1989
Está sentada en un mar de sábanas y mantas enredadas, entre bolas blancas de embalaje y cartas extraídas de sus sobres con creciente febrilidad. La cama es recia: el mismo cabecero de roble pesado, el mismo colchón manchado y hundido sobre el que ha dormido, amamantado, leído y dibujado durante más de una década; el único lugar en el que realmente descansa. Y, sin embargo, en ese momento, de alguna manera está al mismo tiempo flotando y cayendo sobre ella, hundiéndose como una piedra.
Tras ponerse las gafas de lectura en la cabeza, Ava Fischer abraza sus rodillas apretándolas contra el pecho. Con el rostro tenso y caliente por las lágrimas derramadas, secadas y derramadas de nuevo, arroja la última de las cartas sobre la cama. Observando sus dominios castigados por el sol, que sirven tanto de estudio de dibujo como de dormitorio, se sorprende de que todo esté igual que hace apenas una hora; en ese tiempo, su mundo se ha derrumbado, se ha puesto patas arriba. La ilustración en la que ha estado trabajando se encuentra todavía encima de su mesa de dibujo, sujeta en una esquina por un plato de tostadas con mermelada intactas y en otra por una taza de café frío con la inscripción «Bébeme». Algunas bolas que escaparon a causa del frenesí inicial con el que abrió la caja aún yacen esparcidas sobre la alfombra afelpada, como estrellas de aire insuflado formando excéntricas y porosas constelaciones sobre un cielo desgastado y descolorido.
Pero es la cama la que evidencia la ruina emocional de Ava. La cama, con sus sábanas arrugadas y sus cojines desparejados, su cubresomier polvoriento y su colcha apolillada, su olor rancio a tabaco, que, cuatro años después de haber dejado de fumar, todavía perdura. La cama, con la caja de cartón de Luftpost ya vacía, cuya recepción ha firmado la hija de Ava antes de dársela con cierta curiosidad («Es de Bremen. ¿No es ahí donde naciste?»).
La cama en la que Ava ha esperado durante lo que le han parecido horas, con la caja en el regazo, hasta que Sophie ha salido con sus amigos. Cuando por fin ha oído el ruido de las zapatillas con suela de plástico de su hija bajando cuatro tramos de escalera antes de salir a la Segunda Avenida, ha soltado el paquete y se ha abalanzado hacia la ventana para observar a la niña de trece años marcharse con las manos en los bolsillos de su chaleco masculino a cuadros y los auriculares Walkman plateados brillando bajo el sol.
La cama en la que ha leído, más que conmocionada, con un profundo sentimiento de aceptación, la nota formal del abogado:
Estimada señora Fischer:
Como abogado de su madre y albacea de su patrimonio, lamento informarle de que su madre, Ilse Maria von Fischer, falleció el pasado 12 de abril, después de una larga batalla contra un cáncer de útero.
De acuerdo con sus deseos, le envío sus restos para que usted disponga de ellos a su conveniencia y le solicito que confirme su recepción, por fax o por teléfono, a los números que figuran en nuestro membrete. Una vez tengamos su confirmación, podremos liberar el resto de su herencia, aproximadamente 71.000 marcos. Si usted no confirma el recibo en persona, tengo instrucciones de donar dicha cantidad a The Blue Card, una organización benéfica elegida por su difunta madre.
Incluyo también unas cartas que su madre me pidió que le enviara; le ruego informe de que también las ha recibido.
Con mis condolencias y mis mejores deseos,
BERNARD FRANKEL, LLP
Apoyada con rigidez contra el cabecero, Ava se obliga de nuevo a hacer esa conexión, en apariencia imposible, entre la idea de «restos» y esa especie de táper que ha sacado de debajo de las bolas de embalaje una hora antes. Entre «mamá», ese pensamiento inevitablemente tenso y doloroso, y el polvo arenoso que Ava ha descubierto al abrir la tapa del recipiente. No olía como Ilse, esa mezcla inquietante y familiar de jabón facial, colonia 4711 y un leve toque a sudor. No, no se parecía a ella; en la mente de Ava, su madre siempre fue de piel lechosa, musculosa, de cabellos dorados y ojos plateados. Sobre todo, abrumadoramente «densa».
Y, sin embargo, contemplando las cenizas, ha asimilado la verdad que encerraba la afirmación del abogado: aquello era, en sentido literal, todo lo que quedaba de Ilse von Fischer, la madre evasiva y distante que la había abandonado, físicamente durante la guerra y emocionalmente después; la que la había dejado en aquel mismo apartamento doce años antes, mientras Sophie lloraba en la cuna.
Y aunque Ava se ha entristecido al comprender que esa mujer ya no camina ni respira, la noticia no la ha impresionado; para ella, Ilse dejó de existir en el momento en el que salió por la puerta aquel caluroso verano de 1977. Sí, durante unos años hubo llamadas ocasionales de larga distancia que Ava interrumpía en cuanto oía el cortante «hola» de Ilse. También un lento goteo de tarjetas postales, cartas y, de vez en cuando, algún pequeño paquete que Ava devolvía a Bremen sin abrir. Cuando Sophie creció lo suficiente como para contestar el teléfono y leer los remitentes de los sobres, Ava cambió de número y envió un ultimátum telegrafiado a través de Western Union:
No intentes localizarnos (stop) Para nosotras estás muerta (stop)
No, no eran los restos de Ilse los que la habían dejado en ese estado de shock; eran las palabras que había dejado escritas: relatos cuidados y minuciosos sellados en una docena de sobres. «Incluyo también unas cartas que su madre pidió que le enviara», había escrito el abogado, casi en un aparte informal. ¿Conocería su contenido, aquellas verdades aplastantes y aquellas confesiones descarnadas? A decir verdad, algunas no habían hecho más que confirmar las sospechas que Ava había abrigado durante mucho tiempo. «De hecho, empecé a escribirte —revelaba una de ellas— desde una vieja cárcel de Heidelberg, donde los estadounidenses esperaban desnazificarme».
Entnazifizieren! ¡Desnazificar! Parpadeó ante ese verbo desconocido y un tanto absurdo (¡como si la podredumbre moral pudiera extraerse como un apéndice inflamado!). Pero su estremecimiento no fue tanto por la sorpresa como por la justificación. «Todo el mundo se unió», decía Ilse encogiéndose de hombros, pero Ava siempre supo que esa evasiva escondía una historia más oscura.
Dejando a un lado la nota del abogado, Ava vuelve a fijarse en la herencia epistolar. Amarilleadas por el tiempo y de distintos grosores, las cartas están esparcidas sobre la colcha. Al parecer, ninguna fue enviada en su momento; todas van dirigidas a la misma mujer:
Renate Bauer
163 Eldridge St.
New York, New York 10002 USA
Es la primera vez que Ava se topa con este nombre: Renate Bauer. Ilse le escribió cartas obsesivamente a esa mujer: en todas reconoce su letra anticuada y ligeramente gótica. Y la dirección del remitente corresponde, sin lugar a dudas, a la de la casa de Schwachhausen con la que Ava sigue soñando con desconcertante detalle: el amarillo limón con el que su madre pintó las paredes de la habitación de Ava cuando era niña, la taza verde desportillada en la que guardaban sus dos cepillos de dientes, la mancha circular oscura sobre el escritorio de madera de la habitación de Ilse, vestigio de un poco de café, vino o agua derramados.
Ava coge la carta más cercana, fechada en agosto de 1976, y alisa las dos hojas contra el algodón arrugado de su pantalón de pijama. Percibe un tufillo a moho, bolas de alcanfor y una pizca de vainilla. Igual que las otras, usa el tuteo —en alemán, «Du»—, omitiendo las mayúsculas tal como su madre lo haría para dirigirse a una amiga íntima:
¡Mi querida Reni!
