
Este libro que tienes entre las manos nació de la iniciativa de un grupo de periodistas que se dio cuenta de que, pese a la cantidad de literatura sobre mujeres que aparecía en las librerías, no había ningún volumen que recogiera el talento español del pasado y del presente. Primero, elaboraron una lista de candidatas, tarea que no fue fácil porque, a medida que se alejaban del siglo XX, escaseaban las que habían trascendido, lo mismo que ocurría en campos como la ciencia donde, en muchos casos, su trabajo había pasado desapercibido. Sin embargo, el listado llegó a incluir a más de doscientos personajes que dejaron inicialmente en cien para poder empezar por algún sitio. Después, escribieron los primeros cuentos y comenzaron a publicarlos en internet y enseguida empezaron a sumarse al proyecto todos aquellos que oían hablar de él, entusiasmados con la idea.
No me cuentes cuentos es el resultado de la contribución desinteresada de casi ciento cincuenta personas, entre autores, ilustradores, editores y traductores, la mayoría mujeres. Suyo es este libro porque, sin su esfuerzo y dedicación, no habría sido posible abordar esta obra, que reúne mujeres españolas de todas las épocas, de toda la geografía española y de las profesiones más diversas.
Esperamos que todas ellas sirvan de inspiración a las niñas que empiezan a pensar en su futuro para que sepan que, antes que ellas, otras mujeres recorrieron con valentía y determinación el camino que ellas están a punto de emprender.
Todos los beneficios obtenidos con la venta de este libro por parte de las autoras irán destinados a la Fundación Anar, que lleva casi cincuenta años atendiendo a menores de edad con problemas o en situación de riesgo.
El arte en sus manos

CUENTO: BELÉN CHILOECHES | ILUSTRACIÓN: MYRIAM VARELA
Hace mucho, mucho tiempo, hace miles de años, durante la prehistoria, una niña vivía con su familia en unas cuevas cerca del mar, en lo que ahora conocemos como Cantabria.
Unos días eran más largos y otros más cortos, todavía el verano no tenía nombre, y tampoco lo tenía el invierno. Muchas cosas se iban inventando sobre la marcha.
Aquella familia era muy grande, era una tribu en la que todos trabajaban juntos y se cuidaban los unos a los otros. Todos los días, los miembros de la tribu cooperaban en equipo para conseguir comida. Los niños y niñas de la tribu ayudaban a los mayores a encender el fuego y a construir con piedras y huesos las herramientas que necesitaban para cazar, para pescar y para recolectar y transportar los alimentos.
Los días que no les tocaba cazar, a la niña y a su madre les gustaba pintar con trazos sencillos a los animales que veían. La madre enseñaba a su hija a fabricar pinturas con pigmentos naturales. Pintaban bisontes, caballos o ciervos. También dejaban las marcas de sus manos tocando las paredes, junto a los animales, como queriendo calmarles de la oscuridad de la cueva... sin saberlo, se habían convertido en las primeras artistas del mundo.
Una noche de tormenta, mientras la tribu descansaba de un largo día de trabajo, la niña se adentró hacia las profundidades de esa cueva, hasta un lugar al que nadie había llegado antes. Llevaba consigo los preciados pigmentos, eligió el lugar más bonito de aquella pared de roca, pintó su mano con pigmento y la extendió sobre la pared para que se quedara grabada como queriendo decir «Esta soy yo y aquí estoy».
Un día, hubo un derrumbe en la cueva y la entrada quedó bloqueada. Aquella tribu tuvo que abandonarla y buscar otra cueva segura donde refugiarse. Así que, las pinturas y la huella de la niña quedaron sepultadas en su interior sin que nadie las viera durante mucho tiempo.
Tendría que ser otra niña la que, trece mil años después, las descubriera. Fue en un paseo con su padre por los alrededores de su casa, en una zona llamada Altamira. Se adentraron en una de las grietas que habían quedado al descubierto con el paso de los años y que daban acceso a la cueva.
Su padre le había contado que en aquellas cuevas habitaron las personas de la prehistoria. Y a la niña, que se llamaba María, le gustaba imaginar cómo debía de ser la vida de los niños prehistóricos de los que hablaba su padre, haciendo fuego, sin cole y desayunando ricos filetes... estaba agotada del camino y decidió sentarse en el suelo a descansar. Al levantarse, de repente, vio el techo de la cueva:
—¡Mira, papá! ¡Hay bueyes pintados!
Su padre soltó las piedras que llevaba en las manos, miró con ojos como platos al techo y las paredes de la cueva y se quedó sin palabras.
Después del descubrimiento de María, unos científicos dijeron que las pinturas de la cueva eran muy antiguas, del Paleolítico, y que algunas podían tener más de 36.000 años. También dijeron que como las escenas de los animales representaban la caza, los pintores debían de haber sido los hombres que cazaban y vivían en las cuevas... nadie se fijó en que, junto a los animales, estaban también marcadas las manos de los artistas.
Tuvieron que pasar más años todavía hasta que alguien mirara bien aquellas manos y empezara a hacerse preguntas: ¿quién había dejado esas marcas?, ¿por qué estaban ahí?
Midieron los dedos, los volúmenes y las formas. Hicieron algoritmos y fotos, compararon mucho y al final de los estudios dijeron que estaban seguros de que la mayoría de las manos pintadas en la cueva eran manos de mujer y que una de ellas, la de menor tamaño que se encontraba en la zona más alejada de la entrada, tenía que ser de un niño... o de una niña.
Y así es como ha llegado hasta nosotros el legado de las mujeres que vivían entre rocas decoradas por ellas.
Tenían las manos manchadas con carbón y pigmentos naturales y con esas mismas manos con las que cazaban y encendían el fuego, también acariciaban y protegían a sus hijos del paso del tiempo, del olvido y de las historias a medias.
La bruja de colores

