Después de sonido, luz y calor, memoria, voluntad y entendimiento.
JAMES JOYCE, Finnegans Wake[1]
En el arte de la tejeduría, los hilos de la urdimbre son estructurales y fuertes y se anclan al origen, creando un marco en el que se entrecruzan las fibras a medida que se elabora el tejido. Al proyectarse más allá del borde que avanza en el espacio libre, esos hilos conectan el pasado ya formado, el presente irregular y el futuro todavía indefinido.
El tapiz de la historia humana tiene su propia urdimbre, cuyos hilos están arraigados en los profundos cañones de África oriental —que conectan las texturas cambiantes de la vida humana a lo largo de millones de años— y que incluye pictogramas cuyo telón de fondo son el hielo agrietado, los bosques angulosos, la piedra y el acero y las espléndidas tierras raras.
El funcionamiento interno de la mente configura estos hilos para crear en nuestro interior un marco sobre el que se puede materializar la historia de cada individuo. El sesgo y el color personales surgen a partir de los hilos entrecruzados de nuestras vivencias y experiencias, la fina trama de la vida, que se integra y oculta el armazón subyacente con una minuciosidad intrincada y a veces maravillosa.
He aquí una serie de historias acerca de este tejido deshilachado en la mente de quienes están enfermos; personas en las que la urdimbre quedó al descubierto, descarnada, y se volvió reveladora.
La desconcertante intensidad de las urgencias psiquiátricas brinda un contexto a todas las historias de este libro. Para que semejante escenario pueda revelar el tejido compartido de la mente humana, los estados internos alterados deben plasmarse con la mayor fidelidad posible. Por esta razón, las descripciones de los síntomas de los pacientes son reales y no se han modificado, para reflejar así la naturaleza esencial, el timbre y el alma verdaderos de dichas experiencias, aunque para mantener la privacidad se han cambiado muchos otros detalles.
Asimismo, las poderosas herramientas tecnológicas de la neurociencia que se describen —que complementan a la psiquiatría al ofrecer una manera diferente de estudiar el cerebro— también son del todo reales, a pesar de tener cualidades desconcertantes que parecen de ciencia ficción. Tal y como se detallan aquí, estos métodos se han extraído, sin introducir cambio alguno, de artículos revisados por expertos de laboratorios de todo el mundo, entre ellos el mío.
No obstante, incluso la medicina y la ciencia por sí solas resultan inadecuadas para describir la experiencia interna del ser humano, y por eso algunas de estas historias no se narran desde el punto de vista de un médico o de un científico, sino desde el del paciente, unas veces en primera o tercera persona y otras bajo estados alterados que se reflejan en el lenguaje alterado. Cuando las profundidades de una persona —sus pensamientos, sentimientos o recuerdos— se describen de esta forma, el texto no refleja ni la ciencia ni la medicina, sino un acercamiento de mi propia imaginación, prudente, respetuoso y humilde, para entablar una conversación con voces que nunca he oído y que solo he percibido en forma de ecos. El reto de intentar percibir y experimentar las realidades inusuales desde la perspectiva de un paciente constituye la esencia de la psiquiatría, que trabaja a través de las distorsiones tanto del observador como del observado. Sin embargo, es inevitable que las auténticas voces más íntimas de los ausentes y los silenciosos, de los que sufren y de los extraviados, permanezcan en la intimidad.
En este caso, la imaginación tiene un valor incierto y nada se da por sentado, pero la experiencia ha revelado las múltiples limitaciones de la neurociencia y la psiquiatría modernas cuando actúan por separado. Hace ya tiempo que las ideas de la literatura me parecen igual de importantes para entender a los pacientes; a veces ofrecen una ventana al cerebro más esclarecedora que cualquier microscopio. Todavía valoro la literatura en igual medida que la ciencia cuando reflexiono sobre la mente, y siempre que puedo regreso a mi amor de toda la vida por la escritura, aunque durante años este amor fue solo un rescoldo cubierto por la ciencia y la medicina, cual montones de ceniza y nieve.
En cierto modo, tres perspectivas independientes, la psiquiatría, la imaginación y la tecnología, pueden configurar en conjunto el espacio conceptual necesario; quizá porque tienen poco en común.
