Cuando regresas al lugar de tu infancia todo te parece más pequeño. Las proporciones cambian, sobre todo las emocionales. Por eso nuestros cuatro protagonistas nunca sospecharon que después de veinte años, en el perímetro de un kilómetro escaso que una vez fue su universo, volverían a vivir una aventura como cuando jugaban a resolver misterios en la plaza.

La plaza… Había sólo cuatro en el mundo con ese nombre, pero, de todas, la plaza de Oriente de Madrid era la única orientada a Occidente como una brújula estropeada. Quizá por eso a lo largo de los años fue uniendo tanto como desorientó a quienes la habitaron. Gracias a eso también les regalaba delirantes atardeceres con los que soñar o enamorarse.

Lo que no es casualidad es que el teatro naciera de un ágora. Y en ésta no sólo se alzaba un gran teatro, sino que, con el paso de los siglos, la propia plaza había conservado su espíritu teatral, atrayendo a su interior a pequeños y grandes personajes. Podría afirmarse que cuando sus vecinos salían a la calle lo hacían como quien sale a escena, conscientes de que la luz que proyectaba sobre ellos era bellísima pero implacable en cualquier época del año, dispuesta a iluminarlos con detalle en cada situación, con un aura de irrealidad que les obligaba a vivir en los límites del drama y la comedia.

El universo siempre tiene un plan.

Hay quien piensa que, nos depare lo que nos depare la vida, nuestro destino acaba encontrándonos. O más que el destino, en el caso de esta historia, las conversaciones pendientes.

MÓNICA

Cuidado con la Fiera

Al principio el sospechoso no advertía que el animalito se le había acercado. Sus dos kilos de peso y el palmo de altura que levantaba del suelo no eran precisamente lo que uno esperaba de un perro policía, por mucho que pareciera un rottweiler a escala bonsái. De hecho, cuando la sorprendían olfateando a su lado solían gastar una broma: «Uy…, cuidado con la Fiera».

Entonces comenzaba la acción.

Mónica no lograba acostumbrarse a ese momento y lo disfrutaba como una película de estreno, si no fuera porque ese día y con un sentido de la oportunidad insuperable, aparecieron en la pantalla de su móvil una cadena de insistentes llamadas perdidas de su madre. Cinco, esta vez. No era lo que necesitaba la primera de nuestras protagonistas aquella mañana plúmbea en el aeropuerto de Barajas. Lo que necesitaba era un ibuprofeno y que Antolián dejara de mirarle el culo. Pero ya hablaremos de Elisa enseguida. De momento sigamos a Mónica y a su compañero hasta la sala de registros.

Por lo general, si se trataba de un traficante minorista o principiante, el sospechoso cometía el error de intentar sobornar a la perrita con monerías o le ofrecía algo de comida. Entonces Fiera se limitaba a fijar los conguitos negros que tenía por ojos en su dueña solicitando información.

—Por favor, no toque al perro. —La voz del agente retumbó en la salita.

Sentado a su lado, un atento pastor alemán. Entonces Mónica le quitaba la correa a la pequeña y pronunciaba el primer comando: «Fiera, busca». Cuando empezaba a escarbar con determinación en el equipaje, cuando con dos ladridos tajantes anunciaba el lugar donde los agentes deberían abrir, era cuando el sospechoso se solía romper.

Como ocurrió precisamente esa mañana en el aeropuerto de Madrid, aunque el hallazgo esta vez era de sobresaliente. Al igual que en otras ocasiones, según escuchó la orden, Fiera desplegó sus orejas de gremlin hacia fuera y meneó la trufa hasta que la sintió esponjarse. Enseguida identificó ese olor picante muy parecido al de su dueña cuando tenía fiebre. Sin dudarlo un instante, se lanzó sobre el portatrajes del hombre y cavó con sus pezuñas la cremallera como si estuviera a cámara rápida, hasta que cedió.

Dentro, un aparatoso traje de torero.

El hombre con barriga de embarazado empezó a sudar como un botijo:

—Venimos de una corrida en México. Acompaño a la cuadrilla —explicó.

Los otros dos le observaban atónitos mientras la chihuahua repasaba con ansiedad de diseñador cada costura y bordado de la chaqueta, hasta que pareció llegar a una clara conclusión y, sin pensárselo dos veces, le hincó los dientes al forro con saña.

—Pero ¿qué hace ese bicho asqueroso? ¡Eso vale una millonada! —intentó espantarla, pero le ordenaron sentarse—. ¡No lo entienden!, ¡me van a despedir!

—Estoy de acuerdo en todo: vale una millonada y le van a despedir —dijo Mónica, y luego añadió al agente—: Está dentro del forro y casi podría asegurar que si lo laváis en seco saldrán un par de kilos más por impregnación.

Antolián sonrió de medio lado.

—Entonces lo llevaremos a una tintorería de confianza… —dijo mientras lo esposaba.

El móvil volvió a vibrar con intransigencia: «Mamá», indicaba la videollamada. Mónica colgó apresuradamente; mira que se lo tenía dicho, que preguntara antes de utilizar la cámara. Se sopló el flequillo; además, sabía muy bien que estaba en el trabajo… Respiró hondo y le hizo una carantoña a su perra en la redonda cabecita, gesto que agradeció con un estiramiento de satisfacción a dos patas sobre su gemelo derecho. Había estado chupado, pensó ésta orgullosa. Escarbar en las maletas siguiendo ese rastro amoniacado era casi tan divertido como extraer galletitas de salmón del juguete que Mónica le escondía por toda la casa.

Llegados a ese punto, el detenido solía empezar a echar el muerto a otro y reclamaba un abogado. Pero en esta ocasión, después de que Fiera le olisqueara las manos gruñendo entre dientes, después de que con otros dos concluyentes ladridos alertara a los agentes para que desmontaran la muleta en la que se apoyaba y encontraran el tubo lleno de las consiguientes bolsitas, acabó por incriminarse. Luego aseguró que le habían convencido para hacer de mula. Vaya, qué decepción, pensó Mónica, después de lo original que había sido el transporte.

Los buenos, al menos de momento, salieron de la habitación de registros tras sus dos triunfantes canes. Dentro, el malo, o quizá sólo el torpe, seguía jurando en arameo.

—¿Quién es la más lista…? —canturreó el agente y se dobló por la cintura sobre la chihuahua, quien dio un respingo receloso hacia atrás.

Su dueña se cruzó de brazos y meneó la cola de caballo hacia los lados como si fuera a relinchar.

—No hagas eso. No la levantes del suelo, no la abraces, es un perro. Y es un agente. No le gusta.

—Es que me pone esos ojitos…

—Sí, pero ha detenido más gente que tú este año.

Antolián se incorporó obediente y entonces confesó que le recordaba a su Atenea. Mónica abrió los ojos de par en par: ¿su chica nueva se llamaba Atenea? Él estornudó varias veces seguidas mientras asentía, de hecho, sólo le hizo falta decirle su nombre para ligárselo, admitió, qué le iba a hacer si le gustaba que le dieran guerra, y, dicho esto, desapareció tras ese enorme pañuelo que a Mónica siempre le daba grima. Por todos los dioses, se preguntó la entrenadora, ¿quién utilizaba pañuelos de tela hoy en día y sobre todo después de una pandemia? A continuación, Antolián empezó a sonarse como una trompeta y aseguró gangoso que esta primavera lo iba a matar… Estornudó de nuevo. ¿Quién? ¿Atenea?, dijo la otra con malicia. ¿En serio? ¿Tan fogosa era?

Lo era, aseguró él, y tiró con fuerza de su perro, quien insistía en arrastrarle hasta una bolsa de patatas sin dueño. ¿No tendría un antihistamínico?, suspiró con cansancio, y luego:

—No lo entiendo, ¿por qué Sherlock no ha detectado nada?

Mónica le dirigió una mirada al perro y éste, al sentirse protagonista por fin, arrimó su largo hocico castaño para regalarle un lametazo en los dedos. Cómo le gustaba su sabor. Ella siempre sabía a esa embriagadora colonia de lavanda.

—Tranquilo, sólo te falta trabajar más con él —mintió a medias—. Hoy ha estado muy atento. Seguro que ha aprendido mucho. ¿Un café?

Caminaron arrastrando los pies por el suelo espejado hacia el Starbucks.

Él, admirado, impaciente, seguía el trote feliz de aquel caballo liliputiense.

—¿Cómo lo hace ella? —dijo.

Mónica le devolvió un gesto interrogante.

—¿Fiera? —La pequeña se volvió como un soldadito—. Siempre ha tenido mucho instinto para los narcóticos. Quién sabe, quizá a Sherlock se le dé mejor localizar restos humanos o billetes de curso legal…

Antolián se encogió como un erizo.

—Ya, pero a mí no… Ni siquiera puedo levantar el cadáver de una paloma sin que se me revuelvan las tripas.

Siguieron caminando. Fiera encabezaba la comitiva unos pasos por delante de Sherlock y, de cuando en cuando, se sacudía aparatosamente tanto estímulo olfativo sin imaginarse que muy pronto compartiría con su dueña su primera experiencia localizando a un «no vivo». De momento sólo sabía que la palabra «metanfetamina» olía azufrada como las cáscaras de huevo que se quedaban en el fondo del cubo; «crack», como el comedero de plástico calentado al sol; «cocaína» significaba el olor penetrante de cuando la subían a esa casa con ruedas y por arte de magia aparecían en otro lugar; y «heroína» era dulce y ácido a la vez, parecido al de esas bolitas verdes que rodaban de cuando en cuando por el suelo de la cocina y que ¡NO, FIERA!, NO SE COMEN.

A continuación no le quedó más remedio que salir al paso de un grupo de humanos claramente sospechosos que venían de frente para ladrarles como una posesa.

—¿Los paro? —dijo Antolián.

—No. —Dio un tironcito de la correa—. Stop, Fiera.

Antolián llamó la atención sobre la cresta punki que le había brotado a la chihuahua desde la cola hasta la cabeza, ¿eso era normal?, mientras Mónica intentaba disimular aquel episodio de ira espontánea acariciándole el pelaje encrespado. Era consciente de que aquello aún no lo podía controlar. Su animadversión profunda a las cabezas demasiado redondas: ahí entraban calvos, rapados, budistas, motoristas con casco y, por lo visto, ahora también los hare krishna como los que cruzaban el área de recogida de maletas. Pero, naturalmente, eso no se lo podía contar a Antolián. Se le caería el mito si supiera que, con un criterio tan discutible, todos ellos eran, ante la mirada escrutadora de su compañera, sospechosos sólo por existir.

Su madre escogió ese momento para volver a reclamar atención telefónica. Llevaba seis llamadas. Eso quería decir que aún le faltaban dos o tres para claudicar y muchas más para superar su propio récord. Un par de horas después volvería a la carga y, ahí sí, Mónica podría descolgar. De momento debía concentrarse en hacer la ronda con su asesorado, aunque no iba a conseguirlo del todo. En los últimos tiempos le pesaba no estar tan disponible la mayor parte del día. Llamaba a su madre al derrumbarse sobre el colchón, cuando ya le costaba encontrar las palabras entre las sábanas, y las visitas del fin de semana se habían reducido a picar algo juntas siempre en los mismos lugares mientras contestaba wasaps. Eso sí, pronto podría compensarla. Le quedaba sólo un mes de prácticas del máster para ser oficialmente entrenadora de perros especiales y entonces tendría más tiempo para todo.

