«Una relación amorosa siempre instruye sobre el sentido de la existencia»,[1] escribió Søren Kierkegaard después de que su única historia de amor acabara en un compromiso roto. Kierkegaard hizo filosofía desde la vida, proyectando su vida en su obra más que ningún otro filósofo. Su crisis romántica le inspiró una serie de reflexiones sobre la libertad humana y la identidad que le granjearon una fama imperecedera como «padre del existencialismo». Creó un nuevo estilo de filosofar que hundía sus raíces en lo más profundo del drama humano. Aunque fue una persona difícil (y un ejemplo, quizá, peligroso), su capacidad para dar testimonio de la condición humana fue muy inspiradora. Se convirtió en un experto en el amor y el sufrimiento, en el humor y la angustia, en el coraje y la desesperación; hizo de estos asuntos la materia principal de su filosofía, y su obra ha llegado al corazón de generaciones enteras de lectores.
Cuando la escritora sueca Fredrika Bremer visitó Copenhague en 1849 para redactar una crónica de la vida cultural danesa, hacía unos cuantos años que a Kierkegaard se lo consideraba una eminencia en su ciudad de nacimiento. Bremer no llegó a conocerlo (él rechazó su petición de entrevistarlo) aunque sí oyó una gran cantidad de rumores sobre sus inquietas costumbres: «Por el día, se le puede ver caminando entre la multitud, subiendo y bajando durante horas la calle más bulliciosa de Copenhague. Por la noche, según se dice, la luz brilla hasta muy tarde en su vivienda solitaria».[2] Quizá, tal como era de esperar, para Bremer fue una figura «inaccesible, con la mirada clavada sin interrupción en un punto fijo». «Enfoca su microscopio», escribió, «sobre este punto e investiga con sumo cuidado los átomos más ínfimos, los movimientos más fugaces, las alteraciones más recónditas. Y sobre esto habla y escribe sin parar páginas y páginas. Para él, todo está contenido en este punto. Y este punto no es otro que el corazón humano». Bremer señaló también el hecho de que la obra de Kierkegaard despertara sobre todo la admiración de las mujeres lectoras: «La filosofía del corazón debe de ser importante para ellas». Pero también ha demostrado serlo para los hombres. Echemos, si no, una ojeada a las sucesivas generaciones de lectores devotos de Kierkegaard, entre los que se encuentran algunos de los artistas y pensadores más influyentes del siglo pasado.
Por supuesto, Kierkegaard no fue el primero en esforzarse por dar sentido a la existencia humana. Tuvo que vérselas con la formidable tradición intelectual europea y asimilar el legado del Antiguo y el Nuevo Testamento, los metafísicos griegos, los padres de la Iglesia y los monjes del medievo, Lutero y el pietismo luterano, las filosofías rompedoras de Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant, Schelling y Hegel, además de la literatura romántica. Durante tres fértiles y convulsas décadas del siglo xix canalizó estas corrientes de pensamiento hacia su propia existencia y sintió cómo sus tensiones y paradojas lo atravesaban, mientras que, al mismo tiempo, su corazón sufría las puñaladas, las plenitudes, las expansiones y las magulladuras ocasionadas por una serie de intensos amores, todos y cada uno (salvo, quizá, el primero) caracterizados por una profunda ambivalencia: su madre Anne, su padre Michael Pedersen, su prometida Regine, su ciudad, su obra literaria, su Dios.
Pronto nos encontraremos con Kierkegaard cuando regresa a Copenhague desde Berlín, en mayo de 1843, viajando en tren, en diligencia y en barco de vapor. Enseguida lo veremos como el escritor que es, con treinta años de edad, inmerso en la obra que lo hizo famoso. El autor dueño de una fluidez extraordinaria que logró encarnar su alma en su adorada lengua danesa y que, incluso traducido, nos transmite la musicalidad de su prosa, la poesía de su pensamiento. Lo que él mismo llamó después «su oficio de escritor» ocupó la mayor parte de su vida y consumió sus energías y su dinero. Pero la denominación de escritor no solo apunta al hecho de que produjo grandes libros en una cantidad asombrosa, así como infinidad de diarios y colaboraciones para revistas: la escritura se convirtió en la urdimbre de su existencia, en el amor más vibrante de su vida. El resto de sus amores se derramaron en ella para engrandecerla como el océano que rompe sin descanso contra su tierra natal. Fue un amor absorbente, incontenible: cuando era joven le costó ponerse a escribir, pero una vez comenzó, nada lo detuvo. Le preocupaba todo lo relativo a los derechos de autor y a la potestad sobre su propia obra y vivió perpetuamente desgarrado entre la dicha de escribir y las angustias de publicar, fascinado por la literatura, sufriendo por su elevado nivel de exigencia en cuestiones tipográficas y de maquetación.
Fue al mismo tiempo un escritor y un explorador espiritual. En el mito de la caverna, incluido en La República de Platón, un personaje solitario escapa del mundo ilusorio, de la realidad normal y corriente, para buscar la verdad y regresa más tarde para compartir su conocimiento con la multitud anestesiada: este arquetipo de filósofo define bien la relación de Kierkegaard con su siglo, el xix. Asimismo, en la narración del penoso viaje de Abraham al monte Moriah, recogida en el Antiguo Testamento, Kierkegaard distinguió las corrientes religiosas que moldeaban su vida interior: el profundo anhelo de Dios, la lucha angustiosa por comprender su propia vocación y la búsqueda de un sendero espiritual auténtico. Su religiosidad desafió una y otra vez las convenciones, aunque sus creencias no se alejaron mucho de la ortodoxia.
Este libro viaja junto a Kierkegaard en pos de la «cuestión de la existencia» que lo alentó y lo abrumó a partes iguales, que lo lastró y lo empujó sin cesar hacia delante: ¿cómo ser humano en este mundo? Kierkegaard criticó los excesos abstractos de la filosofía de su época e insistió en que nuestra misión es averiguar quiénes somos y cómo hemos de vivir, inmersos, como estamos, en plena vida y con un futuro incierto por delante. Del mismo modo que no podemos apearnos del tren mientras está en marcha, no podemos tampoco separarnos de la vida para reflexionar sobre su significado. Esta biografía, por tanto, no aborda a Kierkegaard desde un punto de vista deliberadamente distante, sino que se le une en su viaje y se enfrenta con él a sus incertidumbres.
Cuando le hablé por primera vez a mi editor sobre este proyecto, me insinuó que estaba concibiendo una biografía kierkegaardiana de Kierkegaard. Así es, y su observación me ha servido de guía y me ha desconcertado a medida que escribía estas páginas. A menudo no estaba segura de cómo hacerlo; echando la vista atrás, me doy cuenta de que todo consistía en seguir las líneas, borrosas, fluidas, de la vida y la escritura de Kierkegaard, permitiendo que las cuestiones filosóficas y espirituales fueran el motor de los sucesos, decisiones y encuentros que conforman el vivir. Es la cuestión kierkegaardiana sobre cómo ser humano en este mundo la que da forma al libro. Al comienzo de la primera parte, «El viaje de vuelta», nos encontramos con Kierkegaard en plena escritura de su obra Temor y temblor, donde da una respuesta esperanzadora (y bastante hermosa) a esta cuestión. En la segunda parte, «La vida comprendida al mirar atrás», lo encontramos en 1848, cinco años más tarde, mientras contempla su vida y su obra y responde a esa cuestión existencial de otra manera. Kierkegaard tuvo siempre una conciencia exacerbada de su propia mortalidad, pero la sensación de muerte inminente que le angustiaba dio un giro en aquellos cinco años: 1843 fue la fecha límite que se impuso para escribir todo lo que tenía que escribir (hasta entonces trabajó con urgencia y se dio prisa en sacar sus libros al mundo), pero en 1848 vio la muerte como el hecho que daría cumplimiento a su obra. En la tercera parte, «La vida vivida hacia delante», acompañamos a Kierkegaard en su batalla con el mundo, una batalla que acabará, como no podía ser de otro modo, con su muerte.
Kierkegaard no es un compañero de viaje fácil, aunque fuese, a juzgar por muchas anécdotas, tan encantador, divertido y compasivo como interesante. Un conocido suyo escribió en su diario el 1 de septiembre de 1843: «Esta tarde he estado con el magíster[*] Søren Kierkegaard y, a pesar de que no es precisamente el tipo de persona con el que uno se siente cómodo, sucedió (como sucede a menudo) que sus palabras me aclararon un asunto en el que había estado pensando hacía muy poco».[3] Los padres de Kierkegaard le dieron un nombre que significa «severo» y él, a medida que envejecía, se fue identificando cada vez más con su nombre. En Postscriptum no científico y definitivo a «Migajas filosóficas», que escribió con treinta y tres años, afirmaba que para llegar al estado religioso una persona debía «comprender el secreto del sufrimiento como la forma más elevada de vivir, más elevada aún que cualquier buena ventura… Pues la gravedad de lo religioso empieza por hacerlo todo más grave».[4] Sin embargo, unas pocas páginas después, al hablar de una persona religiosa que disfrutaba de una excursión por el Parque de los Ciervos de Copenhague, afirmaba: «Porque la expresión más humilde de la relación con Dios es admitir la humanidad de uno, y porque disfrutar es humano».[5] La verdadera alegría, venía, por tanto, a decir, es siempre la otra cara del sufrimiento.
