Fui hermana de leche de la mujer que dominó el mundo. Mi madre, Sat Ra, nodriza real, nos dio la vida de nuevo con la misma generosidad con que los campos hacen germinar las cosechas durante la estación de Shemu. Ella nos alimentó durante casi seis años, como si fuese tierra labrada por campesinos a quienes Min, el dios de la fertilidad, el eterno erecto, hubiera colmado de trigales. Ambas mamamos del mismo pecho para crear un vínculo tan poderoso como el de la sangre. Ese fue mi privilegio, el de criarme junto a la hija de un dios a quien nunca abandonaría, que gobernaría Kemet[1] enfrentándose a todo y contra todos. Mi madre le dio el coraje y los dioses su favor, para que no desfalleciera en la lucha. El duro granito forjó su voluntad para que se impusiera en un mundo de hombres. Ella se alzó cual una estrella rutilante para mostrar a la Tierra Negra[2] un brillo diferente, desconocido hasta entonces, quizá surgido de la esencia divina de la que aseguraba hallarse impregnada. Había nacido para ser faraón, independientemente del carácter de su naturaleza, aunque ello cubriera su camino de piedras, alguna tan ciclópea como las que se alzan en los templos. Mas los impedimentos no eran obstáculo ante su determinación, la misma que le transmitiera su abuela, la de unos ancestros que habían liberado Egipto del yugo de los reyes extranjeros, tras grandes padecimientos.
Durante los últimos años me he preguntado cómo hubiese sido su vida de haberse limitado a ostentar sus derechos como Gran Esposa Real, tal y como le correspondía, aunque la respuesta termine por perderse por los recovecos de las ilusiones. En la vida de mi hermana no había lugar para las entelequias; daba igual el precio que tuviera que pagar por ello. Siempre existe un coste, pero a ella no le importó, aunque esto le ocasionaría un gran sufrimiento y la renuncia a la felicidad junto al hombre al que entregaría su amor. La Tierra Negra era lo primero, y ella estaba dispuesta a gobernarla al precio que fuera. ¿Acaso no estaba legitimada para hacerlo?
Sobre esta cuestión nunca albergaría dudas. Desde la niñez ella sabía cuál era la senda que le pertenecía y lo que debía hacer para recorrerla. Yo la acompañé en cada tramo, quizá para cuidar de la parte mortal que toda diosa reencarnada pudiera poseer. Horus nunca tuvo mayores motivos para hacerlo, ni Egipto mejor oportunidad para sentar en su trono a quien correspondía. Mi hermana le dio lustre, como a todo aquello que pasó por sus manos, hasta engrandecer el país de las Dos Tierras[3] con los más fastuosos templos jamás erigidos junto a las orillas del Nilo. Así fue como Kemet cobró una nueva dimensión, en tanto las gentes cantaban alabanzas a quien había hecho posible tanta prosperidad. Años de paz y abundancia en los que no hubo lugar para el corazón atribulado. Pero ¿cómo fue posible aquel milagro?, ¿cómo pudo mi hermana acometer aquella obra; emprender semejante aventura?
Muchos han sido los que se han atrevido a ofrecer sus respuestas, casi todas pregonadas al abrigo de las sombras, sin superar los susurros, como corresponde al teatro de las maquinaciones. Mi hermana las conocía todas, como también sabía que en los siglos venideros los hombres escribirían acerca de ella, de su memoria casi siempre incomprendida, cuando no tergiversada, con la osadía que da el desconocimiento, y la ligereza que proporciona el paso del tiempo. Poco le importaba, pues estaba convencida que su recuerdo saldría triunfante sobre el implacable olvido con el que las gentes del Nilo intentarían sepultar su historia. Mas todo resultaría en vano, pues tal era su grandeza. Quienes la conocimos sabíamos lo que se ocultaba detrás del escenario de tanta insidia: el temor.
Mi hermana llegaba a la Tierra Negra con un mensaje demasiado peligroso para los poderes establecidos. Era portadora de un nuevo orden que apuntaba directamente al trono de Horus por voluntad divina, y representaba una gran amenaza para los defensores de lo inmutable.
Alguno de los que se cruzaron en su camino fueron víctimas de su propia mediocridad, otros, en cambio, mostraron su genio, del que ella se valió para engrandecer Kemet y también a sí misma. Acrecentó su poder cuanto pudo y se reveló maestra en el juego de las ambiciones. Fueron muchos los que entablaron partida con ella y yo los conocí a todos. La leche que compartimos sirvió para que comprendiera cada uno de sus movimientos y también para saber el gran corazón que ella atesoraba. Sat Ra, mi madre, nos crio bien, y fue tan grande el amor que sentimos por ella, que cuando Osiris la llamó ante su presencia, su hija adoptiva ordenó que Egipto entero se cubriera de luto, al tiempo que permitía su entierro en la necrópolis real; de este modo Sat Ra sería la primera persona no perteneciente a la realeza en tener una sepultura en el Valle de los Reyes.
La vida de mi hermana supuso un interludio en el entrechocar de las armas, un paréntesis entre dos guerreros, los más grandes que diera Egipto, para quienes el mundo se quedaba sin fronteras. Durante dicho tiempo la Tierra Negra detuvo su carrera para tomar aliento, aunque más tarde la reiniciara con mayor ahínco; así es la guerra cuando dicta su condena; incapaz de escuchar razones. Mi hermana no tuvo necesidad de dárselas, pues nunca abrió la puerta ante su llamada; el Egipto que ella soñaba se dibujaba en los mapas de la prudencia, con cálamos cuyos trazos quizá resultaran demasiado sutiles para todo aquel ajeno a la espiritualidad que ella poseía. ¿Fue todo un espejismo?
Es posible que los milenios venideros escriban sobre mi tiempo desde una perspectiva que invite así a creerlo. Sin embargo, todo fue real, demasiado quizá para quienes veían peligrar sus ambiciones; hombres y mujeres.
Con coraje y determinación, mi real hermana alteró el pulso del país de las Dos Tierras con el beneplácito del rey de los dioses. Amón siempre le sonrió, como haría un padre con su hija bienamada. Ella fue tocada por la gracia divina y así quedó inscrito en los muros de su gran templo, el Djeser Djeseru, para pasmo de los siglos venideros. El Oculto fue su valedor, aunque a la postre presenciara con pesar el alcance de las maquinaciones humanas.
Todo lo que se cuenta en este libro ocurrió tal y como yo lo vi y, al comenzar mi historia, la emoción me embarga el corazón al recordar los nombres de aquellos que tomaron parte activa en ella. Sus rostros se me presentan de nuevo, algunos sonrientes, otros taciturnos, impenetrables, o incluso siniestros. Son muchos los que conforman este relato, todos con sus intereses, pues la sombra del poder es como el agua en la crecida, capaz de hacer germinar los campos de la ambición. Personajes de la talla de Senenmut o Ahmés Nefertary surgen como gigantes en la tierra del pigmeo, montañas que se me antojan inaccesibles para el resto de los mortales. Sin ellos esta historia hubiera sido imposible, pues ambos escribieron su argumento, de una u otra forma, con la sabiduría de los elegidos. Quizá por tal motivo haya decidido respetar el papel de cuantos participaron en la obra, y permitir que sean estos quienes nos cuenten lo que ocurrió.
Mi nombre es Ibu, hija de Sat Ra, a quien también llamaban Inet, nodriza real por designio de la reina madre, la divina Ahmés Nefertary. La gran dama nos abrirá la puerta de su reino para mostrarnos Egipto tal y como era quince siglos a.C. Ella será quien nos presente a su bien más preciado, a mi hermana de leche, su nieta predilecta, la misteriosa Hatshepsut, que una vez gobernó sobre los hombres.

Sentada a la sombra del sicomoro, Nefertary disfrutaba de los perfumes del jardín. Estos envolvían la tarde con su invisible frazada, tejida por el embrujo de una tierra en la que los dioses y los hombres iban de la mano. Así, los jazmines y arbustos de alheña entremezclaban sus fragancias hasta saturar el ambiente con su magia, en tanto los acianos, alhelíes y adelfillas se regocijaban al poder mostrar su colorido. Olía a munificencia, a tierra presta a ser fecundada, a aguas dispuestas a descargar su simiente hasta saturar los campos de vida.
La avenida ya se anunciaba, y aquella suerte de milagro hacía que los corazones se inflamaran de gozo, que los colores del Valle parecieran más vívidos, que el aire llegara rebosante de esperanza ante el comienzo de un nuevo ciclo traído de la mano de un prodigio: la inundación.
La dama sabía muy bien lo que se escondía tras aquella palabra; misterios que iban mucho más allá de un país anegado por las aguas; una tierra bendecida por los dioses que un día la crearan, decididos a no abandonarla nunca mientras honraran su memoria. Estos se encontraban por doquier: en el yermo desierto, bajo los palmerales, detrás de cada recodo del río, vigilantes, para que sus ancestrales leyes fueran cumplidas por el pueblo que ellos mismos habían elegido, a fin de garantizar el orden cósmico sin el cual solo habría lugar para el caos.
La noble señora conocía lo que representaba la anarquía y las consecuencias de caer bajo su poder. Durante casi doscientos años, Egipto había sucumbido a su yugo, abandonado a su suerte, prisionero de las ambiciones bastardas de unos reyes procedentes de otras tierras dispuestos a gobernar un país que no les pertenecía.
Durante la XIII dinastía, una época en la que el trono de Horus se vio ocupado por una interminable lista de usurpadores, gentes llegadas desde Retenu[4] fueron penetrando masivamente en la zona del Delta, donde se establecieron, para terminar por crear ciudades independientes del poder establecido, así como una realeza propia. Rendían culto a Hadad, el dios sirio de las tormentas, y con el tiempo fundaron su capital, Avaris, ante la pasividad de unos faraones cuyo mandato resultaría efímero. El Bajo Egipto sucumbía ante el empuje de aquel pueblo de procedencia asiática, que pronto sería conocido como los heka hasut, «gobernantes de los países extranjeros», a los que la Historia bautizaría con el nombre de hiksos.
Nefertary suspiró al pensar en ello. Aquel grupo de trashumantes que en su día inmigraran a Egipto aprovechó la gradual debilidad de la autoridad de los monarcas del Nilo para conquistar el poder, y durante las siguientes tres dinastías extendieron su dominio hacia el sur hasta amenazar a la ciudad de Tebas, aprovechándose del vasallaje de algunos gobernadores egipcios que ambicionaban aumentar la influencia sobre sus latifundios. El viejo país de las Dos Tierras pasó así a ser gobernado por asiáticos, y los dioses, horrorizados, se recluyeron en lo más profundo de sus templos a la espera de un milagro. Solo Set, el iracundo señor de las tormentas, el dios del desierto, parecía estar satisfecho. ¿Acaso no era considerado como soberano del caos? El ombita, como también era conocido dicho dios, vagaba a sus anchas por aquella tierra sumida en el desorden, y quizá por ello los hiksos lo acogieron con alborozo, dispuestos a adorarlo como su principal divinidad, pues quién mejor que Set para guiarlos en la batalla.
La guerra era inevitable, y fue entonces cuando, en el Alto Egipto, una dinastía de príncipes tebanos, la decimoséptima, se alzó en armas contra el invasor con el propósito de devolver Kemet a su pueblo. Nefertary había oído contar muchas veces aquella historia a sus mayores: cómo Sekenenra Tao había iniciado los enfrentamientos que continuaría su vástago, Kamose, tras la muerte de su padre a causa de las terribles heridas sufridas en combate. Fue una lucha sin cuartel en la que los nubios del país de Kush se aliaron con los usurpadores para así amenazar a Kamose desde dos frentes. Sin embargo, este no se arredró, convencido de que los dioses no le abandonarían en aquella hora. El príncipe tebano se hallaba decidido a expulsar de su sagrada tierra al conquistador asiático al precio que fuese, aun a riesgo de su vida, que acabó por perder después de tres años de contienda. No obstante, la lucha continuaría, pues su hermano Amosis proseguiría los encarnizados combates hasta que, al fin, logró derrotar a los hiksos, a quienes persiguió hasta la ciudad de Saruhen, en Palestina. De este modo Amosis liberaba Egipto para instaurar una dinastía que quedaría grabada con letras de oro en la historia de la Tierra Negra: la decimoctava.
Sin embargo, nada de lo que ocurrió hubiera sido posible sin el concurso de las mujeres de aquella saga tebana. Mientras sus hombres combatían en la guerra contra los invasores, las reinas se encargaron de gobernar con firmeza y buen juicio el Alto Egipto. Ellas insuflaron ánimos y esperanza a los ciudadanos, al tiempo que alimentaban el coraje de sus reyes para que no flaquearan hasta conseguir la victoria final. La talla de aquellas reinas fue de tal magnitud que, durante el resto de su milenaria historia, Egipto honraría su memoria, hasta el punto de llegar a divinizarlas. Ellas constituyeron el entramado sobre el que se estableció la XVIII dinastía, y su preponderancia se traduciría en la gran importancia que llegaría a tener la línea materna a la hora de gobernar el país. A través de su sangre otorgarían la realeza, al tiempo que legitimarían a aquella estirpe con la que daría comienzo el Imperio Nuevo.
Fueron tres las damas elegidas para forjar los cimientos de una época que resultaría gloriosa. La primera de ellas se llamaba Tetisheri, una mujer de origen humilde, hija de la dama Neferu y de un oficial de nombre Tiena, que se casaría con el príncipe Senajtenra, para fundar la que sería una de las familias reales más importantes de la historia de Egipto. A tan noble señora le sucedería Iahotep, una reina enérgica capaz de sobreponerse a la terrible muerte de su esposo, Sekenenra Tao, y soportar sobre sus espaldas no solo el gobierno del Alto Egipto, sino también la encarnizada guerra en la que se hallaba inmerso su pueblo. Junto a su hijo Kamose, la reina se enfrentó con valor a los señores que gobernaban en pequeños feudos y se habían aliado con los invasores hiksos con el fin de no perder sus prerrogativas.
Mas la prematura muerte de Kamose hizo que Amosis lo sucediera con apenas seis años de edad, una circunstancia que obligó a Iahotep a tomar la regencia del reino y a mostrar su coraje a una corte que veía en la debilidad de su situación una oportunidad para llegar a un acuerdo con el pueblo invasor, con el fin de alcanzar la paz. Sin embargo, la reina no lo permitió, y con una voluntad de hierro hizo valer su autoridad para proseguir la guerra hasta la victoria final.
La tercera de aquellas legendarias damas era hija de la valerosa Iahotep. Se llamaba Ahmés Nefertary, y con ella se iniciaría una gloriosa andadura que abarcaría cerca de trescientos años. Casada con su hermano, Amosis, llegaría a convertirse en hemet nisut weret, Gran Esposa Real, y por ello en señora de un Egipto que había renacido de sus cenizas para volver a honrar a sus dioses.
Tras recordar aquellos pasajes Nefertary sonrió satisfecha. La fragancia que envolvía el jardín no era nada comparada con la que emanaba de la tierra que pisaba. Ella podía captarla en toda su magnitud, pues conocía el alambique en el que había sido destilada. No en vano la gran señora también formaba parte de ella, como toda su familia y el pueblo tebano al que tanto amaba. Todos participaban del mismo aroma con el que el divino Amón había impregnado la tierra de Egipto, y en aquella hora el perfume se expandía empujado por el hálito del Oculto, verdadero significado del nombre de Amón, para recordarles que se encontraban en un lugar santo. Si había una tierra cargada de espiritualidad, esa era Waset, Tebas, la capital del cuarto nomo del Alto Egipto, El Cetro, dominio del rey de los dioses, Amón, y de su poderoso clero. Allí confluían los misterios celosamente guardados en los templos del país de Kemet, y en aquella hora, Hapy, el dios del Nilo, se unía a ellos para vaticinarles una benefactora crecida.
La dama entendía el lenguaje del río, como tantas otras cosas. Ella había acompañado a su esposo Amosis durante la gran aventura que Shai, el destino, les había hecho vivir, y ahora que se había convertido en reina madre, Nefertary continuaba velando por su pueblo, así como por el futuro de la dinastía que había creado. Hacía veinte años que su real marido había partido hacia el reino de Osiris, señor del Más Allá, y el escenario que se presentaba requería de toda su atención.