CUENTO: LA GATA MUNGUÍA | ILUSTRACIÓN: NURIA PALENCIA
Érase una vez una tarde suave de primavera y un patio de flores. Charlaban allí Eva y su tía Emma. La joven Eva estaba muy nerviosa.
—Es mi primera fiesta importante. Una fiesta de disfraces es guay, pero tienes que ir súper. Y no tengo ni idea de qué ponerme.
—Espera, que acabo de regar las caléndulas y saco el costurero. Algo saldrá de esa caja mágica —replicó la tía.
—¿Caléndulas? Siempre usas palabras raras. ¿No podías tener un patio de rosas como todo el mundo?
—Las caléndulas impiden que te frían los mosquitos, los espantan.
—Pero es más normal tener rosas.
—Normal, dices. ¡Esa sí que es una palabra rara! Te voy a contar la historia de una persona súper a la que no le importa nada ser normal.
Eva resopló con resignación. ¡Ella solo quería un disfraz! Pero todos los que se le ocurrían eran un poco raros: detective, vaquera del oeste, directora de orquesta, pirata...
—Había una vez una niña, de nombre Olvido, que vivía en México.
—¿Olvido?
—Olvido era especial. Desde pequeña, sentía la necesidad de contar historias y de actuar. Su madre, América, lo sabía y siempre la apoyaba.
—América, otro nombrecito...
—Es un nombre precioso.
—No sé... es raro —insistió Eva.
—Olvido abandonó México y llegó a España con apenas quince años. Al principio le costó adaptarse. La vida en Madrid no se parecía en nada a México. Olvido se sentía como un bicho raro. Siempre inquieta, un día decidió que no iba a tratar de parecerse a los demás, así que se colgó una guitarra al hombro y con su amigo El Zurdo formó el grupo Kaka de Luxe. Hacían punk, como rock a toda mecha. También fundó una revista: Bazofia. Y hasta se cambió el nombre; decidió llamarse Alaska. Pronto empezó a formar parte de una «movida» en la que ser un poco raro molaba más.
Volaba la imaginación de Eva. ¿Alaska? Eso es una zona de América... es como llamarse Albacete. ¿Y un grupo que se llama «caca»? ¿Qué es «bazofia»? ¿Y qué «movida» rara es esa?
—Y esto no fue todo —prosiguió la tía Emma—. Alaska montó más grupos: Pegamoides, Dinarama, Fangoria... Tenía y tiene mucho éxito. Una imagen impactante: el pelo naranja o rapado y con trenzas o con plumas... Y aunque vista de negro, siempre me parece una bruja de colores: le salen de dentro. Y también es actriz. Imagínate, con solo veinte años hizo una película con Pedro Almodóvar. ¡Ah! y cuando yo tenía tu edad, hacía un programa en la tele maravilloso: La bola de cristal. ¡Vaya pintas, vaya amigos y qué gran programa! Y ahí sigue Alaska, cantando, bailando en la tele y haciendo lo que le gusta sin parecerse a nadie.
La pequeña escuchaba fascinada.
—Tía Emma, Alaska mola. Pero no es muy normal, ¿no?
—¿Qué es ser normal? ¿Estar dentro de la norma? ¿Hacer lo que todos hacen? ¿Y qué pasa si no lo haces?
La tía Emma sonrío a Eva y le ofreció el costurero. Eva lo agarró y dijo:
—Tía Emma, ¿me ayudas a hacerme un disfraz de Alaska?
Y así fue como Alaska se convirtió en un icono haciendo todo lo que le gustaba: cantar, componer, actuar en películas y presentar programas de televisión.
Primera mujer licenciada en Medicina de España

