Prólogo

JULIO DE 1969

Laboratorio Nacional de Hawkins

Hawkins, Indiana

El hombre, que conducía un inmaculado automóvil negro por una carretera llana del estado de Indiana, redujo la velocidad al aproximarse a la puerta de una valla metálica con un letrero que rezaba: ZONA RESTRINGIDA. El guardia apostado allí miró un instante a través de la ventanilla, comprobó la matrícula del coche y le indicó por gestos que siguiera adelante.

Era evidente que en el laboratorio esperaban su llegada. Quizá incluso hubieran seguido las instrucciones y las especificaciones que les había enviado antes de partir sobre cómo debían preparar sus nuevos dominios.

Cuando llegó a la siguiente garita de guardia, bajó la ventanilla para entregar su identificación al soldado que realizaba las funciones de oficial de seguridad. Este examinó la autorización mientras evitaba mirar al hombre a los ojos. La gente acostumbraba a hacerlo.

Él, en cambio, dedicaba toda su atención a las personas que acababa de conocer, por lo menos al principio. Era una evaluación rauda como el rayo, en la que los catalogaba por completo: sexo, altura, peso, etnia. Y a partir de esos datos estimaba su inteligencia y, lo más importante de todo, su potencial. Casi todo el mundo resultaba menos interesante después de esa evaluación. Pero él nunca se rendía. Observar y valorar era una segunda naturaleza, un elemento crucial de su trabajo. Casi nunca encontraba a nadie con algo que le interesara, pero quienes lo tenían... En fin, por esas personas estaba allí.

El soldado fue fácil de juzgar: varón, metro setenta y poco, ochenta kilos, blanco, inteligencia media, potencial... alcanzado en el asiento de una garita, comprobando identificaciones con una pistola en la cadera que, seguramente, jamás había disparado.

—Bienvenido, señor Martin Brenner —dijo por fin el soldado alternando una mirada de ojos entornados entre el hombre y la tarjeta de plástico.

Era curioso que el carnet incluyera parte de la información que Brenner habría buscado si estuviera mirándose a sí mismo: varón, metro ochenta y cinco, ochenta y ocho kilos, blanco. Pero había otra parte que no figuraba en la tarjeta: coeficiente intelectual de genio, potencial... ilimitado.

—Nos avisaron de que vendría —añadió el soldado.

—Es «doctor Brenner» —lo corrigió él, pero en tono amable.

Aquellos ojos que seguían sin centrarse del todo en Brenner se entornaron aún más, pero se desviaron un instante al asiento trasero, donde la sujeto Ocho, de cinco años, dormía acurrucada contra la puerta. Tenía las manos cerradas en puños bajo su pequeño mentón. Brenner había decidido encargarse en persona de transportarla a las nuevas instalaciones.

—Sí, doctor Brenner —dijo el guardia—. ¿Quién es la niña?, ¿su hija?

El escepticismo del hombre se hizo patente. La piel de Ocho era de un intenso color marrón, en contraste con el tono pálido y lechoso de Brenner, quien podría haberle explicado al guardia que ese hecho no tenía la menor trascendencia. Pero no era asunto de aquel soldado, que, además, tampoco se equivocaba. Brenner no era padre de nadie. Figura paterna, en cambio, sí.

Pero hasta ahí llegaba.

—Seguro que ya están esperándome dentro. —Brenner volvió a estudiar al hombre. Un soldado que había vuelto a casa tras una guerra, una guerra que ya habían ganado. Al contrario que Vietnam. Al contrario que la silenciosa escalada bélica con los soviéticos. Ya se había desatado una guerra por el futuro, pero ese hombre no lo sabía. Brenner mantuvo su tono amistoso—. Yo no haría ninguna pregunta cuando lleguen los otros sujetos. Confidencialidad.

La mandíbula del guardia se tensó, pero no puso objeciones. Sus ojos se desviaron un instante hacia el inmenso complejo de varias plantas al que se dirigía Brenner.

—Sí, están esperándolo dentro. Aparque donde quiera.

Otra cosa que no hacía falta que dijera. Brenner pisó el acelerador.

La construcción y el mantenimiento general de aquellas instalaciones los pagaba una aburrida rama de la burocracia federal, pero su adecuación a las especificaciones de Brenner la financiaban unos departamentos gubernamentales más herméticos. Al fin y al cabo, si la investigación iba a ser de alto secreto, no podía publicitarse. La Agencia comprendía que la grandeza no siempre podía seguir los protocolos operativos habituales. Quizá los laboratorios rusos sí que estaban reconocidos por su gobierno, pero este se encontraba dispuesto a reprimir cualquier voz que se alzara en protesta. En algún lugar, en aquel mismo momento, los científicos de los comunistas estaban llevando a cabo el mismo tipo de experimentos para los que se había construido aquel complejo marrón de cinco plantas con niveles subterráneos. Brenner recordaba este hecho a sus patronos siempre que lo olvidaban, o cuando hacían demasiadas preguntas. Su trabajo seguía siendo de máxima prioridad.

Ocho siguió durmiendo mientras Brenner salía del coche y daba la vuelta hasta la portezuela trasera. La abrió despacio y luego sostuvo la espalda de la niña para que no cayera al suelo del aparcamiento. La había sedado para el viaje, por seguridad. Era un recurso demasiado valioso para confiárselo a otros. Hasta la fecha, las capacidades de los demás sujetos habían resultado... decepcionantes.

—Ocho. —Se acuclilló junto al asiento y le sacudió levemente el hombro.

La niña movió la cabeza pero no abrió los ojos.

—Kali —musitó.

Era su verdadero nombre, que la chiquilla se empecinaba en utilizar. Por lo general, Brenner no se lo permitía, pero aquel era un día especial.

—Kali, despierta —dijo—. Estás en casa.

La niña parpadeó y en sus ojos se iluminó una chispa. Lo había malinterpretado.

—En tu nueva casa —añadió Brenner.

La chispa se apagó.

—Te gustará estar aquí. —La ayudó a incorporarse y la colocó mirando hacia fuera. Extendió la mano—. Ahora papá necesita que entres ahí como una chica mayor, y luego podrás volver a dormirte.

Por fin, la niña extendió el brazo y le cogió la mano.

Mientras caminaban hacia la puerta principal, Brenner compuso la sonrisa más agradable de su arsenal. Esperaba que lo recibiera el administrador en funciones, pero en vez de eso encontró que lo esperaba una larga hilera de hombres y una mujer, todos con batas de laboratorio. Supuso que debían de ser los empleados profesionales de su grupo y todos ellos irradiaban un nerviosismo que rayaba en la náusea.

Un hombre moreno con líneas de expresión en la cara —demasiado tiempo al aire libre— dio un paso adelante y le tendió la mano. Miró a Ocho y luego otra vez al doctor Brenner. Tenía manchadas las gafas con montura.

