1

Un año después del incendio, el médico me quita la máscara y me dice que me busque la vida.

No usa esas palabras exactas, claro, porque le pagan para se luzca con un montón de términos especializados como «reintegración» y «aislamiento», pero, básicamente, el Comité para la Vida de Ava celebró una reunión importante y decidió que ya me había lamentado durante bastante tiempo.

Mi fiesta del lamento posquemaduras ha terminado.

El doctor Sharp me analiza los injertos para asegurarse de que no me han crecido, sin que él se dé cuenta, alas de murciélago en las axilas desde nuestra última sesión mensual de cacheo. Las cicatrices pueden ser unas cabroncillas muy caóticas y, como tengo el sesenta por ciento del cuerpo hecho un desastre, el doctor Sharp tarda nada más y nada menos que veinte minutos en completar el chequeo. El papel protector que cubre la camilla cruje debajo de mi cuerpo, mientras mi tía Cora observa con atención desde la banda y va tomando notas en su gigantesco archivador Recuperación de Ava, al tiempo que sigue al médico con la mirada.

Él me quita el pañuelo de la cabeza y luego la máscara de plástico transparente de la cara y empieza a toquetearme las cicatrices con los dedos.

—La curación es una preciosidad —dice sin una pizca de ironía.

Noto la frialdad de sus dedos por encima de los ojos, pero esta desaparece en cuanto la mano se desplaza hacia los injertos más gruesos que tengo alrededor de la boca.

—Bueno —digo—, aunque la mona se vista de seda, mona se...

—¡Ava! —exclama con un grito ahogado Cora, quien no es solo mi tía, sino también la autoproclamada directora general del ya mencionado comité de mi vida.

El doctor Sharp sacude la cabeza y ríe. Aparecen dos profundos hoyuelos a ambos lados de su sonrisa y le dan todavía más aspecto de uno de esos médicos buenorros de la tele, que aprovechan, cuando no están salvando vidas, para enrollarse con alguna compañera en la sala de descanso. Maldigo esos ojazos y esa mandíbula marcada por el cosquilleo que siento en el estómago cada vez que me toca los injertos. Tampoco ayuda mucho el ser plenamente consciente de que me ha visto desnuda unas diecinueve veces más o menos. Claro que ha sido sobre la mesa de operaciones, pero me ha visto en cueros, aunque estuviera cubierta por una gasa y tuviera las cicatrices de diecinueve intervenciones.

Sin embargo, nunca hemos hablado de ese tema tan incómodo, al igual que jamás menciono que una vez me arrancó literalmente un pedazo de culo y me lo adaptó a la cara para hacerme una frente nueva.

El doctor Sharp me pasa un espejo como de peluquería para que pueda admirar su obra.

—No, gracias —digo y se lo devuelvo.

—¿Todavía tienes problemas con lo de mirarte?

—A menos que me haya salido una cara nueva por la noche, ya sé qué voy a ver.

El doctor Sharp asiente en silencio mientras anota algo en mi historial, y tengo el presentimiento de que el comité se reunirá para hablar sobre mi resistencia a las superficies reflectantes. No es que no me haya visto la cara. Ya sé qué aspecto tengo. He decidido no seguir mirándome. Con su sonrisa de hoyuelos, el doctor Sharp me pasa la máscara de plástico.

—Creo que te gustará saber que ya puedes despedirte de esta amiguita.

Cora suelta un grito de alegría y me da un incómodo abrazo agarrándome por el costado, con cuidado de no ejercer demasiada presión para no perjudicar el importantísimo proceso curativo.

—Es el mejor regalo que podía hacernos hoy, doctor Sharp. De hecho, esta semana hará un año desde... —Cora hace una pausa, y prácticamente puedo ver cómo su cerebro intenta dar con las palabras apropiadas.

—El incendio —intervengo—. Hará un año desde el incendio.

El doctor Sharp me pasa la máscara, que ha sido mi fiel compañera a diario, veintitrés horas al día durante un año. Su único trabajo: mantener mi cara aplanada mientras se cura para que las cicatrices no se hinchen hasta convertirse en protuberancias carnosas. Los médicos y enfermeras me aseguran constantemente que la máscara ha hecho que las cicatrices se curen mucho mejor, aunque dudo que el patchwork de injertos descoloridos que llamo cara pueda empeorar.

—Tendrás que seguir llevando las fajas compresoras corporales hasta que estemos seguros de que las cicatrices no interferirán en tus movimientos —dice el doctor Sharp—. Pero tengo otra buena noticia que darte.

Cora lo mira asintiendo ligeramente con la cabeza, lo que me indica que, sin importar qué me diga, ya sé que es resultado directo de una reunión del Comité de Ava. Mi invitación a ese encuentro habrá ido a parar a la papelera de mi correo.

—Ahora que ya no necesitas la máscara, autorizo y recomiendo fervientemente que vuelvas al instituto —anuncia.

Jugueteo con la máscara dándole vueltas con una mano y sin levantar la vista.

—Paso mucho de eso —digo—. Pero gracias.

Cora abandona de un salto su sitio al otro lado de la estancia, deja su gigantesco archivador junto a la pica, prácticamente se sienta en la silla para pacientes conmigo y me da una palmadita en el muslo.

—Ava, sé que estás aburrida de las clases por internet y siempre estás diciendo que te gustaría que las cosas volvieran a ser normales.

Normales.

Claro. Normales como antes. Normales como la Ava de antes del incendio. Normales de verdad.

—Eso. No. Va. A. Suceder. Nunca —afirmo—. No voy a volver como si nada a mi antiguo instituto esperando que todo vuelva a ser igual.

—Podrías ir al centro que hay al lado de casa, como habíamos hablado. O escoger el instituto que quieras —insiste Cora, decidida—. Ya sabes, empezar desde cero. Hacer amigos y comenzar una vida nueva aquí.

—Antes prefiero morir —mascullo.

Me ha ido bien con las clases en casa por internet, sin quitarme el pijama. Allí nadie me ve. Nadie me señala, se queda mirándome y susurra cuando paso por su lado, como si fuera sorda además de deforme.

—Sé que no lo dices en serio —dice Cora—. Tienes suerte de seguir viva.

—Ya. Soy una pata de conejo humana.

¿Por qué tengo suerte de haber sobrevivido? Mi madre, mi padre y mi prima Sara seguramente están bailando en un prado celestial o felizmente reencarnados como monjes de la India, mientras yo me enfrento al bucle interminable de las operaciones, los médicos y las miradas de los desconocidos.

