Nuestro profundo agradecimiento por el permiso de reproducción:
Extractos de The Fabulous Life of Diego Rivera, de Bertram D. Wolfe. Copyright © 1963, Bertram D. Wolfe. Reproducidos con el permiso de Stein and Day Publishers. [En la presente edición, las citas textuales de esta obra se han extraído de Bertram D. Wolfe, La fabulosa vida de Diego Rivera, Mario Bracamonte (trad.), México D. F., Editorial Diana, 1994 (1.ª ed.: 1972).]
Citas de My Art, My Life, de Diego Rivera, reproducidas con el permiso de Lyle Stuart, Inc. [En la presente edición, las citas textuales de esta obra se han extraído de: Diego Rivera y Gladys Stevens March, Mi arte, mi vida, H. González Herrero (trad.), México D. F., Editorial Herrero, 1963. Allí se explicita: «Debido a la relevante personalidad de Diego Rivera, se ha considerado oportuno respetar íntegramente las frases emitidas por él y que aparecen en la edición original en inglés».]
Versos de «I Paint What I See», Poems and Sketches of E. B. White, de E. B. White. Publicación original en The New Yorker. Copyright © 1933, E. B. White. Reimpreso con el permiso de Harper & Row, Publishers, Inc.
Los dibujos decorativos del Sol y la Luna, que se encuentran en las portadillas de cada parte y de cada capítulo, son de John Herrera.
A Philip
Frida, la cabrona insolente. Frida, la artista discapacitada. Frida, el símbolo del feminismo radical. Frida, la víctima de Diego. Frida, el icono chic, de género fluido, hermosa y monstruosa. Bolsas con la cara de Frida, llaveros de Frida, camisetas de Frida. Y ahora, también, una nueva muñeca Barbie inspirada en Frida (sin uniceja). Frida Kahlo se ha sometido al escrutinio mundial y a la explotación comercial. Se la han apropiado curadores de arte, historiadores, artistas, actores, activistas, consulados mexicanos, museos e incluso Madonna.
Con los años, esta avalancha ha trivializado la obra artística de Kahlo para hacerla encajar en una «Fridolatría» simplificada. Y, a pesar de que algunos críticos han logrado contrarrestar las voces que la tildan de artista naïve, infantil y casi involuntaria, la mayor parte de las opiniones han perpetuado la imagen de pintora geográficamente marginal: otra artista más del mundo en vías de desarrollo a la espera de ser «descubierta», otro sujeto más, sin voz propia, a la espera de ser «traducido».
En 1938, Frida Kahlo pintó Lo que me dio el agua, tal vez el cuadro que más contribuyó a propulsar su carrera internacional, pero también el malentendido internacional en torno a su figura. En esta especie de autorretrato, vemos los pies y las pantorrillas de Kahlo en una bañera y, flotando sobre ellos, como si emanara del vapor, un paisaje compuesto como un collage: un volcán en erupción del que emerge un rascacielos; un pájaro muerto que yace sobre un árbol; una mujer estrangulada; un vestido de tehuana dramáticamente extendido; una pareja de mujeres que descansan sobre un corcho flotante. Kahlo estaba inmersa en la creación de Lo que me dio el agua cuando el surrealista francés André Breton llegó de visita a México. Se quedó embelesado al ver la pintura. Dijo que Kahlo era una «surrealista natural» y, en el catálogo de la primera exposición de Frida en Nueva York, en la galería de Julien Levy, que tuvo lugar en 1938, escribió: «Mi asombro y regocijo no conocían límites cuando descubrí, al llegar a México, que su obra había florecido, produciendo en los últimos cuadros un surrealismo puro, y eso a pesar del hecho de que todo fue concebido sin tener conocimientos anteriores de las ideas que motivaron las actividades de mis amigos y mías».
A pesar de que el epíteto de «surrealista natural» facilitó la traducción del sentido de los cuadros de Kahlo para el público europeo y estadounidense, ella siempre lo rechazó. Verse proyectada como «surrealista» en Europa ayudaba a los espectadores a comprender su obra de un modo más inmediato, más fácil de digerir. La consideraban una mexicana auténtica, pero con un toque internacional. Sin embargo, ser categorizada de «surrealista natural» también la transformó en una especie de «buen salvaje» de las artes: sin conciencia de su talento, desconocedora de su gran maestría. Después de su primera exposición en Estados Unidos, un crítico de la revista Time describió su obra de este modo: «Los cuadros de la pequeña Frida, en su mayoría óleos en cobre, tienen la elegancia de las miniaturas, los vivos matices rojos y amarillos, propios de la tradición mexicana, y la juguetona y sangrienta fantasía de una niña poco sentimental».
Difícilmente se puede decir que Kahlo fuese una ingenua que no supiera lo que estaba haciendo ni quién era. Al contrario: sabía muy bien cómo sacar partido de los elementos de su vida privada y de su herencia cultural. Los organizaba y transformaba, los utilizaba para construir su personaje público. Kahlo era una mujer mestiza, nacida en la Ciudad de México, que había adoptado un look tradicional de zapoteca-tehuana. Su padre, de origen alemán, se llamaba Carl Wilhelm Kahlo, aunque solían llamarle Guillermo. Era un fotógrafo de prestigio y la familia vivía en una mansión neocolonial en Coyoacán, la famosa Casa Azul. Frida Kahlo era más que consciente de las complejas implicaciones de la individualidad que estaba creando y manipulando. En una fotografía de 1939, tomada durante la inauguración de la primera exposición de Kahlo en París, posa delante de Lo que me dio el agua. Lleva puesto un vestido de tehuana y su uniceja se ve todavía más marcada por un perfilador de ojos negro: Frida representando a Frida. (No está claro cuál de los dos es la obra de arte, el cuadro o la autora del cuadro.)
Por supuesto, el modo en el que se leían el arte y el personaje de Frida Kahlo dentro de México distaba mucho del modo en que estos se tradujeron a otros países y medios culturales. Igual que Breton había calificado su arte de «surrealista natural» y había enmarcado su obra en un discurso que la propia Frida no compartía, muchos otros hicieron algo similar con distintos aspectos de su vida pública y privada.
Un ejemplo interesante de esto es el de la casa-estudio en la Ciudad de México, en la que Diego Rivera y ella vivieron y trabajaron durante varios de los años más productivos de ambos, a lo largo de la década de 1930. La diseñó Juan O'Gorman, el joven arquitecto que en esa época era pionero en los radicales cambios arquitectónicos que vieron la luz en la Ciudad de México postrevolucionaria. Antes de la Revolución mexicana (1910-1920 aprox.), en el país dominaba la arquitectura neoclásica y colonial propia del siglo XIX. Las mansiones de influencia francesa repartidas por la ciudad eran solitarios homenajes a una nobleza europea en un rápido declive, y la vida familiar de la burguesía mexicana se desarrollaba en los suntuosos y oscuros escenarios de esos interiores, con sus tupidos drapeados y su ornamentación excesiva. Sin embargo, tras la revolución se impusieron en la ciudad nuevas ideas sobre la higiene, la ventilación, la comodidad, la eficacia y la simplicidad. Las casas, y con ellas la vida diaria, se transformaron de manera radical y vertiginosa.
Acorde con los cambios ideológicos y arquitectónicos del momento, Frida y Diego pidieron a O'Gorman que les diseñara una casa-estudio, y este creó un espacio adaptado a una pareja de dos pintores: un hogar separado y conectado a la vez. Los edificios fueron los primeros que se diseñaron en México para cumplir unos requisitos funcionales concretos: vivir, pintar y exponer los cuadros.
En 1933, unos años después de su boda, los dos se mudaron a la casa. La zona de Rivera era más grande, con más espacio para trabajar. La de Kahlo era más «acogedora», con un estudio que podía transformarse en dormitorio. Un tramo de escaleras comunicaba el taller de Frida con la azotea, que a su vez conectaba con el espacio de Rivera a través de un puente. Además de ser su lugar de trabajo, se convirtió en un espacio para las aventuras extramatrimoniales de la pareja: Rivera, con sus modelos y secretarias; Kahlo, con ciertos hombres de talento y fama, desde el escultor y diseñador Isamu Noguchi hasta León Trotski. Quizá sin saberlo, O'Gorman diseñó una casa cuya función era la de permitir una relación «abierta».
La casa era un emblema de modernidad y una especie de manifiesto: un ejemplo solitario de un funcionalismo nuevo en una ciudad que todavía trataba de encontrar un lenguaje arquitectónico nacional que encajara con su programa postrevolucionario. No transmitía mensajes ni valores tradicionales. Se limitaba a cubrir las necesidades prácticas de sus moradores; era eficaz en su uso de materiales (en su mayor parte construida de cemento reforzado); era socialmente progresista y barata.
No obstante, con el tiempo, por muy neutrales que pretendieran ser los edificios que componían la casa-estudio en su arquitectura, el espacio acabó siendo una sede del capital cultural mexicano «de exportación», en especial la artesanía indígena y las obras de Diego, que enarbolaban la ideología postrevolucionaria. La pareja recibía numerosas visitas que iban a ver sus obras terminadas o en proceso, además de sus colecciones de artesanía. Pasaron por ahí personas como Trostki, Nelson Rockefeller, Pablo Neruda, John Dos Passos, Serguéi Eisenstein y André Breton.
Lo que O'Gorman diseñó para Kahlo y Rivera fue una «máquina para vivir», como habría dicho Le Corbusier. Pero también una especie de «máquina para traducir». Su hogar era un espacio para las visitas del extranjero en la misma medida en la que servía de plataforma para proyectar una idea concreta de México hacia el mundo. Y, sobre todo, la casa-estudio proporcionaba un escenario para la pareja más influyente de la modernidad mexicana: cosmopolita, sofisticada, con muchos contactos y más mexicana que México. La obra definitiva de la pareja fue, por supuesto, ellos mismos. Podría decirse que Kahlo y Rivera fueron los primeros artistas de performance de México, y su casa-estudio fue su galería personal.
En 1934, el fotógrafo Martin Munkácsi visitó México y documentó de forma minuciosa la casa-estudio. El reportaje fotográfico era un encargo de Harper's Baazar, la revista de moda de Nueva York dirigida a un público femenino de clase alta, en su mayoría estadounidense, pero también francés y británico. En el número de julio de 1934 de Harper's, un desplegable de doble página titulado «Colores de México» incluyó tres de las numerosas fotografías de Munkácsi: la primera, de Frida Kahlo cruzando el puente de una casa a la otra; la segunda, de Rivera trabajando en el estudio, y la tercera, de Frida subiendo la escalera hacia la azotea. En el centro del montaje, hay una fotografía más grande que muestra a la pareja paseando junto a la valla de cactus frente a la casa. El pie de foto indica: «Diego Rivera con la señora Freida [sic] Kahlo de Rivera delante de la valla de cactus de su casa en la Ciudad de México».
Los dos edificios que conforman la casa-estudio estaban diseñados para encarnar una ideología proletkult, para recordar una fábrica o un complejo industrial, con las cañerías a la vista, los materiales expuestos y unos pilares maestros elevados. La valla de cactus que rodeaba la casa, dentro de ese contexto, potenciaba la sensación industrial del conjunto. Sin embargo, Harper's eligió la imagen que mejor «descontextualizaba» la valla de cactus, para presentarla como un elemento folclórico y decorativo, quizá típicamente «mexicano». A la derecha de esa imagen central aparece una serie de fotografías de campesinos mexicanos descalzos que venden obras artesanales o montan en mula.
El artículo que acompaña las fotos, escrito por el editor neoyorquino Harry Block, describe su búsqueda de las sandalias mexicanas perfectas: «Todo México camina con huaraches [sandalias]». Es una crónica escrita con una mirada un tanto condescendiente. Yuxtapuesta al retrato de Diego Rivera y Frida Kahlo —él, vestido como un dandi europeo, incluidos los robustos zapatos de piel; ella, con unas botas negras de puntera—, la oda de Block a los huaraches parece un poco forzada, cuando no completamente fuera de lugar.
El reportaje de Harper's es un ejemplo perfecto de cómo México se veía perpetuado en tales relatos como un espacio marginal, con atisbos de modernidad como rara excepción a la norma. La revista muestra un México absolutamente distante, pero en cierto modo también facilita captar y explicar al público extranjero cómo es el país a través de los clichés asociados a él. Es una forma de traducción que simplifica las complejas operaciones que ocurrían en el hogar de Rivera y Kahlo. ¿Una casa funcional mexicana en la que se exponía arte postrevolucionario? ¡Imposible! Mejor utilicemos la foto de los cactus.
Este ejemplo de relato colonizador y de traducción cultural no fue el final sino el principio de una tendencia que aún hoy marca la vida y obra de Frida Kahlo. En 2002, la productora de Harvey Weinstein distribuyó la película Frida, con Salma Hayek en el papel protagonista. Weinstein quería una Kahlo más sexy (más desnudez y menos uniceja), y se salió con la suya. En 2016, en un concierto celebrado en México, Madonna eligió a una chica parecida a Frida entre el público y la hizo subir al escenario. Luego de decir que estaba «muy emocionada» de poder conocer por fin a Frida Kahlo, le entregó una banana en agradecimiento.
Hace unos años, en Halloween, mi sobrina de entonces veintiún años se vio arrastrada por su amiga a una fiesta universitaria en Nueva York. No iba disfrazada, ni estaba de humor para fiestas, y se refugió en la cocina. En un momento dado, un trío de chicas disfrazadas de Wonder Woman entró bamboleándose a la cocina: botas altas de color rojo, shorts con estampado de estrellas, tops sin mangas, diademas doradas para enmarcar sus melenas rubias. Una de las tres Wonder dio un buen trago a una botella y estuvo a punto de caerse de espaldas. De repente, se fijó en mi sobrina, a quien tenía detrás. Se dio la vuelta y la miró fijamente a la cara. La escudriñó de cerca. Al igual que muchas mujeres de mi familia materna, mi sobrina heredó una oscura, poblada, hermosa uniceja. Al final, la Wonder Woman exclamó: «¡Dios mío! ¡Vienes de Frida Kahlo!».
VALERIA LUISELLI
The Guardian, 11 de junio de 2018
En abril de 1953, cuando faltaban menos de doce meses para que muriera Frida Kahlo, a los cuarenta y siete años, se inauguró la primera exposición importante de su obra en la Ciudad de México, su lugar natal. Para entonces, su salud había decaído tanto que nadie esperaba verla ahí. Sin embargo, a las ocho de la tarde, cuando la Galería de Arte Contemporáneo acababa de abrir sus puertas al público, se acercó una ambulancia, y la artista, vestida con su traje regional predilecto, se hizo transportar sobre una camilla de hospital hasta su cama de cuatro postes, que habían instalado en la galería esa misma tarde. La cama estaba adornada como a ella le gustaba: con fotografías de su esposo, el gran muralista Diego Rivera, y de sus héroes políticos, Malenkov y Stalin. Esqueletos de papel maché colgaban del dosel, y un espejo, sujeto a la parte inferior de este, reflejaba su alegre aunque demacrado rostro. Uno por uno, doscientos amigos y admiradores la saludaron, para luego formar un círculo alrededor de su cama y acompañarla cantando canciones mexicanas hasta después de la medianoche.
Este acontecimiento a la vez encierra y culmina la carrera de una mujer extraordinaria. En realidad, revela muchas de las cualidades que caracterizaron a Frida, como persona y como pintora: su valor e indomable alegría frente al sufrimiento físico; la insistencia en el elemento sorpresa y en el detalle; la pasión propia por el espectáculo, que le sirvió de máscara para proteger su intimidad y dignidad. Ante todo, la inauguración de la exposición subrayó el tema central de Frida Kahlo: ella misma. La mayor parte de los cerca de doscientos cuadros que pintó durante su breve carrera fueron autorretratos.
