María Lejárraga
La mujer sin nombre que sin embargo tuvo demasiados.
El mayor misterio de la literatura española.
Gregorio Martínez Sierra
El exitoso director de escena que anhelaba ser autor. Marido de la protagonista.
Juan Ramón Jiménez
El melancólico premio Nobel de Literatura y «amigo perfecto» de María.
Jacinto Benavente
El gran dramaturgo de lengua afilada como un rejón y mentor de Gregorio Martínez Sierra.
El Caballero Audaz (José María Carretero)
El prolífico y temido periodista, tan peligroso con la pluma como con la espada.
Ramón María del Valle-Inclán
El polémico escritor de personajes deformados por los espejos del viejo Madrid con forma de ciprés y voz de tormenta.
María Guerrero
La primera empresaria teatral española y gran actriz, apodada «la Brava», entre otras cosas, por su genio durante los ensayos.
Fernando Díaz de Mendoza
El conde que soñó con ser actor, a cuyos hijos daba su nombre y no siempre su apellido. Marido de María «la Brava».
Benito Pérez Galdós
«El escritor de las mujeres», enamorado de Madrid y padrino literario de la protagonista.
Manuel de Falla
El compositor sísmico capaz de embrujar al fuego y amigo «imperfecto» de la protagonista.
Joaquín Turina
El único hombre que fue capaz de convertir en sonata la risa de la protagonista.
Catalina Bárcena
La gran diva que elevó la ingenuidad a la categoría de arte, el tercer vértice del triángulo y segunda pareja de Gregorio Martínez Sierra.
Zenobia Camprubí
La brillante traductora que dedicó su vida a transcribir la tristeza de su marido, Juan Ramón Jiménez.
José María Usandizaga
El Mozart español que echó a volar como sus «golondrinas». Colaborador de la protagonista.
Federico García Lorca
Estrella fugaz y poeta del amor oscuro con alma de dramaturgo. Colaborador de Gregorio Martínez Sierra y María Lejárraga.
George Portnoff
El agente de María en Nueva York, además de su profesor de ruso y en el noble arte de beber vodka.
Collice Portnoff
La perspicaz traductora de María Lejárraga y esposa de George Portnoff.
Katia Martínez Bárcena «Catalinita»
La devota única hija de Catalina Bárcena y Gregorio Martínez Sierra.
Fernando de los Ríos
El catedrático amigo de los campesinos, azote de los caciques y «padre del socialismo de guante blanco». Mentor político de María.
Patricia O’Connor
La primera y tenaz investigadora que halló el rastro de la mujer sin nombre.
Margarita Gil Roësset, «Marga Gil»
La joven y prodigiosa escultora que destruyó su obra por amor.
María Lacrampe
La ahijada política de la protagonista, con una lealtad a prueba de fronteras.
Matilde de la Torre
La política íntegra con voz de violonchelo que nunca se daba por vencida. Amiga más fiel de María.
Alda Blanco
La investigadora capaz de seguir los pasos de las mujeres atrapadas en el exilio de la memoria.
Noelia Cid
La apasionada directora de escena y actriz, metida a Sherlock Holmes.
Lola
La entregada e impresionable ayudante de dirección de Noelia. Su «Watson».
Augusto
El vehemente y atractivo actor que admira a Gregorio Martínez Sierra.
Francisco
El escrupuloso músico vocacional reconvertido en actor y amante de los folletines.
Leonardo
El joven talento de la interpretación y ardiente defensor de María Lejárraga.
Cecilia
La actriz e impulsiva twittera de causas feministas.
Regino Vals
El siempre enigmático maestro y padrino teatral de Noelia Cid.
Celso Rivera
El productor al que le gusta empezar las conversaciones in medias res e insultar en el desenlace.
Imanol Yanes
El desgarbado periodista con opacas intenciones que siempre va dos pasos por delante.
Antonio González Lejárraga
El sobrino nieto de María, guardián de su legado y adorador de Tintín.
Margarita Lejárraga
La bella centenaria, ahijada de María y cómplice de su secreto.
Leandro Lejárraga
El médico de los pobres y padre de la protagonista.
Natividad García-Garay
La madre de María. Su maestra intelectual y en poner los sueños un poquito por encima de las realidades.
María Teresa Lejárraga
La madre de Antonio y sobrina de María. Cronista de la familia con voz de hada.
Alejandro Lejárraga
El hermano de la protagonista y sus ojos durante el exilio.
Pablo Picasso, José Echegaray, Isaac Albéniz, Victor Hugo, Eduardo Marquina, Claude Debussy, Maurice Ravel, Colette, Isadora Duncan, Sarah Bernhardt, José María Pemán, Francisco Franco, Adolf Hitler, Margaretha Zelle «Mata Hari», Pastora Imperio, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Rafael Alberti, Ígor Stravinski, Serguéi Diághilev, Léonide Massine, Carmen de Burgos «Colombine», Victoria Kent, Margarita Nelken, María Teresa León, Clara Campoamor, Elena Fortún, María de Maeztu, Dolores Ibárruri «Pasionaria», Charles Chaplin, Maurice Chevalier, Charles Laughton, Martha Gellhorn, Ernest Hemingway, Robert Capa, Gerda Taro, John Dos Passos, Malraux, Saint-Exupéry, el coronel Perón, Eva Perón «Evita» y Walt Disney.
LA MUJER SIN NOMBRE (disponible en Spotify) es la lista en la que aparecen todas las obras musicales mencionadas en la novela, además de aquellos temas que han servido a la autora de inspiración durante su escritura.
Buenos Aires, otoño de 2018
Sólo marco las horas serenas.
Hasta donde pudo leer en latín eso decía el reloj de sol en la inscripción tallada sobre la piedra: Nisi serenas.
Se protegió los ojos con la mano y sacó una foto. Alda Blanco no investigaba lenguas muertas sino personas o más bien sus rastros a través del tiempo, y el de aquella mujer le había llevado hasta el barrio de San Telmo, esta vez, para despedirse. Porque sabía que ese siempre fue su lema. Así lo había dejado escrito en sus memorias: «Una vez, en un olvidado jardín del mundo, vi un reloj de sol que decía: sólo marco las horas serenas, esa ha sido la divisa de mi vida». Por eso, cuando Alda encontró ese reloj casi escondido en un parque olvidado de Buenos Aires se le aceleró el pulso y supo que tuvo que ser ese reloj. Porque a «ella» le gustaban los jardines, porque vivió sus últimos años muy cerca de allí y porque ya la conocía demasiado.
Lo observó detenidamente: la escultura de Diana, diosa de la luna y la naturaleza, se rendía ahora a ella dejando que un vestido de hiedras pudorosas cubriera su desnudo. Con una mano, como su observadora, se protegía del sol los ojos pétreos, y con la sombra de su dedo índice señalaba perezosa la hora que marcaba el astro macho.
Un rayo intransigente cayó sobre las doce del mediodía.
Hora de despedirse.
Alda cazó con su móvil la estampa de nuevo, aunque no recogió el griterío de los niños en los columpios oxidados, ni el tibio olor a lavanda de la tarde, y se dispuso a continuar su ritual. Dejó atrás el oasis del parque y se perdió por el laberinto de calles de San Telmo con su naturaleza opuesta a la serenidad, imaginando que caminaba junto a su investigada a través del tiempo.
Este es nuestro último paseo juntas, le anunció. Y por eso contempló nostálgica los mismos edificios que ella pasaría de largo tantas veces de camino a su hotel, claro que cuando los conociera, en los sesenta, conservarían todo su esplendor: las Galerías Pacífico, los almacenes Harrods, la plaza de Dorrego donde ya gemía un tango madrugador, destemplado, y olía a jugo de carne. Allí tomó un taxi.
—Al Cementerio de la Chacarita, si es tan amable —pronunció con una mezcla de erres yanquis y leve cantinela mejicana al fondo.
—A la orden —exclamó el conductor, delgado y eléctrico, al tiempo que soltaba una edición sobada de Amos Oz sobre el asiento del copiloto.
El hombre se ofreció a esperarla hasta que saliera, aquel no era lugar seguro para una extranjera, dijo, se quedaba todo desangelado y a esas horas no había más que chusma buscando robarle la guita a cualquiera. Luego improvisó un editorial sobre la situación política según pasaban de largo la Casa Rosada. Para él que la primera dama ya la habría hipotecado como el resto del país. Ya no había laburo ni para los barrenderos.
Los ojos irónicos de Alda buscaron los del taxista en el retrovisor:
—Se lo agradezco, pero prefiero que no me espere. Quizá tarde un rato. Aún tengo que consultar la ubicación de una lápida en el registro.
—¿En el registro? —resopló ajustándose el cinturón—. Allí no va a haber nadie, señora. Hay recortes. Y aquello es como otra Buenos Aires pero con habitantes menos habladores, qué se sho... es muy fácil perderse. ¿No habrá venido desde Nueva York sólo para visitar la tumba de Gardel?
—No. —Rió.
—¡Obvio! —Dio un volantazo—. Tiene usted cara de mujer inteligente... Pero sí busca a alguien importante, ¿no es cierto?
Alda apoyó la frente sobre el cristal frío y salpicado de la ventanilla.
—Sí..., a un fantasma.
Se detuvo un momento ante el pequeño y arrogante partenón que le daba la bienvenida a esa ciudad de los muertos. Según pisó con sus zapatillas de deporte la arena sagrada intuyó que le esperaba una buena caminata entre las tumbas. No le vendría mal para bajar los alfajores que era incapaz de evitar en los desayunos, pensó la profesora, y se prometió que al volver a San Diego retomaría su dieta.
Pasó de largo la oficina del registro candada por fuera y se adentró por un primer pasillo al azar, donde las tumbas le parecieron más destartaladas y antiguas. Una larga avenida de sepulturas se perdió en el horizonte de luz de la tarde. Suspiró. Bueno, vamos allá... Con el bolso cruzado sobre la chaqueta verde comenzó la búsqueda. Un soplo inesperado de vida le sacudió el pelo cada vez más rubio con el que ocultaba sus canas. El sol de primavera se filtraba a través de las hojas de los árboles y describía curiosos mosaicos de luz sobre las avenidas de la muerte. Giró a la derecha. Un ejército de esculturas le dio la bienvenida con aire solemne. Esa debía de ser la zona de los mausoleos, pensó, pero tú no habrías buscado algo tan ostentoso, ¿verdad? Al fin y al cabo, le dejabas el muerto a tus sobrinos, nunca mejor dicho. Sonrió y, al hacerlo, saludó a Gardel, de pie sobre su tumba: el pelo rígido para siempre engominado, pose chulesca, la mano al bolsillo y un clavel rojo que alguien había incrustado entre sus dedos de mármol. No, definitivamente tú no habrías querido algo así, querida, siempre fuiste una mujer tan discreta..., murmuró Alda retomando su marcha, en todo caso una lápida sencilla con alguna cita de Goethe o de Shakespeare, al fin y al cabo eran tus dioses.
Llegó a un cruce de caminos y se quedó en jarras. Pensándolo bien, podría haber pagado algo más que digno porque vivió en el hotel Lancaster mientras se valió por sí misma, reflexionó la investigadora..., pero estaría descuidada, porque sus sobrinos nietos vivían todos ya en España, así que desde 1974 no tendría flores y quizá le faltara alguna letra a su nombre.
Su nombre...
Pero ¿con cuál de ellos quisiste ser enterrada, querida?, la voz de Alda rebotó contra el silencio de las piedras. Con los dedos anillados del meñique hasta el pulgar como una de sus libretas, extrajo del bolso un film transparente con dos hojas de periódico a punto de desintegrarse. Se puso las gafas como pudo:
EN BUENOS AIRES, DONDE RESIDÍA, HA MUERTO MARÍA LEJÁRRAGA.