Anoche tuve un sueño. Comenzaba el día en que nos conocimos en secundaria. Tú llegabas tarde, como siempre, y de camino al aula tropezaste conmigo y dejaste caer los libros que llevabas. Es extraño; muchas de las cosas que me han sucedido en los últimos años se han vuelto vagas para mí y, sin embargo, todavía recuerdo con toda claridad pequeños detalles de nuestro primer encuentro: el marrón dorado de tus ojos, el lazo rojo en tu pelo, el libro desgastado que te devolví diciéndote, por alguna razón, que solo había leído la secuela, pero que me había encantado.
Luego, en el sueño, de repente era más tarde, mucho mucho más tarde, y yo caminaba por Unter den Linden, junto a los quioscos de periódicos y a la estación del metro, siguiendo la ruta que siempre tomábamos al regresar a tu casa después de la escuela. Tenía el libro y sabía que devolverlo (no a ti, sino a Franz, no sé por qué) era de una importancia superlativa, casi aplastante. La calle estaba limpia y gris y tan abarrotada que apenas podía respirar. Pero también completamente silenciosa. Me sentía muy sola y estaba preocupada por si no lograba cumplir mi misión.
Entonces te vi unos metros más adelante, corriendo en la dirección opuesta. Llevabas puesto tu abrigo verde y tu sombrerito negro, y Franz llevaba una de esas boinas de tweed de vendedor de periódicos que tanto le favorecían. ¡Sentí una alegría y un alivio enormes! Traté de alcanzarte, pero la multitud seguía empujándome, achuchándome, haciéndome retroceder. Intentaba llamarte, pero, aunque parecías estar cerca, no me oías. Los dos seguisteis caminando y, al final, desaparecisteis.
Me desperté llorando, pero también extrañamente resignada. No sé mucho sobre los sueños, desde luego no tanto como tu madre (todavía recuerdo haber hablado con ella durante horas sobre los nuestros, sobre lo que significaban), pero me pareció que quizá este era una señal de que por fin había llegado el momento de aceptar la verdad: que mientras no paro de fantasear con ponerme en contacto contigo y con Franz, con ir incluso a Nueva York y entregarte mis cartas en persona, la verdad es que, al menos por ahora, me falta valor hasta para echarlas al correo. Así que debería dejar de escribirlas. De hecho, si fuese menos obstinada, ya habría dejado de hacerlo hace mucho tiempo.
Pero ambas sabemos cómo me aferro a las cosas.
Reni, si tuviera que elegir una sola cosa de todos estos escritos que quisiera decirte, sería esta: que si pudiera volver atrás y cambiarlo todo, lo haría. Todo. Incluso cambiaría mi propia existencia, mi propio nacimiento, si con eso pudiera borrar lo que os hicieron a ti y a tu familia. No poder hacerlo es algo que me duele cada día.
Después de todo, tal vez sea esa mi verdadera condena.
ILSE
Ava cierra los ojos. Por un momento, el viejo pánico amenaza: la asfixiante certeza de que el techo y las paredes están a punto de derrumbarse, desalojando todo el aire y la luz. Para contrarrestar el ataque, evoca la imagen reconfortante que le sugirió su último terapeuta: la costa dorada de Montauk, tan alegre en verano.
En su lugar, aparece un recuerdo totalmente distinto, de otra playa. En él, Ava tiene unos seis años y está con su madre en una extraña excursión a Großer Wannsee, poco después de reencontrarse con ella tras la guerra. La arena está húmeda y rugosa, el día es radiante y puro como lo son a veces los primeros días de primavera. En un momento dado, Ava ve a Ilse alejarse a paso rápido; su cabeza, envuelta en una trenza, es un punto brillante que va menguando bajo la fría luz de la mañana. La visión abre un agujero negro y terrorífico dentro de Ava: «Vuelve —gime—. No me abandones». Se levanta de un salto y se precipita descalza en pos de la figura que se aleja, pero un par de brazos fuertes la agarran por detrás. Durante un instante se retuerce y patalea hasta que reconoce la silueta, el torso robusto y los senos redondos presionados contra su pequeña espalda. «Estúpida niña —murmura Ilse, que ha estado detrás de ella todo el tiempo—. ¿Qué diablos te pasa ahora?»
El recuerdo transmite el peso y el dolor de un golpe físico. Una repentina llamada a la puerta, tan violenta que el antiguo aparato de aire acondicionado vibra en el marco de la ventana, la saca de su ensimismamiento.
—¡Mamá! —grita Sophie con esa espontánea e implacable indignación tan propia de las adolescentes—. Se me había olvidado que le prometí a Erica que le devolvería la sudadera de Lou Reed. ¿La has lavado? Dijiste que la ibas a lavar.
«¿Sophie? ¿Por qué ha vuelto?» Y ¿cómo ha entrado sin que Ava la oyera?
Tras unos segundos de parálisis y confusión, se arrodilla y se pone a recoger las cartas.
—Un momento —responde Ava pensando «Mierda, mierda, Sophie». Su hija cree a pies juntillas que Ilse lleva muerta más de una década. «¿Qué voy a decirle?»
—¡Mamá! ¿La tienes? —El pomo de la puerta repiquetea en su soporte—. Pero bueno, por qué estás encerrada?
—¡Espera! ¡Espera un momento!
Desesperada, echa un vistazo a la habitación desordenada: la sudadera no está a la vista. Ava mete la urna dentro de la caja, la cubre con un puñado de bolas de embalaje y junta las cartas en un montón desorganizado a su lado. Luego se dirige a la puerta, con las piernas tan débiles como las de un corredor tras la maratón de Nueva York y el corazón latiéndole como una criatura viva en la boca.
—¡Mamá! ¡Por Dios! —Pum, pum, pum—. ¡Erica me está esperando! ¿Qué demonios está pasando ahí dentro?
—Nada —dice Ava con voz temblorosa.
Y respirando profundamente, agarra el pomo de la puerta.
1933
Un torrente de desesperación se apodera de Renate; es tan potente que resulta casi liberador. Tendrá que confesar, está decidida. Su vida habrá terminado antes de que le haya ocurrido algo real: antes de visitar París o de ver a Elisabeth Schumann cantar en la Ópera de Viena. Antes de experimentar la sensación de estar achispada o de fumar de mal humor un cigarrillo que dibuja imágenes lánguidas y fantasmales en el aire. Antes de que le hayan dado el primer beso en los labios, o en cualquier otro sitio.
Son poco más de las dos y la luz lechosa de última hora de la tarde inunda la biblioteca de la escuela, que tiene el techo bajo. Sus ojos están fijos en el suelo de madera, en la postal en blanco y negro que acaba de caer de su cuaderno abierto. No tiene ni idea de cómo ha acabado allí, pues recuerda perfectamente haberla guardado en un bolsillo de la mochila. Pero ahora se encuentra justo en el camino del vigilante de la biblioteca, el señor Steinberg. El señor Steinberg, que, cuando no está arengando a su dócil asistente (la joven señora Bernhardt, que siempre parece estar a punto de llorar), gusta de caminar entre las largas mesas de roble de la biblioteca como si fuese el káiser pasando revista a sus tropas. El señor Steinberg, que ya ha enviado dos notas a los padres de Renate por «comportamiento inapropiado»: la primera, por cuchichear con Ilse; la segunda, por comer un tentempié a hurtadillas.
