar, en medio de todos los rótulos de las grandes marcas. Su casa no está tan ordenada como yo esperaba. Es una leonera de papeles, ropa y platos. Me hace pensar que debe de perder las llaves cada dos por tres.

—Lionel anda por ahí. Escondido, seguramente.

No busco al anodino gato.

Ella va de aquí para allá, deja caer el bolso en un sitio y se descalza en otro. Aparece con dos copas llenas de vino tinto y me conduce al dormitorio. Se vuelve hacia mí, risueña. Petra ha ganado atractivo; hasta su insulso pelo parece relucir. Es por el alcohol, sí, pero también por su felicidad. Me da la impresión de que lleva tiempo sin ser tan feliz, y no estoy seguro del porqué. Petra es bastante atractiva.

Se aprieta contra mí, su cuerpo cálido, su aliento impregnado de vino. Me quita la copa de la mano y la deja a un lado.

No apuro la copa hasta mucho después, cuando estamos a oscuras y la única luz es la de mi teléfono. Nos alternamos para teclear, riéndonos de nosotros mismos y del hecho de que no nos conocemos.

Pregunto:

¿Color favorito?

Verde lima. ¿Helado?

De chicle.

¿De chicle? ¿El azul?

Sí.

Quién lo habría dicho.

¿Cuál es tu favorito?

El de vainilla francesa. ¿Ingrediente para la pizza?

Jamón.

Pues hemos terminado.

¿Sí?

Espera, ¿todavía estamos hablando de pizza?

No estamos hablando de pizza.

Luego, se queda frita la primera. Me planteo irme, después quedarme, y le doy tantas vueltas a la cabeza que me quedo frito.

Al despertarme, continúa oscuro. Salgo sigilosamente de la cama sin despertar a Petra. Está dormida boca abajo, con una pierna doblada y el pelo extendido sobre la almohada. Como soy incapaz de decidir si realmente me gusta o no, no me pronuncio. No hay necesidad.

Encima de la mesilla de noche, sus pendientes. Son de cristal de colores, una mezcolanza de tonos azules, parecidos a sus ojos. Después de vestirme, me guardo los pendientes en el bolsillo. Me los llevo para recordarme a mí mismo no volver a hacer esto. Casi me creo que surtirá efecto.

Me dirijo hacia la puerta sin volver la vista.

—¿De veras eres sordo?

Lo dice en voz alta, mientras estoy de espaldas.

La oigo porque no soy sordo.

Y sigo mi camino.

Finjo que no la oigo, voy derecho hacia la puerta y la cierro detrás de mí; seguidamente continúo hasta que salgo del edificio, recorro la manzana y doblo la esquina. Solo entonces me detengo y me pregunto cómo lo ha adivinado. Debo de haber cometido un desliz.

Capítulo 2

2

No me llamo Tobias. Solamente utilizo ese nombre cuando quiero que alguien me recuerde. En este caso, el camarero. Me presenté y tecleé mi nombre al entrar y pedir una copa. Me recordará. Recordará que Tobias es el hombre sordo que se marchó del bar con una mujer a la que acababa de conocer. Lo del nombre era para su información, no para la de Petra. Ella me recordará de todas formas, porque ¿con cuántos hombres sordos se habrá acostado?

Y si yo no hubiera cometido un desliz, habría sido una mera nota a pie de página en su historial sexual. Pero ahora me recordará como el «falso tío sordo» o el «posiblemente falso tío sordo».

Cuantas más vueltas le doy, más me planteo si he cometido dos deslices. A lo mejor me he quedado de piedra cuando me ha preguntado si era sordo. Es posible, porque eso es lo que hace la gente al oír algo inesperado. Y, de haber sido el caso, lo más seguro es que se haya dado cuenta. Probablemente sabe que he mentido.

De camino a casa en el coche, todo me incomoda. El asiento me resulta áspero y me molesta en la espalda. En la radio no hay nada que no suene demasiado alto, prácticamente como si todo el mundo estuviera chillando. Pero no puedo echarle la culpa totalmente a Petra. Ya llevo tiempo crispado.

En casa, reina el silencio. Mi mujer, Millicent, sigue en la cama. Llevo quince años casado con ella, y no me llama Tobias. Tenemos dos hijos; Rory tiene catorce años, y Jenna uno menos.

Nuestro dormitorio está a oscuras, pero vislumbro ligeramente la silueta de Millicent bajo la colcha. Me descalzo y me dirijo de puntillas al baño.

—¿Bien?

Millicent parece totalmente espabilada.

Me giro por completo y veo su sombra, recostada sobre un codo.

Otra vez. La elección. Por parte de Millicent, una rareza.

—No —respondo.

—¿No?

—No es la adecuada.

El ambiente se corta entre nosotros. No se atempera hasta que Millicent suelta un suspiro y vuelve a recostar la cabeza.

Se levanta antes que yo. Cuando entro en la cocina, Millicent ya está organizando el desayuno, la comida para el colegio, el día, nuestras vidas.

Me consta que debería contarle lo de Petra. No lo del sexo; eso no se lo contaría a mi mujer. Pero sí que debería decirle que cometí un error y que Petra es la adecuada. Debería hacerlo porque es arriesgado que Petra ande suelta por ahí.

Sin embargo, no digo nada.

Millicent me mira; su decepción me golpea con una fuerza física. Sus ojos son verdes, de muchas tonalidades verdosas, y parecen de camuflaje.

No se parecen en nada a los de Petra. Millicent y Petra no tienen nada en común, salvo que las dos se han acostado conmigo. O con alguna de mis versiones.

Los niños bajan con estruendo las escaleras, ya gritándose el uno al otro, enzarzados en una pelea por quién dijo qué sobre fulano de tal en el instituto ayer. Están vestidos y listos para ir a clase, igual que yo estoy vestido para ir a trabajar con mi ropa blanca de tenis. No soy contable y nunca lo he sido.

Mientras mis hijos están en el instituto y mi mujer está vendiendo casas, yo estoy al aire libre en la cancha, al sol, enseñando a la gente a jugar al tenis. La mayoría de mis clientes son de mediana edad, no están en forma y andan sobrados de dinero y tiempo. De vez en cuando me contratan padres que creen que su hijo es un prodigio, un campeón, un futuro ejemplo. Hasta ahora, ninguno ha atinado.

Pero antes de poder marcharme a enseñar algo a alguien, Millicent nos hace sentarnos juntos a todos durante al menos cinco minutos. Lo llama desayuno.