Pero no puedo competir con las tumbas. La muerte siempre gana frente al sufrimiento.

—Si yo fuera Sara, me hubiera gustado vivir la vida a tope —añade Cora—. Y sé que a tu madre le gustaría que fueras feliz.

El que utilice a los muertos para ganar la discusión me fastidia.

—Yo no soy Sara. Y tú no eres mi madre.

Cora me da la espalda y también el doctor Sharp. Él finge concentrarse muchísimo en la pantalla del ordenador para no reconocer la tensión que se respira en la sala y resulta asfixiante como el humo. Odio que el doctor presencie esta bochornosa pataleta de niñata, pero, en parte, la culpa es suya por maquinar esto a mis espaldas.

Cora lloriquea por lo bajini; ojalá pudiera retirar lo que le he dicho. Ella no pidió ser mi madre adoptiva ni yo pedí ser su hija de reemplazo. Ambas intentamos llevar como podemos este enfermizo golpe de «suerte» que el universo nos ha hecho vivir.

El doctor Sharp carraspea.

—Ava, la verdad es que a todos nos preocupa tu grado de aislamiento. La reintegración es una parte muy importante del proceso curativo, y todos creemos que es hora de empezar —dice.

Me muerdo la lengua para no preguntar a quién se refiere con ese misterioso «todos», ya que me pilla por sorpresa que mi condición de ermitaña resulte preocupante.

—¿Y si vas al instituto durante un período de prueba y luego nos replanteamos tu estrategia de reintegración? Digamos... ¿dos semanas?

Cora me mira esperanzada, con los ojos todavía anegados en lágrimas, mientras la culpabilidad que sienten los más afortunados me oprime el pecho. La culpabilidad de ser la única superviviente.

Esta semana también se cumple un año para Cora. Un año sin su hija. Un año cuidando de mí, la chica que sobrevivió en lugar de ella. No puedo devolverle a Sara, pero puedo darle dos semanas.

—Está bien —claudico—. Diez días de clase. Si no es una catástrofe total, ya hablaremos de alargarlo.

Mi tía me abraza con fuerza y reacciono como si me doliera más para que pare.

—Son solo dos semanas —le recuerdo—. Y seguro que será una catástrofe total.

—Por algo se empieza —dice ella.

Vuelvo a taparme el cuero cabelludo chamuscado con el pañuelo rojo y Cora y el doctor Sharp intercambian una mirada de triunfo. Jugueteo con la máscara transparente entre lo que me queda de las manos, reprimiendo el impulso de volver a ponérmela.

Cora se pasa por la recepción para intentar aplazar el pago de unas facturas de cirugía pendientes, mientras yo deambulo por el pasillo de la unidad de quemados y contemplo las obras fruto de una iniciativa artística hospitalaria para mostrar algo de belleza a los pacientes que agonizan. No me doy cuenta de que he llegado hasta el patio interior del hospital hasta que una niña pequeña aferrada a los ceñidos vaqueros de su madre emite un chillido agudo.

Su dedito regordete me señala.

A la cara.

La mujer se pone roja como un tomate, susurra una disculpa y se lleva a la niña a rastras, tirando de ella por el brazo. La cría sigue lloriqueando y alargando el cuello para mirarme al tiempo que su madre se aleja a toda prisa. Un hombre sentado en una butaca de cuero sintético vuelve a mirar rápidamente el periódico que está leyendo, pero percibo su mirada mientras regreso poco a poco por el pasillo e intento comportarme como si nada.

Me quedo esperando en el entorno seguro de la unidad de quemados, donde la gente está acostumbrada a caras como la mía. El hombre del periódico sigue mirándome fijamente desde el fondo del pasillo, lo que me hace desear que Cora me hubiera dejado traer los auriculares para ponerme mi música y silenciarlo todo, y a todos. En lugar de eso me concentro en una exposición de dibujos tridimensionales, titulada Reflejos de las estrellas, colgados en la ventana, y finjo estar tremendamente interesada en los cristales rotos colocados en forma de estrellas; cada una es un miniespejo de cinco puntas que proyecta prismas luminosos por el pasillo.

La Vía Láctea dispuesta en cascadas de espejitos me deforma, refleja una realidad cubista, al estilo Picasso, sobre las esquirlas que se mantienen unidas, aunque, con solo tocarlas, pudieran caer hechas añicos al suelo. Me descubro reflejada en el cristal, con el pañuelo rojo enmarcando mi rostro fragmentado.

Durante un segundo, me permito creer que la chica rota no es más que un reflejo.

En cuanto me aleje, mi cara se verá bien.

Normal.

Eso es lo que quiere el comité. Vuelve al instituto. Vuelve a ser normal.

Pero ya me conozco la historia.

Las personas normales no aterrorizan a los niños pequeños.

Las chicas normales de dieciséis años se miran en el espejo. «¿Me he pintado bien los labios? ¿Llevo bien el pelo?» Su reflejo las hace sentir seguras y, si no les gusta lo que ven, lo arreglan.

Para mí, los espejos son un recordatorio.

Soy un monstruo.

No existe nada en este mundo que arregle eso.

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2

Cora se pasa la semana siguiente sumida en una vorágine de compras para la vuelta al cole, convencida de que el éxito de mi regreso a la vida de adolescente normal depende de si llevo una mochila o una bandolera de lona tipo cartero.

La noche antes de mi «reintegración» oficial, despliega una hilera de bolsos sobre la cama. Toda una serie de bolsas de lona con frases en negrita, mochilas con estampado floral y bandoleras se quedan mirándome.

—¿Qué usan ahora las chicas de tu edad?

Me encojo de hombros.

—Llevo un tiempo usando solo batas y pijamas de hospital, quizá no sea el mejor referente de estilismo.

Me ahorro el comentario de que no creo que nadie se fije en mis complementos. Cora aparta la mirada del despliegue de bolsos y la dirige hacia mí, con el entrecejo fruncido, igual que hace mientras completa el crucigrama dominical. Como si creyera que, concentrándose lo suficiente, encontrará la solución.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Cora, soy un acertijo que no logra solucionar.

—Creo que será esta —afirma con decisión y me pasa una bandolera de lona negra estilo cartero—. Pero prueba cómo te queda para poder devolver los demás.

En lugar de colgármela, le digo que estará bien lo que ella decida y le recuerdo que, dentro de dos semanas, cuando regrese a mi gloriosa vida de ermitaña, ya no la necesitaré.