La esposa del gran comediógrafo Don Gregorio Martínez Sierra cumpliría cien años el próximo 28 de diciembre.
(La Nación)
Luego le dio la vuelta con cuidado y leyó la noticia de ABC fechada el mismo día del mismo año, en el apartado de informaciones teatrales:
MUERE EN BUENOS AIRES MARÍA MARTÍNEZ SIERRA
Sus restos recibirán hoy cristiana sepultura en el Cementerio de la Chacarita.
Alda levantó los ojos al cielo y se retiró el flequillo latoso y húmedo de la frente: ya ves, María, ni siquiera el día que te fuiste se pusieron de acuerdo a uno y otro lado del charco en cómo llamarte. Se sentó sobre la piedra caliente y sintió una punzadita entre las costillas que le era conocida. Aspiró una bocanada de aire y comenzó su ritual:
—Bueno, querida mía, he creído importante venir hasta aquí para decírtelo. —Una pausa emocionada—. Yo no puedo hacer más de lo que he hecho por ti, María, tienes que entenderlo. Tengo otras mujeres a las que investigar que me están esperando, pero cada vez que decido bajar tu caja al archivo me llama alguien encargándome un prólogo sobre uno de tus discursos o un análisis de tus cuentos... y lo peor, ¿sabes qué es lo más frustrante? Que da igual los estudios que te dedique. ¿No ves que apenas tienen trascendencia? Se quedan en ediciones chiquitas universitarias que... ¿a quién le importan? A mis alumnos, espero. Yo no puedo proporcionarte la visibilidad que necesitas. Ya quisiera, pero llego hasta aquí. —Apretó un poco sus lagrimales con los dedos, no lograba acostumbrarse a este momento—. Sólo he venido para decirte que a mí sí. Que yo siempre te he creído. Pero, querida, me tienes que liberar. Eso sí, te aseguro que aunque nos separe el tiempo y no hayamos podido conocernos en vida, he disfrutado muchísimo de tu compañía después de muerta.
Se levantó con cansancio, sacudió su falda plisada y el polvo de las zapatillas de a saber cuántas almas, y colocó sobre la piedra las esquelas. Luego extrajo una rosa lacia del bolso y la dejó encima con una caricia.
—Ha sido un honor... Hasta siempre, María.
Once horas después, con el cansancio del vuelo aún pegado a los huesos y la maleta sin abrir en su despacho de la Universidad de San Diego, escribía con un rotulador grueso en una caja gigantesca: «María de la O Lejárraga», descendió con esfuerzo las escaleras del archivo cargando con ella y caminó haciendo eses y breves paradas por los pasillos interminables hasta encontrar un hueco. La profesora contempló cómo se perdían en el frío infinito de neón los cientos de cajas, cada una con un nombre y una fecha escritos a rotulador, y le recordó a las avenidas de nichos de la Chacarita.
Cada caja encerraba una historia de papel.
Cada nombre, un exilio, el de la memoria.
Dobló las rodillas como le habían enseñado en pilates cuando iba a levantar mucho peso y, congestionada, subió el cajón a la estantería. Sacudió sus manos, satisfecha. No había empezado a darse la vuelta cuando sonó su móvil. Contempló el número que se dibujaba en la pantalla con prefijo de España. La voz joven y modulada de una mujer salió por ella:
—¿Con la doctora Alda Blanco, por favor?
—Sí, soy yo.
—Por fin la encuentro. —La voz pareció alborozarse—. No estaba segura de si usted estaba...
—¿Muerta?
—No, jubilada.
La profesora se sopló el flequillo.
—Trabajo con personas de principios del siglo XX, pero eso no quiere decir que sean mis contemporáneos.
La voz hizo una pausa apurada y luego cogió carrerilla:
—Mire, me ha dado su teléfono mi mentor, Regino Vals. Me llamo Noelia Cid, soy directora teatral y actriz, y me han encargado poner en pie por primera vez una obra perdida llamada Sortilegio del famoso autor del siglo pasado...
—Gregorio Martínez Sierra —la interrumpió Alda—. Sí, lo conozco muy bien. Siga.
Durante un momento sólo se escuchó de fondo el estruendo del tráfico madrileño. Luego la voz continuó:
—Verá, me surgen muchas preguntas, y al no quedar descendientes directos del autor me han sugerido buscar a la familia de su mujer, quien probablemente conserve algunas de sus notas originales. Me han dicho que usted estudia las memorias de mujeres en el exilio. Su nombre era...
—María Lejárraga, por supuesto —volvió a interrumpirla.
—Perdone, pero ¿alguien más la ha llamado preguntando por ella?
—No, últimamente no, pero estaba esperando a que alguien lo hiciera.
Alda levantó la vista hacia la caja. «Pero qué lista eres...», murmuró guiñando sus ojillos cómplices para enfocar a ese nombre que encerraba tantos otros.
—¿Profesora?
—Sí —se apoyó fatigada en la estantería llena de polvo—, mire... ¿Noelia, se llamaba? Creo que tengo algo para usted. ¿Podemos hablar mañana con más tranquilidad?
La voz pareció patalear de felicidad dentro del móvil y se despidió hasta el día siguiente. La profesora tiró con esfuerzo de la caja y se dispuso a desandar su camino. Luego subió como pudo los escalones hasta que quedó convertida en una foto mal revelada sobre la oscuridad de la escalera.
En la plaza de Oriente de Madrid, Noelia Cid —melena castaña desteñida hacia la mitad, peto vaquero que no rellenaba y cierta languidez— colgó el móvil, aspiró con ansia su cigarrillo electrónico y soltó una estela de humo antes de anunciarle a su ayudante:
—La he encontrado.
—¿A quién? —preguntó Lola masticando un chicle de clorofila desde su metro cincuenta totalmente vestido de rojo que acentuaba aún más su habitual aspecto de duende navideño.
—A la investigadora de San Diego.
—¿Y quedan descendientes?
—No me ha dado tiempo a preguntárselo, Lola. Me he puesto taquicárdica. Pero me ha dicho... —escarbó en su bolsa—, ¿tienes para escribir?, me ha dicho que tiene algo para mí.
La otra arrancó una página de su libreta.
—Entonces, ¿seguimos con el plan o esperamos?
—¿Esperar? ¿A qué? —Noelia le dio unas sacudidas nerviosas al cigarrillo electrónico—. No tenemos tiempo. Los ensayos empiezan mañana. ¿A cuánto estamos del estreno?
—A dos meses justos a partir de mañana, pero...
—¡Dos meses para el estreno! Y sólo tenemos un borrador al que le faltan páginas de una obra que nunca se ha estrenado.
Lola se colocó unas gafas en forma de corazón y miró hacia arriba hasta encontrar los ojos de la directora, quien le sacaba una cabeza.
—Muy bien, Noe. Pues ¿por dónde empezamos?
La otra vapeó su cigarrillo, pensativa. Echaron una mirada rápida alrededor.
—Según tus averiguaciones, hay dos Lejárragas que vivieron en esta plaza, ¿no? —repasó Noelia, aspirando la pipa. Pero ellos no tuvieron hijos.
Lola se subió las gafas de sol y se colocó otras de ver sobre el puente chato de su nariz para consultar sus notas.
—Sí, aparecen en la guía —confirmó—, pero no me salen las cuentas. Si son las sobrinas de ella, calculo que deben de tener por lo menos cien años cada una.
A lo que Noelia contestó que la tal María había vivido al parecer otros cien, así que si estaban vivas, antes de preguntarles por la obra deberían sonsacarles qué comía esa familia.
—Vamos, empecemos por ese portal.
Y así fueron preguntando arbitrariamente a todos los porteros y, uno a uno, fueron descartándose hasta que sólo les quedó un portal lúgubre y señorial en el extremo de la plaza. Estaba cerrado a cal y canto, así que decidieron esperar sentadas en el escalón.
—¿En serio estamos haciendo esto? —Noelia le robó un chicle.
—Tienes una intuición. Y las intuiciones hay que seguirlas.
—No, Lola, lo que yo tengo es un padrino que sabe intrigarme. Martínez Sierra fue al parecer un autor de muchísimo éxito que ha sido olvidado, ¿por qué? ¿Y cómo iba a representarse Sortilegio durante la dictadura? Una obra protagonizada por... ¿un trío gay?
—¡Un Brokeback Mountain escrito en los años treinta! —tiritó Lola, entusiasta—. ¡Es maravilloso!
La otra se apoyó sobre la puerta.
—Por eso tenemos que encontrar sus notas. Para saber más. ¿A qué hora son los ensayos esta semana?
En ese momento se abrió la puerta y ambas se levantaron disculpándose. Apareció una mujer con chándal gris y un perro furioso protestando dentro de un trasportín.
—Hola, buenos días —se adelantó Noelia sujetándole la puerta—. Disculpe, mire..., esto le va a sonar un poco raro, pero estamos montando una obra perdida de un autor que se llamaba..., bueno, eso da igual, parece que los descendientes de su mujer viven en esta plaza. Querríamos...
—¡Avisarles del estreno! —la interrumpió Lola justo a tiempo—, pero deben de ser muy ancianos.
La mujer mandó callar al perro varias veces.
—¡Qué emocionante! —dijo por fin y soltó al animal en la acera—. ¿Cómo se llaman?
—Lejárraga —se adelantó la ayudante.
La vecina titubeó unos segundos.
—Lejárraga..., no estoy segura... Creo..., sí, ¿o no?
Y así, tras consultar sin éxito los nombres de los buzones intercambiaron sus contactos por si se enteraba de algo.
Cuando Noelia y Lola ya cruzaban la Puerta del Sol siguiendo el rastro fosforescente de caracol que había pintado el astro, sonó el teléfono.
La directora descolgó.
—¿Sí?
—¿Noelia?
—Sí.
—¡Tengo su teléfono! ¡Margarita, su sobrina, está viva! —anunció la vecina como si ya fueran íntimas.
Lola observaba a Noelia con los ojos fuera de las órbitas.
—¿Y? ¿Vas a llamar o no?
Varios tonos de llamada, y al décimo, una voz como llegada de otro siglo contestó imperativa:
—Diga.
—Buenos días, ¿es usted Margarita Lejárraga?
Una pausa cauta. Una respiración apagada.
—¿Quién la llama?
—¿Es usted? —Noelia hizo un gesto de advertencia a Lola para que dejara de dar saltos a su alrededor.
Otra pausa digna de una maestra de la intriga.
—La señora ahora mismo no se puede poner —anunció solemne—. Tendrían que hablar con su sobrino, que llega en una hora.
—Pero ¿sabe si la señora es la sobrina de María Lejárraga?
Otra pausa aún mayor.
—Sí..., esa historia me suena.
Cuando Noelia colgó el teléfono y ambas volvieron acelerando el paso por la calle Mayor hasta la plaza de nuevo, no imaginaron que empezaban a desandar también un pasado mucho menos luminoso que la mañana a esas horas. Incluso Noelia dirigió una mirada fugaz a la discoteca Joy Eslava al pasarla de largo sin sospechar que la pareja que se disponían a conocer encendió en ese mismo lugar la llama de la escena más vanguardista de Madrid.
Una hora más tarde se encontraban frente a una puerta antigua de madera barnizada durante siglos. Tras llamar varias veces se abrió. Era delgado, de mediana edad y con un gracioso remolino de pelo negro sobre la frente. El hombre las observó con sus ojos rasgados alzando el mentón, no por altivez, sino para soportar el peso de las gafas. En realidad, un gesto heredado aunque de eso no era consciente. Parecía haber sido dibujado a lápiz por el creador de Tintín.
—Sentimos este atraco —se disculpó Noelia.
—Pues no venís a un buen lugar —ironizó con una voz que de pronto anunciaba más años de los que aparentaba—. Aquí no hay más que libros viejos y papeles.