El señor Steinberg, que, mientras Renate observa, tan inmóvil como Galatea antes del beso vivificante de Pigmalión, está a punto de pisar la plácida cara de la «dama del libro». En realidad, dado el tamaño de la tarjeta, no solo su cara: su cara, sus pechos, su vientre...; en resumen, cada parte de su fisonomía completamente desnuda.
«No mires hacia abajo», reza Renate en silencio a un todopoderoso inconcreto (aunque en teoría es luterana, se considera agnóstica). «No mires hacia abajo. No mires hacia abajo. Por favor, por favor, no mires hacia abajo...» Por un momento parece que su muda plegaria ha sido atendida, porque, después de pisar con su zapato Oxford pulido la parte superior de la maldita imagen, el enjuto vigilante da dos pasos más. Renate empieza a considerar la posibilidad de respirar cuando, de repente, el señor Steinberg se detiene. Muy lentamente, se da la vuelta. Una plancha de hierro oprime los pulmones de Renate, que mira cómo da dos zancadas muy rápidas hacia atrás. Apoya en el suelo su nudosa rodilla, levanta el cuadrado de cartón y vuelve el rostro hacia ella como un búho.
—¿Qué es esto? —le pregunta.
El cerebro de Renate trabaja a un ritmo frenético. Esto será muchísimo peor que cuando les enviaron la última nota a sus padres. Podría acabar con una llamada telefónica y unos días de expulsión o, incluso (se le seca la boca), con la expulsión definitiva. Seguro que el director Heintz ha expulsado a otros estudiantes por menos. Trata de imaginar a su familia recibiendo la noticia: su madre es médica y su padre profesor, y durante sus muchos muchos años de estudio obtuvieron siempre las mejores calificaciones. Su hermano, Franz, pasó por la escuela secundaria y por el instituto como un meteoro académico, sin recibir nada más que alabanzas y elogios.
—Estoy esperando —dice el bibliotecario, golpeteando el suelo con el pie—. Espero que alguien asuma la responsabilidad de esto. De lo contrario... —Carraspea—. De lo contrario, el castigo será mucho más severo.
«Castigo», piensa Renate. La palabra se aloja en su cerebro con la terquedad de una píldora a medio tragar. ¿Existe un castigo peor que la expulsión; peor, por supuesto, que la humillación de que todos en la escuela piensen que es una especie de adicta al sexo?
Junto a ella, su mejor amiga, Ilse, elige el momento para darle un codazo en las costillas.
—¡Ay! —masculla Renate—. Para.
Y con esa protesta reprimida, ese levísimo indicio de connivencia, el bibliotecario cae sobre ellas como la muerte sobre dos doncellas.
—¡Señorita Bauer! —grita—. La he oído hablar. ¿Acaso quiere explicarme esto?
El señor Steinberg sostiene la imagen delante de ella, la «dama del libro» y su amante arrodillado están a escasos centímetros de los ojos de Renate, que aparta la mirada.
—Es una postal.
Su voz le suena extraña: nasal y distante. Alguien ríe nerviosamente en algún lugar cerca de las ventanas traseras.
—Sí, ¿pero qué clase de postal?
—¿Una postal en blanco?
Otro coro de risitas.
—Bueno —dice el señor Steinberg—, sí. Pero lo que yo quiero saber es a quién pertenece y cómo ha llegado hasta aquí. Tal vez pueda decírmelo usted.
Renate traga saliva, sintiéndose desdichada porque es evidente que puede decírselo. Puede decírselo y después su vida habrá terminado.
Todo comenzó el viernes anterior, una tarde que Renate, como casi todas las tardes, pasó con Ilse. Renate e Ilse: compañeras de estudio en clase, chismosas en los pasillos, pasajeras risueñas en el metro. A las tres, como de costumbre, se dirigieron a casa de Renate, en la Bismarckstraße, cogidas del brazo y caminando al compás entre los tilos y los castaños en ciernes de Unter den Linden. Hicieron sus paradas habituales: la perfumería, donde contemplaron los frascos de cristal con sus colores de piedras preciosas y sus difusores brillantes, pero donde no entraron (al dependiente francés no le gustan los niños); luego, la sombrerería de Gerstel, con sus boinas y sus elegantes sombreros de fieltro y el turbante púrpura drapeado que el señor Gerstel (él sí, simpático con los niños) les deja probarse. Se entretuvieron ante el escaparate de la agencia de viajes, discutiendo sobre qué país visitarían juntas en primer lugar. Ilse quiere ir a un lugar cálido y exótico: el Sáhara, el Nilo, tal vez Indochina. Renate quiere ir a Nueva York o a Hollywood, aunque últimamente, debido a sus lecturas, cada vez siente más curiosidad por Oriente, motivo por el que ese viernes también se detuvieron delante de la puerta abierta de la tienda de té china para respirar el aroma seco y musgoso. A Ilse no le gustó, pero Renate se sintió transportada. Allí parada, con los ojos cerrados y respirando profundamente, podría haber estado en una calle de Pekín o Shangai, en lugar de estar en medio del poco exótico pero ajetreado distrito de Tiergarten, en Berlín. Trató de imaginárselo: los chinos caminando deprisa, sus dóciles esposas tropezando detrás de ellos con sus minúsculos pies... Ilse, que no tiene tiempo para retrasos provocados por sueños, gritó «¡Vamos!» y se la llevó a rastras.
Cuando llegaron a la pastelería Schloss, juntaron sus monedas para comprar un mantecoso trozo de pastel de amapola que el señor Schloss, un hombre de mejillas coloradas que una vez al año se transforma en un Papá Noel bastante convincente, les despachó con su habitual sonrisa distraída. Echaron los dos céntimos que les sobraron en la hucha para la colecta del Auxilio de Invierno que llevaba un joven con camisa caqui y calcetines blancos hasta la rodilla. No era feo, pero su «gracias» sonó como un balido en dos tonos que lo hizo parecer un cabrito en plena pubertad. Las chicas apenas lograron llegar hasta el cruce antes de estallar en carcajadas provocando miradas de censura de los peatones adultos.
—Ha sido culpa tuya —se las arregló para decir Ilse cuando por fin recuperó la compostura—. ¡Se ha quedado tan fascinado contigo que se le ha quebrado la voz!
—¿Conmigo? —Renate se secó los ojos con un pañuelo—. ¡Te miraba a ti! Y menos mal. Detesto que los chicos me miren.
—No te molestaría si fuera ya sabes quién.
—No —convino Renate—. No me molestaría. Pero él no lo hará.
—Nunca se sabe.
—No, pero no lo hará.
Agotadas las risas, reanudaron la marcha y en la Potsdamer Platz se cruzaron con otra colecta. Era Fritz, el veterano de guerra, con su emblema amarillo con tres puntos negros que indican ceguera. A veces, Renate le compraba algo; no porque lo necesitase, sino porque le gustaba la sonrisa arrugada que aparecía en su rostro cuando las monedas tintineaban al caer en la taza. Se sentía caritativa. Y además era un camarada, pues su padre también luchó en la guerra como combatiente de primera línea y, aunque no se quedó ciego como Fritz, estuvo tan cerca de la muerte que pudo (en sus propias palabras de tono profundo y estruendoso) «sentir su aliento caliente en la nuca».
Ese viernes, sin embargo, ambas se habían quedado sin dinero, de modo que pasaron al lado del viejo soldado sin detenerse, Ilse lamiendo meticulosamente las últimas migajas de pastel de sus dedos pegajosos y Renate ensimismada pensando en «ya sabes quién». Por un momento, su rostro pareció flotar en el aire ante ella, tan cerca que podía tocar uno de sus pómulos altos y perfectos. El espejismo se desvaneció justo a tiempo de vislumbrar una cabeza rubia que se movía varios metros delante de ellas.
