Prepararse, muchachos,
para otra vez matar, morir de nuevo
y cubrir con flores la sangre.
PABLO NERUDA,
«Sangrienta fue toda tierra del hombre»,
El mar y las campanas
El soldadito era de la Quinta del Biberón, la leva de niños reclutados cuando ya no quedaban hombres jóvenes ni viejos para la guerra. Víctor Dalmau lo recibió junto a otros heridos que sacaron del vagón de carga sin mucha consideración, porque había prisa, y tendieron como leños en esterillas sobre el piso de cemento y piedra de la estación del Norte, en espera de otros vehículos para llevarlos a los centros hospitalarios del Ejército del Este. Estaba inerte, con la expresión tranquila de quien ha visto a los ángeles y ya nada teme. Quién sabe cuántos días llevaba zarandeado de una camilla a otra, de una posta de campaña a otra, de una ambulancia a otra, hasta llegar a Cataluña en ese tren. En la estación, varios médicos, sanitarios y enfermeras recibían a los soldados, mandaban de inmediato a los más graves al hospital y clasificaban al resto según dónde estaban heridos —grupo A los brazos, B las piernas, C la cabeza, y así seguía el alfabeto— y los enviaban con un cartel al cuello al lugar correspondiente. Los heridos llegaban por centenares; había que diagnosticar y decidir en cuestión de minutos, pero el tumulto y la confusión eran sólo aparentes. Nadie quedaba sin atención, nadie se perdía. Los de cirugía iban al antiguo edificio de Sant Andreu en Manresa, los que requerían tratamiento se mandaban a otros centros y a algunos más valía dejarlos donde estaban, porque nada se podía hacer para salvarlos. Las voluntarias les mojaban los labios, les hablaban bajito y los acunaban como si fueran sus hijos, sabiendo que en otra parte habría otra mujer sosteniendo a su hijo o a su hermano. Más tarde los camilleros se los llevarían al depósito de cadáveres. El soldadito tenía un agujero en el pecho y el médico, después de examinarlo someramente sin encontrarle el pulso, determinó que estaba más allá de cualquier socorro, que ya no necesitaba morfina ni consuelo. En el frente le habían tapado la herida con un trapo, se la habían protegido con un plato de latón invertido para evitar el roce y le habían envuelto el torso con un vendaje, pero de eso hacía varias horas o varios días o varios trenes, imposible saberlo.
Dalmau estaba allí para secundar a los médicos; su deber era obedecer la orden de dejar al chico y dedicarse al siguiente, pero pensó que si ese niño había sobrevivido a la conmoción, la hemorragia y el traslado para llegar hasta ese andén de la estación, debía de tener muchas ganas de vivir y era una lástima que se hubiera rendido ante la muerte en el último momento. Retiró cuidadosamente los trapos y comprobó asombrado que la herida estaba abierta y tan limpia como si se la hubieran pintado en el pecho. No pudo explicarse cómo destrozó el impacto las costillas y parte del esternón sin pulverizar el corazón. En los casi tres años de práctica en la Guerra Civil de España, primero en los frentes de Madrid y Teruel, y después en el hospital de evacuación, en Manresa, Víctor Dalmau creía haber visto de todo y haberse inmunizado contra el sufrimiento ajeno, pero nunca había visto un corazón vivo. Fascinado, presenció los últimos latidos, cada vez más lentos y esporádicos, hasta que se detuvieron del todo y el soldadito terminó de expirar sin un suspiro. Por un breve instante Dalmau se quedó inmóvil, contemplando el hueco rojo donde ya nada latía. Entre todos los recuerdos de la guerra, ese sería el más pertinaz y recurrente: aquel niño de quince o dieciséis años, todavía imberbe, sucio de batalla y de sangre seca, tendido en una esterilla con el corazón al aire. Nunca pudo explicarse por qué introdujo tres dedos de la mano derecha en la espantosa herida, rodeó el órgano y apretó varias veces, rítmicamente, con la mayor calma y naturalidad, durante un tiempo imposible de recordar, tal vez treinta segundos, tal vez una eternidad. Y entonces sintió que el corazón revivía entre sus dedos, primero con un temblor casi imperceptible y pronto con vigor y regularidad.
—Chico, si no lo hubiera visto con mis propios ojos, jamás lo creería —dijo en tono solemne uno de los médicos, que se había aproximado sin que Dalmau lo percibiera.
Llamó a los camilleros de dos gritazos y les ordenó que se llevaran de inmediato al herido a toda carrera, que era un caso especial.
—¿Dónde aprendió eso? —le preguntó a Dalmau, apenas los camilleros levantaron al soldadito, que seguía de color ceniza pero con pulso.
Víctor Dalmau, hombre de pocas palabras, le informó en dos frases de que había alcanzado a estudiar tres años de medicina en Barcelona antes de irse al frente como sanitario.
—¿Dónde lo aprendió? —repitió el médico.
—En ninguna parte, pero pensé que no había nada que perder…
—Veo que cojea.
—Fémur izquierdo. Teruel. Está sanando.
—Bien. Desde ahora va a trabajar conmigo, aquí está perdiendo el tiempo. ¿Cómo se llama?
—Víctor Dalmau, camarada.
—Nada de camarada conmigo. A mí me trata de doctor y no se le ocurra tutearme. ¿Estamos?
—Estamos, doctor. Que sea recíproco. Puede llamarme señor Dalmau, pero les va a sentar como un tiro a los otros camaradas.
El médico sonrió entre dientes. Al día siguiente Dalmau comenzó a entrenarse en el oficio que determinaría su suerte.
