Hablar: medicina de la calidad de vida
La salud es el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedades.
Organización Mundial de la Salud,
«Constitución de la OMS: Principios», 1946
Un número creciente de estudios científicos demuestra que algo tan natural para cualquier ser humano como hablar está íntimamente relacionado con la buena salud y la satisfacción con la vida en general. De hecho, hablar, en cualquiera de sus formas, no solo añade vitalidad a los años sino también años a la vida. Por eso hablar se ha convertido en un remedio esencial de lo que hoy llamamos «medicina de la calidad de vida». Me explico. Gracias a los enormes avances en el conocimiento, la medicina actual ha ampliado su misión tradicional de prevenir y curar enfermedades con el fomento de actividades que protegen y auspician nuestra calidad de vida. Las semillas de este nuevo cometido de la medicina fueron sembradas por el médico croata Andrija Štampar y el diplomático chino Szeming Sze en 1946, cuando lograron que la Organización Mundial de la Salud (OMS) definiera la salud como «el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». «La salud es condición básica para la felicidad, las relaciones armoniosas y la seguridad...», declaró la OMS.
La idea de promover activamente el bienestar de la población tampoco entraba en la misión principal de la psicología. Esto explica que, hasta finales del siglo XX, los profesionales de esta ciencia prestaran más atención a la ansiedad que a la confianza, a la tristeza que a la alegría. Sin embargo, en el año 2000 un grupo de psicólogos, encabezado por Martin Seligman, de la Universidad de Pensilvania, fundó la ciencia de la psicología positiva, que estudia los rasgos de la personalidad y las actividades que contribuyen al bienestar emocional y la satisfacción con la vida. «Los científicos de la mente del nuevo milenio no solo se preocuparán por corregir lo peor de la condición humana, sino que también se dedicarán a identificar y promover lo mejor», decía Seligman.
En la práctica médica, el ejemplo más tangible y memorable de medicina de la calidad de vida es la píldora anticonceptiva. Comercializada en 1960, esta combinación de estrógeno y progesterona no cura ni previene ninguna enfermedad: sencillamente inhibe la ovulación en la mujer y, por lo tanto, el embarazo. La píldora ha liberado a millones de mujeres en todo el mundo y mejorado su calidad de vida al poner en sus manos la crucial decisión sobre la maternidad. Otros ejemplos más recientes de fármacos de la calidad de vida incluyen cremas y ungüentos que borran arrugas de la cara o combaten la calvicie, estimulantes del estado de ánimo y facilitadores del sueño, sin olvidar la pequeña tableta azul, compuesta de sildenafilo: la célebre Viagra. En un inicio utilizada para tratar la angina de pecho, desde 1998 se receta para restaurar el saludable y placentero vigor sexual en hombres maduros estresados, aburridos o con el metabolismo alterado.
Más allá del mundo de los fármacos, otro conocido ejemplo de medicina de la calidad de vida es la actividad física. Desde los años ochenta, innumerables estudios demuestran que el ejercicio físico habitual fortalece nuestro sistema inmunológico, ayuda a prevenir dolencias cardíacas como la enfermedad coronaria y también la obesidad y la diabetes tipo 2. Además, el ejercicio aumenta la resistencia al estrés, protege de la depresión e induce estados de ánimo positivos al incrementar la producción de serotonina en el cerebro, la sustancia encargada de estimular emociones placenteras. Pero esto no es todo: la conexión positiva con nuestro cuerpo es una parte importante de nuestra satisfacción con la vida. Por ello tantas personas saborean la sensación de control sobre su cuerpo y sus movimientos practicando deportes, juegos, danzas y demás actividades físicas estimulantes.
Naturalmente, para que estas actividades protectoras tengan efecto debemos practicarlas con regularidad. Como el naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck estableció hace un par de siglos:
El uso continuado de cualquier órgano lo fortifica poco a poco y le da una fuerza proporcional a la duración de dicho uso. Por el contrario, la falta de uso lo debilita y lo atrofia hasta hacerlo desaparecer.
Los efectos protectores de las actividades físicas, mentales y sociales que fortalecen nuestra salud y satisfacción con la vida son un buen ejemplo de este principio.