—Doctor Brenner, soy el doctor Richard Moses, investigador principal en funciones. Estamos muy emocionados de tener aquí a alguien de su categoría. Queríamos que conociera a todo el equipo cuanto antes. Y esta debe de ser...

—Soy Kali —dijo la niña con adormilado esfuerzo.

—Una jovencita muy somnolienta a quien le gustaría ver su nueva habitación. —El doctor Brenner evitó estrechar la mano extendida del hombre—. Si no recuerdo mal, solicité una que estuviera apartada. Y luego me gustaría conocer a los sujetos a quienes han reclutado.

Brenner localizó las puertas de apariencia más sólida y segura que salían del vestíbulo y echó a andar hacia ellas con Ocho cogida de la mano. El silencio lo siguió durante un largo momento. Su sonrisa se volvió casi real antes de desaparecer.

El doctor Moses y sus gafas manchadas corretearon tras él hasta alcanzarlo, seguidos del resto del apurado y ruidoso equipo. Moses lo adelantó casi a la carrera para pulsar un intercomunicador y pronunciar su apellido.

Se alzó un inquieto rumor de conversación entre el resto de los doctores y técnicos de laboratorio que iban tras ellos.

—Los sujetos aún no están preparados, por supuesto —dijo el doctor Moses mientras se abría la puerta doble. No dejaba de mirar a Kali, que estaba cada vez más despierta y observaba su entorno. No había tiempo que perder antes de instalarla.

Había dos soldados armados en posición de firmes justo al otro lado de las puertas, lo cual era un indicador optimista de que, por lo menos, la seguridad no estaba por debajo de lo esperado. Estos comprobaron el distintivo del doctor Moses, que les indicó mediante un gesto que no debían hacer lo mismo con el doctor Brenner.

—Aún no tiene su identificación —les explicó.

Los hombres hicieron ademán de desafiar al doctor Moses, lo que elevó otro poco el nivel de aprobación de Brenner.

—La tendré la próxima vez que pase por aquí —aseguró—. Y les entregaremos copias de los papeles de la sujeto. —Hizo un discreto gesto con la cabeza en dirección a Ocho.

Uno de los soldados inclinó la cabeza y todo el grupo pasó entre ellos.

—Especifiqué que deseaba conocer a los nuevos sujetos en cuanto llegara —dijo el doctor Brenner—. En consecuencia, no debería sorprenderlos mi petición.

—Creíamos que solo querría observarlos —repuso el doctor Moses—. ¿Quiere que establezcamos algunos parámetros? ¿Que los preparemos para su visita? Podría afectar al trabajo que estamos haciendo con ellos. Algunos se vuelven paranoicos con las drogas psicodélicas.

El doctor Brenner levantó la mano que tenía libre.

—No. Si lo hubiera querido así, lo habría dicho en su momento. A ver, ¿adónde vamos?

Del techo del largo pasillo pendían unas lámparas que emitían el pálido brillo que solía iluminar los descubrimientos científicos en aquel mundo sombrío. Por primera vez esa mañana, el doctor Brenner sintió que podía convertir aquel sitio en su hogar.

—Por aquí —dijo el doctor Moses. Buscó a la única mujer del rebaño que formaba el personal profesional y se dirigió a ella—: Doctora Parks, ¿puede encargar a un celador que traiga comida a la niña?

Sus labios se tensaron al ver que la enviaban a hacer el equivalente a un trabajo de mujeres, pero asintió con la cabeza.

Para alivio del doctor Brenner, Ocho se quedó callada y no tardaron en llegar a una habitación pequeña con unas literas de tamaño infantil y una pequeña mesa de dibujo. Brenner había encargado las literas para convencer a Ocho de que estaba buscándole unos compañeros adecuados.

La niña se fijó en ella al instante.

—¿La otra cama es para una amiga?

—Tarde o temprano lo será, sí —respondió él—. Ahora van a traerte comida. ¿Puedes esperar aquí tú sola?

Ocho asintió. La energía que le había dado la emoción de llegar estaba remitiendo ante la fuerte dosis de sedante que Brenner le había administrado y se dejó caer en el borde de la cama.

El doctor Brenner se volvió para marcharse y chocó con un celador y la única profesional femenina del grupo. El doctor Moses enarcó las cejas.

—¿Estará bien ella sola? —preguntó.

—Por ahora —dijo el doctor Brenner. Miró al celador—: Sé que parece una niña normal y corriente, pero cíñase a sus protocolos de seguridad. Podría sorprenderlo.

El celador se removió, inquieto, pero no abrió la boca.

—Lléveme a la primera habitación —ordenó el doctor Brenner—. Los demás pueden ir a esperar con sus sujetos, pero no hace falta que los preparen.

El resto del equipo esperó a que el doctor Moses confirmara la orden y el hombre hizo un sufrido encogimiento de hombros.

—Lo que diga el doctor Brenner.

Se dispersaron. Iban aprendiendo.

La primera habitación albergaba a un sujeto no apto para el reclutamiento por su pie zambo. Tenía la mirada exhausta permanente de alguien que había escogido como método de escapismo la marihuana. Del montón, en todos los aspectos.

—¿Necesita que administremos la dosis al próximo paciente? —preguntó el doctor Moses. Saltaba a la vista que no comprendía los métodos del doctor Brenner.

—Cuando necesite alguna cosa ya le informaré de ello.

El doctor Moses asintió y fueron entrando en otras cinco habitaciones. Era tal y como Brenner había esperado. Dos mujeres, ninguna excepcional en modo alguno, y otros tres hombres, mediocres del todo. Salvo quizá en su carencia absoluta de brillo.

—Reúnan a todo el mundo en una sala para que podamos hablar —dijo después el doctor Brenner.

Lo dejaron esperando en una sala de conferencias, tras una última mirada inquieta del doctor Moses. Al poco tiempo llegó el mismo grupo de antes, que se sentó en torno a la mesa. Dos hombres trataron de entablar conversación para fingir que ninguno de los acontecimientos de aquella mañana se salía de lo normal. El doctor Moses los hizo callar.

—Ya estamos todos —dijo.

El doctor Brenner examinó con más detenimiento a sus empleados. Habría que trabajar en ellos, pero su silenciosa atención mostraba cierto potencial. El miedo y la autoridad iban siempre cogidos de la mano.

—Pueden dejar marchar a todos los sujetos de pruebas a los que he visto esta mañana. Páguenles lo que se les prometiera en su momento y asegúrense de que tienen presentes sus acuerdos de confidencialidad.

La sala absorbió la orden. Uno de los hombres que habían tratado de conversar a su llegada levantó la mano.

—¿Doctor?

—¿Sí?

—Me llamo Chad y soy nuevo, pero... ¿por qué? ¿Cómo vamos a hacer ahora nuestros experimentos?