CUENTO: ARANTZA COULLAUT | ILUSTRACIONES: ÓSCAR TORRAS
ESCENA 1
Metro de Madrid. En la actualidad.
—¡Hola tía!
—¡Hola!
—¿Qué haces?
—Buscando información sobre Dolors Aleu. ¿Cómo os imagináis a la primera mujer médico?
—No sé… Yo creo que con ganas de curar a muchas personas, valiente y amable…
—Pues yo me la imagino como una científica.
ESCENA 2
1873. Barcelona.
—Papá, quiero ser médico.
—Dolors, tendrás que ir a la universidad, rodeada solo de hombres, va a ser una época muy difícil.
—Lo sé, pero es mi sueño.

ESCENA 3
1874. Barcelona.
«Me miran mal, pero lo conseguiré. Las mujeres también podemos ser médicos, como los hombres.»

ESCENA 4
El catedrático Joan Giné y Partagás…
Antes de comenzar la clase, quiero dar la bienvenida a nuestra facultad a la alumna Dolors Aleu.

ESCENA 5
1879. Barcelona.
«He terminado medicina, pero no me dejan leer la tesis en Madrid, creo que voy a abandonar.
No, no voy a abandonar, quiero tener mi consulta y ser una médico brillante. ¡Lo conseguiré!»

ESCENA 6
1882. Barcelona.
—Lo he logrado, profesor.
—Me alegro mucho. Gana la medicina y las personas. Eres una médico brillante, Dolors.

ESCENA 7
1883. Barcelona. Consulta de la doctora Dolors Aleu.
—Hola, doctora. Muchas gracias por recibirme.
—Hola, ¿qué tal se encuentra?

ESCENA 8
Centro Sociosanitario Putget-Dolores Aleu. En la actualidad.
—Tía, ¡mira lo que acabamos de encontrar en el móvil! El centro de Dolors es chulísimo y pone que curan a muchísimas personas…

Y así fue como Dolors Aleu se convirtió en la primera mujer licenciada en Medicina de España y la primera en ejercer como ginecóloga y pediatra en su consulta de Barcelona durante más de veinticinco años.
La maga de la música electrónica

CUENTO: ANA GAITERO | ILUSTRACIÓN: JAVIER TASCÓN
Cada vez que tocaba una tecla saltaban las flores por el aire y las notas bailaban en la pantalla de plasma. Cada vez que sus dedos acariciaban una negra o una blanca, el universo se estremecía. Una lágrima se fundía con el brillo del sol y nacía el arcoíris.
Pensaréis que os hablo de una maga y de pócimas estrafalarias... Se trata solo de una niña a la que su padre bautizó con agua sagrada del monte Teleno y a la que su madre, por las noches, le susurraba cuentos que le había contado la abuela y que a su vez la abuelita había escuchado a la bisabuela. Una historia del principio de los tiempos... que transcurre en la era de internet y los robots.
A Hara le pusieron nombre de flor, pero con hache. Una señal de que la música de su vida se escribiría en pentagramas por inventar. Cuando empezó a tocar el piano apenas levantaba un palmo del teclado. Era divertido enseñar a sus dedos a moverse a las órdenes de las partituras.
Hara lo pasaba muy bien en su pequeña ciudad maragata. Tenía amigos y amigas. Y curiosidad por todo. Leía, escribía, pintaba y jugaba a construir casas, personajes y ciudades con los ladrillos de sus Lego. Cada pieza formaba parte de un sistema, como una sinfonía. Se le daban bien las matemáticas, le gustaba cantar y bailar. Quería probar. Experimentar.
Todos sus discos estaban llenos de voces de chicos, pero en casa había un eco más poderoso. Las canciones de su abuela Dominga, que siempre le hablaba «de antes»:
—Cuando yo era moza, las gentes cantaban mientras recogían el trigo. La música era parte de la vida y no una parte de la vida —decía la abuela Dominga a su nietecilla.