Mi objetivo en este ensayo es compartir el conocimiento científico acumulado en las tres últimas décadas que demuestra el papel fundamental del lenguaje hablado en la promoción de la salud y la longevidad vigorosa. Yo mismo he comprobado esta relación en medio siglo de práctica médica y psiquiátrica, así como en numerosas situaciones personales a lo largo de mi vida. Estoy convencido de que hablar es la actividad humana natural más eficaz a la hora de proteger la autoestima saludable, gestionar nuestra vida, disfrutar de la convivencia y las relaciones afectivas, y estimular los dispositivos naturales que facilitan nuestro bienestar físico, mental y social.
Debo matizar que los conceptos que expongo en este libro se refieren principalmente a la palabra hablada. No obstante, en muchos sentidos también son aplicables a las lenguas de signos. Hoy se emplean numerosos lenguajes de signos en las comunidades de sordomudos; son expresiones tan precisas y emotivas como las lenguas habladas y, del mismo modo, requieren transformar imágenes, ideas y emociones en símbolos que se representan con las manos y los gestos faciales. El lenguaje escrito juega un papel trascendental en nuestra vida, pero es otra cosa y requiere una consideración aparte. A diferencia del habla, el invento de la escritura es hasta cierto punto reciente: coincidió con la aparición de la agricultura y el asentamiento de nuestros antepasados en las primeras ciudades en Mesopotamia, hace unos seis mil años. Allí, empleando signos en forma de cuña, los sumerios idearon las primeras palabras escritas, una de las invenciones más trascendentales para el género humano puesto que amplió nuestras posibilidades de comunicación, nos permitió dar fe del transcurso de la historia y crear una nueva forma de arte: la literatura. Sin embargo, escribir, como tocar el piano o tejer, es una actividad manual aprendida que merece ser tratada independientemente. Y aquí incluyo los mensajes a través de internet y los teléfonos móviles.
En los capítulos siguientes comienzo por compartir algunas experiencias personales en las que el habla ha jugado un papel principal. A continuación, defino qué es hablar y comento el polémico origen del lenguaje y el multilingüismo. Describo los centros cerebrales encargados del lenguaje y examino sus dos funciones principales: hablar para comunicarnos o lenguaje social, y hablarnos a nosotros mismos o lenguaje privado.
Paso después a detallar la influencia del equipaje genético en nuestra expresividad y las etapas del desarrollo del lenguaje en la infancia, así como los factores familiares y del entorno que lo estimulan. Describo también cómo el sexo, la personalidad, la edad y las normas culturales influyen en nuestra forma de hablar. Acto seguido, describo los trastornos físicos que dañan el lenguaje, como la sordera infantil, la afasia o pérdida de la capacidad de hablar a causa de lesiones cerebrales y demencias, y los estados de mutismo causados por trastornos psicológicos, así como la alexitimia o incapacidad para reconocer y describir las propias emociones. Menciono además las vidas de clausura que eligen voluntariamente algunas personas dedicadas a la oración y el silencio. También señalo la tartamudez, el trastorno de la fluidez del habla que se caracteriza por las repeticiones involuntarias de sílabas o palabras.
