La prisión guardaba un cierto parecido con las mazmorras que Anastacya recordaba de su infancia: era oscura y húmeda, y estaba hecha de duras piedras de las que rezumaban mugre y miseria. También había sangre. Podía sentirla por todas partes, tiraba de ella; se extendía desde los rugosos escalones de piedra hasta las paredes ennegrecidas por las antorchas y merodeaba por los extremos de su conciencia, como una sombra que nunca desaparecía.
No le costaría nada —apenas un tironcito de su voluntad— controlarla toda.
Al pensar en eso, Ana cerró con fuerza los dedos enguantados alrededor de las pieles raídas de su capucha y volvió a prestar atención al guardia, que iba unos pasos por delante de ella, ajeno a lo que sentía. Sus botas de cuero varyshki repiqueteaban sobre el suelo en pasos suaves pero firmes y, si escuchaba con la atención suficiente, oía también el tintineo amortiguado de las hojas de oro que él llevaba en el bolsillo, las mismas con las que lo había sobornado.
Esta vez no era una prisionera; era su clienta, y el dulce tintineo de las monedas era un recordatorio constante de que él estaba de su lado, al menos por el momento. Sin embargo, cuando la antorcha proyectaba sombras parpadeantes en las paredes de su alrededor era imposible no ver aquel lugar como la tela de la que estaban hechas sus pesadillas, ni tampoco oír los susurros que traía consigo.
«Monstruo.» «Asesina.»
Papá le habría dicho que aquel era un lugar repleto de demonios, allá donde se retenía a los hombres más malvados. Incluso ahora, casi un año después de su muerte, a Ana se le secaba la boca cuando imaginaba lo que habría dicho si la hubiese visto allí.
Apartó esos pensamientos y dirigió la vista al frente. Sí, tal vez fuera un monstruo y una asesina, pero eso no tenía nada que ver con la tarea que tenía entre manos.
Estaba allí para limpiar su nombre y demostrar que no era una traidora y todo dependía de encontrar a un prisionero en concreto.
—Ya se lo he dicho, no le dirá nada. —La voz ronca del guardia la distrajo de los susurros—. Oí que, cuando lo pillaron, estaba en una misión para asesinar a un pez gordo.
Se refería al prisionero. Su prisionero, el que ella había ido a buscar. Ana se puso recta y se preparó para decir la mentira que tantas veces había ensayado.
—Sí que me dirá dónde escondió mi dinero.
El guardia le dirigió una mirada comprensiva.
—Más le valdría pasar el tiempo en algún lugar más agradable y soleado, meya dama. Más de una docena de nobles han pagado sobornos por venir a Risco Fantasma a verlo, y ninguno de ellos ha conseguido que cante. Se ha ganado algunos enemigos muy poderosos, este Lenguaraz.
Un gemido penetrante y prolongado interrumpió el final de la frase, un grito tan torturado que a Ana se le pusieron de punta los pelos de la nuca. El guardia llevó la mano a la empuñadura de su espada. La luz de la antorcha parecía partirle la cara en dos, la mitad se veía de un naranja parpadeante y la otra mitad, oscura.
—Las celdas se están llenando de los afinitas esos.
Ana casi se quedó petrificada; se le cortó la respiración y contuvo el aire para luego, tras expirar lentamente, obligarse a seguir los pasos del guardia. La inquietud debió de reflejársele en el rostro, pues el hombre se apresuró a añadir:
—No hay de qué preocuparse, meya dama. Estamos armados hasta los dientes con deys’voshk, y encerramos a los afinitas en unas celdas especiales de piedranegra. No nos acercamos a ellos. Esos deimhovs están encerrados a cal y canto.
Deimhovs. Demonios.
Sintió un malestar en la boca del estómago y, clavándose los dedos enguantados en la palma de la mano, tiró del borde de la capucha para esconderse más bajo ella. De los afinitas a menudo se hablaba entre susurros silenciosos y miradas de terror; circulaban mil historias sobre ese puñado de seres humanos que tenían afinidades por ciertos elementos. Eran monstruos, monstruos que podían hacer grandes cosas con sus poderes: controlar el fuego, lanzar rayos, cabalgar el viento, modelar la carne... Y luego también había algunos cuyos poderes iban más allá de lo físico, o eso se rumoreaba.
Eran poderes que ningún mortal debería poseer, poderes que pertenecían o bien a las deidades o bien a los demonios.
El guardia le sonreía, tal vez para ser amable, o tal vez porque se preguntaba qué estaba haciendo en la cárcel una chica como ella, envuelta en pieles y con guantes de terciopelo que, pese a estar muy gastados, era evidente que antaño habían sido lujosos.
No le estaría sonriendo si supiera lo que era.
Quién era.
Se detuvo a observar el mundo que la rodeaba y, por primera vez desde que había puesto un pie en aquella cárcel, estudió al guardia. Lucía la insignia del Imperio cyrilio —el rostro de un tigre blanco que rugía— tallada con orgullo en el peto de su armadura reforzada con piedranegra. La espada, que llevaba sujeta a la cadera, estaba tan afilada que podría haber cortado el aire y la habían forjado con el mismo material que la armadura: una aleación de metal y piedranegra inmune a la manipulación de los afinitas. Por último, la mirada de ella se detuvo en el frasquito que le colgaba de la hebilla del cinturón, que tenía el borde curvado como el colmillo de una serpiente y contenía un líquido verdoso.
Era deys’voshk, o el agua de las deidades, el único veneno conocido capaz de someter a un afinita.
Una vez más, sentía que la envolvía la tela de la que estaban hechas sus pesadillas: mazmorras esculpidas en fría piedranegra, más oscura que la misma noche, y la sonrisa color blanco hueso que esbozaba su custodio mientras le vertía a la fuerza el especiado deys’voshk en la garganta para purgarla de la monstruosidad con la que había nacido. Una monstruosidad, sí, incluso para una afinita.
«Monstruo.»
Se notaba las palmas de las manos empapadas en sudor bajo la tela de los guantes.
—Disponemos de una buena selección de contratos de empleo a la venta, meya dama. —La voz del guardia parecía sonar muy lejos—. Con la cantidad de dinero que ha ofrecido para ver a Lenguaraz, le convendría más reclutar a un afinita o dos. No están aquí por crímenes graves, si es eso lo que le preocupa. Solo son extranjeros indocumentados. Buena mano de obra barata.
Se le paró el corazón. Había oído algo sobre esa corrupción. Atraían a Cyrilia a afinitas extranjeros con la promesa de darles trabajo, y cuando llegaban se encontraban a merced de los traficantes. Corrían rumores de que había incluso guardias y soldados del Imperio que se habían rendido a las ofertas de los corredores de afinitas, que les engordaban los bolsillos con un flujo interminable de hojas de oro.
Pero Ana jamás pensó que conocería a uno.
—No, gracias —contestó, intentando que no le temblara la voz.
Tenía que salir de aquella cárcel lo antes posible.
Necesitaba de toda su fuerza de voluntad para seguir poniendo un pie delante del otro, mantener la espalda recta y la barbilla alzada, tal como le habían enseñado. Como siempre que la cegaba la oscuridad del miedo, pensó en su hermano: Luka sería valiente; haría esto por ella.
Así que ella tenía que hacerlo por él. Se enfrentaría a las mazmorras, al guardia, a los susurros y a los recuerdos que le traían; lo soportaría todo, y lo soportaría cien veces más si eso significaba volver a ver a Luka.
