Esta es casi toda, aunque no toda, la historia de una extraordinaria y sabia niñita. Se llamaba Mary. Todo lo que les contaré aquí comienza cuando Mary salió a caminar por su jardín cierta tarde.
Mary era un poquito más alta que otras chicas de su edad, y tenía el cabello castaño y ondulado. Era bastante delgada, porque no siempre tenía lo suficiente para comer. Le gustaba la miel y silbar y el color azul y descubrir cosas.
Vivía en una ciudad llena de gente de muy diversas clases. Esas muy diversas clases de gente hacían de ella un lugar maravilloso, repleto de canciones, historias, comidas y ropa y conversaciones todas interesantes. Aun así, quienes tenían la ciudad a su cargo no mostraban una actitud demasiado amistosa hacia la gente, y algunos de los departamentos en los que vivían las muy diversas clases de gente a menudo estaban secos donde deberían haber estado mojados, y mojados donde deberían haber estado secos, o simplemente fríos y oscuros y provistos de una electricidad de lo más pobre. Para disfrutar del cielo —algo que podían hacer gratis, y de lo que había de sobra para todos— la gente de las casas mojadas y secas volaba cometas desde los tejados. Algunas parecían aves del paraíso, algunas parecían peces y algunas parecían maravillosas serpientes.
Otras casas —como las de quienes tenían la ciudad a su cargo— eran lujosas y se alzaban hacia el cielo con grandes torres que llegaban más alto que las cometas. Estos departamentos contenían hermosas piscinas para nadar, o para criar peces, o quizá vastos acuarios con grandes reptiles como cocodrilos e iguanas azules. Y tenían despensas tan grandes como livings, y livings tan grandes como praderas, y probablemente praderas en los sótanos tan grandes como pequeños condados con montañas rusas de piedras preciosas y campos de golf hechos de pastel.
Mary sabía todo esto. Sabía toda clase de cosas y era muy inteligente. De pie en su jardín —que estaba en la azotea y era apenas un poco más grande que un mantel grande—, podía mirar hacia un lado y ver las tristísimas y diminutas casas de la gente oprimida. Si miraba para el otro lado, podía ver los edificios altos y brillantes llenos de cocodrilos y praderas. El edificio en el que ella vivía era solo un poquito oprimido. Sus cañerías únicamente goteaban los lunes y miércoles y los fines de semana, y cuando lo hacían su madre ponía cubos bajo las goteras y el metal repicaba como campanitas —o quizá más bien como campanitas mojadas— cuando las gotas caían en ellos.
El departamento de Mary era del tamaño justo para su madre y su padre y para ella, que eran todos los que allí vivían. A veces habría querido un hermanito o una hermanita con quien jugar, pero después pensaba que una hermanita tal vez sintiera celos de su inteligencia, o le interesase el ballet —que sería ruidoso—, o la talla en madera —que lo ensuciaría todo—. Mary dormía en un dormitorio que se suponía que era un armario, y si tenía que compartirlo con una hermana estarían apiñadas. Y quizá su nueva hermana roncara, o tuviera las piernas muy largas y le diera puntapiés al dormir.
Un hermanito varón con el tiempo crecería y dejaría de estar en su cuna de bebé doblando los deditos, y tal vez quisiera correr; y el jardín que tenían era demasiado chico para correr en él. Quienes tenían la ciudad a su cargo y no eran muy amistosos con la gente no habían hecho muchos parques para que los niños jugaran, o para que los adultos se sentaran y comieran helados y se dijeran unos a otros qué maravillosos eran sus hijos (o qué terribles eran sus hijos, según fuera el caso). Mary pensaba que a la gente que gobernaba la ciudad probablemente no les interesasen los parques, porque podían disfrutar de sus propias cascadas, y quizá nadar con sus propios cocodrilos y hacer casitas en los árboles y colgar hamacas en los tupidos bosques de las terrazas que podía ver si miraba con atención desde su propio jardín las torres brillantes.
