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Hilde

 

 

 

 

Wiesbaden, 22 de marzo de 1938

 

La primavera llega sigilosa a la ciudad. Las flores del azafrán, amarillas y moradas, empiezan a despuntar en la hierba del parque del Balneario, los narcisos alargan sus hojas verde lima desde el suelo. A esta hora, alrededor del mediodía, apenas hay tráfico en Wilhelmstrasse, los transeúntes pasean ante los escaparates de la amplia avenida y algunos intrépidos ocupan ya las mesas de las terrazas para disfrutar del inicio de la primavera con una taza de café.

—¿Vienes conmigo? —le pregunta Hilde, de doce años, a su amiga.

Gisela se detiene y tira hacia delante de las correas de la pesada cartera del colegio, que se le clavan en los hombros. Lo piensa un momento, pero sacude la cabeza con pesar.

—No, mejor hoy no. Mi madre quiere llevarme a la modista. Van a hacerme dos vestidos nuevos.

—Qué suerte —dice Hilde con un suspiro—. Tu madre siempre tiene tiempo para ti.

—Bah… —suelta Gisela de mala gana—. Si quieres, nos cambiamos: tú vas con mi madre a la modista y yo me quedo con la tuya en el Café del Ángel.

Pero Hilde tampoco quiere eso. Para empezar, la madre de Gisela es bastante estricta, y además ella no cambiaría el Café del Ángel por nada del mundo.

—Hasta mañana, entonces —se despide de su amiga.

—Hasta mañana. ¿Me dejarás copiar los deberes de cálculo a primera hora?

—Por mí…

Gisela se despide con la mano y sale corriendo en dirección a Webergasse. Se ha quitado la chaqueta azul y la ha colgado encima de la cartera, donde ondea como una vela al viento. Hilde se vuelve hacia el café de sus padres y ve el ángel mofletudo de chapa dorada que se balancea por encima de la puerta con una cafetera en las manos. También allí hay clientes sentados a las mesas que Finchen ha sacado a la acera.

—¡Mira, si es Hilde! —exclama una mujer gruesa, abrigada con pieles—. Dime, ¿ya has salido de clase?

Es la señora Knauss, que tiene bastante dinero, según dice la madre de Hilde, y por eso le ha dado instrucciones de ser muy educada con ella. Aunque le haga preguntas tontas, como por ejemplo ahora.

—Sí, señora —responde, y hace una pequeña reverencia.

La señora Knauss sonríe con displicencia y le comenta a su amiga Ida que los niños de hoy en día ya no aprenden como antes. La amiga, que aferra su taza con aspecto de estar helada de frío, asiente con la cabeza. También el joven que las acompaña comparte esa opinión.

—¿Desean algo más? —pregunta Hilde.

Suena exactamente igual a como lo dice siempre Finchen, la camarera. A Hilde le encantaría servir a los clientes, pero no la dejan.

—Tres cafés con coñac… —pide la señora Knauss, y añade que Hilde es una muchachita muy eficiente.

Ella también lo cree. Antes de entrar en el café por la puerta giratoria, se descuelga la cartera de la espalda. Es importante que lo haga, ya se quedó atascada una vez. Dentro la saludan más clientes, porque el Café del Ángel cuenta con muchos parroquianos habituales. Algunos van a media mañana, se toman un café o un vinito y leen el periódico.

Hilde los saluda y va directa al mostrador de cristal de los pasteles, donde Finchen, está sirviendo dos trozos de tarta de chocolate en platos de postre.

—Tres cafés con coñac para fuera —pide con el deje habitual de las comandas.

Después se sienta a la pequeña mesa que hay justo al lado del mostrador y deja la cartera donde no se vea. En realidad no le permiten hacer los deberes aquí abajo, en el café, porque su madre opina que hay demasiado ruido y Hilde no puede concentrarse. Pero no es verdad. Hilde está convencida de que el Café del Ángel es el mejor sitio del mundo para hacer los deberes. Con el tenue golpeteo de la loza, el tintineo de las cucharillas y los tenedores de postre, las conversaciones, los murmullos y las risas de los clientes se siente a gusto y como en casa. ¡Y esos aromas que llenan el establecimiento! El café recién hecho, el olor a vainilla, almendra amarga y chocolate, el matiz del kirsch o del coñac, e incluso los periódicos y el humo del tabaco… Todo se combina para formar ese aroma maravilloso y vivo que caracteriza al Café del Ángel.

Saca el cuaderno de cálculo de la cartera y busca un lápiz. Sentada a esa mesa, las numerosas tartas del mostrador la protegen de las miradas de su madre, y su padre no se fijará en ella porque justo ahora llegan los cantantes de ópera de su ensayo. Los actores y los músicos del Teatro Estatal van siempre al Café del Ángel, todos son amigos de su padre y aquí sienten que son bienvenidos.

Hilde se retira las trenzas rubias tras los hombros para que no la molesten y empieza a resolver los cálculos. En los ejercicios más difíciles mira hacia el techo de estuco, contempla las onduladas decoraciones y, así, enseguida encuentra la solución. En cálculo es la mejor de la clase, nadie es tan rápido como Hilde Koch. Las redacciones son lo único con lo que se atasca, y a veces tiene que pedir ayuda.

—Vaya, Hilde, ¿sabe tu madre que estás aquí? —pregunta Finchen, que pasa junto a ella con la bandeja bien cargada.

Tres trozos de Selva Negra, dos de pastel de queso con nata. Seguro que son para los actores, que siempre se llenan la tripa. Los cantantes de ópera apenas comen nada a media tarde, para así tener bien la voz por la noche. En cambio, después de la función van al Café del Ángel y se hinchan a ensalada de patata, huevos a la mostaza, salmón ahumado y otras delicias. A esas horas, por desgracia, Hilde ya está en la cama. Solo la dejan estar en el café por la tarde, cuando Marlene trajina en la cocina. Marlene es la cocinera de platos fríos, y buena amiga de Hilde porque siempre le da a probar lo que prepara.

—Tú eres la catadora —le dice—. Tienes que comer un poquito de todo. Si no, no puedo servirlo.

Marlene es menuda y delgada, y tiene los ojos verdes. Cuando trabaja, siempre lleva un pañuelo que le recoge todo el pelo. Ha enseñado a Hilde a preparar los huevos a la mostaza y a cortar el salmón ahumado. Con un cuchillo afilado, haciendo lonchas inclinadas y muy finas…

—Se le da bastante bien —le comentó a Else, la madre de Hilde.

—Lo principal es que no te moleste —replicó esta.

Su madre todavía no lo sabe, pero Hilde está decidida a ser la jefa del Café del Ángel algún día. Ya lo habló con su padre, y él le dijo que estaba de acuerdo.

—Dentro de diez años —asintió—. Entonces serás mayor de edad, hija mía, y podrás hacerte cargo del negocio.

Aunque con él nunca puede estar segura de que al día siguiente no cambie de opinión. Su padre es el mejor padre del mundo, pero lo que dice su madre va a misa. Así son las cosas en el Café del Ángel. Y arriba, en casa, también.

De pronto la situación se complica, su madre acaba de aparecer en el salón del café y mira alrededor. Mierda. ¿Se habrá chivado Finchen? ¡Pero qué mala es! Marlene jamás lo haría…

Sin embargo, su madre ni se fija en ella. Se acerca a la mesa de la ventana, donde su padre está con la gente de la ópera.

—Heinz, si no te importa… Te necesito un momento —lo llama, y sonríe a los clientes para disculparse.

Él está bien enseñado. Se levanta enseguida y va a hablar con su mujer en voz baja junto al mostrador de los pasteles.

—Eso no puedo hacerlo, Else, y menos con Max Pallenberg, que el año pasado murió de una forma tan espantosa…

Hilde aguza los oídos. Conoce al cantante y actor Max Pallenberg por la foto que cuelga en la sala de al lado. Firmada, por supuesto. El Café del Ángel está lleno de fotos con autógrafos. Las hay en todas las paredes, la mayoría enmarcadas en cristal, algunas montadas sobre cartón. Muchas están amarillentas, pero aun así su padre se siente muy orgulloso de ellas y siempre dice que son el mayor tesoro del Café del Ángel.

—La de Pallenberg puedes dejarla —susurra su madre—, pero la de Kortner tiene que desaparecer. Y la de Klaus Mann también. Esa, la primera.

—Eso es oportunismo cobarde, Else. ¿Qué pensarán mis amigos de mí?

—¡Es supervivencia pura, Heinz! Está con todo su séquito ahí mismo, en el pabellón de Kochbrunnen. A tiro de piedra de aquí.

—Es un hombre refinado, Else, y ama el teatro…

Hilde oye la risa de su madre. No suena alegre, sino más bien cínica.

—¿En qué mundo vives? ¿En el de los sueños? Si se le ocurre venir y ve fotografías de artistas judíos, montará en cólera y nos cerrará el café. Así son las cosas.

—Qué dices, Else…

—De momento voy a colgar a Gründgens tapando a Kortner. Encima de Klaus Mann irá Richard Strauss, y August Bebel desaparece ahora mismo.

Su padre se resigna sacudiendo la cabeza. Era de prever.

—Lo de Bebel puedo aguantarlo, Else, pero los demás… ¡Es una vergüenza!

—Tú déjame a mí, Heinz.

Acaricia la mejilla de su marido y él suelta un largo suspiro antes de volver a sentarse con los cantantes. La mirada de su madre recorre la pared de fotografía en fotografía y entonces se fija en Hilde, que está sentada a su mesa, tiesa como una vara, disimulando.

—Y tú ¿por qué estás aquí, Hilde? ¿No te tengo dicho que los deberes se hacen arriba, en casa?

La mejor defensa es la distracción.

—Pero ¿quién está en el pabellón de Kochbrunnen, mamá?

Su madre resopla y Hilde ve que contesta de mala gana.

—El Führer. Adolf Hitler. Está de visita en Wiesbaden.

Ah, sí, Hilde lo recuerda. En el colegio han hablado de ello. El señor Kimpel, su tutor, ha dicho que es un gran honor para la ciudad.

—¿Y va a venir aquí? ¿A nuestro café?

Hilde está emocionada. Si mañana cuenta en clase que el Führer ha estado en el Café del Ángel, ¡se quedarán todos boquiabiertos!

—No es seguro, pero tal vez sí… ¿Dónde se han metido los chicos? August tiene que barrer la acera…

Hilde levanta los hombros, lo cual significa que no tiene ni idea. Y, en efecto, no puede saber dónde están Willi y August en este preciso instante porque han salido con las bicis. Se han ido al barrio de Biebrich, a la propiedad de Rupert Knauss, donde hay un estanque con renacuajos y pulgas de agua. Porque August tiene un acuario.