Cuando pensaba en él le dolía el corazón, pero su pena era como un agujero negro sin fin y, en ese momento, sumergirse en ella no le serviría de nada. No cuando estaba tan cerca de dar con el único hombre que podía ayudarla a limpiar su nombre.
—Ramson Lenguaraz —lo llamó el guardia con voz áspera al detenerse frente a una celda—. Tienes visita.
Se oyó el tintineo de las llaves y la puerta se abrió con un chirrido. El guardia se volvió hacia ella y levantó la antorcha, y ella vio que recorría de nuevo su capucha con la mirada.
—Está ahí dentro. Yo estaré aquí. Pégueme un grito cuando esté lista para salir.
Ana respiró hondo para infundirse coraje, se irguió y entró en la celda.
La golpeó el olor rancio del vómito y el hedor a sudor y excrementos humanos. En la esquina del fondo de la celda había una figura desplomada en la pared cubierta de suciedad. Llevaba la camisa y el pantalón hechos jirones y llenos de sangre, y las muñecas irritadas por el roce de las esposas que lo mantenían sujeto a la pared. Al principio solo se le veía una melena castaña y apelmazada, hasta que alzó la cabeza, mostrándole una barba que le cubría la mitad de la cara y que estaba repleta de restos de comida y mugre.
¿El genio criminal cuyo nombre había sonsacado a una docena de reos y delincuentes era... eso? ¿Ese era el hombre en quien había depositado todas sus esperanzas durante las once pasadas lunas?
Sin embargo, cuando él clavó su mirada penetrante en los ojos de ella, se quedó paralizada. Era joven, mucho más de lo que esperaba de un famoso señor del crimen del Imperio. Sintió una punzada de sorpresa.
—Lenguaraz —dijo, como poniendo a prueba su voz, y entonces repitió, más alto—: Ramson Lenguaraz. ¿Es ese tu verdadero nombre?
El prisionero curvó la comisura de los labios en una media sonrisa.
—Depende de cómo definas «verdadero». Lo que es verdadero y lo que no tiende a mezclarse en sitios como este. —Tenía la voz aterciopelada y un ligero acento de la clase alta cyrilia—. ¿Y el tuyo cuál es, encanto?
La pregunta la cogió desprevenida. Hacía casi un año que no intercambiaba los cumplidos de rigor con alguien que no fuese May. «Anastacya Mikhailov —quiso responder—. Mi nombre es Anastacya Mikhailov».
Pero no lo era. Anastacya Mikhailov era el nombre de la princesa heredera de Cyrilia, que se había ahogado hacía once lunas al intentar escapar de su ejecución, tras ser condenada por asesinato y traición a la Corona cyrilia. Anastacya Mikhailov era un fantasma y un monstruo que no existía ni debía existir.
Ana cerró bien los puños en los bordes de la capucha.
—Mi nombre no es de tu incumbencia. ¿Cuánto tardarías en encontrar a alguien dentro del Imperio?
El prisionero se echó a reír.
—¿Cuánto puedes pagarme?
—Responde a la pregunta.
Él ladeó la cabeza; su boca era una curva burlona.
—Depende de a quién estés buscando. Varias semanas, tal vez. Rastrearé en mi red de espías malvados y delincuentes retorcidos en busca de esa persona que tantas ganas tienes de encontrar. —Hizo una pausa y juntó las manos, haciendo que las cadenas tintinearan con fuerza—. Hipotéticamente, claro. Desde dentro de una celda, hasta yo tengo limitaciones.
La conversación se le antojaba similar a caminar por una cuerda floja, como si una sola palabra fuera de lugar pudiera hacer que se precipitase al vacío. Luka le había enseñado lo básico de la negociación; el recuerdo de sus clases se encendió como una vela en la oscuridad de la celda.
—No tengo varias semanas —repuso—. Y no necesito que hagas nada. Solo necesito un nombre y un lugar.
—Pides mucho, bonita. —Lenguaraz sonrió y Ana entornó los ojos. Por su forma ruin de hablar y el brillo de regocijo en sus ojos, era evidente que la desesperación de ella le divertía, pese a no tener ni idea de quién era ni de por qué estaba allí—. Por suerte, yo no. Hagamos un trato, encanto. Libérame de estas esposas y soy todo tuyo. En dos semanas encontraré a tu apuesto príncipe o a tu peor enemigo, a quien tú quieras, ya esté en los confines del desierto de Aramabi o en los cielos del Imperio kemeiro.
Su forma de arrastrar las palabras la sacaba de quicio. Se podía hacer una idea de cómo funcionaban los criminales embaucadores como él. Dales lo que quieren y te apuñalarán por la espalda en un abrir y cerrar de ojos.
No pensaba caer en su trampa.
Ana metió la mano en los pliegues de su gastada capa y sacó un pedazo de pergamino. Era una copia de uno de los bocetos que había hecho en los días posteriores a la muerte de su padre, cuando las pesadillas la despertaban en mitad de la noche y ese rostro la perseguía cada segundo del día.
Desenrolló el pergamino con un rápido movimiento. Distinguía los contornos del boceto pese a la luz parpadeante de la antorcha: una cabeza calva y unos ojos melancólicos y demasiado grandes que hacían que aquel sujeto pareciera casi infantil.
—Estoy buscando a un hombre, a un alquimista cyrilio. Ejercía de médico en el palacio de Salskoff hace algún tiempo. —Hizo una pausa y se atrevió a apostar—: Dime cómo se llama y dónde encontrarlo y te liberaré.
Lenguaraz había dirigido toda su atención a la imagen en cuanto ella se la había mostrado, como un lobo hambriento ante su presa. Durante unos instantes, su rostro se mantuvo inmóvil e inescrutable.
Y entonces abrió unos ojos como platos.
—Él —susurró, y la palabra encendió la llama de la esperanza en el corazón de ella, como los rayos del sol cuando despuntan tras una larga, larga noche.
Por fin.
¡Por fin!
Once lunas de vivir aislada y escondida, de noches oscuras en los gélidos bosques boreales de Cyrilia y días de soledad buscando de pueblo en pueblo; once lunas, y por fin, ¡por fin!, había encontrado a alguien que conocía al hombre que había asesinado a su padre.
«Ramson Lenguaraz», le habían susurrado taberneros, tipos que pasaban la noche yendo de bar en bar y cazarrecompensas, cuando todos ellos habían vuelto con las manos vacías de la búsqueda de aquel alquimista fantasma. «El señor del crimen más poderoso de los bajos fondos de Cyrilia, el que tiene la red más amplia. Sería capaz de encontrar al jerbo guzhkyn de una mujer de alta alcurnia al otro lado del Imperio en una semana.»
Quizá tenían razón.
Ana apenas conseguía que no le temblasen las manos; estaba tan concentrada en la reacción de él que casi se olvidó de respirar. Lenguaraz no despegaba la vista del retrato. Fascinado, alargó una mano para cogerlo.
—Déjame ver.
Se acercó a él a toda prisa; el corazón le latía desbocado y estuvo a punto de tropezarse. Le tendió el boceto y, durante largos segundos, Lenguaraz se inclinó hacia delante, y rozó con el pulgar una esquina del dibujo.
