La luz del cielo blanco muestra el mundo en toda su crudeza, tal como se le debió de aparecer a Lázaro nada más salir del sepulcro.
El suelo de rejilla de acero vibra bajo los pies del cura. Se agarra a la barandilla con una mano al tiempo que se apoya en el bastón para hacer frente al balanceo.
El mar gris se mueve somnoliento, como una lona ondulada de alquitrán.
Un cabrestante arrastra el transbordador por medio de dos cables de acero tendidos entre las dos islas. Emergen goteando del agua y vuelven a hundirse detrás del barco.
Cuando el piloto del ferry inicia la maniobra de atraque, el oleaje levanta espuma y la rampa de desembarque se desliza por el muelle con estrépito.
El cura se tambalea en el momento en que la proa toca las defensas del embarcadero y la sacudida reverbera a través del casco.
Tiene intención de visitar a Erland Lind, el guarda de la iglesia, ya jubilado, que no responde al teléfono y tampoco se presentó a la misa de Adviento en la iglesia de Länna, como suele hacer.
Erland sigue viviendo en la casita del guarda, detrás de la capilla de Högmarsö, que pertenece a la parroquia. Sufre demencia, pero le siguen pagando por cortar el césped y echar arena y sal cuando hiela.
El cura avanza sobre el sinuoso camino de gravilla, con la cara entumecida por el aire frío. No hay gente a la vista, pero justo antes de alcanzar la capilla oye el chirrido de una pulidora en el dique seco del astillero.
Ya no recuerda la cita de la Biblia que ha tuiteado esa mañana, y eso que quería comentarla con Erland.
Contra el fondo sombrío de los campos de cultivo y el lindero del bosque, la capilla blanca casi parece de nieve.
Como la sala de culto permanece cerrada en invierno, el cura se dirige a la casita del guarda y llama a la puerta con la empuñadura curva de su bastón, espera unos segundos y luego entra.
—¿Erland?
No hay nadie en casa. Da unos golpes con los pies en el suelo para sacudirse los zapatos y mira a su alrededor. La cocina está hecha un desastre. El cura deja la bolsa con bollitos de canela sobre la mesa, junto a un molde de aluminio con restos de comida: un poco de puré de patata agrietado, salsa cuajada y dos albóndigas marchitas.
La pulidora enmudece allá abajo.
El cura sale de la casa, comprueba que la puerta de la capilla está cerrada y echa un vistazo dentro del garaje abierto.
Hay una pala sucia de tierra tirada en el suelo, y un cubo negro lleno de trampas para ratas oxidadas.
Con el bastón, intenta levantar la lona de plástico que cubre el quitanieves, pero se detiene al oír un berrido distante.
Vuelve a salir y camina hacia la ruina del viejo crematorio, junto a la linde del bosque. Entre la abundante mala hierba aún asoma el horno con la chimenea ennegrecida.
Mientras rodea un montón de palés de madera, el sacerdote no puede evitar echar una mirada a su espalda.
Ha tenido un mal presentimiento desde el instante en que puso un pie en el ferry.
Es uno de esos días en que la luz es de todo menos reconfortante.
Se escucha de nuevo el extraño bramido, más cerca, como si un ternero estuviera atrapado en una caja de metal.
El cura se detiene y se queda muy quieto, sin hacer ruido.
Todo está en silencio, solo se mueve el vaho que le sale por la boca al respirar.
Detrás de la compostadora, el suelo está embarrado y pisoteado. Hay un saco de sustrato apoyado contra un árbol.
El cura empieza a caminar hacia la compostadora, pero se para al toparse con un tubo metálico clavado en el suelo. Sobresale más o menos medio metro, tal vez indique el límite del terreno.
Amparándose en el bastón, mira hacia el bosque y ve un sendero cubierto de hojarasca y piñas caídas.
El viento atraviesa las coronas de los abetos, un grajo resuena en la lejanía.
El sacerdote da media vuelta, oye el extraño lamento a sus espaldas y aprieta el paso. Deja atrás el horno del crematorio y la casita, echa un vistazo por encima del hombro y piensa que lo único que quiere es volver a la vicaría y sentarse delante de la chimenea con una novela policíaca y un vaso de whisky en la mano.
Un sucio coche de policía se aleja del centro de Oslo por la carretera de circunvalación. Bajo los quitamiedos, la mala hierba se estremece con el viento y una bolsa de plástico vuela como un globo por la cuneta.
Karen Stange y Mats Lystad han respondido a la alerta de la central de comunicaciones a pesar de lo tarde que es. En realidad habían terminado su jornada y les tocaba irse a casa, pero en este momento van de camino al distrito de Tveita.
Una decena de inquilinos del mismo edificio se han quejado de una peste horrible. El conserje de la finca ha revisado los cubos de basura unas horas antes, pero estaban limpios. El olor parecía provenir más bien de un piso de la undécima planta. A través de la puerta se oía un débil canto, pero el propietario, un tal Vidar Hovland, se negaba a abrir.
El coche patrulla cruza una zona industrial de edificios de poca altura. Detrás de la alambrada de púas hay contenedores, camiones y depósitos de arena y sal para el invierno.
Los bloques altos de la avenida Nåkkves parecen una escalera gigante de hormigón volcada y partida en tres trozos.
Delante de una furgoneta con el anuncio Cerrajerías Morten estampado en un lateral, un hombre con mono gris los saluda. Queda iluminado por los faros del coche, y la sombra de su mano alzada se proyecta a varios pisos de altura sobre la fachada que tiene detrás.
Karen aparca junto al bordillo con suavidad, echa el freno de mano, apaga el motor y baja del coche a la vez que Mats.
El cielo se está cerrando para dar paso a la noche. El aire es gélido. Da la sensación de que podría ponerse a nevar.
Los dos policías estrechan la mano del cerrajero. Va afeitado, pero tiene las mejillas grises y el pecho encogido y se mueve agitado, como nervioso.
—¿Se saben ese en el que la policía sueca recibe una llamada de emergencia desde un cementerio? Habían encontrado trescientos cuerpos enterrados —bromea en voz baja y se ríe mirando al suelo.
El rechoncho conserje permanece sentado en su camioneta, fumando.
—Lo más probable es que el viejo haya dejado una bolsa de basura con restos de pescado en el recibidor —refunfuña mientras abre la puerta del vehículo de par en par.
—Esperemos que así sea —contesta Karen.
—He estado aporreando la puerta y gritando por la ranura del buzón que iba a llamar a la policía —añade el hombre, disparando la colilla del cigarro con los dedos.
—Ha hecho bien en llamarnos —le dice Mats.
En los últimos cuarenta años han aparecido cadáveres en ese lugar en dos ocasiones, uno en el aparcamiento y otro en una de las viviendas.
Los dos policías y el cerrajero siguen al conserje hasta el portal y notan de inmediato el nauseabundo olor.
Todos intentan no respirar por la nariz cuando entran en el ascensor. Las puertas se cierran y sienten bajo los pies el tirón del ascenso.
—La planta 11 es una privilegiada —comenta el conserje—. Tuvimos un desahucio complicado hace un año, y en 2013 un apartamento quedó destrozado por un incendio.
—En los extintores suecos pone que hay que probarlos tres días antes del incendio —dice el cerrajero en voz baja.
Al salir del ascensor, la pestilencia es tan atroz que de manera inevitable se refleja en la desesperación de sus miradas. El cerrajero se lleva una mano a la boca y la nariz. Karen hace un esfuerzo por mantener a raya la náusea, antes de que el diafragma entre en pánico y empuje el contenido de su estómago hacia la garganta. El conserje se tapa la boca y la nariz con el jersey y señala el apartamento con la otra mano.
Karen se acerca, pega la oreja a la puerta y escucha. El interior está en silencio. Llama al timbre. Resuena una tenue melodía electrónica.
De repente se oye una voz débil dentro del piso. Es un hombre que está cantando o recitando algo.
Karen golpea la puerta y el hombre calla, pero luego vuelve a empezar, suavemente.
—Vamos a entrar —dice Mats.
El cerrajero se acerca a la puerta, deja su pesada bolsa en el suelo y abre la cremallera.
—¿Lo oyen? —pregunta.
—Sí —responde Karen.
Se abre la puerta de otro apartamento y aparece una niñita con el pelo rubio y enredado y los ojos hundidos de cansancio.
—Vuelve adentro —le dice Karen.
—Quiero mirar —dice la niña sonriendo.
—¿Están tu mamá o tu papá en casa?
—No lo sé —dice, y se apresura a cerrar la puerta.
En lugar de usar una ganzúa, el cerrajero atraviesa toda la cerradura con un taladro. Las brillantes virutas de metal revolotean y caen al suelo. Retira las partes candentes del cilindro y las deja en su bolsa, luego saca el cerrojo y se hace a un lado para dejar paso.
—Esperen aquí —les dice Mats al conserje y al cerrajero.
—¡Policía! ¡Vamos a entrar!
Karen mira la pistola en su pálida mano. Por un instante, el objeto de metal negro le resulta desconocido: las piezas ensambladas, el cañón, el gatillo, la empuñadura.
—¿Karen?
Su mirada se encuentra con la de Mats, y solo entonces se vuelve hacia el apartamento, levanta la pistola y entra cubriéndose la boca con la mano.
No ve ninguna bolsa de basura en el recibidor. El hedor debe de provenir del baño o la cocina.
Lo único que oye son las suelas de las botas sobre el linóleo y su propia respiración.
Pasa por delante de un espejo estrecho y se adentra en el cuarto de estar, donde revisa rápidamente los rincones y echa un vistazo al caos. El televisor está tirado en el suelo, junto a tiestos de helechos desparramados, el sofá cama revuelto está ladeado, hay un cojín rajado y una lámpara de pie volcada.
Apunta el arma hacia el pasillo que lleva al baño y la cocina, deja pasar a Mats y luego lo sigue.
Unos cristales rotos crujen bajo sus botas.
Hay un aplique de pared encendido, pequeñas partículas de polvo flotan en el halo de luz.
Karen se detiene y aguza el oído.
Mats abre la puerta del baño y enseguida baja la pistola. Ella intenta ver el interior, pero la hoja de la puerta tapa la luz. Lo único que puede distinguir es una cortina de ducha sucia. Da unos pasos, se inclina hacia delante y empuja la puerta con un dedo, hasta que el hilo de luz recorre los baldosines del baño.
El lavabo está manchado de sangre.
Karen se estremece, y un segundo después oye una voz a sus espaldas. Es un hombre viejo que habla en voz baja. Se asusta tanto que suelta un gemido al darse la vuelta y apuntar con la pistola hacia el pasillo.
