Wa 和

o Japón y la armonía

«El pueblo japonés es el primer patrimonio de Japón», escribió el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, que tanto amó al Sol Levante durante su vida y que, en esta afirmación, parece haber identificado de alguna forma el meollo del espíritu de wa 和, del kanji que lo representa.

A diferencia de lo que puedan pensar los extranjeros (y muchos japoneses), wa no es ni el kimono ni el sushi, no es la arquitectura de las casas tradicionales ni la exuberancia de los anime y de los manga. No es uno de los santuarios inmersos en la plenitud de una naturaleza tan venerada como sagrada; los ocho millones de dioses o los movimientos sinuosos y refinados de las geishas de Kanazawa y Pontochō no son wa. Tampoco lo es el maccha o el alboroto que organizan las niñas uniformadas que invaden la calle Takeshita-doori en Harajuku. No son wa la ceremonia en honor de los antepasados en primavera ni el suelo de tatami, ni las composiciones de ikebana, ni el laconismo y la sobriedad de las personas, ni el delicado tintineo de una pequeña campana en la brisa estival.

Entonces, ¿cuál es la esencia japonesa? ¿Dónde está el verdadero Japón? ¿Cómo se alcanza la armonía, prioritaria en su cultura y que domina las palabras y las actitudes de su pueblo? ¿Por qué es tan ordenada y pacífica la sociedad del Sol Levante? ¿Qué oculta el ideograma wa 和?

¿Qué significa wa?

Wa es una palabra bonita y misteriosa, y cuando una palabra resulta enigmática y se desea iluminarla, el mejor método para comprenderla sin correr el riesgo de simplificarla es, sin duda, consultar el diccionario de la lengua a la que pertenece.

Al buscar la palabra wa en el diccionario monolingüe Kōjien encontramos un amplio abanico de significados: Japón, las cosas japonesas (日本のこと); lo que es de estilo japonés, lo que se ha producido en Japón (日本風、日本製などの 意味); las cosas quietas, tranquilas, moderadas, amables, cordiales y serenas (穏やか、なごやかなこ); llevarse bien, estar en perfecta sintonía (仲よくすること); lo que se mezcla y une bien, el equilibrio entre las cosas, la capacidad de adaptarse y conformarse (合わせること); la suma, el total (二つ以上の数字を合 わせた値).

Abriendo con lentitud los pliegues del abanico descubrimos que wa 和 es el kanji japonés que alude a la «armonía» y que a la vez ilustra todo lo que está estrechamente relacionado con la cultura del Sol Levante: evoca lo que es apacible, sereno y moderado, el tono tranquilo, la unión pacífica y sosegada de los elementos, la calma y la gracia de las personas y las cosas. Aparece incluido en las palabras que significan «paz» (heiwa 平和 y wahei 和平) y en un término clave como chōwa 調和, «armonía y concordia», que, convertido en verbo (chōwa suru 調和する), significa «mezclar sin retorcer las partes». Desde un punto de vista comportamental, las actitudes que se promueven y alientan en Japón trazan un camino preciso: es necesario olvidar lo desagradable, procurar no reprender y optar más bien por guiar con el ejemplo. Tampoco es útil caer en la tentación de desahogarse, en la ilusión de que, haciéndolo, nos liberaremos de la rabia o de otras emociones negativas; en especial, no sirve pretender afrontar todo a toda costa, porque el precio siempre es muy elevado. En pocas palabras, la consolación del desahogo no consuela de verdad, más bien aplaca ciertos abscesos purulentos del ánimo, pero no los apaga; es como si los trasladara a otro lugar, de donde pueden volver a salir en cualquier momento.

El kanji de wa 和 precede a una serie muy extensa de palabras, que significan «culturalmente japoneses», de «producción japonesa», de «tradición japonesa» o de «estilo japonés», como es el caso de washi 和紙, el papel japonés, o washoku 和食, la cocina tradicional japonesa, wafuku 和服, la ropa japonesa, washiki 和式, el estilo japonés, o wayaku 和訳, la traducción a este idioma.

Antiguamente, Japón se denominaba Yamato 大和, un nombre que, descompuesto en sus ideogramas, significa hoy en día «gran wa», es decir, «gran armonía». En el pasado, sin embargo, correspondía a «paso entre las montañas», en referencia a la elevada densidad montañosa del territorio y porque, precisamente, los japoneses siempre se han reconocido en su paisaje de rara belleza, en las cimas nevadas, en los relieves cubiertos de vegetación, en las laderas jaspeadas por los cerezos en flor, de un color verde irisado de azul.