Y entonces se abalanzó sobre ella. La agarró de la muñeca como si le fuese la vida en ello y con la otra mano le tapó la boca antes de que le diese tiempo a gritar. Tiró de ella y le dio la vuelta, pegándola a él. Ana se quejó al notar el hedor de su pelo sucio, pero la mano de él amortiguó el sonido.
—Esto no tiene por qué acabar mal —le dijo en voz baja. Su tono ya no era despreocupado, sino apremiante—. Las llaves están colgadas fuera, junto a la puerta. Ayúdame a salir y te daré la información que sea sobre quien tú quieras.
Ella consiguió apartar la cara de su mano mugrienta.
—Suéltame —gruñó.
Luchó para librarse de él, pero solo consiguió que la agarrase con más fuerza. De cerca, bajo la luz de la antorcha, el duro brillo de sus ojos avellana adoptó súbitamente un matiz salvaje, casi enloquecido.
Iba a hacerle daño.
Sintió miedo y, después de años de entrenamiento, solo había un instinto que aflorase a través de su pánico.
Ella también podía hacerle daño a él.
Su afinidad se agitó, atraída por los cálidos latidos de su sangre; fluyó a través de ella y la colmó de una sensación de poder. Si así lo deseaba, cada gota de sangre del cuerpo de aquel hombre respondería a sus órdenes.
«No», pensó Ana. Solo debía usar su afinidad como último recurso. Como sucedía con todo afinita, se manifestaba también de forma física, y su aspecto la delataba. La más ligera agitación de su poder le tornaba los iris de color carmesí y le oscurecía las venas de los antebrazos: una prueba clara de lo que era para aquellos que sabían identificarlo. Pensó en el guardia que había fuera, en su frasquito curvo de deys’voshk y el resplandor malévolo de su espada de piedranegra.
Estaba tan concentrada en intentar aplacar su afinidad que no lo vio venir.
Lenguaraz movió la mano rápidamente y le quitó la capucha.
Ana retrocedió, pero el daño ya estaba hecho. El preso la miró a los ojos y el triunfo se abrió paso en su expresión expectante. Había visto el color carmesí de sus iris; sabía dónde debía mirar para descubrir su poder. Una sonrisa le torció la boca, la soltó y gritó:
—¡Una afinita! ¡Socorro!
Y antes de que Ana comprendiese del todo que al final había caído en su trampa, oyó resonar unos fuertes pasos tras ella.
Se dio la vuelta. El guardia irrumpió en la celda blandiendo su espada de piedranegra; la antorcha iluminó el verde del deys’voshk que había vertido sobre la hoja.
Se agachó, pero no lo bastante rápido.
Notó el zarpazo de la hoja en el antebrazo al correr dando tropiezos hacia el otro lado de la celda, sin aliento. La espada la había cortado a través del guante y la tela rota dejó escapar un débil reguero de sangre.
Por unos instantes, el mundo se redujo a esas gotitas de sangre, a la curva que trazaba su lento camino muñeca abajo, al refulgir de esas perlas bajo la luz de la antorcha. Brillaban como rubíes.
«Sangre.» Sintió que su afinidad despertaba a la llamada de su elemento. Ana se quitó el guante y exclamó de dolor cuando el aire la golpeó en la herida.
Había empezado ya: las venas del brazo se le habían oscurecido hasta tornarse de un púrpura intenso y sobresalían de su carne como escarpadas vetas. Era consciente del aspecto que tenía; a veces se había mirado al espejo durante horas y horas, con los ojos hinchados de llorar y los brazos ensangrentados tras haber tratado de arrancarse las venas.
Un susurro la encontró en la oscuridad.
«Deimhov.»
Ana levantó la vista y su mirada se encontró con la del guardia, que justo entonces levantaba la antorcha. El horror le deformó las facciones. Retrocedió hacia el rincón donde estaba Lenguaraz mientras la apuntaba con la espada.
Ana se pasó un dedo por la herida. Se quedó mojado, con una mancha de líquido verde que se le estaba mezclando con la sangre.
Deys’voshk. El corazón le latía desbocado y los recuerdos parpadeaban en su mente: las mazmorras, Sadov vertiéndole ese líquido amargo por la fuerza en la garganta, la debilidad y los mareos que la asaltaban después. Y la inevitable sensación de vacío donde antes había estado su afinidad, como si hubiese perdido el sentido de la vista o del olfato.
Los años que había pasado consumiendo deys’voshk con la esperanza de que la despojase de su afinidad habían resultado, por el contrario, en el desarrollo de una tolerancia al veneno. Pese a que solía anular las habilidades de la mayoría de afinitas casi de inmediato, Ana disponía de quince o, a veces, de veinte minutos antes de que bloquease su afinidad por completo. Su cuerpo, en un intento desesperado por sobrevivir, se había adaptado.
—Haz un solo movimiento y volveré a cortarte —gruñó el guardia con voz temblorosa—, sucia afinita.
Un tintineo metálico, un borrón de pelo castaño y enredado. Antes de que ninguno de los dos pudiera evitarlo, Lenguaraz rodeó el cuello del guardia con las cadenas que lo apresaban. Este ahogó un grito entrecortado y se agarró de los eslabones que ahora se le clavaban en el cuello. La blanca sonrisa de Ramson Lenguaraz centelleó desde las sombras.
A Ana le trepó la bilis por la garganta y sintió una repentina sensación de mareo: el veneno empezaba a filtrársele en el cuerpo. Se agarró de la pared; pese al frío que hacía, tenía la frente húmeda de sudor.
Lenguaraz se volvió hacia ella, todavía sosteniendo al guardia, que seguía peleando por soltarse. Tenía ahora la expresión de un depredador; su actitud despreocupada anterior se había afilado hasta asemejarse a la de un lobo hambriento.
—Vamos a intentarlo otra vez, ¿te parece, encanto? Las llaves deberían estar colgadas de una alcayata que hay al lado de la puerta. Es el protocolo estándar antes de que un guardia entre a una celda. El juego de mis cadenas es el de hierro, el que tiene las llaves en forma de tenedor. La mía es la cuarta. Suéltame, consigue que salgamos de aquí ilesos y entonces hablaremos de tu alquimista.
Ana intentó apaciguar los temblores de su cuerpo; miró a Lenguaraz y luego al guardia. Se le pusieron los ojos en blanco y la baba empezó a burbujearle en los labios, mientras intentaba respirar desesperadamente.
Cuando había decidido ir en busca de Lenguaraz, Ana ya sabía lo peligroso que era. Sin embargo, no esperaba que un prisionero esposado a las paredes de piedra de Risco Fantasma pudiera llegar tan lejos.
Soltarlo sería un terrible, terrible error.
—Vamos, hazlo ya. —La voz de Lenguaraz la devolvió al presente, a la aterradora decisión que debía tomar—. No tenemos mucho tiempo. El siguiente turno llegará en unos dos minutos. Te encerrarán en una de estas celdas y te venderán con algún contrato de trabajo, y todos sabemos cómo acaba eso. Y yo seguiré aquí. —Se encogió de hombros y apretó más las cadenas. Al guardia se le hincharon las mejillas—. Si prefieres esa opción, debo decir que estoy decepcionado.
Las sombras de la celda serpenteaban y se contorsionaban. Ana parpadeó e intentó calmar su pulso acelerado. Esa era la primera fase del veneno. Después vendrían los escalofríos y los vómitos, y luego minaría sus fuerzas. Mientras tanto, su afinidad iría menguando igual que una vela que va quemándose hasta consumirse la mecha.