Víctor Dalmau supo, como supo todo el personal de Sant Andreu y de otros hospitales, que el equipo de cirujanos pasó dieciséis horas resucitando a un muerto y lo sacaron vivo del quirófano. Milagro, dijeron muchos. Avances de la ciencia y la constitución de caballo percherón del muchacho, rebatieron quienes habían abdicado de Dios y los santos. Víctor se hizo el propósito de visitarlo adondequiera que lo hubieran trasladado, pero con la prisa de esos tiempos le resultó imposible llevar la cuenta de los encuentros y desencuentros, de los presentes y los desaparecidos, de los vivos y los muertos. Por un tiempo pareció que había olvidado ese corazón que tuvo en la mano, porque se le complicó mucho la vida y otros asuntos urgentes lo mantuvieron ocupado, pero años más tarde, al otro lado del mundo, lo vio en sus pesadillas y desde entonces el chico lo visitaba de vez en cuando, pálido y triste, con su corazón inerte en una bandeja. Dalmau no recordaba o tal vez nunca supo su nombre y lo apodó Lázaro por razones obvias, pero el soldadito nunca olvidó el de su salvador. Apenas pudo sentarse y beber agua por sí mismo, le contaron la proeza de ese enfermero de la estación del Norte, un tal Víctor Dalmau, que lo trajo de vuelta del territorio de la muerte. Lo acosaron a preguntas; todos querían saber si acaso el cielo y el infierno existen de verdad o son inventos de los obispos para meter miedo. El muchacho se recuperó antes de que terminara la guerra y dos años más tarde, en Marsella, se hizo tatuar el nombre de Víctor Dalmau en el pecho, debajo de la cicatriz.
Una joven miliciana, con la gorra ladeada en un intento de compensar la fealdad del uniforme, esperó a Víctor Dalmau en la puerta del quirófano y cuando este salió, con una barba de tres días y la bata manchada, le pasó un papel doblado con un mensaje de las telefonistas. Dalmau llevaba muchas horas de pie, le dolía la pierna y acababa de darse cuenta, por el ruido de caverna en el estómago, de que no había comido desde el amanecer. El trabajo era de mula, pero agradecía la oportunidad de aprender en el aura magnífica de los mejores cirujanos de España. En otras circunstancias un estudiante como él no habría podido ni acercarse a ellos, pero a esas alturas de la guerra, los estudios y títulos valían menos que la experiencia y eso a él le sobraba, como opinó el director del hospital cuando le permitió ayudar en cirugía. Para entonces, Dalmau podía mantenerse trabajando cuarenta horas seguidas sin dormir, sostenido por tabaco y café de achicoria, sin prestarle atención al inconveniente de su pierna. Esa pierna lo había liberado del frente; gracias a ella podía hacer la guerra desde la retaguardia. Ingresó en el Ejército republicano en 1936, como casi todos los jóvenes de su edad, y partió con su regimiento a la defensa de Madrid, ocupada en parte por los nacionales, como se autodenominaron las tropas sublevadas contra el gobierno, donde recogía a los caídos, porque con sus estudios de medicina así era más útil que con un fusil en las trincheras. Después lo destinaron a otros frentes.
En diciembre de 1937 durante la batalla de Teruel, con un frío glacial, Víctor Dalmau se movía en una ambulancia heroica prestando primeros auxilios a los heridos, mientras el chófer, Aitor Ibarra, un vasco inmortal que canturreaba sin cesar y se reía con estrépito para burlar a la muerte, se las arreglaba para conducir por senderos de ruina. Dalmau confiaba en que la buena suerte del vasco, quien había sobrevivido intacto a mil peripecias, alcanzaría para los dos. Para eludir el bombardeo, a menudo viajaban de noche; si no había luna, alguien marchaba por delante con una linterna señalándole el camino a Aitor, en caso de que hubiera camino, mientras Víctor socorría a los hombres dentro del vehículo con muy pocos recursos, a la luz de otra linterna. Desafiaban el terreno sembrado de obstáculos y la temperatura de muchos grados bajo cero, avanzando con lentitud de gusanos en el hielo, hundiéndose en la nieve, empujando la ambulancia para remontar las cuestas o sacarla de zanjas y cráteres de explosiones, sorteando hierros retorcidos y cadáveres petrificados de mulas, bajo el ametrallamiento del bando nacional y las bombas de la Legión Cóndor, que pasaba rasando. Nada distraía a Víctor Dalmau, concentrado en mantener vivos a los hombres a su cargo, que se desangraban a ojos vista, contagiado del estoicismo demente de Aitor Ibarra, que conducía sin alterarse con un chiste para cada ocasión.
De la ambulancia, Dalmau pasó al hospital de campaña instalado en unas cuevas de Teruel, para protegerlo de las bombas, donde trabajaban alumbrados con velas, teas impregnadas de aceite de motor y lámparas de queroseno. Lidiaban con el frío mediante braseros colocados bajo las mesas de cirugía, pero eso no evitaba que los instrumentos congelados se quedaran pegados en las manos. Los médicos operaban deprisa a quienes podían remendar un poco antes de despacharlos a los centros hospitalarios, sabiendo que muchos morirían por el camino. Los otros, los que estaban más allá de toda ayuda, esperaban la muerte con morfina, cuando la había, pero siempre racionada; también el éter se racionaba. Si no había otra cosa para ayudar a los hombres con heridas atroces que bramaban de dolor, Víctor les daba aspirina y les decía que era una portentosa droga americana. Las vendas se lavaban con hielo y nieve derretidos para volver a usarlas. La tarea más ingrata era disponer las piras para piernas y brazos amputados; Víctor nunca pudo acostumbrarse al olor de la carne quemada.
Allí, en Teruel, volvió a ver a Elisabeth Eidenbenz, a la que había conocido en el frente de Madrid, adonde ella llegó de voluntaria con la Asociación de Ayuda a los Niños en la Guerra. Era una enfermera suiza de veinticuatro años con cara de virgen renacentista y coraje de guerrero curtido; estuvo medio enamorado de ella en Madrid y lo habría estado del todo si le hubiera dado la más leve oportunidad, pero nada desviaba a esa joven de su misión: mitigar el sufrimiento de los niños en esos tiempos brutales. En los meses que llevaba sin verla, la suiza había perdido la inocencia inicial, cuando acababa de llegar a España. Se le había endurecido el carácter luchando contra la burocracia militar y la estupidez de los hombres; reservaba su compasión y dulzura para las mujeres y los niños a su cargo. En una pausa entre dos ataques del enemigo, Víctor se encontró con ella ante uno de los camiones de abastecimiento de alimentos. «Hola, chico, ¿te acuerdas de mí?», lo saludó Elisabeth en su español enriquecido con sonidos guturales del alemán. Y cómo no iba a acordarse, pero al verla se le cortó el habla. Le pareció más madura y bella que antes. Se sentaron en un cascote de hormigón, él a fumar y ella a tomar té de una cantimplora.
