“¿Y bien, piensas escribir otro libro?” Comenzaron a hacerme esta pregunta desde el momento en que terminé Las mujeres que aman demasiado, y mi reacción era siempre la misma. Me sentía como una flamante madre, agotada, tendida en la cama, tratando de recuperarme de un largo y difícil trabajo de parto, mientras las visitas me preguntaban alegremente: “¿Y bien, piensas tener otro bebé?” En cierto modo, la pregunta misma parecía subestimar en gran medida la magnitud del esfuerzo último y, por lo general, yo les respondía con cierto enfado, tal vez como lo haría esa madre imaginaria: “¡Por ahora, ni siquiera quiero pensar en eso!”. En el fondo, estaba segura de que nada me haría volver a pasar por ese doloroso proceso de alumbramiento.
Sin embargo, las semillas de las cuales nacería este libro se sembraron con la primera carta que recibí en respuesta a Las mujeres que aman demasiado. Aún antes de su fecha oficial de publicación, alguien encontró el libro, lo leyó y se conmovió lo suficiente para escribirme. Transcribo a continuación su carta completa:
Estimada señora Norwood:
Nunca en mi vida me conmovió tanto un libro como para decidirme a escribir a su autor.
Encontré y descubrí su libró inesperadamente, mientras buscaba textos comerciales que me ayudaran en mi nueva vida. Debo decirle que su obra me afectó tan profundamente que estoy segura de que fue la clave que me alentó a tomar una dirección totalmente positiva luego de tantos años de incesante dolor y confusión. Hubo veces en las que tuve la impresión de que el libro había sido escrito exclusivamente para mí. Recuerdo que una noche estaba sentada en el suelo de la cocina, deteniéndome en cada página; de a ratos, tenía que cerrar el libro y dejarlo a un lado hasta que se me pasaran los accesos de llanto. ¡Dios la bendiga por su claridad, sensibilidad, elocuencia y, más que nada, por su decisión de escribirlo! Estuve casada con un hombre muy poderoso, y tuve que dejarlo para conservar la vida... aunque él me amaba a su manera. Ahora comprendo, gracias a su talento, muchas cosas que antes no entendía.
Beth B.
Mientras leía esta carta, lloré. El alumbramiento de Las mujeres que aman demasiado me había llevado tres años y mucho sacrificio, pero supe que habían valido la pena. Durante la gestación del libro, había tenido muchas discusiones con personas que conocían el negocio editorial mucho mejor que yo. Ellas insistían en que, para que se vendiera, el libro tendría que ser más positivo, menos depresivo, y contener menos énfasis en la adicción. Pero yo estaba decidida a describir cómo habían sido las cosas realmente para mis pacientes, mis amigas, y para mí misma en nuestra lucha con los hombres de nuestra vida. Mi objetivo era demostrar la frecuencia con la cual la adicción y la coadicción aparecían en tantas de nuestras historias y, por otra parte, clarificar lo peligroso que era para nosotras continuar esa forma insalubre de vivir y de relacionarnos con los hombres. Además, quería destacar el enorme trabajo que nos esperaba cuando decidíamos cambiar esos modelos de vida. Dado que traté de describir fielmente la vida, a menudo muy dolorosa, de las mujeres que aman demasiado, mi libro no resultó ser el libro de autoayuda ligero y fácil de leer que algunos esperaban; pero fue el libro que yo quería escribir.
Después de leer esa primera carta de Beth B., supe que Las mujeres que aman demasiado había sido de valor al menos para una persona. Pero en la carta de Beth había, además, algo específico que me conmovió, fuera del hecho de que Las mujeres... estaba cumpliendo su propósito. Al igual que Beth B., yo había conocido muy bien esa experiencia de sentarse en el suelo llorando de dolor, de alivio y gratitud porque otra mujer había descrito sinceramente su lucha: una lucha muy semejante a la mía.
En mi caso, esa experiencia se produjo a comienzos de la década del ‘70, después de leer un artículo en una revista, cuya autora describía cómo era ser mujer en esta cultura: despertar y, finalmente, permitirse ver y oír las muchas maneras en que se insulta a las mujeres como clase. Al leer las palabras de esa autora supe, casi con asombro, que ya no estaba sola. Hablaba profunda y verdaderamente de mi propia necesidad de no tomar conciencia y no despertar a fin de evitar el dolor, la ira y la humillación que forman parte del simple hecho de ser mujer en una sociedad dominada por los hombres.
