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Títulooriginal:SnøsøsterenEdición en formato digital: noviembre de 2019© 2019, Maja Lunde, por el texto© 2019, Lisa Aisato, por las ilustracionesPublicado por primera vez por Kagge Forlag AS, 2018PublicadoporacuerdoconOsloLiteraryAgency© 2019, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona© 2019, Lotte Katrine Tollefsen, por la traducciónPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.El copyrightestimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento,promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizadade este libro y por respetar las leyes del copyrightalnoreproducirnidistribuirningunaparte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autoresy permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores.Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org)si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-17736-50-7Compuesto en Compaginem LlibresComposición digital: Newcomlab S.L.L.www.megustaleer.com
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hora, te voy a contar la historia de Hedvig. De cómo se convirtió en mi me-jor amiga y de cómo la perdí. Y de mi hermana, Juni, que ya se había ido, pero, a pesar de todo, todavía sigue conmigo.La primera vez que vi a Hedvig, tenía la nariz pegada a la cristalera de la pis-cina cubierta. La nariz fue lo primero que vi. Y muchas pecas, porque tenía la nariz llena. Estaba fuera, sola, mirando hacia dentro. Le nevaba encima, la nieve
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5se posaba en el gorro y en el cabello pelirrojo que asomaba por debajo, en el abri-go gordo de lana que llevaba puesto, que, por cierto, también era rojo, tanto como el traje de Papá Noel. Llevaba un buen rato nadando. Entonces yo nadaba mucho, casi a diario. De un lado al otro de la piscina. Más tiempo debajo del agua que por encima, solo sacaba la cabeza cada dos brazadas para tomar aire, luego exhalaba bajo el agua. Me parecía un buen ritmo. Arriba, inspirar, nueva brazada, abajo, exhalar, nueva brazada. Mientras nadaba, no tenía que pensar en nada más, solo en respirar, en las brazadas y en el agua. Además, con el tiempo había llegado a hacerlo muy bien. Porque, cuando nadas a diario, es inevitable que puedas nadar más y más deprisa según va pasando el tiempo. Unas décimas de segundo más rápido cada vez que lo intentaba.En realidad, solo me había apuntado a natación porque lo hizo John. Era mi mejor amigo y a ninguno de los dos nos gustaba el fútbol, por eso acabamos na-dando. Él estaba allí la tarde en que apareció Hedvig, por cierto.Llegó un rato después que yo. Recuerdo que estaba de pie al borde de la pisci-na, temblando. Miraba al agua como si no tuviera ganas de tirarse. Nadé hasta él, salí del agua y me quedé de pie a su lado.—Hola —dijo John.—Hola —dije yo.—¿Está fría? —dijo John.—Un poco —dije yo—. Más o menos como de costumbre.—Vale —dijo John.—Hace más frío fuera —dije yo.—Sí —dijo John—, nieva.—Sí —dije yo.—Pero ayer nevaba más —dijo John.—Sí —dije yo—. Puede que sí.—Sí —dijo John. —Sí —dije yo.
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6Y ya no dijimos nada más. Vi cómo el agua goteaba de mi cuerpo sobre losazulejos azules del suelo. Gota, gota y gota. Pensé que tenía que decir algo. John de-bía de tener frío de verdad, porque se rodeó con los brazos, casi como si se diera unbeso a sí mismo. Enseguida tenía frío y no era extraño, porque solo era una raspade nada. Él y yo, los más bajitos de la clase. Eso también lo teníamos en común.A lo mejor ahora crees que John y yo solo éramos amigos por ser bajitos y malos jugando al fútbol, y que no teníamos nada de qué hablar. Pero solíamos hablar de muchas cosas. Antes. Hablábamos desde el momento en que nos encon-trábamos camino del colegio por la mañana, hasta que teníamos que separarnos a la hora de irnos a dormir. Cuando estaba con John nunca tenía que pensar qué iba a decir. Como si él fuera un interruptor que hiciera brotar las palabras de mí. Fra-ses largas que no se interrumpían, salvo para dejar que a él se le escapara, como poco, la misma cantidad para responderme. Y risas. Porque John y yo solíamos reírnos muchísimo. Una risa de esa con hipidos que nos hacía tirarnos al suelo, rodar y temblar. Mamá solía llamarla una risa redonda. Decía que era el ruido más bonito del mundo, que sonaba como si dejáramos escapar perlas blancas.Pero eso era antes. Después del verano ya no hemos vuelto a reírnos juntos. Y, cada vez que me encontraba con John, tenía que darle vueltas a la cabeza para que se me ocurriera algo que decirle. En general solo me salían frases cortas. Mu-chas veces trataban del tiempo. Nunca había hablado tanto del tiempo como en los últimos seis meses. Y yo que creía que solo los mayores hablaban del tiempo.John pareció pensar que no podía seguir ahí de pie pasando frío. Y yo tampo-co podía seguir ahí goteando, así que nos tiramos al agua los dos.Yo continué nadando a crol arriba y abajo, arriba y abajo. Veía a John nadar a mi lado, pero no me seguía el ritmo. En estos meses me había vuelto mucho más rápido que él, porque nadaba mucho más a menudo.Arriba, inspirar, nueva brazada, abajo, exhalar, nueva brazada.Pero de repente resultaba imposible concentrarse, y es que descubrí que los socorristas habían decorado su caseta por Navidad. Luces de colores alrededor de la ventana que daba a la piscina.