Quienes venían a visitar la ciudad hablaban de ella como hablan los adultos frente a los niños, diciendo todo lo que les venía a la cabeza y dando por hecho que alguien tan pequeño como Mary no podría entenderlos o prestarles atención. Decían: «Esta ciudad es muy interesante, pero no hay flores que oler, y eso nos cansa». O bien decían: «Aquí todo es muy caro y no podemos permitirnos comprar entradas para ir a conciertos o salir a escuchar música y a bailar. Y el precio de los sándwiches grandes es de locos». O bien decían cosas como: «Parece que a esta ciudad le gustan más los pájaros que la gente. Está llena de rebordes y cornisas y rincones y recovecos para que aniden los pájaros, y repleta de trocitos de comida del tamaño pequeño que conviene a sus picos. La construyó la gente, pero ella prefiere a los pájaros». Y a menudo esto es cierto con respecto a las ciudades. Necesitan gente que las construya, pero prefieren a los pájaros. Y eso puede volverlas lugares tristes.
Mary pensaba que los visitantes deberían venir y cenar con sus padres y oler los ricos aromas de la sopa; o quizá salir al jardincito y oler las rosas que había en él. O deberían hablar con la señora de la panadería, que silbaba y tarareaba cuando alimentaba a los pájaros con migas de pan, y también alimentaba a la gente con pan porque le gustaban tanto los pájaros como la gente. O podrían contemplar la hermosa danza de las cometas. O escuchar al caballero que se pasaba casi todo el domingo cantando y que vivía frente a la casa de Mary y usaba camiseta en lugar de camisa en verano. Cualquier visitante sensato y observador vería entonces que estaba en una ciudad agradable llena de cosas buenas y felicidad.
A Mary le gustaban la ciudad y su jardín. Podía cruzar el jardín exactamente en seis pasos largos, y recorrerlo de arriba abajo en ocho. Algunas tardes lo recorría con pasos muy cortos y esto hacía que el jardín pareciera dos veces más grande y mucho más hermoso. Cuando le explicaba esto a los adultos, los veía confundidos.
—El jardín es siempre del mismo tamaño —le decían—, por muchos pasos que puedas dar en él.
Ella les respondía:
—No es así. Cuanto más tiempo me lleva cruzar el jardín, más grande y más extremadamente maravilloso se vuelve, igual que el helado se vuelve mucho más espléndido cuando te lo comes muy despacio con una cuchara chica.
Como ya he dicho, la niña era muy inteligente.
—Entonces el helado se derretirá —decían los adultos.
Mary negaba con la cabeza y empezaba a dar saltitos y a tararear para sí una cancioncilla, porque los adultos esperan que los niños hagan ese tipo de cosas y les agradan mucho más que las preguntas que no pueden responder. No decía que, si se quedaba totalmente quieta en su jardín, el jardín seguía hasta el infinito, porque ella nunca podría alcanzar sus confines. Eso habría dejado perplejos a los adultos.
Y resultaba que estas cosas convertían a los adultos en el opuesto exacto de la niñita.
En cualquier caso, como dije al comienzo —¿lo recuerdan?—, esta niñita llamada Mary estaba un día caminando en su jardín. Creía que el jardín era suyo porque lo amaba. Creía que amar algo hacía a ese algo parte de uno, del mismo modo que los pies son parte de uno. (Y, por supuesto, uno sería muy tonto si no amara sus pies —en caso de que los tenga— porque pueden ser muy útiles.)
Esa tarde, que era la de un domingo ventoso, la niña estaba dando pasitos extracortos, de modo que el jardín se estiraba kilómetros, casi llegaba a otro país. Los cuatro rosales se volvían cuatro árboles gigantes y los tres canteros extensos campos, y el pequeño estanque, un mar interior de dimensiones impresionantes. Por desgracia seguía sin tener cocodrilos.
La niñita se metió las manos en los bolsillos para que no se enfriaran, porque lo prefería a usar guantes. Esto decididamente no se debía a que hubiera perdido los suyos, como había sugerido su madre. También observaba su aliento, que aparecía en nubecillas de vapor ascendente, como si de algún modo su cuerpo estuviera quemando por dentro las hojas secas del otoño, o quizá lavando gran cantidad de sábanas y produciendo vapor como en la lavandería. Estaba tan absorta en lo que hacía, que le llevó un rato advertir una ligerísima diferencia entre uno de sus tobillos y el otro.