—La pregunta de «por qué» siempre es una de las que hacen avanzar la ciencia —respondió el doctor Brenner. Chad el novato asintió, y Brenner añadió—: Aunque debería tener cuidado a la hora de formularla a sus superiores. Aun así, le diré por qué. Es importante que todos comprendamos lo que pretendemos hacer aquí. ¿Alguien quiere hacer alguna conjetura?

La forma en que había tratado a Chad los mantuvo callados. Por un momento, Brenner creyó que quizá la mujer iba a decir algo, pero al final se limitó a juntar las manos encima de la mesa.

—Bien —dijo él—. No me gustan las conjeturas. Aquí pretendemos hacer progresar los límites de la capacidad humana. No me interesan los Mus musculus corrientes de nuestra especie. Ninguno de ellos va a proporcionarnos unos resultados extraordinarios. —Paseó la mirada por la sala. Todos estaban concentrados en sus palabras—. Seguro que todos han oído hablar de fracasos en otros centros, y su propia ausencia de resultados es lo que me ha traído hasta aquí. Se han producido fallos vergonzosos, y muchos de ellos proceden de la ausencia de sujetos adecuados. Quienquiera que pensase que los presos y los internos en psiquiátricos iban a revelarnos algo sobre lo que buscamos estaba engañándose a sí mismo. Sucede igual con los desertores y los fumetas. Voy a hacer que trasladen aquí a unos cuantos pacientes jóvenes más para un programa relacionado, pero querría disponer de una cierta gama de edades. Existen muchos motivos para creer que una combinación de sustancias químicas psicodélicas con los incentivos correctos pueden liberar los secretos que buscamos. Piensen solo en la ventaja que obtendríamos en términos de inteligencia militar si pudiéramos convencer a nuestros enemigos de que hablen, si lográramos volverlos sugestionables y ejercer control sobre ellos... Pero será imposible lograr los resultados deseados sin las personas correctas, y punto. Manipular una mente débil es sencillo. Necesitamos a sujetos que muestren potencial.

—Pero... ¿de dónde vamos a sacarlos? —preguntó Chad.

Brenner tomó nota mental de despedir a ese hombre al final de la jornada. Se inclinó hacia delante.

—Estableceré un nuevo protocolo para filtrar a los candidatos e identificar a los mejores que nos ofrezcan nuestras universidades asociadas, y luego seleccionaré en persona a los sujetos que vayamos a emplear de ahora en adelante. Pronto empezará su auténtico trabajo aquí.

Nadie puso objeciones. En efecto, iban aprendiendo.

1. Solo una prueba

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Solo una prueba

JULIO DE 1969

Bloomington, Indiana

1

Terry abrió la mosquitera e hizo una mueca al notar la fragante humareda que había dentro de la casa. Su uniforme de camarera, de color rosa oscuro y delantal blanco, tardaría bien poco en reemplazar el olor de las grasientas salpicaduras y las manchas de café del restaurante por el de la hierba. Añadió hacer la colada a su lista de tareas para el día siguiente. Por lo menos, en la temporada estival había menos trabajos de la universidad que hacer en casa.

—¡Por fin llegas, nena!

Andrew la saludó con la mano mientras le pasaba un porro a la persona que tenía al lado. Su recibimiento entusiasta le valió una sonrisa de Terry. Le había crecido el pelo castaño, que llevaba desgreñado, y le envolvía la mandíbula por ambos lados como unos paréntesis. A ella le gustaba. Le daba un aspecto un poco peligroso.

—¿Me he perdido algo bueno? —preguntó Terry, colándose entre el gentío y recibiendo saludos de sus conocidos.

Su hermana, Becky, estaba sentada en la butaca reclinable, pegada al televisor en blanco y negro de diecinueve pulgadas que Dave, el amigo de Andrew, había recibido como regalo de su padre cuando este se compró un nuevo aparato a color para ver aquel momento tan trascendental. El Apolo 11 había alunizado esa misma tarde.

—¿Estás de coña? —gritó Dave. También había música sonando: de un tocadiscos emanaba Bad Moon Rising, de Creedence Clearwater Revival, que se entremezclaba con la emocionada verborrea de Walter Cronkite en el televisor—. ¡Te lo has perdido todo! ¡Nuestros hombres ya llevan horas en la Luna! ¿Dónde estabas?

—Trabajando —dijo Andrew, y tiró de Terry para sentarla en su regazo. Le alisó el pelo rubio oscuro y le dio un beso en la mejilla—. Siempre está trabajando.

—A algunos, nuestros padres no nos pasan dinero para el alquiler —replicó ella.

Ese era el caso tanto de Andrew como de Dave, motivo por el que tenían una casa tan apañada en vez de una habitación en una residencia de estudiantes.

Becky cruzó la mirada con ella en señal de acuerdo antes de devolver su atención al televisor.

Terry rozó con los labios el cuello de Andrew, que dio un murmullo de aprobación.

Stacey, la compañera de cuarto de Terry, llegó tambaleándose, sin duda con unas cuantas cervezas y porros de más. Su pelo negro rizado estaba recogido en una endeble coleta y llevaba la camisa por fuera con las axilas empapadas de sudor. Había tenido el día libre y, desde luego, lo había disfrutado.

—Hay que ponerte menos sobria —dijo Stacey, clavando un dedo a Terry en el pecho.

—Tiene toda la razón. —Dave hizo ademán de devolver el porro.

Pero Stacey lo interceptó y le dio una larga calada.

—Traedle una cerveza. Terry no fuma.

Antes de que Dave pudiera protestar, Andrew dijo:

—La pone paranoica.

Eso era casi cierto. El primer colocón de Terry había sido la mismísima definición de desagradable. Todos los demás decían que habían sido alucinaciones, pero ella seguía creyendo que había visto un fantasma... o algo parecido.

Sin embargo, no le hacía ninguna gracia que otras personas decidieran por ella.

—Es una ocasión especial, con lo de la Luna y tal. —Extendió el brazo y cogió el porro de entre los dedos de Stacey, le dio una breve calada, consiguió no toser y se lo devolvió—. Ya voy yo a por la cerveza.

Se levantó de un salto y fue a la cocina. En medio del suelo había un baúl para juguetes en el que cada vez quedaban menos hielo y cerveza. Terry sacó una lata de Schlitz y se la frotó contra la mejilla mientras regresaba a la sala de estar. El calor del verano se acrecentaba con todos aquellos cuerpos apelotonados en la casa y poco podía hacer el aparato de aire acondicionado para atenuarlo.

Cuando volvió al sofá, Stacey estaba contando una historia.

Terry volvió a sentarse en el regazo de Andrew para escucharla.

Stacey siguió gesticulando.

—Total, que el empollón de laboratorio me dio quince pavos...