Jenna pone los ojos en blanco, da golpecitos con los pies, ansiosa por recuperar su teléfono. En la mesa están prohibidos los móviles. Rory está más tranquilo que su hermana. Aprovecha al máximo los cinco minutos engullendo todo lo que puede, y luego se guarda en los bolsillos todo lo que no le cabe en la boca.

Millicent se sienta frente a mí, con una taza de café pegada a los labios. Va vestida para trabajar con una falda, una blusa y zapatos de tacón, y lleva recogida su melena pelirroja. El sol de la mañana le imprime una tonalidad cobriza. Somos de la misma edad, pero ella se conserva mejor: siempre ha sido así. Nunca he estado a su altura.

Mi hija me da palmaditas en el brazo siguiendo un patrón, como el ritmo de una canción, y continúa hasta que le presto atención. Jenna no se parece a su madre. Ha heredado de mí los ojos, el pelo y la forma de la cara, y a veces esto me entristece. Otras veces no.

—Papá, ¿puedes llevarme a comprar unos zapatos hoy? —dice. Sonríe porque sabe que accederé.

—Sí —respondo.

Millicent me da un puntapié por debajo de la mesa.

—Esos zapatos tienen un mes —le dice a Jenna.

—Pero ahora me aprietan.

Ni siquiera mi mujer puede poner peros a eso.

Rory pregunta si puede ir a jugar cinco minutos con su videoconsola antes de ir al colegio.

—No —responde Millicent.

Él me mira. Yo debería decir que no, pero ahora no puedo, no después de decirle que sí a su hermana. Él lo sabe, porque Rory es el listo. También es el que se parece a Millicent.

—Adelante —digo.

Sale disparado.

Millicent suelta su taza de café bruscamente.

Jenna coge su teléfono.

Se acabó el desayuno.

Antes de levantarse de la mesa, Millicent me lanza una mirada asesina. Es mi mujer y, al mismo tiempo, no la reconozco.

Vi por primera vez a Millicent en un aeropuerto. Yo tenía veintidós años y regresaba de Camboya, donde había pasado el verano con tres amigos. Nos poníamos ciegos de drogas y alcohol todas las noches, y nunca nos afeitábamos. Salí del país como un chico bien de barrio residencial y regresé como un hombre desgreñado y barbudo con un intenso bronceado y algunas anécdotas jugosas. Nada en comparación con Millicent.

Yo estaba haciendo escala, mi primera parada en el país. Había cruzado la aduana y me dirigía a la terminal de vuelos nacionales cuando la vi. Millicent estaba sentada en la sala de espera vacía de una puerta de embarque, sola, con los pies en alto encima de la maleta. Estaba mirando por los ventanales del suelo al techo que daban a la pista. Llevaba su melena pelirroja recogida en un moño flojo, e iba vestida con una camiseta, vaqueros y unas zapatillas de deporte. Me detuve a contemplarla mientras ella contemplaba los aviones.

Fue su manera de mirar por la ventana.

Yo había hecho lo mismo al emprender mi viaje. Mi sueño era viajar, ver lugares como Tailandia, Camboya y Vietnam, y lo cumplí. Ahora regresaba a un entorno familiar, donde me había criado, pero sin mis padres. Aunque no estoy seguro de si alguna vez estuvieron allí. O a mi lado.

Cuando regresé, mi sueño de viajar se había cumplido pero no había otro que lo sustituyera. Hasta que vi a Millicent. Daba la impresión de que acababa de embarcarse en su propio sueño. En ese momento, deseé formar parte de él.

En aquel entonces no pensé en todo esto. Me vino a la cabeza posteriormente, cuando intenté explicarle a ella o a cualquier otro por qué la encontraba tan atractiva. Pero, en ese momento, continué mi camino hacia la siguiente puerta de embarque. Después de un viaje de veinte horas y aún más por delante, ni siquiera era capaz de hacer acopio de fuerzas para entablar conversación con ella. Lo único que podía hacer era observarla.

Dio la casualidad de que íbamos en el mismo vuelo. Me lo tomé como una señal.

Ella tenía asignado un asiento junto a la ventanilla, y el mío estaba en el centro de la fila de en medio. Hizo falta un poco de persuasión, un pelín de coqueteo con una auxiliar de vuelo y un billete de veinte dólares para conseguir que me cambiaran al asiento contiguo a Millicent. Ella no levantó la vista al sentarme.

Para cuando llegó el carrito de las bebidas, yo había urdido un plan. Pediría lo mismo que ella y, como ya tenía claro que ella era especial, no concebía que pidiera algo tan corriente como agua. Sería algo más original, como zumo de piña con hielo, y cuando yo pidiera lo mismo tendríamos un instante de química, de sincronización, de serendipia..., lo que fuera.

En vista del tiempo que llevaba sin dormir, este plan me resultó factible justo hasta que Millicent le dijo a la auxiliar de vuelo que gracias, pero que no, gracias. No le apetecía beber nada.

Yo dije lo mismo. No surtió el efecto deseado.

Pero, cuando Millicent se volvió hacia la auxiliar de vuelo, vi sus ojos por primera vez. El color me recordaba a los exuberantes campos abiertos que había visto por toda Camboya. No eran tan oscuros como ahora ni de lejos.

Ella siguió mirando fijamente por la ventanilla. Yo seguí mirándola fijamente a ella fingiendo que no lo hacía.

Me dije para mis adentros que era un idiota y que debía entablar conversación con ella y punto.

Me dije para mis adentros que algo me pasaba, porque las personas normales no actúan de esta manera con una chica a la que ven por primera vez.

Me dije para mis adentros que debía dejar de acecharla.

Me dije para mis adentros que era demasiado guapa para mí.

Cuando quedaban treinta minutos de vuelo, la abordé.

—Hola.

Ella se volvió. Se quedó mirando.

—Hola.

Creo que fue en ese momento cuando dejé de contener la respiración.

Pasaron años hasta que le pregunté por qué miraba fijamente por la ventana, tanto en el aeropuerto como en el avión. Dijo que era porque hasta entonces nunca había volado. Su único anhelo era aterrizar sana y salva.

Capítulo 3

3

Petra figuraba en el número uno de la lista, pero, ahora que ha sido descartada, paso a la siguiente, una mujer joven llamada Naomi George. Todavía no la he abordado.

Por la noche, voy en coche al hotel Lancaster. Naomi trabaja de recepcionista en el Lancaster, uno de esos establecimientos clásicos que perdura debido a su antiguo esplendor. El edificio es enorme y con una decoración tan ostentosa que sería imposible construirlo hoy en día. Resultaría demasiado caro hacerlo bien y demasiado chabacano si se hace mal.

