—¿Es la señora Duval? ¿Elise Duval? —La voz repitió su nombre mientras ella permanecía en silencio—. Estuvimos en Cuba hace poco. Mi hija y yo queremos entregarle en persona unas cartas en alemán que le pertenecen.
Elise siempre había sido capaz de presentir el futuro. Pero hoy no. Hoy, ella nunca hubiera podido predecirlo.
Por un instante pensó que era víctima de un error. Era francesa, y había estado viviendo en Nueva York durante casi setenta años, desde que un tío materno la había adoptado al final de la guerra. Ahora, sus únicos familiares vivos eran su hija, Adèle, y su nieto, Étienne. Ellos eran su universo, y de pronto todo lo que venía antes quedó envuelto en tinieblas.
—Señora Duval —reiteró la mujer, insistiendo con delicadeza. El terror la invadió. Elise buscó apoyo, sintiendo que estaba por desvanecerse.
—Puede venir a verme hoy por la tarde —se limitó a contestar, sin antes comprobar si tenía algún compromiso, si debería consultar a su hija. Escuchó el nombre de la mujer, Ida Rosen, y el de la niña, Anna, pero su memoria era una nebulosa cerrada al pasado. Solo estaba segura de no estar dispuesta, en ese momento, a verificar las credenciales de aquella señora y de su hija. No tuvo que darles la dirección, ya la tenían. No la habían llamado por error. Lo sabía.
Elise pasó las horas siguientes intentando descifrar cada palabra de la breve conversación. Rosen, repetía mientras rebuscaba entre las sombras de aquellos que atravesaron con ella el Atlántico después de la guerra.
Habían transcurrido solo unas horas y ya la llamada comenzaba a disolverse en su memoria, tan limitada, tan selectiva. «No hay tiempo para recordar», acostumbraba a decirle a su marido, luego a su hija, ahora a su nieto.
Se sintió un poco culpable al haber accedido sin objeciones a ser visitada por una desconocida. Podía haber indagado quién había escrito las cartas, por qué habían ido a parar a Cuba, qué hacían la señora Rosen y su hija allí. En cambio, se limitó a callar.
Cuando oyó el timbre de la puerta, comenzó a sentir que el corazón estaba por abandonarle el cuerpo. Solo necesitaba cerrar los ojos, respirar profundo y contar sus latidos —uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis— para lograr sosegarse; esa era la única memoria clara que conservaba de su niñez. No sabía cuánto tiempo había pasado en su recámara, ataviada con un traje azul marino, esperando.
Sintió como si al escuchar la campanilla sus sentidos se hubieran agudizado. Incluso podía percibir la respiración de las dos desconocidas al otro lado de la puerta esperando por ella, una vieja viuda, sorda y decrépita. Pero ¿por qué? Colocó la mano en el picaporte y se detuvo, con la esperanza de que aquel acercamiento no fuera más que una ilusión, algo que había soñado, uno de los tantos delirios que llegan con los años. Cerró los ojos una vez más y trató de vislumbrarlo: no tenía futuro, por eso no podía predecirlo.
Comprendió que el encuentro no se trataba del mañana, sino que había sido cuidadosamente diseñado por un pasado que retornaba, y que no sería posible evadir. Una sombra que la acompañaba fielmente desde el día en que desembarcó en el puerto de Nueva York, cuando la mano de un tío, que se convirtió en padre, la rescató del abandono. Pero no del olvido.
Abrió la puerta con determinación y una ráfaga de luz la aturdió. El ruido del elevador, un vecino que bajaba las escaleras, el ladrido de un perro y la sirena de una ambulancia la aislaron por un segundo. La sonrisa de la mujer la trajo de regreso.
Con un ademán las invitó a pasar. Todavía en silencio, evitó hacer el más mínimo gesto que delatara su terror. La niña, Anna, que parecía tener unos doce años, se le acercó y la abrazó por la cintura. Elise no supo cómo responder. Quizás debió haber dejado caer sus manos sobre los hombros de la pequeña, o acariciarle el pelo, como solía hacer cuando su hija tenía esa edad.
—Tienes los ojos azules —aventuró.
Un saludo absurdo. Debía haber dicho que tenía ojos hermosos, pensó. Omitió lo que realmente hubiera querido decir: que los tenía del mismo azul, rasgados y caídos como los de ella, y que su perfil... No, mejor no pensar en el perfil, se dijo, aterrada, porque se vio a sí misma en el rostro de aquella desconocida.
Con esfuerzo, Elise las condujo hasta la sala. Justo antes de invitarlas a sentarse, Anna le extendió una pequeña caja de ébano con tonos desvaídos.
Elise abrió la caja cuidadosamente. Al sostener entre los dedos la primera carta doblada en varios pliegues, escrita en tinta desteñida en la hoja de un libro de botánica, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Esto me pertenece? —dijo en voz baja, aferrándose a un crucifijo que le colgaba en el pecho—. Tus ojos... —repitió mirando a Anna con una angustia infinita.
Elise intentó incorporarse, pero sintió que su corazón se detenía. Había perdido todo dominio sobre sí, sobre la vida que había cuidadosamente construido. Pudo observar su rostro a la distancia, como un testigo más en aquella habitación.
Poco a poco, las palmas de las manos comenzaron a humedecérsele. La caja cayó y se esparcieron las cartas por la alfombra. La fotografía de una familia con dos pequeñas niñas con la mirada asustada, quedó sepultada entre hojas amarillentas manchadas de tinta. Se vio a sí misma desde lejos cerrando los ojos, y una punzada en el pecho la hizo perder el balance. Al desplomarse sobre la alfombra desgastada, supo que era el preludio del fin: el último acto del olvido.