—¿Quince dólares? —La cifra se granjeó toda la atención de Terry—. ¿Por hacer qué?

—El experimento psicológico ese al que me apunté —dijo Stacey mientras se sentaba en el suelo de cara a Terry—. Lo sé, parecía guay, pero luego... —Calló y se estremeció.

—Luego, ¿qué?

Terry se inclinó hacia delante, abrió por fin su lata de cerveza y le dio un sorbo. Andrew le envolvió la cintura con los brazos para que no se cayera.

—Ahora es cuando la cosa se pone rara —dijo Stacey. Echó la mano hacia atrás para alisarse la coleta y, sin querer, terminó de deshacerla. A la luz intermitente del televisor en blanco y negro, su rostro pareció repentinamente turbado mientras seguía hablando, con los rizos apelmazados formando bultos aquí y allá—. Me llevó a una sala oscura donde había una camilla y me hizo tumbarme en ella.

—Oh, oh, creo que ya sé para qué eran los quince pavos —intervino Dave.

Tanto Stacey como Terry le clavaron la mirada, pero Andrew rio. Los chicos, actuando como chicos, se lo tomaron como un comentario descacharrante.

—Sigue —pidió Terry, poniendo los ojos en blanco—. ¿Qué pasó?

—Me tomó las constantes vitales y el pulso, me auscultó y se lo apuntó todo en un cuaderno enorme que tenía. Y entonces... —Stacey negó con la cabeza—. Os va a sonar a locura, pero me puso una inyección y me dio una pastilla de algo que se me disolvió bajo la lengua. Al cabo de un rato, se puso a hacerme un montón de preguntas raras.

—¿Qué clase de preguntas? —Terry estaba fascinada. ¿Por qué iba alguien a dar quince dólares a Stacey a cambio de aquello? ¿Y nada menos que en un laboratorio?

—No me acuerdo. Las contesté, pero lo tengo todo borroso. Supongo que por lo que me dio. Fue como colocarme de golpe con la peor remesa de ácido de la historia. Luego... no me sentí nada bien.

—¿Eso fue el viernes? —preguntó Terry—. ¿Por qué no habías dicho nada hasta ahora?

Stacey volvió la cabeza un momento para mirar a Walter Cronkite, pero enseguida prestó de nuevo atención a Terry.

—Me costó un par de días empezar a entenderlo, supongo. —Se encogió de hombros—. No pienso volver.

—Un momento. —Andrew puso la cabeza junto a la de Terry y se apoyó en su hombro—. ¿Querían que volvieras?

—Son quince pavos por sesión —respondió ella—. Y aun así, no merece la pena.

—¿Para qué te dijeron que era? —preguntó Terry.

—No me contaron nada —dijo Stacey—. Y ahora, nunca lo sabré.

Andrew irradiaba incredulidad.

—Ya voy yo. Por esa pasta no me importa tomarme un tripi chungo. ¡Con eso pagaríamos un mes de alquiler! Suena fácil.

Stacey le hizo una mueca.

—El alquiler ya te lo pagan tus padres, y además, solo buscan mujeres.

—Ya te he dicho para qué eran los quince dólares —dijo Dave.

Stacey cogió un cojín del suelo y se lo arrojó. Dave lo esquivó.

—Lo haré yo —dijo Terry.

—Oh, oh —replicó Andrew—. La «chica con más probabilidades de cambiar el mundo» se presenta al servicio.

—Es solo curiosidad —replicó Terry, y le torció el gesto—. No lo hago por eso.

El pie de foto de aquel anuario del instituto la perseguiría de por vida, al igual que su necesidad de hacer siempre un millón de preguntas sobre cualquier cosa. Su padre le había enseñado a prestar atención siempre y Terry no quería dejar pasar ninguna oportunidad de hacer algo importante. Ya estaba bastante frustrada por vivir tan lejos de San Francisco o Berkeley, donde estaban produciéndose los mayores movimientos sísmicos culturales, donde cuestionar la política gubernamental sobre la guerra era un acto cotidiano y no algo por lo que la mitad de tus vecinos siguieran mirándote raro aunque, en privado, estuvieran de acuerdo contigo.

¿Y qué pasaba si ninguna de sus preguntas había tenido jamás ningún resultado? Quizá esa vez fuese distinto. Y, además, se sacaría quince dólares. Con una paga de ese calibre, Becky no podría oponerse.

—¿Cómo? —Stacey parpadeó.

Terry terminó de decidirse del todo.

—Iré yo en tu lugar y haré el experimento. Eso, si de verdad no quieres volver.

—De verdad que no —dijo Stacey, y se encogió de hombros—. Pero si crees que la hierba te vuelve paranoica...

—Me da igual. El dinero nos vendrá bien. Por eso lo hago.

¿Qué más daba que fuese mentira? Becky asintió en señal de aprobación, como Terry sabía que haría.

Y entonces Dave gritó:

—¡Callaos todos! ¡Apagad la música! ¡Está pasando algo!

Andrew le habló a Terry al oído mientras la música cesaba.

—¿Seguro que quieres ir a ver a ese empollón de laboratorio? Ya sé que te gusta conocer las respuestas de todo, pero...

—Lo que pasa es que tienes mucha envidia por no poder ir tú —dijo ella, llevándose la cerveza a los labios para darle otro sorbo a aquel líquido con sabor a polvo y combustible.

—Cierto, nena, cierto —aceptó él.

Subieron el volumen del televisor y todos miraron mientras Neil Armstrong salía del módulo lunar y descendía por la escalerilla con pasos lentos y vacilantes.

Dave miró un momento hacia atrás.

—Podemos llevar a un hombre a la Luna, pero aún no se les ha ocurrido la forma de salir de Vietnam.

—Exacto —dijo Andrew.

Hubo gruñidos de aprobación a lo largo y ancho de la sala hasta que Dave hizo callar a todo el mundo, a pesar de que él mismo había sido el primero en abrir la boca.

Tras una pausa en la pantalla, Armstrong dijo:

«De acuerdo, voy a bajar del módulo.»

Todos contuvieron el aliento. La sala quedó tan en silencio como en teoría lo estaba el espacio, con una ausencia total de sonido. Pero en esa ausencia había una esperanza cargada de nervios.

Y entonces lo hizo. El astronauta, ataviado con un grueso traje diseñado para protegerlo de la atmósfera y los extraños gérmenes que pudiera encontrar en otro mundo, posó el pie en la árida y hermosa superficie lunar. Armstrong habló de nuevo:

«Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad.»

Dave se puso a dar saltos y la sala entera empezó a vitorear. Andrew hizo girar a Terry en el aire dando círculos, durante un momento que fue un fulgor de celebración y maravilla. Walter Cronkite estaba al borde de las lágrimas, al igual que Terry. Le picaban los ojos.

