1

Era mayo y los campos de colza estaban en flor. El sol centelleaba en el verde claro de las hojas de los árboles. Los prados se veían salpicados de diente de león y trébol, y el viento traía un ligero olor salino desde el mar. Los rayos de sol de aquella tarde casi veraniega caían revoloteando entre el follaje de los robles que bordeaban la subida a Lulinn. Al final de la avenida se divisaba la casa señorial, añosa y cubierta de hiedra. A lo largo del camino de entrada pastaban caballos de raza Trakehner. Dos se perseguían galopando por la dehesa. Otro se había parado, con la cabeza bien alta, junto a la valla, y relinchaba sonoramente.

Aunque vivía casi todo el año en Berlín, a Belle Lombard nunca se le habría ocurrido decir que tenía otro hogar que no fuese Lulinn.

—Soy de la Prusia Oriental —se cuidaba de responder cuando le preguntaban por su origen, y añadía para aclarar—: de Lulinn. La finca es de la familia desde hace trescientos años. Está cerca de Insterburg… O sea, no lejos de la frontera lituana.

Con solo pronunciar las palabras «Lulinn» e «Insterburg», la invadía tal nostalgia que le parecía que no podría soportar Berlín ni un segundo más. Claro que le gustaba la ciudad, vivía en ella, trabajaba en ella, tenía un montón de amigos, pero Lulinn… era una cosa muy distinta. Lulinn era los campos de maíz hasta donde alcanzaba la vista en verano y, en invierno, orondos montoncitos de nieve sobre las vallas de la dehesa; era arándanos en otoño, y el olor de hojarasca y setas; era los gansos salvajes en el cielo, volviendo del sur como primeros mensajeros de la primavera. Lulinn: robles centenarios y lupinos silvestres, las sombras color gris azulado del bosque en el horizonte, el aroma pesado de jazmín en el viento y de pan de comino recién horneado que llegaba desde la cocina del sótano. La abigarrada rosaleda ante el portal, el tabletear de los zuecos de madera cuando los criados y las chicas de servicio comenzaban muy de mañana el trabajo cotidiano, el susurro del follaje de los frutales del huerto y las suntuosas camas de plumas, blancas como la nieve, que siempre olían tan bien porque Jadzia, el ama de llaves polaca, secaba las sábanas de lino al aire libre después de lavarlas y estas se impregnaban del aroma de heno fresco, flores y hierbas.

En Lulinn parecía que el tiempo se había refrenado y se había acostumbrado a transcurrir más lento, y Belle pensó que era una simetría invariable de todas las cosas lo que daba a la finca su encanto. Fuera de allí, el mundo se mostraba a veces indiferente, pérfido, incluso despiadado, pero en Lulinn había estabilidad y, al abandonar sus muros de nuevo tras un par de días, una se sentía protegida contra todos los conflictos a los que la vida pudiese enfrentarla.

«Todo irá bien», pensó Belle también esta vez, mientras el Armstrong Siddeley color chocolate recién lavado de su tía recorría la avenida de robles. ¡Cómo olían las lilas! Volvió la cabeza y observó a la mujer que conducía. La tía Modeste la había recogido en la estación de Insterburg y, desde entonces, no había dejado de lamentarse sobre el tiempo que consumía aquella tarea.

—Como si una no tuviese nada mejor que hacer —refunfuñó otra vez.

«Cómo puede alguien estar de tan mal humor, cuando tiene la suerte de vivir todo el año en Lulinn», se preguntó Belle en silencio. Ella y Modeste nunca habían podido soportarse. Modeste pensaba que Belle era impertinente y engreída, y que tenía la desafortunada tendencia a meter la pata en cualquier situación. Por el contrario, Belle opinaba que Modeste era falsa e insidiosa, y que era insoportable que tuviese que tener siempre la razón. Modeste se había casado hacía ocho años con un hombrecito bajo y delgado, hijo de un comerciante de Insterburg, al que manejaba como quería y que se tenía por una especie de misionero; de una manera enervante e insustancial, interrogaba sin descanso a todos los habitantes de Lulinn sobre sus problemas más secretos, y no se inmutaba siquiera ante las preguntas más íntimas. Luego se iba de la lengua, también en círculos más amplios, sobre lo que había averiguado. Sea como fuere —nadie lo hubiese creído capaz, ante su desconsolada delgadez—, en sus ocho años de matrimonio ya había concebido cuatro hijos, y por entonces Modeste estaba embarazada del cuarto, motivo por el cual ella montaba escándalos, jadeaba y se quejaba. «Pero, seguramente, es verdad que no le resulta fácil —pensó Belle en un arranque de compasión—. Está como una bola.»

—Hace un calor de pleno verano —suspiró Modeste, y se secó el sudor del rostro enrojecido—. No hay quien lo aguante. Mucho menos en mi estado.

—¿Por qué llevas, además, un vestido negro, tía Modeste? Solo lo hace peor.

Modeste se convirtió de inmediato en la viva imagen de la indignación.

—¿Has olvidado que estoy de luto? Pero, claro, tampoco es que apreciases a mis padres.

Los padres de Modeste habían muerto muy seguidos, y la verdad es que Belle no podía decir que le hubiese dolido especialmente; aunque siempre asusta cuando muere alguien cercano, incluso si tiene un carácter tan agrio como la vieja tía Gertrud o es un auténtico nazi como su esposo Victor. Modeste, sin embargo, había puesto el dedo en la llaga.

—A mi pobre madre le hacías la vida imposible —añadió—. La contradecías sin parar…

—Bah, Modeste. Yo era una enana y tuve mi fase terca como todos los niños. Nadie tenía por qué tomarme en serio.

Modeste observó casi con rencor el rostro de la joven. «Esa piel blanca tan lisa —pensó—, ¿y cómo puede brillarle tanto el pelo? ¡Qué guapa es y qué joven!»

—Mi madre tenía que ocuparse de todo —continuó—, porque la tuya apenas se dejaba ver. La señora va a lo suyo y los demás le tienen que hacer el trabajo. ¡Menuda ética!

Belle entornó los párpados.

—Deja a mamá en paz. Hace más por todos que nadie.

—Sí, sí… —masculló Modeste. El coche había llegado al portal y pisó el freno. Suspiró, pues sabía lo difícil que le resultaría sacar su enorme cuerpo del automóvil—. Pronto estarás tú igual —profetizó huraña señalándose la tripa.

—Es posible —contestó Belle, tranquila y decidida a no enfadarse con Modeste.

Estaba en Lulinn y era feliz. Era el 20 de mayo de 1938. Belle Lombard había ido a Lulinn a casarse.

Joseph Blatt, el marido de Modeste, salió al encuentro de las dos mujeres. Se lo veía más delgado y pálido que nunca. Como de costumbre, no podía controlar su largo cuello y adelantaba la cabeza con cada paso, como un pollo.

—¡Mi querida Belle! —gritó histriónico, y la estrechó contra su pecho. Luego la separó un poco y le guiñó un ojo cómplice—. ¿Qué? ¿Cómo está la joven novia? ¿Un poco nerviosa o qué? ¿Estás bien? ¿O quieres hablar?

Saltaba a la vista que ardía en deseos de darle un par de consejos antes del paso hacia lo desconocido, pero Belle no tenía intención de permitírselo.

—Me va estupendamente, tío Joseph —contestó alegre.

Pareció desencantado.

—¿Sí? Eso está bien… Por cierto, te vi hace poco en Corazón inmortal. La proyectan en el cine de Insterburg. Estabas muy guapa.

—Yo no conseguí reconocerte —dijo enseguida Modeste—. ¡Tenías un papel tan pequeño…! La Söderbaum, sin embargo, estaba impresionante.

Belle se encogió de hombros. Hacía dos años que trabajaba en los estudios de la UFA y no había pasado aún de los papeles de figurante, aunque ya contaba con eso cuando se decidió por la carrera de actriz. Hizo caso omiso de la pulla de Modeste y preguntó:

—¿Quién de la familia está ya aquí?

—¡Casi todos! —Joseph sonrió contento. Adoraba el papel de anfitrión que recibía a su amplia parentela con los brazos abiertos—. Tu tío Jo llegó ayer, con Linda y Paul. Y están también Serguéi y Nicola. Han venido con Anastasia.

Jo, Johannes Degnelly, era el hermano de la madre de Belle. Era abogado en Berlín y siempre había sido para Belle una especie de figura paterna. Quería mucho a aquel señor canoso, de ojos melancólicos y carácter meditabundo. Le gustaba también su esposa Linda, aunque ella, aun teniendo ya cuarenta y dos años, seguía jugando a ser la ingenua muñequita de ojos redondos que había sido de muchacha. A quien más quería, sin embargo, era a Paul, el hijo de ambos. Tenía veintidós años, tres más que ella, y era un hombre tranquilo, algo soñador, con una pasión singular por los coches y los motores. Despertaba en Belle instintos maternales y de protección. De niños, decidieron casarse cuando fuesen mayores y, entretanto, habían llegado a ser amigos del alma.

En la puerta, Belle se tropezó con su tía segunda Nicola, una hermosa mujer de rasgos algo tristes. Siendo una niña, Nicola había tenido que huir de la revolución en Petrogrado, en la que había perdido a sus padres, y de joven se había encaprichado del tan encantador como tarambana exiliado ruso Serguéi Rodrov, que de hecho acabó llevándola al altar; aunque, desde entonces, no había dejado duda alguna de que, en el fondo, la despreciaba por su cariño. En lo profesional, a Serguéi ya no le iba tan bien. Antaño había ganado una ingente cantidad de dinero en una inmobiliaria de Berlín. Sin embargo, después de que su patrón se hundiese en el gran crac del viernes negro de 1929, el éxito había rehuido a Serguéi. Al final decidió asentarse con su familia en Breslavia, donde trabajaba como administrativo para una empresa de construcción y tenía una aventura con su secretaria. A Nicola se le notaban en la cara las noches en vela en las que lo esperaba. Su hija Anastasia, una niña de ocho años con una larga melena negra, a la que la familia apodaba «Anne», era el típico ejemplo de hija de familia desestructurada. Se chupaba aún con fuerza el pulgar, se mordía continuamente las uñas, gritaba en sueños y llamaba la atención en la escuela con su comportamiento agresivo. Odiaba a su padre porque él no le prestaba atención.

—Ah, Belle —dijo Nicola con aire distraído; parecía que había llorado—. ¿Dónde está tu prometido?

—Llega pasado mañana; hoy y mañana tiene función en Berlín. ¿Cómo estás tú, Nicola?

—Bien —sonaba poco convincente—. Es bonito estar aquí de nuevo.

Se sostuvieron la mirada: Nicola frustrada, y Belle, con su confianza y su alegría despreocupada. «Pronto vas a saber tú también cómo es la vida, cómo son los hombres…», pensó Nicola.

Como un fantasma, Jadzia, el ama de llaves polaca, salió de la penumbra del fresco corredor. Sostenía dos grandes jarras de suero de mantequilla en las manos.

—Comida está. No va mejorar por estar en mesa. Enfría porque las señoras hablan y hablan.

Jadzia, vieja, menuda y lista, no tenía respeto por nadie. Su palabra valía en Lulinn más que la de Modeste, a pesar de que ella fuese la señora oficial.

—Vamos enseguida, Jadzia. Tengo que lavarme las manos. —Belle subió la escalera.

Su cuarto tenía papel pintado de flores y un balconcito ante el que crecía un manzano, cuyas ramas casi entraban por la ventana. El sol del atardecer pintaba manchas rojizas en el suelo de madera, olía a pino y a hierba templada. Belle aspiró con fuerza. Se quitó el sombrero y, mientras se lavaba las manos, se contempló en el espejo. Max había dicho que tenía los ojos más bonitos del mundo y que nunca había visto unos iguales.

«Son totalmente grises, Belle, como un mar bajo la lluvia, pero inmóvil, frío y remoto. No tienen calidez tus ojos, y eso es lo que me fascina y, a la vez, me inquieta.»

Era típico de Belle prestar atención solo a las palabras de él que le gustaban. Y lo que decía de la falta de calidez en sus ojos no le molestaba; según su experiencia, los hombres enamorados interpretaban los ojos de una mujer a su antojo y, a menudo, una podía hacer caso omiso de la mitad sin dudarlo. Pero si él la encontraba hermosa, es que la encontraba hermosa, y eso había sido decisivo.

Max Marty tenía treinta y ocho años y, por tanto, casi veinte más que Belle. Había pasado su niñez en Roma, siendo como era hijo del famoso actor Massimo Marti y de su caprichosa esposa alemana, que no había dado un respiro a la familia con sus locas ocurrencias. Max y su padre nunca se habían entendido, por lo que el hijo, en cuanto acabó la escuela, se marchó a Alemania y estudió Arte Dramático en Berlín, con Max Reinhardt. Que, a partir de entonces, escribiese su apellido con «y» en vez de con «i» al final, respondía a dos razones: por un lado, le parecía, como el joven exaltado que había sido, interesante; por otro, también significaba para él un alejamiento de su padre. Quería marcar una clara diferencia entre él y Massimo.