La fachada del hotel tiene puertas y paños laterales de cristal, lo cual ofrece una buena perspectiva del mostrador de recepción. Naomi se encuentra de pie detrás de él vestida con el uniforme del Lancaster, falda y chaqueta de color azul, ambas ribeteadas con bordados dorados, y una impecable blusa blanca. Tiene el pelo largo y oscuro, y las pecas de la nariz la hacen parecer más joven de lo que es. Naomi tiene veintisiete años. Seguramente aún le piden el carné de identidad en los bares, pero no es tan inocente como aparenta.

Bien entrada la noche, la he visto tomarse demasiadas confianzas con más de un cliente. Todos estaban solos, eran mayores y vestían bien; ella no siempre se marcha del hotel cuando acaba su turno. O Naomi se ha estado sacando un sobresueldo en secreto, o bien aspira a rollos de una noche.

Gracias a las redes sociales, sé que su comida favorita es el sushi, pero que no come carne roja. En el instituto, jugaba al voleibol y tenía un novio que se llamaba Adam. Ahora recibe el apelativo de «el Cretino». Su último novio, Jason, se mudó fuera hace tres meses, y desde entonces ella no ha salido con nadie. Naomi ha estado sopesando la idea de comprarse una mascota, probablemente un gato, pero aún no se ha decidido. Tiene más de mil amigos en las redes, pero, que yo sepa, Naomi solamente tiene dos amigas íntimas. Como mucho, tres.

Todavía no tengo claro que sea la adecuada. Necesito más datos.

Millicent está harta de esperar.

Anoche, me la encontré en el baño, de pie frente al espejo, desmaquillándose. Llevaba puestos unos vaqueros y una camiseta que la proclama como madre de estudiante de matrícula de honor de educación secundaria. Jenna, no Rory.

—¿Qué pega tenía? —me preguntó. Millicent no pronuncia el nombre de Petra porque no hay necesidad. Sé a quién se refiere.

—Simplemente no era la adecuada.

Millicent no me miró a través del espejo. Se untó crema en la cara.

—Con esta van dos que descartas.

—Tiene que ser adecuada. Ya lo sabes.

Cerró bruscamente la tapa de su bote de crema. Yo me dirigí al dormitorio y me senté para descalzarme. Había sido un día largo y tenía que tocar a su fin, pero Millicent continuó insistiendo. Me siguió hasta el dormitorio y se plantó delante de mí.

—¿Seguro que todavía deseas hacer esto? —preguntó.

—Sí.

Me remordía demasiado la conciencia por haberme acostado con otra mujer como para mostrar mucho entusiasmo. Me había dado una punzada de culpabilidad por la tarde, al ver a una entrañable pareja de ancianos; tenían como poco noventa años e iban paseando por la calle agarrados de la mano. Las parejas así no se engañan mutuamente. Levanté la vista hacia Millicent y pensé que ojalá pudiera conseguir que llegáramos a ser como ellos.

Millicent se puso en cuclillas delante de mí y posó la mano en mi rodilla.

—Debemos hacerlo.

Sus ojos titilaban; la calidez que su mano despedía se fue extendiendo conforme ascendía por mi pierna.

—Tienes razón —dije—. No nos queda más remedio.

Se acercó más y me dio un largo y apasionado beso. Me hizo sentir más remordimiento. Y me hizo desear hacer lo que fuera para verla feliz.

Menos de veinticuatro horas después, estoy sentado enfrente del hotel Lancaster. El turno de Naomi no termina hasta las once, y no puedo quedarme como un pasmarote en la puerta del hotel durante las próximas tres horas. En vez de irme a casa, compro algo para comer y me siento en un bar. Es un lugar adecuado adonde ir a falta de otro sitio.

El local que he elegido está medio lleno, principalmente de hombres que están solos. No es tan agradable como el bar en el que estuve con Petra. Las copas cuestan la mitad, y cualquiera que vaya trajeado ya se ha aflojado la corbata. El suelo de madera tiene arañazos de los taburetes, y las marcas circulares de las bebidas decoran la barra. Es un lugar para aficionados a la bebida, regentado por aficionados a la bebida, un lugar donde todo el mundo está demasiado ebrio como para fijarse en detalles.

Pido una cerveza y veo un partido de béisbol en una pantalla y los informativos en otra.

Final de la tercera entrada. Dos eliminados. Es posible que llueva mañana, pero lo mismo hace sol. Aquí en Woodview, Florida, conocido por ser un enclave al margen del mundo real, siempre hace sol. En aproximadamente una hora, podemos estar junto al océano, en un parque estatal o en uno de los principales parques temáticos del mundo. Siempre comentamos lo afortunados que somos de vivir aquí, en el centro de Florida, especialmente los que vivimos en la urbanización de Hidden Oaks. Los Oaks son un enclave dentro del enclave.

Comienzo de la cuarta entrada. Un eliminado. Todavía quedan dos horas más hasta que termine el turno de Naomi y pueda seguirla.

Y, a continuación, Lindsay.

Su rostro risueño me observa fijamente desde la pantalla de la televisión.

Lindsay, con sus ojos rasgados de color marrón y su pelo rubio liso, su bronceado natural y sus grandes dientes blancos.

Desapareció hace un año. Fue un suceso que salió en los informativos durante una semana, y luego la historia quedó en el olvido. Sin ningún familiar cercano que la mantuviera en el candelero, nadie prestó atención. Lindsay no era una niña desaparecida; no estaba indefensa. Era una mujer adulta, y en menos de siete días se olvidaron de ella.

Yo no. Todavía recuerdo su risa. Era tan contagiosa que provocaba la mía. Verla de nuevo me hace recordar lo mucho que me gustaba.

Capítulo 4

4

Hablé con Lindsay por primera vez durante una caminata. Un sábado por la mañana, la seguí hasta los caminos de las colinas que hay justo a las afueras de la ciudad. Ella tomó un sendero, yo otro, y al cabo de una hora nos cruzamos.

Al verme, Lindsay asintió y me saludó de un modo que no daba pie a entablar conversación. Yo le hice un gesto con la mano y vocalicé un hola con los labios. Inconscientemente, me miró extrañada, y le tendí mi teléfono para presentarme.

¡Perdona, probablemente te haya parecido raro! Hola, me llamo Tobias. Soy sordo.

Vi que bajaba la guardia.

Se presentó, conversamos, y después nos sentamos a beber agua y me ofreció algo para picar. Gominolas de pica-pica. Tenía un puñado.