Buscó con la mirada a Antolián, quien se alejaba persiguiendo a Sherlock, que corría arrastrando la correa directo hacia el McDonald’s. Unos segundos después empezaron a escucharse gritos que salían de la cocina.

Mónica suspiró.

No era justo… ¿Por qué Antolián pudo presentarse a las oposiciones y ella no? ¿Sólo por ocho centímetros? No, no era justo que ocho centímetros decidieran el destino de nadie…, aunque al menos había conseguido un nombre como entrenadora de la unidad canina.

Sólo le hacía falta ese título de especialización… y un buen caso.

Eso sería perfecto. Podría dejar de trabajar en el aeropuerto, pensó sujetándose la crin negra e indomable de nuevo en la coleta; podría dejar de chuparse el atasco de dos horas; podría tumbarse a retozar media horita para releerse por enésima vez a Raymond Chandler mientras Fiera disfrutaba de uno de esos huesos de pollo que le gustaba roer con devoción.

Un caso de verdad, se puntualizó a sí misma.

Y le hizo un gesto con la mano a Antolián cuando lo vio salir de la hamburguesería pidiendo disculpas y riñendo a Sherlock, que masticaba comida rápida a dos carrillos. Los aeropuertos no tenían misterio ni crímenes con estilo, siguió barruntando mientras los veía acercarse. Los narcos no poseían el glamour de los viejos mafiosos, no, ni siquiera versionados por Netflix: vivían en la Costa del Sol y eran los pobres desgraciados a los que pillaban en Barajas quienes acababan en la cárcel en su lugar a cambio de unos cientos de euros.

Antolián dio una orden a su perro, pero éste ni se movió. Mónica le dirigió una mirada llena de paciencia, sólo había que ser un poco más firme. Se volvió hacia Fiera, «busca», y ésta salió de estampida seguida por su atolondrado compañero a hacer la tradicional ronda de rastreo papelera por papelera.

—Lo he buscado en Google y no hay muchos perros poli de su raza —dijo Antolián ya con gesto de grupi—. Porque es una chihuahua, ¿no?, tricolor, cabeza de manzana…

—Es una sin papeles —respondió Mónica, observando orgullosa el exhaustivo registro de su pequeña.

A veces aún soñaba con el día en que la encontró.

En realidad estaba buscando un collie o un rottweiler para entrenarlo con sus propios métodos y, sin embargo, su compañera de fatigas había terminado siendo aquella chihuahua diminuta y sobreactuada que olía a palomitas de maíz y ronroneaba como un gato cuando le rascaba detrás de sus desproporcionadas orejas. Pero todo esto tiene un porqué. Desde pequeña a Mónica le habían gustado los animales casi tanto como el misterio, por eso su sueño siempre fue ingresar en el Cuerpo para más tarde especializarse en la policía montada. Pero ya sabemos que la edad es un traductor implacable al idioma de la realidad y, al crecer, parece que no lo hizo lo suficiente y se dio de bruces con sus limitaciones físicas: demasiado bajita, demasiado delgada; en resumen, pequeña. Ése fue el motivo de que se formara como entrenadora de perros de seguridad, para estar cerca de casos interesantes, aunque fuera desde la barrera. Quién le iba a decir la noche en que la avisaron para desmantelar un criadero ilegal a las afueras de Madrid que encontraría a su alter ego: la única cría superviviente de aquel infierno de cachorros enfermos o muertos, todo ojos brillando al contacto con su linterna entre periódicos mojados. Según la tomó en sus brazos, aquella ratita de escasos cuatrocientos gramos se le acurrucó temblorosa dentro de su abrigo y ya no pudieron separarse más.

No estuvo segura de que era un perro hasta que ladró.

También recordaba las risas socarronas de sus compañeros en el coche de vuelta cuando preguntó si podía quedársela; sin duda había encontrado un perro de su tamaño, se pitorrearon.

Ya en casa y observando su aspecto con más detenimiento, valoró dos nombres: Gizmo o Baby Yoda. Pero al día siguiente, al descubrir que era hembra y, sobre todo, cuando intentó saltar desde sus brazos para protegerla de un sorprendido y aterrado pitbull que esperaba su turno de vacuna en el veterinario, decidió que se llamaría Fiera. Obviamente, esto no hizo decrecer las burlas en la comisaría, y arreciaron el primer día que la vieron aparecer con la extraña criaturilla asomando por la cremallera de su mochila: «Cuidado con la máquina de matar», dijeron unos. «Yo me he comido filetes más grandes», se rieron otros. Y, mientras todos reían, su pertinaz dueña se dedicaba a hacer averiguaciones sobre su nueva compañera: que pertenecía a una raza muy antigua mexicana, que tenía un parentesco cercano con el lobo, como indicaba el quinto dedo de sus pezuñas, y que era un perro de presa, sólo que… pequeño.

Aquel último dato le dio la idea.

Te educaré para que nadie se ría de ti por pequeña, pensó. Demostraría que Fiera no era un perrito de bolso, que podía ser un buen perro policía y que ella era una buena entrenadora y su digna compañera.

Cuánto instinto en apenas un kilo de perro, pensó el día que escuchó a la cachorra aullar, hocico en alto, al paso de una ambulancia. Luego llegaron las jornadas de running por el parque del Oeste, con un extremo de la correa atada a su cintura y el otro prendido a aquella pulguita que brincaba a su lado; la perrita tumbada sobre su tripa, acompasándose con su respiración mientras hacía abdominales; cuando se percató de que imitaba sus estiramientos de yoga y la tarde en el café Garibaldi en que aquel tipo cometió el error de deslizar su mano dentro de la mochila equivocada y algo inesperado y rabioso que había oculto en su interior le sacudió tal dentellada de cepo que le hizo salir aullando desconcertado y sin su botín. Fiera también emergió para ladrarle enloquecidamente mientras huía. Por aquel gesto tan característico, durante un tiempo la apodaron en la comisaría el «perriscopio». Ahora ya había probado la sangre…, había dicho Antolián muerto de risa al enterarse.

El caso es que, como la ley no decía nada sobre el tamaño de los perros cadete, al contrario que Mónica y contra todo pronóstico, Fiera sí consiguió pasar los exámenes y ahora era la única chihuahua policía del Cuerpo. Su especialidad, los estupefacientes y, si todo salía bien, tras ese periodo de prácticas, ayudaría a prepararse a otros canes aspirantes a la unidad para distintas misiones. De momento, Mónica empezaba a percibir la admiración que despertaba a su paso cuando aparecía por el aeropuerto. Ya se había corrido la voz de que a esa pequeñaja no se le pasaba una.

Un largo gruñido y, tras él, la chihuahua salió despedida a increpar al operario que empujaba esa indignante cadena de carritos portaequipajes.

—Si yo tuviera la mitad de su autoestima, ya sería comisario —dijo Antolián, y brindó con su café.

El móvil brilló de nuevo dentro de la mochila de Mónica. Seis llamadas perdidas. La única forma de parar aquel crescendo era descolgarlo para escuchar un «qué tal hoy, cariño, ¿qué haces?». A lo que ella respondería con un suspiro: «Trabajar…, mami. ¿Es urgente o te llamo a la hora de comer?», algo que no iba a satisfacer la necesidad de parloteo de una y dejaría a Mónica con un sabor agrio en la boca.

Pero ese día iba a ser distinto.

—Vamos, mujer…, que madre no hay más que una. —Antolián le guiñó un ojo.

—Afortunadamente. —Le dio un sorbo a su café solo antes de descolgar—: Mamá, perdona, pero tengo que ponerte un momento en espera, justo me están llamando de la comisaría.

Sonó a excusa, pero no lo era. Pulsó el botón verde para recibir la voz de Curro:

—Mónica, por fin, llevamos un buen rato intentando localizarte —carraspeó—. Verás…, estamos en casa de tu madre.

Ella activó el manos libres.

—Anda, gástale la bromita de las once y media a Antolián. —Y sonrió a su compañero—. No voy a picar. La tengo en otra llamada.

—Entonces habla con ella —insistió el otro con un tono más grave que de costumbre.

Mónica sintió una extrasístole en el corazón.

—¿Qué ha pasado? ¿Está bien?

—Habla con ella, por favor.

Mónica tanteó el móvil torpemente intentando volver a la llamada anterior.

—¿Mamá?

—¡He intentado dar contigo, pero como nunca lo coges…!

Su voz amplificada por los nervios hizo que se volvieran las cabezas de varios viajeros. Fiera se acercó a su dueña alarmada por semejante descarga de adrenalina.

—Mamá, ¿estás bien?

—Yo sí, pero te aseguro que el hombre que está en mi cuarto de baño no.

Antolián se acercó a su compañera.

—¿Qué hombre, mamá? —Se masajeó la nuca con ansiedad—. ¿Qué ha pasado?

—No lo sé. —La escuchaba respirar con fatiga—. ¡Estoy harta de decirle a todos que no lo sé!

—Está bien, tranquila, tranquila. Voy para allá.

Media hora más tarde, Mónica y su perra entraban en la casa de Elisa, donde la policía ya había colocado un precinto.

Las bañeras tienen gafe

—El perrito no puede entrar.

Mónica levantó la barbilla y la aludida, el hocico.

—El perrito es un agente de la ley y esa señora de ahí es mi madre.

El poli con aspecto de pera —hombros escurridos, culo gordo, penacho de pelo negro encrespado sobre la calva— se apartó. Al fondo su superior le hizo un gesto para que les dejara pasar.

Llegados a este punto creo que es importante que le pongamos algo de música a esta escena. Desde luego no sería dramática, como mucho un jazz noir algo dicharachero, porque lo que iban a vivir allí dentro lo recordaría Mónica como una secuencia de Se ha escrito un crimen. Lo primero que vio fue a Elisa sentada en su trono de mimbre estilo setentero herencia de Emmanuelle, con su eterna taza de café entre las manos como si estuviera viendo CSI, la gabardina aún puesta y la manta escocesa del sillón sobre las rodillas aunque no hacía frío.

—Mamá…, ¿estás bien?

Fiera también se precipitó a los pies de la mujer moviendo el rabo como un parabrisas. A Elisa se le iluminó la mirada como cualquier otro día en que aparecían por sorpresa a merendar.

—Hola, cariño… —y luego a la perra con dulzura—, pero si es «el personajillo»…

Mónica la abrazó y después estrechó la mano del agente. Más adelante sólo recordaría eso, su mano, porque parecía de hombre lobo, velluda, de huesos grandes y animalescos.

Tras saludar, «La mano» se alzó en el aire y dijo:

—Ya me han avisado en la comisaría de Leganitos que es una de nuestras colaboradoras. Así que no hace falta que le advierta que en este caso no puede involucrarse.

Mónica asintió nerviosa, ¿este caso?, ¿qué caso? Fiera, también inquieta, optó por lo más urgente: subirse sobre los muslos de Elisa, mucho más mullidos que los de su dueña, con la intención de lamerle de forma aparatosa esas comisuras de los labios que siempre sabían dulce. Estaba segura de que las calmaría a las dos. Desde su atalaya de la estantería, Isis también se hizo presente con un prolongado bufido por todo saludo que estremeció a Antolián cuando éste entró por la puerta, ¡vaya pedazo de gato!, comentario que la aludida agradeció, recogiendo con suficiencia la cola alrededor de su cuerpo aleopardado como si fuera un chal.

Elisa respondió a su gata con un gesto de tranquilidad que la diosa recibió entornando los ojos.

—No hace nada —aseguró—. Es sólo que las dos estamos un poco nerviosas.

