He vuelto por él.

Escribí estas palabras en mi cuaderno cuando distinguí por fin San Giustiniano desde la cubierta del transbordador. Solo por él. No por nuestra casa, ni por la isla, ni por mi padre ni por el continente visto desde la capilla normanda abandonada en la que me sentaba solo las últimas semanas de nuestro último verano allí a preguntarme por qué era la persona más infeliz del mundo.

Aquel verano viajaba solo, había empezado mi viaje de un mes largo a la costa volviendo al lugar en el que había pasado todos los veranos de mi infancia. Hacía mucho que deseaba emprender ese viaje y, ahora que acababa de licenciarme, no había momento mejor para hacerle una visita breve a la isla. Nuestra casa había salido ardiendo años antes y después nos habíamos mudado al norte; nadie de la familia quiso volver o vender el terreno o averiguar qué había pasado en realidad. La abandonamos sin más, sobre todo cuando supimos que, después del incendio, los lugareños habían saqueado lo que habían podido y habían arrasado con todo lo demás. Hubo quien sostenía incluso que el incendio no había sido un accidente, pero se trataba de meras especulaciones, decía mi padre, y la única forma de averiguar algo era ir allí. Así que prometí que lo primero que haría al desembarcar del transbordador sería girar a la derecha, bajar por el paseo marítimo que tan bien conocía, pasar por delante del imponente Grand Hotel y la casa de huéspedes que bordeaba el muelle y dirigirme directamente a nuestra casa para ver los daños por mí mismo. Es lo que le había prometido a mi padre. Él no tenía ninguna gana de volver a poner un pie en la isla. Yo ya era un hombre y me correspondía a mí ver qué había que hacer.

Pero quizá no volvía solo por Nanni. Volvía por el niño de doce años que había sido yo diez años antes, aunque sabía que no encontraría a ninguno de los dos. El niño ahora era alto y lucía una poblada barba rojiza y, en cuanto a Nanni, había desaparecido del todo y nunca más se había vuelto a saber de él.

Seguí recordando la isla. Me acordaba del aspecto que tenía la última vez que la había visto, nuestro último día, apenas una semana antes de que empezara el colegio, cuando mi padre nos llevó a la estación del transbordador y luego se quedó en el muelle a despedirnos; la cadena del ancla se lamentaba y el barco chirriaba al retroceder mientras él allí quieto fue empequeñeciéndose hasta que dejamos de verlo. Como era su costumbre todos los otoños, se quedaría entre una semana y diez días más para asegurarse de que la casa quedaba bien cerrada, de apagar la electricidad, el agua y el gas, de cubrir los muebles y pagarle a todo el servicio doméstico del pueblo. Estoy seguro de que no le desagradaba ver que su suegra y la hermana de esta se iban en el transbordador que las devolvía al continente.

Sin embargo, lo primero que hice en cuanto puse un pie en tierra firme, después de que el viejo traghetto zarpara con su sonido metálico del mismo sitio exacto una década después, fue girar a la izquierda en vez de a la derecha y dirigirme directamente al camino empedrado que llevaba a la ciudad vieja sobre la colina, San Giustiniano Alta. Me encantaban sus estrechos callejones, sus canales socavados y viejas callejuelas, me encantaba el aroma reconfortante del café del tostadero que parecía darme la bienvenida igual que cuando hacía recados con mi madre o cuando todas las tardes de aquel último verano, después de visitar a mi profesor particular de griego y latín, escogía el camino largo para volver a casa. A diferencia de San Giustiniano Bassa, más moderna, San Giustiniano Alta siempre quedaba en sombra, hasta cuando el sol se volvía insoportable a lo largo del muelle. Por las noches, muchas veces, cuando el calor y la humedad se hacían insoportables en el paseo marítimo, volvía a subir con mi padre a por un helado al Caffè dell’Ulivo, donde él se sentaba frente a mí con una copa de vino y charlaba con la gente del pueblo. Todo el mundo conocía y apreciaba a mi padre y lo consideraba un uomo molto colto, un hombre muy culto. Entreveraba su italiano renqueante con palabras españolas que intentaba que sonaran italianas, pero todos le entendían, y cuando no podían evitar corregirle y reírse de alguna de sus palabras extrañamente macarrónicas, a él le hacía feliz unirse a sus risas. Lo llamaban dottore y, aunque todo el mundo sabía que no era doctor en medicina, solían pedirle consejo, sobre todo porque confiaban en su opinión en asuntos de salud más que en el farmacéutico local, a quien le gustaba pasar por el galeno del pueblo. El signor Arnaldo, el dueño del caffè, tenía tos crónica, el barbero sufría de eczema, al professore Sermoneta, mi profesor particular, que por la noche solía terminar en el caffè, le daba miedo que tuviesen que quitarle la vesícula algún día; todos confiaban en mi padre, incluido el panadero, a quien le gustaba enseñarle los moretones que le hacía en los brazos y los hombros su mujer, que tenía mal carácter y que, según algunos, empezó a serle infiel la mismísima noche de bodas. A veces, mi padre hasta salía del caffè con alguien para dispensarle su opinión en privado; luego apartaba la cortina de cuentas, volvía a entrar y se sentaba en su silla, ponía los codos sobre la mesa y la copa de vino vacía en el medio y me miraba fijamente; siempre me decía que no había necesidad de que me diese prisa con el helado, que teníamos tiempo todavía para caminar hasta el castillo abandonado si yo quería. De noche, el castillo con vistas a las luces lejanas del continente era nuestro sitio favorito, y allí nos sentábamos los dos en silencio junto a las murallas en ruinas a observar las estrellas. Mi padre lo llamaba crear recuerdos.

—Para el día en que —decía.

—¿Qué día? —le preguntaba yo, para chincharle.

—Para el día en que sepas.

Mi madre decía que mi padre y yo habíamos salido del mismo molde. Mis pensamientos eran sus pensamientos y los suyos eran los míos. A veces me daba miedo que me pudiese leer la mente con solo tocarme el hombro. Éramos la misma persona, decía mi madre. Gog y Magog, nuestros dos dóberman, nos querían solo a mi padre y a mí y no a mi madre ni a mi hermano mayor, que había dejado de pasar los veranos con nosotros unos años antes. Los perros se apartaban de todos los demás y gruñían si alguien se les acercaba mucho. La gente del pueblo sabía mantener las distancias, aunque a los perros se les había enseñado a no molestar a nadie. Podíamos atarlos a la pata de una mesa de la terraza del Caffè dell’Ulivo y, mientras nos tuvieran a la vista, se quedaban tumbados dóciles como corderillos.

