En este mundo moderno gobernado por la tecnología, ¿de verdad existe gente a la que le guste volar? Por difícil que resulte de creer, estoy convencido de que sí: los pilotos, la mayoría de los niños (menos a los bebés; los cambios de presión los alteran) y los variopintos entusiastas de la aeronáutica. Y eso es todo. Para el resto de los mortales, los viajes en aviones comerciales poseen el encanto y la emoción de un examen colorrectal. Los aeropuertos de hoy en día tienden a ser zoológicos atestados donde la paciencia, la cortesía y los buenos modales se ponen a prueba y se tensan al límite. Los vuelos se retrasan y se cancelan, los equipajes se arrojan de un lado a otro como sacos llenos de judías y, en numerosas ocasiones, no llegan a los pasajeros, que ansían desesperadamente una camisa limpia o al menos una muda de ropa interior.
Si tienes un vuelo a primera hora de la mañana, que Dios te ayude. Ello implica levantarte de la cama a las cuatro de la madrugada para soportar un proceso de facturación y embarque tan tortuoso y cargado de tensión como una huida de un pequeño y corrupto país sudamericano en 1954. ¿Tienes el pasaporte? ¿Te has acordado de meter el champú y el acondicionador del pelo en frasquitos transparentes? ¿Estás preparado para descalzarte y para que tus diversos dispositivos electrónicos sean irradiados? ¿Estás seguro de que no te ha hecho la maleta otra persona y de que nadie más ha tenido acceso a ella? ¿Estás listo para someterte a un escáner de cuerpo entero y, quizá, para aguantar que encima te cacheen las partes íntimas? ¿Sí? Bien. Sin embargo, cabe la posibilidad de que aún descubras que ha habido sobreventa de billetes en tu vuelo, que este se ha retrasado por problemas mecánicos o debido a las condiciones meteorológicas, o que tal vez se haya cancelado por culpa de un colapso informático. Además, que los hados te asistan si figuras en la lista de espera; tendrás más posibilidades de que te toque un billete de lotería.
Tras superar estos obstáculos, entras por fin en lo que uno de los autores de esta antología describe como «un cascarón de muerte». Quizá lo consideres un pelín exagerado, por no decir contrario a la realidad. Concedido. Las aeronaves comerciales se incendian raras veces (aunque todos hemos visto inquietantes grabaciones hechas con móviles de motores escupiendo fuego a nueve mil metros de altitud) y solo en casos contados volar es causa de muerte (las estadísticas indican que es más probable que mueras al cruzar la calle, sobre todo si eres de esos pobres idiotas que caminan con los ojos fijos en el móvil). Aun así, lo cierto es que penetras en lo que en esencia no es más que un tubo lleno de oxígeno que descansa sobre varias toneladas de combustible altamente inflamable.
Una vez que ese tubo de metal y plástico se cierra herméticamente (como —traga saliva— un ataúd), abandona la pista de despegue y proyecta tras de sí la estela de su sombra menguante, solo puede afirmarse una cosa con certeza, una cosa que no sabe de estadísticas: todo lo que sube baja. La gravedad así lo exige. Las únicas incógnitas son dónde, por qué y en cuántos pedazos, siendo uno la cantidad ideal. Si el reencuentro con la madre tierra se produce en una pista de cemento (con suerte en tu destino, pero cualquier superficie pavimentada servirá en caso de necesidad), todo habrá ido bien. Si no, las probabilidades matemáticas de sobrevivir caen en picado. Eso también es un hecho estadístico; un hecho, además, que hasta el viajero más curtido debe de contemplar cuando su vuelo atraviesa turbulencias de aire claro a nueve mil metros de altitud.
En momentos así no tienes ningún control sobre la situación. No puede hacerse nada constructivo excepto volver a comprobar que te has abrochado el cinturón mientras los platos y botellas traquetean en la cocina y los compartimentos superiores se abren y los niños lloran y el desodorante te abandona y por los altavoces se oye la voz de un auxiliar de vuelo que dice: «El comandante les ruega que permanezcan en sus asientos». Mientras el abarrotado tubo de metal cabecea y alabea, tiembla y chirría, dispones de tiempo para reflexionar sobre la fragilidad de tu propio cuerpo y sobre esa única verdad irrefutable: volverás a bajar sí o sí.
Tras haberte dado ya algo sobre lo que pensar durante tu próxima travesía por los cielos, permíteme que formule una cuestión pertinente: ¿existe alguna actividad humana, la que sea, más apropiada para una colección de relatos de terror y suspense como la que tienes ahora en la mano? No lo creo, damas y caballeros. Lo incluye todo: claustrofobia, acrofobia, pérdida del libre albedrío. Nuestras vidas penden siempre de un hilo, pero eso nunca se percibe con tanta claridad como durante el descenso hacia el aeropuerto de La Guardia a través de una espesa capa de nubes y una intensa lluvia.
En lo personal, este editor ha mejorado mucho como pasajero. Gracias a mi carrera de novelista, durante los últimos cuarenta años he volado bastante y, hasta más o menos 1985, me aterraba de verdad. Entendía la teoría de la sustentación y todas las estadísticas de seguridad, pero ninguna de las dos cosas ayudaba. Parte de mi problema provenía de un deseo (que todavía albergo) de tener el control de cada situación. Me siento seguro al volante de un coche porque me fío de mí. Pero de ti... no tanto (lo lamento). Cuando te subes a un avión y ocupas tu asiento, cedes el control a personas que no conoces, a las cuales quizá jamás hayas visto.
Lo peor, para mí, radica en el hecho de haber afilado mi imaginación a lo largo de los años. Eso viene bien cuando me siento ante mi escritorio a inventar historias en las que unos sucesos terribles les acontecen a buenas personas, pero no tanto cuando me hallo prisionero en un avión que enfila la pista de despegue, vacila y luego sale disparado a velocidades que se considerarían suicidas en el coche familiar.
La imaginación es una navaja de doble filo y, en aquellos días en que por trabajo empezaba a volar con frecuencia, resultaba demasiado fácil cortarme con ella. Demasiado fácil pensar en la cantidad de piezas móviles del motor que veía al otro lado de la ventanilla, tantas que parecía casi inevitable que la armonía entre ellas se quebrara. Demasiado fácil preguntarse —en realidad, imposible no hacerlo— qué significaba cada pequeña variación en el ruido de esas turbinas o por qué el avión cambiaba de repente de rumbo y provocaba así que la superficie de la Pepsi en el vasito de plástico también se inclinara (¡y de forma alarmante!).
