Unas palabras de bienvenida
No es casual que tengas este libro en tus manos. Siempre he pensado que las personas, los libros y las experiencias nos llegan y aparecen en nuestra vida justo en el momento oportuno: cuando realmente estamos preparados para recibirlos.
Quizá tengas curiosidad por saber en qué consiste la crianza consciente que divulgo y promuevo. Puede que ya practiques o hayas oído hablar sobre la crianza respetuosa, de apego o natural, aunque mi mensaje y mi mirada van mucho más allá. Es vital tomar conciencia de nuestra propia historia personal y también de cómo nos afecta a nosotros lo que les pasa a los niños. Aquello en lo que tanto nos cuesta acompañar y sostener emocionalmente cuando estamos con ellos es precisamente lo que más nos faltó a nosotros de pequeños. Tal vez sientas que la relación con tus hijos no es como te gustaría que fuese, notas que necesitas revisar algo y que es el momento de empezar a hacer cambios. Siéntete bienvenida/o independientemente de la razón que te ha traído hasta aquí. El lugar donde cada uno de nosotros está ahora es perfecto y legítimo.
Concibo la crianza consciente como un largo camino por el que vamos avanzando día a día; tenemos claro dónde nos gustaría llegar, pero no es un trayecto en línea recta. No importa en qué tramo nos encontremos ahora, lo esencial es que tomemos la dirección correcta y que seamos conscientes de que en este momento solo podemos (y debemos) seguir avanzando. Deseo que la lectura de Dar voz al niño sea una gran zancada en esta andadura, que te mueva emocionalmente y te inspire para conocerte un poco más, para explorarte, para transformarte e incluso para sanarte al dar y ofrecer a los niños de tu vida lo que quizá nunca recibiste en tu infancia.
Como ves, el propósito de este libro es muy ambicioso. Pretendo que ahorremos tiempo a la hora de recorrer el camino necesario para llegar a ser el padre o la madre que nuestros hijos necesitan. No se trata de hacerlo mejor ni peor que nuestros padres o nuestros abuelos. Simplemente propongo llevarlo a cabo teniendo en cuenta la verdadera realidad infantil, la verdadera naturaleza humana. Para ello, debemos tomar conciencia de todo aquello que legítimamente necesitábamos y merecíamos, pero que lamentablemente no pudimos obtener de nuestros padres ni demás adultos de nuestra vida.
La crianza consciente no va de consejos, tips o simples herramientas, ni de querer cambiar o controlar el comportamiento de los niños, sino el nuestro. La crianza consciente es el vehículo para poder sanarnos. Estamos criando, educando y sanando a la vez. No se trata de QUÉ hacer, sino de cómo SER con los niños para poder mejorar el vínculo afectivo con ellos. La crianza consciente, a la cual di nombre en 2010 y que divulgo, consiste en comprender por qué nos cuesta tanto ofrecer a los niños lo que necesitan satisfaciendo, acompañando y validando en la medida de lo posible sus necesidades y ritmos biológicos. Mirar y sentir a los niños desde este lugar neutral y empático quizá no sea fácil, ya que muy pocos hemos sido tratados de esta forma. Dar lo que no se tuvo duele y cuesta mucho darlo emocionalmente hablando. La infancia es la etapa más corta en la vida de un ser humano; no obstante, esos primeros años nos marcarán, guiarán y dejarán huellas o cicatrices para el resto de nuestra existencia, aunque no seamos conscientes de ello. Es durante estos años cuando más vulnerables somos y más cuidado y amor precisamos para sobrevivir y así convertirnos en la persona que verdaderamente hemos venido a ser. Al conectar con esta información, hoy podemos conocer mejor nuestra verdad para romper muchas cadenas transgeneracionales y cambiar el final de muchas historias.
Necesito poner de manifiesto que, en ocasiones, lo imposible es posible, que muchas experiencias ordinarias son simplemente extraordinarias. Yo soy una madre que de niña, adolescente y joven adulta tuvo que luchar contra un destino trágico. Tras superar y elaborar todo ese sufrimiento, logré cambiar el curso de mi vida poniendo mi experiencia profesional y personal —junto con mi propio proceso de superación personal— al servicio de los demás, en particular de mis tres hijos y mi pareja. Poder llegar a dar a Ainara, Urtzi y Naikari lo que yo nunca recibí de mis padres me sanó y, por ello, prometí compartirlo. Sin duda, para mejorar y cambiar el mundo en una sola generación necesitamos empezar por casa, por los nuestros, por revisar cómo nos relacionamos los unos con los otros en nuestros ámbitos más íntimos y reducidos. Especialmente, debemos observar cómo nos relacionamos con los niños, cómo los estamos criando y educando. Si cada adulto que trata con niños pequeños o adolescentes tuviera el propósito de conseguir relaciones más amorosas y pacíficas, permitiríamos que estos llegaran a convertirse en quienes han venido a ser —liberándoles de nuestros juicios, críticas, expectativas y necesidad de control y poder—, estoy convencida de que en tan solo una generación podemos cambiar y mejorar el mundo simplemente amando más y mejor a todos los niños de nuestra vida. Si a todos ellos los respetamos, escuchamos y amamos como legítimamente necesitan, ya no tendrían la necesidad de amenazar, someter, abusar, ejercer el poder, crear guerras, ser vengativos… Solo con amor y respeto podemos crear un mundo mejor.
