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La casa se vislumbra a lo lejos mientras sorteo los peligrosos baches; hace al menos diez años que nadie los repara y son muy profundos. Continúo un poco más, detengo el coche y contemplo Pandora. Pienso que en realidad no es tan bonita, a diferencia de las brillantes fotografías de casas de veraneo que aparecen en las páginas web de las inmobiliarias de lujo. De hecho, vista desde detrás, es sólida, práctica y casi austera, exactamente como siempre he imaginado que fue su anterior inquilino. Construida con piedra clara de la zona, y cuadrada como las casas Lego que construía de niño, se eleva en medio de una tierra árida y blanquecina cubierta de vides tiernas y pujantes hasta donde alcanza la vista. Intento encajar su realidad con la instantánea virtual de mi cabeza —tomada y almacenada hace diez veranos— y decido que la memoria no me ha fallado.

Aparco el coche y rodeo los recios muros hasta la parte delantera de la casa y la terraza, que es lo que aleja a Pandora de lo ordinario y le otorga su toque espectacular. Cruzo la terraza en dirección a la balaustrada, construida justo en el punto donde el terreno emprende su suave descenso: un paisaje bañado de vides, alguna que otra finca encalada y cúmulos de olivos retorcidos. A lo lejos, una titilante franja verde azulada separa la tierra del cielo.

Advierto que el sol está dando una clase magistral mientras se pone, sus rayos amarillos fundiéndose con el azul del mar hasta tornarse ocres. Interesante detalle, porque siempre he pensado que de la mezcla del amarillo y el azul se obtenía el verde. Contemplo a mi derecha el jardín que se extiende a los pies de la terraza. Los bonitos parterres que mi madre plantó con tanto mimo hace diez años, hambrientos de agua y cuidados, han sido absorbidos por la árida tierra y suplantados por feos hierbajos de púas de género desconocido.

Pero en medio del jardín, con un extremo de la hamaca donde solía tumbarse mi madre todavía amarrado al tronco —las cuerdas como espaguetis rancios y deshilachados—, está el olivo. «Viejo», lo apodé entonces, que es lo que los adultos me decían que era. Y aunque todo a su alrededor está muerto y descompuesto, él parece haber ganado en estatura y majestuosidad, quizá robando la fuerza vital a sus derrotados vecinos botánicos, decidido a sobrevivir a lo largo de los siglos.

Es muy bello, un triunfo metafórico sobre la adversidad, cada milímetro de su retorcido tronco exhibiendo orgulloso su lucha.

Me pregunto ahora por qué los humanos detestan el mapa de la vida que aparece en sus cuerpos cuando un árbol como este, o un cuadro descolorido, o un edificio abandonado, es admirado por su antigüedad.

Me vuelvo hacia la casa mientras sigo pensando en eso y compruebo aliviado que, al menos desde fuera, Pandora parece haber sobrevivido a su reciente abandono. Camino hasta la entrada principal, saco la llave de hierro del bolsillo y abro la puerta. Mientras recorro las habitaciones en penumbra, protegidas de la luz por los postigos, soy consciente de que tengo las emociones entumecidas, y quizá sea mejor así. No me atrevo a empezar a sentir, porque este lugar —quizá más que ningún otro— conserva la esencia de ella…

Media hora después he abierto los postigos de la planta baja y retirado las sábanas de los muebles del salón. Cuando me detengo en medio de las motas de polvo que atrapan la luz del sol crepuscular, recuerdo haber pensado lo viejo que parecía todo la primera vez que lo vi. Y me pregunto, mientras contemplo las sillas hundidas y el sofá raído, si, al igual que el olivo, llega un momento en que lo viejo es simplemente viejo y no envejece más en apariencia, como los abuelos de pelo blanco a los ojos de los niños.

Como es lógico, lo que sí ha cambiado por completo en esta estancia soy yo. Nosotros, los humanos, realizamos la mayor parte de nuestra evolución física y mental durante nuestros primeros años en el planeta Tierra: pasamos de niños a adultos en un abrir y cerrar de ojos. El resto de nuestra vida, como mínimo por fuera, conservamos más o menos el mismo aspecto, convirtiéndonos simplemente en versiones más flácidas y no tan atractivas de nuestro ser conforme los genes y la gravedad hacen su trabajo.

En cuanto a la parte emocional e intelectual… en fin, quiero creer que el lento declive de nuestro envoltorio tiene su lado bueno. Y estar de vuelta en Pandora me demuestra que sí. De regreso al vestíbulo, me río del «Alex» que era entonces. Me estremezco al pensar en mi antiguo ser: un muchacho de trece años absolutamente cargante y egocéntrico.

Abro la puerta del Escobero, el nombre afectuoso que le puse al cuarto que ocupé durante aquel largo y caluroso verano de hace diez años. Tras encender la luz, compruebo que no había subestimado su exiguo tamaño y que, en todo caso, el espacio parece haber encogido aún más. Introduzco mi metro ochenta y cinco y me pregunto si los pies, en el caso de que cerrara la puerta y me tumbara, me colgarían por fuera del ventanuco, como Alicia en el país de las maravillas.

Levanto la vista hacia los estantes situados a ambos lados de este claustrofóbico habitáculo y compruebo que los libros que coloqué meticulosamente por orden alfabético siguen ahí. Saco uno al azar —Prodigios y recompensas, de Rudyard Kipling— y lo hojeo hasta dar con el famoso poema. Mientras leo los versos de Si, sabias palabras escritas por un padre a un hijo, no puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas por el adolescente que fui entonces, tan desesperado por encontrar un padre. Y que cuando lo encontró, comprendió que ya tenía uno.

Cuando devuelvo a Rudyard al estante reparo en un librito de tapa dura que descansa a su lado. Es el diario que me regaló mi madre por Navidad unos meses antes de venir a Pandora por primera vez. Cada día, durante siete meses, escribí en él con asiduidad y, de acuerdo con mi personalidad de entonces, pomposidad. Como todos los adolescentes, creía que mis ideas y sentimientos eran únicos y revolucionarios, que ningún ser humano los había tenido antes que yo.

Meneo la cabeza con tristeza y suspiro como un viejo por mi ingenuidad. Dejé el diario aquí cuando regresamos a Inglaterra tras aquel largo verano en Pandora. Y aquí está, diez años después, de nuevo sobre las palmas de mis manos, ahora mucho más grandes. Las memorias de mis últimos meses de infancia, antes de que la vida me arrastrara hacia la edad adulta.

Con el diario bajo el brazo, salgo del cuarto y me dirijo a la planta de arriba. Deambulo por el sombrío pasillo sin ventilar, pendiente aún de decidir en qué dormitorio deseo instalarme durante mi estancia. Por fin, respiro hondo y me encamino a su habitación. Tengo que armarme de valor para abrir la puerta. Quizá sean imaginaciones mías —tras diez años de ausencia, lo más seguro es que sí— pero juraría que mis sentidos se ven asaltados por el aroma de su perfume…

Vuelvo a cerrar la puerta con firmeza, todavía incapaz de lidiar con los recuerdos que podrían escapar de todos esos dormitorios, y regreso abajo. Ha anochecido, y fuera la oscuridad es total. Miro el reloj, añado dos horas por la diferencia horaria y caigo en la cuenta de que aquí son casi las nueve. Mi estómago vacío lanza un gruñido hambriento.

Saco el equipaje del coche y guardo en la despensa las provisiones que compré en la tienda del pueblo; luego me siento en la terraza con un poco de pan, un trozo de queso feta y una cerveza tibia. Con la pureza del silencio interrumpida tan solo por alguna que otra cigarra adormecida, doy sorbos a la cerveza mientras me pregunto si ha sido una buena idea llegar aquí un día antes que los demás. Tengo un don especial para mirarme el ombligo, después de todo, tanto es así que hace poco alguien me ofreció un trabajo para hacerlo de manera profesional. Esa idea me hace reír.

Para olvidarme un rato de la situación, abro el diario por la primera página y leo la dedicatoria.

 

¡Alex, cariño, feliz Navidad! Intenta escribir en este diario con regularidad. Puede que te resulte interesante leerlo cuando seas mayor.

Con todo mi amor,

Mamá xxx

 

«Esperemos que tengas razón, mamá.»

Sonrío débilmente mientras paso las páginas llenas de pretenciosa prosa hasta llegar a principios de julio. Y bajo la luz tenue de la única bombilla que cuelga de la pérgola sobre mi cabeza, comienzo a leer.

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Diario de Alex

 

 

 

 

10 de julio de 2006

 

Tengo la cara completamente redonda. Estoy seguro de que si la trazaras con un compás serían pocas las veces que la línea del círculo y la de mi cara no coincidieran. La odio.

También tengo, dentro del círculo, dos mejillas como manzanas. Cuando era pequeño los adultos tironeaban de ellas, agarraban la carne entre sus dedos y la estrujaban. Olvidaban que mis mejillas no eran manzanas. Las manzanas son inanimadas. Son duras, no sienten dolor. Si las estrujan, apenas lo notan.

Sin embargo, creo que tengo los ojos bonitos. Cambian de color. Mi madre dice que cuando estoy contento y motivado son de un verde vivo. Cuando me pongo nervioso, adquieren el color del mar del Norte. Personalmente, creo que están grises la mayor parte del tiempo, pero son bastante grandes y tienen la forma de un hueso de melocotón, y las cejas, más oscuras que mi pelo —que es rubio-chica y liso como la paja—, los enmarcan bien.

Ahora mismo estoy mirándome en el espejo. Noto el cosquilleo de las lágrimas en los ojos, porque, cuando no me veo la cara, en mi imaginación puedo ser quien me dé la gana. La luz del diminuto lavabo es agresiva y brilla como un halo sobre mi cabeza. Los espejos de los aviones son lo peor: consiguen que parezcas un cadáver de hace dos mil años al que acaban de desenterrar.

Bajo la camiseta puedo ver la carne que asoma por encima de los pantalones cortos. Agarro un pedazo y lo moldeo hasta conseguir una reproducción nada desdeñable del desierto de Gobi. Creo dunas, con pequeñas depresiones entre ellas, de las que podría brotar alguna que otra palmera alrededor del oasis.

Luego me lavo bien las manos.

La verdad es que mis manos me gustan, pues no parecen haberse sumado a la marcha hacia Tonelandia, que es donde el resto de mi cuerpo ha decidido vivir en estos momentos. Mi madre dice que es gordura infantil, o «grasa de cachorro», que el botón hormonal con la etiqueta «disparar hacia los lados» ha funcionado a la primera pulsación. Por desgracia, el botón de «disparar hacia arriba» falló. Y por lo visto nadie lo ha arreglado desde entonces.