Si el comandante se daba un paseo para charlar con los pasajeros, dudaba de las aptitudes del copiloto (no podía estar tan cualificado, ¿verdad?, o no sería el componente redundante). Quizá el aparato navegara en piloto automático, pero ¿y si de pronto se desconectaba mientras el comandante hablaba con alguien sobre las opciones de los Yankees y el avión empezaba a caer en picado? ¿Y si se soltaban los cierres de la bodega de equipajes? ¿Y si el tren de aterrizaje se congelaba? ¿Y si una ventanilla defectuosa, pero aprobada por un empleado de control de calidad que estaba pensando entonces en su novia, estallaba? Ya puestos, ¿y si impactaba un meteorito contra nosotros y la cabina se despresurizaba?
Entonces, a mediados de los años ochenta, la mayoría de esos miedos se diluyeron gracias a sufrir una experiencia cercana a la muerte tras despegar del aeródromo de Farmingdale, Nueva York, con destino a Bangor, Maine. Estoy seguro de que habrá un montón de personas ahí fuera —algunas quizá leyendo ahora este libro— que han vivido sus propios sustos aéreos y todo tipo de situaciones, desde trenes de aterrizaje que se parten hasta aviones que patinan en pistas congeladas, pero en mi caso, si hubiera sido un poco más cercana a la muerte, no lo habría contado.
Era última hora de la tarde. El cielo estaba despejado. Había fletado una avioneta Lear 35, que durante el despegue producía la impresión de tener un cohete atado al culo. Había volado muchas veces en esa Lear en concreto. Conocía y confiaba en los pilotos, ¿y por qué no iba a hacerlo? El que se sentaba a la izquierda había empezado pilotando cazas en Corea, había sobrevivido a decenas de misiones de combate y llevaba volando desde entonces. Llevaba decenas miles de horas de vuelo. Saqué una novela y una revista de crucigramas, mientras preveía una travesía tranquila y una bonita reunión con mi mujer, mis hijos y el perro de la familia.
Ascendimos a dos mil metros y me estaba planteando si podría convencer a los míos para ir a ver una película esa noche cuando la avioneta pareció estrellarse contra una pared de ladrillos. En ese instante tuve la certeza de que habíamos colisionado en pleno vuelo y que los tres ocupantes del aparato —los dos pilotos y yo— íbamos a morir. La pequeña cocina se abrió de sopetón y vomitó su contenido. Los cojines de los asientos vacíos salieron despedidos. La avioneta se escoró..., se escoró un poco más... y luego se dio la vuelta del todo. Esa parte solo la sentí, porque no llegué a verla. Tenía los ojos cerrados. Mi vida no desfiló ante mí. No pensé: «Pero si me quedaban muchas cosas por hacer». No hubo ninguna sensación de aceptación (ni de negación, para el caso). Solo la seguridad de que había llegado mi hora.
Entonces la avioneta se niveló. Desde la cabina de mando, el copiloto gritó: «¡Steve! ¡Steve! ¿Va todo bien ahí atrás?».
Contesté que sí. Miré el revoltijo del pasillo, que incluía sándwiches, una ensalada y una porción de tarta de queso con fresa por encima. Miré las máscaras amarillas de oxígeno que colgaban de los compartimentos superiores. Pregunté —con admirable tranquilidad— qué había ocurrido. Los dos hombres de mi tripulación lo ignoraban, aunque sospechaban, y más tarde lo confirmaron, que habíamos estado a punto de chocar con un Delta 747, cuyos gases de escape nos habían atrapado y nos habían zarandeado como a un avión de papel en un vendaval.
En los veinticinco años transcurridos desde entonces he aprendido a tomarme los viajes en avión con más optimismo, tras haber experimentado de primera mano la cantidad de trauma que pueden soportar las aeronaves modernas y la calma y eficiencia con las que los buenos pilotos (que son la mayoría) manejan la situación a la hora de la verdad. Uno me dijo: «Entrenas y entrenas una y otra vez para que, cuando seis horas de aburrimiento absoluto se conviertan en doce segundos de máximo peligro, sepas exactamente qué hacer».
En los relatos que se presentan a continuación encontrarás de todo, desde un duende encaramado al ala de un 727 hasta monstruos transparentes que viven muy por encima de las nubes. Encontrarás viajes en el tiempo y aviones fantasma. Sobre todo experimentarás esos doce segundos de máximo peligro, cuando las peores cosas que puedan salir mal en el aire salen mal. Encontrarás claustrofobia, cobardía, terror y actos de valentía. Si planeas viajar pronto en avión, ya sea con Delta, American, Southwest o cualquier otra aerolínea, acepta un consejo y mete en la maleta un libro de John Grisham o de Nora Roberts en vez de este. Y, aunque en tierra firme estés a salvo, te convendría abrocharte el cinturón.
Porque el viaje va a ponerse feo.
STEPHEN KING
2 de noviembre de 2017
E. Michael Lewis, que pilotará nuestro vuelo inaugural, estudió Escritura Creativa en la Universidad de Puget Sound y vive en el Noroeste del Pacífico. Permite que su jefe de carga te acompañe a bordo de un Lockheed C-141A StarLifter (como el exhibido en el Museo del Aire McChord, del que se rumorea que está embrujado) a punto de despegar de Panamá con destino a Estados Unidos. El StarLifter es una bestia de carga en distancias cortas y es capaz de transportar hasta treinta toneladas. Puede llevar un centenar de paracaidistas, ciento cincuenta tropas de combate, camiones y jeeps, e incluso misiles balísticos Minuteman. También mercancías más pequeñas. Ataúdes, por ejemplo. Hay historias que te hielan la sangre, pero he aquí una que se te aferrará a la espina dorsal y reptará, centímetro a centímetro, hasta el cerebro, donde se quedará durante mucho, mucho tiempo.
Bienvenido a bordo.