Se tranquilizaron y vieron cómo los astronautas clavaban una bandera estadounidense y luego saltaban adelante y atrás en un cuerpo celestial que pendía del cielo fuera del edificio, llevados hasta allá por una máquina asombrosa que había construido la humanidad. Habían cruzado el cielo volando. Habían sobrevivido y ahora estaban caminando por la Luna.

¡Qué espectáculo para presenciar en vida! ¿Qué cosa no sería posible, después de aquello?

Terry se tomó otra cerveza e imaginó cómo sería conocer al empollón de laboratorio de Stacey.

2

Terry no había entrado nunca en el edificio de psicología para ninguna clase. Lo encontró escondido en una esquina, al fondo del campus. Sus tres pisos estaban a la sombra de los árboles, cuyas ramas se reflejaban en las ventanas. Las copas se mecían bajo un cielo encapotado que prometía lluvia.

Había un reluciente Mercedes-Benz y dos grandes furgonetas negras sin ventanillas estacionadas en la acera junto al edificio, a pesar de que quedaba muchísimo espacio libre en el aparcamiento porque había menos alumnos en el campus durante el verano.

«Son como furgonetas para cometer asesinatos —pensó Terry—. Qué ironía. Quizá por fin estoy a punto de descubrir algo.»

A la luz del día, la idea de que en aquel lugar pudiera estar realizándose algún experimento importante le había resultado... improbable. Pero allí estaba de todos modos. Cuando preguntó a Stacey qué necesitaría saber, ella le había dicho que podía presentarse sin más en la sala de arriba. Después se había despedido de Terry con una frase reconfortante: «Que no te siente muy mal el ponche de ácido lisérgico».

Terry tiró de la puerta de cristal para abrirla y encontró esperando dentro a una mujer con bata de laboratorio y una tablilla sujetapapeles en la mano. Tenía el pelo castaño rizado, la frente alta y un aire de eficiencia.

—Hoy el edificio está cerrado —dijo la mujer—, a menos que esté usted en la lista.

¿Sería una doctora o una estudiante de posgrado? Terry nunca había conocido a ninguna doctora, pero sabía que existían.

—¿La lista? —preguntó Terry.

Otra persona llegó por detrás a toda prisa, topó con ella y estuvo a punto de tirarla al suelo. Terry se enderezó y miró hacia atrás para encontrarse con una chica vestida con un mono bastante mugriento, que sonrió al ver que Terry la miraba de arriba abajo.

—Perdona —dijo la chica, encogiéndose de hombros—. Creía que llegaba tarde.

—No pasa nada.

Terry no pudo evitar devolverle la sonrisa. Puestas una al lado de la otra, las dos mujeres no podían ser más diferentes. Terry iba arreglada, con falda y blusa, y la noche anterior se había rizado el cabello con tiras de tela para que le cayera un poco ondulado. La chica del mono tenía grasa bajo las uñas, un pelo que como mucho podría describirse como peinado y pecas por todas las mejillas. Iba vestida un poco a lo chico. Unos años antes, ni siquiera le habrían permitido entrar en el campus con pantalones.

—Díganme sus nombres —pidió la mujer de la tablilla—. Tengo que comprobar que estábamos esperándolas.

—Alice Johnson —dijo la chica, colándose por delante de Terry—. No estudio aquí. Soy de la ciudad.

La mujer asintió.

—La tengo en la lista.

Fue una sorpresa. Desde luego, Terry no figuraba en aquella lista. Y, que ella supiera, Stacey tampoco.

Pero la mujer y Alice se quedaron mirando a Terry y, de pronto, había llegado el momento de demostrar que tenía un motivo para estar allí.

—¿Y usted? —preguntó la mujer.

—Stacey Sullivan —mintió Terry, que empezó a preguntarse si se habría equivocado de sitio.

La mujer bajó la mirada hacia su lista y luego volvió a alzarla. El pulso de Terry se aceleró.

—Ah, aquí está —dijo la mujer, e hizo una anotación rápida—. Perfecto. Ya había estado antes en este edificio, ¿verdad? Suban al segundo piso y preséntense a mis compañeros.

—¿Qué es todo esto? —Terry vaciló—. Eh... No recuerdo que fuera así la última vez.

—Tenemos un nuevo proceso de reclutamiento —respondió la mujer—. Se lo aclararán todo arriba.

Mientras se adentraban en el edificio, Alice le dijo a Terry:

—Me alegro, porque es la primera vez que vengo.

Terry tuvo que contenerse para no preguntarle a Alice si sabía algo más sobre lo que estaba ocurriendo. Lo consiguió, pero a duras penas. Se detuvo junto a la puerta que daba a la escalera.

—¿Quieres que subamos andando? Los ascensores de estos edificios viejos pueden ser muy lentos.

—¡No! —exclamó Alice, rechazando la sugerencia—. Me encanta subir en ascensores.

—Ah, vale —dijo Terry. Porque ¿qué otra cosa iba a decir?

Alice se relajó y sonrió. Recorrieron la poca distancia que las separaba de los ascensores y esperaron hasta que llegó uno y sus puertas se abrieron despacio, centímetro a centímetro.

—Vaya, sí que es viejo —dijo Alice con tono admirado y emocionado, mientras pasaba la mano por un borde de metal y entraba.

Terry no señaló que la avanzada edad de un ascensor solía hacer que la mayoría de la gente estuviera menos entusiasmada por subir en él. Alice era una tía rara. No era de extrañar que se hubiera presentado a un experimento psicológico. Aun así, a Terry le había caído bien.

—¿Dices que eres de la ciudad? —preguntó Terry—. Yo crecí como a una hora de aquí, en Larrabee.

—Vengo de una familia de mineros —dijo Alice—. Trabajo en el taller de mi tío. Está especializado en maquinaria pesada.

—Ojalá yo fuese mecánica —replicó Terry.

Alice se encogió de hombros.

—Todos somos mecánicos. El cuerpo es solo otro tipo de máquina.

«Pues es verdad.»

—Entonces ¿aquí dentro no hay un corazoncito? —preguntó Terry, bromeando un poco.

—Pues claro. El corazón es la bomba que nos mantiene en marcha —dijo Alice.

Las puertas empezaron a abrirse en el segundo piso y se lo tomaron con tanta parsimonia como habían hecho abajo. Alice se quedó quieta.

—Podría arreglarlo si tuviera las piezas adecuadas, ¿sabes? No está roto, solo un poco desgastado desde su esplendor original.

Eso enseñaría a Terry a juzgar a las personas por la grasa de sus monos. El esplendor original de un ascensor de universidad.

—Esperemos que no nos hayan traído para eso —dijo.

Alice le dedicó una sonrisa.

—Esperemos.

—¿Y dices que no habías venido aquí nunca? —preguntó Terry de sopetón.