Hacía calor aquella tarde, como correspondía al mes de Thot, primero de Akhet, la estación de la inundación, y, mientras la abanicaban, la gran reina pensaba en los pasos que más le convenía dar para llevar a cabo sus propósitos. La situación política se le antojaba poco deseable, y aunque su hijo, Amenhotep I, ocupaba el trono de la Tierra Negra, Nefertary intuía un horizonte incierto, plagado de negros nubarrones que era preciso alejar. Despejar aquel cielo amenazador no era una tarea fácil, pues había intereses ocultos que no debía subestimar. En Egipto pocas cosas escapaban a su control, y por eso sabía que el poder tenía la facultad de crear enemigos detrás de una simple sonrisa, o de una mera palabra de halago. No había nada que le produjera mayor desconfianza que la lisonja, y la corte en la que la reina madre señoreaba se encontraba plagada de ellas.
En realidad nada de aquello resultaba nuevo. La historia del Valle del Nilo se hallaba repleta de intrigas y astucias sin fin. La ambición siempre iría prendida en el corazón de los hombres, y eso era algo que nadie podría nunca cambiar. Nefertary conocía la naturaleza humana. La azarosa vida que le había tocado llevar le había mostrado la fragilidad con la que suelen construirse los sueños, y lo aficionados que eran los dioses a dibujar encrucijadas. Ella los honraba sobre todo lo demás pero, no obstante, estos parecían decididos a complicar la obra que la reina y Amosis habían levantado con tantos esfuerzos.
Decidida a legitimar la sangre dinástica heredada de su abuela, Tetisheri, Nefertary había dado a su esposo siete hijos, con los que confiaba asegurar el futuro de su estirpe. El primogénito, el príncipe Amosis Sapair, orgullo de su madre, estaba llamado a heredar el trono. Se trataba de un joven por cuyas venas corría la sangre indomable de sus ancestros, y en el que Nefertary había visto al futuro Horus reencarnado.[5] Mas estaba escrito que el destino de Egipto no pasaría por las manos de aquel príncipe, pues un mal día Anubis, el dios de los muertos, se presentó para llevárselo sin previo aviso, como acostumbraba, y sin importarle lo más mínimo la real condición del príncipe. El dios con cabeza de chacal no se paraba en consideraciones a la hora de hacer su cometido. Su reino estaba en la necrópolis, y allí solo había lugar para el silencio.
Aquel luctuoso hecho supuso un gran quebranto para los reyes, sobre todo porque el segundogénito, Saamón, había fallecido siendo todavía un niño. Entre los cinco vástagos restantes solo había un varón, Amenhotep, y a él se aferró su madre para hacer realidad sus esperanzas. Fue por ello que, previsora, lo casó con una de sus hermanas, Merytamón, con el propósito de hacer prevalecer su línea de sangre por encima de todo.
Amón, el dios tebano de quien Nefertary era especial devota, escuchó las plegarias de la reina, y a la muerte de Amosis, Amenhotep sucedió a su padre para convertirse en faraón, el primero que llevaría aquel nombre, aunque para su coronación eligiera el de Djeserkara, o lo que es lo mismo, «sublime es el ka de Ra».
Semejante título colmó las expectativas de la reina madre. Al fin sus sueños se hacían realidad en la figura de su hijo, quien de este modo garantizaba la continuidad de la dinastía convertido en un rey cuya mano no temblaría a la hora de reducir a los enemigos de Egipto. Dada la corta edad del nuevo monarca, Nefertary actuó como regente para guiar con sabiduría los primeros pasos de su hijo como soberano. Juntos inauguraron Deir el Medina, la ciudad de los obreros que en adelante se encargarían de la construcción de las tumbas reales en la nueva necrópolis situada en el Valle de los Reyes, y gracias a los buenos consejos de su madre Amenhotep condujo a Egipto hacia una época de prosperidad muy alabada por su pueblo, tras las cruentas guerras que antaño habían tenido que padecer. Tan solo en el octavo año de su reinado el faraón iniciaría una campaña militar contra el país de Kush, el eterno rebelde a quien sojuzgó después de una gran victoria en la que capturó al rey nubio tras alcanzar la segunda catarata del Nilo.
Nefertary recordaba cómo a su regreso triunfal a Tebas, Amenhotep I, el dios reencarnado, fue aclamado por su pueblo como digno sucesor de sus antepasados guerreros. La sangre de Sekenenra Tao corría por sus venas, y Amón le dio su bendición otorgando a la Tierra Negra un período de paz y abundancia que llenó de felicidad a todos los corazones. El sol parecía brillar más que nunca, y los campos germinaban con generosidad al amparo de Min, el dios de la abundancia, que se mostraba satisfecho. Sin embargo...
No todo discurría como Nefertary había previsto, pues su hijo reinaba sin herederos. Durante años, Amenhotep y Merytamón, una joven dulce a la que el faraón llegaría a amar profundamente, se entregarían el uno al otro sin reservas, pero no engendrarían vástagos. Estaba escrito que Amenhotep no tendría descendencia, pues ni siquiera en el harén real, tan útil para casos como aquel, hubo quien le diera retoños.
Para colmo de desventuras Merytamón partiría hacia el reino de las sombras en la flor de la vida, y a la muerte de esta el señor de las Dos Tierras entró en una suerte de melancolía que ya nunca le abandonaría. El recuerdo de Merytamón se mantendría siempre vivo en el faraón, y con él alimentaría su atribulado corazón. De su simiente no nacería ningún príncipe.
Nefertary hubo de aceptar los hechos con resignación. Ni sus plegarias a Hathor, diosa del amor y la fecundidad, ni su devoción por Amón habían dado resultados. Era necesario buscar una solución, y por tal motivo dirigió su mirada hacia un príncipe sin más derechos que los que la reina madre quisiera atribuirle. Él sería la pieza con la que comenzaría la partida que sabía se iba a jugar. Pronto el tablero estaría dispuesto y por ello debía preparar los movimientos con estudiada antelación.
La gran dama se arrellanó mejor en su sillón en tanto continuaba perdida en sus pensamientos. Ahora, más que nunca, se daba cuenta de la importancia que tenían las reinas para el futuro de su familia, y la necesidad de conservar consanguineidad para poder llevar a cabo los planes que su madre, la difunta Iahotep, trazara ya un día. Aquel príncipe era la llave para mantener viva la esperanza, y Nefertary se felicitó por haber tenido la perspicacia de haberse fijado en él hacía ya diez años como candidato idóneo para suceder a Amenhotep en el trono. El elegido se llamaba Tutmosis, nombre que solían llevar los varones ilegítimos de la realeza, un príncipe por quien la reina siempre había sentido predilección, pues no en vano los unían lazos de sangre, ya que se trataba de su nieto. Este era hijo de Amosis Sapair, primogénito de Nefertary, y de una mujer del harén sin ningún tipo de ascendencia real llamada Seniseneb. La muerte prematura de Amosis Sapair dejó a la criatura al cuidado de su madre y sin ningún derecho en la línea de sucesión, como había ocurrido en tantas ocasiones durante la historia de Egipto. Sin embargo, Tutmosis pronto demostraría que no era un príncipe cualquiera.
La gran dama fue plenamente consciente de ello desde la primera vez que indagó en el interior de su nieto. Nada escapaba a la penetrante mirada de Nefertary, y esta supo leer sin dificultad el poder que subyacía en el corazón de Tutmosis. La muerte de su primogénito, en quien tenía depositadas tantas esperanzas, supondría para la reina una pérdida de la que nunca se repondría por completo, y que Tutmosis fuera vástago del príncipe la llevó a reconocer las grandes cualidades que atesorara su hijo. Este debía haberse sentado en el trono de Horus, y la posibilidad de que su heredero se convirtiera en faraón representaba en cierto modo la culminación de un deseo que se había visto frustrado prematuramente. En ocasiones los dioses se mostraban caprichosos, y Tutmosis bien pudiera ser el príncipe predestinado.
Nefertary había vislumbrado esa posibilidad hacía muchos años, y por tal motivo la dama decidió casar al joven príncipe con su hija menor, Ahmés Tasherit, para de este modo poder dar legitimidad a Tutmosis en el caso de que algún día optara a convertirse en un nuevo Horus reencarnado.
La reina madre esbozó una leve sonrisa en tanto continuaba sumida en sus reflexiones. El tiempo había venido a demostrar lo acertado de su previsión y lo poco que solía equivocarse a la hora de calibrar lo que resultaba mejor para sus intereses. Pocas dudas podían existir acerca de su patriotismo. Junto a su difunto marido había liberado Egipto del poder de los hiksos, y amaba a la Tierra Negra sobre todo lo demás; pero también sabía el peligro que correría esta en manos de un gobernante inapropiado. En la corte proliferaban los chacales, y en cualquier rincón de palacio podría alumbrarse la intriga o la traición. Ella sabía mejor que nadie lo que escondía la palabra ambición y las luchas soterradas que esta solía acarrear. Nefertary abrigaba el presentimiento de que su hijo Amenhotep, el dios de las Dos Tierras, tenía su tiempo cumplido y que Osiris pronto lo llamaría para que rindiera cuentas ante su tribunal. Se trataba de una suerte de premonición, y ella debía prepararse para cuando llegara ese momento. Entonces, con su ayuda, su nieto se convertiría en el nuevo faraón y las piezas dispuestas sobre el tablero cobrarían vida, listas para empezar a moverse en un juego que se presumía complejo.
Tutmosis tenía una segunda esposa llamada Mutnofret, una mujer del harén sin la menor legitimidad dinástica a la que su esposo amaba de forma particular. Mutnofret era una dama hermosa que había sabido amarrar al príncipe a su lecho sin ninguna dificultad. Era maestra en las artes que solo podían aprenderse en el gineceo, y de ellas se había servido para concebir de Tutmosis tres hijos varones que le proporcionaban seguridad y no pocas expectativas. La reina madre era muy consciente de lo que esto significaba, sobre todo por el hecho de que su esposa principal, Ahmés Tasherit, solo hubiera podido engendrar hembras.
No había mayor preocupación para una reina que no ser capaz de dar un heredero a su señor, y si Tutmosis llegaba a convertirse en rey, los hijos de este habidos con Mutnofret cobrarían una gran relevancia. Nefertary había vislumbrado aquel escenario hacía años, así como la obra que se habría de representar y los actores que debían interpretarla. Era preciso que todos participaran de ella, a fin de que cumplieran su función, y dejar que Amón, el dios tebano a quien reverenciaba, impusiera al final su voluntad.
La reina madre sonrió quedamente en tanto abandonaba su particular abstracción. Sus sentidos regresaban a aquel jardín para embriagarse con los perfumes que tan bien conocía. Ya en la cincuentena pocas cosas satisfacían más a Nefertary que aquel frondoso edén del palacio, entre cuyas sombras se refugiaba cada tarde hasta que Ra Atum, el dios del atardecer, se escondía tras los cerros del oeste para iniciar su proceloso viaje a través de las doce horas de la noche. Como de costumbre, su vista se detuvo en los palmerales, en el cimbrear de sus ramas, en el revoloteo de las miríadas de pájaros que alborotaban con sus incesantes trinos. En aquel vergel la orquesta de la vida tocaba con pasión, y los colores allí representados mostraban su viveza, como surgidos de rabiosas pinceladas. Blancos, amarillos, rojos, los infinitos verdes..., todos formaban parte del mismo coro a cuyo compás se mecía la tarde, adormecida por tanta belleza, mientras el Nilo, perezoso, rumoreaba sus misterios con el lento fluir de sus aguas.
Nefertary se dejó seducir, una vez más, por cuanto la rodeaba antes de desviar su atención hacia el cercano estanque. Los niños chapoteaban, alborozados, mientras jugaban en el agua bajo la atenta vigilancia de sus nodrizas. La reina madre disfrutaba mucho al ver a aquellos chiquillos nadar entre las risas y el alboroto. Todos eran alumnos del kap, la escuela a la que asistían los pequeños príncipes e hijos de notables para aprender la escritura sagrada. La reina los conocía bien. El futuro de Egipto se encontraba en aquel estanque, pues algún día los traviesos rapaces llegarían a ostentar los más altos cargos de responsabilidad en el país de Kemet. Ellos también entraban en los planes de la venerable dama, aunque aún no pudieran sospecharlo.
Unos gritos de júbilo la hicieron sonreír. La menor de sus nietas, Neferubity, chillaba entusiasmada mientras salpicaba a diestro y siniestro, como poseída por Sekhmet.
—Mirad, la diosa leona ha poseído a Neferubity —gritó uno de sus compañeros de juegos.
—Ja, ja. Su furia no conoce límites —apuntó otro entre carcajadas—. Cuidaos de la ira de Neferubity.
Los demás rieron ante la ocurrencia, ya que la princesa apenas contaba con cinco años de edad. Mas esta no se arredró y tras mostrarles la lengua a todos continuó con sus estrepitosos chapoteos. Una figura esbelta se le aproximó para reprenderla, y al punto Nefertary puso toda su atención en ella. La reina madre sentía verdadera predilección por aquella jovencita de nueve años, en la que veía la fuerza y determinación de sus antepasados. De haberla conocido, la difunta Iahotep se hubiese emocionado al sentirse reflejada en ella. Nefertary aún recordaba el día en el que su nieta mayor vino al mundo en la ciudad de Tebas. Era el mes de Koiahk, y el Nilo se disponía a volver a su cauce habitual, ya que era el último de la estación de la inundación. No lejos del palacio real, en la residencia del príncipe Tutmosis, su esposa sentía los dolores del parto. La casa estaba revolucionada, y desde hacía dos días las comadronas tenían preparado el mammisi, «el lugar de nacimiento», la estancia en la que Ahmés Tasherit daría a luz bajo la protección de las siete vacas Hathor, las hadas encargadas de determinar junto a la diosa Mesjenet el futuro del recién nacido en el momento del alumbramiento. Nada se dejaría al azar, pues Tueris, la diosa hipopótamo patrona de las parturientas, asistiría a la noble embarazada junto a Heket, «la que hace respirar», la divinidad representada con cabeza de rana que insuflaría el hálito de la vida.
De este modo, en cuclillas sobre cuatro ladrillos de adobe, Ahmés Tasherit trajo al mundo a una hermosa niña, bella como una diosa, de encanto sin igual. Su abuela, Nefertary, quedó subyugada ante la nobleza de aquel rostro de forma triangular en el que intuyó la fuerza de una leona reencarnada. La pequeña medía un codo exacto, cincuenta y dos centímetros, y cuando, emocionada, su madre la contempló por primera vez solo pudo exclamar: «Está al frente de las nobles damas». Se llamará Hatshepsut.
—Dime abuela, ¿por qué nací mujer?
Nefertary esbozó una sonrisa en tanto fijaba la mirada en Hatshepsut.
—Así lo quiso Khnum —contestó la reina con suavidad, conocedora de la sorda lucha que había comenzado a desatarse en el corazón de la jovencita.
—¡Khnum el alfarero, el señor de la primera catarata. El que da vida a las aguas!
Nefertary asintió, complacida.
—Y a tantas otras cosas —prosiguió la dama—. Él es el encargado de formar a los seres humanos y a sus kas en su torno de alfarero, para luego hacerlos llegar al claustro materno.
—Pero... yo tenía que haber nacido hombre.
Nefertary miró fijamente a su nieta. Próxima a cumplir los diez años, esta mostraba las dudas que la asaltaban desde hacía ya tiempo, sin temor alguno, así como la fuerza que atesoraba su corazón, su indómita naturaleza. La reina madre se complacía de todo ello, al tiempo que calibraba hasta donde podría conducirle aquel espíritu rebelde, y las consecuencias que esto ocasionaría. Había pensado largamente acerca de ello y estaba convencida de que Amón, el rey de los dioses, había señalado a aquella jovencita con su favor divino.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Nefertary, divertida—. Eres una princesa, y tan hermosa que esta tierra siempre recordará tu memoria.
—No deseo que se me recuerde por mi belleza, abuela.
Esta rio con suavidad antes de continuar.
—¡Ah! ¿Y cuáles son tus expectativas?
—Ser igual a mis hermanos.
—Y para qué.
—Algún día ellos mandarán ejércitos y tendrán poder en la Tierra Negra.
