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Viernes, 16:45 horas

La carretera se curva y retuerce de forma inesperada a medida que sube y se adentra en las Montañas de Catskill, como si cuanto más se alejara de la civilización, más inseguro se fuera volviendo el camino. Las sombras se van oscureciendo y el tiempo va empeorando. El río Hudson está ahí, apareciendo y desapareciendo de la vista. El bosque que se eleva a cada lado de la carretera tiene algo de acechante, como si pudiera tragarte entero. Es el bosque de los cuentos de hadas. Sin embargo, la nieve que cae suavemente le da a todo cierto encanto de postal.

Gwen Delaney agarra el volante con fuerza y entrecierra los ojos al mirar por el parabrisas. Ella es más de tenebrosos cuentos de hadas que de tarjetas postales. La luz se está yendo. Pronto oscurecerá. La nieve que cae hace que la conducción se vuelva más difícil y agotadora. Son tantos los copos que golpean el cristal que siente como si estuviese atrapada en una especie de videojuego implacable. Y la carretera se está volviendo claramente más resbaladiza. Da gracias por tener en su pequeño Fiat unos buenos neumáticos. Todo se está convirtiendo en una niebla blanca. Resulta difícil saber dónde termina la carretera y dónde empieza la cuneta. Se sentirá aliviada cuando lleguen. Empieza a desear haber elegido un hotel algo menos remoto. Este queda a varios kilómetros de todo.

Riley Shuter guarda silencio en el asiento del copiloto, formando una bola de tensión callada. Es imposible no percatarse de ello. El simple hecho de estar a su lado en el interior del pequeño coche pone nerviosa a Gwen. Espera no haber cometido un error al haberla llevado hasta allí.

Gwen piensa que el objetivo de esta pequeña escapada es conseguir que Riley se tranquilice un poco, sacarle algunas cosas de la cabeza. Gwen se muerde el labio y fija la atención en la carretera que tiene por delante. Es una chica urbanita, nacida y criada en la ciudad. No está acostumbrada a conducir por un terreno montañoso. Ahí arriba está muy oscuro. Se está poniendo muy nerviosa. El trayecto ha durado más de lo previsto. No deberían haber parado a tomar café en ese sitio tan mono y antiguo que han encontrado en el camino.

No está segura de qué esperaba al proponer esta salida de fin de semana aparte de un cambio de escenario y una oportunidad para pasar un tiempo juntas y tranquilas, sin nada que le recuerde a Riley que su vida está echada a perder. Quizá ha sido una ingenuidad.

Gwen tiene también su propio bagaje, menos reciente, y también lo lleva con ella allá donde vaya. Pero está decidida a dejarlo atrás, al menos durante este fin de semana. Un pequeño hotel de lujo en medio de las montañas, buena comida, sin internet, naturaleza impoluta. Es exactamente lo que las dos necesitan.

Riley mira nerviosa por la ventanilla del coche, escudriñando los bosques en sombra mientras trata de no imaginar que pueda aparecer alguien delante del coche en cualquier momento haciéndoles una señal para que se detengan. Aprieta las manos en el interior de los bolsillos del plumas. Se recuerda a sí misma que ya no está en Afganistán. Está en casa, a salvo, en el estado de Nueva York. Nada malo le puede pasar aquí.

Su trayectoria profesional la ha cambiado. Después de todo lo que ha visto, Riley está tan distinta que casi no se reconoce a sí misma. Lanza una mirada furtiva a Gwen. Antes estaban muy unidas. Ni siquiera sabe bien por qué ha aceptado venir con ella a este hotel rural tan apartado. Observa cómo Gwen está concentrada en la sinuosa carretera que sube por la resbaladiza pendiente hacia el interior de las montañas.

—¿Estás bien? —pregunta, de repente.

—¿Yo? —responde Gwen—. Sí, estoy bien. Debemos de estar a punto de llegar.

En la facultad de periodismo, cuando las dos estudiaban en la Universidad de Nueva York, Gwen era la estable y la pragmática. Pero Riley era ambiciosa. Quería encontrarse allí donde estuviesen sucediendo las cosas. Gwen no era aficionada a la aventura. Siempre había preferido los libros y la tranquilidad. Al salir de la facultad de periodismo, al no poder encontrar un trabajo decente en un periódico, Gwen se había valido rápidamente de sus dotes para conseguir un buen puesto en un departamento de comunicación empresarial y parecía que nunca se había arrepentido de ello. Pero Riley se había orientado al trabajo en zonas de guerra. Y había conseguido no perder la cabeza durante mucho tiempo.

¿Por qué hace esto? ¿Por qué no deja de pensar en ello? Siente cómo empieza a desmoronarse. Trata de ralentizar el ritmo de la respiración, tal y como le han enseñado. De evitar que vuelvan esas imágenes, que se adueñen de ella.

David Paley deja su coche en el aparcamiento que han despejado de nieve a la derecha del hotel. Sale del vehículo y se estira. El mal tiempo ha hecho que el viaje desde la ciudad de Nueva York haya sido más largo de lo esperado y ahora siente los músculos agarrotados, un recuerdo de que ya no es tan joven. Antes de coger su bolsa de viaje del asiento de atrás de su Mercedes, se queda un momento bajo la nieve que cae con fuerza, mirando al Mitchell’s Inn.

