PRÓLOGO

En el verano de 2016, a lo largo de seis cafés, Shahroo Izadi cambió mi vida.

Por entonces yo estaba trabajando en una serie de artículos en los que examinaba mi relación con el vino. Contacté con Shahroo para ver si podía ayudarme, no solo a darle forma a esas crónicas, sino a desentrañar qué me ocurría: me encontraba una vez más en el bar, una vez más un martes por la noche, una vez más con el estómago vacío salvo por una botella de vino y una bolsa de patatas fritas. El vino era mi respuesta al estrés, los festejos, la relajación, los lunes por la noche, los domingos por la tarde. Me daba igual el día. Siempre quería beber una copa.

El cambio que Shahroo aportó a mi vida, sin embargo, no fue una reinvención radical, como a menudo se ve en las narraciones centradas en los problemas con el alcohol o en el abandono de cualquier hábito. Y es que no era esa la intención. Yo no quería dejar de beber ni creía que debiera hacerlo.

Shahroo Izadi cambió mi vida porque me permitió tener una conversación conmigo misma que nunca habría mantenido de otro modo.

Y esa es la magia de Shahroo. Es como si te invitara a entrar en tu propia cabeza por una puerta trasera, una entrada secreta protegida de las ansiedades y las inseguridades y la culpa y las preocupaciones, y te dijera: «Eh, mira. Hay otra manera de hacer las cosas». Y esa manera es la amabilidad. El hecho de que estés a punto de leer El método de la amabilidad me llena de alegría. No se me ocurre un nombre más perfecto para la obra de Shahroo.

Desde el principio, me cogió desprevenida. Nos conocimos en una cafetería elegante del centro de Londres, a plena luz del día. El local parecía casi una audacia comparado con el sótano escondido en una iglesia donde una vez había asistido a un grupo para moderar el consumo de alcohol. Y, lo que fue más sorprendente, no hablamos de vino. En cambio, Shahroo me preguntó por mis esperanzas y ambiciones; por lo que, a mi entender, eran mis habilidades, talentos y fortalezas. Yo había supuesto que me pediría que apuntara en un diario cada vez que tomaba una copa de Pinot. En vez de eso, quería que anotara las cosas que me definían como persona. Usando sus mapas, los mismos que encontrarás en este libro, empecé a construir una imagen de cómo quería que fuera mi vida y cuáles eran realmente los obstáculos que me lo impedían, una técnica a la que volvería varias veces y que me serviría como ejercicio de honestidad y recordatorio de lo mucho que había progresado en el curso de nuestro trabajo juntas.

Al principio, sin embargo, no podía encajar las piezas. Seguía remitiéndolo todo al vino. En uno de nuestros encuentros no oculté mi abatimiento: «¿Por qué me emborraché tanto el fin de semana durante una cena?». La respuesta de Shahroo no fue preguntarme cuánto había bebido, sino cómo me había sentido en la cena; al hacerlo, descubrimos impresiones de inseguridad e ineptitud. Mediante las indagaciones sin crítica de Shahroo, pronto me di cuenta de que en realidad no bebía por el vino (y precisamente por ello no hablábamos del tema), sino que la bebida era como una máscara de oxígeno, que me ponía para inhalar bocanadas de confianza adicional que me ayudaran a sobrellevar las situaciones o emociones para las que no me sentía apta. Por eso mismo, el trabajo de Shahroo no se centra en ninguna sustancia o hábito particular, como el vino, las drogas, las apuestas, el sexo o la comida. Esos son solo los síntomas; el trabajo de Shahroo aborda la raíz del problema.

Como verás en este libro, buena parte del trabajo de Shahroo consiste en observar una situación y mostrártela desde un ángulo totalmente distinto. «Imagina que un extraterrestre mira el mundo de Marisa», decía. Pocas veces hallamos el espacio mental, o el tiempo, para contemplarnos con suficiente distancia. Pero durante una hora, mientras tomábamos un café, Shahroo y yo mirábamos la conducta de «Marisa» esa semana. Este libro te dará las herramientas necesarias para poder tomar tú también esa distancia.