—¿De veras?, ja, ja. Los hermanos de los que me hablas son hijos de una esposa secundaria. ¿Olvidas cuál es tu linaje? Ellos no podrán aspirar a nada sin tu permiso o el de Neferubity. Dime pues de quién es el poder.
La chiquilla se encendió, frunciendo el ceño, ya que sabía lo que esto significaba.
—Nunca me casaría con ninguno de esos dos. Amenmose es un enclenque estúpido y Uadjemose... Todo el mundo sabe que vive en el mundo de los espíritus. ¡Hasta tiene visiones! —protestó Hatshepsut.
—Entonces convendrás conmigo que el ser como tus hermanastros no es tan buena idea —dijo Nefertary, elevando el dedo índice autoritaria.
Hatshepsut pareció confundida y su abuela volvió a sonreír. Su nieta tenía razón, ya que ambos príncipes mostraban las peores aptitudes posibles en el hipotético caso de tener que gobernar algún día Kemet. Sin embargo, esto poco importaba en aquel momento, ya que Shai, el misterioso destino de cada cual, era maestro en el requiebro y muy voluble a la hora de determinar las venturas. Los príncipes iban y venían. El harén solía encontrarse repleto de ellos, y todos con ambiciones. De hecho aquel mismo año Mutnofret había dado un nuevo retoño a Tutmosis, al que habían bautizado con el nombre de su padre, ante el disgusto de su esposa principal. Un nuevo Tutmosis a quien su nieta ni siquiera había considerado. Esta era demasiado joven para comprender el alcance de cualquier nacimiento dentro de la familia real, así como el papel que su abuela le tenía reservado.
—Confiemos en la sabiduría de Khnum al modelarte mujer —señaló la reina madre tras regresar de sus reflexiones—. Piensa que él creó el huevo del que nació el mismísimo Ra.
Hatshepsut asintió sin ocultar su frustración.
—Además, no olvides que el dios con cabeza de carnero no es el único que determina nuestra existencia, niña mía. Por fortuna la Tierra Negra anda sobrada de divinidades a las que acudir. Recuerda que el Oculto vela por nuestra familia desde hace años y que tengo un pacto con él que resulta indisoluble.
La jovencita miró a su abuela sin ocultar la fascinación que esta le causaba. Su figura se le antojaba propia de una diosa, y en ocasiones pensaba que en verdad algún día sería divinizada. El pueblo la veneraba y las historias que se contaban acerca de su persona parecían dignas de la mejor epopeya. Hatshepsut sentía un gran respeto por su abuela, y a pesar de su corta edad percibía con claridad la magnitud del vínculo que las unía a ambas. Si el caprichoso dios Khnum había decidido que naciese mujer, ella no se conformaría con llegar a ser menos que su amada abuela. Hija de rey, hermana de rey, Gran Esposa Real, madre de rey...; semejante titulatura hablaba por sí sola de la preponderancia de Nefertary; mas si había un título que impresionaba a Hatshepsut ese era el de esposa del dios.
La reina madre tenía buenas razones para sentirse poderosa. En realidad siempre lo había sido, al haber estado estrechamente ligada al principal dios tebano desde su juventud. Nefertary había poseído el título de segundo profeta de Amón; un cargo de gran importancia que nunca antes había desempeñado una mujer, y que la llevaba a ejercer funciones cerca del dios que siempre habían sido realizadas por el clero masculino. A Hatshepsut semejante hecho le parecía difícil de creer, y no obstante sabía muy bien que era cierto. Ella misma lo había comprobado al admirar más de una vez la estela de la Donación, en la que Nefertary, acompañada de su esposo y su primogénito, Amosis Sapair, así lo atestiguaba frente al Oculto. A la princesa le interesaba sobremanera aquel pasaje del que surgió el uso del título de esposa del dios por parte de su abuela, y le gustaba que esta se lo relatara a la primera oportunidad.
—Cuéntame otra vez lo que ocurrió, abuela. Cómo negociaste con el templo de Karnak.
—Ay, hijita, los sacerdotes de Amón pueden llegar a ser muy persuasivos, y no olvides nunca que conviene tenerlos de nuestro lado.
—¡Pero compraron tu función sacerdotal! —exclamó Hatshepsut, alborozada.
Nefertary miró a su nieta con aire beatífico, pues le había contado muchas veces aquel pasaje.
—Y a muy buen precio. Nada menos que me pagaron ciento sesenta piezas de oro, doscientas cincuenta de plata y doscientas de cobre.
—Sí abuela, pero a mí lo que más me gusta son las doscientas faldas y las ochenta pelucas que te dieron —señaló Hatshepsut, excitada.
—Ja, ja. Conoces los detalles mucho mejor que yo.
—Son fáciles de imaginar: tarros para ungüentos, hombres y mujeres que entraron a formar parte de tu servidumbre, y hasta sesenta aruras[6] de buena tierra.
—Ocurrió tal como dices, aunque eso no fuese lo más valioso. El mayor regalo fue otro.
Nieta y abuela se miraron un instante en silencio, y al cabo Hatshepsut murmuró como para sí.
—Te declararon esposa del dios.
—Esa fue la atribución más importante. ¿Conoces su verdadero alcance?
—Claro, abuela. Te permite intervenir en los oficios divinos tal y como lo haría el faraón. Además, se construyó para ti un palacio en la orilla oeste del río en el que se recluye el clero femenino que realiza los ritos de culto a Amón.
—Las mejores hijas de la nobleza tebana forman parte de dicho clero en Men-Set, la residencia donde cumplen su función como «cantoras de Amón».
—Men-Set, el Lugar Estable —señaló Hatshepsut con cierta ensoñación—. También sé que en Karnak celebras ceremonias ante el Oculto como intermediaria entre tu pueblo y la divinidad, cual si fueses el señor de las Dos Tierras.
—Ja, ja. Siempre te gustó exagerar, Hatshepsut. Atribuirme competencias que corresponden al Horus reencarnado es ir demasiado lejos.
—Mi nodriza, Sat Ra, asegura que tu poder alcanza más allá de lo que soy capaz de comprender, el propio Amón está en tus entrañas.
Nefertary permaneció pensativa durante unos instantes. Sat Ra, a quienes todos llamaban Inet en palacio, había cuidado de su nieta desde el día de su nacimiento. Suya había sido la leche con la que amamantó a la pequeña, y el vínculo que unía a ambas era tan fuerte que todos aseguraban que duraría para siempre. La reina madre era buena conocedora del significado de aquellos vínculos. Ella misma había mantenido uno que se le antojaba imperecedero con su propia nodriza, llamada Rai, a quien Osiris había requerido ante su tribunal hacía ya demasiados años. En realidad, Nefertary siempre había visto un cierto paralelismo entre ella y su nieta mayor, y quizá ese fuera el motivo de la predilección que sentía hacia su descendiente.
—Inet es sabia, y algún día comprenderás lo que encierran sus palabras —dijo al fin la reina madre.
—Explícamelo, abuela —insistió Hatshepsut sin ocultar su ansiedad.
—Cuando llegue el momento te hablaré acerca del tesoro que nos ha sido conferido.
—¿Tesoro? ¿De qué tesoro se trata? —quiso saber Hatshepsut, más excitada si cabe—. Tienes que contármelo.
—Ja, ja. En realidad es mucho más que eso. Se trata de una gracia divina que solo nosotras podemos transmitir.
—Pero abuela —protestó la jovencita.
La venerable señora alzó una de sus manos para dar por zanjada la cuestión.
—Tu deber es cuidar de tu hermana, Neferubity, que es más frágil que tú —sentenció la dama.
Hatshepsut hizo un mohín de disgusto, pero no se atrevió a contestar y Nefertary sonrió para sí.
—Ahora regresemos al comienzo de nuestra conversación: Khnum, el dios que habita en Elefantina —prosiguió la reina madre—. ¿Has aprendido su gran himno?
—Sí, abuela; Inet me lo enseñó hace tiempo.
—Entonces quisiera que me lo recitaras.
La jovencita se mostró sorprendida, pero tras un leve titubeo comenzó a declamar con solemnidad, pues bien sabía ella cómo se las gastaba su abuela cuando había dioses de por medio.
Anudó el flujo de sangre a los huesos formados en su taller como una obra, de tal modo que el aliento de la vida está dentro de todas las cosas...[7]
Nefertary entrecerró los ojos en tanto escuchaba con atención. En pocos años aquella niña sería mujer y su corazón se abriría a un Egipto que, estaba convencida, había iniciado un nuevo camino que la conduciría hasta metas insospechadas. Los tiempos habían cambiado, aunque muchos no fuesen aún conscientes de ello, y Hatshepsut formaría parte de un escenario en el que solo los más fuertes recibirían el favor de los dioses.
El día veinte de Parmhotep, tercer mes de Peret, la estación de la siembra, del vigésimo primer año del reinado de Amenhotep I, Egipto contuvo el aliento. El halcón se elevaba para fundirse con el disco solar, en tanto la Tierra Negra quedaba a la espera de que un nuevo dios ocupara el trono de Horus. Amenhotep partía tal y como había vivido durante la mayor parte de su mandato, en paz, y sin ningún heredero que pudiera llorar su pérdida. Nadie dudaba que Osiris, el señor del Más Allá, declararía al difunto «justificado de voz» en el juicio celebrado en su tribunal, y que los cuarenta y dos jueces escucharían satisfechos la confesión negativa del rey antes de abrir las puertas que conducirían hasta los Campos del Ialú, el paraíso que aguardaba al que había sido faraón durante veinte años y siete meses.
Poco se había equivocado Nefertary en sus vaticinios, quizá porque la vida le había dado la facultad de predecir las desgracias. La mayor parte de sus seres queridos habían partido ya hacia el reino de las sombras. Sus padres, su esposo, sus hijos... El príncipe Amosis Sapair, Sat Amón, Sat Kamose, Merytamón, Sa Amón, Amenhotep; Anubis se los había llevado a todos, uno a uno, sin la menor deferencia a su rango.
Las razones del dios de los muertos estaban escritas en su corazón de chacal, en sus yermos dominios, en las baldías necrópolis en las que gobernaba. A la reina madre solo le quedaba su hija menor, Ahmés Tasherit, y las dos nietas que esta le había dado. Exiguo bagaje para quien había entregado su vida por la tierra que tanto amaba; mas así eran las leyes concertadas entre los dioses y los hombres. Ahora solo le quedaba llorar sus recuerdos sin dejar de mirar hacia el futuro que se avecinaba. Tenía motivos para sentirse satisfecha, pues el reinado de su hijo había supuesto para Egipto un período de paz y prosperidad como no se conocía desde hacía cientos de hentis. Demasiados años de penurias para una tierra que honraba a sus dioses como ninguna otra.
A menudo, la vieja dama había imaginado cómo habría sido Kemet si el príncipe Amosis Sapair, su hijo predilecto, hubiese gobernado el país de las Dos Tierras. Sin duda, que la historia hubiera sido diferente, pero estaba convencida de que Shai, el misterioso destino, tenía determinado cuál era el rumbo que más convenía a aquel sagrado valle y quién debía reinar en él. Para una mujer tan devota como ella, semejantes reflexiones siempre suponían un alivio ante las desgracias mundanas, sin embargo, la reina poseía un corazón fuerte donde los hubiere y una determinación que muchos hombres hubiesen querido para sí. Había llegado la hora de hacer valer sus intereses, y todo se hallaba dispuesto a su conveniencia. Un nuevo faraón se disponía a ocupar el trono de Horus; un nuevo dios para la Tierra Negra, que Nefertary se había encargado de elegir hacía ya mucho tiempo.
La muerte del soberano implicaba un momento delicado para Kemet. En tales circunstancias el país se sumía en la zozobra, pues para mantener el orden establecido Egipto necesitaba un rey que hiciera de intermediario entre su pueblo y los dioses, un monarca que fuese garante del cumplimiento de las leyes del maat.[8] Eran momentos delicados en los que cualquier advenedizo con los suficientes apoyos podía intentar ceñirse la doble corona, como la milenaria historia de Egipto se había encargado de demostrar. En tales casos las intrigas se hacían corpóreas y de las más recónditas sombras surgía algún príncipe olvidado, algún vástago del harén a quien no importaba arriesgar su vida si con ello podía acceder al poder. Buena conocedora de las tramas palaciegas, Nefertary jamás permitiría poner en juego el trono que tanto había costado conquistar. Por ello, y a pesar de una cierta agitación suscitada en palacio, al día siguiente de la muerte de su hijo, Tutmosis fue designado como señor de las Dos Tierras con el apelativo de Aakheperkara, o lo que es lo mismo, «grande es la manifestación del ka del Ra». Ese fue el nombre escogido para su titulatura real, a la que añadiría el epíteto «toro poderoso», uno de los cinco que componían el protocolo de los soberanos de Egipto, el de un monarca que resultaría indomable y cuya memoria recordarían los milenios.
El tiempo del luto llegaba a la Tierra Negra para cubrirla con su lúgubre manto durante setenta días, los que se precisarían para preparar al difunto faraón antes de darle sepultura. El cuerpo de Amenhotep I sería desecado en natrón antes de proceder a embalsamarlo con los mejores óleos, como correspondía a un dios que había gobernado sobre Kemet. Setenta días, los mismos que había necesitado Isis para encontrar y recomponer con su magia el cuerpo despedazado de su esposo Osiris, arteramente mutilado por Set, su iracundo hermano; el tiempo que Sothis, la estrella Sirio, permanecía oculta antes de elevarse en el horizonte para anunciar la llegada del año nuevo y la esperada crecida de las aguas del Nilo. Luego, transcurridos los ritos funerarios, el nuevo faraón, Tutmosis I, se encargaría como sucesor de devolver los sentidos al rey difunto en su misma tumba, al oficiar la ceremonia de la «apertura de la boca», para que así el finado pudiera hacer uso de todas sus facultades en la otra vida. Después el túmulo quedaría sellado para siempre, acompañado solo por Meretseguer, «la que ama el silencio», la diosa que desde los cerros velaba por aquella necrópolis en la que se enterrarían los soberanos de las siguientes tres dinastías, y que pasaría a la historia con el nombre de Valle de los Reyes.
Tan relevante suceso tuvo inmediatas consecuencias para Hatshepsut. Su padre se había convertido en dios de las Dos Tierras y por ende ella en princesa real. Con poco más de diez años de edad, Hatshepsut amaba profundamente a su progenitor, y no puso ninguna objeción cuando este le asignó un preceptor, un hombre famoso por su valor, que había acompañado a Amosis en la guerra de liberación y a Amenhotep I en su campaña militar contra el país de Kush, donde, además, sería recompensado. Atendía al nombre de Amosis Penejbet, debido a la devoción que sentía por Nekhbet, la diosa buitre, así como por haber nacido en Nejeb, ciudad de la que aquella era patrona.
—Desde hoy Amosis Penejbet será tu «padre nutricio».[9] Estoy seguro de que comprendes cuál es la nueva posición que ocupas y lo que se espera de una princesa como tú —dijo Tutmosis a su hija con ternura.
Esta asintió, excitada, ya que se encontraba muy orgullosa de su padre.
—Durante el luto acompañarás a tu preceptor al sur, a su ciudad natal, donde podrás visitar a tu hermano Uadjemose e instruirte con todo aquello que te será de utilidad en un futuro. Allí conocerás a un personaje muy amado por esta tierra que te hablará de la gloria de tus ancestros, para que comprendas lo que significa ser príncipe de Egipto —añadió Tutmosis con cierta solemnidad.
Las palabras del faraón llegaron al corazón de su hija cargadas de significado. Esta siempre había sido soñadora, y a pesar de su corta edad creía saber leer cada palabra y lo que en realidad se escondía tras ellas. Estaba convencida de que su paso por la vida en nada se parecía al de cualquier otra princesa. En lo más profundo de su ser sentía a Egipto como algo suyo, cual si existiera un vínculo secreto entre ambos que les hiciera inseparables, un sentimiento que le resultaba difícil de explicar y que la había llevado en ocasiones a fantasear con escenarios que resultaban imposibles. Muchas veces había creído percibir el latido de la Tierra Negra, lo que esta ocultaba en realidad, su verdadera magia. Quizá en sus metu, los conductos que recorrían y comunicaban el cuerpo humano, los encargados de transportar los fluidos orgánicos, se encontrase el mismísimo Hapy, el dios de la inundación, y su sangre no fuera sino agua del Nilo. En sus fantasías todo aquello era posible, e imaginaba sin ninguna dificultad a los dioses de la Enéada Heliopolitana en pleno otorgándole sus bendiciones, y al poderoso Amón alentando cada uno de sus sueños. Igual que le ocurriera a su abuela, Hatshepsut idolatraba al dios de Karnak, una veneración que en ocasiones podía parecer desmesurada y que hablaba del carácter impetuoso que poseía aquella jovencita tan diferente al resto de las niñas de su edad.