En la primera dimensión se encuentra la historia de un psiquiatra, narrada a través de una sucesión de experiencias clínicas, cada una centrada en uno o dos seres humanos. Así como cuando un tejido se deshilacha deja al descubierto los ocultos hilos estructurales (o cuando una porción de ADN muta se pueden inferir las funciones originales del gen alterado), aquello que está roto describe lo intacto, de modo que cada historia subraya cómo las ocultas experiencias interiores de una persona sana, y quizá también de un médico, podrían quedar al descubierto por las experiencias aún más crípticas y sombrías de los pacientes psiquiátricos.
Cada historia recrea asimismo la experiencia interior de las emociones que afloran en el ser humano, tanto en el mundo actual como a lo largo de las milenarias etapas de nuestro viaje, tras dejar atrás obstáculos en nuestro camino que quizá no pudieran superarse sin hacer concesiones. Esta segunda secuencia empieza con historias sobre circuitos sencillos y ancestrales imprescindibles para la vida: las células para respirar, los músculos para moverse o la creación de la barrera fundamental entre el yo y el otro. Ese límite más temprano y primigenio entre cada uno de nosotros y el mundo —llamado «ectodermo», una frágil y solitaria capa, del grosor de una célula— da origen tanto a la piel como al cerebro, de modo que es con este mismo límite temprano que el contacto entre los seres humanos se siente en todas sus formas, físicas o psicológicas; a través de todo el espectro, desde los estados sociales sanos hasta los alterados.
Las historias se mueven entre los sentimientos universales de pérdida y dolor en las relaciones humanas, pasan por las profundas fracturas en la experiencia básica de la realidad externa que se producen con la manía y la psicosis, y por último llegan a las perturbaciones que invaden incluso al yo interior: la pérdida de la capacidad de sentir placer en nuestra vida —como puede ocurrir en la depresión—, la pérdida de motivación para nutrirnos —como en los trastornos alimentarios— e incluso la pérdida del propio yo, a raíz de la demencia al final de la vida. En esta segunda dimensión, la de las emociones del mundo interior subjetivo, empezamos y terminamos con la imaginación, ya sea con relatos de la prehistoria (los sentimientos no dejan restos fósiles; es imposible saber qué se sentía en el pasado, y por eso no intentamos ser psicólogos evolutivos) o del presente (ya que ni siquiera hoy en día podemos observar de manera directa la experiencia interior de otro ser humano).
Sin embargo, cuando los efectos medibles de los sentimientos son uniformes en todos los individuos —hasta donde ello se puede determinar con una tecnología aplicada de manera cuidadosa— es posible desarrollar un conocimiento experimental del funcionamiento interno del cerebro. En una tercera dimensión, cada historia da a conocer este conocimiento científico en rápido desarrollo, con pistas sobre los estados tanto sanos como alterados, que cuentan con el respaldo de los experimentos y el incentivo de los resultados. En las notas del final del libro se incluyen breves referencias de los antecedentes científicos de cada historia; es posible que algunos lectores curiosos deseen adentrarse en ellas por diferentes caminos según su interés personal. En cada uno de los enlaces se mencionan muchas otras contribuciones importantes (así que sirven sobre todo como sólidos peldaños iniciales para una exploración posterior); sin embargo, en este libro solo se incluyen las referencias en formato de libre acceso para garantizar su disponibilidad a todos los interesados. Esta última dimensión es, por tanto, un eje científico destinado a guiar al público sin formación científica, personas que merecen comprender y apropiarse de cada una de las ideas y conceptos que aquí se exponen.
Así pues, este libro no se limita a exponer las experiencias de un psiquiatra, ni a imaginar el desarrollo de las emociones humanas, ni siquiera a presentar los últimos avances en neurotecnología. Cada una de estas tres perspectivas actúa tan solo como una lente enfocada de distinta forma en el misterio esencial de los sentimientos en la mente, y cada una de ellas ofrece una visión diferente de la misma escena. No es sencillo fusionar estas perspectivas disímiles en una sola imagen —aunque no es más fácil ser o convertirse en un ser humano—, y el libro puede en última instancia alcanzar una especie de resolución granulosa.