El cambio colectivo y social siempre comienza con el cambio individual. La sociedad no es más que el reflejo de lo que pasa o pasó en cada hogar. En este sentido, el libro que tienes en las manos es provocador, ya que propone explorar nuestra historia personal para llegar a comprender por qué tenemos tantas reacciones emocionales automáticas, viejas creencias que nos limitan y viejos patrones de comportamiento que seguimos perpetuando de generación en generación. En definitiva, se trata de salir de nuestra zona de confort, de sentirnos muy incómodos en ocasiones y muy probablemente con unas ganas tremendas de empezar a hacer las cosas de otra forma. A veces será necesario sentirnos lo bastante incómodos para tomar la decisión de querer cambiar y transformar nuestra vida y nuestra manera de relacionarnos con los niños y demás personas. Quienes nos atrevemos a tomar caminos y decisiones diferentes también obtenemos resultados diferentes. Quienes hacemos cosas extraordinarias obtenemos resultados extraordinarios.
Me gustaría pedirte que mientras leas los capítulos de este libro seas muy consciente de qué te pasa a ti por dentro emocionalmente hablando, qué piensas y qué sientes cada vez que algo te resulte nuevo o diferente. Fíjate en si lo aceptas como verdad, si lo cuestionas, lo juzgas, lo criticas, lo niegas, si conectas, si te inspira o si te resuena. Intenta no intelectualizar solo toda la información. Te invito a bajarla al sentir, a dejarte llevar por tu registro interno y preguntarte si tiene sentido para ti o no. Para poder cambiar ciertas actitudes, necesitaremos primero tomar conciencia de las creencias más limitantes que las alimentan, cuestionarlas y reconocer nuestras propias vivencias infantiles. Primero necesitamos dar voz a los niños que todos fuimos una vez para luego poder conectar, sentir y dar voz a los niños de nuestra vida. Esa voz que nos faltó en la infancia es lo que más nos impide hoy poder escuchar la de nuestros hijos y demás niños. Nuestra verdad puede doler, pero esta no es buena ni mala, simplemente es la que es y aceptarla nos liberará y nos permitirá sanar y transformarnos gracias a nuestra toma de conciencia, nuestras nuevas decisiones, nuestro compromiso y, finalmente, nuestra toma de acción. Te invito a subrayar, tomar notas, marcar con colores, dibujar… las ideas que te remueven, que te crean resistencia, las que te apasionan. Es fundamental que hagas tuyo el libro y pases cada palabra por tu registro interno, tu sistema de pensamiento y por todo tu ser para que tengan sentido para ti.
No es tarea fácil criar a nuestros hijos bajo los valores y principios de la crianza consciente, ya que probablemente muchos de nosotros no recibimos ese trato, ese respeto, esa escucha, esa mirada, esa atención y ni mucho menos la presencia de nuestra madre. Seguramente, en ese camino encontraremos cuestas, pero también descensos, y en ocasiones nos sentiremos muy solas o muy solos. Por ello, Dar voz al niño está preparado para usarse a modo de consulta en momentos difíciles. Si sientes que vuelves a patrones antiguos, pierdes el control, sigues teniendo reacciones emocionales automáticas…, no dudes en releer capítulos para empoderarte y reconectarte de nuevo. Es probable que ante una situación de conflicto o desafiante, compruebes que intelectualizar y leer no es suficiente (ya he comentado que es necesario bajar al sentir todo lo intelectualizado: cada palabra, cada frase, cada idea). El libro cuenta con varios ejercicios prácticos con el fin de inspirarte y acercar la crianza consciente a tu día a día. Cortar la cadena transgeneracional requiere de trabajo personal, confrontación con nuestro pasado y una gran responsabilidad. Se necesita tiempo y práctica, pero con amor todo se puede. Todas y todos tenemos la capacidad de cambiar, mejorar, transformar e incluso sanar nuestra vida y nuestras relaciones.
Mi gran esperanza es que, poco a poco, en esta generación y la próxima, muchos tomemos conciencia de que un cambio de paradigma en la crianza actual no solo es posible, sino urgente. Hacer las cosas desde otro lugar más amoroso y respetuoso es posible. Solo necesitas tomar una decisión consciente ahora mismo y responsabilizarte. ¿Quieres llegar a ser la madre o el padre que tus hijos necesitan? Yo sí, hace años decidí anteponer la relación con mis hijos y mi pareja a todo lo demás; me comprometí con que la paz, la armonía y el amor reinaran en mi vida y en mi hogar la mayor parte del tiempo. Por este motivo escribo, comunico, comparto y divulgo todo lo que yo misma necesito seguir practicando, aprendiendo y recordando cada día de mi vida. Mi mayor deseo y propósito de vida es que al leer este libro a ti también te ayude e inspire. Recordemos que amar más y mejor a los niños es una decisión que podemos tomar cada día de nuestra vida.
Gracias por estar aquí
Yvonne Laborda
Introducción
¿Realmente crees que has elegido pensar y creer que los niños necesitan tantos límites arbitrarios, órdenes, ser castigados o premiados? ¿O que si les respetas abusarán de ti? ¿De dónde vienen tus creencias basadas en la mano dura, los gritos y las amenazas en la crianza?