—No —dijo Alice—. Mi tío vio un anuncio en el periódico la semana pasada, diciendo que buscaban a mujeres de edad universitaria con habilidades excepcionales. Respondí y me llegó una carta pidiéndome que me presentara aquí.

La mujer había dicho que tenían un nuevo proceso de reclutamiento. ¿Cómo iba a conseguir entrar Terry? ¿Qué se consideraba una «habilidad excepcional»?

Salieron del ascensor después de que Alice le diera una última palmadita amable y llegaron a un pasillo insulso, repleto de puertas y folletos que anunciaban experimentos. Solo había una puerta abierta, por lo que Terry supuso que sería a la que debían dirigirse. El hueco era lo bastante grande para que pasaran ambas a la vez, lo cual fue una suerte porque Alice se negó a entrar delante o detrás de Terry. Como todas las rarezas que había visto en ella hasta el momento, le pareció encantadora.

En la sala esperaba otra persona con bata de laboratorio, en ese caso un hombre con pelo de presentador de noticiario y gafas de montura gruesa. Entregó a cada una un taco de papeles y un bolígrafo.

—Autorizaciones —dijo—. Rellenadlas y esperad a que os llamemos.

«Eres todo cortesía, colega.»

El hombre les indicó una parte de la sala que habían convertido en zona de espera poniendo unas sillas. Allí estaban otras seis mujeres de edad universitaria —aunque, a juzgar por la presencia de Alice, no tenían por qué ser todas alumnas— y un hombre de aproximadamente su misma edad, con el pelo castaño largo, barba a lo Jesucristo y pantalones de campana. Terry y Alice tuvieron que separarse porque las dos únicas sillas libres estaban una enfrente de otra.

Alice se sentó al lado de una joven negra que leía un enorme libro de texto y, si Terry parecía desaliñada en comparación, no digamos ya Alice. Llevaba un impecable traje púrpura, modesto pero a la última moda.

—¿Tú también eres de aquí? —le preguntó Alice.

El pelo rizado de la mujer acentuaba una cara pensativa y hermosa, que volvió hacia Alice.

—Crecí aquí —respondió—. Me llamo Gloria Flowers.

—¿De los...? —empezó a preguntar Alice.

—Sí —dijo Gloria—, de esos Flowers.

Alice puso los ojos como platos y lanzó un susurro teatral en dirección a Terry:

—Su familia tiene una tienda enorme y una floristería, Flores Flowers.

—Estoy sentada justo a tu lado —dijo Gloria, y añadió—: Y es Flores y Regalos Flowers.

—¿Tú también viste el anuncio en el periódico? —preguntó Alice.

—No —respondió Gloria—. Yo estudio aquí. Biología.

—No lo preguntaba con ánimo de ofender —dijo Alice, sonrojándose—. En serio. A veces hablo sin pensar.

—Deberías haber oído cómo elogiaba el ascensor —dijo Terry.

Alice le lanzó una mirada agradecida.

Terry se inclinó hacia delante y tendió la mano a Gloria, que titubeó un segundo antes de estrechársela, mientras sostenía el libro de texto contra su pecho. Algo cayó de dentro del libro al suelo. Un tebeo.

Los ojos de Gloria se ensancharon, avergonzados.

Terry se agachó para recogerlo. La portada de vivos colores rezaba: La Patrulla-X.

—A mí me gustaba mucho Betty y Verónica, de Archie Comics —dijo, devolviéndole el ejemplar.

—Este es distinto —repuso Gloria con una sonrisa.

—Mola —dijo Terry—. Me alegro de conocer a otra alumna... —Vaciló al caer en la cuenta de que no podía decirle su verdadero nombre. Todavía no.

—Supongo que entonces yo soy basura —dijo Alice—. Comportaos como si no estuviera.

El hombre de la barba ladeó la cabeza e hizo un gesto con la barbilla en dirección a Alice.

—Tú eres la más lista de aquí —afirmó con aplomo—. Me llamo Ken.

—Creía que solo buscaban chicas —dijo Alice, a quien por lo visto no le gustaban mucho los halagos.

—Tengo poderes psíquicos —respondió él, casi susurrando.

—¿Ah, sí? —preguntó Terry.

Ken se reclinó.

—Claro que los tengo. Por eso he sabido que debía venir.

—Claro que los tiene —repitió Alice, y Terry no tuvo la menor idea de si lo decía en serio o en broma.

Las mujeres que había sentadas a ambos lados estaban intentando a todas luces no mostrarse horrorizadas por todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Terry descubrió que se lo estaba pasando en grande y, tras cruzar la mirada con Alice, con el supuesto vidente Ken y luego con Gloria, tuvo la impresión de que ellos también.

Un hombre vestido con bata de laboratorio abrió una puerta al fondo de la sala.

—Gloria Flowers —dijo.

Gloria volvió a esconder su tebeo en el libro de texto, les guiñó un ojo, se levantó y siguió al hombre por un pasillo.

A Terry le habían caído muy bien los tres.

Solo quedaban dos personas en la zona de espera, Terry y Ken, y habían transcurrido horas.

Los formularios de autorización eran densos y estaban tan repletos de jerigonza legal que a Terry le cosquilleaba el estómago al leerlos. Había acertado en que aquel experimento era importante. Los documentos no los había emitido la universidad, sino el gobierno de Estados Unidos. Un departamento llamado Oficina de Inteligencia Científica. Afirmaban que revelar cualquier actividad en la que se participase podía conllevar sanciones graves, que incluso podían llegar a penas de cárcel. Lo cual implicaba que iban a ocurrir cosas que debían mantenerse en secreto.

El padre de Terry y Becky había combatido en la Segunda Guerra Mundial y allí había visto cosas terribles. Nunca hablaba de ellas delante de las chicas, pero una noche Terry lo había oído despertar con un grito y había salido de su cuarto para ver qué pasaba. Al final, se había quedado acuclillada en camisón tras la puerta del dormitorio de sus padres, escuchando a escondidas. Su padre le había hablado a su madre de un campo de prisioneros del que habían ayudado a sacar a gente, hacia el final del conflicto.

—Eran de los suyos, estaban apiñados como sardinas en lata, flacos como palos... y eso, los que aún seguían vivos.

Tenía sueños, decía, en los que trabajaba en el campamento y no hacía nada para impedir lo que sucedía allí.

—Tú no serías capaz de hacer nada parecido —había respondido la madre de Terry, intentando apaciguarlo—. No eres así.

—Quiero pensar que no —había dicho él—, pero seguro que muchos hombres que trabajaban allí debieron de pensar lo mismo antes de la guerra. Y sus esposas también. Podría suceder aquí. Eso es lo que hace que me despierte.

—No podría pasar aquí —había replicado su madre.

—Me gusta que pienses eso, cariño.