En estas páginas, manifiesto el profundo respeto y gratitud que siento por mis pacientes, cuyos retos nos han brindado esta perspectiva, así como por todos aquellos cuyo sufrimiento interior, conocido o desconocido, ha sido parte inextricable del extenso tapiz sombrío, angustioso, incierto y a veces maravilloso de nuestro viaje compartido.
Unas palabras acerca de mí y del camino que he seguido pueden resultar útiles para conocer mejor los sesgos del narrador; soy, al igual que todos, más subjetivo que objetivo, un simple pedazo de óptica humana defectuosa. En mis primeros años no hubo ningún indicio de que el camino particular que transitaba me llevaría a la psiquiatría, ni de que ese viaje fuera a serpentear también por el ámbito aún menos congruente de la ingeniería.
Mi infancia se desarrolló en un contexto siempre cambiante, de pequeños pueblos a grandes ciudades, de la costa Este a la costa Oeste, luego al centro del continente norteamericano y de vuelta otra vez, siguiendo a mi incansable familia —mi padre, mi madre y mis dos hermanas, que, como yo, parecían valorar la lectura por encima de cualquier otra actividad— porque cada cierto tiempo nos mudábamos a una nueva casa. Recuerdo que le leía a mi padre durante horas, día tras día, mientras atravesábamos el país en coche desde Maryland hasta California; mis ratos libres estaban llenos más que nada de historias y poemas, incluso mientras pedaleaba hacia la escuela y volvía de ella, con el libro del momento suspendido peligrosamente en el manillar de la bicicleta. Aunque también leía temas de historia y biología, los usos creativos del lenguaje me resultaban más atractivos, hasta que tropecé con un tipo de idea diferente que había estado al acecho a lo largo del camino.
El de escritura creativa fue el primer curso en el que me inscribí en la universidad, pero ese año, mientras conversaba con mis compañeros y luego en las clases, aprendí de manera inesperada la forma en que un estilo particular de abordar la ciencia de la vida —basado en el conocimiento de las distintas células, incluso para investigar los sistemas más complejos a gran escala— era útil para resolver algunos de los misterios más profundos de la biología. Durante mucho tiempo, estos interrogantes habían parecido casi inabordables: cómo puede desarrollarse un organismo a partir de una sola célula, o cómo puede formarse, preservarse y despertarse la intrincada memoria inmunitaria en células individuales que van a la deriva por los vasos sanguíneos, o cómo las diversas causas del cáncer —desde los genes hasta las toxinas y los virus— podían unificarse en un concepto basado en una sola célula que fuera relevante, de modo que resultara útil.
Estos diversos campos experimentaron una revolución cuando el conocimiento básico a pequeña escala fue extrapolado a los sistemas complejos a gran escala. El secreto compartido por la biología, a mi juicio, fue descender al nivel de la célula y sus principios moleculares y, en paralelo, mantener la perspectiva de todo el sistema, del organismo completo. La posibilidad de extrapolar esta simple idea celular a los misterios de la mente —la consciencia, las emociones, la suscitación del sentimiento mediante el lenguaje— evocó en mí una sensación interior de deleite puro y apremiante, como la «pícara anticipación con certeza» de Toni Morrison, ese estado universal de alegría inquieta del ser humano cuando ve un camino que se abre de repente.
A la hora de la comida, cuando hablaba con mis amigos de la residencia (todos, de manera inexplicable, estudiantes de física teórica), descubrí que esta era una sensación compartida por los cosmólogos que investigan los fenómenos que se producen en las escalas astronómicas del tiempo y el espacio. Ellos también empezaban por considerar las formas más pequeñas y elementales de la materia, junto con las fuerzas fundamentales que rigen las interacciones a través de distancias minúsculas. El resultado fue un proceso a la vez celestial y personal. La sensación fue a la vez de síntesis y análisis.