En ese espacio, el talento de Shahroo no consiste en decirte qué cosas has hecho mal, sino en orientarte para que comprendas por qué ha ocurrido eso. Una vez me lo describió como un baile de salón. Tú, el cliente, debes tener la sensación de que llevas el baile, pero es ella quien realmente puede ver hacia dónde vas. Y tan pronto como puedas ver los hechos desde un ángulo distinto, no solo empezarás a comprender tu conducta, sino que comenzarás a ser capaz de sentir compasión por quien exhibe esas conductas, del mismo modo en que lo serías ante un amigo o incluso un desconocido; en esencia, ante cualquier persona salvo tú mismo. El método de la amabilidad no es que Shahroo se muestre amable contigo; consiste en que te des a ti mismo el permiso de tratarte con esa amabilidad. En lugar de vergüenza y miedo y culpa y decepción, se trata de crear el cambio con un poder que a menudo pasamos por alto: la compasión.

A veces nuestras sesiones me dejaban con los ojos llenos de lágrimas en Fitzrovia Square, ante unas verdades que hasta entonces habían permanecido soterradas. En otras ocasiones me llenaban de optimismo y seguridad. Pero en todos los casos me acercaban un paso más a comprender por qué bebía como lo hacía. Escribirme cartas a mí misma —un método propuesto en este libro— fue una de las cosas que me dieron resultado. Como sugirió Shahroo en una de nuestras sesiones, si quería salir a beber una copa, pero deseaba asegurarme de no quedarme hasta las tantas, debía escribirme una nota enumerando todas las cosas agradables que haría a la mañana siguiente. Guardaba la carta en mi bolso y ponía la alarma para las 22:00. Cuando esta sonaba, me iba corriendo al aseo, leía la carta y recordaba por qué era hora de irme a casa. Beber menos para poder disfrutar del sábado por la mañana puede no sonar a ciencia, pero, como empezaba a aprender, El método de la amabilidad trata de que nos permitamos ser una prioridad en nuestra propia vida. Para algunos de nosotros, eso puede ser una revelación.

Hay algo que da validez a las percepciones de Shahroo, y es la variedad de clientes con los que ha trabajado. Desde las jóvenes de Amy’s Place —un centro de rehabilitación para mujeres—, hasta los clientes privados de altos vuelos, pasando por los individuos interesados en la Escuela de la Vida, es muy tranquilizador saber que Shahroo entiende que los problemas conductuales son cosas sumamente humanas que nos afectan a todos por igual: incluso a ella. La sinceridad con que habla de su pérdida de peso, un tema presente en El método de la amabilidad, nos hace darnos cuenta de que incluso las almas más sabias afrontan sus demonios. De hecho, tal vez por eso son tan sabias.

Una frase empleada por Shahroo tuvo un gran impacto en una persona cínica como yo. Me dijo que el objetivo no era tanto «descubrirse a sí mismo» —lo que a menudo me hace adoptar un aire de suficiencia— como «conocerse a uno mismo». Empecé las sesiones con Shahroo sintiéndome una extraterrestre, mirando a Marisa y preguntándome por qué demonios esta se comportaba como lo hacía; pero al final de nuestros encuentros, había conocido a Marisa, como estoy segura de que te conocerás al final de este libro. Y es que parte de El método de la amabilidad consiste en suprimir los relatos dañinos y negativos que nos contamos sobre nuestra persona y, en lugar de ello, presentarnos como realmente somos, revelando los rasgos que de hecho poseemos, nuestras fortalezas y talentos, la persona enterrada bajo los mitos desagradables. Shahroo y yo luchamos para dejar atrás mis creencias en cuanto a ser perezosa (no era cierto, durante un verano de mi época de estudiante tuve tres trabajos a tiempo parcial); ser un poco tonta (no era cierto, tengo un doctorado en literatura del siglo XX); tener una afición a la bebida inevitable debido a la adicción familiar (no era cierto, según la ciencia); ser un caos caminante incapaz de hacer nada (no era cierto: Shahroo me señalaba que conseguía cumplir con un trabajo, escribir mis artículos y quedar con ella una vez por semana). Mediante los mapas, los cafés, el baile de salón metafórico, mucha honestidad y un montón de análisis interior, logré ver que ninguno de esos relatos era cierto. Y, por consiguiente, no solo dejé de tener motivos para castigarme, sino que, por fin, a los treinta y un años, conocí a Marisa. La entrada secreta por la que Shahroo te lleva a tu mente es como un pase para visitar los camerinos de tu verdadera personalidad y echar un vistazo a lo que realmente ocurre.