Desarrollada en una sociedad de carácter agrícola, la cultura japonesa ha tendido desde la Antigüedad a privilegiar la armonía del grupo, la colaboración en aras del objetivo común, frente al interés personal.

Esto se debe sobre todo a que wa hace especialmente referencia a la «mezcla», que no equivale a la disolución de un elemento en otro o en muchos otros, sino a la convivencia pacífica y respetuosa de las partes, al intercambio eufónico y equilibrado. Claude Lévi-Strauss, de nuevo, escribió que «[en] Occidente se suceden modelos de vida, [mientras que en] Japón parecen coexistir». Las implicaciones de este concepto son numerosas, como el hecho, por ejemplo, de que no es necesario creer en una única verdad, de que todo debe armonizarse (y que, por tanto, nada debe destacar de forma clamorosa), de que es posible conciliar lo que es en apariencia irreconciliable, como sugiere también el sincretismo religioso en el que conviven e incluso colaboran en el mismo territorio el sintoísmo y el budismo (kami). Wa se traduce también como «evitar el enfrentamiento de manera incondicional», lo que implica actitudes como la paciencia (nintai), pedir perdón de antemano incluso cuando no se tiene ninguna culpa (gomennasai), ignorar lo negativo (mushi suru), tener siempre en cuenta las emociones ajenas (omoiyari) y estar dispuesto a sacrificarse (gaman).

Cualquier comportamiento forma parte de una red de gestos y de palabras, de unas correspondencias arraigadas que constituyen el esqueleto del pensamiento japonés. Es imposible eliminar un aspecto sin echar por tierra todo el edificio.

Valorizar lo incompleto y lo imperfecto

Valorizar lo incompleto y lo imperfecto Suzuki Daisetsu (1870-1966), máxima autoridad japonesa en el ámbito del budismo zen, indicaba cuatro elementos como «necesarios para llevar el arte a un resultado satisfactorio y esenciales en la vida ordenada de una comunidad»: en primer lugar, estaba la armonía (wa), luego la reverencia (kei), la pureza (sei) y, por último, la tranquilidad (jaku). Además, recordaba la importancia de la relación existente entre el espíritu y la forma, porque si bien es cierto que el zen enseña a captar el primero y a trascender la segunda, también lo es que «nunca deja de recordarnos que el mundo donde vivimos está hecho de formas particulares y que el espíritu solo se expresa a través de las formas».

En cualquier ambiente y clase social se percibe la prioridad que los japoneses atribuyen siempre a wa, que, en parte, se debe a la morfología de su territorio. De hecho, suelen justificar ciertas actitudes con la expresión shimaguni da kara 島国だから: «Es porque somos un país insular, porque somos una isla».

Además, la maciza presencia de las montañas hace que el territorio se pueda habitar en un reducido porcentaje, de manera que esta ulterior constricción habría reforzado la preocupación por la convivencia pacífica, que sigue siendo válida en una época en la que los medios de transporte y comunicación han barrido las distancias. En pocas palabras, a falta de alternativas inmediatas y de vías de escape, el sentido común exigía que se trataran de evitar los enfrentamientos y esto solo era posible manteniendo cierta reserva. Así pues, los japoneses se censuraban procurando no manifestar opiniones fuertes, controlando con prudencia las propias emociones, y, como estrategia preventiva, definían con precisión los contextos sociales prestando especial atención a la separación entre el ámbito privado y propio (uchi) y el público y ajeno (soto).

Para relacionarse de manera eficaz con Japón es necesario frenar la prisa por comprenderlo todo, ya que se trata de un lugar donde, en cambio, da la impresión de que es justo el tiempo, incluso cuando parece vacío de acontecimientos e intercambios, el que sedimenta una relación. No hay que tratar de interpretar y descifrar por completo al otro, hay que limitarse, como aspecto inalienable del conocimiento, a contemplar primero su máscara (honne/tatemae) y solo después (sin cargar jamás la mano) pasar lentamente al otro lado de la cortina.

Pese a todo, Japón siempre será fascinante por su ambigüedad, por su capacidad de atribuir un valor igual, cuando no superior, a lo que no se ve, en lugar de a lo evidente. «Si los griegos nos enseñaron a razonar y los cristianos a creer, el zen nos enseña a ir más allá de la lógica y a no detenernos, ni siquiera cuando nos enfrentamos “a lo que no se ve”», escribió Suzuki Daisetsu en El zen y la cultura japonesa.