La verdad es que no hemos escogido, nos hemos dejado llevar sin pensar y sin cuestionarnos casi nada. Si de niños no pudimos decidir ni teníamos voz, de adultos seguiremos igual. Si piensas de esta forma es porque mucha gente a tu alrededor aún piensa y actúa así, y porque tu madre y tu padre pensaban y siguen pensando y actuando del mismo modo. Lo que sucede es que no tienes otro ejemplo: no hemos vivido ni visto otro modelo de crianza. Aquel era nuestro escenario de infancia, pero si hubiese sido distinto, nuestra realidad sería muy diferente.
Imagina a un adulto que de niño no fue castigado ni amenazado, sino escuchado: un adulto al que de niño se le habló con respeto, se le tuvo en cuenta, se le permitió tomar decisiones y elegir. ¿Crees que una persona que ha tenido estas vivencias optaría por castigar, premiar, amenazar, pegar, gritar, no escuchar o no respetar a sus hijos o a los demás niños? Personalmente, pienso que no.
Me gustaría pedirte que leas con atención los siguientes puntos y revises tus respuestas, escríbelas si así lo sientes.
• ¿Por qué solemos pensar que el problema siempre es del niño en lugar de revisar qué responsabilidad tenemos nosotros ante su malestar o su comportamiento?
• ¿Por qué respetar, escuchar, complacer y sentir emocionalmente a un niño se considera y se confunde con malcriar? ¿De quién hemos aprendido a pensar así? ¿Quién nos ha tratado de esta forma?
• ¿Por qué a la mayoría de los adultos les sale de manera natural y automática castigar, premiar, criticar o amenazar a los niños? ¿Por qué necesitamos usar el poder y el control sobre ellos?
• ¿Por qué nos cuesta tanto ser pacientes, amables y respetuosos con ellos?
• ¿Por qué casi siempre nos ponemos del lado del adulto y no del niño cuando hay malestar o se produce un conflicto?
La vivencia infantil de cada niño demuestra que aún estamos muy lejos de respetarlos, tratarlos y amarlos como legítimamente merecen y necesitan. Considero que ha llegado el momento de cuestionarnos qué hacemos con los niños de nuestra vida: cómo los criamos y educamos, con qué objetivo, desde dónde lo hacemos y por qué es así. Es el momento de detenerse, tomar nuevas decisiones importantes y responsabilizarnos. Si quieres cambiar o simplemente mejorar la forma de relacionarte con los niños de tu vida, empieza ahora mismo: ¿qué deseas que tus hijos recuerden y cuenten de su infancia y su relación contigo?
¿Qué deseas que tus hijos recuerden y cuenten de su infancia y su relación contigo?
Mediante la crianza consciente te propongo criar desde otro lugar, teniendo en cuenta la verdadera realidad infantil, la verdadera naturaleza humana. Y no se trata de una moda o una invención moderna ni algo alternativo porque, en verdad, la crianza consciente siempre ha estado ahí. Yo simplemente la bauticé así en 2010 para poder reconocer el verdadero diseño humano. Siempre hemos necesitado lo mismo como especie, pero lo hemos olvidado. Se trata de conectar emocionalmente con el niño, tan solo sintiendo su experiencia real infantil dejando de lado nuestra interpretación de los hechos.
Los niños resultan perfectos tal y como son, están absoluta- mente conectados con su verdadero ser esencial. Somos nosotros, los adultos, quienes nos hemos desconectado hace mucho tiempo y nos cuesta aceptarlos de manera natural, y por ello nos empeñamos en moldearlos, corregirlos o combinarlos. Siempre contamos con razones para no respetar lo suficiente sus necesidades y ritmos: nos justificamos con el trabajo, el colegio, los horarios, el qué dirán nuestros familiares o amigos. Vamos muy errados al haber naturalizado muchos hábitos y costumbres alejadas de nuestra verdadera esencia, y no nos damos cuenta de que nos hacemos daño cuando nos tratamos de una forma opuesta a nuestra naturaleza: estamos diseñados para amar y ser amados.
Si ponemos nuestra mirada tan solo en su comportamiento, en lugar de en su sentir o en su ser, no podremos darles voz ni amarlos incondicionalmente. Parece que únicamente nos preocupa cómo se comportan y nos olvidamos de que actuamos según nos sentimos. ¿Qué entendemos por amar desde la crianza consciente? Amar es respetar, acompañar, complacer, escuchar, guiar, inspirar, proteger, estar presente, validar, nombrar, sentir y dar voz a nuestros hijos. De hecho, el amor incondicional es lo que todo ser humano necesita para poder ser libre y así convertirse en la persona que ha venido a ser. Y la triste verdad es que hay muchas ocasiones en las que sí podríamos ofrecérselo; sin embargo, elegimos no hacerlo
¿Qué entendemos por amar desde la crianza consciente?