El método de la amabilidad es un libro para los que quieran hacer un cambio revolucionario en su vida; un cambio sostenido y duradero guiado por la honestidad y la compasión. Con las técnicas de Shahroo, y el reposicionamiento de cómo te ves a ti mismo, puedes convertirte en la persona que realmente quieres ser. Y, lo que es muy importante, no deberás reaparecer instantáneamente por arte de magia como la encarnación de otra persona. Con el tiempo, te irás acercando a una versión más feliz y sana de ti mismo, porque quizá será la primera vez en mucho tiempo, o en tu vida, que empieces a tratarte con amabilidad. El poder de Shahroo es cautivador; puede que no hable con la voz atronadora de una revelación (en realidad, llega con la de una mujer joven glamurosa, con una melena brillante), pero hoy en día, dos años después de aquellos cafés, podrán verme en un bar un domingo por la tarde, pero nunca un lunes por la noche. Y mientras la conversación que Shahroo me animó a tener sigue cambiándome la vida, ella inició un diálogo abierto, como un negociador de paz interno entre mi persona y yo. Ahora, cuando me encuentro en un bar, una vocecita me sugiere servirme tónica y hielo en lugar de vino, porque el sábado me merezco una mañana libre de resaca. He reemplazado la frase: «Da igual. Total, soy perezosa y caótica» por: «Ya es suficiente. Mañana tengo cosas importantes que hacer». Un cambio silencioso para el mundo exterior, pero revolucionario en mi vida.

No creo que sea una coincidencia que el libro de Shahroo haya llegado al mundo en 2018. Sin ninguna duda, ahora mismo el mundo necesita mucha amabilidad. Si podemos empezar a tratarnos con amabilidad a nosotros mismos, estoy segura de que podremos hacerlo con los demás. Lo primero que debes hacer ahora, sin embargo, es ir en busca de lápiz y papel. Es hora de trazar un mapa que describa a la persona que quieres ser.

MARISA BATE

metodo-4

INTRODUCCIÓN

¿Cuántas veces te has embarcado en un plan de cambio, solo para quedarte sin fuerzas en cuestión de semanas? ¿Con qué frecuencia caes en la cuenta de que has adoptado ciertos hábitos que no te enorgullecen? Tal vez te gustaría beber menos o hacer más ejercicio. Tal vez quieres seguir una dieta o dejar de aplazar un importante cambio profesional. A lo mejor te has preguntado: «¿Por qué, aunque sé que me convienen, no logro atenerme a mis planes?».

No importa qué hábitos desees cambiar o qué decisiones quieras implementar: voy a enseñarte cómo hacerlo. Te orientaré a lo largo de un proceso que no solo ayudará a poner en práctica tus planes, sino que, al mismo tiempo, hará que aumente tu autoestima, crezca tu autoconciencia y se fortalezca tu resiliencia. Las herramientas de este libro te prepararán para maximizar la posibilidad de alcanzar cualquier objetivo que te propongas.

Creo que sabemos qué cosas nos sirven y nos permiten alcanzar nuestras metas. Solo necesitamos respetar un marco sencillo que nos ayude a aprovechar ese saber. El método de la amabilidad no es un sustituto de las dietas o la terapia, las desintoxicaciones o esas aplicaciones digitales para ordenarte la vida. Esas cosas pueden formar parte del proceso si así lo deseas. Este libro simplemente te ayudará a entender por qué, una y otra vez, cuando emprendes un nuevo plan, lo sigues quizá por un tiempo, pero no logras llevarlo a término. También te dará algunos consejos para crear un plan sostenible.

Como si asistieras a sesiones conmigo, te guiaré por unos cuantos ejercicios sencillos concebidos para ayudarte a arrojar luz sobre los pensamientos y comportamientos que te frenan. Entre los ejercicios figura el escribirte cartas a ti mismo, el hacer tormentas de ideas para crear reglas nemotécnicas personalizadas y el rellenar «mapas»; el objetivo de todos ellos es que cobres más conciencia de las maneras en las que quizá saboteas tus propios esfuerzos. Son las herramientas que yo uso en mi propia vida, así como con mis clientes.