La perra siguió enfrentando su mirada muy abierta a los ojos amarillos de la felina, cuyas pupilas eran ahora dos inquietantes grietas al impacto de la luz. Resultaba imposible comunicarse con esas bestias sin evolucionar, pensó; e Isis, como decretaba su estatus de deidad, se limitó a vigilar desde las alturas a ese ser tan terrenal y sumiso como su dueña.

—¿Puede acompañarme? —preguntó «La mano» con un gesto de invitación.

Mónica y Antolián la siguieron por el largo pasillo que conducía al dormitorio principal. Ya conocía los protocolos, le susurraba Antolián a su espalda sin saber lo que iban a encontrarse, no podían tocar nada. Allí, otra policía con una pesada coleta larga y rubia se inclinaba sobre la bañera sujetando una cámara manual. La luz del sol se colaba por la vidriera que daba al patio de luces despidiendo balas de colores. Por un momento a Mónica le pareció una sesión de fotos de una revista de moda, si no fuera porque la rigidez del modelo permitía una sola pose. Recordaría la escena en el siguiente orden: el olor a pollo chamuscado, la cabellera espesa y rizada sobre el borde de la bañera, el brazo granate desmayándose hasta el felpudo y una copa estrellada sobre ese mármol dorado que su madre tardó un lustro en escoger.

—La hostia… —escuchó decir a Antolián.

A Mónica se le quedó el corazón en pausa.

—Pero… ¿quién es? —consiguió decir con el aire que le quedaba.

—¿Tampoco lo reconoce? —«La mano» señaló el rostro congestionado, luego la invitó a observarlo desde otro ángulo—. ¿Está segura? Por favor, fíjese bien.

Ella asintió y luego negó contradictoriamente con la cabeza mientras sus ojos negrísimos continuaban diseccionando la escena: otra copa sobre la encimera, de esa cristalería que su madre sólo sacaba en Navidad, aún conservaba el vino; el hombre, de unos treinta y tantos, con los ojos aún entornados en un extraño gesto de meditación; la boca congelada en una sonrisa plácida y la piel de turista achicharrado en Benidorm. El albornoz gris perla de su padre en el suelo… Fiera se acercó a él y lo olfateó como si quisiera encontrarlo dentro. ¿Qué significaba todo eso? Luego merodeó alrededor de la bañera, hocico en alto, hasta casi rozar el dedo índice del muerto. Un escalofrío recorrió su cuerpecillo oscuro hasta transformarse en un gruñido sordo. A continuación fue dando pequeños pasitos hacia atrás y se sentó sobre la zapatilla de su dueña.

Ese olor a flores marchitas le traía aciagos recuerdos del criadero donde nació. Su memoria buscó en todos sus archivos olfativos. Qué sensación más extraña y más nueva. Lo conocía, pero no lo conocía.

—Su madre dice no conocer a la víctima —comenzó «La mano» mientras la invitaba con amabilidad a volver al salón—. Parece ser que la noche de ayer y la anterior la pasó en la casa de campo de una amiga…

—Sí, de Margarita —confirmó Mónica—. Una de sus amigas más íntimas. Me llamó a eso de las once desde allí. Pero, discúlpeme, ¿se sabe quién es y cómo entró aquí?

«La mano» entornó la puerta del salón.

—Sólo tenemos su documentación. Un pasaporte de doble nacionalidad, mexicana y española. De momento únicamente sabemos de él que se dedicaba a pasear a los perros del barrio. —Se volvió hacia la chihuahua—. ¿Paseaba también a la suya?

—No, yo no vivo aquí desde hace veinte años. Mi madre era canófoba hasta que la adopté.

«La mano» se zambulló en el bolsillo y escarbó como si buscara algo. Nada encajaba, comentó, pero no había signos aparentes de violencia. El cargador del móvil aún estaba enchufado y el dispositivo había sido encontrado dentro de la bañera. Obviamente iba a ser analizado, aseguró. Todo indicaba que se había electrocutado aunque ya lo confirmaría la autopsia. Elisa había relatado que, cuando abrió la puerta, le extrañó que la casa estuviera a oscuras. Comprobó que había saltado el automático en el cuadro de luces de la puerta. Lo que daba fuerza a la tesis del cortocircuito, dijo. No fue hasta llegar al dormitorio cuando encontró a aquel hombre. Pero nada de esto explicaba, según «La mano», qué hacía allí ni cómo había entrado, puesto que la puerta estaba cerrada con llave…

—Y no se ha encontrado la llave —añadió mostrando su palma abierta con incomprensión y empujó la corredera.

Dentro del salón, Mónica pudo escuchar la voz afinada de su madre con un extraño relax.

—Es mi hija, la que le he contado que siempre quiso ser policía.

—No es verdad —se apresuró a rectificarla con una sonrisa de hurón y caminó dentro de la estancia.

Elisa dio dos palmaditas en el sofá para que tomara asiento a su lado e insistió:

—Sí lo es, siempre lo decías de pequeña. —Y luego a los agentes—: Era de graciosa…

—Mamá, por favor… —Y a continuación al policía—: Yo no daba la talla.

—Bueno —dijo el agente pera casi compadeciéndola—, no sea tan dura consigo misma.

—No lo soy, es literal. No llego al uno sesenta y cinco.

Elisa señaló con pose de descubridor el marco de la puerta donde se apreciaban algunas señales pintadas con lápiz, vaya que no, si lo sabría ella, que estuvo midiéndola dieciocho años, y apuró los posos de su café soluble.

—Yo nunca he medido uno sesenta y cinco, mamá…

—Pues no lo entiendo, hija. Habrás encogido.

Mónica sujetó una gran cantidad de aire en los pulmones y llamó a la perra, quien enseguida se presentó marcial a sus pies. Llegados a ese punto y quizá por echarle una mano, Antolián creyó necesario explicar que Mónica era una de las mejores entrenadoras de la unidad canina; la mejor, matizó Elisa.

—Y ella es antidrogas —siguió su compañero señalando al animal y guiñó un ojo a Elisa—. La mejor.

«La mano» emergió del bolsillo, lanzó un índice al aire y opinó que, en ese caso, quizá les podría venir bien que el perro se diera una vuelta. Ya que estaba allí. Por si se les había pasado algo. De modo que, nada más escuchar la orden, Fiera desapareció nariz en suelo, siguiendo lo que parecía un rastro por el pasillo.

—Pero, señor… —protestó el agente pera—. Es un chihuahua… y, por otro lado, si la perra tiene una relación emocional con la sospechosa, ¿no será poco objetiva?

«La mano» hizo crujir sus nudillos uno a uno, y por un momento pensaron que iba a impactar en la jeta del agente, ¿eso lo había dicho en serio?, le preguntó con una lentitud inquietante. Además, la señora no era «sospechosa», comentario que Elisa agradeció, sonriéndoles con ternura maternal. Luego se llevó a Mónica aparte y llamó a Antolián.

—Mire… —dudó un instante—. Mónica, ¿verdad? Entre nosotros, las bañeras tienen gafe y más en la era del selfi.

Y tanto que lo tenían, refrendó su compañero como una voz en off, habían sido el féretro de muchas celebridades: Jim Morrison, Whitney Houston, Al Capone… «La mano» le interrumpió con un gesto y continuó:

—Esto parece un accidente de libro. Pero, evidentemente, nuestro deber es investigar cómo entró aquí y para qué.

Podía ser un inmigrante que entró a robar… o un okupa, especuló. En ese barrio empezaban a ser una plaga… Entonces «La mano» pareció advertir que a Mónica su comentario le había incomodado porque rectificó: quería decir que los okupas empezaban a ser «habituales». Que no le entendiera mal, dijo con tono de disculpa. Quizá vigilaba varias casas y había visto a su madre sacar el coche y su bolsa de viaje dos días atrás… Quién sabía.

—Vamos, que ha entrado con la intención que fuera y le ha dao un zocotroco —resumió Antolián.

Si el resultado de la autopsia confirmaba la electrocución y no encontraban motivos para pensar que había sido asesinado, lo más normal era que se cerrara el caso, siguió el inspector. Las molestarían lo menos posible.

Mónica se volvió hacia su madre. Ésta posó la taza sobre la manta y le devolvió una mirada indefensa. Era importante que observaran si les faltaba algo, siguió escuchando al agente muy lejos, algunos ladrones firmaban sus robos con una acción en la casa: unos se meaban sobre las alfombras o dejaban una pintada…, puede que a éste le gustara montarse una fiestecita en la casa robada.

—Entonces, me ha dicho que está casada, ¿verdad? —preguntó «La mano» a Elisa.

—No estoy muy segura.

—¡Mamá! —protestó Mónica, y luego al agente—: Sí, mi padre está en Cádiz, en la casa que tenemos allí. De vacaciones.

—Permanentes —añadió Elisa torciendo la boca.

—Se escapa… —continuó Mónica.

—Literalmente —la interrumpió de nuevo.

—¡A navegar! —dijo, intentando acabar la frase—. Porque le relaja.

Y le lanzó una mirada parricida a su madre.

Según Elisa, tampoco había podido localizarlo aún. Estaría en altamar sin cobertura, le disculpó su hija. A lo que Elisa respondió que era él quien estaba sin cobertura desde que se jubiló.

—Creo que me está subiendo la tensión —proclamó abanicándose con la mano y tirando a un lado la mantita—. ¿Puedo pasar al baño? Quiero decir al que no está «okupado».

Aquélla había sido una broma de mal gusto, también su retintín. Sin embargo, su hija observó cómo los agentes reprimían una sonrisa. Luego la escucharon charlotear con la policía que estaba en el pasillo. Fiera había vuelto de hacer la ronda aparentemente sin novedades porque se subió de un salto al sofá y se tumbó tras comprobar qué cojín le habían dejado caliente. Sí, allí se estaba la mar de bien.

Media hora después, el muerto salía por la puerta en una funda negra y los policías les indicaban un hotel cercano donde podrían dormir un par de noches hasta que retiraran el precinto y limpiaran todo aquello. Era mejor que estuvieran localizables por si necesitaban hacerles alguna pregunta más. Iban a investigar más a fondo al fallecido, a su entorno, intentarían localizar a posibles familiares que se encargaran de la repatriación del cadáver, en fin, un lío, suspiró. Había tenido suerte, mucha suerte, dijo «La mano» estrechando la de Elisa al despedirse, quién sabe lo que habría ocurrido de habérselo encontrado vivo.

—Sin embargo, parecía un buen chico —comentó ella con una dulzura que admiró a todos salvo a su hija.

Estaba acostumbrada a los ataques de empatía de su madre por cualquier conocido o desconocido que considerara más débil, cualidad y flaqueza que la hacía volcarse en los problemas ajenos hasta causarse problemas propios. Muchos.

El agente pera esperó en el descansillo a que recogieran algunas cosas mientras intentaba sacudirse de encima a Pin y Pon, el matrimonio vecino de enfrente, quienes, con la puerta de su casa de par en par, cosían a preguntas desde hacía horas a todo el que se encontraban.

—Esos dos buitres con chándal y las cejas pintadas a lápiz… —murmuró Elisa—, por fin tienen algo con lo que entretenerse.