Pero allí no hay nadie.
Cargada de adrenalina, regresa a la sala de estar, oye una risa y apunta con el arma hacia el sofá.
Es perfectamente posible esconderse ahí detrás.
Entonces se da cuenta de que Mats está intentando decirle algo, aunque no consigue entender sus palabras.
El pulso retumba en su cabeza.
Avanza despacio, coloca el dedo sobre el gatillo, nota que está temblando y decide sujetar la pistola con ambas manos.
Justo cuando el viejo empieza a cantar, Karen comprende que la voz sale del equipo de música. Rodea el sofá, luego baja el arma y contempla los cables llenos de polvo y una bolsa de patatas fritas aplastada.
—Vale —susurra para sí misma.
Sobre la tapa del equipo de sonido ve la funda de un CD del Instituto de Lenguas y Folklore. Una breve secuencia de la grabación se repite en bucle una y otra vez. Un hombre mayor explica algo en un dialecto difícil de entender, se ríe y luego canta —«En nuestra granja de boda estamos, con los cuencos vacíos y los platos rajados»— antes de guardar silencio de nuevo.
Desde el vano de la puerta, Mats le hace gestos para que se acerque, quiere continuar hasta la cocina.
Fuera ya es casi de noche, las cortinas se ondulan un poco por efecto del calor del radiador.
Karen sigue a su compañero, pierde el equilibrio y se apoya en la pared con la mano que sujeta la pistola.
El ambiente está cargado del olor a letrina y cadáver, es tan sofocante que los ojos se le llenan de lágrimas.
Oye la respiración de Mats, breve y poco profunda, y se concentra para no sentir arcadas.
Lo sigue hasta la cocina y se detiene.
En el suelo de linóleo hay una persona desnuda, con una cabeza demasiado grande y el abdomen abultado.
Es una mujer embarazada con un pene hinchado de color gris azulado.
El suelo se mueve bajo los pies de Karen, su campo visual se estrecha.
Mats suelta un gemido agudo mientras se apoya en un arcón congelador.
Karen se dice a sí misma que la ha confundido el efecto del shock. Comprende que el muerto es un hombre aunque el abdomen distendido y los muslos abiertos le hayan hecho pensar en una mujer dando a luz.
Nota cómo le tiemblan las manos cuando enfunda la pistola.
El cadáver se encuentra en avanzado estado de descomposición, con amplias zonas flojas y húmedas.
Mats cruza la estancia para vomitar en el fregadero, tan bruscamente que salpica la cafetera.
La cabeza del muerto es como una calabaza ennegrecida pegada directamente a los hombros. Tiene la mandíbula rota, y la garganta y la nuez de Adán han salido a presión a través de la boca deforme, empujadas desde dentro por los gases.
«Ha habido una pelea —piensa Karen—. Lo han golpeado, le han partido la mandíbula, y por último le han estampado la cabeza contra el suelo.»
Mats vomita de nuevo y luego escupe.
En el cuarto de estar vuelve a sonar la canción.
La mirada de Karen se desplaza hasta el abdomen, los muslos abiertos y el órgano sexual del hombre. Luego vuelve a fijarse en Mats, pálido y sudoroso. Karen está a punto de acercarse para ayudarlo cuando alguien la agarra de las piernas. Sin poder evitarlo, deja escapar un grito y manotea en busca de su pistola, hasta que advierte que es la niña de la casa vecina quien está a su lado.
—Pero, pequeña, no puedes entrar aquí —dice jadeando.
—Es divertido —dice la niña mirándola con sus ojos castaños.
Karen nota las piernas flojas mientras conduce a la cría de vuelta al rellano.
—Aquí no puede entrar nadie —le dice al conserje.
—Me he despistado un segundo para ir a abrir una ventana —replica el hombre.
En realidad, Karen no quiere volver al apartamento, ya sabe que acabará soñando con eso, que se despertará en medio de la noche con la visión del hombre despatarrado.
Cuando entra de nuevo en la cocina, Mats está cerrando el grifo del fregadero y la mira con ojos vidriosos.
—¿Hemos terminado? —pregunta ella.
—Sí, solo quiero echar un vistazo a este congelador —dice él, señalando las huellas ensangrentadas alrededor del asa.
Se seca la boca, abre la tapa y se inclina sobre el arcón.
Karen ve cómo la cabeza de su compañero se alza de golpe y su boca se abre sin emitir ningún sonido.
Mats retrocede tambaleándose y la tapa se cierra con tal fuerza que una taza de café tintinea en la mesa de la cocina.
—¿Qué es? —pregunta ella acercándose al congelador.
Mats se agarra al borde del fregadero, se lleva por delante un pulverizador de agua para plantas y mira a su compañera. Sus pupilas se han contraído hasta parecer dos gotas de tinta y su cara ha adquirido una palidez antinatural.
—No mires —susurra.
—Necesito saber qué hay en ese arcón —dice ella, consciente del miedo que refleja su propia voz.
—Por el amor de Dios, no mires...
Vivero de Valeria en Nacka, afueras de Estocolmo
Va atardeciendo lentamente, la oscuridad solo se hace visible cuando los tres invernaderos empiezan a brillar como linternas de papel de arroz. Es entonces cuando uno se da cuenta de que se ha hecho de noche.
Valeria de Castro lleva el pelo recogido en una coleta. Sus botas están llenas de barro y el plumas rojo, manchado, se le tensa sobre los hombros.
En el aire con olor a escarcha, su aliento se convierte rápidamente en vaho.
Ha terminado la jornada y se quita los guantes de trabajo mientras se dirige a la casa.
Sube a la planta de arriba y abre el grifo de la bañera; arroja la ropa sucia al cesto.
Cuando se vuelve hacia el espejo ve que tiene un manchurrón en la frente y un rasguño en la mejilla que seguramente se ha hecho con las zarzamoras. Piensa que necesita arreglarse un poco ese pelo y esboza media sonrisa al ver que parece contenta.
Aparta la cortina de la ducha todo lo posible, se apoya en la pared de baldosines y mete un pie en la bañera. El agua está tan caliente que tiene que esperar un poco antes de sumergirse entera.
Reclina la cabeza en el borde de la bañera, con los ojos cerrados, y escucha las gotas sueltas que caen del grifo.
Esta noche vendrá Joona.
Han discutido. No era más que una tontería, ella se sentía dolida, un absurdo malentendido que han solucionado como personas adultas.
Abre los ojos y ve los reflejos del agua en el techo. Los anillos que forman las gotas al caer se expanden en grandes círculos sobre la superficie.
La cortina de la ducha ha vuelto a deslizarse a lo largo de la barra, de modo que ya no puede ver la puerta del baño ni la cerradura.
El agua chapotea suavemente cuando Valeria pone un pie en el borde de la bañera.
Cierra de nuevo los ojos y continúa pensando en Joona, hasta que nota que se está quedando dormida y se incorpora.
Ahora tiene demasiado calor para seguir en el agua. Se levanta y deja que las gotas se escurran por su cuerpo; intenta distinguir la puerta en el espejo, pero el cristal está empañado.
Sale de la bañera con cuidado, poniendo un pie en el suelo resbaladizo, coge una toalla y se seca.
Empuja ligeramente la puerta del baño, luego espera un momento y asoma la cabeza al pasillo.
Las sombras permanecen inmóviles sobre el empapelado.
Todo está en silencio.
No es una persona miedosa, pero el tiempo en la cárcel la ha vuelto precavida en determinadas situaciones.
Por fin sale del baño y avanza con el cuerpo humeante por el estrecho pasillo hasta el dormitorio. Todavía no es completamente de noche, hay una línea de nubes translúcidas en el cielo.
Valeria saca unas bragas limpias de la cómoda y se las pone, abre el armario, descuelga su vestido amarillo y lo deja sobre la cama.
Se oye un ruido en la planta baja.
Valeria se detiene en seco.
Contiene la respiración, permanece completamente quieta, aguza el oído.
¿Qué puede haber sido?
Joona no llegará hasta dentro de una hora, aunque ella ha preparado ya el guiso de cordero picante con cilantro fresco.
Valeria se dirige a la ventana y empieza a bajar la persiana, pero en ese momento ve que hay alguien de pie cerca del invernadero.
Se aparta a toda prisa del cristal, suelta el cordón y la persiana se desenrolla dando un golpe. El cordón se recoge con un leve restallido.
Valeria corre a apagar la luz de la mesita de noche y se vuelve a acercar a la ventana.
Fuera no hay nadie.
Está casi segura de que ha visto a un hombre, inmóvil en la linde oscura del bosque. Era delgado como un esqueleto y estaba mirando hacia ella.
Las cristaleras del invernadero centellean por la condensación. Allí no hay nadie. No se puede permitir tener miedo. Simplemente, no puede.
Se dice que quizá era un cliente o un proveedor que ha dado media vuelta al verla desnuda en la ventana. No es raro que alguien se pase cuando el vivero ya está cerrado.
Estira el brazo para alcanzar el móvil, pero ve que está sin batería.
Se envuelve en el largo albornoz rojo y empieza a bajar las escaleras. Apenas ha descendido unos peldaños cuando nota un aire frío en los tobillos. Sigue bajando y ve que la puerta de la calle está abierta.
—¿Hola? —llama en voz baja.
El felpudo está cubierto de hojas secas y algunas han volado hasta el suelo de madera del recibidor. Valeria introduce sus pies desnudos en las botas de agua, coge la linterna del perchero y sale al exterior.
Sigue el sendero descendente que lleva a los invernaderos, comprueba que las puertas están cerradas e ilumina las filas de plantas con la linterna.
Las hojas oscuras se tornan verde claro en cuanto enfoca el haz de luz. Sombras y reflejos se deslizan a lo largo de las paredes de cristal.
Valeria rodea el vivero más alejado. La linde del bosque está negra. El césped helado cruje bajo su peso cuando camina.
—¿Hay alguien ahí? —dice en voz alta mientras ilumina los árboles con la linterna.
Los troncos se aclaran hasta adoptar un tono gris pálido, pero más al fondo solo hay negrura. Valeria nota el olor a óxido al pasar junto a una vieja carretilla. Despacio, dirige el foco de luz de un tronco a otro.
La hierba alta parece intacta. Sigue iluminando los árboles. Un poco más adentro, entre los troncos, ve algo en el suelo. Parece una manta encima de un leño.
La luz pierde un poco de intensidad y Valeria sacude la linterna para recuperarla. Luego continúa acercándose.
Mientras aparta las ramas nota cómo el corazón le late con fuerza y la linterna le tiembla en la mano.