Satisfacer la demanda del niño nos será más difícil y doloroso según el grado de vacío emocional del que provengamos, ya que estaremos más conectados con nuestra necesidad que con la suya. En Dar voz al niño te presento mi visión de la crianza consciente, tomando conciencia de nuestra incapacidad de dar y amar. Lo que me transformó y después se convirtió en mi pasión y vocación fue darme cuenta de que el hecho de que la crianza deba ser respetuosa, natural o de apego, etc., no es lo importante, sino que va muchísimo más allá. Y ese algo que transciende a los hábitos que practicamos es la conciencia que tenemos de todo aquello que nos pasa (emocionalmente hablando) cuando criamos a nuestros hijos y de lo que les pasa a ellos cuando nosotros no estamos emocionalmente bien. De cómo nos ahoga ofrecerles nuestra presencia, de cómo nos alteramos cuando nuestros pequeños no tienen su necesidad motriz satisfecha y empiezan a moverse más de lo que podemos sostener, de a partir de qué momento somos una madre autoritaria, controladora o abusiva. Con todo, lo importante no es eso que nos pasa, sino cómo lo vivimos y qué hacemos con ello.
Sanar nuestra herida primaria de la infancia es posible si tomamos conciencia de nuestras propias vivencias infantiles no resueltas, nuestros introyectos, patrones y nuestras creencias más limitantes. Conectar y sentir al niño que fuimos será el primer paso para poder sentir hoy más y mejor a nuestros hijos y demás personas. Comprender y sanar requiere de una gran toma de conciencia y aceptación de nuestra verdad. Esta es mi propuesta para vivir bajo los valores y los principios de la crianza consciente: hacer un trabajo personal profundo y honesto que solamente algunos adultos estamos dispuestos a enfrentar, ya que duele reconocer que quizá nuestra infancia no fue todo lo feliz que creíamos. Esto puede ser muy duro de admitir, pero la verdad, como ya he comentado, no es ni buena ni mala, simplemente es la que es. La verdad sana, aceptarla es lo que nos liberará de todas esas reacciones emocionales automáticas que aún tenemos y que tanto nos impiden llegar a ser la madre o el padre que nuestros hijos necesitan.
Nuestra falta de mirada hacia los niños, de control ante muchas situaciones, genera malestar en ellos y perpetúa precisamente aquellos comportamientos que tanto nos molestan. Es nuestra responsabilidad entender por qué nuestro hijo hace lo que hace: la causa originaria del malestar que provocó tal actitud y la necesidad no satisfecha que hay tras ello. No se trata de ser perfectos, sino ser honestos, de tener la capacidad y la madurez emocional suficientes para nombrar aquello que nos pasa a nosotros para poder liberar a los niños de toda culpa. Es vital observar, dar, satisfacer y amar a cada niño tal y como él lo manifiesta y necesita. Lo que les hacemos a los niños, cómo les tratamos y hablamos es nuestra responsabilidad. Ellos nunca son responsables de lo que un adulto les hace.
Podemos llegar a sanar nuestras heridas pasadas al tratar a los niños de nuestra vida como nos hubiese gustado que nos trataran a nosotros. Démosles todo el amor incondicional, la presencia y la mirada que a nosotros nos faltó y cambiemos el final de su historia. Empecemos a hacer algo por y para ellos con el fin de que se sientan mejor y nunca tengan que perpetuar los mismos comportamientos.
Desde que conecté con mi mayor propósito de vida (que es inspirar, compartir, divulgar y ayudar compartiendo mi saber, mis investigaciones, mis aprendizajes, mi visión, mis conocimientos, mis experiencias con la crianza consciente y, sobre todo, poniendo mi proceso de superación personal al servicio de los demás), trabajé para poder ofrecer un mensaje claro, accesible e inspirador que ayudara no solo a mejorar el vínculo afectivo con los niños de nuestra vida, sino también a mantener dicho vínculo o a crearlo si nunca lo tuvimos. Mi mensaje nos ayudará además a corregir y transformar, e incluso usar a nuestro favor, todos aquellos errores que hayamos cometido en el pasado tanto en los hogares con nuestros hijos como en la escuela o en cualquier otro lugar donde nos relacionemos con niños y adolescentes. Mi propósito es ayudar a mejorar nuestras relaciones dando más voz a los niños (tanto a los que fuimos como a los que tenemos en nuestra vida) y conectando con su verdadera esencia y biología.
Para ello he elegido empezar por el origen y la base de todo ser. Los niños son como una semilla que un buen día llegará a ser un gran árbol y que a su vez dará maravillosos y deliciosos frutos, siempre y cuando reciba todos los nutrientes desde sus raíces y el entorno sea suficientemente favorable. Usando esta misma metáfora, he creado las cuatro raíces de la crianza consciente que todo niño necesita para desarrollar su verdadera esencia. Estas raíces no son métodos ni estrategias para que los pequeños sean o se comporten como nosotros deseamos, necesitamos o para que nos obedezcan, sino que son los pilares que le permitirán crecer mientras nutrimos su alma y su corazón. Las raíces no suelen ser visibles, pues están fuera de nuestro alcance; no obstante, determinarán la salud del árbol. Sin tener en cuenta estas cuatro raíces —que se complementan entre sí y nos muestran una verdad muy invisible para muchas personas, e incluso me atrevería a decir que son cuatro leyes universales—, el niño no podrá florecer: deberemos regarlas, cuidarlas, respetarlas, observarlas, mantenerlas sanas y fuertes, algo imprescindible para permitir al niño llegar a SER. A continuación, te las presento:
DAR PRESENCIA: Estar presente no es simplemente hacernos compañía o compartir un espacio, es estar por y para nuestros hijos con toda nuestra atención, tanto si son pequeños como adolescentes y, a ser posible, con los cinco sentidos. Nuestra presencia les confirma que deseamos estar con ellos, que los amamos y que son importantes para nosotros. Los niños saben que los adultos dedicamos tiempo y atención a aquello que para nosotros es importante. Invito a darles nuestra presencia por elección y no por obligación.