En ocasiones especiales, en vez de dirigirnos al puerto después de la parada en el castillo, mi padre y yo volvíamos al pueblo y, como pensábamos igual, nos quedábamos a tomarnos otro helado.

—Tu madre dirá que te estoy malcriando.

—Otro helado, otra copa de vino —decía yo.

Él asentía, sabía que no tenía ningún sentido negarse.

Nuestros paseos nocturnos, como los llamábamos, eran los únicos momentos en que estábamos solos. Pasaba días enteros sin él. Mi padre tenía la costumbre de ir a nadar muy temprano todas las mañanas, luego se iba al continente después de desayunar y volvía por la noche, a veces muy tarde, en el último transbordador. Aunque estuviese durmiendo, me encantaba oír sus pasos haciendo crujir la gravilla del camino que llevaba hasta la casa. Significaba que había vuelto y que el mundo estaba completo de nuevo.

Las malas notas que había sacado en latín y en griego aquella primavera habían abierto una brecha entre mi madre y yo. El boletín había llegado a final de mayo, pocos días antes de que embarcásemos en el transbordador a San Giustiniano. Toda la travesía en barco fue una bronca escandalosa e interminable; la reprimenda llegaba en oleadas, mientras mi padre se apoyaba tranquilamente en la barandilla como esperando para intervenir en el momento apropiado, pero no había forma de detener a mi madre y, cuanto más gritaba, más errores encontraba en todo lo que tenía que ver conmigo, desde la manera en que me sentaba a leer un libro hasta mi caligrafía y mi incapacidad total para responder con claridad cuando me preguntaban mi opinión sobre esto o aquello —furtivo, siempre furtivo— y, ahora que se ponía a pensarlo, se preguntaba por qué no tenía ni un solo amigo, ni en el colegio, ni en la playa, ni en ninguna parte, no me interesaba nada ni nadie, por el amor de Dios; qué te pasa, me decía mientras seguía intentando rasparme de la camisa una mancha seca de helado de chocolate del cucurucho que me había comprado mi padre antes de subir al barco. Estaba convencido de que la desaprobación de mi madre llevaba a la espera quién sabe cuánto tiempo y que mi examen chapucero de latín y griego la había hecho salir a la superficie.

Para calmarla, le prometí que me esforzaría más durante el verano. ¿Esforzarme? Tenía que esforzarme en todo, dijo. Su voz sonaba tan rabiosa que rayaba en un desprecio palpable, sobre todo cuando acompañó la furia con comentarios sarcásticos y al final estalló contra mi padre.

—¡Y tú que querías comprarle una pluma Pelikan!

Mi abuela y su hermana, que aquel día estaban con nosotros en el transbordador, se pusieron de parte de mi madre, por supuesto. Mi padre no dijo ni una palabra. Odiaba a las dos, a la arpía y a la überarpía, como las llamaba. Sabía que en el momento en que le pidiese a mi madre que bajara la voz o moderase la reprimenda, las otras dos meterían baza, lo que seguramente le sacaría de quicio y le haría perder los estribos con las dos, si no con las tres, y en ese momento ellas le harían saber con toda tranquilidad que preferían volverse derechas al continente en el transbordador que pasar el verano en nuestra casa. Lo había visto explotar una o dos veces a lo largo de los años y sabía que estaba intentando controlar la situación y no arruinar el viaje. Se limitó a asentir unas cuantas veces en señal de acuerdo cuando mi madre me criticó por perder tanto tiempo con mi estúpida colección de sellos, pero al final, al decirle mi padre que cambiase de tema y que me animase un poco, mi madre se volvió hacia él y le gritó que todavía no había acabado conmigo.

—Nos están empezando a mirar algunos pasajeros —terminó por decir él.

—Que miren todo lo que quieran, me callaré cuando me dé la gana.

No sé por qué, pero de repente se me ocurrió que, mientras mi madre me gritaba con tanta vehemencia, en realidad estaba desahogándose de la rabia contenida contra mi padre, aunque sin arrastrarlo hasta su línea de fuego. Como los dioses griegos que se enfrentaban constantemente unos a otros usando a los humanos como peones, me arengaba a mí para apalearlo a él. Él debió de darse cuenta de lo que estaba haciendo mi madre, por eso me sonrió cuando ella no miraba, como queriendo decir «Por ahora, aguántate. Esta noche, tú y yo iremos a por un helado y crearemos recuerdos al lado del castillo».

Aquel día, después de desembarcar, mi madre intentó resarcirme desesperada, me habló con tanta dulzura y cordialidad que no tardamos en hacer las paces. No obstante, el daño verdadero no estaba en las palabras hirientes que ella deseaba no haber dicho y que yo no olvidaría nunca. El daño fue para nuestro cariño: había perdido su calidez, su espontaneidad, y se había convertido en un amor forzado, consciente, atribulado. A ella le complacía ver que la seguía queriendo; a mí me complacía ver con qué facilidad nos engañábamos los dos. Ambos éramos conscientes de nuestra complacencia, lo que reforzaba la tregua, pero de alguna forma sentimos que quedarnos convencidos de que todo iba bien con tanta facilidad no era sino la disolución de nuestro amor. Me abrazaba más a menudo y yo quería que me abrazara, pero no me fiaba de mi amor y sabía, por el modo en que me miraba ella cuando creía que yo no la miraba, que ella tampoco se fiaba.

Con mi padre era distinto. Durante nuestros largos paseos nocturnos hablábamos de todo. De los grandes poetas, de padres e hijos y de por qué el roce entre ellos era inevitable, de su padre, que había muerto en un accidente de coche semanas antes de que yo naciera y cuyo nombre yo llevaba, del amor, que llega solo una vez en la vida y que después nunca es igual de espontáneo o impulsivo y, por último, como por milagro, porque no tenía que ver con el latín ni el griego ni con mi madre ni con la arpía y la überarpía, de las Variaciones Diabelli de Beethoven, que acababa de descubrir aquella primavera y compartía solo conmigo. Mi padre ponía la grabación de Schnabel todas las noches, así que el piano resonaba por toda la casa y se convirtió en la banda sonora de aquel año. A mí me gustaba la variación 6, a él la 13, la 20 era muy cerebral y la 23, bueno, la 23 probablemente fuese lo más vívido y divertido que había compuesto Beethoven, decía mi padre. Poníamos tanto la vigésimo tercera que mi madre nos rogaba que parásemos. En vez de eso, yo la hacía rabiar y se la tarareaba, lo que nos hacía reír a mi padre y a mí, pero a ella no. Aquellas noches de verano, de camino al caffè, elegíamos un número al azar entre el uno y el treinta y cuatro y cada uno tenía que decir lo que pensaba de aquella variación, incluido el tema de Diabelli. A veces, mientras subíamos al castillo, cantábamos la letra de la variación 22 con una melodía de Don Giovanni que él me había enseñado hacía mucho tiempo, pero cuando llegábamos arriba y mirábamos las estrellas, nos quedábamos callados y coincidíamos siempre en que la variación treinta y uno era la más preciosa de todas.