Piensa que lo que hay debajo de la manta parece un cuerpo, alguien acurrucado que hubiera perdido un brazo, o los dos.
Tiene que apartar esa manta y mirar.
En el bosque reina la quietud.
Una rama seca se parte bajo su bota, y de repente el lindero del bosque queda iluminado por una luz blanca. Llega desde atrás y se desplaza hacia un lado, de forma que las sombras alargadas de los árboles se deslizan junto a la de Valeria por el suelo.
Joona Linna deja que el coche ruede lentamente hacia el invernadero del fondo. El estrecho y agrietado camino de asfalto está flanqueado por hierba alta y un bosque denso.
Una de sus manos descansa sobre el volante.
Tiene el rostro pensativo y una mirada solitaria, gris como el hielo marino.
Joona se corta el pelo a menudo, porque si se descuida le crecen unos mechones rubios que se disparan en todas las direcciones.
Es alto y fibroso como solo se puede ser tras décadas de duro entrenamiento, una vez que se ha enseñado a músculos, tendones y ligamentos a trabajar juntos.
Va vestido con una americana gris marengo y una camisa blanca con el cuello abierto.
A su lado, en el asiento del copiloto, hay un ramo de rosas rojas.
Antes de ingresar en la academia de policía, Joona Linna formó parte del grupo de operaciones especiales del ejército y recibió una formación puntera en Holanda en lucha cuerpo a cuerpo no convencional, armas innovadoras y tácticas de guerrilla urbana.
Desde que lo habían hecho comisario en la policía judicial, había resuelto más casos de asesinato que nadie en toda Escandinavia.
Cuando lo condenaron a cuatro años de cárcel, fueron muchos los que opinaron que el proceso en la Audiencia Provincial de Estocolmo había sido injusto.
Joona no recurrió la sentencia. Había sido consciente del riesgo que corría al intentar salvar a un amigo.
El último otoño, el resto de la pena se conmutó por servicios a la comunidad y Joona pasó a ser policía de barrio en Norrmalm, Estocolmo. Le han asignado uno de los apartamentos que la policía tiene en Rörstrandsgatan, justo enfrente de la iglesia de Filadelfia. En unas pocas semanas se reincorporará a su puesto de comisario y recuperará su antiguo despacho en la jefatura.
Joona da la vuelta y se detiene, sale del coche y se queda quieto en medio de la oscuridad y el aire frío.
Ve la casita de Valeria con las luces encendidas y la puerta abierta de par en par. La luz de la ventana de la cocina atraviesa las ramas desnudas del abedul y cae sobre el césped escarchado.
Joona se vuelve hacia el bosque al oír un sonido seco. Una luz débil se mueve entre los árboles, las hojas muertas crujen bajo unos pasos que se acercan. Enseguida echa mano de la funda de su pistola para aflojarla.
Cuando se aparta a un lado, al acecho, ve a Valeria salir de entre el follaje con una linterna en la mano, vestida con su albornoz rojo y unas botas de agua. Tiene las mejillas pálidas y el pelo mojado.
—¿Qué estás haciendo en el bosque? —le pregunta.
Ella lo mira con una expresión extraña, como si tuviera la mente en otra parte.
—Solo estaba echando un vistazo a los invernaderos —dice.
—¿En albornoz?
—Llegas pronto —replica Valeria.
—Lo sé, es de mala educación, pero he intentado conducir despacio —dice él mientras va a buscar el ramo de flores.
Ella le da las gracias, luego lo mira con sus grandes ojos castaños y le invita a entrar.
La cocina huele a comino y laurel y Joona no puede reprimir un comentario sobre lo hambriento que está, pero se disculpa enseguida al recordar que ha llegado demasiado pronto: por su parte no hay prisa para comer.
—Estará listo en media hora —dice ella sonriendo.
—Perfecto.
Valeria deja las flores sobre la mesa y se acerca a la cazuela. Levanta la tapa y remueve el guiso, se pone las gafas de lectura y revisa el libro de recetas antes de añadir el perejil y el cilantro picados, barriéndolos de la tabla de cortar con el canto la mano.
—Te quedas a dormir, ¿no?
—Si te parece bien...
—Lo digo por si quieres tomar un poco de vino —aclara ella sonrojándose.
—Lo he entendido.
—Lo has entendido —dice ella imitando su acento finlandés con media sonrisa.
—Sí.
Valeria alcanza dos copas de uno de los armarios, abre la botella y sirve un poco de vino.
—He hecho la cama de la habitación de invitados. Te he dejado una toalla y un cepillo de dientes.
—Gracias —dice Joona aceptando la copa de vino.
Brindan en silencio, saborean el vino y se miran el uno al otro.
—Esto no lo podía hacer en Kumla —dice él.
Valeria comprueba los cortes de las rosas, las coloca en un jarrón sobre la mesa y luego se pone seria.
—Te lo diré sin preámbulos —dice mientras se ajusta el cinturón del viejo albornoz—. Siento haber reaccionado como lo hice.
—Ya te has disculpado —contesta Joona.
—Prefiero hacerlo cara a cara... Me comporté como una estúpida cuando me dijiste que todavía eras policía. Fue una inmadurez por mi parte.
—Sé que creíste que te había engañado, pero...
—No fue solo eso —lo interrumpe ella, y vuelve a sonrojarse.
—A todo el mundo le gustan los policías, ¿no?
—Sí —contesta ella reprimiendo una sonrisa, de tal forma que la punta de la barbilla se le arruga.
Vuelve a remover el guiso, tapa la cazuela y baja un poco el fuego.
—¿Necesitas que te ayude?
—No, pero había pensado arreglarme el pelo y maquillarme antes de que llegases, así que voy a aprovechar para hacerlo ahora —dice ella.
—Vale.
—¿Me esperas aquí o subes conmigo?
—Subo —dice Joona con una sonrisa.
Se llevan las copas de vino a la planta de arriba y entran en el dormitorio. El vestido amarillo sigue tendido sobre la cama hecha.
—Puedes sentarte en el sillón —murmura Valeria.
—Gracias —dice él, y toma asiento.
—Ahora no mires.
Joona aparta la mirada mientras ella se quita el albornoz, se enfunda el vestido amarillo por la cabeza y empieza a abrochar los pequeños botones desde la cintura.
—Casi nunca me pongo vestidos, solo en verano, cuando voy al centro —dice Valeria mirando su reflejo en el espejo.
—Increíblemente hermosa.
—Deja de mirar —dice ella con una sonrisa mientras se abrocha los últimos botones sobre el pecho.
—No puedo.
Valeria se acerca un poco más al espejo y empieza a recogerse el pelo húmedo en la nuca con ayuda de unas horquillas.
Joona contempla su cuello esbelto mientras ella se inclina hacia delante para pintarse los labios.
Luego Valeria se sienta en la cama y busca unos pendientes en la mesita de noche, pero cuando se está poniendo el primero se detiene de golpe y mira a Joona.
—¿Sabes? Creo que mi reacción tenía que ver con aquella vez en Mörby Centrum... Qué vergüenza —dice en voz baja—. No quiero ni imaginar lo que debiste de pensar de mí.
—Era una de las primeras redadas que hacía con la unidad de emergencia de Estocolmo —dice él rehuyendo la mirada.
—Yo estaba enganchada, era una yonqui.
—La vida lleva por diferentes caminos, así son las cosas —dice él alzando los ojos.
—Pero a ti te entristeció. Me di cuenta enseguida..., y recuerdo que intenté defenderme con una especie de desprecio hacia ti.
—Bueno, es que yo solo tenía tu imagen del instituto... Nunca contestaste a mis cartas, luego hice el servicio militar y fui a parar al extranjero.
—Y yo terminé en la cárcel de Hinseberg.
—Valeria...
—¡No! Es la verdad, fue todo un sinsentido y no hice más que tomar las peores decisiones... Y ahora he estado a punto de estropear lo nuestro otra vez.
—Tú no te esperabas que yo fuera a poder seguir sirviendo como policía —dice él con calma.
—¿Sabes siquiera por qué estuve en la cárcel?
—He leído el expediente, y no es peor que las cosas que he hecho yo mismo.
—Muy bien, al menos ya sabes que no soy ningún ángel.
—Claro que lo eres —replica él.
Valeria le sostiene la mirada, como esperando algo más, como si algo oculto pudiera salir de pronto a la luz.
—Joona —dice muy seria—. Sé que estás convencido de que estar contigo es arriesgado, que tienes miedo de poner en peligro a las personas que te importan.
—No —susurra él.
—Llevas mucho tiempo pasándolo mal, pero no está escrito en ninguna parte que tenga que ser siempre así.
Joona se sirve una última porción, a pesar de estar lleno, y Valeria rebaña el plato con un trozo de pan. Están sentados a la mesa de la cocina y han quitado el jarrón de en medio para poder verse el uno al otro.
—¿Te acuerdas de aquel cursillo de piragüismo que hicimos juntos? —pregunta Valeria, y vierte lo que queda en la botella de vino en la copa de Joona.
—Me acuerdo a menudo de ese verano.
Era pleno verano y habían decidido pasar la noche en un islote que habían divisado. La cala en la que durmieron era poco más grande que una cama de matrimonio, pero la hierba era mullida entre las rocas y dos o tres árboles.
Valeria limpia la mancha de pintalabios del borde de su copa.
—Quién sabe si nuestras vidas habrían sido completamente diferentes si no se hubiese desatado la tormenta —dice ella sin mirarlo.
—Estaba perdidamente enamorado de ti cuando íbamos al instituto —dice él, y piensa que ahora está de nuevo inmerso en esa sensación.
—Creo que yo nunca dejé de estarlo —dice ella.
Él le acaricia una mano y Valeria lo mira con ojos relucientes antes de coger otro trozo de pan.
Joona se limpia la boca con la servilleta y se echa hacia atrás, haciendo crujir el respaldo de la silla.
—¿Y Lumi? —pregunta Valeria—. ¿Le va bien en París?
—Hablé con ella el sábado y parecía contenta, se iba a una fiesta en la Perotti, una galería que supuestamente yo debería conocer... Acabé preguntándole si se le iba a hacer tarde y cómo pensaba volver a casa.
—Un padre preocupado —constató Valeria divertida.
—Dijo que probablemente cogería un taxi, y entonces creo que me puse un poco pesado explicándole que tenía que sentarse justo detrás del conductor y usar el cinturón.
—Ya —dice Valeria sonriendo.
—Noté que quería cortar la conversación, pero no pude evitar decirle que hiciese una foto de la licencia del taxista y me la mandase, etcétera.
—Y no te mandó ninguna foto, supongo.