Mi tía tuerce el gesto y, durante un segundo, se le cae la máscara de presidenta del Comité para la Vida de Ava. Entonces veo a otra persona: alguien pequeño y asustado que desea más que nada en el mundo que su hija estuviera aquí, probándose bolsos y emocionada ante la idea de hacer nuevos amigos, asistir a fiestas de pijamas multitudinarias y por todas las cosas normales para una chica de dieciséis años que Cora quería para Sara.

Suelto un suspiro, tomo la bandolera que me ofrece y me la cuelgo pasándomela por la cabeza.

—Es perfecta, Cora, gracias.

Me ajusta el largo de la correa para que cuelgue justo por el costado. El peso del bolso me tira de los hombros ya tensos de por sí, pero está bien verla sonreír.

Cora saca un pañuelo azul marino de mi colección y lo coloca junto a la camisa holgada del mismo color que me ha comprado.

—Ahora sí. Esto sí que es un conjunto.

Ahora mismo no tiene dinero para gastárselo en ropa nueva, pero me siento agradecida de poder usar mañana las prendas heredadas de Sara. Por suerte, es febrero y puedo llevar manga larga y vaqueros que taparán gran parte de las fajas compresoras.

—¿Estás segura de que no quieres llevar peluca? —me pregunta—. Esa señora tan simpática del hospital me dijo que la llamáramos cuando quisiéramos. Podríamos acercarnos en coche ahora mismo y conseguir una.

Niego con la cabeza.

—Definitivamente no.

Una peluca me taparía el cuero cabelludo desigual mejor que un pañuelo, pero no engañará a nadie. La señora que se presentó en la unidad de quemados armada con pelucas, maquillaje y toda clase de parafernalia para ocultar cicatrices sí que era simpática. No obstante, por mucho que se empeñe, el pelo de pega y la base de maquillaje no podrían ocultar esto. ¿Para qué fingir?

Cuando Cora se marcha, me bajo la cremallera de las fajas compresoras y, con cuidado, mudo esta segunda piel que evita que las cicatrices se me hinchen como algodón de azúcar.

Me tumbo boca abajo sobre la cama con una camiseta interior de tirantes y pantalones cortos, y los hilos de la colcha de Sara me hacen cosquillas en la nariz. Cora regresa e inicia nuestra rutina nocturna de untarme la loción. Empezamos por el lado derecho de mi cuerpo. Me estira con delicadeza el brazo, que desde este ángulo se ve tan delgado que da repelús. Es como la extremidad de un zombi, solo piel y huesos. ¿Quién iba a decir que las células de grasa podían quemarse?

Mi tía me unta la loción sobre todas las grietas y fisuras, y ese olor tan familiar a hospital y mujer vieja de la crema aceitosa impregna la habitación. Las fajas de color beis están hechas un gurruño sobre mi mesa de escritorio, como pieles de serpiente. Después de un año, parecen más mías que las retorcidas cicatrices rosáceas de mi auténtico cuerpo.

Antes veía la piel como un todo continuo, pero la mía es más bien como el cobertor de Sara que tengo debajo: una espeluznante colcha hecha de retales cosidos. Algunos fragmentos son los originales, otros están chamuscados y los hay que son injertos procedentes de diversas partes del cuerpo, después de que los médicos jugaran a las sillas musicales epidérmicas. Durante los primeros días del proceso, llegaron a graparme piel de cerdo y de cadáver humano, a la espera de que algún laboratorio cultivara más injertos del tamaño de sellos, creados a partir de la piel de mi espalda.

Cora me masajea el brazo como si amasara pan, ejerce presión con los dedos y extiende la crema. Es la única ocasión en la que no se comporta como si yo fuera una cáscara de huevo a punto de romperse. Sin duda lo hace así porque las enfermeras del hospital le dijeron que, cuanto más fuertes fueran los masajes, mejor sería para la cicatrización. Y cuando se trata de «contribuir a la recuperación», Cora lo da todo.

Levanto la pierna izquierda incluso antes de que mi tía llegue a ella. Tras ocho meses de masaje corporal completo, somos como una pareja de natación sincronizada. La verdad es que me he vuelto tan flexible que podría aplicarme sola la loción, pero, sinceramente, es agradable notar un tacto distinto al de los dedos helados del doctor Sharp. Además, el masaje me alivia el picor, que es consecuencia de la sequedad, que, a su vez, es consecuencia de no tener glándulas sebáceas. Este efecto dominó culmina en una picazón constante por debajo de la piel, en un punto inalcanzable.

—He leído un artículo interesante —comenta Cora.

Casi se me escapa la risa al escuchar esa afirmación para nada impactante. La revista Quemados supervivientes trimestral llega a casa cada pocos meses para llenar la cabeza de Cora de ideas sobre cómo ayudarme. Se lee hasta la última palabra de cada número y, a menudo, me deja los artículos recortados sobre la cama.

—Habla de lo importante que es para los quemados supervivientes contar con un grupo de apoyo formado por personas que hayan pasado por lo mismo y que los entiendan. —Cora va hablando mientras me masajea—. Y sé que mañana harás nuevos amigos, y creo de verdad que va a ayudarte, Ava. Lo presiento.

Me tumbo boca arriba para que pueda frotarme las rodillas.

—Son dos semanas. No tengas expectativas tan altas —le digo, aunque está claro que sus expectativas han llegado tan alto que han salido propulsadas más allá de la atmósfera terrestre.

—Bueno, siempre estás diciendo que no necesitas amigos...

—Porque no los necesito.

—Solo digo que te abras a esa posibilidad. No dejes que tus miedos te lo impidan.

—No tengo miedo. —Flexiono los enclenques músculos del brazo—. Tengo mi armadura de cicatrices para protegerme.

Cora aprieta con fuerza los labios mientras me masajea los hombros enérgicamente para que la loción penetre en las cicatrices más gruesas. Los injertos más anchos de piel me tiran desde el cuello, la espalda y los brazos, y se tensan como tirantes. Hasta hace poco, Cora tenía que ayudarme a ponerme las camisas porque yo no podía levantar del todo los brazos.

Extiendo los brazos hacia delante antes de que iniciemos el proceso de volver a ponerme las fajas compresoras sobre la piel untuosa. Meto, con cuidado, las piernas y los brazos por la tela ajustada, y Cora me sube las cremalleras. Por último, me aplica la loción en la cara usando un dedo para esparcirla por las líneas de injertos que me la diseccionan.

—He oído que Crossroads representa un musical todos los años —comenta Cora con despreocupación, como si no hubiera comprobado ya que el instituto al que voy a ir tiene un programa de teatro espectacular.