Además, ¿cuántos cachorros gordos he visto en mi vida? La mayoría están delgados por el desgaste de la excitación.

Puede que yo también necesite un poco de emoción.

La buena noticia es que, al menos, volar te produce una sensación de ingravidez, aunque estés gordo. Y en este avión hay un montón de gente mucho más gorda que yo, porque me he fijado. Si yo soy el Gobi, mi vecino de asiento es el Sáhara al completo. Su antebrazo acapara todo el reposabrazos, piel, músculo y grasa expandiéndose como un virus mutante en mi espacio personal. Eso es algo que me fastidia mucho. Yo contengo mi carne dentro del espacio que me ha sido designado, aunque acabe con una contractura severa.

Por la razón que sea, siempre que estoy en un avión pienso en la muerte. A decir verdad, pienso en la muerte esté donde esté. Tal vez estar muerto sea un poco como la ingravidez que siento ahora aquí, dentro de este tubo metálico. La última vez que volamos, mi hermana pequeña preguntó si estaba muerta, pues alguien le había dicho que el abuelo se hallaba sobre una nube. Pensaba que íbamos a reunirnos con él cuando pasamos junto a una.

¿Por qué los adultos les cuentan esas chorradas a los niños? Solo consiguen liar aún más las cosas. En lo que a mí respecta, nunca me creí ninguna de ellas.

Hace años que mi madre renunció a probarlas conmigo.

Mi madre me quiere, aunque en los últimos meses me haya convertido en mister Tonel. Y me ha prometido que llegará un día en que tendré que agacharme para poder verme la cara en espejos salpicados de agua como este. Por lo visto, vengo de una familia de hombres altos. Aunque eso no es ningún consuelo. He leído sobre genes que se saltan generaciones enteras, y con la suerte que tengo, seguro que seré el primer enano gordinflón en cientos de años de varones Beaumont.

Además, mamá se olvida de que está ignorando el ADN contrario que contribuyó a mi creación…

Es una conversación que estoy decidido a tener con ella durante estas vacaciones. Me da igual las veces que intente escaquearse y cambiar de tema. Tener un fantasma por padre ya no me resulta satisfactorio.

Necesito saber.

Todo el mundo dice que me parezco a ella, pero qué van a decir. Difícilmente podrían encontrarme parecido con un espermatozoide no identificado.

Bien mirado, es posible que el hecho de no saber quién es mi padre contribuya a los delirios de grandeza que ya albergo. Lo cual no es nada saludable, y menos aún en un niño como yo, si es que todavía soy un niño. O lo he sido alguna vez, lo que en realidad dudo.

En este preciso instante, mientras mi cuerpo atraviesa como un rayo el centro de Europa, mi padre podría ser cualquier hombre que yo decida imaginarme, el que más me convenga en estos momentos. Por ejemplo, puede que estemos a punto de estrellarnos y el capitán solo tenga un paracaídas extra. Podría presentarme a él como su hijo y él no tendría más remedio que salvarme, ¿no?

Pensándolo bien, quizá sea mejor que no lo sepa. Mis células podrían provenir de algún lugar de Oriente, por lo que tendría que aprender mandarín para comunicarme con mi padre, un idioma megadifícil.

A veces me gustaría que mamá se pareciera más a otras madres. Digamos que no es Kate Moss, porque es bastante mayor, pero me incomoda que mis compañeros de clase, mis profesores y todos los hombres que entran en casa la miren como si lo fuera. Todo el mundo la adora, porque es amable y divertida, y cocina y baila al mismo tiempo. Y en ocasiones mi pedacito de ella no me parece lo bastante grande y desearía no tener que compartirla.

Porque la quiero más que a nadie.

No estaba casada cuando me trajo al mundo. Hace cien años habría nacido en un hospicio y probablemente los dos habríamos muerto de tuberculosis meses más tarde. Nos habrían enterrado en una fosa común y nuestros esqueletos habrían yacido juntos toda la eternidad.

A menudo me pregunto si se avergüenza del recordatorio viviente de su inmoralidad, que soy yo. ¿Por eso piensa enviarme al internado?

Pronuncio con los labios la palabra «inmoralidad» delante del espejo. Me gustan las palabras. Las colecciono igual que mis compañeros de clase coleccionan cromos de futbolistas o chicas, según su grado de madurez. Me gusta sacarlas a relucir, encajarlas en una frase para expresar una idea con la máxima precisión posible. Puede que algún día opte por jugar con ellas a nivel profesional. Reconozcámoslo, con mi físico actual dudo mucho que me quieran en el Manchester United.

Alguien está llamando a la puerta. He perdido la noción del tiempo, como siempre. Consulto el reloj y me doy cuenta de que llevo aquí más de veinte minutos. Ahora tendré que enfrentarme a una cola de irritados pasajeros desesperados por mear.

Me miro en el espejo una vez más, un último vistazo a mister Tonel. Luego respiro hondo y salgo del lavabo como Brad Pitt.

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—Nos hemos perdido. Tendré que parar en el arcén.

—¡Por Dios, mamá, es de noche y estamos al borde de un precipicio! ¡No hay ningún arcén donde parar!

—Cálmate, cariño. Encontraré un sitio seguro.

—¿Seguro? ¡Ja! Si lo llego a saber, me traigo los crampones y el picahielo.

—Allí hay un área de descanso. —A trompicones, Helena giró con el coche de alquiler por la cerrada curva y se detuvo. Se volvió hacia su hijo, que se había tapado los ojos, y le puso una mano en la rodilla—. Ya puedes mirar. —Escudriñó por la ventanilla el pronunciado valle que se extendía a sus pies y distinguió las luces tintineantes de la costa a lo lejos—. Es precioso —suspiró.

—No, mamá, no es precioso. Será precioso cuando dejemos de estar perdidos en las montañas de un país extranjero, a punto de caer por un precipicio de varios kilómetros y morir despeñados. ¿No han oído hablar aquí de los quitamiedos?

Helena hizo oídos sordos y buscó en el techo del coche el interruptor de la luz.

—Pásame ese mapa, cariño.

Alex obedeció y ella lo estudió.

—Está al revés, mamá —señaló él.

—Vale, vale. —Le dio la vuelta—. ¿Immy sigue dormida?

Alex se volvió y observó a su hermana de cinco años despatarrada en el asiento de atrás con Lamby, su cordero de peluche, acurrucado bajo el brazo.

—Por suerte, sí. Este viaje podría traumatizarla para el resto de su vida. Si llega a ver dónde estamos ahora, jamás conseguiremos subirla al Oblivion de Alton Towers.

—Ya sé lo que he hecho. Tenemos que bajar de nuevo la colina…

—Montaña —le corrigió Alex.

—Girar a la izquierda en la señal donde pone Kathikas y seguir la carretera. Toma. —Helena le tendió el mapa y puso la palanca de cambios en la que creía era la marcha atrás. Dieron un bandazo hacia delante.

—¡Por Dios, mamááá!

—Lo siento.

Helena hizo un torpe cambio de sentido y salió de nuevo a la carretera.

—Pensaba que sabías dónde estaba ese lugar —farfulló Alex.

—Cariño, solo tenía dos años más que tú la última vez que vine. Para tu información, hace casi veinticuatro años de eso. Pero estoy segura de que lo reconoceré cuando lleguemos al pueblo.

—Si llegamos.

—¡Oh, deja de quejarte! ¿Dónde está tu espíritu aventurero? —Helena respiró aliviada al ver el letrero de Kathikas y giró en la dirección que le indicaba—. Cuando lleguemos, pensarás que ha valido la pena, ya lo verás.

—Ni siquiera está cerca de la playa. Y odio las aceitunas. Y a los Chandler. Rupert es un cap…

—¡Basta, Alex! Si no puedes decir nada bueno, calla y déjame conducir.

Alex se sumió en un silencio malhumorado mientras Helena impulsaba el Citroën por la inclinada pendiente, pensando que era una pena que el avión hubiese llegado con retraso y hubieran aterrizado en Pafos justo después de la puesta de sol. Para cuando pasaron los controles de inmigración y encontraron el coche de alquiler, ya había oscurecido. Había acariciado la idea de subir por esas montañas para revivir recuerdos de la infancia y verlas de nuevo a través de los ojos de sus hijos. Pero la vida no solía estar a la altura de las expectativas, pensó, sobre todo cuando se trataba de recuerdos trascendentales. Y era consciente de que el verano que había pasado en casa de su padrino a los quince años estaba salpicado de polvos de hada que ya eran historia.

Por absurdo que pareciera, necesitaba que Pandora fuera tan perfecta como la recordaba. Como es lógico, sabía que eso no podía ser, que verla de nuevo podía compararse a reencontrarse con un primer amor después de veinticuatro años: guardado en la imaginación, brillando con la fuerza y la belleza de la juventud, pero en realidad encanecido y desintegrándose poco a poco.

Sabía que esa era otra posibilidad…

«¿Seguirá él aquí?»

Helena agarró con fuerza el volante y apartó con decisión ese pensamiento de su mente.

Seguro que Pandora, la casa que en aquel entonces le había parecido una mansión, era más pequeña de lo que la recordaba. Los muebles antiguos, traídos desde Inglaterra por Angus, su padrino, cuando mandaba sobre los restos del ejército británico todavía apostado en Chipre, le habían parecido exquisitos, elegantes, intocables. Los sofás de damasco azul claro del salón, cuyos postigos permanecían por lo general cerrados para mantener a raya la luz decolorante del sol, el escritorio georgiano en el estudio donde Angus se sentaba cada mañana para abrir sus cartas con una fina espada en miniatura, y la vasta mesa de comedor de caoba cuya lisa superficie semejaba una pista de hielo… todo permanecía intacto en su memoria.

Pandora llevaba ahora tres años vacía, desde que Angus se había visto obligado a volver a Inglaterra por problemas de salud. Se quejó amargamente de que la atención médica en Chipre era tan buena o mejor que la del Servicio Nacional de Salud, pero hasta él tuvo que reconocer a regañadientes que a falta de unas piernas que le respondieran, con constantes visitas a un hospital situado a cuarenta y cinco minutos de su casa, vivir en un pueblo perdido en las montañas no era lo más conveniente.