«Piensa, Ana», se dijo, apretando los dientes. Miró a su alrededor.
Ahora que todavía contaba con su afinidad, podía torturar a aquel hombre. Podía drenarlo de sangre, hacerle daño, amenazarlo y sonsacarle dónde estaba el alquimista.
Le asomaron lágrimas a los ojos y los cerró, para no ver las imágenes que amenazaban con adueñarse de su mente. Entre todos los recuerdos, había uno que resplandecía tanto como una llama en medio del caos. «No eres un monstruo, sistrika. —Era la voz de Luka, clara y firme—. Tu afinidad no te define. Lo que te define es cómo elijas usarla.»
«Exacto», pensó. Respiró hondo e intentó anclarse en las palabras de su hermano. Ella no era ninguna torturadora. No era ningún monstruo. Era buena, y no sometería a ese hombre, por oscuras que fuesen sus intenciones, a los mismos horrores que ella había sufrido.
Y eso solo le dejaba una opción.
No lo pensó dos veces: cruzó la celda, cogió las llaves de la pared y le abrió las cadenas con torpeza. Las esposas cayeron al sueño. Lenguaraz saltó como un resorte y corrió a la otra punta de la celda en un abrir y cerrar de ojos, mientras se frotaba las maltrechas muñecas. El guardia cayó al suelo, inconsciente; respiraba ruidosamente por la boca medio abierta.
Ana sintió otra oleada de náuseas y se agarró a la pared.
—Mi alquimista —le recordó—. Teníamos un trato.
—Ah, ese. —Lenguaraz fue hacia la puerta y asomó para mirar—. Voy a ser sincero contigo, preciosa. No tengo ni idea de quién es. ¡Adiós!
En un santiamén estaba al otro lado de los barrotes. Ana se abalanzó hacia delante, pero él cerró la puerta de la celda de golpe.
Lenguaraz la miró y meneó las llaves.
—No es nada personal. Al fin y al cabo, soy un estafador.
Le hizo un saludo burlón, dio media vuelta sobre sus talones y desapareció en la oscuridad.
Durante un instante, Ana se quedó allí plantada, mirando la espalda de Lenguaraz mientras se alejaba y sintiéndose como si el mundo estuviese desapareciendo bajo sus pies. «Estafada por un estafador.» Se le escapó una carcajada amarga de la garganta. ¿Acaso no era de esperar? Quizá, pese a todos los meses que había pasado aprendiendo a sobrevivir por sí misma, seguía siendo solo una ingenua princesa incapaz de sobrevivir más allá de los muros del palacio de Salskoff.
La herida le dolía y le palpitaba, y un reguero de sangre y deys’voshk le serpenteaba suavemente brazo abajo, llenando el aire con su olor metálico.
Su afinidad se agitó.
«No», pensó Ana de repente, mientras se tocaba la herida con un dedo. Las gotas de sangre parecían palpitarle en las puntas de los dedos. No, ella era algo más que una princesa ingenua. Las princesas no tenían el poder de controlar la sangre. Las princesas no asesinaban a personas inocentes en medio de la plaza mayor a plena luz del día. Las princesas no eran monstruos.
Algo se quebró en su interior y de golpe sintió que se asfixiaba en años de cólera acumulada que se arremolinaban en su interior con una familiaridad nauseabunda. Hiciera lo que hiciese, por muy buena que intentara ser, siempre acababa siendo el monstruo.
El resto del mundo se opacó y solo quedó el reguero de sangre de su brazo, que caía al suelo poco a poco, gotita a gotita.
«¿Quieres que sea un monstruo?» Ana levantó la vista hacia el pasillo en el que Ramson había desaparecido. «Pues un monstruo seré».
Acudió a ese lugar tan retorcido de su interior y alargó su afinidad. Era como encender una vela. Las sombras que habían estado tirando de sus sentidos se iluminaron de golpe cuando alcanzó el elemento que la hacía tan monstruosa: la sangre.
Estaba por todas partes: en el interior de cada uno de los prisioneros que había en las celdas que la rodeaban, en las paredes sucias, donde había salpicado y chorreado como pintura; su color oscilaba entre el rojo más vívido y un óxido apagado. Podía cerrar los ojos y no verla, pero sí sentirla, daba forma al mundo que la rodeaba y se iba desvaneciendo pasillo abajo de manera gradual, hasta convertirse, allá donde estaba fuera de su alcance, en la nada. La sentía fluir por las venas, tan poderosa como un río y tan silenciosa como un arroyo, o quieta y estancada, como la muerte.
Ana alargó las manos; se sentía como si estuviese respirando profundamente por primera vez en mucho tiempo. Toda esa sangre. Todo ese poder. Y ella podía gobernarlo todo.
No le costó encontrar al estafador; la adrenalina bombeaba por su cuerpo y lo iluminaba como una antorcha en llamas entre velas parpadeantes. Concentró su afinidad en su sangre y tiró.
La colmó una extraña sensación de euforia al sentir cómo la sangre obedecía, cómo cada gota del cuerpo de Lenguaraz saltaba según sus deseos. Ana respiró hondo y se dio cuenta de que estaba... ¡sonriendo!
«Pequeño monstruo», le susurró una voz en su mente. Solo que, esta vez, era la suya propia. Quizá Sadov tenía razón. Quizá en su interior había una parte retorcida y monstruosa, por mucho que intentara luchar contra ella.
Oyó un alarido en el pasillo, seguido de un golpe sordo y del ruido de algo que se arrastraba. Y entonces, poco a poco, un pie emergió de la oscuridad. Después, una pierna. Y luego, un torso mugriento. Lo atrajo hacia ella por la sangre, saboreando la forma en la que se movía bajo su control, la forma en la que avanzaba como una marioneta rindiéndose a su poder.
Al otro lado de la puerta de la celda, Lenguaraz se retorcía en el suelo.
—Para —le pidió, jadeante. Una mancha roja apareció en su túnica manchada de sudor, filtrándose entre la tela y la suciedad—. Por favor, no sé qué estás haciendo, pero...
Ana metió un brazo entre los barrotes, lo agarró del cuello y se lo acercó hasta golpearle la cara contra el metal.
—Silencio. —Su voz era un gruñido—. Ahora me vas a escuchar tú a mí. De ahora en adelante, obedecerás a cada palabra que diga, o este dolor que sientes ahora mismo... —Tiró de su sangre de nuevo y él gimió— será solo el principio. —Oía las palabras como si fuese otra persona quien hablase a través de sus labios—. ¿Te ha quedado claro?
Él jadeaba, pálido y con las pupilas dilatadas. Ana aplacó cualquier culpa o pena que pudiera sentir.
Era su turno de dar órdenes. Su turno de tener el control.
—Ahora abre la puerta.
El estafador se puso de pie a trompicones. Temblaba sin parar y una capa de sudor le cubría el rostro. Toqueteó el candado y la puerta se abrió con un chirrido.
Ana salió y se volvió hacia él. Sufrió otro mareo y el mundo se balanceó suavemente; sin embargo, se le encogió el estómago de placer al ver que Lenguaraz se estremecía. Le estaban apareciendo manchas de color rojo sobre la ropa, allá donde se le habían roto los vasos sanguíneos bajo la piel. Al día siguiente se convertirían en feos moratones, y tendría el cuerpo lleno de marcas, como si fuese víctima de una terrible enfermedad. «El trabajo del diablo —lo había llamado Sadov—. Las caricias del deimhov.»