Silencio, muros de silencio alrededor de ella. Intentó recordar cuántas veces podía detenerse un corazón y comenzar de nuevo a palpitar. Uno... Silencio. Dos... Otra pausa, aún más larga. Tres... El vacío. El silencio entre un latido y otro la separó del mundo. Quiso escuchar uno más. Cuatro... Y otro. Aspiró con todas sus fuerzas. Cinco... Necesitaba solo uno más y estaría a salvo. Silencio. ¡Seis!
—¡Elise! —El grito la hizo reaccionar—. ¡Elise!
Aquel nombre, aquel nombre: Elise. No era ella. Ella no era nadie, no existía, nunca había existido. Había vivido una vida que no le pertenecía, había formado una familia a la que había engañado, hablaba un idioma que no era el suyo. Había vivido todos esos años huyendo de quién realmente era. ¿Para evitar qué? Era una superviviente, y eso no era un error, ni un equívoco.
En el instante en que los paramédicos la colocaron en la camilla, ya había olvidado a la mujer y a la pequeña de ojos azules, las cartas escritas en un idioma extraño, la fotografía.
Pero en ese espacio del olvido, un recuerdo emergió. Era ella, como una niña pequeña, caminando a tientas por un bosque tupido, rodeada de enormes árboles que le impedían distinguir el cielo. Cómo orientarse, si no divisaba las estrellas. Sangre. Tenía sangre en la mejilla, en las manos, en el vestido, pero no estaba herida, no era su sangre. Alguien yacía sin vida, desangrado. No encontró una mano que la sostuviera. Percibió el aire denso y se escuchó balbucir en su voz de niña: «¡Mamá! ¡Mamá!» Estaba perdida, abandonada en medio de la oscuridad.
En la nube de recuerdos fragmentados, lo vio todo: las cartas, la caja de ébano, el cofre púrpura, un balón raído, un soldado herido. Vio flores marchitas y líneas borrosas.
Comenzó a reconstruir un pasado que hoy la compensaba con una última e imprevista visita, con la imagen de las cartas escritas en las hojas de un libro familiar. No por lo que decían, sino por el dibujo de las letras y por las flores que la habían acompañado todos los días de su infancia.
—Hidrocharis morsus ranae. —Suspiró.
Se percibió como el cáliz de esas plantas acuáticas que flotan a la deriva, emitiendo un haz de flores manchadas de amarillo. Estaba delirando; pero si podía recordar, aún estaba viva. Era hora de dejarse morir, pero tendría que hacer algo antes con las hojas del libro mutilado.
El daño estaba hecho, y no tenía derecho a pedir perdón. Cerró los ojos y contó sus latidos. Los silencios entre uno y otro hacían que el temor se disipara. ¿Quién se lo había enseñado?
«¡Listo!», escuchó.
Sintió un peso sobre el pecho fracturado. Una primera descarga eléctrica le provocó unas palpitaciones irreconocibles. No iba a permitir que la despertaran, se dijo. No quería vivir. Cuando niña, la habían depositado en un enorme trasatlántico y nunca se atrevió a mirar atrás. No lo iba a hacer ahora.
Con la segunda descarga, el calor regresó y la obligó a abrir los ojos. Las lágrimas comenzaron a brotarle sin control. No era capaz de discernir si estaba viva, por eso lloraba. Alguien le tomó la mano y le acarició la frente con compasión.
—¡Mamá! —escuchó la voz llorosa de su hija. Estaba tan cerca que no podía distinguir sus rasgos.
¿Encontraría las palabras para explicarle a Adèle, su única hija, que la había criado en una mentira?
—Elise, ¿cómo se siente? No fue mi intención... —Ida también estaba allí, apenada.
Adèle continuaba callada. No conseguía entender qué hacían aquella mujer desconocida y su hija en el hospital junto a su madre, una anciana moribunda.
En un desasosiego incómodo y en un idioma que no reconocía, Elise se escuchó murmurar una frase que llegaba de un lugar remoto: «Mama, verlass mich nicht. No me abandones.»
Uno —silencio—, dos —silencio—, tres —silencio—, cuatro, cinco... Respiró profundamente, a la espera de otro latido.
Verano, 1939
Mi pequeña Viera:
Solo han pasado horas y mamá te extraña. Las horas son días, semanas, meses para mí; pero quiero que sepas que te tengo muy cerca. Nos separa el océano, aunque sé que me escuchas en las noches, tus noches, que son mis amaneceres, cuando te canto al oído y te leo las páginas de nuestro libro de botánica favorito.
Tú eres como esas flores de climas fríos que deben aprender a sobrevivir en una isla, en tierra húmeda y bajo la intensidad del sol. Tú necesitas la luz para vivir, y allá no te faltará. Será penetrante, pero no le temas, porque sé que crecerás y te harás cada vez más fuerte.
Tu hermana te extraña. Cuando nos acostamos a dormir, me pide que le cuente historias de ti y de nuestros días felices cuando éramos una familia. Sé fuerte, sigue siempre al sol y crece, para que cuando nos volvamos a encontrar, porque nos volveremos a encontrar, podrás correr hacia nosotras y abrazarnos, como lo hicimos en el puerto, al pie de aquel barco enorme.
