24 de diciembre de 2013. Boston
Son las doce de la mañana del 24 de diciembre, falta un día para Navidad. Camino por la calle tranquilo, con la mirada perdida y todo parece que va a cámara lenta. Miro hacia arriba y veo cuatro globos de color blanco alzarse alejándose hacia el sol. Mientras ando, escucho gritos de mujeres y noto cómo la gente a lo lejos no para de observarme. A decir verdad, me parece normal que me miren y griten, al fin y al cabo, estoy desnudo, cubierto de sangre y llevo una cabeza entre mis manos. La sangre de mi cuerpo ya está casi seca, aunque la cabeza aún sigue goteando lentamente. Una mujer se ha quedado paralizada en mitad de la calle al verme. Casi suelto una carcajada cuando se le ha caído la compra al suelo.
Todavía no me puedo creer lo que hice anoche, aunque en el fondo tengo una sensación de tranquilidad y paz interior que jamás había tenido. Es extraño, pero es la verdad.
Miro de nuevo a la mujer y sigue inmóvil. Le dedico una sonrisa de oreja a oreja y veo cómo empieza a temblar. Dios, qué bueno soy.
Recuerdo con nostalgia los cuatro meses que me he pasado ensayando la mirada perdida delante del espejo. Día sí, día también, cuatro horas diarias de ensayo. Me satisface pensar que soy autodidacta, pero supongo que es la semifalsa sensación de autorrealización que sienten todos los que se proclaman autodidactas. Siempre se me ha dado fatal la interpretación y nunca he sabido mentir. No supe hacerlo ni tan siquiera cuando le dije a ella, a mi todo, hace tantos años, el motivo por el que íbamos a aquel sitio en mitad de la noche. Me encantaba su sonrisa, y su mirada era una auténtica perdición. No se le podía mentir a esa mirada. Podría haber estado toda una vida observándola mientras amanecía, mientras los rayos de sol iluminaban su pelo, y mientras abría los ojos y me sonreía al despertar.
En mi silencio interno, empiezo a escuchar de fondo las sirenas de la policía y, poco a poco, percibo todo lo demás: el caos de la gente, bebés llorando, pasos a toda velocidad.
Me detengo donde estoy, suelto la cabeza de J.T. y sonrío a los policías mientras se acercan rodeándome y apuntándome con sus armas. Me arrodillo en el suelo y, antes de caer inconsciente por un golpe en la cabeza, solo tengo tiempo de decir:
—Falta un día para Navidad.
26 de diciembre de 2013. Boston
Creo que es el segundo día que estoy aquí encerrado. Al abrir los ojos no hay nada. La luz que entra por debajo de la puerta apenas permite que alcance a ver mi mano a veinte centímetros. Fuera se oyen, de vez en cuando, los pasos de los vigilantes y alguna que otra voz a lo lejos. Durante todo este tiempo me imaginaba que esto iba a ser mucho más aterrador y, al contrario, me siento relajado en esta oscuridad. Tal vez sea por lo que acabo de hacer, por lo que ha pasado hace un par de noches. Creo que poco a poco todo comienza a ubicarse y por muchos actos, tanto bondadosos como malévolos, que uno realice al final sigues siendo tú. Puede que no el mismo tú, pero tú al fin y al cabo. Aún resuenan en mi interior los llantos de antes de anoche y aquel grito desgarrador. Las imágenes del fuego me atormentan en cuanto me quedo dormido. Sin embargo, creo que nunca me he sentido mejor en mi vida.
26 de diciembre de 2013. Boston
Se intensificaron los pasos y el ajetreo fuera. «Ya vienen», pensó el prisionero. Desde dentro de la habitación se oía de fondo lo que hablaban en el exterior.
—¿Es en esta celda? —preguntó una voz grave al otro lado de la puerta.
—Sí, director —musitó otra voz.
—¿Cuánto lleva aquí?, ¿lo ha visitado alguien? —preguntó de nuevo la voz grave.
—Desde ayer por la mañana, director, como usted me ordenó, no se han permitido las visitas. Los periodistas se impacientan y quieren saberlo todo. Una periodista ha intentado esta mañana hacerse pasar por un familiar para entrar a verlo y hablar con él. Superó todos los controles hasta esta puerta, donde yo mismo la expulsé. Ya hemos tomado medidas para que no vuelva a suceder. Los vigilantes del centro han sido llamados para que expliquen lo ocurrido y ahora mismo les están tomando declaración —respondió la segunda voz.
—Despidan a las personas que la dejaron pasar. Además, quiero una lista con sus nombres. Me encargaré personalmente de que no vuelvan a trabajar en un centro psiquiátrico de por vida —respondió tajante la voz grave con tono de mando—. Por su parte, muchas gracias. Ha hecho un buen trabajo. Se puede retirar —añadió.
—Gracias, señor, a su servicio —respondió la segunda voz. Tras aquellas palabras se oyeron unos pasos alejándose de la puerta.
Desde la oscuridad del interior la única luz que se percibía era la del umbral de la puerta, donde ahora se podían ver las dos sombras de los pies de quien se encontraba al otro lado.
«Aquí viene», pensó el prisionero. En ese momento, el ambiente se quedó en silencio, como si el vacío se hubiese apoderado de la habitación y hubiese absorbido el sonido.
De repente, la oscuridad absoluta del interior se resquebrajó con una luz cegadora, dejando ver al prisionero, que se encontraba acurrucado en el suelo y miraba sonriendo escuetamente al director. El prisionero vestía el uniforme blanco del centro psiquiátrico y tenía la piel pálida y unas amplias ojeras profundas. Su cabello era moreno oscuro y, aunque su aspecto actual parecía demacrado, la mirada con sus ojos azules sorprendía por su belleza. Sus pupilas se habían contraído tanto con el cambio de luz que solo se apreciaba el azul intenso de sus ojos. El prisionero se sujetaba las rodillas con los brazos en una esquina de la celda y permaneció inmóvil pese a la expresión amenazadora del director. La habitación estaba acolchada en blanco y había sido ideada para los pacientes y enfermos mentales más peligrosos o con tendencia a autolesionarse y, aunque de momento no había mostrado indicios de autolesión, el director optó por proteger al paciente más mediático de su carrera como psicólogo.
Nada más saber que su centro sería el destino temporal del «decapitador», como lo habían apodado en la prensa, reunió a todo el personal del centro en la cantina y explicó durante una charla de media hora la importancia que tenía para todo el complejo psiquiátrico el tratamiento, los cuidados y las precauciones que se debían llevar a cabo con el nuevo inquilino temporal.
—Recordad: tendremos a la prensa en la puerta del centro todos los días mientras dure la evaluación psicológica. Intentarán entrar por todos los medios posibles. Conseguir una entrevista con alguno de vosotros o con el mismísimo «decapitador». Tratarán de compraros, con dinero, viajes, o cualquier cosa. Solo os doy una advertencia: un viaje o el dinero que os ofrezcan solo os durará varios días, semanas, o incluso varios meses; a cambio, buscaréis trabajo de por vida. Si alguno de vosotros comenta algo en la prensa de lo que ocurre dentro del centro, o del estado del nuevo inquilino, yo me encargaré de que no encuentre trabajo en ningún otro centro psiquiátrico —resumió el director al final de la charla.
El director sabía perfectamente manejar las sutilezas del lenguaje y los miedos de las personas, y aprovechaba su situación de poder en el centro para manipular a su antojo al personal.
Se quedó mirando fijamente al prisionero a los ojos, que seguía dedicándole una sonrisa y lo observaba sin parpadear. Durante un segundo, el prisionero sonrió más, y su perfecta sonrisa de dientes blancos lo sorprendió. En cierto modo, y a pesar de su aspecto pálido, el prisionero era atractivo. Al director le recordaba a Tom, un antiguo compañero de facultad con quien solía estudiar. Ambos, durante los años de estudio en la Facultad de Psicología, compartieron apuntes, fiestas y mujeres. Al director le sorprendía la facilidad con la que Tom conseguía citas con chicas en la universidad. Con una sonrisa, una mirada y su manera de ser descarada, Tom flirteaba con chicas que acababa de conocer y a los pocos minutos volvía con un post-it con un nombre y un número de teléfono.
El prisionero tenía los bordes de las uñas sucias, con restos de tierra, y los nudillos magullados. Presentaba algún que otro rasguño en los brazos y en la cara. El director lo miró fijamente de nuevo a los ojos. «¿Qué clase de persona decapita a otra y camina tranquilamente por la calle?», pensó el director. La mirada del prisionero le desconcertaba.
—Está bien, levántate —ordenó.
El prisionero se incorporó lentamente sin apartar la mirada.
—Tengo tu expediente aquí —dijo—. Son más de ciento cincuenta folios. El centro de investigación de la policía ha elaborado un dossier descriptivo de las doce horas posteriores a tu detención. Se ha interrogado a más de treinta personas de la zona en la que te vieron deambular desnudo a las doce de la mañana del 24 de diciembre —añadió—. La primera llamada a la policía fue a las 12.01 de la mañana de un comerciante de Irving Street. A las 12.03 ya se habían recibido diecisiete llamadas a la policía de gente que te había visto —dijo en tono serio—. En los últimos dos días, no se habla de otra cosa que no sea tu caso. Noticias, tertulias, periódicos e incluso en las redes sociales. Llevas siendo trending topic mundial en Twitter durante dos días. Has causado un gran revuelo. En todas partes se hacen la misma pregunta: ¿quién es el decapitador? —resumió—. A mí, en cambio, solo me interesa la única pregunta que de verdad ofrece respuestas: ¿por qué asesinaste y decapitaste a esa mujer?
El prisionero ni se había inmutado ante la contundencia de las palabras del director. Corrigió su postura, estiró su espalda, miró fijamente al director y sonrió.
—Ya me han dicho que en doce horas de interrogatorios no has hablado absolutamente nada. Ni siquiera para pedir agua. La policía baraja dos hipótesis: una, que eres mudo y que no puedes hablar. Esta hipótesis yo la descarto completamente. Ya habrías respondido por escrito o realizado algún gesto para que te diésemos algo con lo que escribir. Y dos, eres más listo de lo que aparentas, y quieres jugar con todo el departamento de policía —añadió. El prisionero sonrió—. Por lo que veo, incluso después de dos días de confinamiento en una celda de nivel 1 tu disposición a no hablar, ni explicarte, no se ha quebrantado. Creo que otro par de días, esta vez sin comida, tal vez te ayuden algo más en la recuperación de tu habla.
El prisionero cambió el gesto, se puso completamente serio. Parecía como si hubiera dejado su alegría a un lado y la estuvieran pisoteando. El director pensó que había funcionado. En unas horas podría comenzar el examen psicológico.
—Creo que nos vamos a entender a la perfección. Yo estoy aquí para ayudarte y para hacer que tu estancia en nuestro centro sea lo más agradable posible. Si estás dispuesto a cooperar conmigo, a entender qué ha ocurrido, y por qué, todo se solucionará —dijo el director.
Durante años de trabajo como psicólogo en varios centros psiquiátricos del país, había utilizado la misma frase, en el mismo orden, con enfermos mentales. En su primer año como psicólogo interno de un centro en Alabama, había tenido que tratar a una chica con esquizofrenia que había intentado ahogar a su bebé en el fregadero. Los doctores pensaban que oía voces que le decían qué hacer. La chica comenzó su tratamiento contra la esquizofrenia a los seis meses de quedarse embarazada y, en el primer cumpleaños de su bebé, lo sumergió en el fregadero hasta que su marido oyó los llantos desde el garaje y acudió en su rescate. Después de una semana en el centro, y tras solo tres sesiones, el doctor Jenkins dedujo que la chica había simulado su esquizofrenia para deshacerse del bebé, y de su marido, para fugarse con un amante. Su talento como psicólogo no pasó desapercibido entre los jueces y fiscales, y pronto se labró la reputación suficiente como para que le designaran director de un pequeño centro psiquiátrico al sur de Washington. Tres años después, y tras numerosos éxitos, lo nombraban director del complejo psiquiátrico de Boston, el de mayor prestigio del país.