Por suerte, su madre la deja tranquila y se dedica a cambiar las fotografías de las paredes. Lo hace de una forma muy astuta. Descuelga varias como si tuviera que limpiarlas, pero no vuelve a colocarlas todas. Mientras Hilde está pensando qué hará con los huecos vacíos, oye a Axel Imhoff algo más allá, en la mesa de los cantantes, que exclama:

—¡Lo sabía! ¡Es el día más feliz de mi vida! Cantar el Radamés ante el Führer… ¡Dios mío! No me lo puedo creer…

«Ajá —piensa Hilde—. Si Adolf Hitler va a la ópera esta noche, seguro que después viene aquí, porque estamos justo enfrente». Mira con disimulo hacia los cantantes, que de pronto están exaltadísimos. Esta noche representan Aida, de Verdi. Hilde se sabe todas las óperas porque desde pequeña ha estado con la gente del teatro en el Café del Ángel. Addi Dobscher cantará también, pero no el Radamés, porque no es tenor sino barítono. Addi es un hombretón, ya tiene algunas canas y siempre habla como desde dentro de un barril de cerveza, pero es muy simpático y además vive arriba, en la casa.

—Que vaya al teatro o no —comenta alzando la voz—, a mí me da lo mismo.

—No digas eso, Addi —interviene Sofia Künzel—. Goebbels estará con él. Tal vez consigas ir a los estudios de Babelsberg para hacer una película… —Suelta una carcajada y se divierte con el gesto despectivo del hombre.

—Eso solo pasaría si fuera delicado, rubio y… una chica —añade Addi con media sonrisa.

Sofia Künzel también cantará esta noche. Hace de Aida, aunque en realidad es demasiado mayor para el papel. Y está gorda. Sin embargo, cuando sale al escenario y canta, todos creen que es muy joven. Hilde ha estado un par de veces en la ópera porque siempre les regalan entradas. Aquello es magnífico, todo dorado y brillante, y forrado con terciopelo rojo. Su padre le explicó que, antes, el káiser se sentaba en el palco central. Pero Hilde se durmió a mitad de Los maestros cantores porque la música no se acababa nunca.

—¡No os entiendo! —se indigna Axel Imhoff—. Se trata de un honor. Poder cantar para el Führer es…

En ese momento, el maestro repetidor Alois Gimpel y el periodista Hans Reblinger entran en el café por la puerta giratoria. Saludan a los cantantes y se quitan el abrigo, dan unas palmaditas a las redondeadas caderas de Finchen y piden un café.

—Haya paz. Se ha vuelto al hotel Rose. Por lo visto quería descansar y cambiarse para la noche, pero el botones dice que se ha pasado todo el rato hablando por teléfono…

«Entonces seguro que no vendrá», piensa Hilde, decepcionada. Pasa junto a la tarta de chocolate y entra en la cocina, donde ve que Marlene ya ha llegado. Vaya, hombre. Y ella todavía tiene que escribir esa dichosa redacción. «Por qué amo mi ciudad». ¿Qué puede decir sobre eso una persona normal? Que Wiesbaden es bonita. Pero Fráncfort también lo es, y cuando van de excursión en coche a las montañas del Taunus, también aquello es precioso…

Pasea la mirada por todo el café. Le llama la atención Hans Reblinger, que discute acaloradamente con el tenor Axel Imhoff, el Radamés de esta noche. Más allá, en el rincón, está sentada la señorita Wemhöner, sola, con un té y una tarta de fruta. Es modista del teatro y confecciona todo el vestuario. También vive arriba, en la casa. Aunque es pelirroja, a Hilde le parece guapísima. Es delicada y tiene unos ojos muy misteriosos. Su padre ha comentado alguna vez que la señorita Wemhöner no nació ayer. Hilde sopesa si pedirle ayuda, pero luego decide que no, seguro que se vuelve enseguida al teatro con los cantantes. Es mejor que pruebe suerte con Eddi Graff. Él es actor, y está en la mesa de al lado, con el periódico ante las narices.

Tras una rauda mirada hacia la sala del reservado, donde su madre está cambiando fotografías, Hilde saca el cuaderno de la cartera y se va directa a Eddi Graff. Este debe de haberlo intuido, porque deja el periódico antes de que llegue a su mesa.

—¿Y bien, Hilde? —dice sonriendo—. ¿Otra de esas estúpidas redacciones?

—Sí, y esta vez es más estúpida que nunca…

—Pues siéntate conmigo.

Eddi Graff es mayor, tiene casi cincuenta años, pero todas las mujeres de Wiesbaden suspiran por él. Es por sus sienes plateadas, dicen. Y porque sobre el escenario interpreta unos personajes muy sugerentes. A Hilde le parece que en realidad es muy normal y que, si no actuara en el teatro, pasaría bastante inadvertido.

Necesita gafas para poder leer el cuaderno.

—«Por qué amo mi ciudad» —lee en voz alta, y se queda pensativo.

—¿Qué puedo escribir sobre eso? —pregunta ella con un hondo suspiro.

—Ya… —Sonríe—. Piensa en un bonito día de verano. Sin colegio. ¿Qué te gustaría hacer?

—Ir a nadar. Pasear por la orilla del Rin. O construir una cabaña en el jardín. O ir al parque del Balneario a montar en barca…

Perfecto. Ya tiene algunas ideas. Comprar caramelos y piruletas. Pasear con sus amigas por el centro histórico. Montar en bici junto al Rin. Las viñas… El palacio de Biebrich… Ah, sí, y el parque del Balneario con su gran estanque. También Wilhelmstrasse con sus plátanos, claro. Y el Café del Ángel. Eso desde luego. Eso es lo más importante de todo lo que hay en Wiesbaden.

El hombre la ayuda a ordenar un poco las ideas y luego todo va como la seda. Ya tiene una página entera; solo media más. Hilde decide que con eso vale. Cuando se escribe mucho, también se cometen más faltas.

—Gracias —le dice a Eddi Graff con una gran sonrisa—. Ha sido usted muy amable. Ahora sé que amo mi ciudad, y por qué.

—Sí —contesta él—. Afortunados aquellos que pueden considerarla su hogar. —Sonríe con cierta tristeza y se reclina en la silla.

En la mesa de la ventana, los cantantes se levantan y se ponen los abrigos para ir al teatro. Addi Dobscher ayuda a Julia Wemhöner con el suyo, el padre de Hilde le pone a Sofia Künzel la capa de pieles y le escupe por encima del hombro izquierdo.

—¡Suerte, suerte!

Hilde aprovecha para guardar el cuaderno con la redacción a toda prisa en la cartera. En la cocina, Marlene cuchichea con Finchen. Están muy exaltadas y ni se percatan de que ha entrado.

—Me lo dijo ayer —susurra Marlene—. Ya tiene los pasajes para el barco. Pasado mañana zarpa hacia el otro lado del charco. A Nueva York…

—¿Quién? —pregunta Hilde.

—Pues Eddi Graff. Pretendía llevarse a Julia Wemhöner… pero ella no quiere abandonar Alemania.

Hilde no entiende nada. ¿Por qué van a abandonar Alemania? Si él acaba de decirle que se siente afortunado de que esta ciudad sea su hogar.

—Es porque son judíos —explica Finchen—. Los judíos son nuestra desgracia.

—¡No le digas esas cosas a la niña! —la riñe Marlene.

Luisa

 

 

 

 

Finca Tiplitz, cerca de Marienburg,

Prusia Oriental, abril de 1938

 

«Este año traerá grandes cambios», eso dijo la abuela en Nochevieja durante el tradicional vaticinio del futuro echando plomo fundido en agua fría. Luego se quedó mirando el fuego de la chimenea con la cara muy seria. Luisa no soporta a su abuela, lo cual es mutuo, pero cree que su predicción es acertada. Es por el cielo. A Luisa nunca le había llamado la atención lo grandioso que puede ser el espectáculo de las nubes en la amplitud del cielo, la belleza de sus colores y sus formas, lo deprisa que pasan sus imágenes cambiantes. Esta mañana temprano, mientras Joschka, el mozo de cuadra, los ayudaba a ensillar los caballos, el cielo parecía hecho de mármol con vetas grises: una masa densa y quebradiza que brillaba rojiza por el este.

—Es como la lava que escupió el gran Vesubio —comenta Oskar, que durante las vacaciones tiene que estudiar porque se juega pasar de curso en el instituto de Danzig—. El volcán cubrió con ella la ciudad de Pompeii, y asfixió y calcinó a todos los que vivían allí…

Le hace una elocuente señal con la cabeza a Luisa y monta. La yegua, Leni, recula un par de pasos y parece a punto de encabritarse, pero Oskar enseguida la domina. Tiene diecisiete años y monta desde pequeño, igual que su hermano mayor, Jobst. También Luisa, que tiene catorce, se subió por primera vez a lomos de un Trakehner con cuatro años. Esos nobles animales se crían desde hace muchísimo tiempo en la finca Tiplitz y, según le contó su padre, los venden por todo el mundo. Su padre nunca sale a cabalgar, si acaso monta alguna vez en carruaje, y solo si el clima acompaña. Él le lleva los libros a la abuela. Cuando alguien lo busca, casi siempre lo encuentra en la biblioteca.

—Se dice Pompeya, no «Pompeii» —señala Jobst, con gesto de desesperación—. Chico… ¡No sueltes semejantes barbaridades en el examen de recuperación!

A Oskar se le oscurece el semblante; es ambicioso y lo pasa mal porque no tiene buena memoria. Sacarse el bachillerato y luego hacer carrera de oficial es una cuestión de honor para un Von Kamm. Aunque lo que él pretendía era, sobre todo, impresionar a su prima Luisa con sus conocimientos de historia, y Jobst ha tenido que estropearlo y dejarlo en ri­dículo con sus comentarios de tiquismiquis.

—Son pequeñeces sin importancia… —refunfuña.

—Y tú qué sabrás, mocoso.

Mientras, también Luisa ha montado y se ha colocado bien en la silla. Flavia, la hermosa yegua parda, se remueve inquieta y rechaza con un resuello iracundo el torpe intento de acercamiento por parte del castrado Balduin.

Jobst hace retroceder enérgicamente a su montura.

—Que estás capado, amigo —dice con una sonrisa—. No lo olvides.

Luisa va a la cabeza del pequeño grupo y los dos chicos la siguen a poca distancia. La granja es una construcción de tres alas en cuyo centro se encuentra el imponente edificio de ladrillo de la antigua casa señorial. Frente a ella han dispuesto un suave césped con bancos de color blanco, estatuas y parterres de flores por donde las damas de la casa pueden pasear con sus invitados. A la derecha se levantan las caballerizas. El ala izquierda la componen dos cobertizos para los carruajes y los automóviles de la señora, y detrás están las dependencias de los empleados.

