Mensaje de Robin Sharma

Este libro trata del inmenso genio, la honradez y el heroísmo que habita en cada corazón que late en este planeta.

Crear esta obra ha sido estimu­lante, aterrador, inspirador y agotador.

Escribir Manifiesto para los héroes de cada día me ha llevado a lugares dentro de mi trabajo, mi carácter y mi deber de servir mucho más allá de lo que había conocido hasta entonces. Al terminarlo, no era el mismo hombre que cuando comencé el proceso.

En las páginas que siguen descubrirás una filosofía diseñada para materializar tus mejores aptitudes, una metodología revolucionaria para crear obras maestras y un flujo constante de ideas para llevar una vida repleta de imponente plenitud, dicha permanente y libertad espi­ritual.

En este libro he compartido más de mí que en cualquiera de los anteriores. Revelar estas vulnerabilidades ha sido un proceso aterrador, pero al mismo tiempo satisfactorio. Examinar nuestros defectos de forma objetiva nos ayuda a convertirlos en sabiduría, ¿no es así? Y aceptar nuestro dolor nos permite transformarlo en fortaleza.

Mientras lees todo lo que he vivido, espero de corazón que aprendas qué peligros evitar, cómo convertir los problemas en victorias y lo maravilloso que es que la vida transcurra siempre a tu favor, incluso cuando no lo parece.

He escrito Manifiesto para los héroes de cada día como si fuera mi último libro. Aunque espero que pueda escribir muchos más, y rezo por ello. Sin embargo, la vida es un viaje precario y nadie sabe qué nos depara el futuro. Por eso he dado lo mejor de mí en este manual para lograr la máxima productividad, un rendimiento de élite, la felicidad constante y un extraordinario servicio a la sociedad.

Deseo de corazón que los conocimientos que estás a punto de adquirir iluminen las capacidades que duermen dentro de ti, aviven el fuego para crear tu obra maestra y te ayuden a obrar tu magia personal para que tengas la vida a la que aspiras mientras haces de nuestro mundo un lugar mejor.

Con amor y respeto,

P.D.: Para acceder a todos los modelos de aprendizaje, plantillas de implementación y fichas estratégicas que se mencionan en este libro, junto con vídeos formativos para profundizar en tu crecimiento, visita TheEverydayHeroManifesto.com.

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Miles de genios viven y mueren sin ser descubiertos, ya sea por ellos mismos o por otros.

MARK TWAIN

Solo aquel que se consagra a una causa con toda su fuerza y su alma, puede ser un verdadero maestro. Por esta razón, la excelencia lo exige todo de una persona.

ALBERT EINSTEIN

La gente siempre dice que no cedí mi asiento porque estaba cansada, pero eso no es cierto. No estaba cansada físicamente. No, estaba cansada de sacrificarme.

ROSA PARKS

Lo más fácil es romper y destruir. Los héroes son aquellos que firman la paz y construyen.

NELSON MANDELA

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Manifiesto para el héroe cotidiano que hay en ti

«Si no has encontrado nada por lo que morir, no mereces vivir», dijo Martin Luther King, Jr.

Moriría sin dudar por defender la idea de que eres grande.

Recibiría una bala por preservar el concepto de que estás destinado a hacer obras maravillosas, a vivir majestuosos acontecimientos y a conocer el universo secreto de sabiduría que poblaron las avanzadas personas que vivieron antes que nosotros.

Como ciudadano de la tierra, estás llamado a aprovechar tu primitivo poder para hacer cosas asombrosas, lograr avances impresionantes y enriquecer la vida de tus hermanos y hermanas, con los que cuidas el planeta.

Creo que todo esto es verdad. No importa de dónde te llegue la fuerza de la naturaleza, tu pasado no tiene por qué dictar tu futuro. El futuro siempre puede transformarse en algo mejor que el presente. Eres humano. Y los humanos somos capaces de hacer esto.

Sí, tenemos colores, tamaños, géneros, religiones, nacionalidades y formas de ser diferentes. Nelson Mandela, Harriet Tubman, Mahatma Gandhi, Florence Nightingale y Oskar Schindler son héroes del más alto nivel. Pero aquellos que tienen vidas más tranquilas —que enseñan en los colegios o trabajan en restaurantes; escriben poesía o em­prenden sus propios proyectos; se dedican a la panadería o crían a sus hijos en casa; los que ayudan en las comunidades, como los servicios de emergencias, los bomberos y los trabajadores humanitarios— también son dignos de ser llamados héroes. Muchas de estas buenas personas realizan trabajos difíciles, pero siempre con el noble propósito de hacerlo bien. Trabajan con una sonrisa en la cara y el corazón lleno de bondad.

Me siento humilde cuando mi vida se cruza con la de estos seres humanos. De veras. Aprendo de ellos, me inspiran, y de alguna manera me transformo al conocerlos.

Son héroes cotidianos. Las llamadas «personas corrientes» que se comportan de forma virtuosa y honrada.

Y así, con sincero respeto por todo el potencial que llevas dentro y que desea expresarse, al emprender nuestro viaje juntos estas palabras fluyen lo mismo que mis ánimos para ti:

A partir de hoy, declara tu devoción por recordar el alma sublime, al valiente guerrero y al creador invencible que la sabiduría natural te pide que seas.

Las tribulaciones del pasado han servido con gran habilidad para reinventarte y convertirte en alguien más fuerte, más consciente de las capacidades que te hacen especial y más agradecido por los beneficios fundamentales de una vida vivida en plenitud: buena salud, una familia feliz, un trabajo que te colma y un corazón repleto de esperanza. Estas dificultades aparentes han sido en realidad los peldaños de las victorias actuales y futuras.

Los antiguos límites que te han encadenado y los «fracasos» que te han perjudicado han sido necesarios para la materialización de tu dominio. Todo ocurre para tu beneficio. Eres en verdad agraciado.

Lo aceptes o no, eres un león, no una oveja. Un líder, jamás una víctima. Una persona digna de logros excepcionales, aventuras edificantes, satisfacción magistral y de la autoestima que con el tiempo aumenta de forma vertiginosa hasta convertirse en una reserva de amor propio que nada ni nadie puede vencer.

Eres una poderosa fuerza de la naturaleza y un productor dinámico, no una víctima aletargada, atrapada en un mundo de degradante mediocridad, quejas deshumanizadas, conformidad y privilegios.

Y con un compromiso firme y un esfuerzo constante evolucionarás y te convertirás en un idealista, un artista extraordinario y un firme defensor de la singularidad. Una persona que cambia el mundo de verdad, a su manera ho­nesta y extraordinaria.

Así que no seas cínico, crítico ni derrotista. Los escépticos son soñadores degenerados, y lo corriente es completamente indigno de ti.

Hoy, y cada día a partir de ahora de tu vida única y gloriosa, brillante, luminosa y de gran ayuda para muchos, conserva con uñas y dientes la libertad ilimitada para dar forma al futuro, materializar las ambiciones y magnificar las aportaciones de tus sueños, intereses y compromisos.