«En realidad, podría llamar aún a Max —pensó Belle—. Si tengo suerte, lo pillo antes de que salga para el teatro.»

El teléfono estaba en el salón, donde a esa hora no habría nadie. Mientras Belle esperaba la conexión, miró a su alrededor, y un sentimiento de paz se fue extendiendo en ella. El secreter rococó, las cortinas de seda azul en las ventanas, la soberbia alfombra persa. Un esplendor adquirido y conservado durante siglos, del que todos obtenían la seguridad en sí mismos con la que vivían.

—¿Diga? —sonó la voz de Max.

Como siempre, Belle sintió de inmediato la electricidad que había entre ellos.

—¿Max? Soy yo, Belle. ¡Estoy en Lulinn!

Max se rio como para sí.

—¡Lulinn! La palabra mágica. ¿Cómo estás?

—Genial. Pero te echo de menos. Más vale que no te eches atrás y estés en el tren de pasado mañana a Insterburg.

—No me atrevería. Me perseguirías por medio mundo.

—No estés tan seguro. Igual atrapo enseguida a otro hombre y vivo feliz y contenta con él.

Eran las bromas habituales entre ellos, pero la risa de ambos sonó algo forzada, y había momentos, eso lo comprendía Belle, en que entre ella y Max no todo funcionaba. Había conseguido, sea como fuere, que él accediese a la boda, pero la verdad era que no estaba igual de empeñado que ella en casarse. Algo no iba bien, pero Belle no indagó en lo que era. Recordó una discusión que había tenido con Max unos días antes. Estaban con un par de amigos en un café, donde se discutía con vehemencia sobre la anexión de Austria a Alemania en marzo, y sobre el abierto rearme de la Wehrmacht.

Belle se había aburrido y se lo había echado en cara a Max de camino a casa.

—Cuando estás hablando con tus amigos, te olvidas por completo de que estoy. Te da exactamente igual si me duermo con vuestras interesantísimas conversaciones.

Max se había enfadado.

—¡Dormirte! ¡Dormirte! ¿Sabes lo que está pasando en Alemania? ¿Tienes claro que…?

—¿Podrías hablar un poco más bajo? —bufó Belle—. Estamos en medio de la calle.

Max bajó la voz.

—Te da lo mismo lo que hagan los nazis. Te da lo mismo lo que haga Adolf Hitler. Mientras no afecte a tus proyectos. No eres en absoluto tan tonta como para no entender las cosas, es que te importan una mierda. Lo único que te preocupa es cómo conseguir ser una gran estrella de cine, ¡nada más!

—Sí —dijo ella con abrumadora sinceridad.

Max hundió las manos en los bolsillos de su chaqueta.

—No entiendes que… Maldita sea, ¡da igual!

En cualquier caso, se habían reconciliado. Y, más tarde, Belle solo pensó: «Bah, ¡Max estaba de mal humor!».

—Tesoro, tengo que irme —dijo Max desde el otro lado de la línea—. La función comienza dentro de una hora. Me deseas mucha mierda, ¿verdad?

—Por supuesto, Max… Te quiero.

Se quedó pensando cuando colgó el auricular e hizo un gesto que le formó entre los ojos una arruguita enojada. ¿Por qué él no podía mostrar nunca sus sentimientos?

Al salir al pasillo, oyó las voces del comedor, los platos entrechocando, los cubiertos tintineando. Se podía entender claramente a Modeste:

—Me puede la curiosidad de saber si Felicia vendrá a la boda de Belle. Sería la primera vez en años que se digna asistir a una celebración familiar.

—No seas injusta, Modeste —dijo Nicola—. Felicia no tiene tiempo. Pero seguro que viene: quiere mucho a Belle.

Modeste resopló con desdén y comentó justo lo mismo que Max decía siempre sobre la madre de Belle:

—Felicia solo se quiere a sí misma, querida Nicola. A nadie más.

Capítulo 2

2

Felicia Lavergne tenía cuarenta y dos años, y era una hermosa mujer, alta y delgada; llevaba la densa melena oscura cortada a la altura de los hombros y suelta. Aunque sonriese con ganas, la sonrisa no le llegaba a sus ojos: su cordialidad era calculada. Con la mayoría de las personas se comportaba sin calidez ni espontaneidad alguna. Los hombres se sentían atraídos por ella, aunque a la vez perplejos, pues se preguntaban por qué notaban el temor instintivo de estar enredándose. En los mentideros de la sociedad muniquesa se decía: «Es una mujer con dos intereses: su dinero y su familia. No hay nada más que mueva su ánimo».

Felicia Lavergne había estado casada dos veces. De su primer marido, Alex Lombard, se divorció; su segundo marido había muerto en 1928. De este matrimonio era hija la benjamina de Felicia, Susanne, que vivía con ella en Munich. En aquella tarde de mayo, mientras Belle Lombard llegaba al soleado Lulinn en la Prusia Oriental, en Munich llovía. Un aroma intenso y húmedo a lilas en flor entraba por la ventana abierta del despacho en la gran casa de la Prinzregentenstrasse. Felicia había estado contemplando a través de ella el tronco oscuro del castaño del patio y las corolas blancas que relucían en sus ramas. Al rato se volvió, revisó rápidamente el contenido de su bolso y agarró su chaqueta, que colgaba de la silla.

—Voy a salir, Susanne.

Susanne estaba acurrucada con las piernas encogidas en el sofá.

—No entiendo por qué tienes que salir también esta noche —dijo agresiva.

Era bonita de una manera trivial, rubia y con los ojos azules como su difunto padre, y además pálida y delgada, por lo que siempre tenía un aspecto un poco enfermizo. En aquel momento estaba preparando su entrada en la universidad; estaba nerviosa, dormía poco y eso la hacía más irritable que de costumbre.

Felicia suspiró.

—Porque mañana nos marchamos a Lulinn y aún tengo que discutir con Peter un par de cosas.

—¡Siempre Peter! —Susanne miró maliciosa a su madre—. Si Peter silba, tú saltas. Como si te hiciese falta.

—Peter es mi socio. Llevamos juntos una fábrica y, si uno de nosotros se va de viaje dos semanas, tenemos que hablar de ciertas cosas. Dios mío, Susanne, no pongas esa cara. De todas formas, deberías irte pronto a la cama, tienes mal aspecto. ¿Le digo a Jolanta que te ponga algo de comer?

—No. No tengo hambre.

«Pues algún kilo más pegado a las costillas te sentaría bien», pensó Felicia.

—Susanne, tienes que entender que…

—No es tu socio. Es tu jefe. Todo le pertenece. ¿No es eso?

Felicia se estremeció. Susanne la miró satisfecha.

—Pero no tienes malas cartas, mamá. Peter Liliencron es judío… Medio judío al menos. Tarde o temprano se lo expropiarán y tal vez entonces puedas hacerte con todo. En el fondo, no podía pasarte nada mejor que los nazis.

Felicia examinó a su hija con indiferencia.

—Pareces realmente agotada, Susanne; si no, no dirías tantas tonterías. Me voy y espero que mañana estés de mejor humor para el desayuno.

Salió del despacho y cerró la puerta de un portazo.

Peter Liliencron vivía en una villa antigua con ornamentos de estuco, en Bogenhausen, vigilada desde hacía poco por dos grandes perros pastores. Esta medida de seguridad le parecía necesaria desde que, nueve meses antes, una tropa de las SA había irrumpido en su jardín y dejado una imagen desoladora a su paso. No quedó, literalmente, ni una brizna de hierba en su lugar. Peter había querido denunciarlo, pero se vio rechazado con palabras bruscas:

—¿Qué se cree? ¿Que aquí nos ocupamos de asuntos judíos?

—La casa es de mi madre, y ella no es en absoluto judía. Así que le pido, por favor, que deje constancia de mi denuncia.

Sonriendo burlones, le dieron un formulario que al final él no rellenó.

Los perros no ladraron cuando Felicia tocó el timbre, y no había luz en la casa, pese a la tarde oscura de lluvia. Sorprendida, avanzó por el camino del jardín. Le abrió el mismo Peter.

—Qué bien que estés aquí. Entra rápido, antes de que te empapes. ¿Cómo es que llueve así?

Felicia entró con una zancada en la casa.

—Un tiempo de perros. ¿Tiene Kati libre?

Por lo general, abría la chica de servicio.

—Sí… Es su tarde libre… —Peter parecía nervioso.

Felicia notó que estaba pálido, que los ojos le ardían de desasosiego.

—¿Ha pasado algo? ¿Dónde están los perros?

—Con mi madre en Grünwald. Y se van a quedar allí.

—¿Por qué? ¿Ya no los necesitas? ¿Qué pasa entonces?

La llevó a la sala de estar. Allí había dos maletas hechas.

—Me voy esta misma noche a Suiza.

Felicia no entendía.

—Te dije que voy a estar dos semanas en Lulinn. No te puedes ir de viaje también ahora.

—No me voy de viaje. Dejo el país. No regresaré.

—¿Qué?

Peter se había acercado a la chimenea y miró brevemente las últimas brasas. Luego se volvió.

—¿Me llevas esta noche al otro lado de la frontera?

—Peter, por el amor del cielo… ¿Por qué?

—Estoy en apuros.

—Por… ¿por tu origen judío?

Él se rio con amargura.

—Eso no mejora mi situación, desde luego. Pero no es eso.

—Entonces ¿qué es?

—¿Tengo que decírtelo?

Ella lo meditó un instante.

—Si tengo que llevarte a Suiza esta noche… sí.

Peter sirvió aguardiente en dos vasitos y le tendió uno a Felicia.

—Está bien. En pocas palabras: trabajo desde hace dos años contra los nazis. Ayudo a personas que tienen que abandonar Alemania. Judíos, comunistas, socialdemócratas y otros perseguidos. Les consigo papeles, escondites, me encargo de que puedan cruzar la frontera.

Felicia necesitó un momento para comprenderlo.

—Estás completamente loco —dijo entonces.

Él le lanzó una mirada peculiar.

—¿Y qué? En cualquier caso, no hice todo eso yo solo. Éramos una organización pequeña, una como habrá ahora muchas por todo el Reich. Hemos tenido un cuidado extremo, cambiando una y otra vez los lugares de encuentro, retirándonos durante semanas, guardando el secreto hasta el punto de ocultarlo incluso a nuestros más íntimos. Pero ayer la Gestapo pilló a uno de los nuestros. Ni idea de cómo pudo pasar. Es de suponer que hable… Porque la Gestapo consigue que prácticamente todos hablen. Es mejor… —Hizo un gesto desvalido con la mano, abarcando la acogedora sala, las alfombras, los cuadros y los blandos cojines—. Es mejor que le deje todo esto a mi madre y desaparezca.

Felicia estaba como petrificada. Se dio cuenta de lo innecesario que sonaba lo que dijo, pero no se le ocurrió otra cosa en ese momento:

—No puede ser. ¡Me voy a Lulinn!

Peter sonrió.

—Típico de Felicia. En cualquier situación, piensa solo en ella. ¿Tienes idea de lo que me pasará si me detienen?

—Sí…

¿Por qué demonios tenían ahora aquel contratiempo? El negocio iba bien, los dos formaban un equipo perfectamente armonioso. La economía en Alemania se había recuperado, ellos nadaban bien en aquella corriente. Y ahora iba Peter y se metía en aquella aventura que podía costarle la vida.

—¿Y qué voy a hacer yo si tú ya no estás?

—Dirigir la fábrica sola. Ya verás como lo haces muy bien. En secreto has deseado muchas veces que fuese solo de tu propiedad.

—¡Pamplinas! —dijo Felicia con brusquedad, pero apartó la mirada.

Le había pertenecido, la fábrica, casi a ella sola, salvo cuando su socio anterior, el astuto Tom Wolff, tuvo la mayoría de las participaciones, aunque ella se las habría arrebatado en algún momento… Y Lulinn también le había pertenecido, cada piedra y cada matorral de la finca. Las dos, Lulinn y la fábrica, las había perdido aquel tristemente célebre viernes negro por especular en bolsa… demasiado a lo grande como para salir airosa del asunto. La fábrica fue a parar a manos del rico Peter Liliencron, que no dudó ni un segundo en hacer de Felicia su socia. Lulinn la compró el exesposo de Felicia, Alex Lombard, que dirigía una editorial en Nueva York. Esa había sido la peor humillación para ella. Bien mirado, Felicia Lavergne perseguía desde 1929 dos objetivos: recuperar la fábrica en Munich y Lulinn en la Prusia Oriental.