Noviembre de 1978
He soñado con el cargamento. Miles de cajas abarrotaban la bodega del avión, todas fabricadas con madera de pino sin tratar, de la clase que te clava astillas a través de los guantes de trabajo. Estaban estampadas con números incognoscibles y extraños acrónimos que irradiaban ferozmente una tenue luz roja. Se suponía que las cajas contenían neumáticos de jeep, pero algunas eran grandes como casas; otras, pequeñas como bujías; la mayoría estaban bien amarradas a los palés con correas que parecían sacadas de una camisa de fuerza. Intenté comprobarlas todas, pero había demasiadas. Las cajas se movieron, como si se arrastraran, y entonces se derrumbaron sobre mí. No logré alcanzar el interfono para avisar al piloto. La carga me estrujaba con un millar de dedos afilados mientras el avión cabeceaba, exprimiéndome la vida aun mientras caíamos en picado, aun mientras nos estrellábamos, y ahora el interfono emitía un chillido. Pero también se oía otro ruido, que procedía de la caja junto a mi oreja. Algo forcejeaba en su interior, algo húmedo y profanado, algo que yo no quería ver, algo que quería salir.
Se transformó en el repiqueteo de un sujetapapeles contra el armazón metálico de mi litera en la residencia de tripulantes. Abrí los ojos de golpe. El aviador —nuevo en el país, a juzgar por el sudor que le ribeteaba el cuello— me escrutaba sosteniendo la carpeta entre nosotros, como si tratara de decidir si yo era de aquellos que le arrancaban a uno la cabeza por hacer su trabajo.
—Sargento Davis —dijo él—, le necesitan en la línea de vuelo de inmediato.
Me incorporé y me desperecé. Me entregó la carpeta y el manifiesto sujeto a ella: un HU-53 desmontado, con tripulación de vuelo, maquinaria y personal de apoyo médico destinado a... un sitio nuevo.
—¿El aeropuerto de Timehri?
—En las afueras de Georgetown, Guyana. —Reparó en mi semblante inexpresivo y prosiguió—: Es una antigua colonia británica. Timehri era antes la base aérea Atkinson.
—¿Cuál es la misión?
—Una especie de evacuación médica masiva de expatriados de un lugar llamado Jonestown.
Norteamericanos en problemas. He pasado buena parte de mi carrera en las fuerzas aéreas rescatando estadounidenses. Dicho lo cual, salvarles el culo resultaba muchísimo más satisfactorio que transportar neumáticos de jeeps. Di las gracias al aviador y me apresuré a enfundarme en un uniforme limpio.
Tenía ganas de disfrutar de otro día de Acción de Gracias panameño en la base aérea Howard: treinta grados, pavo y relleno de la cantina, fútbol americano en la radio de las fuerzas armadas y suficiente tiempo sin rotaciones de vuelo para poder pasarlo bien y emborracharme. Los vuelos que llegaban desde Filipinas eran rutinarios y ni los pasajeros ni la carga daban problemas. Y ahora esto.
Las interrupciones constituían algo a lo que un jefe de carga terminaba acostumbrándose. El StarLifter C-141 era el avión de carga y transporte de tropas más grande del mando aéreo militar, con capacidad para trasladar a cualquier parte del mundo treinta mil kilos de carga o doscientos hombres listos para el combate. Largas como medio campo de fútbol americano, las alas en flecha, fijadas en la parte superior, se abatían sobre la pista como las de un murciélago. Con una cola en T, compuertas traseras que se abrían como pétalos y una rampa incorporada, el StarLifter no tenía rival cuando se trataba de trasladar mercancías. En parte auxiliar de vuelo, en parte agente de mudanzas, mi trabajo consistía en estibar y asegurar la carga lo máximo posible.
Con todo a bordo, y ya completadas las hojas de peso y centrado, el mismo aviador de antes me encontró abroncando a la tripulación panameña de tierra por haber arañado el armazón de la nave.
—¡Sargento Davis! Cambio de planes —gritó por encima del gemido de la carretilla elevadora. Me entregó otro manifiesto.
—¿Más pasajeros?
—Nuevos pasajeros. El equipo médico se queda aquí. —Agregó algo ininteligible sobre un cambio en la misión.
—¿Quién es esta gente?
De nuevo tuve que aguzar el oído. O quizá lo oyera bien y, con el corazón encogido, quería que lo repitiera. Quería haber oído mal.
—Registro de tumbas —gritó.
Era lo que creía que había dicho.
Timehri era el típico aeropuerto tercermundista, largo como para acoger un 747, pero sembrado de baches y con una extensión de cobertizos herrumbrosos de acero corrugado. Parecía como si hubieran hecho retroceder la linde de la selva que rodeaba el terreno tan solo una hora antes. Los helicópteros zumbaban y un enjambre de militares estadounidenses pululaba por la pista. Entonces comprendí lo mala que debía de ser la situación.
Al bajar del pájaro, el calor que se elevaba desde el asfalto amenazó con derretirme las suelas de las botas antes incluso de que pudiera colocar las cuñas de las ruedas. Se aproximó un equipo de tierra formado por soldados estadounidenses ansiosos por descargar y ensamblar el helicóptero. Uno de ellos, con la camiseta atada a la cintura y el torso desnudo, me entregó un manifiesto.
—No se ponga demasiado cómodo —me advirtió—. En cuanto despejemos el helicóptero, empezaremos a cargar. —Señaló a su espalda con un gesto de la cabeza.
Miré por encima de su hombro hacia la reluciente pista de rodaje. Ataúdes. Hileras e hileras de monótonas cajas funerarias de aluminio destellaban bajo el implacable sol tropical. Los reconocí de mis vuelos de Saigón seis años antes, mis primeras misiones como jefe de carga. Quizá se me removieran las entrañas por la falta de descanso o quizá porque hacía años que no transportaba un fiambre. Aun así, me costó tragar saliva. Comprobé el punto de destino: Dover, Delaware.
El personal de tierra instalaba una nueva unidad de servicio cuando me enteré de que tendríamos dos pasajeros en el siguiente vuelo.
El primero era un chaval, con aspecto de recién salido del instituto, cabellos negros erizados y un uniforme de faena almidonado que le quedaba demasiado grande; lucía el rango de aviador de primera.