Empezó con material dramático. Era casi bella, y sus pequeños defectos solo servían para intensificar su magnetismo. Sus cejas formaban una línea continua a través de la frente, y la sombra de un ligero bigote enmarcaba esa boca tan sensual. Tenía los ojos oscuros y almendrados, con las comisuras exteriores prolongadas hacia arriba. Las personas que la conocieron bien dicen que esos ojos resplandecían de inteligencia y humor, además de revelar su estado de ánimo: arrollador y fascinante, o escéptico y marchito. Algo en la franqueza penetrante de la mirada hacía que sus visitantes se sintieran desenmascarados, como si los estuviera observando un ocelote.
Siempre reía a carcajadas, con un tono profundo y contagioso que expresaba deleite o el reconocimiento fatalista de lo absurdo del dolor. Su voz era ronca. Sus palabras prorrumpían con vehemencia, rápida y enfáticamente, y se veían acentuadas con gestos vertiginosos llenos de gracia, su sonora risa y alguno que otro chillido de emoción. En inglés, una lengua que hablaba y escribía con soltura, Frida tendía a usar coloquialismos. Al leer sus cartas hoy en día, impresiona lo que un amigo suyo llamó la «dureza» de su lenguaje; es como si hubiera aprendido el idioma de Damon Runyon. En español, le encantaba usar groserías, palabras como pendejo o hijo de su chingada madre. Disfrutaba de la impresión que esa práctica, en ambos idiomas, causaba en su público, una impresión que era acentuada por el hecho de que tal vocabulario vulgar procedía de una criatura de aspecto tan femenino y que mantenía la cabeza erguida, sobre un esbelto cuello, con la nobleza de una reina.
Vestía ropa llamativa y prefería los trajes regionales largos a la alta costura. Provocaba sensación dondequiera que iba. Un neoyorquino recuerda que los niños solían seguirla por la calle. «¿Dónde está el circo?»,[1] preguntaban; a Frida Kahlo esto no le molestaba en lo más mínimo.
En 1929 se convirtió en la tercera esposa de Diego Rivera. ¡Qué pareja formaban! Frida era pequeña e intensa, quizá como un personaje de una novela de Gabriel García Márquez, si se quiere; Rivera, enorme y extravagante, como si hubiera salido directamente de Rabelais. Parecían conocer a todo el mundo. Trotski fue su amigo, al menos durante un tiempo, así como Henry Ford, Nelson Rockefeller, Dolores del Río y Paulette Goddard. La casa de los Rivera, en la Ciudad de México, representaba una meta para la intelectualidad internacional, desde Pablo Neruda hasta André Breton y Serguéi Eisenstein. Marcel Duchamp fue el anfitrión de Frida en París; Isamu Noguchi, su amante, y tenía admiradores como Miró, Kandinsky y Tanguy. En Nueva York conoció a Stieglitz y a Georgia O'Keeffe, y en San Francisco la fotografiaron Edward Weston e Imogen Cunningham.
Gracias a la manía de Rivera por la publicidad, su matrimonio se volvió parte del dominio público: todas las aventuras, amores, batallas y separaciones de la pareja eran descritas, con mucho colorido y todo lujo de detalles, por una ávida prensa. Eran conocidos únicamente por sus nombres de pila. Todos sabían quiénes eran Frida y Diego: él era el artista más grande del mundo; ella, la sacerdotisa, a veces rebelde, en el templo de su esposo. Viva, inteligente y atractiva, cautivaba a los hombres (y aceptaba a muchos como amantes). En cuanto a las mujeres, hay evidencia de que también tuvo relaciones lésbicas. Rivera no parecía preocuparse por estas últimas, pero se oponía firmemente al otro tipo de amantes. «No quiero compartir mi cepillo de dientes con nadie»,[2] dijo una vez, y amenazó a un intruso con su pistola.
Al conversar con los que conocieron a Frida Kahlo, continuamente impresiona el cariño que inspiraba en ellos. Reconocen que era cáustica e impulsiva. No obstante, cuando hablan de ella, sus ojos a menudo se llenan de lágrimas. Sus recuerdos, llenos de vitalidad, reproducen la historia de su vida como si fuera un cuento de F. Scott Fitzgerald: lleno de diversión y encanto, hasta su final trágico. La verdad es más desoladora. El 17 de septiembre de 1925, cuando tenía dieciocho años, el autobús que la llevaba de la escuela a su casa chocó con un tranvía, en la Ciudad de México. En medio del destrozo, literalmente la atravesó una barra de metal; se fracturó la espina dorsal, se aplastó la pelvis y se rompió un pie. Desde ese día hasta el de su muerte, veintinueve años después, vivió con el dolor y la constante amenaza de la enfermedad. «Soy campeona en operaciones», decía.[3] También estaba siempre presente el ansia del hijo que no tendría jamás, su pelvis aplastada solo provocaba abortos (algunos naturales y por lo menos tres terapéuticos) y la angustia de ser engañada con frecuencia, y a veces abandonada, por el hombre a quien amaba. Frida hacía alarde de su alegría, del mismo modo que un pavo real extiende la cola, pero solo para disimular una profunda tristeza, ensimismamiento e incluso obsesión consigo misma.
«Pinto mi propia realidad», decía.[4] «Lo único que sé es que pinto porque necesito hacerlo, y siempre pinto todo lo que pasa por mi cabeza, sin más consideración.» Algunas de las imágenes más originales y dramáticas del siglo XX pasaron por la cabeza de Frida Kahlo e imbuyeron su arte. Al pintarse sangrando, llorando y destrozada, transmutó su dolor en obras de arte de una franqueza extraordinaria, templada por medio del humor y la fantasía. Toda la autobiografía pintada de Frida es específica, personal y minuciosa en lugar de general, con una intensidad y fuerza características, que mantienen al observador bajo una inquietante fascinación.
La mayoría de los cuadros son pequeños; el tamaño promedio es de 30 × 38 cm. Estas proporciones se ajustan a la intimidad de sus motivos. Usando pinceles muy finos de cebellina, que siempre tenía muy limpios, aplicaba con sumo cuidado delicados toques de color con objeto de conseguir un enfoque preciso, haciendo que la fantasía se volviera convincente, a través de la retórica del realismo.
Los resultados gustaron a los surrealistas, quienes le dieron la bienvenida en su grupo a finales de los años treinta. Algunos coleccionistas, como Edward G. Robinson, Edgar Kaufmann Jr., A. Conger Goodyear, Jacques Gelman, también se interesaron por los cuadros, pero la mayor parte de su obra languideció en una inmerecida oscuridad hasta hace poco tiempo.
En otoño de 1977, el Gobierno mexicano dedicó la galería más grande y prestigiosa del Palacio de Bellas Artes a una exposición retrospectiva de la obra de Frida Kahlo. Fue un homenaje extraño, porque pareció celebrar la personalidad exótica y la historia de la artista más de lo que honraba su arte. En las grandiosas salas de altos techos, dominaban las enormes fotografías ampliadas de algunos incidentes de su vida. Los cuadros, como joyas, parecían puntuar la exposición.
Sin embargo, al final triunfó el arte, la leyenda que Frida misma creó. Debido a que los cuadros eran tan pequeños, en relación con las fotografías y el espacio total de la exposición, el espectador tenía que acercarse a menos de un metro de cada uno para captar los detalles. A esa distancia, el extraño magnetismo de los lienzos ejercía su fuerza de atracción. Basados en distintos momentos clave de su vida, cada uno era como un grito ahogado, o un núcleo de emoción tan densa que parecía estar a punto de explotar. Los cuadros reducían los paneles fotográficos, montados en una estructura arquitectónica en el centro de la sala, a algo tan precario y poco estable como un castillo de naipes.
El 2 de noviembre de 1978, la Galería de la Raza en Mission, un barrio de San Francisco, inauguró su propio «Homenaje a Frida Kahlo» para celebrar el Día de Muertos, uno de los días festivos más importantes en México. La exposición incluyó las obras de unos cincuenta artistas (en su mayoría chicanos), a los que se pidió colaboraciones en diferentes medios de expresión y «en el espíritu del simbolismo de Frida Kahlo». Junto a la pared del fondo de la galería se colocó la tradicional ofrenda, un altar dedicado a los difuntos, cubierta de velas, calaveras de golosina, cruces de paja, «pan de muerto» en forma de huesos humanos, un ataúd lleno de pájaros de azúcar y una cama de juguete sobre la que yacía una Frida en miniatura. Las obras de los artistas llenaron las demás paredes, así como otras partes de la sala. Muchos yuxtapusieron sus propios retratos con el de Frida, como si quisieran identificarse con ella. Su persona fue representada como heroína política y combatiente, revolucionaria, mujer sufrida y sin hijos, esposa maltratada y «Ofelia mexicana». Muchos la vieron como a alguien atormentado por la muerte, aunque desafiante. Una de las artistas explicó su reverencia así: «Para las chicanas, Frida personifica todo el concepto de la cultura.[5] Nos inspira. Sus obras no manifiestan lástima de sí misma, sino fuerza».
Desde entonces, han crecido los admiradores de Frida Kahlo: una muestra retrospectiva de su obra viajó a seis museos estadounidenses en 1978 y 1979. En 1982, la Galería de Arte Whitechapel de Londres organizó una exposición llamada «Frida Kahlo y Tina Modotti», que se exhibió también en Alemania y Nueva York. Para las mujeres en especial, la naturaleza extremadamente personal y femenina de las imágenes de Frida, además de su independencia artística, se han vuelto muy significativas. En el campo del arte, no compitió con Rivera ni se sometió a él, y existen bastantes críticos expertos que consideran que era ella la que pintaba mejor. En efecto, aun Diego con frecuencia decía lo mismo, haciendo alarde de la carta en la que Picasso le escribió: «Ni Derain, ni yo ni tú somos capaces de pintar una cabeza como las de Frida Kahlo».[6]
A Frida le hubieran complacido los múltiples recuerdos que dejó. De hecho, ella fue una de las creadoras de su fabulosa leyenda, y como era tan complicada y tan intrincadamente consciente de sí misma, su mito está lleno de tangentes, ambigüedades y contradicciones. Por eso uno vacila a la hora de revelar los aspectos de su realidad que podrían socavar la imagen que ella creó de sí misma. Sin embargo, la verdad no disipa el mito. Aun después de escudriñarla, la historia de Frida Kahlo sigue siendo tan extraordinaria como lo es su fábula.
HAYDEN HERRERA, 1983

La historia de Frida Kahlo comienza y termina en el mismo lugar. Desde fuera, la casa de la esquina formada por las calles Londres y Allende se parece a muchas otras en Coyoacán, una antigua zona residencial de la periferia, ubicada al suroeste de la Ciudad de México. Las paredes de un intenso color azul en esta construcción de estuco y un solo piso se ven avivadas por ventanales de muchos cristales y postigos verdes, así como por las agitadas sombras de los árboles. Encima de su portal se lee «Museo Frida Kahlo». Dentro se halla uno de los sitios más extraordinarios de México: el hogar de una mujer, con todos sus cuadros y efectos personales, convertido en museo.
Dos gigantescos Judas de papel maché y casi siete metros de alto guardan la entrada, gesticulando como si conversaran.(1) Al pasarlos se entra en un jardín con plantas tropicales, fuentes y una pequeña pirámide adornada con ídolos precolombinos.
El interior de la casa es especial, pues da la sensación de que la presencia de sus antiguos ocupantes aún anima todos los objetos y cuadros que se exhiben. Aquí se encuentran la paleta y los pinceles de Frida Kahlo, abandonados sobre su mesa de trabajo como si los acabara de soltar. Allá, cerca de su cama, están el sombrero Stetson, el mono y los enormes zapatos de minero de Diego Rivera. En la gran sala de la esquina, que da a las calles Londres y Allende, hay una vitrina con puertas de cristal que encierra el traje de tehuana, lleno de colores, de Frida. Las siguientes palabras están pintadas en la pared, sobre la vitrina: «Aquí nació Frida Kahlo el día 7 de julio de 1910». Fueron inscritas cuatro años después de la muerte de la artista, cuando su casa se convirtió en un museo público. La pared del patio, en un vivo azul y rojo, está adornada por otra inscripción: «Frida y Diego vivieron en esta casa 1929-1954». ¡Ah! piensa el visitante. ¡Qué bonita circunscripción! He aquí tres hechos principales en la vida de Frida Kahlo: su nacimiento, su matrimonio y su muerte.
El único problema es que ninguna de las inscripciones es del todo precisa. Tal como demuestra su acta de nacimiento,[7] Frida en realidad nació el 6 de julio de 1907. Reclamando, quizás, una verdad más importante de lo que permitía el hecho concreto, no eligió el verdadero año como su fecha de nacimiento, sino el de 1910, año en que comenzó la Revolución mexicana; y puesto que fue hija de la década revolucionaria, en la que en las calles de la Ciudad de México dominaba el caos y el derramamiento de sangre, decidió que ella y el México moderno habían nacido juntos.
La otra inscripción del Museo Frida Kahlo fomenta una imagen ideal y sentimental del matrimonio y el hogar Rivera-Kahlo. Una vez más, la realidad fue otra. Frida y Diego solo ocuparon brevemente la casa de Coyoacán antes de 1934, cuando regresaron a México después de residir en Estados Unidos durante cuatro años. Entre 1934 y 1939 vivieron en un par de casas que fueron construidas para ellos en la cercana zona residencial de San Ángel. Después hubo largos periodos en los que Diego no vivió con Frida, prefiriendo la independencia de su estudio en San Ángel, por no hablar del año en el que se separaron, se divorciaron y se volvieron a casar.
Por lo tanto, las inscripciones embellecen la verdad. Igual que el museo mismo, forman parte de la leyenda de Frida.
Solo hacía tres años que se había construido la casa de Coyoacán cuando nació Frida. Su padre la edificó en 1904, en un pequeño lote que adquirió cuando se dividió y vendió la hacienda El Carmen. Sin embargo, los pesados muros que dan a la calle, la estructura de un piso, la azotea y el plano en forma de «U», según el cual cada habitación da a la siguiente y al patio central en lugar de estar unidas por pasillos, le dan la apariencia de remontarse a la época colonial. Se encuentra a apenas unas calles de la plaza central del pueblo y la parroquia de San Juan Bautista, donde la madre de Frida tenía un banco particular que sus hijas y ella ocupaban los domingos. Desde su casa Frida podía caminar por callejuelas, a menudo empedradas o sin pavimentar, hasta los Viveros de Coyoacán, un parque selvático, embellecido por un fino río que serpenteaba entre los árboles.
Cuando Guillermo Kahlo construyó la casa de Coyoacán, era un fotógrafo de éxito a quien el Gobierno mexicano acababa de encargar el registro del patrimonio arquitectónico de la nación. Era un logro extraordinario para un hombre que había llegado a México sin grandes perspectivas solo trece años antes. Sus padres, Jakob Heinrich Kahlo y Henriette Kaufmann Kahlo, eran judíos húngaros de Arad, ahora parte de Rumanía. Emigraron a Alemania y se establecieron en Baden-Baden, donde nació Wilhelm en 1872. Jakob Kahlo era joyero y también comerciaba con artículos fotográficos. Cuando llegó el momento, era suficientemente rico para mandar a su hijo a estudiar en la Universidad de Nuremberg.