El que se presentó como Antonio González Lejárraga las invitó a pasar galantemente hasta el salón. Al entrar proyectó una voz más actoral.
—¡Tía!, ¡han venido estas chicas a preguntar por María y Gregorio!
Sentada frente a un balcón que se abría a la plaza se recortaba la figura larga de una anciana perlada leyendo el periódico: pelo arreglado y blanquísimo, pequeños pendientes, camisa blanca entallada del mismo color. Se despegó hueso a hueso de la butaca con suavidad. A Noelia le sorprendió la altura para su edad. Toda ella parecía hecha del mismo papel.
—Ay, la tía... —suspiró la anciana con voz juvenil—, era una mujer tan culta y se reía tanto...
La mujer les tendió su mano larga de piel traslúcida. Antonio les ofreció sentarse y ella regresó a la butaca a observar la plaza desde su palco.
—Mi tía Margarita era su ahijada —aclaró el sobrino nieto—, convivió mucho con ella de niña, también mi madre, sobre todo durante la Guerra Civil cuando las refugió en su casa de Niza, pero ahora conecta con nuestro siglo sólo a ratos.
Lola se sentó a su lado.
—Bueno, a nosotras nos viene casi mejor que conecte con el siglo pasado —dijo.
No se celebró el chiste. Así que excavó en la bolsa gigante en busca de su inseparable libreta.
—Vamos a molestarles lo menos posible —aseguró Noelia—, sólo queríamos informales, como descendientes que son, de alguna manera, de que vamos a montar por primera vez Sortilegio, de Gregorio...
—¿Sortilegio? —Antonio arqueó las cejas dejando la boca entreabierta—. ¡Hombre!, la obra maldita.
—¿Maldita? —se interesó Lola.
Él asintió con naturalidad.
—Eso significa Sortilegio entre otras cosas, ¿verdad? —aclaró—. Maleficio. Por cierto que ese fue también su primer título.
Lola garabateó con fuerza algo indescifrable. Noelia, sin embargo, seguía absorta en la anciana atravesada por la luz del balcón. Luego añadió que también significaba leer las señales, y clavó la mirada en el descendiente: Sortis-legere. Leer la suerte, el futuro y el pasado.
—Cómo se reía la tía... —intervino de pronto la anciana como si retomara la escena anterior y se llevó una mano a la oreja flácida—. La risa de la tía era música... —y se deleitó escuchando detenidamente el silencio.
Todos quedaron en pausa. Un timbre afónico sonó en la casa vecina. Unos pasos cruzaron crujientes sobre sus cabezas.
—También hemos pensado —continuó Lola titubeando— que quizá María, como muchas mujeres de escritores, podría, no sé, conservar algún material que nos fuera útil. Incluso algún manuscrito.
—Bueno —el hombre se subió las gafas—, la verdad es que son obras que con la dictadura no corrieron la mejor de las suertes... y mis tíos vivieron separados los últimos años de su vida. A veces nos han llamado para escarbar en otras cosas, por morbo, ya sabéis —pero no, ellas no supieron a qué se refería—, aunque, en este caso, os confieso que para mí es una sorpresa que vaya a producirse una de sus obras de teatro.
—Eso, el teatro, Antonio, el teatro —revivió la anciana con una sonrisa hueca—, enséñales el teatrillo.
El hombre volvió a sumirse en uno de sus misteriosos silencios y luego les pidió que le acompañaran.
Le siguieron por un pasillo angosto cuyas paredes parecían las de una galería: figurines y decorados en acuarela, carteles antiguos de teatro, portadas de libros ilustradas de principios de siglo, hasta que llegaron a un despacho. La habitación estaba forrada de arriba abajo con estanterías de madera de roble en las que asomaban cientos de volúmenes encuadernados en piel y archivadores dispares. Los vestigios de los cien años de vida de su dueña habían sido acumulados en ese lugar y sin duda la ayudarían a conocer mejor a su fascinante autor perdido, se ilusionó Noelia acercándose al sinfonier alto y estrecho con persiana de los años treinta. A su lado, un escritorio con retratos enmarcados, una pluma con tintero art déco y porcelanas, muchas —en su mayoría recuerdos de viajes, de París, de Valencia, de Londres...— y una extraña máquina antigua de hierro con dos teclados. Qué maravilla de armatoste, pensó, pero entonces al alzar la vista lo vio. Aquel curioso retrato a lápiz cuya cabeza en escorzo parecía querer escapar de su secuestro de papel.
—Sí, ese era Gregorio —les anunció el sobrino.
Lola empezó a fotografiarlo compulsivamente desde distintos ángulos con ansiedad de paparazzi. La directora se acercó todo lo que pudo, imantada: los ojos urgentes, tan vivos y fijos en un objetivo que sólo él parecía ver. Una mirada visionaria y valiente, sin duda, si se había atrevido a escribir sobre un tema tabú y escandaloso en aquella época. En el extremo opuesto reconoció extrañada otro retrato del circunspecto premio Nobel Juan Ramón Jiménez y, en el centro, una mujer al óleo peinada con un moño alto y decimonónico.
—Y esa era mi madrina, María.
El retrato se lo había hecho Sala, añadió. Noelia lo observó con cierto interés: pelo moreno y abundante, ojos profundos y seguros en forma de media luna en los que intuyó una tristeza que contradecía la sonrisa relajada, y una rosa blanca a punto de deshojarse en su mano cerca del pecho. No era un retrato muy bonito a pesar de ser de Sala, pensó ella, y volvió a quedar fascinada por el hombre al que había ido a interrogar. ¿Qué había tras esa mirada apremiante? ¿Por qué habría decidido escribir aquella historia?
—¿Se conocieron? —preguntó Noelia señalando los retratos de los dos hombres.
—Íntimamente —contestó Antonio y se subió las gafas—, sobre todo María y Juan Ramón. Este retrato y todo lo que veis aquí son las cosas que mi tía abuela se llevó al exilio.
Noelia caminó entre los muebles auscultándolos con los dedos, no podía evitar esa pequeña manía. ¿Qué vais a contarnos?, les preguntó, y de nuevo se sintió vigilada por aquella mirada femenina al óleo que parecía seguirla con curiosidad mientras Lola disparaba preguntas como una ametralladora al amable sobrino: si se conservaban cartas de la época en que se escribió Sortilegio, si conservaba algún manuscrito, si acaso le constaba que tuvieran amigos homosexuales.
Entonces Antonio empezó a seleccionar algunos archivadores de las estanterías.
Abrieron una primera carpeta al azar y aparecieron todo tipo de cuadernos, programas, notas minúsculas y fotos antiguas que guardaban una dedicatoria en el dorso. Para la absoluta sorpresa de ambas, empezaron a desfilar ante sus ojos los rostros de toda una era: premios Nobel, Juan Ramón Jiménez o Benavente, maestros de la música como Manuel de Falla, Stravinski, auténticos mitos, el poeta Federico García Lorca, Pablo Picasso, todas autografiadas para Gregorio y María, pero sobre todo para María... con afecto, con devoción, con ese código que rara vez se dirigiría a una mujer de esa época.
Antonio dejó un cuaderno de hojas amarilleadas por el tiempo sobre las manos de Noelia donde pudo leer mecanografiado, con las oes casi perforadas: «SORTILEGIO de Gregorio Martínez Sierra».
—¿Es el original?
Antonio asintió, pero no estaba completo. Noelia soltó el aire de los pulmones en varios tiempos. Vaya por Dios, tampoco estaba completo, se desesperó volviéndose hacia su ayudante.
—¿Y estas notas a lápiz son de su puño y letra? —Lola tosía sin parar.
—Sí, de María. Ella siempre corregía a lápiz.
—¿Ayudaba a Gregorio a corregir?
Él hizo una pausa larga.
—Eso dicen... —y salió por el pasillo tras sus puntos suspensivos para dejarlas un rato tranquilas mientras le preparaba a su tía un té.
Fueron un par de horas las que pasaron rastreando documentos y más documentos, demasiados —de identidad, pasaportes, dibujos de vestuarios, fotos, cartas—, y durante ese tiempo Noelia se sintió siempre vigilada por la sonriente dueña de todo aquello, sin tensión, como si no le molestara que revolvieran entre sus cosas.
—Y esta era la máquina de escribir de Gregorio, claro —comentó Lola con rastros de saturación en la voz, aproximándose a esa curiosa Yost de doble teclado.
—No —respondió Antonio con una taza de té vaporeando en su mano—, era la de ella.
Noelia soltó la carpeta de fotografías sobre el sillón y caminó hacia el viejo artefacto. Repasó con los dedos la tecla gastada donde hubo una «o» y alguna otra vocal en que asomaba el hierro.
—¿Y esto qué es? —exclamó una sobrexcitada Lola ante un pequeño estuche de piel que acababa de encontrar, y se dispuso a abrirlo con fetichismo.
—Esto son mis gafas —espetó Antonio, recogiéndolas.
Noelia reprimió una carcajada.
—Lola, creo que ha llegado el momento de dejar a esta familia que descanse —dijo, y empezó a recoger sus cosas.
Entonces él les hizo un gesto para que aguardasen un momento. Había algo que su tía Margarita insistía en que les enseñara, a saber por qué se le metían algunas cosas en la cabeza a la buena mujer. Estiró los brazos y cogió de lo alto del sinfonier lo que parecía un cajón de madera. Le dio la vuelta.
Las dos mujeres se acercaron intrigadas: era una réplica preciosa de un escenario decimonónico en miniatura rematado con telones de terciopelo rojo. Al interior no le faltaba detalle: las lámparas de cristal, los muebles, todo a escala de unos actores de cartón que podían ser manejados desde arriba con alambres.
—Era el juguete favorito de mi tía cuando era pequeña.
—No me extraña, también habría sido el mío —aseguró Noelia, contemplándolo, fascinada.
—Entonces a María también le gustaba el teatro —concluyó Lola.
—Claro..., a los dos —murmuró Noelia, casi para sí—. Tiene lógica, igual por eso se enamoraron.
—Bueno, al parecer fue en la verbena de Carabanchel —relató Antonio—. Mi tía no bailaba bien. O no sé, no le gustaría y aunque tenía veinticuatro años se sentaba a aburrirse entre las señoras mayores. Gregorio tenía dieciocho y hacía lo mismo porque era algo enfermizo y tímido.
¿Enfermizo?, ¿tímido?, a Noelia no le cuadró aquella descripción con el Gregorio vigoroso y decidido del retrato. Antonio siguió contándoles que una noche se pusieron a hablar y al tiempo que estallaban los fuegos artificiales, prendió su amor por el teatro, por proximidad. ¿No era acaso eso lo que nos enamoraba?, pensó Noelia, ¿los sueños compartidos?
—Antonio, ¿podríamos volver para seguir investigando estos documentos? Hay demasiado y sospecho que puede aparecer información muy valiosa para entender la obra de Gregorio.
—Por mí no hay problema, pero... —Hizo una pausa y sonrió de medio lado—. No sé si sabéis que abrir el despacho de un escritor es como abrir una tumba, nunca se sabe lo que puede liberarse.
Noelia recorrió la estancia con la mirada. Siempre había pensado que los objetos tenían memoria. La de sus dueños. O eso creía ella aunque no se lo confesara a su ayudante, mucho más esotérica, por si dejaba de pisar suelo. Quedaba impresa como una huella dactilar en aquellos utensilios o recuerdos que nos acompañaban a lo largo de la vida.
¿Y cuántos sueños habrían sido soñados allí dentro? Las manos flojas de Noelia tiraron de los alambres e hizo caminar por el proscenio a aquellos actores bidimensionales. También lo hicieron en otro siglo, manejados por otras manos algo más pequeñas y finas que las suyas, y luego, tras un simpático saludo, cerraron el diminuto telón. El eco de los aplausos de Gregorio, que reía divertido, rebotó en las paredes desnudas de su nueva casa, y María saludó con la misma gracia que sus muñecos.