Sin embargo, esa decisión de pasar por alto tantas de mis experiencias y reacciones había tenido un precio muy alto, y la autora de ese artículo apelaba a mi latente deseo de despertar por completo, de ver, oír y sentir todo lo que me ocurría, y de dejar de participar en silencio en mi propia degradación. Lo que era verdad para ella lo era también para mí, y a través de su ejemplo pude liberar los sentimientos que antes mantuviera ocultos, incluso para mí misma. La verdad de esa mujer me ayudó a volverme más grande, más valiente y más adulta.
Ahora, al leer la carta de Beth, más de una década después, recordé vívidamente aquella metamorfosis en especial. Las mujeres... había conmovido a otra mujer con la misma profundidad con que me había conmovido a mí una vez, y ahora ella compartía esa experiencia conmigo. Un círculo cada vez más amplio, profundo y brillante se había creado entre nosotras.
Esa carta fue la primera de lo que, poco después, llegaría a ser una avalancha de impresiones sobre el libro. Por teléfono, (hasta que, debido a la inmensa cantidad de llamadas, la necesidad de conseguir un número que no figurara en la guía se hizo inevitable) y por carta, las mujeres, y algunos hombres también, querían ponerse en contacto, hablar de lo que el libro había significado para ellos. Querían relatar sus experiencias personales y, con mucha frecuencia, expresar su agradecimiento. Pero muchos también querían respuestas a preguntas específicas o tenían problemas que, creían, no habían sido tratados en el libro.
Estas preguntas eran importantes. A algunas, las había oído una y otra vez durante mi carrera en el área de la adicción. Otras surgían específicamente en respuesta a cuestiones analizadas en Las mujeres... y se planteaban repetidas veces no sólo en las cartas sino también durante las conferencias y los talleres que yo dictaba. A medida que las cartas comenzaron a apilarse, ya no sólo sobre mi escritorio, sino sobre casi todas las superficies planas de la casa, y que la demanda de respuestas era cada vez mayor, comencé a buscar una manera más eficaz, aunque sin dejar de ser personal, de responder a todos. Si bien el factor tiempo y la inmensa cantidad de cartas lo hacía imposible, ansiaba responder cada una en detalle, desde mi propia perspectiva de mujer que ha amado demasiado, que, por cierto, ha sido adicta a las relaciones la mayor parte de su vida y, además, desde mi perspectiva de terapeuta con muchos años de experiencia en relación con la adicción y su recuperación.
Sin embargo, también sabía que las personas que enviaban esas cartas necesitaban mucho más que una carta mía. Se necesitaban las unas a las otras. Esas mujeres y esos hombres que compartían tantas cosas conmigo necesitaban oír las historias de los demás, descubrir juntos cómo la enfermedad de la adicción a las relaciones había funcionado en su vida. Yo quería ser capaz de crear para quienes nunca la habían conocido, o que aún no habían sentido su poder aplicado a la adicción a las relaciones, esa experiencia capaz de cambiar una vida: la de saber cómo son las cosas para otras personas que comparten el mismo problema.
Como terapeuta y personalmente, por mi propia recuperación progresiva, estoy convencida del inmenso valor de los grupos de apoyo. Estos grupos, constituidos por personas dedicadas a hablar francamente entre sí de un problema común y autodirigidos de acuerdo con pautas simples y principios espirituales, son, a mi entender, la fuente de curación más poderosa y profunda con que contamos. Proporcionan la base para recuperarse de todo tipo de adicción, química y de la conducta. Esta clase de grupos constituye, para todo adicto, la esperanza de una nueva y mejor forma de vida.
Cartas de mujeres que aman demasiado ha sido escrito, entonces, con dos propósitos. En primer lugar, como una manera práctica de responder en detalle a las innumerables cartas que tienen temas y preguntas en común. Y en segundo lugar, para crear una oportunidad de que quienes comparten el problema de la adicción a las relaciones sepan cómo ha sido esa lucha para los demás y, si se ha producido cierta recuperación, cómo se logró.
Es obvio que, para obtener el mayor beneficio de este libro, el lector ya debe haber leído Las mujeres... lentamente, con atención y, es de esperar, más de una vez. Yo recomiendo volver a leerlo antes de empezar con este. No será de mucha ayuda hasta haber digerido totalmente el anterior, dado que aquí el objetivo no es ofrecer una explicación más detallada de los principios presentados en Las mujeres... El objetivo de este libro es, sobre lodo, analizar, por medio de las preguntas y las experiencias de las lectoras y algunos lectores lo que implica poner en acción esos principios.