Alrededor de 1890, la prometedora carrera del estudiante Wilhelm Kahlo finalizó antes de haber comenzado: el joven sufrió lesiones cerebrales a causa de una caída y empezó a padecer ataques epilépticos.[8] Su madre murió más o menos al mismo tiempo, y su padre se volvió a casar con una mujer con la que Wilhelm simpatizaba. En 1891 el padre le dio a su hijo, de diecinueve años, suficiente dinero para pagar el pasaje a México; Wilhelm cambió su nombre a Guillermo y no regresó jamás a su país de origen.
Llegó a la Ciudad de México casi sin dinero y con pocas posesiones. A través de sus contactos con otros inmigrantes alemanes, encontró trabajo como cajero en la Cristalería Loeb. Más tarde ocupó el puesto de vendedor en una librería. Finalmente, trabajó en una joyería llamada La Perla, cuyos dueños eran compatriotas con los que había viajado de Alemania a México.[9]
En 1894 se casó con una mujer mexicana que murió cuatro años después al dar a luz a su segunda hija. Entonces, se enamoró de Matilde Calderón, una compañera de trabajo de La Perla. Frida contó la historia así: «La noche en que murió su esposa mi padre llamó a mi abuela Isabel, que llegó con mi madre. Ella y mi padre trabajaban en la misma tienda, se tenían confianza. Él estaba enamorado de ella y más tarde se casaron».[10]
No es difícil imaginar por qué Guillermo Kahlo amaba a Matilde Calderón. Las fotografías tomadas de ella el día de su boda demuestran que era una mujer de gran belleza, con enormes ojos oscuros, labios gruesos y un mentón decidido. Era «como una campanita de Oaxaca», dijo Frida en una ocasión. «Cuando iba al mercado ceñía con gracia su cinturón y cargaba coquetamente su canasta.»[11] Nacida en Oaxaca en 1876, Matilde Calderón y González era la mayor de doce hijos de Isabel González y González, la hija de un general español, educada en un convento, y de Antonio Calderón, un fotógrafo de ascendencia indígena procedente de Morelia. Según Frida, su madre era inteligente aunque iletrada; lo que le faltaba en cuanto a educación lo compensaba con su piedad.
Resulta un poco más difícil imaginar qué fue lo que atrajo a la devota Matilde Calderón hacia Guillermo Kahlo. El inmigrante de veintiséis años era judío de nacimiento, ateo por convicción, y padecía ataques. Por otra parte, su piel blanca y su culto origen europeo seguramente tenían cierto atractivo, en esos días en los que lo europeo se consideraba superior a todo lo mexicano. Además, era inteligente, trabajador y bastante apuesto, a pesar de sus orejas salidas. Tenía el pelo tupido y castaño, una boca bella y sencilla, un magnífico bigote que se torcía hacia arriba precisamente como debía y un cuerpo ágil y esbelto. «Era muy interesante, de bastante elegancia al moverse, al caminar», comentaba Frida.[12] Si bien la mirada de sus enormes ojos color café era demasiado intensa, y se volvió más perturbadora e intranquila con el tiempo, también era romántica.
A los veinticuatro años, Matilde había rebasado la edad normal de contraer matrimonio, y es posible que fuera particularmente sensible a causa de una aventura anterior que terminó de manera trágica. Frida recordaba que cuando tenía once años su madre le mostró un libro, «forrado de piel de Rusia donde guardaba las cartas de su primer novio. En la última página estaba escrito que el autor de las cartas, un joven alemán, se había suicidado en su presencia. Ese hombre vivió siempre en su memoria».[13] Es natural que la joven mujer se sintiera atraída por otro alemán, y si no lo amaba (Frida afirmaba que no), al menos pensó que era un buen partido.
Fue Matilde Calderón de Kahlo quien persuadió a su esposo a dedicarse a la fotografía, la profesión de su padre. Frida dijo que su abuelo le prestó una cámara a su padre, «y lo primero que hicieron fue salir de gira por la República. Lograron una colección de fotos de arquitectura indígena y colonial y regresaron, instalando el primer despacho en la avenida 16 de Septiembre».[14]
Las fotografías fueron encargadas por José Ives Limantour, el secretario de Hacienda bajo el dictador Porfirio Díaz. Debían ilustrar una serie de publicaciones de lujo y gran formato para la celebración, en 1910, del centenario de la Independencia mexicana. Entre 1904 y 1908, con buenas cámaras de fabricación alemana y más de novecientas placas de vidrio preparadas por él mismo, Guillermo Kahlo registró la herencia arquitectónica de México, ganándose el elogioso título de «primer fotógrafo oficial del patrimonio cultural mexicano».[15]
La elección de Limantour efectivamente fue buena: Guillermo Kahlo era un técnico exigente con un enfoque tenazmente objetivo de lo que veía. En sus fotografías, igual que en las pinturas de su hija, no hay efectos engañosos ni ofuscación romántica. Trataba de proporcionar toda la información posible acerca de la estructura arquitectónica que fotografiaba, seleccionando con cuidado su posición y utilizando la luz y la sombra para delinear las formas. Un anuncio de su trabajo, escrito en inglés y español, decía: «Guillermo Kahlo, especialista en paisajes, edificios, interiores, fábricas, etcétera, y que toma fotografías sobre pedido, ya sea en la ciudad o en cualquier otro punto de la república».[16] Aunque de cuando en cuando hacía excelentes retratos de miembros del Gobierno de Díaz y de su propia familia, afirmaba que no quería fotografiar a personas, porque no deseaba mejorar lo que Dios había hecho feo.[17]
Es difícil decir si Guillermo Kahlo reconocía el humor de tal afirmación, pero cuando los contemporáneos de Frida hablan de él, casi siempre recuerdan también sus dichos, y por norma general, los comentarios que citan son directos, sardónicos y al mismo tiempo graciosos, de una maravillosa impasividad.
Esto no significa que el padre de Frida fuera un hombre alegre. Por el contrario, era una persona de pocas palabras, cuyo silencio tenía una poderosa resonancia, y lo rodeaba un aura de amargura. Nunca llegó a sentirse verdaderamente a gusto en México, y aunque deseaba ser aceptado como mexicano, jamás perdió su marcado acento alemán. Con el tiempo se encerró más y más en su mundo. Frida recordaba que solo tenía «dos amigos: uno era un viejo largote que siempre dejaba su sombrero en el techo de los roperos. Mi padre y el viejo se pasaban las horas jugando al ajedrez y tomando café».[18]
En 1936 Frida representó su lugar de nacimiento y su árbol genealógico en el encantador y singular cuadro Mis abuelos, mis padres y yo (ilustración 2). Se presenta a sí misma como una niña pequeña (según ella, tenía alrededor de dos años) de pie, desnuda y muy segura de sí misma, en el patio de su Casa Azul, con una silla tamaño infantil junto a ella.[19] Está sujetando una cinta carmesí, la línea de su sangre, que sostiene su árbol genealógico tan fácilmente como si fuera la cuerda de un preciado globo. Los retratos de sus padres se basan en la fotografía de su boda, en la cual la pareja flota como ángeles en el cielo, enmarcada por una aureola de nubes. Este anticuado convencionalismo fotográfico debió de divertir a Frida: en el cuadro colocó los retratos de sus abuelos en blandos nidos de cúmulos muy similares. Los abuelos maternos de Frida, el indígena Antonio Calderón y la gachupina Isabel González y González, están situados por encima de la madre de Frida. Al lado de su padre se encuentra una pareja europea, Jakob Heinrich Kahlo y Henriette Kaufmann Kahlo. No cabe la menor duda acerca del origen de la característica física más notable de Frida Kahlo: heredó las gruesas cejas unidas de su abuela paterna. Frida decía que se parecía a ambos progenitores: «Tengo los ojos de mi padre y el cuerpo de mi madre».[20] En el cuadro, Guillermo Kahlo tiene una mirada desasosegada y penetrante, que con inquietante intensidad volvería a aparecer en los ojos de su hija.
Frida copió con exactitud todos y cada uno de los volantes, costuras y lazos del traje de novia de su madre, según aparece en la fotografía original, creando un fondo humorístico para el feto rosado y bastante desarrollado que colocó sobre la virginal falda blanca. El feto es Frida; que también pueda referirse a la posibilidad de que su madre estuviera embarazada al casarse es una muestra de cómo Frida se deleitaba con los dobles significados. Debajo del feto se halla un retrato burlesco de bodas: un gran esperma, perseguido por un cardumen de competidores más pequeños, penetra en un óvulo: Frida en el momento de la concepción. Muy cerca se ve otra escena de fecundación: la flor carmesí en forma de «U» de un cactus se abre para recibir el polen llevado por el viento.
Frida no sitúa su casa en los suburbios, sino en la llanura salpicada por cactus de la alta meseta central de México. En la lejanía están las montañas acuchilladas por barrancos que frecuentemente formaron el escenario de sus autorretratos. Justo debajo de las imágenes de sus abuelos paternos se halla el océano. La tierra simboliza a sus abuelos mexicanos, explicaba Frida, y el mar, a los alemanes.[21] Un humilde hogar mexicano se encuentra junto a la casa de los Kahlo, y en un campo más allá hay una morada aún más primitiva: una choza indígena de adobe. En una visión infantil, la artista incluye a todo el pueblo de Coyoacán en su propia casa, que coloca aparte del resto de la realidad en un desierto. Frida se pone en el centro de su casa, en el centro de México, en el centro, da la sensación, del mundo.

Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón, la tercera hija de Guillermo y Matilde Kahlo, nació el 6 de julio de 1907 a las ocho y media de la mañana, en plena temporada veraniega de lluvias, durante la cual la meseta alta de la ciudad de México es fría y húmeda. Le pusieron los primeros dos nombres para que pudiera ser bautizada, pero su familia usaba el tercero, que significa «paz» en alemán. (A pesar de que su acta de nacimiento dice «Frida», ella solía escribirlo en alemán, con una e, hasta finales de los treinta; a partir de entonces la omitió a causa del crecimiento del nazismo en Alemania.)
Poco después de que naciera Frida, su madre enfermó y una nodriza indígena amamantó a la niña por un tiempo. «Me crio una nana cuyos senos se lavaban cada vez que iba a mamar»,[22] le contó orgullosamente a una amiga. Años después, el hecho de que la alimentara la leche de una mujer indígena se volvió crucial para ella, y pintó al ama de cría como la encarnación mítica de su herencia mexicana, y a sí misma, como una niña de pecho.
En gran parte, las hermanas mayores de Frida, Matilde y Adriana, cuidaron de ella y de la más pequeña, Cristina. Sus hermanastras, María Luisa y Margarita, fueron enviadas a un convento cuando su padre se volvió a casar,[23] y también ellas se encargaron de esa tarea cuando se encontraban en casa. Es posible que esa ayuda fuera necesaria por el temperamento de Matilde Kahlo o por su estado de salud, ya que empezó a padecer «ataques» semejantes a los de su esposo, cuando se acercó a la edad madura.[24]
Tres años después de nacer Frida, estalló la Revolución mexicana. Comenzó con sublevaciones en varias partes del país, y con la formación de ejércitos guerrilleros en Chihuahua (dirigidos por Pascual Orozco y Pancho Villa) y en Morelos (dirigidos por Emiliano Zapata). Estas condiciones se mantuvieron durante diez años. En mayo de 1911, cayó y fue exiliado el antiguo dictador, Porfirio Díaz. En octubre de 1912, se eligió presidente al líder revolucionario Francisco Madero. Sin embargo, este fue traicionado y asesinado por el general Victoriano Huerta en febrero de 1913, después de la Decena Trágica, durante la cual las tropas adversarias se bombardearon desde el Palacio Nacional y la Ciudadela, causando mucha destrucción y muerte. En el norte, apareció Venustiano Carranza para vengar el asesinato de Madero. Adoptó el título de «primer jefe del Ejército Constitucionalista» y salió a derrocar a Huerta con la ayuda de un pequeño grupo de soldados. Las violentas maniobras realizadas para alcanzar el poder, así como el inevitable derramamiento de sangre, no terminaron por completo hasta la toma del poder por el presidente Álvaro Obregón, uno de los generales de Carranza, en noviembre de 1920.
Durante la última década de su vida, Frida escribió un diario que ahora se encuentra expuesto dentro de su museo. En él, recuerda con orgullo, y quizá con bastante licencia poética, ser testigo de las batallas entre los ejércitos revolucionarios adversarios que invadieron la Ciudad de México:
Recuerdo tener cuatro años [en realidad tenía cinco] cuando tuvo lugar la Decena Trágica. Con mis propios ojos vi la batalla entre los campesinos de Zapata y los carrancistas. Mi ubicación era muy buena. Mi madre abrió las ventanas que daban a la calle de Allende para dar entrada a los zapatistas, y se encargó de que los heridos y los hambrientos saltaran de las ventanas de la casa a la «sala de estar». Ahí los curó y les dio gorditas de maíz, lo único que se podía conseguir de comer durante esos días en Coyoacán […] Éramos cuatro hermanas: Matita, Adri, yo [Frida] y Cristi, la gordita…
Durante 1914, solo se oía el silbido de las balas. Todavía recuerdo su extraordinario sonido. En el tianguis de Coyoacán se vendía propaganda a favor de Zapata, en forma de corridos editados por [el impresor José Guadalupe] Posada. Los viernes cada hoja costaba un centavo. Cristi y yo contábamos las baladas, encerrándonos en un gran armario que olía a madera de nogal, mientras mis padres vigilaban para que no cayéramos en manos de los guerrilleros. Recuerdo cómo un carrancista herido corrió hacia su cuartel [ubicado cerca] del río de Coyoacán. Desde la ventana, también pude ver cómo [un] zapatista, que había sido herido en la rodilla por un balazo, se agachó para ponerse los huaraches. [Aquí Frida dibujó a los dos hombres.]
Los padres de Frida no experimentaron la revolución como una aventura sino como un infortunio. Los encargos que Guillermo Kahlo recibía del Gobierno de Díaz le proporcionaron dinero suficiente para edificar una casa confortable en un terreno ubicado en una sección elegante de Coyoacán. La caída del dictador y la década de guerra civil que siguió lo llevaron a la penuria. Era difícil obtener encargos fotográficos de cualquier tipo. Según Frida, «desde entonces y para siempre hubo en mi casa un pasar con dificultades».[25]
Matilde Calderón se casó con un hombre de buenas perspectivas y, de repente, se vio obligada a escatimar y ahorrar. Su esposo no sabía administrar el dinero y, con frecuencia, no podía comprar ni los artículos fotográficos que necesitaba. Hipotecaron la casa, vendieron los muebles franceses de la sala y en cierto momento tuvieron que alquilar cuartos.[26] Guillermo Kahlo se volvió cada vez más taciturno y misantrópico, mientras su esposa, ya madura, mantenía el funcionamiento del hogar, regañando a los sirvientes, regateando con los comerciantes y discutiendo con el granjero que entregaba la leche. «No sabía leer ni escribir», recordaba Frida. «Solo sabía contar dinero.»[27]
Matilde Kahlo sabía más que eso. Les enseñó a sus hijas las tareas domésticas que acompañan una educación mexicana tradicional, e intentó transmitirles la fe religiosa que significaba tanto para ella, llevándolas a la iglesia todos los días y a los retiros durante Semana Santa. Frida aprendió a coser, bordar, guisar y limpiar a temprana edad; durante toda su vida, la belleza y el orden de su hogar constituyeron un motivo de orgullo para ella. Sin embargo, tanto Frida como Cristina se rebelaron contra la piedad tradicional de su madre, sus hermanas mayores (Margarita se volvió monja) y sus tías. «Mi madre llegó a la histeria por la religión», comentaba Frida. «Teníamos que orar antes de las comidas. Mientras los demás estaban concentrados en sí mismos, Cristi y yo nos mirábamos esforzándonos por contener la risa.» Ambas asistían a clases de catecismo, como preparación para su primera comunión, «pero nos escapábamos y nos íbamos a comer tejocotes, membrillos y capulines a un huerto cercano».[28]
Cuando empezaron a ir a la escuela, Frida y Cristina lo hicieron juntas. «Entre los tres y los cuatro años a Cristi y a mí nos mandaban a un colegio de parvulitos», recordaba Frida.[29] «La maestra era del tiempo antiguo, con pelos artificiales y trajes rarísimos. Mi primer recuerdo se refiere justamente a esa maestra: ella estaba parada al frente del salón todo oscuro, sosteniendo en una mano una vela y en la otra una naranja, explicando cómo era el universo, el sol, la tierra y la luna. Me oriné de la impresión. Me quitaron los calzones mojados y me pusieron los de una niña que vivía enfrente de mi casa. A causa de eso le cobré tal odio que un día la traje cerca de mi casa y comencé a ahorcarla. Ya estaba con la lengua fuera cuando pasó un panadero y la sacó de mis manos.»