Ana se dio la vuelta antes de sentir repugnancia por lo que acababa de hacer. La mano se le fue de manera automática a la capucha, que volvió a ponerse para ocultar los ojos. Le pesaban las manos y los antebrazos, cubiertos de las abultadas venas engrosadas por la sangre. Se puso la mano desenguantada dentro de la capa y retorció los dedos contra la tela fría; sin el guante se sentía expuesta.
En ese momento se dio cuenta de que la cárcel se había quedado totalmente en silencio; se le pusieron los pelos de punta.
Algo no iba bien.
Los gemidos y los susurros de los otros prisioneros se habían acallado, como la calma anterior a una tormenta. Y entonces, a unos pasillos de distancia, se oyó un fuerte ruido metálico.
Ana se puso tensa y el corazón empezó a latirle desbocado, como un redoble de tambores.
—Tenemos que salir de aquí.
—Deidades —maldijo Lenguaraz. Se había incorporado y estaba sentado en el suelo apoyado en la pared. Mientras jadeaba, los fuertes músculos de su cuello se tensaban y destensaban—. Pero ¿quién eres?
La pregunta era inesperada; a ella se le ocurrían mil formas de responderla. Los recuerdos empezaron a correr por su mente sin invitación, como las páginas de un libro polvoriento. Un castillo blanco como el marfil en un paisaje de invierno. Una chimenea, llamas que danzaban y la voz profunda y firme de papá. Su hermano, con su cabello dorado y sus ojos esmeralda y una risa tan radiante como el sol. Su tía, tan guapa, con sus ojos grandes e inocentes, la cabeza agachada para rezar y la trenza oscura que colgaba sobre su hombro...
Apartó los recuerdos y volvió a levantar el muro que con tanto cuidado había construido durante ese último año. Su vida, su pasado y sus crímenes eran sus secretos, y lo último que necesitaba era que aquel hombre viese alguna debilidad en ella.
Antes de que le pudiera responder, Lenguaraz se le acercó de un salto. Lo hizo tan rápido que a ella apenas le dio tiempo de soltar un gruñido de sorpresa antes de que le tapase la boca con la mano y la llevase detrás de una columna de piedra.
—Guardias —susurró.
Ana le dio un rodillazo entre las piernas. Lenguaraz se dobló hacia delante, pero entonces, por encima de las maldiciones que susurraba, furioso, oyó el sonido de los pasos que se acercaban.
Las botas golpeteaban por el pasillo de las mazmorras; eran los sonidos rítmicos de los pasos de varios guardias. Atisbó el tenue resplandor de una antorcha lejana que cada vez brillaba más. Las voces reverberaban en el pasillo y, a juzgar por las risas, los guardias iban bromeando.
Ana exhaló, aliviada: no los habían descubierto; solo estaban haciendo la ronda.
Lenguaraz se irguió, se inclinó hacia ella y se apretujó contra la columna. Acurrucados juntos y con los corazones latiéndoles al unísono, podrían haber parecido compinches o incluso aliados. Pero él la fulminaba con la mirada, lo que le recordaba que eran cualquier cosa menos eso.
Cuando los guardias pasaron junto a la columna contuvo la respiración. Estaban tan cerca que oía la fricción de sus lujosas capas de piel y cómo arrastraban las botas por el suelo mugriento.
De repente se acordó. ¡El guardia! Lo habían dejado inconsciente en la celda de Lenguaraz. Este último también se puso tenso, como si hubiesen llegado a la misma conclusión, y maldijo entre dientes.
Se oyó entonces un grito de alarma seguido del amenazante chirrido de la puerta de la celda. Ana cerró los ojos con fuerza; sentía un terror frío en el pecho. Habían descubierto al guardia inconsciente.
—Escúchame —le dijo Lenguaraz con voz grave y urgente—. He estudiado los planos de esta cárcel y la conozco tan bien como las hojas de oro que llevo en el bolsillo. Los dos sabemos que no conseguirás salir de aquí sin mi ayuda, y yo también necesito tu afinidad. Así que te voy a pedir que, de momento, confíes en mí. Cuando consigamos salir de esta condenada cárcel, podemos volver a dedicarnos a sacarnos los ojos el uno al otro. ¿Suena bien?
Lo odiaba; odiaba que la hubiese engañado, y también que tuviera razón.
—Vale —respondió en voz baja—. Pero que ni se te ocurra usar ningún truquito, recuerda lo que soy capaz de hacerte. Y no dudes de que lo haré.
Lenguaraz echó un vistazo al pasillo mientras escuchaba con la cabeza inclinada.
—Me parece justo.
Al otro lado de la columna, uno de los guardias entró en la celda y zarandeó desesperadamente a su camarada herido. Los otros dos se adentraron más en las profundidades de las mazmorras con las espadas desenvainadas y las antorchas levantadas. Los estaban buscando.
La barba de Lenguaraz le hacía cosquillas en la oreja.
—Cuando diga «corre»... —La luz de la antorcha se hizo más tenue—. ¡Corre!
Ana salió como un rayo de detrás de la columna. Jamás había pensado que sería capaz de correr tan rápido. Veía pasar las celdas como flechas a los lados, convertidas en franjas de colores oscuros. Al final del pasillo, tan pequeña que podría haberla tapado con el pulgar, se veía la rendija de luz que indicaba la salida.
Se atrevió a mirar atrás y vio a Lenguaraz, que corría tras ella.
—¡Vamos! —gritó—. ¡No te pares!
La luz brillaba al frente; el suelo de piedra estaba duro bajo sus pies. Y antes de que se diera cuenta estaba en las escaleras, subiendo los escalones de dos en dos mientras jadeaba sin parar.
Y entonces salió, enfrentándose a la luz del día, resplandeciente e implacable.
Le empezaron a llorar los ojos de inmediato.
Todo era blanco, desde los suelos de mármol hasta las altas paredes, pasando por los techos abovedados. La luz del sol penetraba por las ventanas altas y estrechas que había sobre sus cabezas, magnificada por el mármol. Ana había leído que era parte del diseño de la cárcel: los prisioneros llevarían tanto tiempo en la oscuridad subterránea que la luz los cegaría en cuanto salieran de las mazmorras.
Y, pese a lo mucho que había leído e investigado, no tenía más forma de escapar de esa trampa que esperar a que se le acostumbraran los ojos a la luz.
Un fuerte ruido metálico sonó tras ella. A través de las lágrimas, vio a Lenguaraz girando la llave que cerraba las puertas de las mazmorras. Subió los escalones de tres en tres, como un rayo, y cuando llegó arriba se tapó los ojos con las manos mientras maldecía.
Más allá de aquel vestíbulo, en algún lugar que Ana no conseguía localizar, se oían los ecos de los gritos. Un repiqueteo lejano retumbaba en los suelos de mármol y reverberaba por las cegadoras paredes blancas: eran los ruidos de las botas al correr y de las armas al ser desenvainadas.
Había saltado la alarma.
Ana miró a Lenguaraz y, aunque emborronada por las lágrimas, distinguió la expresión de completo pánico que había asomado a su rostro. Se dio cuenta de que, a pesar de su astucia y a su bravuconería, Ramson Lenguaraz no tenía ningún plan.