Lo cierto es que la dicha de ser humano nunca fue algo fácil de alcanzar para Kierkegaard. A principios de la década de 1840 era un joven rico, talentoso y sociable, amado con pasión por una mujer bella e inteligente, pero se complicó la vida a sí mismo de un modo extraordinario. Este rasgo profundo y misterioso de su psicología es inseparable de su postura filosófica ante el mundo. Fue tal vez el primer gran filósofo que abordó la experiencia de vivir en un mundo moderno, reconocible, el de los periódicos, los trenes, los escaparates, los parques de atracciones, donde se concedía una gran importancia a la información y el conocimiento. Aunque, en términos materiales, la vida se volvió más fácil y cómoda para la gente pudiente como él, al mismo tiempo aparecieron nuevas ansiedades y angustias sobre la identidad y el papel que uno debía representar en la sociedad. Expuesto al público no solo en sus libros, sino también en las calles de Copenhague, tras los ventanales de los cafés de moda en Strøget y en los periódicos de la ciudad, Kierkegaard sintió que los ojos ajenos se posaban sobre él y le angustió lo que vieron.
En Postscriptum no científico y definitivo retrató a un filósofo en la treintena (un personaje casi idéntico a él) sentado en la terraza de un café, en los Jardines de Frederiksberg, mientras fuma un cigarro y reflexiona sobre su lugar en el mundo: «Se te va el tiempo, me dije, y envejeces sin ser nada… Donde quiera que mires, en la literatura y en la vida, ves nombres famosos, figuras célebres, los premiados, los aclamados haciendo acto de presencia o siendo el tema de las conversaciones; los numerosos benefactores de la época, que saben cómo hacer de la vida algo cada vez más fácil, con sus ferrocarriles, con sus omnibuses y barcos de vapor, con sus telégrafos, con sus análisis fácilmente comprensibles y sus breves informes sobre lo que merece la pena conocer».[6]
La vida espiritual también se había vuelto más fácil, reflexionaba Kierkegaard, gracias a los filósofos cuyos sistemas explicaban la fe cristiana y demostraban su verdad, su racionalidad y los valores morales que aportaba a la sociedad. «¿Y tú, qué haces tú?», se preguntaba: «Aquí mi soliloquio se interrumpía porque mi cigarro se acababa y tenía que encenderme otro. De modo que volví a fumar y entonces, súbitamente, como un relámpago, se me vino este pensamiento: “Debes hacer algo, sí, pero puesto que con tus limitadas capacidades será imposible que hagas que algo sea más fácil de lo que ya es, debes, con el mismo entusiasmo humanitario que los demás, encargarte de hacer algo más difícil”. Esta idea me agradó inmensamente y también me sentí muy halagado al pensar en lo mucho que me amaría y estimaría todo el mundo por este esfuerzo».
Estas palabras desenfadadas rebosan ironía. Cuando las escribió, Kierkegaard estaba muy decepcionado por el poco entusiasmo que su obra despertaba entre sus colegas. Su compromiso de subrayar la problemática de la condición humana y de ahondar en ella dio como resultado una interminable serie de escritos ambiguos y evasivos que encerraban mucho en muy pocas líneas y eran casi imposibles de resumir y parafrasear. En muchos de ellos, voces narrativas diversas plantean conflictos que no llegan a resolverse entre distintas visiones de la vida, y los errores y los malentendidos tienen tanto peso en la exposición como los atisbos de verdad. Uno puede pasarse décadas, como he hecho yo, lidiando con sus complejidades literarias y filosóficas sin llegar al fondo de lo que proponen. Para Kierkegaard, el cometido de la filosofía no era comerciar a la ligera con ideas prêt-à-porter, sino generar efectos espirituales profundos que, así lo esperaba él, penetrarían en el corazón de sus lectores y los transformarían. Esto inquietó o desconcertó a muchos de sus contemporáneos. La genialidad de Kierkegaard no les pasaba desapercibida, pero les resultaba más fácil burlarse de sus defectos y sus idiosincrasias que comprender sus libros.
Por supuesto, las esperanzas de reconocimiento que tenía Kierkegaard y las angustias sobre su imagen pública se basaban en el sentimiento (inherente a la experiencia de ser humano y vivir en el mundo) de estar expuesto a la vista de todos y de ser juzgado. Y es que a duras penas podemos evitar juzgar a los demás: en cuanto los conocemos empezamos a examinarlos y vamos ajustando sin cesar nuestras valoraciones a lo que revelan de sí mismos. Vivir tan incómodamente cerca de Kierkegaard me ha hecho sentirme a veces disgustada con él y ha sido doloroso, un dolor similar al que uno siente cuando descubre alguna tara en un ser querido. Sus libros ofrecen grandes expectativas a sus lectores; sus discursos religiosos, llenos de poesía, plasman ideales excelsos, como el del corazón humano puro que refleja la bondad de Dios igual que el mar en calma, inmóvil, refleja el firmamento. Pero en sus diarios daba rienda suelta a sus mezquinas fijaciones: los celos por el éxito de sus rivales, su resentimiento y su cólera contra quienes lo despreciaban, el orgullo que lo consumía. Con frecuencia se entregaba a la autocompasión y se justificaba ante sí mismo culpando a los demás de sus desengaños.
¿Lo convierte esto en un hipócrita que predicó lo que no sentía o no practicaba? Al contrario: la extraordinaria capacidad de Kierkegaard para evocar la bondad, la pureza y la paz que anhelaba era inseparable de las tempestades que bramaban y se retorcían en su interior; eran estas las que conectaban su alma con ese anhelo de lo que él sabía que le faltaba. Su filosofía es bien conocida por sus paradojas. Y el deseo incansable de reposo, paz y quietud era una paradoja (y una verdad) que experimentó a diario. Como toda vida humana, la suya fue una mezcla de aspectos insignificantes y profundos que lo reclamaron con la misma intensidad. Luchó por sintetizarlos, aunque chocaran entre ellos con frecuencia, dando lugar a fogonazos de absurdo tragicómico. Como «poeta de lo religioso» dedicó un esfuerzo enorme a mantener los ideales espirituales libres de las componendas y las corrupciones que se deslizan inadvertidamente (y él lo sabía de primera mano) en cualquiera que intenta vivir a la altura de ellos.
Reflexionar sobre mis reacciones de desaprobación ante los demasiado humanos sentimientos y pensamientos de Kierkegaard me ha llevado a reflexionar también sobre lo que debe esperarse de un biógrafo y su evaluación del éxito, la autenticidad y la bondad de su sujeto de estudio. Como biógrafa kierkegaardiana, quiero resistirme al impulso de imponer al lector estos juicios o de invitarlo a hacerlos. No porque Kierkegaard no juzgara; lo hizo, pero rara vez fue un moralista o un santurrón. Tampoco porque, como discípulo de Sócrates, el autoconocimiento fuese para él más importante que cualquier otro tipo de filosofía y animase a sus lectores a volcar sobre ellos sus propios juicios. Más bien es porque comprendió la libertad que se puede alcanzar cuando se prescinde de los modos habituales y mundanos de sopesar una vida.
Kierkegaard no tuvo una esposa con la que conversar al final del día, de manera que se dedicó a registrar con detalle, en una prosa bella y lúcida, su ira y su autocompasión. Esta práctica era algo excepcional, pero sus sentimientos no lo eran: cuando leemos sus diarios nos identificamos con su ruindad porque la reconocemos en nosotros mismos. Kierkegaard indagó en la costumbre humana de juzgar (tan profundamente arraigada en nuestro ámbito privado y en nuestra cultura colectiva que es casi inevitable) y llamó a esto «la esfera ética» o, simplemente, «el mundo» porque, como en la caverna platónica, nos rodea y nos envuelve. Pero aunque juzgar al prójimo, y a nosotros mismos, sea tan difícil de evitar, Kierkegaard creía que ningún juicio humano es definitivo ni absoluto. Siempre se puede, así lo sugería él, habitar otro espacio, puesto que cada individuo forma parte también de otra esfera, infinita e insondable, a la que llamó «interioridad», «relación con Dios», «eternidad», «esfera religiosa» o, simplemente, «silencio».[7] Sus obras franquean el paso a esta esfera y atraen al lector hacia su centro, hacia el corazón mismo de la vida.
Pero caer de tal modo que parezca estar detenido y andando, transformar en paseo el salto a la vida… Eso es algo que solo está al alcance del caballero de la fe.1
¡Nunca antes se ha movido a tal velocidad! Y, sin embargo, está casi completamente quieto, y bastante cómodo (descansando, incluso) en un «sillón magnífico».[1] Los campos pasan volando, todavía vestidos con el verdor más intenso de la primavera. No es un viento divino en las velas el que aligera su viaje, sino un nuevo tipo de milagro, una fusión alquímica de acero y vapor, de ambición e ingenio, que está sembrando de vías férreas la cristiandad.[2] Y esta nueva forma de desplazarse le permite disfrutar del sosiego que alguien como él necesita. Viaja solo, como siempre, y el vagón de primera está tranquilo. El paisaje que fluye le hace pensar en las mudanzas del tiempo, en cuántas cosas han cambiado. Rememora la intensidad de las últimas semanas, las crisis de los últimos meses y, remontándose más aún, los años de tedio interminable en la universidad. ¿Ha llegado, tal vez, la hora de quitarse de encima todo eso? Así, como una flecha desde Berlín al Báltico, a sesenta y cinco kilómetros por hora, parece posible. En menos de dos días, Søren Kierkegaard estará de vuelta en Copenhague.[3]
Finales de mayo de 1843. Kierkegaard acaba de cumplir treinta años y hace tres meses que publicó O lo uno o lo otro, una de sus obras filosóficas fundamentales, un libro excéntrico que enseguida causó sensación. Lo escribió, en su mayor parte, en Berlín, en el invierno de 1841, la racha más productiva de su vida hasta entonces. Este mes ha vuelto a esa ciudad por poco tiempo, pero con la esperanza de que su estancia resultase tan productiva al menos como la anterior. Y así ha sido, sin duda, pues se ha montado en el tren hoy con dos manuscritos en su maleta, uno de ellos, terminado. Es La repetición, la historia de un hombre que se ha comprometido en matrimonio con una joven, pero ha cambiado de idea y ha roto el compromiso, como él. La narración corre a cargo de otro personaje que (también como Kierkegaard) viaja a Berlín por segunda vez, se aloja en el mismo hostal, en Gendarmenmarkt, y asiste a la representación de la misma obra en el mismo teatro. A medio camino entre la novela corta y el manifiesto, este extraño librito sentará las bases de un nuevo modo de filosofar para el que la verdad no puede conocerse, sino que debe, de algún modo, vivirse.