Sin duda Frida exagera su carácter diabólico, pero definitivamente era traviesa. Una vez su media hermana, María Luisa, estaba «sentada en la bacinica cuando la empujé y cayó hacia atrás con la vasija y todo».[30] En esa ocasión, la víctima se desquitó. «Furiosa me dijo: “Tú no eres hija de mi mamá y de mi papá. A ti te recogieron en un basurero”. Aquella afirmación me impresionó al punto de convertirme en una criatura completamente introvertida. Desde entonces viví aventuras con una amiga imaginaria.»
Tales rechazos no desanimaban a Frida durante mucho tiempo. Aún osaba tomarle el pelo a su padre, y se burlaba de sus puntillosas costumbres alemanas llamándolo «Herr Kahlo».[31] Y la chiquilla tuvo un papel principal en el episodio que demuestra, quizá mejor que cualquier otro, la infelicidad que reinaba en casa de los Kahlo durante la infancia y la adolescencia de las hermanas. Frida contó así la historia:
A los siete [años] ayudé a mi hermana Matilde, que tenía quince, a que se escapara a Veracruz con su novio. Le abrí el balcón y luego cerré como si nada hubiera pasado. Matita era la preferida de mi madre y su fuga la puso histérica […]. Cuando Mati se fue, mi padre no dijo una palabra […].
Cuatro años estuvimos sin ver a Matita. Cierto día, mientras viajábamos en un tranvía, mi padre me dijo: «¡No la encontraremos nunca!». Yo lo consolé y en verdad mis esperanzas eran sinceras. Tenía doce años cuando una compañera de la Preparatoria me comentó: «Por las calles de los Doctores vive una señora parecidísima a ti. Se llama Matilde Kahlo». Al fondo de un patio, en la cuarta habitación de un largo corredor, la encontré. Era un cuarto lleno de luz y pájaros. Matita se estaba bañando con una manguera. Vivía allí con Paco Hernández, con el que después se casó. Gozaron de buena situación económica y no tuvieron hijos. Lo primero que hice fue avisar a mi padre que la había encontrado. La visité varias veces y traté de convencer a mi madre para que se viesen, pero no quiso.[32]
Pasó mucho tiempo antes de que la madre de Frida perdonara a su hija mayor. Matilde solía llegar a casa con fruta y manjares exquisitos, pero como su madre le negaba la entrada, tenía que dejar sus obsequios en la puerta.[33] Más tarde, cuando Matilde ya se había ido, la señora Kahlo los metía en la casa. En 1927, doce años después de la fuga, Frida pudo escribirle por primera vez a un amigo que «Maty ya visita esta mansión. Se han hecho las paces».[34]
Los sentimientos encontrados que su madre inspiraba a Frida, tanto el amor como el desprecio, se manifestaron en una entrevista, en la que la describió como «cruel» (por ahogar una camada de ratas) y, al mismo tiempo, como «muy simpática, activa, inteligente».[35] Al envejecer ambas, las inevitables batallas con la mujer, a quien llamaba «mi jefe», se volvieron más reñidas. Sin embargo, Frida «no cesaba de llorar» cuando murió su madre.[36]
De muy niña, Frida era una diablilla gordita, con un hoyuelo en el mentón y un centelleo travieso en los ojos. Un retrato de la familia, tomado cuando ella tenía alrededor de siete años, muestra un cambio notable. Está delgada y larguirucha, con una expresión sombría e introvertida. Se encuentra sola detrás de un arbusto, como si deseara ocultarse.
Este cambio se debió a una enfermedad: a los seis años, Frida contrajo poliomielitis.[37] Tuvo que pasar nueve meses en su cuarto. «Todo comenzó con un dolor terrible en la pierna derecha, desde el muslo hacia abajo», recordaba. «Me lavaban la piernita en una tinita con agua de nogal y pañitos calientes.»[38]
La extraña ambivalencia de la obsesión consigo misma y la extraversión que caracterizaba a Frida de adulta pudo haber surgido en la niña enferma, a partir de su conciencia exacerbada de la discrepancia entre el mundo interior, el del ensueño, y el exterior, del intercambio social. Jamás la abandonó la fantasía de que tenía una amiga imaginaria, su confidente consoladora. En su diario, explicó el origen del autorretrato doble llamado Las dos Fridas (ilustración 57):
Debo haber tenido seis años cuando viví intensamente la amistad imaginaria con una niña… de mi misma edad más o menos. En la vidriera del que entonces era mi cuarto, y que daba a la calle de Allende, sobre uno de los primeros cristales de la ventana echaba vaho. Y con un dedo dibujaba una «puerta». […] [Aquí Frida dibujó la ventana.]
Por esa «puerta» salía en la imaginación, con una gran alegría y urgencia. Atravesaba todo el llano que se miraba hasta llegar a una lechería que se llamaba PINZÓN. […] Por la «o» de PINZÓN entraba y bajaba intempestivamente al interior de la tierra, donde «mi amiga imaginaria» me esperaba siempre. No recuerdo su imagen ni su color. Pero sí sé que era alegre, se reía mucho, sin sonidos. Era ágil. Y bailaba como si no tuviera peso alguno. Yo la seguía en todos sus movimientos y le contaba, mientras ella bailaba, mis problemas secretos. ¿Cuáles? No recuerdo. Pero ella sabía por mi voz todas mis cosas. […] Cuando yo regresaba a la ventana, entraba por la misma puerta dibujada en el cristal. ¿Cuándo? ¿Por cuánto tiempo había estado con «ella»? No sé. Pudo ser un segundo o miles de años. […] Yo era feliz. Desdibujaba la «puerta» con la mano y «desaparecía». Corría con mi secreto y mi alegría hasta el último rincón del patio de mi casa, y siempre en el mismo lugar, debajo de un árbol de cedrón, gritaba y reía. Asombrada de estar Sola con mi gran felicidad y el recuerdo tan vívido de la niña. […] Han pasado treinta y cuatro años desde que viví esa amistad mágica y cada vez que la recuerdo, se aviva y se acrecienta más y más dentro de mi mundo.[39]
Cuando Frida estuvo de nuevo en pie, un médico recomendó un programa de ejercicios físicos para fortalecer su marchito miembro derecho. Guillermo Kahlo, quien durante la enfermedad de su hija se mostró más cariñoso que de costumbre, se aseguró de que se dedicara a toda clase de deportes, lo cual era muy poco común para las respetables jóvenes mexicanas de esa época. Jugaba al fútbol, boxeaba, practicaba la lucha y se convirtió en una campeona de natación. Según recordaba, «mis juguetes fueron los de un muchacho: patines, bicicletas».[40] Le gustaba subirse a los árboles, remar en el lago de Chapultepec y jugar a la pelota.
No obstante, contó: «La patita quedó muy delgada. A los siete años usaba botitas. Al principio supuse que las burlas [acerca de la pierna] no me harían mella, pero después sí me la hicieron, y cada vez más intensamente».[41] Una amiga de la niñez de Frida, la pintora Aurora Reyes, afirma: «Éramos bastante crueles a causa de su pierna. Cuando andaba en bicicleta le gritábamos: “¡Frida, pata de palo!”, y ella solía contestar, furiosa, con muchas maldiciones».[42] Ocultaba la pierna usando tres o cuatro calcetines en la pantorrilla más delgada y un tacón más alto en el zapato derecho. Otros amigos admiran el hecho de que nunca permitió que su leve deformidad interfiriera con su actividad física. La recuerdan pedaleando en su bicicleta como el demonio, sin importarle que se le viera la ropa interior negra, alrededor del jardín Centenario. «Tenía una coordinación física y una gracia extraordinaria. Al caminar daba pequeños saltitos, parecía flotar como un pájaro en vuelo.»[43]
Sin embargo, era un pájaro herido y, por lo tanto, diferente de los otros niños. Con frecuencia se encontraba sola. Precisamente en la edad en la que hubiera podido extender su mundo más allá del círculo familiar y trabar amistades, fue obligada a permanecer en casa. Cuando se recuperó y regresó a la escuela, los otros niños se burlaban de ella y la dejaban fuera de sus juegos. Como alternativa, reaccionó encerrándose en sí misma (dijo que se convirtió en una «criatura introvertida») y exagerando en la compensación de sus temores, al volverse primero un marimacho y, después, «peculiar».
Frida se halla sola, tanto en la fotografía en la que se coloca aparte del grupo familiar, como en los cuadros que la retratan de niña (incluso en su representación del árbol genealógico, se encuentra separada de los demás). Aunque esa soledad tiene mucho que ver con los sentimientos que tuvo en el momento de producir dichas pinturas, también es seguro que sus recuerdos artísticos dicen la verdad acerca de su pasado: una adulta solitaria que recuerda momentos semejantes de soledad en la infancia.
En un cuadro, pintado en 1938 e inscrito con las palabras «Piden aeroplanos y les dan alas de petate» (ilustración 4), Frida combinó el recuerdo de una desilusión infantil menor (cómo la poliomielitis redujo su movilidad) con la frustración más reciente que sufrió al quedar inmovilizada por una operación en el pie.[44] El biógrafo de Diego Rivera, Bertram D. Wolfe, afirma que el cuadro se remontaba a «la ocasión cuando sus padres la vistieron con un traje blanco y alas, para representar a un ángel. Alas que le provocaron gran infelicidad, porque no servían para volar».[45] En esta obra, Frida, que parece tener alrededor de siete años, sostiene lo que pidió y no recibió: un avión de juguete. Las alas de paja que sí obtuvo están suspendidas del cielo por cintas; es evidente que no sirven para volar. Para hacer hincapié en eso, Frida rodea su falda con otro cordón, y sujeta los lazos de cada extremo al suelo con clavos.
Otro cuadro en el que Frida se representa como una niña solitaria es Cuatro habitantes de México (ilustración 5), pintado en 1938. Su significado es más ambiguo que el del autorretrato con las alas de petate, y a primera vista parece una muestra inofensiva de folclore mexicano. En realidad, representa la imagen importante de una niña que confronta los símbolos de su patrimonio cultural.
Sin la protección de los muros de su casa, Frida está sentada en el suelo de tierra, chupándose el dedo índice y agarrando los pliegues de su falda. Con el rostro impasible, está absorta en las idas y venidas del mundo adulto. A su lado se encuentran cuatro personajes extraños: un ídolo precolombino de Nayarit, un Judas, un esqueleto de barro y un jinete de paja. Los cuatro habitantes fueron pintados a imitación de artefactos mexicanos que realmente pertenecían a los Rivera. La escena debe ubicarse en Coyoacán: al fondo se ve La Rosita, una pulquería situada cerca de la casa de Frida. La plaza está casi «vacía, con muy poca gente», comentó Frida, «porque la revolución demasiado larga dejó un México desierto».[46] Por grande que fuera el amor que sentía por su patria, Frida pintó una visión muy ambivalente, identificando los sufrimientos del país con los suyos.
La joven Frida tiene la mirada fija en uno de los cuatro habitantes: la escultura precolombina de barro, que representa a una mujer embarazada y desnuda, la cual simboliza tanto la herencia indígena de México como el futuro propio de la niña, como mujer sexualmente madura. Al igual que Frida lo estaría de adulta, el ídolo está roto: le falta la parte delantera de los pies, y su cabeza ha sido desprendida y reparada de nuevo. Frida explicó a un amigo que la escultura que representa el ídolo está embarazada porque tiene algo vivo adentro, a pesar de haber muerto, y «eso es lo más importante en los indígenas».[47] Se encuentra desnuda «porque ellos no se avergüenzan del sexo ni de otras cosas igualmente estúpidas».
El Judas, un hombre grande, de bigote, sin rasurar y vestido con un mono azul, hace ademanes como si estuviera articulando un parlamento. Mantiene una de las mechas de su red de explosivos en una posición que sugiere un pene erecto. Constituye la contraparte masculina de la escultura precolombina, embarazada y pasiva; el Judas es el líder y destructor que se explota a sí mismo, lleno de furia y con mucho ruido. La sombra larga que proyecta sobre la tierra pasa entre las piernas del ídolo femenino y se detiene junto a su silueta, uniéndolos como pareja. Esa sombra también toca a la niña, convirtiéndola en parte de la familia formada por el Judas y la estatuilla. Frida declaró que hallaba más humor que amenaza en el personaje de Judas, y explicó que servía como pretexto para la alegría, la diversión y la irresponsabilidad sin tener nada que ver con la religión. «Se quema», aclaró. […] «Hace ruido, es bonito y porque se hace pedazos posee colorido y forma.»[48]
El esqueleto con su mueca constituye la versión grande de lo que los niños mexicanos suelen cargar y columpiar el Día de Muertos. Simboliza «la muerte: algo muy alegre, un chiste»,[49] según Frida. Al igual que la escultura embarazada, el esqueleto se encuentra sobre el campo visual de la niña; este, también, representa su futuro.
En un plano intermedio detrás del esqueleto, se halla el hombre de paja, posiblemente un bandido revolucionario como Pancho Villa. Lleva un sombrero y una cartuchera, y va montado en un burro, también de paja. Indica la fragilidad y el patetismo inherentes a la vida mexicana, una mezcla intensa de pobreza, orgullo y sueños. Frida dijo que lo incluyó en el cuadro «por débil y, al mismo tiempo, por poseer tal elegancia y ser tan fácil de destruir».[50]
Esta visión de México es extraña, porque insinúa que los habitantes del país, hechos de papel maché, paja y barro, son los supervivientes efímeros de una historia atroz. Sin embargo, esos objetos tuvieron un significado personal para la Frida ya madura; al igual que los monos y otras mascotas que la rodeaban, que en conjunto formaron para ella una especie de familia. Le ofrecieron el consuelo familiar en un mundo que a menudo parecía vacío. Los cuatro habitantes, tres de los cuales reaparecen en La mesa herida (1940) (ilustración 90), acompañaron a Frida en un drama pintoresco y doloroso. En efecto, al crear su personalidad mexicana, ella misma se convirtió en el quinto habitante de México.
Frida tardó años en realizar esa transformación. La poliomielitis fue el comienzo. Durante toda su vida odió el resultado de esa enfermedad, su pierna marchita, y la ocultaba bajo largas faldas regionales. Compensó ese defecto (y sus otras heridas) llegando a ser la más mexicana entre los mexicanos.