Es un edificio de tres plantas de aspecto elegante, con ladrillo rojo y elaboradas molduras rodeado por un bosque. La fachada del pequeño hotel queda a plena vista, con lo que debe de ser una explanada de césped bastante imponente bajo toda esa nieve. Unos altos y viejos árboles carentes de hojas pero cubiertos de blanco parecen avanzar hacia el edificio desde una corta distancia. Delante, un árbol enorme en medio del césped extiende sus gruesas ramas en todas direcciones. Está cubierto por completo por una nieve blanca, limpia y esponjosa. Se respira aquí una sensación de tranquilidad, de paz, y nota cómo los hombros se le empiezan a relajar.

En las tres plantas hay grandes ventanas rectangulares que guardan entre sí una distancia regular. Unos anchos escalones llevan a un porche de madera y una doble puerta decorada con ramas de siemprevivas. Aunque sigue habiendo luz, poca, los faroles de ambos lados de la puerta están encendidos y un suave reflejo amarillo sale de las ventanas de la planta baja, dando al edificio una apariencia cálida y acogedora. David se queda quieto mientras desea que las tensiones del día —y de la semana y de los años— vayan disminuyendo mientras la nieve cae suavemente sobre su pelo y le acaricia los labios. Siente como si estuviese adentrándose en una época anterior, más amable e inocente.

Va a intentar no pensar en el trabajo durante cuarenta y ocho horas enteras. Todo el mundo, por muy ocupado que esté, necesita recargar las pilas de vez en cuando, incluido —y quizá especialmente— un importante abogado criminalista. No es común que pueda concederse algún tipo de descanso y, mucho menos, un fin de semana entero. Está decidido a disfrutarlo.

Viernes, 17:00 horas

Lauren Day mira al hombre que está a su lado, Ian Beeton. Conduce su coche con habilidad bajo unas condiciones bastante complicadas y hace que todo parezca fácil. Tiene una sonrisa encantadora y la dirige ahora hacia ella. Lauren también le sonríe. Él es, además, atractivo, alto y delgado, pero fue la sonrisa lo primero que le atrajo, ese encanto relajado que le hace tan interesante. Lauren busca en su bolso el lápiz de labios. Lo encuentra —un bonito tono rojo que le ilumina la cara— y se lo aplica con cuidado mientras se mira en el espejo de la visera del asiento del copiloto. El coche derrapa un poco y ella deja lo que estaba haciendo, pero Ian endereza el vehículo con destreza. La carretera se vuelve más empinada y el coche muestra cada vez más tendencia a virar a la vez que pierde tracción.

—Se está poniendo resbaladizo —dice ella.

—No te preocupes. Nada que yo no pueda controlar —responde él sonriéndole. Ella le devuelve la sonrisa. Le gusta también su seguridad.

—¡Eh! ¿Qué es eso? —exclama Lauren de repente. Hay una forma oscura delante de ellos, a la derecha. El día está gris y con tanta nieve cayendo cuesta ver bien, pero parece como si hubiese un coche en la cuneta.

Mira bien por la ventana al pasar junto al vehículo mientras Ian busca un lugar donde detenerse.

—Creo que hay alguien en ese coche —dice ella.

—¿Por qué no tiene encendidas las luces de emergencia? —murmura él. Detiene su vehículo lentamente a un lado del camino, con cuidado de no derrapar y salirse él también de la carretera. Lauren abandona la calidez del coche y se hunde varios centímetros en la nieve virgen, que de inmediato cae por el interior de sus botas y hace que los tobillos le ardan. Oye cómo Ian sale a su vez del coche y cierra la puerta con un golpe.

—¡Eh! —grita ella al coche inmóvil. La puerta del conductor se abre despacio.

Lauren baja la pendiente con cuidado, resbalándose. El suelo es irregular y le cuesta mantener el equilibrio. Llega al coche y se agarra a la puerta con la mano izquierda para sujetarse a la vez que mira al interior del asiento delantero.

—¿Estás bien? —pregunta.

Quien conduce es una mujer de edad cercana a la suya, unos treinta años. Parece un poco mareada, pero el parabrisas no está roto y tiene puesto el cinturón de seguridad. Lauren mira a la mujer que está en el asiento del acompañante. Tiene la cara pálida y sudorosa y la mirada fija al frente, como si Lauren no estuviese allí. Parece como si hubiese sufrido una tremenda conmoción.

La conductora mira rápidamente a su compañera y, después, a Lauren con expresión de gratitud.

—Sí, estamos bien. Nos hemos salido de la carretera hace unos minutos. Nos estábamos preguntando qué hacer. Por suerte para nosotras has aparecido tú.

Lauren nota que Ian se acerca tras ella y se asoma por encima de su hombro para mirar a las dos mujeres del interior del coche. Las mira con su encantadora sonrisa.

—Parece que vais a necesitar una grúa.

—Genial —dice la conductora.

—¿Adónde ibais? —pregunta Lauren.

—Al Mitchell’s Inn —responde.