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Navidad, sí. Pronto sería Nochebuena. El mejor día del año...Es bastante normal considerar que el día de Nochebuena es el mejor del año, claro, pero yo tengo muy buenas razones para ello. Es que mi cumpleaños cae en Nochebuena. Por eso me llamo Julian, de Jul, Navidad, en noruego. Y este año cumplo once. En realidad, ese es un muy buen motivo para desear que llegue ese día. Pero no tenía ganas de que llegara, para nada. La verdad es que estaba bastan-te preocupado por cómo iban a resultar las Navidades. Estoy seguro de que tienes las ideas muy claras sobre cómo tiene que ser la Navidad. Sobre dónde tienes que estar, quéhay que colgar del árbol, cómo tiene que oler y con quiéntienes que estar. Y seguro que te gusta que sea más o menos igual todos los años. Eso me pasa a mí también.En nuestra casa, la Navidad solía ser así:Mamá y papá decoraban el árbol la víspera de Nochebuena, cuando mis her-manas y yo nos habíamos acostado. Cuando me despertaba el día de Nochebuena por la mañana, siempre tenía un poco de miedo de que no les hubiera dado tiempode acabar. Abría la puerta de mi cuarto con mucho cuidado, iba de puntillas por el suelo de madera del descansillo hasta la escalera. Ahí solía pararme para com-probar si se oía algo. Estaba pendiente de los sonidos navideños: los angelitos que entrechocaban en el móvil de la repisa de la chimenea, el chisporroteo de la leña que ardía en la chimenea y la música que siempre solía poner mamá, un coro de chicos que cantaban «Feliz Navidad» o «Dulce es la tierra». Esos niños cantaban tan bien que siempre empezaba a temblar un poco, ahí parado, escuchando. Cuando estaba seguro de que los sonidos navideños estaban en su sitio, bajaba por la escalera sin hacer ruido. Luego me acercaba a la puerta del salón, y ahí tenía que detenerme de nuevo. Esta vez era para olisquear. Porque también tenía que oler a Navidad. La Navidad, en nuestra casa, huele a una mezcla de las agujas del árbol de Navidad y el incienso de los palitos en su soporte, y galletas de jengibre, mandarinas, canela y cacao, que, por cierto, es lo que más me gusta del mundo. Cuando había comprobado que olía a Navidad de verdad, por fin me arriesgaba a abrir la puerta del salón. 8
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Primero tenía que quedarme muy quieto y parpadear un poco, porque el sa-lón casi no se veía de tantos adornos que había, y todo era tan bonito, tan cálido, hermoso y dorado que casi no podía respirar. Pero entonces aparecían mamá y papá y los dos me daban un beso y me decían «Feliz cumpleaños y feliz Navidad, nuestro querido niño navideño, y ven, que vas a tomar cacao y a desayunar aquí con nosotros». Y sentadas a la mesa del desayuno, que estaba completamente llena de comida, estaban mis hermanas, sonriendo. Nos decíamos feliz Navidad los tres: la pequeña Augusta, que nació en agosto, yo, Julian, el mediano, que nací en Nochebuena, y Juni, la mayor, que ya puedes imaginarte cuándo nació. ... Juni, mi hermana. En todas y cada una de las Navidades había estado allí en Nochebuena. Pero este año su lugar en la mesa estaría vacío. Porque Juni estaba muerta. Muerta y enterrada en el cementerio. Y por eso tal vez no fuera tan raro que me preguntara cómo iba a ser la Navidad, esa tarde en la que nadaba arriba y abajo en la piscina cubierta. Intenté volver a pensar en la natación. Arriba, inspirar, nueva brazada, abajo, exhalar, nueva brazada. Pero de repente respiré mal, tragué agua. Me picaban la nariz y la garganta a la vez. Nadé hasta la parte donde no cubre, me puse de pie y tosí. Y fue cuando estaba ahí en el agua, tosiendo, cuando descubrí a Hedvig. Es-taba fuera, en la nieve, mirando hacia el interior. Tenía la nariz pecosa toda blan-ca de apretarla contra el cristal. De pronto se dio cuenta de que la observaba porque se apartó de la ventana dando un saltito y me miró sorprendida. Miré a mi alrededor, parecía que nadie más la había visto. John nadaba arriba y abajo sin mirar a otra cosa que no fuera el agua. Pero yo vi a la niña, y ella me vio a mí. Y aho-ra levantaba la mano y me saludaba.Yo levanté mi mano y le devolví el saludo. Entonces ella puso la sonrisa más grande que yo había visto en mucho mucho tiempo.