Mientras subía por el callejón, iba pensando en Beethoven y en los gritos en el barco. No había cambiado nada. Reconocí de inmediato la vieja farmacia, la zapatería, la cerrajería y la barbería con sus dos sillas reclinables hechas jirones remendadas con correas de cuero que habían cosido quién sabe cuánto tiempo antes de que yo viniese al mundo. Aquella mañana, mientras seguía subiendo colina arriba y distinguía una franja del castillo abandonado, empecé a presentir con fuerza el aroma de la resina flotando hacia mí antes de llegar siquiera a la ebanistería a la vuelta de la esquina del vicolo Sant’Eusebio. Aquella sensación no había cambiado, nunca cambiaría. El taller, con su casa encima, se levantaba a dos pasos del bordillo de piedra desigual que sobresalía del edificio de la esquina. El recuerdo del olor despertó en mí un vestigio de temor y turbación que me pareció igual de emocionante que entonces, aunque seguía siendo incapaz de nombrar aquella inflexión inquietante de miedo, vergüenza y emoción diez años después. Nada había cambiado. Quizá fuese yo quien no había cambiado. No sabía si me decepcionaba o me gustaba no haber superado nada de aquello. El cierre metálico de la ebanistería estaba echado y, aunque me quedé intentando deducir cuánto se había perdido desde la última vez que había estado allí, me vi incapaz de hilvanar un solo pensamiento. Únicamente podía concentrarme en los rumores que llevaba escuchando desde que la casa se incendió.

Volví a la barbería, asomé medio cuerpo a través de la cortina de cuentas y le pregunté a uno de los dos barberos si sabía qué le había pasado al ebanista de al lado.

El barbero calvo, que estaba sentado en una de las dos sillas enormes, bajó el periódico y dijo una palabra antes de volver a su lectura:

—Sparito. Desapareció.

Con eso lo dijo todo.

—¿Sabe dónde? ¿O cómo? ¿O por qué? —pregunté.

En respuesta se encogió de hombros de forma somera, como sugiriendo que no lo sabía, que no le podía dar más igual y que no se lo iba a contar a un chaval de veintitantos que se metía en su establecimiento a hacer demasiadas preguntas.

Se lo agradecí, me di la vuelta y empecé a subir la cuesta. Lo que me sorprendió fue que el signor Alessi no me hubiera ni saludado ni reconocido, aunque sabe Dios cuántas veces me había cortado el pelo los veranos que había pasado allí. Quizá no tuviese sentido decir nada. Tardé un rato en darme cuenta de que nadie en la isla parecía reconocerme. Era obvio que había cambiado mucho desde que tenía doce años, o quizá mi largo impermeable, la barba y el morral verde oscuro sujeto a la espalda me daban un aspecto totalmente distinto al del niño acicalado que todos recordaban. El tendero, los dueños de los dos caffè de la placita diminuta junto a la iglesia, el carnicero y sobre todo el panadero, cuyo olor a pan recién horneado flotaba como una bendición en el callejón lateral cada vez que dejaba a mi profesor particular de latín y griego por las tardes y era imposible estar más muerto de hambre: nadie me reconoció ni me prestó atención. Ni siquiera el viejo mendigo con una sola pierna —había perdido la otra en un accidente de barco en la guerra y estaba otra vez en su lugar habitual en la plaza, al lado de la fuente principal— supo quién era yo cuando le di limosna. Ni siquiera me lo agradeció, lo que no era nada propio de él. En parte sentí crecer en mí el desprecio por San Giustiniano y su gente, y por otro lado no me entristeció darme cuenta de que ya no me importaba. Quizá lo había superado sin darme cuenta. Quizá en eso fuese como mis padres y mi hermano. No tenía sentido volver.

Al bajar la cuesta, decidí ir hasta lo que supuse que sería la planta vacía de nuestra casa, averiguar lo que pudiera, hablar con los vecinos que me habían visto crecer y luego irme en el transbordador de la tarde. Tenía en mente pasar a ver a mi antiguo profesor particular, pero pospuse el encuentro. Lo recordaba todavía como a un tipo amargado y quisquilloso que rara vez tenía una palabra amable para nadie y menos para sus alumnos. Mi padre me había sugerido que reservara una habitación en una pensión cerca del muelle por si acaso me apetecía quedarme por la noche, pero ya presentía, solo por mi deambular apresurado arriba y abajo por la ciudad vieja, que mi visita no duraría más de un par de horas. La cuestión era dónde pasaría lo que quedaba de día hasta embarcar en el transbordador de regreso. Siempre me había gustado el sitio, desde las mañanas silenciosas en que te levantabas frente a un cielo despejado y sereno, que no había cambiado desde que se instalasen allí los griegos hasta el sonido de los pasos de mi padre cuando, en contra de su costumbre de los días entre semana, volvía del continente por la tarde, de pronto, sin avisar, y nos estallaba en el corazón una emoción festiva. En aquella época no había ninguna contrariedad. Desde mi cama se veían las colinas, desde el salón el mar, y cuando las persianas del comedor se abrían de golpe en los días más frescos, salías a la terraza y veías el valle y, más allá del valle, el perfil impreciso de las colinas del continente al otro lado del mar.

Al salir de la ciudad vieja, me alcanzó la luz cegadora que se derramaba por los campos y el paseo marítimo hasta el mar resplandeciente. Me encantaba el silencio. Hacía tanto que soñaba con venir. Todo me resultaba familiar, no había cambiado nada y, sin embargo, parecía distante, desgastado, inalcanzable, como si algo dentro de mí no percibiera que todo aquello era real, que gran parte de aquello una vez me había pertenecido. El camino hasta la casa, incluido el atajo que me había «inventado» cuando era niño y que no me iba a perder por nada del mundo aquel día, estaba exactamente igual que lo había dejado. Recordaba el paseo a través del bosquecillo de tilos, desierto y aromático, que allí llamaban lumie, seguido de un campo de amapolas y por último la antigua capilla normanda silenciosa, destrozada por dentro, en la que había más de mí que en ningún otro lugar del mundo, el enorme plinto tirado entre cardos y brotes tan resecos como entonces y los restos secos de excrementos de los perros salvajes y las palomas esparcidos por los alrededores como siempre.