Por su nacimiento, Hatshepsut había venido al mundo para desposarse con un faraón. Eso era lo que se esperaba de ella y, no obstante, aquella idea la hacía rebelarse ante lo que consideraba un atropello. Para la princesa sus hermanos eran débiles e incapaces, indignos de su amor, por no hablar de su ilegitimidad para acceder al trono de Horus. Por ello, al escuchar de labios de su padre sus deseos, el corazón de Hatshepsut se llenó de gozo, de ilusiones renovadas que daban vida a unos sueños que siempre la acompañarían. En su opinión aquella era una misión de la máxima importancia que le permitiría nada menos que comprender el verdadero significado de ser príncipe en el país de Kemet, y que cumpliría en compañía de un hombre que era conocido en todo Egipto por su valentía, un guerrero a quien el faraón había nombrado su preceptor.
Semejante aventura volvió a hacer galopar los caballos enjaezados por la ilusión. Recorrer el Nilo como enviado del señor de las Dos Tierras solo estaba al alcance de los elegidos, y así era en verdad como Hatshepsut se sentía. Viajaría hasta Nejeb, la capital del tercer nomo del Alto Egipto, ciudad antiquísima en la que se veneraba a la diosa buitre, una tierra sagrada de cuya anterior capital, Nejem, había partido el mítico Narmer para lograr la unificación de Egipto hacía mil quinientos años. La princesa marcharía hacia el sur, convencida de que aquel viaje abriría la puerta a su verdadero destino; y lo haría en compañía de Sat Ra y de su hermana de leche, Ibu, a quienes amaba profundamente. Solo había lugar para los buenos augurios y para el viento del norte, el aliento de Amón, susurrando a las velas; justo lo que necesitaban para remontar el río.
Ibu siempre recordaría aquel viaje, los colores que festoneaban un sur que a ella le parecía lejano, intensos, como correspondía a aquella región donde se gestó la unión de las Dos Tierras. La chiquilla era capaz de sentir la autenticidad de cuanto veía, la voracidad del desierto cuando decidía extenderse hasta las orillas del Nilo, su desesperación por beber de unas aguas que le parecían prohibidas, pues le resultaba imposible saciar su eterna sed en ellas. El río era esquivo, y las yermas arenas terminaban por levantar agrestes farallones, quizá para mostrar su impotencia. Formaban parte del reino de Set, el señor del caos y las tierras baldías, donde solo eran bienvenidos los proscritos, la cobra y el escorpión. Allí el amarillo jugaba con la ilusión hasta llegar a convertirse en ocre, o incluso en rojo cuando Ra, en su camino diario, fustigaba con su poder los pedregales al atardecer. A Ibu el paisaje le parecía que formaba parte de un conjuro. El río, deslizándose majestuoso entre murmullos por la quilla del barco; los estériles arenales que se asomaban a las riberas; los fecundos palmerales que, súbitamente, surgían de la nada como parte de un prodigio para volver a poblar las orillas de una vegetación exuberante que mostraba su verde más rabioso. ¿Cómo era posible semejante milagro? ¿Acaso no era aquello una prueba fehaciente de que los dioses estaban en todos lados y que habían creado aquella tierra para habitarla? La hija de la nodriza real estaba convencida de que era así, y que este era el motivo de que hubiera tantas divinidades en el país de Kemet. Aquel indómito paisaje, salpicado de contrastes, poco se parecía al de los feraces campos de cultivo de su Tebas natal, y no obstante Ibu se sintió fascinada, cual si formara parte de uno de aquellos cuentos a los que era tan aficionada, en los que se daban cita toda suerte de fantásticos portentos. Para ella también comenzaba su propia historia, a través de las puertas del Egipto profundo que se le abrían para subyugarla con su poderoso hechizo.
Cuando Turi, virrey de Nubia, los abordó con su barco para darles la bienvenida, ambas jovencitas dejaron definitivamente atrás una etapa de sus vidas que quedaría encerrada en el recuerdo. Sin saberlo la niñez se les iba para siempre, río abajo, empujada por la corriente de la vida. El aliento de Amón gobernaba aquel navío Nilo arriba, al tiempo que convertía en púberes a quienes habían mamado la misma leche. Sat Ra las observaba, algo circunspecta, sabedora de lo que a partir de entonces les aguardaba. Para la nodriza real ambas eran sus hijas, y el único pesar que abrigaba su corazón era el hecho de no haber parido también a Hatshepsut. Sat Ra había traído al mundo cinco hijos, todos sanos y fuertes como Montu, el dios de la guerra de la ciudad de Iuny, donde la señora había nacido. Solo la desgracia de haber enviudado había evitado que tuviera más descendencia, algo que no había pasado desapercibido en palacio, donde su difunto había dado clases de escritura en el kap, la escuela en la que estudiaban los príncipes. En un tiempo en el que Anubis se llevaba a las criaturas consigo a la menor oportunidad, que Sat Ra hubiese conseguido dar esquinazo al dios de la necrópolis nada menos que cinco veces suponía todo un milagro a tener en cuenta. Sin duda, la mismísima Hathor, la diosa vaca protectora de los infantes, se hallaba en aquella dama tan saludable y sumamente instruida, y ese era el motivo por el que Sat Ra había sido nombrada nodriza real, un cargo de gran influencia. Si había alguien que conocía bien a Hatshepsut, esa era ella. A su madre adoptiva no se le escapaba detalle de aquella acusada personalidad que se iría modelando en la fragua de los dioses con los martillos más poderosos, y que la nodriza no dudaría en emplear cuando así lo creyese oportuno, ante la atenta mirada de Nefertary, quien lo controlaba todo.
Para Sat Ra el viaje que habían emprendido también significaba un antes y un después. En su opinión la princesa real se asemejaba a una preciosa joya que no podía malgastarse. Ella brillaba por sí misma, como si en verdad su piel fuera de oro, la reservada para los dioses. Estos nunca permitirían que compartiera su don con otros, pues no había transmutación posible en aquel pacto. La nodriza estaba convencida de que el señor de las Dos Tierras conocía tales detalles. Nadie mejor que él para saber lo que se escondía en el corazón indomable de su hija. Allí no había lugar para la negociación; la joven Hatshepsut llevaba la ambición consigo, cual si se tratase de un sello indeleble que el propio Khnum, el alfarero, había modelado con su arcilla en el vientre materno. Tutmosis era consciente de todo eso, y también de la auténtica valía de una hija que había nacido para gobernar la Tierra Negra. Sin embargo...
Sat Ra conocía de primera mano las desavenencias que existían en aquella familia. Ahmés Tasherit, la Gran Esposa Real, que era descendiente directa de la legendaria Tetisheri, y vástago de Amosis Nefertary, se veía obligada a ver cómo una mujer del harén imponía a sus príncipes sobre sus hijas, al tiempo que alardeaba de ello en la corte. Era un sentimiento difícil de aceptar y al que no obstante Ahmés trataba de sobreponerse, no sin sufrimiento. Hacía ya años que su marido había abandonado su lecho para entregarse a los brazos de Mutnofret, y semejante escenario había terminado por crear en la Gran Esposa Real una sensación de fracaso que le resultaba imposible de superar. Vivía embargada en un estado de disimulada desolación, enmascarado por un título de reina cuyo inmenso poder no parecía serle de gran ayuda. Ni siquiera sus hijas le hacían abandonar aquel estado. Estas eran su tesoro, pero estaban bien donde estaban, al cuidado de una nodriza capaz de ocuparse de ellas como merecían. Ahmés bastante tenía con llevar con dignidad la corona ganada por derecho propio y que, no obstante, tanto le pesaba.
Tutmosis sabía lo que le ocurría a su esposa principal, y a su manera también padecía por ello. Ahmés Tasherit lo había legitimado para poder llegar a sentarse en el trono de Egipto, y aquel hecho trascendental quedaría en su conciencia para siempre. El faraón era un guerrero, y Sat Ra estaba convencida de que en su corazón comenzaba a dirimirse una sorda lucha cuya primera consecuencia era aquel viaje en el que ella misma acompañaba a la princesa real. Todo en Egipto tenía su significado, y hasta el más nimio movimiento por parte del faraón era interpretado por cuantos vivían a la sombra de su poder; por ello la nodriza real no se extrañó en absoluto ante el hecho de que el virrey de Nubia, un cargo de la máxima confianza, saliera a darles la bienvenida en su barco, ni tampoco que el gobernador de Nejeb, Reneny, recibiera a Hatshepsut como si en verdad se tratase de una heredera a la corona.
En realidad todo el nomo se hizo eco de aquella visita, y durante semanas los príncipes locales agasajaron a la comitiva real con fiestas y celebraciones. La princesa tuvo oportunidad de visitar a uno de sus hermanos, Uadjemose, a quien apenas recordaba, y que permanecía apartado en aquella provincia al cuidado de su preceptor, Pahery, y del padre de este, Itefrury. Ambos lo atendían con esmero, y Hatshepsut nunca olvidaría la impresión que le causó aquel encuentro.
—Su estado de salud es precario —señaló Pahery al observar la expresión de la princesa al ver a Uadjemose.
—Parece tan delicado como una flor —se atrevió a musitar Hatshepsut, sin poder remediarlo.
—Pasa su existencia como si se tratara de un sueño —matizó Pahery con indisimulado pesar—. Posee extrañas facultades.
La princesa miró con atención a su hermano. Este parecía hablar consigo mismo al tiempo que entraba en lo que semejaba ser un trance.
—Vive en el mundo de los espíritus —dijo la jovencita sin ocultar la impresión que le causaba aquella escena.
—Es un iluminado de los dioses, quienes le dan la facultad de tener visiones.
La princesa se limitó a asentir, pues en Kemet eran veneradas y muy respetadas las personas que sufrían aquel tipo de padecimientos.
—El halcón aún continúa en el nido —apostilló Pahery, empleando el término que se usaba habitualmente para referirse a la inmadurez mental.
Hatshepsut no pudo evitar afligirse ante el aspecto y la conducta del joven príncipe, mas al punto se rebeló ante la idea de que este pudiera tener más derechos que ella a la hora de suceder a su padre. Su genio vivo se encendía, como el ascua que llevaba en su interior, capaz de avivarse con el primer aliento al pensar en semejante posibilidad.
Sin embargo, la princesa continuó visitando con frecuencia a Uadjemose mientras duró su estancia en el-Kab,[10] e incluso acudió a algún que otro banquete en la casa de su preceptor, donde corría el vino con una largueza que daba gloria ver. La jovencita presenció por primera vez cómo eran aquellas celebraciones de la nobleza provincial, y la facilidad con que se llegaba a perder el recato. Una tía del anfitrión Pahery, dio buena muestra de ello cuando le dijo encarecidamente: «tengo el interior seco como la paja, me bebería dieciocho copas».[11] Y vaya si se las bebió, aunque solo fuese para no desentonar del resto de las damas, que terminaron convertidas en simples remedos de Hathor como diosa de la embriaguez, a quienes los conos perfumados que portaban sobre sus cabezas, al haberse derretido, les daban un aspecto desolador.
Mas si por algo se caracterizaría aquel inesperado viaje sería por la profunda huella que dejarían en el corazón de la princesa las lecciones que recibiría de su preceptor, y el encuentro con un personaje de leyenda que inflamó la llama patriótica en ella por primera vez. El individuo en cuestión se llamaba Amosis, más conocido como hijo de Abana, un verdadero héroe que había combatido en la guerra de liberación, famoso en todo Egipto y cuyas historias fascinaron de tal modo a Hatshepsut, que no había un día en el que no pidiera al veterano militar que le narrase alguna de sus aventuras. Aquel hombre había luchado contra todos los enemigos de la Tierra Negra, y la jovencita escuchaba con atención las innumerables historias de un guerrero que ya se había enrolado como remero en tiempos de su abuelo.
—Tuve el honor de embarcarme junto al dios Amosis, tu abuelo, que Osiris tenga justificado, en una nave de nombre el Toro Salvaje —dijo el aguerrido soldado con solemnidad a la joven princesa—. Yo estuve a su lado cuando derrotó a los hiksos en su capital, Avaris. Nunca vi mayor carnicería. La ciudad cayó en poder del espanto, y ninguna mujer fue ya capaz de parir en ella. El gran dios me recompensó con el oro del valor e hizo que lo escoltara en cada batalla, pues cortaba más manos que nadie.
Hatshepsut no perdía detalle de cuanto escuchaba, con los ojos muy abiertos, estremecida al conocer el número de manos que aquel hombre había cercenado, pues sabía muy bien que de esta forma se contabilizaban los enemigos a los que se daba muerte. Cada tarde, la princesa acudía a ver a Amosis, hijo de Abana, para atender a sus increíbles hazañas y aventuras que le llevaron hasta el lejano sur, una región que cautivaba a la joven y con la que soñaba a menudo. Allí habitaban los hostiles kushitas, sus tradicionales adversarios, de donde procedían los temibles iuntyu setyu, los arqueros nubios. Amosis explicó cómo los combatió durante la campaña llevada por Amenhotep I en el octavo año de su reinado, y las asombrosas proezas que tuvieron lugar, de las que él participó de manera destacada. Gracias a su conocimiento del Nilo, Amosis hizo posible que el señor de las Dos Tierras pudiera regresar sano y salvo desde las inmediaciones de la cuarta catarata, llegando a recorrer noventa kilómetros en tan solo dos días, después de capturar al cabecilla nubio.
—El dios, Amenhotep I Djeserkara, me concedió como premio las tierras en las que vivo ahora. Cada mañana, cuando Ra Khepri despunta en el horizonte, elevo mis alabanzas en su nombre, convencido de que al morir, Amenhotep voló hasta fundirse con Ra, como corresponde a un verdadero dios de la Tierra Negra —señaló Amosis con profundo respeto tras terminar de contar aquella historia.
Cuando llegaba la noche, Hatshepsut rememoraba los relatos del valeroso Amosis en compañía de su inseparable Ibu.
—Algún día viajaré a todos esos lugares —aseguraba la princesa, con ensoñación—, y tú me acompañarás. Juntas llegaremos más al sur que ningún dios que haya gobernado esta tierra.
Ibu asentía, convencida de que su hermana era muy capaz de semejantes hazañas. Como le ocurriera a su madre, Ibu también percibía el gradual cambio que experimentaba la princesa, el poder que desde su interior se iba abriendo paso, la fuerza que ya se asomaba a su mirada felina, su transformación paulatina en una mujer que ya se presumía iba a ser hermosa. Hatshepsut hablaba con tal entusiasmo de todos aquellos sueños, que Ibu apenas albergaba dudas sobre su consecución.
—Mi padre, el dios, sabe muy bien que nací para reinar en el país de Kemet —aseguró una tarde Hatshepsut a su hermana.
Al ver el gesto de sorpresa de esta, la princesa lanzó una carcajada.
—No pongas esa cara —señaló divertida—. ¿Te has dado cuenta de la impresión que les causo a todos? Estoy segura de que cuando pase el luto y mi padre sea coronado, me nombrará su sucesora.
—¿Cómo puedes saberlo? —inquirió Ibu, escandalizada ante semejante osadía.
Hatshepsut volvió a reír, ya que en ocasiones le gustaba provocar a su hermana, cuya timidez y prudente carácter poco tenía que ver con el de la princesa.
—Verás lo poco que me equivoco, Nebtinubjet; aquí, en el-Kab, me tratan como si fuese ya corregente.
—¿Por qué me llamas así? Sabes que no me gusta ese nombre.
—Pues a mí me parece perfecto para ti, hermana mía, y muy evocador. Nebtinubjet, la mujer de la que se enamoró perdidamente el gran sabio Kagemni, a quien rindes un gran respeto —dijo Hatshepsut en tono burlón.
—Harías bien en seguir sus instrucciones.