—No sé si podría soportar la vida pensando de otra manera. No llego ni siquiera a entender lo duro que tiene que ser para ti, Bill.

En aquel momento, Terry sintió un amor inmenso por ellos. Por su padre, que había presenciado unos horrores tan inmensos que se cuestionaba incluso a sí mismo. Y por su madre, que creía en él cuando dudaba. Su padre veía siempre las noticias, todas las noches, y les explicaba lo importante que era involucrarse. El tremendo don que era el derecho a votar. Que siempre debían permanecer alerta, pues nunca se sabía cuándo le llegaría a uno el turno de garantizar que se preservase la libertad.

Terry se había tomado muy en serio esas lecciones; demasiado, a juicio de Becky y de su madre. Pero su padre estaba orgulloso de ella.

Y, por tanto, allí estaba, hecha un manojo de emoción y nervios, tensa como un muelle por dentro, mientras seguía leyendo. Vaciló un momento cuando llegó al final.

Entonces firmó con su nombre verdadero. Stacey no quería saber nada más de aquello, así que Terry tendría que seguir adelante con su auténtica identidad. De algún modo.

—¿Stacey Sullivan? —llamó el hombre desde la puerta.

Después de esa última vez haciéndose pasar por su amiga, al menos.

Ken la miró.

—¿Esa eres tú?

Era interesante que lo formulara como pregunta.

—Eh... sí —dijo Terry, y se levantó de un salto.

En ese momento reparó en que el hombre que la había llamado no era el mismo de antes. Era delgado y guapo, con una mata de cabello castaño bien peinado y una cara casi sin arrugas. Pero cuando el hombre centró su atención en ella, Terry sintió que la temperatura le descendía varios grados.

El hombre sonrió, arrugando las comisuras de los ojos.

—¿Señorita Sullivan?

«Es solo que estás nerviosa.»

Terry avanzó deprisa hacia él y estuvo a punto de tirar los papeles de autorización, porque, al fin y al cabo, era ella. Se colocó bien el bolso sobre el hombro y apretó los papeles contra el pecho.

—Presente.

Él le indicó con un gesto que le siguiera por el pasillo.

—Estamos al final, en la última puerta a la derecha.

La puerta abierta daba a una sala grande y desordenada. Nada más entrar había una mesa de exploración. Terry se quedó junto a ella mientras contemplaba el resto de la estancia. Había cosas que sin duda se había dejado el departamento de psicología: dos camillas, carteles con diagramas y un extraño material médico con alambres y tubos. Mesas y montones de cuadernos. En un rincón, tirado de cualquier manera, un microscopio que parecía que nadie hubiera usado nunca. Vio un modelo de un cerebro, dividido en partes de color rosa claro que podían separarse y juntarse.

—Siéntese —dijo el hombre, señalando la mesa de exploración. Su tono denotaba autoridad, como si estuviera acostumbrado a dar órdenes.

Terry dudó un momento antes de sentarse en el borde de la mesa. Sus pies quedaron colgando en el aire, como un recordatorio de que no pisaba terreno sólido.

El hombre se quedó de pie, mirándola. Por fin, cuando el silencio empezaba a volverse incómodo, le preguntó:

—¿Quién es usted? —Y antes de que Terry decidiera cómo responder, el hombre añadió—: Sé que no es Stacey Sullivan.

«Mierda.» Sí que la habían pillado deprisa.

—¿Cómo lo sabe? —La pregunta se le escapó antes de poder morderse la lengua.

—Según las notas del empleado de la universidad que nos proporcionó su nombre, Stacey Sullivan tiene el pelo negro y rizado. Mide uno sesenta. Ojos castaños. Coeficiente intelectual mediocre.

Terry se ofendió en nombre de Stacey.

—Usted —prosiguió el hombre— mide uno setenta y poco, tiene el pelo rubio oscuro y los ojos azules. Mi evaluación de su inteligencia dependerá de la razón por la que ha venido hasta aquí haciéndose pasar por la señorita Sullivan, pero me aventuraré a afirmar que está por encima de la media. Por tanto, ¿quién es usted?

Lo dijo con tono relajado. Terry no sabía muy bien cómo había esperado que fuese aquella entrevista, pero desde luego no era así.

—Bueno, pues usted tampoco es el empollón de laboratorio del que habló Stacey —repuso Terry, al darse cuenta de este hecho. No era solo que aquel escenario difiriese mucho del que había descrito Terry en su historia, sino que además nadie podría describir nunca así a aquel hombre—. El tipo que le dio unas drogas que la hicieron sentir rara la semana pasada. Que es la razón por lo que no ha vuelto. Por tanto, ¿quién es usted?

Se preguntó si el hombre respondería.

Él meneó la cabeza con una expresión que tal vez era de diversión.

—Soy el doctor Martin Brenner. Ese otro hombre era un psicólogo de la universidad subcontratado. Tienden a pifiarla con los procedimientos, por lo que nosotros hemos pasado a encargarnos de esto. —Calló un momento—. Le toca a usted.

«Cierto.»

—Soy Terry Ives, la compañera de cuarto de Stacey —dijo ella.

—Y, en consecuencia, no tengo ni idea de si cumple alguno de los criterios de selección establecidos para este experimento —dijo el doctor Brenner.

—He hablado con unas cuantas personas ahí fuera y me han dicho que respondieron a un anuncio del periódico. Tampoco serán unos criterios tan estrictos, me parece a mí.

El hombre se quedó muy quieto y volvió a fijar en ella aquella mirada pensativa.

Terry decidió seguir hablando, animada por el hecho de que todavía no la hubieran echado de allí. Se levantó para ponerse cara a cara con Brenner, no muy por debajo de él, que se alzaba imponente sobre ella.

—Me ofrecí voluntaria a sustituir a Stacey porque... porque tuve la sensación de que esto es importante. Si no, sería algo demasiado raro. Los laboratorios no buscan a mujeres en edad universitaria para administrarles drogas. O no solo para eso, al menos.

—Entonces ¿qué cree que es esto? —preguntó el doctor Brenner.

Terry se encogió de hombros.

—He leído los formularios de autorización. Lo único que puedo decir es que, sea lo que sea, se trata de algo... grande. Quiero formar parte de ello.

—Hum. —El gruñido tenía un matiz de escepticismo.

—¿Qué requisitos tengo que cumplir? —preguntó ella—. Dígamelos.

—¿Es soltera?

El rostro de Andrew apareció en su mente.

—No estoy casada.

—¿Sana? —preguntó él.

—No me he perdido ni un solo turno en el restaurante donde trabajo.

Él asintió en señal de aprobación.

—¿Ha tenido relaciones sexuales alguna vez?

Terry se tensó. Aquella no era la clase de conversación que una mujer mantenía con un hombre desconocido. Y hacerlo con un médico del gobierno desconocido parecía incluso menos apropiado.