Las formas de la belleza son múltiples y numerosas las definiciones que propone el japonés (bi). Una de ellas es la que afirma la importancia de lo incompleto, de la circunferencia abierta, del signo que deja blanco tras de sí para crear un espacio destinado a la palabra y a otro signo: «La belleza no implica necesariamente una forma perfecta».

Wa significa, por tanto, aceptar, más aún, privilegiar lo incompleto, lo asimétrico, lo imperfecto y, por encima de todo, el vacío, que es el origen de todo.

Acoger, elegir, transformar

Preguntarse por el carácter de wa da lugar a profundas reflexiones. ¿Qué es verdaderamente wa? ¿De dónde procede?

Una tendencia patente de la cultura japonesa es la de acoger en el propio calendario fiestas que no le pertenecen ni tradicional ni geográficamente (San Valentín, Navidad, Halloween, etcétera), demostrando que no teme las contaminaciones. Los extranjeros son los jueces más severos sobre lo que es estrictamente japonés y no es raro oír cómo lamentan la presencia de palabras extranjeras en el katakana o la observancia de costumbres europeas o americanas. Sin embargo, Japón nos enseña que hay espacio para todo y que la excelencia de una cultura está sobre todo en añadir belleza, en acrecentar la alegría, en crear ocasiones para celebrar la vida, de forma que esta sea más rica e interesante; aumentar, por ejemplo, los placeres del paladar con la introducción y la modificación de nuevos platos, tener una excusa para saborear comida inusual, una fiesta que nos invite a salir y decorar las tiendas y las casas.

Es complicado admitir que debemos estar agradecidos, alabar a los demás: a menudo tememos vernos disminuidos, que se nos considere carentes de originalidad; una cualidad esta que el pensamiento occidental reputa esencial y que, en cambio, el oriental considera ilusoria, porque la naturaleza es la única materia prima original que se ofrece al ser humano, que solo puede reelaborarla. La excelencia japonesa procede precisamente de la capacidad de admitir sinceramente la maestría ajena (algo que aún sucede en la actualidad, ya que la alabanza —homeruse desgrana con facilidad a diario). El reconocimiento de la preeminencia del otro ha permitido a los japoneses apoderarse y enriquecerse con lo mejor que han tenido a su alcance en las distintas épocas. El poeta contemporáneo de haiku, fino conocedor de la cultura japonesa, Hasegawa Kai, recalcó que justo lo que en el papel habría podido ser una injuria o una desventaja, constituyó en cambio la fuerza de Japón: el país estaba «vacío», carecía de un sistema de escritura, de unas características fuertes que lo impermeabilizaran frente al exterior y lo volvieran, probablemente, poco dispuesto a dejarse influir.

El nacionalismo que tanto ha dañado a la imagen del país, esa manera insensata de encerrarse a lo que era íntimamente japonés y lo hacía especial, es —como cualquier nacionalismo, dondequiera que se manifieste en el mundo— no tanto una señal de potencia y de superioridad, sino síntoma de una profunda inseguridad, la misma inseguridad que, a pesar de haberse mitigado con el tiempo, percibe claramente el que conoce de cerca el Sol Levante.

La presunta superioridad de la que saca fuerzas, que evoca más bien la retórica venenosa del periodo bélico, cuando la derecha ocupaba el gobierno y se enfrentó primero a China (conflictos sino-japoneses) y luego a Estados Unidos (Segunda Guerra Mundial), está en la base de la cuestión de la unicidad.

Sin embargo, basta repasar la historia de los contactos culturales entre Japón y el mundo, la hospitalidad casi indiscriminada que ha modificado la faz del país en varias épocas (de la que encontramos pruebas, por ejemplo, en las dolorosas y nostálgicas palabras de toda una generación de escritores del periodo Meiji y de la siguiente), para darse cuenta de que no existe ni soberbia cultural ni arrogancia, sino quizá todo lo contrario. Esta visión distorsionada deriva de la diferencia entre Yamatogogoro 大和心, es decir, el corazón Yamato y Yamato-damashii 大和心, el espíritu Yamato. Si el primero constituye el alma japonesa auténtica, abierta al mundo, el segundo es el concepto que se agitó en el periodo bélico y en cuyo nombre se diezmaron generaciones de japoneses a los que, para dar sentido al horror del conflicto, se les ofrecía el sueño del sacrificarse y morir por la idea edulcorada de un país de gran valor y belleza.

De nuevo se repite la pregunta: ¿qué es realmente wa? ¿Qué representa?