El otro libro, inacabado aún, es Temor y temblor, sobre la historia de Abraham y su hijo Isaac, tal como se cuenta en el capítulo veintidós del Génesis: Dios ordena a Abraham que le ofrezca a Isaac en sacrificio y padre e hijo se ponen en marcha y caminan durante tres días. Llegan al monte Moriah, donde Abraham ata de pies y manos a Isaac y alza su cuchillo para ejecutarlo. Pero cuando está a punto de hacerlo, un ángel aparece y le dice que sacrifique un carnero en su lugar. Abraham e Isaac ponen de nuevo rumbo a casa. Otros tres días. Qué le dirá este anciano a su mujer, Sara, cuando ella le pregunte dónde han estado. En qué piensa. Nunca lo sabremos. La narración bíblica nada dice sobre los pensamientos, sentimientos e intenciones de Abraham. Solo podemos imaginarlos. Y eso es lo que hace Kierkegaard en este libro: recrear con su imaginación la vida interior de Abraham.
Algunos afirmarán que este tipo de pensamiento poético no es propio de la filosofía, pero Kierkegaard extrae grandes lecciones filosóficas del viaje a Moriah. Y el misterio, la oscuridad de Abraham, le fascinan. Quizá hasta disfruta pensando que su vida es igual de misteriosa y un día otros la imaginarán, la interpretarán, la recrearán: «Quien explica el enigma de Abraham ha explicado mi vida. ¿Pero quién, entre mis contemporáneos, ha comprendido esto?».[4] Espera que Temor y temblor le asegure la gloria literaria, que se traduzca a muchas lenguas y que varias generaciones de estudiosos se acerquen a él.

Potsdamer Bahnhof en Berlín, 1843. Grabado en acero de C. Schulin.
«Nunca he trabajado tanto como ahora», le escribió desde Berlín a Emil Boesen, su mejor amigo, justo antes de tomar este tren de vuelta a casa. «Por la mañana salgo a pasear un rato. Después me siento en mi escritorio hasta las tres, sin pausa, hasta que mis ojos no dan más de sí. Entonces me escapo al restaurante con mi bastón, pero me encuentro tan débil que si alguien me llamase en voz baja por mi nombre, me daría un síncope y me moriría, creo. Luego a casa otra vez y vuelta a empezar».[5] A pesar de su estado físico, le advirtió a su amigo que lo encontraría «más feliz que nunca». Incluso en puertas de una nueva «crisis» está feliz de haber puesto su pasado por escrito: «En estos últimos meses mi indolencia ha ido llenando, por así decir, el depósito de una ducha. Y ahora solo tengo que tirar de la cuerda para que las ideas caigan en cascada sobre mí: saludables, felices, prósperas, vivarachas, benditas criaturas que vienen al mundo sin obstáculos y que, sin embargo, llevan la marca de nacimiento de mi personalidad».
Trabajando de este modo en Berlín, alentado, enardecido por el café y el azúcar, Kierkegaard se sentía más él mismo que nunca y, sin embargo, en manos de una fuerza ajena a él. Atravesó un periodo de desesperación y exuberancia que él concibió como una educación espiritual. En su diario describió la fase abyecta de ese periodo, cuando se hallaba «hundido en una pena tenebrosa por la que me arrastro, con angustia y dolor, sin ver nada, ninguna salida». Este sufrimiento parecía fundamental para lo que venía luego, como los dolores de parto en una mujer: «Entonces, súbitamente, un pensamiento se revuelve en mi cabeza, un pensamiento tan vívido como si nunca antes lo hubiera tenido, pero que no me resulta extraño… Cuando arraiga en mí, siento como si me mimaran, como si me tomaran de los brazos y yo, que estaba engurruñado como un saltamontes, crezco otra vez, sano, robusto, feliz, cálido y vivaz como un recién nacido. Siento entonces que debo dar mi palabra de que voy a seguir este pensamiento hasta sus últimas consecuencias. Y me comprometo a muerte. Y me abrocho el cinturón. Y no puedo parar. Y mi fuerza perdura. Y llego al fin. Y luego todo vuelve a comenzar».[6] Su creatividad puede ser una bendición o una maldición, pero, como quiera que sea, es ineludible: las ideas fluyen a través de él con vida propia.
Como la mayoría de los viajeros cuando regresan a casa, Kierkegaard no es el mismo que era al comenzar su viaje. Y ni siquiera ahora, en los albores de la «ferrocarrilmanía», es el primer humano que se sienta a solas en un tren, reflexiona sobre la vida que ha dejado atrás e imagina el destino al que se dirige. La hipocondría y la superstición lo han convencido de que morirá en los próximos cuatro años, pero su breve futuro resplandece más que antes gracias a los manuscritos que lleva en su maleta. Puede verlos, encuadernados en el grueso papel azul de la librería Reitzel, lanzando chispas sobre las bancas resecas de las iglesias de la cristiandad. Y puede que al verlos se sienta más libre, más fortalecido en su interior, pero también se siente angustiado cuando piensa en qué (y quién) lo estará esperando en casa.
La primera vez que fue a Berlín su intención era alejarse de Regine Olsen. Tenía veintiocho años y acababa de obtener el título de magíster en Teología, pero su objetivo no era embarcarse en una brillante carrera académica, sino huir de las consecuencias de la ruptura con su prometida. Ha pasado un año y medio ya, Regine sigue viviendo en casa de sus padres, en Copenhague, y él sigue escribiendo sobre «ella» en su diario. Esta segunda vez en Berlín, los recuerdos de aquella ruptura tan dolorosa le salían al paso por doquier, de modo que llegó a una conclusión: «Si hubiera tenido fe, me habría quedado con Regine».[7] Pero a estas alturas, lo sabe, su vida apunta en otro sentido. Sabe que nunca se casará. Cuando se cruza con Regine en la iglesia o en la calle (algo que sucede a menudo) no es capaz de hablarle. La imagen de su rostro y el eco de sus últimas palabras, desesperadas, anegan su alma con pensamientos confusos, contradictorios. Todo su pensar se enmaraña con este esfuerzo que hace por comprenderse a sí mismo.
Sin embargo, algo bueno lo está esperando en casa. La alegría de caminar bajo los castaños y los tilos en el paseo de los Filósofos, por el de los Cerezos, por los senderos que rodean las altas murallas medievales de su amada ciudad como una corona verde que florece cada primavera.[8] Está deseando ir a los Jardines de Frederiksberg el domingo por la tarde, donde se sentará a la sombra, encenderá un cigarro y mirará a las sirvientas que disfrutan de su día libre. Será especialmente placentero ahora que el aire es cálido y las muchachas no se envuelven ya en sus chales.

Jardines de Frederiksberg. Acuarela a color de Peter Christian Klæstrup (1820-1882). (Copyright © Biblioteca de Su Majestad la Reina de Dinamarca).
Regresará a su piso amplio en Nørregade, cerca de la universidad y de la iglesia de Nuestra Señora. De allí es de donde sale cada mañana para sumergirse en la vida de la ciudad, recorrer todos sus barrios, las murallas, los lagos y desgastar sus botas. Durante esas caminatas diarias se encuentra con conocidos en cada calle y muchos de ellos lo toman del brazo y lo acompañan un trecho para charlar un rato con él. Kierkegaard es quien más habla, claro, y es que nadie conversa con más agilidad y brillantez, nadie posee un ingenio tan agudo. Cuando cruza la calle para esquivar la luz del sol, proyecta una extraña sombra «achisterada». Pero sus acompañantes toleran sus andares incómodos, torcidos, y los gestos ostentosos que hace con su mano libre, de donde cuelga siempre un bastón o un paraguas plegado. Los transeúntes reciben su mirada penetrante con interés y algo de miedo, pues parece estar constantemente calibrando a todos los que encuentra, examinando sus cuerpos y sus almas con cada vistazo de sus brillantes ojos azules.
Y más gente aún lo reconoce por la calle y quiere hablar con él desde que se publicó en febrero O lo uno o lo otro. Kierkegaard siente curiosidad por los demás seres humanos, sí, pero también necesita tiempo para estar solo, ¡tiempo para escribir! Cuando llega a su casa después de sus «baños de multitudes», sigue paseando con paso rítmico por la penumbra de sus aposentos mientras arma su siguiente frase. Y luego vuelve a su escritorio alto. Y así, en este vaivén, se pasa horas y llena páginas con sus pensamientos.
A pesar de la velocidad sin precedentes de la máquina de vapor, queda todavía una hora para que el tren llegue a Angermünde. Cuando cierra los ojos ve a Abraham regresando del monte Moriah. ¿En quién se había convertido tras encender el fuego, atar a su hijo y afilar su puñal? ¿Qué le dijo a Isaac cuando volvían a casa? ¿Cómo habría podido explicarle a Sara que el hijo de sus entrañas le había parecido un precio que valía la pena pagar por acercarse más a Dios en lo alto de aquella montaña remota?