—¿Qué hay de tu amigo Aitor? —le preguntó ella.
—Ahí sigue, siempre bajo metralla y sin un rasguño.
—No le tiene miedo a nada. Dale mis saludos.
—¿Qué planes tienes para cuando termine la guerra? —le preguntó Víctor.
—Irme a otra. Siempre hay guerra en alguna parte. ¿Y tú?
—Si te parece, nos podríamos casar —le sugirió él, atragantado de timidez.
Ella se rió y por un instante volvió a ser la doncella renacentista de otros tiempos.
—Ni loca, chico, no pienso casarme contigo ni con nadie. No tengo tiempo para el amor.
—Tal vez cambies de idea. ¿Crees que nos volveremos a ver?
—Seguramente, si es que sobrevivimos. Cuenta conmigo, Víctor. Cualquier cosa en que pudiera ayudarte…
—Lo mismo digo. ¿Puedo besarte?
—No.
En esas cuevas de Teruel acabaron de templársele los nervios a Víctor y adquirió el conocimiento médico que ninguna universidad podría haberle dado. Aprendió que uno se acostumbra a casi todo: a la sangre, ¡tanta sangre!, a la cirugía sin anestesia, al olor de la gangrena, a la mugre, al río interminable de soldados heridos y a veces mujeres y niños, a la fatiga de siglos carcomiendo la voluntad y, peor aún, a la sospecha insidiosa de que tanto sacrificio podía ser inútil. Y fue allí, extrayendo muertos y heridos de las ruinas de un bombardeo, donde un derrumbe tardío le cayó encima, partiéndole la pierna izquierda. Lo atendió un médico inglés de las Brigadas Internacionales. Otro habría optado por una rápida amputación, pero el inglés acababa de empezar su turno y había descansado algunas horas. Chapurreó una orden a la enfermera y se dispuso a poner los huesos en su lugar. «Tienes suerte, muchacho, ayer llegaron los suministros de la Cruz Roja y te vamos a dormir», le dijo la enfermera, acercándole la mascarilla de éter.
Víctor atribuyó el accidente al hecho de que Aitor Ibarra no estaba con él para protegerlo con su buena estrella. Fue Aitor quien lo condujo al tren que lo llevó a Valencia junto a docenas de otros heridos. Iba con la pierna inmovilizada por tablas amarradas con tiras, ya que no podían enyesarlo por las heridas, envuelto en una frazada, consumido de frío y de fiebre, torturado por cada estremecimiento del tren, pero agradecido, porque estaba en mejores condiciones que la mayoría de los hombres que yacían con él en el suelo del vagón. Aitor le había dado sus últimos cigarrillos y una dosis de morfina con instrucciones de usarla sólo en extrema necesidad, porque no iba a disponer de otra.
En el hospital de Valencia lo felicitaron por el buen trabajo del médico inglés; si no se producían complicaciones, la pierna iba a quedarle como nueva, aunque algo más corta que la otra, le dijeron. Una vez que las heridas empezaron a cicatrizar y pudo ponerse de pie apoyado en una muleta, lo mandaron enyesado a Barcelona. Se quedó en la casa de sus padres jugando interminables partidas de ajedrez con su viejo, hasta que pudo moverse sin ayuda. Entonces volvió al trabajo en un hospital de la ciudad, que atendía a población civil. Era como estar de vacaciones, porque comparado con lo vivido en el frente aquello era un paraíso de pulcritud y eficiencia. Allí estuvo hasta la primavera, cuando lo mandaron a Sant Andreu, en Manresa. Se despidió de sus padres y de Roser Bruguera, una estudiante de música que los Dalmau habían acogido, y a la que llegó a querer como a una hermana durante las semanas de su convalecencia. Esa joven modesta y amable, que pasaba horas en interminables ejercicios de piano, era la compañía que Marcel Lluís y Carme Dalmau necesitaban desde que sus hijos se habían ido.
Víctor Dalmau desdobló el papel que le había entregado la miliciana y leyó el mensaje de Carme, su madre. No la había visto en siete semanas, aunque el hospital quedaba sólo a sesenta y cinco kilómetros de Barcelona, porque no había tenido ni un solo día libre para tomar el bus. Una vez por semana, siempre el domingo a la misma hora, ella lo llamaba y ese día también le mandaba algo de regalo, un chocolate de los brigadistas internacionales, un salchichón o un jabón del mercado negro y a veces cigarrillos, que para ella eran un tesoro, porque no podía vivir sin nicotina. Su hijo se preguntaba cómo los conseguía. El tabaco era tan apreciado que los aviones enemigos solían tirarlo del cielo junto a hogazas de pan, para burlarse del hambre de los republicanos y hacer alarde de la abundancia imperante entre los nacionales.
Un mensaje de su madre un jueves sólo podía anunciar una emergencia: «Estaré en la Telefónica. Llámame». Su hijo calculó que ella llevaba casi dos horas esperando, lo que él había demorado en el quirófano antes de recibir su mensaje. Bajó a las oficinas del sótano y le pidió a una de las telefonistas que lo conectara con la Telefónica de Barcelona.
Carme se puso en la línea y con la voz entrecortada por ataques de tos, le ordenó a su hijo mayor que fuera a casa, porque a su padre le quedaba poca vida.
—¿Qué le ha pasado? ¡Padre estaba bueno y sano! —exclamó Víctor.
—El corazón no le da para más. Avisa a tu hermano, para que venga también a despedirse, porque se nos puede ir en un abrir y cerrar de ojos.