Casi al mismo tiempo, y de manera decisiva para lo que vendría después, conocí las redes neuronales, una rama de la informática en vertiginoso desarrollo en la que el almacenamiento de la memoria real, que no requiere guía ni supervisión,[2] se logra mediante simples agrupaciones de unidades, cada una de ellas similar a una célula y elemental —entes que existen en forma de código y que tienen sencillas propiedades abstractas—, pero que se conectan entre sí de manera virtual, mediante la intervención del programa. Las redes neuronales, como su nombre indica, se inspiraron en la neurobiología; sin embargo, estas ideas eran tan poderosas que este campo informático generaría después una revolución en la inteligencia artificial conocida como «aprendizaje profundo», que en la actualidad se vale de grandes agrupaciones de elementos similares a células para remodelar casi todos los ámbitos de la investigación y la información humanas, incluso la neurobiología, a la que devuelve el favor original. Al parecer, grandes grupos de pequeñas unidades conectadas pueden lograr casi cualquier cosa, siempre y cuando se conecten de la manera adecuada.
Empecé a considerar la posibilidad de comprender algo tan misterioso como la emoción, a escala celular. ¿Cuál es la causa de los sentimientos intensos en la persona sana o enferma, ya sean adaptativos o no? O, de forma más directa, ¿qué son en realidad esos sentimientos, en un sentido físico, al nivel de la célula y sus conexiones? Esto me causó una profunda impresión y me pareció el misterio quizá más profundo del universo, solo comparable a la pregunta sobre el origen de este último, su razón de ser.
Sin duda, el cerebro humano sería importante para abordar este reto, pues solo los seres humanos pueden describir de manera adecuada sus emociones. Los neurocirujanos, pensé, tenían el acceso más completo y privilegiado al cerebro humano; por tanto, parecía que el camino lógico, el que brindaba el enfoque más directo para ayudar, sanar y estudiar el cerebro humano, era la neurocirugía. Así pues, durante mis estudios de posgrado y mi formación médica, me encaminé en esa dirección.
Sin embargo, hacia el último año de la carrera de Medicina, al igual que todos los estudiantes, debía realizar una corta rotación en psiquiatría como requisito para graduarme.
Hasta ese momento, nunca había sentido ninguna afinidad particular por la psiquiatría; más bien, había percibido ese campo como algo desconcertante. Quizá era la subjetividad aparente de las herramientas disponibles para el diagnóstico, o tal vez había en mí algún aspecto incluso más profundo que no había abordado. Cualquiera que fuera la razón, la psiquiatría era la última especialidad que habría elegido. Por otro lado, mis experiencias tempranas con la neurocirugía habían sido estimulantes; me encantaban el quirófano, el drama de la vida y la muerte yuxtapuesto con precisión meticulosa y atención al detalle, la concentración, la intensidad y el ritmo de la sutura frente a la elevada carga de excitación. Por eso, cuando elegí psiquiatría, mis amigos y mi familia se sorprendieron, al igual que yo.
Me habían enseñado a ver el cerebro como un objeto biológico —como en efecto lo es—, un órgano formado por células y alimentado por la sangre. Sin embargo, en la enfermedad psiquiátrica el órgano en sí no tiene un daño visible, como ocurre con una pierna fracturada o un corazón que bombea sin fuerza. No es el suministro de sangre al cerebro, sino más bien su oculto sistema de comunicación, su voz interna, lo que tiene dificultades. No hay nada que podamos medir salvo con palabras; es decir, los mensajes del paciente y los nuestros.
La psiquiatría estaba estructurada en torno al misterio más profundo de la biología, quizá del universo, y solo podía usar las palabras, mi primera y gran pasión, para abrir una puerta que condujera al misterio. Esta conjunción, una vez que la comprendí, transformó mi camino por completo. Y todo comenzó como suelen ocurrir los cambios en la vida, con una experiencia singular.
El primer día de mi rotación en psiquiatría, estaba sentado en el puesto de enfermería mientras hojeaba una revista de neurociencia cuando, tras un breve alboroto en el exterior, un paciente —un hombre de unos cuarenta años, alto y delgado y con una barba rala y desaliñada— irrumpió por una puerta que tendría que haber estado cerrada. Al alcance de la mano, erguido sobre mí, fijó su mirada en la mía con unos ojos desorbitados por el miedo y la rabia. Se me encogió el estómago cuando empezó a gritarme.
Como cualquier urbanita, estaba habituado a la gente que dice cosas extrañas. Pero no se trataba de un encuentro en plena calle. El paciente parecía estar por completo alerta, no obnubilado; su vivencia era estable y cristalina, el dolor brillaba en sus ojos, el terror era real. Con una voz temblorosa que parecía ser todo lo que le quedaba y con una valentía enorme, se enfrentaba a la amenaza.