—No —dice él soltando una carcajada.
—A la gente joven le gusta que muestres interés, pero no en exceso. Y para nada que desconfíes.
—Lo sé, pero no lo puedo evitar, me cuesta dejar de pensar como un policía.
Permanecen sentados a la mesa, bebiendo el último sorbo de vino y charlando acerca del negocio del vivero y de los dos hijos de Valeria.
Fuera es noche cerrada cuando Joona da gracias por la cena y se dispone a recoger la mesa.
—¿Quieres que te enseñe la habitación de invitados? —pregunta ella con timidez.
Se ponen de pie y Joona se da un golpe en la cabeza con la lámpara, que hace un tintineo metálico. Juntos suben la ruidosa escalera hasta la estrecha habitación, donde un profundo nicho enmarca la ventana.
—Qué bonita —dice él, quedándose justo detrás de Valeria.
Al volverse, ella se encuentra inesperadamente cerca de Joona, así que retrocede un poco y hace un extraño gesto con la mano en dirección al armario.
—Ahí hay más almohadas..., y mantas, por si tuvieses frío.
—Gracias.
—Aunque también puedes dormir en mi cama si quieres —susurra dándole la mano y llevándoselo del cuarto de invitados.
Lo conduce hasta el umbral de su habitación, y entonces se detiene, se pone de puntillas y lo besa. Él responde al beso, la rodea con sus brazos y casi la levanta del suelo.
—¿Hacemos una tienda de campaña con las sábanas? —susurra.
—Es lo que hacíamos siempre —dice Valeria con una sonrisa, sintiendo que su corazón se acelera.
Le desabrocha la camisa y la desliza por los hombros, planta las manos en sus bíceps y lo mira.
—Es extraño... Recuerdo tu cuerpo, pero entonces no eras más que un chico alto, no tenías este montón de músculos y cicatrices.
Él le desabotona el vestido, la besa en la boca y en el cuello y la vuelve a mirar.
Es esbelta y tiene los pechos pequeños.
Recuerda sus pezones oscuros.
Ahora lleva tatuajes en los hombros y tiene los brazos contorneados, llenos de arañazos de arbustos espinosos.
—Valeria, ¿cómo puedes ser tan bonita? —le dice.
Ella se deshace de su ropa interior y la deja caer al suelo. Después se acerca a Joona y con manos temblorosas empieza a desabrocharle los pantalones, pero no acaba de hacerse con el cierre del cinturón y termina apretándolo más.
—Perdona —dice con una risita. Ruborizada, se obliga a sí misma a no mirar mientras él se quita los pantalones.
Entre los dos, levantan el enorme edredón por encima de ellos y se quedan sentados en la cama. Ríen y se miran a la luz tenue antes de besarse de nuevo.
Ruedan a un lado de la cama como dos adolescentes, aunque no lo son. Se sienten desconocidos y al mismo tiempo familiares.
Ella gime cuando él le besa el cuello y la boca, cae de espaldas y se encuentra con la intensa mirada gris de Joona y siente que su corazón salta de alegría.
Él le besa los pechos y succiona un pezón con suavidad. Ella le aprieta la cabeza contra su cuerpo y él puede oír sus latidos.
—Ven —susurra Valeria, tirando de él hacia arriba y abriendo las piernas mientras él se tumba encima.
Joona no puede parar de mirarla, esos ojos tan serios, la boca entreabierta, el comienzo del esternón, la garganta y el hueco de sus clavículas.
Valeria estrecha a Joona contra su cuerpo y siente su dureza cuando entra en ella. Se hunde bajo su peso en el colchón, siente cómo los muslos se constriñen mientras sus piernas se abren cada vez más.
Joona siente el calor envolvente y aceitoso de ella y suelta un gemido al cambiar el ritmo.
Valeria abre los ojos y ve la delicadeza en su rostro, su excitación.
Acompaña los movimientos de Joona con un balanceo y la luz tenue se desliza por sus pechos, su vientre, sus caderas. La respiración se le acelera, levanta las caderas, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos.
El edredón cae al suelo.
El agua del vaso que hay en la mesilla se agita, proyectando una y otra vez un reflejo que esboza una figura elíptica en el techo.
Es domingo, y la temprana mañana de invierno es tan oscura que da la impresión de que el sol ya se haya puesto. Joona se ha quedado a dormir las dos últimas noches, pero el lunes debe volver al trabajo.
Valeria, sentada al escritorio que hay en su habitación, está echando un ojo a unas ofertas en el ordenador portátil cuando oye el ruido de un coche.
Mira por la ventana y ve que Joona deja la pala en la carretilla y saluda con la mano al Jaguar blanco que se acerca por el camino de tierra.
Joona le hace señas a Nålen para que se detenga, pero este sigue conduciendo y se lleva por delante toda una hilera de jacintos. Los tiestos se rompen con un chasquido y el abono húmedo se desperdiga alrededor de los neumáticos. El coche para por fin cuando una de las ruedas se encarama en lo alto del bordillo de piedra.
Desde la ventana, Valeria ve a un hombre alto con gafas de aviador que se apea del coche inclinado. Debajo de la trenca desabrochada lleva una bata de médico blanca. Tiene la nariz torcida y hebras canosas en el pelo rapado.
Nålen es catedrático de medicina legal en el Instituto Karolinska, y uno de los más destacados forenses de Europa.
Joona saluda a su viejo amigo con un apretón de manos y piensa que está más pálido de lo habitual.
—Deberías usar una bufanda —le dice sonriendo, mientras intenta cerrarle el cuello del abrigo.
—Anja me ha dado esta dirección —dice Nålen sin devolverle la sonrisa—. Tengo que...
Se interrumpe de golpe cuando ve a Valeria bajar los escalones.
—¿Qué pasa? —pregunta Joona.
Los labios finos de Nålen están pálidos y su mirada parece perturbada.
—Tengo que hablar contigo a solas.
Valeria ya ha llegado hasta ellos y le tiende una mano al hombre alto.
—Esta es Valeria —dice Joona.
—Profesor Nils Åhlén —contesta Nålen con formalidad.
—Encantada —responde Valeria con una sonrisa.
—Necesito hablar con Nålen —dice Joona—. ¿Te importa que entremos y nos sentemos en la cocina?
—Adelante —dice ella acompañándolos a la casa.
—Lamento tener que molestaros en domingo —se disculpa Nålen.
—No se preocupe, estaba trabajando arriba con el ordenador —explica Valeria, y se dirige a la escalera.
—No bajes, ya te aviso yo cuando hayamos terminado —dice Joona.
—Vale.
Joona guía a Nålen hasta la cocina y lo invita a sentarse. El fuego chisporrotea detrás de las puertas de la estufa de leña.
—¿Quieres una taza de café?
—No, gracias..., no voy a... —La voz se apaga y el profesor se deja caer en una silla.
—¿Te pasa algo?
—A mí no me pasa nada —contesta Nålen, incómodo.
—¿Qué sucede entonces?
Nålen rehúye su mirada y se limita a pasar la mano por la mesa.
—Ya sabes que tengo mucho trato con mis colegas de Noruega —empieza a decir despacio—. Pues acabo de recibir una llamada del Instituto de Salud Pública noruego..., ya sabes que ahora están allí los departamentos de patología y medicina clínica forense.
—Lo sé.
Nålen traga con dificultad, se quita las gafas, hace un ligero intento de limpiarlas y se las pone de nuevo.
—Joona, aunque esté aquí sentado, no sé cómo demonios explicarte..., quiero decir, sin que tú...
—Dime de una vez qué es lo que ha pasado.
Joona llena un vaso de agua y lo coloca delante de Nålen.
—Según tengo entendido, Kripos se ha hecho cargo de la investigación de un supuesto caso de asesinato con el que se topó la policía de Oslo... Encontraron a un hombre muerto en un apartamento, y en principio la cosa apuntaba a una pelea entre borrachos, pero al abrir el congelador hallaron miembros de un buen número de personas..., congelados y en diferentes grados de descomposición. Ahora trabajan con la teoría de que el fallecido fuera un profanador de tumbas desconocido..., puede que practicara incluso necrofilia y canibalismo... Por lo que se ha podido averiguar, solía viajar a ferias de antigüedades y subastas, así que habría tenido la oportunidad de asaltar tumbas locales y llevarse algún trofeo.
Nålen bebe un sorbo y se enjuga el labio superior con un dedo tembloroso.
—¿Y qué tiene eso que ver con nosotros?
—Ahora procura no ponerte nervioso —dice Nålen, clavando los ojos en Joona por primera vez—. El tipo tenía el cráneo de Summa en el arcón congelador.
—¿Mi Summa?
Joona se apoya en la encimera y vuelca a su paso la botella de vino vacía, pero ni siquiera se da cuenta de que cae al fregadero golpeando vasos y platos. Los oídos le empiezan a pitar al tiempo que le invaden los recuerdos de su esposa.
—¿Estás seguro? —pregunta en un susurro, mirando los invernaderos a través de la ventana.
Nålen se sube las gafas sobre la nariz y explica que la policía noruega ha intentado cruzar el ADN de los miembros encontrados en el congelador con los registros policiales de Europol, Finlandia y los países escandinavos.
—Había una coincidencia con la ficha dental de Summa, y como fui yo quien firmó el certificado de defunción, me llamaron a mí.
—Entiendo —dice Joona, y se sienta enfrente de su amigo.
—También se halló documentación de los viajes en la casa. A mediados de noviembre estuvo en la subasta de una finca en Gällivare..., y eso no queda muy lejos del lugar en el que estaba enterrada Summa.
—¿Estás seguro de esto? —repite Joona.
—Sí.
—¿Puedo ver las fotos?
—No —susurra Nålen.
—No te preocupes por mí —dice Joona mirando a Nålen a los ojos.
—No lo hagas.
Pero Joona ya ha abierto el maletín del forense y está sacando el expediente de Kripos. Coloca una fotografía detrás de otra sobre la mesa de la cocina.
La primera foto es un plano picado del congelador abierto. El pie gris de un niño sobresale de un pedazo de hielo escarchado. El esqueleto de una columna vertebral se intuye al lado de una cara barbuda y una lengua ensangrentada.
Luego Joona va pasando foto tras foto de distintas partes del cuerpo descongelándose sobre un banco de acero inoxidable: un corazón medio putrefacto, piernas cortadas a la altura de la rodilla, un recién nacido entero, tres cráneos limpios, dientes y un torso completo con pechos y brazos.
Sin avisar, Valeria entra en la cocina para dejar dos tazas sucias en el fregadero.