Lo que me remordía era saber que nuestra casa ya no estaba allí, que los que habían vivido en ella se habían marchado, que allí la vida de principios de verano no volvería a ser igual. Me sentí como un fantasma que conocía muy bien el lugar pero a quien nadie busca ya ni presta atención. Mis padres no estarían esperándome, nadie me habría apartado cosas ricas para cuando volviese corriendo muerto de hambre después de nadar. Todos nuestros rituales se habían disuelto e invalidado. El verano de allí ya no me pertenecía.

Cuanto más me acercaba a la casa, más empezaba a temer la visión de lo que le habrían hecho. La idea del fuego y del pillaje, sobre todo del pillaje, bastaba para azuzar los demonios de la pena, la rabia y el desprecio dirigidos no solo contra todos los que vivían allí, sino también contra nosotros, como si la incapacidad de impedir el saqueo y el vandalismo de los supuestos amigos y vecinos recayera más en nuestra conciencia que en la de ellos.

—No saques conclusiones precipitadas —me había advertido mi padre— y, sobre todo, no discutas.

Ese era su estilo. A mí me traía todo sin cuidado. Me habría encantado llevarlos a todos a rastras ante los tribunales: ricos, pobres, huérfanos, viudas, lisiados y mutilados de guerra.

Y, sin embargo, solo había una persona a la que deseaba ver de entre todas las que vivían allí y él se había ido, sparito. Ya lo sabía, así que ¿por qué molestarme en preguntar por él? ¿Para ver cómo reaccionaban? ¿Para recordarme a mí mismo que no me lo había inventado? ¿Que había vivido allí de verdad? ¿Que lo único que tenía que hacer era preguntar por él en la barbería, y después de que su nombre fuera de boca en boca a gritos por las calles estrechas y empedradas de San Giustiniano Alta terminaría por aparecer solo porque lo habían llamado por su nombre?

¿Por qué tendría que acordarse de mí? Me había conocido cuando tenía doce años, ahora tenía veintidós y lucía barba, aunque los años no me habían hecho olvidar la ansiedad creciente que se adueñaba de mí cada vez que temía tanto como esperaba toparme con él en la playa o por el pueblo. ¿No era eso lo que realmente esperaba sentir cuando subí hasta su taller aquella mañana? El temor, el pánico, la antigua opresión en la garganta que solo un sollozo podía liberar y que podía estallar únicamente cuando él se me quedaba mirando más de lo que yo era capaz de soportar. Él se te queda mirando y tú te alteras y lo único que quieres hacer es buscar un sitio tranquilo en cuanto te quedes solo para ponerte a llorar, porque nada, ni suspender un examen de latín y griego o que te griten de mala manera, te hace sentir tan derrotado y deshecho. Me acordaba de todo. De las ganas de llorar, sobre todo, y de las ganas de verle porque las ganas y la espera eran insoportables, del deseo de odiar todo lo que tuviera que ver con él porque con una sola mirada suya me entraba de pronto un desconsuelo total y no podía sonreír ni reírme ni disfrutar de nada.

 

 

Estaba con mi madre cuando lo conocí. No esperó a que ella me lo presentara, sino que directamente dijo mientras me despeinaba:

—Tú eres Paolo.

Lo miré sobresaltado, como preguntando que cómo lo sabía.

—Todo el mundo lo sabe —contestó con desenfado; y luego, como acordándose de algo, dijo—: A lo mejor de la playa.

Sabía que se llamaba Giovanni, igual que sabía que todo el mundo le llamaba Nanni. Lo había visto en la playa, en el cine al aire libre al lado de la iglesia y muchas noches en el Caffè dell’Ulivo. Tenía que controlar que no se me notara la emoción que me daba descubrir que el hombre ante quien hubiese jurado que yo era un completo don nadie no solo sabía mi nombre, sino que además era verdad que estaba bajo mi techo.

No obstante, al contrario que él, no dejé que se me notara que lo conocía. Mi madre me lo presentó con un deje de ironía en la voz, como asegurando que sí conocía al signor Giovanni.

Negué con la cabeza y hasta conseguí aparentar que me avergonzaba por la grosería de no saber su nombre.

—Pero si todo el mundo conoce al signor Giovanni —insistió mi madre, como instándome a que me esforzara por ser educado, pero no cedí.

Él alargó la mano. Se la di. Parecía más joven y tenía la piel menos oscura de lo que recordaba. Era alto, esbelto, de veintimuchos, no lo había visto nunca tan de cerca. Ojos, labios, mejillas, mentón. Tardaría años en saber qué me había impactado exactamente de cada rasgo.

Por sugerencia de mi padre, mi madre le había pedido que se pasara a restaurar un escritorio plegable antiguo y dos marcos que databan del último siglo.

Llegó una mañana de junio y, en contra de la costumbre general, aceptó la limonada que le ofreció mi madre. Todos los demás que venían a casa —la modista, los repartidores, el tapicero— siempre pedían agua. Era la manera que tenían de ganarse el salario además de la propina ineludible, demostrando que no nos debían nada y que no nos habían pedido nada salvo el vaso de agua que les poníamos por delante los días tórridos de verano.

Aquella mañana en nuestra casa, como se me acercó tanto, algo indefinido de su rostro me dejó tan afectado y aturdido como cuando me pidieron que recitara un poema delante de todo el colegio, profesores, padres, familiares lejanos, amigos de la familia, dignatarios de visita, el mundo. No podía ni mirarle. Tenía que apartar la vista. Sus ojos eran tan claros. No sabía si quería mirarlos o nadar en ellos.

Mientras él hablaba con mi madre y miraba de vez en cuando hacia donde estaba yo, como si ansiara conocer mi opinión, intentaba devolverle la mirada, pero mirarle a los ojos era como asomarse a un abismo escarpado y rocoso que descendiera hasta el verde océano bullente que te atrae y te ordena que no te resistas y te advierte de que no mires, así que no podía mirarle el tiempo suficiente para averiguar por qué seguía teniendo ganas de hacerlo. Su mirada no solo me asustaba, también me alteraba, como si al mirarle corriera el riesgo no solo de ofenderle, sino también de poner al descubierto algún secreto mío siniestro y vergonzoso que no quería revelar. Aun cuando intentaba devolverle la mirada para asegurarme de que no era tan amenazador como me temía, tenía que apartarla. Era la cara más hermosa que yo hubiese visto jamás y no tenía el valor suficiente para mirarla.