Aísla tu alegría, refina tu destreza e inspira a todos los testigos que tengan la suerte de ver tu buen ejemplo de cómo puede comportarse un gran ser humano.

Observaremos tu crecimiento, aplaudiremos tus capacidades, valoraremos tu valor y admiraremos tu futura inmortalidad.

Porque permanecerás en el corazón de muchos.

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Ser fiel a los ideales es un multiplicador de fuerza

Cuando nadie cree en ti es cuando más necesitas creer en ti mismo.

Quienes están comprometidos con la máxima expresión de su genio natural saben que creer y ser fiel a uno mismo y a su poderoso objetivo —sobre todo ante el ri­dícu­lo y la incertidumbre, ante los ataques y la adversidad— es la puerta de entrada a lo legendario. Y un verdadero camino hacia la inmortalidad, porque su noble ejemplo perdurará mucho después de que se hayan ido.

El viaje a la vida más heroica será pintoresco, edificante, complicado, maravilloso, turbulento y sin duda glorioso. Dedicarte a habitar tu grandeza, a generar un vasto aluvión de buenos resultados y a cumplir con tu parte para construir un mundo más alegre será el mejor y más sabio viaje que jamás hayas realizado. Te lo prometo. Y adentrarte en tu yo más creativo, poderoso y compasivo dotará de energía a todos los que te rodean para que despierten sus capacidades, haciendo de nuestro planeta un lugar más amable.

Permíteme que dedique un momento a compartir un poco de la historia de mis orígenes para que me conozcas mejor. Es lo menos que puedo hacer teniendo en cuenta que vamos a pasar mucho tiempo juntos en estas páginas.

No soy especial. No soy ningún gurú. No estoy hecho de una pasta diferente a la tuya.

Tengo mis talentos, igual que tú tienes los tuyos; tengo defectos muy humanos (¿no los tenemos todos?) y en ocasiones me siento inseguro, indigno y temeroso, así como valiente, útil y esperanzado.

Me crie en una localidad obrera de unos cinco mil habitantes, en una casa pequeña cerca del mar. Soy hijo de inmigrantes con un corazón de oro y, desde luego, no nací con un pan debajo del brazo.

Lleno de entusiasmo a los cuatro años

Jugando con la nieve delante de mi casa

Sí, ese soy yo en la función de teatro del colegio. Y delante de mi casa un invierno muy frío. ¿Lo ves?, no hay ningún Ferrari en la entrada. Tampoco lujosos adornos ni cosas innecesarias. Todo muy básico. La mejor manera de ser.

En el colegio nunca encajé en el grupo de los destacados. Prefería estar en mi mundo, soñando cosas fascinantes, marchando a mi propio ritmo. Iba a mi rollo, ya me entiendes.

En una ocasión, un director le dijo a mi querida madre que no mostraba ningún talento y que era poco probable que me graduara en el instituto. Otros profesores comentaron con discreción a mis padres que apenas tenía potencial. Unos pocos predijeron que acabaría siendo un gandul o un vagabundo. La mayoría de la gente se limitaba a burlarse de mí.

Salvo una persona.

Cora Greenaway. Mi profesora de historia de quinto curso.

Ella creyó en mí, lo que me ayudó a creer en mí mismo.

La señora Greenaway me enseñó que todo ser humano nace con algún tipo de talento. Me explicó que a cada persona se le puede dar muy bien una cosa y que nacemos con puntos fuertes particulares, capacidades extraordinarias y virtudes muy dignas. Me dijo que si recordaba esto, trabajaba muy duro y era fiel a mí mismo, me pasarían cosas buenas y obtendría grandes beneficios.

Esta amable profesora vio lo bueno de mí, me animó y me mostró una bondad muy necesaria en una sociedad que con demasiada frecuencia menosprecia nuestras capacidades y degrada lo que se nos da bien. A veces solo se necesita una conversación con una persona extraordinaria para darle un nuevo rumbo al resto de tu vida, ¿verdad?

Hace unos años busqué a Cora Greenaway en internet. Lo que descubrí me conmovió de verdad.

De joven formó parte de la resistencia holandesa y cruzó tras las líneas enemigas durante la Segunda Guerra Mundial para rescatar a niños que se enfrentaban a la exterminación en los campos de concentración nazis. Arriesgó su vida y honró sus convicciones para salvar a los niños. Igual que me salvó a mí.

La señora Greenaway ha fallecido ya. Murió el mismo año que estuve indagando sobre su pasado. Doy las gracias al caballero de Ámsterdam que con tanta generosidad cuidó de ella al final y que me mantuvo informado sobre esta mentora que tanto significó para mí.

Cora Greenaway era lo que yo denomino un héroe cotidiano. Callada, humilde, fuerte y vulnerable, ética e influyente, sabia y afectuosa. Mejoró nuestra civilización realizando una buena obra tras otra.

Me inspiró para superar las limitadas expectativas que muchos habían puesto en mi vida y terminar el instituto. Y para estudiar en la universidad más tarde, donde me gradué en Biología y en Inglés. A continuación conseguí entrar en la facultad de Derecho y obtuve un máster en Leyes, con una beca completa.

Cora Greenaway con 101 años

No confíes en tus detractores. No prestes atención a quienes te subestiman. Ignora a los que te desaniman. Ellos no saben las maravillas que hay dentro de ti.

Con el tiempo me convertí en un exitoso abogado. Bien remunerado, pero vacío; motivado, pero insatisfecho a nivel creativo; disciplinado, pero desconectado de mi verdadero yo. Me despertaba por la mañana, me miraba en el espejo del baño y no me gustaba el hombre que veía reflejado. No tenía demasiadas esperanzas, ni una relación estrecha con el heroísmo natural, que desde entonces he aprendido que es uno de los beneficios primordiales de ser humano.

El éxito sin respeto por uno mismo es una victoria vacía.

Necesitaba conocer la versión más auténtica, más feliz, más serena y mejor de la persona que era, así que decidí rehacerme. Inicié una campaña de crecimiento personal masivo, una trascendente sanación emocional y un profundo avance espiritual.

Tú también tienes este poder para realizar cambios estructurales. La evolución, el encumbramiento e incluso la transformación absoluta forman parte del equipamiento de fábrica que hace que seas tú. Y cuanto más ejercites esta fuerza que es inherente a ti, más crecerá.

Regenerar una versión más creativa, productiva, inventiva e invencible de ti, repleta de alegría, valentía y serenidad, no es un don inalcanzable reservado a los dioses del Genio Sublime y a los ángeles de la Insólita Excelencia.

No. El genio tiene mucho menos que ver con la genética que con los hábitos. Convertirte en la persona que siempre has imaginado que podrías ser es el resultado de un entrenamiento accesible a cualquiera que esté dispuesto a abrirse, a esforzarse y a realizar los ejercicios que hacen realidad la magia.