Cabalgan por el ancho camino de arena que bordea el césped hasta llegar al muro, donde tuerce a la izquierda y sigue hasta la verja. Los jóvenes contemplan en silencio el veleidoso cielo matutino, que el sol desgarra por el este como si abriera un desgastado telón oscuro. El espectáculo de las nubes es de una belleza arrebatadora, pero a la vez también sobrecogedor, pues parece que alguien hubiese abierto una brecha en la bóveda celeste por la que, de repente, la luz se cuela con un brillo cegador.

—Impresionante, ¿verdad? —comenta Jobst.

Luisa le da la razón. Mientras salen por la verja y toman el camino del lago, la grandiosa pirotecnia de las nubes desaparece y la luz de la mañana invade todo el cielo. Por debajo predomina un paisaje llano. Amplios campos de labranza que se extienden cubiertos ya por los primeros indicios de la primavera, prados de un intenso verde lima y cargados de una humedad que pronto contribuirá a que la vegetación crezca robusta. Al fondo, oscuros bosques copados por hayas, robles y píceas, en los que volverá a tener lugar la cacería de otoño.

Luisa, que sigue encabezando el grupo, espolea a su yegua y la deja galopar un trecho. Siente las miradas de sus primos en la espalda; es una sensación excitante, nueva. Cumplió los catorce en enero, y su cuerpo se ha transformado en pocas semanas. Ahora tiene pechos pequeños y en punta, y la cintura fina. La menstruación, algo que su madre le profetizaba desde hacía años suspirando con pena, por fin le llegó y ella está orgullosa de ser ya una mujer. Es agradable que Oskar y Jobst, que están pasando las vacaciones de Pascua en la finca, la miren con un nuevo y respetuoso interés. Antes se divertían tomándole el pelo a «la mocosa», a veces incluso le gastaban bromas pesadas, y en cambio ahora Luisa siente que tiene poder sobre ambos. Jamás haría un mal uso de ese poder, pero le gusta poseerlo y ponerlo a prueba. Para salir a cabalgar esta mañana no se ha recogido la larga melena negra bajo la gorra; la ha dejado suelta. Ondea al viento como una sedosa bandera fúnebre y, cuando se le alborota, enseguida echa ambas manos a su precioso cabello y lo domeña, aunque sabe bien que el viento volverá a jugar con él dentro de nada.

Por mucho que haya llegado la primavera, todavía hace frío. Ante sus bocas y los ollares de los caballos se forma un vaho blanco, en los surcos profundos de los campos aún se ven los relucientes encajes de la escarcha. Están a principios de abril, y puede que la tierra quede cubierta otra vez de nieve en cuestión de horas. Como para llevar la contraria, en el bosque han florecido numerosas anémonas, una esponjosa nube blanca y primaveral que ha descendido hasta la tierra. Las pequeñas florecillas deben darse prisa, porque en cuanto a los árboles les salgan todas las hojas, en el suelo les faltará la luz.

El río Nogat aparece ante sus ojos, y entonces Luisa detiene a la yegua y se vuelve hacia los dos chicos.

—Has galopado con mucho brío, Luisa… —comenta Oskar sonriendo de oreja a oreja—. El gordo de Balduin está agotado, ¿verdad, Jobst?

Jobst parece algo molesto. Lo cierto es que Joschka ha sobrealimentado al castrado durante el invierno y no le ha sentado nada bien, pues ahora le cuesta seguir el ritmo a sus hijas Leni y Flavia.

—¡Ahí, mirad! —exclama Jobst, que no quiere seguir hablando del cansancio de su caballo—. Están cortando bloques de hielo en el río. Qué trabajo más pesado. Sudan una barbaridad…

El invierno ha sido duro, ha convertido ríos y lagos en gruesas capas de hielo. En primavera, cuando empieza el deshielo, el viento a menudo empuja los témpanos hasta la orilla, donde se apilan y, cuando el agua vuelve a congelarse en las noches frías, forman montañas blancas. La gente de los pueblos se pone manos a la obra con sierras y hachas, entre todos cortan bloques y los llevan a neveros subterráneos, donde aguantan durante meses. El hielo para las fresqueras de las ciudades es un buen negocio en verano. Aquí, en el campo, la vida es árida, los inviernos largos y gélidos, el tiempo para la siembra y la cosecha escaso. Los aldeanos son quienes peor lo tienen, por eso aprovechan cualquier oportunidad para ganar un dinero extra.

Los tres jóvenes se quedan a mirar cómo cortan el hielo, y con las manos se protegen los ojos del sol, que ya ha conquistado el cielo gris tórtola de la mañana. Unas nubecillas blanquecinas se desplazan sobre el paisaje, acarician prados y campos con sus sombras creando formas nuevas y maravillosas sin parar. En la hierba de la orilla se han reunido aves acuáticas: cisnes, patos y gansos. Junto a ellos, una colonia de cigüeñas hace una pausa en su viaje hacia el norte. Pronto llegarán también las grullas. A Luisa le encanta su fuerte griterío, y cuando la despiertan de buena mañana corre a la ventana para verlas surcar el cielo. Vuelan en formación de cuña, una flecha de criaturas aladas que se dirigen a un destino lejano dictado por su instinto. Ya de pequeña, al verlas sentía el deseo de unirse a su viaje. Poco le importaba adónde la llevaran ni cómo se las arreglaría por el camino.

—¿Nos acercamos hasta la orilla? —pregunta a los chicos.

—Por mí, bien —responde Jobst, que por ser el mayor es quien casi siempre decide la ruta de la salida a caballo de las mañanas—. Luego volveremos siguiendo la linde del bosque.

Desde allí se ve la silueta inexpugnable del castillo de Marienburg, una construcción de ladrillo rojizo amablemente iluminada por el sol. Erigida en su día como fortaleza de la Orden Teutónica para frenar los ataques de los paganos, ahora se alza como baluarte de la Prusia Oriental contra los enemigos del este: polacos, checos y rusos. Así se lo explicó a Luisa su padre. Casi todo lo que sabe de geografía e historia tiene que agradecérselo a él. También la enseñó a leer y a escribir en su momento, y a contar, y enseguida le dio libros para que leyera. La abuela solía echar pestes al ver que «el pobre Johannes» invertía tanto tiempo y esfuerzo en algo tan innecesario, porque su padre está enfermo y con frecuencia tiene que guardar reposo. Cuando es el caso, se sienta en su butaca con una manta en las rodillas, aunque a veces debe quedarse en cama. Entonces Luisa tiene prohibido molestarlo. Pero en más de una ocasión se ha escabullido para verlo en secreto y se ha quedado sentada a su lado, callada, como si lo estuviera velando. Una vez la abuela la pilló y, como castigo, la encerró todo un día en la sala alicatada del sótano, donde en otoño despellejan la caza y destripan a los animales. La abuela no es una buena persona. Solo quiere a su hijo Johannes, y quizá a Oskar y a Jobst, sus nietos varones. A su propia hija, la tía Ingrid, la trata siempre con severidad, y a la madre de Luisa como si fuera una sirvienta. No, la abuela es una mujer mala. Seguro que algún día irá al infierno por sus pecados.

No llegan a la orilla del río porque en el camino se encuentran charcos de barro muy profundos y cubiertos por una fina capa de hielo. Antes de hacer girar a los caballos, miran una vez más hacia Marienburg. Una bandera roja con una esvástica ondea en lo alto de un frontón.

—El bastión de la juventud alemana —dice Jobst con tono burlón—. ¡Menuda ridiculez!

—¿Por qué? —quiere saber Luisa.

Hace medio año, con esa pregunta no habría conseguido de Jobst más que una broma tonta, como mucho. Ahora es diferente. Ahora la toma en serio.

—Porque son el populacho —explica, y resopla con desdén—. La plebe, gente inculta. Igual que en el ejército. Es increíble quién puede llegar a oficial de la Wehrmacht hoy en día. Cualquier pelagatos… Basta con demostrar las «convicciones adecuadas».

Escupe a un lado y guía a su castrado para enfilar el camino de vuelta. Oskar lo sigue, Luisa se queda la última. Está pensativa, intenta comprender qué irrita tanto a Jobst. Seguramente vuelve a ser por los nacionalsocialistas, los «nazis», como suele llamarlos la abuela sin ocultar su desprecio. En la familia no están bien vistos. Luisa intuye que es porque no pertenecen a la nobleza. La abuela y todos sus amigos y parientes son de alta cuna y están muy orgullosos de sus antepasados, oficiales de alto rango que dieron su vida por la patria en alguna batalla. Los nobles se mantienen unidos, se casan entre sí y sus hijos llegan a oficiales, o bien heredan la finca familiar. A veces incluso ambas cosas.

«Con el káiser, la nobleza todavía contaba para algo», suele decir la abuela. Luisa le preguntó a su padre qué significaba eso y la respuesta que recibió fue que, en la época del Imperio, los altos cargos del gobierno se otorgaban casi en exclusiva a miembros de la nobleza. También los del ejército, desde los generales hasta los meros tenientes eran siempre nobles.

Si ha comprendido bien a Jobst, ahora otras personas pueden ocupar esas posiciones. Gente de a pie. «El populacho», ha dicho su primo. «La plebe». Luisa entiende que Jobst esté molesto. Este último año ha empezado la formación militar y aspira a una carrera de oficial. Qué desagradable debe de ser encontrarse allí con el populacho. Los nazis son unas personas muy extrañas. Salvo Adolf Hitler; a él, Oskar y Jobst lo admiran porque gobierna con mano de hierro, ha hecho limpieza y ha echado a todos esos partidos del Reichstag. Eso dijo Oskar hace poco, y Jobst estuvo de acuerdo con él.

Ahora el cielo parece más alto, su azul es más oscuro, las nubes nadan perezosas en él, como lana mullida. De vez en cuando, uno de esos vellones de lana tapa el sol y suaviza un momento la luz resplandeciente de la mañana para luego dejarla brillar de nuevo con toda su fuerza. Todavía se puede ver a través del bosque. Solo las píceas se alzan oscuras contra el sol matutino, a las hayas apenas les brota alguna hojita de las yemas rojizas. Oyen el esforzado repiquetear de un pájaro carpintero. En los prados hay grandes charcos de agua cuya capa de hielo se ha derretido ya. Las ranas celebran la estación, las hay a miles en los riachuelos y los lagos. Por las noches, su croar se oye hasta en la casa señorial.