—¡Mira! —jadeó agarrando el codo de su amiga.
—¿El qué?
—Ahí delante. A la derecha.
Ilse hizo visera con la mano.
—¿A quién estoy buscando?
—¿A quién va a ser?
Ilse entrecerró los ojos y se puso de puntillas antes de negar con la cabeza.
—No lo veo.
—Ahí —dijo Renate—. Justo enfrente de la estación del metro. —Pero su voz sonaba más vacilante ahora y el dedo señalaba con menos firmeza mientras escudriñaba a la multitud, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda—. Estaba justo ahí. Te lo juro.
Ilse sonrió.
—Estás empezando a ver visiones. Debería examinarte tu madre.
—¡Oh, calla!
Con el corazón latiéndole con fuerza, Renate echó un último vistazo a la amplia avenida verde con sus agitadas corrientes de peatones de última hora del día. Pero la única cara que reconoció fue el rostro cincelado de Federico el Grande ante la Puerta de Brandeburgo dedicando su mirada de acero a sus descendientes de carne y hueso mientras cabalgaba sobre su corcel de piedra hacia ninguna parte. Al cabo de un rato, estaban tumbadas despreocupadamente sobre la alfombra desgastada de la habitación de Renate, marcando con los pies el ritmo de una canción de Ethel Waters, que se lamentaba de haber perdido diamantes y dinero.
—¿Sabrías guardar un secreto? —susurró Renate sobreactuando.
—¿Me lo estás preguntando en serio? —replicó Ilse. Durante los tres años que duraba ya su amistad habían compartido cientos de secretos. Secretos sobre chicos y chicas, padres y maestros. Secretos sobre peleas escolares y sobre secreciones corporales; sobre pechos en ciernes y malas notas, y sobre cómo ocultárselas a uno o a ambos progenitores para eludir las consecuentes charlas. Secretos sobre en qué consiste con exactitud ese momento del mes y sobre cuándo llega o deja de llegar. Y secretos sobre otros secretos que, por casualidad, han oído contar a los adultos, que siempre parecen dar por sentado que nadie los está escuchando.
—He encontrado una cosa —murmuró Renate—. Debajo de la cama de Franz.
Ilse levantó la vista al instante muy interesada.
—¿Una carta de amor? ¿Su diario?
—Peor. Postales.
—¿Por qué peor? —resopló Ilse.
Renate tomó aire.
—No son postales normales. Escucha. ¿Recuerdas aquellas tan obscenas que vimos en Nolli?
—¡Oooh! —Ilse abrió de par en par sus pálidos ojos azul grisáceo—. ¿Ha comprado de esas? ¿Cuándo? ¿Cómo?
Renate se encogió de hombros.
—Ni idea, pero las tiene. Una docena. En una caja de puros.
Ilse se rio con cierta estridencia. Del Victrola salía ese sonido, clípiti-clop, clípiti-clop, que ambas habían confundido al principio con el ruido de unos caballos trotando, hasta que Franz les explicó cómo se bailaba el claqué.
—Probablemente eso es lo que hacen él y su grupo durante sus reuniones secretas —dijo Ilse—: comerse con los ojos a esas mujeres desnudas. Lo del «grupo de debate socialista» es una tapadera.
—En realidad, ahora lo llaman «grupo de discusión sobre Schiller», para no llamar la atención.
De hecho, dadas las recientes leyes sobre los partidos de izquierda y los rumores sobre visitas del Servicio de Inteligencia de las SS en plena noche, se supone que Renate no debe hablar de las ideas políticas de su hermano, ni de política en general, con nadie que no sea de la familia. Pero para ella Ilse es parte de la familia.
—Pero esta postal... esta mujer, Ilsi —dijo Renate negando con la cabeza.
—¿Qué pasa con ella? ¿Qué está haciendo?
—Está... leyendo.
—¿Leyendo? —Ilse se quedó perpleja—. ¿Leyendo qué? ¿A Chatterley? ¿A Sade?
—La cuestión no es lo que está leyendo —Renate se recogió un rizo detrás de la oreja—, sino lo que hace mientras lee.
—Que es...
Renate abrió la boca, pero la cerró de golpe y se la tapó con las dos manos.
—No puedo.
—¡Reni! —Ilse se acercó a gatas a su amiga y destapó su cara—. Dime, ¿qué está haciendo?
Renate negó con la cabeza, apartándose, riéndose hasta quedarse sin aliento. Finalmente lo soltó:
—Hay un hombre.
Con los ojos chispeándole, se señaló el ombligo.
—¿Un hombre en su vientre?
Otro gesto negativo.
—Más abajo.
—¿También está leyendo?
—No. Él está... está... ya sabes. —Renate se abrazó sus piernas delgadas y enterró la cabeza en las rodillas—. Husmeando.
—¿Qué?
Ilse separó las rodillas huesudas de su amiga y se inclinó entre ellas, su cara pálida a apenas unos centímetros del rostro sonrojado de su mejor amiga.
—La está besando —dijo Renate sin aliento—. Ahí abajo.
—¿En la... en la vagina? —El rostro blanco como la leche de Ilse se ruborizó adquiriendo un tono rosáceo—. Mientes.
—No. Te lo juro. Lo juro sobre la tumba de mi abuelo.
En realidad, Renate nunca había visto la tumba de su abuelo; de hecho, ni siquiera lo había conocido, ya que sus dos abuelos habían muerto antes de que ella naciera. Pero fue el único juramento que se le ocurrió en ese momento y, al parecer, fue suficiente: en un abrir y cerrar de ojos la chica rubia se puso de pie y echó a correr hacia la puerta.
—Espera —dijo Renate levantándose de un salto cuando la mano de Ilse agarraba el pomo de la puerta—. ¿Adónde vas?
—¿Tú que crees? ¡A su habitación!
—¡Está estudiando!
—Lo distraeremos.
—¡Pero se supone que no debo molestarlo cuando tiene exámenes!
—Y no lo harás —dijo Ilse—. Pero de mí nunca ha dicho nada, ¿verdad?
Sin esperar una respuesta, Ilse abrió la puerta y a punto estuvo de tropezar con el schnauzer de pelo hirsuto que había estado esperando fuera, al acecho. Encantado por tener, de repente, vía libre (Ilse es su no-Bauer favorita), se lanzó contra sus piernas, gimiendo de adoración.
—Ahora no, Sigmund —dijo Ilse empujando hacia atrás al perro para reanudar su breve marcha por el pasillo—. ¿A que a mí no me lo ha prohibido? —le preguntó a Renate por encima del hombro.
—No —admitió Renate corriendo sin aliento tras su amiga—. Aun así, no puedes entrar ahí. Por lo menos, piensa un plan.
—Tengo un plan —respondió Ilse—. Ya verás.
Al llegar a la habitación de Franz, golpeó tres veces con fuerza, justo encima del letrero de «No molestar» adornado con una calavera y dos tibias cruzadas que estaba garabateado en la puerta. Al no obtener respuesta, golpeó una segunda vez, más fuerte. Estaba a punto de hacerlo una tercera cuando la puerta se abrió bruscamente.
—Por el amor de Dios. —El hermano de su mejor amiga estaba de pie en el marco de la puerta, con el cabello oscuro revuelto y una expresión de indignación—. ¿No sabes leer?
—Oh, lo siento.
Ilse dio un paso atrás; su bravuconería se desvaneció por un instante. Sigi aprovechó la oportunidad para colarse entre ellos y lanzarse sobre la cama.