Con el paso del tiempo a Mónica cada vez le costaba más distinguir quién era quién, porque eran del mismo tamaño y complexión física: pelo de casco y el rostro inexpresivo de los muñequitos que les daban nombre. El caso es que le rogó a su madre que por favor no les hiciera ningún comentario al salir, porque, como buenos informadores, era justo lo que estaban esperando: una declaración jugosa. Algo que luego poder versionar y amarillear desplegando todo su talento para el cotilleo. Ya sabía que eran como la hoja parroquial, así que mejor no darles más material del necesario. Mientras acompañaba a su madre hasta el dormitorio, la escuchaba darle la razón sin dejar de despotricar, esos dos eran como el CNI, se enteraban de todo lo que ocurría en el barrio y lo que no sabían se lo inventaban… Sacó un pantalón idéntico al que llevaba, el camisón de debajo de la almohada y hurgó en la mesilla, ¿no tendría algo para la ansiedad?, no le quedaba diazepam.

—Voy a ver, mamá. —Le apretó cariñosamente el brazo.

Fue entonces cuando escuchó a Fiera gimotear. Guiada por sus lamentos llegó hasta el salón y la encontró de pie sobre las patas traseras olfateando la mesa de centro. Sobre ella, decenas de revistas de decoración, recortes de éstas con los que Elisa se entretenía mientras veía una película tras otra y los restos de su café con… ¡ah!, conque eso era, ¿tienes hambre, eh…?, dijo al descubrir media galletita abandonada en el plato. El animal la miró a los ojos impaciente y saltó sobre sus patas traseras como si quisiera subirse a la mesa. «No, Fiera, no…», escuchaba decir a su dueña. Pero su sentido del oído ya estaba nublado por el del olfato, así que resolvió mirar a Mónica y a la mesa alternativamente. ¿Por qué le costaba tanto hacerle entender las cosas? Hasta que ésta, tras recoger el dulce y sacudir las migas de la agenda que había debajo, cayó en la cuenta: ¿una agenda? ¿desde cuándo su madre había utilizado una agenda?

Siempre se jactaba de no necesitar una.

Era azul y gastada, con un cordón del mismo color asomando por una página. Fiera siguió gimoteando y moviendo el rabo con aceleración, ahora claramente interesada en ella y con cierto aire de indignación: ¿de verdad pensaba que iba a excitarse así por una absurda galleta estando de servicio?, refunfuñó tosiendo una especie de ladrido, ¿por quién la habría tomado? No era uno de esos frívolos yorkshire con lazo del portero.

Mónica la abrió. El cordón azul marcaba el día anterior: 19 de octubre. En una letra tumbada hacia la izquierda, un nombre saltó del plano: «Elisa». Leyó otra vez: «Casa de Elisa, 6 p. m.». Y en la línea de arriba, «Masaje». Y en el día anterior: «10 a. m. Paseo con Dolores y Oxi». Y un poco más abajo: «Recoger a Pavlova y a Bowie en Paso a Dos». Mónica la cerró de golpe. Fiera escuchó el corazón retumbando en el tórax de su dueña como si quisiera salir de allí, así que se le sentó en la zapatilla.

Mónica no supo por qué lo hizo, pero se la metió en el bolso.

Sólo unos minutos después, tras encaramarse en la estantería para arrastrar a la encolerizada diosa dentro de su trasportín, salió por la puerta con su madre, la gata, la perra y la bolsa de ropa. Al despedirse del agente, se detuvo y dudó por un segundo, pero no dijo nada. Cuando apretó el botón del ascensor supo que ya era tarde. Lo que no alcanzó a imaginar es que en ese momento comenzaba uno de esos casos «de verdad» que había estado invocando.

Tengo derecho a vivir pensando que el mundo tiene sus bellezas

Si alguien hubiera visto a aquellas dos caminando por la calle Bailén en dirección a la plaza, habría pensado que eran una madre y una hija en su paseo habitual de la tarde y no que venían de la posible escena de un crimen. Mónica iba un par de pasos por delante como un sherpa cargando con los ocho kilos de cólera felina, aunque el verdadero peso lo sentía dentro de su bolso. Esa agenda y los nombres del pasado que aparecían en ella se rotulaban obsesivamente en su cerebro como los créditos de una película que no estaba segura de querer ver. De hecho, toda esa tarde empezaba a tener la textura rugosa y psicodélica de uno de sus sueños. Se detuvo un momento a descansar y reanudó la marcha cuando sintió acercarse los pasos fatigados de Elisa, que caminaba detrás apoyada en su paraguas. Hasta Fiera parecía saber que no debía perderla de vista porque la pastoreaba cada pocos pasos sin detenerse a increpar a cualquier perro grande y oscuro que se cruzara, como era su costumbre. Incluso su deber.

Al pasar el bulevar, la plaza se abrió ante ellas como un gran cofre. Por supuesto, no fue así, pero ellas la sintieron abrirse e invadirlas de luz. Qué espectáculo, pensó Mónica, y por fin pudo respirar. La plaza…, con sus atardeceres naranjas y morados de acuarela. Ahí seguían los pavos reales cantando al anochecer. Sus siluetas chinescas colgadas de los árboles del palacio como gigantes frutos exóticos. De niños, cuando para ellos aún no existían los relojes, eran los encargados de darles la hora para subir a cenar y marcaban el momento en que los gatos salían a la calle: los vecinos de un Madrid que volvía a trasnochar después de ese paréntesis tan extraño entre toques de queda y cuarentenas.

Mónica seguía amando esa plaza, aunque hubo un tiempo en que necesitó alejarse de sus dominios. Porque te dominaba. Todos los que la habían habitado sabían que ejercía un influjo del que era imposible desprenderse. Era como una de esas mujeres mayores y cautivadoras que no tienen una hora mala del día ni una estación en la que no se vistan con elegancia casi insultante. Por la mañana se desperezaba abriendo sus balcones a la calle como un calendario de adviento y por la noche iba iluminando sus ventanas muy poco a poco hasta que, como cientos de ojos vueltos hacia su interior, revelaban por turnos los fragmentos de las vidas que la habitaban. En ella se destrozaron las rodillas montando en bici, jugaron a las canicas y al ajedrez, pero, de tantos juegos que Mónica inventó para su pandilla, ése era su preferido: especular sobre las historias y misterios que guardaba aquel gigante baúl del tesoro y resolverlos. ¿Cómo? A través de las pistas que les ofrecía cada uno de esos cuadrados luminosos.

Un tropezón que casi la manda al suelo devolvió a Mónica con brusquedad al presente. ¿Dónde viviría Orlando? ¿En la plaza? ¿Y desde cuándo? Sólo podía saber que la agenda era de 2022 y estaba completa desde enero. Eso quería decir que, por lo menos, un año.

Elisa creyó adivinar la nostalgia en el rostro de su hija:

—¿Te compro un helado?

Aquello le arrancó una sonrisa perezosa por primera vez en aquel día tan extraño, porque había sobrevivido al tiempo el kiosco donde se escondía Suselen, en cuya trasera parecía reunirse ahora una curiosa tertulia, cerveza en mano. La pesada caseta de hierro desaparecía en invierno por arte de magia y su reaparición marcaba el comienzo de la primavera porque los árboles florecían a su paso, comenzando por los que la rodeaban, e iban contagiando su despertar al resto.

Se fijó en el contraste del coqueto puesto de hierro y la Harley aparatosa que se apoyaba a su lado.

—Ahora lo lleva el hijo de la dueña —dijo Elisa—. ¿Te acuerdas de cuando les llevabais helados a las monjas?

—Ésa fue una de las campañas de Ruth para «hacer el bien» —recordó Mónica.

—Para impresionar a su madre, dirás.

Que no, la defendió Mónica, que las llamaba así, «campañas para hacer el bien»; igual los obligaba a donar un juguete en Navidad que los llevaba de ronda buscando ciegos a los que guiar, ancianos a los que hacerles la compra o mendigos a los que dar un aguinaldo que ella le había pedido a Margarita previamente y que los destinatarios se bebían en el bar de Tito posteriormente. Elisa le hizo un gesto tierno; pues eso, que lo hacía para impresionar a Margarita.

—Quería ser como ella, ya sabes —insistió Elisa—. Marga aún sigue organizando a los vecinos para regalarle al convento la comida de Año Nuevo y esas cosas.

—Pero las monjas no resultaron muy heladeras. —Mónica sonrió de medio lado.

—Creo que agradecían más la mariscada y el cordero.

De pequeña Mónica tampoco lo era, recordó Elisa. Le gustaban más los chupachups de fresa con chicle dentro, ¿se acordaba? Aun así, por pura nostalgia, Mónica se acercó a cotillear la carta del kiosco. Nunca lo había hecho en todos estos años ni una sola vez. Ya no encontró Frigodedos ni Dráculas, pero, contra todo pronóstico, sí los Colajets con forma de cohete que Gabriel hacía volar sobre su cabeza antes de que empezaran a derretirse. Cuando se estrelló el Challenger, durante mucho tiempo se lo imaginaron así, como un Colajet gigante derritiéndose en su primer y único vuelo, supersónico y fugaz, antes de caer a la tierra desintegrado. Elisa aún conservaba los dibujos que Ruth y Mónica hicieron sobre el accidente cuando iban juntas al Liceo Francés.

—Cada vez que había un suceso dramático, en tu colegio os obligaban a exorcizarlo con un dibujo —dijo Elisa—. ¡Siempre estabais al filo de la noticia!

Mónica alzó la vista. Toda la planta del segundo piso al lado de la Ópera la ocupaba la casa de Ruth, bueno, más bien la de su madre, Margarita. Sin embargo, era siempre la última en bajar a la plaza y la primera en subirse. La luz del salón estaba prendida y los tres balcones centrales ofrecían un tríptico que podría haber sido retratado por un pintor de la escuela flamenca. Éstas eran las pistas que ofrecían las ventanas de Ruth: sillas de respaldo alto, tapices, cuadritos naíf distribuidos con gracia por las paredes, la gran araña de cristal sobre un centro de flores, la librería con iluminación interior, un jarrón chino y media Margarita sonriendo con autoridad sobre la chimenea.

—¿Te he dicho que la han operado de cataratas? —Su madre parecía tener ganas de pasar revista.

—No, ¿y cómo está?

Elisa se encogió de hombros.

—Hace una semana que no la veo —dijo, y a Mónica le pareció intuir su disgusto—. Espero que ahora que ve mejor ya no necesite que nadie le lea los menús. Era agotador. Podría recitarte de memoria todos los del barrio…

Se dio dos vueltas al cuello con el pañuelo de seda rojo; en resumen, que se había encontrado a Ruth y le había dicho que la operación muy bien.

—¿Por cierto, sabías que Ruth ha puesto su consulta en la que era la zona de servicio?

Margarita se hartaba de decirle a todo el mundo que su hija, después de la pandemia, se había empeñado en estar cerca de su madre. Mónica trató de evitar que aquel comentario le escociera, pero no lo consiguió, como tampoco que Elisa dejara el tema, porque no sé quién le había contado no sé dónde que Margarita le cobraba a su hija el alquiler. ¡Esperaba que no fuera verdad!, aunque de Marga no le sorprendía. Elisa alzó la vista hacia su balcón, siempre había sido muy suya con lo suyo… Sin embargo, ya ves, tenía a los inútiles de sus dos hijos viviendo gratis toda la vida en los dos pisos de abajo…

Sí, estaban disgustadas. Mónica la frenó en seco.

—No los llames así, mamá…

—Los llamo como su madre: «los inútiles de mis hijos». Es casi un nombre compuesto. Por eso no recuerdo sus nombres, de hecho, no sé si los he sabido alguna vez. —Meneó la cabeza—. No entiendo a Margarita. Con lo que vale su hija. Bien solita se ha sacado las castañas del fuego.

—¿Tienes su teléfono? —dijo Mónica—. Si voy a quedarme unos días en el barrio, me gustaría verla.