Cuando digo mapas, solo me refiero a un tema escrito en mitad de una página, alrededor del cual se toman notas como a uno más le convenga (más adelante daré detalles sobre cómo hacer los tuyos). Algunos de los mapas utilizados en el tratamiento del uso indebido de sustancias son bastante prescriptivos y te animan a responder preguntas que se van encadenando. Algunos ofrecen encabezados y campos que deberás rellenar, con un sistema de puntuación debajo para hacer un seguimiento de los mapas más útiles. Para ser sincera, la mayoría de los mapas que utilizo son mapas libres, trazados sobre un papel en blanco. En general, determino a partir de una charla con un cliente cuáles son las cosas que más le importa explorar durante una sesión y creo un «mapa» con unas pocas palabras escritas en el centro de la página. Luego se lo entrego y el cliente lo completa como le place, anotando las palabras y frases que se le ocurren en el orden y la disposición que quiere. Así pues, en ausencia de directrices sobre cómo hacerlos efectivos, los mapas son literalmente una palabra o frase en medio de una página, alrededor de la cual se apuntan notas al azar.

Aunque el proceso de El método de la amabilidad puede aplicarse a diversos hábitos no deseados, la mayoría de las anécdotas y los ejemplos del libro versan sobre experiencias relacionadas con las drogas (incluidos el alcohol y el azúcar). No solo la mayor parte de mis conocimientos y experiencia pertenece a esa esfera, sino que, en la actualidad, al menos el 80 % de los clientes que me consultan de manera privada quieren afrontar sus problemas con el alcohol. Gestionar una relación con una sustancia adictiva que produce alteraciones químicas en nuestro cuerpo plantea unos cuantos retos adicionales. Por ello, creo que quienes han logrado controlarla pueden enseñarnos mucho acerca de cómo lidiar con hábitos cotidianos menos «dañinos».

QUIÉN SOY YO

Después de estudiar Ciencias Psicosociales y Psicología, tuve mi primera experiencia laboral en el ámbito de la sanidad en el noroeste de Londres, como psicóloga asistente en una unidad del Servicio Nacional de Salud dedicada al tratamiento del uso indebido de sustancias. En aquellas prácticas aprendí muchísimo sobre la atención de la drogodependencia en el Reino Unido.

Más tarde me especialicé en la atención primaria comunitaria del uso indebido de sustancias y me formé en enfoques esenciales, como la entrevista motivacional,[1] el control de recaídas, el trabajo grupal, la gestión de riesgos, la intervención breve, la reducción de daños, la evaluación basada en fortalezas y la prevención de recaídas basada en la meditación. En 2012 empecé a trabajar en una consultoría, donde aprendí sobre la aplicación, las políticas, la gestión clínica y el panorama político del tratamiento de la drogodependencia en el Reino Unido. Finalmente, combiné y adapté lo aprendido para crear mi propio enfoque de los cambios de hábitos.

En mi labor profesional he podido observar de primera mano cuáles eran las herramientas que daban buenos resultados a una amplia gama de personas en diferentes contextos. Aun así, no podría haberlas difundido de manera amplia y con la conciencia tranquila si no hubieran pasado la prueba definitiva: darme resultado a mí. Por suerte, lo hicieron. Al cabo de más de veinte años de luchar contra los atracones compulsivos y las dietas extremas y buscar con desesperación un plan que pudiera cumplir, usé las herramientas de este libro para perder —y no recuperar— cincuenta kilos.

No fue la primera vez que perdí mucho peso, pero sí la primera que empecé a sentirme más segura y competente en muchas esferas de mi vida. Y lo fue porque no solo puse en marcha nuevos planes de nutrición y ejercicio, sino porque al mismo tiempo exploré y afronté los problemas que me habían supuesto mis distintos patrones relacionados con la codependencia, la ansiedad, la baja autoestima, la necesidad de una constante validación externa, la falta de límites y un diálogo interno negativo. Comencé a entender de dónde procedían mis hábitos y por qué me costaba tanto cambiar.