Ubicar a Guillem en el frente de Madrid le tomó treinta horas. Cuando por fin pudieron comunicarse por radio, en medio de una algarabía de estática y chirridos siderales, su hermano le explicó que le era imposible obtener permiso para ir a Barcelona. Se le oía la voz tan remota y cansada, que Víctor no lo reconoció.
—Cualquiera capaz de disparar un arma es imprescindible, Víctor, lo sabes bien. Los fascistas nos aventajan en tropas y armamento, pero no pasarán —le dijo Guillem, repitiendo la consigna popularizada por Dolores Ibárruri, bien llamada la Pasionaria por su capacidad para encender entusiasmo fanático en los republicanos.
Los militares rebeldes habían ocupado la mayor parte de España, pero no habían logrado tomar Madrid, cuya defensa desesperada calle a calle, casa a casa, la había convertido en el símbolo de la guerra. Contaban con las tropas coloniales de Marruecos, los temidos moros, y la ayuda formidable de Mussolini y Hitler, pero la resistencia de los republicanos los había bloqueado ante la capital. Al comienzo de la guerra, Guillem Dalmau había luchado en Madrid en la columna Durruti. En esos momentos, ambos ejércitos se enfrentaban en la Ciudad Universitaria tan próximos el uno del otro, que en algunos lugares los separaba el ancho de una calle; podían verse las caras e insultarse sin gritar demasiado. Según Guillem, atrincherado en uno de los edificios, los impactos de obuses perforaban los muros de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Facultad de Medicina y de la Casa de Velázquez; no había forma de defenderse de los proyectiles, pero habían calculado que tres tomos de filosofía atajaban las balas. Le tocó estar cerca durante la muerte del legendario anarquista Buenaventura Durruti, que había llegado a dar batalla en Madrid con parte de su columna después de propagar y consolidar la revolución por las tierras de Aragón. Murió de un balazo a quemarropa en el pecho en circunstancias poco claras. La columna fue diezmada, perecieron más de mil milicianos y entre los que sobrevivieron, Guillem fue uno de los pocos que resultó ileso. Dos años más tarde, después de pelear en otros frentes, lo habían vuelto a destinar en Madrid.
—Padre entenderá si no puedes venir, Guillem. En casa estamos pendientes de ti. Ven cuando puedas. Aunque no veas al viejo con vida, tu presencia sería un gran consuelo para madre.
—Supongo que Roser está con ellos.
—Sí.
—Dale saludos. Dile que sus cartas me acompañan y que me perdone por no contestarle muy seguido.
—Te estaremos esperando, Guillem. Cuídate mucho.
Se despidieron con un breve adiós y Víctor se quedó con un puño en el estómago rogando para que su padre viviera un poco más, para que su hermano regresara entero, para que la guerra terminara de una vez y se salvara la República.
El padre de Víctor y Guillem, el profesor Marcel Lluís Dalmau, pasó cincuenta años enseñando música, formó a pulso y dirigió con pasión la orquesta sinfónica juvenil de Barcelona y compuso una docena de conciertos para piano, que nadie interpretaba desde los comienzos de la guerra, y varias canciones que en esos mismos años estaban entre las favoritas de los milicianos. Conoció a Carme, su mujer, cuando ella era una adolescente de quince años enfundada en el severo uniforme de su colegio, y él un joven maestro de música, doce años mayor que ella. Carme era hija de un cargador del muelle, alumna de caridad de las monjas, que la estaban preparando para el noviciado desde la niñez y que nunca le perdonaron que dejara el convento para irse a vivir en pecado con un holgazán ateo, anarquista y tal vez masón, que se burlaba del sagrado vínculo del matrimonio. Marcel Lluís y Carme vivieron en pecado varios años, hasta la llegada inminente de Víctor, su primer descendiente; entonces se casaron para evitarle al crío el estigma de la bastardía, que todavía en esos tiempos era una seria limitación en la vida. «De haber tenido a los hijos ahora, no nos habríamos casado, porque nadie es bastardo en la República», declaró Marcel Lluís Dalmau en un momento de inspiración a comienzos de la guerra. «En ese caso yo habría quedado preñada de vieja y tus hijos estarían todavía en pañales», le respondió Carme.
Víctor y Guillem Dalmau se educaron en una escuela laica y crecieron en una casa pequeña del Raval, en un hogar de clase media esforzada, donde la música del padre y los libros de la madre reemplazaron a la religión. Los Dalmau no militaban en ningún partido político, pero la desconfianza de ambos por la autoridad y cualquier tipo de gobierno los alineaba con el anarquismo. Además de la música en varias de sus formas, Marcel Lluís les inculcó a sus hijos curiosidad por la ciencia y pasión por la justicia social. La primera motivó a Víctor a estudiar medicina, y la segunda fue el ideal absoluto de Guillem, que desde niño andaba enojado con el mundo, predicando contra latifundistas, comerciantes, industriales, aristócratas y curas, sobre todo curas, con más fervor mesiánico que argumentos. Era alegre, ruidoso, macizo y atrevido, favorito de las muchachas, que se desvivían en vano por seducirlo, ya que a él le importaba poco el efecto que causaba en ellas, dedicado en cuerpo y alma a deportes, bares y amigos. Desafiando a sus padres, a los diecinueve años se alistó en las primeras milicias de obreros organizados en defensa del gobierno republicano contra los fascistas rebeldes. Tenía vocación de soldado, había nacido para empuñar armas y mandar a otros hombres menos decididos que él. Su hermano Víctor, en cambio, parecía poeta, con sus huesos largos, su pelo indomable y su cara de preocupación, siempre con un libro en las manos y callado. En la escuela Víctor soportaba el implacable hostigamiento de otros chicos, «a ver si te haces cura, marica»; entonces intervenía Guillem, tres años menor, pero más fornido y siempre listo para liarse a tortazos por una razón justa. Guillem abrazó la revolución como a una novia; había encontrado la causa por la que valía la pena dejar su vida.