Elisa cogió del brazo a su hija súbitamente rejuvenecida.

—¿Vas a quedarte unos días? —Y reemprendió la marcha.

No había otro remedio, pensó Mónica, necesitaba llamarlos a todos.

Al que tenía más reciente era a Gabriel gracias a aquel curioso encuentro en el Zara del aeropuerto. Hacía un mes escaso. Según él, la escena estuvo a la altura de una buena comedia romántica británica. Después de pagar, la dependienta les devolvió las tarjetas de crédito al revés. A uno y otro lado de la caja, leyeron el nombre del contrario y levantaron la vista: ¿Mónica? ¡Gabriel! Ella con su chaqueta de entrenamiento y él vestido de azafato, hablaron brevemente, intercambiaron sus teléfonos y se emplazaron para tomar algo en el altillo del Café del Real, como en los viejos tiempos.

Le había preguntado por su madre. Seguía más o menos, dijo disimulando cierto aire de gravedad. Al parecer Ruth había empezado a tratarla ahora que había vuelto al barrio. Algo debió de pasarle a Dolores durante el confinamiento en lo que Gabriel no quiso profundizar y por ese motivo le había hecho prometer a su madre que volvería a terapia. Lo hizo. Aunque al principio a Dolores le echara para atrás que su nueva psiquiatra fuera una de las amigas de la infancia de su hijo. El primer día de consulta estuvo a punto de preguntarle si había merendado. Aun así, según Gabriel, sólo le hizo falta una sesión para metérsela en el bolsillo. De modo que por este motivo habían retomado el contacto. De momento, el mayor cambio que había experimentado su madre era que ahora tenía perro. Mónica hizo una mueca y añadió que como casi todo el mundo tras la pandemia. Aunque en el caso de Dolores se había convertido casi en parte de su terapia, aseguró él, porque la obligaba a pasear diariamente y a mantener unos horarios de comidas, cosa que antes era incapaz. Era un bulldog con diabetes, fatigado y cariñoso, cuyo nombre no era fácil de olvidar: Oxitocina. Según su nueva terapeuta, era lo que el animalito le provocaba a su paciente. Además de recordarle que tenía que tomarse las pastillas de la glucosa porque debía dárselas también al perro. Mónica sonrió. Nuestra Ruth siempre fue muy ocurrente poniendo motes. «Pin y Pon» también había sido cosa suya, ¿verdad? No se libró nadie en la plaza hasta que se marchó a estudiar psiquiatría a Barcelona.

«Oxi…», recordó Mónica de pronto. Estaba escrito en la única página que alcanzó a leer de la agenda. Parece que el muerto paseaba al perro y a su dueña.

Madre e hija siguieron caminando en dirección al Café de Oriente. A Elisa le animaba cualquier lugar que tuviera bombillitas, todo lo que brille, se pitorreó su hija, como las urracas. ¿No se le podía ocurrir otro bicho?, protestó ella. Aunque la opción le pareció acertada. No era ruidoso y en la terraza aún se podía estar.

Cruzaron la plaza hacia el café. Tras la pandemia las terrazas habían cobrado protagonismo. Ahora tenían estufas y estaban repletas de gente hasta en invierno, como en Alemania. Mónica pensó que era muy curioso que una ciudad como Madrid, a pesar de presumir de ser de las más seguras, bajo su luminosa piel estuviera también llena de peligros. Sin embargo, los urbanitas se morían de miedo cuando pasaban una noche rodeados del silencio espeso de la naturaleza.

La humanidad no había superado el miedo a la oscuridad.

Tampoco Mónica, a decir verdad, nos ocurre a casi todos, y ahora Fiera parecía haberlo heredado porque le dijeron que era bueno dejarle la tele encendida cuando se iba de casa.

Se le escapó un largo suspiro recordando el largo día fotograma a fotograma. Total, hacía unas horas había clamado por un buen caso y se sintió mal por haberlo invocado tantas veces en los últimos tiempos. Pero es humano. ¿A quién no le gusta un buen crimen? A no ser, claro está, que seas la víctima o el sospechoso. Se volvió hacia su madre, quien se había detenido a hablar por teléfono, supuso que con su padre.

En el fondo le tranquilizaba que se dieran esos paréntesis porque sabía que éstos no duraban mucho. Eran sus ciclos. Cuando estaban juntos demasiado tiempo acababan desquiciados como dos periquitos en una jaula, intentando saltar de un palo al otro para buscar su espacio, pero, al mes de estar separados, se echaban de menos. ¿En qué momento llegaron a la conclusión de que podían vivir en la misma casa aquellos dos? De haber nacido en el nuevo siglo, habrían sido una de esas parejas que viven independientes con una especie de noviazgo a perpetuidad. Sin embargo, en los setenta era sospechoso hasta tener un dormitorio con dos camas, no digamos ya vivir separados.

Elisa seguía pegada al móvil hablando en voz baja como si le hubieran zurcido el ceño. Mónica dio unos pasos vacilantes hacia ella con intención de que se lo pasara, pero enseguida pensó que podría generarle cierto recelo. Siempre había sido así. Su madre se apropió de ella cuando nació y su padre se autoexcluyó convirtiéndose en un marginado dentro de su propia casa. Eso quería decir que, cuando surgía un conflicto, al menos a ojos de Elisa, su hija debía posicionarse sí o sí a su lado. O al menos no en contra. Independientemente de lo que opinara. Cualquier otra postura sería condenada por alta traición. La consecuencia era que apenas recordaba momentos de intimidad con su padre. En cuarenta y cinco años, sólo un viaje y algún paseo.

Por eso decidió que era más sensato llamarle una vez que estuvieran en el hotel para poder hablar tranquilos.

Cuando llegaron a la esquina opuesta al gran teatro distinguió el cartel de Paso a Dos. La primera anotación del último día en la vida del dueño de esa agenda lo llevaba hasta ese lugar. Allí había quedado con Dolores y su perro, y suponía que con la madre de Suselen y el suyo.

—¿Cómo se llama el perro de Ágata?

—¿Por qué preguntas eso?

Mónica salió de sus cavilaciones y se dio cuenta de que su comentario no tenía sentido.

—No sé… —improvisó—, me ha parecido ver un perro atado allí, en la puerta de su estudio.

—Sí, puede ser, es uno que está tan seco como ella. Uno de ésos que maltratan…

—Un galgo —dijo Mónica.

—Eso.

Al escuchar esa palabra, Fiera se detuvo, tensando las patitas. «GALGO» significaba caza. «GALGO» era igual a ládrale mucho sin echar a correr o te confundirá con un conejo y date por cazada. Mónica la tranquilizó, no, pequeña, no hay galgo, le repitió un par de veces, no hay galgo, y pronto volvió a trotar a su lado mientras sus enormes orejas desbrozaban los sonidos de izquierda a derecha y olfateaba cada objeto no identificado por si acaso. La forma en que Fiera observaba el mundo le daba mucha información. Porque estaba lleno de detalles obvios que nadie observaba por casualidad, como decía Conan Doyle. Pero esa criaturilla no daba nada por sentado. Ni siquiera lo que siempre estuvo ahí.

Observaba el mundo como si lo viera por primera vez.

¿No era eso acaso lo que debería hacer cualquier buen investigador?

Tras esa reflexión, Mónica pensó que, si quería averiguar qué estaba pasando allí, debería contemplar esa plaza, su plaza, con ojos nuevos, pero era tan difícil… Daba igual dónde se detuvieran sus ojos, su memoria pintaba sobre el barrio una transparencia con cientos de recuerdos desordenados de distintas épocas. A la izquierda, la catedral y el viaducto, la verbena de San Isidro y los minis de calimocho con churros en la pradera; a la derecha, la plaza de la Encarnación, con sus reliquias y su milagro, el Señor de los Pajaritos seguido por su obstinada nube de gorriones a partir de las once de la mañana… Mónica lanzó la vista hacia donde se estaba poniendo el sol oxidado por la herrumbre propia de la nueva estación. Allí abajo, en el parque del Oeste, los primeros revolcones con Marcos sobre la hierba; cuando se hizo ecologista y empezaron a colarse por las tardes para hacer grafitis en las paredes del delfinario; a la puesta de sol, el teleférico para volver, en el que los cuatro hacían su juramento de honor: «Juntos. Siempre juntos». Pero lo habían traicionado. Como casi todas las promesas que nos hacemos de niños.

Sería extraño, pero debería reunirlos a todos.

La más complicada iba a ser Suselen. Según Elisa, en el barrio había sido un escándalo que en la última ópera que estrenó como solista en Madrid no invitara a su madre. Sobre todo porque Ágata seguía teniendo su estudio enfrente… A Mónica le costó reconocer esa conducta en la tímida y complaciente niña que fue su amiga. Por eso se indignó:

—¿Y qué sabe la gente?

—La gente no, yo —dijo Elisa—. Me lo confirmó la propia Ágata. Estaba muy dolida.

La otra meneó la cabeza extrañada; la última vez que supo de Suselen estaba viviendo en Londres con su marido y su hija, pero se había planteado volver empujada por la pandemia y el Brexit. Los residentes no tenían claro su futuro allí, así que la mejor opción era residir en España.

—¡Vaya por Dios!, ¡pues ahora no hay sitio! —refunfuñó Elisa apoyada en su paraguas.

—¿Dónde? ¿En Madrid? —se indignó la otra—. Así que, según tú, si te vas, te vas.

—No, bobita mía, no hay sitio en la terraza.

Le pidieron una silla al camarero mientras esperaban a que se levantara una pareja alemana que parecía estar discutiendo y pagando a toda prisa. Mónica cogió a Fiera en brazos para evitar que Isis siguiera bufándola desde su transportín. Llevaba tantas horas haciéndolo que la pobre había perdido ya su dignidad natural y sonaba como un globo deshinchándose. No había terminado el solícito camarero de limpiar la mesa y ya se habían precipitado sobre ella tres señoras que salían del teatro.

—Perdone, pero estábamos esperando esta mesa —dijo Mónica con amabilidad.

Se volvieron al más puro estilo de las brujas de Macbeth. Observaron la estampa de madre e hija cargadas con sendos animales. Pues no las habían visto, dijo la primera; el camarero no se lo advirtió, aseguró la segunda; desde cuándo en la terraza se reservaba mesa, gruñó la tercera. Hasta que Elisa se acercó hasta ellas y les soltó:

—Mire, venimos de levantar un cadáver en mi casa y ha sido un día muy largo. No estamos para discutir.

Fue incómodo pero efectivo. Las brujas levantaron el vuelo sobre sus paraguas hasta el interior del café. Sin embargo, Elisa ya había cambiado de registro y soltaba sus pertenencias sobre la mesa para subrayar su disgusto.

—No soporto este país, ni esta ciudad…

—Ni este barrio lleno de esnobs, supongo —dijo su hija completando un discurso que le era de sobra conocido.

—¡Eso es! ¡De esnobs y de turistas! —añadió—. A los vecinos de toda la vida nos están echando. —Se abrió la gabardina a tirones. Sacó un cigarrillo.

—Qué mala es la gente… —siguió Mónica aquel monólogo a dos voces.

—Sí, la gente es cada vez peor persona.

Su hija puso ambas manos sobre la mesa y el frío del mármol le templó el pulso.

—Muy bien, mamá, pero ya te lo he dicho muchas veces. Si no te importa, no quiero vivir pensando que el mundo es una mierda, y a mí me gusta esta plaza. En su día tú tuviste la oportunidad de vivir tu ciudad, tu país y tu barrio como quisiste.