Y, sin embargo, cada vez que él dejaba de mirar a mi madre para mirarme a mí, me estaba diciendo también que, aunque era mucho mayor y sabía perfectamente en qué estaba pensando yo, podíamos ser iguales, que no me juzgaba, que no me despreciaba, que le interesaba lo que yo tuviese que decir sobre los muebles a pesar de que estuviese ahí callado intentando ocultar lo absolutamente indigno que me sentía.

Así que yo apartaba la mirada.

Aunque tampoco podía apartarla.

Lo último que quería era parecer sospechoso, sobre todo porque mi madre estaba en la habitación.

Su cara era la viva imagen de la salud y estaba colorada, como si acabase de volver de nadar. En la sonrisa apacible y complaciente se notaba un temblor cuando expresaba sus ideas y sus dudas sobre el escritorio que me descubrió a la persona que querría llegar a ser yo algún día. Qué placer era mirarle a la cara y esperar ser como él. Ojalá fuese mi amigo y me enseñara cosas. Entonces no tenía otro concepto del que valerme.

Mi madre quería hacerle pasar al salón, pero él ya había adivinado dónde estaba el escritorio, lo había localizado de inmediato, lo había abierto y sin pedir permiso había procedido rápidamente a sacar las dos gavetas estrechas, chirriantes, mucho más largas de lo normal. Antes de que nos diésemos cuenta, se puso a buscar detrás de los huecos vacíos y, tanteando con la mano dentro de la giba del escritorio abombado, palpó hasta que encontró el recoveco oculto y, después de esforzarse un poco, pescó una cajita escondida de esquinas redondeadas que combinaba con el escritorio curvo. Mi madre se quedó sin respiración. Le preguntó cómo sabía que existía aquella caja.

—A los grandes carpinteros, muchos del norte, seguramente franceses —dijo—, les gustaba demostrar que eran capaces de crear espacios ocultos en los lugares más impenetrables; cuanto más pequeño fuese el mueble, más arcano e ingenioso era el escondite.

Y tenía que enseñarle otra cosa, que muy probablemente tampoco sabía.

—¿Qué es, signor Giovanni?

Levantó un poco el escritorio y le enseñó las bisagras ocultas.

—¿Para qué son? —preguntó ella.

El escritorio, explicó, era completamente abatible para que se pudiera transportar a otro sitio con mucha facilidad, pero no quería doblar las bisagras en ese momento porque no se fiaba del estado de la madera. Le pasó la cajita de madera a mi madre.

—Pero este escritorio hace por lo menos ciento cincuenta años que pertenece a la familia de mi marido —dijo ella— y, sin embargo, nadie tenía ni idea de que existía esta caja.

—Entonces la signora descubrirá o joyas escondidas o cartas de las que algún tatarabuelo habría preferido que no se supiera nada —dijo Nanni, mientras sofocaba el estremecimiento de alborozo y picardía que yo ya había visto temblando en sus rasgos unas cuantas veces aquella mañana y que me hacía desear aprender a sonreír justo así.

La caja estaba cerrada.

—No tengo la llave —dijo ella.

—Mi lasci fare, signora. Permítame —dijo él, respaldando cada palabra con tanta deferencia como autoridad.

Dicho eso, se sacó de la chaqueta una anilla con herramientas diminutas que se parecían más a una colección de abridores de latas de sardinas de todos los tamaños que a leznas, gubias y destornilladores. Se sacó unas gafas del bolsillo de la pechera, desdobló las patillas y las deslizó con cuidado por detrás de las orejas. Me recordó a un niño de la guardería que había empezado a llevar gafas y que se seguía sintiendo incómodo al ponérselas. Luego, con el dedo medio estirado, empujó el puente de las gafas sobre la nariz con la misma delicadeza. Se habría colocado de igual manera bajo la barbilla un violín de Cremona de valor incalculable. Todos sus gestos eran desenvueltos y diestros, provocaban admiración además de confianza. Me sorprendieron sus manos. No estaban encallecidas ni perjudicadas por el trabajo o los productos de su oficio. Eran manos de músico. Deseé tocarlas, no solo porque quería comprobar si las palmas rosadas eran tan suaves como prometían, sino porque, de repente, quise poner mis manos al cuidado de las suyas. Las manos, al contrario que los ojos, no intimidaban, sino que acogían. Quería que sus largos nudillos y sus uñas almendradas se deslizaran entre mis dedos y me los sujetaran en una muestra cálida y duradera de camaradería y que con aquel único gesto me repitiera la promesa de que un día, quizá antes de lo que esperaba, yo también sería un hombre adulto con manos como las suyas, con gafas como las suyas, y de mis rasgos irradiaría un destello de alborozo y picardía que le diría al mundo que era experto en algo y un hombre muy, muy bueno.

Notó que lo observábamos mientras trataba de abrir la caja y, sin mirarnos ni a mi madre ni a mí, siguió sonriendo para sí mismo, consciente de nuestro suspense, mientras intentaba disiparlo sin dejar ver que se daba cuenta. Sabía lo que estaba haciendo, lo había hecho muchas veces, dijo, mientras seguía mirando fijamente por el ojo de la cerradura.

—Signor Giovanni —dijo mi madre intentando no distraerlo, mientras él continuaba manipulando la cerradura.

—Sí, signora —contestó él sin mirar.

—Tiene una voz preciosa.

Estaba tan absorto con la cerradura que pareció no haberla oído, pero un momento después dijo:

—No se engañe, signora, no sé entonar una melodía.

—¿Con esa voz?

—Todo el mundo se ríe cuando canto.

—Porque están celosos.

—Créame, no sé cantar ni Cumpleaños feliz.

Los tres nos reímos. Hubo un momento de silencio. Sin apresurarse ni forzar ni arañar la incrustación de bronce que había alrededor de la vieja cerradura, trasteó un poco más y luego exclamó:

—Eccoci! ¡Aquí está! —y unos segundos más tarde, como si un poco de seducción persistente y dulce fuese lo único que hacía falta para escuchar el clic delator, la cerradura cedió por fin y se abrió la caja.