Cuando miró hacia abajo, a la izquierda, vio que, ceñida alrededor de su media de lana bien remendada, había aparecido una ajorca de color dorado. La ajorca tenía dos gemas que brillaban, y por momentos la ajorca misma parecía titilar, casi como si se moviera.
Era inmensamente elegante.
Lo supo porque la ajorca se lo dijo. Como era muy razonable, la niñita no había adquirido todavía el tonto hábito de hablar solo con la gente, por lo que con gusto les dirigía la palabra a objetos y animales que parecían deseosos de conversación o compañía.
—Cielo santo —le dijo a la ajorca. Y después—: ¿De dónde has salido? —y por fin—: Hola.
—Hola —respondió la ajorca—. Soy inmensamente elegante.
—Oh —dijo la niña—. Mucho gusto, señora Elegante.
La ajorca onduló en el tobillo y brilló y sus dos gemas se encendieron como dos bolitas de azabache, o quizá como dos rubíes muy oscuros.
—No, no. No me llamo Inmensamente Elegante; esa es solo una de mis muchas cualidades. Soy elegante, inteligente y ágil. También tengo una hermosa voz. Y soy extremadamente rápida.
Llegados a este punto, Mary pensó que la ajorca era también un tanto jactanciosa y la interrumpió, aun cuando era cierto que tenía una voz encantadora.
—¿Cómo te llamas entonces? Y no me pareces tan rápida.
—¿Ah, no? —y al instante la ajorca desapareció.
Se movió tan rápido que Mary todavía estaba escuchando su voz deliciosa, que se reía para sí y quedaba atrás, cuando su cuerpo ya se había ido a otra parte. Tuvo que buscar, hasta que la vio colgando de la rama de uno de los rosales.
—Quizá no deberías hacer eso. Puede que a la rosa no le guste.
—Oh, la rosa no se molestará conmigo —dijo la ajorca, balanceándose con una diminuta sonrisa—. Yo soy el ser más rápido que conocerás nunca —le confió, de nuevo desde su tobillo, sin que su voz mostrara la menor señal de agitación.
—Es impresionante —admitió Mary.
—Lo sé.
—Pero ¿cómo te llamas?
—Quizá te lo diga más tarde. Deberías ser muy cuidadosa siempre a la hora de decirle tu nombre a nadie, y no darlo sin más.
—Bueno, si no quieres decirme tu nombre, dime qué clase de brazalete eres —Mary se sentó con mucho cuidado bajo uno de los rosales, para mirar desde más cerca a su nueva amiga parlanchina.
—No soy un brazalete.
La ajorca se desenroscó y —muy rápido, pero no tanto como para que Mary no pudiera verlo— deslizó su cuerpo dorado hasta que le dio la vuelta varias veces a la muñeca de la niña, como si fuera un brazalete después de todo.
—Ah —dijo Mary—, ya veo.
La ajorca se deslizó y se enroscó y le hizo cosquillas hasta quedar bien enrollada en la mano de la niña, y los dos puntos de color que había creído que eran piedras preciosas la miraban desde una fina cabeza dorada.
Las gemas rojas parpadeaban como diminutos ojos inteligentes. Esto sucedía porque eran diminutos ojos inteligentes.
—Sí —dijo la serpiente—, soy una serpiente —y sonrió por un instante, en la medida en que se puede sonreír sin labios, y asomó una elegante lengua de un color rojo vivo que se bifurcaba en la punta y lamió el aire que la rodeaba—. Sabes a dulces y a jabón y a ser buena.
Mary sacó su propia lengua, pero no pudo saborear nada de la serpiente.
—No tengo ningún sabor —le dijo la serpiente—. ¿No tienes miedo? Por lo general la gente le teme a las serpientes. Cuando me ven suelen salir corriendo en cualquier dirección y agitan los brazos y gritan.
—¿Te gustaría que hiciera eso?
—No especialmente —ronroneó la serpiente—. Pero ¿no deberías estar terriblemente asustada?
—¿Por qué? ¿Eres terriblemente temible?
La serpiente meneó la lengua y volvió a saborear el aire.
—Bueno, podría serlo... Las serpientes pueden ser muy peligrosas. Algunas aplastamos animales grandes envolviéndolos en nuestros músculos y poco a poco devoramos cocodrilos enteros, o canoas, o canoas con gente dentro.
—Pero eres pequeña.