Guillermo Kahlo se sintió más unido a Frida que a cualquiera de sus otras cinco hijas. Aunque rara vez era expresivo, acostumbraba murmurar, en voz baja, «Frida, liebe Frida» cuando regresaba a Coyoacán de su trabajo en la ciudad de México.[51] En ella reconoció algo de su propia sensibilidad desasosegada, su introspección e inquietud. «Frida es la más inteligente de mis hijas», solía comentar Kahlo.[52] «Es la que más se parece a mí.»
Siendo un hombre de hábitos fijos, no tenía mucho tiempo para sus hijas. Temprano por la mañana salía hacia el centro de la Ciudad de México, donde tenía su estudio en la esquina de las calles de Madero y Motolinia, encima de La Perla, la joyería en la que trabajara tiempo atrás. A causa de la distancia entre este y Coyoacán, no adoptó la costumbre mexicana de regresar a casa a mediodía para tomar la comida principal. En su lugar, la mujer de Kahlo le preparaba el almuerzo en una canasta y se lo mandaba por medio de un mozo.
El estudio, compuesto de un pequeño taller y un cuarto oscuro, formaba su propio mundo privado. Contenía todos los accesorios necesarios para los retratos fotográficos (un tapete oriental, sillas francesas y telones de fondo, decorados con paisajes imaginarios), sus grandes cámaras alemanas, objetivos y placas de vidrio, además de una locomotora hecha a escala, cuyas partes intrincadas mantenía con mucho cuidado. Como correspondía a un europeo culto que vivía en México durante esa época, también contaba con una biblioteca pequeña, pero seleccionada con mucha atención. Los libros principalmente eran en alemán, e incluían obras de Schiller y Goethe, así como numerosos volúmenes de filosofía. En una ocasión declaró delante de sus hijas, con tono sentencioso, que «la filosofía hace prudentes a los hombres y les ayuda a cumplir sus responsabilidades».[53] Encima de su escritorio, en una posición que dominaba la habitación, colgaba un retrato grande de su héroe personal: Arthur Schopenhauer.
Todas las noches Guillermo Kahlo regresaba a casa a la misma hora. Saludaba a su familia de manera solemne, atenta y algo severa, y luego iba directamente a encerrarse, durante una hora, en la habitación que albergaba su piano alemán. Tenía pasión por Beethoven, en primer lugar, y luego por Johann Strauss; los acordes del Danubio azul apenas se oían a través de las gruesas paredes. Al reaparecer, comía solo, mientras su esposa lo atendía en silencio. Después de la cena volvía a tocar el piano, y siempre leía antes de retirarse a descansar.
Aunque no hubo una relación estrecha entre Kahlo y sus hijas, sí era atento con su preferida. Estimulaba el desarrollo del espíritu intelectual aventurero de Frida, prestándole libros de su biblioteca, y la incitaba a compartir sus sentimientos de curiosidad y pasión por todas las manifestaciones de la naturaleza, las piedras, las flores, los animales, los pájaros, los insectos y las conchas. A veces Frida y su padre iban a los parques cercanos, donde Kahlo pintaba acuarelas (era un aficionado a la pintura), mientras su hija se pasaba horas juntando guijarros, insectos y plantas raras en la orilla del río. Llevaba todo a la casa, para buscarlo en libros, disecarlo u observarlo con un microscopio.
Cuando Frida tuvo edad suficiente, su padre la hizo partícipe de su interés en la arqueología y el arte de México. Le enseñó a usar una cámara y a revelar, retocar y colorear fotografías. A pesar de que la joven Frida no tenía mucha paciencia para ese trabajo agotador, algo del esmero y de la preocupación de su padre por los diminutos detalles superficiales volvería a aparecer en sus propios cuadros. El retocado de fotografías implicaba minúsculas pinceladas en una escala muy reducida, técnica que llegó a formar parte esencial del estilo de Frida. La rígida formalidad de los retratos de su padre influyó en su concepción del género. Reconociendo el vínculo entre el arte de este y el de ella misma,[54] en una ocasión Frida dijo que sus cuadros eran como las fotografías hechas por su padre para ilustrar calendarios, con la única diferencia de que ella pintaba los calendarios que se encontraban dentro de su cabeza, en lugar de representar la realidad exterior. Aunque los cuadros meticulosamente realistas de Guillermo Kahlo, en su mayor parte naturalezas muertas y sentimentales escenas campestres, no tuvieran influencia en Frida, sí la tuvo el hecho de que él fuera pintor, además de fotógrafo:[55] ella constituye un ejemplo más de una mujer artista con un padre que fomentara su carrera.[56] (Otros ejemplos son Marietta Robusti, la hija de Tintoretto; Artemisia Gentileschi y Angelica Kaufman.)
Después de la lucha de Frida contra la poliomielitis, su padre y ella se sintieron aún más unidos, debido a la experiencia común de la enfermedad y la soledad. Frida recordaba que los ataques de él con frecuencia ocurrían de noche, poco antes de que ella se acostara. De niña la alejaban para que no estorbara. No se le explicaba nada, y se quedaba en la cama, asustada y asombrada. Por la mañana le causaba igual confusión el encontrar a su padre comportándose de manera completamente normal, como si nada hubiera pasado. Según Frida, se convirtió en una «clase de misterio que inspiraba temor y también compasión».[57] Más tarde, lo acompañaba con frecuencia en sus excursiones fotográficas, para estar con él cuando la necesitara. «Muchas veces, al ir caminando con su cámara al hombro y llevándome de la mano, se caía repentinamente. Aprendí a asistirlo durante sus ataques en plena calle. Por un lado, cuidaba de que aspirara prontamente éter o alcohol, y por el otro vigilaba que no robaran la máquina fotográfica.»[58]
Años después, Frida apuntó en su diario: «Mi niñez fue maravillosa. Aunque mi padre estaba enfermo (sufría vértigos cada mes y medio), para mí constituía un ejemplo inmenso de ternura, trabajo (como fotógrafo y pintor) y, sobre todo, de comprensión para todos mis problemas».
El Retrato de don Guillermo Kahlo (ilustración 7) constituye otro testimonio de su amor filial. Está basado en una fotografía que probablemente fue tomada por él mismo, y lo pintó en 1952, once años después de que su progenitor muriera de un ataque al corazón, y solo dos años antes de la muerte de la artista. Los colores sobrios, café, gris y negro, sugieren la seriedad de Herr Kahlo. El ceño fruncido y la mirada extraña y obsesiva de sus ojos demasiado grandes, ojos tan redondos y brillantes como el objetivo de su cámara, insinúan la falta de equilibrio emocional. Sorprende que Frida usara la palabra «tranquilo» una vez para describir a su padre, porque su aparente calma se debió más al control de sí mismo y su carácter taciturno, que a verdaderos sentimientos de paz.[59] Del mismo modo, Frida decidió pintar siempre su propio rostro como una máscara impasible, para ocultar su desasosiego interior. Alrededor del hombre y de su cámara, Frida imita las formas circulares de los ojos y el objetivo, al pintar unas células ampliadas con núcleos opacos, flotando en un enjambre de pequeñas manchas oscuras que sugieren esperma. ¿Únicamente se quiso referir al hecho de que era su progenitor biológico, o trató de insinuar una relación entre su padre y la energía primordial? Sea cual sea el significado de las manchas desligadas, su efecto ulterior es realzar la inquietud experimentada por Guillermo Kahlo.[60]
El rollo de papel que se encuentra debajo del pecho de este dice: «Pinté a mi padre Wilhelm Kahlo de origen húngaro alemán artista fotógrafo de profesión, de carácter generoso inteligente y fino, valiente porque padeció durante sesenta años de epilepsia, pero jamás dejó de trabajar y luchó contra Hitler; con adoración. Su hija Frida Kahlo».

En 1922, Frida Kahlo entró a la que sin duda era la mejor institución docente de México: la Escuela Nacional Preparatoria. Lejos del control de su madre, hermanas y tías, y lejos de la lenta vida pueblerina de Coyoacán, fue introducida en el corazón de la Ciudad de México, donde se inventaba la nación moderna y donde los estudiantes realmente participaban en ese proceso. Entre sus compañeros se encontraba la crema de la juventud mexicana, los hijos de profesionales de la capital y de la provincia, que querían prepararse para las diversas escuelas para graduados y profesionales de la Universidad Nacional. Durante sus estudios, ayudaron a cambiar tanto a su escuela como a la universidad, y no solo eso: se prepararon para convertirse en líderes dentro de la comunidad nacional. No tiene nada de extraño que Frida eligiera el año en el que estalló la Revolución mexicana como su fecha de nacimiento. Si lo decidió en un destello de intuición, la historia que había tras esa decisión se desplegó durante sus agitados años en la Escuela Preparatoria.
Desde sus principios, la Preparatoria fue una institución impresionante. Se fundó en 1868, después de la ejecución del emperador Maximiliano. El colegio jesuita de San Ildefonso fue integrado en el sistema de educación laica gratuita, establecido por el presidente Benito Juárez en la república restaurada. Tenía más parecido con una escuela de licenciatura que con un instituto de enseñanza media. El primer director, Gabino Barreda, describió el plan de estudios como una escalera de conocimientos, en la cual cada peldaño conduce al siguiente, empezando con las matemáticas y llegando a su culminación con la lógica. Entre una y otra, los alumnos tomarían numerosos cursos de ciencias físicas y biológicas; se coordinarían las clases de idiomas de acuerdo con el orden de los estudios científicos: primero el francés, después el inglés, en algunos casos el alemán y, durante los dos últimos años, el latín. «Que en lo de adelante —declaró Barreda— sea nuestra divisa, libertad, orden y progreso; la libertad como medio, el orden como base y el progreso como fin.»[61] Estas palabras constituyen una interpretación de las que se cincelaron sobre el escudo de esa Escuela Preparatoria: «Amor, Orden y Progreso».
En 1910, cuando ya se oían los primeros disparos de la Revolución en la provincia, el último secretario de Educación bajo Porfirio Díaz, Justo Sierra, fundó la Universidad Nacional de México y convirtió la Preparatoria en parte integrante de la misma. Durante los años veinte, los alumnos de la escuela dispusieron de las mentes más privilegiadas de México como profesores: el biólogo Isaac Ochoterena, por ejemplo; el historiador Daniel Cosío Villegas; los filósofos Antonio Caso y Samuel Ramos; los literatos Erasmo Castellanos Quinto, Jaime Torres Bodet y Narciso Bassols (entonces, director de la Escuela Nacional de Derecho). Estos dos últimos posteriormente desempeñaron el cargo de secretarios de Educación. Ser alumno de esa escuela también significaba verse atrapado en un centro de agitación cultural y política.
Durante la dictadura de Porfirio Díaz, que duró treinta y cuatro años, el curso de la nación se estableció en gran parte por un grupo de abogados, contables e intelectuales conocidos como los «científicos». (La mayor parte de esos hombres eran discípulos de la filosofía positivista de Auguste Comte.) Buscaron sus modelos culturales y económicos en la Europa «moderna» y colocaron una gran parte de la industria mexicana, así como la explotación de sus recursos naturales, en manos de potencias extranjeras, norteamericanas o europeas. La cultura indígena de México era despreciada y se degradaba a sus creadores. Los mexicanos sofisticados preferían las imitaciones: cuadros pintados en el estilo de los maestros españoles, como Murillo o Zuloaga, avenidas que copiaban los Campos Elíseos, y un palacio de Bellas Artes que se parecía a los neoclásicos pasteles de cumpleaños de Francia. El mismo Porfirio Díaz se ponía polvos en la piel morena para ocultar el hecho de que era mixteco, con muy poca sangre española.
Los mexicanos tardaron una década en recuperar su país por medios revolucionarios. En la década de 1920, se empezaron a consolidar los logros de la larga batalla. Hubo reformas agrarias y laborales, se redujo en gran medida el poder de la Iglesia católica y se promulgaron leyes que dictaban la devolución de los recursos naturales a la nación. Los mexicanos empezaron a forjar una nueva y orgullosa identidad. Rechazaron las ideas y costumbres, anteriormente preciadas, de Francia y España, volviendo hacia su cultura nativa. «Idealistas, persistan en la salvación de la república», exhortó Antonio Caso a sus alumnos. «¡Fijen la mirada en el suelo mexicano, en nuestras costumbres y tradiciones, esperanzas y deseos, en lo que realmente somos!»[62]
Al ser elegido en 1920, el presidente Álvaro Obregón nombró secretario de Educación Pública a José Vasconcelos, un abogado y filósofo brillante de la generación subsiguiente a la de los «científicos», quien había participado en la sublevación contra Díaz. Tuvo la meta de transformar la educación mexicana en algo verdaderamente nacional: «la nueva educación se fundaría en “la sangre, la lengua y el pueblo”».[63] Como parte de una cruzada lanzada para alfabetizar al país, mandó construir mil escuelas rurales y formó un ejército de maestros para llevar libros (y la bandera) al interior. Fundó bibliotecas, equipó campos de juegos infantiles y balnearios públicos; organizó escuelas de arte al aire libre e hizo publicar los clásicos a precios accesibles, entre ellos los Diálogos de Platón, la Divina Comedia de Dante y Fausto de Goethe. Para los que no sabían leer, dispuso conciertos gratuitos y contrató, a sueldo de albañil, a pintores como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, para decorar los muros públicos con imágenes que glorificaran la historia y la cultura de México. Vasconcelos creía que el arte tenía el poder de incitar al cambio social. Su filosofía se basaba en la intuición, al contrario de la lógica y el empirismo reverenciados por los «científicos». «Los hombres son más maleables cuando se apela a sus sentidos», afirmó, «a través de la contemplación de hermosas formas y figuras, por ejemplo, o la apreciación de ritmos y melodías armoniosos».[64] Resumió su creencia mística en la grandeza del hombre indígena americano con las palabras: «Por mi raza hablará el espíritu».[65]
Este era, entonces, el ambiente de ardor y activismo, cólera y celo reformista, que nutrió a Frida cuando dejó los muros protectores de su patio, rompió con la rutina familiar de su barrio y emprendió el viaje de una hora en tranvía a su nueva escuela. «No hablamos de tiempos de mentiras, ilusiones ni ensueño»,[66] escribió Andrés Iduarte (director del Instituto Nacional de Bellas Artes a principios de los cincuenta), quien conoció a Frida en la Escuela Preparatoria. «Fue un periodo de veracidad, fe, pasión, nobleza, progreso, aire celeste y acero muy terrestre. Fuimos afortunados, junto con Frida, fuimos afortunados, los jóvenes, los muchachos y los niños de mis tiempos: nuestra vitalidad coincidió con la de México; crecimos en el terreno espiritual, mientras el país ascendió en la esfera moral.»
La estructura colonial de piedra volcánica color café rojizo, con aspecto de fortaleza, que alberga la Escuela Preparatoria, se encuentra a pocas calles del Zócalo, en el centro de México (que supuestamente fue construido encima de la gran plaza y los templos de los aztecas), donde se encuentran ubicadas la catedral y algunos edificios de Gobierno, entre ellos, el Palacio Nacional. Durante la época de Frida, también era el barrio universitario. Cerca de la Preparatoria se hallaban muchas tiendas, restaurantes, jardines públicos y cines, así como otras escuelas. Una de ellas era la escuela Miguel Lerdo, el lugar de reunión de los estudiantes de la Preparatoria, que ahí esperaban, todas las tardes a las cinco, la salida de sus novias. Los vendedores callejeros surtían a clientes hambrientos con sus «carnitas», «nieve» (polvos azucarados) y churros, y los organilleros llenaban los jóvenes oídos románticos con las melodías melancólicas y suaves de Agustín Lara.