Mi Viera, quiero que sepas que mamá, aunque esté lejos, te cuida. Cuando tengas miedo, cuenta los latidos de tu corazón para calmarte, como te enseñó papá. Tu hermana es también ahora una experta. Recuerda, primero son rápidos, pero cuando empiezas a enumerarlos descubrirás el silencio entre latido y latido. El miedo se aleja en la medida en que el espacio crece entre uno y otro. No lo olvides, mi pequeña.
Todos los viernes enciende dos velas, cierra los ojos y piensa en nosotras. Estamos contigo.
Todo mi amor,
Mamá
Si algo realmente inquietaba a Amanda Sternberg era el fuego.
Sabía que estaba condenada a morir en una hoguera.
Ya le habían dejado un panfleto de advertencia con las Doce tesis en su pequeña librería de Charlottenburg, así que debía comenzar a hacer limpieza, desde la fachada hasta el último rincón de la trastienda. La misión sugerida era eliminar todos aquellos libros que pudieran ser considerados poco alemanes, poco patrióticos u ofensivos. Aquella parodia luterana para suprimir todo espíritu judío del universo impreso había llegado a quienes tuvieran libros en su poder. Amanda estaba convencida de que, en sus preciados estantes, solo un número reducido se salvaría. Había pasado tantos años entre pergaminos, manuscritos, volúmenes con carátulas de piel, hojas de botánica dibujadas a mano, historias de duelos, amantes furtivos, pactos diabólicos, locos empedernidos... Formaban parte de su pasado y el de su familia, el amor de su padre, el arte de los escribas: todos serían reducidos a cenizas. Un verdadero acto wagneriano de purificación, se repitió.
Aún tenía la delirante esperanza de que una fachada con el nombre de jardín de letras podría pasar desapercibida. Si se dedicaba a exhibir la pureza germánica en la vidriera y escondía en la trastienda los libros que más amaba, tal vez la dejarían en paz. Las nubes estaban a su favor; varios días lluviosos habían contenido el avance de las fogatas.
A pesar de sus vagas esperanzas, no podía poner en riesgo a su familia con banalidades y decidió finalmente dar comienzo a la cruel operación. Pero antes se acostó sobre las tibias maderas y se dejó llevar por las historias de las grietas del techo lleno de telarañas. Cada mancha de humedad tenía una anécdota, como cada libro tenía la suya. En la hoguera infinita donde presentía que iba a morir, no había libro que sobreviviera, porque hasta en el más germánico, el más nacionalista, el más puro, podían hallarse innumerables variaciones. Uno terminaba siendo el autor pues, aunque alguien lo había escrito y había creado los personajes, solo el lector decidiría cómo se verían, cómo reaccionarían.
Amanda se llevó las manos al vientre, ya ligeramente abultado. El sonido de la campanilla de la puerta la sacó de su letargo. Aún en el piso, inclinó la cabeza hacia atrás y reconoció la silueta; solo Julius entraba a la librería a esas horas del día.
El hombre se hincó detrás de ella. Con sus manos grandes y cálidas le cubrió las orejas y le besó primero la frente y luego la punta de la nariz, hasta detenerse en los labios tibios. Siempre la llenaba de regocijo cuando él atravesaba el umbral de la tienda con su sobretodo gris oscuro y un portafolio de piel cuarteada.
—¿Cómo se han portado mis dos tesoros? —se escuchó la voz de Julius Sternberg, grave y profunda—. ¿Con qué soñabas?
Amanda quiso decirle que fantaseaba con su librería abierta llena de clientes ansiosos por llevarse las novedades, con la ciudad sin militares, con solo el rumor de los autos y los tranvías en la distancia, pero él habló de nuevo antes de que ella pudiera responder.
—Estamos contra reloj —dijo—. Tienes que deshacerte de los libros.
Aquella orden la estremeció, y lo miró con ojos suplicantes.
—Subamos, que tu bebé y yo estamos hambrientos —fue su única respuesta.
La habitación principal era una especie de jardín protegido por una muralla de compendios literarios. Cortinas brocadas con motivos florales, tapices con paisajes bucólicos, alfombras tupidas como césped recién cortado y en cada espacio libre un estante desbordado de libros.
Durante la cena, Amanda evitó con comentarios banales que Julius regresara al tema. Le mencionó que había vendido una enciclopedia, que alguien había ordenado una colección de clásicos griegos, que Fräulein Hilde Krahmer, su clienta favorita, llevaba una semana sin visitar la librería, cuando todas las tardes, después de sus clases, pasaba horas revisando los estantes sin comprar nada.
—Mañana a primera hora, limpia la vidriera —exigió Julius con expresión severa. Al notar que Amanda reaccionó sobresaltada, se acercó a ella e hizo que se apoyara en él por un instante.
—¿No te cansas de escuchar corazones? —le preguntó Amanda con una sonrisa.
Julius reclamó silencio con un gesto y se arrodilló para acercar su oído al vientre de ella.
—Os escucho a las dos. Sé que vamos a tener una hija, y tendrá un corazón tan hermoso como el de su mamá.
Desde sus años en la escuela de Leipzig, Julius se sintió fascinado por el corazón —sus ritmos irregulares, sus impulsos eléctricos, las oscilaciones entre latidos y silencios—. «No existe nada más fuerte que el corazón», solía decir, pero siempre con la advertencia: «Puede resistir golpes físicos, pero la tristeza lo puede aniquilar en un segundo. ¡Prohibida la tristeza en esta casa!»