—Ja, ja. Tú las sigues por ambas. ¿Qué decía el bueno de Kagemni? Ah, ya recuerdo: el hombre silencioso y calmado es el más virtuoso. Eso es lo que me recuerdas a menudo.
—Me gusta el camino de la modestia que recomienda Kagemni.
—Lo malo es que contrasta con la mujer impulsiva que yo personifico.
Ibu hizo un mohín de disgusto y Hatshepsut soltó una carcajada.
—Deberías sentirte orgullosa. Kagemni fue visir de Teti durante la VI dinastía, en la época de las pirámides. Aseguran que estas todavía se elevan orgullosas en Saqqara. Ser amada por un sabio como aquel debió ser un regalo de los dioses. El estar reencarnada en la dama Nebtinubjet puede representar un papel relevante en la moralidad egipcia.
—Al menos no me dejaré gobernar por el orgullo —señaló Ibu, molesta.
—¡Oh! Me gusta verte convertida en Neith y observar cómo lanzas tus flechas con la misma precisión que la diosa.
—Ya que mencionas a Neith te enviaré otra de mis flechas, que no podrás esquivar: la glotonería.
—La amante del hombre silencioso me ha alcanzado justo en el corazón, ja, ja. Nunca renunciaré a la glotonería, sobre todo a los dulces.
Ambas hermanas rieron en tanto Hatshepsut tomaba uno de los pastelillos de miel a los que era tan aficionada.
—Como te decía —prosiguió la princesa tras chuparse los dedos—, las gentes de el-Kab ya se han percatado de cuál es mi auténtica naturaleza. Me ven como corregente. No pensarás que aceptarán al pobre Uadjemose, ¿verdad?
»Tu hermano es un bendito de los dioses. Así llamamos a los que sufren su mal, dama Nebtinubjet.
Ibu hizo otro gesto de disgusto.
—No te lo tomes a mal, hermana mía —señaló Hatshepsut, divertida—. Tú serás una de las damas más importantes de mi corte. Seguro que te casarás con algún príncipe.
—Hathor me libre de ello, Hatshepsut. Si eso ocurriera tendría que compartir a mi esposo con otras mujeres del harén.
—Por ese motivo yo tampoco me casaré con ninguno de mis hermanos. No necesito tener que aguantar sus simplezas, y menos a su madre.
Ibu se mostró algo cohibida, ya que conocía las desavenencias de la princesa con aquella rama familiar.
—Mira si no a la Gran Esposa Real —prosiguió Hatshepsut, con un juicio impropio para su edad—. De poco le ha valido su título para alcanzar la felicidad.
—¿Cómo puedes decir algo así? —señaló Ibu, mostrándose de nuevo escandalizada.
—Tú conoces su sufrimiento tanto como yo. Claro que de Mutnofret nada bueno puedes esperar.
—Pero... ella también es esposa del faraón —se atrevió a decir Ibu con cierto temor.
—Esa mujer enreda a mi padre con la habilidad de un heka.[12] Se cree dueña de la situación sin saber a quién habrá de enfrentarse.
Sonaron unos pasos y ambas jovencitas vieron cómo se les aproximaba la nodriza real con gesto adusto.
—Poco habéis aprendido de las lecciones recibidas, habrá que emplear más la vara en vuestras espaldas —apuntó Sat Ra, molesta—. Creo que no llegaréis muy lejos pregonando lo que pensáis. Nunca vi tanta imprudencia, Hatshepsut. ¿Qué crees que pensaría el dios si se enterara de lo que has dicho?
La princesa pareció abochornarse durante unos instantes, pero enseguida reaccionó con su habitual desparpajo.
—Mi padre conoce mejor que nadie la verdad que se esconde en mis palabras. Además, él me ama sobre todas las cosas.
—Querrás decir que te consiente; mal que me pese.
—Ja, ja. Te estás volviendo una cascarrabias, Sat Ra, pero no me importa.
—Lo que te debería importar es cuidarte de hablar a paredes que no son de tu casa. En el país de Kemet poseen la virtud de escuchar.
Hatshepsut alzó la barbilla con altivez, en un gesto que la caracterizaba.
—El gran Tutmosis, vida, fuerza y salud le sean dadas, se mostrará entusiasmado cuando sepa de mi gran labor aquí —sentenció la princesa.
Sat Ra enarcó una de sus cejas y no supo si reír o soltar un exabrupto ante semejante audacia.
—No pongas esa cara. Tu hija lactante por fin es consciente de su verdadera naturaleza. Mi padre ya lo intuyó al enviarme aquí en su lugar. Hasta el nombre de esta provincia tiene su significado: el nomo de Teb, «el santuario». Es evidente que detrás de todo esto se encuentra la mano de los dioses.
—Pues espero que ellos te ayuden a recapacitar para que comprendas cuál es tu lugar y el mundo en el que te encuentras.
—Da igual que me reprendas, Inet —apelativo con el que acostumbraban a llamar a Sat Ra en tono familiar—. Siempre te amaré. Tus castigos son sabios y aprendo de ellos, como también he aprendido de la aventura que me trajo hasta aquí.
—Al señor de las Dos Tierras le gustará saberlo —apuntó la nodriza, conciliadora.
—He comprendido lo que significa pertenecer a la Tierra Negra —continuó Hatshepsut—, el poder con el que la han revestido los dioses, la magia con la que se arropa. Grandes guerreros me han hablado de todo ello, de los extraños lugares en los que combatieron, de los sacrificios que estuvieron dispuestos a hacer por el país de Kemet, de los peligros que se vieron obligados a vencer para mantener a Egipto libre de nuestros enemigos. Ahora conozco los porqués y puedo adivinar lo que sucederá.
Ibu cruzó la mirada con su madre, y esta esbozó una sonrisa.
—Según parece has aprovechado bien este viaje —señaló Inet en tono mordaz—. Dime entonces qué es lo que nos aguarda.
La princesa miró a su nodriza con inusitado fulgor antes de contestar.
—Dentro de poco el dios irá a la guerra.
El faraón observaba a su hija con verdadera satisfacción. Esta había regresado a Tebas justo para participar en los fastos de su coronación, tras haber transcurrido el período de luto. Tutmosis había enterrado a su predecesor en un hipogeo excavado en el Valle de los Reyes, para ocupar seguidamente su lugar como nueva encarnación de Horus. Las celebraciones tanto en Tebas como en Menfis habían resultado grandiosas, y en ellas Hatshepsut se había comportado como una auténtica princesa real, con una madurez impropia para una jovencita de su edad.
Era obvio que esta había sufrido una transformación durante su viaje a el-Kab, del que al rey le habían llegado los mejores informes acerca de su hija.
Ahora, convertido en dios viviente de la Tierra Negra, Aakheperkara conversaba con Hatshepsut, cómodamente sentado en el jardín de su palacio de Tebas. En cada uno de los temas que tocaban la princesa demostraba su buen juicio, así como un sorprendente conocimiento de la historia de Egipto y sus complejos ritos religiosos. En esto último la joven había salido a su abuela, devota del dios Amón donde las hubiera. Este aspecto fue el que hizo reparar al monarca sobre las evidentes similitudes que existían entre ambas. Sin lugar a dudas, Hatshepsut era una digna nieta de la reina madre, cuya fuerte personalidad y virtudes para hacer política eran de sobra reconocidas por todos. Tutmosis captaba también en su hija ese poder, una determinación de la que carecían el resto de sus vástagos, y que hacía que la princesa se elevara ante sus ojos cual si estuviera predestinada a ocupar un lugar que por ley no le correspondía. Sin embargo, el dios podía leer con claridad sus cualidades, así como la firmeza reservada para quienes habían nacido para gobernar.
El señor de las Dos Tierras disfrutaba de su zumo de granada mientras escuchaba con atención a la princesa, tan locuaz como de costumbre, cuya belleza empezaba a emerger como el loto en la mañana.
—Sé que Kemet se levantará en armas muy pronto —se atrevió a decir de improviso la joven, con aquel tono embaucador que solía utilizar cuando hablaba con su padre.
Este arrugó el entrecejo, entre molesto y desconcertado, ante el hecho de que su hija tuviera conocimiento de detalles que aún no eran públicos.
—¿De dónde has sacado esa idea? —quiso saber el monarca, endureciendo el gesto.
—No hay nada que debas temer, gran señor, ni traición alguna por parte de tus súbditos —aclaró Hatshepsut, zalamera—. Es solo que Thot y Montu vienen a veces a visitarme y los escucho con atención.
—¿Qué juego es este en el que, al parecer, participan los dioses de la sabiduría y de la guerra?
—Ja, ja. Ellos acuden a mi corazón para susurrarme lo que esperan que hagas.
Ante la perplejidad que mostraba su padre, Hatshepsut rio, cantarina.
—No deberías sorprenderte, padre mío, estoy convencida de que ellos también hablan contigo.
—Según parece mi princesita se ha convertido en un halcón dispuesto a abandonar su nido. Pero cuidado, pues bien conoces cuál es la pena que se impone a quienes traman la traición —señaló el faraón con socarronería.
—¿Acaso me cortarás las orejas? —inquirió Hatshepsut, divertida.
—Hathor me castigaría por ello. Pero aún no has contestado a mi pregunta. ¿Qué te hace pensar que me preparo para la guerra?
—Eres un dios guerrero —dijo la princesa en un tono que sobresaltó a su padre—. No ha habido antes en nuestra larga historia ninguno como tú; ni lo habrá después. El brazo de Montu guiará tu espada y conducirá a tus tropas hasta los confines del mundo. Tus campañas se harán famosas en el tiempo, y siempre saldrás vencedor.
—¡Hija mía! —exclamó el faraón, impresionado—. ¿Acaso te has convertido en acólita de Heka, el dios de la magia? Según parece eres capaz de superar con creces a cualquier oráculo de esta tierra. Pero dime: ¿A quién combatiré primero?
—Al vil kushita. El país de Kush sabrá de ti en breve.
—Y en opinión de los dioses con los que hablas, ¿cuál sería la razón por la que yo haría algo así?
—La conoces muy bien. Siempre que se sienta en el trono un nuevo Horus reencarnado, el nubio prueba su valía por medio de revueltas que es preciso sofocar.
—Todo el mundo sabe eso —indicó el faraón, quitando importancia a la cuestión.
—Ahora es diferente. Los kushitas fueron aliados de los odiados hiksos. Nos hicieron padecer. Ellos siempre serán nuestros enemigos. Es un pueblo levantisco a quien nuestro anterior dios, Amenhotep, que esté justificado, se vio obligado a combatir en una ocasión. Pero contigo será diferente, gran Horus, pues sentarás la mano como se merecen.
Tutmosis asintió, incrédulo ante el hecho de que pudiera mantener una conversación semejante con su hija, de apenas once años.
—¿Y tú crees que estos son motivos suficientes? —quiso saber el faraón.
—Sirven de excusa para explotar su oro.
Tutmosis rio con suavidad, pues le gustaba la perspicacia de su hija.
—El oro es la piel de los dioses, padre. Lo necesitamos para glorificarlos. Pero existe otra razón más para declarar la guerra al país de Kush.
—¿Cuál crees que es? —inquirió el rey, con curiosidad.
—El control del comercio del África profunda. Su centro se encuentra más allá de la cuarta catarata. Si te asientas allí podrás negociar directamente con las caravanas, sin intermediarios.
Ante aquel juicio Tutmosis se quedó de piedra, como si hubiera tenido un encuentro con la temible serpiente Apofis.[13] Mas al punto pareció reflexionar para esbozar una sonrisa.
—Ahora entiendo, eres una espía al servicio del kushita, ja, ja.
—Padre —se quejó la joven, al tiempo que hacía uno de sus mohines, que tan buenos resultados le daban cuando quería conseguir algo de su progenitor.
—Reconozco que he de felicitar a tu preceptor, y también a los padres nutricios de tu hermano Uadjemose. Te han enseñado bien, y Amosis Penejbet te ha hecho comprender lo que se esconde detrás de cada uno de los actos del rey. Nada ocurre porque sí, hija mía. El rey gobierna para el beneficio de las Dos Tierras. Los dioses creadores nos nombraron en el principio de los tiempos garantes de un equilibrio cósmico, y mi misión es salvaguardarlo.
—Te doy mi palabra que ellos no te traicionarán —señaló Hatshepsut en tanto hacía otro de sus gestos.
—Lo sé; y también reconozco tus tretas. Eres una princesita muy pícara. Por ello volveré a enviarte a el-Kab, con los preceptores de mi hijo, para que sigas aprendiendo todo cuanto necesitas saber acerca de esta tierra.
La joven hizo un gesto de disgusto, mas el faraón le mostró la palma de la mano para dar por zanjada la cuestión.
—Irás en representación de tu padre, el señor de la Tierra Negra, para que todos comprendan tu relevancia. Sat Ra e Ibu podrán acompañarte. Mientras, tu tutor se quedará a mi lado, para ayudarme a preparar esa guerra a la que crees que iré pronto. Como sin duda ya sabrás, Amosis Penejbet es un gran guerrero, y muy querido por mi Majestad.
A Hatshepsut se le iluminó el semblante después de escuchar al faraón. El rey volvió a sonreírle, esta vez con malicia.
—Pero antes de marchar deberás prometerme algo, Hatshepsut.
—Lo que sea, padre mío.
—Guarda el secreto de nuestra conversación. Si no lo haces lo que te cortaré será la nariz, por indiscreta, ja, ja, y no habrá ningún mohín por tu parte capaz de convencerme de lo contrario.
Imbuida por completo en su papel como princesa real, Hatshepsut regresó a el-Kab convencida de que se había iniciado un camino sin retorno. Todo parecía formar parte de un sueño, aquel que ella misma se había encargado de forjar durante las noches que permanecía en vela. A la joven le gustaba asomarse a la terraza para contemplar el vientre estrellado de Nut. La diosa de la bóveda celeste suponía un acicate más a la hora de construir sus ilusiones. Daba igual que Aah, el dios lunar del que había tomado nombre el fundador de la dinastía, recorriera o no el cielo. Apoyada sobre la balaustrada, Hatshepsut se perdía entre el lento fluir de las aguas, adivinando a veces su sinuoso serpenteo o contemplando el Nilo como si se tratase de un espejo bruñido bajo la luz de la luna. Todo formaba parte de una misma ilusión: las riberas salpicadas de palmerales que hacían compañía a los campos de cultivo, los cerros del oeste que dibujaban su contorno para dar cobijo a la necrópolis, el lúgubre aullido del chacal que rompía el majestuoso silencio con el que Tebas se dormía cada noche.
Desde aquella terraza la princesa se había impregnado de todo lo que hacía de Kemet una tierra única. Para un alma como la suya había resultado sencillo entregarse a aquel poderoso influjo para luego edificar el mundo que ella quería construir. Egipto colmaba sus sentidos hasta la embriaguez, aun cuando tan solo fuese una niña de poco más de once años. Era su ka, su esencia vital, la que se hacía más poderosa. Hatshepsut estaba convencida de que cuanto sentía tenía un significado, y que detrás de este se encontraban los dioses observándola, dispuestos a que con su cálamo sagrado ella escribiera una nueva página de la historia de Egipto.
Aquel sentimiento había arraigado en la joven con tal fuerza que cualquier sueño era posible. El suyo amenazaba con convertirse en descomunal y, al remontar el río por segunda vez camino de el-Kab, la princesa empezó a dar color al escenario que ella misma se había encargado de montar durante años. En su corazón edificaba templos al tiempo que elevaba ciclópeos obeliscos, como nunca se habían erigido en el país de Kemet, pues estaba segura de que ese debía ser su legado.
Hatshepsut sabía que su regreso al nomo de Teb formaba parte de su aprendizaje. El dios de las Dos Tierras había decidido que su hija comprendiese el significado de la vida campestre, que descubriera el verdadero valor de los campos, su labranza, y la dependencia que el país tenía de ellos y de sus buenas cosechas. Por tal motivo Tutmosis había determinado que su hija navegara Nilo arriba durante Koiakh, el cuarto mes de la inundación, poco antes de que las aguas empezasen a retirarse. Ver al río desbordarse hasta alcanzar las arenas del desierto en aquellos parajes subyugó de nuevo a la princesa. A su paso mucha gente la saludaba desde sus pequeñas embarcaciones con las que recorrían las tierras anegadas. Eran días felices para los campesinos, ya que se celebraban muchas fiestas mientras esperaban que las «aguas altas» comenzaran a bajar para dejar los campos cubiertos por el munífico limo.