—Perdón —dijo ella otra vez recobrando un poco la compostura—. Solo necesitamos que nos ayudes un momento.
—¿Que os ayude? ¿A qué? Sigi, fuera. —Franz miró exasperado al perro—. Estas no son horas de visita —añadió con énfasis.
—Un bicho —dijo Ilse improvisando—. Hay un bicho enorme en la pared de la habitación de Reni. Necesitamos que alguien lo mate.
—Un bicho. —Apoyado en el marco de la puerta, el hermano de su mejor amiga la miró desconcertado—. La señorita Fischer, conocida por golpear a un posible carterista en el metro, le pide a un lisiado que mate a un bicho.
—Sabes que no le pegué. —Ilse se sonrojó de nuevo; si fue por la mención de la palabra «lisiado» o por esa anécdota que ella detesta es difícil de saber—. Perdí el equilibrio y me caí sobre él, y él... simplemente huyó. Además... —Ilse miró el escritorio lleno de libros contra el que Franz solía apoyar su bastón con empuñadura de plata—. En realidad te necesitamos por tu bastón. El bicho está demasiado arriba y no podemos alcanzarlo.
Franz la miró un momento y luego miró a su hermana, que estaba de pie detrás del hombro izquierdo de Ilse. Sigi, todavía tumbado en actitud desafiante sobre la cama (y, en teoría, justo encima del excitante material que había provocado aquella interrupción), comenzó a mordisquearse ruidosamente la pata trasera izquierda.
—Está bien... —suspiró Franz finalmente.
Y girando sobre su talón bueno, volvió cojeando al escritorio y cogió su bastón mientras Ilse le dedicaba una sonrisa victoriosa a Renate. Cuando Franz regresó, sin embargo, no salió en dirección a la habitación de Renate; se detuvo cerca del umbral y extendió el reluciente bastón.
—Tu arma —anunció señalando la empuñadura en forma de cuervo, un homenaje a su admirado Poe—. Usa el extremo grande y después limpia las tripas. Puedes dejarlo en el pasillo cuando termines. ¡Sigi, fuera!
Y tras aguardar lo justo para que Sigi bajara de la cama y trotara dócilmente hasta el pasillo, cerró la puerta.
—Te lo he dicho —dijo Renate una vez estuvieron a salvo en su habitación; Ilse enfurruñada y ella decepcionada aun habiéndose demostrado que llevaba razón—. Ven mañana. Estará fuera hasta la hora de cenar.
—No puedo. Vamos a casa de mi abuela.
Los abuelos paternos de Ilse tenían una casa en Wiesbaden; los maternos vivían en Spandau. Que tuviera cuatro abuelos vivos era una de las pocas cosas que Renate le envidiaba. Su única abuela (la empolvada y quisquillosa madre de su madre) vivía en un abarrotado apartamento muy cerca del Hirschgarten. Después de cada visita, el olor del lugar, como a aceite rancio de lavanda, acompañaba a Renate durante días.
—Pues ven el lunes —dijo Renate.
—Piano.
—¿El martes?
—Cita con el doctor Stein para mi revisión.
Renate gruñó; le parecía que faltaban años para el miércoles. Entonces a Ilse se le iluminó el semblante.
—Llévala a la escuela.
Renate la miró fijamente.
—¿Estás loca?
—¿Por qué no? Si te descubren, puedes decir que la encontraste por ahí. —Ilse sonrió con astucia—. O decir la verdad. Ya va siendo hora de que pillen a Franz en un renuncio.
Renate aún no estaba convencida.
—¿Me apoyarás si me cogen?
—Por supuesto.
—Quiero decir, ¿me apoyarás de verdad?
—Claro que sí.
Ilse tomó aire y levantó la mano derecha. En su dedo corazón centelleaba el anillo que Renate le había regalado dieciocho meses antes a cambio de otro que ella le había dado: dos simples aros plateados con una manita abierta en el lugar donde se engarzan las gemas. Cada uno tenía una sola letra grabada en la parte interior: una «I» en el de Renate, una «R» en el de Ilse. Cuando se alineaban, las manitas encajaban formando un nudo brillante.
Y aquí están ahora, tres días después, a las dos de la tarde, en la biblioteca de techo bajo del instituto, donde la vida breve y sin besos de Renate está a punto de llegar a su fin.
—Estoy esperando —dice el señor Steinberg.
Se inclina acercándose lo suficiente como para que Renate inhale el olor húmedo a cigarrillos y café rancio. Renate cierra los ojos en un último esfuerzo por desmayarse para que, al menos, se compadezca un poco de ella. Visto que su cuerpo no obedece (nunca lo hace en momentos decisivos como este), traga saliva con dificultad.
—Yo...
—Señor Steinberg.
El maestro gira sobre sus talones hacia el lugar del que procede la interrupción.
—¿Sí, Gerhardt?
«¿Gerhardt?» Renate abre los ojos.
—La postal es mía.
Renate tarda un momento en confirmar lo que acaba de oír y, cuando lo hace, casi se desmaya.
Es verdad. Es él, Rudolph Gerhardt. El chico con el lunar perfecto y el hoyuelo perfecto en la barbilla y los ojos perfectos entre azules y verdes, como cristales de mar. Renate no tiene ni idea de cómo ha llegado hasta allí sin que ella se haya dado cuenta; sus sentidos captan su presencia de tal manera que casi puede distinguir sus pasos un piso más abajo. Y, sin embargo, ahí está, en una mesa justo detrás de la suya, con todos los ojos puestos en él, como si fuera Gary Cooper en Adiós a las armas.
Rudi, como siempre, sabe llevar la atención que suscita como si fuese un accesorio favorecedor, como un sombrero de fieltro o un reloj de pulsera elegante. Robusto y rubio, con su uniforme caqui bien planchado, parece que acabe de llegar de dar una caminata a paso ligero. Es uno de esos estudiantes que se abre paso entre el mar de cuerpos adolescentes sin darse cuenta; hasta los profesores más gruñones sienten debilidad por él. Es bien sabido que incluso el señor Steinberg, cuyo rostro parece tallado en granito, sonríe cuando lo ve.
—¿Esto es suyo? —pregunta el bibliotecario ajustándose las gafas de montura redonda.
—Sí, señor. —Rudi agacha la cabeza con una humildad que parece sincera—. Lo siento mucho. La he encontrado en la Königsstraße esta mañana, justo enfrente de los almacenes Israel. Estaba allí tirada, bocarriba, en la calle.
Renate mira a Ilse, que le devuelve la mirada frunciendo el ceño. Ambas saben dónde vive Rudi; los almacenes Israel, unos de los más grandes de la ciudad, no le pillan de camino a la escuela.
—Y usted la recogió —dice el supervisor alejándose de Renate, que exhala el aliento que ha estado aguantando tanto tiempo que le duelen los pulmones—. La recogió —repite— y luego, según parece, consideró adecuado traerla a nuestra escuela.
—Sí, señor.
Rudi lo mira con ojos brillantes. El profesor empuja las gafas hasta lo alto del puente de la nariz.
—¿Y por qué iba a hacer algo semejante?
El chico se inclina hacia delante, apoyando su mentón impecable en la palma de la mano.
—Bueno, por un lado, porque no quería que nadie más se tropezara con esta imagen degenerada. Pero también porque quería mostrársela a mis compañeros de clase.
Gritos ahogados estallan por toda la habitación como un silbido de gas que escapa por las múltiples grietas de una tubería. Incluso el señor Steinberg parece sorprendido.
—¿No quería que lo vieran extraños en la calle pero sí quería enseñarla en la escuela?