—¿Quieres hablar? —preguntó el director con la esperanza de haber conseguido infundir el miedo en la celda de confinamiento.
De repente, el prisionero volvió a sonreír.
13 de junio de 1996. Salt Lake
El pueblo de Salt Lake era el destino de cientos de familias en verano. En los últimos años, la fuerte campaña de promoción del nuevo alcalde del pueblo, junto con la inversión en la mejora de la zona costera del lago, había atraído a la clase media-alta del este del país para que eligieran este lugar como destino de vacaciones. Numerosas familias habían adquirido sus segundas viviendas en la zona nueva de Salt Lake, una extensión de dos kilómetros que bordeaba el lago desde el centro del pueblo. Salt Lake, a pesar de su nueva imagen, no era un destino turístico por excelencia, pero sí tenía un aire encantador que recordaba a Nueva Orleans en los años cincuenta. Los propietarios de las grandes casas independientes de madera blanca y amplios ventanales de la zona nueva las alquilaban durante los meses de verano por semanas a las familias que visitaban la ciudad a razón de tres mil dólares semanales, más del doble del sueldo mensual de un reparador de moquetas o de un carpintero. Esto había propiciado, en los últimos años, el auge de la construcción de casas en la zona nueva, y la rehabilitación de las más antiguas que se encontraban cerca del lago.
Salt Lake se distribuía en forma de «C» en la zona oeste del lago. En el centro del pueblo se ubicaba un pequeño campanario con una plaza central, donde normalmente durante el verano se montaba un pequeño mercadillo de cosas usadas. Dos calles paralelas comunicaban la plaza central con el embarcadero y con el lago. Rodeando la plaza se encontraba la calle Wilfred, la nueva zona comercial de la ciudad, que era un hervidero durante el día, con pequeñas tiendas de ropa, muebles, objetos antiguos y algún que otro puesto ambulante de comida.
El embarcadero conservaba aún su antigua estructura de madera y servía de punto de anclaje a varias decenas de pequeñas embarcaciones de recreo. Durante la noche el largo embarcadero se iluminaba con las antiguas farolas, que aún seguían funcionando, y le otorgaban una luz tenue bajo la que paseaban numerosas parejas.
La familia de Amanda ya llevaba varios años visitando Salt Lake durante el verano. Les aportaba la tranquilidad que les robaba el estrés de Nueva York, donde su padre trabajaba como abogado para uno de los principales bufetes de la ciudad. Este año las vacaciones de verano habían sido en junio, antes que los años anteriores, como premio al reciente ascenso de su padre a socio. Steven Maslow se había convertido en el abogado más exitoso del bufete, gracias a su racha imparable de casos ganados. Había defendido a todo tipo de delincuentes, desde ladrones de joyas y de bancos, a asesinos y políticos acusados de algún escándalo sexual. Era un abogado que conocía a la perfección a las personas y que contaba con una facilidad asombrosa para llevar a la gente a su terreno. En el ámbito personal, era un padre de familia severo que creía en la disciplina y en el trabajo duro. A pesar de su severidad, adoraba a sus dos hijas: Amanda y Carla.
Amanda tenía dieciséis años, su cabello era moreno cobrizo y sus ojos eran de color miel, al igual que los de su madre. Sus labios eran delgados pero a la vez carnosos y, cuando sonreía, dejaban paso a una sonrisa blanca que le marcaba dos hoyuelos junto a la boca. Su hermana Carla, de siete años, morena y con el pelo a la altura de los hombros y ondulado, siempre le estaba diciendo que no sonriera tanto, que si se le marcaban más los hoyuelos se le iba a ver la lengua a través de ellos. Amanda siempre respondía igual a su hermana:
—¡Eso es lo que quiero! —decía sonriendo y marcándolos aún más.
En el taxi que habían cogido desde la pequeña estación de tren de Salt Lake viajaban Amanda, Carla, su padre, Steven, y su madre, Kate.
Kate, de cuarenta y un años, tenía el pelo de color castaño claro, sus ojos eran idénticos a los de sus hijas, de un color miel vivo. Tenía tres pecas, que para Steven recordaban al cinturón de la constelación de Orión. A Kate le encantaba jugar con Carla, y anteriormente con Amanda, pero últimamente a su hija mayor parecía interesarle más otras cosas que jugar con su hermana o su madre.
El taxi en el que viajaban recorría el bulevar de Saint Louis, un antiguo barrio francés del pueblo, que aún conservaba varias tiendas de vinos donde a Steven le gustaba comprar botellas con sabores peculiares para regalar a jueces, fiscales y compañeros de trabajo. Al final del bulevar se encontraba la entrada a la zona nueva, que bordeaba el lago, y donde se ubicaban las nuevas casas del pueblo.
—¿El número 35 me dijo, señor? —preguntó el taxista.
—El 36 —corrigió Steven.
—Exacto, el 36. Quería ponerlo a prueba —bromeó el taxista.
—¡Risas, risas! —gritó Carla a su padre al ver que no se reía, mientras estiraba con las manos una sonrisa en sus labios.
—Carla, por favor, compórtate —rechistó su padre.
—Solo quería que sonrieras, papá —respondió Carla.
—Carla, cariño, ya sabes que a tu padre no le gusta demasiado bromear —aclaró su madre.
—Hemos llegado —interrumpió el taxista—, el número 36 de New Port Avenue.
La casa en la que solían quedarse en Salt Lake todos los años era la pequeña villa de los Rochester, en la zona antigua. Una pequeña casa de madera de una planta, donde la pintura poco a poco había ido cediendo al paso del tiempo. El señor Rochester todos los años se inventaba mil motivos por los que no había tenido ocasión de pintarla. Trabajo, mal tiempo en las fechas en las que lo pensaba hacer, haber estado fuera de la ciudad e incluso que los botes de pintura los había extraviado el servicio de mensajería cuando los encargó de un color especial a una empresa de Nueva York. Steven Maslow sabía perfectamente que no lo hacía porque el señor Rochester era un gandul, pero aun así le gustaba esa pequeña casa. Tenía un encanto peculiar. Su pequeño porche había sido testigo de numerosas cenas con Kate años antes de nacer las niñas, cuando todavía él se preocupaba más de vivir, y sobre todo de sonreír, que del trabajo, los casos y las cenas de empresa.
Este año, en cambio, y con motivo del ascenso a socio del bufete, el señor Maslow había decidido alquilar durante un par de semanas una de las nuevas casas victorianas de la zona nueva. El número 36 de New Port Avenue era una casa de dos plantas, blanca y de grandes ventanales. El tejado estaba pintado de color azul, el mismo azul del que se veían las cortinas a través de las ventanas. La casa ocupaba una amplia parcela. Desde la acera hasta la puerta principal, un camino de grandes losas blancas interrumpía el verde vivo del césped del jardín. La confianza de la gente de Salt Lake, unida a la escasa delincuencia de la zona, propiciaba que prácticamente ninguna de las casas tuviera valla. La visión de la casa sorprendía a la gente que paseaba. Sus paredes recién pintadas de un blanco perfecto destacaban frente al resto de casas de las parcelas colindantes.
—¡Guau! —gritó Carla aún desde dentro del taxi.
Amanda se quedó mirando la casa callada sin bajarse del taxi. A pesar de que este año no le apetecía nada pasar un par de semanas en Salt Lake, al ver la casa se entusiasmó. Odiaba el olor de la antigua casa de los Rochester y, además, este año esperaba poder disfrutar del verano en compañía de su compañera de clase Diane, su mejor amiga, y con la que compartía pupitre, y gustos por los chicos, en el instituto.
—¿12,20 dólares? —dijo Kate al taxista mientras sacaba un billete de veinte del monedero—. Tome, quédese con el cambio. ¡Amanda!, sal y ayuda a tu padre con las maletas —gritó a su hija mayor que aún no había salido del taxi.
Lentamente Amanda se bajó del coche y caminó hasta situarse al lado de su padre, que estaba intentando colocar las maletas en la acera. Las cogió sin decir una palabra, refunfuñando, y las arrastró hasta la casa. Al pisar una de las grandes losas del suelo del camino que conducía a la casa, esta estaba suelta y se movió, causando que Amanda tropezara y casi se cayese con las maletas. El tropiezo hizo que el asa de la maleta se enganchase con una de sus pulseras y se rompiera, haciendo caer decenas de pequeñas bolitas de colores por el suelo.
—¡Ahh, se me ha roto la pulsera por culpa de esta losa suelta! ¡Vaya comienzo!
—Amanda, deja de quejarte, es solo una pulsera —replicó su madre—. Tu padre ha trabajado mucho para conseguir unas merecidas vacaciones en esta preciosa casa. ¿O acaso prefieres pasar el verano en la vieja casa del señor Rochester?
—Ni loca… —respondió mosqueada.
Al agacharse a recoger las pequeñas bolas de la pulsera, Amanda se percató de que la losa suelta tenía una piedra justo debajo de una de las esquinas. Se agachó para retirarla y vio una pequeña hoja amarillenta, manchada de tierra y que estaba doblada varias veces. La recogió y se la guardó en el bolsillo.
—¿Qué has cogido? —preguntó su madre, que la vio ponerse nerviosa.
—Las bolas, mamá… —respondió Amanda enseñando la mano llena de las piezas de la pulsera.
—Déjalas por ahí dentro en la casa, intentaré arreglártela.
—Está bien, mamá. No te preocupes —asintió Amanda aliviada—. Carla, ¿te vienes a elegir habitación? —le preguntó a su hermana.
—¡Síííííííí! —gritó Carla—. ¡Me pido la más grande!
—¡De eso ni hablar! —rechistó sonriendo Amanda—. ¡Anda, vamos! —añadió al tiempo que dejaba las maletas en el porche y alentaba a su hermana.
Steven y Kate se miraron seriamente mientras las niñas entraban. Hace años, cuando eran jóvenes, en cada una de esas miradas, ellos transmitían pasión y alegría. Hoy, en esa mirada ya no había amor, solo un sentimiento de complacencia, de conformidad y de lejanía, como la de dos extraños que se cruzan en la calle y que, por un segundo, piensan que ya se conocen, pero no es así.
26 de diciembre de 2013. Boston
En la puerta del complejo psiquiátrico de Boston se aglutinaban más de ciento cincuenta medios acreditados. Todos esperaban cualquier noticia para entrar en antena con las breaking news . A las 15.00 de la tarde estaba prevista una rueda de prensa por parte del doctor Jenkins para informar del estado del «decapitador» y para aportar datos que ayudasen a esclarecer lo que todo el mundo quería saber: «¿Quién es?».
El doctor Jenkins miró su reloj de muñeca. Eran las 9.47 y se encontraba cara a cara con el prisionero en la sala de aislamiento.
—Creo que tienes mucho que contar. Las motivaciones, muchas veces infravaloradas, son el motor de la conducta humana. He vivido cientos de casos en los que la motivación principal para asesinar ha sido el dinero, el poder o el interés en general. Contigo, sin embargo, tengo la intuición de que no ha sido así. Podrías ser un pobre hombre que perdió los papeles en un momento concreto, sobrepasado por la situación, y que actuó sin pensar las consecuencias. Si este es tu caso, y se demuestra, podrías continuar con tu vida en poco tiempo —explicó el doctor Jenkins.
El prisionero bajó la mirada… y comenzó a reír a carcajadas.
El doctor Jenkins se inquietó, y miró a su alrededor para comprobar si seguía estando cerca de la puerta. El protocolo de seguridad del centro establecía medidas de control del personal que garantizaban que los doctores, y los enfermeros, no fueran heridos por ningún interno. El doctor acababa de recordar que desde el inicio de la conversación había estado ignorando las nuevas medidas de seguridad que él mismo definió.