Los conservadores y la Iglesia católica, que habían invertido dinero, propaganda y prédicas apocalípticas desde el púlpito, fueron derrotados en las elecciones generales de 1936 por el Frente Popular, una coalición de partidos de izquierda. España, convulsionada desde el triunfo republicano cinco años antes, se dividió como si un violento hachazo la hubiese partido. Con el argumento de imponer orden en una situación que juzgaban caótica, aunque en verdad estaba lejos de serlo, la derecha comenzó de inmediato a conspirar con los militares para derrocar al gobierno legítimo, formado por liberales, socialistas, comunistas, sindicalistas y el apoyo eufórico de obreros, campesinos, trabajadores y la mayoría de los estudiantes e intelectuales. Guillem había terminado la secundaria a duras penas y según su padre, amante de las metáforas, tenía el físico de un atleta, el coraje de un torero y el cerebro de un mocoso de ocho años. El ambiente político era ideal para Guillem, que aprovechaba cualquier ocasión de batirse a puñetazos contra sus adversarios, aunque le costaba articular sus razones ideológicas y seguiría costándole hasta que entró en las milicias, donde el adoctrinamiento político era tan importante como el de las armas. La ciudad estaba dividida, los extremos sólo se juntaban para agredirse. Había bares, bailes, deportes y fiestas de izquierda, y otros de derecha. Antes de hacerse miliciano ya andaba peleando. Después de algún encontronazo con señoritos atrevidos, Guillem volvía a su casa machucado, pero feliz. Sus padres no sospecharon que salía a quemar cosechas y robar animales en las fincas de los terratenientes, a golpear, incendiar y cometer destrozos, hasta que apareció un día con un candelabro de plata. Su madre se lo arrebató de un zarpazo y se lo descargó encima; si ella hubiera sido más alta, le habría roto la cabeza, pero el candelabro le dio a Guillem en medio de la espalda. Carme lo obligó a confesar lo que otros sabían, pero que ella se había negado a admitir hasta ese momento: que su hijo andaba, entre otras barrabasadas, profanando iglesias y atacando a curas y monjas, es decir, cometiendo exactamente lo que sostenía la propaganda de los nacionales. «¡Cría cuervos y te sacarán los ojos! ¡Me vas a matar de vergüenza, Guillem! Ahora mismo vas a ir a devolverlo, ¿me oyes?», gritó. Cabizbajo, Guillem salió con el candelabro envuelto en papel de periódico.
En julio de 1936 se alzaron los militares contra el gobierno democrático. Pronto la sublevación fue encabezada por el general Francisco Franco, cuyo aspecto insignificante ocultaba un temperamento frío, vengativo y brutal. Su sueño más ambicioso era devolver a España las glorias imperiales del pasado y su propósito inmediato acabar definitivamente con el desorden de la democracia y gobernar con mano de hierro mediante las Fuerzas Armadas y la Iglesia católica. Los sublevados esperaban ocupar el país en una semana y se encontraron con la resistencia inesperada de los trabajadores, organizados en milicias y decididos a defender los derechos ganados con la República. Entonces comenzó la época del odio desatado, la venganza y el terror, que habría de costarle a España un millón de víctimas. La estrategia de los hombres al mando de Franco era verter el máximo de sangre y sembrar el miedo, única forma de extirpar cualquier ápice de resistencia en la población vencida. En ese momento Guillem Dalmau estaba listo para participar de lleno en la Guerra Civil. Ya no se trataba de robar candelabros sino de empuñar el fusil.
Si antes Guillem encontraba pretextos para hacer desmanes, con la guerra ya no los necesitaba. Se abstuvo de cometer atrocidades, porque los principios inculcados en su casa se lo impedían, pero tampoco defendió a las víctimas, a menudo inocentes, de las represalias de sus camaradas. Se perpetraron miles de asesinatos, sobre todo de sacerdotes y monjas; eso obligó a mucha gente de derechas a buscar refugio en Francia para escapar de las hordas rojas, como las llamaba la prensa. Pronto los partidos políticos de la República dieron orden de suspender esos actos de violencia por ser contrarios al ideal revolucionario, pero siguieron ocurriendo. Entre los soldados de Franco, en cambio, la orden era exactamente opuesta: dominar y castigar a fuego y sangre.
Entretanto, absorto en sus estudios, Víctor cumplió veintitrés años viviendo en el hogar de sus padres, hasta que fue reclutado por el Ejército republicano. Mientras vivió con sus viejos, se levantaba de amanecida y antes de irse a la universidad les preparaba el desayuno, su única contribución a las tareas domésticas; regresaba muy tarde a comer lo que su madre le dejaba en la cocina —pan, sardinas, tomate y café— y seguir estudiando. Se mantenía al margen de la pasión política de sus padres y la exaltación de su hermano. «Estamos haciendo historia. Vamos a sacar a España del feudalismo de siglos, somos el ejemplo de Europa, la respuesta al fascismo de Hitler y Mussolini —predicaba Marcel Lluís Dalmau a sus hijos y a sus compinches del Rocinante, una tasca tenebrosa de aspecto y elevada en espíritu, donde se juntaban a diario los mismos clientes a jugar al dominó y beber vino peleón—. Vamos a acabar con los privilegios de la oligarquía, la Iglesia, los latifundistas y el resto de los explotadores del pueblo. Debemos defender la democracia, amigos; pero recuerden que no todo ha de ser política. Sin ciencia, industria y técnica no hay progreso posible, y sin música y arte no hay alma», sostenía. En principio, Víctor estaba de acuerdo con su padre, pero procuraba escapar de sus arengas, que con pocas variantes eran siempre las mismas. Con su madre tampoco hablaba de ese tema: se limitaban a alfabetizar juntos a milicianos en el sótano de una cervecería. Carme había sido maestra de preparatoria durante muchos años y creía que la educación era tan importante como el pan, y que cualquiera que supiera leer y escribir tenía la obligación de enseñar a otros. Para ella, las clases impartidas a los milicianos eran pura rutina, pero para Víctor solían ser un suplicio. «¡Son unos asnos!», concluía, frustrado después de pasar dos horas en la letra A. «De asnos, nada. Estos muchachos nunca han visto un silabario. A ver cómo te las arreglarías tú detrás de un arado», le respondía su madre.