Al final había renunciado a residir en su querida Pandora, y hacía seis meses que había fallecido de neumonía y pena. Desde el principio resultó improbable que un cuerpo frágil, que había pasado la mayor parte de sus setenta y ocho años en climas subtropicales, se adaptara a un barrio residencial, húmedo y gris, de Escocia.

Angus se lo había legado todo a Helena, su ahijada, incluida Pandora.

Ella lloró al conocer la noticia; lágrimas teñidas de remordimiento por no haber cumplido con sus propósitos de visitarlo más a menudo en la residencia de ancianos en la que pasó sus últimos meses de vida.

El sonido metálico del móvil, enterrado en las profundidades de su bolso, interrumpió bruscamente sus pensamientos.

—Contesta, cariño, ¿quieres? —le pidió a Alex—. Lo más seguro es que sea tu padre para ver si ya hemos llegado.

Alex realizó la búsqueda, por lo general infructuosa, en el bolso de su madre y sacó el móvil segundos después de que dejara de sonar. Miró el registro de llamadas.

—Era papá. ¿Quieres que le llame?

—No. Lo haremos cuando lleguemos.

—Si llegamos.

—Claro que llegaremos. Estoy empezando a reconocer algunas cosas. Faltan diez minutos como mucho.

—¿Existía la Taberna de Hari cuando estuviste aquí? —preguntó Alex al pasar junto a una vistosa palmera de neón situada delante de un llamativo restaurante lleno de tragaperras y sillas blancas de plástico.

—No, pero esta carretera es una variante nueva con mucho tráfico. En mis tiempos se llegaba al pueblo por un camino de tierra.

—Ese restaurante tenía el canal Sky. ¿Podemos ir una noche? —preguntó esperanzado.

—Tal vez.

La perspectiva de Helena de noches templadas en la maravillosa terraza de Pandora con vistas a los olivares, bebiendo vino de la tierra y saboreando higos recogidos directamente del árbol no incluía televisores ni palmeras de neón.

—Mamá, ¿cómo de básica es la casa a la que vamos? ¿Tiene electricidad?

—Pues claro, bobo. —Helena rezó para que la mujer que guardaba las llaves la hubiera conectado—. Mira, estamos entrando en el pueblo. Unos minutos más y habremos llegado.

—Supongo que podría ir a ese restaurante en bici —murmuró Alex—, si consigo una.

—Yo pedaleaba casi cada día hasta el pueblo.

—¿En velocípedo?

—¡Muy gracioso! Era una bicicleta antigua, con tres marchas y una cesta delante. —Helena sonrió al recordarla—. Solía recoger el pan en la panadería.

—¿Como la bici que conduce la bruja de El mago de Oz cuando pasa por delante de la ventana de Dorothy?

—Exacto. Ahora calla, tengo que concentrarme. Al tomar la carretera nueva hemos entrado por el otro lado y necesito orientarme.

Helena podía ver las luces del pueblo más adelante. Redujo la velocidad cuando la carretera empezó a estrecharse y la gravilla blanquecina crujió bajo los neumáticos. Comenzaron a aparecer edificios, construidos con piedra clara de Chipre, hasta formar un muro seguido a ambos lados de la calle.

—Mira, justo allí hay una iglesia. —Helena señaló el edificio que constituía el corazón de la pequeña comunidad de Kathikas. Al pasar por delante, vio a un grupo de jóvenes merodeando junto a un banco de la plaza con toda la atención puesta en las dos chicas de ojos oscuros apoltronadas en él—. Este es el centro del pueblo.

—Caramba, qué marcha.

—Por lo visto, en los dos últimos años han abierto un par de tabernas muy buenas. Y mira, ahí está la tienda. Han cogido la casa de al lado para ampliarla. Vende todo lo que puedes desear.

—Si no te importa, entraré un momento para comprar el último CD de The All-American Rejects.

—¡Oh, Alex! —A Helena se le agotó la paciencia—. Sé que no quieres estar aquí, pero ni siquiera has visto aún Pandora. Dale una oportunidad, aunque solo sea por mí.

—Vale, mamá, perdona.

—Antes el pueblo era muy pintoresco y, por lo que veo, no parece que haya cambiado mucho —añadió aliviada—. Pero ya lo exploraremos mañana.

—Estamos saliendo del pueblo, mamá —comentó nervioso.

—Sí. Ahora no puedes verlo, pero a ambos lados del camino hay varias hectáreas de viñedos. Los faraones importaban vino de estas tierras a Egipto porque era muy bueno. Hemos de girar aquí, estoy segura. Agárrate, empiezan los baches.

Cuando la pista de grava comenzó a descender entre los viñedos, Helena puso primera y encendió las largas para sortear los traicioneros socavones.

—¿Subías en bici por aquí cada día? —preguntó alucinado—. ¡Uau! Me sorprende que no te estamparas contra las uvas.

—Al principio sí me estampaba, pero acabé conociéndome todos los baches.

Le produjo un extraño alivio comprobar que los agujeros seguían tan mal como los recordaba. Había temido la posibilidad de que hubieran asfaltado el camino.

—¿Falta mucho, mami? —preguntó una voz soñolienta desde el asiento de atrás—. Hay muchos baches.

—Ya casi estamos, cariño, solo faltan unos segundos, literalmente.

«Ya casi estamos…»

Por fin doblaron por un sendero angosto y la robusta silueta de Pandora apareció ante sus ojos; le recorrió entonces una mezcla de entusiasmo e inquietud. Cruzó las herrumbrosas verjas; en otros tiempos permanecían siempre abiertas y ahora, casi con seguridad, serían incapaces de moverlas.

Detuvo el coche y apagó el motor.

—Hemos llegado.

No obtuvo respuesta de sus dos hijos. Al darse la vuelta, vio que Immy se había dormido otra vez. Alex estaba sentado con la mirada al frente.

—Dejaremos dormir a Immy mientras tú y yo buscamos la llave —propuso Helena al tiempo que abría la portezuela y la asaltaba una ráfaga de aire caliente.

Bajó y aspiró el semirrecordado potente olor a aceituna, uva y polvo, un mundo alejado del asfalto y las palmeras de neón. El olfato era, sin lugar a dudas, el más poderoso de los sentidos, pensó. Era capaz de evocar una atmósfera o un momento concreto con sorprendente precisión.

Contuvo las ganas de preguntarle a Alex qué pensaba de la casa porque todavía no había nada que pensar y no habría sabido encajar una respuesta negativa. Estaban a oscuras en la parte de atrás de Pandora, que tenía los postigos cerrados a cal y canto, como si se tratara de una guarnición militar.

—Está muy oscuro, mamá.

—Encenderé otra vez los faros. Angelina me dijo que dejaría abierta la puerta de atrás.

Helena introdujo la mano por la ventanilla y accionó las luces del coche. Hecho esto, cruzó la grava hasta la puerta, seguida de cerca por Alex. El picaporte de bronce giró con suavidad. Abrió y buscó un interruptor. Tras dar con él, lo pulsó conteniendo la respiración. El recibidor se inundó de luz.

—Gracias a Dios —musitó mientras abría otra puerta y le daba a otro interruptor—. Esta es la cocina.

—Eso ya lo veo. —Alex se paseó por la amplia estancia dotada de un fregadero, un horno viejo, una mesa de madera grande y un aparador que abarcaba toda una pared—. Es bastante básica.

—Angus raras veces entraba aquí. Su sirvienta se ocupaba de todas las tareas domésticas. Creo que no cocinó un plato en toda su vida. Este era un lugar de trabajo, no una zona de ocio como las cocinas de hoy día.

—Entonces ¿dónde comía?

—En la terraza, por supuesto. Aquí todo el mundo lo hace.

Abrió el grifo. Un chorrito de agua salió a trompicones antes de convertirse en un torrente.

—No parece que haya nevera —comentó Alex.

—Está en la despensa. Angus recibía a tanta gente, y Pafos queda tan lejos, que instaló un sistema de refrigeración dentro de la despensa. Y antes de que lo preguntes, no, en aquellos tiempos no había congelador. La puerta está a tu izquierda. Ve a ver si la nevera sigue ahí, ¿quieres? Angelina dijo que nos dejaría algo de pan y leche.

—Voy.

Alex se alejó y Helena fue encendiendo luces hasta desembocar en el vestíbulo principal de la casa. El gastado suelo de losetas, con el diseño de un tablero de ajedrez, retumbó bajo sus pies. Contempló la escalera principal, con la pesada barandilla curva tallada en roble por hábiles artesanos que, según recordaba, Angus trajo expresamente desde Inglaterra. A su espalda descansaba, erguido como un centinela, un reloj de péndulo que ya no marcaba las horas.

«El tiempo se ha detenido aquí», murmuró para sí al abrir la puerta del salón.

Los sofás de damasco azul estaban tapados con guardapolvos. Retiró uno de ellos y se hundió en el mullido almohadón. Aunque todavía impecable, notó la fragilidad de la tela en sus dedos, como si su sustancia, pero no su presencia, se hubiese desgastado ligeramente. Se levantó y se acercó a una de las dos cristaleras que daban a la parte delantera de la casa. Abrió los postigos de madera que protegían la estancia del sol, liberó el rígido picaporte de hierro y salió a la terraza.

Alex la encontró instantes después, acodada en la balaustrada.

—La nevera suena como si sufriera un fuerte ataque de asma —dijo—, pero dentro hay leche, huevos y pan como para un regimiento. —Agitó el enorme salami rosado que llevaba en la mano. Helena no respondió. Alex se acodó a su lado—. Bonitas vistas —añadió.

—¿A que son espectaculares? —Sonrió, contenta de que a su hijo le gustara.

—¿Esas lucecitas de allí abajo es la costa?

—Sí. Por la mañana podrás ver el mar desde aquí. Y los olivares y viñedos que descienden hasta el valle flanqueado de montañas. Allí, en el jardín, hay un olivo precioso que, según la leyenda, tiene más de cuatrocientos años.

—Viejo… como todo aquí. —Alex miró hacia abajo y luego a izquierda y derecha—. Este lugar está muy… solitario. No se ven otras casas.

—Pensé que habrían construido en los alrededores, como ha sucedido en la costa, pero veo que no. —Helena se volvió hacia él—. Dame un abrazo, cariño. —Rodeó a su hijo con los brazos—. Me alegro tanto de que estemos aquí.

—Y yo me alegro de que te alegres. ¿Qué te parece si metemos a Immy en casa? Me preocupa que se despierte, se asuste y se largue. Y tengo hambre.

—Primero iremos arriba para buscar una habitación donde acostarla y después me ayudarás a subirla.