—Me temo que necesito que nuestros participantes sean francos —añadió él en tono de disculpa.

—Sí. —Terry no se extendió más.

Otro asentimiento.

—¿Alguna vez ha dado a luz?

—No —respondió ella.

—¿Es usted tenaz?

Terry lo pensó un momento.

—Estoy aquí, ¿verdad?

—Sospecho que sí que cumple los criterios básicos. Sin embargo... —Brenner dejó la frase en el aire, observándola.

No parecía convencido del todo, aún no.

Terry se devanó los sesos intentando recordar lo que le había dicho Alice sobre el anuncio del periódico. No creía que el doctor fuese a estar interesado en las cualidades que Terry podría enumerar como habilidades destacables: la capacidad de servir entre seis y ocho mesas sin olvidar las comandas de nadie (lo que era más difícil de lo que parecía), la de no confundir nunca el café descafeinado con el normal, la de hacer sus trabajos de la universidad en el último momento y aun así sacar notas decentes, la de hacer reír a Andrew incluso cuando él no quería, la de animar a Becky de vez en cuando...

—Y soy excepcional —dijo.

—Bien —respondió él, como si se hubiera decidido. O quizá solo estuviera siguiéndole la corriente—. Supongo que sí que lo es. Y ahora siéntese.

A Terry no le hacía ninguna gracia que le dijeran lo que tenía que hacer, pero se sentó de todos modos.

3

Andrew estaba aparcado detrás de las furgonetas que había fuera del edificio de psicología con su cupé Plymouth Barracuda de color verde esmeralda, que limpiaba con cariño por fuera y por dentro al menos una vez a la semana. Había insistido en que, teniendo en cuenta la experiencia de Stacey, quizá Terry necesitara que la llevasen de vuelta. La jornada se había prolongado más de lo que ella tenía previsto. Andrew debía de llevar un buen rato esperando.

Lo saludó con el brazo mientras trotaba sobre la hierba e intentó decidir cuánto de lo que había ocurrido en el edificio iba a contarle. Andrew no creía que fuese muy buena idea presentarse allí, aunque se lo había tomado bastante bien.

Terry se metió en el coche.

—Me muero de hambre —dijo para ganar tiempo—. ¿Quieres ir a comer algo? Invito yo.

—Supongo que te han pagado esos quince dólares —repuso Andrew, mirándola de arriba abajo como si quisiera asegurarse de que Terry seguía de una pieza—. Claro, vamos adonde tú quieras.

—Pues vayamos al Starlight —propuso Terry. Era viernes por la tarde y no tenía que trabajar hasta las nueve de la mañana del día siguiente. El calor estival convertía el final del día en un horno. En otras palabras, hacía el tiempo perfecto para ir a un autocine. Las películas aún tardarían un par de horas en empezar, pero podían coger un buen sitio y la pequeña cafetería ya estaría abierta—. ¿No querías ir a ver Grupo salvaje? Creo que aún la ponen.

—Tus deseos son órdenes. —Arrancó el coche y empezó a cruzar el campus, que se encontraba casi desierto—. Estaba a punto de asaltar el edificio para ver si te habían secuestrado. ¿Cómo ha sido? ¿Tenías razón o no?

—Creo que sí. —Terry juntó las manos en el regazo.

—¿De verdad?

—Sí.

Para alivio de Terry, Andrew no lo puso en duda.

—¿Qué ha pasado?

—Hasta ahora, lo único que ha pasado es que el médico me ha hecho un montón de preguntas. Pero dejará que me quede.

—Sin inyecciones misteriosas —dijo Andrew, mirándola.

—Sin inyecciones misteriosas —repitió ella. Eso era cierto—. Pero creo que era otro tío distinto. La próxima vez, ¿quién sabe? Sí que... me ha dado la sensación de que era algo importante.

El locutor de la radio anunció el último total de víctimas en Vietnam al informar de una batalla. Andrew extendió el brazo y subió el volumen.

—Ha muerto allí otro amigo de Dave del instituto.

Todos conocían a gente que había muerto allí. Terry podía visualizar sus caras con facilidad. Siempre se imaginaba a los chicos a los que mataban como en sus fotos del anuario escolar. Sonrisas forzadas, blanco y negro, atrapados.

Andrew tenía una prórroga por los estudios, pero Terry sabía que lo ponía nervioso graduarse la siguiente primavera. La única vez que habían hablado del tema, Terry se había llevado la impresión de que luego haría un posgrado y seguiría estudiando sin parar mientras fuese necesario.

—Qué espanto —dijo Terry, y al instante odió quedarse tan corta. Algunas cosas eran tan terribles que intentar describirlas con palabras resultaba inútil.

Andrew asintió con la cabeza y siguió escuchando las noticias.

Terry pensó en sus últimos instantes con el doctor Brenner. Al final lo había convencido, de alguna manera que no terminaba de comprender, para que la clasificara como sujeto de «alto potencial». Las demás sesiones tendrían lugar fuera del campus, en un laboratorio gubernamental destinado a tal efecto. Brenner había reconocido que la investigación era importante y puntera. Terry no tenía demasiada idea de lo que significaba eso. Tenía que volver al edificio de psicología tres semanas más tarde y, desde allí, cada semana la llevarían hasta las instalaciones.

Lo único que ella había dicho era: «Siempre que no interfiera en mis estudios». Pero, por dentro, resplandecía como si le titilara una estrella en el pecho. Orgullosa.

Tendría que contenerse y no hablar de aquello delante de Becky. Su hermana no había absorbido las mismas lecciones que ella de su padre. Cuando Terry escribía cartas sobre la guerra para enviárselas a sus congresistas, Becky decía que era mejor saber que las personas como ellas tenían que trabajar mucho para sobrevivir y no darse aires de importancia creyendo que podían cambiar el mundo por lo que costaba un sello. Quizá no hiciera falta que Becky se enterara de lo que estaba haciendo Terry.

—La verdad, no sé cómo podemos seguir confiando en el gobierno —dijo Andrew—. Se supone que trabajan para nosotros.

—A mí me lo cuentas. Lo sé. —Terry bajó el volumen de la radio—. Pero han llegado a la Luna, eso sí.

—Gracias a la ciencia. Y porque JFK les dijo que lo hicieran —replicó él—. Lo único que hacen ahora es enviar a más de los nuestros a morir.

Terry decidió no contarle quién estaba realizando exactamente aquellos experimentos. Científicos del gobierno. Podría darle poderosos argumentos para no apoyar su participación, y Terry no quería discutir con él al respecto. Estaba decidida a hacerlo.

—Voy a pedir palomitas y un perrito caliente —dijo Terry—. Y, a lo mejor, un granizado.

Andrew le guiñó un ojo.

—Así se habla, ricachona.