Estas fueron adoptadas tras la muerte de una enfermera, años atrás, al ir a medicar a uno de los pacientes. El interno comenzó a sonreír a la enfermera, a la vez que se negaba a tomarse sus tres pastillas diarias de tranquilizantes. Cuando ella se acercó, el interno le mordió el cuello, seccionándole la carótida. Murió en apenas unos minutos. Cuando llegó el personal de seguridad a la habitación, se encontraron al interno vestido con la ropa ensangrentada de la enfermera y con la boca y las manos cubiertas de sangre. La enfermera se encontraba tumbada en la cama inerte, desnuda y con el improvisado enfermero intentando darle la medicación. Fue un auténtico shock en el centro.
—¿No piensas hablar? —insistió el director mientras caminaba hacia atrás dirección a la puerta.
—La policía no ha conseguido sacarle ni una palabra, señor —interrumpió una voz femenina desde la puerta de la sala.
—Pensaba que había dejado bien claro que me dejaran solo con él —respondió el director, mientras desviaba su mirada hacia la puerta.
Bajo el marco de la puerta se encontraba una joven de cabello moreno y de piel clara, delgada, de unos treinta y tantos años. En la mejilla tenía algunas pecas, que seguramente habían sido objeto de burla durante la infancia, pero que ahora le otorgaban una belleza inusual.
—Creo que necesitará mi ayuda, doctor Jenkins —dijo la joven.
El prisionero se sentó en el suelo acolchado, sonrió y bajó la mirada.
El director se relajó. Se aproximó a la puerta, mirando fijamente a la joven con superioridad. La apartó del arco de la puerta y sin más dilación cerró, inundando de oscuridad el interior de la habitación.
—¿Quién es usted? —preguntó el director a la joven.
—Me llamo Stella Hyden, experta en perfiles psicológicos del FBI —respondió a la vez que sacaba su identificación—. Me envía el inspector Harbour para ayudarle con la evaluación psicológica. Tengo órdenes de estar presente en cada interrogatorio, y durante cada una de las entrevistas, que tenga con el «decapitador».
—¿El inspector Harbour? Hace años que no se inmiscuye en ninguno de mis casos.
—Como entenderá, este es un caso especial. Medio mundo está hablando del caso. Supongo que querrá cubrirse las espaldas y tener un mayor control sobre el transcurso de las investigaciones —respondió Stella.
—No entiendo, ni siquiera cuando tuvimos aquí a Larry el violador, que acaparó bastantes noticias en la prensa, me llamó una sola vez. Supongo que el inspector se está haciendo mayor y no sabe en qué entretenerse —rechistó el director.
—Llámelo y negócielo con él. Yo mientras tanto, tengo que hacer mi trabajo. Necesito el dossier descriptivo del caso y sus primeras impresiones —aseveró Stella—, ¿qué piensa sobre él? ¿Alguna idea de su nombre o país de procedencia? Por sus rasgos faciales, podría ser de cualquier país del mundo occidental —añadió.
—Me parece que va usted demasiado rápido, agente —respondió el director, mientras comenzaba a andar por el largo corredor dirección a su despacho—. Lo único que le puedo contar, por ahora, es que en este primer contacto que he tenido con él me ha parecido inusualmente valiente. Su mirada no denotaba arrepentimiento ninguno. Lo que más me ha inquietado, sin ninguna duda, ha sido esa maldita sonrisa. Todavía no tengo muy claro si entiende nuestro idioma, o si está intentando jugar con nosotros —resumió el director.
—¿A qué hora tiene prevista la entrevista? Según tengo entendido, hay una rueda de prensa a las 15.00. ¿Para contar qué? Aún no sabe absolutamente nada sobre él —inquirió Stella acompañando al director camino a su despacho.
—Todo a su tiempo, agente Hyden. Aún tengo cosas que entender de todo esto. Mi rueda de prensa puede esperar —respondió el director.
—¿Acaso piensa cancelarla? —dijo Stella con nerviosismo.
—Ni mucho menos, agente. Esta rueda de prensa la dará usted. Yo tengo que pensar qué demonios hay dentro de la mente de ese hijo de puta.
25 de diciembre de 2013. Quebec, Canadá
El Parque Nacional La Mauricie, en Quebec, se sitúa en zona boscosa boreal del continente americano, y está repleto de pinos rojos, blancos, grises y alcornoques. En esta época del año, el frío de la noche había congelado las partículas de agua que se depositaban en sus ramas, otorgándoles un tono apagado. La densidad del bosque, con miles de árboles por kilómetro cuadrado, lo convertía en un auténtico laberinto que había causado la desaparición de numerosos grupos de excursionistas que se aventuraban a descubrir la zona sin la experiencia necesaria. En 2008, y tras cincuenta y cuatro días de búsqueda, fueron encontrados los restos de una familia que practicaba senderismo en su profundo bosque.
A las 16.30, justo antes del atardecer, el silencio del bosque del Parque Nacional solo era acompañado por el sonido de las miles de ramas de los árboles al rozarse cuando el aire las mecía y por el aleatorio graznido lejano de las aves de la zona.
En algún lugar del bosque, y a setecientos kilómetros del centro psiquiátrico de Boston, una silueta encapuchada salió de una cabaña de madera con un hacha en las manos y se adentró entre los árboles.
Minutos después se oyó un grito desgarrador.
13 de junio de 1996. Salt Lake
Ya en el interior de la casa, Amanda subió las escaleras para elegir habitación. La escalera de madera blanca se encontraba en el lado izquierdo del hall. El blanco de las paredes solo era interrumpido por varios cuadros de paisajes repartidos por el recibidor. Con cada paso de Amanda, cada peldaño de madera crujía escuetamente. Al llegar a la planta superior, contempló por un segundo el largo pasillo, con las paredes empapeladas, en el que se disponían a cada lado las habitaciones.
Al abrir una de las puertas, Amanda se encontró con un espacioso dormitorio con un amplio ventanal que lo iluminaba, y cuyas cortinas azules se mecían con la suave brisa. El mobiliario de la habitación solo incluía una enorme cama de madera blanca y un escritorio en el que únicamente había una pequeña lámpara.
No había nada, a excepción del gran ventanal, y su luz, que a Amanda le llamara la atención. Su desánimo por acompañar este año a sus padres durante las vacaciones hizo que preparara su maleta sin apenas ropa, con la intención de pasar la mayor parte de las vacaciones en casa, en su habitación, echando de menos la vida en la ciudad. Mientras tiraba su vacía maleta encima de la cama, Amanda gritó:
—¡Ya he elegido habitación!
Los pasos rápidos de Carla se acercaron corriendo a la nueva habitación de Amanda. Se asomó por el arco de la puerta y preguntó:
—¿Esta es la que eliges, Amanda? ¡La mía es mejor!
—¡Pues para ti! —respondió haciéndole burla a su hermana.
A pesar de que Amanda siempre estaba incordiando a Carla, y que no compartían ningún interés en común por la evidente diferencia de edad, la amaba con todas sus fuerzas. Ella era el motivo por el que aún disfrutaba algo de las vacaciones con sus padres. No sabía cómo, pero de cualquier pequeño gesto, Carla conseguía sacarle siempre una sonrisa.
A principios del reciente curso en el instituto, Amanda tuvo algunas diferencias con el profesor de educación física, pues la humilló delante de toda la clase por no querer trepar por la cuerda, algo que ella consideraba innecesario para su educación. Cuando Amanda llegó desanimada a casa por lo sucedido, Carla recogió una de las cortinas de su salón e intentó trepar por ella. A mitad de camino la cortina se descolgó y Carla se cayó de culo, haciendo a Amanda reír a carcajadas. Cuando su madre, Kate, llegó a casa y se encontró la cortina rota, y a las dos niñas riendo sin parar, no pudo contener una carcajada.
Carla salió corriendo de nuevo escaleras abajo, dejando a Amanda sola en la habitación. Entonces apartó las cortinas azules y observó las vistas de la casa. Desde allí aún podía ver el taxi que los había traído alejándose dirección al centro de Salt Lake. Frente a la casa, al otro lado de la calle, se encontraba otra, mucho más pequeña, y cuya fachada había sucumbido al paso del tiempo. En cierto modo tenía el encanto de la vieja casa de los Rochester. Detrás de esta, se podía observar un poco más lejos el lago de Salt Lake, que estaba rodeado de numerosos árboles.
Amanda soltó encima de la cama el pequeño montoncito de bolas de la pulsera y notó además en su otro bolsillo el papelillo que acababa de encontrar.
«¿Cuánto tiempo ha podido estar esta nota ahí escondida? Por lo desgastado que está el papel, podría haber estado ahí durante años. ¿Quién la habrá dejado?», pensó Amanda mientras la sacaba de su bolsillo.
Al abrirla, y leer lo que contenía, un torrente interno detuvo durante un microsegundo su corazón. Dejó caer la nota al suelo y se sentó en la cama sin dar crédito a lo que acababa de leer. La recogió del suelo y volvió a leer el mensaje otra vez: «Amanda Maslow, junio de 1996».
En la nota no había nada más, solo su nombre, la fecha y un extraño asterisco escrito a lápiz en el reverso.
Amanda no paraba de darle vueltas al contenido de la nota. ¿Cómo era posible que su nombre apareciera en un papel, que sabía Dios cuánto tiempo llevaba ahí, con la fecha exacta en la que iría por primera vez a esa casa? ¿Acaso alguien le estaba gastando una broma? Nada tenía sentido. Por más que intentaba comprender por qué había tenido que encontrar esa nota de manera fortuita al romperse su pulsera, no lograba encontrar una razón.
Los pasos de Carla seguían resonando por toda la casa mientras la correteaba de arriba abajo. Amanda sostuvo la nota una vez más y se asomó al ventanal, dejando la mirada perdida, controlando su respiración e intentando relajar sus pulsaciones. Miró a la lejanía y observó de nuevo el lago. Había varias embarcaciones recorriéndolo. Se dio cuenta de la amplia vegetación que lo rodeaba y se fijó en el contraste de los colores de los distintos árboles. Cerró los ojos, y para cuando los abrió, Carla estaba justo a su lado, observándola y sonriendo.
—¿Estás bien, Amanda? Mamá dice que estás enfadada porque no querías venir este año. Si quieres, esta vez jugamos a lo que tú digas —dijo su hermana pequeña.
—No te preocupes, Carla. Solo es el olor de este sitio, que me ha mareado un poco. Será porque la acaban de pintar —respondió Amanda, tranquilizándola—, ¿vamos a ver el resto de la casa juntas? —añadió.
—¡Sí! —gritó Carla entusiasmada.
Al bajar de nuevo a la planta baja, se encontró a su madre en la entrada hablando con una pareja de vecinos que habían venido a dar la bienvenida y a desear una alegre estancia durante el verano. La mujer traía un pastel de arándanos y se lo entregaba alegremente a Kate. El hombre que la acompañaba, moreno, de altura media y con un traje algo desfasado, estaba serio y escuchaba atentamente la conversación, hasta que desvió la mirada hacia Amanda que bajaba las escaleras junto a su hermana.
Ella se acercó a saludar a los vecinos.
—Hola, es un placer conocerles, señor y señora… —saludó Amanda esperando a que los vecinos dijeran sus apellidos.
—Vaya, tú debes de ser Amanda. ¡Qué guapa eres! —respondió la mujer.
—¿No tienen apellido?
—Qué chica tan graciosa.
—Adiós —cortó tajante y se fue con su hermana pequeña hacia la cocina.
—No saben cuánto lo lamento —se disculpó su madre ruborizada—, no le hagan caso, está un poco enfadada por venir a Salt Lake este año. Por lo visto está en «esa» época.
—No se preocupe, señora Maslow. También hemos tenido una hija de su edad, y entendemos lo que es. Las hormonas pueden ser una auténtica montaña rusa —empatizó la mujer.
Amanda siguió escuchando desde la cocina la conversación de su madre con los vecinos, mientras observaba a Carla abrir uno tras otro cada uno de los armarios en busca de alguna curiosidad.