—Así es.
—¿Puedo preguntar por qué?
Rudi sonríe.
—Para advertir sobre la clase de bajezas en las que algunos tipos caen a veces.
—¿Y qué clase de tipos y de bajezas serían esos?
Renate se retuerce las manos debajo del tablero pulido de la mesa de roble, notando cómo el anillo que selló su amistad con Ilse se le clava en la palma de la mano.
—Bajezas propias de las razas más abyectas —dice Rudi—. Los judíos, por ejemplo. Estoy seguro de que no es casualidad que la tarjeta estuviera delante de un negocio judío.
Aparentemente, nada cambia en la expresión del señor Steinberg, pero a Renate le parece que se comprime, que se tensa por completo sin mover un solo rasgo.
—Sí —dice el señor Steinberg—. Sí, por supuesto. —Su nuez de Adán sube y baja—. ¿Y qué propone que haga con esto ahora?
—Pues devolvérmelo, claro —dice Rudi—, para que pueda advertir a mis compañeros.
La respuesta rompe la tensión de la habitación, el aire sofocante se escapa en bufidos y risas apenas reprimidos. Renate aguanta de nuevo la respiración, esperando a que el maestro explote como ocurre a veces, como cuando, por ejemplo, interceptó la caricatura que Martin Beidryzcki hizo de la señora Bernhardt, con barba y pechos enormes. Pero, para su asombro, el señor Steinberg deja caer la postal entre las páginas del libro de Rudi.
—Personalmente —dice—, le sugiero que se deshaga de ella como es debido, antes de que se le caiga delante de otros profesores que quizá no sean tan comprensivos como yo. De cualquier manera, joven, no quiero volver a ver eso, ni nada que se le parezca, en mi biblioteca. ¿Entendido?
Las palabras son autoritarias, pero las pronuncia con una extraña inconsistencia, como un tímido recitado en una obra de teatro. Rudi también parece percatarse y sonríe mientras desliza la postal dentro de su mochila. Luego, al ver a Renate mirándolo fijamente, le hace un guiño muy lento y deliberado. A la muchacha se le hace un nudo en el estómago, como si le hubiera dado un puñetazo en la barriga.
A su lado, Ilse finge toser.
—¿Qué acaba de pasar? —murmura con disimulo.
—No estoy segura —le responde Renate en susurros. Su corazón sigue latiendo con fuerza, pero la impresión causada por el guiño se ha diluido en su estómago como si fuese miel, pues, en realidad, sí está segura. Está segura de una cosa: Rudolph Gerhardt acaba de salvarle la vida.
—Le gustas —dice Ilse más tarde mientras caminan entre unos jóvenes que cantan a la tirolesa, a quienes dan unos céntimos a cambio de insignias del Auxilio de Invierno—. Estoy segura. ¿Por qué si no iba a cargar con la culpa?
—¿Quién sabe?
Renate examina la insignia de su solapa antes de ponérsela en el cuello del abrigo junto a las otras tres que lleva prendidas allí, poniendo cuidado en no alterar su tono de voz, aunque todavía está muy emocionada. «Que sea verdad —piensa—. Por favor, que sea verdad.»
—¿Has visto la expresión de Steinberg? —prosigue Ilse guardando su insignia en el bolsillo—. Estaba muy gracioso. Martin me ha dibujado una caricatura después.
—Me daba demasiado miedo mirarlo. Pensé que iba a estrangularme allí mismo. Y, por cierto, aún no te has disculpado.
—¿Por qué?
—¡Por hacer que llamara su atención! ¿Por qué me has golpeado?
—No te he golpeado. Te he dado un pequeño codazo. Apenas me he movido.
—Si apenas te has movido, ¿por qué casi me caigo de la silla?
—Porque eres tonta y torpe —replica Ilse—. Todo el mundo lo sabe.
Renate gruñe.
—Eres imposible.
—Mejor eso que ser fácil —bromea Ilse, y ambas se ríen.
Al llegar a la perfumería, se detienen como de costumbre. Renate se fija en un nuevo frasco que hay en la vitrina: Nuit de Chine. Se pregunta a qué olerá una noche china.
—Sabes que es judío, ¿no? —le pregunta Ilse.
—¿Quién? ¿Martin? —Renate se encoge de hombros y levanta la voz para imitarla—. Todo el mundo lo sabe. —Al reanudar el paseo, revisa sus bolsillos para asegurarse de que tiene suficiente para el pastel de la merienda que cada día toma al salir de la escuela—. Temí que se molestara por lo que dijo Rudi, pero dijo que todo era por pura diversión.
—No, Steinberg. Steinberg también es judío.
Renate frunce el ceño; no lo sabía.
—¿De verdad?
Ilse asiente con la cabeza.
—Si observas con atención, te darás cuenta. Es algo en la nariz. —Ilse pellizca su nariz respingona a modo de demostración—. Mi madre lo vio salir de esa gran sinagoga que hay en la calle Oranienburger el sábado pasado. Llevaba puesto el sombrero y todo lo demás.
—¿Esa cosa grande y peluda que usan los hombres judíos de Scheunenviertel?
En ese momento pasan ante la sombrerería del señor Gerstel, que por alguna razón hoy está cerrada. El turbante púrpura ha desaparecido del escaparate. Renate se pregunta si lo habrá vendido y, si es así, quién lo habrá comprado. ¿Una estrella de cine? ¿Un sultán rico? ¿La exótica asistente de un mago? Tal vez le pagaron tanto por el turbante que el señor Gerstel ya se ha jubilado. Aunque, egoístamente, Renate espera que no. Le encanta su tienda.
—No —dice Ilse—. La pequeña, la que parece un cubretetera.
La imagen del señor Steinberg con un cubretetera tapándole el peinado les provoca otro breve ataque de risa que disminuye a medida que se acercan a la pastelería de Schloss. Como siempre, la puerta está abierta, dejando salir el leve aroma a levadura de las delicias que ofrece en su interior. Lo raro es la señal que alguien ha pegado con cinta adhesiva en el escaparate de la tienda, tapando las hileras y torres de pan de mantequilla, dónuts y tartaletas cuidadosamente construidas; pasteles de frutas, stollen y tartas de manzana glaseadas y brillantes. ¡ALEMANES,..., dice el letrero en letra gótica de aspecto críptico, ... DEFENDEOS! ¡NO COMPRÉIS NADA A LOS JUDÍOS!
Para reforzar en el mensaje, dos hombres robustos flanquean la puerta sosteniendo un letrero con la misma advertencia. Sus camisas marrones y sus almidonados brazaletes rojos los identifican como miembros de las Sturmabteilung, la autoproclamada milicia que recorre las calles de Berlín a paso de oca, cantando canciones que hablan de sangre, tierra y patria. Las chicas vacilan y uno de ellos las fulmina en silencio con la mirada mientras el otro les muestra una sonrisa condescendiente.
—Lo siento, chicas —dice—. Hoy no hay dulces para vosotras.
—¿Por qué no?
—El dueño de este negocio es judío.
—¿De verdad? —pregunta Renate sorprendida una vez más. La pastelería es famosa por su decoración durante las fiestas. No solo en Navidad, cuando el escaparate se llena de cajas con envoltorios brillantes, plantas perennes relucientes y un alegre tren eléctrico rojo, sino también en Pascua, con los pasteles en forma de cordero y los huevos pintados. Por no hablar de la costumbre del señor Schloss de ponerse cada año el traje rojo grande y la tiara de obispo, el saco lleno de nueces y caramelos para los niños que visitan la tienda. ¿Qué clase de judío se disfraza de Papá Noel?