—¡Maldita sea! —ruge Joona intentando esconder las fotografías, aunque no hay duda de que ya las ha visto.
—Perdón —musita ella, y sale corriendo.
Él se pone en pie, apoya una mano en la pared, mira hacia los invernaderos y luego vuelve a mirar las fotografías.
El cráneo de Summa.
Se dice que ha tenido que ser una casualidad. El profanador de tumbas no podía saber quién era ella. No había ninguna inscripción en la lápida ni constaba en ningún registro.
—¿Qué se sabe del autor de los hechos? —pregunta, y oye a Valeria subir por la escalera.
—Nada, no tienen ninguna pista.
—¿Y la víctima?
—Todo apunta a una pelea en el apartamento, tenía un alto nivel de alcohol en sangre en el momento de su muerte.
—¿No te parece extraño que la policía no haya encontrado ningún rastro del otro?
—¿En qué estás pensando, Joona?, ¿qué se te está pasando por la cabeza? —pregunta Nålen con aprensión.
Valeria está sentada ante el ordenador en la planta de arriba cuando Joona sube y llama a la puerta.
Cuando se vuelve hacia él, la pálida luz que atraviesa las ventanas de cristal emplomado le da a su pelo un brillo castaño rojizo.
—Nålen se ha marchado —dice Joona con voz apagada—. Perdona que me haya puesto así, no quería que vieses esas imágenes.
—No soy tan sensible —contesta ella—. He visto cadáveres muchas veces, ¿sabes?
—Esto es algo más que partes de cadáveres. Es... personal —dice Joona, y se queda callado.
Hay una tumba familiar en Estocolmo con los nombres de Summa Linna y Lumi Linna grabados en la lápida, pero las urnas que hay bajo tierra no contienen sus cenizas. Las muertes de la esposa y la hija de Joona fueron fingidas, y en realidad vivieron varios años en un lugar secreto y con nuevas identidades.
—Vamos a la cocina a calentar la sopa —dice Valeria al cabo de un rato.
—¿Qué?
Ella le da un abrazo y él la estrecha contra su cuerpo y apoya la mejilla en su cabeza.
—Vamos a comer —repite ella en voz baja.
En la cocina, Valeria saca de la nevera la sopa que han preparado antes. Coloca la olla en el fuego y enciende la luz de la campana extractora, pero Joona se acerca y la apaga.
—¿Qué ocurre? —pregunta Valeria.
—Han saqueado la tumba de Summa y... —Se interrumpe y vuelve la cara. Ella ve cómo se seca unas lágrimas de las mejillas.
—Está permitido llorar —le dice con dulzura.
—Ni siquiera sé por qué me altera tanto... Un tipo ha abierto su tumba y se ha llevado el cráneo a Oslo.
—Dios mío —susurra ella.
Joona se dirige a la ventana y deja la mirada perdida entre los invernaderos y el bosque. Valeria se percata de que ha cerrado las cortinas del salón y ha dejado un cuchillo de cocina sobre la vieja cómoda.
—Sabes que Jurek Walter está muerto —dice ella muy seria.
—Sí —susurra Joona, y corre también la cortinilla de la ventana de la cocina.
—¿Quieres hablar de él?
—No tengo fuerzas —responde él llanamente, volviéndose hacia ella.
—Vale —dice Valeria con serenidad—. Pero no hace falta que me ocultes nada, puedo lidiar con ello, te lo prometo... Sé lo que hiciste para proteger a Summa y a Lumi, sé que ese hombre era un monstruo.
—Era mucho peor de lo que se puede imaginar... Escarbaba en el interior de las personas hasta dejarlas vacías.
—Pero eso ya pasó —dice Valeria entre susurros mientras intenta acariciarlo—. Puedes sentirte a salvo, está muerto.
Joona asiente con la cabeza.
—Esto lo ha removido todo... Cuando Nålen me ha contado lo de Summa, me ha parecido sentir su aliento en la nuca.
Joona se acerca de nuevo a la ventana y mira a través del hueco de las cortinas. Valeria observa su espalda en la penumbra de la cocina.
Cuando toman asiento, ella le pide que le siga hablando de Jurek Walter. Joona planta las manos en la mesa, en un intento por que dejen de temblar, y dice en voz baja:
—Le diagnosticaron una esquizofrenia inespecífica, alteraciones del pensamiento y trastorno psicótico con arrebatos extraños y extremadamente violentos, pero eso no significa nada..., nunca fue esquizofrénico..., lo único que refleja ese diagnóstico es la actitud del psiquiatra que lo evaluó, el miedo que Jurek le infundió.
—¿Era un profanador de tumbas?
—No —contesta Joona.
—¿Ves? —dice ella, e intenta sonreír.
—Jurek Walter nunca se molestaría por obtener trofeos —continúa Joona con voz pesada—. No era un pervertido, solo quería destrozar a la gente, no matarla ni torturarla... No es que hubiera dudado en hacerlo, pero lo que le fascinaba en realidad era devastar el alma de sus víctimas, acabar con sus deseos de vivir...
Joona intenta explicar que Jurek trataba de despojar a sus víctimas de todo para luego contemplar cómo seguían viviendo —iban a trabajar, comían, veían la televisión—, hasta el terrible instante en que comprendían que ya estaban muertas.
Permanecen sentados en la oscuridad mientras Joona sigue hablando de Jurek Walter. Aunque es el peor asesino en serie del norte de Europa de todos los tiempos, el público general lo desconoce, ya que todos los archivos que hay sobre él son documentos clasificados.
Joona explica cómo él y su compañero Samuel Mendel consiguieron descubrir a Walter. Se habían dedicado a vigilar por turnos la casa de una mujer cuyos dos hijos habían desaparecido en circunstancias que recordaban a las de otras víctimas.
Era como si se los hubiese tragado la tierra.
Habían observado que las desapariciones seguían un patrón en un gran número de casos: en los últimos años esas personas procedían de familias en las que ya había desaparecido algún otro miembro.
Joona guarda silencio y Valeria ve cómo junta las manos para mantenerlas quietas. Ella ha preparado té y llenado dos tazas que deja sobre la mesa antes de tomar asiento y esperar a que él reúna fuerzas para continuar.
—Llevábamos un par de semanas de tiempo apacible, con la nieve derritiéndose —explica—. Pero ese día había vuelto a nevar, así que había una capa fresca encima de la antigua...
Joona nunca le ha contado a nadie cómo fueron esas últimas horas, cuando Samuel llegó para relevarlo.
Un hombre delgado estaba de pie en la oscura linde del bosque, mirando hacia la ventana donde dormía la mujer cuyos hijos habían desaparecido.
El rostro del hombre, flaco y arrugado, estaba impasible.
Joona había pensado que la simple observación de la casa parecía alimentar esa placentera calma, como si el sujeto ya estuviese arrastrando a la víctima hacia el interior del bosque.
La figura delgada se limitó a mirar, luego dio media vuelta y se fue.
—Estás pensando en la primera vez que lo viste —dice Valeria, poniendo una mano sobre la de él.
Joona levanta la mirada y comprende que se ha quedado callado, asiente con la cabeza y explica que él y Samuel salieron del coche y siguieron las huellas.
—Corrimos a lo largo de una antigua vía de tren que se adentraba en el bosque de Lill-Jansskogen.
Pero en la penumbra de los abetos perdieron el rastro, las huellas ya no estaban y tuvieron que deshacer el camino.
Mientras volvían sobre sus pasos por la vía del tren se dieron cuenta de que el hombre había abandonado la vía para introducirse directamente en el bosque.
Dado que el suelo bajo la capa de nieve virgen estaba empapado, las huellas del hombre se habían oscurecido. Media hora antes habían sido blancas e imposibles de detectar a la tenue luz, pero ahora eran oscuras como el granito.
Se habían adentrado mucho en el bosque cuando de pronto oyeron un lamento desolador, como de alguien que se quejara desde el infierno.
Entre los troncos de los árboles divisaron al hombre al que habían estado rastreando. El suelo estaba negro, lleno de tierra removida que había sido excavada alrededor de una tumba no demasiado profunda. Una mujer mugrienta y demacrada intentaba salir de un ataúd una y otra vez. Luchaba entre sollozos, pero cada vez que estaba a punto de conseguirlo, el hombre la empujaba hacia abajo de nuevo.
Desenfundaron sus armas y se acercaron corriendo, tumbaron al hombre bocabajo y lo inmovilizaron de brazos y piernas.
Samuel lloraba mientras se comunicaba con el centro de control de emergencias.
Joona ayudó a la mujer a salir del ataúd y la cubrió con su chaqueta. Mientras la sostenía y le aseguraba que la ayuda estaba en camino, creyó ver que algo se movía entre el follaje, y entonces unas ramas se balancearon y la nieve cayó al suelo con un ruido apagado.
—Había alguien allí mirándonos —dice en voz baja.
La mujer, de cincuenta y cuatro años, había permanecido casi dos años en el ataúd. Jurek Walter se presentaba de vez en cuando y abría la caja para ofrecerle un poco de agua y comida. Había sobrevivido a duras penas: ahora estaba ciega, desnutrida y sin dientes. Tenía los músculos atrofiados y úlceras por todo el cuerpo; las manos y los pies sufrían de congelación.
Los médicos pensaron en principio que estaba traumatizada, pero luego resultó que también padecía daños cerebrales.
Una amplia zona del bosque fue acordonada esa misma noche. A la mañana siguiente, un perro policía especializado en la búsqueda de cadáveres marcó un lugar a solo doscientos metros de donde la mujer había sido enterrada. La excavación sacó a la luz los restos de un hombre y un niño dentro de un tonel de plástico azul. Más tarde se confirmó que habían sido introducidos allí cuatro años antes, aunque habían resistido pocas horas con vida a pesar del tubo que Jurek había insertado en el tonel para que entrara aire.
Joona se da cuenta de que Valeria está alterada: su cara ha perdido el color y se cubre la boca con una mano. Y es que Valeria no puede dejar de pensar en la descripción que ha hecho Joona de la primera vez que vio a Walter, de pie en la nieve bajo la ventana de su siguiente víctima. Le recuerda al hombre que vio el viernes en la linde del bosque, cerca del invernadero. Tal vez debiera contárselo a Joona, pero lo último que quiere es que empiece a imaginar de nuevo que Jurek Walter sigue vivo.
Un fiscal se hizo cargo de la investigación después de la detención de Jurek, pero Joona y Samuel dirigieron los interrogatorios desde el inicio de la custodia hasta la vista principal.