Como si ambas no supiéramos que no he cantado ni una sola nota desde el incendio. Antes no paraba de cantar. Me dejaba la piel, teléfono de la ducha en mano. También cuando íbamos con Sara por la autopista y las ventanillas del coche bajadas. En la mesa, a la hora de cenar, donde torturaba a mis pobres padres con el último musical de Broadway que me obsesionaba.

Después de todo el humo, las entubaciones y operaciones, quién sabe si ahora podré cantar. El doctor Sharp dice que tengo la garganta curada, pero yo lo dudo. No es que importe mucho. La chica a la que le gustaban los focos y los solos ya no existe.

Desvío la mirada hacia la habitación que compartíamos Sara y yo cuando celebrábamos nuestras fiestas de pijamas cada pocos meses. Aunque yo vivía en el sur, a solo a una hora de aquí, en la zona rural de Utah, habíamos crecido la una en el cuarto de la otra, compartiendo la vida. Sara llamaba a mi madre «mami Denise», y yo a la suya «mami Cora».

Ahora la llamo Cora a secas, y esta habitación me parece más extraña que conocida. La mayoría de las cosas de Sara habían desaparecido cuando llegué del hospital, aunque resistieron algunos ecos fantasmales: las prendas en el armario que son de mi talla, las zapatillas de punta de ballet de Sara, como si pudiera hacer un sashay en cualquier momento. Y, por supuesto, su colección de Barbies antiguas, que me mira desde detrás del cristal de la gigantesca vitrina de exposición. Por lo visto, esas muñecas son supervaliosas. Aunque Cora y Glenn no piensan venderlas, ni tampoco nada de lo que hay aquí dentro.

Sin embargo, Cora ha intentado, a su manera, hacer que este espacio sea mío. Hay fotos enmarcadas de mis padres sobre la mesa de escritorio. Y los pósteres de musicales de Broadway que yo tenía en casa.

Pero esta no es mi casa.

Además, yo soy una intrusa; una impostora que intenta ocupar el espacio de dos chicas cuando casi no ocupo ni el de una.

Cora me levanta la barbilla para obligarme a mirarla de nuevo.

—Prométeme que le darás a esto una oportunidad. Que te abrirás a la gente.

Cora me atraviesa con su mirada de ojos sinceros y yo le correspondo. Incluso con pijama y sin maquillar está guapa. Mi madre solía bromear diciendo que su hermano pequeño siempre caía rendido ante la mirada de Cora, con la que ella era capaz de manejarlo a su antojo.

Deja ir un suspiro.

—Cora, la única forma de sobrevivir a las próximas dos semanas es que todo me resbale al máximo y, por suerte para mí, las cicatrices hipertróficas son muy resbaladizas.

Cora vuelve a apretar los labios con fuerza mientras yo oigo un redoble de platillos en mi cabeza.

—¡Oh, venga ya! —digo—. Puedo reírme de esto o ponerme a llorar, y creo que ya he llorado bastante.

Cora no hace ni una cosa ni la otra. Me toma de las manos, y mi piel violácea parece la de un extraterrestre en comparación con la suya. Al menos todavía conservo los dedos de la mano derecha. Llamar «mano» al muñón tipo garra que tengo al final del brazo izquierdo sería increíblemente generoso. Ahora tiene más pinta de pinza; unos dedos pegados por delante de un pulgar enorme, que en realidad es mi dedo gordo del pie trasplantado.

Cora me da un fuerte apretón en la mano, o la garra, o lo que sea esto.

—Es tu penúltimo año de instituto. Haz amigos. Disfrútalo.

Suelto un suspiro largo y pausado. Cora no lo entiende: ni siquiera mis amigas de siempre sabían cómo comportarse conmigo después del incendio. Seguramente porque ya no era yo.

Dudo que haya mucha gente en el nuevo instituto con ganas de que esa víctima de incendio en especial se una a su pandilla.

Así que, en lugar de tener un clan, tengo un plan: hacer todo lo posible por desaparecer. No como un truco de magia ni nada por estilo, sino más bien con un traje de camuflaje que me confunda con el paisaje de fondo. La única forma de superar estas dos semanas de fingida normalidad es reducir al máximo el nivel de exposición; no exponerme y ahorrárselo a todos los demás.

—Casi se me olvida... —Agarro los auriculares de mi mesa de escritorio y los pongo sobre el conjunto para mañana, doblado sobre la silla.

Cora se tensa y debe de usar hasta la última pizca de fuerza de voluntad, contenida en su metro sesenta, para no apartarlos de un manotazo del conjunto perfecto. Odia mis auriculares casi tanto como me encantan a mí. Bueno, mejor dicho, casi tanto como los necesito.

—Tú y tu música... —dice.

Me callo que no tienen nada que ver con la música. La mayoría de las veces ni siquiera sé qué canción está sonando. Me los pongo para cerrarle la puerta al mundo.

Para que me ayuden a desaparecer.

Mi tío Glenn se detiene en la puerta del dormitorio para darme las buenas noches. Ahí de pie, con su característica sonrisa incómoda y esa nariz ligeramente respingona, se parece muchísimo a mi madre. A veces, eso me pone tan triste que casi no puedo mirarlo. Otras, no puedo apartar la mirada. Mi madre también era guapa, pero no al estilo de Cora, frágil como una muñeca de porcelana. La belleza de mi madre era más contundente: con sus patas de gallo y callosidades en las manos.

Yo tenía la nariz respingona como la de mi madre, un rasgo que se remonta varias generaciones en su árbol genealógico. Mi padre tenía la costumbre de recorrerme el tabique nasal con un dedo y simulaba saltar desde la punta al vacío. «Mi rampita de saltos de esquí suiza», me decía.

Me toco la nariz, que ahora acaba en un muñón chato, redondo y bulboso, hecho de injertos de piel. El fuego arrasó con todo; se llevó todo lo relacionado con mi madre, incluso esas partes de ella que quedaban en mí.

Glenn entra en mi cuarto pisando con fuerza, calzado con sus botas tejanas hasta que Cora le riñe. Frena en seco para quitarse las botas acabadas en punta, que son como una segunda piel, aunque no haya trabajado en un rancho desde que se trasladaron a Salt Lake. Deja el calzado ordenadamente apoyado contra la pared y me ayuda a quitarme el pañuelo antes de meterme en la cama.

—¿Te alegra tener que llevar esto solo por la noche? —me pregunta mientras me ajusta la goma elástica de la máscara por detrás de la cabeza.