VALIDAR: Es esencial y vital aceptar lo que un niño siente o necesita en cada momento, a pesar de que no podamos satisfacerle, comprenderle o ayudarle. Validar sus emociones y necesidades le dará la confianza suficiente para saber que no está equivocado sintiendo o necesitando esto que su cuerpo manifiesta. Poner en palabras o traducir lo que cada niño siente o necesita, legítimamente hablando, les dará seguridad.
NOMBRAR: Ser sinceros y honestos con nuestros hijos sobre cómo nos afecta a nosotros lo que les pasa a ellos. Expresar nuestro sentir les ayudará a comprender que ellos no son en absoluto responsables de lo que un adulto les hace o les dice. Nombrar la verdad sobre los hechos o lo que sentimos resulta de gran importancia para que los niños comprendan lo que sucede a su alrededor. Por otro lado, es importante que demos voz a nuestros hijos nombrando su realidad, su verdadera vivencia infantil, cuando estén con otras personas. El mayor problema es que por lo general no vemos, ni sentimos, ni conectamos con las verdaderas necesidades de los niños.
INTIMIDAD EMOCIONAL: Hablar, sentir, conectar, fluir y escuchar desde nuestro sentir sin juzgar ni criticar. Crear intimidad emocional es vital para vivir en un ambiente seguro donde se produzca una comunicación conectiva, emocional y empática. Explicarles cómo nos sentimos, qué nos pasa o qué necesitamos fortalecerá la relación y a su vez creará un entorno lo suficientemente seguro e íntimo para que se sientan libres de compartir, si así lo desean o necesitan. Crear una intimidad emocional en la infancia nos permitirá tener relaciones más cercanas y sanas con nuestros hijos adolescentes.
Nunca olvidemos que es mucho más fácil respetar, escuchar, acompañar y amar a un niño incondicionalmente que sanar a un adulto que no lo fue. Espero y deseo que la lectura de este libro te muestre que es posible romper la cadena transgeneracional de desconexión y desamor y recuperar lo que siempre estuvo allí y todos necesitábamos pero olvidamos. Estoy convencida de que nuestros nietos tendrán padres mucho más conscientes y más respetuosos con los procesos naturales y necesidades de los pequeños. Todos esos niños amados, escuchados y respetados serán quienes darán el paso para un nuevo mundo más pacífico y amoroso. ¿Cómo te gustaría que fueran los padres de tus nietos? ¿Qué infancia necesitarán vivir tus hijos para convertirse en esos padres amorosos, respetuosos, amables y pacientes?
¿A qué estamos esperando?
¿Qué nos impide conectar emocionalmente con los niños?

¿Por qué nos cuesta tanto dar voz a los niños y sentirlos emocionalmente?
En primer lugar, debo decir que el principal y más lamentable motivo por el que no nos es posible dar voz a los niños es porque en nuestra infancia nosotros tuvimos muy poca o ninguna voz. No contamos con un registro emocional de haber sido escuchados, respetados y amados lo suficiente y como realmente necesitábamos. Nuestros padres nos han dado lo que tenían en la medida en que ellos recibieron, y la triste verdad es que no siempre obtuvimos lo que legítimamente precisábamos y merecíamos.
Antiguamente se castigaba a los niños con severidad, incluso físicamente, tanto en el colegio como en casa, y a casi nadie le parecía mal. Y no nos debe sorprender que muchos niños a muy corta edad tenían que trabajar duro. Después de varias generaciones nos hemos dado cuenta de que el castigo físico es inhumano, por lo que en muchos países es ilegal. No obstante, aún existen lugares en el mundo en los que pegar a los niños se considera una práctica normal e incluso está bien visto. Si los adultos pegamos, insultamos, humillamos y castigamos a los niños es porque nosotros también fuimos víctimas de violencia, desamparo y abuso. Repetimos y perpetuamos el mismo «mal» trato que recibimos.
Mi gran esperanza es que en un futuro muy próximo, a ser posible mañana mismo, nos demos cuenta del grado de abuso emocional y violencia tanto activa como pasiva que aún ejercemos, hoy en día, sobre los niños de nuestra vida. Muchos adultos pensamos que no somos violentos ni autoritarios con nuestros hijos, ya que no les pegamos. Y si bien es verdad que no hay tanta violencia activa visible en la actualidad, seguimos siendo violentos en nuestra forma de hablarles y tratarlos. La vivencia infantil de cada niño nos demuestra que aún estamos muy lejos de respetarlos, tratarlos y amarlos como merecen y necesitan. Nos es muy difícil entender y conectar con la vivencia interna de un niño, nos cuesta sentirlos, escucharlos y comprenderlos, pues solo somos capaces de sentir nuestro propio malestar y nuestro vacío emocional, y no el de ellos.