—Pues menuda suerte —dice Ian—. Ahí es adonde nos dirigimos también. Aunque no creo que haya muchos más sitios por aquí. ¿Por qué no venís con nosotros y desde el hotel pedís que venga alguien a sacaros el coche?

La mujer sonríe aliviada y asiente. Es obvio que está encantada de que la rescaten. Lauren no la culpa. Podrían haber muerto congeladas de tener que quedarse ahí solas. Pero la mujer que está con ella no reacciona. Parece sumida en su propio mundo.

—¿Tenéis maletas? —pregunta Lauren.

—Sí, detrás. —La conductora sale del coche y se acerca con dificultad entre la profunda nieve hasta la parte posterior del vehículo. Su pasajera parece ahora despertar de su trance y abandona el vehículo por su lado. La conductora abre el maletero a la vez que la mujer aparece junto a ella. Cada una coge una bolsa de viaje.

Ian extiende la mano y la ofrece a las tres mujeres para subir a la carretera. Incluso con ayuda, resulta complicado hacerlo.

—Muchas gracias —dice la conductora—. Me llamo Gwen y esta es Riley.

—Yo soy Lauren y este es Ian —contesta ella—. Entremos en el coche. Hace mucho frío. —Lanza una mirada furtiva a la mujer que se llama Riley y que no ha pronunciado palabra. Se pregunta qué le pasará. No le cabe duda de que hay algo en ella que resulta raro.

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2

Viernes, 17:00 horas

Beverly Sullivan deja caer la bolsa de viaje a sus pies y recorre la vista por la habitación. Es perfecta. Igual que en el folleto. Hay aquí cierto lujo anticuado al que no está acostumbrada y recorre la habitación tocando cosas. La cama antigua y enorme está llena de almohadas. El armario tallado es precioso y la gruesa alfombra oriental debe de haber costado una fortuna. Se acerca a las ventanas, que dan a la parte delantera del hotel. La nevada ha hecho que todo adquiera una belleza indescriptible. La nieve recién caída siempre le provoca una sensación de esperanza.

Se aparta de las ventanas y se asoma al baño que hay dentro de la habitación, un oasis impoluto de mármol blanco y esponjosas toallas blancas. Comprueba su aspecto brevemente en el repujado espejo que hay sobre el tocador y se da la vuelta. Tras sentarse en la cama y comprobar su comodidad, empieza a preguntarse por qué tarda tanto su marido. Henry se ha quedado abajo en la recepción para preguntar por unos esquíes de fondo y Dios sabe qué más y ella ha subido sola a la habitación. Él insistió en que no le esperara, aunque ella habría estado perfectamente dispuesta a sentarse en uno de esos sillones o sofás de terciopelo azul oscuro que rodean la chimenea del vestíbulo mientras él revisaba el equipo. Pero no ha querido darle más vueltas. Intenta no sentirse decepcionada. Henry va a tardar un poco en empezar a relajarse. Pero parece que está buscando formas de llenar de actividades su fin de semana, cuando lo único que ella desea es estar tranquila y que los dos pasen el tiempo juntos sin más. Es casi como si él estuviese evitando estar con ella, como si ni siquiera deseara estar allí.

Sabe que su matrimonio está... deteriorado. No diría que está en apuros exactamente. Pero necesita un esfuerzo. Se han ido separando, cada uno ha empezado a dar por sentado que el otro va a estar ahí. Ella también es culpable. ¿Cómo sobreviven los matrimonios modernos a todas las fuerzas que convergen para separarlos? Exceso de confianza, la rutina de la vida doméstica, de pagar facturas, de educar a los niños. De tener trabajos a jornada completa y siempre demasiadas obligaciones. No sabe si una escapada de fin de semana a un lugar encantador y perdido en medio de las montañas servirá de algo, pero podría ser un comienzo. Necesitan con desesperación una oportunidad para volver a conectar, para recordar qué les gusta del otro. Lejos de adolescentes malhumorados que siempre están de pelea, que exigen su atención y que los dejan sin energías. Suspira y siente un bajón interior. Ojalá no discutieran tanto por los niños. Espera que aquí puedan hablar de cosas sin que los interrumpan, sin tener de fondo esa tensión constante y agotadora.

Se pregunta con cierta inquietud cómo se va a desarrollar el fin de semana y si para cuando regresen a casa habrá cambiado algo.

Henry Sullivan se detiene junto al mostrador de recepción del vestíbulo a la izquierda de la magnífica escalera. El olor de la leña que arde en la chimenea le recuerda a las Navidades de su infancia. Mira unos resplandecientes folletos que anuncian restaurantes y atracciones cercanos. Aunque lo de «cercanos» quizá sea decir demasiado. Están bastante lejos de allí. Por desgracia, con toda la nieve, parece que de todos modos va a resultar demasiado complicado ir a cualquier sitio, pero el joven de la recepción le ha dicho que mañana van a pasar las quitanieves y que las carreteras van a estar bien. Henry se palpa el teléfono móvil en el bolsillo de sus pantalones. Aquí no hay cobertura, cosa que no se esperaba. Beverly no lo había mencionado. Siente una punzada de fastidio.