Lindsay hizo una mueca.

—Fatal, ¿verdad? Tomar azúcar mientras se hace ejercicio... Es que me chiflan.

Y a mí.

Era cierto. Yo no había tomado gominolas de pica-pica desde que era pequeño, pero me encantaban.

Me habló de ella, del trabajo, la casa y los hobbies de los que yo ya estaba al corriente. Le conté las mismas historias que a todas las demás. Al salir el sol, decidimos terminar la caminata juntos. Recorrimos en silencio la mayor parte del camino, y me agradó. En mi vida casi nunca había silencio.

Ella declinó mi invitación a almorzar, pero nos dimos los respectivos números de teléfono. Yo le di el número del que utilizo cuando me hago pasar por Tobias.

Lindsay me mandó un mensaje una vez, unos días después de la caminata. Recibir noticias suyas me arrancó una sonrisa.

Fue estupendo conocerte la semana pasada, espero que podamos caminar juntos en alguna ocasión.

Así fue.

Un camino diferente la segunda vez, más al norte y cerca del Indian Lake State Forest. Ella volvió a llevar gominolas de picapica; yo llevé una manta. Paramos a descansar en una zona donde la densa vegetación impedía el paso del sol. Al sentarnos, le sonreí, y era de verdad.

—Qué guapo eres —dijo.

Tú sí que eres guapa.

Me mandó un mensaje unos días después, y lo ignoré. Para entonces, Millicent y yo habíamos acordado que Lindsay era la elegida.

Ahora, al cabo de un año, Lindsay está de nuevo en la televisión. La han encontrado.

Me voy derecho a casa desde el bar. Millicent ya está allí, sentada en el porche. Todavía lleva puesta la ropa del trabajo, y sus zapatos de tacón de charol hacen juego con el tono de su piel. Dice que le estilizan las piernas, y coincido con ella. Siempre me fijo cuando los lleva puestos, incluso en este momento.

Tras pasar todo el día trabajando y después encerrado en el coche observando a Naomi, me doy cuenta de lo desesperadamente que necesito una ducha. Pero Millicent ni siquiera arruga la nariz al sentarme a su lado. Sin darme tiempo a hablar, dice:

—No hay problema.

—¿Estás segura? —pregunto.

—Totalmente.

Me cabe la duda. En principio íbamos a ocuparnos de Lindsay juntos, pero no fue así. Y no tengo ningún argumento para rebatirlo.

—No entiendo cómo...

—No hay problema —vuelve a decir. Señala hacia arriba, haciendo un gesto hacia la primera planta. Los niños están en casa. Necesito hacer más preguntas, pero no puedo.

—Tengo que esperar a la siguiente —señalo—. Ahora no deberíamos hacer nada.

Ella se queda callada.

—¿Millicent?

—Te he oído.

Tengo ganas de preguntarle si lo entiende, pero me consta que sí. Lo que pasa es que no le hace gracia. Le fastidia que hayan encontrado a Lindsay ahora, precisamente cuando estábamos planeando otro. Es como si se hubiera convertido en una adicta.

Y no es la única.

Cuando conocí a Millicent en el avión, no fue amor a primera vista. No para ella. Ni siquiera mostró el más mínimo interés. Tras decirme hola, apartó la vista y continuó mirando fijamente por la ventanilla. Yo me encontraba en el mismo punto de partida. Me recliné sobre el reposacabezas, cerré los ojos y me reproché a mí mismo no tener la valentía de decir nada más.

—Perdona.

Abrí los ojos de golpe.

Ella me estaba mirando, con sus ojos verdes abiertos de par en par, el ceño fruncido.

—¿Estás bien? —preguntó.

Yo asentí.

—¿Seguro?

—Seguro. No entiendo por qué estás...

—Porque estás dando cabezazos contra esto. —Señaló hacia el reposacabezas—. Estás traqueteando el asiento.

No había sido consciente en absoluto de que lo estaba haciendo. Pensaba que todos mis reproches mentales eran simplemente eso: mentales.

—Lo siento.

—Entonces ¿estás bien?

Me espabilé lo suficiente como para caer en la cuenta de que la chica a la que había estado observando atentamente ahora me estaba hablando. Hasta parecía preocupada.

Sonreí.

—Estoy bien, de verdad. Solo estaba...

—Machacándote. Yo hago lo mismo.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Por muchas cosas.

Sentí el ansia de saber todo lo que impulsaba a esta chica a machacarse de impotencia, pero acababan de desplegar el tren de aterrizaje y no teníamos tiempo.

—Dime una —le pedí.

Ella reflexionó sobre mi pregunta, hasta se llevó el dedo índice a los labios. Reprimí otra sonrisa, no solo porque era guapa, sino porque me estaba prestando atención.

Cuando el avión aterrizó, respondió.

—Por los gilipollas. Los gilipollas que quieren ligar conmigo en los aviones cuando lo único que me apetece es que me dejen en paz.

Sin pensar, sin ser mínimamente consciente de que se refería a mí, dije:

—Yo puedo protegerte de ellos.

Se quedó mirándome sin dar crédito. Cuando se dio cuenta de que yo hablaba en serio, soltó una carcajada.

Cuando comprendí por qué se reía, hice lo mismo.

Para cuando cruzamos el puente móvil, no solo nos habíamos presentado, sino que nos habíamos dado los respectivos números de teléfono.

Antes de marcharse, preguntó:

—¿Cómo?

—¿Cómo qué?

—¿Cómo me protegerías de todos esos gilipollas en los aviones?

—Los metería a la fuerza en el asiento del centro, los sujetaría contra los reposabrazos y les cortaría con la tarjeta de instrucciones de seguridad.

Ella se volvió a reír, durante más tiempo y con más ganas que antes. Sigo sin cansarme de oírla reír.

Aquella conversación se convirtió en algo muy especial entre nosotros. Las primeras Navidades que pasamos juntos, le regalé una caja enorme, lo bastante grande como para meter un televisor de pantalla gigante, envuelta en papel de regalo y con un lazo atado. Lo único que había dentro era una tarjeta de instrucciones de seguridad.

Desde entonces, cada Navidad procuramos inventarnos la referencia más original a nuestra broma privada. Una vez, le regalé un chaleco salvavidas hinchable. En otra ocasión, ella decoró el árbol de Navidad con mascarillas de oxígeno.

Siempre que subo a un avión y veo esa tarjeta de instrucciones de seguridad, todavía sonrío.

Lo curioso es que, si me viera obligado a elegir un momento, el instante preciso en el que todo se puso en marcha y nos condujo adonde ahora estamos, tendría que decir que fue por un corte con papel.