Pero claro, según ella, ahora era todo muy distinto. Todo era mejor «entonces». Había otro civismo. Era otra vecindad. Ese «entonces» coloreado por su mente insatisfecha de fábrica que Mónica sospechaba que tampoco le gustó en su día, cuando ese «entonces» era presente. La observó pelearse con el móvil para escanear el código QR medio despegado de la mesa y mientras Mónica pidió una carta en papel.

—Tengo derecho a vivir pensando que el mundo tiene sus bellezas —susurró tras ella.

Pero Elisa ya no la escuchaba. Tenía la vista puesta en otra mesa que había quedado vacía. ¿No prefería ésa? Había mejores vistas y no había corriente. Empezaba el baile, se dijo Mónica. ¿Cómo iba a haber corriente si estaban en la calle? Y, por otro lado, qué más le daban las vistas.

—¿No dices que no te gusta la plaza? —concluyó su hija.

—Pero a ti sí.

—A mí me da igual, mamá.

—No, verás como no te da —dictaminó.

Mónica contempló a Fiera acurrucada en sus piernas y a Isis por fin tranquila dentro de su maletín, la bolsa de viaje, los paraguas… De fondo su madre seguía presionando, porque además allí hacía mucho frío, y luego al camarero, oiga, ¿no pueden acercar esa estufa? Alzó la vista hasta los bafles: ¿y apagar la música?, tenían que hablarse a gritos…

El camarero se puso manos a la obra y Mónica decidió empezar a leerle el menú como estrategia de distracción desesperada.

—No te molestes, hija. Ya te he dicho que me los sé de memoria en dos idiomas.

—Pero yo no, mamá, y me apetece recitarlo. —Y se atrincheró tras él—. Siempre me ha gustado recitar menús. ¿No lo sabías? Me encanta.

Elisa se encendió otro cigarrillo para no encenderse más ella y, después de arrimarse a la estufa visiblemente incómoda, por fin volvió el silencio. Mónica buscó sus gafas en el bolso y, al hacerlo, se topó con el lomo duro de la agenda. No supo cómo, pero logró reprimir el impulso de irse al baño para echarle otro vistazo. La paciencia era la mejor virtud del buen investigador. Pronto llegarían al hotel. Además, comer algo la ayudaría a pensar con claridad. Ahora era mucho más importante sondearla a ella.

¿Qué le ocultaba?

Después de todo, su madre era quien le había enseñado a mentir: a su padre, a sus abuelos, en el colegio… En realidad, eran pequeñas falsedades sin importancia. Sobre la hora a la que habían llegado o algo que habían comprado, si la había sacado del colegio antes de tiempo para ver un concierto en el Real que si estaba lleno les dejaban sentarse en las escaleras para escucharlo gratis. Desde esos peldaños alfombrados habían visto a Karajan dirigir por última vez. También había sido su secreto. El problema era que la vida estaba compuesta de aquellas pequeñas cosas y, de alguna forma, Mónica había crecido con la sensación de que parte de su vida transcurría en la clandestinidad. Esa parte de sus vidas era una ficción incluso para su padre. Y Mónica recogió el testigo, no tanto de la mentira, sino de la omisión: cuando no alcanzaba el estatus de perfeccionismo al que se veía obligada por las expectativas, omitía información para no decepcionarla.

Hasta ahora nunca se había preguntado por qué su madre se traía tanta intriga. ¿Temía el juicio de los demás? ¿Preocuparlos? ¿Por eso ahora también le ocultaba que conocía a aquel hombre? En tal caso, seguro que sería por algo poco importante. Entonces ¿por qué no se estaba atreviendo a preguntarle frontalmente? En otras ocasiones, Elisa siempre había respondido a su hija con sinceridad. De modo que ¿qué temía Mónica? Quizá merezca la pena detenerse aquí un segundo por si se ha dado la impresión de que, por el hecho de ser madre e hija, estas dos se conocían más de lo que se conocían. Puede que antes sí, pero ahora…

—Ahora hace calor, ¿no te parece?

Mónica levantó la vista de la carta.

—No, mamá, no me lo parece.

—Pues yo me estoy mareando.

Fue en ese momento cuando Mónica detectó que su madre se precipitaba dentro de uno de sus bucles. Y así fue: de forma muy previsible fue despotricando in crescendo hasta que dictaminó:

—Tú haz lo que quieras, pero yo aquí no puedo estar.

Llegados a ese punto de inflexión, Mónica sabía que todas sus frases contendrían algo castrense. Un comentario en forma de orden que, si no se cumplía, desataría su ira. Era mejor no remar en contra de la tormenta.

—Antes todo era mucho más humano —volvió a la carga.

—¿Te refieres durante la guerra?

—Yo eso no lo viví, graciosilla, no soy tan mayor.

—Durante el Paleolítico superior, entonces.

—El Mesolítico, si no te importa, así no estarías llamando a tu madre homínido y por lo menos tendría la ilusión de imaginarme pintando mamuts en mi cueva.

—Ahora en serio, mamá, te refieres durante el franquismo.

—Pues mira, hablando de pintar, tampoco lo pintan como fue. Los que lo vivimos no lo hicimos tan aterrorizados.

—Depende de la profesión que tuvieras, supongo.

—¿Qué quieres decir? Luchar tuvimos que luchar mucho en la Transición.

Sabía que ése era el comienzo de la distensión y de que empezara a relatarle cuando repartía panfletos políticos en la universidad junto a su padre, cuando corrían delante de los grises, el día que se hundió la Universidad Autónoma y tuvieron que llevarse a heridos en el Mini blanco en el que viajaban de novios por toda España. Elisa era una gran contadora de historias. Y como consecuencia de relatos tan épicos, Mónica había crecido convencida de que la universidad era eso. Sin embargo, en cinco años de carrera de biológicas, su máxima rebeldía fue jugar al mus en la cafetería en horario de clase bajo un cartel grasiento que rezaba su prohibición. Por eso, mientras la escuchaba le dieron ganas de decirle: muy bien, mamá, sigue contándome batallitas idealizadas del pasado cuando este país era excitante, cuando la gente era mejor persona, cuando tu vida y la mía eran todo felicidad. Quiso decirle: mamá, yo también estuve allí, en parte de ese pasado novelado, y no fue tan así.

Después de que Mónica cambiara todos los bártulos y animales de compañía a la otra mesa y el camarero todos los cubiertos y manteles, éste se dispuso por fin a tomar nota. Elisa, con creciente mal humor, le exigió, lo más rápido que pudiera, un caldo —ahora se estaba quedando helada— y una manzanilla con doce mil indicaciones más. Ésa era otra, a ella le había enseñado a pedir las cosas por favor y a dar las gracias. Supuso que su madre ya no quería servir de ejemplo para nadie.

—Qué —le preguntó cuando sintió que la analizaba.

—Que tenía que haberte puesto la antirrábica a ti en lugar de a Fiera.

—¡Hija, es que yo hablo así! Qué barbaridad, no voy a poder expresarme…

Con esas frases justificaba últimamente sus malos modos.

Fiera lanzó un largo y somnoliento bostezo a su lado y Elisa le sobó tiernamente las orejas. Era un hecho, su madre quería hacerle llegar que odiaba su vida. Y lo que más le preocupaba era que no se acordara de que por etapas también le transmitió esa sensación en el pasado, porque todo parecía disgustarle por comparación con lo perdido. Ahora se limitaba a despotricar por lo que acontecía a su alrededor porque, en cuanto el pasado era pasado, empezaba a echarlo de menos. Por ejemplo, ese viaje que recordaba tan idílico a Roma fue en realidad un viacrucis familiar en el que sus padres fueron discutiendo sin hacer pausas ni para la publicidad, hasta el punto de que la abuela se les perdió un día entero y, al volver desesperados y agotados de la comisaría, se la encontraron sentada en las escaleras del hotel, descansada y feliz por aquel paréntesis de paz que se había regalado en la Ciudad Eterna. El caso era que en el «durante», todo eso y todos ellos, aunque quererlos los quería muchísimo, estaba convencida de que le parecían insoportables.

La comida y la bebida siempre eran un entretenimiento relajante y fue entonces cuando Elisa habló por primera vez de lo ocurrido esa tarde:

—Pues qué quieres que te diga, hija, yo no los he visto muy exhaustivos…

—¿A quiénes?

—A tus compañeros —sentenció.

Mónica la observó comer.

—Mamá, si te hubieran visto trinchar así esa patata, te habrían detenido por pataticidio.

—Súmale la nocturnidad, la premeditación y la alevosía —dijo atacando otra—. Muero de hambre.

—Yo también. —Mónica se sirvió un poco—. Y no son mis compañeros.

—¿Cómo los llamo, entonces, tus clientes?

—Eso suena fatal, mamá.

—Peor suena que un policía diga que «están desbordados» y que no van a molestar mucho. Ay, qué país…

—Tampoco han dicho eso.

Le fascinaba la capacidad de su madre para mirar el mundo desde esa inteligencia superior: los médicos no sabían nada, el albañil no sabía nada, los políticos no sabían nada… Y lo peor era que, en ese caso, considerando lo que Mónica transportaba en su bolso, tenía razón.

—Nenita, sabes que tengo razón —dijo tras leerle el pensamiento.

—Puede ser, mamá, pero dártela sería como reforzar a Fiera cuando se lanza a ladrar a cualquier perro que le dobla en tamaño.

—Depende de a lo que llames doblar en tamaño, desde luego no doblan mi capacidad de raciocinio, ni la mía ni la de ninguna persona con un poco de lógica. —Rascó la nuca de la perra—. Por eso nos entendemos tan bien, ¿verdad, mi amor?

Y, por esa actitud hacia el mundo, Mónica era todo lo contrario. Según su madre, incapaz de no hacer todo lo que le mandaba «un experto» al pie de la letra. Elisa, sin embargo, era el espíritu de la contradicción. Incapaz de no ponerlo todo en tela de juicio… Mónica levantó los ojos: una arpista que había acampado en una esquina de la terraza empezó a versionar a Morricone. Una parejita se sentó en el banco de enfrente y abrieron sus menús del McDonald’s para cenar bajo la luna. Unos turistas jóvenes y borrachos cruzaron gritando en un idioma desconocido subidos en patines a propulsión.

—¿Has hablado ya con papá?

—¿Para qué? Seguro que prefiere hablar con un lenguado. Y yo podría competir con otra mujer, pero ¿cómo se compite con un lenguado? —Se secó la frente con el fular—. Le he dejado varios mensajes de voz.

—¿Todo eso eran mensajes de voz? —Mónica se temió lo peor—. ¡Podrías ser la reina del pódcast! ¿Por qué le hablas así últimamente? Es más, ¿por qué no le hablas en directo por una vez para que pueda responder? Él siempre está cuando lo necesitas. Él te trata bien y…

—¿Por qué? —la interrumpió súbitamente agresiva—. ¿Por qué me trata tan bien? Además, ¿y tú qué sabes? ¡Si está aquí y ni me habla! Es como un pasmarote. ¿Tú sabes lo que es estar al lado de una persona que no te habla?

—¡Porque casi os acabáis matando en el confinamiento! —Hizo una pausa para serenarse. Una decía que no la escuchaba y el otro que no le dejaba un minuto de silencio… y continuó—: Muy bien. Desde que se jubiló está muy abúlico y os parecéis como un huevo a una castaña, pero eso ya lo sabíais en el 75 y, además, sigue aquí, ¿no?