Se acercó a ella. La abrazó por la espalda.
—Bienvenida a casa, señora de Martínez Sierra.
—Bienvenido a casa, señor Martínez Sierra.
Madrid, invierno de 1900
La estufa raquítica ardía en una esquina con la boca abierta de par en par como un pequeño y hambriento diablo que María alimentaba, maternal, empuñando la pala llena de carbón a modo de enorme cuchara.
Era un apartamento modesto en la parte alta de la escuela, pero habían podido comprar en el rastro aquella pequeña estufa que apenas calentaba: su primera pertenencia como matrimonio. María le echó más carbón y se sacudió las manos antes de retomar el segundo acto de la obrita. Gregorio la esperaba impaciente pegado a la estufa. El crepitar de las brasas les sonaba a música celestial, aunque no era la única. Madrid vivía a ritmo de copla, pero uno de sus vecinos tenía gramófono y balcón, y le hacían extravagantes peticiones a gritos desde la ventana de su buhardilla. Por eso ahora sonaba Maple leaf rag de Scott Joplin, mientras en el exterior bullía la plaza del Dos de Mayo, no por una revolución precisamente, lo que rugía eran las tripas de la España del hambre. El mismo que sentía, aunque no le importara a nadie, un joven de veintiún años bajo una gorra jaspeada, que colgaba su primera muestra de dibujos en el café Els Quatre Gats de Barcelona lanzando su nombre a la cara como un guante, «soy Pablo Picasso», a quien le quiso escuchar. Él también cruzaría su camino con las manos que alimentaban esa estufa, igual que el bebé que acababa de nacer reclamando cinematográficamente su alimento como su país, y que ya se llamaba Luis Buñuel, sin que el matrimonio Martínez Sierra se preocupara de otra cosa que de alimentar su estufa.
Gregorio tiró de ella y la abrazó de nuevo.
—Por fin nadie va a decirnos nunca más lo que hacer.
—Sobre todo tu madre —se burló ella con malicia y él le dio un pellizco en el culo. Luego buscó sus ojos.
—Somos libres, señora Martínez Sierra.
—Somos libres, señor Martínez Sierra.
La mañana de su boda Gregorio y María habían pasado tanto frío que soñaron al unísono con una chimenea. La novia tuvo que envolver su carne de gallina en dos camisetas y un chaleco de punto, además de dos enaguas y un refajo de lana. Como era un alfiler, su madre la animó diciendo que todo aquel relleno la favorecía y salieron hacia la iglesia. Aun así, como ambos eran enemigos de los retratos, no hubo pruebas gráficas de aquellos novios flacos cuyos dientes tocaban las castañuelas como única marcha nupcial, y que ahora observaban el teatrillo de juguete en las manos de veintiséis años de María.
—¿Ves, niña?, aquí me escondía cuando era pequeño —Gregorio señaló el proscenio—, en la concha del apuntador del Teatro de la Comedia, mientras mi abuelo instalaba la electricidad. ¡Así vi el mejor teatro de Madrid! —Sus ojos se desplomaron nostálgicos—. Es muy bonito. ¿Dónde lo ponemos?
—Ahí mismo. —Ella observó su juguete con ojos infantiles—. Cómo me gustaba...
Y era cierto, pensó mientras lo colocaba en un lugar privilegiado de su única estantería tratando de olvidar el enfado que traía de casa de sus padres. Nunca le gustó jugar con muñecas si no era para comprobar lo que llevaban dentro. Nunca le encontró el chiste a acunar, vestir y desnudar a esos muñecos quejicosos. Era más divertido contemplar cómo se escapaba el serrín por el agujero de un brazo al arrancárselo a esos morbosos simulacros de niños vivos, que a ella siempre le parecieron muertos.
Quizá por eso Leandro y Natividad, sus padres, llegaron a la conclusión de que su primogénita carecía por completo de instinto maternal. Qué diferente fue su reacción al recibir por Reyes aquel teatrillo: con sus bambalinas, los actores de cartón empalados en alambre para hacerlos desfilar por el escenario... Según su madre, la culpa de todo la había tenido aquella representación en el Español, Pata de Cabra. A partir de ese día observó a su hija idear en su teatrillo cientos de representaciones e hizo a sus actores dialogar sin descanso: a veces eran obras mitológicas, otras eran versiones de los cuentos de Andersen, o del Quijote... Ante tantas aventuras interminables, amores y traiciones, ¿qué podía hacer una pobre muñeca, aunque hubiera venido expresamente de París, si sólo sabía decir mamá y papá o hacerse pis al tirarle de un cordel?
María echó un último vistazo a su juguete antes de volver a la cocina. Sí, la culpa definitivamente la había tenido su madre, pensó con una media sonrisa, por haberla pervertido tan niña llevándola a aquella comedia de magia.
¿Cómo no maravillarse? Tenía sólo cuatro años, pero recordaba vívidamente cómo los actores traspasaban espejos, viajaban en el tiempo o volaban colgados de hilos invisibles soltando una nube de purpurina. Cómo no maravillarse... Faltaban casi veinte años para que llegara el cinematógrafo y la luz eléctrica se exponía en los museos como un prodigio. Una niña de 1880 sentía que el teatro era un universo mágico.
Recibió un salvoconducto para soñar.
Desapareció lo imposible. Lo paradójico era que a los padres les divertía la inocencia con la que sus niños se creían la función y, sin embargo, cuando abandonaban el teatro y soñaban despiertos, de pronto ya no lo llamaban imaginación, lo llamaban mentira. Toda una contradicción considerando que Natividad, mientras leía al lado de la chimenea cada tarde, invitaba a su hija a escribir precisamente aquello que nunca había visto: «María, descríbeme el Carnaval de Venecia», a lo que la pequeña protestaba: «¡Pero, mamá, si no lo he visto». «¿Y qué gracia tendría poder contarlo, María, si lo hubieras visto?»
La María recién casada apartó de un empujoncito a su yo niña, ¿y qué era un escritor sino un mentiroso con conocimiento de causa?, se dijo, y cogió el libro. Ese libro que no merecía llamarse «el libro» sino con un posesivo rotundo: «Su libro». Su único libro. Una nube que amenazaba tormenta se instaló sobre su ceño. Fue a colocarlo en la estantería, pero antes lo sujetó unos segundos entre sus brazos como si fuera un recién nacido. Repasó el troquel de las letras impresas en la portada una por una.
—Firmado: María Lejárraga —susurró.
Entonces escuchó a Gregorio a su espalda, sí, sí..., y la imitó leyendo el suyo con impaciencia:
—Firmado: Gregorio Martínez Sierra —suspiró eufórico—. ¿Sabes una cosa? Jamás imaginé que les haría tanta ilusión. ¡Un libro!, ha dicho mi madre. ¡De mi hijo! Hasta ha dejado de rezar para brindar con champán. —Hizo una pausa—. Pero... ¿qué te pasa, niña? ¿Es que en tu casa no lo habéis celebrado?
María lo ojeó sin ganas.
—En mi casa no, si hay algo que sobra son libros.
¿Celebrarlo?..., se lamentó María concentrada en buscarle un lugar a sus porcelanas sobre el aparador. No, no habían valorado el esfuerzo de que lo hubieran publicado con sus escasos ahorros. No les importó que el interior guardara en letra impresa la primera creación de su hija mayor. Sólo se limitaron a pasárselo de mano en mano y luego lo colocaron en la estantería junto a otros cientos más.
—Celebrarlo... Te digo una cosa: antes de irme les he jurado por todos mis dioses mayores y menores: ¡no volveréis jamás a ver mi nombre impreso en la portada de un libro!, y me he ido dando un portazo.
Gregorio le hizo una caricia en el pelo y tosió con ganas, algo que alarmó a su compañera.
—No te entristezcas, niña mía. Mira, a nuestros amigos no les ha gustado mi obra. Tus cuentos sin embargo sí, mucho.
Lo vio caminar agarrado a su bastón, tan joven y tan viejo, y fue a sentarse en la butaca. Ella le siguió con ambos volúmenes en la mano, le acomodó un cojín polvoriento en la cabeza y se sentó en sus rodillas con cuidado.
—No digas eso, Gregorio. Tú eres un gran poeta.
—En realidad, qué importa lo que opines tú o mi familia —se lamentó de nuevo entre toses.
Pero claro que importaba, pensó María. Cómo no iba a estar triste. Cómo no iba a valorar su opinión. Ni siquiera enfadada podía dejar de adorarlos, pensó María: siempre vio a sus padres como un par de enamorados de la tierra y, sin embargo, capaces de andar por las nubes. Cómo no iba a importarle si le habían regalado los tesoros más valiosos que poseían, su inteligencia y su libertad, si eran ellos quienes le habían enseñado a leer a los tres años y a hablar francés a los seis. Había querido corresponderles con algo que les hiciera sentirse orgullosos, a ellos que eran lectores irredentos. Y, mientras enjabonaba los cacharros, María recordó con una sonrisa el día en que, aún siendo una adolescente en su Rioja verde, decidió que abandonaba el hogar «para siempre» por un terrible —o así lo recordaba— desacuerdo familiar.
¡Buscaría en el ancho mundo una comprensión mayor! Así se lo anunció la púber a su madre. ¿Y qué hizo Natividad? La abrigó para el viaje con chaquetón, jersey y gorro, le hizo un bocadillo y le abrió la puerta. Fuera nevaba tanto que se había borrado San Millán. No recordaba más que esa crujiente alfombra blanca bajo sus pies, los pinos de cristal y el corazón galopándole liberado como un cabritillo. Tampoco recordaba ya cómo volvió a casa puesto que se había borrado el valle, ni lo que duró aquella aventura que a ella le parecieron días pero seguramente fueron horas. Sólo recordaba que al regresar no hubo reproches. María siempre agradeció a sus padres que hubieran respetado aquel arranque de rebeldía. Que no arrancaran de raíz esa ilusión de expedicionaria que iba a brotarle como un árbol en las entrañas y que permanecería con ella el resto de su vida.
María se aclaró las manos con el agua helada. Cómo le aburría arreglar una casa. Lo único que le gustaba era guisar. Escuchó a Gregorio toser de nuevo en el salón. De alguna forma aquella era su segunda gran salida al mundo. Sabía que su padre no quería que se casara con Gregorio: era seis años menor que ella, ¡qué extravagancia!, y aunque eran amigos de su familia desde los tiempos en que vivían en Carabanchel, los conocía también como pacientes. ¿Estaba segura de querer unirse a esa familia de tuberculosos?
Y es que la tuberculosis era voluntariosa como una araña. Una vez anidaba en una casa era cuestión de tiempo que todos sus habitantes cayeran en su tela. Leandro Lejárraga la conocía bien. Era médico cirujano. El médico de los pobres, llamaba Natividad a su marido, porque sus pacientes lo eran tanto que a veces sólo podían pagarle en especies, miel y carbón. E incluso, algún día, vio cómo su padre colaba sigilosamente unas monedas bajo la almohada de un enfermo.
La familia vivía en uno de los orfanatos de Carabanchel Bajo en el que Leandro asistía como médico, de modo que aquellos huérfanos llenos de piojos fueron los primeros amigos de María y sus hermanos. Con ellos compartían su merienda, un pan duro con chocolate, y una primera lección de lo que era la vida. A los pacientes les alegraba el corazón ver llegar al médico montado en su caballo y, de cuando en cuando, se llevaba a su hija en la grupa como ayudanta.
¿Y qué Madrid vio ella desde aquel rocinante flaco?