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uando salí de la piscina, la niña seguía de pie en la nieve. Ya no estaba cercade las ventanas, estaba junto a la entrada. El abrigo rojo brillaba bajo la luz de la farola, la nieve de su gorro lanzaba destellos. Daba saltitos de un lado a otro, seguro que para conservar el calor. Me descubrió y volvió a poner esa gran sonri-sa, cogió carrerilla y frenó delante de mí, derrapando en la nieve. —¡Ahí estás por fi n! —dijo ella.—¿Sí? —dije yo.Se quedó mirándome, sin más. Yo no sabía qué decir. Estaba claro que me ha-bía esperado. Pero ¿por qué? ¿La había visto antes? ¿Debería reconocerla? ¿Habíaido a mi colegio? ¿O era una especie de prima, o prima segunda, que hubiera cono-cido en una reunión familiar? Rebusqué en mi cabeza, pero no fui capaz de recordarque nos hubiéramos visto antes. De verdad que creo que recordaría una cara así.Pecosa y pequeña, con ojos verdes de los que la luz parecía salir a chorros en la os-curidad del invierno, una boca grande y sonriente, y las paletas muy muy separadas.—Me llamo Hedvig —dijo la niña—. No, espera, tengo que presentarme bien, con mi nombre entero y completo. Es Hedvig... y ahora es cuando me gustaría poder decir Hedvig Victoria Johanna Rosendal Ekelund, o algo así..., pero eso sería mentira. Y ya se sabe que eso no está bien, mentir, sobre todo cuando uno conoce a alguien por primera vez.
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12Hizo una pausa para respirar, y seguro que fue buena idea, las palabras salían chorreando a toda velocidad y, si no respiraba ahora, era probable que se desma-yara. Entonces alargó la mano y dijo:—Mi nombre es Hedvig Hansen, lamentablemente. Hedvig Hansen. A lo me-jor piensas que es sencillo y normal. Hay quien lo dice, qué práctico llamarse Hansen, dicen. Pero solo porque casi seguro que ellos tienen un nombre mucho más interesante, y en realidad nunca han pensado en lo aburrido y gris que es llamarse solo Hansen. No me dieron ni siquiera un nombre compuesto, un Anna de nada, o Eng, ni siquiera se molestaron en introducir algo tan aburrido como Gerd entre el Hedvig y el Hansen. Guardaré rencor eterno a mis padres, sabes, por no haber sido capaces de echarle un poquito más de fantasía a la elección de mi nombre.—Oh —dije yo—. Bueno... vaya.No fui capaz de decir nada más. Nunca había conocido a nadie que hablara tanto y tan deprisa y, no, de verdad que no resultaba fácil saber qué contestar a tanta cosa. Pero de pronto vi su mano, que seguía alargando hacia mí, y me apre-suré a cogerla. —Me llamo Julian —dije yo—. Julian Wilhelmsen.—Buenos días, Julian —dijo Hedvig—. De verdad que no te imaginas lo ex-traordinaria y desgarradoramente contenta que estoy de conocerte.—Eh, no —dije yo.—¿Nos vamos? —dijo Hedvig.—Sí —dije yo.Porque me iba a casa y, si Hedvig tenía ganas de acompañarme, no podía de-cirle que no. Iba dando saltitos a mi lado, de verdad que parecía estar extraordi-naria y desgarradoramente contenta. Casi no recordaba haber visto a nadie que pareciera tan contento antes de ahora.—Nadabas bien —dijo ella, y sonrió—. Adelante y atrás, adelante y atrás. Y ade-más, superdeprisa. ¿Cómo has aprendido? ¿Cuánto hace que sabes? ¿Practicas con frecuencia?
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13—Sí —dije yo. —Me lo imagino. Parece maravilloso, nadar así, surcar el agua como un pez, o un tiburón, piensas eso con frecuencia, que es como si fueras un tiburón, a la caza de una presa, un tibu-rón grande y peligroso, o tal vez un alegre delfín saltarín, adoro a los delfines, ¿tú no?, es como si sonrieran todo el rato, te has fijado en eso, que los delfines sonríen, yo creo que debe de ser porque se alegran tantí-simo de saber nadar, ¿no crees?, que no tienen más remedio que sonreír todo el rato porque son tan felices por poder avanzar tan deprisa por el agua. —... Sí —dije yo.—Tú no dices gran cosa, ¿no? —dijo Hedvig—. Pero me caes muy bien de todas formas, y además, nadas genial. ¿Sabes la suerte que tienes de poder nadar tan fantásticamente bien?—Pues no había pensado en eso hasta ahora —dije yo.—Deberías pensar en ello con mucho detenimiento, definitiva y concentrada-mente —dijo Hedvig.Por primera vez se quedó callada un ratito. La miré de reojo. No sonreía, me miraba casi con severidad, para que, de al-guna manera, comprendiera de verdad la suerte que tenía por saber nadar. Y de pronto lo entendí. —Y tú... ¿tú no sabes nadar? —pregunté.