Esperaron a tener listo su consultorio para darle la bienvenida al primer bebé. Amanda lo acompañaba a la oficina y con ella probaba el electrocardiógrafo recién adquirido en un viaje a París, con galvanómetro en el centro y cámara fotográfica a un costado, que era la gran novedad en Charlottenburg y que a Amanda le parecía una compleja máquina de coser Singer, como la que tenía en el desván.
A la hora de dormir, entusiasmado por el pensamiento de que su hija crecía en el vientre de Amanda, Julius apasionadamente le describió las fases de los latidos del corazón.
«Un corazón en diástole —le explicaba mientras ella se desvanecía en sus brazos— está en reposo.» Aquella terminología la abrumaba, y no tardaba en quedarse dormida junto al hombre que los aislaba, a ella y al bebé, del horror que se estaba gestando entre sus vecinos, en la ciudad, en todo el país y, al parecer, en todo el continente. Ella sabía que él cuidaba celosamente su corazón, y con ello bastaba para sentirse a salvo.
A medianoche, Amanda se despertó sobresaltada y salió a oscuras de la habitación para no despertar a Julius. Un presentimiento la hizo ir hasta uno de los estantes de la trastienda donde se guardaban los libros que no estaban en venta.
En el estante se amontonaban los poemas de Mayakovski, el escritor ruso comunista favorito de su hermano, Abraham, que se había marchado a una isla del Caribe hacía varios años. Allí estaban, con lomos gastados, los libros de cuentos que le leía su padre antes de dormir. Se detuvo a pensar cuál sería el que conservaría si tuviera que escoger solo uno. No lo pensó mucho, protegería el libro de botánica en francés, con dibujos a mano de plantas y flores exóticas, que su padre había traído de un viaje de trabajo a las colonias. Tomó aquel volumen con el aroma de las esencias que le recordaban a su padre, y contempló cómo las hojas amarilleaban y la tinta de algunas ilustraciones se desvanecía. Evocaba con precisión los nombres de las plantas en latín y en francés, porque su padre, antes de dormir, le hablaba de aquellas flores como si fueran almas abandonadas en tierras exóticas.
Abrió una página al azar y se detuvo en el Chrysanthemun carinatum. Cerró los ojos y escuchó la voz grave de su padre describiendo aquella planta originaria de África, la tricolor, con lígulas amarillas en la base y flores en capítulos tan largos que emocionaban.
Llevó el libro hasta la habitación y lo protegió debajo de su almohada. Solo después de haberlo hecho pudo dormir en paz.
A la mañana siguiente, Julius la despertó con un beso en la mejilla. El aroma a cedro y musgo de su jabón de afeitar la transportó a su luna de miel en el Mediterráneo. Lo abrazó para demorar su presencia, refugiándose en su largo y musculoso cuello, y dijo:
—Tenías razón. Va a ser una niña. La soñé. Y se llamará Viera.
—Bienvenida, Viera Sternberg —respondió Julius, y envolvió a Amanda en un abrazo.
Poco después, ella corrió a la ventana para despedirse y vio que ya había llegado a la esquina, rodeado de un grupo de jóvenes que llevaban brazaletes con esvásticas.
Pero eso no la preocupó. Sabía que nada amilanaba a Julius. Ni un golpe ni un grito lo derrotaban; un insulto, menos aún. Se volteó antes de doblar la esquina, y le sonrió. Con eso bastaba. Amanda estaba ahora lista para la purga de la librería. Ya había elegido el libro que sobreviviría a la hoguera.
Al abrir la puerta del Jardín de Letras encontró a Frau Strasser parada en la entrada como una muralla. No sabía si era por el traje masculino y de tela gruesa que llevaba —una especie de uniforme militar con cinturón de piel que ella misma se había confeccionado, la nueva moda en una ciudad donde la femineidad y la elegancia eran vistas como el enemigo— o por sus gestos despóticos y desafiantes. Ahora pertenecía a un ejército de mujeres que jugaban a ser soldados sin haber sido llamadas al servicio.
—No voy a permitir que frente a mi casa se vendan libros indecorosos —exclamó con voz estruendosa. Cada palabra era una orden—. Tuviste suerte con estos días de lluvia, pero se acabó el periodo de gracia.
Era cierto. En mayo, la tienda de Amanda había sobrevivido la quema de más de veinte mil libros en la Opernplatz, arrastrados como cadáveres en carretillas por estudiantes universitarios obnubilados que pensaban que alimentar la hoguera más grande que se hubiera visto en Berlín les iba a iluminar el futuro.
Aquella tarde sombría del 10 de mayo de 1933, escucharon en la radio el discurso que iba a marcar el futuro del que hasta entonces había sido su país: «... la era del intelectualismo judío extremo está llegando a su fin y la consagración de la revolución alemana le ha dado paso nuevamente a la verdadera esencia de lo que es ser alemán».
¿Cómo podrá sobrevivir un país sin poetas y pensadores?, se preguntaba Amanda, ensimismada, sentada a los pies de Julius. La radio dio paso entonces al himno de las juventudes nacionalsocialistas, haciendo alarde de una nueva época.
Aunque los días lluviosos de una primavera tardía impidieron continuar con las hogueras alrededor de la ciudad, ahora esperaban el verano para reiniciar el ataque con todas sus fuerzas, y la colección de Amanda no se salvaría.