—¿Sí? ¿Tú lo ves? Lleva allí un mes. Llámalo tú, a ver si por lo menos te lo coge.

Elisa se quedó de perfil, recortada en los naranjas de la tarde y Mónica sintió una presión en la garganta que le resultó amargamente familiar, en todo el sentido del término «familiar».

No podía soportar que la utilizaran de ONU y menos en un conflicto bilateral tan enquistado como el del golfo Pérsico. Y lo peor es que era igual de poco efectiva cuando el conflicto era serio. El caso es que una hija nunca debería ser el correveidile de los reproches entre sus padres. Ni siquiera de adulta. Eso nunca se lo hicieron cuando era niña y suponía que habrían tenido sus roces. Por lo mismo, también había cosas que nunca se le deberían contar a una hija, pensó. Por ejemplo, aquello de cuando supo que estaba embarazada y el médico, muy moderno, les preguntó si querían llevarlo adelante y que ella, muy heroicamente, dijo que por supuesto. Era igual a decirte: «Estás viva sólo porque yo quise y, por lo tanto, me la debes… tu vida». Aunque lo que peor llevaba eran sus puntos suspensivos. Ese «algún día te contaré algunas cosas…» que había soltado unas cuantas veces a lo largo de la vida y que le creaba una intriga angustiosa. ¿Con qué monstruos desconocidos había convivido y se ocultaban dentro de los armarios?

¿Qué ocultaba ahora? Su madre era una maestra de la intriga, pero lo que les ocupaba en este caso ya no era una trama familiar. Si escondía que conocía al muerto es que se había desmadrado, literalmente. Pero para abordar el tema debía apelar a su confianza. Porque la tenían. Pero sin que se sintiera juzgada. ¿La juzgaba? ¿Y ella? ¿Intentaba protegerla, quizá? Eso sería muy de su madre: pensar que podía controlar cualquier situación, propia o ajena.

Ahí regresaba de nuevo como un herpes: la culpabilidad.

¿Estaba dispuesta a espiar a su propia madre? A ella, que se había dedicado en cuerpo y alma a criarla. Lo justo era reconocer que le había proporcionado una infancia muy feliz. Era curioso, pensó observando aquel cuerpo tan pequeño como el suyo y que sin embargo había sido un cobijo tan grande: era la persona más cariñosa del mundo y la que más llegaba a aterrorizarla cuando se frustraba, porque se transformaba en Conan el Destructor. ¿Eso quería decir que veía factible que estuviera implicada? No, eso no. Aunque era consciente de que no había nada que más le gustara que un thriller y conocía sus ataques de ira. También sabía que se aburría terriblemente. Su inquietud por todos los temas y su capacidad de análisis no estaban a la altura de un interlocutor cualquiera. Según ella, sólo de Mónica.

Su hija era el único ser humano sobre la tierra que no la decepcionaba.

Para eso la había educado.

Sus expectativas en los demás eran demasiado altas, eso era todo. Su ansiedad por lo que le gustaba a menudo le impedía disfrutar en el presente. La consecuencia: terminaba por fastidiarle el momento a los demás. Es lo que solía ocurrir en muchas veladas navideñas, lo que ocurrió en Roma o en cualquier fiesta de cumpleaños cuando la comida se había quemado o no había reservas disponibles en el restaurante que había escogido o su regalo no era recibido con la emoción esperada. Es decir, cuando la cosa no salía según su guion.

La expresión pura de esa sensación acababa de vivirla; quería disfrutar intensamente de ese momento con su hija, por eso intentaba controlar el clima, las vistas y que el camarero les atendiera pronto y en la mesa perfecta. La perfecta según su criterio, claro. Y, como había que adaptarse a su idea de perfección, terminaba creando situaciones incómodas. Eso la había ido alejando de algunos de sus amigos y, a ratos, de su marido. Por eso Mónica no la decepcionaba, porque era la única que terminaba cediendo. Esto, con el tiempo, la había enfrentado a un problema: por muchos esfuerzos que hiciera, no podía cubrir su sed de experiencias.

Se había convertido en un parque de atracciones sin fin.

Y, cuando se agotaba, la empujaba a recuperar las relaciones con sus amigos y vecinos. Le enviaba inscripciones de cursos que le interesaban donde pudiera conocer a otras personas con sus inquietudes. Así había empezado a asistir a clases de grabado, de inglés, a una tertulia de arqueología y a otra de psicología aplicada. El problema era que mientras el plan vivía en su cabeza suponía una ilusión, pero, una vez se concretaba en algo real, se buscaba un obstáculo irreal y perdía fuelle: o la sala era deprimente, o los compañeros muy pesados, o el profesor decía auténticas memeces. Por eso mismo no era la primera vez que había invitado a casa a personajes extraños que no conocía bien, pero que, según ella, eran interesantes para conversar. Personas necesitadas de atención de cualquier tipo. A cambio, se implicaba en sus problemas como si fueran propios hasta quedar extenuada y terminaba sintiéndose asfixiada por sus demandas sin saber cómo quitárselos de encima. «Cómo quitárselos de encima…», se repitió Mónica mentalmente.

—Mamá.

—Dime, cariño. —Soltó una rápida bocanada de humo de su cigarrillo.

—¿Es verdad que no conocías de nada a ese hombre?

Elisa ahogó el pitillo en el plato de su manzanilla.

—Claro que no. —Sonrió—. Tranquila… Todo va a estar bien.

Su hija sintió que el pecho se le abría como un nenúfar. No creyó lo primero, pero sí lo segundo. Sólo ella era capaz de pronunciar ese conjuro mágico que hacía que todo temor se desvaneciera como el humo de aquel cigarrillo.

Empezaría a leer la agenda en el hotel y llamaría a Ruth, a Gabriel y a Suselen. No supo por qué, pero lo haría en ese orden. Seguro que todo tenía una explicación, pero, como entonces, no se le ocurriría a ella sola. Fiera alzó la vista repentinamente. Una mascarilla se desplomaba desde uno de los últimos pisos. Madre e hija la observaron hasta que llegó al suelo como un pequeño paracaídas. Quién sabe lo que pasó en ese momento por la cabeza de la una y de la otra; el caso es que, por algún motivo, se sonrieron como si hubieran presenciado algo hermoso.

Los perros no mienten

Los perros no mienten.

Los perros no se equivocan.

Los perros no entienden nuestro mundo.

No podía dejar de leer con ansiedad las anotaciones de esa agenda mientras hablaba con la primera de sus antiguas vecinas:

—Cómo me alegra saber de ti aunque sea en estas circunstancias. —La voz de Ruth había madurado como una fruta. Ahora era más dulce y colorida.

—Y yo… No entiendo cómo ha podido pasar tanto tiempo.

Pulsó el altavoz del móvil y se tendió sobre las sábanas almidonadas de hotel. La voz de su amiga se abrió paso entre aquellas luces indirectas e impersonales con el ritmo cadencioso de quien está acostumbrado a dejar espacios para la escucha.

—Dime en qué te puedo ayudar y lo haré. —Le pareció que bebía algo—. Puedo charlar con Elisa si necesita sacarse el susto, lo que sea.

—Se lo diré, descuida. —Hizo una pausa—. Aunque no creo que le haga gracia. Ya sabes lo desconfiada que es, y como me dijo Gabriel que su madre iba a tu consulta…

En ese momento se dio cuenta de que su subconsciente había decidido que Ruth sería su primera llamada desde que leyó esa página de la libreta:

Los perros no entienden nuestro mundo. Sin embargo nos intuyen mejor emocionalmente que nosotros mismos porque son sólo eso, emoción. Por eso Margarita es capaz de demostrar a Bowie las emociones que no muestra a su hija.

—Ruth, ¿tú conocías al tipo? —preguntó sin poder contenerse.

—Lo vi alguna vez cuando vino a recoger a Bowie a casa de mi madre. —Hizo un silencio de reflexión—. Parecía un hombre educado. Te diría que encantador.

—Entonces, ¿no crees que fuera un ladrón?

Otro silencio pensativo. En eso no había cambiado. «Ruth está en pause», se dijo. En tiempos le hacían muchas bromas con eso. Mónica alargó el brazo y subió a Fiera a la cama como si fuera un ascensor. Ésta empezó a mullir el edredón coceando aparatosamente con las patas traseras al tiempo que su dueña hacía lo propio boxeando con una de esas almohadas de hotel que te prometen una tortícolis de una semana. La perra dio tres vueltas sobre sí misma y se tumbó. Luego volvió a levantarse y olfateó el resto del cuadrilátero. El olor a suavizante le resultó tan agradable como el de la camiseta que Mónica había dejado a los pies del colchón. ¿Dónde echarse?

—Es difícil saber cuáles eran sus intenciones —respondió Ruth—. Lo vi sólo un par de veces.

—Pero ¿qué te dice tu ojo clínico? —rehízo la pregunta y la amplió—. ¿Y el de tu madre?

—Ya sabes que es muy hermética —Hizo crujir algo cerca del teléfono—. Sólo ha comentado que siempre estaba dispuesto a ayudar y que los perros le adoraban, no sé… Incluso le dejaba que la llamara Marga, que lo odia… ¿Qué temes?

Entonces Mónica estuvo a punto de revelarle que se había llevado la agenda, pero no, no, no…, cautela, hacía demasiado tiempo que no se veían como para confesar una ocultación de pruebas.

—No temo nada en concreto —dijo por fin—. Sólo me gustaría averiguar algo más sobre él para saber si cuadra con la tesis de la policía.

—¿Y la tesis es…?

—Creen que fue una tentativa de robo con mala suerte.

A Ruth le llamó la atención el vocabulario policiaco de su amiga, pero no dijo nada. Sin duda se habían perdido muchas cosas la una de la otra; por eso, tras una breve puesta al día, ambas acordaron encontrarse esa misma semana en el Caripén y avisar a los demás. A fin de cuentas, ése había sido su último cuartel general en el barrio antes de que cada uno emprendiera su camino hacia el futuro. Aunque la excusa fuera un poco negra, ese reencuentro eternamente pendiente sería bonito.

Cuando colgaron, Ruth se tragó una melatonina y le dio un empujón a Teo, que roncaba boca abajo como un caimán haciendo la digestión. Roció su almohada y a su marido con un aroma que según la etiqueta iba directo al hipotálamo y propiciaba el sueño profundo; encendió el ruido blanco para vaciar su cabeza de los residuos de los dramas ajenos…; también, ese día en particular, del extraño suceso en casa de Elisa. Su último pensamiento antes de cruzar el umbral del sueño fue para Mónica. No había cambiado nada, pero no la podía culpar: ahora el objeto de investigación era real por primera vez y, para su desgracia, lo tenía en su propia casa. Tampoco pudo evitar que su mente recuperara una grabación de ese mediodía en el salón de su propia madre.

Margarita se había hecho un corte profundo en la mano; según ella, mientras intentaba coger un vaso del estante de arriba que se precipitó sobre la encimera. La escuchó despotricar a un volumen impropio de su compostura habitual, como si quisiera que la escuchara; no entendía por qué la chica le dejaba todo tan alto.

—¿Y por qué no se lo pediste a Elsa? Para eso está —preguntó Ruth.

—Porque me gustaría tener un poco de intimidad de vez en cuando.

Se ahuecó el algodón nacarado de su pelo con el dedo en el que no llevaba prendida la pinza del oxímetro. Desde hacía años lo lucía perenne como uno más de sus magníficos anillos.

Ruth apareció en el salón con el botiquín.