Traperías harapientas, tabernas de vigas apuntaladas con carcoma y fábricas de mendigos.
Lo más extraño es que no recordaba que todo aquello le provocara tristeza, pensó María, acercándose un poco más al fogón para calentarse las manos resecas por el frío en su hogar austero pero ahora cálido. Ahora sí se la provocaba. Entonces no.
En la infancia todo se naturaliza, hasta la pobreza.
El hambre sólo «era».
Y por eso era también normal que los padres de Gregorio hubieran valorado tanto el primer libro de su hijo, pensó. Después de todo, en su familia eran industriales y los libros serían para ellos objetos más novedosos. Su suegra, eso sí, era una experta detectora de pecados. Rezaba día y noche, quizá por eso y sin querer había vacunado a Gregorio y ahora era tan positivista y anticlerical, ¿quién sabe? María retiró el agua hirviendo de la lumbre y recibió una agradable bocanada de vapor; sin embargo, pensó, sí que había conseguido plantar en su hijo la semilla del miedo, porque anda que no tenía que despertarlo veces, pobre criatura, soñando que se hundía en las lavas del infierno.
Regresó al dormitorio y encontró a Gregorio abriendo su última maleta. En el suelo había dejado caer una prenda oscura. Ella la recogió sacudiéndola.
—No te molestes —dijo él, secamente, y volvió a tirarla—. Voy a llevarla a la beneficencia.
—¡Pero si te la dejó tu abuelo en herencia! —Extendió la capa sobre la cama—. No entiendo por qué le has cogido esa manía.
Sentada sobre el colchón duro como una piedra lo observó con ternura. En el futuro recordaría que ese fue el instante en que vio por primera vez a un Gregorio que, si tuviera que definirlo, lo haría como «el anhelante».
Siempre anhelaría algo mejor.
Fama, éxitos, estrenos, formidables derechos de autor..., ese sería su anhelo grande. Y aquella capa era sólo la punta del iceberg: su anhelo pequeño. Uno casi pueril. Era cierto. Aún eran pobres. Y por eso su abuelo, después de instalar la electricidad en medio Madrid, les había dejado a sus hijos al morir casi un millón y a su nieto Gregorio una capa que parecía de potentado: comprada donde el gran Urrutia, sí, con embozo de terciopelo y que a un estudiante le daría prestancia, claro, pero... no era nueva. Gregorio anhelaba una suya y le humillaba pensar que era una sobra.
—Bueno —resopló, echándosela sobre los hombros—, la utilizaremos de manta dentro de casa. Porque abrigar, abriga.
Ella le siguió hasta la estufa.
—Alguna vez tendrás una capa de estreno, elegantísima y tuya. Y será un regalo mío.
Él asintió con impaciencia y deshizo el lazo de sus brazos, porque sabía que pese a las buenas intenciones una capa valía treinta duros. Y el sueldo del que dependían era de siete pesetas y media. Aun así, ella se prometió que a partir de ese día colaría en su hucha de barro parte de su sueldo, para la capa de mi muñeco, se dijo, para su capa, y colocó la hucha en su mesa de trabajo.
Era muy consciente de que su luz era la nota discordante y no descartaba que algunos pensaran que su optimismo radical era más bien falta de luces. La melancolía de Gregorio, sin embargo, estaba mucho mejor vista porque encajaba con el estado anímico predominante de los nacidos en medio de esa gran decepción. Sobre todo si eras artista. Pero ¿de qué servía recrearse en la realidad cuando era tan oscura?
María recordaría siempre el día del desastre. Las horas en que se perdieron las últimas colonias al otro lado del Atlántico brillaba en el cielo madrileño un sol frívolo y alegre. Sin embargo, como cualquier domingo, la Plaza de Toros de Las Ventas se llenó hasta los topes. Qué peligrosa era la indiferencia, pensó entonces. Porque tras «el año del desastre», futuro parecía que no había. O al menos eso seguían sintiendo los que comenzaban a escribir o a soñar, que es lo mismo. La gloria de España que les habían hecho recitar como papagayos en la escuela no es que se hubiera perdido, sino que nunca había existido en realidad. Otra ilusión con la que desilusionarse.
—¿Qué hacemos? —preguntó Gregorio con su libro en la mano, sacándola de sus cavilaciones—. ¿Lo tiramos al fuego?
Ella se lo arrebató y amenazó con darle con él en el cráneo si se atrevía.
—¡Ni hablar! Son hijos nuestros y los querremos como tales. Cuando tengamos un buen editor saldrán textos más pulidos, ya verás. Y mientras, no te preocupes. Los corregiremos juntos.
Él fue a decir algo pero empezó a toser compulsivamente y cuando se calmó, le cogió la barbilla buscando una respuesta en sus ojos.
—¿Qué? —Su mujer sonrió, casi maternal.
—Que algún día me abandonarás por alguien más guapo, más sano y mejor escritor.
—¿Qué dices? Anda, acércate a la estufa..., no te enfríes. —Le arropó con la capa de la discordia y devolvió el calor a sus manos frotándolas con fuerza—. Tú eres un gran escritor, Gregorio. Y no, yo nunca te abandonaré, ¿me escuchas?
—Qué suerte haberte encontrado —murmuró al soltarla, y añadió, anhelante—: ¿Tú crees que algún día lo conseguiré?
—¿El qué, muñeco?
—Ser un gran dramaturgo y tener mi propia editorial y...
—Claro que sí. ¡Escribirás un drama! ¡Eso harás algún día!
—¿Serás siempre mi editora?
—Siempre. Tu editora y tu mujer.
Los dos celebraron ese nuevo pacto acompañados de la música de Scott Joplin que volvía a sonar por el patio, y tararearon Easy Winners como si fuera la banda sonora de un vaticinio. Aún no sospechaban cómo escocía el drama cuando era real, qué mal iluminado estaba por la vida, qué triste era su escenografía. Porque cuando aún no se ha vivido suficiente, el drama atrae, la tragedia fascina.
—¿Te he dicho ya que tengo mi nuevo contrato de maestra? —Sacó un papel del bolsillo de su falda—. Se acabaron los problemas de dinero, muñeco.
Le tendió el contrato muy ufana y él se sentó para leerlo en voz alta con una voz de pronto enérgica:
—«Uno, no andar en compañía de hombres; dos, no ausentarse de la ciudad sin permiso... Este contrato quedará anulado y sin efecto si la maestra se ausenta de la ciudad sin autorización del consejo.» —Levantó un dedo acusador parodiando a la autoridad—. «Tres, no viajar en coche o en automóvil con ningún hombre excepto su hermano o su padre...»
Y mientras escuchaba cada vez más lejana la voz de su marido, María hizo cálculos mentales de cuántas pesetas tendría que meter en la hucha de las siete y media que ganaría con su trabajo, a la vez que se sintió culpable porque sus alumnas llegaban esos días de nieve y lluvia con agujeros en los zapatos y cara de hambre. También tomó una decisión: mientras tuvieran que vivir de ese contrato, de ninguna manera podía empañar su nombre con la dudosa fama de una mujer escritora. No podía arriesgarse a perder su único pan. Así que, de momento, los hijos literarios que tuvieran en común llevarían el nombre del padre. Total, a su progenitor, el doctor Lejárraga, no parecía haberle hecho especial ilusión que su apellido estuviera troquelado en libro alguno.
La voz de Gregorio seguía declamando aquel documento como si fuera un Shakespeare: «Cuatro, no andar en compañía de hombres; cinco, no fumar cigarrillos». Y repitieron a coro: «Este contrato quedará anulado y sin efecto si la maestra se ausenta de la ciudad sin permiso; seis, no viajar en coche o en automóvil con ningún hombre excepto su hermano o su padre...». Y sus voces viajaron a la velocidad de la luz hasta que casi pudieron ser escuchadas por otras que, impregnadas de la indignación propia de su siglo, leían en alto aquel mismo papel ciento veinte años más tarde en la sala de ensayos del Teatro María Guerrero.
Madrid, invierno de 2018
—«Siete, no beber cerveza, vino ni whisky» —continuó Lola triturando su chicle, nerviosa—. «Ocho, no pasarse por las heladerías del centro de la ciudad...»
—No, espera, ¿es que los helados llevaban éxtasis o qué? —Noelia le arrebató el papel—. Eso te lo estás inventando.
—Ojalá.
La directora se frotó los ojos irritados y continuó:
—«No vestir ropa de colores brillantes, no teñirse el pelo» —hizo una pausa boquiabierta—, «usar al menos dos enaguas, no usar polvos faciales ni pintarse los labios...».
Lola se acercó, indignada:
—Pero ¿esto es un contrato de maestra o de monja de clausura?
—No, es una prueba de por qué María quizá no quiso seguir su verdadera vocación y ser también escritora. —Consultó la hora en el móvil—. Vamos, nos estarán esperando.
Primer día de ensayo.
Noelia entró en el escenario y Lola salió con la excusa de ir a por agua. Sabía que la directora necesitaba ese momento a solas antes de empezar. Para Noelia un teatro vacío con esas luces de trabajo insolentes que dejaban el alma al descubierto tenía algo de templo y de oración. Por eso, quizá, se construían unos sobre otros durante milenios, igual que los templos. Sobre el suelo de linóleo negro, su ayudante había colocado cinco sillas en forma de media luna. Sabía que le gustaba así los primeros días porque favorecía el diálogo y la lectura. Sólo que —pequeño e insignificante detalle— aún no tenían un texto definitivo que leer. A ver cómo se lo contaba a la compañía para no añadir más nervios a los habituales.
Tomó asiento en el eje central de la escena y se dejó sentir el vacío. A partir de esa mañana tendría que empezar a llenar esa caja de voces, movimiento, luz, objetos... Su página en blanco, aunque fuera más negra que el mar de noche.
Luego avanzó la mirada un poco más hasta la última fila del último anfiteatro de ese patio presuntuoso, ahora tan desierto, que parecía sacarle una gran lengua de butacas rojas. No, no había silencio mayor ni más impactante que el de un teatro vacío... Era tanto que ahora era capaz de escucharse por dentro. Quizá sería porque eran porosos y se filtraban en ellos los deseos y las ensoñaciones de quienes los dejaron sobre el escenario o los recibieron. Igual que no había mayor electricidad que la de un teatro lleno. Una vez leyó un artículo científico que aseguraba que con la energía liberada durante un orgasmo podría iluminarse un edificio de seis plantas. Desde entonces estaba convencida de que si pudiera acumularse la electricidad durante una función, podría iluminarse la Tierra. Eso sí que era una energía renovable y no la eólica. La energía escénica. Tendría que patentarla.
El Teatro María Guerrero siempre había sido de sus favoritos.
Recordaba el día en que se enamoró de él. Fue después de una representación del Calígula de Camus. La inductora también fue su madre. La pequeña Noelia contempló a ese césar neurótico y magnicida volver a la vida en el cuerpo de Luis Merlo, que no sabiendo qué querer, gritaba enloquecido que quería la luna, y arrojaba, por pura frustración, una jarra de vino a su reflejo tras un «¡a la Historia, Calígula!» que precipitaba el oscuro. Desde sus once años, Noelia ya nunca quiso otra cosa que formar parte de ese milagro. Y allí estaba sentada, a sus cuarenta y tres, a punto de obrarlo de nuevo. Claro que en aquel entonces no sabía que la mayoría de las veces era una y otra vez, indefectiblemente eso, un milagro.
De pronto irrumpieron en el escenario un técnico forzudo vestido de negro y un utilero somnoliento con mono y casco empujando un piano vertical.
—Ah, perdón. ¿Estáis ensayando ya? —se disculpó el segundo—. Pensábamos que teníais pruebas en camerinos. ¿Sabes dónde quiere el director que dejemos esto?
—Tranquilo. —Noelia siguió mirando al vacío—. Podéis dejarlo ahí mismo.