Al fin, Hara se hizo mayor.
—¿Qué estudio? —se preguntó—. ¡Menudo dilema! Me gustan tantas cosas...
Entonces miró el piano y se dio cuenta de que era lo que más le gustaba y lo que mejor se le daba. Y se dijo:
—¡Ya está! Lo he decidido. ¡Voy a estudiar música!
Así que se fue a una bella ciudad mesetaria. Allí sintió por primera vez el dolor de tocar. Pero siguió arriesgando. Al terminar la carrera, cual ave migratoria, emprendió el vuelo al norte.
Vivió mil aventuras y aprendió otras músicas que nunca antes había escuchado. Transformó algoritmos en notas que volaban de la partitura y sonaban como querían. Piano y ordenador hablaban con ella y entre sí. ¡Qué emoción! Como una danza, un diálogo mujer-máquina. Ingeniería musical.
Y así es como Hara se ha convertido en una pianista, intérprete y compositora de música electrónica que se abre camino, como muchas chicas en Europa, en un mundo que hasta ahora era solo de chicos. A Hara la educaron sin miedo a mirarse en el espejo de los deseos. Y eligió ser libre y feminista. Y a tres mil kilómetros de casa comparte el norte con una bailarina. Pura música.
Encontró en el deporte la fórmula de la felicidad

CUENTO: RUTH PRADA | ILUSTRACIÓN: JOJO CRUZ
Cuando Lilí era pequeña parecía una saltimbanqui. Hacía piruetas con sus patines, se deslizaba a toda velocidad por las montañas nevadas, jugaba al billar con maestría encaramada en una banqueta y además era una gran bailarina. Podría haber nacido en un circo, pero en realidad nació en un lujoso hotel de Roma durante una estancia de sus padres en esa ciudad.
Lilí pasó su infancia viajando de país en país. Como no podía ir al colegio, le buscaban institutrices y sus padres le dedicaban mucha atención. Con su madre se aficionó a los libros y de mayor llegó a ser periodista y escritora. Con su padre empezó a practicar deportes y muy pronto se convirtió en una supercampeona.
«Esta niña es una superdotada para los deportes», pensaba su padre, y la llevaba con él a todas partes.
A los doce años tenía tal dominio en varias disciplinas que comenzó a presentarse a concursos y a ganar medallas: de patinaje sobre hielo, de esquí, de tenis... Incluso ganó un campeonato de tango. Tenía tanto ritmo que en una ocasión le pidieron que enseñara a bailar al príncipe de Grecia:
—Era un grandullón de dieciséis años y fue difícil, me pisaba los pies —contó ella después.
Cuando era una joven de diecinueve años en un país donde el deporte más osado para una chica era montar en bicicleta, o velocípedo, como se llamaba en esa época, Lilí hizo dos cosas impensables: ganó un campeonato de automovilismo y participó en los Juegos Olímpicos, una cita a la que hasta entonces no había ido ninguna mujer española.
Pero a Lilí la fama mundial se la dio el tenis. Se movía por las pistas con una revolucionaria falda-pantalón y su juego rápido, alegre y atrevido encandilaba al público. Ganó un Roland Garros en París y llegó a la final de Wimbledon en Londres tres años seguidos, donde la prensa la apodó The senorita.
No se conformaba con las competiciones, quería hacer más cosas interesantes y atrevidas, así que empezó a trabajar como periodista y escritora. Cubrió la Guerra Civil para el periódico británico Daily Mail y escribió muchos libros en los que defendía la igualdad entre el hombre y la mujer en el deporte y en la vida.
Todos los deportes que practicaba hacían feliz a Lilí:
—Mi infancia fue un gran baño de vida en la naturaleza.
Y así fue como Lilí se convirtió en una pionera del deporte femenino y en la primera estrella internacional del deporte español.
Una heroína con capa (de enfermera)