Sucedió cuando Rory tenía ocho años. Él tenía amigos, aunque no demasiados; como era un chaval del montón en la escala de popularidad, nos sorprendió cuando un niño llamado Hunter cortó a Rory con un papel. Adrede. Estaban discutiendo sobre qué superhéroe era el más fuerte, cuando a Hunter se le cruzaron los cables y le hizo un corte a Rory. Fue en el pliegue entre el pulgar y el índice de su mano derecha. Le dolió tanto que se puso a chillar.

Mandaron a Hunter a su casa el resto del día y Rory fue a ver a la enfermera, que le vendó la mano y le dio una piruleta sin azúcar. El dolor se le olvidó enseguida.

Aquella noche, cuando los niños estaban dormidos, Millicent y yo comentamos el incidente. Estábamos en la cama. Ella acababa de cerrar su portátil, y apagué la televisión. El curso acababa de empezar y Millicent todavía conservaba algo del bronceado del verano. Ella no jugaba al tenis, pero le encantaba nadar.

Millicent me cogió de la mano y acarició el fino pliegue de piel entre mi pulgar y mi dedo índice.

—¿Te has cortado aquí alguna vez?

—No. ¿Tú?

—Sí. Duele a rabiar.

—¿Cómo ocurrió?

—Holly.

Yo sabía poca cosa de Holly. Millicent casi nunca hablaba de su hermana mayor.

—¿Te lo hizo ella? —pregunté.

—Estábamos haciendo collages de todas nuestras cosas favoritas; recortando fotos de revistas y pegándolas en cartulinas. Holly y yo alargamos la mano para coger el mismo trozo a la vez y —se encogió de hombros— me corté.

—¿Gritaste?

—No me acuerdo. Pero lloré.

Yo la tomé de la mano y le besé la cicatriz del corte.

—¿Qué cosas favoritas? —pregunté.

—¿Cómo?

—Has dicho que estabais recortando fotos de vuestras cosas favoritas. ¿Cuáles eran?

—Ah, no —dijo ella, al tiempo que apartaba la mano para apagar la luz—. No vas a convertir esto en otra locura de Navidad.

—¿No te gusta nuestra locura de Navidad?

—Me encanta. Pero con una tenemos de sobra.

Así era. Yo estaba evitando el tema de Holly porque a Millicent no le gustaba hablar de su hermana. Por eso le pregunté por sus cosas favoritas.

Debería haberle preguntado por Holly.

Capítulo 5

5

Lindsay acapara las noticias. Es la única a la que han encontrado, y la primera sorpresa es dónde han hallado su cuerpo.

La última vez que vi a Lindsay, nos encontrábamos en mitad de la nada. Millicent y yo la habíamos llevado a la zona más perdida del pantano, cerca de una reserva natural, con la esperanza de que la fauna la encontrara antes de que lo hiciera cualquiera. Lindsay seguía con vida, y se suponía que debíamos matarla juntos. Ese era el plan.

Esa era la idea.

No fue así, por culpa de Jenna. Lo habíamos organizado para que los niños pasaran la noche con amigos; Rory estaba con otro niño jugando con la videoconsola, y habíamos dejado a Jenna en una fiesta con media docena de chicas de doce años. Cuando sonó el teléfono de Millicent, el timbre reprodujo el sonido de un gatito. Ese era el tono de llamada para Jenna. Millicent respondió antes del segundo maullido.

—¿Jenna? ¿Qué pasa?

Mientras observaba a Millicent al teléfono, el corazón me latía un poco más rápido cada vez que ella asentía.

Lindsay estaba tirada en el suelo, sus piernas bronceadas extendidas sobre el lodo. Se le estaba pasando el efecto de la droga con la que la habíamos dejado inconsciente, y hacía amago de moverse.

—Cariño, ¿puedes pasarle el teléfono a la señora Sheehan? —dijo Millicent.

Más asentimientos de cabeza.

Cuando Millicent volvió a hablar, le cambió la voz.

—Entiendo. Muchas gracias. Voy enseguida. —Colgó.

—¿Qué...?

—Jenna se encuentra mal. Un virus gástrico o quizá una intoxicación alimentaria. Lleva una hora en el baño. —Sin darme tiempo a intervenir, añadió—: Voy yo.

Negué con la cabeza.

—Lo haré yo.

Millicent no protestó. Bajó la vista hacia Lindsay y volvió a mirarme.

—Pero...

—Yo me encargo —dije—. Recogeré a Jenna y la llevaré a casa.

—Yo puedo ocuparme de ella. —Millicent estaba mirando a Lindsay. No se refería a nuestra hija.

—Claro que sí. —En ningún momento me cupo la menor duda. Lo que sucedía era que estaba decepcionado por tener que perdérmelo.

Cuando llegué a la casa de los Sheehan, Jenna seguía con náuseas. De camino a casa, me detuve en el arcén dos veces para que vomitara. Pasé en vela casi toda la noche pendiente de ella.

Millicent regresó a casa justo antes del amanecer. No pregunté si había movido a Lindsay, porque di por sentado que la había enterrado en aquella zona desierta. No tengo ni idea de cómo acabó en la habitación número 18 del Moonlite Motor Inn.

El Moonlite cerró sus puertas cuando construyeron la nueva autopista hace más de veinte años. El motel fue abandonado, dejado a merced de los elementos, roedores, vagabundos y drogadictos. Nadie le prestó atención, porque nadie tenía que pasar por delante. Lindsay fue encontrada por unos adolescentes, que llamaron a la policía.

El motel es un edificio alargado, de planta baja, con hileras de habitaciones en ambas fachadas. La número 18 está situada en la parte posterior, en la esquina, y no es visible desde la carretera. Mientras veo una grabación aérea del establecimiento en televisión, trato de imaginar a Millicent conduciendo hasta la parte trasera del Moonlite y aparcando, saliendo del coche, abriendo el maletero.

Arrastrando a Lindsay por el suelo.

Me pregunto si tiene suficiente fuerza como para hacer eso. Lindsay estaba bastante musculosa de tanto practicar deporte al aire libre. Igual Millicent utilizó algo para cargar con ella. Una carretilla, algo con ruedas. Es lo bastante lista como para pensar algo así.