Pero Kierkegaard no ha ido tan lejos, solo hasta Berlín, un ambiente no muy distinto del sofisticado mundo danés que dejó atrás no hace mucho. Y no necesitaba, como Abraham, un cuchillo para su viaje, sino tan solo una pluma y sus cuadernos. Aun así, no puede evitar sentir que ha sacrificado una vida con Regine y junto a ella su propio honor y el buen nombre de su familia por algo difícil de explicar. Rompió su promesa de casarse con la joven que lo amaba, le rompió el corazón y la humilló. Todos en Copenhague conocen el caso y están de acuerdo en que es él quien se equivoca. Y ahora vuelve a casa con cuadernos repletos de ideas que desafían casi todo lo que sus conciudadanos dan por sabido. Kierkegaard no trae de Alemania otra nueva filosofía, sino la duda de si filosofar es el mejor modo de buscar la verdad, de si el bautismo convierte a las personas en cristianas, de si ser humano es algo que hay que dar por hecho.
Todos los filósofos se hacen preguntas, pero estas son muy peculiares. Se parecen a las de Sócrates, su filósofo favorito, cuyo propósito era generar confusión más que respuestas, pues la confusión es el suelo fértil donde podría brotar la sabiduría. Mientras todos los demás en la antigua Atenas estaban «completamente seguros de su humanidad, seguros de saber qué es ser humano», Sócrates se consagró a la pregunta ¿Qué significa ser humano?[9] y a todas las muchas preguntas que emanaban de ella: ¿Qué es la justicia? ¿Qué es el valor? ¿De dónde viene nuestro conocimiento? Los hombres cultos de Atenas tenían ya respuestas a todo esto, pero las insistentes indagaciones de Sócrates no paraban hasta hacerlos caer en la incoherencia o la paradoja. Este filósofo taimado que aparentaba buscar el conocimiento, ¡solo estaba jugándoles una mala pasada! Y, sin embargo, Sócrates sí buscaba de verdad el conocimiento; sus preguntas eran tan sinceras como engañosas y apuntaban en otra dirección, lejos de lo que el mundo identifica con la sabiduría, hacia una verdad más alta.
En La República, de Platón, Sócrates nos ofrece una parábola de ascenso y retorno que recuerda al viaje de Abraham al monte Moriah. «Imagina una caverna»,[10] dice, donde la gente vive encadenada y de cara a la pared. Detrás de la gente, inadvertidos, hay un fuego y un espectáculo de títeres que no se acaba nunca. Las sombras que proyectan los títeres en la pared es cuanto la gente conoce. Uno de esos prisioneros es filósofo, un amante de la sabiduría, y escapa hacia el sol resplandeciente que hay encima de la cueva. Una vez allí se tumba para disfrutar de la luz, maravillado. Su visión se transforma. Después regresa al lugar del que vino.

El mito de la caverna, de Platón, por Jan Saenredam, 1604. (Copyright © Consejo del Museo Británico, Londres).
Sócrates contó esta historia para que sus jóvenes estudiantes de filosofía pensaran en los peligros de vivir en el mundo una vez nos hemos lanzado a criticar sus creencias más arraigadas. La caverna apenas iluminada donde la gente está presa, ciega ante los mecanismos productores de sombras y ante las sombras que pasan por objetos reales, es un trasunto de la condición humana. Esa caverna podría ser la mente, sus pensamientos subyugados por el drama de las apariencias insustanciales. Podría ser también la sociedad, puesto que una cultura entera se ha desarrollado alrededor de este juego de sombras. Los prisioneros ponen a prueba el conocimiento de las sombras propio y de los demás, y compiten por predecir sus movimientos. Pero la parábola nos enseña también que nuestras mentes pueden expandirse más allá de sus límites habituales y que existe otro mundo más allá de este, un mundo distinto, como el paisaje y la luz más allá de la caverna. La primera tarea del filósofo es extirpar de su mente las ilusiones, darse la vuelta y descubrir el mecanismo del teatro de sombras; luego debe encontrar una manera de subir hacia la luz desde la oscuridad, ver el sol y comprender con claridad las cosas que viven en su luz. Ese viaje es una liberación, una iluminación y, como podemos imaginar, una experiencia maravillosa. Pero Sócrates insistía en que el filósofo debe regresar a la estrechez de la caverna y llevar allí sus conocimientos. Cuando lo haga, ¿será capaz de cambiar el mundo de los prisioneros? ¿O le darán la espalda, lo ridiculizarán y se negarán a que cuestione su modo de vida?
Sócrates provocó a sus paisanos hasta que estos finalmente lo acusaron de corromper a sus estudiantes y lo llevaron a juicio por un delito de «impiedad», es decir, por adorar a dioses de su invención en lugar de a los de Atenas. En el juicio se negó a rectificar y declaró: «Mientras yo viva no dejaré jamás de filosofar ni de exhortaros ni de instruir en la verdad a todo el que me encuentre, diciendo, tal como acostumbro: “Buen hombre, ¿cómo tú, que eres ciudadano de Atenas, la más grande ciudad del mundo por su sabiduría y su poder, no te avergüenzas de preocuparte solo por acumular riquezas para obtener reputación y honores, y de despreciar la sabiduría, la verdad y la ocasión de perfeccionar tu alma?”».[11] Sus preguntas incesantes eran, dijo Sócrates, «una exigencia del dios; y lo mejor que le ha pasado a esta ciudad, desde mi punto de vista, es el celo con que ejecuto este mandato». Se comparó con un tábano enviado para incordiar a los atenienses, sí, pero por su bien: «Voy a molestaros y atosigaros y haceros reproches a cada uno de vosotros, aleteando sin cesar a vuestro alrededor, en todas partes, durante todo el día… Pero vosotros tal vez os enfurezcáis, como mucha gente al despertar de la siesta; tal vez me deis un manotazo y me matéis. Así de fácil. Pero entonces pasaréis el resto de vuestras vidas durmiendo, a menos que el dios, que se preocupa por vosotros, os envíe a otro para aguijonearos». Tras escuchar la defensa de Sócrates, un jurado numeroso, compuesto por ciudadanos de Atenas, lo condenó a morir.
Hace dos años, cuando aún estaba con Regine, Kierkegaard escribió su tesis de licenciatura sobre «el concepto de ironía con constante referencia a Sócrates». La ironía es un modo singular de comunicación, indirecto, que plantea preguntas subrepticias y dice lo que no podría decirse de otro modo más claro. Cualquier declaración irónica se pone a sí misma en tela de juicio al comunicar algo que está más allá de lo que literalmente dice, como cuando se suelta con premeditación alguna cosa ingenua o estúpida para mostrar que se está al tanto.[12] Sócrates fue un maestro de la ironía. No solo la convirtió en su método filosófico, sino también en su modo de vida. El objetivo de sus preguntas era concienciar a sus estudiantes de que vivían como los prisioneros de la caverna, cautivados por sombras insustanciales, cercados por paredes altas y oscuras. Y concienciarlos también de que podían, por sí mismos, liberarse: la ironía de Sócrates modificaba su relación con este mundo engañoso, estrecho y cerrado.
En los círculos intelectuales frecuentados por Kierkegaard se había puesto de moda hablar de la ironía. Fue una buena jugada dedicarle su tesis de licenciatura, ya que le dio la oportunidad de citar a Fichte y a Hegel, de disertar sobre la Lucinda de Schlegel y de criticar a los poetas alemanes modernos. La ironía está en la médula de la visión de Schlegel sobre la literatura del Romantik: la ironía romántica, dijo, «lo examina todo y se eleva por encima de todos los límites, por encima incluso de su propio arte, su propia virtud, su propio genio».[13] La nueva poesía no sería, pues, el correlato de una realidad estable; su función sería crearlo todo de nuevo y la función del poeta crearse a sí mismo junto con sus obras.
Kierkegaard sostenía en su tesis que la ironía moderna carecía de ancla. Nos elevamos sobre el mundo, cuestionamos su sentido, sacamos a la luz su contingencia… ¿Para qué? La ironía se ha convertido en una cuestión de estilo: una forma literaria, una pose sofisticada, un alarde de rebeldía. Quizá haya en ella honestidad, quizá haya arrojo en su determinación de renunciar a las creencias ingenuas y a los valores que una cultura asigna al mundo, pero esta ironía lo vacía absolutamente todo, vacía la verdad de nobleza, el coraje de virtud, hasta que ya no hay razón alguna para ser honesto o valiente.
No era así la ironía de Sócrates. Todo lo tramposo que en él había ocultaba, en realidad, una seriedad profunda. Mientras la moderna ironía romántica se complacía en hacer temblar los significados, Sócrates perturbaba las ideas y los valores con el objetivo de agarrarlos después con más firmeza. Puso en tela de juicio su cultura no por nihilismo, cinismo o simple agudeza mental, sino por una devoción honda y grave hacia «una instancia más alta». No sabía decir qué era esto, porque ya no existía en su mundo. Pero lo anhelaba. Y lo buscó sin cesar, dejando que esa búsqueda le diera sentido a su vida e incluso a su muerte. Cuando Sócrates usaba la ironía estaba honrando a su dios. Como los demás atenienses, acudía al templo y ofrecía sacrificios, pero lo hacía de un modo diferente: sin certezas, incluso sin fe ni esperanza, simplemente por su anhelo y por ese espíritu suyo que no dejó de cuestionarse todo nunca.