Perdimos la capacidad de ver, de sentir, de empatizar con el otro porque no fuimos suficientemente vistos, mirados ni sentidos por nuestras madres, padres y demás adultos. Por tanto, ahora seguimos precisando recibir lo que no obtuvimos de pequeños, y ese vacío emocional es precisamente lo que más nos impide poder dar, satisfacer y acompañar a nuestros hijos y demás niños. No somos capaces de ser la madre o el padre que nuestros hijos necesitan: sentimos nuestras necesidades de poder, control, autoridad, silencio, paz, orden, calma… y les pedimos y exigimos que nos las satisfagan sin tener en cuenta primero las suyas. Los niños no pueden satisfacer las necesidades de los adultos ni conectar con ellas si primero no han sentido que satisfacen, o al menos escuchan y validan, las suyas. Somos los adultos quienes debemos dar primero a nuestros niños para que ellos a su vez puedan dar cuando crezcan. Aprendemos a dar habiendo recibido lo que legítimamente necesitábamos. Aprendemos a escuchar y respetar a los demás y a nosotros mismos habiendo sido escuchados y respetados. Aprendemos a amar habiendo sido amados incondicionalmente. Si no recibimos esto en la primera infancia y durante la adolescencia, no podremos ni habremos aprendido a dar a lo largo de nuestra vida. Hay dos etapas bien diferenciadas en la vida: la de dar siendo padres (adultos) y la de recibir siendo niños. Cuando esta ley universal se invierte es cuando empiezan los problemas emocionales.
Aprendemos a dar habiendo recibido.
¿Cómo puede un niño satisfacernos y tener en cuenta nuestras necesidades si no hemos tenido en cuenta las suyas?
Las necesidades no satisfechas en la niñez no desaparecen: se niegan, se reprimen, se anestesian y finalmente se postergan a la siguiente etapa. Esto perpetúa lo mismo una generación más, a menos que tomemos conciencia de qué fue todo aquello que nos pasó y tanto nos faltó. Muchos de nuestros problemas emocionales (conflictos) se producen cuando el orden de dar y recibir se invierte, pues dar lo que no se tuvo duele. Para sanar a nuestra niña o niño interior herido necesitaremos primero sentir y conectar con algunas de nuestras vivencias y experiencias infantiles, para luego darle voz y maternar a esa niña que una vez fuimos. Esa conexión nos ayudará a sanar y nos liberará para poder acompañar más y mejor a los niños de nuestra vida y desde ahí poder llegar a ser los padres que ellos necesitan que seamos. Dar lo que no se tuvo requiere de una gran toma de conciencia y de un importante compromiso personal. Lamentablemente muy pocos adultos estamos dispuestos a reconocer y aceptar todas esas carencias, esos vacíos emocionales, ese gran malestar, esas heridas, esos patrones y esas creencias tan limitantes que arrastramos. La aceptación de nuestra verdad es vital para no proyectarla y perpetuarla en la siguiente generación.
Dar lo que no se tuvo duele.
¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo?
Simplemente, porque aceptar que no nos pudieron acompañar y amar tal y como necesitábamos duele. Además, ponemos en evidencia a nuestros padres, a los que muchos tenemos idealizados, y reconocer eso hace que los percibamos tal y como son y no como nos gustaría que fuesen. Romper la cadena transgeneracional requiere de un trabajo personal profundo, enfrentarnos a nuestro pasado y nuestra sombra, y una gran responsabilidad y compromiso por nuestra parte. También cuesta admitir y ser consciente de que mamá y papá hicieron lo que entonces pudieron, pero que quizá no fue suficiente. Si nos dieron poco, es porque a su vez ellos recibieron muy poco, y así sucesivamente… Ellos quizá no sanaron su infancia, pero nosotros sí podemos tomar la decisión de no seguir haciéndole a los niños lo mismo que nos hicieron. Cuando no hemos recibido lo que necesitábamos nos es muy difícil poder darlo y seguiremos pidiendo al otro (pareja, hijos, amigos…) aquello que no obtuvimos en forma de pedidos desplazados. Más adelante hablaré en profundidad sobre este tema.
Romper la cadena transgeneracional requiere de un trabajo personal profundo, enfrentarnos a nuestro pasado y nuestra sombra, y una gran responsabilidad.
De niños pedíamos y suplicábamos ser vistos, escuchados, amados, aceptados, respetados… por mamá y papá; y ahora, de adultos, demandamos a nuestros hijos y a nuestras parejas aquello que somos incapaces de darles, porque en el fondo seguimos necesitando cubrir esas carencias. Eso es lo que yo llamo pedidos desplazados. Pedimos obediencia ciega y ejercemos el poder para satisfacer nuestras necesidades infantiles de yo valgo, yo importo, yo merezco… no satisfechas. Nos sentimos vacíos emocionalmente hablando y nos faltan herramientas y recursos para gestionar nuestras emociones y necesidades. Lo más triste de esta penosa situación es que pocas personas somos verdaderamente conscientes de ello y seguimos perpetuando la misma cadena por falta de comprensión y conexión entre lo que nos pasó de niños y adolescentes y lo que nos ocurre hoy, la cual se manifiesta debido a ello. Continuamos pensando que el problema está en los niños y no en cómo los adultos los criamos, educamos, tratamos, hablamos, complacemos, escuchamos, respetamos y miramos. En definitiva, somos niños disfrazados de adultos. Y el problema más común que tienen muchos niños es que están rodeados de adultos que no les comprenden.