Cuando nos sentimos solos y perdidos, no ansiamos simplemente compañía, sino específicamente la compañía de alguien que esté en las mismas condiciones que nosotros. Estoy convencida de que esas columnas de consejeros que son tan populares en las revistas, se leen, no por las respuestas, sino por las preguntas. Todos queremos saber que no estamos solos, que entre toda esa gente cuya vida no conocemos hay quienes luchan como nosotros. Me siento agradecida de no estar sola al escribir este segundo libro. Tal como ha sucedido siempre durante los años de mi propia recuperación, muchas de ustedes han compartido conmigo sus historias y me ayudan a continuar mi lucha y a alcanzar la luz. Tengo la esperanza de que, a través de este libro, también puedan compartirlas entre ustedes.
A ustedes dedico este libro.
Las cartas que aparecen en este libro realmente existen, y cada una ha sido reproducida con autorización de su autora. Muchas de esas personas cuyas cartas se han usado aquí han expresado su gratitud por lo que recibieron al leer Las mujeres... Esas expresiones de gratitud, si bien las agradezco aquí, han sido eliminadas para evitar resultarle redundante al lector. Se han hecho otras correcciones para lograr mayor claridad y concisión, y para proteger la identidad de sus autoras.
Ha sido necesario ordenar las cartas y sus respuestas en capítulos que tratan sobre temas específicos. Sin embargo, muchas de las cartas contienen problemas y preguntas múltiples. Dado que las enfermedades adictivas, inclusive la adicción a las relaciones, tienden a superponerse en la vida real, lo hacen también en las cartas. Por ejemplo, los temas de alcoholismo y coalcoholismo, adicción al sexo, incesto, hábitos compulsivos de comida y recuperación pueden aparecer juntos en una sola carta. Por lo tanto, cualquier ordenamiento arbitrario de estas cartas es sólo eso: arbitrario, y no se debe esperar que el contenido de cada carta sea tan estricto o inequívoco como podrían sugerir los títulos de los capítulos.
Al responder cada carta, me baso en quince años de experiencia en el área de las adicciones y en casi una vida de amar demasiado, que incluye, afortunadamente, siete años de recuperación. Pero esto de ninguna manera implica que mis respuestas sean las “correctas”. Son, simplemente, eso: mis respuestas: incompletas, subjetivas y parciales. No trato de incluirlo todo en ellas. Cada carta se responde desde la perspectiva de ver a la adicción como una enfermedad, y cada respuesta o comentario incorpora mis firmes puntos de vista sobre el tratamiento, desarrollado durante años de cometer errores y aprender de ellos.
Es probable que a los lectores no les agrade mi respuesta a alguna carta en particular, que no esté de acuerdo conmigo. Reconozco que hay muchas otras maneras de responder, quizá más útiles, perspicaces o directas que las que aparecen en este libro. Cada uno de nosotros leerá estas cartas con sus propios ojos y su propio corazón, como una serie de manchas de tinta de Rorschach a las cuales aportamos nuestras propias percepciones, coloreadas por nuestra historia personal única. Las cartas absorberán nuestras experiencias y nos devolverán el reflejo de nuestra proyección, de modo, claro está, que lo que cada uno vea en ellas y sienta con ellas variará. En todo caso, creo que lo importante no son las respuestas. Lo que importa son las cartas en sí, con su dolor y su patetismo, sus lecciones aprendidas, sus traspiés, sus progresos y, a veces, sus triunfos.
Todos queremos respuestas para nuestras preguntas, nuestros temores y dudas y nuestras luchas. Pero, a la larga, las respuestas deben provenir, no de los consejos de otra persona, sino de su ejemplo combinado con nuestro compromiso de cambiar nuestra vida. El hecho de seguir el camino de otros que han enfrentado los mismos problemas y conocido los mismos temores, dudas y luchas, pero que están recuperándose, nos ayuda a lograr nuestra propia recuperación. Compartir las historias de otros, sus errores y sus victorias nos ayuda a hallar nuestro camino.
Finalmente, debo destacar con la mayor claridad posible que este libro no pretende ser un tratado general sobre el amor, sobre cómo encontrar al hombre adecuado ni cómo salvar una relación. Por el contrario, al igual que Las mujeres..., está escrito principalmente para las mujeres heterosexuales que son adictas a las relaciones. Su propósito es ayudar a aquellas mujeres cuya vida escapa cada vez más a su control debido a una obsesión progresivamente debilitante con un hombre en especial o con el último de una serie de hombres o, en caso de estar fuera de una relación, con la búsqueda de un hombre.