—Bienvenido a bordo —le dije, y me dispuse a ayudarle a franquear la puerta de tripulantes, pero se apartó con un respingo y a punto estuvo de golpearse en la cabeza contra el dintel. Creo que, si hubiera habido espacio suficiente, habría retrocedido de un brinco. Me llegó su olor, fuerte y medicinal: Vicks Vaporub.
Detrás de él, y también sin ayuda, embarcó una enfermera de vuelo, seca y profesional en sus pasos, vestimenta y maneras. La reconocí como parte de uno de los grupos que había transportado en mis primeros días desde Clark, en Filipinas, a Da Nang y viceversa. Una teniente de cabellos plateados y ojos de acero. Había sido muy específica —y más de una vez— al señalar que cualquier zoquete analfabeto desempeñaría mi trabajo mejor que yo. El nombre en su uniforme rezaba PEMBRY. Tocó al chico en la espalda y lo guio hasta los asientos pero, si me reconoció, no dijo nada al respecto.
—Siéntense donde quieran —les indiqué—. Soy el sargento Davis. Despegaremos en menos de media hora, conque pónganse cómodos.
El chico se detuvo en el acto.
—No me lo avisó —le dijo a la enfermera.
La bodega de un StarLifter es casi como el interior de una sala de calderas: todos los conductos de calefacción, refrigeración y presión están expuestos, a diferencia de los aviones comerciales. Los ataúdes formaban dos filas a lo largo de la bodega y dejaban despejado un pasillo central. Apilados de cuatro en cuatro, sumaban un total de ciento sesenta. Las redes de carga amarillas los mantenían asegurados en su sitio. Más allá, observamos desaparecer la luz del sol mientras la escotilla de carga se cerraba y nos sumía en una violenta semioscuridad.
—Es el medio más rápido para llevarte a casa —alegó ella, con voz neutra—. Porque eso es lo que quieres, ¿verdad?
La voz del chico rezumaba temerosa indignación.
—No quiero verlos. Quiero un asiento que mire hacia delante.
Si el chico hubiera echado un vistazo alrededor, se habría percatado de que no había ningún asiento que mirara hacia delante.
—No pasa nada —dijo ella mientras le tiraba del brazo—. Ellos también vuelven a casa.
—No quiero mirarlos —insistió él mientras la enfermera lo sentaba cerca de una ventanilla. Como el chico permanecía inmóvil, Pembry se inclinó y le abrochó el cinturón. Se aferró a los reposabrazos como si hubiera montado en una montaña rusa—. No quiero pensar en ellos.
—Lo entiendo. —Fui a la parte delantera y apagué las luces de la cabina. Ahora solo las luces rojas gemelas iluminaban los largos contenedores metálicos. Cuando regresé, le llevé una almohada.
La etiqueta en la holgada chaqueta del chico lo identificaba como HERNANDEZ.
—Gracias —dijo él, pero no soltó el reposabrazos.
Pembry se ató a su lado. Guardé sus bártulos y completé mi última verificación.
Una vez en el aire, preparé café en el hornillo eléctrico de la unidad de servicio. La enfermera Pembry lo rehusó, pero Hernandez tomó un poco. El vaso de plástico le temblaba en las manos.
—¿Le da miedo volar? —le pregunté. No era algo tan inusual en las fuerzas aéreas—. Tengo dramamina...
—No me asusta volar —masculló él, apretando los dientes. Continuamente desviaba la mirada hacia las cajas que ocupaban el compartimento de carga.
Los siguientes eran los tripulantes. A ningún pájaro se le asignaba la misma tripulación, como en los viejos tiempos. El mando aéreo se enorgullecía de contar con hombres tan intercambiables que se podría reunir en un vuelo a una tripulación que nunca antes hubiera coincidido y pilotar cualquier StarLifter hasta los confines de la Tierra. Cada hombre conocía mi labor, como yo conocía las suyas, del derecho y del revés.
Entré en la carlinga y los encontré a todos en sus puestos. El segundo ingeniero ocupaba el asiento más cercano a la puerta, encorvado sobre los instrumentos.
—El cuatro ya está compensado, reduce potencia —informó.
Reconocí su rostro alicaído y su acento de Arkansas, pero no supe de qué. Me figuré que, al cabo de siete años con los Starlifter, habría volado prácticamente con todo el mundo en un momento u otro. Me dio las gracias y le dejé el café en la mesa. Su uniforme lo identificaba como Hadley.
El primer ingeniero ocupaba el asiento del medio, el que solía estar reservado para los «sombrereros negros»: los inspectores de misión que se dedicaban a amargarles la vida a las tripulaciones del mando aéreo. Pidió dos terrones y luego se levantó y miró por la cúpula del navegante el cielo azul que se deslizaba a toda velocidad.
—Reduciendo potencia del cuatro, entendido —contestó el piloto.
Era el comandante designado, pero tanto él como el copiloto tenían un aspecto tan típico que podían haber sido la misma persona. Se tomaron el café con dos cápsulas de leche cada uno.
—Estamos tratando de superar una ligera turbulencia de aire claro, pero no será fácil. Avisa a tus pasajeros de que vamos a movernos un poco.
—Así lo haré, señor. ¿Alguna cosa más?
—Gracias, jefe Davis, eso es todo.
—Sí, señor.
Por fin, tiempo para relajarme. Cuando me dirigía a disfrutar de un momento en horizontal en el módulo de descanso para la tripulación, sorprendí a Pembry husmeando en la unidad de servicio.
—¿Está buscando algo?
—Una manta extra.
Saqué una del armario entre la cocina y la letrina y rechiné los dientes.
—¿Algo más?
—No —dijo ella, tirando de una hebra imaginaria de lana—. Hemos volado juntos antes, ¿lo sabía?
—¿Ah, sí?
Ella enarcó una ceja.
—Seguramente debería disculparme.
—No es necesario, señora —repliqué yo. La esquivé y abrí el frigorífico—. Más tarde puedo servirle algo de comer si tiene...
Me puso la mano en el hombro, como había hecho con Hernandez, y demandó mi atención.
—Sí que se acuerda de mí.
—Sí, señora.
—Le traté con dureza durante aquellos vuelos de evacuación.
Ojalá hubiera dejado de ser tan directa.