QUÉ ESPERO DE TI

No te diré cuáles «deberían» ser tus objetivos. Tus objetivos no son asunto mío (ni de nadie más). Por lo que a mí respecta, puedes usar este proceso para darle importancia a algo a lo que casi todo el mundo quiere quitársela, si eso es lo que buscas.

Todos pasamos por momentos en la vida en los que queremos desprendernos de hábitos que hemos adoptado sin pensar, momentos en los que deseamos «renovarnos» y proponernos nuevos objetivos. Es imposible adivinar qué planes querremos implementar y llevar a cabo dentro de cinco años. Lo bueno de El método de la amabilidad es que, cada vez que cambien tus objetivos, tendrás a tu disposición una gran cantidad de recursos personalizados (los mapas y ejercicios de este libro). De ese modo, en cada etapa de tu vida, cuando hagas balance y pienses: «Esto no me gusta, quisiera cambiarlo», estarás preparado para hacerlo. Y serás capaz de lograrlo de manera autónoma, armado con muestras tangibles de que realmente eres capaz de hacerlo.

Mis clientes acuden a mí porque desean hallar una manera de gestionar sus hábitos no deseados. Estos pueden estar relacionados con el alcohol, la comida, los aplazamientos, los videojuegos, las apuestas, el sexo, el derroche, las redes sociales o el diálogo interior negativo. A veces, les preocupa más de un hábito; a veces, muchos juntos. Con frecuencia, esperan que les diga qué «deberían» o «no deberían» hacer y que los regañe por lo «malos» que son en comparación con otros de mis clientes. Desean que les señale los objetivos «correctos» y el motivo por el que deberían cambiar. No es así como trabajo, y El método de la amabilidad no va por ahí. Mi experiencia personal y profesional me ha enseñado que presumir de conocer a la gente mejor de lo que ella se conoce y decirle lo que debe hacer sencillamente no es efectivo. También puede provocar que la gente se ponga a la defensiva y sea deshonesta: dos cosas capaces de ralentizar notablemente el proceso de cambio.

No quiero que te «pongas en mis manos». Quiero enseñarte a hacer planes completamente adaptados a tus necesidades personales. Mi tarea solo es orientarte, simplificar algunos conceptos motivacionales comunes, mostrarte algunas herramientas y enseñarte cómo obtener lo que necesitas para alcanzar tus metas, cualesquiera que sean.

Los objetivos los pondrás tú, sabiendo que en los ejercicios de El método de la amabilidad no se juzga qué cosas son importantes para ti.

EN QUÉ CONSISTE EL PROCESO

Comenzarás por documentar las cosas que se te dan bien y recordarás todas las veces en que has demostrado sentirte resuelto, competente y motivado. A continuación, empezarás a revisar los pensamientos y conductas que pueden frenarte. Te invitaré a probar nuevos hábitos, y descubrirás que empiezas a observar y predecir naturalmente los detonantes y situaciones singulares que tienen probabilidades de hacer que te desvíes de un plan. En lugar de evitar las situaciones que suelen llevarte a abandonar las cosas, las reinterpretarás como retos que puedes afrontar de lleno y superar.

Algunos de estos mapas y ejercicios formarán parte de tu compromiso constante con el aumento de tu autoestima, autoeficacia y autoconciencia. Algunos solo serán pertinentes para los cambios específicos que quieras hacer en un momento determinado.

“Desde el momento en que empieces a realizar el primer ejercicio habrás comenzado a recopilar observaciones sobre ti mismo y tus conductas que orientarán las elecciones que harás en los años venideros”.

Al conocerte mejor, prepararte para los momentos difíciles y afrontarlos con confianza, cuestionarás tus convicciones centrales sobre tus capacidades y empezarás a ponerte metas cada vez más ambiciosas. Planificar de manera autónoma no significará excluir a otras personas u otros recursos del proceso. Significará decidir en quién y qué puedes apoyarte de manera calculada, a fin de tomar las decisiones que sean las mejores para ti, específicamente.