—Cuesta entenderlo, pero Jurek Walter perturbó a todos los que estuvieron lo suficientemente cerca de él —explica Joona buscando la mirada de Valeria—. No se trataba de nada sobrenatural, yo lo atribuiría a una especie de frío conocimiento de las debilidades humanas... Ese hombre te vampirizaba de tal modo que hacía que perdieses la facultad de defenderte.
Jurek Walter no confesó en todo el tiempo que pasó en prisión preventiva. Tampoco se declaraba inocente, más bien se dedicaba a exponer una deconstrucción filosófica de los conceptos de crimen y castigo.
—No fue hasta la última audiencia cuando me percaté del plan de Jurek. Pretendía que Samuel y yo reconociéramos que había una posibilidad de que fuera inocente, y que en realidad se había dado de bruces con la tumba y estaba tratando de ayudar a la mujer cuando lo detuvimos.
Una noche en que Joona y Samuel habían salido a correr juntos, Samuel planteó la hipótesis de qué habría ocurrido si en lugar de con Jurek se hubiesen encontrado con otra persona junto a la fosa cuando llegaron.
—No puedo dejar de pensar en eso —dijo Samuel—, en que independientemente de quién hubiese estado allí cuando nosotros llegamos, lo habríamos acusado del crimen.
Era cierto que faltaban pruebas concretas, que eran más bien las circunstancias del arresto y la ausencia total de explicaciones las que sostenían la acusación.
Joona sabía que Jurek era peligroso, pero aún no tenía ni idea de hasta qué punto.
Samuel Mendel empezó a retraerse, no podía más, no soportaba estar cerca de Jurek, decía que se sentía sucio, que se le envenenaba el alma.
—Incluso contra mi voluntad, acabo diciendo cosas que sugieren que podría ser inocente —confesó Samuel.
—Es culpable... Pero yo creo que hay alguien más, un cómplice —respondió Joona.
—Todo indica que es un lobo solitario...
—Cuando llegamos a la tumba, no estaba solo —lo interrumpió Joona.
—Sí que lo estaba, eso solo son manipulaciones suyas, para que creas que viste al auténtico culpable escabulléndose entre los árboles.
Joona había pensado muchas veces en la última conversación que tuvo con Jurek antes de que empezase el juicio.
Jurek Walter estaba sentado en una silla en la sala de interrogatorios, fuertemente custodiada, con la cara llena de arrugas apuntando al suelo.
—Me es completamente indiferente que me declaren culpable o inocente —dijo—. No le temo a nada, ni al dolor... ni a la soledad ni al aburrimiento. El tribunal se tragará cualquier cosa que diga el fiscal, y mi culpa quedará demostrada más allá de toda duda razonable.
—Se niega usted a defenderse —dijo Joona.
—Me niego a perder el tiempo con detalles técnicos, en vista de que es prácticamente lo mismo cavar una fosa que llenarla de tierra.
Naturalmente, Joona sabía que intentaba engatusarlo, que Jurek lo necesitaba de su parte para ser declarado inocente y únicamente buscaba sembrar la duda. Sabía lo que Jurek se traía entre manos, pero aun así no podía ignorar el hecho de que, realmente, había un fallo en la acusación.
—Él pensó que había conseguido llevarte a su terreno, ¿no? —dice Valeria con miedo en la voz.
—Creo que lo vio como una promesa.
En el juicio llamaron a Joona a declarar por su implicación en el arresto.
—¿Es posible que Jurek Walter estuviera en realidad intentando rescatar a la mujer enterrada en la fosa? —preguntó el abogado defensor.
Joona se debatía entre la tentación de admitirlo y el temor a caer en el abismo. La posibilidad existía, por supuesto, así que había empezado a asentir con la cabeza antes de obligarse a revivir el recuerdo de la desagradable escena en el bosque, cuando Jurek Walter, de manera incuestionable, empujaba a la mujer de vuelta al ataúd cada vez que ella intentaba salir.
—No... Él la mantenía presa en la fosa, es él quien los ha matado a todos —contestó Joona.
Tras las deliberaciones, el presidente del tribunal anunció que Jurek Walter sería condenado a un internamiento psiquiátrico penitenciario con limitaciones extraordinarias para su eventual puesta en libertad.
La sentencia no pareció afectar a Walter, a pesar de que en la práctica significaba una condena de por vida en una celda de aislamiento. Antes de que todo el mundo abandonase la sala, se volvió hacia Joona. Tenía la cara cubierta de finas arrugas y sus ojos claros parecían extrañamente vacíos.
—Ahora desaparecerán los dos hijos de Samuel Mendel —le dijo con frialdad—, al igual que su esposa, Rebecka. Y escúcheme bien, Joona Linna. La policía los buscará, y cuando se dé por vencida Samuel seguirá buscando, pero cuando por fin comprenda que nunca volverá a ver a su familia, él mismo acabará con su vida...
La luz atravesaba el follaje en el parque que había fuera, arrojando sombras trémulas sobre su delgada figura.
—Y tu hijita —Jurek prosiguió, mirándose las uñas.
—Ten cuidado —le advirtió Joona.
—Lumi desaparecerá —susurró Jurek—. Y Summa desaparecerá. Y cuando te des cuenta de que nunca las recuperarás..., te colgarás del cuello.
Levantó la cabeza y clavó los ojos en Joona. Su rostro expresaba calma, como si su presagio ya se hubiese cumplido.
—Voy a aplastarte hasta el fondo de la tierra —dijo en voz baja.
Joona se asoma una vez más a la ventana y escudriña la oscuridad: las ramas de los abedules se mecen al viento.
—No me has contado gran cosa de tu amigo Samuel —dice Valeria.
—Lo he intentado, pero...
—No fue culpa tuya que su familia desapareciese.
Joona se vuelve a sentar y la mira con ojos apagados.
—Estaba en casa con Summa y Lumi cuando él llamó. Acabábamos de hacer espaguetis y nos disponíamos a cenar. Samuel estaba tan alterado que tardé un rato en comprender que Rebecka y los niños no habían llegado a la casa de Dalarö, hacia donde habían partido unas horas antes... Él había llamado a los hospitales y a la policía..., intentaba no desmoronarse, respirar despacio para que yo le entendiera, pero la voz se le quebró cuando me pidió que comprobase si Jurek Walter se había fugado.
—Y no era el caso —dice Valeria conteniendo el aliento.
—No, él seguía en su celda.
El rastro de Rebecka y los niños se perdía en un camino de gravilla a tan solo cinco metros del coche abandonado. Los perros policía no detectaron ningún indicio. Durante dos meses, la policía peinó bosques, caminos, casas y vías fluviales. Cuando tanto los agentes como los voluntarios dieron por terminada la búsqueda, Samuel y Joona siguieron por su cuenta sin mencionar ni una sola vez lo que ambos temían.
—O sea que Jurek Walter tenía un cómplice y fue él quien se los llevó —dice Valeria.
—Sí.
—Y después te tocaba a ti.
A lo largo de todo ese periodo Joona vigiló de cerca a su familia, pero enseguida comprendió que a la larga no sería suficiente.
Samuel dejó de buscar. Se reincorporó a su puesto aproximadamente un año después de la desaparición de su familia, pero había perdido la esperanza y apenas aguantó tres semanas antes de dirigirse a la casita de verano, bajar hasta la playa en la que solían bañarse sus hijos y volarse la cabeza con su arma reglamentaria.
Joona le propuso a Summa que se mudaran y empezaran una nueva vida, pero ella no alcanzaba a comprender lo peligroso que era Jurek Walter. Él intentó en principio hallar una salida para toda la familia. Si cambiaban de identidad, tal vez podrían vivir tranquilos en algún lugar lejano.
Habló con su antiguo teniente a través de un canal seguro, aun sabiendo que sería inútil. Las identidades protegidas no garantizaban una seguridad total. En el mejor de los casos, ofrecían cierta ventaja durante un tiempo.
—¿Por qué simplemente no huisteis juntos? —susurra Valeria.
—Habría dado cualquier cosa por poder hacerlo, pero...
Cuando Joona comprendió que solo había una solución, se obsesionó con la idea de elaborar el plan que podría salvarlos a los tres.
Había algo más importante que el hecho de que él pudiese estar con Summa y Lumi: sus vidas.
Si Joona huía o desaparecía con ellas, no haría más que incitar al cómplice de Jurek a que comenzara a buscarlos. Y cuando se busca a alguien que intenta ocultarse, tarde o temprano se encuentra, Joona lo tenía muy claro.
La única forma de detener esa búsqueda era que no hubiese nada que encontrar. Y eso no le dejaba más que una solución: Jurek Walter y su sombra debían creer que Summa y Lumi estaban muertas. Simularía un accidente de tráfico y las haría pasar por muertas.
—Pero ¿por qué no te incluiste en el plan? —pregunta Valeria—. Podías haber fingido que tú también ibas en el coche, yo lo habría hecho sin dudarlo.
—Jurek nunca se lo habría creído... Fue mi soledad lo que lo convenció, saber que vivía solo año tras año... Nadie habría sido capaz de soportarlo sin darse nunca un respiro, sin dejarse arrullar por una falsa sensación de seguridad y ceder a la tentación de ir a ver a su familia.
—Pero tú suponías que la sombra te estaba acechando todo el tiempo.
—Claro —dice Joona con voz apagada.
—Y ahora lo sabes, pero ¿viste a alguien alguna vez?
—No.
Ahora, cuando ya hace un par de años que todo ha terminado, Joona sabe que hizo lo correcto. Pagaron un precio muy alto, pero eso fue lo que salvó las vidas de Summa y Lumi.
—El hermano gemelo de Jurek, Igor, lo había ayudado en todo —dice Joona—. Un caso espantoso... El tipo no tenía vida propia, y estaba tan trastornado mentalmente que solo vivía para obedecer a Jurek.
Joona se queda callado mientras recuerda la magra espalda de Igor, cubierta de cicatrices tras años de maltrato con un suavizador de navajas.
Cuando Jurek se fugó, después de catorce años de aislamiento, siguió con su plan como si nada hubiese pasado.
Mucha gente perdió la vida durante los terribles días en que Jurek Walter estuvo libre.
—Pero ahora tanto Jurek como su hermano están muertos —le recuerda Valeria.
—Sí.
Joona piensa en las tres balas que le metió en el corazón al hermano de Walter a corta distancia. Atravesaron el cuerpo e Igor cayó de espaldas en un pozo de grava. Aunque Joona sabía que el gemelo tenía que estar muerto, no pudo evitar deslizarse por la pendiente de la cantera para asegurarse del todo.
La comisaria Saga Bauer había disparado a Jurek Walter y visto cómo la corriente del río arrastraba su cuerpo hacia el mar.