El periodista es joven y serio; se expresa remarcando cada palabra. Me dice que habían envuelto a Lindsay en plástico, la habían metido en el armario y cubierto con una manta. Los adolescentes la descubrieron porque estaban jugando al escondite borrachos. No sé cuánto tiempo ha estado en el armario, pero, según el periodista, el cuerpo de Lindsay fue identificado por medio de un análisis dental. Están a la espera de los resultados del ADN. La policía no ha podido utilizar las huellas dactilares de Lindsay, porque se las habían rebanado.

Procuro no imaginar cómo hizo esto Millicent, o que lo hizo siquiera, pero resulta que es lo único que consigo imaginar.

Las imágenes que me vienen a la mente me obsesionan. Fotogramas del semblante risueño de Lindsay, de sus blancos dientes. De mi mujer rebanándole las yemas de los dedos. Arrastrando el cuerpo de Lindsay hasta la habitación de un motel y metiéndola en el armario. Todas estas imágenes se me pasan por la cabeza a lo largo de todo el día, la noche, y mientras trato de conciliar el sueño.

Millicent, sin embargo, parece tan campante. Actúa con naturalidad cuando llega a casa del trabajo y prepara rápidamente una ensalada, cuando se desmaquilla, cuando se pone a trabajar con su ordenador antes de dormir. Si ha estado escuchando las noticias, no da muestras de ello. Media docena de veces hago amago de preguntarle por qué o cómo acabó Lindsay en ese motel.

Desisto. Porque en lo único en lo que puedo pensar es qué necesidad tengo de preguntar. Por qué no me lo contó.

Al día siguiente, me llama a media tarde, y tengo la pregunta en la punta de la lengua. También empiezo a plantearme si hay algo más que desconozca.

—Recuerda —dice— que esta noche cenamos con los Preston.

—Ya.

No me acordaba. A ella le consta y me da el nombre del restaurante sin preguntárselo.

—A las siete —concluye.

—Nos vemos allí.

Andy y Trista Preston le compraron su casa a Millicent. Aunque Andy me saca unos cuantos años, lo conozco de toda la vida. Se crio en Hidden Oaks, fuimos al mismo colegio e instituto, y nuestros respectivos padres se trataban. Ahora él trabaja en una empresa de informática y gana suficiente dinero como para dar clases de tenis todos los días, pero no lo hace: por eso tiene barriga.

Su mujer en cambio sí da clases. Trista también se crio por aquí, pero es del otro lado de Woodview, no de los Oaks. Quedamos dos veces a la semana, y pasa el resto del tiempo trabajando en una galería de arte. Entre los dos, los Preston ganan el doble que nosotros.

Millicent está al corriente de los ingresos de todos sus clientes, y casi todos ganan más que nosotros. He de reconocer que esto me fastidia más que a ella. Según Millicent, es porque ella gana más que yo. Se equivoca. Es porque Andy gana más que yo, aunque eso me lo callo. Ella no es de los Oaks; no entiende lo que se siente al criarse aquí y acabar trabajando aquí.

La cena es en un restaurante exclusivo donde todo el mundo toma ensalada, pollo o salmón, y bebe vino tinto. Andy y Trista se trincan la botella entera. La verdad es que Millicent no bebe y le revienta que yo lo haga. No bebo delante de ella.

—Te envidio —me dice Trista—. Me encantaría tener tu trabajo y estar fuera todo el día. Me encanta jugar al tenis.

Andy se ríe. Tiene las mejillas sonrojadas.

—Pero si tú trabajas en una galería de arte. Es prácticamente lo mismo.

—Estar fuera todo el día y trabajar fuera todo el día son dos cosas diferentes —puntualizo—. A mí me encantaría pasarme todo el día repantigado en la playa, sin hacer nada.

Trista arruga su respingona nariz.

—Yo opino que eso sería un aburrimiento, estar ocioso de esa manera. Preferiría tener alguna ocupación.

Me dan ganas de decirle que recibir clases de tenis e impartirlas son dos cosas distintas. En el trabajo, la vida al aire libre es lo último que se me pasa por la cabeza. Me dedico la mayor parte del tiempo a intentar enseñar a jugar al tenis a gente que preferiría estar al teléfono, viendo la tele, emborrachándose o comiendo. Me sobran los dedos de una mano para contar el número de personas que verdaderamente quieren jugar al tenis, o siquiera hacer ejercicio. Trista es una de ellas. En realidad, no es que le encante el tenis; le encanta tener buen aspecto.

Pero me lo guardo para mis adentros, porque eso es lo que hacen los amigos. No sacamos los trapos sucios a menos que nos pregunten.

La conversación se desvía al trabajo de Andy, y yo desconecto, solo pillo alguna palabra clave, porque estoy distraído con el sonido de los cubiertos de plata. Cada vez que Millicent corta un trozo de pollo a la parrilla, me la imagino asesinando a Lindsay.

—Atención —dice Andy—. Eso es lo único que les importa a las empresas de informática. ¿Cómo podemos llamar vuestra atención y que sigáis pendientes? ¿Cómo podemos hacer que paséis todo el día sentados delante de vuestros ordenadores?

Pongo los ojos en blanco. Cuando Andy bebe, suele pontificar. O aleccionar.

—Venga —prosigue—. Responde a la pregunta. ¿Qué te hace quedarte delante del ordenador?

—Los vídeos de gatos —contesto.

A Trista le da la risa floja.

—No seas capullo —replica Andy.

—El sexo —tercia Millicent—. Tiene que ser o el sexo o la violencia.

—O las dos cosas —observo.

—En realidad, no tiene por qué incluir sexo —comenta Andy—. No explícitamente. Lo que es necesario es que prometa sexo. O violencia. O las dos cosas. Y una trama: hace falta una trama. Lo de menos es que sea real o ficticia o quién la esté contando. Lo único necesario es que a la gente sienta curiosidad por qué sucede a continuación.

—¿Y cómo se consigue eso? —pregunta Millicent.

Él sonríe y traza un círculo invisible con el dedo índice.

—Con sexo y violencia.

—Eso pega con todo. Hasta las noticias se sustentan con sexo y violencia —señalo.

—El mundo entero gira en torno al sexo y la violencia —dice Andy. Dibuja el círculo con el dedo de nuevo y se vuelve hacia mí—. Tú lo sabes; eres de aquí.

—Pues sí. —Oficialmente, los Oaks es una de las comunidades más seguras del estado. Eso es debido a que todos los actos violentos se producen de puertas para adentro.

—Yo también lo sé —le comenta Trista a su marido—. Woodview no es tan diferente.

Sí lo es, pero Andy no lo rebate. En vez de eso, se echa hacia delante y le da un pico a su mujer. Al rozar sus labios, ella le toca la mejilla con la palma de la mano.