En esa etapa de mi vida me propuse reconstruir, reconfigurar y reinventar a la persona que era para convertirme en un ser humano que obtuviera su poder de un sistema de navegación interno en vez de sacarla de atractivos externos, como la posición, los bienes materiales y el prestigio. Una persona que no dudara en hablar con sinceridad (aun a riesgo de ser impopular), que se mantuviera fiel a sus ideas, cuyo trabajo nunca pareciera un trabajo sino más bien una vocación; una persona que no necesitara comprar cosas para experimentar un intenso placer y que se dedicara a hacer que la vida de los demás fuera más feliz.

Es muy fácil dedicar toda la vida a escalar una serie de montañas y terminar dándote cuenta de que no has ascendido las correctas.

Por estar ocupado estando ocupado.

Por ser adicto a las distracciones y dejarte seducir por diversiones que nos proporcionan una falsa sensación de progreso, pero que en realidad nos roban las horas más valiosas de nuestros días más preciados.

Por el hipnótico encanto de llenar nuestra vida de objetos y actividades que nuestra cultura nos vende como los auténticos parámetros para medir el éxito, cuando en realidad son tan satisfactorias a nivel espiritual como una visita rápida al centro comercial más cercano.

Mi dedicación a reformarme viviendo más al día justo cuando entraba en la treintena me hace pensar en las palabras del poeta Charles Bukowski:

Todos vamos a morir, todos nosotros, ¡menudo circo! Debería bastar con eso para que nos amáramos unos a otros, pero no es así. Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades, nos devora la nada.

Durante tres largos años me levanté temprano, mientras mi familia dormía, y experimenté con prácticas que reducían mis debilidades, purificaban mis poderes y me situaban en consonancia con mi identidad personal.

Estudié libros sobre los grandes hombres y mujeres de la historia; genios del arte, temibles guerreros, científicos prodigiosos, titanes de los negocios y filántropos infatigables, aprendiendo las creencias principales, las emociones dominantes, las rutinas diarias y los férreos rituales que dieron lugar a sus brillantes vidas. En las páginas siguientes compartiré todo lo que descubrí.

Asistí a conferencias sobre crecimiento personal e invertí en cursos de desarrollo personal.

Aprendí a meditar y a visualizar, a escribir y a reflexionar, a hacer ayuno y a orar.

Contraté a entrenadores de alto rendimiento, trabajé con acupuntores, hipnoterapeutas, sanadores emocionales y asesores espirituales; me di duchas frías, sudé en calurosas saunas e invertí en masajes terapéuticos semanales.

Al recordarlo ahora, con mucha más edad, veo que fue mucho. Debo decir que el proceso fue a veces confuso, incómodo y aterrador. También electrizante, fascinante, gratificante y a menudo de una belleza arrebatadora. El cambio personal radical suele ser doloroso, porque es muy transformador. Y no podemos convertirnos en todo lo que estamos destinados a ser sin dejar atrás a la persona que éramos. Tu yo más débil debe experimentar una especie de muerte antes de que pueda resurgir tu yo más fuerte. Si la mejoría no parece difícil, no es una auténtica mejoría.

A medida que realizaba mi propio trabajo interior cada mañana, mientras el mundo aún dormía, la forma en que me veía a mí mismo, cómo me comportaba y el propio sistema operativo de mi vida se reestructuraron por completo. Conforme pasaba tiempo con mi equipo soñado de instructores, muchos de mis principales temores se desvanecieron; buena parte de mis preocupaciones diarias y comportamientos saboteadores desaparecieron sin más. Se esfumó mi necesidad de complacer, de ser querido y de seguir al rebaño mientras me traicionaba a mí mismo.

Me volví más fiel a mis valores más profundos, mucho más sano, creativo, alegre y sereno. Dejé de ser tan introvertido y pasé mucho más tiempo conectado de forma íntima con mi corazón. Esto hizo que mi inspiración volara, mi rendimiento se acelerara y que aumentara mi confianza. Empecé a conocer una magia accesible a cualquier ser humano que esté de verdad interesado en hacerse amigo de ella.

Hacia el final de esos tres años de curación y de crecimiento constante supe que estaba listo para comenzar la aventura de alcanzar el dominio personal y el liderazgo en la que continúo hoy en día. Supe por instinto que debía escribir un libro sobre mi experiencia y las lecciones que había aprendido para que otros también pudieran crecer.

Lo titulé El monje que vendió su Ferrari.

Algunos se rieron del título e insinuaron que nadie leería un libro de autoayuda escrito por un abogado. Otros dijeron que la vida de un autor era dura, y que lo mejor sería que abandonara antes de empezar. Me negué a ser partícipe de sus limitaciones y escribí con mucho entusiasmo una fábula sobre el camino que se aleja de una existencia a medio vivir y se aproxima a una cargada de maravillas, de valentía y de verdaderas posibilidades. El proceso de escribir ese libro fue fascinante.

Sabía muy poco sobre el mundo editorial y no venía de una familia emprendedora (mi madre era profesora y mi padre médico de cabecera). Pero sí sabía que el autoaprendizaje es el camino para convertir las vívidas fantasías imaginadas en una realidad que se detecta al instante. Lo que ignoraba podía aprenderlo, adquirir las habilidades de las que carecía. Y también podía forjar los resultados que cualquier otra persona hubiera creado, con concentración, esfuerzo, la información correcta y buenos maestros. Así que me inscribí en un curso de una noche en una organización llamada The Learning Annex.

Allí aprendí sobre manuscritos y editores, editoriales e imprentas, distribuidores y libreros. Fue un curso increíble que me llenó de entusiasmo por hacer realidad mi sueño. Cuando acabó la clase me fui a casa caminando en la fría noche de invierno. Nevaba, pero iba lleno de esperanza. Y plenamente comprometido con hacer que mi libro viera la luz.

Decidí publicarlo yo mismo. Mi maravillosa madre editó el manuscrito, leyendo con atención cada frase hasta altas horas de la noche. Los primeros lectores fueron algunos buenos amigos. Lo llevé a imprimir a una copistería que abría las veinticuatro horas. Todavía recuerdo que mi padre me llevó allí a las cuatro de la madrugada para que pudiera avanzar con mi misión antes de irme a trabajar a las ocho. Todavía era abogado. Bendito sea por prestarme su ayuda incondicional y su apoyo cuando más lo necesitaba.

Mi falta de experiencia hizo que no me diera cuenta de que al imprimir un libro a partir de páginas con un formato de tamaño carta el texto se reduciría. Así que la primera edición era difícil de leer. Pero eso no me detuvo, hice lo que pude y empecé a compartir el mensaje de que había publicado El monje que vendió su Ferrari en las asociaciones benéficas de mi comunidad. Mi primer seminario (casualmente dirigido por The Learning Annex) contó con veintitrés asistentes. Veintiuno de ellos eran de mi familia. No bromeo.