—Sabes que no sé conducir —dijo Peter—. Y tampoco puedo pedírselo a mi chófer. Si tú no me llevas, tendré que tomar el tren, pero temo que no me dejen cruzar. Entenderás que, en mi caro automóvil, con una mujer que no es judía a mi lado, puedo hacerme pasar con más credibilidad por un hombre de negocios que por razones profesionales viaja a Zurich y vuelve enseguida. —Hizo una corta pausa—. Felicia, ¿me llevarás?

Se quedaron callados. Solo se oía el gorgoteo de la lluvia en el canalón al otro lado de la ventana. Felicia se sintió cansada e irritada: Dios sabía que no tenía ningunas ganas de inmiscuirse en el lío en el que se había metido Peter Liliencron. Pero, ¡qué diablos!, no podía dejarlo ahora en la estacada. Asintió.

—Está bien. Vamos.

—No podré llegar a tiempo para la boda de mi hija en Lulinn —dijo Felicia—, lo que no hará sino reforzar mi fama de madre desnaturalizada.

Peter no respondió. Miraba fijamente la noche oscura como ala de cuervo que los rodeaba. Ahora llovía más fuerte y los limpiaparabrisas se deslizaban cadenciosos. Muy de vez en cuando se cruzaban con otros coches. El pesado Admiral se defendía bien.

Felicia había llamado a casa y, para alivio suyo, no había contestado Susanne sino Jolanta, el ama de llaves.

«Me ha surgido un viaje inesperado. Seguramente no estaré de vuelta hasta mañana por la noche.»

No dijo nada más. Susanne se enfadaría, pero eso tendría que arreglarlo más tarde. Belle necesitaría también una buena explicación… Una muy buena, incluso. Al fin y al cabo, su boda no era un acontecimiento cualquiera.

Poco antes de Kaufbeuren, Peter rompió el silencio.

—Te aconsejo que cambies nuestra producción poco a poco a los uniformes. Me temo que pronto se venderán como el pan.

—No creerás que…

—Sí. Creo que estamos más cerca de la guerra de lo que pensamos. La anexión incruenta de Austria ha sido el principio, pero Hitler no se va a dar por satisfecho. Danzig le silba en los oídos, la cuestión del corredor polaco lo martiriza. En mi opinión, le tiene muchas ganas a Polonia. Le tiene muchas ganas a media Europa.

—No puede permitirse declarar una guerra.

—Hitler se lo puede permitir todo —replicó Peter con convicción—. Ha podido hacerlo desde el momento en que los nazis ganaron las elecciones del 33 y comenzaron, de inmediato, a eliminar toda oposición en el Reich. Hoy ya no hay nadie capaz de impedirle nada.

—Hitler no va a comenzar una guerra. Engatusó al pueblo prometiéndole la prosperidad económica y ha cumplido su promesa. ¿Por qué tendría que arriesgarlo todo con una guerra?

—Ya lo han hecho otros antes que él, y el pueblo los ha seguido de buena voluntad. Hitler lleva años rearmando abiertamente el ejército y nadie ha dicho nada. Tampoco en el extranjero.

Siguieron avanzando en silencio. Hacia las cinco de la mañana llegaron a la frontera. Muy pocas veces se había sentido Felicia tan cansada y hecha trizas.

Peter se ponía cada vez más nervioso.

—Les diremos que tenemos negocios que resolver en Zurich —explicó por centésima vez a Felicia— y que volveremos hoy por la noche. Intenta parecer tranquila y serena, y…

—Peter, eres tú el que está nervioso. Contrólate.

—Los suizos ya han rechazado a gente en la frontera —dijo Peter. En la pálida luz de la amanecida, Felicia podía ver las gotas de sudor que le cubrían la frente—. ¡Liliencron! Si ven mi pasaporte, sabrán enseguida que soy judío.

—Tienes que tranquilizarte: vamos a pasar.

Avanzaron a través de la lluviosa madrugada. Ya desde lejos divisaron el paso fronterizo bien iluminado. Cuando llegaron, un agente uniformado les cortó el paso. Felicia bajó la ventanilla.

—Los pasaportes, por favor —pidió el agente. Le dieron los pasaportes. Miró primero el de Felicia y se lo devolvió—. Todo en orden.

Cuando llegó el turno de Peter, arrugó la frente.

—¿Judío? —preguntó.

—Medio judío. Mi madre es aria.

Le devolvió el pasaporte, dio paso al coche.

—Todavía tenemos que entrar en Suiza —dijo Peter.

El agente de aduanas suizo puso más problemas.

—¿Cuánto tiempo tienen pensado quedarse en Suiza?

—Solo hasta hoy por la noche. Tenemos una reunión de negocios en Zurich.

—¿Qué clase de negocios?

—Tenemos una fábrica textil en Munich. Buscamos posibilidades de exportación al extranjero.

La fábrica textil pareció convencer al uniformado. Su ingenuidad consciente le decía que quien tuviese una fábrica en Munich no la abandonaría para desaparecer en el extranjero. Vacilante, dejó pasar a los dos alemanes.

Cuando se perdieron de vista, Peter pidió a Felicia que parara en el arcén. Abrió la puerta del coche, se inclinó hacia fuera e inspiró profundamente.

—Lo hemos conseguido. Felicia, nunca olvidaré lo que has hecho.

—No pasa nada. Solo espero que estés seguro de que esta huida era necesaria. Aún podrías volver conmigo…

Él la miró casi enfadado.

—Por Dios, ¿cuándo vais a entender lo que pasa? ¡Incluso una mujer como tú está ciega! En Alemania van a pasar cosas horribles y, cuando todo haya terminado, os quedaréis anonadados, sin entender cómo pudo pasar ante vuestras narices.

—¿Hablas de la posibilidad de una guerra?

—De eso y mucho más. Mucho más de lo que puedas imaginar. Pero ¿de qué sirve que lo hablemos ahora?

Reemprendieron la marcha. Aumentaba la claridad. Había dejado de llover, un sol débil se abría paso entre las bajísimas nubes, la hierba húmeda se mecía con el viento. Felicia contempló el perfil de Peter. Ahora parecía cansado e infeliz. Tenía la boca tan apretada que era apenas una raya blanca y delgada y sus ojos oscuros mostraban una preocupación desvalida.

En Zurich, fueron hasta el Dolder, el hotel que dominaba la ciudad desde lo alto, con una soberbia vista del lago. Público elegante en el vestíbulo, un personal igual de elegante y discreto. Peter fue atentamente recibido. Se disculparon por tener libre solo una habitación sencilla, pero Peter aclaró que la señora se iría, en cualquier caso, al cabo de unas horas.

—Creo que deberíamos desayunar primero —le dijo a Felicia.

En el comedor, los observaron con curiosidad. Felicia ya conocía esa sensación; siempre que aparecía con Peter en público, atraían el interés. Hacían una bonita pareja: los dos altos, de cabello oscuro, con rasgos simétricos e inteligentes. A Felicia le gustaba maquillarse, aunque en la Alemania nazi estaba mal visto. No le preocupaba, y le proporcionaba cierto placer alejarse de la imagen de madre alemana rubia y natural.

Sabía que a Peter le habría gustado casarse con ella, pero nunca se había prestado ni siquiera al intercambio de mimos. Eso había sido causa de un par de feas escenas, en las que él le echó en cara que lo rechazaba por su padre judío.

«La mujer aria piensa en mantener la pureza de la sangre.»

«¡Pamplinas! Sabes que esas cosas me importan un bledo.»

Lo que decía Felicia era cierto y, en lo más profundo de su ser, él también lo tenía claro. Sus sentimientos no eran correspondidos, eso era todo. No le resultaba fácil reconocerlo… Sobre todo cuando era evidente que no había ningún otro hombre en la vida de Felicia. Tenía la impresión constante de que había cierta tristeza en el ánimo de ella, una melancolía inexplicable, un anhelo de algo inalcanzable. ¿Del hombre del que se había divorciado? ¿De un desconocido? No lo sabía. Solo se sorprendía demasiado a menudo con el deseo de haberla conocido antes, décadas antes, cuando era una muchacha despreocupada, sin decepciones, sin experiencias amargas, sin recuerdos. Puede que con él hubiese sido más feliz… Más feliz de lo que era ahora.

Desayunaron copiosamente: café, cruasanes, mantequilla y mermelada, huevos y jamón, y luego fueron a la habitación de Peter, donde Felicia, tal como estaba, se tumbó en la cama y se quedó dormida de inmediato. Su cabello se esparcía enmarañado sobre la almohada, tenía el traje de lino arrugado, se le había corrido el maquillaje. Peter la miraba enternecido. Bajando la voz, hizo un par de llamadas por teléfono; luego se sentó tranquilamente en un sillón junto a la ventana, mirando a la mujer dormida y escuchando la lluvia, que de pronto arreciaba de nuevo y golpeaba, cadenciosa, los cristales de la ventana.

Despertó a Felicia hacia mediodía. Lo mejor era que condujese con luz la mayor parte del trayecto. Se sentó en el borde de la cama y puso una mano en el hombro de ella con suavidad.

—¡Felicia! ¡Despierta! Es hora de que te vayas.

Ella salió del sueño más profundo y lo miró confusa y ausente.

—¿Qué pasa?

Su anhelo de ella era de repente tan violento que no pudo evitar decir:

—O sigue durmiendo y quédate aquí. Vayámonos juntos al exilio. Es un trago tan amargo para mí, Felicia… Pero contigo sería la mejor época de mi vida.

Por un momento, un segundo, se sintió tentada de apoyar la cabeza en el pecho de él, de refugiarse en su abrazo. Sería tan hermoso… Hacía mucho, una eternidad, desde la última vez que un hombre la había acariciado. La lluvia fuera, ellos allí dentro, la habitación bonita y cálida, una isla en un mundo hostil.

Sin embargo, se levantó y se alisó la falda arrugada.

—Alguien tiene que ocuparse del negocio mientras tú no estás, Peter; no lo olvides.

También él se levantó. De pronto, pareció realmente desamparado.

—Sí… Tienes razón. Es mejor que vuelvas a casa. Allí tienes a tu familia, a tus hijas, a tus amigos. ¿Por qué ibas a dejarlo todo… por mí?

—Yo… —Felicia no sabía qué contestar—. Iré al baño antes, si no te importa.

Cuando volvió, se había cepillado el pelo y retocado el maquillaje, pero aún se la veía agotada.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó con naturalidad.

—Tengo amigos en Zurich. Mientras dormías, los he llamado por teléfono. Puedo quedarme con ellos una temporada.

—¿Y luego?

Él se encogió de hombros.

—No lo sé aún. Puede que me marche a Francia. Ya veré.

—¿Te pondrás en contacto conmigo de vez en cuando?

—No quiero causarte problemas.

—Qué cosas tienes… Me gustaría que llamases. O que escribas. Ay, no sé… Dios mío, me temo que voy a necesitar tus consejos todo el tiempo.

—Te las arreglarás muy bien sola, Felicia. Eres una mujer de negocios de primera. Y piénsate lo de los uniformes. Será una gran oportunidad, te lo juro.

—Sí… Lo pensaré. —Felicia abrazó su bolso con fuerza—. Tengo que irme.

—Sí. Gracias por todo.

De pronto, la habitación de hotel había dejado de ser un refugio acogedor. De pronto, era de un desconsuelo mortal. Como una estación, en la que uno se despide atormentado por altavoces que lo instan a subir al tren. Se abrazaron, primero arriba en la triste habitación, luego abajo en la calle bajo la lluvia. Peter despidió el coche con la mano hasta que dejó de verlo.

En casa, en Munich, Felicia encontró dos cartas. Una era de Susanne: le comunicaba que se había ido sola a Lulinn porque a ella sí le importaba estar en la boda de Belle. Le daba igual si su madre pensaba ir o no.

La segunda carta era de Peter Liliencron; debía de haberla enviado el día de su huida. A lo largo de varias páginas que había hecho certificar por un notario, nombraba a Felicia propietaria única de su fábrica.

Capítulo 3

3

En 1933, Max Reinhardt había dejado de ser director de los célebres teatros de Berlín. Había escrito una carta desde Oxford al presidente de la Cámara de Cultura del Reich para, por así decirlo, regalarle tanto el Deutsches Theater como el Kammerspiele. En lo sucesivo, los nazis se hicieron cargo de la dirección, subordinaron el teatro a la KDF —Kraft durch Freude, la organización nacional que, bajo el nombre de Fuerza por la Alegría, proporcionaba ocio a los trabajadores— y se preocupaban por la popularidad y las altas cifras de público. Solo unos pocos pequeños teatros privados habían conseguido mantenerse al margen, pues la mayoría fueron víctimas de una fatigosa y agotadora lucha por la existencia.