Abordo luego el lenguaje social y cómo las formas de hablar afectan nuestra imagen, inclusive la influencia de nuestro acento. Repaso también la proyección de nuestro estado de ánimo, la ansiedad y la tristeza sobre nuestro lenguaje. En cuanto al lenguaje privado, todos gozamos de la capacidad de introspección, de observarnos y juzgar nuestra forma de transformar lo que pensamos y sentimos en palabras, así como de cuestionarnos el vocabulario que elegimos para expresar lo que queremos comunicar. «Me pregunto por qué dije aquello», nos decimos. En ese sentido, somos compositores y oyentes simultáneos de nuestro lenguaje. Al ser la introspección una actividad tan personal, nuestras observaciones y explicaciones llevan siempre una carga de subjetividad. Como sabiamente nos advirtió Albert Einstein, el punto de mira del observador moldea de una manera inevitable su percepción de las cosas. Exploro también el papel de los soliloquios a la hora de forjar y proteger nuestra autoestima o valoración que hacemos de nosotros mismos, así como su influencia en nuestras funciones ejecutivas. Estas funciones nos ayudan a aprender, a regular nuestros comportamientos, a tomar decisiones, a gestionar nuestra vida, a alcanzar las metas que nos proponemos y a fortalecer nuestra resiliencia, esa mezcla de resistencia y flexibilidad tan necesaria para superar los inevitables retos que se cruzan en nuestro camino. Paso después a examinar el mundo de la psicoterapia y el poder de la conversación a la hora de afrontar y solucionar problemas emocionales, resolver conflictos en nuestras relaciones y aumentar nuestra satisfacción con la vida. Asimismo, analizo en detalle la evidencia científica que relaciona el habla y la extroversión con la esperanza de vida o la cantidad de años que vivimos. Por último, ofrezco una serie de recomendaciones y sugerencias prácticas sobre el habla, fruto de observaciones apoyadas por la ciencia, de conocimientos acumulados a lo largo de mi vida, así como de ideas compartidas por otros.
Como probablemente sabéis, queridos lectores, mi interés por las cualidades naturales que protegen nuestra salud y contribuyen a la satisfacción con la vida viene de antiguo. Esto explica que a lo largo de este ensayo encontréis algunos conceptos y datos que ya he expuesto en obras anteriores. Para facilitar la lectura, he tratado de minimizar la inclusión de referencias en el texto. Las he reunido todas en la sección de «Notas y referencias bibliográficas», al final del libro.
Antes de entrar de lleno en materia, permitidme que comparta algunos detalles personales sobre los pormenores de mi relación con el lenguaje hablado. Y cuando digo «lenguaje hablado», incluyo hablarme a mí mismo. Sin duda, esta relación generó en mí un temprano interés por conocer el papel del habla en nuestra salud y satisfacción con la vida.
Mis historias con el habla
TENTETIESO: Cuando yo empleo una palabra, significa lo que yo quiero que signifique, ¡ni más ni menos!
ALICIA: La cuestión está en saber si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
TENTETIESO: La cuestión está en saber quién manda aquí, ¡las palabras o yo!
LEWIS CARROLL,
A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, 1871
A los siete u ocho años yo era un niño alegre y sociable, pero hablaba por los codos. Si bien mi natural verborrea me facilitaba las relaciones con otros chiquillos y la simpatía de los vecinos, a menudo se desataba en los momentos más inoportunos, lo que, invariablemente, me traía problemas. Por ejemplo, en las comidas familiares no faltaban las miradas amenazadoras de mi padre para imponerme silencio. Tengo grabadas en la mente las caras descompuestas de las exasperadas monjas del colegio de párvulos de la Doctrina Cristiana mientras intentaban mantenerme callado en mi pupitre por las buenas o por las malas, con tirones de orejas acompañados del proverbial ¡shhhhh! Incluso mi muy querida y cariñosa madre, que había bautizado mis sonoros diálogos conmigo mismo con el nombre inventado de furbuchi, se veía obligada a recurrir al «pellizco de monja» para que dejara de hablar en alto durante la misa solemne de los domingos, en la iglesia de San Nicolás de Sevilla.
Para los padres y educadores de aquellos tiempos, la obediencia y sumisión silenciosa de los menores eran principios pedagógicos de primer orden. Como cabe imaginar, los niños hiperactivos y parlanchines, capaces de acabar hasta con la paciencia del santo Job, llevábamos muy mal el sometimiento a tales principios. Además, la imposición iba acompañada con una montaña de consejos y dichos, supuestamente sabios, sobre las bondades del silencio: «En boca cerrada no entran moscas», «El que mucho habla, mucho yerra», «Habla cuando te hablen», etc. Recuerdo que ya a los nueve años, después de haber provocado con mi hiperactividad una respuesta disciplinaria por parte de mis mayores, me asaltaba a mí mismo con preguntas en voz alta como: «¿Y quién demonios te manda incordiar tanto?». Entonces, me contestaba con los mismos calificativos que los adultos solían utilizar para describirme: «Eres un diablillo», «Un rabo de lagartija», «Es que no paras quieto», «Siempre hablando», «No callas»...