Lao Tzu tenía razón al decir: «Un viaje de mil kilómetros empieza con un primer paso». Yo empecé como escritor casi desde cero. (Si esperas a que las condiciones sean perfectas para emprender tu gran sueño, no empezarás nunca).

Un escritor famoso accedió a reunirse conmigo. Sentí que necesitaba más orientación y deseaba aprender a llegar a un público más amplio para influir de forma positiva en más personas. Encontrar a un mentor sabio no tiene precio cuando empiezas a llevar una vida más heroica. Me puse un traje, le llevé un ejemplar de mi libro autopublicado y me senté en una butaca de cuero muy usada frente a su enorme escritorio de roble tras el cual él era el centro de atención. «Robin, este es un oficio difícil —me dijo—. Muy pocos lo consiguen». Y añadió: «Tienes un buen trabajo como abogado. Deberías seguir con eso y no arriesgarte con algo tan inestable».

Sus palabras me desanimaron. Me desilusionaron. Pensé que tal vez mi ambición de hacer llegar El monje que vendió su Ferrari a los lectores para que se beneficiaran de él era una estupidez. Quizá había juzgado mal mi capacidad. Nunca había escrito un libro. Era un desconocido. Era difícil entrar en ese mundo. Tal vez el gran autor tuviera razón; debía ir a lo seguro y seguir con mi carrera de abogado.

Entonces tuve un cegador atisbo de lo evidente. Su opinión no era más que su opinión. ¿Por qué darle más valor? En realidad, la valoración del señor en cuestión no era de mi incumbencia. Alguien escribiría el siguiente best seller; ¿por qué no yo? Además, todo profesional empieza siendo amateur. Me pareció que no debía dejar que su consejo apagase mi pasión ni negar mis aspiraciones. Cada día, mientras me sentaba en mi despacho de abogado, pensaba para mis adentros: «Cada hora que estoy aquí es una hora alejado de lo que quiero hacer de verdad. Y de lo que sé que estoy destinado a hacer».

Imagino que mi fe era mayor que mis temores. Y mi osadía era más fuerte que mis dudas.

Confía siempre en tu opinión, por encima del razonamien­to frío y práctico de tu intelecto. Tu potencial, tu dominio y tu genio no moran ahí. La gente dice que fui valiente al perseverar frente a las discrepancias y los desafíos. Pero no fue valentía. Para ser sincero, ya que quiero serlo siempre y lo seré durante el tiempo que pasemos juntos, sentí que no tenía más remedio que seguir hacia donde me llevaba mi entusiasmo.

«Las personas que viven de forma plena no tienen miedo a la muerte», escribió Anaïs Nin. Norma Cousins comentó: «La gran tragedia de la vida no es la muerte, sino lo que dejamos morir dentro de nosotros mientras estamos vivos». Comparto estas citas para recordarte lo breve y frágil que es la vida. Muchos de nosotros retrasamos el poner en práctica esas cosas que hacen que nuestra alma cobre vida, a la espera de un imaginario momento ideal. Nunca llega. No hay momen­to mejor que este para convertirte en el ser humano que sabes que puedes ser y forjar la vida de tus sueños. El mundo podría cambiar por completo mañana. La historia ha demostrado que esto es cierto. Por favor, no vivas tus mejores horas en la sala de espera de la vida.

Es más sensato arriesgarse y quedar como un tonto (pero sabiendo que lo has hecho), que perder la oportunidad y terminar vacío y con el corazón roto en tu último día.

Así que le llevé El monje que vendió su Ferrari a un respetado editor con la intención de mejorarlo. Estaba entusiasmado ante la posibilidad de tener la opinión de un experto y convencido de que él me diría que había escrito algo muy especial.

En cambio, la carta que recibí del editor fue una retahíla de críticas. Comenzaba: «Hay serios problemas en El monje que vendió su Ferrari, Robin. No hay que andarse con rodeos».

¿Su opinión de mis personajes? «Parecen meros estereotipos. Por ejemplo, Mantle tiene éxito, es rico, brillante, carismático, duro, muy divertido, etc., pero cuanto más exagera, más se convierte en un cliché».

Terminaba la carta diciendo: «Seguro que mi reacción a su obra le ha decepcionado, pero espero que mis sugerencias le resulten útiles. Escribir bien requiere un trabajo muy muy duro. Por desgracia, escribir bien parece fácil. No lo es».

Tras leer la nota del editor, me senté en mi coche, inmóvil, con el corazón acelerado y las manos sudorosas, delante de mi casa de ladrillo rojo con setos bien recortados. Mi manuscrito estaba en el asiento de al lado, sujeto con gomas. Todavía re­cuerdo la escena con todo detalle. Y recuerdo cómo me sentía.

Avergonzado. Rechazado. Abatido. Me rompió el corazón aquel soleado día.

Sin embargo, el instinto es más sabio que el intelecto. Todos los progresos reales proceden de soñadores a los que los llamados «expertos» les dijeron que su arrolladora idea era una tontería y que su obra creativa no era lo bastante buena. Te ruego que defiendas el respeto por ti mismo y por tu arte por encima de dictámenes cobardes e impedimentos de personas que son maestros en la teoría, pero creadores de nada.

Una voz, fuerza o sabiduría dentro de mí, procedente de un lugar muy superior a la lógica, me indicó: «No hagas caso. Al igual que el famoso autor no te desanimó, esta carta solo es la opinión de ese editor. Sigue adelante. Tu honor y tu amor propio dependen de tu determinación».

Así que continué. Como espero con toda mi alma que hagas tú cuando te derriben y te golpeen, ya sea poco o mucho, estés magullado y ensangrentado. Los contratiempos son solo la forma que tiene la vida de poner a prueba cuánto deseas tus sueños, ¿no es así?

Como dijo Theodore Roosevelt en un discurso titulado La ciudadanía en una república, que pronunció en la Sorbona de París el 23 de abril de 1910:

No es el crítico quien cuenta, ni el que señala con el dedo al hombre fuerte cuando tropieza, o el que remarca qué podría haber hecho mejor aquel que hace las cosas. El mérito recae en exclusiva en el hombre que se encuentra en la arena, con el rostro manchado de polvo, sudor y sangre; el que lucha con valentía, el que se equivoca y yerra el golpe una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error ni fallos. Quien cuenta es aquel que se esfuerza por hacer las cosas; aquel que conoce grandes entusiasmos, las grandes devociones; que se entrega en cuerpo y alma a una causa noble; aquel que, si la fortuna le sonríe, al final saborea el triunfo de los grandes logros y, si no, si fracasa, al menos lo hace mostrando toda su audacia, por lo que jamás ocupará un lugar entre esas almas frías y asustadizas que no conocen la victoria ni la derrota.

En realidad, la vida favorece a los obsesionados. La fortuna brilla de verdad sobre aquellos cautivados por sus magníficas ambiciones. Y el universo ayuda al ser humano que no está dispuesto a claudicar ante las fuerzas del miedo, el rechazo y la inseguridad.