Frau Strasser continuaba en la puerta, pero no lograba intimidarla. Amanda se acariciaba el vientre, no iba a permitir que la vecina corpulenta con ansias de militar arruinara su felicidad. Voy a ser mamá, se repitió en silencio para alejarla, pero la mujer permanecía allí, con los brazos cruzados, desafiante. Al observarla mejor, Amanda pensó que lo único humano en su vecina eran sus ojos. Detrás de aquella aspereza, era evidente que no había sido escogida; pertenecía apenas al poder de la masa, pero no al de la élite. Una élite a la que, sin lugar a dudas, ella rendía pleitesía, adoración y sumisión.
Después de sostener por unos instantes más aquella mirada, Frau Strasser se marchó en silencio. Amanda sabía que en la próxima visita aparecería escoltada por miembros de las juventudes nacionalsocialistas. Algo tramaba.
Amanda se acomodó cerca del estante de la entrada para dar comienzo al juicio y se sintió como una madre lanzando a sus hijos al olvido. Los bárbaros destruyendo siglos de civilización, el ataque a la cordura desde el supuesto orden, desde la pretendida perfección. No pudo retener las lágrimas al escuchar en el recuerdo los pasos de su padre organizando libros por temáticas, acariciando los cantos, soplando el polvo de los lomos. Cerró los ojos y rescató los olores de la tinta envejecida, el pegamento, la esencia dulzona de la almendra y la vainilla, la piel seca y curtida de los viejos tomos. Y escuchó a su padre hablarle de la degradación del papel y las sustancias volátiles que desprende, de la celulosa y de la lignina, de la hidrólisis del ácido.
Al abrir de nuevo los ojos, no hizo otra cosa que evitar los nombres que debía enfrentar. ¿Por qué unos sí y otros no? Comenzó con Zweig, y continuó con Freud, London, Hemingway, Lewis, Keller, Remarque, Hugo, Dostoyevski, Brecht, Dreiser, Werfel, Brod, Joyce y Heine, el poeta preferido de su padre, y no pudo contener las lágrimas, como si pudieran salvarla del infortunio de ser su propia y patética censora. Lanzó los libros al piso, como preparándolos para lo peor.
Entonces sonó la campanilla de la entrada y entró en la tienda un estudiante universitario de mejillas rosadas. Su rostro parecía tan jovial que hacía que hasta su rígido uniforme pareciera afable. Pero Amanda no se dejó engañar. Lo saludó sin hablar como a un cliente asiduo, de esos que pasaban horas navegando entre carátulas, imágenes y textos al azar.
—¿Dónde está el dueño? —preguntó el chico, marcando cada sílaba, como queriendo imponer su poderío y superar su estatura.
Amanda, con la sangre aún fría, le sonrió, haciéndole ver que allí no había nadie más que ella, que si buscaba a un hombre tendría que esperar por su marido.
—¡Tiene hasta hoy mismo para eliminar toda esta basura de los estantes! —bramó el jovencito, y salió dando un portazo para intimidarla, al tiempo que mascullaba una frase que Amanda prefirió no entender—. Gusanos de mierda.
¿Cuál podía ser entonces el sentido de la selección? Había llegado el momento de dejar secar su Jardín de Letras. No había nada que hacer: su librería quedaría abandonada a merced de los verdugos.
El sol había alcanzado su cenit cuando dejó atrás los estantes, cerró la tienda y atravesó las calles de un barrio que se le hacía irreconocible. Hoy es el solsticio de verano. Hoy va a ser el día más largo del año, pensó.
Los vecinos la evitaban al verla pasar. Todos escuchaban con disimulo, desconfiando unos de otros. El caos de la duda se apoderaba de la capital alemana: escuchar era más seguro, hablar era un riesgo. De casa en casa, de ventana en ventana, las noticias en la radio, aquellas arengas en alabanza de la pureza se habían convertido en la banda sonora habitual de la ciudad: «Alemania para los alemanes.»
Y yo, ¿no soy alemana también?, quiso preguntar.
Caminando sin rumbo fijo, terminó en la Fasanenstrasse. Al darse cuenta de que estaba muy cerca de la sinagoga, cruzó a la acera de enfrente. En otra esquina, se sorprendió al ver dalias.
Entró en la floristería y pidió las más pedunculadas para llevarlas al consultorio de su marido y sorprenderlo. La florista, una mujer encorvada con manos como garras, comenzó a preparar el ramo.
—Solo quiero las que tienen diferentes tonos rosa —la interrumpió Amanda.
—Todas son iguales. Son dalias rojas —gruñó la florista—. ¿Qué le pasa a usted? ¿Está ciega? Si no le gusta cómo lo hago, ¡prepáreselo usted misma!
Luego de seleccionar algunas dalias en tonos de rosa francés, amaranto, persa y mexicano, pagó de prisa y salió de la floristería. Sosteniendo el ramo de flores contra su pecho, dejó atrás la Sybelstrasse y deambuló por la populosa Kurfüsterndamm hasta llegar a la Pariser Strasse, que la conduciría al consultorio. Cada minuto que transcurría, el color de las dalias se intensificaba. Aquellos indefensos tonos rosa se defendían bajo la hiriente atmósfera.
Amanda sentía la tentación de perderse en la fragilidad de las dalias, en el rostro de los niños que encontraba a su paso, pero no podía evitar volver a la realidad. Sentía que ella y su marido eran los únicos que quedaban en una ciudad en fuga. Sus primos habían huido a Polonia. Sus padres ya habían fallecido, y los de él también. ¿Qué los ataba a Berlín?