—Puedo hacerme grande.
Mary pensó que sería mentira, pero no quiso herir los sentimientos de la serpiente.
La serpiente irguió su pequeña columna levantando la cabecita de modo que pudiera mirarla de frente. Balanceó el cuello hacia atrás y adelante como si estuviera escuchando música y le miró los ojos azules con los suyos rojo oscuro y con sus extrañas pupilas delgadas, que eran más negras que el negro del ala del cuervo y que parecían ir muy profundo si uno se concentraba en ellas y prestaba atención.
—Hay serpientes que pueden morderte una sola vez y llenarte con tanto veneno como para matar a veinte hombres, a cincuenta hombres, quizá hasta a cien hombres.
—Yo no soy un hombre —dijo Mary—. Soy una niña pequeña.
La serpiente parpadeó.
—Te estás poniendo difícil. Una serpiente podría envenenarte más rápido que a un hombre porque el veneno tendría que viajar menos.
—Lo sé —dijo Mary asintiendo con la cabeza—. Pero pienso que ni siquiera una serpiente enorme y feroz podría matar a cien hombres.
—A veinte sí, definitivamente —la serpiente sonaba un tanto enojada.
—Pero yo he aprendido todo sobre las serpientes venenosas y sus rayas y sus costumbres, por si acaso viajo a tierras lejanas y corro aventuras allí cuando sea mayor. Tu clase de serpiente no está en ninguno de mis libros sobre serpientes. Y he leído muchos.
Esto era cierto. Mary había leído muchísimos libros sobre serpientes. Los había sacado prestados de la biblioteca pública, y había tomado notas.
—Algunas serpientes tienen plumas y beben la sangre de los guerreros, y algunas viven en el Inframundo en Egipto. Y otras oscurecen el sol cuando vuelan y restallan las colas como si fueran truenos —se jactó la serpiente.
—Eso suena a leyendas sobre serpientes, no a serpientes reales. Y la última parece más un dragón que una serpiente. Los dragones están en los libros de cosas que no existen —dijo Mary con severidad.
La serpiente suspiró y descendió para recostarse en la mano de la niña, donde pareció de pronto tan suave como una cinta de seda.
—Oh, en fin... Quizá impresiono menos que de costumbre porque estoy hambrienta. ¿No tendrías un ratón que me pueda comer? —recostó la cabeza en la palma de la mano de la niña, como si se estuviera desmayando de hambre, pero las pupilas brillaban y no le quitaban ojo.
—Si tuviera un ratón, sería mi ratón mascota y jamás se lo daría a nadie que lo pudiera comer.
—Pero supongo que comes pescado frito y costillitas de cordero y asado de vaca y zancas de pollo... —volvió a recostarse, gimiendo como si estuviera famélica.
—Bueno, sí, pero nunca alterné con corderos y vacas y pollos —explicó Mary—. Sería muy descortés comerme a alguien que hubiera conocido. Y lo que más comemos nosotros son guisos con verduras y habichuelas y cosas que no cuestan tanto como la carne. Y aquí estamos muy lejos del mar, así que no comemos mucho pescado. ¿Tú vives en una jungla?
—No.
—Me gustaría saber cómo es realmente una jungla.
—Estás divagando. Tengo mucha hambre.
—Mañana, que es lunes, tenemos clase de costura en la escuela. La señora Kohlhoffer, que enseña costura, siempre dice que mi mente divaga. No comprende que ya sé suficiente sobre costura para el resto de mi vida. Y no volveré a bordar fundas para el respaldo de los asientos nunca más. No decoraré más pantuflas ni coseré otro saco para guardar mis útiles de costura. Ni siquiera seré cirujana, o sea que no tendré que coser a mis pacientes después de haberlos operado. Y un cirujano no sería muy popular si bordara flores en las cicatrices del paciente. Yo exploraré el mundo y puede que un león me muerda la pierna, o un brazo, o algo, o tendré que coser una herida de machete..., pero ya he aprendido cómo son las puntadas que hay que dar en las heridas, o para cerrar en condiciones un muñón después de una amputación.
La serpiente había vuelto a sentarse (si es que puede decirse que las serpientes se sientan) porque Mary le interesaba y había olvidado que estaba fingiendo que tenía hambre.