Si Sócrates fue el maestro de la ironía, Kierkegaard ha sido su aprendiz. En su tesis escribió: «Ninguna vida es verdaderamente humana sin ironía»,[14] puesto que toda alma humana ansía sin tregua la verdad, anhela conocer la fuente de la que mana su vida y siente este anhelo como la más profunda de sus necesidades, su alegría y su dolor. Pero ahora su aprendizaje ha concluido. Es tiempo ya de convertirse en alguien «verdaderamente humano», de plantearse sus propias cuestiones en su mundo propio, de honrar a su propio dios. Hace unos años, cuando era un individuo vacilante que no sabía muy bien qué hacer con su vida, quería encontrar un «punto de apoyo, como Arquímedes», donde pudiera detenerse y mover el mundo, «una idea por la que merezca la pena vivir y morir». Desde luego, era un necio al pensar que una mera idea lo salvaría. Pero ahora ha encontrado algo por lo que vivir (y sobre lo que escribir), algo que se ha ido convirtiendo en su centro de gravedad, algo que puede anclar su vida y su obra. No es una idea, sino una pregunta, una provocación del estilo de las de Sócrates: ¿Cómo ser humano en este mundo?
Esta es la cuestión, simple y extraña, que lo asedia continuamente y que le preocupará el resto de su vida. Lo estará acechando en cada libro que publique, en cada decisión que tome, en cada encuentro casual en las calles de Copenhague. Es lo que Regine le hacía plantearse, lo que le hace plantearse aún. Hay en esa pregunta, claro está, ecos de la de Sócrates: «¿Hacerse humano o aprender qué significa serlo?». Pero también de un largo historial de pensadores cristianos que cuestionaron el mundo y se plantearon si nuestra vida en él facilita o entorpece la búsqueda de Dios. La pregunta kierkegaardiana sobre cómo ser humano en este mundo inquieta. ¿No somos todos humanos, nos guste o no? ¿Acaso podemos evitar estar en este mundo? Preguntar cómo ser algo que habíamos dado por supuesto cuestiona eso mismo por primera vez y despierta en nosotros el deseo de conocer. Y seres humanos es lo más básico, lo más universal que somos. Cuestionarlo es cuestionar la existencia misma inyectándole incertidumbre, inseguridad y una casi inexpresable sensación de asombro, de falta de completitud en cada gesto y cada acto (¿sabe alguien aquí qué significa ser humano, qué significa estar en el mundo?). Aunque la pregunta no asevera nada, no propone ninguna tesis, tiene el poder de transformarlo todo.
Esta cuestión de la existencia es eterna y está lista para abordarnos en cualquier momento, pero también cambia continuamente. Cada vez que se formula, lo hace un individuo en particular en un momento particular de su vida y en un tiempo y un lugar determinados. Kierkegaard no vive en el mismo mundo que Sócrates, aunque Copenhague tenga, como Atenas, un puerto, un mercado y lugares de culto. Vive en la cristiandad, un mundo modelado por dieciocho siglos de cristianismo. A diferencia de la diversidad de cultos que existía en la antigua Grecia, su religión es ascética, abnegada y sigue el dictado de las Escrituras, un estilo de vida nacido de la reforma de Martín Lutero, tres siglos antes. En Dinamarca las iglesias son luteranas, las biblias son luteranas, las escuelas son luteranas. Lutero recelaba de los filósofos, pero ahora incluso la filosofía es luterana.

El puerto de Copenhague a la luz de la luna, de Johan Christian Clausen Dahl, 1846. (Colección privada. AKG Images).
Los sentimientos de Kierkegaard hacia el cristianismo son muy ambivalentes, y su uso del término «cristiandad» es despectivo. Esta palabra anticuada se ha convertido para él en el epíteto de un moderno espejismo parecido a la caverna de Platón. Para la mayoría de sus contemporáneos, ser una persona en este mundo significa ser un cristiano en la cristiandad: se creen cristianos del mismo modo que se creen humanos, sin pensarlo dos veces. No se dan cuenta de que convertirse en cristiano es una tarea (¡que además ocupa toda la vida!) como lo era para Sócrates, que la descubrió, convertirse en un ser humano. Han olvidado las luchas espirituales de Lutero, de san Agustín, del mismo Jesús. A finales del siglo iv Agustín abrió sus Confesiones con una plegaria sobre la búsqueda de Dios: «Nuestros corazones, oh Señor, viven en la inquietud hasta que encuentran en ti su reposo». Lutero, que fue durante años un monje agustino antes de romper con la Iglesia católica romana, descubrió que la fe es «algo vivo, inquieto».[15] Sin embargo, la religión luterana no es ya una fuerza subversiva, sino una Iglesia en toda regla y muy bien asentada. El apremio de sus inicios se ha instalado en la complacencia, en la indiferencia incluso. Es necesario un tábano socrático que aguijonee el corazón de los cristianos daneses y los saque de su letargo, que los inquiete otra vez y despierte su necesidad de Dios. Las preguntas de Kierkegaard zumban incesantes alrededor de ellos: ¿dónde se puede encontrar cristianismo dentro de la cristiandad? ¿Hay cristianos en las iglesias? ¿En las congregaciones de la Hermandad de Moravia? ¿En la Facultad de Teología de la Universidad de Copenhague?
Kierkegaard es consciente también de que la autocomplacencia de la cristiandad danesa es como la comodidad de un vagón de primera clase: una quietud paradójica. En su opinión, el cristianismo, con sus costumbres, sus conceptos y sus ideales, ha llegado a resultar tan familiar, se ha dado tanto por sentado que podría estar a punto de desaparecer bajo el horizonte. Mientras tanto, el mundo cambia a más velocidad que nunca. Estos ferrocarriles son solo una parte del proceso, pero el movimiento milagroso de los campos, los árboles, las granjas y los pináculos de las iglesias al otro lado de la ventanilla proclama la carrera de su siglo hacia el futuro. La vida tal como sus padres la conocieron está llegando a su fin. Dinamarca ha pasado por una crisis económica y se avecina una revolución política. En la universidad no se habla más que de historia, progreso, decadencia, y se teoriza sin parar sobre cómo lo viejo da paso a lo nuevo. Kierkegaard no es el único en Copenhague que tiene la sensación de estar atrapado entre dos épocas.
Si se sienta en sentido contrario al de la marcha y descorre las cortinas, ve cómo se alejan los kilómetros recorridos, cómo se despliega su viaje. No puede ver hacia dónde va el tren, el paisaje solo aparece ante su vista cuando lo ha atravesado. Piensa que la vida también es algo así: conocemos un poco del pasado y nada del futuro; en cuanto al presente, se mueve sin parar y es imposible asirlo. «Es bastante cierto lo que dice la filosofía, que la vida solo puede comprenderse hacia atrás. Pero uno se olvida entonces del otro principio, que debe “vivirse hacia delante”. Esto, cuanto más lo piensa uno, termina por hacer que la vida temporal nunca se comprenda como es debido, precisamente porque nunca puedo estar del todo cómodo cuando adopto esa postura: hacia atrás».[1]
Lleva puesto el anillo de compromiso que le regaló a Regine Olsen en 1840. Lo mandó rehacer después de que ella se lo devolviera. Ahora los diamantes van sobre una pequeña cruz. El anillo en el dedo es una expresión de lo que sus palabras luchan por amoldar: la paradoja de permanecer fiel a su amor. Kierkegaard cambió de parecer y traicionó su promesa, pero su amor por Regine se preserva en este símbolo de amor eterno que abarca todos los amores falibles y finitos y representa para ellos una promesa de plenitud. Este anillo, forjado en una crisis, es para Kierkegaard un recordatorio de sus esperanzas y sus errores. No le dejará olvidar las lágrimas de su prometida. Es la encarnación de la mudanza de su alma, pero es también el emblema de un corazón particular que se consagró primero a un futuro incierto y después a otro: a una vida con Regine y a una vida sin ella.

El anillo de compromiso que Søren Kierkegaard le dio a Regine Olsen. (Hans Nissen/Museo de Copenhague).
Al viajar mirando hacia atrás, en esta situación tan peculiar de movimiento y reposo, extrañamente fuera del tiempo, su pasado se tiende ante él. Está siempre aguardándolo, igual que su futuro. A esta distancia, su compromiso con Regine se le aparece en toda su complejidad: sus inicios confusos, su transcurrir incómodo, su final tenso, sus humillantes consecuencias.
Desde el principio, la relación con Regine fue una fuente de angustias para Kierkegaard y su relación con el mundo: ¿debía apartarse de él como un ermitaño o un monje, o meterse de lleno e ir tras el éxito, la riqueza y las mujeres, asentarse en la seguridad de una profesión, un hogar, una familia? Ahora cada vez tiene más claro que averiguar cómo vivir en el mundo es la cuestión fundamental de su filosofía y de su vida. Para Kierkegaard esta cuestión no es simplemente de índole intelectual o pragmática. Para él será siempre una tarea espiritual, inseparable de otra pregunta: ¿cómo vivir en relación con Dios? Esta cuestión ya le rondaba por la cabeza cuando conoció a Regine, hace seis años, en casa de su amigo Peter Rørdam. Peter, un compañero suyo, estudiante de Teología, tenía tres hermanas preciosas. A Kierkegaard le agradaba en especial Bolette y había visitado a la familia con la idea de verla. Como su conversación fluía como un baile y su ingenio destellaba, podía sentir su poder para cautivar a las hermanas Rørdam y a la amiga que las acompañaba, la joven Regine Olsen. Aquel mismo día reflexionó sobre la advertencia de Jesús en el Evangelio de san Marcos sobre qué beneficio obtiene un hombre si gana el mundo entero pero pierde su alma. Y aquella noche copió el versículo en su diario. Se vio a sí mismo «regresando al mundo» después de haber sido «destronado» en su «reino interior». ¿Privarse del mundo era una tentación que debía resistir o un ideal por el que debía esforzarse? Era mayo de 1837 y acababa de cumplir veinticuatro años. Regine era una niña, aún no había cumplido los dieciséis, y ni siquiera había hecho la confirmación.

Retrato de Regine Olsen, por Emil Bærentzen, 1840. (Biblioteca Real Danesa).