CUENTO: CAROLINA JIMÉNEZ | ILUSTRACIÓN: ANABEL LEE
Érase una vez una niña que inventaba aventuras entre las macetas del patio de una casa elegante de Madrid. Carmen no imaginaba que ella misma tendría que ir, años después, a una guerra de verdad, porque lo cierto es que no la educaron para eso.
Carmen leía mucho, rezaba y tocaba el piano y cuando se hizo mayor, viajó por toda Europa. También le encantaba hacer deporte, se subía sin miedo en los primerísimos aviones recién inventados y una vez se tomó un té con la reina en un submarino en el fondo del mar.
Carmen pudo hacer eso porque era dama de corte de la reina Victoria Eugenia. También era su amiga, así que estaba dispuesta a todo por ella. Como Carmen no dejaba nada a medio hacer, no solo ayudó a la reina a fundar hospitales de la Cruz Roja, sino que estudió para ser dama enfermera y poder trabajar en ellos.
Pero entonces estalló una guerra horrible en Marruecos. Muchos soldados morían todos los días por las heridas y las infecciones. La reina sabía que Carmen era una excelente enfermera y por eso le confió una difícil misión.
—Carmen, quiero que vayas a África y ayudes en lo que puedas —le dijo.
Así que Carmen cambió los palacios de Madrid por una guerra en unas montañas desérticas. Al llegar a Melilla, se encontró con que el militar que estaba al mando de los hospitales de guerra la recibió con mala cara.
—Este no es sitio para señoras —le dijo.
Pero ella no se rendía fácilmente.
—O con usted o contra usted, es orden de la reina y basta —le respondió con determinación.
En pocas semanas, Carmen y sus damas enfermeras organizaron un nuevo hospital y dieron órdenes para que funcionase como habían aprendido en la Cruz Roja.
—El instrumental y las manos de los médicos deben estar relimpios y hay que atender primero a los heridos más graves, aunque sean simples soldados y no capitanes.
Así ayudó a salvar muchas vidas. Carmen no paraba ni un segundo: un día estaba consiguiendo edificios para nuevos hospitales y al siguiente vendaba y limpiaba heridas, transportaba mantas, vigilaba toda la noche a un paciente o iba al frente para evacuar a los heridos. Hasta organizó barcos-hospitales. No tenía miedo ni de las bombas ni de las enfermedades y ponía el corazón en todo lo que hacía.
En una ocasión, durante un ataque, los mandos del ejército le dijeron a Carmen:
—Hay que cerrar el hospital y apagar todas las luces. Somos blanco del enemigo.

—Es durante un ataque cuando más necesitamos actuar. El hospital no cerrará —les respondió.
De ella se dijo que había sido «la única heroína de esa guerra». Como las de los cómics, Carmen fue una heroína con capa y todo: la de su uniforme de enfermera.
Y así fue como Carmen Angoloti, la duquesa de la Victoria y dama de la Reina, se convirtió en una pionera de la enfermería moderna y en la primera mujer en recibir la Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar.
Pionera del feminismo en España