Durante su estancia en el nomo, Hatshepsut sería testigo del milagro que el Nilo regalaba a Egipto, de la preparación de la tierra para la siembra en la estación de Peret y de la recogida de las cosechas cuando llegara Shemu, la última estación del año. Una aventura más para una princesa que se sentía favorecida por el señor de Kemet, quien la distinguía de nuevo a los ojos de su pueblo.
Hatshepsut no perdió detalle de cuanto aquel nuevo mundo al que se asomaba estuviera dispuesto a mostrarle, y ello la llevó a adquirir enseñanzas que le resultarían de gran utilidad durante su vida. Así, se admiró al comprobar como los inspectores agrarios eran capaces de calcular hasta el último khar[14] que produciría cada parcela sembrada antes de recoger la cosecha, y comprendió por qué el limo que cubría los campos cuando el río volvía a su cauce natural le había dado nombre a la Tierra Negra.
Todo resultaba tan etéreo y a la vez tan poderoso que era sencillo embriagarse hasta caer preso de percepciones pintadas de magia; la magia... Esta se hallaba por todas partes: en el Delta, en los desiertos, en las necrópolis, en lo más profundo de los templos, en el río... Egipto entero se arropaba con magia en una grandiosa frazada tejida por las manos de dos mil dioses, y por tanto plena de matices que conformaban miríadas de ilusiones. Isis, la gran maga, supervisaba el inmenso lienzo con el que se cubría su pueblo, como madre que era de aquella tierra.
Hatshepsut apreciaba sin dificultad la complejidad de aquel manto, quizá porque los hilos con los que estaba urdido se encontraban dentro de sí misma. La princesa no tenía dudas acerca de ello, y esta certidumbre consumía aún más su joven corazón hasta quedar a merced de una soterrada ambición que ya había empezado a germinar. Para ella no existían las casualidades pues todo estaba predestinado. Estaba segura de adivinar lo que Shai le tenía preparado, como también los planes de su abuela. Esta era su valedora, y tras comenzar a florecer como mujer, Hatshepsut era capaz de hacer volar su gran perspicacia para imaginar el campo de batalla en el que Nefertary se había visto obligada a vivir a fin de conservar sus derechos. Con solo once años de edad, la princesa ya conocía las intrigas que se acostumbraban a tramar en la corte y las mentiras que podían esconderse detrás de cada sonrisa. La joven estaba convencida de que su abuela lo sabía todo acerca de ella desde el mismo día en que naciera. Nefertary era como Isis, una gran madre que había mantenido unido a su pueblo y velado por él, una maga capaz de vislumbrar por entre los velos del tiempo.
Pero había alguien más para quien el corazón de la princesa apenas tenía secretos, una mujer que la amaba como una madre y que la había alimentado con su leche hasta casi los seis años. Sat Ra sabía lo que le ocurría a su pequeña princesa, así como la transformación que día a día se operaba en ella. La nodriza conocía la ambición que anidaba en la joven y hasta dónde podía llegar a conducirla. Como buena conocedora de los entresijos palaciegos y las tradiciones, la también llamada Inet era consciente de lo que significaba en Egipto ir contra el poder establecido, y las consecuencias que podían acarrear los sueños cuando son fraguados por aspiraciones aventuradas. Entre las altas jerarquías los intereses podían asemejarse al delta del Nilo, donde el río se desparramaba en innumerables brazos hasta formar un laberíntico entramado en el que resultaba sencillo perderse. Vivían en un mundo de hombres, y desafiarlo suponía estar dispuesta a sufrir.
Por su parte Ibu observaba cuanto ocurría desde su propia perspectiva. Como le ocurriera a su medio hermana, ella también veía lo que la rodeaba con diferentes ojos, feliz de abrirse a la vida, aunque sus ilusiones nada tuvieran que ver con las de Hatshepsut. Ambas se amaban como verdaderas hermanas, al tiempo que compartían confidencias que guardaban como si fuesen tesoros. Donde quiera que fuera la princesa lo hacía acompañada por Ibu, y con el paso de los meses las dos participaron de aquella aventura cual si formasen parte del mismo sueño. Desde su carácter prudente, Ibu atemperaba en no pocas ocasiones a su impetuosa amiga, sin importarle que esta hiciera burlas de su ponderación o terminara por llamarla Nebtinubjet. Ibu sabía que sus juicios y reflexiones eran bien recibidos por su hermana, quien siempre tendría oídos para cuanto tuviera que decirle.
Ambas serían agasajadas con largueza durante el año que permanecieron en Nejeb, y su alcalde, Amenhotep, trataría a Hatshepsut cual si fuese una diosa. Solo el lamentable estado de su hermanastro entristeció a la princesa. Uadjemose languidecía paulatinamente entre extrañas visiones e interminables períodos de ausencia, y meses después, durante la travesía de regreso a Tebas, Hatshepsut ya no albergaría dudas de que había nacido para gobernar la Tierra Negra, pues los dioses así parecían haberlo dispuesto.
Desde la ciudad de Iuny, Hermontis, el dios Montu llamaba a la guerra a su bien amado pueblo mostrándole como su poderoso brazo volvía a blandir la maza del escarmiento. Su mirada de halcón observaba el lejano sur, y sus dos ureus cobraban vida para proteger al señor de Kemet y a sus huestes de la barbarie que los aguardaba. Tribus de gentes que trenzaban sus cabellos, junto a aquellos que llevaban escarificaciones en el rostro que les conferían un aspecto bárbaro, los temibles nehesyu, los cobrizos, cuyo semblante parecía quemado. Todos los pueblos kushitas de las montañas de Jetenefer se habían rebelado contra el faraón dispuestos a desafiar su poder y hacerle ver que eran un pueblo indomable, y que aunque fuesen derrotados una y otra vez volverían a levantarse, como ya habían demostrado los siglos pretéritos.
Al señor de las Dos Tierras semejante escenario le pareció una oportunidad que no estaba dispuesto a desaprovechar. El país de Kush le ofrecía una excusa perfecta para llevar a cabo lo que desde hacía ya muchos hentis había deseado emprender: apaciguar Nubia de una vez para siempre con una intervención ejemplar. El control comercial de las ricas caravanas que atravesaban el sur de Nubia era un viejo deseo pendiente de satisfacer. Había llegado el momento, y él, Tutmosis I, se sentía con fuerzas suficientes para expandir el poder de Egipto hasta los confines de la Tierra. Su sangre de guerrero bullía en sus metus, alterando su pulso y encendiendo su ardor hasta consumirlo. Esa era su naturaleza, la de un soldado hambriento de gloria que había nacido para combatir. El dios Amón lo había señalado para proporcionarle su fuerza y el convencimiento de que bajo su tutela resultaría invencible. Así era el señor de Karnak: protector con los elegidos e implacable con los condenados.
Hatshepsut regresó a Tebas acompañada por las trompetas que llamaban a la guerra. La capital parecía envuelta en la euforia, como si la contienda que se aproximaba supusiera un regalo que los dioses ofrecían a Kemet con magnanimidad. El aire, saturado por el bullicio, se mostraba inflamado al compás de los tambores y cánticos de la soldadesca. Esta última, llegada en buen número desde los cuarteles de Menfis, se hacía sentir en la ciudad santa, pintando las avenidas y callejuelas con sus miradas fieras. Por su parte los shes neferu, escribas de la recluta, se apresuraban en hacer levas, y así cualquier desdichado que diera un mal pie podía acabar por formar parte del ejército del dios, siempre necesitado de brazos. Por fin un rey guerrero se sentaba en el trono de Horus. Gloria al Egipto que renacía para manifestar su poder.
Poco tardó aquel séquito en formar parte del lienzo que se presentaba ante él. Resultaba sencillo fundirse con su colorido, y mucho más dejarse embaucar por la atmósfera de ardor patriótico que barnizaba el cuadro. Desde la cubierta de su nave, la princesa y su cortejo se sintieron cautivados al participar de semejante escenario, y Hatshepsut notó como su corazón se inflamaba de orgullo y su mirada se perdía en el ensueño. Pronto su divino padre alzaría su maza contra el kushita, y ella se imaginó los feroces combates a los que se enfrentaría a la cabeza de sus bravos, al tiempo que rememoraba las aventuras que en su día le relatara el viejo Amosis, hijo de Abana, un personaje que a la princesa le parecía inmortal.
A su llegada a palacio fue recibida con el mismo frenesí. Oficiales que iban y venían apresurados, y en cualquier rincón semblantes que denotaban entusiasmo y hasta euforia ante la campaña que se avecinaba. En poco más de un año, Tutmosis había reorganizado el ejército para otorgarle una preponderancia que sería de capital importancia a la hora de desarrollar sus planes. El rey era un faraón guerrero, y en su ánimo estaba hacérselo saber a todos los pueblos en los que fijara su vista.
Hatshepsut siempre recordaría aquellos rostros excitados, y el paso apresurado de los generales tras recibir las últimas consignas del dios. Este aguardaba la llegada de su hija más querida en compañía de su Gran Esposa Real y el hombre sobre cuyos hombros descansaba el gobierno del país, el tiaty, Ineni, el visir de Egipto. Al verla, el faraón abrió sus brazos y la joven corrió hacia su padre, ya que lo amaba profundamente.
—Otra vez mi princesa se comportó como corresponde a una elegida de Amón —exclamó el monarca, visiblemente satisfecho.
Ella lo miró con fulgor, con aquella expresión felina que nunca la abandonaría, cargada de fuerza y poder contenido.
—Mi Majestad se enorgullece por ello —continuó el soberano, al tiempo que observaba al visir—. No existe ningún cometido que mi hija no sea capaz de cumplir.
Ineni permaneció en silencio, como era su costumbre, en tanto Hatshepsut se estrechaba aún más a Tutmosis.
—Su interés por la Tierra Negra no tiene igual —aseguró el faraón—. No existe príncipe en la corte que pueda igualar su perspicacia y buen juicio.
El visir se limitó a asentir, con aquel gesto inexpresivo que tanto desagradaba a la Gran Esposa Real. Desde la coronación del Horus reencarnado, la reina había visto aumentar su influencia en la corte así como la atención de su divino esposo. Este se mostraba sumamente solícito, y hasta había ordenado grabar unas frases en las que ensalzaba a Ahmés Tasherit. Consciente de su dominio, esta continuaba con su sorda lucha contra el resto de las mujeres del harén, y en particular contra Mutnofret. Ahmés no se dejaba engañar por la situación. Sabía muy bien que Tutmosis visitaba el lecho de su gran enemiga, y era consciente del influjo que esta ejercía sobre su marido. El hecho de que Mutnofret le hubiera dado tres varones la torturaba, independientemente de las pocas luces que estos pudieran tener. Sin embargo, Ahmés sabía que aquella esposa secundaria no se atrevería a enfrentarse contra ella abiertamente, aunque estuviera convencida de que nunca dejaría de intrigar en la sombra. Su relación con Hatshepsut siempre había sido algo distante, debido a la atención que la reina se había visto obligada a tener con su hija menor, Neferubity, por motivo de su mala salud, y también por los períodos de melancolía causados por su situación conyugal. Sin embargo, Ahmés conocía muy bien a su primogénita, en quien veía la viva imagen de su propia madre, Nefertary, así como las cualidades de las grandes reinas de las que procedía su linaje.
Al igual que su real esposo, Ahmés estaba al corriente de todo lo ocurrido durante los viajes efectuados por su hija en representación del dios, y lo que podría significar que Tutmosis la hubiera enviado a el-Kab. Semejantes desplazamientos solían estar reservados para aquellos que eran nombrados corregentes, y por tanto dicha singularidad había encendido en su interior una bujía que la invitaba a observar cuanto la rodeaba desde otra perspectiva. La Gran Esposa Real conocía la red de influencias generadas a la sombra del faraón, y lo frágil que podía resultar aquella pequeña llama que alimentaba sus expectativas. Ahora los oídos del señor de las Dos Tierras se encontraban abiertos para escuchar sus palabras, y ella había aprendido a susurrar hacía ya mucho tiempo.
Ahmés salió de sus consideraciones justo para ver como Ineni pedía licencia para abandonar la sala. Sentía verdadera aversión por aquel hombre, quien, por otro lado, servía con lealtad al dios. Mas la mera presencia del visir le desagradaba, convencida de que aquella antipatía resultaba mutua.
—Padre mío, ahora comprendo al dios de la fertilidad y su poder para hacer germinar los campos —oyó la reina que decía su hija, con entusiasmo.
—El señor de Koptos te mostró de lo que es capaz cuando se siente honrado por su pueblo. Por ese motivo es nuestro deber atender a los dioses como corresponde, hija mía.
—Min hace posible convertir la tierra yerma en feraz. He visto los milagros de que son capaces nuestras divinidades, padre, y comprendo lo frágil que resulta el equilibrio que ellos nos encomendaron mantener.
Tutmosis sonrió para mostrar la satisfacción que le producían aquellas palabras.
—De ese milagro es garante el Horus reencarnado —intervino Ahmés—. Confío en que entiendas el alcance de tu linaje. Ahora acércate, Hatshepsut, deseo estrecharte.
La joven corrió a los brazos de su madre para abrazarla con cariño.
—Deja que te vea un momento —dijo Ahmés, tras separarse del abrazo—. Vaya. Te haces mujer por momentos. Cada día eres más hermosa. Hathor está en ti desde el día de tu nacimiento. Me aseguran que sientes una gran veneración por la diosa, algo que no me extraña.
—Así es, madre mía.
—Bella y saludable como la diosa del amor —suspiró la reina—. Lástima que no pueda opinar lo mismo de tu hermana.
—No digas eso, madre —señaló Hatshepsut con gesto pesaroso—. Dos mil dioses velan por su salud.
—En sus manos está su destino. Desgraciadamente, los sunus han hecho cuanto han podido, pero me temo que no sea suficiente.
—Rezaré por ella al mismísimo Amón, y también a Sekhmet, para que aparte todo mal de Neferubity. «La poderosa»[15] la librará de la enfermedad, madre.
Esta asintió sin ocultar su tristeza, pero al momento cambió de expresión para sonreír a su hija.
—El señor de las Dos Tierras nos abandona para ir a la guerra —señaló Ahmés—, dejándonos el corazón encogido por el temor a un peligro cierto. Los dioses pondrán a prueba su valor y también nuestra paciencia, hija mía. No hay palabras para definir el sufrimiento de una esposa que espera a que su marido regrese de la batalla. Al menos esta vez Hatshepsut estará a mi lado. No se me ocurre a nadie que represente mejor al gran Tutmosis, pues heredó lo mejor que hay en él.
El faraón se quedó sorprendido ante aquellas palabras, pero al punto se aproximó hacia la reina para abrazarla junto con su hija. Así permanecieron los tres unos instantes, suspendidos por lo que Ahmés había dicho; como si se tratara de una premonición.
—Poco me equivoqué al darte mi confianza, Tutmosis, aunque ahora hayas conseguido la de los dioses; confío en que permitas a esta vieja reina hablarte como a un mortal más.
—La gran dama de Egipto hace tiempo que se ganó el derecho a ser divinizada —repuso el faraón con cortesía.
Ambos contertulios se observaron un instante y luego Nefertary asintió complacida. Era una tarde de verano del mes de Paope, finales de agosto, segundo de la estación de Akhet, la inundación, y hacía tanto calor que aquellos dos personajes habían decidido buscar algo de alivio bajo la sombra de un viejo sicomoro situado al fondo del jardín, muy próximo a la orilla del río. Desde allí ambos confiaban en recibir el frescor de la brisa del norte, aunque aquel día la esperanza resultase vana y tuvieran que conformarse con el aire que movían los portadores de dos grandes abanicos de plumas.
—Hoy Amón no parece dispuesto a regalarnos su aliento —se quejó Nefertary—. Si el viento del septentrión no es capaz de aliviar los rigores del verano en el palacio del señor de Kemet, no podrá hacerlo en ningún otro lugar.
Tutmosis alabó la ocurrencia, ya que sentía un gran respeto por la reina madre. Esta le había solicitado una audiencia antes de que el soberano partiera hacia Nubia, y ese era el motivo de aquella reunión.