Pese a ser razonablemente avispado, mi perpetuo estado de «marcha» me robaba una gran parte de la concentración necesaria para asimilar las materias escolares. De hecho, los tropiezos colegiales se fueron sucediendo hasta culminar en cuarto de bachillerato, cuando suspendí todas las asignaturas excepto las llamadas coloquialmente «las tres marías»: Religión, Gimnasia y Formación del Espíritu Nacional. Ese descalabro escolar precipitó mi salida del colegio a los catorce años. Pasé un año probando suerte por libre en varios institutos y academias. Al fin y como última oportunidad, mis padres me matricularon en un colegio conocido por aceptar a muchachos cateados de otros centros. Esta nueva puerta abrió un capítulo decisivo en mi vida porque encontré maestras y maestros intuitivos y persistentes que detectaron en mí la posibilidad de rescate y me ayudaron a prestar más atención. Gracias a sus esfuerzos, la trayectoria de mi vida escolar comenzó a enderezarse poco a poco. Entre ellos destaca doña Lolina, la temida directora del colegio. Nada más llegar, me ordenó sentarme en la primera fila de la clase —para mí una gran novedad— y hablar «pausadamente» con el profesor cuando tuviese dificultad con la materia. Estoy convencido de que ella había preparado antes el terreno. El suspiro de alivio de mis padres, familiares y compañeros preocupados por mi suerte no se hizo esperar. El cambio para bien en mi rendimiento escolar se empezó a reflejar en las opiniones positivas que expresaban de mí. Al mismo tiempo, sus palabras llegaban a mis oídos y alimentaban mi autoestima y motivación para seguir avanzando. Esta experiencia me convenció de que la noción que los niños tienen de sí mismos es, en gran medida, el reflejo de los juicios y comentarios que los demás hacen de ellos.
Fue en esa etapa de mi vida cuando descubrí que los monólogos íntimos me ayudaban a recapacitar y explicarme a mí mismo mis comportamientos y las situaciones que me afectaban. También me servían para desahogarme, lo que mejoraba pasajeramente mi estado de ánimo. Me di cuenta además de que podía frenar mi locuacidad con toques de atención como «¡Calla!», «¡Espera!», «¡Presta atención!» o «¡Piénsatelo bien!». A la hora de estudiar, me decía que había llegado el momento de «concentrarme en concentrarme» y me aconsejaba que buscara un lugar sin vistas ni música de fondo que me distrajeran. Me recomendaba hacer esquemas y resúmenes de los temas para asimilarlos mejor, y me recordaba que era importante ajustarme a mi propio ritmo de aprendizaje, aceptando que yo necesitaba más tiempo para asimilar una fórmula química o retener un episodio de historia que mis compañeros de clase. Por lo general, mis monólogos discurrían en privado o con susurros, pues era consciente de que hablarse a uno mismo en voz alta ha estado siempre mal visto e, incluso, se considera un signo de locura. Ya tenía suficientes problemas con mis comentarios a destiempo, así que hacía todo lo posible por mantener las conversaciones conmigo mismo en la intimidad.
De mayor, el diálogo interior me ha sido y sigue siendo muy útil para regular mis impulsos y fortalecer la confianza y la resistencia en tareas que requieren un esfuerzo continuado. Estoy convencido de que esos 25 maratones que he corrido por las calles de Nueva York, acabados a duras penas en más de una ocasión, ya que soy un vencedor lento, no hubieran sido posibles sin los soliloquios. Unos eran inspiradores y me alentaban, como la frase de Martin Luther King Jr.: «Si no puedes volar, corre; si no puedes correr, anda; si no puedes andar, gatea; pero hagas lo que hagas, ¡sigue avanzando!». Otros me animaban a voz en grito: «¡Dale Luis!», «¡No te rindas!», «¡Bebe agua!», «¡Lo conseguirás!».