Tenían amigos en Francia; podían conseguir un salvoconducto, dejarlo todo y comenzar de nuevo en París o en algún pequeño pueblo. Incluso, su marido tenía pacientes que los recomendarían, con solo pedirlo, en la oficina de Palestina en la Meinekestrasse. Pero Julius no podía abandonar a sus pacientes. Ahora aparecían en la consulta con la esvástica en la solapa o atada en el brazo, y Julius desviaba la vista de aquella señal que a ella la atormentaba. «Nada ha cambiado —le decía él—. Siguen siendo mis pacientes. Les veo solo el corazón, no les leo la mente.»
Al entrar en el consultorio, la mirada rigurosa de Fräulein Zimmer, sentada detrás del enorme buró de caoba cubierto de gruesos expedientes médicos, no fue acogedora. Sabía que cada vez que ella interrumpía al doctor con visitas imprevistas, él cancelaba las citas, posponía las que no fuesen urgentes y abandonaba la consulta sin más explicaciones.
Amanda se sentó en silencio en la sombría sala de espera, muy cerca de la puerta, esperando a que se abriera de un momento a otro. Primero escuchó voces y luego risas, hasta que salió un hombre alto y canoso, con traje marrón oscuro y una brillante esvástica en la solapa. Al entrar en el salón se fijó en Amanda, que se puso de pie. La miró como preguntándose qué podría hacer una hermosa germana como ella en una consulta del corazón.
Cada vez que se sentía evaluada de esa manera, Amanda bajaba la vista; un gesto que algunos podían interpretar como un acto de sumisión. Detrás del hombre recio salió un joven que era su vívido retrato, con los mismos rasgos ordinarios: ojos separados, nariz redondeada en la punta, cejas espesas y labios ausentes. El traje le quedaba enorme y no era posible definir si debajo de aquellas vastas hombreras habría músculos o solo huesos. Sus ojos parecían a punto de desprenderse de las órbitas, y los labios eran de un morado enfermizo.
Julius, al verla, se adelantó, la besó y la retuvo en sus brazos.
—¿Su esposa? —inquirió el viejo corpulento con expresión de duda—. No parece... —dejó la frase inconclusa.
El joven clavó los ojos en ella con una expresión que parecía preguntar: ¿Por qué yo, y no ella? Él pertenecía a una raza superior, ella pretendía esconderse tras una fachada aria, pero no era más que un ente inferior y despreciable. ¿Por qué le había tocado a él, en el momento en que su nación más lo necesitaba, tener un corazón tan débil que no era siquiera capaz de bombear la sangre que necesitaba para respirar?
Padre e hijo se aprestaron a salir, despidiéndose solo de Fräulein Zimmer.
Del brazo de Julius, Amanda se sentía inmune ante todos los desaires, repudios y abandonos posibles. Estaban juntos, no necesitaban nada más. Mientras él la contemplaba, ella sonreía. ¿Qué sería de mi vida sin ti?, pensaba él. Llegaron a la Olivaer Platz aún en silencio y se refugiaron en una terraza que miraba las arboledas del parque, a esperar que cayera el sol. Julius ordenó vino y algo para cenar.
—Hoy es el día más largo del año —dijo Amanda.
Para ellos, la vida continuaba. Iban a ser padres y la clientela en el consultorio crecía. Aunque ese año había sido atroz con la llegada al poder del nacionalsocialismo, no pensaban en dejar atrás todo lo que habían construido. ¿Por qué salir huyendo y comenzar de nuevo?, se preguntaba el cardiólogo. ¿Adónde?
Sin terminar el café, emprendieron el camino a casa justo antes de la puesta de sol. Amanda acortaba sus pasos a medida que se acercaban, como si no quisiera llegar a su destino. Demorémonos más, quedémonos aquí, detente, quería decir. Julius le seguía el juego en silencio, pero también se percató de lo que su mujer percibía. Grupos de jóvenes corrían en diferentes direcciones, y tanto los militares como la policía habían desaparecido.
Al llegar a la esquina advirtieron una pequeña conmoción frente al Jardín de Letras. A lo lejos divisaron a Frau Strasser rodeada de vecinos y curiosos. Por la calle, a toda prisa, se acercaban estudiantes con carretillas desbordadas de libros. Cantaban a destiempo un himno, en frases que Amanda no lograba descifrar.
Vio correr hacia ella a Fräulein Hilde Krahmer, su cliente favorita.
—¡Hilde! —la llamó cuando la tuvo a unos pasos, y su voz se quebró. Julius le apretó la mano con firmeza, como suplicándole que no se desvaneciera, que no se dejara vencer por el temor.
La joven, de pelo muy corto y castaño, vestida con una blusa blanca cerrada hasta el cuello, se abalanzó hacia ellos.
—¡Forzaron la puerta y se llevaron todos los libros! —gritó Hilde.
Todos. Amanda tenía esperanza de que su libro más preciado, aquel que la hizo despertar de sus sueños y salir a rescatarlo, aún siguiera debajo de su almohada. Hilde no dejaba de hablar, turbada, con nerviosismo.
—Pensé que, después de la hoguera de mayo, los estudiantes estarían más calmados, y en cambio... ¿En qué nos hemos convertido, Amanda?
Cuando Amanda vio que surgía un resplandor anaranjado detrás de Hilde, supo que esa era la señal. Moriría una parte de su vida junto a los libros, en las llamas.
Los tres se acercaron al Jardín de Letras y vieron a Frau Strasser al frente con algo parecido a un azadón en la mano, satisfecha de su operación cumplida.