Al encarar así este libro, no es mi intención implicar que sólo las mujeres heterosexuales se vuelven adictas a las relaciones, pues de ninguna manera es ese el caso. Hay muchos hombres que son adictos en sus relaciones, como también las relaciones adictivas son un tema muy común en gran cantidad de parejas homosexuales. He preferido concentrarme en las mujeres heterosexuales porque su experiencia con la adicción a las relaciones es la que entiendo mejor, tanto en lo personal como en lo profesional.
Si bien este libro contiene principalmente cartas de mujeres que están obsesionadas con los hombres, incluye también cartas de hombres y mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, padres obsesionados con sus hijos e hijos obsesionados con sus padres. Tengo la esperanza de que Cartas de mujeres que aman demasiado sea de valor para todos ellos y, además, para aquellos cuyas relaciones, aunque problemáticas, no son adictivas. No obstante, está dirigido a la mujer cuya salud mental y física está en peligro o ya ha comenzado a deteriorarse, cuyo rendimiento laboral se ve afectado potencial o realmente, quien probablemente tiene problemas económicos, cuyos hijos, amigos y familiares son dejados de lado o abandonados al igual que sus otros intereses, que es potencial o activamente suicida. En suma, a quien con el correr de los años, se enferma más y más de su dependencia para con los hombres y de lo que ella elige llamar “amor”.
Tal como lo afirmaba en Las mujeres... yo considero la adicción a las relaciones un proceso de enfermedad definible, diagnosticable y tratable, similar a otras enfermedades adictivas tales como el alcoholismo y la ingestión compulsiva de alimentos. Comparte con estas otras enfermedades adictivas el hecho de que es naturalmente progresiva (empeora) sin tratamiento, pero sí responde a un tratamiento específico dirigido a sus componentes físicos, emocionales y espirituales. Tengo la convicción de que un tratamiento que no tenga en cuenta esos aspectos no resultará efectivo.
Es necesario decir todo esto a fin de explicar el enfoque inexorable de recuperación que, en mi opinión, es necesario. El enfoqué más efectivo de la adicción en cuanto a su recuperación es el adoptado por los programas de Anónimos, y este enfoque es, a mi entender, el mejor también para la adicción a las relaciones. Es el único enfoque que personalmente puedo recomendar.
CARTAS DE MUJERES QUE...
Estimada Robin Norwood:
Su libro me pareció detestable.
Odié Las mujeres que aman demasiado.
Odié tanto ese libro que tardé meses en leerlo.
A veces, podía leer una sola página por día.
Odié a las mujeres sobre las que escribió.
Odié sus historias.
Odié todo lo que usted decía.
Y entonces terminé el libro.
Y entonces:
— Fui a mi primera reunión de Gordos Anónimos.
— Descubrí Alcohólicos Anónimos.
— Ingresé a Hijos adultos de alcohólicos.
— Ingresé a terapia de grupo.
— Descubrí VOICES (Víctimas sobrevivientes de Incesto) y por primera vez en mi vida confesé haber sido objeto de abuso sexual.
— Dejé de comer en exceso.
— Conseguí un nuevo empleo.
— Hice un presupuesto por primera vez (tengo treinta y tres años).
— He comenzado una nueva vida.
Estaba enloquecida y sin control. Mido un metro sesenta y pesaba cuarenta y cuatro kilos debido a mi síndrome de ingestión y purga. Ahora no concibo un día en que no tenga Las mujeres que aman demasiado sobre la mesa de mi sala y un segundo ejemplar en mi cajón “personal” en la oficina. Le doy las gracias.
Wendy D.
Para mí, la carta de Wendy lo dice prácticamente todo. El simple hecho de leer un libro, por más que nos afecte profundamente, nunca basta en sí mismo para producir los cambios que deseamos en nuestra vida. En el mejor de los casos, un libro puede ser un hito, una flecha que señale la dirección en la cual necesitamos viajar. De cada uno de nosotros depende decidir si tomaremos ese camino o no. Pero esta carta evoca un punto muy importante.
¿Cuándo comienza realmente la recuperación de cualquier adicción?
Cuando canalizamos la energía que antes invertíamos en nuestra enfermedad hacia nuestra recuperación.