Es un concepto dinámico, un sistema de absorción, armonización, selección y adaptación. En Wa no shisō, Hasewaga Kai habla de tres fases sucesivas que disciplinan la acogida constante del diferente, del otro: en primer lugar está juyō 受容, que es «la recepción, la aceptación, la acogida», luego viene sentaku 選択, es decir, «la elección, la selección», y por último, henyo 変容, «la transformación, el cambio, la transfiguración, la metamorfosis».

Establecer a priori el concepto de wa no solo banaliza la cultura japonesa reduciéndola a sus manifestaciones prácticas, sino que debilita al mismo Japón, que corre el riesgo de atrincherarse en la materialidad de los bienes perecederos, a pesar de su inmensidad, y de convertirse en esclavo de una mirada externa que lo juzga en función del propio sistema de pensamiento (pero que, en el fondo, no lo conoce).

Por este motivo, wa no coincide con ninguna de las cosas materiales de Japón: wa es la capacidad de acoger e integrar lo diferente, de armonizarlo. Algo que va más allá de lo específico y se convierte en un principio aplicable en cualquier lugar, tiempo y contexto.

El «coste» de wa

En la actualidad, Japón atrae por cierta idea de sencillez, por la cortesía y la honradez que impresionan a los extranjeros que viajan al Sol Levante o que oyen hablar de él; fascina por una manera de vivir cívica que permite que estén limpias y sean seguras unas ciudades de varios millones de habitantes, donde todo parece funcionar y donde el respeto por el medio ambiente y la atención al prójimo sigue siendo una costumbre extendida.

A pesar de no saber qué nombre atribuirle, el mundo percibe wa y siente en Japón la armonía, la conoce gracias a las lecturas, los viajes que organiza para explorar su cultura y su territorio, el estudio de la lengua y las disciplinas artísticas, filosóficas o marciales, y le gustaría contagiarse de ella.

En Japón la armonía se celebra como una fiesta sin adornos ni comidas especiales: es una sala aireada, luminosa, donde se da la bienvenida a cualquier persona y se le ofrece un tratamiento adecuado, donde todo es código y emulación, y donde, último pero no menos importante, se hace lo que sea para protegerla, incluso pequeños y grandes sacrificios que siempre serán socialmente recompensados.

Así pues, es inevitable que exista cierta rigidez al principio; además, la experiencia individual y colectiva enseña que la libertad absoluta nunca nos hace felices y que el rechazo de las normas solo hace caer nuestras vidas en el caos y en la búsqueda egoísta de la satisfacción.

Si se ignora este intenso ajetreo, esta fatiga, no se entiende cómo es posible que todo funcione, que las ciudades estén limpias —cosa que, por ejemplo, no se da porque nadie ensucie, sino porque, por cada persona que ensucia, hay nueve que limpian (poco importa que sea porque trabajan como barrenderos, que se trate de un privado que limpia delante de su casa, de pequeños grupos de voluntarios que se reúnen los domingos por la mañana armados de grandes bolsas y largas pinzas, o de transeúntes que recogen una lata o una botella y la echan al contenedor más próximo)—.

Como explicó el filósofo Tatsuru Uchida en Nihon henkyōron, en los japoneses se mezcla el orgullo nacional y un fuerte sentimiento de inferioridad; además, varios elementos de su cultura tienen precisamente su origen en cierta marginalidad, en la diferencia existente entre los países fronterizos y los centrales. Los japoneses siempre tienen la impresión de que su cultura está en otra parte. Por esta razón, en el país se publican un sinfín de libros sobre sus peculiaridades, y buena parte de estos, todo hay que decirlo, son sumamente autocríticos. Enseguida olvidan lo que han absorbido, quizá porque en un principio era del todo ajeno, y en ese olvido radica precisamente la pregunta sin respuesta que los japoneses se hacen sobre su cultura.

«La cultura japonesa no tiene un origen ni un modelo original en ninguna parte, más bien existe como una pregunta infinita: “¿Qué es la cultura japonesa?”». De esta forma, Masao Maruyama (1914-1996), un agudo político y pensador, autor de varios textos clave para la definición del pensamiento nacional, describió Japón como un país que busca cosas nuevas en el exterior mirando constantemente alrededor. De hecho, utilizó la expresión kyoro-kyoro きょろきょろ, que significa precisamente «mirar con curiosidad algo o a alguien», un comportamiento tanto personal como colectivo. Tomando prestado un término italiano perteneciente al mundo de la música, Masao Maruyama hablaba de «bajo obstinado», ya que todo se basa en la repetición y en una melodía que nunca llega a ser central, que siempre es de fondo. Así pues, Japón sigue siendo objeto de una tendencia homogénea que no consiste en el cambio como tal, que es vertiginoso y constante, sino en el hecho de que esta transformación parece no interrumpirse nunca. Por decirlo de alguna forma, lo «inmutable» es el hecho de que cambie con regularidad.