—En ocasiones a Shu le gusta detenerse para ver mejor cómo crece el caudal del río —bromeó el rey.
—Es una de las prerrogativas del dios del aire, siempre tan caprichoso; por no hablar de los celos, que pueden llegar a reconcomerlo. Solo alguien como él hubiese sido capaz de separar a Geb, la tierra, y Nut, la bóveda celeste, para que de este modo no pudieran amarse.
—Demasiada crueldad para unos esposos que se quieren, ja, ja.
—Quizá tengas razón y Shu esté calculando el nivel que alcanzarán las aguas este año. Así sabrá el viento que necesitarán tus barcos para poder remontar el Nilo.
El faraón pareció considerar aquellas palabras.
—Los dioses determinarán lo que más convenga. No tengo duda de que partiré con la bendición de Amón, que soplará sin descanso hasta que alcancemos nuestro propósito —indicó el monarca con cierta solemnidad.
—El Oculto forma parte de tu ejército. Hace tiempo que tomó el relevo de Montu como dios de la guerra tebano. Por eso el señor de Karnak será quien guíe tu brazo para que sometas a los enemigos de Egipto. Recuerda que él fijó su vista en ti hace ya muchos hentis.
El dios asintió sin dejar de mirar a Nefertary.
—No olvides que él conoce el futuro, cuanto se esconde tras las cortinas del tiempo —prosiguió Nefertary—. Las épocas de penurias forman parte del pasado. Sonó la hora de que Egipto muestre su fortaleza y extienda su poder hasta tierras lejanas. Amón era conocedor de que llegaría este momento, y por eso te eligió.
Tutmosis esbozó una sonrisa, pues sabía que sin el apoyo de Nefertary jamás hubiera ascendido al trono. Esta captó al instante cuanto pensaba.
—El Oculto te dará fuerzas para que no desfallezcas —indicó la reina madre—. ¿Acaso olvidas que soy su esposa?
El faraón se sintió incómodo, pero no dijo nada.
—Acostumbro a hablar con el señor de Karnak a menudo —prosiguió Nefertary—. Como te adelanté, su deseo es que un faraón guerrero gobierne ahora en Kemet. Él sabe de tu bravura y buen caudillaje, y si honras a nuestro padre Amón como se merece, él se encargará de que los milenios te recuerden. Naciste para conducir ejércitos. Por eso estás aquí.
—Siento que el dios está en mí. Él también me habla, y cuando lo visito en su sagrada capilla en Ipet Sut[16] me da a conocer sus designios. Es el rey de los dioses y le serviré como a un padre.
—Me complace escuchar tan sabias palabras de labios de un Horus reencarnado. No es sencillo gobernar la Tierra Negra, pero si haces cumplir el maat, el orden y la justicia, Amón te ayudará en tu cometido, y yo también, siempre que así lo dispongas.
—Tú eres Egipto, gran Nefertary. Tu consejo siempre será el primero en ser escuchado; lo sabes muy bien.
—Me halagas, faraón. Eres un digno hijo del príncipe Amosis Sapair, que esté justificado ante Osiris. Llevas su sangre, que a su vez uniste a la de la Gran Esposa Real, mi hija Ahmés Tasherit. Es por ello que mis nietas han heredado el linaje más puro, aparte de otras muchas cualidades, aunque la pobre Neferubity carezca de buena salud.
Tutmosis se removió en su asiento, pues sabía lo que Nefertary escondía detrás de sus palabras. Como de costumbre, esta le adivinó el pensamiento.
—El dios Shu vuelve a hacer acto de presencia —apuntó la reina madre con jocosidad—, pero no seré yo quien lo utilice en este caso. Sería injusto atribuir a Shu la separación de todos los esposos de Egipto, y más aún si estos pertenecen a la casa real. No estoy hablando solo de privilegios —quiso aclarar Nefertary—, sino de la necesidad de asegurar la progenie que pueda heredar el trono.
El faraón escuchaba en silencio, pues ahora comprendía cuál era el verdadero motivo de aquel encuentro.
—Conozco los entresijos del harén como nadie. A pesar de dar siete hijos al gran Amosis, tuve que estar atenta a cada movimiento dentro del gineceo. Shu hizo intentos por alejarnos, pero mi esposo y yo nos amamos profundamente y siempre tuvimos en cuenta que lo verdaderamente importante era la Tierra Negra.
—Conozco cuanto tuvisteis que padecer, y los sacrificios pasados hasta liberar de nuevo Kemet de las manos extranjeras. Al igual que tu esposo, yo también amo a mi Gran Esposa Real.
—Lo sé muy bien, buen faraón, aunque para su desgracia Ahmés Tasherit no haya podido engendrar hijos varones.
—Por ese motivo tengo otras esposas —señaló Tutmosis, lacónico.
—No seré yo quien critique nuestras tradiciones. Mi interés va en otra dirección. Como señalaste antes siento Egipto como mío, y ahora está en tus manos.
Solo alguien como Nefertary podía permitirse hablar con semejante audacia al faraón, y este se limitó a sonreír al ver la grandeza que atesoraba la reina madre. Tutmosis estaba deseoso de saber hasta dónde quería llegar esta, e hizo un movimiento con la mano invitándola a continuar.
—Además de valiente eres sabio como Thot —dijo Nefertary—. Tu esposa Mutnofret te ha dado tres varones. A ellos corresponde heredar el trono de Horus si legitimas su sangre. Nadie mejor que tú conoce a tus hijos, y espero que sepas perdonar mi franqueza como lo haría un gran rey, y entender mi temor.
Tutmosis permaneció callado, y entre ellos se hizo un silencio en el que se podía presentir la incertidumbre de quien temía equivocarse. Hacía tiempo que el señor de las Dos Tierras había examinado la situación que Nefertary le planteaba. Conocía el lamentable estado en el que se hallaba el príncipe Uadjemose, incapacitado para gobernar, y el esfuerzo que hacía su hijo Amenmose por superar sus deficiencias. Todas sus esperanzas parecían circunscribirse a su tercer vástago, el pequeño Tutmosis, con poco más de cuatro años de edad. Este era robusto, pero con claros síntomas de retraso mental. El faraón confiaba en que Sekhmet se apiadara algún día de las dolencias de sus retoños, y elevaba con frecuencia ofrendas que calmaran la ira de «la poderosa». Mas, sin poder evitarlo, su corazón[17] terminaba por pensar siempre en Hatshepsut, y muchas noches meditaba sobre el gran faraón que iba a perder Egipto por el hecho de que su hija hubiera nacido mujer.
Sobre este particular Tutmosis no podía engañarse. Había reflexionado sobre ello más de lo aconsejable, sobre todo porque la mera posibilidad de que aquellos pensamientos tomaran carta de naturaleza era toda una locura. Ello conducía al faraón hacia aspectos que terminaban por convertirse en quiméricos, pues no tenían una respuesta clara. Entonces las dudas lo asaltaban, dudas que se le antojaban irresolubles o cuanto menos de difícil conclusión. Su corazón le invitaba a dejarse llevar por lo que resultaba evidente y dar el paso definitivo para nombrar a su primogénita sucesora al trono. Pero el pensamiento que anidaba en él hablaba acerca de los peligros que conllevaría una decisión semejante. Egipto se hallaba envuelto en lino cosido con intereses, y cambiar un vestido como aquel, urdido a través de milenios, hacía vacilar al faraón.
Como es natural, Nefertary ya conocía todos estos detalles, incluso se hacía cargo de las naturales vacilaciones de su real yerno, quien por otro lado también era nieto suyo, aunque la madre de este fuese una plebeya. Mas si por algo se distinguía la reina era por ser práctica. La vida no era sino una sucesión de pasos en pos de la consecución de objetivos. El apremio solía dar malos resultados en política, y en dicha materia pocos en Egipto podían igualar a Nefertary.
—Estoy de acuerdo contigo en la conveniencia de no precipitarse, gran Horus —dijo la gran dama tras haber leído el pensamiento al rey por enésima vez.
Este pareció salir de su abstracción para mirar de forma extraña a su suegra.
—Debes estar preparado, Tutmosis. Ese es mi consejo, si me lo aceptas, claro está. La Tierra Negra bien merece un pulso firme.
Tutmosis hizo un gesto extraño para volver a refugiarse en sus reflexiones. Como muy bien había dicho Nefertary, gobernar no era tarea fácil, y mucho menos calibrar las consecuencias de determinadas decisiones.
—Tampoco has de mortificarte, faraón. Eres fuerte y ahora tienes un ejército que te sigue. Dibuja el camino que te dicte el corazón y espera la respuesta de los dioses.
—Eres lúcida, gran reina. Por Thot que para ti Egipto carece de secretos.
—Vuelves a halagarme inmerecidamente, Tutmosis. Me temo que el dios de la sabiduría poco me favorezca, y mis razones solo sean producto de la edad.
—Sin embargo, escucharé a los dioses, tal y como tú me aconsejas.
—Quizá Amón tenga algo que decir —señaló Nefertary con tono enigmático.
El faraón arrugó el entrecejo en un intento por adivinar a dónde quería llegar la reina.
—El Oculto rige a esta dinastía desde su advenimiento —matizó Nefertary—. Él es libre de elegir, como lo hizo contigo.
—¿Qué quieres decir? —inquirió el rey con velada ansiedad.
—Permitamos que se manifieste.
—¿Propones que a mis vacilaciones agregue a los sacerdotes de Karnak? —intervino Tutmosis en tono festivo.
—Ja, ja. Los sacerdotes ya forman parte de ellas, pero un oráculo podría ayudarte a tomar la decisión correcta.
—¿Un oráculo? Hum... Parece algo exagerado..., sobre todo ahora que me preparo para ir a la guerra.
—Yo diría que es el momento idóneo.
—¿Sugieres que se celebre un oráculo sobre semejante cuestión en mi ausencia? —pareció escandalizarse Tutmosis...
—Se oficiaría solo bajo tu consentimiento. Estarías representado por alguna de tus magníficas estatuas; o mejor, por tu ka.
El señor de Kemet ahogó un suspiro, perplejo ante lo que escuchaba.
—Sigo pensando que el clero de Karnak se sorprendería ante una proposición semejante —indicó Tutmosis, confundido.
—Recuerda que estoy al frente de las «divinas adoratrices de Amón», y que como mano del dios tengo la facultad de aliviar su naturaleza. Nadie más que yo puede hacerlo en Egipto.
El faraón asintió aunque sus pensamientos estuvieran en otra parte. Nefertary tenía razón, como de costumbre, y un augurio de aquel tipo podría beneficiarle en el futuro. Los vaticinios siempre habían tenido una gran importancia en Kemet, sobre todo si venían desde el templo de Karnak. El hecho de estar combatiendo y no encontrarse en Tebas le favorecía, pues si surgía algún conflicto no se vería comprometido. Sin embargo, sentía ciertas reticencias a la hora de poner en manos de Ipet Sut una decisión como aquella.
Al ver la expresión del faraón, la reina madre sonrió para sí antes de continuar.
—Gran Tutmosis —dijo—. Regresa victorioso de Kush con tus bajeles rebosantes de oro y verás como los sacerdotes te muestran sus espaldas.
—Hatshepsut... —musitó el dios—. Ya tiene doce años y, sin embargo, parece una mujer.
—Mi difunto hijo, Amenhotep, subió al trono de Horus con solo diez años; yo fui su regente y sé muy bien de lo que hablo. Eso por no hablar de mi esposo, Amosis, que fue elegido faraón con apenas seis años. ¿Qué hubiese sido de ellos sin sus reinas?
El faraón pareció reflexionar un instante.
—Permitamos que Amón se manifieste —continuó Nefertary—. Él alumbrará el camino, como de costumbre.
—Has pensado en todo, gran reina —indicó Tutmosis, mordaz—. Dejemos pues que por esta vez se escuche al augur.
—Eres juicioso faraón. En tal caso permite que me encargue del asunto.
—Parece que los dioses te señalan como la persona idónea —recalcó el rey con cierta ironía.
—Bien, entonces te contaré lo que haremos.
Corría el segundo año de reinado del dios Aakheperkara, Tutmosis I, cuando la ciudad de Waset, a la que los siglos venideros conocerían con el nombre de Tebas, se engalanó para ver partir a sus guerreros inmortales. Era el día quince del segundo mes de Akhet, la estación de la inundación, y el río bajaba tan pletórico que en verdad se podía pensar que Khnum, el dios que habitaba en Elefantina, había tocado a rebato desde su cueva subterránea llamando a la crecida con su poderosa magia. Resultaba evidente que aquel año el Nilo iba a mostrarse generoso y que, una vez más, Hapy, el dios de las aguas, traería la abundancia a la tierra de Egipto. Era preciso aprovechar aquella circunstancia para poder adentrarse en Nubia. Al aumentar el caudal y desbordarse el río, las naves del faraón podrían remontar el Nilo y sortear sus cataratas, aunque ello no dejase de entrañar peligro. La enorme riada producía aluviones capaces de arrastrar los barcos, y era necesario un gran conocimiento del río así como de los parajes hostiles por los que navegarían.
Por fortuna el señor de las Dos Tierras contaba con el hombre idóneo para este cometido, un personaje que a pesar de su edad era capaz de dirigir aquella travesía con seguridad, y al que todos respetaban: Amosis, hijo de Abana. El hecho de que aquel legendario soldado se hubiera unido a la expedición había desatado la euforia en los corazones hasta transmitir un beligerante patriotismo, como no se recordaba. El conocido como «jefe de los remeros», a quien el faraón había nombrado almirante de su flota, se encargaría de transportar sano y salvo al ejército del dios hasta los confines del país de Kush.
Las trompetas llamaban a los bravos y los tambores redoblaban con estrépito en tanto los ciudadanos se echaban a las calles para ver embarcar a las tropas. En su palacio, Tutmosis se despedía de sus seres queridos rodeado por sus generales y notables. Ante los presentes, el primer profeta de Amón, Perennefer, trasladaba al señor de Kemet las bendiciones que el Oculto derramaba sobre él. La campaña sería un éxito, sin duda, y a su regreso triunfal se elevarían loas al rey de los dioses por no haber abandonado al faraón en la batalla. Los prebostes se observaban de soslayo, todos con sus particulares máscaras, calibrando cada pestañeo, pues sabían que aquella mañana comenzaba una nueva época para Egipto, que cambiaría su historia para siempre. Ya nada sería igual, y el que más o el que menos hacía sus cálculos, ya que se abrían horizontes desconocidos que se adivinaban prometedores. Aquella no era una expedición más, sino el inicio de un camino inédito hasta entonces.
Todos escucharon las palabras del dios con atención, en tanto Nefertary paseaba su mirada por los presentes con suma discreción, sin hacer ni un gesto. Ella los conocía bien y, mientras los escrutaba, jugaba a imaginar lo que pensaba cada uno y cuáles eran las expectativas que alimentaban. Al ver el rostro de su hija supo lo que sentía su corazón. Este se encontraba atribulado por la marcha de su esposo, así como por las consecuencias que podría depararle aquella contienda. Por fin Ahmés Tasherit había ocupado el lugar que le correspondía como reina. Era la soberana del resto de las esposas reales, un título que le otorgaba un gran poder, pero que de nada valdría si su divino esposo tuviese la desgracia de morir en aquella guerra. Si eso ocurriera, uno de los hijos de Mutnofret ocuparía el trono de Horus, y ella sería apartada de inmediato de la corte para ver como su odiosa rival se convertía en mut nisut, madre del rey, un puesto que le daría una enorme preponderancia. Nefertary conocía aquellos sentimientos por haberlos sufrido en sí misma, y al reparar en la presencia de Mutnofret estuvo segura de que esta pensaba lo mismo que su hija. La segunda esposa abrigaba sus ambiciones, y poseía cualidades para llevarlas a efecto. La reina madre sabía que Mutnofret contaba con apoyos, y a pesar de ser una esposa secundaria disponía de la alianza que le daría el tiempo. Solo debía esperar a que uno de sus hijos gobernara la Tierra Negra.
Nefertary suspiró para sí sin perder la compostura. Mutnofret poseía las mejores bazas, pero en aquella partida quizá esto no fuera suficiente. El tablero era mucho más complicado que el del juego del senet, y para ganar sería necesario saber mover las piezas de forma adecuada.