No sabe bien por qué aceptó pasar este fin de semana fuera, salvo quizá por la culpa. Ya se está arrepintiendo. Lo único que quiere es volver a casa. Fantasea con la idea inofensiva de regresar al coche y dejar ahí a su mujer. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que ella se diera cuenta de que se ha ido? ¿Qué haría? Abandona esa fantasía de inmediato.

Últimamente, su mujer parece cada vez más infeliz pero no es solo por culpa de él, se dice. Es también por los niños. Por su trabajo. Por la cercanía de la mediana edad. Por el ensanchamiento de su cintura. Por todo. Pero no se puede hacer responsable a una persona de la felicidad de otra. Es ella la responsable. Él no la puede hacer feliz.

Aun así, no es ningún canalla. Sabe que no es tan sencillo. Antes la amaba. Es la madre de sus hijos. Pero ya no la ama. Y no tiene ni idea de qué hacer al respecto.

Dana Hart da zapatazos para quitarse la nieve de sus botas Stuart Weitzman en el escalón de la puerta y recorre la vista por el vestíbulo con aprobación. Lo primero que le sorprende es la imponente escalera central. El pilar y la barandilla son de una madera pulida y oscura minuciosamente tallada. Las escaleras son anchas, cubiertas por una gruesa alfombra con oscuros motivos florales. Puede ver el centelleo de la barra de metal que sujeta la alfombra en su sitio. Es muy impresionante y eso que, últimamente, Dana no se impresiona fácilmente. La escalera le recuerda a la Escarlata O’Hara de Lo que el viento se llevó o, quizá, a la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses. Es de ese tipo de escaleras, piensa, para las que una se pone sus mejores galas y hace una entrada triunfal. «Estoy lista para mi primer plano». Por desgracia, no se ha traído ningún vestido de noche. Es una lástima desperdiciar una escalera tan magnífica, piensa. A continuación, ve la gran chimenea de piedra del lado izquierdo del vestíbulo. A su alrededor, se han colocado varios sofás y sillones que parecen cómodos para descansar, algunos de terciopelo azul marino, otros de piel color chocolate intenso, acompañados de mesitas con lámparas. Las paredes están revestidas hasta media altura con paneles de madera oscura. Una preciosa alfombra persa cubre parte de los también oscuros suelos de madera y le proporciona a todo un aspecto acogedor pero caro, justo lo que a ella le gusta. Una lámpara de araña reluce en el techo. El olor a leña le recuerda los felices días que pasó en la casa de campo de la familia de Matthew. Respira hondo y sonríe. Es una mujer muy feliz. Comprometida desde hace poco y a punto de disfrutar de un fin de semana romántico con el hombre con el que se va a casar. Todo es espléndido, incluido este encantador hotel que Matthew ha encontrado para los dos.

Él la ha dejado en la puerta y ha ido a aparcar el coche. Volverá en un minuto con las maletas. Ella atraviesa el vestíbulo y pasa por delante de la chimenea hacia el viejo mostrador de la recepción que está a la izquierda de la escalera. Aquí todo reluce con una pátina de antigüedad y buena cera para muebles. Hay un joven tras el mostrador y otro hombre, mayor —claramente un huésped—, está inclinado sobre él echando una ojeada a unos folletos. Levanta la vista cuando la ve. Se queda inmóvil un segundo, la mira y, después, sonríe avergonzado y aparta la mirada. Ella provoca ese efecto en los hombres. Como si, al mirarla, no pudieran creer lo que están viendo durante unos segundos. No puede evitarlo.

El hombre más joven que está detrás del mostrador la observa de arriba abajo de forma casi imperceptible, pero ella se da cuenta. También está acostumbrada a eso.

—Soy Dana Hart. Mi prometido y yo tenemos una reserva a nombre de Matthew Hutchinson.

—Sí, por supuesto —responde amablemente el joven antes de consultar el libro de reservas. Ella se da cuenta de que usan un libro de reservas antiguo, qué pintoresco, en lugar de un sistema informático para registrar el ingreso de huéspedes. Tras el mostrador, en la pared, hay unos casilleros de madera para las llaves de las habitaciones—. Tienen la habitación 201. Subiendo por las escaleras hasta la segunda planta y a la derecha —le informa el joven.

La puerta se abre tras ella con un golpe de aire frío y Dana se gira y ve a Matthew con una maleta en cada mano y con el abrigo y el pelo oscuro espolvoreados de nieve. Va hasta ella y Dana le quita la nieve de los hombros. Disfruta de esas pequeñas muestras de posesión.

—Bienvenidos al Mitchell’s Inn —dice el joven tras el mostrador con una sonrisa a la vez que les entrega una pesada llave de metal. Ella se da cuenta ahora de lo atractivo que es—. La cena se sirve en el comedor desde las siete hasta las nueve de la noche. Antes de la cena, ofrecemos bebidas en el vestíbulo. Disfruten de su estancia.

—Gracias. Seguro que lo haremos —contesta su prometido a la vez que la mira. Ella le devuelve la mirada levantando sus cejas bien perfiladas. Es su forma de decirle que guarde las formas en público.