Las setenta y dos estaciones japonesas

En el mundo existen cuatro estaciones que parten el año como los cuartos de una manzana y que, según qué zonas, se reducen a dos.

La primavera empieza el 4 de febrero, el verano el 5 de mayo, el otoño el 7 de agosto y el invierno el 7 de noviembre.

No obstante, el antiguo calendario japonés (kyūreki 旧暦) dice otra cosa; en él, las cuatro estaciones se dividen en veinticuatro periodos que, a su vez, se dividen en tres partes para crear setenta y dos momentos diferentes. Lo que significa que cada cinco días se inicia una nueva «estación».

Este calendario es muy antiguo, pero no por eso deja de ser exacto. De hecho, basta salir de casa para ver muchos gusanos en el suelo, como cuenta la «estación» que va del 10 al 14 de mayo (cuyo nombre es mimizu izuru 蚯蚓出ずる, cuando «las lombrices salen de la tierra»); en la televisión se pueden ver unas imágenes frenéticas y maravillosas de un famosísimo matsuri de Asakusa, que tiene lugar el tercer viernes de mayo. Los nombres son sumamente poéticos: en el interior hay luciérnagas —como en la estación que va del 10 al 15 de junio—, el calor del viento (7-11 de julio), el canto del agujanieves bailarín (12-16 de septiembre), de la cigala crepuscular (12-16 de agosto) o de las flores del melocotonero (10-14 de marzo).

La idea de unas estaciones que cambian cada cinco días da lugar a una gran cantidad de inicios.

Suena el despertador, los ojos se abren a una estación completamente nueva, termina una estación que lava las culpas de la anterior, que se lleva lo negativo, que brinda la esperanza de que mañana todo será distinto.

En esta manera antigua de vivir el tiempo se percibe la belleza de sus variaciones, algo particularmente útil en la actualidad, dado que con frecuencia este se reduce a una variable atmosférica y utilitaria. (¿Qué me pongo? ¿Cojo el paraguas? ¿Hace frío? ¿Podremos pasar el fin de semana en la playa?).

El conocimiento de un lugar tan diferente del mundo presenta esta ventaja: ofrece recursos para afrontar la banalidad, el tacto áspero de ciertos días enfermos de inercia, el miedo —que habita en todos nosotros de forma diferente— de no ver con claridad un nuevo comienzo. Tenemos setenta y dos estaciones y, por tanto, setenta y dos inicios. Y en cada una de esas estaciones se ocultan las maravillas del mundo, la probabilidad de una pequeña alegría, de gran valor, personal: «Me apoyé en la belleza del mundo y tuve el olor de las estaciones en las manos», dice la escritora Annie Ernaux en Los años.

No todos conocen los nombres de las setenta y dos unidades, pero las veinticuatro macrosecciones aparecen incluso en los calendarios solares que se utilizan desde 1873 y en todas las agendas.

Es una invitación a valorizar el tiempo, a explorar la naturaleza más próxima, ya sea durante un paseo por un parque urbano próximo a nuestra casa o por un campo cercano al pueblo donde pasamos las vacaciones. Es la ocasión para redescubrir el antiguo calendario de la propia cultura, para apoyarse en la belleza del mundo. Obviamente, los setenta y dos capítulos de este libro se basan en esta idea.

Saber decir, saber pensar

El poeta y escritor uruguayo Mario Benedetti escribió que «gracias a ellos, a los sentimientos, somos conscientes de no ser otros, de ser nosotros mismos. Los sentimientos nos dan un nombre y con ese nombre somos lo que somos». Saber decir, saber hablar, saber, en general, nos hace más fuertes.

Aumentar nuestro vocabulario nos ayuda a expresarnos mejor con los demás, a darnos un nombre. Podemos comprendernos mejor, identificar lo que deseamos de verdad, lo que, en pocas palabras, constituye el origen de la felicidad: entender lo que estamos buscando, relacionarlo con el bienestar ajeno, regenerar la alegría a través de un sistema que nos permite comunicarnos con los demás y viceversa, ponernos un objetivo y dirigir hacia él nuestro impulso vital (ikigai).