—Seguro que el año que viene ya seré brigada —le dice Jobst a su hermano—. Mi primer baile de oficiales. Es un gran acontecimiento, y no solo por el baile en sí. Allí se conoce a gente, ¿sabes? Se hacen contactos. Sin eso, no se llega a nada…

—Ay, ojalá me hubiera sacado ya el dichoso bachillerato —comenta Oskar con un suspiro—. La Wehrmacht no me da ningún miedo. La buena raza siempre prevalece, en eso la plebe no tiene nada que hacer…

Sus primos llevan la cabeza muy alta. Los dos se parecen a su padre, el coronel Von Kamm, al que Luisa solo ha visto en dos o tres ocasiones porque rara vez acompaña a su mujer cuando va a la finca Tiplitz para visitar a su madre. El coronel es de estatura media y fornido, tiene el pelo rubio, muy corto, y la nariz ancha. Por lo que Luisa recuerda, es un hombre simpático, solo que no se lleva bien con la abuela. Seguramente por eso suele evitar la finca. El coronel Von Kamm es uno de los pocos visitantes que también saluda a la madre de Luisa con un beso en la mano, para enorme fastidio de la abuela.

Luisa se enfada a menudo con su madre, incluso puede mostrarse terca con ella y montar en cólera, aunque después suele lamentarlo. Pero es que le parece horrible que deje que la traten de ese modo. Sobre todo por parte de la abuela, que es capaz de sermonearla como si fuese una ayudante de cocina, hasta cuando hay invitados en la casa. Más de una vez ha llegado a darle un bofetón. La abuela solo es educada con su madre cuando su padre está en la misma habitación. La mayor parte del tiempo, sin embargo, hace como si no existiera. Su padre quiere mucho a su madre, no le gusta que la insulten, pero como está enfermo y no sale de su dormitorio, de la biblioteca o del salón, no siempre puede protegerla. Incluso el servicio se permite despreciarla y darle malas contestaciones si el señor de la casa no anda cerca.

La culpa es de su propia madre, que es una cobarde y no le planta cara a la abuela. Transige, se resigna, permite que todos la pisoteen. Y como le faltan agallas, también Luisa tiene que aguantar mucho.

—No debes preocupar a papá, Luisa —le dice siempre su madre—. No es bueno para su corazón. Papá tiene el corazón enfermo y ha de tomarse las cosas con calma.

Luisa aprendió pronto a valerse por sí misma. Hay que ser inteligente, ir con cuidado, encontrar el momento oportuno para conseguir tu objetivo. Las chicas de la cocina son tontas, cada una tiene su debilidad y Luisa sabe sacar provecho de eso. A la tía Ingrid le encantan los cumplidos, hay que elogiar su pelo abundante y sedoso, o los modernos conjuntos que se manda coser en Danzig. Sobre todo está orgullosa de Oskar y Jobst; si le hablas con admiración de sus hijos, ya te la has ganado. Tal vez —aunque es un sueño muy atrevido—, tal vez Oskar o Jobst inviten algún día a Luisa a uno de esos grandiosos bailes de oficiales. Ella, en todo caso, aspira a conseguirlo. También quiere ganarse al administrador Jordan, que dirige la finca y come con ellos a mediodía. Es alto y musculoso, apenas habla y asiente a todo lo que dice la abuela. Aun así, sonríe cuando Luisa hace pequeñas bromas en la mesa, y a veces le guiña un ojo.

La abuela es la única a la que no hay forma de conquistar, pero a Luisa tampoco le da la gana bailarle el agua, como intentan hacer siempre las sirvientas. La abuela ha encerrado su corazón en una caja de acero de la que solo su hijo tiene la llave.

Cuando ven aparecer la granja a lo lejos, el cielo ha vuelto a oscurecerse. En el horizonte han aparecido unos nubarrones grises que se multiplican y se extienden. «¡Ay, que el invierno regresa de nuevo! —piensa—. Pobres anémonas, vuestras flores tendrán que morir bajo el peso helado de la nieve». Jobst pone al perezoso Balduin a un trote ligero, la yegua de Oskar ya se ha adelantado un trecho y también Luisa hace trotar a la suya. Flavia es la más elegante de las hijas de Balduin, cualquiera de sus movimientos tiene estilo, es bello y equilibrado. Cuando trota, parece que flote. Luisa ha oído decir que la abuela quiere venderla dentro de poco con otros Trakehner, pero ella espera con fervor que no sea así. Flavia tiene que quedarse. Durante el desayuno comentará que un animal tan espléndido habría que conservarlo para la cría. Seguro que la abuela no compartirá su opinión, pero su padre la apoyará. Y a lo mejor también el señor Jordan, si es que desayuna con ellos, lo cual no siempre sucede.

En el último tramo del camino dejan que los caballos vuelvan a galopar. Los primeros copos de nieve rozan ya sus rostros, Luisa siente las orejas heladas. Cruzan la verja a toda velocidad, como en plena cacería. Oskar no consigue que su yegua vire a la izquierda a tiempo, así que atraviesa todo el césped al galope y los otros dos animales lo siguen. Ya se han metido en un lío; para la abuela, ese precioso césped es sagrado.

—¡Maldita sea! —exclama Oskar riendo cuando desmontan frente al establo—. No hay quien la pare. Qué tozuda es… ¿Has visto cómo hemos cruzado el césped, Joschka?

El mozo de cuadra atrapa las riendas que le lanza el muchacho y acaricia el cuello de la yegua para tranquilizarla.

—Sí, señorito —contesta—. Pero no hagan mucho ruido cuando entren en la casa.

—¿Por qué? —dice Luisa riendo—. ¿Es que todavía están todos durmiendo?

Joschka la mira de un modo que nunca le había visto antes. Con tristeza. Como a un caballo enfermo. A Luisa le parece irrespetuoso y se molesta con él.

—No, señorita —dice el hombre, despacio—. Nadie duerme. Ustedes entren. Sin hacer ruido, con la debida gravedad…

Los tres jóvenes se miran y se encogen de hombros. Jobst se lleva el índice a la sien y lo mueve en círculos.

—Cada vez está más raro, el viejo Joschka…

Luisa intenta recordar si es domingo, o algún festivo en el que tengan que ir a la iglesia. ¿No será el cumpleaños de la abuela? No, eso es en agosto…

En los escalones de la entrada están Anna y Meta, muy juntas, cuchicheando. Cuando Jobst las mira con cara de pocos amigos, hacen una tímida reverencia y se van corriendo. En el vestíbulo, la tía Ingrid sale a su encuentro con la cara hinchada y un pañuelo de encaje húmedo en la mano. Pasa de largo ante Luisa, como si no estuviera, y toma a Oskar de la mano mientras le pone un brazo sobre los hombros a Jobst.

—Venid… —dice con una voz extraña, quebrada—. La abuela quiere que lo veáis una última vez.

—Pero… ¿qué ha ocurrido? —pregunta Oskar.

No le responde, se lo lleva escalera arriba sin decir palabra. Jobst los sigue. Tras subir unos escalones, se vuelve.

—Luisa… —dice en voz baja—. ¡No! —La voz de la tía Ingrid suena de pronto dura, con un tono parecido al de la abuela.

Luisa comprende que debe quedarse al margen, que por algún motivo no es bien recibida arriba. Se le encoge el pecho, siente un mareo y la invade un mal presentimiento, algo definitivo. Mira a su alrededor, pero está sola en el vestíbulo, las sirvientas han desaparecido en la cocina.

—¡Meta! —llama—. ¡Anna! ¡Mariella!

No acude nadie. Tal vez las chicas no la obedezcan porque hoy su voz suena insegura, y no autoritaria como la de la abuela. Su miedo crece cuando abre la puerta del salón y ve que allí tampoco hay nadie. En la sala del desayuno la mesa está puesta; la mantequilla, el jamón y la mermelada siguen intactos, la cafetera espera bajo su cobertor, no se ha usado ningún cubierto. Pero ¿qué sucede? ¿Dónde están todos?

—¿Mamá?

Las opulentas cortinas y las gruesas alfombras se tragan su tenue exclamación. Jamás se había sentido tan sola. Tan completamente abandonada, tan aislada de todos. Empiezan a temblarle las piernas, le encantaría sentarse un momento en uno de los sillones tapizados, pero sigue camino hacia la biblioteca.

Allí tampoco hay un alma, ni siquiera Mariella, que debería estar ordenando. En la butaca de su padre ve la manta de cuadros tal como él la dejó tirada ayer, antes de subir al dormitorio con su madre. En la mesita de al lado está la bandeja redonda de plata con la botella de agua y los frasquitos marrones con medicinas de los que siempre cuenta gotas en una cuchara. También el libro que leía por la tarde sigue ahí: uno de viajes por el África Oriental alemana, la antigua colonia. Últimamente ha leído muchos libros de viajes a países lejanos y le ha hablado a Luisa de China y de la India…

Se estremece al oír pasos en la escalera, el familiar crujir de los escalones de madera bajo unos contundentes zapatos de hombre. Enseguida regresa corriendo al vestíbulo, donde Meta ayuda a un caballero a ponerse el abrigo. Es el consejero médico Greiner, de Elbing, un conocido de la abuela al que llaman siempre que el padre de Luisa no se encuentra bien. A ella también la ha tratado dos veces, cuando tuvo el sarampión y, poco después, cuando cayó enferma con mucha fiebre por unas anginas. El hombre ha oído cómo abría la puerta, se vuelve hacia ella y aparta a Mariella, que le tiende el sombrero y los guantes.

—¡Luisa! —exclama—. ¡Pobrecilla! Lo siento mucho por ti. Ven aquí, deja que te abrace, pequeña.

Ella no lo entiende, no quiere entender, pero se acerca al hombre y, cuando él la estrecha con ánimo paternal, por unos instantes se siente protegida.

—Las cosas no pintan bien para vosotras, chiquilla —dice con su voz profunda y algo ronca—. Esa vieja dama no tiene compasión. Y menos ahora, que ha perdido todo lo que su frío corazón aún apreciaba. Este ya no es sitio para Luisa Koch y para su madre.

Luisa sigue aferrándose al abrazo del hombre, deja que las palabras resbalen por sus oídos, quiere seguir sin entenderlas. Su padre se encuentra bien, ayer por la noche estaba contento, le habló de esa impresionante montaña, el Kilimanjaro, cuya cumbre está cubierta de nieves perpetuas…

—Tengo que irme, pequeña —dice el doctor Greiner, y la aparta con delicadeza—. Sé fuerte, Luisa. Sé que lo conseguirás. Y cuida de tu madre. Prométemelo, ¿quieres? Te necesita. Sin ti está perdida.

—Sí… Se lo prometo —balbucea ella, sin comprender bien lo que está diciendo.