El habla jugó también un papel primordial en la temprana fase de mi vida que se abrió con mi apresurada marcha a Estados Unidos en 1968, cuando apenas había cumplido 24 años y acababa de licenciarme en Medicina. Si bien el motivo oficial de mi viaje fue especializarme en Psiquiatría, en realidad buscaba nuevos horizontes y oportunidades que me apasionaran. Lo que en mi entusiasmo por partir no había previsto fue que, nada más pisar Nueva York, me enfrentaría a la barrera del idioma. Ese formidable obstáculo se debía a que mi dominio del inglés era limitado, tanto en el número de palabras como en mi capacidad para ordenarlas gramaticalmente y no digamos para pronunciarlas. Como consecuencia, las pasé moradas en mi primer trabajo como médico interno en el hospital Good Samaritan. Vivía angustiado por dos intensos temores: meter la pata hasta el fondo por no entenderles y que me devolvieran a la madre patria por no hacerme entender.
Nunca olvidaré mi primer día de guardia. Me encontraba leyendo tranquilamente en la biblioteca del hospital cuando oí por los altavoces: «Doctor Marcos, ai si iú». Yo entendí «Doctor Marcos, I see you!», que para mí significaba «Dr. Marcos, yo le veo». Perplejo, salí al pasillo para asegurarme de lo que oía y volví a escuchar el mismo mensaje. Busqué entonces al emisor del aviso, el altavoz que colgaba del techo, y respondí a voz en grito: «I don’t see you!» (Yo no le veo). Por absurda que parezca, esta situación se repitió unas cuantas veces hasta que un compañero hispanohablante me alertó, con una sonrisa compasiva, de que el mensaje que escuchaba era una llamada para que acudiese a la Unidad de Cuidados Intensivos —Intensive Care Unit—, denominada habitualmente por sus siglas en inglés ICU, que se pronuncian «ai si iú». Creo que nunca he vuelto a sentirme tan en ridículo como aquel día. También se me han quedado grabados los gritos desesperados del cirujano y de las enfermeras en el quirófano, un día aciago de mi internado en que colaboraba como ayudante en una operación de vesícula biliar. Sostenía yo un catéter para drenar la incisión, ya cerrada, en el abdomen del paciente cuando mi precario inglés me jugó otra mala pasada: el cirujano me ordenó «Push!» (¡Empuja!), pero yo entendí justo lo contrario: «Pull!» (¡Tira!). Menos mal que el coro de gritos de los presentes me paralizó en el acto, pues de haber seguido tirando habría sacado el drenaje y el cirujano hubiese tenido que volver a abrir la incisión, introducir de nuevo el catéter y coser otra vez la herida.
Igual de memorable fue el día que asistí a la presentación clínica de un caso de fractura de pie. El radiólogo que exponía el tema ante los médicos del hospital localizó la fractura en uno de los huesos de la extremidad del paciente señalándola con un puntero. Acto seguido se dirigió a mí y me preguntó cuál era el nombre del hueso partido. Al verme dudar, pues yo no tenía ni idea de cómo se decía «metatarso» en inglés, me preguntó con curiosidad dónde había estudiado anatomía. «En Sevilla», contesté yo, y él replicó con sorna: «Doctor Marcos, ¿no será que en la facultad de Sevilla estudian anatomía en pollos?», lo que provocó la hilaridad general. Tras la sonrisa forzada con la que intenté capear las carcajadas de los asistentes se escondía mi temor a ser devuelto prematuramente a España.
Por suerte para mí, salvo contadas excepciones, los neoyorquinos no confunden no saber hablar el idioma con ser incompetente o ignorante.
Pero no todo fueron tropiezos, pues, para sorpresa mía, la barrera del idioma jugó un papel definitivo en mi progreso profesional en el mundo de la psiquiatría. Sensibilizado como estaba ante este problema, mientras trabajaba como residente en la Universidad de Nueva York me percaté de que los pacientes inmigrantes de Latinoamérica respondían de forma diferente a las preguntas del médico según la lengua que utilizase al entrevistarlos. La diferencia más obvia era que en español, su lengua materna, hablaban más y con más emotividad que en inglés. Un día trasladé esta observación a Murray Alpert, uno de mis profesores. No solo me escuchó con la mayor atención, sino que, ante mi asombro, decidió investigar a fondo el tema. En un par de semanas montamos una sala especial con vídeo para grabar y comparar la evaluación de estos pacientes en español y en inglés. De esta forma comprobamos que cuando los pacientes inmigrantes eran evaluados por psiquiatras en una lengua que no dominaban, se mostraban más ansiosos, deprimidos, tensos y, en definitiva, más enfermos que cuando la evaluación se realizaba en su lengua materna. Apenas un año más tarde, en 1973, las revistas de psiquiatría más prestigiosas del país publicaron los resultados de nuestra investigación.