Tengo celos.

Celos de sus conversaciones triviales. Celos de su afición al alcohol. Celos de sus intrascendentes juegos preliminares y del revolcón que se darán esta noche.

—Creo que todos lo hemos pillado —comento.

Andy me hace un guiño. Miro fugazmente a Millicent, que tiene la vista clavada en su comida. Ella considera que las muestras de afecto en público son de mal gusto.

Cuando llega la cuenta, Millicent y Trista se levantan de la mesa y van al baño. Andy se me adelanta para coger el tique.

—No te molestes en protestar. La tengo —dice, repasando la cuenta—. De todas formas, sale barato quedar con vosotros. Ni gota de alcohol.

Me encojo de hombros.

—Es que no bebemos mucho.

Andy menea la cabeza y sonríe.

—¿Qué? —pregunto.

—De haber sabido que ibas a acabar siendo un padre de familia tan soso, te habría obligado a quedarte en Camboya mucho más tiempo.

Pongo los ojos en blanco.

—Ahora eres tú el que está siendo un capullo —contesto.

—Para eso estoy aquí.

Sin darme tiempo a responder nada, nuestras mujeres vuelven a la mesa y dejamos de hablar sobre la bebida. Y sobre la cuenta.

Los cuatro salimos juntos y nos despedimos en el aparcamiento. Trista dice que me verá en su próxima clase. Andy dice que él empezará dentro de poco. Trista, detrás de él, hace una mueca y sonríe. Se marchan en su coche, y Millicent y yo nos quedamos a solas. Hemos traído dos coches porque nos habíamos citado en el restaurante.

Se vuelve hacia mí. A la luz de las farolas, parece más avejentada que nunca.

—¿Estás bien? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—Sí. —Qué remedio.

—No te calientes tanto la cabeza —dice, con la mirada clavada en el mar de coches—. Todo va bien.

—Eso espero.

—Confía en mí. —Millicent alarga el brazo y me agarra de la mano. La aprieta.

Asiento y me subo al coche, pero no me voy derecho a casa. En vez de eso, paso por el hotel Lancaster.

Naomi está detrás del mostrador de recepción. Su melena oscura le cae sobre los hombros y, aunque no alcanzo a ver las pecas de su nariz, me da la sensación de que sí las veo. Me alivia contemplarla, saber que continúa trabajando en recepción y que seguramente siga inmersa en sus actividades extracurriculares. No tengo ningún motivo que me lleve a pensar que algo le ha sucedido, porque hemos acordado esperar. Echar un ojo a Naomi es irracional, pero lo hago de todas formas.

Esta no es la primera vez que tengo una actitud irracional. No he dormido bien desde que encontraron a Lindsay. Me despierto en plena noche, con el corazón desbocado, y siempre es debido a algo irracional. ¿He cerrado con llave la puerta? ¿Están pagadas esas facturas? ¿Me he acordado de hacer todas esas pequeñas cosas que se supone que tengo que hacer para evitar que la casa se incendie o que la embargue el banco, y que el coche se estrelle por no revisar los frenos a tiempo?

Todas estas pequeñas cosas me mantienen distraído de Lindsay. Y del hecho de que a estas alturas no puedo hacer nada por ella.

Capítulo 6

6

Sábado por la mañana, partido de fútbol de Jenna. Estoy solo porque Millicent tiene que enseñar una casa. El sábado es el día más importante de la semana tanto para la inmobiliaria como para las clases de tenis. También es el día más importante de la semana para las actividades de nuestros hijos. Millicent y yo sacrificamos los sábados para dedicarlos a los niños; la última vez que lo pasamos juntos fue hace más de un año, cuando Rory jugó en la final alevín de un campeonato de golf. Ahora juega —lo he llevado esta mañana temprano antes del partido de su hermana— en el mismo club donde yo doy clases de tenis. Juega al golf porque no es tenis, y me revienta en la misma medida que él pretende que lo haga.

De momento, Jenna no ha mostrado el menor indicio de la misma rebeldía. No intenta poner las cosas difíciles. Jenna hace las cosas porque quiere, no por fastidiar a nadie, y yo admiro esa virtud en ella. Además, es muy risueña, lo cual me hace corresponderle a la sonrisa y después concederle todos los caprichos. No tengo ni idea de lo que estoy pasando por alto y, como no consigo averiguarlo, Jenna me da un miedo tremendo.

El fútbol no es lo mío. No aprendí las reglas hasta que Jenna empezó a jugar, de modo que no soy de gran ayuda. No puedo decirle qué hacer o cómo mejorar, lo cual podría hacer si ella jugara al tenis. Que juegue de portera es pura casualidad, de modo que al menos sé que su cometido es evitar que el equipo contrario marque. Más allá de eso, lo único que puedo hacer es animarla.

«¡Tú puedes!».

«¡Bien hecho!».

«¡Toma ya!».

A menudo me pregunto si la estaré poniendo en ridículo. Eso creo, pero lo hago de todas formas, porque mi única alternativa es ver sus partidos en silencio. Y eso me parece cruel. Prefiero ponerla en ridículo. Cuando detiene el balón en la portería, se me va la cabeza. Ella sonríe, pero hace un ademán con la mano para decirme que me calle. En esos momentos, no pienso en nada salvo en mi hija y su partido de fútbol.

Millicent lo interrumpe mandando un mensaje.

No te preocupes.

Es lo único que dice.

En el campo, los niños están gritando. El equipo contrario intentar marcar un gol, y mi hija tiene que volver a parar el balón. Falla.

Jenna se vuelve, dándome la espalda, con los brazos en jarras. Me dan ganas de decirle que no es para tanto, que nadie es perfecto, pero eso es precisamente lo que no hay que hacer. Todos los padres dicen lo mismo, y a todos los niños les repatea. Igual que a mí de pequeño.

Jenna clava la mirada en el césped. Un compañero de equipo se acerca y le da unas palmaditas en el hombro, le dice algo. Jenna asiente y sonríe, y me pregunto qué le habrá dicho el compañero. Creo que es lo mismo que yo le habría dicho, pero le ha calado más.

Se reanuda el partido. Bajo la vista a mi teléfono. Millicent no ha escrito nada más.

Busco las noticias y se me corta la respiración.

Según el informe forense, Lindsay lleva muerta solo unas semanas.

En algún lugar, de alguna manera, Millicent la ha mantenido con vida durante casi un año.

Siento el impulso de echar a correr. Hacia dónde, qué sé yo. Da igual. Para hacer qué, no tengo ni idea. Sencillamente siento el impulso de echar a correr en cualquier dirección.