—Maquillaje está por ese pasillo —dijo el forzudo intentando ser amable.
—Sí, ya lo sé, gracias. —La silla emitió un crujido cuando se levantaba a saludar—. ¿Es que me veis mala cara?
El técnico la observaba encogido de hombros.
—Soy Noelia Cid, la directora. Vamos a trabajar juntos, creo.
Ambos se apresuraron a presentarse e hicieron mutis por el foro.
Se estiró con pereza. No había una sola vez. Si los hubiera escuchado Cecilia les habría soltado una de sus broncas feministas, pero a estas alturas de la función ya se estaba resignando a los prejuicios.
Cuando sonaron las doce en punto empezaron a colarse sus voces. No podía evitarlo. Estaba nerviosa. El reservarse el papel protagonista le había producido cierta incomodidad. Seguro que ya le habría costado alguna crítica por parte de la segunda actriz del elenco. A Noelia tampoco le gustaba la bicefalia de tener que dirigir la obra y actuar, pero Celso lo había querido así, y hacía tiempo que le daba pereza discutir con los productores. Además, seguro que la había contratado porque le salía mejor ese dos por uno. Si no, habría llamado como siempre a su admirado Pascual Serra —por quien perdía el culo y que le daría más empaque al cartel— y la habría nombrado su ayudante. Ella terminaría haciendo todo el curro y él llevándose los laureles. Así eran las cosas. Así había sido siempre. Pero por primera vez podía tomar sus propias decisiones y reivindicarlas en un montaje tan importante, así que hacer doblete merecía la pena, se autoconvenció.
—Dire, ya estoy en boxes —gritó Lola parapetada tras la mesa de dirección, armada ya con sus tablas de ensayos, subrayadores de cuatro colores y grosores. También había abierto la caja con los primeros documentos que Antonio les dejó llevarse al teatro «para inspirarse» y trabajar con ellos. Desde luego había sido muy generoso.
Por fin entraron sus cuatro actores en medio de un apasionado debate y cargando más cafés. Les había anunciado que, siguiendo su costumbre, los rebautizaría con los nombres de los personajes de la obra hasta el día del estreno. Sólo entonces les devolvería sus verdaderas identidades. Cada uno tenía sus manías.
El primero en entrar fue Augusto, con él coprotagonizaría esa tragedia de matrimonio infeliz y de conveniencia. La verdad es que no había cambiado nada desde que se conocieron en la Escuela de Arte Dramático. Seguía vistiendo como un profesor, sin estridencias, aunque cuando lo iluminabas sobre el escenario, brotaba en él una inesperada presencia animal que lo ocupaba todo, como en ese momento. Caminó hacia la boca del escenario, territorial, como si le estuviera tomando la medida, y luego emitió su primera queja de muchas: «Supongo que subirán la calefacción, ¿no?». Detrás de él venía Francisco cargando unos cuadernos, «qué guapa te veo, cariño», le estampó dos besos carnosos, ¿se había hecho algo en el pelo? Estaba monísima. Pero fue detectar el piano vertical que habían dejado en el rincón y precipitarse a quitarle la funda, ¿y esto?, pero la directora sólo le respondió que a su debido tiempo. Se sentó a su derecha intrigado y cargó el cartucho de su pluma como si fuera un revólver. No podía evitarlo, Fran era un músico reciclado en actor. Él interpretaría al amigo enamorado y no correspondido de la protagonista, es decir, de ella. Un casting algo cruel, según Lola, y que ya había desatado las primeras bromitas de camerino: todos sospechaban que era cierto. Noelia, por su parte, seguía pensando que Fran era gay y que sentía por ella la misma clase de devoción grupi que por su amada Madonna, pero en fin. Detrás de él, apresurado y llegando tarde como siempre, venía Leonardo, lo sentía mucho, le había llamado su «repre» para un casting. Era el más joven de los tres y lo más parecido a un querubín que hubiera llegado a adulto. Se sacó su inseparable cazadora de cuero y la lanzó a una butaca. Él encarnaría al amante de Augusto. Es decir, la tercera pata del trío que se interponía entre el aburguesadísimo matrimonio protagonista. El disparador de la tragedia. Por último, dando voces por el móvil —un registro perfecto para su papel—, llegó Cecilia, quien interpretaría a la amiga del alma y cómplice de Noelia, la protagonista. Ahí sí que tendría oportunidad de probar su talento, pensó la directora observándola con cautela, dado que complicidad nunca tuvieron, pero le constaba que era una actriz de lo más solvente. Sin molestarse en colgar la llamada, chocó los puños con todos sus compañeros menos con ella, mientras seguía explicándole a alguien algo sobre una campaña en Twitter: tenían que frenar que esas azafatas de Fórmula 1 siguieran expuestas como trozos de carne con rímel en un mercado. En Sortilegio, su rol consistía en darle a la protagonista lecciones sobre cómo dominar a los hombres o, más bien, cómo vivir sin ellos, siempre con cierto aire de superioridad. Ese papel sí que le iba como anillo al dedo. Su mayor reto sería meterse en la piel de una mujer femenina en grado superlativo ya que prefería las mochilas a los bolsos, las botas militares a los tacones, el whisky al vino, y se jactaba de haber sido la que más zurraba a los chicos en el colegio. Esperaba, eso sí, que no llegara a las manos si la obligaba a ponerse tacones.
Como había vaticinado, Augusto ya venía enfrentado con el otro macho alfa presente, Leonardo.
—Eso ya lo hemos discutido durante casi una hora —protestó sorbiendo el café.
—Pues, como es el primer día, aprovechamos para discutirlo otra vez —y subió al escenario con un salto atlético.
Augusto se le encaró con cierta chulería:
—No voy a besarte en la boca a no ser que le dé especial morbo a la dirección, ¿estamos? —e hizo una reverencia a Noelia antes de sentarse—. ¿Cuál es mi sitio?
Leonardo se sacudió el flequillo e introdujo las manos en los bolsillos traseros de sus vaqueros con aire de James Dean.
—Primero, no tengo especial interés en besarte en los morros, tío, no me pones, pero soy actor y no va a traumatizarme —le explicó con la insolencia de la juventud—. Y dos, me refería a eso que ha dicho Noelia antes de investigar más la obra, el «cómo se hizo», al autor...
Francisco estornudó ruidosamente y perdió por momentos su tradicional compostura minimalista. Buscó algo en el interior de su chaqueta de lana. Ese día venía de gris claro de pies a cabeza con un jersey de cuello alto. Tenía gracia; a él, sin embargo, siempre le confundían con el director. Sacó un kleenex.
—Es entrar aquí y me pongo malísimo. —Barritó como un elefante apurado, y luego, dirigiéndose a Lola—: Yo creo que son todas estas cajas que habéis traído con tanto papel y tanto libro y tanta cosa...
Augusto se bajó las gafas de ver, único detalle que denunciaba su verdadera edad.
—Yo no tengo inconveniente en trabajar con materiales extra —comentó—. Lo único que digo es que... a ver, no vamos sobrados de tiempo como para andar investigando, ya no sólo a Gregorio, sino a su mujer..., ¿cómo se llamaba?
—María Lejárraga —respondió Lola apareciendo como un guiñol tras la mesa de dirección.
—No, María Martínez Sierra —la contradijo Augusto impostando aún más su tono docente—. ¿No habéis dicho antes que siempre conservó su apellido de casada?
—Eso. ¿En qué quedamos? —Cecilia cruzó el escenario con andares ruidosos y equinos—. A ver si por lo menos nos ponemos de acuerdo en cómo llamar a la buena mujer. —Luego, dirigiéndose a Noelia—: Y dicho sea de paso, estoy con Augusto en que deberíamos ir al turrón y dejarnos de líos. —Se sentó al lado de Leonardo, quien le dio un masculino empujón de bienvenida que casi la tira de la silla.
—Pues yo estoy deseando cotillear lo que os habéis encontrado —añadió el rubio.
Se escuchó un «pelota...» por lo bajini de Cecilia. «Silencio», chistó Lola llevándose el dedo a los labios. «¿En serio tenemos que llamarnos por los nombres de los personajes?», cuchicheó Augusto dejando los ojos en blanco, y Noelia agradeció con una sonrisa el cable que acababa de echarle su protegido.
—Bueno, compañía... —comenzó, sentada en la silla, toda de negro, piernas separadas, codos apoyados en las rodillas mostrando relax—. Antes de nada, gracias a todos por volver puntuales, sobre todo tú, Leonardo... —Hubo algunas risas—. Y gracias, ahora en serio, por tu confianza. Porque como directora es lo que voy a pediros en este trabajo. Confianza. —Hizo una pausa teatral y se incorporó en la silla—. Todos conocéis ya mis métodos. Algunos seréis escépticos con ellos. Pero parto de una certeza: creo que un texto teatral es un organismo vivo y que puede contarnos, o no, mucho más que lo que está escrito si le dejamos. También creo que vosotros no sois sólo títeres que yo manejo con un alambre desde el peine —le dirigió a Lola una mirada cómplice—, quiero decir... para mí, cada uno de vosotros sois creadores de vuestro personaje, de vuestro propio milagro. Por eso os he pedido que investiguemos este texto juntos según lo vayamos construyendo sobre el escenario.
»Sí, se trata de una obra insólita —continuó ya de pie, mientras se dirigía a ellos por turnos—: la historia de Paulina, enamorada y casada con un hombre, Augusto —y señaló a su compañero, quien saludó a la concurrencia—, que no terminaba de corresponderle porque él tenía un secreto, uno inconfesable en la España de los años treinta. Pero empezaría a ser un conflicto cuando comenzara una relación con un hombre joven, Leonardo, más que un amigo. Una amistad que escocía. Una amistad prohibida —y el actor le tiró un beso provocativo a su compañero que hizo reír a todos.
A su espalda escuchaba el molesto clic clic del bolígrafo de su ayudante y los golpes del ensayo coreográfico de la sala de arriba, pero luchó por no perder el hilo:
—La protagonista de esa historia, Paulina, tenía la complicidad de otro hombre, su amigo de juventud, Francisco, quien no tragaba a Augusto, reticencia que era percibida como celos porque ella sabía que en secreto la amaba...
Se detuvo a observar sus reacciones. Todos seguían expectantes aquel enredo salvo Cecilia, a la que vio mirar con disimulo su móvil. Francisco levantó la mano para decir algo, pero la directora decidió continuar:
—Y luego estaba Cecilia —sobresaltó a la actriz, quien soltó el aparatito—, que no comprendía por qué su amiga sufría por la indiferencia de Augusto si en el fondo, según ella, y cito textualmente, «la indiferencia es parte de la naturaleza misma de los maridos», y lo más importante, él seguía a su lado. ¡Ahí queda eso! —Noelia sonrió—. Motivo por el que la empujaba a ser independiente, a no anhelarle, y a no sufrir por amor, vaya.
Cecilia guardó el móvil por fin.
—Pero qué buena amiga soy —dijo irónicamente, y se echó hacia atrás en su silla guardando el equilibrio.
—Como ya os habréis dado cuenta, esta historia no podemos contarla desde nuestro siglo —matizó Noelia ya en la frontera misma de la cuarta pared, como si estuviera entre dos tiempos—, tenemos que contarla desde el momento en que se escribió, no sé si me explico: un siglo en cuyo comienzo los médicos aún no se ponían de acuerdo sobre cómo «tratar» a estos enfermos.
—¿A cuáles? —preguntó Francisco.
—A los homosexuales, hijo —respondió Cecilia.
Augusto se frotó las manos para entrar en calor, y comentó:
—Vale, lo que dices es que Gregorio Martínez Sierra fue un adelantado o un inconsciente, no sé, y por eso supongo que esta obra no se estrenó. Pero ¿por qué tenemos que investigar a su mujer?