Matthew vuelve a coger las maletas y sigue a Dana por la ancha escalera. Ve que no hay ascensor. Es un hotel pequeño. Lo eligió con cuidado. Quería un lugar tranquilo e íntimo para pasar un tiempo con ella antes de toda la locura de la boda, que preferiría poder evitar. Desearía que pudieran escapar a algún lugar paradisiaco del Caribe para casarse a escondidas. Pero los herederos de una gran fortuna de Nueva Inglaterra no se casan a escondidas. Una cosa así destrozaría a su madre y a todas sus tías y él no está preparado para ello. Y sabe que Dana, a pesar de que en ocasiones se siente abrumada con el estrés de los preparativos, los compromisos, los millones de detalles que implica una boda así, está encantada con todo el proceso. Pero últimamente ha estado algo propensa a crisis nerviosas. Este descanso les sentará bien a los dos antes del esfuerzo final para su boda en primavera.

La gruesa alfombra amortigua sus pasos de tal modo que resulta de lo más silencioso cuando suben por las escaleras hasta la segunda planta y recorren una corta distancia por el pasillo hasta la habitación 201. Hay en la puerta una placa ovalada de metal con el número grabado y una cerradura antigua.

Él abre la puerta y la invita a pasar.

—Después de ti.

Ella entra y mira con una sonrisa de aprobación.

—Es precioso —dice. Se gira para mirarle mientras él cierra la puerta con firmeza tras entrar.

—Tú eres preciosa —contesta él a la vez que la rodea con los brazos. La besa. Finalmente, ella le aparta con un empujón de broma.

Se quita el abrigo. Él hace lo mismo y cuelga los dos en el armario. Examinan juntos la habitación. La cama es enorme, claro, y él nota que las sábanas son de gran calidad. Sobre las almohadas hay unos bombones envueltos en papel de plata. La bañera está diseñada claramente para dos personas y hay un cubo con champán y hielos sobre una mesita junto a la puerta con una nota de bienvenida. Las ventanas dan a la amplia explanada de césped con árboles cargados de nieve y el largo y curvado camino de entrada que lleva hasta la carretera principal, que ahora está cubierto de nieve. Hay media docena de coches estacionados en el aparcamiento del lateral de la explanada. Los dos amantes miran por la ventana, juntos.

—Es la suite nupcial —le dice él—. Por si aún no lo has notado.

—¿Eso no da mala suerte? —pregunta ella—. ¿Reservar la suite nupcial cuando, en realidad, aún no estás casado?

—No lo creo. —Ven cómo un coche avanza a duras penas por el camino y entra despacio en el aparcamiento. Salen cuatro personas. Tres mujeres y un hombre. Él le acaricia el cuello a Dana con la nariz—. ¿Y si echamos una siesta antes de la cena?

Ian Beeton se deja caer en uno de los sillones junto a la chimenea del vestíbulo mientras Lauren se registra y coge la llave de la habitación. No le importaría tomar una copa. Se pregunta dónde estará el bar. El comedor está a la derecha del vestíbulo: las puertas de cristal que dan a él están abiertas y puede ver en su interior mesas preparadas con manteles de lino blanco. El lugar parece bastante encantador. Probablemente, por lo que se ve, con muchas habitaciones pequeñas, pasillos y rincones. No es un típico hotel moderno, diseñado para la máxima eficacia y rentabilidad.

Dirige su atención a las dos mujeres a las que ha rescatado. Gwen, la conductora, está cogiendo la llave de su habitación. Parece que van a compartirla. Observa cómo suben juntas por las escaleras. Deja que su mente divague.

Lauren se acerca y le extiende la mano.

—¿Listo para subir?

—Claro.

—La cena es de siete a nueve en el comedor, pero podemos tomar unas copas aquí abajo —le informa ella.

—Bien. ¿A qué estamos esperando?

—Estamos en la tercera planta.

Él se levanta y coge las bolsas de viaje y, a continuación, sigue a Lauren escaleras arriba. El hotel parece muy silencioso. Puede que sea por la nieve, por la gruesa alfombra o la iluminación tenue, pero todo parece amortiguado. Apagado.

—¿Has notado algo raro en esa Riley? —le susurra Lauren mientras suben por la ornamentada escalera.

—Parecía bastante alterada —reconoce él.

—No ha dicho una sola palabra en todo el trayecto. Y no es por nada, pero solo se han deslizado fuera de la carretera y han terminado en la cuneta. No han sufrido ningún daño de verdad.

—Puede que haya tenido un accidente de coche antes.

—Puede. —Cuando llegan a la tercera planta, ella se gira para mirarle—. Parecía de lo más tensa. Me ha dado una impresión extraña.

—No pienses en ella —dice Ian antes de darle un beso repentino—. Piensa en mí.

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3

Viernes, 17:30 horas

Gwen se sienta en la cama más alejada de la puerta —tienen una habitación en la tercera planta con dos camas dobles, tal y como pidieron— y observa a Riley con preocupación. Está segura de que esa mujer, Lauren, se ha estado haciendo preguntas sobre ellas.