Solo había algunos jóvenes presenciando la hoguera. Eran los únicos espectadores; a nadie más le importaba. Amanda quiso gritar, pero cerró los ojos y respiró hasta sostener todo el aire posible con olor a madera quemada, imaginando el cuero, el papel, los pegamentos cediendo al calor del fuego. Por el rostro de Hilde corrían lágrimas; en el de Julius había un oscuro fulgor de tristeza; en el de Amanda, una gélida sonrisa.
—Solo están quemando restos de papel. Los libros están aquí —dijo Amanda, llevándose el dedo índice a la sien, toda su angustia atrapada en un gesto—. Para que desaparezcan de verdad, nos tendrán que quemar a todos —prosiguió—. ¿Piensan que van a incinerar lo que aprendí de mi padre? Nunca lo lograrán, Hilde. La voz de mi padre siempre estará conmigo...
No pudo continuar.
—Todavía quedamos alemanes buenos —dijo Hilde, intentando consolarla.
—Yo también soy alemana. Este es mi país, aunque ellos sostengan lo contrario.
—Un poeta lo predijo el siglo pasado: «Donde se queman libros, se termina quemando también a personas.» El canciller los tiene hipnotizados a todos, principalmente a los jóvenes, que actúan por impulso.
En sueños, Amanda había visto la hoguera. Las llamas se erguían hasta las nubes; la montaña de libros se alzaba más alta que cualquier edificio de la Opernplatz. En realidad, no eran más que una veintena de estudiantes envalentonados con la esvástica y el himno de las juventudes nacionalsocialistas atacando un puñado de libros. Habría otros, ella lo sabía. Ese era apenas el comienzo.
No había nada más que hacer. Se despidió de Hilde y la abrazó, sintiendo en ese instante que una larga y profunda amistad las uniría. Juntas rememorarían los libros quemados; en secreto, recitarían frases de sus autores favoritos y así los mantendrían vivos. Tomó la mano de Julius y regresó con él a su hogar. Había sobrevivido a la hoguera, al menos esa vez, y Amanda conservaba la satisfacción de haber salvado al menos un libro del fuego, y ese se quedaría con ella hasta el último día de su vida.
—Vamos, contemos los días hasta que llegue el invierno, cuando nacerá nuestra hija —murmuró Amanda mientras ascendían la escalera hacia su apartamento.
—Aún estamos en junio, cariño —indicó Julius con serenidad—. Nos falta mucho.
Viera Sternberg nació una mañana fría de enero de 1934. Llegó al amanecer de un nuevo año, con los primeros rayos de sol que con dificultad atravesaban las densas nubes berlinesas, cargadas de nieve y lluvia helada.
El invierno era la estación favorita de Amanda. La época en que los días eran cortos y la calma de las tardes de lluvia serenaba su desasosiego. Amanda se refugiaba en ver dormir a su pequeña, que ya reaccionaba con ojos atentos al escuchar su voz.
A menudo, Amanda abría el libro de botánica que había salvado de la hoguera y comenzaba a leerle a su hija en francés o en latín. Viera se adormecía, relajada por aquellos lenguajes que poco a poco fueron haciéndose familiares.
—Tu abuelo adoraba las rosas índicas. Había que cultivarlas en febrero, cubiertas de hojas secas. Prefería las que soportaban las temperaturas bajas, eran las más fuertes, como la Malmaison y la Madame Pierre Oger, que también tenían espinas más suaves.
Mientras la amamantaba, Amanda recitaba la enciclopedia, a veces improvisando comentarios sobre las flores, como hacía su padre cuando se la leía siendo una niña.
Desde aquella noche del solsticio de verano, la tristeza se hizo perpetua en los ojos de Amanda. Batallaba por sonreír mientras amamantaba a una niña que crecería sin libros; no podía evitar mirarla con compasión. ¿Para qué traer a un niño a un mundo tan hostil?, se repetía, y no lograba dejar de sentirse culpable porque su hija sufriría por su error y por el odio de los demás. Despierta, esperaba ansiosa la noche, para que el tiempo transcurriera más de prisa. Pero en sueños se le revelaba un futuro desolador en el que ella sería un libro más, destinado al fuego. Un día, ella también agonizaría en medio de las llamas.
Al llegar Julius a casa, el primer beso ahora era para Viera. Cada día llegaba un poco más tarde, porque tras el arribo del bebé se habían duplicado los pacientes.
—Mi pequeña Viera nos ha traído buena suerte —decía, comentando los trastornos cardíacos que ahora proliferaban en la capital alemana. La euforia nacionalsocialista les ha encogido el corazón a muchos, pensaba Amanda.
Cuando Julius se alejaba, Viera contraía los labios, arrugaba los ojos oscuros, comenzaba a llorar y su cuerpo entero se enrojecía. Él la tomaba en brazos, casi dormido, y se balanceaba al compás del conteo de sus latidos, como el experto que era. Su movimiento imitaba las pulsaciones de aquel pequeño corazón que había llegado al mundo con la fuerza de un tornado.
—Mi pequeña Viera —le susurraba, aunque ella aún no lo pudiera entender—, cada vez que tengas miedo, y sientas que tu corazón está galopando, comienza a contar tus latidos. Cuéntalos y piensa en cada uno, porque solo tú puedes controlarlos. En la medida que crezca el silencio entre un latido y otro, el miedo irá desapareciendo. Necesitamos de esos silencios para existir, para razonar.