—¡Qué asco! —gritó Carla al sacar un tarro cubierto de moho del fondo de uno de los armarios—. ¡Puaj! ¡Es asqueroso! ¿Qué tendrá dentro? —añadió.
—¡Deja eso! ¡Qué asco, por favor! ¡Ni se te ocurra abrirlo! —rechistó Amanda.
—Ups… —dijo Carla mientras levantaba la tapa. Un nauseabundo olor salió del interior del tarro, haciendo a Carla taparse la nariz rápidamente. Con el movimiento, golpeó el tarro sin darse cuenta que cayó al suelo desde la encimera de la cocina, rompiéndose en mil pedazos.
—¡Ahhhh! —gritaron Amanda y Carla al unísono al ver el contenido del tarro: un gato negro en descomposición, cubierto de cientos de pequeños gusanos.
26 de diciembre de 2013. Boston
De camino a su despacho, acompañado de la agente Stella Hyden, el doctor Jenkins no paraba de darle vueltas a la sonrisa del prisionero. Según su punto de vista uno de los principales motivos por los que una persona que había cometido atrocidades, como en este caso decapitar, actuaba con normalidad era porque no percibía la realidad igual que los demás. Este tipo de enfermos mentales distinguían su realidad de manera difusa, y no consideraban sus actos malévolos, siendo incapaces de comprender las consecuencias de sus actos. Otra posibilidad, ante el comportamiento que mostraba el prisionero, podría ser que estuviera contento con lo que acababa de realizar. Cualquiera de las dos alternativas era válida, y requerían de su experiencia en análisis psicológico para determinar si se trataba de un enfermo mental o de un asesino despiadado.
Al aproximarse a su despacho, el director y la agente saludaron a la secretaria, quien se aproximó para darles los buenos días e informarles sobre la agenda.
—Buenos días, doctor Jenkins y señorita... —saludó la secretaria.
—Hyden, Stella Hyden —contestó Stella.
—Ha llamado el jefe del departamento de policía, preguntando sobre cuándo se podrán reunir para coordinar el proceso. El fiscal general también ha llamado y me ha pedido que contacte cuanto antes con él. También ha llamado el director del New York Times , doctor Jenkins, preguntando por usted. Quieren hacerle una entrevista en persona y sacarla lo antes posible. Además, han llegado bastantes cartas y varios paquetes a su nombre. Me he adelantado y he leído la mayor parte de las cartas. Todas son de gente que pide que no tengamos piedad con el prisionero. Los paquetes, como entiendo que son algo más personal, se los he dejado en el despacho.
—Muchas gracias, Teresa. En cuanto pueda, páseme una nota con los números de teléfono del jefe de policía, del fiscal y del director del New York Times —dijo el director, mientras entraba en su consulta junto a la agente Hyden.
El director se acercó a su escritorio, que estaba lleno de paquetes y cartas, se sentó e instó a Stella a que hiciera lo mismo. Hurgó un poco entre los papeles de su escritorio y sacó una carpeta de color beige, con el sello del departamento de la policía de Boston. En ella, escrito a rotulador rojo, se podía leer: «Caso 172/2013: Decapitador».
—Aquí tiene el informe, Stella. Tiene dos horas para leérselo. A las 12.00 será la primera entrevista del análisis psicológico. Espero sinceramente que hable. Si no, será un caso cerrado, lo derivaremos a la policía y su trabajo aquí habrá terminado. Seguramente habrá un juicio rápido y lo condenarán a cadena perpetua. Personalmente espero que hable. Me ha inquietado como nunca ningún otro paciente lo ha hecho antes —argumentó el director, mientras daba el dossier del caso a la agente Stella.
—¿Dos horas dice? Son más de ciento cincuenta páginas. Tendré que darme prisa —respondió Stella.
—No tenemos tiempo. Su rueda de prensa es dentro de nada —añadió el director, con ganas de incordiar, mientras echaba un vistazo a una de las cartas que había recibido de uno de los montones.
Uno de los paquetes que se encontraba en el escritorio llamó su atención. Era una caja marrón, más grande que las demás, anudada con un pequeño cordel. En la parte superior estaba estampado el sello de Quebec, Canadá.
—¿Un paquete de Canadá? Pues sí que ha llamado la atención internacional este caso —dijo el director mientras cortaba el cordel con un abrecartas.
—La verdad es que la puesta en escena del prisionero ha sido única —bromeó Stella.
El director levantó la tapa y, al ver su interior, se quedó petrificado. La agente Hyden se incorporó de la silla para ver el contenido de la caja y no pudo contener su grito, cayendo de espaldas en su silla. El director se descompuso y rompió a llorar. Sin poder reprimir las lágrimas, se acercó de nuevo a la caja y observó el interior. Una cabeza de una mujer se encontraba dentro de una bolsa de plástico, junto a una nota de papel envejecido. La agente Hyden se reincorporó, cogió la nota de dentro de la caja y la leyó: «Claudia Jenkins, diciembre de 2013».
—Claudia Jenkins. Tiene su apellido, doctor. ¿La conoce? —preguntó Stella aún consternada.
El director, sin apenas fuerzas para contenerse en pie, respondió entre lágrimas:
—Es… mi hija.
13 de junio de 1996. Salt Lake
Amanda no podía creerse que fuera ella quien tuviese que recoger los pedazos de cristal del suelo y el gato en descomposición que Carla había encontrado. Su madre siempre daba lecciones a Carla mediante castigos que debía soportar Amanda, lo cual a ella le resultaba tremendamente injusto.
Carla sonreía mientras miraba en el borde de la puerta de la cocina cómo Amanda recogía el gato con una bolsa entre las manos y la anudaba. Amanda miró de reojo a Carla con su expresión de «te vas a enterar» que siempre le ponía cuando sufría algún castigo en nombre de su hermana.
Kate entró en la cocina y ayudó a Amanda a barrer los pequeños trozos de cristal del tarro, mientras ella derramaba un bote de ambientador con olor a lavanda que había encontrado bajo el fregadero.
—¿Sabes, Amanda? No te he castigado por lo del gato, sino por cómo has hablado a los vecinos. Solo intentaban ser amables. No debes pagar con los demás el que no quieras venir aquí. Este año debemos considerarlo una celebración. Tanto esfuerzo de tu padre ha dado sus frutos, y a partir de ahora podremos disfrutar de una posición económica mucho más desahogada —argumentó su madre.
—Ya, mamá. Si lo entiendo. Solo es que tú no me entiendes a mí —respondió tajante Amanda.
—Veamos, te propongo un trato. Intenta disfrutar durante esta primera semana con nosotros aquí y si el domingo sigues queriendo estar en la ciudad, podrás volverte a Nueva York y quedarte con tu tía —dijo su madre con aire reconciliador.
—¿Lo dices en serio?
—Si es lo que quieres, no puedo tenerte aquí en contra de tu voluntad. Ya eres lo suficientemente mayor. Ahora bien, tienes que prometerme que hasta el domingo te esforzarás en disfrutar de estas pequeñas vacaciones. ¿De acuerdo? —negoció.
—Trato hecho, mamá —respondió Amanda agradecida.
—Bueno, y ahora prométeme que no le dirás nada a tu padre sobre lo del gato. Creo que no está de humor. Acaba de recibir una llamada de un cliente y está un poco alterado.
—Está bien. ¿Aunque a ti no te parece extraño que hubiera un gato dentro de un tarro de cristal? —preguntó Amanda.
—Podría haberse quedado atrapado accidentalmente, o quién sabe. No le demos más vueltas —argumentó Kate, intentando quitarle importancia al asunto.
—Qué raro.
—¡Por cierto! —interrumpió su madre—, me han comentado los vecinos que el jueves por la noche comienza la feria de Salt Lake. ¿Recuerdas que nunca podíamos ir porque siempre veníamos de vacaciones a final de verano?
—Vaya, una fiesta de pueblerinos. ¡¡Yuju!! —respondió Amanda irónica.
—Me lo has prometido. Trata de mostrar algo más de entusiasmo —exigió su madre.
—Está bien…, perdona… —se disculpó—. ¡Qué pasada! ¡Una fiesta de pueblerinos! ¡Yuju! —volvió a añadir Amanda, en un tono más alegre, aunque igualmente irónico.
—Bueno, me conformaré con eso —respondió Kate comprensiva.
Steven Maslow entró en la casa. Había estado un buen rato hablando por teléfono, y ni siquiera se había percatado de la visita de los vecinos ni del jaleo al romperse el tarro de cristal.
Se acercó a la cocina algo alterado y resopló.
—¿Qué demonios es esta peste a ambientador? —protestó mientras olfateaba enérgicamente con cara extrañada.
—Olía a cañerías y las niñas han estado jugando con el bote de ambientador. Créeme, este olor es mejor que el que había antes —respondió Kate encubriendo la travesura de las niñas y su descubrimiento.
—Hablaré con el casero. Espero no tener que pasarme todas las vacaciones oliendo a ambientador en la cocina —añadió.
Kate guiñó un ojo a las niñas que se encontraban apoyadas sobre un mueble de la cocina, con cara de disimulo y una sonrisa cómplice.
Siempre había sido muy conciliadora. Había intentado educar a sus hijas en el respeto y en la comprensión, y trataba de disfrutar de los momentos en los que estaba con ellas. Steven, que pasaba mucho menos tiempo con las niñas por su trabajo, pretendía proyectar una figura de autoridad, tal y como él había vivido con su padre, quien nunca había mostrado cariño hacia su hijo, lo que forjó su carácter inamovible que le había llevado al éxito en el mundo de la abogacía. Steven entendía que aunque la época en la que él fue educado era muy distinta a la actual, un equilibrio entre seriedad, disciplina y cariño debía ser la base de su esquema familiar. Kate, por mucho que él intentara modularlo, aportaba todo el cariño que sus hijas requerían, así que debía conformarse con realizar la parte seria y de disciplina de la educación, aunque cediera en muchas ocasiones.
—Amanda, ¿por qué no vas al pueblo y compras algo para comer? —preguntó su padre, a modo de orden.
—¿Tengo que ser yo? ¿En serio? —replicó su hija mayor algo molesta.
—No rechistes, Amanda —respondió su padre—. Puedes darte un paseo con tu hermana.
—¿Y por qué no pedimos unas pizzas? —sugirió Amanda.
—¿Eso es comida? No entiendo esa moda que hay ahora de comer pan aplastado con queso y embutidos.
—¡Sí, pizza! —gritó Carla con una sonrisa de oreja a oreja, enseñando dos huecos que habían dejado unos dientes que habían preferido probar fortuna bajo una almohada hace pocas semanas.
Steven miró a los ojos a Kate, que le estaba sonriendo. Sabía que esa sonrisa de su esposa denotaba que ella se daba cuenta de que acabaría cediendo una vez más. Que le era imposible resistirse a la alegría que desprendía Carla y, sobre todo, que su estrategia de padre duro era imposible de mantener con sus dos hijas.
—Bueno, ¿alguien se sabe el número de la pizzería? —dijo Steven relajado y alegre.
23 de diciembre de 2013. 20.34 horas. Boston
Todo está preparado. Me miro una vez más en el espejo, y observo con asombro mi torso descubierto. Es increíble el cambio que ha dado. La palidez que desprendo ahora marca aún más mis costillas. La poca barriga que tenía ha desaparecido. De pesar más de ochenta y cinco kilos a casi sesenta y cinco en apenas cuatro meses. La verdad que esta última época, en la que tenía que experimentar un cambio físico tan radical, ha surtido efecto. Mis ojeras también se han marcado; tienen un tono grisáceo que no hubiera conseguido de no ser por las pastillas que me han mantenido activo las tres últimas noches, más que suficientes para el retoque final. Hace cuatro días que no me afeito la barba y, al acariciarme el mentón, noto cómo araña mi mano.
No estoy nervioso. Es increíble, pero estoy más relajado que nunca. Me acerco un poco más al espejo para observar de cerca mi mirada. Esa mirada azul que una vez estuvo llena de vida, y en la que hoy, después de tantos años, parece que no queda nada, salvo un recuerdo, una noche, un suspiro.