Azuzado por ella, que temía verlo convertido en un ermitaño y le predicaba la necesidad de convivir con el resto de la humanidad, Víctor aprendió temprano a tocar canciones de moda con la guitarra. Tenía una voz acariciante de tenor, en contraste con su físico desmañado y su expresión adusta. Parapetado detrás de la guitarra disimulaba su timidez, evitaba las conversaciones banales, que lo irritaban, y daba la impresión de participar en el grupo. Las muchachas lo dejaban de lado hasta que lo oían cantar; entonces se le iban acercando y acababan canturreando con él. Después, entre cuchicheos, decidían que el mayor de los Dalmau era bastante bien parecido, aunque no podía compararse, claro, con su hermano Guillem.
La pianista más destacada entre los alumnos de música del profesor Dalmau era Roser Bruguera, una joven del pueblo de Santa Fe, que sin la generosa intervención de Santiago Guzmán, habría sido pastora de cabras. Guzmán era de una familia ilustre, pero empobrecida por generaciones de señoritos indolentes, que derrocharon fortuna y tierras. Pasaba sus últimos años retirado en su finca en un descampado de cerros y piedras, pero llena de recuerdos sentimentales. Se mantenía activo, aunque tenía mucha edad, dado que ya era catedrático de Historia de la Universidad Central en tiempos del rey Alfonso XII. Salía a diario, bajo el sol inclemente de agosto o el viento gélido de enero, a caminar durante horas con su bastón de peregrino, su gastado sombrero de cuero y su perro de caza. Su mujer estaba atrapada en los laberintos de la demencia y pasaba sus días vigilada dentro de la casa, creando monstruosidades con papel y pinceles. En el pueblo la llamaban la Loca Mansa y en verdad lo era; no daba problemas, salvo su tendencia a extraviarse caminando en dirección al horizonte y a pintar las paredes con su propia caca. Roser tenía más o menos siete años, aunque nadie recordaba la fecha de su nacimiento, cuando en uno de sus paseos don Santiago la vio cuidando a unas cabras flacas; le bastó intercambiar unas frases con ella para comprender que estaba ante una mente alerta y curiosa. El catedrático y la pequeña pastora establecieron una rara amistad basada en las lecciones de cultura impartidas por él y el deseo de aprender de ella.
Un día de invierno, en que la encontró agazapada en una zanja con sus tres cabras, tiritando, mojada de lluvia y colorada de fiebre, don Santiago amarró las cabras y se echó a la niña al hombro como un saco, agradecido de que fuera tan pequeña y pesara tan poco. De todos modos el esfuerzo casi le revienta el corazón y a escasos pasos abandonó su intento; la dejó allí mismo y fue a llamar a uno de sus peones, quien la cargó hasta la casa. Le ordenó a su cocinera que diera de comer a la niña, a la criada que le preparara un baño y una cama y al mozo de la caballeriza que fuera primero a Santa Fe a llamar al doctor y después a buscar a las cabras, para evitar que se las robaran.
El médico determinó que la chiquilla tenía gripe y estaba seriamente desnutrida. También tenía sarna y piojos. Como nadie llegó a la propiedad de Guzmán a preguntar por ella ni ese día ni en los siguientes, dieron por supuesto que era huérfana hasta que se les ocurrió preguntárselo y ella explicó que tenía familia al otro lado del cerro. A pesar de su esqueleto de perdiz, la niña se repuso rápidamente, porque resultó ser más fuerte de lo que parecía. Se dejó afeitar la cabeza por los piojos y soportó el tratamiento de azufre para la sarna sin oponer resistencia, comía con voracidad y dio muestras de tener un temperamento injustificadamente ecuánime, dadas sus tristes circunstancias. En las semanas que pasó en esa casa, desde la señora delirante hasta el último sirviente se prendaron de ella. Nunca habían tenido una niña en esa sombría mansión de piedra, donde deambulaban gatos medio salvajes y fantasmas de otras épocas. El más seducido era el catedrático, quien recordaba de manera vívida el privilegio de enseñar a una mente ávida; pero la estadía de la niña no podía prolongarse indefinidamente. Don Santiago esperó a que sanara por completo y pegara algo de carne a los huesos antes de ir al otro lado del cerro a cantarles unas cuantas verdades a aquellos padres negligentes. Echó a la chica bien arropada en su coche, haciendo oídos sordos a los ruegos de su mujer, y se la llevó.
Llegaron a una vivienda chata de barro en las afueras del pueblo, tan miserable como otras de la zona. Los campesinos subsistían con ingresos de hambre, labrando la tierra como siervos en propiedades de los señores o de la Iglesia. El catedrático llamó a gritos y salieron a la puerta varios niños asustados, seguidos de una bruja de negro, que no era la bisabuela, como él supuso, sino la madre de Roser. Esa gente nunca había recibido una visita en berlina con relucientes caballos y quedaron perplejos cuando Roser descendió del vehículo con ese caballero tan distinguido. «Vengo a hablarle sobre esta niña», anunció don Santiago en el tono autoritario que en la universidad hacía temblar a sus alumnos; pero antes de que pudiera agregar más, la mujer cogió a Roser del pelo, increpándola por haber abandonado las cabras con gritos y bofetones. Entonces él comprendió la inutilidad de reprocharle nada a esa madre agobiada y en un instante formuló el plan que habría de cambiar la suerte de la chica.