Los gritos de la niña se espaciaban y la paz llegaba también a Amanda al escuchar la voz de Julius.
—Durante el verano alquilaremos una casa en Wansee, junto al lago —sugirió él antes de irse a la cama. Amanda lo abrazó con todas las fuerzas que le quedaban.
A oscuras, Julius se quedó contemplando las delicadas líneas del rostro dormido de su mujer, que parecía marchitarse con el paso de los días.
Los viernes por la tarde, sin importar el frío o la lluvia, Amanda florecía. Hilde la visitaba después del mediodía, al terminar sus clases en la zona este de la ciudad. Si no hacía buen tiempo, se acomodaban junto a la ventana, tomaban tés de hierbas exóticas que Hilde traía de sus viajes a París, y contemplaban a la gente que corría bajo la lluvia. Si hacía sol, deambulaban por las avenidas y empujaban el coche de Viera. A la niña, que ya comenzaba a brotarle una densa cabellera rojiza y en cuyas mejillas se descubrían las primeras pecas, le encantaban aquellos paseos, y el movimiento sobre los adoquines la adormecía dulcemente. Se detenían en el café de Georg, muy cerca de la Olivaer Platz, y bajo la tenue luz ámbar de las lámparas que una vez fueron de gas se calentaban con la esperanza de que la primavera se apresurara en dar paso al verano.
Si Viera se inquietaba, Amanda la tomaba en brazos, la mecía y le decía al oído: «Un día iremos a Grecia y nos quedaremos a vivir en una de las islas, lejos de todo mal. Papá abrirá una consulta con vistas al mar...»
—Viera es el retrato vivo de su padre —le comentaba Hilde, y Amanda rebosaba de felicidad.
Hilde no era muy maternal, pero disfrutaba de formar parte de las fantasías de su amiga. Su familia vivía en el sur de Alemania, pero ella había venido a Berlín a estudiar. Al graduarse de maestra, sus padres le compraron un pequeño apartamento en Mitte, cerca de donde impartía clases de mitología griega en una escuela privada para niñas que aborrecía. Le fascinaba la literatura francesa, y aunque tenía un rudimentario dominio del idioma, solo leía las traducciones al alemán que antes solía encontrar en el Jardín de Letras.
De espaldas, parecía una adolescente. Cada semana asistía al peluquero para mantener el cabello corto y lucir su cuello y los ángulos pronunciados de su mentón. Sus cejas, espesas y oscuras, y sus ojos negros contrastaban con los labios, que siempre llevaba de un carmín intenso. Cuando se emocionaba, o se asustaba, le aparecían manchas rojas en el cuello y el pecho, como si la sangre le desbordara de los poros.
Hacía viajes a París en tren cada vez que tenía días libres en la escuela, y se reunía con amigas en la capital del ocio y las fiestas. «En París, la vida es más desenfadada» le repetía a Amanda.
Era la oveja negra de la familia, decía Hilde, porque había dejado bien claro que nunca se casaría, y mucho menos traería hijos a un país del que se avergonzaba. Para mantenerla alejada con sus ideas opuestas a la nueva Alemania, que podrían traerle problemas, la familia la ayudaba económicamente para que viajara y se mantuviera en la capital donde ellos, conservadores del sur, esperaban más tolerancia ante las ideas rebeldes de Hilde.
—El viernes que viene me voy a París. Mis amigas me esperan. Necesito un poco de aire fresco; esta ciudad me está ahogando. Solo puedo respirar en paz cuando estoy con ustedes.
Amanda imaginaba a Hilde y a sus amigas, y las veía vestidas de pantalón holgado y con el pelo corto, perfumadas con esencias de hierbas y madera, atravesando las pequeñas calles que desembocaban en el Sena, visitando las librerías de Le Marais o rastreando en los estantes de los celosos bouquinistes la edición olvidada de un clásico.
Cada viernes regresaban a casa antes de que el sol se pusiera. Hilde la ayudaba a preparar la cena, acostaban a Viera y encendían dos velas pequeñas en el comedor rodeado de estantes vacíos.
Una tarde después de regresar de París, Hilde apareció con las manos llenas de chocolates suizos y bolsas aromáticas de té.
—Debes convencer a Julius de mudarse a París —le dijo a Amanda—. Si vieras las calles de Le Marais... Allí serían libres, y quién sabe si hasta podrían abrir otra vez la librería. Aunque a veces me pregunto si debería seguir yendo. No quieren a los alemanes por allá. Todos hablan de que Alemania, con su afán bélico, puede desatar una nueva guerra como la del catorce. Dios nos libre...
Amanda se sintió un poco aturdida por la insistencia de su amiga en la idea de tomar las maletas y abandonar la ciudad que siempre habían considerado como suya; sin embargo, sentía que era la conclusión inevitable.
—Hay muchas familias como ustedes que se han mudado de aquí a Le Marais. Ustedes dominan el idioma, ¿qué más necesitan?
Sí, todos huían, y la historia de los que partían era cada vez más sórdida en los periódicos. Amanda había decidido aislarse de la radio y de las noticias impresas, que solo repetían que los emigrantes robaban la fortuna de la familia y dejaban a sus ancianos desamparados en vetustos apartamentos sin luz ni agua caliente. Que abandonaban a los niños, con la estrella de David al cuello, a la entrada de las iglesias cristianas.
—En el verano nos iremos al lago —remató Amanda, impasible, y puso punto final a una posibilidad de exilio para la cual su marido aún no estaba preparado. Ella sí.