Cuando Joona pudo por fin reunirse con su mujer, Summa se estaba muriendo de cáncer. Se fue con ella y su hija a una casa en Nattavaara, al norte de Suecia, y la familia pudo disfrutar medio año junta. Después Summa murió y la enterraron donde había crecido su abuela materna, en Purnu.
Joona tardaría aún un año entero en aceptar que todo había terminado, porque no acabó de creerlo hasta que Saga encontró los restos de Jurek y tanto la comparación de las huellas dactilares como las pruebas de ADN confirmaron su identidad.
Solo entonces empezó a respirar de nuevo.
Para los implicados, el daño infligido duraría siempre. Saga Bauer no había vuelto a ser la misma desde que se infiltró en el pabellón de aislamiento donde estaba encerrado Jurek Walter. Ahora parecía una persona más sombría, y en ocasiones a Joona le daba la impresión de que Saga intentaba huir de su propio destino.
Saga Bauer corre a buen ritmo por el pequeño puente de Skansbron, a la sombra húmeda de los puentes vecinos, mucho más altos.
Los coches pasan retumbando a su lado.
Al aproximarse al final del puente, alarga la zancada.
La chaqueta del chándal tiene una mancha oscura de sudor en el pecho.
Casi cada día, después del trabajo, corre hasta el barrio de Gamla Enskede para recoger a su hermanastra Pellerina del colegio.
Saga ha retomado el contacto con su padre después de una ruptura que se inició en la adolescencia. Aunque han aclarado los puntos esenciales de su falta de entendimiento, a Saga le está resultando difícil hacer de hija otra vez. Puede que nunca vuelvan a recuperar del todo la confianza.
Aumenta la velocidad al cruzar el subterráneo que pasa por debajo de la avenida Nynäsvägen y las vías del tren. Sus pasos resuenan en el túnel.
Tiene cuerpo de bailarina y su belleza llama la atención de la gente. Lleva la melena rubia trenzada con cintas de colores y sus ojos son de un azul casi irreal.
Saga Bauer es comisaria operativa de la SÄPO, el servicio secreto sueco, pero durante el otoño su jefe la ha obligado a redactar informes y participar en reuniones solemnes sobre la fructífera cooperación policial entre Suecia y Estados Unidos. Para evitar un conflicto abierto y las críticas internas, han acordado declarar un éxito el intercambio. Y entre otras cosas, ambas partes han obligado a Saga Bauer y al agente especial López a volver a hacerse amigos en Facebook.
Saga pasa junto al deprimente polideportivo, continúa adentrándose en la vieja ciudad jardín y aprieta el paso en el último tramo hasta llegar al colegio Enskede.
Del campo de fútbol se eleva una polvareda que flota por encima de la alta valla que lo limita.
Pellerina tiene ya doce años, pero todavía no le permiten volver sola a casa después de las clases, así que participa en alguna actividad extraescolar hasta que van a buscarla.
Tiene síndrome de Down y al nacer le diagnosticaron la tetralogía de Fallot, una combinación de cuatro defectos del corazón que impiden que la sangre transporte el oxígeno suficiente a los pulmones. Con cuatro semanas de vida le pusieron un shunt, y con tan solo un año la sometieron a una delicada operación cardíaca. Tiene dificultades de aprendizaje, pero con la ayuda de pedagogos especiales puede asistir a una escuela normal.
Las pulsaciones se ralentizan y la respiración se calma cuando Saga rodea caminando el edificio principal y se dirige hacia Mellis, el centro de actividades extraescolares. Enseguida ve a su hermana pequeña a través de la ventana de la planta baja. Pellerina parece contenta, salta y ríe junto con otras dos niñas.
Saga abre la puerta principal, cruza el vestuario y se quita los zapatos al llegar al límite que marca la cinta adhesiva en el suelo; luego entra en el local. Oye música en la sala de yoga y baile y se detiene en la puerta.
Un chal rosa cubre la lámpara. El ritmo del bajo y la batería hacen vibrar una ventana, y los copos de nieve de papel pegados en el cristal parecen bailar.
Saga reconoce a dos niñas de la clase de su hermana. Anna y Frederika le sacan a Pellerina una cabeza.
Van las tres descalzas. Los calcetines arrugados están tirados en el polvo debajo de una silla. Las chicas forman una fila en el centro de la sala, van contando los pasos, mueven las caderas, avanzan, dan una palmada y giran sobre sus talones.
Pellerina baila sonriente, ajena al hilo de mocos que le cae de la nariz. A Saga le parece que lo hace bastante bien, se ha aprendido todos los pasos, quizá le sobra un poco de entusiasmo, levanta las caderas más que las otras dos.
Anna apaga la música. Le falta el aliento, se pasa un mechón de pelo húmedo por detrás de la oreja y aplaude un poco.
Saga permanece en la puerta y ve cómo las dos chicas intercambian una mirada por encima de la cabeza de Pellerina, entonces Frederika pone cara de tonta y Anna se echa a reír.
—¿Por qué os reís? —pregunta Pellerina jadeando, mientras se coloca las gruesas gafas.
—Nos reímos porque bailas muy bien y eres muy guapa —dice Frederika ahogando la risa.
—Vosotras también bailáis bien y sois guapas —dice Pellerina sonriendo.
—Pero no tan guapas como tú —dice Anna.
—Pero qué dices. —Pellerina ríe.
—¿Por qué no haces un número tú sola? —dice Frederika.
—¿Y eso qué significa? —pregunta Pellerina ajustándose las gafas a la nariz.
—Pues que podríamos grabarte en vídeo bailando tú sola...
Frederika se calla de golpe cuando Saga entra en la sala de baile. Pellerina se acerca corriendo y le da un abrazo.
—¿Lo estáis pasando bien? —pregunta Saga tranquila.
—Estamos ensayando —contesta Pellerina.
—¿Y qué tal lo hacéis?
—¡Muy bien!
—¿Anna? —Saga le pregunta directamente a la niña—. ¿Va todo bien?
—Sí —dice ella mirando a Frederika de reojo.
—¿Frederika?
—Sí.
—Veo que sois buenas chicas —dice Saga—. Seguid así.
Saga espera en el vestuario mientras Pellerina se despide con un abrazo de su profesora de educación especial, lucha para embutirse en el mono de invierno y guarda todos sus dibujos en una bolsa.
—Son las más simpáticas de la clase —explica Pellerina cuando cruzan el patio de la escuela cogidas de la mano.
—Pero si te piden que hagas cosas raras, tienes que decirles que no —le dice Saga.
—Soy una chica mayor.
—Ya sabes que me preocupo por cualquier cosa. —A Saga se le hace un nudo en la garganta.
Sujeta a Pellerina de la mano y piensa en las chicas haciendo muecas a espaldas de su hermana. Seguro que querían grabar a Pellerina para mofarse y después difundir el vídeo.
Luego la gente diría que solo era un juego inocente que se les ha ido de las manos, pero todo el mundo sabe cuándo está siendo cruel; la energía oscura se apodera de ti y decides seguir adelante con lo que estás haciendo.
Pellerina y su padre viven en una casa de estuco rojo y tejado rojo en la calle Björkvägen, en Gamla Enskede.
Los viejos manzanos y el césped están recubiertos de pequeños cristales de hielo que los hacen brillar.
Mientras Saga cierra la verja, Pellerina corre a llamar al timbre de la puerta.
Lars-Erik Bauer lleva puestos sus pantalones de pana y una camisa arrugada abierta en el cuello. Debería haber hecho una visita al barbero hace un mes, pero el pelo canoso y enredado le da un aire excéntrico más bien simpático. Cada vez que Saga ve a su padre piensa en lo mucho que ha envejecido.
—Entrad —dice, y ayuda a Pellerina a quitarse el mono—. Estaría bien que te quedases a cenar, Saga.
—No tengo tiempo —contesta ella de forma automática.
Las gafas de Pellerina están completamente empañadas. Se las quita y sube las escaleras zapateando en cada peldaño con fuerza.
—Voy a hacer macarrones con queso al horno, sé que te gustan.
—Me gustaban de pequeña.
—Pues dime qué te apetece, puedo ir a comprarlo —dice su padre.
—Tranquilo —dice ella con una sonrisa—. Como de todo, me vale con los macarrones.
Lars-Erik parece encantado de que se quede un rato. Le coge la chaqueta, la cuelga y la invita a entrar.
—Me temo que hay dos niñas en Mellis que no son muy majas —le cuenta Saga.
—¿En qué sentido? —pregunta el padre.
—No lo sé, es solo una sensación, vi que hacían gestos burlones.
—Pellerina suele defenderse bastante bien por sí sola, pero hablaré con ella —dice él, y ambos suben la escalera para buscar a la niña.
Lars-Erik es cardiólogo. Tiene en casa un electrocardiógrafo profesional para poder monitorizar el corazón de Pellerina y evitar así cualquier problema derivado de su afección.
Saga mira los últimos dibujos que ha hecho su hermana mientras su padre le coloca los electrodos en el abdomen. La pálida cicatriz de la cirugía dibuja una línea vertical en el esternón.
—Voy a ponerme con la cena —dice Lars-Erik, y las deja solas.
—Tengo un corazón tonto —dice Pellerina poniéndose de nuevo las gafas.
—Tienes el mejor corazón del mundo —replica Saga.
—Papá dice que soy toda corazón.
—Y es verdad. Además de la hermana pequeña más bonita del mundo.
—La más bonita eres tú, porque te pareces a la princesa Elsa —susurra Pellerina acariciando el largo cabello de Saga.
Por lo general a Saga le molesta que la comparen con princesitas de Disney, pero le agrada que Pellerina las identifique con las dos hermanas de Frozen.
—¿Saga? —la llama Lars-Erik desde el pie de la escalera—. ¿Puedes bajar un momento?
—Ahora mismo vuelvo, Anna —le dice a su hermana, pasándole los dedos por la mejilla.
—Vale, Elsa.
Abajo, Lars-Erik está cortando puerros sobre la encimera de la cocina. Hay un paquete en la mesa, envuelto con papel de aluminio y con un corazón de cartulina clavado en él con las palabras: «Para mi querida hija Saga»
—No tenía papel de regalo —dice el padre disculpándose.
—Papá, no necesito ningún regalo.
—No es nada, solo un detalle.
Saga rasga el papel de aluminio y hace con él una bola reluciente que deja junto a la caja de cartón de flores.
—Ábrela —insiste Lars-Erik sonriendo de oreja a oreja.
En la caja, entre lana de madera, hay un duende navideño de porcelana antigua. Lleva un traje de abeto y tiene la mirada penetrante, las mejillas sonrosadas y una boquita satisfecha.