—Mamá, déjame que le eche un vistazo, anda, y que te lo cure bien —se ofreció.

—No, ya iré al ambulatorio. Mejor que me lo haga un médico de verdad.

Touché. Desde luego Margarita no había perdido el talento para la esgrima porque su primogénita sintió que le traspasaba el pecho con una espada muy fina.

—Mamá, yo soy médico.

—Ya…, ya. Bueno, yo me entiendo.

Arrastró la pesada silla del comedor para levantar su nada despreciable metro setenta y cinco, vértebra a vértebra, mientras se quejaba. ¿Por qué siempre era tan susceptible? Luego se apretó un poco la venda y empujó la puerta abatible de la cocina para preguntarle a Elsa qué había de postre. ¿Mousse de mango? ¿Otra vez? Ruth suspiró y cerró los ojos. ¿Qué era para ella un médico de verdad? Mejor no hacer según qué preguntas. Carecía de los rápidos reflejos de su madre para las estocadas. Ya por la noche, amodorrada por la melatonina, se le ocurrirían todas las réplicas, y así fue: ¿Un médico de verdad era uno que no hubiera hecho cinco años de Medicina, además de un posgrado en Psiquiatría? No, claro, un médico de verdad era su primo Carlos, que tras cuatro intentos había aprobado las oposiciones para médico de familia en la seguridad social…

Abrió los ojos en la oscuridad. El resplandor verde Matrix del despertador de Teo le arrojó a la cara que era demasiado tarde y convirtió su dormitorio en un espacio cienciaficcionario. Quién sabe, quizá el encuentro con Mónica y los demás le ayudaría a buscar un momento en la memoria colectiva en que su madre se mostrara orgullosa de ella.

Gabriel tampoco había puesto impedimento. Aunque Mónica lo sintió poco receptivo cuando le propuso preguntarle a Dolores sobre el muerto. A fin de cuentas, Orlando también paseaba a su perro y, según Gabriel, incluso le pinchaba por las mañanas cuando empezó a necesitar insulina. Desde que su madre tenía a Oxi, y ahora que estaban dejando por fin atrás la pandemia, parecía estar viviendo un momento insólitamente estable. Para Gabriel, un extraño paréntesis con licencia para respirar mientras durara.

Cuando colgó el teléfono, dejó sobre la silla del dormitorio el uniforme de la línea aérea, un par de calcetines de cachemir de colores atrevidos y su pulsera deportiva. Treinta mil pasos hoy, se felicitó. La nueva terminal del aeropuerto era tan mastodóntica que le garantizaba los aeróbicos de toda la semana. Sacó del cajón de la mesilla su antifaz y los tapones. Ya no sabía dormir si no se aislaba del mundo, aunque no le quedaría otra que acostumbrarse. No podría oírlo si su madre lo llamaba.

Aunque su mayor preocupación siempre había sido su silencio.

Era incapaz de comenzar el día con tranquilidad si no pulsaba su estado de ánimo. Su protocolo interno era el siguiente: que no cogiera el teléfono una vez le hacía sentir incómodo. Una segunda disparaba su estado de alerta. La tercera le hacía llamar a Elisa por si podía bajar a tocarle la puerta. Si el silencio persistía, dejaba lo que estuviera haciendo y salía disparado como una ambulancia hacia su casa. Si estaba volando avisaba a su hermana, quien siempre trataba de quitarle hierro al asunto con tal de no volver a lo que ella llamaba «las andadas». El caso es que esa tarde, a pesar del motivo de su visita, encontró a Dolores extrañamente tranquila. Gabriel había sentido terror a su reacción porque no tenía claro cuán cercano le era el fallecido. «Me gustaba pasear con él cuando sacaba a Oxi», dijo con los ojos un poco irritados y rascándose el pelo ralo de la nuca. «Me enseñó a entenderle». Y a su hijo no le quedó claro si dijo entenderle o entenderme, porque a esas horas ya estaría bajo los efectos del ansiolítico y tenía el habla tan distraída que no conseguía cerrar las consonantes. Luego la observó caminar su cuerpo redondo por el pasillo; así, con el pelo corto, despeinado, y los pasos torpes en calcetines, le pareció un niño de pocos años.

—Mamá, cálzate, por favor. Que te vas a escurrir otra vez y luego pasa lo que pasa…

—Ahora, ahora… Es que… no sé dónde he puesto las zapatillas…

Había algo que le ilusionaba de aquel encuentro, pensó el azafato mientras se levantaba porque se le había olvidado darse el sérum de noche. Abrió el frasquito con diligencia y se echó el pelo liso y negrísimo hacia atrás. Desde que coincidió con Mónica en el aeropuerto, Gabriel lo había querido ver como una estrella que lo guiaba hacia alguna parte. Pocos días antes su madre le había comentado que trabajaba allí. Era increíble que en tres años no se hubieran cruzado antes si ella estaba en la zona de aduanas, por mucho que él se pasara más tiempo en el aire que en la tierra.

La había encontrado lindísima, pero no se atrevió a decírselo.

En realidad, la había visto igual. El tiempo se había limitado a contrastar los rasgos de la fotografía de la Mónica jovencita que conservaba en su memoria. Pero mantenía intacta esa forma aguda de interrogar al estilo Colombo que siempre le divirtió tanto.

De pie frente al espejo tomó la decisión y se quitó los tapones. Cuanto antes se acostumbrara, mejor. Luego estuvo dando vueltas en la cama un par de horas. Tendría que preguntarle a Ruth qué podía tomar para conciliar el sueño sin ellos. Finalmente claudicó y volvió a sentir esa agradable sensación de estar envasado al vacío.

Soñó con su madre toda la noche.

Eran casi las once cuando Mónica consiguió dar con Suselen. El tono del móvil le anticipó que se encontraba en territorio nacional. También su voz contestando en castellano. Cuando Mónica le dijo su nombre aún tardó unos segundos en saber quién era.

—Normal —dijo Mónica mientras la otra trataba de disculparse—. Para mí es más fácil. Voy teniendo noticias de tus éxitos por Facebook y por la prensa.

—Sí, sólo tengo las redes por trabajo; también te veo aparecer por allí y me encanta. Siento no contestar a los comentarios, soy un desastre.

Luego le confirmó que había vuelto a España con su familia. Las noticias volaban… Se habían mudado un mes atrás a Majadahonda.

—Acabamos un poco agotados del ritmo de Londres y de no tener verano —le explicó—. Y después de la pandemia decidimos que la prioridad era disponer de un jardín. Qué originales, ¿verdad?

Estaba contenta con el cambio. La niña ya había hecho amigos. ¿Cuántos años tenía ya Dafne?, preguntó Mónica, ¿trece? Madre mía… Hasta ese momento la conversación fluyó de forma agradable, ligera de equipaje, algo más protocolaria que con los otros dos, quizá porque a Mónica le costaba reconocer a la pequeña del grupo, siempre afónica y meditabunda, en la voz educada y asertiva de esa mujer que se reía con arpegios.

Pero la charla llegó a un claro punto de inflexión. Hasta ese momento Suselen se había mostrado felizmente sorprendida por la llamada, incluso insistió en ofrecer su casa para tan esperado reencuentro y les prepararía esa cursilada de los sandwichitos de pepino y unos scones para el té. No tenía un coche híbrido aún, así que ir al centro era para ella complicado, y ya no se aclaraba en el metro. Pero no fue hasta antes de colgar cuando Mónica cayó en la cuenta de que lo que trataba de evitar Suselen a toda costa era pisar el barrio. Por si quedaba alguna duda, marcó una línea roja:

—Siento mucho que Elisa haya tenido que vivir una situación tan desagradable. Dale muchos besos de mi parte —y luego con la voz sólida y fría como un glaciar—, pero no sé en qué voy a poder ayudarte, Mónica. En los últimos años la comunicación con mi madre se ha vuelto cada vez más complicada.

Luego añadió que había vuelto a España para vivir tranquila con su familia, como si no considerase a su madre parte de ella, como si la distancia con esa plaza y con Ágata fuera crucial para que eso fuera así.

¿Tanto habían cambiado las cosas?

Para los cuatro, la plaza había sido una incubadora en la que jugar a cazar, a defenderse y observar su hábitat, como hacían los cachorros de una manada al entrenarse para la vida. Un simulacro de libertad en cuyo interior estaban representados casi todos los aspectos del mundo que les esperaban fuera. También sus peligros. Pero en pequeño. De su tamaño. Quién sabe, pensó Mónica mientras acariciaba el cuerpecito enroscado de Fiera a su lado, quizá era la única que se resistía a abandonar ese espacio infantil que sólo sobrevivía en su memoria y los demás habían dado el paso correcto fuera de ella.

¿Qué les pasó?

¿Habían madurado? Y entonces… ¿ella? Lo que estaba claro era que, o habían creado sus propias familias, o habían volado lejos. Incluso Ruth vivía fuera de su influencia, por mucho que tuviera su consulta en el área de servicio de la casa de su madre. Sin embargo, «los inútiles de sus hermanos» se habían quedado adheridos en su tela de araña y seguían habitando los pisos de la familia, alimentándose de los insectos que cazaba para ellos la viuda negra de mamá. En ese momento recordó que ése había sido uno de tantos motes con los que Ruth obsequió a su madre, bastante morboso a decir verdad, cuando la vio organizando el cóctel posterior al entierro de su marido con la diligencia de una productora de eventos y sin derramar una sola lágrima. Para colmo, aunque todos se lo achacaron al shock del luto, cuando se encontró a la farmacéutica y le preguntó qué le había pasado, Margarita respondió sorprendida: «A mí, nada. El que se ha muerto es mi marido». Esa anécdota fue muy celebrada por el grupo una vez que dejó de doler su pérdida.

Cuando colgó el teléfono a Suselen, no supo por qué, pero Mónica se sintió triste. ¿Qué estaba buscando en realidad? ¿La ilusión perdida de aquellos años en que todo era potencialidad? Podría decirse que era así. Porque ésa era una constante en la vida de Mónica. Fuera lo que fuera, quedarían en el Caripén, posiblemente el tiempo pincharía la burbuja de la nostalgia en su cara, y se despedirían unas horas más tarde con la cordialidad de unos antiguos conocidos.

Cerró la agenda de Orlando.

Así la firmaba en la primera página, sin apellido, al lado de su número de teléfono por si se perdía. Qué irónico que fuera él quien se había extraviado entre las espesas brumas del misterio, pensó mientras se estiraba para dejarla en la mesilla de noche. Y entonces la escuchó caer. Algo que había en el interior de la libreta sobresaltó a Fiera con su impacto metálico contra el suelo. Ambas se asomaron desde el colchón.

Una llave.

¿Cómo no la había visto antes? Examinó la agenda. Debía de estar guardada dentro de una de las solapas. Mónica se tumbó sobre el feo edredón de raso y la examinó. Fiera también la olfateaba a su lado con curiosidad. No era de la casa de su madre, suspiró aliviada. Sería de su propia casa. Pasó su dedo fino y corto por los dientes exagerados de la llave. Tenía una forma extraña. Era muy gruesa y tenía una empuñadura roja. ¿Dónde vivía? Fiera le enterró el morrito chato y cálido en la axila. ¿Quién eras, Orlando?, susurró dentro de una de las orejas de su Baby Yoda. Ésta le dedicó un gesto de infinita sabiduría, suspiró cómicamente y cerró los ojos. Esa pregunta aún no la podía entender, pensó la perrita mientras su pequeño pero sináptico cerebro la hacía correr ya por hermosas praderas azules y amarillas.