—¿Está seguro de que es judío? —pregunta Ilse.
—Tan judío como Jesús —responde el soldado—. Así que tened cuidado. Les gustan las chicas jóvenes y bonitas. —Se lame los labios deliberada y lascivamente; luego añade en voz baja—: Pero no os preocupéis. Yo os protegeré.
—No necesitamos protección, gracias —responde Ilse con firmeza. Odia que la menosprecien.
Renate no dice nada, pero mira por encima del hombro del soldado. En la pastelería no hay ni un solo cliente y tampoco se ve al señor Schloss. En su lugar, la señora Schloss, su esposa, que tiene las mejillas coloradas y que es casi tan redonda y gorda como él, atiende callada detrás del mostrador. Suele sonreír tanto que sus pequeños ojos azules desaparecen en una marea de carne rosada; sin embargo, ese día está muy seria y sus ojos son completamente visibles. Cuando se encuentran con los de Renate, la señora Schloss le dedica un leve encogimiento de hombros: «¿Qué podemos hacer?». «¿También es judía? —se pregunta Renate—. ¿Pueden ser tan rubios y rosados los judíos?»
—Había oído que esto iba a pasar. —Ilse parece pensativa—. No sabía que era hoy.
—¿Qué iba a pasar?
—El boicot a los negocios judíos.
La cocinera de Ilse, Britta, tiene un hijo que es soldado de asalto. A menudo le cuenta a Ilse anécdotas de sus hazañas y distinciones.
—¿Así que no es solo contra el señor Schloss?
—No lo creo. Mira allí.
Renate hace visera con la mano y mira hacia Unter den Linden. En efecto, ve más letreros blancos, incluso uno en la sombrerería cerrada en el que no reparó al pasar por delante. Las tiendas que permanecen abiertas están custodiadas por más soldados de asalto. En algunas, hay compradores confusos aguardando fuera.
—¡Qué fastidio! ¿Cuánto va a durar esto?
Renate está molesta y un poco hambrienta, pues se ha vuelto a olvidar de llevar el almuerzo a la escuela.
—Solo hoy —dice Ilse—. Pero no es como si fuese una ley, no pueden impedir que entremos.
—No deberíamos tener que detenerte —dice el soldado con gesto hosco—. Deberías estar orgullosa de apoyar a tu país.
—Puedo apoyar a mi país como quiera —replica Ilse.
Renate apoya la mano en el brazo de su amiga. Normalmente le encanta el descaro de Ilse, nada parece asustarla, pero no siempre sabe cuándo parar.
Inquieta, mira a los dos hombres de botas altas. El puñal estándar de las SA que todos llevan atado al cinturón solo es, según le han dicho, para intimidar, pero no así la porra de mango negro. Unas semanas antes, estaba tomando un café y un pastel con su abuela en la calle Potsdamer cuando un grupo de soldados de las SA pasó corriendo ante la ventana, entonando a gritos una canción sobre el Führer, la nación y el orgullo.
—Les iría bien ir a clases de canto —había bromeado su abuela; es cantante de ópera aficionada y ese se ha convertido en su chiste habitual.
Pero lo que sorprendió a Renate fue lo que sucedió a continuación: la tropa se detuvo en un cruce y uno de sus miembros saltó a un lado y agarró del cuello a un peatón que pasaba por allí. Gritándole en la cara, el soldado zarandeó varias veces al pobre hombre con la fuerza suficiente como para que la cabeza se le doblara por el cuello como a Alice, la muñeca de trapo de Renate. Entonces, tan rápido que al principio Renate creyó que se lo estaba imaginando, el miliciano golpeó al peatón con su porra en la cabeza. El golpe fue tan fuerte que, cuando por fin lo soltó, el hombre cayó al suelo sangrando profusamente por la cabeza. Cumplida su tarea, el soldado había vuelto a la formación, reincorporándose a su fila, mientras la compañera de la víctima gritaba desesperada pidiendo ayuda.
Renate tira de la chaqueta de Ilse.
—Bueno, creo que tenemos pastel en casa. Además, se está haciendo tarde.
Pero Ilse se queda donde está, mordiéndose el labio.
—Ilse.
—Hazle caso a tu amiga —dice el primer soldado—. Parecéis buenas chicas. Ve a casa a comer pastel con tu mamaíta.
«Oh no», piensa Renate mientras Ilse aprieta la mandíbula.
—Voy a entrar —anuncia su amiga—. El señor Schloss es un buen pastelero. No me importa que sea judío. —Se vuelve hacia Renate con la mano extendida—. Si quieres esperarme aquí, me parece bien, pero ¿me das el dinero para la tarta?
Renate duda un instante, indecisa: si le da el dinero, también estará desafiando el boicot; pero si no lo hace, estará desafiando a su mejor amiga.
Se queda inmóvil, con la mano en el bolsillo y los ojos puestos en la palma de la mano de su amiga; la parte inferior del anillo de la amistad reluce. Comienza a sacar el puñado de monedas y entonces se detiene.
—No —dice Renate—. Yo también entro.
—Un día de estos —le dice Renate a Ilse más tarde—, te vas a meter en problemas. —Se da la vuelta y se pone bocabajo—. O peor aún, me vas a meter en problemas a mí.
—Un día de estos aprenderás a defenderte —contesta Ilse sacándose una semilla de amapola de entre los dientes.
Renate suspira.
—No lo entiendo. Pensaba que a ti y a tus padres os gustaba el Partido Nacionalsocialista y que creíais que estaban haciendo cosas buenas.
Los padres de Renate detestan a Hitler y a sus cohortes nacionalistas, a quienes ven como patanes brutos e intolerantes. Los padres de Ilse, que sufrieron mucho más la derrota y la inflación, creen a ciegas en la promesa de Hitler de devolver a Alemania su grandeza y le atribuyen el hecho de haber aumentado su fortuna.
—Me gusta el Partido —dice Ilse—, pero eso no significa que me gusten los camisas marrones. La mayoría son matones engreídos. Y todo eso de los judíos... —Hace un ademán despectivo—. En todos los movimientos hay extremistas. Mi abuelo dice que lo superarán.
—Vaya... —dice Renate preguntándose si sus padres estarán de acuerdo.
Lo duda. Los ha oído hablar con preocupación en su dormitorio y sus conversaciones están salpicadas de palabras como «leyes», «jubilación» y «judíos». Muchos de sus amigos y colegas son judíos.
—De hecho —prosigue Ilse—, creo que me voy a unir a la Liga de Muchachas Alemanas.
—¿A la BDM? ¿De verdad? —Renate se gira para mirarla. Antes se burlaban de ese nuevo grupo: las marchas sin sentido, las canciones absurdas—. ¿Ha sido idea de tu madre?
—Mía, en realidad. Mamá quiere que me una a la Liga de Louise. Cree que tiene más clase o algo así.
—Uf... —Renate adopta una expresión agria. Las chicas de la Liga de Louise son aún peores que las de la BDM. Se visten de azul aciano, supuestamente el color favorito de la reina Luisa, y se reúnen cada semana, supuestamente en memoria de su reinado. Pero, por lo que Ilse y Renate han podido comprobar después de espiarlas durante varios días, las asociadas no hacen otra cosa que hablar sobre moda francesa y pasos de swing, el baile americano—. Hijas mimadas de banqueros y abogados —resopla con desdén.
Ilse niega con la cabeza.
—¿Te imaginas pasar seis horas a la semana con ellas?
—Ni siquiera me imagino pasar un segundo.