—Hablaba con franqueza, señora. Me convirtió en un mejor jefe de carga.
—Aun así...
—Señora, no es necesario.
¿Por qué algunas mujeres no comprenden que disculparse solo empeora las cosas?
—De acuerdo. —La dureza de su rostro se fundió en una expresión sincera y de repente se me ocurrió que ella necesitaba hablar.
—¿Cómo se encuentra su paciente?
—Descansa. —Pembry procuraba parecer despreocupada, pero yo sabía que quería desahogarse.
—¿Qué le ocurre?
—Fue uno de los primeros en llegar —dijo ella— y el primero en marcharse.
—¿De Jonestown? ¿Tan malo ha sido?
Una retrospectiva a nuestros vuelos de evacuación. La antigua mirada, fría y dura, regresó al instante.
—Despegamos de Dover con órdenes de la Casa Blanca cinco horas después de que recibieran el aviso. Es especialista en registros médicos, seis meses de servicio, nunca antes ha estado en ninguna parte, nunca en su vida ha visto un día de trauma. Y lo siguiente que sabe es que está en una selva sudamericana con un millar de cadáveres.
—¿Un millar?
—Aún no ha terminado el recuento, pero va camino de ello. —Se acarició la mejilla con el dorso de la mano—. Muchos niños.
—¿Niños?
—Familias enteras. Ingirieron veneno. Era una especie de secta, según dicen. Alguien me contó que los padres mataron primero a sus hijos. No sé qué puede llevar a una persona a hacerle eso a su propia familia. —Sacudió la cabeza—. Me quedé en Timehri para organizar el triaje. Hernandez dijo que el olor era inimaginable. Tuvieron que rociar los cadáveres con insecticida y defenderlos de ratas gigantes hambrientas. Dijo que les ordenaron pinchar los cadáveres con las bayonetas para aliviar la presión. Quemó su uniforme. —Arrastró los pies para mantener el equilibrio cuando el pájaro pegó una sacudida.
Algo nauseabundo me bajó reptando por la garganta mientras intentaba no imaginar lo que había descrito. Me esforcé para no torcer el gesto.
—El comandante dice que el vuelo puede ponerse feo. Será mejor que se abroche el cinturón.
La acompañé hasta su asiento. Hernandez boqueaba, tumbado en el suyo, con el aspecto, en todos los sentidos, de haber perdido una pelea de bar: es decir, malo. Luego volví a mi camastro y me eché a dormir.
Pregúntele a cualquier jefe de carga: tras mucho tiempo en el aire, el rugido de los motores es algo que pasa inadvertido. Uno descubre que puede dormir casi en cualquier circunstancia. Aun así, la mente se sintoniza y se despierta ante el ruido de cualquier cosa inusual, como en aquel vuelo de Yakota a Elmendorf, cuando un jeep se soltó y chocó contra un contenedor de raciones de campaña. Carne picada por doquier. Puede estar seguro de que la tripulación de tierra me oyó a base de bien por aquello. Conque no debería sorprender que me sobresaltara el sonido de un grito.
En pie, ya había abandonado el camastro y había dejado atrás la unidad de servicio antes de poder pararme a pensar. Entonces divisé a Pembry. Se había levantado de su asiento y se encontraba frente a Hernandez, esquivando los brazos de él, que se sacudían de un lado a otro, mientras le hablaba con calma por debajo del ruido de los motores. Pero él no hacía lo mismo, claro.
—¡Los he oído! ¡Los he oído! ¡Están aquí! ¡Todos esos niños! ¡Todos esos niños!
Le agarré el brazo con fuerza.
—¡Cálmese!
Dejó de agitarse y una expresión avergonzada se abatió sobre Hernandez. Clavó sus ojos en los míos.
—Los he oído cantar.
—¿A quién?
—¡A los niños! Todos esos... —Señaló con un gesto de impotencia los ataúdes.
—Ha sido un sueño —dijo Pembry. Le temblaba un poco la voz—. He estado contigo todo el rato y no has podido oír nada, porque estabas dormido.
—Todos esos niños están muertos —prosiguió él—. Todos ellos. No lo sabían. ¿Cómo iban a saber que estaban tomando veneno? ¿Quién les daría veneno a sus propios hijos? —Le solté el brazo y me miró—. ¿Tiene usted hijos?
—No —respondí.
—Mi hija —dijo él— tiene un año y medio. Y mi hijo, tres meses. Hay que ser cuidadoso con ellos y tener paciencia. A mi mujer sí que se le da bien, ¿sabe? —Reparé por primera vez en el sudor que le reptaba por la frente y el dorso de las manos—. Pero yo tampoco lo hago mal; es decir, que en realidad no sé qué cojones hago, pero jamás les haría daño. Los cojo y les canto y... y si alguien intentara hacerles daño... —Me agarró el brazo con el que yo le había sujetado antes—. ¿Quién envenenaría a sus propios hijos?
—No es culpa suya —le dije.
—No sabían que era veneno. Siguen sin saberlo. —Tiró de mí y me susurró al oído—: Los he oído cantar. —Que me zurzan si las palabras que pronunció no me produjeron escalofríos.
—Iré a comprobarlo. —Cogí una linterna de la pared y me encaminé hacia el pasillo central.
Había una razón práctica para investigar el ruido. Como jefe de carga, sabía que un sonido inusual significaba problemas. Había oído una historia sobre una tripulación que no dejaba de oír el maullido de un gato, procedente de algún lugar del compartimento de carga. El jefe de carga no pudo localizarlo, pero supuso que aparecería en cuanto desembarcaran. Resultó que el «maullido» se debía a una endeble abrazadera que se combó en el momento en que las ruedas tocaron la pista y liberó tres toneladas de pertrechos explosivos, lo que provocó que el aterrizaje resultara muy interesante. Los ruidos extraños significan problemas y habría sido del género tonto no investigarlo.
Verifiqué todos los enganches y redes al pasar, me agaché y puse atención en busca de indicios de deslizamiento, correas desgastadas, cualquier cosa fuera de lo común. Revisé ambos lados e incluso comprobé las escotillas de carga. Nada. Todo estaba en orden; un trabajo bien hecho, con mi sello habitual.