Del mismo modo, observamos los problemas derivados de realizar los exámenes psiquiátricos a través de intérpretes o traductores espontáneos, entre ellos los familiares. Unos eran debidos a que las expresiones incoherentes de los pacientes eran «normalizadas» por los intérpretes inconscientemente al traducírselas al psiquiatra. Otros inconvenientes tenían que ver con los efectos de la subjetividad del intérprete, sobre todo si se trataba de un familiar del paciente. Por ejemplo, a las preguntas del psiquiatra sobre posibles ideas suicidas, el intérprete las negaba sin atreverse a preguntarle al paciente. A veces, en la traducción al paciente de la sugerencia del médico, por ejemplo de una medicina, el traductor incluía su opinión personal desfavorable, sin el conocimiento del psiquiatra. Motivo de enorme gratificación para mí fue que la divulgación de esos resultados sirviera para concienciar a los legisladores del problema. Una década más tarde, el municipio de Nueva York promulgaba la Ley de Intérpretes en las Urgencias, por la que se obligaba a los hospitales de la ciudad a disponer de intérpretes profesionales para que los médicos pudiesen examinar a los pacientes inmigrantes que no dominasen el inglés en su propia lengua.
Unos años después descubrí, en circunstancias bastante dramáticas, que la barrera del idioma podía llegar incluso a costarte la vida. Fue a causa de una petición del bufete de abogados Fulbright & Jaworski de Houston, Texas, que en septiembre de 2006 me encargó evaluar el estado mental de Virgilio Maldonado, un recluso de 44 años de edad, condenado por asesinato a la pena de muerte por inyección letal. Texas es el estado que más aplica la pena capital en Estados Unidos: un promedio de 16 personas son ejecutadas anualmente. Virgilio había nacido en México, en el estado rural de Michoacán. Desde muy pequeño había mostrado tal retraso en el lenguaje y dificultad para aprender que a los 11 años abandonó el colegio. Su carácter sugestionable y las dificultades escolares le causaron problemas en sus relaciones familiares y sociales durante la adolescencia, por lo que al cumplir los 22 años se unió a un pelotón de jóvenes mexicanos aventureros y cruzó la frontera con Texas. Trabajó de peón en el campo, pero nunca regularizó su situación de emigrante ni se asentó en un lugar fijo. Por fin, a los 25 años fue reclutado por una banda de jóvenes latinos traficantes de marihuana y un fatídico día de noviembre de 1995, obedeciendo órdenes del jefe de la pandilla, asaltó el apartamento de un rival y lo asesinó a tiros.
A petición del tribunal, Virgilio había sido evaluado por un psicólogo forense, con el fin de descartar la posibilidad de que fuese discapacitado intelectual, ya que la ley federal de Estados Unidos prohíbe la aplicación de la pena capital a convictos que sufren esta minusvalía. Pero el psicólogo consideró que Virgilio gozaba de un nivel normal de inteligencia, algo que, sin duda, le colocaba al borde de la ejecución. Sin embargo, al revisar el caso observamos que la evaluación había sido llevada a cabo en inglés, la lengua del psicólogo forense, pese a que el dominio de este idioma por parte de Virgilio era muy precario. Cuando analizamos con detenimiento la grabación en vídeo de la entrevista, nos llamó la atención la obvia dificultad del condenado para expresarse en inglés y la actitud despreocupada del psicólogo ante este problema. Más alarmante aún fue el hecho de que el experto, ignorando los efectos de la barrera del lenguaje, había considerado como normales los comentarios y declaraciones claramente inapropiadas de Virgilio, e incluso había adecuado muchas de sus erróneas respuestas a las preguntas del test de inteligencia. Al realizar una nueva evaluación de Virgilio, esta vez profesionales que hablaban español, resultó obvio que padecía una discapacidad intelectual debida a un trastorno serio del desarrollo cerebral infantil. Como consecuencia, el 22 de mayo de 2013, el Tribunal Penal de Apelaciones de Texas, de conformidad con la Ley Federal sobre Convictos con Discapacidad Intelectual y basándose en esta nueva evaluación, anuló la sentencia de muerte de Virgilio, reduciéndola a cadena perpetua con posibilidad de libertad condicional después de cuarenta años. El mismo tribunal procedió a revocarle la licencia de experto forense al psicólogo que lo había entrevistado en inglés.