Asiento en silencio.

Glenn retrocede un paso y observa cómo me recoloco la máscara y siento la ya conocida presión sobre la piel.

—Estoy orgulloso de ti —me dice.

—¿Por qué? —pregunto a través del agujerito en el plástico a la altura de la boca.

—Por ser valiente —aclara—. ¿Sabes qué decía John Wayne?

Niego con la cabeza.

—Ni siquiera estoy segura de saber quién es John Wayne.

Glenn se ríe.

—Bueno, pues allá va su primera lección: «El valor es estar muerto de miedo, pero ensillar el caballo de todas formas».

Hago girar la mano como si estuviera agitando un lazo de rodeo.

Glenn me da un beso en la coronilla.

—Buenas noches, pequeña.

En la penumbra, si entrecierro los ojos con el ángulo justo, veo a mi madre de pie junto a mí. Casi puedo creer que estará al final del pasillo, esperando que vaya a meterme en su cama y le diga que me aterroriza enfrentarme sola al día de mañana.

Glenn y Cora salen juntos de la habitación, la espalda ancha de mi tío encorvada sobre la frágil complexión de su mujer. Él se agacha para recoger las botas tejanas con una mano, mientras, con la otra, sujeta los delgados dedos de Cora.

Los observo alejarse por el pasillo a través de la máscara.

Me quedo mirando mis propias manos: la garra a un lado y los dedos chamuscados, asomando a través de las fajas compresoras, al otro.

Cora quiere que me abra a la gente. El problema es que nadie va a llamar a mi puerta para entrar... ni ahora ni nunca.

Así que, me depare lo que me depare mañana el instituto, tendré que estar lista.

A prueba de balas.

Me pongo los auriculares, subo el volumen de la música y cierro los ojos bajo la presión de las ceñidas fajas y el peso de la máscara. Por lo general, mi disfraz de quemada superviviente me hace sentir como un espeluznante Tutankamón dentro del sarcófago.

Pero esta noche resulta agradable.

Es una capa protectora entre el mundo y yo.

Es lo único que me mantiene de una sola pieza.

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3

Como primer acto de Desaparecer, le pido a Cora que me lleve treinta minutos antes para evitar los pasillos repletos de gente del nuevo instituto: Crossroads, sede oficial de los Vikingos.

Lo escogí porque está en la otra punta de la ciudad, donde nadie conocía a Sara. Ya he ocupado el vacío que antes llenaba mi prima en casa; no necesito pisotear su sombra también en el instituto.

Cora ha sido la mujer ciclón desde la visita a la consulta del doctor Sharp. Se ha dedicado a conseguir mi historial académico y pedir al director de Crossroads que hagan una excepción con las fechas de matriculación, para que yo pueda asistir al centro. Ha telefoneado a toda clase de personal académico con el objetivo de planificar una estrategia personalizada para gestionar lo mejor posible mi «condición» este año. Está claro que sufre un caso de amnesia selectiva sobre nuestro acuerdo de «solo dos semanas».

Cuando estacionamos en el aparcamiento, me anuncia que el director me espera para una reunión rápida antes de clase, para saludarme y «conocerte en persona». Insiste en aparcar y me acompaña hasta la entrada del instituto, y se protege del gélido viento de febrero mientras me pasa la bandolera de lona tipo cartero. Ha decidido que la bolsa será mi pase multiusos para formar parte de la jerarquía social del instituto. Me la cuelgo del hombro y conecto los auriculares al móvil al tiempo que Cora me resume por última vez cómo ser la perfecta alumna de instituto y añade instrucciones sobre cómo «exponerse al mundo» y algo relacionado con mi medicación.

En realidad no oigo esa última parte porque: (1) ya sé cómo tomarme la medicación y (2) dejan a otra chica frente al instituto justo detrás de nosotras.

Ella frena en seco al verme, me mira con los ojos como platos, como si se hubiera quedado paralizada. Bajo la vista y la clavo en el móvil que sujeto, para liberarla, y ella camina a toda prisa hacia el edificio. Sus pasos apresurados de­saparecen en el interior de Crossroads.

Durante un segundo estoy a punto de salir corriendo yo también, de regreso al coche, a mi habitación, a mi existencia oculta. Cora me posa una mano en el brazo. Casi no noto su tacto a través de las fajas compresoras.

—¿Estás segura de que no quieres que entre contigo?

Niego con la cabeza. Es un «no» como una casa. Lo último que necesito es un adulto recorriendo conmigo los pasillos del instituto. Como si mi cara no llamara lo bastante la atención sobre el hecho de que: Yo-No-Encajo.

Y eso es un problemón cuando el primer mandamiento del instituto es «Encajar».

Me trago mis miedos —habilidad que casi he perfeccionado durante este año pasado— y finjo una sonrisa. Hay que reír para no llorar, ¿verdad? Separo bien los brazos y me vuelvo de izquierda a derecha.

—Bueno... ¿Qué tal estoy?

Lo digo en plan broma, pero Cora me mira de arriba abajo y muy seria.

—Estás genial.

—Sabes que estás enviándome a un sacrificio en toda regla, ¿verdad?

Cora sonríe de medio lado y me recoloca el pañuelo azul, que llevo anudado en la nuca para que me tape todo el cráneo.

—Te recogeremos en este mismo sitio, ¿vale?

—Recogeréis lo quede de mí.

Cora me sujeta ambas manos entre las suyas y me da un buen apretón. ¿Desearía mi tía que yo fuera Sara tanto como yo deseo que ella fuera mi madre?

—Piensa por todo lo que has pasado, Ava. Eres más fuerte de lo que crees.

Me pongo los auriculares y me aseguro de que el izquierdo me tape el agujero donde debería de estar mi oreja. Mientras la música silencia el mundo, me sujeto bien al asa de la bandolera y atravieso la puerta de entrada, deseando creer con la misma convicción de Cora en el poder transformador del complemento perfecto. El ya conocido perfume a adolescencia (dos partes de protectores de fútbol americano sudados, por una de desodorante Axe) llega volando con la brisa al reentrar en el mundo del instituto, con sus suelos de linóleo y su iluminación de fluorescentes.

Una enorme silueta de cartón de un tío blanco con casco y espada vikingos me da la bienvenida al País Vikingo: SÉ OBSTINADO, SÉ VALIENTE, SE UN GUERRERO.. Un cartel escrito a mano, colgado de la pared, reza: ¡FORTALECED VUESTRAS CABEZAS! ¡LOS VIKINGOS AQUÍ LLEGAN!