La lengua japonesa posee términos que, con frecuencia, son intraducibles, quizá debido a la reflexión constante a la que induce el silencio propio del Sol Levante, a la humildad necesaria para absorber las lenguas y las culturas ajenas y para hacerlas propias. La esencia del wa, en pocas palabras.

Así pues, un sinfín de términos y, al mismo tiempo, la amplificación del sentido de cada uno de ellos. De hecho, en Japón parece seguir siendo válida la enseñanza del escritor guerrero Miyamoto Musashi (1584-1645), según la cual «es posible conocer diez mil cosas conociendo profundamente una sola». En definitiva, es mejor tender a poco y bueno que mucho y malo. Una operación nada sencilla, a tal punto que «es más fácil sacar cien palabras de tres que cinco de diez» (Stanislaw Jerzy Lec, Pensamientos despeinados).

En otro aforismo, el escritor polaco, Lec, dice que «hay pensamientos que pertenecen a una sola lengua» y tal vez por eso sea fascinante aprender un idioma extranjero. Cuando, en lugar de un término equivalente, el diccionario propone una explicación con varias palabras estamos en la frontera de lo intraducible, un terreno cautivador y descompuesto que todas las lenguas poseen. Cuando se da la especificidad cultural, la palabra parece echar unas raíces tan resistentes que impiden situarla en otro lugar.

Esto sucede, por ejemplo, con chotto, tanoshimi, sukkiriitadakimasu, unas expresiones que se pueden traducir al inglés o al español, pero que, para no perder buena parte de su verdadero sentido, requieren una explicación articulada. De igual forma, de las numerosas voces seleccionadas, varias se pueden importar con facilidad al propio vocabulario cotidiano, mientras que otras siguen siendo cuerpos extraños cuando falta el contexto sociocultural.

Pero son justo en estas grietas que se abren entre las lenguas, en los intersticios que a menudo se desechan como partes de una diversidad insalvable, donde surge la maravilla.

Dando tumbos se obtiene una tercera lengua; igual que el par de zapatos que nos acompaña durante un largo camino, debemos confeccionar a medida nuestra lengua para que esta pueda llevarnos muy lejos. Sobre todo, debe poder escoltarnos exactamente hasta nuestro destino.

Las hojas del decir y la lengua a medida

Expresar con palabras es «convertir el decir en una hoja», en un árbol que crece generando ramas y acompañando a las flores, los frutos o a una nueva hoja. Se trata de una imagen poéticamente evocada por los ideogramas de kotoba 言葉, la palabra, cuyo primer ideograma significa «decir», mientras que el segundo kanji representa a las cosas planas y finas, como los pétalos y las hojas. Un arbusto que crece con frondas resplandecientes es una metáfora espléndida del lenguaje, la idea de lo que debería representar cada palabra en singular o en plural. El japonés, que no tiene número en el sustantivo, posee una sorprendente variedad léxica.

Esto se nota en especial cuando el objetivo es amplificar la visión de la naturaleza y explicar sus detalles: sakura-fubuki 桜吹雪 es la «tormenta (de nieve) de sakura» y hace referencia al mágico momento en que las flores del cerezo empiezan a caer de forma leve pero abundante, sakura-ame 桜雨 es la lluvia de pétalos, una tormenta de caricias. Siguiendo con las precipitaciones y con el término ame 雨, que significa lluvia, encontramos harusame 春雨, la lluvia ligera de la primavera, jigure 時雨, el agua que cae a finales de otoño y en los primeros días del invierno, ryokū 緑雨, la lluvia de principios del verano, cuando el verde de la naturaleza es más brillante. Existen muchos más términos y algunos son muy evocadores, como nekonke-ame 猫毛雨, que contiene los kanji de «gato», «pelo» y «lluvia» para describir unas precipitaciones tan finas, suaves y leves como el pelo de los felinos, o yarazu-noame 遣らずの雨, con el ideograma de «mandar, enviar», en forma negativa, para nombrar a la lluvia que parece caer adrede para impedir que un invitado se marche.

En el vocabulario japonés abundan las palabras relativas al viento, la lluvia, la nieve, la montaña, la luna o los astros. Es un bagaje de términos rebosantes de poesía, que llaman la atención sobre los numerosos matices de lo que llamamos de forma escueta «naturaleza».