Por primera vez, a Gwen se le pasa por la cabeza que quizá no sea ella lo que Riley necesita en este momento. Gwen se está contagiando del pánico silencioso de Riley en lugar de ser Riley la que se esté tranquilizando con el pragmatismo y la calma de Gwen. Riley ha tenido siempre una personalidad más fuerte. Quizá debería haberse dado cuenta de que sería Riley la que la contagiaría a ella y no al revés. Gwen se descubre ya mirando en los rincones oscuros, sobresaltándose ante sonidos inesperados o imaginándose que va a ocurrir algo malo. Puede que se deba solo al hecho de que se encuentran en un lugar extraño y al ambiente anticuado que tiene el hotel.

—Quizá deberíamos refrescarnos un poco y bajar a tomar una copa antes de cenar —propone Gwen.

—Vale —responde Riley sin entusiasmo.

Está pálida y su pelo largo y rubio le cuelga lacio alrededor de la cara. No le queda nada de aquella vivacidad que tenía antes. Era guapa, pero ahora cuesta imaginársela en esos términos. Qué pensamiento tan horrible, se reprende Gwen. Espera que esa belleza regrese. Y mira a Riley con expresión de súplica.

—Sé que estás pasando una mala racha. Pero tienes que intentarlo.

Riley le lanza una mirada. Quizá con fastidio o resentimiento. Rabia. Gwen siente un atisbo de su propia rabia y, de repente, piensa que va a resultar un fin de semana largo si va a tener que estar vigilando todo lo que diga. Pero se recuerda de inmediato que Riley es una de sus mejores amigas. Se lo debe. Quiere ayudarla a ponerse de nuevo en pie. Quiere que vuelva su preciosa y alegre amiga. Se da cuenta de que quiere volver a sentir celos de ella, como antes.

—Deja que te cepille el pelo —dice Gwen. Se levanta de la cama y rebusca en el bolso de Riley para sacar el cepillo. Después, se sienta en la cama detrás de ella y empieza a cepillarla con largas y suaves pasadas. Mientras lo hace, ve cómo los hombros de Riley empiezan a aflojarse un poco—. Ya está —dice por fin—. Ponte un poco de pintalabios. Yo también lo voy a hacer. Y vamos a bajar a comer algo. Después, podemos subir aquí para pasar una noche tranquila de charla, como hacíamos antes. O leer, si es eso lo que quieres. —Ha traído un par de libros. No le importaría refugiarse en uno. Su vida está muy lejos de ser perfecta.

Un pasillo sale desde el mostrador de recepción por el lateral oeste del hotel y divide el ala oeste en estancias que dan a la parte delantera y a la trasera. Al final del pasillo hay un bar, pero, cuando David Paley asoma la cabeza, la sala está vacía. A la derecha de la puerta se encuentra la barra, con un impresionante despliegue de botellas de alcohol, pero no hay nadie tras ella que le pueda servir una copa. La sala tiene los mismos paneles de lujosa madera oscura que el vestíbulo. Al otro lado de la barra, en el otro extremo de la sala, hay una chimenea con un elegante marco y, sobre la chimenea, un cuadro, un oscuro y deprimente estudio de un hombre que sostiene a un faisán por las patas. Las ventanas dan a la explanada de la fachada. Delante de la chimenea hay varias mesitas y unos cómodos sillones viejos de piel. Es una sala para hombres. Se pregunta si debería quedarse a esperar a que aparezca algún camarero o volver al vestíbulo para pedir que le lleven una copa. Resulta incómodo viajar solo. Se sienta en un sillón de piel junto a la chimenea —aunque, por ahora, no hay ningún fuego encendido en su interior—, espera unos minutos, llega a la conclusión de que no va a ir nadie y regresa al vestíbulo. Allí tampoco hay nadie. El joven que estaba antes tras el mostrador ha desaparecido. David toca el antiguo timbre de recepción. El sonido es más alto de lo que se esperaba y se sobresalta un poco. El mismo joven de antes acude rápidamente al mostrador desde el pasillo que sale por detrás de él, junto a la escalera.

—Siento haberle hecho esperar —dice—. Andamos un poco cortos de personal por culpa del mal tiempo. —Sonríe con expresión de disculpa.

—Me preguntaba si podría tomar una copa.

—Por supuesto. Vamos a servir bebidas aquí, en el vestíbulo. Le traeré el carrito de bebidas del bar en un par de minutos.

—Muy bien —responde David con tono cordial. Solo quiere una copa, un sillón cómodo y una cálida chimenea. Y después, una buena cena y un sueño profundo y tranquilo.

Se sienta y se pregunta quién se unirá a él. Enseguida oye el retumbar de unas ruedas y el sonido de vasos. Levanta la vista y ve al joven empujando un carrito bien surtido de bebidas al interior del vestíbulo. Ve en él las marcas habituales, así como una coctelera, un cubo de hielo y varias mezclas y aderezos, buenos licores y distintos tipos de copas. Debajo hay botellas de vino y una champanera llena de hielo del que sobresale el cuello de una botella envuelto en papel plata.

—¿Qué desea tomar? —pregunta el joven.

En realidad, no es más que un niño, piensa David. Parece muy joven. Veintiún años, quizá.

—¿Cómo te llamas? —pregunta David.

—Bradley —responde.

—¿Eres lo suficientemente mayor como para servir alcohol en el estado de Nueva York, Bradley? —bromea.