Quise besarle las manos. Lo que se reveló al abrirla fue un reloj de bolsillo de oro, un par de gemelos de oro y una pluma estilográfica sobre un forro de fieltro grueso del color del verdete. En un lado de la pluma, con letras doradas, estaba escrito el nombre completo de mi abuelo, que era también el mío.

—¡Quién lo iba a pensar! —exclamó mi madre.

Los gemelos tenían las iniciales de su suegro y era probable que se remontaran a su época de estudiante en París. Él los había tenido en alta estima. Mi madre también se acordaba de haber visto el reloj de bolsillo, aunque hacía mucho. Debió de dejar allí las tres cosas, pero como no había vuelto después del accidente, nadie se había dado cuenta siquiera de que faltaban.

—Y ahora, de pronto, aquí están; pero él no —mi madre se quedó absorta en sus pensamientos—. Le tenía mucho cariño, y él a mí.

El ebanista se mordió el labio y asintió en silencio.

—Es la crueldad de los muertos. Siempre nos pillan desprevenidos las maneras que eligen para volver, ¿no es cierto, signor Giovanni? —dijo mi madre.

—Sí —concordó él—. A veces, al querer contarles algo que les hubiese interesado o al preguntar por gente o sitios que solo ellos conocían, nos acordamos de que no nos oirán nunca, ni nos contestarán, que no les importamos. Aunque quizá sea mucho peor para ellos: quizá sean ellos los que nos llaman a nosotros y somos nosotros los que no los oímos y a los que parece que no nos importa.

Era obvio que Nanni había tenido penas en su vida. Se le notaba en lo solemne y serio que se había puesto en cuestión de segundos después de sonreír. También me gustó su solemnidad.

—Es usted un filósofo, signor Giovanni —dijo mi madre con una sonrisa dócil mientras sostenía en las manos la caja abierta.

—Un filósofo no, signora. Perdí a mi madre hace unos años cuando se cayó por la escalera y pocos meses después también perdí a mi padre. Ambos estaban en perfecto estado de salud, pero, casi sin darme cuenta, me quedé huérfano y me convertí en jefe y padre de mi hermano pequeño. Pero necesito preguntarles tantas cosas, podría haber aprendido tanto de mi padre. Lo único que dejó fue unos cuantos rastros.

Hubo un silencio incómodo. Nanni siguió examinando el escritorio y, después de observar las bisagras, dijo que seguramente alguien había arreglado el escritorio antes, lo que explicaría por qué seguía teniendo aquel lustre tan resistente.

—Seguramente fuera mi abuelo —dijo él.

Mi madre estaba a punto de girar unas cuantas veces la corona del reloj de mi abuelo para darle cuerda, pero el ebanista le dijo que no lo hiciera.

—Se podría estropear el mecanismo de muelles. Será mejor que se lo lleve a alguien para que lo revise.

—¿El relojero? —preguntó ella con inocencia.

—El relojero es un idiota. Alguien del continente, quizá —dijo él.

¿Conocía a alguien?

Sí.

Él podía llevarle el reloj al relojero la próxima vez que cruzara en el transbordador.

Mi madre lo pensó un momento, luego dijo que le pediría a mi padre que lo llevase él.

—Capisco. Entiendo —dijo él, con el gesto de retirada de quien parece culpable de una infracción que sabe que no ha cometido pero que es lo bastante elegante como para aceptar la sospecha implícita de quien desconfía de sus motivos.

No me gustó aquello de mi madre, pero no podía decir nada para enmendar su alegación sin atraer más la atención sobre ella.

Con aquella única palabra, el ebanista decía que le alegraba haber sido de ayuda. Ella seguía pensando en el contenido de la caja y se quedó callada. El signor Giovanni no interrumpió el silencio de ella y, como seguramente no sabía qué decir, le echó un vistazo a la habitación y por último, volviendo al propósito de su visita, dijo que se llevaría el escritorio y lo restauraría hasta devolverle el aspecto que tuvo cuando lo hicieron. Dijo que reconocía el estilo, pero que no se pronunciaría sobre él todavía, ya que los años habían difuminado la firma de debajo. Lo que le admiraba especialmente, dijo mientras se cargaba al hombro el escritorio, era que, al parecer, el artesano no había puesto clavos salvo en las bisagras, pero tampoco estaba seguro de eso, ya nos lo diría. Dijo que volvería otro día a recoger los marcos y salió de la casa mientras nosotros dos nos quedábamos en el portal.

—Toma, ahora es tuya —dijo mi madre mientras me alargaba la pluma que, como la suerte así lo había querido, resultó ser una Pelikan.

Era exactamente igual que las que vendían en la papelería frente a mi colegio, pero no me hizo feliz. Había aparecido como una ocurrencia de último momento, como una concesión de la casualidad, no como un regalo y, no obstante, estaba inscrito mi nombre en ella y eso sí me gustaba. Mientras mirábamos cómo se iba el signor Giovanni, mi madre me contó una extraña historia que le había oído a su suegro: un día, mientras estaba escribiendo, en la época en que vivió en París, se le cayó la pluma del escritorio y, con las prisas por agarrarla, el plumín le perforó la piel.

—¿Y? —pregunté, sin entender adónde quería llegar.

—Le dejó un tatuajito en la palma de la mano. Estaba muy orgulloso de él. Le gustaba contar la historia de cómo le había pasado.

¿Por qué me contaba eso?

—Por nada —dijo—. Quizá porque todos quisiéramos que te hubiese conocido. Tu padre lo quería más que a nadie, me parece. En cualquier caso, estoy segura de que hubiese querido que tuvieras su pluma. A lo mejor te ayuda en el examen.

Aquel otoño, tiempo después, cuando repetí el examen de latín y griego, la pluma me ayudó.

 

 

Unos días después, Nanni volvió una tarde a recoger los marcos. Mi padre había venido más temprano en el transbordador y ya estaba en casa.

Cuando oímos el timbre, mi padre se incorporó y abrió la puerta él mismo. Gog y Magog se levantaron y le siguieron como hacían siempre que salía del cuarto.

—Stai bene? ¿Estás bien? —preguntó en cuanto vio a Nanni fuera.

—Benone, e tu? Bastante bien, ¿y tú? —preguntó Nanni—. He venido por los marcos, me quedo solo un momento.

Les acarició la cabeza a los perros.

—¿Cómo va el codo? —le preguntó mi padre.

—Mucho mejor.

—¿Has hecho lo que te dije?