Siempre podrás remitirte a los mapas que empieces a hacer hoy (recibirás orientaciones detalladas sobre ello a partir del capítulo 5). Vale la pena invertir en un buen cuaderno en blanco —o varios— e incluso en bolígrafos de colores si te apetece hacer mapas coloridos. Poco a poco irás creando un valioso archivo en el que no solo se consignarán tus logros, sino que te servirá como regla nemotécnica personalizada y herramienta de motivación personal para ayudarte a mantener el rumbo en los momentos difíciles.

CÓMO FUNCIONA

En las distintas áreas en las que he trabajado hasta la fecha, he observado que quienes desean mantener el rumbo en sus planes de cambio a largo plazo tienen algunas cosas en común:

•  Manifiestan muy claramente por qué quieren cambiar

•  Cambian por sus propias razones

•  Están preparados para que su deseo flaquee de un momento a otro, de manera que establecen controles para asegurarse de que no se saldrán del camino en el caso de que ello ocurra

•  Les resulta emocionante seguir sorprendiéndose y cuestionando los supuestos antiguos acerca de aquello de lo que son capaces y lo que merecen

•  Se tratan y tratan a los demás con amabilidad

En El método de la amabilidad te daré toda la información que necesitas sin exponerte a un montón de jerga. En el pasado, cuando leía libros de autoayuda, rara vez lo hacía de principio a fin. Antes bien, iba directa a los capítulos en los que, al parecer, me iban a indicar con más rapidez la meta a la que quería llegar. El método de la amabilidad está pensado con la presunción de que mucha gente leerá los libros de este tipo del mismo modo en que yo lo hacía.

¿PERSONALIDAD ADICTIVA O FALTA DE PLANIFICACIÓN?

Ninguno de nosotros vive sin hábitos. Y cuando tenemos hábitos no deseados, no podemos descartarlos sin más, sino que debemos reemplazarlos. Incluso si nuestro nuevo hábito fuera «no hacer nada», eso seguiría siendo un hábito.

Cuando no planificamos ni nos analizamos lo suficiente antes de tratar de cambiar un hábito, «tocar de oído» puede parecernos una buena opción. A menudo decidimos dejar de hacer cosas «malas» y aguantar los momentos difíciles con la sola fuerza de nuestra voluntad. El problema es que olvidamos que nuestro deseo fluctúa, y que aunque nuestros hábitos nos parezcan totalmente contraproducentes e inútiles ahora mismo, son (o han sido) lo contrario. Eso significa que, en algún momento, muchos pensamientos, sentimientos y situaciones diferentes tendrán posibilidades de desviarnos del buen camino, en especial cuando menos lo esperemos.

Saber que no debemos hacer algo o sencillamente tener conciencia de que hacerlo afectará de manera negativa nuestra vida no es suficiente para crear un proceso de cambio sostenible; ni siquiera es casi suficiente. Inevitablemente, luego nos encontraremos con situaciones para las que estaremos mal preparados y en las que tomaremos decisiones desde fuera de nuestro elemento. Es muy probable que entonces nos sirvamos de cualquier excusa para retomar viejas costumbres, aunque solo sea con el fin de buscar el alivio del statu quo y aplazar el miedo a lo desconocido. Además, a menudo no logramos diversificar las estrategias, distracciones y alternativas que usamos para resguardarnos de algunos pensamientos y sentimientos. El impulso de evadirnos con frecuencia forma parte de la sensación de que estamos a merced de nuestros hábitos no deseados.

HABLAR DE MANERA CONDESCENDIENTE

Con independencia de cuáles sean los hábitos que quieras corregir en este momento, creo que debemos vencer un hábito fundamental a fin de maximizar la posibilidad de que nuestros planes den buenos resultados: el hábito de hablarse mal a uno mismo. Esa práctica, que puede llevarnos a sabotear nuestros planes, a menudo se manifiesta en las conductas que nos desvían del buen camino. Cuando abandonamos nuestro elemento, sea cual sea este para cada uno de nosotros, es esperable que haya ocasiones en las que no parezca importarnos ninguna de las razones válidas para cambiar. Más aún, inventaremos excusas que serán creativas, convincentes y al parecer atractivamente lógicas para retomar nuestras viejas costumbres (o incluso adoptar nuevos hábitos no deseados para mitigar el estrés, el aburrimiento u otros estados que queremos evitar).