—Soy mayor de lo que parece —responde Bradley con una sonrisa—. Veintidós años.

—Entonces, un gin-tonic, por favor —dice David devolviéndole la sonrisa.

Le prepara la copa con destreza. Mientras David le observa, ve movimiento por el rabillo del ojo y levanta la mirada. Hay una pareja de jóvenes bajando las escaleras.

—Ah, mira —dice el hombre al ver el carrito. Sonríe y se frota las manos mostrando su entusiasmo.

David no puede evitar fijarse en su sonrisa. Hace que ese hombre resulte atractivo al instante. Es alto y desgarbado, con el pelo castaño y desaliñado y una barba incipiente; su aspecto es informal, vaqueros y camisa de cuadros, pero David sospecha que podría quedar bien en cualquier lugar con ese atuendo. David está encantado de verle. Quizá pueda entablar alguna conversación ligera y entretenida. La mujer que va con él es atractiva, pero no tanto como la que ha pasado por su lado hace un rato en las escaleras. Por un momento, se pregunta si todos los que están allí son parejas.

—¿Te importa si nos sentamos contigo? —pregunta el hombre.

—En absoluto —responde David.

—Soy Ian —dice extendiendo una mano.

La mujer que está a su lado también la extiende después.

—Yo soy Lauren.

—Encantado —contesta él—. David.

—Parece un poco vacío —observa ella a la vez que mira a su alrededor.

Bradley asiente.

—El hotel no está completo —le explica—. Tenemos doce habitaciones pero solo seis están ocupadas este fin de semana. Ha habido cancelaciones por culpa de la nieve. Y parte de nuestro personal, el camarero, por decir uno, y la limpiadora, otra, no han podido llegar. Pero yo sí estoy, así que no pasa nada. —Da una palmada—. Sé un poco sobre combinados de bebidas —añade de forma espontánea—. El camarero me ha estado enseñando.

—¡Estupendo! —exclama Ian—. ¿Puedes prepararme un whisky con soda?

—Claro.

—Y yo voy a tomar un Manhattan —dice Lauren.

—¿El chef ha conseguido llegar? —pregunta Ian—. Porque me muero de hambre.

Bradley levanta una ceja.

—No se preocupe. El chef es mi padre. Es un hotel familiar. Vivimos aquí, en un apartamento al fondo del pasillo, detrás del bar. —Señala con la cabeza en dirección al pasillo—. Entre los dos deberíamos ser capaces de gestionarlo todo bien hasta que las carreteras se abran. Aunque esta noche la cena consistirá más bien en un bufé.

Una ráfaga de viento golpea con furia contra las ventanas. Los huéspedes se giran de manera instintiva hacia el sonido.

—Aquí arriba tenemos buenas tormentas —comenta Bradley.

David ve ahora que un hombre mayor aparece en el vestíbulo. A juzgar por el delantal que lleva puesto, viene de la cocina, que debe de estar detrás del comedor. El padre de Bradley.

—Bienvenidos —dice—. Soy James Harwood, el propietario del hotel. Y el chef —añade—. No se preocupen. Les prometo que los vamos a cuidar muy bien por muy mal tiempo que haga.

David le estudia con atención. Tiene cierto aire de seguridad, de ser una persona que sabe que puede cumplir su promesa. Está claro que ha tenido mucho éxito con este hotel. Se siente orgulloso de su negocio, y se le nota. Se queda charlando con ellos un momento y regresa a la cocina.

David apoya la espalda en su sillón, una vez más deseando disfrutar de su fin de semana.

Lauren observa cómo Ian encandila al hombre que está sentado junto a la chimenea. Ian sabe hacer buenas migas con todo el mundo. Ya ha averiguado que David es un abogado criminalista de Nueva York. Ahora está intentando sonsacarle algo de algunos de sus casos.

—¿Cuál ha sido el caso más interesante en el que has trabajado en tu vida? —pregunta Ian con curiosidad.

—Todos son interesantes —contesta el abogado con una sonrisa ligeramente evasiva.

—¿Alguno que hayamos podido ver en los periódicos? —pregunta Lauren.

—Es posible.

En ese momento, ella nota que alguien baja por la escalera y mira hacia arriba, por encima de su hombro. Ve que se trata de Gwen y Riley. Descubre al abogado mirándolas mientras bajan. Las dos mujeres se acercan hacia ellos y se sientan juntas en un sofá enfrente de la chimenea. Gwen los mira con una sonrisa tímida. Riley no mira a nadie. Pero Bradley sigue allí con las bebidas, lo cual sirve de distracción. Ambas piden una copa de merlot y se quedan en silencio.

Lauren piensa que Gwen está bastante distinta sin su gorro de esquí ni su abultado chaquetón. Es menuda y delgada y su pelo negro y lustroso contrasta mucho con su piel blanca y cremosa. Riley es más alta y su cabello rubio le cae liso sobre los hombros. Tiene un aspecto enfermizo al lado de Gwen.

Ian sigue hablando con David, el abogado.

—¿Has defendido a algún asesino? —pregunta. Su entusiasmo provoca por fin una renuente sonrisa en el rostro del abogado.

—Sí. —Remueve la bebida de su copa—. A muchos.

—¡Vamos, cuéntanos!