Pero el miedo agudizaba su ingenio, y el mundo se hizo nítido cuando el escozor de sus ojos remitió. Desde donde estaban, se desplegaba todo un abanico de pasillos que iban en todas las direcciones: tres a su izquierda, tres a su derecha, tres ante ella y tres detrás; todos idénticos, todos blancos.
Le palpitaba la cabeza por culpa del deys’voshk; ni siquiera recordaba por dónde había entrado. Aquel lugar era un laberinto diseñado para atrapar a prisioneros y a visitantes como presas en una telaraña.
Ana agarró a Lenguaraz de la camisa.
—¿Por dónde? —le preguntó.
Él miró por una rendija entre sus dedos y gimió.
—Por la puerta de atrás —farfulló.
Ella exhaló. Por supuesto, en ninguna de las lecturas que había encontrado sobre Risco Fantasma —que no habían sido precisamente abundantes— se había mencionado una puerta de atrás. Ana sabía que la entrada principal tenía tres conjuntos de puertas con vigilancia y cerradas con llave, por no hablar del patio custodiado por arqueros que los dejarían como un colador solo por atreverse a sacar un dedo del pie al exterior. Se había fijado en todo cuando había seguido al guardia hacia el interior, tras llegar a la cárcel en calidad de visitante.
Jamás, ni en sus fantasías más disparatadas, habría imaginado que saldría huyendo de la prisión con un delincuente convicto a remolque y con una docena de guardias tras ellos.
Sintió un arrebato de furia; cogió a Lenguaraz de la túnica mugrienta y lo zarandeó.
—Tú nos has metido en este lío —gruñó—, así que más te vale que nos saques. ¿Cómo se va a la puerta de atrás?
—La segunda puerta... la segunda puerta a la derecha.
Ana echó a correr, tirando de él. En uno de los pasillos se oía el martilleo de las botas; ella no acertaba a distinguir cuál. Los refuerzos llegarían de un momento a otro.
Cuando ya iban por la mitad del pasillo, oyeron un grito tras ello.
—¡Deteneos! ¡Deteneos, en nombre del Kolst Imperator Mikhailov!
«El Glorioso Emperador Mikhailov.» Pronunciaban el nombre de Luka de forma tan casual, con tanta autoridad... Como si supieran nada sobre su hermano. Como si tuvieran derecho alguno a dar órdenes en su nombre.
Ana se volvió para enfrentarse a los guardias. Eran cinco; llevaban el tigre cyrilio estampado en los uniformes blancos y las espadas de piedranegra desenvainadas, refulgentes bajo la luz del sol. Estaban totalmente equipados, también con cascos. Todo el atuendo despedía un resplandor gris, lo que indicaba que estaba reforzado con la misma aleación de piedranegra.
La miraron con expresión amenazante y se separaron para rodearla, como los cazadores rodearían a una bestia salvaje. Hubo un tiempo en el que tal vez se habrían arrodillado en su presencia, en el que se habrían llevado dos dedos al pecho y se habrían dibujado un círculo en señal de respeto. «Kolst Pryntsessa», habrían susurrado.
Pero eso había quedado en el pasado.
Ana se cogió la capucha con los dedos y se escondió más bajo ella. Levantó la otra mano, herida y desenguantada, hacia los guardias. La sangre le goteaba por el brazo, dibujando una espiral de un vívido carmesí contra el color oliváceo oscuro de su piel.
Sintió las náuseas en la boca del estómago y un espasmo de repulsión en la garganta. A diferencia de los afinitas aprendices o empleados, que habían pasado años perfeccionando sus habilidades, Ana solo tenía un control muy básico y rudimentario sobre las suyas. Luchar contra tanta gente a la vez podía significar fácilmente perder por completo el control sobre su poder. Ya le había pasado —casi diez años antes— y solo pensarlo la ponía enferma.
Un arquero se arrodilló, adoptando una posición de ataque; las puntas de sus flechas brillaban, untadas en deys’voshk. Ana tragó saliva.
—¡Cúbreme! —le dijo a Lenguaraz, y su afinidad cobró vida.
«Enséñales lo que eres, mi pequeño monstruo.
»Enséñaselo.»
Liberó su afinidad y esta fluyó a través de ella, cantando, chillando y retorciéndose en sus venas. A través del furor que la envolvía, se asió a los cuerpos de los cinco guardias, a la sangre que corría por sus venas con una combinación de miedo y adrenalina.
Se agarró de esos enlaces y dio un fuerte y violento tirón...
La carne se rasgó. El aire se llenó de sangre. Su afinidad estalló.
El mundo físico regresó de golpe; un despliegue de suelos de mármol blanco y la fría luz del sol. No sabía cómo, pero había terminado a cuatro patas; los brazos y las piernas le temblaban y le costaba respirar. Las vetas beis y doradas del suelo de mármol daban vueltas y vueltas ante sus ojos; el deys’voshk había seguido su curso y se le había subido a la cabeza. En menos de diez minutos habría sucumbido por completo al veneno y su afinidad habría desaparecido.
Le sobrevino un fuerte ataque de tos y se dobló hacia delante arqueando la espalda. Salpicó de carmesí los suelos de mármol blanco.
Notó una mano en el hombro y se estremeció. Lenguaraz se agachó junto a ella mientras contemplaba la escena boquiabierto. El pasillo vacío se antojaba espeluznante. Más allá de las escaleras, había cinco figuras desplomadas, desperdigadas por el vestíbulo. Yacían inertes sobre charcos de su propia sangre; las manchas oscuras se extendían poco a poco, empapando el suelo y también sus sentidos.
«Las caricias del deimhov.»
—Increíble —murmuró Lenguaraz, y la miró con una mezcla de asombro y placer—. Eres una bruja.
Hizo caso omiso del insulto y, jadeando, se dejó caer sobre el suelo de mármol pulido. Usar su afinidad la había dejado sin energía, como siempre.
—Quédate aquí —ordenó Lenguaraz, y desapareció.
Ana se puso de rodillas. De repente, era demasiado consciente de que aquellos cuerpos la rodeaban, fríos y quietos; muertos. Su sangre colgaba de su conciencia, ríos turbulentos convertidos en charcos de agua muerta, sumidos en un silencio siniestro. El mármol blanco resplandecía y contrastaba con el carmesí; la luz del sol arrojaba su resplandor sobre la sangre, como diciendo: «Mira. Mira lo que has hecho».
Ana se hizo un ovillo y se abrazó a sí misma para dejar de temblar. «No quería hacerlo. He perdido el control. Yo no pedí esta afinidad. Nunca quise hacer daño a nadie.»
Quizá los monstruos tampoco querían hacer daño a nadie. Quizá los monstruos ni siquiera sabían que lo eran.
Contó hacia atrás desde diez para darse unos segundos para dejar de llorar, y se incorporó, extendiendo la sangre con las palmas de las manos al hacerlo. Se apoyó en la pared y respiró hondo con los ojos cerrados, para no ver lo que tenía delante.
—¡Eh, bruja!
Ana se sobresaltó. Lenguaraz estaba ante el segundo pasillo a su izquierda; una cuerda enrollada le colgaba del hombro. Le hizo un gesto con la mano y se metió por el pasillo, desapareciendo de su vista.