Roser pasó el resto de su infancia en la finca de Guzmán, oficialmente en calidad de recogida y sirvienta personal de la señora, pero también como alumna del patrón. A cambio de ayudar a las criadas y alegrarle los días a la Loca Mansa, tuvo hospedaje y educación. El historiador compartió con ella buena parte de su biblioteca, le enseñó más de lo que ella habría aprendido en cualquier escuela y puso a su disposición el piano de cola de su mujer, quien ya no recordaba para qué diablos servía ese armatoste negro. Roser, que había pasado los siete primeros años de su vida sin escuchar más música que el acordeón de los borrachos la noche de San Juan, resultó tener un oído extraordinario. En la casa había un fonógrafo de cilindro, pero al comprobar que su protegida podía tocar las melodías en el piano después de haberlas escuchado una sola vez, don Santiago encargó a Madrid un gramófono moderno con una colección de discos. En poco tiempo Roser Bruguera, cuyos pies todavía no alcanzaban los pedales, interpretaba la música de los discos a ojos cerrados. Encantado, él le consiguió una maestra de piano en Santa Fe. La mandaba a clases tres veces por semana y vigilaba personalmente sus ejercicios. Para Roser, capaz de tocar cualquier cosa de memoria, tenía poco sentido aprender a leer música y practicar durante horas las mismas escalas, pero cumplía por respeto a su mentor.
A los catorce años Roser superó con creces a la maestra de piano y a los quince don Santiago la instaló en una pensión de señoritas católicas en Barcelona, para que estudiara música. Habría deseado retenerla a su lado, pero prevaleció su deber de educador sobre su sentimiento paternal. La muchacha había recibido de Dios un talento especial y su papel en este mundo consistía en ayudarla a desarrollarlo, decidió. En ese tiempo la Loca Mansa se fue apagando y por último se murió sin bulla. A Santiago Guzmán, solo en su caserón, comenzaron a pesarle en serio los años, tuvo que renunciar a sus caminatas con el bastón de peregrino y pasaba el tiempo sentado frente a la chimenea leyendo. También su perro de caza se murió y no quiso reemplazarlo, para no morirse antes y dejar al chucho sin amo.
Al anciano se le agrió definitivamente el carácter con el advenimiento de la Segunda República, en 1931. Apenas se supieron los resultados de la elección, que favorecieron a la izquierda, el rey Alfonso XIII se fue al exilio en Francia y don Santiago, monárquico, conservador a ultranza y católico, vio que su mundo se desmoronaba. Jamás iba a tolerar a los rojos y menos iba a adaptarse a su vulgaridad: esos desalmados eran lacayos de los soviéticos y andaban quemando iglesias y fusilando curas. Eso de que todos somos iguales podría argumentarse como jerigonza teórica, sostenía, pero en la práctica era una aberración: ante Dios no somos iguales, ya que Él mismo impuso clases sociales y otras diferencias entre los humanos. La reforma agraria le expropió la tierra, que tenía poco valor, pero había sido siempre de su familia. De un día a otro los campesinos le hablaban sin quitarse la gorra ni bajar los ojos. La soberbia de sus inferiores le dolía más que la tierra perdida, porque era una afrenta directa a su dignidad y a la posición que siempre había ocupado en este mundo. Despidió a los sirvientes, que habían vivido durante décadas bajo su techo, mandó empacar su biblioteca, sus obras de arte, sus colecciones y recuerdos y cerró la mansión a cal y canto. El cargamento llenó tres camiones, pero no pudo llevarse los muebles más voluminosos ni el piano, que no cabían en su piso de Madrid. Meses más tarde el alcalde republicano de Santa Fe confiscó la casa para instalar un orfanato.
Entre los graves desencantos y los muchos motivos de furia que sufrió don Santiago en esos años estaba la transformación de su protegida. Bajo las malas influencias de los revoltosos de la universidad, especialmente de un tal profesor Marcel Lluís Dalmau, comunista, socialista o anarquista, en fin, daba igual, un bolchevique perverso, su Roser estaba convertida en una roja. Se había ido de la pensión de señoritas de buenas costumbres y vivía con unas pelanduscas que se vestían de soldado y practicaban el amor libre, como se llamaba entonces a la promiscuidad y la indecencia. Admitía, eso sí, que Roser nunca le faltó al respeto, pero como se dio el gusto de no hacer caso de sus advertencias, naturalmente, tuvo que suspenderle su ayuda. Mediante una carta, la chica le agradeció con el alma lo mucho que había hecho por ella, le prometió que trataría de mantenerse siempre en el camino recto de acuerdo a sus principios y le explicó que estaba trabajando de noche en una panadería, mientras de día seguía estudiando música.
Don Santiago Guzmán, instalado en su piso lujoso de Madrid, donde apenas se podía circular entre la profusión de muebles y objetos, separado del ruido y la ordinariez de la calle por pesados cortinajes de felpa color sangre de toro, y aislado socialmente por su sordera y orgullo desmedido, no se enteró de cómo afloraba el más terrible rencor en su país, un rencor que llevaba siglos alimentándose de la miseria de unos y la prepotencia de otros. Murió solitario y furioso en su apartamento del barrio de Salamanca, cuatro meses antes de la sublevación de las tropas de Franco. Estuvo cuerdo hasta el último momento y tan conforme con la muerte, que preparó su propio obituario, porque no quería que algún ignorante publicara falsedades sobre él. No se despidió de nadie, tal vez porque nadie cercano le quedaba en el mundo, pero se acordó de Roser Bruguera y en un noble gesto de reconciliación le dejó el piano de cola, que todavía estaba embalado en un cuarto del nuevo orfanato en Santa Fe.
El profesor Marcel Lluís Dalmau distinguió muy pronto a Roser entre los otros estudiantes. En el afán de enseñarles a sus alumnos lo que sabía de música y de la vida, se le colaban ideas políticas y filosóficas, que seguramente influyeron en ellos más de lo que él mismo suponía. En ese punto Santiago Guzmán tuvo razón. Por experiencia, Dalmau desconfiaba de los alumnos con excesiva facilidad para la música, porque tal como decía a menudo, no le había tocado ningún Mozart todavía. Había visto casos como el de Roser, jóvenes con buen oído para tocar cualquier instrumento, que se volvían perezosos, convencidos de que eso les bastaba para dominar el oficio y podían prescindir del estudio y la disciplina. Más de uno terminaba ganándose la vida en bandas populares, tocando en fiestas, hoteles y restaurantes, convertido en musiquillo de bodas, como él los llamaba. Se propuso salvar a Roser Bruguera de esa calamidad y la acogió bajo su ala. Al enterarse de que estaba sola en Barcelona, le abrió las puertas de su hogar y más tarde, cuando supo que ella había heredado un piano y no tenía dónde ponerlo, quitó los muebles de su sala para acomodarlo y nunca puso objeciones a las interminables escalas de la muchacha, que los visitaba a diario después de sus clases. Carme, su mujer, le prestaba a Roser la cama de Guillem, que estaba en la guerra, para que durmiera unas horas antes de irse a la panadería a las tres de la madrugada a hornear los panes del amanecer y así, de tanto dormir en la almohada del hijo menor de los Dalmau, aspirando el rastro de su olor a hombre joven, la muchacha se enamoró de él sin que la distancia, el tiempo o la guerra la disuadieran.