Max Marty odiaba a los nazis, los había odiado desde el principio: su arrogancia por querer controlar todo y a todos en Alemania, por recortar la libertad personal de cada ciudadano drásticamente, su falta de escrúpulos a la hora de plantar espías en todos los rincones del país y conceder a los pequeños tiranos la posibilidad de darse importancia y hacer la vida imposible a sus congéneres.

Había conseguido un contrato en la Ópera Cómica, un teatro privado que representaba piezas críticas y se preocupaba poco por las ordenanzas de Goebbels.

Max, que había estado entre los intérpretes más prometedores del Deutsches Theater, allí tuvo que empezar de cero. Solo le daban pequeños papeles, no lograba convencer a nadie de sus capacidades, se las apañaba como podía y no veía grandes perspectivas de futuro. Si antes había sido un hombre alegre y vigoroso, ahora se mostraba a menudo agrio y cínico. A veces se pasaba horas rumiando en algún rincón.

Belle y él se habían casado en Lulinn, aunque sin la bendición personal de Felicia, como Max lo expresó con fina ironía. En una conversación telefónica larga y alterada, Felicia intentó explicar a su hija que Peter Liliencron había tenido que salir de viaje urgentemente y que en la fábrica todo estaba manga por hombro.

—¿Tú lo entiendes? —le preguntó a Max—. ¿Qué puede haber pasado?

Él la miró meditabundo.

—¿Que Liliencron ha tenido que salir de viaje? Curioso…

No dijo nada más, pero pensó lo suyo.

El más triste fue el tío Johannes, el hermano de Felicia. Quería mucho a su hermana, pero hacía años que no la veía. Modeste hizo un par de comentarios mordaces, Joseph puso nerviosa a Belle intentando consolarla todo el tiempo, y el voluble Serguéi se emborrachó porque habría querido sablear a Felicia y no pudo satisfacer sus esperanzas. Susanne y el primo Paul ejercieron de padrinos.

Fue una boda bonita, en un estupendo y cálido día de verano. Incluso la anciana bisabuela Laetitia, que apenas salía ya de la cama, tomó parte en la celebración. Belle, vestida de blanco, resplandecía y no vio que su novio volvía a estar ensimismado en oscuros pensamientos.

No querían pasar la noche en el pequeño dormitorio con balcón de Belle, sino en uno de los espaciosos cuartos de invitados. Jadzia había puesto sábanas de seda amarillo claro y colocado un gran ramo de esplendorosos y coloridos tulipanes sobre la cómoda. Además, debía de haber pulverizado algún perfume, pues se percibía un pesado olor dulzón entre las paredes que recordaba a un bazar oriental o a la jaima de un sultán.

—¡Madre mía! —dijo Max al entrar en el cuarto—. Abre la ventana, rápido. Esto tumba a cualquiera.

Belle se apresuró a abrir la ventana. Entró el suave aire de la noche. Fuera se veía un cielo negro, cuajado de estrellas. Belle inspiró profundamente.

—¡Esto es tan bonito! ¡Tan maravilloso! La vida es maravillosa.

Max se dejó caer en un sillón y se aflojó la corbata. Parecía tenso.

—Un paisaje idílico —masculló.

Belle ya había notado que no estaba tan enamorado de Lulinn como ella. Ni siquiera miraba los campos de colza, los robles, los caballos, el cielo. La familia le crispaba los nervios, solo parecía tener cierta consideración por la bisabuela Laetitia y entenderse bastante bien con el tío Johannes. A todos los demás los encontraba más o menos imposibles, y no se esforzaba demasiado por ocultarlo. Con Modeste, casi había llegado a pelearse porque ella proclamaba a voz en grito las virtudes de los nazis.

—¿Es que aún tenemos desempleo? ¿Está nuestra economía aún por los suelos? Con Hitler todo ha mejorado, ¡no nos podemos quejar!

Max la había fulminado con la mirada.

—¿Sabe usted que habla de un hombre contra el que combate sin tregua toda la oposición en el país, que obliga a nuestros grandes intelectuales a emigrar al extranjero, que…? —Se interrumpió; sabía que hablar así podía ser peligroso—. Pero ¿por qué debería contarle yo todo esto? —dijo—. ¿Ha leído Mi lucha?

En la sala de estar de Lulinn, Mi lucha estaba, por supuesto, en las estanterías, como en las de muchos hogares alemanes, pero Modeste no tenía tiempo de leerlo, sobre todo porque la espantaban los tochos.

—Sé lo que dice —respondió esquivando la pregunta.

—Es obvio que no —repuso Max.

Modeste se hinchó como un pollo.

—No le consiento que me hable en ese tono. Y, por favor, ahórrenos sus discursos sediciosos. Como si no supiese que ha sido nuestro Führer quien ha resucitado nuestro país, destrozado después del vergonzoso Dictado de Versalles.

Max sonrió con malicia.

—El destino no es la política, sino la economía. Eso dijo nuestro exministro de Asuntos Exteriores Walter Rathenau. Tenía razón. Ha sido la situación económica de Alemania la que ha catapultado a Hitler a la cumbre.

—Sin duda —murmuró el tío Jo, y entonces, durante un par de minutos, reinó un incómodo silencio entre los presentes.

—Se acercan malos tiempos —dijo Max mientras se sentaba en un sillón del dormitorio y miraba por la ventana, ajeno a la belleza de la noche en la Prusia Oriental—. Si al menos tuviésemos más dinero…

Belle suspiró bajito. ¿Por qué tenía que empezar con eso justo ahora? Llevaban solo unas horas casados y ya volvía a caer en aquel humor meditabundo que ella había aprendido a temer. La melancolía y la complejidad de carácter que tanto le gustaban de él, hasta el punto de haberle provocado un deseo ciego de convertirlo en su marido, también le daban miedo. Pero Max estaba más lejos de ella que la luna. Belle se plantó desconsolada ante él; se sentía excluida y rechazada de su intimidad.

Le acarició suavemente la mejilla.

—Max, no empieces a rumiar. Mañana, ¿de acuerdo? Mañana hablaremos de todo esto.

—¡Mañana! Mañana no será mejor que hoy. Me pregunto de qué vamos a vivir. ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo nos las arreglaremos?

Palabrería teórica, siempre. ¡Era tan típico de él!

—Los dos nos ganamos la vida. Sé que no es mucho, pero…

—Pero pronto serás una estrella y te comprarás una villa en la isla de Schwanenwerder, lo sé.

—Ah, no tengo ni idea de si me convertiré alguna vez en estrella —dijo Belle, impaciente—. Pero, en cualquier caso, mi abuela nos ha ofrecido vivir con ella en Berlín en la Schlossstrasse. Es una casa tan grande que ni siquiera la veríamos. Nicola y Serguéi también vivieron allí un año antes de que Serguéi tuviera que irse a Breslavia, y les fue bien.

—¡Nicola y Serguéi! ¡Precisamente a ellos tenías que nombrarlos! Serguéi es un calavera arrogante y libertino, que no tiene otra cosa en la mente que su nueva loción para el afeitado y las corbatas chic. Y Nicola…

—¿Sí? —preguntó Belle, a la defensiva. Apretó los puños. Max podía decir de Serguéi lo que quisiera, porque Serguéi solo formaba parte de la familia por su matrimonio, Belle no se sentía responsable de él. Pero Nicola, la prima de su madre… ¡Que se atreviese Max a decir una sola palabra contra ella!—. ¿Qué pasa con Nicola?

—Perdona. Pero no puede ser más superficial. Una muñequita guapa, que se viste bien y sabe peinarse, pero mucho más…

—Si no te gusta mi familia —lo interrumpió Belle con voz helada—, puedes, por supuesto, seguir en tu cuarto de Prenzlauer Berg. Pero yo no pienso vivir allí. Me quedaré con mi abuela en Charlottenburg.

—¡Claro! Madame no estaría en su ambiente en un barrio obrero.

—Me alegro de que lo hayas entendido.

—Entonces, por el momento, cualquier otra discusión sería inútil. —Max se levantó.

Se quedaron uno frente al otro en la penumbra del cuarto, donde solo había una lamparita encendida. El aroma dulzón todavía viciaba el aire y a Belle ya le había dado dolor de cabeza.

—Creo que voy a salir a dar un paseo —dijo Max, y abrió la puerta—. No me esperes despierta.

—¡De eso puedes estar seguro! —resopló Belle.

Max salió y cerró la puerta. Belle se quedó sola con las flores y la cama vestida de seda amarilla. Por un momento habría querido romper algo de la rabia, tal vez la jofaina de porcelana, pero se esforzó por no hacerlo. Max podía irse al diablo.

Salió del dormitorio, subió las escaleras y se deslizó hacia el interior de su pequeño cuarto con el manzano ante la ventana. Por suerte no la había visto nadie; al tío Joseph le habría venido muy a propósito sorprender a la joven novia huyendo en su noche de bodas. Belle se metió en la cama, pero no podía dormirse. Le daba vueltas a su alianza en el dedo y comenzó a preguntarse si había cometido un error.

Tom Wolff había tenido miedo a la vejez toda su vida. A aquel hombre alto y corpulento, vital, fuerte e intimidante, el pensamiento de volverse débil y caduco le quitaba el sueño. ¿En qué podía tener su origen? Sin duda disponía de suficiente astucia, aunque no de una formación elegante con la que sazonar su comportamiento. Otros hombres engañaban a la edad jugando a ser caballeros canosos, elegantes y experimentados, a los que por lo menos perseguían las mujeres jóvenes con complejo de Electra. Tom Wolff, hijo de un campesino de los bosques bávaros pobre como las ratas, sin embargo, no era ni caballero ni elegante, y su experiencia se reducía, en su mayor parte, a cómo ganar dinero. Y las canas no le bastaban. Por eso, en 1932, había decidido hacerse rico, tener tanto dinero que la papada, las bolsas bajo los ojos, las mejillas flojas y la piel arrugada no tuviesen importancia alguna. Parecía la única manera de soportar con cierta dignidad su sexagésimo cumpleaños, que se acercaba a toda velocidad.

Tom Wolff había dirigido la fábrica textil con Felicia Lavergne hasta el gran crac de la bolsa y luego, también con Felicia, había perdido todo lo que poseía. Entonces se hundió. Despojado de todas sus posesiones terrenales, se vio con una mano delante y otra detrás. Pero Kat, su hermosa mujer de negros cabellos, la hermana del exmarido de Felicia, orgullosa e inaccesible, lo ayudó a restablecerse.

—¡No me quieres! —había gritado él llorando.

Y ella le respondió, fría:

—No. Pero sigo creyendo en ti.

Eso lo había despertado. ¡Diablos! Tenía razón. ¡Él era Tom Wolff! Un campesino de una granja dejada de la mano de Dios, próxima a la frontera checa, tosco y grosero, pero listo, avispado, siempre un punto por delante de los demás. Tenía casi sesenta años, una gran barriga y brazos cortos —su corazón protestaba de vez en cuando contra la comida excesiva, el alcohol y los cigarrillos—, pero no era demasiado viejo para conseguirlo una vez más. En su experiencia, la ambición, el valor y las buenas ideas siempre tenían recompensa, y él tenía las tres virtudes. Si quería, podía recuperar su posición.

De hecho, lo logró. En 1938 estaba ya de nuevo entre los hombres más ricos de Munich, vivía en una casa maravillosa junto al palacio de Nymphenburg y alardeaba de un Cabrio nuevecito de Daimler-Benz. Bienes por los que no pagaba un pequeño precio.

Estaban a comienzos de octubre, la primera hojarasca sembraba ya las calles, un viento frío hacía vibrar los cristales de las ventanas y una lluvia intermitente caía de las bajísimas nubes. Tom Wolff se incorporó en la cama y observó a la mujer que dormía a su lado. Como le sucedía a menudo, lo que vio lo colmó de aversión. Lulú respondía, en realidad, al nombre de Edith Müller. Sin embargo, como le gustaba lo exótico, insistía en que se dirigiesen a ella como «Lulú», y había llegado a conseguir que la mayor parte de la gente creyese que, de hecho, se llamaba así. Mantenía en secreto su edad, pero debía de estar entre los sesenta y los setenta; se maquillaba de manera llamativa, se teñía el pelo de rojo, llevaba ropa juvenil y abigarrada, y se adornaba de pies a cabeza con ostentosas joyas de oro. Creía que así tenía un aspecto joven, aunque, a decir verdad, parecía mucho más mayor. Tom, que contemplaba desde arriba sus párpados pintados de azul, pensó asqueado: «¡Bruja! ¡Vieja bruja emperejilada!».