El hombre le tiende la mano y aprieta la suya con tanta fuerza que le hace daño. Después se pone el sombrero a toda prisa, coge los guantes y sale por la puerta que Mariella le sostiene abierta. Fuera caen gruesos copos de nieve, el césped ha quedado cubierto por una fina capa blanca, los narcisos recién florecidos se inclinan bajo su frío peso. Mariella sigue junto a la puerta, la mantiene abierta de par en par, y Luisa ve un cabriolé que cruza la verja y entra en la finca. Conoce el coche y el caballo.

—Ahora llega el párroco… —le dice Mariella a Meta, que ha salido corriendo de la cocina—. Pero ya es tarde. Qué pena por él. Era un hombre bueno, y también fue un buen señor.

—Pero me alegro de que por fin vayamos a librarnos de esa paleta y de su mocosa ilegítima.

—Eso no había quien lo entendiera. Que un señor noble como él cargara con semejante mujerzuela…

Luisa comprende que hablan con tanto desprecio porque ya no queda nadie en la casa que vaya a reñirlas. Siente un profundo dolor y al mismo tiempo una ira inmensa. Su padre ha muerto y no dejan que ella lo vea. Todos están arriba con el difunto, esperando a que el párroco lo prepare para su viaje final.

Todos menos ella. ¿Y su madre? Seguro que también la han excluido.

Vuelve a oír en su cabeza las palabras del médico. «Cuida de tu madre. Sin ti está perdida».

Luisa inspira hondo y suelta el aire. Reprime el dolor, lo obliga a retirarse a lo más recóndito de su corazón para que no acabe con ella. No es momento de llorar y lamentarse. Es momento de actuar. Tal como ha prometido.

 

 

 

 

1945

Hilde

 

 

 

 

3 de febrero de 1945, por la noche

 

—Esto es el fin —susurra Louise Drews, y abraza con fuerza a sus dos hijos—. Van a arrasarlo todo. No dejarán piedra sobre piedra…

—¡Cállese de una vez! —sisea la madre de Hilde—. ¡Diciendo esas cosas va a atraer la desgracia!

Un fuerte temblor sacude el refugio antiaéreo. La madre de Hilde la estrecha entre sus brazos y le hace bajar la cabeza. Del techo del sótano cae suciedad, las velas Hindenburg titilan. Nadie de los que están apretados sobre cojines y mantas dice nada, solo se oye llorar a un niño de pecho. Han decretado el estado de excepción, llevan horas escondidos en ese refugio, sienten los crujidos y los temblores que sacuden la tierra, creen que en cualquier momento se les vendrá encima el techo. Es grotesco. ¡Una locura! Hilde tiene la sensación de no ser ella misma, de estar viviendo una película. Nadie muere con diecinueve años, y menos aún con un niño en las entrañas.

—¡Siéntese en otro sitio! —le ha espetado hace un rato Louise Drews a Teubert, el vigilante antiaéreo, mientras señalaba a Karl, de dos años, y a la pequeña Sabine—. ¡Si nos alcanza una bomba, caerá usted encima de mis hijos!

Y Teubert, que normalmente es de los que nunca se callan, se ha acuclillado en el suelo sin decir nada y se ha metido los dedos en las orejas.

«Qué raro —piensa Hilde—. Cualquiera creería que la gente dice cosas más importantes o inteligentes cuando ve la muerte de cerca, pero solo suelta tonterías». Gisela, a su lado, reza en voz baja. «Cuatro esquinitas tiene mi cama…», porque es la única oración que se sabe de memoria. Y Julius Kluge, que vive en Webergasse, cuenta una y otra vez que su hijo también es aviador y ha luchado en Inglaterra. Como si a alguien le interesara saber eso.

Horas después, el estruendo y los estallidos de las bombas remiten por fin, solo de vez en cuando cae algo de arenilla desde el techo del sótano. Las velas Hindenburg se han consumido; todas menos dos. Entonces se dan cuenta de que el aire está tan cargado que podría cortarse, no hay quien respire ahí dentro. La vieja señora Knoll ha cerrado los ojos y no dice nada. Gisela susurra que se encuentra mal, que necesita vomitar. Alguien debe de habérselo hecho encima, porque el hedor es espantoso.

Teubert se levanta con cuidado y avanza encorvado hacia la puerta por entre las personas que siguen sentadas, apiñadas. Hilde observa todos sus movimientos. El vigilante desatranca la puerta de acero, tiene que intentarlo dos veces porque no deja de temblar. Después la empuja despacio. Un olor a incendio entra en el sótano.

—Dios mío —susurra la madre de Hilde, que se ha puesto de pie.

Se tambalea y Hilde tiene que sostenerla. Todos se agolpan entonces junto a la salida. Teubert ya está fuera, algunos lo siguen, la corriente de aire apaga las velas.

—¡Las palas! —exclama alguien—. Aquí hay escombros.

Dentro de lo malo, tienen suerte y pueden despejar el camino con unas pocas paladas. Al salir del sótano los recibe un intenso calor y se ven rodeados por un infierno de llamas rojas y amarillentas que salen por los agujeros negros de las ventanas rotas.

Hilde y su madre trepan como pueden por un montículo de cascotes que aún arden y humean. Por todas partes se oye sisear el fuego; caen piedras, los muros se derrumban. Es de noche, una gélida noche de febrero, el sol no saldrá hasta dentro de varias horas. Todo el que aún puede andar sale de entre los escombros al aire libre, llama a sus familiares, recorre sin rumbo la ciudad. Aún caen bombas del cielo, impactan con gran estruendo aquí y allá, los aviones aúllan.

—¿Gisela? ¿Eres tú?

Hilde apenas distingue a su amiga en la oscuridad centelleante. Gisela y su madre, Johanna, contemplan inmóviles el esqueleto incendiado de su casa. Johanna cuelga todo su peso del brazo de su hija. Ya no hay esperanza, Webergasse es un montón de escombros en llamas, los edificios que quedan a izquierda y derecha no son más que ruinas devoradas por el fuego. De vez en cuando ven a alguien que camina sin dirección y trepa por los cascotes buscando la calle que antes estaba ahí. Algunos llevan hatillos y mochilas con todas sus pertenencias, o al menos lo que han podido salvar. Las negras y angulosas siluetas de los edificios destruidos parecen irreales a la luz espectral de los incendios. «Tal vez no sea más que una pesadilla —piensa Hilde—. Si me despierto, todo volverá a ser como antes…».

—Nos vamos a casa de mis abuelos —dice Gisela—. Venid con nosotras.

—Pero a lo mejor el Café del Ángel sigue en pie —arguye la madre de Hilde.

—Ahora no podéis ir allí. Todo está en llamas.

Con los ojos resecos por el calor, miran hacia lo que una vez fue el principio de Wilhelmstrasse. Por doquier hay piedras y muros derribados, no encuentran ningún camino, y menos ahora, de noche. Hilde sigue empeñada en saber qué ha ocurrido, porque Addi, Julia y la Künzel nunca van al refugio antiaéreo de Webergasse, solo bajan al sótano del café. Entonces ve que su madre entrelaza un brazo con el de la madre de Gisela y comprende que deben ayudarlas. Los Warnecke se enteraron ayer mismo de que el padre de Gisela había caído; hoy, su hogar y todo lo que contenía es pasto de las llamas. A Johanna Warnecke casi no le quedan fuerzas. Hilde cede. Si han bombardeado el Café del Ángel, tampoco podrán hacer nada. Arrastran a la mujer medio desmayada por la ciudad, apenas notan el frío, tienen pánico a que caiga otro bombardeo. Algo más adelante, en Kirchgasse, los edificios están intactos. Toman aire y continúan hacia el piso de los abuelos de Gisela. Llaman a la puerta y tienen que esperar un buen rato hasta que el viejo matrimonio abre. Poco después están todos sentados en la minúscula sala de estar. Hablan a trompicones, no pueden expresar con palabras lo que les ha caído encima. La madre de Gisela ha vuelto en sí, pero de todas formas parece ausente. Aguantará, no obstante, lo soportará todo, hasta las penalidades más duras, porque sabe que Adolf Hitler guiará a Alemania hasta la victoria final. Está firmemente convencida de ello. Else y Hilde no dicen nada, también Gisela guarda silencio. La expresión «victoria final» suena grotesca a la vista de la ciudad en llamas. Solo los partidarios más acérrimos creen aún en las palabras de los dirigentes. Todo el que sigue en sus cabales comprende que el final está cerca. El final de esta guerra que devora personas, y también el final del Tercer Reich. Será duro, los más viejos lo saben porque vivieron la caída del Imperio alemán y la Gran Guerra. Aun así, cualquier cosa será mejor que estas terroríficas noches de bombardeos tras los que la gente mira atónita los escombros de sus casas en llamas o se asfixia en refugios antiaéreos.

No pueden dormir. Todos tienen miedo; en cualquier momento podría volver a empezar. Están aturdidos, por su mente cruzan imágenes, sombras que se alargan hasta su alma mientras las sirenas chillan en sus oídos. Solo se dejan caer en la piadosa oscuridad del sueño cuando la fría luz azulada del alba llega arrastrándose hasta las ventanas.

 

 

Hilde se despierta y al principio no sabe dónde está. Después se extraña de no sentir náuseas, como todas las mañanas. La abuela de Gisela ha preparado infusión de menta; hace tiempo que el café es solo para gente con contactos. También el pan escasea. Hilde devora media rebanada y tiene mala conciencia porque la abuela de Gisela la mira con ojos encendidos.

—Le pagaremos con marcos. Nuestra casa sigue en pie…

Es una afirmación audaz, apenas una esperanza, pero Hilde y su madre se aferran a ella.

—Tenéis que volver pronto —le dice el abuelo de Gisela a su nieta—. Tal vez quede algo que salvar. Si tardáis demasiado, se lo habrán llevado todo.

—¡Ay, Dios, mamá! —exclama Gisela—. ¡Tiene razón!

Los saqueadores son castigados con severidad, pero en el caos que reina ahora en el barrio del balneario impera el «sálvese quien pueda». Así son las cosas. La guerra divide a las personas entre honradas y canallas, y los canallas son mayoría. Gisela y Johanna Warnecke salen con la carretilla del abuelo y el viejo cochecito de bebé de Gisela, que estaba en el desván. La madre de Hilde ayuda a la mujer a tirar de la carretilla; Gisela entrelaza su brazo con el su amiga, que de pronto vuelve a sentir náuseas. El abuelo quería ir con ellas, pero su cojera le hace ser demasiado lento.

—¡Pobre Alemania! —se lamenta el hombre—. Solo le quedan mujeres y lisiados. Y ahora también envían a los adolescentes a la guerra. ¡«Tormenta del pueblo», lo llaman!

—¡Calla! —le regaña la abuela.