Más tarde, ese mismo año, anotó en su diario que a pesar de su mala salud (sufría problemas digestivos y dolores de estómago, además de hipocondría y melancolía) «había sacado fuerzas para salir en busca de R».[2] Su soledad, su angustia por lo que los demás pensaran de él y su frustración inundaban las páginas que escribía. «Dios mío, ¿por qué tienen que despertar estos sentimientos justo ahora? ¡Qué solo me siento! ¡Oh, maldigo esta arrogancia, esta autocomplacencia del solitario! Ahora todo el mundo me despreciará. ¡Pero tú, mi Dios, no me abandones, deja que viva y llegue a ser mejor!»[3] Desde entonces sintió a menudo esta tensión en su interior, esta indecisión con respecto a Regine. Y ahora, seis años después, cuando todo se ha decidido de puertas para fuera, su corazón sigue confuso. Todavía siente esos deseos contradictorios, todavía la misma esperanza imposible. Todavía parece importante permanecer fiel a Regine.
No fue hasta tres años después de aquel primer encuentro en casa de Peter Rørdam cuando Kierkegaard le propuso matrimonio. En este lapso murió su padre, y él, finalmente, se licenció en Teología. Estaba a punto de empezar su tesis doctoral y cada vez tenía más claro un nuevo proyecto filosófico. En las últimas décadas, Kant, Schelling y Hegel habían forzado la razón hasta sus límites y no parecía posible que la teoría pudiera llegar más lejos. Sin embargo, estos límites interesaban a Kierkegaard. ¿Dónde, dentro de él, se encontraban los límites del pensamiento y hacia dónde podía dirigirse desde allí? Había aprendido de Platón que los seres humanos buscan la verdad porque aún no la poseen; pero si les falta el conocimiento, ¿cómo sabrán dónde encontrarla?
Cuando Sócrates se hacía esta pregunta (¿cómo podemos aprender algo?) afirmaba que el alma de cada uno de nosotros es inmortal y por lo tanto conoce las verdades eternas.[4] Cuando el alma entra en el cuerpo olvida ese conocimiento, de modo que hay que instruirla para que lo recuerde. Separados, como estamos, de la verdad, deberíamos emplear nuestro tiempo de vida en este mundo buscando en lo más hondo de nosotros hasta redescubrir lo que hemos perdido. Kierkegaard pensó mucho en esta idea durante el verano de 1840, poco antes de proponerle matrimonio a Regine. Aquel mes de julio escribió en su diario que la doctrina de Platón sobre recordar lo que tuvimos y perdimos es «tan bella y profunda como válida todavía», pues «qué triste sería que los humanos solo pudieran hallar la paz en lo que está fuera de ellos».[5] Y esto último es precisamente lo que sucedía en las ciudades de la cristiandad, que bullían y palpitaban en su esfuerzo por acumular conocimiento del mundo a través de experimentos científicos, de investigaciones históricas y de información periodística, pero ¿estaba todo ese ruido de investigaciones ahogando nuestras voces más profundas y escondidas, aquellas que nos impelen a conocernos a nosotros mismos y a encontrar la paz interior? La visión platónica de las almas que recuerdan el conocimiento perdido suscitaba dos preguntas: ¿cómo sucede ese recordar y qué tipo de educación acerca a los jóvenes a la verdad? Aunque la filosofía de Hegel (que arrasó en Dinamarca tanto como en Alemania) aspiraba también a desvelar y articular una verdad ya implícita en nosotros, a Kierkegaard sus métodos le parecían demasiado teóricos y sus aspiraciones demasiado mundanas: los hegelianos perseguían el conocimiento enciclopédico de la historia universal, de las ciencias naturales y de las diferentes culturas humanas. La filosofía de Platón era más «piadosa», incluso «un poco mística», y «polemizaba con el mundo». Su deseo era «acallar el conocimiento de lo exterior y propiciar el estado de quietud necesario para llegar a oír estos recuerdos».
Quizá podía encontrarse la verdad si uno se retiraba del mundo y Kierkegaard consideró seriamente abrazar el silencio monástico. Los reformistas habían disuelto la orden franciscana de Copenhague en 1530, pero al menos aún estaba en sus manos renunciar a la cháchara inane de la universidad, que se le antojaba una variante de los chismorreos que oía en los mercados, pero más ilusa debido a sus elevadas aspiraciones. ¿Eran los afanes filosóficos de Kierkegaard algo más que una exhibición de logros intelectuales en busca de aclamación y de un mejor estatus? ¿Esas adquisiciones mundanas irían en detrimento de su alma tal como se desprendía del versículo del Evangelio de san Marcos?
La ambición académica no era más que un modo de aprovechar lo que el mundo tenía que ofrecer. En aquella época Kierkegaard estaba obsesionado con Don Giovanni, la ópera de Mozart.[6] La vio en el teatro muchas veces y el eterno seductor Don Juan se apoderó de su imaginación. En su diario, escribió: «La ópera me poseyó de un modo tan demoniaco que jamás lo olvidaré; fue esta obra la que me arrancó de la noche serena del claustro». Si hubiera querido volver al silencio y a la soledad después de todas estas tentaciones (éxito, música, amor), no lo habría tenido nada fácil.
Pero en otra entrada de su diario, correspondiente a julio de 1840, esbozó la idea contraria: que los seres humanos no logran realizarse mediante la renuncia al mundo. ¿Qué pasa si estamos en relación con Dios y a la vez con el mundo? Aquí, Kierkegaard ensaya el pensamiento de que las circunstancias mundanas, que él sintetizó en la palabra «finitud», eran la urdimbre de la vida religiosa: «Me vuelvo consciente de la verdad en mí de lo eterno, de la necesidad en mí de lo divino, de la contingencia de mi finitud (que soy este ser en concreto, nacido en este país, en esta época y sometido a las múltiples y variadas influencias de todos estos ambientes cambiantes)». Una «auténtica vida humana»,[7] venía a decir, es la «apoteosis» de la finitud. Ese apogeo es una ascensión espiritual, pero eso «no significa que haya que desprenderse furtivamente de la finitud para llegar a lo sublime y desvanecerse en el camino a los cielos, sino más bien que lo divino habita en lo finito y es ahí donde encuentra su senda».
Esta explicación de la vida espiritual era un modo de interpretar las enseñanzas cristianas acerca de cómo los seres humanos pueden aproximarse a la verdad eterna. Si en la filosofía de Platón Kierkegaard encontró «polémica con el mundo», las Escrituras cristianas le enseñaron que la verdad divina podía encarnarse en ese mismo mundo, en un cuerpo humano. Según el Nuevo Testamento Jesús era el Cristo, el hijo de Dios, que reveló el misterioso, el inescrutable poder de su Padre «al habitar la finitud», al vivir en el mundo.
Pero Kierkegaard era el heredero de una tradición religiosa caracterizada por una profunda ambivalencia con respecto al mundo. La bondad de la creación divina es uno de los dogmas fundamentales de la fe cristiana. El Libro del Génesis cuenta cómo Dios hizo el mundo y vio que este era bueno. El Nuevo Testamento proclama la «buena nueva» de que la palabra de Dios se hizo carne. La Iglesia católica inculcó la fe en los sacramentos materiales (pan y vino, cuerpo y sangre) como transmisores de la gracia divina. Lutero espiritualizó la vida cotidiana con su sensualismo terrenal y su reforma para que los sacerdotes pudieran casarse. Junto a esta visión positiva de la vida encarnada persistió un aspecto más platónico, establecido en la teología cristiana por san Agustín. Este lo combinó con la doctrina de san Pablo sobre el pecado para hacer hincapié en la caída del mundo. Según san Agustín, los seres humanos están atrapados en un tiempo de oscuridad y tribulaciones, entre la gloria inaugural de la creación y el esplendor radiante de la redención final. Nos retorcemos en esas sombras y nos inclinamos al mal aunque anhelemos de manera imprecisa el bien supremo.
Esta ambivalencia no es solo teórica, también es existencial: se trata de cómo vivir, qué hacer, quién ser. Kierkegaard había crecido en un mundo (y en un cuerpo) moldeado e influido por interpretaciones contrapuestas. Si la teología cristiana de la encarnación revela que los aspectos espirituales y materiales de la vida van de la mano, ¿cómo debía poner él esto en práctica? ¿Cómo, por ejemplo, podría expresar la diferencia entre los deseos de la tentación y la vocación? Quizá fuera capaz de diferenciarlos retrospectivamente, a posteriori, pero ¿qué debería hacer cuando sintiera la llamada de sus deseos y tuviera que elegir a cuál de ellos obedecer? Al fin y al cabo, aunque la vida pueda comprenderse mirando hacia atrás, debe vivirse hacia delante.
En todas estas reflexiones late la siguiente pregunta: ¿Cómo ser humano en este mundo? Los aspectos filosóficos y personales de la cuestión acaban entrelazándose y enredándose. ¿Dónde encajar el amor por otra persona, otro ser hallado en su propia finitud, dentro de estos movimientos de entrada y salida del mundo, de ida y vuelta entre la soledad monástica y la cháchara de las discusiones académicas o la de los salones literarios? El amor romántico, ¿pertenece al alma o al mundo? Si es cierto que una verdad divina habita el cambiante mundo de las circunstancias humanas, todo esto sería entonces un falso dilema, puesto que quizá el alma pueda encontrar amor verdadero y conocimiento verdadero en su existencia finita, encarnada. De modo que la vida mundana no tendría que ser, por fuerza, algo carente de espiritualidad. Quizá el alma no se pierda a sí misma en el mundo, quizá sea allí donde se encuentre consigo misma.