Helena cruzó con él la terraza y se detuvo bajo la pérgola de parra que proporcionaba un refugio agradable contra el sol del mediodía. La larga mesa de hierro colado, con la pintura blanca descascarillada y cubierta de hojas marchitas desprendidas de la parra, descansaba solitaria debajo.

—Aquí comíamos al mediodía y por la noche. Y teníamos que vestirnos como es debido. Los bañadores y los shorts estaban prohibidos en la mesa de Angus, por mucho calor que hiciera.

—Tú no nos harás lo mismo, ¿verdad?

Helena le alborotó el espeso pelo rubio y le plantó un beso en la coronilla.

—Me daré por satisfecha si consigo sentaros a todos a la mesa, vistáis como vistáis. Cuánto han cambiado las cosas. —Suspiró, y le ofreció la mano a su hijo—. Ahora, subamos a investigar.

 

 

Era casi medianoche cuando Helena por fin se sentó en el balcón del dormitorio de Angus. Immy dormía profundamente en la enorme cama de caoba. Helena había decidido que al día siguiente la trasladaría a una de las habitaciones de dos camas, en cuanto averiguara dónde estaban guardadas las sábanas. Alex se hallaba al otro lado del pasillo, tendido sobre un colchón pelado. Había cerrado todos los postigos de la habitación para protegerse de los mosquitos, a pesar de que el calor convertía la habitación en una sauna. Esa noche no corría ni una brizna de aire.

Helena sacó de su bolso el móvil y un maltrecho paquete de cigarrillos. Se puso ambas cosas en el regazo y las miró fijamente. Primero un cigarrillo, decidió. No quería romper aún el hechizo. Sabía que William, su marido, no tendría intención de decir nada que la devolviera de golpe a la realidad, pero existían muchas probabilidades de que lo hiciera. Y tampoco podría reprochárselo, porque era lógico que le contara si el técnico se había presentado o no para arreglar el lavaplatos y le preguntara dónde había escondido las bolsas porque al día siguiente recogerían la basura y tenía que sacarla. William daría por supuesto que ella se alegraría de oír que lo tenía todo bajo control.

Y… así era. Pero todavía no…

Encendió el cigarrillo, aspiró el humo y se preguntó por qué resultaba tan sensual fumar al calor de una noche mediterránea. Había dado la primera calada de su vida a solo unos metros de donde estaba ahora sentada. En aquellos tiempos se deleitó en el hecho de hacer algo prohibido. Veinticuatro años después ahí estaba, sintiéndose igual de culpable y deseando ser capaz de dejar ese hábito. Entonces era demasiado joven para fumar; ahora, a punto de cumplir los cuarenta, era demasiado mayor. La idea le hizo sonreír: su juventud condensada entre la primera vez que había estado en esa casa y fumado su primer cigarrillo y esta noche.

En aquella época tenía muchos sueños y la perspectiva de la madurez en el horizonte. ¿De quién se enamoraría? ¿Dónde viviría? ¿Hasta dónde la llevaría su talento? ¿Sería feliz…?

Ahora, casi todas esas preguntas habían sido respondidas.

—Por favor, que estas vacaciones sean perfectas —susurró a la casa, a la luna y a las estrellas.

Las últimas semanas había tenido una extraña sensación de fatalidad de la que, por mucho que lo intentó, no había conseguido desprenderse. Quizá fuera solo por el hecho de que estaba acercándose a un cumpleaños significativo, o porque sabía que iba a volver aquí…

Podía sentir la atmósfera mágica de Pandora envolviéndola, como si la casa estuviera arrancándole las capas protectoras y desnudándole el alma. Como había hecho la última vez.

Tras apagar el pitillo a la mitad y arrojarlo a la noche, cogió el móvil y marcó el número de su casa de Inglaterra. William contestó al segundo tono.

—Hola, cariño, soy yo —saludó.

—¿Significa eso que has llegado bien? —preguntó él, y el sonido de su voz la sosegó al instante.

—Sí. ¿Qué tal las cosas por ahí?

—Bien, bien.

—¿Cómo está nuestro aprendiz de terrorista de tres años? —inquirió con una sonrisa.

—Fred ha caído al fin, gracias a Dios. No le ha hecho ninguna gracia que os hayáis ido y lo hayáis dejado con su viejo padre.

—Le echo de menos. Un poco. —Helena soltó una risita—. Pero al menos, con solo Alex e Immy aquí, podré organizar la casa antes de que lleguéis.

—¿Está habitable?

—Eso creo, pero lo veré mejor por la mañana. La cocina es muy básica.

—Hablando de cocinas, el del lavaplatos vino hoy.

—¿Ah, sí?

—Sí. Lo ha arreglado, pero con lo que ha cobrado podríamos haber comprado uno nuevo.

—Vaya. —Helena reprimió una sonrisa—. Las bolsas de la basura están en el segundo cajón, a la izquierda del fregadero.

—Justo iba a preguntártelo. El basurero viene mañana, como ya sabes. ¿Me llamarás por la mañana?

—Sí. Un beso enorme para Fred y otro para ti. Adiós, cariño.

—Adiós. Que duermas bien.

Helena permaneció otro rato contemplando el exquisito cielo nocturno —inundado de una miríada de estrellas que ahí parecían brillar mucho más— hasta que notó que la adrenalina empezaba a dejar paso al cansancio. Entró con sigilo y se tumbó en la cama, junto a Immy. Y, por primera vez en semanas, se durmió enseguida.

Diario de Alex

 

 

 

 

11 de julio de 2006

 

Lo oigo. Planea sobre mí en la oscuridad y se afila los dientes antes de abalanzarse sobre su comida.

Que soy yo.

¿Los mosquitos tienen dientes? Probablemente, porque ¿cómo podrían perforar la piel si no tuvieran dientes? Sin embargo, cuando me harto y consigo aplastar a uno de esos indeseables contra la pared, no oigo ningún crujido, solo un chapoteo blando. Ningún chasquido de esmalte, que es lo que oí cuando me caí del columpio a los cuatro años y me partí un diente.

A veces tienen la caradura de gemirte en el oído para alertarte de que están a punto de comerte. Tú estás ahí tumbado, aplastando el aire con los brazos, mientras ellos bailan invisibles sobre ti, seguramente riéndose a carcajadas de su desventurada víctima.

Saco a Bee de la mochila y lo meto debajo de la sábana, a mi lado. Estará bien, porque él no necesita respirar. Que conste que Bee no es una abeja, sino un conejo de peluche y tiene la misma edad que yo. Lo llamo Bee porque es la B de Bunny. Así lo llamaba de pequeño —mamá dice que fue una de las primeras palabras que dije— y así se quedó.

Mamá también dijo que «alguien especial» me lo regaló cuando nací. Creo que se refiere a mi padre. Por penoso y patético que sea seguir compartiendo a los trece años la cama con un viejo conejo de peluche, no me importa. Él —Bee— es mi talismán, mi protector y mi amigo. Se lo cuento todo.

Muchas veces pienso que si alguien pudiera reunir a los millones de peluches que hay en el mundo e interrogarlos sabrían mucho más acerca del niño con el que duermen que los propios padres. Y solo porque escuchan sin interrumpir.

Tapo las partes vulnerables de mi cuerpo lo mejor que puedo con prendas de ropa diversas, en especial mis gruesos mofletes, que servirían de desayuno, comida y cena a un mosquito con una sola succión.

Por fin me duermo. O eso pienso. Vaya, que confío en estar soñando, porque estoy en un horno asfixiante con llamas lamiéndome el cuerpo y un calor que me derrite la carne.

Cuando despierto veo que aún está oscuro. Advierto entonces que no puedo respirar y descubro uno de mis calzoncillos encima de mi cara; por eso está oscuro y no puedo respirar. Lo aparto e inspiro hondo. Un rayo de luz se cuela entre los postigos.

Ha amanecido. Estoy bañado en sudor, pero ha merecido la pena si he conseguido que ese puñetero insecto no me pique.

Me levanto del colchón y me arranco del cuerpo las ropas empapadas. Sobre la cómoda hay un espejito borroso y me arrastro hasta él para inspeccionar mi cara. Tengo una enorme picadura roja en la mejilla derecha.

Despotrico con palabras que mi madre odiaría, y me pregunto cómo consiguió abrirse paso bajo los calzoncillos. Pero todos los mosquitos forman parte de una fuerza de élite entrenada a fondo en el arte de la infiltración.

Además de la picadura, el resto de mi cara está tan colorada como la parte más roja de una manzana Cox. Me vuelvo hacia la ventana, abro los postigos y salgo al balcón parpadeando como un poseso. El sol de la mañana me abrasa como el horno de mi sueño.

Cuando mis ojos se han acostumbrado a la fuerte luz, compruebo que la vista es espectacular, como mi madre prometió. Estamos muy altos, sobre la ladera de una montaña, y el paisaje amarillo, marrón y verde aceituna a mis pies está árido y abrasado como yo. A lo lejos, muy a lo lejos, el mar centellea con la luz del sol. Miro hacia abajo y observó a la pequeña figura que está en la terraza.

Mi madre está empleando la barandilla como barra de ballet. Su melena rubia parece flotar cuando dobla el torso hacia atrás como una contorsionista, y puedo ver a la perfección el contorno de sus costillas bajo el maillot. Hace esos ejercicios cada mañana, incluso el día de Navidad o después de haber trasnochado y tomado algunas copas de vino. De hecho, el día que no lo haga sabré que algo terrible le pasa. Otros niños se encuentran cereales y tostadas para desayunar y unos padres erguidos. Yo me encuentro con la cabeza de mi madre mirándome del revés entre sus piernas mientras me pide que encienda la tetera.

Una vez intentó convencerme para que hiciera ballet. En eso somos decididamente antagónicos.

De repente noto una sed increíble, insoportable. Y siento que me mareo. La cabeza me da vueltas. Entro en el cuarto, me desplomo sobre el colchón y cierro los ojos.

Puede que tenga malaria. Puede que ese mosquito me haya infectado y me queden pocas horas de vida.

Sea lo que sea, necesito agua y a mi madre.

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—Solo es una deshidratación. Mezcle esta bolsita de sales con agua ahora y dele otra antes de acostarse. Y beba mucho líquido, jovencito.

—¿Está seguro del todo de que no es malaria, doctor? —Alex miró receloso al diminuto chipriota—. Puede decírmelo, sabré encajarlo.