Su discurso era creativo pese al sufrimiento, lleno de frases que utilizaba no con su significado convencional, sino al parecer en sí mismas, como elementos de comunicación, con su propia gramática y estética, autónomas. Se enfrentaba directamente a mí —aunque no me conocía, afirmaba que yo lo había violentado—, pero lo hacía utilizando los sonidos como sentimientos, con unas conexiones que iban más allá de la sintaxis o el lenguaje. Pronunció una palabra novedosa que sonaba como una de una frase de Joyce que yo había leído hacía mucho tiempo: era «telmetale», aquello era Finnegans Wake en el pabellón cerrado, me iba hablando de aquello que resulta más denso que la piel o el cráneo, que el tronco o la piedra. Me quedé estupefacto, mi cerebro se reconfiguraba mientras él hablaba. Me hizo evocar la ciencia y el arte juntos, no en paralelo sino como una sola idea, fusionada; con la firme certeza y el resplandor irrefrenable de un amanecer. Fue impactante, único y significativo, y logró aunar por completo mi vida intelectual por primera vez.
Más adelante supe que padecía algo llamado «trastorno esquizoafectivo», una tormenta destructiva de emociones y realidad fragmentada que combina los principales síntomas de la depresión, la manía y la psicosis. También aprendí que esta definición no importaba en absoluto, porque la clasificación afectaba poco al tratamiento aparte de la simple identificación y el manejo de los síntomas en sí, y que no había ninguna explicación subyacente. Nadie podía responder las preguntas más sencillas sobre la naturaleza física de esta enfermedad, ni decir por qué esa persona la padecía, ni cómo un estado tan extraño y terrible se había convertido en parte de la experiencia humana.
Como seres humanos intentamos encontrar explicaciones, aunque esa misión parezca imposible. Y para mí, en adelante, no hubo vuelta atrás; cuanto más aprendía, menos razones había para mirar hacia otro lado. Ese mismo año elegí de manera oficial la psiquiatría como mi especialidad clínica. Tras cuatro años más de formación, y una vez que obtuve el título oficial de psiquiatra, puse en marcha un laboratorio en un departamento nuevo de bioingeniería, en la misma universidad del corazón de Silicon Valley donde había estudiado Medicina. Mi objetivo era tratar a los pacientes y, al mismo tiempo, diseñar herramientas para estudiar el cerebro. Tal vez, al menos sería posible plantear nuevas preguntas.
Por muy complejo que parezca, el cerebro humano no es más que un conjunto de células como cualquier otra parte del cuerpo. Se trata de células hermosas, por cierto, que incluyen más de ochenta mil millones de neuronas especializadas en la conducción de electricidad, cada una con la forma de un árbol desnudo en invierno con muchísimas ramificaciones, y cada una con decenas de miles de conexiones químicas, llamadas «sinapsis», con otras células. Minúsculas señales de actividad eléctrica fluyen sin cesar a través de estas células que emiten pulsos a lo largo de fibras de conducción eléctrica, llamadas «axones», que están aisladas por una capa de grasa y conforman en conjunto la materia blanca del cerebro; cada pulso dura solo un milisegundo y se puede medir en picoamperios de corriente. Esta interacción de electricidad y química de alguna manera da lugar a todo lo que la mente humana puede hacer, recordar, pensar y sentir, y todo lo hacen células que se pueden estudiar, conocer y modificar.
Así como fue necesario para el auge actual de otros campos de la biología (la biología del desarrollo, la inmunología y la biología del cáncer), primero había que implantar nuevos métodos al servicio de la neurociencia que permitieran un conocimiento más profundo de la célula dentro del cerebro intacto. Antes de 2005 no se disponía de ningún procedimiento para inducir una actividad eléctrica precisa en células específicas del cerebro. Hasta ese momento, la neurociencia electrofisiológica a escala celular se veía limitada en gran medida a la observación, es decir, a escuchar con electrodos las células que se activaban durante un proceso. Se trataba de un enfoque de inmenso valor por derecho propio, pero no podíamos inducir ni suprimir esos eventos de activación en células específicas para observar el papel de los patrones de actividad celular en los elementos de la función cerebral y el comportamiento: la sensación, la cognición y la acción. Una de las primeras herramientas tecnológicas que se desarrolló en mi laboratorio a partir de 2004 (denominada «optogenética») empezó a abordar esta limitación: el reto de inducir o suprimir una actividad precisa en células específicas.