La recuperación comienza cuando adquirimos, como Wendy, la voluntad de canalizar la energía y el esfuerzo que antes invertíamos en practicar nuestra(s) enfermedad(es) hacia nuestra recuperación. La recuperación de Wendy requiere mucho tiempo, trabajo y dedicación, pero, por otro lado, el hecho de ser activamente adicta también le costó mucho. Por lo tanto, ella optó por hacer cuanto fuese necesario para mejorar... y sigue tomando esa decisión cada día. De esta manera, ha empezado a recuperarse, y esa recuperación se prolongará por tanto tiempo como ella siga firme en su decisión.
¿Por dónde comenzamos quienes aún debemos dar el primer paso hacia la recuperación de la adicción a las relaciones? Comenzamos por adquirir la voluntad de canalizar la energía y el esfuerzo que antes invertíamos en tratar de producir un cambio en otra persona y, esta vez, encauzarlos hacia un cambio en nosotras mismas. Es probable que nuestros pasos iniciales en esta nueva dirección no sean rápidos ni fáciles, y al principio pueden parecer muy pequeños, pero debemos aprender a respetar su importancia. A medida que avanzamos hacia la recuperación, ningún paso que demos es realmente pequeño, puesto que cada uno cambia el rumbo de nuestra vida.
La siguiente carta es un buen ejemplo de cuál podría ser un primer paso hacia la recuperación. El solo hecho de dar ese pequeño paso y mantenerse firme con él tiene implicaciones para el resto de la vida de esta mujer. Ella ha iniciado el proceso de cambio.
Estimada Robin Norwood:
El Día de los Enamorados siempre ha sido una tradición que esperaba con ansiedad y esperanza y que, al mismo tiempo, me asustaba, pues temía la frustración de un día hecho para el amor pero en el cual no lo recibiría.
Hace dos días, había leído treinta páginas de Las mujeres que aman demasiado. En el cajón de mi escritorio tenía una tarjeta del Día de los Enamorados, dulce y sugestiva, para un hombre que, básicamente, no ha participado en nuestra relación desde hace ya varias semanas. El no enviar esa tarjeta parece una pequeñez, pero podría ser la primera vez que decido dejar de brindarme activamente a un hombre y a una situación en la cual el sentimiento de afecto no es mutuo. Aún no he terminado el libro. Es más, me cuesta leerlo porque habla muy claramente de la razón por la cual he tenido un fracaso tras otro en mis relaciones. Sin embargo, podría ser la herramienta que al fin comience a liberarme. Aún tengo la tarjeta. No la enviaré. Quizás el Día de los Enamorados pase a ser mi Día de la Victoria.
Theo P.
En el caso de Theo, para que su recuperación continúe es necesario no sólo que se abstenga de enviar un mensaje de amor a un hombre que no se interesa por ella, sino además que haga algo agradable por sí misma, para llenar el vacío que ha creado. No podemos, simplemente, interrumpir una conducta adictiva sin reemplazarla por otra (y es de esperar que esta sea más positiva). De otro modo, lo único que se logra es que la conducta adictiva se vuelva más firme. Esto se debe a que la Naturaleza parece aborrecer los vacíos, tanto en lo físico como en las áreas de la conducta humana.
Dado que Theo tiene el poder tanto de dar como de recibir lo que ansia de otra persona, no necesita esperar, vacía, hasta que llegue un hombre que llene su vida de placer y amor. Puede convertirse en su propia fuente de amor, si está dispuesta. Cuanto mayores sean el afecto y la generosidad con que se trate a sí misma, menos probable será que permita que otra persona la trate mal o con indiferencia.
Todo esto es fácil de ver pero no tan fácil de hacer, pues nada nos desafía más que la obligación de modificar nuestra forma de pensar, sentir y actuar, especialmente con respecto a nosotras mismas. Theo admite que aún no ha podido terminar Las mujeres... porque le resulta muy incómodo analizar su propia manera de relacionarse. Sin embargo, para recuperarnos es necesario que cambiemos, y la posibilidad de cambio comienza cuando tomamos conciencia. Debemos estar dispuestas a analizar nuestra vida con franqueza, y para eso se necesita coraje; debemos estar dispuestas a admitir que no somos perfectas, que necesitamos ayuda y que no podemos hacerlo solas, y para eso hace falta humildad. Por lo tanto, el coraje y la humildad son absolutamente esenciales para iniciar el proceso de recuperación.