A medida que me integraba en mi nuevo mundo bilingüe descubrí en mí mismo la independencia de las lenguas, un fenómeno común entre quienes aprenden un segundo idioma ya de adultos, en un entorno muy diferente al de su lengua materna. Concretamente, noté que mi estado emocional variaba según el idioma que hablase. Por ejemplo, expresiones llenas de afectividad en mi lengua original, como «Te quiero» o «Lo siento», perdían intensidad emocional al convertirlas en «I love you» o «I am sorry». Igualmente, palabras de similar significado en ambos lenguajes, como «libertad» y «freedom», tenían para mí connotaciones diferentes y me provocaban imágenes y recuerdos distintos. Por no hablar del desahogo que me producía decir una palabrota o juramento en mi lengua materna, frente a la indiferencia en que me dejaban los tacos y maldiciones en inglés.
Curiosamente, aunque era consciente de que los seres humanos vemos e interpretamos el mundo que nos rodea según nuestro punto de vista o, como sugirió el poeta Ramón de Campoamor, «según el color del cristal con que se mira», nunca se me había ocurrido que además interpretáramos las cosas según la lengua o las palabras que usamos. Incluso comprobé que los recuerdos me provocaban emociones diferentes según el idioma en que los había grabado. En general, me resultaba más fácil verbalizar en inglés, mi segunda lengua, los recuerdos de situaciones penosas que había experimentado durante la infancia, aunque las hubiera vivido en español, mi lengua materna. Y es que en inglés las palabras tenían menos carga emocional. Un día me percaté además de que mi disposición cambiaba dependiendo de la lengua que hablase: en inglés me sentía más en control, más pausado, más analítico y menos sentimental que en castellano. Pero yo no era el único que experimentaba este cambio, como describió el psiquiatra alemán Ralph Greenson en 1950, en un artículo ya clásico sobre el tratamiento de una mujer que hablaba alemán e inglés y se sentía muy diferente según la lengua que hablase. «Cuando hablo alemán —la lengua de su niñez— me siento como una niña temerosa, inútil [...]. En inglés —su segunda lengua— me considero una mujer fuerte y segura de mí misma», explicaba la paciente.
A mediados de los años setenta, en mis comienzos como psiquiatra, me acostumbré a preguntar a mis nuevos pacientes bilingües en qué lengua preferían hablar, antes de empezar la entrevista clínica. Esta pregunta me abría la puerta a la exploración de su apego y relación con cada lengua, así como a examinar la posibilidad de que sus sentimientos y recuerdos de la infancia fuesen diferentes según el idioma en que conversáramos. Unos años más tarde, junto con mi buen amigo y mentor vasco el profesor José Guimón Ugartechea, tuve la oportunidad de confirmar el fenómeno de la bipersonalidad en numerosas personas bilingües que habían aprendido cada una de sus lenguas en contextos y a edades diferentes.
Cuando profundizamos en este fenómeno, comprobamos que los pacientes bilingües respondían emocionalmente a las pruebas psicológicas proyectivas de formas diferentes según la lengua en la que se les planteara el mismo test. Asimismo, descubrimos que personas bilingües que sufrían de afasia o perdían la capacidad de hablar a causa de accidentes vasculares del cerebro, a menudo recuperaban el habla antes en la lengua materna que en el segundo idioma que aprendieron, lo que implicaba la posibilidad de que cada lengua estuviese regulada por grupos diferentes de neuronas. Sin duda, el poder de las palabras va más allá de ser meros símbolos que usamos para expresar ideas, porque pueden moldear nuestro temple y nuestra perspectiva del pasado y el presente. Federico Fellini dio en el clavo cuando dijo: «Cada idioma es un modo distinto de ver la vida».