En el barrio del balneario, los escombros todavía se están consumiendo. El humo recubre el horror de un polvillo gris, el olor es espantoso, a quemado: madera, pelo, papel pintado y muebles tapizados. A una época grandiosa y pacífica que ha ardido en llamas y no regresará jamás. Así huele la muerte. El fin. En una de las casas del principio de Wilhelmstrasse todavía se lee una pintada: «¡Con el Führer hasta la victoria final!». Aquí y allá se ven auxiliares con uniforme pardo, muchachos, casi niños, y también ancianos. Parece que no quieren dejar pasar a las cuatro mujeres, dicen que es demasiado peligroso, que caen cascotes por todas partes.

—Queremos ir al Café del Ángel —dice la madre de Hilde.

Los dos uniformados cruzan una mirada insegura. Uno se pasa cuatro dedos por el pelo rubio alborotado. Es muy joven, no tendrá los dieciséis años. Sus rostros están tiznados de hollín. Hilde y su madre esperan, los miran, escuchan los latidos de su propio corazón. Desde ahí no se distingue muy bien dónde han caído las bombas, solo alcanzan a ver que han tocado el balneario y el teatro.

—¿El Café del Ángel?

—El número setenta y cinco. No está lejos de Burgstrasse. —A su madre se le quiebra la voz, está a punto de perder la compostura.

Dios mío, ¿y si todo se ha convertido en un montón de escombros en llamas? Y si Julia, la Künzel, Addi…

—Pasen. Pero vayan con cuidado…

Avanzan con paso decidido sobre los cascotes. Es terrorífico. Por todas partes hay cosas medio carbonizadas entre las piedras, muebles, vajilla rota, un costurero casi intacto, una muñeca de porcelana con el pelo quemado… Muchas personas recorren las ruinas. Escarban con bastones y retiran restos con palas, encuentran objetos, se pelean por una cazuela, por dos trozos de carbón. La confusión es tal que nadie sabe qué escombros corresponden a cada edificio. Un perro con manchas de varios colores se les acerca cojeando, olisquea el abrigo de Hilde y las sigue un trecho. De repente tienen la vista despejada. Hilde se detiene, parpadea, vuelve a mirar para asegurarse.

—¡Creo que sigue en pie, mamá! —exclama en voz baja, temblorosa.

Se acercan más, el corazón les late con tal fuerza que apenas son capaces de hablar. Se quedan mirando la fachada chamuscada. Incluso las letras siguen ahí.

—Santo cielo. ¡Me va a dar algo!

Su madre se detiene y entorna los ojos para verlo mejor. Si no es un espejismo, es que el destino les ha sonreído de verdad. El número 75 es el último de la fila de edificios que han quedado intactos. De la Casa de Modas Schäfer, al lado, solo se ve un trozo de fachada quemada. El rótulo del hotel Kaiserhof ya no existe. Pero el Café del Ángel sigue ahí. Solo que las letras de encima de la puerta ya no son doradas sino negras. El precioso ángel que se balancea con su cafetera cuelga de un solo gancho, torcido, y está todo oscuro. Frente a la puerta aguarda Adalbert Dobscher, el antiguo cantante de ópera, que vive arriba, en dos pequeñas habitaciones de la buhardilla. El pelo blanco, siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, le tapa ahora la cara en mechones revueltos. Sus manos sostienen un bastón con una gruesa empuñadura de raíz. Un cliente se lo dejó en el café y nunca volvió a buscarlo, y desde entonces ha tenido una solitaria existencia en el pa­ragüero.

—¿Qué está haciendo ahí? —se extraña Gisela.

—La puerta de la calle está rota —constata Hilde, que tiene buenos ojos—. Le falta el cristal.

—Cielo santo —dice su madre, conmovida—. Addi protege la puerta giratoria. Parece un guerrero loco.

Ríen de alivio, por un momento están contentas, podrían incluso abrazarse. Todo está bien. La casa sigue en pie y Addi la vigila. ¿Qué más quieren? Enseguida vuelven a tirar de la carretilla y el cochecito de niño por entre los escombros, pero tienen que parar y dejar paso a dos jóvenes uniformados que llevan una camilla. Está cubierta por una manta gris. Un brazo desnudo cuelga por un lado mientras los muchachos corren hacia un camión. El bombardeo de esa noche ha dejado numerosas víctimas.

—Ese es Walter, el de delante de la camilla —dice Gisela, angustiada—. También a él lo han reclutado, para la artillería antiaérea.

Walter es el hermano pequeño del prometido de Gisela. A Joachim se lo llevó la Wehrmacht el año pasado, y fue entonces cuando se prometieron a toda prisa. Su hermano Walter tiene tres años menos, acaba de cumplir los dieciséis, pero ahora aceptan a cualquiera. Niños y ancianos. La «Volks­sturm», las fuerzas de asalto del pueblo. Que no se lleven también a Addi, que ya tiene sesenta…

Addi monta guardia como un cancerbero ante la puerta giratoria del Café del Ángel. Heinz Koch mandó construir esa monstruosidad en los años veinte y estaba muy orgulloso de ella. Como en los grandes hoteles. Además, en invierno hace que el frío no entre.

—¡Gracias a Dios! ¡Aquí está la señora Koch! Y Hilde también. Empezábamos a preocuparnos… —exclama al verlas, todavía con su imponente timbre de barítono.

—Quedaos aquí —dice Gisela—. Mi madre y yo probaremos suerte en Webergasse. De vuelta pasaremos a veros.

Hilde retiene a su amiga por el codo.

—Podéis venir a vivir con nosotros, Gisela. Tu madre y tú. Hay sitio suficiente…

—Gracias, pero mi madre quiere quedarse con mis abuelos. —Se sorbe la nariz, se frota la mejilla y comprueba que también a ellas se les ha manchado la cara de hollín.

Hilde las mira a ambas con preocupación. Tirar de la carretilla por los escombros es muy cansado. Esa noche ha convertido en indigentes y mendigos a muchos que ayer todavía tenían casas calientes y bonitas. Aun así han salido mejor parados que quienes están bajo los escombros y a los que ya nadie puede ayudar. ¡Esta guerra! ¡Ojalá terminara de una vez! Ojalá su padre regresara sano y salvo junto a ellas…

—Es usted un héroe, Addi —exclama su madre, que se ha acercado a la entrada del café—. De no ser por usted…

Addi ha montado guardia desde primera hora de la mañana porque la puerta está rota y cualquiera habría podido entrar. Tres veces lo han intentado, pero Addi y su bastón no han dejado pasar a nadie.

Hilde y su madre pisan con cuidado los trozos de cristal y entran por la puerta giratoria. Es de madera marrón y tiene incrustaciones de vidrio, pero la decoración no ha sufrido ningún daño. Esa puerta también podía bloquearse con un pestillo, solo que por desgracia la espiga que se introduce en la ranura está rota. Su padre quería repararla, pero no tuvo tiempo.

—Tenemos que hacer algo con la puerta de entrada —dice Else—. Eso es lo más importante, para que por lo menos podamos dormir tranquilos…

En el café todo está como siempre. El mostrador de los pasteles vacío. Las mesas y las sillas. Las fotos de las paredes. El Adolf de encima del piano, con esa mirada de furia y orgullo del vencedor. Ojalá se libraran por fin de él.

El perro de varios colores se ha sentado fuera, ante la puerta. Le da miedo pasar por esos compartimentos de madera y gimotea lastimeramente. Addi deja su bastón en el paragüero, mira al perro por la ventana, se aparta y, tres pasos después, vuelve a mirar.

—¿De quién será?

No obtiene respuesta. Else ha entrado en la cocina y protesta a voz en grito porque se han roto dos pilas enteras de platos y una estantería llena de tazas. Hilde examina la despensa, está muerta de hambre y allí aún debe de quedar un poco de pan tostado. Ya casi está en el cuarto mes y se le nota un poco. Con su madre han acordado hacer responsable a Fritz Bogner, que es un buen chico y está luchando en el frente. Si Dios lo quiere y regresa, ya se lo explicarán. Lo primordial es que los vecinos no hablen, algo a lo que se han aficionado mucho los miembros más acérrimos del Partido, sobre todo Storbeck, que…

—El café está cerrado…

—Han bombardeado nuestro edificio y las autoridades nos han enviado aquí. Usted no tiene nada que decir en esto, señor Dobscher. ¿Dónde está la señora Koch?

Hilde y su madre dejan lo que están haciendo y se miran. Hablando del rey de Roma, o, mejor dicho, pensando en él… Es la voz de Wilfried Storbeck, de una casa vecina. El padre de Hilde, en broma, siempre lo llamaba «Storbo», porque no lo soportaba. Un nazi convencido desde el principio.

—¡Lo que nos faltaba! —se queja Else.

—Mierda —masculla Hilde—. Mierda, mierda…

Tendrán que acogerlos a su mujer y a él, no hay forma de evitarlo. Como tiene buenos contactos, acaba de presentarse con un documento oficial antes de que cualquier otro le quite el alojamiento.

—Después de todo, arriba tienen un apartamento de cuatro habitaciones vacío —oyen decir a Marianne Storbeck.

Siempre habla en voz muy alta cuando su marido está cerca para defenderla. Pero cuando están los dos solos, Marianne Storbeck habla en voz baja y sumisa, o eso contó alguien una vez en el café. Porque teme los arrebatos de ira de él.

La madre de Hilde deja el recogedor dentro del cubo, se yergue y respira hondo. No hay nada que hacer.

—El apartamento es de mi hijo August —les dice a los Storbeck.

—¿Y qué? Su hijo está en el frente y su mujer se ha marchado a casa de sus padres. Ya ve que estoy al corriente de todo. ¿No irá a cerrarles la puerta en las narices a unos compatriotas en apuros? Nos hemos quedado sin techo…

—Claro que no —contesta ella—. Solo lo comentaba. Si August vuelve, tendrán que apretarse un poco. Ahora mismo voy a por la llave. Suban cuando quieran. Por fuera, por el portal. Hilde les abrirá…

Addi sigue junto a la puerta giratoria, observando lo que pasa con semblante adusto.

—Corra arriba —le susurra Else—. Avise a la Künzel para que no se vaya de la lengua. Ya sabe que…

El hombre asiente. Se ha quedado blanco. Se pasa la mano por el cuello de la camisa abierto como si le apretara y luego sale por la puerta de la cocina hacia la antigua escalera del servicio.

—Ahora están como locos —susurra Else—. Al pobre Matze Weber lo colgaron solo porque, al parecer, dijo que ya no podemos ganar la guerra.