—Pero la BDM podría estar bien. Tengo entendido que los campamentos, los encuentros deportivos y los talleres de artesanía son muy divertidos. Y hacen un montón de actividades conjuntas con las Juventudes Hitlerianas. —Ilse cruza los brazos detrás de la cabeza—. Además, tengo curiosidad.
—¿Sobre qué?
—Sobre qué se siente al formar parte de algo... más grande.
—¿Más grande que qué?
Ilse abarca con un gesto de la mano los zapatos, los cuadernos y los libros que tienen alrededor.
—Que todo esto. Este ciclo interminable: ir a la escuela, estudiar, dormir..., roto tan solo por una estúpida fiesta de cumpleaños de vez en cuando. Todo me parece... no sé, insustancial, en cierto modo. Como si yo no estuviese ayudando a cambiar nada.
Renate frunce el ceño.
—¿Qué quieres cambiar?
—No lo sé. Algo. Oh, y adivina qué. —Baja la voz—. Erika dice que el verano pasado fueron a acampar con las Juventudes y que se escabulló de su tienda y fue a nadar con Rudi y con otros tres chicos. —Baja aún más la voz—. En ropa interior.
Algo amargo se revuelve en el estómago de Renate. Se dice a sí misma que no es solo porque Erika fuese a nadar medio desnuda con Rudi, sino porque fue de acampada. Sus padres nunca la llevarían a pasar la noche en el bosque. Por un lado, su madre no soporta los paseos por la naturaleza («aburridos, inútiles»). Tampoco es capaz de cocinar, ni para salvar la vida; y eso en una cocina, mucho menos en una fogata. Además está la cojera de Franz, secuela de una poliomielitis infantil. Le cuesta caminar con bastón incluso en superficies planas. En cuanto a su padre, afirma haber pasado el tiempo suficiente en tiendas de campaña en el frente ruso como para eximirlo durante varias vidas.
—¿Y bien?
—Y bien ¿qué?
—¿Te unirías si yo lo hiciera?
—Ya sabes cómo son mis padres.
—¡No tienes por qué decírselo!
—¿No necesito su aprobación?
—Sabes imitar la firma de tu padre, ¿no?
—¿En serio? —Renate la mira boquiabierta—. ¿Y qué hay de mis expedientes? No puedo conseguirlos por mi cuenta.
—Me han dicho que, si es preciso, se los piden al Departamento del Censo. Solo tienes que avisar con suficiente antelación.
Renate se estira y hace crujir el cuello: primero hacia un lado, luego hacia el otro. Trata de imaginarse siguiendo la sugerencia de Ilse: mintiendo, falsificando la firma de su padre, inventando excusas para salir dos veces a la semana y los sábados. Solo de pensarlo, se marea. Lo más rebelde que ha hecho hasta ahora ha sido sacar la lengua a espaldas de su madre hace cinco años, solo para ver si podía hacerlo. Y no pudo: «Renate —le había espetado Lisbet Bauer—. Mete la lengua en la boca». Ni siquiera se había molestado en darse la vuelta.
Decide cambiar de tema.
—La cuestión ahora es cómo voy a recuperar esa estúpida postal. Franz me matará si descubre que se la he cogido.
—¿Cómo va a saber que has sido tú?
—¿Quién más podría ser? ¿Mi madre?
—Tal vez Raina. —Ilse le da un toque a Renate en el hombro—. Le pega hacer algo así.
—Raina no solo robaría la postal, la recrearía. —Renate mira a Ilse de soslayo—. Pero con un manatí en vez de con un hombre.
—Aj, qué asco. —Ilse finge tener arcadas.
Raina Bachmeier es el nombre del malvado alter ego que Renate se inventó después de que vieran juntas El doctor Jekyll y Mr. Hyde en el Concordia. El de Ilse es Ida Fuchs. Siempre están compitiendo para ver cuál es más insensata y depravada; en las últimas semanas, Raina Bachmeier ha quemado la escuela Bismarck, ha robado una joyería y ha dado a luz al hijo ilegítimo del señor Steinberg, mientras que Ida Fuchs ha robado todos los letreros de las calles de la ciudad, ha secuestrado el tren número 8 que va a París y se ha comido un cachorro de teckel para almorzar.
—Tendré que pedírsela a Rudi la próxima vez que lo vea. —Renate suspira—. Será muy embarazoso. Seguro que piensa que soy la peor chica del mundo.
—Si pensara eso, no habría salido en tu ayuda —dice Ilse con aspereza—. El rescate de la bella doncella.
—¿Bella?
Renate resopla. Se ha percatado de que la gente —en particular los chicos— ha comenzado a mirarla de manera diferente en los últimos meses con la misma vaguedad con la que se ha percatado de los cambios de su propio cuerpo: el alargamiento de sus piernas pálidas y delgadas, el sutil ensanchamiento de las caderas y el estrechamiento de la cintura, el modo en que su antigua maraña de rizos marrones tan poco femenina se ha transformado, casi por arte de magia, en una abundante cascada de ondas que le cae sobre la espalda. Cuando oye los suaves silbidos y los comentarios —«¡Hola, preciosa!», «¡Qué lista eres!»—, le cuesta darse cuenta de que se refieren a ella y mucho más reaccionar.
—Rudi también lo habría hecho por ti —le dice incómoda a Ilse consciente de que no es cierto.
No es que no encuentre a Ilse hermosa, con su figura de amazona rubia, pero reconoce que hay algo acérrimo e inflexible en su amiga, algo casi viril que mantiene a los chicos a raya. Fue ese mismo instinto férreo el que llevó a Ilse a lanzarse contra el ladrón de mochilas aquel día en el metro, algo para nada accidental, aunque, por supuesto, Renate nunca admitiría saberlo. Ilse había respondido al tirón del ladrón con una furia tan bruta como instantánea, como si hubiera estado esperando toda la vida esa oportunidad para humillar y hacer daño a un oponente. Recordarlo —la mirada asustada del ladrón mientras huía— es suficiente para que a Renate se le haga un nudo en la garganta.
—No, no lo habría hecho —dice Ilse—. Ningún chico lo haría.
Ilse mira malhumorada las estrellas que ambas han recortado y pegado en el techo de sus respectivos dormitorios, formando constelaciones diseñadas por ellas mismas; «Así nos iremos a dormir bajo el mismo cielo», había dicho Renate. Luego suspira.
—Lo irónico —dice Renate, cambiando de tema—, es que ni siquiera has podido ver la postal. A pesar de todo lo que ha sucedido.
Ilse sonríe.
—Vi suficiente cuando el señor Steinberg la agitó como si fuera un matamoscas. Me pareció que el hombre la estaba besando en la boca.
Ilse saca la lengua.
—¡Oh, Ilsi, es repugnante!
Renate se cubre la cabeza con la almohada. Impertérrita, Ilse avanza a gatas y aparta la almohada de la cara de su amiga.
—Tal vez —susurra— Franz le ha hecho eso a una chica. Puede que hasta fuera él el de la foto. Dijiste que no se veía la cara del hombre, ¿verdad? ¿De qué color tenía el pelo? —Ilse se ríe triunfal—. De esa manera podría haber conseguido la foto. Directamente de la fuente.
Sus mejillas están más coloradas y la voz le tiembla por la emoción. Renate se da cuenta, pero no hace comentario alguno al respecto.
—¡Eres horrible! —es cuanto dice.
Renate recupera la almohada y se la lanza a Ilse a la cara, pero es débil y torpe y falla. Entre risas, Ilse la agarra de nuevo. Luego ruedan juntas por el suelo, riendo y jadeando; las dos encajan perfectamente, igual que siempre, como las dos únicas piezas de un rompecabezas.