—Por supuesto que no es malaria, Alex —espetó Helena. Se volvió hacia el médico y lo observó cerrar el maletín—. Gracias por venir tan deprisa, y le pido disculpas por haberle molestado. —Lo acompañó fuera de la habitación y bajó a la cocina con él—. Me pareció que deliraba y me asusté.

—No se preocupe, es natural. Traté al coronel McCladden durante muchos años. Una pena, su muerte. —Se encogió de hombros y le entregó su tarjeta—. Por si me necesita de nuevo. En el futuro es mejor que acuda a la consulta. Me temo que he de cobrarle la visita a domicilio de hoy.

—Dios mío, creo que no llevo suficiente efectivo encima. Pensaba ir hoy al banco del pueblo —respondió apurada Helena.

—No importa. La consulta está muy cerca del banco. Puede pagarle a mi recepcionista más tarde.

—Gracias, doctor, así lo haré.

El hombre salió acompañado de Helena y se dio la vuelta para contemplar la casa.

—Pandora —murmuró—. ¿Conoce el mito?

—Sí.

—Es preciosa, pero como en el caso de la leyenda de la caja cuyo nombre comparte, ha estado cerrada muchos años. Me pregunto si será usted quien la abra. —El médico le sonrió socarrón, mostrando una dentadura blanca y uniforme.

—¿Y que salgan todos los males del mundo? Espero que no —contestó ella con una sonrisa burlona—. De hecho, esta casa es ahora mía. Angus era mi padrino y me la ha legado.

—Entiendo. ¿Y la amará tanto como él?

—Ya la amo. Vine aquí cuando era adolescente y nunca la he olvidado.

—Entonces sabrá que es la casa más antigua de los alrededores. Se dice que hace miles de años ya existía una morada en este lugar. Que Afrodita y Adonis vinieron un día a probar el vino y pasaron la noche aquí. Corren muchos rumores en el pueblo…

—¿Sobre la casa?

—Sí. —El médico la miró fijamente—. Me recuerda mucho a otra dama que conocí aquí, en Pandora, hace muchos años.

—¿De veras?

—Era una invitada del coronel McCladden y me llamaron para que la tratara. Una mujer muy guapa, como usted —añadió el hombre con una sonrisa—. Bien, asegúrese de que el muchacho beba mucho líquido. Adio, señora.

—Lo haré. Adiós, y gracias.

Helena lo vio alejarse con el coche envuelto en una nube de polvo blanco. Levantó la vista hacia Pandora y, pese al fuerte calor, un escalofrío le recorrió la espalda y volvió a invadirle la extraña sensación de fatalidad. Se obligó a concentrarse en la lista de tareas. La primera era comprobar el estado de la piscina, así que rodeó la casa con paso ligero y cruzó la terraza, a la que decidió que le irían bien algunas plantas de vivos colores en la gastada piedra para realzarla y añadió esa tarea a su lista mental. Se sorprendió al comprobar que la piscina, a la que se accedía desde la terraza por un tramo de precarios escalones, se hallaba en buen estado, aunque le haría falta una limpieza a fondo antes de poder utilizarla.

Cuando se dio la vuelta para regresar a la casa, levantó la vista y reparó en lo diferente que parecía Pandora desde ese ángulo. La llegada por la parte de atrás ofrecía una impresión algo austera y carente de adornos, pero la fachada principal era decididamente pintoresca. Además de contar con la larga terraza y la pérgola, todas las ventanas de los dormitorios estaban rodeadas de un intrincado balcón de hierro forjado, lo que le daba a la casa un aire de villa italiana. Se preguntó por qué no se acordaba de ese detalle, hasta que cayó en la cuenta de que desde la última vez que había estado allí había vivido una temporada en Italia, por lo que ahora era capaz de reparar en la semejanza.

Regresó dentro y subió a la habitación de Immy. Su hija estaba delante del espejo con su vestido de fiesta rosa. Helena no pudo evitar una sonrisa al ver cómo presumía a escondidas, contoneando el cuerpecillo y agitando la espléndida melena rubia de un lado a otro mientras examinaba satisfecha su reflejo a través de unos ojos azules grandes e inocentes.

—Pensaba que estabas deshaciendo la maleta, cariño.

—Ya la he deshecho, mami.

Con un suspiro de irritación, Immy se apartó del espejo y alargó un dedo para indicar que la ropa desparramada por la habitación ya no estaba en la maleta.

—Me refería a meter la ropa en los cajones, no a dejarla tirada por el suelo. Y quítate ese vestido, no puedes llevarlo ahora.

—¿Por qué no? —Los labios rosados de Immy hicieron un puchero—. Es mi vestido preferido.

—Lo sé, pero es para las fiestas, no para corretear por una casa vieja llena de polvo en medio de este calor.

Immy observó a su madre apilar la ropa sobre la cama y guardarla después.

—Los cajones huelen raro.

—Huelen a cerrado, nada más —replicó Helena—. Los dejaremos abiertos para que se aireen.

—¿Qué haremos hoy? ¿Hay Disney Channel en la tele de esta casa?

—Eh… —Ya era casi mediodía y la mañana se le había pasado en un santiamén buscando un médico para su delirante hijo. Se dejó caer en la cama, lamentando ella también que no tuvieran el canal Disney—. Hoy tenemos mucho que hacer, cariño, y además, aquí no hay televisor.

—¿Podemos comprar uno, entonces?

—No, no podemos —repuso con sequedad, aunque se arrepintió en el acto. Immy había sido muy buena, entreteniéndose sola en el viaje hasta allí y esa mañana. Cogió a su hija y la abrazó—. Mamá tiene que solucionar algunas cosas, pero luego saldremos a explorar, ¿vale?

—Vale, pero puede que tenga un poco de hambre. No he desayunado.

—Lo sé, y enseguida nos iremos a comprar. Primero voy a ver cómo está Alex.

—¡Ya lo tengo, mami! —El rostro de Immy se iluminó mientras bajaba de las rodillas de Helena y empezaba a hurgar en la pequeña mochila que había llevado consigo en el avión—. Le haré una tarjeta a Alex para desearle que se ponga bueno. Eso lo animará.

—Es una idea fantástica, cariño —celebró Helena mientras la niña blandía con gesto triunfal unos rotuladores y una hoja de papel.

—Por otro lado… —La pequeña mordisqueó la punta de un rotulador con aire pensativo—. Si no va a ponerse bueno, podría salir a coger flores para dejarlas en su tumba.

—Podrías, pero te prometo que Alex no se va a morir, así que creo que la idea de la tarjeta es mucho mejor.

—Oh. Cuando fui a verlo esta mañana me dijo que iba a morirse.

—Pues no. Ponte con la tarjeta. Vuelvo dentro de unos minutos.

Salió del cuarto y cruzó el pasillo para ver a Alex. Una parte de ella deseaba que su hijo se transformara en un adolescente normal, con sudadera, al que le gustaran las chicas, el fútbol y pasar las tardes con sus amigos en el centro comercial, asustando a alguna abuela con sus payasadas. En lugar de eso, Alex poseía un coeficiente intelectual fuera de serie, lo cual en teoría sonaba bien, pero en la práctica causaba más problemas de los que su potente cerebro podía solucionar. Se comportaba más como un anciano que como un adolescente.

Asomó la cabeza por detrás de la puerta. Alex estaba tumbado en calzoncillos, con un brazo desplomado sobre la frente.

—¿Cómo estás?

—Mmm —fue la respuesta.

Se sentó en el borde de la cama. El viejo ventilador que había sacado a rastras de la habitación de Angus para que arrojara un poco de brisa fresca en la frente ardiente de su hijo rechinaba con el esfuerzo de girar.

—No has empezado con muy buen pie.

—No. —Alex no abrió los ojos—. Lo siento, mamá.

—Me voy al pueblo con Immy para comprar comida y pagar al médico. ¿Me prometes que beberás mucha agua mientras estoy fuera?

—Sí.

—¿Quieres algo?

—Un antimosquitos.

—Cariño, los mosquitos de Chipre son inofensivos, en serio.

—Los odio, sea cual sea su nacionalidad.

—Está bien, te compraré un antimosquitos. Y si mañana te encuentras mejor, iremos a Pafos. Tengo una lista de cosas que comprar, como ventiladores para todas las habitaciones, sábanas, toallas, una nevera con congelador y un televisor con DVD.

Alex abrió los ojos.

—¿En serio? Pensaba que el televisor no entraba en los planes.

—Creo que un DVD para Immy y Fred está dentro de lo aceptable, sobre todo para las tardes de mucho calor.

—Uau, la cosa va mejorando.

—Bien. —Helena sonrió—. Hoy descansa, y confiemos en que mañana te encuentres mejor y puedas acompañarnos.

—Seguro que estaré bien. Solo sufro deshidratación, ¿no?

—Sí, cariño. —Le dio un beso en la frente—. Procura dormir.

—Sí. Por cierto, siento lo de la malaria.

—No te preocupes. Hasta luego.

Cuando bajaba, Helena escuchó el timbre de su móvil en la cocina. Cruzó corriendo el vestíbulo y lo cogió justo a tiempo.

—¿Diga?

—¿Eres tú, Helena? Soy Jules. ¿Cómo estáis?

—Bien, estamos bien.

—Estupendo. ¿Cómo has encontrado la casa?

—Fantástica. Tal como la recordaba.

—¿Hace veinticuatro años? ¡Dios, espero que hayan cambiado las tuberías desde entonces!

—La verdad es que no. —No pudo evitar un estremecimiento de placer mientras se burlaba de Jules—. Necesita un lavado de cara y dos asientos de retrete nuevos, pero parece firme, al menos la estructura.

—Algo es algo. Me tranquiliza saber que el techo no se nos caerá encima mientras dormimos.

—La cocina también necesita algunas reformas —añadió—. Creo que utilizaremos más la barbacoa que el horno. Si te soy sincera, puede que no sea a lo que estás acostumbrada.

—Seguro que nos las apañaremos. Y llevaremos nuestras sábanas, por supuesto; ya sabes que siempre lo hago. Si necesitas algo más, llámame.

—Gracias, Jules, lo haré. ¿Cómo están los niños?

—Rupes y Viola están bien, pero me he pasado lo que me parecen semanas asistiendo a entregas de premios y discursos de miembros del claustro y haciendo fresas en su jugo. Sacha consiguió escaquearse de todo, el muy cabrón.

—Vaya. —Helena sabía que en el fondo le encantaban esas cosas—. ¿Cómo está Sacha? —preguntó por educación.