La optogenética comienza con el traslado de un cargamento exógeno —un tipo especial de gen— tan distante como es posible imaginar en biología, desde células de uno de los principales reinos de la vida hasta células de otro reino. El gen no es más que un fragmento de ADN que dirige a la célula para que produzca una proteína (una pequeña biomolécula diseñada para realizar ciertas funciones en la célula). En la optogenética se toman prestados los genes de diversos microorganismos,[3] como bacterias y algas unicelulares, y este cargamento exógeno se introduce en células cerebrales específicas de algunos de nuestros parientes vertebrados, como ratones y peces. Es un procedimiento algo extraño, pero dotado de cierta lógica, ya que los genes particulares que tomamos prestados (llamados «opsinas microbianas»), tras su introducción en una neurona, dirigen de inmediato la síntesis de proteínas asombrosas que pueden convertir la luz en corriente eléctrica.
Por regla general, los hospederos microbianos originales utilizan estas proteínas para convertir la luz solar en información o energía eléctrica, ya sea para orientar el movimiento del alga unicelular que nada libremente hacia el nivel óptimo de luz en el que puede sobrevivir, o (en algunas bacterias antiquísimas) para ajustar las condiciones de recolección de energía de la luz. En cambio, la mayoría de las neuronas animales no responden por lo general a la luz; no habría razón para ello, ya que el interior del cráneo es bastante oscuro. Con nuestro enfoque optogenético (que utiliza trucos genéticos para producir estas exóticas proteínas microbianas solo en unos subgrupos específicos de neuronas cerebrales, pero no en otros), esas células cerebrales recién dotadas de proteínas microbianas se vuelven muy diferentes de sus vecinas. En este punto, las neuronas modificadas son las únicas células del cerebro capaces de responder a un pulso de luz aplicado por un científico, y el resultado se llama «optogenética».
Como la electricidad es la divisa fundamental de información del sistema nervioso, cuando le enviamos luz láser (suministrada a través de finas fibras ópticas o dispositivos holográficos que proyectan destellos de luz en el cerebro), y por tanto alteramos las señales eléctricas que fluyen a través de estas células modificadas, se producen efectos muy específicos en el comportamiento animal. Así es como se ha descubierto la capacidad que tienen las células seleccionadas de generar misteriosas funciones cerebrales como la percepción y la memoria. Estos experimentos optogenéticos han resultado muy útiles en neurociencia, porque nos permiten vincular la actividad local de células concretas con la perspectiva global del cerebro. En la actualidad, los análisis de causa y efecto se desarrollan en el contexto correcto; solo las células dentro de un cerebro intacto pueden generar las complejas funciones (y disfunciones) que subyacen al comportamiento, al igual que las palabras aisladas solo tienen sentido en la comunicación en el contexto de la oración.
Empleamos este procedimiento sobre todo en ratones, ratas y peces, animales cuyos sistemas nerviosos tienen muchas estructuras en común con las nuestras (estructuras que solo están un poco más desarrolladas en nuestro linaje). Al igual que nosotros, estos parientes vertebrados perciben, deciden, recuerdan y actúan, y al hacerlo, si se les observa del modo adecuado, revelan el funcionamiento interno de las estructuras cerebrales que comparten con nosotros. Así surgió un nuevo enfoque para investigar el cerebro, con métodos que recurren en nuestro beneficio a primitivos y minúsculos logros de la evolución, tomados de formas de vida que divergieron de nuestro linaje casi desde el comienzo, en el anclaje más antiguo y profundo de la urdimbre de la vida misma.