Los patios de la Preparatoria, rodeados por arcadas, servían de campo de batalla, para jugar y como podio. El maestro de deportes gritaba: «¡Un, dos; un, dos!», mientras un ejército de pies se abría y se cerraba dando brincos y los muros resonaban al grito de la escuela: «Shi… ts… pum / Gooya, Gooya, / Cachún, cachún, ra, ra, / Gooya, Gooya, / ¡PREPARATORIA!».[67] Asimismo, en los patios se escuchaban las voces sinceras y apasionadas de jóvenes oradores que argumentaban a favor de los derechos de los estudiantes, o confesaban sus adherencias políticas, de derecha, izquierda o centro, mientras los bromistas maquinaban travesuras en los oscuros pasillos. El exaltado ambiente a veces desbordaba los muros; una vez, en Carnaval, un muchacho vestido de Cupido secuestró un tranvía y llevó ese «manicomio sobre rieles»[68] por toda la Ciudad de México. De cuando en cuando, explotaban bombas y había que llamar a los bomberos con sus mangueras. También se oían disparos; en una ocasión, una bala arrancó la nariz al jefe de bomberos. «¡Terrible riña en la Escuela Preparatoria!» «¡Agresión contra el secretario de Educación!», decían los titulares de los periódicos.[69]
Cuando Frida entró en la Preparatoria, hacía poco que se admitía a mujeres. No es de sorprender que solo asistieran unas cuantas: Frida fue una de las treinta y cinco mujeres dentro de un estudiantado total de unos dos mil. (Un padre dejó que su hija se inscribiera solo bajo la condición de que prometiera no hablar con los muchachos.)[70] Matilde Calderón de Kahlo probablemente se opuso a mandar a su hija a un lugar tan poco protegido, pero Guillermo Kahlo no manifestó reservas. Como no tenía un hijo que satisficiera sus propias ambiciones frustradas, concentró sus esperanzas en su hija preferida. Frida asumió la posición del hijo más prometedor, que según la consagrada tradición se prepararía para ejercer una profesión. Pasó el examen de admisión a la Escuela Preparatoria, lo cual indica su excepcional promesa. Eligió un programa de estudios que, después de cinco años, le permitiría pasar a la Facultad de Medicina.
A los catorce años, Frida era esbelta y bien proporcionada, «una adolescente frágil»[71] que irradiaba una extraña vitalidad, producto de una mezcla de sensibilidad y energía voluntariosa. Llevaba su espesa melena negra con flequillo (después cambió a un peinado muy corto, que hubiera sido digno de una joven emancipada de los años veinte si sus rizos no hubiesen sido tan difíciles de controlar). Sus labios gruesos y sensuales, junto con el hoyuelo en el mentón, le daban un aspecto impetuoso y travieso, intensificado por los radiantes ojos oscuros debajo de sus tupidas cejas juntas. Llegó a la escuela, en la que no se usaba uniforme, vestida como las alumnas de la escuela alemana:[72] con una falda plisada color azul oscuro, medias gruesas, botas y un sombrero negro de paja y ala ancha, con cintas colgando por la parte de atrás. Alicia Galant, una amiga (y modelo para retratos), conoció a Frida en 1924 y recuerda cómo esta iba en bicicleta en Coyoacán, vestida de mono azul con hebillas de metal. Las madres burguesas exclamaban: «¡Qué niña tan fea!»,[73] cuando la veían montada en bicicleta con un grupo de muchachos y con esa vestimenta poco convencional, además del corte de pelo masculino. Sin embargo, fascinaba a sus amigos. Muchos se acuerdan de que siempre cargaba una mochila de colegial, que parecía «un pequeño mundo sobre su espalda»:[74] contenía libros de texto, cuadernos, dibujos, mariposas, flores secas, pinturas y libros impresos en letra gótica, sacados de la biblioteca de su padre.
En la escuela, las chicas, cuando no estaban en clase, debían permanecer en el piso alto del patio más grande, donde reinaba la prefecta de la sección femenina, Dolores Ángeles Castillo. Sin embargo, desde el principio, el masculina Frida rara vez aparecía por ahí. A la mayoría de las otras alumnas las calificaba de «cursis».[75] Irritada por su interminable chismorreo y mezquindad, las llamaba «escuinclas» (palabra peyorativa: los «escuincles» son perros mexicanos sin pelo). Prefería jugar en los pasillos de la escuela, participando en las actividades de algunas de las muchas pandillas que integraban la estructura informal de la vida social en esa institución. Había grupos entregados a ocupaciones particulares: deportes, política, periodismo, literatura, arte y filosofía. Otros organizaban debates o excursiones, o se dedicaban a trabajos sociales. Algunos sentían que las reformas populares de Vasconcelos equivalían a un renacimiento de la nación. Otros pensaban que la democratización de la cultura llevaría a la degradación de la misma. Algunos leían a Marx, mientras que otros estaban amargados por las reformas revolucionarias. En tanto que los alumnos radicales rechazaban la religión, los conservadores defendían la Iglesia católica con ardor y violencia. Las diversas facciones luchaban en los pasillos del centro y a través de las páginas de un sinnúmero de publicaciones escolares.
Frida tenía amigos en varias pandillas de la Preparatoria. Entre los «contemporáneos», un grupo literario, conocía al poeta Salvador Novo y al ensayista, poeta y novelista Xavier Villaurrutia.[76] Más tarde se haría amiga íntima del destacado poeta Carlos Pellicer y, por supuesto, conoció al crítico Jorge Cuesta (quien se casó con la segunda esposa de Diego Rivera, Lupe Marín). Los anales de la literatura mexicana recuerdan a los «contemporáneos» como elitistas, puristas y de vanguardia, con muchas miras a lo europeo (les encantaban Gide, Cocteau, Pound y Eliot). Este grupo se oponía tanto al realismo social como a la idealización de la cultura indígena. Frida también disfrutaba de la compañía de los «maistros», un círculo que incluía a dos oradores estudiantiles, admirados por muchos, que siempre se manifestaban en favor de Vasconcelos: Salvador Azuela (hijo del novelista Mariano Azuela, quien escribió Los de abajo, la novela más notable de la Revolución mexicana) y el radical izquierdista Germán de Campo.
Sin embargo, sus verdaderos cuates eran los «cachuchas», que debían su nombre a las gorras que usaban.[77] Tenían cierta fama dentro de la Preparatoria por su inteligencia, así como por sus travesuras. La pandilla estaba compuesta por siete hombres y dos mujeres: Miguel N. Lira (Frida le puso el apodo «Chong Lee», porque era un respetado conocedor de la poesía china), José Gómez Robleda, Agustín Lira, Jesús Ríos y Valles (Frida le decía «Chucho Paisajes», por su apellido), Alfonso Villa, Manuel González Ramírez, Alejandro Gómez Arias, Carmen Jaime y Frida. Todos llegaron a ser profesionales destacados en México. Alejandro Gómez Arias acabó siendo un intelectual, abogado y periodista político muy estimado; Miguel N. Lira se convirtió en abogado y poeta; Jorge Gómez Robleda fue profesor de psiquiatría en la Facultad de Medicina de la universidad y Manuel González Ramírez era historiador, escritor y abogado (en varias ocasiones los ayudó tanto a Frida como a Diego).
Durante sus días en la escuela, los unió más su actitud irreverente que cualquier actividad o causa en particular. Aunque no se involucraban en la política (pensaban que los políticos actuaban siempre a partir de un egoísmo estrecho de miras), se adherían a una clase de socialismo romántico mezclado con nacionalismo. Ya que eran seguidores de Vasconcelos, tenían una visión muy idealista del futuro de su país, y hacían campañas en favor de reformar la escuela. Sin embargo, al mismo tiempo les encantaba provocar situaciones caóticas en las aulas. Sus aventuras eran escandalosas, a veces atroces: en una ocasión, se vaciaron las clases cuando recorrieron los pasillos montados en un burro; en otra, envolvieron un perro con una red de cohetes, los prendieron y mandaron a la pobre criatura a correr, ladrando, por todo el edificio.[78] Un miembro del grupo recuerda que «fue nuestra actitud burlona, hacia la gente y las cosas, [lo] que atrajo a Frida».[79] No tenía la costumbre de reírse de las personas; sin embargo, la cautivaba el ingenio. Empezó a aprender a hacerlo, y terminó siendo una maestra de los juegos de palabras y, cuando eran necesarias, de las agudezas mordaces. Con los «cachuchas», Frida experimentó también una lealtad de compañeros, un modo juvenil y varonil de manejar las amistades, que mantendría durante toda la vida. En compañía de ellos, su picardía natural se intensificó, convirtiéndose en deleite el subvertir a cualquier autoridad.
La «broma» más ofensiva de los «cachuchas» implicó a Antonio Caso, uno de los venerados profesores universitarios. Sin embargo, ellos opinaban que era demasiado conservador. Frida explicó a una compañera: «Linda, ya no lo aguantamos. Habla y habla muy bonito, pero sin sustancia alguna. Estamos hartos de Platón, Aristóteles, Kant, Bergson y Comte, y no se atreve a meterse con Hegel, Marx o Engels. ¡Hay que hacer algo!».[80]
Mientras el profesor pronunciaba un discurso sobre el tema de la evolución en el Generalito, el gran salón de actos que había sido una capilla, los «cachuchas» colocaron un cohete de quince centímetros de largo y una mecha que duraba veinte minutos sin explotar, fuera de la ventana ubicada sobre el púlpito. Echaron una moneda para ver quién tendría que prenderla. La suerte cayó en José Gómez Robleda. Este recuerda: «Gómez Arias, Miguel N. Lira y Manuel González Ramírez salieron del edificio.[81] Yo me quedé [y prendí la mecha]. Entonces bajé al Generalito y me senté junto al prefecto de las alumnas. Al rato explotó el cohete. ¡Barruum! Se rompieron los cristales y una lluvia de vidrio, piedras y grava cayó encima de Antonio Caso». El elocuente orador reaccionó con aplomo perfecto. Aparentando indiferencia, se alisó el cabello despeinado y continuó la conferencia como si nada hubiera pasado. Los «cachuchas» prepararon bien sus coartadas, como era su costumbre. La mayoría había salido del edificio o estaban sentados, fingiendo inocencia, en la sala de conferencias. Así evitaron correr la suerte de los fabricantes de «bombas» que eran detenidos: la expulsión sumaria.
La leyenda narra que una vez Frida fue expulsada de la escuela (la razón es desconocida).[82] Nada intimidada, llevó su caso directamente ante Vasconcelos, cuya animadversión y rivalidad con el director de la Preparatoria, Lombardo Toledano, eran bien sabidas; el secretario mandó que la readmitieran y supuestamente dijo al asediado Toledano: «Si no puede controlar a una niña como esa, no está capacitado para ser el director de esta institución».
Un lugar predilecto de los «cachuchas» era la Biblioteca Iberoamericana, situada a corta distancia de la escuela. Aunque la albergaba la antigua iglesia de la Encarnación, era un lugar acogedor, cuyo laberinto de bajos estantes contrarrestaba la grandiosidad de la alta nave, formada por bóvedas de cañón y decorada con murales de Roberto Montenegro y las banderas en seda, de vivo colorido, de los países latinoamericanos. Dos amables bibliotecarios permitieron que los «cachuchas» usaran el local casi como si fuera de su dominio particular, y la «Ibero» llegó a ser su punto de reunión. Cada uno tenía su rincón especial. Ahí argumentaban, coqueteaban, se peleaban, hacían trabajos para la escuela, dibujaban y leían.
Leían constantemente y de todo: desde Dumas hasta Mariano Azuela, desde la Biblia hasta Zozobra (publicado en 1919 por el poeta Ramón López Velarde, cuya obra capta el espíritu de la época revolucionaria). Devoraban los grandes libros de la literatura española y rusa (Pushkin, Gógol, Andreiev, Tolstói, en la traducción al español) y se mantenían al tanto de la ficción mexicana contemporánea. Con el tiempo, Frida aprendió a leer en tres idiomas: español, inglés y alemán. Leyó la traducción de Imaginary Lives («Vidas imaginarias») de Marcel Schwob, y la conmovió tan profundamente la biografía, ahí incluida, de Paolo Uccello, pintor florentino del siglo XV, que la aprendió de memoria. Se familiarizó con la colección de libros de filosofía que tenía su padre, y le encantaba hablar como si Hegel y Kant fueran tan fáciles de leer como una tira cómica. «Alejandro», solía gritar, asomándose por la ventana, «préstame tu Spengler. ¡No tengo qué leer en el camión!».[83]
Los «cachuchas» y sus amigos se hacían la competencia para ver quién descubría el mejor libro y quién lo terminaba primero. Con frecuencia adaptaban sus lecturas a pequeñas presentaciones de teatro. Adelina Zendejas, una alumna que no era considerada cursi por Frida, recuerda haber formado parte de un público fascinado por el relato de viajes imaginarios, hecho por Ángel Salas (un «maistro»), Frida y Jesús Ríos y Valles.[84] Su improvisación se basaba en informaciones espigadas de los libros que habían leído: H. G. Wells, Victor Hugo, Dostoievski, Julio Verne. Hablaban de escalar el Himalaya, recorrer Rusia y China, o explorar el Amazonas y la profundidad del océano. Sus cuentos estaban llenos de detalles realistas: de cómo acumularon el dinero para el viaje, qué equipaje llevaron, cómo eligieron su medio de transporte. Ángel Salas, que llegaría a ser músico y compositor, acompañaba sus invenciones con canciones tarascas.
Frida llamaba «cuates» o «manís» a sus compañeros hombres, aunque no fueran «cachuchas». Las muchachas (con excepción de las «escuinclas») eran «manas» (una abreviatura de «hermana»). La «mana» que Frida menciona con más frecuencia en sus cartas era otra alegre chica masculina, Agustina Reyna (cuyos apodos eran «la Reyna» o «Reynilla»). A las dos les encantaba entretenerse en los jardines públicos del barrio universitario, donde escuchaban a los organilleros y hablaban con los faltistas y los vendedores de periódicos.[85] Frida ganaba dulces a los vendedores ambulantes echando monedas al aire. Nunca perdía. De la misma fuente, adquirió la sabiduría y la jerga de la calle. A veces Ángel Salas las acompañaba al jardín Loreto; ahí Frida extendía su gorra de «cachucha», «mendigando» mientras Ángel tocaba el violín.
Frida disfrutaba de una interminable lucha de ingenio con la otra mujer «cachucha», Carmen Jaime, quien leía todos los libros de filosofía que podía encontrar.[86] (Más tarde llegó a ser erudita en literatura española del siglo XVII.) La propia compañía de esta joven seguramente ya resultaba educativa, era una muchacha muy excéntrica, que vestía ropa masculina oscura y muy ancha, y se ganó el apodo «James» o «Vampiro» por usar una capa negra cuando iba a patinar al amanecer. Inventó una lengua personal que compartía con los «cachuchas», y decía, por ejemplo: «Procedamos al comes», en lugar de «procedamos a comer».
A pesar de ser una lectora ávida, Frida no se aplicaba en los estudios. Le interesaban la biología, la literatura y el arte, pero más la fascinaban las personas. Afortunadamente, lograba obtener calificaciones altas sin empeñarse mucho, tenía la capacidad de recordar el contenido de un texto después de haberlo leído una sola vez.[87] Se creía con el derecho de no asistir a las conferencias dadas por maestros mal preparados o aburridos. Solía sentarse justo fuera de la clase a la que decidía faltar, y les leía a sus amigos en voz alta.[88] Cuando decidía acudir, siempre animaba el ambiente. Un día se aburrió con la exposición hecha por un profesor de psicología acerca de su teoría del sueño, y le pasó un recado a Adelina Zendejas: «Léelo, voltéalo y se lo das a Reyna. No te rías, porque te meterás en líos y probablemente te expulsarán».[89] En el dorso había caricaturizado al maestro como elefante dormido. Por supuesto, ninguno de los noventa alumnos del salón consiguió ahogar su risa al contemplar el dibujo.