CUENTO: RAQUEL PELÁEZ | ILUSTRACIÓN: LAURA RIVEIRO
Concepción Arenal nació en Ferrol, una ciudad rodeada de mar, de esas donde los pájaros son gaviotas. En aquel tiempo todo el mundo se trataba de usted y las mujeres solo podían hacer una cosa en la vida: echarse un novio, casarse, tener hijos y cuidar el resto de sus días de esos hijos y de aquel novio, que ahora era marido. Su familia era rica, pero ni siquiera el dinero podía cambiar las cosas.
Cuando el hombre de la casa moría, las mujeres de la familia se vestían como cuervos y, estuviesen tristes o alegres, ya no podían ponerse nada que no fuese negro. El padre de Concepción murió cuando ella tenía nueve años, así que a ella, a su madre y a sus hermanas les tocó vestir de negro durante muchos años.
Pero aquel hombre, que tenía unas ideas muy modernas, no desapareció del todo: en casa quedó su impresionante biblioteca. Cada vez que pasaba por delante de aquellos libros, Concepción sentía que la llamaban:
—¡Eh! ¡Ven aquí! ¡Aprende cosas!
Pero cada vez que su madre la pillaba husmeando en aquella habitación se enfurecía y decía:
—¡Vosotras no tenéis que leer libros, sino aprender a comportaros en sociedad!
Es decir: ocuparse de la casa, sentarse muy rectas y expresar su opinión lo menos posible. Las hermanas de Concepción, que eran dos, obedecían, pero ella era incapaz.
Cuando cumplió quince años, a escondidas, se puso a aprender francés e italiano sin ayuda de nadie. Su madre, cuando se enteró, le riñó:
—¡Conchi! ¡Tú lo que tienes que aprender es a hacer las tareas del hogar!
Y Conchi, que así llamaban a Concepción cuando era joven, parapetada tras los libros de filosofía y de ciencias de su padre, le contestó:
—Pero, madre, ¿por qué esto no cuenta como tareas del hogar? ¡Si lo estoy haciendo dentro de casa!
Esto ocurría en un pequeño pueblo de Cantabria, al que Conchi, su madre y sus hermanas se habían mudado para cuidar de su abuela, que era muy anciana. En el pueblo se extendió el rumor de que la niña Conchi tenía la mala costumbre de leer.
—Ahí va la Filósofa —murmuraban a su paso.
Su madre, avergonzada, suspiraba.
—¿Por qué me habrá salido una hija tan rara? ¿Por qué no será como las demás?
Pero Concepción, simplemente, no lo era. Y por eso, a pesar de vestir siempre de negro, todo el mundo la miraba como si fuese un babuino cubierto de pelos de colores.
Solo había una persona que nunca se reía de ella y que le devolvía una sonrisa de arcoíris siempre que la veía: su abuela.
Cuando la anciana murió, Concepción recibió una noticia tan buena que casi le dio vergüenza sentirse alegre: le había dejado todo su dinero. Al poco tiempo murió su madre también y, aunque estaba muy muy triste, se dio cuenta de que ahora era libre. ¡Y rica! ¿Qué podía hacer con aquella fortuna?
La misma voz que la llamaba desde la biblioteca le dijo:
—¡Ve a la universidad a estudiar!
Y eso hizo.
Cuando llegó a Facultad de Derecho, Concepción se encontró con que su dinero y sus ganas tremendas de aprender no eran suficientes. Allí solo admitían a chicos. Todos los profesores, que por supuesto eran hombres y también vestían con colores oscuros, le dijeron que no era bienvenida. Se puso tan triste como el día en que murió su abuela y, de pronto, echó de menos el mar de Ferrol y las montañas verdes de Cantabria.
Pero ella, que nunca había sido obediente, pensó que no quería pasar el resto de su vida poniendo la mesa, sentándose recta y callándose la boca, así que esta vez tampoco haría caso.
—Si tengo que ser un hombre, intentaré parecerme lo más posible a uno —se dijo.
Sin pensarlo dos veces, se cortó el pelo, se embuchó unos pantalones, se puso un sombrero de copa y una capa y, ocultándose lo más posible la cara, se presentó en clase. Un plan perfecto... que no funcionó.
Muy pronto sus compañeros se dieron cuenta de que aquel tipo menudo vestido de forma tan estrafalaria era muy raro. Tan raro que era ¡una mujer!
Aquello fue un escándalo y fue expulsada inmediatamente. Pero ya hemos dicho que Concepción no era capaz de callarse cuando tenía una opinión diferente a la del resto. Por eso, pidió hablar con el rector.
—Pero ¿no ve usted, señorita, que este no es un lugar para las mujeres? —le recriminó aquel hombre oscuro con solemnidad ceniza.
—Pero ¿por qué no? ¡No soy diferente a ninguno de mis compañeros! ¡Yo también puedo leer y aprender! —repuso ella mirándole con ojos de luz blanca.
—¡Ah! ¿Sí? —le dijo él con mirada negra.
—¡Sí! ¡Y puedo demostrarlo! —le contestó ella.
El rector miró a Concepción como si, a pesar de sus ropas negras, fuese un ornitorrinco cubierto de plumas multicolores y le dijo:
—De acuerdo. Si de verdad es tan lista, le pondré un examen. Si lo aprueba, podrá ir a clase, ¡pero con mis condiciones!
Concepción lo aprobó. ¡Con sobresaliente! Así que al rector no le quedó más remedio que dejar que se quedase a escuchar las clases.
Nunca le dieron el título, pero gracias a lo que hizo, años después, el 8 de marzo del año 1910, en España se permitió a las mujeres estudiar en centros de enseñanza. Y por eso el 8 de marzo es una fecha importante, tan importante como que siempre hagas caso a la voz interior que te dice lo que realmente quieres hacer con tu vida.
Y así fue como Concepción Arenal se convirtió en la primera mujer en España que fue a la universidad. Ocurrió en 1842. Desde entonces, luchó toda su vida por defender la igualdad en educación y en oportunidades entre hombres y mujeres.
y el alma de las máquinas