Unos meses después de publicar el libro, me encontraba en una librería local con mi hijo, que tenía cuatros años por entonces. Gran parte del mérito de lo que sucedió es suyo, porque fue su afición a los martillos, las cintas métricas y otras herramientas de carpintería (siempre se sentaba a comer con su camisa a cuadros de trabajo, su casco amarillo de plástico y su cinturón de herramientas de falso cuero) lo que nos llevó a la ferretería de al lado de la librería. Era una noche lluviosa, con una luna llena increíble que auguraba buenos presagios. Lo recuerdo bien.

Una vez en la librería fuimos directos a la sección donde estaba expuesto mi libro. Le había entregado al propietario seis ejemplares en depósito (es decir, que si no conseguía venderlos, podía devolverlos). Otro autor autopublicado me había dado un consejo importante: en cuanto un libro está firmado por el autor, el minorista debe quedárselo. Así que tenía la costumbre de visitar los establecimientos en los que se vendía El monje que vendió su Ferrari para firmar todos los ejemplares.

Recogí los seis que había en el estante y me dirigí a la parte delantera, donde con educación pedí permiso para firmar mi libro. La cajera me lo concedió y los firmé con una mano mientras con la otra sujetaba a mi hijo, que estaba sentado en el mostrador de madera delante de mí.

El mostrador de la librería

Mientras rubricaba mi nombre reparé en que tenía a un observador de pie a mi lado, vestido con una gabardina verde aún mojada por la lluvia. Estaba pendiente de cada movimiento que hacía.

Transcurridos unos minutos, el hombre se aproximó a mí y me dijo, hablando de manera muy precisa: «El monje que vendió su Ferrari. Es un gran título. Háblame de ti».

Le expliqué que era abogado. Que hacía años que me sentía frustrado e infeliz porque estaba viviendo la vida de otra persona. Le conté que había descubierto formas valiosas de vivir siendo más feliz, más seguro, más productivo y con mucha más vitalidad. Dije que deseaba con todas mis fuerzas hacer llegar mi libro a tantas personas como fuera posible y servir a la sociedad lo mejor que pudiera. Añadí que había publicado mi libro en una copistería que abría las veinticuatro horas, y que me habían ridiculizado, criticado y menospreciado mientras llevaba adelante mi proyecto.

Él me miró. Me estudió. Esperó lo que me pareció una eternidad.

A continuación sacó su cartera y me entregó su tarjeta de visita. En ella estaba impreso: «Edward Carson. Director general. Editorial HarperCollins».

La sincronización es la forma que tiene el destino de permanecer en silencio, ¿no te parece?

Tres semanas después, HarperCollins compró los derechos de El monje que vendió su Ferrari.

Por siete mil quinientos dólares.

El libro se ha convertido en uno de los más vendidos de todos los tiempos y ha ayudado a millones de buenas personas en nuestro querido mundo.

De modo que, al terminar este capítulo, te animo a que consideres las ambiciones éticas que habitan tu corazón en silencio, esperando a hacerse realidad. Te pido que te preguntes cómo puedes ser la Cora Greenaway de la vida de alguien y la clase de ser humano que hace que la gente sea más valiente cuando está en tu presencia. Te invito a ir al umbral de los miedos que te encadenan, a explorar los límites que te atan y a fijarte en todas las heridas del pasado que ahora te detienen, y a superarlo todo.

Este día representa un nuevo amanecer para ti, y nuestro mundo aguarda tu heroísmo cotidiano.

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Las últimas horas de tu yo expugnable

Bebiendo café. Suena música trip hop. El crudo invierno por fin ha dado paso a una primavera más amable.

Me siento en el cuarto en el que escribo, el lugar al que acudo cuando quiero trabajar. Voy a compartir la escena, a hacer que esto sea más cercano:

Uno de mis rincones favoritos para fomentar la creatividad en casa

Hoy estoy reflexivo. Me pasa a menudo, soy bastante introvertido.

Pienso en las personas que he conocido durante las casi tres décadas que llevo trabajando en el campo del liderazgo y del dominio personal. En charlas privadas para empresas incluidas en la lista Fortune 100, en las calles de ciudades lejanas o en inmensos estadios de países fascinantes de todo el planeta, que tanto merece la pena salvar.

Gente honrada. Magníficas intenciones. Sin embargo, muchos no dudan en compartir conmigo, durante nuestras conversaciones, que anhelan mucho más...

Saber lo que significa expresar con franqueza su genio creativo, disfrutar de los tesoros de la vida y colaborar para forjar una cultura en la que los estímulos y no la crítica, el liderazgo y no el victimismo, las ideas y no los chismes, y el amor y no el odio, ganen la partida.

Sentir más optimismo, ser más audaces y conocer propósitos mayores mientras entienden lo que significa sentirse inspirados en profundidad, viviendo el momento en vez de estar marcados por el pasado o asustados por el futuro.

Reclamar una relación con sus virtudes más genuinas, su mayor potencial y sus ambiciones más vívidas.

Vivir cada día con la lucidez necesaria para saborear los placeres más sencillos de la vida, sin la carga de las preocupaciones.

Eres sabio (quizá más de lo que imaginas en este momento que estamos compartiendo).

Eres consciente de que el potencial que no se expresa se convierte en dolor.

Sabes que las formas de medir el éxito que te vende la sociedad son promesas vacías que solo sirven para distraerte de la cruzada hacia una vida más valiente.

Entiendes que cuanto más te acerques a tu fortuna, más alto gritarán tus temores.

Eres consciente de que el proyecto que más evita tu falso yo es precisamente la operación que tu yo más noble procura que progrese.

Comprendes que la clase mundial tiene menos que ver con la genética y más con los hábitos. Y que todos los productores poderosos trabajan muy muy duro.

Sabes que el tiempo corre, y que aplazar el desarrollo es negar el genio.

Sabes que no puedes permitirte esperar otro día más para convertirte en el héroe que siempre has imaginado ser.

Y así, con el debido respeto, te sugiero...

Que empieces hoy.

Que tengas el coraje de actuar en los límites de tus poderes. Porque cuando tientes tus límites, estos se expandirán.

Que actives ese lado infantil que una vez sintió curiosidad y aprendía de forma constante, antes de que te educaran para que evitaras riesgos y te adiestraran para pensar como los demás, y que así superes siempre a la persona que eres ahora.

Que midas tus victorias en función de la magnitud de tus progresos y nunca por los objetos que hay en tus armarios.

Que lideres sin un título, influyas sin una posición y crees la obra maestra que demuestre las dotes que la naturaleza te ha otorgado.

Y que recuerdes que el camino más fácil suele ser la peor ruta.

Posponer estas acciones es traicionar la grandeza.

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No pasa nada por no estar bien

Nuestra civilización nos vende la idea de que si no sonreímos y somos felices, si nuestros cachorros no bailan y el arcoíris no entra a raudales por las ventanas en días perfectos, algo malo nos pasa.