Su falta de respeto hacia los profesores a veces alcanzó el extremo de solicitar su destitución ante el director. «No es maestro», decía. «No sabe de qué está hablando, puesto que el texto lo contradice. Cuando le hacemos preguntas, no puede contestarlas. Eliminémoslo y renovemos la cátedra.»[90]
Los «cachuchas» tampoco guardaban respeto por los pintores. Vasconcelos comisionó a varios, entre 1921 y 1922, para pintar murales en la Preparatoria. Encaramados en sus andamios, se convertían en blancos perfectos. La construcción de cada una de estas estructuras dejaba virutas y desechos de madera por todo el suelo. «Les prendíamos fuego», contó José Gómez Robleda. «Ahí estaba el pobre pintor, en medio de las llamas que arruinaban su trabajo; por lo que los pintores comenzaron a usar grandes pistolas.»[91]
Diego Rivera recibió el encargo de hacer un mural en el anfiteatro Bolívar, el auditorio de la Preparatoria. Entre todos los artistas, su personalidad era la más pintoresca. En 1922, tenía treinta y seis años, era conocido mundialmente y estaba muy gordo. Le encantaba hablar mientras pintaba y su energía, además de su parecido con una rana, le garantizaban el público. Otra atracción, en esos tiempos en que los profesores y funcionarios públicos usaban trajes negros, cuellos almidonados y sombreros de fieltro, era la vestimenta característica de Rivera: un sombrero Stetson, zapatones negros de minero y un cinturón ancho de piel (a veces una cartuchera), que apenas lograba sostener la ropa holgada y tan arrugada que parecía que el pintor hubiera dormido con ella puesta durante una semana.
En particular, Diego impulsaba a Frida a las bromas. Aunque los alumnos no debían entrar en el anfiteatro mientras trabajaba el artista, ella conseguía meterse sin que nadie la sorprendiera y robaba comida de su canasta del almuerzo.[92] En una ocasión cubrió de jabón la escalera que bajaba del escenario del anfiteatro, donde él trabajaba, y se escondió tras un pilar para observar. Sin embargo, Rivera tenía la costumbre de caminar lenta y pausadamente, colocando con mucho cuidado un pie delante del otro, moviéndose como si estuviera suspendido en un medio líquido, y nunca se cayó. No obstante, al día siguiente el profesor Antonio Caso rodó por las mismas escaleras.
Una serie de hermosas modelos acompañaba a Rivera en el andamio. Una fue su amante, Lupe Marín (se casó con ella en 1922); otra, la conocida belleza Nahui Olin, que sirvió de modelo para la figura que representaba la poesía erótica del mural, además de ser pintora. A Frida le gustaba ocultarse detrás de un pilar de la espaciosa sala y gritar: «¡Oye, Diego, ahí viene Nahui!», cuando Lupe se encontraba en el andamio. Si no estaba nadie con el pintor y ella veía llegar a Lupe, decía en un fuerte susurro, como si Diego estuviera a punto de ser sorprendido en una situación comprometedora: «¡Cuidado, Diego, aquí viene Lupe!».[93]
La leyenda de que Frida se enamoró locamente de Diego Rivera durante sus años en la Preparatoria forma parte de su mito. En una ocasión, un grupo de alumnas estaba discutiendo en una heladería las ambiciones que cada una tenía para su vida, y se dice que Frida hizo la asombrosa declaración: «Mi ambición es tener un hijo de Diego Rivera, y se lo voy a decir un día».[94] Cuando Adelina Zendejas protestó, oponiendo que Diego era un viejo «barrigón, mugriento, de aspecto horrible», Frida replicó: «Diego es bondadoso, cariñoso, sabio y encantador. Lo lavaría y limpiaría».[95] Afirmó que tendría su hijo «en cuanto lo convenza para que coopere». Frida misma recordaba que, aunque se mofaba de Diego con apodos como «viejo panzón», siempre pensó, al mismo tiempo: «Ya verás, panzón; ahora no me haces caso, pero algún día tendré tu hijo».[96]
En su autobiografía, Mi arte, mi vida, Rivera narra otro suceso:
Una noche, mientras pintaba en un lugar alto, subido en el andamio, y Lupe estaba sentada abajo tejiendo, se oyó un fuerte alboroto. Venía de un grupo de jóvenes estudiantes que gritaban y empujaban contra la puerta del auditorio. De repente la puerta se abrió, y empujaron adentro a una chiquilla, que no parecía tener más de diez o doce años.
Estaba vestida como cualquier otra muchacha de secundaria, pero su modo de ser la hacía distinguirse inmediatamente. Tenía una dignidad y una seguridad poco comunes, y había en sus ojos un extraño fuego. Su belleza era la de una niña, pero sus pechos ya estaban desarrollados.
Miró directamente hacia mí.
—¿Le molestaría si lo veo trabajar? —preguntó.
—No, señorita; me encantaría —contesté.
Se sentó y me miró silenciosamente, los ojos fijos en cada movimiento de mi pincel. Después de algunas horas, se despertaron los celos de Lupe y empezó a insultar a la muchacha. Pero la chica no le hizo caso. Esto, por supuesto, enfureció más a Lupe. Con las manos en jarras, Lupe caminó hacia la muchacha y la encaró agresivamente. La muchacha solo se puso rígida y le sostuvo la mirada a Lupe sin decir una palabra.
Visiblemente sorprendida, Lupe se le quedó viendo [sic] un largo rato, sonrió después, y dirigiéndose a mí dijo a regañadientes en un tono de admiración:
—¡Mira a la muchacha! Tan chiquita y no les tiene miedo a las mujeres fuertes como yo. Me gusta de veras.
La muchacha se quedó unas tres horas. Cuando se fue, solo dijo:
—Buenas noches.
Un año más tarde supe que ella era la escondida dueña de la voz que había salido de detrás del pilar y que se llamaba Frida Kahlo. Pero no me imaginé que un día llegaría a ser mi esposa.[97]
A pesar de lo mucho que Rivera fascinaba a Frida, durante sus años de colegio fue la novia del jefe indiscutible de los «cachuchas», Alejandro Gómez Arias. Se le conocía como orador brillante y enérgico, narrador divertido, estudiante erudito y buen atleta. Asimismo, era apuesto, con la frente alta, bondadosos ojos oscuros, una nariz aristocrática y labios finos. Sus modales podían llamarse sofisticados, aun algo dégagés. Cuando hablaba de política o Proust, pintura o chismes escolares, sus ideas fluían con soltura; para él, la conversación era un arte e interpolaba periodos de silencio con mucho cuidado, logrando mantener siempre la atención profunda de su público.
A veces, era duro con sus amigos, debido a su extrema sensibilidad, su concepto severo de la autodisciplina y su perspicacia crítica. Podía jugar con palabras como un malabarista, y la punzada rápida de su sátira era devastadora. Despreciaba la vulgaridad, la estupidez, la venalidad y el abuso del poder. Se solazaba con el conocimiento, la probidad moral, la justicia y la ironía. La voz meliflua del joven orador, sus brazos que, garbosos, trazaban arcos en el espacio o se cruzaban brevemente sobre su pecho, y su mirada llena de pasión, levantada como si estuviera buscando inspiración, eran cautivadores. «Optimismo, sacrificio, pureza, amor, alegría, misión social del orador», exclamaba, mientras les recomendaba a sus compañeros que se entregaran al «porvenir» de su nación, a la que él llamaba «mi México».[98]
De adulta, Frida amaría a grandes hombres, y empezó encariñándose con Alejandro. Él había empezado la Preparatoria en 1919, de manera que le llevaba varios años. Por un tiempo fue su mentor, luego su cuate y, finalmente, su novio. Frida usaba esta última palabra, la cual implicaba, en aquel entonces, un vínculo romántico que frecuentemente terminaba en boda. Sin embargo, Gómez Arias sentía que los términos «novio» y «novia» comunicaban una idea demasiado burguesa de su relación; prefería que le llamase «amigo íntimo» o «joven amante». Según él, de adolescente Frida «era espontánea, quizá un poco ingenua y cándida en su manera de ser, pero con una viva y dramática necesidad de descubrir la vida».[99] Bondadoso y caballero, Alejandro cortejaba a su «niña de la Preparatoria», como ella se llamaba a sí misma,[100] con flores y dichos graciosos. Después de la escuela, solían caminar y platicar incesantemente. Intercambiaban fotografías y, cada vez que se tenían que separar, se mandaban cartas.
Alejandro conservó siempre las cartas que Frida le escribió; dan una idea de su vida y descubren con viveza su evolución de niña a adolescente y, finalmente, a mujer. También manifiestan el impulso que tenía de hablar sobre su vida y sus sentimientos, una necesidad que con el tiempo la incitaría a pintar sobre todo autorretratos. Describe sus emociones con una franqueza sorprendente para tratarse de una adolescente, y su impetuosidad típica se sostiene en el impulso de su lenguaje: el flujo de palabras rara vez es contenido por comas, puntos o párrafos.[101] Sin embargo, se ve avivado a menudo con dibujos que parecen de tira cómica e ilustran lo que le pasaba: una pelea, un beso, ella misma en la cama, enferma. Aparecen numerosas caras sonrientes y llorosas, y otras que hacen las dos cosas al mismo tiempo (Alejandro a veces la llamaba «lagrimilla»). Esboza bellezas modernas de cuello largo, cabello corto, finas cejas y labios apretados. Junto a una de ellas escribió, mezclando español con inglés: «One tipo ideal», además de la advertencia: «No la arranques porque es muy bonita […]. Basándote en esa muñequita puedes ver cómo estoy progresando en el dibujo, ¿verdad? ¡Ahora ya sabes que soy un prodigio en lo que concierne al arte! Así que ten cuidado por si los perros se acercan a ese admirable estudio psicológico y artístico de un “pay Checka” (one tipo ideal)».[102]
Según el «cachucha» Manuel González Ramírez, Frida diseñó un emblema personal que utilizaba en lugar de firma: un triángulo isósceles apuntado hacia abajo.[103] A veces lo convertía en retrato añadiendo sus rasgos faciales, mientras el ángulo inferior representaba una barba. Muchas de las cartas que dirigió a Alejandro están firmadas con un triángulo isósceles señalando hacia arriba y sin cara.
En la primera carta que Frida escribió a Alejandro, fechada el 15 de diciembre de 1922, parece una niña católica bien educada. Todavía no ha encontrado su propio estilo ingenioso e íntimo. La carta consuela a Alejandro por alguna adversidad:
Alejandro: He sentido muchísimo lo que te ha pasado y verdaderamente sale de mi corazón el pésame más grande.
Lo único que como amiga te aconsejo es que tengas la bastante fuerza de voluntad para soportar semejantes penas que Dios Nuestro Señor nos manda como una prueba de dolor supuesto que al mundo venimos a sufrir.
He sentido en el alma esa pena y lo que le pido a Dios es que te dé la gracia y la fuerza suficiente para conformarte.
FRIEDA
Frida y Alejandro se enamoraron en el verano de 1923. Sus cartas se volvieron más íntimas, revelando la coquetería engatusadora de Frida, así como el carácter sumamente posesivo de su cariño.
Coyoacán, a 10 de agosto de 1923
Álex: Recibí tu cartita a las siete de la noche de ayer cuando menos esperaba que alguien se acordara de mí, y menos que nadie Don Alejandro, pero por fortuna estaba equivocada. […] No sabes cómo me encantó que me tuvieras la confianza de una verdadera amiga y que me hablaras como nunca me habías hablado, pues aunque me dices con una poca de ironía que soy tan superior y estoy tan lejos de ti, yo de esos renglones tomo el fondo y no lo que otras tomarían […] y me pides consejos, cosa que te daría con todo el corazón si algo valiera mi poca experiencia de quince [dieciséis] años, pero si es que la buena intención te basta no solo mis humildes consejos son tuyos sino toda yo. […]
Bueno Álex, escríbeme mucho muy largo, entre más largo mejor, y mientras recibe todo el cariño de
FRIEDA
P. D. Me saludas a Chong Lee y a tu hermanita.
Como los padres de Frida no aprobaban la relación, la pareja se reunía clandestinamente. Frida inventaba pretextos para abandonar la casa o regresar tarde de la escuela. Puesto que era probable que su madre le preguntara a quién estaba escribiendo, solía hacerlo de noche en la cama o muy deprisa en la misma oficina de correos. Cuando estaba enferma tenía que confiar en que Cristina mandara sus cartas a Alejandro, aunque esta cómplice no siempre estaba dispuesta a ayudar. Para que ella pudiera recibir las contestaciones, le pidió que las firmara «Agustina Reyna». Le prometió escribir todos los días para comprobar que no lo olvidaba. «Dime si ya no me amas Álex, te amo aunque no me quieras ni como a una pulga.»[104] Para demostrarlo, llenaba sus cartas con besos y manifestaciones de afecto. A veces dibujaba un círculo junto a su firma, explicando: «Esto es un beso de tu Friducha», o «Mis labios se apoyaron aquí durante mucho tiempo». Cuando creció y empezó a usar carmín, ya no hacían falta esas leyendas, pero durante toda su vida siguió dibujando círculos alrededor de la marca dejada por sus labios.
Entre diciembre de 1923 y enero de 1924, Frida y Alejandro fueron separados no solo por las vacaciones de fin de año (que duraban desde el término de los exámenes finales a mediados de diciembre hasta principios del nuevo año escolar, a mediados de febrero), sino también por el estallido de una rebelión contra el presidente Obregón el 30 de noviembre de 1923. Para la época navideña ya se combatía en la Ciudad de México. Vasconcelos renunció a su cargo de secretario de Educación Pública en enero, como protesta contra la cruel represión de los rebeldes, pero fue persuadido a reasumirlo. La sublevación duró hasta el mes de marzo de 1924, cuando, finalmente, fue sofocada a costa de siete mil muertos. No obstante, la situación política siguió siendo inestable y Vasconcelos volvió a renunciar en junio (por última vez) en declaración de protesta contra la elección a la presidencia de Plutarco Elías Calles (lograda con el apoyo del presidente Obregón e intereses estadounidenses). A continuación, los alumnos conservadores de la Preparatoria descargaron su ira contra las obras de los muralistas, grabando maldiciones en el yeso y escupiendo en los motivos que más los ofendían.
Aunque los «cachuchas» desdeñaban la política y a los políticos, es seguro que participaron en manifestaciones en apoyo de Vasconcelos. Dicen que en la Nochebuena de 1923 algunos de ellos tomaron el tren hacia el Desierto de los Leones (entre la Ciudad de México y Toluca) con intención de salir a la palestra.[105] (O los fogonazos de pólvora a lo lejos o la aparición repentina de la luna llena los hizo cambiar de parecer; subieron al siguiente tren que los condujo de regreso.) Frida sintió mucho no poder participar en esas aventuras, pues su madre le prohibía salir cuando había revuelos políticos o corría el rumor de violencia. Frida aborrecía el estar encerrada. En un mensaje a Alejandro, escribió: «Estoy triste y aburrida en este pueblo. Aunque es bastante pintoresco, le falta un no sé quién que todos los días va a la Iberoamericana».[106] En otra ocasión: «Cuéntame qué hay de nuevo en México, de tu vida y todo lo que me quieras platicar, pues sabes que aquí no hay más que pastos y pastos, indios y más indios, chozas y más chozas de los que no se puede escapar, así que aunque no me creas estoy muy aburrida con b de burro […] cuando vengas por amor de Dios tráeme algo qué leer, porque cada día me vuelvo más ignorante. (Discúlpame por ser tan floja.)».