En los brazos sujeta una gran olla de gachas.
Es su duende.
Solían poner uno en casa todas las navidades y llenaban la olla con caramelos rosas y amarillos.
—He estado buscando uno así muchísimo tiempo —explica Lars-Erik—. Y hoy, al entrar en una tienda de antigüedades de Solna, allí estaba.
Saga recuerda el día en que su madre, muy enfadada con su marido, tiró la figura al suelo y la rompió en mil pedazos.
—Gracias, papá —dice, y deja la caja en la mesa.
Cuando vuelve a subir a la habitación de Pellerina ve que la frecuencia cardíaca de su hermana se ha disparado, como si hubiese estado corriendo. Pellerina tiene los ojos clavados en el teléfono, la boca abierta y una expresión aterrada.
—¿Qué ocurre? —pregunta Saga con temor.
—Nadie puede ver, nadie puede ver —dice su hermana apretando el móvil contra su pecho.
—¡Papá! —grita Saga.
—¡No se puede!
—No pasa nada, cariño —dice Saga—. Solo dime qué estabas mirando.
—No.
Lars-Erik sube corriendo la escalera y entra en el dormitorio.
—Cuéntaselo a papá —dice Saga.
—¡No! —grita Pellerina.
—¿Qué pasa, Pellerina? Vamos, dímelo, tengo la comida en el fuego... —dice él para acuciarla.
—Ha visto algo en el teléfono —dice Saga.
—Enséñamelo —dice Lars-Erik, y tiende una mano.
—No se puede —se niega Pellerina sollozando.
—¿Quién lo dice?
—Lo dice el mensaje.
—Yo soy tu padre, así que lo puedo ver.
La niña le entrega el teléfono y el hombre lee con el ceño fruncido.
—Pero, cariño —dice con una sonrisa mientras aparta el teléfono—. Esto no es de verdad, ¿comprendes?
—Tengo que reenviarlo, si no...
—No, no tienes que hacer nada, en esta familia no enviamos mensajes tontos —dice Lars-Erik con firmeza.
—¿Es un mensaje en cadena? —pregunta Saga.
—Sí, es una estupidez —responde, y se vuelve de nuevo hacia Pellerina—. Voy a borrarlo.
—No, por favor —suplica ella, pero Lars-Erik ya lo ha eliminado.
—Ya no está —dice Lars-Erik devolviéndole el teléfono—. Ahora olvídalo.
—Yo también he recibido mensajes en cadena —intenta consolarla Saga.
—¿Y fueron a verte?
—¿Quiénes?
—Las chicas payaso —susurra Pellerina, y se sube las gafas sobre la nariz.
—No es real, es solo una broma —insiste el padre—. Seguro que algún crío se lo ha inventado para asustar a la gente.
Cuando Lars-Erik retira los electrodos y desconecta el aparato, Saga baja a su hermana en brazos al salón y la tumba en el sofá delante del televisor. La arropa con una manta y, como siempre, le pone la película Frozen.
Fuera ya es de noche. Saga entra en la cocina para ayudar a su padre con la cena. Él está acabando de cubrir con nata, huevo y queso los macarrones. Ella se enfunda un par de manoplas pringosas e introduce la fuente en el horno.
—¿Qué decía el mensaje en cadena? —pregunta en voz baja.
—Que para escapar de la maldición hay que reenviar el mensaje a otras tres personas —dice Lars-Erik con un suspiro—. De lo contrario, las chicas payaso te visitarán mientras duermes para sacarte los ojos, más o menos eso.
—No me extraña que estuviera tan asustada —dice Saga.
Sale a echar un vistazo al salón, donde Pellerina se ha quedado dormida. Saga le quita las gafas y las deja en la mesa baja.
—Está dormida —anuncia al volver a la cocina.
—La despertaré cuando esté lista la cena. Siempre le pasa lo mismo, el colegio la deja agotada.
—Tengo que irme —dice Saga.
—¿No te da tiempo a cenar? —pregunta él.
—No.
Su padre la acompaña al recibidor para devolverle la chaqueta.
—No te olvides de tu duende —le recuerda.
—Se queda aquí —dice ella abriendo la puerta.
Lars-Erik permanece en el umbral. La luz ilumina las líneas de su rostro y el pelo revuelto.
—Pensaba que te gustaría —dice él, cauteloso.
—Las cosas no funcionan así —explica ella y se va.
Son las tres y el cielo blanco ya ha empezado a oscurecerse.
A Joona nunca le ha molestado patrullar las calles, pero desde la visita de Nålen tiene la impresión de que el mundo se ha convertido en un lugar más peligroso.
Camina a lo largo de la verja de hierro forjado de la iglesia de Adolf Fredrik y ve a un grupo de gente enlutada en torno a una tumba abierta. En las lápidas de alrededor, alguien se ha dedicado a pintar esvásticas.
Al cruzar la calle de Olof Palme, Joona ve que lo saludan desde detrás de la ventana de un restaurante tailandés. Una mujer borracha se ha levantado de la mesa y lo está mirando fijamente. Cuando se acerca, ella escupe en el cristal, justo frente a él.
Joona sigue andando hasta la plaza de Hötorget, donde el mercado de frutas y verduras se desarrolla con normalidad.
Su mente vuelve una y otra vez al profanador de tumbas de Oslo. Tiene pensado enterrar el cráneo de Summa junto a los demás restos en cuanto lo envíen de Noruega. Aún no sabe si contarle a su hija lo sucedido. Se va a disgustar muchísimo.
Al dejar atrás el auditorio oye a un hombre que grita con voz agresiva y ebria. Una botella de cristal se rompe en pedazos y Joona se da la vuelta a tiempo de ver las esquirlas verdes que salen disparadas entre los coches.
La gente que pasa por allí se aparta un poco del hombre, que parece drogado. Va sin afeitar y tiene una maraña de pelo rubio hecha un rebujo en el cogote. Lleva puesta una cazadora de cuero desgastada y unos vaqueros con manchas de orina en torno a la bragueta y a lo largo de una de las perneras. Descalzo y sin calcetines, da la impresión de que se ha hecho daño en un pie, y Joona advierte que va dejando un pequeño rastro de sangre por la acera.
El hombre insulta a una mujer que se aleja corriendo, y luego se queda inmóvil mientras señala con aire furibundo a las personas que lo rodean, apuntándolas con el dedo, como si fuese a decir algo sumamente importante.
—Uno, dos tres, cuatro..., cinco, seis, siete...
Cuando se acerca, Joona ve que hay una niña justo detrás del hombre desorientado. La pequeña, con la cara sucia y compungida, está a punto de echarse a llorar. No lleva más que una sudadera de chándal rosa, debe de estar helada.
—¿Podemos irnos a casa? —pregunta, tirando de la manga del hombre con cuidado.
—Uno..., dos..., tres...
Pierde la cuenta y se agarra a una farola para no caerse. Tiene la mirada perdida, las pupilas diminutas y un moco colgando de la fina nariz.
—¿Necesita ayuda? —pregunta Joona.
—Sí, por favor —musita el hombre.
—¿Qué puedo hacer por usted?
—Dispare a todos los que le señale.
—¿Va armado?
—Estoy apuntando a todos los que...
—Deje de hacerlo —lo interrumpe Joona con calma.
—Vale, vale —balbucea el hombre.
—¿Va armado?
El hombre señala a otro hombre que se ha detenido a mirarlo y a una mujer que empuja un cochecito de bebé.
—Papá —suplica la niña.
—No te asustes —le dice Joona a la pequeña—, ahora tengo que comprobar que tu padre no lleve un arma.
—Solo necesita descansar —susurra ella.
Joona le dice al hombre que ponga las manos detrás de la nuca y él obedece, pero al soltar la farola pierde el equilibrio y se tambalea hacia atrás, en dirección a la sombra de la fachada azul del auditorio.
—¿Qué drogas ha consumido?
—Solo un poco de ketamina, y anfetas.
Joona se pone en cuclillas junto a la niña. El padre ha empezado a señalar de nuevo con el dedo a algunas personas, esta vez con discreción.
—¿Cuántos años tienes?
—Seis y medio.
—¿Crees que podrías cuidar de un osito?
—¿Qué?
Joona abre su bolsa y saca un oso de peluche. De cara a la Navidad, han dotado a los agentes de policía de muñecos de peluche para ofrecérselo a cualquier niño que sufra daños o sea testigo de violencia. A menudo es el único regalo que recibirán si pertenecen a familias desestructuradas o con problemas de drogas.
La niña clava los ojos en el pequeño osito con jersey de rayas y un gran corazón rojo sobre el pecho.
—¿Te gustaría ocuparte de él? —pregunta Joona.
—No —susurra ella mirándolo con timidez.
—Si quieres, te lo puedes quedar —le explica Joona.
—¿Es para mí?
—Pero le tienes que poner un nombre —dice Joona entregándole el osito.
—Sonja —dice la niña, y aprieta el peluche contra su cuello.
—Qué bonito.
—Mi mamá se llamaba así —explica la niña.
—Tenemos que llevar a tu papá al hospital, ¿hay alguien con quien puedas quedarte mientras tanto?
La niña asiente con la cabeza y susurra algo al oído del osito.
—La abuela.
Joona avisa a una ambulancia y luego llama a un conocido suyo de los servicios sociales y le pide que recoja a la niña y la lleve a la dirección indicada.
Está terminando de explicarle todo a la niña cuando un coche patrulla se presenta en el lugar. Las luces azules parpadean sobre el asfalto. Dos agentes uniformados salen del vehículo y le hacen un saludo con la cabeza.
—¿Joona Linna? Tu jefe nos ha contactado por radio —dice uno de ellos.
—¿Carlos?
—Pide que respondas al teléfono.
Joona saca el móvil y ve que Carlos Eliasson, el jefe del departamento operativo nacional, lo está llamando en ese instante, aunque el teléfono no ha sonado.
—Joona —contesta.
—Perdona que te interrumpa en medio del trabajo, pero es un asunto de máxima prioridad —dice Carlos—. Una comisaria alemana de la policía criminal federal, Clara Fischer, quiere hablar contigo lo antes posible.
—¿Para qué?
—Les he prometido que los ayudarías en la investigación de un caso... La policía de Rostock ha encontrado un cadáver en un camping, un posible homicidio... La víctima es Fabian Dissinger..., un violador en serie al que acababan de dar el alta en una unidad psiquiátrica penitenciaria de Colonia.
—Estoy en libertad condicional, tengo que patrullar la calle a la espera de...
—Ha preguntado específicamente por ti —lo interrumpe Carlos.