Era la viuda de un fabricante de juguetes, una mujer inmensamente rica que se aburría la mayor parte de su vida. No paraba de comprarse nuevos vestidos, nuevas joyas, y hacía que su chófer la llevase todas las mañanas al peluquero. Quedaba con supuestas amigas para tomar el té, charloteaba sobre esto y aquello, y se sentía casi tan huera como antes. En algún momento, comprendió lo que le hacía falta: un amante. Necesitaba un amante con desesperación.

Tom la había conocido en 1932, en una fiesta de amigos comunes, cuando él, con cincuenta y ocho años recién cumplidos, andaba como un animal herido en busca de autoafirmación. De una manera u otra, se habían puesto a hablar, sentados uno al lado de la otra en un exquisito sofá, mientras comían bocaditos de salmón. Lulú sostenía el bocadito entre sus gruesas manos con manicura perfecta y extendía el meñique con delicadeza, y Tom contemplaba fascinado sus enormes anillos de oro macizo. Ella le habló de la fábrica de juguetes y se quejó de que sus ventas estaban cayendo.

—Siempre había ido muy bien. Pero, de pronto, se estancó.

—¿Qué se estancó en concreto? —preguntó Tom.

Bajo unas largas pestañas falsas, ella lo miró afligida.

—Los vaqueros. Los indios. Los caballos, las vacas, las ovejas. Producimos figuritas, ¿entiende?, del Salvaje Oeste y de granjas. Pero por alguna razón ya no las quiere nadie. —Alargó la mano hacia el siguiente bocadito de salmón.

—Ya —dijo Tom.

Y al segundo siguiente tuvo una de aquellas ocurrencias que, en el curso de su agitada vida, ya lo habían llevado alguna vez hasta las alturas del éxito.

—SA —añadió.

Lulú lo miró desconcertada.

—¿Cómo dice?

Tom se dio golpecitos con un pañuelo en la frente para secarla; en cuanto se acaloraba lo más mínimo, comenzaba a sudar. Tensión alta.

—¡Nazis! ¡Tenemos que fabricar ejércitos enteros de camisas pardas! Adolf Hitler con la mano…

—¿Tenemos? —preguntó Lulú, burlona.

Tom la miró.

—Yo podría llevar su fábrica a lo más alto, Lulú.

—Pero ¿por qué nazis?

—Los nazis van a ganar las elecciones.

—¿Y cómo lo sabe usted?

—Lo sé. Digamos… que estoy casi seguro. Y si es cierto y al día siguiente lanzamos nuestras figuritas al mercado, será un buen negocio. Todos los chiquillos alemanes se volverán locos por ellas. Y podemos… podemos reproducir también a otros hombres de Estado. Podemos montar acontecimientos históricos. Lulú, con esos malditos juguetes, podríamos hacer una fortuna.

—Y si los nazis no…

—Lo harán, cuente con ello. ¡Vaqueros! ¡Indios! ¡Ja!, nadie los echará de menos.

Lulú se rio maliciosa.

—Podría agradecerle ahora mismo el consejo y llevar a cabo todo eso yo sola.

Tom la contempló con frialdad.

—Calculo que no tiene usted ni una sola mente creativa en su empresa. Arruinaría esa hermosa idea.

—Si le hago a usted mi socio…, ¿qué quiere a cambio?

—Una participación enorme en los beneficios. Y ser el jefe directamente por debajo de usted.

Lulú levantó su copa de champán.

—Lo pensaré.

Eran socios desde hacía seis años. El cálculo de Wolff había resultado brillante. Produjeron agentes de las SA, de las SS, Juventudes Hitlerianas, Jóvenes Alemanes, a Hitler, Göring, Goebbels en cualquier situación, al pueblo jubiloso, banderas, tribunas, desfiles… Podría decirse que les quitaban el producto de las manos. La idea más novedosa de Tom había sido vender soldados. Cañones. Caballos de caballería, camiones militares. En plena militarización de Alemania, se vendían como el pan. Además, habían confiado a Tom, por supuesto miembro del Partido desde hacía mucho, la producción de insignias para las campañas del Auxilio de Invierno, y suministraba figuritas de árboles de Navidad, broches en forma de mariposa, figuras de cuento y mucho más. Era un hombre rico. Y el querido de Lulú.

Ella lo había convertido en el segundo de a bordo de Juguetes Müller, pero no perdía ocasión de recordarle que dependía de su generosidad que mantuviese el puesto. Y, entre otras cosas, siempre hablaba de que pronto se retiraría —en realidad, nunca había trabajado— y de que necesitaría un sucesor.

—¿A quién haré entonces jefe, Tom?

—¡A mí!

—Solo si eres bueno…

Al principio a él no le había importado acostarse con ella. Puesto que su esposa Kat lo rechazaba desde hacía años, incluso acogió bien el cambio. Pero cada vez lo asqueaba más aquel juego. Era como un caballo al que le ponen un terrón de azúcar ante el morro y se lo van retirando cada vez que se estira para comerlo. El azúcar era la fábrica. Él la quería, la quería a toda costa, incluso si para ello tenía que interpretar el papel de querido de aquella horripilante mujer. Lo odiaba, pero el objetivo merecía la pena. En cuanto fuese el jefe, tal vez podría engañarla. Por lo menos lo intentaría y, quizá… quizá un día todo le perteneciese a él. ¡Diablos! Se lo había ganado. Había hecho prosperar el negocio, él solo. Entretanto, conocía los libros, sabía que la empresa había pasado verdaderas dificultades, peores de lo que la propia Lulú había insinuado. Ahora el negocio florecía… Y todo se lo debía a él.

Se deslizó lejos de la dormida Lulú, se levantó y encendió la radio, a la que los nazis habían bautizado como «receptor del pueblo». Los alemanes habían invadido los Sudetes, informaban con emoción todas las emisoras: «Hitler recupera a los alemanes para el Reich. Entusiasta recibimiento a nuestras tropas».

Wolff escuchó satisfecho. Se imaginó los Acuerdos de Munich, por los que se había decidido la cuestión de los Sudetes a favor de Alemania, ya en pequeño formato. Hitler, Chamberlain, Mussolini y Daladier de pie en semicírculo.

Seguro que volvía a ser un éxito.

Lulú se había despertado.

—¿Te vas ya, Tom?

Justo se estaba poniendo los pantalones.

—No tengo más remedio. Lo siento. Quiero comprobar una vez más en la fábrica cómo va «el encuentro de Munich». Ya sabes que si uno no lo controla todo…

—Haces verdaderos sacrificios por mi empresa —dijo Lulú, perezosa.

Tom no contestó. Lulú utilizaba esa fórmula a conciencia, eso lo tenía claro: «Mi empresa». Sabía que él odiaba que se lo recordase. Pero a ella le gustaba demasiado jugar con su poder.

—Tom, ¿cuándo vas a volver?

Se levantó también, se puso la bata de seda verde. Se le había corrido el maquillaje de los ojos, tenía un aspecto grotesco y parecía muy mayor. Como siempre que acababa de acostarse con ella, Tom estaba convencido de que no podría volver a hacerlo.

—Aún no lo sé, Lulú. Tampoco hace falta que mi mujer se entere.

—¿Crees que le importaría? —Lulú apagó la radio. La política nunca le había interesado—. Me gustaría verte pasado mañana por la noche, Tom.

—¿Pasado mañana? —«Dios mío, ¡pasado mañana otra vez!»

—Sí. Haré que preparen una buena cena y nos sentaremos ante la chimenea. Un buen vino de la bodega de mi difunto marido…

—No sé si puedo…

Lulú se encogió de hombros.

—Si te esforzases por mí la mitad que por los juguetes…

—¡Lo de los juguetes lo hago por ti!

Lulú se rio con desdén.

—¡Mentiroso! Lo haces por ti, solo por ti. Sé perfectamente lo que quieres: quieres mi fábrica. Te dejarías matar por ella. En fin, puede que no estés tan lejos de tu objetivo, después de todo. ¿Quién sabe? Entonces ¿pasado mañana?

Tom se tragó la ira y el asco.

—Está bien, Lulú, tesoro. Aquí estaré. Pasado mañana.

Fuera, en la calle, se envolvió bien en su abrigo. El viento arremolinaba las hojas. Principios de octubre y ¿ya tanto frío? Se sacudió, e intentó sacudirse también los pensamientos que lo acuciaban. Aquel sentimiento de estar atrapado en un abrazo del que no había escapatoria… ¿Dejarlo ahora? ¿Vivir con el dinero que había ganado? ¡No! No cuando podía tener diez veces más.

Se subió al coche y arrancó. En todas las calles, los vendedores de periódicos anunciaban extras sobre la invasión alemana de los Sudetes, intentando imponerse a las voces de los demás. Tom sonrió. Encontraba a los nazis presuntuosos y estúpidos, con su palabrería sobre la raza aria, sobre la expansión del espacio vital, sobre el Reich de los mil años. Aquel necio «Heil Hitler», mano derecha arriba, y siempre un montón de aspavientos por cualquier nadería. Como una gallina que acaba de poner un huevo, así cacareaban los nazis con cada nueva conquista. Austria, los Sudetes. Y pensó: «Danzig. Danzig es lo siguiente».

Pero tan poco apoyaba Tom a Hitler como decidido estaba a entenderse con sus esbirros pardos. Ostentaban el poder, así que había que lisonjearlos. Nunca había tenido el oportunismo por un vicio del carácter, sino por una pura necesidad, y quien fuese con remilgos demostraba ser un estúpido.

Su mirada se detuvo en una mujer que en ese momento cruzaba la Karlsplatz. Un abrigo elegante de lana marrón oscuro, un pañuelo de seda en luminosos tonos verdes al cuello, cabello oscuro y brillante… Aquel rostro arisco…

Pisó el freno, hizo caso omiso de los enojados bocinazos del conductor que lo seguía, y bajó la ventanilla.

—¡Qué alegría! ¡Felicia Lavergne!

Felicia se acercó.

—¡Tom Wolff! ¡Cuánto tiempo!

—Desde luego. ¿Dónde vas?

—De visita.

—¡Ah! ¿Una cita?

—No seas bobo, Tom.

—Te llevo adonde quieras. —Tom hizo un amplio ademán abarcando el coche—. Serás la primera a la que permito ir en mi nuevo automóvil. He vendido el Bugatti. ¿Qué te parece mi Cabriolet?

—No está mal —dijo Felicia, y subió.

—Veintidós mil marcos del Reich —aclaró Tom, indolente—. Cien caballos. ¿Sabes lo rápido que va?

—Ni idea.

—Ciento sesenta kilómetros por hora. Por desgracia, no puedo demostrártelo aquí.

—Te creo. —Felicia no pudo evitar sonreír. Tom era el mismo fanfarrón sin remedio de siempre. Se reclinó cómodamente en el blando asiento—. Voy a la Hohenzollernstrasse.

—Hohenzollernstrasse. De acuerdo.

El coche siguió avanzando. Tom echó a Felicia una mirada, ella se la devolvió. Pensó: «¡Qué viejo está!».

Y Tom pensó: «Sigue igual de guapa que siempre».

Habían sido socios comerciales hasta el viernes negro y se conocían demasiado bien. No necesitaban fingir ante el otro. Sabían que eran codiciosos y, de vez en cuando, incluso cínicos. Cada uno tenía un punto débil que intentaba ocultar encarnizadamente, y podían ajustarse a lo más extremo sin alejarse en su interior ni por asomo de lo que tenían por correcto. A veces, Tom le había dicho a Felicia: «Eres como yo. Ni un ápice mejor, querida señora».

Ella protestaba, pero sabía que él tenía razón: era igual que él.

—Creo que tengo que felicitarte, Felicia —comenzó a decir Tom—. Según se dice, en primavera diste en la diana. Peter Liliencron te transfirió su empresa. ¿Cómo lo conseguiste?

—No hice nada.

—Ya, ya. ¿Así que fue un premio del destino? ¿Por qué? Si se puede saber.

—No se puede saber, Tom. Por una vez en la vida, la historia no es en absoluto de tu incumbencia.

—Mmm… ¿Dónde se ha perdido Liliencron?

—No tengo ni la más remota idea.

Tom se rio por lo bajini.

—Apuesto a que sabes más que nadie. Pero no te voy a acuciar. Dondequiera que esté Liliencron…, tú has logrado tu objetivo. Una vez más. Sabes que por ello mereces toda mi admiración.

—Gracias. Es bonito tener un admirador. Por cierto, ¿cómo van esos juguetitos tan monos tuyos?

—Viento en popa —respondió Tom, satisfecho—. Incluso me lo digo a mí mismo: los nazis en los cuartos infantiles fue una de las mejores ideas de mi vida.

—La verdad es que todos te admiran por ello, Tom, no solo yo. Sin embargo, te falta la piedra decisiva para la felicidad, ¿no? Ganas mucho dinero con el imperio Müller, pero nada de él es propiedad tuya. ¡Ni una pizca!