En la siguiente carta, veremos qué es necesario, una vez iniciado el proceso de recuperación, para que ese proceso continúe.
Estimada Robin Norwood:
Mis padres tienen un problema de alcoholismo y, si bien yo no bebo ni consumo drogas, ahora me doy cuenta de que he sido adicta a los hombres que son autodestructivos. He tratado de dominar a los tres hombres con quienes he vivido mediante amenazas, sobornos, elogios, sermones y toda clase de manipulación que, creía, podía dar resultado.
Ahora comprendo que soy tan autodestructiva como ellos, porque elijo solamente a hombres menesterosos y deficientes. Nunca conservo el interés por los hombres sanos y competentes. Mi novio actual acaba de llamarme desde la cárcel militar donde está cumpliendo una sentencia por tráfico de drogas. Dice que está aprendiendo su lección y que ya no buscará problemas. Le dije que me alegraba oír eso y que espero que se cuide. Entiendo que sólo puedo cuidar de mí misma y en un par de días asistiré a mis primeras reuniones de Alcohólicos Anónimos y de Hijos Adultos de Alcohólicos.
No sé si él y yo volveremos a estar juntos y, en realidad, no importa, pues ahora estoy aprendiendo a estar bien sola.
Saludos de una adicta a los hombres en vías de recuperación.
Britt J.
Cuando Britt toma distancia del problema de su novio y pasa a concentrarse en sus propios patrones de conducta y a buscar ayuda para modificarlos, ejemplifica la primera etapa de la recuperación de la adicción a las relaciones. En la medida en que continúe buscando su recuperación determinará que supere o no esta etapa. En las otras cartas de adictas a las relaciones que aparecen en este libro, veremos que no hay un grado específico de dolor que garantice que una persona se comprometa sinceramente a buscar su recuperación. En algunos casos hay grados increíbles de degradación y humillación personal que, no obstante, no provocan la capitulación necesaria para que se inicie la recuperación. En cambio, con una actitud muy similar a la del jugador compulsivo que no puede dejar de jugar porque ya ha perdido mucho, estas personas adictas a las relaciones utilizan su degradación para justificar sus intentos, cada vez más desesperados, de dominar a otra persona y de salvar una situación en progresivo deterioro. En otras palabras, a medida que las consecuencias de la adicción empeoran, algunas personas siguen enfermándose más y más. Pero hay otros que “tocan fondo” y adquieren, al menos en forma temporal, la voluntad de hacer todo lo necesario para mejorar.
A veces cuesta entender que alguien pueda reconocer el poder destructivo de la adicción en su vida y estar dispuesto a encararlo por un tiempo, para luego perder por completo esa voluntad. Sin embargo, es lo que sucede más a menudo. Es por eso que deben distinguirse tres etapas de la recuperación: primero, se empieza a reconocer el proceso de enfermedad que opera en nuestra vida (esto podría ocurrir al leer un libro como Las mujeres...)’, luego se adquiere la voluntad de encararlo como la adicción posiblemente fatal que es (asistiendo a una reunión de algún programa de Anónimos referido a esa adicción en particular); y finalmente, la recuperación debe seguir siendo nuestra prioridad de cada día (asistiendo a las reuniones con regularidad y mediante la oración y la lectura diaria).
Por difícil que resulte, la iniciación de la recuperación es apenas un primer paso y no garantiza que esa recuperación continuará. Hay muchos, muchos más alcohólicos que deciden abandonar la bebida que los que pueden abandonarla para siempre, y son muchas, muchas más las adictas a las relaciones que inician la recuperación, que las que la continúan.
Una característica inexplicable de todo tipo de adicción y de todo tipo de adicto es que nadie, por mucha experiencia o pericia de que disponga, puede prever quién se recuperará de una adicción dada y quién no lo hará. Lo único que se puede prever sin temor a equivocarse es que la mayoría de los adictos no sanarán. Sin embargo, quienes sigan deseando a diario su recuperación más que ninguna otra cosa y quienes la conviertan en su prioridad, a la larga, poco a poco y paso a paso, y a menudo con los consejos y el apoyo de otros que han pasado por la misma lucha, lo consiguen.