—Ya sabes que siempre lo hago.

—Sí, pero ¿lo has hecho medio minuto cada vez?

—¡Sííí!

—A ver, enséñamelo.

Nanni estaba a punto de demostrar cómo hacía las extensiones de brazo que le había recomendado mi padre, pero al verme en la puerta soltó:

—Ciao, Paolo —mi presencia le sorprendió, como si se hubiese olvidado de mi existencia o de que vivía allí.

Bajó el brazo y se fue derecho al salón y recogió los dos marcos apoyados contra la pared. Consiguió intercambiar unos cumplidos con mi madre, que estaba sentada en el sofá leyendo una novela. ¿Había hecho algo con el reloj?

Todavía no, por desgracia. Parecía molesta. A mi madre no le gustaba que le recordasen sus descuidos. Los cuatro nos quedamos callados y hubo un momento incómodo.

—¿Sabías que es el nadador más rápido de San Giustiniano? —le dijo mi padre a mi madre.

—Ma che cosa stai a dire? Pero ¿qué dices? —protestó Nanni.

Por supuesto, yo sabía que a mi padre le gustaba ir a nadar todas las mañanas antes de volver a casa e irse en el transbordador hasta el continente, pero no sabía que Nanni también nadaba.

—Le llamamos Tarzán.

—Tarzán, qué bonito nombre —dijo mi madre con un dejo de ironía en la voz, como si no hubiese oído nunca la palabra y estuviese decidida a no participar en las bromas inanes entre el ebanista provinciano y el erudito conocido en el mundo entero; le molestaba la camaradería de mi padre con Nanni, se lo noté.

—Tendrías que oírle hacer el grito de Tarzán —miró a Nanni y dijo—: Enséñaselo.

—Por supuesto que no.

—Grita y luego nada. El otro día se cruzó la bahía en cuatro minutos y medio. Yo tardo ocho.

—Querrás decir cuando no te das por vencido —se mofó Nanni—. En realidad, yo diría que tardas entre diez y once minutos.

Entonces, sintiendo la tensión que había en la habitación, se giró rápidamente, e, informal como siempre, dijo:

—Alla prossima. ¡Hasta la próxima!

—Sì —murmuró mi padre, sumiso.

Me gustó su compañerismo y la forma en que se burlaban el uno del otro. Rara vez había visto a mi padre así, vivaz, travieso, juvenil incluso.

—¿Qué te ha parecido? —le preguntó a mi madre.

—Parece un tipo agradable —dijo ella, casi esforzándose por aparentar una indiferencia cordial.

En su voz había incluso un tono reprimido de hostilidad hacia el ebanista que quizá no era del todo sincero; era la manera típica que tenía mi madre de vetar algo o a alguien que no hubiese traído ella a nuestra corte. Pero, entonces, al notar la indiferencia exasperada de mi padre, que era su modo de decir que al menos podría haber dicho algo amable del pobre tipo, añadió:

—Tiene unas pestañas preciosas. Las mujeres nos fijamos en esas cosas.

No me había fijado en sus pestañas. Quizá por culpa de ellas no podía sostenerle la mirada. Tenía las pestañas más bonitas que yo hubiese visto nunca, desde luego las únicas a las que les había prestado atención.

—De todas formas, lo encuentro un poco demasiado descarado, demasiado atrevido. No sabe cuál es su sitio, ¿no?

Yo estaba seguro de que lo que la había irritado y la razón por la que le había cambiado el humor en cuanto Nanni entró en nuestra casa y se fue derechito a los marcos era que había tuteado al hombre que le había contratado.

 

 

Una semana después, mi madre decidió ir a visitar al ebanista.

—¿Quieres venir conmigo?

—Por qué no —contesté y añadí en tono despreocupado—: No me importaría.

Quizá captó alguna inflexión en la estudiada afectación de mi «por qué no» que la puso sobre aviso, porque unos minutos más tarde, como si nada, me dijo que se alegraba de oír que me interesaban las cosas corrientes del planeta.

—¿Qué cosas del planeta? —pregunté, intentando calibrar lo que había inferido realmente de mi respuesta apresurada.

—Ah, no sé, los muebles, por ejemplo.

Me la podía imaginar añadiendo «los amigos, la gente, la vida», con su manera un poco maliciosa y suspicaz de tomarse mis comentarios aparentemente casuales. O quizá no se hubiese dado cuenta de nada, como tampoco me había dado cuenta yo en realidad, aunque sentí, y quizá ella también, que había algo demasiado deliberado en la despreocupación de mi respuesta.

Aquella tarde, temprano, mientras andábamos sin prisa hacia la ciudad vieja en dirección al taller del signor Giovanni, no sabía por qué pero el silencio críptico de mi madre me recordó a lo que me había dicho más o menos un año antes en un paseo similar: nunca dejaría que un hombre o un chico mayor me tocase ahí. Me quedé tan desconcertado con su indicación que nunca se me ocurrió preguntarle por qué, para empezar, querría alguien tocarme ahí. Pero esa tarde, durante nuestra caminata colina arriba hacia San Giustiniano Alta, recordé su advertencia.

El taller apestaba a trementina. Reconocí el olor por mi clase de arte, aunque aquí evocaba las tardes tranquilas en que solo quedaban abiertas unas cuantas tiendas, mientras todas las demás cerraban durante las horas de después del almuerzo. La barbería, el ultramarinos, el tostadero de café, la panadería, todos cerraban. El signor Giovanni estaba tallando tranquilamente una pieza de madera ornamental con las puertas abiertas de par en par para que salieran los vapores. No le sorprendió vernos, se incorporó enseguida y con la mano izquierda levantó el dobladillo del delantal para secarse el sudor de la frente. Se disculpó y desapareció en otra habitación a buscar el escritorio.

Cuando nos dejó solos aquella tarde tranquila, mi madre y yo nos sentimos totalmente fuera de lugar. Eché un vistazo alrededor. Demasiadas herramientas, demasiados trastos, demasiado serrín por todas partes. En una pared de ladrillo, un grueso jersey marrón colgado de un clavo. Se veía que era áspero, pero cuando me acerqué a tocarlo no me pareció lana, sino algo entre arpillera y rastrojos. Mi madre me miró como diciéndome «No toques».

El escritorio, cuando por fin lo trajo y lo puso en el suelo ante nosotros, había perdido su lustre y se veía apagado y sin brillo, como si lo hubiesen despellejado vivo.