Tom entrecerró los ojos.

—Sí… Respecto a eso, vas un paso por delante de mí. Pero te sigo de cerca.

—De eso estoy convencida —dijo Felicia educadamente.

Todo Munich sabía que se acostaba con la atroz Lulú, y todos tenían claro por qué. Que Lulú fuese tan lista como él, solo podía hacer que aquella partida de póquer fuese aún más emocionante.

No volvieron a hablar hasta que llegaron a la Hohenzollernstrasse.

—Así que… ¿a quién vas a ver entonces? —preguntó Tom.

—A unos amigos. Debes de conocerlos también. Sara y Martin Elias.

—Martin Elias… ¿El hijo del famoso banquero?

—Exacto. Solo que el banco ya no pertenece al viejo Elias. Puedes imaginarte por qué…

—Ya. Judíos.

—Martin es escritor, pero no puede publicar. Trabaja para una revista pequeña por una miseria de sueldo. Y Sara tiene un puesto en la guardería de niños judíos. Se defienden más mal que bien.

—Te creo. Aquí la vida se les ha complicado mucho a los judíos.

—A ver si puedo hacer algo por ellos. Adiós, Tom. Gracias por el paseo.

La siguió con la vista mientras se alejaba. Desde hacía más de veinte años luchaba por sentirse de la misma condición que ella, pero siempre estaban las barreras invisibles del origen de ambos. Él, hijo de un campesino de la frontera checa. Y ella, hija pudiente de Berlín, respaldada por la finca en la Prusia Oriental y por una familia secular. Él podía tener todo el dinero del mundo, que nunca la alcanzaría. Nunca.

Se recompuso. Aquella noche tenía invitados. Amigos del Gauleiter.[1] Tenía que estar a la altura.

Capítulo 4

4

Belle y Max habían llegado a un acuerdo: no se habían mudado a la Schlossstrasse, a la casa de la abuela de Belle, pero tampoco al humilde cuarto de Prenzlauer Berg. Max había encontrado un apartamento en la Alexanderplatz que podían permitirse: tres habitaciones, cocina y baño. Una zona sobria y fea, en opinión de Belle, y el edificio tampoco le gustaba: una casa de alquiler gris sin el más mínimo rastro de verde ante ella. Pero, puesto que Max había transigido, no podía ponerse quisquillosa. Su madre le había enviado dinero para amueblar la casa, y Belle pasaba tardes enteras recorriendo las tiendas de Berlín para escoger armarios, sillones, alfombras y cortinas. Felicia, atormentada por la mala conciencia de haberse perdido la boda, había sido generosa con el cheque, y Belle, al menos en lo que al interior se refería, convirtió la casa en una bombonera llena de espejos, cojines y bonitos cuadros. Todo era lujoso, nuevo y elegante. Belle se deleitaba con sus logros y, con cierta obstinación iracunda, se entregaba a sus compras con más fruición cuanto más se enfadaba Max por ellas. Por lo general, no decía nada, pero ella notaba que no estaba de acuerdo. Despreciaba el lujo, lo encontraba superfluo y decadente.

—¿Para qué necesitamos una enfriadera? —preguntó espantado cuando Belle puso sobre la mesa su valiosa adquisición más reciente.

Ella levantó una botella.

—Para esto. Porque esta noche bebemos champán.

Max había tenido problemas en el ensayo de la tarde, estaba cansado e irritado.

—Entiendo. Apenas podemos pagar el alquiler, pero siempre tendremos champán.

Belle encendió una vela, esforzándose por mantener la calma y salvar la paz de la velada.

—La abuela nos ha regalado la botella. Y la enfriadera la he pagado con el dinero de mi madre. ¿Ves? No tienes que preocuparte de nada.

—Si no fuese porque tienes a tu familia —replicó Max, mordaz—, apuesto a que no te habrías casado conmigo sino con un hombre adinerado. No puedes pasar sin lujos.

—Tengo buen gusto, nada más.

Él contempló su rostro elegante, las largas y densas pestañas maquilladas, los labios pintados de carmín.

—Sí… Seguramente es eso. Tendrías que estar en un ambiente chic y hermoso. Pero yo no encajo en él.

—Max, por favor, ¡no empieces de nuevo! —exclamó Belle, desesperada.

Una noche, solo quería pasar una noche sin aquellas agotadoras discusiones. Quería celebrar que, tras meses de apariciones en estúpidas películas de propaganda, por fin volvía a tener un papel en una película de verdad: Herbert Selpin le había dado unas frases en Dime que sí y, además, con Luise Ullrich y Victor de Kowa. Estaba entusiasmada y se moría por contárselo a Max, pero ahora, de repente, se le habían pasado las ganas y no dijo ni una sola palabra al respecto.

Cenaron en silencio, luego lavaron en silencio los platos. Max había quedado con un par de amigos en una taberna, pues esa noche no actuaba.

—¿Te gustaría venir? —le preguntó cortés.

Belle lo miró indiferente.

—Gracias, pero, puesto que no estoy en condiciones de añadir nada ingenioso a vuestra elevada conversación, mejor me quedo en casa y me voy a la cama. Espero que lo pases bien.

Por un momento pareció que Max se iría sin más. Sin embargo, tras pensárselo mejor, se acercó a Belle y la apretó contra su pecho en uno de aquellos gestos tiernos que rara vez prodigaba, pero que habían hecho que Belle se entregara a sus brazos sin reservas.

—Eres una mujer muy inteligente, Belle —dijo en voz baja—, y me encantaría saber lo que piensas si pudieses ver un poquito más allá de tus narices.

Belle notó el calor de su aliento en el pelo. Se sentía impelida a decirle que lo amaba, porque, de eso estaba convencida, pese a todo lo amaba de verdad, aunque él había echado a perder su alegría. Lo apartó de ella.

—Gracias por concederme, al menos, un poquito de sentido común, Max. Aun así, es evidente que, a pesar de ello, tengo un horizonte bastante limitado, por lo que no deberías perder el tiempo conmigo.

Se volvió y se encerró en el dormitorio. A través de la puerta pudo oír que Max se iba. Se le saltaban las lágrimas de inquietud y enfado. Al diablo, era joven, quería divertirse, estaba en su derecho. Quería salir por las noches, pero no con aquellos reformadores del mundo que se deshacían en improperios a media voz contra Hitler y que soñaban con el Berlín de los años veinte. Quería bailar y conocer a gente divertida. Con decisión, tomó algo de dinero. Bajaría a casa de la portera y le pediría que la dejase llamar por teléfono. A Paul, su primo. Tal vez pudiera quedar con él. Al menos, él no la aleccionaba cada dos por tres.

Paul Degnelly era un joven soñador, alto y rubio, inteligente, amable y reservado. Había nacido en 1915, en medio de la guerra, y su patriótica madre le había puesto el nombre por Paul von Hindenburg, el vencedor de Tannenberg, deseando en secreto que un día lo llevase a una gloria similar. Sin embargo, pronto se hizo evidente que Paul no tenía inclinación alguna en semejante dirección; en eso se parecía mucho a su padre, que no había superado los horrores de la última guerra. El bufete de Johannes Degnelly gozaba de una ilustre reputación en Berlín, lo que se debía tanto a las habilidades como jurista del abogado como a sus cualidades humanas. «Un auténtico señor», decía la gente cuando hablaba de él.

Paul estaba decidido a seguir los pasos paternos, una empresa que se había visto retrasada por la reintroducción del servicio militar obligatorio en 1935. El joven tuvo que cumplir y, puesto que siempre se había interesado por los automóviles, se incorporó a una unidad motorizada.

—Así puedo sacarme el permiso de conducir —le había comentado a su padre.

Resultó que lo de «motorizada» era una denominación encubierta: se refería a los recién construidos carros de combate alemanes. Formaron a Paul como conductor de tanques. Lo único que podía pensar durante aquella época era: «Esperemos que no estalle nunca una guerra».

Después había empezado la carrera de Derecho. Soñaba con entrar un día en el bufete paterno y pensaba que, sin lugar a dudas, todos los carros de combate podían irse al infierno.

Se alegró de que Belle lo llamase de improviso y quedase con él para ir a cenar la noche siguiente.

Belle acudió con una amiga, Christine, porque decía que sería más divertido si eran tres en lugar de dos. Paul estaba tan fascinado por la joven que no pudo apartar la mirada de ella desde el primer segundo.

Cenaron en Horcher. Belle se había comprado un vestido nuevo; era de lana verde oscuro, con un cinturón ancho negro. El verde daba a su oscuro cabello un tono rojizo; en las orejas le centelleaban unos aros de strass. Tenía los ojos rasgados y se los había maquillado de manera que parecían algo orientales, y se asemejaba a un gato dispuesto a aprovechar la protección de la noche para cazar. Puesto que Paul y Christine se ocupaban únicamente el uno de la otra, Belle dejó que su mirada flotara por el restaurante y se encontró con la de un hombre, sentado un par de mesas más allá. Estaba acompañado de una rubia de cierta edad, embutida en un vestido de seda de color rosa con mangas abullonadas. Se veía que ella no le interesaba lo más mínimo.

Belle bajó las pestañas; ya lo había mirado demasiado. Aun así, como hipnotizada, volvió a observarlo tras un rato y comprobó que él la miraba aún de hito en hito. Le sonrió.

«Un petulante», pensó ella, y removió su ensalada.

—Mañana podemos comer juntos en la cantina —le estaba diciendo Paul a Christine.

—Estaré allí a la una —contestó Christine.

Los dos parecían completamente ausentes.

Después de cenar, Belle propuso ir a un bar. Ni Paul ni Christine mostraron especial entusiasmo.

—Mañana tengo un examen —explicó Christine—. La verdad es que no quiero que se me haga demasiado tarde.

—Te llevo a casa —se ofreció Paul enseguida, muy cortés, y añadió—: A ti también, por supuesto, Belle.

—No te preocupes. Puede que vaya al cine, ya veré. En cualquier caso, no estoy en absoluto cansada.

—No puedes ir sola al cine —protestó Paul de inmediato—. ¿Qué diría Max?

No dejaba de irritarlo que Belle saliese por su cuenta sin su marido.

—Max no dirá nada; de hecho, no le interesa demasiado lo que hago. —Belle suspiró—. Escuchad, ahora los dos os vais a casa y yo me voy a ver una película, y luego me marcho también a casa y os prometo que seré buena.

Paul entendió que Belle haría de todas formas lo que quisiera, así que se despidieron de ella delante del restaurante. Belle tuvo que aguantar aún un millar de advertencias, hasta que Paul y Christine se subieron a un taxi y se marcharon.

Belle se arrebujó en su abrigo y dio un par de pasos poco decididos por la calle. No le sorprendió ni lo más mínimo que el hombre del restaurante apareciese a su lado y le hablase. Su acompañante envuelta en rosa había desaparecido.

—¿Le gustaría ir a un bar? —preguntó.

Belle tenía un comentario impertinente en la punta de la lengua, pero se tragó lo que habría querido responder. Había algo en su voz… No, no era su voz, era su forma de hablar. No se expresaba en dialecto, pero la entonación… Belle habría jurado que era de la Prusia Oriental. El hombre había entrado con buen pie, pues todo lo que le recordase vagamente a Lulinn la desarmaba.

—Me llamo Andreas Rathenberg. Ahora puede usted hacer dos cosas: o viene conmigo a tomar algo, o me dice que la deje en paz. Pero entonces no volverá a verme nunca más.

Ella se rio.

—¿No me daría una segunda oportunidad?

Él se encogió de hombros.

—Es improbable que volviera a darse la ocasión.

El impulso de Belle fue dejarlo plantado, pero, para su sorpresa, no lo hizo. Seguramente porque oía Lulinn en su voz. Cuando él hizo una seña a un taxi y la agarró del brazo, ella dio un paso atrás.

—¿Dónde está la señora con la que estaba usted sentado?

Andreas torció el gesto.

—¡No me la recuerde! Es la esposa de un amigo relacionado con los negocios… Una obligación, digamos. Por suerte no se sentía demasiado bien y le ha pedido a su chófer que la lleve a casa justo después del postre. —Abrió la puerta del taxi—. Entonces ¿viene?

Fue por puro despecho hacia Max por lo que Belle decidió subir. Al mismo tiempo, se calificó de boba e infantil. «Por supuesto, no dejaré que esto se convierta en una gran historia», se dijo severa.

—¿Cómo se llama? —le preguntó Andreas en el coche.

—Belle Lombard.

—Belle… ¡Qué adecuado!

En ese mismo momento, ella se dio cuenta de su fallo.

—Ay, seré tonta. Ya no me apellido Lombard. Marty. Belle Marty. Estoy casada desde mayo. —Estaba furiosa consigo misma. ¡Era idiota!

El siguiente comentario de él no se hizo esperar, inevitable.