Recorrí el pasillo en dirección contraria hacia donde estaban ellos. Hernandez lloraba, con la cabeza entre las manos. Pembry, sentada a su lado, le frotaba la espalda con una mano, como solía hacer mi madre.
—Todo en orden, Hernandez. —Volví a colgar la linterna en la pared.
—Gracias —respondió Pembry en nombre de él, y luego añadió—: Le he dado un valium, debería tranquilizarse.
—Solo ha sido una inspección de seguridad rutinaria —aclaré—. Ahora, descansen los dos.
Volví a la litera y me encontré con que mi camastro estaba ocupado por Hadley, el segundo ingeniero. Me tumbé en el de abajo, pero no me dormí enseguida. Trataba de alejar mis pensamientos de la causa de que los ataúdes estuvieran en el pájaro.
«Cargamento» era un eufemismo. Desde plasma sanguíneo hasta explosivos detonantes, pasando por limusinas del servicio secreto y lingotes de oro: los embalabas y los transportabas porque en eso consistía tu trabajo, nada más, y cualquier cosa que pudiera hacerse para bendecir el viaje era importante.
«Es otro cargamento más», pensé. Pero familias enteras que se habían suicidado... Me alegraba de sacarlas de la selva, de devolvérselas a sus familiares, pero los médicos que habían llegado allí primero, todas esas personas sobre el terreno, incluso mi tripulación, era demasiado tarde para hacer algo más que aquello. Me atraía la idea de tener hijos, aunque de una forma vaga y algo incierta, y me cabreaba enterarme de que alguien les hacía daño a los suyos. Pero, además, lo de esos padres fue a propósito, ¿no?
Me estaba costando relajarme. Encontré un viejo ejemplar del New York Times doblado bajo el camastro. «La paz en Oriente Medio en nuestro tiempo», rezaba el titular. Junto al artículo había una foto del presidente Carter y Anwar Sadat estrechándose la mano. Empezaba a adormecerme cuando creí oír que Hernandez gritaba otra vez.
Levanté el culo del camastro, no sin esfuerzo, y hallé a Pembry apretándose la boca con las manos. Pensé que Hernandez la había agredido, así que me acerqué y le separé las manos de la cara, en busca de alguna herida.
No había ninguna. Al mirar por encima del hombro de ella, vi a Hernandez remachado a su asiento, con los ojos pegados a la oscuridad como un televisor con los colores invertidos.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Le ha pegado?
—Ha... ha vuelto a oírlo —tartamudeó mientras se llevaba una mano al rostro—. Debería... debería usted ir a comprobarlo otra vez. Debería ir a comprobarlo...
El avión elevó el morro y ella se inclinó un poco hacia mí; cuando la sujeté del hombro para no perder el equilibrio, se derrumbó. Nuestras miradas se cruzaron con total naturalidad y ella apartó los ojos.
—¿Qué ha pasado? —volví a preguntar.
—Yo también lo he oído —confesó Pembry.
Miré hacia el pasillo de sombras.
—¿Ahora mismo?
—Sí.
—¿Era como lo ha descrito él? ¿Niños que cantaban?
Me di cuenta de que estaba a un tris de zarandearla. ¿Acaso los dos habrían enloquecido?
—Niños jugando —dijo ella—. Como... no sé, en un parque. Ruidos de niños jugando.
Me devané los sesos tratando de encontrar algún objeto, o algún conjunto de objetos, que una vez estibado en un StarLifter C-141 y volando a doce mil metros sobre el Caribe emitiera un ruido semejante a niños jugando.
Hernandez cambió de posición y los dos le dirigimos nuestra atención para interesarnos por él. Esbozó una sonrisa de derrota.
—Se lo dije.
—Iré a comprobarlo —indiqué.
—Déjeles jugar —rogó Hernandez—. Solo quieren jugar. ¿No es eso lo único que usted quería de niño?
Recordaba mi infancia como un vaivén de veranos interminables, carreras en bici y rodillas despellejadas, recordaba a mi madre riñéndome cuando volvía a casa al anochecer: «Mira cómo te has puesto». Me pregunté si los equipos de rescate habrían lavado los cadáveres antes de meterlos en los ataúdes.
—Averiguaré qué sucede —les aseguré. Fui otra vez a por la linterna—. Quédense aquí.
Me serví de la oscuridad para privarme de la vista y agudizar mis oídos. Las turbulencias ya habían amainado y solo utilicé la linterna para evitar tropezarme con las redes de sujeción. Estaba atento a cualquier ruido nuevo o inusual. Debía de tratarse de una combinación de factores, no de una sola cosa, pues ruidos así no cesan y luego se reanudan. ¿Una fuga de combustible? ¿Un polizón? La idea de que una serpiente o alguna otra criatura de la selva estuvieran acechando desde dentro de aquellos cajones metálicos alteró mi estado de ánimo y me trajo recuerdos de mi sueño.
Cerca de las escotillas de carga, apagué la linterna y escuché. El aire presurizado. Los cuatro turborreactores Pratt & Whitney. Los estertores en las grietas. El aleteo de las correas del cargamento.
Y, entonces, algo nuevo. Algo agudo y repentino, al principio apagado y extenso, como el ruido desde el fondo de una cueva, pero luego puro y espontáneo, como la reacción a un fisgón sorprendido.
Niños. Risas. Como en la hora del recreo.
Abrí los ojos y alumbré con la linterna los cajones plateados. Los vi aguardando, apiñados, casi expectantes.
«Niños —pensé—. Son solo niños.»
Volví corriendo a la unidad de servicio. No sabría concretar qué vieron Hernandez y Pembry cuando pasé a su lado, pero si se parecía en algo a lo que observé en el espejito encima del lavabo, me habría sentido al mismo tiempo aterrado y redimido.
Miré el interfono reflejado en el espejo. Cualquier problema con la mercancía debería comunicarse en el acto —el procedimiento lo exigía—, pero ¿qué le diría al comandante? Sentí la necesidad de lanzarlo todo al vacío, eyectar los ataúdes y santas pascuas. Si avisaba de que se había iniciado un incendio en el compartimento de carga, descenderíamos por debajo de los tres mil metros para que pudiera hacer saltar los pernos y enviar toda el cargamento al fondo del golfo de México, sin más explicaciones.