¿Cuánto tiempo había estado ahí, observando cómo ella se derrumbaba? Lo miró fijamente; pese a que estaba exhausta, se sintió inquieta.
—¡Date prisa! —Su voz le llegaba con un ligero eco.
Tuvo que usar hasta la última gota de voluntad que le quedaba para ponerse recta e ir cojeando tras él.
La cárcel estaba construida como un laberinto. El kapitán Markov había formado a Ana en materia de diseños de prisiones cuando era pequeña. Cuando le sonreía, se le arrugaba el rostro bajo el cabello salpicado de gris, y el olor familiar a su crema de afeitar y a su armadura de metal habían llegado a reconfortarla.
Con su voz firme de barítono, le había contado que las prisiones cyrilias eran laberintos que atrapaban a los prisioneros que trataban de escapar, de modo que, para cuando los volvían a capturar, el miedo y la incertidumbre les habían hecho perder la razón. Las calles exteriores de estas prisiones-laberinto estaban muy vigiladas, pero en el interior había menos guardias, por la sencilla razón de que en las calles exteriores ya se las arreglaban para disparar a cualquier prisionero que consiguiera llegar hasta allí.
No le quedaba más remedio que esperar que en esa puerta trasera de Lenguaraz no les aguardara una muerte tan rápida.
El estafador se movía delante de ella con la gracia propia de un depredador; le recordaba a una pantera que había visto una vez en Salskoff, en un espectáculo de animales exóticos. Atisbó en sus manos el brillo de una daga robada con el emblema del tigre blanco en la empuñadura.
Él se volvió para mirarla, como si hubiese oído sus pensamientos.
—¿Cansada? —susurró—. Es el precio que vosotros los afinitas pagáis por vuestras habilidades, ¿no? Además, nuestro amigo te ha untado bien en deys’voshk.
Un guardia dobló la esquina y le ahorró la molestia de pensar en una buena réplica.
En solo tres pasos tenía a Lenguaraz al cuello. Se vio un destello de metal y el hombre se desplomó en el suelo, con la empuñadura con el tigre blanco sobresaliéndole del cuello. Pese a su mirada fatigada, Ana se dio cuenta de que los movimientos de Lenguaraz denotaban una precisión bien entrenada y de que blandía el arma con un cierto arte.
El estafador envainó la daga con un movimiento experto.
—Ya casi estamos —la informó.
La penumbra era cada vez mayor, pues las antorchas fijadas a la pared eran cada vez más escasas. El mármol se convirtió en piedra toscamente tallada, y Ana creyó más de una vez que acabaría por rodearlos una oscuridad completa. Mantenía su afinidad alerta como una antorcha, pese a que era consciente de que su alcance iba disminuyendo a medida que el deys’voshk se iba filtrando en su organismo. Incluso Lenguaraz, que con esa sangre tan viva en sus venas debería haber sido fácil de detectar, entraba y salía de su percepción como un fantasma.
Un nuevo sonido se había empezado a oír entre las pisadas de ambos; débil, pero cada vez más alto, como el susurro del viento que acariciaba los altos alerces escarchados que se veían por sus ventanas.
El sonido... del agua.
Tenían que estar en la parte trasera de la prisión, en el lugar donde arrojaban los cuerpos de los prisioneros muertos junto con la basura y las aguas residuales. A diferencia de la mayoría de las cárceles cyrilias, que se habían construido junto a ríos para que fuese fácil deshacerse de los residuos, Risco Fantasma estaba encima de un acantilado, de ahí su nombre, que partía en dos una catarata. El chiste se contaba solo: los prisioneros estaban atrapados entre un acantilado y una catarata.
«Un acantilado y una catarata.»
Sintió que le fallaban las piernas.
—Lenguaraz —dijo con la voz entrecortada, y luego gritó—: ¡Lenguaraz!
Pero ya había desaparecido al doblar la esquina. Ana se obligó a correr; el ruido de las aguas agitadas era cada vez más alto, hasta que incluso sus pasos dejaron de oírse.
El siguiente vestíbulo terminaba abruptamente en una puerta estrecha en forma de arco hecha de piedranegra. Su fría y espeluznante ausencia de luz le susurraba.
Lenguaraz se arrodilló ante la puerta; su túnica gris no era más que un borrón fantasmal ante la piedranegra. En aquella semioscuridad, sus manos trabajaban con la precisión de los físicos de palacio con los que Ana había estudiado. Algo centelleó entre sus dedos, hizo un rápido movimiento hacia abajo y la puerta se abrió con una sacudida.
El ruido amortiguado del agua creció hasta convertirse en un rugido que reverberaba por las paredes de piedra y el techo bajo. Lenguaraz empujó la puerta hasta abrirla del todo y a Ana le dio un vuelco el estómago.
Más allá de la puerta de piedranegra, el pasillo terminaba de golpe, como si alguien hubiese cogido un cuchillo y lo hubiese cortado limpiamente. Dos enormes columnas enraizaban el final del pasillo en el afloramiento del risco. El cielo azul grisáceo de Cyrilia se extendía kilómetros y kilómetros por encima de sus cabezas, hasta unirse con el vasto paisaje cubierto de nieve resplandeciente. Más abajo, las aguas heladas, blancas y espumosas caían en picado. Ana sintió que le fallaban las piernas: el miedo al agua hizo acto de presencia, ese viejo conocido que llevaba grabado en los huesos de su memoria desde el incidente que había tenido lugar mucho, mucho tiempo atrás. Las aguas despiadadas de un río —un río muy distinto— habían estado a punto de matarla no una, sino dos veces, hacía muchos años.
Lenguaraz ya estaba en marcha. Desenrolló la cuerda que llevaba todo lo larga que era y, con fluidos movimientos, ató uno de sus extremos a una columna con un complicado nudo.
«Deidades», pensó Ana. Presionó la espalda contra la pared y rogó a sus rodillas que no cedieran. Sí, aquella era la puerta trasera a la que Lenguaraz se refería: la cloaca abierta donde arrojaban cadáveres y excrementos.
E iban a saltar por ahí.
—¡No pienso saltar contigo! —gritó ella, retrocediendo hacia los pasillos, por detrás de la puerta de piedranegra.
Lenguaraz se arrodilló en el saliente.
—No sé cuánto avanzaste en tus estudios, bonita, pero voy a compartir contigo un poco de sabiduría de la calle: si intentas saltar por aquí, te matas. El impacto te rompería los huesos en pedazos.
La cascada caía al vacío como una bestia furiosa y se difuminaba en una niebla blanca tan densa que Ana ni siquiera veía el final.
Lenguaraz comprobó que el nudo estuviese firme. La cuerda estaba bien atada.
—¿Vienes, bruja?
Ana estaba casi convencida de que estaba loco.
—Pero ¡si acabas de decir que si intentas saltar por aquí, te matas!
Lenguaraz se puso recto. Silueteado frente al brumoso azul del cielo cyrilio, por encima de las espumosas aguas blancas, tenía un aspecto casi heroico.
—Sí, eso he dicho. Pero no vamos a saltar, encanto. —Señaló el largo de la cuerda, la mayoría de la cual estaba amontonada entre ellos como una serpiente. El otro extremo estaba enrollado en la columna—. Tengo intención de bajarnos hasta el río que hay abajo. He hecho los cálculos. Funcionará. —Sonrió y acercó el dedo índice al pulgar—. Tendremos que dar un saltito de nada, un brinco minúsculo. Como bajar de un carruaje. Solo que... bajaremos de un saliente.