—¿Lo olvida usted a menudo?

Ella levantó las cejas.

—Muy raramente.

Guardaron silencio durante un par de minutos. Hasta que Belle no pudo seguir reprimiendo su curiosidad.

—¿De dónde es usted?

—Königsberg. Pero hace muchos años que vivo en Berlín.

—¡Ah! Lo sabía. Lo he notado. Solo podía ser usted de la Prusia Oriental.

—¿También usted es de allí?

—De Insterburg. Mi familia tiene una finca allí. Voy todo lo que puedo.

Él le lanzó una larga mirada que, esta vez, no recogía la arrogancia del hombre de mundo. Esta vez había en ella un asomo de calidez, de comprensión.

—Adora esa finca.

—Sí —dijo ella sencillamente.

—Quien pertenece a esa tierra nunca escapa de ella —explicó Andreas.

Sacó un billete de su cartera, pagó al taxista una propina demasiado alta y presumió de su alarde. Llevó a Belle a un local de baile ruso y pidió una botella de champán ucraniano. Dejó que ella le contase todo sobre su trabajo en la UFA y la llamó «Greta Garbo» con una mezcla de desdén y admiración. Hacia las dos, ella brindó con él con vodka.

—No me llames así, Andreas —le exigió con la lengua torpe.

—¿Cómo?

—No me llames Greta Garbo.

Él se inclinó sobre la mesa y la besó en la mejilla.

—Pero eres tan guapa como ella. Tan fría como ella. Tan arrogante y vulnerable como ella. Me voy a enamorar de ti, Belle.

Belle se rio.

—No te va a servir de nada. Absolutamente de nada. No, mientras yo no me enamore de ti.

Y en tanto lo decía, ya lo había hecho.

Capítulo 5

5

Cuanto más se acercaba a su casa, más arrastraba los pasos. Era lo mismo todos los días últimamente. No era que no quisiera ver a su mujer porque estuviesen reñidos o se aburriesen juntos. No, nunca se aburriría con Sara y, en el fondo, jamás se habían peleado de verdad. Discutir, sí. Podían discutir noches enteras, sobre Dios y el mundo y todo entre medias, y en algún momento uno de los dos se daba cuenta de que era medianoche y que era mejor que se fuesen a dormir. No obstante, en los últimos tiempos —en realidad, desde hacía unos dos años—, todas las conversaciones giraban en torno al mismo tema: irse de Alemania o quedarse. Las discusiones ya no eran febriles, apasionadas y comprometidas, ahora eran desesperadas y angustiosas. Sara se echaba a llorar a menudo. Sentía un temor profundo e intenso a los nazis y sufría con los abusos a los que sometían a los judíos. Él lo habría dado todo por verla reír de nuevo, y era su rostro pálido y triste lo que le hacía penosa la vuelta a casa por las noches.

Si bien Martin Elias era el hijo de un banquero muniqués, se había marchado de casa a una edad temprana y militó con los socialistas durante bastante tiempo. Tras su boda con Sara, una berlinesa judía, escribió una novela con cierto éxito; en mayo del 33, sin embargo, fue víctima de la quema de libros de los nazis. La Cámara de Cultura del Reich de Joseph Goebbels, que controlaba rigurosamente a artistas y trabajadores culturales del Reich, comunicó a Martin Elias, ya en la primavera de 1934, la prohibición de volver a ejercer su actividad de escritor. Así que buscó trabajo en una revista, una publicación periódica pequeña y sin pretensiones, que en esencia se ocupaba de acontecimientos del mundo de los deportes, ilustrándolos con musculosos héroes teutónicos rubios en portada. Martin encontraba estúpidos los textos que se veía obligado a redactar, pero era la única posibilidad de ganar algo de dinero, y lo necesitaban para pagar el alquiler. Sara trabajaba en una guardería de niños judíos que no recibía ningún apoyo estatal, así que solo ganaba un pequeño sueldo de nada.

«Nos acorralan de tal manera que no nos quedará otra que abandonar este hospitalario país», pensó Martin, cansado.

Abrió la puerta de casa, se quitó los zapatos. Fuera hacía un día de noviembre frío y ventoso. El 9 de noviembre. Hitler celebraba como cada año su marcha al Templo de los Generales. Había banderas izadas por casi todo Munich. Por lo menos eso no tenían que hacerlo. No podían siquiera: las Leyes de Nuremberg prohibían que los judíos izasen la bandera de la cruz gamada.

Sara estaba ya en casa, parecía agotada. Era una mujer tímida, casi invisible, que tenía que tener mucha confianza con alguien para mostrarle que poseía grandes dosis de inteligencia, humor y determinación. Sin embargo, la mayor parte de la gente perdía el interés en ella demasiado rápido para enterarse.

Olía bien en la cocina. Sara estaba friendo algo, trasteaba con platos y fuentes. Un ruido íntimo y pacífico. Con rabia, Martin pensó: «¡Podríamos tener una vida tan buena! Nos queremos, tenemos una casa bonita, los dos podemos confiar ciegamente en el otro. Si no fuese por los nazis, podría escribir mi novela, a Sara le pagarían más. Podríamos tener un niño».

Les habría gustado tener hijos. Cuando salió su libro y se vendió sorprendentemente bien, Martin había dicho exaltado:

—Voy a ganar tanto dinero que algún día podremos alquilar una casita con jardín. Entonces tendremos un hijo. O dos. O tres.

Un hermoso sueño.

—¡Hola, Sara!

Le dio un beso. Ella lo abrazó en silencio. A él le gustaban sus mimos. Sara era dulce y sosegada, y le daba siempre la sensación de que la vida no podía ser tan mala ni el mundo tan terrible.

—Vamos a comer enseguida —anunció Sara.

Ya había puesto la mesa, encendido una vela; en vez de vino, que no podían permitirse, había una botella de zumo de manzana. Tenían sopa de primero, luego verdura con patatas.

—Eres enternecedora, Sara —dijo Martin—. Después de tu dura jornada, te metes en la cocina y preparas una buena cena. —Observó cómo ella picoteaba un guisante con el tenedor y se lo metía en la boca sin ganas—. Has vuelto a perder el apetito, ¿verdad?

—Estoy tan preocupada… Hoy han faltado otros dos niños en la guardería. Dicen que se han ido con sus padres al extranjero. A Holanda, Martin…

Él suspiró en silencio. Ya estaban de vuelta con el tema. Sara quería irse. Quería irse a toda costa.

—Martin, he recibido una carta de mi madre. Está decidida a irse a América. Tenemos un pariente lejano en Oklahoma que la acogerá. Y tampoco nos dejaría a nosotros en la estacada. Si nos decidiésemos a dar el paso…

Martin empujó su plato.

—Eso es justo lo que quieren. Hacernos añicos hasta que nos vayamos por nuestra propia voluntad. Sara, ¿de verdad quieres hacerles ese favor?

—No entiendo cómo puede ser para ti una cuestión de orgullo. Deja que ganen. Nos echan de nuestra patria… ¡Por Dios bendito! Regálales esa victoria. Aún podemos irnos, Martin. Puede que sea nuestra última oportunidad. Tengo miedo.

—No tienes nada que temer.

—Pero tengo miedo. Veo cosas horribles… Por las noches, en mis sueños… Y de día, cuando voy por la calle…

Martin no se rio. Sara estaba dotada de una curiosa clarividencia, siempre la había tenido. No es que pudiera hacer pronósticos exactos, pero captaba vibraciones que la advertían. Cambiaba de improviso de acera y, segundos más tarde, caía una teja donde acababa de estar. En una ocasión, poco antes de salir con Martin, tuvo una «sensación extraña» que la obligó a quedarse en casa y, más tarde, resultó que en el local al que pensaban ir, porque allí aún cocinaban kosher y siempre se encontraban con amigos, había habido una redada de la Gestapo y habían detenido a muchos de los comensales. Cuando hacía años se cambiaron de casa, enseguida se dio cuenta de que en la planta baja había una puerta que daba a la calle, pero ninguna al patio.

—El edificio solo tiene una salida, Martin. Eso me preocupa mucho.

A pesar de ello, se mudaron, pero desde aquel día Sara guardaba un temor indeterminado.

—Sara, no pueden hacernos nada serio —dijo Martin entonces—. Pueden acosarnos y hacernos la vida imposible, pero lo soportaremos y un día todo este jaleo habrá terminado.

—Puede que no lo soportemos —lo contradijo Sara, y se puso blanca como la pared.

Martin la miró preocupado.

—¿Qué sucede, Sara?

Ella se levantó, dio un paso atrás. A los pocos segundos estallaron los cristales de la ventana. Un ladrillo entró volando, cayó estrepitosamente justo en la silla en la que Sara había estado sentada. Desde fuera llegaron voces y gritos:

—¡Cerdos judíos! ¡Salid, cerdos judíos! ¡Dad la cara!

Sara retrocedió aún más en las sombras. Martin se levantó, se acercó a ella y la tomó de la mano.

—Tranquila, Sara. Están borrachos.

—¿Cómo lo sabes? —En la voz de Sara vibraba ya el tono agudo del pánico creciente—. No están borrachos. Son muy conscientes de lo que hacen. Nos van a matar, Martin, nos van a matar.

—¡Sucios judíos! —bramaron desde fuera.

Martin abrazó a Sara.

—No tengas miedo, Sara. Estoy contigo.

Ella sollozó casi en silencio, pero con tanta violencia que le tembló todo el cuerpo. Luego se hizo la calma. Los tipos de abajo, quienesquiera que fuesen, siguieron su camino. ¿Serían, en efecto, un grupo de borrachos?

A la mañana siguiente supieron la verdad. Un joven judío llamado Herschel Grünspan había disparado al secretario de la legación Ernst von Rath en la embajada de Alemania en París creyendo que se trataba del embajador alemán. Con ello, había desatado el infierno. Prendieron fuego a sinagogas por todo el Reich, las tropas de las SA recorrieron las calles rompiendo los escaparates de las tiendas judías, saqueándolas, demoliéndolas, atacando a ciudadanos judíos, deteniéndolos sin orden ni concierto. Discursos provocadores en la radio acompañaron las acciones. La noche del 9 de noviembre de 1938 pasaría a la historia como la «Noche de los Cristales Rotos», y como el comienzo del fin.

Cuando Martin apareció al día siguiente en la redacción, sobre su escritorio había una nota con el mensaje de que su jefe quería hablar con él. Martin fue enseguida. En realidad, tenía una buena relación con el viejo Heinz Sturm, pero esta vez le daba mala espina.

—Supongo que sabe lo que pasó anoche, señor Elias. Claro, por supuesto que lo sabe…

—Sí. Gracias a Dios, solo tenemos que lamentar una ventana rota. A mi esposa le ha afectado mucho.

—Sí… Puedo imaginármelo… Muy desagradable todo…

Sturm no tenía nada contra los judíos, absolutamente nada. No entendía qué estaba sucediendo de pronto en Alemania. Y no quería inmiscuirse; era demasiado viejo, ya no tenía los nervios fuertes. Se levantó.

—Sabe… Sabe que lo considero muy buen empleado. Un empleado bueno y fiable. Yo… Lo siento… —Sturm no dejaba de mover los brazos, desconsolado.

—Quiere despedirme —dijo Martin.

Le entró frío en todo el cuerpo. Sturm no se atrevía a devolverle la mirada.

—Por favor, no me malinterprete. No tengo otro remedio. Si… Si dependiese de mí…

—¿Le ha presionado alguien?

—Anoche recibí varias llamadas anónimas. Además, he encontrado una carta anónima en mi buzón. Dicen que es una vergüenza que tenga a un judío entre mis empleados. En una revista que tiene por tema la camaradería y el espíritu deportivo arios. Me han amenazado con sanciones…

Los ojos del anciano estaban subrayados por profundas ojeras.

«Seguramente ha tenido una mala noche», se compadeció Martin.

—Lo entiendo —dijo.

—No creo que esté bien, señor Elias, sin duda no creo que esté bien. Pero soy un hombre viejo, no puedo hacer nada. Esta revista es lo único que tengo… Me han amenazado con hacer que mis suscriptores se den de baja. No me lo puedo permitir, entiéndalo…

—Sí, lo entiendo —repitió Martin—. Probablemente haga bien en temer a los nazis.

Se volvió para irse.

—Váyase de Alemania, señor Elias —le dijo Sturm cuando estaba en la puerta—. Váyase antes de que sea demasiado tarde.

La puerta se cerró. Con pasos cansados, mecánicos, Martin salió a la calle. Una llovizna fría le vino en contra. Gente y coches por todas partes, voces y bocinazos. Un jueves cualquiera, todos iban a trabajar. Menos él. Él era un desempleado.