«Desmoralización de las tropas», lo llaman, y se castiga con la muerte. Igual que otros delitos. Robar un pan. Llevarse una bicicleta. Infracciones leves por las que antes ponían como mucho una amonestación o un día de arresto. Los miembros del Partido están nerviosos. Exhiben su firmeza, su capacidad de resistencia, su creencia incondicional en la victoria final, cuando, en realidad, ya casi ninguno de ellos cree que Alemania pueda ganar esta guerra. Aun así, nadie puede decirlo en voz alta. El miedo se extiende, los paraliza, los convierte a todos en cobardes. Incluso entre buenos amigos hay que andarse con ojo.

Hilde les abre el apartamento a los Storbeck y se queda en la puerta esperando mientras ellos curiosean. Arrugan la nariz al ver los bonitos muebles antiguos, piden sábanas limpias.

—Están en el armario. Los fogones de la cocina funcionan, pero puede que la tubería del gas esté rota…

La que seguro que está rota es la cañería del agua, porque del grifo solo sale un líquido marrón. Y también hay que airear.

—Arriba hay más inquilinos, ¿verdad? —pregunta Storbeck mientras su mujer inspecciona el armario de la cocina.

—La señora Künzel y el señor Dobscher, así es.

—¿Y alguien más? —quiere saber el hombre.

Casi parece un interrogatorio. Wilfried Storbeck es funcionario municipal, Hilde se siente incómoda.

—Nadie más.

Pero eso Storbeck ya lo sabe, porque vive solo unas casas más allá. Vivía. Hasta ayer. Ahora se está instalando en el apartamento de August. Marianne ya ha sacado sábanas y fundas de almohada del armario. Else las había planchado para su hijo. Porque a Eva, su mujer, no se le dan bien las tareas domésticas.

—Pero todavía hay un tercer apartamento en la buhardilla —dice Storbeck, y se queda mirando a Hilde.

—Ahí no vive nadie. Los inquilinos lo utilizan de trastero porque el sótano lo necesitamos para nosotros. Antes almacenábamos allí las provisiones del café.

Suena convincente. En el fondo es verdad, además. Solo que en el trastero, entre todos los cachivaches, malvive escondida Julia Wemhöner. Si Storbeck descubriera el pastel, podría denunciarlos a todos. A la pobre Julia la primera, pero también a los demás. Por cómplices. Por amigos de los judíos. Y entonces los Storbeck tendrían toda la casa para ellos solos.

—Bueno —dice Hilde—, si necesitan algo más háganmelo saber.

Los Storbeck tienen hambre. Un almuerzo no estaría mal, dicen. En estos momentos no tienen marcos, se les ha quemado todo. Hilde promete hacer lo que esté en su mano.

Abajo, en el café, Addi clava tablones en la puerta de entrada rota. Martillea con tanta fuerza que el enlucido casi amenaza con caerse de las paredes. A su lado está sentado el perro de varios colores, lamiéndose el hocico.

—¿Y ese cómo ha entrado aquí? —protesta la madre de Hilde.

Addi sostiene tres clavos entre los labios, la mira con ojos pícaros y se encoge de hombros. Luego sigue clavando.

—¡Otra boca más! —refunfuña Else, enfadada.

Julia

 

 

 

 

Wiesbaden, principios de febrero de 1945

 

Es una sombra. Un espíritu que recorre la casa de noche y al que nadie debe ver, porque entonces todos caerían en desgracia. Julia Wemhöner solía coser el vestuario del teatro, ropajes históricos pero también de fantasía, y todos decían siempre: «Julia Wemhöner tiene unos dedos de oro». Regordetas sopranos soubrettes y valquirias pechugonas, todas confiaban en el arte de Julia con la aguja. También los tenores, que siempre tenían una barriguilla que ocultar. Julia conocía algunos trucos, ponía la tela al bies, cosía un plieguecito aquí y otro allá, dejaba más margen de tela y conseguía que el traje les quedara cómodo a la vez que escondía todas las curvas inoportunas de forma discreta. Y a Reni Kolb, que tenía una maravillosa voz de contralto pero que era plana como una ta­bla, Julia le cosía los pechos directamente en el vestido. Más adelante trabajó para ella también fuera del teatro, y todo el mundo admiraba a la Kolb por su «bello busto». Sin embargo, cuando supo que Julia era judía, la Kolb ya no le hizo ningún encargo más. Pasaron solo unas semanas y la modista de teatro Julia Wemhöner fue despedida sin previo aviso. En los papeles no se explicitaba la causa, para el director artístico aquello resultaba demasiado desagradable. Le aconsejó que se marchara cuanto antes. A Estados Unidos. O a Israel. O incluso a Inglaterra.

Pero Julia Wemhöner no quería dejar su hogar. Nació aquí, en Wiesbaden, aquí se formó como modista y enseguida empezó a trabajar en el Teatro Estatal. El teatro la atrapó desde niña, no se perdía una representación, coleccionaba fotografías de sus actores preferidos y les pedía que se las firmaran. Con dedicatoria. «Para mi pequeña modista mágica, Julia». «Para la mujer de la aguja de oro». «Para Julia, sin la cual estaría perdido». El teatro es su mundo, siente que es su lugar, allí la necesitan y la aprecian.

Su padre murió hace cuatro años, y su madre lo siguió solo dos meses después. Ambos están enterrados en el cementerio de Nordfriedhof. Julia es cristiana evangélica, igual que lo eran sus padres; no supo que tenía ascendencia judía hasta los dieciséis años, cuando se lo preguntaron al matricularse en la Escuela de Artes Textiles. En aquel entonces, poco después de la última guerra, que fuera judía carecía de importancia. Nadie se escandalizaba por ello.

—Esto pasará —le dijo el director artístico, que le sonrió para infundirle valor.

—Puede —contestó ella—. O puede que no.

Sigue viviendo en Wilhelmstrasse, en el número 75. Antes tenía alquilado uno de los tres apartamentos de la buhardilla. A la izquierda vive la Künzel, que era soprano en el teatro, y en el medio, Addi Dobscher. El apartamento de Julia queda a la derecha, solo que ahora es oficialmente un trastero.

 

 

Hace tres años, todos los judíos de Wiesbaden tuvieron que registrarse en la sinagoga. Después los hicieron subir a unos trenes desde la rampa para el ganado del matadero. Julia no estaba allí, y eso tiene que agradecérselo a Addi Dobscher. Él le impidió registrarse. Que se quedara en la casa, le dijo, que entre todos se encargarían de que no la encontrara nadie. Addi le salvó la vida, pero también los demás vecinos, porque si no hubieran hecho causa común, ya hace tiempo que la habrían descubierto. Todos los habitantes de la casa se reunieron en aquel entonces para tomar una decisión, encabezados por Addi y por Heinz Koch, al que la Wehrmacht todavía no se había llevado. Llenaron el apartamento de Julia con trastos viejos del sótano y lo cerraron con llave. En uno de los grandes armarios destartalados, Addi y Heinz instalaron una puerta por la que Julia puede pasar al piso de Addi sin que la vean. En invierno incluso duerme allí; Addi le ha cedido su cama y él se acuesta en el sofá. Durante el día se pasea entre los muebles viejos, las cajas y los cajones de su antiguo apartamento, lee libros, mira el techo, donde las arañas tejen preciosas telas, y remienda la ropa de los habitantes de la casa. Una vez le cosió unos pantalones a Addi. No puede hacer ningún ruido, es silenciosa como un ratoncillo. Debe caminar de puntillas para que los tablones de madera no crujan. Y no asomarse nunca a la ventana, ni siquiera de noche, sobre todo cuando hay luna, aunque de todas formas las ventanas están tapadas con papel para oscurecerlas. Es por los ataques aéreos. Dos veces ha ido la Gestapo a la casa preguntando por ella y ha registrado el trastero. Addi le dijo que se escondiera en una caja de mudanzas enorme, debajo de una pila de maletas. Las dos veces salió de allí medio asfixiada y retorcida de dolor a causa de la incómoda postura cuando Addi pudo liberarla al fin.

—Eres muy valiente —le dijo, y le acarició la mejilla—, pero me temo que volverán.

Fue en agosto de 1942 cuando Julia Wemhöner se convirtió definitivamente en una sombra. Un fantasma nocturno que vive en el trastero. Un ser humano, sí, pero roto y sin color, una mujer de carne y hueso que languidece en la penumbra. Julia Wemhöner tiene cuarenta años. Antes era una preciosidad. No una belleza deslumbrante, puesto que es tímida y parecía insignificante al lado de los artistas pagados de sí mismos del teatro. Pero tenía sus admiradores, también amantes, y muchos amigos. Son sus amigos quienes la han salvado de una muerte segura. Por el momento…

Sobre todo Addi. El barítono Adalbert Dobscher fue hace años su gran amor. Nadie encarnaba de una forma tan grandiosa a Don Giovanni, ese peligroso seductor que hacía temblar a las mujeres. ¡Ay, Addi! Cómo lo veneraba al verlo sobre el escenario siendo Don Giovanni. Después, cuando volvía a convertirse en Adalbert Dobscher, el simpático sinvergüenza sin pelos en la lengua pero incapaz de hacerle daño a una mosca, Julia perdía todo el entusiasmo. Addi Dobscher, como hombre, no tenía nada que ver con el gran seductor del que Julia estaba perdidamente enamorada.

Y sin embargo, Addi le ha salvado la vida. La ama —Julia lo supo enseguida—, pero jamás ha intentado aprovecharse de su apurada situación. Ni siquiera se le ha acercado cuando ella duerme en su cama. Addi ronca en el sofá, en la habitación contigua, y ella sabe que está incómodo porque el mueble es demasiado corto para él. Aun así, no hay manera de que le cambie el sitio. Insiste en que ella debe estar bien, eso es lo importante. Por la mañana llama a la puerta con unos golpes y le lleva una infusión. Casi siempre de menta. A veces incluso café de verdad, que consigue por medios inimaginables a través de Else Koch.

La primera vez que sonó la alarma antiaérea, Julia se quedó arriba, en su trastero. Addi se presentó allí y se sentó a su lado como si pudiera protegerla de las bombas. Luego le dio su viejo abrigo de invierno y un gorro de pieles y la bajó al sótano con él. Al sótano de la casa, para ser exactos, porque Julia no puede dejarse ver en el refugio antiaéreo de Webergasse, al que están asignados los habitantes del edificio. Allí, a pesar del abrigo y el gorro, enseguida la reconocerían. En el sótano de la casa solo están Addi y ella. A veces también la Künzel, y Hilde Koch con Jean-Jacques, el prisionero de guerra francés condenado a trabajos forzados. Él tampoco puede ir al refugio antiaéreo, y como Hilde está tan enamorada del apuesto muchacho, se queda con él cuando caen las bombas. Hacen muy buena pareja: el francés moreno y Hilde, con sus rizos rubios y sus ojos de un gris azulado. A Addi le preocupaba que Jean-Jacques pudiera irse de la lengua, pero nunca lo ha hecho. Al menos hasta enero, cuando de pronto desapareció.