Además, el japonés sabe construir historias y visiones en la escritura y en los ideogramas, que profundizan en la maravilla. Estos constituyen unos auténticos haiku, unas minúsculas composiciones que, con un puñado de palabras, evocan todo lo que está más allá de ellas.

Los kanji: microhistorias en unos cuantos trazos

Resumiendo brevemente lo que ha sido objeto de una extensa bibliografía, la lengua japonesa nace y perdura en el sonido, en la oralidad, que adquirió forma al entrar en contacto con la escritura china en la segunda mitad del siglo IV d. C. A partir de ese momento se adoptaron estrategias para transformar la lengua, a fin de que esta, a pesar de haber adoptado elementos excelentes de la civilización extranjera, mantuviera el espíritu del territorio y de la cultura originaria.

Por una parte, la escritura japonesa corrobora la idea de «acogida-selección-adaptación» de wa, pero, por otra, enseña que a menudo las cosas más hermosas son también las más complicadas.

Para los estudiosos de la lengua, los kanji constituyen la parte más volátil, la que nunca se deja poseer del todo. No basta mirarlos para memorizarlos. El que pretende aprender los kanji debe considerarlos como las melodías que se han interpretado una infinidad de veces con el piano, a tal punto que basta tocar la primera nota —la partitura ya no hace falta— para que los dedos bailen seguros. Por encima de todo, lo que guía la mano es el automatismo, la costumbre. Son picaportes que abren puertas: hay que tocarlos.

«Cabe afirmar que un arte se domina cuando la técnica opera a través del cuerpo y de los miembros como si fuera independiente de la mente consciente», transcribió libremente Suzuki Daisetsu del tratado sobre la espada de Yagyū Tajima no kami Munemori (1571-1646). El aprendizaje de los kanji exige ese mismo grado de abandono consciente, una actitud que consiste en llenar y después vaciar.

Son dibujos, collages de elementos procedentes del mundo vegetal, mineral y animal, de una época de hombres y dioses que, en tono perentorio, decidieron la disposición de las cosas, definieron su naturaleza y la convirtieron en dibujo y luego en escritura. De esta forma, la nieve, yuki 雪, es una mano que aparta la lluvia; lluvia, ame 雨, que se encuentra en la nube, kumo 雲, en la neblina, kasumi 霞, en la niebla, kiri 霧, y en el temblor, 震. Mientras el amor, ai 愛, significa «mirar atrás y dudar», el marido, otto 夫, tiene un pasador clavado en el pelo; en la noche, yoru 夜, la luna aparece bajo el tejado; en tanto que el norte, kita 北, adopta la forma de dos hombres que se dan la espalda.

La explicación de su origen es con frecuencia controvertida y recuerda una de esas historias que todavía tienen, y siempre tendrán, un amplio margen de interpretación que permite reinventarlas.

Los kanji siguen explicando el corazón de las cosas, el significado originario de las palabras. Saben contar el kokoro de los japoneses y de su exuberante cultura. Por este motivo, en el tratamiento de las setenta y dos voces los estudiosos se han detenido con frecuencia frente a las palabras, han sacado una lupa y unas pinzas y han descompuesto la maravilla. Una operación que, a pesar de que los kanji son materia viva a todos los efectos, se puede practicar de forma milagrosa sin que la vida desaparezca en las maniobras quirúrgicas.

En una época como la nuestra en que ya no es necesario empuñar un bolígrafo para «escribir» algo, es necesario volver a las manos. Transcribir trazos en la sucesión rigurosamente definida, explorar sus partes para reconstruir el sentido, como la palabra japonesa «casa», ie 家, que aún se sigue representando como un cerdo bajo un tejado.

Premisa imprescindible para la comprensión: no comparar

Al explicar los conceptos se observarán, más de una vez, puntos de fricción entre el modo japonés de pensar y actuar y su equivalente occidental. A pesar de que la aparente oposición Japón/Occidente aparece con frecuencia, hay que subrayar que esta es puramente instrumental, que sirve para explicar de la manera más lineal posible los mismos conceptos que, privados de su marco teórico, podrían perder concreción.

La primera lección (siempre y cuando queramos hablar de lección) que se puede extraer del pensamiento japonés es precisamente que este no pretende enseñar nada a nadie: el Yamamoto-gokoro indica que la mejor manera de acoger al mundo y gozar de él es distanciarse de la estéril confrontación entre las cosas, resistir la tentación de comparar poniendo uno de los dos elementos involucrados en un inútil enfrentamiento que empobrece en lugar de enriquecer y que tiene como único e inevitable efecto denigrar a uno de los dos.