Me acaricio la espalda, y noto el relieve de las cicatrices de aquella noche. Esa maldita noche.
Entro en la pequeña salita y compruebo que está todo sobre el pequeño sofá: cuerdas, cinta americana, las fotos, varios sacos y el hacha. Esa que durante tanto tiempo he contemplado durante horas, visionando su objetivo.
Aún me atormentan los recuerdos de aquella noche. Todo sucedió muy deprisa, pero recuerdo ese sonido inquebrantable que me partió la ilusión, que me destrozó la vida, que me aspiró el alma.
En aquel momento no lo dudé ni un segundo. Tuve claro lo que tenía que hacer. Cambiaría el mundo, movería el cielo, y esperaría una eternidad para recuperar su recuerdo, su sonrisa. Sobre todo para recuperar la cordura, para redimir mi culpabilidad y para entender el sentido de todos estos años.
26 de diciembre de 2013. Boston
Los gritos del director se oían por todo el centro. Su llanto desmedido perforaba las paredes, recorría los pasillos y volvía en forma de eco al despacho, donde se encontraba con Stella, y donde contemplaba, colérico, el contenido de la caja. Stella se mordía el puño, en un intento por controlar su pánico interno, mientras rompía a llorar sin consuelo.
El director arrebató de la mano de Stella el pedazo de papel amarillento que contenía el nombre de su hija y lo releyó. No podía creerlo. Gritó una vez más y, frenético, salió del despacho corriendo dirección a la zona donde estaban las salas de confinamiento.
Los enfermeros que lo veían correr se miraban extrañados, y lo seguían al comprender que algo grave debía de haber pasado. Nunca habían visto al director perder la compostura. Nunca había alzado la voz por encima de su habitual tono de mando, ni nunca había acelerado el paso por encima de lo considerado correcto.
El director se aproximó a la sala donde se hallaba el prisionero y aporreó la puerta de metal blanca vociferando:
—¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! —no paraba de decir cubierto de lágrimas.
Mientras golpeaba la puerta y gritaba, hurgaba en el bolsillo de su bata, intentando encontrar la llave de la habitación. Su desesperación al no encontrarla se apoderó poco a poco de él, desinflando su ira, liberando su pena y convirtiendo sus insultos a viva voz en meros susurros para los que no quedaban ya fuerzas. El director cayó desplomado frente a la puerta, totalmente despedazado por la tristeza que se había liberado dentro de él.
Los enfermeros llegaron a la puerta de la habitación, donde lloraba el director arrodillado. Se miraron unos a otros, buscando el sentido al llanto, a la carrera y a la pena, y con el pensamiento de haber contemplado el desmoronamiento de una persona como nunca antes habían presenciado.
14 de junio de 1996. Salt Lake
Era el segundo día que Amanda y su familia se encontraban en Salt Lake. Amanda había accedido, muy a regañadientes, a acompañar a su padre al centro, que pretendía visitar una vinoteca en busca de algo con lo que regocijar a sus nuevos clientes en su vuelta al trabajo.
De camino al bulevar de Saint Louis, Amanda miraba a través de la ventana del pequeño Ford azul que su padre acababa de alquilar para esos días. Observó cada una de las casas de madera que se iban quedando atrás y se imaginaba quién viviría en ellas. A pesar de haber visitado de manera recurrente Salt Lake, nunca había tenido la oportunidad de conocer a nadie del pueblo, salvo al viejo señor Rochester, y a los vecinos de aquella zona donde solían quedarse. En su interior, y aún sin poder creérselo, algo le recordaba continuamente aquella nota con su nombre que había encontrado al llegar. «Es imposible que esa nota haya llegado ahí por simple casualidad. Alguien la debe haber dejado por algún motivo», pensó Amanda, mientras notaba cómo su corazón se aceleraba al recordarlo.
Steven observó el indicador del depósito de combustible y rechistó:
—¡Maldita sea!, el tipo que me alquiló el coche dijo que tenía el depósito lleno y en apenas diez kilómetros ya estoy en reserva.
—Pues no pienso andar —respondió Amanda, volviendo en sí.
Steven detuvo el coche en la pequeña estación de servicio ubicada en la entrada del pueblo.
Amanda se quedó dentro del coche y observó cómo su padre se adentraba en la tienda de la gasolinera. Mientras esperaba, Amanda se metió la mano en el bolsillo de los jeans que llevaba y sacó la nota. Su papel amarillento, algo comido por los bordes, denotaba su antigüedad, aunque su tinta negra, manchada por algo de tierra, parecía bastante reciente. En el reverso de la nota, esta vez a lápiz, se encontraba el extraño asterisco. Estaba pulcramente dibujado en el centro de la nota.
—¿Qué significará esto? —se dijo en voz baja al mirar otra vez el extraño dibujo.
Al levantar la vista de la nota, al otro lado de la calle, le pareció ver una silueta negra, inmóvil junto a una esquina, que parecía estar observándola. La figura permaneció durante varios segundos sin moverse. La respiración de Amanda comenzó a alterarse y los latidos de su corazón no parecían tener un plan alternativo. No sabía cómo reaccionar.
Se quedó quieta, intentando controlar el pánico que estaba sintiendo y calibrando sus pensamientos hacia qué hacer.
La joven pestañeó, e intentó forzar la vista para tratar de ver con mayor claridad el rostro de la figura. Por más que se esforzaba, la luna algo sucia del coche impedía ver con total nitidez a esa distancia.
Sin apartar la mirada de la silueta, Amanda agarró la maneta de la puerta y la abrió lentamente.
Cuando se disponía a salir del coche y asomar la cabeza por encima de la puerta entreabierta, algo la empujó hacia dentro desde el exterior.
—Vamos, jovencita. La tienda cierra a la una y media y es la una y diez. El chico de la gasolinera me ha dicho que no me fíe del rent-a-car del pueblo, que son unos timadores. ¿Te lo puedes creer? —dijo su padre, mientras cerraba la puerta, y se dirigía caminando por delante del coche hacia el lado del conductor.
Cuando su padre empujó la puerta para cerrarla, Amanda desvió la mirada de la figura durante un microsegundo hacia su padre y, al volver la vista a la esquina, la silueta ya no estaba.
Lo único que quedaba era su respiración asfixiada y su pulso agitado. Al entrar en el coche y verla así, su padre se preocupó:
—¿Te encuentras bien, cielo? ¿Qué ocurre?
Amanda continuaba respirando agitada, sin saber qué decir.
—Nada, papá, creo que el olor a gasolina no me ha sentado bien. Vámonos, por favor —mintió.
26 de diciembre de 2013. Quebec, Canadá
Al amanecer en el Parque Nacional La Mauricie, la temperatura rondaba los tres grados bajo cero. Los cortos días y las largas noches, resultado de la cercanía del solsticio, unidos a la latitud en la que se encuentra Quebec, fomentaban la fuerte bajada de las temperaturas en invierno. Los osos pardos que solían deambular por el Parque Nacional hacía semanas que habían decidido hibernar hasta la primavera.
En la cabaña de madera situada en un pequeño claro del bosque, un hombre se despertó, con una abundante barba de color castaño encanecida cubriendo gran parte de su cara.
Se levantó de la ruidosa cama y se cubrió la cabeza con la capucha de la sudadera gris que llevaba puesta. Se acercó a la zona que hacía las veces de cocina de la cabaña, con una encimera, y que contaba con una cafetera, un hornillo y una pequeña nevera cubierta de suciedad. Puso a calentar la cafetera, sacó una navaja de uno de sus bolsillos y, de uno de los muebles inferiores, cogió un trozo de pan.
Al ir a cortar un trozo del mendrugo, observó los restos de sangre de sus manos. El impacto de la imagen le hizo dejar caer la navaja al suelo. Durante varios segundos, y antes de agacharse a por la navaja, miró al vacío, y la imagen de lo que hizo el día anterior volvió a su cabeza.
Cerró los ojos, suspiró y se agachó lentamente a recoger la navaja. Cortó el trozo de pan y se sirvió una taza de café. Miró hacia una de las esquinas, donde había una caja marrón vacía, idéntica a la que había utilizado el día anterior para enviar el paquete a Boston.
Se acercó y encendió una vieja televisión que se encontraba sobre una pequeña caja de madera que hacía las veces de mueble, dejando la taza de café en el suelo y mordiendo el trozo de pan al tiempo que se sentaba en un pequeño sofá, situado frente a la televisión, con cara de indiferencia.
Las noticias de primera hora de la mañana comentaban que aún, pasados dos días desde su aparición, seguía sin esclarecerse quién era el «decapitador». El resumen de prensa de la CBC News Network, el canal de noticias 24 horas de Canadá, situaba en primera plana las portadas de los principales periódicos norteamericanos. El New York Times , a portada completa, incluía una imagen del momento del arresto del decapitador, captada con un teléfono móvil por uno de los testigos desde un balcón. La imagen se encontraba debajo del titular: «¿Es que nadie sabe quién demonios es?». El New York Post , tranquilizador, mostraba una portada sin fotografías. Su titular en negrita indicaba: «El doctor Jenkins entrará en su mente». El Chicago Tribune , algo más moderado, incluía una imagen de la misma escena que el New York Times , pero captada desde otro ángulo y a pie de calle. Su titular, bajo la imagen, resumía: «El día que se perdió la cordura».
Varios minutos después, y tras varios sorbos a la taza de café, el hombre se levantó, se calzó unas botas oscuras algo magulladas, cogió un abrigo, que estaba colgado junto a la puerta de la cabaña, y salió.
Con la mirada seria, observó el hacha que se encontraba tirada en el suelo. Una sensación de pánico se apoderó de él. Se adentró en el bosque y comenzó a correr sin parar, rozándose con algunas ramas bajas que arañaron ligeramente su envejecida cara. Siguió corriendo un rato más hasta que terminó el bosque y se encontró de bruces con la belleza del lago Gabet. Se detuvo en su orilla y contempló los momentos iniciales del sol saliendo por el horizonte. El marrón de sus ojos apagados, fruto de una vida de sufrimiento y soledad, resplandecía con el sol amaneciendo frente a él.
Metió su mano derecha en el bolsillo y, al notar algo, no pudo contener las lágrimas. Al sacarla, un pequeño pedazo de papel amarillento se encontraba entre sus dedos. Lo observó con toda su rabia, con todo su odio, y lo leyó.
23 de diciembre de 2013. 20.51 horas. Boston
El coche que compré, hace ya bastantes meses, un Dodge azul de siete años con matrícula de Illinois, y que ha estado aparcado en el aparcamiento de un supermercado, tres manzanas más lejos de donde vivo, tiene algo que me desespera. Con cada cambio de marcha hace un ruido estridente. Espero que no me falle hoy. No esta noche. Debería haber conducido algo más con él o, al menos, haberle revisado la batería en los últimos días. Pero no podía hacerlo. No podía salir. No podían verme.
Llevo más de una década oculto. Cómo pasa el tiempo. Recuerdo los sitios donde he estado viviendo, en ciudades de todo el mundo, siguiendo su rastro, siempre escondido entre la muchedumbre de las grandes urbes. Es impresionante la facilidad con la que uno se esconde en las capitales, donde no se es nadie entre millones de personas, donde uno se convierte en una silueta más entre todas las que recorren el metro o pisan las calles.
Según avanzo conduciendo, dirección a mi destino, no dejo de vislumbrar todas esas luces de Boston que no dejan de parpadear en Navidad. La imagen de las luces en la noche me recuerdan también a ella. ¿Cómo lo permití? ¿Acaso no pude hacer nada? Son muchos años preguntándome lo mismo y nunca he encontrado la respuesta. Nunca he dudado de mi amor, pero sí de mí mismo.
Al llegar al semáforo en rojo del cruce de Cambridge Street y Charles Street, junto al puente Longfellow, me detengo y miro por el retrovisor.