¿Qué hace un desempleado un jueves por la mañana? ¿Arrastrar sus pasos por la ciudad, mirar escaparates? ¿Soñar en el banco de un parque? El tiempo no invitaba a hacerlo. Recorrió la calle sin objetivo, con el cuello del abrigo levantado, la cabeza medio hundida. Por todas partes había huellas de los disturbios de la noche anterior. Aquí y allá, escaparates destrozados, lemas provocativos en las paredes.

«No compréis a los judíos», «Judíos, ¡fuera de Alemania!».

Una joven de aspecto afligido intentaba borrar la gran estrella de David que le habían pintado en la pared. Dos escolares le gritaron comentarios obscenos y luego salieron corriendo.

«Váyase antes de que sea demasiado tarde», había dicho Sturm. Las palabras sonaban aún en los oídos de Martin. Y la voz de Sara: «Nos van a matar, Martin, nos van a matar».

Se sentó en un pequeño café y pidió un té. Lo habían conseguido. Le habían arrebatado su carrera de escritor. Lo habían echado de su trabajo. Lo habían convertido en un hombre sin recursos que debía vivir del dinero de su mujer. Pero aquellos condenados nazis no conseguirían que abandonara su patria. No estaba dispuesto a arrodillarse.

Y ya no podían llegar mucho más lejos con sus represalias.

A la misma hora, Andreas Rathenberg abría la puerta de su casa en Berlín y dejaba entrar a Belle.

—Por favor, echa un vistazo y ponte cómoda.

La casa estaba en el primer piso de una villa preciosa en la Berliner Strasse de Charlottenburg. Como Belle reconoció a primera vista, la decoración era lujosa y de un gusto exquisito. Alfombras mullidas y elegantes, cuadros antiguos en las paredes, cortinas en colores luminosos, jarrones y esculturas. Entre ellas, un desorden negligente que reflejaba una vida ocupada: revistas, libros, corbatas por todas partes, un cenicero a rebosar en la mesita del sofá, dos copas de champán al lado, una botella vacía.

—Está todo manga por hombro —comentó Andreas—. Lo siento. Pero mi asistenta no volverá hasta el lunes.

—Me gusta —dijo Belle.

Cruzó la sala de estar y miró por la ventana. Había un jardincito detrás de la casa lleno de altos castaños, que ahora, por supuesto, no tenían hojas, pero que en verano debían de ser como una pared verde. La hiedra trepaba hacia lo alto, se enroscaba juguetona en torno a la ventana. Si no la frenaban, pronto invadiría el interior.

—De verdad, me gusta mucho —repitió Belle.

Notó lo ahogada que le sonaba la voz y carraspeó.

Andreas se rio.

—Siéntate.

Con cuidado, Belle tomó asiento en el sofá. Se arrepentía ya de haber ido allí. Por otro lado, lo había hecho a plena luz del día y no era, en realidad, una situación comprometida. Max creía que había ido al rodaje de una película publicitaria. No estaba bien mentirle, pero ¿cómo iba a decirle: «La otra noche conocí a un hombre en la calle que quiere enseñarme hoy su casa»?

—Que te diviertas —le había deseado Max esa mañana cuando salía.

Él tenía la mañana libre y se quedó leyendo el periódico en la cocina. No se había dado cuenta de cómo se había emperejilado, de que llevaba su vestido de punto verde oscuro, zapatos de tacón y medias caras. Nunca había ido tan arreglada al estudio, donde, de todas formas, tenía que cambiarse y la maquillaban.

«Apenas me mira», pensó enfadada.

El enfado le había dado impulso durante un rato, pero ahora empezaba a aflojar. Qué idiotez estar allí sentada esperando simplemente a ver qué pasaba. Al final, Andreas la tomaría por una pavisosa, y posiblemente lo era. Sin embargo, ahí estaban: el hormigueo en el estómago, la tensión de los nervios, a medias terrorífica y agradable, en el cuerpo… Como muchas otras veces, Belle parecía destinada a estas sensaciones ambivalentes, tan típicas de ella: quería algo, lo deseaba, pero a la vez estaba como fuera de su cuerpo y se contemplaba a sí misma con las cejas levantadas en un gesto burlón, como diciendo: «Aquí estás, Belle Marty, sentada con tu vestidito, oliendo a perfume caro y sintiéndote una mujer de mundo; pobre niña tonta».

—¿Quieres beber algo? —preguntó Andreas.

—Sí, por favor.

En realidad no tenía sed, pero con un vaso en las manos sabría al menos qué hacer con ellas.

Él desapareció al entrar en la cocina. «La verdad es que aún no sé prácticamente nada sobre él», pensó Belle.

Andreas tenía treinta y dos años, es decir, era más joven que Max, y ocupaba un puesto de dirección en una empresa que fabricaba aceros finos, proveedora de materia prima para la industria armamentística. Y ganaba muchísimo dinero.

—En principio, no podía haberme pasado nada mejor que los nazis —le había dicho—. Sacamos muchos beneficios con el armamento.

A Belle le gustaban sus formas. Sus pensamientos no le eran tan ajenos como los de Max. Era un hombre de negocios, se interesaba por las ventas y nada más. Seguro que Max se habría negado a suministrar acero para la construcción de armas, igual que se negaba a trabajar en un teatro que estuviese bajo las órdenes de Joseph Goebbels, y preferiría morirse de hambre antes que ir contra sus principios.

Belle sabía que tendría que encontrar su actitud más noble, pero no lo conseguía. El pragmático Andreas le inspiraba más respeto y, como de costumbre, se despreció por ello.

Andreas volvió a la sala con una botella de vino y dos copas en la mano. Se sentó en el sofá al lado de Belle y sirvió el vino. Tinto. Ella miró el líquido burdeos y pensó enojada: «¡Tinto a las diez de la mañana! Qué tonto y qué vulgar».

El comportamiento de Andreas solía ser tan directo que desarmaba: pillaba desprevenida a la gente con su franqueza. No es que Belle encontrara este rasgo digno de admiración, pero sí fascinante. Otro hombre habría intentado con medios más disimulados crear un ambiente romántico, pero Andreas sencillamente le puso una copa delante, la llenó hasta el borde de un vino tinto dulce y espeso, y brindó a su salud:

—Por tu carrera, Belle.

Ella dio un sorbo.

—No deberías reírte tanto de eso, Andreas —dijo algo enfadada—. Para mí es muy serio. Me gustaría llegar a ser, algún día, una gran actriz.

—Lo digo en serio. Te tomo muy en serio, Belle. Aunque también me preocupo por ti. Tienes mucha ambición y talento, y eres increíblemente bonita. Pero, en tu interior, sigues siendo una niña. Vas haciendo papelitos en vez de meterte de lleno en la profesión. Mariposeas, hoy un poquito de publicidad, mañana eres la tercera figurante de la primera fila a la derecha, y con ello sueñas y sueñas con llegar a la fama. Creo que…

—¡Andreas!

Belle dejó la copa tintineante en la mesita, pero él no se inmutó ante su creciente enfado.

—Lo sé, Belle, todos empiezan desde abajo. Pero si la vida sigue siendo para ti un juego fácil y divertido, nunca llegarás donde quieres. Ningún director va a darte un papel decisivo porque no tienes personalidad para interpretarlo. Eres… —Belle trató de levantarse sin decir una palabra, pero él la agarró rápidamente del brazo y la obligó a quedarse sentada—. Eres una niña, Belle, pese a tus ojos letales y tu apabullante seguridad. Una niña mimada de una finca de la Prusia Oriental, de un lugar donde el tiempo se detiene y el mal se mantiene alejado, ¿no? —¿Cómo sabía él aquello?—. Apuesto a que te han cuidado y protegido innumerables tías, tíos y cariñosas abuelas. ¿Alguna vez en tu vida has estado desesperada? Quiero decir, desesperada de verdad, no solo irritada porque algo no salía como querías. ¿Alguna vez te has sentido sola? ¿Alguna vez has sentido un vacío desconsolado o te has emborrachado una noche para olvidar lo que duele la vida? No, estoy seguro de que has dormido cada noche en tu cama con un sueño dulce y profundo, y que a la mañana siguiente te has sentado a una mesa bien dispuesta, rodeada de gente que siempre está ahí para complacerte… Tal vez yo soy la primera aventura de tu privilegiada vida y, de hecho, alguien a quien no tomas en serio, igual que a todos los demás.

—No te sobrestimes, Andreas. No eres una aventura. Solo hablas y hablas, y me aburres mortalmente. ¿Puedo irme ya?

Intentó levantarse una segunda vez, pero él siguió sujetándola.

—Siempre has conseguido lo que te proponías, ¿verdad? Se te ve. En tu paraíso de Insterburg había de todo: caballos y carrozas, y lindos vestidos, y bailes y apasionados admiradores en abundancia… Belle Lombard solo tenía que abrir las manos y caía en ellas todo lo que deseaba. Al final, incluso al galante Max Marty. —Andreas se rio—. No es un desconocido en el mundo del teatro. Y, por todo lo que se oye de él, no te va nada. Puedo imaginarme muy bien cómo os miráis los dos sin entender ninguno lo que dice el otro.

—¡Deja de insultar a Max!

Andreas se puso serio.

—No estoy insultando a Max. Nunca lo haría. Lo tengo en alta estima.

—Bien, entonces me estás insultando a mí. ¡No me estimas en absoluto! —Belle consiguió desasir el brazo. Se levantó—. Me gustaría no volver a verte nunca, Andreas.

Él también se levantó.

—Lo siento si te he ofendido, Belle.

—No lo sientes lo más mínimo, has dicho exactamente lo que querías decir. Y, en resumidas cuentas, todo esto estaba programado. ¡Vino tinto! ¡Tan temprano! Te creía con más estilo, Andreas Rathenberg. —Lo miró con todo el desdén de que fue capaz—. Lo siguiente habría sido echar las cortinas y, tal vez, poner un disco de Zarah Leander. Y te habrías tenido por un gran seductor. Puede que tengas razón y yo sea una niña boba, sin experiencia, pero eso siempre es mejor que ser un vividor trasnochado que se cree irresistible.

—Belle…

Ahora fue ella la que no le permitió hablar.

—Seguramente eso te ha funcionado a la perfección con tus muchas conquistas baratas. A algunas les gusta que las traten como a un trapo; lo encuentran excitante y las estimula a mostrar lo fantásticas que son… Pero te digo una cosa, Andreas, cometes un gran error si piensas que puedes engatusarme así.

Había hablado con vehemencia y en voz muy alta; ahora se encontraba cara a cara con Andreas y respiraba agitada.

Se miraron, los dos inquietos y nerviosos de pronto; y, a la vez, la tensión entre ellos estaba llena de deseo. «Me entiende. Me entiende por completo», pensó Belle.

No le importó quedarse inmóvil cuando él se acercó y la abrazó. Así, apretada contra él, envuelta en su abrazo, se quedó mucho tiempo. Lo siguió al dormitorio sin titubeos. Las cortinas estaban echadas, el cuarto estaba en penumbra. Distinguió un par de calcetines y un jersey sobre una silla, dos libros abiertos junto a la cabecera de la cama.

La cama… Tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para obviar la imagen de Max. No se había acostado con ningún otro hombre, aparte de él, y ni siquiera la primera vez había estado tan nerviosa como entonces. Max no daba demasiado espacio al amor, pero era bonito estar con él, tierno y familiar. Alrededor de medio año antes de la boda, ya se habían ido a la cama, en el modesto cuarto de Prenzlauer Berg, donde no podían hacer ni un ruido porque las paredes de papel habrían permitido a la gente de al lado, de arriba y de abajo oírlo todo. Belle tiritaba de frío porque era una noche de diciembre cubierta de nieve y no había manera de calentar el cuarto. Después le siguieron castañeteando los dientes hasta que Max fue a la taberna de enfrente a buscar un ponche caliente para ella. Belle se había avergonzado porque estaba casi congelada y le parecía una banalidad, porque suponía que deberían recorrerla unos sentimientos tan sublimes y románticos que no le dejasen sentir el frío. Estaba un poco decepcionada, pero quería a Max porque se volvió a acostar a su lado, la abrazó y la sostuvo entre sus brazos hasta que se quedó dormida.

La cama de Andreas olía a una mezcla de jabón para la colada y loción de afeitado, y la seda daba una agradable sensación de frescor. Como un relámpago, el recuerdo de las sábanas de seda amarilla de Lulinn abrumó a Belle. Max y ella no llegaron a dormir en aquella cama. Ahora se acostaba sobre seda, pero con otro hombre.

«¡Deja de pensar! Por lo que más quieras, ¡deja de pensar! ¿Por qué no te has bebido el vino, estúpida? Así todo sería más fácil. Ahora, relájate y supera tu primer adulterio.»

Cuando todo hubo acabado, pensó que era cierto que no tenía ni idea de nada.