Entonces me detuve, me puse derecho y procuré reflexionar. «Niños —me dije—. No son monstruos ni demonios, solo es el sonido de niños jugando. Nada que vaya a atraparte. Nada que pueda atraparte.» Me zafé de los temblores que me recorrían el cuerpo y decidí pedir ayuda.
En la litera, Hadley aún dormía. Un libro de bolsillo sobado que mostraba a dos mujeres entrelazadas en un abrazo apasionado descansaba sobre su pecho, abierto como una tienda de campaña. Le sacudí del brazo y se incorporó. Por un momento, ninguno de los dos hablamos. Se frotó la cara con una mano y bostezó.
Entonces fijó la mirada y observé que su rostro se arqueaba en un gesto de preocupación. Su siguiente movimiento fue coger la máscara portátil de oxígeno y en un instante recobró su cara de póquer.
—¿Qué sucede, Davis?
Lo tanteé a ciegas.
—El cargamento —dije—. Hay un... posible corrimiento de la carga. Necesito ayuda, señor.
Su preocupación se transformó de golpe en enfado.
—¿Ha informado al comandante?
—No, señor —respondí—. No... no quería importunarle aún. Puede que no sea nada.
Su rostro se crispó en una mueca desagradable y creí que me soltaría cuatro palabras, pero permitió que le guiara a popa. Su mera presencia bastó para resucitar mis dudas, mi profesionalidad. Mis andares se agilizaron, mis ojos se ensancharon, mi estómago ocupó su sitio en las entrañas.
Hallé a Pembry sentada ahora junto a Hernandez, los dos unidos en una fingida indiferencia. Hadley les lanzó una mirada desinteresada y me siguió por el pasillo entre los ataúdes.
—¿Les pasa algo a las luces principales? —inquirió.
—No sirven de mucho —respondí—. Aquí. —Le tendí la linterna y le pregunté—: ¿Lo oye?
—¿Si oigo el qué?
—Limítese a escuchar.
De nuevo, solo los motores y la corriente en chorro.
—No...
—¡Chitón! Escuche.
Abrió la boca y permaneció así durante un minuto; luego la cerró. Los motores se acallaron y llegaron los ruidos, mojándonos como vapor de agua, una niebla de sonidos a nuestro alrededor. No me percaté del frío que tenía hasta que noté que me temblaban las manos.
—¿Qué coño es eso? —preguntó Hadley—. Parece...
—No —le interrumpí—. No puede ser. —Señalé con la cabeza los cajones de metal—. Sabe lo que contienen estos ataúdes, ¿verdad?
No dijo nada. El sonido parecía filtrarse a nuestro alrededor por momentos, de pronto cerca, luego más alejado. Intentó seguirlo con la linterna.
—¿Distingue de dónde proviene?
—No. Me alegro de que usted también lo oiga, señor.
El ingeniero se rascó la cabeza, con el rostro torcido, como si se hubiera tragado algo repugnante y no pudiera librarse del regusto.
—Que me zurzan —farfulló, arrastrando las palabras.
De repente, como había pasado la vez anterior, el ruido cesó y el rugido de las turbinas nos anegó los oídos.
—Encenderé las luces. —Me alejé vacilante—. No voy a avisar al comandante.
Su silencio lo hacía cómplice. Cuando regresé junto a él, estaba examinando una fila concreta de ataúdes a través de la red.
—Hay que efectuar un registro —sugirió, sin mucho entusiasmo.
No respondí. Había registrado cargamentos en pleno vuelo con anterioridad, pero nunca uno así, ni siquiera cuando eran cuerpos de militares. Si era cierto todo lo que Pembry había contado, no se me ocurría nada peor que abrir uno de aquellos féretros.
Los dos nos sobresaltamos con el siguiente ruido. Imagine una pelota de tenis mojada. Imagine ahora el ruido que haría al impactar en la pista —una especie de golpe sordo y húmedo—, como un pájaro al estrellarse contra el fuselaje. Volvió a sonar y esta vez lo oí dentro del compartimento de carga. Luego, tras una turbulencia, el golpeteo volvió a sonar. Surgía claramente de un ataúd a los pies de Hadley.
No es un problema grave, intentaba expresar el rostro del segundo ingeniero. Solo nos lo imaginábamos. «Un ruido en un ataúd no puede derribar un avión —decía su rostro—. Los fantasmas no existen.»
—¿Señor?
—Tenemos que ver —indicó él.
La sangre volvió a acumulárseme en el estómago. «Ver —había dicho—. Yo no quería ver.»
—Ve al telefonillo y dile al comandante que evite los vaivenes —me ordenó.
Supe en ese instante que iba a ayudarme. No quería, pero lo haría de todas formas.
—¿Qué se proponen? —preguntó Pembry.
Se había plantado a mi lado mientras quitaba la red de sujeción y el ingeniero desabrochaba las correas de la fila de ataúdes en cuestión. Hernandez dormía con la cabeza gacha una vez que los tranquilizantes habían surtido efecto por fin.
—Tenemos que examinar el cargamento —declaré como si nada—. El vuelo puede haber provocado que la carga se haya desnivelado.
Me asió del brazo al pasar junto a ella.
—¿Eso era todo? ¿Un corrimiento de la carga?
La pregunta denotaba una pizca de desesperación. «Dígame que me lo he imaginado —suplicaba su rostro—. Si me lo dice, le creeré y me iré a dormir un poco.»
—Eso creemos —dije asintiendo.
Los hombros se le relajaron y del rostro se le desprendió una sonrisa demasiado grande para ser real.
—Gracias a Dios. Creí que me estaba volviendo loca.
Le di una palmadita en el hombro.
—Abróchese el cinturón y descanse un poco —le sugerí, y ella obedeció.
Por fin estaba actuando. Como jefe de carga, podía zanjar este sinsentido. Así que me puse manos a la obra. Desabroché las correas, trepé a los otros ataúdes, desplacé el que había encima de todos, lo trasladé, lo aseguré, cambié de sitio el siguiente, lo aseguré y otra vez hice lo mismo. El deleite de la repetición fácil.