—Está sin terminar —dijo, para aplacar lo que claramente era una expresión de horror en la cara de mi madre que pretendía pasar por preocupación contenida.

Nanni supo lo que estaba pensando ella y le recordó que en unas cuantas semanas no iba a creerse cómo reluciría el escritorio a la luz de las velas, más luminoso y translúcido que el mármol pulido, dijo. Le pregunté al signor Giovanni cómo había sabido lo de la caja para dejar atrás aquellos intentos torpes y quizá fútiles de tranquilizar a mi madre.

—Cuando se lleva un tiempo haciendo esto, uno sabe —dijo, repitiendo «uno sabe» como si meditara la respuesta para sí, como si las confesiones complicadas sobre la dedicación y la experiencia acumulada a lo largo de los años de trabajo riguroso solo pudieran justificarse mediante un suspiro.

De pronto pareció mayor de lo que aparentaba, curtido, apagado, triste incluso. Le enseñó a mi madre las reparaciones que estaba haciendo en el escritorio. Era una obra maestra de curvas alisadas y lijadas, aunque las patas estaban agrisadas con una capa protectora provisional. Tocó las esquinas exageradamente redondeadas del escritorio, dejó la mano apoyada allí, como si fuese la grupa de un potrillo dócil. Luego me puso una mano en la espalda cuando pretendí mirar dentro de la cavidad en la que había estado oculta tantísimo tiempo la caja de mi abuelo. Para impedir que cambiara de tema o que quitara la mano si mi madre decía algo, seguí mirando y enlazando una pregunta tras otra sobre la madera, el diseño, los productos que usaba para quitar las capas de mugre y devolverle la vida a aquel objeto destartalado que había languidecido desde siempre en un rincón de nuestra casa. ¿Cómo sabía cuándo debía cambiar de la lija gruesa a la fina? ¿Cuándo era mala la trementina para la madera? ¿Qué otros productos usaba, dónde había aprendido todo aquello, por qué se tardaba tanto? Me encantaba oírlo hablar, sobre todo cuando le señalaba algo y él se inclinaba para explicármelo. Mi madre tenía razón. Me encantaba su voz, sobre todo cuando estaba tan cerca de mí que parecía estar respirándome y susurrándome. Sabía muchísimo y, no obstante, cuando suspiraba antes de contestar, sonaba vulnerable y cauteloso al hablar de los rumbos inesperados que toman las cosas.

—Las cosas no siempre cooperan —dijo.

—¿Qué cosas? —pregunté.

Aquello pareció divertirle. Luego, miró a mi madre y dijo:

—Podría ser la vida o podría ser una tablilla de madera que se niega a doblarse como debiera.

Me acordé de que, después de inspeccionar el escritorio por primera vez en nuestra casa, lo había atado y había asegurado las partes movibles que podían abrirse o caer al suelo y luego se lo había cargado al hombro y se lo había llevado andando. Me recordó a Eneas huyendo de Troya con su anciano padre en equilibrio sobre el hombro y su hijo pequeño, Ascanio, de la mano. Quise ser Ascanio. Quise que él fuera mi padre, quise irme y marcharme con él. Quise que su taller diminuto fuese nuestro hogar, mugre, virutas de madera, polvo, trementina, todo el lote. El padre que tenía era un hombre maravilloso, pero el signor Giovanni sería mejor, más que un padre para mí.

Cuando nos fuimos, mi madre pasó por la panadería y me compró un pastelito. Se compró también uno para ella. Nos los comimos mientras paseábamos. Ninguno de los dos dijo nada.

Supe que lo que había sentido en la tienda era poco corriente y furtivo, tal vez pernicioso. Lo volví a sentir aunque con más intensidad el día que decidí volver a casa por el camino largo después de estar con mi profesor particular, mientras rodeaba la ciudad vieja por lo menos dos veces y terminé llamando a la puerta de cristal de su taller. Estaba dándole instrucciones a su ayudante, un chico poco mayor que yo, que luego supe que era su hermano Ruggiero.

Cuando me vio, asintió y, mientras me saludaba, siguió limpiándose las manchas de aceite de las manos con un trapo, que luego advertí que estaba empapado de aguarrás.

—Ya le he dicho a tu madre que todavía no está listo —dijo, claramente molesto por mi visita improvisada que probablemente se tomó como una intromisión ladina, un empujoncito espoleado por la impaciencia de mi madre de ver el trabajo terminado.

Dije que pasaba por allí después de estar con mi profesor particular y que solo quería saludar. Apenas fui capaz de mirarle a la cara a hurtadillas.

—Bueno, bueno, entonces hola, pasa de todas formas —dijo mientras me abría la puerta.

Y de repente, gracias a su sociable acogida, lo abracé como abrazaba a los amigos de mis padres cuando venían de visita. Lo último que quería era ser el hijo del jefe que se pasa a ver al asalariado desprevenido para pescarlo encorvado sobre su trabajo. Pero si estaba interrumpiéndole y él estaba dejándolo todo y dedicándome su tiempo, respondía a que yo era, no servía de nada ocultarlo, el hijo del jefe. No debería haber venido, pensé. Me sentí insoportablemente incómodo cuando sacó una sillita desvencijada de madera para que me sentara. Debería haberme ido directamente a casa y haber ayudado al jardinero a podar las hierbas aromáticas. Pero él rompió mi silencio. Me preguntó si quería limonada. No sopesé la respuesta, asentí con la cabeza. Fue hasta una mesa de trabajo muy gruesa y combada repleta de herramientas, levantó una jarra de porcelana cubierta con un tapetito descolorido y sirvió un vaso.

—No está fría —dijo, como diciendo «no como la limonada que sirven en tu casa»—, pero te calmará la sed.

Me pasó el vaso y luego se quedó ahí mirándome como una enfermera que se asegura de que el paciente se ha tomado hasta la última gota del medicamento. No olía solo muy fuerte a limón o a esas tardes de pleno verano cuando el calor te aplasta y estás a punto de desplomarte en la cama y agradeces que alguien inventase la limonada; olía a la trementina de sus manos. Me encantaba que oliese a sus manos. Llegué a amar el olor de su taller, su pequeño mundo de trastos de madera y mesas combadas y jerséis andrajosos y sillas desvencijadas en las que podías descansar en las tardes sofocantes cuando todo tu ser parecía embriagarse del olor ácido, dulce, arrebatador a lima y aceite de linaza.

Unos días después de mi visita, decidí dejarme caer por la ebanistería por segunda vez y después otra vez unos días mÃ