“Necesitamos aprender por qué nos sienta bien seguir igual”.

Por ello una parte esencial de El método de la amabilidad se centra en prestar oídos a tus propios mensajes. Además, te anima a hacer una valoración consciente de cómo y por qué puede sentarte bien seguir igual. También da por supuesto que, con independencia de lo motivado que te sientas en un momento dado, habrá ocasiones en las que todo se quede en agua de borrajas y (al menos a corto plazo, hasta que el proceso se vuelva natural y acumules tiempo) necesites reglas nemotécnicas tangibles para recordar las cosas de las que eres capaz y lo mucho que te importa el cambio.

LA INTENCIÓN ES LO QUE CUENTA

La mayoría de los profesionales que tratan el uso indebido de sustancias, con independencia de su enfoque terapéutico, tienen algo en común: rara vez se centran en la sustancia misma de la que alguien abusa. Saben que conseguir un cambio duradero no pasa realmente por analizar tal o cual sustancia. Pasa por aprender a cultivar y fortalecer una mirada curiosa y compasiva de los propios antojos físicos mediante la autoconciencia atenta. Pasa por aprender a discriminar los pensamientos a los que les permitimos dictar nuestras conductas. Esos enfoques del tratamiento de la drogodependencia pueden aplicarse a una serie de conductas cotidianas no deseadas.

Por ejemplo, puede que quieras cambiar el hábito de dejar las cosas para después, pero lo importante serán las conversaciones que entables contigo mismo acerca de cómo cambiar esa conducta y el significado que ello tiene para ti. Si no se resuelven esas cuestiones, es probable que vuelvas a caer en las viejas costumbres.

TOCAR FONDO

De acuerdo con la concepción tradicional del tratamiento de las adicciones, las personas no cambian hasta que las cosas se ponen muy mal. Deben sentirse fatal antes de hacer cambios duraderos, y sus hábitos deben causar problemas mayores e inmanejables para que activen un plan de cambio riguroso y lo cumplan. Para algunas personas, así es. Son capaces de describir el momento en que decidieron cambiar para siempre; y en adelante han seguido un plan sin desviarse nunca. Nunca miran atrás porque, de solo pensar en «tocar fondo» de nuevo, deciden seguir por el buen camino.

Sin embargo, la mayoría de las personas con las que he trabajado (en especial aquellas con más hábitos cotidianos no deseados) pueden, con el tiempo, normalizar los momentos en que más los frustraban sus hábitos no deseados y declaraban: «Se acabó, nunca más». Además, al recordar todos esos minimomentos de «tocar fondo», se crea una imagen incómoda que quieren apartar rápidamente, pero que no es lo bastante aterradora como para que la sola idea de repetirlos logre mantener a las personas en el buen camino.

Así pues, con la excepción de quienes realmente alguna vez «tocaron fondo», he observado que el hecho de centrarnos en lo que no queremos ser o hacer puede activarnos y proporcionarnos una perspectiva muy necesaria, pero que nos hace mantener el rumbo. En la mayoría de los casos, cambiar de forma definitiva no equivale a alejarnos de las cosas que no queremos, sino a acercarnos a las que sí. No se trata de castigarnos con recordatorios de lo mal que estaban las cosas o podrían volver a estarlo, sino de entusiasmarnos pensando en lo mucho que pueden mejorar. Se trata de recompensarnos, aceptarnos, perdonarnos y comprendernos.

Nos guste o no, los hábitos que adquirimos para distraernos de los pensamientos y sentimientos incómodos, en algún momento, han sido útiles y efectivos; de otra forma, no habríamos recurrido a ellos durante tanto tiempo. En general, puede que ya no sean útiles, o quizá ya no encajan en la vida que queremos llevar. O tal vez solo queremos estrategias mejores y más efectivas, en vez de seguir reemplazando un malestar con otro. Pero los hábitos en sí no son «malos» y tampoco lo somos nosotros. Desde una perspectiva práctica y encaminada a cambiar de hábitos, el problema de adoptar un enfoque punitivo de nosotros y nuestras conductas es que así se refuerza la idea de que somos débiles y merecemos el castigo. Esa actitud no nos conduce a tener el estado de ánimo necesario para llevar adelante nuestros planes cuando es más difícil hacerlo.