No puede ser. ¡No puede ser! ¡No! Un coche patrulla se encuentra justo detrás de mí. ¿Qué hago? No me puedo creer que se vaya a esfumar de esta manera el plan. Comienza a temblarme el pulso y no paro de mirar de reojo por el retrovisor mientras cuento los segundos para que el semáforo se ponga verde. Mi yo interior, mi más profundo yo, teme lo peor, me aparta, me empuja y toma el control. Surgen desde lo más profundo todos los motivos por los que estoy aquí esta noche. Suspiro un segundo. Una vez más, desaparece la tensión, desaparece el miedo.
El semáforo se pone verde y arranco. Sigo mi camino. Cruzo el puente Longfellow y me dirijo a las afueras. Al mirar una vez más por el retrovisor, observo a la policía desviarse. Ya estoy solo, rodeado de más coches haciendo mi misma ruta, pero con un destino diferente.
26 de diciembre de 2013. Boston
Las luces de los coches de la policía destellaban contra la fachada del complejo psiquiátrico de Boston. La suave llovizna, que había comenzado minutos atrás, obligó a la prensa a cubrirse bajo los paraguas frente a la puerta principal. No sabían qué ocurría ni por qué, de repente, la policía había tomado el centro. La mayoría de las cadenas interrumpió su emisión para informar de que algo había ocurrido en el centro, y aunque no sabían qué, igualmente se dispusieron a inventar teorías. Desde fuera, no se oyeron los gritos del director ni, aún menos, se pudo oír el llanto sordo de una Stella atemorizada.
Rodeada de policías de la unidad científica investigando el paquete y su contenido, Stella seguía ensimismada. No oía nada, no atendía a nadie. Únicamente visualizaba, con las manos temblando, los momentos vividos hace apenas unos segundos.
Cuando se incorporó al cuerpo, después de terminar sus estudios de criminología en la Universidad de Maryland, en College Park, participó en la definición de varios perfiles psicológicos junto a James Harbour, el veterano psicoanalista más prestigioso del FBI, y que ahora sustentaba el cargo de inspector, dirigiendo las operaciones de la unidad de Boston. Stella siempre había considerado su trabajo seguro. Su máxima aproximación al riesgo eran las entrevistas a algún criminal confeso, esposado, vigilado por dos o más agentes y, si era posible, con rejas de por medio. En los casos en los que participaba en los análisis psicológicos de criminales, como ocurría esta vez, el poder de actuación de los enfermos se limitaba a alzar la voz en las entrevistas, a escupir de lejos o, incluso, a desnudarse frente a ella.
Stella no concebía a un enfermo mental encerrado en una habitación de confinamiento, de la que no había salido en los últimos dos días, asesinando a una joven y enviando el detalle por correo a su progenitor desde setecientos kilómetros de distancia. Escapaba de su lógica.
14 de junio de 1996. Salt Lake
La tienda de licores a la que se dirigían Amanda y su padre estaba ubicada en el bulevar de Saint Louis, entre una quesería y una tienda de ropa usada. La fachada de la licorería, pintada de color verde claro, contrastaba con el amarillo de la tienda vintage y el azul de la quesería. Al llegar a la puerta, Steven se bajó del coche y se dirigió a la entrada:
—Amanda, si quieres espérame en la tienda de ropa. Parece que hay cosas chulas.
—Papá, respóndeme a una pregunta, ¿desde cuándo dices «chulas»?
—Desde que tengo una hija adolescente.
—Pues creo que ya nadie en el universo dice ni «chulo» ni «chula» ni «chulada». Está muy desfasado —exclamó.
—Pues en mi época se decía —se justificó Steven con cara de no entender nada.
—Bah, déjalo, papá. No lo entenderías —respondió Amanda.
—No, venga, explícamelo.
—Pues a ver. En resumen, cualquier palabra que un adulto crea que dice un adolescente está desfasada.
—Vaya —exclamó Steven—. Sigo sin entenderlo.
—Te dije que no lo entenderías.
—Bueno, ya me lo explicarás mejor. Vuelvo en diez minutos. No te despistes, ¿ok?
—¿Puedo entrar contigo? —dijo Amanda.
—¿No prefieres ver la tienda de ropa?
—Prefiero quedarme contigo.
—Pues claro, hija. Pero dime una cosa, ¿seguro que estás bien? Desde que hemos parado en la gasolinera te noto algo preocupada.
—No me pasa nada, papá. Solo que quiero pasar más tiempo contigo —dijo Amanda mientras recordaba la extraña silueta oscura que había visto minutos atrás.
—Está bien, entra conmigo. Pero no toques nada, ¿de acuerdo?
—Prometido —respondió con una sonrisa.
El interior de la licorería era un angosto espacio repleto de repisas con botellas de vino y licores. Desde el exterior daba la sensación de ser un diminuto antro en el que apenas cabían tres personas. Al entrar, Steven golpeó con la puerta a una señora que estaba pagando en la caja.
—Vaya, perdón —se disculpó.
—Nada, no se preocupe, Steven.
Steven se quedó petrificado al escuchar aquella voz ronca pronunciar su nombre. «¿Por qué sabe mi nombre?», pensó.
—Disculpe, ¿nos conocemos?
Amanda aún seguía en el arco de la puerta, y esperaba que su padre avanzara para entrar con él.
—Todo el mundo en este pueblo le conoce, señor Maslow.
—Vaya, no lo sabía.
—Esto es un pueblo pequeño y usted viene desde hace muchos años. La gente ya le conoce, ¿no cree, Steven?
—Bueno, visto así. Disculpe de nuevo mi empujón.
—No se preocupe —dijo la anciana cogiendo su bolsa y disponiéndose a salir.
Al pasar junto a Amanda, la anciana, vestida de negro, se detuvo un segundo, se volvió un poco hacia ella y añadió:
—Adiós, Amanda.
Ella no respondió. No pudo. Su corazón volvió a sentirse igualmente sobresaltado que cuando vio la silueta negra junto a la gasolinera. Dio un par de pasos hacia dentro de la tienda, asustada, sin saludar al dependiente que la miraba.
26 de diciembre de 2013. Boston
—Buenos días a todos —saludó nerviosa Stella—. ¿Se me oye?
Stella dio un par de golpecitos con el dedo índice en el micrófono. Quería comprobar si retumbaban los altavoces que tenía a su lado. Respiró hondo mientras ordenaba los papeles colocados sobre un improvisado atril. La prensa la observaba inquieta. Decenas de cámaras apuntaban directamente hacia ella, con unas diminutas luces rojas parpadeando, señal de estar emitiendo en directo. Esta situación era nueva para la agente. Nunca antes había dado una rueda de prensa ante tantos medios de comunicación. Una vez, justo cuando entró al cuerpo, tuvo que realizar una presentación sobre los criminales más buscados, en la que describía su modus operandi y detallaba pautas para poder encontrarlos, frente a los nuevos miembros del departamento de seguridad nacional del FBI. Estaba tan nerviosa que durante la exposición se bloqueó. Se quedó petrificada, sin saber qué decir sobre el francotirador anónimo que estaba atormentando al estado de Michigan. A pesar de su talento para indagar en la mente de los asesinos, Stella sufría un pánico que la paralizaba en las presentaciones en público. Había probado diversas técnicas para vencer el miedo escénico, y ninguna había dado resultado.
—Buenas a todos —repitió—. En las últimas horas han sucedido algunos hechos que han cambiado radicalmente el rumbo del análisis psicológico.
El mensaje reverberó en los altavoces y la prensa comenzó a murmurar ante estas declaraciones. La mano derecha de Stella, que se encontraba sobre el atril, comenzó a temblar levemente, empujando los folios al suelo. Se agachó rápidamente ruborizada y comenzó a recogerlos. El murmullo se hizo más fuerte. Stella se levantó y miró al frente, intentando buscar un punto lejano en el que concentrarse.
—En estos momentos, el prisionero, cuya identidad aún no ha sido confirmada —continuó Stella—, se encuentra en una celda de confinamiento a la espera de las entrevistas para evaluar su estado mental y entender las motivaciones que lo han llevado a realizar una de las mayores atrocidades que se recuerdan en el estado de Massachusetts. Siguiendo el procedimiento estándar para este tipo de casos, iba a ser el director Jenkins quien se encargaría del análisis psicológico del prisionero, dada su experiencia y su profesionalidad. Después de lo ocurrido esta mañana, el doctor Jenkins no se encuentra en condiciones para realizar esta labor tan intensa.
—¿Qué ha ocurrido esta mañana? —interrumpió un reportero de Fox News .
Stella no sabía cómo responder a aquella pregunta. Meditó durante un par de segundos e intervino:
—El director Jenkins, del que nadie duda su buen hacer y que ha colaborado tan activamente en el esclarecimiento de importantes casos en el país, se encuentra indispuesto y no se sabe cuándo podrá incorporarse de nuevo a sus tareas.
—¿Tiene algo que ver esa indisposición con que la policía y el FBI hayan, literalmente, tomado el centro psiquiátrico?
—No tiene nada que ver con eso —mintió—. El FBI y la policía han optado esta mañana por colaborar en las investigaciones y participar activamente en el caso para esclarecer lo ocurrido con la mayor celeridad posible.
Stella lanzó una mirada a uno de los periodistas que se encontraban con la mano levantada, cediéndole implícitamente el turno.
—¿Cómo es posible que después de dos días, ni la policía ni el FBI sepan quién es el decapitador?
—El decapitador, como ustedes lo llaman, muestra una actitud no colaboradora en el proceso y, por tanto, está dificultando su identificación. La policía, en las doce horas siguientes a su detención, le tomó las huellas, pero no se ha encontrado registro alguno de su identidad. Estamos consultando con las bases de datos internacionales y aún no se ha obtenido ninguna coincidencia. Extrañamente, nadie lo reconoce ni lo ha visto nunca. Es como si no existiese.
—¿Quién se encargará a partir de ahora del análisis psicológico y del curso de la investigación? —preguntó otro periodista.
—Está pendiente tomar esta decisión pero, de momento, seré yo quien dirija el proceso hasta…
La puerta del complejo psiquiátrico se abrió tras Stella. El murmullo de la prensa aumentó su volumen hasta casi convertirlo en el sonido de ambiente de un bar en hora punta. Stella se bloqueó sin saber qué decir. Fijó la mirada hacia un punto lejano e intentó continuar su respuesta.
—La persona…, la persona… Verán…, quiero decir…
El murmullo creció aún más y Stella se quedó aturdida. No podía pronunciar ni una palabra más. Por un momento, la prensa pensó que se desmayaba. El murmullo cesó y los periodistas observaron atentos la mirada perdida de Stella. Una silueta salió del interior del complejo psiquiátrico, causando un aluvión de flashes procedentes de los fotógrafos. La tormenta de luces desconcertó a Stella aún más. En su mente no paraba de recordar al francotirador de Michigan y su ridículo frente al departamento de seguridad nacional del FBI. Sintió que alguien se le aproximaba desde atrás, y notó la presión de una mano sobre su hombro.
—Buenas tardes —dijo el director Jenkins, con aire decidido.
23 de diciembre de 2013. 23.12 horas. Boston
Llevo más de dos horas conduciendo hacia el fin. Hacia mi final. Mirando atrás, no me arrepiento de ninguna de las decisiones que he tomado hasta llegar aquí, hasta este mismo momento. Creo que nadie debería arrepentirse de sus decisiones. Debe aceptarlas, vivirlas, pedir perdón cuando proceda, pero nunca arrepentirse. La vida se compone de momentos fútiles, de insignificantes decisiones tomadas por tu yo particular en cada instante, de manera más o menos meditada, pero siempre es uno quien las toma. Cuando eliges entre tomarte un té o un café no lo haces de un modo puramente consciente, lo decides y ya está, pero, en el fondo, tu subconsciente te recuerda todos esos buenos momentos que has pasado tomando un café o un té con alguien especial, todas esas buenas sensaciones que has sentido con cada té, con cada café, y las reordena y las lanza contra tu mente consciente haciendo que indudablemente elijas ese té, ese café, cada vez que te lo ofrecen. Nadie toma las decisiones por uno mismo. Nadie me ha obligado a hacer lo que voy hacer, pero sí se han dado las circunstancias adecuadas para que mi yo, mi ser, decida acabar con todo hoy.