Una herramienta tecnológica desarrollada más adelante por mi equipo, también inspirada en este principio de resolución celular en el cerebro intacto, se conoce como «química de tejidos hidrogelificados». La describimos por primera vez en 2013, en una versión llamada CLARITY, y desde entonces se han desarrollado numerosas variaciones sobre el tema. En este enfoque, se utilizan trucos de la química para construir hidrogeles transparentes —polímeros suaves a base de agua— dentro de las células y los tejidos.[4] Esta transformación física permite que una estructura intacta como el cerebro (densa y opaca por naturaleza) adquiera un estado que permite el paso libre de la luz, de modo que es posible visualizar con una alta resolución las células que lo integran y las moléculas que estas tienen incrustadas. Todas las partes interesantes quedan estáticas, inmóviles dentro del tejido en 3D,[5] de una forma que evoca imágenes de golosinas infantiles: los postres de gelatina transparente con trozos de fruta incrustados que se pueden ver en el interior.
Un tema común a la optogenética y la química de tejidos hidrogelificados es que ahora es posible observar el cerebro intacto, y estudiar los componentes que lo hacen funcionar, sin desarmar el sistema, ya esté sano o enfermo. El análisis detallado, siempre parte esencial del proceso científico, puede realizarse dentro de sistemas que permanecen intactos. El entusiasmo suscitado por estas herramientas tecnológicas (y diversos métodos complementarios) se ha extendido más allá de la comunidad científica y ha propiciado iniciativas a escala nacional y mundial para comprender el circuito cerebral.[6]
Gracias a este enfoque —y a la integración de los avances tecnológicos de otros laboratorios en materia de microscopia, genética e ingeniería de proteínas—, la comunidad científica cuenta ahora con varios miles de datos sobre cómo las células determinan el funcionamiento y el comportamiento cerebrales.[7] Por ejemplo, los investigadores identificaron conexiones axonales específicas, que se proyectan por todo el cerebro (como los hilos de la urdimbre incrustados en un tapiz, entrelazados con otras innumerables fibras entrecruzadas), a través de las cuales las células de las zonas frontales del cerebro se adentran en regiones profundas que rigen emociones poderosas como el miedo y la búsqueda de recompensa, y ayudan a reprimir comportamientos que, de otro modo, convertirían estas emociones y deseos en acciones impulsivas. Estos descubrimientos fueron posibles porque las conexiones específicas, definidas por su origen y trayectoria a través del cerebro, pueden controlarse ahora de manera precisa y en tiempo real,[8] a la velocidad del pensamiento y el sentimiento, durante los complejos comportamientos de la vida animal.
Estos axones anclados en lo profundo ayudan a definir los estados cerebrales y guían la expresión de las emociones. Al basar nuestro conocimiento de los estados interiores en estructuras físicas definidas con precisión, también obtenemos una perspectiva concreta del pasado, de nuestra evolución. Esta visión surge del hecho de que esas estructuras físicas se formaron durante las etapas iniciales de nuestro desarrollo gracias a la actividad de nuestros genes, y la evolución ha utilizado los genes para configurar el cerebro humano a lo largo de milenios. Así que nuestros hilos internos, en cierto sentido, se proyectan a través del tiempo que hemos habitado, así como a través de nuestro espacio interior; son un legado, anclado en la prehistoria de la humanidad, que nuestros antepasados necesitaron para sobrevivir.
Esta conexión con el pasado no es mágica —no se trata de la comunicación del «inconsciente colectivo», en el sentido en que Carl Gustav Jung se refería a la vinculación mística con ancestros lejanos a lo largo del tiempo—, sino que surge de la estructura de la célula cerebral, una herencia física de nuestros predecesores. Seres que, por azar, crearon las primeras versiones de esas conexiones que tenemos y (estudiamos) hoy en día —con algunas variaciones de un individuo a otro—, que tal vez sobrevivieron y se reprodujeron con mayor eficiencia y, como resultado, nos transmitieron, a nosotros y a otros mamíferos del mundo moderno, los genes que rigen esa predisposición a dicha estructura cerebral. Así que en realidad sentimos lo que nuestros antepasados tal vez también sentían, no solo de manera azarosa, sino en momentos y de maneras que fueron relevantes para ellos.
Heredamos dichos estados internos a través de la implacable voluntad (y a veces la buena fortuna) de su supervivencia, la que dio origen a la humanidad, con nuestros sentimientos y nuestros defectos.