¿Era casarse con Regine el modo en que Kierkegaard tomaría conciencia de este ideal religioso, el modo de hacerlo realidad? Así lo parecía, a finales del verano de 1840, cuando él «se acercó a ella». Había superado sus exámenes universitarios, había viajado a la costa oeste de Jutlandia para visitar el lugar donde su padre se crio y en agosto estaba de vuelta en Copenhague.[8] Unas pocas semanas después le propuso a Regine matrimonio, dividido entre los arrebatos de pasión y el desapego lúcido:
El 8 de septiembre salí con la firme determinación de resolver de una vez por todas el asunto. Nos encontramos en la calle, junto a su casa. Me dijo que dentro no había nadie y fui lo bastante temerario para tomarme esto como la señal que necesitaba. Entré con ella. Allí estábamos, los dos solos, en el salón. Ella un poco nerviosa. Le pido, como de costumbre, que toque algo para mí. Y lo hace, pero no soy capaz de decir nada. Entonces, de pronto, agarro la partitura, la cierro no sin vehemencia, la tiro sobre el piano y digo: «Oh, ¡la música me trae sin cuidado, es a ti a quien quiero, a quien no he dejado de querer estos dos años!». Ella guardó silencio. Yo no me había preparado argumentos para convencerla, incluso le había advertido contra mí, contra mi melancolía. Y cuando mencionó una relación con un tal Schlegel, dije: «Que esa relación sea un paréntesis, yo tengo prioridad». Guardó silencio. Finalmente me marché. Me provocaba ansiedad que alguien pudiera llegar y vernos así, con ella tan nerviosa. Me fui directamente a por su padre. Me daba un miedo atroz haberme presentado allí con demasiada brusquedad y que mi visita pudiera dar lugar a algún malentendido, incluso dañar su reputación. Su padre no dijo ni que sí ni que no, pero no era difícil percatarse de que estaba por la labor. Le pedí una cita y me la dieron para el día 10 por la tarde. No tuve que pronunciar ni una sola palabra para convencerla: ella dijo sí.[9]
Pero el «sí» de Regine no acabó con las incertidumbres espirituales de Kierkegaard. Más bien las exacerbó. Tan solo unos días después se encontraron por casualidad en la calle y Regine no reconoció al principio a su prometido: le había dado un ataque de melancolía tan intenso que sus facciones estaban bastante alteradas. Cuando salían juntos, ya de novios, él se ponía a llorar con frecuencia, «fuera de sí, apesadumbrado y sin parar de reprocharse cosas».[10] El padre de Regine sufría depresión, así que lo de Kierkegaard le resultaba bastante familiar. Ella esperaba poder ayudarlo a que lo superara; lo escuchaba desgranar su dolor por la muerte de su padre, «a quien había amado tanto»,[11] su aflicción por no ser el hijo que su padre habría merecido.
Sin embargo, entre las causas de la depresión de Kierkegaard se encontraba la preocupación (si es que no era esta el principal desencadenante) por que el noviazgo fuese un error. Quizá le daba tantas vueltas a las tristezas del pasado con su padre para desviarse, a sí mismo, o a Regine, o a ambos, del dolor que se avecinaba. Poco después le anunció que había empezado a escribir su tesis sobre la ironía romántica y la socrática. Su amigo Emil Boesen, que había estudiado Teología con él, se dio cuenta de que Kierkegaard estaba empezando a comprender con más claridad «qué quería hacer y cuáles eran sus aptitudes».[12]
Muy consciente siempre de cómo lo veían los otros, Kierkegaard sabía que casarse con Regine implicaba algo más que dar su palabra de amarla, honrarla y protegerla. El matrimonio era una ceremonia pública que lo obligaba a desempeñar unos roles sociales determinados (el de marido, padre, cabeza de familia) y a ejercer una profesión. Como licenciado en Teología, Kierkegaard podía convertirse en pastor o en académico: un profesor convencional de religión, funcionario de la Iglesia del Estado. Su vida se entendería, es decir, se mediría y se juzgaría, según una existencia bien asentada y modelada por un conjunto específico de deberes, rutinas y expectativas.
Kierkegaard no desdeñaba estas cosas, al contrario, se preguntaba si sería capaz de asumirlas. Temía la intimidad del matrimonio y, con el paso de los meses, otra vida posible fue abriéndose ante él: podía ser escritor en lugar de marido. Podía vivir de la herencia de su padre y entregarse de lleno a la empresa filosófica que vislumbraba en su interior, buscar la plenitud en la escritura. Podía elegir quedarse al margen de la sociedad, confrontarse con ella, cuestionar sus principios, dejar que su constante sentimiento de extrañeza se manifestase en el mundo. ¡Podía convertirse en el Sócrates de la cristiandad! Y no podía someter a Regine a las consecuencias de todo eso.
Estuvieron comprometidos durante poco más de un año. Se veían con frecuencia, se escribían cartas. Kierkegaard le enviaba notas a través de un mensajero para proponerle visitarla en su casa o encontrarse con ella después de la lección de música. Le escribía largas cartas, poéticas, cariñosas, dirigidas siempre a «¡Mi Regine!» y firmadas con «Tu S. K.» o «Tuyo eternamente, S. K.». Esas cartas iban siempre acompañadas de un pequeño obsequio: una rosa, un heliotropo violeta, un chal, un pañuelo. Una vez le envió un perfume de lirio del valle;[13] él amaba esa florecilla blanca y delicada, símbolo de la inocencia (que «se oculta tan encantadoramente bajo su enorme hoja») y flor de mayo, su mes de nacimiento. Regine le envió, por su parte, flores silvestres, una valija bordada y una caja decorada que, según le dijo él, «no se usa para guardar tabaco,[14] sino que es algo así como el archivo del templo». El día en que Regine cumplió diecinueve años, en enero de 1841, él le envió un par de candelabros y le prometió visitarla más tarde con otro regalo de cumpleaños.
Cada semana, Kierkegaard le leía en voz alta a Regine los sermones del obispo Mynster,[15] el clérigo y predicador más influyente de Dinamarca. Ella intentaba animarlo tocando el piano: «Aunque tu interpretación no sea perfecta desde el punto de vista artístico»,[16] le escribió él, «triunfarás de todas formas. David fue capaz de ahuyentar de Saúl la amargura y no he oído nunca que fuese un gran artista. Imagino que fue su espíritu joven, alegre, desenfadado, lo que más contribuyó. Y tú posees, además, otra cosa: un amor para el que nada es imposible».

Carta que Kierkegaard envió a Regine, sin fechar, junto con un pañuelo
Copyright: Fragmento de una carta de Søren Kierkegaard a Regine Olsen. (Biblioteca Real Danesa).
En una carta, Kierkegaard le dijo a Regine que su amor por él lo había «rescatado» y «liberado»:
Sabe que cuando repites que me amas[17] desde lo más profundo de tu alma es como si lo oyese por primera vez, y como aquel que poseyera el mundo entero necesitaría una vida entera para examinar sus maravillas, así también me parece que necesito una vida entera para contemplar todas las riquezas contenidas en tu amor. Sabe que cuando afirmas solemnemente que me amas siempre del mismo modo, que da igual si estoy alegre o triste (aunque me amas más cuando estoy triste, porque sabes que la tristeza es nostalgia de lo divino y que todo lo bueno que hay en un hombre nace de la tristeza) sabe que entonces estás rescatando un alma del Purgatorio.
Otra de las cartas que le escribió estuvo inspirada por la lectura de El banquete, de Platón, y su retrato de los amantes que desean continuamente, sin cesar, al ser amado. El amor nunca dice: «Ahora estoy a salvo, ahora puedo echar raíces»,[18] escribió Kierkegaard, «el amor no se detiene nunca… Y qué sería incluso de la dicha celestial sin ese deseo». En la misma carta citaba al poeta romántico Josef von Eichendorff, la Carta de san Pablo a los romanos y el Evangelio de san Mateo para terminar con una extravagante (y subjuntiva) declaración: «Si me atreviese a desear, sé con certeza lo que desearía. Y ese deseo se corresponde a la perfección con mis convicciones más íntimas: que ni la muerte, ni la vida, ni los Principados, ni las Potestades, ni el presente, ni el porvenir, ni los ensalzados, ni los humillados, ni ninguna otra criatura pueda separarme de ti, o a ti de mí».
Sin embargo, Kierkegaard se estaba separando de Regine. En el verano de 1841 tomó la decisión de poner fin a su compromiso matrimonial. Lo intentó en agosto, pero ella le rogó que no se fuese de su lado. Él describió aquel tiempo como «terriblemente doloroso; tener que comportarme con tanta crueldad amándola como la amaba». El romance se convirtió en un campo de batalla y los amantes en enemigos. Cuando la penumbra otoñal asomaba ya por las postrimerías del verano, Kierkegaard cambió de estrategia y se puso a fingir indiferencia para forzar a Regine a que rompiese, pero ella «peleó como una leona: si no hubiera yo creído que esa era la voluntad de Dios, ella habría ganado». Entonces le dijo sin rodeos que debía ser ella quien rompiese y él quien cargara con la humillación: «No pensaba hacerlo; respondió que si era capaz de soportar todo lo demás, sería capaz de soportar también la humillación».
Henriette Lund, una sobrina de Kierkegaard que por entonces tenía unos doce años, visitó a Regine aquel verano de 1841. Henriette tuvo un «mal presentimiento» al dejar la casa de los Olsen:[19] «Regine fue tan cariñosa como siempre, pero me pareció entrever nubes en esos cielos hasta ahora tan luminosos. Cuando nos dijimos adiós me acompañó por el patio hasta la parte de Slotsholm, donde el canal no estaba lleno aún en esa época del año, y recuerdo cuánto me asombró emerger de la sombra y sumergirme en el radiante baño de la luz del sol que jugaba con las aguas. Aquí nos despedimos de nuevo y durante mucho tiempo seguí viéndola, en el mismo sitio, bajo el sol brillante, con una mano a modo de visera, inclinando la cabeza para saludarme por última vez. Hasta qué punto era en verdad “la última”, no lo sabíamos aún. Y, sin embargo, volví a mi casa con un sentimiento de tristeza impreciso, indefinible».