Cuando los planes se parecen a un castigo que hemos debido imponernos, es muy tentador rebelarse. De acuerdo con El método de la amabilidad, no se trata de decir: «He sido malo y débil, no puedo creer que haya acabado así, necesito que me arreglen». Se trata de decir: «Estoy bien, pero elijo aprender más sobre mis pensamientos y conductas, y mejorar, por mis propias razones». Además, al identificar de qué manera te han servido (o siguen sirviendo) esos pensamientos y conductas, comprenderás qué otras estrategias de afrontamiento específicas pueden servirte a largo plazo.

EXPERTO POR EXPERIENCIA

En el campo del tratamiento de las adicciones se reconoce ampliamente la sabiduría de los «expertos por experiencia», aquellas personas que han pasado por situaciones similares a las nuestras. Escribo El método de la amabilidad en parte como profesional, pero principalmente como experta por experiencia.

Solía creer que yo era una de esas personas que van «a todo o nada», alguien que no podía seguir un plan o realmente aprender a moderar lo que fuera. Como resultado, luché con mis problemas de peso toda la vida. Probé todas las dietas de moda y pagué mucho dinero por el último gurú, el entrenador más novedoso, los campamentos de salud... Realmente, lo intenté todo. Todos los lunes comenzaba un plan nuevo y extremo. Durante años, me castigué por mi debilidad, matándome de hambre por un tiempo y luego dándome atracones. Me aislaba hasta estar «lo bastante delgada» para salir, mientras pasaba los domingos por la tarde con una porción de pizza en una mano y, en la otra, un formulario de inscripción a otro campamento de entrenamiento milagroso o una dieta a base de zumos: una que, estaba decidida, me «arreglaría» de una vez. Algo es seguro: sabía cómo perder peso. De hecho, tenía mucha capacidad para entender cómo perder mucho peso muy rápidamente.

Nunca hemos tenido tantas dietas efectivas a nuestra disposición, y creo que muchas dan excelentes resultados. Para mí, dar con un plan nunca fue un problema. Otra cosa era no recuperar el peso y sentirme cómoda conmigo misma.

Ahora que sé lo que sé sobre cambiar mis propios hábitos, he identificado por qué con frecuencia me llevaba meses, o incluso años, arrancar y por qué mis «recaídas» eran tan catastróficas:

•  No creía realmente en mi capacidad de cambiar mi conducta de manera permanente

•  No era honesta conmigo ni con los demás sobre cuáles eran algunas de las razones por las que quería cambiar

•  Enfocaba el cambio como un castigo por la debilidad y la pereza

•  No estaba preparada para las dificultades del proceso

•  Me centraba en mis conductas «malas», en lugar de concentrarme en la vida que deseaba alcanzar

TODO LO QUE SIRVA

Cuando realmente tenía mucho sobrepeso, no quería decirle a mi médico que me preocupaba más mi aspecto en bikini que mi mayor riesgo de padecer diabetes. Aquella manera de pensar no era motivo de orgullo, pero, cuando ansiaba con desesperación bajarme de la máquina de ejercicios, lo que me hacía seguir adelante no era la idea de un informe médico saludable, sino la perspectiva de poder volver a ponerme vaqueros abotonados.

A menudo nos dicen qué cosas «deberían» motivarnos y por qué razones «deberíamos» querer cambiar. Nos recuerdan sin parar lo malo de nuestros hábitos. Todo el mundo sabe por qué el alcohol o el exceso de comida son perjudiciales. Pero cuando algunos profesionales bien informados y bienintencionados me hacían recomendaciones, no solo oía que mi conducta era mala, sino que algo me iba mal. Si sabía que esos hábitos afectaban tantas esferas de mi vida, ¿por qué era tan débil? ¡¿Por qué no podía cambiar y ya?!

Ahora sé que, en el fondo, no creía merecer el cambio. Tampoco tenía las herramientas adecuadas para efectuarlo. No era débil, pero estaba atrapada en un círculo vicioso. Al aplicar algunos de los enfoques expuestos en El método de la amabilidad para tratarme con la consideración y la compasión que por lo general reservaba para los demás, descubrí una manera de romperlo.