Noelia se volvió hacia Lola que aún custodiaba la caja para darle la palabra.
—Porque sólo se conservan manuscritos y notas entre las cosas que guardan los descendientes de María —contestó su ayudante.
—Y porque al revisar algunos de ellos nos hemos enterado de que ella corregía las obras —reveló Noelia.
Hubo un silencio. Uno sólo roto por el zumbido de los focos que iluminaban sus preguntas. Fue Lola quien recogió el relevo:
—A ver, chicos, resumiendo: lo que os propone Noelia es que hagamos un trabajo de fondo entre todos. Yo, como me licencié en documentación, me ofrezco a ir catalogando y describiendo todo el material que vaya saliendo, para que sepáis con lo que contamos.
Hubo cierto revuelo. Noelia se colocó en el centro de esa media luna y buscó su foco:
—Chicos, chicos..., un momento, por favor. Este tipo no es cualquiera. Estamos hablando del autor de cuarenta comedias, entre las cuales hay algunas tan conocidas como Canción de cuna, que se llevó cinco veces al cine, incluso en Hollywood. Del autor de los libretos de El amor brujo de Falla, de El sombrero de tres picos, amigo de Juan Ramón Jiménez, de Galdós y de Benavente. Cuarenta comedias... y una tragedia, esta: Sortilegio. ¿De verdad no tenéis curiosidad por saber por qué es la única y la que nunca se estrenó? Pues no lo sé... Francamente, ni idea. Pero creo que deberíamos averiguarlo y no limitarnos a recitar este texto en escena como la guía telefónica, porque esto no es como montar un Hamlet. No sabemos nada de él. Tenemos que saber por qué lo hizo. —Tomó aire—. Ahora, os pregunto: ¿sentís esa responsabilidad también? ¿La aceptáis conmigo? ¿O preferís que me limite a moveros por el escenario como mis muñecos?
Otro silencio. Esta vez tan compacto que parecía que el Teatro María Guerrero los hubiera envasado al vacío. Por un momento Noelia sintió que todos, ella incluida, eran ahora esos recortables empalados dentro de su teatrillo, pero ¿quién movía los hilos? Se le aceleró el pulso como cuando se abría el telón y el regidor leía en la primera página: «Luces». Y se encendieron. Más bien, alguien las encendió y apagó las de la sala. Bajo los cálidos focos ámbar, parecieron perder por un momento su categoría de personas para empezar a ser personajes. Entonces Leonardo rompió el silencio con un «yo te sigo, dire», compromiso al que se unieron los otros con más o menos entusiasmo, incluso Cecilia, quien por supuesto se dejó a sí misma para el final y soltó un «por mí vale» con gesto de resignación.
Así, y tras un aplauso laxo, sellaron su pacto y Lola fue repartiendo tareas extra y horarios: Augusto, por ser profesor de literatura, se encargaría de establecer conexiones con otras obras del autor; Francisco aprovecharía sus conocimientos musicales cuando aparecieran partituras o correspondencia entre los músicos que colaboraron con el autor; Cecilia pareció sorprendida de poder dedicarse a los discursos feministas, no tenía ni idea de esa faceta tan extravagante para un hombre de su época; Leonardo se ofreció para leer el resto de las obras de teatro anteriores a la que les ocupaba, y Noelia se dedicaría en cuerpo y alma a rastrear las notas y cartas de María Lejárraga o María Martínez Sierra o como demonios quisieran llamarla.
Una hora más tarde, cada miembro de la compañía había encontrado algo en esa caja con lo que entretenerse. Augusto leía una edición antigua de Canción de cuna, su obra más conocida; Francisco repasaba un listado de programas de zarzuela y ópera para comprobar sorprendido que muchas fueron escritas y dirigidas por Gregorio. Ese tipo era una máquina, repetía entre estornudos. Y Cecilia hasta parecía divertirse curioseando entre las fotografías de la época. De momento había encontrado a María rodeada de unos cuantos políticos y activistas de la República, y por eso Noelia dedujo que la feminista que hervía dentro de la actriz empezaba a mirar a María con algo más de interés.
—Aquí hay una foto de esta mujer con Juan Ramón Jiménez —se sorprendió Cecilia— y está dedicada por detrás con su firma y el dibujo de una rosa.
—¿A ver? —se interesó Augusto—. ¿Es la letra de Juan Ramón?
—Esa no sé —escucharon sobre sus cabezas—, pero tenéis que ver esto. —La voz de Noelia se descolgó como una araña transparente desde uno de los palcos. Llevaba unos minutos enfrascada en una pequeña libreta de piel que ahora temblaba entre sus manos.
Los demás aguardaron expectantes sobre el escenario.
—Lola —exclamó mientras subía las escaleras—, ¿te acuerdas del retrato de María con la rosa que había en su despacho?
La otra asintió y abrió la libreta como un misal por una página llena de tachones.
—Pero ¿qué es? —preguntó la ayudante sin poder contenerse.
—El diario de María.
—¡Mi diario! —protestó su dueña desde el siglo pasado, arrebatándoselo de las manos a su amigo perfecto.
Madrid, 1903
—Devuélvamelo, Juan Ramón..., ¡fiera!, ¡poeta del demonio! ¡Esto es privado!
—Pero si no voy a leerlo, María. ¡Sólo necesito un papel con urgencia!
Ella pasó una página y se lo devolvió entornando los ojos con desconfianza fingida. La casa de María y Gregorio tenía ahora un coqueto despacho envuelto en un plástico atardecer de primavera. Juan Ramón, porte impecable, macferlán gris y bombín negro que encestó con garbo en el perchero, paseó sus veintiún años por la estancia acariciándose la barba incipiente que se trajo del hospital de Burdeos. Hasta allí había ido a curarse la melancolía por la muerte repentina de su padre un año atrás. Pero ni la barba ni la melancolía le abandonarían ya nunca. Tampoco ese sobresalto crónico de ir a morirse en cada instante.
Tras deambular por la estancia con aire de felino aburrido a la caza de un verso, se detuvo frente al nuevo retrato que le había hecho a su amiga el pintor Emilio Sala. Aún olía a aguarrás. Qué horror... desde luego no le hacía justicia, aunque el motivo era más que inspirador. Le lanzó a la María de carne y hueso una mirada furtiva. No pudo reprimir esos celos incontenibles en forma de congoja al imaginarla posando para aquel hombre de mirada siniestra durante horas: moño grande y victoriano de ensaimada, sonrisa de ojos directa a la diana del iris del espectador, piel clara y sonrosada en contraste con el vestido negro hasta el cuello que encerraba el misterio de su cuerpo y, en lugar de un camafeo, una rosa tan erguida y blanca como ella en el centro de su pecho. Juan Ramón lo investigó hechizado, casi degustando el óleo, ¿quién era más femenina, María o su rosa?, hasta que empezó a escribir.
—Y María, tres veces amapola —recitó—. María, agua y lira tres veces...
—Lo sabía —refunfuñó ella, divertida, intentando concentrarse en sus notas.
—... la que llevó al poeta como un niño a través de estos parques de llanto tendrá una rosa en vez de aquel violeta del corazón florido que la quería tanto. —Se le acercó por la espalda, cazador, y deslizó el cuaderno sobre la mesa—. ¿Y Gregorio?
Ella giró su silla de despacho, colgó la toquilla de lana en el respaldo y aprovechó para atarse el lazo del cuello de su camisa.
—Anda por ahí, corriendo imprentas, amasando a algún empresario teatral para que se lea una comedia; como siempre, luchando.
—Y usted, escribiendo, como siempre también... ¿El qué? —Asomado a su mesa con curiosidad, le arrebató el cuaderno de nuevo. Lo hojeó con descaro—. ¿Su diario?
—Sí. —Lo recuperó, nerviosa, y lo echó al cajón del escritorio—. ¿Algún problema? Me gusta hacerlo aprovechando las últimas luces de la tarde.
—¿A lápiz? ¡Sacrilegio! —Frunció el ceño, burlón.
—Los que escribimos prosa no necesitamos hacerlo con elegancia, mi querido y fiero poeta.
—Eso no parecía prosa... ¿Es que escribe su diario en forma de teatro?
Levantó su dedo de maestra:
—¡Basta!
Su amigo simuló enfurruñarse y se castigó de cara a la pared, pero al hacerlo se reencontró con el retrato de María. Como si le hubiera sorprendido por primera vez, ensayó su mejor pose de poeta maldito e improvisó:
—Riendo, tu boca alegra en rosas, blancos y rojos... la melancolía negra de tu seda y de tus ojos...
Ella los dejó en blanco y se fue a cerrar la ventana mientras era perseguida por el apasionado recitante:
—Es una risa que olvida todos los daños que ha hecho.
—¿Yo? —Hizo un puchero coqueto—. ¿A quién?
El otro se señaló cómicamente el corazón y fingió que clavaba en él el dardo envenenado de su pluma.
—En una rosa dolida que se mustia sobre el pecho.
Quedó unos segundos suspendido en el silencio, cazando rimas, puliendo estrofas. Cuando regresó al mundo de los mortales se había acercado a María peligrosamente hasta quedarse casi nariz con nariz. Ella respiraba agitada.
—Ya apenas se ve —comentó el poeta volviendo en sí—. ¿Hablamos? —Avanzó sus labios hacia los de su amiga.
—¿De qué? —preguntó ella esquivándole hábilmente—. ¿De su inalterable melancolía?
—No, mejor de su agotadora risa, con esa veladura... «violenta».
—Vaya, ¡eso me gusta aún más que el «violeta» de la primera versión!
—Me lo temía.
—Mi querido Juan Ramoncín, el problema de ser tan brillante es que hasta cuando me hace rabiar lo hace con un bello verso.
Qué chico tan escandalosamente enamoradizo, pensó María con guasa, y volvió a sentarse. Le había conocido cuando llegó a Madrid dos años atrás. Aunque al principio le pareció algo estirado con su bigote fino y su porte de señorito andaluz, se convirtió rápidamente en lo que ella llamó su «amigo perfecto». Nunca existieron recelos ni envidias entre ellos. Él poeta en verso y ella en prosa, pocas veces hablaban completamente en serio, pero él sabía traducir sus burlas alegres y ella comprendía su ironía melancólica.
—¿Y se puede saber qué hace usted aquí recitándome poemas románticos llenos de tristezas teniendo ahí afuera los alegres cafés de Madrid? A estas horas ya estará alborotándose el Comercial y demás tertulias de sus amigos.
—La tristeza es lo único que merece la pena vivir.
—Pues yo no quiero llorar de pena hasta los cincuenta años.
El poeta se acercó a la ventana. Enlazó los brazos a la espalda y lanzó una mirada circunspecta a la Humanidad.
—La alegría es un sentimiento tan vulgar..., ¿no le parece?
—Yo debo de serlo bastante, entonces —y le sacó la lengua.
—No, sólo a las musas se les permite estar alegres. —Se sentó en el banco de la ventana y observó la calle—. Prefiero venir aquí. ¿Le confieso algo divertido y triste a la vez? —Ella levantó la vista, intrigada—. Me aburren mis compañeros de tertulia. Prefiero gente que me hable de otras cosas. Además, María, ¡yo no sirvo como madrileño! Figúrese: no me gusta el café, detesto el vino, me fastidia el tabaco, no leo diarios, no sé de toros, ni de militares... ¡Lo mejor de España se puede hacer dentro de casa! Es usted una privilegiada, créame. —Adoptó un tono cínicamente melodramático para citarse a sí mismo—. ¡Con materiales de sangre y fuego, en el silencio pleno y con corazón cargado!
—Y en el silencio de un convento también, por lo visto... —añadió ella acentuando los puntos suspensivos—. Empieza a correrse la voz, mi fiero poeta, de que en el del Rosario no ha dejado usted títere con cabeza, o más bien monja con toca.