No fue hasta que llegamos al último, el ruidoso, cuando Hadley se detuvo. Se quedó mirándome mientras yo lo movía de su sitio lo suficiente para poder examinarlo. Su posición era firme, pero aun así denotaba repulsión, algo que entre los fanfarrones veteranos de las fuerzas aéreas y rodeado de unas cervezas podría esconder. Pero no ahora, no a mí.
Realicé un examen superficial del suelo sobre el que reposaba y de los ataúdes contiguos, y no percibí ningún daño ni defecto aparente.
Se oyó un ruido, un húmedo plaf. Proveniente del interior. Nos estremecimos al unísono. El frío asco del ingeniero era imposible de ocultar. Sofoqué un temblor.
—Tenemos que abrirlo —dije.
El ingeniero no rechistó, pero su cuerpo, al igual que el mío, tardó en moverse. Se acuclilló y, con una mano plantada con firmeza en la tapa del ataúd, levantó los cierres de su lado. Yo abrí los míos y sentí que los dedos resbalaban en el frío metal y que me temblaban un poco cuando los retiré y aposenté la mano en la tapa. Nuestras miradas se cruzaron en un momento que se llevó nuestra última pizca de resolución. Juntos, abrimos el ataúd.
Primero, el olor: una mezcla de fruta podrida, antiséptico y formaldehído, envuelta en plástico con estiércol y azufre. Nos aguijoneó las fosas nasales mientras se difundía por el compartimento de carga. Las luces sobre nuestras cabezas iluminaron dos bolsas negras brillantes, pringosas de condensación y residuos. Sabía que serían cadáveres de niños, pero me sobrecogió, me hirió. Una de ellas tapaba de forma irregular la otra y comprendí de inmediato que dentro había más de un niño. Deslicé los ojos por el plástico empapado de fluidos y capté el contorno de un brazo, el esbozo de un perfil. Una forma se enroscaba cerca de la costura inferior, separada del resto. Era del tamaño de un bebé.
Entonces el avión se encabritó como un potro asustado y la bolsa superior resbaló y dejó al descubierto a una niña pequeña, de ocho o nueve años a lo sumo, con la mitad del cuerpo dentro de la bolsa y la otra mitad fuera. Encajada en el rincón como un contorsionista loco, con el vientre abultado, mostrando heridas de bayoneta, había vuelto a hincharse y las extremidades, retorcidas, tenían ahora el grosor de ramas de árbol. La piel pigmentada se había desprendido de todo el cuerpo menos de la cara, que era tan pura y tan inocente como la de un querubín celestial.
Fue su rostro lo que realmente me caló hondo, lo que realmente me dolió. Su dulce rostro.
El borde del ataúd se me clavaba en la mano, que adquirió una punzante blancura, pero no me atreví a quitarla de allí. Algo me atoró la garganta y me obligué a tragarlo.
Una mosca solitaria, gorda, húmeda y reluciente, salió reptando de la bolsa y voló perezosamente hacia Hadley. Este se puso de pie despacio y se preparó como para recibir un puñetazo. Observó al bicho elevarse y revolotear por el aire, siguiendo una torpe trayectoria. Entonces rompió el momento dando un paso atrás, blandiendo las manos y golpeando a la mosca —oí el manotazo— al tiempo que un sonido nauseabundo se le escapaba entre los labios.
Cuando me incorporé, las sienes me palpitaban y me flaqueaban las piernas. Me apoyé en un ataúd próximo, con la garganta saturada de algo rancio.
—Ciérralo —ordenó él, como si hablara con la boca llena—. Ciérralo.
Los brazos se me volvieron de goma. Tras mentalizarme, levanté una pierna y le di una patada a la tapa. Retumbó como un proyectil de artillería. La presión me azotó los oídos como si estuviéramos en medio de un descenso rápido.
Hadley puso los brazos en jarras y bajó la cabeza, mientras respiraba hondo por la boca.
—Cielo santo —graznó.
Percibí movimiento. Pembry se encontraba de pie junto a la fila de ataúdes, con el rostro alzado en una agria expresión de repugnancia.
—¿Qué... es... ese... olor?
—No pasa nada. —Descubrí que podía controlar un brazo y ensayé lo que esperaba que pareciera un gesto despreocupado—. Localizamos el problema, pero tuvimos que abrirlo. Vuelva a sentarse.
Pembry se abrazó a sí misma y retornó a su asiento.
Me percaté de que, con unas pocas inspiraciones profundas, el olor se disipaba lo suficiente para poder actuar.
—Tenemos que asegurarlo —le indiqué a Hadley.
Levantó la vista del suelo y vi que sus ojos parecían unas estrechas ranuras. Apretaba los puños y el ancho torso se erguía fiero y recto. En las comisuras de los ojos centelleaban las lágrimas. No dijo nada.
El ataúd recuperó su condición de cargamento en cuanto cerramos los pasadores. Lo encajamos de nuevo en su sitio, no sin esfuerzo. En cuestión de minutos, los demás ataúdes estuvieron estibados; las correas exteriores, en su sitio, y la red de sujeción, desplegada y asegurada.
Hadley me esperó hasta que terminé y luego me acompañó a proa.
—Voy a informar al comandante de que ha resuelto el problema —dijo— y a pedirle que nos ponga de nuevo a velocidad de crucero.
Asentí con la cabeza.
—Una cosa más —añadió—. Si ve esa mosca, mátela.
—¿No la...?
—No.
—Sí, señor. —No sabía qué otra cosa responder.
Pembry estaba recostada en su asiento, arrugando la nariz y fingiendo dormir. Hernandez estaba sentado erguido, con los párpados medio abiertos. Me hizo señas para que me acercara, agachado.
—¿Les ha dejado salir a jugar? —preguntó.
Me quedé mirándolo y guardé silencio. En mi corazón sentí la misma punzada que notaba de niño cuando se terminaba el verano.
Tras aterrizar en Dover, un destacamento vestido con uniforme de gala descargó los ataúdes y se celebraron ritos funerarios completos para cada persona. Me han contado que, para los siguientes cadáveres repatriados, las formalidades se recortaron y un solo capellán de las fuerzas aéreas recibía a los aviones. A finales de aquella semana estaba de regreso en Panamá con el estómago lleno de pavo y ron barato. Después volé a las Islas Marshall para entregar suministros a la base de misiles guiados que había allí. En el mando aéreo militar nunca faltan cargamentos.