—Trabajando más horas que un reloj, bebiendo demasiado… en fin, ya lo conoces. Apenas lo he visto las últimas semanas. Porras, tengo que dejarte. Esta noche damos una cena en casa y estoy histérica.

—Vale, nos vemos dentro de unos días.

—Desde luego. No te adelantes mucho con el bronceado, ¿quieres? Aquí diluvia. Chao, querida.

—Chao —se despidió Helena mientras colgaba y se sentaba desconsolada frente a la mesa de la cocina—. Dios —gimió, deseando con toda su alma no haber permitido que Jules la convenciera para invitarla dos semanas.

Helena había utilizado las mil y una excusas, pero Jules se había negado a aceptar un no por respuesta. Como resultado, los cuatro miembros de la familia Chandler —Jules, sus dos hijos y su marido, Sacha— llegarían a Pandora dentro de una semana.

Sabía que debía disimular el pavor que le provocaba la visita de los Chandler. Sacha era el mejor amigo de William, quien además era el padrino de Viola, su hija. Ella no podía hacer nada, salvo aceptar la situación.

«¿Cómo lo soportaré…?» Se abanicó para intentar aplacar el sofocante calor mientras contemplaba el deteriorado estado de la cocina a través de los ojos de Jules, consciente de que no sería capaz de tolerar sus críticas. Cogió la goma de pelo, abandonada en la mesa de la cocina la noche anterior, se recogió la melena y se hizo un moño a la altura de la coronilla, agradeciendo el repentino frescor en la nuca.

«Lo soportaré —se dijo—. He de hacerlo.»

—¿Nos vamos? —Immy apareció por detrás—. Tengo hambre. ¿Puedo comer patatas con ketchup en el restaurante?

Rodeó la cintura de su madre con sus bracitos.

—Sí, nos vamos. —Helena se levantó, se dio la vuelta y esbozó una débil sonrisa—. Y sí, puedes.

 

 

El sol del mediodía le quemaba la piel a través de los cristales del coche cuando tomó la carretera que cruzaba las hectáreas de viñedos. Immy viajaba ilegalmente al lado de Helena, con el cinturón de seguridad cruzado como un complemento de moda dado de sí mientras, de rodillas sobre el asiento, contemplaba el paisaje por la ventanilla.

—¿Podemos parar y coger uvas, mamá?

—Sí, aunque no saben igual que las uvas normales.

Detuvo el coche y se bajaron.

—Mira. —Se agachó y le mostró un apretado racimo de color magenta oculto debajo de un puñado de hojas. Lo arrancó y desgajó algunas uvas.

—¿Se pueden comer, mami? —preguntó la pequeña, que las miraba con recelo—. No vienen del supermercado.

—No son muy dulces porque no están maduras del todo, pero toma, prueba una. —Helena la alentó y se llevó una uva a la boca.

Los dientecitos blancos de Immy mordieron con tiento la dura piel.

—Están buenas, creo. ¿Podemos llevarle unas cuantas a Alex? A la gente que está enferma le gustan las uvas.

—Buena idea. Cogeremos dos racimos.

Helena arrancó otro y de pronto se incorporó; sentía que alguien la observaba. Se le cortó la respiración cuando lo vio. A menos de veinte metros de ella, en medio de las vides, mirándola.

Se protegió los ojos del resplandor del sol, confiando de manera absurda en que se tratara de una alucinación, porque no podía ser… simplemente no podía ser…

Pero ahí estaba, tal como lo recordaba, casi en el mismo lugar que la primera vez que lo vio, veinticuatro años atrás.

—Mami, ¿quién es ese hombre? ¿Por qué nos mira? ¿Es porque hemos robado uvas? ¿Iremos a la cárcel? ¿Mami?

Helena estaba clavada al suelo, tratando de encontrar sentido al sinsentido que le mostraban sus ojos. Immy le tiró del brazo.

—¡Corre, mami, vámonos antes de que avise a la policía!

Apartó la mirada y se dejó arrastrar hasta el coche por su hija, que se instaló en el asiento del pasajero y aguardó expectante.

—Vamos, conduce —ordenó a su madre.

—Sí, perdona. —Encontró la llave del contacto y la giró para poner el coche en marcha.

—¿Quién era ese hombre? —le preguntó Immy cuando tomaron el camino dando tumbos—. ¿Lo conoces?

—No, no lo… conozco.

—Pues parecía que sí. Era muy alto y muy guapo, como un príncipe. El sol formaba una corona sobre su cabeza.

—Sí. —Se concentró en sortear los baches.

—Me pregunto cómo se llama.

«Alexis…»

—No lo sé —susurró.

—¿Mamá?

—¿Qué?

—Con todo esto nos hemos dejado las uvas de Alex.

 

 

Para su sorpresa, el pueblo apenas había cambiado en comparación con la espantosa y desordenada Legolandia que había brotado a lo largo de la costa. La estrecha y polvorienta calle principal estaba desierta, y los vecinos permanecían recluidos en el interior de sus frescas casas de piedra, evitando el despiadado sol mientras reinara en su punto álgido sobre sus cabezas. La única tienda del pueblo había añadido al negocio una videoteca, que Helena sabía que complacería a Alex, pero con excepción de un par de bares nuevos, todo lo demás estaba igual.

Después de pasar por el banco y entregar el dinero a la recepcionista del médico, Helena se llevó a Immy a comer a la bonita Taberna de Perséfone. Se sentaron en el patio, a la sombra de un olivo, donde Immy se quedó fascinada con una familia de gatitos flacuchos que se enredaban entre sus piernas maullando lastimeramente.

—Mamá, ¿podemos llevarnos uno a casa? Porfa, porfa —suplicó mientras le daba al gatito su última patata.

—No, cariño, viven aquí con su mamá —respondió con firmeza.

La mano le tembló un poco cuando se llevó a los labios un vaso de vino joven de la zona. Sabía igual que como lo recordaba, un tanto agrio, pero dulce. Tenía la sensación de haber atravesado el espejo y regresado al pasado…

—¡Mamá! ¿Puedo comerme un helado o no?

—Perdona, cariño, estaba pensando en las musarañas. Claro que puedes.

—¿Crees que aquí tienen el Phish Food de Ben & Jerry?

—Lo dudo. Sospecho que solo tienen vainilla, chocolate y fresa, pero podemos preguntar.

Immy llamó al joven camarero y pidieron un helado y un café chipriota con poco azúcar para Helena, para contrarrestar el vino.

Veinte minutos después salían de la Taberna y tomaban la calle polvorienta en dirección al coche.

—Mira a esas monjas sentadas en el banco, mamá. —Immy señaló en dirección a la iglesia—. Deben de estar asadas con esos vestidos.

—No son monjas, Immy, son las ancianas del pueblo. Visten de negro porque sus maridos están muertos, y se las llama viudas —le explicó.

—¿Siempre van de negro?

—Sí.

—¿Nunca de rosa?

—Nunca.

La niña puso cara de espanto.

—Yo no tendré que hacer eso cuando se muera mi marido, ¿verdad?

—No, cariño. Es una tradición de Chipre, nada más.

—Pues no pienso vivir aquí nunca —replicó la pequeña, y siguió andando hacia el coche.

Llegaron a Pandora con el maletero repleto de provisiones. Alex apareció en la puerta de atrás.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño. ¿Te encuentras mejor? ¿Puedes echarme una mano con las bolsas?

Alex la ayudó a vaciar el maletero y llevó las bolsas a la cocina.

—Qué calor. —Helena se enjugó la frente—. Necesito un vaso de agua.

El muchacho encontró un vaso, fue a la nevera, sirvió agua fría de una jarra y se lo ofreció.

—Toma.

—Gracias. —Se la bebió de un trago.

—Me voy arriba a descansar. Todavía me noto un poco mareado.

—De acuerdo. ¿Bajarás a cenar más tarde?

—Sí. —Alex se encaminó a la puerta, pero antes de alcanzarla se dio la vuelta—. Por cierto, tienes visita.

—¿En serio? ¿Por qué no me lo dijiste cuando llegué?

—Está en la terraza. Le dije que no sabía a qué hora volverías, pero el tipo insistió en esperarte.

Helena se esforzó por mantener una expresión neutra.

—¿Quién es?

—¿Cómo voy a saberlo? —Alex se encogió de hombros—. Pero se diría que te conoce.

—¿En serio?

—Sí. Creo que dijo que se llamaba Alexis.

Diario de Alex

 

 

 

 

11 de julio (continuación)

 

Estoy frente a la ventana de mi cuarto, espiando a través de la rendija de los postigos para no ser visto desde la terraza de abajo.

Quiero ver al hombre que ha venido a ver a mi madre. En estos momentos se pasea arriba y abajo, nervioso, con las manos hundidas en los bolsillos. Es alto y fuerte, y tiene la piel bronceada, de un tono castaño claro. Su abundante pelo tiene algunas canas a la altura de las sienes, pero no es un hombre viejo. Yo diría que es un poco mayor que mamá. Y más joven que mi padrastro.

Me fijé, cuando lo tuve cerca, en que tenía los ojos azules, así que quizá no sea chipriota. A menos que lleve lentillas de color, claro, aunque lo dudo. El resultado de la combinación de todas sus partes es el de un hombre muy atractivo.

Veo a mi madre deslizarse hasta la terraza. Camina con tanta elegancia que parece que sus pies no toquen el suelo, porque la mitad superior de su cuerpo no se mueve aunque sus piernas lo hagan. Se detiene a un par de metros de él con los brazos caídos a los lados. No puedo verle la cara, pero sí puedo vérsela a él. Y observo que dibuja una expresión de pura dicha.

Ahora el corazón me late deprisa y sé que ya no es deshidratación. Ni malaria. Es miedo.

Ninguno de los dos habla. Se quedan donde están durante una eternidad, como si quisieran comerse el uno al otro. Él, al menos, tiene pinta de que le gustaría comerse a mamá. Entonces abre los brazos, da unos pasos y se detiene delante de ella. Coge las manos menudas de mamá entre sus manazas y las besa con veneración, como si fueran sagradas.

Es asqueroso. No quiero verlo, pero no puedo dejar de mirar.

Al final abandona el besuqueo, rodea a mi madre con sus brazos musculosos y la estruja. Ella parece tan pequeña, pálida y rubia contra su fuerza morena que me recuerda a una muñeca de porcelana abrazada hasta la asfixia por un enorme oso marrón. La cabeza de mamá cae hacia atrás en un extraño ángulo, sobre los inmensos pectorales, mientras él la aprieta. Su codo parece rodearle el cuello y rezo para que no le parta la cabeza, como le ocurrió a la muñeca de porcelana de Immy.