De la misma manera que hace ya tiempo que muchos adultos hemos comprendido que pegar, abusar y hacer trabajar a los niños son actos violentos que los lastiman física, psicológica y emocionalmente, deseo creer que es posible que un día, no muy lejano, nos demos cuenta de que castigar, amenazar, obligar, insultar, comparar, forzar, gritar, desatender, no escuchar, ordenar, exigir, premiar, humillar, rechazar, criticar, juzgar e ignorar a un niño también es maltrato, abuso emocional y un acto de violencia. A nadie le gusta ser tratado así (repito, a NADIE) y, desde luego, no nos hace mejores personas ni más felices; más bien provoca que nos sintamos mal, muy mal. Y ese malestar interno nos desconecta de quien realmente somos y hemos venido a ser, así como de nuestros padres, y logra que de adolescentes y adultos sigamos tratándonos así los unos a los otros, pensando que eso es lo que toca, lo «normal», lo habitual y, lo que es peor aún, además creemos que es necesario. Es sencillo: ser maltratado (que te traten mal) impide que podamos sentir al otro o conectar con sus verdaderas necesidades, deseos o intereses. La rabia, el enfado, la frustración y la gran confusión que sienten los niños al ser tratados de este modo no les permite empatizar con los demás. Se sienten solos, desesperados y totalmente desamparados. Se nos ha olvidado cómo nos sentíamos de pequeños porque nadie lo nombró ni lo tuvo en cuenta, porque lo que no se nombra no existe para el niño y, por tanto, es muy probable que le hagamos lo mismo a nuestros hijos a menos que nos concienciemos y tomemos decisiones diferentes. Esto nos llevará a resultados y vidas también diferentes.
Mi intención, mi mayor propósito, es dar voz a todos esos niños y niñas que una vez fuimos para luego poder darla a su vez a los niños que comparten nuestra vida y, desde ahí, poder convertirnos en los adultos que tanto hubiésemos necesitado tener cerca en nuestra infancia. Si seguimos haciéndoles estas cosas desagradables a los niños que no le haríamos jamás a un adulto o que no quisiéramos que nadie hiciera con nosotros, podemos reflexionar sobre las siguientes preguntas:
• ¿Por qué seguimos castigando, amenazando, criticando, juzgando y humillando a los niños en general?
• ¿Por qué necesitamos ejercer el poder y el control sobre ellos?
• ¿Por qué necesitamos su obediencia y complacencia ciega?
• ¿Por qué no podemos satisfacer sus necesidades de contacto, juego, escucha, motricidad, presencia, mirada, atención…?
• ¿Por qué pensamos que un adulto puede pedirle, hacerle y decirle a un niño lo que le plazca?
• ¿Por qué obligamos a los niños a dar besos y abrazos no deseados?
• ¿Por qué obligamos a los niños a acabarse un plato de comida que no desea o no necesita?
• ¿Por qué no podemos sentir la pena, la soledad, el miedo, la vergüenza, la falta de amor y la desesperación que sienten nuestros hijos cada vez que los tratamos así?
• ¿Qué es lo que nos impide empatizar, ponernos en su lugar y conectar con su vulnerabilidad y su tristeza?
• ¿Qué es lo que verdaderamente nos impide llegar a ser la madre o el padre que cada uno de ellos necesita que seamos?
La respuesta a todas y cada una de estas preguntas es simple: de niños hemos recibido y sufrido lo mismo. Nosotros también hemos estado en ese lugar y, aunque algunos no lo recordemos porque nadie lo nombró ni nos dieron voz, seguro que no actuaríamos de este modo con otras personas si no nos hubieran tratado de esa manera a nosotros primero. Repetimos esos mismos comportamientos sin cuestionarlo o reflexionarlo siquiera. Ahora, déjame que te pregunte: ¿cómo te sientes después de tratar a un niño de este modo? Si te sientes mal, triste o culpable, es señal de que ese no es el camino. Nuestras emociones internas siempre nos guiarán hacia la paz y armonía del ser. Y cuando nos alejamos de nuestro ser esencial, nos sentimos mal.
¿Cuántas generaciones más debemos esperar para darles voz a nuestros hijos y demás niños de nuestra vida? Rompamos la cadena transgeneracional de una vez por todas y dejemos atrás todo lo que no queremos seguir perpetuando.
Nuestros hijos no necesitan padres, madres o adultos «perfectos», sino personas sinceras, humildes, honestas, capaces de nombrar su verdad, mostrar su vulnerabilidad y ser conscientes de su historia personal, además de sus heridas primarias y emocionales. Que sepan disculparse cuando cometen errores y sepan corregirlos o compensarlos. Que conozcan y reconozcan sus verdaderas limitaciones y se responsabilicen de ellas sin culpar a los niños de sus propios actos… Que desean tomar conciencia de sus vacíos emocionales y revisarlos para superarlos y sanarlos. Que elijan hacer las cosas desde otro lugar más respetuoso, amable y amoroso. Todos tenemos la capacidad de cambiar, transformar, mejorar y sanar nuestras relaciones afectivas tomando nuevas decisiones conscientes.