El 11 de octubre, Kierkegaard rompió finalmente con Regine. Tuvo todavía que enfrentarse a más obstáculos: el padre de ella le pidió que se lo pensara, porque la veía «inconsolable, completamente desesperada». Lo conmovió la humildad con la que este hombre orgulloso, este consejero de Estado, le suplicó por el bien de su hija, pero se negó a cambiar de idea. Al día siguiente visitó a Regine e intentó nuevamente explicarse. Ella «sacó de su pecho, donde solía llevarla, una notita escrita por mí; la sacó, la hizo pedazos en silencio y dijo: “Así que, después de todo, lo que has hecho es jugar conmigo a un juego atroz”».[20]
Pocos días después Henriette Lund fue junto a sus hermanos a visitar a su tío Søren, que se encontraba en la casa familiar de los Kierkegaard (una gran vivienda de cuatro plantas en el centro de Copenhague donde Peter Christian, su hermano, vivía junto a su nueva esposa). «Cuando nosotros, los de Gammeltorv, llegamos allí aquella tarde», recordaba Henriette:
El tío Søren nos llevó de inmediato a su cuarto.[21] Parecía muy emocionado y, en vez de con su habitual espíritu juguetón, me besó en el pelo con tanta ternura que me conmovió profundamente. Después de un rato quiso hablarnos, pero en lugar de palabras fue un violento ataque de llanto lo que se le vino encima. Nosotros, sin saber por qué lloraba, al menos yo, pero arrastrados por su sufrimiento, nos pusimos a sollozar como si cargásemos con una enorme pena. El tío Søren recobró la compostura enseguida y nos dijo que pronto se iría a Berlín, quizá por mucho tiempo. Tuvimos que prometerle que le escribiríamos muy a menudo, pues él estaría ansioso por saber en qué andábamos cada uno de nosotros. Bañados en lágrimas se lo prometimos.
La ruptura, al igual que el compromiso, pronto se convirtió en vox populi y el dolor por la separación se agudizó todavía más, tanto en Kierkegaard como en Regine, debido al orgullo herido. Regine había caído desde su posición de esposa en ciernes a la de amante rechazada. Su destino, probablemente, era ser una solterona, porque ¿quién querría casarse con ella después de esto? Por su parte, Kierkegaard parecía, o bien un canalla que había extraviado sin ningún escrúpulo a una joven, o bien un tipo necio, débil y desorientado que, pese a sus veintiocho años y un doctorado en Teología, aún no sabía quién era. «Fue una ruptura insultante»,[22] escribió su sobrino Troels Frederik Lund, «que no solo llamó la atención de la gente y dio pie a todo tipo de chismes, sino que empujó a cada persona decente a ponerse a favor de la víctima… Aquí, en casa, los juicios contra él fueron unánimes y severos. La desaprobación, la cólera y la vergüenza eran tan vehementes entre sus seres queridos como en el resto de la ciudad».
El 25 de octubre de 1841, dos semanas después de poner fin a su compromiso, Kierkegaard subió a un buque correo prusiano con destino a Kiel y desde allí viajó a Berlín, la tierra prometida de la filosofía, la capital intelectual de la cristiandad. Hegel había ocupado la cátedra de Filosofía de la Universidad de Berlín durante la década de 1820, la última de su vida, y ahora era el viejo rival de Hegel, Schelling, quien lo hacía, impartiendo lecciones a alumnos llegados de toda Europa. En su primera visita Kierkegaard permaneció en la ciudad casi cinco meses. En ese tiempo prosiguió con sus estudios filosóficos, cuidó su maltrecha dignidad y escribió unos cientos de páginas de su libro O lo uno o lo otro.
Siguió escribiéndolo a su regreso a Copenhague, en la primavera de 1842. El libro, tal como quedó, es un conjunto voluminoso de textos dispares (cartas, ensayos, un sermón y el extenso Diario de un seductor) atribuidos al menos a cuatro autores distintos y cuyo denominador común es el amor romántico y el matrimonio. El más provocador de los apócrifos es el seductor, Johannes, que relata pormenorizadamente y en una prosa elegante su persecución de la joven Cordelia (que no debe confundirse con la hermana de Regine, Cornelia). La historia de Johannes comienza con un acecho obsesivo por las calles y callejas de Copenhague, luego pasa a un cortejo lioso y lleno de manipulaciones y se cierra con un final ambiguo. «Poco a poco voy aproximándome a ella en mi ataque para pasar después a un ataque más directo»,[23] escribe durante la primera fase de su seducción. «Si tuviera que describir esta modificación estratégica sobre mi mapa de la familia, diría: he dispuesto mi silla de modo que ahora estoy a su lado. La abordo con más frecuencia, le hablo, le sonsaco respuestas. Hay en su alma pasión, fervor y, sin embarcarse en reflexiones extravagantes ni vanidosas que rayen en lo excéntrico, hay en ella cierta avidez por lo inusual. Mi ironía acerca de la estupidez de la gente, mi escarnio acerca de su cobardía, de su tibieza y su indolencia la cautivan». Un poco después reflexiona: «Me las compondré de modo que sea ella misma la que rompa el compromiso…[24] Trazar una vía poética hacia el interior de una joven es un arte; trazarla hacia su exterior es una obra maestra… Pensar que ella está en mi poder me embriaga. ¡Pura feminidad, ingenua, transparente como el mar y, sin embargo, al igual que el mar, insondable, que lo ignora todo del amor! Pero ahora va a aprender qué poderosa fuerza es el amor». Su diario incluye cartas angustiosas escritas por la joven después de que Johannes le rompiera el corazón:
No, no te llamaré mío, porque me doy perfecta cuenta de que nunca lo has sido[25] y me han castigado con creces por dejar que mi alma se ilusionara alguna vez con esa idea; y sin embargo, te llamo «mío»; mi seductor, mi impostor, mi enemigo, mi asesino, la fuente de mi desdicha, el sepulcro de mi alegría, el abismo de mi desventura. Te llamo «mío» y me llamo «tuya», y así como esto halagaba una vez tu oído que, orgulloso, se inclinaba para que lo adorase, así ha de sonar ahora como una maldición cayendo sobre ti, una maldición por toda la eternidad… Tuya soy, tuya, tuya, tu maldición.
Para Kierkegaard este libro es, en parte, una continuación de su intento de fingir indiferencia y frialdad hacia Regine, de convencerla de que estar sin él era lo mejor para ella. No admite, por supuesto, que esta sucesión teatralizada de máscaras y trucos se armó con los escombros de su orgullo y que la fanfarronería del seductor byroniano y sus audaces e ingeniosos argumentos filosóficos eran más una protesta de su virilidad que una consolación para Regine.
En febrero de 1843 O lo uno o lo otro fue publicado por Carl Andreas Reitzel, a la sazón editor de algunos de los más notables escritores de Copenhague (Hans Christian Andersen, Johan Ludvig Heiberg, Frederik Christian Sibbern y el autor anónimo de Un cuento de la vida cotidiana). Pero no fue Kierkegaard quien ocupó un lugar entre esas eminencias: O lo uno o lo otro apareció en las librerías de Reitzel firmado por un compilador ficticio, Víctor Eremita. La elección del pseudónimo «el Ermitaño Victorioso», o «Víctor Asceta», parece celebrar un retorno a la reclusión, pero Kierkegaard sigue siendo ambivalente con respecto al «ideal monástico» de desapego hacia el mundo. La verdadera fe, se ha dado cuenta, no es simplemente devoción por Dios, sino la fe en el mundo como un don de Dios. Le ha dado muchas vueltas a este pensamiento en su segunda y breve estancia en Berlín. Si hubiera tenido este tipo de fe se habría casado con Regine.
Ella, por su parte, «desgarrada de dolor» mientras rompían, le dijo: «Te estaré eternamente agradecida si me dejas quedarme contigo y vivir en uno de los armarios de tu casa». Y, para conmemorar esas palabras, Kierkegaard se ha hecho con un mueble alto, de palisandro,[26] sin cajones, diseñado por él, que parece un ataúd puesto de pie. La función de este armario no es, gracias a Dios, contener a Regine, sino su ausencia. En él guarda con esmero «cada reminiscencia suya», incluyendo dos lujosos ejemplares de O lo uno o lo otro encuadernados en vitela, «uno para ella y otro para mí».[27]
Sus recuerdos lo llaman mientras los bosques al norte de Eberswalde dan paso a la llanura. Desde la ventanilla de su vagón ve de pronto, hacia el este, una corona de espinas[28] que se eleva sobre un campo: es un estanque circundado por árboles puntiagudos, raquíticos, sin hojas. Se inclina hacia delante y la imagen se esfuma enseguida. Entonces, un lago brilla bajo el sol, el tren aminora su marcha y los modestos pináculos de Angermünde aparecen. Kierkegaard debe sacrificar su soledad a los otros pasajeros que bajan aquí y a quienes los esperan en el andén. Una vez más está en el mundo, de nuevo se convierte en esa figura flaca y alabeada que cojea un poco al caminar y cuya corta estatura aumenta unos centímetros gracias al enorme mechón de pelo en forma de cresta. Para quienes lo miran más de cerca vuelve a ser esa cara pálida e inteligente y, sobre todo, esos extraordinarios ojos azules, «profundos y conmovedores»,[29] que brillan con «una mezcla de bondad natural y de malicia».[30] Se pone el sombrero, empuña el bastón, agarra su maleta y continúa el viaje camino a casa.