A lo mejor me he quedado corta con lo de «sacrificio». Y eso que estoy acostumbrada a cómo reacciona la gente al verme. Estoy habituada a las miradas de los desconocidos en los semáforos o en el súper. Y no los culpo; soy la versión humana de una colisión múltiple con cinco coches implicados. Es imposible no mirar.

Soy toda una experta en ese tipo de reacciones y las he clasificado en varias opciones bastante ajustadas a la realidad:

1. Asco

2. Mirada indiscreta

3. Miedo

4. Lástima

5. Simpatía exagerada

6. Evitación agresiva (como si fuera invisible)

7. Subestimación (como si tuviera una lesión cerebral)

La verdad es que no hay forma de saber qué reacción tendrá cada cuál, aunque los niños suelen empezar por la clase 1, preguntando a gritos a su madre por qué tengo la cara como una loncha de beicon.

Los adultos suelen tener la experiencia suficiente para saltarse la mirada de pánico. Los desconocidos del súper optan por un combinado de evitación y lástima, como las madres que alejan a sus pequeños bocazas de mí: el coco en persona.

¿Y los adolescentes? Bueno, ellos se encuentran en un lugar intermedio, lo que significa que no tengo ni idea de a qué atenerme hoy. No sé si me perseguirán con sus horquillas o celebrarán la fiesta de la lástima.

No saberlo me hace sentir un nudo en el estómago a medida que recorro el centro y me encamino hacia el despacho del director. Tengo suerte: los pasillos están vacíos.

Ava 1, reintegración 0.

Ya en la seguridad del despacho, enmoquetado y silencioso, pongo en pausa la playlist y me quito los auriculares, que me dejo colgando del cuello mientras me tapo el orificio del oído con el pañuelo. No sé dónde ponerme y me quedo plantada en el centro de la sala, sintiéndome tan fuera de lugar como seguramente aparento. Cuando la secretaria de recepción levanta la vista, se le borra la sonrisa radiante durante una milésima de segundo.

—¡Oh! —exhala la palabra, más como un suspiro que no hablando.

Clava la mirada en la mesa al tiempo que intenta recuperarse. Cuando levanta la cabeza, luce una sonrisa forzada, habla con voz muy alta y cantarina.

—¿En qué puedo ayudarte, cariño?

—Soy Ava Lee. Creo que tenía que reunirme con el director.

—Oh, Ava, ¡por supuesto! —lo dice con voz de pito, diez decibelios por encima de lo necesario.

La clásica simpatía exagerada. «¿Qué cicatrices? ¡Estoy demasiado emocionada para fijarme siquiera en tu rostro deforme! ¡La, la, la...!»

—¡Por aquí mismo! —grita, como si estuviera presentándome en algún concurso televisivo en lugar de haciéndome entrar en un despacho diminuto con dos hombres dentro.

Uno está sentado detrás de la mesa de escritorio y lleva un polo, el otro está justo enfrente de él con una camisa almidonada demasiado pequeña y una corbata tan apretada que la cabeza se le ve roja y abultada, como un grano de pus a punto de reventar.

—¡Esta es Ava Lee! ¡La nueva alumna! —anuncia la secretaria casi a gritos.

Una vez transmitido su mensaje, cierra la puerta al salir y prácticamente oigo su suspiro de alivio.

El hombre del polo me hace un gesto en dirección a una silla.

—Siéntate, Ava. Soy el director Danner, pero la mayoría de los chavales me llama señor D o Gran D. Y este es el señor Lynch.

—Puedes llamarme subdirector Lynch —aclara el hombre con la cara roja.

El director Danner me tiende la mano, aunque la retira ligeramente cuando yo dejo asomar la mía. Los dedos de la derecha sobresalen por la faja de color beis, como salchichas lilas y arrugadas.

—¿Están bien? —pregunta.

—No me duele, si eso es lo que pregunta —respondo.

Sonríe con timidez y me estrecha la mano como si fuera un pez muerto. Finjo que no veo cómo se limpia la palma en los pantalones cuando vuelve a sentarse. La línea del pelo le llega justo por encima de la frente y su carísima sonrisa revela una hilera de dientes rectos y perfectos. Por detrás de él, hay una estantería con docenas de premios en exposición. Me sigue con la mirada mientras estoy contemplando un trofeo coronado por un dorado jugador de fútbol americano.

—En mi juventud era quarterback. Ahora soy el jefe. La vida es sorprendente, ¿verdad?

Asiento en silencio. Sí, la vida es como una patada en la entrepierna.

—Bueno, Ava, estamos encantados de que entres a formar parte de nuestra comunidad escolar —dice.

Intenta encontrar un lugar de mi cara donde posar la mirada. Te deseo buena suerte con eso, tío. Al final decide mirar hacia el lado izquierdo de mi cabeza, así que no está mirándome directamente, sino que finge hacerlo. Podría llegar a colar de no ser una táctica que usan casi todos los que deben hablar conmigo. No los culpo por ello: ni siquiera yo soy capaz de mirarme.

—Bueno, entendemos que no eres la típica alumna. Queremos que sepas que siempre que necesites una ayuda extra o alguien con quien hablar, estamos aquí. También contamos con una enfermera disponible en todo momento. Ella se ocupará de tu medicación a lo largo del día.

Siento un cosquilleo en la piel que me sube por los brazos.

—¿No puedo tomar yo sola mis pastillas?

El subdirector inclina su rosto picado de viruela y lo acerca tanto a mi cara que me salpica la mejilla con una gota de saliva.

—Puede que te resulte difícil de entender, pero lo mejor que podemos hacer por ti es tratarte como a cualquier otro alumno —dice—. Nada de tratos privilegiados. Nada de normas especiales.

A diferencia del señor D, el subdirector Lynch me mira directamente al hablarme, con la mirada fija en mí incluso cuando me vuelvo hacia el director. Mirada indiscreta. Poco frecuente en un adulto.

Yo diría que está virando hacia el territorio del trato cariñoso pero firme, que normalmente está reservado a personas como Cora y las enfermeras de la unidad de quemados, cuyo trabajo o consanguinidad les exige pasar tiempo conmigo. Desarrollan toda una serie de «estrategias para enfrentarse a Ava».

—Lo que quiere decir el señor Lynch es que hay una normativa que debemos cumplir. Los alumnos no pueden llevar pastillas encima. Puedes entenderlo, ¿verdad?

Asiento con la cabeza, aunque en realidad quiero gritar. Tomo una cantidad increíble de medicamentos a lo largo del día. Va a ser difícil desaparecer en la última fila si cada dos horas debo salir del aula pasando por delante de mis compañeros.