«Ah, qué inteligentes son los japoneses que hacen eso. En cambio, nosotros, los italianos...», «esta tradición japonesa es una maravilla, en cambio, nosotros, los franceses...».

Así pues, es necesario rechazar la competición. Renunciar, por un lado, a desacreditar la propia cultura de pertenencia, comparándola con la japonesa (que, en una lectura excesivamente edulcorada, puede parecer rayana en la perfección, aunque no sea así) y, por otro, evitar denostar a los japoneses por unos comportamientos que pueden parecernos incorrectos o incoherentes, porque cometemos el error de situarlos en un contexto diferente. Dos trampas en las que es muy fácil caer.

Es cierto que Japón goza de una calidad de vida muy elevada, que el sentido social es prioritario, que la seguridad, la honradez y la armonía que se respiran allí constituyen una extraña conjunción, pero a la vez es cierto que para conseguir una tranquilidad semejante es necesario, por encima de todo, pensar un poco menos en uno mismo y un poco más en los demás: hay que sacrificar parte de la alegría individual en aras de una felicidad plural en la que participan no solo los amigos y familiares, sino también los perfectos desconocidos con los que no se comparte ni una mirada ni una palabra.

Para empezar, hay que desechar la obtusa oposición entre público y privado que en su obra, Bienes públicos, bienes privados, el estudioso Raymond Geuss interpretaba como una «invención filosófica» gratuita (y perniciosa); con ello no quería decir que hubiera que abolir la propiedad privada, sino que una demarcación demasiado nítida entre el yo y el ellos, entre lo mío y lo que no me pertenece, puede disminuir el grado de empatía de una sociedad. Además, la arrogancia que nace de la posesión (esta casa es mía, este es mi espacio de palabra, etcétera) se fundamenta en unas bases sumamente frágiles. Como sugiere el pensamiento japonés, que está impregnado del concepto budista del mujo 無常, la impermanencia, la felicidad solo se puede alcanzar distanciándose de la materialidad del mundo, de las pasiones que nos parten el corazón y nos sacuden como banderitas al viento. Considerar con atención nuestra esfera de influencia real, renunciar a poseer una superflua abundancia de bienes, a acumular una riqueza insensata o a llegar muy alto en una carrera que, al igual que todas las cosas, está destinada a consumirse y terminar, nos acerca a nuestras necesidades reales y, por lo visto, nos garantiza verdaderamente la serenidad.

Cómo leer este libro

Parte de los términos incluidos en este libro procede de un blog muy popular (Giappone Mon Amour), que se ha ido nutriendo a lo largo de los años y del que forman parte conocimientos y experiencias directas maduradas en la larga, intensa y valiosísima relación que he mantenido con este país. He revisado, en buena medida reescrito, actualizado e integrado todo el material que he heredado de él.

Cada uno de los setenta y dos términos principales y de los muchos más que se incluyen en cada capítulo constituye idealmente la explicación de un aspecto del pensamiento japonés, además de una invitación para añadir bienestar a nuestra existencia. La elección de las expresiones es una miscelánea que incorpora al discurso palabras pop relacionadas con el Japón contemporáneo y con el habla, y otras de carácter literario. También es voluntario el orden aleatorio. En los cuatro bloques correspondientes a las cuatro grandes estaciones (consideradas también como términos en sí, ya que pueden ampliar nuestra percepción del mundo) existe una infinidad de conceptos en apariencia distintos. Una disposición especulativa habría requerido una reducción de campo excesiva, cuando lo que se pretende es, en cambio, estimular el sentido de emulación positiva.

En la lectura se percibirá, de hecho, que las palabras son ramificaciones continuas, que todos los conceptos están relacionados de alguna manera. No obstante, de acuerdo con una tendencia de la cultura japonesa que niega la existencia de un centro y afirma que todo está en continuo movimiento, he preferido dejarlas como si fueran canicas en un bolsillo, de forma que cada lector pueda sacar la que quiera sin sentirse obligado a seguir un orden preciso de lectura. Pescando en el índice podrá dirigir su interés hacia lo que quiera. En ocasiones, la aparente casualidad de las elecciones refleja nuestras necesidades.

Todas las lecturas tienen un punto de partida, pero también un recorrido y un retorno. Para el retorno deseo un cambio en la manera de mirar, no tanto (o no solo) Japón, sino el propio mundo, el más próximo, el que siempre tenemos al alcance de la mano y que, precisamente por eso, parece no tener nada más que decirnos.

Primavera