Él no pudo disimular su sorpresa. No conseguía acostumbrarse a que una mujer le lanzara un tema escabroso con tal inteligencia y frescura. Tras tensarse como un lobo acorralado buscó en la mirada de su amiga un rastro de juicio, pero sólo encontró preocupación. Así que volvió a fugarse por la ventana en su búsqueda incansable de versos, como siempre hacía cuando alguien le enfrentaba a la realidad.
Estaba preocupada por él, sí. María apoyó la barbilla en su mano. Sabía por Gregorio que el doctor Simarro, al volver de Burdeos, le había conseguido alojamiento en el convento del Rosario de la calle Príncipe de Vergara, ¡nada menos!, donde disfrutaba de todo tipo de «privilegios». Seguramente conmovido por la muerte del padre, de quien fue amigo, al buen doctor le pareció la mejor opción para que viviera según su ambiente siendo poeta sin blanca. El problema fue «el método» con el que el joven hipocondriaco había decidido engancharse a la vida. Pobre hombre, se sonrió María, ¡si él supiera!
Juan Ramón siguió garabateando versos en el papel robado y de pronto le asfixió ese Madrid que también amaba como sólo puede amarse a una mujer que sabes que no te conviene. ¿Por qué un alma bucólica como la suya había llegado a la gran ciudad? Lo cierto es que si no hubiera sido por la postal de su compañero de pupitre Emiliano y porque en ella firmaba también, ¡no daba crédito!, ¡Rubén Darío!, ni se hubiera subido al tren.
Qué locura de meses aquellos primeros en Madrid, recordó el poeta. Entonces sí que no salía de los cafés. Iba de uno en otro hasta las cuatro de la madrugada como en un enloquecido juego de la oca, pero aquel Madrid que se desperezaba de la crisis del 98 pronto empezó a darle mucha pereza. Sí, le daba pereza, pensó, tanta..., y escribió en la condensación del cristal un mensaje de amor que borró enseguida con la manga de su chaqueta. No podía decir que no admirara a algunos de sus tristes y extravagantes tertulianos, pero lo que se le atragantaba era su insistente devoción por la fealdad.
Suspiró aburrido y al hacerlo entró en su cabeza Valle-Inclán con sus andares de vagabundo y tan vertical como una catedral gótica: los pantalones de cuadros colgados de tirantes, la sonrisa intermitente y mellada, la levita de enterrador y el bombín desteñido. O el propio Rubén Darío, que ahora formaba parte de su círculo. Al principio hasta se le pegó su cadencia nicaragüense, pero ahora empezaba a cargarle su forma excesiva de admirarse por todo con los ojos miopes y perdidos: ¡admirable le parecía hasta el whisky con soda con el que alimentaba la cirrosis que se lo llevaría el día menos pensado!
Desde luego los Machado, Gregorio, y algún otro poeta de su grupo de edad, todos querían escribir como Darío, «para abrirse con libertad hacia la belleza». Se asomó con disgusto a la ventana, ese sí que era todo un ejercicio de abstracción en aquel Madrid que contemplaba desde la casa de su amiga. Una auténtica oda a la fealdad.
¿Salir, decía ella? ¿Para qué?, pensó el poeta. Le horrorizaban sus calles sin árboles, estrechas, sucias y mal empedradas; la sordidez de sus tiendas; de hecho, si no fuera por los jardines de Sabatini y la Castellana se pegaría un tiro. Sólo seguía respirando gracias a la literatura que flotaba en los cafés y, eso no podía negarlo, por la luz dorada de aquella ciudad. Una propia que le manaba de dentro como la de una estrella. Ese cielo rosa a las cinco de la tarde cuando, como ahora, la calle se transformaba en una alfombra de sombreros y todo el mundo parecía acarrear algo esquivando los raíles de los tranvías.
Juan Ramón suspiró cómicamente mientras permitía que su amiga terminara con su tarea y que el sol de la tarde se colara por sus pestañas tupidas y morenas.
—¿No echa de menos el campo, María?
—Me vine muy pequeña de La Rioja. Creo que ya se me ha olvidado el color verde —respondió distraída.
—Yo sí lo echo mucho de menos... Mucho —suspiró—. Por la tarde el campo tiene algo de mirada de madre, ¿no le parece? Cuando vivía en San Millán, ¿no se ha encontrado usted nunca rimas entre la hierba? Yo he hallado tantas y sin buscarlas...
—Y venga a estar triste... —Ella sonrió y él le devolvió otra mucho más mustia.
No, sabía que su amiga no le juzgaba. Sólo le había hecho una advertencia. Ya se imaginaba las habladurías que provocaban las visitas de sus amigotes al convento. Pero le divertía tanto comprobar la estampida de las novicias al ver llegar a Valle cruzando el jardín «con esas barbas demoniacas de macho cabrío», comentaban santiguándose, ceceando a gritos con su risa huracanada y esa costumbre de llamar «imbécil» a todo el que se lo merecía, que últimamente, y según él, eran muchos.
Y luego estaba, claro, lo otro...
El doctor Simarro había tenido la deferencia de informar a las Hermanas de la Caridad de que la enfermedad del poeta residía en su alma. Y él no pudo evitar pasearse por el sanatorio con esa pose de dandi que sabía que acentuaba su tristeza exterior. De modo que por eso, por caridad cristiana, se volcaron en atenderlo y malcriarlo. Le conmovía tanto...
Fue como soltar a un lobo en un gallinero.
De pronto el Madrid que observaba desde la ventana de María le pareció mucho más bello. ¿A quién le importaba la ciudad si vivía en un oasis? Un retiro de sensualidad religiosa, de paz de clausura con olor a incienso y a flores, garabateó sobre el papel. El poeta sintió un pequeño incendio que amenazaba con estallar en el interior de sus pantalones. Su amiga se encargó de enfriarlo:
—Entonces, ¿no va a contarme lo de las monjitas?
—Mis novias blancas... —susurró, intentando aplacarse.
—Dicen que la superiora, Susana López, ha ordenado el traslado de una tal Amalia a Barcelona para evitar males mayores. —María dio un sorbito inocente a su té.
—Vaya..., eso ya no es un rumor, querida amiga, es una información muy detallada.
Lo que también se rumoreaba por si le interesaba saberlo, siguió ella con malicia, era que la superiora había actuado en su comunidad más por celos que por decencia. Juan Ramón protestó porque Amalia, según él, había sido sólo un amor tan fugaz como un cometa. Lo que no le confesó a María en ese momento fue que la hermana Pilar era quien ocupaba de verdad su corazón y su cama todas las noches. Dentro de una hora, sin ir más lejos. Cuando saliera de casa de María se encontrarían sus cuerpos con fiebre en uno de los balcones del sanatorio, furtivos, vestidos sólo de oscuridad y acariciándose bajo la ropa. Luego contemplarían juntos los fuegos artificiales de la Guindalera y la salida de la luna. «Pilar... —recitó mentalmente—, mi Venus de Milo, un mármol de museo ablandado y calentado por mí.» Tendré que componerle un poema, decidió el joven inflamado de deseo, mientras se sujetaba la cabeza entre las manos.
—Le aseguro que no hay nada emocionante que contarle, María —mintió—. Con la hermana Amalia y la hermana Filomena sólo hacemos travesuras.
—¿Filomena? Pero ¿cuántas más hay? —Se quedó en jarras—. ¿Travesuras?
—Sí, travesuras. ¡Somos de la misma edad! —Sus ojos de lobo inocente se encendieron en una protesta—. Yo les traigo golosinas que ellas se comen conmigo alrededor de mi estufa porque a las pobres no les está permitido. Cuando hay tormenta, vienen gritando a mi cuarto. —Sonrió de medio lado—. Cuando vienen a limpiar, visten una escoba de monja y me la dejan sentada en el sofá o me esconden cartas y flores bajo mi almohada. Me apena mucho la noticia de que trasladen a la hermana Amalia, la verdad, lo pasábamos tan bien los tres...
María le contempló con el mismo gesto pasmado con el que, en el presente, cinco actores bebían café y leían las Arias tristes del descarado poeta, dedicadas sin tapujos a aquella religiosa.
«Hermana Pilar», escribió apoyado en el alfeizar de la ventana, «¿tendrás mañana tan negros tus ojos? Y tus pechos..., ¿cómo tendrás los pechos? Ay, ¿recordarás siempre cuando me llamabas como una madre, cuando me reñías como a un niño?» Empuñó la pluma erecta y cerró los ojos mientras escribía: «Dime, hermana, ¿recordarás aquella primera vez en que deshojamos nuestros cuerpos ardientes en una profusión sin fin y sin sentido? Era otoño y hacía sol, ¿te acuerdas? Cuando huías en un vuelo de tocas trastornadas de la impetuosa voluntad de mi deseo y te refugiabas en un rincón como una gata... pero tus uñas eran más dulces que mis besos».
Juan Ramón evocó el olor dulzón de su sexo. Qué prodigio de la naturaleza. Le recordó a su infancia cuando introducía en su boca la flor madura de un membrillo y su madre le reñía porque se iba a empachar. Dulce empacho de placer. Qué forma de temblarle aquellos pétalos entre los labios, qué manantial de jugos tan puros...
—Va a meterse en líos como siga así, querido amigo —escuchó decir a María.
Pero el lío ya lo tenía en su corazón y arrastraba hacia él a la hermana Pilar hasta un lugar donde no hacía pie. Qué le iba a hacer él, pensó, si las mujeres lo requerían desde tan joven. En ese momento le vino a la cabeza Roussié, la mujer del doctor Jean-Gaston Lalanne, cuando le acogió en su casa para tratarlo. Él tenía sólo diecinueve y ella diez años más, los justos para que la buena señora le dejara claro que su relación sería exclusivamente sexual. Sólo necesitaba saciarse, le argumentó una noche mientras cocía un poco de leche en la cocina, porque la vida no le proporcionaba «el goce honrado». Acto seguido se abrió la bata y derramó la leche tibia desde el sujetador hasta las bragas, bajó por sus muslos en nerviosos manantiales y empezó a gotear en el suelo de baldosas blancas y negras que invitaban a jugar a las damas. Juan Ramón aprendió a jugar cuando esta le indicó que siguiera con su lengua el mismo recorrido.
Tras ese silencio cómodo en el que los dos amigos estaban acostumbrados a acompañarse cuando él no quería hablar y ella trabajaba, por fin el poeta consiguió levantarse y dijo:
—Le he traído un regalo.
—¿Además de su compañía?
—Además.
Sacó intrigante una funda de cartón del bolsillo de su chaqueta y extrajo con delicadeza algo que no quiso mostrarle. Se acercó a María, tiró de sus manos hasta que la levantó y luego le colgó del cuello una corbata.
—Están de moda entre las señoras más elegantes. ¿No lo sabía?
—Cuántas cosas sabe usted que yo ignoro...
—Sé que tiene talentos ocultos... y que le sentaría así de bien.
María le dio un beso rápido en la mejilla cuyo fantasma él intentó retener inútilmente con la yema de los dedos. La contempló con la distancia con la que no contemplaba a ninguna otra mujer, la de una musa, pero no se daba fácilmente por vencido así que volvió a la carga:
—Cuando el poeta que llora venza a la mujer que ríe, su nostalgia melodiosa se irá, a tu reír deshecho, a las hojas de la rosa que se mustia sobre el pecho...
Ella contempló aquellos versos flotar suspendidos por los últimos rayos de sol y quiso cazarlos entre sus pestañas. Qué felicidad..., se dijo. ¿Por qué? ¿Quién sabe? Poco dinero, mucho trabajo y esperanza infinita... y los versos de su amigo perfecto escribiéndose solos en el aire.