—Ya estamos en el segundo semestre, pero ya se ha informado a tus profesores sobre ti. Sobre tu situación. Lo que quiero decir es que hemos intentado preparar a todo el mundo. —Esboza una sonrisa forzada y se traba al hablar—. Ya está bien de logística, ¿no te parece? Hablemos de ti. Nos han contado que eres cantante.

Niego con la cabeza.

—Tu tía Cora...

—Se equivoca. —Debí suponer que Cora ya habría estado por aquí, tirando sus polvos mágicos de optimismo—. No sé cantar.

El señor D desvía la mirada de mí al señor Lynch, seguramente buscando otro tema para la charla de «queremos conocerte». No lo consigue.

—Bueno, pues supongo que ya está todo. ¿Tienes alguna pregunta?

Solo un millón más o menos. ¿Qué pasa si no soy capaz de hacer esto? ¿Qué pasa si no soy lo bastante fuerte? ¿Cómo he llegado hasta aquí, con esta cara y con usted intentado no mirarme y limpiándose las manos en los pantalones como si yo tuviera algo contagioso?

Niego con la cabeza. No. Ninguna pregunta. Al menos, ninguna que usted pueda responder.

El señor Lynch señala los auriculares que llevo colgados al cuello.

—Eso tendrá que permanecer en tu bolso hasta que suene el timbre de salida.

Dejo de mirarlo y miro al señor D, con la esperanza de que intervenga, que haga alguna excepción a su norma de nada de excepciones.

—Son solo para ir por el pasillo. No los usaré en clase.

El señor Lynch sacude la cabeza.

—Es una norma del centro.

Los dos hombres se quedan mirándome mientras me descuelgo los auriculares, la desaparición de ese leve peso sobre la piel del cuello me hace sentir más expuesta. El pánico me forma un nudo en la garganta cuando los meto en el bolso. ¿Cómo desapareceré ahora?

Al acompañarme a la salida del despacho, el señor D va a darme una palmadita en el hombro, pero cambia de parecer en el último momento y deja la mano extrañamente suspendida en el aire.

—Ava, también hemos advertido... hemos hablado con los demás estudiantes sobre ti. Aunque tu tía sugirió que a lo mejor querías pasar unos minutos en cada clase para presentarte a tus compañeros. Tratar este tema de frente.

¿Este tema? ¿Mi cara fundida? ¿Mi desastrosa vida? ¿De qué tema estamos hablando?

—Ya... desde luego que no —digo.

No necesito que la gente me entienda. No necesito responder preguntas ni hacer amigos ni ser una mascota que inspire a los demás. Lo único que necesito es superar las dos próximas semanas.

—Bueno, tú decides —dice el señor D cuando suena el timbre por el altavoz del techo. Se oye un estruendo de voces. y los cuerpos inundan el pasillo—. La puerta de mi despacho está siempre abierta. Me gusta considerarme más un amigo que no un gerente. —Me lanza una sonrisa victoriosa con su dentadura blanca y perfecta, y no puedo evitar pensar en el vikingo de la entrada—. Esto te encantará, Ava. Te lo garantizo.

El señor Lynch no me dedica unas palabras tan alentadoras. Señala el reloj de la pared.

—La clase empieza dentro de cinco minutos —dice—. No te retrases.

Titubeo en la puerta, entre la seguridad relativa del despacho y la avalancha de alumnos que van llenando rápidamente el pasillo. Me viene a la cabeza la expresión «paseíllo del reo», y veo imágenes de la Inglaterra medieval, donde los condenados a muerte caminaban semidesnudos en fila, flanqueados por hombres armados con látigos.

Ahora que me enfrento a este pasillo repleto, preferiría probar suerte con los ingleses.

Mi nuevo mejor amigo, Gran D, empieza a chocar los cinco con tiarrones enormes, hombretones aniñados, corpulentos y ataviados con sus cazadoras tipo béisbol, con la inicial bordada. El señor Lynch le grita a un estudiante que camine.

Está claro que el director Danner está aquí para revivir la gloria de sus días de adolescencia. El señor Lynch está aquí para tomarse la revancha por esa misma época.

¿Y yo? Yo solo quiero sobrevivir.

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4

Un grupo de chicos es el primero en verme.

Uno delgaducho con la piel repleta de granos retrocede de un salto y suelta un «¡hala!». Sus colegas se vuelven para mirarme y luego miran de golpe hacia sus taquillas, en un vano intento de ocultar la risa que les entra. Me miran de reojo y van moviendo la cabeza a toda prisa para señalarme. Auténticos reyes del disimulo.

Percibo que alguien me mira; es una sensación a la que ya debería de estar acostumbrada. Los susurros y los suspiros ahogados son la banda sonora ambiental de mi vida, pero en este pasillo angosto, rodeada de chavales de mi edad, el calor irradiado por tantos ojos mirándome me pone los pelos de punta, hasta los de la nuca. Empiezan a picarme brazos y piernas a medida que voy notando el ya conocido cosquilleo extendiéndose por todo el cuerpo. Me arde la cara cuando dirijo la mirada al suelo.

«No levantes la vista.»

Me obligo a no reaccionar, incluso cuando oigo a un grupo de chicas romper a reír y susurrar con nerviosismo, seguido por un «Shhh... Parad ya. Que viene».

Una chica frente a su taquilla finge mirar hacia el fondo y no a mí mientras lanza miradas rápidas al punto donde debería estar mi oreja. Me ato con más fuerza el pañuelo para que no pueda ver que no me queda nada de oreja, solo el orificio y un lóbulo cuya supervivencia desafía la lógica.

Echo la cabeza hacia atrás para contener las lágrimas que empiezan a anegarme los ojos. Gracias a la contracción de las cicatrices de las mejillas, mis pestañas inferiores son una estafa total, apenas capaces de contener la más mínima humedad.

Pero no pienso llorar. Aquí no.

Intento ralentizar los latidos de mi corazón desbocado a medida que sigo caminando por el pasillo, recordándome que ni yo necesito a estas personas ni ellas a mí. Me obligo a levantar más la cabeza, aunque lo que en realidad quiero es avanzar a cuatro patas y meterme en una de esas taquillas para escapar de todas las miradas. Sus ojos me dicen que soy diferente, por supuesto, pero me revelan una verdad más profunda: soy inferior.

Algo a lo que mirar, no sobre lo que hablar.

Es el motivo por el que no necesito espejos; veo mi reflejo en los ojos de todas las personas que me rodean.