A fin de mantener la recuperación, además de la voluntad, el coraje y la humildad tan necesarios para iniciar el proceso, debemos desarrollar dos cualidades más: la capacidad de auto examinar nos con rigurosa franqueza y la confianza en un Poder Superior a nosotros. Este Poder Superior no tiene por qué coincidir con las definiciones ajenas de lo que es o debe ser. Se lo puede llamar Dios. Puede no tener nombre. Se lo puede hallar tanto en un grupo de apoyo como en una iglesia o un templo. Es un principio muy personal, formulado individualmente, que, cuando se lo invoca, proporciona una fuente inagotable de fortaleza y consuelo.
La carta de Cecilia ejemplifica lo necesaria que es esta fuente de fortaleza a medida que el vital proceso de recuperación nos da nueva forma.
Querida Robin:
Quiero contarte algunas de las cosas que me han pasado desde que leí tu libro, hace dos años. Al leer Las mujeres que aman demasiado me di cuenta de que mi familia era alcohólica y de que, en verdad, la enfermedad es de toda la familia. Asistí a un par de reuniones de Alcohólicos Anónimos y empecé a entenderme a mí misma y a mis opciones mucho mejor. Me sentía “curada”. En realidad, era apenas el comienzo. Después de un matrimonio infeliz a temprana edad y, más tarde, una relación desastrosa con un hombre que tenía largos y sórdidos antecedentes criminales, pude, con lo que había aprendido, tomar una decisión más sana. He vuelto a casarme, esta vez con un hombre maravilloso que me trata como oro. A veces me enfado cuando me dice que me quiere. A veces inicio una discusión. Me siento más cómoda si estoy enfadada. Aún no sé dejar que me amen.
Había algo de mi pasado que sepulté durante años y ahora, con la ayuda de Dios, he podido recordarlo todo. Hace cinco meses, cuando recuperé ese recuerdo, al principio pensé que moriría de dolor. Recordé que, cuando yo tenía cuatro años, mi padre abusó de mí sexualmente. Cuando, al fin, pude reconocer eso, de pronto muchas cosas cobraron sentido. Siempre odié a mi madre y la compadecí, pero ahora he empezado a entenderla.
Claro que bebía. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Enfrentar la verdad? Difícilmente. No había qué hacer con ella.
Durante mucho tiempo viví en un estado de negación. Quiero decirte lo fuerte que es la negación. Al recordar las verdaderas circunstancias de mi niñez, he experimentado algunas consecuencias físicas. Comencé a sufrir “ataques cardiacos” durante los cuales me dolía el pecho y me sentía a punto de perder el conocimiento. Me hicieron un electrocardiograma de esfuerzo y el médico me dijo que no había indicios de problemas cardiacos. Todo lo contrario: tengo un corazón muy fuerte. De modo que ese no era el problema. Pero los ataques de pánico seguían produciéndose, aun cuando no pensara en mis padres. Yo seguía tratando de sepultar todo eso. No quería recordar. No quería saber. Sentía que todo en lo que yo había creído acerca de mi familia era una mentira. Pensaba que estaba volviéndome loca. Al haberme criado en casa de mis padres, aprendí a ocultar la verdad aunque la tuviese delante de mis propios ojos. Ya no creía en nada, no sabía nada.
Durante este tiempo horrible, Dios me pidió de la manera más dulce y afectuosa que no bebiera. Con toda mi angustia por la locura de mis padres, estaba recurriendo a un pinol noir muy fino para aliviar el dolor. Ya había decidido que nunca sería como mis padres, y por eso no comprendía que yo también era alcohólica, igual que ellos. Ahora me siento agradecida de haber sido salvada de tres o más generaciones de alcoholismo.
Al dejar de beber me sentí desnuda. Había utilizado el alcohol, el sarcasmo, las peleas sucias y la ira para no sentir más el dolor. Entonces Dios me pidió que renunciara también a esas otras tácticas.
Durante todo este tiempo, tenía palpitaciones y empecé a tener migrañas entre tres y cuatro días por semana. El deseo de negar mi pasado creaba en mi cuerpo una guerra que me dejaba cansada y triste.
He llorado mucho últimamente, algo que nunca pude hacer en mi niñez. Me asustó mucho ponerme en contacto con las lágrimas y el dolor. A veces tuve la impresión de que nunca dejaría de llorar.