—No le hagas caso —interviene Lauren—. Creo que ve demasiadas series de asesinatos.

—No siempre es como en la televisión —dice el abogado.

—¿A qué te refieres? —pregunta Lauren al detectar en él un pequeño gesto de amargura.

David se encoge de hombros.

—En la televisión, normalmente se hace justicia. No siempre es así en la vida real.

—¿Quieres decir que, como abogado defensor, se te da demasiado bien tu trabajo? —sugiere Ian haciendo que todos se echen a reír.

Lauren oye ahora a las dos mujeres murmurar, pero no puede distinguir lo que están diciendo. Hablan en voz baja.

—Hago lo que puedo —dice el abogado.

—¿Y cómo lo haces? —le pregunta Lauren—. ¿Cómo se concilia trabajo y conciencia cuando se defiende a alguien que sabes que puede ser culpable de algo terrible? —A continuación, añade rápidamente—. Lo siento, no pretendo juzgarte.

David Paley baja la mirada a su copa casi vacía y piensa en la respuesta. Es una pregunta que le han hecho muchas veces. Ha tenido mucho éxito como abogado defensor. Como ser humano..., no está tan seguro. Sus socios del bufete le han propuesto amablemente que se tome un tiempo de descanso, quizá viajando. Pero no tiene a nadie con quien viajar. Ya no tiene esposa. Y aunque viajar por el mundo le puede distraer un tiempo, no va a arreglar el vacío que siente en su alma. Sin duda, el hecho de haber pasado la mayor parte de su carrera profesional defendiendo con éxito a asesinos le ha pasado factura. Pero tiene la respuesta para la pregunta de Lauren. Sabe qué decir. No tiene por qué creer necesariamente que sea verdad.

—Tengo una labor que hacer como abogado defensor. Según nuestro sistema legal, todo el mundo es considerado inocente hasta que se demuestre su culpabilidad. Mi trabajo consiste en representar a cualquier acusado lo mejor que sepa. —Y añade—: Si los abogados nos negáramos a representar a alguien simplemente por nuestro propio recelo o nuestra conciencia...

Ella le escucha con atención.

Él se encoge de hombros.

—En fin, sin el abogado defensor, el sistema no funcionaría. —Da un largo trago a su copa. Todo suena de maravilla—. Hay que tener una visión de conjunto —concluye. No menciona lo difícil que puede resultar.

Se da cuenta ahora de que las dos mujeres que están sentadas algo más retiradas en el sofá le están mirando, escuchando. La del pelo oscuro le parece bastante atractiva. Ella le mira con ojos inteligentes, inquisidores. Le gustaría hablar con ella. Puede que, al final, el fin de semana resulte ser bastante entretenido.

Gwen mira al abogado que está sentado junto a la chimenea. Es mayor que ella, de unos cuarenta años o así. Su pelo corto y oscuro empieza a volverse gris por las sienes. Tiene una buena cara, atractiva y con expresión amable, y una especie de sonrisa triste que le atrae. Le gusta el sonido de su voz, su timbre. Le sale sin esfuerzo, probablemente por los años que llevará hablando ante el tribunal. Desprende una seguridad y tranquilidad que a ella le resultan atractivas. Es una mujer joven y moderna. Se considera feminista. Pero nunca se ha sentido especialmente segura de sí misma. Es una cualidad que admira en los demás, incluso le produce envidia. Quiere ser fuerte e independiente, como Riley. Bueno, como era Riley antes. Mira a su amiga. Pero solo ve lo que está sufriendo.

A su lado, Riley engulle su copa como si fuese agua en un día de calor. O como si estuviese bebiendo chupitos con los chicos. Siempre ha sido una gran bebedora. Gwen apenas ha tocado su copa y ahora le da un buen trago. Riley parece despertar de su estado semicatatónico y se acerca al joven con el carro de las bebidas.

—¿Puedes ponerme otra? —pregunta.

—Por supuesto —responde él mientras le sirve otra copa.

—Gracias —dice Riley. Y se la bebe de un trago. Ahora todos guardan silencio, mirándola, y Gwen se siente incómoda y avergonzada. No quiere que Riley llame la atención. Tampoco quiere que se emborrache. No tiene ni idea de qué va a hacer ni de cómo se va a poner. Riley siempre era divertida cuando bebía, una chica fiestera, pero, ahora, Gwen no sabe qué esperar. Está muy distinta desde que ha vuelto de Afganistán esta vez. A veces, se muestra introvertida y se limita a mirar al vacío. En otras ocasiones, está irritable e incluso un poco agresiva. Y sus ocasionales muestras de energía —sus movimientos nerviosos, su forma de mirar de un lado a otro constantemente— empiezan a poner nerviosa a Gwen. Sin querer, cruza la mirada con el abogado y aparta la vista al instante.

Ya se empieza a arrepentir de haber propuesto esta escapada de fin de semana. Su coche está en una cuneta a varios kilómetros. La empresa de la grúa ha dicho que no van a poder recogerlo hasta mañana. Para entonces, puede que esté tan enterrado que no logren encontrarlo.

Se inclina hacia Riley.

—Quizá deberías bajar el ritmo —le susurra.