—Ha vuelto a su país —dijo Hilde, y apretó los labios—. Es mejor así. Aquí, aún podría pasarle algo.

—¿Cómo acabará todo esto? —le preguntó Julia a Addi.

—Acabará mal —respondió él—. Pero cuando hayamos pasado lo peor, Julia, serás libre. Entonces podrás pasear por la ciudad, como antes. Con la cabeza alta y sin miedo.

—¿Y eso cuándo será, Addi?

—Pronto.

Él lo dice con semblante adusto, y Julia sabe que le oculta muchas cosas. La trata como a una niña, y eso no le gusta. Aunque, claro, él tiene sesenta años y podría ser su padre.

Esa terrible noche de febrero casi ha tenido que arrancarla de la cama. Son los nervios, esos últimos días ha estado llorando sin saber muy bien por qué. No consigue dormir por la noche y, justamente ahora que por fin se ha amodorrado un poco, tiene que sonar la alarma antiaérea otra vez.

—Déjame —protesta, y se agarra al edredón—. No quiero. Que lancen las bombas… A mí me da igual.

El aullido de las sirenas ahoga las palabras de Addi. La señal advierte de las escuadras de bombarderos en ondas que suben y bajan; un sonido feo que cala hasta la médula.

—No quiero…

Al final Addi la levanta con el edredón y todo y se la lleva escalera abajo. Por el camino se cruzan con la Künzel, que se ha dejado al canario y corre otra vez a su apartamento. Hilde y Else Koch han salido ya hacia el refugio antiaéreo de Webergasse; Heinz se lo hizo prometer antes de que tuviera que marcharse. Después pasan horas agazapados en ese sótano helado, oyendo y sintiendo las bombas más cerca que nunca, convencidos de que esta vez no se salvarán.

—Libre —susurra Julia—. Libre como un pájaro que echa a volar. Como un alma que sube a los cielos sin peso corpóreo, sin dolor ni pena…

—Contrólate, Julia —refunfuña Sofia Künzel—. ¡No dices más que disparates!

Julia calla. Se acurruca contra Addi, que está sentado a su lado como una roca que resiste el embate de las olas, y él le pasa un brazo por los hombros. Tampoco dice nada. Ni siquiera cuando una bomba cae tan cerca que hace temblar el sótano y oyen crujidos y explosiones por encima. El rostro de Addi sigue impasible. De vez en cuando se le estremecen las pobladas cejas grises y levanta la vista hacia el techo.

No se atreven a salir del sótano hasta horas después.

—Túmbate un rato —dice Addi—. Ya ha pasado todo. Te traeré el edredón.

Julia quiere ir a buscarlo ella sola, pero las piernas no le obedecen. Addi la lleva hasta la cama y la tapa con una manta de lana. Más tarde, cuando la arropa con el edredón, ella no se entera. Se da cuenta al despertarse, ya de día. Addi está junto a su cama y la zarandea por el hombro hasta que abre los ojos, pero esta vez no suena ninguna alarma. Es el rostro de Addi el que le dice que algo malo ha sucedido.

—A partir de ahora debes tener más cuidado aún, Julia. No hagas ningún ruido. Recuerda tirar de la cadena del retrete solo cuando Sofia o yo estemos arriba.

Ella parpadea, desconcertada, no entiende su agitación. Nada de eso es nuevo, lo sabe desde hace tiempo.

Pero entonces Addi añade:

—Wilfried Storbeck y su mujer se han mudado al apartamento de abajo. Su edificio ha sido bombardeado y tienen permiso para alojarse aquí… No podemos echarlos.

Julia no sabe quiénes son esos Storbeck. Según le explica Addi, él es funcionario municipal y un nazi convencido. Si descubre que ella está escondida en la casa, sin duda la denunciará.

—No pretendo asustarte —susurra Addi, y le acaricia el pelo alborotado—, pero sería una auténtica lástima que te encontraran ahora. Tan cerca del final…

Ella asiente. Ya nada la asusta. Eso se acabó. Hace tanto que vive escondida que se ha convertido en una sombra, incluso cree que es invisible. Un jirón de niebla. Un hada…

—No te preocupes —le dice a Addi, sonriendo—. Nadie me encontrará.

Ve que es él quien está muerto de miedo, y alarga un brazo para acariciarle la mejilla. Él toma su mano, la sostiene un momento entre sus dedos cálidos y luego la besa con cuidado. Le dedica una sonrisa tímida y le aconseja que duerma un rato más. Cuando baja al café, cierra la puerta del apartamento dos veces.

Ahora Julia está despierta. Se levanta y pega la oreja a la pared para saber si Sofia Künzel está en su piso. Al principio solo oye al canario cantar y trinar, luego el atizador que remueve el carbón del horno. Ajá, la Künzel está, así que ella puede usar el retrete y asearse en el lavamanos. Cuando arriba no haya nadie, tendrá que usar un orinal y tener agua en un cubo para lavarse. A veces se sorprende pensando que tal vez habría sido mejor registrarse en la sinagoga con todos los demás. Así, ahora no sería una carga para nadie. Se pone la bata de boatiné, una prenda cara de los buenos tiempos, y se cuela por la puerta del armario hacia el trastero que antes era su pequeño y acogedor apartamento. Allí hace un frío que pela porque nunca enciende la estufa. «Quizá esta noche vuelvan y lancen más bombas —piensa—. Y tal vez se nos caiga encima el techo del sótano y muramos todos juntos. Entonces sí que seré libre. Porque ya no tendré qué temer».

Sin embargo, por nada del mundo quiere morir sin haber visto el teatro una vez más. El teatro era el epicentro de su vida, tiene que despedirse de él con calma y con todo su amor. Julia Wemhöner se pone a rebuscar en cajas y maletas. ¿Dónde lo puso? Ah, aquí está. ¿Y los zapatos? En otra maleta, claro. Y también el abrigo. Se pone el vestido de noche de seda verde, largo hasta el suelo, nota el suave tacto de la tela sobre la piel y percibe el familiar aroma de un perfume que le encantaba. Diseñó el vestido ceñido a su figura, y en aquel entonces se alegró de que la cara tela le alcanzara para acabarlo. Ahora le queda grande, tendría que meterlo un poco de las caderas y los hombros, pero ya no importa. Se peina la melena, esos exuberantes rizos cobrizos que de niña le parecían espantosos y que luego tanto le alababan. Se la recoge y lamenta no encontrar sus joyas. Tiene unos pendientes de botón de oro y una cadenita a juego, herencia de su difunta madre. Pero sin joyas también valdrá. Al menos ha encontrado los zapatos verdes de tacón y el abrigo dorado que forró con la misma seda del vestido.

Está guapa. La embarga una euforia que casi la marea y le ensancha el pecho, que con los años estaba cada vez más oprimido. Volver a ser libre. Caminar por las calles tranquila y con la cabeza alta. Sin ese miedo que empequeñece, que te mina por dentro hasta convertirte en un cascarón hueco.

Addi ha cerrado su apartamento por fuera y se ha llevado la llave, pero hay una copia que cuelga junto a la puerta. Para emergencias. Está un poco oxidada y cumple su cometido chirriando a regañadientes. Julia inspira con fuerza el aire enrarecido del rellano; huele a incendio. Baja la escalera con porte digno, como una reina, cada paso es un triunfo. Los escalones de madera crujen bajo sus pies, no mucho, solo un poco, porque el delgado cuerpo de Julia apenas pesa. Entonces oye martillazos. Seguro que es Addi, que estará reparando las ventanas, o la entrada del café. También las voces de Else Koch y de Hilde llegan hasta ella. Será mejor no salir por el Café del Ángel, sino por la portería.

Fuera, ya nada es como antes. Se detiene desconcertada, intentando asimilar que eso era Wilhelmstrasse, la hermosa y amplia avenida que pasaba ante el teatro y el balneario. A su izquierda hay enormes montones de piedra y travesaños de madera, muebles destrozados, bañeras, vigas de acero dobladas. Entre todo ello se ve un sinfín de enseres chamuscados, negros y destrozados. Los edificios que había junto al número 75 se han quedado sin fachada, sus habitaciones se pueden ver como si fueran las de una casa de muñecas. Algunas tienen aún cuadros colgados en las paredes, aquí y allá asoman pequeñas llamas titilando entre las ruinas carbonizadas. Julia Wemhöner se levanta el bajo del vestido de noche verde para que no se le ensucie al subir por las montañas de cascotes. Los zapatos no podrán salvarse, pero eso le da igual. Camina sobre los restos de las casas bombardeadas, avanza como si fuera sonámbula, no presta atención a las personas que han acudido con carretillas y revuelven en el caos buscando todo lo que no haya quedado inservible. Un viento gélido le abomba el abrigo dorado, arremolina cenizas y polvo, le confiere un aura fantasmal. Llega al otro lado de la calle y ve el teatro, las columnatas destruidas, toda una parte derrumbada. Un lado del tejado cuelga torcido, las paredes desnudas se desmoronan sobre los jardines abrasados. Julia pasa junto a un apretado grupo de vecinos desahuciados por las bombas que contemplan a la aparición del abrigo dorado sin dar crédito a lo que ven. Llega a la entrada de artistas, que todavía sigue en pie. También los altos ventanales han sobrevivido a la noche de bombardeos.

Por esa puerta entró y salió todos los días durante muchos años. Hoy está ante ella convertida en una sombra y, aun así, ataviada como si acudiera a ver una ópera del Festival de Mayo.

Nota el viento tirando de su pelo, el abrigo hinchándose alrededor de su cuerpo. No siente el frío. Se acerca un par de pasos más, toca la puerta de entrada con la mano, con mucha delicadeza, como si tuviera miedo de que al magullado edificio pudiera dolerle.

—Hasta siempre… —dice en voz baja, y acaricia la vieja madera con la mano—. Hasta siempre…

Después da media vuelta y busca el camino de regreso al Café del Ángel entre los escombros. Cuando llega, Addi sale por la puerta parcheada con tablones y la mira como si viera a un fantasma.

—Dios mío… —susurra, y se lleva una mano al pecho.

Se queda paralizado, pero Else enseguida pasa junto a él y agarra a Julia de las manos.

—Está congelada —constata—. Menos mal que acabamos de preparar una infusión bien caliente. Pase adentro, la estufa está encendida.

Cuando Julia ya está sentada junto al fuego, temblando de frío y con una cálida manta de lana sobre los hombros, Hilde y Else tienen que tranquilizar a un Addi desesperado.

—¿Quién iba a reconocerla? Cada uno está ocupado en lo suyo.