Existe la creencia de que los niños necesitan mano dura, saber quién manda, límites impuestos y arbitrarios y mucha disciplina para llegar a ser alguien de bien. Sin embargo, solo con amor y respeto podremos ayudar a alguien a desarrollar estas virtudes. Cómo podemos creer que haciendo cosas desagradables a los niños conseguiremos que sean más amables. Solo necesitan sentirse seguros, que les informemos respetuosamente de los límites, que los escuchemos, amemos, tengamos en cuenta y que cuenten con un buen modelo a su alrededor en quien inspirarse.
Todos tenemos la capacidad de cambiar, transformar, mejorar y sanar nuestras relaciones afectivas tomando nuevas decisiones conscientes.
Si les pegamos, aprenderán a pegar; si les gritamos, aprenderán a gritar; si les obligamos o castigamos, aprenderán a obligar y castigar a los demás. Como ya hemos dicho, nada de esto nos ayuda ni inspira para ser mejores personas. Si queremos que nuestros hijos sean educados, pacientes, respetuosos, honestos, empáticos, compasivos, humildes, bondadosos…, seamos de ese modo con ellos primero para que aprendan con nuestro ejemplo. No podemos pretender que lo sean si los tratamos con autoridad, poder, control y hostilidad. Eso no es posible. Los niños no hacen lo que les decimos, sino lo que nos ven hacer.
Cuando empecemos a revisar nuestra infancia y la de nuestros padres y abuelos, comprenderemos el origen de toda esta violencia, crueldad, venganza, rabia, odio, necesidad de poder y control, de esa desconexión de nuestro verdadero ser esencial.
Dar voz a los niños cuando otras personas no lo hacen también es vital. En casa de familiares o amigos podemos encontrarnos en situaciones en que no se les habla, no se les trata con respeto, se les obliga a comer o hacer cosas que quizá no puedan hacer o no les apetezca, como es el caso de dar o aceptar besos y abrazos no deseados. Hay personas que, en lugares públicos, se muestran muy poco respetuosas e impacientes con los niños. En situaciones como estas, podríamos dar voz al adulto y al niño a la vez. Diciendo, por ejemplo: «Cariño, hay gente esperando en la cola y creo que este ruido y verte correr arriba y abajo les incomoda. Ya sé que estás aburrido y es tarde, pero ¿qué podrías hacer que no fuera correr? ¿Puedo yo hacer algo por ti?»; o también: «Cariño, ya sabes que en casa de la abuela no ponemos los pies sobre el sofá. Estamos en su casa y ella lo prefiere así». Si alguien ha sido muy duro o autoritario con un niño: «Cariño, ¿cómo te sientes? Creo que no te ha gustado cómo te ha hablado el abuelo, ¿verdad? ¿Necesitas decirle algo o prefieres que le diga yo algo?». Si les damos voz y ven que estamos de su lado, verán que son importantes para nosotros, y lo que los demás hagan o digan no tendrá tanto impacto emocional sobre ellos, pues se sentirán seguros, respetados y tenidos en cuenta por nosotros. Se identificarán con el amor, la ternura y el respeto que reciben a pesar de que otras personas no les traten de igual modo. Nuestro amor y respeto les empoderará para poder gestionar mejor los momentos desagradables o de conflicto. Sabrán que sí merecen ser respetados y se harán respetar por los demás, así como también ellos respetarán a los demás.
Muchos adultos crean alianzas entre ellos en contra de los niños provocando que estos se sientan aún más solos, más abandonados y completamente perdidos. Es probable que muchos de estos adultos no tuvieran voz de niños, por tanto, la siguen necesitando desesperadamente ahora y lo proyectan sobre los niños. En muchas ocasiones nos preocupará más lo que un adulto pueda pensar sobre nosotros o sobre el comportamiento de nuestro hijo que lo que nuestro hijo esté sintiendo o necesitando. En esos momentos, es cuestión de priorizar quién es más importante para nosotros.
Solo tratando, viendo, mirando y, sobre todo, SINTIENDO a los niños de un modo distinto podremos darle un giro de ciento ochenta grados al tipo de sociedad que tenemos ahora y que deseamos mejorar y cambiar. Para comprender el pasado y los estragos que ha vivido una sociedad solo hace falta ver cómo trata a sus niños. Esta es el vivo reflejo de lo que ocurre y ocurrió en cada hogar. Hagamos de cada uno de ellos un lugar de amparo, respeto, cariño, ternura, mirada y AMOR incondicional para todos.
Perdimos la capacidad de ver y sentir al otro porque no fuimos vistos, mirados ni sentidos lo suficiente por nuestras madres, padres y demás adultos. Por tanto, ahora que somos adultos seguimos necesitando recibir lo que no obtuvimos de niños y ese vacío emocional es lo que nos impide poder dar y satisfacer a nuestros hijos y demás niños lo que legítimamente necesitan de nosotros. No somos capaces de ser la madre o el padre que nuestros hijos necesitan que seamos. Anteponemos nuestras necesidades de poder, control, autoridad, silencio, paz, orden, calma… y les pedimos y les exigimos que nos las satisfagan sin nosotros tener en cuenta primero las suyas.