16 de diciembre de 1923
Álex: Estoy muy apenada contigo porque no fui ayer a las cuatro a la universidad, no me dejó ir mi mamá a México porque le dijeron que había bola. Además, no me inscribí [para el año siguiente] y no sé qué hacer ahora. Te ruego que me perdones, pues dirás que soy muy grosera, pero no fue por culpa mía: por más que hice se le metió en la cabeza a mi mamá no dejarme salir y ni modo, más que aguantarse.
Mañana lunes le voy a decir que me examino de modelado [escultura en barro] y me quedo todo el día en México, no es muy seguro, pues tengo que ver primero de qué humor está mi mamacita y luego decidirme a decir esa mentira, si es que voy, te veo a las once y media en Leyes [la escuela de derecho donde Frida y Alejandro se citaban con frecuencia] para que no tengas que ir a la universidad, me esperas en la esquina de la nevería, si me haces favor. Siempre va a ser la posada en la casa de Rouaix [amigos de la familia afincados en Coyoacán], la primera, es decir ahora, estoy decidida a no ir, pero quién sabe a la mera hora […].
Pero ya que nos vamos a ver tan poco, quiero que me escribas Álex porque si no yo tampoco te voy a escribir y si es que no tienes qué decirme me mandas el papel en blanco o cincuenta veces me dices lo mismo, pero eso me demostrará que siquiera te acuerdas de mí. […]
Bueno, recibe muchos besos y todo mi cariño.
Tuya
FRIEDA
Dispensa la cambiada de tinta.
19 de diciembre de 1923
[…] estoy enojada pues me castigaron por esa idiota escuincla de Cristina, porque le pegué un catorrazo (porque me cogió unas cosas) y se puso a chillar como media hora y luego a mí me dieron una zurra de aquellas buenas y no me dejaron ir a la posada de ayer y apenas me dejan salir a la calle, así que no te puedo escribir muy largo, pero te escribo así para que veas que siempre me acuerdo de ti, aunque esté yo más triste que nada, pues tú te imaginas, sin verte, castigada y todo el día sin hacer nada porque tengo un coraje bueno. Ahora en la tarde le pedí permiso a mi mamá de venir a la plaza a comprar un encajito y vine al correo […] para poderte escribir.
Recibe muchos besos de tu chamaca que te extraña mucho. Saluda a Carmen James y a Chong Lee (por favor).
FRIEDA
22 de diciembre de 1923
Álex: Ayer no te pude escribir porque ya era muy noche cuando regresamos de la casa de los Navarro, pero ahora sí tengo mucho tiempo que dedicar a ti, el baile de esa noche estuvo regular, más bien feo, pero siempre nos divertimos un poco. Ahora en la noche va a haber una posada en la casa de la señora Roca, y nos vamos a comer Cristina y yo, creo que va a estar muy bonita, porque van muchas muchachas y muchachos y la señora es muy simpática. Mañana te escribo y te cuento cómo estuvo.
En el baile de los Navarro no bailé mucho porque no estaba muy contenta. Con Rouaix, fue con el que más bailé porque los demás estaban muy chocantes.
También en la casa de los Rocha hay posada ahora, pero quién sabe si vayamos…
Escríbeme, no seas malo
Muchos besos
TUYA, FRIEDA
Me prestaron el Retrato de Dorian Gray. Por favor mándame la dirección de Guevara para mandarle su biblia.
1 de enero de 1924
Mi Álex:
[…] ¿Dónde se pasaron siempre el Año Nuevo? Yo fui a la casa de las Campos y estuvo regular, pues casi todo el tiempo rezamos y después como ya tenía yo mucho sueño me dormí y no bailé nada. Ahora en la mañana comulgué y le pedí a Dios por todos ustedes…
Fíjate que me fui a confesar ayer en la tarde y se me olvidaron tres pecados y así comulgué y eran grandes, ahora a ver cómo hago, pero es que se me ha metido no creer en la confesión y, aunque yo quiera, ya no puedo confesarme bien. Soy muy burra, ¿verdad?
Bueno mi vida, conste que te escribo. Yo creo que será porque no te quiere nada tu
FRIEDA
Dispensa que te escriba en este papel tan cursi, pero me lo cambió Cristina por un blanco y aunque luego me arrepentí ya ni modo. (No está tan feo, tan feo.)
12 de enero de 1924
Mi Álex: […] Lo de la inscripción en la escuela está muy verde, pues un muchacho me dijo que empezaban el 15 de este mes y todo es un lío, pero mi mamá dice que hasta que se arreglen bien las cosas no me voy a inscribir, así es que ni esperanzas de ir a México y me tengo que conformar con quedarme en el pueblo. ¿Qué sabes de la revuelta? Cuéntame algo para estar más o menos al tanto de cómo andan las cosas, no que aquí cada vez que vuelvo más atascada […]. Te lo pongo chiquito, porque me da vergüenza. Me dirás que lea el periódico, pero es que me da mucha flojera leer el periódico y me pongo a leer otra cosa. Me encontré unos libros muy bonitos que tienen muchas cosas de arte oriental y eso es lo que ahora está leyendo tu Friducha.
Bueno mi lindo, como ya no tengo más papel en qué escribirte y te voy a aburrir con tantas babosadas, me despido y te mando 1000000000000 besos (con tu permiso) que no se oigan si no se alborotan todos los de San Rafael [la colonia en la que vivía Alejandro]. Escríbeme y cuéntame todo lo que te pasa.
TU FRIEDA
P. D. Salúdame a la Reynilla [Agustina Reyna] si la ves. Dispensa la indecente letra que hice.
Frida y Alejandro se separaron de nuevo en abril, cuando ella estuvo en un retiro. A pesar de sus dudas acerca de la confesión, evidentemente aún no perdía su fe. «Fueron bellos los ejercicios del retiro porque el sacerdote que los dirigió era muy inteligente, casi un santo», escribió el 16 de abril. «En la comunión general nos dieron la bendición papal y se concedieron muchas indulgencias, todas las que uno quisiera, yo oré por mi hermana Maty y como el sacerdote la conoce dijo que también rezaría mucho por ella. También oré a Dios y a la Virgen para que todo te salga bien y me quieras siempre, y por tu madre y tu hermanita…»
El tono de las cartas de Frida cambió durante la segunda mitad de 1924. Se intensificó el amor que sentía por Alejandro, y hay una sombra de tristeza y cierta inseguridad en su necesidad de reafirmar constantemente que él la quiere. Aunque conserva la alegría y franqueza de una niña, ya planea hacer un viaje por Estados Unidos con su novio. (Una vez expresó el deseo de extender su mundo y cambiar su vida mediante una visita a San Francisco.) Durante ese periodo se convirtió en la «mujercita» de Alejandro, además de ser su cuate. Él recuerda: «Frida era sexualmente precoz. Para ella, el sexo constituía una manera de disfrutar de la vida, una clase de impulso vital».[107]
Jueves, 25 de diciembre de 1924
Mi Álex: Desde que te vi te amé. ¿Qué dice usted? (¿?) Como probablemente van a ser varios los días que no nos vamos a ver, te voy a suplicar que no te vayas a olvidar de tu mujercita linda, ¿eh? […] a veces en las noches tengo mucho miedo y yo quisiera que tú estuvieras conmigo para que no me dejaras ser tan miedosa y para que me dijeras que me quieres igual que antes, igual que el otro diciembre, aunque sea yo una «cosa fácil» ¿verdad Álex? Te tienen que ir gustando las cosas fáciles […]. Yo quisiera ser todavía más fácil, una cosita chiquitita que nada más trajeras en la bolsa siempre, siempre… Álex, escríbeme seguido y aunque no sea cierto dime que me quieres mucho y que no puedes vivir sin mí.
Tu chamaca, escuincla o mujer o lo que tú quieras [aquí Frida dibujó tres pequeñas figuras representando esos tres tipos distintos de mujer].
FRIEDA
El sábado te llevaré tu suéter y tus libros y muchas violetas, porque hay cantidades en la casa…
1 de enero de 1925
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¿Sabe usted la noticia? [Aquí Frida dibujó a una muchacha con rizos en espiral y una corona, y a su alrededor, como un velo, escribió: «Se acabaron las pelonas».]
Mi Álex: A las once recogí tu carta, pero no te contesté ahora mismo porque como tú comprenderás no se puede escribir ni hacer nada cuando está uno rodeado de manada, pero ahorita que son las 10 de la noche, que me encuentro sola y mi alma es el momento más apropiado para contarte lo que pienso […]. Acerca de lo que me dices de Anita Reyna, naturalmente ni de chiste me enojaría, en primer lugar, porque no dices más que la verdad, que es y será siempre muy guapa y muy chula y, en segundo lugar, que yo quiero a todas las gentes que tú quieres o has querido (?) por la sencillísima razón de que tú las quieres. Sin embargo, eso de las caricias no me gustó mucho, porque a pesar de que comprendo que es muy cierto que es chulísima, siento algo así… […] Vaya, cómo te diré, como envidia ¿sabes?, pero eso solo es natural. El día que quieras acariciarla, aunque sea como recuerdo, me acaricias a mí y te haces las ilusiones de que es ella ¿eh? ¿Mi Álex? […]. Oye, hermanito, ahora en 1925 nos vamos a querer mucho, ¿eh? (Dispensa que repita mucho la palabra «querer», cinco veces de a tiro, pero es que soy un poco maje.) No te parece que vayamos arreglando muy bien la ida a los United States, quiero que me digas qué te parece que nos vayamos en diciembre de este año, hay mucho tiempo para arreglar todos los asuntos, ¿no crees? Dime todo lo que le encuentres de malo y de bueno y si de veras te puedes ir, es bueno que hagamos algo en la vida ¿no te parece? Cómo nos vamos a estar nada más de majes toda la vida en México; como para no hay cosa más linda que viajar, es un verdadero sufrimiento el pensar que no tengo la suficiente fuerza de voluntad para hacer lo que te digo, tú dirás que no nada más se necesita fuerza de voluntad, sino antes que nada la fuerza de la moneda o (moscota), pero se junta eso trabajando un año y ya lo demás pues es más fácil ¿verdad? Pero como yo la mera verdad no sé muy bien de estas cosas, es bueno que tú me digas qué tiene de ventajas y qué de desventajas y si de veras son muy desgraciados los gringos. Porque tienes que ver que de todo esto que te escribo, desde la crucecita hasta this renglón, mucho hay de castillos al aire y es bueno que me desengañe de una vez…
A las 12 de la noche pensé en ti mi Álex ¿y tú? Yo creo que también porque me sonó el oído izquierdo. Bueno, como ya sabes que «Año Nuevo vida nueva», tu mujercita va a ser este año no peladilla de a 7 pe, kilo, sino lo más dulce y bueno que hasta ahora se haya conocido para que te la comas enterita a puros besos.
Te adora tu chamaca
FRIDUCHITA
(Un Año Nuevo muy feliz para tu mamá y hermana.)[108]
Frida decía que podría ahorrar para ir a Estados Unidos, trabajando durante un año. En realidad, tenía que ganar dinero para contribuir a los ingresos familiares. Sin embargo, el desempeño de un empleo durante las vacaciones y después de la escuela era menos pesado de lo que hubiera podido ser, porque le daba mayor libertad. Muchas veces mandaba recado a su madre avisando que no llegaría hasta muy tarde, por tener que ayudar a su padre en el estudio fotográfico. Como este se encontraba en el centro de la Ciudad de México, no resultaba muy difícil salir de cuando en cuando a reunirse con Alejandro. «No sé ya cómo hacer para conseguir algún trabajo», escribió durante unas vacaciones, «pues es de la única manera que podría verte como antes, diario, en la escuela».
No era fácil encontrar otro trabajo aparte de la ayuda que prestaba a su padre. Por poco tiempo Frida sirvió de cajera en una farmacia, pero demostró ser inepta: al término de cada día había o demasiado o muy poco dinero en la caja, y frecuentemente se veía obligada a aportar su propio sueldo para hacer el balance. En otra ocasión investigó sobre un anuncio y aceptó llevar las cuentas de un almacén de madera por 60 pesos mensuales. En 1925 Frida estudió taquigrafía y mecanografía en la academia Oliver, mientras seguía buscando trabajo. Entusiasmada por las posibilidades de colocarse en la biblioteca de la Secretaría de Educación Pública, Frida escribió: «Pagan 4 o 4,50 y me parece que no está nada mal, pero antes que nada tengo que saber algo de máquina y de garabatos. ¡Así es que nada más figúrate qué atrasada está tu cuate! […]».[109]
Según Alejandro Gómez Arias, durante el periodo en el que buscaba trabajo, Frida conoció a una empleada de la biblioteca de la Secretaría de Educación Pública, cuando fue a solicitar el trabajo mencionado arriba.[110] Esta la sedujo. Frida probablemente se estaba refiriendo a ese incidente cuando en 1938 le contó a una amiga que su iniciación a las relaciones homosexuales, por parte de una de sus «profesoras», fue traumática, en particular porque sus padres se enteraron del asunto.[111] Resultó un escándalo. «Estoy dominada por la más terrible tristeza», le escribió a Alejandro el 1 de agosto, «pero tú sabes que no todo es como una quisiera que fuese y qué caso tiene hablar de ello…». Al final de la carta dibujó una cara cubierta de lágrimas.
En la misma carta le contó a Alejandro: «De día trabajo en la fábrica de la que te platiqué, mientras busco algo mejor porque no hay otra cosa que hacer, imagínate cómo estoy, pero qué se le va a hacer; aunque el trabajo no me atrae para nada, no es posible cambiarlo ahora y lo tendré que soportar como sea». El trabajo en la fábrica no duró mucho; el siguiente le interesó más. Se colocó de aprendiza de grabado a sueldo con un amigo de su padre, el próspero impresor comercial Fernando Fernández. Este la enseñó a dibujar mediante la copia de estampas hechas por el impresionista sueco Anders Zorn, y descubrió que tenía un «talento enorme».[112] Según Alejandro Gómez Arias, Frida respondió entregándose a una breve aventura con él.
A los dieciocho años, Frida definitivamente ya no era la «niña de la Preparatoria». La muchacha que entró a la escuela Nacional Preparatoria tres años antes, con trenzas y un uniforme de escuela secundaria alemana, se encontraba convertida en una mujer moderna, imbuida del impetuoso optimismo de los años veinte, desafiante de la moral convencional e impasible ante la desaprobación de sus compañeros más conservadores.
La intensa originalidad de su nueva persona se manifiesta en una serie de fotografías tomadas por Guillermo Kahlo el 7 de febrero de 1926. Una de ellas es un retrato formal en el que Frida cuidadosamente oculta su pierna derecha, más delgada, tras la izquierda y lleva un extraño vestido de raso que no tiene relación alguna con la moda de los años veinte. En otras fotografías, sacadas el mismo día, ella destaca sobre el grupo familiar, de vestimenta convencional, por llevar un traje de hombre con chaleco, pañuelo y corbata. Adopta una postura masculina, con una mano en el bolsillo y un bastón en la otra. Tal vez se puso esa ropa de broma, pero de todas formas esa joven ya no era una niña inocente. Desde todas las fotografías nos observa con una mirada aguda y desconcertante, llena de esa mezcla de sensualidad y enigmática ironía que reaparece en tantos autorretratos suyos.