Hatshepsut fue también motivo de su atención. Era la dama de aquel juego, aunque todavía ella no lo supiera, y al observarla en su lugar, revestida de toda dignidad, Nefertary sintió una puntada de orgullo que iba mucho más allá del parentesco. Su nieta iba a ser hermosa, sin duda, aunque fuese su porte de reina lo que destacaba sobre todo lo demás. Ella conocía de sobra el resto de las cualidades que le habían otorgado los dioses, y no tenía dudas de que muchos de los asistentes aquel día también las percibían. Nada escapaba a las miradas de la corte y mucho menos si el motivo de atención representaba un peligro.
Semejante idea la satisfizo. Si había algo capaz de inspirar respeto era el temor, y Hatshepsut tenía capacidad para infundirlo. La joven había recibido una buena crianza, ya que la nodriza se había encargado de educarla a la vieja usanza, con cariño y a la vez con disciplina, tal y como la reina madre le había sugerido. Esta sentía un gran respeto por Sat Ra, pero llegaba el tiempo de hallar para su nieta un nuevo preceptor, un mayordomo para su casa acorde con el juego que debía desarrollarse. Su actual tutor, Amosis Penejbet, iba a estar inmerso en las guerras que, estaba convencida, Tutmosis llevaría a cabo durante su reinado, y por ello debía encontrar otro «padre nutricio» que fuese de su confianza.
La buena de Sat Ra siempre sería para su nieta como una segunda madre, unidas a pesar del paso de los años; y luego estaba Ibu, hija natural de la nodriza real, por quien Nefertary sentía una viva simpatía. Le gustaba aquella muchacha de finos rasgos y ojos de gacela, pues en ella veía el contrapunto perfecto para la princesa. Era la persona idónea para mostrar a Hatshepsut el otro lado de una idea, las ocultas consecuencias, ya que era reflexiva y perspicaz. Ambas jóvenes se amaban como verdaderas hermanas, y la reina se encargaría de que nunca se separaran.
Nefertary volvió a fijar su atención en el resto de los allí presentes. Ningún alto cargo que se preciara hubiese faltado a un acto tan solemne como aquel, y la gran dama buscó con la mirada a quien más le interesaba, un personaje discreto que permanecía en segunda fila, como correspondía a su prudente naturaleza. Era una pieza fundamental para el transcurso de la partida, y representaba el siguiente movimiento que era necesario realizar. Nefertary fijó su vista en él hasta que sus miradas se cruzaron. Shai había puesto a Ineni en su camino, y la reina jamás osaría desairar al dios del destino.
Antes de abandonar su palacio camino de la guerra, Tutmosis se despidió de su familia y al aproximarse a Hatshepsut reclamó la atención de los presentes para dejar una frase para la historia: «La pondré en mi lugar».
Apenas habían pasado tres meses desde la partida del faraón cuando, una noche de invierno, una figura embozada llamaba a la puerta de la residencia de Nefertary. Era una noche sin luna, en la que Nut había decidido ocultar su bóveda estrellada y encapotar el cielo de Egipto con espesas nubes. Hacía frío, y las calles se mostraban solitarias, sin vida, como si hubieran sido abandonadas a su suerte. Los ciudadanos permanecían en el interior de sus casas, al amor de la lumbre hecha con excrementos secos, y ni siquiera los chacales se habían dado cita en los vertederos de basura que solían acumularse en los callejones. Tebas se sumía en una atmósfera tenebrosa que invitaba al mal augurio, pues no en vano era día diecisiete del mes de Tobe, quince de diciembre, adverso donde los hubiese, en el que se creía que el país se hallaba en tinieblas y no se aconsejaba bañarse. Si había un pueblo que solía mantenerse fiel a su calendario ese era el egipcio, y en aquella jornada tenida por funesta, no solo habían evitado lavarse con agua, sino también deambular por las calles a horas intempestivas, ya que las tinieblas solo eran apropiadas para los demonios del Amenti,[18] y bajo ninguna circunstancia estaban dispuestos los vecinos a encontrarse con ellos.
Sin embargo, aquel tipo solitario parecía ajeno a tales consideraciones, y cualquiera que se hubiese encontrado con él en una noche tan tenebrosa hubiese caído fulminado al pensar que se hallaba ante un ser del Inframundo, lo cual no dejaba de ser una paradoja, ya que aquel caminante era muy respetado y calificado como un hombre de dios.
El desconocido se arrebujó con la frazada para protegerse mejor del viento que comenzaba a soplar con fuerza, al tiempo que se cercioraba de no haber sido seguido por nadie. Escrutó en rededor, pero la oscuridad devoraba cualquier mirada que quisiera desafiarla. Solo aquel viento osaba acompañarle en aquella calle convertida en un pozo negro que parecía capaz de tragárselos a todos. Por fin la puerta se abrió, y una débil bujía vino a dar vida a las fantasmagóricas formas que se dibujaban en el jardín, imágenes que se cimbreaban movidas por el vendaval al tiempo que emitían quejumbrosos gemidos, como si se tratase de árboles condenados.
Al entrar en el palacete las penumbras desaparecieron, y al punto fue conducido a la presencia de la reina madre, quien lo esperaba junto a un brasero mientras tomaba una copa de vino del Delta y unos pastelillos.
—La noche invita al asilo y a buscar la protección de nuestros dioses. Apofis bien pudiera andar suelta por las calles. Te doy las gracias por venir a visitarme.
El invitado hizo un gesto ambiguo y luego rechazó con cortesía los pastelillos y el vino que le ofrecían.
—Te advierto que es nedjem, endulzado con miel, de los mejores viñedos de Buto, muy difícil de encontrar —señaló la dama.
El desconocido asintió, pero se limitó a tomar asiento en tanto se despojaba de su capote. Nefertary lo estudió un momento, aunque ambos ya se conocieran desde hacía años. Al ver su cabeza tonsurada y su rostro desprovisto de cualquier atisbo de vello, la reina se felicitó por tener un aliado semejante, un hombre sobre el que tenía puestas grandes esperanzas. La señora sabía reconocer a un buen hijo de la Tierra Negra en cuanto lo veía, y aquel era uno de los mejores.
—El momento de poner en marcha nuestros planes se aproxima y para entonces Karnak deberá estar preparado —advirtió la reina.
—Lo estará. Yo me encargaré de que así sea.
—Olvidaba la buena opinión que tienes de ti mismo, Hapuseneb, que por otra parte creo es merecida —bromeó la dama—. Mas todos conocemos los recovecos que pueden llegar a aparecer en un templo tan grande como el de Karnak.
—Ipet Sut es mi casa y yo soy allí la cuarta autoridad. Tu Majestad me puso en el camino del Oculto para que pudiera servirle como corresponde —señaló el invitado con solemnidad.
—Amón supo ver las grandes cualidades que posees para su servicio y también para la Tierra Negra. Como su esposa divina puedo decirte que se siente complacido de que seas su cuarto profeta, y confía en que algún día te conviertas en el sumo sacerdote de su clero.
—Él conoce lo que ha de venir, y ordena el tiempo y sus circunstancias.
—Así es, por eso es tan importante tu concurso, buen Hapuseneb. Los tiempos venideros necesitarán de tu persona, pues has de convertirte en el áncora que sostenga a mi progenie.
—Mi lealtad hacia tu casa está forjada en el granito, gran reina.
—Lo sé; aunque deberás sacrificarte por algún tiempo hasta que llegue tu momento.
—La paciencia es una virtud que se aprende entre los muros de los templos.
—Y Amón te recompensará por ello. Mas ahora conviene que no muestres ningún atisbo de ambición. Perennefer debe continuar como primer profeta durante muchos años.
—Él no es proclive a nuestra causa, mi nebet.
—Precisamente. Conviene que sea así. Debe sobrevalorar su poder. Por el momento habrá de plegarse a nuestros deseos. El oráculo tiene que celebrarse, pues es voluntad del señor de las Dos Tierras que así ocurra. Perennefer no dará demasiada importancia al hecho de que una princesa de doce años se someta al vaticinio del Oculto, cuando existen tres herederos varones, pero nosotros sí. Por tal motivo es imprescindible que Amón nos sea propicio. Tú debes garantizarlo.
Hapuseneb asintió con una media sonrisa.
—Yo misma iré a visitarlo a su sanctasanctórum, como mi esposo divino que es —continuó la reina—, para pedirle su favor y también su consejo ante lo que ha de venir.
La señora azuzó las ascuas del brasero mientras reflexionaba antes de proseguir.
—Las noticias recibidas de Kush no pueden ser mejores. El dios avanza como un halcón, imparable, derrotando a sus enemigos y haciendo un gran botín —señaló Nefertary con la vista fija aún en el brasero.
—Lo sé —contestó Hapuseneb, lacónico.
La gran dama rio quedamente.
—Olvidaba la facilidad con que las noticias llegan a Karnak —subrayó ella, mordaz.
—Es la facultad del Oculto. Como bien dijiste con anterioridad, él conoce lo que ha de venir y tiene el don de la omnipresencia.
—En ese caso ya sabrá que su templo se enriquecerá con esta guerra.
—Mucho más con las venideras, hemet netcher, esposa del dios. Eso lo sabemos todos.
—Tienes razón. No habrá dios más poderoso que Amón en Egipto. Ha sido un acierto asimilarlo a Ra. Ambos dioses en uno se me antoja la simbiosis perfecta: Amón Ra.
—Así es. El rey y el padre de los dioses en una misma figura. Los dos cleros se beneficiarán de ello.
—Y Egipto saldrá triunfante. Pero dime, Hapuseneb, ¿qué hará Karnak con tanto oro como recibirá en el futuro?
El cuarto profeta permaneció un instante pensativo antes de contestar.
—Se enriquecerá, naturalmente.
—Hum. No conozco un medio mejor para hacer política. Oro y religión; no se me ocurre una frase más persuasiva para los oídos de un dios.
—Bien sabes que hacemos política desde hace años. Tú misma formas parte de nuestro clero. Los intereses de Karnak son también los tuyos.
—Por tal motivo mi familia tiene una alianza con Ipet Sut, alianza que espero se mantenga, y en la que confío para gobernar Kemet como corresponde.
—Tú mejor que nadie conoces las singularidades que esconden nuestros templos. Pero, como te dije antes, cuentas con mi lealtad y el favor de todos los hombres de bien que sirven a nuestro padre Amón.
—Tus palabras resultan reconfortantes, sin duda —señaló Nefertary en un tono ciertamente burlesco—. El señor de las Dos Tierras llevará a cabo más guerras. Kemet extenderá sus fronteras y esto traerá consigo nuevas contiendas, y con ello más oro.
—Botines que serán bien recibidos en Karnak, y que harán que Amón bendiga al faraón cada día de su larga vida.
—Será entonces, en los tiempos en que el Oculto nade en la abundancia, cuando no deberá olvidarse la sagrada alianza forjada en los comienzos de esta dinastía. Tú serás garante de ello, Hapuseneb, pues solo así podrán llevarse a cabo los planes que ya forjó mi divina madre, la reina Iahotep.
Hapuseneb se levantó para ir a inclinarse ante la reina.
—Mi fidelidad hacia ti nació con mi razón. No recuerdo nada antes de que tú me dieras la esperanza y una nueva vida que me permitió alcanzar el conocimiento. Siempre vi en tu acogida la mano de los dioses, y en tu protección un milagro inesperado que me permitió encontrar el saber oculto.
—Me complace cuanto dices, y me congratulo de que Kemet no haya perdido una mente tan preclara como la tuya, gracias a mi ayuda. Me hice cargo de un ser desorientado para convertirlo en un hombre que algún día será santo.
Hapuseneb besó el suelo para volver a sentarse a instancias de la reina.
—Recuerda que, aunque Karnak esté ansioso de nuevas guerras que le proporcionen mayores riquezas, hará bien en dilatarlas. Llegará el día en que sea necesario gestionar lo conquistado para engrandecer la Tierra Negra. Los templos se verán embellecidos, pues tal debe ser su sino inmortal. Ellos quedarán en el recuerdo durante milenios, y los dioses estarán satisfechos ante las ofrendas recibidas por su pueblo. Cuando están contentos, ellos velan por todos nosotros colmándonos de bendiciones. No olvides que es el faraón quien responde en nuestro nombre ante las divinidades, y Karnak deberá ayudarle en los momentos de flaqueza.
—Tus palabras están llenas de sabiduría, gran reina, y hoy reitero mi servicio a tu causa. Mis ojos escrutarán donde otros no pueden, y mis oídos escucharán aquello que se susurre detrás de los muros de granito. Nada permanecerá oculto a mi corazón. Yo también vislumbro el tiempo que ha de venir, y estoy preparado para soportar los cimientos de tu casa...
—Sé que tus piernas no flaquearán, buen Hapuseneb. Ahora es necesario que tengas todo preparado para el próximo mes. El veintinueve me parece un buen día. Encárgate de recordar a quien corresponda que el señor de las Dos Tierras está detrás de tan solemne acto, y que su palabra no se discute. Él desea que el oráculo sea favorable, y así debe ocurrir. Como pudiste comprobar, manifestó su amor por Hatshepsut públicamente, así como su decisión de hacerla su heredera. En la princesa se halla el fin de nuestro juego.
—En mí encontrará siempre un aliado, así como mi mejor consejo.
—Los necesitará.
—Dicen que en el Gran Verde[19] las olas no tienen fin. Al parecer es un lugar baldío, en el que nada crece, solo la espuma que blanquea las crestas teñidas de cobalto. Es el reino del caos en el que solo puede señorear Set, el Rojo. Esas olas se asemejan a las intrigas que se fraguan a diario en la Tierra Negra, algunas rompen en la orilla con estrépito, y otras muchas son sigilosas, pero siempre vienen y van, sin descanso. Solo la nave firmemente construida y bien gobernada puede desafiar a tales peligros. Yo haré que se fabrique un barco de la mejor madera, digno de un dios.
Nefertary se quedó estupefacta ante semejantes palabras, aunque lo disimulara con su naturalidad habitual. Durante un rato ambos contertulios guardaron silencio, y la reina aprovechó para tomar un pastelillo y otra copa de vino.
—Es uno de los pocos placeres a los que mi edad no se resiste —se disculpó la reina—. Como dijo el sabio Ptahotep hace mil años, «la vejez es mala», aunque a mí me resulte rebosante de clarividencia.
Hapuseneb asintió sin hacer el menor gesto, tal y como había aprendido hacía muchos hentis. Su rostro parecía cincelado en cera, blanquecino y fantasmagórico, como surgido de ultratumba.
—Tu símil me parece muy adecuado, Hapuseneb; yo no lo hubiera expresado mejor. Creo que para gobernar con seguridad esa nave de la que hablas necesitaremos un piloto, alguien digno de formar parte de nuestra tripulación, ¿no te parece?
El sacerdote dirigió a la dama una mirada de complicidad.
—Convendrá estar atento a cualquier señal que nuestro padre Amón tenga a bien proporcionarnos —aseguró Nefertary—. Confío en que también puedas serme de gran ayuda en este particular.
—Rezaré al Oculto para que ilumine nuestros corazones.
—Que él te acompañe hasta Karnak —dijo la reina, dando por terminada aquella entrevista—. Honrémosle con nuestra prudencia. Supone la mejor ofrenda.
Cuando Hapuseneb abandonó la casa, el viento ululaba cual exhalado por los chacales de la necrópolis. El ejército de Anubis cantaba desde los cerros del oeste y el aire creaba caprichosos remolinos en las polvorientas callejuelas. La oscuridad se cubría con tupidos visillos tejidos por la tolvanera surgida del arenal, suspendidos del encapotado cielo por los invisibles dedos del dios de las tormentas. Set andaba suelto en aquella hora, y Hapuseneb se embozó bajo la frazada para protegerse de las punzadas de la fina arena. El ambiente se le antojaba ilusorio, como también lo era el escenario en el que había de representar su papel. Todo se encontraba por escribir, y al abrirse paso entre los espesos cortinajes pensó que entraba a formar parte de aquella ilusión para no regresar jamás. Se abría la puerta que daba acceso a una nueva dimensión, una senda que le conduciría a un Egipto imposible, o quizá hacia un sueño del que ya no podría despertar. No se le ocurría un sortilegio mayor.