Por fin, justo cuando me estoy quedando sin aliento de contenerlo tanto rato, la suelta y aspiro un poco de aire. Menos mal. Nada de besuqueo labial, porque eso habría sido de lo más repugnante.

Pero la cosa no termina ahí.

Él no parece dispuesto a no tener sujeta alguna parte de la anatomía de mamá, así que vuelve a cogerle la mano. La conduce a la pérgola y desaparecen bajo el techo de parra, fuera de mi vista.

¡Maldita sea! Camino despacio hasta mi cama y me tiro en el colchón.

¿Quién es él? ¿Qué es para ella?

En cuanto lo vi en la terraza, como si fuera el amo de la casa, supe que significaba algo. ¿Debería telefonear a papá? ¿Al padre que no es mi padre pero es lo más parecido a un padre que conozco? Sabía que algún día acabaría resultando útil para algo.

Seguro que no le haría gracia que su esposa fuera atacada en una terraza por un gigantesco oso chipriota. Cojo el móvil y lo enciendo. ¿Qué le digo?

¡Ven ahora mismo, papá! ¡Mamá está a punto de morir en la pérgola!

Dios. No puedo. Papá me tiene por un bicho raro. Soy muy consciente de que no le queda más remedio que soportarme porque quiere a mamá y yo formaba parte del lote. Por desgracia, pese a ponerle empeño, se me dan fatal casi todos los deportes de pelota. Cuando era pequeño, papá intentaba enseñarme, pero yo siempre acababa sintiendo que lo decepcionaba por no destacar en ninguno de ellos. Y cuando venía a verme a los partidos me ponía tan nervioso que anotaba… un cero patatero. Ser bueno en esas actividades habría ayudado mucho a nuestra relación, pero por lo menos quiere a mamá y la protege de los demás hombres que parecen ir tras ella.

Como el que está ahora debajo de la pérgola.

Qué ironía. Yo que ansiaba pasar un tiempo con mamá sin papá, que siempre me hace sentir que estorbo, y aquí estoy, deseando que estuviera aquí cuando no han pasado ni veinticuatro horas.

Tal vez debería enviarle un mensaje de texto… Miro el móvil y descubro que solo me quedan dieciocho peniques de saldo, así que no puedo. Y aunque lo enviara, ¿qué podría hacer él?

Aquí no hay nadie más excepto yo. E Immy, pero ella no cuenta.

Por lo tanto… solo puedo hacer una cosa: tomar la iniciativa.

Voy a luchar para salvar el honor de mamá.

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—Estás… igual.

—No, Alexis, no estoy igual. Tengo veinticuatro años más.

—Helena, eres preciosa, como lo eras entonces.

El rubor subió por sus mejillas ya sonrojadas.

—¿Cómo has sabido que estaba aquí?

—Lo oí comentar en el pueblo. Luego Dimitrios me llamó a la hora de comer y me dijo que había visto a una mujer rubia con una niña en el camino que lleva a Pandora, así que supuse que eras tú.

—¿Quién es Dimitrios?

—Mi hijo.

—¡Claro! —Helena rio aliviada—. Immy y yo paramos para coger uvas y lo vi mirándome. Pensé que eras tú… qué tonta… se parece tanto a ti.

—Querrás decir que se parece a mí cuando tenía su edad.

—Sí.

Un velo de silencio se extendió entre ellos.

—¿Cómo estás, Helena? —se aventuró él—. ¿Cómo te ha ido todos estos años?

—Me ha ido… bien, sí, bien.

—¿Estás casada?

—Sí.

—Sé que tienes hijos, porque ya he conocido a uno y he oído hablar de tu hija.

—Tengo tres, pero el pequeño, Fred, se ha quedado en Inglaterra con su padre. Se reunirán con nosotros dentro de unos días. ¿Y tú?

—Me casé con Maria, la hija del antiguo alcalde de Kathikas. Me dio dos chicos, pero murió en un accidente de coche cuando Michel, el pequeño, tenía ocho años. Así que ahora vivimos los tres varones juntos, cosechamos nuestras uvas y producimos nuestro vino, como hicieron mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo antes que nosotros.

—Lo siento mucho, Alexis. Debió de ser terrible para ti.

Era consciente de la trivialidad de sus palabras, pero no sabía qué otra cosa decir.

—Dios nos da y Dios nos quita, pero por lo menos mis hijos se salvaron. Y Dimitrios, al que viste en los viñedos, está a punto de casarse, así que las generaciones continúan.

—Sí… Muy pocas cosas parecen haber cambiado aquí.

Alexis frunció el ceño. Tenía un rostro muy expresivo.

—Han cambiado muchas cosas en Chipre, como en todas partes, pero así es el progreso. Tiene su parte buena y su parte mala. Unos pocos se hacen ricos y quieren más y más, como siempre. Kathikas, al menos por el momento, sigue siendo un oasis, pero los ávidos tentáculos de las constructoras alcanzarán algún día a nuestras fértiles tierras. Ya lo están intentando.

—Apuesto a que sí. Es una región maravillosa.

—Lo es, y no me imagino a la gente de nuestro pueblo resistiendo la tentación, sobre todo los jóvenes. Quieren coches veloces, antenas parabólicas y el estilo de vida americano que ven en la tele. ¿Y por qué no? Nosotros también queríamos más, Helena. En fin, cambiemos de tema y dejemos de hablar como nuestros padres —rio.

—Somos nuestros padres, Alexis.

—En ese caso, volvamos a ser por un momento los niños que fuimos.

Alexis le cogió la mano justo en el instante en que Alex salía a la terraza. Helena la retiró, pero sabía que su hijo lo había visto.

—¿Dónde está Immy? —preguntó cortante.

—En la cocina, creo. Alex, ya has conocido a Alexis.

—Nos llamamos igual. Significa «defensor y protector del pueblo» —explicó Alexis con una sonrisa amistosa.

—Lo sé. Mamá, espero que Immy no se haya largado por ahí mientras no mirabas. Ya la conoces.

—Estoy segura de que no. ¿Por qué no vas a buscarla y la traes para que conozca a Alexis? Y enciende la tetera, por favor. Me muero por una taza de té.

Agotada por las emociones, Helena se desplomó en una silla.

Alex la miró desafiante antes de entrar de nuevo en la casa.

—Es un chico guapo —señaló Alexis—. Y fornido.

Ella suspiró.

—Es… peculiar, de eso no hay duda. Y brillante, y exasperante, y difícil, y… en fin, que le quiero con locura —dijo con una sonrisa débil—. Puede que un día te hable de él.

—Puede que un día hablemos de muchas cosas —susurró Alexis.

—Aquí está. —Alex condujo a una Immy de mejillas llorosas hasta la terraza—. Una especie de avispón la estaba persiguiendo por la cocina. Con un aguijón asesino, lo más seguro —añadió.

—Oh, cariño, ¿por qué no me llamaste? —Helena abrió los brazos e Immy corrió a su encuentro.

—Lo hice, pero no viniste. Alex me salvó. Un poco.

—Es igual que tú. Es, cómo se dice… tu doble. —Alexis sonrió.

—Yo la llamo minimamá. ¿Lo pillas? —espetó Alex—. No, probablemente no. No importa.

—¿Te apetece un té? —intervino Helena para calmar los ánimos—. Voy a prepararlo.

—Sí, por favor. ¿Por qué no compartir la pasión de los ingleses por una bebida caliente los días de calor? —preguntó con una sonrisa.

—Está demostrado que una taza de té caliente refresca —apostilló Alex—. Por eso lo beben en la India.

—No porque vivan rodeados de plantaciones de té, entonces —murmuró Helena a su hijo con una mueca—. Ven a ayudarme, Immy. Enseguida volvemos.

Alex se sentó en la silla de su madre, cruzó los brazos y fulminó a Alexis con la mirada.

—¿De qué conoce a mi madre?

—Nos conocimos hace muchos años, cuando estuvo aquí, en casa del coronel McCladden.

—¿Se refiere a Angus, su padrino? ¿Y no la ha visto desde entonces?

—Sí, sí la he visto —respondió Alexis con una sonrisa—, pero eso es otra historia. Y dime, ¿te gusta Chipre?

—Todavía no lo sé. Llegamos de noche y me he pasado el día en la cama por una posible malaria. Hace mucho calor y hay mosquitos y avispones por todas partes. Eso no me gusta.

—¿Y la casa?

—No está mal. Es un horno, pero me gusta la historia y esta casa tiene mucha —admitió Alex.

—Esta es una región llena de historia. Si te gusta, tal vez conozcas la mitología griega. Dice que Afrodita nació en Pafos y pasó su vida con Adonis en la isla. Puedes ir a ver su bañera, está a pocos kilómetros de aquí.

—Esperemos que haya quitado el tapón, o a estas alturas el agua estará llena de renacuajos —farfulló Alex para sí.

—Es una cascada preciosa en medio de las montañas —prosiguió Alexis—. Puedes tirarte desde lo alto de las rocas al agua, que es pura y cristalina y muy refrescante. Puedo llevarte, si quieres.

—Gracias, pero los deportes de riesgo no me van. Y dígame —Alex le clavó una mirada penetrante—, ¿a qué se dedica?

—Mi familia ha explotado el viñedo local durante siglos. Hacemos vino. Nos proporciona buenos ingresos y cada vez exportamos más. Ah, ya está aquí tu madre.

Helena salió a la terraza y dejó la bandeja sobre la mesa.

—He llevado a Immy arriba para que descanse. El calor y el avispón la han dejado agotada. Alex, ¿quieres una taza de té?

—Sí. —Se levantó—. Siéntate, mamá, ya lo sirvo yo. Acaban de hablarme del bidet de Adonis.

—¿Te refieres a la cascada? Ah, es preciosa, ¿verdad, Alexis? —Sonrió mientras compartían un recuerdo.

—Papá podría llevarnos cuando llegue —declaró Alex elevando el tono de voz—. Por cierto, ¿cuándo llega?

—El viernes, como bien sabes. ¿Leche, Alexis?

—No, gracias.

—Pero quizá venga antes. Quiero decir que papá podría darnos una sorpresa y aparecer en cualquier momento.

—Lo dudo, tiene que trabajar.

—Pero te echa mucho de menos. No para de llamarte al móvil. No me sorprendería que llegara antes.

Helena enarcó una ceja al tiempo que le tendía una taza a Alexis.