Te escribo, Robin, porque creo que es importante que sepas por lo que pueden estar pasando algunas personas al leer tu libro. El dolor del verdadero cambio es la angustia más intensa que he conocido y que espero conocer. No me sobrevino de una sola vez y tampoco se está curando con rapidez. Es probable que necesite muchos años y el amor de Dios para reconciliarme con este desolador secreto familiar, aceptarlo, curarme y perdonar a todos los implicados. Es un trabajo muy duro, y el precio de ver estas cosas es muy alto. Pero el precio de no verlas es más alto aún. Por favor, haz saber eso a la gente. Ahora me va muy bien. Sufro y lloro y me estoy curando. He renunciado a la imagen despreocupada que trataba de dar. Poco a poco disminuye mi necesidad de tener la aprobación de todo el mundo, y me estoy fijando objetivos realistas y límites afectuosos. Ya no necesito salvar a cada persona herida que conozco. Empiezo a sentirme bien al ocuparme primero de mí. ¡Incluso empiezo a sentirme bien cuando me aman! Siempre pensé que sólo quería que me amaran, pero la verdad es que sólo elegía a personas incapaces de amarme. Esta vez he elegido mejor y estoy aprendiendo a aceptar ese amor. Dios me ha enseñado mucho en muy poco tiempo, y me ha dicho que Él me llevará de la mano por el resto del camino, por largo que sea. Los dolores en el pecho están disminuyendo y las migrañas desaparecen, y estoy aceptando lo que me ocurrió y, cuando lo necesito, lloro por mi niñez perdida.
Mi maravilloso marido me abraza e incluso entiende por qué me cuesta tanto recibir su afecto. Lo veo luchar conmigo y deseo que todo termine y ya estar curada, por su bien además del mío. Entonces, como ves, tu libro fue sólo el comienzo: un comienzo muy útil, tierno y afectuoso...
Cecilia
Si fuera más fácil y más cómodo ser francos con nosotros mismos, quizá no necesitaríamos un Poder Superior a nosotros para lograrlo. Pero, tal como lo demuestra la carta de Cecilia, el hecho de examinarnos a nosotros y a nuestra vida con franqueza puede ser tan doloroso que, en la mayoría de los casos, no podemos hacer frente a esa tarea sólo con nuestros limitados recursos humanos.
Tratar de recuperarse sin fe es como subir una colina empinada caminando hacia atrás y con tacones altos.
Tratar de recuperarse sin fe, para alguien que no la tiene y no la desea, no es imposible, pero sí más difícil. Implica recuperarse de la manera más dura. Es posible llegar a destino, pero hay una forma más rápida, más eficaz y menos ardua de realizar el viaje. Sin embargo, es sorprendentemente fácil cultivar la fe si estamos dispuestos a hacerlo, dispuestos a actuar pensando que hay una Inteligencia Superior a la nuestra en el universo. No obstante, nada, nada podría ser más personal que la búsqueda de la fe, y nadie puede indicar a otra persona cómo llevar a cabo esa búsqueda. Cada uno descubre a su Dios solo y en silencio.
No tendría sentido reunir cartas de mujeres que aman demasiado a menos que, en conjunto, estas cartas puedan contribuir a alentar la recuperación de quienes las leen. Sin embargo, la recuperación de la adicción a las relaciones es un logro mucho más sutil y menos definible que la recuperación de la mayoría de las demás adicciones tales como el alcoholismo o el hábito compulsivo de gastar dinero, jugar o incluso comer. A lo largo de este libro, usted necesitará evaluar por sí misma en qué consiste recuperarse de la adicción a las relaciones, qué alienta esa recuperación y qué la impide, por qué se produce en algunos casos y no en otros. Todas estas preguntas y sus respuestas serán sumamente importantes para usted, si desea recuperarse.
Theo y Britt apenas comienzan a explorar la recuperación. Wendy y Cecilia están bien encaminadas porque los pasos que están dando para llegar a su curación ya forman parte de su vida diaria. Pero el inicio del viaje y su continuación dependen exclusivamente de cada una de nosotras. Nadie ni nada puede hacerlo en nuestro lugar. Debemos encontrar el coraje y la humildad, como Wendy, de dar los primeros pasos necesarios, y luego la franqueza y una fuente de fortaleza y guía espiritual, como Cecilia, para enfrentar las cuestiones específicas que están en nuestro camino.
A lo largo de este libro, un número de mujeres (y hombres) que han leído Las mujeres... describirán su vida, su situación, su adicción a las relaciones y, con mucha frecuencia, también sus otras adicciones. A veces, como en los casos de estas cuatro mujeres, nos hablarán de los pasos que han dado a fin de iniciar y continuar su recuperación. Es de esperar que los pasos y el progreso de quienes están recuperándose constituyan una fuente de inspiración y guía para aquellas de ustedes que estén iniciando ese viaje.