En la práctica de la medicina es esencial la buena comunicación entre médico y enfermo. Por parte del médico, la comunicación efectiva se caracteriza por ser clara y comprensible para el paciente, directa y sin dobles sentidos. También debe ser completa y no excluir datos relevantes sobre la enfermedad, su pronóstico y tratamiento, además de transmitir empatía y esperanza. En psiquiatría y psicología la comunicación hablada es mucho más. A diferencia de la mayoría de mis colegas especialistas en medicina y cirugía, que utilizan una amplia gama de exámenes físicos, pruebas de laboratorio y aparatos para diagnosticar y tratar al paciente, en psiquiatría el lenguaje hablado es imprescindible a la hora de evaluar el estado mental de la persona. Cada día disponemos de mejor tecnología para observar el funcionamiento del cerebro en vivo y de métodos para identificar el nivel de ciertas hormonas y neurotransmisores en la sangre. No obstante, para llegar a un diagnóstico certero, el psiquiatra clínico necesita examinar, a través del lenguaje, las ideas, preocupaciones, comportamientos y estado de ánimo del paciente, así como explorar su memoria, su orientación, sus pensamientos, posibles delirios, alucinaciones o tendencias suicidas. Y no olvidemos la importancia de evaluar su historia desde la infancia, sus relaciones y ocupaciones, su capacidad de adaptación y su habilidad para superar la adversidad, así como la conciencia de su enfermedad y motivación para seguir un tratamiento.
Una vez alcanzado el diagnóstico, los psiquiatras contamos con fármacos eficaces para curar o aliviar una amplia gama de trastornos mentales, pero también sabemos que la mayoría de los pacientes se beneficia de la psicoterapia o terapia de conversación. El objetivo de este tratamiento no es solo aliviar síntomas como la ansiedad o la depresión, sino también ayudar a la persona a cambiar aspectos de su forma de ser que alteran su equilibrio vital o interfieren con el goce de las relaciones afectivas, la satisfacción en el trabajo o la realización de sus metas. Pese a los muchos años que llevo practicando medicina y psiquiatría, no deja de maravillarme el poder terapéutico del habla. A través de las palabras ayudamos a nuestros pacientes a desahogarse, a analizar los sentimientos y conductas que les preocupan, a resolver conflictos y a recuperar y mantener su satisfacción con la vida. Animar a los pacientes a expresar sus emociones con palabras y narrar los pensamientos y miedos que les abruman son herramientas básicas de la psiquiatría, porque alivian los temores, la confusión y la intranquilidad. La narrativa es una forma saludable de organizar las ideas angustiosas, quitarles intensidad emocional y convertirlas en pensamientos más manejables y coherentes. Reprimir o negar la realidad de una experiencia traumática, con el fin de enterrarla en el olvido o de mantener el equilibrio emocional, acaba generando problemas. Y es que los recuerdos traumáticos reprimidos o «parásitos de la mente», como los llamó el psiquiatra francés Jean-Martin Charcot, tienden a enquistarse y producir ansiedad, depresión, o a causar un trastorno crónico por estrés postraumático.
Como podéis ver, queridos lectores, mi relación con el lenguaje hablado ha sido, desde pequeño, una fuente interminable tanto de retos como de oportunidades. Ha jugado un papel trascendental en muchos momentos de mi vida personal y profesional, mientras alimentaba mi curiosidad y motivación por escudriñar y entender la influencia del habla en nuestra vida. A continuación, describo qué es hablar, señalo los centros cerebrales encargados del lenguaje y repaso brevemente los polémicos orígenes del lenguaje humano y la diversidad de lenguas. También examino la función comunicativa o social del lenguaje, así como el papel de las reflexiones a solas o el lenguaje privado. Veamos pues lo que es hablar.