CUENTO: MYRIAM GONZÁLEZ | ILUSTRACIÓN: MARTA GALLEGO RUIZ
Desde muy pequeña a Elena le gustaba crear con su mente y con sus manos: escribía, pintaba, dibujaba o tocaba el piano. Pero Elena no era una persona como las demás y, con el tiempo, la inspiración empezó a llegarle a través de cosas que la mayoría consideraba raras y excéntricas, como las matemáticas o la geometría.
Poco a poco, Elena empezó a relacionarse con otras personas que tenían intereses como los suyos. Un día, cuando era ya una estudiante de la Escuela de Bellas Artes, llegó al Centro de Cálculo de la Universidad Complutense de Madrid y allí vio por primera vez el aparato que le cambiaría la vida para siempre: una computadora.
Lo que Elena había visto por primera vez en realidad era un ordenador, pero uno de los de hace más de cincuenta años. En aquella época, los ordenadores eran unas máquinas que ocupaban muchísimo espacio. Las habitaciones donde se instalaban eran enormes y estaban llenas de cables, placas y chips.
Con aquellas computadoras se podían hacer muy poquitas cosas, pero algunos jóvenes investigadores pensaban que esas colosales máquinas llegarían a revolucionar y cambiar el mundo. ¡Y tenían razón! Elena conoció a alguno de estos expertos y eso le ayudó a encontrar en esos gigantes cacharros un filón de ideas nuevas.
«Voy a hacer arte generado por ordenador», pensó entusiasmada.
Para poder aprender todavía más sobre estas máquinas decidió viajar a París, Alemania y Estados Unidos, donde las computadoras eran más comunes que en España. Aun así, no fue fácil. Cuando se presentó a una beca para estudiar estas nuevas tecnologías en una prestigiosa universidad americana el jurado le preguntó:
—¿Para qué quiere una artista una máquina?

«¿Cómo que para qué? ¡Pues para entender el mundo!», pensó Elena.
Aunque aquellos señores no pudiesen entenderlo, ella la necesitaba. Todos estos impedimentos no la frenaron y durante años creó un montón de obras de arte en las que volcó todo aquello que había aprendido.
Aquellas máquinas llegaron a ser para ella algo fundamental y solía bromear sobre ello:
—Las máquinas tienen su almita, su manera de interpretarte y de hablarte. Yo a mi ordenador también le hablo y le llamo de todo.
Los trabajos de Elena Asins no tienen mucho color. Solo líneas y formas geométricas de una perfección matemática, y algunos están casi vacíos.
No fue pintora, ni escultora ni escritora y fue todas esas cosas a la vez: sus obras son cuadros, y también poemas visuales, instalaciones y esculturas de formas puras y enigmáticas.
No son muy sencillas de entender, porque no lo muestran todo y buscan la esencia de las cosas, del alma y del mundo... Tratan sobre álgebra, geometría y secuencias matemáticas, pero también sobre filosofía y sobre los mitos antiguos y la prehistoria.
Fue tan radical y experimental en esa búsqueda que su trabajo no era muy conocido y, lo que es peor, no demasiado apreciado. Elena tuvo muchas veces la sensación de que nadie la entendía:
—Soy un poco bicho raro, pero voy a seguir haciendo lo que me gusta. Lo que me pide mi cuerpo y mi alma.
Y se fue a vivir a un pueblo de Navarra, lejos de todo y rodeada de naturaleza para poder dedicarse plenamente a su trabajo. Aquel paisaje sombrío le encantaba porque le ayudaba a concentrarse.
Pasaron los años y cada vez más jóvenes artistas y críticos de arte empezaron a ver que su obra era realmente brillante. Ya mayor, cuando llevaba cerca de veinte años viviendo en Navarra, empezaron a llegarle los premios. Hasta el Museo Reina Sofía le dedicó una exposición en la que se reunían sus trabajos más importantes. Ella agradeció todos estos premios, pero también dijo que quizá habían llegado «un poquito tarde».
Elena era generosa y amaba el arte, así que, pese a todo, antes de morir decidió que quería que sus trabajos pudiesen ser apreciados por todo el mundo. Por eso donó toda su obra al Museo Reina Sofía, donde ahora existe una sala dedicada exclusivamente a ella.
Y así fue como Elena Asins, con gran perseverancia y esfuerzo, consiguió crear de una forma única y al margen de las modas una obra artística que hoy se considera una de las pioneras del arte asistido por ordenador en España.