La promesa de la neurociencia moderna incluye hasta la perspectiva de abordar la fragilidad humana y de aliviar el sufrimiento humano, desde la orientación de terapias de estimulación cerebral gracias a nuestro reciente conocimiento sobre la relación causal (que en realidad permite que las cosas sucedan con precisión celular) en los circuitos neuronales hasta el descubrimiento de las funciones, en estos últimos, de los genes asociados con los trastornos psiquiátricos, o tan solo avivar la esperanza en pacientes que han sufrido y que han sido estigmatizados durante mucho tiempo. Así pues, el avance científico ha contribuido de manera profunda al pensamiento clínico —este es el valor que reviste la investigación básica; aunque no es nada nuevo, aún resulta maravilloso—, pero mi perspectiva también es la inversa, dado que el trabajo clínico ha guiado con la misma intensidad mi pensamiento científico. A su vez, la psiquiatría ha impulsado la neurociencia, lo cual resulta fascinante: la experiencia de seres humanos que sufren y los conceptos sobre el cerebro de ratones y peces se nutren entre sí. La neurociencia y la psiquiatría aúnan esfuerzos y están conectadas a un nivel profundo.
A la luz de estos avances de los últimos quince años, es interesante reflexionar sobre la falta de conexión personal que percibí desde el principio con la psiquiatría. El impacto de mi primer encuentro inesperado en el servicio de psiquiatría fue tan profundo —los gritos, el miedo, la vulnerabilidad al percibir una realidad aterradora a través de los ojos de otra persona— que a veces me pregunto si acaso no estaría preparado sin saberlo, ya sintonizado, para dejarme afectar de manera favorable por ese momento; un momento que para muchas personas no habría sido, como es lógico, nada más que un encuentro perturbador. La inspiración personal (como el descubrimiento científico) puede provenir de lugares inesperados, y por eso ahora considero que mi cambio de rumbo en ese instante fue como una especie de parábola sobre el peligro de los prejuicios y la necesidad de una exposición personal directa para comprender de verdad casi todos los aspectos del ser humano.
También existe otra alegoría en la que la historia de la optogenética brinda al mundo más amplio de la sociopolítica una lección sobre el valor de la ciencia básica. Los trabajos históricos sobre algas y bacterias, que se remontan hasta hace más de un siglo, fueron esenciales para crear la optogenética y adquirir conocimiento sobre las emociones y las enfermedades mentales; sin embargo, este camino no fue previsible desde el principio. La historia de la optogenética demuestra, como lo han hecho antes y lo volverán a hacer las innovaciones en otros campos científicos, que la práctica de la ciencia no debe volverse demasiado traslacional ni siquiera demasiado sesgada hacia asuntos relacionados con la enfermedad. Cuanto más pretendamos dirigir la investigación (por ejemplo, mediante la concentración excesiva de los recursos públicos de manera puntual en grandes proyectos dirigidos a posibles tratamientos específicos), más probabilidades habrá de que frenemos el progreso y los ámbitos por descubrir en los que las ideas que en realidad cambiarán el curso de la ciencia, del conocimiento y de la salud humanos permanecerán en la sombra. Las ideas e influencias provenientes de fuentes inesperadas no solo son importantes, sino también esenciales, para la medicina, para la ciencia y para todos nosotros a la hora de encontrar y seguir nuestros caminos por el mundo.
Hoy en día, a veces me imagino que busco a aquel paciente del trastorno esquizoafectivo, con quien compartí ese primer despertar tan estremecedor, para sentarnos juntos y disfrutar de un tranquilo momento de comunión, a pesar de que ha pasado mucho tiempo. Una receptividad a lo improbable se acerca mucho a la esencia de la enfermedad del espectro esquizofrénico, y, por lo tanto, aquel paciente no se sorprendería en absoluto al enterarse de que, cuando ese día cruzó el umbral del puesto de enfermería, pudo haber contribuido, a su manera, al avance de la psiquiatría y la neurociencia. En un sentido real, nuestra conversación podría confirmarnos ahora, tanto a él como a mí, que a pesar de la enormidad de su sufrimiento, desde algún ángulo, alguna perspectiva, su urdimbre se alinea con todas las nuestras y se mezcla por completo en el tejido compartido de la experiencia humana, dentro del cual él no está más enfermo que la misma humanidad.