Mi cara siempre da conmigo.

Finjo no darme cuenta del grupo de chicos que está dándose codazos ni de que todo el mundo está apelotonándose del otro lado del pasillo. Sin mis auriculares para protegerme de los sonidos del exterior, actúo como si no oyera los susurros por detrás de esas manos ahuecadas.

A pesar del rumor de las taquillas, las pisadas y la cháchara, gracias a mi fino oído percibo palabras que supuestamente no debería oír: «quemada», «incendio», «nueva», «asquerosa», «zombi».

Un dolor sordo y caliente se me clava en las yemas de los dedos y me doy cuenta de que he estado aferrándome al asa de la bandolera con todas mis fuerzas con la mano buena. Estiro la palma y flexiono la piel tensa.

Llego a mi primera clase y exhalo el aire que he contenido desde que salí del despacho. ¡Un pasillo menos!

Solo quedan diez días.

Me escabullo hasta un sitio de la última fila. Este es mi plan: permanecer en la sombra. Superar el día de hoy.

El profesor de naturales es un hombre grande con una frondosa barba negra incluso más grande. Entra dando zancadas en el aula y deja caer una pila de libros en la mesa del profesor. Cuando echa un vistazo a la clase, de pronto, vuelve a mirarme, como si no me hubiera visto bien. Pues vaya con las advertencias del señor D....

Empieza a hablar, pero el daño ya está hecho. La breve pausa que hace al mirar en mi dirección autoriza a mis compañeros de clase a volverse hacia mí. Me hundo más en mi asiento.

Cuando era pequeña, invocaba la aparición de una capa de invisibilidad cerrando los ojos. Mis padres me seguían la corriente y yo gritaba: «¡Ya no me veis!» Mi madre se ponía justo a mi lado y decía: «¿Dónde está Ava?», y mi padre se tropezaba conmigo y gritaba: «¡Oh, no! La hemos perdido para siempre».

Hoy me vendrían bien esos superpoderes de niña pequeña.

Me recuerdo a mí misma que hoy es el peor día; es lo que toca, ¿no? Todos tienen que verme por primera vez. Además, dentro de dos semanas, esto habrá terminado. Cora podrá tachar mi esfuerzo y mi buena voluntad para la recuperación de su lista del archivador, y yo podré retirarme a la tranquilidad de mi habitación sin espejos ni ojos desorbitados que me recuerden lo que soy.

El profesor barbudo escribe lentamente la palabra «vida» en la pizarra blanca.

—Hoy empezamos una lección nueva. —Subraya la palabra con énfasis—. Juntos, sondearemos las profundidades de lo que supone estar vivo. Estudiaremos el mundo de los seres vivos que nos rodea y el que tenemos en nuestro interior.

Nos cuenta que vamos a hacer una prueba de evaluación y entrega a un chico de la primera fila una pila de papeles para que vaya pasándolos al resto de la clase. Cuando el chico se acerca a mí, duda un rato, y me ofrece las hojas inseguro, como si estuviera ofreciendo la carcasa de un conejo a un perro rabioso.

Se le escapa una especie de chillido ahogado cuando alargo la mano izquierda hacia él sin pensarlo. Sus ojos se clavan en mis dedos pegados como una aleta y mi «pulgar» protuberante, que hace que el resto de la mano parezca diminuta porque pertenece a mi pie y no a este mundo exterior donde está asustando a los aldeanos.

Escondo a toda prisa mi mano de Frankenstein en el regazo, horrorizada. El chico prácticamente me tira el test y retrocede a toda prisa.

Vuelve corriendo a su sitio, yo recojo el papel del suelo e intento ignorar las miradas de ojos como platos que me hacen sentir claramente como una infrahumana.

¿Debería hacer un anuncio público?

¡TRANQUILOS, CHICOS! ¡HOY LA FEA NO SE COMERÁ A NADIE!

Justo en ese momento me doy cuenta de que otro chico, sentado a mi lado, está mirando totalmente absorto mi enorme y desproporcionado pulgar, posado sobre mi regazo. Meto la mano en el bolsillo y desvío la mirada hacia mi mesa. El chaval arrastra la suya, haciéndola chirriar, para acercarse a mí.

—¿Eso es tu dedo gordo del pie? —me pregunta susurrando.

Lo ignoro.

—¡Oye! —me grita un poco más alto—. ¿Lo es?

Levanto un hombro para que se dé cuenta de que no soy sorda. Si hablar con otra persona fuera parte de mi plan de supervivencia, le diría que se fuera por ahí.

En lugar de hacerlo, finjo que este test es mil veces más interesante de lo que es en realidad y me planteo seriamente sacar los auriculares de la bandolera para que este tío deje de intentar entablar conversación. Mis dedos se mueven hacia arriba, por un hábito que, por lo visto, no puedo abandonar: tocarme el pelo y enrollarme un mechón en el dedo.

—Muy buena charla, muy buena... —me suelta el tío.

Miro todavía más de cerca el test. Él titubea un segundo antes de volver a arrastrar la mesa hasta su fila. Miro de soslayo en su dirección. Ya tiene la vista clavada en el examen, lo que me permite ver que es un chaval bajito con la piel de color marrón claro. Lleva la espesa cabellera negra con el flequillo hacia arriba y sus ojos negros se topan con los míos antes de que pueda volverme. Levanta un pulgar en mi dirección, y no estoy segura de si es una broma cruel o ese símbolo de camaradería muy pasado de moda.

Desvío la mirada de golpe.

Repaso las reacciones habituales: ¿mirada indiscreta? No del todo. No es de esas boquiabiertas, de las que expresan miedo a llamar la atención. Muestra una simpatía exagerada con su emoción por mi mano con el dedo del pie, aunque tampoco se trata exactamente de esa clase de reacción. Tampoco es lástima. Y está claro que no se comporta como si yo fuera invisible.

Garabateo en la esquina del cuaderno en un intento de clasificar la reacción de este chico.

Entrometido

Curioso

Curiosidad indefinible

El chaval me saluda con la mano como si fuéramos amigos de toda la vida cuando suena el timbre, y yo lo miro en plan: «¿A ti qué te pasa?». Él me corresponde con una sonrisa. No se puede ser más rarito.

Este chico no tiene ni idea de cómo debe comportarse cuando estoy delante. Porque, sin importar qué reacción tenga la gente, siempre hay un hilo común a todos:

1. Todo el mundo me mira.

2. Todo el mundo aparta la mirada.

Hasta ahora.