Le vio un brillo de regocijo en los ojos y quiso estrangularlo. Deidades, se iba a matar. Detrás de ella tenía guardias que querían encarcelarla y venderla a una vida de servidumbre, y delante, un estafador chiflado que probablemente saltara directo a su muerte.
—¿Y bien? —Lenguaraz ladeó la cabeza. Gracias a la agilidad de sus dedos de embaucador, ya se había atado el otro extremo de la cuerda alrededor de la cintura y ahora le tendía el cabo a ella—. Hemos tardado unos cinco minutos largos en llegar hasta aquí y han hecho sonar las alarmas, así que los guardias van a acudir como abejas a la miel. Me estás haciendo perder el tiempo, encanto.
Ana miró la cascada y observó las espumosas aguas blancas bajar con violencia, a una velocidad capaz de despedazarlos. Y, de repente, se imaginó atrapada en esas corrientes, como había estado diez años atrás, con la espuma y las olas aplastándole el pecho, retorciéndole los brazos y las piernas, y oprimiéndole los labios y la nariz.
«¡No puedo!»
Pero tras ella, en aquel laberinto, se oían gritos que resonaban por encima del ruido del agua al caer. Empujó su afinidad hacia ellos, pero se había debilitado tanto que lo único que percibió fueron minúsculas volutas de sangre. La herida del brazo le dolía y le palpitaba de forma nada halagüeña. En unos minutos no quedaría ningún resquicio de su afinidad con el que luchar contra ellos.
No había vuelta atrás.
Quiso llorar, pero durante sus años con Sadov en las mazmorras había aprendido que eso no servía de nada. Cuando estabas frente al miedo, solo podías elegir entre huir o crecerte.
Así que Ana se tragó las náuseas, contuvo las lágrimas y cruzó la puerta de piedranegra con la cabeza bien alta. El suelo estaba húmedo y desigual y sentía que el olor —como si algo, o muchas cosas, se hubiesen podrido en aquel lugar— la asfixiaba a medida que avanzaba.
—No he venido aquí a morir, estafador —le espetó mientras se acercaba a él, despacio y con cuidado—. Si intentas hacerme algo, te mataré antes de que lo haga el agua. Y, créeme, si lo hago, me rogarás que permita que te ahogues.
Lenguaraz se balanceaba en el borde del suelo de mármol blanco, agarrado a la cuerda. Hizo una mueca con los labios mientras empezaba a atarla con firmeza contra su pecho con el último trozo de cuerda.
—Me parece bien.
Ana inhaló con fuerza, la cuerda se le clavaba en la espalda y la cintura. Lenguaraz le dedicó una sonrisa torcida.
—Ya sé que apesto, preciosa, pero más tarde, cuando sigas con vida, me darás las gracias.
El viento le golpeó el rostro al acercarse al borde, donde terminaba el suelo que pisaban y empezaba el vacío. El pelo se le había soltado del moño sencillo y los mechones de color castaño oscuro danzaban al aire, contrastando sobre el cielo azul.
Lenguaraz tiró de la cuerda otra vez.
—¡Agárrate fuerte! —gritó y, pese a no querer, Ana le rodeó la túnica mugrienta con ambos brazos, manteniendo la cara tan lejos de su pecho como pudo sin hacerse daño en el cuello.
Y él, sujetándola, se colgó del saliente.
La repulsión que le provocaba Lenguaraz se esfumó de golpe; Ana se descubrió aferrándose a él como si le fuera la vida en ello.
Y así era.
Estaban colgados justo debajo del saliente del acantilado de Risco Fantasma y bajaban poco a poco, girando con suavidad. La cascada le rugía en los oídos; estaba tan cerca que podía tocarla si alargaba una mano. El cabo de la cuerda que los unía a la columna caía por debajo de ellos en un largo lazo que desaparecía en la niebla blanca.
Poco a poco, Lenguaraz empezó a bajar, poniendo una mano bajo la otra. Tenía los músculos tensos y se le marcaban las venas del cuello. Ana osó mirar hacia abajo y la imagen hizo que se agarrase a él con más fuerza todavía, intentando dominar el pánico. Podría haber rezado mil oraciones a las deidades, pero ninguna habría importado. En aquel instante solo existían el estafador y ella.
Ana levantó la vista. La niebla era tan densa que apenas podía ver ya el saliente de la cárcel. Eso era bueno.
—¡¿Cuánto falta?! —gritó, aunque apenas oía su voz por encima de la catarata.
—¡Ya casi estamos! —él también gritaba, pero su voz era apenas audible—. Tenemos que llegar al final de la cuerda o la caída nos matará.
Ana volvió a mirar hacia arriba y entrecerró los ojos, intentando ver. Atisbó algo en la niebla, un movimiento que la hizo recurrir de inmediato su afinidad. Y ahí estaba, una voluta casi desaparecida, un eco de sus poderes, que todavía luchaban contra el deys’voshk.
Frunció el ceño al sentir algo a través de sus enlaces, algo tan difuminado que casi le pasó desapercibido.
Una ráfaga de viento les golpeó y ella cerró los ojos, intentando aislarse de la sensación de balanceo que la mareaba. Cuando volvió a abrirlos, el viento había dispersado parte de la niebla. Arriba, asomado al saliente de Risco Fantasma, se distinguía un arquero que les apuntaba con su arco y su flecha.
—¡Cuidado! —gritó ella, y la primera flecha pasó zumbando sobre sus cabezas.
La segunda fue directa a por Lenguaraz.
Él gruñó de dolor cuando le rozó el hombro, rasgándole la manga. Le había hecho sangre. Ana reprimió un grito cuando se resbaló de la escurridiza cuerda. Ambos sintieron una sacudida y empezaron a dar vueltas de forma salvaje, a apenas un palmo de que la cascada los golpeara hasta matarlos. El arquero disparó otra fecha.
Más abajo vio el resto de la cuerda, el lugar donde se doblaba para luego llegar a la cintura de Lenguaraz. El final. Tenían que llegar hasta allí o morirían.
Ana buscó en su interior, escarbó hasta que no quedó de ella más que sangre y huesos. Y los halló, dio con los últimos resquicios de su afinidad que luchaban todavía contra el deys’voshk, débiles como una vela que se agota.
Ana alargó una mano y se asió a la sangre del arquero. Y tiró.
El hombre se tensó y se meció durante un segundo, como si lo hubiese golpeado una ráfaga de viento repentina. Ana dejó caer la mano. Sintió una sensación caliente en el labio y saboreó su propia sangre.
Eso era todo. El deys’voshk había ganado, ya no le quedaba nada por dar.
Pero había bastado para distraer al arquero y llegar al final de la cuerda.
Lenguaraz se soltó y se llevó una mano a la cadera para sacar su daga plateada y opaca. Se inclinó hacia Ana con los ojos entornados y una expresión de calma silenciosa y letal.
—No te resistas ni muevas ni un músculo. Agárrate a mí y ya está. Los pies primero, y en punta.
Ella apenas asimiló sus palabras, apenas dejó que el sabor del miedo le acariciase la punta de la lengua.
Lenguaraz alzó el brazo.
—El primer paso para ser un criminal es aprender a caer —dijo.
La hoja resplandeció y él bajó el brazo con una fuerza implacable.
Y cayeron.