Han estado viviendo todo este tiempo sin un atisbo de preocupación, arrepentimiento, perdón o redención. No lo puedo permitir ni un segundo más. Este es mi destino. Cumpliré mi objetivo y contaré al mundo mi historia. Amanda se merece que el mundo sepa lo que ocurrió. Dios, cuánto la echo de menos. En mi más profundo ser, pienso que aún puede estar viva, aunque perdí la esperanza hace años. Ojalá pudiera mirarla una vez más. Ojalá pudiera besarla una vez más. Ojalá pudiera rozar su mano una vez más.
14 de junio de 1996. Salt Lake
Al entrar en la angosta licorería, azorada por la ronca y extraña despedida de la anciana, Amanda no hizo otra cosa que plantearse más dudas sobre su presencia en Salt Lake este año. «¿Cómo es posible que esa mujer conozca mi nombre y el de mi padre? ¿Acaso no hay cientos de familias distintas que visitan Salt Lake todos los años? ¿Tiene alguna conexión la nota que encontré con la misteriosa silueta de la gasolinera?». A pesar de no estar completamente segura de que la vigilara, ya que apenas podía visualizar el rostro de la silueta, Amanda estaba convencida de que así era, que aquella misteriosa persona la contemplaba y que, por algún motivo, parecía estar esperándola en aquel punto concreto.
Steven estaba echando un vistazo a varias botellas que se encontraban en una vitrina de cristal donde, al parecer, estaban los jugos más selectos, y a la vez, más caros.
—Amanda, ¿qué te parece el Château Latour de 1987? Creo que no sale mal de precio del todo, y estoy seguro de que a Henry Lafite, de Lafite&Sons Co., le encantará como regalo un vino de su tierra.
Amanda miró a su padre, mientras se debatía internamente entre el miedo y la curiosidad.
—¡Ya sabes que no tengo ni idea, papá!
—Solo quiero saber si la botella te parece elegante.
—No entiendo mucho de vinos, pero ¿eliges un vino por su botella?
—¿Sabes?, hay estudios que demuestran que la gran mayoría de la población es incapaz de decir si un vino es de cartón o es un reserva de varios años.
—Entonces ¿por qué te molestas?
—La botella lo es todo en ese aspecto. Por muy malo que sea un vino, si va bien presentado, si la botella parece antigua, inexplicablemente, al probarlo, a todo el mundo le encanta. No me preguntes por qué, pero lo comprobé en Acción de Gracias.
—¿Serviste vino de cartón en Acción de Gracias?
—Estuve toda la tarde con tu hermana rellenando las dos botellas de vino de Rioja e intentando sellar el tapón de corcho lo mejor que pudimos —dijo Steven con una sonrisa, consciente de la travesura.
Cuando no estaba con Kate, Steven se esforzaba por congeniar con sus hijas. Intentaba hacerlas reír, y disfrutar el poco tiempo libre que tenía con ellas al máximo, a pesar de tener que cumplir con su aspecto de padre responsable y disciplinado.
—¿Y nadie se dio cuenta? Recuerdo que estuvisteis un buen rato hablando de vinos, pero la verdad es que no presté mucha atención.
—A tus tíos les encantó. Es más, me dijeron que era uno de los mejores vinos que habían probado nunca. Creo que desde entonces no paran de comprar vino de Rioja. Incluso el año pasado hicieron un viaje de turismo enológico por España. Ja, ¿te lo puedes creer?
—Ja. Pues creo que al señor… ¿Lápiz se llamaba?, le encantará un buen vino de brick.
—Jaja. Lafite, no lápiz. Y no puedo hacer eso con él. Es uno de los principales clientes del bufete —corrigió—. De todas formas, seguro que ese dependiente, que desde que hemos entrado no ha parado de mirarte, estará encantado de ayudarnos a elegir.
—¿Qué? —exclamó ruborizada.
26 de diciembre de 2013. Quebec, Canadá
La camioneta circulaba a toda velocidad por un estrecho camino de tierra dirección sur, hacia la vía principal que rodeaba el Parque Nacional La Mauricie. Con cada cambio de marcha, el motor retumbaba. La había comprado hacía un par de años, al comenzar su retiro. La parte de atrás aún contenía restos de leña que había comprado al inicio del invierno en un pueblo de la zona.
Era una camioneta Ford roja, medio oxidada por la escarcha y con medio parachoques descolgado. Tomaba cada curva al límite, haciendo saltar al aire los guijarros del camino. Al incorporarse a la vía principal del interior del Parque Nacional, tomó la dirección oeste, bordeando un hermoso lago rodeado de árboles. Su conductor lloraba desconsolado. Con la mano izquierda conducía mientras que con la derecha sujetaba una nota amarillenta que ojeaba cada pocos segundos.
—¿Qué ha hecho esta joven para merecer morir? —repetía murmurando continuamente con un hilo de voz casi imperceptible.
Continuó avanzando por la vía rodeada de árboles hasta llegar a las afueras de Quebec. Entre llantos, el conductor detuvo la camioneta en una ruinosa gasolinera que había sido testigo de una mejor época. Se puso la capucha de la sudadera y entró en la tienda empujando enérgicamente la puerta.
—Cuarenta dólares de gasolina, por favor —dijo el encapuchado al joven dependiente. Su voz denotaba tristeza, hastío, pesadumbre y sufrimiento. Era como si no hubiera nada dentro de aquella voz ronca y casi anciana, que alguna vez, tal vez, fue feliz.
—¿Quiere el periódico de hoy? Lo regalamos con cada repostaje mayor de treinta dólares —respondió el dependiente sin mucho ánimo de que su propuesta fuera a ser aceptada.
El hombre encapuchado dejó los cuarenta dólares encima del mostrador y salió sin mediar palabra. Se acercó a la cabina telefónica que se encontraba a un lado de la zona de surtidores, descolgó el teléfono e introdujo varias monedas. Al marcar, sus lágrimas aparecieron de nuevo. Respiró hondo, cerró los ojos y se puso el auricular en la oreja.
Una voz serena respondió inmediatamente.
—904 de la séptima avenida. Piso sexto E —pronunció la voz al otro lado del auricular.
La figura encapuchada colgó y se dirigió de nuevo a la camioneta con la cara cubierta de lágrimas. Miró atrás, a la cabina, y se detuvo. Se quedó durante varios segundos observándola. Se acercó de nuevo a ella, sacó las monedas que había devuelto y las volvió a introducir. Levantó el auricular y marcó un teléfono.
Tras unos segundos, el primer tono sonó. Respiró hondo de nuevo. El segundo tono. Contuvo la respiración, sabía que se aproximaba el momento. La persona al otro lado descolgaría el teléfono y ya no habría vuelta atrás. El tercer tono. «Vamos, cógelo, por favor», pensó. Cuarto tono. «Venga, por favor». Quinto tono. Se alejó el auricular de la oreja y se dispuso a colgar el teléfono, cuando de pronto escuchó de lejos:
—¿Sí? ¿Quién es?
Rápidamente, el hombre se acercó de nuevo el auricular a la oreja y escuchó:
—¿Hola? ¿Hay alguien? —decía una voz femenina.
Las lágrimas volvieron a salir de sus ojos marrones. Contuvo la respiración, mientras oía la voz al otro lado del teléfono.
—¿Eres tú? Por favor, si eres tú, dime algo. Solo necesito saber que estás bien.
Respiró profundamente y se dispuso a hablar, pero no pudo. El nudo en su garganta, provocado por tanto sufrimiento, bloqueó cualquier palabra que pretendiera atravesar sus cuerdas vocales. Desde el otro lado, solo pudo oírse un pequeño llanto, seguido de algunos resoplidos.
—Por favor, Steven, sé que eres tú. Vuelve a casa —imploró Kate al teléfono.
Reunió fuerzas, tragó saliva y con la garganta entrecortada dijo:
—Pronto terminará todo.
Y colgó, antes de que Kate pudiese decir nada.
26 de diciembre de 2013. Boston
Una vez terminada la rueda de prensa, el director Jenkins y Stella entraron de nuevo en el edificio. Las hombreras de la bata blanca del director se habían mojado durante la rueda de prensa. Una vez dentro, Stella se aproximó a él mientras caminaban por uno de los pasillos principales dirección a su despacho.
El director andaba con la mirada al frente, sin apenas percatarse de la presencia de Stella, como si el mundo hubiese desaparecido alrededor de él, y solo quedase el camino que tenía por delante hacia su despacho.
—Lo siento mucho, doctor Jenkins —lamentó Stella.
Transcurrieron varios segundos hasta que el director respondió a aquella muestra de afecto.
—¿Qué siente? —dijo el director sin dirigirle la mirada a Stella.
—Siento muchísimo lo que le ha ocurrido a su hija. Aún no me lo puedo creer.
—Yo también —respondió sin pestañear.
—Veo que es usted una persona muy fuerte.
—Tengo muchas preguntas que resolver. Demasiadas. Y necesito respuestas. Podría pasarme los próximos meses en casa, llorando desconsolado mientras usted, o cualquier otra persona, se encarga de este caso. Pero hay algo dentro de mí que me dice que ya tendré tiempo de llorar. Que no puedo dejar la responsabilidad de la muerte de mi hija en manos de cualquier otra persona. Debo encargarme yo.
—Yo también quiero que ese hijo de puta pague por lo que ha hecho y acabe entre rejas el resto de su vida. Le honra muchísimo su actitud. Es impresionante la rapidez con la que ha asumido lo ocurrido.
—No lo he asumido. No quiero asumirlo. Es la desgracia más grande que le puede pasar a una persona.
—Pues si no lo ha asumido, parece decidido a hacerlo.
Stella seguía absorta mirando al director. Después de una tragedia de este calibre, en apenas unas horas había recuperado la compostura. Tal vez se trataba de un escudo mental, de una prisión imaginaria que mantendría cautivos sus sentimientos.
—Estoy decidido a saber el porqué. Por qué ha tenido que morir mi hija.
—Ni siquiera sabemos si ha sido él, aunque la verdad ¿quién ha podido ser si no? Pero ¿cómo? Ha estado aquí todo el tiempo desde ¿hace cuánto? ¿Dos días? —incidió Stella.
—Sé que no ha sido él. Pero tiene que haber alguien más. No me compete esa parte de las investigaciones, para eso ya está su unidad. A mí me compete saber qué piensa, cómo actúa, por qué lo hace y, llegado el caso, si está suficientemente cuerdo para pasar toda la vida en la cárcel.
26 de diciembre de 2013. Boston
El director pidió a uno de los celadores que prepararan al prisionero en una de las salas de evaluación psicológica. Estas salas contaban únicamente con una silla atornillada al suelo en el centro de la habitación, una mesa sin cajones tamaño escritorio y un par de sillas acolchadas.
Al cabo de un rato, el celador volvió y le informó que ya estaba todo listo, que el prisionero se encontraba esperándolo en la habitación 3E.
—Stella, supongo que querrá acompañarme.
—Por supuesto, doctor.
—No creo que consigamos nada. No ha hablado desde que ha llegado, pero tenemos que empezar con el procedimiento. He recibido una llamada del juez que lleva la instrucción del caso y me urge a presentar el análisis psicológico lo antes posible, aunque se lo presente fundamentado sobre mis impresiones, y no sobre sus palabras y pensamientos.
—¿Cómo evaluar si una persona está cuerda o no, si no habla? —preguntó Stella perspicaz.
—El análisis de su actitud debería ser el primer paso, aunque no sabría muy bien cómo continuar.
—Quizá pueda convencerlo para escribir.
—Que una persona no hable no significa que no pueda gritar, ¿sabe?