He aquí lo que he aprendido: una vida vivida de forma intensa requiere salir al ruedo, asumir múltiples riesgos, seguir diversos caminos, recibir bastantes golpes y enfrentarse a los vendavales de los mares traicioneros más de lo que dicta el sentido común. Estas palabras del dramaturgo irlandés George Bernard Shaw me inspiran en los días difíciles: «El hombre razonable se adapta al mundo; el irracional se empeña en tratar de adaptar el mundo a él. Por lo tanto, todo el progreso depende del hombre irracional».

También me he dado cuenta de que, gracias a los momentos duros y turbulentos que todos soportamos, somos capaces de experimentar en plenitud los placeres de los buenos momentos cuando se presentan. Y siempre llegan, incluso cuando parece que no lo harán.

«Nunca podríamos aprender a ser valientes y pacientes si en el mundo solo hubiera alegría», nos enseñó Helen Keller.

Debo reconocer que no me gusta que las cosas no vayan como yo quiero. No me río tanto y me preocupo más. No soy tan activo ni tan creativo. No soy tan productivo ni puedo acceder a la misma motivación.

Pero he aprendido que no pasa nada por no estar del todo bien. Que cuando no logramos el rendimiento que la mayoría valora, es muy probable que estemos progresando en nuestro rendimiento espiritual. Un día difícil para el ego es un día magnífico para el alma. Los contratiempos, las dificultades y ser presa de la confusión forman parte del ser humano; nunca hay que juzgarlos como algo malo y erróneo. Es solo un alto en el camino que tenemos que experimentar durante este viaje que llamamos vida.

He descubierto que todo lo que vivo durante una temporada desagradable sirve para agilizar mi sabiduría, forjando una fuerza impagable y descubriendo poderes humanos en plena crisis. El sufrimiento me ha ayudado a ser más humilde y sin duda más afectuoso al rebajar mi ego y fortalecer mi heroísmo personal. Es solo una clase programada en el plan de estudios de la escuela de la tierra. Un capítulo en la vida de un hombre que trata de alcanzar el cielo y hace todo lo posible por llevar consigo a los demás.

Prefiero confundirme, magullarme un poco (o mucho) y saber que estoy viviendo de forma plena que dedicar mis mejores años a ver la televisión en un barrio residencial o a comprar cosas que no necesito para impresionar a gente que no conozco en una tienda en la que en realidad no quiero estar. Ese no soy yo. No es lo que quiero representar.

Así que te animo de todo corazón a que tú —una persona real dedicada (y destinada) a llevar una vida magnífica, productiva y de gran impacto— muestres tus heridas con orgullo. Defiende las cicatrices que has interiorizado, desarrollado y pulido. Y considera los cortes que te han herido como medallas al valor concedidas por tu valentía, ya que has luchado por tus objetivos más serios y tus nobles ideales.

Y por supuesto, recuerda: no pasa nada por no estar bien.

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La paradoja del minero de oro

Esta es una historia muy antigua pero real. Hace miles de años se forjó en Tailandia una imponente estatua de Buda hecha de oro. Los monjes rezaban ante ella, la gente contemplaba su belleza y todos los transeúntes veneraban la extraordinaria obra maestra. Entonces se corrió la voz de que invasores extranjeros se estaban preparando para entrar en el país y existía el riesgo de que robaran el ídolo.

Así que los monjes tramaron un plan para ocultarlo: cubrieron el Buda de Oro con una capa de tierra tras otra, hasta que quedó irreconocible.

Los invasores pasaron de largo ante la estatua, para alivio de los monjes.

Siglos más tarde, un visitante captó un destello dorado que surgía de una pequeña montaña de tierra. Cuanto más excavaban la cubierta, más oro aparecía. Al final descubrieron que se trataba del Buda, construido por completo del metal precioso.

Así eres tú.

Cuanto más avances capa a capa en los tesoros de tus capacidades interiores, más se te recompensará con una generosidad inesperada en tu realidad externa. Es toda una paradoja, ¿no? Saber que la puerta de entrada al éxito y al reconocimiento en tu vida pública exige que realices un viaje interior a las profundidades de tu mundo privado para que controles todo lo que eres en realidad.

Cuanto más trabajes en tu interior para aumentar tu conocimiento personal, más reaparecerá el oro que has cubierto de tierra para aislarte de las dificultades y los problemas de la vida. Con buenas dosis de práctica diaria para extraer tus capacidades, refinar tus talentos y revelar tu eminencia, la persona que has construido se mostrará cuando estés en el mundo.

Mientras me encontraba en Bangkok para una presentación de liderazgo para una empresa en rápida expansión, fui a ver el impresionante Buda de Oro. He aquí la fotografía de mi archivo personal:

En Bangkok, con el Buda de Oro

La idea que en realidad intento proponerte es que tal vez la búsqueda de cualquiera que pretenda materializar su magnificencia, vivir sin miedo (y de forma plena) y lograr hazañas que mejoren nuestra familia mundial no es la de convertirse en alguien distinto del que ya es.

¿Qué pasa si el verdadero esfuerzo consiste solo en recordar lo que una vez fuiste, antes de que una fría cultura te alentara a cubrir tu luz con una armadura de dudas, incredulidad y falsas razones respecto a por qué no puedes expresar tu genio original? Y hacer de tu vida un monumento al dominio, al rendimiento y al servicio sincero a la humanidad.

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El paso de víctima a héroe

Uno de los principales mensajes que espero que asimiles a nivel celular gracias a esta obra es el siguiente: cada día re­presenta una grandísima oportunidad de convertir cualquier forma de victimismo en heroísmo cotidiano. De modo que casi cada movimiento que hagas según van pasando las horas es un voto para la plena realización de la grandeza personal.

Para materializar tu dominio y disfrutar tu mejor vida, te invito a dar los siguientes cinco pasos.

Permíteme que te guíe en cada uno:

Paso n.° 1: Cambiar la mentalidad de «no puedo» por la de «sí puedo»

Las víctimas son prisioneras del «no puedo». Te dicen sin cesar por qué un ideal no puede tener éxito, por qué una empresa no puede funcionar y por qué una ambición no puede materializarse. Debajo del «no puedo» habita el miedo. A fracasar, a no ser lo bastante bueno, a no merecer la victoria, a ser criticado, a salir herido y a las responsabilidades del éxito que imaginamos. Todos los constructores del mundo y los líderes del cambio son expertos en utilizar el lenguaje de la esperanza, el vocabulario de la consumación y el dialecto de la libertad. Evitan contagiarse del «no puedo».

Entienden que las palabras que utilizas son tus pensamientos verbalizados, y que la creación de una obra maestra, el inicio de un movimiento o el diseño de una vida magnífica requiere la energía positiva del «puedo».

Los escépticos y los pensadores derrotados jamás se convierten en aquellos que forjan la historia.