Roser llegó a formar parte de la familia tan inadvertidamente como si fuera de la misma sangre; se convirtió en la hija que los Dalmau hubieran querido tener. Vivían en una casa modesta, un poco lúgubre y bastante deteriorada por muchos años de uso sin mantenimiento, pero espaciosa. Cuando los dos hijos se fueron a la guerra, Marcel Lluís le ofreció a Roser que viviera con ellos. Así podría reducir sus gastos, trabajar menos horas, practicar con el piano cuando quisiera y de paso ayudar a su mujer con las tareas domésticas. Aunque bastante menor que su marido, Carme se sentía mayor, porque andaba ahogada y jadeando, mientras que a él le sobraba vitalidad. «Las fuerzas apenas me alcanzan para alfabetizar a milicianos y cuando eso ya no sea necesario, no tendré más remedio que morirme», suspiraba Carme. En el primer año de la carrera de medicina, su hijo Víctor le diagnosticó que tenía los pulmones como coliflores. «Joder, Carme, si vas a morirte, será de fumar», le reprochaba su marido al oírla toser, sin sacar la cuenta del tabaco que él mismo consumía ni imaginar que la muerte le llegaría antes a él.
Así fue como Roser Bruguera, apegada a la familia Dalmau, estuvo junto al profesor en los días del infarto. Dejó de ir a clases, pero siguió trabajando en la panadería y se turnaba con Carme para atenderlo en sus necesidades. En las horas ociosas lo entretenía con conciertos de piano, que llenaban la casa de música y tranquilizaban al moribundo. Como estaba allí, presenció las últimas recomendaciones del profesor a su hijo mayor.
—Cuando yo no esté, Víctor, tú serás responsable de tu madre y de Roser, porque Guillem va a morir peleando. La guerra está perdida, hijo —le dijo entre largas pausas para tomar aire.
—No diga eso, padre.
—Lo supe en marzo, cuando bombardearon Barcelona. Eran aviones italianos y alemanes. Tenemos la razón de nuestro lado, pero eso no evitará la derrota. Estamos solos, Víctor.
—Todo puede cambiar si intervienen Francia, Inglaterra y Estados Unidos.
—Olvídate de Estados Unidos, no nos va a ayudar en nada. Me han dicho que Eleanor Roosevelt ha tratado de convencer a su marido para que intervenga, pero el presidente tiene a la opinión pública en contra.
—No debe de ser unánime, padre, ya ve que hay tantos muchachos en la Brigada Lincoln que han venido dispuestos a morir con nosotros.
—Son idealistas, Víctor. De esos hay muy pocos en el mundo. Muchas de las bombas que nos cayeron encima en marzo eran americanas.
—Padre, el fascismo de Hitler y Mussolini se extenderá por Europa si no lo atajamos aquí en España. No podemos perder la guerra; eso significaría el fin de todo lo que el pueblo ha obtenido y volver al pasado, a la miseria feudal en que hemos vivido durante siglos.
—Nadie vendrá en nuestra ayuda. Fíjate en lo que te digo, hijo, hasta la Unión Soviética nos ha abandonado. A Stalin ya no le interesa España. Cuando caiga la República la represión será espantosa. Franco ha impuesto su limpieza, es decir, el terror máximo, el odio total, el desquite más sangriento. No negocia ni perdona. Sus tropas cometen atrocidades indescriptibles…
—También nosotros —replicó Víctor, que había visto mucho.
—¡Cómo te atreves a comparar! En Cataluña habrá un baño de sangre. No viviré para sufrirlo, hijo, pero quiero morir tranquilo. Debes prometerme que te llevarás a tu madre y a Roser al extranjero. Los fascistas se van a ensañar con Carme porque alfabetiza a los soldados; fusilan por mucho menos. De ti se vengarán porque trabajas en un hospital del ejército y de Roser por ser una muchacha joven. Sabes lo que les hacen a las chicas, ¿no? Se las dan a los moros. Lo tengo planeado. Os iréis a Francia hasta que se calme la situación y podáis volver. En mi escritorio encontrarás un mapa y algo de dinero ahorrado. Prométeme que lo harás.
—Se lo prometo, padre —le respondió Víctor, sin verdadera intención de cumplir.
—Entiende, Víctor, que no se trata de cobardía sino de sobrevivir.
Marcel Lluís Dalmau no era el único con dudas sobre el futuro de la República, pero nadie se atrevía a expresarlas, porque la peor traición sería fomentar el desaliento o el pánico en una población extenuada, que ya había sufrido demasiado.
Al día siguiente enterraron al profesor Marcel Lluís Dalmau. Quisieron hacerlo discretamente, porque no estaban los tiempos para duelos privados, pero se corrió la voz y se presentaron en el cementerio de Montjuïc sus amigos de la taberna Rocinante, colegas de la universidad y antiguos alumnos de cierta edad, porque los más jóvenes estaban en el frente o bajo tierra. Carme, de luto riguroso, desde el velo hasta las medias negras, a pesar del calor de junio, caminó detrás del ataúd del hombre de su vida, apoyada en Víctor y Roser. No hubo oraciones ni discursos ni lágrimas. Sus alumnos lo despidieron tocando el segundo movimiento del quinteto para cuerdas de Schubert, cuya melancolía se prestaba a la ocasión, y después cantaron una de las canciones de los milicianos que el profesor había compuesto.