—¿En qué está pensando, doctor?
—Supongo que sabe lo que son los electroshocks. No está demostrada su efectividad como tratamiento de ningún tipo de enfermedad mental, bueno, a excepción de la hiperagresividad, pero sí está demostrada su efectividad como amenaza.
—¿Piensa someterlo a electroshocks si no habla? Es ilegal y podría perder su carrera, doctor.
—Stella, estaba conmigo cuando recibí el paquete. Cuando abrí la caja. Parece que ya se le ha olvidado. No sé si ese hijo de puta ha sido quien ha asesinado a mi hija. No sé tan siquiera cómo lo podría haber hecho, pero lo que sí sé es que ese hombre, loco o no, sabe lo que le ha ocurrido y tiene algo que ver. Pienso someterlo a electroshocks, hable o no. Necesito saber que cuento con usted para esto —argumentó el director.
En el fondo algo había cambiado en él. Su actitud en el centro, a pesar de su evidente autoridad y la disciplina que impartía entre el personal, siempre había sido ejemplar. Cumplía con su horario, con cada protocolo, con cada procedimiento. Cuando se inició en el mundo de la psicología, y antes de que se lanzara su carrera como uno de los mejores psicólogos del país, se prometió que cambiaría algunos de los procedimientos en el mundo de la psicología. Era un momento en el que se había modificado el estándar que definía las enfermedades mentales y los métodos para su diagnóstico. La modificación de la normativa conllevó el aumento del número de personas declaradas mentalmente enfermas y se había abierto barra libre en la dispensación de antidepresivos. Su carácter meticuloso y preocupado permitió que ignorara esas tendencias y realizara una labor ejemplar al frente de varios centros psiquiátricos. Nunca se había saltado una norma, y ahora pensaba arriesgar su carrera como psicólogo por un enigmático interno, que había llegado de rebote al centro, y que seguramente tendría que ver con la muerte y decapitación de su hija.
—Puede contar conmigo, pero piénselo bien, su carrera como psicólogo estará sentenciada si sale a la luz.
—Ya lo he perdido todo, Stella.
El director sacó de su bolsillo la nota que aún guardaba con el nombre de su hija. Había conseguido esconderla de la policía científica que se encontraba en el despacho analizando la caja minuciosamente. Stella se fijó en ella y siguió al director por el pasillo camino a la sala donde se encontraba el prisionero.
—Debería entregar eso a la policía científica. Podría ayudar a esclarecer los hechos.
—La daré luego. Ahora quiero que el prisionero la vea. Tengo que conseguir que hable como sea.
Se acercaron a la sala 3E. La puerta de hierro blanca era exactamente igual a las otras que había a su alrededor. Junto a la puerta se encontraban dos enfermeros que saludaron al director cuando se aproximaba con Stella.
Antes de abrir, el director se detuvo un segundo frente a la puerta. Respiró hondo y cerró los ojos, intentando olvidar lo que sentía. Stella se quedó un paso por detrás de él, y durante un segundo dudó sobre si quería ver o no al hombre que probablemente fuera el culpable de la muerte y decapitación de dos personas. Una de ellas desconocida; otra, la hija del director.
El director miró a Stella y abrió, entrando sin dudarlo un segundo más.
El prisionero se encontraba sentado en una silla de hierro, maniatado a cada uno de los brazos con unas correas. Miraba cabizbajo la mesa que tenía justo delante y ni siquiera se percató de la entrada del director con Stella.
El director se sentó e instó a la agente a hacerlo también. Mientras se acomodaba en silencio, mantuvo su mirada en el prisionero, sin apartar la vista, buscando un encuentro directo con él, como tantas otras veces había hecho con otros internos. El prisionero ni se inmutó. Seguía mirando cabizbajo la mesa.
—Supongo que sabrás por qué estoy aquí —dijo el director.
El prisionero continuó mirando hacia abajo sin hacerle caso.
—¿Me oyes?
El prisionero suspiró durante un segundo. Levantó su mirada azul y sonrió. Mantenía una actitud relajada. Su perfecta sonrisa de dientes blancos impactó a Stella, que se sorprendió al ver por primera vez la mirada del prisionero.
—Veo que me oyes. Escúchame, necesito que hables. Si no lo haces, pasarás el resto de tu vida en una cárcel, donde te aseguro que serás muy famoso. El último interno que tuvimos, y que acabó en la cárcel, se suicidó a los tres días.
El prisionero miraba intensamente al director, sin pestañear. Su sonrisa había dado paso a una faz seria.
—Verás —interrumpió Stella—, hace falta que nos cuentes cómo te sientes, qué te ha llevado a asesinar a esa joven.
El prisionero la ignoró. Continuaba absorto mirando fijamente al director.
—¿No piensas hablar? —añadió el director con aire amenazador—. Este centro es uno de los pocos del país que sigue contando con un equipo para la práctica del electroshock. Hace algo más de tres años que no lo usamos, y creo que no viene mal revisar si el equipo sigue funcionando correctamente.
El prisionero sonrió y, para sorpresa de la agente Hyden y del doctor, dijo:
—Siento que su hija haya tenido que morir, doctor Jenkins.
La mirada amenazante del director cambió en un instante a una expresión de miedo. La agente Hyden recuperó la sensación de terror que había sentido hacía apenas unas horas. La voz del prisionero era algo ronca, acompañada de una vibración que recorría la sala. Era la primera vez que hablaba desde su detención y al director le sorprendieron esas primeras palabras. Tras varios segundos en los que el director mantuvo un debate interno, preguntó:
—¿Cómo lo sabes?
El prisionero cambió su expresión, denotando su pesar hacia el director. Durante unos momentos, continuó mirándolo, haciendo caso omiso a su pregunta. Lo miraba con una expresión de entendimiento, pero a la vez desafiante.
—¿Cómo sabes que ha muerto mi hija? —repitió.
—Hay pocos motivos por los que un hombre como usted se derrumba de esa manera ante una puerta de hierro.
Las palabras del prisionero le impactaron. En cierto modo, para él no cabía duda de que ese hombre era inteligente. Stella contemplaba la conversación sin entrometerse. Sentía que sobraba en aquella sala. Estaba a punto de librarse una batalla de egos y no quería formar parte de ella.
—Dime que no tienes nada que ver con la muerte de mi hija.
—Siento mucho la muerte de Claudia.
El nombre de Claudia reverberó en la habitación. El director se levantó de la silla, soltó su libreta y se acercó agachándose hasta estar a apenas cincuenta centímetros del prisionero. Lo miraba fijamente a los ojos azules mientras este mantenía su cabeza alta. No había ningún signo de arrepentimiento en él. Solo una actitud de indiferencia frente a la mirada amenazadora del director.
—¿Cómo sabes su nombre? —exclamó sorprendido.
—Lo siento mucho.
—Dime por qué ha tenido que morir Claudia —gritó el director perdiendo los nervios.
Desde que se derrumbó junto a la puerta, había permanecido callado, llorando en una de las salas que había reservadas para el personal, mientras el FBI y la policía registraban y estudiaban minuciosamente el despacho y el resto de paquetes que había recibido. Habían estado analizando durante varias horas la caja en busca de huellas y restos de ADN. No habían encontrado absolutamente nada. El paquete que contenía el macabro regalo era una caja estándar (sesenta de largo por cincuenta de ancho por cuarenta de alto) que se vendía en todas las oficinas postales de Estados Unidos y Canadá. La bolsa de plástico en la que se encontraba la cabeza era una bolsa de envasado al vacío con cierre hermético que daban de regalo en los principales supermercados del país para el almacenaje de fruta. En la bolsa no había ni huellas ni rastros de cualquier otro tipo que pudieran ayudar a esclarecer quién había sido. La única pista que existía era el sello de una oficina postal de Quebec, pero según el FBI servía de poco, ya que allí había más de trescientas oficinas postales. El paquete no incluía ningún número de seguimiento, por lo que era imposible rastrear por dónde había pasado antes de llegar a su destino. Cuando el FBI se acercó a la habitación para contarle al director los pocos avances que habían conseguido y las escasas pistas que tenían, este los echó a gritos tachándoles de incompetentes. Se dijo a sí mismo que esa sería la última vez que perdería los nervios, que sería él el encargado de esclarecer por qué había tenido que perder a su hija, y fue entonces cuando se dirigió al exterior del centro psiquiátrico para tomar el control de la rueda de prensa.
—¿Qué prefiere? ¿Saber por qué ha muerto Claudia o saber por qué sé su nombre?
Stella agarró el brazo al director, en un intento de calmar la tensión que estaba acumulando. Se acercó al oído y le susurró algo. Momentos después salieron de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Una vez fuera, el director argumentó:
—No me pasa nada, Stella. Ese hombre está jugando conmigo. ¿Acaso tengo que tranquilizarme cuando menciona a Claudia?
—Supongo que entenderá que no debo dejarle cometer ninguna estupidez. Está jugando con usted y quiere irritarlo. Tal vez no sea usted la persona indicada para hablar con él.
—Si piensa que voy a dejarla al cargo del análisis psicológico, está claro que debería estar interna.
—No pienso que deba dejarme a mí al cargo. Solo pienso que usted está afectado por la muerte de su hija y que tal vez su evaluación va a estar condicionada por su estado.
—Ese demente lo había planeado de antemano. Sabía que sería yo quien llevaría el caso y sabía que si quería dejarme fuera de juego tenía que golpearme donde más daño se le hace a una persona. En sus seres queridos. En mi caso, en mi hija. No pienso dejar el proceso. Claudia se merece que haga esto por ella.
Por un momento, al director se le saltaron las lágrimas. Stella lo observó consternada y no supo cómo reaccionar. Se quedó mirándolo compasiva.
—Estoy solo. No me queda nada —dijo el director apenado—. Mi mujer desapareció hace diecisiete años, a los pocos meses de nacer mi hija. No sé qué le pasó, todavía es un misterio para la policía. Lo peor de perder a alguien no es saber que ha muerto, sino no saber qué ha ocurrido: si sigue viva, si le ocurrió algo, si se fue con otro. Al menos me dejó a mi hija. Lo mejor que me ha pasado en la vida. Durante todos estos años la crié yo solo, ¿sabe? Se llama Claudia. Se llamaba —se corrigió—. Dios, qué difícil va a ser esto. Estaba a punto de terminar el instituto y quería estudiar veterinaria. No me acostumbraré nunca a esta pérdida. Se llamaba Claudia y ahora ya no está.
Al director empezaron a fallarle las piernas y tuvo que sentarse en uno de los bancos azules que estaban junto a la pared. Stella se acercó y lo abrazó, rodeándolo con sus delgados brazos. No hacía ni medio día que había conocido al director, un tipo implacable y con una personalidad inquebrantable, y ahora se encontraba hundido en sus brazos en la más absoluta oscuridad. Su reaparición frente a la prensa no fue más que un espectáculo para tranquilizar a las masas. En aquel momento el director sabía que había sucumbido, que había perdido la batalla y que a no ser que fuera capaz de aguantar el primer envite de su encuentro con el prisionero, habría perdido para siempre.
—Doctor Jenkins, creo que será mejor que hoy se tome el día libre —añadió Stella—. Solo hoy. Déjeme a mí entrevistarme con él a solas. Tal vez salgamos de esta conversación en círculos en la que él se disculpa y usted lo amenaza.
—No puedo hacer eso, Stella —respondió el director entre lágrimas.
—Hágame caso. Váyase a casa, relájese hoy y venga mañana. Le vendrá bien salir de aquí.
—Tengo que hablar con él. Quiero que me lo explique todo.
—Yo me encargaré. Si para mañana no he conseguido nada será usted quien se encargue del proceso y no me entrometeré en sus métodos.
El director levantó la mirada hacia Stella. Sus ojos estaban cargados de resignación. En el fondo sabía que la agente Hyden tenía razón y que quizá lo mejor sería volver al día siguiente, después de haber asimilado mejor lo sucedido.
—Está bien —dijo.