Una de mis películas favoritas es El instante más oscuro, un filme sobre el ascenso de Winston Churchill hasta convertirse en un líder legendario en tiempos de guerra. En la escena final pronuncia un apasionado discurso que encandila a quienes se encuentran a ambos lados del espectro político del Parlamento.

Lord Halifax, la némesis de Churchill, estaba atónito ante la ejecución de la magia vocal de Churchill y le preguntó al colega que estaba sentado a su lado: «¿Qué acaba de pasar?». La respuesta fue: «Ha movilizado la lengua inglesa. Y la ha enviado a la batalla».

Sí, las palabras que empleas son semillas de la cosecha que recoges. Las palabras son poderosas. Se han utilizado para inspirar y liberar a naciones enteras. Y cuando se pronuncian con motivos malvados, han influido a las masas para que se con­viertan en soldados del odio.

Cuando escuchas a alguien cuya filosofía es la mediocridad, verás que hace uso de un lenguaje victimista, habla de forma negativa y esgrime argumentos sobre por qué no pue­de representar el heroísmo en los aspectos principales de su vida. Explicarán por qué no pueden mostrarse elegantes en momentos difíciles, optimizar su rendimiento sin importar las condiciones, ser un gran ejemplo para los demás, tener una excepcional forma física, amasar su fortuna y dejar su huella. El «no puedo» es una torre en la que se encierran las víctimas con la esperanza de que eso les proteja del peligro o el riesgo. Pero, al hacerlo, evitan las abundantes recompensas que de forma inevitable conlleva asumir riesgos de manera reflexiva frente a hacerlo de forma irreflexiva.

El otro día vi a un hombre en televisión que se quejaba de que el gobierno no le estaba apoyando lo suficiente para garantizar que su pequeño negocio prosperara ni para hacerle la vida más fácil. «No veo ninguna solución a esta situación y no puedo sobrevivir en este ambiente tan turbulento», se quejaba.

Vaya...

No lo juzgo en absoluto, pero me parece que esta buena persona esperaba que un poder ajeno al suyo hiciera realidad sus aspiraciones. Y por lo que yo sé, el universo no funciona así. No recompensa a quienes culpan a sus circunstancias cuando las cosas no funcionan y esperan ayuda del exterior sin mover un dedo.

No. Aplaude a quienes demuestran su capacidad para superar las dificultades y convierten sus problemas en victorias.

La vida ama a esos héroes cotidianos que entienden que poseen habilidades, capacidades y la fuerza para dar forma a todos los acontecimientos que el destino les depara.

Las palabras que utilizas tienen potentes campos de fuerza a su alrededor, que atraen resultados que se identifican con ellas del mismo modo que los imanes atraen las limaduras de hierro. También debes saber que las palabras que utilizamos cada día revelan nuestras creencias más arraigadas a todos los que nos rodean, aunque esas creencias no nos sirvan (incluso pueden ser auténticas mentiras que nos enseñó alguien en quien confiábamos al comienzo de nuestra vida).

Yo utilizo siempre la técnica de la autosugestión para reorganizar mi vocabulario hacia un pensamiento positivo y una creatividad mayor. Por la mañana muy temprano, mientras mi subconsciente está más dispuesto a recibir instrucciones, recito lemas como: «Estoy muy agradecido por el día que me espera y por toda su belleza, sus alegrías y sus emociones». Durante el día, si mi mente y mi corazón se desvían hacia alguna herida del pasado o alguna reflexión negativa que mancilla lo mejor de mí, susurro: «Ya no hacemos esto» o «No entremos ahí». Entiendo que esto puede parecer extraño, pero dado que deseo de verdad ayudarte, comparto esta práctica personal que me funciona muy bien.

Así que da el paso para ser más consciente del lenguaje y de los pensamientos que tienes. Y después, con ese mayor conocimiento, inicia el proceso de eliminar todos los «no puedo» y reprograma el poder del «puedo». Redirigir tu vocabulario hacia el liderazgo y la excepcionalidad es una de las formas más sencillas pero potentes de aumentar tu confianza, rendimiento e influencia en el mundo.

Paso n.° 2: Dejar de poner excusas para obtener resultados

Puedes poner excusas o puedes cambiar el mundo. Es imposible hacer ambas cosas. Se detecta a una víctima observando que tiene una razón casi instantánea para explicar por qué su vida no va bien (y nunca tiene nada que ver con ellos).

Esas personas han recitado tantas veces dichas excusas que se han lavado el cerebro ellas mismas y han terminado creyendo que son ciertas. Las han racionalizado hasta el punto de que se han convertido en unos maestros a la hora de explicar su mediocridad. Tu experiencia cambia en el mismo instante en el que entiendes que achacar la culpa de cualquier carencia en tu realidad a las condiciones, a los acontecimientos y a otras personas, da poder a las condiciones, los acontecimientos o las personas a las que responsabilizas de tu descontento. Crecemos en el instante en que asumimos la responsabilidad personal plena por la apariencia de nuestros resultados. Y, al hacerlo, recuperamos nuestra soberanía para realizar las mejoras que buscamos. Cada vez que te abstengas de recurrir a una excusa y en su lugar te consideres a ti mismo el creador de tu vida, obtendrás el correspondiente aumento de la fuerza. Haz esto a diario y te convertirás en un individuo de carácter sobresaliente, productivo, con autocontrol y libertad espiritual.

Paso n.° 3: Abandonar el pasado para forjar un futuro mejor

A las víctimas se les da de fábula vivir en el pasado. Pero no se puede abrazar un futuro fantástico con un pie en una época pasada. Considera tu historia como una academia de la que puedes aprender en vez de una cárcel en la que permanecer encadenado. Emplea la amnesia selectiva para recordar solo lo bueno que has tenido la suerte de disfrutar. Olvida resquemores latentes y decepciones que languidecen mientras aprovechas el excelente crecimiento que los duros acontecimientos te han reportado para convertirte en un productor más audaz y en una mejor persona.

Durante todo mi trabajo de tutoría con titanes de la industria, iconos del deporte y auténticos constructores del mundo, cada uno de ellos adquirió la capacidad de utilizar todo lo que le había ocurrido como combustible para enriquecerse aún más. Cada una de estas superestrellas pasó de pensar en el pasado a optimizar el presente de primer nivel que precede a un futuro magistral.

Paso n.° 4: Pasar de estar ocupado «estando ocupado» a ser productivo

Te ruego que no confundas estar ocupado con ser productivo. Y desde luego, no des por hecho que movimiento equivale a progreso. Una agenda llena no significa que estés haciendo cosas maravillosas. Demasiados buenos artistas, sin duda legendarios, cayeron en la trampa de realizar un trabajo falso en vez de un trabajo real. No es lo mismo.