—Pues espero que no. Me gustaría adecentar un poco más la casa antes de que llegue.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Alexis—. Lleva mucho tiempo deshabitada.

—Ahora que lo dices, ¿conoces a alguien que pueda ocuparse de la piscina? Hay que limpiarla y llenarla.

—¿Qué piscina? —inquirió Alex, animándose de repente.

—Hay una piscina estupenda al otro lado de esa verja, bajando los escalones. —Helena la señaló con la mano—. Por desgracia, está llena de aceitunas y hay algunas baldosas rotas que probablemente habrá que cambiar.

—Te enviaré a Georgios para que le eche un vistazo —le propuso Alexis—. Es albañil y primo de mi mujer.

—¿Está usted casado? —preguntó Alex, todavía más animado.

—Por desgracia, ya no. Mi mujer murió hace muchos años. Llamaré ahora mismo a Georgios. —Alexis se sacó un móvil del bolsillo, marcó un número y habló muy deprisa en griego. Dejó el móvil sobre la mesa y sonrió—. Vendrá esta tarde. Es posible que tengas la piscina lista para cuando llegue tu marido.

—Eso sería fantástico —le agradeció Helena—. También me preguntaba dónde puedo comprar en Pafos una nevera con congelador, un horno, un microondas… De hecho, una cocina completa. La semana que viene nos visitará un montón de gente. Aunque me preocupa que tarden demasiado en traerlo.

—No hace falta que te lo traigan. Tengo una furgoneta para transportar el vino a los hoteles y restaurantes de la zona. Podemos ir juntos y traer nosotros las cosas.

—¿De verdad no te importaría?

—En absoluto. Será un placer.

—¿Y sabes de alguien en el pueblo que pueda ayudarme con la casa? Que sepa cocinar.

—Desde luego. Angelina, la chica que te dejó las llaves, trabajó para el coronel el último año que pasó aquí. Estoy seguro de que está libre, y le encantan los niños. Hablaré con ella para que venga a verte.

—Gracias, Alexis, eres mi salvación. —Bebió un sorbo de té—. Le preguntaré si le gustaría también hacer de canguro para que podamos salir algunas noches.

—Yo puedo hacer de canguro, mamá —intervino Alex.

—Lo sé, cariño, gracias.

—¿Qué me dices de la estructura de la casa? —se interesó Alexis.

—Creo que está bien. —Se encogió de hombros—. Aunque no soy ninguna experta.

—Le diré a Georgios que le eche un vistazo cuando venga a ver la piscina. Por ejemplo, las tuberías y los cables hace muchos años que no se tocan, y tenemos que asegurarnos de que están bien.

—Lo sé. —Helena suspiró—. Es una auténtica caja de Pandora. Casi no me atrevo a abrirla.

—¿Conoces la leyenda de esta casa? —le preguntó a Alex.

—No —respondió malhumorado.

—No es una leyenda mala, sino buena. Dicen que quien venga a Pandora por primera vez se enamorará durante el tiempo que resida bajo su techo.

—¿En serio? —Alex enarcó una ceja—. ¿Eso incluye a las niñas de cinco años? Esta mañana noté que Immy miraba embelesada a su cordero de peluche.

—¡Alex, no seas maleducado! —le reprendió Helena, perdiendo al fin la paciencia.

—Es un chico y le asusta el amor —intervino Alexis con una sonrisa indulgente—. Pero, cuando le llegue, lo recibirá con los brazos abiertos, como nos pasa a todos. Ahora debo irme. —Se levantó y Helena hizo lo propio—. Ha sido un placer verte —dijo, y la besó afectuosamente en las mejillas.

—Lo mismo digo.

—Mañana por la mañana estaré aquí a las nueve para ir a Pafos, ¿de acuerdo? Kalispera, Alex. Cuida de tu madre.

—Siempre lo hago —gruñó él.

—Adiós.

Alexis se despidió con un gesto de la cabeza, cruzó la terraza y desapareció.

—Hay que ver, Alex —suspiró con frustración—. ¿Tenías que ser tan desagradable?

—¿Lo he sido?

—¡Sí, lo has sido y lo sabes! ¿Por qué te cae mal?

—¿Por qué crees que me cae mal?

—No has parado de llevarle la contraria.

—Lo siento, pero no me inspira confianza. Me voy a ver la piscina, si no te importa.

—Bien.

Helena observó a su hijo atravesar sin prisa la terraza. Agradeció que la dejara tranquila un rato… que ambos la dejaran tranquila, esos dos hombres que compartían el nombre y ocupaban un lugar especial en su corazón.

Cuando el impacto de la aparición repentina de Alexis empezó a amainar, pensó que en aquel entonces era casi un niño, apenas unos años mayor que su hijo. Ahora era un hombre maduro, pero su esencia permanecía intacta.

Se frotó pensativa la nariz. Nadie olvidaba su primer amor, todo el mundo creía que su experiencia era única, con un poder, una pasión y una belleza sin igual. Y aquel primer verano con Alexis había permanecido en su memoria durante veinticuatro años, como una mariposa atrapada para siempre en ámbar.

Eran tan jóvenes… Ella tenía casi dieciséis, él estaba a punto de cumplir dieciocho. Pero Alexis no sabía nada de las consecuencias de su relación, ni de la existencia de Helena desde entonces. Ni de cómo ese amor le había cambiado la vida.

Un pánico repentino se apoderó de su corazón y volvió a preguntarse si venir aquí no habría sido la peor de las ideas. William llegaría en cuestión de días y Helena no le había hablado de Alexis. ¿Qué sentido tenía mencionar a alguien que era poco más que una sombra de su pasado?

Pero Alexis ya no era una sombra. Estaba vivo y era real. Y ella no podía ignorar el hecho de que su pasado y su presente estaban a punto de colisionar.

 

 

Su móvil sonó justo cuando estaba sirviendo la cena a sus hijos.

—Contesta, Alex, por favor —pidió mientras dejaba la abarrotada bandeja sobre la mesa de la terraza.

—Hola, papá. Sí, estamos todos bien. Exceptuando el hecho de que mamá está a punto de hacernos comer a Immy y a mí lo que parecen testículos de cabra adobados con una salsa de caca de pez. Disfruta de tu pizza mientras puedas, ese es mi consejo. Sí, te paso a mamá. Adiós.

Helena enarcó las cejas con un suspiro cansino cuando Alex le pasó el móvil.

—Hola, cariño. ¿Va todo bien? No, no los estoy envenenando. Van a probar queso feta, humus y taramosalata. ¿Cómo está Fred? —Tenía el móvil encajado entre el hombro y el mentón mientras vaciaba la bandeja—. Bien. Te paso un momento a Immy. Tú y yo hablaremos más tarde. Vale, adiós. Es papá. —Le pasó el teléfono a su hija.

—Hola, papá… Sí, estoy bien. Alex estaba muriéndose esta mañana y mamá y yo vimos un príncipe mientras cogíamos uvas en el campo, pero como la policía podía arrestarnos tuvimos que dejarlas allí, pero a la vuelta las volvimos a coger y entonces el papá del príncipe vino a vernos y se tomó una taza de té y era muy simpático. Y comí patatas fritas con ketchup y hace mucho mucho calor y… —La pequeña hizo una breve pausa para coger aire y escuchar—. Sí, yo también te quiero y te echo un poco de menos. Vale, papá, hasta pronto. —Hizo unos ruiditos con los labios que simulaban besos y pulsó el botón que ponía fin a la llamada. Luego miró su plato—. Alex tiene razón, tiene una pinta asquerosa.

Helena seguía estremecida por la conversación de Immy con su padre. Le puso dos trozos de pan de pita en el plato y una cucharada de humus.

—Pruébalo —la animó.

—¿Puedo echarle ketchup, mami?

—No, no puedes. —Helena introdujo un trozo de pan con humus en la boca de Immy. Aguardó a que se le activaran las papilas gustativas y, al final, la comida recibió un pequeño asentimiento de aprobación—. Bien. Sabía que te gustaría.

—¿De qué está hecha esta cosa pastosa? —preguntó la niña.

—De garbanzos.

—Pero ¿los garbanzos no son unas bolitas amarillas?

—Están chafados, boba —intervino Alex, que todavía no había probado bocado—. Lo siento, mamá —Levantó las palmas en señal de rendición—, aún no he recuperado el apetito después de lo de esta mañana.

—Está bien. —Helena no tenía ganas de discutir—. Qué buena noticia lo de la piscina, ¿eh? Creo que estará llena para cuando llegue papá. Immy, prueba la taramosalata. Y mañana, en Pafos, podemos comprar tumbonas y…

—¡Puaj! —Immy escupió el contenido de su boca en el plato.

—¡Immy!

—¡Lo siento, pero sabe a pene!

—A pedo, Immy. Y no me copies lo que digo, por favor —la reprendió Alex, procurando mantener la seriedad—. Solo tienes cinco años.

—Exacto, y las princesas no utilizan palabras como pedo y pene, ¿verdad, Alex? —Helena también estaba haciendo un esfuerzo por no reírse—. Ahora, mientras llamo otra vez a papá, ¿qué tal si Alex te acompaña a tu cuarto y te ayuda a acostarte? Yo iré luego y te contaré uno de tus cuentos favoritos.

—Vale. Quiero el cuento de cuando fuiste bailarina de ballet en Viena y el príncipe te llevó a su palacio.

—Hecho —aceptó su madre—. Venga, a la cama.

Mientras sus hijos entraban, Helena cogió el móvil y telefoneó a casa.

—Hola, cariño —saludó William—. ¿Triunfaste con la cena?

—Lo dejo a tu imaginación.

—Quizá sea lo mejor. ¿Qué tal tu día?

—Ajetreado.

—Eso parece. ¿Quién es el príncipe del que hablaba Immy?

—Ah, nadie, el hijo de un viejo amigo.

—Ajá. —Hubo una pausa—. Cariño —continuó William despacio—, quiero pedirte algo.

—¿Qué?

—Esto… no sé muy bien cómo decírtelo… se trata de Chloë.

—¿Está bien?

—Sí, sí, aunque, como sabes, solo puedo basarme en lo que me cuenta la directora del colegio. Sin embargo, hoy he recibido una carta de su madre.

—¿Una carta? ¿De Cecile? ¡Caray! —exclamó Helena—. ¿En serio cogió un boli y un papel? Tratándose de tu exmujer, es todo un milagro, ¿no?

—Sí lo es, sí, pero el caso es que…

—¿Qué?

—Quiere que Chloë pase unos días con nosotros en Chipre.