Pero cómo voy a dejar a Jenna aquí, sola en un partido de fútbol sin nadie que la anime. No puedo dejar tirada a mi hija. Ni a mi hijo.

Cuando termina el partido de Jenna, recojo a Rory en el club y los tres nos tomamos la consabida pizza después del deporte y a continuación yogur helado. Me cuesta centrarme en la conversación. Ellos lo notan, porque son mis hijos: me ven todos los días y saben cuándo algo va mal. Esto me hace plantearme qué pensarán de Millicent.

Salvo que ella nunca da muestras de que algo vaya mal. Este último año ha estado especialmente tranquila, que ya es decir. Mencionó lo de buscar a la siguiente mujer hace un mes.

Todo encaja. No mencionó a la siguiente hasta que mató a Lindsay.

Para mí, el año pasado estuvo lleno de trabajo, de actividades de los niños, de tareas domésticas, de discusiones por las facturas y de viajes para lavar el coche. Nada fuera de lo común. Ningún evento, día, acontecimiento que vaya a recordar en los próximos veinte, treinta o cuarenta años. El equipo de fútbol de Jenna estuvo a punto de clasificarse para la final de la ciudad, pero no fue así. Millicent tuvo otro buen año en el trabajo. El precio de la gasolina subió y luego bajó, las elecciones municipales llegaron y pasaron, y mi tintorería favorita se fue a pique y tuve que buscarme otra.

O igual la tintorería cerró hace dos años. Todo se mezcla.

En el transcurso de ese tiempo, Millicent mantuvo con vida a Lindsay. La mantuvo en cautividad.

Las imágenes que me vienen a la cabeza oscilan desde perturbadoras a atroces. Visualizo el tipo de cosas de las que he oído hablar en las noticias, cuando localizan a mujeres tras pasar años confinadas a merced de algún desequilibrado. Jamás he oído que una mujer haya hecho esto. Y, como hombre que soy, me resulta inconcebible hacerlo yo.

Dejo a los niños en casa y voy en coche a la casa que Millicent está enseñando. Se halla a escasas manzanas de la nuestra; tardo cinco minutos. En la puerta hay dos coches; el suyo y otro, un todoterreno.

Espero.

Al cabo de veinte minutos, ella sale de la casa con una pareja más joven que nosotros. La mujer tiene los ojos muy abiertos. El hombre está sonriendo. Cuando Millicent les estrecha la mano, me ve con el rabillo del ojo. Noto que sus ojos verdes se posan en mí, pero no se inmuta, no interrumpe sus fluidos movimientos.

La pareja se dirige a su coche. Millicent se queda en la puerta de la casa, observándolos mientras se marchan. Hoy va vestida de azul marino, con falda ceñida, zapatos de tacón y una blusa de raya diplomática. Lleva su melena pelirroja lisa y cortada a ras de la mandíbula. La tenía mucho más larga cuando nos conocimos y ha ido menguando cada año, como si se hubiera comprometido a cortarse unos milímetros en intervalos regulares. No me sorprendería enterarme de que es precisamente lo que ha hecho. A estas alturas dudo que me sorprenda algo relativo a Millicent.

Ella aguarda hasta que el todoterreno se aleja antes de volverse hacia mí. Salgo del coche y me dirijo a la casa.

—Estás de mal humor —dice.

Me quedo mirándola.

Hace una seña hacia la casa.

—Vamos adentro.

Entramos. El recibidor es enorme; los techos superan los siete metros. De nueva construcción, igual que la nuestra, con la diferencia de que esta es aún más grande. Todo es abierto y diáfano, y todo conduce a una gran sala, que es adonde nos dirigimos.

—¿Qué le hiciste? Durante un año, ¿qué hiciste?

Millicent niega con la cabeza. El pelo le ondea de un lado a otro.

—Ahora no es el momento.

—Tenemos que...

—Aquí no. Estoy esperando a una cita.

Echa a andar, y la sigo.

Unos meses después de casarnos, Millicent se quedó embarazada. En cierto modo nos cogió por sorpresa, porque nos habíamos planteado esperar, aunque no firmemente. No siempre teníamos cuidado a la hora de usar protección. Habíamos barajado varios métodos anticonceptivos, pero siempre recurríamos a los preservativos. A Millicent no le hacía gracia tomar nada con hormonas. Se ponía demasiado sensiblera.

Cuando Millicent tuvo un retraso, ambos sospechamos que estaba embarazada. Lo confirmamos con una prueba de embarazo en casa y otra en la consulta del médico. Aquella noche, me desvelé. Nos quedamos levantados un buen rato, sentados en nuestro sofá de segunda mano en nuestra casa de alquiler, que estaba hecha polvo. Me acurruqué junto a ella, con la cabeza apoyada en su barriga, y empecé a darle vueltas a la cabeza.

—¿Y si la cagamos? —comenté.

—No lo haremos.

—Necesitamos dinero. ¿Cómo vamos a...?

—Nos apañaremos.

—No me conformo con apañarnos. Quiero prosperar. Quiero...

—Lo haremos.

Levanté la cabeza para mirarla.

—¿Por qué estás tan segura?

—¿Por qué estás tú tan inseguro?

—No lo estoy —repliqué—. Solo estoy...

—Preocupado.

—Sí.

Ella suspiró y me empujó con delicadeza la cabeza para que volviera a apoyarla en su barriga.

—Déjate de tonterías —dijo—. Nos irá fenomenal. Nos irá de maravilla.

Minutos antes, me había sentido más como un niño que como un futuro padre.

Ella me infundió fortaleza.

Ha llovido mucho desde aquellos primeros tiempos en los que vivíamos con estrecheces. Yo había vuelto a la universidad para sacarme el Máster en Administración de Empresas, pero me pilló a medias cuando se quedó embarazada. Como necesitábamos dinero, dejé el curso y retomé lo que mejor se me daba: el tenis. Era mi único don, lo que se me daba mejor que a cualquiera del entorno en el que me había criado. La cancha de tenis era donde yo despuntaba. No lo bastante como para hacerme profesional, pero sí lo suficiente como para dedicarme a dar clases.

Cuando conocí a Millicent, ella acababa de terminar un curso de agente inmobiliario y estaba estudiando para presentarse al examen. Una vez que aprobó, tardó un tiempo en empezar a vender, pero lo hizo, incluso embarazada, incluso cuando los niños eran bebés. Y ella tenía razón: nos fue bien. Nos va de maravilla. Y, que yo sepa, todavía no la hemos cagado con los niños.