Para una víctima, el ajetreo se convierte en la droga preferida, una vía de escape que llena su tiempo de frivolidades y trivialidades en un vano intento inconsciente de eludir la incomodidad que supone la creación de una obra cumbre que respete el genio humano. Es mucho más fácil engañarte a ti mismo pensando que tienes demasiado que hacer —y luego echar la culpa de tu falta de victorias artísticas y triunfos productivos a un mundo duro y cruel que exige tu atención—, que controlar tu vida bloqueando todas las distracciones digitales e interrupciones innecesarias y honrar tu brillantez nata realizando un trabajo que fascine a todo el que lo vea.

Paso n.° 5: Dejar de tomar del mundo para dar al mundo

No hagas caso a la creencia del statu quo, según la cual el éxito significa que el ganador se lo lleva todo. En vez de tomar del mundo, haz que te resulte siempre emocionante dar al mundo. Y compórtate de un modo que ayude a todos los ciudadanos.

Los que pertenecen a la mayoría viven en la escasez (temor a que no haya suficiente para que todos sean felices). Son supervivientes, atrapados en un secuestro límbico, que actúan con su cerebro ancestral en vez de con la gran sabiduría de su intelecto superior. Para experimentar las recompensas que las posibilidades te tienen reservadas, continúa reafirmando el lema que dice: «Aquel que enriquece a más personas, gana». Y permite que la generosidad, junto con la virtud del servicio constante a los demás, guíe el resto de tu vida.

La estadista Golda Meir escribió una vez: «Confía en ti mismo. Sé la persona con la que te haría feliz vivir el resto de tu vida. Saca el máximo partido de ti avivando las diminutas chispas interiores de las posibilidades para que ardan las llamas de logros mayores».

Al aplicar los cinco elementos del paso de víctima a héroe, la confianza que tienes en ti mismo crecerá, la estrecha relación con tus talentos especiales y tus grandes méritos será más profunda y restablecerás la relación con esa parte de ti que está segura de tu capacidad para traducir tus actuales deseos en un éxito colosal: personal, profesional, económica y espiritualmente.

Sí, estoy de acuerdo en que el proceso no siempre será fácil. (¿Por qué nuestra sociedad aplaude lo que es fácil?)

Sin embargo, recuerda que las actividades que no te exigen nada nunca harán que mejores.

Y que las actividades que más cuesta acometer suelen ser las más valiosas.

Y que el miedo siempre grita más fuerte cuanto más cerca está tu magia.

Así que sigue adelante con la poderosa sabiduría de que las cosas buenas les suceden a las personas que hacen cosas buenas mientras compartes tus tesoros con nosotros.

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Aquella vez que me robaron mis diarios personales

Sin entrar en detalles escabrosos, y asegurándome de proteger la dignidad de los implicados (que se comportaron lo mejor que sabían), me gustaría hablar de aquella vez que cogieron «prestados» mis diarios personales con anotaciones de nueve años.

Todos mis gráficos de sueños y las hojas de aprendizaje en las que registraba los conocimientos que había reunido estaban ahí. En aquellos diarios había documentado el profundo procesamiento emocional y la considerable recuperación del desamor, los momentos duros y otras decepciones. Todos los collages de mi vida ideal, mis cavilaciones personales más vulnerables y las constantes reflexiones sobre mi muy necesario crecimiento, todo desapareció. Y todas las observaciones creativas generales, los conocimientos de mis viajes por el mundo, las notas de mis conversaciones mentales y los miles de minilecciones aprendidas los días vividos lo mejor posible, se esfumaron sin más.

En un solo día. En una sola mañana, para ser más exacto. El universo tiene un hilarante sentido del humor, ¿no te parece?

Así que, cuando la gente me dice: «Robin, me encanta tu método de escribir un diario para fomentar el optimismo, la autenticidad, la gratitud, la experiencia y la libertad espiritual, pero ¿qué pasa si alguien ve lo que escribo?».

Respondo desde la experiencia más extrema: «¿Qué importa? Verán a una persona que tiene una vida. Con esperanzas y temores al mismo tiempo. Una persona fantástica y con defectos. Tan segura como confusa. Que trabaja en sí misma para convertirse en una versión más cercana a su visión más perfecta. Y eso es glorioso».

Esta tremenda pérdida me enseñó a no aferrarme a las cosas, una de las habilidades más preciadas que uno puede aprender durante este viaje terrenal en el que estamos. Esta traición aumentó mi capacidad de aceptar las cosas y de reconciliarme con aquello que ocurre, sea lo que sea. Me ayudó a saber desconectar y a dejar de controlar lo que sucede. A dejar de identificarme con lo que otros puedan pensar de mí si se enteran de mis temores y mis fracasos, de mis oraciones, aspiraciones y recursos.

En el mejor de los casos, cualquiera que lea mis reflexiones personales verá a un hombre que está en el buen camino. Alguien que trabaja más duro en sí mismo que cualquier otra persona en cualquier otro lugar. Un ser humano que desea con todas sus fuerzas evolucionar para ser más honrado, decente, servicial y compasivo. Y tal vez, algún día, incluso noble.

En el peor de los casos, alguien se enterará de mis errores, leerá mis frustraciones, espiará mis magulladuras y determinará que estoy hundido.

¿Y sabes qué? Según mi filosofía, esto solo me hace real. Que esté despierto. Y vivo.

Conozco a muchas celebridades, líderes de renombre y supuestos gurús que cuando se apagan las luces del escenario no son en absoluto como aparentan ser. Todo era una ilusión, puro marketing, y un trabajo de ventas brutal.

Escribir intimidades en un diario casi todos los días me ha ayudado a enriquecerme, a conocerme mejor, ha magnificado mi creatividad de forma considerable, ha mejorado mi fluidez emocional, me ha generado una sensación casi constante de gratitud y ha eliminado muchas de las manchas que se habían instalado en mi alma.

Para ser sincero, esta práctica me ha salvado la vida.

Lo que he escrito en esas páginas, entre esas tapas de cuero negro, detalla mi proceso personal de purificación. La preparación para forjar un carácter más fuerte y convertirme en un auténtico líder al servicio de los demás. Los intentos de liberarme en vez de reprimir cualquier negatividad y toxicidad atrapadas en mi interior. Todos mis diarios proporcionan un archivo de la aventura de mi mejor yo, triunfando poco a poco y de forma serena sobre mi lado inseguro y temeroso.

Si algún hermano o hermana de nuestra gran familia que habita este pequeño planeta pretende condenarme, burlarse de mí o pensar mal de mí al conocer mis debilidades y defectos, no pasa nada. En realidad, su comportamiento es cosa suya. No tiene nada que ver conmigo. No es asunto mío.

Mi frase favorita de la película Shoot the Messenger es: «Echa un vistazo de cerca a la vida de cualquiera y verás un circo de tres pistas».

Un circo de tres pistas. Al echar un vistazo de cerca a la vida de cualquiera.

Llena de color y de comedia, de sorpresas y de acrobacias, de caminar por la cuerda floja en las malas temporadas, así como de toneladas de asombro y maravillas durante los días de sol.